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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Diego Fischerman]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/diego-fischerman/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Diego Fischerman]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Bajo profundo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/profundo_129_13281270.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1e9da127-bea3-45fc-a87e-9c524fc07e8d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Bajo profundo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Linda May Han Oh, mujer, nacida en Malasia y crecida en Australia, reina en un mundo hasta hace poco exclusivamente masculino, el del contrabajo en el jazz. Y tocará este lunes y martes en el club Be Bop, en Buenos Aires, con un cuarteto excepcional. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        Su tesis en la Academy of Performing Arts de Australia Occidental fue sobre la influencia de la r&iacute;tmica de la m&uacute;sica cl&aacute;sica india en el estilo del contrabajista <strong>Dave Holland</strong>. <strong>Linda May Han Oh</strong> a&uacute;n no hab&iacute;a cumplido 20 a&ntilde;os. Dos d&eacute;cadas despu&eacute;s, en la encuesta de cr&iacute;ticos publicada en agosto del a&ntilde;o pasado por la revista especializada <em>Down Beat</em>, formaba parte, junto con Holland y <strong>Ron Carter</strong>, la otra gran leyenda viva del contrabajo en el jazz, del triunvirato que encabezaba el rubro de los mejores en ese instrumento.
    </p><p class="article-text">
        Nacida en Malasia y crecida en Australia, a los 24 a&ntilde;os se instal&oacute; en Nueva York. En ese mismo a&ntilde;o grab&oacute; con el notable saxofonista <strong>Jon Irabagon</strong>, en ese entonces integrante del grupo Mostly Other People Do the Killing, y registr&oacute; <em>Entry,</em> el primer disco a su nombre, con <strong>Ambrose Akinmusire</strong> en trompeta. En los a&ntilde;os siguientes se convirti&oacute; en una de las m&uacute;sicas m&aacute;s requeridas en la escena del jazz neoyorquino y fue parte estable de los grupos del trompetista <em>Dave Douglas</em> y el saxofonista <strong>Joe Lovano</strong>. La baterista y compositora <strong>Terri Lyne Carrington</strong>,&nbsp;<strong>Pat Matheny</strong>, el pianista <strong>Vijay Iyer</strong> y <strong>Twshawn Sorey</strong>, tambi&eacute;n baterista y compositor, est&aacute;n entre quienes contaron con su extraordinaria musicalidad y su t&eacute;cnica infalible para enriquecer sus proyectos. Sorey y Akinmusire son, por su parte, quienes completan el notable tr&iacute;o de su &uacute;ltimo disco, Strange Heavens, publicado el a&ntilde;o pasado.
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    </figure><p class="article-text">
        Linda May Han Oh reina hoy en un campo que hasta hace muy poco era exclusivamente masculino. Y en su profusa discograf&iacute;a hay algunos nombres que se repiten. Uno de ellos es el del pianista <strong>Fabi&aacute;n Almaz&aacute;n</strong>, que apareci&oacute; por primera vez en <em>Initial Here</em>, grabado en 2011, y ser&aacute; parte del cuarteto con el que ella se presentar&aacute; en el club Be Bop de Buenos Aires (Uriarte 1658), este lunes 8 y martes 9 de junio. Nacido en Cuba, emigrado a Miami junto a su familia y alumno de <strong>Kenny Barron</strong> en Nueva York, es uno de los m&uacute;sicos m&aacute;s originales e interesantes de la escena actual del jazz y adem&aacute;s es el fundador y director del sello Biophilia, donde Linda Oh ha editado sus discos solistas desde 2016.Con dos presentaciones en cada una de las fechas, a las 20 y a las 22.30, el grupo se completar&aacute; con el saxofonista <strong>Greg Ward</strong> &ndash;que ha tocado entre otros con <strong>Roscoe Mitchell</strong> y <strong>Hamid Drake</strong>&ndash; y el baterista <strong>Mark Whitfield Jr</strong>. 
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/profundo_129_13281270.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 06 Jun 2026 13:30:38 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Bajo profundo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Linda May Han Oh,Bebop Club]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[No lo soñé]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/no-sone_129_13280394.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/abc72efe-cbc6-47c7-ae05-dfdf7314d414_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="No lo soñé"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">“Ji ji ji”, incluida en Oktubre, el segundo álbum de Los Redonditos de Ricota, contiene el “diálogo entre distintos estilos” y funciona “como una inmersión profunda en agua fría”, dos de las marcas de estilo que preanuncian la obra posterior del Indio Solari.</p></div><p class="article-text">
        La historia comienza en La Plata, una ciudad afecta a las diagonales de todo tipo. All&iacute; hab&iacute;a habido un grupo llamado La Cofrad&iacute;a de la Flor Solar y, de sus esquirlas, hab&iacute;a nacido Patricio Rey y los Redonditos de Ricota, algo que iba mucho m&aacute;s all&aacute; de la m&uacute;sica. Pero en lo que no se suele reparar es en lo sofisticada que era esa m&uacute;sica. 
    </p><p class="article-text">
        La mitolog&iacute;a &ndash;tanto la ricotera como la de sus detractores&ndash; los opuso a Soda Stereo en una supuesta batalla por la primac&iacute;a en los ochenta. Un enfrentamiento que se jugaba en el campo est&eacute;tico y que pon&iacute;a de un lado la visceralidad y del otro la elegancia. El rock contra el pop, en la particular lectura que el mercado argentino realiz&oacute; de estos t&eacute;rminos. Un corte que, en su simplificaci&oacute;n, podr&iacute;a haber nacido en el famoso Beatles vs Rolling Stones y que, para sostenerse, deb&iacute;a omitir la energ&iacute;a e incluso la violencia de mucho de lo hecho por los primeros, y el refinamiento de los segundos. Ni Frank Zappa ni David Bowie, por s&oacute;lo poner dos nombres, ca&iacute;an c&oacute;modos en un lado o en el otro. Por no hablar de Spinetta y Charly Garc&iacute;a, capaces de moverse con gracia de un rinc&oacute;n a otro del ring.
    </p><p class="article-text">
        Los Redondos eran medio suburbanos, medio hippies y bohemios, jugaban con el secreto y los mensajes en clave, sus letras eran muchas veces desafiantes. Soda &ndash;y su p&uacute;blico&ndash; eran, o parec&iacute;an, m&aacute;s burgueses. Pero all&iacute; se terminaban las diferencias. En ambos nada era exactamente lo que parec&iacute;a. Y, por lo menos en los aspectos musicales, la exquisitez, el cuidado por los detalles de terminaci&oacute;n y la originalidad iban parejos. Tal vez por eso, el grupo de La Plata tuvo como aliados incondicionales, desde el primer momento, a tres personajes irreductibles a la simplificaci&oacute;n: Esther Soto y Rubens &ldquo;Donvi&rdquo; Vitale y el hijo de ambos, el joven Lito.
    </p><p class="article-text">
        Los artistas populares, y no s&oacute;lo los que trabajan con materiales predominantemente populares sino quienes son populares en serio, los que tienen popularidad, funcionan como tests proyectivos. Cada uno ve en ellos un espejo de s&iacute; mismo y lee como quiere lo que quiere. Una prueba es la cantidad de explicaciones de diversos fans, que figuran en Internet, de algo que no tendr&iacute;a por qu&eacute; explicarse, la letra de &ldquo;Ji Ji Ji&rdquo;, la primera canci&oacute;n del Lado 2 de <em>Oktubre</em>, el segundo disco del grupo. &iquest;Por qu&eacute; deber&iacute;a saberse qu&eacute; ten&iacute;a exactamente en la cabeza el Indio Solari cuando pens&oacute; &ldquo;En este film velado en blanca noche/ el hijo tenaz de tu enemigo/ el muy verdugo cena distinguido/ una noche de cristal que se hace a&ntilde;icos&rdquo;?. No se trata de prosa. No tiene por qu&eacute; haber un argumento. Y si se hubiera querido que all&iacute; se narrara una historia, se habr&iacute;a contado de otra manera. Pero no me referir&eacute; a los miles de interpretaciones de esa letra porque todas son, en un punto, posibles. Y verdaderas. Un poema, como un chiste, no debe explicarse. Tiene que funcionar como un golpe. Como una inmersi&oacute;n profunda en agua fr&iacute;a. Y, como ella, provocar una reacci&oacute;n inmediata. Y porque, en esa canci&oacute;n que me interesa mucho, me interesa otra cosa: el di&aacute;logo entre distintos estilos, claramente identificables y entendibles como unidades de sentido, un poco a la manera de los valses populares en las sinfon&iacute;as de Gustav Mahler. Y la manera en que ese di&aacute;logo es subrayado por elecciones t&iacute;mbricas y gestos expresivos. 
    </p><p class="article-text">
        Hay, al principio, una breve introducci&oacute;n instrumental. Una repetici&oacute;n de un ostinato, acentuado en el cuarto pulso &ndash;el m&aacute;s d&eacute;bil, el menos acentuado de todos&ndash; que luego se convierte en el acompa&ntilde;amiento de la primera estrofa (con el texto transcripto m&aacute;s arriba) que desemboca en una suerte de estribillo, con las palabras &ldquo;no lo so&ntilde;&eacute; yeeee/ se enderez&oacute; y brind&oacute; a tu suerte/ no lo so&ntilde;&eacute; yeeee/ y se ofreci&oacute; mejor que nunca./ No mires por favor/ y no prendas la luz/ la imagen te desfigur&oacute;&rdquo;. Esas dos secciones tienen un contraste marcado. La primera es minimalista y es cantada por una voz asc&eacute;tica, contenida. Una voz m&aacute;s Soda Stereo, podr&iacute;a decirse. La segunda es explosiva y all&iacute; aparece la t&iacute;pica voz &ldquo;Los redondos&rdquo;, con ese vibrato veloz, caracter&iacute;stico de Solari, que recuerda en algo al de la cantante Sonja Kristina, del grupo ingl&eacute;s Curved Air, que edit&oacute; su primer disco en 1970 y hab&iacute;a tomado su nombre de <em>A rainbow in curved air</em>, una composici&oacute;n de uno de los fundadores del minimalismo, Terry Riley. Luego de la reexposici&oacute;n del mismo esquema de copla y estribillo, en ambos casos con textos diferentes hasta &ldquo;no prendas la luz&rdquo;, hay una secci&oacute;n instrumental. La bater&iacute;a marca como un reloj los cuatro pulsos de cada comp&aacute;s y, sobre ella, se repite tres veces una secuencia donde suenan tres acordes.&nbsp;Hay una cuarta vez pero, en esta ocasi&oacute;n, desemboca en una especie de cumbia con melod&iacute;a eslava, y, luego, en un franco subtema de rock. El timbre de la guitarra, durante la cumbia, no usa pedales ni distorsi&oacute;n alguna. Es un sonido, casi, de grupo tropical &ndash;o una balalaika rusa&ndash;. Los pedales aparecen en la <em>secci&oacute;n-rock</em>. El mismo procedimiento que hab&iacute;a aparecido en la voz, al comienzo, contrastando dos inflexiones vocales y dos gestos expresivos diferentes, se repite en la guitarra solista durante el pasaje instrumental. &ldquo;El montaje final es muy curioso/ es en verdad realmente entretenido&rdquo;, dice la voz al reaparecer. Hay una nueva vuelta de coplas y estribillo y el montaje final, realmente entretenido (ji, ji, ji, r&iacute;e el t&iacute;tulo de la canci&oacute;n desde bambalinas), incluye una nueva secci&oacute;n al final: un tr&eacute;molo en la guitarra, una melod&iacute;a lastimosa en un viol&iacute;n, una nota grave en el saxo, sirenas, un conjunto de voces entre las que comienza a destacarse una que repite, invariable, &ldquo;Chernobil, Chernobil&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Texto extractado del cap&iacute;tulo &ldquo;Ji Ji Ji&rdquo; (Skay Bellinson- Indio Solari, 1986)&ldquo;, adelanto exclusivo para elDiarioAr del libro <em>Hoy despert&eacute; cantando esta canci&oacute;n. Canciones populares: una historia argentina</em>, pr&oacute;ximo a ser publicado por Debate.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/no-sone_129_13280394.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 Jun 2026 21:03:12 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[No lo soñé]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sonidos de época]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/sonidos-epoca_129_13262780.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b1fc8f10-4161-48a6-8d9b-61346c80e450_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sonidos de época"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Dos obras centrales del repertorio del siglo XIX, La Sinfonía 7 de Beethoven y la Octava de Schubert, se tocarán en Buenos Aires y Rosario, por primera vez, con una orquesta que reproduce, en su tamaño y en sus instrumentos, a las de la época en que fueron estrenadas. Con patrocino del Mozarteum se presentará, en el Teatro del Círculo y en el Colón porteño, la Orchestre des Champs Élysées dirigida por su creador, el notable Philippe Herreweghe.</p></div><p class="article-text">
        El coro comenz&oacute; como un grupo de amigos. Y naci&oacute; al mismo tiempo que una corriente vista entonces como una rareza: interpretar a Bach de acuerdo con lo que especificaban los tratados de la &eacute;poca de ese autor y las investigaciones que empezaban a difundirse a fines de los 60s. Hubo dos m&uacute;sicos fundamentales en esa cruzada, el clavecinista y organista <strong>Gustav Leonhardt</strong> y el cellista <strong>Nikolaus Harnoncourt,</strong> que en esos d&iacute;as pas&oacute; a tocar la viola da gamba y fund&oacute; el Concentus Musicus. Harnoncourt comenz&oacute; a grabar una edici&oacute;n completa de las cantatas de <strong>Johann Sebastian Bach</strong> y contact&oacute; al peque&ntilde;o coro belga. &ldquo;Eso cambi&oacute; nuestra vida; nos convirti&oacute; en profesionales&rdquo;, me cont&oacute; en una ocasi&oacute;n su fundador, <strong>Philippe Herreweghe</strong>, que en 1970, a los 23 a&ntilde;os, a&uacute;n compart&iacute;a su tarea de m&uacute;sico con la profesi&oacute;n de m&eacute;dico y psiquiatra.
    </p><p class="article-text">
        En este poco m&aacute;s de medio siglo, la circulaci&oacute;n, las tendencias interpretativas y el gusto, en el campo de la m&uacute;sica de tradici&oacute;n acad&eacute;mica europea, cambi&oacute; much&iacute;simo. Los &ldquo;instrumentos originales&rdquo; &ndash;cuerdas de tripa, flautas de madera y sin llaves, trompetas sin pistones&ndash; se hicieron no solo frecuentes sino casi obligatorios en el repertorio del barroco. El vibrato de los cantantes se moder&oacute; al extremo en las obras de los siglos XVI, XVII y XIII. Las dimensiones de las orquestas, su proporci&oacute;n entre cuerdas y vientos e incluso la disposici&oacute;n espacial &ndash;primeros y segundos violines en extremos opuestos del escenario en lugar de unos junto a otros&ndash; se sumaron a algunos cambios de denominaciones. Lo que al principio se conoc&iacute;a como interpretaciones &ldquo;aut&eacute;nticas&rdquo; mut&oacute; en &ldquo;historicistas&rdquo; y, m&aacute;s recientemente, en &ldquo;hist&oacute;ricamente informadas&rdquo;. Herreweghe, el pionero, con su Collegium Vocale de Ghent y luego con la parisina Orchestre des Champs &Eacute;lys&eacute;es fue protagonista de ese cambio. &ldquo;Al principio &ndash;contaba en aquella charla&ndash; muchos dec&iacute;an que era una moda y argumentaban que si los compositores hubieran conocido los instrumentos modernos habr&iacute;an estado felices de utilizarlos. S&iacute;, pero habr&iacute;an escrito otra m&uacute;sica, les contest&aacute;bamos. Tambi&eacute;n es cierto que los m&uacute;sicos se fueron perfeccionando. En aquellos comienzos los instrumentistas de la Filarm&oacute;nica de Viena que formaron el Concentus Musicus original, y el propio Harnoncourt, que tocaba la viola da gamba con el arco de un cello y la palma de la mano hacia abajo, lo que cambia notablemente el fraseo, estaban aprendiendo c&oacute;mo tocar instrumentos que no hab&iacute;an tocado en sus vidas. Hoy forman parte de los estudios en los conservatorios y universidades. Hay verdaderos virtuosos y muchos de los grandes int&eacute;rpretes del presente tocan tanto las versiones actuales de sus instrumentos como las hist&oacute;ricas y eligen cu&aacute;ndo usar cada una.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Herreweghe abri&oacute; la temporada del Mozarteum Argentinoen 2009, con un espect&aacute;culo esc&eacute;nico musical dedicado a <strong>H&eacute;ctor Berlioz</strong> que inclu&iacute;a la <em>Sinfon&iacute;a Fant&aacute;stica</em> y su continuaci&oacute;n, la lis&eacute;rgica &ndash;en realidad opi&oacute;mana&ndash; <em>L&eacute;lio</em>. Y ahora, este lunes 1 de junio y en el Teatro Col&oacute;n, volver&aacute; a actuar para esa instituci&oacute;n. Como en esa ocasi&oacute;n, el programa se aleja de lo que el mercado ha englobado bajo el r&oacute;tulo de &ldquo;m&uacute;sica antigua&rdquo; y se interna en el campo de lo que, en los &uacute;ltimos cien a&ntilde;os, ha pertenecido casi con exclusividad a las grandes orquestas modernas, con su suntuoso sonido general, su cincuentena de instrumentos de cuerda, sus flautas de plata y sus cuerdas sint&eacute;ticas. Lo que sonar&aacute; esta vez ser&aacute;n dos de las sinfon&iacute;as m&aacute;s importantes &ndash;y m&aacute;s bellas&ndash; del siglo XIX: la <em>S&eacute;ptima</em> de <strong>Ludwig Van Beethoven</strong> y la <em>Octava</em> de <strong>Franz Peter Schubert</strong>. &ldquo;No entiendo por qu&eacute; la gente considera perfectamente aceptable que los directores <em>normales</em>, por as&iacute; decirlo, dirijan a <strong>Debussy</strong>, <strong>Strauss</strong>, <strong>Lutos&#322;awski</strong> y <strong>Beethoven</strong>, pero se sorprende cuando personas como yo hacemos otro tanto&rdquo;, dec&iacute;a el director en 2009. Y de hecho &eacute;l, que que ha ampliado el territorio de lo &ldquo;hist&oacute;ricamente informado&rdquo; al <em>Canto de la Tierra </em>de <strong>Gustav Mahler</strong>, en la versi&oacute;n de c&aacute;mara realizada por <strong>Arnold Sch&ouml;nberg</strong>, a las dos versiones del Requiem de <strong>Gariel Faur&eacute;</strong> o a las sinfon&iacute;as de <strong>C&eacute;sar Franck</strong> y <strong>Anton Bruckner</strong>, ha grabado, con el Ensemble Musique Oblique, que tambi&eacute;n fund&oacute;, versiones ejemplares de obras como el <em>Pierrot Lunaire</em> de Sch&ouml;nberg, y su querido Collegium Vocale ha registrado una interpretaci&oacute;n de referencia de la obra coral m&aacute;s importante de <strong>Igor Stravinsky</strong>. &nbsp;
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    </figure><p class="article-text">
        La posibilidad de escuchar versiones <em>de &eacute;poca</em> de piezas nodales de la historia musical, como las dos sinfon&iacute;as que Herreweghe dirigir&aacute; este lunes en Buenos Aires &ndash;el domingo lo har&aacute; en el Teatro El C&iacute;rculo de Rosario&ndash;, es frecuente en Europa, pero sumamente excepcional en la Argentina. La Sinfon&iacute;a N&ordm; 7, Op 92, concluida por Beethoven en 1812, fue estrenada el a&ntilde;o siguiente en una funci&oacute;n en la Universidad de Viena, dedicada a los soldados heridos en la batalla de Hanau, contra las tropas napole&oacute;nicas en retirada. En el mismo concierto del 8 de diciembre, en el que se utiliz&oacute; una orquesta multitudinaria (el autor agrand&oacute; tambi&eacute;n la fila de las maderas para compensar el aumento de las cuerdas) se estren&oacute; La Victoria de Wellington y la funci&oacute;n se repiti&oacute; cuatro noches despu&eacute;s, a pedido del p&uacute;blico. 
    </p><p class="article-text">
        La otra particularidad fue que, en la funci&oacute;n del estreno, los aplausos al segundo movimiento, el tema con variaciones estructurado a partir de una marcha f&uacute;nebre &ndash;y uno de los movimientos m&aacute;s notables de toda la producci&oacute;n beethoveniana&ndash;, hicieron que fuera tocado de nuevo. &ldquo;La naturaleza cl&aacute;sica de las sinfon&iacute;as del Sr. van Beethoven, el m&aacute;s grande compositor instrumental de nuestros tiempos, es generalmente reconocida&rdquo;, publicaba el <em>Wiener Allgemeine Zeitung</em>. &ldquo;Esta nueva sinfon&iacute;a no causa menos admiraci&oacute;n a su compositor que las anteriores, y puede ser una ventaja de la nueva que sus partes sean tan claras, sus temas tan agradables y f&aacute;ciles de entender, de modo que los amantes de la m&uacute;sica no necesitan ser entendidos para disfrutarla y quedar encantados por su belleza. Un an&aacute;lisis detallado de la sinfon&iacute;a, a pesar de su alcance, nunca ser&iacute;a suficiente para describir el cuadro completo para los lectores que no escucharon la interpretaci&oacute;n. Para apreciar las obras de arte, hay que estar presente. El Sr. van Beethoven no defini&oacute; el car&aacute;cter de esta sinfon&iacute;a como hizo con otras; pero si podemos hacerlo en su lugar y expresar nuestra humilde opini&oacute;n, podemos observar que sus diferentes partes nos atraen en un ritmo rom&aacute;ntico de las melod&iacute;as.&rdquo; Y, a&ntilde;os m&aacute;s tarde, en <em>La obra de arte del futuro</em>, <strong>Richard Wagner</strong> escribi&oacute;: &ldquo;Esta sinfon&iacute;a es la apoteosis de la danza: es la danza en su esencia suprema, la realizaci&oacute;n m&aacute;s lograda del movimiento del cuerpo concentrado casi idealmente en el sonido. Beethoven en sus obras puso m&uacute;sica al cuerpo, implementando la fusi&oacute;n de cuerpo y mente.&rdquo; 
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        La <em>Sinfon&iacute;a N&ordm; 8</em> de Schubert, catalogada con el n&uacute;mero 759 por <strong>Otto Erich Deutsch</strong> (a &eacute;l remite la letra D que identifica el orden de las obras de este autor), por su parte, acarrea las leyendas ligadas a sus &uacute;nicos dos movimientos, que llevaron a bautizarla como inconclusa. Si bien existe una p&aacute;gina de lo que hubiera sido un tercer movimiento, los argumentos acerca de que su autor no la complet&oacute; por olvido, distracci&oacute;n o el recrudecimiento de la s&iacute;filis parecen poco s&oacute;lidos a la luz de todas las obras que Schubert s&iacute; complet&oacute; en esos seis &uacute;ltimos a&ntilde;os de vida. Parece, m&aacute;s bien, que decidi&oacute; ce&ntilde;irse a la forma en dos movimientos, con un segundo que iguala en peso expresivo &ndash;y en duraci&oacute;n, lo que ara muy poco habitual&ndash; al primero, tal como hab&iacute;a hecho Beethoven en su <em>Sonata para piano N&ordm; 27</em>, de 1814, y sus dos primeras sonatas para piano y violoncello, y como volver&iacute;a a hacerlo en la &uacute;ltima de sus sonatas para piano, la N&ordm; 32, completada en 1822, el mismo a&ntilde;o de la supuestamente inconclusa de Schubert. Eventualmente, nada en la escucha de esta obra extraordinaria resulta insuficiente (<a href="https://open.spotify.com/playlist/6mzXTNK2XRN8CnbiBgTgfl" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">aqu&iacute;</a> se adjunta un enlace a una peque&ntilde;a lista con dos versiones, ambas excelentes, la de <strong>Carlos Kleiber</strong> con la Filarm&oacute;nica de Viena y la de una orquesta hist&oacute;ricamente informada, Anima Eterna, dirigida por <strong>Jos Van Immerseel</strong>).
    </p><p class="article-text">
        La discograf&iacute;a de Herreweghe, por su parte, es vast&iacute;sima y no hay all&iacute; puntos flacos. Todo vale la pena, pero en una selecci&oacute;n extrema no deber&iacute;an faltar sus lecturas de las <em>Noches de est&iacute;o</em> de Berlioz &ndash;la manera en que, en el comienzo de &ldquo;El espectro de la rosa&rdquo;, el autor inventa un instrumento al hacer sonar en un&iacute;sono una flauta y un clarinete en la en ninguna otra versi&oacute;n suena con tal claridad&ndash;, de la m&uacute;sica para coro y orquesta de <strong>Johannes Brahms</strong>, de las <em>Responsoria</em> de <strong>Carlo Gesualdo</strong>, de las &uacute;ltimas sinfon&iacute;as de <strong>Wolfgang Mozart</strong> y, desde ya, su segunda grabaci&oacute;n de la <strong>Pasi&oacute;n seg&uacute;n San Mateo </strong>de Bach. 
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/sonidos-epoca_129_13262780.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 30 May 2026 14:37:06 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[Las edades del amor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/edades-amor_129_13257669.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3269212b-7afa-43c7-97c4-d17ab1cde5d6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las edades del amor"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A partir de un encargo realizado por el Teatro Colón, la escritora Ariana Harwicz y el compositor Oscar Strasnoy compusieron "Dementia", la nueva ópera que se estrenará en esa sala el próximo 31 de mayo. </p></div><p class="article-text">
        Tres momentos en la vida de dos personas. Una escritora y un traductor. Y la escritora, en la vida real, habla de sus personajes y de la traducci&oacute;n. &ldquo;Escribir el libreto de una &oacute;pera era mi sue&ntilde;o. Siempre me interes&oacute; la traducci&oacute;n, trabajo con los traductores de mis novelas, y participar de la creaci&oacute;n de una &oacute;pera es el <em>summum</em> de la traducci&oacute;n&rdquo; dice <strong>Ariana Harwicz</strong>, la autora de <em>Matate, amor</em>, la novela que dio lugar al film de <strong>Lynne Ramsay </strong>presentado el a&ntilde;o pasado en Cannes, y quien escribi&oacute; el libreto de <em>Dementia</em>, la &oacute;pera encargada por el Teatro Col&oacute;n que se estrenar&aacute; el pr&oacute;ximo domingo 31 de mayo, a las 17. 
