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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Mercedes Güiraldes]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/mercedes-guiraldes/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Mercedes Güiraldes]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El oficio de contar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/oficio-contar_129_8722550.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4a3a3277-0940-4b5b-a954-f8f5c55d4956_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El oficio de contar"></p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Mi querida, acabo de llegar del supermercado y si quer&eacute;s te cuento lo que compr&eacute;, en fin, si quer&eacute;s probar el salame gourmet con pedacitos de queso, venite para Rosario y nos lo comemos con un vinito tinto que no ser&aacute; de los que colecciona mi hijo mayor pero que tampoco est&aacute; del todo mal. En cuanto a lo que me mandaste, tendr&iacute;amos que festejar, &iquest;no te parece? Digo yo, &iquest;ser&aacute; cierto? Decime que s&iacute;, como en el bolero, &iquest;te acord&aacute;s? No, qu&eacute; te vas a acordar, vos sos muy joven y atenci&oacute;n que yo voy a cumplir 88, s&iacute;, y ocho m&aacute;s ocho son diecis&eacute;is as&iacute; que probablemente d&eacute; una fiesta en el bar de enfrente y est&aacute;s invitada, total, pagan los franchutes. No hay que olvidar que mis abuelos maternos eran gabachos, as&iacute; que esto viene a ser como un regalito de familia. Mejor me lo tomo de este modo as&iacute; no me la creo, que despu&eacute;s una se pone insoportable. Bueno, dice Goro que &eacute;l me acompa&ntilde;a a Francia. &iquest;Vos tambi&eacute;n ven&iacute;s?&nbsp;Dale, alquilemos una avioneta y vamos. Te mando abrazos muchos, querida.&nbsp;La Goro&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Correo electr&oacute;nico de Ang&eacute;lica Gorodischer a la autora, con motivo de una oferta de traducci&oacute;n al franc&eacute;s, julio de 2016.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Cuando conoc&iacute; a <strong>Ang&eacute;lica Gorodischer</strong>, a comienzos de los a&ntilde;os 90, algo me llam&oacute; mucho la atenci&oacute;n, aparte de su simpat&iacute;a instant&aacute;nea, su manera impecable y algo estrafalaria de vestir combinando aros con zapatos con cartera con pa&ntilde;uelo, su pelo rojo furioso cortado al rape, su gracia y su inteligencia. Me sorprendi&oacute; que Ang&eacute;lica dec&iacute;a &ldquo;una&rdquo; y no &ldquo;uno&rdquo; cuando hablaba en general. &ldquo;Una deber&iacute;a acordarse de&hellip;&rdquo;, &ldquo;una no puede impedir que&rdquo;, &ldquo;una piensa que&hellip;&rdquo; <strong>Era cuarenta a&ntilde;os mayor que yo, que encima me cre&iacute;a feminista, y usaba el femenino con naturalidad donde yo (y la mayor&iacute;a de las mujeres que me rodeaban) usaba autom&aacute;ticamente el masculino. Me acuerdo de escucharla y avergonzarme. </strong>
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s o al mismo tiempo vino el deslumbramiento con sus libros. Bastante antes, en 1985, Ang&eacute;lica hab&iacute;a recibido el Premio Emec&eacute; por su libro <em>Floreros de alabastro, alfombras de Bokhara</em>, y para cuando yo entr&eacute; a trabajar en la editorial ella ya era una escritora reconocida. Su libro <em>Kalpa Imperial</em>, publicado en Minotauro en 1983, hab&iacute;a sido traducido y prologado nada m&aacute;s y nada menos que por Ursula K. Le Guin, que se proclamaba su amiga y su admiradora. <strong>Esa obra maestra de la ciencia-ficci&oacute;n, quiz&aacute;s la mayor que haya dado la literatura argentina, todav&iacute;a hoy sigue cosechando el reconocimiento internacional. No es raro que casi cuatro d&eacute;cadas despu&eacute;s de su publicaci&oacute;n, sus editores argentinos recibamos correos de editores franceses, italianos o chinos para pedir los derechos de traducci&oacute;n, o su renovaci&oacute;n.</strong> Pero tengo que confesar que no son los libros vinculados con ese g&eacute;nero los que m&aacute;s admiro entre los suyos. 
