<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Pablo Plotkin]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/pablo-plotkin/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Pablo Plotkin]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="https://www.eldiarioar.com/rss/category/author/1031445/" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA[Brasil del Sur]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/brasil-sur_129_8936167.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5c5383b8-e21a-4937-add9-553f50de0b48_16-9-discover-aspect-ratio_default_1046243.jpg" width="963" height="542" alt="Brasil del Sur"></p><p class="article-text">
        El antiguo<strong> Parque Indoamericano </strong>albergaba ahora una versi&oacute;n fant&aacute;stica del viejo proyecto del Brigadier. Desde el momento en que la nueva autoridad tom&oacute; control del pulm&oacute;n verde del sur, montando el Centro C&iacute;vico alrededor de la Torre Espacial, se sab&iacute;a que en la mente de los l&iacute;deres de la Refundaci&oacute;n lat&iacute;a la idea de relanzar el zoo fitogeogr&aacute;fico. A M&aacute;rcia Pereira, una funcionaria <em>ga&uacute;cha</em> enviada a Buenos Aires, le hab&iacute;an encomendado la tarea de investigar el proyecto original. Los planos y la plataforma databan de los &uacute;ltimos a&ntilde;os de la d&eacute;cada de 1970. M&aacute;rcia se vio sorprendida frente a la ambici&oacute;n delirante del proyecto, que hablaba de un parque con doscientas cincuenta especies de mam&iacute;feros (incluyendo un oso panda que donar&iacute;a el gobierno chino), ciento cincuenta especies de aves, cincuenta de reptiles y una arboleda de diecisiete mil ejemplares que crecer&iacute;an a lo largo de treinta a&ntilde;os.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b64b0ea8-374c-4634-ac2b-342d238338ae_1-1-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b64b0ea8-374c-4634-ac2b-342d238338ae_1-1-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b64b0ea8-374c-4634-ac2b-342d238338ae_1-1-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b64b0ea8-374c-4634-ac2b-342d238338ae_1-1-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b64b0ea8-374c-4634-ac2b-342d238338ae_1-1-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b64b0ea8-374c-4634-ac2b-342d238338ae_1-1-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/b64b0ea8-374c-4634-ac2b-342d238338ae_1-1-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Tapa del libro de Pablo Plotkin"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Tapa del libro de Pablo Plotkin                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        	Nada de eso hab&iacute;a ocurrido, y el Indoamericano termin&oacute; convertido en un bald&iacute;o adyacente a un parque de diversiones monumental. Fue territorio de disputa entre distintas clases de despose&iacute;dos, luego reciclado como villa ol&iacute;mpica, m&aacute;s tarde como polo t&eacute;cnico de la transici&oacute;n y finalmente como Centro C&iacute;vico y &aacute;rea de residencia de la nueva burocracia. El zoo fitogeogr&aacute;fico, mientras tanto, hab&iacute;a quedado suspendido en el cosmos de las ideas imposibles. Cuando la Refundaci&oacute;n traz&oacute; el nuevo mapa simb&oacute;lico de la ciudad, V&aacute;zquez convoc&oacute; a M&aacute;rcia, una mujer operativa capaz de levantar cualquier muerto, para llevar adelante el Parque Lamarck.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El &uacute;ltimo cargo de M&aacute;rcia en Foz do Igua&ccedil;u hab&iacute;a sido como jefa de Santuarios Av&iacute;colas, una red de colonias blindadas donde se confin&oacute; a las palomas sobrevivientes de la contaminaci&oacute;n. Se hab&iacute;a ganado fama de funcionaria implacable, no solo por el modo en que lidiaba con la fauna rescatada, determinando a qu&eacute; ejemplares dispensar cuidados y a cu&aacute;les eliminar, sino por c&oacute;mo hab&iacute;a logrado dominar a los elementos d&iacute;scolos de la fuerza que ten&iacute;a a cargo, ex polic&iacute;as que arrastraban h&aacute;bitos del antiguo orden cuyas pr&aacute;cticas no ten&iacute;an lugar en la Refundaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Cuando M&aacute;rcia lleg&oacute;, Elena todav&iacute;a era una empleada de limpieza sin honorarios, residente de las casillas para personal no jer&aacute;rquico, pero despu&eacute;s de un par de charlas casuales, mientras aspiraba su despacho, M&aacute;rcia se dio cuenta de que ten&iacute;a formaci&oacute;n e inteligencia. La reubic&oacute; en el &aacute;rea de Atenci&oacute;n al P&uacute;blico y un par de meses despu&eacute;s la llev&oacute; al departamento de M&eacute;tricas con un ingreso b&aacute;sico. Al a&ntilde;o se hab&iacute;a convertido en intendenta del parque, y algo as&iacute; como la mano derecha de la directora.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esa ma&ntilde;ana, despu&eacute;s de que Elena cenara con el homograma de su padre, M&aacute;rcia la recibi&oacute; con una noticia que la descoloc&oacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&ndash;Clark amaneci&oacute; muerto.
    </p><p class="article-text">
        	&ndash;&iquest;Clark?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&ndash;No s&eacute; qu&eacute; pas&oacute;. El calor, un ataque de zoocosis... Parece que es lo que quer&iacute;an, o lo que dispusieron las m&eacute;tricas. Un mont&oacute;n de <em>crian&ccedil;as</em> llorando alrededor, en fin, ya en esa parte no me meto.
    </p><p class="article-text">
        	&ndash;&iquest;Alguna idea para ese recinto?
    </p><p class="article-text">
        	&ndash;No, hay que esperar. Por lo pronto hay que darle un cierre p&uacute;blico a lo de Clark.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&ndash;Bueno, me pongo con eso.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&ndash;Por favor.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Parque Lamarck estaba dividido en enclaves continentales y los aut&oacute;matas eran monitoreados desde la base superior de la torre. Hab&iacute;a un equipo de Narradores que curaba las relaciones entre especies y el horizonte conceptual de cada animal, pero casi todas las decisiones importantes estaban delegadas en los algoritmos, y por eso el destino de las bestias resultaba imprevisible incluso para el personal. Elena escuch&oacute; el murmullo del grupo de manifestantes que se hab&iacute;a agrupado cerca del recinto de Clark, del otro lado de los arbustos. Eran unos siete activistas, y llevaban dos pancartas. Una dec&iacute;a &ldquo;LOS AUT&Oacute;MATAS NO SON ESCLAVOS&rdquo;, y la otra: &ldquo;ORGANIZACI&Oacute;N: FUERA DE NUESTRA INTELIGENCIA ARTIFICIAL&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Dentro del recinto, Clark yac&iacute;a inerte sobre un islote de hielo sint&eacute;tico. Una pared transparente e irrompible separaba al cad&aacute;ver de los gestos consternados de los visitantes, una quincena de chicos con los ojos bien abiertos, en algunos casos hinchados por el llanto. Clark era uno de los personajes favoritos del predio, un s&iacute;mbolo limpio y poderoso de los sue&ntilde;os realizados de la Refundaci&oacute;n.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Elena ingres&oacute; a la jaula por el acceso posterior que daba al brete, y despu&eacute;s se meti&oacute; en el corral de exhibici&oacute;n. Mart&iacute;n Ferrari estaba sobre otro islote de hielo, a un par de metros de Clark. Usaba su uniforme reglamentario y se rascaba el pelo por debajo de la gorra. La mir&oacute; a su jefa con cara de &ldquo;yo tampoco me esperaba este quilombo&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&ndash;&iquest;Qu&eacute; hac&eacute;s, Ferrari?
    </p><p class="article-text">
        	&ndash;Ac&aacute; me ves&hellip;
    </p><p class="article-text">
        	En la mano derecha ten&iacute;a el gunshu electromagn&eacute;tico, el arma que los cuidadores usaban para controlar a los aut&oacute;matas. Estaba desactivado, y le dio dos empujoncitos al cuerpo sin dejar de mirar a Elena, como para ilustrar su falta de ideas.
    </p><p class="article-text">
        	&ndash;&iquest;Qu&eacute; pretend&eacute;s hacer con eso, Ferrari? &iquest;Est&aacute;s viendo si ya est&aacute; a punto? No es un asado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&ndash;No, te estaba esperando.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Elena peg&oacute; un salto hasta el islote de Clark, se puso en cuclillas y le dedic&oacute; una mirada severa a Ferrari mientras verificaba los signos del aut&oacute;mata. El pelaje, que en vida hab&iacute;a sido de un blanco marfil, luc&iacute;a ahora amarillento, casi rubio y cubierto de una capa de agua viscosa. Debajo, la masa de silicona c&aacute;rnica se hab&iacute;a endurecido. Era una m&aacute;quina pesada. Iban a necesitar ayuda para moverla.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&ndash;&iquest;C&oacute;mo fue? &ndash;pregunt&oacute; Elena.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Ferrari le pas&oacute; su tel&eacute;fono.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&ndash;Fijate. Esto es del amanecer.
    </p><p class="article-text">
        	En la pantalla, Clark estaba d&aacute;ndole cabezazos a una de las paredes de hielo de su recinto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El oso hab&iacute;a desembarcado en Parque Lamarck hac&iacute;a casi dos a&ntilde;os y se hab&iacute;a revelado como un aut&oacute;mata ejemplar. Era manso por tratarse de un oso polar, y el &uacute;nico incidente que protagoniz&oacute; parec&iacute;a m&aacute;s producto del error del equipo de Experiencia de Usuario que de su sistema de inteligencia artificial. Al menos eso es lo que se sospechaba, porque era dif&iacute;cil tener certezas. Pero los hechos hab&iacute;an sido estos: una madrugada, mientras hac&iacute;a horas extra, Elena se acerc&oacute; al recinto de Clark. El oso se retorc&iacute;a en el suelo y rug&iacute;a como si estuviera ahog&aacute;ndose. Al lado de &eacute;l, las tripas de un gato brillaban contra la luz verdosa e iridiscente de la aurora boreal, un efecto emitido por el programa escenogr&aacute;fico. Era un ensayo en vistas a los tours nocturnos que se abrir&iacute;an a la semana siguiente. Pero algo se hab&iacute;a salido de los carriles.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aparentemente, Clark hab&iacute;a apresado al gato mientras este reposaba en la rama alta de un &aacute;rbol que se curvaba sobre la jaula. Clark tuvo que haber pegado un salto formidable para atraparlo, y aun as&iacute; era dif&iacute;cil entender c&oacute;mo el gato no hab&iacute;a escapado. Por entonces las c&aacute;maras estaban apagadas de noche, as&iacute; que los detalles nunca fueron esclarecidos. Lo cierto es que el gato amaneci&oacute; hecho pedazos, con sus partes desperdigadas en el agua y los bloques de hielo. El asesinato de un animal bionormativo en las garras de un aut&oacute;mata no era un incidente menor, sobre todo si se trataba de un ataque corrido del esquema de depredaci&oacute;n natural. Implicaba un antecedente grave a los efectos de sostener las pol&iacute;ticas de libre albedr&iacute;o de los aut&oacute;matas, y serv&iacute;a de argumento a los abolicionistas de derecha y de izquierda. No ten&iacute;a que hacerse p&uacute;blico.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Clark estuvo en observaci&oacute;n durante varios d&iacute;as, y a partir de entonces las c&aacute;maras se mantuvieron encendidas las veinticuatro horas. Despu&eacute;s de los an&aacute;lisis, la primera base de la Torre concluy&oacute; que el brote pudo ser provocado por el efecto lum&iacute;nico de la aurora, una reminiscencia perturbadora para la memoria gen&eacute;tica impresa en los circuitos de la bestia. A Elena la explicaci&oacute;n no la convenci&oacute;, pese a que se ve&iacute;a s&oacute;lida en la presentaci&oacute;n de diapositivas que hicieron los expertos. M&aacute;rcia compr&oacute; la hip&oacute;tesis como quien decide resolver un asunto engorroso: orden&oacute; preservar al aut&oacute;mata y suspender hasta nuevo aviso el desarrollo.
    </p><p class="article-text">
        	&ndash;Ya s&eacute;, se ve&iacute;a hermosa la aurora boreal &ndash;dijo M&aacute;rcia mirando al escen&oacute;grafo&ndash;. Pero no nos podemos arriesgar. Busquemos otra vedette.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Durante los d&iacute;as posteriores al incidente, Elena ve&iacute;a a Clark como una amenaza. El aut&oacute;mata, sin embargo, no volvi&oacute; a mostrar conductas agresivas, de hecho se fue ganando el cari&ntilde;o de los trabajadores del parque, y especialmente del p&uacute;blico, gracias a su belleza imponente, su gracia y su car&aacute;cter apacible. El asunto del gato no trascendi&oacute;, y Clark se consolid&oacute; como la figura carism&aacute;tica de ese primer ciclo de Parque Lamarck.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ahora estaba muerto y, de rodillas en el islote fr&iacute;o de la jaula, Elena pensaba en lo dif&iacute;cil que iba a ser reemplazarlo. Las partidas presupuestarias depend&iacute;an del impacto que tuvieran los desarrollos activos del predio, y cuando el sistema produc&iacute;a un desenlace de este tipo, le daban ganas de romper todo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mientras calculaba sus pr&oacute;ximos movimientos, unos copos de nieve de buen tama&ntilde;o le cayeron encima. El simulador clim&aacute;tico les regalaba ese bonito detalle visual. Ferrari mir&oacute; a Elena y levant&oacute; las cejas, tomando cierta distancia de ella y del oso, como diciendo &ldquo;es el momento de ustedes&rdquo;. Elena vio que los ni&ntilde;os apoyaban las palmas sobre la pared blindada y acercaban sus narices. Cheque&oacute; el monitor empotrado en un v&eacute;rtice y se observ&oacute; a s&iacute; misma en la escena en alta definici&oacute;n; los copos se posaban en el abrigo de piel negro que se hab&iacute;a puesto para meterse en la jaula y se disolv&iacute;an un par de segundos despu&eacute;s. Se ve&iacute;a chiquita al lado de Clark. El oso ten&iacute;a los ojos cerrados y un colmillo asomaba por el pliegue negro de la enc&iacute;a. Se dio cuenta de que, en ese instante, se produc&iacute;a el cierre narrativo del ciclo de la bestia, y que esa ser&iacute;a la imagen que se volver&iacute;a viral en las horas siguientes. &iquest;Hab&iacute;a sido ella la promotora de esa despedida &ndash;el aut&oacute;mata, el humano y la nieve sobre un bloque de hielo sint&eacute;tico&ndash;, o era el destino escrito en el c&oacute;digo de Clark? Elena baj&oacute; la cabeza y se apoy&oacute; una mano en la frente para consolidar el momento y escuch&oacute; el llanto que ven&iacute;a del p&uacute;blico.