    </p><p class="article-text">
        El compositor de la m&uacute;sica es <strong>Oscar Strasnoy</strong>, otro argentino de notable trayectoria en el exterior. Y el encargo, en rigor, es el primero en toda la historia del teatro que se realiza en forma conjunta a los autores de m&uacute;sica y libreto para que creen una obra totalmente nueva. Una comisi&oacute;n anterior, en 2014, tambi&eacute;n tuvo a Strasnoy como protagonista pero su libreto era una adaptaci&oacute;n de un texto preexistente de <strong>William Faulkner</strong>. Y el otro antecedente fue en 1995 cuando <strong>Sergio Ren&aacute;n</strong> le pidi&oacute; a <strong>Gerardo Gandini</strong> que compusiera una &oacute;pera sobre <em>La ciudad ausente</em> de <strong>Ricardo Piglia</strong>. Aunque el escritor trabaj&oacute; codo a codo con el compositor (&iquest;el traductor?) en la construcci&oacute;n del libreto, tambi&eacute;n en este caso el texto basal ya exist&iacute;a desde antes. En este caso, por otra parte, el proyecto cont&oacute; desde el principio con la participaci&oacute;n como director de escena de <strong>Mariano Pensotti</strong>, una de las figuras m&aacute;s destacadas de la escena teatral actual.
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                Ariana Harwicz, autora del libreto de &quot;Dementia&quot;                            </span>
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        &ldquo;Estaba trabajando en un proyecto para el CETC (Centro de Experimentaci&oacute;n del Teatro Col&oacute;n) sobre un texto m&iacute;o, <em>Los degenerados</em>, cuando me llam&oacute; Telerman para ofrecerme este proyecto&rdquo;, cuenta Harwicz. Strasnoy, por su parte, ten&iacute;a ya una trayectoria considerable en Buenos Aires. Adem&aacute;s de <em>Requiem</em> hab&iacute;a presentado <em>Gedichte</em> en el CETC y a&ntilde;os m&aacute;s tarde, en ese mismo &aacute;mbito, una suerte de conferencias perform&aacute;ticas. Y tambi&eacute;n se hab&iacute;a visto <em>Cachafaz</em>, sobre la obra de <strong>Copi,</strong> en el Teatro San Mart&iacute;n. El bar&iacute;tono <strong>V&iacute;ctor Torres</strong>, el recordado protagonista de esa obra, ser&aacute; esta vez quien encarne al Traductor de 75 a&ntilde;os. El de 25 ser&aacute; <strong>Sebasti&aacute;n Angulegui</strong> y el de 50 <strong>Alejandro Spies</strong>. Las tres escritoras estar&aacute;n en manos de <strong>Florencia Burgardt</strong>, <strong>Daniela Tabernig</strong> y <strong>M&oacute;nica Ferracani</strong>.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Algo que me preocup&oacute; ya desde que comenc&eacute; a escribir &oacute;peras fue salir de la endogamia. De esos estrenos de obras para cuatro o cinco instrumentos donde el 80% del p&uacute;blico eran compositores y el 20% restante eran las madres o las t&iacute;as de los compositores y sus novias o los novios de las compositoras. La &oacute;pera me permiti&oacute; tener un p&uacute;blico de gente real; de civiles&rdquo;, explica Strasnoy. &ldquo;Trabajar con una escritora viva me result&oacute; apasionante. Ver como la m&uacute;sica deb&iacute;a adaptarse a las palabras y, a veces lo contrario, c&oacute;mo el texto se transformaba para acomodarse a una necesidad musical. Me result&oacute; fascinante el estilo de Ariana, no s&oacute;lo por la tem&aacute;tica sino tambi&eacute;n por el ritmo, por la dureza de sus consonantes, por la violencia contenida&rdquo;. Con direcci&oacute;n musical de <strong>Tito Ceccherini </strong>&ndash;el mismo que dirigi&oacute; y grab&oacute; en disco Kuleshov, de Strasnoy, junto con el gran pianista Alexandre Tharaud&ndash; y la participaci&oacute;n de la Orquesta Estable del Col&oacute;n, <em>Dementia</em> subir&aacute; a escena en otras tres funciones adem&aacute;s de la del estreno, el martes 2 de junio, el jueves 4 y el s&aacute;bado 6, todas ellas a las 20. El dise&ntilde;o de escenograf&iacute;a y vestuario es de <strong>Mariana Tirantte</strong> y el de iluminaci&oacute;n corresponde a <strong>Mat&iacute;as Sendon</strong>. Obra sobre el paso del tiempo y el amor &ndash;&ldquo;no las florcitas y los volados&rdquo;, aclara Harwicz&ndash;, esta &oacute;pera signific&oacute; para ella &ldquo;abandonar una zona de comodidad, en la que no tengo que preguntarle nada a nadie. Y eso fue extraordinario. Volviendo a la traducci&oacute;n, ver como cada uno de nosotros traduc&iacute;a al otro&rdquo;. &ldquo;Me interesa la literatura. Me interesan los textos. Y estoy acostumbrado a trabajar con escritores. Pero no a que est&eacute;n dispuestos a entrar en un universo diferente; a que se entreguen a la m&uacute;sica&rdquo;, remata Strasnoy. &ldquo;Pero con Ariana todo fue musical desde el comienzo.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/edades-amor_129_13257669.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 28 May 2026 13:15:03 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Ariana Harwicz,Teatro Colón,Ópera,Oscar Strasnoy]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Teoría de las cuerdas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/teoria-cuerdas_129_13245124.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/66540e6d-4597-4641-9ef8-2658576c11ce_16-9-discover-aspect-ratio_default_1143668.jpg" width="1701" height="957" alt="Teoría de las cuerdas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Desde la antigua lira a la encarnación actual, con pedales y 74 cuerdas, y a numerosas versiones folklóricas, el arpa atraviesa toda la historia musical. Y tiene, en el jazz, una presencia breve pero significativa. Brandee Younger es la heredera más notable de Alice Coltrane y llega a Buenos Aires para tocar este domingo 24 y el lunes 25 en el club Be Bop. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        El arpa, como casi todo en la llamada m&uacute;sica occidental, provino de lo que Occidente &ndash;es decir el Imperio Romano&ndash; llamaba Oriente. Las escalas, los instrumentos y las pr&aacute;cticas interpretativas que se extendieron por toda Europa ven&iacute;an de all&iacute;. De las orillas opuestas del Mare Nostrum &ndash;de ellos&ndash;. De Asiria y Sumeria, de Creta, de Macedonia, de los hebreos y de Egipto. 
    </p><p class="article-text">
        Con menciones b&iacute;blicas (&ldquo; y el nombre de su hermano fue Jubal, el padre de los que tocan el arpa&rdquo;) y numerosos hallazgos arqueol&oacute;gicos e iconograf&iacute;a, la antigua lira hebrea de seis cuerdas, la egipcia de cinco (como la encontrada en la tumba de Thahuenany, fechada m&aacute;s de mil a&ntilde;os antes de Cristo) y asociada primero con Orfeo y luego con el Rey David, adem&aacute;s de evolucionar hasta la que actualmente forma parte de la orquesta sinf&oacute;nica, con pedales y 74 cuerdas, tiene, tambi&eacute;n, su historia en el jazz. Una historia tan breve como significativa.
    </p><p class="article-text">
        Su primera hero&iacute;na fue &nbsp;<strong>Dorothy Ashby</strong>, quien desarroll&oacute; una profusa carrera solista en los a&ntilde;os 50. Pero la mayor&iacute;a de edad le lleg&oacute; con una gran pianista llamada <strong>Alice McLeod</strong>, que hab&iacute;a estudiado con <strong>Bud Powell</strong> en Par&iacute;s y all&iacute; toc&oacute; con <strong>Lucky Thompson</strong>, que de vuelta en su Detroit natal pas&oacute; a formar parte estable del grupo del vibrafonista <strong>Terry Gibbs</strong> y que, en 1965, se cas&oacute; con <strong>John Coltrane</strong> y se convirti&oacute; en su pianista y en Alice Coltrane. Y, con mayor precisi&oacute;n, cuando en tres de los temas de su primer disco solista, <em>A&nbsp;Monastic Trio</em> &ndash;donde toca junto a m&uacute;sicos cercan&iacute;simos al mundo coltraneano, el saxofonista <strong>Pharoah Sanders</strong>, el contrabajista <strong>Jimmy Garrison</strong> y el baterista <strong>Rashied Ali</strong>&ndash;, eligi&oacute; el arpa como su instrumento. 
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    </figure><p class="article-text">
        Y, si se trata de dinast&iacute;as, algo deber&iacute;a significar el hecho de que la joven <strong>Brandee Younger</strong>, elegida como una de las &ldquo;estrellas nacientes&rdquo; en la &uacute;ltima encuesta de cr&iacute;ticos de la revista <em>Down Beat</em>, toque en <em>Gadabout Season</em>, su &uacute;ltimo disco, el instrumento que perteneci&oacute; a Alice Coltrane. 
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    </figure><p class="article-text">
        Younger habla, en su p&aacute;gina web, de &ldquo;conectar el jazz espiritual con la t&eacute;cnica cl&aacute;sica y la r&iacute;tmica cargada de expresividad del Rythm &amp; Blues y el hip hop.&rdquo; Y, en efecto, en su m&uacute;sica aparece tanto la gran tradici&oacute;n del g&eacute;nero &ndash;y de dos subg&eacute;neros, el de la espiritualidad dise&ntilde;ada por los desarrollos espiralados de John Coltrane y el del arpa en el jazz&ndash; como las miradas m&aacute;s contempor&aacute;neas y los buceos en las intersecciones posibles con otras m&uacute;sicas. Algo que, por otra parte, no era ajeno a Ashby, a quien Younger confiesa haber escuchado por primera vez en el disco <em>Songs in the Key of Life</em> de <strong>Stevie Wonder</strong>, o a Alice Coltrane &ndash;luego rebautizada como Turiya o Turiyasangisanda&ndash; que comparti&oacute; con <strong>Carlos Santana</strong> &ndash;reconvertido en Devadip&ndash; el protagonismo en el &aacute;lbum <em>Illuminations</em>, de 1974.
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        La arpista, que fue candidata al Grammy por &ldquo;Beautiful is Black&rdquo;, un bell&iacute;simo tema incluido en du disco debut, <em>Somewhere Different</em>, llegar&aacute; a Buenos Aires este fin de semana largo para tocar ma&ntilde;ana, domingo 24, y el d&iacute;a siguiente, en el club Be Bop (Uriarte 1658). Habr&aacute; dos funciones cada d&iacute;a, a las 20 y a las 22.30, y ella tocar&aacute; en tr&iacute;o, junto con dos de los m&uacute;sicos que tocan en <em>Gadabout Season,</em> el contrabajista <strong>Rashaan Carter</strong> y <strong>Allan Mednard</strong> en bater&iacute;a. 
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    </figure><p class="article-text">
        Carter fue, adem&aacute;s, el productor del &aacute;lbum que, seg&uacute;n cont&oacute; Younger en una entrevista publicada por la revista inglesa <em>Jazzwise</em>, surgi&oacute; de una crisis. &ldquo;La gente piensa en un show o en un disco pero, en este caso, la gira en conjunto fue mi droga personal. El hecho de tener que decidir si se va a comer o si se descansa un rato me sirvi&oacute; para conectarme con la m&uacute;sica y con lo bello que all&iacute; pod&iacute;a encontrar&rdquo;. Cerca de Nueva York su primo tiene una caba&ntilde;a, dec&iacute;a ella, &ldquo;y all&iacute; pod&iacute;a ver las estrellas cada noche y encontrar la paz y la quietud que necesitaba. Sab&iacute;a que ten&iacute;a que detenerme un momento y as&iacute; lo hice. Empec&eacute; a escribi la m&uacute;sica del &aacute;lbum sin pensar en nada m&aacute;s que eso y sin preguntarme lo que pasar&iacute;a despu&eacute;s.&rdquo; El disco se grab&oacute; dos semanas despu&eacute;s de esa suerte de retiro. &ldquo;Volv&iacute; con ideas s&oacute;lidas. Regresamos a la caba&ntilde;a, Rashaan llev&oacute; su equipo de grabaci&oacute;n. Alan transport&oacute; la bater&iacute;a. Pens&eacute; que lo hab&iacute;amos hecho bien y que hab&iacute;a que dejarlo todo como estaba para no matar la magia pero Rashaan me convenci&oacute; de volver a Nueva York y registrarlo de nuevo en un estudio profesional. Y eso hicimos y estoy agradecida&rdquo;, relat&oacute;. 
    </p><p class="article-text">
        La &uacute;ltima grabaci&oacute;n de Alice Coltrane, despu&eacute;s de un largo retiro, fue en el disco <em>Translinear Light</em>, de 2004, donde toc&oacute; su hijo <strong>Ravi</strong>, y ese mismo a&ntilde;o actuaron juntos en el Joe&rsquo;s Club de New York. El instrumento que John le hab&iacute;a regalado en 1967, muy poco antes de morir, una Lyon &amp; Healy Style 11 revestida en oro, fue donado a Younger en 2024, bautizado como &ldquo;A&ntilde;o de Alice Coltrane&rdquo; a 17 a&ntilde;os de su fallecimiento. Hoy est&aacute; en el living de la casa de Younger, enfrentado al vinilo de <em>Monastic Trio</em>. &ldquo;A veces &ndash;dice&ndash; miro el arpa, miro el disco, digo &lsquo;aqu&iacute; est&aacute;n&rsquo;. Y tambi&eacute;n digo &lsquo;aqu&iacute; estoy&rdquo;. De all&iacute; sale mi voz. Y es mi propia voz.&ldquo;
    </p><p class="article-text">
        <em>DF/MF</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/teoria-cuerdas_129_13245124.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 23 May 2026 13:34:45 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Teoría de las cuerdas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Alicia Coltrane,John Coltrane,Arpa,Brandee Younger]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La confesión del dictador]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/confesion-dictador_129_13208541.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2d774bc4-979a-496c-96c1-d3eaf8308d74_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La confesión del dictador"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El ballet que despertó la lascivia de Onganía y su regreso al Colón. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        El apellido Ongania, acentuado en la primera &ldquo;a&rdquo;, proven&iacute;a de Lombard&iacute;a, en Italia. Un militar argentino nacido en 1914, hijo de un almacenero de Marcos Paz, en la provincia de Buenos Aires, se agreg&oacute; una tilde en la &ldquo;&iacute;&rdquo; para parecer vasco y, de resultas, ganadero. Entr&oacute; al colegio militar en 1931 y egres&oacute; tres a&ntilde;os despu&eacute;s como subteniente de caballer&iacute;a y jam&aacute;s complet&oacute; el curso de oficial para el estado mayor. <strong>Juan Carlos Ongan&iacute;a</strong> no era afecto al estudio y se dice que lo que prefer&iacute;a de la caballer&iacute;a era jugar al polo. No obstante, hubo dos factores que se sumaron a la tilde sobre la&ldquo;I&rdquo; para favorecer su carrera: la participaci&oacute;n en el cursillismo, junto con el Opus Dei uno de los movimientos ultracoservadores de la Iglesia Cat&oacute;lica ligados a las clases altas y el poder econ&oacute;mico, y su casamiento con <strong>Mar&iacute;a Emilia Green Urien</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Eran &eacute;pocas en las que parecer culto era importante hasta para los dictadores y Ongan&iacute;a, recientemente ascendido a Teniente General, introductor en el ej&eacute;rcito de la Doctrina de la Seguridad Nacional, que daba prioridad a la lucha contra el comunismo sobre cualquier otra consideraci&oacute;n y asumido en junio de 1966 como presidente de facto, a partir del golpe contra el gobierno de <strong>Arturo Illia</strong> &ndash;al que consideraban socialdem&oacute;crata y, por lo tanto, af&iacute;n al odiado marxismo internacional&ndash;, debi&oacute; asistir, como obligaci&oacute;n protocolar, a la funci&oacute;n de gala del 9 de julio, en el Teatro Col&oacute;n. El espect&aacute;culo era un ballet: <em>La Consagraci&oacute;n de la primavera</em>, con m&uacute;sica de <strong>Igor Stravinsky</strong>. 
    </p><p class="article-text">
        La coreograf&iacute;a era de un brillante artista de 25 a&ntilde;os llamado <strong>Oscar Ar&aacute;iz</strong>, con vestuario de <strong>Renata Schussheim</strong>: mallas color carne que simulaban la desnudez, cubiertas en parte por barro. La primera funci&oacute;n hab&iacute;a sido el 4 de julio y formaba parte de un ciclo organizado por la Asociaci&oacute;n de Amigos de la Danza. En la conmemoraci&oacute;n de los 150 a&ntilde;os del primer congreso constituyente de la Argentina, el dictador concurri&oacute; con su familia y dijo que, despu&eacute;s de la funci&oacute;n, todos debieron ir a confesarse. Esa fue su verdadera confesi&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Y aunque esa <em>Consagraci&oacute;n de la primavera</em> no fue expresamente prohibida tuvo una larga interdicci&oacute;n de 24 a&ntilde;os en el Col&oacute;n. Y, de paso, s&iacute; tuvo que ver con una prohibici&oacute;n: la del estreno, el a&ntilde;o siguiente, de la &oacute;pera <em>Bomarzo</em>, de <strong>Alberto Ginastera</strong> sobre un texto de <strong>Manuel Mujica L&aacute;inez</strong>. Fue el &uacute;nico caso de censura previa por parte de esa dictadura autodenominada &ldquo;Revoluci&oacute;n Argentina&rdquo; y, vaya a saberse por qu&eacute;, en ese entonces eso se ve&iacute;a como algo m&aacute;s grave que la censura a secas. La causante, como detalla el investigador <strong>Esteban Buch</strong> en su notable <em>The Bomarzo Affair</em>, publicado por Adriana Hidalgo Editora, fue una operaci&oacute;n de prensa dise&ntilde;ada por la propia dictadura. 
    </p><p class="article-text">
        Ongan&iacute;a no necesit&oacute; esperar a ver la obra para decidir llamar al Coronel <strong>Eugenio Schettini</strong>, a quien hab&iacute;a designado intendente de la ciudad de Buenos Aires, y exigirle que llamara al Col&oacute;n y prohibiera el estreno. Le alcanz&oacute; con ver el n&uacute;mero de la revista <em>Panorama</em>, que le mostraron, orgullosos, los funcionarios de Canciller&iacute;a. El debut de <em>Bomarzo</em> en la Opera Nacional de Washington hab&iacute;a obedecido tambi&eacute;n, en gran medida, a un arreglo gubernamental y a la gesti&oacute;n de quien era entonces el embajador argentino en los Estados Unidos, un subteniente de infanter&iacute;a, ingeniero militar y aeron&aacute;utico y economista amateur llamado <strong>&Aacute;lvaro Alsogaray</strong>. 
    </p><p class="article-text">
        Como cuenta Buch, la recepci&oacute;n posterior al estreno fue supervisada por la hija del embajador en persona, la joven <strong>Mar&iacute;a Julia</strong>, que orden&oacute; disponer las langostas mimando la forma de claves de sol. El gobierno de facto invit&oacute; a todo un equipo period&iacute;stico de la revista publicada por Editorial Abril, que dedic&oacute; una amplia cobertura al evento. All&iacute; estaba las fotos de <em>Bomarzo</em>, Y all&iacute; estaba el nombre del core&oacute;grafo, Oscar Ar&aacute;iz. &ldquo;Otra vez no&rdquo;, dicen que dijo el falso vascuence.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;En cada producci&oacute;n nueva, aunque los pasos fueran los mismos, hubo un vestuario distinto, otra lectura, otro tipo de interpretaci&oacute;n por parte de los bailarines&rdquo;, contaba Ar&aacute;iz en una entrevista publicada por el diario <em>Clar&iacute;n</em> en 2020. &ldquo;Al principio era m&aacute;s abstracta y despu&eacute;s se humaniz&oacute;. En una puesta que hice en Canad&aacute;, el vestuario era con prendas deportivas, ropa interior, vendajes en las manos. En la &eacute;poca de la guerra de Malvinas la hice en Ginebra con los bailarines vestidos de soldados y el pr&oacute;logo era un basural. La segunda vez que la hice en el Col&oacute;n, en el 2000, el vestuario estaba inspirado en pinturas corporales de tribus patag&oacute;nicas&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Desde el jueves pasado y hasta el pr&oacute;ximo domingo 17 de mayo, con funciones todos los d&iacute;as salvo el lunes 11 (las de los domingos son a las 17; el resto, a las 20), la vieja <em>Consagraci&oacute;n</em>, siempre nueva y mucho m&aacute;s en esta ciudad, donde ni siquiera es frecuente como obra de concierto, se presenta en el Teatro Col&oacute;n. Uno de los atractivos, adem&aacute;s del trabajo de Ar&aacute;iz, desde ya, y la participaci&oacute;n del Ballet Estable del Teatro, es el hecho de que la m&uacute;sica es interpretada en vivo por la Filarm&oacute;nica de Buenos Aires, con direcci&oacute;n de <strong>Matthew Rowe</strong>. Y otro es el resto del programa: <em>Aftermath </em>(Secuelas), del argentino radicado en Alemania <strong>Demis Volpi</strong> con m&uacute;sica de <strong>Michael Gordon</strong>, uno de los compositores del colectivo <strong>Bang on a Can</strong>, poco o nada escuchado en Buenos Aires (la obra fue estrenada por el Ballet de Stuttgart en 2014), y <em>Come in</em>, de la canadiense <strong>Aszure Barton</strong> con m&uacute;sica de <strong>Vladimir Martynov</strong>, uno de lo referentes del posmodernismo y repetitivismo &ndash;o minimalismo, que en m&uacute;sica significa algo distinto que en el resto de las artes&ndash; ruso de las &uacute;ltimas d&eacute;cadas. 
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/confesion-dictador_129_13208541.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 09 May 2026 12:45:49 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La confesión del dictador]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Igor Stravinsky,Oscar Araiz,Teatro Colón]]></media:keywords>
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    <item>
      <title><![CDATA[Cien Miles]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cien-miles_129_13190305.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ea5b0cf4-8802-445f-ba80-94f32de1137b_16-9-discover-aspect-ratio_default_1142178.jpg" width="1339" height="753" alt="Cien Miles"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Haber estado presente en el big bang es algo extraordinario. Haberlo hecho más de una vez es casi imposible. Salvo que se trate de ese trompetista que hizo del vibrato una cuestión moral; del que encontró cómo tocar el silencio; del que convirtió en estética el sonido velado y la alteración de la afinación de una nota; del que amó a Juliette Greco y musicalizó el film más negro de todos los tiempos. De Miles Davis, el que nació hace un siglo.</p></div><h2 class="article-text">Un comienzo</h2><p class="article-text">
        <strong>Elwood Buchanan</strong> era el solista de trompeta en la Sinf&oacute;nica de St. Louis. Y tocaba en una big band, la de <strong>Andy Kirk</strong>. En los finales de la d&eacute;cada de 1930 y los comienzos de la siguiente ense&ntilde;&oacute; m&uacute;sica en la Lincoln High School y all&iacute; tuvo un alumno que, como cualquier joven que tocara trompeta y tuviera algo de talento, quer&iacute;a parecerse a <strong>Louis Armstrong</strong>. Buchanan prefer&iacute;a a otros, principalmente <strong>Bobby Hackett</strong> y <strong>Harold &ldquo;Shorty&rdquo; Baker</strong>. Estilistas e introspectivos. Y dicen que le dijo al alumno, en referencia a su vibrato exagerado: &ldquo;No sacudas as&iacute; el sonido; ya lo vas a sacudir sin darte cuenta cuando seas viejo&rdquo;. Seg&uacute;n reconoci&oacute; <strong>Miles Davis</strong> en su autobiograf&iacute;a, eso le cambi&oacute; la vida. &ldquo;Fue mi influencia m&aacute;s grande&rdquo;, escribi&oacute;. &ldquo;Sin duda, &eacute;l fue quien me mostr&oacute; el camino&rdquo;. Ese es un principio posible. Hay, por supuesto, miles. Tantos como Miles, ese que fund&oacute; el jazz varias veces. Ese que naci&oacute; hace 100 a&ntilde;os, el 26 de mayo de 1926.
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    </figure><h2 class="article-text">Lo que escuch&oacute; Gillespie</h2><p class="article-text">
        Una de las grandes fundaciones del jazz moderno fue el grupo del saxofonista <strong>Charlie Parker</strong>, a mediados de los &rsquo;40. All&iacute; estuvo Davis. Y, por a&ntilde;adidura, su primera grabaci&oacute;n con ese grupo, en noviembre de 1945 y cuando a&uacute;n no hab&iacute;a cumplido 20 a&ntilde;os, alcanza para refutar por completo una de esas supuestas verdades que alguien crey&oacute; haber escuchado de alg&uacute;n otro, que luego se repiten, y se transforman, y vaya a saberse c&oacute;mo acaban terminando en vaya a saberse qu&eacute;. Ese lugar com&uacute;n de cierto sentido com&uacute;n que asegura que Miles Davis fue un notable organizador y aglutinador de voluntades musicales, pero no un gran trompetista. Que ese lugar lo ten&iacute;a <strong>Dizzy Gillespie</strong>. 
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        Pero resulta que en ese grupo, que en el registro de &ldquo;Billie&rsquo;s Bounce&rdquo;&nbsp;aparece como Charlie Parker&rsquo;s Reboppers, el trompetista era Gillespie. Y qu&eacute; &eacute;l decidi&oacute; tocar all&iacute; el piano para cederle la trompeta a ese&nbsp;reci&eacute;n llegado de 19 a&ntilde;os. &iquest;Qu&eacute; llev&oacute; al gran virtuoso del Be-Bop a esa decisi&oacute;n? &iquest;Qu&eacute; fue lo que escuch&oacute; ese dios del instrumento en ese principiante que frenaba permanentemente su impulso, que tocaba con un sonido que no respetaba la convenci&oacute;n acerca de la belleza, que bajaba la afinaci&oacute;n al final de cada frase y que parec&iacute;a deleitarse m&aacute;s en los grises, en las veladuras y en la sugerencia de lo no tocado que en la afimaci&oacute;n y las certezas? Precisamente eso. Davis, en su primera grabaci&oacute;n importante (hay una anterior en algunos meses con la olvidada Herbie Fields' Band) y con un grupo de estrellas, ya ten&iacute;a su firma.
