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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Diego Fischerman]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/diego-fischerman/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Diego Fischerman]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Lo que se cifra en un pie]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cifra-pie_129_13172382.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/02f68db3-bdde-4b80-931a-89ad2848a8e3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lo que se cifra en un pie"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una nueva película y un viejo cuento. Una cuestión que se zanja en el campo de la lucha de clases y en lo clásico, lo que trasciende su tiempo, lo que se hereda. Y algunas músicas. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Sangre en el zapato hay&rdquo;, cantan dos palomitas blancas. &ldquo;El zapato no le va/ la novia verdadera en la casa est&aacute;&rdquo;, concluyen. &ldquo;C&oacute;rtate un pedazo del tal&oacute;n. Cuando seas reina no tendr&aacute;s necesidad de andar a pie&rdquo;, le hab&iacute;a aconsejado su madre a la segunda de las hermanastras. La primera ya hab&iacute;a fracasado en un intento similar. Era el dedo gordo el que no entraba en el calzado y la madre, con id&eacute;ntico argumento, le hab&iacute;a aconsejado amputarlo. Las palomitas hab&iacute;an advertido al pr&iacute;ncipe con su canto y &eacute;l hab&iacute;a reparado en la sangre que chorreaba de sus pies. 
    </p><p class="article-text">
        En la versi&oacute;n original, si es que tal cosa existe en los cuentos populares, no hab&iacute;a hada madrina ni calabaza. Solo esas aves blancas que habitaban junto a la tumba de la madre de Cenicienta, que all&iacute; acud&iacute;a a rezar cada d&iacute;a, y que har&iacute;an caer del cielo las vestimentas, cada una de ellas m&aacute;s deslumbrante que la anterior, para cada uno de los tres d&iacute;as de fiesta convocados en palacio. Y estaba, por supuesto, el delicado pie de la hero&iacute;na. Y ese famoso zapato que resulta ser de oro y no de cristal en la versi&oacute;n recopilada por <strong>Jakob Grimm</strong>, redactada por su hermano Wilhelm e incluida en el primero de los dos vol&uacute;menes de <em>Cuentos de hadas del hogar y de los ni&ntilde;os</em> (<em>Kinder und Hausm&auml;rchen</em>), publicado en 1812. 
    </p><p class="article-text">
        Los hermanos Grimm fueron tambi&eacute;n los primeros en editar un tratado de gram&aacute;tica alemana. Y su colecci&oacute;n de cuentos, en palabras del propio Jakob, no estaban destinados a los ni&ntilde;os en absoluto. &ldquo;No hubiera puesto tanto &aacute;nimo en componer este libro &ndash;escribi&oacute;&ndash; de no haber cre&iacute;do que las personas m&aacute;s graves y cargadas de a&ntilde;os pod&iacute;an considerarlo importante desde el punto de vista de la poes&iacute;a, la mitolog&iacute;a y la historia&rdquo;. El proyecto de los hermanos ten&iacute;a que ver con una obsesi&oacute;n del Romanticismo que acabar&iacute;a de eclosionar en el Nazismo: la idea de que la identidad de un pueblo se constru&iacute;a a partir de lo ancestral. El otro punto de partida fue la convicci&oacute;n de los recopiladores de que los cuentos populares se manten&iacute;an a lo largo de los a&ntilde;os con muy pocas modificaciones &ndash;lo que no era cierto&ndash; y que, por lo tanto, eran una muy buena manera de investigar acerca del alma alemana.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El cuento de la Cenicienta, o por lo menos historias en que la identidad se dirim&iacute;a con un zapato y con un pie, exist&iacute;a desde mucho antes. La primera menci&oacute;n registrada es la de &ldquo;R&oacute;dope&rdquo;, un relato escrito por el ge&oacute;grafo griego <strong>Estrab&oacute;n</strong> entre el a&ntilde;o 63 y el 23 a.c., y transmitido oralmente en Egipto. All&iacute;, un &aacute;guila roba una sandalia a una prostituta de N&aacute;ucratis y la arroja sobre la cabeza del rey, que luego buscar&aacute; a la propietaria. En el <em>Pentamer&oacute;n</em> del napolitano <strong>Gianbattista Basile</strong>, de 1634, aparece una <em>Gatta Cenerentola</em>, ya con un argumento bastante similar al conocido actualmente y Charles Perrault, en 1697, escribi&oacute; la versi&oacute;n en la que acabar&iacute;an bas&aacute;ndose muchas de las posteriores, <em>Cendrillon ou La petite pantoufle de verre</em> (<em>Cenicienta o la peque&ntilde;a pantufla de cristal</em>), incluida en su colecci&oacute;n <em>Historias o cuentos de tiempos pasados</em>. De la &uacute;ltima, la de la pel&iacute;cula <em>La hermanastra fea</em>, dirigida por la noruega <strong>Emilie Blichfeldt</strong> y ganadora el a&ntilde;o pasado del Festival de Cine Fant&aacute;stico de Sitges, apenas se dir&aacute; aqu&iacute; que vale la pena verla (en Mubi o en plataformas menos legales), que rescata y resignifica algunas de las truculencias de los Grimm &ndash;y tambi&eacute;n sus palomas&ndash; y que, m&aacute;s o menos a los 10 minutos, all&iacute; Cenicienta reclama decencia a la hermanastra fea. Una palabra que pone en foco aquello de lo que el soci&oacute;logo <strong>Pierre Bourdieu</strong> habla en <em>La distinci&oacute;n. Criterio y bases sociales del gusto</em>. De lo que se juega en la lucha de clases y, en particular, en el enfrentamiento entre la aristocracia y la burgues&iacute;a. Una tensi&oacute;n que se resolver&aacute; en el campo de la distinci&oacute;n y del gusto. De aquello que no puede comprarse con dinero. De lo cl&aacute;sico, lo que no muda con la moda. Lo que define la clase. Lo que se cifra en un pie que s&oacute;lo puede ser hereditario.
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                Eduardo Sívori                            </span>
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        El contrario exacto al pie de la Cenicienta es el de la sirvienta pintada por Eduardo Sivori en el cuadro &ldquo;Le lever de la bonne&rdquo;, presentado con cierto esc&aacute;ndalo en el Sal&oacute;n de Par&iacute;s en 1887. El pie de una trabajadora en lugar del de alguien que, a pesar &ndash;o a causa&ndash; de su inocultable distinci&oacute;n es obligada a trabajar por los advenedizos. De los que buscan el dinero y el ascenso social. Cenicienta no los necesita. Ser&aacute; devuelta a su destino &ndash;manifiesto en la nobleza de sus gestos; en su gusto&ndash; por el pr&iacute;ncipe. E incluso, como en la &oacute;pera <em>La Cenerentola</em>, compuesta por <strong>Gioacchino Rossini </strong>con libreto de <strong>Jacopo Ferretti</strong> y estrenada en Roma en enero de 1817, la joven ser&aacute; capaz de elegir al noble a pesar de que se presente en su casa con las vestimentas del criado. Y es que de hecho los nobles saben que la discusi&oacute;n por el dinero est&aacute; perdida. Solo los queda, para diferenciarse, lo que viene de cuna: la distinci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Incidentalmente, Bourdieu aborda dos cuestiones ligadas &iacute;ntimamente a la Cenicienta en dos art&iacute;culos publicados en forma conjunta en una memorable colecci&oacute;n de Folios Ediciones, dirigida por <strong>Beatriz</strong> <strong>Sarlo</strong> y <strong>Carlos Altamirano</strong> y bautizada &ldquo;Argumentos&rdquo;. En &ldquo;Campo intelectual, campo del poder y habitus de clase&rdquo; analiza la puja entre la burgues&iacute;a y la aristocracia y, en &ldquo;La ontolog&iacute;a pol&iacute;tica de Mart&iacute;n Heidegger&rdquo;, la ligaz&oacute;n, anticipada por los Grimm, entre lo folkl&oacute;rico y el nazismo. Y lo cl&aacute;sico pasar&aacute;, m&aacute;s o menos por la misma &eacute;poca de <em>La Cenerentola</em> rossiniana, a identificar toda una clase de m&uacute;sica de la que una clase &ndash;social&ndash; se empe&ntilde;ar&aacute; en considerarse &uacute;nica propietaria &ndash;como de tantas otras cosas&ndash;. Y en esa m&uacute;sica tan cl&aacute;sica &ndash;e involuntariamente tan &ldquo;de clase&rdquo;&ndash; han quedado varias obras de belleza singular. La mencionada de Rossini, con algunas arias y escenas de conjunto memorables, otra &oacute;pera, hoy algo olvidada, de <strong>Jules Massenet</strong>, y el ballet que se estren&oacute; en el Teatro Bolshoi en1945, con m&uacute;sica de <strong>Sergei Prokofiev</strong> y coreograf&iacute;a de <strong>Rostislav Zajarov</strong>, con <strong>Galina Ulanova</strong> como estrella.
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    </figure><p class="article-text">
        Y ser&iacute;a injusto no incluir, aunque m&aacute;s no fuera como bonus track, &ldquo;A Dream is a Wish that your Heart Makes&rdquo;, la canci&oacute;n que <strong>Ileana Woods</strong> cant&oacute; para la pel&iacute;cula producida por <strong>Walt Disney</strong> en 1950.
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cifra-pie_129_13172382.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 25 Apr 2026 13:13:13 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[El jazz, los fantasmas y la educación sentimental]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/jazz-fantasmas-educacion-sentimental_129_13135635.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c2f40b67-f613-40c2-9af7-b641132197e4_16-9-discover-aspect-ratio_default_1140573.jpg" width="1965" height="1105" alt="El jazz, los fantasmas y la educación sentimental"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una vieja canción que habla de un sauce y del llanto. Una compositora llamada Ann Ronell. Una historia. Y un nuevo capítulo escrito de manera brillante por el primer disco solista de Flea, el fundador de los Red Hot Chilli Peppers. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        <strong>Ann Rosenblatt</strong> naci&oacute; en Omaha, en la navidad de 1905. Se gradu&oacute; en el Radcliffe College de m&uacute;sica, donde fue alumna del compositor <strong>Walter Piston</strong>. All&iacute; cre&oacute; varias obras para representaciones estudiantiles y escribi&oacute; para el peri&oacute;dico cr&iacute;ticas y entrevistas. Una de ellas fue a <strong>George Gershwin</strong>, de quien, a partir de ese encuentro,&nbsp;se hizo amiga y al que dedic&oacute; su primera gran canci&oacute;n. Una pieza extra&ntilde;a, rechazada inicialmente en esa f&aacute;brica de &eacute;xitos que era el Tin Pan Alley &ndash;la calle donde estaban las oficinas de las editoriales de m&uacute;sica&ndash; y que se convirti&oacute;, con el tiempo, en uno de los standards m&aacute;s interpretados en la historia del jazz. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Willow Weep for Me&rdquo; registra 1180 versiones grabadas. Fue un &eacute;xito varias veces, la primera de ellas en 1932, el a&ntilde;o de su composici&oacute;n, por la orquesta de <strong>Paul Whiteman</strong> con <strong>Irene Taylor</strong> como cantante. <strong>Stan Kenton</strong> con <strong>June Christy</strong> en el papel solista, en 1946, <strong>Billie Holiday</strong> en 1954, con <strong>Harry &ldquo;Sweets&rdquo; Edison</strong> en trompeta y <strong>Barney Kessel</strong> en guitarra, <strong>Frank Sinatra</strong> en 1958, con arreglos de <strong>Nelson Riddle</strong>, y el d&uacute;o pop <strong>Chad &amp; Jeremy</strong>, en 1965, fueron algunos de los que, una y otra vez, hicieron de esa canci&oacute;n un hit. Y una lista breve, como la que aparece m&aacute;s abajo, asciende, necesariamente, a m&aacute;s de 20 &iacute;tems. Es decir, una selecci&oacute;n estricta no podr&iacute;a excluir ni a <strong>Sarah Vaughan</strong> ni a <strong>Etta James</strong> ni a <strong>Louis Armstrong</strong> con el tr&iacute;o de <strong>Oscar Peterson</strong> ni a <strong>Nina Simone</strong>; all&iacute; deben poder compararse las dos lecturas del guitarrista <strong>Wes Montgomery</strong>, una en vivo en el Half Note de Nueva York con los geniales <strong>Wynton Kelly</strong> en piano, <strong>Paul Chambers</strong> en contrabajo y <strong>Jimmy Cobb</strong> en bater&iacute;a, en 1965, y la refinad&iacute;sima de 1967 &ndash;vilipendiada como &ldquo;comercial&rdquo; por los talibanes&ndash;, con arreglos de <strong>Don Sebesky</strong>; y no podr&iacute;an faltar <strong>Phil Woods</strong> convirti&eacute;ndola en vals, <strong>Stan Getz</strong> junto con <strong>Bob Brookmeyer</strong> en tromb&oacute;n a v&aacute;lvulas, <strong>Nancy Wilson</strong> con orquestaci&oacute;n de <strong>Billy May</strong>, en 1966, <strong>Dexter Gordon</strong> en estado de gracia y <strong>Art Tatum</strong> enrulando el rulo del intrincamiento r&iacute;tmico.
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    </figure><p class="article-text">
        <strong>Saul Bornstein</strong> era el editor que la hab&iacute;a rechazado, sobre todo por dos razones. Una, obvia, es que la autora &ndash;inusualmente tanto de la letra como de la m&uacute;sica&ndash; era una mujer. La segunda era la complejidad de sus cambios r&iacute;tmicos. Algo habr&iacute;a visto en ella, de todas maneras, porque decidi&oacute; consultar el tema con <strong>Irving Berlin</strong>, que fue quien la acept&oacute;. La canci&oacute;n ten&iacute;a una letra &ndash;y un t&iacute;tulo&ndash; bell&iacute;simos: &ldquo;Sauce, llora por m&iacute;. / Inclina tus ramas hasta el suelo y c&uacute;breme. / Escucha mi s&uacute;plica, / esc&uacute;chame, sauce, y llora por m&iacute;. / Se han ido mis dulces sue&ntilde;os, / hermosos sue&ntilde;os de verano. / Se han ido y me han dejado aqu&iacute; / para derramar mis l&aacute;grimas junto al arroyo&rdquo;. El sauce era el del Colegio Radcliff y no era la primera vez &ndash;ni ser&iacute;a la &uacute;ltima&ndash; en que ese &aacute;rbol que lleva el llanto en su nombre estar&iacute;a asociado a la canci&oacute;n. En el pen&uacute;ltimo acto de <em>Othello</em>, <strong>William Shakespeare</strong> indica que Desdemona debe cantar una antigua pieza tradicional, la &ldquo;Canci&oacute;n del sauce&rdquo; y, mucho despu&eacute;s, <strong>Carlos Guastavino</strong> compuso su notable &ldquo;La rosa y el sauce&rdquo;, con texto de <strong>Francisco Silva</strong>, y all&iacute; est&aacute;n tambi&eacute;n el sauce que llora a Eulogia Tapia en &ldquo;La pome&ntilde;a, del <strong>Cuchi Leguizam&oacute;n</strong> y <strong>Manuel Castilla</strong> y &rdquo;Willow&ldquo; de <strong>Taylor Swift</strong>. 
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        La pieza de Rosenblatt fue firmada por <strong>Ann Ronell</strong>, por consejo de su amigo Gershwin, que hab&iacute;a nacido como Gershovitz. Ya con su nuevo nombre, ella acumul&oacute; varios &eacute;xitos y unos cuantos r&eacute;cords. Escribi&oacute; &ldquo;Who's Afraid of the Big Bad Wolf&rdquo;, la canci&oacute;n de los tres chanchitos para el film de animaci&oacute;n producido por <strong>Walt Disney</strong> en 1933. Fue la primera en componer m&uacute;sica y letra para una comedia de Broadway &ndash;<em>Count Me In</em>, de 1942&ndash; , la primera mujer en crear una partitura completa para el cine, en <em>The Story of G.I. Joe</em>, en 1945, y, en ese mismo film, en incluir una canci&oacute;n con los cr&eacute;ditos finales (&ldquo;Linda&rdquo;) y, de paso, en ser candidata al Oscar con ella. 
    </p><p class="article-text">
        Es habitual que las grandes versiones de un standard de jazz disminuyan con los a&ntilde;os. Las m&aacute;s recientes suelen pertenecer a grabaciones realizadas en Jap&oacute;n por artistas semi retirados o por debutantes sin mucho que decir al respecto. &ldquo;Willow Weep for Me&rdquo; es una excepci&oacute;n en varios aspectos, empezando por una cierta literalidad en las interpretaciones a la que parecen obligar la complejidad y la belleza del original. Pero el m&aacute;s llamativo es el inter&eacute;s de varias de las lecturas m&aacute;s o menos recientes: la de la cantante danesa <strong>Sinne Eeg</strong> con el contrabajista <strong>Thomas Fonnesbaek</strong>, la de la orquesta de <strong>Arturo O&rsquo;Farrill</strong> con <strong>Claudia Acu&ntilde;a</strong>, la de la inglesa <strong>Liane Carroll</strong> con el pianista <strong>Ian Shaw</strong>, la del saxofonista <strong>Jim Snidero</strong>, la del d&uacute;o de contrabajistas conformado por el legendario <strong>Ron Carter</strong> y <strong>Christian McBride</strong>, <a href="https://www.youtube.com/watch?v=A6AZGIgttqU" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la del noneto del trompetista argentino </a><a href="https://www.youtube.com/watch?v=A6AZGIgttqU" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><strong>Mariano Loi&aacute;cono</strong></a>, y la de <strong>Houston Person</strong>, uno de los h&eacute;roes del escritor <strong>Michael Connelly</strong> y de su creaci&oacute;n, el detective Harry Bosch. 
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    </figure><p class="article-text">
        Y, claro, la &uacute;ltima. La que acaba de aparecer. La que antecede al final de <em>Honora</em>, el &aacute;lbum en el que <strong>Flea</strong> (Michael Balzary), bajista y fundador de los Red Hot Chilli Peppers, mira al jazz con creatividad y sortea los dos riesgos m&aacute;s comunes en este tipo de abordajes. Ni intenta imitar al jazz ni busca hacer un disco de jazz para aquellos a los que no les gusta el jazz. &nbsp;Simplemente lee, desde su enciclopedia actual, el mundo que lo educ&oacute; sentimentalmente. Al fin y al cabo, el nombre de la banda que creo junto con <strong>Anthony Kiedis</strong>, <strong>Hilel Slovak</strong> y <strong>Jack Irons</strong> &ndash;luego reemplazados por <strong>John Frusciante</strong> y <strong>Chad Smith</strong>&ndash; remit&iacute;a a aquellos Red Hot Peppers con los que <strong>Jelly Roll Morton</strong> hab&iacute;a grabado entre 1926 y 1930. 
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        La familia de Honora, la tatarabuela de Flea, muri&oacute; de hambre en Irlanda. A ella la subieron a un barco, rumbo a Australia, y vivi&oacute; en la pobreza. En el t&iacute;tulo de su primer disco solista, un disco que mira al pasado sin mimetizarse con &eacute;l, el&nbsp;m&uacute;sico la recuerda. La mirada sobre ese viejo sauce mirado a su vez por Ann Ronell es ejemplar. Cita, a su manera, la frase con la que <strong>Gustav Mahler</strong> cit&oacute; a <strong>Thomas More</strong>: &ldquo;La tradici&oacute;n no es la adoraci&oacute;n de las cenizas sino la transmisi&oacute;n del fuego&rdquo;.&nbsp;All&iacute; est&aacute; la trompeta, el primer instrumento que &eacute;l toc&oacute; y con el que aqu&iacute; se reencuentra, evocando la sombra que el jazz dej&oacute; en &eacute;l. Es como un fantasma rodeado de otros. Hay sonidos del jazz. Hay gestos del jazz. Pero se trata de una obra personal &ndash;&iacute;ntima en el sentido m&aacute;s estricto del t&eacute;rmino&ndash; de un m&uacute;sico que naveg&oacute; con ventura entre el funk, el punk y el rock pesado y aqu&iacute;, simplemente, se deja llevar y deja que quienes tocan con &eacute;l lo acompa&ntilde;en en esa afortunada deriva. La electr&oacute;nica es una pieza fundamental del color logrado por el conjunto. El bajo el&eacute;ctrico, tocado por Flea, o el contrabajo de <strong>Anna Butters</strong> &ndash;para m&aacute;s detalles es la bajista de otro bajista, <strong>Paul McCartney</strong>&ndash;, las voces invitadas de <strong>Thom Yorke</strong> &ndash;que tambi&eacute;n toca teclados en &ldquo;Traffic Lights&rdquo;&ndash; y de <strong>Nick Cave</strong> &ndash;en &ldquo;Wichita Lineman&rdquo;&ndash;, la flauta alto de <strong>Rickey Washington</strong> &ndash;padre del saxofonista Kamasi y mentor de Flea en la trompeta&ndash; en &ldquo;Plea&rdquo;, m&aacute;s un amplio grupo de colaboradores, son parte esencial de <em>Honora</em>, un &aacute;lbum que, por suerte, no se parece a nada. Si se dijera de &eacute;l que es un disco de jazz ser&iacute;a falso. Si se dijera que el jazz all&iacute; est&aacute; ausente, tambi&eacute;n.
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/jazz-fantasmas-educacion-sentimental_129_13135635.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 11 Apr 2026 12:51:19 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El jazz, los fantasmas y la educación sentimental]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[George Gershwin,Flea]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El silencio y la furia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/silencio-furia_129_13119179.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/841a168b-a8b3-40dc-8895-e79e10db29c6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El silencio y la furia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Woodstock y el ruido. Woodstock y lo que había sonado en 4 minutos y algo más en que no había sonado nada. Y, antes y después, una historia silenciosa que va desde Alphonse Allais y su “Marcha fúnebre para un gran hombre sordo” y el futuro imaginado por Erwin Schulhoff a Jonn Lennon y Yoko Ono, Wilco y más de 1000 artistas ingleses protestando contra la I.A. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        El <em>Festival de M&uacute;sica y Arte</em> de Woodstock, anunciado como &ldquo;una exposici&oacute;n de Acuario: tres d&iacute;as de paz y m&uacute;sica&rdquo;, no tuvo lugar en Woodstock sino 64 km al suroeste, en una granja de Bethel, en el condado de Sullivan del estado de Nueva York. Pero el nombre de ese pueblo del condado de Ulster qued&oacute; unido para siempre no solo al rock sino al momento en que, en 1969, una multitud festej&oacute; la lluvia y el canto comunitario, el propio hecho de estar all&iacute; y mucha de la mejor m&uacute;sica de tradici&oacute;n popular de la historia pero, tambi&eacute;n, a la vanguardia y el experimentalismo como algo cotidiano. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde el viernes 15 de agosto hasta la ma&ntilde;ana del lunes18 actu&oacute; una multitud de m&uacute;sicos muy j&oacute;venes, la mayor&iacute;a casi desconocidos y muy mal pagos &ndash;<strong>Carlos</strong> <strong>Santana</strong>, <strong>Joe Cocker</strong>, <strong>Melanie</strong>&ndash; y unas pocas estrellas: <strong>Creedence Clearwater Revival</strong>, <strong>Blood Sweat &amp; Tears</strong> &ndash;antes de caer en desgracia por haber actuado detr&aacute;s de la Cortina de Hierro con patrocinio de la CIA&ndash; y <strong>Jimi Hendrix</strong>. &nbsp;El concierto del guitarrista, junto con <strong>Mitch Mitchell</strong> en bater&iacute;a y <strong>Billy Cox</strong> en bajo, dur&oacute; dos horas. Iba a cerrar el festival en la noche del domingo pero finalmente subi&oacute; al escenario a las 9 de la ma&ntilde;ana del lunes. Ya quedaba, para ese momento, apenas una d&eacute;cima parte de los 400.000 asistentes. Pero 40.000 personas estaba lejos de ser una cifra menor si se piensa que aplaudieron al ruido mismo. Es cierto, lo que se escuchaba pod&iacute;a tomarse como una pieza descriptiva, casi cinematogr&aacute;fica. Remedaba las bombas y ametralladoras y, junto con la distorsi&oacute;n del Himno estadounidense, remit&iacute;a sin lugar a dudas a Vietnam. Pero se trataba, adem&aacute;s, de la ruptura; de la explosi&oacute;n literal del sonido convertida en objeto art&iacute;stico.
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    </figure><p class="article-text">
        No era la primera vez que el nombre de Woodstock, ese peque&ntilde;o pueblo donde el festival no tuvo lugar, estuvo unido a la transformaci&oacute;n no solo de la m&uacute;sica sino del pensamiento acerca de lo que la m&uacute;sica era &ndash;o pod&iacute;a ser&ndash;. Diecisiete a&ntilde;os antes, el 29 de agosto de 1952, posible pero no necesariamente en el otro extremo del ruido, en el peque&ntilde;o Maverick Concert Hall, un pianista llamado <strong>David Tudor</strong> &nbsp;no hab&iacute;a tocado nada durante cuatro minutos y treinta y tres segundos. El estreno de <em>4&rsquo;33&ldquo;</em>, una nueva composici&oacute;n de <strong>John Cage</strong>, fue parte de un concierto en que se hab&iacute;a presentado otra obra del mismo autor, <em>Water Music</em>, adem&aacute;s de una de un alumno suyo de 18 a&ntilde;os llamado <strong>Christian Wolff</strong>, otra de <strong>Morton Feldman</strong> y la primera <em>Sonata</em> de <strong>Pierre Boulez</strong>. La presentaci&oacute;n hab&iacute;a contado con el patrocinio de la Benefit Artists Welfare Fund, el p&uacute;blico era una audiencia interesada y familiarizada con el arte de vanguardia y, hasta la pen&uacute;ltima pieza, todas fueron calurosamente aplaudidas. Pero <em>4&rsquo;33&rdquo;</em>, fue un esc&aacute;ndalo. &ldquo;La gente empez&oacute; a susurrarse cosas y algunos se pararon para irse. Ninguno se rio. M&aacute;s bien se irritaron cuando se dieron cuenta de que no iba a pasar nada. A&uacute;n hoy no lo han olvidado&rdquo;, comentaba Cage, casi tres d&eacute;cadas despu&eacute;s.
