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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Dolores Gil]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/dolores-gil/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Dolores Gil]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Marina Mariasch: “Las etapas del duelo tradicional no se cumplen en el suicidio”.]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/conexiones/marina-mariasch-etapas-duelo-tradicional-no-cumplen-suicidio_128_9118314.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7d38a113-cf6b-4e34-a8e6-fe1612bd4b54_16-9-discover-aspect-ratio_default_1050903.jpg" width="1200" height="675" alt="Marina Mariasch: “Las etapas del duelo tradicional no se cumplen en el suicidio”."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La poeta y escritora acaba de publicar "Efectos personales", el libro en el que cuenta el suicidio de su madre con la intención deliberada de no indagar en las razones, pero si de darle voz a otras personas que la conocieron. El desafío convertir un hecho maldito en literatura.</p></div><p class="article-text">
        Una madre salta al vac&iacute;o desde la habitaci&oacute;n de un hotel c&eacute;ntrico de Buenos Aires y lo que viene despu&eacute;s es el desconcierto m&aacute;s absoluto: nadie pudo ver las se&ntilde;ales de que iba a terminar con su vida. En <em>Efectos personales</em> (Emec&eacute;), Marina Mariasch explora el suicidio de su madre y se evita la pregunta m&aacute;s obvia, la del porqu&eacute;. Con una escritura punzante, la autora rodea el hecho desde todos los &aacute;ngulos: los recuerdos propios y los ajenos, las diferentes versiones, las cartas que dej&oacute; como &uacute;nica explicaci&oacute;n, las voces de otros escritores que teorizaron al respecto, los lugares comunes y los todav&iacute;a no descubiertos, en un intento conmovedor por desentra&ntilde;ar el enigma de una muerte a destiempo y cerrar la tumba materna con un duelo imposible.
    </p><p class="article-text">
        <strong>-&iquest;C&oacute;mo surgi&oacute; en vos la necesidad de escribir este libro?</strong>
    </p><p class="article-text">
        -No s&eacute; si <em>Efectos personales</em> surge de una necesidad. M&aacute;s bien, desde que ocurri&oacute; el hecho maldito, me plante&eacute; el desaf&iacute;o de escribirlo, de llevarlo a palabras. En estado de trauma no se puede contar nada. El desaf&iacute;o era poder contarlo. Por supuesto, ni bien ocurre, una se arma una especie de relato para poder contener semejante experiencia, pero eso no es necesariamente un hecho literario, un texto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>-&iquest;Sentiste que ten&iacute;as que tener esa distancia para poder escribir literatura?</strong>
    </p><p class="article-text">
        -S&iacute;, necesit&eacute; m&aacute;s distancia<strong> </strong>para poder transformarlo en literatura, para poder manipularlo con las palabras, para poder hacer de este relato un hecho est&eacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        -<strong>&iquest;C&oacute;mo trabajaste la voz? Porque en estos libros que relatan hechos muy traum&aacute;ticos, la relaci&oacute;n entre la narradora y lo narrado siempre est&aacute; tensionada. Son libros dif&iacute;ciles de escribir y de pensar. Los cap&iacute;tulos breves de </strong><em><strong>Efectos personales</strong></em><strong> te dejan sin respiro.</strong>
    </p><p class="article-text">
        -Yo creo que cuando uno escribe no piensa tanto. No creo tanto en intelectualizar la escritura. Me parece que cuando una est&aacute; escribiendo, lo hace de manera m&aacute;s intuitiva, impulsiva o compulsiva, y despu&eacute;s viene el trabajo. Mientras escrib&iacute;a, trat&eacute; de ser as&eacute;ptica, de ser limpia. Trat&eacute; de no ser del todo autoindulgente ni autocompasiva. Por supuesto, no lo logr&eacute;, y eso se trasluce. Pero creo que hay un buen equilibrio, porque tampoco ser&iacute;a verdadera una voz que no sintiera nada, que fuera muy fr&iacute;a en un momento de terror.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>-Por momentos, parece como si la narradora no tuviera mucha piedad con lo que est&aacute; narrando. Esa distancia est&aacute; muy bien puesta y supongo que tambi&eacute;n es necesaria para poder narrar un hecho as&iacute;.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        -S&iacute;. La narradora de ese texto (que no voy a decir que no soy yo ni voy a decir que soy yo, pero la verdad es que no soy yo ahora, en este momento) tiene&nbsp; mucho enojo. El suicidio causa mucho enojo, produce muchas emociones, entre ellas la bronca. Entonces ese enojo te permite tambi&eacute;n ser impiadosa, o te obliga a ser impiadosa.&nbsp;-
