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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Eduardo Montes-Bradley]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/eduardo-montes-bradley/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Eduardo Montes-Bradley]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Pablo Tabernero, judío errante]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/pablo-tabernero-judio-errante_1_9229850.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ea04ddc7-5f64-413c-83db-9f0e6d4d6e40_16-9-discover-aspect-ratio_default_1053915.jpg" width="1389" height="781" alt="Peter Paul Weinschenk, su verdadero nombre"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Semblanza  de  Pablo Tabernero, director de fotografía de algunas de las más importantes películas del cine argentino, a cargo de Eduardo Montes-Bradley, autor del documental "Buscando a Tabernero".</p></div><p class="article-text">
        Cuando pienso en <strong>Pablo Tabernero</strong> pienso en el almirante, aquel que distingue <strong>Salvador de Madariaga</strong> en&nbsp;<em>Vida del muy magn&iacute;fico se&ntilde;or don Crist&oacute;bal Col&oacute;n</em>. Por aquello de Plutarco y otros paralelos, las vidas de ambos est&aacute;n signadas por un mismo dilema: ser jud&iacute;o. Supongo que esta hubiera sido una pregunta que me hubiera gustado hacerle a Rozitchner. El pr&oacute;ximo 24 de setiembre, Le&oacute;n habr&iacute;a cumplido noventa y ocho y yo hubiese ido hasta la puerta de su bulo en la calle Pampa con una tarta de manzana listo para el desaf&iacute;o. No me queda m&aacute;s remedio que conformarme con su evocaci&oacute;n y seguir pensando.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Entre Col&oacute;n y Tabernero fue este &uacute;ltimo el m&aacute;s contundente es la admisi&oacute;n al rotular su trunca autobiograf&iacute;a </strong><em><strong>Memorias de un jud&iacute;o errante</strong></em><strong>. Esta confesi&oacute;n de partes tuvo lugar en su modesto departamento en las afueras de Nueva York, cuarenta a&ntilde;os despu&eacute;s de la derrota del nazismo en Europa. </strong>Col&oacute;n no tuvo la misma suerte. &ldquo;Las condiciones no estaban dadas&rdquo;, dir&iacute;a Le&oacute;n. El descubridor no lleg&oacute; nunca a consentir, y vivi&oacute; preocupado por embarrar la cancha, por disuadir a sus perseguidores disimulando su origen con intrigas y medias verdades que habr&iacute;an de preservarlo de la hoguera espa&ntilde;ola y el cadalso genov&eacute;s.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Apuntes para otro documental</strong></h3><p class="article-text">
        Tabernero fue director de fotograf&iacute;a berlin&eacute;s, uno de los mejores de los que haya tenido noticia el cine americano. A los veintitr&eacute;s a&ntilde;os consigue escapar de la Gestapo y a los 27 de Espa&ntilde;a, poco antes de la ca&iacute;da de Catalunya a manos del general&iacute;simo Franco.&nbsp;En aquel primer exilio espa&ntilde;ol, Tabernero hab&iacute;a colaborado como documentalista en la columna de <strong>Buenaventura Durruti</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Su verdadero nombre fue <strong>Peter Paul Weinschenk</strong>, apellido heredado de sus ancestros b&aacute;varos dedicados al comercio de vinos. Su primer y segundo nombre merecer&iacute;an una consideraci&oacute;n aparte por tratarse de firmes concesiones a la conversi&oacute;n de sus padres en un tiempo en que fue m&aacute;s importante mostrarse como alem&aacute;n que vivir aferrado a tradiciones familiares.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Al desembarcar en Buenos Aires en octubre de 1937, Peter Paul Weinschenk repite la operaci&oacute;n de su bisabuelo y en su primer filme argentino (&ldquo;Prisioneros de la tierra&rdquo;) aparece como Pablo Tabernero, director de fotograf&iacute;a. Razones para cambiar su nombre no faltaban. En primer lugar, la embajada alemana en Buenos Aires andaba tras los pasos de exiliados jud&iacute;os en las dos orillas del R&iacute;o de la Plata, por otro su nombre figuraba en los cr&eacute;ditos de varias pel&iacute;culas producidas por la Confederaci&oacute;n Nacional de los Trabajadores, brazo pol&iacute;tico de las milicias anarquistas en Catalunya. Treinta a&ntilde;os m&aacute;s tarde, ya en los Estados Unidos, el berlin&eacute;s habr&aacute; de conjurar los precedentes en la f&oacute;rmula Pablo Weinschenk-Tabernero. Para entonces ya se sent&iacute;a m&aacute;s c&oacute;modo, quiz&aacute;s m&aacute;s seguro, una seguridad de la que don Crist&oacute;bal no lleg&oacute; a disfrutar. 
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s la admisi&oacute;n del origen por parte de Tabernero fue en parte por aquello que en la vejez uno busca refugio en las creencias de nuestros antepasados, quiz&aacute;s porque ser jud&iacute;o en Nueva York no s&oacute;lo no representa peligro alguno, sino que forma parte de un todo. Pienso que don Pablo pudo haber visitado muchos de la delicatessen donde quiz&aacute;s se reencontr&oacute; con los varenikes de su bobe polaca. Tambi&eacute;n es posible que el sonido del Yiddish que todav&iacute;a se resonaba entre los comerciantes de c&aacute;maras fotogr&aacute;ficas en los tugurios de la novena avenida y Times Square le hubiera recordado algo de aquel pasado que con tanto empe&ntilde;o ocult&oacute; hasta de sus propios hijos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>En Nueva York, Tabernero habr&aacute; de convertirse primero en conservador republicano que mira por el espejo retrovisor un pasado que por momentos parece irreal.</strong> Camisas pardas allanando su departamento en Berl&iacute;n; la huida en tren hacia Paris muerto de miedo; el arribo a Barcelona en busca de una salida; la revoluci&oacute;n del &acute;34, la larga marcha junto a Durruti; las bayonetas que enarbolaban los calzones sangrientos de mujeres que pagaron con su virtud el precio de haber vivido bajo el bando nacionalista; la captura en altamar y los interrogatorios en Ceuta; el olor a miedo en las calles de &Aacute;msterdam; la fuga. Luego Buenos Aires, un Luna Park repleto de nazis, los agentes de la embajada alemana tras los pasos de los jud&iacute;os exilados&hellip;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Aquel pasado, revuelto y revoltoso, habr&iacute;a de permanecer oculto hasta que el insoportable documentalista viniera a remover escarchas.</strong> El documental suele ser as&iacute; de insolente, y con esa insolencia se gana el aprecio de unos y el vilipendio de tantos.
    </p><p class="article-text">
        Los herederos de Tabernero no quieren o&iacute;r hablar de su condici&oacute;n de jud&iacute;o, mucho menos de su participaci&oacute;n en la columna del anarquista Buenaventura Durruti. A los hijos de Col&oacute;n les pas&oacute; tres cuartos de lo mismo. Pero me quedo tranquilo a sabiendas de que el director de fotograf&iacute;a titulo sus notas biogr&aacute;ficas en t&eacute;rminos inobjetables: <em>Memorias de un jud&iacute;o errante</em>, por Pablo Weinschenk-Tabernero.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>EMB</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Eduardo Montes-Bradley]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/pablo-tabernero-judio-errante_1_9229850.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 07 Aug 2022 23:21:16 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Pablo Tabernero, judío errante]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La traición de Paul Sorvino]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/traicion-paul-sorvino_129_9203941.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/39166e23-3517-4f73-9764-b373b817dfb1_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La traición de Paul Sorvino"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El actor, que brilló con Martin Scorsese y Oliver Stone, murió antes de cumplir un último compromiso laboral: ser la voz que narra el último documental de Eduardo Montes-Bradley, quien lo despide con este texto.</p></div><p class="article-text">
        La muerte de Sorvino me cay&oacute; como canap&eacute; de cantimpalo, un gesto de su parte que nunca hubiese esperado. Supongo que &eacute;ste ser&iacute;a momento apropiado para evocar algunas de sus destacadas actuaciones. Pienso en&nbsp;<em>Goodfellas</em>&nbsp;de Scorsese, en alg&uacute;n episodio de&nbsp;<em>Law &amp; Order</em>&nbsp;o en su caracterizaci&oacute;n de Kissinger bajo la direcci&oacute;n de Oliver Stone. Pero la verdad sea dicha, lo que me duele es que haya palmado justo antes de narrar &ldquo;The Italian Factor&rdquo;, documental de mi direcci&oacute;n, que cuenta historias de escultores italianos que contribuyeron a definir uno de los per&iacute;odos m&aacute;s celebrados del arte p&uacute;blico en los Estados Unidos.
