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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Paula Puebla]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Paula Puebla]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Un viaje a donde duermen los dólares del Banco Central]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/economia/viaje-duermen-dolares-banco-central_129_8624566.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d596631a-7838-43f6-89f3-1889e8254b0d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un viaje a donde duermen los dólares del Banco Central"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En la semana en la que el blue llegó a un nuevo récord, Paula Puebla hizo un último intento para visitar las arcas de BCRA. Crónica de un periplo y un misterio.</p></div><p class="article-text">
        Por iniciativa de Juan Domingo Per&oacute;n, electo pero a&uacute;n sin haber recibido la banda presidencial de parte del General Edelmiro Farrell, en marzo de 1946 se dispuso del decreto ley 8503/46 para nacionalizar el Banco Central de la Rep&uacute;blica Argentina. &ldquo;Queda convertido en Entidad Oficial Aut&aacute;rquica&rdquo;, escrib&iacute;a <em>Clar&iacute;n</em>. &ldquo;Para que el dinero del pueblo est&eacute; siempre a disposici&oacute;n del pueblo&rdquo;, resolv&iacute;a el locutor en las noticias. Sin capitales mixtos y sin la injerencia de accionistas extranjeros, la reforma Justicialista hacia un nuevo r&eacute;gimen determin&oacute; la conformaci&oacute;n de un directorio &iacute;ntegramente argentino, con representantes de los bancos oficiales y tambi&eacute;n de la industria, el agro, la ganader&iacute;a y el comercio. &iquest;El objetivo? Hermanar la pol&iacute;tica financiera con la pol&iacute;tica econ&oacute;mica nacional para el crecimiento de la actividad productiva. Sonar, suena sencillo.
    </p><p class="article-text">
        En &ldquo;la City&rdquo; se tensa la cuerda: el edificio del Banco Central est&aacute; ubicado a una caminata corta de ese escenario de operaciones, ilegal pero a cielo abierto, accesible para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, que es la calle Florida. Provocaci&oacute;n o iron&iacute;a &mdash;&iquest;o ambas?&mdash;, en cien metros puede ser una veintena de personas la que ofrezca, sin decoro o disimulo, cambio, cambio, d&oacute;lar, euro, real y lo conduzca a uno, temeroso de ser ventajeado <em>alla</em> porte&ntilde;a, a la cueva se&ntilde;alada. Sin paridad de g&eacute;nero, a los arbolitos que abundan pero no ofrecen un solo metro de sombra al agobio del verano, se les suman por vox populi y referencia los puestos de diarios y flores, las relojer&iacute;as, los kioskos, las casas de venta de memorabilia para la compra y venta de moneda extranjera. La cercan&iacute;a urbana entre la instituci&oacute;n y el mercado negro no equivale de ning&uacute;n modo a la distancia &mdash;angustiante para unos, injustificada para otros&mdash; entre el d&oacute;lar oficial y el paralelo. El nombre del monstruo nacido de esa relaci&oacute;n entre centro y periferia &mdash;&iquest;cu&aacute;l es ficci&oacute;n y cu&aacute;l es realidad?&mdash; es uno que conocemos todos: <strong>brecha cambiaria</strong>. Puede que nos olvidemos, puede que incluso no lo sepamos, pero nuestra econom&iacute;a &mdash;la tuya, la m&iacute;a y la nacional&mdash; baila al ritmo de ese tambor.
