<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Martín Caparrós]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/martin-caparros/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Martín Caparrós]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="https://www.eldiarioar.com/rss/category/author/1032339/" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA[Entre gorilas y mandriles]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/gorilas-mandriles_129_12306531.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0d4f5a8a-8152-477d-a3bb-be4cef001fac_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Entre gorilas y mandriles"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Del gorila al mandril el cambio es decisivo: ese enemigo necesario para sostener la estructura propia ya no es alguien amenazador, un peligro que urge enfrentar, un desafío, sino alguien derrotado y humillado, los desechos de uno que no estaba a la altura. 
</p></div><p class="article-text">
        La Argentina se enreda en sus primates: monos y monos y m&aacute;s monos que se disputan el trono tan mono de su res &ndash;cada vez menos&ndash; p&uacute;blica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hay palabras, sabemos, hay palabras. Una palabra fortuita atraves&oacute; la Argentina por d&eacute;cadas. La palabra <em>gorila</em> fue un azar: cuentan que la usaba en 1955 un programa de radio, <em>La revista dislocada</em>, para deshacer culpas. Ante cualquier sorpresa o contratiempo, alguno de los c&oacute;micos dec&iacute;a &ldquo;deben ser los gorilas, deben ser&rdquo;, y el chiste de la ficci&oacute;n se instal&oacute; en el chiste de la realidad: muchos lo usaron para nombrar sin nombrarlos a los militares que preparaban, clandestinos, su golpe contra el general Per&oacute;n: deben ser los gorilas, deben ser.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/444a8515-0cff-4eca-86d2-c8440d69b8f4_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/444a8515-0cff-4eca-86d2-c8440d69b8f4_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/444a8515-0cff-4eca-86d2-c8440d69b8f4_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/444a8515-0cff-4eca-86d2-c8440d69b8f4_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/444a8515-0cff-4eca-86d2-c8440d69b8f4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/444a8515-0cff-4eca-86d2-c8440d69b8f4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/444a8515-0cff-4eca-86d2-c8440d69b8f4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        La palabra, al principio, no entra&ntilde;aba ofensa: como quien dice los marcianos, un alma mala, un pene en pena, vaya ust&eacute; a saber. Retomada por los peronistas se volvi&oacute; un insulto hacia todo aquel que no lo fuera &ndash;y m&aacute;s si era m&aacute;s o menos rico, m&aacute;s o menos conserva. Result&oacute; un bautismo afortunado: a&ntilde;os despu&eacute;s, media &Ntilde;am&eacute;rica dec&iacute;a gorila para decir militar represor, empresario canalla, cura buch&oacute;n, dama de la beneficencia y toda esa caterva.
    </p><p class="article-text">
        Pero volvamos a sus creadores: ya a mediados del siglo pasado Per&oacute;n y los peronistas, en su papel de madres putativas de los diversos populismos, entend&iacute;an que esos movimientos necesitan m&aacute;s que el agua un enemigo. Sin un programa claro, sin v&iacute;nculos precisos, nada une m&aacute;s que un enemigo. &iquest;Qui&eacute;nes somos nosotros? Nosotros somos los que peleamos contra esos. &iquest;Qu&eacute; queremos nosotros? Nosotros queremos lo contrario que esos. &iquest;Qu&eacute; haremos nosotros? Nosotros les vamos a ganar a esos. El peronismo acert&oacute; al llamarlos <em>gorilas</em>: la imagen de este primer primate es primitiva, tosca pero potente, bruta; constituye sin duda un rival temible, poderoso, uno que requiere los mayores esfuerzos para combatirlo. Y as&iacute; fue como el peronismo ya se ha pasado tantos a&ntilde;os en esa santa lid, luchando contra los gorilas.
    </p><p class="article-text">
        Pero cada cual tiene el enemigo que puede o se merece. El populismo que ahora gobierna &ndash;digamos&ndash; la Argentina, a instancias de su jefe, proclama cada vez que puede su batalla contra un primate nuevo. Nadie sabe por qu&eacute; la mayor&iacute;a de las met&aacute;foras del se&ntilde;or presidente argentino remiten al sexo anal, la pedofilia, la zoofilia. No es nuestro trabajo saberlo, grasiadi&oacute;: est&aacute; claro que conviene cuidarse todo lo posible de esa mente rebosante de ni&ntilde;os envaselinados, culos rotos y animales berreando. Pero, aunque habla de todos ellos y de varios m&aacute;s, el se&ntilde;or Milei ha construido como su enemigo principal a los mandriles.
    </p><p class="article-text">
        Mandril lo llaman sus amigos; los dem&aacute;s, en cambio, respetuosos, <em>Mandrillus sphinx</em>. El <em>Sphinx</em> suele vivir en &Aacute;frica y es un animal mediano, unos 50 kilos, esos andares bamboleantes, un pelaje de diversos marrones, su cara fea de cabreado y dientes disuasorios, pero lo que le ha ganado su lugar en la patria es su tremenda popa roja. El se&ntilde;or presidente, en su inmensa clarividencia y su &iacute;nfima &ndash;&iquest;&iacute;ntima?&ndash; debilidad, llama a alguien mandril para informar, con la m&aacute;s suave de la sutilezas, que ha penetrado su ano las veces necesarias para darle ese tono bermell&oacute;n que identifica al animal de marras: que lo ha sopapeado, sometido, socavado y sojuzgado.
    </p><p class="article-text">
        No vale la pena en estas l&iacute;neas debatir ese esputo de la tradici&oacute;n judeocristiana seg&uacute;n la cual la persona &ndash;el hombre&ndash; que introduce su miembro en cuerpo ajeno est&aacute; humillando a la persona introducida. Es una noci&oacute;n que, pese a su evidente desprestigio, sigue presente en las mentes de muchos primitivos &ndash;aunque ahora se llame, para su calentura, violaci&oacute;n. Pero lo que importa resaltar es la audacia del se&ntilde;or presidente, que ha dado un paso de gigante, una voltereta de acr&oacute;bata laosiana en la caracterizaci&oacute;n populista del contrario. Del gorila al mandril el cambio es decisivo: ese enemigo necesario para sostener la estructura propia ya no es alguien amenazador, un peligro que urge enfrentar, un desaf&iacute;o, sino alguien derrotado y humillado, los desechos de uno que no estaba a la altura. Entre el enemigo amenazante y el enemigo despreciado el salto es un mortal de cuatro vueltas y un pomp&oacute;n de plumas.
    </p><p class="article-text">
        En el populismo mandrilista &ndash;&iquest;o ser&aacute; mandrilero?&ndash; no se trata de convocar a la lucha sino de festejar que ya la hemos ganado, que el jefe ya la ha ganado por nosotros. La idea huele al joven Trump &ndash;&ldquo;pase lo que pase, vos siempre dec&iacute; que ganaste&rdquo;&ndash; y es, sin duda, un paso m&aacute;s en la construcci&oacute;n de la realidad alternativa: si los populismos cl&aacute;sicos necesitaban armarse ese enemigo temible para compactar fuerzas y seguir peleando, los mandrileros estiran su relato para decir que, en su magno triunfo, ahora el enemigo no es m&aacute;s que un mono con el culo roto &ndash;y los propios se solazan en la gloria de hab&eacute;rselo rompido.
    </p><p class="article-text">
        Es puro triunfalismo anal generalizado: los seguidores del se&ntilde;or Milei le elogian &ldquo;su frescura, que no se guarda nada&rdquo;. Lo cual lleva a pensar que muchos s&iacute; retienen ideas o palabras semejantes, que querr&iacute;an decirlas pero, por ahora, no se atreven, y se conforman con que &eacute;l exprese el odio, la humillaci&oacute;n al otro, la violaci&oacute;n como triunfo que festejar a gritos. (Y entonces el presidente teme, quiz&aacute;, quedarse solo y, hace unos d&iacute;as, en una frase inolvidable, les reclama m&aacute;s: &ldquo;La gente no odia lo suficiente a los periodistas&rdquo;, les dijo, como quien exige una mandrilizaci&oacute;n m&aacute;s intensa, m&aacute;s extensa, como quien se decepciona porque sus s&uacute;bditos no violan suficiente.)
    </p><p class="article-text">
        Y sin embargo el ataque contra los mandriles &ndash;el relato de su derrota&ndash; es incesante, y all&iacute; acecha el peligro de esta nueva f&oacute;rmula, innovadora como pocas: el atacante debe controlar la frecuencia e intensidad de sus asaltos ya que, al presentar como enemigo a un despojo bien rojo, corre el riesgo de que su insistencia sea percibida como aprovechamiento, un encono empecinado y cobarde que te lleva a patear al rival ya ca&iacute;do. (Aunque sea obvio que el se&ntilde;or presidente no correr&aacute; ese riesgo: su inteligencia, su control de s&iacute; mismo lo hacen imposible.)
    </p><p class="article-text">
        Son detalles. La cruda, inflamada realidad es que la teor&iacute;a pol&iacute;tica contempor&aacute;nea necesitaba una actualizaci&oacute;n. Y que, como tantas otras veces, el se&ntilde;or Milei se la ha metido.