    </p><p class="article-text">
        <strong>-El suicidio de una persona querida tambi&eacute;n debe abrir una suerte de misterio, una pregunta por el porqu&eacute;, que no s&eacute; si se puede contestar.</strong>
    </p><p class="article-text">
        -Desde el principio trat&eacute; de no pensar en el porqu&eacute;, porque sab&iacute;a que esa pregunta me iba a conducir a la locura. No hab&iacute;a respuesta para la pregunta acerca del porqu&eacute;. Y por eso trat&eacute; de no formul&aacute;rmela. El porqu&eacute; tambi&eacute;n puede tener que ver con responsables o responsabilidades, y tampoco me interesaba ir por ese camino. Trat&eacute; de no transitar ese camino, y de hecho no lo transito, ni en la literatura ni en la vida.<strong> </strong>Podr&iacute;a decir que se mat&oacute; por amor. Es una raz&oacute;n muy amplia, y eso tambi&eacute;n me daba much&iacute;sima bronca porque me parec&iacute;a una <em>contraense&ntilde;anza</em>, algo que iba en contra de lo que yo hab&iacute;a aprendido: que uno pod&iacute;a matarse por razones pol&iacute;ticas, para no cantar los nombres de los compa&ntilde;eros, algo as&iacute;. Pero matarse cuando ten&eacute;s todos los recursos a mano, todos los materiales simb&oacute;licos, matarse por amor me daba una bronca tremenda. Me parec&iacute;a superfluo, banal, as&iacute; que no quise preguntarme por qu&eacute; lo hizo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>-Despu&eacute;s se empiezan a traslucir algunas historias personales de la narradora y tambi&eacute;n algunas reflexiones sobre la maternidad, los abortos, la filiaci&oacute;n. &iquest;Te movi&oacute; algo por ah&iacute; la escritura de este libro?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        S&iacute;, seguramente. Pero lo vivo de una manera un poco disociada. Quiz&aacute;s sea un problema, pero vivo de una manera muy distinta. Tengo muy claro que no es mi historia. Es parte de mi historia, pero la del suicidio no es mi historia. No me parece que sean cuestiones hereditarias o contagiosas. En ese sentido, vivo la maternidad de otra manera y la vida de otra manera. En un momento del libro estoy en una conferencia con mi t&iacute;a, en la que una psicoanalista se pregunta en voz alta, refiri&eacute;ndose a una poeta, creo que a Sylvia Plath, c&oacute;mo alguien puede hacerle eso a los hijos. Bueno, s&iacute; puede: hay un impulso irrefrenable, porque hay un pasaje al acto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -<strong>En cierto sentido, </strong><em><strong>Efectos personales</strong></em><strong> se podr&iacute;a inscribir en el g&eacute;nero narrativo de la muerte de los padres. &iquest;Tuviste en mente alg&uacute;n alg&uacute;n libro de este tipo?</strong>
    </p><p class="article-text">
        -No, para nada. No pens&eacute; en esa saga porque siento que el suicidio es una forma completamente distinta de la muerte. Por supuesto ninguna muerte es agradable, ni bien recibida. Y desde ya que en el orden natural, es l&oacute;gico que mueran primero los padres. Pero el suicidio es una interrupci&oacute;n distinta. Por eso me interesa la figura de la tumba mal cerrada, como si hubiera cosas que quedan sin resolver. Probablemente en otro tipo de muertes tambi&eacute;n haya cosas sin resolver, como en el caso de los desaparecidos. Hay algo de las etapas del duelo tradicional que aqu&iacute; no se cumplen, que no se pueden llevar a cabo. En relaci&oacute;n a un suicidio, todo es mucho m&aacute;s enmara&ntilde;ado, inconcluso, y que se confunde con la bronca contra el ser querido, con el enojo o con las preguntas, con mucha culpa, y obviamente, con tristeza y dolor. No es un duelo com&uacute;n. En cambio, s&iacute; le&iacute; muchos libros sobre el suicidio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -<strong>&iquest;C&oacute;mo fuiste armando esa serie te&oacute;rica en tu cabeza?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        -En general, cuando estoy escribiendo sobre un tema, leo e investigo bastante. Me parece que no hay nada peor que creer que uno invent&oacute; la p&oacute;lvora. En este caso, por supuesto, le&iacute; desde cl&aacute;sicos como El suiicidio de Durkheim, que ya hab&iacute;a le&iacute;do cuando era joven, hasta este libro no tan conocido de Marx, <em>Acerca del suicidio</em>. Tambi&eacute;n <em>El Dios Salvaje</em> de Al &Aacute;lvarez, que es buen&iacute;simo, y <em>La operaci&oacute;n Masotta </em>de Carlos Correas.
