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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Alexandra Kohan]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/alexandra-kohan/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Alexandra Kohan]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Escrituras de duelo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/escrituras-duelo_129_11887670.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ecadc317-be80-4a4a-b2ae-8fa720beb959_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Escrituras de duelo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Vuelvo a la idea de Lacan de que la literatura es la acomodación de restos. ­Los restos que hay que acomodar, pero también el resto de la vida; y también lo que se resta de una vida.</p></div><p class="article-text">
        Hace varios a&ntilde;os escrib&iacute;, en este mismo espacio, dos textos sobre el duelo: <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/subrayados_129_8241247.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Subrayados</a> y <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/duelos_129_7938047.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Duelos</a>. Desde entonces, las lecturas continuaron. Entonces me encuentro con las ganas de volver sobre el asunto. Y ahora pienso que, quiz&aacute;s, el duelo tambi&eacute;n sea eso: una lectura que no termina, un texto que se sigue escribiendo.
    </p><p class="article-text">
        Si bien el duelo es &iacute;ntimo, singular y hasta por muchos momentos requiere de la soledad, no hay duelo que no tenga efectos en la comunidad. El duelo, como casi todo lo que constituye el mundo del ser humano, no es algo natural y tambi&eacute;n est&aacute; atravesado por vicisitudes hist&oacute;ricas y culturales. La relaci&oacute;n que tenemos con la muerte se transforma, no s&oacute;lo a lo largo de los a&ntilde;os, sino a trav&eacute;s de las distintas concepciones culturales. Por eso resulta tan interesante el trabajo que hace el historiador Philippe Ari&egrave;s en <em>Morir en occidente</em> y en <em>El hombre ante a la muerte</em>. No hemos muerto siempre de la misma manera, no hemos duelado siempre igual. Ari&egrave;s indaga la p&eacute;rdida de la familiaridad con la muerte que se fue produciendo hasta tal punto de que huir de la muerte es, para Occidente, una tentaci&oacute;n. Las consecuencias que recaen sobre el dolor, la pena, el duelo son, sobre todo a partir del Siglo XX, notables: ocultarlos, no hacer ver que se experimenta la pena. El dolor se va replegando a la esfera privada. El autor habla de c&oacute;mo la sociedad moderna ha privado al hombre de su muerte y, al mismo tiempo, ha prohibido a los vivos demostrar su dolor. De lo p&uacute;blico a lo privado, casi a lo clandestino. Y de lo com&uacute;n a lo individual. El muerto en el placard, la pena en el <em>closet</em>.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        Nicol&aacute;s Baintrub escribi&oacute; sobre la tanatopraxia en <a href="https://www.revistaanfibia.com/tanatopraxia-un-cuerpo-dormido-no-es-un-cuerpo-muerto/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">este</a> texto impresionante. Ah&iacute;, luego de seguir la pista de Ari&egrave;s, dice: &ldquo;Pero en la actualidad ocultar la muerte no significa necesariamente ocultar los cad&aacute;veres. Es posible, en todo caso, ocultar la muerte <em>de</em> los cad&aacute;veres. A la vista de todos. La tanatopraxia se ocupa de borrar de los cuerpos todos los signos de la muerte&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Otra cuesti&oacute;n fundamental que se&ntilde;ala el historiador franc&eacute;s es que en la vida moderna &ldquo;la prohibici&oacute;n del duelo empuja al sobreviviente a aturdirse de trabajo o, por el contrario, en el l&iacute;mite del desatino, a hacer como que se vive en compa&ntilde;&iacute;a del difunto (...). Uno llega entonces a preguntarse (...) si una gran parte de la patolog&iacute;a de hoy no tiene su origen en la evacuaci&oacute;n de la muerte fuera de la vida cotidiana, en la prohibici&oacute;n del duelo y del derecho de llorar a los muertos&rdquo;. Prohibir el duelo, aturdirse, no llorar en p&uacute;blico, llevarse toda la pena al &aacute;mbito privado. Seguir como si nada, seguir, seguir, seguir, seguir corriendo en la l&iacute;nea de montaje. Llevarse puesto el dolor. Arrojarlo por la ventana, sofocarlo, soterrarlo, enterrarlo junto con el muerto. Ac&aacute; no pas&oacute; nada. Muerte seca. Adi&oacute;s ritos. Por supuesto que esta gestualidad negadora no recae solamente sobre el dolor a partir de la muerte, sino que, hoy en d&iacute;a, cualquier atisbo de dolor es tratado de esa misma miserable forma: no ha lugar, no hay tiempo que perder (de hecho, esa estupidez de &ldquo;una lloradita y a seguir&rdquo; lo demuestra muy bien). <em>No hay tiempo que perder</em>, qu&eacute; idea f&uacute;til, necia, boba. El tiempo solo puede perderse, pero adem&aacute;s, ahora que se perdi&oacute; a alguien o algo, ahora que se perdi&oacute; un &ldquo;trozo de s&iacute;&rdquo;, el tiempo se descuajeringa, se desfasa, se desgarra. El tiempo no pasa. Vir Cano en <em>Dar el duelo</em> (Galerna) lo dice as&iacute;: &ldquo;Los duelos desgarran todos nuestros tiempos. Quiz&aacute;s por eso a veces nos resultan tan insoportables. No hay calendario, ni cuenta, ni numeraci&oacute;n que pueda conjurar el efecto desquiciante que inoculan nuestros muertos en los tiempos de sobre/vida, y tampoco es posible detener todo eso que vive en y con nuestros muertos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>Time is out of joint</em>.
    </p><p class="article-text">
        Es por eso que la escritura de los libros sobre el duelo son un b&aacute;lsamo. Leerlos implica la posibilidad de vivir el dolor en paz. Sin aprietes ni empujones; sin prescripciones ni patologizaciones; sin la necedad de la negaci&oacute;n, ni la perversi&oacute;n de la desmentida sostenida, sobre todo por los que est&aacute;n alrededor.
    </p><p class="article-text">
        No perturbar el duelo, dice Freud. Y es que no hay nada que hacer, no hay que seguir instrucciones, ni manuales. No hay etapas, ni tiempos cronol&oacute;gicos. No se trata de trabajar para el olvido, ni para que el dolor pase m&aacute;s r&aacute;pido. Creo que en el duelo hay que confiar, <em>eso</em> se hace sin que lo sepamos, sin que lo empujemos, sin que lo agobiamos, sin que nos atosiguemos. Y no se hace nunca de una vez y para siempre. Guy Le Gaufey habla de los peque&ntilde;os reajustes que el duelo produce sin que lo sepamos.
    </p><p class="article-text">
        Las escrituras sobre el duelo suspenden tambi&eacute;n la linealidad del tiempo e introducen, como el duelo mismo, un destiempo singular. Son escrituras que no s&oacute;lo dicen, sino que hacen. Y eso que hacen es ir variando apocada y sutilmente tambi&eacute;n nuestros duelos, los de los lectores. Mi amiga Carina me regala en enero, para mi cumplea&ntilde;os, <em>El velo negro</em>, de Anny Duperey. Originalmente fue publicado en Francia en 1991. En Argentina fue publicado en 2021 por la magn&iacute;fica editorial cordobesa <a href="https://cieloinvertido.empretienda.com.ar/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Cielo invertido</a> -nombre, adem&aacute;s, bellamente spinetteano-. Es un libro que suelo tener cerca, de esos que uno abre solamente en determinados momentos. No lo le&iacute; entero de una vez, sino de manera discontinua y fragmentaria. Del mismo modo como est&aacute; escrito: ensayos, entradas, fragmentos. Jean Allouch ya lo hab&iacute;a mencionado en su libro fundamental sobre el duelo: <em>Er&oacute;tica del duelo en tiempos de la muerte seca</em> (Cuenco del Plata). Sin embargo, las veces que le&iacute; el libro de Allouch no fui en busca del de Duperey. Porque, ahora quiz&aacute;s lo entiendo, este tipo de libros no son una &ldquo;referencia obligada&rdquo;, sino un lugar al que uno llega a trav&eacute;s del don de otro.
    </p><p class="article-text">
        Duperey ten&iacute;a 8 a&ntilde;os cuando perdi&oacute; a sus padres en un accidente dom&eacute;stico -ambos se asfixian por una p&eacute;rdida de di&oacute;xido de carbono-. Su hermanita ten&iacute;a pocos meses (ambas adem&aacute;s fueron separadas luego de la tragedia, un nuevo desgarro). Era un domingo por la ma&ntilde;ana. Ella se salv&oacute; porque desobedeci&oacute; la orden de ir a ba&ntilde;arse. Escribe el libro m&aacute;s de 30 a&ntilde;os despu&eacute;s, a partir de la decisi&oacute;n de revelar unos negativos de su padre fot&oacute;grafo que tambi&eacute;n son parte de la publicaci&oacute;n. La autora no hab&iacute;a podido revelar esas fotos antes. Fueron a&ntilde;os de vueltas alrededor de esos negativos. &ldquo;Estas fotos son para m&iacute; (...) lugar de la memoria. No tengo ning&uacute;n recuerdo de mi padre ni de mi madre. El impacto de su desaparici&oacute;n arroj&oacute; sobre los a&ntilde;os anteriores a su muerte un velo opaco, como si ellos no hubieran existido jam&aacute;s&rdquo;. Contrariamente a lo que suele decirse de las penas, que hay que olvidarlas, un duelo tambi&eacute;n es la posibilidad de recordar. El texto de la autora y las im&aacute;genes de su padre, Lucien Legras, son de una belleza sobrecogedora. Quisiera detenerme, ahora, en lo siguiente: Duperrey advierte de los peligros de la muerte seca: la sequedad de ahogar las penas, de cercenarlas, de pretender ahorr&aacute;rselas. Y entonces titula uno de sus textos <em>Hagan llorar a los ni&ntilde;os. </em>Ah&iacute; dice: &ldquo;Si ven frente a ustedes a un ni&ntilde;o golpeado por un duelo encerrarse violentamente sobre s&iacute; mismo, rechazar la muerte, negar su pesar, h&aacute;ganlo llorar. Habl&aacute;ndole, mostr&aacute;ndole lo que ha perdido, incluso si parece cruel, incluso si &eacute;l se defiende tan brutalmente como yo lo hice, incluso si &eacute;l los va a detestar luego por eso (...) atraviesen su resistencia, vac&iacute;en de su pesar para que no se forme en el fondo de &eacute;l un absceso de dolor que le subir&aacute; a la garganta m&aacute;s tarde. Ese pesar encerrado no drena solo. Crece, se emponzo&ntilde;a, se nutre de silencio, en silencio envenena sin que se lo sepa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hagan llorar a los ni&ntilde;os que quieren ignorar que sufren, es el servicio m&aacute;s piadoso que pueden prestarles&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>El velo negro</em> es un libro sobre el duelo, es decir, un libro sobre el encuentro, sobre el tiempo, sobre la exhumaci&oacute;n de im&aacute;genes, sobre el olvido y el recuerdo, sobre la supervivencia, sobre lo imposible, sobre lo imposible, sobre lo imposible.
    </p><p class="article-text">
        Cielo invertido acaba de reeditarlo, ya que su primera edici&oacute;n se agot&oacute;. Ahora con un pr&oacute;logo de Natalia Fortuny que dice &ldquo;aqu&iacute;, en estas im&aacute;genes, hay un secreto por descubrir. Algo que quiz&aacute;s pueda ser re-velado en estas p&aacute;ginas, en donde el trabajo de la mirada y el trabajo del duelo se unen para buscar all&iacute; donde no hay m&aacute;s que una promesa&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Nunca hab&iacute;a escrito poes&iacute;a cuando so&ntilde;&eacute;, a partir de la muerte de alguien, que escrib&iacute;a estos versos:
    </p><p class="article-text">
        El duelo es
    </p><p class="article-text">
        soportar vivir as&iacute;
    </p><p class="article-text">
        el resto de la vida
    </p><p class="article-text">
        Y entonces vuelvo a la idea de Lacan de que la literatura es la acomodaci&oacute;n de restos. &shy;Los restos que hay que acomodar, pero tambi&eacute;n el resto de la vida; y tambi&eacute;n lo que se resta de una vida. &shy;Y es por eso que, en alg&uacute;n sentido, un duelo tambi&eacute;n es un hallazgo,&ldquo;el hallazgo de la p&eacute;rdida&rdquo;, como dice Patricia &shy;Fochi en su libro <em>Duelo. La infici&oacute;n del mundo</em> (Editorial Otro cauce). Porque la p&eacute;rdida, dice Juan Ritvo, no es un dato, hay que construirla. Y es que, sigue Fochi, &ldquo;la p&eacute;rdida es dif&iacute;cil de circunscribir. &iquest;Qu&eacute; es exactamente lo que se pierde?&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Lo que fue, lo que nunca ser&aacute;, pero tambi&eacute;n lo que no fue; lo que ya no somos para el otro, y tambi&eacute;n lo que fuimos para &eacute;l. El duelo es oscilante, fragmentario, discontinuo. Nunca es progresivo ni orientado a la superaci&oacute;n. El duelo tiene algo de irresoluble y eso de ning&uacute;n modo lo hace patol&oacute;gico. El duelo tiene algo de imposible, porque despu&eacute;s de una p&eacute;rdida, el cuerpo no vuelve a acomodarse ya del mismo modo, y el mundo tampoco.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/escrituras-duelo_129_11887670.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 10 Dec 2024 09:30:35 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis,Duelos,Escritura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Formas de decir]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/formas-decir_129_11810050.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2e6482d2-8185-43b1-981c-010ef851c742_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Formas de decir"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Para el psicoanálisis, la cosa está en la forma y no en el contenido, en el modo y no en el contenido. Se trata de la forma lingüística antes que del pensamiento. Todo por hacerse ahí donde se desplaza el contenido que sería, en rigor, que todo está ya hecho. 
</p></div><p class="article-text">
        Cuando Lacan lee el libro de Freud sobre el chiste, se&ntilde;ala que la relaci&oacute;n entre chiste e inconsciente hay que buscarla en la forma. Dice que Freud vio las relaciones estructurales que hay entre el <em>Witz</em> &ndash;que en alem&aacute;n no es s&oacute;lo chiste, sino ocurrencia, ingenio, gracia, iron&iacute;a, agudeza&ndash; y el inconsciente &ldquo;&uacute;nicamente en un plano que podemos llamar formal. Entiendo formal no en el sentido de las bellas formas, redondeces, todo aquello con lo que tratan de sumergirlos otra vez en el m&aacute;s negro oscurantismo, sino en el sentido en que se habla de la forma en la teor&iacute;a literaria, por ejemplo&rdquo;. La forma, para los formalistas, no se opone al contenido; tampoco se trata de que la forma se agregue al contenido, sino que el contenido es constituido por la forma. No s&oacute;lo no hay oposici&oacute;n, sino que tampoco hay una tan clara separaci&oacute;n entre ambos. Roland Barthes lo dice as&iacute;: &ldquo;El formalismo en el que pienso no consiste en &lsquo;olvidar&rsquo;, &lsquo;descuidar&rsquo;, &lsquo;reducir&rsquo; el contenido [&hellip;], sino solamente en <em>no detenerse</em> en el umbral del contenido&rdquo;. Y tambi&eacute;n subraya lo siguiente: &ldquo;Una vez abolido el sentido, todo queda por hacerse, puesto que el lenguaje contin&uacute;a&rdquo;. <em>Todo por hacerse</em> ah&iacute; donde se desplaza el contenido que ser&iacute;a, en rigor, que todo est&aacute; ya hecho. <em>Todo por hacerse</em> porque ah&iacute; donde no nos detenemos en el umbral del contenido, se abre un espacio, se abre un mundo que no es el mundo pleno del signo, el mundo colmado de lo ya-sabido, el mundo aplastado y gris de lo repetido como disco rayado. <em>Todo por hacerse </em>escribe tambi&eacute;n la posibilidad de concebir el inconsciente, no como algo dado, sino como algo por decir, todav&iacute;a no dicho, porque el inconsciente no expresa lo pensado: siempre hay un hiato entre lo que se piensa y lo que se dice. Para el psicoan&aacute;lisis, la cosa est&aacute; en la forma y no en el contenido, en el modo y no en el contenido. Se trata de la forma ling&uuml;&iacute;stica antes que del pensamiento. Y eso mismo, dice Ritvo, &ldquo;puede formar parte de los axiomas fundamentales de la cl&iacute;nica psicoanal&iacute;tica. En la medida en que lo que importa no es lo que alguien dice &ndash;lo que los latinos llaman <em>dictum</em>&ndash;, sino el modo en que lo dice &ndash;<em>modus</em>&ndash;. Esto es lo que hace s&iacute;ntoma, y es esto lo que escucha un analista, no el contenido, que s&iacute; se oye y se entiende, pero no en el sentido psicoanal&iacute;tico del t&eacute;rmino&rdquo;. Si el chiste es una formaci&oacute;n del inconsciente, lo es justamente, sigue Ritvo, en su diferencia entre el dicho y el modo; &ldquo;es un modo que se oculta en el dicho&rdquo;. Leer la forma de decir, antes que el contenido, nos mantiene a resguardo, adem&aacute;s, de hacer de la interpretaci&oacute;n un simbolismo.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Me gusta detenerme en las formas de decir. Porque si algo tienen esas formas, es que no est&aacute;n separadas de lo que se dice. Podr&iacute;a consolarme con la frase que le quita peso a lo dicho y que relativiza y neutraliza los efectos: &ldquo;Es una manera de decir&rdquo;, pero no. Parafraseando a Barthes dir&iacute;a: tengo una enfermedad: veo las formas de decir. Freud inventa un m&eacute;todo en el que se trata de leer las formas de decir: las verbales, pero que no est&aacute;n separadas del cuerpo. El cuerpo tambi&eacute;n tiene sus formas de decir: inhibici&oacute;n, s&iacute;ntoma y angustia acaso sean eso mismo. Y todas las formaciones del inconsciente son formas de decir, de decir algo que no termina de decirse del todo, porque <em>no todo</em> puede decirse, porque el lenguaje siempre es un poco insuficiente y porque el retorno de lo reprimido no es nunca absoluto. Sue&ntilde;os, lapsus, s&iacute;ntomas, chistes: formas de decir de lo inconsciente, formas de decir inconsciente.
    </p><p class="article-text">
        Leer es, antes que nada, leer esas formas, leer la enunciaci&oacute;n, las marcas, las pistas que hay en un texto, en un <em>reel</em>, en una imagen m&aacute;s all&aacute; del contenido de lo que se dice. Si no se lee la enunciaci&oacute;n, si no se puede leer la forma no hay, en rigor, lectura. Hay m&aacute;s bien atribuci&oacute;n, suposici&oacute;n, prejuicio, la violencia del prejuicio, etc. Por ejemplo: un autor escribi&oacute; hace un tiempo una cr&oacute;nica sobre un supuesto viaje a Rusia con una comitiva oficial del gobierno de Alberto Fern&aacute;ndez. Parodiaba las denuncias de &ldquo;los curros&rdquo;, &ldquo;con la nuestra&rdquo;, &ldquo;el IVA de los fideos de los pobres&rdquo; y todas esas frases llenas de ideolog&iacute;a a cielo abierto. Parodia, pura parodia, frases desopilantes. Por supuesto que el texto est&aacute; lleno de claves para poder leer que es una parodia, pero para poder leer esas claves se necesita, antes que nada, una disposici&oacute;n a sacarse de encima el prejuicio, cuesti&oacute;n nada sencilla. Muchos, pero muchos, reaccionaron denunciando que el escritor hab&iacute;a viajado a Rusia &ldquo;con la nuestra&rdquo;. Ese tipo de bodrios pueden advertirse a diario en la esfera p&uacute;blica. Las evidencias sobran. Todas esas formas de decir que son la parodia, la iron&iacute;a, la s&aacute;tira, el humor, el chiste ya no se distinguen y, en cambio, todo se (no) lee del mismo modo. Me parece que la tiktoquizaci&oacute;n de la circulaci&oacute;n de im&aacute;genes y textos, la fragmentaci&oacute;n de todo, hizo que todo lo que se ve en las redes se consuma de igual manera, como si fuera verdad sin m&aacute;s, con la literalidad a flor de piel; sin advertir las distintas capas, las ambig&uuml;edades de la lengua, los distintos matices de lo que se dice. No importa qui&eacute;n hable, no importa ning&uacute;n otro elemento de la escena, incluso aunque esos elementos est&eacute;n puestos adrede para arrojar pistas de lectura. Adi&oacute;s a la sorpresa de lo figurado, hola al tedio de la opa literalidad.
    </p><p class="article-text">
        Por su parte, el psicoan&aacute;lisis tambi&eacute;n est&aacute; en las formas: en las formas de escuchar, en las formas de leer y en las formas de decir. El psicoan&aacute;lisis no es una profesi&oacute;n, no es una t&eacute;cnica, no es una forma de <em>ser</em>; el psicoan&aacute;lisis puede escribirse o leerse en la forma de decir, de decirlo incluso al psicoan&aacute;lisis. El psicoan&aacute;lisis no est&aacute; garantizado por un t&iacute;tulo universitario, por una placa en la entrada del consultorio, por un t&iacute;tulo de posgrado, por una maestr&iacute;a, por un doctorado (no estoy diciendo que eso no importe, por supuesto que eso tambi&eacute;n puede ser parte de la formaci&oacute;n). El psicoan&aacute;lisis nunca est&aacute; garantizado sino en sus efectos. Y &iquest;qui&eacute;n puede dar cuenta de que hubo efectos anal&iacute;ticos? No se trata del psicoanalista, sino del analizante. Analizante es la palabra que Lacan prefiri&oacute; a paciente. Porque al lugar del analizante tambi&eacute;n se llega, no est&aacute; dado. Y estar en ese lugar implica, sin dudas, dejarse llevar por la palabra, estar dispuestos a leer, en lo que se dice, algo m&aacute;s o algo menos, de lo que se dice. Los psicoanalistas que m&aacute;s me gustan son aquellos que se ubican justamente ah&iacute;, los que saben que no existe hablar &ldquo;como psicoanalistas&rdquo;, que esa es una posici&oacute;n impostada.
    </p><p class="article-text">
        Por eso me parece un hallazgo que Andr&eacute;s Mainardi le haya puesto de t&iacute;tulo <em>Analizantes</em> -editado por Endoxa- a su libro en el que compila una serie de nueve entrevistas a psicoanalistas. Me gusta mucho leer entrevistas a psicoanalistas porque, en sus formas de decir, se pueden advertir muchas cosas: que el psicoan&aacute;lisis no es uno solo, que hablar implica siempre trastabillar, que los titubeos son parte del asunto, que el psicoan&aacute;lisis s&oacute;lo puede decirse as&iacute;: con medias tintas. Las preguntas de Mainardi son muy buenas porque conducen al entrevistado a ese lugar de analizante. Son preguntas, la mayor&iacute;a, muy personales. En el sentido en que cada uno da cuenta de lo que el psicoan&aacute;lisis hizo en ellos, del modo en el que llegaron al psicoan&aacute;lisis, del modo en el que el psicoan&aacute;lisis lleg&oacute; a sus vidas. Y, as&iacute; como un escritor est&aacute; hecho de lecturas, los psicoanalistas estamos hechos de nuestra experiencia de an&aacute;lisis, un modo de la lectura, sin dudas (por eso llama tanto la atenci&oacute;n que muchas personas quieran <em>ser</em> psicoanalistas sin haberse analizado ni pretendan analizarse). El libro de Mainardi da cuenta de lo siguiente: &iquest;qu&eacute; es un psicoanalista? Un psicoanalista puesto a hablar es un analizante. Y no se trata de la experiencia que se tenga, esa posici&oacute;n nunca se abandona ah&iacute; donde uno est&aacute; dispuesto a escuchar lo que dice, lo que <em>se</em> dice, la forma de decirlo. Por eso Mainardi puede preguntar as&iacute;: &ldquo;&iquest;Qu&eacute; es <em>para vos</em> el psicoan&aacute;lisis?&rdquo;. Me gusta lo que contesta Patricia Fochi: &ldquo;Es una pregunta incesante para los que estamos en esto&rdquo;. <em>Una pregunta incesante</em> recupera, entonces, lo que no termina, lo que insiste, lo que, en su insistencia, no termina nunca de contestarse. Acaso como lo incesante del enigma del deseo. Un enigma que, como el del amor, no est&aacute; para ser resuelto. Y entonces &ldquo;todo queda por hacerse&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/formas-decir_129_11810050.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 12 Nov 2024 09:48:05 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Consumos problemáticos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/consumos-problematicos_129_11714436.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a631eddd-e328-4be7-ab56-d90c6a307aac_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Consumos problemáticos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las relaciones que establecemos con nuestro mundo son, muchas veces, relaciones de consumo: consumimos todo cuanto pasa por delante de nuestros ojos. Son tiempos de una toxicomanía que destruye la experiencia. 
</p></div><p class="article-text">
        <em>Pasolini. El fantasma del pueblo</em>, de <strong>Massimo Recalcati</strong>, recientemente publicado por Facultad libre, interesa especialmente en este momento. No porque sirva para aplicarlo directa y linealmente a nuestro presente pol&iacute;tico, sino porque permite pensarlo tangencialmente, porque permite algunas pistas para rodearlo. Los buenos textos importan, no s&oacute;lo por lo que dicen, sino por lo que hacen resonar en los subrayados de la lectura, esos que abren un horizonte de imaginaci&oacute;n pol&iacute;tica. Los buenos textos, como este, no se cierran sobre s&iacute; y suscitan en el lector un estado de sosiego, el necesario para seguir pensando. Si, como sugiere <strong>Agamben</strong>, el contempor&aacute;neo es aqu&eacute;l que puede percibir en la oscuridad del presente, que tiene coraje porque es capaz &ldquo;no s&oacute;lo de tener fija la mirada en la oscuridad de la &eacute;poca, sino tambi&eacute;n percibir en aquella oscuridad una luz que, directa, vers&aacute;ndonos, se aleja infinitamente de nosotros&rdquo;, Pasolini, en la lectura que hace Recalcati, sin dudas lo es. La lectura de Recalcati, planteada en este presente, es la que hace, del texto de Pasolini, una contemporaneidad: &ldquo;Una singular relaci&oacute;n con el propio tiempo, que adhiere a &eacute;l y, a la vez, toma distancia; m&aacute;s precisamente, es aquella relaci&oacute;n con el tiempo que adhiere a &eacute;l a trav&eacute;s de un desfasaje y un anacronismo&rdquo; (Agamben).
    </p><p class="article-text">
        Me gusta mucho el comienzo del libro de Recalcati en el que cuenta que su encuentro con el texto de Pasolini sucedi&oacute; despu&eacute;s de encontrarse de joven con el cuerpo muerto, &ldquo;ferozmente asesinado&rdquo;. Primero el encuentro con ese cuerpo, luego el encuentro con los textos.
    </p><p class="article-text">
        Dice Recalcati: &ldquo;Pasolini ha sido sin&oacute;nimo de anticonformismo, de libertad intelectual, de pensamiento cr&iacute;tico&rdquo;. Y en esa pista, sugiere que las contradicciones de Pasolini, lejos de ser un inconveniente, son lo que le han permitido leer la &eacute;poca. &ldquo;Raz&oacute;n y pasi&oacute;n, historia y naturaleza, pensamiento cr&iacute;tico y pulsi&oacute;n nunca encuentran una conciliaci&oacute;n estable en Pasolini, sino que permanecen en un estado de perenne desacuerdo, sin s&iacute;ntesis posible&rdquo;. Subrayo especialmente aquello que para Recalcati es el nudo del asunto: el modo en el que el pensamiento de Pasolini ha logrado descifrar &ldquo;el infierno de la mutaci&oacute;n antropol&oacute;gica del hombre, desde el s&uacute;bdito hacia el consumidor (...)&rdquo;. Es ah&iacute;, en la cuesti&oacute;n del consumidor donde se nota, especialmente, la mutaci&oacute;n de los cuerpos: &ldquo;Ya no est&aacute; el contraste entre el cuerpo y el poder (...), sino la subsunci&oacute;n del cuerpo en las redes del poder, su sometimiento al nuevo sistema de consumos&rdquo;. Quiero detenerme ah&iacute;, en esa mutaci&oacute;n que hace de nosotros consumidores. Y no se trata del consumo de bienes y servicios &ndash;en este momento de nuestro pa&iacute;s todos los &iacute;ndices de consumo est&aacute;n cayendo estrepitosamente&ndash;, sino de una posici&oacute;n subjetiva de estos tiempos. &ldquo;Se trata de una nueva forma de ser, una ontolog&iacute;a in&eacute;dita que sustituye todo discurso posible&rdquo;. Se trata, para Recalcati, de la &ldquo;paradoja de una silenciosa revoluci&oacute;n reaccionaria&rdquo;. Pasolini no duda en decir que se trata de la tragedia siguiente: &ldquo;extinci&oacute;n del humanismo, reducci&oacute;n del hombre a m&aacute;quina, transfiguraci&oacute;n del <em>s&uacute;bdito</em> en <em>consumidor</em>&rdquo;. Una nueva categor&iacute;a: el hombre homologado al consumidor. Entonces pienso en las maneras en las que eso est&aacute; elevado al paroxismo hoy.<strong> </strong>Las relaciones que establecemos con nuestro mundo son, muchas veces, relaciones de consumo: consumimos todo cuanto pasa por delante de nuestros ojos. Informaci&oacute;n, entretenimiento, libros, pel&iacute;culas, m&uacute;sica, pol&iacute;tica. La vertiginosidad y la euforia en la que estamos metidos &ndash;los algoritmos y las redes&ndash; nos impiden tomarnos tiempo, ese que se requiere para pensar, elegir, decir que s&iacute;, decir que no, no saber, dudar, balbucear, retroceder, arrepentirnos, retractarnos, desviarnos, quedarnos quietos, trastabillar, preguntar, despistarnos, perdernos, perder algo. Son tiempos de consumos problem&aacute;ticos, esa toxicoman&iacute;a de la que habl&oacute; Agamben, la toxicoman&iacute;a de masas, esa que destruye la experiencia. Porque el hombre moderno vuelve a la casa &ldquo;extenuado por un f&aacute;rrago de acontecimientos &ndash;divertidos o tediosos, ins&oacute;litos o comunes, atroces o placenteros&ndash; sin que ninguno de ellos se haya convertido en experiencia&rdquo;. Devoramos, tragamos, nos atragantamos, nos damos atracones, vomitamos y seguimos. &ldquo;No voy a parar/ Yo no tengo dudas&rdquo;, canta <strong>Charly Garc&iacute;a</strong>. O como sugiere <strong>Jos&eacute; Luis Juresa</strong> en <em>La realidad por sorpresa</em> (Paid&oacute;s): &ldquo;Podemos ser nuestros propios devoradores, nuestros propios consumidores, organizar nuestra vida y nuestros movimientos en funci&oacute;n de un desgaste medido por el consumo, como si fu&eacute;ramos un tanque de combustible que dura lo que dura, tratando de que se agote lo menos r&aacute;pido que se pueda&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Se habla de consumos culturales, por ejemplo. Se consumen libros &ndash;&ldquo;me lo devor&eacute;&rdquo; es un supuesto elogio&ndash;, pel&iacute;culas, obras de teatro. Pienso ahora en la expresi&oacute;n que se usaba hace mucho tiempo para decir que alguien se hab&iacute;a cre&iacute;do algo que no era verdad, se dec&iacute;a &ldquo;me lo tragu&eacute;&rdquo;. Y pienso en c&oacute;mo nos relacionamos, hoy en d&iacute;a, con la verdad y la mentira en la informaci&oacute;n, c&oacute;mo ya ni siquiera hay tiempo para deslindarlas. Nos tragamos todos los sapos, todos los buzones.