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                John Cage en 1952                            </span>
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        <em>4&rsquo;33&ldquo;</em> no es necesariamente una composici&oacute;n para piano &ndash;o para el silencio de un piano y un pianista&ndash;. En realidad puede ser interpretada por cualquier instrumentista o cualquier grupo de instrumentistas siempre y cuando se cumplan ciertas condiciones: su divisi&oacute;n&nbsp;en tres movimientos &ndash;que suman los cuatro minutos con treinta y tres segundos del t&iacute;tulo&ndash;, separados por la se&ntilde;al de un reloj; la utilizaci&oacute;n de una partitura (en el estreno fueron varias hojas manuscritas por Cage, con m&uacute;sica efectivamente escrita para la ocasi&oacute;n), cuyas p&aacute;ginas son dadas vuelta cada vez que comienza un movimiento; y, sobre todo, que el int&eacute;rprete o grupo de int&eacute;rpretes no toquen ning&uacute;n sonido en sus instrumentos durante la obra. Cuatro minutos treinta y tres es una obra silenciosa. O todo lo contrario: una obra cargada con la imposibilidad del silencio. 
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a del estreno, en el primer movimiento son&oacute; el viento entre las hojas y, en el segundo, algunas gotas de lluvia que comenzaron a caer. Y, claro, el mismo p&uacute;blico. Un compositor que se opon&iacute;a a la idea de composici&oacute;n hab&iacute;a compuesto una obra que no estaba compuesta. Como estaba en contra de la idea de repertorio hab&iacute;a dise&ntilde;ado algo que no pod&iacute;a entrar en el repertorio y como polemizaba con los int&eacute;rpretes perge&ntilde;&oacute; una m&uacute;sica que no pod&iacute;a ser interpretada. John Cage discut&iacute;a tambi&eacute;n el tiempo y esa obra ten&iacute;a una duraci&oacute;n totalmente arbitraria (m&aacute;s adelante Cage dijo, en un reportaje, que en ese momento ya ni siquiera indicar&iacute;a un tiempo preciso). Cuestionaba la idea del sonido reglamentado y lo omit&iacute;a, rechazaba la repetici&oacute;n y esa era una obra que no pod&iacute;a (o no deb&iacute;a) repetirse &ndash;o que nunca podr&iacute;a ser la misma una vez que se conociera lo que all&iacute; suceder&iacute;a&ndash;. Pon&iacute;a en tela de juicio el rito del concierto burgu&eacute;s y esa era una &ldquo;composici&oacute;n&rdquo; que jam&aacute;s podr&iacute;a congeniar con ese rito. Romp&iacute;a con el m&aacute;s sagrado de los dioses, aun para los m&aacute;s vanguardistas: el derecho de autor. Y no pod&iacute;a grabarse en disco &ndash;aunque, cr&eacute;ase o no, hay versiones discogr&aacute;ficas&ndash;. Pero adem&aacute;s conectaba al p&uacute;blico que as&iacute; lo quisiera con su propio sonido interior. Y con el ordenamiento que su mente y su sensibilidad hicieran de lo que sonara alrededor. Fue la obra que instituy&oacute; el silencio como hecho sonoro. No fue la primera. Tampoco fue la &uacute;ltima.
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                Erwin Schulhoff                            </span>
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        <strong>Erwin Schulhoff</strong> hab&iacute;a nacido en 1894 en Praga, en ese entonces capital de Bohemia, en el Imperio Austroh&uacute;ngaro. En la Gran Guerra, que acab&oacute; con dicho imperio, fue soldado para su ej&eacute;rcito y acab&oacute; prisionero en Italia. Un a&ntilde;o despu&eacute;s, en 1919, se presentaba como pianista en Alemania y acompa&ntilde;aba sus actuaciones con un Manifiesto: &ldquo;El arte absoluto es revoluci&oacute;n, requiere facetas adicionales para su desarrollo, conduce al derrocamiento (golpes de estado) para abrir nuevos caminos &ndash; y es a&uacute;n m&aacute;s poderoso en la m&uacute;sica&ndash;. La idea de revoluci&oacute;n en el arte ha evolucionado durante d&eacute;cadas, bajo cualquier sol en que hayan vivido los creadores, en el sentido de que, para ellos, el arte es lo com&uacute;n del hombre. Esto es particularmente cierto en la m&uacute;sica, porque esta forma de arte es la m&aacute;s viva y, como resultado, refleja la revoluci&oacute;n con mayor fuerza y profundidad: la completa evasi&oacute;n de la tonalidad y el ritmo imperialistas, el ascenso hacia un cambio ext&aacute;tico para mejor&rdquo;. De ese a&ntilde;o son su <em>Sonata Er&oacute;tica</em> (para voz femenina sola), donde la partitura detalla el ritmo y las alturas de un orgasmo de m&aacute;s de tres minutos, y sus <em>Cinco Pintorescas</em> (<em>F&uuml;nf Pittoresken</em>) para piano. &nbsp;Son piezas breves y todas, menos una, refieren a m&uacute;sicas populares, que, para la tradici&oacute;n centroeuropea, ten&iacute;an una poderosa fuerza disruptiva. Sus t&iacute;tulos eran &ldquo;Foxtrott&rdquo;, &ldquo;Ragtime&rdquo;, &ldquo;In Futurum&rdquo;, &ldquo;One-Step&rdquo; y &ldquo;Maxixe&rdquo;. La composici&oacute;n central, por su t&iacute;tulo y su contenido, pod&iacute;a, como la versi&oacute;n de Hendrix del <em>Himno estadounidense</em>, tomarse como un comentario sobre la guerra&nbsp;reci&eacute;n acabada. Y sobre la herencia que legaba. La partitura parece una notaci&oacute;n para piano, aunque invierte la posici&oacute;n entre ambos pentagramas, poniendo en el superior una clave de fa y en el otro la de sol. Un texto en italiano indica: &ldquo;Toda la pieza con expresi&oacute;n y sentimiento ad libitum, hasta el final&rdquo;. No hay notas sino silencios pero mani&aacute;ticamente escritos con intrincad&iacute;simos cambios de acentuaci&oacute;n y en compases imposibles. Por a&ntilde;adidura, inventa all&iacute; los emoticones. La escritura musical es comentada por caritas sonrientes o afligidas. Y, obviamente, se trata de una pieza silenciosa. 
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                Partitura de In Futurum, de Erwin Schulhoff                            </span>
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    </figure><p class="article-text">
        Schulhoff fue considerado un &ldquo;m&uacute;sico degenerado&rdquo; en Alemania y volvi&oacute; a su ciudad natal, para ese entonces ya la capital de un nuevo pa&iacute;s llamado Checoeslovaquia. All&iacute; sobrevivi&oacute; como pianista de radio, y entre otras cosas, en 1932 puso m&uacute;sica al <em>Manifiesto Comunista</em>. A partir de 1939, con la invasi&oacute;n alemana, debi&oacute; componer en secreto y actuar con seud&oacute;nimos. En 1941 la Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica resolvi&oacute; favorablemente su petici&oacute;n de ciudadan&iacute;a pero no lleg&oacute; a emigrar. En junio de ese a&ntilde;o fue capturado y deportado al campo de concentraci&oacute;n de W&uuml;lzburg, cerca de Wei&szlig;enburg, en Bavaria. All&iacute; muri&oacute;, de tuberculosis, el 18 de agosto de 1942.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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        M&aacute;s all&aacute; del uso consciente del silencio como elemento musical, en las obras de <strong>Carl Philipp Emanuel Bach</strong> o <strong>Ludwig Van Beethoven</strong>, antes y despu&eacute;s de Cage hubo otros silencios. El del escritor <strong>Alphonse Allais</strong>, en su &ldquo;Marcha f&uacute;nebre para un gran hombre sordo&rdquo;, de 1897, donde un grupo de m&uacute;sicos s&oacute;lo debe mover las manos y contar los compases, &ldquo;M&uacute;sica silenciosa&rdquo;, escrita por <strong>Raymond Scott</strong> en 1941, en que los &uacute;nicos sonidos son los de las llaves de los instrumentos de viento (que no son soplados) y el susurro de unas escobillas inm&oacute;viles sobre un tambor, &nbsp;la &ldquo;Sinfon&iacute;a Mon&oacute;tona y Silenciosa&rdquo;, de <strong>Yves Klein</strong>, compuesta en 1949, donde a un movimiento de 20 minutos con un solo acorde sucede otro de la misma duraci&oacute;n pero en silencio y, dede ya, las <em>3 Bagatelas para David Tudor</em> de <strong>Gy&ocirc;rgi Ligeti</strong>. Y hay tambi&eacute;n, desde ya, ejemplos notables en la m&uacute;sica de tradici&oacute;n popular y sus sat&eacute;lites en el campo de lo ambiental y el electropop. &ldquo;18 Sek&uacute;ndur fyrir s&oacute;laruppr&aacute;s&rdquo; (18 segundos antes de la sonrisa) del grupo island&eacute;s <strong>Sigur R&oacute;s</strong> ,&ldquo;23 Seconds of Silence&rdquo; de <strong>Wilco</strong> (en <em>Summerteeth</em>), y &ldquo;42 Minutes of Silence&rdquo; de <strong>Milosh</strong>, los 4 segundos de &ldquo;Nutopian International Anthem&rdquo; de <strong>John Lennon</strong> en <em>Mind Games</em> y, de &eacute;l junto con <strong>Yoko Ono</strong>, &ldquo;Two Minutes Silence&rdquo; (incluido en <em>Unfinished Music No. 2: Life with the Lions</em>)&nbsp;son algunos de ellos. Del lado del jazz, all&iacute; est&aacute; &ldquo;Leucocyte II: Ad Interim&rdquo; de <strong>E.S.T.</strong> (Esbj&ouml;rn &nbsp;Svensson Trio) con su minuto de silencio entre las ruidosas &nbsp;&ldquo;Leucocyte I: Ab Initio&rdquo; y &nbsp;&ldquo;Leucocyte III: Ad mortem&rdquo;, en el &aacute;lbum <em>Leucocyte</em>, de 2008. 
    </p><p class="article-text">
        El silencio como posible respuesta a aquella frase que cerraba <em>Cr&iacute;tica cultural y sociedad</em>, del fil&oacute;sofo <strong>Theodor Adorno</strong>, donde se dec&iacute;a que escribir poes&iacute;a despu&eacute;s de Auschwitz era un acto de barbarie. Como expresi&oacute;n de una imposibilidad o de una puerta a un universo poblado de posibilidades y, tambi&eacute;n, como medio de protesta. En 1980 se edit&oacute; <em>The Wit and Wisdom of Ronald Reagan</em> (El ingenio y la sabidur&iacute;a de Ronald Reagan). Fue publicado, en una tirada reducida y nunca reeditado, por Magic Records, un sello creado espec&iacute;ficamente para esta publicaci&oacute;n. Conten&iacute;a dos pistas, cada una de 20 minutos de duraci&oacute;n, dedicada una al ingenio y la otra a la sabidur&iacute;a del presidente mentado. Y, ya lo han adivinado, conten&iacute;an solo silencio. &nbsp;M&aacute;s recientemente, en 2025, m&aacute;s de mil artistas, entre ellos <strong>Kate Bush</strong>, <strong>Damon Albarn</strong> y <strong>Annie Lennox</strong>, firmaron una edici&oacute;n de Virgin Music Group en contra de la utilizaci&oacute;n pirata de sus obras en el entrenamiento de la I.A. Entre todos los t&iacute;tulos del disco se forma la frase: &ldquo;El gobierno brit&aacute;nico no debe legalizar el robo de m&uacute;sica para beneficiar a las compa&ntilde;&iacute;as de I.A.&rdquo; El &aacute;lbum se llama <em>Is This What We Want?</em> y no hay all&iacute; sonido alguno. 
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/silencio-furia_129_13119179.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 04 Apr 2026 13:33:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El silencio y la furia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Woodstock,Jimi Hendrix,John Cage]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[La imagen del sonido]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/imagen-sonido_129_13087084.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2eddde0d-c2ef-4dc7-a087-c6f5f99bd913_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La imagen del sonido"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los premios Oscar y dos músicas para el cine que resultan protagonistas. El blues y "Sinners" y el terror. Jonny Greenwood en "One Battle After Another" y Alain Resnais en el fondo. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        Una mezcla de mujer y ni&ntilde;a. Alguien que vest&iacute;a vestidos cort&iacute;simos y a quien, en algunos de los cortometrajes que protagonizaba, se le llegaba a ver la ropa interior. Un personaje perverso, cuyos films, casi un siglo despu&eacute;s, ganar&iacute;an con facilidad el premio a la acumulaci&oacute;n de incorrecciones pol&iacute;ticas. Con sus grandes ojos de nena ribeteados por un abundante maquillaje de adulta, ella tarareaba, como para s&iacute;, unas pocas s&iacute;labas, &ldquo;boop-boop-a-boop&rdquo;. Imitaba, en su aspecto y en ese murmullo musical con voz aguda &ndash;de ni&ntilde;a-mujer&ndash; a una estrella, <strong>Helen Kane</strong>, que acab&oacute; haci&eacute;ndole juicio a sus creadores, el productor <strong>Max Fleischer</strong> y el dibujante <strong>Grim Natwick</strong>. Ella, <strong>Betty Boop</strong>, vestida de exploradora, era capturada por una tribu de antrop&oacute;fagos africanos, mientras la cara de otro negro, en este caso nacido en losEstados Unidos y llamado <strong>Louis Armstrong</strong>, corr&iacute;a tras sus posibles salvadores, Bimbo y Koko el clown, y cantaba desde el cielo, un blues: &ldquo;Ser&eacute; feliz cuando mueras&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>Betty Boop con Louis Armstrong, 1932</em>
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        <em>Helen Kane, la verdadera Betty Boop</em>
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    </figure><p class="article-text">
        La escena era terror&iacute;fica. El film era de 1932 y no fue la &uacute;nica vez en que ese g&eacute;nero triste &ndash;la asociaci&oacute;n entre la palabra blue y el color azul con la melancol&iacute;a ven&iacute;a del romanticismo ingl&eacute;s&ndash; tuvo connotaciones ligadas al horror, lo diab&oacute;lico o lo sobrenatural. En 1936, <strong>Robert Johnson</strong> grab&oacute; por primera vez &ldquo;Cross Road Blues&rdquo; (Blues del cruce de caminos) y aunque la letra nada dec&iacute;a al respecto todos supieron que all&iacute;, en esa encrucijada, era donde Johnson le hab&iacute;a entregado al diablo su alma a cambio del talento. La canci&oacute;n se convirti&oacute; en un cl&aacute;sico de la cultura afro norteamericana y fue resucitada por el tr&iacute;o ingl&eacute;s <strong>Cream</strong>, como apertura del segundo disco del &aacute;lbum <em>Wheels of Fire</em> &ndash;grabado en vivo&ndash;, en 1968. El guitarrista del grupo, <strong>Eric Clapton</strong>, volvi&oacute; a tocar el tema infinidad de veces y otro tr&iacute;o, los canadienses <strong>Rush</strong>, revisitaron la versi&oacute;n de Cream en el disco <em>Feedback</em>, de 2004. 
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        La pel&iacute;cula <em>Sinners</em>, nominada a 16 premios en la &uacute;ltima edici&oacute;n de los Oscars &ndash;un r&eacute;cord&ndash;, gan&oacute;, finalmente, s&oacute;lo cuatro, entre ellos a mejor banda sonora. Dirigida, escrita y producida por <strong>Ryan Coogler</strong> y protagonizada por <strong>Michael B. Jordan</strong> &ndash;que personifica a dos hermanos gemelos y gan&oacute; otro de los Oscars del a&ntilde;o&ndash; es, entre muchas otras cosas, un film de terror. Transita, sin embargo, por cuanto g&eacute;nero existe &ndash;y ese es uno de sus atractivos&ndash; aunque tiene un ancla: el blues. Los hay antiguos y nuevos; se mezclan con el gospel, con el rap y con otros g&eacute;neros folkl&oacute;ricos del sur profundo de Norteam&eacute;rica. Pero alcanzan para situar el mundo en el Mississippi de 1932 &ndash;el mismo a&ntilde;o en que Armstrong aterrorizaba a Betty Boop&ndash; y, sobre todo, al blues como uno de los ingredientes fundamentales de la relaci&oacute;n entre los seres humanos y el mal absoluto &ndash;una relaci&oacute;n que ha sido abundantemente explorada por <strong>Stephen King</strong>&ndash;.
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        La m&uacute;sica de <em>Sinners</em> incluye aquello que fue compuesto especialmente por <strong>Ludwig G&ouml;ransson</strong> y lo que fue interpretado por artistas extraordinarios como <strong>Rhiannon Giddens</strong> y <strong>Justin Robinson</strong> (fundadores del grupo <strong>Carolina Chocolate Drops</strong>), una larga lista de grandes guitarristas, entre ellos <strong>Buddy Guy</strong>, <strong>Eric Gales</strong> y <strong>Christone &ldquo;Kingfish&rdquo; Ingram</strong>, m&aacute;s un &iacute;cono del Rhythm &amp; Blues como <strong>Raphael Saadiq</strong>, la cantante <strong>Brittany Howard</strong>, de los <strong>Alabama Shakes</strong>, el autor y cantantebrit&aacute;nico <strong>James Blake</strong>, <strong>Jerry Cantrell</strong>, de <strong>Alice in Chains</strong>, y <strong>Lars Ulrich</strong> de <strong>Metallica</strong>.
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    </figure><p class="article-text">
        Otra de las m&uacute;sicas originales nominadas al Oscar fue la que <strong>Jonny Greenwood</strong> cre&oacute; para <em>One Battle After Another</em>, el film de <strong>Paul Thomas Anderson</strong> que gan&oacute; los premios a mejor pel&iacute;cula, mejor director y mejor actor secundario entre otros. La adaptaci&oacute;n de la novela <em>Vineland</em>, de <strong>Thomas Pynchon</strong>, que los tiempos de Trump volvieron costumbrista, establece con la obra de Greenwood una clase de relaci&oacute;n totalmente distinta que la habitual no s&oacute;lo en Hollywood sino en casi toda la historia del cine. La m&uacute;sica no ambienta &ndash;salvo en contadas ocasiones&ndash; sino que dibuja otra voz narrativa, uniendo escenas o fragment&aacute;ndolas. El uso de una guitarra desafinada, del ostinato del piano o de las cuerdas y un tr&aacute;nsito fluido entre lo tonal y lo atonal &ndash;algo frecuente, no obstante, en los trabajos para el cine de quien fue socio fundador de <strong>Radiohead</strong> y del tr&iacute;o <strong>Smile</strong>&ndash; remite, eventualmente, a <em>Muriel</em>, de <strong>Alain Resnais</strong>, un film ejemplar &ndash;y por momentos incomod&iacute;simo&ndash; que puede verse en Mubi y en que la m&uacute;sica, creada por el compositor <strong>Hans Wener Henze</strong>, corre con el mismo riesgo est&eacute;tico que el guion y la imagen.
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    </figure><p class="article-text">
        Estrenada en 1963, <em>Muriel, </em>una pel&iacute;cula en que la m&uacute;sica no puede no ser notada, fue festejada ampliamente por la revista <em>Cahiers du Cinema</em>, que ya hab&iacute;a anticipado el estreno con dos art&iacute;culos en el n&uacute;mero de agosto de ese a&ntilde;o &ndash;la relaci&oacute;n entre esa publicaci&oacute;n y la nueva ola del cine franc&eacute;s puede disfrutarse en la exquisita <em>Nouvelle Vague</em>, dirigida por <strong>Richard Linklater</strong>&ndash;. La extensa cr&iacute;tica asegura que no se trata s&oacute;lo del film m&aacute;s bello de Resnais sino del &uacute;nico. &ldquo;Los otros, si se quiere &ndash;dice&ndash;, son s&oacute;lo bocetos, borradores, apuntes, anuncios&rdquo;. All&iacute; se hace un pormenorizado an&aacute;lisis de los aspectos simb&oacute;licos, de la relaci&oacute;n del director y sus personajes con la memoria y con lo no dicho, del peso de la guerra de Argelia, de las im&aacute;genes y de las actuaciones. Como suele suceder, la m&uacute;sica no se menciona ni una sola vez.
    </p><p class="article-text">
        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/imagen-sonido_129_13087084.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 21 Mar 2026 13:41:04 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El garage norteamericano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/garage-norteamericano_129_13068451.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c6d3d83f-c36f-4159-8d78-5c89b06e6c03_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El garage norteamericano"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El nuevo disco de Pat Metheny. Un álbum con grandes solistas jóvenes. Una grabación en grupo. Y un músico de 71 años de trayectoria asombrosa. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        Si <strong>Pat Metheny</strong> s&oacute;lo fuera el del solo en &ldquo;My One and Only Love&rdquo;, en el primer disco a su nombre de <strong>Michael Brecker</strong>, donde directamente inventa una nueva canci&oacute;n sobre otra, ser&iacute;a suficiente. All&iacute; hac&iacute;a lo &uacute;nico que era posible, despu&eacute;s del volc&aacute;nico preludio a solas del saxofonista. Algo que, por otra parte, s&oacute;lo podr&iacute;a hab&eacute;rsele ocurrido a &eacute;l y, desde ya, qu&eacute; s&oacute;lo &eacute;l podr&iacute;a haber sido capaz de tocar.
    </p><p class="article-text">
        Si se tratara &uacute;nicamente del guitarrista que grab&oacute; &ldquo;This is Not America&rdquo; junto con <strong>David Bowie</strong>, de aquel para quien <strong>Steve Reich</strong> escribi&oacute; <em>Electric Conterpoint</em>, del que colabor&oacute; con <strong>John Zorn</strong> en el volumen 20 de <em>Book of Angels</em>, con <strong>Ornette Coleman</strong> en <em>Song X</em> o con <strong>Milton Nascimento</strong> en &ldquo;Vidro e corte&rdquo;; si no hubiera otra cosa que sus d&uacute;os &ndash;con el contrabajista <strong>Charlie Haden</strong>, con el saxofonista <strong>Joshua Redman</strong>, en &ldquo;Tears from Heaven&rdquo;, con los guitarristas <strong>Jim Hall</strong>, <strong>Toninho Horta</strong> o <strong>John Scofield</strong> o con <strong>Tom Jobim</strong>, en vivo en el Carnegie Hall&ndash; o sus tr&iacute;os, con <strong>Jaco Pastorius</strong> y <strong>Bob Moses</strong>, con Haden y <strong>Billy Higgins</strong> o con <strong>Dave Holland</strong> y <strong>Roy Haynes</strong>, o el grupo de <em>Shadows and Light</em>, de <strong>Joni Mitchell</strong>, o el cuarteto en el que toc&oacute; con <strong>Sonny Rollins</strong>, en <em>Live Under the Sky &lsquo;83</em>, ya se tratar&iacute;a de uno de los m&uacute;sicos m&aacute;s importantes del &uacute;ltimo medio siglo. 
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        Pero Metheny, que acaba de publicar <em>Side Eye III+</em>, un disco nuevo y magn&iacute;fico, es quien naturaliz&oacute; la m&aacute;s sorprendente de las imaginaciones mel&oacute;dicas en la improvisaci&oacute;n, quien integr&oacute; el rasguido del folk del medio oeste estadounidense al universo de la guitarra del jazz, el que invent&oacute; la m&uacute;sica m&aacute;s dif&iacute;cil y compleja de hacer y m&aacute;s f&aacute;cil de escuchar y, lejos del &uacute;ltimo lugar en importancia, el que amalgam&oacute; las m&uacute;sicas m&aacute;s populares con las estructuras m&aacute;s complejas y cre&oacute; el sonido de un nuevo &ndash;e hipot&eacute;tico&ndash; garage musical norte americano. 
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    </figure><p class="article-text">
        Ni&ntilde;o prodigio, formado sentimentalmente por <strong>The Beatles</strong>, <strong>Wes Montgomery</strong> y <strong>Miles Davis</strong>, becado por la revista <em>DownBeat</em> a los 15 a&ntilde;os y maestro en la escuela Berklee de Boston antes de cumplir los 16, Metheny, ahora con 71 a&ntilde;os y una de las carreras m&aacute;s extraordinarias e inabarcables que pueda imaginarse, grab&oacute; un disco en grupo. Y, como en el anterior &ndash;<em>Side-Eye NYC (V1.IV)</em>&ndash;, registrado en vivo en 2021,los m&uacute;sicos con los que toca son jovenc&iacute;simos: el tecladista <strong>Chris Fishman</strong> &ndash;un heredero natural de <strong>Lyle Mays</strong>&ndash;, el notable bajista <strong>Daryl Johns</strong>, el baterista <strong>Joe Dyson</strong> y <strong>Luis Conte</strong> en percusi&oacute;n. Y algo fundamental lo une a aquel grupo que sali&oacute; al ruedo con el austero nombre de <strong>Pat Metheny Quartet</strong> y revolucion&oacute; el mundo del jazz con su disco siguiente, <em>American Garage</em>, grabado en junio de 1979. Un &aacute;lbum que aliment&oacute; las pol&eacute;micas en la <em>DownBeat</em> durante varios meses &ndash;&iquest;era demasiado comercial? &iquest;No se trataba de jazz? &iquest;Pod&iacute;a ser bueno si era (aparentemente) tan sencillo?&ndash; &nbsp;y que, en todo caso, fund&oacute; una honorable dinast&iacute;a a la que pertenecen <em>Offramp</em>, publicado en 1982, sus exitos&iacute;simos,&nbsp;<em>Still Life Talking</em> y <em>Letter From Home</em>, registrados en 1987 y 1989 respectivamente. 