    </p><p class="article-text">
        Nunca llor&eacute; tanto con un libro como con el final de <em>Doquier</em>, esa maravilla de novela en la que no se sabe nunca si quien narra es hombre o mujer, lo que no impide seguir perfectamente la trama pero tampoco es un detalle accesorio ni un simple alarde vanguardista sino el meollo del asunto. Me acuerdo de pensar, entre sollozos, &ldquo;&iquest;pero c&oacute;mo es posible, c&oacute;mo lo hizo?&rdquo; No creo que haya muchas ficciones que hayan logrado contar la violencia pol&iacute;tica y las desapariciones de personas de un modo m&aacute;s sobrecogedor que <em>Tumba de jaguares</em>. Tampoco se me ocurre otro libro de cuentos aparte de <em>Menta</em> que hable de punta a punta de la muerte sin ser jam&aacute;s agobiante ni desesperado. Y qu&eacute; decir de <em>Historia de mi madre</em>, esa novela familiar autobiogr&aacute;fica escrita bastante antes del auge de la literatura del yo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Ang&eacute;lica era una escritora feminista, rupturista, innovadora pero lo era sin estridencias, como si se tratara de una especie de juego y no le costara ning&uacute;n esfuerzo.</strong> &ldquo;Escribir es f&aacute;cil, lo dif&iacute;cil es todo lo dem&aacute;s&rdquo;, dec&iacute;a, y ley&eacute;ndola es imposible no creerle. Sus libros transmiten la alegr&iacute;a de quien domina a la perfecci&oacute;n un oficio y entonces puede darse el lujo de seguir buscando, de ir un poco m&aacute;s all&aacute; cada vez, de dar un salto y otro y otro m&aacute;s. Ella quer&iacute;a, siempre quiso, tiempo y tranquilidad para escribir. Terminaba un libro y lo entregaba, preguntaba si nos gustaba con algo de ansiedad y si lo &iacute;bamos a publicar. Despu&eacute;s, cuando llegaba el momento, ven&iacute;a desde Rosario a Buenos Aires con el Goro, su compa&ntilde;ero inseparable, y hac&iacute;a los deberes prolijamente: hablaba con la prensa, asist&iacute;a a la presentaci&oacute;n de punta en blanco, daba reportajes. Dec&iacute;a disfrutarlo, pero estaba claro que no ve&iacute;a la hora de volver a su casa en el barrio sur de Rosario, a su escritorio en el fondo del jard&iacute;n, para empezar a escribir de nuevo o para seguir con lo que ten&iacute;a entre manos, que sol&iacute;a ser m&aacute;s de una cosa por vez. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Ang&eacute;lica Gorodischer fue y es una de las grandes autoras de la literatura argentina de todos los tiempos. En sus &uacute;ltimos d&iacute;as escribi&oacute; una carta a su familia en la que ped&iacute;a que la dejaran morir en su casa, en su cama, y que solo le dieran la mano. As&iacute; tal cual fue. Hasta el final supo lo que quer&iacute;a y lo dijo por escrito.</strong> &ldquo;Faltaba m&aacute;s, che&rdquo;, agregar&iacute;a ella. La vamos a extra&ntilde;ar pero no la vamos a dejar de leer ni la vamos a olvidar. Alguien de esa jerarqu&iacute;a, tan fuera de serie, que encarn&oacute; de tal modo el poder m&aacute;gico de contar historias, es inolvidable. Y una lo sabe.