    </p><p class="article-text">
        La elecci&oacute;n de Sorvino como narrador fue una de mis decisiones m&aacute;s acertadas en el terreno documental. Hubo otras, pero ninguna tan apropiada. Yo necesitaba alguien que pudiera no s&oacute;lo solidarizarse con las tribulaciones de la clase inmigrante, sino que pudiera entender las causas del desaf&iacute;o, alguien que pudiera pronunciar los nombres si una papa en el buche, alguien que entendiera lo que signific&oacute; ser tano en Nueva York o en Boston a fines del siglo diecinueve, durante la crisis de los a&ntilde;os treinta, y m&aacute;s tarde durante la guerra en la que sus hijos dieron la vida peleando contra el fascismo, contra quienes hab&iacute;an sido vecinos de sus padres, contra sus primos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Sorvino entend&iacute;a todo aquello y m&aacute;s.</strong> Hab&iacute;a nacido en Brooklyn, un lugar que forma parte de la cosmogon&iacute;a universal del exilio de sus antepasados. Es all&iacute;, precisamente, donde las esculturas coladas o talladas por inmigrantes pueblan parques y bulevares, plazas y edificios p&uacute;blicos. Esos monumentos no llevan el nombre de sus art&iacute;fices sino las firmas m&aacute;s &ldquo;aceptables&rdquo; de familias patricias de Nueva Inglaterra.&nbsp;Pienso en John Quincy Adams Ward, Daniel Chester French, Frederick McMonnies y Augustus Saint-Gaudens.&nbsp;Pero estos &uacute;ltimos hab&iacute;an realizado tan s&oacute;lo el dise&ntilde;o a escala de sus obras, tal vez en yeso, plastilina o arcilla. Su ejecuci&oacute;n requer&iacute;a de experiencia, y de la tradici&oacute;n, que llega a Nueva York con Giuseppe Piccirilli y sus hijos, y m&aacute;s tarde de la mano de Del Bianco, Salvatore Novelli, Gaetano Trentainuove, Coppini, Pietro Montana y tantos otros cuyas firmas no siempre constan en sus las obras. Sorvino estaba al tanto de algunas de las razones detr&aacute;s del olvido, y como si lo anterior no fuera justificaci&oacute;n suficiente como para que fuera &eacute;l quien narrase &ldquo;The Italian Factor&rdquo;, tambi&eacute;n pesaba el hecho de que Paul era escultor, que conoc&iacute;a el oficio, y que pod&iacute;a hablar desde el lugar de quien no s&oacute;lo observa, sino que pertenece. En eso est&aacute;bamos, discutiendo detalles, posibles fechas, ininteligibles provisiones a un contrato redactado por abogados y representantes, los suyos, los m&iacute;os, los nuestros. De repente, el titular imperdonable: &ldquo;A los 83 a&ntilde;os muere Paul Sorvino&rdquo;. Alguien de su entorno dijo que hace rato se percib&iacute;a un evidente deterioro f&iacute;sico. Pero para ser sincero, me interesaba su voz y en ning&uacute;n momento repar&eacute; en los detalles de su apariencia, y en estos momentos en los que el mundo derrocha merecidas l&aacute;grimas por un tipo extraordinario, padre de quien nunca fuera m&iacute;a y un actor del carajo, s&oacute;lo siento empat&iacute;a por m&iacute; mismo, por mi documental truncado sobre los artesanos italianos que cambiaron la historia del arte en los Estados Unidos. Tu muerte, Paul Servino, me resulta imperdonable, me cagaste tano, y si de esta no me salva John Turturro, no me salva ni Di&oacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>EMB</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Eduardo Montes-Bradley]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/traicion-paul-sorvino_129_9203941.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 27 Jul 2022 12:03:29 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Paul Sorvino,Eduardo Montes-Bradley]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Dar la cara]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dar-cara_129_7978151.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/86bf7204-2331-48fd-b321-dc1985a4f052_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Dar la cara"></p><p class="article-text">
        Si la interpretaci&oacute;n hist&oacute;rica del paleol&iacute;tico superior requiri&oacute; la intervenci&oacute;n de arque&oacute;logos aficionados, es posible presumir que taxidermistas, en un futuro no muy lejano, sean quienes tengan a su cargo el reto de descifrar sociedades modernas cuyas expresiones primitivistas no dejan de asombrar. Quiz&aacute; pudiera afirmarse que todas las claves para resolver los enigmas de la presente coyuntura estuvieron plasmadas en la fisonom&iacute;a de aquel hombre con el que me encontr&eacute; en una playa de estacionamiento al norte de Miami.
    </p><div class="list">
                    <ul>
                                    <li>&ldquo;Usted no es de por ac&aacute;&rdquo;, dije&nbsp;&nbsp;</li>
                                    <li>&ldquo;Usted tampoco&rdquo;, replic&oacute;.</li>
                            </ul>
            </div><p class="article-text">
        <strong>En realidad, nadie es de por aquellos lugares, todos llegan de otros sitios y con ellos viajan las cicatrices de un tiempo en el que no pareciera prudente permanecer callado.</strong> Toda piel es una vidriera, un mapa donde se percibe la complejidad del pasado inmediato, algo que &eacute;l, el due&ntilde;o de la cara tatuada, define como presente. Le recuerdo que s&oacute;lo los animales viven en el presente, los tatuajes hablan de la historia, la suya. &ldquo;Mi historia es mi presente&rdquo;, dice. &ldquo;Lo dudo&rdquo;, digo, y el tipo sonr&iacute;e.
    </p><p class="article-text">
        Hay claves en el dise&ntilde;o que revelan reclusi&oacute;n, cautiverio; filiaciones al culto de modas otrora reservadas para la burgues&iacute;a blanquita (Doce &amp; Gabbana); convicciones (lealtad, finesa), amores imposibles (padre). La corona entre cejas demanda respeto, un desaf&iacute;o si los hay, m&aacute;s all&aacute; el nombre de pertenencia, una ganga, como le dicen en Centroam&eacute;rica a las bandas territoriales que demandan tributo o sacrificio.&nbsp; Los dioses de hoy parecieran m&aacute;s implacables que los de siempre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Ese mapa, el de su cara, el que quise fotografiar, era distinto a los mapas de los rostros de la Florida.</strong> Improvis&eacute; una hip&oacute;tesis: dije Chicago, y el hombre sonri&oacute; haciendo alarde de aquel incisivo roto. Le mostr&eacute; el m&iacute;o, cambiamos experiencias en combate. Su diente se quebr&oacute; tratando de abrir una cerveza, el m&iacute;o como resultado de un beso torpe en el rosedal de Palermo. As&iacute; son las cosas.
    </p><p class="article-text">
        Aquella noche el hombre del tatuaje estaba inspirado, hablamos de c&oacute;mo <strong>George Floyd </strong>muerto le hab&iacute;a robado las elecciones al vivo de Trump. &Eacute;l dice que vota con la cara todos los d&iacute;as, que la democracia est&aacute; condenada, que inevitablemente tiende a ceder a las pretensiones de exclusi&oacute;n de una minor&iacute;a. Le digo que la democracia es un invento de las minor&iacute;as, pero que en cierta medida prefiero esa democracia a la crueldad de las mayor&iacute;as. &ldquo;Crueles somos todos&rdquo;, dice.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Toda piel es una vidriera, un mapa donde se percibe la complejidad del pasado inmediato, algo que él, el dueño de la cara tatuada, define como presente.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        La violencia policial se ha cobrado un promedio de tres vidas diarias en los &uacute;ltimos meses. Busco alguna clave en el dise&ntilde;o, no encuentro ninguna. Del cuello cuelga una leyenda: Siempre por dinero (4 Ever Paid), supongo que no est&aacute; de m&aacute;s aclarar, despu&eacute;s de todo, este pa&iacute;s se ha beneficiado y se sigue beneficiando de mano de obra esclava desde hace demasiado tiempo. &ldquo;Por plata baila el mono&rdquo;, pienso, guardo silencio.<strong> Las palabras hoy forman parte de un arsenal resguardado por la correcci&oacute;n pol&iacute;tica, por la pol&iacute;tica de autocensura y cancelaci&oacute;n. De eso no se habla, y cuando no se puede hablar se dibuja, las consignas se exhiben en muros, se llevan en la piel.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Hace cuarenta a&ntilde;os aparec&iacute;an en Manhattan los primeros vagones de subte pintados con grafitis indescifrables. Ven&iacute;an de un norte desconocido para nosotros, un Harlem que hab&iacute;a vivido su Renacimiento a principios de siglo, luego la defenestraci&oacute;n, su ocaso. Tambi&eacute;n llegaban camiones y autobuses garabateados en el Bronx que tambi&eacute;n hab&iacute;an sabido de tiempos mejores.&nbsp;En otras partes del mundo se conoce a estos lugares como <strong>la periferia</strong>, tambi&eacute;n tolder&iacute;as en otros tiempos y latitudes. Lo cr&iacute;ptico comenzaba a invadir el lenguaje que Hollywood hab&iacute;a popularizado en el mundo. En el intento de apropiaci&oacute;n de los medios de transporte, m&aacute;s tarde generalizado en la superficie urbana, hab&iacute;a un intento por reclamar el entorno. Cuando la clase media se muda de una casa a la otra, deja constancia de su identidad en los colores elegidos para pintar el cuarto de los ni&ntilde;os, la biblioteca, la cocina; cuando los excluidos reclaman espacio lo hacen advirti&eacute;ndole a la comunidad que su firma es esa que no pueden descifrar. El azote de la pandemia fue misericordioso con los primeros, inclemente con los &uacute;ltimos, que a partir de los noventa empiezan a esgrimir evidencias en los mapas que algunos de sus narradores (<em>griots)</em> de la tribu llevan impresos con tinta en la jeta.