    </p><p class="article-text">
        El Banco Central de nuestro pa&iacute;s es relativamente joven. Fue creado en 1935 y marc&oacute; un hito en la breve l&iacute;nea de tiempo con la que se dibuja la historia argentina, luego de la crisis internacional de 1929. La centralizaci&oacute;n de la pol&iacute;tica monetaria y cambiaria emergi&oacute; como una necesidad ordenadora frente a d&eacute;cadas de librecambio, especulaci&oacute;n y &ldquo;saneamientos&rdquo;, y ocup&oacute; sobre la calle San Mart&iacute;n (al 275) un inmueble que hasta entonces hab&iacute;a sido sede del Banco Hipotecario de la Provincia de Buenos Aires, de la Corte Suprema de Justicia y de la Caja de Conversi&oacute;n sucesivamente. En manos de Henry Hunt y Hans Schroeder, pioneros de la arquitectura bancaria en Argentina, el edificio es considerado el banco m&aacute;s antiguo del pa&iacute;s, con una fachada monumental de estilo neorrenacimiento italiano de columnas griegas, escalinatas de m&aacute;rmoles, revestimientos y cari&aacute;tides &mdash;cuerpos esculpidos de mujeres que funcionan como sost&eacute;n, una poes&iacute;a que no es casualidad. Cuando el espacio result&oacute; insuficiente, se modific&oacute; el contrafrente y se erigi&oacute; un cuerpo hacia el interior de la manzana, para luego sumar la construcci&oacute;n, en el mismo estilo de la primera, sobre la calle Reconquista. Con el tiempo, la entidad levant&oacute; y anex&oacute; edificaciones de la misma manzana hasta llegar a ocho poniendo por encima la practicidad a la cohesi&oacute;n estil&iacute;stica. <strong>Despu&eacute;s de todo, el Banco Central es un edificio administrativo.&nbsp;</strong>
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                Frente del BCRA                            </span>
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        Interconectados, circular de un cuerpo a otro requiere de un conocimiento con el que ning&uacute;n visitante primerizo &mdash;segmento excepcional en el que me incluyo&mdash; puede contar. Cr&iacute;ptico, laber&iacute;ntico, alephico: del octavo piso del edificio n&uacute;mero dos se accede al s&eacute;ptimo del edificio n&uacute;mero cuatro; de ah&iacute;, al sexto nivel de otro cuerpo y as&iacute; hasta no saber a qu&eacute; calle da la ventana por la que se mira. Las conexiones pueden ser breves tramos de escalera o pasarelas met&aacute;licas de unos pocos metros; los ascensores pueden ser c&aacute;psulas vidriadas, de lo m&aacute;s modernas, o las jaulas antiguas solo actualizadas en su mec&aacute;nica. Si en esta melange hay met&aacute;foras econ&oacute;mico-financieras, o si se cifra alg&uacute;n dec&aacute;logo de chistes de argentinos, habr&iacute;a que pensarlo. Pero ah&iacute; estoy, <strong>porque perderse, subir, bajar, cruzar, dudar y volver sobre los propios pasos, no es m&aacute;s que la demora para saber d&oacute;nde est&aacute;n las reservas. Porque quiero verlas. Sue&ntilde;os albicelestes: levantar la Copa del Mundo con Messi y la constataci&oacute;n monetaria.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Si bien la cantidad de oficinas es imposible de contar, hay suficientes para que alojen alrededor de 2.000 empleados. Expertos en seguridad inform&aacute;tica, contadores, <em>traders</em> &mdash;estereotipados en la cultura popular como esos seres nerviosos que gritan al tel&eacute;fono en espacios plagados de monitores y relojes con diferentes husos horarios, &ldquo;mesas de dinero&rdquo; desde donde &ldquo;intervienen&rdquo; en el mercado por montos entre 800 y 1000 millones de d&oacute;lares por d&iacute;a&mdash;, especialistas en finanzas, en asuntos legales, en derecho internacional; personal administrativo, de mantenimiento, de seguridad, archivistas, muse&oacute;logos y bibliotecarios. <strong>Porque, no nos enga&ntilde;emos, no seamos fr&iacute;volos: en el Banco Central no todo es dinero.