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; de las cualidades de los solistas, que son muchas, se trata de un grupo. El poderosos impulso de la secci&oacute;n r&iacute;tmica, la interrelaci&oacute;n entre el bajo, los teclados y la guitarra, la intrincada, y a la vez fluida, superposici&oacute;n de patrones r&iacute;tmicos, los pasajes sin costuras entre la escritura y la improvisaci&oacute;n y el ajuste portentoso lo ponen en escena. 
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    </figure><p class="article-text">
        El principio, con &ldquo;In on It&rdquo; funciona como una erupci&oacute;n. En &ldquo;Don&rsquo;t Look Down&rdquo;, un valsecito a lo <strong>Bill Evans</strong>, se manifiesta el lirismo de Metheny en todo su esplendor y el tercer tema del disco, &ldquo;Make a New World&rdquo;, ya desde su t&iacute;tulo funciona como una metonimia no s&oacute;lo del &aacute;lbum sino de toda la trayectoria del guitarrista. Se trata, en todo caso, de un disco ejemplar de un m&uacute;sico que sorprendi&oacute; en sus comienzos &ndash;el cuarteto con el pianista <strong>Paul Bley</strong>, Pastorius y <strong>Bruce Ditmas</strong>, grabado poco antes de cumplir 20 a&ntilde;os, su extraordinario <em>Bright Size Life</em>, con Pastorius y Moses, sus participaciones en el grupo de <strong>Gary Burton</strong>&ndash; y sigue haci&eacute;ndolo ahora, tan joven como siempre. El gran compositor italiano <strong>Luciano Berio</strong> hab&iacute;a dicho de &eacute;l, en los comienzos del siglo XXI, que era &ldquo;el m&uacute;sico m&aacute;s importante del momento&rdquo;. Y el momento contin&uacute;a. 
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/garage-norteamericano_129_13068451.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 14 Mar 2026 13:43:02 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El garage norteamericano]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Pat Metheny,Gary Burton,Jaco Pastorius]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Celebración de la intimidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/celebracion-intimidad_129_13029741.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/683c20b5-b60b-4f12-899a-416a356eb241_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Celebración de la intimidad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Dee Dee Bridgewater es una leyenda viva, con más de 50 años de carrera y tres Grammys y un Tony en su haber. Bill Charlap es uno de los grandes pianistas del momento. Juntos, y a solas, actuarán el próximo 12 de marzo en el Teatro Coliseo. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Hab&iacute;a estado en una niebla creativa. Entonces, durante la pandemia, ve&iacute;a muchos artistas haciendo cosas y realmente no ten&iacute;a deseos de nada&rdquo;, contaba <strong>Dee Dee Bridgewater</strong> a la revista inglesa Jazzwise, en mayo de 2024. Antes, mucho antes para las leyes del mercado, hab&iacute;a grabado un disco ejemplar. <em>Memphis</em>&hellip;<em>Yes, I&rsquo;m Ready</em>, rend&iacute;a homenaje al soul y el rhythm &amp; blues del Sur Profundo, de <strong>Big Mama Thornton </strong>a <strong>B. B. King</strong>, y, en gran medida, hab&iacute;a sido la despedida a su madre, a la que hab&iacute;a cuidado los diez &uacute;ltimos a&ntilde;os de su vida. Y despu&eacute;s de siete a&ntilde;os de silencio, la artista con m&aacute;s de medio siglo de carrera, ganadora de tres Grammys como cantante y un Tony como actriz, doctora honoraria en el Colegio Berklee de M&uacute;sica y la Universidad de Michigan, tuvo una epifan&iacute;a. &ldquo;Estaba sentada en mi sof&aacute; y mi voz interior dijo &lsquo;<strong>Bill Charlap&rsquo;</strong>&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se imagin&oacute; cantando junto al gran pianista y se lo dijo a su agente. &ldquo;Es interesante &ndash;dijo &eacute;l&ndash; porque tambi&eacute;n soy su representante&rdquo;. &ldquo;&iquest;Podr&iacute;as preguntarle si quiere hacer un par de shows conmigo?&rdquo;, pregunt&oacute; Dee Dee. No se trat&oacute; de unas pocas actuaciones sino de una alianza duradera. El a&ntilde;o pasado lleg&oacute; un disco, <em>Elemental</em>. Y Charlap, que en 2025 brind&oacute;, junto con su tr&iacute;o, una serie de actuaciones memorables en BeBop, el club de jazz de la calle Uriarte al 1600, vuelve ahora con ella para presentarse el pr&oacute;ximo jueves 12 en el Teatro Coliseo (Marcelo T. de Alvear 1125). Nacida como Denise Eileen Garrett, hija del trompetista <strong>Matthew Garrett</strong>, ex esposa de otro trompetista, <strong>Cecil Bridgewater</strong> &ndash;de quien le qued&oacute; el apellido&ndash; y madre de la notable cantante y productora <strong>China Moses</strong>, Dee Dee, que cant&oacute; con el quinteto de <strong>Horace Silver</strong> en 1970, que en los primeros a&ntilde;os de esa d&eacute;cada se present&oacute; con la c&eacute;lebre orquesta residente del Village Vanguard, dirigida por <strong>Thad Jones</strong> y <strong>Mel Lewis</strong>, que registr&oacute; su primer disco hace 52 a&ntilde;os y que tuvo a <strong>Ray Charles</strong> como invitado en la grabaci&oacute;n de &ldquo;Till the Next&hellip;Somewhere&rdquo;, inluida en el &aacute;lbum <em>Precious Thing</em>, de 1989, sabe que pertenece a una generaci&oacute;n de leyendas. Y es absolutamente consciente del paso del tiempo. &ldquo;Nuestras leyendas se est&aacute;n muriendo&rdquo;, dice. &ldquo;Perdimos a <strong>Chick (Corea)</strong>; perdimos a <strong>Wayne (Shorter)</strong>; <strong>Herbie (Hancock)</strong> tiene 85 a&ntilde;os. La m&uacute;sica, en general, est&aacute; girando hacia mundos nuevos. Es dif&iacute;cil categorizar el presente. Y esto sucede en todos los g&eacute;neros. Hasta el country, que es esencialmente conservador, est&aacute; cambiando. Siempre fue un g&eacute;nero blanco y hasta racista y ahora hay all&iacute; artistas afroamericanos. La m&uacute;sica, desde el principio de los tiempos, jam&aacute;s se qued&oacute; quieta. Y no veo por qu&eacute; lo har&iacute;a ahora.&rdquo;
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        Por lo pronto, lo que es evidente es que quien no se ha quedado quieta es ella. Una recorrida por su discograf&iacute;a, por ejemplo, muestra piezas netamente enfcadas en el soul y el rhythm &amp; blues &ndash;el citado <em>Precious Things</em>, por ejemplo&ndash;, otros puntillosamente cifrados en el jazz, como su homenaje a <strong>Ella Fitzgerald</strong> o su tributo a <strong>Horace Silver</strong> &ndash;<em>Dear Ella</em>, de 1997, <em>Love and Peace</em>, de 1995&ndash;, algunos cercanos al jazz-rock &ndash;<em>Just Family</em>, grabado en 1977 con un grupo que inclu&iacute;a a Chick Corea, <strong>George Duke</strong>, <strong>Stanley Clarke</strong>, <strong>Harvey Mason</strong> y <strong>Airto Moreira</strong>&ndash;&nbsp;y, tambi&eacute;n, una inmersi&oacute;n en los folklores de Mal&iacute; y en el llamado blues del desierto &ndash;en <em>Red Earth: A Malian Journey</em>, grabado en agosto de 2006, donde participan <strong>Cheick-Tidiane Seck</strong> y <strong>Toumani Diabate</strong>, entre otros&ndash;. El presente tiene que ver con una celebraci&oacute;n de la intimidad. Y, sobre todo, de aquello que sigue siendo la c&eacute;lula b&aacute;sica del jazz &ndash;y, tal vez, de todas las m&uacute;sicas&ndash;: escucharse. &ldquo;Cada uno conf&iacute;a en el otro&rdquo;, explicaba, a la revista JazzTimes, Charlap, quien, desde ya, es algo muy distinto a un mero acompa&ntilde;ante. &ldquo;Encontramos que hab&iacute;a qu&iacute;mica entre nosotros. Algo que s&oacute;lo se desarrolla con el tiempo y que para nosotros fue instant&aacute;neo. A partir de all&iacute; pudimos aprender la confianza mutua&rdquo;. 
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        <em>DF/MF</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
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      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/celebracion-intimidad_129_13029741.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 28 Feb 2026 17:24:52 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[El tango y sus edades]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tango-edades_129_13010741.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/011b4daf-828c-4521-92b6-102ea4d3ab0b_16-9-discover-aspect-ratio_default_1137172.jpg" width="4014" height="2258" alt="El tango y sus edades"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Sergio Pujol acaba de publicar una historia tan atractiva como imprescindible. Cuenta, por primera vez, con rigor de investigador y pasión de amante del género, los cambios y persistencias de una música y sus relaciones con el contexto, a lo largo de poco más de un siglo. Y, también, habla de una palabra que, a pesar de todo, define una identidad.</p></div><p class="article-text">
        Toda investigaci&oacute;n parte de un enigma. De algo que no acaba de cuadrar del todo. Y todo buen libro, como demostr&oacute; <strong>Jorge Luis Borges</strong>, es como una investigaci&oacute;n. <em>Las edades del tango</em>, de <strong>Sergio Pujol</strong>, es ambas cosas: una pregunta inicial que nutre todo el relato &ndash;y una investigaci&oacute;n&ndash; y un libro extraordinario, en el sentido m&aacute;s preciso. Algo que inaugura una categor&iacute;a. Algo que no exist&iacute;a antes de que alguien lo pusiera en &oacute;rbita. 
    </p><p class="article-text">
        Existe el tango, desde ya. Y existen sus historias, las que ya han sido escritas, que Pujol recorre y analiza exhaustivamente. Pero esta, que habla de sus edades &ndash;no sus &eacute;pocas, remarca el autor en una conversaci&oacute;n con <strong>elDiarioAR</strong>&ndash; se trata de otra cosa. Est&aacute; contada por alguien que indudablemente ama esta m&uacute;sica, y la conoce con profundidad, pero su punto de vista no es el del fan. No hay aqu&iacute; vidas de santos, ni relatos hollywoodenses acerca de luchas contra dragones, reales o imaginarios. Tampoco se trata de mitolog&iacute;as, aunque ellas aparecen. No como explicaci&oacute;n sino como objeto de estudio. Su autor hace, en rigor, lo que viene haciendo desde aquel fundante <em>Las canciones del inmigrante</em>, que public&oacute; hace ya casi cuarenta a&ntilde;os: escribir sobre las m&uacute;sicas y su relaci&oacute;n con la sociedad y hacerlo, al mismo tiempo, con el m&aacute;ximo de los rigores &ndash;y desde la investigaci&oacute;n y los documentos, esa rareza&ndash; y con la mayor de las simplezas posibles.
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        &ldquo;Mi aprendizaje fue el periodismo&rdquo;, dice, y habr&iacute;a que agregar la docencia, que ejerce desde hace m&aacute;s de dos d&eacute;cadas como profesor de <em>Historia del Siglo XX </em>en la Facultad de periodismo y comunicaci&oacute;n de la Universidad de La Plata, la ciudad donde naci&oacute; y en la que vive. En ambas disciplinas no se puede &ndash;o no se debe&ndash; decir aquello que no est&eacute; fundamentado y, en las dos, lo que se dice tiene un interlocutor. Busca ser comunicado. 
    </p><p class="article-text">
        En Qatar, en 2022, Argentina gana su tercer Mundial. La conquista es &eacute;pica. Se dice, y posiblemente sea cierto, que se ha tratado de la mejor final de la historia. Y la &eacute;pica argentina se traduce en tango. &ldquo;Ellos bailar&aacute;n tango toda la noche&rdquo;, cuenta Pujol que dice un locutor de la televisi&oacute;n inglesa. Y contin&uacute;a, en ese comienzo de un libro donde se traza un arcano, &ldquo;Trap, rap, cumbia, pop, rock, c&aacute;nticos de estadio de f&uacute;tbol (todo un ejercicio de contrahechura con motivos populares), incluso folclore: otros g&eacute;neros musicales ten&iacute;an en 2022 m&aacute;s relieve en la superficie s&oacute;nica de los argentinos que el tango. Por otra parte, la imagen de un baile ensimismado, de pareja cerrada, como expresi&oacute;n de algarab&iacute;a era totalmente inadecuada. Con el tango no se puede hacer <em>pogo</em>.&rdquo; Y el problema que se plantea, entonces, es por qu&eacute; esa m&uacute;sica que no se baila en las calles, de cuyas canciones casi nadie sabe una letra completa y que parece impracticable como festejo, ten&iacute;a para un locutor ingl&eacute;s (y no solo para &eacute;l), el valor de algo que, en palabras de Pujol, &ldquo;pudiera dar cuenta de la unidad de un pa&iacute;s que, como tantos otros, est&aacute; hecho de parcialidades y tensiones, de asimetr&iacute;as sociales e identidades encontradas.&rdquo; 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Empec&eacute; la carrera en Humanidades, en la &eacute;poca de la dictadura, y al poco tiempo me convocaron de El D&iacute;a para hacer una columna semanal de cr&iacute;tica de m&uacute;sica&rdquo;, relata Pujol sobre sus comienzos. &ldquo;Yo le&iacute;a mucho sobre ese tema. La <em>Pelo</em>, <em>Expreso Imaginario</em>, los pocos libros que hab&iacute;a en ese momento. Como hab&iacute;a estudiado ingl&eacute;s en la secundaria, ten&iacute;a acceso tambi&eacute;n a bibliograf&iacute;a en ese idioma. Y hay un estilo, una manera de contar la historia que uno podr&iacute;a identificar con una l&iacute;nea anglosajona, que puede ser muy rigurosa, muy documentada, pero donde predomina una idea narrativa. Y eso me result&oacute; muy atractivo. En la facultad estudiaba econom&iacute;a y pol&iacute;tica. Y la biograf&iacute;a estaba un poco desprestigiada. Pero un poco de manera <em>under</em> me seduc&iacute;a esa otra manera, que fue, creo, la que termin&oacute; dando forma a mis libros.
    </p><p class="article-text">
        Su propia historia como escritor traza un recorrido inevitable. Los inmigrantes, <strong>Mar&iacute;a Elena Walsh</strong>, <strong>Disc&eacute;polo</strong>, <strong>Valentino</strong> y los a&ntilde;os 20, el baile, el jazz y la m&uacute;sica de tradici&oacute;n afroamericana en la Argentina, la d&eacute;cada de 1960, las canciones populares de este pa&iacute;s entre 1910 y 2010, el 73, el rock y la dictatura, el <strong>Gato Barbieri</strong>, un original&iacute;simo paisaje dibujado por <em>Cien a&ntilde;os de m&uacute;sica argentina</em> en que se entrecruzan estilos y tradiciones casi siempre tratados como si correspondieran a universos paralelos y, por supuesto estas edades del tango, bien podr&iacute;an ser los diferentes cap&iacute;tulos de un monumental volumen destinado a contar una historia con may&uacute;sculas: la de los sonidos de la Patria. Es decir, para tomar las palabras de <strong>Leopoldo Lugones</strong> que Pujol analiza certero, ese &ldquo;esp&iacute;ritu de un pueblo&rdquo; que puede apreciarse por su m&uacute;sica. 
    </p><p class="article-text">
        La palabra &ldquo;tango&rdquo;, en ese sentido, tiene, para &eacute;l, un gran poder simb&oacute;lico y representativo. Su historia, en todo caso, aunque &eacute;l reconozca antecedentes, es en muchos aspectos la primera. Por lo pronto inaugura el registro cabal de la documentaci&oacute;n dura y el an&aacute;lisis de los estilos sin abandonar la frase elegante y ese gesto &ldquo;anglosaj&oacute;n&rdquo; de no olvidar que contar la historia es, tambi&eacute;n, contar una historia. Pero no solo eso; entiende que las rupturas son tan importantes como las continuidades y al hablar de &ldquo;edades&rdquo; puede situar con claridad a int&eacute;rpretes como <strong>Roberto</strong> <strong>Goyeneche</strong> o el <strong>Sexteto Tango</strong> como objetos culturales de los sesenta, aunque su repertorio tomara al pasado como su fuente. Y, tambi&eacute;n, se&ntilde;alar la importancia de compositores e int&eacute;rpretes actuales, como <strong>Diego Schissi</strong>.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Est&aacute; el libro de <strong>Blas Matamoro</strong>, que es interesante, muy marcado por las lecturas de &eacute;poca, por el marxismo. Es una visi&oacute;n casi adorniana&rdquo;, explica Pujol, trazando de alguna manera la historia de esta historia. &ldquo;El trabajo de <strong>Gustavo Varela</strong>, sobre tango y pol&iacute;tica, tambi&eacute;n es una referencia importante. En cuanto a c&oacute;mo contar el tango, evidentemente le&iacute; a <strong>Ferrer,</strong> a <strong>Del Priore</strong>, a <strong>Salas</strong>, de alguna manera las historias can&oacute;nicas del g&eacute;nero, que son estrictamente art&iacute;sticas. Se refieren a int&eacute;rpretes, compositores, repertorio. Y all&iacute; el contexto es casi un tel&oacute;n de fondo. A veces reducido a unas pocas l&iacute;neas en la introducci&oacute;n de cada cap&iacute;tulo. Yo busqu&eacute; otra perspectiva aunque no creo, tampoco, que una historia social del tango deba centrarse exclusivamente en las relaciones laborales, en el v&iacute;nculo con los medios de comunicaci&oacute;n, las pol&iacute;ticas econ&oacute;micas o la censura sino que hay que hablar tambi&eacute;n de innovaciones estil&iacute;sticas. En rigor hay una interrelaci&oacute;n. Si se piensa en el sexteto de <strong>Julio de Caro</strong>, por ejemplo, est&aacute; la riqueza del contrapunto, las composiciones de Francisco, obviamente, pero nada de eso hubiera existido sin ciertas condiciones de posibilidad: la bonanza del per&iacute;odo de Alvear, el aumento del consumo popular; el auge del cabaret, que es un poco el laboratorio para ellos, y el surgimiento de la radio. Busqu&eacute; articular esas dos narrativas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El enigma inicial de <em>Las edades del tango</em> persiste, eventualmente, a lo largo del libro. El poder simb&oacute;lico de esa palabra, tal como se&ntilde;ala el autor, crea su propia realidad paralela. Y define, a pesar de todo, una identidad. Una filiaci&oacute;n dibujada sobre una ciudad imaginaria y en una m&uacute;sica que ya pocos bailan y mucho menos cantan pero que, no obstante, sigue siendo la fuente de algunos de los creadores m&aacute;s interesantes del presente. Eso, podr&iacute;a, tambi&eacute;n, leerse como una met&aacute;fora. Afortunadamente, tiene quien la escriba.
    </p><p class="article-text">
        <em>DF/MF</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tango-edades_129_13010741.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Feb 2026 03:45:42 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El tango y sus edades]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Más allá del flequillo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/flequillo_129_12915279.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/43bd8149-13fb-4506-b346-6cf78dc63299_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Más allá del flequillo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La revista Pelo sacralizó, para el rock argentino, una categoría moral que colocaba la autenticidad por sobre cualquier análisis estético. Ya la música llamada clásica había instituido su valor en bases parecidas: lo espiritual por sobre lo frívolo. Pero hace tiempo que lo “popular” dejó de ser sinónimo de pasatista y lo “clásico” garantía de profundidad. Hay, sin embargo, una gran diferencia entre ambas tradiciones: el papel de la interpretación. Y versiones que se adueñaron de las obras. Y otras capaces, incluso, de mejorar a sus autores.</p></div><p class="article-text">
        En ingl&eacute;s, la palabra &ldquo;fringe&rdquo; significa, a la vez, &ldquo;flequillo&rdquo; y &ldquo;frontera&rdquo;. Y, en efecto, el pelo, desde el naciente rock de fines de los 60, signific&oacute; una verdadera franja divisoria en la configuraci&oacute;n del valor de&nbsp;la m&uacute;sica popular en la Argentina. <strong>Daniel Ripoll</strong>, un periodista que hab&iacute;a dirigido la revista <em>Pinap</em> entre 1968 y 1969, y que ese a&ntilde;o organiz&oacute; el primer gran festival dedicado a esos g&eacute;neros todav&iacute;a imprecisos que circulaban como &ldquo;beat&rdquo;, el 4 de febrero de 1970 dio a luz una nueva publicaci&oacute;n. Su nombre era <em>Pelo</em> y fue la que traz&oacute;, con claridad, la frontera.
    </p><p class="article-text">
        La revista zanjaba, en alguna medida, un duelo personal. La distancia entre <em>Pelo</em> y <em>Pinap</em> era la misma que separaba al Festival Pinap, del 69, y al primer BaRock, producido por Ripoll en 1970. Y era la que pod&iacute;a medirse entre dos discos de <strong>Los Gatos</strong>, <em>Seremos amigos</em> y <em>Beat N&ordm; 1</em>. La grabaci&oacute;n de uno y otro estuvo separada apenas por unos pocos meses &nbsp;pero, no obstante, ambos fueron radicalmente distintos. Entre ellos hubo un viaje a los Estados Unidos y la compra de instrumentos &ndash;entre ellos un &oacute;rgano Hammond&ndash;, una separaci&oacute;n y una nueva reuni&oacute;n, con un nuevo guitarrista, <strong>Pappo</strong>, en lugar de <strong>Kay Galiffi</strong>. Y si el primero de los dos discos pertenec&iacute;a a ese campo un poco difuso conocido como beat, el segundo, a pesar de su nombre, sellaba su muerte. Bastar&iacute;a, para mensurar el tama&ntilde;o de la fractura, con comparar el tema que le daba el t&iacute;tulo al primero de ellos con el que cerraba el segundo. &ldquo;Seremos amigos&rdquo; dec&iacute;a: &ldquo;Un d&iacute;a te am&eacute; y eso fue ayer./ &nbsp;Hoy no puede ser, todo ha de cambiar&rdquo;. Y, en su estribillo, rubricaba: &ldquo;S&oacute;lo seremos amigos, amigos y nada m&aacute;s. S&oacute;lo seremos amigos y nadie nos molestar&aacute;&rdquo;. En &ldquo;Fuera de la ley&rdquo;, la notable voz de <strong>Litto Nebbia</strong> cantaba: &ldquo;Yo era peque&ntilde;o y en todo cre&iacute;a, las flores de un prado me hicieron feliz; luego crec&iacute; y comprend&iacute; que esas flores ten&iacute;an que morir. Fuera de la ley, fuera de la ley, siempre hasta el final.&rdquo; De la juvenilia que atravesaba una pel&iacute;cula como <em>El extra&ntilde;o de pelo largo</em>, protagonizada por Nebbia y estrenada en 1970, a estar &ldquo;fuera de la ley&rdquo;. Pero, tambi&eacute;n, del &oacute;rgano Farfisa haciendo un ritmo bailable a una canci&oacute;n de 11 minutos, con un largo solo en el nuevo Hammond que remit&iacute;a, en gran medida, a &ldquo;In-a-Gadda- Da-Vida&rdquo;, un tema de 11 minutos, con un prominente solo de &oacute;rgano, publicado en 1968 por el grupo <strong>Iron Butterfly</strong> y difundido durante todo el 69 por el programa radial <em>Modart en la noche</em>.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <em>Pelo</em> acu&ntilde;&oacute; un nombre para los dos territorios que quedaban a un lado y el otro de la l&iacute;nea fronteriza: progresivo y complaciente. Se trataba de una cierta actualizaci&oacute;n de aquellos t&eacute;rminos utilizados por el fil&oacute;sofo <strong>Theodor W. Adorno</strong> en su ensayo &ldquo;Reacci&oacute;n y progreso&rdquo;, de 1930. Y a ello se sumaba el imperativo del idioma. Por encima de cualquier cuesti&oacute;n estil&iacute;stica, lo progresivo argentino deb&iacute;a estar cantado en castellano y el ingl&eacute;s era prueba suficiente de complacencia. Hasta podr&iacute;a imaginarse una estrofa de &ldquo;No pibe&rdquo;, de <strong>Manal</strong>, diciendo &ldquo;no hay que cantar en ingl&eacute;s, ni ir a bailes de graduaci&oacute;n&rdquo;. Incidentalmente, <strong>La Joven Guardia</strong>, el grupo cuyo &eacute;xito del 69 hab&iacute;a titulado el film estelarizado por Nebbia, tambi&eacute;n acus&oacute; el impacto de la ola &ldquo;progresiva&rdquo; con &ldquo;Los corderos enga&ntilde;ados&rdquo;,&nbsp;una canci&oacute;n grabada a fines de los 70 que, adem&aacute;s de una guitarra distorsionada incorporaba una cr&iacute;tica pol&iacute;tica y, llamativamente, una cierta burla al pacifismo que parec&iacute;a nutrir de manera homog&eacute;nea el naciente rock argentino. El bar donde se emborrachaba a los corderos estaba regenteado por el lobo. Y la letra dec&iacute;a, inequ&iacute;voca: &ldquo;Vino el &aacute;guila del norte a atender el bar/ con gaseosas y pel&iacute;culas sobre Vietnam./ &lsquo;Somos buenos&rsquo;, dijo el lobo, sin pensarlo m&aacute;s/ enga&ntilde;aba y ense&ntilde;aba/ el signo de la paz&rdquo;.&nbsp;El grupo no resisti&oacute; las diferencias ideol&oacute;gicas entre <strong>Roque Narvaja</strong> y <strong>Enrique Masllorens</strong>, por un lado, y el resto por el otro.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <em>Pelo </em>hab&iacute;a introducido, como elemento esencial, lo moral. La autenticidad. Ser complaciente con el&nbsp;<em>status quo</em> o buscar el progreso. La visceralidad. Algo que quedar&iacute;a atado a la consideraci&oacute;n del &ldquo;rock nacional&rdquo;, que configurar&iacute;a futuras grietas, como la establecida entre el pop y el rock: la simpleza &ldquo;visceral&rdquo; de <strong>Pappo&rsquo;s Blues </strong>ser&iacute;a considerada, por algunos, moralmente superior a la complejidad detallista de <strong>Virus</strong> o <strong>Soda Stereo</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Esa distancia, m&aacute;s &eacute;tica que est&eacute;tica, entre lo fr&iacute;volo y pasatista y lo profundo y espiritual, ya estaba presente &ndash;y para algunos tal vez lo siga estando&ndash; en las ideas que establec&iacute;an a la m&uacute;sica de tradici&oacute;n acad&eacute;mica como tabla de medida para todas las m&uacute;sicas. M&aacute;s all&aacute; de que, eventualmente, puede haber grandes obras fr&iacute;volas y pasatistas &ndash;mucha de la historia de la &oacute;pera est&aacute; all&iacute; para demostrarlo&ndash;, los profundos cambios en las tradiciones populares, y la percepci&oacute;n creciente de sus riquezas, posibilitados por la grabaci&oacute;n del sonido y la aparici&oacute;n del disco y la radio, tiraron aquella idea por la borda. Lo que no quiere decir que entre la m&uacute;sica llamada cl&aacute;sica y la infinidad de estilos que siguen englobados en el campo casi infinito de &ldquo;m&uacute;sica popular&rdquo; &ndash;de <strong>Shakira</strong> a <strong>John Coltrane</strong> y de <strong>King Crimson</strong> a <strong>Julio Iglesias</strong>&ndash;, no haya diferencias. Hay una y fundamental: el valor de la interpretaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Salvo en el caso de la electr&oacute;nica, no hay m&uacute;sica sin interpretaci&oacute;n. Pero, en el terreno de la tradici&oacute;n acad&eacute;mica, aun cuando alimente una parte sustantiva del mercado &ndash;el culto a determinada soprano, las preferencias por tal o cual pianista&ndash;, la interpretaci&oacute;n es vista como un agregado a la obra, a la que se presupone ya completa en la partitura. En las m&uacute;sicas populares y de tradici&oacute;n popular, en cambio, sin sus versiones no hay nada. Y, para medirlo con un cl&aacute;sico, bien pueden escucharse algunas de las lecturas can&oacute;nicas &ndash;y todas ellas diferentes entre s&iacute;&ndash; de &ldquo;La Cumparsita&rdquo;. Para la sociedad de autores, la pieza es de <strong>Gerardo Matos Rodr&iacute;guez</strong> y de quienes le fueron agregando letra. Pero la escucha indica otra cosa. Las Cumparsitas de <strong>Roberto Firpo</strong>, <strong>Juan D&rsquo;Arienzo</strong>, <strong>An&iacute;bal Troilo</strong>, o las tres registradas por <strong>Astor Piazzolla</strong>, en 1950, 1956 y 1967, no son una misma obra. O no m&aacute;s que un mismo paisaje pintado por distintos artistas.