    </p><p class="article-text">
        Se levant&oacute; y le orden&oacute; a Ferrari que llevaran el cuerpo al brete, y que a la hora del cierre lo trasladaran a La Morgue para examinarlo. Sab&iacute;a que no ten&iacute;a mucho sentido, pero era el procedimiento de rutina y quer&iacute;a que quedara registrado. Ferrari puls&oacute; jocosamente su gunshu. Dos chispazos azules centellearon en la punta del arma, como si le respondiera en clave Morse. Elena puso los ojos en blanco y sali&oacute; por la parte de atr&aacute;s del recinto, d&aacute;ndole la espalda al p&uacute;blico.
    </p><p class="article-text">
        <em>PP</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Plotkin]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/brasil-sur_129_8936167.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 23 Apr 2022 04:56:15 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/5c5383b8-e21a-4937-add9-553f50de0b48_16-9-discover-aspect-ratio_default_1046243.jpg" length="1038210" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/5c5383b8-e21a-4937-add9-553f50de0b48_16-9-discover-aspect-ratio_default_1046243.jpg" type="image/jpeg" fileSize="1038210" width="963" height="542"/>
      <media:title><![CDATA[Brasil del Sur]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/5c5383b8-e21a-4937-add9-553f50de0b48_16-9-discover-aspect-ratio_default_1046243.jpg" width="963" height="542"/>
      <media:keywords><![CDATA[Lectura,Libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Todos tratan de estar menos solos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/tratan-solos_129_8936115.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a316e861-06bd-411e-9704-ba103fe5d7d5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Todos tratan de estar menos solos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una novela familiar ubicada en un futuro distópico es el eje del nuevo libro de Pablo Plotkin, quien en esta columna reflexiona sobre escribir en el escenario de la pandemia, la inteligencia artificial y los vínculos familiares.</p></div><p class="article-text">
        La historia es m&aacute;s o menos esta: a&ntilde;os despu&eacute;s de un colapso in&eacute;dito, el planeta qued&oacute; dividido en unas pocas &ldquo;hegemon&iacute;as regionales&rdquo;. En casi todas partes, el uso de la<strong> inteligencia artificial </strong>est&aacute; fuertemente limitado. Pero en Buenos Aires, capital administrativa de Brasil del Sur, la autoproclamada Refundaci&oacute;n gobierna bajo los preceptos del ProTeLiTA (Programa Tecnol&oacute;gico Libertario para el Territorio Austral, perge&ntilde;ado por las autoridades de Brasil Central), el &uacute;ltimo basti&oacute;n de lo que se conoce como el libre albedr&iacute;o de las m&aacute;quinas. El &ldquo;mercado de la ausencia&rdquo; se abastece de productos como Homogram, un desarrollo que permite invocar versiones materiales de los muertos basadas en sus archivos de experiencia. Hay tambi&eacute;n un zool&oacute;gico de aut&oacute;matas, Parque Lamarck, donde se tensan los l&iacute;mites &eacute;ticos de la vida artificial y donde una familia de neandertales pasa sus horas confinada en un recinto de exhibici&oacute;n. Hay un emprendedor que quiere instalar un programa de reactivaci&oacute;n demogr&aacute;fica sin amor ni dolor, a trav&eacute;s de una &ldquo;red nodal de matches&rdquo; que definir&aacute; las mejores oportunidades reproductivas. A todo esto, los protagonistas de la historia buscan mantenerse a flote, no caer del lado de la &ldquo;clase inutilizada&rdquo; que languidece en los monoblocks. Y todos tratan de estar menos solos.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8bca178c-14bb-4d9f-93e2-78621af09a9d_1-1-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8bca178c-14bb-4d9f-93e2-78621af09a9d_1-1-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8bca178c-14bb-4d9f-93e2-78621af09a9d_1-1-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8bca178c-14bb-4d9f-93e2-78621af09a9d_1-1-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8bca178c-14bb-4d9f-93e2-78621af09a9d_1-1-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8bca178c-14bb-4d9f-93e2-78621af09a9d_1-1-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/8bca178c-14bb-4d9f-93e2-78621af09a9d_1-1-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Pablo Plotkin autor de Brasil del Sur"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Pablo Plotkin autor de Brasil del Sur                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Escribo esto mientras escucho &ldquo;G3 N15&rdquo;, una hermosa balada del &uacute;ltimo disco de <strong>Rosal&iacute;a</strong>. Al final del track se escucha a una se&ntilde;ora grande que habla en catal&aacute;n, la abuela de la cantante. Ante la pregunta de su nieta, dice que primero est&aacute; Dios y despu&eacute;s la familia, siempre la familia, y me doy cuenta de que mis dos novelas &ndash;<em>Un futuro radiante</em>, de 2016, y ahora <em>Brasil del Sur</em>&ndash; son relatos familiares ambientados en contextos dist&oacute;picos (aunque, como dice uno de los personajes del libro citando a un gur&uacute; de Silicon Valley, &ldquo;utop&iacute;a y distop&iacute;a son categor&iacute;as intercambiables en funci&oacute;n de los valores de cada uno&rdquo;). Esa gran ruleta universal es la que determina tu dieta, tu formaci&oacute;n, tu acceso a bienes y servicios, tu red de v&iacute;nculos. No es discurso anti-meritocr&aacute;tico, hablo de lo que se hereda en el sentido total del t&eacute;rmino. Qu&eacute; hac&eacute;s con eso que te toc&oacute; en suerte en los a&ntilde;os que vas a habitar la Tierra. Qu&eacute; tan lejos de ese n&uacute;cleo original vas a llegar. Qu&eacute; mandatos vas a honrar, con cu&aacute;les vas a romper.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Escrib&iacute; el primer tercio de <em>Brasil del Sur</em> en el oto&ntilde;o de 2018 y retom&eacute; el borrador en el verano de 2019. El confinamiento me ayud&oacute; a avanzar r&aacute;pido con la &uacute;ltima mitad. Por esos d&iacute;as, varios lectores recordaron im&aacute;genes de <em>Un futuro radiante</em>, que describ&iacute;a una Buenos Aires vac&iacute;a, y me dec&iacute;an que la ciudad en pandemia los hab&iacute;a llevado a la novela. En realidad, uno pod&iacute;a ver rastros de Ballard, McCarthy, Dick, Atwood, Oesterheld, Ishiguro y de un mont&oacute;n m&aacute;s en cualquier calle desierta, en los puentes en pausa, en los sem&aacute;foros titilando para nadie, en los animales que tomaban las urbanizaciones mientras buena parte de la humanidad viv&iacute;a en internet. Pero ninguno de esos autores escribi&oacute; ficci&oacute;n especulativa, ninguno intent&oacute; desentra&ntilde;ar &ldquo;c&oacute;mo va a ser el futuro&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>La mejor ciencia ficci&oacute;n habla del tiempo al que pertenece, solo que mirado a trav&eacute;s de un prisma apenas deformante, algo que se corre ligeramente de foco y provoca un efecto en cadena en los sentidos</strong>: el mundo que tenemos delante es el mundo que conocemos observado de nuevo, entonces cada elemento adquiere otro tono, otra textura, inclusive otra funci&oacute;n. Y los que dan vida y significado a esa realidad alternativa y evanescente son los seres que la habitan, los personajes de las historias, que lidian como pueden con las condiciones que les fueron dadas. Igual que casi todos nosotros desde el momento en que llegamos a este mundo. &nbsp; &nbsp; 
    </p><p class="article-text">
        <em>PP</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Plotkin]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/tratan-solos_129_8936115.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 23 Apr 2022 04:56:12 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/a316e861-06bd-411e-9704-ba103fe5d7d5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="7799" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/a316e861-06bd-411e-9704-ba103fe5d7d5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="7799" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Todos tratan de estar menos solos]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/a316e861-06bd-411e-9704-ba103fe5d7d5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Novelas,Ciencia Ficción]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Palo, una leyenda que se contaba en presente]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/palo-leyenda-contaba-presente_129_8162521.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ff4b536c-1d07-43e9-a18d-e98425dbc37c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Palo, una leyenda que se contaba en presente"></p><p class="article-text">
        <strong>Palo Pandolfo cay&oacute; muerto en Avenida D&iacute;az V&eacute;lez al 5200, a plena luz del d&iacute;a de un jueves de invierno. </strong>Se desvaneci&oacute; y nadie pudo reanimarlo. A esta hora todav&iacute;a parece un mal sue&ntilde;o. No sabemos c&oacute;mo pas&oacute;. No sabemos c&oacute;mo fue que, en menos de un d&iacute;a, pas&oacute; de promocionar el show del pr&oacute;ximo s&aacute;bado a no estar m&aacute;s en la Tierra. Doce d&iacute;as atr&aacute;s lanz&oacute; una canci&oacute;n nueva, &ldquo;Tu amor&rdquo;, junto a Santiago Motorizado. Se lo ve&iacute;a vital, joven a sus 56 a&ntilde;os, una versi&oacute;n madura y luminosa del flaquito el&eacute;ctrico y oscuro que en la segunda mitad de los ochenta irrumpi&oacute; con Don Cornelio y la Zona, la gran banda post-punk argentina despu&eacute;s de Sumo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como siempre que muere un m&uacute;sico en este tiempo, internet se convierte en un funeral p&uacute;blico en el que se mezclan recuerdos, experiencias y canciones. Palo escribi&oacute; un mont&oacute;n y marc&oacute; la vida de mucha gente. Quiz&aacute;s no sea tanta en t&eacute;rminos comparativos, pero en el n&uacute;cleo duro del rock argentino fogueado en los a&ntilde;os ochenta y noventa, curtido en los recitales de madrugada de Cemento o Arlequines, Palo Pandolfo era <strong>una leyenda que se contaba en presente, un t&uacute;nel que conectaba los s&oacute;tanos de la primavera negra democr&aacute;tica con la respiraci&oacute;n musical de la pampa.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Dif&iacute;cil batir esa secuencia que conforman los dos discos de Don Cornelio &ndash;Don Cornelio y la Zona y Patria o muerte&ndash; y los dos primeros de Los Visitantes &ndash;Salud universal y Espiritango&ndash;. En el debut de su primer grupo, producido por Andr&eacute;s Calamaro y lanzado en 1987, Palo se revela como un compositor extraordinario y un int&eacute;rprete absolutamente novedoso para la escena. El disco empieza con ese gran hit de post-punk rom&aacute;ntico y on&iacute;rico que es &ldquo;Ella vendr&aacute;&rdquo; y un narrador que espera la hora <strong>en que el techo deje de aplastarlo.</strong> Sigue con &ldquo;Imagen proyectada&rdquo;, que va de la contenci&oacute;n ac&uacute;stica al mareo, y pasa por cumbres como &ldquo;Cenizas y diamantes&rdquo;, el grito desesperado de &ldquo;El rosario en el muro&rdquo; (&ldquo;si ya est&aacute;s en la azotea, &iexcl;salta!&rdquo;) y <strong>&ldquo;Tazas de t&eacute; chino&rdquo;, una de las mejores canciones de la historia del rock nacional.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de ese debut notable y exitoso, Palo sinti&oacute; que ten&iacute;a que desarmar la imagen (o m&aacute;s bien el sonido) que le hab&iacute;a dado ese disco, la de un grupo de bonitas canciones dark, y pudri&oacute; la voz y la atm&oacute;sfera hasta dar con una obra de ruptura, Patria o muerte (88). Detr&aacute;s de ese t&iacute;tulo inc&oacute;modo para un pa&iacute;s traumatizado con la violencia pol&iacute;tica de la d&eacute;cada previa, hab&iacute;a canciones secas y retorcidas y peque&ntilde;as maravillas como &ldquo;Bajaremos&rdquo;, y en todo momento Palo parec&iacute;a estar hablando de lo mismo: &ldquo;En <em>Patria o muerte</em> la respuesta es muerte&rdquo;, me dijo en una <a href="https://www.pagina12.com.ar/2001/suple/No/01-11/01-11-15/NOTA1.HTM" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">entrevista de 2001</a>. &ldquo;Siempre estoy hablando de lo espiritual.&rdquo; Aun as&iacute;, cre&iacute;a que hab&iacute;a llegado demasiado lejos. &ldquo;Por m&aacute;s que Patria o muerte sea un disco brillante, franco, creo que fue muy abortista&rdquo;, dec&iacute;a. &ldquo;El arte es as&iacute;, se nos escap&oacute; de las manos. Quer&iacute;amos hacer un disco de choque, de reviente, de la puta que los pari&oacute; a todos. <strong>Realmente el &eacute;xito nos dio asco en ese momento</strong>. Nos parec&iacute;a que todo el rock era careta, pero se nos fue de las manos. Creo que fue demasiado.&rdquo;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En Salud universal (93), ya con Visitantes, encontr&oacute; la s&iacute;ntesis entre su talento para escribir melod&iacute;as perfectas, la poes&iacute;a sombr&iacute;a post-tanguera y la experimentaci&oacute;n de g&eacute;neros. &ldquo;Playas oscuras&rdquo; son&oacute; en la radio y en la televisi&oacute;n, y alrededor hab&iacute;a canciones formidables como la discepoliana &ldquo;Tanta trampa&rdquo;, la serenata &ldquo;Antojo&rdquo;, el techno-pop de &ldquo;Carne nueva&rdquo; y ese cierre emocionante que es &ldquo;Rel&aacute;mpago de cuchillos&rdquo;, con la guitarra ac&uacute;stica y una imagen inicial (&ldquo;Sobre tu espina dorsal zumban las moscas...&rdquo;) que suena tanto al comienzo de un nuevo d&iacute;a como al fin de una era. Un a&ntilde;o despu&eacute;s lleg&oacute; Espiritango (con Calamaro otra vez como productor) y Los Visitantes refinaron el sonido y profundizaron la mezcla de estilos. Hay tangos feroces (&ldquo;Patada sucia&rdquo;), rock de noche profunda (&ldquo;Villa Dominico&rdquo;), baladas tr&aacute;gicas como &ldquo;El ente&rdquo; y valses porte&ntilde;os existencialistas como &ldquo;Auto Uni&oacute;n&rdquo;, canciones en las que Palo encuentra una especie de cima.