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    </figure><h2 class="article-text">El silencio</h2><p class="article-text">
        Miles Davis casi no ten&iacute;a voz. La hab&iacute;a perdido por gritar en una discusi&oacute;n. Lo acababan de operar para extraerle p&oacute;lipos de la garganta. Era 1955, deb&iacute;a permanecer callado, grit&oacute; y da&ntilde;&oacute; para siempre sus cuerdas vocales. Un a&ntilde;o antes hab&iacute;a grabado, con <strong>Horace Silver</strong> en piano, <strong>Percy Heath</strong> en contrabajo y <strong>Art Blakey</strong> en bater&iacute;a. &ldquo;It Never Entered My Mind&rdquo;, una bell&iacute;sima canci&oacute;n proveniente de una vieja comedia musical de <strong>Richard Rodgers</strong> y <strong>Lorenz Hart</strong>, <em>Higher and Higher</em>, estrenada en 1940. En esa pieza, con ese piano de furiosa delicadeza y modelando cada nota invariablemente hacia el grave, movi&eacute;ndola de la afinaci&oacute;n temperada y manteni&eacute;ndose al borde del silencio y, claro, sin vibrato, Miles Davis encontr&oacute; el sonido de lo no dicho. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Jean-Luc Godard</strong> desliz&oacute; la frase &ldquo;los travellings son una cuesti&oacute;n moral&rdquo; en un debate sobre <strong>Hiroshima, mon amour</strong> &ndash;la pel&iacute;cula de <strong>Alain Resnais</strong> con guion de <strong>Marguerite Duras</strong>&ndash; publicado por la revista <em>Cahiers de Cinema</em> en su n&uacute;mero 97, de julio de 1959. Podr&iacute;a pensarse, parafraseando a Godard, que, para Miles Davis, el vibrato era una cuesti&oacute;n moral. Que nada del sonido estaba pre fijado, ni por la t&eacute;cnica ni por la costumbre. Que, en el sonido, todo deb&iacute;a obedecer a una decisi&oacute;n.
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                Jeanne Moreau junto a Miles Davis                            </span>
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                </figure><h2 class="article-text">Par&iacute;s y el cadalso</h2><p class="article-text">
        En el Par&iacute;s de Godard y <em>Cahiers de Cinema</em>, <strong>Louis Malle</strong> film&oacute;, en 1957, <em>Ascensor al cadalso</em> (<em>Ascenseur pour l&rsquo;echafaud</em>): un asesinato perfectamente imperfecto, un hombre encerrado en un ascensor y un grupo de jazz &ndash;Miles, el gran saxofonista <strong>Barney Wilen</strong>, <strong>Ren&eacute; Utreger</strong>, <strong>Pierre Michelot</strong> y <strong>Kenny Clarke</strong>&ndash; que improvis&oacute; la m&uacute;sica del film mientras lo miraba en una pantalla colocada contra una pared del estudio de grabaci&oacute;n. Y una actriz, Jeanne Moreau, que brome&oacute; con la trompeta de Miles. Y una cantante llamada Juliette Greco con quien, en la vida real, el trompetista vivi&oacute; un romance de <em>film noir</em>. 
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                Miles Davis y Juliette Greco                            </span>
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    </figure><h2 class="article-text">Segunda fundaci&oacute;n</h2><p class="article-text">
        Esa otra clase de blues que anida, se expande y prolifera en <em>Kind of Blue</em>, ese disco grabado entre 1958 y 1959, crea la gram&aacute;tica con la que se articular&aacute; todo el jazz futuro. Tanto los que la sigan literalmente como los que la mixturen con el hard bop o se sit&uacute;en voluntariamente a un costado, no tendr&aacute;n m&aacute;s remedio que tenerla en cuenta. Y, los que no, acabar&aacute;n tomando los caminos personales que siguieron, a posteriori, los aventureros del Kind of Blue &ndash;podr&iacute;a haberse tratado del barco de una novela de <strong>Joseph Conrad</strong>&ndash;. Porque, adem&aacute;s de Davis, all&iacute; estuvieron los otros dos m&uacute;sicos m&aacute;s influyentes de la d&eacute;cada siguiente, <strong>John Coltrane</strong> y <strong>Bill Evans</strong>. 
    </p><p class="article-text">
        Por supuesto, ese &aacute;lbum, lo m&aacute;s consensuado de la historia del jazz junto con las grabaciones de los Hot Five y los Hot Seven de Louis Armstrong, ven&iacute;a de antes, empezando por la relaci&oacute;n de Davis y Coltrane, que se remontaba a 1955 y a las hist&oacute;ricas grabaciones para Columbia y para Prestige de lo que la historia conoci&oacute;, con justicia, como el primer gran quinteto de Miles. Pero tambi&eacute;n ven&iacute;an de antes la progresiva reducci&oacute;n del tema a un motivo; a poco m&aacute;s que un pretexto para la improvisaci&oacute;n. 
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                Miles Davis y John Coltrane                            </span>
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        Desde siempre, Davis ya planteaba al tema con variaciones. Y, desde siempre, los desarrollos &ndash;y hasta a veces las exposiciones de esos temas&ndash; no inclu&iacute;an al conjunto sino a cada uno de los solistas en sucesi&oacute;n. En <em>Kind of Blue</em> los temas ya no son la melod&iacute;a y la secuencia arm&oacute;nica, variada o no, de una canci&oacute;n preexistente o de alguna creada a imagen y semejanza. Los temas son escuetos puntos de partida. Apenas esbozos. La frase del bajo y los dos acordes de &ldquo;So What&rdquo;, los peque&ntilde;os movimientos ascendentes y descendentes de dos notas, en &ldquo;Flamenco Sketches&rdquo;, registrado en abril del 59, que remiten a la &ldquo;Pieza de la Paz&rdquo; (&ldquo;Peace Piece&rdquo;) que Bill Evans hab&iacute;a grabado unos meses antes, en diciembre del 58, y que asoci&oacute; (para siempre) con &ldquo;Some Other Time&rdquo;, la trist&iacute;sima canci&oacute;n de la comedia <em>On the Town</em> de <strong>Leonard Bernstein</strong>. Pero, sobre todo, los temas de ese disco desdibujaron definitivamente las fronteras entre tema y solos. Los segundos eran lo primero. Y la improvisaci&oacute;n ya no transcurr&iacute;a sobre una base fija de acordes &ndash;o su reemplazo por otros&ndash; sino a partir de un fluido que creaba su propio ritmo y sus propias armon&iacute;as, mucho m&aacute;s color&iacute;sticas que funcionales. No hab&iacute;a melod&iacute;a y acompa&ntilde;amiento sino una corriente alrededor de una escala y de acordes que, en general, evitaban las relaciones claras de tensi&oacute;n y de reposo. De un modo. Evans, en las notas del disco, lo comparaba con un antiguo arte japon&eacute;s en el que se dibujaba sobre un papel sumamente delgado en que era imposible interrumpir el trazo y, a&uacute;n m&aacute;s, borrar o corregir. All&iacute; ve&iacute;a la luz eso que el futuro llam&oacute; jazz modal.
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    </figure><h2 class="article-text">Genealog&iacute;as</h2><p class="article-text">
        Toda la brillante generaci&oacute;n &ndash;y su est&eacute;tica&ndash; que eclosion&oacute; en el sello Blue Note a comienzos y mediados de los 60, era hija de Davis y de <em>Kind of Blue</em>. Y el trompetista hizo algo impensado. Se junt&oacute; con sus hijos para parir, de nuevo, una nueva m&uacute;sica. En mayo de 1963, el pianista <strong>Herbie Hancock</strong> acababa de cumplir 23 a&ntilde;os. Desde 1961 tocaba con Donald Byrd y acababa de grabar con &eacute;l, en marzo, el disco <em>Vertigo</em>, donde el debutante Tony Williams tocaba la bater&iacute;a. Ese mismo mes grab&oacute;, tambi&eacute;n para Blue Note, <em>My Point of View</em>, un disco publicado bajo el r&oacute;tulo de Herbie Hancock All Stars. Una de las estrellas era Williams, ese instrumentista deslumbrante, que usaba los dos brazos y las dos piernas de manera independiente, que se asemejaba a un volc&aacute;n en erupci&oacute;n capaz al mismo tiempo de la delicadeza y las sutilezas m&aacute;s extremas y que, para actuar de noche, necesitaba una autorizaci&oacute;n escrita de su padre. Hac&iacute;a tres meses que hab&iacute;a cumplido 17 a&ntilde;os y desde los 11 estudiaba con Alan Dawson, un gran maestro &ndash;por sus manos pasaron estrellas como Vinnie Colaiuta o la notable Terry Lyne Carrington&ndash; que, en los 70, ser&iacute;a el baterista del grupo de Dave Brubeck. En abril, Hancock y Williams tocaron juntos en la grabaci&oacute;n de <em>Una m&aacute;s</em> (en castellano en el original) de <strong>Kenny Dorham</strong>. Y el 14 de mayo reemplazaron respectivamente a <strong>Victor Feldman</strong> y <strong>Frank Butler</strong> en el registro de &ldquo;Seven Steps to Heaven&rdquo;, &ldquo;So Near, So Far&rdquo; y &ldquo;Joshua&rdquo;, ya como miembros del quinteto de Miles Davis. El contrabajista <strong>Ron Carter</strong> era algo mayor, ten&iacute;a 26 a&ntilde;os y ya una importante carrera que inclu&iacute;a haber tocado con <strong>Eric Dolphy</strong>, con <strong>Randy Weston</strong> y con <strong>Cannonball Adderley</strong> &ndash;uno de los marineros del Kind of Blue&ndash;, cuando fue convocado para tocar con Miles a fines de mayo del 63. Durante todo ese a&ntilde;o el saxofonista fue <strong>George Coleman</strong> y, a comienzos de 64, durante una gira por jap&oacute;n y Europa, lo reemplaz&oacute; <strong>Sam Rivers</strong>. Y, hacia fin de ese a&ntilde;o entr&oacute; <strong>Wayne Shorter</strong>, un veterano de 30 a&ntilde;os&nbsp;que ya hab&iacute;a tocado con Miles en 1962, que hab&iacute;a sido la estrella, junto a <strong>Lee Morgan</strong>, de los Jazz Messengers de <strong>Art Blakey</strong> y, tal vez, el &uacute;nico heredero de Coltrane que, a partir de all&iacute;, desarroll&oacute; un estilo inconfundiblemente propio. Y ese fue el segundo gran quinteto de Davis. Y no solo eso. Fue, sencillamente, uno de los grupos m&aacute;s asombrosos de toda la historia del g&eacute;nero. 
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                Miles Davis, Herbie Hancock, Tony Williams y Ron Carter                            </span>
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        Y, si el free jazz, atem&aacute;tico, frecuentemente atonal y habitualmente polirr&iacute;tmico al que arribaron John Coltrane, Eric Dolphy y <strong>Ornette Coleman</strong> fue el Ying de la modernidad, el quinteto de Davis, Shorter, Hancock, Carter y Williams, con m&aacute;s de un punto en com&uacute;n, sobre todo en el aspecto de la polirritmia, pero con una sintaxis diferente, fue sin duda el Yang. Y. como sucedi&oacute; con ese Big Bang que parece haberlo iniciado todo, no hay materia que no estuviera presente ya desde el comienzo. En enero, el quinteto grab&oacute; su primer disco, un &aacute;lbum titulado con tres letras, <em>E.S.P</em> (las iniciales de Extra Sensory Perception) que, por su importancia pero, sobre todo, por su belleza, deber&iacute;a considerarse a la par de <em>Kind of Blue</em>. Y, en la semana de navidad, realiz&oacute;, en un peque&ntilde;o club de Chicago que funcionaba de d&iacute;a como bar de comidas r&aacute;pidas y que, vaya a saberse por qu&eacute;, a Davis le gustaba especialmente, una serie de actuaciones, que a lo largo del a&ntilde;o se hab&iacute;an ido postergando a causa de problemas de salud del trompetista. All&iacute;, en el Plugged Nickel, el sello Columbia grab&oacute; todas las actuaciones. Fueron editadas reci&eacute;n tres d&eacute;cadas m&aacute;s tarde y en Jap&oacute;n. Luego hubo una publicaci&oacute;n en 7 CDs y luego en 8, y, en vinilo, una edici&oacute;n numerada del sello Mosaic, adquirible solo por correo. Ahora, para el centenario de Miles, se ha reeditado el &aacute;lbum de CDs y la caja con 10 Lps por primera vez est&aacute; disponible para cualquiera que quiera adquirirla (en Buenos Aires eso es posible en Mintons, la &uacute;nica disquer&iacute;a especializada en jazz, en el fondo de la Galer&iacute;a Apolo, en Corrientes entre Uruguay y Talcahuano.
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                Miles Davis con Wayne Shorter                            </span>
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        La m&uacute;sica es extraordinaria. Nuevamente un big bang. Toda la materia del mundo en expansi&oacute;n. Desde el comienzo Tony Williams est&aacute; en el centro del volc&aacute;n. Desde &eacute;l se propagan las poderosas olas que alcanzan a cada uno de los otros cuatro y, desde ya, a quien escucha. Como sol&iacute;a suceder en vivo, no hacen el &uacute;ltimo repertorio grabado en estudio sino el del quinteto anterior: &ldquo;If I Were a Bell&rdquo;, &ldquo;Walkin&rsquo;&rdquo;, &ldquo;&rsquo;Round Midnight&rdquo;. &nbsp;&nbsp;Fueron tres sets el 22 de diciembre y cuatro el 23&ndash;, el repertorio fue casi el mismo los dos dos d&iacute;as y cada una de esas interpretaciones no podr&iacute;a haber sido sido m&aacute;s diferente de sus versiones anteriores. Y son, por supuesto, muy diferentes entre s&iacute;. Pero en todos los casos, los solos muestran una imaginaci&oacute;n y una energ&iacute;a asombrosos. Todo eso alrededor del &uacute;nico solo de quien no tiene solos a su cargo, un solo que se extiende durante todos los siete sets de las dos noches y que provee el magma del que se alimenta todo el quinteto: el de Tony Williams.
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    </figure><h2 class="article-text">Varias millas m&aacute;s adelante (Miles Ahead)</h2><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Miles Davis y Gil Evans                            </span>
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        Miles Davis milit&oacute; a favor de la negritud, odi&oacute; a <strong>Chet Baker</strong>, que lo desplaz&oacute;, en alguna encuesta de la revista especializada <em>Down Beat</em>, del lugar de &ldquo;mejor trompetista&rdquo; porque era &ldquo;la gran esperanza blanca&rdquo; y despotric&oacute; m&aacute;s de una vez contra los m&uacute;sicos blancos. Dos de ellos, no obstante, tuvieron con &eacute;l una alienza creativa fruct&iacute;fera y sostenida, los dos Evans: Bill, el pianista de <em>Kind of Blue</em>; Gil, el orquestador de parte del material que Miles grab&oacute; entre 1948 y 1949 y que luego se agrup&oacute; en <em>The Birth of the Cool</em>, de <em>Miles Ahead (Miles + 19) </em>de 1957, de <em>Porgy &amp; Bess</em>, del a&ntilde;o siguiente, de <em>Sketches of Spain</em> (1959), de <em>Miles Davis at Carnegie Hall</em> (1961), de <em>Quiet Nights</em> (1962), de las grabaciones de ese a&ntilde;o con un sexteto que incluy&oacute; por primera vez a Shorter, y de algunos registros del 68.
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        En 1968, por otra parte, el trompetista adelant&oacute; de golpe algunas otras millas en su recorrido. Tuvo un proyecto, que finalmente no prosper&oacute;, de tocar con <strong>Jimi Hendrix</strong>, reemplaz&oacute; a Hancock y Carter por <strong>Chick Corea</strong> y <strong>Dave Holland</strong> y, m&aacute;s importante, a sus instrumentos, el piano y el contrabajo, por sus versiones el&eacute;ctricas. Nac&iacute;a un nuevo reto&ntilde;o, identificado como jazz-rock. Hubo discos como <em>Jack Johnson</em> y <em>Bitches Brew</em> (otro nuevo moj&oacute;n), actuaciones como las del Fillmore East y la Isla de White y por all&iacute; pasaron algunos de los m&uacute;sicos que m&aacute;s dieron que hablar en los a&ntilde;os subsiguientes: <strong>Joe Zawinul</strong>, <strong>Keith Jarrett</strong>, <strong>Hermeto Pascoal</strong>, <strong>John McLaughlin</strong>. <strong>Weather Report</strong>, con Zawinul y Shorter, <strong>Mahavishnu Orchestra</strong>, con McLaughlin, <strong>Lifetime</strong>, de Tony Williams y <strong>Return to Forever</strong>, de Corea, ampliaron la familia. Y Davis, que abandon&oacute; y retom&oacute; varias veces, y que reencarn&oacute; en el funk de <em>Tutu</em>, de la mano de <strong>Marcus Miller</strong>, volvi&oacute; a reinventarse sobre el final y lo hizo con alg&uacute;n otro disco excelente: <em>Decoy</em> (con <strong>John Scofield</strong> en la guitarra el&eacute;ctrica) y <em>Amandla</em>, su &uacute;ltimo opus de estudio, grabado en diciembre 1988. En julio de 1991, dos meses antes de su muerte, hubo otra reencarnaci&oacute;n, la de la Orquesta de Gil Evans, dirigida en esta ocasi&oacute;n por <strong>Quincy Jones</strong>, en la postrera actuaci&oacute;n de Miles, en el Festival de Montreaux.
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    </figure><p class="article-text">
        Miles Davis naci&oacute; hace cien a&ntilde;os. Haber sido el creador de una parte esencial del sonido del Siglo XX ya es mucho. Haberlo hecho varias veces es un milagro.
    </p><p class="article-text">
        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cien-miles_129_13190305.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 02 May 2026 15:40:47 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Miles Davis,Jazz]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lo que se cifra en un pie]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cifra-pie_129_13172382.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/02f68db3-bdde-4b80-931a-89ad2848a8e3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lo que se cifra en un pie"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una nueva película y un viejo cuento. Una cuestión que se zanja en el campo de la lucha de clases y en lo clásico, lo que trasciende su tiempo, lo que se hereda. Y algunas músicas. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Sangre en el zapato hay&rdquo;, cantan dos palomitas blancas. &ldquo;El zapato no le va/ la novia verdadera en la casa est&aacute;&rdquo;, concluyen. &ldquo;C&oacute;rtate un pedazo del tal&oacute;n. Cuando seas reina no tendr&aacute;s necesidad de andar a pie&rdquo;, le hab&iacute;a aconsejado su madre a la segunda de las hermanastras. La primera ya hab&iacute;a fracasado en un intento similar. Era el dedo gordo el que no entraba en el calzado y la madre, con id&eacute;ntico argumento, le hab&iacute;a aconsejado amputarlo. Las palomitas hab&iacute;an advertido al pr&iacute;ncipe con su canto y &eacute;l hab&iacute;a reparado en la sangre que chorreaba de sus pies. 
    </p><p class="article-text">
        En la versi&oacute;n original, si es que tal cosa existe en los cuentos populares, no hab&iacute;a hada madrina ni calabaza. Solo esas aves blancas que habitaban junto a la tumba de la madre de Cenicienta, que all&iacute; acud&iacute;a a rezar cada d&iacute;a, y que har&iacute;an caer del cielo las vestimentas, cada una de ellas m&aacute;s deslumbrante que la anterior, para cada uno de los tres d&iacute;as de fiesta convocados en palacio. Y estaba, por supuesto, el delicado pie de la hero&iacute;na. Y ese famoso zapato que resulta ser de oro y no de cristal en la versi&oacute;n recopilada por <strong>Jakob Grimm</strong>, redactada por su hermano Wilhelm e incluida en el primero de los dos vol&uacute;menes de <em>Cuentos de hadas del hogar y de los ni&ntilde;os</em> (<em>Kinder und Hausm&auml;rchen</em>), publicado en 1812. 
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        Los hermanos Grimm fueron tambi&eacute;n los primeros en editar un tratado de gram&aacute;tica alemana. Y su colecci&oacute;n de cuentos, en palabras del propio Jakob, no estaban destinados a los ni&ntilde;os en absoluto. &ldquo;No hubiera puesto tanto &aacute;nimo en componer este libro &ndash;escribi&oacute;&ndash; de no haber cre&iacute;do que las personas m&aacute;s graves y cargadas de a&ntilde;os pod&iacute;an considerarlo importante desde el punto de vista de la poes&iacute;a, la mitolog&iacute;a y la historia&rdquo;. El proyecto de los hermanos ten&iacute;a que ver con una obsesi&oacute;n del Romanticismo que acabar&iacute;a de eclosionar en el Nazismo: la idea de que la identidad de un pueblo se constru&iacute;a a partir de lo ancestral. El otro punto de partida fue la convicci&oacute;n de los recopiladores de que los cuentos populares se manten&iacute;an a lo largo de los a&ntilde;os con muy pocas modificaciones &ndash;lo que no era cierto&ndash; y que, por lo tanto, eran una muy buena manera de investigar acerca del alma alemana.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El cuento de la Cenicienta, o por lo menos historias en que la identidad se dirim&iacute;a con un zapato y con un pie, exist&iacute;a desde mucho antes. La primera menci&oacute;n registrada es la de &ldquo;R&oacute;dope&rdquo;, un relato escrito por el ge&oacute;grafo griego <strong>Estrab&oacute;n</strong> entre el a&ntilde;o 63 y el 23 a.c., y transmitido oralmente en Egipto. All&iacute;, un &aacute;guila roba una sandalia a una prostituta de N&aacute;ucratis y la arroja sobre la cabeza del rey, que luego buscar&aacute; a la propietaria. En el <em>Pentamer&oacute;n</em> del napolitano <strong>Gianbattista Basile</strong>, de 1634, aparece una <em>Gatta Cenerentola</em>, ya con un argumento bastante similar al conocido actualmente y Charles Perrault, en 1697, escribi&oacute; la versi&oacute;n en la que acabar&iacute;an bas&aacute;ndose muchas de las posteriores, <em>Cendrillon ou La petite pantoufle de verre</em> (<em>Cenicienta o la peque&ntilde;a pantufla de cristal</em>), incluida en su colecci&oacute;n <em>Historias o cuentos de tiempos pasados</em>. De la &uacute;ltima, la de la pel&iacute;cula <em>La hermanastra fea</em>, dirigida por la noruega <strong>Emilie Blichfeldt</strong> y ganadora el a&ntilde;o pasado del Festival de Cine Fant&aacute;stico de Sitges, apenas se dir&aacute; aqu&iacute; que vale la pena verla (en Mubi o en plataformas menos legales), que rescata y resignifica algunas de las truculencias de los Grimm &ndash;y tambi&eacute;n sus palomas&ndash; y que, m&aacute;s o menos a los 10 minutos, all&iacute; Cenicienta reclama decencia a la hermanastra fea. Una palabra que pone en foco aquello de lo que el soci&oacute;logo <strong>Pierre Bourdieu</strong> habla en <em>La distinci&oacute;n. Criterio y bases sociales del gusto</em>. De lo que se juega en la lucha de clases y, en particular, en el enfrentamiento entre la aristocracia y la burgues&iacute;a. Una tensi&oacute;n que se resolver&aacute; en el campo de la distinci&oacute;n y del gusto. De aquello que no puede comprarse con dinero. De lo cl&aacute;sico, lo que no muda con la moda. Lo que define la clase. Lo que se cifra en un pie que s&oacute;lo puede ser hereditario.
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                Eduardo Sívori                            </span>
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        El contrario exacto al pie de la Cenicienta es el de la sirvienta pintada por Eduardo Sivori en el cuadro &ldquo;Le lever de la bonne&rdquo;, presentado con cierto esc&aacute;ndalo en el Sal&oacute;n de Par&iacute;s en 1887. El pie de una trabajadora en lugar del de alguien que, a pesar &ndash;o a causa&ndash; de su inocultable distinci&oacute;n es obligada a trabajar por los advenedizos. De los que buscan el dinero y el ascenso social. Cenicienta no los necesita. Ser&aacute; devuelta a su destino &ndash;manifiesto en la nobleza de sus gestos; en su gusto&ndash; por el pr&iacute;ncipe. E incluso, como en la &oacute;pera <em>La Cenerentola</em>, compuesta por <strong>Gioacchino Rossini </strong>con libreto de <strong>Jacopo Ferretti</strong> y estrenada en Roma en enero de 1817, la joven ser&aacute; capaz de elegir al noble a pesar de que se presente en su casa con las vestimentas del criado. Y es que de hecho los nobles saben que la discusi&oacute;n por el dinero est&aacute; perdida. Solo los queda, para diferenciarse, lo que viene de cuna: la distinci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Incidentalmente, Bourdieu aborda dos cuestiones ligadas &iacute;ntimamente a la Cenicienta en dos art&iacute;culos publicados en forma conjunta en una memorable colecci&oacute;n de Folios Ediciones, dirigida por <strong>Beatriz</strong> <strong>Sarlo</strong> y <strong>Carlos Altamirano</strong> y bautizada &ldquo;Argumentos&rdquo;. En &ldquo;Campo intelectual, campo del poder y habitus de clase&rdquo; analiza la puja entre la burgues&iacute;a y la aristocracia y, en &ldquo;La ontolog&iacute;a pol&iacute;tica de Mart&iacute;n Heidegger&rdquo;, la ligaz&oacute;n, anticipada por los Grimm, entre lo folkl&oacute;rico y el nazismo. Y lo cl&aacute;sico pasar&aacute;, m&aacute;s o menos por la misma &eacute;poca de <em>La Cenerentola</em> rossiniana, a identificar toda una clase de m&uacute;sica de la que una clase &ndash;social&ndash; se empe&ntilde;ar&aacute; en considerarse &uacute;nica propietaria &ndash;como de tantas otras cosas&ndash;. Y en esa m&uacute;sica tan cl&aacute;sica &ndash;e involuntariamente tan &ldquo;de clase&rdquo;&ndash; han quedado varias obras de belleza singular. La mencionada de Rossini, con algunas arias y escenas de conjunto memorables, otra &oacute;pera, hoy algo olvidada, de <strong>Jules Massenet</strong>, y el ballet que se estren&oacute; en el Teatro Bolshoi en1945, con m&uacute;sica de <strong>Sergei Prokofiev</strong> y coreograf&iacute;a de <strong>Rostislav Zajarov</strong>, con <strong>Galina Ulanova</strong> como estrella.