    </p><p class="article-text">
        Todo cambia, menos Bob Dylan, que cumple ochenta y en lugar de parecerse a mi padre se parece a mi hijo. Eso es a lo que se refiere Rita Dove en el poema que le dedica al telescopio de su padre, un soliloquio con el que busca desentra&ntilde;ar la distancia, los afectos familiares y el tiempo. James French, vecino del condado de Orange, Virginia, dice que vivimos en un agujero negro que contiene todo, o que todo lo contiene. Ah&iacute; est&aacute;n los hijos mestizos de Jefferson que tocaban el viol&iacute;n y que terminaron emigrando a Ohio con la primera expansi&oacute;n hacia el oeste; tambi&eacute;n Jessie Scott y Old Frank Johnson, sin quienes el blues hubiera sido improbable casi cien a&ntilde;os m&aacute;s tarde. Y de ser as&iacute; el vac&iacute;o de aquella totalidad habr&iacute;a de incluir a George Floyd, a quien le debemos la victoria de esta &uacute;ltima y muy cuestionable democracia que, a pesar de todo, seguimos defendiendo a falta de algo mejor.&nbsp;&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Eduardo Montes-Bradley]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dar-cara_129_7978151.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 May 2021 10:31:49 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Dar la cara]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[EEUU,Donald Trump,George Floyd]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Dios y la vacuna ganada]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dios-vacuna-ganada_129_7383064.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/279a0fb2-5ae8-4dfa-8772-6b4a3972261a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Dios y la vacuna ganada"></p><p class="article-text">
        Charlottesville, Va. &ndash; Llevo un a&ntilde;o con los mismos dos billetes en el bolsillo, uno de cinco d&oacute;lares con la cara de Lincoln, otro con la de Washington. En el reverso puede leerse &ldquo;In God We Trust&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Los que no tienen confianza en Dios son cada vez m&aacute;s.</strong> De hecho, el ate&iacute;smo es la religi&oacute;n de mayor crecimiento en las &uacute;ltimas dos d&eacute;cadas. Sin embargo, a&uacute;n resulta perjudicial su admisi&oacute;n, al menos en lo que concierne a la clase pol&iacute;tica. Los ateos no cosechan votos, y en las elecciones de esta democracia el peso de lo divino es concreto. Tarde o temprano todo pol&iacute;tico habr&aacute; de ratificar alg&uacute;n tipo de fe en lo supernatural para obtener el apoyo que le permita sobrevivir. Es curioso, pero en ese aspecto los Estados Unidos se asemeja a las teocracias en Ir&aacute;n, Yemen o Mauritania.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ratio ratio__16_9">
    
            <div style="padding:56.25% 0 0 0;position:relative;"><iframe src="https://player.vimeo.com/video/532014610?autoplay=1&title=0&byline=0&portrait=0" style="position:absolute;top:0;left:0;width:100%;height:100%;" frameborder="0" allow="autoplay; fullscreen; picture-in-picture" allowfullscreen></iframe></div><script src="https://player.vimeo.com/api/player.js"></script>
<p><a href="https://vimeo.com/532014610">Robert King</a> from <a href="https://vimeo.com/montesbradley">Eduardo Montes-Bradley</a> on <a href="https://vimeo.com">Vimeo</a>.</p>
    </figure><p class="article-text">
        En el pueblo en el que vivo, y en otros pueblos del sur confederado, las calles est&aacute;n desiertas los domingos, no as&iacute; las playas de estacionamiento en las iglesias. Dr. Martin L. King hab&iacute;a se&ntilde;alado que aquellos d&iacute;as, a las once de la ma&ntilde;ana, era la hora m&aacute;s segregada. Las iglesias negras fueron el primer dominio Afroamericano, la primera instituci&oacute;n negra en este pa&iacute;s en el que negros y blancos comulgan con su grey. Si acaso Patrick Peyton hubiera estado en lo cierto al afirmar que &ldquo;familia que reza unida, permanece unida&rdquo;, entonces &eacute;sta, la gran familia norteamericana, la tiene bastante cruda.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el vest&iacute;bulo de la casa de Robert King, vecino y nativo de estas comarcas, conductor de Uber, hay una imagen de Cristo negro. Seg&uacute;n Robert, son los hombres los que inventan a Dios a su imagen y semejanza, y no lo contrario como supone el dogma. Llevo d&iacute;as charlando con Robert. Quiz&aacute;s hubiera un documental all&iacute; donde a&uacute;n no puedo encontrarlo. Inevitablemente la charla deriva en qu&eacute; podr&iacute;a hacer -o dejar de hacer- un dios en tanto blanco o negro. Que le impidi&oacute; al suyo actuar durante siglos en que sus antepasados fueron esclavizados. En estos casos la respuesta es siempre la misma, la culpa es de los hombres, el cr&eacute;dito se lo lleva &Eacute;l. Es un juego en el que los ateos no podemos ganar ni una mano porque el mazo de naipes est&aacute; servido. Tambi&eacute;n hablamos del diablo porque, aunque sea dif&iacute;cil entender, son millones por estas y otras tierras, quienes a&uacute;n creen en Belceb&uacute;. Con la vacuna sucede algo parecido.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ratio ratio__16_9">
    
            <iframe src="https://player.vimeo.com/video/531478620?title=0&byline=0&portrait=0" width="640" height="360" frameborder="0" allow="autoplay; fullscreen; picture-in-picture" allowfullscreen></iframe>
<p><a href="https://vimeo.com/531478620">Robert King</a> from <a href="https://vimeo.com/montesbradley">Eduardo Montes-Bradley</a> on <a href="https://vimeo.com">Vimeo</a>.</p>
    </figure><p class="article-text">
        <strong>Inmunidad y tonter&iacute;as</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Llevo m&aacute;s de un a&ntilde;o observando riguroso acuartelamiento. Hubo momentos de franca paranoia en los que tanto lav&eacute; mis manos que tem&iacute; fueran a desaparecer las huellas digitales.</strong> Hubo ritos para movilizarnos, para desembolsar compras del supermercado desinfectando hasta los pensamientos. Por entonces la Muerte acechaba. Estimo que muchas de estas reacciones pudieron haber estado alimentadas por la larga noche trumpista, la incertidumbre y el pesimismo.&nbsp; El triunfo de la f&oacute;rmula Biden-Harris represent&oacute; una bocanada de aire fresco.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A partir del cambio de gobierno se puso en marcha una importante campa&ntilde;a de vacunaci&oacute;n. Paralelamente, amplios sectores de la masa troglodita se plantaron en franco desaf&iacute;o. Para ellos, adoratrices del Sol Naranja, la vacuna fue otra de las mentiras con la que los dem&oacute;cratas, idiotas &uacute;tiles de la falange judeo-comunista liderada por Soros y sus camaradas, pretend&iacute;an poner fin al derecho individual. En este sentido los republicanos me recordaban a los piqueteros de Gualeguaych&uacute; enfrent&aacute;ndose a la demon&iacute;aca papelera finlandesa en la orilla opuesta del r&iacute;o Uruguay. La estupidez es universal.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Mientras la clase profesional, urbana e ilustrada sacaba turno para vacunarse; la clase rural, religiosa y fanatizada hacia caso omiso pavone&aacute;ndose sin m&aacute;scaras, con un faso en los labios y una lata de Coca-Diet entre los garfios.</strong> De modo que en mi pueblo no hab&iacute;a turno hasta mediados de junio, mientras en las afueras, en centros rurales fronterizos con West Virginia y Tenessee, sobraban dosis. Y as&iacute; fue como un buen d&iacute;a me aventur&eacute; en territorio enemigo para someterme al pinchazo salvador.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con un poco de suerte en dos semanas se termina el confinamiento y regreso al ruedo, vuelvo a circular en las carreteras, por las venas abiertas de esta naci&oacute;n que todav&iacute;a cree en dios. Tal vez incluso, el pr&oacute;ximo 9 de julio, me encuentre soplando velitas en alg&uacute;n motel de morondanga, d&aacute;ndole las gracias al troglodita que no quiso vacunarse porque a las vacunas, como se sabe las carga el diablo y las descargan los socialistas.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Eduardo Montes-Bradley]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dios-vacuna-ganada_129_7383064.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 07 Apr 2021 10:12:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Dios y la vacuna ganada]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Viajes en tiempos del coronavirus]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/viajes-tiempos-coronavirus_129_7305407.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ce58cd46-b2d3-4579-b696-ed0a84da8970_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Viajes en tiempos del coronavirus"></p><p class="article-text">
        El impacto de la primera muerte por Covid me sorprendi&oacute; regresando de Maine donde pude conversar, c&aacute;mara en mano, con Christian Cotz del Museo de la Primer Enmienda<em>,</em> una instituci&oacute;n dedicada a promover el derecho a decir lo que uno piensa. La entrevista acab&oacute; siendo parte del documental <em>Los Otros Madison</em> que se estrena en breve con el apoyo de la Universidad de Harvard.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aquella primera muerte por coronavirus hab&iacute;a ocurrido en Washington, no en la ciudad sino en el estado, en el rinc&oacute;n m&aacute;s occidental y boreal de los Estados Unidos, es decir: arriba a la izquierda. Por entonces no se escuchaba hablar de otro tema por el radio. De repente, el bichito oriental, hijo de un murci&eacute;lago y un chancho proletario, hab&iacute;a capturado el foro por asalto. Pens&eacute; en Orwell, y me avergonc&eacute; de haber ca&iacute;do en el lugar com&uacute;n, despu&eacute;s en Nostradamus y me dije que no pod&iacute;a ser tan previsible, que al final de cuentas el futuro es incierto, y que estas cosas s&oacute;lo se me ocurren despu&eacute;s de haber pasado demasiadas horas detr&aacute;s del volante. Tambi&eacute;n <strong>pens&eacute; que el virus representaba una cuota de alivio, despu&eacute;s de todo ven&iacute;a a competir por el ox&iacute;geno del rating con figura del caballero indigno de la Casa Blanca. Hoy, retroactivamente, me pregunto si acaso le debamos al coronavirus el habernos quitado de encima al hombre de la corbata roja como podr&iacute;amos deberle a Margaret Thatcher la capitulaci&oacute;n de la &uacute;ltima junta militar en Argentina</strong>. Por momentos pareciera que no hubiera nada mejor que un virus para desplazar a otro.