    </p><p class="article-text">
        Pero tambi&eacute;n hay personas que establecen con los otros lazos de consumo. Son los que se dirigen al otro sin advertir que no le est&aacute;n pidiendo algo, sino que est&aacute;n pretendiendo extirparle un pedazo, quitarle una libra de carne. Es la llamada l&oacute;gica extractivista. Son los que no aceptan <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/no_129_9824583.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">un no como respuesta</a>, los que creen que eso es una virtud. Los que insisten porque no advierten, en esa insistencia, que se llevan puesto al otro. Pero tambi&eacute;n se llevan puestos a s&iacute; mismos, sobre todo a s&iacute; mismos. Esas posiciones son muy notables. En esas posiciones la pulsi&oacute;n se pone a veces un poco desenfrenada, desquiciada, desbocada. El discurso capitalista llevado al extremo. Ese discurso que presenta a un Otro que no est&aacute; dividido, que es consistente, que hace que la cosa funcione, que todo lo puede. Es el Amo que, como dice Lacan, no desea saber nada en absoluto, lo que desea es que la cosa marche. Es el discurso que dice <em>impossible is nothing</em>, no hay l&iacute;mites, se puede gozar sin l&iacute;mites. Los objetos de consumo son presentados como objetos del deseo. La ferocidad del discurso capitalista radica en ese &ldquo;no poder parar de consumir&rdquo;. La obediencia esclavizante, la uniformidad obediente de consumo como paradigma. Los tel&eacute;fonos m&oacute;viles en el lugar de los cigarrillos que ya casi nadie consume, los tel&eacute;fonos m&oacute;viles que se consumen, incluso, en el cine y en el teatro. Las diferencias refractadas en pos de una uniformidad monol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Recalcati se detiene, siguiendo a Didi Huberman, en la luz de las luci&eacute;rnagas, &ldquo;esa que ha desaparecido porque se encienden otras luces, luces m&aacute;s fuertes que aniquilan la luz d&eacute;bil e intermitente de las luci&eacute;rnagas. Son luces artificiales de los estadios, los conciertos, los coches, las potentes luces de la tecnolog&iacute;a, las de la &laquo;agitaci&oacute;n mort&iacute;fera de las pantallas de televisi&oacute;n&raquo;&rdquo; &ndash;hoy, de las pantallas&ndash;. Desaparece la alternancia, esa que se necesita para que algo del deseo aparezca.
    </p><p class="article-text">
        Pienso en<strong> Gast&oacute;n Bachelard </strong>cuando asocia la imaginaci&oacute;n a la intermitencia de la luz a trav&eacute;s de la llama de una vela: &ldquo;La llama es, entre los objetos del mundo que convocan al sue&ntilde;o, uno de los m&aacute;s grandes <em>productores de im&aacute;genes. </em>La llama nos obliga a imaginar&rdquo;. So&ntilde;ar despierto, dejarse ir. El sue&ntilde;o ante la llama, sigue Bachelard, es un sue&ntilde;o de asombro. Y la capacidad para asombrarse est&aacute; muy cerca de la capacidad deseante. Imaginaci&oacute;n, asombro, sorpresa en las ant&iacute;podas de las apat&iacute;as y anhedonias tan contempor&aacute;neas. Porque no hay deseo sino en los resquicios, en las intermitencias, en las fugacidades, en las opacidades. No hay deseo posible en la intrusi&oacute;n del consumo, en la invasi&oacute;n de las luces. Y es que el deseo, como sugiere <strong>Oscar Masotta</strong>, no est&aacute; interesado en los objetos que el otro tiene, en aquello que se puede consumir, sino que se abastece de nada. Vuelvo a la frase tan potente de <strong>Jean-Luc Nancy</strong>: &ldquo;Desear es desear que pase algo, no tener algo&rdquo;. El veneno del consumo como modo de lazo social puede encontrar su ant&iacute;doto en el discurso anal&iacute;tico, ese que introduce que no todo es posible, ese que introduce la castraci&oacute;n como l&iacute;mite que, lejos de impedir, suscita, posibilita, abre, dibuja un horizonte posible. El capitalismo, dice Lacan, deja afuera las cosas del amor. Se refiere a la falta, la que nos dispone al estado deseante. El discurso anal&iacute;tico, en las ant&iacute;podas del discurso capitalista, horada un poco el consumo, ese consumo que funciona para no querer saber nada de los agujeros &ndash;de los del otro, de los propios&ndash;. En un an&aacute;lisis a veces puede perderse un poco el empuje a la devoraci&oacute;n, al tragar sin saborear. Un an&aacute;lisis a veces puede suscitar un tiempo y un espacio inusitados que hagan lugar al deseo entendido como er&oacute;tica de la vida, como un peque&ntilde;o entusiasmo vital. Y de eso tambi&eacute;n est&aacute; hecha la imaginaci&oacute;n pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/consumos-problematicos_129_11714436.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 08 Oct 2024 09:33:17 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una cebra en un bazar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/cebra-bazar_129_11678199.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1d4c54c4-9b96-42d9-b1b2-668eaec9fd1f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una cebra en un bazar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Fragmento de El sentido del humor (Paidós), el nuevo libro de la psicoanalista Alexandra Kohan. En tiempos oscuros, el humor es la trinchera más poderosa contra el poder y la crueldad.</p></div><p class="article-text">
        Un chiste jud&iacute;o que me contaba mi pap&aacute; cuando yo era chica: 
    </p><p class="article-text">
        Entra un cliente al bazar de Jacobo y de Rebeca. Rebeca est&aacute; atendiendo, Jacobo est&aacute; en el dep&oacute;sito:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Buenas tardes, vengo a comprar una cebra. &mdash;&iquest;Una cebra?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;S&iacute;, una cebra.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;De acuerdo. &iquest;De qu&eacute; color quiere la cebra? &mdash;Blanca y negra est&aacute; bien.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;S&iacute;, tenemos de esas. &iquest;De qu&eacute; tama&ntilde;o querr&iacute;a usted la cebra?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Mediana.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;S&iacute;, tenemos mediana. &iquest;Se la enviamos a su domicilio?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;S&iacute;. La direcci&oacute;n es Av. Montes de Oca 999. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Para cu&aacute;ndo querr&iacute;a usted la cebra?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Para la semana que viene.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Se la mandamos la semana que viene. Le cobro ahora. Son $1500.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ac&aacute; tiene.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Gracias. Una cosa m&aacute;s: &iquest;se la envolvemos para regalo?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;S&iacute;. Por favor.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;De acuerdo, se&ntilde;or. La semana que viene le enviaremos la cebra mediana, blanca y negra, envuelta para regalo.
    </p><p class="article-text">
        Apenas el cliente sale del bazar, Rebeca le grita a Jacobo, que sigue en el dep&oacute;sito:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Jacobo, &iquest;qu&eacute; es una cebra?
    </p><p class="article-text">
        Lamentablemente no puedo transcribir adem&aacute;s la gracia con la que &eacute;l lo contaba. Mi pap&aacute; era muy buen contador de chistes, muy gracioso, y adem&aacute;s ten&iacute;a mucho sentido del humor &ndash;ten&iacute;a, eso s&iacute;, una caracter&iacute;stica que lo hubiera hecho p&eacute;simo comediante: se re&iacute;a a carcajadas de sus propios chistes&ndash;. Pero el asunto ac&aacute; es otro: con este chiste mi pap&aacute; me estaba ense&ntilde;ando algo, o al menos as&iacute; result&oacute; para m&iacute;. Algo as&iacute;: no hay que rechazar una oportunidad de trabajo &ndash;en este caso una venta&ndash;, por m&aacute;s desopilante que resulte, y por m&aacute;s que uno no sepa de qu&eacute; se trata. Decir que s&iacute; y luego ocuparse de entenderlo, aprenderlo y hacerlo.
    </p><p class="article-text">
        Pero tambi&eacute;n, como gesto hacia el cliente: decirle que s&iacute;, en la medida de lo posible. Mi pap&aacute; no me baj&oacute; l&iacute;nea, ni me aleccion&oacute;, ni me explic&oacute; el chiste. Todo eso lo fui entendiendo sola. De este chiste me acuerdo siempre, pero sobre todo me acord&eacute; cuando, ya recibida de psic&oacute;loga, fui a pedir un trabajo y me dijeron que no a ese trabajo; pero me ofrecieron otro en su lugar. Yo no sab&iacute;a hacer ese otro trabajo &ndash;en realidad, ahora que lo pienso, tampoco sab&iacute;a hacer ninguno&ndash;, pero dije que s&iacute; como Rebeca al cliente que le ped&iacute;a una cebra. Dije que s&iacute;, aprend&iacute; a hacerlo y me fue muy muy bien. Lo supe por el chiste que me hab&iacute;a contado mi pap&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        Porque no se trata de ser chanta, ni de decirle que s&iacute; a cualquier cosa, sino de ser capaz de asumir un peque&ntilde;o riesgo, un peque&ntilde;o salto hacia una posibilidad. Se trata de no anticipar una negativa por precauci&oacute;n, se trata de no prevenirse, de no dar una negativa que cierre cualquier posibilidad y, en cambio, ensanchar un poco el terreno de lo posible.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s por ese chiste es que me exaspera mucho el estilo de algunas personas en comercios cuando lo primero que responden es &ldquo;no&rdquo;, incluso, y sobre todo, cuando es &ldquo;s&iacute;&rdquo;, un s&iacute; que viene despu&eacute;s. Ese tipo de no, el que viene antes, es un tanto defensivo: rechaza un pedido de cuajo y se lleva puesta cualquier otra cosa que pueda empezar a pasar.
    </p><p class="article-text">
        <strong>UNA ENSE&Ntilde;ANZA NO FAMILIAR</strong>
    </p><p class="article-text">
        														<em>El humor no tiene s&oacute;lo algo de liberador [&hellip;], sino tambi&eacute;n algo de sublime y elevado.</em>
    </p><p class="article-text">
        																																													<em>Sigmund Freud</em>
    </p><p class="article-text">
        Esa ense&ntilde;anza, la de la cebra en el bazar, me lleg&oacute;, me fue legada a trav&eacute;s de un chiste. Quiz&aacute;s por eso entend&iacute; siempre, de manera c&oacute;moda, de qu&eacute; se trataba ese asunto. Quiero decir que mi pap&aacute; me transmiti&oacute; esa ense&ntilde;anza, pero no estoy segura de que haya sido en tanto padre educador. No fue un gesto de educaci&oacute;n solemne, no fue un aleccionamiento ni fue, estrictamente, una pedagog&iacute;a. Fue un chiste que tuvo efectos de ense&ntilde;anza. Y esos efectos no fueron calculados. &Eacute;l simplemente me estaba contando un chiste m&aacute;s entre los tantos que contaba.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s la diferencia entre una ense&ntilde;anza involuntaria, a trav&eacute;s de un chiste, y una pedagog&iacute;a consista en que, con la solemnidad que emana de la pedagog&iacute;a, no queda demasiado margen: o bien se la obedece, o bien se la desobedece &ndash;siendo rebeldes&ndash;, pero en ambas formas se est&aacute; respondiendo a un mandato, a una prescripci&oacute;n, a una obligaci&oacute;n &ndash;y sacarse ese lastre de encima puede llevar toda una vida&ndash;. Por eso Jean Allouch dice que &ldquo;jam&aacute;s a nivel de la familia, de la familiaridad, se hizo una verdadera transmisi&oacute;n&rdquo;. Si hay alg&uacute;n saber que se obtenga &ndash;en cualquier disciplina o terreno&ndash;, no va a ser necesariamente porque alguien decide ense&ntilde;ar, sino porque hay un efecto incalculable de transmisi&oacute;n. Por eso Lacan dice que, si se puede plantear la cuesti&oacute;n del deseo del ense&ntilde;ante, es se&ntilde;al de que se est&aacute; planteando un problema. Y si el problema no se plantea, es que hay un profesor. Un profesor &ndash;o un padre&ndash; existe, sigue, &ldquo;cada vez que la respuesta a esa pregunta est&aacute; [&hellip;] escrita&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Lo cierto es que hay profesores y profesores, como hay padres y padres. Algunos se posicionan teniendo todas las respuestas a las preguntas &ndash;a esas que incluso nunca se formularon&ndash; y se presentan como due&ntilde;os de un saber absoluto. Otros, en cambio, conocen la verdad, como dice Lacan, de que sus ense&ntilde;anzas son un recorte, y eso les permite &ldquo;poner un poco m&aacute;s de arte en el asunto&rdquo;, un arte &ldquo;por la v&iacute;a de collage&rdquo;, es decir, &ldquo;preocup&aacute;ndose menos de que todo encajara, de un modo menos temperado, tendr&iacute;an alguna oportunidad de alcanzar el mismo resultado al que apunta el collage, o sea, evocar la falta que constituye todo el valor de la propia obra figurativa [&hellip;]. Y por esa v&iacute;a llegar&iacute;an a alcanzar, pues, el efecto propio de lo que es precisamente una ense&ntilde;anza&rdquo;. No hay ense&ntilde;anza sin agujero, no hay ense&ntilde;anza sin deseo, no hay ense&ntilde;anza si todo encaja. No hay ense&ntilde;anza desde la solemnidad del saber. No hay ense&ntilde;anza sin chiste, sin risa. Es involuntario, pero sin dudas es efecto de una posici&oacute;n que s&oacute;lo se puede realizar en la medida en que hayan ca&iacute;do los espejos. Y en la medida en que se haya hecho un corte con la proximidad familiar.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/cebra-bazar_129_11678199.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 28 Sep 2024 03:01:07 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una cebra en un bazar]]></media:title>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Madre no hay una sola]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/madre-no-hay-sola_129_11639588.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2ddfb577-21c8-4e0c-8916-daa99de95734_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Madre no hay una sola"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay asuntos sobre los que se vuelve una y otra vez. La maternidad acaso sea uno de esos asuntos porque, como todo aquello que no depende de un manual o de una técnica, es imposible de aprender, no hay experiencia acumulable, no hay saber que funcione bien.</p></div><p class="article-text">
        De las referencias lacanianas acerca del deseo de la madre, las de la boca del cocodrilo y el estrago materno son las m&aacute;s trilladas, las m&aacute;s repetidas, las que ya no dicen nada. Sobre todo porque Lacan precis&oacute;, en el rengl&oacute;n siguiente, que fue algo dicho para cuidar a los psicoanalistas a los que les hablaba porque, para que comprendieran, hab&iacute;a que decirles &ldquo;cosas tan gordas como estas&rdquo;. Incluso as&iacute;, dijo, tampoco comprendieron. Y a&uacute;n as&iacute; <em>estrago materno</em> y <em>boca de cocodrilo</em> siguen en el <em>top five</em> del vocabulario lacan&eacute;s argentino. Me gustan los autores que intentan decir las cosas de otra manera, los que ensayan nuevos modos de decir (de paso recomiendo esta <a href="https://ubikrevista.com/2024/07/hablar-de-otro-modo-entrevista-a-juan-bautista-ritvo-yamil-trevisan-y-andres-grunfeld/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">entrevista</a> a Juan Ritvo hecha por Yamil Trevisan y Andr&eacute;s Grunfeld titulada, atinadamente, <em>Hablar de otro modo</em>). <strong>Anne Dufourmantelle</strong> es una de esas autoras, quiz&aacute;s una de las voces m&aacute;s frescas del psicoan&aacute;lisis franc&eacute;s. Su estilo po&eacute;tico y literario hace que en sus textos se pueda leer lo poco definitivo y absoluto de los asuntos de los que se trata. Su manera apocada y casi balbuceante de decir muestra que las cosas de las que se est&aacute; ocupando son fr&aacute;giles, que requieren rodeos y palabras tentativas. Los lectores argentinos agradecemos a Nocturna editora por habernos hecho conocer a Dufourmantelle. Recientemente publicado en Argentina &ndash;traducido por Irene Agoff&ndash;, <em>El salvajismo materno</em> intenta dar cuenta, a partir de algunos relatos, no de las caracter&iacute;sticas de una madre sino de un espacio. Dicho salvajismo no es una cuesti&oacute;n moral, no se trata de una buena o mala madre. Porque, como dice la autora, &ldquo;toda madre es salvaje&rdquo;. Es salvaje &ldquo;por pertenecer a una memoria m&aacute;s antigua que ella, a un cuerpo m&aacute;s original que su propio cuerpo&rdquo;. El salvajismo materno no se trata de una forma de ser, sino que &ldquo;designa un espacio ps&iacute;quico en el que el sujeto no ha nacido a&uacute;n realmente, en el que el deseo es convocado sin estar nombrado todav&iacute;a&rdquo;. Dufourmantelle formula una pregunta precisa y muy sutil: &ldquo;&iquest;Alrededor de qu&eacute; enigma, de qu&eacute; juramentos jam&aacute;s pronunciados, jam&aacute;s confesados, se traman nuestras vidas y esa fr&aacute;gil identidad que las sostiene? &laquo;Yo&raquo;, de madre a hijo o hija, es una m&aacute;scara que lleva los colores del Otro sublimado, odiado, buscado, siempre perdido, Otro al cual parece atarnos para siempre una deuda infinita&rdquo;. El salvajismo materno no es, dice, &ldquo;el que encontramos encarnado por un monstruo sangriento (...) tampoco el salvajismo de esas madres diferentes, tr&aacute;gicas o consoladoras que hacen de un hijo la escena en la que se juega el teatro de su neurosis, sino m&aacute;s bien el nombre de una comarca todav&iacute;a poco conocida, donde las palabras no han hallado la resonancia con la que habitualmente las revestimos&rdquo;. El libro, sigue la autora, no pretende describir los afectos de los primeros tiempos de relaci&oacute;n con la madre sino que &ldquo;busca m&aacute;s bien delimitar ese territorio improbable que es lo materno en sus dr&aacute;sticos efectos sobre el psiquismo humano; en otras palabras (...) busca precisar aquello que nos condena, habiendo nacido de una madre y de una sola, irremplazable e insustituible, a lo que Hannah Arendt calific&oacute; de &laquo;locura materna&raquo;. Una locura presente en la lengua misma&rdquo;. El salvajismo no se trata, entonces, de ninguna maldad situable en alguien, sino de un momento, un espacio, un gesto inaugural. Luego, hay madres y madres y por supuesto que sus caracter&iacute;sticas cuentan. &ldquo;Nunca se sabe cu&aacute;n lejos puede llegar una madre&rdquo;, dice la narradora de <em>Los ruidos vienen de la cocina</em>, la novela de Maia Dewowicz, editada por La Cruj&iacute;a. Esther, la madre de la narradora, es una madre que encarna el peligro de lo inminente, una amenaza sostenida que nunca termina de ocurrir del todo, &ldquo;un lobo que busca el momento indicado para cazar a su presa&rdquo;. Una madre que les pide a los hijos que pisen suavemente el parquet casi para que no se note que est&aacute;n, para no dejar marcas. Mientras, ella imprime marcas estridentes y casi indelebles. Lo excesivo de esta madre est&aacute; tambi&eacute;n cifrado en no concebir una negativa, en no aceptar rechazos. Una presencia continua, sin interrupciones: &ldquo;Mi mam&aacute; se las ingeniaba para estar sin estar&rdquo;. Una madre que jam&aacute;s se ausenta puede ser tanto o m&aacute;s terrible que una que jam&aacute;s est&aacute; presente. La maternidad, en <em>Los ruidos vienen de la cocina,</em> se escribe tambi&eacute;n a tientas. Los ruidos de la cocina son los ruidos de un alumbramiento distinto que inaugura, no s&oacute;lo la novela, sino otra manera de la maternidad. Ante la estridencia de la presencia controladora materna se va oponiendo la suavidad de eso nuevo que nace en la cocina, de los ruiditos que hacen de la narradora, otra cosa que la hija de Esther. &iquest;Qu&eacute; se puede hacer con los cuerpos fr&aacute;giles? &iquest;C&oacute;mo se hace de la fragilidad, no un <em>d&eacute;ficit</em>, sino un lugar? &iquest;Qu&eacute; se puede hacer cuando hay una madre en la casa? La novela intenta contestar tambi&eacute;n esas preguntas. Y lo hace con tonos y palabras suaves, que no por eso dejan de figurar tambi&eacute;n lo tremenda que puede ser una madre. <em>Madre no hay una sola</em> bien podr&iacute;a ser tambi&eacute;n el t&iacute;tulo de esta novela en la que se narran transformaciones de la maternidad, transformaciones de los hijos, transformaciones de lo monstruosamente familiar.
    </p><p class="article-text">
        Hay asuntos sobre los que se vuelve una y otra vez. A veces se escribe sobre esos asuntos como un intento moment&aacute;neo de ce&ntilde;irlos, agotarlos, apagarlos, aquietarlos. Moment&aacute;neamente creemos que ya est&aacute;, que ya lo dijimos todo, que ya lo entendimos, que ya lo resolvimos. Pero esa ilusi&oacute;n se topa con lo inagotable y lo insondable, con lo persistente y lo acuciante. Y entonces hay que escribirlo todo otra vez. A veces se escribe sobre esos asuntos como un intento moment&aacute;neo de escrutarlo, diseccionarlo, autopsiarlo. Ver de qu&eacute; est&aacute;n hechos, c&oacute;mo es que esa cosa anda, o c&oacute;mo es que esa cosa se rompi&oacute;. La maternidad acaso sea uno de esos asuntos insoportablemente insistentes. Porque, como todo aquello que no depende de un manual o de una t&eacute;cnica, es imposible de aprender, no hay experiencia acumulable, no hay saber que funcione bien. &iquest;C&oacute;mo se lidia con ser madre? Pero la maternidad no es un asunto solamente de las que tienen hijos, tambi&eacute;n lo es de los hijos. La maternidad nos afecta tambi&eacute;n porque nadie no es hijo. &iquest;C&oacute;mo se lidia con una madre? Nadie est&aacute; a salvo de la maternidad, si no como sujetos, como objetos de ella. <em>Algo</em> nos toca hacer, a cada uno, con &ldquo;ese personaje de l&iacute;mites inciertos que por convenci&oacute;n en psicoan&aacute;lisis llamamos &laquo;madre&raquo;&rdquo; (Guy Le Gaufey).
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&iquest;Qu&eacute; es una mam&aacute;? Una mam&aacute; es quien te ense&ntilde;a a dejar sin arrugas el cuello de una camisa&rdquo;, dice la narradora de la novela. Y entonces pienso que en el camino de sacarse de encima a una madre &ndash;no a alguien en particular, sino <em>eso</em> materno&ndash; se trata tambi&eacute;n de arrugarla, de producir pliegues para que la cosa se extra&ntilde;e un poco, pliegues entre los que ya no se pueda leer tan claramente la lengua materna.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/madre-no-hay-sola_129_11639588.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 10 Sep 2024 10:06:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Madre no hay una sola]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicología,Psicoanálisis]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Literatura]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/literatura_129_11526234.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/aae12327-4fc8-48c3-9eff-7c594619da66_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Literatura"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La especificidad de la literatura reside en el lenguaje extrañado, dislocado, trampeado, trompeado, zamarreado. Acaso el mismo procedimiento con el que el que escribe el inconsciente. </p></div><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; de la obstinada insistencia de los diccionarios en aplanar las sinuosidades y los matices, en enderezar y designar lo que es aceptable; m&aacute;s all&aacute; de la insistencia feroz de la instituci&oacute;n de la lengua en se&ntilde;alar lo que se debe y c&oacute;mo se debe decir, la lengua est&aacute; viva y su er&oacute;tica se despliega en las resonancias, en el sonido y en los equ&iacute;vocos que la evidencian el&aacute;stica y fresca, s&uacute;bita y graciosa. El lenguaje es <em>pharmakon</em>: limita pero contiene, a la vez, su ant&iacute;doto. Tambi&eacute;n expande universos posibles. Trastoca los cuerpos y los hace devenir otra cosa de s&iacute;. Por eso me encantan los libros que emulan diccionarios, pero que subvierten su pretensi&oacute;n de asir el lenguaje, que muestran que el lenguaje es imposible de contener. Bioy Casares, Flaubert y otros jugaron con eso. Roland Barthes dice en el inicio de <em>Fragmentos de un discurso amoroso</em> que para desalentar la tentaci&oacute;n del sentido, orden&oacute; las figuras seg&uacute;n un orden insignificante:&nbsp;la designaci&oacute;n y el del alfabeto.
    </p><p class="article-text">
        En sus notas sobre el seminario <em>Lo Neutro </em>&ndash;en el que se va a dedicar, justamente, a una noci&oacute;n que romper&iacute;a con el binarismo&ndash;, Barthes anota: &ldquo;No un diccionario de definiciones, sino de centelleos&rdquo;. Eduardo Berti recientemente public&oacute; un antidiccionario llamado <em>Otras palabras.</em> <em>Jugar y crear con diccionarios</em> (Adriana Hidalgo). Recorre, entre otras cosas, los antidiccionarios existentes. Dice: &ldquo;En vez de anhelar un control o un dominio sobre las palabras, los antidiccionarios establecen un di&aacute;logo e instalan una incertidumbre. A diferencia de los diccionarios oficiales, operan disfrazados de rigor e imitan o aplican la forma y la &lsquo;fachada&rsquo; con una l&oacute;gica que no pretende ser cient&iacute;fica, pero que muchas veces finge serlo por medio de la cr&iacute;tica abierta o de la iron&iacute;a. Esto no significa destruir por completo el objeto o el modelo original, sino m&aacute;s bien sumarle (o a veces incluso restarle) algo. Ampliarlo, conmoverlo, transformarlo desde la movilidad y no desde la rigidez&rdquo;. Y entonces pienso en aquello que dijo Lacan: &ldquo;el lenguaje s&oacute;lo puede avanzar verdaderamente retorci&eacute;ndose y enroll&aacute;ndose, contorne&aacute;ndose de una manera de la que, despu&eacute;s de todo, no puedo decir que no est&eacute; dando el ejemplo. No hay que creer que si acepto el desaf&iacute;o, si marco en todo lo que nos concierne hasta qu&eacute; punto dependemos de &eacute;l, no hay que creer que yo lo haga con tanta alegr&iacute;a en el coraz&oacute;n. Me gustar&iacute;a m&aacute;s que fuera menos tortuoso&rdquo; (alguna vez tambi&eacute;n dijo que el complicado no era &eacute;l, sino la cosa de la que se ocupaba).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me gusta la literatura por eso mismo: porque no usa el lenguaje como medio de expresi&oacute;n, sino como invenci&oacute;n brutalizada. &ldquo;No matar la palabra, no dejarse matar por ella&rdquo;, se lee en la revista <em>Literal</em>. &ldquo;A&nbsp; nosotros, que no somos ni caballeros de la Fe ni superhombres, s&oacute;lo nos resta, si puedo as&iacute; decirlo, hacer trampas con la lengua, hacerle trampas a la lengua. A esta fuller&iacute;a saludable, a esta esquiva y magn&iacute;fica enga&ntilde;ifa que permite escuchar a la lengua fuera del poder, en el esplendor de una revoluci&oacute;n permanente del lenguaje, por mi parte yo la llamo: literatura&rdquo;, se lee en <em>La lecci&oacute;n inaugural</em>, de Barthes. La especificidad de la literatura reside ah&iacute;, en el lenguaje extra&ntilde;ado, dislocado, trampeado, trompeado, zamarreado. Acaso el mismo procedimiento con el que el que escribe el inconsciente. Sue&ntilde;os, lapsus, chistes, s&iacute;ntomas: el desv&iacute;o de la lengua, la lengua deformada, la lengua inquietada y crispada, resistente a los diccionarios. &iquest;Un an&aacute;lisis no es acaso ese espacio en el que se intenta extra&ntilde;ar y tambi&eacute;n brutalizar un poco la lengua con la que cada quien fue hablado?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En un an&aacute;lisis jugamos en el terreno del discurso, no del diccionario, dice Juan Ritvo. Y dice que ese terreno del discurso es un tejido reticular que es una mara&ntilde;a, donde se entrecruzan las l&iacute;neas en mil direcciones. Y que cuando se a&iacute;sla un t&eacute;rmino, trae tras de s&iacute; toda la red: &ldquo;No son los t&eacute;rminos del diccionario, no son unidades l&eacute;xicas, son unidades discursivas&rdquo;. Por eso alguna vez Lacan tambi&eacute;n dijo que la interpretaci&oacute;n tiene que ser como un <em>ready made</em>:<em> </em>entrar en el juego con palabras &ndash;que no son los jueguitos de palabras&ndash; para no nutrir al s&iacute;ntoma de sentido. Como el procedimiento de Duchamp. Extirparles a las palabras su uso com&uacute;n, extra&ntilde;arlas y dislocarlas.
    </p><p class="article-text">
        Pienso ahora que en un an&aacute;lisis tambi&eacute;n se juega una especie de antidiccionario, en el sentido en el que Berti lo se&ntilde;ala: &ldquo;Con su humor, los antidiccinarios ponen en evidencia la rigidez de una lengua, pero tambi&eacute;n la brecha que suele haber entre teor&iacute;a y pr&aacute;ctica&rdquo;. O, como dice William Hazlitt, &ldquo;el hombre es el &uacute;nico animal que r&iacute;e y llora, pues s&oacute;lo a un animal como &eacute;l le asombra la diferencia entre lo que las cosas son y lo que deber&iacute;an ser&rdquo;. <em>Mind the gap</em>.
    </p><p class="article-text">
        Un tiempo tambi&eacute;n se define por sus modos de leer,&nbsp;por su relaci&oacute;n con la ficci&oacute;n, y por sus modos de concebir la literatura. Y vivimos tiempos en los que se le pide a la literatura &ndash;o al arte en general&ndash; que funcione como espejo del mundo o que funcione denunciando al mundo (muchas ficciones actuales tambi&eacute;n est&aacute;n montadas sobre esos supuestos). A veces se lee literatura como si se leyera un testimonio del autor. O se asiste al teatro, como dice una amiga, del mismo modo en que se asiste a una marcha: conmovidos por la denuncias de la injusticia social que la obra pone en escena y cantando hacia el final alguna canci&oacute;n de marcha. A indignarse un poco y a seguir.
    </p><p class="article-text">
        Permanecer agarrados a las referencias, pretender constatarlas una y otra vez, aliviarnos la culpa y los miedos burgueses, confirmar que somos bienpensantes &ndash;en el gesto de leer la ficci&oacute;n como denuncia y tranquilizarnos&ndash; y seguir con nuestras vidas como si nada. En ese registro de (no) lectura la literatura se convierte en otra cosa: denuncia, testimonio, realidad, espejo, expresi&oacute;n del autor. En ese registro de (no) lectura, ya no quedan resquicios para hacerles decir a las palabras lo que las palabras no dicen, no hay lugar para lo entredicho, para la verdad mal escrita, mal pronunciada, medio dicha (como si la verdad pudiera decirse toda y bien); pero tampoco hay espacio para el humor, ni para la poes&iacute;a, ni para el juego: pr&aacute;cticas profanadoras si las hay. Tampoco hay lugar para la inquietud: estamos a salvo, ya hemos consumido la ficci&oacute;n de denuncia de la semana. Leer realidad donde hay ficci&oacute;n es desde&ntilde;ar lo que la ficci&oacute;n hace: inventar verdades que no pueden ser dichas de otra manera. Leer realidad donde hay ficci&oacute;n es no querer saber nada, en el sentido de la represi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Hace unos d&iacute;as, le&iacute; este tuit de @antihipnotica: &ldquo;Tres infiernos cotidianos: la literalidad, la falta de humor, la solemnidad&rdquo;. Son pocos los que est&aacute;n dispuestos a leer iron&iacute;as, a no pedir explicaciones por todo, a dejarse llevar por los enredos de la lengua. Literalidad, falta de humor, solemnidad: tres pr&aacute;cticas de la rigidez y la par&aacute;lisis, de la p&eacute;rdida del entusiasmo, de la anhedonia generalizada, de la prevenci&oacute;n y las actitudes defensivas; del baj&oacute;n total. Literalidad, falta de humor, solemnidad: no hay literatura posible, en el sentido en el que Juan Jos&eacute; Becerra habla de ella: &ldquo;La literatura est&aacute; en la impureza, en la inestabilidad, en el desborde. Es una fuerza negativa, y lo mejor que se puede hacer con ella es dejar que se manifieste sin vigilancia para ver si es capaz de decir algo que todav&iacute;a no se dijo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Me gusta mucho la literatura, acaso porque me alivia de la realidad, porque la interrumpe, porque hace cosas con palabras. No me importan los temas, ni considero que en la literatura haya temas. Lo que me gusta encontrar es la experiencia del lenguaje. <a href="https://www.eldiarioar.com/cultura/agustina-larrea-impresion-ominoso-cerca-creemos_1_11511307.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Los cuidados, el libro de cuentos de Agustina Larrea que acaba de publicar Parip&eacute; Books</a>, es literatura. Los siete cuentos van escribiendo, antes que todo, una atm&oacute;sfera hecha de un tiempo desfasado, enrarecido, estirado, suspendido, el anacronismo como procedimiento literario. Una atm&oacute;sfera en la que lo extra&ntilde;o est&aacute; en las inmediaciones, ah&iacute; nom&aacute;s, muy cerca. <em>Unheimlich</em>: lo familiar se vuelve extra&ntilde;o. Y esa extra&ntilde;eza, Larrea la ubica muy bien en algunas miradas propias de los narradores y no en un &ldquo;afuera amenazante&rdquo;. Porque adentro y afuera, cuando de <em>Unheimlich</em> se trata, se desvanecen, se confunden. Lo extra&ntilde;o s&oacute;lo irrumpe desde las venas de lo familiar, de lo que se muestra bienintencionado, por eso llamar <em>Los cuidados</em>, a ese cuento, a este libro, es perfectamente inquietante.
