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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Dolores Reyes]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/dolores-reyes/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Dolores Reyes]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
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      <title><![CDATA[Fútbol y magia en la espera final]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/deportes/mundial-qatar-2022/futbol-magia-espera-final_129_9803390.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5e394460-3354-44c2-9b35-05d761abd27d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Fútbol y magia en la espera final"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Dolores Reyes escribe sobre los rituales previos a cada partido de Argentina (las cábalas, las mufas y los encuentros con la magia) y sobre el mundo del fútbol de uno de sus hijos que es el mismo mundo que habitan millones de niños y niñas del país. </p></div><p class="article-text">
        <em><strong>&ldquo;Es imposible explicar la sensaci&oacute;n que uno tiene antes de una final de un Mundial, cuando todo lo que alguna vez so&ntilde;aste se te pasa por delante de tus ojos&rdquo;.</strong></em>
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Aacute;ngel Di Mar&iacute;a</strong>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A veces no s&eacute; c&oacute;mo hacen para escribir sobre algo tan pasional como el f&uacute;tbol. Previo a la semifinal de Argentina - Croacia hasta tuve pesadillas con el partido y anduve m&aacute;s dispersa que nunca. El f&uacute;tbol ocupa un espacio f&iacute;sico adentro de mi cabeza y expulsa, durante los d&iacute;as en que juega Argentina el Mundial de Qatar, a todo el resto de las actividades. 
    </p><p class="article-text">
        Supuestamente existen dos momentos de la experiencia, la vida v&iacute;vida: el f&uacute;tbol; y la vida contemplativa: la escritura. Esos dos extremos que en teor&iacute;a no se chocan, siento que me tironean cuerpo, cabeza y alma. Mientras se desarrollan algunos partidos me siento a teclear en la computadora porque escribo o me da un paro card&iacute;aco. 
    </p><p class="article-text">
        Si hay algo en lo que se parecen f&uacute;tbol y escritura es que no alcanza con la pr&aacute;ctica. Conversar tanto de buenos partidos como de libros es una necesidad pulsional. Si no, no alcanza. Algo de esas praxis queda trunco. Es un rasgo identitario; los argentinos nos juntamos para todo y hablamos sobre lo que nos apasiona, nos transformamos en supuestos expertos, desarrollamos teor&iacute;as conspirativas, recomendamos o denostamos a muerte.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Tambi&eacute;n a los jugadores de f&uacute;tbol, como a nuestros futbolistas preferidos, nos gusta quererlos, sentirlos cercanos, aunque Messi como Cortazar o Saer hayan vivido m&aacute;s en Europa que en nuestras tierras.</strong> Esa pertenencia no se negocia. 
    </p><h2 class="article-text">C&aacute;balas, mufas, rituales y encuentros con la magia</h2><p class="article-text">
        &nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>&ldquo;Lo &uacute;nico que ten&iacute;a que hacer era correr al vac&iacute;o. Empezaba a correr, y la pelota me llegaba al pie.&nbsp;Como si fuera magia&rdquo;.</strong></em>
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Aacute;ngel Di Mar&iacute;a</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        El ritual empieza en la previa.
    </p><p class="article-text">
        Pocas cosas me resultan m&aacute;s divertidas que las c&aacute;balas: usar la misma remera que en el partido que se gan&oacute;, verlo con las mismas personas, hacer la misma rutina, sentarse en los mismos lugares. La c&aacute;bala en el f&uacute;tbol es mim&eacute;tica, pura copia de lo ya hecho. La repetici&oacute;n llevada hasta el l&iacute;mite de los detalles por uno de los fanatismos m&aacute;s severos: el del fobal. Me invitan algunas amigas a ver Argentina - Croacia en la terraza de sus casas pero no puedo: mis hijos no me dejan salir porque los partidos que vimos juntos, ganamos. Las c&aacute;balas son absolutamente rid&iacute;culas y caprichosas pero no dejan de ser una verdad fundamental para sus creyentes, si en una cierta combinaci&oacute;n se produjo la magia, se debe repetir siempre.
    </p><p class="article-text">
        Todo este universo cabal&iacute;stico tiene una contraposici&oacute;n de peso pesado: <strong>la figura del mufa.</strong> Ese sujeto depositario de una maldici&oacute;n universal llamada yeta. A d&oacute;nde el mufa va, lo persigue su mala suerte y lo peor es que se contagia. Nadie quiere al mufa sentado en la propia tribuna.
    </p><p class="article-text">
        El del f&uacute;tbol es tambi&eacute;n un&nbsp;espacio y un tiempo que busca instaurar un universo sagrado. Messi es la encarnaci&oacute;n de nuestras epifan&iacute;as, un Mes&iacute;as de la voluntad divina que logra pensar con los pies a un nivel de rapidez que no deja de sorprendernos. Se desmarca de jugadores que parecen asfixiarlo para encontrar el camino hacia la magia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si existe alg&uacute;n Dios argentino, es &eacute;l quien nos concede las gracias de este deporte y hay que saber estar en gracia con &eacute;l. &ldquo;Aunque no sepan c&oacute;mo, recen&rdquo;, sentenci&oacute; mi hija mayor a sus hermanos antes de los penales con Pa&iacute;ses Bajos y cada uno se tuvo que encargar en lo m&aacute;s &iacute;ntimo de improvisar esa lengua dulce para invocar al Dios del F&uacute;tbol.
    </p><h2 class="article-text">F&uacute;tbol en los barrios</h2><p class="article-text">
        El &uacute;nico smart tv que tuve en mi vida muri&oacute; de un pelotazo. Yo trabajaba de maestra en dos escuelas, y al pasar volando a mediod&iacute;a por casa, ni bien abr&iacute; la puerta, Benjam&iacute;n sali&oacute; corriendo llorando a m&aacute;s no poder y ah&iacute; lo vi, mi hermoso y nuevo televisor con una herida mortal en el centro de la pantalla del tama&ntilde;o de una pelota n&uacute;mero 5. Benjamin pateaba, Ezequiel atajaba y un pelotazo que fue gol termin&oacute; con su corta vida.
    </p><p class="article-text">
        El f&uacute;tbol, como el ph&aacute;rmakon griego, puede ser la poci&oacute;n que cura o envenena, as&iacute; como la que produce un encantamiento m&aacute;gico.
    </p><p class="article-text">
        Desde que empez&oacute; a correr a los dos a&ntilde;os, Benja es hiperactivo y absolutamente incansable, as&iacute; que a los tres a&ntilde;os lo empezamos a mandar a un club de barrio para que juegue al f&uacute;tbol. Al poco tiempo empez&oacute; a atajar y ahora entrena todos los d&iacute;as. Pero no alcanza, nunca alcanza. Si tiene un cumplea&ntilde;os, se va con botines porque sabe que va a convencer a un grupo de pibes de la fiesta para jugar. Si lo llevo a la plaza, &eacute;l solo se ocupa de ir encarando hasta que lo dejan jugar. Salvo alg&uacute;n buen cuento de terror o un libro que le vuele la cabeza, el resto de su vida es f&uacute;tbol.
    </p><p class="article-text">
        Yo nunca quise que jugara federado en AFA a los 9 a&ntilde;os, me parec&iacute;a que era demasiado para un pibito de su edad, quer&iacute;a que siguiera jugando al f&uacute;tbol como lo que es, un ni&ntilde;o que juega. Pero una ma&ntilde;ana mientras esper&aacute;bamos en la parada del colectivo para ir a su escuela me dijo: 
    </p><p class="article-text">
        -Vos me ped&iacute;s siempre que piense en mi futuro y yo ya pens&eacute;: Quiero ser arquero. 
    </p><p class="article-text">
        Y as&iacute; me resign&eacute; a que entrara al fanatismo m&aacute;s compartido por toda mi familia: El f&uacute;tbol. Ahora es arquero de dos clubes, Juventud Unida y Estudiantes de Caseros, entrena seis veces por semana y juega s&aacute;bados en cancha de papi f&uacute;tbol y domingos en la de once. Pero sobre todo, es feliz con eso.
    </p><p class="article-text">
        Cuando mis hermanos y yo &eacute;ramos chicos no hab&iacute;a esas canchitas de f&uacute;tbol que ahora alquilan por todos lados. Hab&iacute;a campitos, potreros, jugar en la calle y punto, pero a m&iacute; no me tocaba jugar porque era mujer, tambi&eacute;n eso cambi&oacute; en Argentina. En las escuela p&uacute;blicas del conurbano, lxs pibis juegan todos juntos al f&uacute;tbol con una libertad nueva y en la mayor&iacute;a de los clubes pasa lo mismo. Es maravilloso ver la habilidad de las pibas, te hipnotizan jugando. Cuando va a entrenar a Estudiantes, Benja se queda horas mirando la pr&aacute;ctica del equipo femenino de f&uacute;tbol que juega en primera.
    </p><p class="article-text">
        Una vez despu&eacute;s de entrenar con Estudiantes se le clav&oacute; una basurita en el ojo. No hubo forma de sac&aacute;rsela y lo llevamos a la salita del barrio, tampoco ah&iacute; se la pudieron sacar y despu&eacute;s de un breve paso por una guardia, terminamos en el Hospital Santa Luc&iacute;a. Como resultado tuvo que faltar a los entrenamientos por un par de d&iacute;as y se la pas&oacute; corriendo atr&aacute;s de la pelota por el jard&iacute;n, haciendo jueguitos en el living y pidi&eacute;ndole a los novios de las hermanas que le patearan la pelota para atajar con una mano mientras que con la otra se cubr&iacute;a el ojo mocho. 
    </p><p class="article-text">
        No hay f&oacute;rmula m&aacute;s efectiva de disfrutar de este Mundial que intentar verlo con los ojos de un ni&ntilde;o y ya sabemos a qui&eacute;n aman la gran mayor&iacute;a de los pibes del mundo.
    </p><h2 class="article-text">El Messi de los ni&ntilde;os&nbsp;</h2><p class="article-text">
        Eso de ponerse en la perspectiva de un ni&ntilde;o para mirar partidos y jugadores extrema su emoci&oacute;n con todos los pibitos y pibitas que quieren saludar a Messi y abrazarlo. En sus sonrisas, en su fascinaci&oacute;n, en su instante que va a ser recuerdo para todo el resto de sus vidas, estamos todos ah&iacute;, somos la ni&ntilde;a que lo llama hasta que Messi se da vuelta y le sonr&iacute;e o esa otra que lo abraza llorando y &eacute;l le pregunta por qu&eacute; llora. En esos abrazos estamos todos amuchados.
    </p><p class="article-text">
        El Messi amado por los ni&ntilde;os de todo el mundo es de mis favoritos. Me fascina ver c&oacute;mo llegan muchos jugadores pero los pibitos lo esperan s&oacute;lo a &eacute;l. De alguna manera, da cuenta de no haberse alejado tanto de su propia infancia como para dejar de responderles. 
    </p><p class="article-text">
        &iquest;En qu&eacute; &eacute;poca de la vida se logra jugar con la misma pasi&oacute;n y verdad que en la infancia?
    </p><p class="article-text">
        Cuando al final del partido con Pa&iacute;ses Bajos vimos a Messi hacer el Topo Gigio de Riquelme, una peque&ntilde;a y hermosa venganza, y lo escuchamos quejarse -&ldquo;Van Gaal vende que juega bien al f&uacute;tbol y meti&oacute; gente alta y empez&oacute; a meter pelotazos&rdquo;-, no pude dejar de pensar en el ni&ntilde;o rosarino con problemas de crecimiento y en todo ese largo camino que lo llev&oacute; a ser el&nbsp;futbolista m&aacute;s amado del planeta.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo ser&aacute; tener problemas de crecimiento a futuro, en Argentina, un pa&iacute;s en donde la mayor parte de las infancias y adolescencias est&aacute;n por debajo del nivel de pobreza? En la competitividad del f&uacute;tbol latinoamericano tenemos que leer que muchos de nuestros pibes juegan para salvar un futuro para ellos y sus familias. Siempre los europeos ser&aacute;n los altos para nuestros ni&ntilde;os que se agarran del f&uacute;tbol para sobrevivir con un sue&ntilde;o a las realidades y carencias m&aacute;s terribles. Sin la potencia de estos sue&ntilde;os muchos no hubieran podido resistir a las devaluaciones ni a los planes econ&oacute;micos impuestos a sangre y fuego que pisotean una y otra vez el valor de cada una de sus vidas.
    </p><p class="article-text">
        La alegr&iacute;a corporal del f&uacute;tbol salva y sana. Pase lo que pase siempre nos quedar&aacute; esa magia.
    </p><h2 class="article-text">Una carta de Di Mar&iacute;a, su padre y su abuelo&nbsp;</h2><p class="article-text">
        &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>"Si me rompo, d&eacute;jenme que me siga rompiendo. No me importa. S&oacute;lo quiero estar para jugar". </strong></em>
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Aacute;ngel Di Mar&iacute;a</strong>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; como Benjamin se empe&ntilde;a en ser futbolista, yo me empe&ntilde;o en que sea lector. Siempre estoy buscando textos que puedan interesarle y en estos d&iacute;as le pas&eacute; la carta que Di Mar&iacute;a escribi&oacute; cuando en 2014 el Real Madrid no le permiti&oacute; jugar en la final de Brasil. Se fue a su cuarto un rato y cuando volvi&oacute;, le pregunt&eacute;: &iquest;La le&iacute;ste? Y me dijo que s&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s, mientras &iacute;bamos caminando a la casa de un amigo suyo de la escuela, le pregunt&eacute; qu&eacute; era lo que m&aacute;s le hab&iacute;a gustado y me contest&oacute; que la parte en que lo llaman para jugar en Rosario Central y los vuelos en el avi&oacute;n que era un desastre, y que Di Mar&iacute;a se subiera lo mismo aunque parec&iacute;a que se iba a matar.