    </p><p class="article-text">
        En el resto de su obra, <strong>honr&oacute; ese magistral p&oacute;ker inaugural grabando siempre la m&uacute;sica que quiso, con una libertad creativa irrenunciable.</strong> En estas horas tristes y algo borrosas que siguen a la noticia de su muerte, vuelvo a esa nota en su casa de Paso del Rey, un mes antes del estallido de diciembre de 2001. Palo se reivindica como &ldquo;un pibe de la clase trabajadora&rdquo;, y sus palabras podr&iacute;an servir como esbozo biogr&aacute;fico en primera persona, un r&eacute;quiem improbable para un artista irrepetible: &ldquo;Mi viejo trabajaba en una f&aacute;brica de San Mart&iacute;n, y mi mam&aacute; era maestra de adultos en una escuela de Lugano. En el &lsquo;81 me compraron mi primera guitarra con un esfuerzo terrible, una Ibanez que todav&iacute;a conservo. Me cri&eacute; en la calle: jugaba al f&uacute;tbol en Flores de esquina a esquina. Entre Don Cornelio y Los Visitantes me puse a laburar: he laburado de cadete, como operario en una f&aacute;brica en Pompeya; vend&iacute; s&aacute;nguches en la calle durante un a&ntilde;o. Entonces s&eacute; lo que es la calle. Amo la calle.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        <em>PP</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Plotkin]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/palo-leyenda-contaba-presente_129_8162521.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 23 Jul 2021 01:50:28 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/ff4b536c-1d07-43e9-a18d-e98425dbc37c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="195317" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/ff4b536c-1d07-43e9-a18d-e98425dbc37c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="195317" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Palo, una leyenda que se contaba en presente]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/ff4b536c-1d07-43e9-a18d-e98425dbc37c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Música,Palo Pandolfo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El regreso de Okupas vía Netflix: por qué sigue siendo una serie de culto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/regreso-okupas-via-netflix-sigue-serie-culto_1_8006487.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/774622eb-9b68-4a33-9567-adfa22922781_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El regreso de Okupas vía Netflix: por qué sigue siendo una serie de culto"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hace dos décadas, la ficción de Bruno Stagnaro mostró una Buenos Aires fantasmal que marchaba al colapso de diciembre de 2001. Pero detrás del retrato crudo de la marginalidad, hay una historia de iniciación juvenil que trasciende las épocas.</p></div><p class="article-text">
        &ndash;Soy un fracaso. Tengo 24 a&ntilde;os y no s&eacute; para qu&eacute; carajo estoy ac&aacute; &ndash;dice Ricardo Riganti mirando el cielo sin luna de Buenos Aires.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;No te hagas problema que somos cuatro &ndash;le responde el Pollo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ese peque&ntilde;o di&aacute;logo entre los personajes de Rodrigo de la Serna y Diego Alonso no es el m&aacute;s recordado de <em>Okupas</em>, pero tal vez sea el momento que mejor capta el esp&iacute;ritu de la serie. M&aacute;s que las corridas, los tiros y las rondas de coca&iacute;na; m&aacute;s, incluso, que la legendaria y pesadillesca secuencia del <a href="https://www.youtube.com/watch?v=GJGbICB7KZk" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">&ldquo;mascapito&rdquo;</a>, el intento de violaci&oacute;n a Ricardo a manos del Negro Pablo (Dante Mastropierro) y su banda en un aguantadero de Dock Sud. El intercambio ocurre una noche sobre la calle Corrientes, casi al final del episodio 6 (&ldquo;Los mantenidos&rdquo;), y <strong>con esa epifan&iacute;a simple Ricardo se mete en el cl&iacute;max de la historia: no sabe para qu&eacute; carajo est&aacute; en esta vida, y va a tratar de averiguarlo.&nbsp;</strong>
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Okupas mantuvo ese halo de credibilidad callejera que le dio su matriz narrativa: un registro crudo, por momentos cercano al documental, que mostraba una Buenos Aires despedazada en la matiné del colapso</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Pasaron 21 a&ntilde;os desde que la televisi&oacute;n p&uacute;blica puso en el aire <em>Okupas</em>, que pr&oacute;ximamente tendr&aacute; <a href="https://www.youtube.com/watch?v=uHOR21i16j4" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">su relanzamiento v&iacute;a Netflix en versi&oacute;n remasterizada</a>. A lo largo de estas dos d&eacute;cadas, a trav&eacute;s de un par de reposiciones en otros canales de aire, la circulaci&oacute;n de copias en VHS y DVD y finalmente en la resoluci&oacute;n ultrabaja con que se ve en YouTube, la miniserie de<strong> Bruno Stagnaro</strong> creci&oacute; como fen&oacute;meno de culto para un par de generaciones. A pesar de haber surgido del coraz&oacute;n de la industria &ndash;la productora detr&aacute;s era Ideas del Sur, de Marcelo Tinelli&ndash;, <em>Okupas </em>mantuvo ese halo de credibilidad callejera que le dio su matriz narrativa: un registro crudo, por momentos cercano al documental, que mostraba una Buenos Aires despedazada en la matin&eacute; del colapso; un elenco conformado por actores profesionales no tan conocidos y otros que jam&aacute;s hab&iacute;an pisado un set; di&aacute;logos realistas y chispeantes, personajes inolvidables y un acercamiento diferente a la marginalidad, sin solemnidad ni juicios morales, pero sin un &aacute;pice de glamour gangsteril. En el reinado global de Tarantino/Guy Ritchie, y con la TV local dominada por el costumbrismo post-<em>Gasoleros</em>, <em>Okupas</em> se col&oacute; como el sue&ntilde;o v&iacute;vido y espeso de una clase media en el purgatorio, y ten&iacute;a en el personaje de De la Serna a un Dante porte&ntilde;o y <em>slacker</em>, un pibe del corredor norte de la Capital que acaba de dejar la carrera de Medicina y quiere romper con su herencia. Es un h&eacute;roe torpe y contradictorio, un chorro aspiracional que en el comienzo encuentra una nueva familia: el Pollo, Walter (Ariel Staltari) y el Chiqui (Franco Tirri), un bandido con c&oacute;digos y dos l&uacute;mpenes surfeando una adolescencia extendida.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">En el reinado global de Tarantino/Guy Ritchie, y con la TV local dominada por el costumbrismo post-Gasoleros, Okupas se coló como el sueño vívido y espeso de una clase media en el purgatorio</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <em>Okupas</em><strong> represent&oacute; el desembarco en la televisi&oacute;n del Nuevo Cine Argentino</strong>. En 1998, Stagnaro y Adri&aacute;n Caetano hab&iacute;an estrenado su &oacute;pera prima, <em>Pizza, birra, faso</em>, una pel&iacute;cula independiente que segu&iacute;a las peripecias de un par de delincuentes j&oacute;venes por la ciudad de Buenos Aires, con los alrededores del Obelisco &ndash;ac&aacute; fue cuando Ugi&rsquo;s se convirti&oacute; en &iacute;cono&ndash; como territorio fantasmal. El &eacute;xito inesperado de <em>Pizza, birra, faso</em> provoc&oacute; que Claudio Villarruel, productor ejecutivo de Ideas del Sur, le pidiera a Stagnaro alg&uacute;n proyecto de ficci&oacute;n. Stagnaro bocet&oacute; una sinopsis y le mand&oacute; tres hojas por fax, pero la idea qued&oacute; encajonada hasta que, tiempo despu&eacute;s, las nuevas autoridades de la TV p&uacute;blica le pidieron a la productora de Tinelli alguna ficci&oacute;n de calidad para prestigiar una pantalla en decadencia. Despu&eacute;s de la escandalosa intervenci&oacute;n de Gerardo Sofovich durante el menemismo, el ala cultural de la Alianza, liderada por el ministro Dar&iacute;o Lop&eacute;rfido, hab&iacute;a llegado a ATC con aires de refundaci&oacute;n: hubo cambio de nombre &ndash;volvi&oacute; a ser Canal 7&ndash; y un intento de ordenar las cuentas y redefinir la impronta art&iacute;stica de la se&ntilde;al. <strong>Los dos programas emblema de esa b&uacute;squeda salieron de Ideas del Sur: </strong><em><strong>Todo x 2 pesos</strong></em><strong> y </strong><em><strong>Okupas</strong></em><strong>.&nbsp;</strong>
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/32920a87-904f-4b6d-9fb5-ad7f7d7a87a5_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/32920a87-904f-4b6d-9fb5-ad7f7d7a87a5_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/32920a87-904f-4b6d-9fb5-ad7f7d7a87a5_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/32920a87-904f-4b6d-9fb5-ad7f7d7a87a5_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/32920a87-904f-4b6d-9fb5-ad7f7d7a87a5_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/32920a87-904f-4b6d-9fb5-ad7f7d7a87a5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/32920a87-904f-4b6d-9fb5-ad7f7d7a87a5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Okupas representó también el desembarco en la televisión del Nuevo Cine Argentino."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Okupas representó también el desembarco en la televisión del Nuevo Cine Argentino.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; de la estructura que la respaldaba (una productora l&iacute;der y el canal p&uacute;blico), el rodaje de <em>Okupas</em> fue m&aacute;s parecido al de una producci&oacute;n independiente de bajo presupuesto, porque de hecho el presupuesto era bajo. Stagnaro hab&iacute;a decidido filmar mucho en la calle, con c&aacute;maras a veces ocultas para capturar la atm&oacute;sfera real de Buenos Aires &ndash;la zona c&eacute;ntrica y el conurbano sur&ndash; en condiciones bastante precarias. Esther Feldman, que trabajaba en Ideas y se sum&oacute; al equipo de autores con Stagnaro y Alberto Mu&ntilde;oz, la recuerda como una grabaci&oacute;n &ldquo;&eacute;pica&rdquo;, de convivencias largas, noches sin dormir, extras sacados de la galera (la m&iacute;tica anciana fumadora de la escena del mascapito, por ejemplo, era una se&ntilde;ora que andaba casualmente por ah&iacute;), caos y camarader&iacute;a. &ldquo;Termin&aacute;bamos de escribir el gui&oacute;n en los bares mientras la serie se estaba filmando&rdquo;, dice Feldman. &ldquo;Eran libros vivos. Ten&iacute;amos los cinco primeros cap&iacute;tulos definidos y despu&eacute;s &iacute;bamos trabajando sobre el rodaje. Tal vez el tiempo me haya dejado una mirada muy rom&aacute;ntica, pero el producto fue tan interesante y el proceso tan duro, que lo recuerdo como una experiencia &uacute;nica&rdquo;.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
<script src="https://www.youtube.com/iframe_api"></script>
<script type="module">
    window.marfeel.cmd.push(['multimedia', function(multimedia) {
        multimedia.initializeItem('yt-CyAJy3Ax1NQ-8004', 'youtube', 'CyAJy3Ax1NQ', document.getElementById('yt-CyAJy3Ax1NQ-8004'));
    }]);
</script>

<iframe id=yt-CyAJy3Ax1NQ-8004 src="https://www.youtube.com/embed/CyAJy3Ax1NQ?enablejsapi=1" frameborder="0"></iframe>
            </figure><p class="article-text">
        Mientras tanto, la Argentina marchaba a la explosi&oacute;n de diciembre de 2001. No exist&iacute;a el kirchnerismo ni el macrismo, pero ya se le&iacute;an entrel&iacute;neas.<strong> El rock todav&iacute;a reinaba, los Redonditos de Ricota estaban a punto de separarse y Croma&ntilde;&oacute;n aparec&iacute;a en el horizonte sin que nadie se diera cuenta.</strong> Los <em>Okupas</em> representaban a esa generaci&oacute;n que protagoniz&oacute; el rock barrial de los 90 &ndash;con Walter como el prototipo rolinga y <em>comic relief</em> de la serie&ndash;, pero la banda de sonido &ndash;a cargo de Jean Pierre Noher&ndash; era un compendio de cl&aacute;sicos del rock de los 60 y 70: Almendra, Pescado Rabioso, Beatles, Stones, Hendrix. (Con la reglamentaci&oacute;n de derechos para plataformas, el uso de muchas de esas canciones tiene un costo demasiado alto, por eso la versi&oacute;n Netflix tendr&aacute; soundtrack original de Santiago Barrionuevo, cantante de &Eacute;l Mat&oacute; a Un Polic&iacute;a Motorizado.)&nbsp;&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Los Okupas representaban a esa generación que protagonizó el rock barrial de los 90 –con Walter como el prototipo rolinga y comic relief de la serie–, pero la banda de sonido era un compendio de clásicos del rock de los 60 y 70</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        A lo largo de sus once episodios, <em>Okupas</em> muestra los conflictos de clase de esa Argentina en el borde. Desde la primera escena, con el desalojo de una casa tomada por parte de la Polic&iacute;a Federal, hasta la historia de amor entre Ricardo y Sof&iacute;a (Rosina Soto), la ficci&oacute;n no esconde las tensiones derivadas del punto de vista de clase media desde el que est&aacute; narrada. En una escena Sof&iacute;a le dice a Ricardo, turista de la marginalidad: &ldquo;Para vos esto es como unas vacaciones raras, para m&iacute; es la vida normal&rdquo;. El mismo recorrido &ndash;el h&eacute;roe burgu&eacute;s transformado por un submundo al que no pertenece&ndash; es el que us&oacute;, en 2002, el otro director de <em>Pizza, birra, faso</em>, Adri&aacute;n Caetano, para dirigir <em>Tumberos</em>.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/af6291ee-6c16-442a-8750-a0a8327711ec_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/af6291ee-6c16-442a-8750-a0a8327711ec_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/af6291ee-6c16-442a-8750-a0a8327711ec_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/af6291ee-6c16-442a-8750-a0a8327711ec_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/af6291ee-6c16-442a-8750-a0a8327711ec_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/af6291ee-6c16-442a-8750-a0a8327711ec_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/af6291ee-6c16-442a-8750-a0a8327711ec_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="En Okupas hasta la historia de amor entre Ricardo y Sofía (Rosina Soto), la ficción no esconde las tensiones derivadas del punto de vista de clase media desde el que está narrada."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                En Okupas hasta la historia de amor entre Ricardo y Sofía (Rosina Soto), la ficción no esconde las tensiones derivadas del punto de vista de clase media desde el que está narrada.