    </p><p class="article-text">
        <strong>El a&ntilde;o pasado tu hermana Paula tambi&eacute;n public&oacute; un libro (</strong><em><strong>Negro casi azul</strong></em><strong>, Vinilo), y si bien no trata exactamente sobre muerte de su madre, s&iacute; toca el tema de manera tangencial. &iquest;Te result&oacute; dif&iacute;cil eso?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        -Yo ven&iacute;a trabajando este libro desde antes, y cuando Paula public&oacute; <em>Negro casi azul </em>entend&iacute; que nadie es due&ntilde;o de las historias. El libro est&aacute; buen&iacute;simo, pero est&aacute; pensado alrededor de otro tema. La m&iacute;a es una versi&oacute;n, y esto tambi&eacute;n lo trabajo en el libro: se trata de versiones, de relatos. Nadie puede contar del mismo modo un mismo hecho. Y efectivamente trat&eacute; de incluir otras versiones.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>-Hiciste una suerte de trabajo de investigaci&oacute;n intrafamiliar y dentro del c&iacute;rculo de afectos. &iquest;Por qu&eacute; tomaste la decisi&oacute;n de que aparecieran otras voces?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        -Fue algo que surgi&oacute; despu&eacute;s, hacia el final de la escritura del libro. Yo realmente ten&iacute;a ganas de que mi voz no fuera la &uacute;nica. La muerte de mi madre es algo que no solamente me pas&oacute; a m&iacute;. Por supuesto que es mi relato, pero a la vez quer&iacute;a darles espacio a estas otras personas muy cercanas, muy queridas; darles la posibilidad de decir c&oacute;mo fue para ellas. Por ejemplo, mi hermana tiene la certeza de que el tel&eacute;fono son&oacute; en su casa. Y yo me acuerdo perfecto de c&oacute;mo son&oacute; en mi casa. Estoy segura de que ninguna de las dos est&aacute; mintiendo. No tiene ninguna importancia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>-Cada uno narra su propia historia.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        -S&iacute;, eso es muy lindo. Por ejemplo, mi pap&aacute; tiene el relato de que mi mam&aacute; eligi&oacute; el d&iacute;a de su cumplea&ntilde;os para matarse es porque quer&iacute;a prever que estuvi&eacute;ramos las dos con &eacute;l al momento de enterarnos. No por una <em>vendetta</em> ni un regalo mal&eacute;fico, sino para que estuvi&eacute;ramos cubiertas y acompa&ntilde;adas. A m&iacute; me parece muy tierno que se haya construido este relato.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>-En un texto que escribiste para Infobae, dec&iacute;s: &ldquo;</strong><em><strong>No creo en la literatura del yo ni en los debates en torno a ella. No creo que exista ni que no exista</strong></em><strong>&rdquo;. A veces parecer&iacute;a que los relatos que no son del todo ficcionales tuvieran una categor&iacute;a diferente para algunos lectores, &iquest;no?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        -El libro est&aacute; publicado como ficci&oacute;n contempor&aacute;nea, as&iacute; que yo no me hago cargo de nada. S&iacute; estuve pensando en por qu&eacute; la literatura del yo &mdash;aunque ya dije que no creo en esa clasificaci&oacute;n&mdash; causa en algunas personas tanto resquemor. Me parece f&uacute;til esa discusi&oacute;n. No me interesa ese debate. Tengo problemas con las clasificaciones gen&eacute;ricas, creo que tienen m&aacute;s que ver con una cuesti&oacute;n de mercado editorial, pero no con la literatura en s&iacute;. Pero pensaba, &iquest;por qu&eacute; a la gente le joder&aacute; tanto la literatura del yo? &iquest;Qu&eacute; les molestar&aacute;? Quiz&aacute; tiene que ver con el narcisismo, &iquest;no? En el sentido de escribir sobre tus &ldquo;dramitas personales&rdquo;. Pero &iquest;por qu&eacute; no? En todo caso, es igual de narcisista construir un mundo, inventarse un marciano o un planeta o lo que sea, una sociedad, un personaje que se llame Juan Carlos, y pretender que los lectores crean en eso. Me parece igual de vanidoso. Y en ese sentido, tambi&eacute;n pensaba en la lectura que hace Florencia Abadi sobre el mito de Narciso. Ella escinde la idea del narcisismo y del ego&iacute;smo. Porque Narciso, al fin y al cabo, crea una imagen de s&iacute; mismo para que los dem&aacute;s lo quieran. Entonces, no es que est&aacute; preserv&aacute;ndose para s&iacute;, sino que se da a los dem&aacute;s, para que lo quieran.