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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Juan Carlos Torre]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/juan-carlos-torre/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Juan Carlos Torre]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El factor Perón]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/factor-peron_129_9195441.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1ebd37c4-c4eb-4f65-ab9f-54d3c1800012_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El factor Perón"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Con la intención de destacar el papel del individuo en la determinación de los hechos de la historia y dejar en un segundo plano la importancia del marco social y político dentro del que tuvieron lugar los hechos, el autor indaga en la biografía del Perón para pensar nudos de la vida política argentina que se proyectan sobre el aquí y el ahora.</p></div><p class="article-text">
        <em>Hace unos d&iacute;as un colega de la universidad me pidi&oacute; una copia de mi art&iacute;culo sobre &ldquo;Per&oacute;n, el europeo&rdquo;. Su pedido me sorprendi&oacute; porque no recordaba haberlo escrito. Pronto, sin embargo, me d&iacute; cuenta que estaba haciendo referencia al texto en el que procur&eacute;&nbsp; llamar la atenci&oacute;n a la inclinaci&oacute;n de Per&oacute;n a descifrar los dilemas de la coyuntura argentina a partir de claves extra&iacute;das de su visi&oacute;n&nbsp; de la trayectoria de Europa de su tiempo. Al releer mi texto me pareci&oacute; que val&iacute;a la pena resaltar una iron&iacute;a de la historia: </em><em><strong>el l&iacute;der de un movimiento cuyos primeros ex&eacute;getas en la d&eacute;cada de 1960 lo clasificaron como perteneciente a la familia de los movimientos nacional- populares&nbsp; propios de la periferia razon&oacute; los avatares de su peripecia pol&iacute;tica desde una &oacute;ptica m&aacute;s global. </strong></em><em>Esta es una raz&oacute;n que me llev&oacute; a republicar este&nbsp; art&iacute;culo en </em><em><strong>elDiarioAR</strong></em><em> para que tenga una circulaci&oacute;n por fuera del &aacute;mbito acad&eacute;mico donde sali&oacute; originalmente . Y aprovecho para hacerlo cuando todav&iacute;a estamos en el mes de Julio, y se ha cumplido otro aniversario de la muerte de Per&oacute;n, que encuentra al movimiento que supo inspirar en un estado de crisis para el que no se aplica cabalmente el ben&eacute;volo apotegma del viejo caudillo seg&uacute;n el cual &ldquo;los peronistas somos como los gatos. Cuando nos oyen gritar creen que nos estamos peleando pero en realidad nos estamos reproduciendo&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;A continuaci&oacute;n, con peque&ntilde;os cambios, el art&iacute;culo publicado en la revista rosarina&nbsp;Estudios Sociales en 2014.
    </p><p class="article-text">
        El ejercicio que me propongo - explorar la incidencia de El Factor Per&oacute;n en la historia contempor&aacute;nea de la Argentina -&nbsp; no est&aacute; desprovisto de riesgos. Mencionar&eacute; quiz&aacute;s el m&aacute;s importante de ellos: destacar en demas&iacute;a el papel del individuo en la determinaci&oacute;n de los hechos de la historia y dejar en un segundo plano la importancia del marco social y pol&iacute;tico dentro del que tuvieron lugar los hechos. Una biograf&iacute;a, se ha dicho con raz&oacute;n, es igual a la personalidad del biografiado m&aacute;s sus circunstancias. De all&iacute; que la biograf&iacute;a imponga una y otra vez echar tambi&eacute;n una mirada a las condiciones que moldearon su car&aacute;cter y sus ideas, as&iacute; como a las condiciones que hicieron posible su gravitaci&oacute;n hist&oacute;rica. Al incorporar a la ecuaci&oacute;n el papel de las circunstancias no quiero suprimir el juicio hist&oacute;rico.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Todo&nbsp; paisaje social y pol&iacute;tico en un momento dado encierra una variedad de desenlaces posibles. Lo que habr&aacute; de hacer la diferencia entre la potencia y el acto finalmente ejecutado estar&aacute; definido por lo que hacen o dejar de hacer aquellas personalidades pol&iacute;ticas que ocupan una posici&oacute;n de preeminencia en una determinada coyuntura. La responsabilidad hist&oacute;rica no est&aacute; democr&aacute;ticamente distribuida. Hay individuos que tienen m&aacute;s recursos que el com&uacute;n de los mortales para modelar la arcilla humana y la trama de los acontecimientos. M&aacute;s concretamente, las presidencias de Per&oacute;n y su legado tuvieron una incidencia insoslayable en los derroteros de la trayectoria argentina. Per&oacute;n es uno de los pocos individuos de nuestro siglo veinte de los que se puede afirmar con seguridad: sin &eacute;l el curso de la historia&nbsp;habr&iacute;a sido&nbsp;distinto del que&nbsp;fue.
    </p><p class="article-text">
        Como afirmaba reci&eacute;n, esta proposici&oacute;n&nbsp; &iquest;no simplifica demasiado las cosas al recurrir a un hip&oacute;tesis&nbsp;excesivamente personalizada? Una Sociolog&iacute;a de vasto arraigo nos hace desconfiar de este tipo de explicaciones prefiriendo distribuir la responsabilidad hist&oacute;rica sobre la sociedad como un todo. Formado como he sido en la tradici&oacute;n de las ciencias sociales ser&iacute;a el &uacute;ltimo en desde&ntilde;ar la contribuci&oacute;n de fuerzas impersonales sobre los procesos hist&oacute;ricos. No obstante, creo que el men&uacute; de opciones pol&iacute;ticas que las sociedades tienen por delante en ciertas circunstancias cr&iacute;ticas debe mucho a la oferta que hace los hombres que ocupan posiciones pol&iacute;ticas claves. Seguramente la Historia no se resume en la biograf&iacute;a de los grandes hombres. Pero no cabe duda que la personalidad de los l&iacute;deres pol&iacute;ticos, su talante moral y sus visiones del mundo juegan&nbsp; un papel considerable en la medida en que desde el lugar&nbsp; estrat&eacute;gico&nbsp; que ocupan en la vida p&uacute;blica autorizan unos&nbsp; determinados cursos de acci&oacute;n m&aacute;s que otros.
    </p><p class="article-text">
        El historiador espa&ntilde;ol Juan Pablo Fusi public&oacute; en 1985 diez a&ntilde;os despu&eacute;s de la muerte de Franco una biograf&iacute;a de El Caudillo. En una segunda edici&oacute;n de su libro encontr&oacute; la necesidad de agregar un nuevo pr&oacute;logo con el t&iacute;tulo El Factor Franco para traer al primer plano y subrayar el peso espec&iacute;fico de Franco sobre el r&eacute;gimen que mont&oacute; y gobern&oacute; durante 40 a&ntilde;os. Este es tambi&eacute;n el prop&oacute;sito de mi texto: explorar&nbsp;la incidencia de El Factor Per&oacute;n en la trayectoria del ancho tramo de la historia argentina en el que tuvo un protagonismo insoslayable. Para iniciar esta exploraci&oacute;n perm&iacute;tanme otra referencia a Juan Pablo Fusi. En ese segundo pr&oacute;logo el historiador espa&ntilde;ol coment&oacute; su dificultad al encarar la empresa. Esa dificultad, nos dice, no&nbsp; respond&iacute;a a&nbsp; razones metodol&oacute;gicas o de la falta de informaci&oacute;n. M&aacute;s bien descansaba&nbsp; en&nbsp; las caracter&iacute;sticas de la personalidad de Franco.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;La suya era una personalidad anodina, era bajo, ten&iacute;a una voz d&eacute;bil y un rostro inexpresivo. Su rasgo m&aacute;s relevante era la prudencia, carec&iacute;a de preocupaciones ideol&oacute;gicas y sus gustos privados eran los propios de la clase media de funcionarios militares de la que proven&iacute;a. No fumaba ni beb&iacute;a y era escrupulosamente monog&aacute;mico. En suma, sostiene Fusi, se trataba de un personaje poco atractivo, sin los atributos de un fuerte liderazgo personal. A la hora de las comparaciones el contraste con la personalidad de&nbsp;Per&oacute;n no puede ser mayor.