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        El a&ntilde;o pasado, en una entrevista con <a href="https://www.youtube.com/watch?v=SWO7XZ02rpI" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Caja Negra</em></a>, De la Serna hablaba de <em>Okupas</em> y del efecto que todav&iacute;a produce. &ldquo;Lamentablemente &ndash;dijo&ndash;, hasta que no cambie el paradigma que empuja a millones de personas a la marginalidad, <em>Okupas</em> seguir&aacute; vigente&rdquo;. Es tentador relacionar esa vigencia con la saga de crisis argentinas, que siempre nos entrega nuevas y deprimentes temporadas. Pero si <em>Okupas</em> trasciende hasta hoy no es tanto por haber llevado lo marginal al mainstream, sino <strong>por haber construido personajes memorables y un relato convincente</strong>. &ldquo;<em>Okupas</em> es una historia de iniciaci&oacute;n &ndash;dice Feldman&ndash;, como <em>El guardi&aacute;n en el centeno</em> de Salinger. La vigencia est&aacute; m&aacute;s dada por este periplo del h&eacute;roe, su inmersi&oacute;n en la oscuridad, el aprendizaje de la primera juventud, la constituci&oacute;n de una nueva familia, m&aacute;s que por lo estrictamente marginal&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Visto desde el presente, el viaje del personaje de De la Serna proyecta tambi&eacute;n el fade-out de una &eacute;poca por esa ciudad con cabinas verde Telef&oacute;nica, los celulares con tapita, el cigarrillo del deseo dentro de un Camel box, los fichines, las petacas, la promesa de una planta de cannabis en un bald&iacute;o secreto, antes de la llegada de los grow-shops y las semillas potenciadas. Pero esos elementos, al igual que las armas y los pasadizos de una casa que parece expandirse como el t&oacute;rax de un monstruo, son elementos accesorios del coraz&oacute;n de <em>Okupas</em>, que en definitiva es una historia de amistad, p&eacute;rdida y b&uacute;squeda del sentido. Esa pregunta que se hace Ricardo y que resuena en la cabeza de todos: para qu&eacute; carajo estamos ac&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>PP</strong></em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Plotkin]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/regreso-okupas-via-netflix-sigue-serie-culto_1_8006487.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 05 Jun 2021 03:01:49 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/774622eb-9b68-4a33-9567-adfa22922781_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="193490" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/774622eb-9b68-4a33-9567-adfa22922781_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="193490" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[El regreso de Okupas vía Netflix: por qué sigue siendo una serie de culto]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/774622eb-9b68-4a33-9567-adfa22922781_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Cultura,Crisis 2001]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Entre Frankenstein y la familia Mitchell: dos siglos de amor y terror a la máquina]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/frankenstein-familia-mitchell-siglos-amor-terror-maquina_1_7982341.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0114bb95-0361-436c-a8f1-7ec2f796d003_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Entre Frankenstein y la familia Mitchell: dos siglos de amor y terror a la máquina"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Con la humanidad en estrés sanitario, el cine y la literatura imaginan apocalipsis desatados por inteligencias artificiales hartas de todo. Y, de paso, abordan las dificultades de llevar adelante a las familias y a los vínculos.</p></div><p class="article-text">
        Un d&iacute;a de estos, las m&aacute;quinas se van a encargar de nosotros. Lo sabe la anciana yoguini que abre la temporada 2 de <em>Love, Death &amp; Robots</em> y lo saben los protagonistas de <em>La familia Mitchell vs. las m&aacute;quinas</em> (ambas en <strong>Netflix</strong>). Mientras la humanidad se arrastra por la meseta alta del estr&eacute;s sanitario, la ficci&oacute;n abraza a los viejos robots como chivos de un colapso menos deprimente: una aspiradora que se sale de control en un geri&aacute;trico futurista o un sistema de inteligencia artificial &ndash;una especie de Siri con trastorno pasivo-agresivo&ndash; que se rebela contra su obsolescencia y expulsa al homo sapiens de la Tierra.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/68b9bed8-d497-48d9-b46e-c27faaa3e3a4_source-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/68b9bed8-d497-48d9-b46e-c27faaa3e3a4_source-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/68b9bed8-d497-48d9-b46e-c27faaa3e3a4_source-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/68b9bed8-d497-48d9-b46e-c27faaa3e3a4_source-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/68b9bed8-d497-48d9-b46e-c27faaa3e3a4_source-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/68b9bed8-d497-48d9-b46e-c27faaa3e3a4_source-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/68b9bed8-d497-48d9-b46e-c27faaa3e3a4_source-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Los Mitchell contra las máquinas cuenta la lucha de una familia de clase media norteamericana contra la rebelión de la Inteligencia Artificial"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Los Mitchell contra las máquinas cuenta la lucha de una familia de clase media norteamericana contra la rebelión de la Inteligencia Artificial                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        En 1942, en su cuento &ldquo;C&iacute;rculo vicioso&rdquo;, <strong>Isaac Asimov</strong> defini&oacute; por primera vez las Tres Leyes de la Rob&oacute;tica, un estatuto codificado &ldquo;en el cerebro positr&oacute;nico&rdquo; de las m&aacute;quinas que ordenar&iacute;a filos&oacute;ficamente el resto de su obra &ndash;sobre todo la colecci&oacute;n de relatos <em>Yo, robot</em> (1950)&ndash; y que servir&iacute;a de inspiraci&oacute;n para los debates &eacute;ticos alrededor de la inteligencia artificial. Primera Ley: Un robot no puede hacer da&ntilde;o a un ser humano o, por medio de la inacci&oacute;n, permitir que un ser humano sea lesionado. Segunda Ley: Un robot debe obedecer las &oacute;rdenes recibidas por los seres humanos excepto que estas &oacute;rdenes entren en conflicto con la Primera Ley. Tercera Ley: Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protecci&oacute;n no sea incompatible con la Primera o la Segunda Ley.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/61e9da3a-1802-4030-8244-62874e05beac_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/61e9da3a-1802-4030-8244-62874e05beac_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/61e9da3a-1802-4030-8244-62874e05beac_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/61e9da3a-1802-4030-8244-62874e05beac_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/61e9da3a-1802-4030-8244-62874e05beac_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/61e9da3a-1802-4030-8244-62874e05beac_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/61e9da3a-1802-4030-8244-62874e05beac_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="El escritor Isaac Asimov definió por primera vez las Tres Leyes de la Robótica, un estatuto codificado “en el cerebro positrónico” de las máquinas que ordenaría filosóficamente el resto de su obra"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                El escritor Isaac Asimov definió por primera vez las Tres Leyes de la Robótica, un estatuto codificado “en el cerebro positrónico” de las máquinas que ordenaría filosóficamente el resto de su obra                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        La ventaja de esas reglas era que engendraban toda clase de paradojas, dilemas y posibilidades narrativas. &iquest;Un robot siempre estar&aacute; en condiciones de determinar el grado de peligro en el que se encuentra un humano? &iquest;Qu&eacute; pasa cuando la integridad de una persona depende, por ejemplo, de la muerte de otra? &iquest;Qu&eacute; habr&iacute;a hecho, en aquel 1942, un robot obediente de las Tres Leyes si quedaba mano a mano con Hitler? (D&eacute;cadas m&aacute;s tarde, el autor introdujo la llamada &ldquo;Ley Cero&rdquo;, que antepon&iacute;a el bien com&uacute;n: Un robot no har&aacute; da&ntilde;o a la Humanidad o, por inacci&oacute;n, permitir&aacute; que la Humanidad sufra da&ntilde;o.) M&aacute;s all&aacute; de esas encrucijadas morales, <strong>Asimov buscaba reinventar nuestra relaci&oacute;n psicol&oacute;gica con las m&aacute;quinas, separ&aacute;ndose de la esencia tecnof&oacute;bica que mov&iacute;a a la ciencia ficci&oacute;n desde su mism&iacute;simo origen. Lo que &eacute;l llam&oacute; &ldquo;el complejo de Frankenstein&rdquo;.&nbsp;&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        La historia es muy conocida pero nunca est&aacute; de m&aacute;s honrar la grandeza. Durante el invierno volc&aacute;nico de 1816, despu&eacute;s de la erupci&oacute;n del Tambora que dej&oacute; sin verano a Europa, Mary Shelley y su marido, el poeta Percy Shelley, visitaron a su amigo Lord Byron en Villa Diodati, Suiza. Inspirado en una antolog&iacute;a alemana de cuentos de fantasmas que acababa de leer, Byron desafi&oacute; a sus hu&eacute;spedes &ndash;estaba, adem&aacute;s, el m&eacute;dico John Polidori&ndash; a que escribieran una historia sobrenatural. Polidori respondi&oacute; al reto con la novela <em>El vampiro</em>, que fue la inspiraci&oacute;n para el <em>Dr&aacute;cula </em>de Bram Stoker e invent&oacute; todo un subg&eacute;nero. Mary bosquej&oacute; la idea de <em>Frankenstein o el moderno Prometeo</em>, que desarroll&oacute; en los a&ntilde;os siguientes y fund&oacute; la ciencia ficci&oacute;n (como se ve, el <em>challenge</em> de Byron result&oacute; de lo m&aacute;s productivo). La historia no sali&oacute; de la nada: la electricidad era entonces una energ&iacute;a misteriosa que algunos cient&iacute;ficos de vanguardia utilizaban para la experimentaci&oacute;n con cad&aacute;veres. En Europa, la Revoluci&oacute;n Industrial alumbrara ilusiones y terrores nuevos: la idea del hombre forzando las leyes de la naturaleza en busca del poder divino. El Dr. Victor Frankenstein encarnaba esa ambici&oacute;n y su monstruo, seducido y abandonado, era el mensajero que castigar&iacute;a a la humanidad por su omnipotencia.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Durante los dos siglos posteriores, <em><strong>Frankenstein</strong></em><strong> sobrevivi&oacute; como la huella primordial para representar el horror desencadenado por la m&aacute;quina</strong> &ndash;de <em>Terminator</em> a <em>Matrix</em>&ndash; y tambi&eacute;n los dilemas filos&oacute;ficos respecto del poder que implica fabricar vida. Philip K. Dick expuso esas indagaciones como pocos en, por ejemplo, su novela corta de 1968 <em>&iquest;Sue&ntilde;an los androides con ovejas el&eacute;ctricas?</em>, que en 1982 tuvo su adaptaci&oacute;n libre y &eacute;pica en la <em>Blade Runner </em>de Ridley Scott: la humanidad se exilia de una Tierra radiactiva mientras los &uacute;ltimos androides que sobreviven son perseguidos por cazadores de elite. En los comienzos de la revoluci&oacute;n inform&aacute;tica (el 68 fue tambi&eacute;n el a&ntilde;o en que naci&oacute; el lenguaje de programaci&oacute;n LOGO), Dick exploraba el l&iacute;mite entre lo humano y lo artificial, e imaginaba las capas de conciencia que pueden desarrollar otras formas de inteligencia.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/90a44480-3411-4639-ab24-420e9b2d5aff_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/90a44480-3411-4639-ab24-420e9b2d5aff_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/90a44480-3411-4639-ab24-420e9b2d5aff_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/90a44480-3411-4639-ab24-420e9b2d5aff_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/90a44480-3411-4639-ab24-420e9b2d5aff_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/90a44480-3411-4639-ab24-420e9b2d5aff_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/90a44480-3411-4639-ab24-420e9b2d5aff_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Philip K. Dick expuso esas indagaciones como pocos en, por ejemplo, su novela corta de 1968 ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que en 1982 tuvo su adaptación libre y épica en la Blade Runner de Ridley Scott."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Philip K. Dick expuso esas indagaciones como pocos en, por ejemplo, su novela corta de 1968 ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que en 1982 tuvo su adaptación libre y épica en la Blade Runner de Ridley Scott.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Por dist&oacute;picos o ut&oacute;picos que resulten los escenarios que modela, la ciencia ficci&oacute;n siempre nos est&aacute; hablando de ambiciones y ansiedades contempor&aacute;neas. Volviendo al presente, <em>La familia Mitchell vs. las m&aacute;quinas</em> es el apocalipsis robot en clave de comedia, un reflejo centennial y desfachatado del complejo de Frankenstein, pero adem&aacute;s es una historia sobre lo complicado que es llevar adelante una familia en este tiempo y de c&oacute;mo internet transform&oacute; todas nuestras relaciones.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">
Por distópicos o utópicos que resulten los escenarios que modela, la ciencia ficción siempre nos está hablando de ambiciones y ansiedades contemporáneas.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        La serie <em>Love, Death &amp; Robots</em> tambi&eacute;n aborda, en algunos de sus relatos, el tema de la rebeli&oacute;n de la m&aacute;quina, pero lo m&aacute;s interesante ocurre <strong>cuando se asoma a esa frontera borrosa de lo humano que tanto obsesionaba a Dick</strong>. El mejor de los episodios de la temporada 2 es el &uacute;ltimo, &ldquo;El gigante ahogado&rdquo;, que se sale totalmente de la ciencia ficci&oacute;n para encallar en el g&eacute;nero fant&aacute;stico. Basado en un cuento de J.G. Ballard, el corto narra la aparici&oacute;n de un cad&aacute;ver colosal en una playa remota, y c&oacute;mo los pobladores toman posesi&oacute;n del cuerpo, pasando de la fascinaci&oacute;n al acostumbramiento, de la contemplaci&oacute;n a la profanaci&oacute;n. El narrador de la historia &ndash;un cient&iacute;fico magnetizado por el gigante&ndash; es la voz l&iacute;rica que sigue el proceso de descomposici&oacute;n y mutilaci&oacute;n. Mientras los restos reaparecen como trofeos en distintas partes del pueblo &ndash;un f&eacute;mur en la marquesina de una carnicer&iacute;a, el cr&aacute;neo al costado de un granero&ndash;, el narrador se hace preguntas sobre el vac&iacute;o, la permanencia y el misterio de lo real.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/0d1842ce-fd68-4d81-b1ca-46a888b5fd6c_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/0d1842ce-fd68-4d81-b1ca-46a888b5fd6c_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/0d1842ce-fd68-4d81-b1ca-46a888b5fd6c_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/0d1842ce-fd68-4d81-b1ca-46a888b5fd6c_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/0d1842ce-fd68-4d81-b1ca-46a888b5fd6c_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/0d1842ce-fd68-4d81-b1ca-46a888b5fd6c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/0d1842ce-fd68-4d81-b1ca-46a888b5fd6c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Love, Death &amp; Robots, otro de los estrenos durante la pandemia"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Love, Death &amp; Robots, otro de los estrenos durante la pandemia                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Estos estrenos en las plataformas de streaming son s&iacute;ntomas de una &eacute;poca en que la ciencia ficci&oacute;n se volvi&oacute; parte central de la conversaci&oacute;n p&uacute;blica. En literatura, autores como <strong>Michel Houellebecq</strong>, <strong>Ian McEwan</strong> o el Nobel<strong> Kazuo Ishiguro</strong> acercaron el g&eacute;nero a un p&uacute;blico que se sent&iacute;a incapaz de leer historias con robots o mutantes. En la primera d&eacute;cada de este siglo, Houellebecq e Ishiguro exploraron la clonaci&oacute;n y la neohumanidad en dos distop&iacute;as muy diferentes: la c&iacute;nica <em>La posibilidad de una isla</em> y la rom&aacute;ntica <em>Nunca me abandones</em>. En 2019, McEwan abord&oacute; el tema de la inteligencia artificial en <em>M&aacute;quinas como yo</em>, donde una edici&oacute;n limitada de humanoides altera las relaciones afectivas de los protagonistas. En este caso, la amenaza del robot surge de su c&oacute;digo moral intransigente. La m&aacute;quina ama, goza, se resiente, pero es incapaz de transgredir las normas, lo cual complica horriblemente la vida de sus due&ntilde;os.