    </p><p class="article-text">
        <em>MC/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Martín Caparrós]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/gorilas-mandriles_129_12306531.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 18 May 2025 04:31:03 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/0d4f5a8a-8152-477d-a3bb-be4cef001fac_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="20597569" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/0d4f5a8a-8152-477d-a3bb-be4cef001fac_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="20597569" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Entre gorilas y mandriles]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/0d4f5a8a-8152-477d-a3bb-be4cef001fac_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El reino animal]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/reino-animal_129_12196737.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/dfc63d8b-653d-48f0-b7cc-3627ef9d5a90_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El reino animal"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En nuestras sociedades los animales dejaron de ser necesidad; se volvieron capricho, despilfarro, otro de nuestros lujos. Prólogo de 'El corazón de la bestia. Historias de animales y humanos', un libro de Bookmate editado por Leila Guerriero. </p></div><p class="article-text">
        Somos su reino: vivimos plagados de animales.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ahora que ya no los necesitamos, rebosamos de ellos.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;No los necesitamos?&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/084cbfa6-be78-4694-8a99-ba6509c175d5_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/084cbfa6-be78-4694-8a99-ba6509c175d5_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/084cbfa6-be78-4694-8a99-ba6509c175d5_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/084cbfa6-be78-4694-8a99-ba6509c175d5_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/084cbfa6-be78-4694-8a99-ba6509c175d5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/084cbfa6-be78-4694-8a99-ba6509c175d5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/084cbfa6-be78-4694-8a99-ba6509c175d5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Deber&eacute; contar detalles de mi vida. Me desanima la autoficci&oacute;n casi tanto como la automicci&oacute;n&nbsp;o la automoci&oacute;n &mdash;que ya no puedo practicar. Pero no tengo forma de negar que estas l&iacute;neas&nbsp; ser&iacute;an muy diferentes si no hubiera entrado, semanas atr&aacute;s, Tita en mi vida.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; se podr&iacute;a decir &mdash;porque quiz&aacute; podr&iacute;a decirse casi todo&mdash; que los hombres empezaron a&nbsp; ser hombres cuando inventaron una forma de relacionarse con los animales que ning&uacute;n animal&nbsp;hab&iacute;a ejercido antes. Digo: que esa relaci&oacute;n diferente con los animales los hizo diferentes de&nbsp; ellos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hombres, digo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los animales, incluidos los hombres, siempre se hab&iacute;an relacionado de esa manera laxa y&nbsp;terminante que pensamos como ley de la selva: el que pudiera se com&iacute;a a quien pudiera. O se&nbsp; escapaba o se ocultaba o lo acechaba o persegu&iacute;a: todas interacciones puntuales y forzosas. Y&nbsp; en cambio hubo un momento en que unos animales &mdash;los humanos&mdash; establecieron con otros&nbsp;una relaci&oacute;n de dominio a largo plazo: los domesticaron. Consiguieron que tal zorro emperrado les cuidara la cueva, que tal caballo bayo los llevara o trajera, que tal oveja vieja ya no huyera&nbsp;al verlos y se dejara mandonear &mdash;para no hablar de sexo. Hubo, de pronto, unos animales que&nbsp;hac&iacute;an con otros lo que ninguno antes hab&iacute;a hecho, y as&iacute; empezamos a hablar de animales: eran&nbsp;todos los dem&aacute;s, los que no pod&iacute;an hacer lo que estos s&iacute; pod&iacute;an. Eran, sobre todo, los que hab&iacute;an aceptado obedecerles a cambio de cierta protecci&oacute;n, cierta comida, cierto acostumbramiento.&nbsp;Con esos animales, los hombres no solo se volvieron hombres; practicaron, adem&aacute;s, las t&eacute;cnicas de dominaci&oacute;n que terminar&iacute;an en la fundaci&oacute;n de los estados y dem&aacute;s extravagancias.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que ahora tengo un gato &mdash;que es, en realidad, una gata. Tita se llama Tita para no llamarse&nbsp;Gatita y es un bicho que probablemente no pese medio kilo y lleva vivo menos de tres meses.&nbsp;Es de una raza que alguien invent&oacute;: se llama &ldquo;bengal&iacute;&rdquo; y se supone que la hicieron, d&eacute;cadas&nbsp;atr&aacute;s, mezclando mucho gen de gato con una pizca de genes de leopardo, as&iacute; que Tita tiene ese&nbsp;pelo amarillo con manchas negras que suelen dibujar esos felinos. Tita es bell&iacute;sima,&nbsp;m&oacute;dicamente astuta, casi cari&ntilde;osa y es, de alg&uacute;n modo, un animal bons&aacute;i: una reproducci&oacute;n en&nbsp;chiquitito de lo que deber&iacute;a ser mucho m&aacute;s grande &mdash;y, al ser peque&ntilde;o, es posible y manejable.&nbsp;Amo a Tita y s&eacute; que es un invento: el estadio presente del asunto animal, en que ya no se trata&nbsp;de domesticar sino de inventar, de crear animales a medida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Amo a Tita, un gato que es, en realidad, una gata. Pero no creo que eso sea importante. Sospecho&nbsp;que la cuesti&oacute;n del sexo de los animales dom&eacute;sticos se parece a la del sexo de los &aacute;ngeles. Un due&ntilde;o o due&ntilde;a tiene con su gato o gata relaciones sensuales: mimos, miradas, ronrones,&nbsp; toqueteos. Y sin embargo no creo que esa sensualidad cambie seg&uacute;n el g&eacute;nero de los interesados: mi relaci&oacute;n con Tita ser&iacute;a igual si se llamase Tito y fuera un gato. Son relaciones&nbsp;muy contempor&aacute;neas: fluidas, sensualidad m&aacute;s all&aacute; de los g&eacute;neros.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La miro y me fascina su belleza. La veo correr y saltar y no puedo creer su agilidad. Le rasco la cabeza y ella me muerde muy despacio, le rasco la pancita y ronronea. Nos miramos con&nbsp;caras que deber&iacute;an decir algo y seguramente dicen algo, solo que no sabemos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde que el hombre se hizo hombre vivi&oacute; rodeado de otras bestias: los animales, servidores&nbsp;de sus amos. Gallinas que les pon&iacute;an los huevos, perros que les cuidaban las ovejas, gatos que les mataban ratas, vacunos que les daban leche y bosta y calor y trabajo, gansos que les&nbsp; montaban guardia, caballos que los transportaban, halcones que les cazaban, burros, cabras,&nbsp;abejas, elefantes: los usaban para sobrevivir. Eran herramientas: cuando no se las com&iacute;an, los&nbsp;hombres las manejaban para sus necesidades. Pero la mayor&iacute;a fue reemplazada por m&aacute;quinas&nbsp;&mdash;m&aacute;s eficaces, m&aacute;s f&aacute;ciles, m&aacute;s limpias&mdash; y perdi&oacute; su trabajo; lo conservan, por ahora, los que&nbsp; ser&aacute;n comida.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y al mismo tiempo, en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas, la mayor&iacute;a de los hombres empez&oacute; a vivir en las&nbsp;grandes ciudades, alejados de presencias animales. En las ciudades pobres todav&iacute;a quedan algunas: ratas, cucarachas, perros sueltos, gatos extraviados, un burro, una gallina, las vacas de&nbsp;la India; en las ricas, solo los p&aacute;jaros y dem&aacute;s insectos y la enorme cantidad de perros y gatos&nbsp;cama adentro. Cuyos conchabos evolucionaron igual que el resto de la econom&iacute;a: su empleo ya&nbsp; no est&aacute; en la producci&oacute;n sino que se dedican a servicios; en concreto, el de la compa&ntilde;&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Saber que hay alguien, que en la sombra&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        hay alguien, que hay alguien que hace&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        ruidos, alguien, digamos algo, que en la sombra&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        hay m&aacute;s que sombras y silencios.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La relaci&oacute;n es sensual y felizmente confusa: nadie nunca est&aacute; seguro de lo que entiende su gata o su perro, y eso es lo mejor y lo peor que tienen. Seg&uacute;n c&oacute;mo: a veces tu animal es como un&nbsp;gran poema, al que le puedes hacer decir lo que querr&iacute;as. A veces tu animal es un bloque de&nbsp; madera que no entiende gestos o palabras tan f&aacute;ciles. El otro d&iacute;a le se&ntilde;al&eacute; un trozo de comida&nbsp;con mi dedo &iacute;ndice y se qued&oacute; mirando el dedo &iacute;ndice: Tita, sin querer, me explic&oacute; algo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La comunicaci&oacute;n con el animal siempre est&aacute; te&ntilde;ida por ese halo de misterio: &iquest;qu&eacute; co&ntilde;o&nbsp;entender&aacute;, qu&eacute; cuernos imagina? Es lo mismo que nos pasa con todos y cualquiera, solo que&nbsp;evidente y bien justificado. Y es fant&aacute;stico convivir de tan cerca con alguien &mdash;algo&mdash; de quien&nbsp; nunca sabr&aacute;s qu&eacute; est&aacute; pensando.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con Tita conversamos: yo no puedo esperar &mdash;yo no debo esperar&mdash; que ella me conteste con&nbsp; palabras, as&iacute; que le contesto con maullidos. Igual que en muchas relaciones, nuestros di&aacute;logos&nbsp;son una botella al mar, el azar m&aacute;s extremo. Quiz&aacute;s ella sepa lo que me est&aacute; diciendo; yo s&eacute; que&nbsp; no lo s&eacute; y, menos a&uacute;n, lo que le digo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En nuestras sociedades, entonces, los animales dejaron de ser necesidad, se volvieron capricho&nbsp; &mdash;pero seguimos viviendo entre animales. Solo que ahora son puro despilfarro, otro de nuestros&nbsp;lujos. O, quiz&aacute;s, una medida de muchas soledades: los perros sirven, sobre todo, como vectores&nbsp; de ese amor que tantos no saben a qui&eacute;n dar ni de qui&eacute;n recibir. Trat&aacute;ndose de amor, el negocio&nbsp; es seguro. Dicen que hay, en todo el mundo, entre 800 y 900 millones de perros que consumen&nbsp;100.000 millones de d&oacute;lares al a&ntilde;o en comidas y remedios y lacitos. Su situaci&oacute;n &mdash;como la de&nbsp;los gatos&mdash; ha evolucionado igual que el resto de la econom&iacute;a del mundo. Queda dicho: los&nbsp; animales que viven con personas ya no trabajan en el sector primario sino en el terciario, no en la producci&oacute;n sino en servicios; en concreto, el servicio de la compa&ntilde;&iacute;a y el juego y el mimito.&nbsp;Por un lado, acompa&ntilde;an a los solos, dan a sus casas un toque de color y de calor; por otro,&nbsp;amalgaman familias: hoy es dif&iacute;cil concebir nada m&aacute;s familiar que una pareja con sus hijos y&nbsp;un perro, el gran amigo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Solo en los Estados Unidos hay un can cada cuatro individuos; en Europa hay uno cada diez, igual que en China. Cada a&ntilde;o los ingleses, por ejemplo, se compran un mill&oacute;n de perros nuevos y se indignan porque muchos son contrabandeados desde criaderos en Europa Oriental que,&nbsp; dicen, no cumplen con las reglas m&iacute;nimas de sanidad y humanidad &mdash;de canidad no hablan. En un mundo asustado por la amenaza del ambiente, los perros producen unas 400.000 toneladas&nbsp;de mierda cada d&iacute;a. Y comen, comen, gastan, comen.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        (En la Tierra vivimos 8.000 millones de personas y solo 2.000 millones de perros y gatos: cuatro personas por cada animalito de servicio. Y hay muchas m&aacute;s cucarachas y ratas y moscas y&nbsp;mosquitos. Pero, dentro del mundo humano, lo que m&aacute;s hay es sin duda gallinas. El mundo&nbsp; alberga, en cada momento, unos 30.000 millones de gallinas &mdash;que se renuevan todo el tiempo, matadas y criadas y matadas y criadas y matadas. Gallinas: hay por lo menos cuatro por cada&nbsp;humano, y seguimos creyendo que son nuestras. En realidad, las gallinas nos permiten intentar todos estos malabares para no desalentarnos; ellas son las que ocupan el mundo.)&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Corre detr&aacute;s de un ratoncito verde hecho de hilos, lo revolea, se echa en el sill&oacute;n, vuelve a&nbsp;correr, da saltos, se persigue la cola, se vuelve a echar y duerme unos minutos, se lava las patas&nbsp;con la lengua, se lava el morro con las patas, rasgu&ntilde;a el almohad&oacute;n, viene a que le haga mimos,&nbsp; ronronea, sale disparada, busca su pote de agua, vuelve al sill&oacute;n, se duerme otros minutos, se despierta, ma&uacute;lla, corre hasta su arenero y hace caca, se ocupa de dejarla bien tapada, sale&nbsp;corriendo y encuentra de nuevo su rat&oacute;n, lo zarandea, corre, salta, me mordisquea los tobillos y me ma&uacute;lla, quiere comer, voy a tener que levantarme.