</strong> Est&aacute; tambi&eacute;n el Museo Hist&oacute;rico y Numism&aacute;tico &ldquo;H&eacute;ctor Carlos Janson&rdquo;, cuya sede fue declarada Monumento Hist&oacute;rico Nacional en 2005, que cuenta con una colecci&oacute;n p&uacute;blica de monedas y medios de pago de m&aacute;s de 20.000 piezas, y dos bibliotecas especializadas: la Ra&uacute;l Prebisch, de construcci&oacute;n moderna, bautizada en honor a uno de los emblemas del pensamiento econ&oacute;mico latinoamericano y la Tornquist, fundada por Don Ernesto en 1916 y donada en 1975, que conserva mobiliario original y a la que se puede acceder desde &ldquo;la Cuadrada&rdquo;, una sala de gran altura e iluminaci&oacute;n imponente que recuerda a los esplendores de la arquitectura. Ah&iacute; mismo, escoltados por una balanza para pesar lingotes de oro fabricada por Voland &amp; Sons en el a&ntilde;o 1947, emblema natural de la justicia, est&aacute;n dispuestos los retratos de cinco trabajadores del Banco desaparecidos durante la &uacute;ltima dictadura c&iacute;vico militar. Para la memoria y para la verdad, el BCRA tambi&eacute;n abri&oacute; los archivos y desclasific&oacute; las actas secretas de aquellos a&ntilde;os negros.
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                Museo Histórico y Numismático Héctor Carlos Janson                            </span>
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        Si el conocimiento o la t&eacute;cnica no honran el c&aacute;lculo, si las cosas se ponen fuleras o si se necesita una mano de arriba, una capilla peque&ntilde;a invita a rezarle a Dios &mdash;o Diosito, como bien podr&iacute;a decir el caudillo tucumano Juan Manzur. Invitante y ubicada en una zona de alta circulaci&oacute;n para aumentar las posibilidades de hacer caer al personal en la tentaci&oacute;n espiritual, fue instalada por iniciativa de Mart&iacute;n Redrado, ex presidente de la entidad, quien solicit&oacute; permiso en 2007 a Monse&ntilde;or Ojea. A pesar de la media luz, del reclinatorio mullido, dicen que es mucho menos frecuentada que el cajero autom&aacute;tico del Banco Naci&oacute;n o la m&aacute;quina autoservicio para cargar la SUBE. La fe y el pragmatismo: <strong>un romance dif&iacute;cil en la casa del dinero.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Bajo alguna parte de la gran superficie de ese ensamble de edificios, de los pisos de m&aacute;rmol de lo que fuera la principal sala de atenci&oacute;n de Reconquista 266, conformada por ventanillas de vidrio y marcos de bronce &mdash;como los que se ven en las pel&iacute;culas con escenas de atracos a lo Bonnie &amp; Clyde&mdash;, duermen las reservas. Coraz&oacute;n de toda especulaci&oacute;n, raz&oacute;n de ser de redacciones enteras, causal de insomnio (y algo m&aacute;s) de operadores, ministros y presidentes, las reservas tienen un lugar especial bien lejos del mundo de la abstracci&oacute;n. En palets, en pilas, en fajos, los d&oacute;lares, los euros, los yuanes, los t&iacute;tulos del tesoro y los lingotes de oro conviven con los pesos que env&iacute;a la Casa de la Moneda &mdash;que no necesariamente son emitidos por haber sido impresos, un dato sobre la f&aacute;bula de &ldquo;la maquinita&rdquo; que poco se comenta. Inertes y codiciadas, sensuales e indiferentes, las reservas se dejan enunciar por los titulares que pretenden auditarlas. &ldquo;Un BCRA que agoniza en reservas&rdquo;. &ldquo;Las reservas netas del BCRA quedan debajo de los USD 4.000&rdquo;. &ldquo;Los verdaderos n&uacute;meros de las reservas que quedan en el Banco Central&rdquo;. &ldquo;Reservas al l&iacute;mite, &iquest;cu&aacute;ndo calcula el mercado que se agotan?&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pan nuestro de cada d&iacute;a, el fantasma redunda: no importa el diario que leas, la radio que escuches, la pantalla que veas, si est&aacute;s en un cafet&iacute;n o tomando una cerveza con los compa&ntilde;eros de yoga. Obsesionados con la falta, cautivos de la tiran&iacute;a de una econom&iacute;a bimonetaria, con la memoria dosmilunera revisitada como nunca &mdash;&iexcl;c&oacute;mo gusta la melancol&iacute;a del yo!