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>-Ten&eacute;s una obra po&eacute;tica s&uacute;per importante y eso tambi&eacute;n entra en el libro.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        -Me gusta escribir entre g&eacute;neros. Este libro tiene mucha poes&iacute;a, tiene mucho de ensayo. Me interesa el lenguaje de la poes&iacute;a, porque hace posible la experimentaci&oacute;n. Est&aacute; menos codificado que la narrativa, y me gusta tender hacia eso. Creo que todav&iacute;a la prosa tiene ciertas prerrogativas, obliga a ciertas formas. No se puede armar una oraci&oacute;n de cualquier manera. En cambio, en la poes&iacute;a s&iacute; se permiten las agramaticalidades, las elipsis.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Hoy en d&iacute;a los libros m&aacute;s interesantes est&aacute;n saliendo de este cruce gen&eacute;rico, porque la novela cl&aacute;sica, aunque siga circulando, ya no existe m&aacute;s como forma novedosa.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        -S&iacute;. Sobre todo porque cuando lleg&aacute;s a cierta edad, te das cuenta de que no vas a poder leer todos los libros del mundo. Entonces empez&aacute;s a descartar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>-Estos detractores de la literatura del yo no encuentran ning&uacute;n problema con la poes&iacute;a, que es el g&eacute;nero del yo por excelencia, nadie lo impugna. El tema es con la prosa, &iquest;no?</strong>
    </p><p class="article-text">
        -La verdad que no ten&iacute;a esa sutileza realizada. No, por ah&iacute; ni la leen. Est&aacute;n los que te dicen &ldquo;<em>Yo no leo poes&iacute;a</em>&rdquo;. A m&iacute; me pasa al rev&eacute;s. No quiero leer nunca m&aacute;s una novela que diga &ldquo;<em>Se levant&oacute;, camin&oacute; hacia la puerta, tom&oacute; el picaporte, lo abri&oacute;, sali&oacute; a la calle</em>&rdquo;. No quiero leer esa frase nunca m&aacute;s en mi vida. 
    </p><p class="article-text">
        <em>DG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Dolores Gil]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/conexiones/marina-mariasch-etapas-duelo-tradicional-no-cumplen-suicidio_128_9118314.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Jun 2022 03:03:20 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Marina Mariasch: “Las etapas del duelo tradicional no se cumplen en el suicidio”.]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Suicidio,Literatura,Literatura argentina]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las voces y el duelo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/voces-duelo_129_8441017.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2403ce99-61a4-4f89-baf3-8882791fdf68_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las voces y el duelo"></p><p class="article-text">
        En el poema III de <em>Trilce</em>, el que m&aacute;s me gusta de Vallejo y el que de manera c&iacute;clica olvido y vuelvo a recordar, la voz de un ni&ntilde;o-adulto invoca a sus hermanos en un tiempo de infancia que se mezcla con el presente. El desamparo es total:
    </p><p class="article-text">
        Las personas mayores
    </p><p class="article-text">
        &iquest;a qu&eacute; hora volver&aacute;n?
    </p><p class="article-text">
        Da las seis el ciego Santiago,
    </p><p class="article-text">
        y ya est&aacute; muy oscuro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Madre dijo que no demorar&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aguedita, Nativa, Miguel,
    </p><p class="article-text">
        cuidado con ir por ah&iacute;, por donde
    </p><p class="article-text">
        acaban de pasar gangueando sus memorias
    </p><p class="article-text">
        dobladoras penas,
    </p><p class="article-text">
        hacia el silencioso corral, y por donde
    </p><p class="article-text">
        las gallinas que se est&aacute;n acostando todav&iacute;a,
    </p><p class="article-text">
        se han espantado tanto.