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un animal dom&eacute;stico es la quintaesencia de ese ocio que los humanos suelen desear &mdash;hasta&nbsp; que lo consiguen. Un jubilado, digamos: alguien que no tiene m&aacute;s obligaci&oacute;n que la de dejarse vivir, comer, dormir, pasarla pasablemente bien. Un gato o un perro hogare&ntilde;os son lo mismo&nbsp; solo que no han trabajado 40 a&ntilde;os para conseguirlo&mdash;: son entes que no precisan hacer ning&uacute;n&nbsp;esfuerzo. Diferencia extrema: all&iacute; donde todos los otros animales, desde la hormiga al&nbsp;hipop&oacute;tamo, pasan sus vidas intentando conseguir sus alimentos &mdash;y a eso dedican buena parte de su tiempo&mdash;, las mascotas tienen garantizada la comida regular, el techo, ciertos cuidados&nbsp;b&aacute;sicos. Algunos imaginan, al menos, que deben recompensar esa comida con alg&uacute;n modo del&nbsp; cari&ntilde;o; otros &mdash;muchos gatos, sin duda&mdash; no act&uacute;an esa noci&oacute;n prostibularia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No hay otro g&eacute;nero animal &mdash;incluyendo todav&iacute;a a los humanos&mdash; que viva tan f&aacute;cil, tan barato,&nbsp;tan dedicado al ocio sin m&aacute;s metas: en ese sentido, el animal tercerizado es como un estandarte&nbsp;de lo que querr&iacute;amos &mdash;y, quiz&aacute;, lo contrario de lo que queremos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Perros y gatos son, adem&aacute;s, las estrellas absolutas del verdadero no-lugar de nuestros tiempos:&nbsp; las redes sociop&aacute;ticas. All&iacute; pululan, proliferan, se propagan: hay perros que reencuentran a su due&ntilde;o perdido y jubilan con explosi&oacute;n de colas, hay gatos que ven un video de su due&ntilde;o muerto&nbsp; y yacen sobre la imagen y la acunan, hay perros que dedican a la c&aacute;mara una sonrisa falsa de quincea&ntilde;era en selfi, hay gatos que nadan en una playa tropical como si el agua no mojara &mdash;y&nbsp; todos ellos tienen millones de reproducciones en twitter o tiktok o instagram. No hay nada &mdash;o&nbsp; casi nada&mdash; que atraiga m&aacute;s a los milllones y millones de usuarios de la gran cloaca que ciertos&nbsp; episodios animales.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Nada confirma tanto el lugar que ahora tienen &mdash;y el que ahora tenemos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero no todo es consumo y negocio y amor&iacute;os; est&aacute;, tambi&eacute;n, el correlato militante: animalismo avanza. Personas que toleran con cierta calma el hecho de que cada d&iacute;a se mueran en el mundo 25.000 personas por causa de la malnutrici&oacute;n salen a la calle porque no soportan que le peguen&nbsp;a una vaca. Es malo que le peguen a una vaca; hay cosas que podr&iacute;an doler m&aacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hay bestias que lo sostienen con denuedo: que se fijan en minucias num&eacute;ricas y se&ntilde;alan, por ejemplo, que el planeta contiene la misma cantidad de mascotas que de hambrientos. E insisten en que esos 100.000 millones que nos cuestan al a&ntilde;o son el triple del dinero que, seg&uacute;n la FAO, alcanzar&iacute;a para eliminar en poco tiempo el hambre m&aacute;s mort&iacute;fero. Y llegan a decir, oh dioses,&nbsp;que habr&iacute;a que prohibir toda mascota mientras haya personas que no coman suficiente, y se ponen belicosos: &iquest;c&oacute;mo justificar que un perro &mdash;arguyen&mdash; coma lo que no comen hombres?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cada quien tiene, supongo, su respuesta. Mientras, esos animales ya no hacen de animales; hacen, ahora, de personas raras. Son, en principio, seres queridos que no crean zozobra: dan la&nbsp; ilusi&oacute;n de que dan y no piden nada a cambio. Lo cual se sostendr&iacute;a mucho mejor si no&nbsp;dependieran absolutamente de sus due&ntilde;os para sobrevivir. Pero nos gusta suponerlos&nbsp;incondicionales: el amor verdadero, sin tanto toma y daca. Y nos gusta creerlos semejantes.&nbsp;Por eso, supongo, nos regocija ver hacer a un ser animal lo que ser&iacute;a banal si lo hiciera un ser m&aacute;s o menos humano. Recuerdo aquella frase que avanzaba hacia la ambig&uuml;edad casi perfecta: &ldquo;Un pa&iacute;s cuyos habitantes siempre trataron a los animales como animales&rdquo;. Quiz&aacute; nos tranquiliza imaginar que las bestias tambi&eacute;n piensan y quieren y saben y nos enga&ntilde;an y se aprenden la tabla del siete y que, por lo tanto, todo ese tiempo que nos pasamos con ellas, todo&nbsp;ese dinero que nos gastamos en ellas, todas esas cosas que les contamos, todo ese amor que les&nbsp; facilitamos no caen en saco roto &mdash;que es un saco que ya pas&oacute; de moda.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tita se pasea sobre mi escritorio: es tal minucia que puede todav&iacute;a. Ataca las orqu&iacute;deas, muerde las puntas de los l&aacute;pices, se enmara&ntilde;a en los cables, se pelea con los cables, los derrota; no le interesa la pantalla de mi computadora pero s&iacute; caminar sobre el teclado: m&aacute;s escritora que&nbsp; lectora. Lo atractivo, tambi&eacute;n, del animal es prestarle motivos y razones que no tienen nada que&nbsp; ver con &eacute;l sino conmigo: hacer de &eacute;l un ersatz, caricatura de m&iacute; mismo.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y la miro y la miro y a veces, en momentos de extrema vanidad, llego a creer que su cara es la&nbsp; m&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y esa idea de responsabilidad: hacerse cargo de algo vivo. Hace unas d&eacute;cadas un perverso nip&oacute;n invent&oacute; un peque&ntilde;o instrumento de tortura: se llamaban, creo, tamagotchis, y eran unos bichitos&nbsp;acu&aacute;ticos virtuales con los que bombardeaban a los pobres ni&ntilde;os de esos tiempos. El tamagotchi no ten&iacute;a ninguna gracia, no otorgaba ning&uacute;n derecho pero s&iacute; un deber extremo: hab&iacute;a que mantenerlo vivo. El ni&ntilde;o lo recib&iacute;a como se recibe una misi&oacute;n al desierto de los t&aacute;rtaros: ten&iacute;a&nbsp;que demostrar su ni&ntilde;edad responsable y bondadosa ocup&aacute;ndose de alimentarlo. El mundo se&nbsp; transform&oacute;, en esos d&iacute;as, en hecatombre cruel de tamagotchis &mdash;mor&iacute;an como moscas&mdash; y&nbsp; millones de ni&ntilde;os aprendieron, gracias a la culpa, que hab&iacute;a que cumplir con las obligaciones y, sobre todo, cuando implicaban a un ser vivo. Esa funci&oacute;n es la que cumplen, tambi&eacute;n, ahora,&nbsp; los cientos de millones de mascotas: crearnos una obligaci&oacute;n, permitirnos cumplirla y, as&iacute;,&nbsp;sentirnos buenos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una mascota ejerce sobre ti su m&iacute;nimo poder: tienes que alimentarla, pasearla, divertirla,&nbsp;mantenerla sana. A cambio, te permite ejercer un poder que sobre nadie m&aacute;s: alguien &mdash;algo&mdash; que obedece tus &oacute;rdenes sin discutir ni razonar, sin m&aacute;s porf&iacute;as. Cada vez se hace m&aacute;s dif&iacute;cil&nbsp; encontrar espacios para ese tipo de poder, pero mi perro se sienta se acuesta se calla muerde&nbsp;cuando yo le digo, mi gata sale a recibirme cada vez que llego y mea en su ba&ntilde;ito. Yo soy el&nbsp;amo. As&iacute; se dice: el amo. Hay que encontrar de qu&eacute;: gatos y perros.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Poder tener poder:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        el servicio perfecto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y al mismo tiempo el placercito de contarle con toda confianza, de confesarle a alguien &mdash;algo&mdash; cosas que jam&aacute;s podr&aacute; usar en tu contra. Hablar, por fin, en serio. Y abandonarte, dejar de ser tan concentradamente t&uacute;. El perrigato es un ser vivo: algo que&nbsp; cambia m&aacute;s all&aacute; de ti, que distrae tu atenci&oacute;n cuando tu atenci&oacute;n se centra demasiado en tu&nbsp; desastre. Un ser que suponemos m&aacute;s feliz: que imaginamos feliz de puro simple. Y creemos ser&nbsp;la fuente de esa felicidad: mientras le demos su comida, su atenci&oacute;n, sus peque&ntilde;os paseos, sus&nbsp; juguetes y mimos, el animal ser&aacute; feliz. Impagable, hacer feliz a alguien &mdash;algo.&nbsp;Ser, por fin, capaz de hacer feliz. Tener poder, hacer feliz.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ser, por oposici&oacute;n, seres humanos.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b87b3467-5148-4c71-956b-2da4e5a4b97e_source-aspect-ratio_50p_1115064.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b87b3467-5148-4c71-956b-2da4e5a4b97e_source-aspect-ratio_50p_1115064.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b87b3467-5148-4c71-956b-2da4e5a4b97e_source-aspect-ratio_75p_1115064.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b87b3467-5148-4c71-956b-2da4e5a4b97e_source-aspect-ratio_75p_1115064.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b87b3467-5148-4c71-956b-2da4e5a4b97e_source-aspect-ratio_default_1115064.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b87b3467-5148-4c71-956b-2da4e5a4b97e_source-aspect-ratio_default_1115064.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/b87b3467-5148-4c71-956b-2da4e5a4b97e_source-aspect-ratio_default_1115064.jpg"
                    alt="Tapa de El corazón de la bestia."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Tapa de El corazón de la bestia.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        <em><strong>Es posible leer o escuchar este libro y otros gratuitamente en Bookmate durante un mes introduciendo el c&oacute;digo ELDIARIOAR </strong></em><a href="https://es.bookmate.com/code?promo=ELDIARIOAR" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em><strong>en este enlace.</strong></em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Martín Caparrós]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/reino-animal_129_12196737.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 06 Apr 2025 03:19:18 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/dfc63d8b-653d-48f0-b7cc-3627ef9d5a90_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="3417420" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/dfc63d8b-653d-48f0-b7cc-3627ef9d5a90_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="3417420" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[El reino animal]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/dfc63d8b-653d-48f0-b7cc-3627ef9d5a90_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Hasta pronto, carigno]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/pronto-carigno_129_11949310.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4624ba31-1e98-45b4-a878-10ac0bf948ee_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Hasta pronto, carigno"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La muerte de Jorge Lanata provocó el apogeo y caída de un género efímero, “Yo y Lanata”, un concurso de historias personales, muestras de cercanía, dice el autor quien admite que, junto con la tristeza, le sacaron las ganas de escribir sobre su amigo. Pasados los días, Martín Caparrós lo recuerda así.</p></div><p class="article-text">
        (Ya pasaron unos d&iacute;as: hac&iacute;a tiempo que la Argentina no le dedicaba tanta atenci&oacute;n a una muerte. En esa atenci&oacute;n aparecieron distintas intenciones. Por un lado, fue impresionante ver su barba en las tapas o aperturas o homes de todos los medios y ver, tambi&eacute;n, como la flor y nata del periodismo establecido, que temi&oacute; tantas veces sus impulsos de cambio, su franqueza, su audacia, busc&oacute; la forma de ensalzarlo para no quedarse afuera &ndash;o apropi&aacute;rselo todo lo posible. Tambi&eacute;n vimos, en esos d&iacute;as, el apogeo y ca&iacute;da de un g&eacute;nero ef&iacute;mero, &ldquo;Yo y Lanata&rdquo;, un concurso de historias personales, muestras de cercan&iacute;a &ndash;que, junto con la tristeza, me sacaron las ganas de escribir. Creo que, tonto de m&iacute;, me las devolvieron los energ&uacute;menos de siempre. Al fin y al cabo somos la Argentina, un pa&iacute;s donde un ex militar de inteligencia, el ex teniente general Milani, acusado de desapariciones y torturas, puede darse el lujo de llamar a Jorge Lanata &ldquo;un ser humano despreciable, un corrupto intelectual y moral&rdquo; cuya muerte fue &ldquo;justicia po&eacute;tica&rdquo;: como si lo carcomiera la nostalgia de la &eacute;poca en que &eacute;l y los suyos pod&iacute;an decidir qu&eacute; muertes eran justas y ponerlo en pr&aacute;ctica. Su ex jefa, ex presidenta y ex supuesta defensora de los derechos humanos no dijo una palabra. S&iacute; se habl&oacute; encima, para su desgracia, un neopropagandista neoanalfabeto del neofascismo neomile&iacute;sta, un tal neoM&aacute;rquez, goebbelsito del subdesarrollo, que dijo que &ldquo;revent&oacute; Lanata, que se dio a conocer con un diario pro terrorista: ese es su origen siniestro, rodeado de escribas inmorales porque eran de izquierda, al servicio del mal o del crimen&hellip;&rdquo;. Y su jefe el presidente se qued&oacute; en silencio, inaugurando una t&aacute;ctica in&eacute;dita que podr&iacute;a darle grandes satisfacciones: callarse la boca. Ser&iacute;a, carigno, tu pen&uacute;ltimo triunfo contra la tonter&iacute;a. Pero tu victoria tuvo, tambi&eacute;n, su lado malo: me dieron ganas de escribirte.)