    </p><p class="article-text">
        Le sonr&iacute;o pensando en mis pasajes preferidos de esa carta: la madre llev&aacute;ndolo en la bici Graciela a los entrenamientos expuestos a la lluvia, al sol que atonta y a toda la intemperie de los barrios rosarinos y cuando Di Mar&iacute;a se encuentra con Messi y empiezan a jugar juntos:
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Tienen que entender que yo ten&iacute;a 20 a&ntilde;os y ni siquiera jugaba en el Benfica. Mi familia estaba separada. Estaba en un momento de desesperaci&oacute;n antes de que me llegara esa convocatoria. En s&oacute;lo dos a&ntilde;os, gan&eacute; la medalla de oro, empec&eacute; a jugar en el Benfica y me vendieron al Real Madrid. Fue un momento de orgullo no s&oacute;lo para m&iacute;, sino tambi&eacute;n para toda mi familia y para todos mis amigos que me apoyaron durante todos esos a&ntilde;os. Me dicen que mi padre era mejor jugador que yo, pero se rompi&oacute; las rodillas cuando era joven y su sue&ntilde;o de ser futbolista muri&oacute;. Y me dicen que mi abuelo todav&iacute;a era mejor que &eacute;l, pero perdi&oacute; las dos piernas en un accidente de tren, y ah&iacute; muri&oacute; su sue&ntilde;o. Mi sue&ntilde;o estuvo cerca de morir tantas veces&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        Y este fragmento que da cuenta de un embrujo: <em>&ldquo;</em><em><strong>Los ojos de Leo no son como los tuyos o los m&iacute;os.</strong></em><em>&nbsp;Miran de lado a lado, como los de cualquier ser humano. Pero &eacute;l tambi&eacute;n es capaz de mirar a todos desde arriba, como un p&aacute;jaro. No entiendo c&oacute;mo es posible, pero es as&iacute;&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        Si hay una fuerza en la que confluye todas las peque&ntilde;as magias del universo, veremos levantar la copa a Lionel por el solo hecho de que casi todo el planeta quiere ver ese momento. Quedan solo horas para que todo pase a ser narrado en pret&eacute;rito, el tiempo de la leyenda. Tengo varias invitaciones para ver el la final del domingo pero tuve que rechazarlas a todas. Una de mis hijas me inform&oacute; que, por c&aacute;bala, tenemos que ver juntxs el partido como lo hicimos cada una de las veces que gan&oacute; la selecci&oacute;n. Obedezco con docilidad. En esta vida siempre messirve creer.
    </p><p class="article-text">
        <em>DR</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Dolores Reyes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/deportes/mundial-qatar-2022/futbol-magia-espera-final_129_9803390.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 18 Dec 2022 01:07:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Fútbol y magia en la espera final]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Fútbol,Qatar]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Árboles de brazos de fuego]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/arboles-brazos-fuego_129_9585828.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7511f433-3c8f-4cc8-afbc-ee5ed092b912_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Árboles de brazos de fuego"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Castigar a la tierra es castigarnos el cuerpo", afirma la autora, levantando su voz crítica en una Argentina 2022 en la que todo está prendido fuego mientras "la Ley de Humedales es cajoneada ante nuestros ojos una y otra vez".</p></div><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; habr&aacute; sido primero, la tierra o el cuerpo?
    </p><p class="article-text">
        <strong>Castigar a la tierra es castigarnos el cuerpo. </strong>
    </p><p class="article-text">
        Habitamos una de las tierras m&aacute;s hermosas del mundo, pero hoy est&aacute; seca, agotada de tanto lucro, envenenada por dar, por rendir. Llueve glifosato en toda la Rep&uacute;blica Argentina y como si no alcanzara con eso, ahora hay quienes encienden el fuego.
    </p><p class="article-text">
        En unos a&ntilde;os nada m&aacute;s, nuestros hijos van a preferir vivir conectados a una plataforma de realidad virtual antes que ver de frente el mundo inhabitable que les dejamos de herencia. 
    </p><p class="article-text">
        Ya hay empresas que han privatizado incluso esa cristalizaci&oacute;n del horror. <strong>Ecocidio tras ecocidio, hemos ido perdiendo la capacidad de asombro ante el espanto.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Todo &aacute;rbol muerto es pol&iacute;tico y en Argentina no paran de quemar.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; habr&aacute; sido primero, el aire o el cuerpo? 
    </p><p class="article-text">
        Si la atenci&oacute;n y la billetera permanecen indiferentes ante los incendios, el cuerpo no: aunque no pensemos en ellos, nuestros cuerpos responden a los &aacute;rboles quemados. 
    </p><p class="article-text">
        Adentro de la caja tor&aacute;cica, protegidos en los m&aacute;s &iacute;ntimo de nuestros cuerpos, saliendo desde los pulmones que nos permiten respirar, los tubos bronquiales ramifican en miles de brazos m&aacute;s delgados: los bronquiolos.
    </p><p class="article-text">
        Son nuestros peque&ntilde;os &aacute;rboles internos que se mimetizan solidariamente con los de afuera que, sobre la tierra, son arrasados y prendidos fuego.
    </p><p class="article-text">
        No podemos respirar. Igual nos quema la garganta y aprieta. Arden nuestros pulmones y los alv&eacute;olos, peque&ntilde;os pimpollos de nuestras ramas pulmonares, se cierran de espanto. 
    </p><p class="article-text">
        &Aacute;rboles muertos son ni&ntilde;os muertos. &Aacute;rboles muertos son ancianos muertos.
    </p><p class="article-text">
        &Aacute;rboles prendidos fuego es la asfixia de la humanidad.
    </p><p class="article-text">
        Hermanados a los &aacute;rboles por las infinitas ramificaciones de nuestros pulmones, los quemados somos nosotros mismos. El humo del humedal desnuda nuestra intemperie, nuestra incapacidad para respirar en un mundo arrasado por el fuego.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Existe una imagen m&aacute;s apocal&iacute;ptica que la de nuestros humedales prendidos fuego, con los nidos de p&aacute;jaros y sus pichones chamuscados y los reptiles, escapando desesperados junto a los restos de su cr&iacute;a?
    </p><p class="article-text">
        Mientras, las ciudades que construimos con nosotros mismos adentro, tragan el aire infecto de esa masacre. Buscamos ox&iacute;geno y recibimos humo con restos de humedal.
    </p><p class="article-text">
        EN ARGENTINA, TODA, NO SE PUEDE RESPIRAR.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; habr&aacute; sido primero, el agua o el cuerpo?
    </p><p class="article-text">
        El agua anda furiosa.
    </p><p class="article-text">
        Elijan ustedes la forma en que lo muestra: sequ&iacute;as e inundaciones enredadas en una danza macabra que la naturaleza no eligi&oacute;. Se la impuso la violencia del saqueo de sus recursos.
    </p><p class="article-text">
        El agua que es vida escasea hasta la sed de los ecosistemas o se desborda hasta sumergirlos. 
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Hace falta una sequ&iacute;a bestial para recordarnos lo que siempre fuimos y parece que queremos olvidar? Somos parte de la naturaleza que habita el mundo en relaci&oacute;n con el resto de los seres vivos.
    </p><p class="article-text">
        Somos una especie m&aacute;s de las que en Argentina vela en silencio los restos volatilizados de humedales, de bosques, de montes, de millones de &aacute;rboles que se fueron perdiendo para siempre, solo por el asqueroso lucro de un pu&ntilde;ado de apellidos que se nos r&iacute;en en la cara. 
    </p><p class="article-text">
        El &uacute;nico &aacute;rbol que quedar&aacute; en pie es el &aacute;rbol geneal&oacute;gico que sustenta la explotaci&oacute;n que degrada cuerpos y territorios, el de la codicia infinita y la mezquindad m&aacute;s salvaje.
    </p><p class="article-text">
        Tenemos tantos ancestros muertos dejando salir la tierra por sus pechos de costilla seca y el polvo entre los dientes, que la angustia de este ecocidio nos anuda la garganta.
    </p><p class="article-text">
        Alimentamos un fuego aniquilador.
    </p><p class="article-text">
        Es la mano del hombre y la lujuria de la acumulaci&oacute;n la que hace desbordar el agua, la contamina o la extingue. 
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Cu&aacute;ndo habr&aacute; sido que el fuego rompi&oacute; el equilibrio fr&aacute;gil de los cuatro elementos para aniquilar y devor&aacute;rselo todo?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; habr&aacute; sido primero, la vida o el litio?
    </p><p class="article-text">
        <strong>Con el humo en los pulmones y el glifosato en la sangre, nuestros hijos prefieren vivir enchufados a una tablet antes que mirar a los ojos este mundo bestial que habitamos. </strong>
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; podemos decirles si hoy en Argentina 2022 todo est&aacute; prendido fuego y la Ley de Humedales es cajoneada ante nuestros ojos una y otra vez?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Cu&aacute;ndo fue que nos quemaron hasta la capacidad de reacci&oacute;n y no nos dimos cuenta? 
    </p><p class="article-text">
        <strong>S&oacute;lo en los &uacute;ltimos dos a&ntilde;os se perdieron en nuestro pa&iacute;s m&aacute;s de un mill&oacute;n de hect&aacute;reas de humedales.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; se frena una y otra vez una Ley indispensable?
    </p><p class="article-text">
        Tristemente estamos entre los pa&iacute;ses de mayor riqueza de litio del mundo y, a su vez, la mayor parte de esos yacimientos est&aacute; ubicada en humedales.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Van a tragar litio? &iquest;Van a respirar litio? &iquest;Van a bombear litio por el coraz&oacute;n y las venas?</strong>
    </p><p class="article-text">
        La emergencia clim&aacute;tica que sacude al mundo nos recuerda que somos una especie m&aacute;s compartiendo la asfixia con las otras, que no es posible salvarnos solos, y que el tiempo es ahora.
    </p><p class="article-text">
        Ma&ntilde;ana ya es tarde.
    </p><p class="article-text">
        Miremos, escuchemos, aprendamos, sigamos el camino de los que antes que nosotros habitaron estas tierras y fueron convertidos en humus por los mismos que hoy ostentan los t&iacute;tulos de las grandes propiedades a las que prenden fuego. 
    </p><p class="article-text">
        Levantemos la voz, no decir ser&aacute; nuestra tumba.
    </p><p class="article-text">
        &iexcl;Que el habla colectiva le gane a las gargantas arrasadas por el humo!
    </p><p class="article-text">
        Permitamos que el mundo siga siendo un lugar habitable, hagamos que Argentina vuelva a ser tierra f&eacute;rtil y no un territorio arrasado. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iexcl;Que en las pupilas de nuestros hijos y de todos los ni&ntilde;os de esta tierra se grabe la vida y no el triste final de nuestros ecosistemas prendidos fuego!</strong>
    </p><p class="article-text">
        <em>DR</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Dolores Reyes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/arboles-brazos-fuego_129_9585828.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Oct 2022 03:02:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Árboles de brazos de fuego]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ley de Humedales,Litio,Incendios Forestales]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Insomnio y escritura]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/insomnio-escritura_129_9565177.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/40be3789-168a-4a2e-b5a5-4f452e5643d5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Insomnio y escritura"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Dolores Reyes escribe en las madrugadas cuando en su casa se duerme y durante el día piensa en sus batallas con el sueño.</p></div><p class="article-text">
        Me despierta la m&aacute;s recurrente de mis pesadillas. Puedo volar pero no es flotar livianamente en el aire como todos imaginamos siempre. Me muevo por el cielo, pero mantenerme arriba requiere para m&iacute; de todo un esfuerzo gimn&aacute;stico similar a la nataci&oacute;n, nunca autom&aacute;tico como el latido de un coraz&oacute;n. Si en el aire dejo de nadar aunque sea por un solo segundo, me caigo. Aprovecho y vuelo lo m&aacute;s lejos que puedo, trato de alejarme de las ciudades pero muy cerca est&aacute; el fuego. Estos incendios antes no estaban. D&oacute;nde termina la ciudad todo est&aacute; prendido fuego. No s&eacute; hacia donde ir pero tampoco puedo detenerme. Me muevo bien arriba, por los l&iacute;mites. Cada tanto bajo la velocidad y miro alrededor para ver en donde podr&iacute;a caer sin da&ntilde;arme tanto, pero si caigo me despierto.
    </p><p class="article-text">
        Y caigo. Y me golpeo varias veces. <strong>Y me despierto.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Son las cuatro de la ma&ntilde;ana a 26km del obelisco de Buenos Aires, pero del lado de afuera de donde consideran que queda la ciudad. En los &uacute;ltimos dos a&ntilde;os viaj&eacute; a infinidad de ciudades extranjeras en donde piensan que despu&eacute;s de la Capital Federal solo hay campo argentino, pero no puedo sorprenderme del todo. Muchos en mi pa&iacute;s piensan lo mismo. Quiz&aacute;s por eso me resulte tan necesario seguir narrando desde ac&aacute; y &eacute;sta es para m&iacute; la hora de la ficci&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>En mi barrio una no puede salir a tomar algo si se despert&oacute; a las cuatro de la ma&ntilde;ana. Ni siquiera se puede salir a dar una vuelta.</strong> Caminar despierta en vez de volar dormida. La escritura es tambi&eacute;n ese lugar al que voy cuando las circunstancias me tienen encerrada.