    </p><p class="article-text">
        Para ilustrar este contraste voy a remitirme al retrato de Per&oacute;n que hizo&nbsp; Bonifacio del Carril, uno de los intelectuales nacionalistas cat&oacute;licos que se&nbsp;sum&oacute; a los golpistas de 1943 para romper con ellos una vez que Per&oacute;n se transform&oacute; en el hombre fuerte de la Revoluci&oacute;n de Junio y, en sus palabras, reconvirti&oacute; la revoluci&oacute;n nacional que ellos auspiciaban en una revoluci&oacute;n social. En su libro &ldquo;<em>Memorias Dispersas</em>&rdquo;, publicado en 1984, del Carril escribi&oacute;: &ldquo;Muchas veces me han preguntado c&oacute;mo era Per&oacute;n en 1943 y 1944, cuando tuve oportunidad de conocerle. Ten&iacute;a entonces 48 a&ntilde;os de edad. Era alto, erguido, m&aacute;s bien corpulento. Era jovial y dicharachero. Le gustaba aludir a su pasado como deportista. Hab&iacute;a tirado esgrima en el Jockey Club de Buenos Aires pero se envanec&iacute;a recordando que hab&iacute;a practicado boxeo. Para recibir a las visitas en su casa se quitaba la chaqueta militar y se pon&iacute;a sobre el uniforme una salida de ba&ntilde;o como la que usaban los boxeadores de la &eacute;poca. Pero era atildado en el vestir. Ten&iacute;a una memoria notable, especialmente para recordar hechos y circunstancias y para reconocer a las personas. Pose&iacute;a una gran facilidad de palabra, con una oratoria directa y efectiva y cierto ingenio para inventar o utilizar chascarrillos, dichos y apodos populares. Dec&iacute;a que la mentira tiene patas cortas pero no era demasiado respetuoso de la verdad e improvisaba sobre cualquier cosa Se contradec&iacute;a sin rubor. Era muy h&aacute;bil a su manera para manejar el tono de&nbsp; sus conversaciones privadas y sus discursos p&uacute;blicos, seg&uacute;n el resultado que quer&iacute;a obtener. Envolv&iacute;a al interlocutor, d&aacute;ndole la raz&oacute;n por anticipado para evitar discusiones y luego recog&iacute;a el argumento y lo daba vuelta seg&uacute;n su intenci&oacute;n. Explicaba sus actitudes sosteniendo que le eran impuestas por razones ajenas a su voluntad. En esto era c&iacute;nicamente inteligente. Decidi&oacute; conquistar a las masas, comprendiendo claramente que la pretensi&oacute;n de hacerlo desde afuera era vana y que, en cambio, deb&iacute;a identificarse con ellas si quer&iacute;a conducirlas. Y lo hizo con gran habilidad.&rdquo; El perfil de Per&oacute;n que se desprende de este perceptivo retrato de del Carril es ya harto conocido y, de primera o de segunda mano, nos ha sido trasmitido a trav&eacute;s del tiempo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>Hacia el viaje a Italia</strong></em>
    </p><p class="article-text">
        En este repaso sucinto del itinerario p&uacute;blico de Per&oacute;n destaco que la&nbsp; eficacia pol&iacute;tica de su personalidad todav&iacute;a&nbsp;no estuvo&nbsp; a la vista&nbsp;hacia 1930, cuando se asom&oacute; por primera vez en la escena&nbsp; del pa&iacute;s&nbsp;pero como actor de reparto. Ese fue el a&ntilde;o del golpe de setiembre que puso fin al experimento democr&aacute;tico iniciado con la sanci&oacute;n de la Ley Saenz Pe&ntilde;a en 1912. Como ocurrir&aacute; m&aacute;s de una vez con los golpes militares, la Revoluci&oacute;n de 1930 fue orquestada por dos facciones militares, la facci&oacute;n nacionalista acaudillada por el General Uriburu y la facci&oacute;n liberal que respond&iacute;a al General Justo. &iquest;Adonde se ubic&oacute; Per&oacute;n en esa encrucijada de las lealtades militares? Seg&uacute;n su propia versi&oacute;n de la historia, en las v&iacute;speras del golpe se vincul&oacute; a la facci&oacute;n nacionalista pero bien pronto de apart&oacute; de ella, desilusionado por su incompetencia para las tareas conspirativas, de all&iacute; que el levantamiento militar contra Yrigoyen lo encontrar&aacute; en la facci&oacute;n liberal del General Justo. Producido el golpe, el General Uriburu, sobre qui&eacute;n&nbsp; recay&oacute; la jefatura de la revoluci&oacute;n , una vez que ocup&oacute; la presidencia procedi&oacute; a purgar&nbsp; a la nueva administraci&oacute;n de elementos asociados a su rival,&nbsp; el General Justo. Entre ellos ese fue el caso de Per&oacute;n. Al d&iacute;a siguiente del golpe Per&oacute;n hab&iacute;a sido designado en la secretaria privada del Ministro de Guerra pero un mes m&aacute;s tarde fue separado del cargo y transferido a la Escuela de Guerra, como titular de la c&aacute;tedra de Historia Militar.