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    </figure><p class="article-text">
        Y ser&iacute;a injusto no incluir, aunque m&aacute;s no fuera como bonus track, &ldquo;A Dream is a Wish that your Heart Makes&rdquo;, la canci&oacute;n que <strong>Ileana Woods</strong> cant&oacute; para la pel&iacute;cula producida por <strong>Walt Disney</strong> en 1950.
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cifra-pie_129_13172382.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 25 Apr 2026 13:13:13 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Lo que se cifra en un pie]]></media:title>
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      <title><![CDATA[El jazz, los fantasmas y la educación sentimental]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/jazz-fantasmas-educacion-sentimental_129_13135635.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c2f40b67-f613-40c2-9af7-b641132197e4_16-9-discover-aspect-ratio_default_1140573.jpg" width="1965" height="1105" alt="El jazz, los fantasmas y la educación sentimental"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una vieja canción que habla de un sauce y del llanto. Una compositora llamada Ann Ronell. Una historia. Y un nuevo capítulo escrito de manera brillante por el primer disco solista de Flea, el fundador de los Red Hot Chilli Peppers. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        <strong>Ann Rosenblatt</strong> naci&oacute; en Omaha, en la navidad de 1905. Se gradu&oacute; en el Radcliffe College de m&uacute;sica, donde fue alumna del compositor <strong>Walter Piston</strong>. All&iacute; cre&oacute; varias obras para representaciones estudiantiles y escribi&oacute; para el peri&oacute;dico cr&iacute;ticas y entrevistas. Una de ellas fue a <strong>George Gershwin</strong>, de quien, a partir de ese encuentro,&nbsp;se hizo amiga y al que dedic&oacute; su primera gran canci&oacute;n. Una pieza extra&ntilde;a, rechazada inicialmente en esa f&aacute;brica de &eacute;xitos que era el Tin Pan Alley &ndash;la calle donde estaban las oficinas de las editoriales de m&uacute;sica&ndash; y que se convirti&oacute;, con el tiempo, en uno de los standards m&aacute;s interpretados en la historia del jazz. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Willow Weep for Me&rdquo; registra 1180 versiones grabadas. Fue un &eacute;xito varias veces, la primera de ellas en 1932, el a&ntilde;o de su composici&oacute;n, por la orquesta de <strong>Paul Whiteman</strong> con <strong>Irene Taylor</strong> como cantante. <strong>Stan Kenton</strong> con <strong>June Christy</strong> en el papel solista, en 1946, <strong>Billie Holiday</strong> en 1954, con <strong>Harry &ldquo;Sweets&rdquo; Edison</strong> en trompeta y <strong>Barney Kessel</strong> en guitarra, <strong>Frank Sinatra</strong> en 1958, con arreglos de <strong>Nelson Riddle</strong>, y el d&uacute;o pop <strong>Chad &amp; Jeremy</strong>, en 1965, fueron algunos de los que, una y otra vez, hicieron de esa canci&oacute;n un hit. Y una lista breve, como la que aparece m&aacute;s abajo, asciende, necesariamente, a m&aacute;s de 20 &iacute;tems. Es decir, una selecci&oacute;n estricta no podr&iacute;a excluir ni a <strong>Sarah Vaughan</strong> ni a <strong>Etta James</strong> ni a <strong>Louis Armstrong</strong> con el tr&iacute;o de <strong>Oscar Peterson</strong> ni a <strong>Nina Simone</strong>; all&iacute; deben poder compararse las dos lecturas del guitarrista <strong>Wes Montgomery</strong>, una en vivo en el Half Note de Nueva York con los geniales <strong>Wynton Kelly</strong> en piano, <strong>Paul Chambers</strong> en contrabajo y <strong>Jimmy Cobb</strong> en bater&iacute;a, en 1965, y la refinad&iacute;sima de 1967 &ndash;vilipendiada como &ldquo;comercial&rdquo; por los talibanes&ndash;, con arreglos de <strong>Don Sebesky</strong>; y no podr&iacute;an faltar <strong>Phil Woods</strong> convirti&eacute;ndola en vals, <strong>Stan Getz</strong> junto con <strong>Bob Brookmeyer</strong> en tromb&oacute;n a v&aacute;lvulas, <strong>Nancy Wilson</strong> con orquestaci&oacute;n de <strong>Billy May</strong>, en 1966, <strong>Dexter Gordon</strong> en estado de gracia y <strong>Art Tatum</strong> enrulando el rulo del intrincamiento r&iacute;tmico.
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    </figure><p class="article-text">
        <strong>Saul Bornstein</strong> era el editor que la hab&iacute;a rechazado, sobre todo por dos razones. Una, obvia, es que la autora &ndash;inusualmente tanto de la letra como de la m&uacute;sica&ndash; era una mujer. La segunda era la complejidad de sus cambios r&iacute;tmicos. Algo habr&iacute;a visto en ella, de todas maneras, porque decidi&oacute; consultar el tema con <strong>Irving Berlin</strong>, que fue quien la acept&oacute;. La canci&oacute;n ten&iacute;a una letra &ndash;y un t&iacute;tulo&ndash; bell&iacute;simos: &ldquo;Sauce, llora por m&iacute;. / Inclina tus ramas hasta el suelo y c&uacute;breme. / Escucha mi s&uacute;plica, / esc&uacute;chame, sauce, y llora por m&iacute;. / Se han ido mis dulces sue&ntilde;os, / hermosos sue&ntilde;os de verano. / Se han ido y me han dejado aqu&iacute; / para derramar mis l&aacute;grimas junto al arroyo&rdquo;. El sauce era el del Colegio Radcliff y no era la primera vez &ndash;ni ser&iacute;a la &uacute;ltima&ndash; en que ese &aacute;rbol que lleva el llanto en su nombre estar&iacute;a asociado a la canci&oacute;n. En el pen&uacute;ltimo acto de <em>Othello</em>, <strong>William Shakespeare</strong> indica que Desdemona debe cantar una antigua pieza tradicional, la &ldquo;Canci&oacute;n del sauce&rdquo; y, mucho despu&eacute;s, <strong>Carlos Guastavino</strong> compuso su notable &ldquo;La rosa y el sauce&rdquo;, con texto de <strong>Francisco Silva</strong>, y all&iacute; est&aacute;n tambi&eacute;n el sauce que llora a Eulogia Tapia en &ldquo;La pome&ntilde;a, del <strong>Cuchi Leguizam&oacute;n</strong> y <strong>Manuel Castilla</strong> y &rdquo;Willow&ldquo; de <strong>Taylor Swift</strong>. 
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    </figure><p class="article-text">
        La pieza de Rosenblatt fue firmada por <strong>Ann Ronell</strong>, por consejo de su amigo Gershwin, que hab&iacute;a nacido como Gershovitz. Ya con su nuevo nombre, ella acumul&oacute; varios &eacute;xitos y unos cuantos r&eacute;cords. Escribi&oacute; &ldquo;Who's Afraid of the Big Bad Wolf&rdquo;, la canci&oacute;n de los tres chanchitos para el film de animaci&oacute;n producido por <strong>Walt Disney</strong> en 1933. Fue la primera en componer m&uacute;sica y letra para una comedia de Broadway &ndash;<em>Count Me In</em>, de 1942&ndash; , la primera mujer en crear una partitura completa para el cine, en <em>The Story of G.I. Joe</em>, en 1945, y, en ese mismo film, en incluir una canci&oacute;n con los cr&eacute;ditos finales (&ldquo;Linda&rdquo;) y, de paso, en ser candidata al Oscar con ella. 
    </p><p class="article-text">
        Es habitual que las grandes versiones de un standard de jazz disminuyan con los a&ntilde;os. Las m&aacute;s recientes suelen pertenecer a grabaciones realizadas en Jap&oacute;n por artistas semi retirados o por debutantes sin mucho que decir al respecto. &ldquo;Willow Weep for Me&rdquo; es una excepci&oacute;n en varios aspectos, empezando por una cierta literalidad en las interpretaciones a la que parecen obligar la complejidad y la belleza del original. Pero el m&aacute;s llamativo es el inter&eacute;s de varias de las lecturas m&aacute;s o menos recientes: la de la cantante danesa <strong>Sinne Eeg</strong> con el contrabajista <strong>Thomas Fonnesbaek</strong>, la de la orquesta de <strong>Arturo O&rsquo;Farrill</strong> con <strong>Claudia Acu&ntilde;a</strong>, la de la inglesa <strong>Liane Carroll</strong> con el pianista <strong>Ian Shaw</strong>, la del saxofonista <strong>Jim Snidero</strong>, la del d&uacute;o de contrabajistas conformado por el legendario <strong>Ron Carter</strong> y <strong>Christian McBride</strong>, <a href="https://www.youtube.com/watch?v=A6AZGIgttqU" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la del noneto del trompetista argentino </a><a href="https://www.youtube.com/watch?v=A6AZGIgttqU" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><strong>Mariano Loi&aacute;cono</strong></a>, y la de <strong>Houston Person</strong>, uno de los h&eacute;roes del escritor <strong>Michael Connelly</strong> y de su creaci&oacute;n, el detective Harry Bosch. 
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    </figure><p class="article-text">
        Y, claro, la &uacute;ltima. La que acaba de aparecer. La que antecede al final de <em>Honora</em>, el &aacute;lbum en el que <strong>Flea</strong> (Michael Balzary), bajista y fundador de los Red Hot Chilli Peppers, mira al jazz con creatividad y sortea los dos riesgos m&aacute;s comunes en este tipo de abordajes. Ni intenta imitar al jazz ni busca hacer un disco de jazz para aquellos a los que no les gusta el jazz. &nbsp;Simplemente lee, desde su enciclopedia actual, el mundo que lo educ&oacute; sentimentalmente. Al fin y al cabo, el nombre de la banda que creo junto con <strong>Anthony Kiedis</strong>, <strong>Hilel Slovak</strong> y <strong>Jack Irons</strong> &ndash;luego reemplazados por <strong>John Frusciante</strong> y <strong>Chad Smith</strong>&ndash; remit&iacute;a a aquellos Red Hot Peppers con los que <strong>Jelly Roll Morton</strong> hab&iacute;a grabado entre 1926 y 1930. 
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        La familia de Honora, la tatarabuela de Flea, muri&oacute; de hambre en Irlanda. A ella la subieron a un barco, rumbo a Australia, y vivi&oacute; en la pobreza. En el t&iacute;tulo de su primer disco solista, un disco que mira al pasado sin mimetizarse con &eacute;l, el&nbsp;m&uacute;sico la recuerda. La mirada sobre ese viejo sauce mirado a su vez por Ann Ronell es ejemplar. Cita, a su manera, la frase con la que <strong>Gustav Mahler</strong> cit&oacute; a <strong>Thomas More</strong>: &ldquo;La tradici&oacute;n no es la adoraci&oacute;n de las cenizas sino la transmisi&oacute;n del fuego&rdquo;.&nbsp;All&iacute; est&aacute; la trompeta, el primer instrumento que &eacute;l toc&oacute; y con el que aqu&iacute; se reencuentra, evocando la sombra que el jazz dej&oacute; en &eacute;l. Es como un fantasma rodeado de otros. Hay sonidos del jazz. Hay gestos del jazz. Pero se trata de una obra personal &ndash;&iacute;ntima en el sentido m&aacute;s estricto del t&eacute;rmino&ndash; de un m&uacute;sico que naveg&oacute; con ventura entre el funk, el punk y el rock pesado y aqu&iacute;, simplemente, se deja llevar y deja que quienes tocan con &eacute;l lo acompa&ntilde;en en esa afortunada deriva. La electr&oacute;nica es una pieza fundamental del color logrado por el conjunto. El bajo el&eacute;ctrico, tocado por Flea, o el contrabajo de <strong>Anna Butters</strong> &ndash;para m&aacute;s detalles es la bajista de otro bajista, <strong>Paul McCartney</strong>&ndash;, las voces invitadas de <strong>Thom Yorke</strong> &ndash;que tambi&eacute;n toca teclados en &ldquo;Traffic Lights&rdquo;&ndash; y de <strong>Nick Cave</strong> &ndash;en &ldquo;Wichita Lineman&rdquo;&ndash;, la flauta alto de <strong>Rickey Washington</strong> &ndash;padre del saxofonista Kamasi y mentor de Flea en la trompeta&ndash; en &ldquo;Plea&rdquo;, m&aacute;s un amplio grupo de colaboradores, son parte esencial de <em>Honora</em>, un &aacute;lbum que, por suerte, no se parece a nada. Si se dijera de &eacute;l que es un disco de jazz ser&iacute;a falso. Si se dijera que el jazz all&iacute; est&aacute; ausente, tambi&eacute;n.
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/jazz-fantasmas-educacion-sentimental_129_13135635.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 11 Apr 2026 12:51:19 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El jazz, los fantasmas y la educación sentimental]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[George Gershwin,Flea]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[El silencio y la furia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/silencio-furia_129_13119179.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/841a168b-a8b3-40dc-8895-e79e10db29c6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El silencio y la furia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Woodstock y el ruido. Woodstock y lo que había sonado en 4 minutos y algo más en que no había sonado nada. Y, antes y después, una historia silenciosa que va desde Alphonse Allais y su “Marcha fúnebre para un gran hombre sordo” y el futuro imaginado por Erwin Schulhoff a Jonn Lennon y Yoko Ono, Wilco y más de 1000 artistas ingleses protestando contra la I.A. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        El <em>Festival de M&uacute;sica y Arte</em> de Woodstock, anunciado como &ldquo;una exposici&oacute;n de Acuario: tres d&iacute;as de paz y m&uacute;sica&rdquo;, no tuvo lugar en Woodstock sino 64 km al suroeste, en una granja de Bethel, en el condado de Sullivan del estado de Nueva York. Pero el nombre de ese pueblo del condado de Ulster qued&oacute; unido para siempre no solo al rock sino al momento en que, en 1969, una multitud festej&oacute; la lluvia y el canto comunitario, el propio hecho de estar all&iacute; y mucha de la mejor m&uacute;sica de tradici&oacute;n popular de la historia pero, tambi&eacute;n, a la vanguardia y el experimentalismo como algo cotidiano. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde el viernes 15 de agosto hasta la ma&ntilde;ana del lunes18 actu&oacute; una multitud de m&uacute;sicos muy j&oacute;venes, la mayor&iacute;a casi desconocidos y muy mal pagos &ndash;<strong>Carlos</strong> <strong>Santana</strong>, <strong>Joe Cocker</strong>, <strong>Melanie</strong>&ndash; y unas pocas estrellas: <strong>Creedence Clearwater Revival</strong>, <strong>Blood Sweat &amp; Tears</strong> &ndash;antes de caer en desgracia por haber actuado detr&aacute;s de la Cortina de Hierro con patrocinio de la CIA&ndash; y <strong>Jimi Hendrix</strong>. &nbsp;El concierto del guitarrista, junto con <strong>Mitch Mitchell</strong> en bater&iacute;a y <strong>Billy Cox</strong> en bajo, dur&oacute; dos horas. Iba a cerrar el festival en la noche del domingo pero finalmente subi&oacute; al escenario a las 9 de la ma&ntilde;ana del lunes. Ya quedaba, para ese momento, apenas una d&eacute;cima parte de los 400.000 asistentes. Pero 40.000 personas estaba lejos de ser una cifra menor si se piensa que aplaudieron al ruido mismo. Es cierto, lo que se escuchaba pod&iacute;a tomarse como una pieza descriptiva, casi cinematogr&aacute;fica. Remedaba las bombas y ametralladoras y, junto con la distorsi&oacute;n del Himno estadounidense, remit&iacute;a sin lugar a dudas a Vietnam. Pero se trataba, adem&aacute;s, de la ruptura; de la explosi&oacute;n literal del sonido convertida en objeto art&iacute;stico.
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    </figure><p class="article-text">
        No era la primera vez que el nombre de Woodstock, ese peque&ntilde;o pueblo donde el festival no tuvo lugar, estuvo unido a la transformaci&oacute;n no solo de la m&uacute;sica sino del pensamiento acerca de lo que la m&uacute;sica era &ndash;o pod&iacute;a ser&ndash;. Diecisiete a&ntilde;os antes, el 29 de agosto de 1952, posible pero no necesariamente en el otro extremo del ruido, en el peque&ntilde;o Maverick Concert Hall, un pianista llamado <strong>David Tudor</strong> &nbsp;no hab&iacute;a tocado nada durante cuatro minutos y treinta y tres segundos. El estreno de <em>4&rsquo;33&ldquo;</em>, una nueva composici&oacute;n de <strong>John Cage</strong>, fue parte de un concierto en que se hab&iacute;a presentado otra obra del mismo autor, <em>Water Music</em>, adem&aacute;s de una de un alumno suyo de 18 a&ntilde;os llamado <strong>Christian Wolff</strong>, otra de <strong>Morton Feldman</strong> y la primera <em>Sonata</em> de <strong>Pierre Boulez</strong>. La presentaci&oacute;n hab&iacute;a contado con el patrocinio de la Benefit Artists Welfare Fund, el p&uacute;blico era una audiencia interesada y familiarizada con el arte de vanguardia y, hasta la pen&uacute;ltima pieza, todas fueron calurosamente aplaudidas. Pero <em>4&rsquo;33&rdquo;</em>, fue un esc&aacute;ndalo. &ldquo;La gente empez&oacute; a susurrarse cosas y algunos se pararon para irse. Ninguno se rio. M&aacute;s bien se irritaron cuando se dieron cuenta de que no iba a pasar nada. A&uacute;n hoy no lo han olvidado&rdquo;, comentaba Cage, casi tres d&eacute;cadas despu&eacute;s.
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                John Cage en 1952                            </span>
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        <em>4&rsquo;33&ldquo;</em> no es necesariamente una composici&oacute;n para piano &ndash;o para el silencio de un piano y un pianista&ndash;. En realidad puede ser interpretada por cualquier instrumentista o cualquier grupo de instrumentistas siempre y cuando se cumplan ciertas condiciones: su divisi&oacute;n&nbsp;en tres movimientos &ndash;que suman los cuatro minutos con treinta y tres segundos del t&iacute;tulo&ndash;, separados por la se&ntilde;al de un reloj; la utilizaci&oacute;n de una partitura (en el estreno fueron varias hojas manuscritas por Cage, con m&uacute;sica efectivamente escrita para la ocasi&oacute;n), cuyas p&aacute;ginas son dadas vuelta cada vez que comienza un movimiento; y, sobre todo, que el int&eacute;rprete o grupo de int&eacute;rpretes no toquen ning&uacute;n sonido en sus instrumentos durante la obra. Cuatro minutos treinta y tres es una obra silenciosa. O todo lo contrario: una obra cargada con la imposibilidad del silencio. 
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a del estreno, en el primer movimiento son&oacute; el viento entre las hojas y, en el segundo, algunas gotas de lluvia que comenzaron a caer. Y, claro, el mismo p&uacute;blico. Un compositor que se opon&iacute;a a la idea de composici&oacute;n hab&iacute;a compuesto una obra que no estaba compuesta. Como estaba en contra de la idea de repertorio hab&iacute;a dise&ntilde;ado algo que no pod&iacute;a entrar en el repertorio y como polemizaba con los int&eacute;rpretes perge&ntilde;&oacute; una m&uacute;sica que no pod&iacute;a ser interpretada. John Cage discut&iacute;a tambi&eacute;n el tiempo y esa obra ten&iacute;a una duraci&oacute;n totalmente arbitraria (m&aacute;s adelante Cage dijo, en un reportaje, que en ese momento ya ni siquiera indicar&iacute;a un tiempo preciso). Cuestionaba la idea del sonido reglamentado y lo omit&iacute;a, rechazaba la repetici&oacute;n y esa era una obra que no pod&iacute;a (o no deb&iacute;a) repetirse &ndash;o que nunca podr&iacute;a ser la misma una vez que se conociera lo que all&iacute; suceder&iacute;a&ndash;. Pon&iacute;a en tela de juicio el rito del concierto burgu&eacute;s y esa era una &ldquo;composici&oacute;n&rdquo; que jam&aacute;s podr&iacute;a congeniar con ese rito. Romp&iacute;a con el m&aacute;s sagrado de los dioses, aun para los m&aacute;s vanguardistas: el derecho de autor. Y no pod&iacute;a grabarse en disco &ndash;aunque, cr&eacute;ase o no, hay versiones discogr&aacute;ficas&ndash;. Pero adem&aacute;s conectaba al p&uacute;blico que as&iacute; lo quisiera con su propio sonido interior. Y con el ordenamiento que su mente y su sensibilidad hicieran de lo que sonara alrededor. Fue la obra que instituy&oacute; el silencio como hecho sonoro. No fue la primera. Tampoco fue la &uacute;ltima.
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                Erwin Schulhoff                            </span>
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        <strong>Erwin Schulhoff</strong> hab&iacute;a nacido en 1894 en Praga, en ese entonces capital de Bohemia, en el Imperio Austroh&uacute;ngaro. En la Gran Guerra, que acab&oacute; con dicho imperio, fue soldado para su ej&eacute;rcito y acab&oacute; prisionero en Italia. Un a&ntilde;o despu&eacute;s, en 1919, se presentaba como pianista en Alemania y acompa&ntilde;aba sus actuaciones con un Manifiesto: &ldquo;El arte absoluto es revoluci&oacute;n, requiere facetas adicionales para su desarrollo, conduce al derrocamiento (golpes de estado) para abrir nuevos caminos &ndash; y es a&uacute;n m&aacute;s poderoso en la m&uacute;sica&ndash;. La idea de revoluci&oacute;n en el arte ha evolucionado durante d&eacute;cadas, bajo cualquier sol en que hayan vivido los creadores, en el sentido de que, para ellos, el arte es lo com&uacute;n del hombre. Esto es particularmente cierto en la m&uacute;sica, porque esta forma de arte es la m&aacute;s viva y, como resultado, refleja la revoluci&oacute;n con mayor fuerza y profundidad: la completa evasi&oacute;n de la tonalidad y el ritmo imperialistas, el ascenso hacia un cambio ext&aacute;tico para mejor&rdquo;. De ese a&ntilde;o son su <em>Sonata Er&oacute;tica</em> (para voz femenina sola), donde la partitura detalla el ritmo y las alturas de un orgasmo de m&aacute;s de tres minutos, y sus <em>Cinco Pintorescas</em> (<em>F&uuml;nf Pittoresken</em>) para piano. &nbsp;Son piezas breves y todas, menos una, refieren a m&uacute;sicas populares, que, para la tradici&oacute;n centroeuropea, ten&iacute;an una poderosa fuerza disruptiva. Sus t&iacute;tulos eran &ldquo;Foxtrott&rdquo;, &ldquo;Ragtime&rdquo;, &ldquo;In Futurum&rdquo;, &ldquo;One-Step&rdquo; y &ldquo;Maxixe&rdquo;. La composici&oacute;n central, por su t&iacute;tulo y su contenido, pod&iacute;a, como la versi&oacute;n de Hendrix del <em>Himno estadounidense</em>, tomarse como un comentario sobre la guerra&nbsp;reci&eacute;n acabada. Y sobre la herencia que legaba. La partitura parece una notaci&oacute;n para piano, aunque invierte la posici&oacute;n entre ambos pentagramas, poniendo en el superior una clave de fa y en el otro la de sol. Un texto en italiano indica: &ldquo;Toda la pieza con expresi&oacute;n y sentimiento ad libitum, hasta el final&rdquo;. No hay notas sino silencios pero mani&aacute;ticamente escritos con intrincad&iacute;simos cambios de acentuaci&oacute;n y en compases imposibles. Por a&ntilde;adidura, inventa all&iacute; los emoticones. La escritura musical es comentada por caritas sonrientes o afligidas. Y, obviamente, se trata de una pieza silenciosa. 
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                Partitura de In Futurum, de Erwin Schulhoff                            </span>
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    </figure><p class="article-text">
        Schulhoff fue considerado un &ldquo;m&uacute;sico degenerado&rdquo; en Alemania y volvi&oacute; a su ciudad natal, para ese entonces ya la capital de un nuevo pa&iacute;s llamado Checoeslovaquia. All&iacute; sobrevivi&oacute; como pianista de radio, y entre otras cosas, en 1932 puso m&uacute;sica al <em>Manifiesto Comunista</em>. A partir de 1939, con la invasi&oacute;n alemana, debi&oacute; componer en secreto y actuar con seud&oacute;nimos. En 1941 la Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica resolvi&oacute; favorablemente su petici&oacute;n de ciudadan&iacute;a pero no lleg&oacute; a emigrar. En junio de ese a&ntilde;o fue capturado y deportado al campo de concentraci&oacute;n de W&uuml;lzburg, cerca de Wei&szlig;enburg, en Bavaria. All&iacute; muri&oacute;, de tuberculosis, el 18 de agosto de 1942.