    </p><p class="article-text">
        Todo duerme menos los camiones que transportan mercader&iacute;as durante toda la noche. Si los escucho con los ojos cerrados pasar una y otra vez y mi imaginaci&oacute;n se va con ellos a otras tierras, ya s&eacute; que no voy a volver a dormirme. Y no puedo dejar de escucharlos. 
    </p><p class="article-text">
        Querer volver a dormir es perder horas dando vueltas en la cama intentando algo imposible, as&iacute; que me levanto, enciendo la luz y voy hacia la computadora. Como ya se hicieron las cuatro y media, tengo un poco menos de dos horas para escribir. La casa arranca seis y cuarto. Lxs hijxs estudiando y creciendo necesitan de sus desayunos calientes. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Escribir mientras todos duermen tiene sus ventajas.</strong> Una aprende a escuchar los distintos silencios que acompa&ntilde;an a la oscuridad y trata de que algo de ese aprendizaje nuevo penetre en la lengua. La experiencia de un complot, o de un tiempo robado debe habitar de alguna manera lo que se produce. Es una mancha que no debe ocultarse.
    </p><p class="article-text">
        Escribir es un verbo transitivo y a veces hasta creo que es de una transitividad bivalente. Una escribe algo para alguien. La base sem&aacute;ntica act&uacute;a de la misma manera que en el verbo dar: uno le da algo a alguien.
    </p><p class="article-text">
        Pienso historias que muchas veces se responden en la noche, la oscuridad las completa y esa cierta clandestinidad que se respira antes de la salida del sol. Escribo y los sonidos de la noche me acompa&ntilde;an.
    </p><p class="article-text">
        Hay veces que solo despu&eacute;s de dormir un par de horas puedo resolver algunas cosas que un texto me plantea.
    </p><p class="article-text">
        Hay otras que las resuelvo directamente adentro del sue&ntilde;o y necesito la computadora cerca para poder escribir antes de olvidar esa respuesta que mi propio universo on&iacute;rico me est&aacute;&nbsp;enviando.
    </p><p class="article-text">
        Escribo con la computadora pegada a la cama y siempre le digo a mis alumnos de taller que hagan los mismo o que al menos dejen cerca cuaderno y lapicera: <strong>lo que no se anota, regresa al mundo de los sue&ntilde;os.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Milito el escribir pegado al despertarse, aunque sea durmiendo poco y mal. El insomnio como pr&aacute;ctica tortuosa, ese dormir y despertarse a cualquier hora, puede darnos la posibilidad de hacer de la pesadilla un texto nuevo. Pero hay veces que el sue&ntilde;o no viene por varios d&iacute;as seguidos. Si son muchos, el insomnio empieza a estropearme. Estar despierto siempre sin sufrir como si yo fuera un vampiro, tendr&iacute;a su enorme encanto, pero solo soy yo que a la tarde me voy a estar cayendo de sue&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        S&eacute; que en algunos centros de detenci&oacute;n, no dejar dormir a los pobres cuerpos que padec&iacute;an el encierro era una forma de tortura. &iquest;Estar&eacute; pagando alguna culpa pasada con mi falta de sue&ntilde;o?
    </p><p class="article-text">
        Una vez, un poco a modo de broma por lo inevitable del insomnio y otro poco para ver c&oacute;mo andaban de estos males mis contactos de redes sociales, suger&iacute; que iba a dar un taller de lectura y escritura para insomnes y que el horario ser&iacute;a de cuatro a seis de la ma&ntilde;ana. No podr&iacute;an creer la cantidad de interesados que me escribieron preguntando por el taller. 
    </p><p class="article-text">
        Al insomnio arriba de los aviones lo aprovecho para ver pel&iacute;culas que nunca vi pero que se supone que deber&iacute;a haber visto hace tiempo. La &uacute;ltima fue <em>Avatar</em> en viaje de Buenos Aires hacia Ciudad de M&eacute;xico. Cuando tengo alguna esperanza de dormir me pongo m&uacute;sica y me echo el asiento los diez cent&iacute;metros que puede reclinarse y cierro los ojos. Cuando ya no tengo ninguna esperanza de conciliar el sue&ntilde;o, casi siempre porque llora un beb&eacute; o hay demasiadas turbulencias, busco la opci&oacute;n de videogames de la tablet del avi&oacute;n. El Plantas vs Zombies es la delicia suprema de mis desvelos a&eacute;reos, mientras, se confunden los ronquidos de otros pasajeros con los sonidos que hacen los zombies al ataque de mis plantas. Pero tanto arriba en el cielo o ac&aacute; sobre mi cama terrestre, nada me ayuda tanto a transitar la tranquilidad de la vigilia como leer hasta que se cierran los ojos producto de la dulce mordida del sue&ntilde;o. 
    </p><p class="article-text">
        Al dormirse es leer y a despertarse es escribir. <strong>Ese es el esquema de la vida en solitario. </strong>Y como de aviones y vuelos venimos, un autotip para la previa. Si voy a quedarme dormida en donde sea, no hay como el modo avi&oacute;n, que el celular duerma permite que yo tambi&eacute;n pueda hacerlo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Siempre me pregunto c&oacute;mo se imaginar&aacute;n los lectores que escribimos. </strong>Tambi&eacute;n me lo pregunto de mi propia escritura: &iquest;C&oacute;mo hago para que estos fragmentos ca&oacute;ticos, paridos entre insomnios y desvelos lleguen a ser un texto terminado? 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Perseverancia y relecturas.</strong> Empe&ntilde;o en algo que es una actividad que es casi enfermiza. Pasi&oacute;n al ver como un texto crece, trabajo, correcci&oacute;n, re-escrituras, m&aacute;s trabajo hasta el &eacute;xtasis del punto final
    </p><p class="article-text">
        La correcci&oacute;n y el volver al texto la cantidad de veces necesarias para que llegue a su mejor versi&oacute;n posible. Pero para que yo pueda sostener el estado mental que me permite encarar correcciones y reescrituras, s&iacute; o s&iacute; tengo que dormir al menos algunas horas. Pero si doy vuelta la pregunta todo se vuelve oscuridad. &iquest;Qu&eacute; ser&iacute;a de mi pobre cuerpo y cabeza insomnes si no tuviera el escribir?  No puedo ni siquiera imaginarlo. Para m&iacute;, la escritura es resetearme la cabeza para despu&eacute;s poder avanzar mejor con un texto. 
    </p><p class="article-text">
        Si esos textos no existieran, si no hubiese la instancia de escribir, el insomnio ser&iacute;a solo una cicatriz constante del lado de adentro de la cabeza. No quiero eso ni para m&iacute; ni para ning&uacute;n otro habitante de la dispersa tribu de los insomnes.
    </p><p class="article-text">
        Que despertar no sea solo caerse del vuelo. Que dormir no sea asomarse a la intemperie del fuego descontrolado sin la herramienta de la palabra. Transformemos el tiempo de la oscuridad y el insomnio en nuestro momento de trato &iacute;ntimo con la lengua y con todo aquello del entorno que arde encendido en nuestros sue&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        <em>DR</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Dolores Reyes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/insomnio-escritura_129_9565177.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 24 Sep 2022 04:14:17 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Insomnio y escritura]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Insomnio,Dolores Reyes]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Raíces desnudas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/mundo/raices-desnudas_129_9290903.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/32f86328-c931-4e85-b1ce-b7ffa7ba8f18_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Raíces desnudas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"¿Qué clase de mundo estaremos construyendo para que los árboles prefieran morirse a acompañarnos?", se pregunta la escritora Dolores Reyes en este texto, en el que se unen las raíces de un árbol descubiertas por un tornado en Dallas con la oportunidad que Chile perdió de dejar atrás su constitución pinochetista.</p></div><p class="article-text">
        &iquest;Existe una imagen m&aacute;s triste y apocal&iacute;ptica que la de un &aacute;rbol muerto ense&ntilde;ando sus ra&iacute;ces al aire?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tres veredas m&aacute;s all&aacute; de donde escribo ahora hay un &aacute;rbol ca&iacute;do. Sus ra&iacute;ces suicidas, enormes y quebradas, me recuerdan el final del cuento de Carson McCullers, <em>El geranio</em>. El momento preciso en el que la maceta del alf&eacute;izar de los vecinos de enfrente del viejo Dudley cae sobre la vereda: esas ra&iacute;ces al aire somos nosotros mismos, desnudan nuestra intemperie.
    </p><p class="article-text">
        Vine a Dallas a presentar, junto a dos escritores que admiro, <strong>Joseph Z&aacute;rate</strong> y <strong>Y&aacute;snaya Elena A. Gil</strong>, un libro en com&uacute;n: <em>Volver a contar</em>. El resultado de un proceso de estudio y selecci&oacute;n de piezas de Am&eacute;rica Latina del acervo del British Museum, nunca antes exhibidas. Bucear por los archivos del museo hasta dar con una figura milenaria de cer&aacute;mica manab&iacute; en Ecuador ha sido un trabajo so&ntilde;ado. Despu&eacute;s tuve que ponerme a escribir. Llevada de la tierra y de las manos que la compusieron, la pieza vuelve a contar su relato en un texto al que llam&eacute;: <em>El nombre de los &aacute;rboles</em>. Pero ahora me encuentro en esta ciudad con un peque&ntilde;o tornado que deja, &aacute;rboles desmembrados mediante, a media ciudad sin luz y sin se&ntilde;al de internet. La tormenta es feroz, las ventanas de vidrio de la hermosa casita en un primer piso que me han alquilado para que pase estos cuatro d&iacute;as, no alcanza a frenar el agua furiosa que termina inundando media habitaci&oacute;n. Vengo a Estados Unidos pero parece que me traigo todas las precariedades conurbanas en la mochila.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, los &aacute;rboles, incluso mutilados o muertos, mandan se&ntilde;ales.&iquest;Por qu&eacute; somos tan indiferentes a la hora de leerlas?
    </p><p class="article-text">
        Debido al fuego, las inundaciones, la sequ&iacute;a o las tormentas, nos estamos quedando sin &aacute;rboles a paso acelerado. &iquest;Qu&eacute; podemos leer de este proceso?
    </p><p class="article-text">
        Presentamos el libro en un lugar hermoso llamado The Wild Detectives, un poco librer&iacute;a y otro tanto refugio para leer y tomar algo o escuchar buena m&uacute;sica. Cuando terminamos de transitar la presentaci&oacute;n a sala llena, todos se acercan y van contando, de a uno, su propia experiencia: una mujer morena que ac&aacute; aprendi&oacute; a bailar tangos cuenta los a&ntilde;os desde que se vino de su pa&iacute;s de origen. Una mujer peque&ntilde;a nos habla de la familia en la tierra de all&aacute;. Una pareja de mexicanos c&aacute;lidos desnuda la nostalgia por su pueblo.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                The Wild Detectives, la librería de Dallas a donde la autora viajó y desde donde escribió este texto.                            </span>
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        Los lectores nos ense&ntilde;an sus ra&iacute;ces sin pudor, que como gusanos&nbsp;enormes e impiadosos, les borran las aspiraciones de integrarse en la gringuitud de un plumazo. Algo incomoda y no puede silenciarse, late muy adentro de todos nosotros, es Latinoam&eacute;rica y no es solo eso, cuando ese t&eacute;rmino no alcanza para nombrar a nuestros ancestros hartos de haber sido asesinados tantas veces, esos que estaban desde muchos a&ntilde;os antes de la llegada de los barcos, habitando este territorio y sosteniendo con fuerza a los &aacute;rboles desde lo profundo de las ra&iacute;ces. Esa condici&oacute;n fr&aacute;gil titila en todos nosotros y nos obliga a hablar con el coraz&oacute;n entre los dientes.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Chile ha perdido su enorme oportunidad de dejar atrás la constitución pinochetista y yo hoy más que nunca necesito que los árboles me abracen, pero ellos se suicidan o se entregan a una lepra que les arroja los brazos como miembros abandonados</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        El despu&eacute;s de la tormenta tambi&eacute;n puede ser desolador: <strong>Chile</strong> ha perdido su enorme oportunidad de dejar atr&aacute;s la constituci&oacute;n pinochetista y yo hoy m&aacute;s que nunca necesito que los &aacute;rboles me abracen, pero ellos se suicidan o se entregan a una lepra que les arroja los brazos como miembros abandonados, brillantes sus ramas verdes, vivas por &uacute;ltima vez, sobre las veredas que pisamos.
    </p><p class="article-text">
        Me cuentan que uno de los puntos que caus&oacute; m&aacute;s rechazo de la nueva constituci&oacute;n es el de reconocerse como estado plurinacional. El racismo siempre, que nos habita y nos blanquea con &aacute;cido a la madre india que nos averg&uuml;enza, ha vuelto a sentenciar. Rechazo.
