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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Mariano Quirós]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/mariano-quiros/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Mariano Quirós]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Campo del cielo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/campo-cielo_1_8522524.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6e26769f-4eef-44ee-a51a-35d39e8af983_16-9-discover-aspect-ratio_default_1035391.jpg" width="782" height="440" alt="Campo del cielo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Editado por Tusquets, "Campo del cielo", del escritor chaqueño Mariano Quirós, se publicó en 2019. El telón de fondo de los relatos es el territorio que comparten Santiago del Estero y el Chaco en el que, hace unos cuatro mil años, se produjo la mayor lluvia de meteoritos que cayó en la Tierra. Los relatos y los personajes de Quirós están atravesados por esa geografía y por las distintas narraciones que buscaron entender ese fenómeno y sus consecuencias en el imaginario colectivo.</p></div><p class="article-text">
        Gracias al turismo, dijo el intendente, hicimos crecer el parque que ahora es nuestro orgullo. &laquo;El parque&raquo; era un predio de por lo menos veinte hect&aacute;reas donde se concentraba el grueso de los meteoritos que, miles de a&ntilde;os atr&aacute;s, hab&iacute;an ca&iacute;do en esa regi&oacute;n. Era un paseo que algunos visitantes juzgaban maravilloso. &laquo;El cielo en la tierra&raquo;, promocionaban las agencias de turismo. Hab&iacute;a unos cuantos meteoritos emplazados a la manera de monolitos gigantes; la gente se arrimaba y, al principio, los tocaba con un cierto recelo, apoyando la palma de una mano y quit&aacute;ndola al instante, casi en un solo movimiento. Pero al rato ya tomaban confianza y los manoseaban sin prurito. Mucho m&aacute;s que los meteoritos en s&iacute;, Lecko prefer&iacute;a los cr&aacute;teres: entre un c&uacute;mulo de algarrobos y arbustos pinchudos se hace un claro y aparece, de pronto, el tremendo cr&aacute;ter que queda cada vez que se extrae un meteorito. En uno de esos cr&aacute;teres, en el m&aacute;s profundo, el intendente hab&iacute;a mandado hacer un anfiteatro con capacidad para mil quinientas personas sentadas. Una proeza del espacio y la arquitectura, dijo el intendente el d&iacute;a de la inauguraci&oacute;n. Desde entonces hab&iacute;an pasado por ah&iacute; al menos una centena de artistas, desde cantantes folcl&oacute;ricos a magos de circo. Cuando no hab&iacute;a festival del pueblo, el parque quedaba en toda su extensi&oacute;n para los vecinos, que pod&iacute;an hacer uso de las instalaciones como si fuera un gran camping. Hab&iacute;a parrillas, bancos y mesas de cemento, rincones pensados para el avistaje de aves y, en las noches despejadas &mdash;que en aquella regi&oacute;n sin lluvia son casi todas&mdash;, avistaje del cielo. Pero rara vez alg&uacute;n vecino hac&iacute;a uso del parque; le hac&iacute;an mala fama, dec&iacute;an que era reducto de la delincuencia o de la mera vagancia. A otros simplemente no les mov&iacute;a un pelo, ni el tema de los meteoritos ni esa naturaleza que, empezando por el calor, no hac&iacute;a m&aacute;s que castigar. Reci&eacute;n con la llegada del festival, cada mes de septiembre, los vecinos se interesaban y hac&iacute;an circular las historias m&iacute;ticas. Que los meteoritos eran huellas de civilizaciones lejanas; que eran mensajes enviados a trav&eacute;s de los pueblos originarios; que en ellos se escond&iacute;a, ni m&aacute;s ni menos, el misterio de la vida. As&iacute; era que hombres y mujeres iban cayendo en pu&ntilde;ados hasta que se conformaba una multitud que, en los cuatro d&iacute;as que duraba la fiesta, pasaba del baile y la juerga al pleno misticismo. Lecko era de los pocos que visitaba el parque cada d&iacute;a, sea o no &eacute;poca de festival. Iba siempre con la India, la perra de los melli, que por el tiempo que pasaba con &eacute;l