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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Angeles Salvador]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/angeles-salvador/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Angeles Salvador]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[In articulo mortis]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/in-articulo-mortis_129_9585933.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ee13f756-2a6e-4c9d-a1f3-badf378bb80d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="In articulo mortis"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En 2021 desde Vinilo Editora pensaron en publicar El libro de las diatribas, una compilación de distintas autoras y autores. Una de las convocadas fue Angeles Salvador. El tema que eligió fue contra la muerte, un texto que finalizó dos semanas antes de entrar en terapia intensiva. Angeles murió el 28 de junio de 2022. Publicamos este último ensayo como adelanto del libro que acaba de llegar a las librerías. Lo acompaña una introducción de Joanna D´Alessio y Mauro Libertella, sus editores.</p><p class="subtitle">Archivo. - Las columnas de Angeles Salvador en elDiarioAR</p><p class="subtitle">Archivo. - Murió la escritora argentina Ángeles Salvador</p></div><p class="article-text">
        <em>A mediados del 2021 empezamos a pensar la idea de un libro que fuera un compendio de diatribas, textos escritos en contra de algo. La diatriba, la cr&iacute;tica despiadada y el ajuste de cuentas tienen una larga tradici&oacute;n en la literatura, e imaginamos entonces un libro que se entroncara en esa tradici&oacute;n y, a su modo, con temas contempor&aacute;neos, actualizara el debate. Convocamos a once autores de diversos or&iacute;genes est&eacute;ticos &ndash;narradores, dramaturgos, poetas&ndash; entre los que estaba Angeles Salvador, a la que ven&iacute;amos leyendo con mucho inter&eacute;s. &ldquo;Me va a encantar, ya te digo que s&iacute;. Tengo que pensar sobre qu&eacute; quiero estar en contra&rdquo;, contest&oacute;.&nbsp;El 7 de marzo de 2022 retomamos la conversaci&oacute;n y Angeles nos dijo que estaba con mucha tos, lo que le imped&iacute;a pensar limpiamente, pero que se le hab&iacute;a ocurrido ya el asunto contra el que quer&iacute;a escribir: la muerte. Se puso a escribir mientras &ndash;nos contaba por mail&ndash; visitaba m&eacute;dicos y se hac&iacute;a estudios. As&iacute;, en esa carrera contra algo que a&uacute;n no sab&iacute;a lo que era, escribi&oacute; esta diatriba. Llegamos a tener dos o tres intercambios ya con el texto escrito y entregado (sugerencias, retoques, detalles) y luego de la &uacute;ltima versi&oacute;n Angeles ya dej&oacute; de escribir (en el sentido profundo de la palabra). El 16 de mayo nos dijo: &ldquo;Estoy este a&ntilde;o con varios temas de salud, re podrida, la verdad&rdquo;. Tres d&iacute;as despu&eacute;s la internaron.&nbsp;Este es el texto que escribi&oacute;, quiz&aacute;s su &uacute;ltimo texto original, sin dudas su primer p&oacute;stumo. Es el ensayo que cierra El libro de las diatribas, que se publica apenas unos meses luego de su muerte. El libro est&aacute; dedicado a ella.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>                                                                                                                                                           </strong></em><em>   Joanna D&acute;Alessio y Mauro Libertella</em>
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                El libro de las diatribas donde se publica el texto de Angeles Salvador                            </span>
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      <p class="quote-text">In articulo mortis</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Por Angeles Salvador</span>
                                  </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Estar&iacute;a bien resucitar: que cuando me muera, a la semana, se descubra un m&eacute;todo para reactivar el proceso homeost&aacute;tico de mis c&eacute;lulas y que cicatricen y rejuvenezcan con diecinueve o veintid&oacute;s a&ntilde;os. Que me exhumen y la ciencia me d&eacute; el soplo vital. Que me tengan en un hospital hidratada con un suero. Que me miren asombrados. Y me digan que fui seleccionada entre un grupo selecto de muertos recientes para beneficiarse con los primeros ensayos de resucitaci&oacute;n celular en occisos humanos y que conmigo han logrado el resultado esperado. Que muchas gracias por regresar a donde no me llamaron. Otra vez. Que evaluaron, por motivos que saltan a la vista y que yo s&eacute; mejor que nadie, que era muy necesario que volviera a vivir para retomar mis asuntos &mdash;&iquest;qu&eacute; asuntos?&mdash;. Que antes del alta, fil&oacute;sofos y f&iacute;sicos me quieran escuchar. Que uno de esos fil&oacute;sofos me invite a comer fuera del hospital y escriba, gracias a m&iacute;, que volv&iacute; con la mejor de las empirias, el tratado de filosof&iacute;a jam&aacute;s escrito: &ldquo;<em>In articulo mortis</em>&rdquo;. Y me haga el amor &mdash;porque es necr&oacute;filo pero no lo sabe&mdash; y yo responda y goce como ninguna mujer viva lo hab&iacute;a hecho jam&aacute;s porque tendr&eacute; melancol&iacute;a de mi carne y porque mis enzimas, articulaciones, texturas y sinapsis estar&aacute;n renacidas, como lustradas. Y que la marca de energizante Red Bull, el patrocinador de la proeza cient&iacute;fica, me premie con millones de d&oacute;lares y compren mi l&aacute;zaro silencio.
    </p><p class="article-text">
        Pero no, no va a pasar porque la muerte es ortiba. Le dicen la Ortiba. Y el apodo es poco para calificar a este fen&oacute;meno determinante, finiquitador, aguafiestas y sobre todo tan arbitrario como limpio. Un fen&oacute;meno lleno de errores absurdos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para que tengamos en claro de qu&eacute; hablo, de qui&eacute;n hablo, hay que empezar por definir a su antagonista: la vida, perdedora al fin, pero desafiante mientras cree que gana. Hay, y perd&oacute;n por lo remanido, un origen intr&iacute;nseco de la muerte en la condici&oacute;n vital. &iquest;O es al rev&eacute;s? La cin&eacute;tica es una pista de vida. Si algo se mueve, un mil&iacute;metro apenas, est&aacute; vivo. A veces dudamos ante una ameba o un bicho canasta ensimismado o un cocodrilo durmiente o un alga f&eacute;tida o un helecho en una sala de espera que bien puede ser artificial o un embri&oacute;n. Yo, por ejemplo, dudo cuando leo en las revistas sobre personas que quedan en coma durante largas temporadas, o sobre personas solo torsos sin brazos ni piernas o, por qu&eacute; no, los contorsionistas del circo que parecen mu&ntilde;ecos de pl&aacute;stico. Sin embargo, est&aacute;n vivos. La muerte siempre es f&iacute;sica. La aparici&oacute;n repentina de la nada es un indicio de vida. Nacemos y por consiguiente nos vamos a morir, &iexcl;debemos morir! y vamos a morir una sola vez. Esto &uacute;ltimo queda claro porque nadie resucit&oacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero no se sabe cu&aacute;ndo llegar&aacute; el d&iacute;a. Es una campanada que hace sonar la Ortiba, de pronto. Ella no pasa la fecha. Por defecto, creemos que ser&aacute; en la vejez, es lo esperable, es el plazo del plan de vida. Pero no es lo mismo &mdash;para nada lo es&mdash; morir joven que morir viejo. Si tuvi&eacute;ramos escrita la fecha organizar&iacute;amos la vida de manera m&aacute;s rendidora. Le pondr&iacute;amos fin a las bicicletas de las ilusiones y de las venganzas en las que solemos pedalear. Unos a&ntilde;os antes &mdash;o quiz&aacute;s unos d&iacute;as&mdash; uno se pondr&iacute;a m&aacute;s serio, ordenar&iacute;a las carpetas, escribir&iacute;a algunas cartas, gastar&iacute;a parte de los ahorros, filmar&iacute;a un video en el que aparenta haber sido muy feliz, pedir&iacute;a perd&oacute;n. Todo eso antes de ser viejo. Viejo en el sentido de pr&oacute;ximo a morir. Ampliar&iacute;amos las caracter&iacute;sticas de vejez, tal vez. Ya no ser&iacute;a la decrepitud, sino ser viejo en su propia vida porque ya se termina y lo sabe y lo saben los dem&aacute;s. Nacer con la fecha de muerte adosada o tatuada cambiar&iacute;a todo. No hablo de desahucio. El desahucio es el fin de la esperanza a seguir viviendo, un tel&oacute;n cerrando en las narices, el anuncio del terror. Hablo de duraci&oacute;n y caducidad.
    </p><p class="article-text">
        Una de las jugarretas enloquecedoras de la muerte es el factor sorpresa. Una cuenta regresiva mental, al ritmo de los cumplea&ntilde;os de las decenas, se ve interrumpida por la estad&iacute;stica de mortalidad y arruina los planes de revancha o de realizaci&oacute;n de alg&uacute;n tipo. Esta parte es dur&iacute;simamente universal. A medida que crec&eacute;s te dicen que vas a morir de viejo. Esa falsa esperanza enquista la tragedia, &iquest;por qu&eacute; no dicen la verdad? Que se mueren nonatos y las madres los paren muertos, que se mueren beb&eacute;s ahogados en el v&oacute;mito, que se mueren todos en cualquier momento: los que pueden pagar un pasaje del Concorde, los que se les abomb&oacute; el vientre porque los padres no pudieron darles comida, los que viven en las cadenas monta&ntilde;osas por el alud, los que vacacionan en la playa por la ola gigante, los t&iacute;sicos, los que no encontraron agua en el desierto, la jinete que se cay&oacute; del caballo en un salto negado, el espectador cordob&eacute;s de TC2000 atropellado a toda velocidad por un auto loco, el presidente parado en el descapotable, la modelo sobremedicada de diur&eacute;ticos, el huelguista convencido, la esposa contestadora, la que viaja sola, el diab&eacute;tico sin insulina, la princesa en una curva de Montecarlo, el joven riojano piloteando un helic&oacute;ptero, el dealer que se la tom&oacute; y no pag&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Otra de las grandes fallas que presenta la Ortiba es que, la mayor&iacute;a de las veces, para poder morirnos tiene que doler much&iacute;simo, tant&iacute;simo al punto extremo de morir. Este tema me resulta central. &iquest;Por qu&eacute;? La muerte, al ser una experiencia de sufrimiento, deja a la luz propiedades desagradables del cuerpo vivo: destructibilidad, enfermabilidad, envejecimiento; la fragilidad, en s&iacute;ntesis. &iquest;Hay algo m&aacute;s atroz que las mutilaciones, la agon&iacute;a terminal, un coraz&oacute;n aplastado por el peso simb&oacute;lico de la pata de un elefante en pleno infarto o que ser chupado por un remolino hacia el fondo de un lago? Y as&iacute; nos la pasamos la mayor parte de nuestras vidas atentos a la amenaza de materiales a altas temperaturas, proyectiles, agua en la nariz, vigas o &aacute;rboles sueltos, trenes sin frenos, virus y bacterias, objetos punzantes, cat&aacute;strofes clim&aacute;ticas, vinos adulterados, tarascones o trompadas en el maxilar. La inventiva para causar muerte casi siempre tiene que ver con la experiencia tortuosa del dolor.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el caso de las plantas es muy dif&iacute;cil observar el momento exacto de la muerte. En cambio, en los animales y los humanos el cuerpo deja de respirar; el aire no pasa y se queda quieto, quieto, duro, as&iacute; como estaba cuando hizo la &uacute;ltima respiraci&oacute;n, y no escucha, no contesta, le das una cachetada y no le duele. Lo pod&eacute;s rematar con otro balazo, y nada. Est&aacute; muerto. Y a partir de ese momento, otro de los absurdos de la Ortiba: los incordios del cad&aacute;ver. En primer lugar, porque el muerto no solo no colabora sino que de inmediato empieza a pudrirse y genera una necesidad de ocultamiento. Necesidad de morgues judiciales. Altos costos de los sepelios. Disyuntivas como: &iquest;velorio s&iacute; o velorio no?, &iquest;a tierra o cremaci&oacute;n? Buscar descuentos para jubilados, que los ofrecen como una soluci&oacute;n a la demanda disfrazada de bonhom&iacute;a. Despu&eacute;s, la entrop&iacute;a generar&aacute; la exhumaci&oacute;n de restos &oacute;seos para recuperar espacio planetario. Y en el plano psicol&oacute;gico, comienzan las reminiscencias del ser vivo que portaba el cad&aacute;ver: las pesadillas nocturnas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es un buen gesto poner un portarretrato. Lo veo bien. Una foto del muerto. Cuando estaba vivo, por supuesto. Seguro que sonr&iacute;e porque alguien, el fot&oacute;grafo amateur, le ordena &ldquo;dec&iacute; whisky&rdquo; o cualquier palabra, la idea es alargar la &uacute;ltima vocal, dejar la boca semiabierta hasta que salta el flash o el ruido del obturador, eso genera el efecto de una sonrisa y uno, en las fotos, si sale riendo se deja ver en la m&aacute;xima expresi&oacute;n del ser: la dicha alcanzable, la alegr&iacute;a voluptuosa, la conformidad pagada de s&iacute; misma. No tenemos fotos del muerto cuando llor&oacute;. Entonces miramos la foto m&aacute;s linda que qued&oacute;, para sopesar cu&aacute;nto se recuerda, para ver si se mueve la foto, si podemos moverla, en realidad, con el amor o el miedo o la intriga que le tuvimos al muerto, o la miramos para contarnos nuestra propia vida. Miramos la foto del muerto para refrescar la memoria porque un poco nos olvidamos de los detalles y del conjunto de la cara del muerto (&iexcl;s&iacute;, sobre todo la cara!) de tanto no verlos, y pensamos: &ldquo;No lo puedo creer. No est&aacute;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Y despu&eacute;s entramos en el terreno conjetural que forj&oacute; la mism&iacute;sima historia de la humanidad: tanto sufrimiento en la Tierra, tanta desigualdad, tanta vida, no puede ser para nada, algo tiene que haber despu&eacute;s, no puede ser que uno se muera, quede todo en negro, y chau. La muerte es un v&eacute;rtice, un punto de inflexi&oacute;n, un pasaje, pero hacia qu&eacute;, &iquest;hacia una vida espejada, hacia una vida perfeccionada, hacia una conciencia luminosa de nimbo panc&oacute;smico, hacia una fusi&oacute;n espiritual con muertos anteriores y un ser superior que los cobija? &iquest;Hacia d&oacute;nde, hacia d&oacute;nde? &iquest;El m&aacute;s all&aacute; es continuar hacia el infinito?&iquest;Para qu&eacute; quiero ser inmortal si no tengo cuerpo? Al ser f&iacute;sicos, podemos accionar los pasos indicados para provocar la muerte. Por ejemplo, si una mujer est&aacute; junto a su amado adentro del auto en un barranco mirando la puesta del sol y por querer besarle el miembro se agacha y se apoya en el freno de mano de tal manera que lo desactiva y el auto que no estaba en cambio, que estaba en &ldquo;punto muerto&rdquo;, empieza a deslizarse y cae al vac&iacute;o desde el barranco, ah&iacute; la mujer provoc&oacute; la muerte de los dos. Fue un accidente. La cuesti&oacute;n del suicidio o el homicidio es casi lo mismo, pero se le agrega la intencionalidad previa (o no, &iquest;qui&eacute;n no jug&oacute; a la ruleta rusa aun sin saberlo?) y el conocimiento de m&eacute;todos para cada opci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Si un hombre mata a otro se lo busca, se lo encuentra, se lo atrapa y se lo encierra en edificios como jaulas, para castigarlo, para no tener que volver a perseguirlo, para ocultarlo y para que la familia del muerto vaya a visitarlo para ech&aacute;rselo en cara o para escupirlo, pero eso nunca pasa. Por eso es que el asesino en la c&aacute;rcel se cree un muerto. Lo de la luz de sol es lo de menos. Hay otras formas de muerte: la muerte de un hijo, la vejez, encontrar a una pareja sexual querida in fraganti con otra pareja sexual. Ser encontrado por una pareja sexual que nos quiere in fraganti con otra pareja sexual. Ser encontrado in fraganti por la pareja sexual que quiere a la pareja sexual de la ocasi&oacute;n. Ser pobre aunque digan lo contrario. Aunque digan: de qu&eacute; te sirven las riquezas si al caj&oacute;n te vas con lo puesto.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n hay maneras metaf&oacute;ricas de la muerte: morir de amor, morir de sue&ntilde;o, morir de aburrimiento, morir de bronca, morir de tristeza o tener un muerto en el placard. Morir de risa: sent&iacute;s las sienes hinchadas, los orificios nasales expandidos y la boca se abre sola, el diafragma sube y baja cada vez m&aacute;s r&aacute;pido, el aire no sabe si bajar o si subir, la sangre se amontona en la cara y los cachetes se enrojecen como la frente. Se te salen los dientes de entre los labios, que est&aacute;n tan abiertos y estirados, y unos gritos como ladridos te nacen desde el vientre. El abdomen se contrae y te produce dolor intenso, ah&iacute; es cuando te tir&aacute;s doblado al piso y le ped&iacute;s por favor que pare de hacerte re&iacute;r.