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    </figure><p class="article-text">
        Hay interpretaciones que se adue&ntilde;aron de ciertas obras. &ldquo;Cambalache&rdquo;, de <strong>Enrique Santos Disc&eacute;polo</strong>, fue grabado por primera vez, en diciembre de 1934, por la orquesta de <strong>Francisco Lomuto</strong> junto con el cantante <strong>Fernando D&iacute;az</strong>, pero no fue hasta que <strong>Julio Sosa</strong> lo registr&oacute; en 1958 y, sobre todo, hasta su segunda versi&oacute;n, de 1964, que encontr&oacute; su voz definitiva. Lo mismo podr&iacute;a decirse de &ldquo;Gar&uacute;a&rdquo; y <strong>Roberto Goyeneche</strong>, o de sus hallazgos de los &lsquo;70, &ldquo;Maquillaje&rdquo;, &ldquo;Afiches&rdquo; y &ldquo;Naranjo en flor&rdquo;. O de <strong>Mercedes Sosa</strong> y &ldquo;Balderrama&rdquo; o <strong>Juan Carlos Baglietto</strong> y &ldquo;Carta de un le&oacute;n a otro&rdquo;. O <strong>Nina Simone</strong> y &ldquo;I Put a Spell on You&rdquo; &ndash;aunque <strong>Creedence Clearwater Revival</strong> hizo tambi&eacute;n lo suyo&ndash;. Y, desde ya, en innumerables grabaciones de jazz, un g&eacute;nero en que la interpretaci&oacute;n est&aacute; en un primer plano absoluto. No es que no haya otras versiones geniales pero la de <strong>Johnny Hartman</strong> y el cuarteto de John Coltrane de &ldquo;My One and Only Love&rdquo;, el registro de <strong>Coleman Hawkins</strong> de &ldquo;Body and Soul&rdquo;, en 1939, <strong>Miles Davis</strong> en &ldquo;It Never Entered my Mind&rdquo;, en 1954, o<strong> </strong>el tr&iacute;o de<strong> Keith Jarrett </strong>en &ldquo;&rsquo;Round Midnight&rdquo; son la vara con la cual todas las dem&aacute;s deben medirse.
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    </figure><p class="article-text">
        En el pop-rock, un g&eacute;nero de autor, podr&iacute;a decirse, son muy pocas las versiones ajenas que se han impuesto a las de sus propios creadores. <strong>The Beatles</strong> han sido muy versionados y <strong>The Rolling Stones</strong> casi nada &ndash;una excepci&oacute;n notable es &ldquo;Sympathy for the Devil&rdquo;, en la genial relectura de <strong>Blood, Sweat &amp; Tears</strong>, y un lugar muy especial lo ocupa el Rhythm &amp; Blues que, con frecuencia, ha logrado convertir las canciones originales en otra cosa (y frecuentemente mejor). Una lista muy sucinta no deber&iacute;a omitir a <strong>Aretha Franklin</strong> en &ldquo;I Say a Little Prayer&rdquo;, empalideciendo la hermosa canci&oacute;n de <strong>Burt Bacharach</strong> que estren&oacute; <strong>Dionne Warwick</strong>, su int&eacute;rprete fetiche, <strong>Janis Joplin</strong> llevando a un plano muy diferente &ldquo;I Love Somebody&rdquo;, un &eacute;xito de <strong>The Bee Gees</strong>&nbsp;y, por supuesto, &ldquo;With a Little Help for My Friends&rdquo; por <strong>Joe Cocker</strong>. 
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/flequillo_129_12915279.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 17 Jan 2026 12:51:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Más allá del flequillo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Los Gatos,The Beatles,The Rolling Stones]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El rayo verde]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/rayo-verde_129_12897611.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/daa03491-4fd1-4ade-ac43-f6af1f2a09a3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El rayo verde"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Julio De Caro, Duke Ellington, The Beatles, Almendra o Monteverdi hacen entendible aquello que tortura a públicos, filósofos y especialistas de diversa laya desde siempre: qué es lo que diferencia a cualquier expresión de un sentimiento de una obra de arte.</p></div><p class="article-text">
        <em>El rayo verde</em> es un film del director franc&eacute;s <strong>&Eacute;ric Rohmer</strong>. Fue estrenado en 1986 y es el quinto de su serie de <em>Comedias y Proverbios</em>. La pel&iacute;cula no ten&iacute;a libreto. Estaba librada a la improvisaci&oacute;n de su actriz principal, <strong>Marie Rivi&egrave;re</strong>. Y, como en su t&iacute;tulo, buscaba un momento m&aacute;gico. Aquel en que el sol, al ocultarse tras una superficie absolutamente plana &ndash;el mar&ndash; produce, con su &uacute;ltimo reflejo, una l&iacute;nea amarillo verdosa sobre el horizonte. El mismo t&iacute;tulo, y la misma b&uacute;squeda, asociada por una leyenda popular al encuentro del amor eterno, remit&iacute;a a una novela de <strong>Jules Verne</strong>, publicada por entregas, en 1882, en el peri&oacute;dico <em>Le Temps</em>. Y si para su personaje, ese &uacute;ltimo rayo de sol en el cielo se&ntilde;alar&iacute;a una epifan&iacute;a, para Rohmer era, sencillamente, el momento del arte. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Julio Verne, El rayo verde                            </span>
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        En 1977, el fil&oacute;sofo estadounidense <strong>Nelson Goodman</strong> public&oacute; un art&iacute;culo titulado &ldquo;When is Art?&rdquo;, incluido en el libro <em>The Arts and Cognition</em>. &ldquo;Si los intentos de responder a la pregunta &lsquo;&iquest;Qu&eacute; es el arte?&rsquo; acaban en frustraci&oacute;n &ndash;dice&ndash; ello puede deberse &ndash;como suele ocurrir en filosof&iacute;a&ndash; a que se trata de la pregunta equivocada&rdquo;. Su duda, entonces &ndash;eventualmente la &uacute;nica capaz de plantearse el tema de lo conceptual, o de la influencia del contexto en el valor del arte e incluso en su definici&oacute;n como tal&ndash; ya no se refer&iacute;a al qu&eacute; sino al cu&aacute;ndo &ndash;o el d&oacute;nde&ndash;. El &ldquo;rayo verde&rdquo; de Goodman ya no estaba en el objeto sino en aquello que le confer&iacute;a un valor especial: las mitolog&iacute;as, la historia &ndash;y las historias personales&ndash;, ciertos consensos, los medios de comunicaci&oacute;n masiva. 
    </p><p class="article-text">
        En efecto, no se mira de la misma manera un cuadro de <strong>Pablo Picasso</strong> que otro cuya firma se desconoce ni se escucha igual un demo de <strong>John Lennon</strong> que el de un cantante ignoto. Lo que se sabe de la obra es parte de la obra. Y la tela en blanco en una casa de insumos para pintores no tiene el mismo significado que colgada en una galer&iacute;a de arte &ndash;donde dice algo acerca del arte&ndash;, aun cuando ambas sean exactamente iguales. No obstante, la historia del arte en general y de la m&uacute;sica en particular est&aacute;n repletas de rayos verdes. De momentos en que la obra muestra su conciencia de s&iacute; misma como tal y pone en escena un salto, un desv&iacute;o. En que se despega de su contexto y de su necesidad funcional y, eventualmente, crea uno nuevo. &nbsp;Para volver a un ejemplo ya mencionado en esta secci&oacute;n, la aparici&oacute;n de unos timbales de orquesta &ndash;sutil, sin grandilocuencia, seguramente inadvertida para muchos, y mucho m&aacute;s con los tocadiscos de 1964&ndash; en el estribillo de &ldquo;Every Little Thing&rdquo;, una canci&oacute;n de <em>Beatles for Sale</em>, un disco en el que The Beatles, supuestamente, todav&iacute;a no eran experimentales. Y es que, si se busca all&iacute; un motivo, no hay otro que el arte mismo. Nada del protocolo de la canci&oacute;n popular, o de la m&uacute;sica asociada al baile juvenil, hac&iacute;an necesarios los timbales. Como tampoco har&iacute;a necesario que en &ldquo;The Fool on The Hill&rdquo; se alternaran flautas traveseras y flautas dulces (ya el uso de una flauta era suficientemente excepcional para una canci&oacute;n popular en 1967). 
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        En ocasiones ese salto es arm&oacute;nico. Y no necesita ser espectacular. Los acordes menores, en el momento en que la letra del &ldquo;Tema de Pototo&rdquo; dice &ldquo;la soledad es un amigo que no est&aacute;&rdquo;, no son revolucionarios ni mucho menos. Pero en ese momento, en esa canci&oacute;n, tienen el efecto de un rayo verde. Revelan algo que permanec&iacute;a oculto. Otorgan un nuevo sentido, Y, sobre todo, convierten a una buena canci&oacute;n beat en algo que ya no lo es. Parte del prodigio tiene que ver con la letra, desde ya &ndash;&iquest;a qui&eacute;n que, como <strong>Luis Alberto Spinetta</strong>, no se hubiera criado con el tango y el folklore argentino de los &rsquo;60, se le podr&iacute;a haber ocurrido hacer una &ldquo;canci&oacute;n beat&rdquo; sobre la muerte y la soledad?&ndash;. Pero sin ese tratamiento musical &ndash;el movimiento inverso entre el bajo de <strong>Emilio del Guercio</strong> y la guitarra el&eacute;ctrica de <strong>Edelmiro Molinari</strong> tampoco son irrelevantes&ndash; nada hubiera sido de la misma manera. 
    </p><p class="article-text">
        En otros casos, la singukaridad puede ser provocada por el timbre, como esos timbales de The Beatles o el extraordinario comienzo de &ldquo;El espectro de la rosa&rdquo; de <strong>H&eacute;ctor Berlioz</strong>, la segunda canci&oacute;n del ciclo <em>Noches de verano</em>, sobre poemas de <strong>Th&eacute;ophile Gautier</strong>. All&iacute;, la bell&iacute;sima melod&iacute;a inicial suena en un instrumento inidentificable. Y es que se trata de un instrumento que no existe. De una invenci&oacute;n de Berlioz al hacer que suenen al un&iacute;sono una flauta travesera de madera y un clarinete en la (el efecto se pierde, en gran medida, con la flauta de metal usual en la actualidad). Un recurso similar fue el que <strong>Duke Ellington</strong> cre&oacute; en 1930 para &ldquo;Mood Indigo&rdquo;, al enmascarar con sordinas los instrumentos de boquilla &ndash;trompeta y tromb&oacute;n&ndash; e invertir el lugar convencional de clarinete y tromb&oacute;n, haciendo que el primero tocara la l&iacute;nea m&aacute;s grave, en su registro extremo, y que el tromb&oacute;n, en sobreagudos, se hiciera cargo de la melod&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Dos piezas grabadas en 1926, una en Buenos Aires y la otra en Nueva York, muestran cuan temprano algunos creadores de la m&uacute;sica popular comenzaron a verse &ndash;y abordar la obra&ndash; como artistas. <strong>Julio De Caro</strong>, con su sexteto, en el estribillo de &ldquo;Guardia vieja&rdquo;, despu&eacute;s de un notable puente de su hermano Francisco en el piano, utiliza el registro m&aacute;s grave de los instrumentos, algo que en nada puede atribuirse a una necesidad del baile ni a una b&uacute;squeda de popularidad. Y Ellington, en &ldquo;East St. Louis Toodle Oo&rdquo;, juega tambi&eacute;n con una tonalidad oscura, absolutamente alejada de las convenciones del jazz primitivo. Tampoco hay otro motivo que el propio placer, el juego y la experimentaci&oacute;n de los m&uacute;sicos, para la polirritmia de &ldquo;Chiclana&rdquo;, registrado en 1937 por Los Virtuosos, otro grupo que tuvo como protagonistas a los hermanos De Caro junto con <strong>Elvino Vardaro </strong>en el otro viol&iacute;n, y <strong>Ciriaco Ortiz</strong> y <strong>Carlos Marcucci </strong>en bandoneones.
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    </figure><p class="article-text">
        En esos casos, si bien es cierto que el contexto influy&oacute; en sus condiciones de existencia, de circulaci&oacute;n y de valoraci&oacute;n, mal que le pese a Goodman, la pregunta acerca de qu&eacute; es el arte puede responderse perfectamente. En parte, con la vieja idea del &ldquo;extra&ntilde;amiento&rdquo;, que barajaron los formalistas rusos hace m&aacute;s o menos un siglo. Y, con una cierta actualizaci&oacute;n, esa respuesta sigue estando bastante cerca de la de <strong>Georg Wilhelm Friedrich</strong> &nbsp;<strong>Hegel</strong> en sus notas sobre est&eacute;tica: que el arte nace cuando muere el ritual. En rigor el ritual no muere, o no del todo, o es reemplazado por otros, y la est&eacute;tica, como funci&oacute;n, puede no sustituirlo del todo. Pero se le impone. 
    </p><p class="article-text">
        Eventualmente, s&iacute; es cierto que algunos &aacute;mbitos ayudan, o directamente fuerzan, ese predominio de una nueva funci&oacute;n &ndash;valorativa del objeto en s&iacute;, focalizada en &eacute;l&ndash; que antes pod&iacute;a estar ausente o, simplemente, subordinada a otras. La galer&iacute;a o el museo colocan en el lugar del arte a la tela en blanco o a una escena religiosa pintada en el Renacimiento. Pero la naturaleza de ambos objetos es distinta: en el primer caso, sin el contexto no hay nada; en el segundo, s&iacute;. Podr&iacute;a pensarse que, aunque el pintor renacentista creara sus cuadros para un uso muy preciso, algo en su factura reclamaba una visi&oacute;n particular, o por lo menos contemplaba su posibilidad. Y la admiraci&oacute;n de algunos de sus contempor&aacute;neos, su se&ntilde;alamiento como &ldquo;maestros&rdquo;, distingui&eacute;ndolos de otros, lo demuestra. Ni la <em>Pasi&oacute;n seg&uacute;n San Mateo</em>, de <strong>Johann Sebastian Bach</strong> es solamente una obra dedicada al culto luterano en una peque&ntilde;a iglesia sajona del Siglo XVIII ni &ldquo;Guardia vieja&rdquo;, de De Caro, es solo una pieza bailable de 1926. Hay algo all&iacute;, en la tensi&oacute;n entre la obra y los materiales, que proclama la funci&oacute;n art&iacute;stica. Esta funci&oacute;n no es la &uacute;nica, desde ya, pero es la que toma la palabra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En 1638, en Venecia, se public&oacute; una de las obras musicales que explicita m&aacute;s tempranamente, con claridad, la cuesti&oacute;n de la tensi&oacute;n como presupuesto del arte. <strong>Claudio Monteverdi</strong> ten&iacute;a entonces 71 a&ntilde;os y su <em>Libro N&ordm; 8</em> de canciones, titulado <em>Madrigales guerreros y amorosos</em>, recopilaba obras creadas a lo largo de m&aacute;s de veinte a&ntilde;os. Un largo prefacio hablaba del estilo nuevo que el autor pon&iacute;a en pr&aacute;ctica y del efecto que causaba en el auditorio. Dec&iacute;a, por ejemplo, que en el estreno del <em>Combate entre Tancredi y Clorinda</em>, en el palacio de <strong>Girolamo Mocenigo</strong>, el p&uacute;blico hab&iacute;a llorado. Y dedicaba una importante serie de consideraciones a un peque&ntilde;o tr&iacute;ptico, <em>El lamento de la ninfa</em>, una de las obras m&aacute;s extraordinarias de toda la historia musical. 
    </p><p class="article-text">
        Hay, en la propia obra, grandes tensiones. Cada momento del texto de <strong>Ottavio Rinuccini</strong> tiene un tratamiento especial. Un comienzo casi danzante acompa&ntilde;a el texto &ldquo;No hab&iacute;a Febo, todav&iacute;a, tra&iacute;do al mundo el d&iacute;a&rdquo;, pero el verso siguiente, &ldquo;que una doncella fuera del propio albergue sali&oacute;&rdquo; incorpora graves extremos, en particular en el canto de la &uacute;ltima palabra. Se trata de tres cantantes masculinos, que hacen las veces de relatores, acompa&ntilde;ados por el bajo continuo &ndash;la unidad entre uno o varios instrumentos que tocan el bajo y los acordes, algo similar a la base de un grupo pop, con guitarra r&iacute;tmica y bajo&ndash;. Y la tensi&oacute;n aumenta a&uacute;n m&aacute;s con el verso que sigue: &ldquo;el rostro p&aacute;lido muestra su dolor&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        El car&aacute;cter cambia de manera radical y las palabras &ldquo;su dolor&rdquo; sostienen, en notas largas, una disonancia extrema. El sentido teatral de la segunda parte, en que aparece la voz de la ninfa abandonada, imprecando al destino y a su amante traidor y transitando por un ampl&iacute;simo arco expresivo, marca, por a&ntilde;adidura otro contraste, el de la protagonista con los relatores. Un contraste del que Monteverdi habla, justamente, en su prefacio y que se refiere, en una &eacute;poca en la que nadie lo hac&iacute;a, a la interpretaci&oacute;n. Y se&ntilde;ala, por un lado, &ldquo;el tiempo de la mano&rdquo;, que es el de los tres cantantes masculinos, y, por otro, la parte de la ninfa, que &ldquo;debe cantarse de acuerdo con el tiempo del afecto del alma y no con el tiempo de la mano&rdquo;. Tensi&oacute;n en la armon&iacute;a, tensi&oacute;n con las reglas de la &eacute;poca y tensi&oacute;n r&iacute;tmica entre el relato &ldquo;objetivo&rdquo; y el lamento de la mujer sufriente. All&iacute; est&aacute; la funci&oacute;n est&eacute;tica. Puede pensarse al arte como aquello que sucede en los lugares del arte. O como lo que el consenso entre los productores y los consumidores de arte dice que es arte. O como todo aquello que un grupo de poder considera arte. Prefiero encontrarlo en la tensi&oacute;n entre la creaci&oacute;n y sus materiales. Prefiero al rayo verde.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/rayo-verde_129_12897611.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 10 Jan 2026 03:01:31 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El rayo verde]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Los elegidos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/elegidos_129_12872956.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a1023fab-9de8-43a0-9af0-00190f6f2e04_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los elegidos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los discos preferidos de 2025 para esta sección –y algunas licencias–. Novedades y rescates en la red, entre las redes.
</p></div><p class="article-text">
        Esta ser&aacute; una lista arbitraria. Como todas. Tendr&aacute;, no obstante, una virtud. No pretender&aacute; no serlo. Se tratar&aacute;, simplemente, de los discos que m&aacute;s me gustaron &ndash;o interesaron, no siempre es lo mismo&ndash; entre lo que escuch&eacute; en 2025 y no fue a&uacute;n comentado en esta secci&oacute;n. Al igual que todas las otras listas publicadas en estos d&iacute;as por diversos medios, omitir&aacute; m&aacute;s que lo que nombre. Lo contrario, como aquel mapa narrado por <strong>Borges</strong>, que pretend&iacute;a igualar a la realidad, ser&iacute;a no s&oacute;lo imposible sino, sobre todo, in&uacute;til. Y, como todas las otras, permitir&aacute;, tal vez, la reparaci&oacute;n de algunos olvidos, ciertos descubrimientos y eventuales reencuentros. 
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        En el campo de las canciones que rondan los bordes del pop actual y escapan a las r&iacute;tmicas uniformes y los usos ingenuos de la electr&oacute;nica y el repetitivismo, la argentina <strong>Lucy Patan&eacute;</strong> (<em>Hija de Ruta</em> fue publicado en 2024 pero va como licencia po&eacute;tica) y la colombiana <strong>Lucrecia Dalt</strong> (en &ldquo;Cosa rara&rdquo;, el primer tema de <em>A Danger to Ourselves</em>, aparece <strong>David Sylvian</strong> y, en &ldquo;The Common Reader&rdquo;, <strong>Juana Molina</strong>) rencuentran est&eacute;ticas originales y frecuentemente desafiantes. <strong>Ben Kweller</strong>, un compositor, cantante y multiinstrumentista, en su s&eacute;ptimo disco, <em>Cover the Mirrors</em>, ofrece un conjunto de buenas canciones, en la vieja y buena tradici&oacute;n estadounidense que las transforma en espejo exacto de las <em>short stories</em>, esas historias cortas, muchas veces devastadoras y a veces confesionales. Y <strong>Los Besos</strong>, uno de los grupos m&aacute;s interesantes del pop rock-local, aunque no edita disco nuevo desde 2023 (<em>Nadie Duerma</em>), s&iacute; ha actuado en vivo y esas canciones donde lo sencillo suele abrir puertas &ndash;o ventanas&ndash; impensadas a una vidala, a la distorsi&oacute;n o a las &nbsp;luminosas revisitas a los pr&oacute;ceres de la canci&oacute;n argentina a&uacute;nan potencia y frescura.
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        Una joven banda de rock de Brooklyn, <strong>Geese</strong>, en <em>Getting Killed</em>, muestra que la oscuridad y las voces l&aacute;nguidas contra texturas de guitarras y eventuales ritmos festivos todav&iacute;a siguen rindiendo frutos. En otra esquina del mundo, <strong>Ganavya Doraiswamy,</strong> conocida &ndash;es una forma de decir&ndash; como Ganavya, nacida en Nueva York y crecida en el estado indio de Tamil Nadu, canta en ingl&eacute;s pero en la tradici&oacute;n de la m&uacute;sica carn&aacute;tica, toca <em>jalatharangam</em>, un arpa t&iacute;pica de esa regi&oacute;n y logra, con <em>Nilam</em>, un &aacute;lbum de extra&ntilde;a e hipn&oacute;tica belleza. Y, desde la Argentina, una reedici&oacute;n reciente de un disco fundamental, el debut conjunto de <strong>Suna Rocha</strong> y <strong>Ra&uacute;l Carnota</strong>, publicado en 1983 y largamente ausente, resulta de gran trascendencia.