    </p><p class="article-text">
        <em>MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Mercedes Güiraldes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/oficio-contar_129_8722550.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 06 Feb 2022 14:35:41 +0000]]></pubDate>
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    <item>
      <title><![CDATA[Las horas críticas: el Covid y la novela decimonónica]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/horas-criticas-covid-novela-decimononica_129_8653678.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8b49d8bf-af92-4cb1-bc72-db2f410bb184_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las horas críticas: el Covid y la novela decimonónica"></p><p class="article-text">
        Cuando era chica y m&aacute;s todav&iacute;a de adolescente <strong>consum&iacute;a cuanta novela decimon&oacute;nica se me cruzara, muchas de ellas francesas, inglesas o rusas, y era clavado que alg&uacute;n cap&iacute;tulo incluyera un episodio de enfermedad</strong>. El o la protagonista del trance desafortunado, a menudo un ni&ntilde;o o una ni&ntilde;a, padec&iacute;a un grave mal, por lo general tisis, el modo en que esas novelas llamaban a la temida tuberculosis. La familia, angustiada, recurr&iacute;a al m&eacute;dico de cabecera, que durante varios d&iacute;as una y otra vez visitaba al enfermo y daba sus recomendaciones, que desplegaban un men&uacute; que me parec&iacute;a fascinante por lo ex&oacute;tico y lo rudimentario: ventosas, cataplasmas, aceite de ricino, compresas fr&iacute;as para la fiebre, sahumerios con hierbas depurativas, ung&uuml;entos varios, purgas y las omnipresentes sangr&iacute;as. Hasta que, indefectiblemente, llegaba el momento cr&iacute;tico de la enfermedad, que sol&iacute;a coincidir con esas horas de la noche en las que los temores siempre parecen agigantarse. Hab&iacute;a que atravesar esas horas y solo entonces se sabr&iacute;a si la recuperaci&oacute;n era posible, o si el desenlace resultar&iacute;a fatal. Morbosa, hipocondr&iacute;aca, yo pasaba las p&aacute;ginas con ansiedad esperando la conclusi&oacute;n de la crisis como una pariente m&aacute;s, mientras en mi disociaci&oacute;n lectora pensaba qu&eacute; terrible mala suerte habr&iacute;a sido nacer en la era previa a la invenci&oacute;n de los antibi&oacute;ticos y los grandes descubrimientos de la medicina del siglo veinte, mi siglo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las novelas lo narraban con una f&oacute;rmula siempre m&aacute;s o menos parecida de hechos que se suced&iacute;an: el m&eacute;dico llamado de urgencia en plena noche (en general se lo iba a buscar en carruaje en medio de la nieve o de la tormenta), la entrada del m&eacute;dico a la habitaci&oacute;n donde el enfermo o la enferma yac&iacute;a en penumbras con los ojos cerrados, la espera tensa de la familia del otro lado de la puerta, la reaparici&oacute;n del m&eacute;dico con gesto adusto. &ldquo;Solo queda esperar, su suerte depende de c&oacute;mo pase estas horas&rdquo;, sol&iacute;a ser el dictamen, palabras m&aacute;s, palabras menos. Para mi alivio, lo m&aacute;s habitual era que el enfermo (o la enferma) superara el momento cr&iacute;tico y, como por arte de magia, se despertara al d&iacute;a siguiente de excelente humor, cubierto en un sudor ben&eacute;fico, con ganas de sacudirse las frazadas y zamparse unos huevos revueltos mientras ped&iacute;a que alguien abriera las ventanas para dejar entrar el aire y el sol.