    </p><p class="article-text">
        Son cuentos que despliegan la opacidad del cuerpo, la densidad de lo sombr&iacute;o. Son cuentos que se despliegan sobre el fondo de una asordinada inminencia. Son cuentos que escriben el temor y el temblor, los desechos del cuerpo, los placeres clandestinos: algo as&iacute; como el secreto de tener un cuerpo. Son cuentos que escriben las huellas de lo que nunca se vivi&oacute;: &ldquo;letan&iacute;as estancas&rdquo;. Una narradora dice: &ldquo;Percibi&oacute; un leve temblor en sus piernas &ndash;una debilidad fugaz que cada tanto volv&iacute;a, como un sismo a destiempo&ndash; y se detuvo&rdquo; (...). &ldquo;Al mirarlo a los ojos sinti&oacute; un ardor repentino en la cara y un miedo apremiante, como el comienzo de un incendio, le cerr&oacute; la garganta&rdquo;. Subrayo &ldquo;como el comienzo de un incendio&rdquo;. En otro cuento alguien dice: &ldquo;En la mara&ntilde;a que es mi memoria &ndash;&iquest;cu&aacute;nto me acuerdo? &iquest;cu&aacute;nto me contaron otros?&ndash; algunos momentos aparecen muy v&iacute;vidos, como el verano en el que conoc&iacute; a An&iacute;bal. Aunque, claro, conocer es una manera de decir. Hay algo de ese ardor, de esos d&iacute;as de calor interminable que me persigue hasta hoy, con la tenacidad de un perro callejero&rdquo;. Son cuentos que escriben los recuerdos, que son siempre encubridores, en el sentido en el que contienen, como dice Ritvo siguiendo a Freud, lo esencial de la verdad: &ldquo;La verdad es indisociable del encubrimiento&rdquo;. Son cuentos que inquietan, incomodan y despiertan de la placidez apelmazada, plom&iacute;fera y sopor&iacute;fera que resulta la realidad. Y lo hacen porque son literatura, tambi&eacute;n en el sentido en el que Lacan la define: acomodaci&oacute;n de restos.
    </p><p class="article-text">
        Pienso que la atenci&oacute;n flotante acaso sea el nombre freudiano del acto de extirparles a las palabras sus sentidos adosados mec&aacute;nica, r&iacute;gida y repetitivamente, esos sentidos que el c&oacute;digo, la literalidad y la solemnidad estabilizan, normalizan; que aplanan y devastan, que estandarizan y que reducen -&ndash;n el sentido en el que se dice &ldquo;reducir a un delincuente&rdquo;&ndash;. Psicoan&aacute;lisis, literatura: no son lo mismo, pero las dos pr&aacute;cticas se posan sobre el hecho de que, como dice Anne Dufourmantelle, nos hacen escuchar, &ldquo;lo queramos o no, el riesgo puro de la lengua&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/literatura_129_11526234.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 16 Jul 2024 09:47:18 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Literatura]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La resistencia de la imaginación]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/resistencia-imaginacion_129_11438499.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/cf66bacd-1f27-4440-a770-70e6cca01f23_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La resistencia de la imaginación"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En tiempos de tonos asertivos, de respuestas automáticas, de la topadora de la hiperproductividad, ya casi no hay lugar para preguntas. El psicoanálisis, la ficción y lo político son refugios donde todavía es posible crear mundos. 
</p></div><p class="article-text">
        Fui invitada al <a href="https://www.instagram.com/iper_festivaldelleperiferie/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Festival delle Periferie</em></a> que se realiza pr&oacute;ximamente en Roma. El tema de este a&ntilde;o es la imaginaci&oacute;n. El argumento del festival dice &ndash;traduzco yo, torpemente&ndash;: &ldquo;&iquest;Existe todav&iacute;a, en nuestro tiempo y en nuestro mundo, incluido el de la exploraci&oacute;n exoplanetaria, un lugar, f&iacute;sico o mental, que posea las caracter&iacute;sticas de un lugar radical, una zona blanca sin nombre en el mapa de lo conocido, donde uno pueda experimentar el asombro, ejercitar la imaginaci&oacute;n? &iquest;Una periferia de alg&uacute;n tipo &ndash;incluida una disciplina&ndash;, capaz de desencadenar revoluciones paradigm&aacute;ticas y albergar nuestros imaginarios divergentes?&rdquo;. El argumento del festival es un texto absolutamente actual, pol&iacute;tico y, por eso mismo, potente. Es, en s&iacute; mismo, un llamado a la imaginaci&oacute;n. Quiero decir que tiene un sesgo perform&aacute;tico; ah&iacute; donde apenas uno lo lee, queda imaginando, queda en estado de imaginaci&oacute;n. Y es que, antes que nada, el argumento se sostiene en interrogaciones. En un mundo lleno de certezas, de tonos altos y estridencias, de respuestas a preguntas que no se formularon, el solo hecho de sostener una pregunta ya da un respiro, ya produce un alivio y suscita una especie de disposici&oacute;n del cuerpo hacia el entusiasmo. Una pregunta, tan solo una pregunta, puede sacar al cuerpo del adormecimiento habitual con el que circula. Una pregunta, tan solo una pregunta, puede, sin dudas, dispersarnos y provocar, entonces, el encanto de imaginar. Una pregunta que no necesariamente est&eacute; para ser contestada, sino que simplemente suscita inquietud, zozobra, un leve cosquilleo en el cuerpo: todav&iacute;a hay algo posible. Se trata, todav&iacute;a, de un empuje hacia un horizonte posible. No lo pienso como un territorio a conquistar, sino como un borde, una orilla, un peque&ntilde;o mont&iacute;culo de tierra en medio de la inmensidad de un mar que se pone, por momentos, hostil o demasiado tumultuoso. Un incipiente asomo de futuro, de m&aacute;s all&aacute;. Un m&aacute;s all&aacute; que escribe, no una respuesta, sino un enigma.
    </p><p class="article-text">
        En un mundo que se derrumba, en un mundo en el que las im&aacute;genes nos asedian de manera incesante, parad&oacute;jicamente, ya casi no hay lugar para la imaginaci&oacute;n. En tiempos de tonos asertivos, de respuestas autom&aacute;ticas, ya casi no hay lugar para preguntas. En un mundo lleno de informaci&oacute;n ensordecedora, ya casi no hay lugar para la invenci&oacute;n singular. &iquest;C&oacute;mo resistir al avance estrepitoso de la deshumanizaci&oacute;n tan propia del capitalismo devorador? &iquest;C&oacute;mo resistir ante el avance estrepitoso de las im&aacute;genes prefabricadas y el brillo enceguecedor de las pantallas? &iquest;C&oacute;mo deponer la mirada ante la obscenidad de las im&aacute;genes que pululan imparables? Podr&iacute;amos parafrasear esas l&iacute;neas de <em>Casablanca</em> y decir &ldquo;El mundo se derrumba y nosotros imaginamos&rdquo; o, tambi&eacute;n, &ldquo;Siempre nos quedar&aacute; la imaginaci&oacute;n&rdquo;. Vuelvo entonces sobre el texto del Festival: &ldquo;&iquest;Existe todav&iacute;a, en nuestro tiempo y en nuestro mundo, incluso un exoplanetario, un lugar, f&iacute;sico o mental, que posea las caracter&iacute;sticas de un lugar radical, una zona blanca sin nombre en el mapa de lo conocido, donde uno puede experimentar asombro? &iquest;o ejercitar la imaginaci&oacute;n?&rdquo;. Creo que s&iacute;, que a&uacute;n existen espacios en donde el asombro, la sorpresa y la posibilidad de desencadenar peque&ntilde;as pero potentes revoluciones, tienen lugar. Pienso por caso en el psicoan&aacute;lisis, en la ficci&oacute;n y en lo pol&iacute;tico. Se trata de tres espacios que, justamente, no est&aacute;n hechos. Hay que hacerlos, cada vez, no est&aacute;n dados. No son simplemente un lugar al que uno se retira solo, para despu&eacute;s volver al mundanal ruido. Son peque&ntilde;os intersticios que se pueden hacer <em>en medio</em> del mundanal ruido. No se trata de una utop&iacute;a de fuga hacia la soledad, en donde nadie nos afecte. Se trata, en cambio, de un ejercicio de invenci&oacute;n que incluye a los otros. Porque nunca es sin otros, los otros de nuestra vida cotidiana pero, sobre todo, los otros de nuestra historia, de la historia de las marcas de nuestro deseo. Son pr&aacute;cticas que requieren bajarle el tono a la vociferaci&oacute;n estridente del mundo. Se requiere algo de silencio y de soledad, de una soledad compartida, de un silencio con otros. Se trata de un silencio que no es sin&oacute;nimo de callar. Se trata de un silencio que hace posible que paremos de o&iacute;r, en el sentido tambi&eacute;n de parar de obedecer. &ldquo;O&iacute;r es obedecer (...) La audici&oacute;n, la <em>audientia</em>, es una <em>obaudientia</em>, es una obediencia&rdquo;, dice Pascal Quignard. Sin ese tipo de silencio no ser&iacute;a posible el arte, la invenci&oacute;n. Pero tampoco ser&iacute;a posible un an&aacute;lisis, ni la lectura, ni la escritura. Lo que <em>pasa</em> en estas pr&aacute;cticas, <em>pasa </em>porque cesa el aturdimiento que muchas veces es sin&oacute;nimo de oscuridad. No se puede pensar mientras estamos aturdidos, s&oacute;lo se puede pensar en una discontinuidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Una zona blanca&rdquo;, dice el argumento. Me gusta la noci&oacute;n de zona porque lleva impl&iacute;cita la idea de bordes poco n&iacute;tidos, de lo poco contenible, de lo poco certero. &iquest;Desde d&oacute;nde hasta d&oacute;nde? No se puede saber. La zona es una geograf&iacute;a difusa, incierta; se escribe en una cartograf&iacute;a inestable y precaria. Una zona no est&aacute; hecha, se practica, se hace, se suscita a partir de un acto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una cartograf&iacute;a posible para la imaginaci&oacute;n como resistencia. El psicoan&aacute;lisis. Una pr&aacute;ctica apocada, sin &eacute;pica. Perif&eacute;rica. Una pr&aacute;ctica de lo residual, de aquello que los discursos hegem&oacute;nicos descartan. Un espacio en el que encuentran lugar los restos descartados por el capitalismo: lo improductivo del deseo. Una pr&aacute;ctica perif&eacute;rica, porque un analista siempre est&aacute; un poco fuera de lugar respecto de los discursos oficiales, institucionales, estereotipados. Un espacio in&eacute;dito en donde se hace un recorrido no lineal, sino m&aacute;s bien zigzagueante, un poco err&aacute;tico, por las marcas de una historia, por las marcas de nuestro deseo. Es el espacio en donde se alojan los sue&ntilde;os, las fantas&iacute;as y en el que se inventan mundos posibles, destinos inesperados. Un espacio in&eacute;dito en el que se conjugan deseos y se aplacan infiernos. Una pr&aacute;ctica en la que se ensaya un ejercicio de lectura sobre lo mismo, que tiene como efecto <em>otra cosa</em>. Una pr&aacute;ctica de las variaciones sobre un mismo asunto. El an&aacute;lisis es ese lugar in&eacute;dito que ofrece, como un refugio invaluable, un lugar en donde nada da lo mismo, en donde se inscribe la diferencia que nos constituye. En donde las palabras pueden separarse, en donde no todo es igual. El an&aacute;lisis a veces hace de separador entre escenas aplastantes, oprobiosas: un par&eacute;ntesis en el devenir maquinal de los d&iacute;as. No es la &uacute;nica opci&oacute;n, claro, cada quien encuentra sus separadores. Separadores de la realidad, esa que viene en bloque, esa que, como dice Freud, no anda sin construcciones auxiliares. Y entonces pienso tambi&eacute;n en la ficci&oacute;n como usina de verdad, como lugar de invenci&oacute;n. La ficci&oacute;n, ese separador que nos permite leer mejor la realidad. La lectura da lugar a la imaginaci&oacute;n, cosa coartada en el pegoteo constante del tiempo en el que se nos demanda ser productivos, del tiempo de la realidad. &ldquo;La imaginaci&oacute;n es la &uacute;nica arma en la guerra contra la realidad&rdquo;, dice Diego Muzzio<strong> </strong>en su novela <em>El ojo de Goliat</em>. No hay imaginaci&oacute;n posible cuando quedamos metidos en esa boca hambrienta e insaciable de la realidad.
    </p><p class="article-text">
        En un mundo en el que se nos atiborra, en el que se nos empuja al consumo permanente, en el que se nos insta a producir sin descanso, la imaginaci&oacute;n &ndash;una especie de estado deseante&ndash; acaso sea una resistencia. Pero, adem&aacute;s, tambi&eacute;n nos deja espacio para el deseo, ese deseo que insiste intratable, intempestivo, discontinuo. El deseo que, justamente, no se conforma con objetos de consumo, sino todo lo contrario.
    </p><p class="article-text">
        El descubrimiento freudiano est&aacute; vivo. Es &eacute;l mismo la marca de lo vital. Contra la m&aacute;quina, el inconsciente. Las formaciones del inconsciente son las peque&ntilde;as marcas de resistencia, de refugio al imperio del otro bajo la forma de la adaptabilidad. Si algo no se adapta, es el inconsciente. Mientras haya inconsciente, habr&aacute; resistencia a la adaptaci&oacute;n total, resistencia a ser arrasados totalmente por el imperio del Otro, por la topadora de la hiperproductividad. No somos m&aacute;quinas, aunque a veces se pretenda que lo seamos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Imaginaci&oacute;n, ficci&oacute;n, juego. La relaci&oacute;n entre el mundo infantil y la poes&iacute;a fue se&ntilde;alada por Freud cuando dijo: &ldquo;Todo ni&ntilde;o que juega se comporta como un poeta, pues se crea un mundo propio o, mejor dicho, inserta las cosas de su mundo en un nuevo orden que le agrada (...). Lo opuesto al juego no es la seriedad, sino&hellip; la realidad efectiva&rdquo;. Subrayar que no se trata de algo poco serio, sino de algo que se produce en las ant&iacute;podas de la realidad, resulta fundamental para poder pensar que son pr&aacute;cticas <em>para</em> lidiar con esa realidad efectiva y, a la vez, en el mismo acto, transformarla. La palabra po&eacute;tica: esa palabra que <em>hace algo</em>: nos alivia de la pesadez de los signos ya sabidos, extenuados, oxidados. Fantas&iacute;a y juego: una zona protegida, dice Freud: son como reservas naturales, donde los reclamos y las exigencias del mercado no logran pasar, donde la libertad, de la que nos priv&oacute; la realidad, puede ejercerse. En el parque natural puede crecer y pulular, dice Freud, todo lo que quiera hacerlo, &ldquo;aun lo in&uacute;til, hasta lo da&ntilde;ino&rdquo;. Ese es el reino de la fantas&iacute;a, el de la imaginaci&oacute;n. No hay modo de que la realidad ande sin la fantas&iacute;a. La ficci&oacute;n, que no es mentira, sino productora de una verdad otra, tambi&eacute;n transformadora, no existir&iacute;a sin la imaginaci&oacute;n. La ficci&oacute;n imagina, entonces crea, nuevos mundos. Ensancha geograf&iacute;as y dibuja mapas lejanos pero atravesables. La ficci&oacute;n es, antes que nada, la posibilidad de una experiencia en la que pueden acomodarse los restos.
    </p><p class="article-text">
        Lo pol&iacute;tico, la pol&iacute;tica en el mapa posible. Ante el encandilamiento permanente de las pantallas, ante la ceguera que nos producen las im&aacute;genes desprovistas de cuerpo, s&oacute;lo nos resta entrecerrar un poco los ojos, deponer la mirada. Pienso entonces en la alternancia lum&iacute;nica de las luci&eacute;rnagas, de las que habl&oacute; Didi Huberman: &ldquo;En efecto, no se trata ni m&aacute;s ni menos que de repensar nuestro propio &rdquo;principio de esperanza&ldquo; a trav&eacute;s de la manera en que el Antes reencuentra al Ahora para formar un resplandor, un relampagueo, una constelaci&oacute;n en la que se libera alguna forma para nuestro propio Futuro. &iquest;Acaso las luci&eacute;rnagas, aunque vuelen a ras del suelo, aunque emitan una luz muy d&eacute;bil, aunque se desplacen lentamente, no dibujan, rigurosamente hablando, una constelaci&oacute;n semejante? Afirmar esto a partir del min&uacute;sculo ejemplo de las luci&eacute;rnagas equivale a afirmar que, en nuestra <em>manera de imaginar </em>yace fundamentalmente una condici&oacute;n para nuestra <em>manera de hacer pol&iacute;tica</em>. La imaginaci&oacute;n es pol&iacute;tica, eso es lo que hay que asumir. Rec&iacute;procamente, la pol&iacute;tica no puede prescindir, en uno u otro momento, de la facultad de imaginar&rdquo;. La relaci&oacute;n entre la imaginaci&oacute;n y lo pol&iacute;tico se cifra quiz&aacute;s en la famosa consigna de mayo del 68: &ldquo;La imaginaci&oacute;n al poder&rdquo;. No resulta caduca la idea: la imaginaci&oacute;n como potencia transformadora de mundos. Si la imaginaci&oacute;n es posible, es, justamente, porque la realidad es imposible. Si imaginaci&oacute;n puede transformar la realidad, es porque no es, ella misma, realista.
    </p><p class="article-text">
        La imaginaci&oacute;n no es voluntaria, no es calculable, pero no es pasiva. Es evasiva y abierta, seg&uacute;n Gaston Bachelard. Autor que tambi&eacute;n la asocia a la intermitencia de la luz a trav&eacute;s de la llama de una vela: &ldquo;La llama es, entre los objetos del mundo que convocan al sue&ntilde;o, uno de los m&aacute;s grandes <em>productores de im&aacute;genes. </em>La llama nos obliga a imaginar&rdquo;. So&ntilde;ar despierto, dejarse ir. El sue&ntilde;o ante la llama, sigue Bachelard, es un sue&ntilde;o de asombro. Y la capacidad para asombrarse est&aacute; muy cerca de la capacidad deseante. Imaginaci&oacute;n, asombro, sorpresa en las ant&iacute;podas de las apat&iacute;as y anhedonias tan contempor&aacute;neas.
    </p><p class="article-text">
        Pero tambi&eacute;n existe la imaginaci&oacute;n ligada a lo catastr&oacute;fico, a lo que no saldr&aacute; bien. Una imaginaci&oacute;n ligada a los miedos, temores, fobias. &ldquo;Imagino lo peor&rdquo;. Y entonces alguien puede verse &ndash;porque se ve a s&iacute; mismo&ndash; impedido de <em>ir hacia</em>. La inhibici&oacute;n de los cuerpos est&aacute;, muchas veces, sostenida en im&aacute;genes de lo peor. Imaginar escenarios concretos en los que las cosas nunca salen bien. La imaginaci&oacute;n, en estos casos, funciona como una certeza inamovible: un reflejo en el espejo que s&oacute;lo arroja imposibilidad. Desasirse de esas im&aacute;genes, no para convencerse de que todo se puede, sino para dejar lugar a lo que no se sabe. Porque son muchas las veces en las que lo que produce sufrimiento no es la incertidumbre, sino la certeza. La imaginaci&oacute;n es tambi&eacute;n oscura y puede ser hostil.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No hay deseo sin imaginaci&oacute;n. La imaginaci&oacute;n acaso sea una disposici&oacute;n del cuerpo para encontrar lo que no se busca, para poder atajar el peque&ntilde;o placer de lo inaudito, lo impronunciable y lo impronunciado. La imaginaci&oacute;n abre mundos porque los crea. La capacidad de imaginar, acaso sea, todav&iacute;a, un peque&ntilde;o acto de resistencia de un Eros vital. Psicoan&aacute;lisis, ficci&oacute;n &ndash;lectura/escritura&ndash;, lo pol&iacute;tico. Pr&aacute;cticas que no est&aacute;n desimbricadas una de la otra. Tal como lo pienso, el an&aacute;lisis es un ejercicio pol&iacute;tico ah&iacute; donde, las peque&ntilde;as o grandes transformaciones que produce, tienen efectos en la comunidad, en la polis. A la vez, es un ejercicio de lectura y tambi&eacute;n de escritura. Para Julia Kristeva, el psicoan&aacute;lisis y la literatura &ldquo;son la misma cosa. Salvo que una publica, y la otra guarda su descubrimiento para vivir mejor. Pero es la misma din&aacute;mica ps&iacute;quica, que consiste en barrer todo lo que es palabras cansadas y modos de vida aburridos, contar un nuevo aliento, cambiar el modo de hablarse a s&iacute; mismo y de nombrar las cosas y ligarse a los otros&rdquo;. Finalmente se trata de pr&aacute;cticas que, frente a lo ineluctable del dolor de existir, frente a la aparente falta de alternativa de un mundo asediado por derechas, ansias de poder y guerras; frente a la deshumanizaci&oacute;n que la l&oacute;gica de las guerras y las conquistas produce sobre nosotros, frente a la mercantilizaci&oacute;n y la precarizaci&oacute;n de los cuerpos y a la desidia de los Estados que nos deja cada vez m&aacute;s solos, frente al capitalismo tard&iacute;o que nos empuja a vidas cada vez m&aacute;s grises, maquinales, desligadas de los otros, a&uacute;n quedan estas pr&aacute;cticas: las que nos entregan la posibilidad de saber hacer, es decir, de saber inventar. La imaginaci&oacute;n acaso sea uno de los nombres de ese saber inventar, acaso el nombre de las peque&ntilde;as pero potentes revoluciones &iacute;ntimas, pero tambi&eacute;n pol&iacute;ticas y comunes.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/resistencia-imaginacion_129_11438499.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 11 Jun 2024 09:29:01 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La resistencia de la imaginación]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Pscicoanálisis]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ser alguien]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/alguien_129_11364179.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d2f207a6-d41d-4b74-9569-4111be0247b9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ser alguien"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay personas que arrasan con los lazos por querer estar en todas, por querer llegar a algún lugar. Todo es lobby de sí mismos. La opacidad del deseo es una cosa, el humo de querer ser alguien es otra bien distinta.</p></div><p class="article-text">
        Una de las entrevistas compiladas en <em>Vida de vivos</em>, de Mar&iacute;a Moreno &ndash;recientemente reeditado en una versi&oacute;n ampliada, por Random House&ndash;, es a Maitena. La entrevista es de 1999 y Mar&iacute;a Moreno la introduce diciendo que Maitena &ldquo;todav&iacute;a no se lleva bien con la fama&rdquo; y relata que &ldquo;cuando una se&ntilde;ora la descubre en el supermercado y le grita &laquo;&iexcl;Maitena!&raquo;, ella suele creer que se trata de una amiga de su mam&aacute;. Una vez, mientras estaba en el piso de un canal de televisi&oacute;n, una chica se le abalanz&oacute;, llam&aacute;ndola. Ella, creyendo que se trataba de una productora a quien cre&iacute;a recordar, le pregunt&oacute; &laquo;&iquest;y vos qui&eacute;n sos?&raquo;, &laquo;No, yo no soy nadie&raquo;, le contest&oacute; la chica. &laquo;&iexcl;Boluda, seguramente alguien deb&eacute;s ser!&raquo;, se enoj&oacute;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; qu&eacute; ser&iacute;a llevarse bien con la fama, pero no creo que sea suponer que una persona es <em>alguien</em> mientras que el otro es <em>nadie</em>. La suposici&oacute;n de que <em>ser alguien</em> ser&iacute;a equivalente a ser alguien famoso, o de renombre, o de no s&eacute; qu&eacute;, es una suposici&oacute;n que se desprende, como toda suposici&oacute;n, de una atribuci&oacute;n fantaseada. S&oacute;lo que en este caso lo que se le atribuye al otro es nada menos que un <em>ser</em>. Y suponerle un ser al otro est&aacute; parad&oacute;jicamente muy cerca de una hostilidad posible. Porque muchas veces, la hostilidad se dirige exactamente ah&iacute;: al ser del otro, a que el otro <em>sea</em>. De hecho las formulaciones agresivas tienden a posarse ah&iacute;: &ldquo;&iquest;Qui&eacute;n se cree que es?&rdquo; &ldquo;&iquest;Qui&eacute;n chota es?&rdquo; &ldquo;No existe&rdquo; &ldquo;No lo conoce nadie&rdquo;, etc.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s haya algo, en una manera de la circulaci&oacute;n, de la l&oacute;gica del fan &ndash;el doble filo de la admiraci&oacute;n&ndash;, la de la suposici&oacute;n de que el otro tiene, que goza, que sabe &ndash;acaso las tres cosas que cifran la neurosis&ndash;, que es <em>alguien</em>, mientras el fan quedar&iacute;a as&iacute; despojado de todo eso. La figura del <em>fan</em> ha cooptado muchas de las relaciones de este momento. Quiz&aacute;s por lo que de vidriera tienen las redes sociales, quiz&aacute;s porque todos somos famosos en las redes sociales, es que todos somos el fan de alguien. Not&eacute;, por ejemplo, que se habla de ser fan de un escritor, no de ser su lector. Ese deslizamiento quiz&aacute;s nombra algo de estos tiempos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El asunto de la suposici&oacute;n me interesa much&iacute;simo &ndash;tal vez porque la transferencia est&aacute; hecha de eso&ndash;. Me interesan, en este caso, la suposici&oacute;n y las atribuciones permanentes que circulan a cielo abierto en el espacio p&uacute;blico. Suelo estar atenta, porque las atribuciones y los prejuicios llegan hasta el delirio y son muy hostiles ah&iacute; donde desconocen a aquel al que se le atribuye lo que sea que se le atribuya. No s&oacute;lo no lo conocen, sino que lo desconocen. Es un procedimiento casi deshumanizante, uno m&aacute;s en la serie de procedimientos deshumanizantes de hoy en d&iacute;a. No me acostumbro, tampoco pienso hacerlo, a leer la liviandad y la certeza con la que se dice cualquier cosa de alguien, cuando me consta que se est&aacute; diciendo cualquier cosa. El &ldquo;asuntito&rdquo; de la agresividad es igualmente ineluctable. La relaci&oacute;n con la propia imagen, que nunca es propia, y con esa imagen del otro que suponemos, conlleva siempre agresividad. El punto es si estamos dispuestos a advertir &ndash;no siempre se puede&ndash; que esa agresividad est&aacute; desplegada a partir de suponerle un <em>ser</em> al otro, un ser que pondr&iacute;a en peligro el nuestro. Un ser que es el que a nosotros &ldquo;nos falta&rdquo;. El otro tiene lo que nos falta. Tiene, sobre todo, un ser. Y es que el ser, como dice <strong>Lacan</strong>, est&aacute; perdido en el basurero del otro. Hay demasiadas personas comiendo de esa basura.
    </p><p class="article-text">
        Me interesa el asunto, tambi&eacute;n, porque esa manera de mirar fascinados a los otros tiene consecuencias en los lazos. Los lazos que vienen rompi&eacute;ndose a&uacute;n m&aacute;s, porque ya est&aacute;n fr&aacute;giles desde hace tiempo. En esas roturas m&aacute;s nuevas, he notado que, en la desesperaci&oacute;n por <em>ser alguien</em> &ndash;en la clave de que ser alguien es estar en un lugar determinado, es ser conocido, etc.&ndash; hay personas que arrasan con los lazos por querer estar en todas, por querer estar en alguna. En ese caso, todo es lo mismo, todos son lo mismo: un veh&iacute;culo para <em>ser alguien</em>, un medio para llegar a su fin. Y en nombre de eso se arrasa tambi&eacute;n con las afectividades, se usufruct&uacute;an relaciones, se especulan contactos, se hace <em>lobby</em> de s&iacute; mismos. As&iacute; se van degradando, rompiendo, arruinando tambi&eacute;n los lazos que no son estrictamente de amistad, pero que conllevan un afecto. No hay, en esos casos, ninguna &eacute;tica de la afectividad. Esto no es nuevo, s&oacute;lo que ahora queda a la vista de todos en la vidriera de las redes. Hay muchos ejemplos de c&oacute;mo en estos tiempos de exposici&oacute;n de la vanidad (incluida la vanidad del que dice ser un <em>looser</em>) &ndash;en la que todos m&aacute;s o menos participamos, no del mismo modo, pero ah&iacute; estamos&ndash; van haciendo que las relaciones que se establecen tambi&eacute;n est&eacute;n tomadas por la l&oacute;gica de la vidriera y se vayan ti&ntilde;endo de suposiciones de lo que el otro hizo para <em>ser alguien</em>. <strong>Cynthia Fleury</strong>, en su libro <em>Aqu&iacute; yace la amargura</em>, de Siglo XXI editores, dice: &ldquo;Compararse todo el tiempo acaba por hacer de s&iacute; una medida o, mejor dicho, secuenciar un ser para que pueda compar&aacute;rselo con el de otro, &eacute;l mismo integralmente incomparable por ser singular; pero el af&aacute;n de compararse traiciona el vac&iacute;o que lo anima, el miedo de no ser nada: entonces el sujeto busca, y se compara, para verificar que es mejor o, a la inversa, &ndash;lo que equivale a un tipo de alienaci&oacute;n diferente pero igualmente da&ntilde;ina&ndash;, que es inferior y he aqu&iacute; lo que se torna insoportable, tanto que ser&aacute; preciso viciar los valores y denigrar al otro para invalidar esa comparaci&oacute;n que nos ha devuelto una imagen tan mala de nosotros mismos&rdquo;. Para algunos se va configurando una especie de sociabilidad sostenida en esos supuestos. Hay personas que s&oacute;lo se relacionan con gente a la que le pueden sacar algo, de quienes pueden obtener algo &ndash;y tambi&eacute;n hay gente con poder a la que le encanta que le pidan cosas&ndash;. Son personas siempre atentas a qui&eacute;n es qui&eacute;n, que saben de memoria los nombres de los que ocupan lugares fundamentales.
