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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Sebastián Chilano]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/sebastian-chilano/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Sebastián Chilano]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Sobre el duelo, las mariposas, un pueblo y un médico que cuenta sobre el triste momento de decir “lo siento”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/duelo-mariposas-pueblo-medico-cuenta-triste-momento-decir-siento_1_8485543.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4ac409dd-cf7f-4017-af2b-1de2f22dfe69_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sobre el duelo, las mariposas, un pueblo y un médico que cuenta sobre el triste momento de decir “lo siento”"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El acompañamiento en los momentos finales, la relación con los familiares de los muertos, el cambio que significó el Covid-19 y cómo se recuerda a un padre muerto en la historia de la hija que armó un museo en Liebig, Entre Ríos.</p><p class="subtitle">Si te gusta seguir leyendo. - Este texto es parte del segundo número de la revista impresa que le llega gratis a las socias y socios de elDiarioAR. Si querés recibirla vos también, junto a la primera edición, podés aprovechar la promoción vigente hasta mañana. Si pagas la asociación anual, recibís los dos ejemplares y, además, apoyas este proyecto periodístico.</p></div><p class="article-text">
        El duelo alguna vez fue histri&oacute;nico, excesivo, multitudinario. A la casa del moribundo concurr&iacute;an los curiosos. Los deudos no estaban solos, a los extra&ntilde;os se les permit&iacute;a el derecho de llorar en sociedad por lo inevitable. El muerto era un pa&iacute;s, un contorno evocable, cada vez m&aacute;s grande y privativo: rodeaba y asfixiaba, se convert&iacute;a en un todo. El pasado no se olvidaba, se lloraba. El pasado era el pa&iacute;s con una &uacute;nica frontera: de un lado estaban los muertos, del otro, los vivos.
    </p><p class="article-text">
        El psiquiatra Michel Hanus en <em>La pathologie du deuil</em> dice que &ldquo;El duelo es a la vez el estado en que nos pone la p&eacute;rdida de un ser querido (estar de duelo), las costumbres que acompa&ntilde;an ese acontecimiento (llevar el luto) y el trabajo psicol&oacute;gico que tal situaci&oacute;n implica (hacer su duelo).&rdquo;&nbsp; Esta explicaci&oacute;n se asemeja a las tres fases que los m&eacute;dicos estudiamos en la universidad: La fase de impacto (seg&uacute;n Silverman) o impasibilidad (Parkes y Clayton) donde se incluye la negaci&oacute;n, el rechazo, la incapacidad de comprender lo sucedido y el automatismo: los ritos se cumplen sin que se sepa d&oacute;nde, c&oacute;mo, por qu&eacute;. La segunda fase, de depresi&oacute;n (Clayton) o repliegue (Silverman), donde los ritos terminaron y la exigencia de volver a la normalidad (trabajo, familiar, pasiones) es cada vez m&aacute;s poderosa. Y la fase final, o de recuperaci&oacute;n, en las que todas las gu&iacute;as coinciden.
    </p><p class="article-text">
        En 2019 Sonia Zelich reabri&oacute; el Museo de las Mariposas en el n&uacute;mero 149 de la calle Evans de Pueblo Liebig. Su padre, Mateo Zelich, hab&iacute;a fallecido un a&ntilde;o antes tras dedicar buena parte de su vida a aquel lugar. Encontr&eacute; la casa por casualidad: recuerdo las habitaciones fr&iacute;as aunque luminosas y los pisos de baldosas viejas que se hund&iacute;an en las esquinas. Recuerdo, tambi&eacute;n, que las paredes ten&iacute;an ese color que cambia con los a&ntilde;os, donde la pintura no se descascara pero envejece. Sonia habl&oacute; de inmediato de su padre. Era m&eacute;dico, dijo con orgullo. Antes de preguntarle cu&aacute;l hab&iacute;a sido su especialidad le dije que yo tambi&eacute;n era m&eacute;dico, aunque sin tanto de qu&eacute; enorgullecerme. Compartir profesi&oacute;n a veces nos iguala, aunque otras nos distancia de manera inevitable: &iquest;qu&eacute; puede saber un m&eacute;dico de ciudad de la pr&aacute;ctica diaria de un m&eacute;dico rural?