    </p><p class="article-text">
        Los avatares de la pol&iacute;tica militar lo condujeron as&iacute; al podio de profesor y en &eacute;l adquirir&iacute;a una experiencia crucial para su posterior carrera pol&iacute;tica. All&iacute; tuvo ocasi&oacute;n de iniciarse en las rutinas de la docencia: hablar en p&uacute;blico, expresar sus ideas, interesar y mantener la atenci&oacute;n de la audiencia. El &aacute;mbito militar, acostumbrado a las consignas claras y las &oacute;rdenes simples, era poco propicio para la ret&oacute;rica engolada de los hombres p&uacute;blicos e impon&iacute;a un estilo de comunicaci&oacute;n llano y directo. De todo ello Per&oacute;n sacar&iacute;a buen partido cuando, llegado al tim&oacute;n del poder, hizo de la presidencia un p&uacute;lpito al servicio de su propio mensaje ideol&oacute;gico. En 1932 volvi&oacute; al centro de la corporaci&oacute;n militar tra&iacute;do por el desenlace final de la Revoluci&oacute;n de Setiembre. Luego que la tentativa nacionalista del General Uriburu fracasara en medio de la mayor soledad pol&iacute;tica,&nbsp; en el a&ntilde;o 1932 se realizaron elecciones que, con el fraude mediante, condujeron al General Agust&iacute;n Justo&nbsp; a la presidencia del pa&iacute;s. Per&oacute;n fue designado ayudante de campo del nuevo ministro de&nbsp;Guerra, el General Manuel Rodriguez&nbsp; al tiempo que retuvo su c&aacute;tedra en la Escuela de Guerra. Desde esta nueva posici&oacute;n pudo observar de cerca la exigente tarea que el&nbsp; presidente Justo encomend&oacute; a su ministro de guerra: devolver la disciplina militar a un ej&eacute;rcito que acabada de salir de los cuarteles para hacer conocer al pa&iacute;s sus preferencias pol&iacute;ticas. En esas circunstancias, la preservaci&oacute;n de la unidad militar demand&oacute; una vigilancia incesante as&iacute; como una manipulaci&oacute;n constante de las rivalidades existentes en el cuerpo de oficiales.&nbsp;Vista a la distancia, esa fue otra&nbsp; experiencia formativa en la carrera militar&nbsp; de Per&oacute;n ya que lo inici&oacute; en el arte de las intrigas palaciegas del que sac&oacute; tambi&eacute;n&nbsp;buen partido a&ntilde;os m&aacute;s tarde, cuando, arrolladoramente, se abri&oacute; paso&nbsp; entre sus camaradas de armas para&nbsp; conquistar la jefatura pol&iacute;tica de la Revoluci&oacute;n de Junio de 1943.
    </p><p class="article-text">
        El estado de efervescencia pol&iacute;tica de la corporaci&oacute;n militar se tradujo en distintos conatos de rebeli&oacute;n pero Per&oacute;n se mantuvo alejado de ellos. &ldquo;Oficial de Gran Porvenir&rdquo; fue la calificaci&oacute;n que mereci&oacute; de parte del General Rodriguez al cabo de&nbsp; su paso por el Ministerio de Guerra. Su pr&oacute;ximo destino, en 1936, fue la agregadur&iacute;a militar de la embajada argentina en Chile. Durante los dos a&ntilde;os que dur&oacute; su estad&iacute;a&nbsp;en Santiago de Chile aplic&oacute; sus cualidades personales, esto es, una estudiada y sin embargo fresca simpat&iacute;a, para ganarse amigos y cumplir con la misi&oacute;n que le fuera asignada: obtener clandestinamente informaci&oacute;n sobre los planes expansionistas chilenos en el sur de la Argentina. Su actividad no pas&oacute; desapercibida para los servicios de inteligencia trasandinos, que infiltraron sus contactos. Pero&nbsp;Per&oacute;n dej&oacute; Chile antes de que fuera denunciado el espionaje argentino; el esc&aacute;ndalo recay&oacute; sobre su sucesor en la agregadur&iacute;a militar, el mayor Eduardo Lonardi, que tuvo que abandonar el cargo en forma intempestiva. Unos 16 a&ntilde;os despu&eacute;s Per&oacute;n y Lonardi volver&iacute;an a cruzarse pero en circunstancias y con desenlaces&nbsp; bien diferentes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En este breve recorrido por la carrera militar de Per&oacute;n lleg&oacute; el momento de evocar un nuevo avatar,&nbsp; de &iacute;ndole m&aacute;s personal, que, a mi juicio, imprimi&oacute; un giro&nbsp; decisivo en su trayectoria. Me refiero a que en setiembre de 1938 muri&oacute; enferma de c&aacute;ncer, Aurelia Tizon, su esposa desde hac&iacute;a 10 a&ntilde;os. Por lo que sabemos a trav&eacute;s de testimonios la muerte de Aurelia fue un golpe duro para Per&oacute;n: decidi&oacute; alejarse de todo e hizo&nbsp; en soledad un viaje de 18 mil kil&oacute;metros en autom&oacute;vil a trav&eacute;s de la Patagonia, una regi&oacute;n que conoc&iacute;a bien porque su padre hab&iacute;a tenido all&iacute; propiedades rurales y en donde hab&iacute;a pasado sus primeros a&ntilde;os de vida. Como ha escrito uno de sus bi&oacute;grafos, Joseph Page, a esta altura de su vida Per&oacute;n estaba en un pantano emocional. Es posible que, a la distancia, resulte dif&iacute;cil imaginarlo en un estado de depresi&oacute;n afectiva. Los que s&iacute; lo vieron as&iacute;, en ese estado,&nbsp; y se esforzaron por darle una mano, fueron sus camaradas&nbsp; m&aacute;s allegados; con ese fin se las ingeniaron para que los altos mandos del ej&eacute;rcito lo designaran en una misi&oacute;n en el extranjero. En febrero de 1939&nbsp; Per&oacute;n viaj&oacute;&nbsp; a Italia para perfeccionarse en las pr&aacute;cticas de los ej&eacute;rcitos de monta&ntilde;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Este&nbsp;nuevo destino le ofreci&oacute; un balc&oacute;n apropiado para observar de cerca la Italia de Mussolini.&nbsp;Su temporada italiana habr&iacute;a de ser, lo repetir&iacute;a m&aacute;s de una vez, una verdadera experiencia inici&aacute;tica. El encuadramiento y la movilizaci&oacute;n del pueblo italiano bajo la conducci&oacute;n del Duce le dejaron&nbsp; una fuerte impresi&oacute;n, al tiempo que le permiti&oacute; entrever en el <em>corporatismo mussoliniano</em> el sendero de la genuina democracia social hacia el que se encaminaba el mundo&nbsp; para poner bajo control&nbsp; los desaf&iacute;os de la lucha de clases. Otra vez, esto es de sobra conocido y me parece innecesario extenderme en ello. Si me interesar&iacute;a hacer aqu&iacute; una pausa para detenerme en las vueltas de la suerte y preguntarme: &iquest; y si no hubiera muerto Potota, como era llamada en su familia, la esposa de Per&oacute;n y se hubiese prolongado en el tiempo ese matrimonio feliz ? Esto es, &iquest; y si Per&oacute;n no hubiese conocido el dolor de esa p&eacute;rdida y por lo tanto sus allegados no hubieran tenido que acudir en su auxilio maquinando para que fuese enviado en una misi&oacute;n&nbsp; de estudios a Italia de donde regresar&iacute;a al pa&iacute;s en posesi&oacute;n de las claves maestras de su futura empresa pol&iacute;tica ? Estas son todas conjeturas, ya lo s&eacute;: la historia es lo que fue y no lo que pudo haber sido. Pero estas conjeturas tienen un valor heur&iacute;stico: nos traen al primer plano el papel que tienen las contingencias en la vida de los hombres p&uacute;blicos y, como ser&iacute;a&nbsp; el caso de nuestro personaje, tambi&eacute;n en los derroteros de&nbsp; los pa&iacute;ses.