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Hace una semana tuve Covid. </strong>Se contagi&oacute; primero mi hija menor y seguimos los dem&aacute;s, prolijamente, por si nos hac&iacute;a falta comprobar la eficacia del virus en su cometido odioso: mi hija mayor, mi marido y yo. Con un detalle: hab&iacute;amos ido a pasar cuatro d&iacute;as de vacaciones a Colonia, Uruguay, en coincidencia con mi cumplea&ntilde;os y el a&ntilde;o nuevo y terminamos qued&aacute;ndonos catorce, en una posada peque&ntilde;a y hospitalaria (palabra que adquiri&oacute; un sentido inesperado) frente a una plaza en pleno casco hist&oacute;rico de la ciudad. Mi hija menor, despu&eacute;s de varios intentos, logr&oacute; que nuestra obra social la hiciera llamar por una m&eacute;dica de un servicio tercerizado de seguimiento para pacientes con Covid. La m&eacute;dica, joven, colombiana a juzgar por su acento, era buena profesional y mejor persona, y la llam&oacute; puntualmente cada tarde durante siete d&iacute;as, e incluso contest&oacute; sus preguntas ansiosas en plena noche de a&ntilde;o nuevo y durante el sagrado feriado del primer d&iacute;a del a&ntilde;o. Pero<strong> el Covid estall&oacute; fuera de toda proporci&oacute;n y los protocolos hasta entonces m&aacute;s o menos en funciones volaron por los aires</strong>. En los d&iacute;as sucesivos, ni mi hija mayor ni mi marido ni yo logramos que nos contactara ning&uacute;n m&eacute;dico de nuestra obra social ni de los servicios de asistencia al viajero que supuestamente incluyen nuestra prepaga y nuestra tarjeta de cr&eacute;dito. Cuando, al cuarto d&iacute;a de estar enferma y confiada en que ya estaba de salida, de pronto me subi&oacute; la fiebre y sent&iacute; que la respiraci&oacute;n se me acortaba, me desesper&eacute;. Los llamados a contestadores autom&aacute;ticos varios con el altavoz del celular encendido llegaron a durar una hora reloj: una hora entera de escuchar el mismo mensaje desde el aparatito sobre la almohada que repet&iacute;a que estaban en situaci&oacute;n de emergencia pero que por favor esperara, que mi llamado ocupaba el tercer lugar de una misteriosa fila inm&oacute;vil y que pronto me atender&iacute;an. No sucedi&oacute;. Nunca.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Una ventana a Colonia del Sacramento                            </span>
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        Pero, <strong>como en las novelas decimon&oacute;nicas, la ma&ntilde;ana del quinto d&iacute;a amanec&iacute; sinti&eacute;ndome mejor</strong>. La bota de cowboy sobre el pecho de que habla <a href="https://www.eldiarioar.com/autores/fabian-casas/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Fabi&aacute;n Casas </a>y la fiebre hab&iacute;an cedido, y solo quedaban la congesti&oacute;n, los dolores en enc&iacute;as, paladar y o&iacute;dos, la molestia en la parte baja de la espalda, la leve n&aacute;usea, en fin, pavadas. Hab&iacute;a pasado las horas cr&iacute;ticas y estaba del otro lado. Ten&iacute;a muchas ganas de tomar el caf&eacute; al que ya no le sent&iacute;a ese horrible gusto met&aacute;lico.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Hace varios a&ntilde;os tuve dos tipos de c&aacute;ncer distintos con sus respectivos y duros tratamientos. Muchas veces sent&iacute; incertidumbre y angustia, pero jam&aacute;s me sent&iacute; desamparada por el sistema m&eacute;dico</strong>. Sab&iacute;a, por supuesto, que &eacute;ste tiene sus l&iacute;mites, y que no ten&iacute;a (no tengo) nada garantizado, pero tambi&eacute;n sab&iacute;a que estaban haciendo todo lo posible por ayudarme y que eso, lo posible, por suerte era mucho. Cuando me repuse un poco del Covid me acord&eacute; de esas escenas de las novelas decimon&oacute;nicas y del desconcierto que me provocaban cuando era chica. &iquest;Pero c&oacute;mo? &iquest;No hab&iacute;a ning&uacute;n remedio para curar o intentar curar al enfermo? &iquest;Solo quedaba esperar? &iquest;Eso era realmente lo &uacute;nico que se pod&iacute;a hacer? Lo mismo exacto sent&iacute; esos d&iacute;as en la amable posadita coloniense. Nadie pod&iacute;a hacer nada por nosotros, la instituci&oacute;n m&eacute;dica brillaba por su ausencia y, cuando aparec&iacute;a, como la buena de la m&eacute;dica colombiana, era para repetir con voz fatigada una letan&iacute;a de consejos que hacen que los del m&eacute;dico de las novelas decimon&oacute;nicas parezcan sofisticados en comparaci&oacute;n: mucha agua, descanso, bajar la fiebre, esperar la remisi&oacute;n de los s&iacute;ntomas. Eso: esperar y confiar en que, efectivamente, nos hubiera tocado una versi&oacute;n leve de la enfermedad.