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/68206695-41ac-4e80-a127-d855530abde6_source-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/68206695-41ac-4e80-a127-d855530abde6_source-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/68206695-41ac-4e80-a127-d855530abde6_source-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/68206695-41ac-4e80-a127-d855530abde6_source-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/68206695-41ac-4e80-a127-d855530abde6_source-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/68206695-41ac-4e80-a127-d855530abde6_source-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/68206695-41ac-4e80-a127-d855530abde6_source-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="La estatua ecuestre de Martín Caparrós que Jorge Lanata le había prometido una noche de verano en el Tigre."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                La estatua ecuestre de Martín Caparrós que Jorge Lanata le había prometido una noche de verano en el Tigre.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Fue de verdad una sorpresa. La caja lleg&oacute; hace un mes, semana m&aacute;s o menos. Era una caja de madera s&oacute;lida, metro y medio de largo por uno de alto por uno de ancho, s&oacute;lidamente atornillada, con unas letras pintadas en negro que dec&iacute;an fr&aacute;gil y el apellido de mi mujer y ning&uacute;n remitente. Nos cost&oacute; mucho trabajo abrirla y no sab&iacute;amos qu&eacute; era; cuando al fin pudimos sacarle la tapa de madera nos encontramos con un mar de telgopor en pedacitos. Empec&eacute; a apartarlos y lo primero que vi fue una cabeza de persona, cinco o diez cent&iacute;metros: tard&eacute; un momento en entender que era la m&iacute;a. Entonces tuve un momento de confusi&oacute;n extrema y despu&eacute;s se me ocurri&oacute; que quiz&aacute;s era eso: me puse a apartar los telgopores de adelante y, en efecto, apareci&oacute; la cabeza de un caballo. Solt&eacute; un grito: &iexcl;no, la estatua ecuestre! &iexcl;No puede ser tan hijo de puta, es la estatua ecuestre!
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/3640e1f6-a553-4673-8129-f2c5ec607165_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/3640e1f6-a553-4673-8129-f2c5ec607165_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/3640e1f6-a553-4673-8129-f2c5ec607165_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/3640e1f6-a553-4673-8129-f2c5ec607165_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/3640e1f6-a553-4673-8129-f2c5ec607165_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/3640e1f6-a553-4673-8129-f2c5ec607165_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/3640e1f6-a553-4673-8129-f2c5ec607165_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        La historia es larga y tonta. Empez&oacute; hace m&aacute;s de quince a&ntilde;os, una noche de verano en mi casa del Tigre. Cen&aacute;bamos Jorge y Kiwi, Dani y Laura, Margarita y yo, como tantas veces. No s&eacute; qu&eacute; cuernos habr&eacute; dicho que Jorge, para tomarme el pelo, dijo que realmente me merec&iacute;a una estatua ecuestre y que &eacute;l la iba a encargar e instalar en el jard&iacute;n de aquella casa. Pas&oacute; el tiempo, yo me fui de all&iacute;, pero &eacute;l de tanto en tanto volv&iacute;a a hablarme de la famosa estatua ecuestre: ya era uno de esos chistes viejos que los viejos amigos se repiten como quienes se abrazan, quienes se dicen seguimos siendo eso. Y de pronto la estatua estaba en casa. Yo no paraba de decir no puede ser, el hijo de mil putas lo hizo una vez m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Llor&eacute; un poco, me re&iacute; un rato largo. Jorge llevaba meses en el hospital: parec&iacute;a que me la mandaba desde all&iacute; &ndash;aunque, por supuesto, despu&eacute;s supe que hab&iacute;a salido antes. Y entend&iacute; que esa estatua tan perfecta, enviada por barco hasta G&eacute;nova y desde all&iacute; por dos o tres camiones, varios meses de confecci&oacute;n y recorridos, era como una s&iacute;ntesis, la quintaesencia de Jorge Lanata. Quiero decir: un efecto de la calidad m&aacute;s destacada entre todas las que lo hicieron ser lo que fue. No su inteligencia, su audacia, su gracia, su energ&iacute;a, su generosidad ni tantas otras: fue esa confianza, esa certeza que siempre tuvo de que, si quer&iacute;a algo, lo iba a hacer. O peor: que ten&iacute;a derecho a todos sus deseos. Muy poca gente cree que tiene derecho a sus deseos, y esas personas, en general, consiguen lo que nadie.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">No su inteligencia, su audacia, su gracia, su energía, su generosidad ni tantas otras: fue esa confianza, esa certeza que siempre tuvo de que, si quería algo, lo iba a hacer. O peor: que tenía derecho a todos sus deseos. Muy poca gente cree que tiene derecho a sus deseos, y esas personas, en general, consiguen lo que nadie</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Yo lo hab&iacute;a conocido en radio Belgrano en 1984, pero no mucho. Lanata, 23, barbudo, trabajaba en el programa matutino de Aliverti, serio, comprometido, y Dorio y yo cre&iacute;amos que era m&aacute;s subversivo re&iacute;rnos del mundo cada noche. Empezamos a hablar en el &rsquo;87, cuando me dijo que estaba por sacar un diario y yo lo odi&eacute;: yo hab&iacute;a planeado hacerlo y &eacute;l lo hac&iacute;a. Me propuso que dirigiera la secci&oacute;n y el suplemento de cultura de ese invento que estaba preparando y que tendr&iacute;a, me dijo, doce p&aacute;ginas. Lo hice, y en la noche del 25 de mayo fuimos juntos, con otros cinco o seis, a la imprenta a ver salir de m&aacute;quinas el primer n&uacute;mero de <em>P&aacute;gina/12</em> &ndash;que ya ten&iacute;a 16.
    </p><p class="article-text">
        Aquella vez no dur&eacute; mucho: al cabo de cinco o seis semanas me llam&oacute; a su oficina y me dijo que me ten&iacute;a que echar porque Osvaldo Soriano, su &ldquo;asesor editorial&rdquo;, se lo hab&iacute;a exigido. Me dijo que lo lamentaba, me pag&oacute; toda la indemnizaci&oacute;n y un a&ntilde;o o dos despu&eacute;s me volvi&oacute; a llamar para escribir columnas. El diario era distinto de todos los dem&aacute;s y hab&iacute;a hecho que todos los dem&aacute;s fueran distintos: pocas veces hubo, en la prensa argentina, una revoluci&oacute;n como aquella de <em>P&aacute;gina/12</em>. Jorge la comandaba trabajando como un perro y d&aacute;ndose, tambi&eacute;n, todos los gustos: que si una tapa negra, una edici&oacute;n amarilla, una investigaci&oacute;n definitoria. En su revista, <em>P&aacute;gina/30</em>, y por su invitaci&oacute;n, empec&eacute; a hacer aquello que entonces llam&aacute;bamos &ldquo;territorios&rdquo; y, desde entonces, solemos llamar &ldquo;cr&oacute;nica&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Jorge sab&iacute;a &ndash;siempre supo&ndash; confiar en la gente en que confiaba. Recuerdo una noche, elecciones de 1991, cuando le llev&eacute; una columna que no le parec&iacute;a y me dijo que mejor no la public&aacute;ramos, que se iba armar quilombo, pero yo insist&iacute; y &eacute;l, por aquello de las libertades, la mand&oacute; imprimir. Al d&iacute;a siguiente nos llovieron las cr&iacute;ticas; entonces &eacute;l me llam&oacute; y me dijo que se hab&iacute;a equivocado: &ldquo;Cuando me mostraste esa columna yo no tendr&iacute;a que haberte dejado publicarla&rdquo;, me dijo y yo pens&eacute; que se ven&iacute;a la censura. &ldquo;As&iacute; que vamos a cambiar de sistema: no me las muestres m&aacute;s, llevalas directo a diagramar&rdquo;. He contado esta historia algunas veces: cada vez que me preguntan qu&eacute; entiendo por libertad de prensa. Me pareci&oacute; admirable y adem&aacute;s &ndash;y mejor&ndash; ese d&iacute;a empezamos por fin a ser amigos.
    </p><p class="article-text">
        Tiempo despu&eacute;s me invit&oacute; a comer y me dijo que en un a&ntilde;o o dos iba a irse de <em>P&aacute;gina</em>: que una cosa era haber fundado el diario y otra administrarlo como una m&aacute;quina aburrida. Me impresion&oacute;: es muy poca la gente capaz de abandonar un &eacute;xito. Ah&iacute; se me termin&oacute; de armar, recuerdo, esta mezcla de cari&ntilde;o y respeto y amistad. En esos d&iacute;as nos fuimos, por ejemplo, &eacute;l y yo y su hija B&aacute;rbara y mi hijo Juan, que ten&iacute;an tres o cuatro a&ntilde;os, a pasar un fin de semana de invierno en un hotelito de Punta del Este. Dos hombres j&oacute;venes con dos chicos chiquitos: nos re&iacute;amos porque sab&iacute;amos que nos miraban como un &ndash;entonces raro&ndash; matrimonio gay.
    </p><p class="article-text">
        Supongo que fue una de las &uacute;ltimas veces en que Jorge pudo andar por ah&iacute; sin ser una estrella: le sab&iacute;an el nombre pero no la cara. Poco despu&eacute;s empez&oacute; a salir por la tele, termin&oacute; de convertirse en el periodista m&aacute;s conocido y respetado del pa&iacute;s &ndash;y me invit&oacute; a participar en su <em>D&iacute;a D</em>. Aprend&iacute; mucho.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Fueron a&ntilde;os y a&ntilde;os. No siempre est&aacute;bamos de acuerdo pero siempre pudimos dec&iacute;rnoslo o incluso escrib&iacute;rnoslo, y cuando naci&oacute; Lola y fuimos a verlos al sanatorio y &eacute;l me pidi&oacute; que fuera su padrino nos dimos un abrazo y nos volvimos parientes. Parientes es distinto de amigos: es un v&iacute;nculo que no hay que revisar, que no tiene forma de romperse, que est&aacute; m&aacute;s all&aacute; de momentos, conductas, opiniones.
    </p><p class="article-text">
        Jorge sigui&oacute; haciendo cosas y m&aacute;s cosas: nunca pudo parar e hizo casi todo. Ninguna vida se puede sintetizar en unas l&iacute;neas &ndash;pero la suya menos. Empez&oacute; a trabajar a sus 14, fund&oacute; su primer diario a sus 26 y su segundo a los 48, condujo los programas m&aacute;s vistos y o&iacute;dos de radio y televisi&oacute;n durante d&eacute;cadas, hizo teatro de revistas y documentales por el mundo, escribi&oacute; poemas pudorosos y poemas imp&uacute;dicos, public&oacute; una docena de libros, se cas&oacute; media docena de veces, se enter&oacute; ya cincuent&oacute;n de que sus padres no eran sus padres naturales, tuvo dos hijas, se meti&oacute; todo el tabaco y casi toda la coca, la dej&oacute;, sobrevivi&oacute;, se fundi&oacute; varias veces, se visti&oacute; de todos los colores, se ri&oacute; de todo lo que quiso, llor&oacute; e hizo llorar a muchos y, sobre todo, se dedic&oacute; a ser &eacute;l con una obstinaci&oacute;n y una coherencia que no v&iacute; en nadie m&aacute;s. Para eso, a veces, se atrajo cr&iacute;ticas de los que antes no: le importaba pero tampoco tanto.
    </p><p class="article-text">
        Jorge pod&iacute;a ser arbitrario &ndash;estaba muy convencido de lo que estaba convencido&ndash;, pod&iacute;a ser humilde &ndash;sab&iacute;a reconocer que no sab&iacute;a lo que no sab&iacute;a&ndash; y, a diferencia de la mayor&iacute;a de sus colegas, sab&iacute;a escuchar, que es lo m&aacute;s importante. Y sab&iacute;a ense&ntilde;ar: muchos de los mejores periodistas de la Argentina actual vienen de su escuelita. Y sab&iacute;a conectarse: tantos conductores de radio y de televisi&oacute;n intentan tantas cosas para que lagente les haga caso; &eacute;l no necesitaba. A veces nos re&iacute;amos con la idea de que, a la manera de Obelix, se hab&iacute;a ca&iacute;do en la marmita de lo popular cuando era chico. No hab&iacute;a marmita, pero siempre le import&oacute; seguir siendo, entre otros, aquel pibe de Sarand&iacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y lo fue, supongo, en tantas cosas, y en tantas otras todo lo contrario y en todas lo que se le dio la real gana. Derecho a sus deseos: vivi&oacute; la vida que quer&iacute;a y decidi&oacute;, hace ya mucho tiempo, que pagar&iacute;a el precio necesario. Ahora lo pag&oacute; y creo que es barato: muy pocos consiguieron tanto a cambio. M&aacute;s, creo, pagamos sus amigos, que ya no lo tenemos. Yo no s&eacute; hacer estatuas ecuestres, pero querr&iacute;a dejarle estas palabras vanas: hasta pronto, carigno; sin vos, mi vida habr&iacute;a sido muy distinta.