    </p><p class="article-text">
        Con los elementos que hemos reunido hasta aqu&iacute; podr&iacute;a decirse que hasta su viaje a Italia Per&oacute;n muy seguramente ten&iacute;a por delante una brillante carrera como oficial del ej&eacute;rcito. La formaci&oacute;n militar era el principal activo con el que contaba. Por tratarse de una formaci&oacute;n dentro de una instituci&oacute;n&nbsp;tan omnicomprensiva sobre la vida de sus miembros cabr&iacute;a esperar, por lo tanto, que&nbsp; &eacute;sta impregnara&nbsp;con su l&oacute;gica b&eacute;lica la visi&oacute;n de la vida p&uacute;blica de un hombre que desde los 15 a&ntilde;os se hab&iacute;a desenvuelto en sus filas. En consecuencia, no sorprende que cuando las vicisitudes de la historia del pa&iacute;s&nbsp;lo proyectaron fuera de los cuarteles razonara el ejercicio de la pol&iacute;tica como una contraposici&oacute;n beligerante entre ej&eacute;rcitos en pugna. Dentro de&nbsp;esta matriz de pensamiento la paz es s&oacute;lo un breve interregno en&nbsp; la ambici&oacute;n natural de prevalecer el uno sobre el otro, y, a su vez,&nbsp; la conducci&oacute;n pol&iacute;tica es el arte de suscitar obediencia dentro de la propia tropa con vistas a una&nbsp;guerra inminente e&nbsp;inevitable. Esta matriz de pensamiento&nbsp;ha sido&nbsp;la pista por muchos explorada con el fin de esclarecer y dar sentido a la actuaci&oacute;n pol&iacute;tica de Per&oacute;n. Desde este encuadre la cuesti&oacute;n de la incidencia de El Factor Per&oacute;n remitir&iacute;a a la influencia que tuvo su formaci&oacute;n militar sobre el estilo pol&iacute;tico con el que encar&oacute; y resolvi&oacute; en vida los retos&nbsp;que le puso la historia de su tiempo.
    </p><p class="article-text">
        No es &eacute;sta, sin embargo, la pista que me interesa explorar para abordar la cuesti&oacute;n de la incidencia&nbsp; de El Factor Per&oacute;n. Mi foco no ser&aacute; el estilo pol&iacute;tico de Per&oacute;n, un estilo pol&iacute;tico que, a mi juicio, se habr&iacute;a de desplegar&nbsp; por otra parte&nbsp;con una paleta m&aacute;s matizada que lo que se desprend&iacute;a de su formaci&oacute;n militar. El foco del ejercicio especulativo que me propongo estar&aacute; m&aacute;s bien colocado en la trama de las preocupaciones pol&iacute;ticas que pautaron su comportamiento en dos momentos centrales de los diez a&ntilde;os en que ejerci&oacute; sus primeras presidencias, el momento de su ascenso al poder en 1946 y el momento de su derrocamiento en 1955.
    </p><p class="article-text">
        Esas preocupaciones le fueron dictadas por la perspectiva desde la que observ&oacute; la cambiante coyuntura pol&iacute;tica argentina. &iquest; Cu&aacute;l era, pues,&nbsp; esa perspectiva?, es la pregunta que se impone responder. Y bien, seg&uacute;n como veo las cosas, esa perspectiva fue una que Per&oacute;n hizo suya como corolario de su breve pero crucial estad&iacute;a en Italia. De dicha estad&iacute;a regres&oacute; al pa&iacute;s no solamente bajo la impresi&oacute;n de las grandes comuniones de masas en torno del liderazgo de Mussolini y cautivado por las promesas del corporatismo social como alternativa al orden liberal y a la dominaci&oacute;n comunista. El impacto&nbsp; de su temporada italiana se tradujo en la gestaci&oacute;n de un punto de vista que habr&iacute;a de distinguirlo entre sus contempor&aacute;neos; me refiero a su tendencia a considerar y, por lo tanto, a&nbsp; juzgar la cambiante coyuntura pol&iacute;tica argentina desde la perspectiva de los problemas y los desarrollos que caracterizaban las vicisitudes de la Europa de la &eacute;poca. Para decirlo con otras palabras: la mirada de Per&oacute;n sobre el panorama argentino&nbsp; se construy&oacute; desde el puesto de observaci&oacute;n de la atalaya europea;&nbsp; fue ella, la atalaya europea,&nbsp; la que le suministr&oacute;&nbsp;claves interpretativas por medio de las cuales problematiz&oacute; los cambios que ten&iacute;an lugar en la sociedad y la pol&iacute;tica del pa&iacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>El fantasma comunista</strong>
    </p><p class="article-text">
        Exploremos a continuaci&oacute;n esta hip&oacute;tesis en el momento de su ascenso al poder. Una vez que hubo consolidado su liderazgo en las filas de la Revoluci&oacute;n de Junio Per&oacute;n comenz&oacute; a desplegar una intensa actividad comandado por una obsesi&oacute;n, el fantasma del peligro comunista. Como lo dej&oacute; saber en m&aacute;s de una ocasi&oacute;n, el fin de la Segunda Guerra Mundial traer&iacute;a aparejado una expansi&oacute;n del comunismo. Si bien la marcha de los ej&eacute;rcitos&nbsp; sovi&eacute;ticos se iba a detener en el centro de Europa, la conquista de los pa&iacute;ses del continente se prolongar&iacute;a en el trabajo de zapa de los partidos comunistas a los que la victoria de la coalici&oacute;n anti-fascista elevar&iacute;a a posiciones de poder. Esto es lo que habr&iacute;a de ocurrir en Italia y Francia, en donde los jefes de los partidos comunistas, Palmiro Togliati y Maurice Thorez, fueron respectivamente convocados a formar parte de los nuevos gobiernos. Con esa convicci&oacute;n&nbsp; Per&oacute;n se enfoc&oacute; sobre la coyuntura argentina y urgi&oacute; a la implementaci&oacute;n de una estrategia preventiva. Su objetivo: cerrar&nbsp; el paso a las huestes comunistas dentro de un&nbsp; mundo del trabajo que crec&iacute;a&nbsp; por&nbsp; obra de la expansi&oacute;n de la industrializaci&oacute;n en curso.
