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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Natalia Litvinova]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/natalia-litvinova/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Natalia Litvinova]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Ucrania: el bosque que fuimos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/ucrania-bosque_129_8923041.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c4f5d5eb-1ff8-4f5b-9566-9ea1bba019a1_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ucrania: el bosque que fuimos"></p><p class="article-text">
        Un pariente lejano emigrado a Buenos Aires desde la ex Yugoslavia, quien sobrevivi&oacute; a la Revoluci&oacute;n de 1917, a los estragos de la Primera Guerra Mundial y a la masacre de la Segunda Guerra Mundial,  sol&iacute;a repetir este refr&aacute;n: <em>Cuando talan un bosque las astillas se esparcen</em>.
    </p><p class="article-text">
        Preparo una taza de caf&eacute; mientras escucho las noticias sobre la invasi&oacute;n rusa a Ucrania. Mam&aacute; mira la TV en el sill&oacute;n, tiene los ojos rojos y una servilleta sobre el regazo, las manos hincadas en sus rodillas como si estuviera en un avi&oacute;n a punto de despegar. Doy sorbos al caf&eacute; y repaso los sue&ntilde;os que me persiguen desde que soy chica: el colegio de mi infancia estallado, restos de los animales que criaba mi abuela Elena esparcidos sobre el pasto, el abuelo Piotr caminando por el campo con la ametralladora en la mano, el bosque de G&oacute;mel atravesado por las trincheras que cavaron los soldados. Son mis pesadillas, pero ocurri&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Piotr, mi abuelo paterno, fue soldado en la Segunda Guerra Mundial. Cada 8 de mayo, para el d&iacute;a de la Victoria que se celebraba en Bielorrusia y en varios pa&iacute;ses de Europa del Este, se pon&iacute;a sus medallas y se sentaba a fumar en un banco con su vecino, tambi&eacute;n veterano de guerra. Cada D&iacute;a de la Victoria las calles principales se llenaban de tanques, veteranos de guerra, personas que no hab&iacute;an luchado agitando claveles. Piotr nunca fue. Una vez lo escuch&eacute; decir: D<em>efend&iacute; mi pa&iacute;s y cuando la guerra termin&oacute;, se deshicieron de m&iacute;. S&oacute;lo me dieron estas medallas</em>.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Mi abuelo lo &uacute;nico que hac&iacute;a era afeitarse y temblar/ frente al televisor&rdquo;, escrib&iacute; a los 20 a&ntilde;os en un poema incluido en mi primer libro, <em>Esteparia</em>. Una vez me anim&eacute; a preguntarle:<em> Abuelo, &iquest;son los bombardeos, los disparos, los que te hacen temblar cuando te qued&aacute;s dormido? </em>Asinti&oacute;. Y se fue a caminar por el campo con un cigarrillo de papel de diario entre los labios.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="El abuelo Piotr, de camisa blanca, junto a su vecino y amigo, ambos veteranos de la Segunda Guerra Mundial."
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                El abuelo Piotr, de camisa blanca, junto a su vecino y amigo, ambos veteranos de la Segunda Guerra Mundial.                            </span>
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        Mi madre y yo nos nacionalizamos en el 2012. Para eso tuvimos que renunciar a la nacionalidad bielorrusa, no hab&iacute;a opci&oacute;n. Me calm&eacute; al ver que en mi nuevo DNI figuraba mi lugar de nacimiento. Mi hermano, en cambio, no quiso adoptar la ciudadan&iacute;a argentina. Naci&oacute; en G&oacute;mel, en la misma ciudad que yo, tres a&ntilde;os antes, pero en su documento figura que es ruso. El m&iacute;o, que traje a este pa&iacute;s, consignaba que yo era de Bielorrusia, un pa&iacute;s que hab&iacute;a declarado su independencia en 1991. Hace poco me acompa&ntilde;&oacute; a hacer unos tr&aacute;mites. Despu&eacute;s de una considerable espera en la fila un se&ntilde;or se quej&oacute;: &ldquo;En este lugar te tratan peor que los rusos&rdquo;. Mi hermano lo mir&oacute; y dijo: &ldquo;Extra&ntilde;amente, yo soy ruso&rdquo;. Se hizo un silencio inc&oacute;modo. El hombre&nbsp; se disculp&oacute;. Volv&iacute; pensando en los territorios, en las nacionalidades, en los hermanos, en los datos que figuran en nuestros documentos, en que cuando mi hermano y yo &eacute;ramos chicos estuvimos en todas las ciudades que est&aacute;n siendo bombardeadas.
