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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Santiago Armando]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/santiago-armando/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Santiago Armando]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El Estado contra Twitter: ¿qué queremos regular?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/twitter-queremos-regular_129_6750249.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d3048879-bbcd-41d6-89f6-de512d107137_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="El Estado contra twitter: ¿qué queremos regular?"></p><p class="article-text">
        En los &uacute;ltimos d&iacute;as, Twitter decidi&oacute; primero suspender y luego eliminar la cuenta de Donald Trump de su plataforma. La medida fue doblemente efectiva. En primer lugar, sirvi&oacute; para establecer, m&aacute;s all&aacute; de toda duda razonable, que <strong>los due&ntilde;os de plataformas juegan fuerte, y le pueden decir que no al presidente de los EEUU</strong>. Por supuesto, cabe un matiz: es probable que los directivos de Twitter estuvieran pensando en congraciarse con los reguladores dem&oacute;cratas que estar&aacute;n estrenando oficinas en las pr&oacute;ximas semanas. En segundo lugar, la medida parece haber sido efectiva en contener la movilizaci&oacute;n de ultraderecha que Donald Trump agitaba desde su cuenta personal. 
    </p><p class="article-text">
        Si Twitter tiene un impacto considerable sobre el funcionamiento de las instituciones pol&iacute;ticas, &iquest;deben tener tales instituciones alguna incidencia sobre el funcionamiento de la plataforma? Especialistas argentinos como <a href="#" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">Mart&iacute;n Becerra </a> o <a href="https://www.infobae.com/america/opinion/2021/01/10/twitter-trump-y-el-estado-ausente/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Pablo Boczkowski y Eugenia Mitchelstein </a>defendieron recientemente la necesidad de la regulaci&oacute;n estatal para la mejora del debate p&uacute;blico.
    </p><p class="article-text">
        Los argumentos de Becerra, Boczkowski y Mitchelstein, como muchos de los presentados en los &uacute;ltimos d&iacute;as en la prensa europea y norteamericana, son poco espec&iacute;ficos sobre el tipo de regulaci&oacute;n estatal necesaria. La incomodidad ante la demostraci&oacute;n de poder&iacute;o de las plataformas conduce a muchos cr&iacute;ticos de su funcionamiento a concluir que <strong>el Estado debe interceder. Sin embargo, si no se precisa el tipo de intervenci&oacute;n buscada, el resultado puede incluso ser da&ntilde;ino para la libertad de expresi&oacute;n. </strong>
    </p><p class="article-text">
        En primer lugar, es importante no confundir una preocupaci&oacute;n por el discurso p&uacute;blico con una preocupaci&oacute;n por la escala de las empresas involucradas. <strong>El tama&ntilde;o de Twitter no es una raz&oacute;n suficiente para regularlo.</strong> Instagram tiene el triple de usuarios, pero no suele sugerirse que la red de las fotos y las <em>stories</em> sea un riesgo para la democracia. <strong>El problema no es de escala, sino de dise&ntilde;o</strong>. Un ejemplo sencillo es el del algoritmo de recomendaciones de Youtube (una red con dos mil millones de usuarios, contra los 330 millones de Twitter), que tiene un papel protag&oacute;nico en el documental de Netflix <em>The Social Dilemma</em>. La cr&iacute;tica es conocida: el algoritmo radicaliza a los usuarios, en tanto les muestra contenidos cada vez m&aacute;s extremos sobre temas pol&eacute;micos. Hay consenso respecto de que ser&iacute;a deseable que el algoritmo funcionara de otro modo, pero <strong>nadie est&aacute; dispuesto a sostener que el Estado deber&iacute;a regular el modo en que las plataformas ofrecen informaci&oacute;n</strong>. Al fin y al cabo, el Estado no regula el modo en que un diario en papel jerarquiza sus titulares. 
    </p><p class="article-text">
        El problema del dise&ntilde;o es pasado por alto en las consideraciones de quienes demandan intervenci&oacute;n estatal sin m&aacute;s, y es justamente all&iacute; donde muchos cr&iacute;ticos de las plataformas ponen el foco. Jaron Lanier, uno de los creadores de la realidad virtual y una de las voces m&aacute;s brillantes sobre el problema de la &eacute;tica tecnol&oacute;gica, se&ntilde;ala que <strong>el principal problema con Twitter es que funciona </strong><em><strong>demasiado r&aacute;pido</strong></em>. Retuitear una noticia sin haberla le&iacute;do es muy f&aacute;cil, y nuestra reacci&oacute;n emocional es instant&aacute;nea. Esta misma velocidad volvi&oacute; a la plataforma una herramienta atractiva en momentos de conmoci&oacute;n social y protestas democr&aacute;ticas. Cuando quienes protestan son filofascistas, la velocidad se vuelve un arma de doble filo.
