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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Soledad Barruti]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/soledad-barruti/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Soledad Barruti]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Los awa guajá, el pueblo amazónico que busca salvar la selva: "Estamos en la lucha y en la esperanza"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/mundo/awa-guaja-pueblo-amazonico-busca-salvar-selva-lucha-esperanza_130_9583415.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6ffc13a0-718b-46da-ba52-b870728d35a7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los awa guajá, el pueblo amazónico que busca salvar la selva: &quot;Estamos en la lucha y en la esperanza&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Maranhao podría ser una maqueta a escala del Brasil que se juega en las elecciones de este domingo. Un estado del tamaño de Noruega con una diversidad de biomas que son cerrado, cocales y pura selva devastado en un 80% a fuerza de soja, vacas y minería. Desde lejos se ven dólares de rentabilidad, pero de cerca hay pobreza y hambre  y pueblos indígenas en una activa resistencia por defender lo que queda en pie.</p></div><p class="article-text">
        Nada es verdad salvo la selva que est&aacute; siendo asesinada. Anoto eso en mi cuaderno y camino por las calles de Auzil&acirc;ndia, un pueblo habitado por un pu&ntilde;ado de gente que parece haber sido aislada por el ruido y la contaminaci&oacute;n de un tren minero. Este lugar tambi&eacute;n era selva y ahora es un paraje hecho de calor y despojos: palmeras escu&aacute;lidas; alguna que otra vaca blanca, pac&iacute;ficas y demon&iacute;acas, pobres vacas, comi&eacute;ndose los pastos que quedan entre la tierra seca revuelta; y hombres y mujeres y ni&ntilde;os olvidados a la vera de negocios que se enuncian cada d&iacute;a m&aacute;s pr&oacute;speros: sojales, ganader&iacute;a, miner&iacute;a.
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                La entrada de la comunidad rural Auzilândia                            </span>
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        En el Estado al nordeste de Brasil, Maranhao, el 80 por ciento de la selva ya no est&aacute;. Eso quiere decir muchas cosas. Sobre todo que ah&iacute; queda un 20 por ciento que a&uacute;n respira y late y sue&ntilde;a y crea y existe. Hermosa, feroz y rotunda. Repleta de hojas, lianas, ra&iacute;ces, hongos, plumas, escamas, piel, colmillos, aguijones, perfume, zumbidos, espesura, sudor; y cantos y gritos y sangre y latidos y ojos.&nbsp;La selva viva est&aacute; en un peligro terminal mientras la posverdad que la desaparece anuncia exportaciones y d&oacute;lares a montones, acumulando pobreza y violencia.
    </p><p class="article-text">
        Trescientos cincuenta kil&oacute;metros separan a Auzil&acirc;ndia de San Luis, la capital del Estado: una isla que se inunda con frecuencia porque para su construcci&oacute;n tapizaron con cemento una franja enorme del mar. Ah&iacute; est&aacute; el puerto m&aacute;s grande de Sudam&eacute;rica y hacia ah&iacute;, sorteando casuchas coloniales que se desarman, van las cosechas que salen de los campos que eran selva. Por el traqueteo, de los camiones caen algunos granos de la soja que va rumbo a China para alimentar cerdos de granjas industriales. A la vera del camino, a la intemperie del calor rajante, se apostan familias enteras con escobillones y bolsas: barren los granos, los juntan y se los llevan a sus casas para comer.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                La entrada de la comunidad rural Auzilândia, Brasil                            </span>
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        En Maranhao el agronegocio es due&ntilde;o del poder. Due&ntilde;o de la mayor&iacute;a de las bancadas legislativas, los supermercados, los shoppings y los medios de comunicaci&oacute;n. Tiene detr&aacute;s a <em>milicianos</em> (grupos armados) y otros criminales locales y de San Pablo, Mato Grosso, Estados Unidos y Argentina. Redes poderosas que tapan la destrucci&oacute;n de la selva y de sus tantas vidas a fuerza de fuego y topadoras.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">En Maranhao el agronegocio es dueño del poder. Dueño de la mayoría de las bancadas legislativas, los supermercados, los shoppings y los medios de comunicación. Tiene detrás a milicianos armados</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Mientras escribo es 11 de septiembre y asesinan a tiros a Ant&ocirc;nio Cafeteiro Silva Guajajara que viv&iacute;a en Tierra Ind&iacute;gena Ararib&oacute;ia. El tercero de esa etnia que matan en los &uacute;ltimos diez d&iacute;as.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Guardianes de la selva, as&iacute; se llama el grupo de ind&iacute;genas del cual esos hombres hoy muertos eran parte. Vigilan y defienden el 20 por ciento de la selva que queda. Resisten. Y algunos mueren porque lo que hay ac&aacute; y en el resto del planeta es una guerra no de un pa&iacute;s contra otro sino del empresariado rural y las corporaciones todas contra la naturaleza y por ende contra quienes viven en ella. Una guerra por el dominio y por el control de la tierra, de sus fuerzas vivas y reinos vivos que en los Excels llaman recursos. Por la due&ntilde;idad de cada &aacute;rbol hecho madera, cada subsuelo hecho metal, cada metro de tierra vaciada de animales y flores y frutos y lenguas. Vaciada de s&iacute; misma, destrozada, y puesta a producir.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="El tren de la minera de hierro más grande del mundo, Carajás, de la empresa Vale recorre 900 kilómetros entre los estados de Pará y Maranhao atravesando 130 poblados que padecen un ruido constante y el polvillo tóxico. También tiene tres veces por semana un servicio de pasajeros."
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            <span class="title">
                El tren de la minera de hierro más grande del mundo, Carajás, de la empresa Vale recorre 900 kilómetros entre los estados de Pará y Maranhao atravesando 130 poblados que padecen un ruido constante y el polvillo tóxico. También tiene tres veces por semana un servicio de pasajeros.                            </span>
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        Al googlear &ldquo;Maranhao&rdquo; aparecen dos cosas: las voces de los economistas a quienes ese modelo productivo les parece un &eacute;xito y los Len&ccedil;&oacute;is. Un desierto de dunas blancas que se inunda de lluvia tres meses al a&ntilde;o formando lagunas verdes y azules con pececitos que son una preciosura. El turismo va hacia all&aacute;, al &uacute;nico territorio que sobrevive a la voracidad que se come &aacute;rboles, animales y personas -un desierto- pero de lo dem&aacute;s ni se entera. Ni de la selva destrozada ni de la selva viva con sus pueblos ind&iacute;genas en pie.
    </p><p class="article-text">
        En esa selva acechada viven los awa guaj&aacute;. Unos 520 hombres y mujeres que a pesar de todo se resguardan (y nos resguardan) de la extinci&oacute;n. Desde los a&ntilde;os 70 fueron forzados al contacto con el mundo blanco y a vivir repartidos en cuatro aldeas a la vera de r&iacute;os caudalosos, entre &aacute;rboles inmensos y monos, tortugas, cobras, ara&ntilde;as, flores, mariposas e invasores.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Parte de la comunidad awa guajá, que habita en Maranhao, actual territorio de Brasil"
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                Parte de la comunidad awa guajá, que habita en Maranhao, actual territorio de Brasil                            </span>
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        Maranhao es un estado enorme, del tama&ntilde;o de Noruega. Las rutas para llegar tierra adentro son casi imposibles. Horas entre pozos sin garant&iacute;a de llegar a destino. Por eso el transporte m&aacute;s seguro es el tren de la minera Vale. La empresa lleg&oacute; hace unos 50 a&ntilde;os con la dictadura y una misi&oacute;n de orden y progreso que en la tierra se dibujaba con cruces rectas de desmonte. Con el tren de Vale llegaron hombres que hoy se llaman empresarios pero que consiguieron ese t&iacute;tulo de propiedad robando tierra y matando a la mayor&iacute;a que ac&aacute; viv&iacute;a. Desde entonces ese tren asesino es un monstruo de metal que recorre la selva abriendo paso a enfermedades y a sicarios. Una m&aacute;quina de ruido infernal que perturba la vida de 130 poblados y comunidades por donde adem&aacute;s esparce su polvillo t&oacute;xico.
    </p><p class="article-text">
        El tren a las 7 de la ma&ntilde;ana en la estaci&oacute;n San &Aacute;ngel, en las afueras de San Luis,  va lleno, est&aacute; limpio y el aire acondicionado es fuerte. Las ventanas selladas sudan el calor de afuera y tapan de gotitas las im&aacute;genes escalofriantes que da la selva bajo ataque: &aacute;rboles ca&iacute;dos, reba&ntilde;os de vacas y miles de vagones de hierro rojo apostados a la vera del camino. Porque si bien tres veces por semana sale un servicio de pasajeros, el prop&oacute;sito de los 10.756 vagones y 217 locomotoras que a diario cubren 900 kil&oacute;metros sigue siendo el que lo fund&oacute;: transportar lo que se extrae de la mayor mina de hierro a cielo abierto en el mundo, Caraj&aacute;s, en el Estado vecino de Par&aacute;, hasta el puerto de San Luis. De all&iacute; a China.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="La estación de tren de Alto Alegre do Pindaré, un pueblo rural ocupado por hoteles y restaurantes humildes para los trabajadores de Vale, que llegan íntegramente de afuera."
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            <span class="title">
                La estación de tren de Alto Alegre do Pindaré, un pueblo rural ocupado por hoteles y restaurantes humildes para los trabajadores de Vale, que llegan íntegramente de afuera.                            </span>
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        &nbsp;Mis compa&ntilde;eros de viaje son todos silenciosos, lo contrario a quien tiene la prepotencia del cliente, como si estuvieran viajando de favor. Son trabajadores, abuelos y familias repletas de b&aacute;rtulos. Cada tanto abren alg&uacute;n paquete de comida, miran por la ventana o pispean los televisores que a todo volumen proyectan la pel&iacute;cula infantil <em>Alvin y las ardillas visitan la selva</em>. Viajo cinco horas hasta Alto Alegre do Pindar&eacute;, ciudad escala hacia mi destino en Tierra Ind&iacute;gena.
    </p><p class="article-text">
        El itinerario y encuentro con los awa guaj&aacute; fueron posibles gracias a la ayuda de In&eacute;s, quien no se llama as&iacute; pero no puedo dar m&aacute;s datos porque la pondr&iacute;a en riesgo. Defender a los ind&iacute;genas bajo la presidencia de Jair Bolsonaro es peligroso, incluso para quienes tienen cargos p&uacute;blicos: as&iacute; le pas&oacute; a<a href="https://www.eldiarioar.com/mundo/hay-guerra-naturaleza-dom-phillips-asesinado-trataba-explicarlo_1_9096631.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> Bruno Pereira, parte de Funai (Fundaci&oacute;n Nacional del Indio) asesinado este a&ntilde;o en el Vale do Javar&iacute; junto al periodista ingl&eacute;s Dom Phillips</a>.
    </p><p class="article-text">
        La estaci&oacute;n de Alto Alegre do Pindar&eacute; est&aacute; sobre un mont&iacute;culo elevado rodeado de pasto. Hay caballos flacos, perros flacos y cuervos negros sobrevolando. El calor es h&uacute;medo, pegajoso. El pueblo son morritos de casas humildes y un centro de unas cinco cuadras con ropa barata y chucher&iacute;as. En muchas casas se ven p&aacute;jaros coloridos encerrados en jaulas diminutas, tambi&eacute;n canteros con flores y motocicletas. Lo m&aacute;s sorprendente para un lugar que de tur&iacute;stico no tiene nada son unos diez hoteles que fueron creados para los trabajadores de Vale.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Alto Alegre do Pindaré, un lugar humilde, a simple vista tranquilo                            </span>
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        &nbsp;La empresa, que solo en 2021 gener&oacute; 24 billones de reales m&aacute;s que el PBI de todo Maranhao (121 billones contra 97, seg&uacute;n el &uacute;ltimo comunicado oficial, en 2019), trae a todos sus trabajadores de afuera. Hombres y mujeres j&oacute;venes que pululan por el pueblo vestidos con mamelucos grises y azules, que de d&iacute;a llenan los restaurantes de comida por peso y cada tanto entran a los locales a comprar algo.