&iquest;Qu&eacute; puede saber un coleccionista de historias de alguien que colecciona insectos? Quiz&aacute;s compartimos la misma pasi&oacute;n: la fragilidad de aquello que vemos: pacientes, mariposas. Recuerdo c&oacute;mo cambi&oacute; el tono de voz al describir la colecci&oacute;n. Ante las vitrinas, ella repet&iacute;a lo que dec&iacute;a su padre y transmit&iacute;a un saber que no era solo conocimiento, era tristeza, melancol&iacute;a. Recuerdo que algo en su voz me dec&iacute;a que su duelo no hab&iacute;a terminado. Quiz&aacute;s sea as&iacute;: nuestros duelos no terminan. Nunca. El duelo de ninguno de nosotros. A&uacute;n hoy cuando leo lo que escrib&iacute; sobre mi padre muerto no puedo dejar de llorar.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;El escritor ingl&eacute;s John Berger dibuja lirios en <em>Bento&rsquo;s Sketchbook </em>y dice que la flor es originaria de Babilonia. &Iacute;ntimo, aclara que debe terminar pronto ese dibujo para una mujer que muri&oacute; hace dos d&iacute;as: colocar&aacute;n la imagen en alg&uacute;n lugar de la iglesia, cerca del ata&uacute;d. &ldquo;Ma&ntilde;ana es el funeral &ndash;escribe Berger&ndash;.&nbsp; Entonces, el dibujo, enrollado y atado con una cinta, ir&aacute;, junto con las flores de verdad, sobre el ata&uacute;d, y ser&aacute; sepultado con ella. Quienes dibujamos no solo dibujamos a fin de hacer algo visible para los dem&aacute;s, sino tambi&eacute;n para acompa&ntilde;ar a algo invisible hacia su destino insondable&rdquo;.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Los familiares atesoran las fotos y dibujos de sus muertos; nosotros olvidamos su historia clínica, borramos las imágenes mentales que tomamos durante su convalecencia. </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Los m&eacute;dicos debemos acompa&ntilde;ar a los pacientes hacia ese destino insondable que es la muerte, pero tambi&eacute;n debemos acompa&ntilde;ar a los que quedan. A ellos les damos consuelo, un abrazo, unas frases que por repetidas no son inadecuadas. Contenemos a la familia en el inicio de esa primera etapa de la negaci&oacute;n del duelo, pero &iquest;cu&aacute;ntas veces asistimos a un funeral? &iquest;Cu&aacute;ntas veces volvimos del cementerio con ellos? &iquest;Cu&aacute;ntas veces nos lavamos las manos para borrar el tacto del ata&uacute;d? &iquest;Cu&aacute;ntas veces nos cortamos las u&ntilde;as al ras y cambiamos de peinado? Los familiares atesoran las fotos y dibujos de sus muertos; nosotros olvidamos su historia cl&iacute;nica, borramos las im&aacute;genes mentales que tomamos durante su convalecencia. Un m&eacute;dico residente me dijo que la primera vez que vio a los deudos al salir de la habitaci&oacute;n de una mujer que acababa de morir dese&oacute; nunca m&aacute;s pasar por esa situaci&oacute;n. Otro residente me confes&oacute; que &eacute;l reza una peque&ntilde;a oraci&oacute;n despu&eacute;s de constatar el &oacute;bito. En sus voces, mi eco. En el eco, mis viejos miedos.
    </p><p class="article-text">
        John Berger en <em>A fortunate man</em> registra la vida de un m&eacute;dico rural. &ldquo;Permitimos que el m&eacute;dico acceda a nuestro cuerpo, algo que solo concedemos voluntariamente a nuestros amantes, y no sin cierto temor. Sin embargo el m&eacute;dico es un desconocido&rdquo;. &iquest;Y por qu&eacute; los pacientes nos otorgan ese privilegio? El propio Berger m&aacute;s adelante contesta la pregunta: &ldquo;Si el m&eacute;dico no nos puede curar, tambi&eacute;n le pedimos que sea testigo de nuestra muerte. Su valor como testigo radica en que ha visto morir a otros&rdquo; Ese valor tambi&eacute;n sirve para los deudos, son tantas las muertes que vimos que ellos conf&iacute;an en que sabremos c&oacute;mo actuar all&iacute; donde nadie sabe.