    </p><p class="article-text">
        Esa estrategia preventiva ten&iacute;a dos pilares: reprimir las expresiones militantes del comunismo y a la vez remover las causas de los avances del&nbsp; comunismo. La novedad de la propuesta de Per&oacute;n estaba en el&nbsp; segundo pilar, y &eacute;ste fue el que&nbsp;se plasm&oacute; a trav&eacute;s de&nbsp; una apertura del estado a las demandas&nbsp; del mundo del trabajo. Con la certeza de contar con una soluci&oacute;n al peligro comunista se dedic&oacute; luego a hacer su propaganda en los c&iacute;rculos del establishment argentino. Al respecto contamos con un valioso documento que ilustra el tenor de sus conversaciones con un grupo escogido de figuras p&uacute;blicas en diciembre de 1944. Ese documento, que consiste en la transcripci&oacute;n de las notas taquigr&aacute;ficas tomadas subrepticiamente por uno de los part&iacute;cipes del c&oacute;nclave, permaneci&oacute; en las sombras hasta que fue publicado por F&eacute;lix Luna en mayo de 1998 en el diario <em>La Naci&oacute;n</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En &eacute;l leemos a Per&oacute;n diciendo: &ldquo;El problema de la Argentina de hoy consiste en resolver la cuesti&oacute;n social. Frente al comunismo s&oacute;lo se pueden adoptar una de las siguientes actitudes. Primero, destruir por la violencia toda organizaci&oacute;n comunista. Segundo hacer a los obreros promesas que no se cumplen, como antes. Tercero, quitarle su raz&oacute;n de ser, satisfaciendo con justicia las reclamaciones obreras. Es &eacute;ste el camino que yo he elegido: siempre he cre&iacute;do mejor hacer que desaparezcan las causas en vez de empe&ntilde;arme en destruir sus efectos&rdquo;. Con esas palabras alud&iacute;a a&nbsp;su gesti&oacute;n al frente de&nbsp; la Secretaria de Trabajo: promover la negociaci&oacute;n colectiva, reparar viejos agravios, estimular la sindicalizaci&oacute;n. En otro tramo de la conversaci&oacute;n Per&oacute;n hizo un reconocimiento: &ldquo; Hay quienes se quejan de algunas medidas del gobierno, que les resultan onerosas, pero&nbsp; les digo que es mejor resignarse a entregar una parte de lo que se&nbsp; tiene para no perderlo todo.&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con este razonamiento, Per&oacute;n argumentaba en&nbsp; favor de su estrategia preventiva partiendo&nbsp; de la buena acogida que iniciativas como las suyas hab&iacute;an tenido en otras latitudes por parte de un establishment tan conservador como el de Argentina. Pero&nbsp;esta trasposici&oacute;n de la experiencia europea adolec&iacute;a sin embargo de un defecto. Como lo se&ntilde;al&oacute; Tulio Halper&iacute;n, en la Argentina&nbsp; de entonces faltaba la condici&oacute;n que llev&oacute; en los pa&iacute;ses fascistas a los c&iacute;rculos&nbsp; patronales a acompa&ntilde;ar pol&iacute;ticas de reformas laborales, a&uacute;n al precio de sacrificios inmediatos. Esto es, aqu&iacute; no exist&iacute;a, como s&iacute; existi&oacute; en esos pa&iacute;ses,&nbsp; la sensaci&oacute;n de amenaza frente a un movimiento obrero combativo.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Uno de los interlocutores de Per&oacute;n en diciembre de 1944 se atrevi&oacute; a disentir con su diagn&oacute;stico y le se&ntilde;al&oacute; que &ldquo;antes del 4 de Junio no hab&iacute;a en el pa&iacute;s un problema comunista de importancia&rdquo;&nbsp; A partir de lo que sabemos sobre la situaci&oacute;n del movimiento obrero de la &eacute;poca, agrego yo, razones no le faltaban para descreer de la existencia de un&nbsp; peligro comunista. Como bien lo puso de manifiesto la referencia a la fecha del 4 de Junio, si hab&iacute;a en el mundo de los negocios una preocupaci&oacute;n &nbsp; su origen&nbsp; estaba localizado m&aacute;s bien en la propia gesti&oacute;n de Per&oacute;n, que en nombre de anticiparse al presunto peligro comunista lo que hac&iacute;a era alentar la movilizaci&oacute;n obrera y exasperar las tensiones laborales. A los ojos de sus interlocutores, Per&oacute;n se comportaba como <em>un bombero piroman&iacute;aco</em>, seg&uacute;n la expresi&oacute;n acu&ntilde;ada por Alain Rouqui&eacute;, que provocaba incendios para ser luego llamado a sofocarlos.&nbsp; No se necesitaba demasiada sagacidad pol&iacute;tica para advertir en la gesti&oacute;n de Per&oacute;n la tentativa de erigirse en &aacute;rbitro de la paz social y de forzar&nbsp; a delegar en &eacute;l todo el poder pol&iacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        La perspectiva europeizante de Per&oacute;n sobre la realidad argentina no se compadec&iacute;a con la visi&oacute;n que de ella ten&iacute;an los due&ntilde;os del poder econ&oacute;mico. En esas circunstancias, las medidas pro-laborales fueron recibidas en principio con frialdad y m&aacute;s tarde &nbsp;con hostilidad. Este desencuentro tuvo una primera consecuencia: abort&oacute; la posibilidad de que se formara una coalici&oacute;n conservadora popular,&nbsp; como esa&nbsp; que&nbsp; fue concebida&nbsp;por Per&oacute;n en su b&uacute;squeda del respaldo de los dirigentes obreros y la colaboraci&oacute;n de las clases patronales,&nbsp;para conducir con el apoyo del ej&eacute;rcito y la bendici&oacute;n de la iglesia cat&oacute;lica los destinos de la Argentina de posguerra. Frustrado en su&nbsp; intento de formar una gran coalici&oacute;n Per&oacute;n radicaliz&oacute; de all&iacute; en m&aacute;s sus pol&iacute;ticas y apelando a una ret&oacute;rica que le gan&oacute; el fervor popular proclam&oacute; el advenimiento de la era de las masas, el fin de la dominaci&oacute;n burguesa y convoc&oacute; a los trabajadores a movilizarse en defensa de la obra de la Revoluci&oacute;n de Junio. Despunt&oacute;, de este modo, una nueva tentativa pol&iacute;tica. Entre el proyecto original y &eacute;ste que fue emergiendo,&nbsp; en medio del hostigamiento de la oposici&oacute;n del mundo de los negocios y las clases medias liberales, habr&iacute;a una diferencia capital: el sobredimensionamiento del lugar pol&iacute;tico de&nbsp; los trabajadores, los cuales de ser una pieza importante pero complementaria en una coalici&oacute;n conservadora popular se transformaron en el principal sost&eacute;n del liderazgo plebiscitario de Per&oacute;n. Nuevamente, todo esto es historia conocida como es tambi&eacute;n conocido el desenlace del 17 de octubre de 1945, la posterior victoria electoral de Per&oacute;n en febrero de 1946 y su&nbsp; acceso a la presidencia desde donde&nbsp; prosigui&oacute;&nbsp; pol&iacute;ticas pro-obreras que habr&iacute;an de asegurarle una larga longevidad pol&iacute;tica.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Sobre el tel&oacute;n de fondo de esa historia conocida me interesa destacar lo siguiente: la estrategia preventiva de Per&oacute;n, esto es, conjurar el peligro&nbsp;comunista actuando sobre las condiciones de postergaci&oacute;n social y alienaci&oacute;n pol&iacute;tica que eran propicias para su penetraci&oacute;n en el mundo del trabajo fue, al final de cuentas,&nbsp; una empresa exitosa. En Am&eacute;rica Latina, la Argentina ser&aacute; un pa&iacute;s donde las corrientes ideol&oacute;gicas de inspiraci&oacute;n marxista perdieron una gravitaci&oacute;n significativa en las filas del&nbsp; movimiento obrero&nbsp; y quedaron confinadas a ejercer&nbsp; una influencia sobre todo en&nbsp; los medios culturales. La contrapartida de este desenlace en el terreno ideol&oacute;gico fue, sin embargo,&nbsp;un pa&iacute;s que experiment&oacute; como pocos en la regi&oacute;n las asperezas de la lucha de clases;&nbsp; si bien&nbsp; no lo hizo&nbsp; con el lenguaje de la ret&oacute;rica marxista,&nbsp;la presi&oacute;n de los trabajadores organizados mantuvo a la Argentina&nbsp; por largos a&ntilde;os muy lejos del horizonte&nbsp;de paz y orden social hacia el que apunt&oacute;&nbsp; Per&oacute;n en los tramos iniciales de su ascenso al poder.