    </p><p class="article-text">
        Hace cinco d&iacute;as que se desat&oacute; la guerra en Ucrania donde vive parte de mi familia. Mi prima M., de 34 a&ntilde;os, me escribe desde Zhitomir, una ciudad que en las noticias destacan como clave por ser el corredor hacia Kiev. Hace poco compr&oacute; un departamento con su marido, despu&eacute;s de haber dado a luz a su segundo beb&eacute;. <em>&ldquo;Empez&oacute; a nevar y es muy simb&oacute;lico tan cerca de la primavera&rdquo;</em>, dice. Tambi&eacute;n que ve a la gente salir de sus casas y pararse frente a los tanques. Dice que ya circulan las noticias de que disparan a los autos. Dice que para huir con la familia de ella y la de su marido necesitan dos autos. Dice de ir en un auto pensando en que le pueden disparar al otro auto, es una locura.
    </p><p class="article-text">
        El poeta ruso Osip Mandelstam fue enviado al gulag por culpa de un poema contra Stalin que jam&aacute;s lleg&oacute; a escribir . Lo hab&iacute;a recitado por tel&eacute;fono y luego lo fueron a buscar. Ese poema solo ocurri&oacute; en su cabeza, y en la fibra vol&aacute;til de la oralidad. Antes de morir all&iacute;, compuso sus &uacute;ltimos textos, se publicaron bajo el t&iacute;tulo de <em>Cuadernos de Voronezh</em>. En uno de esos poemas, Mandelstam anuncia su muerte jugando con el nombre de la ciudad de su exilio: Voronezh (<em>Voron</em> en ruso es cuervo y <em>Nozh</em>, cuchillo).
    </p><p class="article-text">
        <em>D&eacute;jame marchar, d&eacute;jame volver, Voronezh,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>soltame o dej&aacute; que huya,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>caiga o regrese.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Voronezh, capricho; Voronezh, cuervo, cuchillo.</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Pienso en la ciudad de Zhitomir donde viven mis parientes y me pregunto si su nombre los proteger&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        <em>Zhit </em>en ruso significa vivir y <em>Mir</em>, paz.
    </p><p class="article-text">
        El hijo mayor de mi prima, Misha, tiene tres a&ntilde;os, y su hija M&iacute;a, ocho meses. Misha se perturba cada vez que suenan las alarmas. Se pone mal cuando ve los tanques. M&iacute;a, en cambio, sonr&iacute;e y saluda a todo lo que ve.
    </p><p class="article-text">
        Mam&aacute; naci&oacute; en una aldea cerca de Chern&oacute;bil, en 1950. Durante tres a&ntilde;os su madre ocult&oacute; que hab&iacute;a dado a luz una nena. Pensaba que Stalin iba a mandar a matar a los beb&eacute;s que hab&iacute;an nacido en las aldeas. Escond&iacute;a a mam&aacute; en el subsuelo, en los sacos de papas, en los barriles donde se cuajaba el queso. Cuando mam&aacute; creci&oacute; nunca le pregunt&oacute; al respecto. A mam&aacute; le parec&iacute;a l&oacute;gica la historia de su nacimiento.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Mi abuela materna fue secuestrada por los nazis durante la invasi&oacute;n a Bielorrusia. La metieron en un cami&oacute;n y se la llevaron a una granja. All&iacute; alimentaba a los cerdos y limpiaba los corrales. La esposa del nazi dej&oacute; que huyera cuando se enter&oacute; de que su esposo planeaba matarla. Ya en territorio bielorruso la agarraron los soldados y la metieron en otro cami&oacute;n, la indagaron y le dieron cinco a&ntilde;os de trabajo forzado por traici&oacute;n a la patria. Trabaj&oacute; en pantanos juntando resina. Siempre que escucho la frase &ldquo;Con el agua hasta el cuello&rdquo;, pienso en mi abuela. Con el agua hasta las rodillas, cinco a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Cuando eran chicos, mi hermano y su amigo entraban a escondidas a un parque minado de G&oacute;mel. Era un espacio prohibido, pero no lo custodiaban como correspond&iacute;a. Los restos de los explosivos segu&iacute;an en la tierra. Mi hermano y su amigo no entend&iacute;an el riesgo. Volv&iacute;an del parque con municiones en los bolsillos, hac&iacute;an fogatas, las tiraban al fuego buscando el estallido. Yo los miraba detr&aacute;s de un &aacute;rbol. Nuestros padres nunca se enteraron. No s&eacute; c&oacute;mo sobrevivimos a esta guerra &iacute;ntima.