    </p><p class="article-text">
        La humanidad le hizo la contra a la Ortiba con grandes inventos como la medicina y la farmac&eacute;utica, la fluoxetina, la asistencia telef&oacute;nica al suicida, los sem&aacute;foros, los detectores de metales en aeropuertos, Bono, Sting y Le&oacute;n Gieco, el 911, el f&oacute;rceps, el desarme nuclear, las religiones como soporte de la vida, el psicoan&aacute;lisis como soporte de la vida, el conductismo como soporte de vida, la ley de divorcio vincular, John Lennon y sus intenciones (la viva historia de una paradoja, pero ese es otro asunto), el dinero, el gimnasio. El juego de la copa. Los geri&aacute;tricos como retardadores. Los geri&aacute;tricos no tienen que tener olor a perfume o desodorante de ambientes porque eso quiere decir que no limpian bien. Los geri&aacute;tricos tienen que tener olor a limpio, a hospital, a lavandina. De todas formas el olor a orina subyace siempre, es un dejo que remite a lo peor. Los geri&aacute;tricos no son clubes de jubilados, ah&iacute; nadie juega a las cartas, ni teje ni nada. Lo que menos les importa es el concubino que les toc&oacute; en desgracia que est&aacute; tan deshecho como uno, tan harto, tan rendido. &iquest;Qu&eacute; se van a decir? &iquest;C&oacute;mo se van a desmentir semejante final? &iquest;Con qu&eacute; fuerza? Pero eso s&iacute;, les dan la medicaci&oacute;n y la misa una vez por semana y los acuestan y los levantan y les dan el brazo. La comida est&aacute; cortada y sin sal y el men&uacute; lo hace una nutricionista.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se trata de una apreciaci&oacute;n personal. Mi proyecto de ley. Mi rezo. Mi deseo es la revocaci&oacute;n del car&aacute;cter definitivo de la Ortiba, la instauraci&oacute;n de un tope m&iacute;nimo de edad para democratizar en serio el capital vital, la eliminaci&oacute;n de matices asociados al sufrimiento f&iacute;sico para morir en paz que traer&iacute;a como consecuencia aparejada una econom&iacute;a en el macromiedo, mayor libertad y un gran ahorro para los Estados mundiales. Una muerte advertida y en despedida, como de desenchufar, sin trauma ni paliativos, indolora, ser&iacute;a tanto menos existencial, tanto m&aacute;s suicida, tanto m&aacute;s econ&oacute;mica. Ya no hace falta disimular que vamos a morir o, mejor dicho, presumir que no vamos a morir. Un tr&aacute;mite, unas cuantas disposiciones por tomar, un festejo, los honores &mdash;o no&mdash; que merecemos y de los que nos enteramos en vida. Lamentar la vida vivida o la vida perdida, depende de cada quien. Ser nuestros propios art&iacute;fices funerarios. Un poco de fanfarroner&iacute;a, otro poco de solemnidad, unos besos, unas l&aacute;grimas y entregar el alma como quien la entrega al Diablo. Ah&iacute;, s&iacute;, sin terror, decidirse a galopar con ella. Sin agon&iacute;a ni trauma. Y que si alguien quiere morir solo bailando en la terraza mirando la perspectiva de las calles de su barrio por &uacute;ltima vez, tambi&eacute;n pueda apagarse as&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        <em>AS</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Angeles Salvador]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/in-articulo-mortis_129_9585933.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Oct 2022 03:01:25 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[In articulo mortis]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Angeles Salvador]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El VIP del Cielo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/vip-cielo_1_9126372.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0b202869-effe-4a58-94cc-1e6a1ffb2d3e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1740y2493.jpg" width="1200" height="675" alt="El VIP del Cielo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La escritora argentina Angeles Salvador murió hoy a los 50 años. Desde elDiarioAR elegimos recordarla compartiendo este cuento inédito que escribió para la revista que enviamos gratis a las y los socios que nos apoyan mes a mes.</p><p class="subtitle">Una columna de Angeles Salvador - El dinero, la herencia y la familia</p><p class="subtitle">Angeles Salvador - Un repaso por su carrera y sus libros</p></div><p class="article-text">
        Esa ma&ntilde;ana del 31 de diciembre Melina fue a trabajar en taxi al centro, a la oficina de Levi&rsquo;s, la empresa de jeans que se hab&iacute;a instalado en el pa&iacute;s gracias a la apertura -as&iacute; se dec&iacute;a- a la globalizaci&oacute;n que propon&iacute;a el gobierno, directamente desde El Cielo, la discoteca de moda que quedaba en la costa del R&iacute;o de la Plata, a metros del aeropuerto local en el norte de Buenos Aires. Hab&iacute;a tomado gintonics y todav&iacute;a le quedaba medio papel para aguantar en el trabajo y tres m&aacute;s para vender. Se los hab&iacute;a regalado un dealer al que le dec&iacute;an One. Melina cre&iacute;a que era gay aunque lo hab&iacute;a visto besando a una actriz de una novela del canal 13. Es que tambi&eacute;n lo hab&iacute;a visto discutir y llorar en el estacionamiento con un chico, mientras Melina se estaba yendo con un tipo con moto a un lugar que despu&eacute;s no podr&iacute;a recordar excepto por el dolor de un cachetazo cuando volv&iacute;a en el 106 a su casa en Floresta con flashes de algo indecible. En la disco Melina no contaba que trabajaba de recepcionista sentada ocho horas en una banqueta giratoria detr&aacute;s del mostrador de un piso treinta de una torre de Leandro N. Alem, frente a la puerta de vidrio que daba al palier con ascensores impredecibles como telones de un teatro agujereado y sin suerte, a cargo de un conmutador marr&oacute;n con setenta y cuatro internos que se sab&iacute;a de memoria, y cinco l&iacute;neas rotativas. Miles de llamadas cada d&iacute;a: aguarde en l&iacute;nea, por favor y la m&uacute;sica de espera, de parte de la esposa y la m&uacute;sica de espera, no me lo pases y la m&uacute;sica de espera. Ten&iacute;a talento para poder sostener tantas charlas, silencios y castigos con musiquitas irritantes en su mente y en el tiempo real. Prefer&iacute;a decir que estudiaba Marketing en la UADE.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y tambi&eacute;n ten&iacute;a suerte: se la hab&iacute;a deseado el gerente de recursos humanos el d&iacute;a que le dijo que empezaba el lunes. Melina le crey&oacute; porque era supersticiosa y la suerte la acompa&ntilde;&oacute; hasta esa ma&ntilde;ana de fin de a&ntilde;o en la que lleg&oacute; totalmente despierta a la oficina, con sus papeles en el corpi&ntilde;o, la promesa de que saldr&iacute;an al mediod&iacute;a luego de un brindis con los gerentes y su displicencia, las secretarias y su poder remanido y el resto de los empleados, desde los de dise&ntilde;o hasta los de publicidad, las de limpieza, el viejo del carro del kiosco que le fiaba un cart&oacute;n de Camel por semana y el cadete, la &uacute;nica persona a la que le prestaba el tel&eacute;fono para hacer llamados personales porque le correteaba algunos gramos a otros cadetes del centro y eso le serv&iacute;a para que One la dejara entrar a bailar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s del brindis sortear&iacute;an cincuenta vouchers por un Levi&rsquo;s 501 que pod&iacute;an retirar del local del Patio Bullrich esa misma tarde. Si ganaba, Melina pensaba estrenarlo combinado con una remera blanca de manga americana que se hab&iacute;a comprado en Munro en la gran noche de A&ntilde;o Nuevo que organizaba El Cielo y que promet&iacute;a espejos ciegos y buena suerte para 1992. En la oficina picaban papel en la trituradora para tirar por las ventanas como la tradici&oacute;n de la city porte&ntilde;a obligaba. Melina vio bajar al cadete del ascensor haciendo unos pasitos de rollinga, dichoso y transpirado. Ven&iacute;a de repartir las &uacute;ltimas postales con buenos deseos corporativos dispuesto a terminar el d&iacute;a, el a&ntilde;o, saludar, comer y llevarse &eacute;l tambi&eacute;n un 501.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Japi niu ier, beb&eacute; -le dijo- haceme el &uacute;ltimo llamadito del a&ntilde;o.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Melina le dijo que se apurara porque ya ten&iacute;a que llamar al resto para que pasasen a la sala de directorio. El cadete se hizo el que llamaba a una novia. &ldquo;Mu&ntilde;eca, a las 12 y 5 estoy en tu casa&rdquo; dijo, y cort&oacute;. Melina llam&oacute; a los setenta y cuatro internos. Es como si tuviera setenta y cuatro jefes, dec&iacute;a siempre. Casi nadie atendi&oacute;. Le dijo al cadete que la esperara y fue al ba&ntilde;o de discapacitados a tomar un poco m&aacute;s para no aparecer doblada en el brindis. Estaba despierta desde hac&iacute;a m&aacute;s de veinticuatro horas y justo iba a ver a Germ&aacute;n Neuman, un relaciones p&uacute;blicas, a quien sol&iacute;a ver en El Cielo apretando con alguna modelo de agencia, las que desfilaban los Levi&rsquo;s. &Eacute;l a veces la saludaba de lejos. Perfecto, cruelmente lindo, m&aacute;s que ning&uacute;n hombre que ella hubiera conocido antes. Ese invierno, una tarde en la que esperaba el ascensor &eacute;l le hab&iacute;a preguntado c&oacute;mo hac&iacute;a para entrar a El Cielo. Y Melina le hab&iacute;a dicho que por One y Germ&aacute;n se hab&iacute;a re&iacute;do. En el ba&ntilde;o pens&oacute; en Germ&aacute;n en la reuni&oacute;n, de la manera que lo hac&iacute;a siempre en el ba&ntilde;o, y despu&eacute;s se tom&oacute; el resto de su papel. Cuando volvi&oacute; el cadete la mir&oacute; y ella le dijo:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; te pasa, boludo? Vamos as&iacute; com&eacute;s un poco que est&aacute;s cagado de hambre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Mir&aacute; que le promet&iacute; al cadete de Arauca.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Dejame disfrutar que se termina este a&ntilde;o de mierda.