    </p><p class="article-text">
        Me alojo en el hotel Betsan. Frente a la plaza principal, un cuadrado de cemento con un arco del que tambi&eacute;n cuelga, bajo el sol, un p&aacute;jaro enjaulado que canta con desespero. El hotel tiene 8 habitaciones modestas ocupadas en su mayor&iacute;a por trabajadores de Vale. Soy una hu&eacute;sped ins&oacute;lita dice Karen, la recepcionista. &ldquo;Muy gracioso tenerla ac&aacute;&rdquo;, dice.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En otra habitaci&oacute;n se aloja Maicon quien ser&aacute; mi chofer. Un chico luminoso y corpach&oacute;n de 36 a&ntilde;os padre de dos criaturas que dej&oacute; por estos d&iacute;as en San Luis. Maicon tambi&eacute;n fue trabajador terciarizado de Vale, manejaba sus camiones por el pa&iacute;s pero ahora es chofer de Fetaema, la federaci&oacute;n que representa a 7 mil trabajadores rurales de Maranhao, campesinos siempre bajo amenaza.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Conoc&iacute; a Maicon gracias a Diogo Cabral que es abogado de la federaci&oacute;n y sabe de los conflictos en estas tierras m&aacute;s que nadie. Su d&iacute;a a d&iacute;a transcurre siempre juntos: Maicon conduce miles de kil&oacute;metros para que Diogo llegue a quienes se quieren quedar en la floresta, en el r&iacute;o, en el campo vivo y por eso mismo est&aacute;n en peligro. Diogo tiene 38 a&ntilde;os, ojos del color del r&iacute;o, ra&iacute;ces ind&iacute;genas del pueblo tapuio, y una suavidad al hablar que contrasta con la intensidad de su trabajo. Ines y &eacute;l son personas que devuelven la esperanza. Maicon tambi&eacute;n: es sensible, curioso y cree que un mundo mejor puede venir de un momento a otro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Viajar con la ayuda de ellos es como tener un amuleto.
    </p><p class="article-text">
        No hay m&aacute;s extranjeros que yo en Alto Alegre. Las personas me ven como algo ex&oacute;tico. Me se&ntilde;alan, me piden fotos, me invitan a charlar. Parece un lugar tranquilo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Pero no quiero que te conf&iacute;es&nbsp;&ndash;dice Maicon mientras cenamos algo de lo &uacute;nico que venden por aqu&iacute;: porotos, arroz, ensalada de tomate y lechuga; alguna carne, pescado, tripas de cerdo&ndash;. Tambi&eacute;n hay prostituci&oacute;n, hay robos, hay drogas. Mucha gente de afuera. Muchas personas solas buscando&nbsp;diversi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Las obras de mantenimiento de la ferrovía de Vale son permanentes e incluyen la construcción de muros para impedir que peatones intenten cruzar las vías y mueran en el intento, algo que ocurre con frecuencia."
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                Las obras de mantenimiento de la ferrovía de Vale son permanentes e incluyen la construcción de muros para impedir que peatones intenten cruzar las vías y mueran en el intento, algo que ocurre con frecuencia.                            </span>
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        La primera vez que habl&eacute; con los awa guaj&aacute; fue en la pandemia, cuando decidieron hacer una denuncia p&uacute;blica por la inacci&oacute;n del gobierno frente al Covid-19. Varias cosas de ellos me resultaron fascinantes. Que sean cazadores recolectores. Que tengan pr&aacute;cticas de relaciones inter especie como amamantar cachorros de distintos animales que adoptan como un hijo m&aacute;s hasta que son adultos. Que sean contempor&aacute;neos a nosotros y coman y cr&iacute;en y vivan de un modo tan radicalmente otro. Que tengan parientes no contactados, unas 100 personas viviendo selva adentro sin ning&uacute;n tipo de v&iacute;nculo con el mundo blanco. Que los de reciente contacto, es decir quienes se vieron obligados a salir y a negociar con &ldquo;nuestro&rdquo; mundo, los cuiden mientras se cuidan y cuidan la selva para todos.
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            <span class="title">
                Indígenas awa guajá en una protesta para pedir que el sistema educativo garantice sus derechos                            </span>
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        En los &uacute;ltimos a&ntilde;os los awa guaj&aacute; se organizaron internamente y erigieron l&iacute;deres. Consiguieron algunas motos y cuatriciclos para moverse m&aacute;s r&aacute;pido, y tel&eacute;fonos celulares para pedir ayuda aunque sus n&uacute;meros cambian con frecuencia por falta de pago. Construyeron casas de vigilancia en los puntos m&aacute;s altos de la selva y exigieron un sistema de educaci&oacute;n que los&nbsp; adentre r&aacute;pidamente en el idioma en que se escribe una y otra vez su sentencia de muerte, el portugu&eacute;s.&nbsp;
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            <span class="title">
                Casa de vigilancia en el Cerro da vovó, el punto más alto de la Tierra Indígena Caru.                            </span>
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        La escuela result&oacute; ser un lugar de conflicto. A pesar de la legislaci&oacute;n y las normas que garantizan una educaci&oacute;n diferenciada, espec&iacute;fica, biling&uuml;e, intercultural y comunitaria, no se respetan esas directrices. Los awa guaj&aacute; pidieron aprender para conocer el funcionamiento del Estado y los derechos que tienen como tambi&eacute;n para registrar su propia cultura antes que sus ancianos mueran, pero ahora&nbsp;entienden que el sistema educativo no forma ciudadanos ni personas capaces de eso. Salvo por la voluntad de alguna que otra maestra que ha decidido acompa&ntilde;arlos con amor y cuidado, el sistema educativo es otra topadora. Todo lo que proponen les es negado: aprender en la selva, tener maestros ind&iacute;genas, aprehender nuestro mundo sin perder el suyo. Este a&ntilde;o diez profesores no ind&iacute;genas que no han recibido ning&uacute;n tipo de formaci&oacute;n para desempe&ntilde;ar su trabajo han ingresado a sus escuelas. Y no hay planes estatales para brindar cursos de formaci&oacute;n a profesores.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="La escuela en Tierra indígena Carú: un espacio pedido por los indígenas para poder aprender el idioma portugués y desarrollar estrategias que les permitan defenderse del avasallamiento del Estado."
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            <span class="title">
                La escuela en Tierra indígena Carú: un espacio pedido por los indígenas para poder aprender el idioma portugués y desarrollar estrategias que les permitan defenderse del avasallamiento del Estado.                            </span>
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        Por eso muchos de los awa guaj&aacute; est&aacute;n convirti&eacute;ndose en maestros dentro de sus aldeas y se han animado a visitar San Luis para hacer una representaci&oacute;n de sus rituales. Mostrarse, contarse, reconocerse en la mirada y en las historias de otros: eso tambi&eacute;n desean para no desaparecer.
    </p><p class="article-text">
        Cuando meses m&aacute;s tarde de esas entrevistas a distancia, les plante&eacute; la posibilidad de visitarlos y se entusiasmaron porque quieren hablar y que les escuchen. Entonces segu&iacute; los pasos correspondientes: ped&iacute; permiso a la Funai pero en pocas horas me lo neg&oacute;. In&eacute;s propuso una alternativa: podr&iacute;amos encontrarnos en la entrada de la aldea, a la orilla del r&iacute;o.
    </p><p class="article-text">
        Faltan dos d&iacute;as para ese encuentro y Tatuxa&rsquo;a, uno de los l&iacute;deres, me env&iacute;a una foto tomada con un drone. Muestra que los hacendados abrieron un campo en medio de la selva, en la tierra ind&iacute;gena donde viven sus parientes, Ararib&oacute;ia. La imagen muestra vacas pastando en un agujero inmenso entre los &aacute;rboles, es como si hubieran arrojado una bomba.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Imagen tomada por una ronda de vigilancia hecha por los indígenas awa guajá en la que encontraron un establecimiento ganadero ilegal dentro de sus tierras."
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            <span class="title">
                Imagen tomada por una ronda de vigilancia hecha por los indígenas awa guajá en la que encontraron un establecimiento ganadero ilegal dentro de sus tierras.                            </span>
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        &ndash;Tenemos miedo. Los invasores est&aacute;n por todos lados. Encontramos mucha caza muerta. &Aacute;rboles derribados. Y ahora esto. Es muy grave&ndash;, dice Tatuxa&rsquo;a.
    </p><p class="article-text">
        Sin la selva no hay ox&iacute;geno. Sin la selva no hay alimento ni medicina. Sin la selva se desata la red tejida por la biodiversidad que contiene lo que destejido ser&iacute;an mil pandemias. Sin la selva no hay lluvia: los &aacute;rboles que hacen Amazonas exudan 20 millones de toneladas diarias de vapor que se vuelven r&iacute;os voladores que viajan entre vientos y nubes a toda Am&eacute;rica del Sur. Sin la selva no hay nada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; de grave es.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Comparto la foto con Diogo y &eacute;l comparte estad&iacute;sticas: Desde el 1 de enero y hasta el 31 de julio de 2022 su grupo registr&oacute; 3 l&iacute;deres campesinos asesinados en la selva, 118 personas amenazadas de manera directa, 183 conflictos agrarios como desalojos e invasiones.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;En Maranhao hay licencia para practicar c&oacute;mo llegar de una manera m&aacute;s r&aacute;pida al fin del mundo, y por eso es una amenaza para toda la humanidad&ndash;, dice Diogo.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Desde el 1 de enero y hasta el 31 de julio de 2022 su grupo registró 3 líderes campesinos asesinados en la selva, 118 personas amenazadas de manera directa, 183 conflictos agrarios como desalojos e invasiones</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Diez pollos frescos, 3 sand&iacute;as grandes, 5 kilos de banana, dos bidones de agua, vasos, una bengala, f&oacute;sforos, un cuchillo, servilletas. Maicon compra las cosas que debemos llevar al encuentro con los awa,&nbsp;yo voy hacia el r&iacute;o Pindar&eacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El cielo est&aacute; cargado de nubes gris azulado. Cuando el sol asoma, arde. El centro del pueblo est&aacute; desierto. De las casas salen sonidos y olores de almuerzos familiares. En la calle s&oacute;lo hay una fila largu&iacute;sima de gente que espera comer por 1 real (20 centavos de d&oacute;lar) los platillos que prepara Fetaema, la organizaci&oacute;n en la que trabajan Diogo y Maicon. Agricultura campesina contra el hambre que no deja de crecer en Brasil: 33 millones de personas la padecen todos los d&iacute;as.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                La costa del río Pindaré en Alto Alegre do Pindaré.                            </span>
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        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El r&iacute;o es brillante y tranquilo, como una serpiente dormida. Hondo y plateado. Una criatura que sostiene la tierra y recibe su destrucci&oacute;n en forma de sedimentos cada vez m&aacute;s gruesos porque sin &aacute;rboles las costas se derrumban, el r&iacute;o se ensancha y pierde vitalidad, nutrientes, hasta quedar como un cuerpo vac&iacute;o de agua derramada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me siento sobre la arena junto a unos &aacute;rboles bajitos. Huele a lluvia. Se me acerca una se&ntilde;ora, Regina. Sesenta y dos a&ntilde;os que parecen m&aacute;s, pelo cobrizo atado con un gancho, pollera roja y un delantal celeste encima. La voz aguda y chillona: &ldquo;&iquest;De d&oacute;nde es?, &iquest;qu&eacute; hace ac&aacute;?, tan lejos, tan linda, qu&eacute; bueno que se haya interesado por este lugar. &iquest;Puedo tomarle una foto, no me van a creer. Me avisa si necesita algo&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Me gustar&iacute;a dar una recorrida por el r&iacute;o, &iquest;conoce a alguien que me pueda llevar?&rdquo;, le digo y sin despegarse grita: &ldquo;Neto, Neto, ven&iacute; para ac&aacute;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Aparecen entonces dos hombres. Uno flaco, alto, de piel finita como un array&aacute;n, Neto. El otro, canoso y m&aacute;s ancho, se levanta la camisa para rascarse la panza y deja ver una pistola vieja con mango blanco que acaricia como si fuera un perro bravo.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Qu&eacute; raro ver gente de afuera por ac&aacute;&ndash;, dice. Y se va sin esperar que yo responda.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Moradores de Alto Alegre do Pindaré.                            </span>
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        Neto tiene una sonrisa est&aacute;tica y luminosa. Con &eacute;l acuerdo dar una vuelta por el r&iacute;o, parar en la otra orilla, mirar un poco la selva. En su barquito con motor avanzamos solos por esas aguas. El viento se vuelve m&aacute;s fr&iacute;o, el pueblito se borra y me empieza a contar qu&eacute; hay del otro lado del verde que vemos.