    </p><p class="article-text">
        Mirar las ra&iacute;ces expuestas, lo que debiera estar abajo de la tierra y se nos revela con la violencia de un temporal, deber&iacute;a al menos intranquilizarnos:
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; clase de mundo estaremos construyendo para que los &aacute;rboles prefieran morirse a acompa&ntilde;arnos? De tanto sembrar la muerte alrededor suyo, &iquest;han comenzado a despreciarnos?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En medio de la tormenta estoy tan cansada que me acuesto lo mismo a dormir. Los d&iacute;as en estos festivales de literatura parecen durar setenta horas y ya todo de mi cuerpo me pide descansar. Pero siempre es dif&iacute;cil. Un rato nom&aacute;s y me despierto pensando que uno de mis gatos salt&oacute; con fuerza sobre la cama haci&eacute;ndola sacudirse, pero enseguida me doy cuenta de que no estoy en el conurbano ni mis gatos gordos andan saltando por aqu&iacute;, que lo que agita mi cama como en un exorcismo de pantalla es el temporal que tambi&eacute;n inunda media sala y que los &aacute;rboles en vez de darnos su protecci&oacute;n y su sombra, se han puesto a aporrear los techos y el cabler&iacute;o de toda la ciudad.
    </p><p class="article-text">
        Mis tres nuevas vecinas gringas me golpean la puerta. Hablan r&aacute;pido y yo no entiendo lo que dicen aunque lo repitan varias veces. Una de las tres me muestra una sonrisa hermosa. Algo en ella huele a chocolate caliente o a caf&eacute;, y ella me habla en un espa&ntilde;ol latino y agringado a la vez: que le digas a la due&ntilde;a que venga a cortar un poco su &aacute;rbol, porque en cualquier momento se te cae a ti en el techo o nos aplasta a nosotras tres.
    </p><p class="article-text">
        ++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++
    </p><p class="article-text">
        Las lecturas en la librer&iacute;a hermosa que nos hace de anfitriona se prolongan toda la tarde hasta que entramos en la noche. Aqu&iacute; no se cort&oacute; la luz pero s&iacute; internet, aunque eso no impide que todo el tiempo se abra la puerta para dar paso a un visitante nuevo. Cada una de las presentaciones tiene un p&uacute;blico atento que es un lujo. Despu&eacute;s, cuando cae la noche conduciendo el hambre sobre nuestros cuerpos, Javier, organizador y due&ntilde;o de The Wild Detectives, nos convida una cena. El vino es casi tan exquisito como los platos y todo se vuelve lo m&aacute;s delicioso posible dando cuenta de su esmerada hospitalidad. Es tarde y el mezcal cierra el convite. Salgo para regresar con una escritora espa&ntilde;ola que presenta aqu&iacute; un libro sobre las nuevas condiciones ecol&oacute;gico-clim&aacute;ticas. A mitad de camino ella cruza de cuadra hacia su Airbnb y yo sigo sola. 
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                    alt="&quot;Todo árbol muerto es político&quot;"
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            <span class="title">
                &quot;Todo árbol muerto es político&quot;                            </span>
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        Todav&iacute;a hay partes de la ciudad en donde no ha vuelto la luz. La noche es oscura y solitaria. Un cachorro intenta entrar en la casa del &aacute;rbol ca&iacute;do. Rasca la puerta pero nadie abre y el animal trata de usar el &aacute;rbol desplomado y se trepa a sus ramas como si fueran rampas que lo elevan hacia las ventanas, pero tampoco por ac&aacute; puede meterse a la casa. No s&eacute; si es el vino tinto o los &aacute;rboles muertos o que hemos vuelto a perder Chile lo que me da tantas ganas de llorar como si fuera yo ese cachorro que se trepa al &aacute;rbol para intentar colarse por la ventana rota y volver a su hogar. Todos se pusieron a resguardo y lo han dejado inevitablemente olvidado, solo en una noche de vientos y tormenta, mientras al sur del continente una votaci&oacute;n determina la continuidad de una constituci&oacute;n pinochetista que ya s&oacute;lo por eso deber&iacute;a haber sido superada hace tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Perdimos. Y que estemos acostumbrados a perder no lo hace menos terrible.
    </p><p class="article-text">
        En nuestras tierras sudamericanas hay tantos desaparecidos sosteniendo desde abajo de la tierra las ra&iacute;ces viejas de los &aacute;rboles, que se habr&aacute;n hartado de que no los escuchemos, de que queramos seguir ignor&aacute;ndolos, y hoy nos han soltado la mano y han tirado por primera vez de esas ra&iacute;ces, m&aacute;s fuerte que nunca, para que los &aacute;rboles se desplomen sobre nosotros y que los que todav&iacute;a andamos vivos ya no tengamos d&oacute;nde descansar en paz.
    </p><p class="article-text">
        Todo &aacute;rbol muerto es pol&iacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        Una p&eacute;rdida de cientos de a&ntilde;os, una presencia sobre la tierra que tuvo su comienzo desde mucho antes de que naci&eacute;ramos, se tumba delante de nuestras pupilas sorprendidas para sacudirnos la modorra de una vez.
    </p><p class="article-text">
        Tenemos tantos ancestros muertos dejando salir la tierra por sus pechos de costilla seca y el polvo entre los dientes, que la angustia del rechazo nos sube a la garganta.
    </p><p class="article-text">
        Los &aacute;rboles bailan una danza de muerte al ritmo de la tormenta y del rechazo porque alg&uacute;n ancestro enojado, cansado y abatido, se hart&oacute; de nosotros.
    </p><p class="article-text">
        Perdimos y no encuentro las palabras de consuelo, ni para m&iacute; ni para lxs amigues chilenos, mientras nuestros muertos de asesinatos impunes tiran del rev&eacute;s de la tierra como si fuera una manta, para al menos poder abrigarse y protegerse entre ellos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La sangre derramada tambi&eacute;n ech&oacute; ra&iacute;ces y tumba &aacute;rboles vencidos.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de la tormenta, hasta la &uacute;ltima hoja tiembla.
    </p><p class="article-text">
        <em>DR</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Dolores Reyes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/mundo/raices-desnudas_129_9290903.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 05 Sep 2022 17:38:05 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Raíces desnudas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Dolores Reyes,Chile plebiscito,Dallas,Árboles,Raíces]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Libertad Demitrópulos, donde el río se subleva]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/libertad-demitropulos-rio-subleva_129_9242097.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6c355dcd-6903-4e6f-b2f0-d4846826321e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Libertad Demitrópulos, donde el río se subleva"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El domingo 21 de agosto se cumplen 100 años del nacimiento de Libertad Demitrópulos, un secreto injustamente guardado de la literatura argentina. Proyecto Ballena, en el Centro Cultural Kirchner, lo celebra con lecturas performáticas, mesas de crítica y debate, la presentación de un libro inédito, exposición documenta, presencias sorpresas, un taller de lectura a cargo de Dolores Reyes y un cierre final con Camila Sosa Villada representando al personaje de María Muratore, heroína inolvidable de Río de las congojas. En este texto, Dolores Reyes escribe sobre la autora nacida en Jujuy.</p><p class="subtitle">Más información - Para conocer las actividades de "Operación Libertad", que recuerdan el nacimiento de la escritora.</p></div><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Disputando el nombre</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Siempre que pienso en Libertad me imagino una muchacha muy joven en su Jujuy natal, con ocho operaciones al coraz&oacute;n por la fiebre reum&aacute;tica que padec&iacute;a y de todas formas, recibida de maestra a los dieciocho a&ntilde;os, recorriendo los ingenios, alfabetizando, renacida con la fuerza de las que tienen la vista siempre puesta en los m&aacute;s oprimidos de estas tierras, para que de tanto verlos sufrir y escuchar sus historias y anhelos, algo nazca en un lugar muy profundo, adentro de ella. Esa semilla suya que es como un fuego, que va a ir sedimentando y arrojando peque&ntilde;os brotes de voces, para que se desarrollen de a poco hasta madurar lo suficiente como para que puedan nacer, todas juntas, en una novela llamada <em>R&iacute;o de las congojas</em>.
    </p><p class="article-text">
        Libertad ya sab&iacute;a que una disputa pol&iacute;tica tambi&eacute;n pasa por nombrar y entonces, en esta novela que fue publicada por primera vez en 1981, el r&iacute;o es nombrado con las voces de quienes fueron sus habitantes desde mucho antes que el hombre blanco-espa&ntilde;ol. Nombrar es resistir porque con esos nombres se puede empezar a tejer otra historia. Nombres antiguos, po&eacute;ticos y hermosos, que pertenec&iacute;an a culturas orales, cuentan las historias de quienes habitaban el r&iacute;o cuerpo a cuerpo desde hace siglos.
    </p><p class="article-text">
        Es el &ldquo;r&iacute;o de las congojas&rdquo;, &ldquo;el r&iacute;o negrorojorosadoamarillo&rdquo;, es el &ldquo;r&iacute;o tragahombres&rdquo; &ldquo;enemigo del amor&rdquo; y mil nombres m&aacute;s, pero nunca, en toda la novela, se lo nombrar&aacute; como R&iacute;o Paran&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        Libertad deconstruye las formas del g&eacute;nero blanco y macho de la novela hist&oacute;rica por medio de la implementaci&oacute;n formal de una polifon&iacute;a de oprimidos marrones, negros, mujeres, trans, prostitutas y el tratamiento no lineal del tiempo narrativo; para poder reconstruir aquel per&iacute;odo de la historia desde la perspectiva de estos narradores que revelan la opresi&oacute;n que implica ser mestizo, ser pobre, ser mujer, ser indio o ser negro, ya que ese punto de experiencia com&uacute;n de la opresi&oacute;n en la sociedad de las colonias nacientes, es donde ubica siempre a las voces que narran de a pedazos, como si fueran camalotes flotantes dentro de la gran corriente del r&iacute;o.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Puede pensarse un ejemplo mayor de nuestra polifon&iacute;a que el R&iacute;o Paran&aacute;, lleno de afluentes que arrastran lenguas de todas los rincones de las tierras profundas desde donde llegan sus aguas?&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">&nbsp;Una insurrecci&oacute;n fundante<em><strong>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</strong></em></h3><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">  Semilla de mestizo -decía-al pudridero</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        El a&ntilde;o de publicaci&oacute;n de <em>R&iacute;o de las Congojas </em>es 1981, el a&ntilde;o en que la dictadura militar m&aacute;s sangrienta que tuvo nuestro pa&iacute;s, con su maquinaria de desaparici&oacute;n de personas y exterminio de cualquier resistencia pol&iacute;tica, ya estaba muy avanzada y se acercaba al triste y demencial suceso de la Guerra de Malvinas. Dif&iacute;cil recibir en ese contexto una novela que tiene en su trama un desaparecido por el r&iacute;o cuando en todas las aguas de nuestro pa&iacute;s, pero especialmente en ese r&iacute;o de anchas orillas, los cuerpos de nuestros desaparecidos flotaban frescos por las &oacute;rdenes de quienes hab&iacute;an arrebatado el mando del Estado argentino.
    </p><p class="article-text">
        La trama hist&oacute;rica de <em>R&iacute;o de las congojas</em> corresponde al per&iacute;odo de conquista y fundaci&oacute;n de ciudades, pero hay un antecedente fundante que aparece desde el inicio en la voz y la experiencia sensible de Blas: una revoluci&oacute;n fallida y mestiza, acontecida en la antigua ciudad de Santa Fe, conocida como &ldquo;la Revoluci&oacute;n de los Siete Jefes&rdquo; o &ldquo;Revoluci&oacute;n de los mancebos&rdquo;. La acci&oacute;n de la novela se desarrolla en Santa F&eacute; de la Vera Cruz (Cayast&aacute;) fundada por Juan De Garay en 1573, pero siete a&ntilde;os despu&eacute;s siete l&iacute;deres mestizos -el siete, n&uacute;mero m&aacute;gico por excelencia- encabezados por L&aacute;zaro de Venialvo, aliados moment&aacute;neamente al gobierno de Tucum&aacute;n, toman el poder de la ciudad con el objetivo de dar tierras y plenos derechos a los mestizos que pusieron el cuerpo en la fundaci&oacute;n de la ciudad combatiendo contra sus medio-hermanos ind&iacute;genas.
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>&ldquo;Garay prepar&oacute; otra salida al sur, buscando ese puerto en donde hubo una ciudad quemada, para volverla a levantar. Sac&oacute; hombres de Santa Fe y se fue un d&iacute;a por el R&iacute;o Tragahombres, m&aacute;s negro que nunca, Rio de las congojas enemigo del amor.&rdquo;</strong></em>
    </p><p class="article-text">
        Garay se lleva consigo a los l&iacute;deres blancos y espa&ntilde;oles que conquistan tierras y fundan ciudades, pero deja tras de s&iacute; a qui&eacute;nes habitan esas ciudades d&aacute;ndoles su sangre, su semilla y su vida. Mestizos que odian al hombre blanco y espa&ntilde;ol que los oblig&oacute; a combatir contra los hijos de sus madres indias para luego abandonarlos y partir para la fundaci&oacute;n de otro puerto -Buenos Aires- neg&aacute;ndoles los derechos y las tierras prometidas.
    </p><p class="article-text">
        El levantamiento ser&aacute; sofocado r&aacute;pidamente y no alcanzar&aacute; con asesinar a los l&iacute;deres, sus cuerpos colgados en esa plaza permanecer&aacute;n insepultos a la vista de todos para que cada quien sepa a qu&eacute; se expone cualquier sublevado. Un mismo modus operandi de la dictadura que -400 a&ntilde;os despu&eacute;s- robaba militantes pol&iacute;ticos y los desaparec&iacute;a para ahogar a la poblaci&oacute;n civil en una constante marea de terror y sangre.