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Estos estrenos en las plataformas de streaming son síntomas de una época en que la ciencia ficción se volvió parte central de la conversación pública.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Ishiguro, a su vez, public&oacute; este a&ntilde;o la novela <em>Klara y el sol</em>, que conecta con la inolvidable <em>Nunca me abandones</em>. La narradora de la historia es Klara, un ejemplar de la l&iacute;nea de robots Amigos Artificiales, dise&ntilde;ados para acompa&ntilde;ar a los adolescentes que se educan en sus casas a trav&eacute;s de pantallas. En ese futuro cercano o presente corrido, los trabajadores de elite fueron reemplazados por sustitutos tecnol&oacute;gicos y una loter&iacute;a siniestra designa a ni&ntilde;os y ni&ntilde;as para un proceso de mejoramiento gen&eacute;tico y ventajas formativas. Desoladoras y a la vez luminosas,<strong> las distop&iacute;as de Ishiguro hablan del amor condenado a la p&eacute;rdida, de los da&ntilde;os colaterales de toda transformaci&oacute;n, de un mundo dividido entre salvados y expulsados</strong>. M&aacute;s cerca del Bradbury de &ldquo;Canto el cuerpo el&eacute;ctrico&rdquo;, el robot a energ&iacute;a solar de Ishiguro no es una amenaza, sino la encarnaci&oacute;n de una conciencia mec&aacute;nica que nos invita a preguntarnos qu&eacute; es lo que nos define como humanos. En una escena, una vecina le dice a Klara: &ldquo;Uno nunca sabe c&oacute;mo saludar a una invitada como t&uacute;. Despu&eacute;s de todo, &iquest;eres siquiera una invitada? &iquest;O te trato como a una aspiradora?&rdquo; Muy lejos de ah&iacute;, desde el geri&aacute;trico hi-tech de <em>Love, Death &amp; Robots</em>, la aspiradora asesina podr&iacute;a citar la advertencia de la criatura de Frankenstein: &ldquo;Si no puedo inspirar amor, provocar&eacute; terror&rdquo;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>PP</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Plotkin]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/frankenstein-familia-mitchell-siglos-amor-terror-maquina_1_7982341.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 29 May 2021 03:02:43 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/0114bb95-0361-436c-a8f1-7ec2f796d003_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="13873" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/0114bb95-0361-436c-a8f1-7ec2f796d003_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="13873" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Entre Frankenstein y la familia Mitchell: dos siglos de amor y terror a la máquina]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/0114bb95-0361-436c-a8f1-7ec2f796d003_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Inteligencia Artificial,Netflix,Isaac Asimov]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Isha Escribano, influencer espiritual: "Hice un esfuerzo sobrehumano por pertenecer y no funcionó"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/isha-escribano-influencer-espiritual-hice-esfuerzo-sobrehumano-pertenecer-no-funciono_130_7352967.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/18da371c-ed6d-482e-8c35-7edabf85f5fc_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Isha Escribano, influencer espiritual: &quot;Hice un esfuerzo sobrehumano por pertenecer y no funcionó&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Creció en una familia marcada por el periodismo y la política encarnada en la figura de su padre, José Claudio Escribano. A los tres años empezó a vestirse de nena, pero le llevó toda la vida abrazar su identidad de género. Convertida en coach de meditación vía Instagram, revisa una historia de privilegios, angustia y renacimiento.</p></div><p class="article-text">
        A los 15 a&ntilde;os le dieron la extremaunci&oacute;n en una cama del Cemic. Sobrevivi&oacute;, pero durante mucho tiempo solo deseaba morir. Cada ma&ntilde;ana, al despertar, pensaba en dos opciones: desayuno o me suicido.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es dif&iacute;cil conectar esos escombros humanos con esta mujer radiante y segura de s&iacute; misma que nos recibe en una casa de estilo racionalista en un barrio privado del Tigre y que todos los atardeceres de pandemia gu&iacute;a meditaciones desde su cuenta de Instagram. Pas&oacute; m&aacute;s de un a&ntilde;o desde que<strong> la nueva identidad de g&eacute;nero de Isha Escribano cobr&oacute; notoriedad p&uacute;blica</strong>, al recibir el DNI con rectificaci&oacute;n de g&eacute;nero n&uacute;mero 9000 de manos del presidente Alberto Fern&aacute;ndez.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/ba9441d8-dee8-46bf-a0f2-defd9eaf6a51_9-16-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/ba9441d8-dee8-46bf-a0f2-defd9eaf6a51_9-16-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/ba9441d8-dee8-46bf-a0f2-defd9eaf6a51_9-16-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/ba9441d8-dee8-46bf-a0f2-defd9eaf6a51_9-16-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/ba9441d8-dee8-46bf-a0f2-defd9eaf6a51_9-16-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/ba9441d8-dee8-46bf-a0f2-defd9eaf6a51_9-16-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/ba9441d8-dee8-46bf-a0f2-defd9eaf6a51_9-16-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Isha Escribano"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Isha Escribano                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        La casa no es de ella. Se la prest&oacute; un amigo para que pudiera avanzar en el borrador de su primer libro. Tampoco es de ella Bora, un mestizo de 40 kilos que demanda atenci&oacute;n con una tenacidad invencible. Al comienzo de su estad&iacute;a en esta casa, cuando su vecino sal&iacute;a a trabajar, los aullidos de Bora al otro lado del cerco le imped&iacute;an concentrarse, as&iacute; que le propuso cuidar al perro durante las horas que &eacute;l no estuviera.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Nos hacemos compa&ntilde;&iacute;a mutua, y ya no llora&rdquo;, dice Isha. &ldquo;Win win&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Debe dejar la casa en pocos d&iacute;as, y nos dice que tiene algo as&iacute; como un 25% del libro escrito. Para contar de qu&eacute; se trata, retrocede al momento en que termin&oacute; el secundario y, a instancias de sus padres, comenz&oacute; a ver a un psiquiatra por una depresi&oacute;n. Isha cita el discurso del Pr&iacute;ncipe Rama, del libro <em>Yoga Vasishtha</em>, otra de las pasiones de esta mujer multivocacional que es m&eacute;dica, m&uacute;sica y coach espiritual. &ldquo;Es sobre un pr&iacute;ncipe de 16 a&ntilde;os, el hijo del rey, que vuelve de un viaje y se pregunta sobre el sentido de todo, de qu&eacute; sirve todo ese poder, tanta riqueza. En la Corte se piensa que el chico est&aacute; deprimido, pero entonces vienen los sabios, Vishvamitra y Vasishtha, y dicen: &lsquo;No, no est&aacute; deprimido, ese chico se est&aacute; iluminando&rsquo;&rdquo;. Para volver a ese momento oscuro de su biograf&iacute;a, Isha dice algo similar: &ldquo;<strong>En retrospectiva, me doy cuenta de que no estaba deprimida: me estaba despertando&rdquo;.&nbsp;</strong>
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b921a632-8d04-48ad-8e6a-bb2e00ca26af_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b921a632-8d04-48ad-8e6a-bb2e00ca26af_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b921a632-8d04-48ad-8e6a-bb2e00ca26af_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b921a632-8d04-48ad-8e6a-bb2e00ca26af_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b921a632-8d04-48ad-8e6a-bb2e00ca26af_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b921a632-8d04-48ad-8e6a-bb2e00ca26af_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/b921a632-8d04-48ad-8e6a-bb2e00ca26af_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Isha Escribano"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Isha Escribano                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Su historia empieza el 10 de marzo de 1969, cuando nace en un sanatorio de Pergamino, provincia de Buenos Aires, en una ces&aacute;rea a cargo de su abuelo materno, m&eacute;dico obstetra. Fue el primog&eacute;nito de Jos&eacute; Claudio Escribano, ex secretario general de Redacci&oacute;n de <em>La Naci&oacute;n</em>. Durante cinco d&eacute;cadas, en la era imperial del periodismo gr&aacute;fico, Escribano encarn&oacute; la influencia pol&iacute;tica de <em>La Naci&oacute;n </em>como ning&uacute;n otro hombre, y la leyenda de su liderazgo implacable todav&iacute;a flota en las oficinas del diario. Es un tipo de figura period&iacute;stica que ya no existe, de un poder dif&iacute;cil de medir desde el presente. <strong>Isha creci&oacute; bajo la mirada de ese padre ilustre y poderoso, en el seno de una familia tradicional, y a los tres a&ntilde;os, en ese departamento de Recoleta por el que desfilaban personajes eminentes de la pol&iacute;tica y la cultura, se visti&oacute; por primera vez de mujer frente al espejo del ba&ntilde;o de servicio.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de un par de a&ntilde;os en la escuela p&uacute;blica, pas&oacute; al Colegio del Salvador, una tradicional instituci&oacute;n cat&oacute;lica para varones. &ldquo;No me han abusado f&iacute;sicamente, pero s&iacute; puedo decir que me han abusado emocionalmente &ndash;dice&ndash;. A los ocho a&ntilde;os ve&iacute;a en el manual una p&aacute;gina doble con la ilustraci&oacute;n de un hombre en llamas que dec&iacute;a: &lsquo;Si crees te salvas, y si no crees vas a arder en el Infierno&rsquo;. Eso, a una persona de ocho a&ntilde;os, le hace mucho da&ntilde;o, es el miedo enquistado en tu conciencia que no lav&aacute;s ni con toda el agua del oc&eacute;ano.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        En la adolescencia tuvo problemas serios de disciplina. &ldquo;Ten&iacute;a mucha agresi&oacute;n, mucha violencia. A un nivel casi zarpado te dir&iacute;a. No me enorgullezco.&rdquo; Finaliz&oacute; el segundo a&ntilde;o con un Regular en Conducta. Si al a&ntilde;o siguiente no obten&iacute;a al menos un Bueno, tendr&iacute;a que irse. Pero en el invierno de ese tercer a&ntilde;o, a sus 15, se levant&oacute; una ma&ntilde;ana con un terrible dolor en la pierna izquierda. Hacia la noche ten&iacute;a 40 grados de fiebre y todo termin&oacute; con un mes de internaci&oacute;n en el Cemic: un absceso sacroil&iacute;aco que se complic&oacute; hasta hacer peligrar su vida. &ldquo;Los curas [del colegio] vinieron a darme la extremaunci&oacute;n porque me estaba muriendo &ndash;cuenta Isha&ndash;. Y despu&eacute;s de eso medio que tuvieron piedad de m&iacute;. A mis dos mejores amigos los echaron; yo zaf&eacute; por eso y &ndash;peque&ntilde;o detalle&ndash; porque mi pap&aacute; era director de <em>La Naci&oacute;n</em>, y en cualquier &aacute;mbito donde vayas estas cosas tienen peso. <strong>El episodio te habla del estr&eacute;s que ten&iacute;a yo a los quince a&ntilde;os. La no contenci&oacute;n. El mundo era hostil, la sensaci&oacute;n era que me estaban bombardeando y no ten&iacute;a adonde ir.</strong> Mucha sensaci&oacute;n de orfandad.&rdquo;&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/7071d6a5-cc16-4dfb-9627-a7283ee8933b_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/7071d6a5-cc16-4dfb-9627-a7283ee8933b_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/7071d6a5-cc16-4dfb-9627-a7283ee8933b_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/7071d6a5-cc16-4dfb-9627-a7283ee8933b_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/7071d6a5-cc16-4dfb-9627-a7283ee8933b_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/7071d6a5-cc16-4dfb-9627-a7283ee8933b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/7071d6a5-cc16-4dfb-9627-a7283ee8933b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Isha Escribano"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Isha Escribano                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Al terminar el secundario, el psiquiatra le prescribi&oacute; ansiol&iacute;ticos y antidepresivos que tom&oacute; durante un a&ntilde;o y medio. Sin saber qu&eacute; hacer de su vida, se anot&oacute; en Medicina en la Universidad de Buenos Aires. La decisi&oacute;n implicaba un acto de apertura pero tambi&eacute;n la ratificaci&oacute;n de un mandato: estudiar una carrera <em>seria</em>. &ldquo;Creo que sent&iacute; que as&iacute; iba a ganar reconocimiento, aceptaci&oacute;n, amor, seguridad, y de a poco me fui haciendo grupos. La carrera fue divertida en ese sentido, me pel&eacute; el traste, pero una vez que agarr&eacute; ritmo fue simple.&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Su principal refugio era la m&uacute;sica, y el origen de este v&iacute;nculo estuvo mediado, como muchas otras cosas en su vida, por las redes del periodismo: <strong>a los 10 hab&iacute;a empezado a aprender guitarra con una de las hijas de Magdalena Ruiz Gui&ntilde;az&uacute;, Alejandra, que viv&iacute;a a un par de cuadras del departamento de los Escribano, ubicado en Guido y Montevideo.</strong> Rita, su madre, escuchaba folclore, m&uacute;sica cl&aacute;sica, jazz, los Beatles, y los discos fueron su primer salvavidas. Tambi&eacute;n los viajes. Mientras hac&iacute;a la carrera, todos los veranos se iba a dedo a la Patagonia. &ldquo;En esa inmensidad &ndash;dice&ndash; empec&eacute; a sentir una conexi&oacute;n mayor con algo interno.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        En 1992, durante un viaje a Boston para estudiar ingl&eacute;s, conoci&oacute; a Sofia, una chica norteamericana de la que se enamor&oacute;. Al a&ntilde;o siguiente, cuando termin&oacute; Medicina y mientras sus compa&ntilde;eros luchaban por obtener una residencia en alg&uacute;n hospital, se fue a vivir a Boston con ella. <strong>Se quer&iacute;an mucho, pero Isha esperaba el momento de que su novia dejara la casa para ir a las tiendas, comprar ropa de mujer y volver para montarse frente al espejo, en soledad. &ldquo;No ten&iacute;a idea qu&eacute; era lo que me pasaba. &iexcl;No ten&iacute;a internet todav&iacute;a!&rdquo;</strong>