    </p><p class="article-text">
        -Haciendas, y vacas y vacas y vacas. Y despu&eacute;s Bom Jardim, as&iacute; se llama de donde vengo. Viv&iacute;a en una plantaci&oacute;n antes, una roza.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me cuenta todo lo que ten&iacute;a. Frijoles, tomates, frutas. Gallinas y un cerdo tambi&eacute;n tuvo pero lo vendi&oacute; para venir al pueblo. Dice que era un hombre rico sin serlo y que nunca iba al supermercado. Pero tambi&eacute;n que s&oacute;lo a veces extra&ntilde;a y que no se arrepiente de su migraci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Ac&aacute; soy m&aacute;s libre-, dice.
    </p><p class="article-text">
        Nos detenemos, bajamos del barquito y meto los pies en el agua fresca y transparente. Me pregunta lo mismo que Regina hace un rato: c&oacute;mo voy a venir de tan lejos, para qu&eacute;, cu&aacute;nto me quedo. Cuando digo que estar&eacute; varios d&iacute;as me propone hacer un viaje a otra parte.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Al para&iacute;so.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;C&oacute;mo es? &iquest;Qu&eacute; hay ah&iacute;?
    </p><p class="article-text">
        -Todo hay. Yacar&eacute;s y boas y monos y p&aacute;jaros y pecar&iacute;es. Hay oncas tambi&eacute;n, jaguares. Y en el agua, no lo creer&iacute;a. Hay tortugas, hay rayas, hay muchos peces.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Muitos&rdquo;, dice arrastrando la u con la mirada negra toda iluminada como quien ve caer oro del cielo. Habla de peces, de surub&iacute;es y promete que llegan a medir como dos metros. Y al final dice que ese para&iacute;so est&aacute; en tierra ind&iacute;gena. Lo dice sin emoci&oacute;n, como si nombrara a un barrio cualquiera pero entiendo enseguida a lo que refiere: Neto es uno de los invasores que se llevan la caza de los awa guaj&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;A tierra ind&iacute;gena no se puede entrar, es de ellos&ndash;, le digo.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Yo entro, s&iacute; puedo. S&eacute; cuando no est&aacute;n cerca y ah&iacute; est&aacute; todo. Todo lo que no hay ac&aacute;: hay caza y hay pesca. Ellos tienen toda la selva, por eso, porque son inteligentes los indios.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Le gustan los indios?
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Mmmm...No tengo nada en contra pero se quedaron con todo.
    </p><p class="article-text">
        Empiezan a caer gotas gruesas y pesadas. Subimos otra vez al barquito. Ya no hablamos. El aire con lluvia es dulce como flores y frutas.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Chozas de pescadores en las costas del río Pindaré.                            </span>
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        El camino a Tierra Ind&iacute;gena Car&uacute; es corto en distancia pero largo por el estado de la ruta. Hay pozos, barro, hay que cruzar las v&iacute;as del tren, sortear vacas.&nbsp;	
    </p><p class="article-text">
        Avanzamos en silencio. Cada tanto se escuchan p&aacute;jaros y chicharras. Y cada tanto pasa el tren: un ruido a cuchillas sobre el metal, as&iacute; suena. Todos los vagones van cargados del hierro que la minera Vale saca de ese cr&aacute;ter de sacrificio abierto para hacer autos, vigas, materiales: cosas, cosas, cosas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Maicon es especial para encontrar lugares para hacer fotos y videos, sobre todo donde se vea que el tren es un monstruo. No me cuenta mucho de su experiencia trabajando para la minera pero en esa dedicaci&oacute;n en la denuncia encuentro una sutil forma de venganza.
    </p><p class="article-text">
        Bordeamos el pueblito llamado Auzil&acirc;ndia y bajamos hacia la costa diminuta del r&iacute;o frente a la aldea.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Nos reciben peque&ntilde;as mariposas amarillas, luego otras enormes azules y plateadas. El r&iacute;o es el mismo, el Pindar&eacute;, pero aqu&iacute; est&aacute; repleto de bichitos que se posan sobre la superficie y de remolinos que imagino hechos por la respiraci&oacute;n de las criaturas de las que me habl&oacute; Neto. Hay mosquitos de un tama&ntilde;o que nunca hab&iacute;a visto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El plan es que yo cruce el r&iacute;o y Maicon, que no sabe nadar, se quede de este lado. Maicon arroja la bengala para anunciar que llegamos. El estruendo retumba en la selva como un ca&ntilde;onazo. Sacamos todo lo que traemos en el ba&uacute;l y esperamos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por fin aparece Arapio Awa Guaj&aacute;. Para m&iacute; apenas un adolescente, despu&eacute;s me enterar&eacute; que naci&oacute; en 1999 y que ya tiene tres hijos, para los awa es un hombre. Cruza el r&iacute;o a nado. No habla pr&aacute;cticamente en portugu&eacute;s, nos entendemos por se&ntilde;as, sonrisas y sonidos que hacemos en palabras que no existen. Cargamos la canoa y atravesamos el r&iacute;o.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                La primera entrevista sin intermediarios de los indígenas awa guajá fue para esta crónica. Un encuentro propiciado por ellos y por una persona que los ayuda desde el anonimato, porque trabajar para los indígenas en el gobierno de Jair Bolsonaro se ha convertido en una actividad de riesgo.                            </span>
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        Al otro lado est&aacute;n esper&aacute;ndome. Son 16 pesonas:&nbsp;Pan&#7929;xa'a, Arawyta'&#297;a, Petua y su esposa Amaxika, tan j&oacute;venes como Piran&#7869; y Hajkaramyk&#7929;a. Irakatakua, uno de los m&aacute;s mayores, que llega con anteojos negros. Tambi&eacute;n vino uno de los mejores cazadores de la aldea, Takwarixika, junto con su esposa Jaharoa. Y Arakari'&#297;a, una de las dos esposas de Hajkaramyk&#7929;a. Adem&aacute;s de las lideranzas vinieron Amiria, hijo de Hajkaramyk&#7929;a, Itax&#297;a y su esposa Takwarirat&#7929;a, Tatuxa'a y su hijo Takwarak&#7929;a. Todos llevan el mismo apellido, el de su etnia: Awa Guaj&aacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tienen plumas y collares, sus atuendos fueron pensados especialmente para hoy. Tambi&eacute;n est&aacute; In&eacute;s quien ser&aacute; int&eacute;rprete y ni&ntilde;os que nos miran mientras se ba&ntilde;an en el r&iacute;o. Nos rodea el verde m&aacute;s intenso que vi en mi vida.
    </p><p class="article-text">
        Los j&oacute;venes ponen colchones de hojas verdes sobre el suelo para sentarnos. Se acomodan frente de m&iacute; en semic&iacute;rculo solo de hombres y uno a uno van present&aacute;ndose. Estamos a la distancia que a&uacute;n exige este virus, con cubrebocas de rigor.
    </p><p class="article-text">
        -Hola, yo soy Tatuxa&rsquo;a Awa Guaj&aacute;. Soy cacique de la aldea awa y vivo aqu&iacute; en la Tierra Ind&iacute;gena Caru.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s se presentan Itax&#297;a y Irakatakua, el hombre m&aacute;s grande con anteojos, que habla bajito y nadie lo traduce. Sigue Amiria pero apenas alcanza a decir algo cuando empieza a escucharse el tren. El sonido met&aacute;lico crece hasta volverse una presencia absoluta, como una bestia hecha de ruido. Todos se miran. Dejan de hablar mientras el tren infernal pasa. Se mantienen en silencio por un tiempo que entonces me result&oacute; una eternidad y, luego, cuando transcriba la grabaci&oacute;n, descubrir&eacute; que s&iacute; lo fue: 12 minutos.&nbsp;
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                Brasil, Maranhao                            </span>
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        A un sonido como ese, repetitivo y taladrante que nos hace dejar hasta de hablar se le conoce como gusano de <em>la mente</em>: est&iacute;mulo que se mete por los o&iacute;dos y corroe el cerebro. Hay un c&uacute;mulo de evidencia cient&iacute;fica que muestra que la exposici&oacute;n repetitiva a algo as&iacute; afecta al sistema nervioso central y al cerebro, contribuyendo a un mayor riesgo de trastornos neuropsiqui&aacute;tricos como el ictus, la demencia y el deterioro cognitivo, trastornos del neurodesarrollo, depresi&oacute;n y ansiedad. Problemas especialmente delicados en la infancia: beb&eacute;s y ni&ntilde;os no tienen la capacidad para anticiparse a un factor de estr&eacute;s as&iacute; y padecen las consecuencias de un modo que sigue en estudio.
    </p><p class="article-text">
        Qu&eacute; ocurre con este ruido a los felinos y a los monos, a los p&aacute;jaros y a los peces, al r&iacute;o que siente caer sus laderas ensanch&aacute;ndolo cada d&iacute;a un poco m&aacute;s, lo saben los awa guaj&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        -La tierra se desarma, los animales huyen, se escapan, y nosotros no podemos cazar y tenemos hambre&ndash;, explica Tatuxa&rsquo;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El tren es, desde que existe, una vida peor para todos aqu&iacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A&uacute;n cuando se supone que Vale compensa dejando dinero. 
    </p><p class="article-text">
        El Obser<a href="https://observatoriodamineracao.com.br/na-garganta-do-futuro-no-maranhao-trens-da-vale-prometem-desenvolvimento-e-entregam-um-rastro-de-violacoes-de-direitos/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">vatorio Minero explica que</a> la empresa paga una alicuota del 3,5 por ciento a la Ag&ecirc;ncia Nacional de Minera&ccedil;&atilde;o (ANM). Desde 2017 por ley un 15 por ciento de eso debe ser destinado a los municipios impactados por la mineraci&oacute;n, esto es que posean una ferrov&iacute;a, un mineroducto o cualquier otra infraestructura. Migajas con una evasi&oacute;n calculada en 1,27 billones de d&oacute;lares por a&ntilde;o.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Tautuxia’a Awa Guajá, uno de los líderes de los awa guajá en Tierra Indígena Carú.Tautuxia’a además es artesano y maestro en su aldea."
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                Tautuxia’a Awa Guajá, uno de los líderes de los awa guajá en Tierra Indígena Carú.Tautuxia’a además es artesano y maestro en su aldea.                            </span>
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        Cuando el ruido cesa, In&eacute;s sugiere que cuenten su historia. Entonces habla Tatuxa&rsquo;a. Tiene ojos negros, peque&ntilde;os y rasgados. Viste una camiseta azul, un brazalete de plumas anaranjadas y un collar de semillas negras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Este territorio en que estamos es y fue territorio aw&aacute;. Antiguamente todo era mata grande, una selva llena en la que no hab&iacute;a invasiones. Pero cuando vinieron los kara&iacute;, los blancos, buscaron acabar con los territorios. Todo esto me lo cont&oacute; mi madre que un d&iacute;a vino ac&aacute; huyendo de ellos y cuando quiso volver all&aacute; todo era diferente.
    </p><p class="article-text">
        Tatuxa&rsquo;a dice ac&aacute; y all&aacute; marcando con el dedo todo lo que nos rodea, lo que a&uacute;n existe como selva y lo que hoy es pueblo y carretera.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Todo esto era awa&ndash;, dice.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Y el r&iacute;o se pod&iacute;a cruzar caminando &ndash;agrega Itax&#297;a&ndash;. Pero a medida que pasa el tren caen las costas al agua y por eso el r&iacute;o cada vez es m&aacute;s ancho.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Mi madre se fue y cuando volvi&oacute; ya no hab&iacute;a selva &ndash;contin&uacute;a Tatuxa&rsquo;a&ndash;. Los kara&iacute;s iban con sus perros. Los soltaban para que nos ataquen, nos intentaban dividir. Mi padre tambi&eacute;n me cont&oacute; historias. Todo esto era nuestro territorio.
    </p><p class="article-text">
        Los mapas de deforestaci&oacute;n de la Amazonia en Maranh&atilde;o lo muestran. La zona de ocupaci&oacute;n hist&oacute;rica de los awa alcanza desde el alto r&iacute;o Pindar&eacute; (a unos 500 km al sur) hasta el bajo r&iacute;o Pindar&eacute; donde nos encontramos. Es un r&iacute;o de 720 km de longitud que coincide con la Amazonia Maranhense. El 80 por ciento de la selva que ya no est&aacute; era su territorio. Hace solo 50 a&ntilde;os la floresta segu&iacute;a ah&iacute;. En la regi&oacute;n donde naci&oacute; Itax&#297;, hace apenas 35 a&ntilde;os, no queda ning&uacute;n bosque. Los padres de Tatuxa'a son dos hu&eacute;rfanos de la regi&oacute;n donde se encuentra la Tierra Ind&iacute;gena del Alto Turia&ccedil;u. Perdieron a toda su familia y reconstruyeron su vida solos, junt&aacute;ndose con otras personas en la misma situaci&oacute;n.