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        En el siempre dudoso terreno de los aniversarios redondos, el cincuentenario de <em>Wish You Were Here</em>, de <strong>Pink Floyd</strong>, fue festejado por la industria con la edici&oacute;n titulada con el nombre original m&aacute;s la cifra 50, ampliada a&nbsp;tres discos que incluyen, entre otras cosas, la toma en que el gran violinista <strong>St&eacute;phane Grappelli</strong>, aquel que a mediados de los &rsquo;30 hab&iacute;a formado parte del Quinteto del Hot Club de Francia junto con <strong>Django Reinhardt</strong>,&nbsp;se sum&oacute; a Pink Floyd para improvisar sobre la canci&oacute;n del t&iacute;tulo. Tan resonante reedici&oacute;n no deber&iacute;a ocluir la de otros grandes cincuentenarios, los de <strong>Sui Generis</strong> y su <em>Adi&oacute;s Sui Generis</em> &ndash;y el gran adi&oacute;s de un a&ntilde;o antes, con <em>Peque&ntilde;as an&eacute;cdotas sobre las instituciones</em>&ndash;, <em>Durazno Sangrando</em>, de <strong>Invisible</strong>, <em>Free Hand</em> de <strong>Gentle Giant</strong> &ndash;con ese fant&aacute;stico canon llamado &ldquo;On reflection&rdquo;&ndash; y el hoy casi olvidado <em>The Rotter&rsquo;s Club</em>, de <strong>Hatfield and the North</strong>, una de las cumbres de aquello que en Canterbury creci&oacute; como un f&eacute;rtil reto&ntilde;o del prog rock brit&aacute;nico. Tambi&eacute;n cumpli&oacute; cincuenta a&ntilde;os, aunque Universal, el sello propietario de la Philips original no se haya enterado, <em>A que florezca mi pueblo</em>, de <strong>Mercedes Sosa</strong>. Y fuera de toda redondez, simplemente porque fue la fuente de mucho de lo inteligente y creativo que sucedi&oacute; a orillas del Plata, a 57 a&ntilde;os de su publicaci&oacute;n, siempre es bueno volver a <em>La Conferencia Secreta del Toto&rsquo;s Bar</em>, grabado en Buenos Aires por los montevideanos y geniales <strong>Shakers</strong>.&nbsp;
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        La gran lectura del <em>Requiem Alem&aacute;n</em> de <strong>Johannes Brahms</strong>, expresiv&iacute;sima, intensa hasta el paroxismo, de <strong>Rapha&euml;l Pichon</strong> al frente de su orquesta Pygmalion, el <em>Concierto para viol&iacute;n</em> de <strong>Edward Elgar</strong> por la extraordinaria <strong>Vilde Frang</strong> junto con la Orquesta Sinf&oacute;nica Alemana de Berl&iacute;n, con direcci&oacute;n de <strong>Robin Ticciati</strong>, la m&uacute;sica de c&aacute;mara de <strong>Maurice Ravel</strong> por el <strong>Ensemble Nash</strong>, <em>El aprendiz de brujo </em>de <strong>Paul Dukas</strong> junto con obras de <strong>&Eacute;douard Lalo</strong>, <strong>Albert Roussel</strong> y <strong>Claude Debussy</strong> por la orquesta <strong>Les Si&egrave;cles</strong>, en vivo en el Th&eacute;&acirc;tre de Champs &Eacute;lys&eacute;es, conducida por&nbsp;<strong>Fran&ccedil;ois-Xavier Roth</strong>, las <em>Danzas olvidadas</em> de <strong>Thomas Ad&egrave;s</strong> por el guitarrista <strong>Sean Shibe </strong>y Stravagante Pensiero, el &aacute;lbum dedicado por <strong>Rinaldo Alessandrini</strong> y el grupo <strong>Concerto Italiano</strong> a <strong>Carlo Gesualdo</strong> y la N&aacute;poles del 1600, encabezan la lista de lo que m&aacute;s me impresion&oacute;, gust&oacute; e interes&oacute; (y, en todos los casos, todo ello) de la tradici&oacute;n acad&eacute;mica.
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        El &iacute;ntimo d&uacute;o del guitarrista <strong>John Scofield</strong> y el contrabajista <strong>Dave Holland</strong> (<em>Memories of Home</em>), <em>New Vienna</em>, con el registro del concierto de <strong>Keith Jarrett</strong> en el Musikverein de esa ciudad, en 2016, <em>Bone Bells</em>, de la guitarrista <strong>Mary Halvorson</strong> y la pianista <strong>Sylvie Courvoisier</strong>, <em>Words Fall Short</em>, del grupo del saxofonista <strong>Joshua Redman</strong>, <em>Thereupon</em> del tr&iacute;o <strong>Fieldwork</strong> &ndash;<strong>Vijay Iyer</strong> en piano, <strong>Steve Lehman</strong> en saxo y <strong>Tyshawn Sorey </strong>en bater&iacute;a), el exquisitamente melanc&oacute;lico <em>New York Sessions</em>, del pianista <strong>Leo Genovese</strong> y el contrabajista <strong>Mariano Otero</strong>, y <em>Oh Snap</em> de <strong>Cecile McLorin Salvant</strong> est&aacute;n a la cabeza, para m&iacute;, de los grandes discos de jazz del a&ntilde;o. Una lista que incluye, tambi&eacute;n, algunas grandes reediciones: la asombrosa restauraci&oacute;n realizada en la Argentina por <strong>Diego Vila</strong> y <strong>Roberto Sarfati</strong> de la actuaci&oacute;n el tr&iacute;o de <strong>Nat King Cole</strong> en el Circle Room del Hotel La Salle en 1946, <em>Haunted Heart</em>, con las grabaciones realizadas para Riverside por <strong>Bill Evans</strong>, e <em>Introducing Wayne Shorter</em>, de <em>Wayne Shorter</em>, en las notables publicaciones de Craft Recordings. Por fuera del jazz, y, en rigor, m&aacute;s all&aacute; de los l&iacute;mites de cualquier g&eacute;nero, otra reedici&oacute;n de Craft merece todos los elogios: <em>Farewell Angelina</em>, el quinto disco de <strong>Joan Baez</strong>, publicado en 1966; aquel con la foto de <strong>Richard Avedon</strong> en la tapa y en el que ella incluy&oacute; cuatro canciones de <strong>Bob Dylan</strong>, dos de ellas no grabadas por &eacute;l hasta 1991.
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/elegidos_129_12872956.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Dec 2025 13:34:09 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La voz a ti debida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/voz-debida_129_12861259.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/58fb9a14-a1db-4ea7-a8e4-502468d5d1bb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La voz a ti debida"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Lux", el último disco de Rosalía, figura en todas las listas de “mejores discos” de 2025 publicadas al momento. Las más de 42 millones de escuchas en Spotify en un solo día, hablan de una homogeneidad que, sin embargo, no es tal. El mundo del pop menciona el riesgo y el experimentalismo. Y, desde afuera, otros se indignan ante lo que juzgan como el alborozo de ignorantes ante la nueva invención de la rueda. Aquí, algunas de las razones por las que el cuarto álbum de esta artista salida del flamenco, es, en efecto, una obra maestra. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;A la noche se empiezan a encender las preguntas. Las hay distantes, quietas, inmensas, como astros: preguntan desde all&iacute; siempre lo mismo: c&oacute;mo eres&rdquo;. As&iacute; comienza el espa&ntilde;ol <strong>Pedro Salinas</strong> uno de los &uacute;ltimos poemas del libro <em>La voz a ti debida</em>, publicado en 1933. Su t&iacute;tulo remite a un verso de <strong>Garcilaso de la Vega</strong>, citado a su vez en el <em>Quijote</em> de <strong>Cervantes</strong>. Salinas, traductor de <strong>Marcel Proust</strong> y uno de las grandes poetas de la <em>Generaci&oacute;n del 27</em> (<strong>Federico Garc&iacute;a Lorca</strong>, <strong>Miguel Hern&aacute;ndez</strong> y <strong>Rafael Alberti</strong>, entre ellos) ancla su visi&oacute;n de lo moderno en el clasicismo. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Rosal&iacute;a</strong>, otra voz po&eacute;tica de Espa&ntilde;a, funda su cuarto &aacute;lbum &ndash;un disco con voces, algunas expl&iacute;citas y muchas otras subterr&aacute;neas&ndash; en el mismo principio. Tanto los elogios recibidos por <em>Lux</em> como las diatribas &ndash;mucho m&aacute;s secretas si se piensa en la unanimidad de la cr&iacute;tica del pop al respecto o en los m&aacute;s de 42 millones de escuchas que acumul&oacute; en el d&iacute;a de su lanzamiento&ndash; se refieren a lo mismo: la utilizaci&oacute;n de una orquesta y la referencia a la m&uacute;sica cl&aacute;sica. Ni unos ni las otras reparan en que all&iacute; lo m&aacute;s importante es, precisamente, el uso, y no sus materiales. Hay all&iacute;, en todo caso, una respuesta &ndash;contradictoria, como todas las respuestas verdaderas&ndash; a la pregunta que Salinas podr&iacute;a fromularle: &ldquo;&iquest;c&oacute;mo eres?&rdquo;
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    </figure><p class="article-text">
        <em>The New Yorker</em>, <em>Pitchfork</em> y <em>Rolling Stone</em>, entre muchas otras publicaciones de todo el mundo, han coincidido en considerar a <em>Lux</em> entre lo mejor del a&ntilde;o que termina. Abundan all&iacute; las menciones a la expansi&oacute;n del mundo del pop, a la inclusi&oacute;n de una orquesta sinf&oacute;nica &ndash;como si eso garantizara el refinamiento y la calidad&ndash;, y al riesgo y el experimentalismo &ndash;que los arriesgados y experimentales de otros g&eacute;neros, como la m&uacute;sica de tradici&oacute;n acad&eacute;mica o el jazz, naturalmente m&aacute;s arriesgados y experimentales que el pop, se apresuran a desestimar&ndash;. En los mundos casi secretos que, como la peque&ntilde;a aldea gala de Asterix intentan resistir el avance del imperio &ndash;en este caso de la homogeneidad de la prensa &ldquo;especializada&rdquo; y de las redes virtuales&ndash; , las cr&iacute;ticas m&aacute;s frecuentadas aseguran que Rosal&iacute;a no expande el pop sino que contrae las m&uacute;ltiples referencias que forman parte de <em>Lux</em>, achat&aacute;ndolas y haci&eacute;ndolas grammyficables, y que el alborozo a su alrededor no es otro que el de ignorantes festejando la (nueva) invenci&oacute;n de la rueda. El reparo podr&aacute; ser cierto en relaci&oacute;n con el periodismo del pop que, en efecto, en su gran mayor&iacute;a desconoce cualquier cosa que no sea el pop y suele deslumbrarse ante &ldquo;novedades&rdquo; como un acorde aumentado, unas cuerdas <em>&agrave; la</em> Vivaldi o la terminaci&oacute;n de una cadencia en modo menor con un acorde mayor, que cuentan con varios siglos de existencia. Pero de ninguna manera alcanzan a un disco brillante (y s&iacute;, se trata de un disco, ya se ver&aacute; por qu&eacute;) en el que si algo no sucede es la utilizaci&oacute;n de materiales hist&oacute;ricos como gui&ntilde;o o mera marca de prestigio. 
    </p><p class="article-text">
        No se trata del manejo ingenuo de procedimientos acad&eacute;micos sino de una gram&aacute;tica externa &ndash;la del pop pero llevada a un l&iacute;mite imaginativo inusual&ndash; para la que lo acad&eacute;mico funciona como una masilla maleable. En <em>Lux</em> las pocas citas textuales &ndash;la orquesta cl&aacute;sica entre ellas&ndash; son reutilizadas, transformadas y llevadas a un territorio en que resultan novedosas. Es cierto que una orquesta que remite inevitablemente a Vivaldi no es revolucionaria, ni riesgosa ni experimental en s&iacute;. Pero &ldquo;Berghain&rdquo;, en cambio, s&iacute; es algo nuevo. La orquesta vivaldiana no es la raz&oacute;n de su valor; el secreto es aquello en que esa orquesta, a pesar de su apariencia, no es vivaldiana en absoluto. Y, sobre todo, la manera en que ese vivaldismo, lejos de ser una totalidad, se convierte en pieza de un rompecabezas exquisito. El otro reparo que merece ser descartado de plano es el del achatamiento. <em>Lux</em> no es un disco plano. No incurre en el famoso <em>sonido de pizzer&iacute;a</em>, sin sobresaltos, donde todo transcurre en una franja muy estrecha de intensidades, sin nada inaudible ni nada que ensordezca. Aqu&iacute; hay fortes &ndash;y hasta fortissimos&ndash; y pianos y pianissimos &ndash;algunos, admirables, de la voz de Rosal&iacute;a sola, o casi sola, en sobreagudos&ndash;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Si bien lo moral no tendr&iacute;a por qu&eacute; entrar en un juicio est&eacute;tico, se trata, adem&aacute;s, de un disco honesto. Y no porque las preocupaciones m&iacute;sticas, su uso de varias &ndash;muchas&ndash; lenguas y la apelaci&oacute;n a mujeres de la iglesia &ndash;err&oacute;neamente la cr&iacute;tica habla de santas y la abadesa <strong>Hildegard de Bingen</strong>, una de las primeras compositoras de las que se tiene conocimiento, no lo es&ndash; sean leg&iacute;timas en s&iacute; sino porque las legitima la m&uacute;sica &ndash;y las letras, desde ya&ndash;.
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    </figure><p class="article-text">
        Todo suena natural, sin impostaci&oacute;n. El magma unificador es el flamenco, que aparece aqu&iacute; y all&aacute; no como cita ni como reclamo de autenticidad sino, sencillamente, como gesto inevitable. Los timbales de la orquesta no aparecen, tampoco, como gesto ampuloso o sobreactuado &ndash;al fin y al cabo la historia de estos instrumentos en el pop empieza con &ldquo;Every Little Thing&rdquo; de <strong>The Beatles</strong>&ndash;. Y la voz del grupo de Liverpool &ndash;y sobre todo de su quinto elemento, <strong>George Martin</strong>&ndash; es estructural. La escritura de las cuerdas, asimil&aacute;ndolas al estilo de las canciones, sirviendo de puntuaci&oacute;n, o de subrayado, y sin imponer su peso &ndash;o su clasicismo&ndash; es, sin duda, deudora de Martin.
    </p><p class="article-text">
        Otra de las voces ocultas &ndash;y fundamentales&ndash; en <em>Lux </em>es la de la compositora y cantante estadounidense <strong>Caroline Shaw</strong>, alguien que transita con fluidez entre el campo de las tradiciones acad&eacute;micas y del pop y, s&iacute;, de la experimentaci&oacute;n y de lo&nbsp;que los auto percibidos como (&uacute;nicos) m&uacute;sicos contempor&aacute;neos consideran <em>m&uacute;sica contempor&aacute;nea</em>. Ganadora de un premio Pulitzer por su <em>Partita para 8 voces</em> &ndash;que se utiliz&oacute; en parte para musicalizar la serie <em>Dark</em>&ndash; e integrante del grupo vocal <strong>Roomful of Teeth</strong>, Shaw tambi&eacute;n compone y canta canciones y es una de las compositoras &ndash;y orquestadoras&ndash; de este disco. 
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Y, como se dijo antes, se trata efectivamente de un disco. La gr&aacute;fica de la edici&oacute;n f&iacute;sica no existe en su versi&oacute;n digital pero, adem&aacute;s, una y otra no contienen exactamente la misma m&uacute;sica. El CD real contiene secciones y pasajes que en su encarnaci&oacute;n virtual est&aacute;n ausentes. Por otra parte hay otras grandes voces presentes, las de los ni&ntilde;os de la Escolania de Montserrat y el Coro de C&aacute;mara del Palacio de la M&uacute;sica Catalana, la de <strong>Bj&ouml;rk </strong>y la de <strong>Carminho</strong>, una de las figuras m&aacute;s destacadas de la canci&oacute;n portuguesa actual, que interpreta junto con Rosal&iacute;a la bell&iacute;sima &ldquo;Memoria&rdquo;. 
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        No se trata, en todo caso, de que <em>Lux</em> tenga una orquesta &ndash;<strong>Ray Conniff</strong> y <strong>Caravelli </strong>tambi&eacute;n la ten&iacute;an&ndash; ni de que se acerque al mundo cl&aacute;sico &ndash;<strong>Waldo de los R&iacute;os</strong> lo hizo antes, y fue espantoso&ndash;. Tampoco de que este disco vaya a cumplir una improbable funci&oacute;n redentora y logre que el p&uacute;blico del pop acabe rindi&eacute;ndose a los pies del arte sutil y evanescente de Hildegard de Bingen o de los coros de iglesia. <em>Lux</em> es, apenas, un disco de poderosa originalidad, plural y complejo en el mejor sentido, que utiliza intensivamente recursos del pop &ndash;reverbs, procesos electr&oacute;nicos, distorsiones, enmascaramiento de timbres&ndash; para lograr lo que toda obra maestra: que los materiales, independientemente de su procedencia, se transformen y organicen en un todo capaz de contar algo tan incrustado en la historia &ndash;como la poes&iacute;a de la <em>Generaci&oacute;n del 27</em>&ndash; como definitivamente nuevo.
    </p><p class="article-text">
        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/voz-debida_129_12861259.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 20 Dec 2025 13:14:45 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La voz a ti debida]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Rosalía,Björk,Carminho]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Juana y sus fantasmas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/juana-fantasmas_129_12826645.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1a440376-4337-4c1a-b14c-4512151e8aac_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Juana y sus fantasmas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Juana Molina acaba de editar un disco. El primero con canciones nuevas publicado en ocho años. Un mundo de pequeños ecos y desplazamientos casi imperceptibles. Un mundo espectral en que el sonido insemina al texto. O lo contrario. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        En la novela <em>Eclipse</em>, <strong>John Banville</strong> se pregunta si los fantasmas est&aacute;n todo el tiempo o s&oacute;lo cuando uno los ve. Si viven en esos espacios o si se trata de alguna clase de representaci&oacute;n. Escenas destinadas &ndash;y dedicadas&ndash; a un espectador en especial. En ese texto, su personaje, Alexander Cleave, un actor que se ha retirado a la casa de su infancia, abandon&aacute;ndolo casi todo, averigua adem&aacute;s otra cosa: que los fantasmas habitan, eventualmente, otra dimensi&oacute;n y no necesariamente llegan desde el pasado. Algo similar a lo que descubre Chuck en su biograf&iacute;a trazada por <strong>Stephen King</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Entre 1963 y 1965, la serie televisiva <em>Rumbo a lo desconocido</em> (originalmente <em>Outer Limits</em>), advert&iacute;a, al comienzo: &ldquo;No hay nada mal en su televisi&oacute;n. No trate de ajustar la imagen. Nosotros controlamos la transmisi&oacute;n&hellip;&rdquo; Y lo que se ve&iacute;a, entre otras alteraciones, era algo a lo que cualquier telespectador de esa d&eacute;cada estaba acostumbrado: el fantasma. La imagen se duplicaba, o se triplicaba o a&uacute;n m&aacute;s y cada una de esas reproducciones, era m&aacute;s borrosa. Esos fantasmas de la imagen se superpon&iacute;an con ella con un leve desplazamiento. Pero siempre junto a ella, como esos perros fieles que siguen a sus humanos a todas partes. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Juana Molina</strong> acaba de publicar su primer disco con canciones nuevas en ocho a&ntilde;os. En la tapa, una perra lanuda tiene su cara. Una cara dada vuelta hacia el otro lado y apenas entrevista. Su t&iacute;tulo es <em>Doga</em>. Y, como en aquel &aacute;lbum de <strong>King Crimson</strong> en el que, de adolescente, escuchaba una mujer gritando, all&iacute; est&aacute;n los fantasmas. O sus hermanas.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        En el disco de King Crimson, el grito de la mujer no exist&iacute;a. &nbsp;Era fruto de la distorsi&oacute;n y, como cont&oacute; en una entrevista para el suplemento cultural Radar, en P&aacute;gina/12, reci&eacute;n lo descubri&oacute; mucho despu&eacute;s al escuchar la versi&oacute;n remasterizada de <em>Larks&rsquo; Tongues in Aspic</em>. La mujer que gritaba en la ventana, y a la que ella le hab&iacute;a puesto las palabras &ldquo;no, dejame, te dije que no&rdquo;, era en realidad un solo de guitarra de Robert Fripp. O, por supuesto, su fantasma. Y es que Juana Molina, que contaba que ve&iacute;a sus propios programas de televisi&oacute;n &ldquo;con fantasma&rdquo;, era una especialista. &iquest;O es que acaso esa calculada, exacta desafinaci&oacute;n con que desplazaba las alturas de cada sonido en sus desopilantes d&uacute;os de Sandra y Judith junto con In&eacute;s, su verdadera hermana, no era la m&aacute;s exacta traducci&oacute;n musical de esas im&aacute;genes espectrales de la TV?
    </p><p class="article-text">
        <em>Tres cosas</em>, el disco que public&oacute; en 2002, que circul&oacute; poco a poco y que, en 2004, fue elegido por el <em>New York Times</em> como una de las mejores ediciones de rock del a&ntilde;o, planteaba como principio constructivo el arte de los peque&ntilde;os ecos, de las distorsiones virtualmente imperceptibles y, sobre todo, de que nada fuera, nunca, exactamente lo que se esperaba. Despu&eacute;s llegaron <em>Rara</em>, <em>Un d&iacute;a</em> y <em>Halo</em>, otros tres &aacute;lbumes ejemplares dentro de una producci&oacute;n m&aacute;s amplia, que incluy&oacute; dos Eps (<em>Forfun</em> y <em>Exhalo</em>) y la grabaci&oacute;n de una actuaci&oacute;n en M&eacute;xico (<em>Anrmal</em>). Y, desde ya, hubo c&oacute;mplices necesarios: el productor <strong>Emilio Haro</strong>; el tecladista <strong>Odin Schvartz</strong>. 
    </p><p class="article-text">
        <em>Doga</em> presenta, como hilo conductor, la leyenda de la luz mala. Como en los textos de <strong>Mariana Enriquez</strong>, lo inesperado &ndash;y lo terror&iacute;fico&ndash; puede ser criollo y as&iacute; como no hay brujas solo en Salem tampoco los fantasmas habitan solamente en las mansiones de <strong>Henry James</strong>, en las casas costeras de Banville o en los alrededores de Maine. Y si hay un territorio que les ha sido f&eacute;rtil es el del rock-pop argentino. Basten como ejemplos esa voz del m&aacute;s all&aacute; que reclama &ldquo;no me olvides&rdquo; en la versi&oacute;n de &ldquo;Gricel&rdquo; incluida por <strong>Luis Alberto Spinetta</strong> y <strong>Fito P&aacute;ez</strong> en <em>La la la</em>, o el &ldquo;Vietnam&rdquo; de <strong>Andr&eacute;s Calamaro</strong> &ndash;con la ayudita de sus amigos (fantasmas), <strong>Gustavo Cerati</strong> y, nuevamente, Fito&ndash;. &ldquo;Uno es &aacute;rbol; uno no es &aacute;rbol dormido&rdquo; canta, como desde otra dimensi&oacute;n Molina, superponiendo la languidez hipnotizante de su voz con un entretejido de r&iacute;tmica insistente y, s&iacute;, peque&ntilde;os corrimientos de la altura. En &ldquo;La paradoja&rdquo;, una enumeraci&oacute;n <em>&agrave; la cad&aacute;ver exquisito</em> preludia una especie de declaraci&oacute;n de pareja &ndash;o de posible relaci&oacute;n entre dos, o tres si se considera al perro&ndash;. &ldquo;La paradoja del tiempo que se detiene &ndash;dice la letra&ndash; no se detiene sino que pasa volando. A veces en un beso el tiempo se suspende; no se suspende sino que na, na, na&hellip;&rdquo; y la distorsi&oacute;n toma el lugar del significado. 
    </p><p class="article-text">
        Uno de los m&eacute;ritos de Molina en general y de <em>Doga</em> en particular es que letra y m&uacute;sica se interceptan. Juegan a decir lo mismo o lo contrario y cada una de ellas releva por momentos a la otra y, siempre, es la que acaba d&aacute;ndole un sentido. Las melod&iacute;as en ocasiones remiten a vidalas extra&ntilde;adas, las palabras a veces son muy pocas, apenas las vibraciones de consonantes y vocales, y a veces se funden en una cascada, como en &ldquo;Desinhumano&rdquo; &ndash;un t&eacute;rmino que Spinetta hubiera envidiado&ndash;: &ldquo;Y nacer&aacute; un mono del huevo de una piedra/ Hijo del sol del cielo la luna y la Tierra/ Aprender&aacute; a andar a trepar&nbsp;y agradecer&aacute;/ De sus ojos rayos poderosos a los dioses llegar&aacute;n/ Desinhumano/ Desinhumano nacer&aacute;&rdquo;. Y est&aacute;, claro, la autobiograf&iacute;a &iacute;ntima. El retrato a solas. &ldquo;Alguna vez las formas del espacio me sugirieron planos y dibujos/ esa historia que cont&eacute; me la rob&eacute; de un libro de embrujos&hellip;&rdquo;, canta en &ldquo;Va rara&rdquo;. Nuevamente, en la menci&oacute;n al libro de embrujos (o al mundo infantil) son los teclados y las sombras agregadas al sonido los que inseminan al texto. Un texto que luego dir&aacute;: &ldquo;Y critiqu&eacute; a quienes escriben bien porque yo escribo versos anodinos&rdquo;. Aseveraci&oacute;n que desmiente con sentencias como &ldquo;te abandon&eacute; esa noche que dorm&iacute;as busqu&eacute; mi nombre en el abecedario no encontr&eacute; ni la inicial quiz&aacute;s est&eacute; en un escapulario/ Y en el &aacute;rbol las doncellas &iexcl;Qu&eacute; destreza! &iexcl;Qu&eacute; destreza! Ganas de comerlas las podr&eacute; con flores en la mesa&rdquo;. <strong>Mar&iacute;a Elena Walsh</strong> le&iacute;da desde el otro lado del espejo, podr&iacute;a decirse. Y es que, al fin y al cabo, como mostraba <strong>Alejandro Amen&aacute;bar</strong> en un memorable film de hace ya un cuarto de siglo, los fantasmas siempre son los otros.