    </p><p class="article-text">
        Hablando de una reuni&oacute;n a la que hab&iacute;a sido convocada en Casa de Gobierno, y en la que iba a estar N&eacute;stor Kirchner, Pedro Rosemblat le pregunta a Beatriz Sarlo si para ese entonces ya lo conoc&iacute;a: &ldquo;Yo me caracterizo por no conocer gente importante, nunca voy a un <em>cocktail</em> y digo viste nos encontramos con fulano de tal, me caracterizo por no conocer gente importante, la &uacute;nica gente importante que conozco es la gente que a m&iacute; me parece importante&rdquo;, contest&oacute; contundente Beatriz Sarlo (la excelente entrevista que le hizo Pedro Rosemblat puede verse <a href="https://www.youtube.com/watch?v=VyCIDVxBZag" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">ac&aacute;</a>). La posici&oacute;n de Sarlo apuntaba, justamente, a que sus relaciones no son &ldquo;contactos&rdquo;, a que no se &ldquo;mueve&rdquo; de esa manera &ndash;tambi&eacute;n se dice de algunos, como virtud, &ldquo;sabe moverse&rdquo;&ndash;. Pienso en la diferencia enorme que existe entre <em>querer ser alguien</em>, moverse en pos de eso llev&aacute;ndose puesto todo, incluso los lazos afectivos &ndash;de hecho tambi&eacute;n se dice de alguien como virtud que &ldquo;se lleva el mundo por delante&rdquo;, y me parece horrible&ndash;, y los efectos de una elecci&oacute;n orientada por el deseo, incluso cuando no se sabe, sobre todo cuando no se sabe. Una de las tantas diferencias es el tiempo. Aquellos que quieren <em>ser alguien </em>quieren pegarla, hacerlo lo antes posible, ahorrarse &ndash;porque lo piensan en t&eacute;rminos de ahorro&ndash; pasos, tiempos, recorridos, rodeos, fracasos, vueltas. Pretenden que no hay tiempo que perder &ndash;acaso la cifra de la imposibilidad m&aacute;s radical, no perder tiempo&ndash;. Y ah&iacute; van extrayendo de los otros, con los que establecieron cierta relaci&oacute;n, todo lo que necesitan para instituirse en el <em>ser alguien</em>. Muy de estos tiempos, el <em>querer pegarla</em> &ndash;al igual que los j&oacute;venes que circulan con sus videos de c&oacute;mo hacerse millonarios en una semana&ndash;, s&oacute;lo que las personas de las que hablo la quieren pegar en otros sentidos, en el sentido de otro tipo de capital. El deseo requiere tiempo, pero no mucho ni poco, sino una temporalidad distinta a la de la prisa. El deseo no es sin tropiezos, sin fallas, sin demoras, sin rodeos, sin enredos, sin obst&aacute;culos, sin vacilaci&oacute;n. Pero no es una carrera hacia el &eacute;xito, no es un camino de superaci&oacute;n ni de progreso. No es eso. Nunca es eso. El deseo es fuera de programa y fuera de tiempo, fuera de lugar y hasta desfasado, desquiciado.
    </p><p class="article-text">
        Hace un tiempo conversamos con Maitena sobre las vocaciones, y coincidimos en que no haber dudado de eso que uno eligi&oacute; hacer, incluso sin saber por qu&eacute;, es una suerte enorme. Pero que sea una suerte, no significa que sea una <em>buena</em> suerte. El camino est&aacute; tambi&eacute;n plagado de dificultades, impedimentos, inhibiciones. Nunca es un camino directo, sin rodeos. El deseo es rodeo. Nunca es c&oacute;modo, ni mucho menos f&aacute;cil. El deseo es un poco infernal, oscuro. No digo que uno est&eacute; obligado a pasarla mal, digo que justamente porque se trata del deseo es que la cosa se traba, uno se tropieza. Hay zozobra, angustia, ir y venir, dejar, volver. Pero nunca, nunca es sin eso. Sin eso no hay deseo, sino manual de instrucciones, consejos de otro-que-sabe (&ldquo;escuchame a m&iacute; que tengo m&aacute;s experiencia que vos&rdquo;). Hay camino hacia el &eacute;xito, objetivos, gesti&oacute;n empresarial de s&iacute;. La opacidad del deseo es una cosa; el humo de querer ser alguien, es otra bien distinta. Disipar el humo de querer &ldquo;ser alguien&rdquo;, &ldquo;ser algo&rdquo;. Si tuviera que resumir qu&eacute; efectos tuvieron en m&iacute; los an&aacute;lisis, dir&iacute;a eso.
    </p><p class="article-text">
        Pretender ser alguien, as&iacute;, desconociendo el deseo, conduce a lugares bastante molestos. <strong>Juan Jos&eacute; Saer</strong> dice: &ldquo;Cuando se cree ser alguien, algo, se corre el riesgo, luchando por acomodar lo indistinto del propio ser a una abstracci&oacute;n, de transformarse en un arquetipo, en caricatura&rdquo;. Pretender <em>ser alguien</em> est&aacute; en el extremo opuesto del deseo. Porque el deseo va dibujando ciertas coordenadas que son, justamente, las que nos permiten desorientarnos de esa pretensi&oacute;n de <em>ser alguien</em>. Saber perderse, saber perder; saber inventar un recorrido que no est&aacute; previamente se&ntilde;alizado. El deseo se abastece de nada nombrable, es un rollo &ndash;en el sentido tambi&eacute;n de temita, de problema&ndash;, hecho de nuestras fibras m&aacute;s singulares. El deseo no es un camino pr&iacute;stino, sino bastante oscuro, en el que uno va a tientas, sin ver demasiado hacia adelante, y por supuesto sin garant&iacute;as. El deseo es opaco, enigm&aacute;tico, imposible de definir. Es err&aacute;tico, discontinuo y no depende de la experiencia ni del saber. &ldquo;El deseo es brillante y aceitoso como un pez vivo. Cuanto m&aacute;s genuino, m&aacute;s escurridizo&rdquo;, dice <strong>Nicol&aacute;s Baintrub</strong> en uno de los mejores <a href="https://laagenda.buenosaires.gob.ar/contenido/21589-un-pez-brillante-y-aceitoso" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">textos</a> que se han escrito acerca del deseo. Y es que el deseo no es el anhelo, ni es la aspiraci&oacute;n. El deseo es un verbo intransitivo, no se trata de desear algo, sino de desear, a secas. El deseo es inconsciente, no es lo que decimos que queremos. A veces no sabemos ni por qu&eacute; hacemos algo, o por qu&eacute; deseamos algo, ni de d&oacute;nde viene la fuerza para sostenerlo. Deseo es tambi&eacute;n un nombre de la peque&ntilde;a resistencia que cada uno encuentra para cerrarle un poco la boca vociferante a la &eacute;poca, apagar los ruidos de esas pretendidas verdades que se gritan y que nos aturden. Fabi&aacute;n Casas escribi&oacute; recientemente una columna que tambi&eacute;n habla de estos asuntos. La titul&oacute; <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/ahora-llaman-nadie_129_11324048.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Ahora me llaman nadie</em></a>. Ah&iacute; dice: &ldquo;Adri&aacute;n D&aacute;rgelos acaba de publicar un libro que se llama <em>La voz de nadie</em>. Hay ah&iacute; un trabajo contra la voz personal, esa que s&oacute;lo balbucea sentido com&uacute;n. Entre las muchas personas que uno puede ser, alguien decide desertar del ej&eacute;rcito de la personalidad, y deja poemas como &eacute;ste: En el &uacute;nico lugar/ en el que todav&iacute;a queda oro,/ es entre las p&aacute;ginas de un libro/ El secreto de la tristeza / de las primeras cosas/ presente en todo/ imposible/ entender de una sola vez/ el camino/ donde convertirse en nadie&rdquo;. Adri&aacute;n D&aacute;rgelos, el mismo que canta una <a href="https://www.youtube.com/watch?v=i9c-_i9yqgM" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">canci&oacute;n</a> que dice: Quiero ser el murmullo de alguna ciudad/ Que no sepa qui&eacute;n soy/ Yo dar&iacute;a hasta mi sue&ntilde;o/ Por ver la farsa fallar.
    </p><p class="article-text">
        El deseo, como resistencia, es casi inaudito, sin &eacute;pica, sin estridencias. Es la resistencia a una vida acorralada seg&uacute;n la marca y el <em>marketing</em> del <em>ser alguien</em>.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/alguien_129_11364179.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 14 May 2024 09:32:27 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La reciprocidad no existe]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/reciprocidad-no-existe_129_11273219.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e70be3ce-3cda-4e79-ad69-d63f1d042a8e_16-9-discover-aspect-ratio_default_1092946.jpg" width="1534" height="863" alt="La reciprocidad no existe"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El ideal de reciprocidad que invade las relaciones nos empuja todo el tiempo al cálculo. No hay manera de que las cuentas cierren si suponemos que al otro le pasa lo mismo que a uno o que debería dar lo mismo que uno. 
</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Dios es empleado en un mostrador/ da para recibir&rdquo; escribi&oacute; una vez Charly Garc&iacute;a. Y de esa frase que hemos cantado hasta el hartazgo, subrayo ahora <em>mostrador</em>. Y lo subrayo porque es esa ubicaci&oacute;n, esa escenograf&iacute;a, la que dispone, la que determina lo siguiente: dar <em>para</em> recibir. Hay relaciones absolutamente construidas de esa manera, mediadas por el mostrador. Hay relaciones que solamente se sostienen de ese modo, por medio de una transacci&oacute;n comercial, de una especulaci&oacute;n econ&oacute;mica: se da solamente en la medida en que se pueda obtener algo a cambio. La especulaci&oacute;n, el c&aacute;lculo, el r&eacute;dito, pero tambi&eacute;n el cr&eacute;dito, las inversiones, las cuentas: muchas relaciones se traducen a esos t&eacute;rminos provenientes de la econom&iacute;a y de la especulaci&oacute;n financiera. Hay personas que no se mueven en los afectos si antes no hacen los c&aacute;lculos actuariales correspondientes. Porque de eso se trata: de calcular costos, riesgos, p&eacute;rdidas y ganancias. Por eso se escucha, a menudo, que las personas dicen de sus relaciones que alguien no les suma o no les sirve, o no les es &uacute;til, o se interpone en sus planes de progreso. Pero, como dice <strong>Bataille</strong>, &ldquo;lo esencial del hombre no es reductible a la utilidad&rdquo;. En esa din&aacute;mica es que se empieza a formar una pretensi&oacute;n, una ilusi&oacute;n neur&oacute;tica: esperar reciprocidad y suponer que uno podr&iacute;a entonces sopesarla, medirla, saberla. Suponer que el otro podr&iacute;a dar <em>lo mismo</em> que yo. Hacer cuentas de lo que se dio y esperar que el otro d&eacute; lo mismo. Como si no fuera, justamente, otro. Pero adem&aacute;s hay casos en los que tiendo a sospechar un poco de esa pretendida reciprocidad esperada. Porque lo cierto es que hay personas que est&aacute;n c&oacute;modas siendo siempre las que dan y muy inc&oacute;modas cuando se encuentran teniendo que pedir. Hay posiciones definidas en esos t&eacute;rminos, en los t&eacute;rminos de obtener algo de <em>ser el que tiene</em> y el que da y, en cambio, no querer saber nada de no tener, de querer algo, de necesitarlo. No pedir como manera de mantenerse al resguardo de la falta. Dar, dar, dar lo que nadie nos pidi&oacute;, dar hasta agobiar al otro en su posici&oacute;n de necesitado y salvaguardar la supuesta potencia, dar para endeudar al otro y saberse siempre acreedor, dar crey&eacute;ndonos incondicionales. Casi como una madre, o un padre en posici&oacute;n de reclamo, en posici&oacute;n de madre jud&iacute;a: &ldquo;con todo lo que te di&rdquo;. Es imposible devolverles a aquellos que nos dieron tanto &ndash;por lo pronto, la vida&ndash;. Tenemos una deuda, pero esa deuda es impagable, o lo es en tanto no ser&aacute; a ellos a quienes uno se la pague.
    </p><p class="article-text">
        Pero incluso en aquellos que s&iacute; estar&iacute;an dispuestos a recibir, la reciprocidad es imposible. Que sea imposible no significa que haya que resignarse, sino todo lo contrario. El ideal de reciprocidad que invade las relaciones &ndash;amorosas, familiares o de amistad&ndash; es un ideal feroz, como todos los ideales, que nos empuja todo el tiempo al c&aacute;lculo. La reciprocidad es imposible, no hay manera de que las cuentas cierren, si por rec&iacute;proco suponemos que al otro le pasa <em>lo mismo</em> que a uno, que el otro deber&iacute;a dar <em>lo mismo </em>que uno. Pretender reciprocidad es una trampa que nos impide, como dir&iacute;a <strong>Jos&eacute; Luis Juresa</strong>, habitar la diferencia en paz. En la amistad, como en el amor, es mucho m&aacute;s lindo atravesar el espejo, como hace Alicia, antes que pretender reflejarnos en &eacute;l. Cuando el espejo se mete entre uno y el otro, desaparece el <em>entre</em>, esa usina incesante de diferencias que alivian. Cuando hay espejo, hay mostrador, el mostrador de la canci&oacute;n de Charly. Mostrador que tambi&eacute;n muestra, justamente, nuestro propio reflejo, el que nos ciega y nos impide ver al otro como otro. El reflejo de nosotros mismos dando, erigi&eacute;ndonos en el que tiene &ndash;por eso <strong>Lacan </strong>es tan incr&eacute;dulo del altruismo&ndash;. Si, como dice Lacan parafraseando a <strong>Di&oacute;tima </strong>en <em>El Banquete</em>, &ldquo;el amor es dar lo que no se tiene&rdquo;, el rico &ndash;hablo de una posici&oacute;n de sujeto, no de la cuenta bancaria de alguien&ndash; s&oacute;lo pretende dar lo que tiene, colmar cualquier agujero, el del otro pero sobre todo el propio. Hay relaciones construidas sobre el suelo pantanoso del espejo como medida. No s&eacute; si hay forma de que eso termine bien.
    </p><p class="article-text">
        La generosidad es otra cosa. La generosidad est&aacute; hecha de un dar sin c&aacute;lculos. No digo que haya absoluto desinter&eacute;s, lo que digo es que la generosidad da y no espera recibir <em>a cambio</em>. O no espera nada en particular de eso que da. Puede esperar otra cosa, otra cosa desprendida de ese dar. Un don es exactamente eso: no es un cuidado materno, no es una espera, ni un c&aacute;lculo. Un don es lo contrario: espera nada <em>a cambio</em>. Y la pista est&aacute; ah&iacute;, en ese <em>a cambio</em>. Porque los que esperan reciprocidad, esperan algo <em>a cambio</em> de lo que ponen. Y no esperar nada a cambio es, creo, la posibilidad de que se abra un espacio de libertad en el que puedan circular los dones, no los bienes, ni las cosas &uacute;tiles. No digo que no haya que pedirle nada al otro, o que haya que forjar un desinter&eacute;s c&iacute;nico, o una prescindencia afectiva, o un desapego cruel. Lo que digo es que eso que se le pide al otro, o eso que se quiere del otro, o eso que incluso se necesita del otro, est&eacute; separado de eso que uno da. Si eso no se separa, se construye un otro que nunca estar&aacute; a la altura de lo que uno espera. Nunca. Y es que esa espera est&aacute; hecha de todo menos de lo que caracteriza al otro. Ese tipo de expectativas funcionan de esta manera: haciendo del otro alguien que siempre falla, que nunca viene a la cita. Dice <strong>Roland Barthes </strong>que la figura de la espera es una figura fundamental del enamorado, as&iacute;: &ldquo;El ser que espero no es real. Lo cre&eacute; y lo recre&eacute; sin cesar a partir de mi opacidad de amor, a partir de la necesidad que tengo de &eacute;l: el otro viene all&iacute; donde yo lo espero, all&iacute; donde yo lo he creado ya. Y si no viene lo alucino: la espera es un delirio&rdquo;<em>.</em>
    </p><p class="article-text">
        Dice <strong>Juan Ritvo</strong>: &ldquo;<em>Toda amistad es unilateral.</em> En las mejores, el lugar de amante y de amado circula de manera incesante; en las peores, los lugares est&aacute;n cristalizados&rdquo;. Pasa en las amistades, pasa en el amor, pasa en las mejores familias. No hay reciprocidad porque los lugares no son sim&eacute;tricos. Y porque no hay relaciones sin malentendido. Sigue Ritvo: &ldquo;En el pacto amoroso nunca se ha entendido exactamente aquello que se ha querido decir. &iquest;Qu&eacute; quer&iacute;a el otro? No lo s&eacute;, nadie lo sabe, ni el otro mismo. Pero en esa confusi&oacute;n, en ese malentendido, se trama la relaci&oacute;n. Dicho en general, en las relaciones humanas el malentendido es constitutivo, porque la palabra es un equ&iacute;voco predestinado&rdquo;. Ese equ&iacute;voco predestinado es el que, entre otras cosas, hace imposible la reciprocidad. Y porque no existen relaciones duales: entre uno y el otro median fantas&iacute;as, fantasmas, ideales, malentendidos, etc. De esa imposible reciprocidad habla <strong>Babas&oacute;nicos </strong>cuando canta: &ldquo;Imagino que a tu forma de ser le sobra/ El ingrediente que a mi forma de amar le falta/ Nunca supe el costo de chocar con la verdad/ Pero s&iacute; sab&iacute;a que estrellarse duele/ S&eacute; que algunas piezas no encajar&aacute;n jam&aacute;s/ Te aseguro que mal puestas pueden funcionar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Alguna vez habl&eacute; de <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/afectos-analista_129_10421418.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">los afectos del analista </a>y de esa relaci&oacute;n tan particular que no espera reciprocidad y que, quiz&aacute;s por eso mismo, es tan libre y tan propiciatoria. La experiencia anal&iacute;tica es en s&iacute; misma una experiencia de no expectativa de reciprocidad, de no demanda de reciprocidad y es eso mismo lo que conduce al analizado a lo que podr&iacute;amos llamar su libertad. <strong>Massimo Recalcati</strong> lo dice as&iacute;: &ldquo;S&oacute;lo si el deseo del psicoanalista act&uacute;a sin pedir nada al analizado &ndash;sanar, aprender, cambiar, etc&eacute;tera&ndash;, podr&aacute; consentirle el separarse de &eacute;l para hallar su propia medida de la felicidad&rdquo;. En un an&aacute;lisis se experimenta la posibilidad de vivir sin esperar reciprocidad, y eso es una porci&oacute;n de libertad enorme. No es f&aacute;cil, claro. &iquest;Pero qu&eacute; vida se vive sin dificultad, qu&eacute; vida que se pretenda viva, no implica la dificultad de estar vivos? S&oacute;lo la muerte elude la dificultad. Solo la muerte elude la diferencia. Jos&eacute; Luis Juresa lo dice en <em>La realidad por sorpresa</em> &ndash;libro recientemente editado por Paid&oacute;s&ndash; de esta bella manera: &ldquo;Lo vivo sin sujeto, sin el inter&eacute;s de vivir. Lo mismo que un teatro sin decorado, sin escenario, sin marco y sin miradas que los sostengan, o que comer sin apetito: todo resulta una maquinaria que hace ruido al&nbsp; moverse, una risa de piedra solt&aacute;ndose y cayendo como el diente de un implante mal hecho&rdquo;. Si el deseo es vital, lo es en tanto resulta inc&oacute;modo, en tanto no se puede corresponder.
    </p><p class="article-text">
        Las relaciones pueden establecerse en funci&oacute;n de c&aacute;lculos y especulaciones &ndash;esperar que el otro devuelva lo que uno pone&ndash; o pueden sostenerse de la inutilidad. Como cuando Lacan dice &ldquo;el amor no sirve para nada&rdquo;. &ldquo;Una er&oacute;tica &ndash; sigue Juresa&ndash; deviene de la contingencia posible y no de la infructuosa reiteraci&oacute;n del intento de lo imposible. Rechaza la impostura que ofrece, gesto piadoso mediante, un objeto total: &laquo;es esto, y es por tu bien&raquo;. Del rev&eacute;s de la er&oacute;tica, encontramos la aridez de un cuerpo que expresa el impacto de la obstrucci&oacute;n del devenir deseante&rdquo;. Dejar de esperar reciprocidad no es desapegarse ni desasirse del otro, sino todo lo contrario: es empezar a tenerlo en cuenta.
    </p><p class="article-text">
        El amor, la amistad, el an&aacute;lisis: un gasto improductivo que intenta eludir el mostrador, que ensaya zafar del toma y daca. El don que no es especulativo es ese refugio ofrecido que s&oacute;lo puede advenir en la medida en que depongamos las armas del ser, en la medida en que le demos una tregua a la guerra paranoica del narcisismo, de la imagen de s&iacute;, en la medida en que suspendamos el dar para recibir. La reciprocidad no existe, por fortuna. Dejar de esperarla es abrirse al abismo de vivir, es abrirse al juego de una apuesta que incluye la posibilidad de, como dice Juresa, &ldquo;dar por perdido lo que nunca estuvo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/reciprocidad-no-existe_129_11273219.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 09 Apr 2024 09:16:54 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La reciprocidad no existe]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis,Relaciones]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Reacciones]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/reacciones_129_11000207.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1002b969-ea40-44b7-96fe-d48c26486e30_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Reacciones"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hoy casi no hay discusión, hay reacciones. Nos estamos volviendo reaccionarios, conservadores. Vivimos como si la vida fuera eso: dos bandos, y sólo dos, porque si no, uno es tibio.  
</p></div><p class="article-text">
        En 1978 <strong>Adolfo Bioy Casares</strong> publica, por Emec&eacute;, <em>Breve diccionario del argentino exquisito</em>. El texto hab&iacute;a tenido una primera edici&oacute;n, bajo un seud&oacute;nimo, en 1971. Es un libro muy simp&aacute;tico y lleno de humor en el que Bioy recoge ciertos modos de decir de la &eacute;poca, ciertos usos del lenguaje provenientes de gente &ldquo;supuestamente culta&rdquo;, como sugiere en el pr&oacute;logo. Lo que Bioy quiere poner en evidencia, seg&uacute;n dice, es el engolamiento, la ornamentaci&oacute;n de ciertas palabras. La pomposidad que revela una especie de actitud culturosa, pretenciosa. Y, advertido de que las nuevas palabras van a quedar, dice: &ldquo;Ya sabemos que algunas palabras de nuestro diccionario entrar&aacute;n y quedar&aacute;n en el idioma; evitemos que entren todas juntas&rdquo;. El diccionario es muy gracioso por la iron&iacute;a y el filo del autor (&eacute;l mismo desea que este libro entre en la serie de los escritos de Landr&uacute;, del <em>Vocabulario chic</em> de Jean Dutour o del <em>Diccionario de lugares comunes</em> de Flaubert). El diccionario concentra algunos de esos usos del lenguaje que una &eacute;poca produce, y que sedimentan luego en lugares comunes, repeticiones vac&iacute;as, doxas, estereotipos, prejuicios, etc. Una manera sat&iacute;rica de situar el habla de una &eacute;poca, de anotar la pretensi&oacute;n de ser exquisitos al hablar, a la vez que de subrayar las maneras en que esas pretensiones tienen como destino &ndash;o quiz&aacute;s como origen&ndash; la estupidez. Un detalle que me interes&oacute; es el comienzo del pr&oacute;logo en el que Bioy dice: &ldquo;Encontr&eacute; la mayor parte de las palabras que re&uacute;ne mi diccionario, en declaraciones de pol&iacute;ticos y de gobernantes. Alguien me dijo que sin duda las inventaron en un acto de premeditaci&oacute;n, a manera de baratijas para someter a los indios, &laquo;porque el embaucador desprecia al embaucado&raquo;. Yo no quiero disentir, pero sigo pensando que detr&aacute;s de cada una de estas manifestaciones de afectaci&oacute;n (...) ha de haber un se&ntilde;or vanidoso, que se desvive por que lo admiren (...). El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que subestima la estupidez&rdquo;. Bioy no est&aacute; hablando solamente de pol&iacute;ticos y gobernantes, sino de las posiciones enunciativas desde las cuales se profieren estas nuevas palabras. De las doxas de un momento, de eso que tanto desvelaba a <strong>Roland Barthes</strong>: la &ldquo;repetici&oacute;n muerta, que no viene del cuerpo de nadie&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/angeles-caidos_129_10955454.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><strong>Juan Jos&eacute; Becerra</strong></a> dice que &ldquo;los seres humanos hablan el idioma de su &eacute;poca imitando el l&eacute;xico infradotado de las redes sociales, cuando no hablan como la televisi&oacute;n o, peor todav&iacute;a, como sus padres&rdquo;. Imitamos por comodidad, sigue Becerra, y &ldquo;como en toda imitaci&oacute;n, lo que est&aacute; en juego es la esclavitud de alg&uacute;n tipo de &laquo;estilo&raquo;, &iquest;y qu&eacute; es el estilo sino una herencia? &iquest;Tan dif&iacute;cil es decidir una forma m&aacute;s o menos propia de hablar, de amar, de caminar, de lo que sea? &iquest;O es solo que imitar es f&aacute;cil?&rdquo;. La homogeneidad de las redes tiende a entramparnos en una masa indiferenciada de palabras pegajosas, empalagosas, dichas hasta el hartazgo. Cada tiempo tiene sus sentidos anquilosados, sus precipitaciones f&eacute;rreas de sentido, sus arrogancias: las palabras que responden al &ldquo;erotismo de masas&rdquo;, como dice Barthes. La doxa, como Medusa, petrifica. Es, como sigue Barthes, &ldquo;una masa gelatinosa que se pega contra el fondo de la retina&rdquo;. No vemos nada, la doxa nos enceguece y nos mete de lleno en un camino recto sin ninguna sinuosidad de pensamiento. Nos detiene el cuerpo, nos anestesia las ideas, nos vuelve un poco opas, un poco zombies. Cierra cualquier posibilidad de deslizamientos, entorpece la posibilidad de balbucear, de dudar, de vacilar, de retroceder: es una m&aacute;quina topadora que solo va para adelante. Los sentidos precipitados &ndash;por la prisa, pero tambi&eacute;n por la solidificaci&oacute;n&ndash; nublan la vista y nos conminan a una repetici&oacute;n casi maquinal, rob&oacute;tica. Se transforman en el agobio de un supuesto saber cerrado, anticipado; en una repetici&oacute;n religiosa y ritualista.
    </p><p class="article-text">
        Las palabras cambian su sentido a trav&eacute;s del tiempo, por eso el lenguaje es un cuerpo vivo que nos arroja permanentemente a nuevas maneras de decir. Pero tendemos a olvidarlo, ah&iacute; donde la doxa vela por que parezca natural y eterno aquello que es producto de las condiciones pol&iacute;ticas e ideol&oacute;gicas de un momento. Y el &oacute;rgano vivo tiende a necrosarse en esas formas estereotipadas de decir. &ldquo;Cheto&rdquo;, por ejemplo, no es lo mismo hoy que en otra &eacute;poca. Bioy se detiene en cheto &ndash;recordemos que el diccionario recopila lugares comunes&ndash;: &ldquo;Persona que se muestra en los lugares adecuados, que se viste y habla como corresponde. Puede llegar en motocicleta&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La tarea cr&iacute;tica, para Barthes, y pol&iacute;tica, seg&uacute;n creo, es combatir ese &ldquo;ej&eacute;rcito de estereotipos&rdquo;, &ldquo;la violencia del prejuicio&rdquo;, en la medida de lo posible. No digo que no existan m&aacute;s, eso es imposible, no digo que no estemos todos metidos ah&iacute;; digo que la posibilidad de leer c&oacute;mo est&aacute;n hechos, c&oacute;mo funcionan en un contexto particular, es un gesto indispensable para poder desentra&ntilde;ar lo que pasa en un momento dado.
    </p><p class="article-text">
        La palabra &ldquo;progre&rdquo; est&aacute; &uacute;ltimamente en boca de muchos. Creo que, muy de prisa, se ha transformado en una nueva doxa. Hoy se usa peyorativamente, casi siempre. Digo &ldquo;hoy&rdquo; porque no es lo mismo pronunciarla en este contexto pol&iacute;tico que hace, por ejemplo, cuatro a&ntilde;os, en otro contexto pol&iacute;tico. Es una especie de reacci&oacute;n especular &ndash;toda reacci&oacute;n es una respuesta especular&ndash;, una reacci&oacute;n en espejo que comporta una forma de giro conservador. Ese uso, porque estoy hablando del uso, impide cualquier discusi&oacute;n. Porque, a su vez, genera otra reacci&oacute;n. Yo te acuso de progre, vos me acus&aacute;s de antiprogre. Y as&iacute; vamos de reacci&oacute;n en reacci&oacute;n. En el medio, pasan cosas, muchas cosas. Pero mientras seguimos metidos en el espejo de la reacci&oacute;n, mientras seguimos acus&aacute;ndonos de ser X, o antiX, mientras la cosa se crispa en dicotom&iacute;as imposibles, se impide el ejercicio cr&iacute;tico, el ejercicio pol&iacute;tico o, incluso, se impide una autocr&iacute;tica que sea lo m&aacute;s honesta posible.
    </p><p class="article-text">
        Yo que mand&eacute; a mi hijo a una primaria de Palermo con nombre de flor y luego al &ldquo;Pelle&rdquo;, que tengo consumos culturales propios de un circuito que va de Los Galgos al Malba y del Malba a Villa Crespo &ndash;barrio gentrificado en los &uacute;ltimos veinticinco a&ntilde;os&ndash;, que pas&eacute; mi adolescencia en medio de la apertura democr&aacute;tica y la primavera alfonsinista, que escribo en este diario, que le&iacute;a P&aacute;gina 12, que fui a ver varias veces a Caetano Veloso al Gran Rex, que me dedico al psicoan&aacute;lisis, que voy a la FED todos los a&ntilde;os, que almuerzo algunos domingos en Cresp&iacute;n y que veraneo en Traslasierra &ndash;etc. etc. etc.-- responder&iacute;a, por estas pr&aacute;cticas y estos circuitos, a la definici&oacute;n de lo que se entiende por progresista, o progre. Pero, sin embargo, tambi&eacute;n fui &ldquo;acusada&rdquo; de antiprogre. Porque la cosa, creo, es que ya no sabemos bien qu&eacute; quieren decir esas palabras. Todos somos el progre o el antiprogre de alguien. Hace muy poco, Malena Pichot, <a href="https://www.eldiarioar.com/sociedad/malena-pichot-gustaria-progre-empiece-buena-palabra-nuevo_128_10994427.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">en este mismo diario</a>, entrevistada por Natalia Laube y Natal&iacute; Schejtman, dijo: &ldquo;A m&iacute; lo que me gustar&iacute;a es que progre empiece a ser una buena palabra de vuelta&rdquo;. A m&iacute; tambi&eacute;n me gustar&iacute;a. Pero no para reivindicar lo progre en s&iacute; mismo, sino para poder discutir el progresismo o para abrir esa palabra y ver de qu&eacute; est&aacute; hecha, para hacer ese ejercicio cr&iacute;tico-pol&iacute;tico. Porque el campo progresista en el que creo estar inscripta tiene tambi&eacute;n una tradici&oacute;n de discusi&oacute;n y de autocr&iacute;tica. Y hoy casi no hay discusi&oacute;n, hay reacciones: casi todo es una reacci&oacute;n. Hay denuncias, hay se&ntilde;alamientos y estigmatizaciones. Hay acusaciones y la esperable actitud defensiva frente a esas acusaciones. Porque la l&oacute;gica especular es la de la aniquilaci&oacute;n del otro, porque es &ldquo;el otro o yo&rdquo;. Me pasa que hoy puedo discutir el progresismo, pero ante los se&ntilde;alamientos peyorativos de &ldquo;progre&rdquo;, me afirmo sin dudas ah&iacute;. Y esa afirmaci&oacute;n es hoy, que gobierna quien gobierna. Me pasa lo mismo con el juda&iacute;smo: puedo ser critica con algunas de sus formulaciones; pero si viene un antisemita, soy la m&aacute;s jud&iacute;a de todos.