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                    alt="Itaxĩa Awa Guajá líder de la aldea Awa en Tierra Indígena Carú. También es maestro y agente de salud."
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            <span class="title">
                Itaxĩa Awa Guajá líder de la aldea Awa en Tierra Indígena Carú. También es maestro y agente de salud.                            </span>
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        En lengua awa decir territorio es igual a decir &ldquo;lo que conozco&rdquo;. La misma palabra.
    </p><p class="article-text">
        Es caminando sobre el territorio que conocen, que se conocen y comunican y establecen relaciones entre ellos y con otros seres emplumados y mam&iacute;feros que habitan la selva. Tambi&eacute;n con la temporalidad que no tiene la linealidad de la nuestra, los kara&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Desde que entraron los primeros invasores en los a&ntilde;os 70 el pasado y el presente se dibujan entre la selva viva y la selva muerta. Las violencias que padecieron sus abuelos y padres vuelven al presente cada vez que se&ntilde;alan la destrucci&oacute;n, cuando nombran a los invasores y a la minera. El horror es ahora. Pero tambi&eacute;n cuando vuelven a la selva viva, a esos recorridos, la vivencia del presente les devuelve las posiblidades que sus parientes trazaron para ellos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con el futuro tambi&eacute;n pasa algo curioso. En la cosmolog&iacute;a awa los muertos no dejan la tierra del todo: sus ancestros van a un cielo pero bajan a comer al bosque, a donde ellos tambi&eacute;n bajar&aacute;n cuando mueran. El futuro entonces se arremolina en ese tiempo sin tiempo de sus beb&eacute;s y sus viejos, con su fragilidad y necesidad de cuidado y reparaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Los que atacaron a mi abuela, atacaron a mi mam&aacute; tambi&eacute;n. Los kara&iacute; tiran de atr&aacute;s. Atacan por atr&aacute;s. Los kara&iacute; matan a los padres de muchos. Los kara&iacute; nos matan.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Indígenas awa guajá fabricando sus armas de caza para animales grandes.                            </span>
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        Cuando Tatuxa&rsquo;a termina, habla Itax&#297;a.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Alguien descubri&oacute; a nuestros parientes. Entonces los obligaron al contacto. Y despu&eacute;s trajeron a los parientes para ac&aacute;, los obligaron a quedarse quietos, a vivir en aldeas. Esa calle, este camino, todo era selva cerrada, como dijo Tatuxa&rsquo;a. Algunos parientes quedaron perdidos, no vinieron juntos. Luego con esos kara&iacute; aparecieron las mulas de trabajo. Y as&iacute; hasta el tractor desmatando. Los indios no pod&iacute;an hacer nada. Solo ver desmontar. Y cuando terminaron empez&oacute; a andar el tren. Los parientes entonces decidieron ir a ver y ya era todo descampado, ya no hab&iacute;a nada. El tren entonces empez&oacute; a pasar, y trajo a los trabajadores y muchos de nuestros parientes terminaron muriendo. Muchos de tristeza. Porque es muy triste pensar y ver c&oacute;mo era y c&oacute;mo es ahora. Queda solo este pedacito donde estamos, que estamos defendiendo. Pero la destrucci&oacute;n est&aacute; aumentando m&aacute;s. Duplican las v&iacute;as, mandan m&aacute;s trenes. Dicen que eso es progreso. Pero, &iquest;cu&aacute;l es el progreso en que se derrumbe la selva? Nada&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        Otro tren pasa. Otra vez nos silenciamos. Siento que el ruido ahora me reverbera en la garganta. Los 16 hombres ind&iacute;genas miran hacia el frente donde estoy yo pero a la vez no hay nada. Lo que existe tiembla a sus espaldas. Toda esa vida que yo y los que son como yo no conocemos y de alg&uacute;n modo, solo con sostener nuestra forma de vivir, violentamos. Un lugar en el que no podr&iacute;amos comer ni dormir, que necesitar&iacute;amos 200 vidas para entender, aunque toda nuestra vida depende de ello.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Aldea indígena Awa en Tierra Indígena Caru.                            </span>
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        El l&iacute;der ind&iacute;gena y fil&oacute;sofo brasilero Ailton Krenak dice que vivimos en tiempos de violencia ontol&oacute;gica. Esto es, en una &eacute;poca donde todo est&aacute; dispuesto para destruir nuestra capacidad para vivir en poes&iacute;a, en mito, en una incerteza creativa y sacra.
    </p><p class="article-text">
        En las aldeas awa el fin del mundo les muerde los pies hace 50 a&ntilde;os: se mueren los viejos, se olvidan los rituales, ingresan falsas soluciones incluso de los mismos demonios que hacen de su vida este apremio. Como la minera Vale que un d&iacute;a les arma cursos, otro les da menos dinero del que deber&iacute;a o les construye casas diminutas. &ldquo;Son casas en las no podemos poner nuestras redes para dormir, no entramos con nuestras familias, si nos balanceamos nos pegamos contra las paredes&rdquo;, dice Itax&#297;a y algunos r&iacute;en, con frescura y complicidad. &ldquo;No entienden nada los de Vale. Tambi&eacute;n hicieron un caser&oacute;n de adobe con una c&uacute;pula en el medio que llueve encima por dentro. Dijeron que ser&iacute;a fresca, que no necesitar&iacute;amos de ventilador, pero no es fresca y en invierno es muy peligrosa. Hicieron esa construcci&oacute;n sin consultarnos como para indio gen&eacute;rico, no para los awa, si ni saben c&oacute;mo vivimos o c&oacute;mo queremos vivir&rdquo;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Las familias awa guajá establecen relaciones interespecie que incluyen la crianza y amamantamiento de algunos animales que encuentran de cachorros en la selva y adoptan hasta que son adultos. Esos animales, que conviven y crecen con sus hijos, nunca son comidos, cuando vuelven a la selva las mujeres los reconocen y avisan a los hombres para que no los maten."
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                Las familias awa guajá establecen relaciones interespecie que incluyen la crianza y amamantamiento de algunos animales que encuentran de cachorros en la selva y adoptan hasta que son adultos. Esos animales, que conviven y crecen con sus hijos, nunca son comidos, cuando vuelven a la selva las mujeres los reconocen y avisan a los hombres para que no los maten.                            </span>
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        Otro demonio, el Estado que, ali&aacute;ndose con organizaciones no gubernamentales procuradas por la propia Vale para &ldquo;mitigar los efectos&rdquo; de su negocio, les dio animales dom&eacute;sticos para criar y maquinaria pesada para labrar la tierra. A ellos que si cultivan no tienen tiempo para ir a cazar -su forma ancestral de subsistencia- y que tienen una cosmovisi&oacute;n que incluye mapaternar lo salvaje incluyendo en sus familias cachorros de monos y de pecar&iacute;s que anden perdidos en la selva. Las mujeres los recogen, los llevan a sus casas, los amamantan, los cr&iacute;an y devuelven a la selva m&aacute;s adelante. Cuando los hombres salen a cazar ellas los siguen, se&ntilde;alan a esos animales para que no los maten. &ldquo;Nosotros no comemos lo que mama con nuestros ni&ntilde;os&rdquo;, dice Amiria.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A esta aldea el gobierno entr&oacute; con gallineros, chiqueros, viveros, colmenas. Les rob&oacute; tiempo, les impuso proyectos pero a ninguno le dio continuidad. Hoy todos esos proyectos a los que los awa guaj&aacute; dedicaron su tiempo y entusiasmo se convirtieron en cosas, basura, restos olvidados por ah&iacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n hay violencia en ese abandono. En los &uacute;ltimos meses el Estado ha incumplido sus obligaciones y compromisos. Interrumpieron la construcci&oacute;n de las aulas y les impusieron maestros que no est&aacute;n especializados en ense&ntilde;anza ind&iacute;gena. Entonces los awa guaj&aacute; interrumpieron las aulas y escribieron notas para institucionalizar sus reclamos. Algo similar ocurre con la atenci&oacute;n de salud: el Estado tiene un m&eacute;dico para todas las aldeas que est&aacute;n a cientos de kil&oacute;metros de distancia.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
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                    alt="Protesta de los awa guajá en las afueras de su tierra para pedir por una mejor educación."
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                Protesta de los awa guajá en las afueras de su tierra para pedir por una mejor educación.                            </span>
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        &nbsp;En el &uacute;ltimo tiempo el gobierno tambi&eacute;n cambi&oacute; a su intermediario oficial. Quit&oacute; a Daianne Veras Pereira, la coordinadora del Frente Etnoambiental que trabajaba con ellos, y puso sin consultarlos a Elton Henrique S&aacute; de Magalh&atilde;es, un hombre sin ninguna experiencia con estos pueblos.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;El gobierno lo coloc&oacute; pero &eacute;l no sabe de nuestra comunidad y nosotros no lo aceptamos. No queremos recibirlo. No es una buena persona. Estuvo procesado. No lo queremos ac&aacute;. Nuestra comunidad no quiere. Hay un protocolo de consulta y respeto que no fue cumplido&ndash;, dice Tatuxa&rsquo;a.
    </p><p class="article-text">
        Un mes m&aacute;s tarde me contar&aacute;n por WhatsApp que con sus flechas lo expulsaron de la reuni&oacute;n. Y otro mes despu&eacute;s que Elton Henrique S&aacute; de Magalh&atilde;es ingres&oacute; a sus tierras sin pedir permiso y prendi&oacute; fuego su casa de reuni&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        In&eacute;s propone un recreo para comer. Se acercan las mujeres con beb&eacute;s y ni&ntilde;os. Repartimos las frutas y comemos en silencio.
    </p><p class="article-text">
        Cuando se encuentran entre s&iacute; con la mirada, cuando hablan en su lengua, cuando In&eacute;s y yo quedamos atr&aacute;s como si fu&eacute;ramos un poco invisibles, se los ve a ellos siendo ellos. Con la fuerza de lo que defienden.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la pausa Tatuxa&rsquo;a me muestra las artesan&iacute;as que hace. Le compro un collar y una pulsera de cuentitas anaranjadas, azules, amarillas y verdes. Nos tomamos una foto. Le agradezco la confianza de atenderme y recibirme por ac&aacute;. Es t&iacute;mido pero se nota que est&aacute; a gusto con que esto suceda.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;El remanso dura poco. Pasa un barquito con motor por el r&iacute;o y se aposta en medio del agua. Reci&eacute;n cuando los m&aacute;s j&oacute;venes se acercan, se aleja. Entonces les cuento que conoc&iacute; a un invasor, no un miliciano ni un hacendado, sino un hombre pobre que siente que la selva tambi&eacute;n es suya, que tiene derecho a entrar y les pregunto qu&eacute; piensan de ellos. Tatuxa&rsquo;a responde:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Los kara&iacute; tienen sus reglas, nosotros tenemos las nuestras. No se puede pescar ac&aacute;. Nosotros no vamos a la ciudad a robar sus cosas. Si lo hici&eacute;ramos los kara&iacute; nos atacar&iacute;an. Nosotros no los atacamos: les avisamos, les decimos que estamos haciendo vigilancia, sin pelear. As&iacute; es como nuestro trabajo se est&aacute; haciendo. Es nuestro trabajo ser guardianes. Algunos nos escuchan y nos muestran carnets y dicen: &ldquo;yo puedo pescar en cualquier lugar&rdquo;. No respetan nada. No nos respetan a nosotros. Tiran sus redes y no dejan a los peces pasar. Y nosotros precisamos peces. Matan a la caza, quitan las frutas en nuestro territorio. Cuando estamos cara a cara ellos nos dicen &ldquo;ustedes no quieren que entremos a sus tierras, &iquest;por qu&eacute; entran ustedes a las ciudades?&rdquo;. Pero no es lo mismo. Ellos est&aacute;n ac&aacute; robando. Nosotros vamos a la ciudad a comprar alguna cosa. Si nosotros estuvi&eacute;ramos robando en la ciudad, &iquest;usted cree que no nos matar&iacute;an? Con certeza que s&iacute;. Ellos entran, cazan, y no entienden. Los blancos no entienden.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
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                    alt="Los moradores de los pueblos cercanos suelen ingresar a tierra indígena a pescar y a cazar. Los awa guajá reclaman al estado que intervenga para que el hambre no sea otro de los motivos para acabar con la selva."