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los pueblos, como las personas, como los rituales, tambi&eacute;n mueren. Y Liebig, el pueblo de Mateo y Sonia Zelich, en la mitad de la provincia de Entre R&iacute;os, coquetea con la muerte. La ruta de acceso al pueblo est&aacute; asfaltada, la cinta es lisa, suave, prolija, pero ah&iacute; termina el milagro de la vida: el asfalto es lo &uacute;nico que parece nuevo. Al entrar hay un club de f&uacute;tbol, un monumento que es una lata de Corned Beef, los restos de una f&aacute;brica que aliment&oacute; a todo un continente durante la Segunda Guerra Mundial y un viejo ayuntamiento. En el ayuntamiento funciona una especie de feria con entrada gratuita. En la puerta hay tarros de morrones en vinagre, paquetes de yerba y t&eacute;, botellas de aceite y otras cosas que se ofrecen a la venta. La feria es una habitaci&oacute;n colmada y es tambi&eacute;n un rejunte de nostalgias, de trastos: de olvidos. Las cosas, amontonadas, tienen carteles en letra manuscrita que anuncia qu&eacute; son. Hay un proyector del Cine Club Liebig que funcion&oacute; de 1920 a 1974 donde aparecen dos nombres: se&ntilde;ores Andr&eacute;s y Alberto Nonini. Hay m&aacute;quinas de coser. Un carro-cuna con beb&eacute; de pl&aacute;stico, tan antiguo como el cochecito, que tiene puesto un gorro rojo y unos zapatos que hacen pensar en el microrelato ap&oacute;crifo de Hemingway: <em>Vendo zapatos de bebe sin uso</em>. Hay una central telef&oacute;nica, radios, un confesionario, un farol y una mujer vieja que recuerda el esplendor de Liebig: el primer lugar de la provincia donde hubo cloacas y agua corriente. La mujer se&ntilde;ala una mesa y pregunta si ya visit&eacute; el Museo de las mariposas. Primero veo la mesa: hay fotos que hablan de la prosperidad y del carb&oacute;n que en un principio se tra&iacute;a de Europa en los mismos barcos que retiraban los productos de manufacturaci&oacute;n. &iquest;Y las mariposas? &iquest;D&oacute;nde quedan?, pregunto porque salir de la feria es escapar de la melancol&iacute;a: escapar del duelo quiz&aacute;s sea abandonar Liebig.
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                El monumento al corned beef en Liebig, Entre Ríos                            </span>
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        Hac&iacute;a unos minutos hab&iacute;a estado en su habitaci&oacute;n. Cama 122. La mujer ten&iacute;a un c&aacute;ncer de mama en un estadio terminal. Estaba l&uacute;cida, tranquila. Si bien la voz era d&eacute;bil pod&iacute;a hablar con claridad. Despu&eacute;s de contestar las preguntas m&eacute;dicas de rutina -No, no ten&iacute;a dolor. S&iacute;, intentar&iacute;a comer algo esa noche- la mujer pidi&oacute; un vaso de agua y el m&eacute;dico residente que alguna vez fui se lo dio. El residente sali&oacute;, habl&oacute; con los familiares, respondi&oacute; las preguntas habituales: No, no pod&iacute;a decir cu&aacute;ndo. S&iacute;, lo importante era evitar que sufriera. A los pocos minutos la enfermera le pidi&oacute; que regresara a la habitaci&oacute;n 122. La mujer hab&iacute;a muerto. Una de las cosas que le pareci&oacute; extra&ntilde;a al entrar fue el cambio: c&oacute;mo lo que hab&iacute;a estado vivo, hablando, hac&iacute;a pocos minutos ya no estaba. C&oacute;mo se produc&iacute;a esa ausencia. A d&oacute;nde iba esa luz detr&aacute;s del cuerpo, esa energ&iacute;a vital concentrada en la circulaci&oacute;n, en la sangre. Lo segundo que sinti&oacute; fue que no quer&iacute;a enfrentar la angustia que lo esperaba afuera. Escuchaba el murmullo y la ansiedad de la familia que hab&iacute;a viajado desde el exterior para despedirse: escuchaba un llanto, un rezo. Estir&oacute; la mano, baj&oacute; el picaporte. El m&eacute;dico residente sali&oacute; al pasillo. Trat&oacute; de disimular la incomodidad, el impacto del sufrimiento ajeno, la tristeza que en cada palabra se hac&iacute;a propia. Por eso habl&oacute; y habl&oacute;. No recordaba nada de lo que hab&iacute;a estudiado en la Universidad ni las recomendaciones de sus residentes superiores, pero hablaba. Fren&eacute;tico. Casi sin respirar. Miraba los ojos de los familiares, miraba el n&uacute;mero 122 en la puerta. Y hablaba. Con los a&ntilde;os aprender&iacute;a que a veces ni siquiera se necesitan oraciones complejas. A veces alcanza una mirada, un abrazo, dos palabras, un simple &ldquo;Lo siento&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="En 2019 Sonia Zelich reabrió el Museo de las Mariposas en el número 149 de la calle Evans de Pueblo Liebig. Su padre, Mateo Zelich, había fallecido un año antes tras dedicar buena parte de su vida a aquel lugar."