parec&iacute;a ser mucho m&aacute;s suya que de los otros dos. Lecko se mandaba hasta bien adentro del parque, donde la vegetaci&oacute;n se espesaba, y la perra le iba atr&aacute;s, contenta, freg&aacute;ndose de a ratos contra sus piernas. O adelant&aacute;ndose unos metros, perdi&eacute;ndose de vista entre los arbustos, hasta que aparec&iacute;a de sopet&oacute;n por el lado menos pensado. Lecko se echaba a la sombra de un arbolito y la India, despu&eacute;s de hurguetear por aqu&iacute; y por all&aacute;, despu&eacute;s de hundir el hocico entre la tierra y entre las hojas podridas de alrededor, apoyaba su cabeza en el regazo de Lecko y se echaba junto a &eacute;l. No era una perra de gran tama&ntilde;o la India, pero s&iacute; lo bastante grande como para sentir su pesadez cuando se pegaba al cuerpo de uno reclamando una caricia. Lecko le acariciaba entonces la cabeza, frotando especialmente el entrecejo con dos dedos, &iacute;ndice y mayor. La India achinaba sus ojos de por s&iacute; rasgados y, de a poco, daba la sensaci&oacute;n de que se dorm&iacute;a. Perrita linda, le dec&iacute;a Lecko, c&oacute;mo se duerme la perrita. Pero el que acababa por dormirse era siempre &eacute;l. Los rayos de sol que ca&iacute;an filtrados por el ramaje lo iban relajando; de pronto se sent&iacute;a como inflado de esa luz bochornosa y no le daba el &aacute;nimo ni siquiera para espantar las mosquitas que revoloteaban por el lomo color canela de la India. Era un sue&ntilde;ito, apenas, el que se echaba Lecko, hasta que la perra se sacud&iacute;a o el viento norte se levantaba en un chicotazo. Entonces Lecko abr&iacute;a los ojos y, como primera medida, se ubicaba en tiempo y espacio. Despejaba la mirada del golpe de luz y se pasaba una mano furiosa por la cara, como arranc&aacute;ndose el embotamiento. Una vez en pie, se iba cada uno por su lado, Lecko de vuelta para su casa y la perra vaya uno a saber a d&oacute;nde.
    </p><p class="article-text">
        Aunque de manera marginal, mezclados y correteando entre la gente mayor, Lecko y los melli tambi&eacute;n hab&iacute;an participado de la reuni&oacute;n del pueblo y escucharon cuando el intendente dijo: Piensen en la plata que nos puede entrar. El turista es alguien que viene a gastar, quiere consumir. Nosotros tenemos que ser inteligentes y tratarlos bien. Para que vuelvan y para que inviten a otra gente que traiga todav&iacute;a m&aacute;s plata. Salvo alg&uacute;n que otro reclamo que algunos aprovecharon para hacer y que no guardaba relaci&oacute;n directa con la convocatoria, el grueso de los vecinos manifest&oacute; su acuerdo. Entre ellos Lucio, que por un momento dej&oacute; de correr a la par de su hermano y de Lecko y se qued&oacute; quieto, inmerso en la reflexi&oacute;n que, d&iacute;as despu&eacute;s, desembocar&iacute;a en la venta de s&aacute;nguches.
    </p><p class="article-text">
        Instalar un puestito a la entrada del parque, dijo Lucio, a medida que los turistas entran y salen nos van comprando. A Lecko, la idea de Lucio no le caus&oacute; mayor entusiasmo. En principio porque ellos eran chicos, para qu&eacute; pod&iacute;as querer plata en este pueblo perdido, qu&eacute; pod&iacute;as comprar; tampoco le gustaba la idea de instalar un puesto de venta, tener que hablar con aquella gente extra&ntilde;a; pero m&aacute;s que nada porque le ve&iacute;a las complicaciones al asunto, el trabajo ingrato que supondr&iacute;a conseguir los tat&uacute;s, limpiarlos, amasar el pan, armar cada s&aacute;nguche&hellip; Se fatigaba de solo pensarlo. Sin embargo, su desacuerdo fue muy t&iacute;mido: Pero vamos a tener que cazar tat&uacute;s, dijo. Entonces Lucio, con una sonrisa canchera dibujada en la cara, mir&oacute; a Ner&oacute;n, que en un acto maquinal le devolvi&oacute; la sonrisa, y por un momento quedaron los dos as&iacute;, como en espejo, hasta que Ner&oacute;n rompi&oacute; el hechizo. Para eso tenemos a la India, dijo, la perra caza cualquier cosa. Si ten&eacute;s perro, explic&oacute; Lucio, cazar tat&uacute;s es una joda.