&mdash;, los ahorristas argentinos tienen 200.000 millones en d&oacute;lares billete en el territorio, un promedio de 4.400 por habitante y el 10% de los que circulan por el mundo. Visto en un gr&aacute;fico, pintado con colores primarios, <strong>las proporciones son imponentes y la pregunta acerca de si faltan los d&oacute;lares en Argentina queda contestada.</strong> El cantito del &ldquo;cambio, cambio&rdquo; suena desde debajo del colch&oacute;n, del fondo del caj&oacute;n de las medias, de la caja fuerte empotrada en el placard. S&iacute;, los canutos afuera y las offshore son una cuenta aparte.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Durante todo el tiempo dentro del BCRA, a trav&eacute;s de los pasillos, con la vista perdida en los jardines internos, las obras de arte sobre las paredes y las salas de reuniones se&ntilde;oriales, un calor sube por las plantas de los pies. La certeza de estar caminando sobre esos papeles que dominan las pol&iacute;ticas del presente (y el futuro) inicia un tipo de ansiedad que es menos parecida a la curiosidad que a un encantamiento. Entonces me encuentro a unos metros. La puerta doble de madera por la que se accede a la cuna de las reservas del Banco Central de la Rep&uacute;blica Argentina est&aacute; cerrada y no lleva se&ntilde;ales. Aunque el cuerpo tire en su direcci&oacute;n, no es posible entrar: ni para m&iacute;, ni para el grueso de la poblaci&oacute;n del edificio, sean pinches o gerentes. Por cuestiones de seguridad, el acceso es algo m&aacute;s que restringido en tiempos normales. Por cuestiones sanitarias, es directamente imposible. Me pregunto si el guardi&aacute;n Miguel Pesce ir&aacute; cada tanto, a desmentir con los sentidos los z&oacute;calos de la tev&eacute;, o si el propio Mart&iacute;n Guzm&aacute;n alguna vez entr&oacute;, con su calma, cuaderno y lapicera Bic bajo el brazo, para que sus juras de respaldo dejen de evanescer.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La negativa es inamovible. Atravieso un duelo m&iacute;nimo cuando entiendo que el texto que tengo que escribir se queda sin su magia. La imposibilidad de mirar las reservas a los ojos revive el deseo y activa la imaginaci&oacute;n de unos sistemas de seguridad implacables, y unos pasillos de techos bajos que, vuelta tras vuelta, desembocan en un ambiente amplio. Rejas, estantes de metal y una gran b&oacute;veda, de puerta circular con mecanismos imposibles de narrar, s&oacute;lida pero distinta a la del Banco Internacional de Pagos de Suiza, en Basilea, donde se hospeda otra parte de nuestras reservas y de las del mundo. Imagino los mecanismos de importaci&oacute;n de billetes de d&oacute;lar, que llegan en cajones de madera a bordo de un H&eacute;rcules y luego son trasladados en blindados hasta el n&uacute;cleo de la instituci&oacute;n que m&aacute;s sabemos nombrar. Entonces mientras me alejo, entiendo que todo permanece dentro del campo de la ficci&oacute;n, que puede ser tambi&eacute;n el campo del dinero. Me doy vuelta para echar una &uacute;ltima mirada. De lejos, es solo una puerta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>PP</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Paula Puebla]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/economia/viaje-duermen-dolares-banco-central_129_8624566.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 02 Jan 2022 03:05:36 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un viaje a donde duermen los dólares del Banco Central]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[BCRA,Dólares,Reservas,Martín Guzmán,Miguel Pesce,Juan Domingo Perón]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Marolio, pampa e industria]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/economia/marolio-pampa-e-industria_129_8162347.