    </p><p class="article-text">
        Alguien se hab&iacute;a ocupado de que la m&uacute;sica ambiental de la sala fuera de G&eacute;nesis. Hab&iacute;a unas cien personas, las chicas de limpieza se resguardaban en las de administraci&oacute;n, unas madres aburridas, que bandejeaban canap&eacute;s con kanikama y salsa golf y s&aacute;ndwiches de miga. Los gerentes entraron y les dieron un beso a cada uno, pero luego se agruparon junto al gran ventanal desde donde se ve&iacute;a apenas el r&iacute;o a tomar champagne y a hablar de los asuntos pendientes de siempre. Melina, para bajar la merca, tambi&eacute;n trag&oacute; cuatro copas de champagne. Vio que el de recursos humanos ten&iacute;a un sobre pl&aacute;stico en la mano con lo que parec&iacute;an ser los vouchers. Despu&eacute;s, el director de Levi&acute;s Argentina, un estadounidense, hizo un balance anual y prefij&oacute; metas para el 92. Sumaron sus palabras el gerente general y Germ&aacute;n Neuman que cit&oacute; a Osho para impactar con una interioridad vuelta jactancia. El de recursos humanos pas&oacute; al sorteo y entonces Germ&aacute;n sugiri&oacute; que la recepcionista sacara los papelitos. Hab&iacute;a s&oacute;lo treinta. Sab&iacute;a que este a&ntilde;o no habr&iacute;a 501 para todos pero no se imagin&oacute; que fueran tan pocos. Invitaron a Melina a pararse en una silla frente al ventanal que daba al cielo para lucir sus piernas y su minifalda tubo mientras el gerente bat&iacute;a una bolsa con los nombres de todos los que estaban ah&iacute;. Empez&oacute; la loter&iacute;a. El primer Levi&rsquo;s fue para Marta, la contadora, el segundo para el viejo del carro del kiosco y as&iacute; siguieron hasta los veintinueve vouchers, sin suerte para ella ni para el cadete. Y ah&iacute; Melina sac&oacute; el &uacute;ltimo nombre: Germ&aacute;n Neuman. Germ&aacute;n salt&oacute; de alegr&iacute;a y la alz&oacute; a Melina de las piernas, la abraz&oacute; fuerte por debajo de las nalgas, como a un talism&aacute;n venerable y todos aplaudieron y el hecho de que Germ&aacute;n estuviera tan feliz por tener un Levi&acute;s m&aacute;s hizo que Melina amara la empresa y mucho m&aacute;s su puesto en la empresa. Al bajarla, Germ&aacute;n pas&oacute; su nariz por el pubis de Melina y ella sinti&oacute; que estaba en el centro de una pista o en el mejor telo de la ciudad o en el a&ntilde;o 2000. Los de administraci&oacute;n hab&iacute;an abierto el ventanal y tiraban papelitos. Sonaba Invisible touch de G&eacute;nesis. Quedaron bailando enfrentados. Melina sac&oacute; un sobre metalizado del corpi&ntilde;o, se lo meti&oacute; en el bolsillo del saco a Germ&aacute;n y mir&oacute; por la ventana. Llov&iacute;an planillas rotas desde el cielo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>AS</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Angeles Salvador]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/vip-cielo_1_9126372.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 28 Jun 2022 16:19:06 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El pudor insoportable de hablar de plata]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/conexiones/pudor-insoportable-hablar-plata_129_8992945.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1c761747-cce5-4666-8928-811d3fb5a8c9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El pudor insoportable de hablar de plata"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una vida familiar con dos temas innombrables -los asuntos fisiológicos y el dinero- y un pecado capital: la envidia. Y una vida de escritora en la que ese tema innombrable, el dinero, vuelve. "A veces, quienes escribimos, lamentamos la precariedad en la que estamos sumidos, pero al mismo tiempo queremos afirmarnos en ella como si fuera una declaración de principios", cuenta Angeles Salvador.</p></div><p class="article-text">
        En mi familia estaba mal visto hablar de plata. No hab&iacute;a que preguntar cu&aacute;nto hab&iacute;a costado un regalo, cu&aacute;nto hab&iacute;a costado la cuenta del restaurante, no hab&iacute;a que mirar los precios al elegir el men&uacute; - para pedir lo m&aacute;s caro ni lo m&aacute;s barato -. No hab&iacute;a que preguntar cu&aacute;nto ganaba pap&aacute;, cu&aacute;nto ganaba mam&aacute;, cu&aacute;nto sal&iacute;a la cuota del club. Menos cu&aacute;nto ten&iacute;amos y cu&aacute;nto costaba lo que pose&iacute;amos, aunque no tuvi&eacute;ramos tanto para inventariar. Era una regla de buenos modales, una etiqueta a seguir. <strong>Nos ense&ntilde;aron a ocultarlo con el mismo pudor que se manejan los asuntos fisiol&oacute;gicos.</strong> Eran asuntos que hacen al funcionamiento de las cosas, al tablero de control de la subsistencia de una familia que no le incumb&iacute;an a unas ni&ntilde;as y, mucho menos, al resto de la gente. No ten&iacute;amos que saber, nosotras, las hijas, las cifras exactas y tampoco se deb&iacute;an comentar con los dem&aacute;s. No era algo que se dijera abiertamente, se viv&iacute;a as&iacute; y una aprend&iacute;a. El dinero familiar era, entonces y all&aacute;, indescifrable, anum&eacute;rico, nebuloso por una cuesti&oacute;n de buen gusto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Estaba impl&iacute;cita en esa costumbre ampliar el rango de un estatus social, para arriba o para abajo -vale aclarar que &eacute;ramos clase media media media media de toda mitad y todo centro, si quieren, media bien- que es el recurso acomodaticio que se necesita para moverse en unos par&aacute;metros de ascenso social siempre buscados:<strong> </strong>el sue&ntilde;o de llenarse de guita alg&uacute;n d&iacute;a y no escatimar m&aacute;s. Era m&aacute;s f&aacute;cil mimetizarse para moverse en los dos mundos. Y realmente sucedi&oacute;, eso de moverse entre clases sociales, en mi caso, como pez en el agua y como pez en el aire tambi&eacute;n. &ldquo;El arte del disimulo&rdquo; -es un subrayado personal de un cuento de Carver que cito cuando puedo- podr&iacute;a ser el t&iacute;tulo de mi autobiograf&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        <strong>La estrategia de ocultar el patrimonio, los ingresos, los costos y los gastos pasada como etiqueta protocolaria part&iacute;a, claro est&aacute;, de un estado de alarma hacia un pecado capital: la envidia.</strong> No hay que decir lo que se tiene o lo que se paga o lo que se estuvo dispuesto a pagar porque pueden envidiarnos, pueden criticarnos y, bien extendida la costumbre, como un comportamiento higi&eacute;nico social, sirve tambi&eacute;n para salvarnos de nuestra propia envidia: si las dem&aacute;s familias de bien hacen lo mismo que la nuestra nos ahorrar&aacute;n la psic&oacute;tica y concupiscente sensaci&oacute;n de celar y, en una de esas, querer actuar en consecuencia: desde secuestrar y pedir rescate -no nos daba el pin&eacute;- hasta ojear -no nos daba la fe-. Por eso nos ense&ntilde;aron a no preguntar. <strong>As&iacute; que el dinero no exist&iacute;a hasta que exist&iacute;a.</strong> &iquest;Cu&aacute;ndo? Cuando no hab&iacute;a m&aacute;s. De pronto, no hab&iacute;a y entonces irrump&iacute;a la palabra. Un chancho de cer&aacute;mica roto, unos bolsillos dados vuelta, una cuenta sin fondos eran la representaci&oacute;n posible y rudimentaria para personas como nosotras que nunca hab&iacute;an visto plata. (Mentira: me daban plata cada ma&ntilde;ana para los recreos, baj&aacute;bamos al s&oacute;tano de mi colegio de monjas, fam&eacute;licas las chicas, a las 10.20 de la ma&ntilde;ana, derrapando escaleras de m&aacute;rmol como skaters con las polleras escocesas infladas para comprar un s&aacute;ndwich de pan franc&eacute;s con salame y queso y papas fritas de paquete para hacerle <em>crunchy</em> a la mordida. Y una coca. Volv&iacute;a trepando escalones de a dos con mis piernas largas y la energ&iacute;a l&iacute;pida y s&oacute;dica del refrigerio, con el vuelto hecho un bollo y lo apoyaba en el pupitre. Y mis compa&ntilde;eras me aconsejaban que guarde la plata, que la iba a perder). Lo dec&iacute;an con todas las palabras y sorprendidos porque no supi&eacute;ramos: &ldquo;No alcanza la plata&rdquo;, &ldquo;no tenemos m&aacute;s plata&rdquo; y entonces la disciplina corr&iacute;a por nuestra cuenta. Por supuesto, se sobreentend&iacute;a, no era algo para contar, pero llegado el caso, como el mecanismo que habilita una convocatoria de acreedores, era hasta una buena pose una bancarrota temporal. Esas cosas &iacute;bamos aprendiendo a callar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Cu&aacute;l ser&iacute;a el reproche? Todav&iacute;a no lo tengo claro. Perder destreza y habilidad para el manejo monetario, puede ser uno. Abrir la boca para negociar un sueldo, un contrato, una regal&iacute;a, una tarifa me es dif&iacute;cil. Ni hablar si, aparte, una se dedica a trabajos relacionados con el arte. Piglia dec&iacute;a que las condiciones de producci&oacute;n definen los registros de la literatura a lo largo de la historia. En sus diarios, escribi&oacute; mucho sobre esta relaci&oacute;n. <strong>A veces, quienes escribimos, lamentamos la precariedad en la que estamos sumidos, pero al mismo tiempo queremos afirmarnos en ella como si fuera una declaraci&oacute;n de principios.</strong> La profesionalizaci&oacute;n, la circulaci&oacute;n de las obras, la relaci&oacute;n entre &eacute;xito y calidad literaria, la cotizaci&oacute;n del trabajo intelectual, &iquest;el precio del talento?, la conversi&oacute;n del objeto art&iacute;stico en mercanc&iacute;a son temas con los que <a href="https://www.eldiarioar.com/cultura/guillermo-saccomanno-incomodo-discurso-inaugural-no-les-gustar_1_8953307.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">incomod&oacute; el escritor Guillermo Sacomanno en el discurso inaugural de la Feria del Libro</a> hace unos d&iacute;as y de los que es dif&iacute;cil hablar por la tradici&oacute;n de considerar la autonom&iacute;a del arte como un ideal de pureza en s&iacute; mismo. <strong>Si uno no aprendi&oacute; el movimiento de las cosas despu&eacute;s no sabe moverlas y con eso no s&oacute;lo hablo del plano especulativo y eficiente del dinero si no del manejo simb&oacute;lico y de poder que despliega. </strong>La abuela te paga las clases de teatro. La abuela paga a la empleada, el cu&ntilde;ado le debe a la cu&ntilde;ada, mam&aacute; puso la mitad del departamento, mam&aacute; no trabaja todo el d&iacute;a para llegar a buscarlos por la escuela, la facultad privada ya no es opci&oacute;n, pap&aacute; guarda la plata en el estante de arriba del placard dentro de la lata hecha lapicero del D&iacute;a del Padre que le regalaste en preescolar, pap&aacute; estuvo hurgando el placard. Son indicios que se leen ya de adulto, cuando se sale a lidiar con la aventura personal de llevarse algo a la boca.
    </p><p class="article-text">
        <strong>As&iacute; aprendimos a no hablar de dinero por pudor.</strong> Pero no importa, la gente sabe hacer cuentas y en dobladillo te cuenta los piojos. Me encanta la expresi&oacute;n de los piojos. La escala milim&eacute;trica y copiosa de una pediculosis da la idea de la voluntad extrema de saber de d&oacute;nde saca la guita el otro, de qu&eacute; vive, c&oacute;mo vive y c&oacute;mo gasta. Nos incomoda sentirnos menos, nos incomoda contar cu&aacute;l es nuestro precio, o que se note, o cu&aacute;l es el precio que nos ponen los dem&aacute;s. Nos da culpa el &eacute;xito y verg&uuml;enza el fracaso. Las cifras no dichas por uno son calculadas por los otros. Por eso, por contrapartida a la prohibici&oacute;n nace el chisme. Y el chisme sobre dinero es uno de los m&aacute;s jugosos. Del que todos somos blanco en mayor o menor medida, a veces no hay un bicho para contar, ya sea por prolijidad y estabilidad. Pero quienes nos hemos portado mal con la plata aprendimos a disimular, a esconder, a estar siempre pidiendo disculpas, a parecer neutros econ&oacute;micamente. En nuestro pa&iacute;s, el contexto de crisis c&iacute;clica y eterna permite establecer la charlita de la queja como para evadir el asunto. &ldquo;&iexcl;Qu&eacute; caro est&aacute; todo&rdquo;, &ldquo;&iexcl;C&oacute;mo aumentan los precios, qu&eacute; barbaridad!&rdquo;. Cualquiera se puede quejar de que no tiene plata, hasta los ricos. A nadie nunca le va bien, porque se vive hablando del dinero propio como pidiendo perd&oacute;n. Como si exponer la necesidad econ&oacute;mica y la ambici&oacute;n econ&oacute;mica fuera cosa de pobres, de huelguistas, o cosa de avaros y materialistas. Y se habla del dinero ajeno como sospecha. &ldquo;&iquest;C&oacute;mo hace para viajar tanto?&rdquo;, &ldquo;&iexcl;No tiene para alquilar y se vive comprando libros!&rdquo; &ldquo;&iquest;A estos qui&eacute;nes los bancan?&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La historia debi&oacute; haber sido inversa. <strong>Deber&iacute;amos haber sabido hablar del dinero.</strong> Nos hubiera permitido evitar muchos malos entendidos y acunar una prosperidad m&aacute;s lineal si hubi&eacute;ramos aprendido a tener las cuentas claras. Desde un punto de vista c&oacute;smico incluso. Debe y haber. Debe haber -tendemos a ello pero no- un cosmos equilibrado, espero.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>AS</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Angeles Salvador]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/conexiones/pudor-insoportable-hablar-plata_129_8992945.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 14 May 2022 04:49:17 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El pudor insoportable de hablar de plata]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Dinero,Literatura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Elon Musk y la escasez mundial]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/conexiones/elon-musk-escasez-mundial_129_8956291.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/67bec7e4-4264-4a4c-ac5b-e4598a53d80b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Elon Musk y la escasez mundial"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En la semana en la que Musk anunció la compra de Twitter en 44 mil millones de dólares, Angeles Salvador continúa su saga sobre el Dinero. "Elon Musk sería, para sus adeptos, el millonario que mejor describe el sueño ordinario - ya no el americano- y la frustración de los ciudadanos occidentales que viven en una sociedad que perdió su cometido de compartir".</p></div><p class="article-text">
        <strong>Elon Musk</strong> (86.7 M seguidores en Twitter) se me representa como el extraordinario hombre que compraba. Un hombre que va, pregunta &ldquo;&iquest;a cu&aacute;nto est&aacute;?&rdquo; y compra. <strong>Recuerda que hab&iacute;a algo malo en esto del consumo, pero no recuerda qu&eacute; y compra.</strong> Antes que nada pide que se hagan un logotipo, gorros y remeras por las dudas. Y as&iacute;, un solo hombre es el due&ntilde;o del mundo, su misi&oacute;n y su discurso. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El prop&oacute;sito de un terr&iacute;cola vencedor, el pasado 25 de abril, comprar la red social de lo que est&aacute; pasando para redirigir su discurso, se hizo realidad. <strong>En un mundo en donde el dinero es sagrado y sus anacoretas todav&iacute;a idolatrados, la compraventa de la TIC m&aacute;s sexy y el recurso a formas del marketing dignos de una caricatura de ciencia ficci&oacute;n rompi&oacute; los esquemas. </strong>Todos hablan de la noticia mundial: que el tentacular empresario, el hombre m&aacute;s rico del planeta, compr&oacute; Twitter por 44 billones de d&oacute;lares. Twitter: su contenido, su est&eacute;tica, su apuesta formal, su escritura, sus usuarios, sus hashtags, su run run interminable a fuerza de retuits -y no tanto- escalado y bab&eacute;lico. La transacci&oacute;n aliment&oacute; una catarata de opiniones. 
    </p><p class="article-text">
        Los pro y los anti afilan sus u&ntilde;as. Los primeros arguyen que con su &uacute;ltimo proyecto Musk se muestra superior a todos los millonarios norteamericanos. &iexcl;Qu&eacute; lindo halago! Elon goza de una tribu -una generaci&oacute;n de compradores- que asocia la libertad-valor del ser humano a su persona, la figura de un hombre que est&aacute;, en este instante exacto, parado en la cima del poder econ&oacute;mico de los tiempos de mayor riqueza de la historia universal. <strong>Elon Musk ser&iacute;a, para sus adeptos, el millonario que mejor describe el sue&ntilde;o ordinario - ya no el americano- y la frustraci&oacute;n de los ciudadanos occidentales que viven en una sociedad que perdi&oacute; su cometido de compartir.</strong> Si la mitad de los mortales caeremos por el borde de la olla donde se cuece el m&eacute;rito, como Ad&aacute;n y Eva expulsados del Para&iacute;so, que al menos uno (o diez) hagan su pasant&iacute;a en la Tierra a todo trapo. Las megametas de Musk propenden al bien com&uacute;n, como s&oacute;lo un ser superior -que lo debe ser, no lo niego- podr&iacute;a desearlo y planearlo a un plazo infinito. Tal es la estela de su yo. Es un gran bolsonero de trabajo, dicen los que lo defienden. A eso se le sol&iacute;a llamar rey, se le sol&iacute;a llamar se&ntilde;or feudal, se le sol&iacute;a llamar amo responden quienes tuvieron que bajar al s&oacute;tano alguna vez. 