    </p><p class="article-text">
        En el siglo XIX, Tocqueville expresaba su temor ante el gobierno de las masas en los EEUU. Confiaba, sin embargo, en que a los Estados Unidos los salvar&iacute;a su sociedad civil, que estaba llena de abogados. Los abogados, se&ntilde;alaba Tocqueville, cumplen una funci&oacute;n social esencial: hacen que todo sea m&aacute;s lento. Interponen tr&aacute;mites, recursos, formalismos, y obligan as&iacute; a pensar dos veces antes de actuar. Quienes proponen resolver el problema con intervenci&oacute;n estatal deben confrontar el problema: <strong>&iquest;queremos que sea el Estado el que decida sobre el ritmo de nuestras interacciones online? En los &uacute;ltimos meses, los dise&ntilde;adores de Twitter parecen haber aprendido la lecci&oacute;n de Tocqueville</strong>, y la aplicaci&oacute;n le advierte al usuario cuando est&aacute; por compartir una noticia que no ley&oacute;. <em>Contra</em> Ren&eacute; Lavand, parece que s&iacute; se puede hacer m&aacute;s lento. 
    </p><p class="article-text">
        Casos como este ilustran que <strong>en ocasiones han sido las propias plataformas las que ajustaron su dise&ntilde;o ante las demandas de los usuarios</strong>. El propio Mark Zuckerberg public&oacute; en 2019 un texto en el que explicaba con precisi&oacute;n<a href="https://m.facebook.com/notes/mark-zuckerberg/a-blueprint-for-content-governance-and-enforcement/10156443129621634/?anchor_composer=false" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><strong> los problemas de Facebook con la moderaci&oacute;n de contenidos</strong></a>. En la ciencia pol&iacute;tica se suele hablar de la &ldquo;responsividad&rdquo; de las instituciones, para indicar cu&aacute;nto reaccionan ante las demandas de la poblaci&oacute;n. <strong>&iquest;Y si fuera el caso de que las plataformas son m&aacute;s &ldquo;responsivas&rdquo; a las demandas pol&iacute;ticas que las propias instituciones democr&aacute;ticas de las que exigimos la intervenci&oacute;n?</strong> Es notable que la decisi&oacute;n de PornHub de endurecer su pol&iacute;tica para evitar la subida de material privado se debi&oacute; a la decisi&oacute;n de Mastercard de bloquear los pagos a la plataforma, no a una regulaci&oacute;n estatal reclamada desde hace a&ntilde;os por activistas de distintos grupos. 
    </p><p class="article-text">
        Con toda la insistencia sobre las plataformas como reguladores finales del discurso p&uacute;blico, no hay que perder de vista que <strong>los Estados emplean un poderoso mecanismo de control sobre los contenidos que se comparten en ellas: el derecho de autor. Los resultados no son especialmente alentadores para la salud del debate democr&aacute;tico.</strong> Como relat&oacute; recientemente la <em>youtuber </em>Lindsay Ellis, el copyright es usado en muchos casos para exigir la desaparici&oacute;n de contenido cr&iacute;tico. Si un usuario sube un video a Youtube leyendo pasajes de un libro con el objeto de discutirlo, la autora de ese libro podr&iacute;a exigir que el video fuera dado de baja por violaciones de copyright. El problema es aun m&aacute;s grave cuando se considera el acceso al material educativo. Aaron Swarz fue procesado, y termin&oacute; suicid&aacute;ndose, por haber intentado compartir gratuitamente trabajos acad&eacute;micos albergados en la biblioteca digital del MIT.
    </p><p class="article-text">
        En &uacute;ltima instancia, exigir la intervenci&oacute;n del Estado, sin precisar los mecanismos de deliberaci&oacute;n e implementaci&oacute;n, resulta en una confusi&oacute;n entre fines y medios. El fin deseado es que las reglas del debate p&uacute;blico permitan expresar los intereses y preocupaciones de la ciudadan&iacute;a. La intervenci&oacute;n estatal es un medio posible para ese fin, pero no es el &uacute;nico ni necesariamente el m&aacute;s apto. <strong>Hay que escapar del mito rousseauniano seg&uacute;n el cual el funcionario p&uacute;blico encarna la &ldquo;voluntad general&rdquo; que refleja los deseos de los ciudadanos. El problema de la ciudadan&iacute;a digital requiere una idea de la democracia y una sofisticaci&oacute;n de la pol&iacute;tica p&uacute;blica a tono con los tiempos.</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Armando]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/twitter-queremos-regular_129_6750249.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 14 Jan 2021 09:59:54 +0000]]></pubDate>
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