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                Los moradores de los pueblos cercanos suelen ingresar a tierra indígena a pescar y a cazar. Los awa guajá reclaman al estado que intervenga para que el hambre no sea otro de los motivos para acabar con la selva.                            </span>
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        &ndash;Sin embargo nosotros los entendemos a ellos &ndash;dice Itax&#297;a&ndash;. Nosotros entendemos que muchos no quieren matarnos. Solo que no tienen para comer. No tienen dinero. En la ciudad no se come sin dinero. Nosotros entendemos que hay muchas personas pobres que precisan alimentarse, tienen familias que sustentar. Y que vienen a hacer eso a tierra ind&iacute;gena. Pero ah&iacute; es el gobierno el que tiene que darles. O Vale. Vale tambi&eacute;n destruye sus territorios. Invade tambi&eacute;n los poblados pasando por ah&iacute;, podr&iacute;a hacer algunas cosas que mejore la vida de ellos tambi&eacute;n&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        Nos despedimos. Tomamos una foto grupal. Tatuxa&rsquo;a pregunta qu&eacute; es lo que yo hago, el periodismo, para qu&eacute; sirve.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Mi trabajo es escucharlos y contar para que m&aacute;s personas se enteren lo que pasa &ndash;respondo&ndash;. No s&eacute; si va a servir pero me gusta creer que s&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Cont&aacute; que nosotros estamos en la lucha y en la esperanza. Que nosotros los ind&iacute;genas awa guaj&aacute; protegemos la tierra para vivir, para cuidar a nuestros hijos, para vivir m&aacute;s. &iquest;No, parientes?&ndash;, dice Itax&#297;a y todos asienten diciendo &ldquo;eso, eso&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;En esta tierra que es nuestra hay fruta, acai, bacuru, miel, agua para nuestros hijos que es lo que precisamos. Los &aacute;rboles, la tierra, nuestra madre. Si no hay selva se termina el r&iacute;o. La selva es la que lo asegura. El agua es lo que la gente toma pero sin agua la gente tampoco respira. Lo que nosotros estamos protegiendo es eso. &iquest;No, parientes?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&ndash;Si la gente acaba con esto no tiene c&oacute;mo vivir. Ellos tampoco, aunque no lo entienden.	
    </p><p class="article-text">
        	Hablan hasta el &uacute;ltimo instante. Es su primera experiencia sin intermediarios con una periodista, y se ven &aacute;vidos por decir.
    </p><p class="article-text">
        	Arapio es otra vez elegido para llevarme de vuelta.&nbsp;Conduce el barco como si no existiera fuerza en contra. Cruza como si hablara con el r&iacute;o. Como si tambi&eacute;n &eacute;l fuera parte del agua.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ya en el auto le muestro a Maicon las fotos del encuentro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Les gustaron los pollos que consegu&iacute;, dice mirando una de las pocas escenas que retrat&eacute;: cuando las familias se repartieron la comida. Si bien por su trabajo con Diogo, el abogado de derechos humanos, est&aacute; acostumbrado a ir por territorios, le sorprenden los awa guaj&aacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Los otros indios que conozco viven m&aacute;s como nosotros. Ellos se ve que no.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Paramos en Auzil&acirc;ndia, ese pueblito peque&ntilde;o del otro lado de la ruta. Hay una estaci&oacute;n de tren pero nada de hoteles ni restaurantes, pocos comercios. El calor es m&aacute;s denso por ac&aacute;. Est&aacute;tico, aplasta. Pienso en un coco helado.
    </p><p class="article-text">
        -Te espero, dice Maicon que no encuentra en este lugar ninguno de los peligros que intuye a cada rato en Alto Alegre.
    </p><p class="article-text">
        Me adentro en las callecitas que bordean las v&iacute;as. Las personas se asoman cuando paso. Pregunto si habr&aacute; alg&uacute;n lugar que vendan cocos. Me orientan hacia una esquina, que toque en la puerta verde. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sale una mujer joven con cara de siesta. Indica que pregunte en la casa de junto, de donde sale un hombre alt&iacute;simo con el color del r&iacute;o impreso en la piel. Repito lo del coco y su expresi&oacute;n de extra&ntilde;eza me hace sentir rid&iacute;cula. &ldquo;S&iacute;, creo que hay alguno&rdquo;, dice &eacute;l y me invita a pasar.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="De izquierda a derecha: Panỹxa&#039;a Awa Guajá, Arawyta&#039;ĩa Awa Guajá, Petua Awa Guajá, Amaxika Awa Guajá, Piranẽ Awa Guajá, Hajkaramykỹa Awa Guajá, Irakatakua Awa Guajá, Arapio Awa Guajá, Amiria Awa Guajá, Takwarakỹa Awa Guajá, Takwariratỹa Awa Guajá, Itaxĩa Awa Guajá, Tatuxa&#039;a Awa Guajá, Arakari&#039;ĩa Awa Guajá, Takwarixika Awa Guajá y Jaharoa Awa Guajá."
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                De izquierda a derecha: Panỹxa&#039;a Awa Guajá, Arawyta&#039;ĩa Awa Guajá, Petua Awa Guajá, Amaxika Awa Guajá, Piranẽ Awa Guajá, Hajkaramykỹa Awa Guajá, Irakatakua Awa Guajá, Arapio Awa Guajá, Amiria Awa Guajá, Takwarakỹa Awa Guajá, Takwariratỹa Awa Guajá, Itaxĩa Awa Guajá, Tatuxa&#039;a Awa Guajá, Arakari&#039;ĩa Awa Guajá, Takwarixika Awa Guajá y Jaharoa Awa Guajá.                            </span>
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        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Adentro est&aacute; su esposa sentada en un sill&oacute;n rojo de terciopelo. Es una casa sombr&iacute;a repleta de fotos familiares viejas: chicos y chicas en edad escolar. El se&ntilde;or se va hacia el fondo. La se&ntilde;ora parece tener unos 15 a&ntilde;os m&aacute;s, el pelo todo blanco, los ojos achicados entre arrugas. Viven ah&iacute; desde que Auzil&acirc;ndia empez&oacute;. Sus hijos, cinco, se fueron todos a San Luis.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -La vida ac&aacute; es tranquila, salvo por el tren. El tren antes pasaba poquito, ahora pasa a cada rato.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Y qu&eacute; es lo peor del tren?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Muchas cosas. El ruido y el polvo de hierro. Hay mucha enfermedad ac&aacute;. Y no hay m&eacute;dicos. El tren nos arruin&oacute; la vida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Entonces vuelve su marido con un coco y un machete. Dice que estaba alto, me lo entrega reci&eacute;n cortado de la palmera. Intento pagar pero no quieren cobrarme. Me pregunta qu&eacute; hago por ese rumbo, cuento de mi visita a los awa guaj&aacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Ah, los indios &ndash;dice el hombre. Escucho el tono de ese &ldquo;ah&rdquo;, y se dibuja una frontera, una distancia imposible de sortear&ndash;. Son bravos los indios.
    </p><p class="article-text">
        Le pido que me abra el coco y &eacute;l me pregunta si puede tomarme una fotograf&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        -Nadie me va a creer si no.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Nos retratamos: &eacute;l con su machete y sus manos grandes de &aacute;rbol a&ntilde;oso, yo con el coco que me regal&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        La noche est&aacute; por cubrir las calles de Auzil&acirc;ndia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El cielo es azul con una luz apenas dorada, el pasto largo y p&aacute;lido, los autos viejos, por ah&iacute; alg&uacute;n caballo flaco. Maicon espera al final de la cuadra. Busco mi cuaderno y anoto lo &uacute;nico que podr&eacute; escribir durante varios meses: 
    </p><p class="article-text">
        Nada es ve<em>rdad salvo la selva que est&aacute; siendo asesinada.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>Cr&eacute;ditos:</strong></em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Investigaci&oacute;n period&iacute;stica y texto: Soledad Barruti</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Fotograf&iacute;as: Soledad Barruti y cortes&iacute;a de la comunidad awa guaj&aacute;&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Edici&oacute;n de texto: Paula M&oacute;naco Felipe</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Edici&oacute;n de fotograf&iacute;a: Miguel Tovar</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Este trabajo fue realizado con fondos del Amazon Rainforest Journalism Fund en alianza con el Pulitzer Center.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>SB	</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Soledad Barruti]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/mundo/awa-guaja-pueblo-amazonico-busca-salvar-selva-lucha-esperanza_130_9583415.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Oct 2022 03:02:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los awa guajá, el pueblo amazónico que busca salvar la selva: "Estamos en la lucha y en la esperanza"]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ese invento del marketing llamado comida infantil]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/invento-marketing-llamado-comida-infantil_129_8572968.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/48e4032a-4008-4a87-9848-73b179db8c67_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ese invento del marketing llamado comida infantil"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Fórmulas secretas, personajes pregnantes y mensajes dudosos pero efectivos que concentran un negocio que mueve millones. ¿Cómo se desarma esta trampa perfecta?, se pregunta la producción especial editada por Bocado, la red de periodismo latinoamericano que trabaja sobre la alimentación y que elDiarioAR reproduce parcialmente.</p></div><p class="article-text">
        Postres l&aacute;cteos rosa chicle. Cereales crocantes de az&uacute;car. Jugos hechos con perfume de frutas que no existen. Pescado, pollo, milanesa: todo congelado, empanado, para comer con la mano y en un santiam&eacute;n. Panes m&aacute;s mullidos y blancos que una almohada de hotel. Men&uacute;s que prometen a la vez indulgencia y nutrici&oacute;n. Paquetes tan animados como un programa de la tele. Juegos, juguetes, personajes en los que se puede creer, a los que llegamos a querer.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La comida infantil es un invento del marketing.
    </p><p class="article-text">
        Miles de productos dise&ntilde;ados por ingenieros y publicistas que las criaturas desean y a nosotros, adultos a cargo, nos tranquilizan. En los que confiamos, como antes confi&aacute;bamos en las abuelas.
    </p><p class="article-text">
        En la comida infantil reconocemos muy pocos ingredientes: az&uacute;car, harina, aceite, leche. Pero con ellos vienen muchos otros sobre los que no sabemos nada: colorantes, conservantes, saborizantes, emulsionantes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hace cien a&ntilde;os, ni la comida infantil ni esos aditivos exist&iacute;an. El men&uacute; es una novedad para los cuerpos, un experimento. Y no est&aacute; saliendo bien.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La comida infantil es hoy el primer obst&aacute;culo que tiene una persona para llegar sana a la adultez. Y las marcas que la crean lo saben pero no est&aacute;n dispuestas a dar ni un paso atr&aacute;s. Abrazadas a sus s&iacute;mbolos, libran una batalla entre s&iacute; por conquistar a las criaturas.