    </p><p class="article-text">
        Para sus cr&iacute;ticos, en cambio, el hedonismo y la violencia interior son el clima de la modernidad. Y la solidaridad, a trav&eacute;s de la compra de corporaciones estrat&eacute;gicas que mueven el mundo, es en realidad una broma de Elon. Para los detractores el problema es matem&aacute;tico. La proporcionalidad no les cierra. Miles y miles de formas de ilustrarlo: su fortuna es el PBI de tal pa&iacute;s tercermundista, la deuda externa de tal otro. Infograf&iacute;as de cu&aacute;nta agua potable, cu&aacute;ntas gasas, cu&aacute;ntos dent&iacute;fricos, cu&aacute;ntos preservativos, cu&aacute;ntos colchones podr&iacute;a comprar Elon Musk por el precio de Twitter. Videos con mapas interactivos e iconitos de d&oacute;lares que ejemplifican la asimetr&iacute;a entre la poblaci&oacute;n mundial seg&uacute;n el dinero que acopia. Son diez contra el resto. Somos el resto contra esos diez. As&iacute; hasta perder la cuenta de la injusticia. <strong>Una injusticia de la que no hay remedio porque, como se sabe, el dinero s&oacute;lo busca una cosa: reproducirse.</strong> Con tanta mala suerte para la distributiva idea de la felicidad mundial que, como los par&aacute;sitos, el dinero prefiere a un solo hospedador, un solo ser vivo que es imprescindible para el par&aacute;sito que desarrollar&aacute; su fase adulta en el anfitri&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Un megamillonario es una persona sin escasez. Nada le es escaso.</strong> Esa es la diferencia con el resto de la humanidad que vive eligiendo qu&eacute; no elegir, qu&eacute; no comer, qu&eacute; no vestir, qu&eacute; no beber. El balance &eacute;tico, dilem&aacute;tico entonces, se dirimir&aacute; en el fuero interno del <em>mega million</em> haciendo el bien a imagen y semejanza de s&iacute; mismo. Por supuesto que la ciencia lo lograr&aacute; todo. Mucho m&aacute;s que el arte. No nos queda otra salida. Para los due&ntilde;os de fortunas descomunales la benefactor&iacute;a como lavapi&eacute;s, pero no cualquiera. Tiene que ser creativa, con pufs, vistas vidriadas, snacks saludables, teclados ergon&oacute;micos y &aacute;reas de descanso comunes. Alguien tiene que dirigirla, pueden decir. Alguien tiene que dar la cara. &iexcl;Alguien tiene que innovar! 
    </p><p class="article-text">
        Si yo fuera megamillonaria, repartir&iacute;a lo que me sobra. El precio de una noche de un hotel dos estrellas por indigente hasta que todos nos quedemos sin nada. &ldquo;Es imposible de hacer acto tan buenas intenciones, se&ntilde;ora&rdquo;, me dir&aacute;n mis nietzscheanos asesores en finanzas, mis pragm&aacute;ticos asesores en log&iacute;stica. &ldquo;Porque le estar&iacute;a cediendo el dinero al enemigo, se&ntilde;ora&rdquo;. El enemigo siempre es la contrapartida del acopio. La amenaza externa es y ser&aacute; el movimiento de las cosas humanas. &ldquo;Porque va a planchar el rulo, se&ntilde;ora, Nuestro rulo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Mientras -no podemos olvidar-, estamos en el Apocalipsis que nos toc&oacute;: COVID y la guerra de Putin. Como en una novela dist&oacute;pica con computadoras, robotizaci&oacute;n, pantallas, autos el&eacute;ctricos y una vida apacible en alg&uacute;n exoplaneta para nuestros ni&ntilde;os, no pod&iacute;a faltar un magnate de la tecnolog&iacute;a, como un chico m&aacute;s, que despu&eacute;s de comprar Twiiter hizo otro chiste: dijo que va a comprar la Coca Cola para volver a ponerle su dosis m&iacute;nima, pero no por eso menos perniciosa simb&oacute;licamente, de coca&iacute;na. Como si nos hiciera falta m&aacute;s coca&iacute;na. Es como cuando el hijo de Ricardo Fort, nuestro exponente vern&aacute;culo de ricach&oacute;n notable, anunci&oacute; que planea agrandar el tama&ntilde;o del delicioso bomb&oacute;n c&uacute;bico Marroc. Esta gente no tiene escasez de proyectos ni de caprichos ni de buen&iacute;simas intenciones. El pulpo Elon tiene entonces, bajo sus numerosas axilas, el problema de llevarnos a Marte, el problema de su propia muerte si es que quiere ver su haza&ntilde;a, el problema de cambiarlo todo r&aacute;pido: su hijo lleva por nombre un nombre impronunciable, es decir, sagrado. El problema de poder comprar lo que se le antoje.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>AS</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Angeles Salvador]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/conexiones/elon-musk-escasez-mundial_129_8956291.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 30 Apr 2022 03:47:35 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Elon Musk,Dinero,Multimillonarios,Twitter]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El dinero, la familia y la herencia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/conexiones/dinero-familia-herencia_129_8916855.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0cc272e4-0437-4145-8667-1164cb9a4c1c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt=""></p><p class="article-text">
        Hay personas que pasan toda la vida esperando una herencia palpable. Un campo, por ejemplo. Nacen sabiendo que van a heredar un campo. <strong>Son ricos de nacimiento.</strong> No es necesariamente una cuna de oro, alcanza con haber sido parido en un casco venido abajo cimentado en la tierra inherentemente fijada a la riqueza nacional y productiva. S&oacute;lo hay que saber esperar. Primero a que mueran los abuelos, luego la madre, el padre o ambos para finalmente gozar de esas fortunas amasadas. Son ricos de forma nominal, tienen un campo en el horizonte, y el horizonte en el campo, claro est&aacute;, hermosos amaneceres y atardeceres contemplados mientras se suspira por heredar arriba de un potrillo que corcovea al sol. Pero pasaron los a&ntilde;os, avanzaron la ciencia y la tecnolog&iacute;a, se recorrieron miles de kil&oacute;metros de ruta, se divisaron miles de lotes de sembrad&iacute;os arriba de un tractor verde o en fotos viejas nom&aacute;s, y nadie se muere. Al heredero se le pas&oacute; la vida postergando el presupuesto de m&aacute;xima y no fue rico, no tuvo disponible el negocio, ni la llave de la tranquera ni la posibilidad de quemar un par de hect&aacute;reas para darse un gusto, un buen gusto. Vivi&oacute; en base a una promesa, ni siquiera despilfarrando a cuenta, porque lo &uacute;nico que hab&iacute;a para heredar era el campo. Llegado el momento de tomar posesi&oacute;n de la herencia, el campo, se le hace imposible vender porque el mandato del linaje es dejarlo en perpetuidad. Es bastante ecol&oacute;gico, salvo para el resto de las familias que no tienen qu&eacute; testamentar. Pero qui&eacute;n le quita al heredero su estatus de heredero que le ha brindado identidad y falseado una certidumbre a lo largo de la vida. 
    </p><p class="article-text">
        La familia tiene ductos econ&oacute;micos te&ntilde;idos de pasi&oacute;n, dependencias, obligaciones y culpa. <strong>La familia se arma como un proyecto de sost&eacute;n econ&oacute;mico y de perpetuaci&oacute;n del patrimonio.</strong> Tomando como referencia la familia tradicional y burguesa se sabe, lo hemos visto hasta el hartazgo, c&oacute;mo es el ciclo. Unos padres entregan al mundo unos hijos crecidos que tienen, por un lado, que sostener lo logrado, lo invertido en ellos que, si bien ha sido una obligaci&oacute;n de los progenitores: la obligaci&oacute;n por ley de la manutenci&oacute;n de los hijos menores de edad la vida -y los padres- se encarga de contrabandear la culpa en cada sacrificio realizado, ya sea por cumplirles los caprichos, como una forma de extensi&oacute;n de un capricho personal o una revancha lejana, ya sea por procurarles la educaci&oacute;n, esa manera de hacer girar la rueda de las oportunidades o ya sea por no haberles podido dar mucho y entonces la culpa aparece en la descendencia por haber odiado su pobreza o por haber conmiserado a esos padres que no pudieron, no tuvieron, que no les alcanz&oacute;. Por otro lado, los hijos crecidos deben independizarse y aportar, ellos mismos, a la econom&iacute;a del clan. Con la independencia econ&oacute;mica de los hijos se considera multiplicado el ingreso y descomprimida la carga. Se espera que la hija o el hijo emulen la forma de vida que se les ha brindado o, ni hablar, que levanten de clase a toda la familia con la conquista de un &eacute;xito impensado. Un verdadero resultado. Un hijo campe&oacute;n, una hija bien casada, o al rev&eacute;s el d&iacute;a que cambie la brecha. 
    </p><p class="article-text">
        El ciclo sigue as&iacute;: esos hijos crecidos intentar&aacute;n formar una familia con quien reproducir la especie, el dinero, achicar el problema ocupacional al compartir un lindo departamento -para empezar- y gastar e invertir en esos hijos que se sue&ntilde;an y que se tendr&aacute;n. Una vez nacidos los hijos se pagan todos sus gastos: comida, ropa, juguetes, l&aacute;pices y cuadernos, calzado, salud, muebles, dispositivos electr&oacute;nicos, cursos y talleres, salidas, vacaciones, fiestas de cumplea&ntilde;os. Para dar el primer empuj&oacute;n al mundo, los padres en ciernes suegros desprender&aacute;n su &uacute;ltima gran inversi&oacute;n: un regalo de despedida, una especie de indemnizaci&oacute;n, una manera de encaminar al hijo adulto, puede ser la fiesta de bodas o un departamento o bien un electrodom&eacute;stico importante, pongamos la heladera, para que el chico adulto pueda tomar bebidas heladas como en casa, tener cubitos de hielo y que no se le corte la crema.&nbsp;Luego, si todo sigue como esper&aacute;bamos, el ciclo concluir&aacute; -el principio del fin m&aacute;s bien porque esto tambi&eacute;n puede durar- cuando los hijos crecidisimos deban hacerse cargo del geri&aacute;trico de los padres ancianos, cuando digo geri&aacute;trico digo tambi&eacute;n lo que antecede: el taxi al m&eacute;dico, el salario de una cuidadora, ir a cobrarle la jubilaci&oacute;n. Con el mutis mortis de los padres ancianos sucede el reembolso final, la trascendencia sucesoria, el patrimonio neto por excelencia: la herencia. O el rojo: la deuda, el embargo, el no tener en d&oacute;nde dejar yacer muertos a los padres. Las cosas vuelven a su lugar. El plan acumulatorio rindi&oacute; sus frutos, la descendencia a salvo, el amor super&oacute; a la muerte. La familia econ&oacute;mica sigue viva.
    </p><p class="article-text">
        Los desperfectos, las fallas, los saltos y las burbujas del ciclo econ&oacute;mico de las familias son ni m&aacute;s ni menos que los hechos que describen buena parte de la novela familiar y sus arquetipos: el ni&ntilde;o malcriado, el treinta&ntilde;ero mantenido, la madre que se quita el pan de la boca, la empresa familiar, el padre amarrete, la madre y la caja chica, el hijo ladr&oacute;n, el t&iacute;o prestamista, el primo deudor, la cu&ntilde;ada vividora, los primog&eacute;nitos predilectos, los yernos chupamedias, el hermano garante, la abuela y los sobrecitos con plata a escondidas, la hermana exitosa, la madre compradora compulsiva, el padre acumulador. Dir&iacute;amos que casi pueden ser personalidades del amor familiar, recuerdos constitutivos de una infancia, de una foto, de una pena personal.
    </p><p class="article-text">
        El comportamiento con el dinero dentro de una familia suele ser ejemplar, en el sentido estricto de dar ejemplo. Somos una familia ahorrativa, gastadora, millonaria, austera, deudora, en bancarrota, propietaria o corrupta. El dinero tiene entre tantos poderes el de unir a la familia. Poder pagar una fiesta, una pileta en el jard&iacute;n, unas vacaciones, la prepaga o el inicio de un cr&eacute;dito hipotecario hace que los nietos vayan a almorzar los domingos. Hay hermanos que no se hablan por disparidad de solvencia. El veredicto de la rivalidad infantil tiene lugar cuando ya adultos se miden en cuentas bancarias. Un veredicto t&aacute;cito que mortifica y se desmiente por igual.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El comportamiento con el dinero dentro de una familia suele ser ejemplar, en el sentido estricto de dar ejemplo. Somos una familia ahorrativa, gastadora, millonaria, austera, deudora, en bancarrota, propietaria o corrupta</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        La abuela y la madre de una amiga m&iacute;a, modista y cantante de tangos la una y la otra, sol&iacute;an relatar con jactancia tanto de linaje como de derrota la historia de su herencia yacente. Hab&iacute;an recibido el llamado m&aacute;s fantaseado: se les comunicaba desde larga distancia que a partir de la muerte de un noble franc&eacute;s sin hijos ni hermanos ni viudo ni asociaci&oacute;n de filantrop&iacute;a favorita eran herederas de un castillo al sur de Francia. En Privas, en la regi&oacute;n de Auvernia-R&oacute;dano-Alpes. La genealog&iacute;a volv&iacute;a un porvenir posible, impensado pero merecido -eso tienen las herencias y la sangre, la inmanencia del derecho-, hacia ellas. Hacerse del castillo les result&oacute; imposible. Hac&iacute;a falta pagar los pasajes y una serie de tr&aacute;mites de gestor&iacute;a jur&iacute;dica que nunca consiguieron. Recuerdo escuchar la historia y alegrarme y lamentarme por igual. &iexcl;Cu&aacute;nta buena y mala suerte! Despu&eacute;s me daba lo mismo el cuento, incluso alguna vez dud&eacute; del circuito hereditario. S&oacute;lo el apellido hac&iacute;a veros&iacute;mil la an&eacute;cdota. &iquest;Qu&eacute; iban a hacer una costurera y una milonguera en un castillo europeo de un antepasado desconocido? &iquest;A qui&eacute;nes le coser&iacute;an los vestidos, a qui&eacute;nes le cantar&iacute;an tangos y milongas?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>AG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Angeles Salvador]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/conexiones/dinero-familia-herencia_129_8916855.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 16 Apr 2022 03:04:02 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Dinero,Familia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los topos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/topos_129_8882817.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4cc9340c-e3e9-4a57-8f54-409e6d4d479c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los topos"></p><p class="article-text">
        Cuando era adolescente pasaba las vacaciones de invierno en la casa de General Alvear de mi amiga Bruna en el interior de la provincia de Buenos Aires. Yo era y ser&eacute; siempre una chica de departamento y esos viajes intervinieron mi experiencia hacia un tipo de calle distinta de la que vendr&iacute;a despu&eacute;s, en la juventud, en una Buenos Aires acelerada y libre. Tener pueblo es, a veces, mucho m&aacute;s que tener calle. <strong>Es entrenar en el ejercicio infernal de contar siempre sobre un centenar de vidas, sobre un pu&ntilde;ado de biograf&iacute;as y a manejar la circulaci&oacute;n del chisme</strong> -que tambi&eacute;n era cotizable seg&uacute;n el grado de tab&uacute;es, pecados y rid&iacute;culos que estaban en juego- y tener paciencia, porque cada cosa, en un pueblo y en la vida, tiene su tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Era un acontecimiento que nos tocara alguno de los desfiles tradicionales del pueblo, principalmente el orgullo en esas ocasiones era la producci&oacute;n agr&iacute;cola ganadera de los campos. Las personas m&aacute;s que nada: patrones, empleados y peones arriba de los sulkys y los caballos, si ten&iacute;an suerte alguna reina de belleza de una ciudad vecina. Era un furor y el centro del pueblo se llenaba con sus habitantes y algunos visitantes, como yo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las semanas previas a esas fiestas llegaban viajantes de comercio de distintos puntos del pa&iacute;s, hombres vestidos casi en serie que se los distingu&iacute;a siempre entrando y saliendo del hotel -el &uacute;nico hotel- con sus camisa cuadrill&eacute;, sus pantalones de traje marrones, los mocasines viejos y unos lentes de aviador truchos. Ese invierno, esas vacaciones, ese D&iacute;a de Algo en el pueblo, est&aacute;bamos tomando unas cocas con tostados en el Club Social frente a la plaza y vimos estacionar en la vereda un Peugeot 504 celeste atiborrado de mu&ntilde;ecos de pl&aacute;stico del Topo Gigio. Cientos de topos Gigio en el asiento trasero y en el del acompa&ntilde;ante. Tambi&eacute;n los vimos dentro del ba&uacute;l, cuando el hombre que lo manejaba, de unos cuarenta a&ntilde;os, lo abri&oacute; para sacar un portafolios.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Son los viajantes&rdquo;, me dijo Bruna. El tipo tir&oacute; el cigarrillo que ten&iacute;a en la mano y entr&oacute; al Club Social. Se sent&oacute; a tres mesas nuestras. &ldquo;&iquest;Qu&eacute; hac&eacute;s, Osvaldo?&rdquo;, le pregunt&oacute; al mozo y Osvaldo pidi&oacute; un bife de costilla con un tomate partido al medio y una Quilmes de litro. Mientras esperaba, se baj&oacute; la panera. Comi&oacute;. Dijo que no al postre y pidi&oacute; un caf&eacute; y la cuenta. Desde la mesa le pregunt&oacute; a Bruna qu&eacute; d&iacute;a era. Bruna, simp&aacute;tica y dada, dijo la verdad: &ldquo;S&aacute;bado. Hoy hay desfile&rdquo;. Ella estaba m&aacute;s entusiasmada que yo. Y el viajante le pregunt&oacute; si hab&iacute;a alguna helader&iacute;a abierta. Se meti&oacute; el mozo y dijo que no, que en invierno no, pero ah&iacute; ten&iacute;an. Necesito helados envueltos, muchos, dijo el viajante. Tenemos cuatro cajas de bombones helados y dos de cassatas empaquetadas, acot&oacute; desde la caja el encargado. Entonces vimos al viajante desplegar su estrategia: le pidi&oacute; un precio por mayor. El mozo dijo que iban a hacer si ven&iacute;a el gordo Rocatti y pedir cassata, el viajante le dijo que le ofrezca el flan o mande a comprar unas latas de duraznos. Luego pactaron un precio. &ldquo;Ya se los pongo en una bolsa&rdquo;. Entonces el viajante dijo que no, que los reservara ah&iacute; en la heladera y que si ven&iacute;a alg&uacute;n chico a pedir, de parte de Osvaldo, se los diera gratis. &ldquo;&iexcl;Ah!, y dele dos heladitos a las chicas&rdquo;, dijo refiri&eacute;ndose a nosotras. Bruna y yo nos re&iacute;mos y vimos a Osvaldo salir por la puerta vidriada y cruzar a la plaza. Era una tarde fr&iacute;a y l&iacute;mpida con un sol lejano. A la plaza hab&iacute;an llegado el fot&oacute;grafo retratista con el pony ciego de crines largas y sucias, el globero con los conejos globo a punto de reventar y el garrapi&ntilde;ero que estaba cociendo el caramelo en la olla de cobre sobre el calentador a garrafa. Osvaldo pas&oacute; entre la gente que ya estaba preparada para que empezara el desfile en unas horas y se puso a fumar sentado a las patas del caballo de San Mart&iacute;n, con el mism&iacute;simo San Mart&iacute;n montado, en la base escalonada, orientando su cuerpo a la luz solar para revivir despu&eacute;s de tantas horas encerrado en el auto con los topos metidos a presi&oacute;n. Se qued&oacute; dormido unos minutos bajo sus lentes de aviador. Se notaba por la respiraci&oacute;n. Despu&eacute;s dio una vuelta por la plaza y fren&oacute; en donde unos chicos estaban arreglando una bicicleta en la esquina. Se puso a hablarles y vimos c&oacute;mo los chicos dejaban la bicicleta tirada, se iban corriendo al kiosco de Mary y volv&iacute;an corriendo tambi&eacute;n al Club Social a pedir un helado en la caja de parte de Osvaldo. Luego entraron tres nenas, luego dos m&aacute;s, despu&eacute;s un grupo de ocho chicos transpirados con la pelota en la mano. El mozo los ret&oacute; por entrar con la pelota y les dijo que le iba a contar a Osvaldo y uno de los chicos sali&oacute; corriendo y pate&oacute; la pelota desde la vereda al medio de la plaza y le grit&oacute; al del pony que le cay&oacute; cerca que se le cuidara.
