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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Octavio Crivaro]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/octavio-crivaro/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Octavio Crivaro]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Las armas y las letras]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/armas-letras_129_8065888.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d42de156-e09c-44ec-abaf-78a50c384d38_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las armas y las letras"></p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">&ldquo;Bueno, hagamos as&iacute;. Anot&aacute; la direcci&oacute;n de mi casa y llevame el trabajo ah&iacute;, si no lo terminaste para hoy&rdquo;. Uno anotaba una direcci&oacute;n de San Telmo, en alguna orilla del Parque Lezama, y acordaba, un poco incr&eacute;dulo, un poco honrado, llevarle los garabatos que no hab&iacute;a podido terminar a tiempo a la casa de Horacio Gonz&aacute;lez.</span>
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; en cualquier otro &aacute;mbito de la vida ese peque&ntilde;o acto no signifique mucho. Pero en aquel entonces (hablo del principio del nuevo milenio),<strong> en la osamenta marmolada del mundo universitario, con un r&eacute;gimen pol&iacute;tico y con estamentos incuestionables y cuasi sagrados, con protocolos, prestigios y liturgias tan defendidos por sus beneficiarios, que Horacio Gonz&aacute;lez, una de las voces m&aacute;s ricas que cortaban el aire circulante entre las alica&iacute;das paredes de Marcelo T de Alvear 2230, acortara distancias e invitara a un joven estudiante impuntual, o a dos, o a treinta, a que acerque su trabajo al palier de su edificio santelmino, era ciertamente un hecho pol&iacute;tico.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Horacio Gonz&aacute;lez, que ayer se march&oacute; en un bienio tan propenso a las despedidas, fue uno de los grandes intelectuales de las &uacute;ltimas d&eacute;cadas. Sus clases y sus charlas pod&iacute;an abarcar un sinf&iacute;n de asuntos. Ah&iacute; est&aacute;n, como confirmaci&oacute;n, los videos del ciclo de Las Armas y las Letras, donde Gonz&aacute;lez habla de la Comuna de Par&iacute;s, de la Revoluci&oacute;n Rusa, del Mayo Franc&eacute;s y de los 70 en Argentina. Para &eacute;l, los grandes sucesos revolucionarios no eran harapos de los que hab&iacute;a que deshacerse, sino tradiciones (esa palabra tan presente en sus textos y charlas) en las que mirarse, en los que husmear. Ciertamente hab&iacute;a lecturas distintas sobre la vigencia de esos procesos, sobre la actualidad acuciante de la irrupci&oacute;n del cielo por asalto para terminar con las angustias y miserias evitables del capitalismo. S&iacute;. Pero para Gonz&aacute;lez esos acontecimientos eran heridas que no solo conmovieron al almanaque en las p&aacute;ginas ya arrancadas, sino que tambi&eacute;n, como un halo benjaminiano, le segu&iacute;an hablando al calendario en el presente, irrumpiendo en la actualidad, anunciando quiebres futuros.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Las clases de Horacio Gonz&aacute;lez en Sociolog&iacute;a eran viajes, itinerarios al que los pibes m&aacute;s j&oacute;venes (alguna vez lo fuimos) nos sub&iacute;amos sin pensarlo: de los 70 a Borges, de Trotsky a Mart&iacute;nez Estrada, de Cooke a la Comuna de Par&iacute;s. De Clausewitz, claro, a Per&oacute;n.</strong> Y no solo hablaba, tambi&eacute;n invitaba a pensar, a escribir. A no hacer trabajos pr&aacute;cticos rutinarios y burocr&aacute;ticos, sino a ponerse a prueba mientras &eacute;l incentivaba. Lo recuerdo en una clase diciendo que la biograf&iacute;a en tres tomos de Trotsky escrita por Isaac Deutscher fue de los grandes libros que hab&iacute;a le&iacute;do. Yo ya era trotskista y esa frase fue un gui&ntilde;o animado, lejos del uso aplastante y desmotivador del prestigio propio frente a los alumnos. Al otro d&iacute;a lo compr&eacute; y confirm&eacute; lo que nos hab&iacute;a dicho: era un libro demoledor. Su erudici&oacute;n fue proporcional a su generosidad frente a las nuevas generaciones, pensaran o no como &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        En cada libro (pienso en Restos Pampeanos) y en cada charla, Gonz&aacute;lez mostr&oacute; un conocimiento enorme (&uacute;nico, creo) de lo que podr&iacute;amos llamar, con el perd&oacute;n de la licencia, &ldquo;el pensamiento nacional&rdquo;. Desde ah&iacute; hac&iacute;a lecturas inteligentes de Sarmiento (no apto para acepciones &ldquo;agrietadas&rdquo;), Scalabrini Ortiz o Cooke. Como parte de ello, consider&oacute; al trotskismo, fundamentalmente en la figura de Milc&iacute;ades Pe&ntilde;a (y tambi&eacute;n de Nahuel Moreno) entre las vertientes del pensamiento criollo,&nbsp;primero como corrientes que hab&iacute;an ampliado el universo discursivo del peronismo y despu&eacute;s, como corrientes con voz propia, en los a&ntilde;os recientes.
    </p><p class="article-text">
        Por ello mismo, tal vez, Gonz&aacute;lez nunca declin&oacute; (excepto cuando mediaron problemas de salud) de los muchos convites a hablar en charlas organizadas por Ediciones IPS (Instituto del Pensamiento Socialista) o en presentaciones del CEIP Le&oacute;n Trotsky.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; su incorporaci&oacute;n del trotskismo entre las tradiciones nacionales se encontraba tamizada por la recuperaci&oacute;n pret&eacute;rita de su parte de la llamada &ldquo;izquierda nacional&rdquo; de Abelardo Ramos, con su consabido recorrido, que no viene al caso.
    </p><p class="article-text">
        <strong>En los &uacute;ltimos a&ntilde;os, ya con &eacute;l animando Carta Abierta, su interpelaci&oacute;n a la izquierda part&iacute;a de una expectativa de que fuera parte, de una u otra forma, de un bloque pol&iacute;tico-social con el sector que &eacute;l expresaba y defend&iacute;a, frente a lo que consideraba las corporaciones m&aacute;s reaccionarias.</strong> A saber, Clar&iacute;n, el campo, etc. En tantas ocasiones debatimos que no son solamente las llamadas derechas, sino tambi&eacute;n los llamados populismos o progresismos, los que respetan a rajatabla esos intereses sociales, lo que llevaba a no poco ardorosos debates.
    </p><p class="article-text">
        Y Horacio discut&iacute;a y volv&iacute;a, otro d&iacute;a, otro a&ntilde;o, a discutir, sin que se le caiga anillo alguno. <strong>No ten&iacute;a miedo a la discrepancia y llamaba &ldquo;compa&ntilde;ero de ruta&rdquo; a su polemista.</strong> Total, estaban esas tradiciones de revoluciones, letras y armas, para coincidir, mirando, aunque sea, todo lo que hab&iacute;an hecho &ldquo;los sin nada&rdquo; en su larga pero reci&eacute;n iniciada historia.
    </p><p class="article-text">
        Horacio Gonz&aacute;lez volv&iacute;a otro d&iacute;a a pensar y debatir, con la misma humildad con la que atend&iacute;a, sin su &ldquo;uniforme&rdquo; de campera de gamuza y pa&ntilde;uelo al cuello, pero con la melena arremolinada, a un estudiante impuntual en su casa de San Telmo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Crivaro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/armas-letras_129_8065888.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 23 Jun 2021 03:49:30 +0000]]></pubDate>
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