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Isha esperaba el momento de que su novia dejara la casa para ir a las tiendas, comprar ropa de mujer y volver para montarse frente al espejo, en soledad. “No tenía idea qué era lo que me pasaba. ¡No tenía internet todavía!”</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Convivieron un a&ntilde;o y medio en Boston y otro a&ntilde;o y medio en Buenos Aires, pero Isha, dice hoy, tuvo que &ldquo;dejarla ir&rdquo;. <strong>&ldquo;Sab&iacute;a que mi destino no era la casa con los dos perros, los chiquitos rubios y el auto </strong><em><strong>station-wagon</strong></em><strong>. Lo sab&iacute;a, aunque no lo pod&iacute;a verbalizar.&rdquo;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Lo pudo verbalizar a los 28, despu&eacute;s de diez a&ntilde;os de sesiones, frente a su psiquiatra, que le sugiri&oacute; que le diera espacio a lo que le pasaba. Vestirse de mujer siempre le hab&iacute;a provocado una excitaci&oacute;n en la soledad de su casa, y ahora prob&oacute; la noche queer de Buenos Aires: El Morocco, Am&eacute;rica. Pero le daba p&aacute;nico encontrarse con alguien conocido. Se sent&iacute;a m&aacute;s libre fuera del pa&iacute;s. &ldquo;Nueva York, Miami, Fort Lauderdale, Frankfurt, Los &Aacute;ngeles, Londres&hellip; Todo lo que esperaba era fin de a&ntilde;o para irme al exterior, comprarme ropa y make-up, salir dos o tres noches y despu&eacute;s tirar todas esas valijas con culpa, con asco, diciendo que no lo iba a hacer nunca m&aacute;s. Aun as&iacute;, era una excitaci&oacute;n tremenda. Despu&eacute;s, cuando empec&eacute; mi camino espiritual a mis 32, 33, pasaron otras cosas: me hice vegana, dej&eacute; de tomar alcohol. Antes tomaba un mont&oacute;n de whisky para ganar coraje y salir. Pero cuando llegaba a esos lugares y ve&iacute;a a todas estas personas &ndash;transexuales, drag queens, crossdressers&ndash;, me daba rechazo porque yo me rechazaba a m&iacute;, no me aceptaba, no me amaba como lo que soy. Fue una vida para poder amarme y aceptarme.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        La figura de su padre, de su familia y del diario <em>La Naci&oacute;n</em> &ndash;en donde sirvieron tambi&eacute;n el t&iacute;o abuelo y el bisabuelo de Isha&ndash; aparecen de manera recurrente en la conversaci&oacute;n. Durante su infancia y juventud, la impronta poderosa de Jos&eacute; Claudio &ndash;modelada con precisi&oacute;n en el libro <em>Escribano: 60 a&ntilde;os de poder y periodismo en La Naci&oacute;n</em>, de Hugo Caligaris y Encarnaci&oacute;n Ezcurra&ndash; ten&iacute;a un correlato ambiguo en casa. <strong>&ldquo;A mi pap&aacute; lo ve&iacute;a como un hombre s&uacute;per fuerte, s&uacute;per poderoso. Era el m&aacute;s importante, el que todo lo pod&iacute;a, pero a la vez ten&iacute;a una visi&oacute;n puertas adentro que no ten&iacute;a nada que ver con el personaje p&uacute;blico. Y con respecto a </strong><em><strong>La Naci&oacute;n</strong></em><strong>, era una cosa fuerte, r&iacute;gida, hab&iacute;a amor y odio, porque tambi&eacute;n me quit&oacute; a mi pap&aacute;. Mi pap&aacute; estaba todo el tiempo all&aacute;, lo m&aacute;s importante para &eacute;l era eso&rdquo;.&nbsp;</strong>
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/13fadb34-374f-4b34-86bf-5fa30d4d142a_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/13fadb34-374f-4b34-86bf-5fa30d4d142a_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/13fadb34-374f-4b34-86bf-5fa30d4d142a_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/13fadb34-374f-4b34-86bf-5fa30d4d142a_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/13fadb34-374f-4b34-86bf-5fa30d4d142a_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/13fadb34-374f-4b34-86bf-5fa30d4d142a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/13fadb34-374f-4b34-86bf-5fa30d4d142a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Isha Escribano"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Isha Escribano                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Por supuesto, la posici&oacute;n del padre tambi&eacute;n implicaba privilegios para Isha y sus tres hermanas menores. &ldquo;Yo tuve una bendici&oacute;n muy grande. Ven&iacute;a Gilberto Gil, cantaba en el Col&oacute;n y ten&iacute;a fila 4 al medio para escuchar a alguien que amo. Y as&iacute; con lo que sea. Y eso que mi viejo &ndash;y eso es algo muy hermoso de &eacute;l&ndash; nunca fue una persona de andar bardeando, era muy perfil bajo, muy discreto con la posici&oacute;n que &eacute;l ten&iacute;a respecto del poder. Eso nos lo inculcaron, y creo que en mi casa fuimos hasta tontas, con mis hermanas, de no haber aprovechado un poco m&aacute;s.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        El Viernes Santo de 2019, cuando ya hab&iacute;a comenzado el tratamiento hormonal, Isha le dijo a su padre que necesitaba verlo. La relaci&oacute;n siempre hab&iacute;a sido conflictiva, y no se hablaban desde diciembre. &ldquo;No quer&iacute;a que se enterase por otra persona. Yo ten&iacute;a una cirug&iacute;a de feminizaci&oacute;n facial que se ven&iacute;a, y eso iba a cambiar todo &ndash;recuerda&ndash;. &Eacute;l no me quer&iacute;a ver, pero le dije que ten&iacute;a un deadline, y que era importante. Me cit&oacute; en la plaza detr&aacute;s del Museo de Bellas Artes. Nos sentamos ah&iacute;. <strong>Le pude contar toda mi historia, todo lo que no le hab&iacute;a podido decir nunca, y el cap&iacute;tulo 45 era sobre mi transici&oacute;n de g&eacute;nero, algo que hab&iacute;a empezado a mis tres a&ntilde;os. Todo el tiempo le dec&iacute;a &lsquo;&iquest;Sent&iacute;s que te estoy hablando con odio?&rsquo; &lsquo;No&rsquo;. &lsquo;&iquest;Quer&eacute;s seguir escuchando?&rsquo; &lsquo;S&iacute;&rsquo;. Al final me abraz&oacute;, me dese&oacute; suerte y nunca m&aacute;s lo vi.</strong>&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        El resto de su familia tampoco volvi&oacute; a hablarle.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/40728383-b0f5-4660-900d-4f325faecf6e_9-16-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/40728383-b0f5-4660-900d-4f325faecf6e_9-16-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/40728383-b0f5-4660-900d-4f325faecf6e_9-16-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/40728383-b0f5-4660-900d-4f325faecf6e_9-16-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/40728383-b0f5-4660-900d-4f325faecf6e_9-16-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/40728383-b0f5-4660-900d-4f325faecf6e_9-16-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/40728383-b0f5-4660-900d-4f325faecf6e_9-16-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Isha Escribano"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Isha Escribano                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        La historia tiene otro comienzo posible: el 13 de febrero de 2020.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Esto es un canto a la vida, lo que est&aacute; pasando en este instante&rdquo;, dec&iacute;a Isha Escribano esa ma&ntilde;ana c&aacute;lida pre pand&eacute;mica, en un acto concurrido por m&aacute;s de cien personas y televisado por medios nacionales. &ldquo;Nos une algo muy fuerte&rdquo;, dijo, dirigi&eacute;ndose en especial a representantes del colectivo trans. &ldquo;Lo que nos cost&oacute; llegar hasta ac&aacute;... A mucha gente le resulto una provocaci&oacute;n por el mero hecho de existir, y no se me valora por lo que le aporto a la sociedad sino por mi condici&oacute;n de g&eacute;nero.&rdquo; A su lado se acomodaban un presidente y dos ministros: Alberto Fern&aacute;ndez, Eduardo &ldquo;Wado&rdquo; de Pedro y Elizabeth G&oacute;mez Alcorta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La resonancia pol&iacute;tica de la escena era innegable. En 2003, Alberto Fern&aacute;ndez organiz&oacute; en su departamento una reuni&oacute;n entre el futuro presidente N&eacute;stor Kirchner y Jos&eacute; Claudio Escribano para acercar posiciones. Seg&uacute;n reconstruye el libro de Caligaris y Ezcurra, el encuentro fue de lo m&aacute;s cordial, pero el efecto no fue el que buscaba quien ser&iacute;a jefe de Gabinete del primer kirchnerismo. El 15 de mayo, Escribano public&oacute; un recordado editorial en el que le auguraba un a&ntilde;o de vida al nuevo gobierno. Tres d&iacute;as despu&eacute;s, la flamante c&uacute;pula dej&oacute; correr su versi&oacute;n del encuentro (versi&oacute;n que Escribano niega), seg&uacute;n la cual el subdirector hab&iacute;a ido con una lista de exigencias que pretend&iacute;an condicionar la agenda pol&iacute;tica del gobierno entrante. Para el kirchnerismo germinal, el ep&iacute;tome de <em>La Naci&oacute;n</em> fue el primer adversario medi&aacute;tico a nivel nacional. Antes que Magnetto, antes que Clar&iacute;n, antes que el poder pol&iacute;tico acu&ntilde;ara y derramara expresiones como <em>medios hegem&oacute;nicos</em> o <em>poderes f&aacute;cticos. </em>El encono original fue con Escribano.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>El hecho de que ahora el propio Fern&aacute;ndez le entregara el documento de rectificaci&oacute;n de g&eacute;nero a Isha era una par&aacute;bola pol&iacute;tica casi surrealista.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</strong>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Isha hab&iacute;a conocido a Wado de Pedro en uno de los talleres que coordinaba en el Arte de Vivir, la fundaci&oacute;n liderada por Sri Sri Ravi Shankar que ayud&oacute; a instalar en Argentina. Seg&uacute;n su relato, cuando su ex alumno convertido en ministro del Interior supo de su transici&oacute;n, le escribi&oacute; para enviarle un mensaje de apoyo. &ldquo;Un d&iacute;a lo fui a visitar a la Rosada y me dijo: &lsquo;Si quer&eacute;s te acompa&ntilde;o al Renaper a iniciar el tr&aacute;mite del DNI&rsquo;. Despu&eacute;s me dijo: &lsquo;Si quer&eacute;s, en una semana, cuando te lo den, hacemos un peque&ntilde;o acto en la Casa Rosada, en una salita que tiene el Ministerio del Interior&rsquo;&rdquo;. Tras algunos idas y vueltas protocolares sobre la lista de invitados, Isha recibi&oacute; un llamado de De Pedro la noche anterior al acto:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Me acaba de llamar el Presidente. Me dice que se enter&oacute; del acto y que le encantar&iacute;a estar; siempre y cuando vos quieras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Obviamente &ndash;le dijo Isha al ministro&ndash;. Tiene que estar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash;&iquest;Eras consciente del peso simb&oacute;lico de ese acto: un presidente peronista, un adversario pol&iacute;tico de tu familia, entreg&aacute;ndote tu DNI de cambio de g&eacute;nero?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Si, obviamente. Entre la inocencia y la inteligencia hay un lindo punto de equilibrio. Pero m&aacute;s all&aacute; de si hubo una revancha o alguna cosa, o si al partido le conviene porque promulgaron la ley, lo que te puedo asegurar es que, esa ma&ntilde;ana, la bandera que flame&oacute; en ese sal&oacute;n de actos era la bandera del amor.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash;&iquest;No sentiste que el Gobierno se lo estaba haciendo a tu viejo?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash;No, nunca lo sent&iacute; as&iacute;. Y entiendo que el periodismo&hellip; Es interesante la mente de los periodistas. C&oacute;mo el periodismo est&aacute; tan en la mente, y no puede conectarse con algo de amor. Es incre&iacute;ble. Ponele que hubo algo de eso&hellip; Es como en el amor y la lujuria: el amor tiene 2% de la lujuria y la lujuria tiene 2% de amor. Yo creo que ac&aacute; hubo un 2% de eso que dec&iacute;s, pero si algo perme&oacute; fue el amor.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash;Se entiende, aunque del lado pol&iacute;tico es dif&iacute;cil que haya sido un gesto inocente.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Obvio. De todas formas, mi familia no me hablaba desde hac&iacute;a un a&ntilde;o. Para ellos puede ser un buen argumento para no verme m&aacute;s. Pero me encant&oacute; tambi&eacute;n mi acto de libertad. As&iacute; como yo tuve que ir a un mont&oacute;n de actos de mi viejo en la Embajada de Francia, saludar a presidentes que no quiero ni mencionar sin que nadie me preguntara si estaba de acuerdo, yo tambi&eacute;n ahora tengo la libertad de ir a un acto hecho por kirchneristas y peronistas. O incluso <em>ser</em> kirchnerista. De hecho, yo deber&iacute;a ser mucho m&aacute;s kirchnerista que macrista por todo lo que me ha permitido este gobierno. Si yo no tuviese esa ley de identidad de g&eacute;nero, hoy le estar&iacute;a chupando la pija a un comisario para salir en libertad. <em>It&rsquo;s a fact</em>. Yo no tengo partidos pol&iacute;ticos, pero si eventualmente tengo que agradecer: muchas gracias. Y adem&aacute;s, si me usaron, es porque soy &uacute;til dando un mensaje o un testimonio de vida que puede ayudar a abrir corazones y mentes.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash;Hay una naturalidad en vos al transitar espacios de poder, que es tambi&eacute;n una continuidad en tu vida&hellip;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Es que tal vez yo <em>soy</em> eso, tal vez yo soy de esas personas. Me pasaba cuando me mandaban a entrevistar a gente famosa, de renombre, yo me sent&iacute;a que era una persona as&iacute;. Porque sent&iacute;a que lo que tengo para decir es muy valioso. Siempre sent&iacute; eso. Pero no como una cosa de arrogancia y soberbia, sino de naturalidad. Cuando caminaba por Casa Rosada ese d&iacute;a, iba como en casa. Me sent&iacute;a en casa.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash;&iquest;Te sent&iacute;s una privilegiada en relaci&oacute;n a otras mujeres trans?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash;En alg&uacute;n aspecto soy privilegiada. Yo no me tuve que prostituir, siempre tuve para comer, tuve acceso a educaci&oacute;n, a vivienda, higiene, a salud y mucho m&aacute;s. En ese sentido, gracias a mi familia, porque eso es fruto del trabajo de mi pap&aacute;. Entonces a mi padre y a mi madre les tengo mucho agradecimiento y amor. Mi sufrimiento pas&oacute; por otro lado: fue un sufrimiento existencial, pero tambi&eacute;n es cierto que he tenido un mont&oacute;n de momentos hermosos, divertidos, intensos, de viaje, de acceso. Ser&iacute;a injusto que me equipare con personas que tienen que dormir en una pensi&oacute;n, prostituirse, drogarse y amanecer un d&iacute;a en una zanja. Adem&aacute;s, no nos olvidemos que yo transicion&eacute; de muy grande. Entonces todo lo que podr&iacute;a haber sufrido como trans no lo sufr&iacute;, y en ese punto es genial que haya sido as&iacute;, porque hoy puedo ir a empoderar a otras personas con un mont&oacute;n de herramientas, desde la espiritualidad, desde el arte, desde la ciencia.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash;&iquest;Te duele, en alguna parte, la gente con la que rompiste relaci&oacute;n?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash;</strong>Al principio duele, cuando te arrancan, te quitan, pero mir&aacute;: esto es hermoso. Cuando medit&aacute;s, esto llama se llama Mahamudra (extiende las manos). Cuando viv&iacute;s as&iacute;, no te est&aacute;s aferrando literalmente a nada. Tuve que deconstruir conceptos como el de &ldquo;mi familia&rdquo;. La familia es el mundo. Entonces eso que viv&iacute; como algo doloroso despu&eacute;s dije &ldquo;no, es que la vida me ama tanto que se est&aacute; llevando todo lo que es t&oacute;xico&rdquo;. Entonces perder es en realidad una ganancia que no tiene precio. Y nada es est&aacute;tico en la vida, todo se transforma. No tengo deseos, pero me encantar&iacute;a, eso s&iacute;, antes de que muera mi mam&aacute;, invitarla a Italia: dos semanas con ella, en los mejores hoteles, viajando en business. En agradecimiento por haberme regalado la vida.