    </p><p class="article-text">
        <em>MC	</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Martín Caparrós]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/pronto-carigno_129_11949310.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 08 Jan 2025 15:26:25 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/4624ba31-1e98-45b4-a878-10ac0bf948ee_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="92185" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/4624ba31-1e98-45b4-a878-10ac0bf948ee_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="92185" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Hasta pronto, carigno]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/4624ba31-1e98-45b4-a878-10ac0bf948ee_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La época Sarlo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/epoca-sarlo_1_11909067.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2378e495-10c8-46a5-8413-e8f10e00e66d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La época Sarlo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La muerte de Beatriz Sarlo marca el fin de una época en la cultura argentina. Militante en los 60 y 70, influyó desde la resistencia intelectual, participó de debates y escribió sobre la modernidad local. A lo largo de su vida, se mantuvo crítica con el poder, enfrentando gobiernos y analizando la política argentina con agudeza.</p></div><p class="article-text">
        Una &eacute;poca de la Argentina se acaba. Es l&oacute;gico, las &eacute;pocas se acaban, pero es duro, cuando es la tuya, verlo. <strong>Beatriz Sarlo fue un pilar de esa &eacute;poca que creci&oacute; en la esperanza sesentista, se acurruc&oacute; frente al horror de los setentas y despleg&oacute; lo que pudo desplegar a partir de 1983, nuestra fallida democracia</strong>. Fue un largo recorrido, m&aacute;s de medio siglo, en que la cultura argentina todav&iacute;a cre&iacute;a que pod&iacute;a influir en la Argentina y lo intentaba: a veces con escritos y proclamas, largos debates como si importaran, a veces con participaciones m&aacute;s concretas. Fueron, en general, personas que hab&iacute;an cre&iacute;do en formas muy directa de hacer pol&iacute;tica y que de un modo u otro reconocieron su fracaso pero siguieron creyendo que val&iacute;a la pena empujar de otras formas. Beatriz cre&iacute;a en esas cosas; Ricardo Piglia, Juan Jos&eacute; Saer, Charly Garc&iacute;a, Horacio Gonz&aacute;lez, Fogwill, tambi&eacute;n cre&iacute;an en esas cosas y se han ido muriendo. Me parece que la muerte de Beatriz es un punto y aparte.
    </p><p class="article-text">
        Beatriz Sarlo fue militante de diversas izquierdas en los a&ntilde;os sesentas y hasta bien entrados los setentas, cuando esa militancia pod&iacute;a costar la vida. Fue el precio que pagaron muchos de sus compa&ntilde;eros y cercanos; otros se fueron: el exilio parec&iacute;a la mejor forma de seguir viviendo. Beatriz Sarlo se qued&oacute; y llev&oacute; la resistencia al punto que pod&iacute;a: conversar, debatir, discutir la Argentina y la cultura argentina entre poquitos, con miedo y con cuidado pero, a&uacute;n as&iacute;, con el orgullo de hacer algo. En 1978 se atrevi&oacute;, con Carlos Altamirano, Ricardo Piglia, El&iacute;as Sem&aacute;n y pocos m&aacute;s, a publicar una revista: <em>Punto de vista</em> &ndash;punto de vista, la consagraci&oacute;n de la opini&oacute;n en tiempos en que las opiniones eran anatema&ndash; dur&oacute; m&aacute;s de treinta a&ntilde;os, ya es un cl&aacute;sico. (Sem&aacute;n fue secuestrado en aquellos d&iacute;as y sigue desaparecido.)
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/5b696df1-db13-421f-b211-5d8e144a284f_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/5b696df1-db13-421f-b211-5d8e144a284f_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/5b696df1-db13-421f-b211-5d8e144a284f_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/5b696df1-db13-421f-b211-5d8e144a284f_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/5b696df1-db13-421f-b211-5d8e144a284f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/5b696df1-db13-421f-b211-5d8e144a284f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/5b696df1-db13-421f-b211-5d8e144a284f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Ya en los ochentas, recuperado su lugar en la universidad y en la circulaci&oacute;n literaria, Beatriz Sarlo se convirti&oacute; en un referente. Es raro decir &ldquo;un referente&rdquo;, pero creo que es lo que era: alguien a quien se refer&iacute;an muchos cuando quer&iacute;an m&aacute;s luz en una discusi&oacute;n, alguien a quien se refer&iacute;an para justificar sus argumentos, alguien que legitimaba. En esos a&ntilde;os, adem&aacute;s, se integr&oacute; a un grupo de intelectuales &ndash;el Club Socialista&ndash; que buscaba una especie de salida socialdem&oacute;crata para el pa&iacute;s, y que tampoco funcion&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Pero sus libros s&iacute;. Sus an&aacute;lisis de la modernidad local, de nuestros modos y costumbres, nuestra cultura, nuestras letras, se volvieron palabra de autoridad en ese c&iacute;rculo. Supongo que a eso respondi&oacute; que yo le pidiera que presentase mi primera novela &ndash;publicada segunda&ndash;, que se llamaba <em>No velas a tus muertos </em>y que ella puso en su lugar en el segundo piso de Pippo, la fonda de la calle Montevideo reputada por su tuco y pesto, diciembre del &rsquo;86.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Durante los &uacute;ltimos cuarenta a&ntilde;os el papel de Beatriz Sarlo en el debate argentino no dej&oacute; de ensancharse</strong>. Intent&oacute; un apoyo cr&iacute;tico a Ra&uacute;l Alfons&iacute;n, se lanz&oacute; con todo contra Carlos Menem, se implic&oacute; en el Frente Grande que terminar&iacute;a por desalojarlo y por desalojarse, fue muy directa con los se&ntilde;ores Kirchner y desde&ntilde;osa con Mauricio Macri. Hace unos veinte agreg&oacute; a sus ensayos la vocaci&oacute;n de salir a la calle y mirar y escuchar: entonces acompa&ntilde;&oacute;, para contarlas, todas las grandes manifestaciones de la pol&iacute;tica argentina de esos a&ntilde;os. Una se&ntilde;ora de setenta y tantos que se mezclaba y se tomaba el subte y se volvi&oacute; una suerte de &ldquo;intelectual de masas&rdquo; cuando fue a aquel infausto programa de la televisi&oacute;n kirchnerista a poner l&iacute;mites: &ldquo;Conmigo no, Barone&rdquo; fue su frase, que reluci&oacute; en las redes pero tambi&eacute;n en camisetas. Una se&ntilde;ora de setenta y tantos con los dientes un poco picados por el cigarrillo que segu&iacute;a jugando al tenis y hablando, con su mueca burlona, en un porte&ntilde;o que ya no se oye. Una se&ntilde;ora de setenta y tantos que tuvo que sufrir, hace muy poco, la muerte de su compa&ntilde;ero de tantos a&ntilde;os, Filippelli.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Beatriz Sarlo sigui&oacute; charlando, opinando, escribiendo sobre esta Argentina que se nos vino encima. Hace un par de meses dec&iacute;a todav&iacute;a que &ldquo;Milei ha introducido un discurso bestial, y en ese sentido, ha sido nuevo&rdquo;. Nuevo es una forma de decir distinto: otro. De entender que con &eacute;l se abre un ciclo que todav&iacute;a no entendemos y se cierra el nuestro, ese donde perd&iacute;amos pero cre&iacute;amos, a veces, por lo menos, saber por qu&eacute; perd&iacute;amos; esa Argentina donde las discusiones entre cultos ten&iacute;an un tono culto y burl&oacute;n y engolado pero d&oacute;nde saber era mejor que no saber y, pese a todo, se respetaba al que sab&iacute;a: el que se hab&iacute;a quemado las pesta&ntilde;as. &ldquo;M&aacute;s vulgar no puede ser su discurso, m&aacute;s vulgar no pueden ser sus modales, m&aacute;s vulgar no puede ser la forma en que enuncia sus principios&rdquo;, dijo hace poco sobre este presidente.
    </p><p class="article-text">
        Me parece que, por desgracia, <strong>no hay mejor signo que la muerte de Beatriz para terminar de definir que aquella Argentina se acab&oacute; &ndash;y parece haber sido reemplazada por &eacute;sta de los gritos barrabravas, las patoteadas varias, donde cada peque&ntilde;o triunfo tiene la forma de una gran derrota</strong>. Pero son s&oacute;lo primeras impresiones, maneras de la duda. Estoy seguro de que a ella tambi&eacute;n le habr&iacute;a encantado saber c&oacute;mo sigue esta historia. Ahora, en cambio, tendr&aacute; que conformarse con ser la marca de una &eacute;poca.
    </p><p class="article-text">
        <em>MC/JJD</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Martín Caparrós]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/epoca-sarlo_1_11909067.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 17 Dec 2024 14:59:22 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/2378e495-10c8-46a5-8413-e8f10e00e66d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="430476" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/2378e495-10c8-46a5-8413-e8f10e00e66d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="430476" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[La época Sarlo]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/2378e495-10c8-46a5-8413-e8f10e00e66d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Qué dice el señor de los perros cuando habla]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/milei-por-la-boca/dice-senor-perros-habla_1_11876787.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4d9dc5dd-47d1-4289-bbbd-01f9b4c6bcb6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Qué dice el señor de los perros cuando habla"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Al Presidente lo tiene fascinado la ilusión de que lo escuchan. Nos volvió a todos perros gordos que reaccionamos ante sus frases, para bien o para mal, para risa o aplauso. Deslumbrado con su nuevo juguete –sigo mismo– juega a tantear hasta dónde lo dejan.</p></div><p class="article-text">
        El hombre habla, habla, habla. Ahora, adem&aacute;s, lo escuchan. Antes, la vida se le iba hablando para nadie o para s&iacute; o para su reflejo en un espejo viejo o para un perro gordo.
    </p><p class="article-text">
        Por eso esta ilusi&oacute;n de que lo escuchan lo tiene fascinado: habla, habla y habla. Nos ha vuelto a todos perros gordos. Que reaccionamos ante sus frases, para bien o para mal, para risa o aplauso, como si sus frases importaran. O, mejor: como si importara lo que esas frases dicen. Ah&iacute; acecha el error: creer que habla para decir algo. El hombre habla para hablar, para mostrarnos c&oacute;mo habla, para disfrutar del hecho incre&iacute;ble de que muchos lo escuchen, para o&iacute;rse.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/5b696df1-db13-421f-b211-5d8e144a284f_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/5b696df1-db13-421f-b211-5d8e144a284f_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/5b696df1-db13-421f-b211-5d8e144a284f_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/5b696df1-db13-421f-b211-5d8e144a284f_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/5b696df1-db13-421f-b211-5d8e144a284f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/5b696df1-db13-421f-b211-5d8e144a284f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/5b696df1-db13-421f-b211-5d8e144a284f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Entonces, deslumbrado con su nuevo juguete &ndash;sigo mismo&ndash; juega a tantear hasta d&oacute;nde lo dejan. &iquest;Qu&eacute; pasa si les digo que son ratas inmundas vendidas ensobradas? &iquest;Me van a decir algo? &iquest;Se van a rebelar? &iquest;Y si les digo que soy el mejor presidente de la historia? &iquest;Se me van a re&iacute;r a carcajadas? &iquest;O que esos que votamos antes eran ped&oacute;filos en un jard&iacute;n de infantes lleno de nenes encadenados y envaselinados? &iquest;Entonces qu&eacute;? &iquest;Me van a repudiar? &iquest;Se van a hacer los dignos? Pobres giles, tristes infelices, si est&aacute;n tan muertos, tan desesperados que puedo decirles lo que se me cante el orto y me van a aplaudir.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Su problema &ndash;nuestro problema&ndash; es que cree que hablar es callar a los otros, humillarlos, insultarlos todo lo posible. Un grit&oacute;n incontinente que confunde la convicci&oacute;n con la violencia y crea un clima de violencia como hace mucho no se ve&iacute;a en la Argentina. Y lo disfraza de cruzada, que era el mejor disfraz: decir que uno ataca a los que ataca porque un dios lo quiere, porque eso quieren las fuerzas del cielo; decir que uno hace lo que hace porque se lo hacen hacer, no fui yo, no soy yo, es la luz que me ilumina y se refleja, es la verdad, es el destino, hijos de mil pares de putas, escuchen lo que digo.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que el hombre habla, habla y habla. Todav&iacute;a tiene sus perros gordos pero no quiere decir cu&aacute;ntos son ni d&oacute;nde los esconde o quiz&aacute; ya no sabe cu&aacute;ntos son ni d&oacute;nde los esconde porque es tanto m&aacute;s excitante que te escuchen diez ricachones presuntuosos o diez mil muchachos vocingleros o mil gallegos gilipollas que cuatro o cinco perros gordos. El hombre goza, goza, goza: todos esos que antes le cerraban la boca con una mueca de desprecio ahora lo vitorean, le viborean la verga, le ensalzan los eructos. El hombre, ahora, se cree el s&iacute;mbolo de su pa&iacute;s, el estandarte.