    </p><p class="article-text">
        Me llama la atenci&oacute;n cierto giro conservador que empez&oacute; a producirse como reacci&oacute;n especular. Una reacci&oacute;n doble: reacci&oacute;n al gobierno y reacci&oacute;n ante lo que algunos designan &ldquo;progre&rdquo; &ndash;habr&iacute;a que preguntarles a qu&eacute; se refieren exactamente&ndash;. Como Milei &ldquo;no form&oacute; una familia&rdquo;, hay ahora una reivindicaci&oacute;n grotesca de la ideolog&iacute;a familiarista; como Milei est&aacute; con Israel, hay una presencia notable de personajes antisemitas en los medios &ndash;incluso en medios progresistas&ndash; y en la pol&iacute;tica, cuando no una ola de antisemitismo horrible; la misma gente que trata a sus mascotas como hijos &ndash;hace unos a&ntilde;os se escribieron abundantes l&iacute;neas reivindicando nuevas formas de familia con mascotas como hijos&ndash; se muestra horrorizada porque Milei les dice &ldquo;hijos de cuatro patas&rdquo;. &iquest;Cu&aacute;nto tiempo llev&oacute; cuestionar lo que se llama normalidad para despu&eacute;s, de un plumazo, volver a la normalizaci&oacute;n y acu&ntilde;ar el &ldquo;vot&aacute; al normal&rdquo;? Una reacci&oacute;n, l&oacute;gicamente, lleva a ocupar una posici&oacute;n contraria, a posicionarse en la vereda de enfrente &ndash;el anormal siempre es el otro&ndash;. Porque es eso: una reacci&oacute;n. Nos estamos volviendo reaccionarios, conservadores. Y ah&iacute; empieza a empastarse todo. Como si la vida fuera eso: dos bandos, y s&oacute;lo dos, porque si no, uno es tibio. &iquest;O acaso no se puede ser progre y abrir la discusi&oacute;n del progresismo actual &ndash;que no es el mismo de otra &eacute;poca&ndash;? &iquest;O acaso no se puede discutir lo hecho en los a&ntilde;os anteriores sin designarse progre o antiprogre? &iquest;O acaso no se puede cuestionar la ideolog&iacute;a familiarista y tener una familia? &iquest;O acaso no se puede no querer tener hijos y discutir igualmente las formas en las que un gobernante se relaciona con sus mascotas? &iquest;O acaso para cuestionar las relaciones carnales con Israel hace falta ser antisemita? Lo que no creo que aporte mucho es descansar en el confort de las reacciones, creernos siempre tan seguros de qu&eacute; lado estamos, aferrarnos a identidades necias, no ser honestos con nuestras propias posiciones enunciativas. El progre siempre es el otro. &iquest;O es que para poder pensar algo de lo que pas&oacute;, de lo que pasa y de c&oacute;mo vamos a intentar salir de ac&aacute;, tenemos que girar a la derecha y reivindicar s&iacute; o s&iacute; el conservadurismo? La reacci&oacute;n a los que vinieron a destruir todo puede ser, entendiblemente, la de agarrarse de todo, la de conservar todo. Una especie de reflejo: avanza el fuego y uno intenta salvar sus pertenencias. Pero a veces ese mismo &iacute;mpetu tambi&eacute;n lleva a romper todo lo que &ldquo;de este lado&rdquo; estaba m&aacute;s o menos bien. Lleva tambi&eacute;n a querer destruirlo todo, a cuestionarlo todo, y a agarrarse de cualquier cosa para salvarse, para no quedar tan desamparados. Quiz&aacute;s haya otra manera, no s&eacute; cu&aacute;l. Pero s&iacute; creo que las reacciones no dejan de conducir hacia la impotencia.
    </p><p class="article-text">
        En el diccionario de Bioy hay una entrada para Progresista. Y dice as&iacute;: &ldquo;izquierdista, partidario de Rusia o de China. (Astul, Diccionario de lugares comunes)&rdquo;. Seg&uacute;n esa definici&oacute;n, para el presidente y sus votantes, progresistas ser&iacute;amos entonces todos los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/reacciones_129_11000207.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 12 Mar 2024 09:00:07 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Reacciones]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Aturdidos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/aturdidos_129_10916260.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ba47293d-1f39-4b82-8edb-52d27bc738c1_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Aturdidos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No hay vida, no hay eros posible si somos consumidos por la lógica del todo es lo mismo. Si pensar es separar, hay que inventar esos separadores para estar un rato en las sutilezas.</p></div><p class="article-text">
        Un tuit de un usuario dice que los comedores populares no reciben comida desde hace m&aacute;s de un mes. Y&nbsp; a continuaci&oacute;n, un tuit de una p&aacute;gina cool gourmet da una receta de budines de banana. El algoritmo no distingue el hambre de las ganas de comer. Y con las ganas de comer que nos produce el bud&iacute;n, podemos hasta olvidarnos del hambre de los otros. El algoritmo no distingue, empuja hacia la homogeneidad y al <em>todo es lo mismo</em>. Creemos que somos agentes, sujetos activos, pero ya hemos advertido que somos m&aacute;s bien objetos de <em>eso</em>. No somos consumidores, ni usuarios de redes, somos los consumidos y los usados. Hay momentos en los que nos relacionamos de modo compulsivo con eso que transcurre en el mundo digital. Pasar del home banking a Twitter, de la p&aacute;gina del diario a Instagram y del WhatsApp de nuevo a Twitter; empezar el d&iacute;a mirando el celular: la vida es eso que transcurre mientras scrolleamos. Ese modo se vuelve, por momentos, autom&aacute;tico. Ni siquiera leemos nada, pasamos las p&aacute;ginas. Nos babeamos obnubilados por las im&aacute;genes que circulan. No nos detenemos especialmente en ninguna. Hay algo en el gesto del scrolleo que emula el descarte: el dedo env&iacute;a, deslizando hacia abajo o hacia arriba, hacia la izquierda o hacia la derecha, lo que ya no quiere ver -el mismo gesto hecho con la mano entera es el gesto del desprecio, del descarte-. Lo que ya no queremos ver, pero que en rigor tampoco vimos. Porque la l&oacute;gica de la no diferencia, la de todo es lo mismo, es la l&oacute;gica de la invisibilidad. Hay tanto a la vista que nos ciega. No hay posibilidad de entrecerrar un poco los ojos, de mirar en lugar de ver, todo se nos viene encima, una luz blanca de frente, un reflector directo a los ojos. De ese modo, no hay visibilizaci&oacute;n, sino invisibilidad. No se refer&iacute;a a las redes sociales, pero me acord&eacute; de la definici&oacute;n de <strong>H&eacute;ctor Libertella</strong>: &ldquo;Una red es puro agujero&rdquo;. En el <em>todoeslomismo</em>, ya nada puede divisarse en medio de la bruma espesa. Los cuerpos se van embotando, apaciguando, anestesiando en el frenes&iacute; del consumo de la informaci&oacute;n ruidosa, estridente, aturdidora. Eso viene pasando hace mucho tiempo. Pero ahora se agrega una particularidad, porque pareciera que la din&aacute;mica de este gobierno es inundar la realidad -y por lo tanto las redes- de informaci&oacute;n, pi&ntilde;a y pi&ntilde;a. No terminamos de levantarnos de una que aparece una peor -la mato y aparece una mayor-. No hay descanso. La crueldad como pol&iacute;tica, el agotamiento como estrategia. Estamos todos un poco <em>knock out</em> con tantas pi&ntilde;as. M&aacute;s all&aacute; de las pol&iacute;ticas concretas, m&aacute;s all&aacute; de las decisiones que el gobierno va tomando y que afectan nuestras vidas, hay un constante bombardeo de informaci&oacute;n y de discursos que se habilitaron. Un presidente tuitero en sus formas violentas: provocaci&oacute;n, persecuci&oacute;n a periodistas o artistas, escraches varios, pero tambi&eacute;n en su contenido: tirar frases sin demasiada argumentaci&oacute;n, decir cualquier cosa sin que importe, instalar mentiras, instalar fake news, etc. Una novedad radical que nos viene dejando un tanto pasmados, paralizados. No podemos creer el escenario en el que estamos metidos. En ese intento de entender un poco m&aacute;s, de precisar, de vislumbrar qu&eacute; es eso nuevo, por momentos nos pegoteamos mucho m&aacute;s a las redes, demasiado. Y en ese pegoteo pasa tanto que nos vamos poniendo cada vez m&aacute;s ansiosos y angustiados o, en el otro extremo, cada vez m&aacute;s adormecidos y embotados. Quedamos medio <em>groguis</em>, entre la indignaci&oacute;n y la reacci&oacute;n: dos formas de la impotencia. Pero tampoco es que no haya margen y que s&oacute;lo seamos objetos pasivos. Hay algo activo en los modos de quedar metidos ah&iacute;. Pretender ver todo, todo el tiempo, no poder cerrar los ojos, es una especie de tortura -autoinfligida-, como la famosa escena de <em>La naranja mec&aacute;nica</em>.
    </p><p class="article-text">
        Al sufrimiento que la pol&iacute;tica econ&oacute;mica y social de este gobierno les est&aacute; imprimiendo a nuestras vidas, se suma el sufrimiento, tambi&eacute;n atendible, que nos producen las palabras que se pronuncian, los consensos democr&aacute;ticos agujereados, los discursos violentos legitimados. Los mensajes que se arrojan a trav&eacute;s de las redes y los medios. &iquest;Discutir con qui&eacute;n? No hay interlocuci&oacute;n posible, hay ideolog&iacute;a a cielo abierto, en carne viva. La cosa se ha vuelto pornogr&aacute;fica, y como dijo alguna vez <strong>Horacio Bonafina</strong>, en un texto llamado <em>El cuerpo del porno</em>: &ldquo;El porno es la dimensi&oacute;n del s&iacute;. S&iacute;, s&iacute;, s&iacute; a todo lo que sea descarga. A que el cuerpo sea s&oacute;lo cuerpo. &iquest;Cu&aacute;ntos se aguantar&iacute;an esa desubjetivaci&oacute;n? El porno es un m&aacute;s all&aacute; en el l&iacute;mite que uno pone a dejar de Ser, es un m&aacute;s all&aacute; en el l&iacute;mite que se pone uno mismo al cuerpo y sus posibilidades&rdquo;. No se puede vivir en lo pornogr&aacute;fico porque no se puede vivir reducidos a carne, desubjetivados. Hace falta una alternancia, un espacio, un hiato. La er&oacute;tica de la vida necesita de la alternancia, necesita pispear, entrever. Ese erotismo que <strong>Barthes</strong> ubica &ldquo;all&iacute; donde la vestimenta se abre (...) en la intermitencia&rdquo;. En el centelleo, &ldquo;entre dos bordes&rdquo;. No hay vida, no hay eros posible si somos consumidos por la l&oacute;gica del todo es lo mismo, si dejamos pegada la vista, pero tambi&eacute;n los o&iacute;dos, a ese ruido infernal, a esa invasi&oacute;n de crueldad. No&nbsp; hay vida, ni futuro, pero tampoco hay presente posible. S&oacute;lo queda la narcosis entumecedora. Si el porno es la dimensi&oacute;n del s&iacute; a todo lo que sea descarga, la er&oacute;tica de una vida posible, en medio de este desquicio, puede empezar ah&iacute; donde se dice a algo que no. Alternar, entrar y salir, abrir y cerrar los ojos. Entrecerrar un poco los agujeros para que no entre toda esa luz de frente. Si pensar es separar, hay que inventar esos separadores para estar un rato en las sutilezas, en los matices. No estoy diciendo que tengamos que desentendernos de la realidad cruenta en la que estamos metidos, no digo que nos tiene que importar menos, que nos tiene que resbalar. Digo que para que importen algunas cosas, hace falta que no todas sean lo mismo. Para que la cosa no nos arrase, hace falta una alternancia, una intermitencia, una ola que va y que viene, que nos posibilite sacar la cabeza para respirar.
    </p><p class="article-text">
        <em>Deshumanizador</em> fue la palabra que dijo el analista y que subray&eacute;. El an&aacute;lisis es ese lugar in&eacute;dito que ofrece, como un refugio invaluable, un lugar de cobijo en donde nada da lo mismo, en donde se inscribe la diferencia que nos constituye. En donde las palabras pueden separarse, en donde no todo es igual. El an&aacute;lisis a veces hace de separador entre escenas. No es la &uacute;nica opci&oacute;n, claro, cada quien encuentra sus separadores. Separadores de la realidad, esa que viene en bloque, esa que, como dice Freud, no anda sin construcciones auxiliares. Y entonces pienso tambi&eacute;n en la ficci&oacute;n como usina de verdad, como maquinaria de lectura. La ficci&oacute;n, ese separador que nos permite leer mejor la realidad. Sobre todo porque da lugar a la imaginaci&oacute;n, cosa coartada en el pegoteo constante de las redes, de la realidad. La imaginaci&oacute;n, esa que puede dispararse al levantar la mirada del texto, gesto paradigm&aacute;tico de la lectura, seg&uacute;n Barthes. &ldquo;La imaginaci&oacute;n es la &uacute;nica arma en la guerra contra la realidad&rdquo;, lee en una nota el protagonista de <em>El ojo de Goliat</em> (Entrop&iacute;a), de <strong>Diego Muzzio </strong>-una de las mejores novelas que le&iacute; &uacute;ltimamente-. No hay imaginaci&oacute;n posible cuando quedamos metidos en esa boca hambrienta e insaciable de las redes.
    </p><p class="article-text">
        Con los ojos cerrados me ves mejor, cantaba Ser&uacute; Gir&aacute;n. Quiz&aacute;s porque soy miope es que nunca veo del todo bien. Me gusta ese efecto que produce no corregir la miop&iacute;a: ver el detalle a condici&oacute;n de que se desenfoque el resto. Decir de alguien que es miope, en sentido figurado, es sin dudas algo peyorativo. Quiz&aacute;s en este momento tan desquiciado habr&iacute;a que experimentar un poco de miop&iacute;a, o de cortedad de vista: no para no ver, sino para empezar a mirar los detalles que importan.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/aturdidos_129_10916260.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 13 Feb 2024 03:01:39 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Aturdidos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Leer (en) el desastre]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/leer-desastre_129_10504974.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e5c313dd-28dc-4682-85e2-3dfd9251bd10_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Leer (en) el desastre"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Son tiempos, como los del inicio de la pandemia, en los que el ruido es tan enorme, lo abarca todo tanto, que no hay lugar para escuchar el susurro del lenguaje, como diría Barthes. Tal vez la imposibilidad de leer –un libro, un acontecimiento político, una ciudad– se relaciona con la imposibilidad de relacionarnos con otros.</p></div><p class="article-text">
        Cuando irrumpi&oacute; la pandemia estuve mucho tiempo &ndash;no s&eacute; cu&aacute;nto es mucho, pero fue mucho&ndash; sin poder leer. Fue una especie de impedimento total. No pod&iacute;a leer un libro, pero tampoco el subtitulado de alguna pel&iacute;cula o serie. Luego fui advirtiendo que lo que no pod&iacute;a era salirme del mundo para adentrarme en una ficci&oacute;n. No soportaba sustraerme del mundo porque el mundo, tal y como lo conoc&iacute;amos, ya hab&iacute;a sido sustra&iacute;do. No hab&iacute;a mundo de donde irse, no hab&iacute;a mundo que requiriera ser acallado. Lo &uacute;nico que consum&iacute;a era Twitter y notas sobre la pandemia. Consum&iacute;a, no le&iacute;a. No pod&iacute;a leer, estaba hipervigilante, alerta, concentrada y atenta. No pod&iacute;a leer: estaba demasiado apegada, pegoteada, agarrada a la &ldquo;realidad&rdquo;. Una realidad que aparec&iacute;a tan verdadera como la ciencia ficci&oacute;n. Como consecuencia del impedimento de leer tampoco pod&iacute;a escribir. Hab&iacute;a sido tanta la sorpresa de la pandemia que, creo ahora, no hab&iacute;a m&aacute;s espacio para lo sorpresivo. Y leer es exactamente eso: encontrarse sorpresivamente con lo inesperado. Leer para desconocerse. No es <em>uno</em> el que lee, tampoco es <em>uno</em> el que escribe. Uno no sabe casi nada de lo que hace cuando lee, ni cuando escribe. Los efectos son inesperados. S&iacute;: como en el an&aacute;lisis. Como la atenci&oacute;n flotante y como la asociaci&oacute;n libre. No se pueden practicar si uno est&aacute; alerta, vigilante, en foco, concentrado en la realidad. Requieren un tipo de dispersi&oacute;n, de distracci&oacute;n, de olvido. Casi como en ese gesto que se&ntilde;ala <strong>Roland Barhes</strong>, el de levantar la cabeza del texto. Y tambi&eacute;n pienso en <strong>Walter Benjamin</strong> y su elogio a la distracci&oacute;n como procedimiento cr&iacute;tico, es decir, de lectura. Dice: &ldquo;S&oacute;lo se logra resolver determinadas tareas en estado de distracci&oacute;n cuando su soluci&oacute;n se ha transformado en un h&aacute;bito&rdquo;. La distracci&oacute;n como pr&aacute;ctica. Pero lejos del mandato de distraerse para no pensar en algo, la distracci&oacute;n, tal y como se plantea ac&aacute;, ser&iacute;a, en rigor: distraerse <em>para</em> poder pensar algo, para poder leerlo. Pens&eacute; en todo esto porque son semanas un poco parecidas. Son tiempos, como aquellos, en los que el ruido es tan enorme, lo abarca todo tanto, que no hay lugar para escuchar el susurro del lenguaje, como dir&iacute;a Barthes.
    </p><p class="article-text">
        Leer implica olvidar el mundo y perderse de s&iacute;. Por eso es un acto er&oacute;tico: como en el erotismo, se trata de la p&eacute;rdida de s&iacute;. Lo dijo <strong>Bataille </strong>y tambi&eacute;n lo dice ahora <strong>Pascal Quignard</strong> en <em>El hombre de las tres letras</em> (editado por El cuenco de plata): &ldquo;la anulaci&oacute;n de la identidad durante la pr&aacute;ctica sexual est&aacute; extremadamente cerca de la p&eacute;rdida de la conciencia personal durante la lectura&rdquo;. Y pienso en el insomnio o las dificultades para dormir tan de esta &eacute;poca y entonces tambi&eacute;n creo que tienen que ver con la dificultad de leer. Porque leer y so&ntilde;ar se tocan ah&iacute; donde, como sigue Quignard, &ldquo;leer no es so&ntilde;ar pero leer es <em>como so&ntilde;ar</em> en tanto que pierde el tiempo (...). Como el sue&ntilde;o, ignora la disidencia de la temporalidad: no tiene pasado ni tiene porvenir. Todo lo que es apasionante se caracteriza por la ausencia de futuro, por la distracci&oacute;n completa respecto al tiempo&rdquo;. Y ahora me acuerdo de Allouch cuando dice: &ldquo;desear es estar sin futuro&rdquo;. Pero estamos demasiado pendientes del presente y, sobre todo, del futuro. Creemos que podemos anticipar algo, creemos que podemos agarrarnos de alg&uacute;n signo que nos permita estar preparados.
    </p><p class="article-text">
        A veces me pregunto si la imposibilidad de leer &ndash;un libro, un acontecimiento pol&iacute;tico, una ciudad, etc&eacute;tera&ndash; no se relaciona con la imposibilidad de relacionarnos con otros &ndash;como otros&ndash;. Hace poco, la cuenta de la lind&iacute;sima Librer&iacute;a Mendel &ndash;ubicada en Paraguay 5163&ndash; tuite&oacute;: &ldquo;Cuando leemos es cuando m&aacute;s atentos estamos a lo que otra persona tiene para decir. No interrumpimos con nuestra historia, solo dejamos que nos cuente la suya. Y creo que ese es el principal sentido de un libro, volver a escuchar&rdquo;. La pr&aacute;ctica del psicoan&aacute;lisis es, antes que nada, una pr&aacute;ctica de lectura. Hay personas que tambi&eacute;n est&aacute;n impedidas de escuchar porque se ponen por delante y buscan solamente ese lugar donde se reconocen. Leer y escuchar comparten, creo, esa posibilidad de correrse de s&iacute;, el alivio de salirse del espejo. <strong>Alberto Giordano</strong> lo dice de esta manera: &ldquo;Y lo mejor ser&aacute; olvidarnos de lo que sabemos, olvidarnos de nosotros mismos. Porque quien sabe demasiado, quien est&aacute; demasiado cierto de lo que sabe, no lee&rdquo;. Giordano cita a Blanchot: &ldquo;leer, ver y o&iacute;r la obra de arte exige m&aacute;s ignorancia que saber, exige un saber que invite una inmensa ignorancia y un don que no est&aacute; dado por anticipado, que cada vez hay que recibir, adquirir, perder en el olvido de s&iacute; mismo&rdquo;. Pero los tiempos de la incertidumbre &ndash;son los de siempre, pero a veces lo son m&aacute;s&ndash; no nos dejan mucho margen para el olvido de s&iacute;. Necesitamos referencias conocidas para encarar lo m&aacute;s desconocido. Aunque sean insuficientes, aunque no alcancen.
    </p><p class="article-text">
        Me gusta pensar la lectura como <em>pharmakon</em>: veneno y remedio a la vez, lo que nos est&aacute; impedido a la vez que lo que nos posibilita salir del impedimento. Como suspendiendo el tiempo y el porvenir, a la vez que subrayando que el tiempo y el porvenir son lo radicalmente m&aacute;s desconocido.
    </p><p class="article-text">
        Vuelvo a <strong>Anne Doufourmantelle</strong> en su <em>Elogio del riesgo </em>(Nocturna Editora)&ndash;: &ldquo;el hojaldre muy fino constituido por m&uacute;ltiples acontecimientos y determinaciones que producen lo real se entremezcl&oacute; con nuestra historia formando ramificaciones sin fin, de hecho mucho m&aacute;s all&aacute; de lo perceptible; y lo que se pierde en un momento dado es la certeza de pertenecer a un mundo, una lengua, un territorio de reconocimiento inmediatamente transmisible&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Si, como dice <strong>Juan Jos&eacute; Becerra</strong>, &ldquo;la experiencia de leer no es otra cosa que la experiencia de esperar&rdquo;, el futuro, como la lectura, siempre llega, es lo que no puede no llegar. Y, a la vez, cuando llega, ya es tarde. &ldquo;El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos&rdquo;, la frase de <em>Casablanca,</em> podr&iacute;a parafrasearse: el mundo se derrumba y nosotros leemos &ndash;es que amor y lectura tambi&eacute;n comparten la p&eacute;rdida de s&iacute;&ndash;. <strong>Vir Cano</strong> lo dijo as&iacute;: &ldquo;Sin conmoci&oacute;n, sin esa irrupci&oacute;n de le otre, sin el tambaleo del yo, no hay amor, ni pensamiento, ni duelo, ni fiesta&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de todo, como dijo <strong>Ricardo Piglia</strong>, &ldquo;la lectura construye un espacio entre lo imaginario y lo real, desarma la cl&aacute;sica oposici&oacute;n entre ilusi&oacute;n y realidad. No hay,&nbsp; a la vez, nada m&aacute;s real ni nada m&aacute;s ilusorio que el acto de leer&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/leer-desastre_129_10504974.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 12 Sep 2023 09:09:17 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Refugios]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/refugios_1_10458193.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ae78552f-3ef9-4ec9-8128-431495357413_16-9-discover-aspect-ratio_default_1079597.jpg" width="1269" height="714" alt="Refugios"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En estos momentos un poco desesperados, desorientados, desquiciados, pienso que los refugios, los que de verdad cobijan, no se buscan, sino que se encuentran. Uno advierte, un poco tarde, que algo funcionó como refugio.</p></div><p class="article-text">
        La semana que pas&oacute; -la ilusi&oacute;n de que la llegada del viernes haya hecho cesar algo (escribo esto el fin de semana)- fue de esas en las que los d&iacute;as se adensan, se estiran, se empastan, se rompen. El paso del tiempo entra en un espesor distinto y la cotidianeidad se extra&ntilde;a. Hacemos esfuerzos desmedidos por continuar con nuestras vidas, no como si nada hubiera pasado, sino porque pas&oacute; de todo. Algunas cosas de nuestra vida se vuelven m&aacute;s banales y otras, en cambio, mucho m&aacute;s graves. Ya no se puede diferenciar nada, <em>todoeslomismo</em>. Lo personal y lo pol&iacute;tico -no todo lo personal es pol&iacute;tico- se solapan y se pliegan y entonces hay que tratar de deslindar, de separar, de cortar. Pero resulta que somos cirujanos inexpertos y tendemos a cortar y suturar mal -la herida no cierra- y a infectarlo todo. No hay asepsia posible. Algunos lazos muestran su amorosidad y otros, su odio. Los afectos no encuentran moderaci&oacute;n, ni aquietamiento. Leemos desesperadamente lo que dicen los medios, las redes, las notas, los grupos de whatsapp, o nos desconectamos totalmente y nos sumergimos en la ficci&oacute;n, en la ficci&oacute;n que cada quien encuentra. Pasamos del hiperrealismo a la negaci&oacute;n sin ning&uacute;n tapujo, sin ninguna voluntad.
    </p><p class="article-text">
        Estamos en carne viva.
    </p><p class="article-text">
        No estoy hablando del voto de cada quien, sino del impacto sorpresivo, de lo que irrumpi&oacute; inesperado. Del acontecimiento cuasi traum&aacute;tico. Nadie vio venir lo que vino. El mapa electoral es el mapa de la desorientaci&oacute;n, del desconcierto. Muchos quedaron at&oacute;nitos. Incluso los que est&aacute;n gritando desde hace una semana. No estoy hablando de si se est&aacute; de acuerdo o no con lo que los candidatos proponen, estoy hablando del impacto de lo que estall&oacute;, del ruido de los vidrios rotos, de ese instante en el que no sabemos qu&eacute; caus&oacute; el estruendo. De la sorpresa, del efecto sorpresivo. De advertir que se est&aacute; en el borde del abismo -&ldquo;estamos al borde del abismo y daremos un paso hacia adelante&rdquo;, dicen los que quieren un cambio estrepitoso-. Pero adem&aacute;s, una vez que nos levantamos del piso, recuperados un poco de la pi&ntilde;a de esta semana, todav&iacute;a queda esperar. Esperar. Y sabemos que la espera es, antes que nada, uno de los nombres de la angustia. &ldquo;A las v&iacute;ctimas de la espera&rdquo;: Antonio Di Benedetto les dedica <em>Zama</em>. Y Zama espera y tiene esperanzas, hasta que por fin encuentra lo m&aacute;s parecido a la libertad ah&iacute; donde alguien dijo &ldquo;no&rdquo; a sus esperanzas. Por su parte, Sara Gallardo en <em>Los galgos, los galgos</em>, dice: &ldquo;Congoja y contrici&oacute;n sin esperanza, y en eso reside lo dulce, el &uacute;nico consuelo&rdquo;. No se trata, ahora, de estar esperanzados. Porque la esperanza muchas veces impide leer lo que est&aacute; pasando. Y, creo yo, las esperanzas son lo primero que habr&iacute;a que perder para no estar tan adormecidos. Tampoco lo contrario: estar desesperanzados. Creo que se trata de estar un poco m&aacute;s despiertos para que no se nos venga encima lo que se nos vino encima, lo que sea que se le vino encima a cada quien. Hubi&eacute;ramos preferido un despertar m&aacute;s suave, seguramente, pero ahora ya no podemos volver a dormir, ya nos desvelamos y es esa hora en la que decidimos levantarnos, no intentar m&aacute;s dormir.
    </p><p class="article-text">
        Son pocos los acontecimientos de &ldquo;la realidad&rdquo; que entran masivamente al consultorio de un analista. Cuando digo masivamente, digo que, de una u otra manera, es mencionado por todos los que asisten. M&aacute;s, menos, mucho, poco, nadie no lo menciona. Es ineludible. La realidad pol&iacute;tica impacta en los cuerpos de manera tal que no se puede silenciar. Si el espacio del an&aacute;lisis suele silenciar un poco el ruido del mundo y propiciar los balbuceos &iacute;ntimos, esta semana se dispar&oacute; el volumen del mundo y la estridencia se col&oacute; por puertas y ventanas. Son los acontecimientos que implican, para el lugar del analista, un ejercicio un poco m&aacute;s esforzado. Porque no se trata, tampoco en este caso, como en ning&uacute;n otro, de armar con el paciente una mismidad. Que estemos atravesados nosotros tambi&eacute;n implica, justamente, estar un poco m&aacute;s atentos a no meter &ldquo;lo nuestro&rdquo; ah&iacute;. Es un esfuerzo mayor al de siempre: ser parte de lo que pas&oacute; no nos deber&iacute;a llevar al &ldquo;a m&iacute; me pasa lo mismo que a usted&rdquo;. Seguir escuchando la particularidad de cada quien, la manera en la que cada quien se vio afectado y que nuestra propia cosa no se interponga. Igual que siempre, pero m&aacute;s que nunca -y eso tampoco implica no hablar, no decir nada de lo que se va pensando, no armar una conversaci&oacute;n-. No dar por supuesto nada, no empastarse con el otro. Ah&iacute;, en ese fr&aacute;gil equilibrio. A la vez, creo, en el consultorio, tambi&eacute;n se produce un efecto de comunidad. Ah&iacute; donde se aloja la diferencia, ah&iacute; donde no se juzga ni se mide el sufrimiento, ah&iacute; donde hay lugar para que se desplieguen los efectos y los afectos de un malestar que tambi&eacute;n incluyen al analista. Un analista que no rechaza, que no confunde abstinencia con asepsia pol&iacute;tica. El lazo anal&iacute;tico es un lazo pol&iacute;tico, es parte de la polis. No puedo dejar de recordar el modo en que se inici&oacute; la revista Conjetural, en agosto de 1983, donde Jorge Jinkis se&ntilde;alaba: &ldquo;el llamado lacanismo es una pol&iacute;tica que no se explicita, una pol&iacute;tica que se niega como tal, y que incluso obtiene su fuerza de esa disimulaci&oacute;n. Para ello no deja de contar con el soporte subjetivo del gesto de la cabeza hacia atr&aacute;s y el brazo cruzando los ojos, una cierta repugnancia incluso, la pol&iacute;tica... &iexcl;qu&eacute; fastidio!&rdquo;. &ldquo;La disimulaci&oacute;n es otra pol&iacute;tica&rdquo;, contin&uacute;a. Ese llamado lacanismo no es sino una ideolog&iacute;a sostenida en una pretendida neutralidad, en una pretendida anti pol&iacute;tica. La pr&aacute;ctica del psicoan&aacute;lisis -por parte de pacientes y analistas-, tal como la entiendo, es una pr&aacute;ctica pol&iacute;tica que tiene efectos de comunidad y que tiene efectos en la comunidad. Esta semana advert&iacute;, como pocas otras, ese efecto de comunidad -en las ant&iacute;podas de la masa-.