    </p><blockquote class="instagram-media" data-instgrm-version="14" data-instgrm-permalink="https://www.instagram.com/tv/CMx2HMAp32H/" data-instgrm-captioned></blockquote><script async src="https://www.instagram.com/embed.js"></script><p class="article-text">
        Los privilegios de clase no le ahorraron la angustia desesperante por no poder mostrarse c&oacute;mo era. <strong>&ldquo;De todas las cosas que consegu&iacute;, el gran logro que tengo en la vida es no haberme matado, haberme mantenido con vida, mordiendo el polvo. Vos dec&iacute;s: ten&iacute;a acceso a todo. Pero todos los d&iacute;as pensaba en suicidarme. Todos los santos d&iacute;as.&rdquo;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Hacia fines de los 90, tras desencantarse de la medicina alop&aacute;tica, prob&oacute; suerte en el periodismo, la profesi&oacute;n heredada, y escribi&oacute; una cantidad importante de art&iacute;culos. En abril de 2001, le encargaron una nota con Ravi Shankar para <em>La Naci&oacute;n</em>. Lo entrevist&oacute;, tom&oacute; el curso de meditaci&oacute;n y termin&oacute; ayudando a fundar la sede local de El Arte de Vivir. &ldquo;Mi maestro me salv&oacute; la vida&rdquo;, dice Isha sin dudarlo. <strong>&ldquo;Yo medito todos los d&iacute;as desde hace veinte a&ntilde;os. Me levanto, tomo dos vasos de agua tibia, hago yoga, pranayamas, medito y leo conocimiento. A eso me aferr&eacute; como a un salvavidas.&rdquo;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Por ese entonces comenz&oacute; tambi&eacute;n su carrera musical. Grab&oacute; un par de discos de folclore y despu&eacute;s arm&oacute; el proyecto Indra Mantras, con el que edit&oacute; cinco &aacute;lbumes en los que integra textos sagrados del hinduismo con m&uacute;sica pop global. &ldquo;Alrededor de 2008 &ndash;dice&ndash; la idea suicida como parte de mi cotidianeidad se empez&oacute; a disipar&rdquo;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/64e354fa-12a7-4f72-9f9b-514748557768_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/64e354fa-12a7-4f72-9f9b-514748557768_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/64e354fa-12a7-4f72-9f9b-514748557768_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/64e354fa-12a7-4f72-9f9b-514748557768_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/64e354fa-12a7-4f72-9f9b-514748557768_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/64e354fa-12a7-4f72-9f9b-514748557768_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/64e354fa-12a7-4f72-9f9b-514748557768_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Isha Escribano"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Isha Escribano                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Aun as&iacute;, su an&aacute;lisis retroactivo de esa &eacute;poca se detiene en un malestar, en la b&uacute;squeda del sentido. Isha recuerda una visita de Jorge Drexler a Buenos Aires, cuando llen&oacute; cuatro veces el Gran Rex, que le dispar&oacute; una reflexi&oacute;n que resume su encrucijada. &ldquo;Recuerdo que sent&iacute; envidia. Pero despu&eacute;s pens&eacute;, ponele que tengo &eacute;xito en la m&uacute;sica, &iquest;al servicio de qu&eacute; est&aacute; eso? &iquest;De fama, prestigio, dinero, exposici&oacute;n? Ponele que tengo todo eso &ndash;yo viv&iacute; con lo justo muchos a&ntilde;os&ndash;, ponele que tengo plata de repente, &iquest;en qu&eacute; destinar&iacute;a ese dinero? Todo lo que querr&iacute;a es que llegue fin de a&ntilde;o e irme a Estados Unidos y vestirme dos o tres d&iacute;as. Entonces dije, guau, es una bendici&oacute;n que no tenga eso, porque ser&iacute;a mucho m&aacute;s complejo si fuera una persona conocida.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Durante muchos a&ntilde;os, crey&oacute; que una transici&oacute;n ser&iacute;a imposible. Y esa represi&oacute;n convert&iacute;a su vida, seg&uacute;n su met&aacute;fora, en un viaje a 130 kil&oacute;metros por hora con el freno de mano puesto. <strong>&ldquo;En definitiva, toda mi vida fue un vano intento de deshacerme de quien soy, para encajar en algo. Hice un esfuerzo sobrehumano por encajar, por pertenecer, y no funcion&oacute;.&rdquo;&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        A fines de 2017, en un curso avanzado con su maestro en Carolina del Norte, le coment&oacute; que otra vez le hab&iacute;a agarrado fuerte &ldquo;esto de vestirse&rdquo;: &ldquo;Yo siempre me quer&iacute;a deshacer de eso, pensaba que un d&iacute;a se me iba a ir. Despu&eacute;s, otra vez conoc&iacute; a una mujer en Miami y me imagin&eacute; formando una familia. Siempre creyendo que iba a poder hacer la vida que ten&iacute;a que hacer para encajar.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash;&iquest;Todas tus parejas eran mujeres?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Siempre. No me atra&iacute;an los hombres. Si me atra&iacute;an, no me lo pod&iacute;a permitir. Ahora no me imagino estando de vuelta con una mujer. Estoy mucho m&aacute;s permeable a estar con un hombre que con una mujer. Igual se van a cumplir tres a&ntilde;os que no estoy con nadie. No tengo deseos sexuales, se me fueron. Estoy tan feliz que no tengo deseos. No necesito nada.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la primavera de 2018 grab&oacute; su s&eacute;ptimo &aacute;lbum. La m&uacute;sica ya le hab&iacute;a dado mucho: tres a&ntilde;os antes, &ldquo;Everything Is Love&rdquo;, su tributo a George Harrison &ndash;otro cultor del hinduismo&ndash;, hab&iacute;a llegado a Olivia Harrison, la viuda del Beatle, que poste&oacute; la canci&oacute;n en sus redes sociales. La historia termin&oacute; con una noche compartida en la casa de los Harrison en Los &Aacute;ngeles, en la que Isha cant&oacute; temas del repertorio de Mercedes Sosa para Olivia y Dhani, el hijo de la pareja.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, la m&uacute;sica tambi&eacute;n le estaba demandando demasiado, y por la manera que lo cuenta, tambi&eacute;n se lee algo de frustraci&oacute;n vocacional y existencial que acompa&ntilde;aba su proceso hacia la transici&oacute;n de g&eacute;nero. Necesitaba un cambio de vida total. <strong>&ldquo;Despu&eacute;s de haber hecho no s&eacute; cu&aacute;ntas giras a pulm&oacute;n, cargando todo de ac&aacute; para all&aacute;, dije &lsquo;esto ya no es digno&rsquo;. Me romp&iacute;a el traste ya no solo para pagar las cuentas, sino para sostener un proyecto art&iacute;stico. Le di cursos de meditaci&oacute;n a m&aacute;s de 30 mil personas: mantras, t&eacute;cnicas de meditaci&oacute;n, empoderamiento personal. Escrib&iacute; un mont&oacute;n de art&iacute;culos con la intenci&oacute;n de elevar conciencia. Como m&eacute;dica psicoterapeuta atend&iacute; a no s&eacute; cu&aacute;nta gente. Grab&eacute; siete discos. El Arte de Vivir, que hab&iacute;a sido una gran familia para m&iacute;, ya no era lo que era antes. Hab&iacute;a un mont&oacute;n de cosas que no me empezaban a cerrar. Nunca fui una persona de instituciones. Algo se estaba terminando.&rdquo;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de grabar ese disco cuyas letras anticipan su transici&oacute;n (&ldquo;porque el agua brota aunque no te lo propongas&rdquo;), entr&oacute; en un &ldquo;silencio de dos meses&rdquo;. Pas&oacute; la Navidad del 18 en casa de una amiga y la noche de A&ntilde;o Nuevo en su departamento, sin nadie m&aacute;s. &ldquo;Esos d&iacute;as eran un hervidero: algo iba a pasar.&rdquo; La decisi&oacute;n ya estaba tomada. &ldquo;Me pregunt&eacute;: &iquest;Yo soy feliz? No, no soy feliz. Y la vivencia que tuve fue: No tengo <em>nada</em> que perder. Nada. <strong>El 3 de enero de 2019 no tuve que pensar ni decidir nada: me hice una orden m&eacute;dica para saber c&oacute;mo estaban mis hormonas, mis enzimas hep&aacute;ticas, mi ionograma s&eacute;rico, y me prescrib&iacute; un tratamiento hormonal cruzado. Fui a la farmacia y me dije: </strong><em><strong>No estoy haciendo nada, est&aacute; todo fluyendo</strong></em><strong>. Estaba todo en conexi&oacute;n total</strong>.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Antes de cont&aacute;rselo a su familia, antes de aquel abrazo de despedida con su padre, Isha llam&oacute; a muchas personas que se hab&iacute;an cruzado en su camino. Una fue Sofia, la chica de Boston que le quer&iacute;a dar la Green Card. Sofia ya ten&iacute;a marido, hijos y probablemente un coche <em>station-wagon</em> y una casa perfecta en Providence: el destino que Isha no hab&iacute;a podido darle. Le cont&oacute; todo y Sofia le dijo: &ldquo;No puedo creer el amor que me tuviste al dejarme ir&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Fue un d&iacute;a hermos&iacute;simo &ndash;dice Isha&ndash;. Cerr&eacute; un c&iacute;rculo.
    </p><p class="article-text">
        La candidez de la conversaci&oacute;n en el jard&iacute;n se quiebra dos horas despu&eacute;s de haber comenzado. Son casi las siete de la tarde y tiene que conectarse a Instagram para su meditaci&oacute;n guiada. Pero Bora desapareci&oacute;, y es la primera vez que Isha parece nerviosa. Da vueltas por la casa, lo nombra a los gritos y despu&eacute;s de un par de minutos al borde de la desesperaci&oacute;n, su vecino la llama: acaba de volver del trabajo y Bora est&aacute; con &eacute;l. Isha respira profundamente y recobra su gesto apacible. Con ese porte inmaculado encara el vivo del d&iacute;a. Antes de despedirnos, nos dice que est&aacute; feliz con la audiencia que sigue sus meditaciones: la de ayer, se&ntilde;ala, ya la reprodujeron m&aacute;s de 8.000 usuarios. Isha hace un c&aacute;lculo mental r&aacute;pido y de pronto la cara se le ilumina: &ldquo;&iexcl;Son dos Gran Rex!&rdquo; 
    </p><p class="article-text">
        <em>PP</em>/<em>NS</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>A las 12:44 del 27 de marzo, se reemplazo la palabra &ldquo;disforia&rdquo; por no ser un t&eacute;rmino adecuado. </em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Plotkin, Natalí Schejtman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/isha-escribano-influencer-espiritual-hice-esfuerzo-sobrehumano-pertenecer-no-funciono_130_7352967.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Mar 2021 04:27:04 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/18da371c-ed6d-482e-8c35-7edabf85f5fc_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" length="1133702" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/18da371c-ed6d-482e-8c35-7edabf85f5fc_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="1133702" width="880" height="495"/>
      <media:title><![CDATA[Isha Escribano, influencer espiritual: "Hice un esfuerzo sobrehumano por pertenecer y no funcionó"]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/18da371c-ed6d-482e-8c35-7edabf85f5fc_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Rocanrol Cowboys: el destino fiero y lunático de la Patria Stone]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/rocanrol-cowboys-destino-fiero-lunatico-patria-stone_130_7050402.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3eeaa0af-0e69-453e-8416-da37351028c3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Rocanrol Cowboys: el destino fiero y lunático de la Patria Stone"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Mientras Juanse abraza al catolicismo, Pity Álvarez está preso por homicidio y el trap domina el negocio musical, dos documentales revisan el auge y la caída de la banda argentina que fundó una civilización bastarda.</p></div><p class="article-text">
        Cuando los Rolling Stones tocaron por primera vez en la Argentina &ndash;cinco shows en River en febrero de 1995&ndash;, fue como si el sue&ntilde;o el&eacute;ctrico de una rockola de Avenida Rivadavia cobrara vida. La Patria Stone, una subcultura juvenil que llevaba a&ntilde;os activa, se present&oacute; ante el gran p&uacute;blico en toda su dimensi&oacute;n: multitudes con flequillos, jardineros de jean, zapatillas Topper y pa&ntilde;uelos al cuello emerg&iacute;an de los barrios del pa&iacute;s. Esa tribu inmensa era el resultado de una rara apropiaci&oacute;n cultural, el destilado de un proceso que hab&iacute;a empezado m&aacute;s de una d&eacute;cada antes en las calles de Villa Devoto, en la ciudad de Buenos Aires, donde un grupo de adolescentes aburridos se calz&oacute; botas de gamuza, pantalones oxford y sacos de terciopelo e hizo girar una y otra vez el vinilo de <em>Tattoo You</em> hasta convertirlo en su voz mental. Esos pioneros sin conciencia eran Juan Sebasti&aacute;n Guti&eacute;rrez, alias Juanse (guitarra y voz), Pablo Cano, alias Sarc&oacute;fago (guitarra), y Pablo Memi (bajo), que junto a un baterista del barrio diez a&ntilde;os mayor, Roy Quiroga, armaron Ratones Paranoicos y sentaron las bases del stone argentino.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/aafb4d9a-fab1-4a27-a301-6d50737185d6_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/aafb4d9a-fab1-4a27-a301-6d50737185d6_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/aafb4d9a-fab1-4a27-a301-6d50737185d6_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/aafb4d9a-fab1-4a27-a301-6d50737185d6_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/aafb4d9a-fab1-4a27-a301-6d50737185d6_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/aafb4d9a-fab1-4a27-a301-6d50737185d6_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/aafb4d9a-fab1-4a27-a301-6d50737185d6_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Ratones Paranoicos"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Ratones Paranoicos                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        La historia de los Ratones gir&oacute; en las &uacute;ltimas semanas a partir del estreno de <em>Rocanrol Cowboys</em>, el documental de Alejandro Ruax y Ramiro Mart&iacute;nez (Pl&aacute;stico) que Netflix incorpor&oacute; a su cat&aacute;logo. La pel&iacute;cula peg&oacute; fuerte en el coraz&oacute;n del p&uacute;blico rockero, que ante la falta de novedades relevantes busca v&iacute;veres en el barco hundido del pasado, como un Robinson perdido en la isla del trap. Y es cierto que los tesoros que se pueden encontrar ah&iacute; abajo son sorprendentes, porque si algo hizo bien el rock, adem&aacute;s de alumbrar canciones gloriosas, fue producir una narrativa convincente, un sistema de mitos que le dio medio siglo de protagonismo cultural. La historia de los Ratones todav&iacute;a no estaba del todo contada, o al menos no se hab&iacute;a mostrado as&iacute;, con tanto material f&iacute;lmico y la est&eacute;tica cruda de una f&aacute;bula del viejo y cancelado rock &amp; roll, ese lugar azul donde a las mujeres se les asignaba el rol de musas, groupies o novias que solo quer&iacute;an romper bandas.