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    </figure><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; del uso consciente del silencio como elemento musical, en las obras de <strong>Carl Philipp Emanuel Bach</strong> o <strong>Ludwig Van Beethoven</strong>, antes y despu&eacute;s de Cage hubo otros silencios. El del escritor <strong>Alphonse Allais</strong>, en su &ldquo;Marcha f&uacute;nebre para un gran hombre sordo&rdquo;, de 1897, donde un grupo de m&uacute;sicos s&oacute;lo debe mover las manos y contar los compases, &ldquo;M&uacute;sica silenciosa&rdquo;, escrita por <strong>Raymond Scott</strong> en 1941, en que los &uacute;nicos sonidos son los de las llaves de los instrumentos de viento (que no son soplados) y el susurro de unas escobillas inm&oacute;viles sobre un tambor, &nbsp;la &ldquo;Sinfon&iacute;a Mon&oacute;tona y Silenciosa&rdquo;, de <strong>Yves Klein</strong>, compuesta en 1949, donde a un movimiento de 20 minutos con un solo acorde sucede otro de la misma duraci&oacute;n pero en silencio y, dede ya, las <em>3 Bagatelas para David Tudor</em> de <strong>Gy&ocirc;rgi Ligeti</strong>. Y hay tambi&eacute;n, desde ya, ejemplos notables en la m&uacute;sica de tradici&oacute;n popular y sus sat&eacute;lites en el campo de lo ambiental y el electropop. &ldquo;18 Sek&uacute;ndur fyrir s&oacute;laruppr&aacute;s&rdquo; (18 segundos antes de la sonrisa) del grupo island&eacute;s <strong>Sigur R&oacute;s</strong> ,&ldquo;23 Seconds of Silence&rdquo; de <strong>Wilco</strong> (en <em>Summerteeth</em>), y &ldquo;42 Minutes of Silence&rdquo; de <strong>Milosh</strong>, los 4 segundos de &ldquo;Nutopian International Anthem&rdquo; de <strong>John Lennon</strong> en <em>Mind Games</em> y, de &eacute;l junto con <strong>Yoko Ono</strong>, &ldquo;Two Minutes Silence&rdquo; (incluido en <em>Unfinished Music No. 2: Life with the Lions</em>)&nbsp;son algunos de ellos. Del lado del jazz, all&iacute; est&aacute; &ldquo;Leucocyte II: Ad Interim&rdquo; de <strong>E.S.T.</strong> (Esbj&ouml;rn &nbsp;Svensson Trio) con su minuto de silencio entre las ruidosas &nbsp;&ldquo;Leucocyte I: Ab Initio&rdquo; y &nbsp;&ldquo;Leucocyte III: Ad mortem&rdquo;, en el &aacute;lbum <em>Leucocyte</em>, de 2008. 
    </p><p class="article-text">
        El silencio como posible respuesta a aquella frase que cerraba <em>Cr&iacute;tica cultural y sociedad</em>, del fil&oacute;sofo <strong>Theodor Adorno</strong>, donde se dec&iacute;a que escribir poes&iacute;a despu&eacute;s de Auschwitz era un acto de barbarie. Como expresi&oacute;n de una imposibilidad o de una puerta a un universo poblado de posibilidades y, tambi&eacute;n, como medio de protesta. En 1980 se edit&oacute; <em>The Wit and Wisdom of Ronald Reagan</em> (El ingenio y la sabidur&iacute;a de Ronald Reagan). Fue publicado, en una tirada reducida y nunca reeditado, por Magic Records, un sello creado espec&iacute;ficamente para esta publicaci&oacute;n. Conten&iacute;a dos pistas, cada una de 20 minutos de duraci&oacute;n, dedicada una al ingenio y la otra a la sabidur&iacute;a del presidente mentado. Y, ya lo han adivinado, conten&iacute;an solo silencio. &nbsp;M&aacute;s recientemente, en 2025, m&aacute;s de mil artistas, entre ellos <strong>Kate Bush</strong>, <strong>Damon Albarn</strong> y <strong>Annie Lennox</strong>, firmaron una edici&oacute;n de Virgin Music Group en contra de la utilizaci&oacute;n pirata de sus obras en el entrenamiento de la I.A. Entre todos los t&iacute;tulos del disco se forma la frase: &ldquo;El gobierno brit&aacute;nico no debe legalizar el robo de m&uacute;sica para beneficiar a las compa&ntilde;&iacute;as de I.A.&rdquo; El &aacute;lbum se llama <em>Is This What We Want?</em> y no hay all&iacute; sonido alguno. 
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    </figure><p class="article-text">
        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/silencio-furia_129_13119179.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 04 Apr 2026 13:33:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Woodstock,Jimi Hendrix,John Cage]]></media:keywords>
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    <item>
      <title><![CDATA[La imagen del sonido]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/imagen-sonido_129_13087084.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2eddde0d-c2ef-4dc7-a087-c6f5f99bd913_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La imagen del sonido"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los premios Oscar y dos músicas para el cine que resultan protagonistas. El blues y "Sinners" y el terror. Jonny Greenwood en "One Battle After Another" y Alain Resnais en el fondo. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        Una mezcla de mujer y ni&ntilde;a. Alguien que vest&iacute;a vestidos cort&iacute;simos y a quien, en algunos de los cortometrajes que protagonizaba, se le llegaba a ver la ropa interior. Un personaje perverso, cuyos films, casi un siglo despu&eacute;s, ganar&iacute;an con facilidad el premio a la acumulaci&oacute;n de incorrecciones pol&iacute;ticas. Con sus grandes ojos de nena ribeteados por un abundante maquillaje de adulta, ella tarareaba, como para s&iacute;, unas pocas s&iacute;labas, &ldquo;boop-boop-a-boop&rdquo;. Imitaba, en su aspecto y en ese murmullo musical con voz aguda &ndash;de ni&ntilde;a-mujer&ndash; a una estrella, <strong>Helen Kane</strong>, que acab&oacute; haci&eacute;ndole juicio a sus creadores, el productor <strong>Max Fleischer</strong> y el dibujante <strong>Grim Natwick</strong>. Ella, <strong>Betty Boop</strong>, vestida de exploradora, era capturada por una tribu de antrop&oacute;fagos africanos, mientras la cara de otro negro, en este caso nacido en losEstados Unidos y llamado <strong>Louis Armstrong</strong>, corr&iacute;a tras sus posibles salvadores, Bimbo y Koko el clown, y cantaba desde el cielo, un blues: &ldquo;Ser&eacute; feliz cuando mueras&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>Betty Boop con Louis Armstrong, 1932</em>
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        <em>Helen Kane, la verdadera Betty Boop</em>
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    </figure><p class="article-text">
        La escena era terror&iacute;fica. El film era de 1932 y no fue la &uacute;nica vez en que ese g&eacute;nero triste &ndash;la asociaci&oacute;n entre la palabra blue y el color azul con la melancol&iacute;a ven&iacute;a del romanticismo ingl&eacute;s&ndash; tuvo connotaciones ligadas al horror, lo diab&oacute;lico o lo sobrenatural. En 1936, <strong>Robert Johnson</strong> grab&oacute; por primera vez &ldquo;Cross Road Blues&rdquo; (Blues del cruce de caminos) y aunque la letra nada dec&iacute;a al respecto todos supieron que all&iacute;, en esa encrucijada, era donde Johnson le hab&iacute;a entregado al diablo su alma a cambio del talento. La canci&oacute;n se convirti&oacute; en un cl&aacute;sico de la cultura afro norteamericana y fue resucitada por el tr&iacute;o ingl&eacute;s <strong>Cream</strong>, como apertura del segundo disco del &aacute;lbum <em>Wheels of Fire</em> &ndash;grabado en vivo&ndash;, en 1968. El guitarrista del grupo, <strong>Eric Clapton</strong>, volvi&oacute; a tocar el tema infinidad de veces y otro tr&iacute;o, los canadienses <strong>Rush</strong>, revisitaron la versi&oacute;n de Cream en el disco <em>Feedback</em>, de 2004. 
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        La pel&iacute;cula <em>Sinners</em>, nominada a 16 premios en la &uacute;ltima edici&oacute;n de los Oscars &ndash;un r&eacute;cord&ndash;, gan&oacute;, finalmente, s&oacute;lo cuatro, entre ellos a mejor banda sonora. Dirigida, escrita y producida por <strong>Ryan Coogler</strong> y protagonizada por <strong>Michael B. Jordan</strong> &ndash;que personifica a dos hermanos gemelos y gan&oacute; otro de los Oscars del a&ntilde;o&ndash; es, entre muchas otras cosas, un film de terror. Transita, sin embargo, por cuanto g&eacute;nero existe &ndash;y ese es uno de sus atractivos&ndash; aunque tiene un ancla: el blues. Los hay antiguos y nuevos; se mezclan con el gospel, con el rap y con otros g&eacute;neros folkl&oacute;ricos del sur profundo de Norteam&eacute;rica. Pero alcanzan para situar el mundo en el Mississippi de 1932 &ndash;el mismo a&ntilde;o en que Armstrong aterrorizaba a Betty Boop&ndash; y, sobre todo, al blues como uno de los ingredientes fundamentales de la relaci&oacute;n entre los seres humanos y el mal absoluto &ndash;una relaci&oacute;n que ha sido abundantemente explorada por <strong>Stephen King</strong>&ndash;.
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                Banner dibujito ok                            </span>
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        La m&uacute;sica de <em>Sinners</em> incluye aquello que fue compuesto especialmente por <strong>Ludwig G&ouml;ransson</strong> y lo que fue interpretado por artistas extraordinarios como <strong>Rhiannon Giddens</strong> y <strong>Justin Robinson</strong> (fundadores del grupo <strong>Carolina Chocolate Drops</strong>), una larga lista de grandes guitarristas, entre ellos <strong>Buddy Guy</strong>, <strong>Eric Gales</strong> y <strong>Christone &ldquo;Kingfish&rdquo; Ingram</strong>, m&aacute;s un &iacute;cono del Rhythm &amp; Blues como <strong>Raphael Saadiq</strong>, la cantante <strong>Brittany Howard</strong>, de los <strong>Alabama Shakes</strong>, el autor y cantantebrit&aacute;nico <strong>James Blake</strong>, <strong>Jerry Cantrell</strong>, de <strong>Alice in Chains</strong>, y <strong>Lars Ulrich</strong> de <strong>Metallica</strong>.
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        Otra de las m&uacute;sicas originales nominadas al Oscar fue la que <strong>Jonny Greenwood</strong> cre&oacute; para <em>One Battle After Another</em>, el film de <strong>Paul Thomas Anderson</strong> que gan&oacute; los premios a mejor pel&iacute;cula, mejor director y mejor actor secundario entre otros. La adaptaci&oacute;n de la novela <em>Vineland</em>, de <strong>Thomas Pynchon</strong>, que los tiempos de Trump volvieron costumbrista, establece con la obra de Greenwood una clase de relaci&oacute;n totalmente distinta que la habitual no s&oacute;lo en Hollywood sino en casi toda la historia del cine. La m&uacute;sica no ambienta &ndash;salvo en contadas ocasiones&ndash; sino que dibuja otra voz narrativa, uniendo escenas o fragment&aacute;ndolas. El uso de una guitarra desafinada, del ostinato del piano o de las cuerdas y un tr&aacute;nsito fluido entre lo tonal y lo atonal &ndash;algo frecuente, no obstante, en los trabajos para el cine de quien fue socio fundador de <strong>Radiohead</strong> y del tr&iacute;o <strong>Smile</strong>&ndash; remite, eventualmente, a <em>Muriel</em>, de <strong>Alain Resnais</strong>, un film ejemplar &ndash;y por momentos incomod&iacute;simo&ndash; que puede verse en Mubi y en que la m&uacute;sica, creada por el compositor <strong>Hans Wener Henze</strong>, corre con el mismo riesgo est&eacute;tico que el guion y la imagen.
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    </figure><p class="article-text">
        Estrenada en 1963, <em>Muriel, </em>una pel&iacute;cula en que la m&uacute;sica no puede no ser notada, fue festejada ampliamente por la revista <em>Cahiers du Cinema</em>, que ya hab&iacute;a anticipado el estreno con dos art&iacute;culos en el n&uacute;mero de agosto de ese a&ntilde;o &ndash;la relaci&oacute;n entre esa publicaci&oacute;n y la nueva ola del cine franc&eacute;s puede disfrutarse en la exquisita <em>Nouvelle Vague</em>, dirigida por <strong>Richard Linklater</strong>&ndash;. La extensa cr&iacute;tica asegura que no se trata s&oacute;lo del film m&aacute;s bello de Resnais sino del &uacute;nico. &ldquo;Los otros, si se quiere &ndash;dice&ndash;, son s&oacute;lo bocetos, borradores, apuntes, anuncios&rdquo;. All&iacute; se hace un pormenorizado an&aacute;lisis de los aspectos simb&oacute;licos, de la relaci&oacute;n del director y sus personajes con la memoria y con lo no dicho, del peso de la guerra de Argelia, de las im&aacute;genes y de las actuaciones. Como suele suceder, la m&uacute;sica no se menciona ni una sola vez.
    </p><p class="article-text">
        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/imagen-sonido_129_13087084.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 21 Mar 2026 13:41:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Premios Oscar,Banda sonora,Thomas Pynchon]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El garage norteamericano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/garage-norteamericano_129_13068451.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c6d3d83f-c36f-4159-8d78-5c89b06e6c03_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El garage norteamericano"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El nuevo disco de Pat Metheny. Un álbum con grandes solistas jóvenes. Una grabación en grupo. Y un músico de 71 años de trayectoria asombrosa. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        Si <strong>Pat Metheny</strong> s&oacute;lo fuera el del solo en &ldquo;My One and Only Love&rdquo;, en el primer disco a su nombre de <strong>Michael Brecker</strong>, donde directamente inventa una nueva canci&oacute;n sobre otra, ser&iacute;a suficiente. All&iacute; hac&iacute;a lo &uacute;nico que era posible, despu&eacute;s del volc&aacute;nico preludio a solas del saxofonista. Algo que, por otra parte, s&oacute;lo podr&iacute;a hab&eacute;rsele ocurrido a &eacute;l y, desde ya, qu&eacute; s&oacute;lo &eacute;l podr&iacute;a haber sido capaz de tocar.
    </p><p class="article-text">
        Si se tratara &uacute;nicamente del guitarrista que grab&oacute; &ldquo;This is Not America&rdquo; junto con <strong>David Bowie</strong>, de aquel para quien <strong>Steve Reich</strong> escribi&oacute; <em>Electric Conterpoint</em>, del que colabor&oacute; con <strong>John Zorn</strong> en el volumen 20 de <em>Book of Angels</em>, con <strong>Ornette Coleman</strong> en <em>Song X</em> o con <strong>Milton Nascimento</strong> en &ldquo;Vidro e corte&rdquo;; si no hubiera otra cosa que sus d&uacute;os &ndash;con el contrabajista <strong>Charlie Haden</strong>, con el saxofonista <strong>Joshua Redman</strong>, en &ldquo;Tears from Heaven&rdquo;, con los guitarristas <strong>Jim Hall</strong>, <strong>Toninho Horta</strong> o <strong>John Scofield</strong> o con <strong>Tom Jobim</strong>, en vivo en el Carnegie Hall&ndash; o sus tr&iacute;os, con <strong>Jaco Pastorius</strong> y <strong>Bob Moses</strong>, con Haden y <strong>Billy Higgins</strong> o con <strong>Dave Holland</strong> y <strong>Roy Haynes</strong>, o el grupo de <em>Shadows and Light</em>, de <strong>Joni Mitchell</strong>, o el cuarteto en el que toc&oacute; con <strong>Sonny Rollins</strong>, en <em>Live Under the Sky &lsquo;83</em>, ya se tratar&iacute;a de uno de los m&uacute;sicos m&aacute;s importantes del &uacute;ltimo medio siglo. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Pero Metheny, que acaba de publicar <em>Side Eye III+</em>, un disco nuevo y magn&iacute;fico, es quien naturaliz&oacute; la m&aacute;s sorprendente de las imaginaciones mel&oacute;dicas en la improvisaci&oacute;n, quien integr&oacute; el rasguido del folk del medio oeste estadounidense al universo de la guitarra del jazz, el que invent&oacute; la m&uacute;sica m&aacute;s dif&iacute;cil y compleja de hacer y m&aacute;s f&aacute;cil de escuchar y, lejos del &uacute;ltimo lugar en importancia, el que amalgam&oacute; las m&uacute;sicas m&aacute;s populares con las estructuras m&aacute;s complejas y cre&oacute; el sonido de un nuevo &ndash;e hipot&eacute;tico&ndash; garage musical norte americano. 
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        Ni&ntilde;o prodigio, formado sentimentalmente por <strong>The Beatles</strong>, <strong>Wes Montgomery</strong> y <strong>Miles Davis</strong>, becado por la revista <em>DownBeat</em> a los 15 a&ntilde;os y maestro en la escuela Berklee de Boston antes de cumplir los 16, Metheny, ahora con 71 a&ntilde;os y una de las carreras m&aacute;s extraordinarias e inabarcables que pueda imaginarse, grab&oacute; un disco en grupo. Y, como en el anterior &ndash;<em>Side-Eye NYC (V1.IV)</em>&ndash;, registrado en vivo en 2021,los m&uacute;sicos con los que toca son jovenc&iacute;simos: el tecladista <strong>Chris Fishman</strong> &ndash;un heredero natural de <strong>Lyle Mays</strong>&ndash;, el notable bajista <strong>Daryl Johns</strong>, el baterista <strong>Joe Dyson</strong> y <strong>Luis Conte</strong> en percusi&oacute;n. Y algo fundamental lo une a aquel grupo que sali&oacute; al ruedo con el austero nombre de <strong>Pat Metheny Quartet</strong> y revolucion&oacute; el mundo del jazz con su disco siguiente, <em>American Garage</em>, grabado en junio de 1979. Un &aacute;lbum que aliment&oacute; las pol&eacute;micas en la <em>DownBeat</em> durante varios meses &ndash;&iquest;era demasiado comercial? &iquest;No se trataba de jazz? &iquest;Pod&iacute;a ser bueno si era (aparentemente) tan sencillo?&ndash; &nbsp;y que, en todo caso, fund&oacute; una honorable dinast&iacute;a a la que pertenecen <em>Offramp</em>, publicado en 1982, sus exitos&iacute;simos,&nbsp;<em>Still Life Talking</em> y <em>Letter From Home</em>, registrados en 1987 y 1989 respectivamente. 
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; de las cualidades de los solistas, que son muchas, se trata de un grupo. El poderosos impulso de la secci&oacute;n r&iacute;tmica, la interrelaci&oacute;n entre el bajo, los teclados y la guitarra, la intrincada, y a la vez fluida, superposici&oacute;n de patrones r&iacute;tmicos, los pasajes sin costuras entre la escritura y la improvisaci&oacute;n y el ajuste portentoso lo ponen en escena. 
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        El principio, con &ldquo;In on It&rdquo; funciona como una erupci&oacute;n. En &ldquo;Don&rsquo;t Look Down&rdquo;, un valsecito a lo <strong>Bill Evans</strong>, se manifiesta el lirismo de Metheny en todo su esplendor y el tercer tema del disco, &ldquo;Make a New World&rdquo;, ya desde su t&iacute;tulo funciona como una metonimia no s&oacute;lo del &aacute;lbum sino de toda la trayectoria del guitarrista. Se trata, en todo caso, de un disco ejemplar de un m&uacute;sico que sorprendi&oacute; en sus comienzos &ndash;el cuarteto con el pianista <strong>Paul Bley</strong>, Pastorius y <strong>Bruce Ditmas</strong>, grabado poco antes de cumplir 20 a&ntilde;os, su extraordinario <em>Bright Size Life</em>, con Pastorius y Moses, sus participaciones en el grupo de <strong>Gary Burton</strong>&ndash; y sigue haci&eacute;ndolo ahora, tan joven como siempre. El gran compositor italiano <strong>Luciano Berio</strong> hab&iacute;a dicho de &eacute;l, en los comienzos del siglo XXI, que era &ldquo;el m&uacute;sico m&aacute;s importante del momento&rdquo;. Y el momento contin&uacute;a. 
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/garage-norteamericano_129_13068451.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 14 Mar 2026 13:43:02 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El garage norteamericano]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Pat Metheny,Gary Burton,Jaco Pastorius]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Celebración de la intimidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/celebracion-intimidad_129_13029741.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/683c20b5-b60b-4f12-899a-416a356eb241_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Celebración de la intimidad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Dee Dee Bridgewater es una leyenda viva, con más de 50 años de carrera y tres Grammys y un Tony en su haber. Bill Charlap es uno de los grandes pianistas del momento. Juntos, y a solas, actuarán el próximo 12 de marzo en el Teatro Coliseo. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Hab&iacute;a estado en una niebla creativa. Entonces, durante la pandemia, ve&iacute;a muchos artistas haciendo cosas y realmente no ten&iacute;a deseos de nada&rdquo;, contaba <strong>Dee Dee Bridgewater</strong> a la revista inglesa Jazzwise, en mayo de 2024. Antes, mucho antes para las leyes del mercado, hab&iacute;a grabado un disco ejemplar. <em>Memphis</em>&hellip;<em>Yes, I&rsquo;m Ready</em>, rend&iacute;a homenaje al soul y el rhythm &amp; blues del Sur Profundo, de <strong>Big Mama Thornton </strong>a <strong>B. B. King</strong>, y, en gran medida, hab&iacute;a sido la despedida a su madre, a la que hab&iacute;a cuidado los diez &uacute;ltimos a&ntilde;os de su vida. Y despu&eacute;s de siete a&ntilde;os de silencio, la artista con m&aacute;s de medio siglo de carrera, ganadora de tres Grammys como cantante y un Tony como actriz, doctora honoraria en el Colegio Berklee de M&uacute;sica y la Universidad de Michigan, tuvo una epifan&iacute;a. &ldquo;Estaba sentada en mi sof&aacute; y mi voz interior dijo &lsquo;<strong>Bill Charlap&rsquo;</strong>&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se imagin&oacute; cantando junto al gran pianista y se lo dijo a su agente. &ldquo;Es interesante &ndash;dijo &eacute;l&ndash; porque tambi&eacute;n soy su representante&rdquo;. &ldquo;&iquest;Podr&iacute;as preguntarle si quiere hacer un par de shows conmigo?&rdquo;, pregunt&oacute; Dee Dee. No se trat&oacute; de unas pocas actuaciones sino de una alianza duradera. El a&ntilde;o pasado lleg&oacute; un disco, <em>Elemental</em>. Y Charlap, que en 2025 brind&oacute;, junto con su tr&iacute;o, una serie de actuaciones memorables en BeBop, el club de jazz de la calle Uriarte al 1600, vuelve ahora con ella para presentarse el pr&oacute;ximo jueves 12 en el Teatro Coliseo (Marcelo T. de Alvear 1125). Nacida como Denise Eileen Garrett, hija del trompetista <strong>Matthew Garrett</strong>, ex esposa de otro trompetista, <strong>Cecil Bridgewater</strong> &ndash;de quien le qued&oacute; el apellido&ndash; y madre de la notable cantante y productora <strong>China Moses</strong>, Dee Dee, que cant&oacute; con el quinteto de <strong>Horace Silver</strong> en 1970, que en los primeros a&ntilde;os de esa d&eacute;cada se present&oacute; con la c&eacute;lebre orquesta residente del Village Vanguard, dirigida por <strong>Thad Jones</strong> y <strong>Mel Lewis</strong>, que registr&oacute; su primer disco hace 52 a&ntilde;os y que tuvo a <strong>Ray Charles</strong> como invitado en la grabaci&oacute;n de &ldquo;Till the Next&hellip;Somewhere&rdquo;, inluida en el &aacute;lbum <em>Precious Thing</em>, de 1989, sabe que pertenece a una generaci&oacute;n de leyendas. Y es absolutamente consciente del paso del tiempo. &ldquo;Nuestras leyendas se est&aacute;n muriendo&rdquo;, dice. &ldquo;Perdimos a <strong>Chick (Corea)</strong>; perdimos a <strong>Wayne (Shorter)</strong>; <strong>Herbie (Hancock)</strong> tiene 85 a&ntilde;os. La m&uacute;sica, en general, est&aacute; girando hacia mundos nuevos. Es dif&iacute;cil categorizar el presente. Y esto sucede en todos los g&eacute;neros. Hasta el country, que es esencialmente conservador, est&aacute; cambiando. Siempre fue un g&eacute;nero blanco y hasta racista y ahora hay all&iacute; artistas afroamericanos. La m&uacute;sica, desde el principio de los tiempos, jam&aacute;s se qued&oacute; quieta. Y no veo por qu&eacute; lo har&iacute;a ahora.&rdquo;
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        Por lo pronto, lo que es evidente es que quien no se ha quedado quieta es ella. Una recorrida por su discograf&iacute;a, por ejemplo, muestra piezas netamente enfcadas en el soul y el rhythm &amp; blues &ndash;el citado <em>Precious Things</em>, por ejemplo&ndash;, otros puntillosamente cifrados en el jazz, como su homenaje a <strong>Ella Fitzgerald</strong> o su tributo a <strong>Horace Silver</strong> &ndash;<em>Dear Ella</em>, de 1997, <em>Love and Peace</em>, de 1995&ndash;, algunos cercanos al jazz-rock &ndash;<em>Just Family</em>, grabado en 1977 con un grupo que inclu&iacute;a a Chick Corea, <strong>George Duke</strong>, <strong>Stanley Clarke</strong>, <strong>Harvey Mason</strong> y <strong>Airto Moreira</strong>&ndash;&nbsp;y, tambi&eacute;n, una inmersi&oacute;n en los folklores de Mal&iacute; y en el llamado blues del desierto &ndash;en <em>Red Earth: A Malian Journey</em>, grabado en agosto de 2006, donde participan <strong>Cheick-Tidiane Seck</strong> y <strong>Toumani Diabate</strong>, entre otros&ndash;. El presente tiene que ver con una celebraci&oacute;n de la intimidad. Y, sobre todo, de aquello que sigue siendo la c&eacute;lula b&aacute;sica del jazz &ndash;y, tal vez, de todas las m&uacute;sicas&ndash;: escucharse. &ldquo;Cada uno conf&iacute;a en el otro&rdquo;, explicaba, a la revista JazzTimes, Charlap, quien, desde ya, es algo muy distinto a un mero acompa&ntilde;ante. &ldquo;Encontramos que hab&iacute;a qu&iacute;mica entre nosotros. Algo que s&oacute;lo se desarrolla con el tiempo y que para nosotros fue instant&aacute;neo. A partir de all&iacute; pudimos aprender la confianza mutua&rdquo;. 