    </p><p class="article-text">
        <strong>El fantasma del peligro democristiano</strong>
    </p><p class="article-text">
        Quisiera ahora abordar el momento del derrocamiento de Per&oacute;n en 1955 con el fin de mostrar la pertinencia de la hip&oacute;tesis que he propuesto: los efectos de la perspectiva europeizante por medio de la cual&nbsp;Per&oacute;n descifr&oacute; las se&ntilde;ales de la coyuntura pol&iacute;tica de su tiempo. Al echar una r&aacute;pida mirada sobre la &uacute;ltima fase de su d&eacute;cada en el gobierno constatamos el siguiente auspicioso panorama: la superaci&oacute;n de la emergencia econ&oacute;mica gracias al plan de estabilizaci&oacute;n de 1952 que permiti&oacute;, al cabo de dos a&ntilde;os, un marcado descenso de la inflaci&oacute;n y la reanudaci&oacute;n del crecimiento; la ratificaci&oacute;n de la solidez de las mayor&iacute;as electorales del oficialismo con los dos tercios de los votos obtenidos&nbsp; en las elecciones legislativas de 1954, la mejor&iacute;a de la imagen del gobierno en el mundo de los negocios&nbsp; por su pol&iacute;tica de mayor apertura a las inversiones extranjeras, la normalizaci&oacute;n de sus relaciones con los Estados Unidos luego de la visita del hermano del presidente Eisenhower. Todos estos datos abonaban una conclusi&oacute;n, que era motivo de desaliento en los c&iacute;rculos de la oposici&oacute;n antiperonista: el anhelado fin de la maquinaria autoritaria montada por Per&oacute;n no estaba a la vista. Para ellos s&oacute;lo cab&iacute;a una remota esperanza, esto es, la esperanza de que desde adentro del propio r&eacute;gimen estallara una crisis. Y bien, para su sorpresa,&nbsp;esto es lo que ocurri&oacute;. Entre fines de 1954 y mediados de 1955 el gobierno y la iglesia se vieron envueltos en un conflicto de grandes proporciones que tendr&iacute;a, en definitiva,&nbsp; funestas&nbsp; consecuencias sobre&nbsp;la fortuna pol&iacute;tica de Per&oacute;n.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En lo que sigue procurar&eacute; indagar el origen de ese conflicto utilizando la hoja de ruta de la hip&oacute;tesis que acabo de&nbsp; formular. Comenzar&eacute; reiterando, como tantos otros, que, al momento de su desencadenamiento, las relaciones de Per&oacute;n y la iglesia eran menos estrechas de lo que hab&iacute;an sido al principio. Recordemos&nbsp; que en&nbsp;1946&nbsp;la jerarqu&iacute;a eclesi&aacute;stica hab&iacute;a bendecido indirectamente su candidatura a la presidencia por su respaldo a la implantaci&oacute;n de la ense&ntilde;anza religiosa en las escuelas y su elecci&oacute;n de las enc&iacute;clicas papales como inspiraci&oacute;n de sus iniciativas hacia el mundo del trabajo. Desde entonces el desplazamiento progresivo de la iglesia de los &aacute;mbitos tradicionales de su acci&oacute;n pastoral entre las mujeres, los ni&ntilde;os, los sectores humildes, la juventud por obra de las pol&iacute;ticas del&nbsp;r&eacute;gimen peronista hab&iacute;a enfriado esas relaciones. A su vez, la tentativa de convertir al justicialismo ya no s&oacute;lo en la doctrina oficial del estado con rango constitucional sino, a la vez,&nbsp;en la verdadera expresi&oacute;n del cristianismo as&iacute; como la entronizaci&oacute;n religiosa en la figura de Evita despu&eacute;s de su muerte tampoco facilitaron las cosas. Frente a este viraje del lugar que por a&ntilde;os hab&iacute;a el suyo la jerarqu&iacute;a eclesi&aacute;stica fue reaccionando con extrema prudencia pero esa no ser&iacute;a&nbsp; la actitud del mundo cat&oacute;lico en general. Sus asociaciones de laicos se convirtieron con el paso del tiempo en el refugio de un militante antiperonismo, canalizando un malestar que los partidos mostraban no ser capaces de articular. El detonante del conflicto que habr&iacute;a de precipitar la crisis provino precisamente desde esos &aacute;mbitos: la fundaci&oacute;n del partido dem&oacute;crata cristiano por parte de un peque&ntilde;o n&uacute;cleo de militantes cat&oacute;licos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;&iquest;C&oacute;mo fue que Per&oacute;n se dej&oacute; llevar a ese conflicto, cometiendo un grave error? Desde un punto de vista hist&oacute;rico la pregunta que propongo no es un mero juego de la mente sino una tarea necesaria a fin&nbsp; de descubrir los desaciertos que llevaron a Per&oacute;n a equivocarse en el apogeo de su poder. A mi juicio, el error que cometi&oacute; fue el fruto de un error de concepto o, para decirlo con palabras que ya he utilizado, fue la consecuencia de la perspectiva europeizante a trav&eacute;s de la cual tend&iacute;a a percibir y razonar los avatares de la coyuntura del pa&iacute;s. Al momento en que&nbsp; ten&iacute;a lugar esta historia argentina pa&iacute;ses importantes de Europa asist&iacute;an a un avance impetuoso de los partidos dem&oacute;cratas cristianos que con el liderazgo de figuras como Adenauer en Alemania y De Gasperi en Italia ganaban las elecciones con el 40 por ciento de votos y levantaban un formidable dique al otrora amenazante peligro del comunismo. Estos acontecimientos, estimo yo, seguramente no pasaron desapercibidos para un hombre pol&iacute;tico como Per&oacute;n,&nbsp; siempre inclinado a echar una mirada de &aacute;guila sobre su propia peripecia&nbsp; desde la atalaya europea. En sus preocupaciones pol&iacute;ticas,&nbsp; el peligro comunista,&nbsp;que le dict&oacute; el rumbo de sus primeros pasos en la vida p&uacute;blica del pa&iacute;s,&nbsp;hab&iacute;a cedido el lugar a otro peligro m&aacute;s nuevo,&nbsp;el encarnado por el auge de la democracia cristiana. No descarto, pues, que Per&oacute;n fuese ganado por un temor, el temor de que, como ocurr&iacute;a en Europa, tambi&eacute;n aqu&iacute;&nbsp; las banderas de la democracia cristiana tuvieran el viento a&nbsp; favor y amenazaran la fortaleza hasta all&iacute; inexpugnable&nbsp;de sus&nbsp;apoyos populares.