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En aquel verano de 1995, cuando desembarca en Buenos Aires el Voodoo Lounge Tour y la Argentina convertible se consolida como un polo de atracci&oacute;n para el negocio mundial del rock, vemos a Juanse y Sarc&oacute;fago meti&eacute;ndose en el ascensor del Hyatt. Juanse &ndash;aparentemente bajo la influencia de algo, como casi siempre en esa &eacute;poca&ndash; le enrostra a su amigo que estuvo en la pileta del hotel con Andrew Loog Oldham, el primer manager de los Stones y productor de dos discos cruciales de los Ratones &ndash;<em>Fieras lun&aacute;ticas</em> y <em>Hecho en Memphis</em>&ndash;. Le dice que intercambiaron saludos con Keith Richards y Ronnie Wood, que asomaban por la ventana de la habitaci&oacute;n. Sarc&oacute;fago escucha la an&eacute;cdota con una sonrisa herida y dice: &ldquo;&iquest;&iexcl;Estuviste con Andrew?! Me hubieras avisado, boludo&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se ven como un par de chicos exaltados y a la vez cruzados por una tensi&oacute;n &iacute;ntima, aunque ya eran estrellas que pasaban los treinta y se hab&iacute;an ganado con creces el trabajo por el que estaban ah&iacute;: ser los teloneros principales de sus m&aacute;ximos h&eacute;roes. Pero ese sue&ntilde;o cumplido engendraba tambi&eacute;n el comienzo de la decadencia. Tres meses despu&eacute;s del debut de los Stones en Argentina, en abril del 95, un muchacho de 22 a&ntilde;os llamado Cristian &Aacute;lvarez, alias Pity, entraba a un estudio para grabar el primer disco de su banda Viejas Locas. En esa temporada que parti&oacute; la d&eacute;cada al medio, justo antes de la reelecci&oacute;n de Carlos Menem (que hab&iacute;a recibido en Casa Rosada a la banda inglesa, en un encuentro perge&ntilde;ado por el Tata Yofre), la Patria Stone cambiaba de forma. El modelo de estrella que hab&iacute;a encarnado Juanse &ndash;arrogante, integrado al jet set, conectado internacionalmente&ndash; fue desbancado por el del Pity, un &aacute;ngel con la cara sucia salido del complejo habitacional Piedrabuena. <strong>En la par&aacute;bola que va de Devoto a Lugano, del chalet al monoblock, se insinuaba una met&aacute;fora para la clase media argentina de los 90.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Todos estos a&ntilde;os despu&eacute;s, los dos grandes &iacute;conos de esa subcultura rockera est&aacute;n en cualquier otra parte. Juanse ya no se droga ni bebe, abraz&oacute; el catolicismo y desarrolla su carrera solista mientras predica la palabra de Jes&uacute;s. Ser&aacute; una de las figuras de la segunda temporada de MasterChef Celebrity. El Pity est&aacute; preso en el pabell&oacute;n psiqui&aacute;trico del penal de Ezeiza, acusado de matar a balazos a Cristian D&iacute;az, de 36 a&ntilde;os, en la madrugada del 12 de julio de 2018 durante una discusi&oacute;n callejera. La Patria Stone sobrevive fuera de los radares, en la memoria corporal de los fans y en shows &ndash;si es que alguna vez vuelven como los conocimos&ndash; de bandas como La 25 y J&oacute;venes Pordioseros, tocadas de cerca por la tragedia de Croma&ntilde;&oacute;n.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/46c3aa0e-7ad2-44ec-8c61-36976f4a09dd_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/46c3aa0e-7ad2-44ec-8c61-36976f4a09dd_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/46c3aa0e-7ad2-44ec-8c61-36976f4a09dd_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/46c3aa0e-7ad2-44ec-8c61-36976f4a09dd_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/46c3aa0e-7ad2-44ec-8c61-36976f4a09dd_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/46c3aa0e-7ad2-44ec-8c61-36976f4a09dd_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/46c3aa0e-7ad2-44ec-8c61-36976f4a09dd_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Juanse, ex líder de los Ratones Paranoicos, convertido al cristianismo"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Juanse, ex líder de los Ratones Paranoicos, convertido al cristianismo                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        El paisaje no era igual a comienzos del a&ntilde;o 2000, el d&iacute;a en que entrevist&eacute; a Juanse en una pizzer&iacute;a de Devoto para el suplemento &ldquo;No&rdquo; de <em>P&aacute;gina/12</em>. Para ese momento tambi&eacute;n Viejas Locas hab&iacute;a teloneado a los Stones &ndash;compartieron cartel con Ratones en los shows del 98&ndash; y el Pity era la voz rockera m&aacute;s representativa de los barrios. Los Ratones flotaban en la resaca de su d&eacute;cada ganada: hab&iacute;an empezado los 90 grabando con Oldham y colocando hits a lo loco (&ldquo;Rock del pedazo&rdquo;, &ldquo;Vicio&rdquo;) y la terminaban con una crisis interna que hab&iacute;a hecho que Memi dejara el grupo. Parte del nuevo p&uacute;blico stone (que vir&oacute; al m&aacute;s caricaturesco mote de &ldquo;rolinga&rdquo;) ve&iacute;a a Juanse como un arist&oacute;crata del rock que sonaba en el programa de Tinelli y que se hab&iacute;a olvidado de lo artesanal. La tribu pas&oacute; de las tejanas a las Topper y del fraseo punk-blues de Juanse al tenor desfachatado del Pity, que soltaba sus versos suburbanos como si mascara chicle.&nbsp;&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/e187bf1d-e76e-4af3-9de3-375991b3a27b_9-21-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/e187bf1d-e76e-4af3-9de3-375991b3a27b_9-21-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/e187bf1d-e76e-4af3-9de3-375991b3a27b_9-21-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/e187bf1d-e76e-4af3-9de3-375991b3a27b_9-21-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/e187bf1d-e76e-4af3-9de3-375991b3a27b_9-21-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/e187bf1d-e76e-4af3-9de3-375991b3a27b_9-21-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/e187bf1d-e76e-4af3-9de3-375991b3a27b_9-21-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Pity Alvarez el 21 de febrero de 2009 en Cosquín. La última presentación de Intoxicados."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Pity Alvarez el 21 de febrero de 2009 en Cosquín. La última presentación de Intoxicados.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        La diferencia conceptual entre una banda y otra era que los miembros de Viejas Locas pod&iacute;an confundirse con su p&uacute;blico. Los Ratones, en cambio, hab&iacute;an trabajado para ser distinguidos a la legua. &ldquo;Sinceramente, usar eso de que quer&eacute;s parecerte al p&uacute;blico, aparte de demag&oacute;gico, es muy aburrido&rdquo;, me dijo Juanse aquel d&iacute;a, casi cinco a&ntilde;os antes de Croma&ntilde;&oacute;n. &ldquo;Yo me romp&iacute; el culo para subir al escenario, no para bajarme antes de subir.&rdquo;&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/19e8cc71-7dfe-4286-8a7e-5e456aef4a0a_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/19e8cc71-7dfe-4286-8a7e-5e456aef4a0a_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/19e8cc71-7dfe-4286-8a7e-5e456aef4a0a_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/19e8cc71-7dfe-4286-8a7e-5e456aef4a0a_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/19e8cc71-7dfe-4286-8a7e-5e456aef4a0a_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/19e8cc71-7dfe-4286-8a7e-5e456aef4a0a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/19e8cc71-7dfe-4286-8a7e-5e456aef4a0a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Pity Alvarez en junio de 2006."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Pity Alvarez en junio de 2006.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Sangraba un poco por la herida. Solo los sobrevivientes del underground ten&iacute;an fresca la historia de origen de los Ratones, que como muestra <em>Rocanrol Cowboys</em> no era la de una banda tributo. Juanse hab&iacute;a crecido escuchando sin parar a los Stones, pero en alg&uacute;n momento de su adolescencia lo ilumin&oacute; la energ&iacute;a del punk. Los Ratones de los primeros tres discos (<em>Ratones Paranoicos</em>, <em>Los chicos quieren rock</em> y <em>Furtivos</em>) eran un ensamble salvaje de rhythm and blues y &eacute;l era un performer incre&iacute;ble, un alfe&ntilde;ique de labios de neum&aacute;tico y gesto turbado que se mov&iacute;a como Iggy Pop en la tierra de Sandro. Junto con Sarc&oacute;fago y Memi &ndash;que podr&iacute;a haber protagonizado <a href="https://www.youtube.com/watch?v=Z6WvXDjt8vA" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">el aviso del loft de Colbert Noir</a>&ndash; proyectaban el supery&oacute; del stone argentino (Roy era m&aacute;s bien como el hermano mayor que pod&iacute;a arreglarte el auto). Los Ratones se asum&iacute;an outsiders del rock nacional y desde ese lugar fundaron una civilizaci&oacute;n bastarda, &ldquo;una cosa intermedia entre un &lsquo;pardo&rsquo; y un &lsquo;concheto&rsquo;&rdquo;, como le dijo el cantante a Javier Sinay en <a href="https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/musica/the-rolling-stones-en-argentina-como-fue-su-primera-visita-en-1995-nid1867821/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Rolling Stone</a>.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/bc7ba79c-a5bf-400c-b3e9-c4a5b0480e16_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/bc7ba79c-a5bf-400c-b3e9-c4a5b0480e16_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/bc7ba79c-a5bf-400c-b3e9-c4a5b0480e16_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/bc7ba79c-a5bf-400c-b3e9-c4a5b0480e16_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/bc7ba79c-a5bf-400c-b3e9-c4a5b0480e16_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/bc7ba79c-a5bf-400c-b3e9-c4a5b0480e16_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/bc7ba79c-a5bf-400c-b3e9-c4a5b0480e16_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Juanse, ex líder de los Ratones, como solista"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Juanse, ex líder de los Ratones, como solista                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Aun sin ser expl&iacute;cito en los conflictos, <em>Rocanrol Cowboys</em> muestra c&oacute;mo el liderazgo de Juanse se volvi&oacute; desp&oacute;tico y termin&oacute; alejando a Memi y Sarc&oacute;fago hasta desarmar el grupo, m&aacute;s all&aacute; de las reuniones que reactivan la marca cada tanto. &ldquo;Una banda solo sobrevive si tiene un l&iacute;der despiadado&rdquo;, dice <strong>Oldham, que con sus ideas maquiav&eacute;licas del rock se come el documental</strong>. &ldquo;A m&iacute; me maravill&oacute; el rostro de Juanse. O sea, Dios baj&oacute; y le dijo: &lsquo;S&eacute; que quer&eacute;s ser esto y aquello, ac&aacute; ten&eacute;s la apariencia para acompa&ntilde;arlo&rsquo;. Es perfecto. Si Juanse tuviera un alma pura, no estar&iacute;amos hablando de &eacute;l, porque no habr&iacute;a nada de qu&eacute; hablar. Pero no necesit&aacute;s un alma pura para liderar una banda.&rdquo;&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b9b4bc34-b41f-4890-928f-032196ad796c_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b9b4bc34-b41f-4890-928f-032196ad796c_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b9b4bc34-b41f-4890-928f-032196ad796c_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b9b4bc34-b41f-4890-928f-032196ad796c_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b9b4bc34-b41f-4890-928f-032196ad796c_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b9b4bc34-b41f-4890-928f-032196ad796c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/b9b4bc34-b41f-4890-928f-032196ad796c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Juanse en la época de Los Ratones Paranoicos"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Juanse en la época de Los Ratones Paranoicos                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Como acercamiento al enigma Juanse, <em>Rocanrol Cowboys</em> funciona a la perfecci&oacute;n en t&aacute;ndem con <a href="https://t.co/tV8Go0mknI?amp=1" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Juansebasti&aacute;n</em></a>, la pel&iacute;cula de 2019 de Diego Levy que retrata el camino que lo llev&oacute; del reviente m&aacute;s imp&uacute;dico al encuentro con Jesucristo. La historia del drogadicto que abraza los Evangelios podr&iacute;a ser un clich&eacute;, pero hay algo inaprehensible en Juanse, una mezcla rara de cansancio existencial y convicci&oacute;n religiosa y una aceptaci&oacute;n total de sus contradicciones que hace que pueda cantar el &ldquo;Rock del pedazo&rdquo; desde el p&uacute;lpito de una iglesia sin hacerse el menor drama.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/6417c491-a315-4753-8984-2ca76836c007_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/6417c491-a315-4753-8984-2ca76836c007_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/6417c491-a315-4753-8984-2ca76836c007_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/6417c491-a315-4753-8984-2ca76836c007_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/6417c491-a315-4753-8984-2ca76836c007_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/6417c491-a315-4753-8984-2ca76836c007_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/6417c491-a315-4753-8984-2ca76836c007_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Juanse cuando fue a visitar al Vaticano al Papa Francisco."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Juanse cuando fue a visitar al Vaticano al Papa Francisco.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Juanse sabe que hay gente que se toma en chiste su viaje m&iacute;stico, pero da la impresi&oacute;n de que de verdad le importa muy poco lo que vean los dem&aacute;s. Y en el documental de Levy dice algo que conecta al chico que abraz&oacute; la fe stone con este hombre que se encierra a rezar durante d&iacute;as en un monasterio benedictino: &ldquo;Nunca fue mi objetivo agradar&rdquo;, dice. &ldquo;Me divierte c&oacute;mo un d&iacute;a pod&eacute;s ser Gardel y al otro d&iacute;a sos Gardel pero despu&eacute;s del accidente de avi&oacute;n&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Pity &Aacute;lvarez podr&iacute;a firmar al pie de esa sentencia. Con los a&ntilde;os, los dos patriarcas stone se hicieron cercanos (tienen adem&aacute;s un amigo en com&uacute;n: el padre C&eacute;sar Scicchitano Tagle, &ldquo;el cura rockero&rdquo;). El 6 de octubre de 2017, Juanse invit&oacute; al ex Viejas Locas e Intoxicados a grabar en los estudios El Pie la canci&oacute;n <a href="https://www.youtube.com/watch?v=Tl9dcpYiBSk" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">&ldquo;Mismo camino&rdquo;</a>, escrita originalmente por el guitarrista Gori, a la que Juanse le toc&oacute; la letra para darle un aire cristiano (cambi&oacute; la palabra &ldquo;centavo&rdquo; por &ldquo;denario&rdquo;, por ejemplo). Unos meses despu&eacute;s Juanse viaj&oacute; al Vaticano para ver al Papa Francisco por segunda vez y en julio de 2018, antes de que la canci&oacute;n viera la luz, Pity fue encerrado por homicidio.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No hay moraleja, solo im&aacute;genes difusas de dos vidas sinuosas. Como dice el monje Mamerto Menapace en una escena de <em>Juansebasti&aacute;n</em>: &ldquo;Creo que Dios tiene un misterio especial para &eacute;l. Hay que respetarlo, no tratar de adivinarlo&rdquo;. La idea aplica para cualquiera de estos dos cristianos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>PP</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Plotkin]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/rocanrol-cowboys-destino-fiero-lunatico-patria-stone_130_7050402.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 23 Jan 2021 04:41:16 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/3eeaa0af-0e69-453e-8416-da37351028c3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="1146317" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/3eeaa0af-0e69-453e-8416-da37351028c3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="1146317" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Rocanrol Cowboys: el destino fiero y lunático de la Patria Stone]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/3eeaa0af-0e69-453e-8416-da37351028c3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Ratones Paranoicos,Netflix,Pity Alvarez]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