    </p><p class="article-text">
        Mejor estemos aqu&iacute; no m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Madre dijo que no demorar&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Los muertos, seg&uacute;n la fil&oacute;sofa belga Vinciane Despret, son m&aacute;quinas de generar relatos. Poemas, pel&iacute;culas, novelas, memorias. Los muertos piden, reclaman; a veces, incluso, aparecen. Hay gente que los ve. Se expresan tambi&eacute;n en sue&ntilde;os e irrumpen en el cuerpo de maneras impensadas. Est&aacute;n en los peque&ntilde;os rituales cotidianos o permanecen enmudecidos, por obra de la pena inmensa de quienes quedamos ac&aacute;. &iquest;Qu&eacute; hacemos nosotros, los que sobrevivimos, con los muertos? Es una gran pregunta para todos los que perdimos a alguien.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La respuesta m&aacute;s obvia, desde el siglo XIX hasta ac&aacute;, es que debemos hacer el <em>trabajo del duelo</em>. Es casi una prescripci&oacute;n, escribe Despret en <em>A la salud de los muertos </em>(Editorial Cactus, 2021). En la cultura moderna, los muertos parecen existir solo para ser olvidados. Los vivos tenemos que deslindarnos de ellos y seguir con lo nuestro; olvidarlos un poco, despegarnos de ese objeto y su oscuridad y encontrar razones nuevas para vivir. Pero tambi&eacute;n puede suceder que estos muertos, desprovistos de cualquier cuidado, se desvanezcan en la nada y por fin mueran completamente, porque se les ha negado existencia. Una existencia, claro est&aacute;, que no tiene nada que ver con el hecho de que ya no caminen junto a nosotros en la Tierra.&nbsp;	
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a me despert&eacute; y me di cuenta de que ya no recordaba la voz de mi hermana Manuela, que muri&oacute; en un accidente dom&eacute;stico cuando ten&iacute;a seis a&ntilde;os. Podr&iacute;a haber recurrido a alg&uacute;n documento para recuperarla: seguramente hay videotapes de cumplea&ntilde;os infantiles adonde ir a consolarme. <strong>Su voz desapareci&oacute;, y el proceso de desintegraci&oacute;n fue tan paulatino que no pude hacer nada para detenerlo. Una muerta se me hab&iacute;a escurrido entre las manos</strong>. Se hab&iacute;a borrado del lenguaje familiar tambi&eacute;n, y su memoria estaba en peligro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mi hermana fue siempre la cicatriz que horad&oacute; mi vida. Su figura estaba bastante desdibujada en mi cabeza: esa herida en m&iacute; era su &uacute;nica forma de existencia. Pero hac&iacute;a tiempo que mi muerta me reclamaba algo m&aacute;s &mdash;un acto&mdash;, cosa que reci&eacute;n entend&iacute; cuando termin&eacute; de escribir <em>Parte de la felicidad</em>. Mi hermana me pidi&oacute; que la alojara, que le diera lugar y palabra, que reanudara nuestra conversaci&oacute;n, que qued&oacute; trunca el 20 de septiembre de 1992. Escrib&iacute; este libro en una especie de trance, dialogando con ella y llorando por cada letra que tipeaba en mi computadora.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de todo, somos los deudos los que ayudamos a nuestros muertos a convertirse en lo que son. Dice Despret: &ldquo;Si no los cuidamos, los muertos mueren totalmente. (&hellip;) La tarea de ofrecerles un &laquo;plus&raquo; de existencia nos corresponde. Este &laquo;plus&raquo; se entiende, ciertamente, en el sentido de un suplemento biogr&aacute;fico, de una prolongaci&oacute;n de presencia, pero sobre todo en el sentido de otra existencia. (&hellip;) Los muertos piden que los ayudemos a acompa&ntilde;arnos; hay actos que realizar, respuestas que dar a ese pedido. Responder no solo consuma la existencia del muerto, sino que lo autoriza a modificar la vida de quienes responden&rdquo;. <strong>La escritura de </strong><em><strong>Parte de la felicidad</strong></em><strong> fue un acto para mi hermana, un acto que yo entiendo como curaci&oacute;n,</strong> pero en el sentido etimol&oacute;gico de la palabra <em>cura</em>: cuidado, preocupaci&oacute;n amorosa, af&aacute;n, obra, trabajo.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La escritura de &quot;Parte de la felicidad&quot; fue un acto para mi hermana, un acto que yo entiendo como curación, pero en el sentido etimológico de la palabra cura: cuidado, preocupación amorosa, afán, obra, trabajo.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Con este cuidado recuperamos su existencia. Los muertos existen como existen los &aacute;rboles, las ciudades y el amor, aunque ya no est&eacute;n ac&aacute;. Existen porque les hacemos lugar, les preguntamos qu&eacute; necesitan, los reclamamos para nosotros.<strong> </strong>Podemos hablar con ellos. Empiezan a tener efecto en nuestra vida.