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ab6bfd30-8723-4734-8414-16a17d495709_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Marolio, pampa e industria"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una viaje al mundo Marolio, la empresa familiar de alimentos que pretende combinar tecnología de punta y precios accesibles. Los conflictos con los grandes supermercados y la automatización de la producción.</p></div><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de media hora sobre la Autopista del Oeste, el remis baja la velocidad y hace un rulo para tomar la salida en el kil&oacute;metro 47. En esa parte de General Rodr&iacute;guez, la ruta provincial 24 se abre como un tajo en un terreno que combina lo buc&oacute;lico con un &aacute;nimo algo m&aacute;s que suburbano. Descampados, camiones con acoplado, tinglados, estructuras a medio levantar que m&aacute;s tarde ser&aacute;n galpones y un rosario de baches, todo bajo el mismo cielo plomizo. Luego de un cruce sin sem&aacute;foros, ya sobre Corrientes, el verde de los &aacute;rboles y ligustrinas se levanta a los lados del camino, escolta casas bajas, algunas quintas y una construcci&oacute;n, que resalta por el color rosa de las paredes y unas esculturas at&iacute;picas, que es sede de la Fundaci&oacute;n Argentina Africanista de Intercambio Cultural. &ldquo;Debe ser por ac&aacute;&rdquo;, decimos cuando el GPS indica que falta poco para llegar a destino, mientras aguzamos la vista a trav&eacute;s de las ventanillas, primero a un lado, despu&eacute;s a otro. Entonces, de golpe, con todo el poder de la verdad, sobre la izquierda, se recorta un gigante blanco con las letras rojas de la ic&oacute;nica Marolio. <strong>La imagen: pampa e industria.&nbsp;</strong>
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                La planta de Marolio en General Rodríguez                            </span>
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        En un predio de 100 hect&aacute;reas, son 8.300 metros cuadrados los que lleva levantados la familia Fera, propietaria del holding, oriunda del conurbano oeste. Despu&eacute;s de atravesar la caseta de seguridad, advertimos una cuadrilla de obreros que desaf&iacute;a al fr&iacute;o de junio y trabaja en la construcci&oacute;n de lo que luego nos enterar&iacute;amos ser&aacute; un vestuario, un comedor y un segundo laboratorio, destinado a materia prima y desarrollo de producto. Es que<strong> el proyecto de una de las productoras alimenticias de mayor crecimiento de la Argentina es forjar un parque industrial propio, </strong>con la integraci&oacute;n de algunas de sus otras plantas &mdash;molino arrocero, procesamiento de tomates, producci&oacute;n de vinagre, por decir&mdash; y el traslado del centro de distribuci&oacute;n que hoy se ubica en Moreno. <strong>Acortar distancias, reducir costos, optimizar la producci&oacute;n, igual que una multinacional. Pero argentina.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        En la recepci&oacute;n una mujer nos da la bienvenida, se le nota la sonrisa por debajo del barbijo. Nos pide que aguardemos unos minutos a la persona que nos va a mostrar lo que fuimos a ver, y vuelve a sus tareas administrativas. Hace m&aacute;s amenos los correos electr&oacute;nicos, los llamados y el planilleo con m&uacute;sica, que adem&aacute;s mitiga el ruido de fondo que se anuncia por el pasillo. Es que a pocos metros, despu&eacute;s de atravesar la zona de lockers, se abre la nave principal que aloja dos m&aacute;quinas de dimensiones monstruosas que fabrican fideos. Son italianas, al igual que Daniele, el jefe de planta que hace algunos a&ntilde;os dej&oacute; Padua, en la regi&oacute;n de V&eacute;neto, para venir a armarlas y que, cuando termin&oacute;, un a&ntilde;o y medio despu&eacute;s, quiso quedarse. Ingeniero electromec&aacute;nico por vocaci&oacute;n, conocedor de la pasta por tradici&oacute;n, luego nos dir&aacute; que &ldquo;en Argentina se pueden hacer muchas cosas&rdquo;. Una decisi&oacute;n de vida que desmiente uno de los mensajes m&aacute;s resonantes en estas latitudes, sobre todo en per&iacute;odos de crisis, cuando el periodismo mainstream se ensa&ntilde;a en hacer noticia las &eacute;picas migratorias que se&ntilde;alan al Aeropuerto de Ezeiza como puerta de salida pero nunca de entrada.&nbsp;