    </p><p class="article-text">
        En estos momentos un poco desesperados, desorientados, desquiciados, pienso que los refugios, los que de verdad cobijan, no se buscan, sino que se encuentran. Uno advierte, un poco tarde, que algo funcion&oacute; como refugio. Hace un tiempo conoc&iacute; en Tucum&aacute;n a Diego Puig, autor, entre otros t&iacute;tulos, de <em>El problema de la luz </em>-editorial Gerania-. Fue muy afectuoso conmigo y adem&aacute;s, el rato que nos vimos, incluy&oacute; much&iacute;simas risas. Hace unos d&iacute;as -antes de las elecciones- me dej&oacute; un audio y dijo, en alg&uacute;n momento, &ldquo;s<em>tepping stones</em>&rdquo;. Tambi&eacute;n habl&oacute; de &ldquo;un mapa que nos sostiene&rdquo;. <em>Stepping stones</em>, escuch&eacute; y ya no pude dejar de escuchar todo eso que se me ocurri&oacute; que entraba en esa expresi&oacute;n. No la hab&iacute;a escuchado antes, o no as&iacute;. No sab&iacute;a qu&eacute; significaba literalmente, pero le&iacute;, en ese momento, la clave de todo este texto. <em>Stepping stone </em>tiene varias acepciones, pero me quedo con la que us&oacute; Diego Puig: &ldquo;piedritas en las que nos paramos un ratito hasta que pasamos a otra, pero pasar de una a la otra siempre est&aacute; atravesado de ese momento de no saber, de no entender, de dudar, de desconfiar&rdquo;. Escuch&eacute; esa expresi&oacute;n y ya no pude dejar de pensar todo lo que pens&eacute;. Fue una expresi&oacute;n hecha de dos palabras surgidas de la boca de otro -la comunidad tambi&eacute;n se aloja ah&iacute;, en esas palabras que vienen de otros- las palabras que otros dicen y que por alguna raz&oacute;n subrayamos y escuchamos a posteriori. Ah&iacute;, en esos peque&ntilde;os resquicios hechos de palabras, tambi&eacute;n hay refugio.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/refugios_1_10458193.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 22 Aug 2023 12:24:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Refugios]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre la interpretación]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-interpretacion_132_10450175.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9eb5f471-2b2e-4bc7-818c-e06220381e4e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Notas sobre la interpretación"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La autora, Alexandra Kohan, escribe sobre la interpretación en su nuevo envío de Atención Flotante. </p></div><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El analista interpreta (...) para hacer hablar a los equívocos y no para descifrarlos

</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Alberto Giordano</span>
                                  </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>I.</strong>&nbsp;Me gust&oacute; especialmente&nbsp;<em>Sobre la interpretaci&oacute;n</em>, la clase-ensayo de Alberto Giordano publicada por Queja ediciones. En principio porque aborda un asunto enorme, objeto de psicologismos y doxas, y lo va desplegando sutilmente, lo va trabajando -como quien trabaja una masa- de un modo tal que da cuenta de la fragilidad del asunto a la vez que de la necesidad de despejar de qu&eacute; se trata. Pero adem&aacute;s me gust&oacute; especialmente porque es una clase-ensayo dirigida a estudiantes de una materia psicoanal&iacute;tica, y si bien el auditorio nunca est&aacute; dado y hay que construirlo, la peque&ntilde;a extranjer&iacute;a del cr&iacute;tico literario posibilita el desasimiento de los sobreentendidos y los &ldquo;entre nos&rdquo;. La transmisi&oacute;n siempre me resulta mucho m&aacute;s viva, mucho m&aacute;s vivaz y sorpresiva cuando se produce por fuera de lo familiar. Pero eso no est&aacute; garantizado en la extranjer&iacute;a de una disciplina, sino en la extranjer&iacute;a que se pone en juego en la enunciaci&oacute;n. Alberto Giordano no da una clase, no es un profesor -en el sentido de quien tiene las respuestas a preguntas que no se han formulado-, es un lector que habla y dice. Se trata quiz&aacute;s de eso que Lacan se&ntilde;al&oacute; del &ldquo;ense&ntilde;ante&rdquo;, que ser&iacute;a algo as&iacute; como un profesor que va construyendo, al modo de un collage, las piezas de la ense&ntilde;anza sin preocuparse por que todo encaje. Hay profesor en la medida en que la cuesti&oacute;n de la ense&ntilde;anza no se problematiza. Y si algo hace Giordano ac&aacute;, es sostener lo problem&aacute;tico, sostener el problema en tanto tal, el de la interpretaci&oacute;n y el de la ense&ntilde;anza. Dice: &ldquo;La relaci&oacute;n con un problema que se busca formular y resolver es siempre m&aacute;s activa que con un tema ofrecido a la comprensi&oacute;n, es m&aacute;s divertida y riesgosa, apasionada, por decirlo enf&aacute;ticamente. Si yo afirmo que el de la interpretaci&oacute;n es un problema que inquieta al pensamiento occidental desde Arist&oacute;teles, que todav&iacute;a inquieta nuestra &eacute;poca, porque con Nietzsche y Freud aprendimos que no hay, ni podr&iacute;a haber, una teor&iacute;a general de las interpretaciones, afirmo verdades, pero no es seguro que, al escucharlas, aparezcan ante ustedes bajo la forma inestable y movilizadora de una interrogaci&oacute;n. Los problemas que estimulan las b&uacute;squedas de saber nunca est&aacute;n dados, hay que formularlos como tales, activando lo que ciertos temas tienen de misterioso a trav&eacute;s de la conceptualizaci&oacute;n exploratoria (eso que Freud llamaba &rdquo;especulaci&oacute;n&ldquo;). Tal vez no sea conveniente explicitarlo, pero tengo una fantas&iacute;a: que esta clase, adem&aacute;s de instruirlos, sirva, a quienes tengan deseos de aprender, para que puedan formularse algunos de los problemas que rodean al acto de interpretar&rdquo;. Y entonces, el texto de Giordano hace lo que dice: nos pone frente a un asunto que &ldquo;envuelve algo inquietante, que nos interroga y nos sacude, que nos problematiza&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>II.</strong>&nbsp;La interpretaci&oacute;n no es algo exclusivo ni fundamental del psicoan&aacute;lisis, sino del humano:&nbsp;&ldquo;el humano es un animal hermen&eacute;utico, que vive interpretando (...) &rdquo;hermen&eacute;utica&ldquo; deriva del griego&nbsp;<em>hermeneutik&eacute; tekhne</em>, que significa &rdquo;arte de la interpretaci&oacute;n&ldquo;. En tanto ser hablante, es decir, ser-en-conversaci&oacute;n, el humano est&aacute; siempre interpretando&rdquo;, sigue Giordano. Justamente por eso se trata de precisar de qu&eacute; est&aacute; hecha la interpretaci&oacute;n en un an&aacute;lisis. Dice Lacan: &ldquo;En la pr&aacute;ctica anal&iacute;tica no se trata simplemente de hacer cosquillas. Uno se da cuenta de que hay palabras que incitan y otras que no. Es lo que se llama interpretaci&oacute;n&rdquo;. Por eso para que queden subrayadas esas palabras que incitan o, en t&eacute;rminos de Juan Ritvo, &ldquo;esa palabra que impacta, que uno no entiende un carajo, pero que sin embargo le concierne y lo atraviesa&rdquo;, se trata entonces no de interpretar, sino de leer. Se trata de la funci&oacute;n de la lectura.
    </p><p class="article-text">
        <strong>III.&nbsp;</strong>&ldquo;La experiencia de leer no es otra cosa que la experiencia de esperar&rdquo;, dice Juan Jos&eacute; Becerra. Y la interpretaci&oacute;n es lo contrario de la espera. Es anticipaci&oacute;n de sentido, es un saber anticipado. La interpretaci&oacute;n es siempre, por eso mismo, un poco delirante -como si dij&eacute;ramos: toda interpretaci&oacute;n es sobreinterpretaci&oacute;n-. Porque es un saber que viene a encajarse desde antes, independientemente de la experiencia de la lectura. Mientras que la lectura es el sentido en espera, el sentido llega incluso un poco tarde, demorado, desfasado.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IV.</strong>&nbsp;Interpretar es, a veces, lo opuesto a leer. La lectura no es en espejo. Cierta hermen&eacute;utica, en cambio, rechaza la diferencia y &ldquo;en lugar de leer el texto no hace m&aacute;s que imaginarizarlo&rdquo;, tal y como sostiene Juan Ritvo. Por eso muchas veces la interpretaci&oacute;n suscita tensi&oacute;n y violencia y hasta un poco de persecuci&oacute;n. En esa clase de hermen&eacute;utica se busca un sentido que se va a encontrar, es una lectura sostenida en una econom&iacute;a sin p&eacute;rdida. Sentido y sujeto hermeneuta est&aacute;n, por otra parte, previamente dados y se garantizan mutuamente. El encuentro entre sujeto, sentido y saber se produce, gracias al acto hermen&eacute;utico, en un ajuste, en un acople sin obst&aacute;culos. No hay discordancia, no hay fracaso del sentido, no hay p&eacute;rdida de ning&uacute;n tipo: hay garant&iacute;a de saber y de sujeto. Leer, en cambio, hace de la equivocidad un juego, una resonancia; produce una especie de disposici&oacute;n que alivia lo tenso de la suposici&oacute;n de un sentido autorizado. Mientras que la interpretaci&oacute;n hace de lo equ&iacute;voco un signo descifrable, la lectura soporta la inquietud del equ&iacute;voco.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.</strong> La incertidumbre de los signos en el amor es otra de las figuras de las que se ocup&oacute; Roland Barthes al hablar del enamorado: &ldquo;Ya sea que quiere probar su amor o que se enfurece por descifrar si el otro lo ama, el sujeto amoroso no tiene a su disposici&oacute;n ning&uacute;n sistema de signos seguros. Busco signos, pero &iquest;de qu&eacute;? [...] &iquest;Es mi futuro lo que intento leer, descifrando en lo que est&aacute; inscrito el anuncio de lo que me va a ocurrir, seg&uacute;n un procedimiento que tender&iacute;a a la vez a la paleograf&iacute;a y a la adivinaci&oacute;n? &iquest;No es m&aacute;s bien, en resumidas cuentas, que quedo suspendido en esta pregunta, de la que pido al rostro del otro, incansablemente, la respuesta: cu&aacute;nto valgo?&rdquo;. En la demanda el sujeto pide, cuando intenta leer signos, pruebas del amor, pero ninguna alcanza. &iquest;No es acaso una especie de ox&iacute;moron &ldquo;prueba de amor&rdquo;? Los signos no pueden ser pruebas &ldquo;porque cualquiera puede producirlos falsos o ambiguos. De ah&iacute; ese volverse, parad&oacute;jicamente, sobre la omnipotencia del lenguaje: puesto que nada asegura el lenguaje, tendr&eacute; al lenguaje por la &uacute;nica y &uacute;ltima seguridad: no creer&eacute; ya en la interpretaci&oacute;n&rdquo;, dice Barthes que se dice a s&iacute; mismo el sujeto enamorado. Amor y lectura: experiencia de espera.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.</strong> &ldquo;En lugar de una hermen&eacute;utica necesitamos una er&oacute;tica del arte&rdquo;, dice Susan Sontag en&nbsp;Contra la<em> interpretaci&oacute;n</em>. Y pienso que la interpretaci&oacute;n suele ser tediosa, agobiante, aplastante. Mientras que la lectura, como dice Eduardo Berti en&nbsp;M&eacute;todo f<em>&aacute;cil y r&aacute;pido para ser lector </em>-FCE-, es una fiesta: &ldquo;Si leer es una fiesta, &iquest;por qu&eacute; limitarse a una serie de reglas id&eacute;nticas o de protocolos previsibles?&rdquo;. Pienso entonces que esas reglas id&eacute;nticas o de protocolos previsibles se oponen a la er&oacute;tica de la lectura. Leer es un acto er&oacute;tico, porque implica el cuerpo y el tembladeral del deseo. Interpretar, en cambio, es confirmar, ratificar, solidificar, anular lo inquietante para quedarse con lo sabido. No hay ning&uacute;n riesgo: es saber aplicado y aplacado.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VII. </strong>Leer no es interpretar. Leer es perderse, desorientarse y arriesgarse. Interpretar un libro, por ejemplo, puede implicar la atribuci&oacute;n al autor de una intenci&oacute;n, una biograf&iacute;a y, por supuesto, una autoridad. Dice Giordano: &ldquo;cuando al leer presupongo que una obra es una manifestaci&oacute;n de una voluntad expresiva del autor, y a este le atribuyo una funci&oacute;n de causa o fundamento, entonces intento someter a la lectura a una disciplinada voluntad de reconocimiento, de reproducci&oacute;n. &iquest;Qu&eacute; reproduzco? Lo que ya s&eacute; sobre lo que ese autor piensa y dice, de acuerdo con la caracterizaci&oacute;n propuesta por interpretaciones que juzgo autorizadas&rdquo;. Leer as&iacute; ser&iacute;a, en rigor, no leer. No dejarse tomar por un texto y, en cambio, violentar una atribuci&oacute;n al autor. Me apena que hoy en d&iacute;a haya m&aacute;s interpretaciones de libros que lecturas. Lo pienso cuando leo algunas rese&ntilde;as que notablemente evidencian prejuicios que el rese&ntilde;ista tiene sobre el autor; o cuando los libros son interpretados seg&uacute;n un tema poniendo al autor en el lugar de autoridad respecto del tema abordado. Leer, en cambio, dar&iacute;a cuenta de los procedimientos de un texto, de las voces enunciativas de un narrador y del olvido del autor.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VIII. </strong>Menos hermen&eacute;utica y m&aacute;s er&oacute;tica, dice Sontag. Y pienso en las maquinitas reproductoras de prejuicios que impiden leer. Y entonces pienso en esto que dice In&eacute;s Bortagaray en el pr&oacute;logo de&nbsp;Cu&aacute;n<em>tas aventuras nos aguardan</em>&nbsp;-editado por Criatura Editora-: &ldquo;no recuerdo ninguna mala rese&ntilde;a con firma, pero s&iacute; alguna publicada en alg&uacute;n blog, firmada con seud&oacute;nimo, que criticaba los libros breves escritos en primer&iacute;sima persona, nacidos del taller de Lucifer, crecidos en el amparo del berret&iacute;n de la autorreferencialidad y de la construcci&oacute;n de una voz ar&aacute;cnida, que teje una red de solipsismo y de intimidad (bochornosa, por cierto), una atenci&oacute;n casi obsesiva por la infancia y (oprobio de los oprobios) una b&uacute;squeda presuntuosamente terap&eacute;utica en todo el movimiento. Lo de la b&uacute;squeda terap&eacute;utica me horroriz&oacute; de veras (...)&rdquo;. &iexcl;A m&iacute; tambi&eacute;n! El psicologismo berreta -casi una redundancia- de suponer y atribuir una escritura terap&eacute;utica me desmorona. La autora se refiere a lo que se escribi&oacute; acerca de su segunda y encantadora novela. El bloguero -que no arriesg&oacute; ni su nombre- no ley&oacute; la novela, interpret&oacute; a la autora, a lo que &eacute;l le atribuy&oacute;, a lo que &eacute;l supuso de ella. Si la hubiera le&iacute;do, habr&iacute;a advertido que la primera persona no coincide con la autora, ya que la narradora es una ni&ntilde;a. Del procedimiento literario, de la narraci&oacute;n de ese viaje que es la infancia, de lo dif&iacute;cil que es lograr una voz infantil preservando la oscuridad y el erotismo que tambi&eacute;n tienen los ni&ntilde;os -es decir, una voz infantil pero no pueril-, del humor de la novela, el seud&oacute;nimo no pudo decir nada. Se limit&oacute; -porque esta clase de interpretaciones son limitantes y provienen de personas limitadas en su capacidad de asombro- a aplicar prejuicios, c&oacute;digos y protocolos: los de su f&eacute;rreo Yo. Y, siguiendo a Berti, se qued&oacute; afuera de la fiesta de la lectura de la novela de In&eacute;s Bortagaray -editada tambi&eacute;n por Criatura Editora-&nbsp;Pr<em>ontos, listos, ya</em>. Interpretar por miedo a perder lo que se cree que se tiene es, sin dudas, quedarse afuera de una fiesta.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 17 Aug 2023 11:14:54 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los afectos del analista]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/afectos-analista_129_10421418.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/901f3560-aa5e-4646-8a7c-95d2650071fd_16-9-discover-aspect-ratio_default_1078389.jpg" width="2122" height="1193" alt="Los afectos del analista"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">De los afectos del analista se habla poco, dice la autora, quizás por el lugar que se le otorga a la abstinencia y la neutralidad. ¿Qué clase de querer es ese que se pone en juego? ¿De qué modo uno quiere a los pacientes?</p></div><p class="article-text">
        Hace much&iacute;simo tiempo <strong>Osvaldo Um&eacute;rez</strong> -psicoanalista del que sigo aprendiendo, aunque &eacute;l ya no est&eacute;- me dijo: &ldquo;si uno no quiere a los pacientes, los pacientes se van&rdquo; (eso no significa que esa sea la &uacute;nica raz&oacute;n por la que los pacientes se van, a veces se van aunque uno los quiera). Pienso en eso cada vez que vuelvo sobre la relaci&oacute;n tan, pero tan in&eacute;dita que es la relaci&oacute;n entre analista y paciente. &iquest;Qu&eacute; clase de querer es ese que se pone en juego en el analista? &iquest;De qu&eacute; modo uno quiere a los pacientes? Porque formas de querer hay muchas, formas del amor, tambi&eacute;n.
    </p><p class="article-text">
        En principio dir&iacute;a que es un querer que no es querer algo en particular. Querer a los pacientes no es querer, por ejemplo, como algunos padres quieren a sus hijos: &ldquo;lo &uacute;nico que quiero es que sea feliz&rdquo;, &ldquo;lo &uacute;nico que quiero es que no sufra&rdquo;, etc. Tampoco es querer su bien, en el sentido del &ldquo;te lo digo por tu bien&rdquo;. Tampoco es querer ayudarlos, porque la ayuda, como dice <strong>Jorge Jinkis</strong>, es siempre un ejercicio de poder. Tampoco es sufrir por ellos, porque nadie puede sufrir en el lugar del otro. Menos que menos es un querer que conduzca al cuidar. No se trata ni de caridad, ni de filantrop&iacute;a. Porque si se trata de tocar, de rozar algo de la libertad en un an&aacute;lisis entendido como experiencia amorosa, es preciso hacer del ejercicio anal&iacute;tico un ejercicio del <em>descaridar,</em> neologismo que <strong>Lacan</strong> escribe y que <strong>Allouch</strong> retoma para pensar de qu&eacute; clase de libertad se trata en un an&aacute;lisis, de qu&eacute; ejercicio se trata cuando un analista se dirige a la libertad del otro. Dice Allouch: &ldquo;El descaridar lacaniano es un &lsquo;desquerer&rsquo;, no es no querer, sino querer-des. [...] el <em>des</em>, privativo, erradica eso que acarrea la caridad&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Creo que se trata, entonces, de un querer a secas. Parafraseando a <strong>Barthes</strong>, dir&iacute;a &ldquo;querer: verbo intransitivo&rdquo;. Un querer que no tiene un objeto, ni una intenci&oacute;n, ni una finalidad.<strong> </strong>Un querer que es m&aacute;s bien hacer lugar, un lugar in&eacute;dito, para que se pueda pensar lo impensado y lo impensable, para que se puedan desplegar las distintas capas del sufrimiento, los rollos del malestar; para que se puedan abrir los pliegues del cuerpo hasta encontrarse con lo inusitado. No hay forma de que eso ocurra si un analista no quiere al paciente. No querer el bien, no querer curar es, justamente, lo que posibilita un querer.
    </p><p class="article-text">
        El particular querer de un analista es un querer que no es respuesta al querer del paciente, ni es tampoco demanda de amor. No hay correspondencia, ni hay reciprocidad. No hay como respuesta un &ldquo;yo tambi&eacute;n&rdquo;. Uno le dice a un amigo o a un amor &ldquo;te quiero&rdquo;, el otro contesta: &ldquo;yo tambi&eacute;n&rdquo;. Quiz&aacute;s ah&iacute; radique la diferencia del querer del analista, no arma ese &ldquo;yo tambi&eacute;n&rdquo;. El querer del analista no es producto de ninguna reciprocidad. Porque no hay reciprocidad -tampoco la hay en otras relaciones amorosas, pero de eso no queremos enterarnos- ni correspondencia. Como si dij&eacute;ramos: uno quiere al paciente pero no por lo mismo por lo que &eacute;l nos quiere -incluso por lo que a veces nos odia- a nosotros. Tampoco por el hecho mismo de que nos quiera. &ldquo;Mi estimado&rdquo;, &ldquo;querid&iacute;sima&rdquo;, &ldquo;mi querida amiga&rdquo;, &ldquo;querido&rdquo;: hay sobrados testimonios de estos vocativos con los que Lacan se dirig&iacute;a a los pacientes al recibirlos.
    </p><p class="article-text">
        De los afectos del analista se habla poco, quiz&aacute;s porque las nociones de abstinencia y neutralidad -como si el deseo del analista pudiera ser neutral- se llevan puesta la dimensi&oacute;n de aquello que le pasa al analista. Como si la neutralidad y la abstinencia significaran que a un analista no tiene que pasarle nada con los pacientes. Lo que no le tiene que pasar, sin dudas, es que su escucha est&eacute; contaminada con lo que a &eacute;l le pasa -en su vida, en su fantasma-. Eso no significa que a uno no le pase nada con lo que escucha. Hay toda una escuela de psicoan&aacute;lisis que pretende que los analistas sean una especie de m&aacute;quinas c&iacute;nicas desafectivizadas. Y hay mucho discurso dando vueltas de que si el analista se encuentra afectado, es porque est&aacute; haciendo mal las cosas. Lamentablemente hay todo un psicoan&aacute;lisis que confunde abstinencia con desafectivizaci&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        De lo que se trata, por supuesto, es de separar esos afectos de la respuesta transferencial. Uno no responde en la transferencia <em>desde</em> esos afectos, pero tampoco lo hace <em>sin</em> esos afectos. Y no me estoy refiriendo a la contratransferencia -que desde la lectura de Lacan es inseparable de la transferencia-, sino de los afectos. De los afectos en el sentido en que el cuerpo del analista tambi&eacute;n es afectado, tocado&nbsp; en la transferencia. No podr&iacute;a no serlo. A menos que la posici&oacute;n del analista sea la posici&oacute;n de un c&iacute;nico. &iquest;C&oacute;mo podr&iacute;amos no conmovernos ante una tragedia que vive un paciente? &iquest;C&oacute;mo podr&iacute;amos no alegrarnos ante una buena noticia muy esperada por un paciente? &iquest;C&oacute;mo podr&iacute;amos no emocionarnos? No se trata de que eso ocurra por identificaci&oacute;n, justamente. No es lo mismo que nos puede pasar cuando una cosa nos afecta porque nos toca algo propio. Se trata de lo contrario: uno se afecta en ese espacio que se abre <em>entre</em> y que no es ni del otro ni de uno. Es un espacio otro, es la otredad hecha espacio. Es quiz&aacute;s eso que dice <strong>Didi Huberman</strong> siguiendo a <strong>Merleau Ponty:</strong> &ldquo;el acontecimiento afectivo de la emoci&oacute;n es una apertura efectiva -una apertura: lo contrario de un callej&oacute;n sin salida-, una suerte de conocimiento sensible y de transformaci&oacute;n activa de nuestro mundo&rdquo;. El mundo del analista tambi&eacute;n es transformado en ese espacio, pero no el mundo personal -aunque tambi&eacute;n puede serlo-, sino el mundo singular que se abre en esa situaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Jos&eacute; Luis Juresa</strong> dice: &ldquo;En psicoan&aacute;lisis siempre fue un tema de angustioso debate qu&eacute; significa para el analista ocupar el &rdquo;lugar del muerto&ldquo;. Como era de esperar, el sentido com&uacute;n gan&oacute; la avanzada y enseguida postul&oacute; que el muerto es el analista, esa pobre persona que se carga encima &ndash;en ese caso&ndash; un cad&aacute;ver, para entregarse as&iacute; a la &iacute;mproba tarea de ponerse todo p&aacute;lido, de labios morados y costumbres rituales, haciendo de su consultorio una cripta y buscando no dejar rastro que denuncie la existencia de una vida. Esa &rdquo;abstinencia&ldquo; o &rdquo;neutralidad&ldquo; llevada al absurdo, o a lo c&oacute;mico, logr&oacute; confundir a muchos. Otro ejemplo es la costumbre t&iacute;picamente criticada por muchos pacientes: los analistas que no hablan. Eso expresa mucho m&aacute;s el temor a que se note alg&uacute;n rasgo de existencia que una supuesta objetividad, en la que no decir casi nada ser&iacute;a la garant&iacute;a de interpretar sin apelar al fantasma personal. Claramente, se trata de la ritualizaci&oacute;n obsesiva de los analistas que llevan su propio lugar de muertos al lugar del analista&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Y entonces me acord&eacute; de lo que se&ntilde;ala <strong>Pontalis</strong>: &ldquo;me opongo a esos analistas que confunden su mutismo obstinado (figura de la muerte) con ese tel&oacute;n de fondo, ese hueco que permite que todas las voces resuenen&rdquo;. Ahuecar para que haya resonancia. No responder desde lo propio, no responder desde el fantasma o desde la propia ideolog&iacute;a, no implica no estar afectado. Creer que uno no es afectado por eso que pasa ah&iacute;, es suponer que uno puede hacer de su cuerpo una m&aacute;quina. El paciente no es ni un amigo, ni un familiar, ni un amor, ni un extra&ntilde;o. La relaci&oacute;n que se establece, esa relaci&oacute;n entre-dos, es un lugar absolutamente in&eacute;dito, inaudito, original. Un lugar que s&oacute;lo puede fundarse en esa situaci&oacute;n tan particular que es el an&aacute;lisis. Lo que creo es que no hay forma de que ese lugar pueda ser fundado sin la posibilidad y la disposici&oacute;n a ser afectados por eso que le pasa al otro. Pero, insisto, no desde la empat&iacute;a, ni desde la identificaci&oacute;n -eso no es m&aacute;s que sacar al otro y ponernos nosotros en su lugar-, sino desde la apertura al otro.
    </p><p class="article-text">
        Pontalis sugiere que un analista &ldquo;palpa la psique, el cuerpo sufriente, el cuerpo inquieto, desgarrado, a veces fragmentado de la psique&rdquo;. Y entonces, si como sugiere Merleau Ponty, tocar es ser tocado, no encuentro forma de que no nos afecte lo que ah&iacute; tocamos. Me gusta esa an&eacute;cdota que Allouch cuenta de Lacan: una paciente llega para retomar el an&aacute;lisis con &eacute;l porque su analista acababa de fallecer. Lacan le pregunta cu&aacute;ndo es que falleci&oacute;. &ldquo;En este momento&rdquo;, dice ella. Lacan le pregunta si no quiere ir al entierro y ella vacila y dice que s&iacute;. Entonces Lacan deja la sala de espera llena de pacientes para acompa&ntilde;arla al entierro de su ex psicoanalista.
    </p><p class="article-text">
        En esta <a href="http://www.apologia.com.ar/juan-ritvo-saber-es-inventar/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">entrevista</a>, <strong>Santiago Beretta</strong> le pregunt&oacute; a<strong> Juan Ritvo</strong> lo siguiente: &ldquo;&iquest;Te contagi&aacute;s del dolor de los pacientes?&rdquo; Y Ritvo contest&oacute;: &ldquo;Totalmente. Si no tom&aacute;s distancia sucumb&iacute;s, pero es imposible no sentir. Salvo que tom&eacute;s tanta distancia que finalmente no pod&eacute;s trabajar. El trabajo anal&iacute;tico es muy dif&iacute;cil, porque siempre est&aacute; hecho de proximidad y lejan&iacute;a&rdquo;. Y luego: &ldquo;&iquest;Cre&eacute;s en la neutralidad del analista?&rdquo;. &ldquo;No. Es imposible en todos los sentidos. Lo que s&iacute;, uno puede diferenciar su fantasma del fantasma del paciente, para no complicarlo. Por eso el analista tiene que hacer an&aacute;lisis de control y an&aacute;lisis personal. El tomar distancia no es ser neutral, es valorar el deseo del paciente. Freud emple&oacute; esa expresi&oacute;n como si fuera un cirujano; pero bueno, &eacute;l no ten&iacute;a otro lenguaje para expresarlo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Pienso en <strong>Anne Duforumantelle</strong> cuando dice: &ldquo;Este raro oficio de analista, nunca sabemos muy bien lo que pasa, somos dos alpinistas encordados con los ojos fijados en la pr&oacute;xima cornisa, cuid&aacute;ndose del viento, de las ca&iacute;das de nieve, la temperatura (...). Nos aventuramos sobre esas paredes &aacute;ridas a riesgo de no descubrir nada. Todo est&aacute; al descubierto (...) Es necesario arriesgarse de a dos, por lo menos dos, para no volverse loco&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; clase de querer es querer a los pacientes? No lo s&eacute;. Pero es un querer sin el cual yo no podr&iacute;a hacer esto. Los pacientes -cada uno de manera distinta- tambi&eacute;n nos hacen falta, no nos dan lo mismo, no son intercambiables ni reemplazables.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; clase de duelo es ese que no termina de escribirse del todo, el que irrumpe ante la muerte de un paciente? No lo s&eacute;. Pero es una p&eacute;rdida rar&iacute;sima y muy, muy singular; pero singular de manera distinta a la singularidad de otra p&eacute;rdida. Hace algunos a&ntilde;os viv&iacute; esa situaci&oacute;n desgarradora. Tard&eacute; much&iacute;simo en ocupar con otro paciente el horario en el que ella ven&iacute;a. Es el d&iacute;a de hoy que a veces me encuentro pensando que ese es <em>su</em> horario. A&uacute;n no lo olvid&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/afectos-analista_129_10421418.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 01 Aug 2023 09:29:37 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre el dinero]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-dinero_132_10393994.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9b5015de-6069-4f44-8cf5-f164c0069759_16-9-discover-aspect-ratio_default_1077654.jpg" width="2544" height="1431" alt="Notas sobre el dinero"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La autora, Alexandra Kohan, habla, analiza y piensa del dinero en este envío. "El dinero es muchas cosas, pero nunca es un asunto fresco o aireado. No es fácil salir airoso cuando hay que hablar de dinero", dice. </p></div><p class="article-text">
                                                                                                                                                                           <em> No hay manera de nombrar el dinero sin equivocarse.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>                                                                                                                                                                                                                                             Alan Pauls</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>I.&nbsp;</strong>A veces me pregunto qu&eacute; es lo que me lleva a escribir estos textos acerca de asuntos tan enormes, tan inasibles, tan imposibles de acotar. Y a pesar de que no tengo una respuesta definitiva y &uacute;ltima, pienso que lo que me lleva ah&iacute; es el intento de enterarme de lo que pienso.
    </p><p class="article-text">
        Porque la mayor parte de las veces uno cree que sabe lo que piensa, lo cree hasta que se pone a hablar o a escribir. El an&aacute;lisis es un lugar en el que uno se entera de lo que piensa; la escritura, para m&iacute;, es otro. Tengo la ilusi&oacute;n de que agarro estas piedras muy calientes y escribo para no quemarme, para apaciguar el ardor, la molestia de lo que quema. Vaya si el dinero es un asunto que quema. &ldquo;Un quemo&rdquo; se dec&iacute;a hace mucho, para decir que algo era embarazoso. Hablar de dinero suele ser un quemo, s&iacute;. El dinero es muchas cosas, pero nunca es un asunto fresco o aireado. No es f&aacute;cil salir airoso cuando hay que hablar de dinero.
    </p><p class="article-text">
        <strong>II.&nbsp;</strong>&ldquo;Gran invento de Freud: el que habla, paga&rdquo;, dice Ricardo Piglia y me acuerdo de lo que dijo Juan Jos&eacute; Becerra en un homenaje a Germ&aacute;n Garc&iacute;a: &ldquo;Germ&aacute;n era alguien que hac&iacute;a que hablar al pedo tuviera un costo&rdquo;. Pago, costo y dinero no son lo mismo. Por eso a veces se empastan las cosas y se solidifican estereotipos y doxas, sobre todo cuando nos ponemos a pensar la dificultad que implica el dinero en una relaci&oacute;n anal&iacute;tica. Hay muchos lugares comunes en referencia al pago del an&aacute;lisis. Y considero que esos lugares comunes funcionan coaccionando la disposici&oacute;n de un analista a inventar. Porque el an&aacute;lisis es un ejercicio en el que se inventan respuestas cada vez, respuestas que no se saben de antes. Cuanto m&aacute;s reglas hay, menos margen de invenci&oacute;n. Las reglas son un corset que no permiten moverse y lo cierto es que si aplastamos el espacio anal&iacute;tico con reglas, se convierte en otra cosa. La &uacute;nica regla es la regla fundamental: asociaci&oacute;n libre y su contraparte, atenci&oacute;n flotante. Si hay algo de libertad en el ejercicio anal&iacute;tico, ella est&aacute; en el hecho de no reglar lo que ah&iacute; sucede. Se escucha much&iacute;simo, y est&aacute; casi &ldquo;establecido&rdquo; como una regla, que si el paciente falta, debe pagar la sesi&oacute;n igual. Si eso se constituye como regla, estamos en problemas. Nada puede establecerse en un &ldquo;siempre&rdquo; porque tambi&eacute;n hay modos distintos de faltar, no s&oacute;lo motivos, sino maneras distintas de no acudir a la cita. Habr&aacute; que ver en cada caso. Es un problema en tanto se convierte en una rutina, en un ritual -ya bastante con la rutina del d&iacute;a y la hora-. Si algo caracteriza el an&aacute;lisis, es estar dispuestos a la sorpresa, al hallazgo, a la contingencia. No es que tengamos que prepararnos para eso, porque es imposible, pero si ahogamos la cosa con normas y reglas, no va a haber espacio para ello. Una regla hace de la cosa algo invariable, fijo y regulado, algo anticipable y calculable. Y si algo tiene la transferencia, es que resulta incalculable. Las cuestiones del dinero, del costo y del pago entran en el campo transferencial. Lo sabemos por Freud: &ldquo;el hombre de cultura trata los asuntos de dinero de id&eacute;ntica manera que las cosas sexuales, con igual duplicidad, mojigater&iacute;a e hipocres&iacute;a&rdquo;. Cuando Freud lo dice, lo hace para se&ntilde;alar que los analistas tendr&iacute;an que &ldquo;tratar las relaciones monetarias ante el paciente con la misma natural sinceridad&rdquo; con la que tratan los asuntos sexuales; que se trata de que el analista deponga la &ldquo;falsa verg&uuml;enza&rdquo;. Por eso habr&aacute; que v&eacute;rselas, cada vez, con eso. Habr&aacute; que saber hacer. Y saber hacer, como dice Juan Ritvo, es saber inventar.