    </p><p class="article-text">
        Lo es: muchas veces, cuando se viste, se agrega una faja con bandera que le cruza la panza para que todos sepan que &eacute;l es el que los manda. Y lo es y los manda porque ha sabido hacer lo que ellos hacen cada vez que pueden: hablar para escucharse. Hablar para escucharse hablar, hablar para decir ya me van a escuchar, hablar porque cre&eacute;s que quieren escucharte, que odian escucharte, que no tienen m&aacute;s remedio que escucharte, hablar para escucharlos escucharte: hablar para que tus palabras se vuelvan su silencio. En su pa&iacute;s, &eacute;l sabe, hay muy pocos que no quieran hacerlo.
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;l lo ha logrado: habla y habla y habla y les dice cada vez lo m&aacute;s feo m&aacute;s baboso venenoso y entonces muchos lo vitorean y viborean porque querr&iacute;an ser as&iacute;, y entonces muchos lo odian y parodian porque detestan ser as&iacute;, y &eacute;l habla, habla, blabla, insulta, insulta, imputa, ataca, ataca, atraca. Sabe que est&aacute; cerca de lograrlo: que ya casi consigue la potestad de decir lo que se le pase soberanamente por el huevo derecho, de que no importen sus palabras. Es el derecho de un genio, de un artista; es el derecho de un tarado. Es el derecho del poeta y es el derecho del jefe de la banda: ustedes, perros gordos, me escuchan y se callan y yo digo lo que quiero y hago lo que quiero, que no tiene por qu&eacute; ser lo que digo, y ustedes calladitos.
    </p><p class="article-text">
        Es el derecho del que ha logrado lo que tantos quieren:&nbsp; convertir a los dem&aacute;s en perros y tirarles incluso, si acaso, cada tanto, un cachito de carne &ndash;de perro, faltaba m&aacute;s, de perro.
    </p><p class="article-text">
        <em>FN</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Martín Caparrós]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/milei-por-la-boca/dice-senor-perros-habla_1_11876787.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 10 Dec 2024 03:01:25 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/4d9dc5dd-47d1-4289-bbbd-01f9b4c6bcb6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="1128573" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/4d9dc5dd-47d1-4289-bbbd-01f9b4c6bcb6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="1128573" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Qué dice el señor de los perros cuando habla]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/4d9dc5dd-47d1-4289-bbbd-01f9b4c6bcb6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Javier Milei,Por la boca]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Vidas de J.M', la novela interactiva de Martín Caparrós sobre un 'álter ego' de Javier Milei]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/vidas-j-m-novela-interactiva-martin-caparros-alter-ego-javier-milei_129_11473371.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4b25e8b8-4ea3-4d5b-9ed9-753711d7c3e1_16-9-discover-aspect-ratio_default_1097713.jpg" width="2250" height="1266" alt="&#039;Vidas de J.M&#039;, la novela interactiva de Martín Caparrós sobre un &#039;álter ego&#039; de Javier Milei"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Lea varios fragmentos de la obra que publicó por sorpresa el escritor en la revista Anfibia y cuyo protagonista se parece a cierto presidente de su país. </p></div><h2 class="article-text"><em><strong>Rubito</strong></em></h2><p class="article-text">
        El chico rubito odia que le digan rubito: le parece que es una forma &ndash;otra m&aacute;s&ndash; de rebajarlo. Si los dem&aacute;s chicos quieren hablar de su pelo que digan que es rubio o que no digan nada. Y siempre ser&aacute; mejor que no digan nada, pero el problema es que no es solo el pelo: con &eacute;l todo es as&iacute;, como un ataque. Todos siempre lo atacan, como si fuera siempre f&aacute;cil. Y as&iacute; son los movimientos lentos, deliberados, deliberadamente lentos con que su padre se saca el cintur&oacute;n de cuero de la cintura de su pantal&oacute;n marr&oacute;n, enrolla la hebilla alrededor de su mano derecha, prueba el cuero gastado contra la izquierda tres o cuatro veces y le dice que se baje los pantalones &ndash;a &eacute;l, al chico rubito, le dice que se baje los pantalones cortos&ndash; y se arrodille en el suelo con el culo levantado, la espalda bien derecha y la cabeza y los brazos apoyados en la silla &ndash;los dos brazos, le grita, apoyados en la silla&ndash; porque lo que acaba de hacer se merece una paliza seria. 
    </p><p class="article-text">
        El chico rubito le pregunta balbuciente, entrecortado que qu&eacute; acaba de hacer &ndash;no s&eacute;, pap&aacute;, yo no hice nada, te lo juro&ndash; pero su padre le dice que no sea pelotudo que &eacute;l sabe bien qu&eacute; hizo. Entonces el chico rubito le dice que lo perdone, que no sabe pero que le jura que no lo va a hacer m&aacute;s y su padre le dice que no sea mong&oacute;lico que si no sabe qu&eacute; es c&oacute;mo le va a jurar que no lo va a hacer m&aacute;s y que adem&aacute;s no hay que jurar en vano y que si los curas no se lo ense&ntilde;aron ya se lo va a ense&ntilde;ar &eacute;l, que son cinco m&aacute;s para que aprenda a no jurar pavadas.
    </p><p class="article-text">
        Son veinticinco. Iban a ser veinte pero los cinco agregados los volvieron veinticinco. El chico rubito ya sabe c&oacute;mo es todo el recorrido: los cuatro o cinco primeros son los que menos duelen, quiz&aacute; porque todav&iacute;a no tiene la carne del culo lacerada o porque su padre todav&iacute;a no tiene la mano calentita o porque todav&iacute;a le da un poco de cosa pegarle as&iacute; a su hijo o porque le gusta hacerle creer que van a ser livianos, para que se ilusione. Y despu&eacute;s vienen tres o cuatro que empiezan a ser brutos: ya los siente en serio, su padre resopla cada vez que le pega, el silbido del cintur&oacute;n en el aire se hace m&aacute;s agudo, su golpe en su culo m&aacute;s chasqueado y &eacute;l, el chico rubito, le dice no pap&aacute; no pap&aacute; pero sin fuerza, sin esperanzas, sabiendo que no tiene ninguna posibilidad de parar los golpes, entonces llora, grita, dice basta pap&aacute; me duele me duele mucho pap&aacute;, por favor, basta.
    </p><p class="article-text">
        Y, entonces, lo peor es mirar la cara de su madre &ndash;porque la voluntad de su padre o la costumbre o quiz&aacute;s el deseo de su madre exigen que cada vez que lo azota tanto su madre como su hermanita tienen que mirarlo. La cara, entonces, de su madre: la forma en que se muerde el labio inferior que alguien, a primera vista, podr&iacute;a confundir con pena o con dolor pero que, en realidad, piensa el chico rubito, es pura admiraci&oacute;n por la fuerza del padre, de su marido desencadenada sobre su culo que ya empieza a hacer sangre. 
    </p><p class="article-text">
        Y la forma en que cierra los pu&ntilde;os como si ella tambi&eacute;n hiciera fuerza para acompa&ntilde;ar o aumentar la fuerza de esos golpes, y a veces la respiraci&oacute;n ruidosa que se le acompasa con la del padre, su marido, como si sus pulmones azotaran juntos. Y entonces vienen diez horribles: su padre ya le pega sin m&aacute;s freno, &eacute;l tiene el culo atravesado de tajos y moretones que hacen que cada golpe sea, adem&aacute;s, el rebrote de un golpe anterior. Y la cara de su madre ser&iacute;a aterradora si no fuera porque ya aprendi&oacute; que en ese momento es mucho mejor cerrar los ojos.
    </p><p class="article-text">
        Hubo tiempos en que quer&iacute;a mantenerlos abiertos para poder prever la llegada de cada latigazo y endurecer un poco el culo o hacer algo o por lo menos que no lo tomara por sorpresa, pero con el tiempo ya aprendi&oacute; a detectarlos por los ruidos, los silbidos del cuero, las respiraciones, as&iacute; que prefiere cerrarlos &ndash;con una fuerza que le duele casi tanto como el culo&ndash; para no ver la cara excitada de su madre. (Al fondo, siempre un poco m&aacute;s lejos, su hermanita llora o gimotea; &eacute;l la oye, prefiere no mirarla porque sabe que si la mira ella va a llorar m&aacute;s y su padre, alguna vez, la ha castigado por llorar. No la castiga con azotes, pero tiene sus m&eacute;todos: a veces, por ejemplo, le secuestra durante tantos d&iacute;as su mu&ntilde;eca favorita, una barbie vestida de enfermera, o le proh&iacute;be a su esposa &ndash;a su madre&ndash; que vaya a darle un beso cuando apaga la luz, cosas por ese estilo.)
    </p><p class="article-text">
        Al principio el chico rubito trataba de no llorar ni gritar, pero casi nunca lo consegu&iacute;a. Una vez s&iacute; y su padre le sigui&oacute; pegando sin parar hasta que termin&oacute; casi desmayado &ndash;su padre termin&oacute; casi desmayado por el esfuerzo y su madre se preocup&oacute; y le trajo de la cocina un vasito de ginebra. Entonces entendi&oacute; que mientras no gritara o llorara su padre le iba a seguir pegando, y decidi&oacute; hacerlo siempre: someterse. Pens&oacute; si eso no lo convert&iacute;a en un cobarde o, peor, como dec&iacute;a su padre, en una rata chilloncita; pens&oacute; que no, que lo hac&iacute;a m&aacute;s astuto, pero no estaba seguro. Aunque tampoco era tan complicado: &eacute;l gritaba y lloraba porque le conven&iacute;a y porque no pod&iacute;a evitarlo.
    </p><p class="article-text">
        Y a veces le daba mucha verg&uuml;enza pensar que cuando su padre le pegaba pod&iacute;a tener el culo un poco sucio, que su padre deb&iacute;a pegarle en ese culo sucio. Reci&eacute;n despu&eacute;s, mucho despu&eacute;s, se dijo que era lo que se merec&iacute;a: que su padre se embarrara con su mierda. Porque a menudo piensa que su padre espera que &eacute;l haga cosas equivocadas &ndash;que, muchas veces, de verdad no distingue&ndash; para poder darse el gusto de pegarle; otras piensa que a su padre le duele pegarle pero que tiene raz&oacute;n en hacerlo, que se sacrifica porque si no &eacute;l nunca va a corregirse y ser un hombre de bien, como dice el padre Alfonso, una persona de provecho. 
    </p><p class="article-text">
        Y a veces no piensa nada, no consigue pensar nada porque solo puede pensar en lo que duelen esos azotes en el culo y que ojal&aacute; que por lo menos se los emboque todos en el culo porque si no ma&ntilde;ana en la clase de gimnasia todos los dem&aacute;s chicos le van a ver las marcas, van a ver que otra vez lo cagaron a latigazos y se van a burlar, otra vez, como siempre. Y los muy turros de los curas no lo van a defender: si hasta parece que les parece bien y se divierten.