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Nadie podía hacer nada por nosotros, la institución médica brillaba por su ausencia y, cuando aparecía, era para repetir con voz fatigada una letanía de consejos que hacen que los del médico de las novelas decimonónicas parezcan sofisticados en comparación</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        El Covid es como volver atr&aacute;s en el tiempo porque todav&iacute;a no hay ning&uacute;n remedio espec&iacute;fico al alcance para curarlo, ni siquiera para tratarlo<strong>.</strong> Hay, como todo el mundo sabe, tratamientos que se prueban en los casos extremos y muchas veces funcionan, que sin embargo recurren principalmente a algo tan elemental como el ox&iacute;geno. Y hay vacunas, por suerte. En mi familia todos ten&iacute;amos dos dosis. Intuyo que mi caso particular habr&iacute;a sido bastante m&aacute;s severo de no estar vacunada. Los n&uacute;meros decrecientes de internados y fallecidos van en el sentido de esa intuici&oacute;n, que se vuelve una certeza: las vacunas no evitan el contagio pero mitigan la seriedad de los cuadros en la mayor&iacute;a de los casos. No es poco, claro. M&aacute;s bien es much&iacute;simo. No puedo imaginarme el infierno de estar en la cabeza de un no vacunado que adquiere la forma grave de la enfermedad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por lo dem&aacute;s, los enfermos de Covid estamos solos en la incertidumbre de las horas cr&iacute;ticas, librados a nuestra suerte como en las novelas decimon&oacute;nicas. No es por culpa de nadie en particular ni por maldad. Simplemente es as&iacute;. Para orientarnos y acompa&ntilde;arnos, nos apoyamos &aacute;vidamente en una red de familiares, amigos y conocidos que ya pasaron por la experiencia o la est&aacute;n pasando. Los chats se multiplican, proliferan. Y est&aacute; la informaci&oacute;n que Google ofrece de expertos de todo el mundo y que consultamos con mano temblorosa, conscientes de que lo que leemos, por gen&eacute;rico, por impersonal, por lejano, puede dejarnos todav&iacute;a m&aacute;s confundidos. <strong>En esta pandemia del siglo veintiuno no hay un m&eacute;dico patilludo y con mon&oacute;culo que venga en medio de la noche a apoyar la oreja en nuestra espalda, a observar nuestras pupilas con una linterna y el fondo de nuestra garganta con un espejuelo, a tomarnos el pulso mientras mira atento el segundero en su reloj de bolsillo. Hay una voz desconocida en el tel&eacute;fono. A veces ni siquiera eso.</strong>
    </p><p class="article-text">
        <em>MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Mercedes Güiraldes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/horas-criticas-covid-novela-decimononica_129_8653678.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 15 Jan 2022 03:08:56 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Las horas críticas: el Covid y la novela decimonónica]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus,Covid-19,Pandemia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Editar al editor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/editar-editor_129_8182605.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bf86b7bf-42af-4ca8-9bbf-2bf7cea1f0b1_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Editar al editor"></p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo se edita a un editor? Mejor dicho: &iquest;c&oacute;mo se edita a un editor como Juan Forn?