    </p><p class="article-text">
        Esas son las voces fantasmales que Blas, cuya voz mestiza lleva adelante la acci&oacute;n aproximadamente la mitad de la novela- escucha todo el tiempo en esa plaza principal de la ya abandonada Cayast&aacute;. La de Blas es la voz mestiza de la experiencia directa: &Eacute;l ha participado de la fundaci&oacute;n de Santa Fe y luego tambi&eacute;n de aquella posterior sublevaci&oacute;n vencida, por eso apela a los nombres de los l&iacute;deres ajusticiados en esa misma plaza cuando ve como todos sus moradores abandonan la ciudad para irse. Solo queda &eacute;l mismo y los fantasmas de los que fueron fusilados y colgados, voces mestizas alzadas para disputar la Historia blanca de los vencedores
    </p><p class="article-text">
        <em>R&iacute;o de las Congojas</em> es tambi&eacute;n un libro al que las fronteras nacionales le quedan chicas y nos hermana sudamericanos.
    </p><p class="article-text">
        Son los mestizos, son los descendientes marrones, son los negros y los mulatos y siempre pero siempre las mujeres y tienen unas formas hermosas de nombrar en una disputa que es est&eacute;tica y&nbsp;pol&iacute;tica a la par, y para llevarla a cabo, Libertad eleva los registros de las voces m&aacute;s silenciadas de la Historia -por pertenecer a g&eacute;neros oprimidos o minoritarios, por raza y por clase- al nivel de co-protagonistas principales.
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            <span class="title">
                Río de las congojas de Libertad Demitrópulos                            </span>
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                </figure><h3 class="article-text">En busca de la libertad so&ntilde;ada</h3><p class="article-text">
        La de <em>R&iacute;o de las congojas</em> es tambi&eacute;n una historia de vuelta completa.
    </p><p class="article-text">
        El levantamiento mestizo coloca en el nuevo centro provisorio de poder a los m&aacute;s despreciados de la sociedad colonial: entre elles, las mujeres que viven por fuera del matrimonio. Pero una vez fusilada la revuelta, la instituci&oacute;n familiar blanca va a mostrar todo su potencial femicida yendo a buscar a Ana Rodriguez y a Mar&iacute;a Muratore, las dos mujeres que viven una al lado de otra en la Calle del Pecado desconoci&eacute;ndose, apenas espi&aacute;ndose sin haber cruzado una palabra jam&aacute;s, para lincharlas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mar&iacute;a Muratore va a presenciar el femicidio de Ana Rodriguez en el que se develan los lazos profundos de la una con la otra, luchando por sus vidas junto a Blas contra el orden blanco, espa&ntilde;ol, macho y monote&iacute;sta que las coloca desplazadas, en la periferia social de esa calle-estigma, lo m&aacute;s lejos posible del centro de la ciudad.
    </p><p class="article-text">
        Pero Mar&iacute;a no s&oacute;lo se salva, sino que se convierte en mujer matadora. Para defenderse de los mensajeros de Garay, Mar&iacute;a, -como Higui y como tantas otras mujeres que deben elegir entre defenderse o morir- va a matar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        R&iacute;o de las congojas es un libro que va incluso m&aacute;s all&aacute; y presenta por primera lo que hoy entender&iacute;amos como una identidad de un var&oacute;n trans. Es en la pelea contra el espa&ntilde;ol que Mar&iacute;a se transformar&aacute; en lo que siempre quiso ser, viviendo una experiencia de var&oacute;n libre con una identidad masculina: Fern&aacute;n G&oacute;mez.
    </p><p class="article-text">
        Pero antes de eso y despu&eacute;s de haberse defendido de los enviados de Garay, Mar&iacute;a debe huir en balsa.
    </p><p class="article-text">
        En esa balsa, en las entra&ntilde;as profundas de un r&iacute;o indomable, Muratore y el negro Cabrera conversan, se cuentan, se acompa&ntilde;an en ese tramo com&uacute;n y breve, y finalmente, separan sus caminos aunque persigan los dos exactamente lo mismo: la libertad.
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>"Yo ve&iacute;a que el negro se esforzaba en servirme aunque sus flaquezas lo venc&iacute;an. (&hellip;) Lo ve&iacute;a ansioso por la paga soportar cualquier decaimiento de su cuerpo con resignaci&oacute;n. As&iacute; que, un poco m&aacute;s arriba, viendo su endebl&eacute;s para el remo y la poca salud de que dispon&iacute;a, decid&iacute; seguir sola mi viaje y darle la opci&oacute;n de regresar. Le pagu&eacute; lo convenido, le compr&eacute; la chalana y lo desped&iacute; en el varillar de la costa.</strong></em>
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>-Ahora comprar&eacute; mi libertad-Dijo contento.</strong></em>
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>-Pero t&uacute; &iquest;D&oacute;nde vas? Mujer y sola. Es peligroso.</strong></em>
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>-Vivir es peligrar&rdquo;</strong></em>
    </p><h3 class="article-text">&nbsp;La mujer que funda una estirpe de narradoras</h3><p class="article-text">
        <em><strong>&ldquo;El negro Antonio Cabrera, al verme tan ofuscado con la Descalzo, me calmaba diciendo que las mujeres, como los negros, como los indios, y hasta como nosotros los mestizos, estaban tan desvalidas que cuando ve&iacute;an el pan, aunque duro, lo mord&iacute;an. No es que sea una diabla &ndash;dec&iacute;a&ndash;, es que es una mujer, y para m&aacute;s, pobre. Mujer, pobre y mestiza &ndash;segu&iacute;a diciendo&ndash; &iquest;qu&eacute; le queda sino como sanguijuela prenderse a la chacra? No la malquistes. Blas, compr&eacute;ndela. Son los hombres los que le hicieron mal.&rdquo;</strong></em>
    </p><p class="article-text">
        El personaje de Isabel Descalzo se vuelve central en la segunda mitad de la novela. Ella, esposa no reconocida por Blas de Acu&ntilde;a, en contienda permanente por su matrimonio y su herencia, decide romper el silencio y empezar a hablar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La voz liberada de Isabel se va adue&ntilde;ando de la narraci&oacute;n hacia el final de la novela y, met&aacute;fora de su profesi&oacute;n de costurera, ella tejer&aacute;, cortar&aacute; y coser&aacute; los recuerdos y las versiones de la vida de Maria Muratore hasta transformarla en una leyenda. En esa obra compuesta por los retazos orales que lleva y trae el r&iacute;o surge la versi&oacute;n legendaria de una mujer guerrera, transvestida de hombre, que muere en el campo de batalla en el que se juega la vida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero Isabel no s&oacute;lo cuenta sino que hace. No repele a la otra mujer de su marido, a la que &eacute;l ama, sino que le construye una tumba en su propia tierra, una tumba que es primero ausencia, pura memoria, hasta que muchos a&ntilde;os despu&eacute;s el cuerpo de Mar&iacute;a sea finalmente conducido por Blas a ella.
    </p><p class="article-text">
        Son las formas caprichosas de la memoria y las versiones orales las que le dan forma a su relato sobre Mar&iacute;a y es Isabel misma la que se encarga de parir una estirpe de narradoras que ir&aacute;n reversionando la leyenda de la mujer heroica y se encargar&aacute;n de diseminarla como semillas al viento.
    </p><p class="article-text">
        La fuerza de la leyenda de Mar&iacute;a Muratore ser&aacute; tal que un hijo de Blas e Isabel se ir&aacute; r&iacute;o arriba a buscarla y cuando no regrese, su desaparici&oacute;n da lugar a algo no nombrable ni narrable: <em><strong>&ldquo;nadie pod&iacute;a explicar a d&oacute;nde llev&oacute; su cuerpo la corriente&rdquo;</strong></em>
    </p><p class="article-text">
        Contar con el status propio de la memoria -y no ya de la Historia- amasar la lengua oralmente como amasamos las mujeres la masa que es alimento de nuestra prole, as&iacute; la leyenda que amasa Isabel Descalzo ser&aacute; sustento de toda su prole futura.
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>&ldquo;En la barranca, Isabel Descalzo iniciaba a sus hijos y conocidos en el mito de Mar&iacute;a Muratore (&hellip;) Y segu&iacute;a contando la vida de la finadita cuando vino a Santa Fe, como si fuera ella quien vino en la expedici&oacute;n de Garay. (&hellip;) De tanto o&iacute;r cont&aacute;rsela los hijos la fueron aprendiendo (&hellip;) Cuando les preguntaban en d&oacute;nde vives, respond&iacute;an: en lo de Muratore; cu&aacute;les son tus bienes: una tumba; tu origen: una mujer heroica; tu patrimonio: el amor; tu postrimer&iacute;a: un recuerdo&rdquo;</strong></em>
    </p><h3 class="article-text">&nbsp;Magia y misterio: <em>Un anillo m&aacute;gico, una bruja al servicio Garay y unos mensajeros pelirrojos</em></h3><blockquote class="quote">

    
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      <p class="quote-text">Muchas lenguas corrieron sobre el anillo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Libertad sab&iacute;a bien que la Historia &uacute;nica tambi&eacute;n puede combatirse con el rumor de las versiones asociadas a los elementos y seres m&aacute;gicos, que se reproducen de boca en boca con la fascinaci&oacute;n que todo lo m&aacute;gico genera en nosotros.
    </p><p class="article-text">
        En la trama hay un elemento central: un anillo que se describe cuidadosamente y que va cambiando de mano durante toda la novela. Es un anillo que embruja a las mujeres y que tiene varios or&iacute;genes m&iacute;ticos, Mar&iacute;a Muratore necesita desprenderse de &eacute;l y lo vende en una casa de empe&ntilde;os. Sabe que la poseedora anterior ha sido su propia madre y que han compartido un amante: Garay. Toda una met&aacute;fora del sometimiento de las mujeres por medio del anillo nupcial.
    </p><p class="article-text">
        El anillo llega a manos de un soldado anciano de Bermejo que a cambio de una muerte mejor a la de ser comido por las ratas que invaden la ciudad, se lo entrega a Blas de Acu&ntilde;a y va a ser rastreado al final de la novela por uno de los mensajeros pelirrojos, explicando la longevidad de Blas, que llega a vivir por sus gracias m&aacute;s de cien a&ntilde;os, enterr&aacute;ndolo bajo las ra&iacute;ces de un naranjo cuyas frutas jugosas va a consumir durante toda su larga vida. S&oacute;lo &eacute;l sabe d&oacute;nde ha escondido al anillo. Estos mensajeros pelirrojos de nombre hexagram&aacute;ticos (Nicol&aacute;s, Laconis, Saloc&iacute;n) Aparecen en los momentos de pasaje y de alguna manera, son &aacute;ngeles/demonios que acompa&ntilde;an a los personajes de Ana, Mar&iacute;a y Blas en un momento importante de transici&oacute;n. Parecen saberlo todo y tener una experiencia vital muy por encima de la edad que aparentan.
    </p><p class="article-text">
        Pero m&aacute;s all&aacute; de todos estos elementos m&aacute;gicos, la Bruja Regine merece especial atenci&oacute;n. Al igual que Medea y Madame Ivonne, es extranjera. A su morada se dirige Mar&iacute;a Muratore luego del encuentro con Garay y es recibida por un loro hablador que hace la funci&oacute;n de cancerbero, pero ni bien la bruja escucha que Mar&iacute;a ha sido enviada por El Hombre de brazo fuerte, sale a recibirla. Conocedora de or&aacute;culos y encantadora de gatos y ara&ntilde;as, Regine de Birmania es sierva de Garay. Mar&iacute;a quedar&aacute; secuestrada en esa casa de infinitos corredores, vencida por sus p&oacute;cimas, antes de que logre escapar a pura tenacidad. Lo primero que va a hacer al escapar es quitarse el anillo m&aacute;gico; lo vende para liberarse de su embrujo.
    </p><p class="article-text">
        La &uacute;ltima aparici&oacute;n de los mensajeros pelirrojos es la de Laconis quien llama abuelo a Blas y le dice que ya se fueron todos para Buenos Aires y que no se quede ah&iacute; solo sobre la barranca. Blas termina en el mismo tiempo.lugar del inicio de la novela. Laconis dice que viene a buscar a Blas y al anillo&nbsp;por lo que el viejo mestizo desconf&iacute;a de su inter&eacute;s en la joya.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; de las m&uacute;ltiples interpretaciones sobre estos mensajeros, totalmente habilitadas por la escritura de Libertad, Laconis viene para acompa&ntilde;ar a Blas en su &uacute;ltimo viaje, ese que lo va a llevar m&aacute;s all&aacute; de la vida.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <p class="quote-text">                                -Recoja el anillo que el viaje es largo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <em>DR</em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Dolores Reyes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/libertad-demitropulos-rio-subleva_129_9242097.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 15 Aug 2022 03:01:35 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[Tierra nuestra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tierra_129_9227321.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7cd40445-026c-44a8-a13b-70d7b0856e72_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x375y860.jpg" width="1200" height="675" alt="Tierra nuestra"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La autora viaja a Tucumán, invitada a un festival literario, y termina celebrando a la Pachamama el 1 de agosto en las tierras sagradas de los Quilmes.</p></div><p class="article-text">
        Como casi a todos los lugares a los que viajo, vengo invitada a Tucum&aacute;n por un festival de literatura. Nunca estuve por ac&aacute; y, sin embargo, ya desde d&iacute;as antes de subirme al avi&oacute;n algo de esta tierra me llama, intento no pensar en Paulina Lebbos y no puedo. Cuando llego a San Miguel me pasa lo mismo, caminar la ciudad y pensar en Paulina, en su vida y en su cuerpo que se han llevado, en el dolor de su padre que todav&iacute;a busca alg&uacute;n resto suyo que ponga fin a la incertidumbre y a la impunidad.