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                Daniele, el jefe de planta de Marolio                            </span>
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        &ldquo;Es tecnolog&iacute;a de punta, la m&aacute;s importante en Sudam&eacute;rica&rdquo;, se&ntilde;ala Daniele al comienzo del recorrido. Lo dice con orgullo y el sentido de pertenencia que impregna a quienes son parte de una empresa familiar, por m&aacute;s grande que sea. Es que son solamente seis en el mundo las f&aacute;bricas de estas caracter&iacute;sticas, un salto cualitativo que se hizo posible gracias al R&eacute;gimen de Grandes Proyectos de Inversi&oacute;n con un desembolso de 8,7 millones de euros, que aument&oacute; la capacidad de producci&oacute;n en 115% y redujo costos en 20%. Llev&oacute; tiempo la puesta a punto, pero hoy las m&aacute;quinas funcionan a toda hora y toda la semana, con m&aacute;s de una veintena de trabajadores en cada uno de los dos turnos (con 70% de empleo local, gracias a un convenio firmado con el municipio). A la pregunta de cu&aacute;nto produce cada m&aacute;quina por hora, la respuesta es imponente: 6.000 kilos la l&iacute;nea de pasta corta, 4.500 kilos la de pasta larga. Algo dif&iacute;cil de dimensionar pero m&aacute;s sencillo si lo ponemos en una perspectiva que conocemos todos: 40.000 y 30.000 platos llenos cada 60 minutos. Mucho mejor si se los imagina humeando y con salsa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El &ldquo;orgullosos de ser argentinos&rdquo; que escribe en su cuenta de Twitter Juan Nicol&aacute;s Fera, director de Marolio y presidente de la Uni&oacute;n Industrial de General Rodr&iacute;guez, parece ajustarse no solo al 100% de capital nacional del holding sino tambi&eacute;n traducirse a la materia prima que utilizan para elaborar los productos: las harinas y s&eacute;molas de trigo candeal que ingresan a las m&aacute;quinas son locales, y se alojan de a 125 toneladas en media docena de silos de acumulo. Ellos suministran las dos grandes hacedoras de pastas secas de acuerdo a los planes de la oficina de producci&oacute;n, en obediencia a f&oacute;rmulas y proporciones estrictas que, de igual manera, son supervisadas por el &aacute;rea de control de calidad en las etapas iniciales del proceso. Humedad, textura, consistencia, nada escapa al c&aacute;lculo o a las pruebas del laboratorio.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Las máquinas son altas, en varios puntos superan los 6 metros de altura.                             </span>
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        Las m&aacute;quinas son altas, en varios puntos superan los 6 metros de altura. As&iacute; que usamos las escaleras para ver, por primera vez, c&oacute;mo el ingrediente seco se encuentra con la humedad. Entonces, la masa: hallazgo milenario de etruscos y romanos que aliment&oacute; civilizaciones enteras y hoy sacia el hambre de las mayor&iacute;as. La primera fase del amasado es liviana, la masa todav&iacute;a es algo parecido a un arenado grueso cuando cae por las bocas distribuidoras hacia el extrusor. All&iacute; el trabajo es de fuerza y compactaci&oacute;n, la materia necesita ser uniforme para pasar por los moldes de corte y adquirir su forma. Hay cuatro tipos distintos para la pasta larga, que luego es recogida en barras rotativas de 2,5 metros de ancho, y diez para la corta (de rigatti a caracol, todo en el medio), depositada en porciones en unos peque&ntilde;os canastos met&aacute;licos que tambi&eacute;n los transportan.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De vuelta en la planta baja, Daniele agarra un pu&ntilde;ado de fideos coditos reci&eacute;n extrusados y nos lo ofrece para que sintamos su textura. Despu&eacute;s manotea unos spaguettis, que a esa altura tienen 55 cent&iacute;metros de largo, y hace su magia: los dobla, no se quiebran. La pasta est&aacute; blanda pero no como cuando se come. La espera el proceso de presecado, bajo flujos de aire muy calientes, y el secado.&nbsp;&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Daniele dobla los spaguettis, que no se quiebran                            </span>