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando entr&eacute; a trabajar Emec&eacute;, en 1991, Juan se acababa de ir y, a los treinta y dos a&ntilde;os, ya era el editor m&aacute;s famoso de la Argentina. Hab&iacute;a empezado como cadete y en poco tiempo llev&oacute; un aire de renovaci&oacute;n a la editorial que no se ve&iacute;a, quiz&aacute;, desde que Borges y Bioy dirig&iacute;an la colecci&oacute;n El S&eacute;ptimo C&iacute;rculo, medio siglo antes. En Emec&eacute; public&oacute; tambi&eacute;n su primer libro, la novela <em>Corazones cautivos m&aacute;s arriba</em>, que m&aacute;s tarde rebautiz&oacute; <em>Corazones</em>. De ah&iacute; pas&oacute; al Grupo Planeta, donde entre otras cre&oacute; la m&iacute;tica colecci&oacute;n Biblioteca del Sur, con un objetivo que parec&iacute;a quim&eacute;rico: que la mejor literatura argentina fuera le&iacute;da masivamente. <strong>Lo consigui&oacute;.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        En los treinta a&ntilde;os clavados que pasaron desde que lo conoc&iacute; a este 20 de junio de 2021 en que inveros&iacute;milmente se muri&oacute;, asist&iacute;, a veces de cerca, otras desde m&aacute;s lejos, a la evoluci&oacute;n de una carrera polifac&eacute;tica que ejerc&iacute;a fervorosamente y que deriv&oacute; en un retiro temprano de la &ldquo;vida p&uacute;blica&rdquo; en 2001, despu&eacute;s de una pancreatitis que casi lo mata. Por supuesto que era un falso retiro, m&aacute;s bien un nuevo comienzo con sede en Villa Gesell. No uso el verbo asistir al voleo: todo lo que Juan hac&iacute;a ten&iacute;a <strong>una centralidad y una espectacularidad que no dejaban indiferente a nadie que lo conociera</strong>. De eso escapaba, a sabiendas de que tambi&eacute;n ten&iacute;a un peligroso lado resbaladizo, sin lograrlo nunca del todo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Juan revolucion&oacute; la forma de hacer edici&oacute;n en la Argentina. Inspir&aacute;ndose en el modelo anglosaj&oacute;n, hab&iacute;a logrado instalar el concepto de <em>editing</em>: un verdadero editor, una verdadera editora hace <em>editing</em>, interviene el texto del otro o la otra como si fuera propio, no en el sentido de igualar estilos sino en el de poner alma y cuerpo en la tarea, de involucrarse. Para Juan todo texto era mejorable, solo hab&iacute;a que encontrar c&oacute;mo; ese, junto con la b&uacute;squeda de nuevos talentos literarios o viejos talentos no suficientemente reconocidos, era el coraz&oacute;n del trabajo editorial. <strong>Ser editor, en el caso de Juan, representaba la otra cara de su ser escritor, de esa obsesi&oacute;n con las palabras que muchas veces llam&oacute; &ldquo;mi enfermedad&rdquo;. </strong>A pesar de que la pasi&oacute;n puesta en editar le caus&oacute; varios problemas, Juan crey&oacute; hasta el final en esa idea. Ya no fung&iacute;a (verbo de pura cepa forniana) de editor pero daba talleres literarios, que era otra variante de lo mismo. A Juan se le podr&iacute;a aplicar lo que T. S. Elliot dijo sobre Ezra Pound: &ldquo;Era un editor maravilloso porque no intentaba convertirte en una imitaci&oacute;n suya. Intentaba ver qu&eacute; estabas tratando de hacer&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ac&aacute; quisiera contar una an&eacute;cdota personal. Por pedido de Nacho Iraola, director editorial de Planeta, en una de esas carambolas del destino que nos uni&oacute; todos estos a&ntilde;os Juan edit&oacute; mi &uacute;nico libro, <em>Nada es como era</em>, un relato autobiogr&aacute;fico de mi experiencia con el c&aacute;ncer que sali&oacute; en 2017. Por entonces Juan ya no era editor estable en el Grupo Planeta; yo, s&iacute;. Lo visitaba en un departamento de la calle Pe&ntilde;a que le prestaba una amiga cuando estaba en Buenos Aires, tom&aacute;bamos t&eacute; y habl&aacute;bamos. Me