    </p><p class="article-text">
        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/juana-fantasmas_129_12826645.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 06 Dec 2025 13:48:23 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Juana y sus fantasmas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Juana Molina,Mariana Enriquez,Luis Alberto Spinetta]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los 400 golpes (de un baterista)]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/400-golpes-baterista_129_12789246.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6937244e-6384-4681-80b2-649efdd67ef1_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los 400 golpes (de un baterista)"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Si sólo fuera por los 31 años con el trío de Keith Jarrett alcanzaría. Pero esa no fue la única historia del jazz en la que el baterista Jack DeJohnette fue protagonista. Bill Evans, Miles Davis, McCoy Tyner o Jackie Mclean y cantantes como Abbey Lincoln o Betty Carter contaron con él. Pero tampoco eso fue todo. Sesionista estrella de los sellos CTI y ECM, pianista notable y compositor genial, participó en muchos de los más grandes discos de por lo menos tres décadas. Murió el pasado 26 de octubre, a los 83 años, y su legado es extraordinario. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        Entr&oacute; por primera vez a un estudio de grabaci&oacute;n hace sesenta a&ntilde;os, cuando ten&iacute;a 23. Hab&iacute;a comenzado su carrera profesional como pianista &ndash;tocaba ese instrumento desde los 4 a&ntilde;os&ndash; y solo ocasionalmente en el papel de baterista. Uno de sus primeros trabajos fue con el saxofonista <strong>Eddie Harris</strong>, en su Chicago natal. &ldquo;&Eacute;l me dijo que tocaba muy bien el piano pero que era un baterista nato, y eso me cambi&oacute; la vida&rdquo;, cont&oacute; a la revista <em>Down Beat</em> poco antes de morir, en una pausa entre las actuaciones en tr&iacute;o con el contrabajista <strong>Dave Holland</strong> y el pianista <strong>Jason Moran</strong>, su participaci&oacute;n como percusionista en vivo en una obra teatral de <strong>Sam Shepard</strong> y sus presentaciones con el bailar&iacute;n de tap <strong>Savion Glover</strong>. <strong>Jack De Johnette</strong> falleci&oacute; el pasado 26 de octubre. Alcanzar&iacute;a, para definir su legado, con los 31 a&ntilde;os como integrante del tr&iacute;o con <strong>Keith Jarrett</strong> y <strong>Gary Peacock</strong>. Pero, por supuesto, hubo mucho m&aacute;s. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con ese tr&iacute;o lleg&oacute; a Buenos Aires, por primera vez, en 1994. En esa ocasi&oacute;n dio una cl&iacute;nica y all&iacute; desliz&oacute; una frase, aparentemente casual: &ldquo;Creo que mi mayor talento fue poder escuchar&rdquo;. &nbsp;Y su exposici&oacute;n, amplia y brillantemente ejemplificada desde la bater&iacute;a, rond&oacute; una idea poderosa: &ldquo;No se trata de un instrumento sino de un conjunto de instrumentos&rdquo;. Algo que se complement&oacute; con su afirmaci&oacute;n acerca de la relaci&oacute;n entre sus dos instrumentos amados. &ldquo;La bater&iacute;a y el piano son, al fin y al cabo, dos instrumentos de percusi&oacute;n. Y no habr&iacute;a que olvidar lo que dijo <strong>Cecil Taylor</strong>: &lsquo;un piano son 88 instrumentos de percusi&oacute;n afinados&rsquo;&rdquo;. Ambas sentencias, en todo caso, se verifican en la complejidad y riqueza del lenguaje de DeJohnette. Un idioma en que la idea de que un instrumento es, a la vez, una posible orquesta, resulta central.
    </p><p class="article-text">
        En aquella primera sesi&oacute;n de grabaci&oacute;n, en julio de 1965, con el grupo del saxofonista <strong>Jackie Mclean</strong> y el trompetista <strong>Charles Tolliver</strong>, DeJohnette toc&oacute; en dos temas, que permanecieron in&eacute;ditos. Pero dos meses despu&eacute;s, tambi&eacute;n con McLean y Tolliver pero con el agregado de otra trompeta, <strong>Lee Morgan</strong>, esas dos piezas, &ldquo;Climax&rdquo; y &ldquo;On the Nile&rdquo; volvieron a registrarse, junto con otros tres temas, &ldquo;Soft Blue&rdquo;, &ldquo;Blue Fable&rdquo; y &ldquo;Jacknife&rdquo;, que le dio t&iacute;tulo a todo el disco, una de las gemas del sello Blue Note. La &uacute;ltima grabaci&oacute;n del baterista, entre las 526 registradas en el exhaustivo cat&aacute;logo de <strong>Tom Lord</strong> (The Jazz Discography Online) fue el a&ntilde;o pasado, con el tr&iacute;o del pianista <strong>Ivan Farmakovsky</strong> y el contrabajista <strong>Christian McBride</strong>. Entre uno y otro punto se despliega una carrera ejemplar, junto a varios de los m&uacute;sicos m&aacute;s importantes del g&eacute;nero &ndash;<strong>Miles Davis</strong>, <strong>Bill Evans</strong>, <strong>McCoy Tyner</strong>, <strong>Chick Corea</strong>, <strong>Charles Lloyd</strong>, entre muchos otros&ndash;, como l&iacute;der &ndash;con New Directions y con Special Edition&ndash;, en algunos de los mejores discos de las d&eacute;cadas de 1970 y 1980 y, desde ya, con Jarrett, cuya relaci&oacute;n comenz&oacute; en 1966, como integrantes del cuarteto de Lloyd (<a href="https://www.youtube.com/watch?v=j3wo-OtHMao" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">aqu&iacute;</a> se los puede ver y escuchar en vivo, DeJohnette y un deslumbrante Jarrett, ambos de 24 a&ntilde;os) y el primer &aacute;lbum donde aparecen juntos es <em>Dream Weaver</em>&ndash; y cuyo &uacute;ltimo registro en conjunto es el del concierto del 11 de julio de 2009 en Lucerna (recogido en el disco <em>Somewhere</em>).
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    </figure><p class="article-text">
        La trayectoria de DeJohnette como instrumentista tuvo que ver, por otra parte, con dos sellos en los que, a lo largo de los 70&nbsp;y los 80, fue algo as&iacute; como un baterista emblema, CTI y ECM. Y hubo, claro, dos cap&iacute;tulos aparte: Evans y Davis. Con el primero se destaca la grabaci&oacute;n de la actuaci&oacute;n en el festival de Montreux el 15 de junio de 1968 (con el contrabajista <strong>Eddie Gomez</strong>). Y, con Miles, <em>Bitches Brew</em>, un cl&aacute;sico de su (nueva) ruptura con los moldes del jazz del momento. 
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <em>Forces of Nature</em>, con McCoy Tyner y <strong>Joe Henderson</strong> (1966), <em>Is</em>, con Chick Corea y <strong>Woody Shaw </strong>(1969), <em>Super Nova</em>, de <strong>Wayne Shorter</strong> (tambi&eacute;n del 69), el notable <em>Joe Farrell Quartet</em> (<strong>Joe Farrell</strong> en saxo, flauta y oboe, tambi&eacute;n con Corea que alterna su lugar con el guitarrista <strong>John McLaughlin</strong>) y <em>Straight Life</em>, de <strong>Freddie Hubbard</strong> (ambos de 1970), y el fundante <em>Ruta and Dailtya</em>, en d&uacute;o con Jarrett (1971)constituyen una buena muestra del momento en que el baterista cristaliza un leguaje propio, que lleva la vieja y buena polirritmia de <strong>Roy Haynes</strong> y <strong>Elvis Jones</strong>, a un nivel de refinamiento, limpieza t&eacute;cnica y precisi&oacute;n in&eacute;ditos en la historia del instrumento.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Entre los casi infinitos discos en que actu&oacute; con el sesionista estrella de ECM, todos ellos excelentes, no pueden dejar de considerarse <em>Gateway</em>, con <strong>John Abercrombie</strong> y <strong>Dave Holland</strong>, <em>Timeless</em>, con <strong>Jan Hammer</strong> y Abercrombie, <em>Cloud Dance</em>, con <strong>Col</strong> <strong>https://open.spotify.com/intl-es/album/6bI8mDUAPYawREmbySOc0Wlin Walcott</strong>, Holland y Abercrombie, <em>Batik</em>, con <strong>Ralph Towner</strong> y Eddie Gomez, el tr&iacute;o con el guitarrista <strong>Terje Rypdal</strong> y el contrabajista <strong>Miroslav Vitous</strong> y, con el trompetista <strong>Kenny Wheeler</strong>, <em>Deer Wan</em>, <em>Gnu High</em> y <em>Double, Double You</em>.
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        El DeJohnette compositor, por otra parte, requiere una atenci&oacute;n particular, sobre todo el que se nuclea a partir de un disco llamado Special Edition y toma ese t&iacute;tulo como nombre de un grupo &ndash;o grupo de grupos&ndash; que, con distintas formaciones encarn&oacute; un mismo proyecto. Ese estilo, surgido de una improbable y original&iacute;sima amalgama entre improvisaci&oacute;n colectiva a la manera del jazz primitivo de Nueva Orleans y Chicago, free, desenfado y el rescate de la tradici&oacute;n de las big bands gener&oacute; una de las propuestas m&aacute;s personales y originales &ndash;e inmediatamente reconocible&ndash; de su &eacute;poca. El primero de esos discos, con dos de los mejores saxofonistas existentes, <strong>David Murray</strong> y <strong>Arthur Blythe</strong>, un creador genial que muri&oacute; muy joven, <em>Album Album</em>, que entendi&oacute; el esp&iacute;ritu festivo como una de las bellas artes, e <em>Inflation Blues</em>, donde DeJohnette se da el gusto de cantar un reggae, conforman una galer&iacute;a indispensable, agrupada junto con <em>Tin Can Alley</em> en una caja de 4 Cds, a la que deben agregarse los dos discos con el trompetista <strong>Lester Bowie</strong> y Abercrombie, <em>New Directions</em> y <em>New Directions in Europe</em>, un &aacute;lbum con un comienzo m&aacute;s que inusual: un extraordinario solo de bater&iacute;a de casi 5 minutos e imaginaci&oacute;n desbordante. 
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/400-golpes-baterista_129_12789246.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 22 Nov 2025 12:49:38 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los 400 golpes (de un baterista)]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Jack DeJohnette,Keith Jarrett,Miles Davis]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Al rescate de lo moderno]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/rescate-moderno_129_12752810.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c60548f7-8601-4cc0-962a-ce12b461f2e9_16-9-discover-aspect-ratio_default_1129996.jpg" width="1196" height="673" alt="Al rescate de lo moderno"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Dos inéditos de Piazzolla. Gran música y pésima información en una nueva edición del INAMU. Novedades y rescates en la red, entre las redes.
</p></div><p class="article-text">
        En el mismo a&ntilde;o en que <strong>Igor Stravinsky</strong> consagraba al ritmo junto a la primavera, en Par&iacute;s, una pareja de pintores, <strong>Sonia</strong> y <strong>Robert Delaunay</strong>, abandonaban el cubismo y fundaban una nueva escuela, basada en las curvas y los contrastes entre colores, a la que el escritor <strong>Guillaume Apollinaire</strong> bautiz&oacute; orfismo. Lo r&iacute;tmico no fue ajeno a sus ideas pl&aacute;sticas y tanto la serie de &ldquo;Rythmes&rdquo; de Robert como &ldquo;Color Rhythm&rdquo;, de Sonia lo pusieron en escena. 
    </p><p class="article-text">
        En el a&ntilde;o de <em>La consagraci&oacute;n de la primavera</em> el peque&ntilde;o hijo de ambos, <strong>Charles</strong>, ten&iacute;a dos a&ntilde;os. Y 20 a&ntilde;os despu&eacute;s tradujo el ritmo a su manera: fund&oacute; el Hot Club de Francia, se le ocurri&oacute; juntar a <strong>Django Reinhardt</strong> y su grupo de guitarras con el violinista <strong>St&eacute;phane Grappelli</strong> y fund&oacute; al c&eacute;lebre quinteto de ese club de jazz. Y, de paso, invent&oacute; una palabra, &ldquo;discograf&iacute;a&rdquo;, para titular la primera que se public&oacute; sobre el jazz: <em>Hot Discography</em>. No fueron esas sus &uacute;nicas innovaciones; dirigi&oacute; la revista Hot Jazz, en la que escribi&oacute; <strong>Boris Vian</strong>, y cre&oacute; el sello Vogue. Y, aunque el dato no figure en sus biograf&iacute;as, fue esencial para la m&uacute;sica argentina. En 1955 conoci&oacute; a un bandoneonista nacido en Mar del Plata que estaba de viaje inici&aacute;tico en Par&iacute;s. Un m&uacute;sico que hab&iacute;a tocado en una de las mejores orquestas de tango existentes, la de An&iacute;bal Troilo, y hab&iacute;a sido uno de sus arregladores, que hab&iacute;a dirigido su propia &ldquo;t&iacute;pica&rdquo; y que hab&iacute;a compuesto algunas piezas renovadoras para otras &ndash;la de <strong>Enrique Mario Francini</strong> y <strong>Armando Pontier</strong>, la de <strong>Osvaldo Fresedo</strong> y la de <strong>Jos&eacute; Basso</strong>&ndash;. Escuch&oacute; su m&uacute;sica, le produjo una grabaci&oacute;n en su sello, junto con el pianista Martial Solal y las cuerdas de la Op&eacute;ra de Par&iacute;s, charl&oacute; con &eacute;l y le regal&oacute; algunos de los discos que hab&iacute;a publicado recientemente. Y, tal vez sin saberlo, cre&oacute; tambi&eacute;n al nuevo <strong>Astor Piazzolla</strong>. El que de vuelta a la ciudad del tango gest&oacute; el primer grupo que, desde el alfabeto de ese g&eacute;nero, transform&oacute; de cuajo su gram&aacute;tica. Y el que abandon&oacute; para siempre la formaci&oacute;n de la orquesta t&iacute;pica (violines, bandoneones, piano y contrabajo, con el posible agregado de un cello y una viola).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El grupo en cuesti&oacute;n, conformado por &ldquo;ocho tanques&rdquo; en palabras de Piazzolla, fue el Octeto Buenos Aires. En la contratapa de <em>Tango Moderno</em>, su &uacute;nico disco de larga duraci&oacute;n &ndash;hab&iacute;a habido antes una grabaci&oacute;n casi casera, <em>Tango Progresivo</em>, publicada en unas pocas copias en acetato, con seis temas&ndash; el director del grupo escrib&iacute;a &ldquo;En 1954, estando en Par&iacute;s, tuve la oportunidad de escuchar a muchos conjuntos&nbsp;de jazz moderno, entre ellos al Octeto de <strong>Gerry Mulligan</strong>&rdquo; y aseguraba haber descubierto all&iacute; &ldquo;ese goce &nbsp;individual en las improvisaciones, el entusiasmo de conjunto al ejecutar un acorde, en fin,&nbsp;algo que nunca hab&iacute;a notado hasta ahora con los m&uacute;sicos y m&uacute;sica de tango&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        La frase fue interpretada err&oacute;neamente como si afirmara que tal escucha hubiera sido en vivo, lo que en rigor no dice. Y adem&aacute;s no podr&iacute;a haber sucedido jam&aacute;s por dos motivos. El primero es que Mulligan fue a Par&iacute;s con un cuarteto. Y el segundo es que cuando el bandoneonista lleg&oacute; a esa ciudad, el saxofonista ya estaba de regreso en los Estados Unidos, dirigiendo la orquesta que acompa&ntilde;aba a <strong>Billie Holiday</strong> en la inauguraci&oacute;n del Festival de Newport. Lo que s&iacute; hab&iacute;a era un disco del sello Vogue, el de Delaunay, con la grabaci&oacute;n de parte de la actuaci&oacute;n del cuarteto de Mulligan en la Salle Pleyel, en 1954. Pero, sobre todo, hubo otro disco de Vogue que, posiblemente, se mezcl&oacute; en el recuerdo de Piazzolla. Un registro realizado en los Estados Unidos pero publicado en Francia. Un grupo grande, el sexteto de <strong>Oscar Pettiford</strong> &ndash;el que tuvo por esos a&ntilde;os un octeto fue <strong>Dave Brubeck</strong> y tal vez eso motiv&oacute; parte de la confusi&oacute;n&ndash; que, adem&aacute;s, como el grupo que crear&iacute;a el argentino, ten&iacute;a cello y guitarra el&eacute;ctrica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ya se ha hablado <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/vino_129_12525087.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">en esta secci&oacute;n</a> del per&iacute;odo 1956-1957 en la obra de Piazzolla. El sello del INAMU &ndash;Instituto Nacional de la M&uacute;sica&ndash; recuper&oacute; hace poco el central <em>Tango en Hi-Fi</em>, la versi&oacute;n argentina de la experiencia parisina con cuerdas, m&aacute;s piano y bandone&oacute;n solistas. Y ahora acaba de subir a las plataformas dos de las cuatro grabaciones del octeto para el sello Music-Hall, realizadas en 1957.De ellas, solo dos &nbsp;salieron alguna vez en disco, &ldquo;La cachila&rdquo; como parte de un volumen titulado <em>Historia del bandone&oacute;n Vol.2</em> &ndash;que nunca fue reeditada en ning&uacute;n formato&ndash;&nbsp;y &ldquo;Taconendo&rdquo;, que figur&oacute; en un EP junto a tres temas con orquesta (tambi&eacute;n recuperado por INAMU. <a href="https://open.spotify.com/intl-es/album/2eu8Mqh4dnREaiYijJdYOh" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">Las otras dos, &ldquo;Arrabal&rdquo; y &ldquo;Marr&oacute;n y azul&rdquo;, son las que fueron publicadas ayer.</a> Los dos temas fueron incluidos luego en el LP <em>Tango Moderno</em> pero, si bien los arreglos son b&aacute;sicamente los mismos, tienen con esas versiones dos diferencias fundamentales. Una es la calidad de las fuentes y de su tratamiento, notablemente mejor en este caso &ndash;una mayor claridad y definici&oacute;n de planos&ndash;; la otra es <strong>Horacio Malvicino</strong>. Piazzolla lo defin&iacute;a como &ldquo;el electr&oacute;n libre&rdquo;. De hecho, era el &uacute;nico al que no le escrib&iacute;a los solos. Y sus intervenciones, en ambas piezas, son bien diferentes a las del LP &ndash;y en todos los casos extraordinarias. Hay algo m&aacute;s, y es la prominente percusi&oacute;n, con golpes sobre el contrabajo, en &ldquo;Marr&oacute;n y azul&rdquo;, un tema que ya hab&iacute;a grabado en Par&iacute;s y que bien podr&iacute;a considerarse fundante del nuevo Piazzolla.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Las plataformas de streaming no son los mejores lugares para contar con informaci&oacute;n acerca de lo que se est&aacute; escuchando, pero esta edici&oacute;n, imprescindible desde el punto de vista art&iacute;stico, no ayuda demasiado en ese sentido. En primer lugar, no consigna en ninguna parte que se trata de grabaciones del Octeto Buenos Aires realizadas en 1957. Tampoco aclara que se trata de in&eacute;ditos hasta el momento. Y la ilustraci&oacute;n, un dibujo basado en un retrato de Piazzolla en sus a&ntilde;os finales, resulta sumamente equ&iacute;voca. Son reparos menores, en todo caso, si se tiene en cuenta la calidad de lo que se oye. De esos solos de Francini y de sus contrapuntos con el otro viol&iacute;n, a cargo de <strong>Hugo Baralis</strong>, con el cello de <strong>Jos&eacute; Bragato</strong>, la guitarra el&eacute;ctrica de Malvicino o con el piano, excepcional, de <strong>Atlio Sampone</strong>. Los dos bandonenistas, por otra parte, se sacan chispas. Y no es para menos: se trata de Piazzolla y <strong>Leopoldo Federico.</strong> El contrabajo de <strong>Juan Vasallo</strong>, por otra parte, tiene un papel propulsor y provee un impulso portentoso &ndash;posiblemente algo tambi&eacute;n aprendido por el bandoneonista en la escucha de aquellos discos de jazz&ndash;. Una edici&oacute;n del sello RGS agrupa los dos discos del Octeto, los que colocan lo progresivo y lo moderno junto a la palabra &ldquo;tango&rdquo;. Su t&iacute;tulo es claro, como corresponde: <em>Octeto Buenos Aires &ndash; 1957</em>. Pero se incurre en una informaci&oacute;n incorrecta. Vaya a saberse por qu&eacute;, se incluyen al final dos temas, &ldquo;Vanguardista&rdquo; &ndash;en esta edici&oacute;n aparece como &ldquo;El vanguardista&rdquo;&ndash; y otra versi&oacute;n de &ldquo;Marr&oacute;n y azul&rdquo;, extra&iacute;dos de un disco Odeon y donde no toca el octeto sino una orquesta de cuerdas.
    </p><p class="article-text">
        D.F.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/rescate-moderno_129_12752810.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 08 Nov 2025 14:43:05 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Astor Piazzolla,Octeto Buenos Aires]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lo nuevo, lo bueno, lo bello]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/nuevo-bueno-bello_129_12733994.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a34305fd-129a-47eb-9e6e-e7de3f981539_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lo nuevo, lo bueno, lo bello"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una gran ópera y un gran elenco para una ópera freudiana en el Colón. Las canciones de Catalina Telerman, al borde de cualquier estilo. Yorgos Dalaras, un mito griego en Buenos Aires. Los Premios Gramophone a las mejores grabaciones clásicas del año. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        1 Por una cabeza
    </p><p class="article-text">
        La &oacute;pera <em>Salom&eacute;</em>, de <strong>Richard Strauss</strong>, se estren&oacute; en 1905. Ese mismo a&ntilde;o se publicaron los <em>Tres ensayos sobre la sexualidad</em> de <strong>Sigmund Freud</strong>. Ni una obra ni la otra pudieron haberse influido mutuamente pero hay all&iacute; un esp&iacute;ritu de &eacute;poca evidente. Sobre todo cuando el libreto, realizado por el propio compositor a partir de una obra de <strong>Oscar Wilde</strong>, parece escrito por el mism&iacute;simo Freud. 
    </p><p class="article-text">
        El marido de la madre le pide que baile para &eacute;l. La madre le dice que no lo haga. &Eacute;l le promete, a cambio, concederle cualquier deseo y ella pide, entonces, una bandeja de plata con la cabeza del profeta cautivo que se neg&oacute; a besarla. Y en el final, antes de que el padrastro ordene matarla, besa esa cabeza y sostiene con ella una escena de cargado erotismo.
    </p><p class="article-text">
        En la puesta que se ve en estos d&iacute;as en el Col&oacute;n, imaginada por <strong>Barbara Lluch</strong> con escenograf&iacute;a de <strong>Daniel Blanco</strong>, la famosa danza de los siete velos, una de las obras orquestales m&aacute;s tensas y extraordinarias de la historia, con un peque&ntilde;o motivo que se repite, obsesivo, y se superpone a los melismas de las cuerdas, es bailada, como en un flashback, por el padrastro con una Salom&eacute; ni&ntilde;a y luego, con su versi&oacute;n adolescente, y con un mismo vestido rojo. 
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s del libro, la m&uacute;sica, de una complejidad exquisita, que no solo no acompa&ntilde;a sino que se entreteje con la trama y se reserva para s&iacute; el se&ntilde;alamiento de los momentos culminantes, convierte a <em>Salom&eacute;</em> en una de las obras m&aacute;s importantes de todo el repertorio. Tanto el elenco como la orquesta, dirigida en este caso por <strong>Philippe Auguin</strong>, est&aacute;n a la altura de la composici&oacute;n y la puesta une inteligencia, sentido teatral y sugerencia visual. Quedan dos funciones, este domingo a las 17 y el martes 4 a las 20. En ambas el personaje principal estar&aacute; en manos de <strong>Ricarda Merbeth</strong> &ndash;la notable <strong>Carla Filpcic-Holm</strong> realiz&oacute; dos actuaciones extraordinarias la semana pasada&ndash;, el profeta ser&aacute; personificado por <strong>Egils Sili&#326;&scaron;</strong> (<strong>Hern&aacute;n Iturralde</strong> realiz&oacute; dos funciones formidables) y Herodias, la madre, ser&aacute; interpretada por <strong>Nancy Fabiola Herrera</strong> (el 2) y <strong>Adriana Mastr&aacute;ngelo</strong> (el 4).