    </p><p class="article-text">
        Iba hacia el sur por la interestatal 95, y al llegar a Nueva York tom&eacute; un atajo hacia Virginia siguiendo rutas alternativas donde los camiones de 16 ruedas compiten por el espacio con calesas de cuatro ruedas, tiradas por un solo caballo y conducidas por granjeros Amish. Los Amish son una comunidad religiosa extremadamente austera y tradicionalista, con un pasado suizo y distante, seguidores de Jakob Ammann, el sastre devenido l&iacute;der religioso. Los Amish no son pocos, en los Estados Unidos son casi tantos como los habitantes de la ciudad de Santa Fe. Ahora que lo pienso, Fernando Birri era santafecino y su presencia siempre me record&oacute; a esta gente de Pensilvania: barba, ropa de lino y sombrero negro. Birri no era Amish, los Amish no hacen cine, nunca vi a Fernando Birri dirigiendo una calesa tirada por caballos.
    </p><p class="article-text">
        Pensilvania es un estado de &aacute;nimo, y ah&iacute; se definieron las &uacute;ltimas elecciones presidenciales que dieron por tierra con la amenaza anaranjada. Por aqu&iacute; tambi&eacute;n pas&oacute; Domingo F. Sarmiento.
    </p><p class="article-text">
        Faltan apenas cuatro horas para llegar a donde vivo, al pie de los Apalaches, en el centro mismo del estado de Virginia, pero no creo que me sea posible mantenerme alerta detr&aacute;s del volante. Hay momentos en que uno anticipa la posibilidad del accidente que de concretarse no ser&iacute;a tal cosa. No me canso de viajar, pero estoy cansado. Sarmiento ten&iacute;a 36 cuando se aventur&oacute; por estas llanuras, yo acabo de cumplir 60. Si me quedo a dormir en Harrisburg, tal vez ma&ntilde;ana visite a Luis Harss, que vive a unos 100 kil&oacute;metros hacia el oeste, aunque pens&aacute;ndolo bien, aunque respire y duerma en Mercersburg, Harss vive en un estado de &aacute;nimo porte&ntilde;o y anacr&oacute;nico. Hace tiempo que tengo ganas de volver a verle para conversar sobre Crist&oacute;bal Col&oacute;n, el poeta, al que le dedica el primer cap&iacute;tulo de su &uacute;ltimo libro: <em>Mis autores</em>, no <em>Los nuestros</em>, sino los suyos.
    </p><p class="article-text">
        En portadilla el autor advierte que &ldquo;A veces uno estudia y no entiende nada. Otras veces, porque s&iacute;, a uno lo visitan ideas, peque&ntilde;as imaginaciones&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Entonces me imagin&eacute; a Harss esper&aacute;ndome con un pastel de carne preparado por &eacute;l y Patricia, la encantadora mujer que lo acompa&ntilde;a desde mucho antes que desaparecieran los tranv&iacute;as</strong>. Aquella tarde hablamos de Col&oacute;n, de la mucha pena que causa el ensa&ntilde;amiento en torno a su legado, sobre la secrec&iacute;a de su verba l&iacute;rica que quiz&aacute;s s&oacute;lo por razones pr&aacute;cticas ocultaba a sus marineros que tem&iacute;an lo desconocido y que no hubieran entendido.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Que 'ninguno', nos dice, 'puede dar raz&oacute;n que abaste' para revelar el secreto del que fue a ciegas 'sin ver tierras', con s&oacute;lo su 'comp&aacute;s y arte,' por camino ignoto que, para repetirlo 'ser&iacute;a necesario&hellip; descubrirlo como de primero'.&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al anochecer emprend&iacute; el regreso, faltan s&oacute;lo tres horas para llegar a mi lugar en el mundo, pero como suele suceder, esas tres horas se hicieron seis pensando que quiz&aacute; Antonio Machado estuviera en lo cierto al preguntarse para qu&eacute; llamar caminos a los surcos del azar. A poco de andar vuelvo a cruzarme con una calesa de cuatro ruedas conducida por un hombre sin edad junto a una mujer joven y pudorosa, vestida a la usanza de sus ancestros. Mientras el detalle se perd&iacute;a en el espejo retrovisor, pude imagin&aacute;rmela desnuda sobre un campo de girasoles, como esos que cubren estas praderas en las que Pensilvania se agota y Virginia se insin&uacute;a sobre el mapa. La idea de los campos de girasol evoc&oacute; en mi memoria el camino a Rosario a visitar a mis abuelos. El destierro es tambi&eacute;n eso.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por la radio se escucha la voz del hombre de la corbata roja en la Casa Blanca diciendo que lo del coronavirus es un invento chino que va a terminarse milagrosamente ni bien llegue la primavera. Esto reci&eacute;n empieza.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Eduardo Montes-Bradley]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/viajes-tiempos-coronavirus_129_7305407.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 17 Mar 2021 12:45:46 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Viajes en tiempos del coronavirus]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Con la música a otra parte]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/musica-parte_129_7254532.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a04bc5d1-8d2b-455b-8561-d16f6690a737_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Con la música a otra parte"></p><p class="article-text">
        <em>Meti&oacute; viol&iacute;n en bolsa, </em>dec&iacute;an de aquellos que callaban, de a los que abandonaban la discusi&oacute;n con dignidad, de los que se iban con <em>su m&uacute;sica</em> a otra parte. El argumento pudo haber tenido entonces la sonoridad de un viol&iacute;n. En el acto de enfundar primaba un evidente decoro que hoy resulta ajeno, casi ins&oacute;lito. En los tiempos que corren, la murga le gano la pulseada al cuarteto de cuerdas, y las discusiones se terminan a portazos. Son pocos los que enfundan, la mayor&iacute;a empu&ntilde;a, apunta, dispara. 
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En estos d&iacute;as de invierno me encuentro trabajando sobre historias de violines y de esclavos, sobre la persistencia de aquel vestigio del barroco que acab&oacute; por convertirse en un &iacute;cono global. Pocos instrumentos han alcanzado la difusi&oacute;n del viol&iacute;n, ninguno que se le aproxime fue concebido con anterioridad. Se me ocurre que la banda de sonido acompa&ntilde;ando el descenso del todoterreno <em>Perseverance</em> en la superficie marciana deber&iacute;a haber sido el <a href="https://www.youtube.com/watch?v=rao-5y_3S2s" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em><strong>Concierto para viol&iacute;n en re menor</strong></em></a><a href="https://www.youtube.com/watch?v=rao-5y_3S2s" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><strong> de Sibelius. </strong></a>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        MI afici&oacute;n por el instrumento es reciente, y los aprecio en cualquier estado. No tengo preferencias por las debilidades <em>stradivarias</em> de los eruditos. Me conformo con mucho menos como por ejemplo con aquel objeto de madera y encordado de tripa de cordero <em>made in Tennessee</em> que tanto se parec&iacute;a a un viol&iacute;n. Plat&oacute;n supon&iacute;a que la creaci&oacute;n surge a partir de la necesidad, y yo supongo que aquel no-viol&iacute;n hecho con madera de un manzano de los Apalaches debi&oacute; de haber sido perge&ntilde;ado con esmero por quien no podr&iacute;a pagar un instrumento hecho digamos, por italianos en Cremona, por alemanes a un lado u otro de los Alpes o por chinos de Pinggu. La necesidad tambi&eacute;n es madre de infinitas penas.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y en eso andaba pensando cuando me tope en un banco de plaza con un mexicano arropado y muerto de fr&iacute;o. Javier buscaba el sol de invierno, esa prodigiosa luz. Su fisonom&iacute;a delataba las &aacute;ridas huellas del desierto de Chihuahua. &ldquo;Hace cinco meses que vengo andando&rdquo;, dijo. Por estos pagos son muchos los que pasan buscando el Norte, &eacute;l lleva cinco meses andando.&nbsp;Le pregunt&eacute; que pensaba hacer cuando llegase al norte, y Javier me dijo que morirse, pues. &ldquo;&iquest;Para que va uno al norte sino?&rdquo;. Javier me cag&oacute; el resto del d&iacute;a. Dice Javier que ni su mujer ni sus hijos lo quieren porque que ya no sirve para trabajar. Dice Javier que nadie quiere a los borrachos y que quisiera que sus hijos lo quieran. Le pregunt&eacute; si sab&iacute;a tocar el viol&iacute;n. Sonri&oacute; y me dijo que ya no, que ya ni eso le queda. 
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La fecha de nacimiento del viol&iacute;n es incierta, algo as&iacute; como la de mi abuela en Besarabia, pero muchos <em>con-cuerdan</em> que fue hijo de don Andrea Amati, natural de Cremona, y los que mejor afinan dicen que el advenimiento debi&oacute; de haber tenido lugar alrededor de 1550, el mismo a&ntilde;o en que se funda Acapulco. Me pregunto si Javier habr&aacute; visto el mar alguna vez. 