    </p><p class="article-text">
        Para ese entonces, y sin perder de vista a Osvaldo, ya hab&iacute;amos pagado y hab&iacute;amos cruzado a la plaza con nuestros bombones helados. Est&aacute;bamos sentadas en un banco. Y escuchamos c&oacute;mo Osvaldo negociaba con dos hermanitos. &ldquo;Son los de Ochoa&rdquo;, me dijo Bruna. Osvaldo les hac&iacute;a este entre: 
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">&mdash;</span>Ey, pibe, vengan. &iquest;Quieren ganarse un helado?&ldquo; 
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">&mdash;</span>&iexcl;S&iacute;!<span class="highlight" style="--color:white;">&mdash;</span> dijeron los dos nenes. 
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">&mdash;</span>Tienen que hacer un trabajo para eso. Vayan por los kioscos y pregunten si tienen el mu&ntilde;eco del Topo Gigio. Dense una vueltita. Yo los voy a seguir. Una vez hecho el trabajo vayan al Club Social y pidan un helado de parte de Osvaldo. &iquest;C&oacute;mo tienen que preguntar?
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">&mdash;&iquest;Tiene un helado de parte de Osvaldo?&mdash; dijo el m&aacute;s chiquito.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">&mdash;&iexcl;No, idiota! </span>&iquest;Tiene el mu&ntilde;eco del Topo Gigio?<span class="highlight" style="--color:white;">&mdash; </span>respondi&oacute; el mayor de los Ochoa.
    </p><p class="article-text">
        A las dos horas Osvaldo se subi&oacute; al 504 y se fue de la plaza. El desfile casi fue un &eacute;xito pero una tormenta fuera de toda previsibilidad oblig&oacute; a suspender la celebraci&oacute;n. El pony se fue trotando a lo lejos mientras el fot&oacute;grafo trataba de cubrir la c&aacute;mara. Nosotras nos subimos al auto de Bruna -manejaba desde los doce a&ntilde;os en Alvear- y fuimos a su casa a mirar el fuego de la chimenea y a comentar con la familia c&oacute;mo hab&iacute;a empezado la tormenta y c&oacute;mo se hab&iacute;a descongestionado el centro y que qu&eacute; mala suerte ten&iacute;a Alvear. Despu&eacute;s cenamos, nos ba&ntilde;amos y nos cambiamos para ir al boliche. Nos dejaban ir siempre al boliche.
    </p><p class="article-text">
        A Osvaldo lo vimos esa noche con dos mujeres del pueblo bailando y tomando whisky en la barra. Nosotras fuimos a comprar unos tragos en la barra y nos acodamos al lado del tr&iacute;o improvisado. Nos daba gracia lo borracho que estaba. Le preguntamos por los topitos. Y dijo, triunfador, que los hab&iacute;a vendido a todos. Que hab&iacute;a guardado un par en el ba&uacute;l para nosotras, que si &iacute;bamos al auto nos los regalaba. Que se iba ma&ntilde;ana al mediod&iacute;a para Buenos Aires a comprar m&aacute;s al mayorista de Once y si quer&iacute;amos ir con &eacute;l nos pagaba la pensi&oacute;n. Le dijimos que no, tentadas de la risa por el tup&eacute;, y nos fuimos a bailar al medio de la pista. O tal vez se lo hab&iacute;a dicho a las otras dos mujeres m&aacute;s grandes. Despu&eacute;s no lo vimos m&aacute;s. 
    </p><p class="article-text">
        D&eacute;cadas m&aacute;s tarde a Alvear lleg&oacute; la c&aacute;rcel de m&aacute;xima seguridad -la de la gran fuga de los hermanos Lanatta y de Schilacci, los asesinos condenados del triple crimen mafioso por el tr&aacute;fico ilegal de efedrina- y el pueblo se configur&oacute; de otra manera. <strong>Los viajantes son ahora las visitas de los presos y ya casi nadie para en el Club Social.</strong> En algunos kioscos que perduran todav&iacute;a se ve colgado un viejo Topo Gigio descolorido y sucio que nunca nadie compr&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;<em>AS</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Angeles Salvador]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/topos_129_8882817.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 02 Apr 2022 04:00:14 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los topos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Dinero,Topo Gigio]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El que te desviste te viste]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/desviste-viste_129_8844259.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3c78848a-878f-4e92-b76b-27cc9b670084_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El que te desviste te viste"></p><p class="article-text">
        Ese fin de mes, cuando abri&oacute; el sobre con el resumen de la tarjeta, el escritor sinti&oacute; c&oacute;mo se le arrebataban las mejillas al ver la cifra excedida de su media anual. Concili&oacute; uno por uno los consumos y marc&oacute; con el l&aacute;piz de grafito que usaba para subrayar lo que estaba estudiando esa ma&ntilde;ana -algo franc&eacute;s seguramente- tres gastos car&iacute;simos: ropa de<strong> Leticia Carosella</strong> y <strong>Jorge Ib&aacute;&ntilde;ez</strong> y zapatos de <strong>Maggio y Rossetto</strong>. El escritor, deductivo (era en realidad una luminaria de las letras y se ve que para los n&uacute;meros y las acusaciones tambi&eacute;n), llam&oacute; a la oficina de su novia, al directo. Atendi&oacute; ella. El escritor indag&oacute; qui&eacute;nes eran la tal Leticia, el tal Jorge y el d&uacute;o italiano de zapateros y ella, apenas contrariada pero sobrepuesta con orgullo para dar explicaciones, le dijo que s&iacute;, que eran ropa y zapatos que se hab&iacute;a comprado. Esa noche se vieron en el departamento y bastante tarde -el escritor estaba distante por la cantidad de plata que hab&iacute;a despilfarrado su novia- hicieron el amor. A la ma&ntilde;ana siguiente, cuando el escritor se despert&oacute;, su novia no estaba y le hab&iacute;a dejado una nota en la mesa del comedor: <strong>&ldquo;El que me desviste me viste&rdquo;.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        El dinero, probablemente, se haya inventado para pagar por sexo m&aacute;s que para pagar por sal. Es una hip&oacute;tesis. El lugar com&uacute;n que indica que la prostituci&oacute;n es la profesi&oacute;n m&aacute;s antigua del mundo da cuenta de esta idea. Dos imposibilidades saltaron a la luz la primera vez que se pag&oacute; por sexo: la de conseguir partenaire sexual instant&aacute;neamente cuando el deseo corroe la paz de no sentirlo, por un lado, y la imposibilidad de que la negativa sea escuchada que significaba que el s&iacute; era transable. <strong>El sexo se transform&oacute; en mercanc&iacute;a por su caracter intercambiable.</strong> La pernada, el burdel, la calle, los cafishos y las madamas, los saunas, los privados, los books, el turismo sexual, los taxiboys, las escorts hasta el only fans son parte de la historia de la actividad.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El dinero, probablemente, se haya inventado para pagar por sexo más que para pagar por sal. Es una hipótesis.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        El cortejo es una de las formas en las que el dinero mediatiza la relaci&oacute;n sexual hasta el d&iacute;a de hoy. Regalos, flores y comidas que cuanto m&aacute;s costosos, y por ende m&aacute;s performativos, se traducen como vivencias m&aacute;s rom&aacute;nticas o aventureras. As&iacute; es como la galanter&iacute;a, el decorado y la importancia que se le pretende adjudicar a la persona cortejada representan un aval a la hora de sentarse a convencerla de ir a la cama, pronto o despu&eacute;s, pero ir alguna vez. Incluso el cortejo persiste en la franca relaci&oacute;n prostibularia cuando algo parecido a la sobreactuaci&oacute;n del romance o del estado lujurioso es el preludio del intercambio comercial. &Uacute;ltimamente se habla mucho de qu&eacute; cosas son o no aceptables en una primera cita: qui&eacute;n debe pagar y cu&aacute;l es el m&iacute;nimo. Una de las coartadas masculinas a la hora de aceptar los postulados de igualdad e independencia econ&oacute;mica del feminismo suele ser -con sorna- que si va a ser as&iacute; tenemos su okey porque les gustar&iacute;a ser invitados en un cien por ciento en los gastos de las citas de flirteo. Que ah&iacute; s&iacute; les gusta el feminismo. Se ve que han pagado mucho. Las generaciones m&aacute;s j&oacute;venes, o no tanto, aceptan, en cambio, y bajo las premisas de igualdad (que se rozan con las necesidades solidarias de compartir la cuenta sea con quien sea porque vivimos en un pa&iacute;s caro) ir a medias. Un vino, dos aguas, una entrada, dos principales y un postre compartido para chupar la misma cuchara a medias y empezar a lograr la consumaci&oacute;n. Se le dice al mozo: &iquest;Me pod&eacute;s cobrar por separado? Y cada uno pela su medio de pago. Sin embargo, a&uacute;n compartiendo la cuenta, siempre se quiere una demostraci&oacute;n de solvencia econ&oacute;mica. No por nada las mujeres solemos decir que un defecto imperdonable en un hombre es que sea amarrete. <strong>Porque el falo es el dinero.</strong> Es un condicionante que circula y hace su trabajo de alerta entre pares, su trabajo reproductor de categor&iacute;as de g&eacute;nero. &iexcl;Ay, es un caballero!&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las primeras citas m&aacute;s fallidas son aquellas en las que la desilusi&oacute;n es total por tres tipos de situaciones: el aspecto o algunas de las suced&aacute;neas del aspecto que s&oacute;lo se manifiestan en el contacto personal: que la voz, el olor, la gestualidad no sean satisfactorias para la expectativa; un papel&oacute;n desagradable como vomitar encima del otro por una borrachera a mal traer y, por &uacute;ltimo, mostrar la hilacha de la avaricia: no pedir nada para comer, pedir lo m&aacute;s barato del men&uacute; o hacer movimientos pat&eacute;ticos con las propinas o directamente no pagar nada. Fracaso total. El castigo ser&aacute; el rechazo inmediato con la excusa menos disimulada. A las mujeres ser invitadas nos gusta y nos sale gratis. Pero cu&aacute;nto. Una vez que el hombre pag&oacute;, &iquest;nos sentimos m&aacute;s obligadas a besar en el coche o en el umbral? Un beso por una cena afuera. &iquest;Qu&eacute; tanto hambre vamos a tener? Una noche de sexo por ir al cine y a comer afuera y que te busquen y te traigan en auto o te paguen el taxi. &iquest;Qu&eacute; tan c&oacute;modas vamos a ser? Las mujeres -aducimos a la hora de hacer el balance de gastos por g&eacute;nero- tambi&eacute;n gastamos para acudir a las citas porque no se puede salir sin ser -o parecer- la bella del cortejo: hay presupuestos para todas, pero la ropa, el maquillaje, la carterita, los zapatos y el pelo cuestan plata o lo que podr&iacute;amos llamar un esfuerzo de producci&oacute;n. <strong>As&iacute;, el viejo y jam&aacute;s olvidado ritual de apareamiento se torn&oacute; tambi&eacute;n un costo.&nbsp;&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Pero, a veces, aquello que te excita sexualmente es el dinero. Unos fajos de d&oacute;lares -o pesos argentinos, por qu&eacute; no- metidos entre las s&aacute;banas como estimulantes del goce. El placer de pagar y el placer de cobrar, el placer de corromperse por el dinero o de ver a alguien corromperse por el dinero. Pagar para ver, para ver cobrar. Cobrar para ver, para ver c&oacute;mo son capaces de pagar por el cuerpo o las destrezas del sexo que uno posee. Y excitarse por eso. El fetichismo del dinero, que suele ser en abstracto, se convierte as&iacute; en un fetiche sexual. Un ida y vuelta del concreto al abstracto de dos materialidades totalmente simb&oacute;licas e intercambiables. Dice el rapero boricua Ozuna en su hit: &ldquo;Mi libertad no la quiero.Tampoco la vida e' soltero.Yo lo que quiero es que quieras lo mismo que todos queremos: tener una cuenta de banco con d&iacute;gitos y muchos ceros, hacer el amor a diario y, de paso, gastar el dinero. Ey, beb&eacute;&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La ma&ntilde;ana de la verdad, la novia del escritor redact&oacute; esa nota con un doble filo de disculpa: el ocurrente juego de palabras para conmover en su terreno al estafado, y la puesta en evidencia de que el sexo con ella ten&iacute;a un precio. As&iacute;, el escritor se enteraba de que hab&iacute;a estado acumulando deudas cada vez que su novia, como dice Arlt, &ldquo;dejaba estar su movediza mano entre sus ropas&rdquo;. La novia, al ver que no hac&iacute;a falta o ya no pod&iacute;a afrontar su propia escena de dignidad en la cual devuelve el valor de su guardarropa nuevo a su querido y, -tomo prestada su alusi&oacute;n- al quedarse desnuda en su proceder, se puso del lado en el que el viejo oficio le puede caber, tambi&eacute;n, a las mejores parejas.