    </p><p class="article-text">
        En <a href="https://bocado.lat/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">este nuevo especial de Bocado </a>nos metemos adentro de la historia, las f&oacute;rmulas y las ideas que hacen de los grandes &iacute;conos comestibles lo que son: ese &eacute;xito y ese problema enorme.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cinco textos desde la Guatemala donde se invent&oacute; la Cajita Feliz de McDonalds; una Colombia donde, tras el fen&oacute;meno que inaugur&oacute; Doritos, cada vez m&aacute;s ni&ntilde;os llevan snacks en sus loncheras; ese M&eacute;xico sin sindicatos y con pocos derechos laborales que es tierra de Bimbo, la panificadora ultraprocesada m&aacute;s grande de la regi&oacute;n; el Chile que sac&oacute; a al Tigre Tony (o To&ntilde;o) de las cajas de Kellogg&rsquo;s y la Argentina donde Danonino disemin&oacute; con m&aacute;s eficacia sus mandatos de crecimiento de dinosaurio.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero hay m&aacute;s. Porque en esta entrega saltamos de los textos hacia una nueva aventura: un podcast de seis episodios que hemos titulado <em>Marcados</em>. Conducidos por m&iacute;, Soledad Barruti, y por mi hijo Benjam&iacute;n, quien tras una infancia de ultraprocesados hoy es redactor de Bocado y comensal en deconstrucci&oacute;n. Pasen, vean, lean, escuchen y compartan. Que de esto se trata esta red que hemos creado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>SB</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Soledad Barruti]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/invento-marketing-llamado-comida-infantil_129_8572968.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 13 Dec 2021 17:24:24 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ese invento del marketing llamado comida infantil]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Alimentación,Infancias,Etiquetado frontal,Alimentos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Qué hay detrás de una caja bonita]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/hay-detras-caja-bonita_129_8202809.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/04557549-d0e0-4055-8f67-bf6ef2484a8b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Qué hay detrás de una caja bonita"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En la mayoría de los países de América Latina se libra una disputa entre una parte de la sociedad civil y profesionales de la salud que exigen leyes de etiquetado frontal, límites a las publicidades e impuestos que aumenten el precio de los alimentos ultraprocesados. La industria alimentaria, por su parte, se opone con diferentes métodos. El equipo de Bocado realizó una investigación sobre este mecanismo. Soledad Barruti explica de qué se trata el trabajo del que elDiarioAR republica parcialmente.</p><p class="subtitle">Informe de Bocado. - Las leyes de etiquetado en América latina.</p><p class="subtitle">¡Anotate! Hay sorteos de libros. - El miércoles, una charla desde la redacción de elDiarioAR sobre qué comemos cuando comemos</p></div><p class="article-text">
        La elecci&oacute;n de un comestible es un acto de impulso. Las marcas tienen poco tiempo para captar la atenci&oacute;n: <strong>un promedio de 8 segundos</strong>. As&iacute; cada paquete se vuelve una poderosa arma de conquista. Por eso hay productos que cambian mes a mes el envoltorio aunque el comestible que contiene siga siendo igual: para renovar el efecto. Porque en el supermercado pareci&eacute;ramos comportarnos muy racionalmente, pero somos criaturas con determinaci&oacute;n biol&oacute;gica: buscamos diversidad. Y tambi&eacute;n seguridad. Eso explica que haya otras cajas, latas, paquetes que perduran casi sin modificaciones desde que fueron lanzados: los m&aacute;s exitosos de la g&oacute;ndola.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La elecci&oacute;n de cada color, de cada personaje, cada frase est&aacute; cuidadosamente elegida, con una eficacia perturbadora. Si un tiempo atr&aacute;s las marcas necesitaban de un cuidadoso y largo estudio para llegar a descubrir lo que sus clientes deseaban, hoy cuentan con herramientas que desnudan su inconsciente en un santiam&eacute;n. En algunos de los laboratorios de las marcas hay personas que son conectadas a sensores, detectores de movimientos faciales y pesta&ntilde;eos, electrocardiogramas, electroencefalogramas y resonancias magn&eacute;ticas, mientras huelen, miran, sienten, comen y expresan lo que les ocurre con eso con todo su ser. Ni siquiera tienen que hablar: las m&aacute;quinas en comunicaci&oacute;n directa con los cerebros lo hacen por ellos. Se llama neuromarketing: sistemas de exploraci&oacute;n biom&eacute;dicos redestinados a dar con objetos irresistibles.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por supuesto el asunto funciona. <strong>Los ultraprocesados no paran de crecer en ventas.</strong> En consumo de las personas aumenta ganando momentos del d&iacute;a que antes eran destinados a comida sin procesar. Y con ese consumo aumentan las enfermedades no transmisibles.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es por todo esto que una de las propuestas m&aacute;s importantes de las campa&ntilde;as de salud p&uacute;blica de todo el mundo se concentra en intervenir los paquetes: para romper el encanto que nos tiene empaquetados. Lo cual para las marcas, que han hecho el &eacute;xito de su negocio con ellos, significa solo una cosa: una declaraci&oacute;n de guerra.
    </p><p class="article-text">
        En la mayor&iacute;a de los pa&iacute;ses de Am&eacute;rica Latina se libra en la actualidad una batalla tenaz e inclaudicable sostenida por la sociedad civil y profesionales de la salud que luchan por obtener leyes de<strong> etiquetado frontal</strong>, l&iacute;mites a las publicidades e impuestos que aumenten el precio de esos comestibles artificialmente baratos.
    </p><p class="article-text">
        La industria alimentaria, opera en las sombras obstaculizando cada avance. No improvisan: ya cuentan con una especie de manual de diez pasos que repiten en cada pa&iacute;s que busca tener adelantos.
    </p><p class="article-text">
        Nestl&eacute;, Coca Cola, Kellogg&rsquo;s, Uniliver, Danone, Ferrero, Pepsico: hace al menos 10 a&ntilde;os que distintos investigadores vienen reuniendo pruebas para dejar en evidencia c&oacute;mo operan.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La din&aacute;mica incluye estrategias para demorar las leyes, compra de voluntades pol&iacute;ticas y del mundo de la ciencia y la salud, la creaci&oacute;n de un poderoso relato con sus diferentes mecanismos de legitimaci&oacute;n, la filantrop&iacute;a publicitaria y hasta medidas m&aacute;s agresivas como la demanda judicial y las amenazas temerarias.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <a href="https://www.bocado.lat/etiquetadoYa/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Esta investigaci&oacute;n de</a><a href="https://www.bocado.lat/etiquetadoYa/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> Bocado </a>es un trabajo de muchos meses en la que destilamos los mejores ejemplos de interferencia y derrota de la salud p&uacute;blica, y tambi&eacute;n los triunfos que se est&aacute;n logrando. Mapeamos la batalla y construimos una herramienta para seguir dando la pelea. Ahora les invitamos a aventurarse y multiplicar la informaci&oacute;n, que resulta -ya lo saben los que hacen gaseosas, hamburguesas y galletitas- un arma imbatible.
    </p><p class="article-text">
        <em>SB</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Soledad Barruti]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/hay-detras-caja-bonita_129_8202809.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 08 Aug 2021 04:06:19 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Etiquetado frontal,Salud pública,Alimentos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los indígenas de la selva amazónica, acorralados por el Covid-19 y por una ley que intenta arrasar sus tierras]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/mundo/indigenas-selva-amazonica-acorralados-covid-19-ley-arrasar-tierras_1_8186578.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fec759d1-01b3-417b-96eb-90a04d6ce281_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los indígenas de la selva amazónica, acorralados por el Covid-19 y por una ley que intenta arrasar sus tierras"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El presidente brasileño Jair Bolsonaro avanza con una ley que buscar reducir el territorio indígena en la selva más importante del mundo. Allí viven pueblos como los awa guajá, de los últimos cazadores recolectores y con un sistema de organización que protege al ecosistema y que también los había mantenido a salvo de la pandemia. Pero el coronavirus llegó a sus tierras. Enfermos, piden una ayuda que no llega.</p><p class="subtitle">Este trabajo fue realizado con fondos del Amazon Rainforest Journalism Fund (o Amazon RJF) en alianza con el Pulitzer Center.</p></div><p class="article-text">
        La historia iba a ser otra.&nbsp;Se llamaba relatos de reparaci&oacute;n desde la selva en ruinas. Suced&iacute;a en el mismo lugar, Maranhao, un estado del noreste de Brasil donde Amazonas empieza y tambi&eacute;n donde ha estallado su destrucci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Maranhao es la frontera<a href="https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S0264837720301071?via%25253Dihub" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> m&aacute;s deforestada</a> de ese para&iacute;so de plantas y animales y pueblos que se est&aacute; acabando. El lugar donde m&aacute;s brasileros viven en<a href="https://cidades.ibge.gov.br/brasil/ma/pesquisa/36/30249" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> extrema pobreza</a> y uno de los dos estados donde m&aacute;s<a href="https://especiais.g1.globo.com/monitor-da-violencia/2018/mortes-violentas-no-brasil/?_ga=2.138315248.1900499169.1627031971-903187933.1627031971" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> ha crecido la violencia</a> en el &uacute;ltimo a&ntilde;o.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esa historia sin embargo propon&iacute;a narrar algo que tambi&eacute;n acontec&iacute;a. Un pasaje luminoso en medio del horror que viven los pueblos ind&iacute;genas desde hace demasiados a&ntilde;os, recrudecido en los &uacute;ltimos tres por un presidente que est&aacute; haciendo lo posible por acabar con ellos: Jair Messias Bolsonaro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esa historia era, como esta, sobre los ind&iacute;genas awa guaj&aacute; que viven en esa selva. Son cazadores recolectores, parte de los &uacute;ltimos grupos del mundo con esas formas de vida siempre en movimiento, andada. Hay un n&uacute;mero indeterminado de ellos que todav&iacute;a permanecen aislados: no ignoran que hay una sociedad ordenada tras un Estado, se niegan a relacionarse con ella y han ganado ese derecho. Otros, unos cuatrocientos, viven bajo la categor&iacute;a de recientemente contactados: tras haber padecido una cantidad de violencias que implicaron el asesinato de sus familias, su persecuci&oacute;n y cercamiento, hoy viven agrupados en aldeas desde donde establecen las estrategias defensivas para no perderse, para no dejar de ser aw&aacute;s.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Los awa guajá son cazadores recolectores, parte de los últimos grupos del mundo nómades.                            </span>
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        Son sobrevivientes y viven en cuatro aldeas ubicadas en sus tres territorios demarcados: Guaj&aacute; (en Tierra Ind&iacute;gena Alto Turia&ccedil;u), Juriti (en Tierra Ind&iacute;gena Awa) y Aw&aacute; y Tiracamb&uacute; (en Tierra Ind&iacute;gena Car&uacute;). Que est&eacute;n demarcados quiere decir que, si bien no dejan de pertenecer al Estado brasilero, ellos tienen derecho exclusivo a vivir ah&iacute; y a valerse del lugar con todo lo que contiene. Tambi&eacute;n a tomar todas las decisiones y organizarse.
    </p><p class="article-text">
        Esa historia empezaba as&iacute;, y esta tambi&eacute;n lo har&aacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En marzo de 2020 con el registro vivo sobre sus cuerpos del exterminio biol&oacute;gico que provocaron a sus parientes enfermedades como la malaria y la neumon&iacute;a, ni bien supieron de la Covid-19 los awa guaj&aacute; contactados cerraron sus aldeas. Nadie pod&iacute;a entrar ni salir salvo que hubiera una emergencia. Llegado ese caso fijaron espacios de aislamiento obligatorio: 14 d&iacute;as en una casa destinada para tal fin. Buscaron permanecer a salvo de quienes portan las dolencias, los kara&iacute;s (como llaman a los blancos).
    </p><p class="article-text">
        Durante esos largos meses recuperaron la fluidez de muchas de sus pr&aacute;cticas interrumpidas a diario en <em>normalidad</em>. Forzados primero a vivir en esas aldeas y luego a recibir visitas constantes, volvieron a llenar sus horas de caminatas y caza. As&iacute; reencontraron sus ritmos, sus silencios, su alimentaci&oacute;n, su salud, sus cantos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Conocer esas vidas contempor&aacute;neas a las nuestras en este tiempo de colapso en que extinguimos nuestras posibilidades de permanecer en el planeta Tierra puede servir para evidenciar de una manera rotunda que hay hoy otras formas relacionales posibles a las que muchos de nosotros asumimos. Formas que no rompen lo vivo sino que se entraman con ello, lo guardan y preservan. Como escribe el antrop&oacute;logo Eduardo Viveiros de Castro, estos pueblos son &ldquo;islas de humanidad que permanecen encima de la superficie de sumersi&oacute;n de este oc&eacute;ano blanco y homog&eacute;neo en su composici&oacute;n pol&iacute;tica (estado nacional), econ&oacute;mica (capitalismo) y cultural (cristianismo)&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Durante la pandemia, los awa guaj&aacute; abrieron nuevos parajes para s&iacute; mismos, espacios de reencuentro hechos de selva. Y lograron permanecer a salvo: no tuvieron dentro de las aldeas ni un caso de coronavirus en todo 2020, tampoco un a&ntilde;o m&aacute;s tarde cuando Brasil, gestionado bajo un plan sanitario m&aacute;s parecido a la total propagaci&oacute;n del virus que a su contenci&oacute;n, llegaba al medio mill&oacute;n de muertos.