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                Una imagen de 2017 del edificio de Gómel donde Natalia nació y vivió hasta los 10 años.                            </span>
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        Le escribo a mi prima: M, &iquest;c&oacute;mo est&aacute;n y d&oacute;nde? Contesta que en el departamento; ayer cay&oacute; un misil sobre un colegio cercano. Ya decidieron huir a Polonia y luego a Alemania. Le pregunto si podemos hacer una video llamada para que mam&aacute; pueda hablar con su hermana. Mi t&iacute;a envejeci&oacute; mucho en una semana, mam&aacute; tambi&eacute;n. Despu&eacute;s de una breve charla mam&aacute; pide ver a los m&aacute;s peque&ntilde;os, M&iacute;a y Misha. M&iacute;a no se sostiene sola. Su padre la alza en brazos, el rostro de &eacute;l est&aacute; fr&iacute;o por la tristeza, pero cuando M&iacute;a le sonr&iacute;e, &eacute;l tambi&eacute;n lo hace, pero su expresi&oacute;n se ve distinta, viene de otro tiempo, no tan lejano, en el que pod&iacute;an jugar en el parque.
    </p><p class="article-text">
        Leo a la escritora espa&ntilde;ola Ang&eacute;lica Liddell:<em> &ldquo;Toda gran historia deber&iacute;a comenzar despu&eacute;s de una gran guerra&rdquo;</em>. En mi familia hay muchas historias; muchas guerras. Mam&aacute; se emociona cuando habla de sus primos. Como no se llevan bien con las redes sociales hace a&ntilde;os que no logra comunicarse con ellos. Varios fueron liquidadores cuando explot&oacute; el reactor de la Estaci&oacute;n nuclear de Chern&oacute;bil en el '86. Algunos murieron, otros sobrevivieron y decidieron instalarse cerca de Kiev. Mam&aacute; llora y confiesa su temor: que bombardeen la estaci&oacute;n nuclear. Qu&eacute; ser&aacute; de ellos si la radiaci&oacute;n vuelve, se pregunta mam&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        Reci&eacute;n cuando cumpl&iacute; 30 a&ntilde;os mam&aacute; me cont&oacute; que sus primos entraron a apagar el incendio en el reactor de Chern&oacute;bil. Pregunt&eacute; por qu&eacute; hab&iacute;a tardado tanto en compartirme esa historia. Contest&oacute; que para algunas personas el tiempo se detiene en ciertos hechos, y aunque siguen viviendo aparentemente igual que los dem&aacute;s, en realidad est&aacute;n all&aacute;, en ese otro lugar, sobreviviendo.
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                Una fiesta familiar cerca de Chernóbil                            </span>
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        Miro un video donde dos chicas ucranianas sentadas en las escaleras de una biblioteca cortan retazos de su ropa para hacer una red de camuflaje. Un periodista les hace preguntas en ingl&eacute;s: &iquest;Tienen miedo? &iquest;Piensan dejar Ucrania? Las chicas no desatienden la tarea, no bajan las tijeras. No, dicen, no. En el mismo video se escuchan risas y conversaciones mientras la red sigue creciendo y los retazos de ropa colgados me recuerdan a un mar que de pronto deja su horizontalidad y se levanta para mostrar la densidad de su masa. Una mujer se sienta al piano y toca una antigua canci&oacute;n ucraniana y una muchacha se arrodilla al lado y se pone a cantar.
    </p><p class="article-text">
        Mi abuela materna fue secuestrada por los nazis. Cuando mam&aacute; y mi t&iacute;a hablan por video llamada sobre la historia familiar, usan frases directas. Evitan los calificativos: &ldquo;La secuestraron&rdquo;, &ldquo;Alimentaba a los cerdos&rdquo;, &ldquo;Casi la matan&rdquo;, &ldquo;Sobrevivi&oacute;&rdquo;. No se detienen en nada, no subrayan con otro tono ning&uacute;n dato que pudiera resultar asombroso. Las escucho y las historias de mis ancestros parecen una ventana que se abre a veces y el viento la cierra de golpe.
    </p><p class="article-text">
        <em>NL</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Litvinova]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 20 Apr 2022 11:21:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ucrania: el bosque que fuimos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Guerra en Ucrania]]></media:keywords>
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