    </p><p class="article-text">
        <em>AS</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Angeles Salvador]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/desviste-viste_129_8844259.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 19 Mar 2022 03:33:40 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El que te desviste te viste]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Dinero,Sexo,Prostitución]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Dinero y guerra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/dinero-guerra_129_8801499.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/dd1a8a06-3f30-430c-8e45-de9bfa577e7f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Dinero y guerra"></p><p class="article-text">
        En<strong> la guerra el dinero</strong> despliega todo su potencial de significados, toda su utilidad e inutilidad, su poder coercitivo, su sentido de medio por excelencia, su medida justa en t&eacute;rminos de supervivencia<strong>.</strong> Desde que<strong> Putin</strong> invadi&oacute; <strong>Ucrania</strong> el 24 de febrero, cuando los relatos y las im&aacute;genes de la guerra se secularizaron y globalizaron por la naturaleza occidental del conflicto, su di&aacute;logo permanente con el siglo XX, la reversi&oacute;n tr&aacute;gica de un pasado traum&aacute;tico y la desesperanza de un mundo peor, vemos c&oacute;mo es que el concepto de econom&iacute;a de guerra se materializa, no s&oacute;lo en su acepci&oacute;n de pobreza extendida y gasto m&iacute;nimo, tambi&eacute;n en su viceversa: guerra de econom&iacute;a, donde parte de la t&aacute;ctica es el da&ntilde;o monetario a escala.
    </p><p class="article-text">
        La primera ofensiva de parte del resto de las naciones que quieren y deben frenar al presidente ruso fue sacar a Rusia de la operatoria <strong>SWIFT</strong> que es la que permite las transferencias bancarias internacionales. No transacci&oacute;n, no pagos, no disponibilidad, no comercio exterior, no empresas de inversiones extranjeras. <strong>Un bloqueo al bolsillo.</strong> Rusia se defiende en este plano b&eacute;lico con medidas econ&oacute;micas de autopreservaci&oacute;n: respaldo en oro, pasarse a la criptomoneda para no hablar en el lenguaje del euro ni del d&oacute;lar, y sostener al rublo a como de lugar. La tortura econ&oacute;mica, en este caso, como toda tortura, es lenta y el pueblo ruso -del que no se termina de saber cu&aacute;nto acuerda con la invasi&oacute;n- tendr&aacute; que afrontarlo. Mientras, el ej&eacute;rcito de Putin avanza y tira, tira, tira.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Dinero y guerra.                            </span>
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        Pero en las historias de sufrimiento de los invadidos, de los que huyen, de los que combaten, de los que salvan, de los que se quedan en los bunkers, de los que se alistan en Ucrania se percibe el dinero como el &uacute;ltimo mendrugo que hay que cuidar. Unos ahorros que se llevan en el bolsillo para subsistir, para comprar v&iacute;veres cuando ya no hay quien los venda, para comprar un ticket a alguna parte fuera del infierno. El capital que te volv&iacute;a solvente se abandona, &iquest;qu&eacute; ser&aacute; de nuestra casa, de nuestro terreno, de nuestro auto, de nuestro local? Las cuentas del banco administradas ahora por el caos y la incipiente ilegalidad se llevan en forma de clave y usuario en la memoria o en una libreta con la esperanza de una disponibilidad en el exilio, o de un <em>back home</em>. Esconder entre la ropa una escritura junto con los pasaportes y la medicaci&oacute;n cr&oacute;nica, por las dudas de un futuro reclamo de propiedad y huir. El dinero deja de tener el valor usual. Incluso puede no hacer falta porque el intercambio pierde su medida. La cadena de intercambio del dinero pierde la secuencia aprendida. Una botella de leche, o de vodka, un cigarro y una lata de caviar pueden ser car&iacute;simas o barat&iacute;simas, o regaladas, o imposibles. El acuerdo es circunstancial como si te estuviera por caer una bomba en la cabeza como si el futuro fuera de seis horas y la fe en salir vivos de all&iacute; una superstici&oacute;n para hacer m&aacute;s tolerable el horror. Una econom&iacute;a primitiva en la que el trueque reemplaza al dinero y el contrabando es el par&aacute;metro del mercado. Se activan las colectas para la ayuda humanitaria, se ofrece gratuidad en muchas cosas que antes costaban, se roba lo que ya no tiene due&ntilde;o, se espera la limosna occidental. Se activa el hambre.
    </p><p class="article-text">
        En el 82, en nuestra <strong>Guerra de Malvinas</strong>, vimos la colecta de ATC, en la que Pinky y Cacho Fontana, durante 24 horas al aire por la tev&eacute;, ped&iacute;an plata para los soldados. O lo que sea. Ropa, chocolate, repet&iacute;an, porque ten&iacute;a valor cal&oacute;rico para soportar el fr&iacute;o del Atl&aacute;ntico Sur, cartas de amor. Yo era chica, y mi mam&aacute; arm&oacute; una caja, hab&iacute;a comprado medias de toalla marrones en la mercer&iacute;a, muchos pares, y tabletas de chocolate para taza, como se dec&iacute;a antes, cuando no manej&aacute;bamos el l&eacute;xico de la chocolater&iacute;a actual con los porcentajes de amargor. Recuerdos del telet&oacute;n: pasaban famosos, llegaban cifras, cheques, donaciones de arte para subastar, hab&iacute;a alcanc&iacute;as en distintos puntos del pa&iacute;s, para que los vecinos pusieran su diezmo, arenga y aplausos. <strong>El final es conocido: nunca le lleg&oacute; nada a los combatientes. Lo robaron. </strong>Se me grab&oacute; la noticia de que una nena, en el 83, hab&iacute;a comprado un chocolat&iacute;n en un quiosco, y que cuando lo abri&oacute; para comerlo, entre el envoltorio de la marca y el papel metalizado hab&iacute;a una carta de aliento de otra nena para un soldadito. Una reventa pat&eacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        <strong>El dinero no puede parar la guerra y eso ya da un estatus del dinero. </strong>El sufrimiento de un pueblo amenazado, corrido a la fuerza de su patria no tiene paga ni recompensa, es todo a p&eacute;rdida, el presente es una estrategia de supervivencia donde aferrarse a unas monedas y una cantimplora pueda ser el &uacute;nico rezo mientras se espera la paz del sueldo, la jubilaci&oacute;n, o de una buena caja al final del d&iacute;a. Mientras la grivna, la moneda ucraniana, se volatiliza en el aire como las ciudades, los edificios y los cuerpos bombardeados.
    </p><p class="article-text">
        <em>AS</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Angeles Salvador]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/dinero-guerra_129_8801499.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 04 Mar 2022 11:49:06 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Guerra en Ucrania,Rusia,Vladimir Putin,Ucrania,Guerra de Malvinas]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[El dinero en la infancia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dinero-infancia_129_8761622.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4441da18-69de-4259-a068-f98faa4610df_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El dinero en la infancia"></p><p class="article-text">
        El dinero se aprende. Y casi no te lo ense&ntilde;a nadie. Como un <strong>tab&uacute;. </strong>En la infancia vivimos en un mundo repleto de transacciones y condicionantes invisibles del dinero. Los adultos nos llevan de paseo y compran, pagan, en la caja del supermercado, tan vistosa y autom&aacute;tica, una se&ntilde;orita revisa uno por uno eso que vamos a llevar: ese brebaje color celeste por el que pugnamos y que seguimos con ojos ansiosos en la pista del mostrador lateral de la caja, el shamp&uacute;, la lechuga y un paquete de fideos para comer esta noche. Y en cada pase de estado: desde el chango hasta la retaguardia de la cajera, algo sucede que habilita, que acepta. La cajera dice una cifra en voz alta, la persona adulta con autoridad de compra -ella y s&oacute;lo ella dice qu&eacute; se puede llevar y qu&eacute; no-, saca la billetera de la cartera o de la mochila, y despliega una tarjeta colorida -no hay billetes- o varias con las que la cajera resuelve un impedimento que hab&iacute;a hasta ahora -no sabemos que el impedimento es no haber pagado- y a cambio le dan una tira de papel muy larga o lo suficiente para querer mirarla o tocarla. Y ya nos vamos con las bolsas y ahora nuestra pugna es por tomar ya -ya, ya- el brebaje celeste y no reci&eacute;n cuando lleguemos a casa, como dice mam&aacute;.
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                Julieta De Marziani                            </span>
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        Mis hijos adolescentes cuentan que cre&iacute;an que la tarjeta de cr&eacute;dito era algo que todos ten&iacute;an para poder llevarse cosas. Un derecho -por qu&eacute; no- a tener las cosas que queremos y necesitamos. Tard&eacute; mucho tiempo en explicarles el concepto de cr&eacute;dito y que lo materializaran en una tarjeta. A veces quer&iacute;an algo, algo de esas cosas que quieren los chicos: una play, por ejemplo. Y yo les respond&iacute;a tir&aacute;ndoles sin m&aacute;s que ten&iacute;amos que esperar que cierre la tarjeta, o una oferta con cuotas. Y no entend&iacute;an por qu&eacute; ni cu&aacute;ndo iba a comprar y, mucho menos mi negativa. Lo primero que aprendemos del dinero en la infancia, es que es lindo y hace magia: los billetes de juguete y las monedas de chocolate son un tesoro, y lo segundo que el dinero es parte de una estructura de demora que muchas veces, seg&uacute;n el poder adquisitivo, nos aburre, nos decepciona y nos desespera.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mi t&iacute;a cuenta que cuando yo era peque&ntilde;a le mostr&eacute; en calidad de secreto inquebrantable el escondite de mis ahorros: &iexcl;Ven&iacute; t&iacute;a, no se lo cuentes a nadie! y la llev&eacute; a mi habitaci&oacute;n y descubr&iacute; la cortina de voile blanca que llegaba hasta al piso y ah&iacute;, bajo ese manto de seguridad, en el parquet, permanec&iacute;a apoyada una billetera de pl&aacute;stico lila con algunos billetes que me habr&iacute;an regalado. Claro, el escondite no era para nada oculto y bastante perezoso. Pero supongo que para m&iacute; estar&iacute;a bien. Abajo de la tela, lo aprendemos de beb&eacute;s al taparnos con una s&aacute;bana, todo desaparece, nada se ve. Lo tercero que aprendemos del dinero es que te lo pueden robar. Y lo cuarto es que lo tenemos que guardar para algo m&aacute;s grande. Lo quinto que aprendemos, pienso ahora, es que todos, hasta un ni&ntilde;o, puede tener su propio dinero: es la idea de propiedad privada, de autosustento, de paciencia que te quieren inculcar con cada billete que deja el odontol&oacute;gico Rat&oacute;n Perez o regalan los parientes en la primera comuni&oacute;n. Recibir a Cristo en nuestro cuerpo por primera vez para comprarse una caja de l&aacute;pices largu&iacute;sima. Tal puede ser el precio de las cosas.
    </p><p class="article-text">
        Cuando era chica iba a la escuela en subte. De pronto, hubo un auge de ni&ntilde;os pidiendo plata en los coches del subte. Aparec&iacute;an en el vag&oacute;n con un pil&oacute;n de tarjetitas en las manos. Un fangote de limosna por conseguir. Con las manos sucias de varios d&iacute;as apoyaban en la falda de los pasajeros una estampita de San Cayetano, con su trigal, un baby santo en su regazo envuelto en una mantita color obispo y el aura dibujada en la cabeza de ambos como una pecera o el casco de un astronauta. Casi siempre ten&iacute;a un papel con el contexto para el pedido: &ldquo;Somos cuatro hermanitos y mi pap&aacute; no tiene trabajo. Nos ayuda con lo que pueda. Que Dios lo bendiga&rdquo;: una fotocopia de un manuscrito con caligraf&iacute;a rudimentaria. Los chicos y las chicas hac&iacute;an ese reparto a toda velocidad sin reparar en nada, movi&eacute;ndose entre los pasajeros que los doblaban en altura y las miradas de todos los que iban sentados. Porque siempre eran un espect&aacute;culo. Una vez que terminaban de dejar cada estampita en las piernas de cada pasajero (despu&eacute;s se hab&iacute;a puesto de moda que el pasajero se anticipe al gesto y con una mano en alto o la cabeza negando rechazara que le apoyaran algo. Algunos hasta lo hac&iacute;an revelando claramente el fastidio), volv&iacute;a a retirarlas y a ver si alguien le trocaba la estampita de la suerte y el trabajo por unas monedas. La secuencia era imposible de ignorar. Al menos para m&iacute;. La verdad es que les daban poco. Les ense&ntilde;&eacute; a mis hijos a dar siempre. A dar a los que piden. No para cambiar el mundo, m&aacute;s bien para mejorarles el d&iacute;a. Para que le salgan las cosas. Ayudar a volverse antes a casa, a lubricarles el status quo con eficiencia. Porque si encima de tener que pedir no te dan, no se puede nada. Otro aprendizaje: los chicos son buenos para pedir limosna. Otro m&aacute;s: la gente es r&aacute;pida para fastidiarse con un chico que pide. Hace poco mi hija estaba leyendo en un bar y un chico le pidi&oacute; una moneda. Como no ten&iacute;a cambio, y le pesaba mi mandato: &ldquo;Par&aacute; que le tenemos que dar algo&rdquo;, hizo con much&iacute;simo pudor otro truco que yo les ense&ntilde;&eacute; para las propinas: si no ten&eacute;s cambio, ped&iacute; cambio al mozo. Y le pidi&oacute; al mozo cambio y le dio algo al chico, y se qued&oacute; ella, como yo, creyendo que todos &iacute;bamos a tener un d&iacute;a mejor.