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A cambio del chocolate, los europeos nos regalaron el viol&iacute;n. Los m&aacute;s afortunados fueron los ind&iacute;genas que aprendieron a palos a tocar Bach en las misiones jesuitas de Am&eacute;rica, despu&eacute;s le lleg&oacute; el turno a los mercaderes de New England y a los terratenientes de las plantaciones del sur de los Estados Unidos. Thomas Jefferson fue uno de esos terratenientes, autor de la Declaraci&oacute;n de Independencia y fundador de la Universidad de Virginia. Hasta donde sabemos, Jefferson lleg&oacute; a tener en sus manos al menos un Amati, y dicen que un Stradivarius. El primero esta a buen resguardo, al segundo todav&iacute;a lo est&aacute;n buscando. Los violines son como las tijeras, caminan solos. Jefferson tuvo al menos tres hijos violinistas, Eston, Madison y Beverly Hemings, los tres fueron esclavos en su plantaci&oacute;n. Me pregunto si los violines en los que aprendieron los hijos de Jefferson fueron como aquellos con los que se luc&iacute;a el amo en tertulias deliberativas, o acaso eran como aquel objeto de madera y encordado de tripa de cordero <em>made in Tennessee</em> que tanto se parec&iacute;a a un viol&iacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En los &ldquo;clasificados&rdquo; de la &eacute;poca denunciando la fuga de esclavos, sus due&ntilde;os sol&iacute;an informaci&oacute;n detallada sobre el nombre, edad y altura del fugitivo, qu&eacute; llevaba puesto, si sab&iacute;a o no leer y que c&oacute;mo iba vestido al momento de mandarse a mudar con la m&uacute;sica a otra parte. En casi todos los casos, todos menos dos, cuando el fugitivo era violinista, tambi&eacute;n era carpintero. En un caso en particular, se menciona que Sambo tambi&eacute;n sab&iacute;a construir violines. Me pregunto c&oacute;mo ser&iacute;an los violines que produc&iacute;a Sambo, si acaso respond&iacute;an al modelo europeo que hab&iacute;an introducido los jesuitas o si en cambio ten&iacute;a el sabor popular de aquellas<em> </em>palomas de Nicol&aacute;s Guill&eacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los esclavos que sab&iacute;an tocar el viol&iacute;n formaban parte del inventario de pertenencias m&aacute;s valiosas en la plantaci&oacute;n. Jefferson sol&iacute;a alquilar sus negros para amenizar casamientos y fiestas en plantaciones de otros terratenientes. En la transacci&oacute;n el m&uacute;sico se quedaba con alguna compensaci&oacute;n, y no fueron pocos los casos en los que un esclavo lleg&oacute; a comprar su libertad con los dineros habidos a fuer de desembolsar el viol&iacute;n. Entre estos &uacute;ltimos figuran Eston, Madison y Beverly Hemings hijos de Jefferson y la esclava Sally. Con el tiempo los tres acabar&iacute;an emigrando al norte, como Javier. Madison muri&oacute; en Ohio, Eston en Wisconsin, y de Beverly nada sabemos. Me pregunto a d&oacute;nde ir&aacute; a morir el mexicano que lleva el mapa de Chihuahua tatuado en jeta.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ni bien afloje el fr&iacute;o me mando a mudar con la m&uacute;sica a otra parte. Pienso ir a buscar las tumbas de los hijos de Jefferson, averiguar si alguien los recuerda y si quedan evidencias de su paso por la tierra. Con un poco de suerte encuentro alg&uacute;n viol&iacute;n que les haya pertenecido. Con un poco de suerte me cruzo con los hijos de Javier o con mi padre. Cuando me canse, meto viol&iacute;n en bolsa y me voy con la m&uacute;sica a otra parte.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Eduardo Montes-Bradley]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/musica-parte_129_7254532.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 26 Feb 2021 03:58:51 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Con la música a otra parte]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Magia, revolución y vacunas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tribuna/magia-revolucion-vacunas_1_7188835.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0fb8f6bb-b3b5-449c-b267-5c2182b539d1_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Magia, revolución y vacunas"></p><p class="article-text">
        Uno de los aspectos que distingue a la an&eacute;cdota del hecho real, es que la an&eacute;cdota puede forjarse sobre la marcha, enriquecerse con el correr de los a&ntilde;os, confabularse. La an&eacute;cdota tiene la fuerza de un hecho real, pero carece del mismo rigor. La tradici&oacute;n oral, sin ir m&aacute;s lejos, se apoya en gran medida en el anecdotario, y con frecuencia suele suceder que no tenemos m&aacute;s remedio que creer en ellas. Sin ir m&aacute;s lejos, <strong>por estos d&iacute;as termino de editar un documental &iacute;ntegramente basado en la tradici&oacute;n oral de los descendientes negros del presidente James Madison. Esa tradici&oacute;n se origina en el relato de Mandy, la esclava africana a quien el padre del futuro presidente de los Estados Unidos hubo de favorecer en alguna de sus escapadas nocturnas</strong>. Para el desarrollo del documental contamos con esa tradici&oacute;n y con las m&uacute;ltiples y rigurosas interpretaciones de arque&oacute;logos e historiadores que buscan descifrar lo anecd&oacute;tico. En gran medida, los evangelios no son mucho m&aacute;s que an&eacute;cdotas heredadas, reinterpretadas y consagradas a trav&eacute;s del tiempo como verdades absolutas. Es&nbsp;<em>palabra</em>&nbsp;de Dios.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>En </strong><em><strong>El a&ntilde;o en que estuvimos en ninguna parte</strong></em><strong>, relato que tiene a Ernesto Guevara como protagonista en el Congo, Paco Ignacio Taibo II cuenta que las tropas del Che quedaron pasmadas durante una escaramuza con enemigo, al constatar que las balas de los belgas no le hac&iacute;an mella al argentino.</strong> Lo que podr&iacute;a atribuirse a mala punter&iacute;a, casualidad, confusi&oacute;n o suerte, acab&oacute; convirti&eacute;ndose en mandinga, y el Che en una suerte de dios-mago. Pero Guevara no pod&iacute;a darse el lujo de convertirse en el coronel Kurtz dejando que los nativos lo adoren, aunque vaya uno a saber qu&eacute; pensaba el comandante en esas circunstancias.&nbsp;Lo cierto, o <strong>lo anecd&oacute;tico, es que don Ernesto elabora una tramoya para justificar su suerte y salir del paso</strong>. Seg&uacute;n cuenta Paco Ignacio Taibo, el guerrillero habl&oacute; de un ung&uuml;ento casero que habr&iacute;a salvado su vida y la de Fidel en Sierra Maestra y que ahora podr&iacute;a salvar las suyas. El menjurje, cuya receta compartir&iacute;a con los hermanos del Congo, consist&iacute;a en <strong>un ung&uuml;ento que hac&iacute;a que las balas no pudieran penetrar el cuerpo de los valientes. Es decir: hab&iacute;a que ser valiente, hab&iacute;a que tener fe</strong>. Lo que en t&eacute;rminos estrictamente caribe&ntilde;os se conoce bajo la designaci&oacute;n espec&iacute;fica de comemierdismo tropical, fue de gran acierto y <strong>los soldados creyeron, creyeron y se enfrentaron. Los que cayeron fue porque no hab&iacute;an sido lo suficientemente valientes o porque no se hab&iacute;an untado la dosis prescripta por el m&eacute;dico brujo</strong>. Cu&aacute;nto hay de cierto en esta an&eacute;cdota, no lo s&eacute;. Paco Ignacio Taibo asegura que as&iacute; fue, y yo creo haber entendido lo mismo, aunque ya hayan pasado muchos a&ntilde;os de aquella lectura.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Los laboratorios farmac&eacute;uticos</strong>, si bien gozan de escaso prestigio entre los creyentes,<strong> suelen ser m&aacute;s rigurosos que un revolucionario en apuros a la hora de promover los alcances de sus menjurjes y chapucer&iacute;as</strong>. Por lo pronto, <strong>las faltas y aciertos de los laboratorios suelen tener respuesta inmediata en la Bolsa de Comercio</strong>.&nbsp;<em>Apunte personal: &ldquo;Comprar Moderna y Pfizer, vender Merck&rdquo;.</em>&nbsp;En el proceso de desarrollo de las vacunas contra el coronavirus, <strong>estos laboratorios debieron someterse a los protocolos y normas a las que est&aacute; sujeta su aprobaci&oacute;n, tambi&eacute;n al riguroso escrutinio de pares acad&eacute;micos </strong>dispuestos a despellejar al que saque los pies del&nbsp;<em>Petri dish</em><strong>.&nbsp;</strong>Puede que las vacunas de&nbsp;Moderna y Pfizer<em>&nbsp;</em>acaben por no ser todo lo que de ellas se espera, pero convengamos en que no han faltado oportunidades para examinarlas.<strong>&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Esa rigurosidad</strong>, inherente a las sociedades en las que proliferan abogados dispuestos a litigar hasta el &uacute;ltimo aliento,<strong> no tiene el mismo incentivo cuando los protocolos son f&aacute;cilmente reemplazados por los cojones del mandam&aacute;s de turno</strong>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hacia agosto de 1994 ocupaba quien suscribe un c&oacute;modo departamento de tres ambientes a escasos cincuenta metros de la Funeraria Rivero, <strong>en la ciudad de La Habana</strong>. Aquellos fueron tiempos dif&iacute;ciles, conocidos como el Per&iacute;odo Especial. Quiz&aacute;s todos los tiempos fueron dif&iacute;ciles en aquella isla, pero esa es otra historia. Poco y nada hab&iacute;a para comer, y el calor s&oacute;lo empeoraba las circunstancias. En esos d&iacute;as recibo una carta de Buenos Aires en la que <strong>un productor de cine amigo me advierte de la posibilidad de un negocio con el que podr&iacute;a hacerme f&aacute;cilmente del dinero </strong>que necesitaba para salir de aquel trance y pasarme unos d&iacute;as en Buenos Aires donde todav&iacute;a no asomaba la primavera. El &ldquo;negocio&rdquo; consist&iacute;a en <strong>comprar p&iacute;ldoras de PPG por lo que val&iacute;an en el mercado negro habanero, y venderlas en Buenos Aires por lo que los argentinos estuvieran dispuestos a pagar por ellas. Seg&uacute;n el productor amigo, la milagrosa p&iacute;ldora-socialista reduc&iacute;a dr&aacute;sticamente los &iacute;ndices del colesterol. El &uacute;nico efecto colateral que se le conoc&iacute;a al PPG era el aporte de una renovada vitalidad masculina.