suger&iacute;a cambios en el orden de&nbsp;los cap&iacute;tulos, marcaba palabras o frases que no le gustaban <strong>(&ldquo;ripios&rdquo;, los llamaba)</strong>, propon&iacute;a variantes de t&iacute;tulos, registraba fallas relacionadas con el ritmo (ah&iacute; la palabra era &ldquo;baches&rdquo;). Inesperadamente, yo experimentaba en primera persona lo que con curiosidad, con admiraci&oacute;n, le hab&iacute;a visto hacer de afuera desde que empec&eacute; en este oficio. Un d&iacute;a le llev&eacute; el &uacute;ltimo cap&iacute;tulo, que ten&iacute;a dos partes diferenciadas y no me convenc&iacute;a. Lo ley&oacute; y me pregunt&oacute; si no me daba cuenta de que ten&iacute;a que invertirlas, poner la segunda parte al principio y la primera al final. No, no me hab&iacute;a dado cuenta, pero le hice caso y el final se acomod&oacute; d&oacute;cilmente. &Eacute;l ve&iacute;a as&iacute; los textos, desde un &aacute;ngulo imposible.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A&ntilde;os antes de eso, en 2006, cuando termin&oacute; la novela <em>Mar&iacute;a Domecq</em>, que narraba en clave de ficci&oacute;n su pancreatitis, Juan la public&oacute; en Emec&eacute;, ahora convertida en un sello del Grupo Planeta. En esa especie de doble vuelta suya al origen, me toc&oacute; ser su editora. A ese libro le sigui&oacute; la reedici&oacute;n de los anteriores: <em>Corazones</em>, <em>Nadar de noche</em>, <em>Frivolidad</em>, <em>Puras mentiras</em>. Paralelamente, Juan hab&iacute;a empezado a escribir las contratapas que publicaba los viernes en <em>P&aacute;gina/12 </em>y que le hab&iacute;an ganado una cofrad&iacute;a nueva de lectores fan&aacute;ticos. Fue natural entonces que, de 2015 en adelante, public&aacute;ramos las contratapas en formato libro. Los cuatro tomos sucesivos de <em>Los viernes </em>reun&iacute;an, cronol&oacute;gicamente aunque con algunas supresiones (textos que ya no le gustaban o que consideraba &ldquo;fallidos&rdquo;), esas contratapas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>El formato de la contratapa fue una especie de punto de llegada para &eacute;l, una liberaci&oacute;n. </strong>Se sent&iacute;a m&aacute;s c&oacute;modo escribiendo esos textos breves, a la vez precisos como piezas de relojer&iacute;a y abiertos a m&uacute;ltiples interpretaciones, de lo que nunca antes con la escritura. Lo dijo en un mail: &ldquo;Todos estos a&ntilde;os fui feliz porque no ten&iacute;a que pensar en formato libro, hac&iacute;a las contratapas como los poetas hacen sus poemas&rdquo;. Para escribirlas, Juan le&iacute;a como un poseso y sacaba historias de abajo de las piedras. Es bastante literal: contaba que encontraba las ideas y la forma de sus contratapas durante sus caminatas al borde del mar en Gesell, mientras buscaba piedras pulidas que despu&eacute;s, como si la met&aacute;fora se hiciera materia, ubicaba en los estantes de su biblioteca.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero pasaba el tiempo y &eacute;l sent&iacute;a que las contratapas no hab&iacute;an dado todo de s&iacute;, no todav&iacute;a. As&iacute; nos lo dec&iacute;a cuando le pregunt&aacute;bamos por su pr&oacute;ximo libro. Hubo algunos intentos previos como las antolog&iacute;as <em>La tierra elegida </em>y <em>Ning&uacute;n hombre es una isla</em>, pero aunque amaba esos libros no qued&oacute; completamente satisfecho. Entonces, de una conversaci&oacute;n con la editora chilena Andrea Palet, le surgi&oacute; la idea de recoger las mejores contratapas pero reorganiz&aacute;ndolas y enlaz&aacute;ndolas unas con otras mediante un sutil mecanismo de referencias y alusiones internas, como en un largo relato &uacute;nico. Eso hizo a lo largo de dos a&ntilde;os con <em>Yo recordar&eacute; por ustedes</em>, libro que se publica ahora p&oacute;stumamente pero que &eacute;l dej&oacute; listo y revisado hasta el &uacute;ltimo detalle despu&eacute;s de <strong>infinitas versiones en las que persegu&iacute;a &ldquo;la forma justa&rdquo;</strong>. En el borde impreciso entre la realidad y la ficci&oacute;n, entre el fresco de &eacute;poca y la cr&oacute;nica autobiogr&aacute;fica, el relato de ideas y la novela condensada, es sobre todo una vuelta al mundo y al siglo veinte de la mano de un narrador magistral.