    </p><p class="article-text">
        Pero en julio de 2021, producto del avance de un gobierno que es un peligro para la humanidad toda, el Covid-19 lleg&oacute; a sus tierras.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Cuando el virus lleg&oacute;</strong></h3><p class="article-text">
        En tierra awa guaj&aacute; y, en s&oacute;lo 17 d&iacute;as, el virus mat&oacute; a un hombre. Un aw&aacute; guaj&aacute; de ojos dulces y una sonrisa ext&aacute;tica. Un hombre de edad misteriosa pero ya avanzada llamado Karapiru. Unos cuatro d&iacute;as m&aacute;s tarde de esa muerte -los que tard&oacute; el gobierno en testar al resto de los ind&iacute;genas- hubo 36 casos positivos, 11 casos en Tiracambu y 25 casos en la aldea Awa. Los testeos no se repitieron. Hoy la mayor&iacute;a de ellos permanecen aislados y en un estado desesperante: no cuentan con asistencia alimentaria adecuada ni productos de higiene. No est&aacute;n protegidos, ni ellos ni sus tierras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La situaci&oacute;n es muy dif&iacute;cil -resume Tatuxia&rsquo;a uno de los l&iacute;deres. Necesitamos un m&eacute;dico en la puerta de cada aldea (actualmente hay uno solo para cuatro aldeas distantes hasta por 6 horas). Necesitamos m&aacute;scaras, alcohol en gel y alimentos. Si no lo hacen las personas van a morir. En las tierras est&aacute;n entrando invasores, matan a los animales, se llevan la madera, y nosotros no podemos salir de ac&aacute; a defenderlas&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La comunicaci&oacute;n es por audios de WhatsApp. Lo &uacute;nico que veo de &eacute;l es una foto, la que aparece en su perfil. Es un hombre de mediana edad con mirada calma, piel dorada y ojos rasgados. Tiene una corona de plumas anaranjadas que envuelve su frente y un brazalete de plumas rojas que en su brazo izquierdo. Usa tambi&eacute;n collares de plumas oscuras y lleva el torso desnudo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me dice que algunas personas s&oacute;lo han comido arroz desde hace cinco d&iacute;as. Me cuenta que tiene hijos peque&ntilde;os y los escucho a su alrededor, llorando o pidiendo algo cada vez que manda un mensaje. Tatuxa&rsquo;a es amable pero siempre parece al borde de sus fuerzas y posibilidades. Tal vez porque esta historia triste empez&oacute; cuando empezamos a hablar, el 4 de julio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ese d&iacute;a Tatuxa&rsquo;a volv&iacute;a junto con otros 80 awa guaj&aacute; de un corte de ruta y manifestaci&oacute;n &iquest;Por qu&eacute; romper ese aislamiento tan exitoso, por qu&eacute; arriesgarse as&iacute;? La salida intempestiva ten&iacute;a una explicaci&oacute;n contundente: la C&aacute;mara de Diputados hab&iacute;a aprobado el texto final de un proyecto de ley, el PL490, que amenaza con llevar a los ind&iacute;genas y a la Amazon&iacute;a a la completa extinci&oacute;n.
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                    alt="La salida intempestiva de la selva de los awa fue porque la Cámara de Diputados había aprobado el texto final de un proyecto de ley, el PL490, que amenaza con no reconocer a los indígenas amazónicos el derecho a sus tierras ancestrales."
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            <span class="title">
                La salida intempestiva de la selva de los awa fue porque la Cámara de Diputados había aprobado el texto final de un proyecto de ley, el PL490, que amenaza con no reconocer a los indígenas amazónicos el derecho a sus tierras ancestrales.                            </span>
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        &ldquo;Estamos muy cansados. Este gobierno de militares est&aacute; en contra de nosotros. Todo es muy ruin. Pero ma&ntilde;ana te cuento, ma&ntilde;ana hablamos mejor&rdquo;, me dijo.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text"><strong>El colapso es el Estado</strong></h3><p class="article-text">
        El 15 de junio representantes de distintas comunidades ind&iacute;genas de todo Brasil estaban convocadas en Brasilia para manifestarse. Pese a los infectados, la falta de ox&iacute;geno, la falta de vacunas, los tantos muertos, la Conmebol eligi&oacute; a Brasil para celebrar ah&iacute; la Copa Am&eacute;rica. Involucr&oacute; un gastadero y se inaugur&oacute; en un estadio vac&iacute;o con un discurso por redes sociales. &ldquo;La vida es un juego colectivo, s&oacute;lo se vive juntos, solo se gana juntos&rdquo;, dijo el locutor de eso que bien podr&iacute;a haber sido una ficci&oacute;n dist&oacute;pica pero no, para distop&iacute;a esta realidad velada por el entretenimiento anest&eacute;sico que bloquea los receptores de inter&eacute;s, empat&iacute;a y supervivencia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En ese contexto, la bancada ruralista de la C&aacute;mara de Diputados aprovech&oacute; para avanzar con una propuesta legislativa de destrucci&oacute;n masiva: el proyecto de ley 490. La normativa tiene 14 a&ntilde;os de ir sumando art&iacute;culos con un &uacute;nico objetivo: derribar los derechos constitucionales de los pueblos ind&iacute;genas y otorgar permisos para la expansi&oacute;n de la soja, la ganader&iacute;a, la miner&iacute;a, y otros proyectos extractivos sobre la selva.
    </p><p class="article-text">
        El<strong> proyecto de ley 490</strong> propone la creaci&oacute;n de un marco temporal para la gesti&oacute;n de derechos: 5 de octubre de 1988. Si se convierte en ley los ind&iacute;genas solo podr&aacute;n tener la demarcaci&oacute;n de sus tierras, que habitan hace miles de a&ntilde;os, si estaban ah&iacute; ese mismo d&iacute;a. Si no estaban tendr&iacute;an que comprobar que fueron expulsados a la fuerza e iniciar un pedido de restituci&oacute;n al lugar. &ldquo;Este proyecto de ley pide formas de comprobaci&oacute;n de titularidad que no exist&iacute;an 32 a&ntilde;os atr&aacute;s cuando los ind&iacute;genas eran tutelados por el estado brasilero y no pod&iacute;an ir por su cuenta al a justicia&rdquo;, dice Juliana de Paula Batista, abogada del<a href="https://www.socioambiental.org/pt-br" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> Instituto Socioambiental</a>, una de las organizaciones que representa los derechos de esos pueblos de Brasil.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No es todo. El plan incluye avanzar sobre las tierras que ya est&aacute;n demarcadas permitiendo su uso para la explotaci&oacute;n si se determina que son &aacute;reas &ldquo;relevantes de inter&eacute;s p&uacute;blico de uni&oacute;n&rdquo; (caracter&iacute;stica con la cual definen a todas las grandes obras, desde represas hasta mineras). &ldquo;No es que hoy no se hagan esas obras -dice la abogada Batista de Paula-. Pero cada una requiere de una ley espec&iacute;fica de autorizaci&oacute;n del congreso con participaci&oacute;n de los n&uacute;cleos de las comunidades ind&iacute;genas. Con el PL490 eso quedar&iacute;a suspendido&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por &uacute;ltimo, el PL490 derriba una pol&iacute;tica fundamental para los derechos humanos: el no contacto con los pueblos ind&iacute;genas que viven en aislamiento. Hay unos cien pueblos en esa situaci&oacute;n, como los awa guaj&aacute; que habitan tierras fuera de las aldeas. &ldquo;Hoy la ley plantea que a no ser que esos grupos demuestren deliberadamente que quieren hacer contacto, el Estado no se puede acercar&rdquo;, dice Batista de Paula,&nbsp; &ldquo;pero el nuevo proyecto de ley habilita la intermediaci&oacute;n con ellos, por funcionarios p&uacute;blicos, grupos evang&eacute;licos radicales y empresas privadas con un inter&eacute;s sobre sus tierras&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Contra todo eso, contra el cielo cayendo para aplastar sus derechos conquistados, los representantes ind&iacute;genas estaban en la calle el 15 de junio, d&iacute;a inaugural de la Copa Am&eacute;rica. Llevaron sus atuendos tradicionales, sus pieles pintadas y la claridad encendida con que gritan que el a&ntilde;o 1500 nunca acab&oacute;. Que la conquista sangrienta sigue derrumbando &aacute;rboles inmensos, llenando los r&iacute;os con mercurio, extinguiendo animales hermosos, y ahora tambi&eacute;n a punto de acabar con la humanidad entre leyes perversas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Algunos de sus l&iacute;deres como Dario Kopenagua, Kreta Kaingang y Sonia Guajajara, entraron a la C&aacute;mara de Diputados a participar en las audiencias p&uacute;blicas. &ldquo;Con el PL490 esta C&aacute;mara estar&aacute; decretando el genocidio ind&iacute;gena&rdquo;, dijo Sonia Guajajara.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dos d&iacute;as pasaron, luego cinco. Los partidos de f&uacute;tbol siguieron y tambi&eacute;n los ind&iacute;genas en la calle. La polic&iacute;a los acech&oacute; desde que llegaron hasta que el 22 de junio los atac&oacute;. Reprimi&oacute;, dispar&oacute; bombas de estruendo, balas de goma y gases lacrim&oacute;genos contra ancianos, mujeres y beb&eacute;s. Las calles de Brasilia parec&iacute;an lo que el pa&iacute;s es: un territorio que declar&oacute; la guerra a sus pueblos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>El 25 de junio el texto final del proyecto fue aprobado en la c&aacute;mara concluyendo as&iacute; con el pen&uacute;ltimo paso formal que necesitaba.</strong> Ahora ser&aacute; debatido en un parlamento que pronto podr&iacute;a convertirlo en ley.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Karapir&uacute;, el testigo</strong></h3><p class="article-text">
        Durante esos d&iacute;as las protestas se replicaron en todo el pa&iacute;s. Porque si de algo saben los pueblos ind&iacute;genas brasile&ntilde;os es de brutalidad estatal, de invasores y proyectos mesi&aacute;nicos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el caso de los awa guaj&aacute;, por ejemplo, la historia ha incluido contacto forzado, emboscadas con ataques a tiros, ponerles veneno para hormigas en su comida y llevarles ropas contaminadas con sarampi&oacute;n. A cada encuentro sigue la construcci&oacute;n de carreteras, la expansi&oacute;n de poblados y campos agr&iacute;colas, la deforestaci&oacute;n impiadosa y sobre todo el mayor emprendimiento minero ferroviario del mundo. Un tren de 14 mil vagones que tarda horas en pasar mientras aturde y espanta animales, para transportar hierro extra&iacute;do del yacimiento Serra dos Caraj&aacute;s. Mina y tren con un mismo due&ntilde;o, la empresa Vale S.A.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una obra que encarna como pocas el proyecto de integraci&oacute;n y modernizaci&oacute;n de Brasil que propuso la dictadura militar (1964-1985). R&eacute;gimen repleto de muertes sin rastros: &ldquo;De los secuestros y asesinatos de ind&iacute;genas no quedaron evidencias porque esas personas que la dictadura asesinaba no estaban configuradas en los sistemas de burocracia estatal. Indocumentados, invisibilizados, los ind&iacute;genas en dictadura fueron doblemente desaparecidos&rdquo;, explica el arquitecto Paulo Tavares, parte del proyecto Arquitectura Forense que busca pistas del exterminio en la selva.
    </p><p class="article-text">
        Millones de ind&iacute;genas borrados de la historia. Aunque ninguno sali&oacute; indemne, algunos sobrevivieron y se convirtieron en un acontecimiento perturbador para la narrativa de orden y progreso.
    </p><p class="article-text">
        Eso siguen siendo muchos ind&iacute;genas. Eso son los awa guaj&aacute;. Eso era Karapir&uacute;: un testigo de otro Brasil posible, parte de un grupo sin contacto que un d&iacute;a de 1978 fue atacado a tiros por quienes codiciaban sus tierras, matones de hacendados. Toda su familia fue asesinada en esa masacre: su compa&ntilde;era, sus beb&eacute;s, sus parientes. &Eacute;l logr&oacute; huir llev&aacute;ndose a uno de sus hijos consigo pero lo perdi&oacute; en el camino porque Xiramuk&#361;, de unos siete a&ntilde;os, qued&oacute; atrapado entre alambres de p&uacute;a y fue secuestrado.
    </p><p class="article-text">
        La noticia de &ldquo;un indio perdido&rdquo; lleg&oacute; al Estado brasile&ntilde;o y fue a buscarlo con funcionarios de la FUNAI, la Fundaci&oacute;n Nacional del Indio, entidad que media entre los pueblos originarios y el resto del pa&iacute;s. Sin int&eacute;rpretes a mano los funcionaron recurrieron a alguien que cre&iacute;an podr&iacute;a ayudarlos. Un joven que diez a&ntilde;os atr&aacute;s apareci&oacute; en una hacienda y dijo llamarse Xiramuk&#361;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Era el hijo de Karapiru.