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        <em>DF/MF</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/celebracion-intimidad_129_13029741.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 28 Feb 2026 17:24:52 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Celebración de la intimidad]]></media:title>
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      <title><![CDATA[El tango y sus edades]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tango-edades_129_13010741.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/011b4daf-828c-4521-92b6-102ea4d3ab0b_16-9-discover-aspect-ratio_default_1137172.jpg" width="4014" height="2258" alt="El tango y sus edades"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Sergio Pujol acaba de publicar una historia tan atractiva como imprescindible. Cuenta, por primera vez, con rigor de investigador y pasión de amante del género, los cambios y persistencias de una música y sus relaciones con el contexto, a lo largo de poco más de un siglo. Y, también, habla de una palabra que, a pesar de todo, define una identidad.</p></div><p class="article-text">
        Toda investigaci&oacute;n parte de un enigma. De algo que no acaba de cuadrar del todo. Y todo buen libro, como demostr&oacute; <strong>Jorge Luis Borges</strong>, es como una investigaci&oacute;n. <em>Las edades del tango</em>, de <strong>Sergio Pujol</strong>, es ambas cosas: una pregunta inicial que nutre todo el relato &ndash;y una investigaci&oacute;n&ndash; y un libro extraordinario, en el sentido m&aacute;s preciso. Algo que inaugura una categor&iacute;a. Algo que no exist&iacute;a antes de que alguien lo pusiera en &oacute;rbita. 
    </p><p class="article-text">
        Existe el tango, desde ya. Y existen sus historias, las que ya han sido escritas, que Pujol recorre y analiza exhaustivamente. Pero esta, que habla de sus edades &ndash;no sus &eacute;pocas, remarca el autor en una conversaci&oacute;n con <strong>elDiarioAR</strong>&ndash; se trata de otra cosa. Est&aacute; contada por alguien que indudablemente ama esta m&uacute;sica, y la conoce con profundidad, pero su punto de vista no es el del fan. No hay aqu&iacute; vidas de santos, ni relatos hollywoodenses acerca de luchas contra dragones, reales o imaginarios. Tampoco se trata de mitolog&iacute;as, aunque ellas aparecen. No como explicaci&oacute;n sino como objeto de estudio. Su autor hace, en rigor, lo que viene haciendo desde aquel fundante <em>Las canciones del inmigrante</em>, que public&oacute; hace ya casi cuarenta a&ntilde;os: escribir sobre las m&uacute;sicas y su relaci&oacute;n con la sociedad y hacerlo, al mismo tiempo, con el m&aacute;ximo de los rigores &ndash;y desde la investigaci&oacute;n y los documentos, esa rareza&ndash; y con la mayor de las simplezas posibles.
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        &ldquo;Mi aprendizaje fue el periodismo&rdquo;, dice, y habr&iacute;a que agregar la docencia, que ejerce desde hace m&aacute;s de dos d&eacute;cadas como profesor de <em>Historia del Siglo XX </em>en la Facultad de periodismo y comunicaci&oacute;n de la Universidad de La Plata, la ciudad donde naci&oacute; y en la que vive. En ambas disciplinas no se puede &ndash;o no se debe&ndash; decir aquello que no est&eacute; fundamentado y, en las dos, lo que se dice tiene un interlocutor. Busca ser comunicado. 
    </p><p class="article-text">
        En Qatar, en 2022, Argentina gana su tercer Mundial. La conquista es &eacute;pica. Se dice, y posiblemente sea cierto, que se ha tratado de la mejor final de la historia. Y la &eacute;pica argentina se traduce en tango. &ldquo;Ellos bailar&aacute;n tango toda la noche&rdquo;, cuenta Pujol que dice un locutor de la televisi&oacute;n inglesa. Y contin&uacute;a, en ese comienzo de un libro donde se traza un arcano, &ldquo;Trap, rap, cumbia, pop, rock, c&aacute;nticos de estadio de f&uacute;tbol (todo un ejercicio de contrahechura con motivos populares), incluso folclore: otros g&eacute;neros musicales ten&iacute;an en 2022 m&aacute;s relieve en la superficie s&oacute;nica de los argentinos que el tango. Por otra parte, la imagen de un baile ensimismado, de pareja cerrada, como expresi&oacute;n de algarab&iacute;a era totalmente inadecuada. Con el tango no se puede hacer <em>pogo</em>.&rdquo; Y el problema que se plantea, entonces, es por qu&eacute; esa m&uacute;sica que no se baila en las calles, de cuyas canciones casi nadie sabe una letra completa y que parece impracticable como festejo, ten&iacute;a para un locutor ingl&eacute;s (y no solo para &eacute;l), el valor de algo que, en palabras de Pujol, &ldquo;pudiera dar cuenta de la unidad de un pa&iacute;s que, como tantos otros, est&aacute; hecho de parcialidades y tensiones, de asimetr&iacute;as sociales e identidades encontradas.&rdquo; 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Empec&eacute; la carrera en Humanidades, en la &eacute;poca de la dictadura, y al poco tiempo me convocaron de El D&iacute;a para hacer una columna semanal de cr&iacute;tica de m&uacute;sica&rdquo;, relata Pujol sobre sus comienzos. &ldquo;Yo le&iacute;a mucho sobre ese tema. La <em>Pelo</em>, <em>Expreso Imaginario</em>, los pocos libros que hab&iacute;a en ese momento. Como hab&iacute;a estudiado ingl&eacute;s en la secundaria, ten&iacute;a acceso tambi&eacute;n a bibliograf&iacute;a en ese idioma. Y hay un estilo, una manera de contar la historia que uno podr&iacute;a identificar con una l&iacute;nea anglosajona, que puede ser muy rigurosa, muy documentada, pero donde predomina una idea narrativa. Y eso me result&oacute; muy atractivo. En la facultad estudiaba econom&iacute;a y pol&iacute;tica. Y la biograf&iacute;a estaba un poco desprestigiada. Pero un poco de manera <em>under</em> me seduc&iacute;a esa otra manera, que fue, creo, la que termin&oacute; dando forma a mis libros.
    </p><p class="article-text">
        Su propia historia como escritor traza un recorrido inevitable. Los inmigrantes, <strong>Mar&iacute;a Elena Walsh</strong>, <strong>Disc&eacute;polo</strong>, <strong>Valentino</strong> y los a&ntilde;os 20, el baile, el jazz y la m&uacute;sica de tradici&oacute;n afroamericana en la Argentina, la d&eacute;cada de 1960, las canciones populares de este pa&iacute;s entre 1910 y 2010, el 73, el rock y la dictatura, el <strong>Gato Barbieri</strong>, un original&iacute;simo paisaje dibujado por <em>Cien a&ntilde;os de m&uacute;sica argentina</em> en que se entrecruzan estilos y tradiciones casi siempre tratados como si correspondieran a universos paralelos y, por supuesto estas edades del tango, bien podr&iacute;an ser los diferentes cap&iacute;tulos de un monumental volumen destinado a contar una historia con may&uacute;sculas: la de los sonidos de la Patria. Es decir, para tomar las palabras de <strong>Leopoldo Lugones</strong> que Pujol analiza certero, ese &ldquo;esp&iacute;ritu de un pueblo&rdquo; que puede apreciarse por su m&uacute;sica. 
    </p><p class="article-text">
        La palabra &ldquo;tango&rdquo;, en ese sentido, tiene, para &eacute;l, un gran poder simb&oacute;lico y representativo. Su historia, en todo caso, aunque &eacute;l reconozca antecedentes, es en muchos aspectos la primera. Por lo pronto inaugura el registro cabal de la documentaci&oacute;n dura y el an&aacute;lisis de los estilos sin abandonar la frase elegante y ese gesto &ldquo;anglosaj&oacute;n&rdquo; de no olvidar que contar la historia es, tambi&eacute;n, contar una historia. Pero no solo eso; entiende que las rupturas son tan importantes como las continuidades y al hablar de &ldquo;edades&rdquo; puede situar con claridad a int&eacute;rpretes como <strong>Roberto</strong> <strong>Goyeneche</strong> o el <strong>Sexteto Tango</strong> como objetos culturales de los sesenta, aunque su repertorio tomara al pasado como su fuente. Y, tambi&eacute;n, se&ntilde;alar la importancia de compositores e int&eacute;rpretes actuales, como <strong>Diego Schissi</strong>.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Est&aacute; el libro de <strong>Blas Matamoro</strong>, que es interesante, muy marcado por las lecturas de &eacute;poca, por el marxismo. Es una visi&oacute;n casi adorniana&rdquo;, explica Pujol, trazando de alguna manera la historia de esta historia. &ldquo;El trabajo de <strong>Gustavo Varela</strong>, sobre tango y pol&iacute;tica, tambi&eacute;n es una referencia importante. En cuanto a c&oacute;mo contar el tango, evidentemente le&iacute; a <strong>Ferrer,</strong> a <strong>Del Priore</strong>, a <strong>Salas</strong>, de alguna manera las historias can&oacute;nicas del g&eacute;nero, que son estrictamente art&iacute;sticas. Se refieren a int&eacute;rpretes, compositores, repertorio. Y all&iacute; el contexto es casi un tel&oacute;n de fondo. A veces reducido a unas pocas l&iacute;neas en la introducci&oacute;n de cada cap&iacute;tulo. Yo busqu&eacute; otra perspectiva aunque no creo, tampoco, que una historia social del tango deba centrarse exclusivamente en las relaciones laborales, en el v&iacute;nculo con los medios de comunicaci&oacute;n, las pol&iacute;ticas econ&oacute;micas o la censura sino que hay que hablar tambi&eacute;n de innovaciones estil&iacute;sticas. En rigor hay una interrelaci&oacute;n. Si se piensa en el sexteto de <strong>Julio de Caro</strong>, por ejemplo, est&aacute; la riqueza del contrapunto, las composiciones de Francisco, obviamente, pero nada de eso hubiera existido sin ciertas condiciones de posibilidad: la bonanza del per&iacute;odo de Alvear, el aumento del consumo popular; el auge del cabaret, que es un poco el laboratorio para ellos, y el surgimiento de la radio. Busqu&eacute; articular esas dos narrativas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El enigma inicial de <em>Las edades del tango</em> persiste, eventualmente, a lo largo del libro. El poder simb&oacute;lico de esa palabra, tal como se&ntilde;ala el autor, crea su propia realidad paralela. Y define, a pesar de todo, una identidad. Una filiaci&oacute;n dibujada sobre una ciudad imaginaria y en una m&uacute;sica que ya pocos bailan y mucho menos cantan pero que, no obstante, sigue siendo la fuente de algunos de los creadores m&aacute;s interesantes del presente. Eso, podr&iacute;a, tambi&eacute;n, leerse como una met&aacute;fora. Afortunadamente, tiene quien la escriba.
    </p><p class="article-text">
        <em>DF/MF</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tango-edades_129_13010741.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Feb 2026 03:45:42 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[Más allá del flequillo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/flequillo_129_12915279.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/43bd8149-13fb-4506-b346-6cf78dc63299_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Más allá del flequillo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La revista Pelo sacralizó, para el rock argentino, una categoría moral que colocaba la autenticidad por sobre cualquier análisis estético. Ya la música llamada clásica había instituido su valor en bases parecidas: lo espiritual por sobre lo frívolo. Pero hace tiempo que lo “popular” dejó de ser sinónimo de pasatista y lo “clásico” garantía de profundidad. Hay, sin embargo, una gran diferencia entre ambas tradiciones: el papel de la interpretación. Y versiones que se adueñaron de las obras. Y otras capaces, incluso, de mejorar a sus autores.</p></div><p class="article-text">
        En ingl&eacute;s, la palabra &ldquo;fringe&rdquo; significa, a la vez, &ldquo;flequillo&rdquo; y &ldquo;frontera&rdquo;. Y, en efecto, el pelo, desde el naciente rock de fines de los 60, signific&oacute; una verdadera franja divisoria en la configuraci&oacute;n del valor de&nbsp;la m&uacute;sica popular en la Argentina. <strong>Daniel Ripoll</strong>, un periodista que hab&iacute;a dirigido la revista <em>Pinap</em> entre 1968 y 1969, y que ese a&ntilde;o organiz&oacute; el primer gran festival dedicado a esos g&eacute;neros todav&iacute;a imprecisos que circulaban como &ldquo;beat&rdquo;, el 4 de febrero de 1970 dio a luz una nueva publicaci&oacute;n. Su nombre era <em>Pelo</em> y fue la que traz&oacute;, con claridad, la frontera.
    </p><p class="article-text">
        La revista zanjaba, en alguna medida, un duelo personal. La distancia entre <em>Pelo</em> y <em>Pinap</em> era la misma que separaba al Festival Pinap, del 69, y al primer BaRock, producido por Ripoll en 1970. Y era la que pod&iacute;a medirse entre dos discos de <strong>Los Gatos</strong>, <em>Seremos amigos</em> y <em>Beat N&ordm; 1</em>. La grabaci&oacute;n de uno y otro estuvo separada apenas por unos pocos meses &nbsp;pero, no obstante, ambos fueron radicalmente distintos. Entre ellos hubo un viaje a los Estados Unidos y la compra de instrumentos &ndash;entre ellos un &oacute;rgano Hammond&ndash;, una separaci&oacute;n y una nueva reuni&oacute;n, con un nuevo guitarrista, <strong>Pappo</strong>, en lugar de <strong>Kay Galiffi</strong>. Y si el primero de los dos discos pertenec&iacute;a a ese campo un poco difuso conocido como beat, el segundo, a pesar de su nombre, sellaba su muerte. Bastar&iacute;a, para mensurar el tama&ntilde;o de la fractura, con comparar el tema que le daba el t&iacute;tulo al primero de ellos con el que cerraba el segundo. &ldquo;Seremos amigos&rdquo; dec&iacute;a: &ldquo;Un d&iacute;a te am&eacute; y eso fue ayer./ &nbsp;Hoy no puede ser, todo ha de cambiar&rdquo;. Y, en su estribillo, rubricaba: &ldquo;S&oacute;lo seremos amigos, amigos y nada m&aacute;s. S&oacute;lo seremos amigos y nadie nos molestar&aacute;&rdquo;. En &ldquo;Fuera de la ley&rdquo;, la notable voz de <strong>Litto Nebbia</strong> cantaba: &ldquo;Yo era peque&ntilde;o y en todo cre&iacute;a, las flores de un prado me hicieron feliz; luego crec&iacute; y comprend&iacute; que esas flores ten&iacute;an que morir. Fuera de la ley, fuera de la ley, siempre hasta el final.&rdquo; De la juvenilia que atravesaba una pel&iacute;cula como <em>El extra&ntilde;o de pelo largo</em>, protagonizada por Nebbia y estrenada en 1970, a estar &ldquo;fuera de la ley&rdquo;. Pero, tambi&eacute;n, del &oacute;rgano Farfisa haciendo un ritmo bailable a una canci&oacute;n de 11 minutos, con un largo solo en el nuevo Hammond que remit&iacute;a, en gran medida, a &ldquo;In-a-Gadda- Da-Vida&rdquo;, un tema de 11 minutos, con un prominente solo de &oacute;rgano, publicado en 1968 por el grupo <strong>Iron Butterfly</strong> y difundido durante todo el 69 por el programa radial <em>Modart en la noche</em>.
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        <em>Pelo</em> acu&ntilde;&oacute; un nombre para los dos territorios que quedaban a un lado y el otro de la l&iacute;nea fronteriza: progresivo y complaciente. Se trataba de una cierta actualizaci&oacute;n de aquellos t&eacute;rminos utilizados por el fil&oacute;sofo <strong>Theodor W. Adorno</strong> en su ensayo &ldquo;Reacci&oacute;n y progreso&rdquo;, de 1930. Y a ello se sumaba el imperativo del idioma. Por encima de cualquier cuesti&oacute;n estil&iacute;stica, lo progresivo argentino deb&iacute;a estar cantado en castellano y el ingl&eacute;s era prueba suficiente de complacencia. Hasta podr&iacute;a imaginarse una estrofa de &ldquo;No pibe&rdquo;, de <strong>Manal</strong>, diciendo &ldquo;no hay que cantar en ingl&eacute;s, ni ir a bailes de graduaci&oacute;n&rdquo;. Incidentalmente, <strong>La Joven Guardia</strong>, el grupo cuyo &eacute;xito del 69 hab&iacute;a titulado el film estelarizado por Nebbia, tambi&eacute;n acus&oacute; el impacto de la ola &ldquo;progresiva&rdquo; con &ldquo;Los corderos enga&ntilde;ados&rdquo;,&nbsp;una canci&oacute;n grabada a fines de los 70 que, adem&aacute;s de una guitarra distorsionada incorporaba una cr&iacute;tica pol&iacute;tica y, llamativamente, una cierta burla al pacifismo que parec&iacute;a nutrir de manera homog&eacute;nea el naciente rock argentino. El bar donde se emborrachaba a los corderos estaba regenteado por el lobo. Y la letra dec&iacute;a, inequ&iacute;voca: &ldquo;Vino el &aacute;guila del norte a atender el bar/ con gaseosas y pel&iacute;culas sobre Vietnam./ &lsquo;Somos buenos&rsquo;, dijo el lobo, sin pensarlo m&aacute;s/ enga&ntilde;aba y ense&ntilde;aba/ el signo de la paz&rdquo;.&nbsp;El grupo no resisti&oacute; las diferencias ideol&oacute;gicas entre <strong>Roque Narvaja</strong> y <strong>Enrique Masllorens</strong>, por un lado, y el resto por el otro.
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    </figure><p class="article-text">
        <em>Pelo </em>hab&iacute;a introducido, como elemento esencial, lo moral. La autenticidad. Ser complaciente con el&nbsp;<em>status quo</em> o buscar el progreso. La visceralidad. Algo que quedar&iacute;a atado a la consideraci&oacute;n del &ldquo;rock nacional&rdquo;, que configurar&iacute;a futuras grietas, como la establecida entre el pop y el rock: la simpleza &ldquo;visceral&rdquo; de <strong>Pappo&rsquo;s Blues </strong>ser&iacute;a considerada, por algunos, moralmente superior a la complejidad detallista de <strong>Virus</strong> o <strong>Soda Stereo</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Esa distancia, m&aacute;s &eacute;tica que est&eacute;tica, entre lo fr&iacute;volo y pasatista y lo profundo y espiritual, ya estaba presente &ndash;y para algunos tal vez lo siga estando&ndash; en las ideas que establec&iacute;an a la m&uacute;sica de tradici&oacute;n acad&eacute;mica como tabla de medida para todas las m&uacute;sicas. M&aacute;s all&aacute; de que, eventualmente, puede haber grandes obras fr&iacute;volas y pasatistas &ndash;mucha de la historia de la &oacute;pera est&aacute; all&iacute; para demostrarlo&ndash;, los profundos cambios en las tradiciones populares, y la percepci&oacute;n creciente de sus riquezas, posibilitados por la grabaci&oacute;n del sonido y la aparici&oacute;n del disco y la radio, tiraron aquella idea por la borda. Lo que no quiere decir que entre la m&uacute;sica llamada cl&aacute;sica y la infinidad de estilos que siguen englobados en el campo casi infinito de &ldquo;m&uacute;sica popular&rdquo; &ndash;de <strong>Shakira</strong> a <strong>John Coltrane</strong> y de <strong>King Crimson</strong> a <strong>Julio Iglesias</strong>&ndash;, no haya diferencias. Hay una y fundamental: el valor de la interpretaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Salvo en el caso de la electr&oacute;nica, no hay m&uacute;sica sin interpretaci&oacute;n. Pero, en el terreno de la tradici&oacute;n acad&eacute;mica, aun cuando alimente una parte sustantiva del mercado &ndash;el culto a determinada soprano, las preferencias por tal o cual pianista&ndash;, la interpretaci&oacute;n es vista como un agregado a la obra, a la que se presupone ya completa en la partitura. En las m&uacute;sicas populares y de tradici&oacute;n popular, en cambio, sin sus versiones no hay nada. Y, para medirlo con un cl&aacute;sico, bien pueden escucharse algunas de las lecturas can&oacute;nicas &ndash;y todas ellas diferentes entre s&iacute;&ndash; de &ldquo;La Cumparsita&rdquo;. Para la sociedad de autores, la pieza es de <strong>Gerardo Matos Rodr&iacute;guez</strong> y de quienes le fueron agregando letra. Pero la escucha indica otra cosa. Las Cumparsitas de <strong>Roberto Firpo</strong>, <strong>Juan D&rsquo;Arienzo</strong>, <strong>An&iacute;bal Troilo</strong>, o las tres registradas por <strong>Astor Piazzolla</strong>, en 1950, 1956 y 1967, no son una misma obra. O no m&aacute;s que un mismo paisaje pintado por distintos artistas.
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    </figure><p class="article-text">
        Hay interpretaciones que se adue&ntilde;aron de ciertas obras. &ldquo;Cambalache&rdquo;, de <strong>Enrique Santos Disc&eacute;polo</strong>, fue grabado por primera vez, en diciembre de 1934, por la orquesta de <strong>Francisco Lomuto</strong> junto con el cantante <strong>Fernando D&iacute;az</strong>, pero no fue hasta que <strong>Julio Sosa</strong> lo registr&oacute; en 1958 y, sobre todo, hasta su segunda versi&oacute;n, de 1964, que encontr&oacute; su voz definitiva. Lo mismo podr&iacute;a decirse de &ldquo;Gar&uacute;a&rdquo; y <strong>Roberto Goyeneche</strong>, o de sus hallazgos de los &lsquo;70, &ldquo;Maquillaje&rdquo;, &ldquo;Afiches&rdquo; y &ldquo;Naranjo en flor&rdquo;. O de <strong>Mercedes Sosa</strong> y &ldquo;Balderrama&rdquo; o <strong>Juan Carlos Baglietto</strong> y &ldquo;Carta de un le&oacute;n a otro&rdquo;. O <strong>Nina Simone</strong> y &ldquo;I Put a Spell on You&rdquo; &ndash;aunque <strong>Creedence Clearwater Revival</strong> hizo tambi&eacute;n lo suyo&ndash;. Y, desde ya, en innumerables grabaciones de jazz, un g&eacute;nero en que la interpretaci&oacute;n est&aacute; en un primer plano absoluto. No es que no haya otras versiones geniales pero la de <strong>Johnny Hartman</strong> y el cuarteto de John Coltrane de &ldquo;My One and Only Love&rdquo;, el registro de <strong>Coleman Hawkins</strong> de &ldquo;Body and Soul&rdquo;, en 1939, <strong>Miles Davis</strong> en &ldquo;It Never Entered my Mind&rdquo;, en 1954, o<strong> </strong>el tr&iacute;o de<strong> Keith Jarrett </strong>en &ldquo;&rsquo;Round Midnight&rdquo; son la vara con la cual todas las dem&aacute;s deben medirse.
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    </figure><p class="article-text">
        En el pop-rock, un g&eacute;nero de autor, podr&iacute;a decirse, son muy pocas las versiones ajenas que se han impuesto a las de sus propios creadores. <strong>The Beatles</strong> han sido muy versionados y <strong>The Rolling Stones</strong> casi nada &ndash;una excepci&oacute;n notable es &ldquo;Sympathy for the Devil&rdquo;, en la genial relectura de <strong>Blood, Sweat &amp; Tears</strong>, y un lugar muy especial lo ocupa el Rhythm &amp; Blues que, con frecuencia, ha logrado convertir las canciones originales en otra cosa (y frecuentemente mejor). Una lista muy sucinta no deber&iacute;a omitir a <strong>Aretha Franklin</strong> en &ldquo;I Say a Little Prayer&rdquo;, empalideciendo la hermosa canci&oacute;n de <strong>Burt Bacharach</strong> que estren&oacute; <strong>Dionne Warwick</strong>, su int&eacute;rprete fetiche, <strong>Janis Joplin</strong> llevando a un plano muy diferente &ldquo;I Love Somebody&rdquo;, un &eacute;xito de <strong>The Bee Gees</strong>&nbsp;y, por supuesto, &ldquo;With a Little Help for My Friends&rdquo; por <strong>Joe Cocker</strong>. 
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/flequillo_129_12915279.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 17 Jan 2026 12:51:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Más allá del flequillo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Los Gatos,The Beatles,The Rolling Stones]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El rayo verde]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/rayo-verde_129_12897611.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/daa03491-4fd1-4ade-ac43-f6af1f2a09a3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El rayo verde"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Julio De Caro, Duke Ellington, The Beatles, Almendra o Monteverdi hacen entendible aquello que tortura a públicos, filósofos y especialistas de diversa laya desde siempre: qué es lo que diferencia a cualquier expresión de un sentimiento de una obra de arte.</p></div><p class="article-text">
        <em>El rayo verde</em> es un film del director franc&eacute;s <strong>&Eacute;ric Rohmer</strong>. Fue estrenado en 1986 y es el quinto de su serie de <em>Comedias y Proverbios</em>. La pel&iacute;cula no ten&iacute;a libreto. Estaba librada a la improvisaci&oacute;n de su actriz principal, <strong>Marie Rivi&egrave;re</strong>. Y, como en su t&iacute;tulo, buscaba un momento m&aacute;gico. Aquel en que el sol, al ocultarse tras una superficie absolutamente plana &ndash;el mar&ndash; produce, con su &uacute;ltimo reflejo, una l&iacute;nea amarillo verdosa sobre el horizonte. El mismo t&iacute;tulo, y la misma b&uacute;squeda, asociada por una leyenda popular al encuentro del amor eterno, remit&iacute;a a una novela de <strong>Jules Verne</strong>, publicada por entregas, en 1882, en el peri&oacute;dico <em>Le Temps</em>. Y si para su personaje, ese &uacute;ltimo rayo de sol en el cielo se&ntilde;alar&iacute;a una epifan&iacute;a, para Rohmer era, sencillamente, el momento del arte. 
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                Julio Verne, El rayo verde                            </span>
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        En 1977, el fil&oacute;sofo estadounidense <strong>Nelson Goodman</strong> public&oacute; un art&iacute;culo titulado &ldquo;When is Art?&rdquo;, incluido en el libro <em>The Arts and Cognition</em>. &ldquo;Si los intentos de responder a la pregunta &lsquo;&iquest;Qu&eacute; es el arte?&rsquo; acaban en frustraci&oacute;n &ndash;dice&ndash; ello puede deberse &ndash;como suele ocurrir en filosof&iacute;a&ndash; a que se trata de la pregunta equivocada&rdquo;. Su duda, entonces &ndash;eventualmente la &uacute;nica capaz de plantearse el tema de lo conceptual, o de la influencia del contexto en el valor del arte e incluso en su definici&oacute;n como tal&ndash; ya no se refer&iacute;a al qu&eacute; sino al cu&aacute;ndo &ndash;o el d&oacute;nde&ndash;. El &ldquo;rayo verde&rdquo; de Goodman ya no estaba en el objeto sino en aquello que le confer&iacute;a un valor especial: las mitolog&iacute;as, la historia &ndash;y las historias personales&ndash;, ciertos consensos, los medios de comunicaci&oacute;n masiva. 