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        Lo que sucede dentro de los enormes hornos es un misterio &mdash;las paredes son ciegas, de acero inoxidable&mdash;, pero sabemos que cuentan con diferentes niveles (o zonas clim&aacute;ticas termoactivas) donde las temperaturas var&iacute;an para controlar la humedad en cada instante del secado r&aacute;pido, la estabilizaci&oacute;n y el descanso. En dos horas y media un fideo mostachol y en cuatro horas y media un bavette est&aacute;n listos para el enfriado, un proceso m&aacute;s corto que los lleva de los 80 grados a los 24. En ese punto, el mago repite su truco: la pasta s&iacute; se quiebra.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Una de las pol&iacute;ticas de producci&oacute;n de la empresa es no hacer stock, </strong>no solo porque sus productos tienen una alta rotaci&oacute;n &mdash;&ldquo;producimos para vender&rdquo;, dicen&mdash; sino <strong>porque es una decisi&oacute;n que da por tierra con una pr&aacute;ctica demasiado com&uacute;n en el sector alimenticio: la especulaci&oacute;n de precios.</strong> Es com&uacute;n escuchar a V&iacute;ctor Fera, el patriarca que adquiri&oacute; Marolio en 1984, renegar contra los propios cuando se dan a conocer los &iacute;ndices de inflaci&oacute;n y la preocupaci&oacute;n vuelve a caer sobre los valores de la canasta b&aacute;sica. Porque conoce las maniobras y las padece como competidor, sabe que el mayor m&eacute;rito de su marca es tambi&eacute;n, en un mercado cartelizado, su limitaci&oacute;n. Son varias las grandes cadenas de supermercados que eligen dejarlos afuera de las g&oacute;ndolas: los precios populares exhibidos junto a las primeras marcas ponen en evidencia m&aacute;rgenes prohibitivos que, en tiempos de ca&iacute;da sostenida del poder adquisitivo, tuercen la mano del consumidor. Por eso, las 32 sucursales de Maxiconsumo son la boca de expendio principal para las m&aacute;s de media docena de marcas y m&aacute;s de 800 productos que comercializa la familia.
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                En las cintas transportadoras pasan 100 paquetes por minuto                            </span>
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        Marolio produce y vende sus pastas secas en continuo. Solo cuenta con peque&ntilde;os silos de acopio &mdash;de entre 8 y 10 horas de producci&oacute;n&mdash; previo a la fase de envasado. Mientras que la pasta corta est&aacute; lista para empaquetarse desde el enfriamiento, a la pasta larga le hace falta pasar por la cortadora, un aparato de movimientos &aacute;giles que deja tiras de 26 cent&iacute;metros. Luego, s&iacute;, el empaquetado. El ritmo de 100 paquetes por minuto pasa en cintas transportadoras frente a nuestros ojos con un poder hipn&oacute;tico. En esta parte del proceso, la presencia de trabajadores fideeros que realizan tareas de supervisi&oacute;n de calidad rompe con la ajenidad de la automatizaci&oacute;n impuesta por la tecnolog&iacute;a que, hasta ahora y no metaf&oacute;ricamente, ocupaba todo el lugar. Son muchas las instancias en las que no hay intervenci&oacute;n humana y muchos los interrogantes acerca de la relaci&oacute;n paradojal entre productividad y empleo. &iquest;Es posible producir semejante cantidad de alimentos de otra forma? &iquest;Cu&aacute;nta mano de obra se lleva puesta el dios de la eficiencia? &iquest;Sue&ntilde;an los hombres con m&aacute;quinas que todav&iacute;a deben operar? Tiempos modernos. En eso pensamos.