    </p><p class="article-text">
        2 Los elementos
    </p><p class="article-text">
        El t&iacute;tulo del &aacute;lbum refiere al fuego. Y la relaci&oacute;n con los elementos, o con lo natural &ndash;o lo esencial&ndash; es una constante en <em>&Iacute;gnea</em>, de la compositora, cantante e instrumentista <strong>Catalina Telerman</strong>. Cualquier clasificaci&oacute;n &ndash;pop, nuevos folklores, canci&oacute;n a secas&ndash; queda chica para un magma siempre sorpresivo, poblado de irrupciones inesperadas y que se complace m&aacute;s en las difuminaciones que en los trazos r&iacute;gidos de un contorno. S&iacute; se trata de canciones. S&iacute; hay un sustrato pop, sobre todo en la cuidados&iacute;sima producci&oacute;n. Y s&iacute; hay, aqu&iacute; y all&aacute;, retazos de folklores diversos &ndash;y tambi&eacute;n del minimalismo y otras yerbas&ndash;. Y tambi&eacute;n hay una interpretaci&oacute;n tan sensible como exacta. Y algo que no es ninguna de esas cosas pero las une de manera virtuosa. El disco es de una rara belleza, y tan alejado de cualquier descripci&oacute;n posible que es necesario o&iacute;rlo. El grupo &ndash;Catalina Telerman, <strong>Melina Moguilevsky</strong>, <strong>Luciano Vitale</strong>, <strong>Juan Belvis</strong>, <strong>Candelaria Zamar</strong>, la violinista <strong>Luc&iacute;a Cuesta</strong>, el trombonista <strong>Manuel Calvo</strong> y <strong>Joaqu&iacute;n Esplugas Castell&aacute;</strong> en clarinete y clarinete bajo&ndash;, lo presentar&aacute; &nbsp;en vivo este viernes 7, a las 20, en Cultural Thames (Thames&nbsp;1426).
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        3 Mitolog&iacute;a griega
    </p><p class="article-text">
        Fue uno de los int&eacute;rpretes fetiche de <strong>Mikis Theodorakis</strong>. Actu&oacute; con <strong>Sting</strong>, con <strong>Mercedes Sosa</strong>, con <strong>Goran Bregovic</strong> y con <strong>Paco de Luc&iacute;a</strong>, entre muchos otros. Su estilo viene del reb&eacute;tiko &ndash;un arte de los a&ntilde;os 30 del siglo pasado, portuario y cruzado por tradiciones de Medio Oriente&ndash;, el laik&oacute;, una canci&oacute;n popular m&aacute;s moderna, emparentada con las nuevas expresiones de los franceses y de catalanes como Joan Manuel Serrat, m&aacute;s las innumerables inseminaciones culturales de un territorio situado exactamente en su intersecci&oacute;n. <strong>Yorgos Dalaras</strong>, nacido en El Pireo hace 76 a&ntilde;os, es una leyenda en Grecia y llega a Buenos Aires para actuar el pr&oacute;ximo mi&eacute;rcoles 12, a las 21, en el Teatro Coliseo (Marcelo T. de Alvear 1125), en una presentaci&oacute;n producida por la Fundaci&oacute;n Hel&eacute;nica en Argentina junto con La Colectividad Hel&eacute;nica de Buenos Aires.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        4 Los premios
    </p><p class="article-text">
        La revista <em>Gramophone</em> se publica en Gran Breta&ntilde;a desde 1923, en que fue fundada por el escritor escoc&eacute;s <strong>Compton Mackenzie</strong>. Su nombre ya habla a las claras de su relaci&oacute;n con una industria, la del disco, a la que vio crecer y cambiar varias veces. Desde las placas de gomalaca y 78 vueltas por minuto hasta el CD y sus nuevas encarnaciones virtuales, pasando por el legendario &ndash;y resucitado&ndash; disco de microsurco en vinilo y 33 1/3 vueltas por minuto, la historia de las grabaciones de m&uacute;sica cl&aacute;sica la tiene a&uacute;n de testigo e, invariablemente, cada a&ntilde;o otorga sus premios &ndash;los m&aacute;s prestigiosos del mundo&ndash; a los mejores registros publicados de octubre a septiembre. El gran ganador de 2025, como grabaci&oacute;n coral y como disco del a&ntilde;o, fue la versi&oacute;n &ndash;personal, extraordinaria, espectacular y no exenta de ciertas arbitrariedades&ndash; de la Misa en si menor de <strong>Johann Sebastian Bach</strong> dirigida por <strong>Rapha&euml;l Pichon</strong>, al frente del grupo Pygmalion con un seleccionado de cantantes especializados en el repertorio barroco, &nbsp;entre ellos la deslumbrante contralto <strong>Lucile Richardot</strong> y el tenor <strong>Emiliano Gonz&aacute;lez Toro</strong>.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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        Entre las distinciones principales se cuentan, tambi&eacute;n, las merecidas por <strong>Sir Simon Rattle</strong> como artista del a&ntilde;o, la interpretaci&oacute;n de los <em>Cuartetos con piano</em> <em>2</em> y <em>3</em> de <strong>Johannes Brahms</strong> por <strong>Krystian Zimerman</strong>, <strong>Maria Nowak</strong>, <strong>Katarzyna Budnik</strong> y <strong>Yuya Okamoto</strong> (m&uacute;sica de c&aacute;mara), el <em>Concierto para viol&iacute;n</em> de <strong>Edward Elgar</strong> por <strong>Wilde Frang </strong>con direcci&oacute;n de <strong>Robin Ticciati</strong> (Concierto), <em>Picture a Day Like This</em>, una nueva &oacute;pera del compositor <strong>George Benjamin</strong> (Contempor&aacute;neo), los <em>Caprichos para viol&iacute;n</em> de <strong>Niccol&ograve; Paganini</strong> por <strong>Mar&iacute;a Due&ntilde;as</strong> (en la categor&iacute;a Instrumental y tambi&eacute;n elegida artista joven del a&ntilde;o), <em>El holand&eacute;s errante</em> de <strong>Richard Wagner</strong> con <strong>Gerald Finley</strong> y <strong>Lisa Davidsen</strong> como protagonistas, con direcci&oacute;n de <strong>Edward Gardner</strong> (&oacute;pera), las dos <em>Sinfon&iacute;as</em> de <strong>Kurt Weill</strong> dirigidas por <strong>JoanaMallwitz</strong> (orquestal) y &nbsp;la <em>Sonata N&ordm; 1</em> de Brahms junto con la <em>Fantas&iacute;a del Caminante</em> de <strong>Franz Schubert</strong> por <strong>Alexandre Kantorow</strong> (piano).
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/nuevo-bueno-bello_129_12733994.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Nov 2025 15:03:43 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Lo nuevo, lo bueno, lo bello]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Teatro Colón,Simon Rattle]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cuestiones de género]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cuestiones-genero_129_12714717.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b6f28798-5209-4b9c-95c6-2fd80c11e4d0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuestiones de género"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un artista de un estilo despreciado que se vuelve “interesante”. O, tal vez, de un estilo que se abre camino, como la naturaleza, que abreva en otros, como el folklore, y acaba transformándolos a ambos. O cómo alguien de 18 años y llamado Milo J canta un nuevo folklore, establece relaciones creativas con próceres como Silvio Rodríguez y es escuchado por 10 millones de personas. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        El fen&oacute;meno, hoy, es <strong>Milo J</strong>. No para su p&uacute;blico, como lo revelan las inapelables cifras: 60.000 personas en un show gratuito en su Mor&oacute;n Natal, hace ya dos a&ntilde;os; 10 millones de visitas para su video oficial de &ldquo;Ni&ntilde;o&rdquo;, subido a <a href="https://www.youtube.com/watch?v=Lg2UXs9SDx4" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">YouTube</a> hace cuatro semanas, entre muchos otros ejemplos posibles. El fen&oacute;meno es el de un artista de 18 a&ntilde;os, que ha cantado con <strong>Silvio Rodr&iacute;guez</strong> &ndash;y que, junto con &eacute;l, dona los derechos a las Abuelas de Plaza de Mayo&ndash;, que toma a <strong>Mercedes Sosa</strong> como &ldquo;objeto encontrado&rdquo;, que en sus letras habla con naturalidad del vac&iacute;o existencial y que acaba de publicar en las plataformas <em>La vida era m&aacute;s corta</em>, un disco indudablemente argentino, que va y vuelve con creatividad notable a eso que todav&iacute;a se llama folklore. Y el asombro, claro, es el del p&uacute;blico que, en principio, desprecia al trap, el g&eacute;nero del que Milo J proviene y con cuyas reglas &nbsp;entreteje una est&eacute;tica personal.
    </p><p class="article-text">
        El trap ya no es lo que era, podr&iacute;a pensarse. O, m&aacute;s bien, que como otros g&eacute;neros populares &ndash;algunos de ellos tambi&eacute;n despreciados por la <em>inteligentsia</em>, como el chamam&eacute; en los 50s y 60s del siglo pasado&ndash;, o como la naturaleza seg&uacute;n una de las grandes frases de <em>Jurassic Park</em>, se abre camino. No es el primer dato. Las preguntas sobre el ser &ndash;y sobre la nada&ndash;, ausentes de la m&uacute;sica popular argentina, a grandes rasgos, desde &ldquo;Todo el d&iacute;a me pregunto&rdquo; o &ldquo;Informe de un d&iacute;a&rdquo; de Manal o &ldquo;De nada sirve&rdquo; de Moris, reaparecen en <strong>Wos</strong> o en <strong>Ca7riel</strong> donde, por otro lado, abundan los arreglos que cruzan fronteras &ndash;la chacarera o la guitarra de <strong>Ricardo Mollo</strong> en uno; el tono <em>jazzy </em>en el otro&ndash; e incluso la auto iron&iacute;a &ndash;&ldquo;-Hashtag, que es eso? -Dec&iacute; &lsquo;tetas&rsquo;&rdquo;&ndash;. Y pensar que Milo J, en este &uacute;ltimo disco, hace folklore es una simplificaci&oacute;n. Porque no se trata de una simple visita al parque tem&aacute;tico de ese g&eacute;nero &ndash;como aquel <em>Julio Sosa canta folklore</em> de 1962&ndash; sino de una verdadera re-creaci&oacute;n, sorprendente, en todo caso, no solo para el mundo del trap y los cultores y herederos del free style sino, sobre todo, para el de las m&uacute;sicas de tradici&oacute;n rural argentina. 
    </p><p class="article-text">
        El uso de los silencios, esas pausas dram&aacute;ticas que introduce entre las estrofas o entre las palabras de una canci&oacute;n, el uso de material &ldquo;documental&rdquo; &ndash;esa grabaci&oacute;n casera de Mercedes Sosa o la estrofa de &ldquo;Puente Pexoa&rdquo;, aquel rasguido doble de <strong>Tr&aacute;nsito Cocomarola</strong> y <strong>Armando Nelli</strong>, aqu&iacute; convertido en un lamento cargado de nostalgia que funciona como introducci&oacute;n a &ldquo;Ni&ntilde;o&rdquo;&ndash;, las propias letras de Camilo Joaqu&iacute;n (de esos nombre provienen el Milo y la J) Villarruel y la fluidez con que la electr&oacute;nica se integra a la composici&oacute;n resultan en transformaciones trascendentes para un g&eacute;nero en el que, durante varias d&eacute;cadas, la &uacute;nica novedad hab&iacute;a sido incorporar una cierta gestualidad rockera mientras se cantaba una chacarera. 
    </p><p class="article-text">
        La idea del &ldquo;objeto encontrado&rdquo; &ndash;ese <em>objet trouv&eacute;</em> de las vanguardias francesas&ndash; en el caso de Milo J es literal. La grabaci&oacute;n cedida por la familia de Sosa de &ldquo;Canci&oacute;n del jangadero&rdquo;, de <strong>Jaime D&aacute;valos</strong> &ndash;que ella jam&aacute;s registr&oacute; en estudio y no debe confundirse con &ldquo;El jangadero&rdquo;, de <strong>Ram&oacute;n Ayala</strong> y <strong>Vicente Cidade</strong>, que fue uno de sus primeros &eacute;xitos&ndash; es, en efecto, algo encontrado (algo que, de alguna manera, hab&iacute;a sido olvidado). Como lo es ese pedacito de &ldquo;Puente Pexoa&rdquo;, una canci&oacute;n que fue himno correntino a partir de la grabaci&oacute;n del Tr&iacute;o de Cocomarola con el d&uacute;o Vera-Lucero, a fines de 1955, que entr&oacute; tardiamente en el canon oficial del folklore &ndash;el del Noroeste&ndash; cuando la grabaron Los Trovadores del Norte, en 1963, pero luego fue relegada, como todo el Noreste, al lugar de los m&aacute;rgenes.
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    </figure><p class="article-text">
        &iquest;Debe gustarle Milo J a los progresistas de hoy? El <em>Factor Silvio Rodr&iacute;guez</em> no es desde&ntilde;able en ese sentido. El hecho de que cante bien &ndash;tambi&eacute;n para el paradigma tradicional, tan diferente al del trap&ndash; es, obviamente, un argumento atendible. Pero lo fundamental est&aacute; en la estructura, en los peque&ntilde;os desplazamientos, en las texturas en las que el fondo, muchas veces electr&oacute;nico, sumado a una percusi&oacute;n que remite al folklore pero no es folkl&oacute;rica, transmuta la figura, y en las letras, que son excelentes. O sea en la originalidad y el talento. Algo de su dicci&oacute;n y del sonido general (la producci&oacute;n), por otra parte, conserva un resto trapero. &iquest;Es demasiado para el paladar de algunos? Sobre eso, nada hay para decir. Sobre gustos, ya se sabe, es sobre lo &uacute;nico que se ha escrito a lo largo de los tiempos. Pero sigue siendo in&uacute;til.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cuestiones-genero_129_12714717.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 25 Oct 2025 14:30:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Milo J,Silvio Rodríguez,Mercedes Sosa]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sonata para el fin del tiempo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/sonata-tiempo_129_12675336.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f6e57d40-1aba-4b1d-9a1d-5aafa74ac96a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sonata para el fin del tiempo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"En busca del tiempo perdido", la monumental novela de Marcel Proust, es una obra musical. Una obra imaginaria, escrita para piano y violín, articula el fluir de la memoria. Y otra real, la escrita para esos instrumentos por César Franck, aunque no fue su única fuente dice, con sonidos, lo mismo que sus personajes. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        Hay una novela que encierra todas las novelas. Y una sonata que encierra todas las sonatas. La novela menciona una sonata para piano y viol&iacute;n y esa obra, y las reflexiones acerca de lo que la m&uacute;sica produce en los personajes, articula un relato complej&iacute;simo que no sigue otra cosa que el complej&iacute;simo curso de la memoria y que habla de una b&uacute;squeda, la del tiempo perdido. La novela, <em>&Aacute; la recherche du temps perdu</em>, consta de siete tomos y su autor, <strong>Marcel Proust</strong>, comenz&oacute; a publicarla en 1913. 
    </p><p class="article-text">
        Es, m&aacute;s all&aacute; de la menci&oacute;n a esa sonata de un compositor imaginario llamado Vinteuil, una obra musical. Wagneriana, para m&aacute;s detalle. Una heptalog&iacute;a. Y, tambi&eacute;n, un mapa de la sociedad parisina, de los snobs y de sus consumos en los finales del siglo XIX y comienzos del XX. All&iacute; aparecen 80 pintores, 170 escritores y 40 m&uacute;sicos -<strong>Richard Wagner</strong> a la cabeza con 35 menciones, <strong>Ludwig Van Beethoven </strong>con 25, y <strong>Claude Debussy</strong> con 13- y eso sin considerar adjetivos como &ldquo;wagneriano&rdquo; y t&iacute;tulos de obras como <em>Lohengrin</em>, la &oacute;pera de ese autor que habla del pr&iacute;ncipe del cisne y, por primera vez, de la leyenda de Parsifal. 
    </p><p class="article-text">
        Wagner, en su af&aacute;n totalizador, guarda las semillas del antiwagnerismo. O, dicho de otra manera, pocas cosas resultan m&aacute;s wagnerianas que el antiwagnerismo de Debussy, aquel a quien <strong>Erik Satie</strong>, entonces su amigo, reclamaba, en una carta, &ldquo;hagamos m&uacute;sica pero sin choucrut&rdquo;. Y es que el vuelco que dio la m&uacute;sica en ese fin de siglo no hubiera sido el que fue sin los wagnerianos franceses, sin el lazo -&iquest;invisible, como la m&uacute;sica?- del simbolismo, del lenguaje de sombras y reflejos del impresionismo, y sin esa novela que, como <em>El anillo de los nibelungos</em>, transcurr&iacute;a sin transcurso, o edificaba su propio transcurso, fuera del tiempo, en su b&uacute;squeda del que se hab&iacute;a perdido. De ese texto que inventaba como principio rector una sonata imaginaria. 
    </p><p class="article-text">
        Ese nuevo siglo no hubiera sido el mismo sin <strong>Gabriel Faur&eacute;</strong> y sus melod&iacute;as a&eacute;reas, flotantes sobre el tiempo. &ldquo;Conozco tu obra lo suficiente como para escribir un libro de trescientas p&aacute;ginas sobre ella&rdquo;, le dijo Proust en una carta. Y, sobre todo, sin el verdadero eslab&oacute;n perdido: la wagneriana &ndash;y anti wagneriana, y pre debussysta, sin saberlo&ndash; sonata para piano y viol&iacute;n que encerraba todas las sonatas, la de <strong>C&eacute;sar Franck</strong>. La <em>Sonata </em>de Vinteuil y su &ldquo;peque&ntilde;a frase que tanto le gustaba a Swann&rdquo; hacen su aparici&oacute;n en el primero de los siete tomos, <em>Du c&ocirc;te de chez Swann</em> (las traducciones var&iacute;an pero la m&aacute;s cercana en sentido es <em>Por el camino de Swann</em>). Poco importa si la <em>Sonata</em> de Franck fue o no la &uacute;nica fuente. Todo hace suponer que no. Pero ninguna otra obra expresa en sonido, de una manera tan claro, lo mismo que su relato.
    </p><p class="article-text">
        Proust mira (escucha) a Wagner en su monumental novela. La <em>Tetralog&iacute;a</em> brinda a sus siete partes un modelo de organizaci&oacute;n interna y la suspensi&oacute;n del tiempo del operista fluye como r&iacute;o subterr&aacute;neo de la &ldquo;Recherche&hellip;&rdquo; proustiana. Y esa mirada, esa lectura de Wagner, es profundamente personal -y francesa-. Est&aacute; atravesada por la musicalidad de esa lengua, por la idea de los reflejos m&aacute;s que por la de los contornos, por los peque&ntilde;os salones burgueses y no por los grandes teatros imperiales. Esa visi&oacute;n de Wagner y su tiempo sin tiempo es la misma que la articulada en la <em>Sonata en la mayor</em> de Franck, ese organista nacido en B&eacute;lgica y nacionalizado franc&eacute;s &ndash;el Conservatorio de Par&iacute;s no admit&iacute;a extranjeros&ndash; y que pronto asumir&iacute;a la presidencia de la Sociedad Nacional de m&uacute;sica, en reemplazo de Camille Saint-Sa&euml;ns. 
    </p><p class="article-text">
        Su rivalidad con este compositor, que acababa de estrenar all&iacute; su propia <em>Sonata Op 75</em> para ese mismo instrumental, no es, por otra parte, un dato menor. Y su decisi&oacute;n de escribir su propia sonata para piano y viol&iacute;n no fue un hecho inocente. 
    </p><p class="article-text">
        La primera sonata para piano y viol&iacute;n de Saint-Sa&euml;ns aparec&iacute;a con nombre y apellido en <em>Jean Santeuil</em>, una novela inacabada anterior, y tambi&eacute;n en los primeros borradores de <em>&Aacute; la recherche</em> &hellip;Proust la hab&iacute;a escuchado repetidamente, en una reducci&oacute;n para piano, tocada por su amigo y ocasional amante, el venezolano <strong>Reynaldo Hahn</strong>. En la dedicatoria que escribi&oacute; a <strong>Jacques de Lacretelle</strong>, cuando le envi&oacute; una copia de <em>Por el camino de Swann</em>, dice: &ldquo;En la medida en que la realidad me ha sido &uacute;til (que no es mucha, la verdad), la peque&ntilde;a frase de la Sonata -y nunca se lo he contado a nadie- es (para empezar por el final), en la velada de Saint-Euverte, la encantadora pero finalmente mediocre frase de una sonata para viol&iacute;n de Saint-Sa&euml;ns, un m&uacute;sico que no me gusta.&rdquo; 
    </p><p class="article-text">
        En realidad, si se le cree a Proust &ndash;y no hay motivo para no hacerlo&ndash; no hay misterio alguno. Con su amigo <strong>Antoine Bibesco</strong>, hijo de la due&ntilde;a de uno de los salones que frecuentaba, fue detallista al extremo: &ldquo;La sonata de Vinteuil no es de Franck (&hellip;) la peque&ntilde;a frase es una frase de la sonata para piano y viol&iacute;n de Saint-Sa&euml;ns que tararear&eacute; para ti (&iexcl;tiembla!), los tr&eacute;molos incesantes vienen de un preludio de Wagner, la apertura, su pla&ntilde;idero inicio y final son de la sonata de Franck; los pasajes m&aacute;s espaciosos de la <em>Ballade</em> de Faur&eacute;&rdquo;. La pregunta, en realidad, no es tanto qu&eacute; escuch&oacute; Proust para crear a Vinteuil y su sonata sino cu&aacute;l es la m&uacute;sica que esa novela hace escuchar a quien la lee. Cu&aacute;l la que, en su ruptura del <em>tempo</em> rom&aacute;ntico y sus sistemas narrativos m&aacute;s se aproxima a la <em>recherche</em>, una palabra musical, al fin y al cabo, si se piensa en el <em>ricercare</em> de la antig&uuml;edad. Y en otra dedicatoria y otra obra. La que <strong>Johann Sebastian Bach</strong> escribe para <strong>Federico El Grande de Prusia</strong> cuando le env&iacute;a <em>La ofrenda musical</em>, esa composici&oacute;n armada, tambi&eacute;n, a partir de un leit motiv, un peque&ntilde;o tema, como el de Vinteuil. Era el rey quien supuestamente lo hab&iacute;a &nbsp;creado para que el m&uacute;sico improvisara sobre &eacute;l. &ldquo;Regis Iussu Cantio Et Reliqua Canonica Arte Resoluta&rdquo; (el tema dado por el rey, con agregados, resuelto en el arte del canon), dice bajo su t&iacute;tulo. Y ese texto es un acr&oacute;stico. Las primeras letras de cada una de esas palabras forman entre s&iacute; otra palabra: ricercar. Y, en tren de lacanianismos al paso, bien podr&iacute;a pensarse a ese Swann que se enamora de Odette, con esa doble &ldquo;n&rdquo; tan alemana, como una alusi&oacute;n al cisne wagneriano (<em>Schwan</em>). 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Por debajo de la l&iacute;nea del viol&iacute;n, delgada, resistente, densa y directriz, se elevaba como en l&iacute;quido tumulto, la masa de la parte del piano, multiforme, indivisa, plana y entrecortada, igual que la agitaci&oacute;n malva de las olas, hechizada y bemolizada por la luz de la luna. Pero en un momento dado, sin poder distinguir claramente un contorno ni dar nombre a lo que le agradaba, seducido de golpe, quiso coger una frutilla o una armon&iacute;a -no sab&iacute;a exactamente lo que era- que al pasar le ensanch&oacute; el alma&rdquo;. En efecto, la descripci&oacute;n de las sensaciones de Swann no se refiere a una sola obra sino al sonido de toda una &eacute;poca. A un canto del cisne, el del romanticismo. A algo que proviene de Wagner pero, a la vez, ya se ha extinguido con &eacute;l y renace, como el cisne de <em>Lohengrin</em> (como Swann), con una forma diferente. Otro peque&ntilde;o tema m&aacute;s, la insistente melod&iacute;a de viol&iacute;n de Franck, que surge una y otra vez, con cambios de color pero no de sustancia, y ese piano que lo genera, con un acorde al borde de lo inaudible en el comienzo, pero que luego fluye desde all&iacute;, turbulento. 
    </p><p class="article-text">
        El mundo sonoro de <em>&Aacute; la recherche&hellip;</em> es el de Faur&eacute; y el de Debussy; el de la difuminaci&oacute;n de los trazos y los contornos. 1913, el a&ntilde;o de la publicaci&oacute;n del primer tomo, es el del estreno de <em>Juegos</em>, de Debussy, la obra que rompe de manera radical con el sistema narrativo de la variaci&oacute;n progresiva del Romanticismo. Y hay un elemento m&aacute;s. El arca&iacute;smo que impregna en esos a&ntilde;os la obra de <strong>Pablo Picasso</strong> y que se transparentar&aacute; frecuentemente en la de <strong>Maurice Ravel</strong>. Esa combinaci&oacute;n entre lo nuevo y las relecturas de lo antiguo se manifiesta en los gustos del escritor, de los que queda como documento el programa del concierto que organiz&oacute;, como colof&oacute;n de una cena en el Ritz de Par&iacute;s, el 1 de julio de 1907: <em>Sonata para viol&iacute;n N&ordm; 1</em> de Faur&eacute;, un <em>Andante </em>de Beethoven (no se especifica cu&aacute;l), un <em>Preludio</em> de <strong>Fr&eacute;deric Chopin</strong> (tambi&eacute;n sin especificaci&oacute;n), &ldquo;Des Abends&rdquo; de <strong>Robert Schumann</strong>, el Preludio de&nbsp;<em>Los maestros cantores</em> de Wagner (en reducci&oacute;n al piano), &ldquo;Idylle&rdquo; de <strong>Emmanuel Chabrier</strong>, &ldquo;Les Barricades myst&eacute;rieuses&rdquo; de <strong>Fran&ccedil;ois Couperin</strong>, un <em>Nocturno</em> de Faur&eacute; (no dice cu&aacute;l), la <em>Muerte de amor de Isolda</em> de Wagner, en la versi&oacute;n para piano de <strong>Franz Liszt</strong>, y la <em>Berceuse</em> de Faur&eacute;. 