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s de una d&eacute;cada despu&eacute;s de la primera contratapa, &eacute;ste era, por fin, el libro que Juan hab&iacute;a querido hacer desde el principio. Cuenta Mar&iacute;a Dom&iacute;nguez, su compa&ntilde;era de los &uacute;ltimos a&ntilde;os, que el viernes 18 de julio, sentado frente a la computadora, lo escuch&oacute; lanzar <strong>un suspiro profundo de alivio</strong>, de misi&oacute;n cumplida. Ese mismo d&iacute;a recib&iacute; un Whatsapp suyo desde la playa por donde caminaba con su perro en el que me dec&iacute;a lo contento que estaba. Ya ten&iacute;amos el interior del libro, la imagen de tapa que &eacute;l hab&iacute;a elegido, los textos de contratapa y solapas. &ldquo;El hijo tiene cara&rdquo;, me dijo con tono burl&oacute;n pero exultante y remat&oacute; con una carcajada. Dos d&iacute;as despu&eacute;s lo fulmin&oacute; un infarto masivo en su casa de Mar de las Pampas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se sabe que Juan ten&iacute;a ideas fuertes sobre la literatura, opiniones a veces provocadoras que lo expusieron a discusiones y pol&eacute;micas. Lo que no se menciona tanto pero resulta evidente era <strong>su generosidad fuera de lo com&uacute;n</strong>. Le interesaban mucho las dem&aacute;s personas, en especial lo que escrib&iacute;an. &iquest;Qu&eacute; otra cosa sino una pulsi&oacute;n por compartir gustos y saberes hay en el origen de sus contratapas, de la colecci&oacute;n de rescates Rara avis que dirig&iacute;a para Tusquets? En uno de los &uacute;ltimos llamados telef&oacute;nicos me hablaba con entusiasmo de las nuevas novelas de Paula P&eacute;rez Alonso y Sylvia Iparraguirre, pr&oacute;ximas a publicarse, y de un libro in&eacute;dito de cuentos de Santiago Featherstone. Dice Matilda, su hija, que de un tiempo a esta parte sent&iacute;a predilecci&oacute;n por la literatura joven escrita por mujeres. D&iacute;as antes de que muriera, cuando hac&iacute;amos la lista de personas a las que quer&iacute;a especialmente mandar el libro, me nombr&oacute; a Tamara Tenenbaum, a quien creo que no conoc&iacute;a pero a la que le&iacute;a con atenci&oacute;n, y a Camila Sosa Villada, a quien s&iacute; conoc&iacute;a y hab&iacute;a editado junto a Paola Lucantis. Ah&iacute; estaba para Juan el presente m&aacute;s electrizante de la literatura argentina contempor&aacute;nea, y quiz&aacute; tambi&eacute;n el futuro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me doy cuenta de que no respond&iacute; a la pregunta inicial. En verdad no s&eacute; si s&eacute; c&oacute;mo se edita a un editor como Juan Forn, pero seguir&eacute; intentado aprender como quien rastrea sus huellas en la arena. Ahora me toca, como su editora y como su amiga, dar la bienvenida p&uacute;blica a ese libro-testamento que es <em>Yo recordar&eacute; por ustedes</em>, una s&iacute;ntesis genial del extraordinario escritor, lector, cronista y editor que conviv&iacute;an en &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        <em>MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Mercedes Güiraldes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/editar-editor_129_8182605.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 01 Aug 2021 03:03:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Editar al editor]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Periodismo,Juan Forn]]></media:keywords>
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