</strong> Inmediatamente entend&iacute; aquello de que los ch&aacute;rter que llegaban a Cuba cargados de espa&ntilde;oles cachondos como marmotas en celo en plena crisis del&nbsp;<em>per&iacute;odo especial</em>. Pero <strong>la verdad sea dicha, no era m&aacute;s que un placebo, otro de los recursos del ingenio cubano </strong>para paliar las dificultades del momento. Las p&iacute;ldoras se compraban en lugares clandestinos, tambi&eacute;n en farmacias para turistas. Las vend&iacute;an por debajo del mostrador a raz&oacute;n de cinco d&oacute;lares por bl&iacute;ster de doce.&nbsp;Las hubo rosadas, celestes y blancas. Yo compr&eacute; todas las que pude con el dinero que ten&iacute;a, esperando recuperar mi inversi&oacute;n en Buenos Aires y juntar lo suficiente como para regresar al para&iacute;so. Con el tiempo supimos que el PPG fue algo as&iacute; como aquel ung&uuml;ento que blindaba&nbsp;a los valientes del Congo, sonda puesta en &oacute;rbita para conseguir divisas, para &ldquo;resolver&rdquo; como suelen decir los cubanos, que siempre resuelven todo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Casi <strong>treinta a&ntilde;os m&aacute;s tarde, la vacuna rusa contra el coronavirus vuelve a inspirar el optimismo de los argentinos</strong>. Pero tambi&eacute;n los gobiernos de Bolivia, Bielorrusia, Argelia, Kazajst&aacute;n, Palestina, M&eacute;xico y Brasil parecen haber encontrado en la Sputnik V signos esperanzadores. La puesta en escena tiene visos de gesta heroica e incluso la aprobaci&oacute;n de una prestigiosa revista cient&iacute;fica. Un avi&oacute;n espera las &oacute;rdenes del comandante Fern&aacute;ndez para cruzar los cielos y traernos, desde las tierras del zar de la probeta, el Santo Grial, como si el mism&iacute;simo general Per&oacute;n, una vez m&aacute;s, fuera a sumarse al vuelo de regreso para devolvernos la salud perdida, para sanar las heridas.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;<strong>Dice mi amigo Dimitri que la vacuna es parte de un experimento cient&iacute;fico para que los rusos terminen qued&aacute;ndose con la Patagonia. Dice Dimitri, que suele sentarse en un banco frente a la embajada de Ucrania en Washington, que Putin tiene pensado refugiarse con Trump al pie de la Cordillera</strong>, pero and&aacute; a saber, son tantos los chismes que andan circulando que uno ya no sabe qu&eacute; pensar. <strong>Por momentos tengo miedo de haber quedado atrapado en una realidad que s&oacute;lo existe fuera de mis documentales</strong>. Que es precisamente all&iacute; en las vidas que retrato con mi c&aacute;mara donde verdaderamente suceden las cosas que merecen la pena de ser narradas, como la historia de los descendientes negros de James Madison con una esclava africana, como aquella otra de <strong>un rosarino en el Congo Belga chamuy&aacute;ndose a los combatientes para convencerlos de que son inmortales, de que lo &uacute;nico que hace falta para seguir viviendo es magia y coraje</strong>. Quien te dice, a lo mejor el Che ten&iacute;a raz&oacute;n y s&oacute;lo se trata de creer, eso que algunos llaman La Voluntad.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hoy hace mucho fr&iacute;o, comienza a nevar en Washington, y ahora que lo pienso, ni siquiera me acuerdo para qu&eacute; me cit&oacute; Dimitri en este pinche banco de plaza.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Eduardo Montes-Bradley]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tribuna/magia-revolucion-vacunas_1_7188835.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 03 Feb 2021 04:11:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Magia, revolución y vacunas]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La fábula del águila judía]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/fabula-aguila-judia_129_6944863.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/dbd1fe60-e370-4895-8448-ecef620a9d8c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="La fábula del águila judía"></p><p class="article-text">
        No gano para disgustos, dir&iacute;a mi abuela.&nbsp;<strong>El mundo a trav&eacute;s de la pantalla me ofrece im&aacute;genes de una capital cercada, Washington ya no es la misma.</strong>&nbsp;Tropas propias pertrechadas para el combate patrullan la ciudad capital y custodian puentes segados. Cada tanto, la misma pantalla ofrece alg&uacute;n&nbsp;<strong>flashback de b&aacute;rbaros embistiendo contra el Capitolio al grito de &ldquo;&iexcl;Cuelguen a Mike Pence!&rdquo;</strong>&nbsp;que alternan con poco sutiles encuadres de un cadalso improvisado donde habr&iacute;an de pagar sus penas los traidores al l&iacute;der anaranjado.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El montaje de las noticias me hizo pensar en&nbsp;<em>Muerte por guillotina</em>, aquella postal de Pierre-Antoine Demachy que sintetiz&oacute; el esp&iacute;ritu revolucionario de un Par&iacute;s revolucionario y sangriento. Tambi&eacute;n&nbsp;<strong>cre&iacute; recordar una Sarajevo sitiado, donde una mujer cargando bolsas atravesaba el as&iacute; llamado &ldquo;callej&oacute;n de los franco-tiradores&rdquo;.&nbsp;A veces la realidad se empe&ntilde;a en imitar a los juegos electr&oacute;nicos.&nbsp;En realidad, lo que estaba recordando no era una experiencia propia en la guerra, sino la experiencia de Michael Stravato, el fot&oacute;grafo que tuvo a su cargo el disparo. Fot&oacute;grafo 1, Francotirador 0.</strong>&nbsp;La imagen de Stravato dio la vuelta al mundo, como antes lo hab&iacute;an hecho las reproducciones del cuadro de Demachy, y ahora lo hacen las im&aacute;genes en video mostrando a cientos de trogloditas embanderados que tienen a Donald Trump el Mes&iacute;as.&nbsp;<strong>Lo que veo en la pantalla acrecienta mis temores, miedos que alguna vez, en la adolescencia, fueron simplemente furia. De modo que decid&iacute; replegarme, no a la adolescencia, lo cual jam&aacute;s habr&iacute;a de perdonarme, sino a la sala de estar donde el fuego familiar es ameno, donde desde el c&oacute;modo div&aacute;n frente a la venta puedo ver el mundo tal como es</strong>.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mucho ha cambiado all&iacute;, al otro lado de mi ventana desde los preludios de esta cuarentena. En principio dir&iacute;a que&nbsp;<strong>la calidad del aire que se respira ha mejorado notablemente, y con ello la visibilidad de prados y monta&ntilde;as, hoy nevadas. Cuando comenz&oacute; la pandemia del COVID, viv&iacute;an all&iacute; fuera unos doce o quince venados; cont&eacute; veintid&oacute;s en la manada</strong>. Presumo que el crecimiento tiene que ver con que ya nadie corta el pasto, ni poda los &aacute;rboles de modo que hay m&aacute;s alimento para los ciervos este invierno, y tambi&eacute;n m&aacute;s coyotes para quienes el venado es pasto nuestro de cada d&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La&nbsp;<strong>gente</strong>&nbsp;del lugar tambi&eacute;n hace lo suyo y,&nbsp;<strong>llevada al delirio-agrario producto del encierro</strong>,&nbsp;<strong>se ha dado a</strong>&nbsp;cultivar verduras y&nbsp;<strong>criar gallinas</strong>. Cada loco con su tema.&nbsp;<strong>La multiplicaci&oacute;n de gallinas, por otra parte, condujo al aumento de zorros, criaturas divinas que por las noches aterrorizan a los ni&ntilde;os</strong>&nbsp;con sus aullidos de celo. Los entiendo perfectamente. Si los zorros, camino al corral, llegaran a cruzarse con una gata vieja y cansada, habr&iacute;an de hacerse un fest&iacute;n con ella como debi&oacute; de haber sucedido con mi dulce Kate a la que no he vuelto a ver desde el 4 de noviembre pasado, d&iacute;a en que la f&oacute;rmula Biden-Harris triunf&oacute; sobre azote anaranjado, &eacute;se al que hoy buscan consagrar las falanges que arremetieron contra el Capitolio. Pero&nbsp;<strong>no era mi intenci&oacute;n ocuparme de la realidad pol&iacute;tica, fue precisamente para evitarlo que me traslad&eacute; de la sala al sill&oacute;n, al fuego y a mi ventana, esa que da al parque desde donde pueden apreciarse los atardeceres sobre los Apalaches y desde donde vi al &aacute;guila dorada posarse sobre la rama del nogal.&nbsp;</strong>Hace a&ntilde;os que aquel macho anida en lo m&aacute;s alto del a&ntilde;oso roble llor&oacute;n junto a la casa. Digo &ldquo;vi al &aacute;guila dorada posarse sobre la rama&rdquo; como si tal cosa fuera f&aacute;cil.&nbsp;<strong>Seis kilos de pechuga emplumada desaf&iacute;an a la gravedad, y desde ese lugar el predador escanea el terreno</strong>&nbsp;antes de extender nuevamente sus alas planeando hasta dar con sus garras sobre la indefensa laucha de maizal. &iexcl;Que maravilla!