    </p><p class="article-text">
        La <em>Sonata</em> de Vinteuil es una obra colectiva; es la que imagina, como a los personajes de la novela, con un poco de cada uno de los que conoce &ndash;y esp&iacute;a&ndash;. No obstante, la composici&oacute;n que, a su manera, cuenta la misma historia que <em>&Aacute; la recherche</em>&hellip; es esa sonata c&iacute;clica en dos partes, cada una de ellas formada por dos movimientos, compuesta por Franck en 1886. All&iacute; est&aacute; su juego con el tiempo, desde ya. Pero, lejos del &uacute;ltimo lugar en importancia, la fascinaci&oacute;n con Wagner y su posible traducci&oacute;n al franc&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Esos dos polos &ndash;Wagner y Francia&ndash; marcan la oscilaci&oacute;n de las versiones de una de las obras m&aacute;s interpretadas del repertorio. En el primero de esos extremos bien puede situarse la hist&oacute;rica interpretaci&oacute;n de <strong>David Oistrakh</strong> y <strong>Sviatoslav Richter</strong> en el Conservatorio de Mosc&uacute; en 1968. En el otro podr&iacute;a ubicarse a <strong>Joshua Bell</strong> &ndash;cuyo maestro, <strong>Josef Gingold</strong>, fue disc&iacute;pulo de <strong>Eug&egrave;ne Ysa&yuml;e</strong>, que estren&oacute; la obra y fue su dedicatario&ndash;, y que la grab&oacute; junto con el pianista <strong>Jean-Yves Thibaudet</strong>.&nbsp;La <em>Sonata</em>, que inicialmente no hab&iacute;a estado pensada para Ysa&yuml;e sino para <strong>Armand Parent</strong>, que lo hab&iacute;a ayudado a terminarla, fue registrada por todos los grandes violinistas del &uacute;ltimo siglo y no siempre por pianistas a su altura, quiz&aacute;s olvidando que, como las sonatas de Beethoven &ndash;y como la de Vinteuil&ndash; hab&iacute;an sido concebidas &ldquo;para piano y viol&iacute;n&rdquo; y no al rev&eacute;s.&nbsp;La excepci&oacute;n es <strong>Martha Argerich</strong>, desde ya. <strong>Ivry Gitlis</strong> la registr&oacute; con ella dos veces, en estudio, excelente, y en Beppu, en vivo, olvidable. <strong>Itzhak Perlman</strong>, con ella, aparece quiz&aacute;s demasiado pl&aacute;cido y el notable <strong>Renaud Capu&ccedil;on</strong> no logra corresponder del todo la intacta vitalidad de la pianista, en vivo en el Festival de Aix de 2022.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Entre las grabaciones ejemplares &ndash;por distintos motivos&ndash; resultan imprescindibles la de <strong>Arthur Grumiaux</strong> &ndash;otro heredero de Ysa&yuml;e por l&iacute;nea directa&ndash; con <strong>Gy&ouml;rgy Sebok</strong>, la de <strong>Catherine Courtois</strong> y <strong>Catherine Collard</strong> &ndash;un modelo de contenci&oacute;n&ndash;, la de <strong>Agustin Dumay</strong> con <strong>Jean-Philippe Collard</strong> &nbsp;y la que para m&iacute; resulta, entre las recientes, no solo perfecta sino de una profundidad y un equilibrio admirable, la registrada por <strong>Alina Ibragimova</strong>, una de las grandes violinistas de la actualidad, con el pianista <strong>C&eacute;dric Tiberghien</strong>. La irrupci&oacute;n de la parte solista del piano &ndash;&ldquo;se elevaba como en l&iacute;quido tumulto [&hellip;], multiforme, indivisa, plana y entrecortada, igual que la agitaci&oacute;n malva de las olas, hechizada y bemolizada por la luz de la luna&rdquo;, escrib&iacute;a Proust&ndash;, el exquisito crecimiento del tema del viol&iacute;n, sus peque&ntilde;as diferencias de timbre y de color, la idea del retorno y del tiempo sin tiempo, no podr&iacute;an haber encontrado una traducci&oacute;n mejor. Las obras &nbsp;que completan el disco &nbsp;&ndash;el <em>Po&egrave;me Elegiaque</em> de Ysa&yuml;e, la <em>Sonata en sol menor</em> de <strong>Louis Viern&eacute;</strong> y el <em>Nocturno para viol&iacute;n y piano</em> de <strong>Lili Boulanger</strong>&ndash; aportan, adem&aacute;s, una nueva capa de significado.
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    </figure><p class="article-text">
        Como ap&eacute;ndice, existen tres discos que rondan de manera brillante el mundo de la sonata de Vinteuil y de los salones proustianos. En uno, titulado <em>Proust, le concert retrouv&eacute;</em>, <strong>Th&eacute;otime Langlois de Swarte</strong>, en un viol&iacute;n Stradivari &ldquo;Davidoff&rdquo; con cuerdas de tripa y <strong>Tanguy de Willencourt</strong> en un piano &Eacute;rard del siglo XIX reproducen, en gran medida, aquel concierto de 1907 en el Ritz. El gran cellista <strong>Steven Isserlis</strong>, junto con <strong>Connie Shih</strong> en piano, interpreta la transcripci&oacute;n de la <em>Sonata </em>de Franck para su instrumento en <em>Music from the Proust&rsquo;s Salons</em>, donde incluye adem&aacute;s piezas de Hahn, Faur&eacute;, Saint-Sa&euml;ns, <strong>Augusta Holmes</strong> y <strong>Henri Duparc</strong>. Y en <em>La sonate de Vinteuil</em>, las hermanas <strong>Maria</strong> y <strong>Natalia Milstein</strong> interpretan todas las posibles obras inspiradoras de Proust incluyendo, adem&aacute;s de Hahn, Saint-Sa&euml;ns y Debussy (aunque no a Franck), su propia -e improbable, aunque bella- hip&oacute;tesis: la <em>Sonata en re menor</em> de <strong>Gabriel Piern&eacute;</strong>.
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/sonata-tiempo_129_12675336.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 11 Oct 2025 03:01:25 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Sonata para el fin del tiempo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Marcel Proust]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Días de perros]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dias-perros_129_12672462.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a17c5621-bbde-4e4c-ae24-2500c6c41f10_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Días de perros"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un país gobernado por un presidente que se presenta como médium y atribuye sus decisiones a fuentes extrainstitucionales. Un Congreso reducido a convalidar lineamientos preestablecidos, asegurando la disciplina mediante un sistema de chantajes.</p></div><p class="article-text">
        Krypto, el amable can volador de Superman, usaba una capita ad hoc. Como su amo. O su padre, dir&iacute;a la ex modelo de Playboy y actual defensora de perros que pondr&aacute; sus saberes y experiencia al servicio de la discusi&oacute;n y formulaci&oacute;n de leyes en el Congreso de la Naci&oacute;n, representando a la provincia de Buenos Aires. 
    </p><p class="article-text">
        Otros perros, o sus esp&iacute;ritus voladores, son los que le dictan las leyes de la Naci&oacute;n al m&eacute;dium zool&oacute;gico y ex futuro Premio Nobel que funge de gobernante. El Congreso no era necesario m&aacute;s que para aprobar los designios caninos y un sistema de chantajes lo garantizaba. No era constitucional, pero parec&iacute;a que funcionaba. 
    </p><p class="article-text">
        Hubo un detalle subestimado, no obstante, por quienes fueron investidos por el cielo de su fuerza: los chantajes se pagan. Y si eso no sucede, su efectividad disminuye proporcionalmente a la mora. En consecuencia, algunos de los legisladores aut&eacute;nticos recordaron, tard&iacute;amente, que eran garantes de una cierta representaci&oacute;n de las voluntades de sus electores, y abandonaron la genuflexi&oacute;n, con todas las connotaciones de violencia genital imaginada por el espiritista de podencos, acostumbrados &ndash;ellos&ndash; desde siempre a la tradicional posici&oacute;n en cuatro patas. 
    </p><p class="article-text">
        D&iacute;as de perros para el lenguaraz de mastines, podr&iacute;a decirse, ante el triste festival de canes, como lo llama mi amigo <strong>Fabi&aacute;n Lebenglik</strong>, sin cine pero con shows de rock berreta en la cubierta del Titanic. Krypto muestra los s&iacute;ntomas de su incontrolada ingesta de huesitos de kryponita verde. Los fantasmas de sus hermanos terrestres no s&oacute;lo han dejado de volar sino que les cuesta arrastrarse, encuentran enemigos incluso donde no los hay y a costa de ladrar y tirarle mordiscos hasta a sus benefactores acabaron busc&aacute;ndose una cucha a salvo de las pedradas. Ser&aacute; por eso que necesitan, ahora m&aacute;s que nunca, de una defensora de los <em>amores perros</em>.
    </p><p class="article-text">
        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dias-perros_129_12672462.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 10 Oct 2025 02:52:56 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Tres apuntes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tres-apuntes_129_12637912.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/88ffd95e-2b6e-4d42-ad11-006644c537f8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Tres apuntes"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hermeto Pascoal, su prehistoria y sus colaboraciones. El rescate de Constantino Gaito, uno de los grandes –y casi olvidados– compositores argentinos. El esperado regreso de Liliana Herrero. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        1.Hermeto Secreto
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;No sab&iacute;a lo que pasaba en el resto del Brasil&rdquo;, me cont&oacute; hace a&ntilde;os <strong>Hermeto Pascoal</strong>. &ldquo;Para m&iacute; la m&uacute;sica era la del lugar donde viv&iacute;a, entre los &aacute;rboles y escuchando los p&aacute;jaros de la laguna&rdquo;. Hab&iacute;a nacido en 1936 en Olho d&rsquo;Agua y se crio en Lagoa da Canoa, en esa &eacute;poca parte del Munic&iacute;pio de Arapiraca, en el estado de Alagoas. &ldquo;Reci&eacute;n cuando estuvo en Recife y, m&aacute;s tarde, en R&iacute;o de Janeiro y San Pablo supe del tropicalismo. Tampoco sab&iacute;a nada de la bossa nova&rdquo;, contaba. Y esa distancia se convirti&oacute; en su estilo y en su firma.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;&ldquo;Mi m&uacute;sica no ten&iacute;a nada que ver con la de ellos y ser&aacute; por eso que ellos desconfiaron de m&iacute; y me hicieron a un lado. Yo no quer&iacute;a hacer m&uacute;sica comercial ni ninguna clase de concesiones, as&iacute; que ten&iacute;a a todos en contra&rdquo;, dec&iacute;a ese m&uacute;sico de imaginaci&oacute;n notable, que muri&oacute; a los 89 a&ntilde;os el 13 de septiembre pasado. Sus comienzos como m&uacute;sico hab&iacute;an sido junto a su hermano mayor, <strong>Jos&eacute; Neto</strong>, en forr&oacute;s y fiestas de casamiento. Se mud&oacute; a Recife en 1950 y se ofreci&oacute; para trabajar en R&aacute;dio Tamandar&eacute;, a partir de lo cual, gracias a la ayuda de <strong>Sivuca</strong> (ya en ese entonces un exitoso int&eacute;rprete de sanfona, el acorde&oacute;n t&iacute;pico del nordeste brasile&ntilde;o), fue convocado para integrar la orquesta de R&aacute;dio Jornal do Commercio. Acompa&ntilde;&oacute; a <strong>Geraldo Vandr&eacute;</strong> y grab&oacute; con <strong>Ed&uacute; Lobo</strong>, integr&oacute; varios grupos de jazz &ndash;o sus sat&eacute;lites&ndash;, deslumbr&oacute; a <strong>Miles Davis</strong>, que incluy&oacute; dos temas suyos en <em>Live-Evil</em>, &ndash;&ldquo;Little Church (Igrejinha)&rdquo; y &ldquo;Nem um talvez&rdquo;&ndash;, y colabor&oacute; con <strong>Opa</strong> &ndash;el grupo con el que los <strong>hermanos Fattoruso</strong> grabaron en los Estados Unidos&ndash;, con <strong>Airto Moreira</strong> y <strong>Flora Purim</strong> y con <strong>Stone Alliance</strong> &ndash;el tr&iacute;o del saxofonista <strong>Steve Grossman</strong>&ndash;. 
    </p><p class="article-text">
        Fue, no obstante, poco conocido en Brasil. Y, en cambio, una celebridad en Buenos Aires. O, por lo menos en ese c&iacute;rculo que lo descubri&oacute; con su primer disco editado en esta ciudad &ndash;el segundo como solista, <em>Misa de esclavos</em>&ndash; y que, en 1987, sali&oacute; en procesi&oacute;n detr&aacute;s del m&uacute;sico, al final de su show en el Teatro Coliseo, para continuar la fiesta en la plaza de enfrente. Su obra menos transitada es, precisamente, la anterior a esa <em>Misa de esclavos</em> en que parte de la percusi&oacute;n estaba provista por la grabaci&oacute;n de los gru&ntilde;idos de unos cerdos: el tr&iacute;o <strong>Sambrasa</strong>, donde tocaba piano y sanfona, el notable <strong>Brazilian Octopus</strong> y el <strong>Cuarteto Novo</strong>, que integr&oacute; junto a Airto Moreira, el guitarrista <strong>Heraldo do Monte</strong> y el bajista <strong>Th&eacute;o de Barros</strong>. En 1970 public&oacute; su primer disco como solista, <em>A musica livre de Hermeto Pascoal</em> &ndash;reeditado como <em>Hermeto</em>&ndash; y ese fue el comienzo de su segunda biograf&iacute;a. Las plataformas muestran algunas omisiones importantes en su obra, como la grabaci&oacute;n del concierto en Montreux con <strong>Elis Regina</strong>, en 1979, aunque lo compensa <a href="https://www.youtube.com/watch?v=2_EGosHQUNM" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">un extraordinario video en YouTube</a>. Y aqu&iacute; va una selecci&oacute;n de parte de esa primera historia y de sus colaboraciones posteriores, incluyendo, claro, aquellos maravillosos cerdos percusivos.
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        2. Constantino Gaito. El olvidado
    </p><p class="article-text">
        Naci&oacute; en 1878 y en diciembre de este a&ntilde;o se cumplir&aacute;n ochenta de su muerte. Las lamentables &ndash;o inexistentes&ndash; pol&iacute;ticas oficiales en relaci&oacute;n con el patrimonio cultural argentino, han sumido a la obra de uno de sus compositores m&aacute;s importantes en la virtual inexistencia y en la niebla del poco valorado nacionalismo musical. Lo cierto es que <strong>Constantino Gaito</strong> fue mucho m&aacute;s que &ldquo;un coya franckiano&rdquo;, como el ensayista y compositor <strong>Juan Carlos Paz</strong> anatemiz&oacute; a toda esa corriente, caracteriz&aacute;ndola por las mezclas poco felices entre un indigenismo pintoresquista y las influencias de C&eacute;sar Franck. De hecho es el compositor de una de las mejores &oacute;peras argentinas, <em>Ollantay</em> (estrenada en 1926), que bien podr&iacute;a reponerse alguna vez &ndash;la &uacute;ltima representaci&oacute;n en el Teatro Col&oacute;n fue hace 49 a&ntilde;os&ndash;. Y su m&uacute;sica de c&aacute;mara y para piano, de texturas casi transparentes e inspiraci&oacute;n considerable, est&aacute; entre lo m&aacute;s importante compuesta en este pa&iacute;s en la primera mitad del siglo XX. Una de las personas que m&aacute;s ha hecho por el rescate de esta obra es <strong>Agustina Herrera</strong>, pianista notable y bisnieta del compositor, que ha grabado para el sello alem&aacute;n CPO, junto con el <strong>Cuarteto Sarastro</strong>, el tr&iacute;o y el quinteto con piano, adem&aacute;s de una sonata para cello y piano, y para Virtuoso Records, la totalidad de su obra para piano, en tres vol&uacute;menes.&nbsp;El <strong>Cuarteto Petrus</strong>, conformado por <strong>Pablo Sarav&iacute;</strong> y <strong>Hern&aacute;n Bri&aacute;tico</strong> en violines, <strong>Denis Golovin</strong> en viola y <strong>Cecilia Slamig</strong> en cello, acaba de registrar, por su parte, el <em>Cuarteto para cuerdas N&ordm; 1</em> de Gaito y completa su disco con el <em>Cuarteto de Cuerdas en do menor</em> de <strong>H&eacute;ctor Panizza</strong>, el autor de la &oacute;pera <em>Aurora</em>. 
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        3. Un lugar fuera de un lugar
    </p><p class="article-text">
        <strong>Liliana Herrero</strong> nunca fue solo una cantante. Su proyecto est&eacute;tico &ndash;que es a la vez un proyecto ideol&oacute;gico y una reflexi&oacute;n acerca de la cultura y la tradici&oacute;n, esas cosas distintas que suelen confundirse&ndash; estuvo, y sigue estando, en la superficie. Y debajo, en su manera de decir, hay una cierta idea acerca del dolor. Despu&eacute;s de una p&eacute;rdida desmedida, Herrero vuelve con un disco llamado <em>Fuera de lugar</em>. Hay un dato insoslayable, el acompa&ntilde;amiento minimista del piano y la percusi&oacute;n envolvente. Hay un repertorio alejado de la obviedad, que incluye a <strong>Charly Garc&iacute;a</strong> y a <strong>Luis Alberto Spinetta</strong>. Y est&aacute; la presencia de <strong>Lidia Borda</strong> (ella y ese contrabajo en &ldquo;Asilo en tu coraz&oacute;n&rdquo;). Pero, sobre todo, hay un nuevo lugar. Un lugar que no se sab&iacute;a que estaba all&iacute;. Esperando. 
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tres-apuntes_129_12637912.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Sep 2025 15:20:07 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Tres apuntes]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Hermeto Pascoal,Liliana Herrero,Constantino Gaito]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Femina argentum]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/femina-argentum_129_12619027.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7ac623e8-9397-4ada-9595-cd1ceaae007e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Femina argentum"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Martha Argerich, milagrosa como siempre, actuó en Grecia a los 84 años y reactualizó su propia mitología. Una coincidencia temporal la colocó, junto a Sol Gabetta, otra gran música argentina, en las tapas de las dos principales revistas de música clásica en el mundo. Novedades y rescates en la red, entre las redes.
</p></div><p class="article-text">
        La larga ovaci&oacute;n que recibi&oacute; <strong>Martha Argerich</strong> en la bell&iacute;sima sala principal del Megaro Mousikis, en Tesal&oacute;nica, fue un cap&iacute;tulo m&aacute;s de la leyenda. La pianista de 84 a&ntilde;os de edad deslumbr&oacute; en una versi&oacute;n nuevamente asombrosa del <em>Concierto N&ordm; 1</em> de <strong>Ludwig Van Beethoven</strong>. Como siempre, su versi&oacute;n fue diferente a cualquier otra, incluyendo las propias. 
    </p><p class="article-text">
        La pianista nacida en Buenos Aires hab&iacute;a llegado a la ciudad m&aacute;s importante de Macedonia, en el norte de Grecia, muy cerca de donde naci&oacute; Arist&oacute;teles y desde donde Alejandro invent&oacute; para siempre la idea de lo hel&eacute;nico, desde Wroclaw, en Polonia, y luego viaj&oacute; a Bucarest, en Rumania, antes de sus cuatro conciertos de la pr&oacute;xima semana en el Musikwerein de Viena y su posterior viaje a Jap&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Se present&oacute; junto con la Filarm&oacute;nica de Monte-Carlo dirigida por <strong>Charles Dutoit</strong>. La orquesta ha convertido, en los &uacute;ltimos a&ntilde;os, al repertorio franc&eacute;s de fines del siglo XIX y comienzos del XX, en su marca de f&aacute;brica. Y su concierto, conducida por quien cuatro d&eacute;cadas atr&aacute;s hizo lo propio junto con la Sinf&oacute;nica de Montreal, dej&oacute; clara esa simbiosis: adem&aacute;s del concierto de Beethoven estuvieron <strong>Maurice Ravel</strong> (<em>Pavana para una infanta difunta</em>, <em>Valses nobles y sentimentales</em> y, en uno de los bises, uno de los movimientos de <em>Mi madre la oca</em>) y esos deslumbrantes bocetos sinf&oacute;nicos escritos por <strong>Claude Debussy</strong> entre 1903 y 1905 que no hablan tanto del mar, que le da su t&iacute;tulo, como de aquello de mar&iacute;timo que su autor encuentra en la m&uacute;sica &ndash;y en la orquesta&ndash;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La actuaci&oacute;n fue precedida por una peque&ntilde;a introducci&oacute;n por parte del director art&iacute;stico del teatro, <strong>Christos Galileas</strong>, quien habl&oacute; del ambicioso ciclo que llevar&aacute; a esa sala a la orquesta MusicAeterna, creada y dirigida por <strong>Theodor Currentzis</strong>, al acordeonista <strong>Richard Galliano</strong>, la orquesta de Dresde conducida por <strong>Kent Nagano</strong>, el tenor <strong>Jonas Kaufmann</strong> y la soprano <strong>Angela Gheorghiu</strong>. Y el primer aplauso cerrado de la noche fue cuando dijo &ldquo;y hemos conseguido traer a Martha Argerich&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Ella sospecha que parte del cari&ntilde;o que el p&uacute;blico le expresa tiene que ver con su edad. &ldquo;No es lindo ver una persona vieja en el escenario pero, al mismo tiempo, inspira algo de piedad y cierto sentido de maravilla y de prodigio&rdquo;, dice a <strong>Olivier Bellamy</strong>, el autor de su biograf&iacute;a, en la larga entrevista publicada en el &uacute;ltimo n&uacute;mero de la revista especializada francesa <em>Diapason</em>, que le dedic&oacute; la tapa. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Tapa de la revista &quot;Diapason&quot;                            </span>
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        Lo cierto es que la maravilla, y el prodigio, es algo que la caracteriza desde que era casi una ni&ntilde;a y que tiene que ver no con su edad sino con la capacidad de sorprender &ndash;y hasta de sorprenderse&ndash; con la m&uacute;sica. De que cada interpretaci&oacute;n sea, para ella, una primera vez. Y, por supuesto, con el extraordinario dominio del instrumento que le permite traducirlo en sonido. Hubo dos bises, el primero de ellos la <em>Sonata en re menor Kk. 141</em> de Domenico Scarlatti, casi una obligaci&oacute;n. Y su consabido gesto de desconcierto frente al aplauso, y el extra&ntilde;o di&aacute;logo&nbsp;que, antes de cada uno de los <em>encores</em>, protagoniz&oacute; con la <em>concertino</em> de la orquesta que, visiblemente, no estaba de acuerdo con ella. Finalmente se devel&oacute; el misterio: lo que la pianista le ped&iacute;a &ndash;y lo que la violinista principal se negaba a consentir&ndash;&nbsp;era que, apenas terminara de tocar, se pusiera de pie para que, tras ella, la orquesta abandonara el escenario y el concierto terminara de manera indeclinable.
    </p><p class="article-text">
        El hurac&aacute;n Argerich hab&iacute;a pasado por Tesal&oacute;nica pero, curiosamente, no fue la &uacute;nica presencia de una gran mujer argentina en el primer plano de la m&uacute;sica de tradici&oacute;n acad&eacute;mica. Mientras la pianista estaba en la tapa de <em>Diapason</em>, en la de la otra revista m&aacute;s influyente en ese campo, la inglesa <em>Gramophone</em>, publicada ese mismo d&iacute;a, aparec&iacute;a Sol Gabetta, la cellista cordobesa afincada en Basilea y una de las grandes estrellas actuales en su instrumento. 
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                Tapa de la revista &quot;Gramaphone&quot;                            </span>
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        Tambi&eacute;n ella comenz&oacute; muy chica su carrera internacional y, como Argerich, se caracteriza por la inteligencia y la absoluta independencia de criterio a la hora de programar sus grabaciones y presentaciones en vivo. Una y otra se han rebelado sistem&aacute;ticamente a las imposiciones del mercado y, m&aacute;s bien, han logrado estar entre los poqu&iacute;simos capaces de imponerle sus designios. El pr&oacute;ximo disco de Gabetta, que se publicar&aacute; el 10 de octubre, es una prueba. Est&aacute; dedicado, principalmente, a la obra del casi desconocido <strong>Adrien-Fran&ccedil;ois Servais</strong> y al repertorio &ndash;en gran parte imaginado, ya que se sabe muy poco al respecto&ndash; de la primera cellista profesional de la historia, <strong>Lise Cristiani</strong>, a quien <strong>Felix Mendelssohn </strong>dedic&oacute; su &uacute;nica <em>Romanza sin palabras</em> para cello y piano.
    </p><p class="article-text">
        Hace ya un tiempo &ndash;todos los tiempos son largos en algunos pa&iacute;ses&ndash;, s&oacute;lo se hablaba de una pel&iacute;cula. O, mejor, de lo que cada uno supon&iacute;a de una pel&iacute;cula no vista y de las cualidades o defectos &ndash;seg&uacute;n qui&eacute;n los evaluara&ndash; de sus hacedores. Ahora, ya casi nadie habla de aquel film. Una ocasi&oacute;n inmejorable para hablar de la <em>Femina Argentum</em>, otro g&eacute;nero que el de la pel&iacute;cula de marras, cuyos ejemplos son, tal vez, m&aacute;s edificantes.
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      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 20 Sep 2025 13:38:39 +0000]]></pubDate>
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