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                La automatización de la producción                            </span>
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        Hacia el final del recorrido, los paquetes de medio kilo de fideos se transforman en bultos. Esos bultos son dispuestos sobre pallets por obra y gracia de un brazo rob&oacute;tico antropom&oacute;rfico &mdash;enorme por cierto&mdash; que nos recuerda al imaginario de Aldous Huxley en <em>Un mundo feliz</em>. Los pallets se deslizan por unos rodillos dentados sobre una plataforma que se mueve por unos rieles a trav&eacute;s del gran galp&oacute;n para que sean recogidos por los operarios, a bordo de montacargas que manejan con la destreza de los conocedores y la gracia de la que carecen las maquinarias. Los muchachos clasifican de acuerdo a los pedidos, ordenan, agrupan, optimizan tambi&eacute;n su fuerza de trabajo. Vemos que varios de los pallets llevan la leyenda &ldquo;Precios cuidados&rdquo;.&nbsp;
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                Parte de la producción que va a precios cuidados                            </span>
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        El calor que emiten los hornos es compensado por el fr&iacute;o rodriguense que entra por las bocas para cargar los camiones, que esperan en fila para distribuir en nuestro territorio o llevar a pa&iacute;ses vecinos. No quedan dudas, pero Daniele nos dice: &ldquo;Esto no es una planta que hace fideos nada m&aacute;s&rdquo;. Nos suelta los planes a futuro y nos deja espiar un poco la nave donde una cuadrilla est&aacute; en pleno proceso de instalaci&oacute;n de una maquinaria de producci&oacute;n nacional para hacer pan rallado. Otra, que vino de afuera, quiz&aacute;s tan grande como las primeras, aguarda en partes envuelta en pl&aacute;stico azul. En un tiempo no muy lejano, producir&aacute; galletitas.
    </p><p class="article-text">
        La pandemia demor&oacute; algunos planes, pero llev&oacute; a Marolio a alcanzar un nivel &oacute;ptimo de producci&oacute;n. Crisis o cambio de percepci&oacute;n, lleg&oacute; a m&aacute;s cantidad de hogares y dej&oacute; de ser alternativa o segunda marca para ser consumida como primera opci&oacute;n &mdash;oh, &iexcl;la mano invisible del mercado! <strong>El mix de empresa familiar, tecnolog&iacute;a de punta y precios accesibles hacen del holding un modelo fuera de serie que lo convierte en el elegido del pueblo y en objeto de cr&iacute;ticas de los grandes actores de la producci&oacute;n alimenticia con los que disputa mercado.</strong> Algunos acusan a la marca de &ldquo;competencia desleal&rdquo; por la doble condici&oacute;n de productor y supermercadista. Otros, como Alfredo Coto, el empresario con alto blindaje medi&aacute;tico que asegura &ldquo;yo te conozco&rdquo;, piensan que los productos Marolio son &ldquo;demasiado baratos&rdquo;. Bronca parecida a la que debe circular en las mesas de la familia Perez Companc, due&ntilde;os de Molinos R&iacute;o de La Plata, o de la familia Pagani, propietarios de Arcor.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>PP</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Paula Puebla]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 24 Jul 2021 04:54:01 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Marolio, pampa e industria]]></media:title>
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