    </p><p class="article-text">
        <strong>III.&nbsp;</strong>Se puso de moda la culpa de clase en el &aacute;mbito p&uacute;blico. Seg&uacute;n parece, quien tiene privilegios debe explicitarlos y disculparse, y despu&eacute;s puede seguir consumiendo como si nada. Me parece un gesto contrario a lo que se pretende. Tener conciencia de clase es, justamente, no pretender tranquilizarse con las disculpas. Si uno no reconoce sus propias condiciones de enunciaci&oacute;n, termina por desconocer sus privilegios. Declamar no es practicar la conciencia de clase; sentirse culpable, menos que menos. La culpa es, en rigor, una disculpa, una manera de no reconocer el lugar de enunciaci&oacute;n. Reconozco que la escisi&oacute;n entre la declamaci&oacute;n y las pr&aacute;cticas me exaspera. Porque no son contradicciones, sino hipocres&iacute;a.
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    </figure><p class="article-text">
        <strong>IV. </strong>&iquest;Qu&eacute; funci&oacute;n cumplen los honorarios en el psicoan&aacute;lisis? Lo cierto es que se trata de una relaci&oacute;n in&eacute;dita. No es un servicio, no es una mercanc&iacute;a, no es s&oacute;lo un trabajo o, en rigor, parafraseando a Lacan: el psicoan&aacute;lisis es un trabajo, pero no como los dem&aacute;s. Tampoco es una transacci&oacute;n comercial. No es dinero a cambio de algo. Si as&iacute; fuera, no habr&iacute;a tanta gestualidad alrededor del pago -econom&iacute;a de goce, econom&iacute;a libidinal-. M&aacute;s all&aacute; de las respuestas que cada quien intente, alguna vez lo pens&eacute; de la siguiente manera: lo que paga un paciente no es el equivalente a lo que cobra un analista. No hay transacci&oacute;n posible. En esa diferencia, en ese hiato, se abre todo el espacio en el que no queda otra cosa que la transferencia como invenci&oacute;n, no queda otra cosa que la invenci&oacute;n transferencial.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.</strong>&nbsp;El analista, record&eacute;moslo con Lacan, tambi&eacute;n debe pagar: &ldquo;con palabras sin duda, si la transmutaci&oacute;n que sufren por la operaci&oacute;n anal&iacute;tica las eleva a su efecto de interpretaci&oacute;n; -pero tambi&eacute;n pagar con su persona, en cuanto que, diga lo que diga, la presta como soporte a los fen&oacute;menos singulares que el an&aacute;lisis ha descubierto en la transferencia; -&iquest;olvidaremos que tiene que pagar con lo que hay de esencial en su juicio m&aacute;s &iacute;ntimo, para mezclarse en una acci&oacute;n que va al coraz&oacute;n del ser&rdquo;. El psicoan&aacute;lisis no es gratuito tampoco para el analista.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.</strong>&nbsp;No hay forma de cobrar -y esto excede la pr&aacute;ctica anal&iacute;tica- si uno no est&aacute; dispuesto a pagar. Quiero decir que para &ldquo;autorizarse&rdquo; a cobrar por lo que se hace, antes, seg&uacute;n creo, se tiene que estar dispuestos a perder algo, a ceder algo. El an&aacute;lisis es un lugar en el que se &ldquo;aprende&rdquo; -no me gusta mucho el t&eacute;rmino- a perder; en el que se experimenta la verdadera desalienaci&oacute;n que implica estar dispuestos a perder. Algo as&iacute; como un juego en el que se gana perdiendo. Como si dij&eacute;ramos que, antes que arriesgarse a perder, se trata de arriesgarse a ganar. Estar dispuestos a perder, arriesgarse a ganar. &iquest;Lo inverso? Lo inverso ser&iacute;a &ldquo;la soluci&oacute;n l&oacute;gica adoptada por algunos que, a fin de no morir, eligen no vivir, no hacer su agujero&rdquo;, como dice Allouch. Y en ese caso, no poder parar de perder, no poder parar de asumir costos alt&iacute;simos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VII.</strong>&nbsp;2023. Hace poco una persona joven me dijo &ldquo;mis amigos y yo hablamos mucho de dinero porque nos est&aacute; siendo muy dif&iacute;cil la situaci&oacute;n econ&oacute;mica. El dinero est&aacute; presente como tema todo el tiempo&rdquo;. La inflaci&oacute;n carcome no s&oacute;lo los bolsillos, sino, sobre todo, el &aacute;nimo y las ganas de mirar el horizonte; carcome la posibilidad de fantasear y de imaginar. Florencia Angilletta no escatima en lucidez cuando se trata de leer la situaci&oacute;n econ&oacute;mica del pa&iacute;s. Lo hace habitualmente. En&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=638486829e&amp;e=3d23593773" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">este</a>&nbsp;texto encara m&aacute;s precisamente el asunto: la guita. Dice: &ldquo;La infancia es ese mapa de cu&aacute;nto pueden comprar tus padres o madres y cu&aacute;nto los padres o madres de los dem&aacute;s. Cuando ese mapa est&aacute; armado del todo quiz&aacute; la infancia se termina. Pero antes es el desfasaje entre trabajo, dinero y capacidad de compra&rdquo;. Y en su Newsletter&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=a125e385b7&amp;e=3d23593773" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Cartas en el asunto</a>, que escribe en Panam&aacute; Revista, no soslaya la cosa: Patrimonio, Ansiedad, Independencia -sus recientes tres entregas-: ninguno puede pensarse por fuera del dinero en su materialidad m&aacute;s absoluta.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VIII.</strong>&nbsp;&ldquo;El problema que lo form&oacute; fue sin duda el dinero, no el sexo&rdquo;, dice Barthes de s&iacute; mismo. El dinero: un problema. La relaci&oacute;n con el dinero nunca es limpia, ni directa. Est&aacute; contaminada de neurosis. Miserable o generoso, agarrado o desprendido, despilfarrador o retentivo, impedido o arriesgado: las formas de dar y de tener se comportan de manera similar, se trate de dinero, de afecto, de amor, de odio. Hay una transmisi&oacute;n familiar de esas formas. Y muchas cosas amontonadas en los modos de circulaci&oacute;n del don en una familia. El dinero, cuando se tiene, nunca es solo dinero.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IX</strong>. La gestualidad alrededor del dinero. Los modos en los que se guarda, la manera en la que se dispone, c&oacute;mo se ordena, d&oacute;nde se esconde, c&oacute;mo se saca del bolsillo, en qu&eacute; y c&oacute;mo se gasta. C&oacute;mo se cuenta, c&oacute;mo se declara. En&nbsp;<em>Historia del dinero</em>&nbsp;-Anagrama-, de Alan Pauls, hay un ni&ntilde;o que mira impactado los modos en los que el padre saca el fajo de dinero del bolsillo, &ldquo;lo impresiona&rdquo; ese fajo as&iacute;, desnudo. Tambi&eacute;n se detiene en lo siguiente: el padre cuenta el dinero de manera tal que no le ensucia los dedos, &ldquo;es como si el dinero no dejara en &eacute;l huella alguna&rdquo;. Mientras tanto, la historia personal se mezcla con la historia de un pa&iacute;s. El dinero: una cifra de la oscuridad, pero tambi&eacute;n de la obscenidad. Dinero expl&iacute;cito y p&eacute;rdida alrededor de los cuales se escribe una historia.&nbsp;La historia familiar de cada quien es tambi&eacute;n una historia del dinero.
    </p><p class="article-text">
        <strong>X.</strong>&nbsp;Ahora pienso lo siguiente: la percepci&oacute;n del tiempo y del dinero acaso sea una de las cosas que m&aacute;s cambian a lo largo de una vida. Lo pens&eacute; a partir de este p&aacute;rrafo de Pauls, que es sobre el tiempo pero bien podr&iacute;a ser sobre el dinero:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;se le ocurre pensar que quiz&aacute;s el tiempo no sea en absoluto universal sino el colmo de lo espec&iacute;fico, una suerte de bien end&eacute;mico que cada familia y cada casa y hasta cada persona producen a su manera, con m&eacute;todos, criterio, instrumentos propios, y producen en el sentido m&aacute;s literal de la palabra, invirtiendo fuerza f&iacute;sica, trabajo, materias primas, todo lo que la consistencia evanescente del tiempo parecer&iacute;a m&aacute;s bien volver innecesario, como si fuera m&aacute;s una artesan&iacute;a dom&eacute;stica que ese transcurrir esquivo que todos repiten que es&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-dinero_132_10393994.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 20 Jul 2023 11:02:22 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Notas sobre el dinero]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Alexandra Kohan,Dinero]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[En la mira]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/mira_129_10366539.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8d0d09b9-474e-4bbc-abe5-96609367e09a_16-9-discover-aspect-ratio_default_1077046.jpg" width="1600" height="900" alt="En la mira"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En la envidia, pasión triste en palabras de la autora, el otro está en la mira de nuestras proyecciones o suposiciones. No estar advertidos de eso que le atribuimos puede alimentar pequeñas guerras cotidianas, hostilidades del día a día.</p></div><p class="article-text">
        Existe una pasi&oacute;n, triste por cierto, que atraviesa todas las relaciones: la envidia. Cuando digo que atraviesa, quiero decir que ninguna relaci&oacute;n est&aacute; a salvo de ella, en la medida en que la envidia irrumpe s&uacute;bita e involuntariamente. No tiene que ver con si se quiere o no se quiere al otro, ni con los &ldquo;valores&rdquo; que alguien tiene, ni con la moral. Porque justamente el otro envidiado no es el otro en s&iacute;, sino lo que se le supone. Nadie est&aacute; a salvo de ser embargado por la envidia, incluso alguien que se reconozca como no envidioso. Por eso pienso que no se trata tanto del <em>ser envidioso</em>, sino de c&oacute;mo la envidia puede irrumpir y sorprendernos. Por supuesto que hay grados y por supuesto que hay personas que hacen de la envidia un combustible de su modo de estar en el mundo. Y estoy al tanto de que existen personas que no se alegran bajo ning&uacute;n concepto cuando a los otros les va bien -incluso si a ellos mismos les va bien-. 
    </p><p class="article-text">
        Pero en todo caso, cuando la envidia irrumpe, no es algo voluntario ni es algo &ldquo;manejable&rdquo;. La envidia aparece ah&iacute; donde se le supone a alguien -que puede ser un hijo, una madre, un padre, un famoso, un amigo, una pareja, un colega, un par, un jefe, un empleado, un hermano, un X de las redes, etc.-, aunque sea un por un instante, un ser absoluto, un goce absoluto, un tener absoluto. La envidia se dirige menos a lo que alguien tiene, que a su supuesto modo de gozar de eso que tiene, se dirige al hecho de tener satisfacci&oacute;n. Y esa diferencia me parece crucial en la medida en que muchas veces se puede incluso tener lo mismo que el otro tiene y, a&uacute;n as&iacute;, experimentar envidia. El objeto de la envidia, entonces, no es la posesi&oacute;n de algo en particular, sino la suposici&oacute;n de un ser completo, sin fallas, consistente y gozoso: el otro tiene (y punto). <strong>Jos&eacute; Luis Juresa</strong> se&ntilde;ala que &ldquo;en una sociedad en donde la consistencia del ser suele representarse por la posesi&oacute;n, la acumulaci&oacute;n y el empoderamiento, la envidia es un sentimiento que puede aislarse con bastante frecuencia, en algunos casos de forma mucho m&aacute;s desenmascarada que otros. As&iacute;, las identificaciones, las representaciones del ser parecen ir desliz&aacute;ndose en un permanente lamento, no necesariamente expl&iacute;cito, sobre lo que falta, lo que no hay, lo que me ha tocado en suerte &ndash; siempre deficitario, siempre menos &ndash; lo que <em>no suma</em>, en definitiva, en una secuencia de situaciones que van desgranando una serie de identificaciones ligadas mucho m&aacute;s al <em>quiero</em>, que al deseo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Aquel que se consume en la envidia y es consumido por ella est&aacute; detenido en la fascinaci&oacute;n. Fascinado por eso que le supone al otro, queda entrampado en ese enga&ntilde;o y fijado en una imagen. Porque se trata de la l&oacute;gica del espejo: <em>el otro o yo</em>. Por eso <strong>Florencia Abadi</strong> -<em>El sacrificio de Narciso</em>, Hecho at&oacute;mico ediciones- sostiene que &ldquo;lo propio de la envidia es la impotencia para la acci&oacute;n, la impotencia para realizar su deseo (...). La envidia es la marca de la diferencia que hace creer que alguien tiene lo que otro no tiene. Esa diferencia le otorga al envidiado la posesi&oacute;n de lo absoluto. Se envidia para creer que existe ese absoluto, que el deseo puede satisfacerse plenamente. La envidia sostiene la ilusi&oacute;n, protege al deseo velando el car&aacute;cter constitutivo de su falta. (...). La envidia muestra el objeto de deseo al otro, pero para el envidioso s&oacute;lo queda el de destruir o robar aquello que si el otro tiene (y no se convencer&aacute; de otra cosa) est&aacute; ya perdido para &eacute;l&rdquo;. Impedido por las posesiones que le supone al otro, el sujeto de la envidia no logra habitar el deseo que tiene que ver con un objeto que es nada, &ldquo;deseo de nada nombrable&rdquo;, dir&aacute; Lacan -muchas veces puede suceder que un an&aacute;lisis suscite una especie de merma en el consumismo-. Por su parte, Lacan dijo: &ldquo;Todos saben que la envidia suele provocarla com&uacute;nmente la posesi&oacute;n de bienes que no tendr&iacute;an ninguna utilidad para quien los envidia, y cuya verdadera naturaleza ni siquiera sospecha. Esa es la verdadera envidia. Hace que el sujeto se ponga p&aacute;lido, &iquest;ante qu&eacute;? -ante la imagen de una completud que se cierra, y que se cierra porque el objeto <em>a</em> separado, al cual est&aacute; suspendido, puede ser para otro la posesi&oacute;n con la que se satisface&rdquo;. Suponerle al otro la satisfacci&oacute;n no hace sino hacernos mascullar odios, amasar resentimientos, tragarnos el propio veneno. El Otro sabe, el Otro tiene, El Otro goza: acaso tres ilusiones neur&oacute;ticas que amplifican y resaltan la amargura y la frustraci&oacute;n, el impedimento y el aplastamiento del deseo.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La envidia es la marca de la diferencia que hace creer que alguien tiene lo que otro no tiene. Esa diferencia le otorga al envidiado la posesión de lo absoluto. Se envidia para creer que existe ese absoluto, que el deseo puede satisfacerse plenamente.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Nombrar la envidia como &ldquo;mal de ojo&rdquo; quiz&aacute;s sirva como clave para pensar que se trata de un <em>mal</em> no s&oacute;lo en el sentido de lo que hace mal, sino en el sentido de una focalizaci&oacute;n desenfocada, de un mal mirar, del enga&ntilde;o de la mirada. Abadi dice: &ldquo;el car&aacute;cter defectuoso de la visi&oacute;n envidiosa se constata en que idealiza (&rdquo;magnifica&ldquo;, dice Ovidio) y hasta delira, ya que supone en el otro un goce imaginado por ella, se crea a s&iacute; misma la fantas&iacute;a de que el otro ha encontrado su objeto adecuado&rdquo;. De la idealizaci&oacute;n a la envidia no hay m&aacute;s que un paso, un paso en falso.
    </p><p class="article-text">
        En la envidia, el otro est&aacute; en la mira de nuestras proyecciones o suposiciones. No estar advertidos de eso que le atribuimos al otro alimenta las peque&ntilde;as guerras cotidianas, las hostilidades del d&iacute;a a d&iacute;a. Las redes sociales, por ejemplo, son un generador constante de intercambios con personas que, la mayor&iacute;a de las veces, no sabemos qui&eacute;nes son: no conocemos su voz, sus tonos, sus gestos, etc. Entonces tenemos v&iacute;a libre para atribuirles todo lo que nuestra fantas&iacute;a pretenda. En ese punto, se va generando un tipo de violencia consistente en la atribuci&oacute;n. Cada uno &ldquo;decide&rdquo; sobre <em>el ser del otro</em> y proyecta en &eacute;l una especie de objeto ideal, que a veces se ama, otras tantas, se odia y muchas otras, se envidia.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n pienso en la expresi&oacute;n &ldquo;envidia sana&rdquo; y creo que esa adjetivaci&oacute;n pretende algo as&iacute; como mesurar la dosis de veneno que emerge para que no se convierta en chorro. Una envidia advertida como tal, confesable. Envidia por goteo, en peque&ntilde;as dosis, envidia al fin. Envidia sana es un ox&iacute;moron, no porque sea enferma, pero s&iacute; porque nos envenena.
    </p><p class="article-text">
        Si bien la envidia y el resentimiento no ser&iacute;an estrictamente lo mismo, comparten, seg&uacute;n creo, la exudaci&oacute;n de amargura, la masticaci&oacute;n de veneno, la rumiaci&oacute;n hecha hostilidad. En <em>Aqu&iacute; yace la amargura. C&oacute;mo curar el resentimiento que corroe nuestras vidas</em> -Siglo XXI editores-, la fil&oacute;sofa y psicoanalista <strong>Cynthia Fleury</strong> dice que &ldquo;la cristalizaci&oacute;n de la amargura desemboca en resentimiento&rdquo;. El resentimiento, en su din&aacute;mica de rumia, es &ldquo;algo que se masca una y otra vez, con la amargura caracter&iacute;stica del alimento fatigado por la masticaci&oacute;n (...). Se trata de revivir una re-acci&oacute;n emocional que inicialmente pod&iacute;a estar dirigida a alguien en particular pero con el andar del resentimiento, va creciendo la indeterminaci&oacute;n del destinatario&rdquo;. Tambi&eacute;n dice que &ldquo;el resentimiento nos conduce hacia este camino sin duda ilusorio, pero &aacute;spero, de la imposible reparaci&oacute;n y hasta de su rechazo. Es evidente que hay reparaciones imposibles y que obligan a la invenci&oacute;n, a la creaci&oacute;n, a la sublimaci&oacute;n&rdquo;. Invenci&oacute;n, creaci&oacute;n y sublimaci&oacute;n, de eso tambi&eacute;n se trata un an&aacute;lisis. Sobre todo de <em>eso</em>. Un an&aacute;lisis es una apuesta y, sigue Fleury, &ldquo;hay que ver despuntar el resentimiento en el horizonte para comprender la apuesta de una subjetivaci&oacute;n que se libra de eso. Creo que en la cura anal&iacute;tica, esa apuesta es la m&aacute;s sustancial de todas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Deponer la mirada fascinada, como quien depone las armas, sea acaso una pista para inventarse una vida en la que la suposici&oacute;n del ser del otro no est&eacute; puesta en la mira. Inventar un espacio que no est&aacute; hecho, hay que hacerlo. Agujerear el supuesto ser del otro y el concomitante ser - en - menos propio, hacer caer todas esas capas de suposiciones, de atribuciones. No es posible hacerlo del todo y para siempre, pero el an&aacute;lisis es un ejercicio y una experiencia para bajarle el tono a la estridencia de lo que suponemos consistente: pasar de la estridencia del tener, al susurro del lenguaje; del ruido del ser, al sonido de lo inaudito. Porque analizarse es encontrarse con que la existencia est&aacute; agujereada, es disolver espejismos, es enterarnos de que no hay deseo, sino en la medida en que haya agujeros por donde pasar a trav&eacute;s del espejo.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/mira_129_10366539.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 11 Jul 2023 08:37:44 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[En la mira]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Contra el lawfare afectivo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/lawfare-afectivo_129_10327463.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/11c9a02a-112d-4c65-941c-17f882d324aa_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Contra el lawfare afectivo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Si bien la ola punitivista ha bajado su espuma, sostiene la autora, lo cierto es que aún queda un oleaje persistente en lo que a vigilar y castigar se refiere. La delgada línea entre el deseo y el acoso. </p></div><p class="article-text">
        En sinton&iacute;a con los aires del presente, la autora y activista Sarah Schulman public&oacute;, en 2017, <em>El conflicto no es abuso. Contra la sobredimensi&oacute;n del da&ntilde;o</em>. Lo comenz&oacute; a escribir en 2014. La editorial Paid&oacute;s lo public&oacute; recientemente en Argentina con traducci&oacute;n y pr&oacute;logo de Nicol&aacute;s Cuello y Diego del Valle R&iacute;os (Se puede leer un fragmento <a href="https://www.planetadelibros.com.ar/libro-el-conflicto-no-es-abuso/363387" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">ac&aacute;</a>). Entre 2014 y hoy pasaron muchas cosas en relaci&oacute;n a la masificaci&oacute;n del feminismo como movimiento pol&iacute;tico. En 2018 la ola de escraches en colegios secundarios de nuestro pa&iacute;s lleg&oacute; a su pico llev&aacute;ndose puestas, muchas veces, las iniciaciones sexo afectivas de algunos j&oacute;venes -y tambi&eacute;n llev&aacute;ndose la vida de algunos otros-. Y el tr&aacute;nsito por ese momento, de por s&iacute; dificultoso, se vio crispado y asediado por discursos persecutorios, amenazantes y, en muchos casos, invalidantes. Arengadas muchas veces por discursos de empoderamiento, diversas personas se montaron en una ola de punitivismo cruel armando patrullas y una vigilancia permanente. La respuesta que dieron algunos frente a esa crueldad fue algo as&iacute; como &ldquo;son da&ntilde;os colaterales&rdquo;, &ldquo;que paguen justos por pecadores&rdquo;, &ldquo;toda revoluci&oacute;n tiene sus da&ntilde;os&rdquo;, &ldquo;ahora es as&iacute;, ya se va a acomodar&rdquo;. Pero no fueron s&oacute;lo los j&oacute;venes los que sufrieron y padecieron. Atentos a que el punitivismo no desplazara la lucha por la emancipaci&oacute;n, varias voces intervinieron en su momento y siguen interviniendo hoy. 
    </p><p class="article-text">
        Entre ellas, muchas recopilan Nicol&aacute;s Cuello y Lucas Morgan Disalvo en <em>Cr&iacute;ticas sexuales a la raz&oacute;n punitiva. Insumos para seguir imaginando una vida junt*s</em>, publicado en 2018 por Ediciones Precarias.<em> </em>Se trata de un libro fundamental que compila una buena cantidad de textos para pensar el antipunitivismo. En la introducci&oacute;n, los autores dicen: &ldquo;El punitivismo es, por lo tanto, una forma de imaginaci&oacute;n del mundo sin excesos que busca ser real a trav&eacute;s de la moderaci&oacute;n compulsiva, que tambi&eacute;n se expresa en nosotr*s bajo la forma, remota o renovada, de un apego sentimental por la lengua del castigo, el buchoneo, la persecuci&oacute;n, la censura, la intemperie, la disciplina y la humillaci&oacute;n. Reconocemos su presencia cuando internalizamos el lenguaje criminol&oacute;gico y psicopatol&oacute;gico para lidiar con el conflicto dentro de nuestras comunidades, en el recurso preventivo al identikit como medida de verdad, que posiciona la identidad como una variable que se exige y se desmiente compulsivamente, implicando, por un lado, la estigmatizaci&oacute;n de ciertas identidades como victimarias y, en su contracara, produciendo otras identidades como modelos ejemplares de v&iacute;ctima [&hellip;]. La portaci&oacute;n de cuerpo se convierte en un causal de sospecha y un principio de amenaza que es tramitado punitivamente por distintas formas de vigilancia corporal que existen dentro de nuestras comunidades&rdquo;. Se trata, agregan, de una &ldquo;moral preventiva&rdquo; que se basa &ldquo;en la estigmatizaci&oacute;n del conflicto y el riesgo, en la simplificaci&oacute;n de la violencia y el padecimiento como expresiones un&iacute;vocas incapaces de ser interpeladas o complejizadas&rdquo;. Y tambi&eacute;n: &ldquo;La punici&oacute;n y la represi&oacute;n se vuelven modos de subjetividad, cuando actuamos desde la necesidad de aplacar, anestesiar, apaciguar lo que produce temblor, cuando hacemos de las otras personas y de nosotr*s mism*s, una fuente de desconfianza que s&oacute;lo entiende el lenguaje de la soledad y el castigo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Como pensar tambi&eacute;n es separar, porque no todo es lo mismo, Marta Lamas sostuvo que si todo es acoso, nada lo es. Y entonces desmenuz&oacute; la figura del acoso para diferenciarla, para que no se banalice, en su libro <em>Acoso</em>, publicado tambi&eacute;n en 2018 por FCE. All&iacute; se ocup&oacute; tambi&eacute;n de mostrar c&oacute;mo, en estos a&ntilde;os, se ha diseminado el p&aacute;nico sexual proveniente del p&aacute;nico moral. Florencia Angilletta, por su parte, distingui&oacute; l&uacute;cidamente da&ntilde;o de delito -distinci&oacute;n trabajada en detalle en su libro <a href="https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/zona-promesas_1_7374320.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Zona de promesas</em></a>-. Aprend&iacute; much&iacute;simo en estos a&ntilde;os acerca del feminismo antipunitivista gracias a todos estos autores -y otros- y especialmente gracias a Vanesa V&aacute;zquez Laba y Mariana Palumbo (con quienes en publicamos el texto &ldquo;Por una emancipaci&oacute;n singular&rdquo; en el libro -de descarga gratuita- <a href="https://ri.conicet.gov.ar/handle/11336/188731" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Acciones y debates feministas en las universidades</em></a>). Creo que se trata, una y otra vez, de seguir pensando cr&iacute;ticamente la euforia punitivista &ndash;que excede al feminismo&ndash;. El debate sigue abierto. Guillermina Huarte suele ocuparse en sus <a href="https://enfantterrible.com.ar/author/guillerminahuarte/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">notas</a> de los modos en que cierto feminismo se ampara en la vigilancia o se vuelve punitivo y conservador; celebro su posici&oacute;n y considero que sus intervenciones mantienen vivo un debate necesario. Tambi&eacute;n se ha ocupado del asunto en una serie de entrevistas realizadas para pensar la relaci&oacute;n entre el punitivismo, las posiciones identitarias y el feminismo. Moira P&eacute;rez fue una de las <a href="https://enfantterrible.com.ar/transfeminismos/reflexiones-en-torno-a-la-razon-punitiva-ii/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">entrevistadas</a> y sugiere que &ldquo;para el punitivismo progresista, la identidad del sujeto termina siendo un recurso epist&eacute;mico para identificar v&iacute;ctimas y perpetradores, o para ubicar a las personas dentro de este esquema que tambi&eacute;n es un binario. Y tambi&eacute;n sirve como criterio de credibilidad, porque el &lsquo;Hermana yo s&iacute; te creo&rsquo; propone dar vuelta la asimetr&iacute;a epist&eacute;mica: no creerles a las personas que hist&oacute;ricamente tuvieron exceso de credibilidad en funci&oacute;n de su g&eacute;nero y s&iacute; creerles a las que tuvieron d&eacute;ficit de credibilidad por el mismo motivo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Si bien la ola punitivista ha bajado su espuma, lo cierto es que a&uacute;n quedan resabios, restos y un oleaje persistente en lo que a vigilar y castigar se refiere. Ya est&aacute; instalada la vigilancia y el apego por la seguridad afectiva. Hay, lamentablemente, una manera de vincularse desde la sospecha y la denuncia a mano. Por supuesto que no me estoy refiriendo a delitos -para eso est&aacute; la justicia-. Me refiero a los conflictos. Una especie guerra judicial tambi&eacute;n en las relaciones. Es por eso que un libro como el de Schulman cobra especial inter&eacute;s hoy. Porque la cosa no termin&oacute;, porque sigue afectando y produciendo a&uacute;n m&aacute;s soledades, m&aacute;s individualismo. En ese libro, los prologuistas refieren que estamos atravesados por una &ldquo;profunda crisis afectiva&rdquo;: &ldquo;cada vez nos cuesta m&aacute;s vincularnos, se nos vuelve casi imposible entendernos (...). Percibimos el estallido ahogado de los lazos sociales en todas las esferas en las que participamos&rdquo;. Y tambi&eacute;n subrayan un &ldquo;estado generalizado de sospecha, crueldad y fragmentaci&oacute;n atomizante de los lazos sociales&rdquo;. Tambi&eacute;n hablan de &ldquo;ansiedad preventiva&rdquo; y del &ldquo;temor a lo otro como opuesto a la mismidad, la descartabilidad humana y la naturalizaci&oacute;n de la indolencia en tanto horizonte moral&rdquo;, Por supuesto que la cosa no s&oacute;lo no empieza con el feminismo, sino que lo excede hasta conformar un &ldquo;sistema cultural&rdquo;. Por eso llama tanto la atenci&oacute;n cuando ciertos sectores quedan atrapados por esta l&oacute;gica punitivista.