    </p><p class="article-text">
        En efecto, no se mira de la misma manera un cuadro de <strong>Pablo Picasso</strong> que otro cuya firma se desconoce ni se escucha igual un demo de <strong>John Lennon</strong> que el de un cantante ignoto. Lo que se sabe de la obra es parte de la obra. Y la tela en blanco en una casa de insumos para pintores no tiene el mismo significado que colgada en una galer&iacute;a de arte &ndash;donde dice algo acerca del arte&ndash;, aun cuando ambas sean exactamente iguales. No obstante, la historia del arte en general y de la m&uacute;sica en particular est&aacute;n repletas de rayos verdes. De momentos en que la obra muestra su conciencia de s&iacute; misma como tal y pone en escena un salto, un desv&iacute;o. En que se despega de su contexto y de su necesidad funcional y, eventualmente, crea uno nuevo. &nbsp;Para volver a un ejemplo ya mencionado en esta secci&oacute;n, la aparici&oacute;n de unos timbales de orquesta &ndash;sutil, sin grandilocuencia, seguramente inadvertida para muchos, y mucho m&aacute;s con los tocadiscos de 1964&ndash; en el estribillo de &ldquo;Every Little Thing&rdquo;, una canci&oacute;n de <em>Beatles for Sale</em>, un disco en el que The Beatles, supuestamente, todav&iacute;a no eran experimentales. Y es que, si se busca all&iacute; un motivo, no hay otro que el arte mismo. Nada del protocolo de la canci&oacute;n popular, o de la m&uacute;sica asociada al baile juvenil, hac&iacute;an necesarios los timbales. Como tampoco har&iacute;a necesario que en &ldquo;The Fool on The Hill&rdquo; se alternaran flautas traveseras y flautas dulces (ya el uso de una flauta era suficientemente excepcional para una canci&oacute;n popular en 1967). 
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        En ocasiones ese salto es arm&oacute;nico. Y no necesita ser espectacular. Los acordes menores, en el momento en que la letra del &ldquo;Tema de Pototo&rdquo; dice &ldquo;la soledad es un amigo que no est&aacute;&rdquo;, no son revolucionarios ni mucho menos. Pero en ese momento, en esa canci&oacute;n, tienen el efecto de un rayo verde. Revelan algo que permanec&iacute;a oculto. Otorgan un nuevo sentido, Y, sobre todo, convierten a una buena canci&oacute;n beat en algo que ya no lo es. Parte del prodigio tiene que ver con la letra, desde ya &ndash;&iquest;a qui&eacute;n que, como <strong>Luis Alberto Spinetta</strong>, no se hubiera criado con el tango y el folklore argentino de los &rsquo;60, se le podr&iacute;a haber ocurrido hacer una &ldquo;canci&oacute;n beat&rdquo; sobre la muerte y la soledad?&ndash;. Pero sin ese tratamiento musical &ndash;el movimiento inverso entre el bajo de <strong>Emilio del Guercio</strong> y la guitarra el&eacute;ctrica de <strong>Edelmiro Molinari</strong> tampoco son irrelevantes&ndash; nada hubiera sido de la misma manera. 
    </p><p class="article-text">
        En otros casos, la singukaridad puede ser provocada por el timbre, como esos timbales de The Beatles o el extraordinario comienzo de &ldquo;El espectro de la rosa&rdquo; de <strong>H&eacute;ctor Berlioz</strong>, la segunda canci&oacute;n del ciclo <em>Noches de verano</em>, sobre poemas de <strong>Th&eacute;ophile Gautier</strong>. All&iacute;, la bell&iacute;sima melod&iacute;a inicial suena en un instrumento inidentificable. Y es que se trata de un instrumento que no existe. De una invenci&oacute;n de Berlioz al hacer que suenen al un&iacute;sono una flauta travesera de madera y un clarinete en la (el efecto se pierde, en gran medida, con la flauta de metal usual en la actualidad). Un recurso similar fue el que <strong>Duke Ellington</strong> cre&oacute; en 1930 para &ldquo;Mood Indigo&rdquo;, al enmascarar con sordinas los instrumentos de boquilla &ndash;trompeta y tromb&oacute;n&ndash; e invertir el lugar convencional de clarinete y tromb&oacute;n, haciendo que el primero tocara la l&iacute;nea m&aacute;s grave, en su registro extremo, y que el tromb&oacute;n, en sobreagudos, se hiciera cargo de la melod&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Dos piezas grabadas en 1926, una en Buenos Aires y la otra en Nueva York, muestran cuan temprano algunos creadores de la m&uacute;sica popular comenzaron a verse &ndash;y abordar la obra&ndash; como artistas. <strong>Julio De Caro</strong>, con su sexteto, en el estribillo de &ldquo;Guardia vieja&rdquo;, despu&eacute;s de un notable puente de su hermano Francisco en el piano, utiliza el registro m&aacute;s grave de los instrumentos, algo que en nada puede atribuirse a una necesidad del baile ni a una b&uacute;squeda de popularidad. Y Ellington, en &ldquo;East St. Louis Toodle Oo&rdquo;, juega tambi&eacute;n con una tonalidad oscura, absolutamente alejada de las convenciones del jazz primitivo. Tampoco hay otro motivo que el propio placer, el juego y la experimentaci&oacute;n de los m&uacute;sicos, para la polirritmia de &ldquo;Chiclana&rdquo;, registrado en 1937 por Los Virtuosos, otro grupo que tuvo como protagonistas a los hermanos De Caro junto con <strong>Elvino Vardaro </strong>en el otro viol&iacute;n, y <strong>Ciriaco Ortiz</strong> y <strong>Carlos Marcucci </strong>en bandoneones.
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    </figure><p class="article-text">
        En esos casos, si bien es cierto que el contexto influy&oacute; en sus condiciones de existencia, de circulaci&oacute;n y de valoraci&oacute;n, mal que le pese a Goodman, la pregunta acerca de qu&eacute; es el arte puede responderse perfectamente. En parte, con la vieja idea del &ldquo;extra&ntilde;amiento&rdquo;, que barajaron los formalistas rusos hace m&aacute;s o menos un siglo. Y, con una cierta actualizaci&oacute;n, esa respuesta sigue estando bastante cerca de la de <strong>Georg Wilhelm Friedrich</strong> &nbsp;<strong>Hegel</strong> en sus notas sobre est&eacute;tica: que el arte nace cuando muere el ritual. En rigor el ritual no muere, o no del todo, o es reemplazado por otros, y la est&eacute;tica, como funci&oacute;n, puede no sustituirlo del todo. Pero se le impone. 
    </p><p class="article-text">
        Eventualmente, s&iacute; es cierto que algunos &aacute;mbitos ayudan, o directamente fuerzan, ese predominio de una nueva funci&oacute;n &ndash;valorativa del objeto en s&iacute;, focalizada en &eacute;l&ndash; que antes pod&iacute;a estar ausente o, simplemente, subordinada a otras. La galer&iacute;a o el museo colocan en el lugar del arte a la tela en blanco o a una escena religiosa pintada en el Renacimiento. Pero la naturaleza de ambos objetos es distinta: en el primer caso, sin el contexto no hay nada; en el segundo, s&iacute;. Podr&iacute;a pensarse que, aunque el pintor renacentista creara sus cuadros para un uso muy preciso, algo en su factura reclamaba una visi&oacute;n particular, o por lo menos contemplaba su posibilidad. Y la admiraci&oacute;n de algunos de sus contempor&aacute;neos, su se&ntilde;alamiento como &ldquo;maestros&rdquo;, distingui&eacute;ndolos de otros, lo demuestra. Ni la <em>Pasi&oacute;n seg&uacute;n San Mateo</em>, de <strong>Johann Sebastian Bach</strong> es solamente una obra dedicada al culto luterano en una peque&ntilde;a iglesia sajona del Siglo XVIII ni &ldquo;Guardia vieja&rdquo;, de De Caro, es solo una pieza bailable de 1926. Hay algo all&iacute;, en la tensi&oacute;n entre la obra y los materiales, que proclama la funci&oacute;n art&iacute;stica. Esta funci&oacute;n no es la &uacute;nica, desde ya, pero es la que toma la palabra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En 1638, en Venecia, se public&oacute; una de las obras musicales que explicita m&aacute;s tempranamente, con claridad, la cuesti&oacute;n de la tensi&oacute;n como presupuesto del arte. <strong>Claudio Monteverdi</strong> ten&iacute;a entonces 71 a&ntilde;os y su <em>Libro N&ordm; 8</em> de canciones, titulado <em>Madrigales guerreros y amorosos</em>, recopilaba obras creadas a lo largo de m&aacute;s de veinte a&ntilde;os. Un largo prefacio hablaba del estilo nuevo que el autor pon&iacute;a en pr&aacute;ctica y del efecto que causaba en el auditorio. Dec&iacute;a, por ejemplo, que en el estreno del <em>Combate entre Tancredi y Clorinda</em>, en el palacio de <strong>Girolamo Mocenigo</strong>, el p&uacute;blico hab&iacute;a llorado. Y dedicaba una importante serie de consideraciones a un peque&ntilde;o tr&iacute;ptico, <em>El lamento de la ninfa</em>, una de las obras m&aacute;s extraordinarias de toda la historia musical. 
    </p><p class="article-text">
        Hay, en la propia obra, grandes tensiones. Cada momento del texto de <strong>Ottavio Rinuccini</strong> tiene un tratamiento especial. Un comienzo casi danzante acompa&ntilde;a el texto &ldquo;No hab&iacute;a Febo, todav&iacute;a, tra&iacute;do al mundo el d&iacute;a&rdquo;, pero el verso siguiente, &ldquo;que una doncella fuera del propio albergue sali&oacute;&rdquo; incorpora graves extremos, en particular en el canto de la &uacute;ltima palabra. Se trata de tres cantantes masculinos, que hacen las veces de relatores, acompa&ntilde;ados por el bajo continuo &ndash;la unidad entre uno o varios instrumentos que tocan el bajo y los acordes, algo similar a la base de un grupo pop, con guitarra r&iacute;tmica y bajo&ndash;. Y la tensi&oacute;n aumenta a&uacute;n m&aacute;s con el verso que sigue: &ldquo;el rostro p&aacute;lido muestra su dolor&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        El car&aacute;cter cambia de manera radical y las palabras &ldquo;su dolor&rdquo; sostienen, en notas largas, una disonancia extrema. El sentido teatral de la segunda parte, en que aparece la voz de la ninfa abandonada, imprecando al destino y a su amante traidor y transitando por un ampl&iacute;simo arco expresivo, marca, por a&ntilde;adidura otro contraste, el de la protagonista con los relatores. Un contraste del que Monteverdi habla, justamente, en su prefacio y que se refiere, en una &eacute;poca en la que nadie lo hac&iacute;a, a la interpretaci&oacute;n. Y se&ntilde;ala, por un lado, &ldquo;el tiempo de la mano&rdquo;, que es el de los tres cantantes masculinos, y, por otro, la parte de la ninfa, que &ldquo;debe cantarse de acuerdo con el tiempo del afecto del alma y no con el tiempo de la mano&rdquo;. Tensi&oacute;n en la armon&iacute;a, tensi&oacute;n con las reglas de la &eacute;poca y tensi&oacute;n r&iacute;tmica entre el relato &ldquo;objetivo&rdquo; y el lamento de la mujer sufriente. All&iacute; est&aacute; la funci&oacute;n est&eacute;tica. Puede pensarse al arte como aquello que sucede en los lugares del arte. O como lo que el consenso entre los productores y los consumidores de arte dice que es arte. O como todo aquello que un grupo de poder considera arte. Prefiero encontrarlo en la tensi&oacute;n entre la creaci&oacute;n y sus materiales. Prefiero al rayo verde.
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/rayo-verde_129_12897611.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 10 Jan 2026 03:01:31 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El rayo verde]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Almendra,Julio Verne,The Beatles]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los elegidos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/elegidos_129_12872956.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a1023fab-9de8-43a0-9af0-00190f6f2e04_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los elegidos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los discos preferidos de 2025 para esta sección –y algunas licencias–. Novedades y rescates en la red, entre las redes.
</p></div><p class="article-text">
        Esta ser&aacute; una lista arbitraria. Como todas. Tendr&aacute;, no obstante, una virtud. No pretender&aacute; no serlo. Se tratar&aacute;, simplemente, de los discos que m&aacute;s me gustaron &ndash;o interesaron, no siempre es lo mismo&ndash; entre lo que escuch&eacute; en 2025 y no fue a&uacute;n comentado en esta secci&oacute;n. Al igual que todas las otras listas publicadas en estos d&iacute;as por diversos medios, omitir&aacute; m&aacute;s que lo que nombre. Lo contrario, como aquel mapa narrado por <strong>Borges</strong>, que pretend&iacute;a igualar a la realidad, ser&iacute;a no s&oacute;lo imposible sino, sobre todo, in&uacute;til. Y, como todas las otras, permitir&aacute;, tal vez, la reparaci&oacute;n de algunos olvidos, ciertos descubrimientos y eventuales reencuentros. 
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        En el campo de las canciones que rondan los bordes del pop actual y escapan a las r&iacute;tmicas uniformes y los usos ingenuos de la electr&oacute;nica y el repetitivismo, la argentina <strong>Lucy Patan&eacute;</strong> (<em>Hija de Ruta</em> fue publicado en 2024 pero va como licencia po&eacute;tica) y la colombiana <strong>Lucrecia Dalt</strong> (en &ldquo;Cosa rara&rdquo;, el primer tema de <em>A Danger to Ourselves</em>, aparece <strong>David Sylvian</strong> y, en &ldquo;The Common Reader&rdquo;, <strong>Juana Molina</strong>) rencuentran est&eacute;ticas originales y frecuentemente desafiantes. <strong>Ben Kweller</strong>, un compositor, cantante y multiinstrumentista, en su s&eacute;ptimo disco, <em>Cover the Mirrors</em>, ofrece un conjunto de buenas canciones, en la vieja y buena tradici&oacute;n estadounidense que las transforma en espejo exacto de las <em>short stories</em>, esas historias cortas, muchas veces devastadoras y a veces confesionales. Y <strong>Los Besos</strong>, uno de los grupos m&aacute;s interesantes del pop rock-local, aunque no edita disco nuevo desde 2023 (<em>Nadie Duerma</em>), s&iacute; ha actuado en vivo y esas canciones donde lo sencillo suele abrir puertas &ndash;o ventanas&ndash; impensadas a una vidala, a la distorsi&oacute;n o a las &nbsp;luminosas revisitas a los pr&oacute;ceres de la canci&oacute;n argentina a&uacute;nan potencia y frescura.
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        Una joven banda de rock de Brooklyn, <strong>Geese</strong>, en <em>Getting Killed</em>, muestra que la oscuridad y las voces l&aacute;nguidas contra texturas de guitarras y eventuales ritmos festivos todav&iacute;a siguen rindiendo frutos. En otra esquina del mundo, <strong>Ganavya Doraiswamy,</strong> conocida &ndash;es una forma de decir&ndash; como Ganavya, nacida en Nueva York y crecida en el estado indio de Tamil Nadu, canta en ingl&eacute;s pero en la tradici&oacute;n de la m&uacute;sica carn&aacute;tica, toca <em>jalatharangam</em>, un arpa t&iacute;pica de esa regi&oacute;n y logra, con <em>Nilam</em>, un &aacute;lbum de extra&ntilde;a e hipn&oacute;tica belleza. Y, desde la Argentina, una reedici&oacute;n reciente de un disco fundamental, el debut conjunto de <strong>Suna Rocha</strong> y <strong>Ra&uacute;l Carnota</strong>, publicado en 1983 y largamente ausente, resulta de gran trascendencia.
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        En el siempre dudoso terreno de los aniversarios redondos, el cincuentenario de <em>Wish You Were Here</em>, de <strong>Pink Floyd</strong>, fue festejado por la industria con la edici&oacute;n titulada con el nombre original m&aacute;s la cifra 50, ampliada a&nbsp;tres discos que incluyen, entre otras cosas, la toma en que el gran violinista <strong>St&eacute;phane Grappelli</strong>, aquel que a mediados de los &rsquo;30 hab&iacute;a formado parte del Quinteto del Hot Club de Francia junto con <strong>Django Reinhardt</strong>,&nbsp;se sum&oacute; a Pink Floyd para improvisar sobre la canci&oacute;n del t&iacute;tulo. Tan resonante reedici&oacute;n no deber&iacute;a ocluir la de otros grandes cincuentenarios, los de <strong>Sui Generis</strong> y su <em>Adi&oacute;s Sui Generis</em> &ndash;y el gran adi&oacute;s de un a&ntilde;o antes, con <em>Peque&ntilde;as an&eacute;cdotas sobre las instituciones</em>&ndash;, <em>Durazno Sangrando</em>, de <strong>Invisible</strong>, <em>Free Hand</em> de <strong>Gentle Giant</strong> &ndash;con ese fant&aacute;stico canon llamado &ldquo;On reflection&rdquo;&ndash; y el hoy casi olvidado <em>The Rotter&rsquo;s Club</em>, de <strong>Hatfield and the North</strong>, una de las cumbres de aquello que en Canterbury creci&oacute; como un f&eacute;rtil reto&ntilde;o del prog rock brit&aacute;nico. Tambi&eacute;n cumpli&oacute; cincuenta a&ntilde;os, aunque Universal, el sello propietario de la Philips original no se haya enterado, <em>A que florezca mi pueblo</em>, de <strong>Mercedes Sosa</strong>. Y fuera de toda redondez, simplemente porque fue la fuente de mucho de lo inteligente y creativo que sucedi&oacute; a orillas del Plata, a 57 a&ntilde;os de su publicaci&oacute;n, siempre es bueno volver a <em>La Conferencia Secreta del Toto&rsquo;s Bar</em>, grabado en Buenos Aires por los montevideanos y geniales <strong>Shakers</strong>.&nbsp;
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        La gran lectura del <em>Requiem Alem&aacute;n</em> de <strong>Johannes Brahms</strong>, expresiv&iacute;sima, intensa hasta el paroxismo, de <strong>Rapha&euml;l Pichon</strong> al frente de su orquesta Pygmalion, el <em>Concierto para viol&iacute;n</em> de <strong>Edward Elgar</strong> por la extraordinaria <strong>Vilde Frang</strong> junto con la Orquesta Sinf&oacute;nica Alemana de Berl&iacute;n, con direcci&oacute;n de <strong>Robin Ticciati</strong>, la m&uacute;sica de c&aacute;mara de <strong>Maurice Ravel</strong> por el <strong>Ensemble Nash</strong>, <em>El aprendiz de brujo </em>de <strong>Paul Dukas</strong> junto con obras de <strong>&Eacute;douard Lalo</strong>, <strong>Albert Roussel</strong> y <strong>Claude Debussy</strong> por la orquesta <strong>Les Si&egrave;cles</strong>, en vivo en el Th&eacute;&acirc;tre de Champs &Eacute;lys&eacute;es, conducida por&nbsp;<strong>Fran&ccedil;ois-Xavier Roth</strong>, las <em>Danzas olvidadas</em> de <strong>Thomas Ad&egrave;s</strong> por el guitarrista <strong>Sean Shibe </strong>y Stravagante Pensiero, el &aacute;lbum dedicado por <strong>Rinaldo Alessandrini</strong> y el grupo <strong>Concerto Italiano</strong> a <strong>Carlo Gesualdo</strong> y la N&aacute;poles del 1600, encabezan la lista de lo que m&aacute;s me impresion&oacute;, gust&oacute; e interes&oacute; (y, en todos los casos, todo ello) de la tradici&oacute;n acad&eacute;mica.
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        El &iacute;ntimo d&uacute;o del guitarrista <strong>John Scofield</strong> y el contrabajista <strong>Dave Holland</strong> (<em>Memories of Home</em>), <em>New Vienna</em>, con el registro del concierto de <strong>Keith Jarrett</strong> en el Musikverein de esa ciudad, en 2016, <em>Bone Bells</em>, de la guitarrista <strong>Mary Halvorson</strong> y la pianista <strong>Sylvie Courvoisier</strong>, <em>Words Fall Short</em>, del grupo del saxofonista <strong>Joshua Redman</strong>, <em>Thereupon</em> del tr&iacute;o <strong>Fieldwork</strong> &ndash;<strong>Vijay Iyer</strong> en piano, <strong>Steve Lehman</strong> en saxo y <strong>Tyshawn Sorey </strong>en bater&iacute;a), el exquisitamente melanc&oacute;lico <em>New York Sessions</em>, del pianista <strong>Leo Genovese</strong> y el contrabajista <strong>Mariano Otero</strong>, y <em>Oh Snap</em> de <strong>Cecile McLorin Salvant</strong> est&aacute;n a la cabeza, para m&iacute;, de los grandes discos de jazz del a&ntilde;o. Una lista que incluye, tambi&eacute;n, algunas grandes reediciones: la asombrosa restauraci&oacute;n realizada en la Argentina por <strong>Diego Vila</strong> y <strong>Roberto Sarfati</strong> de la actuaci&oacute;n el tr&iacute;o de <strong>Nat King Cole</strong> en el Circle Room del Hotel La Salle en 1946, <em>Haunted Heart</em>, con las grabaciones realizadas para Riverside por <strong>Bill Evans</strong>, e <em>Introducing Wayne Shorter</em>, de <em>Wayne Shorter</em>, en las notables publicaciones de Craft Recordings. Por fuera del jazz, y, en rigor, m&aacute;s all&aacute; de los l&iacute;mites de cualquier g&eacute;nero, otra reedici&oacute;n de Craft merece todos los elogios: <em>Farewell Angelina</em>, el quinto disco de <strong>Joan Baez</strong>, publicado en 1966; aquel con la foto de <strong>Richard Avedon</strong> en la tapa y en el que ella incluy&oacute; cuatro canciones de <strong>Bob Dylan</strong>, dos de ellas no grabadas por &eacute;l hasta 1991.
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/elegidos_129_12872956.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Dec 2025 13:34:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los elegidos]]></media:title>
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    <item>
      <title><![CDATA[La voz a ti debida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/voz-debida_129_12861259.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/58fb9a14-a1db-4ea7-a8e4-502468d5d1bb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La voz a ti debida"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Lux", el último disco de Rosalía, figura en todas las listas de “mejores discos” de 2025 publicadas al momento. Las más de 42 millones de escuchas en Spotify en un solo día, hablan de una homogeneidad que, sin embargo, no es tal. El mundo del pop menciona el riesgo y el experimentalismo. Y, desde afuera, otros se indignan ante lo que juzgan como el alborozo de ignorantes ante la nueva invención de la rueda. Aquí, algunas de las razones por las que el cuarto álbum de esta artista salida del flamenco, es, en efecto, una obra maestra. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;A la noche se empiezan a encender las preguntas. Las hay distantes, quietas, inmensas, como astros: preguntan desde all&iacute; siempre lo mismo: c&oacute;mo eres&rdquo;. As&iacute; comienza el espa&ntilde;ol <strong>Pedro Salinas</strong> uno de los &uacute;ltimos poemas del libro <em>La voz a ti debida</em>, publicado en 1933. Su t&iacute;tulo remite a un verso de <strong>Garcilaso de la Vega</strong>, citado a su vez en el <em>Quijote</em> de <strong>Cervantes</strong>. Salinas, traductor de <strong>Marcel Proust</strong> y uno de las grandes poetas de la <em>Generaci&oacute;n del 27</em> (<strong>Federico Garc&iacute;a Lorca</strong>, <strong>Miguel Hern&aacute;ndez</strong> y <strong>Rafael Alberti</strong>, entre ellos) ancla su visi&oacute;n de lo moderno en el clasicismo. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Rosal&iacute;a</strong>, otra voz po&eacute;tica de Espa&ntilde;a, funda su cuarto &aacute;lbum &ndash;un disco con voces, algunas expl&iacute;citas y muchas otras subterr&aacute;neas&ndash; en el mismo principio. Tanto los elogios recibidos por <em>Lux</em> como las diatribas &ndash;mucho m&aacute;s secretas si se piensa en la unanimidad de la cr&iacute;tica del pop al respecto o en los m&aacute;s de 42 millones de escuchas que acumul&oacute; en el d&iacute;a de su lanzamiento&ndash; se refieren a lo mismo: la utilizaci&oacute;n de una orquesta y la referencia a la m&uacute;sica cl&aacute;sica. Ni unos ni las otras reparan en que all&iacute; lo m&aacute;s importante es, precisamente, el uso, y no sus materiales. Hay all&iacute;, en todo caso, una respuesta &ndash;contradictoria, como todas las respuestas verdaderas&ndash; a la pregunta que Salinas podr&iacute;a fromularle: &ldquo;&iquest;c&oacute;mo eres?&rdquo;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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        <em>The New Yorker</em>, <em>Pitchfork</em> y <em>Rolling Stone</em>, entre muchas otras publicaciones de todo el mundo, han coincidido en considerar a <em>Lux</em> entre lo mejor del a&ntilde;o que termina. Abundan all&iacute; las menciones a la expansi&oacute;n del mundo del pop, a la inclusi&oacute;n de una orquesta sinf&oacute;nica &ndash;como si eso garantizara el refinamiento y la calidad&ndash;, y al riesgo y el experimentalismo &ndash;que los arriesgados y experimentales de otros g&eacute;neros, como la m&uacute;sica de tradici&oacute;n acad&eacute;mica o el jazz, naturalmente m&aacute;s arriesgados y experimentales que el pop, se apresuran a desestimar&ndash;. En los mundos casi secretos que, como la peque&ntilde;a aldea gala de Asterix intentan resistir el avance del imperio &ndash;en este caso de la homogeneidad de la prensa &ldquo;especializada&rdquo; y de las redes virtuales&ndash; , las cr&iacute;ticas m&aacute;s frecuentadas aseguran que Rosal&iacute;a no expande el pop sino que contrae las m&uacute;ltiples referencias que forman parte de <em>Lux</em>, achat&aacute;ndolas y haci&eacute;ndolas grammyficables, y que el alborozo a su alrededor no es otro que el de ignorantes festejando la (nueva) invenci&oacute;n de la rueda. El reparo podr&aacute; ser cierto en relaci&oacute;n con el periodismo del pop que, en efecto, en su gran mayor&iacute;a desconoce cualquier cosa que no sea el pop y suele deslumbrarse ante &ldquo;novedades&rdquo; como un acorde aumentado, unas cuerdas <em>&agrave; la</em> Vivaldi o la terminaci&oacute;n de una cadencia en modo menor con un acorde mayor, que cuentan con varios siglos de existencia. Pero de ninguna manera alcanzan a un disco brillante (y s&iacute;, se trata de un disco, ya se ver&aacute; por qu&eacute;) en el que si algo no sucede es la utilizaci&oacute;n de materiales hist&oacute;ricos como gui&ntilde;o o mera marca de prestigio. 