&nbsp;<strong>Poco m&aacute;s tarde vi al &aacute;guila patrullando el terreno a pie hasta detenerse frente al refugio de un cuis que, al intentar huir, acab&oacute; por ser sumado al fest&iacute;n. Ese cuis me record&oacute; a la mujer bosnia en el callej&oacute;n de los francotiradores serbios, tambi&eacute;n record&eacute; el art&iacute;culo del&nbsp;</strong><em><strong>Washington Post</strong></em><strong>, en el que Karen Heller parec&iacute;a salivarse con anticipaci&oacute;n mientras escrib&iacute;a sobre c&oacute;mo la abogada Roberta Kaplan iba a manducarse a Donald Trump ni bien pusiera los pies fuera del plato.</strong>&nbsp;Para Roberta, dice Heller, los juicios pol&iacute;ticos que padece su presa, son poca cosa frente a las demandas que viene preparando desde hace meses a la espera de que el topo naranja saque la cabeza de su blanca madriguera.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para Andrew Cuomo, gobernador del estado de New York, Roberta Kaplan &ldquo;ha sido una figura indispensable en la lucha contra el c&aacute;ncer que representa el odio y la divisi&oacute;n exacerbada por Trump durante los &uacute;ltimos cuatro a&ntilde;os&rdquo;;&nbsp;<strong>para m&iacute;, Roberta es un &aacute;guila con cr&iacute;a, es Golde en&nbsp;</strong><em><strong>El Violinista en el Tejado</strong></em><strong>&nbsp;a punto de cocinar al cosaco-mit&oacute;mano con la guarnici&oacute;n de hijos tilingos, yernos oportunistas, nueras y amanuenses. La foto de Roberta en el&nbsp;</strong><em><strong>Washington Post</strong></em><strong>&nbsp;revela la fisonom&iacute;a de una madre jud&iacute;a del sur de la Florida, pero adem&aacute;s Roberta es gay, militante de causas progresistas, enemiga del panterismo ideol&oacute;gico y con cojones para ir tras los nazis implicados en cr&iacute;menes de Charlottesville, y en cualquier otro lugar del pa&iacute;s</strong>.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Empiezo a cuestionarme la elecci&oacute;n de un sill&oacute;n por otro, del televisor por la ventana. Vine junto al fuego para olvidar, como quien empina una botella. Pero&nbsp;<strong>todo me remite a ese otro lugar en que se debaten los destinos de una naci&oacute;n que pareciera haber devuelto a su cauce el curso de la evoluci&oacute;n</strong>.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De a poco las ovejas se van apartando del carnero rengo, las multinacionales se desentienden de sus contribuciones al r&eacute;gimen p&oacute;stumo, los venados se apartan del lesionado, ni Mitch McConnell ni Mike Pence responden a las intrigas, Ted Cruz y sus hienas-comadres fueron apartadas de la manada, las marmotas parecieran haber decidido ya cu&aacute;l de ellas ser&aacute; consagrada al sacrificio. Entretanto,&nbsp;<strong>Roberta, el &aacute;guila-jud&iacute;a, espera, desafiando la gravedad, ese momento en que la inmunidad ya no sea un privilegio</strong>.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Eduardo Montes-Bradley]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/fabula-aguila-judia_129_6944863.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 20 Jan 2021 03:39:40 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La fábula del águila judía]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[EEUU,Joe Biden,Donald Trump,Washington]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Quién soltó a los perros?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/solto-perros_129_6733370.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7e1be3d3-b19c-4639-a9c2-2a6344a96a1c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Quién soltó a los perros?"></p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;"><em>&iquest;Qui&eacute;n solt&oacute; a los perros?</em></span><span class="highlight" style="--color:white;"> fue una canci&oacute;n muy exitosa de Anslem Douglas. Cuando comenz&oacute; a sonar fuerte, muchos se preguntaron qui&eacute;nes eran los perros sueltos. El tiempo se ocup&oacute; de aclarar que se trataba de los hombres negros que vituperaban a la mujer con infundios. Pasaron los a&ntilde;os, el t&eacute;rmino se extendi&oacute;, perdi&oacute; el peso inicial que pudo haber tenido y hoy resulta frecuente en la cultura hip-pop tratarse de </span><span class="highlight" style="--color:white;"><em>perro</em></span><span class="highlight" style="--color:white;"> (dog) entre los varones, en lugar de </span><span class="highlight" style="--color:white;"><em>hombre</em></span><span class="highlight" style="--color:white;"> (man), como hasta no hace mucho tiempo. &iquest;Entend&eacute;s, </span><span class="highlight" style="--color:white;"><em>perro</em></span><span class="highlight" style="--color:white;">? </span><span class="highlight" style="--color:white;"><strong>Lo que me pregunto, aunque parezca un poco tirado de los pelos, es c&oacute;mo como se llaman entre s&iacute; los hombres blancos que hace unas horas irrumpieron en el Senado de los Estados Unidos.</strong></span><span class="highlight" style="--color:white;"> Entre esos &ldquo;perros&rdquo; no hab&iacute;a negros, tampoco un numero considerable de mujeres. aunque la &uacute;nica v&iacute;ctima, herida de bala, haya sido precisamente una mujer. Por ahora es todo lo que sabemos de ella.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Las im&aacute;genes recorrieron el mundo, y muchos se dejaron llevar por la imaginaci&oacute;n. El retrato del energ&uacute;meno disfrazado de cham&aacute;n-guerrero despert&oacute; gran inter&eacute;s en la prensa. Por aqu&iacute; no le dieron mucha importancia al asunto del disfraz, porque la gente est&aacute; acostumbrada a ese despliegue espectacular de falsas identidades, identidades mitol&oacute;gicas, heroicas. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">El payaso de turno de llama Jake Angeli, figurita repetida en casi todas las manifestaciones de apoyo a Donald Trump. Su historia est&aacute; entra&ntilde;ablemente vinculada al movimiento QAnon, tendencia que proclama teor&iacute;as conspirativas que alientan el temor entre la poblaci&oacute;n m&aacute;s desprevenida. </span><span class="highlight" style="--color:white;"><strong>No son pocos, tampoco todos los republicanos.</strong></span><span class="highlight" style="--color:white;"> Son aquellos a los que, con frecuencia, la prensa designa como &ldquo;la base&rdquo;. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Son los militantes llamados a perpetuar una </span><span class="highlight" style="--color:white;"><em>America</em></span><span class="highlight" style="--color:white;"> ideal, una Am&eacute;rica que nunca existi&oacute;. Usan sombreros rojos con la sigla MAGA (Make Am&eacute;rica Great Again). </span><span class="highlight" style="--color:white;"><strong>Los m&aacute;s devotos creen que la dirigencia dem&oacute;crata es ped&oacute;fila, que Trump es el Mes&iacute;as, que Hilary Clinton se desayuna con sangre de reci&eacute;n nacidos y que Obama naci&oacute; en Nigeria.</strong></span><span class="highlight" style="--color:white;"> Tambi&eacute;n caen en la volteada los negros y los jud&iacute;os, pero, por sobre todas las cosas, los mexicanos, definici&oacute;n que incluye a todos los que tengan la piel un poco m&aacute;s oscura y el ingl&eacute;s prendido con alfileres. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Para ellos, Trump es un enviado de dios. Ah&iacute; es donde los Estados Unidos empiezan a parecerse a cualquier otra sociedad teocr&aacute;tica en la tierra. </span><span class="highlight" style="--color:white;"><strong>Hay mucho m&aacute;s en com&uacute;n entre un talib&aacute;n past&uacute;n y un militante del inframundo trumpista de lo que a simple vista parece.</strong></span><span class="highlight" style="--color:white;"> En ambos casos, creen que las libertades que vienen de la mano del progreso liberal atientan contra su modo de vida. Tienen miedo y viven pendientes de la idea de disoluci&oacute;n de los Estados Unidos detr&aacute;s de la cual marchan los herejes ateos y anarquistas subvencionados, entre otros, por el nonagenario de George Soros. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">El nivel de locura es extraordinario. El que me asegura que el New York Times responde a los designios del billonario mexicano Carlos Slim Hel&uacute; es el mismo que quiere sacarse una foto con el descerebrado de Jake Angeli disfrazado de cham&aacute;n Siux. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Los militantes m&aacute;s intr&eacute;pidos, esos que avanzaron sobre el Capitolio hace algunas horas, son, a la vez, los m&aacute;s d&eacute;biles. No son perros, son gente com&uacute;n alentada por el desaliento, por el terror de quedarse sin pa&iacute;s, sin el pa&iacute;s que compraron en la escuela y en las superproducciones de Hollywood. </span><span class="highlight" style="--color:white;"><strong>Se sienten despojados, y entienden que la &uacute;nica manera de entrar al escenario es por la ventana, que fue lo que hicieron.</strong></span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Sabemos qui&eacute;nes no son. No son negros, tampoco hay suficientes mujeres como para llamarle un asalto respetable, el Parlamento de los Estados Unidos no es el Moncada, ni el Palacio de Invierno. </span><span class="highlight" style="--color:white;"><strong>Es gente com&uacute;n, &iquest;embrutecida?, pero no menos com&uacute;n que nosotros</strong></span><span class="highlight" style="--color:white;">.