    </p><p class="article-text">
        Sarah Schulman escribe el libro desde una honestidad intelectual que no abunda. Dice: &ldquo;ser deseado no es lo mismo que ser acosado, por lo que no tenemos que castigar o rechazar a la persona que ve lo que es especial en nosotros. Que me desees no significa que tenga que hacerte da&ntilde;o (...). El deseo desigual no es un delito, no es grosero, no es una agresi&oacute;n ni motivo para rehuir o ser hiriente&rdquo;. No sobredimensionar el conflicto, incluso el da&ntilde;o no es relativizarlos, sino hacerles lugar, justamente. Hacerles lugar como conflicto, como da&ntilde;o. Si lo sobredimensionamos, tampoco hay conflicto, hay persecuci&oacute;n. A veces, el amor es la continuaci&oacute;n de la guerra por otros medios, s&iacute;. Pero la guerra judicial es otra cosa. Este tipo de penalizaci&oacute;n de las relaciones amorosas produce, muchas veces, una soledad no com&uacute;n; una soledad ag&oacute;nica y helada, un distanciamiento de los lazos, un c&oacute;modo ensimismamiento.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El alma es pantanosa&rdquo; -dijo Juan Jos&eacute; Saer-. Y &ldquo;el deseo es el infierno&rdquo; -dijo Lacan-. La pregunta sigue siendo, entonces, &ldquo;&iquest;C&oacute;mo vivir juntos?&rdquo;. Lo com&uacute;n, esa tela fr&aacute;gil y suave como la seda, est&aacute; de por s&iacute; bastante rasgada. La guerra judicial contra los afectos y el deseo, la rasga cada d&iacute;a un poco m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/lawfare-afectivo_129_10327463.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 27 Jun 2023 08:52:50 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Contra el lawfare afectivo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Alexandra Kohan]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre el psicoanálisis]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-psicoanalisis_132_10319792.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5746a422-c565-4473-9277-689872f1606c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Notas sobre el psicoanálisis"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle"></p></div><p class="article-text">
        <em>Qu&eacute; confianza en el poder liberador del lenguaje. Qu&eacute; virtud otorgada a la relaci&oacute;n m&aacute;s simple: una persona que habla y otra que escucha. Sucede que no s&oacute;lo los esp&iacute;ritus se curan, sino tambi&eacute;n los cuerpos.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Maurice Blanchot</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>I.&nbsp;</strong>Hace poco la escuch&eacute; a Beatriz Sarlo, en una entrevista que le hizo&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=f653b180b5&amp;e=1fa39304e3" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Tom&aacute;s Rebord</a>, diciendo que a los siete a&ntilde;os le llam&oacute; la atenci&oacute;n la palabra &ldquo;intelectual&rdquo;, le&iacute;da en el diario&nbsp;<em>El Mundo</em>&nbsp;-presente en su casa gracias a su madre-. Ella no sab&iacute;a qu&eacute; significaba, pero la palabra la atrajo -&ldquo;tengo una enfermedad, veo el lenguaje&rdquo;, dir&iacute;a Barthes-. Sarlo dice que pens&oacute; &ldquo;yo de grande voy a ser una intelectual. No sab&iacute;a lo que era, pero ya hab&iacute;a elegido el nombre con el que me iba a identificar&rdquo;. Me qued&eacute; pensando bastante en esa respuesta y volv&iacute; sobre mi elecci&oacute;n por el psicoan&aacute;lisis. A diferencia de Sarlo, no le&iacute; esa palabra, sino que se la escuch&eacute; a mi mam&aacute;. Tampoco sab&iacute;a qu&eacute; era eso. Pero me atra&iacute;a much&iacute;simo el modo en que ella pronunciaba la palabra&nbsp;<em>psicoanalista</em>. Algo en ella se encend&iacute;a. Ella siempre fue muy moderada, muy discreta y poco adepta a mostrar sus afectaciones, pero cuando dec&iacute;a&nbsp;<em>psicoanalista</em>&nbsp;yo ve&iacute;a un brillo, una m&iacute;nima modificaci&oacute;n en su cuerpo, una especie de alegr&iacute;a inconfesable.&nbsp;<em>Psicoanalista</em>, pronunciaba, y yo la ve&iacute;a, como nunca, inquietarse. Quiz&aacute;s, pienso ahora, era un instante en que se la notaba cerca de una pasi&oacute;n. No se trataba de lo que ella pensaba del psicoan&aacute;lisis -de hecho ten&iacute;a una relaci&oacute;n bien ambivalente de amor/odio-, la cosa no pasaba por su ideolog&iacute;a (aunque le estoy eternamente agradecida por haberme &ldquo;mandado al psicoanalista&rdquo;). La cosa pasaba por su boca, por su cuerpo. La palabra&nbsp;<em>psicoanalista</em>&nbsp;pasaba por su boca y eso a m&iacute; me atra&iacute;a de un modo particular -&ldquo;los incidentes pulsionales, el lenguaje tapizado de piel&rdquo;, dir&iacute;a Barthes-. Luego, tambi&eacute;n alguna vez pens&eacute; en lo que me dijo Osvaldo Um&eacute;rez -uno de los psicoanalistas de los que m&aacute;s aprend&iacute; y muy muy querido tambi&eacute;n por mi mam&aacute;-. &Eacute;l desliz&oacute;, sin estridencias, que el deseo de mi pap&aacute; -que era casi un ingeniero en sonido y fabricaba equipos de audio- ten&iacute;a mucho que ver con mi elecci&oacute;n por la pr&aacute;ctica del psicoan&aacute;lisis, por la pr&aacute;ctica de la escucha. Qued&eacute; at&oacute;nita. Nunca lo hab&iacute;a pensado antes. La boca, el audio, la voz. Y entonces pienso en la vocaci&oacute;n -concepto que nunca me gust&oacute;-, en el llamado, en eso que nos convoca. Algo nos llama, nos convoca, aunque no sepamos bien de qu&eacute; se trata; pero es eso y ninguna otra cosa. La vocaci&oacute;n como llamado al que no se puede no responder. No se trata de lo que nuestros padres esperan de nosotros, porque eso ser&iacute;a un Ideal -al que es imposible responder sin fallas-, se trata de lo que leemos como marca del deseo. No deseo de algo en particular. Deseo. As&iacute;, sin objeto alguno, sin aspiraci&oacute;n ninguna -querer objetos, tener aspiraciones es otra cosa-.
    </p><p class="article-text">
        <strong>II.</strong>&nbsp;Hace un tiempo coincid&iacute; con Maitena en que no dudar de eso que uno quiere, incluso sin saber por qu&eacute;, es una suerte enorme. Pero que sea una suerte, no significa que sea una&nbsp;buena suerte. El camino est&aacute; tambi&eacute;n plagado de dificultades, impedimentos, inhibiciones. Nunca es un camino directo, sin rodeos. El deseo es rodeo. Nunca es c&oacute;modo, ni mucho menos f&aacute;cil. El deseo es un poco infernal, oscuro. No digo que uno est&eacute; obligado a pasarla mal, digo que justamente porque se trata del deseo es que la cosa se traba, se tropieza. Hay zozobra, angustia, ir y venir; dejar, volver. Pero nunca, nunca es sin eso. Sin eso no hay deseo, hay manual de instrucciones, hay consejos de otro-que-sabe (&ldquo;escuchame a m&iacute; que tengo m&aacute;s experiencia que vos&rdquo;). Es porque se trata del deseo que la cosa se pone r&iacute;spida, &aacute;spera, ripiosa. Nicol&aacute;s Baintrub escribi&oacute;&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=9bd9eb8dfe&amp;e=1fa39304e3" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">ac&aacute;</a>, de manera precisa y muy bella -la belleza de lo despiadado-, algo de ese tr&aacute;nsito, de ese recorrido. Un tr&aacute;nsito que no es&nbsp;<em>hacia</em>&nbsp;el deseo, sino empujado por el deseo, por la ineluctabilidad insoportable del deseo. Subrayo ahora: &ldquo;El deseo es brillante y aceitoso como un pez vivo. Cuanto m&aacute;s genuino, m&aacute;s escurridizo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>III.&nbsp;</strong>Una cosa es el deseo que nos empuja -casi siempre, incluso, muy en contra de nuestra voluntad- y otra, muy distinta, son la profesi&oacute;n, la carrera, los proyectos, las aspiraciones, los objetivos, las metas. En cierto momento me di cuenta de que nada de lo que hago ahora lo busqu&eacute; intencionalmente, ni estuvo en el lugar de meta. Quiero decir que no tuve aspiraciones, ni pasos&nbsp;hacia. No dije &ldquo;primero hago esto, despu&eacute;s aquello y m&aacute;s tarde esto otro&rdquo;. Fue un poco a los tumbos, a los rodeos, a las chapas -como se dice-. Lo que siempre tuve -y tengo- fue un an&aacute;lisis. Y cada uno de ellos me posibilit&oacute; un corte con algo del impedimento. Y entonces, siempre&nbsp;<em>a posteriori</em>, puedo leer esos cortes y podr&iacute;a decir de qu&eacute; me separ&eacute;, con qu&eacute; cort&eacute; en cada uno de esos an&aacute;lisis. Separarse de algo, no de alguien -a veces est&aacute;n superpuestos y entonces nos separamos de las dos cosas a la vez-, cortar con lo que se nos viene encima para lidiar un poco mejor con el deseo. Nada m&aacute;s, nada menos, sin medidas. Disipar el humo, no la niebla.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IV.&nbsp;</strong>Disipar el humo de querer &ldquo;ser alguien&rdquo;, &ldquo;ser algo&rdquo;. Si tuviera que resumir qu&eacute; efectos tuvieron en m&iacute; los an&aacute;lisis, dir&iacute;a eso. Y sin eso encima, la cosa se aliviana bastante. Atravesar el espejo, he ah&iacute; la cifra de un mundo inmenso que se abre -y tampoco es de una vez y para siempre-. Para m&iacute; no se trat&oacute; nunca de &ldquo;ser psicoanalista&rdquo;, sino de la atracci&oacute;n que ten&iacute;a por el psicoan&aacute;lisis -desde casi siempre como paciente, luego como lectora-. Por eso no me apur&eacute;, ni me precipit&eacute; a vivir del psicoan&aacute;lisis -tampoco a nombrarme &ldquo;psicoanalista&rdquo; - incluso hoy en d&iacute;a no me es del todo c&oacute;modo nombrarme as&iacute;-. Tuve durante much&iacute;simos a&ntilde;os ingresos econ&oacute;micos de otros trabajos. Porque siempre fui sabiendo, por los an&aacute;lisis, que para escuchar a otro es mejor tener la cabeza despejada de fantasmas, de fantas&iacute;as, de ideales, de cuentas. Y el dinero &iexcl;vaya si no condensa todo eso, y m&aacute;s! No hacer cuentas, no depender de cu&aacute;ntos pacientes vienen o no vienen, no generar una relaci&oacute;n de dependencia ah&iacute;, me parece fundamental. Hay personas que preguntan un poco desubicadamente por la cantidad de pacientes que uno &ldquo;tiene&rdquo;. Nunca s&eacute;, porque no los cont&eacute;. Se escucha&nbsp;un paciente por vez y en cada momento es el &uacute;nico. A la pregunta por la cantidad de pacientes, habr&iacute;a que contestar: &ldquo;tengo uno&rdquo; -la sola idea de la expresi&oacute;n &ldquo;tener pacientes&rdquo; me molesta-. Hace poco hablaba con una amiga y con un amigo, que tambi&eacute;n se dedican al psicoan&aacute;lisis -habl&eacute; por separado, pero acerca de lo mismo-, de la &ldquo;libertad&rdquo; que se requiere para poder escuchar a otro. Y de c&oacute;mo esa libertad est&aacute;, sobre todo, en no estar agarrando o reteniendo a los pacientes, ni haciendo cuentas. Por eso uno puede, por ejemplo, acompa&ntilde;arlos amorosamente a la puerta cuando deciden que ya no quieren seguir viniendo. Y no, como hace el estereotipo del psicoanalista que interpreta en todos lo mismo: &ldquo;no quiere venir, es resistencia&rdquo;. Hacerles lugar, que nos importen, que no nos d&eacute; lo mismo, incluso quererlos -si es que uno no es un c&iacute;nico-, es no agarrarlos, no retenerlos. Acaso una de las formas del amor libre.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.</strong>&nbsp;Escrib&iacute;&nbsp;resistencia y pens&eacute; en esa peque&ntilde;a pero contundente torsi&oacute;n que hizo Lacan cuando dijo &ldquo;la &uacute;nica resistencia es la del analista&rdquo;. Lo dijo en un momento en el que en el psicoan&aacute;lisis se interpretaba a mansalva a los pacientes como los que se resist&iacute;an a analizarse. Estar pendiente -es decir, colgado- de la imagen de &ldquo;ser analista&rdquo;, agarrarse al sill&oacute;n y creerse siempre a salvo, creer que se puede SER psicoanalista, y encarnar una imagen determinada, por ejemplo, van al listado de las resistencias del analista. Impostarse, simular, pretender, infatuarse, tambi&eacute;n. Siempre eleg&iacute; analistas poco serios, muy graciosos y algo despistados, en el sentido de poco pendientes de la pista de la imagen. Me gustan los analistas que no act&uacute;an de analistas. Que no aparentan. Y entonces me acuerdo de esta cita de Lacan del texto La tercera: &ldquo;Sean entonces m&aacute;s sueltos, m&aacute;s naturales cuando reciban a alguien que viene a pedirles un an&aacute;lisis. No se sientan obligados a darse importancia&rdquo;. Y gracias a Sebasti&aacute;n Gamazo di con una nueva traducci&oacute;n -la de Gerardo Arenas en la edici&oacute;n de Paid&oacute;s- que dice: &ldquo;no se sientan tan obligados a darse &iacute;nfulas&rdquo;. Me gusta m&aacute;s &ldquo;&iacute;nfulas&rdquo;, definitivamente. Ir solt&aacute;ndose, no darse importancia, ni &iacute;nfulas: no es que uno lo pueda hacer voluntariamente. Es un trabajo enorme, horadar la imagen de s&iacute; puede llevar a&ntilde;os de an&aacute;lisis. Pero sin eso no hay analista posible. Y, a&uacute;n as&iacute;, el analista nunca est&aacute; garantizado. Justamente porque no es un ser ni es una profesi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.&nbsp;</strong>Para Lacan la pregunta &ldquo;&iquest;qu&eacute; es el psicoan&aacute;lisis?&rdquo; es una pregunta un poco ploma, pesada, una pregunta equivalente a cargar con un muerto, una especie de trabajo de esos que nadie quiere hacer. Por eso se da el lujo de contestar con la siguiente tautolog&iacute;a: &ldquo;es el tratamiento dispensado por un psicoanalista&rdquo;. Unos a&ntilde;os despu&eacute;s dice: &ldquo;todo el mundo cree saber lo que es el psicoan&aacute;lisis, salvo los psicoanalistas, y eso es lo molesto. Ellos son los &uacute;nicos que no lo saben (...) si creyeran saberlo de inmediato, ser&iacute;a grave&rdquo;. Y luego, en una entrevista refiere: &ldquo;proponer ayudar a las personas significa el &eacute;xito asegurado y la clientela detr&aacute;s de la puerta. El psicoan&aacute;lisis es otra cosa&rdquo;. El &ldquo;otra cosa&rdquo; va en la l&iacute;nea del &ldquo;no es eso&rdquo; que permite, justamente, no fijar las cosas en una definici&oacute;n, en una esencia, en un ser, en un estereotipo. &ldquo;No se trata de eso&rdquo; ser&iacute;a un buen modo de resistir a la pretensi&oacute;n del sentido acabado, fijo y absoluto. Si el psicoan&aacute;lisis es una experiencia, muchas veces resulta una experiencia intransferible, indefinible e inexplicable que transcurre en una intimidad in&eacute;dita, &uacute;nica. Siempre me result&oacute; conmovedor escuchar o leer el modo en que Jean Allouch se refiere a su encuentro con Lacan: &ldquo;el psicoan&aacute;lisis que me hac&iacute;a falta era ese. Estaba all&iacute;. El analista que me hac&iacute;a falta era &eacute;l&rdquo;. Acaso una certeza invaluable, como la del deseo como vocativo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VII.</strong>&nbsp;Carmen G&uuml;iraldes me ense&ntilde;&oacute; la expresi&oacute;n en ingl&eacute;s &ldquo;<em>let me walk you through my mind</em>&rdquo;, y me pareci&oacute; impresionantemente linda como pedido a un analista, porque no dice &ldquo;te explico lo que me pasa&rdquo;, sino que invita al analista a meterse ah&iacute; guiado por el que est&aacute; en el embrollo. Un analista est&aacute; concernido en eso, no est&aacute; afuera, no es &ldquo;objetivo&rdquo;, participa de la transferencia. Le agradezco esta expresi&oacute;n y tambi&eacute;n haber buscado en el diccionario la definici&oacute;n de&nbsp;<em>walk someone through something: to&nbsp;</em>slowly<em>&nbsp;and carefully explain something to someone or show someone how to do something</em>. Si subrayamos&nbsp;<em>slowly&nbsp;</em>y&nbsp;<em>carefully</em>&nbsp;-lentamente y con cuidado- me parece que damos cuenta de ese modo tan particular y tan in&eacute;dito que resulta un an&aacute;lisis. Lentamente y con cuidado: Anne Dufourmantelle escribi&oacute; un libro que ac&aacute; se tradujo como&nbsp;<em>Potencia de la dulzura&nbsp;</em>(Nocturna/ Archivida ediciones). Pero prefiero las otras acepciones de douceur, las que refieren a suavidad, a tranquilidad, a lentitud (de todas esas acepciones se ocupa Mar&iacute;a del Carmen Rodr&iacute;guez, traductora del libro, en la nota inicial). Las prefiero porque nos recuerdan que en el otro tambi&eacute;n hay fragilidades. Como en el ingl&eacute;s&nbsp;<em>handle with care</em>, que implica el agarrar con cuidado porque se puede romper; no es que se vaya a romper, es que puede romperse. Dufourmantelle dice: &ldquo;Ser dulce [suave] con las cosas y los seres es comprenderlos en su insuficiencia, su precariedad, su inmadurez, su tonter&iacute;a (...). Es (...) inventar el espacio de una humanidad sensible, de una relaci&oacute;n con el otro que acepta su debilidad o lo que pueda en s&iacute; decepcionar. Y en esta comprensi&oacute;n profunda compromete una verdad&rdquo;. Me gusta cuando Dufourmantelle dice que &ldquo;un psicoanalista, hasta cuando es abrupto, no escucha sin dulzura [suavidad/lentitud/tranquilidad], ya que ella participa en un gesto que invita al otro&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VIII.</strong>&nbsp;Hace poco escrib&iacute; un poema. Empec&eacute; creyendo que era un poema que alud&iacute;a a la atenci&oacute;n flotante, un poema sobre la posici&oacute;n del analista. Pero a medida que lo iba escribiendo me daba cuenta de que era tambi&eacute;n acerca de la posici&oacute;n del analizante. Para cuando lo termin&eacute;, pens&eacute; que justamente esos espacios van juntos y son, en alguna medida, indistinguibles, en el sentido en que no se trata nunca de dos personas, sino de un decir. Y que no hay decir posible si la persona -del analista- no se borra un poco. Por eso Blanchot dice &ldquo;una presencia sin rostro, apenas alguien, un personaje indeterminado haciendo equilibrio en cualquier detalle del discurso, como un hueco en el espacio, un vac&iacute;o silencioso que, sin embargo, es la verdadera raz&oacute;n para hablar, rompiendo sin cesar el equilibrio [&hellip;], transformando inadvertidamente el mon&oacute;logo sin objeto en un di&aacute;logo en el cual cada uno es hablado&rdquo;. &ldquo;Como si no estuviera ah&iacute;&rdquo; subraya la particular presencia del analista. Lo que no est&aacute; ah&iacute; es, en el mejor de los casos, la persona del analista: sus fantas&iacute;as, sus miedos, sus perspectivas, sus cuentas, sus metas, su ideolog&iacute;a. En definitiva: su espejo. Y por eso Allouch dice que la transferencia empieza cuando el analizante se desentiende del analista. Y eso no puede ocurrir si antes el analista no se desentiende de s&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        El poema se llamaba&nbsp;<em>Psicoan&aacute;lisis: instrucciones de uso</em>. Osvaldo Bossi sugiri&oacute;, y entonces me gusta m&aacute;s as&iacute;,&nbsp;<em>Psicoan&aacute;lisis: algunas instrucciones de uso</em>:
    </p><p class="article-text">
        Olvidarse de s&iacute;
    </p><p class="article-text">
        pensar en nada
    </p><p class="article-text">
        suspender lo que se sabe
    </p><p class="article-text">
        pero tambi&eacute;n las ansias de saber.
    </p><p class="article-text">
        Subrayar nimiedades
    </p><p class="article-text">
        extirparle el sentido
    </p><p class="article-text">
        a las palabras que aprietan
    </p><p class="article-text">
        pero tambi&eacute;n a las que brillan.
    </p><p class="article-text">
        Desalojar fantasmas
    </p><p class="article-text">
        encontrar lo que no se busca
    </p><p class="article-text">
        querer la oscuridad del deseo
    </p><p class="article-text">
        pero tambi&eacute;n la opacidad del odio.
    </p><p class="article-text">
        Apagar la amenaza
    </p><p class="article-text">
        de lo inminente.
    </p><p class="article-text">
        Sentir los espasmos
    </p><p class="article-text">
        de las risas en el cuerpo
    </p><p class="article-text">
        alivianado.
    </p><p class="article-text">
        Deshacer la obediencia
    </p><p class="article-text">
        y fundar un espacio
    </p><p class="article-text">
        en el que no haya obligaciones
    </p><p class="article-text">
        por un rato
    </p><p class="article-text">
        no m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Estar ah&iacute; para atajar
    </p><p class="article-text">
        la sorpresa de lo inesperado
    </p><p class="article-text">
        la peque&ntilde;a alegr&iacute;a
    </p><p class="article-text">
        de lo incierto.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IX.</strong>&nbsp;&ldquo;Hace tiempo he reconocido que el inevitable destino del psicoan&aacute;lisis es mover a contradicci&oacute;n a los hombres e irritarlos&rdquo;, dijo Freud. Esa irritaci&oacute;n quiz&aacute;s tenga que ver con lo que Allouch precisa:&nbsp;&ldquo;el psicoan&aacute;lisis est&aacute; m&aacute;s del lado de lo que la sociedad no puede controlar, del lado del loco, de quien tiene s&iacute;ntomas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La vida cambia. El psicoan&aacute;lisis tambi&eacute;n cambia&rdquo;, dijo Freud. Lo que no cambia jam&aacute;s son las cr&iacute;ticas dirigidas hacia su invento, ese que a su vez cambi&oacute; el mundo -y mi vida- para siempre.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-psicoanalisis_132_10319792.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 23 Jun 2023 08:57:57 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Notas sobre el psicoanálisis]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Versiones]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/versiones_129_10269271.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/990c349b-393d-4eaf-9074-daec808fdb1d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Versiones"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Una versión, entonces, no es sino una lectura irrespetuosa, impertinente, incongruente, singular. No es sin juego, no es sin profanar eso que se pretendía sagrado: el original -si es que eso existe-", sostiene la autora. ¿Estaremos dispuestos a atajar la pequeña alegría de lo incierto?</p></div><p class="article-text">
        <strong>Creo que toda relectura es en s&iacute; misma una lectura in&eacute;dita.</strong> Nunca se lee dos veces lo mismo -a menos que uno se dedique a la lectura burocr&aacute;tica, tem&aacute;tica-; nunca es el mismo r&iacute;o, uno nunca es el mismo. Los subrayados son los lugares en los que alguien se detiene por <em>algo</em>: una palabra, una idea, una resonancia; esa porci&oacute;n que se decide anotar, escribir al margen, para hacer del texto algo que se resista a la totalidad. Ah&iacute; leer implica un gesto que produce, como se&ntilde;ala Juan Ritvo, un &ldquo;m&aacute;s all&aacute; de la totalidad, es la singularidad que se impone m&aacute;s all&aacute; de la totalidad. [...] Supone un objeto que se ha excluido de la totalidad, pero a la vez queda excluido de la totalidad el que lee&rdquo;. Las conexiones entre esos subrayados van apareciendo al modo de la ocurrencia: sin saber antes c&oacute;mo, ni por qu&eacute; se subraya una cosa y no otra. Y as&iacute; van precipit&aacute;ndose nuevas l&iacute;neas de sentido. Sorpresiva, inesperada y contingentemente algo <em>pasa</em> y uno descubre eso que no sab&iacute;a que estaba buscando -la lectura como hallazgo-. Quiz&aacute;s porque no es uno el que lee, en el sentido del individuo, en el sentido de la intenci&oacute;n, sino que la lectura sucede m&aacute;s all&aacute; de nosotros mismos. Porque, como se&ntilde;ala George Steiner, leer &ldquo;significa arriesgarse a mucho. Es dejar vulnerable nuestra identidad, nuestra posesi&oacute;n de nosotros mismos&rdquo;. No hay entonces lectura sin olvido de uno mismo. Esos olvidos acaso sean el fundamento de las posibles lecturas. Porque hay olvido es que se puede empezar a leer.
    </p><p class="article-text">
        Fue as&iacute; que llegu&eacute; a la relaci&oacute;n que existe entre profanaci&oacute;n, juego y lectura. Y de ah&iacute; a lo que hay de ello en<em> </em>la noci&oacute;n de <em>versi&oacute;n</em>. Lo otro de eso, lo otro de la lectura entendida como profanaci&oacute;n, es la religiosidad, el dogma, lo imposible de leer, lo imposible de hacer deslizar en un juego: lo improfanable. Por eso Barthes dice: &ldquo;Una relectura salva al texto de su repetici&oacute;n (los que olvidan releer se obligan a leer en todas partes la misma historia)&rdquo;. Y lo dice en <em>S/Z</em>, texto en el que pone en juego su singular modo de leer. La lectura que pone a jugar es la que evidencia que la pluralidad de un texto est&aacute; cifrada en que no hay escritura antes de la lectura. Que el Yo no es un &ldquo;sujeto inocente anterior al texto&rdquo;, sino &ldquo;una pluralidad de otros textos, de c&oacute;digos infinitos, o m&aacute;s exactamente perdidos (cuyo origen se pierde)&rdquo;. Y, congruente con eso, que &ldquo;leer no es un gesto par&aacute;sito, complemento reactivo de una escritura que adornamos con todos los prestigios de la creaci&oacute;n y de la anterioridad&rdquo;, sino un &ldquo;trabajo de lenguaje&rdquo;. Para eso cobra especial importancia el olvido; porque se trata, no de una falta, sino de hacer caer aquellos sentidos solidificados, establecidos, puestos en el lugar de la autoridad. El olvido va en la direcci&oacute;n de &ldquo;afirmar la irresponsabilidad de un texto, el pluralismo de los sistemas: precisamente leo porque olvido&rdquo;. Efectivamente, se trata de ser irrespetuosos con los textos, de renunciar a una lectura &uacute;ltima, autorizada, moralmente establecida, ideol&oacute;gicamente confirmada. Se trata de resistirse a la estructuraci&oacute;n en demas&iacute;a, de &ldquo;renovar las entradas del texto&rdquo;, en definitiva, de &ldquo;esparcir el texto en lugar de recogerlo&rdquo;. Se hace necesario, entonces, &ldquo;librar al texto de su exterior y de su totalidad&rdquo;. Barthes escandir&aacute; el texto de Balzac -Sarrasine- en lexias, unidades de lectura. Es ah&iacute; que no podr&iacute;a nunca ser un procedimiento respetuoso. &ldquo;El texto-tutor ser&aacute; continuamente quebrado, interrumpido, sin ninguna consideraci&oacute;n por sus divisiones naturales (sint&aacute;cticas, ret&oacute;ricas, anecd&oacute;ticas)&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Una versi&oacute;n, entonces, no es sino una lectura irrespetuosa, impertinente, incongruente, singular. No es sin juego, no es sin profanar eso que se pretend&iacute;a sagrado: el original -si es que eso existe-. <strong>El juego, seg&uacute;n Agamben, es el &oacute;rgano de la profanaci&oacute;n y est&aacute; en decadencia en todas partes.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Pero tambi&eacute;n pens&eacute; en la relaci&oacute;n entre m&uacute;sica, lectura y juego a partir de lo que dice Barthes: el espacio que se abre con la lectura en el texto es &ldquo;en todo comparable a una partitura musical&rdquo;, gracias a la cual el texto comienza a hacerse escuchar. Barthes no vacila en hablar de compases, ondas sonoras, fugas, temas, divertimento, stretto y conclusi&oacute;n como de cadencia, armon&iacute;a y polifon&iacute;a. Efectivamente, la analog&iacute;a le sirve para dar cuenta de la tonalidad y de la lectura: &ldquo;se podr&iacute;a decir que hay un ojo legible como hay una oreja tonal, de forma que desaprender la legibilidad pertenece al mismo orden que desaprender la tonalidad&rdquo;. Barthes est&aacute; poniendo en acto las ense&ntilde;anzas acerca de lo que implica escuchar un texto, acerca de qu&eacute; tipo de oreja es la que est&aacute; en juego cuando se trata de escuchar/leer un texto. Lacan, insistiendo en su pregunta acerca de c&oacute;mo se deviene analista, preocupado una vez m&aacute;s por la formaci&oacute;n del analista, vuelve otra vez sobre lo que implica la atenci&oacute;n flotante (la contrapartida de la asociaci&oacute;n libre del analizante), para vociferar &ldquo;cu&iacute;dense de comprender&rdquo; -no ahorr&aacute;ndose decir que es una &ldquo;categor&iacute;a nauseabunda&rdquo;- y recordar que no se necesita una oreja de m&aacute;s sino, por el contrario, &ldquo;que una de las orejas se ensordezca, en la misma medida en que la otra debe ser aguda, y esa misma es la que se debe aguzar en la escucha, justamente, sonidos o fonemas, de las palabras, de las locuciones, de las sentencias, sin omitir en ellas las pausas, escansiones, cortes, per&iacute;odos y paralelismos, pues es all&iacute; donde se prepara la versi&oacute;n palabra por palabra, a falta de la cual la intuici&oacute;n anal&iacute;tica queda sin soporte y sin objeto&rdquo;. Ensordecer una de las orejas con las que se escucha el texto no es sino apagar &ldquo;los c&oacute;digos culturales&rdquo;, diluir las coagulaciones de sentido que reposan como f&oacute;siles en el c&oacute;digo, estar advertidos de que lo que la ideolog&iacute;a produce es la inversi&oacute;n de la cultura en naturaleza. Se trata de resistir insomnes ante el efecto narcotizante que produce el texto cl&aacute;sico ah&iacute; donde hace de la &ldquo;Vida&rdquo; una &ldquo;repugnante mezcolanza de opiniones corrientes, una asfixiante capa de prejuicios&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Y entonces tambi&eacute;n pens&eacute; en la relaci&oacute;n entre versi&oacute;n, juego y m&uacute;sica a trav&eacute;s de las acepciones del verbo <em>play</em>: jugar, actuar, interpretar, tocar un instrumento. Y en <em>versi&oacute;n</em> est&aacute; incluido el juego de este modo: se trata de la acci&oacute;n y el efecto de voltear y de cada una de esas vueltas. Dar vueltas, darlo vuelta, encontrarle la vuelta. &ldquo;No se trata de reencontrar un sentido previo, un origen del mundo, de la vida de los hechos, anterior al sentido, sino m&aacute;s bien de imaginar un sentido posterior: hay que atravesar, como un largo camino de iniciaci&oacute;n, todo el sentido, para poder extenuarlo, eximirlo&rdquo;, sigue Barthes. Y entonces suena lo que pasa en un an&aacute;lisis. Donde nunca se trata de buscar el origen, sino de versionar un poco la cosa que insiste. Donde se trata de encontrarle otro tono, otra m&uacute;sica a eso que rechina. La pasi&oacute;n por el referente, la euforia por un original intocable, sagrado e improfanable, impide leer. Hace de la letra, letra muerta. En las ant&iacute;podas se encuentran la vitalidad del juego, la lectura como resistencia a la repetici&oacute;n, el olvido propiciando ese otro sonido, esa otra m&uacute;sica.
    </p><p class="article-text">
        Por eso pienso que las versiones desacralizan e inauguran un espacio, un hiato por el cual puede pasar algo del v&eacute;rtigo de la libertad, un peque&ntilde;o paso hacia otra cosa, hacia la otra cosa como tal: el deseo.
    </p><p class="article-text">
        Recientemente sali&oacute; <a href="https://open.spotify.com/album/4VdWh8m5cYm3XI6dhayGIg?si=kY3jb7ITQ7amvSIzsmsoTQ" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>EADDA9223</em></a>, de Fito P&aacute;ez. Hubo reacciones. No me refiero a lecturas, sino a reacciones. No me refiero a gustos, sino a reacciones. Quiz&aacute;s para algunos sea dif&iacute;cil entrar en el juego, deslizarse sin referencias, asomarse al abismo de lo que no se sabe, dejar caer la pretendida garant&iacute;a de un original. Quiz&aacute;s para algunos sea dif&iacute;cil salirse del espejo en donde siempre estamos seguros -incluso aunque el espejo refleje inseguridad-. Acaso versionar sea deshacer la obediencia y fundar un espacio en el que no haya un empuje a lo obligatorio: &ldquo;es s&oacute;lo un rato, no m&aacute;s&rdquo;. <strong>Quiz&aacute;s se trate de estar dispuestos a atajar la peque&ntilde;a alegr&iacute;a de lo incierto.</strong>
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/versiones_129_10269271.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 06 Jun 2023 08:54:33 +0000]]></pubDate>
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