    </p><p class="article-text">
        No se trata del manejo ingenuo de procedimientos acad&eacute;micos sino de una gram&aacute;tica externa &ndash;la del pop pero llevada a un l&iacute;mite imaginativo inusual&ndash; para la que lo acad&eacute;mico funciona como una masilla maleable. En <em>Lux</em> las pocas citas textuales &ndash;la orquesta cl&aacute;sica entre ellas&ndash; son reutilizadas, transformadas y llevadas a un territorio en que resultan novedosas. Es cierto que una orquesta que remite inevitablemente a Vivaldi no es revolucionaria, ni riesgosa ni experimental en s&iacute;. Pero &ldquo;Berghain&rdquo;, en cambio, s&iacute; es algo nuevo. La orquesta vivaldiana no es la raz&oacute;n de su valor; el secreto es aquello en que esa orquesta, a pesar de su apariencia, no es vivaldiana en absoluto. Y, sobre todo, la manera en que ese vivaldismo, lejos de ser una totalidad, se convierte en pieza de un rompecabezas exquisito. El otro reparo que merece ser descartado de plano es el del achatamiento. <em>Lux</em> no es un disco plano. No incurre en el famoso <em>sonido de pizzer&iacute;a</em>, sin sobresaltos, donde todo transcurre en una franja muy estrecha de intensidades, sin nada inaudible ni nada que ensordezca. Aqu&iacute; hay fortes &ndash;y hasta fortissimos&ndash; y pianos y pianissimos &ndash;algunos, admirables, de la voz de Rosal&iacute;a sola, o casi sola, en sobreagudos&ndash;.&nbsp;
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        Si bien lo moral no tendr&iacute;a por qu&eacute; entrar en un juicio est&eacute;tico, se trata, adem&aacute;s, de un disco honesto. Y no porque las preocupaciones m&iacute;sticas, su uso de varias &ndash;muchas&ndash; lenguas y la apelaci&oacute;n a mujeres de la iglesia &ndash;err&oacute;neamente la cr&iacute;tica habla de santas y la abadesa <strong>Hildegard de Bingen</strong>, una de las primeras compositoras de las que se tiene conocimiento, no lo es&ndash; sean leg&iacute;timas en s&iacute; sino porque las legitima la m&uacute;sica &ndash;y las letras, desde ya&ndash;.
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    </figure><p class="article-text">
        Todo suena natural, sin impostaci&oacute;n. El magma unificador es el flamenco, que aparece aqu&iacute; y all&aacute; no como cita ni como reclamo de autenticidad sino, sencillamente, como gesto inevitable. Los timbales de la orquesta no aparecen, tampoco, como gesto ampuloso o sobreactuado &ndash;al fin y al cabo la historia de estos instrumentos en el pop empieza con &ldquo;Every Little Thing&rdquo; de <strong>The Beatles</strong>&ndash;. Y la voz del grupo de Liverpool &ndash;y sobre todo de su quinto elemento, <strong>George Martin</strong>&ndash; es estructural. La escritura de las cuerdas, asimil&aacute;ndolas al estilo de las canciones, sirviendo de puntuaci&oacute;n, o de subrayado, y sin imponer su peso &ndash;o su clasicismo&ndash; es, sin duda, deudora de Martin.
    </p><p class="article-text">
        Otra de las voces ocultas &ndash;y fundamentales&ndash; en <em>Lux </em>es la de la compositora y cantante estadounidense <strong>Caroline Shaw</strong>, alguien que transita con fluidez entre el campo de las tradiciones acad&eacute;micas y del pop y, s&iacute;, de la experimentaci&oacute;n y de lo&nbsp;que los auto percibidos como (&uacute;nicos) m&uacute;sicos contempor&aacute;neos consideran <em>m&uacute;sica contempor&aacute;nea</em>. Ganadora de un premio Pulitzer por su <em>Partita para 8 voces</em> &ndash;que se utiliz&oacute; en parte para musicalizar la serie <em>Dark</em>&ndash; e integrante del grupo vocal <strong>Roomful of Teeth</strong>, Shaw tambi&eacute;n compone y canta canciones y es una de las compositoras &ndash;y orquestadoras&ndash; de este disco. 
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    </figure><p class="article-text">
        Y, como se dijo antes, se trata efectivamente de un disco. La gr&aacute;fica de la edici&oacute;n f&iacute;sica no existe en su versi&oacute;n digital pero, adem&aacute;s, una y otra no contienen exactamente la misma m&uacute;sica. El CD real contiene secciones y pasajes que en su encarnaci&oacute;n virtual est&aacute;n ausentes. Por otra parte hay otras grandes voces presentes, las de los ni&ntilde;os de la Escolania de Montserrat y el Coro de C&aacute;mara del Palacio de la M&uacute;sica Catalana, la de <strong>Bj&ouml;rk </strong>y la de <strong>Carminho</strong>, una de las figuras m&aacute;s destacadas de la canci&oacute;n portuguesa actual, que interpreta junto con Rosal&iacute;a la bell&iacute;sima &ldquo;Memoria&rdquo;. 
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        No se trata, en todo caso, de que <em>Lux</em> tenga una orquesta &ndash;<strong>Ray Conniff</strong> y <strong>Caravelli </strong>tambi&eacute;n la ten&iacute;an&ndash; ni de que se acerque al mundo cl&aacute;sico &ndash;<strong>Waldo de los R&iacute;os</strong> lo hizo antes, y fue espantoso&ndash;. Tampoco de que este disco vaya a cumplir una improbable funci&oacute;n redentora y logre que el p&uacute;blico del pop acabe rindi&eacute;ndose a los pies del arte sutil y evanescente de Hildegard de Bingen o de los coros de iglesia. <em>Lux</em> es, apenas, un disco de poderosa originalidad, plural y complejo en el mejor sentido, que utiliza intensivamente recursos del pop &ndash;reverbs, procesos electr&oacute;nicos, distorsiones, enmascaramiento de timbres&ndash; para lograr lo que toda obra maestra: que los materiales, independientemente de su procedencia, se transformen y organicen en un todo capaz de contar algo tan incrustado en la historia &ndash;como la poes&iacute;a de la <em>Generaci&oacute;n del 27</em>&ndash; como definitivamente nuevo.
    </p><p class="article-text">
        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/voz-debida_129_12861259.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 20 Dec 2025 13:14:45 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La voz a ti debida]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Juana y sus fantasmas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/juana-fantasmas_129_12826645.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1a440376-4337-4c1a-b14c-4512151e8aac_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Juana y sus fantasmas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Juana Molina acaba de editar un disco. El primero con canciones nuevas publicado en ocho años. Un mundo de pequeños ecos y desplazamientos casi imperceptibles. Un mundo espectral en que el sonido insemina al texto. O lo contrario. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        En la novela <em>Eclipse</em>, <strong>John Banville</strong> se pregunta si los fantasmas est&aacute;n todo el tiempo o s&oacute;lo cuando uno los ve. Si viven en esos espacios o si se trata de alguna clase de representaci&oacute;n. Escenas destinadas &ndash;y dedicadas&ndash; a un espectador en especial. En ese texto, su personaje, Alexander Cleave, un actor que se ha retirado a la casa de su infancia, abandon&aacute;ndolo casi todo, averigua adem&aacute;s otra cosa: que los fantasmas habitan, eventualmente, otra dimensi&oacute;n y no necesariamente llegan desde el pasado. Algo similar a lo que descubre Chuck en su biograf&iacute;a trazada por <strong>Stephen King</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Entre 1963 y 1965, la serie televisiva <em>Rumbo a lo desconocido</em> (originalmente <em>Outer Limits</em>), advert&iacute;a, al comienzo: &ldquo;No hay nada mal en su televisi&oacute;n. No trate de ajustar la imagen. Nosotros controlamos la transmisi&oacute;n&hellip;&rdquo; Y lo que se ve&iacute;a, entre otras alteraciones, era algo a lo que cualquier telespectador de esa d&eacute;cada estaba acostumbrado: el fantasma. La imagen se duplicaba, o se triplicaba o a&uacute;n m&aacute;s y cada una de esas reproducciones, era m&aacute;s borrosa. Esos fantasmas de la imagen se superpon&iacute;an con ella con un leve desplazamiento. Pero siempre junto a ella, como esos perros fieles que siguen a sus humanos a todas partes. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Juana Molina</strong> acaba de publicar su primer disco con canciones nuevas en ocho a&ntilde;os. En la tapa, una perra lanuda tiene su cara. Una cara dada vuelta hacia el otro lado y apenas entrevista. Su t&iacute;tulo es <em>Doga</em>. Y, como en aquel &aacute;lbum de <strong>King Crimson</strong> en el que, de adolescente, escuchaba una mujer gritando, all&iacute; est&aacute;n los fantasmas. O sus hermanas.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        En el disco de King Crimson, el grito de la mujer no exist&iacute;a. &nbsp;Era fruto de la distorsi&oacute;n y, como cont&oacute; en una entrevista para el suplemento cultural Radar, en P&aacute;gina/12, reci&eacute;n lo descubri&oacute; mucho despu&eacute;s al escuchar la versi&oacute;n remasterizada de <em>Larks&rsquo; Tongues in Aspic</em>. La mujer que gritaba en la ventana, y a la que ella le hab&iacute;a puesto las palabras &ldquo;no, dejame, te dije que no&rdquo;, era en realidad un solo de guitarra de Robert Fripp. O, por supuesto, su fantasma. Y es que Juana Molina, que contaba que ve&iacute;a sus propios programas de televisi&oacute;n &ldquo;con fantasma&rdquo;, era una especialista. &iquest;O es que acaso esa calculada, exacta desafinaci&oacute;n con que desplazaba las alturas de cada sonido en sus desopilantes d&uacute;os de Sandra y Judith junto con In&eacute;s, su verdadera hermana, no era la m&aacute;s exacta traducci&oacute;n musical de esas im&aacute;genes espectrales de la TV?
    </p><p class="article-text">
        <em>Tres cosas</em>, el disco que public&oacute; en 2002, que circul&oacute; poco a poco y que, en 2004, fue elegido por el <em>New York Times</em> como una de las mejores ediciones de rock del a&ntilde;o, planteaba como principio constructivo el arte de los peque&ntilde;os ecos, de las distorsiones virtualmente imperceptibles y, sobre todo, de que nada fuera, nunca, exactamente lo que se esperaba. Despu&eacute;s llegaron <em>Rara</em>, <em>Un d&iacute;a</em> y <em>Halo</em>, otros tres &aacute;lbumes ejemplares dentro de una producci&oacute;n m&aacute;s amplia, que incluy&oacute; dos Eps (<em>Forfun</em> y <em>Exhalo</em>) y la grabaci&oacute;n de una actuaci&oacute;n en M&eacute;xico (<em>Anrmal</em>). Y, desde ya, hubo c&oacute;mplices necesarios: el productor <strong>Emilio Haro</strong>; el tecladista <strong>Odin Schvartz</strong>. 
    </p><p class="article-text">
        <em>Doga</em> presenta, como hilo conductor, la leyenda de la luz mala. Como en los textos de <strong>Mariana Enriquez</strong>, lo inesperado &ndash;y lo terror&iacute;fico&ndash; puede ser criollo y as&iacute; como no hay brujas solo en Salem tampoco los fantasmas habitan solamente en las mansiones de <strong>Henry James</strong>, en las casas costeras de Banville o en los alrededores de Maine. Y si hay un territorio que les ha sido f&eacute;rtil es el del rock-pop argentino. Basten como ejemplos esa voz del m&aacute;s all&aacute; que reclama &ldquo;no me olvides&rdquo; en la versi&oacute;n de &ldquo;Gricel&rdquo; incluida por <strong>Luis Alberto Spinetta</strong> y <strong>Fito P&aacute;ez</strong> en <em>La la la</em>, o el &ldquo;Vietnam&rdquo; de <strong>Andr&eacute;s Calamaro</strong> &ndash;con la ayudita de sus amigos (fantasmas), <strong>Gustavo Cerati</strong> y, nuevamente, Fito&ndash;. &ldquo;Uno es &aacute;rbol; uno no es &aacute;rbol dormido&rdquo; canta, como desde otra dimensi&oacute;n Molina, superponiendo la languidez hipnotizante de su voz con un entretejido de r&iacute;tmica insistente y, s&iacute;, peque&ntilde;os corrimientos de la altura. En &ldquo;La paradoja&rdquo;, una enumeraci&oacute;n <em>&agrave; la cad&aacute;ver exquisito</em> preludia una especie de declaraci&oacute;n de pareja &ndash;o de posible relaci&oacute;n entre dos, o tres si se considera al perro&ndash;. &ldquo;La paradoja del tiempo que se detiene &ndash;dice la letra&ndash; no se detiene sino que pasa volando. A veces en un beso el tiempo se suspende; no se suspende sino que na, na, na&hellip;&rdquo; y la distorsi&oacute;n toma el lugar del significado. 
    </p><p class="article-text">
        Uno de los m&eacute;ritos de Molina en general y de <em>Doga</em> en particular es que letra y m&uacute;sica se interceptan. Juegan a decir lo mismo o lo contrario y cada una de ellas releva por momentos a la otra y, siempre, es la que acaba d&aacute;ndole un sentido. Las melod&iacute;as en ocasiones remiten a vidalas extra&ntilde;adas, las palabras a veces son muy pocas, apenas las vibraciones de consonantes y vocales, y a veces se funden en una cascada, como en &ldquo;Desinhumano&rdquo; &ndash;un t&eacute;rmino que Spinetta hubiera envidiado&ndash;: &ldquo;Y nacer&aacute; un mono del huevo de una piedra/ Hijo del sol del cielo la luna y la Tierra/ Aprender&aacute; a andar a trepar&nbsp;y agradecer&aacute;/ De sus ojos rayos poderosos a los dioses llegar&aacute;n/ Desinhumano/ Desinhumano nacer&aacute;&rdquo;. Y est&aacute;, claro, la autobiograf&iacute;a &iacute;ntima. El retrato a solas. &ldquo;Alguna vez las formas del espacio me sugirieron planos y dibujos/ esa historia que cont&eacute; me la rob&eacute; de un libro de embrujos&hellip;&rdquo;, canta en &ldquo;Va rara&rdquo;. Nuevamente, en la menci&oacute;n al libro de embrujos (o al mundo infantil) son los teclados y las sombras agregadas al sonido los que inseminan al texto. Un texto que luego dir&aacute;: &ldquo;Y critiqu&eacute; a quienes escriben bien porque yo escribo versos anodinos&rdquo;. Aseveraci&oacute;n que desmiente con sentencias como &ldquo;te abandon&eacute; esa noche que dorm&iacute;as busqu&eacute; mi nombre en el abecedario no encontr&eacute; ni la inicial quiz&aacute;s est&eacute; en un escapulario/ Y en el &aacute;rbol las doncellas &iexcl;Qu&eacute; destreza! &iexcl;Qu&eacute; destreza! Ganas de comerlas las podr&eacute; con flores en la mesa&rdquo;. <strong>Mar&iacute;a Elena Walsh</strong> le&iacute;da desde el otro lado del espejo, podr&iacute;a decirse. Y es que, al fin y al cabo, como mostraba <strong>Alejandro Amen&aacute;bar</strong> en un memorable film de hace ya un cuarto de siglo, los fantasmas siempre son los otros.
    </p><p class="article-text">
        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/juana-fantasmas_129_12826645.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 06 Dec 2025 13:48:23 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Juana y sus fantasmas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Juana Molina,Mariana Enriquez,Luis Alberto Spinetta]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los 400 golpes (de un baterista)]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/400-golpes-baterista_129_12789246.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6937244e-6384-4681-80b2-649efdd67ef1_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los 400 golpes (de un baterista)"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Si sólo fuera por los 31 años con el trío de Keith Jarrett alcanzaría. Pero esa no fue la única historia del jazz en la que el baterista Jack DeJohnette fue protagonista. Bill Evans, Miles Davis, McCoy Tyner o Jackie Mclean y cantantes como Abbey Lincoln o Betty Carter contaron con él. Pero tampoco eso fue todo. Sesionista estrella de los sellos CTI y ECM, pianista notable y compositor genial, participó en muchos de los más grandes discos de por lo menos tres décadas. Murió el pasado 26 de octubre, a los 83 años, y su legado es extraordinario. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        Entr&oacute; por primera vez a un estudio de grabaci&oacute;n hace sesenta a&ntilde;os, cuando ten&iacute;a 23. Hab&iacute;a comenzado su carrera profesional como pianista &ndash;tocaba ese instrumento desde los 4 a&ntilde;os&ndash; y solo ocasionalmente en el papel de baterista. Uno de sus primeros trabajos fue con el saxofonista <strong>Eddie Harris</strong>, en su Chicago natal. &ldquo;&Eacute;l me dijo que tocaba muy bien el piano pero que era un baterista nato, y eso me cambi&oacute; la vida&rdquo;, cont&oacute; a la revista <em>Down Beat</em> poco antes de morir, en una pausa entre las actuaciones en tr&iacute;o con el contrabajista <strong>Dave Holland</strong> y el pianista <strong>Jason Moran</strong>, su participaci&oacute;n como percusionista en vivo en una obra teatral de <strong>Sam Shepard</strong> y sus presentaciones con el bailar&iacute;n de tap <strong>Savion Glover</strong>. <strong>Jack De Johnette</strong> falleci&oacute; el pasado 26 de octubre. Alcanzar&iacute;a, para definir su legado, con los 31 a&ntilde;os como integrante del tr&iacute;o con <strong>Keith Jarrett</strong> y <strong>Gary Peacock</strong>. Pero, por supuesto, hubo mucho m&aacute;s. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con ese tr&iacute;o lleg&oacute; a Buenos Aires, por primera vez, en 1994. En esa ocasi&oacute;n dio una cl&iacute;nica y all&iacute; desliz&oacute; una frase, aparentemente casual: &ldquo;Creo que mi mayor talento fue poder escuchar&rdquo;. &nbsp;Y su exposici&oacute;n, amplia y brillantemente ejemplificada desde la bater&iacute;a, rond&oacute; una idea poderosa: &ldquo;No se trata de un instrumento sino de un conjunto de instrumentos&rdquo;. Algo que se complement&oacute; con su afirmaci&oacute;n acerca de la relaci&oacute;n entre sus dos instrumentos amados. &ldquo;La bater&iacute;a y el piano son, al fin y al cabo, dos instrumentos de percusi&oacute;n. Y no habr&iacute;a que olvidar lo que dijo <strong>Cecil Taylor</strong>: &lsquo;un piano son 88 instrumentos de percusi&oacute;n afinados&rsquo;&rdquo;. Ambas sentencias, en todo caso, se verifican en la complejidad y riqueza del lenguaje de DeJohnette. Un idioma en que la idea de que un instrumento es, a la vez, una posible orquesta, resulta central.
    </p><p class="article-text">
        En aquella primera sesi&oacute;n de grabaci&oacute;n, en julio de 1965, con el grupo del saxofonista <strong>Jackie Mclean</strong> y el trompetista <strong>Charles Tolliver</strong>, DeJohnette toc&oacute; en dos temas, que permanecieron in&eacute;ditos. Pero dos meses despu&eacute;s, tambi&eacute;n con McLean y Tolliver pero con el agregado de otra trompeta, <strong>Lee Morgan</strong>, esas dos piezas, &ldquo;Climax&rdquo; y &ldquo;On the Nile&rdquo; volvieron a registrarse, junto con otros tres temas, &ldquo;Soft Blue&rdquo;, &ldquo;Blue Fable&rdquo; y &ldquo;Jacknife&rdquo;, que le dio t&iacute;tulo a todo el disco, una de las gemas del sello Blue Note. La &uacute;ltima grabaci&oacute;n del baterista, entre las 526 registradas en el exhaustivo cat&aacute;logo de <strong>Tom Lord</strong> (The Jazz Discography Online) fue el a&ntilde;o pasado, con el tr&iacute;o del pianista <strong>Ivan Farmakovsky</strong> y el contrabajista <strong>Christian McBride</strong>. Entre uno y otro punto se despliega una carrera ejemplar, junto a varios de los m&uacute;sicos m&aacute;s importantes del g&eacute;nero &ndash;<strong>Miles Davis</strong>, <strong>Bill Evans</strong>, <strong>McCoy Tyner</strong>, <strong>Chick Corea</strong>, <strong>Charles Lloyd</strong>, entre muchos otros&ndash;, como l&iacute;der &ndash;con New Directions y con Special Edition&ndash;, en algunos de los mejores discos de las d&eacute;cadas de 1970 y 1980 y, desde ya, con Jarrett, cuya relaci&oacute;n comenz&oacute; en 1966, como integrantes del cuarteto de Lloyd (<a href="https://www.youtube.com/watch?v=j3wo-OtHMao" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">aqu&iacute;</a> se los puede ver y escuchar en vivo, DeJohnette y un deslumbrante Jarrett, ambos de 24 a&ntilde;os) y el primer &aacute;lbum donde aparecen juntos es <em>Dream Weaver</em>&ndash; y cuyo &uacute;ltimo registro en conjunto es el del concierto del 11 de julio de 2009 en Lucerna (recogido en el disco <em>Somewhere</em>).
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    </figure><p class="article-text">
        La trayectoria de DeJohnette como instrumentista tuvo que ver, por otra parte, con dos sellos en los que, a lo largo de los 70&nbsp;y los 80, fue algo as&iacute; como un baterista emblema, CTI y ECM. Y hubo, claro, dos cap&iacute;tulos aparte: Evans y Davis. Con el primero se destaca la grabaci&oacute;n de la actuaci&oacute;n en el festival de Montreux el 15 de junio de 1968 (con el contrabajista <strong>Eddie Gomez</strong>). Y, con Miles, <em>Bitches Brew</em>, un cl&aacute;sico de su (nueva) ruptura con los moldes del jazz del momento. 
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        <em>Forces of Nature</em>, con McCoy Tyner y <strong>Joe Henderson</strong> (1966), <em>Is</em>, con Chick Corea y <strong>Woody Shaw </strong>(1969), <em>Super Nova</em>, de <strong>Wayne Shorter</strong> (tambi&eacute;n del 69), el notable <em>Joe Farrell Quartet</em> (<strong>Joe Farrell</strong> en saxo, flauta y oboe, tambi&eacute;n con Corea que alterna su lugar con el guitarrista <strong>John McLaughlin</strong>) y <em>Straight Life</em>, de <strong>Freddie Hubbard</strong> (ambos de 1970), y el fundante <em>Ruta and Dailtya</em>, en d&uacute;o con Jarrett (1971)constituyen una buena muestra del momento en que el baterista cristaliza un leguaje propio, que lleva la vieja y buena polirritmia de <strong>Roy Haynes</strong> y <strong>Elvis Jones</strong>, a un nivel de refinamiento, limpieza t&eacute;cnica y precisi&oacute;n in&eacute;ditos en la historia del instrumento.
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        Entre los casi infinitos discos en que actu&oacute; con el sesionista estrella de ECM, todos ellos excelentes, no pueden dejar de considerarse <em>Gateway</em>, con <strong>John Abercrombie</strong> y <strong>Dave Holland</strong>, <em>Timeless</em>, con <strong>Jan Hammer</strong> y Abercrombie, <em>Cloud Dance</em>, con <strong>Col</strong> <strong>https://open.spotify.com/intl-es/album/6bI8mDUAPYawREmbySOc0Wlin Walcott</strong>, Holland y Abercrombie, <em>Batik</em>, con <strong>Ralph Towner</strong> y Eddie Gomez, el tr&iacute;o con el guitarrista <strong>Terje Rypdal</strong> y el contrabajista <strong>Miroslav Vitous</strong> y, con el trompetista <strong>Kenny Wheeler</strong>, <em>Deer Wan</em>, <em>Gnu High</em> y <em>Double, Double You</em>.
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    </figure><p class="article-text">
        El DeJohnette compositor, por otra parte, requiere una atenci&oacute;n particular, sobre todo el que se nuclea a partir de un disco llamado Special Edition y toma ese t&iacute;tulo como nombre de un grupo &ndash;o grupo de grupos&ndash; que, con distintas formaciones encarn&oacute; un mismo proyecto. Ese estilo, surgido de una improbable y original&iacute;sima amalgama entre improvisaci&oacute;n colectiva a la manera del jazz primitivo de Nueva Orleans y Chicago, free, desenfado y el rescate de la tradici&oacute;n de las big bands gener&oacute; una de las propuestas m&aacute;s personales y originales &ndash;e inmediatamente reconocible&ndash; de su &eacute;poca. El primero de esos discos, con dos de los mejores saxofonistas existentes, <strong>David Murray</strong> y <strong>Arthur Blythe</strong>, un creador genial que muri&oacute; muy joven, <em>Album Album</em>, que entendi&oacute; el esp&iacute;ritu festivo como una de las bellas artes, e <em>Inflation Blues</em>, donde DeJohnette se da el gusto de cantar un reggae, conforman una galer&iacute;a indispensable, agrupada junto con <em>Tin Can Alley</em> en una caja de 4 Cds, a la que deben agregarse los dos discos con el trompetista <strong>Lester Bowie</strong> y Abercrombie, <em>New Directions</em> y <em>New Directions in Europe</em>, un &aacute;lbum con un comienzo m&aacute;s que inusual: un extraordinario solo de bater&iacute;a de casi 5 minutos e imaginaci&oacute;n desbordante. 
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    </figure><p class="article-text">
        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/400-golpes-baterista_129_12789246.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 22 Nov 2025 12:49:38 +0000]]></pubDate>
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