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            <span class="title">
                Alberto Lebbos, el padre de Paulina, asesinada en Tucumán                            </span>
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        Antes de salir para ac&aacute; le pregunt&eacute; a mis amigos: &iquest;Qu&eacute; onda Tucum&aacute;n?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Uno me advierte: No preguntes por &ldquo;la casita de Tucum&aacute;n&rdquo;. Se llama Casa Hist&oacute;rica y es un orgullo muy fuerte que nada tiene que ver con el diminutivo que usamos nosotros.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Otro me pregunta:
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Sab&iacute;as que la Declaraci&oacute;n de la Independencia se mand&oacute; a imprimir tambi&eacute;n en quechua y en aymara? Y ese descubrimiento me parece maravilloso. Todo complota para que emprenda este viaje hacia una experiencia directa alrededor de algunos ejes que vengo pensando este &uacute;ltimo tiempo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El encuentro de escritores, cineastas, m&uacute;sicas y libros al que vine a participar se llama Filt y termina 24 horas antes que el D&iacute;a de la Pachamama, dej&aacute;ndome en las v&iacute;speras a solo 200 kil&oacute;metros de los valles calchaqu&iacute;es. Unas cuatro horas en micro o tres en auto.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Antes de decidirme le consulto a un &uacute;ltimo amigo que vivi&oacute; varios a&ntilde;os de su infancia en Tucum&aacute;n y me contesta: Yo no vuelvo nunca a los lugares en donde fui feliz, pero si necesit&aacute;s lo que sea te paso&nbsp;varios contactos. Siento eso como un augurio excelente y me decido a intentar quedarme unos d&iacute;as m&aacute;s all&aacute; del Festival, cuarenta y ocho horas de una experiencia tan intensa que apenas voy a dormir.
    </p><h3 class="article-text">San Miguel</h3><p class="article-text">
        Los pasajes a&eacute;reos me los manda la organizaci&oacute;n del Filt, pero los otros los voy a comprar yo. La p&aacute;gina de la empresa que va hacia los valles me rechaza tres veces las magras tarjetas as&iacute; que la primera ma&ntilde;ana que tengo libre y con la excusa de comprar esos boletos, salgo a recorrer la verdadera San Miguel, m&aacute;s all&aacute; de los hoteles bastante lujosos y el circuito de universidades y museos de todo festival.
    </p><p class="article-text">
        Camino alej&aacute;ndome del centro, atravieso casas modestas, despintadas, algunas muy antiguas. Cruzo una avenida enorme llena de gente y locales con ropa de imitaci&oacute;n. Voy hacia una plaza con centenares de puestos en donde no solamente hay una feria principal, sino que muchos otros arman sus puestos apenas sobre alguna manta. Sigo caminando hasta toparme con un gigantesco parque verde, tengo que atravesarlo y es dif&iacute;cil entender los sem&aacute;foros que parecen contemplar solo a los autos. Trato de imitar a la gente del lugar y lo que hacen es correr esquivando veh&iacute;culos. Llego hasta el estacionamiento de un shopping, con su patio de comidas y numerosos locales, y m&aacute;s all&aacute; comienza la terminal de &oacute;mnibus de San Miguel. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esta terminal es un centro que conecta con una infinidad de zonas del pa&iacute;s y por eso est&aacute; repleta de gente. Busco la ventanilla para sacar los pasajes a Amaicha y no la encuentro. Camino metros y metros de boleter&iacute;as de empresas que van a cientos de ciudades. &iquest;Ser&aacute; que los pasajes a Amaicha se venden en otro lado? Cuando ya camin&eacute; m&aacute;s de una cuadra adentro de la terminal, la encuentro: casi la &uacute;ltima boleter&iacute;a de todas es la que busco, Aconquija.
    </p><p class="article-text">
        Mientras el vendedor me pasa los horarios de los tres o cuatro servicios que van y vienen a diario, escucho risas de ni&ntilde;os, gritos y alg&uacute;n llanto intenso, vendedores ambulantes, mujeres embarazadas que cargan alg&uacute;n ni&ntilde;o m&aacute;s pidiendo unos pesos. En esta terminal todo se hace escuchar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando era chica, la forma de Tucum&aacute;n me parec&iacute;a igual a la de un coraz&oacute;n, pero en el mapa con divisi&oacute;n pol&iacute;tica que us&aacute;bamos en la escuela no se representaban las conexiones de decenas de rutas abiertas como arterias y venas que te llevan con facilidad hasta cualquier lugar del centro o del norte del pa&iacute;s. Ese mapa color en movimiento, con infinidad de rostros viajeros que cargan sus equipajes hacia el micro que los traslade a destino, hoy me incluye a m&iacute;. Saco mis pasajes ida y vuelta esperando que el regreso no se atrase porque no quiero perder mi avi&oacute;n y sigo caminando por San Miguel. Voy hacia la Casa Hist&oacute;rica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Atravieso la ciudad hacia zonas m&aacute;s tur&iacute;sticas y no me pierdo la oportunidad de recorrer el Parque Independencia, aunque tenga que desviarme y caminar de m&aacute;s.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Casa Histórica de la Independencia Argentina en Tucumán                            </span>
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        A la Casa Hist&oacute;rica vienen a conocerla desde todos los puntos del pa&iacute;s. Lo primero que me llama la atenci&oacute;n es la puerta de un azul intenso y las paredes tan blancas. Transito r&aacute;pidamente por las distintas salas llenas de cuadros y objetos antiguos que se fueron incorporando luego de que se reconstruyeran casi todas las salas, busco la &uacute;nica que jam&aacute;s se demoli&oacute; y por lo tanto, no es una reconstrucci&oacute;n posterior: El sal&oacute;n de la jura. Aqu&iacute; los carteles insisten: Camine solo por la alfombra, pero nadie los lee y el cuidador tiene que repetirlo cada dos minutos a los visitantes emocionados que se bajan a este piso antiguo que una imagina frecuentado por los personajes hist&oacute;ricos reales que pueblan las paredes.
    </p><p class="article-text">
        El Acta original de la Independencia Argentina firmada en 1826 en esta sala, fue robada camino a Buenos Aires. La custodiaba solamente un oficial porte&ntilde;o de 21 a&ntilde;os llamado Cayetano Grimau y G&aacute;lves, desarmado, cuya misi&oacute;n de entregarla en su ciudad recorriendo 1300 kil&oacute;metros no lleg&oacute; a concretarse porque fue interceptado un poco despu&eacute;s de C&oacute;rdoba.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; el documento m&aacute;s importante de ese momento hist&oacute;rico ser&iacute;a enviado en esa traves&iacute;a con una custodia tan endeble?
    </p><p class="article-text">
        La copia de ese acta, con firmas originales, que en ese momento se us&oacute; para suplir la original por su validez legal, tambi&eacute;n fue robada a&ntilde;os despu&eacute;s. En papel o en metales brillantes y espejados, de la Declaraci&oacute;n de la Independencia solo quedan copias.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Busco las actas en quechua y en aymara y me encuentro una sorpresa. Dentro del recinto hay dos QR para escuchar la Declaraci&oacute;n le&iacute;da en esas lenguas. Saco el celular, lo acerco, y me descargo los audios. Abro la mochila y busco mis auriculares, mientras salgo a caminar por el patio interno de la Casa Hist&oacute;rica, lleno de &aacute;rboles nativas y con una reconstrucci&oacute;n del aljibe original, escucho lenguas nuevas que me traen deseos antiguos.
    </p><h3 class="article-text"><em>Nosotros partimos, vosotros tem&iacute;ais, elles aman</em></h3><p class="article-text">
        Aunque en estos d&iacute;as haya vuelto el eterno tema de ense&ntilde;ar en nuestras escuelas un supuesto espa&ntilde;ol puro, una entelequia de lengua con hablantes siempre al tanto de los permisos y prohibiciones de la RAE, pese las sucias lenguas maternas que hablan en sus barrios y comunidades, desde hace m&aacute;s de doscientos a&ntilde;os el esp&iacute;ritu de la Independencia Argentina contemplaba la b&uacute;squeda de formas de convivencia con los hablantes de otras lenguas y sus pueblos. La voluntad inicial inclu&iacute;a copias del acta tambi&eacute;n en guaran&iacute;, pero como finalmente las provincias del litoral estuvieron ausentes en las sesiones del Congreso, no se llev&oacute; a cabo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La disputa por las lenguas sigue teniendo una vigencia muy actual en las aulas argentinas. Propuestas por volver a un supuesto espa&ntilde;ol neutro e inocente dar&iacute;an cuenta de c&oacute;mo millones de hablantes estar&iacute;an manchando esa lengua &uacute;nica.
    </p><p class="article-text">
        Muchas veces me preguntan si les ense&ntilde;o a hablar a mis alumnos en inclusivo y siempre contesto lo mismo, que en todo caso son ellxs lxs que me ense&ntilde;an a m&iacute;. Muchas otras veces escucho como se lamentan por la p&eacute;rdida y deformaci&oacute;n del hermoso espa&ntilde;ol, cuando una lengua que trae incluidas las violencia machistas, racistas y clasistas no tiene por qu&eacute; ser hermosa ni esconder sus luchas.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;D&oacute;nde se dar&aacute; la continuidad de la vida sino en la tierra? &iquest;D&oacute;nde se dar&aacute; la continuidad de las culturas que habitan esas tierras sino en las lenguas?
    </p><p class="article-text">
        Tantas lenguas variadas como riqueza misma de nuestra condici&oacute;n de habitantes del sur del continente americano para querer unificarla lav&aacute;ndola con la lavandina racista de las Academias Reales.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando empec&eacute; a viajar, mis hijos armaron un grupo y lo bautizaron Bendiciones Reyes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Antes de salir de la Casa Hist&oacute;rica, saco mi celular de la mochila, env&iacute;o los audios del Acta de la Independencia en quechua y en aymara a ese grupo y les pido que las escuchen. Tambi&eacute;n se las env&iacute;o al grupo de amigos de mi facultad, &Aacute;gora Maga. Las respuestas me llegan unos minutos despu&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Una lengua puede conmovernos m&aacute;s all&aacute; de doscientos a&ntilde;os de distancia. &nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Quilmes</h3><p class="article-text">
        Subo las m&aacute;s de cuatro horas hacia Amaicha del valle sentada en el primer asiento del micro y al borde del &eacute;xtasis. Quer&iacute;a dormir, pero la belleza del paisaje y lo abismado de los precipicios no me dejan ni pesta&ntilde;ear.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las cuatro horas que dura el viaje, los conductores van saludando a todo el mundo, la efusividad alegre con la que son reconocidos al pasar es contagiosa. En la medida en que vamos subiendo, gallos, gallinas, vacas, perros y peque&ntilde;os cabritos disputan el camino doble mano y siempre al borde de precipicios. Una mujer muy flaca junto a dos ni&ntilde;os paran el micro para hacer un trecho de 50 kil&oacute;metros y ninguno de los conductores quiere cobrarle. El &uacute;ltimo trecho se me hace eterno, el micro para subiendo y bajando gente cada 200 metros, muchos ni&ntilde;os que salen de sus escuelas y a falta de transporte p&uacute;blico se toman el Aconquija gracias a la buena voluntad de sus choferes.
    </p><p class="article-text">
        Una Sof&iacute;a me invita al Filt y la otra me va a recibir a la terminal de Amaicha para alojarme en su casa y guiarme hacia las ceremonias, ofreci&eacute;ndose tambi&eacute;n a conducirme a trav&eacute;s de los escasos kil&oacute;metros que nos separan de las tierras sagradas de los Quilmes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Subir las terrazas de los Quilmes es todo un impacto emocional.
    </p><p class="article-text">
        Poder mirar con la perspectiva de ese pueblo majestuoso desde el territorio que fue su hogar y que a&uacute;n hoy tiene una vista privilegiada de todo el valle y de sus propias construcciones, es un regalo de los dioses. El aire es distinto, la tierra es otra pero sobre todo el propio cuerpo es diferente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A medida que voy subiendo escucho que las copleras hacen sonar sobre sus parches el ruido de la tierra que de a poco se va sincronizando con el de mi coraz&oacute;n. Subo un trayecto m&aacute;s hasta que el sonido queda mucho m&aacute;s abajo y me vuelvo a girar. Estas tierras son tan enormes como majestuosas. Parec&iacute;a que nada pod&iacute;a da&ntilde;ar a sus habitantes ya que la vista les permit&iacute;a a los Quilmes vigilar la totalidad de los valles, creando esa ilusi&oacute;n de que nada podr&iacute;a sorprenderlos y sin embargo, a las armas de fuego de los espa&ntilde;oles nadie las vio venir.
    </p><p class="article-text">
        Resistieron los Quilmes m&aacute;s de cien a&ntilde;os pero finalmente, envenenados sus pozos de agua y cercados por las armas de fuego y la traici&oacute;n, cayeron ante los invasores blancos. Dando continuidad a la voluntad de exterminio que se repetir&iacute;a en manos de Julio Argentino Roca 200 a&ntilde;os despu&eacute;s hacia el sur de nuestro pa&iacute;s, los espa&ntilde;oles impusieron a los sobrevivientes apresados una penalidad brutal: deb&iacute;an emprender el &eacute;xodo a pie hacia las tierras conurbanas que hoy llevan su nombre.