    </p><p class="article-text">
        Los melli quer&iacute;an convencer a Lecko y le explicaban una y otra vez el procedimiento. Que una vez encontrada la guarida del bicho, dec&iacute;an, es cuesti&oacute;n que la perra se mande y le tapone la salida. Que hunda el hocico y, de ser posible, medio cuerpo en esa oscuridad. Y que ladre, que ladre mucho. Porque los ladridos enloquecen al tat&uacute;, que en su desesperaci&oacute;n busca un agujero, alg&uacute;n otro hueco hecho en la tierra, ya sea por ese mismo tat&uacute; o por cualquier otra criatura del monte. &laquo;Criatura del monte&raquo;, repet&iacute;a Lecko en un susurro y se estremec&iacute;a. De imaginar nom&aacute;s cualquier cosa que pudiera calzarse esa expresi&oacute;n. No es que tuviera miedo &mdash;conoc&iacute;a bien el monte y sus intr&iacute;ngulis&mdash;, pero esa manera de hablar le paralizaba cualquier &iacute;mpetu. Lo que nosotros tenemos que hacer, complet&oacute; Ner&oacute;n, es mantenernos atentos. Elegir bien el hueco por donde va salir el tat&uacute;, cosa de estar esper&aacute;ndolo. Y entonces, una vez que lo tenemos a tiro, pegarle un palazo en el caparaz&oacute;n. Ner&oacute;n cerr&oacute; la frase con el gesto de quien, efectivamente, golpea con un palo. Lecko se imagin&oacute; a s&iacute; mismo, palo en mano, golpeando contra un tat&uacute;. Despu&eacute;s cerr&oacute; los ojos bien fuerte, cosa de espantar esa imagen, y los abri&oacute; despacio mientras hac&iacute;a el esfuerzo de decirles a los melli que mejor no, que mejor buscaran otra manera de hacer plata.
    </p><p class="article-text">
        Al d&iacute;a siguiente, fue con su mam&aacute; al predio del festival. Eran poco m&aacute;s de las diez de la ma&ntilde;ana y el clima de septiembre &mdash;coronado por un sol abrumador&mdash; anunciaba una primavera insoportable.
    </p><p class="article-text">
        Hab&iacute;an montado un escenario enorme dentro del gran anfiteatro y los vecinos se acercaban en manada para apreciar el andamiaje, los ca&ntilde;os de hierro, el imponente sistema de sonido. Sobre las escalinatas del anfiteatro, la mam&aacute; de Lecko se entretuvo hablando con unas mujeres y &eacute;l aprovech&oacute; para bajar a indagar en los detalles del semejante armado. Se pase&oacute; un buen rato entre los t&eacute;cnicos y operarios que, absorbidos por el trabajo, ni siquiera lo registraban. Hasta que se escuch&oacute; un gran estruendo y trascart&oacute;n, desde un meg&aacute;fono, alguien pidi&oacute; al gent&iacute;o que hiciera lugar para que entrara la gr&uacute;a. La gente, entonces, empez&oacute; a subir las escalinatas hacia fuera del cr&aacute;ter. Pero Lecko no pudo. Se qued&oacute; abajo, hipnotizado por el espect&aacute;culo de la gr&uacute;a, que bajaba lento, muy lento, por una rampa lateral. Del gancho de hierro de la gr&uacute;a se desprend&iacute;an unos cables de acero de los que colgaba &mdash;como hamac&aacute;ndose&mdash; un inmenso meteorito. Lecko se apart&oacute;, por fin, y se sent&oacute; en una de las butacas de cemento, sobre las primeras filas. El cemento herv&iacute;a, pero despu&eacute;s de unos segundos y gracias a la grafa de su pantal&oacute;n &mdash;que contuvo en gran medida el ardor que el cemento caliente le hab&iacute;a provocado&mdash;, hasta lleg&oacute; a sentirse a gusto. Desde all&iacute; sigui&oacute; todo el tr&aacute;mite, el trabajo de los hombres que &mdash;ahora ya en tonos de urgencia&mdash; se repart&iacute;an indicaciones y se mov&iacute;an de una punta a la otra del escenario, como si la gr&uacute;a hubiese venido a instalarles brutalmente su propio ritmo. Lecko gir&oacute; para ver la gran cantidad de vecinos asomados all&aacute; atr&aacute;s, en lo alto, formando como una pared humana. El sol les ca&iacute;a encima y &eacute;l pens&oacute; en la transpiraci&oacute;n que deber&iacute;an estar juntando, todos ah&iacute;, tan pegados unos a los otros. Identific&oacute; a su mam&aacute;, parloteando a&uacute;n con las otras mujeres, y levant&oacute; la mano para saludarla. No supo si por el sol, que encandilaba la mirada, o de puro fiaquenta, su mam&aacute; no le correspondi&oacute;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Mariano Quirós]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/campo-cielo_1_8522524.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 25 Nov 2021 13:23:07 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[Pibazo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/pibazo_129_7363106.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/dadfc673-fa6b-40fe-b616-432cd0b2f563_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pibazo"></p><p class="article-text">
        Una vez, en la Feria del Libro de Goya, escuch&eacute; a Carlos Busqued hablar de El gen ego&iacute;sta &ndash;el libro de Richard Dawkins que plantea que el ser humano tiende a la autodestrucci&oacute;n&mdash; a chicos de primaria que lo miraban arrobados. Parece que ten&iacute;a fans en cantidad, y de todas las edades.&nbsp;Yo, que hab&iacute;a viajado con &eacute;l en el micro desde Retiro, tambi&eacute;n lo miraba as&iacute;, como un fan. De alguna manera soy su fan.