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si esta es una conjetura veros&iacute;mil se comprende que Per&oacute;n agrandara el desaf&iacute;o que comportaba la creaci&oacute;n del partido dem&oacute;crata cristiano y viera en &eacute;l,&nbsp; m&aacute;s all&aacute; de&nbsp; las modestas expectativas de quienes eran sus promotores, el largo brazo de una conspiraci&oacute;n motorizada por&nbsp;la Iglesia. Este fue el pretexto para el lanzamiento de una s&uacute;bita&nbsp; campa&ntilde;a anticlerical y esta ser&iacute;a, a su turno, la causa&nbsp; de una crisis pol&iacute;tica autoinfligida. La campa&ntilde;a anticlerical no s&oacute;lo le cre&oacute; enemigos adicionales, empujando a sectores del catolicismo a las huestes de la oposici&oacute;n antiperonista. Tambi&eacute;n tuvo otro efecto, en definitiva, fatal: convirti&oacute; a los amigos en enemigos colocando en el otro lado de la balanza un peso que hasta entonces hab&iacute;a estado en el platillo del r&eacute;gimen. Me estoy refiriendo a su impacto en el frente militar. Para los altos mandos de las fuerzas armadas las relaciones con la iglesia eran todo un reaseguro frente a los rumbos &uacute;ltimos del r&eacute;gimen peronista. La campa&ntilde;a anticlerical, al debilitar ese reaseguro, fue el catalizador que socav&oacute; las&nbsp;lealtades de muchos jefes militares a Per&oacute;n; as&iacute; las cosas, en setiembre de 1955 el alzamiento de algunos de ellos, con la jefatura del General Lonardi y la consigna &ldquo;Cristo Vence&rdquo; y la abstenci&oacute;n de muchos otros&nbsp; a la hora de las armas se sumaron para destituirlo del poder y mandarlo al exilio.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para cerrar este cap&iacute;tulo perm&iacute;tanme evocar un &uacute;ltimo episodio extra&iacute;do de la lectura de los diarios hecha por Pablo Gerchunoff. El martes 20 de setiembre, todav&iacute;a en su residencia, Per&oacute;n se levant&oacute; tan temprano como siempre. Le confes&oacute; algo a su mayordomo, el suboficial retirado Atilio Renzi: &ldquo;Hace dos d&iacute;as que no duermo y ya no hay nada que hacer.&rdquo; Entre las siete y las ocho de la ma&ntilde;ana parti&oacute; rumbo a la embajada de Paraguay, adonde solicit&oacute; asilo. Luego de un breve paso por el domicilio del embajador Chavez, Per&oacute;n fue conducido al puerto de Buenos Aires para embarcarse en la ca&ntilde;onera &ldquo;Paraguay&rdquo; que estaba all&iacute; en reparaciones y como tal era territorio paraguayo. A la entrada del puerto hab&iacute;a un enorme charco, producto de las lluvias de esos d&iacute;as, que el Cadillac&nbsp; que trasladaba a Per&oacute;n no logr&oacute; traspasar. El propio Per&oacute;n, envuelto en un piloto blanco, descendi&oacute; del autom&oacute;vil, y empapado por la lluvia, le pidi&oacute; a un camionero que lo remolcara hasta la d&aacute;rsena. Todav&iacute;a bajo el efecto de la sorpresa, el camionero puso manos a la obra, amarr&oacute; el Cadillac con una soga y lo arrastr&oacute; a la ca&ntilde;onera. Al subir al barco Per&oacute;n ignoraba que no volver&iacute;a a pisar tierra argentina&nbsp; hasta otro tormentoso d&iacute;a de noviembre de 1972.
    </p><p class="article-text">
        Y cuando lo hizo, al cabo del largo exilio, traer&iacute;a consigo&nbsp; tambi&eacute;n en su equipaje lecciones y propuestas extra&iacute;das de su m&aacute;s reciente experiencia europea:&nbsp;el modelo de gesti&oacute;n econ&oacute;mica y pol&iacute;tica que admiraba en&nbsp;los pa&iacute;ses socialdem&oacute;cratas. Con el poder&nbsp; de nuevo en sus ya fr&aacute;giles manos, procurar&iacute;a replicarlo&nbsp; promoviendo que el Pacto Social entre sindicatos y empresarios y una pol&iacute;tica de acuerdos con sus antiguos adversarios&nbsp; del Partido Radical. Comenzar&iacute;a entonces&nbsp; otro momento de la incidencia de El Factor Per&oacute;n en la Argentina contempor&aacute;nea. Pero esta es ya otra historia.
    </p><p class="article-text">
        <em>JCT</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Texto de la charla en las VIII Jornadas&nbsp; de Historia Pol&iacute;tica, Mendoza, 30 de setiembre de 2013.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan Carlos Torre]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/factor-peron_129_9195441.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 Jul 2022 03:03:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El factor Perón]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Juan Domingo Perón,Peronismo,Historia Argentina,Juan Carlos Torre]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Dar la cara]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/politica/dar-cara_129_8721128.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7ac50fab-55f1-48ae-a5f8-3bba83b6c5da_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Dar la cara"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El sociólogo Juan Carlos Torre conecta la tragedia de Cromañón con los muertos de esta semana en el caso de la cocaína adulterada. "La experiencia kirchnerista -sostiene- ha sido consistente a lo largo del tiempo: una y otra vez quienes gobiernan en su nombre han mostrado nula compasión con el drama de aquellos a los que la suerte les ha jugado en contra y nula conciencia de que el cargo eminente que ocupan reclama conductas ejemplares".</p></div><p class="article-text">
        En ocasiones cr&iacute;ticas, cuando la sociedad es conmovida por hechos&nbsp; inesperados y tr&aacute;gicos, lo que hace la diferencia en el comportamiento de los l&iacute;deres pol&iacute;ticos es, m&aacute;s que la ideolog&iacute;a, algo anterior a ella y que tiene que ver con dos cosas: la sensibilidad hacia el pr&oacute;jimo y la conciencia de las responsabilidades que entra&ntilde;a el ejercicio de la autoridad. Al respecto la experiencia kirchnerista ha sido consistente a lo largo del tiempo: <strong>una y otra vez quienes gobiernan en su nombre han mostrado nula compasi&oacute;n con el drama de aquellos a los que la suerte les ha jugado en contra y nula conciencia de que el cargo eminente que ocupan reclama conductas ejemplares.</strong> Cada uno de nosotros tiene una lista de casos en los que ,a la hora en que se impon&iacute;a hacerlo, no dieron la cara. 
    </p><p class="article-text">
        Yo aqu&iacute; he reflotado un texto que escrib&iacute; hace ya tiempo ante la tragedia de Croma&ntilde;&oacute;n a la vista de este otro&nbsp; silencio con el que las m&aacute;ximas autoridades han acompa&ntilde;ado&nbsp; lo que ocurri&oacute; y est&aacute; ocurriendo con el impacto del consumo de &ldquo;la coca&iacute;na envenenada&rdquo;.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>El silencio del Presidente N&eacute;stor Kirchner ante los muertos de Croma&ntilde;&oacute;n</strong>
    </p><p class="article-text">
        Finalmente,&nbsp; como lo hab&iacute;a anticipado su oficina de prensa, el presidente habl&oacute; al pa&iacute;s por televisi&oacute;n el 31 de diciembre. Habl&oacute; desde Calafate, adonde la tragedia del recital de Plaza Once lo encontr&oacute; reunido con la familia. En su residencia se improvis&oacute; un escenario para el mensaje. El presidente habl&oacute; sentado en un sill&oacute;n de la sala, vestido informalmente. Las c&aacute;maras de televisi&oacute;n lo tomaron en un primer plano, con el rostro adusto y la mirada fija&nbsp; en la gran audiencia virtual que esperaba sus palabras.