    </p><p class="article-text">
        <em>AS</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Angeles Salvador]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dinero-infancia_129_8761622.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 19 Feb 2022 03:01:14 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Deuda]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/deuda_129_8711480.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6a777459-40ff-4fa1-89be-8e4f94202d61_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Deuda"></p><p class="article-text">
        La primera vez que escuch&eacute; sobre el FMI fue en 1984, yo era una ni&ntilde;a de s&eacute;ptimo grado y en todos lados sonaba &ldquo;Estoy tocando fondo&rdquo;, un hit de moda del grupo de revival pop Viuda e hijas de Roque Enroll. El tema ten&iacute;a un estribillo pegadizo que cantaba &ldquo;Fondo. Monetario. Internaciona-al, Fondo. Monetario. Internaciona-al &rdquo;. En un rapto asociativo, Mavi D&iacute;az y compa&ntilde;&iacute;a (entre ellas la legendaria Mar&iacute;a Gabriela Epumer) inclu&iacute;an al ente financiero por el simple juego de palabras entre la doble acepci&oacute;n de &ldquo;fondo&rdquo; como parte interior m&aacute;s baja o como organizaci&oacute;n que re&uacute;ne caudales para ayudar. M&aacute;s que nada, la canci&oacute;n hablaba de una joven rockabilly que hab&iacute;a ca&iacute;do en un pozo de penurias porque no la llamaban los amigos, el despertador y el tocadiscos no le funcionaban, se le aflojaba el peinado con spray y, para colmo, estaba enamorada de un cantante que se cre&iacute;a muy vivo. Su &uacute;nico consuelo era el twist.
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         El efecto de la canci&oacute;n era jocoso, absurdo. &iquest;Por qu&eacute; uno bailar&iacute;a el twist al ritmo del FMI? Sin embargo, all&aacute; est&aacute;bamos, muchas chicas argentinas bailando con una rebeld&iacute;a inocent&iacute;sima, por el simple hecho de trastocar en sentido banal algo tan del mundo de los economistas, de las noticias sofisticadas, importantes, definitorias, imposibles casi. La &uacute;ltima vez que escuch&eacute; sobre el FMI fue hace una semana: un nuevo anuncio nacional acerca de que hab&iacute;amos pactado un acuerdo para financiar el d&eacute;ficit. Con el FMI. Yo tambi&eacute;n. Como argentina que soy tambi&eacute;n entr&eacute; en el baile y pas&eacute; de mi estatus existencial de deudora vital, ll&aacute;mese culpa, al estatus ciudadano de codeudora, ll&aacute;mese infelicidad externa. Entre la primera vez, cuando Las viudas corearon &ldquo;estoy tocando fondo&rdquo;, y la semana pasada, hab&iacute;a visto varias veces abrirse la mano dadivosa del FMI en nuestro territorio, el alivio ocasional, las protestas y advertencias sobre el costo real, el calendario de pagos, la cesaci&oacute;n de pagos, los ejemplos nominales: &iquest;cu&aacute;nto debe un reci&eacute;n nacido apenas asoma la cabeza en la Argentina?, &iquest;qu&eacute; generaci&oacute;n de nuestra descendencia podr&aacute; imprimir el libre deuda absoluto con el Fondo? Todo un folclore que nos harta material, simb&oacute;lica e identitariamente. Pero esta vez lo tom&eacute; bien. &iquest;Qu&eacute; pod&iacute;a yo hacer?
    </p><p class="article-text">
        Somos siempre deudores con el otro: le debemos la vida a nuestros padres, a nuestros m&eacute;dicos, a nuestros amores, a nuestros empleadores y empleados, a nuestros profesores, gur&uacute;es y mecenas, a nuestras amistades, a nuestros apiadadores y tambi&eacute;n a nuestros verdugos, a nuestros terapeutas, donantes y a nuestras cuidadoras y editoras (todos las tenemos). Son acreedores &iacute;ntimos.Tambi&eacute;n somos deudores en lo cotidiano de plata, de cosas.
    </p><p class="article-text">
        Debemos la energ&iacute;a el&eacute;ctrica, el agua y el gas que usamos, debemos el trabajo por trabajar (es decir el del pr&oacute;ximo sueldo o la pr&oacute;xima factura o la pr&oacute;xima venta), debemos la plata que pedimos prestada. Hubo una &eacute;poca en la que supe sacar cr&eacute;ditos bancarios para solventar la refinanciaci&oacute;n de la deuda contra&iacute;da por pago m&iacute;nimo con las tarjetas de cr&eacute;dito. Ya se sabe: un dejarse llevar, un pedaleo contrarreloj, una soluci&oacute;n &iexcl;qu&eacute; gran soluci&oacute;n! cuando hay que comprar lo que hay que tener ahora y ya: los v&iacute;veres, un lavarropas nuevo, los art&iacute;culos de librer&iacute;a para empezar la escuela, un par de zapatos brillosos para ir a una entrevista laboral y ser reclutado. Un indicador de pobreza cruel -cu&aacute;ndo no en esta variable- es no tener acceso al cr&eacute;dito, nadie que te preste unos mangos, nadie que te crea pagador. Cuanto m&aacute;s confiable como pagador uno se muestra m&aacute;s tarjetas de colores exclusivos puede conseguir. Y en ingl&eacute;s. Una black, una gold, una platinum. Despu&eacute;s, cuando me llegaba el resumen y era m&aacute;s de lo que yo dispon&iacute;a, pagaba el monto m&iacute;nimo: esa trampa mortal de la cual advierten los asesores en finanzas personales en cada nota clickbait para hacer un uso ahorrativo de la tarjeta (Les ahorro el click: el secreto seg&uacute;n ellos: no usarla). La bola de nieve, en la parte media del recorrido en pendiente y aceler&aacute;ndose, como las leyes de la F&iacute;sica bien lo explican, estaba lanzada. Cuando el nuevo resumen con los &uacute;ltimos consumos sumado al saldo pendiente m&aacute;s los intereses desment&iacute;an la fantas&iacute;a del ciclo anterior, la de tener un ingreso extra, un trabajo nuevo, un aumento, un premio, una herencia que no estaba en los planes, y la plata alcanzaba a&uacute;n menos, hab&iacute;a que buscar plata m&aacute;s grande. Hurgaba desesperada en el homebanking en la pesta&ntilde;a de simulaci&oacute;n de cuota de un cr&eacute;dito personal alguna posibilidad realista y aceptaba t&eacute;rminos y condiciones y confirmaba y respiraba al ver los n&uacute;meros cambiar en la pantalla. Trasvasaba dudando el dinero de cuenta a cuenta y esperaba a que el porvenir provea no s&oacute;lo aventuras: dinero contante y sonante para pagar. La pandemia me ayud&oacute; a saldar esas cuentas. Medio a&ntilde;o de no aportar un peso a la industria del esparcimiento y a la prestigiosa instituci&oacute;n del taxi result&oacute; compensatoria en mi caso. Muy notable.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Esa trampa mortal de la cual advierten los asesores en finanzas personales en cada nota clickbait para hacer un uso ahorrativo de la tarjeta (Les ahorro el click: el secreto según ellos: no usarla).</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Pero conozco gente que realmente necesita vivir rodando dentro de esa bola de nieve que atrapa m&aacute;s materia y se acelera y se agranda. Una persona que siempre debi&oacute; todo: las expensas, la hipoteca para saldar las expensas, la cuota del colegio, la cuota de la universidad, plata a todos los amigos y a cada pariente de origen y pol&iacute;tico, la prepaga, el alquiler cuando ya estaba ejecutada la hipoteca, el tel&eacute;fono y el cable. La estructura de demora est&aacute; puesta en jugar con el segundo vencimiento y m&aacute;s all&aacute;. Esperar el aviso de corte, lidiar con los llamados, pedir prestado y prometer plazos, vender alg&uacute;n cuadro, alguna joya, pedir prestado y prometer un r&eacute;gimen incumplible de ajuste personal, lidiar con los sms de aviso de deuda, con el gerente de sucursal y con el general, con el gas cortado, con la baja de plan, con la no rematriculaci&oacute;n de los ni&ntilde;os en el colegio y pedir prestado, librar un cheque, mil cheques, aparecer en el informe Veraz, buscar prestamistas en la web, no atender el tel&eacute;fono a nadie, pensar en tomarse La Cacciola para cruzar al Uruguay, incluso deber la cuota de mantenimiento del cementerio privado donde sus ancestros descansan en relativa paz porque no saben que se debe el cuidado de su morada. O s&iacute;. Hay grupos de deudores an&oacute;nimos que revelan un sentir com&uacute;n en la maniobra de autojustificaci&oacute;n de la toma de deuda constante: se suelen sentir superiores al resto y esperan que llegue su oportunidad para salir por arriba, con un fangote de guita para tapar agujeros y bocas que reclaman y maldicen. Se sienten superiores y creen que el mundo les debe a ellos.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
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      <p class="quote-text">Hay grupos de deudores anónimos que revelan un sentir común en la maniobra de autojustificación de la toma de deuda constante: se suelen sentir superiores al resto y esperan que llegue su oportunidad para salir por arriba</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n est&aacute; la personalidad del pagador compulsivo. El que no puede deber nada, para no alterar el orden c&oacute;smico. No deja deuda sin saldar. Para todo no solo porque tiene que hacerlo, sobre todo porque no soporta sentirse en deuda. Deber es como morir, morir de culpa, de paranoia, lo perseguir&aacute;n los acreedores, el Estado, la AFIP, la polic&iacute;a. Naufraga en el imaginario de diluirse en el saldo negativo, en la factura sin resolver, en la cuota sin abonar a tiempo o antes de tiempo. Pero es un s&iacute;ndrome infrecuente. Somos m&aacute;s los deudores. Deber es vivir.
    </p><p class="article-text">
        <em>AS</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Angeles Salvador]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/deuda_129_8711480.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 05 Feb 2022 03:43:46 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Deuda]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Dinero,Deuda,FMI]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El dinero y el azar: chau, Susana, chau, Milei]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dinero-azar-chau-susana-chau-milei_129_8674350.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2f84ed4a-74aa-46cd-b016-08a9021ac6a0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ilustración: Julieta de Marziani"></p><p class="article-text">
        Me voy a anotar en el sorteo del sueldo del diputado Milei. Un loto de estos tiempos, cargado de simbolismos de campa&ntilde;a y gestos a contramano que no le importan a nadie. Estoy muy entusiasmada. Pens&eacute;, en una primera instancia, vivir la experiencia en silencio para alimentar con contenidos suculentos esta columna monetaria. Ganar - siempre existe la posibilidad si estamos en ella- y hacer una cr&oacute;nica viral, noticiosa en s&iacute; misma. Tener, s&oacute;lo por estar en la web de un diario, esa suerte de cronista (me gusta pensar que los periodistas tienen el don de la fortuna: se les abren puertas traseras, les atienden llamados en n&uacute;meros selectos, seducen enfermeras que cuidan celebridades agonizantes) y gozar del sueldo de Milei. Un suceso. El sueldo de un diputado tirado a la suerte a trav&eacute;s de un sistema inform&aacute;tico para que sea ganado por un ciudadano, figurando un blanqueo de oportunidades, un lavado de culpas pol&iacute;ticas, una confesi&oacute;n de solvencia por los opuestos en juego: el diputado que le sobra plata versus los ciudadanos que no llegan a fin de mes en un contexto de inflaci&oacute;n empinada. Una forma caprichosa de distribuci&oacute;n que ejerce el representante con sus representados mediada por la mano del azar. Ni la mano de la pol&iacute;tica ni la mano del mercado. Un sorteo demag&oacute;gico con un premio de doble vara porque es mucho para ser un sueldo y es poco para un premio con chances multitudinarias. Y podr&iacute;a parecer poco para que te cambie la vida -aunque ese indicador no exista por indescifrable- en t&eacute;rminos macro. Pero ya sabemos todo lo que calma el dinero. De todos modos, me interesa. Fantase&eacute; -es la contraparte obligatoria de toda apuesta- qu&eacute; har&iacute;a con la plata si yo ganara y se hiciera p&uacute;blico. Donarla para redistribuir seg&uacute;n mis gustos y moral o, mejor, quedarmela, comprar d&oacute;lares, mandar una sesuda columna ambigua y disculpame por mi forma tan grosera de sentarme sobre el dinero del erario p&uacute;blico. Un rulo, le dicen ahora. Un rulo significa, ni m&aacute;s ni menos, encontrarle la ventaja a una operaci&oacute;n para que, rotada sobre s&iacute; misma, vuelva al punto donde se incrementa. Ac&aacute; la operaci&oacute;n ser&iacute;a m&aacute;s bien emp&iacute;rico literaria -y online-.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El azar ligado al dinero es distinto al azar suelto, ese que tiene que ver, por ejemplo, con la fatalidad: ir caminando por la playa y que caiga un helic&oacute;ptero y la h&eacute;lice suelta te parta al medio o con la buena suerte: ir caminando por la playa y que te descubra un manager de modelos y te contrate para tener una carrera ascendente en el mercado de la moda. En primer lugar, porque el dinero siempre es una medida. Entonces el resultado del azar es mensurable: acertar un n&uacute;mero a la cabeza no es lo mismo que habernos conocido en un pasillo, por las consecuencias, claro, por poder contarlo. En segundo lugar, es diferente porque para conseguir ese tipo de dinero colocado en la esperanza se debe azuzar al azar, no como el azar fortuito al que se lo deja ser y se lo llama destino.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El azar ligado al dinero es distinto al azar suelto, ese que tiene que ver, por ejemplo, con la fatalidad: ir caminando por la playa y que caiga un helicóptero y la hélice suelta te parta al medio o con la buena suerte</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Redefino qu&eacute; es azar: se sabe que no existe, que es nada m&aacute;s y nada menos que se te asigne tu parte probable dentro de la historia del tiempo. Eso es suerte, me dir&aacute;n. Pero es probable, les responder&eacute; &iquest;Cu&aacute;nto? Depende. Supongamos que poco. Bueno, es muy poco probable que te suceda. Pero puedo ir por esa suerte de que me toque a m&iacute;. Esa certeza loca es la que suena al o&iacute;do cuando el dinero es puesto a flotar en la m&aacute;quina del azar. Una forma distributiva con representaciones enredadas que mediatizan la repartija para pocos, la oportunidad latente, para no hacernos cargo (sortear es lo opuesto a repartir). El mercado, que es vivo -c&oacute;mo no serlo con ese nombre: mercado-, se organiza entonces distribuyendo, por la oferta y la demanda -en esto incluyo al trabajo, al sost&eacute;n social y a la estafa- o rifando -en esto incluyo a la herencia, a encontrar plata por la calle que se le pierde a otros y a los c&aacute;nones de la loter&iacute;a nacional-. Se sabe, desde que la sociedad es tal, que siempre hay un p&uacute;blico, llam&eacute;mosle supersticioso y desesperado, que busca la forma de conseguir el dinero apostando a que le toque en determinado momento su probabilidad. Es. por lo general, un grupo de gente casi m&iacute;stica, dir&iacute;a yo, con una pereza venenosa, pero no tanto como para no tener una fe ciega en s&iacute; mismo y su racha, con un deseo revolucionario: hacer saltar la banca.