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                En 2019 Sonia Zelich reabrió el Museo de las Mariposas en el número 149 de la calle Evans de Pueblo Liebig. Su padre, Mateo Zelich, había fallecido un año antes tras dedicar buena parte de su vida a aquel lugar.                            </span>
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        Al salir del ayuntamiento de Liebig bajo hasta el r&iacute;o por una calle lateral donde un hombre, descalzo en pleno invierno, hace un pozo al costado de la calle, casi en la cuneta. Vendo eucaliptos al mismo precio que sale comprar un kilo de pan, me ofrece. Me se&ntilde;ala un muelle, dice que sirvi&oacute; en su &eacute;poca para bajar los botes pero que ya no se puede caminar sobre las tablas ni los tirantes que llegan hasta el r&iacute;o. A un costado se&ntilde;ala las ramas de un &aacute;rbol que la &uacute;ltima crecida arranc&oacute; de ra&iacute;z. Si se da ma&ntilde;a, baje por ah&iacute;, me sugiere. Le agradezco, pero no. Le pregunto c&oacute;mo llegar al museo de las mariposas: al volver, hay una calle larga: ah&iacute; est&aacute; la casa del viejo Zelich.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mateo Zelich fue un m&eacute;dico rural que ejerci&oacute; en Pronunciamiento, seg&uacute;n cuenta su hija Sonia, y que sufri&oacute; una dolencia demasiado larga que ella no especifica, y una muerte demorada, aunque digna. Desde sus 3 a&ntilde;os coleccion&oacute; mariposas y caracoles de todo el mundo. El m&eacute;todo: intercambio por correo. No tra&iacute;a ejemplares de viajes, todo lo hac&iacute;a por correspondencia. Sonia recuerda c&oacute;mo criaban mariposas para intercambiarlas por ejemplares de otras partes del continente y de Asia, de donde proven&iacute;an en su mayor&iacute;a. Mateo Zelich tambi&eacute;n acumul&oacute; f&oacute;siles, escarabajos, mantis, fragmentos de papiros egipcios, huevos de dinosaurios y hasta una roca lunar; y tambi&eacute;n le quitaba la ponzo&ntilde;a a las yarar&aacute;s y la enviaba para al Instituto Malbr&aacute;n para que hicieran el suero antiof&iacute;dico. Mateo escribi&oacute; durante a&ntilde;os una columna en el diario El observador, Bicher&iacute;o, donde relataba sus vivencias: una vuelta se le complic&oacute; para extraer el veneno de una de las v&iacute;boras &ndash;la desarticulaci&oacute;n propia de las mand&iacute;bulas de la yarar&aacute; le da la posibilidad de rozar la piel del captor hasta el &uacute;ltimo instante&ndash; y su esposa le dio un ultim&aacute;tum: el veneno o la familia. Desde entonces al Malbr&aacute;n llegaron las serpientes vivas. Zelich ya no les sac&oacute; el veneno.
    </p><p class="article-text">
        En el duelo est&aacute; el recuerdo. Las mariposas son la metamorfosis: as&iacute; como se pasa de larva a oruga, as&iacute; se sale del duelo. Con los a&ntilde;os se anularon ciertos ritos &ndash;la ropa no es negra, el luto es breve&ndash;, y con la pandemia lleg&oacute; una imposibilidad f&iacute;sica para las familias: no ver al moribundo, no acompa&ntilde;arlo. Hace poco fue noticia en una reserva al norte de Bogot&aacute;, Colombia: familiares de muertos por Covid-19 recibieron las cenizas y decidieron plantar &aacute;rboles, quieren crear un peque&ntilde;o bosque y recuperar el contacto f&iacute;sico de los que perdieron. Antes, cuando era residente, sufr&iacute;a al salir al pasillo y decirle a la familia que el paciente muri&oacute;. Ahora los residentes salen de las habitaciones y no hay nadie. Descartan la ropa que los separa del virus, se lavan las manos y llaman a los familiares por tel&eacute;fono. Dan buenas noticias, en el mejor de los casos. Y otras veces, un p&eacute;same, quiz&aacute; torpe, quiz&aacute; el mejor que se pueda en esos momentos como antes, pero lejos, a&uacute;n m&aacute;s lejos, a trav&eacute;s de una llamada encendida sobre una pantalla negra.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sebastián Chilano]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 13 Nov 2021 03:22:36 +0000]]></pubDate>
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