    </p><p class="article-text">
        Al final los azotes terminan: los &uacute;ltimos son raros, m&aacute;s blandos pero mejor ubicados, como si su padre buscara con cuidado los puntos m&aacute;s heridos para da&ntilde;arlos m&aacute;s. El chico rubito no los cuenta: hubo tiempos en que los contaba, hasta que not&oacute; que su padre a veces le daba algunos m&aacute;s o, muy pocas veces, uno menos. Y que el d&iacute;a en que protest&oacute; porque ya llevaba dos de m&aacute;s su padre le dio otros diez, para que aprendiera. Eso le dijo: para que aprendas, pelotudo, a hacerte el vivo. Pero al final terminan y, cuando se terminan, su padre, su madre y su hermana salen de la habitaci&oacute;n y lo dejan encerrado, habitualmente sin cenar y, sobre todo, sin nadie con quien hablar hasta que su mam&aacute; vaya a acostar a su hermanita. En esas horas largas, tan oscuras, el chico rubito imagina venganzas que nunca podr&aacute; llevar a cabo. Aunque a veces se ilusione y piense que qui&eacute;n sabe.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><h2 class="article-text"><em><strong>Este pa&iacute;s de mierda</strong></em></h2><p class="article-text">
        Yo lo quiero, como tendr&iacute;a que haber querido a mi vieja o a mi viejo lo quiero, y capaz que como a ellos no pude quererlos como quer&iacute;a a mi pa&iacute;s lo quiero m&aacute;s, a la final qu&eacute; hay m&aacute;s all&aacute;, qu&eacute; otra cosa tenemos para querer en serio. La Argentina, carajo, nuestro ispa, el mejor del mundo con la mejor gente del mundo, con sus paisajes y sus climas y sus campos y sus cielos que no hay en ninguna otra parte, a ver qui&eacute;n los emparda. 
    </p><p class="article-text">
        Y adem&aacute;s si yo no lo querr&iacute;a ser&iacute;a una basura, si desde chiquito me ense&ntilde;aron a quererlo, en el colegio, en cada fiesta, en los desfiles, en la tele, en las canciones y los pr&oacute;ceres y todos los que hicieron este pa&iacute;s que ten&iacute;a que ser grande. Ten&iacute;a que ser grande, claro que ten&iacute;a que ser grande, ten&iacute;a todo para ser muy grande, si hasta fue muy grande hace cien a&ntilde;os, cuando era la primera potencia del mundo, le rompimos el culo a todos y todo eso todav&iacute;a lo tenemos. 
    </p><p class="article-text">
        La joda es que lo despilfarramos, hay veces en que parece que nos vamos al carajo, que no sabemos cuidar lo que tenemos y nos vamos a la puta madre que nos remil pari&oacute;, la puta madre. Pero eso pasa porque por desgracia hay una cantidad de canallas que no son verdaderos argentinos, que en lugar de trabajar para el pa&iacute;s quieren aprovecharse y afanarlo, que no se dan cuenta de que la gente de bien va a terminar por colgarlos de un omb&uacute;, hijos de mil putas, o rebanarles el ga&ntilde;ote como a un cerdo. Todos, pol&iacute;ticos, cantantes, empresarios truchos, periodistas de la televisi&oacute;n, cient&iacute;ficos falopa, esos que dicen que son intelectuales, hasta alg&uacute;n futbolista, toda gente de mierda que no merecen que los llamemos argentinos porque ensucian el nombre de la patria, argelinos habr&iacute;a que llamarlos, o hijos de mil putas, ladrones que quieren reventar nuestro pa&iacute;s para quedarse con los restos, para llevarse hasta la &uacute;ltima astilla del naufragio que les conviene tanto. 
    </p><p class="article-text">
        Entonces para eso convencieron a los pobres de que tienen derecho a que les den cositas, un techo, su comida, no por nada, no porque hagan nada, solo por ser pobres, y as&iacute; no hay pa&iacute;s que aguante, te lo hunden con ese invento de que hay que darles lo que necesitan. A la final son como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer, y lo que me desespera es que tantas veces parece que nos ganan, nos enga&ntilde;an, nos engatusan con sus sonrisas y sus mentiras chotas, y algunos de los buenos se desesperan y se creen que no va a haber salida pero yo s&eacute; que s&iacute;, que los argentinos de bien alg&uacute;n d&iacute;a los vamos a colgar a todos. Va a ser lindo ver correr toda esa sangre de lacras antipatrias, limpiar nuestro pa&iacute;s de una buena vez por todas y vivir como nos merecemos y nunca m&aacute;s, te juro, mi Argentina, nunca m&aacute;s, quejarnos de vivir en tu cintura. Qu&eacute; lindo que va a ser, mi patria, cuando por fin reventemos a toda esa canalla, cuando seas linda y limpia y querendona como una pendejita de catorce.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><h2 class="article-text"><em>	</em><em><strong>Parece que ni te la cogieras</strong></em></h2><p class="article-text">
        	Parece, me dec&iacute;an. &iquest;Por qu&eacute; carajo les pod&iacute;a parecer que me cogiera o que no me cogiera a esa chica que ellos ni siquiera sab&iacute;an que era mi hermana? &iquest;Qu&eacute; ve&iacute;an que les hac&iacute;a parecer eso, que no le met&iacute;a la mano en el culo, la lengua en la boca, que no armaba los espect&aacute;culos que armaban ellos cada vez que una mujer les daba cinco de pelota? &iquest;Eso es lo que quer&iacute;an decirme, que no era avasallante como ellos, un aut&eacute;ntico macho como ellos? Los muy pelotudos saltaban a sus conclusiones sin tener ni la menor idea: sin saber, por supuesto, si &eacute;ramos personas pudorosas y no nos gustaba mostrarnos en ciertas situaciones y, sobre todo, sin saber lo m&aacute;s importante: que esa mujer era mi hermana. 
    </p><p class="article-text">
        En eso, sin querer, ten&iacute;an raz&oacute;n: yo no me la hab&iacute;a cogido, ella no me hab&iacute;a cogido. Yo reci&eacute;n hab&iacute;a cumplido treinta, ella deb&iacute;a tener veinticuatro o veinticinco, &eacute;ramos gente grande pero creo que todav&iacute;a no &eacute;ramos hermanos grandes. Quiero decir: como hermano y hermana segu&iacute;amos bajo el poder de nuestros padres, respetando las estructuras familiares, decididos a no romper con lo que se esperaba de nosotros. Y, por razones que perdieron su sentido, lo que las familias esperan de los hermanos es que no se cojan, lo que las sociedades esperan de las familias es que se lo impidan. 
    </p><p class="article-text">
        Yo entonces todav&iacute;a no sab&iacute;a por qu&eacute;; sab&iacute;a que era as&iacute;, no sab&iacute;a las razones. Fue un golpe pocos a&ntilde;os despu&eacute;s, cuando le&iacute; casi entero un libro que no me acuerdo el nombre, sobre la vida de no s&eacute; qu&eacute; pueblos primitivos, que explicaba que la prohibici&oacute;n del &ldquo;incesto&rdquo;, de polvos entre hermanos, era porque hab&iacute;an descubierto que a menudo los hijos de dos hermanos les sal&iacute;an tarados: eran un desperdicio, ten&iacute;an que tirarlos. Lo cual pod&iacute;a ser razonable hace cinco mil a&ntilde;os, cuando coger y la reproducci&oacute;n ven&iacute;an muy pegados, pero no lo es ahora, cuando los hemos despegado en el 98 por ciento de los casos. 
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s peligroso era, en la &eacute;poca del sida, contagiarse, y sin embargo la mayor&iacute;a sigui&oacute; cogiendo, forros y cuidados. As&iacute; que esto es una tonter&iacute;a que viene de otros tiempos, de costumbres muy otras, que ya no tiene nada racional; cuando lo descubr&iacute; me revent&oacute; una luz en la cabeza y pens&eacute; en ella y me di cuenta de que todo eso no ten&iacute;a sentido, que no val&iacute;a la pena mantenerlo, que pod&iacute;amos. Nunca me rindi&oacute; m&aacute;s haber le&iacute;do un libro.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Martín Caparrós]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/vidas-j-m-novela-interactiva-martin-caparros-alter-ego-javier-milei_129_11473371.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 24 Jun 2024 12:28:39 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/4b25e8b8-4ea3-4d5b-9ed9-753711d7c3e1_16-9-discover-aspect-ratio_default_1097713.jpg" length="1442734" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/4b25e8b8-4ea3-4d5b-9ed9-753711d7c3e1_16-9-discover-aspect-ratio_default_1097713.jpg" type="image/jpeg" fileSize="1442734" width="2250" height="1266"/>
      <media:title><![CDATA['Vidas de J.M', la novela interactiva de Martín Caparrós sobre un 'álter ego' de Javier Milei]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/4b25e8b8-4ea3-4d5b-9ed9-753711d7c3e1_16-9-discover-aspect-ratio_default_1097713.jpg" width="2250" height="1266"/>
      <media:keywords><![CDATA[Javier Milei,Martín Caparrós]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El Hambre]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/hambre_1_7324853.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6ccac15d-632f-4783-865e-20ba20d54aaa_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El Hambre"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"El Hambre", de Martín Caparrós, una investigación exhaustiva sobre los mecanismos que hacen que casi 1.000 millones de personas no coman lo que necesitan en todo el mundo, en una nueva edición revisada y actualizada.</p></div><h3 class="article-text"><strong>Y los viruses </strong></h3><p class="article-text">
        La vuelta de la historia, en estos d&iacute;as, se llama pandemia. Cuando cre&iacute;amos que nada cambiaba, que nada cambiar&iacute;a por un tiempo largo, un virus m&aacute;s o menos chino se meti&oacute; en nuestras vidas.&nbsp;Y supimos, de un solo golpe, que no sab&iacute;amos. Era lo primero que ten&iacute;amos que saber &ndash;y no lo sab&iacute;amos. 
    </p><p class="article-text">
        Nos cre&iacute;amos tan poderosos y un virus nos deshizo.&nbsp;En un mundo tan fragmentado que se llama a s&iacute; mismo global, la primera experiencia realmente globalizada sirvi&oacute; para mostrarnos que viv&iacute;amos enga&ntilde;ados. Todo se hizo corona &ndash;o covid o el virus o la peste o pandemia. Todo, esa cosa que no sabemos siquiera c&oacute;mo nombrar. &iquest;No es desolador que lo &uacute;nico relevante que le pas&oacute; a nuestra generaci&oacute;n sea el producto de la combinaci&oacute;n azarosa de un murci&eacute;lago y un microorganismo? &iquest;No es humillante, un tantito humillante? &iquest;No nos cre&iacute;amos un poco m&aacute;s que eso? Un &iacute;nfimo imprevisto nos cambi&oacute; las vidas. Empezamos, entonces, a vivir para el miedo.
    </p><p class="article-text">
        Estuvimos encerrados, muertos de miedo, vivos de miedo, sin m&aacute;s recursos que dejar de hacer lo que hac&iacute;amos, de ser lo que &eacute;ramos &ndash;y esperar que la suerte no fuese dura con nosotros. Vivimos acurrucados, atrincherados, temiendo al enemigo, rodeados por met&aacute;foras de guerra. Vivimos en un mundo bajo asedio, con costumbres distintas, esperanzas distintas, el mismo miedo viejo. 
    </p><p class="article-text">
        Vivimos para el miedo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El miedo ya se hab&iacute;a instalado, hace veinte o treinta a&ntilde;os, como la lente con que miramos el futuro, nuestros presentes, nuestras vidas. Estaba all&iacute;; desde un segundo plano defin&iacute;a las perspectivas, las ideas. Hasta que, de pronto, a principios de 2020, el m&aacute;s antiguo, el m&aacute;s tradicional, el m&aacute;s productivo de los miedos &ndash;el miedo a la muerte&ndash; pas&oacute; a ser la raz&oacute;n decisiva. 
    </p><p class="article-text">
        Somos el miedo. No hay nada m&aacute;s natural que el miedo. Cualquier animal tiene miedo; por el miedo dejamos de ser animales y buscamos las formas de evitarlo: acumular comida para combatir el miedo al hambre, domesticar el fuego para calmar el miedo a los ataques, inventar dioses para enga&ntilde;ar el miedo a la muerte, y as&iacute; de seguido. La pandemia puso en evidencia lo que, por habitual, por acostumbrado, no solemos ver: que mucho de lo que hacemos &ndash;las religiones, las ciencias, los grupos, los amores&ndash; sigue siendo un tributo al miedo de la muerte. De pronto todo &ndash;todo&ndash; lo que hac&iacute;amos ven&iacute;a de ese miedo. 