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para que el azar nos mire y nos acompa&ntilde;e en la b&uacute;squeda de dinero hay que actuar. Hay que hacer con disciplina, poner el cuerpo, como dicen los que se victimizan, ir hasta la casa de quiniela y jugarle al n&uacute;mero asignado a alg&uacute;n sue&ntilde;o -una veta popular del onirismo- si es que fue so&ntilde;ado, entrar al bingo y soportar por horas las v&eacute;rtebras vencidas y la vista excitada frente a las slot machines, alguna tranquila que no agreda tanto para pasarse un buen rato contemplando las vaivenes de la racha, un buen rato ganando y perdiendo, mientras se trata de controlar al azar (el mismo que regir&aacute; nuestra propia forma de muerte), llamar al 0800 o mandar el cup&oacute;n con los datos al programa de Susana Gim&eacute;nez. Mi abuela Irene durante d&eacute;cadas esper&oacute; noches y noches salir sorteada en &ldquo;Hola Susana'', que Susana la llamara, jugar a lo que ella le propusiera y ganar un auto o el mill&oacute;n. Pero el tel&eacute;fono nunca son&oacute;. No era tan remoto.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Para que el azar nos mire y nos acompañe en la búsqueda de dinero hay que actuar. Hay que hacer con disciplina, poner el cuerpo, como dicen los que se victimizan, ir hasta la casa de quiniela y jugarle al número asignado a algún sueño </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Las representaciones del azar en los juegos del azar tienen algo circense: dados numerados en un contraste crom&aacute;tico revoleados en el aire, naipes iconizados en rojo y negro, tr&eacute;boles, picas, corazones y diamantes: un cuatriverso excitante, jotas, qus y kas en otro nivel, la bola rodando en la ruleta, la de Dostoieski, una verdadera rueda de la fortuna en miniatura, y caballos bufosos con jockeys diminutos disfrazados de comodines levitando sobre sus lomos. Fui algunas noches al casino cuando era una adolescente. El padre de una amiga, due&ntilde;o de cines pornogr&aacute;ficos, jugaba junto a su esposa todo el verano. Era una meta anual. La pareja ten&iacute;a un departamento muy bien puesto justo enfrente del casino de Mar del Plata que recuerdo que ten&iacute;a la particularidad de tener todos los picaportes a la altura de las rodillas de un adulto, la hip&oacute;tesis era que se lo habr&iacute;an comprado a un enano. Todas las noches cruzaban y jugaban al punto y banca, &eacute;l, y a la ruleta, ella. La jactancia de su hija era que un verano, su padre y su madrastra, hab&iacute;an perdido el auto, un Volvo, y tuvieron que volver en la clase super pullman del marplatense. Acompa&ntilde;&eacute; algunas noches a mi amiga a visitar al padre al casino, el lugar en el que lo encontraba despierto, para poder verlo y pedirle plata para la pizza, los calzones y las coronas en nuestro departamento alquilado junto a otras chicas en un t&iacute;pico veraneo juvenil inici&aacute;tico. D&aacute;bamos vueltas por las mesas, en un silencio atento, mir&aacute;bamos el arte quirom&aacute;ntico de los croupiers, las fichas de colores nacarados que hacen las veces del dinero para mantener decoro, para reducir volumen, claro est&aacute;, pero sobre todo para que los jugadores no se distraigan con los billetes, su perdici&oacute;n, y se concentren en el puto juego. Aspir&aacute;bamos la bruma lud&oacute;pata del tabaco y &eacute;ramos ignoradas -no como en la playa- por esas personas abismadas en su c&aacute;lculos, en sus tiros, absorbidas sus vidas por las vueltas del azar. Despu&eacute;s, el padre de mi amiga nos llevaba al bar del casino, un gran espacio dorado, atl&aacute;ntico, atendido por mozos de blazer blanco a tomar cocas y comer tostados mixtos. El padre cambiaba algunas fichas en la caja enrejada en bronce y nosotras volv&iacute;amos a nuestra timba de playa vespertina y boliche matutino a seguir gastando nuestro cre&iacute;do derecho a las ganancias ocasionales.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el libro El poder del juego de Federico Poore y Ram&oacute;n Indart hay datos lamentables sobre la explotaci&oacute;n de la ludopat&iacute;a humana para el negocio de la pol&iacute;tica argentina. Datos de c&aacute;nones millonarios que se supone retornan como obras de bien para la ciudadan&iacute;a, una vez descontados los premios, pero no siempre sucede. Los resultados a la vista y en el circuito, todas las suspicacias imaginables. El pa&iacute;s est&aacute; lleno de tragamonedas, que dejaron demod&eacute; a los juegos de pa&ntilde;o o a los cartones de los bingos, por la captaci&oacute;n solitaria que hacen de los jugadores las maquinitas. La trampa est&aacute; en que no se sienta una mirada reprobatoria cuando llega la voz diab&oacute;lica de la tentaci&oacute;n: &ldquo;Un tirito m&aacute;s&rdquo;. Pero alguien programa el azar en esas m&aacute;quinas. En alg&uacute;n momento del ciclo tiene que dar un premio. Nadie sabe cu&aacute;ndo ser&aacute;. Solo los empresarios del juego que miden la rentabilidad en metros cuadrados de m&aacute;quinas instaladas, como las hect&aacute;reas de un sembrad&iacute;o. No hay que tener destreza alguna, como por ejemplo en el Candy Crush que, dicho sea de paso, acaba de ser comprado por Microsoft en sesenta mil millones de d&oacute;lares; solo hay que bajar la palanca hasta encontrar ese momento y pagar por cada gesto. Los sectores bajos son los que m&aacute;s juegan: tienen todo por tener, todo por perder, todo por so&ntilde;ar, todo por desesperar. Hay ciudades provinciales en las que solo tienen el casino como lugar de esparcimiento, no hay ni un cine ni un teatro. La cuarentena, para colmo, impuls&oacute; con voracidad adictiva y gracias al encierro todo tipo de apuestas online: <a href="https://www.eldiarioar.com/sociedad/controversia-juegos-on-line-pandemia-aumento-oferta-habilitaron-pais_1_8658106.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">desde carreras de criptomonedas hasta prodes de muertes de famosos longevos</a>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mis barajas hoy: doscientos cinco mil pesos para llevar a mis tres hijos a un recital grande, de un artista o banda internacional y todos los gastos accesorios de esa noche, como a los que fui con el uno a uno, &iquest;por qu&eacute; no?, o guardar la compostura ciudadana, la &eacute;tica del artista, el perfil bajo, la resignaci&oacute;n y no hacerle el juego a nadie. Chau, Susana. Chau, Milei.
    </p><p class="article-text">
        <em>AS</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Angeles Salvador]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dinero-azar-chau-susana-chau-milei_129_8674350.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 22 Jan 2022 03:06:38 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El dinero y el azar: chau, Susana, chau, Milei]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Dinero,Juegos de azar on line,Ludopatía]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El dinero y la melancolía]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dinero-melancolia_129_8636331.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2eb0ede4-9f2b-4ab1-ab61-3993d0f2da45_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El dinero y la melancolía"></p><p class="article-text">
        &ldquo;El dinero es un estado de &aacute;nimo'', dice la remera que mand&eacute; a hacer. Sali&oacute; 2.300 pesos en una tienda de estampas de todo tipo. Hab&iacute;a una promoci&oacute;n: si mandabas a estampar diez o m&aacute;s prendas te descontaban el 5%. Es decir, media remera. Era conveniente. Pens&eacute; en estampar diez para regalar en Navidad y as&iacute; tener gratis esa media remera que, por supuesto, ser&iacute;a la mitad de la que me quedar&iacute;a yo. Porque en cada oferta que uno elige o acepta no hay otro destinatario &uacute;ltimo m&aacute;s que uno mismo.&nbsp;<strong>Porque el dinero es como el cuerpo de uno. Es, dir&iacute;a yo: muy personal, muy &iacute;ntimo.&nbsp;</strong>Esa remera gratis ser&iacute;a, para m&iacute;, la original. La que tiene algo para decir sobre el dinero. Diez remeras que digan &rdquo;El dinero es un estado de &aacute;nimo&ldquo; en Montserrat, la tipograf&iacute;a que cre&oacute; Julieta Ulanovsky y que me resulta un invento argentino tan perdurable y maravilloso como los de Bir&oacute; y Favaloro. Pero, &iquest;para qui&eacute;n ser&iacute;an las nueve remeras restantes, las de la ganga?, pienso ahora. &iquest;Qui&eacute;n valorar&iacute;a mi regalo con la inteligencia que le atribuyo yo a la frase?&nbsp;<strong>&iquest;Qui&eacute;n podr&iacute;a entender cu&aacute;l es la mecha que estoy tratando de encender todo el santo tiempo? &iquest;El deudor de mi familia, la neur&oacute;tica de mi familia, el pudiente de mi familia, el dilapidador de mi familia, la compulsiva de mi familia, el avaro de mi familia, los pobres de mi familia?</strong>&nbsp;&rdquo;Un chiste&ldquo;. Eso pensar&aacute;n los pobres de mi familia. &rdquo;Angeles nos est&aacute; haciendo un chiste porque no tenemos un peso. Para poder re&iacute;rnos juntos del resultado est&eacute;tico -volver&eacute; sobre esto m&aacute;s adelante- que deviene de quejarse en forma permanente del hecho de no tener plata mientras nos sacamos una foto con esa remera barata. Para re&iacute;rnos de no tener lo suficiente como para estar tranquilos a la hora de comprar el cotill&oacute;n&ldquo;. Llamo cotill&oacute;n a aquello que nos sobra mentalmente a la hora de subsistir pero que nos hace m&aacute;s chispeante y est&uacute;pida la alegr&iacute;a de ser y estar. &iquest;El consumo? S&iacute;, el consumo, pero no, no es exactamente eso. Es como cuando en medio de la noche hacemos la lista de todo lo que nos falta y George Harrison se transforma en un gusano que gira en el o&iacute;do cantando: &rdquo;But it's gonna take money/A whole lotta spending money/It's gonna take plenty of money/To do it right, child&ldquo;.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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          el2.style.display = 'block';
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          el4.style.display = 'none';
          el3.style.display = 'block';
        }
      }
    }
    xmlHttp.send(formData);
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    el4 = document.getElementById('error2');
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	}
}
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    </figure><p class="article-text">
        &nbsp;&iquest;Cu&aacute;nto dinero me va a hacer falta para todo eso que yo quiero? &iquest;Y d&oacute;nde est&aacute; el dinero? &iquest;Y c&oacute;mo acreciento ese dinero? &iquest;Lo mando a la guarder&iacute;a? El resultado est&eacute;tico del problema econ&oacute;mico coyuntural, amesetado, cr&oacute;nico y hartante fue para mi presupuesto el siguiente:&nbsp;<strong>una camiseta con una leyenda ir&oacute;nica en la que se ensalza la melancol&iacute;a de no tener dinero y, a la vez, la melancol&iacute;a de desear tenerlo.</strong>&nbsp;Bastante poco en este caso. Pero tal vez tenga suerte de principiante y las llamas invadan mi cuerpo desde adentro hacia afuera como en una atormentada inspiraci&oacute;n y la leyenda autoafirmativa, casi identitaria -de eso se tratan esas remeras del yo- pueda ser explicada.
    </p><p class="article-text">
        Por lo general, el dinero que cae en mis manos parece siempre decepcionante y precoz como un hombre ansioso. Lo veo llegar, lo espero, es m&iacute;o, pero al poco tiempo deja de serlo y no me refiero al simple fen&oacute;meno transaccional inherente a su funci&oacute;n de intercambio espiritual -s&iacute;, espiritual-, sino a la insatisfacci&oacute;n de lo fungible. Es demasiado abstracto para ser dinero, es demasiado espectral como para pedir disculpas. Nunca se est&aacute; conforme con el dinero, pareciera ser la regla. La austeridad, en cambio, es lo contrario a la melancol&iacute;a, la austeridad es un compromiso que no se ata al pasado ni al futuro mientras que la melancol&iacute;a que nos produce el dinero es un suspiro echado -dedicado- a la soluci&oacute;n. Fantas&iacute;as solucionadoras: menos tr&aacute;mites, menos ruegos, menos agachadas, menos mantenimiento del hogar.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Por lo general, el dinero que cae en mis manos parece siempre decepcionante y precoz como un hombre ansioso. Lo veo llegar, lo espero, es mío, pero al poco tiempo deja de serlo </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Tenemos las ideas de la noche (sobre las que Harrison nos alerta que va a hacer falta mucha plata para hacerlas bien). La melancol&iacute;a inherente al dinero es siempre sobre la falta, pareciera. Falta plata y falta realizaci&oacute;n: conocer Estambul, tener -y haber tenido- un jard&iacute;n con rosas, pagar -y haber podido pagar cuando no qued&oacute; m&aacute;s remedio que inyectarse uno mismo- una enfermera privada, arreglar -y haber arreglado al primer globo de pintura inflado- la humedad del techo del lavadero (&iquest;o le corresponde al consorcio?), no trabajar -no haber trabajado aquel febrero- una semana, no pensar -no haber pensado en nada- una semana. Tal mi estado de &aacute;nimo, tal mi dinero.
    </p><p class="article-text">
        Pero tambi&eacute;n es la melancol&iacute;a del dinero que se desea. Ambas melancol&iacute;as: la del dinero que no se tiene y la del dinero que se desea est&aacute;n muy bien trabadas entre s&iacute;. S&iacute;, esa es la palabra. Y esa podr&iacute;a ser otra frase para otra remera: &ldquo;El dinero est&aacute; trabado en mi deseo&rdquo;. Si pienso ocho frases m&aacute;s puedo hacer una remera por frase y tener un cat&aacute;logo de una decena de prendas ocurrentes. Pero si la oferta se activa s&oacute;lo por hacer la misma estampa en las diez remeras, porque algo de lo autom&aacute;tico, de la eliminaci&oacute;n de pasos, siempre incrementa la ganancia -ya lo dijo el sabio popular: el tiempo es oro- entonces deber&iacute;a mandar a hacer cien remeras con mis diez frases sobre el dinero. Montar un emprendimiento y ganar cinco remeras. Esa ser&iacute;a mi ganancia, mi salto de capital. Siempre y cuando venda las cien. Cinco remeras que no me costar&aacute;n nada a diferencia de si las hubiera comprado de a una por vez. O el equivalente en dinero a esas cinco remeras que me costaron noventa y cinco remeras para canjear por otra cosa: un librito o abaratar la cuenta de internet. Pero tengo que escribir ocho frases m&aacute;s sobre el dinero para ese cat&aacute;logo de indumentaria finch. Y tengo que tener los 22.500 pesos para invertir. Todo es un peligro.&nbsp;<strong>Escribir m&aacute;s de lo que uno puede es como invertir m&aacute;s de lo que uno tiene: super riesgoso.</strong>&nbsp;Extra&ntilde;o esa fortuna que nunca tuve ni tendr&eacute;, ese capital que nunca invert&iacute; ni invertir&eacute;, ese lujo que nunca so&ntilde;&eacute; pero al que&nbsp;miro&nbsp;todo el tiempo. Extra&ntilde;o mi emprendimiento de remeras sobre el dinero que nunca har&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        <em>AS</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Angeles Salvador]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 08 Jan 2022 04:01:39 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El dinero y la melancolía]]></media:title>
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