    </p><p class="article-text">
        	Ya no tengamos pena. Vamos viendo
    </p><p class="article-text">
        los barcos &iexcl;el m&iacute;o es m&aacute;s bonito de todos!
    </p><p class="article-text">
        con los cuales jugamos todo el santo d&iacute;a,
    </p><p class="article-text">
        sin pelearnos, como debe de ser:
    </p><p class="article-text">
        han quedado en el pozo de agua, listos,
    </p><p class="article-text">
        fletados de dulces para ma&ntilde;ana.
    </p><p class="article-text">
        	Aguardemos as&iacute;, obedientes y sin m&aacute;s
    </p><p class="article-text">
        remedio, la vuelta, el desagravio
    </p><p class="article-text">
        de los mayores siempre delanteros
    </p><p class="article-text">
        dej&aacute;ndonos en casa a los peque&ntilde;os,
    </p><p class="article-text">
        como si tambi&eacute;n nosotros
    </p><p class="article-text">
        	no pudi&eacute;semos partir. &nbsp; &nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Aguedita, Nativa, Miguel?
    </p><p class="article-text">
        Llamo, busco al tanteo en la oscuridad.
    </p><p class="article-text">
        No me vayan a haber dejado solo,
    </p><p class="article-text">
        y el &uacute;nico recluso sea yo.
    </p><p class="article-text">
        Pienso que tal vez en el poema de Vallejo siempre estuvo la clave, aunque yo reci&eacute;n me di cuenta de esto treinta a&ntilde;os m&aacute;s tarde. Hacia el final, la invocaci&oacute;n infantil se convierte de manera sutil en un llamado hu&eacute;rfano desde la adultez, en un cierre de cuentas que recupera a sus hermanos para s&iacute;, les da existencia. Nada de esto es sin angustia: somos los &uacute;ltimos reclusos, los que no pudimos &mdash;o no quisimos&mdash; partir.
    </p><p class="article-text">
        <em>DG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Dolores Gil]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/voces-duelo_129_8441017.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 30 Oct 2021 04:21:07 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Las voces y el duelo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Duelos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Parte de la felicidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/parte-felicidad_1_8441265.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a4851438-67ab-4876-82e9-743f7d94c256_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Parte de la felicidad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un adelanto de parte de "Parte de la felicidad" (Vinilo, 2021), el primer libro de Dolores Gil.</p></div><p class="article-text">
        Un domingo de septiembre de 1992, el d&iacute;a antes de la primavera, la enredadera que cubr&iacute;a gran parte del jard&iacute;n de la casa de Cucha Cucha se prendi&oacute; fuego mientras mi padre hac&iacute;a un asado. Ten&iacute;a once a&ntilde;os y no sab&iacute;a nada sobre el dolor. Esa &uacute;nica chispa desencaden&oacute; un torbellino tr&aacute;gico, un abismo por donde se escurri&oacute; la vida tal como la conoc&iacute;a hasta el momento.
    </p><p class="article-text">
        No recuerdo qu&eacute; estaba haciendo cuando empec&eacute; a escuchar la agitaci&oacute;n que ven&iacute;a de la parte trasera de la casa. S&iacute; me acuerdo de que ese d&iacute;a hab&iacute;amos pasado la tarde en un club de <em>paddle</em>, con amigos de la familia. El aire era c&aacute;lido y anunciaba el fin del invierno. A mi hermana Vicky no la ubico bien en la escena, por m&aacute;s que lo intente. Esa tarde, me hab&iacute;a peleado con Manu en el club porque no me hab&iacute;a querido convidar de su gaseosa de uva. Como siempre, perd&iacute; frente a ella, la menor, la preferida, la que ten&iacute;a los mismos rulos dorados que mi madre, no como Vicky y yo, lacias y morochas, del linaje espa&ntilde;ol paterno. Me hab&iacute;a quedado ofuscada por ese peque&ntilde;o disturbio, celosa y sinti&eacute;ndome tonta, yo, la mayor, dej&aacute;ndome amedrentar por una ni&ntilde;a de seis a&ntilde;os.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al ver el fuego, mi padre corri&oacute; desesperado a la cocina a buscar algo para apagarlo. Esto es una suposici&oacute;n, porque no estaba ah&iacute;. O tal vez s&iacute;, pero no puedo saberlo. En los veintiocho a&ntilde;os que pasaron desde ese d&iacute;a, todav&iacute;a no logr&eacute; preguntarle c&oacute;mo recuerda la secuencia que desencaden&oacute; el incendio. Me parece inabordable. Hay un muro de silencio, y no imagino c&oacute;mo podr&iacute;amos franquearlo.