    </p><p class="article-text">
        Fue casi un alivio: esto es lo que hay, la amenaza est&aacute; clara, el resto queda silenciado, hay que ocuparse de sobrevivir, seguir viviendo, seguir vivos, un objetivo simple. O eso nos dicen, nos decimos. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aprendimos de golpe &ndash;recordamos&ndash; la importancia de sobrevivir. Hicimos lo que nos dijeran para sobrevivir, para salvarnos. Volvimos a ser lo que fuimos hace milenios, lo que somos en los momentos m&aacute;s extremos: unidades m&iacute;nimas de supervivencia, individuos intentando persistir. Te ponen frente a la inmediatez de la muerte y pierdes las formas. Vives simulando que est&aacute; lejos; de pronto no se pudo. La vida estaba en otra parte; la muerte, all&iacute; muy cerca. 
    </p><p class="article-text">
        Durante meses nos despertamos cada ma&ntilde;ana con las cifras de los muertos, las historias de los muertos, los ecos de los muertos: la muerte en la cabeza. Hicimos todo lo que hicimos todos esos meses por el miedo a la muerte, por la muerte. Para una cultura que se dedica a ocultarla fue un fracaso extraordinario &ndash;y habr&aacute; que ver c&oacute;mo nos cambia. Ahora la sabemos, de esa manera f&iacute;sica en que se saben pocas cosas. No est&aacute; claro que podamos deshacernos de ella, volver a ser empecinados ignorantes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; si esto nos hizo o nos har&aacute; m&aacute;s receptivos al sufrimiento de los que apenas pueden. S&iacute; s&eacute; que estos meses de pandemia multiplicaron esos sufrimientos. Y que, tambi&eacute;n, corrieron muchos velos: nos obligaron a mirar.
    </p><p class="article-text">
        Fue &ndash;provisoriamente&ndash; un poco m&aacute;s dif&iacute;cil hacerse los boludos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        (Y nuestras sociedades, la persistencia de nuestras sociedades depende, en general, de que logremos hacernos los boludos.)&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los llamados empezaron a fines de abril, o quiz&aacute;s en los primeros d&iacute;as de mayo. Eran radios, sobre todo, en esos d&iacute;as de confinamiento, o alg&uacute;n programa de televisi&oacute;n por zoom o por skype, y quer&iacute;an preguntarme qu&eacute; pensaba sobre el aumento del hambre que traer&iacute;a la pandemia. Me sorprendieron, porque hac&iacute;a mucho que nadie me preguntaba nada sobre el hambre. Pero resulta que la FAO hab&iacute;a vuelto a atacar con sus cifras y eso, entonces, induc&iacute;a las preguntas.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Qu&eacute; opina de esos c&aacute;lculos que dicen que habr&aacute; entre ochenta y ciento treinta millones de hambrientos&hellip;?
    </p><p class="article-text">
        Ya sabemos que los n&uacute;meros de la FAO son tan dudosos pero que, al mismo tiempo, son los &uacute;nicos. Por eso no les hice mucho caso cuando publicaron que &ldquo;una estimaci&oacute;n preliminar sugiere que la pandemia puede agregar entre 83 y 132 millones de personas al n&uacute;mero total de desnutridos del mundo&rdquo;. Pero los periodistas, confiados, confinados, s&iacute; lo hicieron y empezaron a llamarme para preguntarme por ese dato que, pese a todo, les hab&iacute;a llamado la atenci&oacute;n. Eran, a fin de cuentas, como cien millones de personas.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Y por qu&eacute; se preocupan ahora por cien millones m&aacute;s cuando hace tres meses no se preocupaban por los 800 millones que est&aacute;n pasando hambre siempre? &iquest;No les parece un poco hip&oacute;crita?
    </p><p class="article-text">
        Les contest&eacute; m&aacute;s de una vez. Lo siento, pero me cabre&oacute;. Pens&eacute; que quiz&aacute;s se trataba de su idea de &ldquo;noticia&rdquo;: que esos 800 millones siguieran all&iacute; no era nada nuevo; en cambio la aparici&oacute;n de millones m&aacute;s lo era. Quiz&aacute; fuese nuestra incapacidad para contar lo que no sucedi&oacute; dos d&iacute;as atr&aacute;s, para hacer del mundo en que vivimos una explosi&oacute;n de historias. O si acaso cinismo puro y duro: con algo hay que llenar la pantallita y esto podr&iacute;a impresionar al p&uacute;blico y mostrarnos como buenas personas preocupadas. Hasta que busqu&eacute; el comunicado de la FAO y lo volv&iacute; a mirar. All&iacute; &ndash;aunque ninguno de los periodistas que me llamaron la cit&oacute;&ndash; yac&iacute;a agazapada la raz&oacute;n brutal: &ldquo;Pockets of food insecurity may appear in countries and population groups that were not traditionally affected&rdquo;, dec&iacute;a: que unos &ldquo;bolsillos de inseguridad alimentaria &ndash;burocrat&eacute;s a tope&ndash; pueden aparecer en pa&iacute;ses y grupos de poblaci&oacute;n que no eran tradicionalmente afectados&rdquo; &ndash;por el hambre, se entiende.
    </p><p class="article-text">
        All&iacute; s&iacute; hab&iacute;a una clave &ndash;y es, probablemente, una de las claves de la pandemia&ndash;: que, as&iacute; como empez&oacute; a morirse gente que antes no se mor&iacute;a, empezar&iacute;an a pasar hambre personas que antes no. Que, por acci&oacute;n y efecto de los viruses, el hambre podr&iacute;a perder, en ciertos casos, su caracter&iacute;stica principal: ser algo que les pasa siempre a otros. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En las calles de Madrid, donde ahora paro, hay colas de personas que piden alimentos. Muchos de ellos, cuentan, nunca antes pidieron comida &ndash;pero se han quedado sin trabajo, sin ahorros, sin reservas o ayudas y no les queda otra. Dicen que unas 250.000 personas reciben ayudas alimentarias en Madrid, uno de cada quince habitantes de la capital de uno de los quince pa&iacute;ses m&aacute;s ricos del mundo. Dicen, tambi&eacute;n, que en Nueva York ya pasan del mill&oacute;n y medio.
    </p><p class="article-text">
        La demanda se dispara, la oferta no acompa&ntilde;a. La emergencia tiene un doble efecto: por un lado, algunos que no sol&iacute;an pedir ahora lo hacen y, por otro, algunos que querr&iacute;an dar ahora no pueden. Pero algunos que no sol&iacute;an ayudar ahora lo intentan. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La situaci&oacute;n se deteriora, y te dicen que es culpa del coronavirus. Es y no es. El virus no causa nada: agudiza, si acaso, los problemas existentes, desigualdades existentes, pobrezas existentes. Desvela, revela, lleva al l&iacute;mite: es el leve empuj&oacute;n que desbarranca a los que sobreviv&iacute;an en el borde.
    </p><p class="article-text">
        El corona empez&oacute; con una aureola de igualdad: nos atacaba &ndash;nos ataca&ndash; a todos. Pero r&aacute;pidamente la desigualdad empez&oacute; a manifestarse con fuerza, con brutalidad. Estaba, para empezar, la desigualdad fundamental entre los que pod&iacute;an darse el triste lujo de encerrarse &ndash;no trabajar o trabajar encerrados&ndash; y los que no, los que deb&iacute;an salir a la calle a buscarse la vida. Es decir: los que se aburr&iacute;an e inquietaban y asustaban pero sab&iacute;an que todo consist&iacute;a en armarse de paciencia, y los que sab&iacute;an que si eso segu&iacute;a as&iacute; ya no sabr&iacute;an m&aacute;s nada.
    </p><p class="article-text">
        Y estaba la desigualdad b&aacute;sica de tener que confinarse cuatro o cinco en un piso de sesenta metros o siete u ocho en un ranchito o cuantos fueran en una casa con jard&iacute;n. Y la desigualdad de estar moderna y abundantemente conectado e informado o tener que enterarse de alguna cosa cada tanto. Y la desigualdad de saber que si te enfermabas ten&iacute;as que ir a tentar la suerte a un hospital colmado y mal provisto o ten&iacute;as &ldquo;derecho&rdquo; a una atenci&oacute;n cuidada y moderna porque lo has pagado &ndash;lo que te ofrece incluso la opci&oacute;n de reclamar, porque el cliente, a diferencia del ciudadano, siempre tiene raz&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Y estaba la desigualdad de poder comprar las mascarillas y alcoholes y remedios necesarios, o no poder comprarlos. Y la desigualdad entre los que deb&iacute;an trabajar en contacto con personas &ndash;sanitarios, cajeros de supermercado, polic&iacute;as, choferes&ndash; y los que no. Y los que pod&iacute;an convertir su trabajo en teletrabajo y los que no. Y los que pod&iacute;an desplazarse seguros en sus propios coches y los que deb&iacute;an amontonarse en un transporte p&uacute;blico, y hab&iacute;a tantas m&aacute;s diferencias y desigualdades y cada una de ellas ten&iacute;a dos facetas: la desigualdad social, entre personas de distinta clase en un mismo pa&iacute;s, y la desigualdad nacional, en que todos los habitantes de un pa&iacute;s ten&iacute;an ventajas sobre los de otros. 
    </p><p class="article-text">
        Y, por supuesto, la desigualdad m&aacute;s bruta, m&aacute;s primaria: tener o no tener comida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Queda dicho: las cifras del hambre no son fiables. Pero, pese a todo, estaba claro que, tras una disminuci&oacute;n a principios de la d&eacute;cada pasada, la cantidad de hambrientos empez&oacute; a aumentar en 2014 o 2015: se debi&oacute;, en general, a la baja de los precios de las materias primas, que complic&oacute; las econom&iacute;as de los pa&iacute;ses pobres que las producen en Latinoam&eacute;rica o en &Aacute;frica, y a otros reveses econ&oacute;micos. As&iacute; est&aacute;bamos, en esa ca&iacute;da leve pero sostenida, preocupante, cuando la crisis del corona mand&oacute; todo al carajo: decenas de millones de personas dejaron de comer lo suficiente.
    </p><p class="article-text">
        Y, queda dicho: son los de siempre pero no solo los de siempre. La movida no tiene muchos precedentes. Por eso es dif&iacute;cil&nbsp;prever ad&oacute;nde va; hoy, noviembre 2020, no se puede ver d&oacute;nde nos lleva. M&aacute;s all&aacute; de mi c&oacute;lera, cien millones de personas que empiezan a pasar hambre casi de repente es un desastre pocas veces visto. Muy pocas veces visto. Va a producir efectos, va a tener consecuencias.
    </p><p class="article-text">
        Cu&aacute;les, es la pregunta decisiva.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Nos servir&aacute; para aprender, para intentar cambiar? &iquest;Les servir&aacute; a los estados para reafirmar su necesidad &ndash;y su poder extraordinario? &iquest;Sabremos reclamarles que se ocupen en serio de los que lo precisan? &iquest;Ser&aacute; posible que lo hagan sin aumentar sus coacciones? &iquest;Podremos sacudirnos el imperio del miedo? &iquest;Nos asustaremos a&uacute;n m&aacute;s cuando veamos que faltan tantas cosas o saldremos a buscarlas por los medios que sean? &iquest;Habr&aacute; m&aacute;s libertades, m&aacute;s represi&oacute;n, m&aacute;s comprensi&oacute;n, m&aacute;s aspereza? &iquest;Habr&aacute; m&aacute;s hambre? &iquest;Habr&aacute; pelea?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Ser&aacute; el principio de algo o ser&aacute; el fin de nada?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Estamos, como siempre, en una encrucijada.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Martín Caparrós]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/hambre_1_7324853.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Mar 2021 12:28:15 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/6ccac15d-632f-4783-865e-20ba20d54aaa_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="269171" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/6ccac15d-632f-4783-865e-20ba20d54aaa_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="269171" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[El Hambre]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/6ccac15d-632f-4783-865e-20ba20d54aaa_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Libros]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