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Los humanos tenemos muchos de los rasgos de nuestros primos m&aacute;s cercanos el chimpanc&eacute; y el bonobo, que, aunque parecidos, no son lo mismo. El bonobo es un simio pl&aacute;cido, al que no le gustan las refriegas, es lo que los republicanos llaman un bando, un perdedor. El chimpanc&eacute; es agresivo, primero pega, despu&eacute;s pregunta, es lo que los dem&oacute;cratas entienden por republicano. En las sociedades bonobo es la mujer quien rige los destinos del grupo. Entre los chimpanc&eacute;s prevalece la verticalidad del macho. Los chimpanc&eacute;s son chauvinistas, los bonobos reciben con benepl&aacute;cito a los que vienes de fuera. Lo que llamamos </span><span class="highlight" style="--color:white;"><em>grieta</em></span><span class="highlight" style="--color:white;"> bien podr&iacute;a encontrarse revisando el c&oacute;digo gen&eacute;tico. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Mientras tanto, seguimos </span>pegados a la pantalla, como lo estuvimos cuando Neil Armstrong pis&oacute; la luna o durante los funerales de Michael Jackson. Chimpanc&eacute;s y bonobos prendidos al pez&oacute;n de las noticias. Las &uacute;ltimas parecieran indicar que, a pesar de todo, la transici&oacute;n de mando tendr&aacute; lugar indefectiblemente el pr&oacute;ximo 20 de enero, aunque, tal vez, mi conclusi&oacute;n no sea m&aacute;s que el resultado de vivir en mi propia burbuja de bonobo. El tiempo dir&aacute;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Eduardo Montes-Bradley]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/solto-perros_129_6733370.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 07 Jan 2021 11:26:13 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Quién soltó a los perros?]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Vivo en Charlottesville: acá empezó el derrumbe de Donald Trump]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/vivo-charlottesville-empezo-derrumbe-donald-trump_129_6516437.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/488ca8ac-7fd8-4d67-aaba-26e41d607597_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Vivo en Charlottesville: acá empezó el derrumbe de Donald Trump"></p><p class="article-text">
        Hace m&aacute;s de diez a&ntilde;os que vivo en Charlottesville, villorrio que comparto con cincuenta mil almas en el centro del estado de Virginia, al pie de los Apalaches y 160 kil&oacute;metros al sudeste del Distrito Federal, capital del imperio. Aqu&iacute; me trajo la crisis del 2008, la ca&iacute;da de la Bolsa, el desempleo y la ruina de un pa&iacute;s que parec&iacute;a no dar para m&aacute;s durante los &uacute;ltimos meses del segundo gobierno de George W. Bush, por entonces el m&aacute;s despreciado entre los presidentes que le precedieron. Eso tambi&eacute;n estaba a punto de cambiar.
    </p><p class="article-text">
        En Charlottesville encontr&eacute; sosiego. Tan a gusto me sent&iacute; que sin m&aacute;s me vi multiplicado. La llegada de mi tercer hijo fue un gesto de confianza en un pa&iacute;s que, tras el bochorno, <strong>empezaba a exhibir rasgos de madurez c&iacute;vica. </strong>Uno de esos rasgos fue la llegada de Barack Obama, primer presidente negro de los Estados Unidos. En realidad, mestizo, como suele darse en Am&eacute;rica, cuando se puede. Obama era culto, inteligente, agraciado y canchero, cualidades que a su predecesor le hab&iacute;an sido negadas. Pero no todos compartieron mi entusiasmo, y en las elecciones de 2016, como es sabido, volvi&oacute; a entronarse la torpeza con renovado entusiasmo.<strong> La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca cambi&oacute; absolutamente todo. </strong>Esta vez la ruptura fue frontal y la grieta nos alcanz&oacute; a todos. Desde entonces no he vuelto a reunirme en amena tertulia con mis padres, tampoco con mi hermano, cuyas simpat&iacute;as por Trump terminaron con cualquier posibilidad de encuentro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; estaban las cosas en agosto de 2017 cuando un colega me advierte que un grupo de neonazi marchaba con antorchas por la Universidad de Virginia al grito de &ldquo;&iexcl;Los jud&iacute;os no nos van a reemplazar!&rdquo;. Las im&aacute;genes por televisi&oacute;n daban fe de lo que estaba sucediendo en Shangri-La, al pie de los Apalaches. Me vest&iacute; lo m&aacute;s r&aacute;pido que pude, y en menos que canta un nazi estuve all&iacute; para presenciar lo que fue el principio del fin de la era Trump, justo aqu&iacute;, en Charlottesville, cuna de la Declaraci&oacute;n de la Independencia y de la Constituci&oacute;n. Donde alguna vez, en los albores, convivieron cuatro de los primeros cinco presidentes de aquel experimento democr&aacute;tico, todos esclavistas, propietarios de hombres y mujeres que se vend&iacute;an en subasta p&uacute;blica. No quiero con esto restarle m&eacute;rito a la Constituci&oacute;n, pero creo conveniente mencionarlo. Charlottesville es un lugar complejo. Todos los lugares lo son.
    </p><p class="article-text">
        Aquella fue la primera embestida de la ultraderecha-nacionalista, el debut, en tiempos modernos, de blancos-supremacistas de clase media. Esta vez fue sin capuchas blancas, sin togas; con nuevas siglas, c&aacute;nticos y banderas. La respuesta a los advenedizos no se hizo esperar y los residentes de Charlottesville, en su mayor&iacute;a dem&oacute;cratas y progresistas, salieron al d&iacute;a siguiente a reclamar la Universidad, y los espacios p&uacute;blicos. Ese d&iacute;a hubo enfrentamientos.
    </p><p class="article-text">
        Ser&iacute;an las 2.00 de la tarde del aquel s&aacute;bado, cuando James Alex Fields Jr. (20), supremacista de Ohio, trampista y nene de mam&aacute;, atropellaba intencionalmente a un grupo de manifestantes de izquierda, curiosos, antifascistas, militantes LGBTQ, esa gente que los trampistas desprecian m&aacute;s que nadie, casi tanto como a los negros. Aquello fue pandemonio, el Dodge Challenger hizo destrozos. Tras la embestida el conductor se dispuso a retroceder con el objeto de volver contra los que no hubieran ca&iacute;do o se hubieran dispersado. Se escucharon gritos desesperados, hubo cuerpos desparramados sobre la acera y en la calzada. Fueron m&aacute;s de treinta los heridos, treinta cuerpos golpeados y un muerto:&nbsp;Heather&nbsp;Heyer (32).
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;El hecho, que fue titular en los principales diarios del mundo, no pas&oacute; desapercibido en Washington. <strong>Desde la capital, Trump aseguraba, como si se tratase de un encuentro deportivo, que hab&iacute;a &ldquo;muy buena gente en ambos lados del enfrentamiento&rdquo;.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Los sectores m&aacute;s reaccionarios y racistas interpretaron aquella respuesta de la Casa Blanca como un espaldarazo para mostrarse desembozadamente armados, para intimidar funcionarios, para dar le&ntilde;a al grito de &ldquo;Sangre y Tierra&rdquo;, para encender antorchas como las que iluminaron Berl&iacute;n en la primavera del &acute;33, para exhibir tatuajes con la cara de Hitler y esv&aacute;sticas, para enarbolar banderas confederadas con bronca desdentada, esgrimiendo odio hacia a la ilustraci&oacute;n que denunciaba el regreso de Ku Klux Klan. El asesinato de Heather Heyer en Charlottesville aquel s&aacute;bado 12 de agosto de 2017, fue el principio del fin de la era Trump.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Digamos sus nombres                            </span>
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        Los enfrentamientos habr&iacute;an de multiplicarse durante los pr&oacute;ximos tres a&ntilde;os,&nbsp;<a href="https://sayevery.name/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Digamos sus nombres</em></a>&nbsp;se trasform&oacute; en la consigna con que se busca reivindicar a las v&iacute;ctimas de uno de los per&iacute;odos m&aacute;s oscuros en la historia reciente en los Estados Unidos. Despu&eacute;s cayeron las estatuas ecuestres, bustos y monumentos dedicados a los esclavistas del sur. Hubo marchas y contramarchas, actos de resistencia y linchamientos, hasta que finalmente, una vez m&aacute;s, lleg&oacute; la hora de votar sorteando intrigas palaciegas para que, con un poco de suerte y viento en popa, lleguemos a ver el regreso de la democracia parlamentaria de la mano de Joe Biden y Kamala Harris.
    </p><p class="article-text">
        Ac&aacute; en Charlottesville, <strong>empez&oacute; el derrumbe de Donald Trump.</strong> Fueron a&ntilde;os dif&iacute;ciles pero, qui&eacute;n te dice, en una de &eacute;sas la mesa vuelva a reunirnos para celebrar con mis padres y mi hermano un a&ntilde;o m&aacute;s en esta aventura americana.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Charlottesville, Estados Unidos, Eduardo Montes-Bradley]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/vivo-charlottesville-empezo-derrumbe-donald-trump_129_6516437.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 22 Dec 2020 10:35:07 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Estados Unidos,Donald Trump,Joe Biden]]></media:keywords>
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