    </p><p class="article-text">
        Viv&iacute;amos en una t&iacute;pica casa chorizo remodelada: al frente hab&iacute;a un garaje, por donde se entraba; a la izquierda un living enorme que desembocaba en un pasillo largo. A un lado del pasillo estaban las tres habitaciones y, del otro, un patio interno que no se usaba demasiado. Al final, la cocina, el comedor y un jard&iacute;n con una parrilla, lleno de plantas: glicinas, enredaderas, azaleas que florec&iacute;an en mi cumplea&ntilde;os, una morera que daba frutos cada verano. Desde el jard&iacute;n se sub&iacute;a por una escalera a la segunda planta, la de servicio, que ten&iacute;a otra cocina, una habitaci&oacute;n y dos terrazas grandes donde viv&iacute;an los ovejeros, Maggie y Alfonso. Mi padre jam&aacute;s les permiti&oacute; entrar a la casa, pero estaban bien cuidados y alimentados.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El comedor daba al jard&iacute;n y estaba cerrado por una ele de puertas francesas, de pa&ntilde;o entero. Por la noche se cerraban tambi&eacute;n unas persianas antiguas, de hierro, porque ya entonces hab&iacute;amos sufrido dos robos mientras est&aacute;bamos de vacaciones.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para apagar el fuego, aterrado frente a la posibilidad de un incendio m&aacute;s grande, mi padre agarr&oacute; un sif&oacute;n de soda de los de antes y sali&oacute; corriendo al patio. Si intento recuperar la escena, lo veo atravesando el vidrio con el sif&oacute;n en la mano. Pero tambi&eacute;n pienso que tal vez estaba en mi cuarto, en el fondo de la casa, sumergida en mi mundo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En esa carrera fren&eacute;tica, se llev&oacute; por delante el gran pa&ntilde;o de vidrio de una de las puertas, que estall&oacute; entero. Se hizo un corte bastante profundo en el dorso de la mano y dej&oacute; atr&aacute;s un cristal en punta. Apag&oacute; el fuego con la soda. Empez&oacute; a sangrar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando escuchamos el alboroto, las tres &mdash;en realidad las cuatro, porque Manuela hab&iacute;a invitado a una amiguita&mdash;, corrimos a la cocina. Mi madre hab&iacute;a agarrado el escobill&oacute;n. Barr&iacute;a tratando de juntar las astillas y nos gritaba desesperada que retrocedi&eacute;ramos. Nos quedamos todas en el umbral que separaba el pasillo de distribuci&oacute;n del comedor y la cocina, pero una se escap&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Lo siguiente que recuerdo es a mi padre con Manuela en brazos, semidesmayada, que me ped&iacute;a por favor que marcara el n&uacute;mero de la ambulancia porque no pod&iacute;a. El tel&eacute;fono blanco se le resbalaba de las manos por lo viscoso de la sangre y el temblor de su pulso. A esta altura, toda la casa estaba llena de sangre: la cocina, el comedor, el pasillo, la alfombra, la heladera, las manos de mi padre. Parec&iacute;a un matadero: no un poco de sangre, r&iacute;os de sangre. Lagunas de sangre oscura, espesa, pegajosa, imposible de borrar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Entre el vidrio roto y esta escena, un hiato. Un blanco absoluto.