    </p><p class="article-text">
        La historia fue contada muchas veces y hasta tuvo una pel&iacute;cula, Sierras de Desorden. Pero padre e hijo no volvieron a vivir juntos porque Karapiru fue mudado a una aldea donde compartir&iacute;a la vida quieta que hab&iacute;a planificado el gobierno para los de su etnia: otros aw&aacute; guaj&aacute; que no hab&iacute;a visto antes pero que acabar&iacute;an siendo sus amigos. Personas con quienes nunca dejar&iacute;a de luchar por sus derechos y con quienes un d&iacute;a de junio en 2021 estuvo de acuerdo en sumarse a las protestas que se multiplicaban en Brasil.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo lograr la atenci&oacute;n de la sociedad viviendo tierra adentro?
    </p><p class="article-text">
        Cuando es necesario, los awa caminan hasta las v&iacute;as de Vale SA y las obstruyen. Se colocan ellos mismos con sus arcos y flechas e impiden que pase el tren. Eso hicieron el 24 de junio en coincidencia con las primeras protestas de Brasilia.
    </p><p class="article-text">
        Desde all&aacute; enviaron fotos a Marina Magalh&atilde;es, una ling&uuml;ista que trabaja en el registro de la lengua awa guaja, y a Fl&aacute;via Berto, la maestra de su escuela, que tambi&eacute;n los asesora. Pocos d&iacute;as despu&eacute;s, cuenta Magalh&atilde;es, le dijeron algo inquietante: quer&iacute;an viajar, romper el aislamiento, para sumarse a otra movilizaci&oacute;n. &ldquo;Les planteamos nuestras dudas sobre ese viaje pero ellos dijeron que sent&iacute;an que el momento era cr&iacute;tico. La situaci&oacute;n los estaba empujando&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En tiempo r&eacute;cord, al otro d&iacute;a, contaban con todo lo que necesitaban para viajar: un &oacute;mnibus, alimentos y productos de higiene. Los prove&iacute;a Vale S.A. Esa empresa que pierde fortunas cada vez que los ind&iacute;genas protestan en sus v&iacute;as los trasladar&iacute;a unos 100 kil&oacute;metros. La empresa ayudar&iacute;a al pueblo aislado a encontrarse con otras personas en tiempos de pandemia.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Fue algo muy irresponsable. La empresa no pod&iacute;a sino saber a qu&eacute; estaba exponiendo a una comunidad que estaba aislada&rdquo;, dice Fl&aacute;via, la maestra. &ldquo;Ni siquiera les dieron barbijos adecuados&rdquo;, dice y me env&iacute;a la foto: tri&aacute;ngulos de tela sostenidos por un solo el&aacute;stico que fueron entregados en bolsas con sello de la agencia estadounidense <a href="https://www.usaid.gov/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">USAid</a> e instrucciones de uso que corresponden a otros modelos.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Los tapabocas que recibieron los Awa Guajá de la empresa Vale.                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        Consultada para este reportaje, Vale S.A. no niega su participaci&oacute;n: &ldquo;Con una solicitud del pueblo ind&iacute;gena, formalizada mediante carta a la empresa, sujeta al uso de estos materiales y acciones que cumplen con la normativa vigente, sin perjuicio de el derecho de ir y venir de los ciudadanos, los servicios p&uacute;blicos prestados y las actividades de la propia Vale, reconociendo y respetando el derecho a la libre expresi&oacute;n, tal como lo establece nuestra Constituci&oacute;n Federal&rdquo;, dice en mensaje enviado por correo electr&oacute;nico.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        As&iacute;, el 28 de junio los awa guaj&aacute; emprendieron el viaje que terminar&iacute;a en este encierro atroz que hoy padecen en el que est&aacute;n pr&aacute;cticamente sin comida ni atenci&oacute;n m&eacute;dica adecuada, rodeados por las distintas formas de representaci&oacute;n que tiene la muerte en ese lugar llamado Amazonas.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Alma perdida</strong></h3><p class="article-text">
        El 30 de junio luego de cortar la ruta nacional volvieron a sus aldeas, siguieron instrucciones: &ldquo;Lo que nos explic&oacute; Vale y el personal de salud&rdquo;, dice Man&atilde;, uno de los ind&iacute;genas que viaj&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Aislamiento?
    </p><p class="article-text">
        -No, tirar la ropa con la que hab&iacute;amos viajado y tomar un ba&ntilde;o.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ya no exist&iacute;an aquellas unidades dispuestas al comienzo de la pandemia para aislar por 14 d&iacute;as a quienes hab&iacute;an tenido que salir por alguna emergencia. Vale S.A. hab&iacute;a terminado esos contratos.
    </p><p class="article-text">
        La dependencia de las comunidades con la empresa se explica en relaci&oacute;n directa con la retracci&oacute;n del Estado en el cumplimiento de todas sus responsabilidades: en el primer semestre de 2021 FUNAI<a href="https://www.terra.com.br/noticias/coronavirus/funai-usa-menos-de-1-dos-recursos-de-combate-a-covid-19,0c941b1b65aa88e196cf64007396f475olrvyx03.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> solo ejecut&oacute; el 1 por ciento</a> del presupuesto consignado para acciones de &ldquo;Enfrentamiento de la emergencia de salud p&uacute;blica de Coronavirus&rdquo;. No hay suficiente personal de salud, no hay medidas preventivas ni hubo pruebas PCR a tiempo para los awa guaj&aacute;. No les hicieron hisopados el mismo d&iacute;a en que volvieron a la aldea sino despu&eacute;s de la primera muerte.
    </p><p class="article-text">
        La decisi&oacute;n de la comunidad hab&iacute;a sido que solo los j&oacute;venes, los m&aacute;s fuertes, fueran a la manifestaci&oacute;n. Karaip&uacute; qued&oacute; en la aldea. Como el resto, ten&iacute;a el calendario de vacunaci&oacute;n completo, pero era el m&aacute;s fr&aacute;gil. Poco despu&eacute;s de que sus amigos volvieran del corte comenz&oacute; a sentir cansancio, dolor en el cuerpo, tos. Igual se sinti&oacute; otro anciano, Kamairu.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ambos fueron trasladados al hospital. Intubados. Kamairu permaneci&oacute; internado una semana. Karapiru muri&oacute;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Karapiru, miembro de la comunidad de los Awa Guajá de la Amazonía, murió por Covid-19.                            </span>
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        Ese d&iacute;a, Tatuxa&rsquo;a estuvo cazando en la selva. Cuando volvi&oacute;, por la noche, le contaron la noticia. Y &eacute;l a m&iacute;: &ldquo;Karapiru ya falleci&oacute;&rdquo;, me dijo en un audio con voz suave como un sollozo. &ldquo;Estamos muy tristes. Los kara&iacute; (los blancos) ya hab&iacute;an matado a toda la familia de Karapiru. &Eacute;l siempre sent&iacute;a dolor, los kara&iacute; le sacaron tiempo, mucho tiempo. Y el covid lleg&oacute; y complet&oacute; el asunto y se muri&oacute; ya&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Los awa guaja no hablan de quien muri&oacute;, sin embargo esta vez s&iacute; lo hicieron, lo hacen. Como tantas otras cosas: forzados.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;A Karapiru no lo enterraron en el cementerio ind&iacute;gena. Las autoridades decidieron que su tumba estuviera en el cementerio municipal, aduciendo medidas de seguridad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Marina, la ling&uuml;ista, recibi&oacute; durante esos d&iacute;as muchos mensajes. Todos hablaban de sus sue&ntilde;os: Karapiru estaba otra vez perdido entre los blancos.
    </p><h3 class="article-text"><strong>&ldquo;Nos necesitan muertos&rdquo;</strong></h3><p class="article-text">
        Los aw&aacute;s viven hoy ese duelo. Muchos est&aacute;n enfermos, sin poder salir a cazar y pr&aacute;cticamente sin comida ni atenci&oacute;n m&eacute;dica adecuada. Enfrentados a este mismo virus letal que acorrala a toda la humanidad pero con una memoria inmunol&oacute;gica otra que los vuelve mucho m&aacute;s fr&aacute;giles. Sin un claro plan de protecci&oacute;n y cada d&iacute;a con m&aacute;s presi&oacute;n para que vuelvan a sus actividades como la escuela y reuniones con funcionarios.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                La tala de madera en la zona de los Awa Guajá, otra de las amenazas al territorio amazónico.                            </span>
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        En ese contexto el gobierno avanza en su plan de acci&oacute;n que tiene al PL490 como bala dorada. En una reuni&oacute;n virtual, diputados presentaron la propuesta a 41<a href="https://www.noticiasagricolas.com.br/noticias/agronegocio/292836-principais-pautas-do-agro-brasileiro-sao-apresentadas-a-representantes-diplomaticos.html#.YQK9zS9t_LE" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> diplom&aacute;ticos</a> de Am&eacute;rica y la Uni&oacute;n Europea. &ldquo;El indio tiene el doble de superficie que un productor rural, pero no puede utilizarlo porque no hay ley. Necesitamos regularizar y dar dignidad y una vida mejor, con acceso a la salud y la educaci&oacute;n a los pueblos ind&iacute;genas&rdquo;, dijo el diputado S&eacute;rgio Souza el presidente Frente Parlamentario de Agropecuaria.
    </p><p class="article-text">
        Mientras &eacute;l vend&iacute;a espejos de colores al poder, Tatuxia&rsquo;a me enviaba otro mensaje de audio para esta historia que deb&iacute;a ser un acontecimiento de reencuentro y reconexi&oacute;n que ahora debe esperar.
    </p><p class="article-text">
        Hablaba firme, pausado, procurando que entendiera todas las palabras de ese portugu&eacute;s dif&iacute;cil que pronuncia hace pocos a&ntilde;os. &ldquo;No est&aacute;n curando a los que est&aacute;n enfermos. Y las personas est&aacute;n muri&eacute;ndose por cuestiones en el pulm&oacute;n, con neumon&iacute;a, eso que nos mata. &iquest;Ser&aacute; que no hay remedio para neumon&iacute;a? &iquest;Ser&aacute; que el Ministerio de Salud no lo sabe? Queremos un m&eacute;dico, un especialista. Hay 27 personas con el virus, hay 13 personas a la que les duele mucho la cabeza, los ojos, para tratar la enfermedad de cabeza. &iquest;Cu&aacute;l es el remedio propio que sirva para la cabeza?&rdquo;, dijo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El m&eacute;dico que nos enviaron no nos respeta, no respeta a los m&aacute;s viejos. Los funcionarios que nos mandan son amigos de Bolsonaro, gente que no quiere cuidar de ind&iacute;genas. Gente que necesita que nosotros estemos muertos para traer a nuestros enemigos, al agronegocio, a la miner&iacute;a, a los madereros. Porque no piensan bien. El gobierno no piensa &iquest;de d&oacute;nde viene el agua, para beber? De donde hay &aacute;rboles. Los &aacute;rboles protegen al r&iacute;o. Ellos se llevan los &aacute;rboles y el r&iacute;o muere y la tierra muere tambi&eacute;n atr&aacute;s. Y eso no puede ser.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Porque &iquest;qui&eacute;n hizo todo esto?&rdquo;, pregunta Tatuxia&rsquo;a. &ldquo;Ustedes dicen Dios. Yo digo: hay personas que viven en el cielo. Las que vivieron antes en nuestro territorio y ahora dejaron el territorio para nosotros. Para que vivamos m&aacute;s, para que nos alimentemos bien, para sostener a nuestras familias. Eso quer&iacute;amos decirte, para que informes, tambi&eacute;n. Para que nos escuchen. Y por eso defendemos nuestro territorio, que somos due&ntilde;os del territorio, que es ind&iacute;gena&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>Investigaci&oacute;n period&iacute;stica y texto: Soledad Barruti</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Edici&oacute;n: Paula M&oacute;naco Felipe</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Direcci&oacute;n de fotograf&iacute;a: Miguel Tovar</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Soledad Barruti]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/mundo/indigenas-selva-amazonica-acorralados-covid-19-ley-arrasar-tierras_1_8186578.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 31 Jul 2021 03:48:12 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los indígenas de la selva amazónica, acorralados por el Covid-19 y por una ley que intenta arrasar sus tierras]]></media:title>
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