    </p><p class="article-text">
        En el micro me hab&iacute;a contado de sus dilemas laborales, de sus pocas ganas de trabajar, de las muchas ganas de contar, de por vida, con el dinero suficiente para gastar en sus cositas. Ten&iacute;a gustos extravagantes, pero austeros. <strong>Le gustaba la revista Esto.</strong> Los cr&iacute;menes desopilantes que le gustan a todo el mundo, cr&iacute;menes que &eacute;l envolv&iacute;a de candor o que situaba en otro plano, algo metaf&iacute;sico como una patada en el cr&aacute;neo. Le gustaba ir a Resistencia en verano, cuando nadie quiere. Sentir el calor en serio. Pasear entre las tumbas del cementerio. <strong>Le gustaba la tumba de Bittel, el &uacute;nico chaque&ntilde;o que pudo llegar a ser presidente, pero que no lleg&oacute;.</strong>&nbsp; 
    </p><p class="article-text">
        En Bajo este sol tremendo evocaba S&aacute;enz Pe&ntilde;a &ndash;su ciudad natal&mdash; con cierto rencor, pero a la vez con cierta fascinaci&oacute;n; por lo feo, por lo &aacute;spero del ambiente. <strong>Yo, que tambi&eacute;n nac&iacute; en el Chaco, sent&iacute; que empezaba a conocer la provincia reci&eacute;n una vez que le&iacute; Bajo este sol tremendo. El suyo era, como suele decirse, un Chaco m&aacute;s verdadero.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Su vida social era mucho m&aacute;s intensa de lo que &eacute;l mismo insinuaba. <strong>Era un caballero, como un hooligan amable y atento.</strong> En 2015 lo invitamos a un festival literario y, por cosas de la organizaci&oacute;n, su lectura qued&oacute; para un domingo a las 11 de la noche. Ley&oacute; de una notebook borradores de lo que m&aacute;s tarde ser&iacute;a Magnetizado. Fue legendario, el silencio, la risa que, cada tanto, brotaba desde el p&uacute;blico; su propia risa, que ten&iacute;a no s&eacute; qu&eacute; de menonita y fraternal, lo mucho que disfrutaba &ndash;y lo bien que le sal&iacute;a&mdash; ser el centro de atenci&oacute;n. <strong>Su cara deforme, achiclada, por el whisky y por la marihuana.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Fue legendaria la primera presentaci&oacute;n de Bajo este sol tremendo, en 2009, en una feria del libro de Villa &Aacute;ngela, Chaco, en un predio enorme y vac&iacute;o. Habremos sido siete personas, cont&aacute;ndolo a &eacute;l, a Leandro Aguirre, que era su representante, y a Pablo Black, que fue su presentador. Y al intendente, claro, peronista y todo terreno, con su media sonrisa, inc&oacute;modo al principio y maravillado al cierre, reclamando la firma de su ejemplar. Mi ejemplar dice: &ldquo;Perd&oacute;n, no s&eacute; escribir dedicatorias soy un desastre para esto, es mi primer libro. Mil perdones&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mi ejemplar de su segundo libro, Magnetizado, en cambio, arranca con un &ldquo;Pibazo&rdquo;. As&iacute; tambi&eacute;n arrancaba &ndash;cuando al fin se dignaba contestar-- los mensajes de Facebook, de correo o &ndash;milagro de milagros&mdash;de whatsapp. Usaba el whatsapp s&oacute;lo para lo importante. Pibazo. <strong>Y yo sonre&iacute;a de antemano, porque despu&eacute;s del Pibazo ven&iacute;a una peque&ntilde;a historia retorcida, algo estramb&oacute;tico, una luz en la jornada opaca. </strong>C&oacute;mo puede ser, nos pregunt&aacute;bamos m&aacute;s tarde con mi mujer, que este hombre tan caballero, tan luminoso, escriba las cosas que escribe. C&oacute;mo lo quer&iacute;amos a Carlos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Mariano Quirós]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/pibazo_129_7363106.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 30 Mar 2021 15:46:54 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Carlos Busqued]]></media:keywords>
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