    </p><p class="article-text">
        Seguramente, antes de tomar la decisi&oacute;n de hablar, el presidente debi&oacute; desechar la opini&oacute;n de quienes le aconsejaban guardar silencio, aquellos que argumentaron sobre la inconveniencia de que se expusiera en medio de circunstancias de tan incierta resoluci&oacute;n pol&iacute;tica. Por qu&eacute; hablar ahora, dijeron, mejor hacerlo despu&eacute;s, una vez que se supiera c&oacute;mo la gente procesaba la terrible experiencia, una vez que se hubiese constatado c&oacute;mo se las arreglaba el gobierno de&nbsp; la ciudad de Buenos Aires, con An&iacute;bal Ibarra a la cabeza, para cabalgar la ola de la previsible ira popular. Por qu&eacute; hablar, en fin, si nada en la cadena de las responsabilidades directas de la noche aciaga en la &ldquo;Rep&uacute;blica de Croma&ntilde;&oacute;n&rdquo; lo involucraba en primera persona. Confrontado a una de las situaciones m&aacute;s dif&iacute;ciles que le tocaba vivir, desde que abandonara las seguridades de la gobernaci&oacute;n de Santa Cruz para entrar en la Casa Rosada, el presidente opt&oacute;, en definitiva, por hacer o&iacute;dos sordos a los c&aacute;lculos pol&iacute;ticos de su c&iacute;rculo m&aacute;s cercano y decidi&oacute; dar la cara.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s en esa decisi&oacute;n pes&oacute; la mirada de sus hijos, capturada en el retrato de familia que las c&aacute;maras de televisi&oacute;n dejaron ver sobre una peque&ntilde;a mesa, pr&oacute;xima al sill&oacute;n desde donde hablaba &ndash;una mirada que evocaba la de los chicos y chicas que la trampa mortal de Plaza Once llen&oacute; de una desesperaci&oacute;n a la que &eacute;l, padre como era, no pod&iacute;a ser indiferente. M&aacute;s importante todav&iacute;a, es posible que mientras maduraba su decisi&oacute;n comprendi&oacute; que &eacute;l no era apenas N&eacute;stor Kirchner, pol&iacute;tico de clase 1950, proveniente del sur, competidor por el liderazgo del partido justicialista. Supo que &eacute;l era tambi&eacute;n&nbsp; otro, el presidente del pa&iacute;s. Advirti&oacute;, entonces, que ocupaba ese lugar simb&oacute;lico al que la sociedad consternada y las v&iacute;ctimas de la tragedia en primer lugar dirig&iacute;an naturalmente su atenci&oacute;n en busca de las palabras de compasi&oacute;n y p&eacute;same que las arroparan con un sentido de comunidad en medio de tanto desamparo, a la vista de tanto horror.
    </p><p class="article-text">
        Y pidi&oacute; con urgencia las c&aacute;maras de televisi&oacute;n en Calafate. Cuando apareci&oacute; su imagen y empez&oacute; a hablar pudo observarse que no le&iacute;a un texto escrito de antemano; probablemente el apuro impidi&oacute; que le acercaran uno, quiz&aacute;s en el momento prefiri&oacute; improvisar sus palabras; como suele hacer con frecuencia en las tribunas suburbanas a las que acude escapando de los rituales y los protocolos para estar cerca del fervor popular; y de paso hacer corear su nombre por esas peque&ntilde;as muchedumbres que hace 18 meses ignoraban su existencia. Puesto a hablar con sus propios recursos fue evidente para todos algo ya sabido: su fuerte no es la frase elaborada, la fluidez de los oradores de masa. Sin embargo, en la ocasi&oacute;n, su ret&oacute;rica bastante r&uacute;stica le dio un aire m&aacute;s genuino a sus palabras, hizo m&aacute;s veros&iacute;mil su confesi&oacute;n, cuando dijo que hablaba desde su coraz&oacute;n de argentino y de padre y que, a la distancia, extend&iacute;a sus brazos para rodear y contener con ellos a los seguidores de &ldquo;Callejeros&rdquo; y sus familiares y hacerles saber que su dolor era el dolor del pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Porque era precisamente eso lo que tantos esperaban del presidente ese 31 de diciembre. En la hora de la desolaci&oacute;n, no hacemos una pausa para investigar cuanta sinceridad hay en las palabras de condolencia que recibimos: las buscamos de donde vengan y nos aferramos a ellas para sentirnos acompa&ntilde;ados en el sufrimiento, que es en ese momento y frente a lo irreparable lo &uacute;nico que nos queda. Por lo tanto, no hay pretextos que valgan para privar de ellas a los que han perdido un ser querido o han contemplado de cerca de la muerte. El presidente comprendi&oacute; bien todo esto cuando tom&oacute; la decisi&oacute;n de hablar. Al hacerlo y pronunciar las palabras de condolencia, dichas por &eacute;l, &eacute;stas resonaron aut&eacute;nticas. No s&oacute;lo porque en alg&uacute;n pasaje de su discurso pareci&oacute; que se le quebrara la voz. El es un hombre que no oculta sus sentimientos y el cargo no lo ha cambiado. Hay en sus gestos en p&uacute;blico una conmovedora transparencia, que hace visible la distancia entre la persona y el rol que otros, en ese mismo lugar, procuran achicar disciplinando sus reflejos, dominando sus emociones. En cambio, &eacute;l es, a la vista de todos, afectuoso y cordial y, con m&aacute;s frecuencia, enojado y pendenciero.
    </p><p class="article-text">
        Esa forma de ser y de expresarse jug&oacute;, precisamente, un papel importante en el primero y m&aacute;s relevante de sus logros: <strong>la restauraci&oacute;n de la autoridad presidencial con iniciativas contundentes, enfrentando a poderosas presiones.</strong> La opini&oacute;n del pa&iacute;s, aliviada al ver por fin un timonel en la nave del gobierno, le retribuy&oacute; con altos &iacute;ndices de popularidad. Fueron esas credenciales pol&iacute;ticas las que tambi&eacute;n contribuyeron a tornar aut&eacute;nticas sus palabras. Sobre todo cuando despu&eacute;s de manifestar su pesar dio un paso m&aacute;s y se comprometi&oacute; a promover la b&uacute;squeda y el castigo de los responsables de la tragedia. Viniendo de alguien que hab&iacute;a hecho de la lucha contra la impunidad una bandera insignia de su gesti&oacute;n de gobierno, ese compromiso, adem&aacute;s de aut&eacute;ntico, result&oacute; cre&iacute;ble. Y lo fue m&aacute;s a&uacute;n cuando, ya en el tramo final de su improvisado discurso y en sinton&iacute;a con un diagn&oacute;stico ampliamente compartido, dijo que lo ocurrido en Plaza Once hab&iacute;a puesto en evidencia la falta de Estado en Argentina. Para, enseguida, agregar, que dedicar&iacute;a sus mejores esfuerzos la construcci&oacute;n de un Estado que limite y sancione los abusos de los intereses privados, el desempe&ntilde;o negligente y, al final, corrupto de los funcionarios encargados de velar por el bien p&uacute;blico y tambi&eacute;n las conductas de riesgo de los ciudadanos para con sus semejantes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Pero el 31 de diciembre esas palabras no fueron dichas.</strong> <strong>La imagen del presidente no apareci&oacute; en las pantallas de televisi&oacute;n. Nestor Kirchner no quiso, no pudo o no supo estar a la altura de las circunstancias. Esta vez, dej&oacute; plantados a los argentinos.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        <em>JCT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan Carlos Torre]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/politica/dar-cara_129_8721128.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 06 Feb 2022 03:03:18 +0000]]></pubDate>
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