    </p><p class="article-text">
        Manuela se hab&iacute;a ca&iacute;do sobre la ventana. La punta del vidrio se le hab&iacute;a clavado en el estern&oacute;n. M&aacute;s tarde, sola, cuando llam&eacute; a mi t&iacute;a Susi para contarle, le ment&iacute; sin dudarlo. <em>&iquest;D&oacute;nde se lo clav&oacute;, Dolores?</em> En la panza, le dije. Pero ya sab&iacute;a que hab&iacute;a sido mucho m&aacute;s arriba. Sab&iacute;a que hab&iacute;a sido en el coraz&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Marqu&eacute; el tel&eacute;fono de emergencia, pero no s&eacute; si llegu&eacute; a hablar con alguien. Mis padres salieron corriendo a la calle con Manuela en brazos; a la vuelta hab&iacute;a un garaje de ambulancias. Vicky y yo los seguimos. La amiguita en este punto desaparece. &Iacute;bamos al mismo colegio, pero nunca m&aacute;s supe de ella. Cuando se subieron a la ambulancia y se fueron, mi hermana le dio una pi&ntilde;a a la pared y lanz&oacute; un grito gutural en la vereda, que todav&iacute;a resuena en mi cabeza, y que marca el final de mi infancia, de mi inocencia y de mi felicidad.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;<em>&iexcl;La puta madre que me pari&oacute;!</em>
    </p><p class="article-text">
        Al rato llegaron mis t&iacute;os y sus hijos, que estaban invitados al asado. La vecina con la que nos quedamos Vicky y yo termin&oacute; de limpiar el piso, la mesada, la heladera, los pomos de las puertas, el tel&eacute;fono blanco y la alfombra. Mis primos se sentaron a la mesa y rezaron. Eran tres varones y ten&iacute;an la misma edad que nosotras.
    </p><p class="article-text">
        Pas&eacute; varias horas, hasta que volvieron del hospital, tirada en la cama matrimonial con Juan, mi primo preferido. Lo agarr&eacute; de las manos y le empec&eacute; a contar historias: qu&eacute; &iacute;bamos a hacer cuando Manuela volviera, a qu&eacute; &iacute;bamos a jugar. El charco oscuro de la cocina hab&iacute;a desaparecido. En la heladera quedaban algunos rastros, peque&ntilde;as huellas que hab&iacute;an escapado de los trapos, sangre dif&iacute;cil de borrar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hice una promesa, una especie de encantamiento: le dije a Juan que iba a comprarle un regalo a Manu para llev&aacute;rselo cuando la visit&aacute;ramos. Sab&iacute;a que me estaba mintiendo; necesitaba calmarme.
    </p><p class="article-text">
        Mis padres volvieron con las manos vac&iacute;as. La casa se fue llenando de gente. Escuchaba las conversaciones, pero no entend&iacute;a bien de qu&eacute; hablaban. Algunas palabras, pronunciadas por primera vez, rebotaban en mi cabeza y en la de todos los chicos de la familia, que esperaban a Manuela en el cuarto de juegos, sin animarse a hablar. Lleg&oacute; mi abuela y grit&oacute; que no, que Manu no pod&iacute;a ser, que ella no. La hubiera intercambiado por cualquiera de sus otros nietos.
    </p><p class="article-text">
        No recuerdo si esa noche dorm&iacute;. &iquest;Me acun&oacute; alguien? &iquest;Recib&iacute; alg&uacute;n consuelo, alguna caricia? &iquest;Me permitieron llorar? &iquest;Me explicaron algo? No. O tal vez s&iacute;. Pero da lo mismo. A la ma&ntilde;ana siguiente, mi madre me pregunt&oacute; si quer&iacute;a ir al entierro. Me dijo que si no ten&iacute;a ganas, su amiga Matilde se pod&iacute;a quedar a cuidarme. Abr&iacute; el placard para empezar a vestirme: eleg&iacute; una camisa le&ntilde;adora verde y azul. Despu&eacute;s, le dije que mejor me quedaba en casa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Fue la decisi&oacute;n m&aacute;s cobarde de mi vida, y nunca me la voy a perdonar. La verdad me aterraba: si me sustra&iacute;a del ritual, por ah&iacute; me aseguraba de que lo que hab&iacute;a visto la noche anterior hab&iacute;a sido un mal sue&ntilde;o. Presenciar su entierro habr&iacute;a sido una manera m&aacute;s aut&eacute;ntica de rellenar el hiato: entre ver a mi hermana medio muerta y no verla nunca m&aacute;s, entre ese funeral al que no pude ir y por fin entender con mi cabeza de once a&ntilde;os que en un minuto todo lo que conoc&iacute;a y ten&iacute;a por bueno hab&iacute;a desaparecido, deber&iacute;a haber sucedido algo. Un llanto dedicado. Un grito de angustia. Un ataque de nervios. Pero no hubo nada.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Dolores Gil]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/parte-felicidad_1_8441265.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 30 Oct 2021 04:16:57 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Parte de la felicidad]]></media:title>
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