    </p><p class="article-text">
        La garganta aprieta, los ojos arden, cuesta respirar. Ac&aacute; la magnitud de los da&ntilde;os se vuelve mucho m&aacute;s palpable y el cuerpo pasa factura.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me siento para mirar esta tierra poblada de cactus enormes y recuerdo uno de esos cuentos crueles que nos contaban cuando &eacute;ramos ni&ntilde;os: Hansel y Gretel van a ser abandonados en el bosque y para no perderse, los hermanos se guardan un pedazo de pan duro entre las ropas para ir arrojando miguitas por el camino. Esas migas de pan marcando las propias pisadas, son las que les hubieran permitido dar los pasos correctos y regresar a su hogar, si los p&aacute;jaros no se las hubieran comido. De la misma manera,&nbsp;los Quilmes van marcando paso a paso la tierra que caminan desde su salida forzada en 1666 desde los valles calchaqu&iacute;es, dejando un rastro en sangre y cuerpos de hermanos muertos, pero la tierra sedienta se va devorando su estela. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Durante los 1366 kil&oacute;metros que recorren en algo m&aacute;s de un a&ntilde;o desde Tucum&aacute;n hacia la zona sur de Buenos Aires, una siembra de sudor, co&aacute;gulos, carne, pelos y huesos de los Quilmes dibuja en la Pacha su trayectoria. 2600 hermanos Quilmes comienzan la marcha, llegan apenas 800.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Abajo de toda esta enormidad comienza a armarse un c&iacute;rculo de muchos colores, son los que como nosotras, se acercaron a participar de la ceremonia que se hace aqu&iacute; todos los primeros de agosto. Me apuro a descender y me sumo al c&iacute;rculo en donde el cacique Chaile explica:
    </p><p class="article-text">
        -Arrodillarse, poner las cosas bien puestitas, con amor, para pagarle a la Madre Tierra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Agradecer hoy al Tata Inti por las cosas que tenemos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al lado m&iacute;o un ni&ntilde;o de guardapolvo blanco le pregunta a su maestra:
    </p><p class="article-text">
        -Se&ntilde;o, &iquest;Io voy a pasar ahora?
    </p><p class="article-text">
        Y ella le responde
    </p><p class="article-text">
        -Todav&iacute;a no, espere un poco.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; una ni&ntilde;a algo m&aacute;s grande sostiene una whipala y otro alumno pegado a ella, la bandera celeste y blanca. Todos est&aacute;n serios, ceremoniosos, peinados y vestidos con el esmero de sus familias. No son los &uacute;nicos ni&ntilde;os que han venido pero igual que los otros, tienen muchas ganas de depositar sus peque&ntilde;as ofrendas en la boca abierta de la tierra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Alguien pasa para sahumar a cada uno de los presentes, para sacar las malas energ&iacute;as y comenzar un nuevo ciclo. Cada uno recibe ese humo con las manos y trata de hacerlo llegar hasta la cabeza.
    </p><p class="article-text">
        Las ofrendas est&aacute;n desde temprano depositadas frente a un hoyo cavado en la tierra, una boca trazada a la salida del sol como manera de darle de comer y de beber a la Madre Tierra que nos alimenta y cobija el resto del a&ntilde;o. Se celebra en agosto porque es el tiempo previo a roturar la tierra con la que se refuerzan los lazos, para luego poder hacer la siembra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Varios son los que hablan al comienzo de la ceremonia, pero las que m&aacute;s me impactan siguen siendo las palabras del cacique:
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Por qu&eacute; la calor? &iquest;Por qu&eacute; esos desfasajes de la naturaleza? &iquest;Por qu&eacute; la falta de agua? Ac&aacute; no se trata de salvarme yo sino todos. Nosotros no somos due&ntilde;os de nada, estamos de pasada, pero necesitamos que reconozcan que habitamos estas tierras desde nuestros ancestros. Reci&eacute;n ahora podemos celebrar en p&uacute;blico porque hemos tenido que escondernos temiendo por la iglesia que tomaba nuestra celebraci&oacute;n como pagana, temiendo por la represi&oacute;n, pero ac&aacute; estamos. Pedimos el reconocimiento jur&iacute;dico para poder vivir felices en nuestras tierras&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las cajas de las copleras vuelven a ejecutar el latido de la tierra mientras sus voces cantan: Despertar la tierra para agradecer, proteger, abrazar, cuidar, celebrar, reverdecer, ofrendar...a esta tierra tan bonita, Pachamamita.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Amaicha</h3><p class="article-text">
        En Amaicha me invitan a una ceremonia privada en la que terminamos siendo unas cuarenta personas las que venimos a honrar a la Pachamama.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me sorprenden los cigarrillos encendidos en una monta&ntilde;ita de tierra y una botella de vino tinto introducida hasta con el corcho dentro de la boca abierta de la Pachamama, que como el Maxim&oacute;n de los pueblos de Atitl&aacute;n, fuma y toma.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La ceremonia es guiada por los hermanos Andrade. Tanto ellos como sus hijos mayores pronuncian palabras hermosas, reflexivas y muy sentidas, invitando a que cada uno de los que se acercan a ofrendar, se animen a decir tambi&eacute;n sus agradecimientos y deseos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Alrededor de la ofrenda hay jarras y vajillas de cer&aacute;mica, algunas muy hermosas, que son transmitidas de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n para honrar a la tierra. Peque&ntilde;as obras de arte hecha con la misma tierra moldeada por manos calchaqu&iacute;es y horneada para ser a la vez herencia y ofrenda.
    </p><p class="article-text">
        Las jarras tienen agua para darle de beber a la tierra en un territorio amenazado por su escasez. Pero a la Pacha tambi&eacute;n se le da cerveza, vino y otras bebidas alcoh&oacute;licas. M&aacute;s all&aacute; de recordar a los muertos y pedir por la salud de qui&eacute;nes han enfermado, esta es una fiesta alegre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se ofrendan nueces, semillas, frutos de la tierra pelados y cortados, pan, miel, palta, papas asadas, cereales. Todo aquello que la tierra nos da, vuelve a ella con palabras agradecidas con el coraz&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de la ceremonia hay una comida comunitaria en el fondo enorme de tierra de los Andrade. Solo la hermana mayor no ha podido venir. Me sorprende la humildad con la que se me sienta a mi lado Humberto Andrade para explicarme las cosas a m&iacute;, que vengo por primera vez. Nosotros decidimos hacer la ceremonia aqu&iacute;, por esta vez, por la muerte de nuestros padres y por el covid que nos estuvo acechando. Pero hemos reflexionado mucho acerca de c&oacute;mo ten&iacute;a que ser la ceremonia este a&ntilde;o. Cada comunidad hace la ofrenda tal cual sus antepasados porque se va ense&ntilde;ando de abuelos a hijos y nietos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los Andrade son hijos de Celia Segura, Pachamama 2012 y 2013 y reconocida l&iacute;der espiritual de Amaicha, y de Belo Andrade. La muerte de los padres convierte a los seis hermanos en los referentes mayores de su familia. Tiempo de reflexionar profundamente.
    </p><p class="article-text">
        En la paciencia infinita por ense&ntilde;arme las formas de la memoria y el agradecimiento de su comunidad hecha voz en Humberto Andrade, se vuelve material el deseo de que estos rituales sobrevivan para hacernos pensar sobre la tierra, con el don del agua incluida, y sus formas de habitarla.
    </p><p class="article-text">
        Todo se comparte, todo circula de mano en mano, mientras las bocas degustan manjares sencillos y muy sabrosos como el frangollo, r&iacute;en, discuten y cuentan.
    </p><p class="article-text">
        Humberto se va adentro y su hermano Danny se acerca a hacer algunas bromas, pero al rato el mayor de los Andrade regresa trayendo un peque&ntilde;o diccionario de kak&aacute;n en donde recopilaron la mayor cantidad de palabras de ese espejo quebrado que nadie hasta ahora ha podido volver a&nbsp;reconstruir completamente, el idioma de los Quilmes.
    </p><p class="article-text">
        Una gatita casi ciega tambi&eacute;n se acerca a compartir el encuentro y entre ense&ntilde;anzas y deseos, la tarde se va grabando en la experiencia.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s, mi amiga y yo agradecemos y nos vamos hacia la plaza de Amaicha en donde otras mujeres nos esperan.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Anochece y estoy rodeada de amigas. En el cielo oscuro de Amaicha alguna diosa antigua rompi&oacute; su collar dejando un tendal de cuentas esparcidas sobre el negro profundo. Esas semillas del infinito brillan ahora apenas un poco m&aacute;s arriba de nosotras. Parece que al estirar las manos podemos alcanzarlas con los dedos, pero nadie lo hace. &iquest;Qui&eacute;n se har&iacute;a responsable de apagar el cielo hermoso de los valles que miraron el &eacute;xodo tortuoso de los Quilmes hasta las tierras conurbanas que todav&iacute;a llevan su nombre?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qui&eacute;n se robar&iacute;a una estrella como se les rob&oacute; a ellos una vida, un territorio, una comunidad, una herencia de ancestros?
    </p><p class="article-text">
        Todo menos esas huellas enormes grabadas sobre la tierra, piedra sobre piedra, dando cuenta de que solo las manos colectivas construyen eso que ninguna mano individual puede ni siquiera llegar a imaginar.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo nombrar&iacute;an a las estrellas los Quilmes?
    </p><p class="article-text">
        Hoy para la mayor&iacute;a de nosotros Quilmes es una localidad del sur o una cerveza famosa y el kak&aacute;n, la lengua de ese pueblo maravilloso que le dio a los valles su voz y su esqueleto tatuado en piedras, est&aacute; casi del todo perdida. La Luna es un ojo curioso que entreabierto nos mira hacer hasta que nos gana el sue&ntilde;o.
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            <span class="title">
                Christian Divarvaro                            </span>
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        Amanecemos con mate y galletas.
    </p><p class="article-text">
        Seguramente la misma tierra tucumana que guarda los cuerpos de los Quilmes, entibia los huesos &nbsp;de Paulina Lebbos. Solo la Pacha sabe d&oacute;nde andar&aacute;n y qui&eacute;nes son los asesinos. Nosotros solo queremos que les llegue algo de amor y justicia pero las palabras se nos vuelven limitadas.
    </p><p class="article-text">
        Somos los hijos de la tierra, dejamos huellas sobre ella, no deber&iacute;amos olvidarlo nunca.
    </p><p class="article-text">
        Faltan unas horas para que Sof&iacute;a me lleve a la terminal de &oacute;mnibus antes de ir a su trabajo. Le prometo que voy a regresar para el pr&oacute;ximo 1 de agosto, ella me dice &ldquo;Meta&rdquo; y yo les contesto &ldquo;Dale&rdquo; y nos abrazamos en una despedida c&aacute;lida que me va a acompa&ntilde;ar todo el viaje de vuelta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>DR</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Dolores Reyes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tierra_129_9227321.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 06 Aug 2022 03:29:50 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Tierra nuestra]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Japi]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/japi_129_9150303.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4a3e4123-bbfe-4632-8650-0827dbe8a978_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Japi"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un grupo de padres de un colegio secundario de Neuquén planteó ante el Consejo Provincial de Educación (CPE) que sus hijos estaban leyendo un "libro porno". Se trata de la extraordinaria novela de Dolores Reyes, quien acá cuenta su experiencia de escritora y lectora desde la adolescencia.</p></div><p class="article-text">
        El avi&oacute;n est&aacute; por aterrizar en el aeropuerto de San Mart&iacute;n de los Andes y veo las monta&ntilde;as nevadas por la ventanilla. La nieve me causa curiosidad porque nunca vine al sur. Tuve una oportunidad en quinto a&ntilde;o, pero cuando mis compa&ntilde;eros de secundaria salieron para nuestro viaje de egresados hacia Bariloche, all&aacute; por el 94, yo ten&iacute;a diecis&eacute;is a&ntilde;os y un embarazo de 6 meses.
    </p><p class="article-text">
        Uno creer&iacute;a que pas&oacute; mucho tiempo, pero llego por primera vez a Neuqu&eacute;n y ni bien saco el modo avi&oacute;n me llegan una pila de mensajes. Leo el primero: <strong>Est&aacute;n tratando de censurar </strong><em><strong>Cometierra</strong></em><strong> en una escuela neuquina. El argumento es que en la misma hoja dice pija, concha, tetas.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Miro mi agenda, ma&ntilde;ana tengo programadas dos visitas a escuelas secundarias de Neuqu&eacute;n y otra visita m&aacute;s a un terciario. El s&aacute;bado a una biblioteca p&uacute;blica. Despu&eacute;s, en Buenos Aires, al Bachi Ej&eacute;rcito de los Andes, en el barrio que ac&aacute; todos conocemos como Fuerte Apache. 
    </p><p class="article-text">
        Desde que sali&oacute; <em>Cometierra</em> nunca dej&eacute; de visitar escuelas. Desde la villa 31 hasta la hermosa experiencia de la preparatoria 16 de San Martin de las Flores de abajo, en el &Aacute;rea metropolitana de Guadalajara. All&iacute; los alumnos hicieron un cementerio con cruces y botellas regenteado por una Cometierra tapat&iacute;a que era un amor y pudimos charlar durante toda la tarde, particip&eacute; de su radio en vivo, me mostraron todos los trabajos que hab&iacute;an hecho con los personajes de la novela y termin&oacute; siendo una de las tardes m&aacute;s hermosas de mi vida.
    </p><p class="article-text">
        Ir a las escuelas es algo muy personal. Voy porque siento que ah&iacute; doy la vuelta completa: fue en un aula que me leyeron un cuento por primera vez y me gust&oacute; tanto que con mis maestras de jard&iacute;n empec&eacute; a leer a los cinco a&ntilde;os. Tambi&eacute;n fue en una escuela secundaria donde empec&eacute; a escribir ficci&oacute;n gracias a mi profesora de Lengua.
    </p><p class="article-text">
        Los pibes resultan ser los lectores m&aacute;s sinceros. La primera vez que pis&eacute; un secundario registr&eacute; a un pibe sentado al costado del resto, con los brazos cruzados adelante del cuerpo y una cara de enojado que dur&oacute; toda la charla. Cuando fue su turno de preguntar tambi&eacute;n lo hizo con bronca: &iquest;Por qu&eacute; mataste al perro? Esa pregunta de por qu&eacute; el perro muere atropellado por el tren en <em>Cometierra</em> no falta nunca adentro de un aula. Y, sin embargo, nunca me la hizo un adulto, como si fueran los pibes los que se sensibilizan y logran empatizar con un animal ah&iacute; donde los adultos ya no est&aacute;n leyendo nada. <strong>La lengua de la bronca y del dolor de los pibes por las violencias que reciben es la que habla en la voz de Cometierra. </strong>Pero tambi&eacute;n la de la &eacute;poca m&aacute;s vital de la vida, la relaci&oacute;n de hermanos, los amigos que nos van a marcar de por vida, los juegos compartidos, la m&uacute;sica, las primeras relaciones sexo-afectivas. &iquest;Por qu&eacute; no contar todas estas experiencias trabajando desde sus formas de habla? 
    </p><p class="article-text">
        Los adolescentes reciben el mensaje constante de que todo lo que hacen est&aacute; mal y que no tiene ning&uacute;n valor m&aacute;s all&aacute; de la explotaci&oacute;n de sus cuerpos: Su m&uacute;sica es tan mala que ni siquiera es m&uacute;sica, sus formas de habla deforman la lengua y la degradan a tal punto, que contar una historia desde la perspectiva de dos hijos de un feminicidio, dos adolescentes hu&eacute;rfanos en manos de la violencia machista, no puede hacerse desde la lengua en la que efectivamente los pibes hablan. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;En serio piensan que con esa lengua no se puede reflexionar ni construir belleza? &iquest;En serio consideran que un pibe que habla como lo que es, un adolescente de una barriada, no puede llegar a escribir sus propias historias o filmar sus propias pel&iacute;culas?  &iquest;Por qu&eacute; el estudio escolar de Lengua y Literatura deber&iacute;a despreciar o censurar historias que narran sucesos que los pibes viven a diario en cualquier barrio de nuestro pa&iacute;s? </strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>No es lo mismo una experiencia sexo-afectiva que pornograf&iacute;a</strong>
    </p><p class="article-text">
        Cuando yo iba a la escuela no hab&iacute;a ESI&nbsp;y qued&eacute; embarazada a los diecis&eacute;is a&ntilde;os. A un pibe con el que sal&iacute;a se le hab&iacute;a roto un preservativo y mis compa&ntilde;eras de cuarto hab&iacute;an hecho una vaquita para comprar un test de embarazo que result&oacute; negativo. Mi vieja lo encontr&oacute; en una caja en la que yo hab&iacute;a tratado de esconderlo, en la pieza que compart&iacute;a con dos de mis hermanos varones. Mi madre me dijo de todo con todos los usos m&aacute;s floridos y barrocos del lenguaje que puedan llegar a imaginarse y a sus amenazas respond&iacute; con l&aacute;grimas y una &uacute;nica y desesperada mentira: Hab&iacute;amos comprado el test para ver c&oacute;mo era y nada m&aacute;s. Despu&eacute;s de mucho suplicar y llorar no me crey&oacute; pero al menos me dej&oacute; tranquila. No iba a pasar m&aacute;s de un a&ntilde;o hasta que mi embarazo se hiciera real y me cambiaran la cerradura de casa un d&iacute;a que regresaba de la clase de gimnasia de la escuela para que ya no pudiera entrar. Del lado de afuera hab&iacute;an dejado dos cajas de cart&oacute;n con mis cosas, del lado de adentro quedaban mis hermanitos.<strong> Me fui y nunca volv&iacute;. </strong>A mi mejor amiga de esa &eacute;poca, Soledad, tambi&eacute;n la echaron de su casa en quinto a&ntilde;o: hab&iacute;a quedado embarazada. Ese lugar penoso en el que nos dejan una y otra vez la ignorancia y las prohibiciones. 
    </p><p class="article-text">
        Un relato de una primera relaci&oacute;n sexo-afectiva no es pornograf&iacute;a y en todo caso, son los pibes lo suficientemente aptos y l&uacute;cidos para emitir sus propios juicios acerca de lo que leen. &iquest;Es necesario explicar que much&iacute;simos alumnos de 16, 17 o 18 a&ntilde;os, ya tuvieron relaciones sexuales cuando cursan los &uacute;ltimos a&ntilde;os de secundaria? &iquest;Por qu&eacute; es algo que la literatura no puede contar o peor a&uacute;n,&nbsp;por qu&eacute; no es su lengua la que puede dar cuenta de esa experiencia en distintas ficciones? 
    </p><p class="article-text">
        Ya cuando le&iacute; las notas de censura a textos de Hern&aacute;n Casciari y Gonzalo Santos la semana pasada me imagin&eacute; que se ven&iacute;a una suerte de MeToo en las escuelas con respecto a censurar lecturas y castigar docentes. Tem&iacute; bastante por los profes que eligen dar <em>Cometierra</em> y hoy, dos horas despu&eacute;s de aterrizar en tierras patag&oacute;nicas, vuelvo a mirar el celular y los mensajes son m&aacute;s de veinte:
    </p><p class="article-text">
        -Me censuran <em>Cometierra</em> en una escuela. La pas&eacute; p&eacute;simo. 
    </p><p class="article-text">
        -Una directora me prohibi&oacute; trabajar <em>Luna caliente</em> de Mempo con pibes de quinto a&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
         -Tuve quejas de padres por leer <em>Bajo bandera</em> de Saccomanno y por <em>Glaxo</em> de Hern&aacute;n Ronsino. 
    </p><p class="article-text">
        -Tuve que renunciar a una escuela por dar <em>Cometierra</em>. La directora me mand&oacute; a llamar porque le dijeron que tu novela dice pija. 
    </p><p class="article-text">
        El #yotambi&eacute;n del oscurantismo en las aulas se va tornando cada vez m&aacute;s rid&iacute;culo y me dan ganas de re&iacute;rme, solo no lo hago porque atr&aacute;s de todo esto hay un docente esforz&aacute;ndose por formar lectores, sancionado por hacer su trabajo de la mejor forma posible. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Un alumno de diecis&eacute;is a&ntilde;os no puede leer culo en un cuento pero puede ver la tele que le muestra un cuerpo en tanga cada veinte segundos.</strong> Ni siquiera voy a mencionar la violencia en redes o lo solos que est&aacute;n cuando se pasan horas y horas frente a la tablet o en el ciber que le da acceso total a cualquier p&aacute;gina de internet. 
    </p><p class="article-text">
        Tampoco es que sea necesario ir al secundario para encontrarse con lo que llaman &ldquo;malas palabras&rdquo;. En segundo o tercer grado de primaria nos dec&iacute;amos: Repet&iacute; muchas veces <em>Feliz</em> en ingl&eacute;s y nosotros, alumnitos conurbanos que nunca hab&iacute;amos tenido una clase de Ingl&eacute;s en la vida, repet&iacute;amos japijapijapi hasta la carcajada.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n para eso se aprende a leer y a escribir, para pasarla bien con la lengua, para jugar, para divertirse aprendiendo. &iquest;O nadie busc&oacute; alguna vez la palabra CULO en el diccionario? Lo l&uacute;dico crea, el juego le hace la novedad al lenguaje, la rima nos acerca a la m&uacute;sica. Lo que incomoda y se censura es otra cosa: Molesta el placer, la autopercepci&oacute;n del cuerpo marcando la lengua, las libertades haciendo estallar las normas, que los&nbsp;pibes y docentes tomen el micr&oacute;fono, que los adolescentes dejen de sentir que lo que dicen es basura de los m&aacute;rgenes y empu&ntilde;en la palabra como&nbsp;herramienta propia.
    </p><p class="article-text">
        Llueven quejas de que en las escuelas falla la comprensi&oacute;n lectora, pero queremos que lo que leen nuestros alumnos sea resultado de censuras y de lenguas masticadas con las mand&iacute;bulas del clasismo y los prejuicios. Nunca me gust&oacute; decirle a los chicos que lean porque es mejor que ver un video en tiktok o una serie, o un posteo de instagram. Esos verticalismos anacr&oacute;nicos de la escuela siempre van a estar condenados al fracaso. Leamos juntos porque  est&aacute; buen&iacute;simo, porque se van a divertir y porque nos puede generar algo tan adrenal&iacute;nico y apasionante como escuchar nuestra m&uacute;sica preferida o ver una buena serie. 
    </p><p class="article-text">
        Para formar lectores cr&iacute;ticos, primero hay que lograr la comprensi&oacute;n abordando todo tipo de textos. Los pibes no reciben de forma pasiva absolutamente nada, menos una historia. En vez de ense&ntilde;ar jerarqu&iacute;as del lenguaje, deber&iacute;amos buscar formar a los pibes como lectores competentes en muchos registros de lengua e intentar que cada texto le&iacute;do tenga su rebote.
    </p><p class="article-text">
        En las dos escuelas que visito en San Martin de los Andes somos tantos que para estar juntos tenemos que reunirnos en el gimnasio. Siempre les cuento que empec&eacute; a pensar historias gracias a una profesora de secundario que nos daba unos peque&ntilde;os ejercicios similares a los de un taller literario y despu&eacute;s ten&iacute;amos que leer esos relatos a los compa&ntilde;eros de grado. Los pibes que me escuchan&nbsp;empiezan a hacerme preguntas. Algunos anotan en hojas o carpetas, algunos se r&iacute;en, algunos solo quieren escuchar, alguno duerme, algunos no se animan a hablar en la multitud del gimnasio pero despu&eacute;s van a acercarse en privado a decirme algo de su lectura o a sacarse una foto de recuerdo. Muchos quieren mostrar sus dibujos, videos, afiches, fotos o peque&ntilde;os textos que hicieron alrededor de la lectura de <em>Cometierra </em>que, ellos no lo saben, son tesoros para m&iacute;. Compartimos un par de horas juntos que pasan volando, una profe me regala unas quince hojitas de colores con muchas m&aacute;s preguntas que hicieron sus alumnos, me las quiero llevar para leerlas en el viaje de vuelta y me veo rodeada de pibes, firmo un mont&oacute;n de <em>Cometierras</em> fotocopiadas y pintadas con fibra y colores fluorescentes, tambi&eacute;n un par en formato libro. Algunos chicos cierran el encuentro haci&eacute;ndome la misma pregunta: &iquest;Y ahora qu&eacute; podemos leer? 
    </p><p class="article-text">
        Busco a la bibliotecaria de la escuela y le paso mi contacto y ella me dice contenta que est&aacute; empezando a formar un grupo de lectura y escritura para j&oacute;venes y que ya muchos se anotaron. Tambi&eacute;n me habla de las bibliotecas populares de San Mart&iacute;n y Jun&iacute;n de los Andes, prometen llevarme a conocer la Biblio 4 al d&iacute;a siguiente. Nos abrazamos adelante de los alumnos como si ya nos conoci&eacute;ramos hace mucho tiempo o hace muchos libros. Dejen a los pibes leer, dejen a los profes ense&ntilde;ar, dejen a los escritores disfrutar cada vez que un libro entra a un aula. <strong>S&eacute; que a esta tarde no</strong> <strong>me la voy a olvidar nunca.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;<em>DR</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Dolores Reyes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/japi_129_9150303.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 06 Jul 2022 21:10:38 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Dolores Reyes,Cometierra]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Quitapenas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/quitapenas_129_9117237.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1ba47c98-3519-48d4-9f39-8a9de6517fe6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Quitapenas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En un mercado infinito de la ciudad de Guatemala se ofrecen especias, artesanías y, también, muñecos diminutos a los que hay que contar las penas. Un viaje por la tierra, la costa, los volcanes y los lagos con aguaceros y gringos de fondo.</p></div><p class="article-text">
        Nunca me gustaron las tormentas. Mojarme con agua de lluvia me deja una sensaci&oacute;n de intemperie infinita. Quiz&aacute;s tenga que ver con que mi abuela me contaba siempre historias de tormentas en el campo de su infancia, en donde alg&uacute;n rayo mataba a un animal mientras el agua furiosa hac&iacute;a todo tipo de destrozos. Eso,&nbsp;sumado a que mi casa de entonces se llov&iacute;a como un colador y el barrio dos por tres estaba todo inundado, me han alejado para siempre de los ruidos de agua tranquilizadores. As&iacute;, lluvia a lluvia, se fue creando en m&iacute; una imagen persistente: un rayo atravesando el cielo para fritar caballos, gallinas, cerdos, &aacute;rboles, personas. Estoy abismalmente separada de las fuentecitas de agua del fenshui. Cuando llueve muy fuerte ni siquiera duermo.
    </p><p class="article-text">
        Desde que llegamos a Guatemala llueve todos los d&iacute;as. Alguien nos explica que esta temporada de lluvia dura seis meses y algo adentro m&iacute;o quiere morirse. Por la ma&ntilde;ana, el cielo gris apenas se contiene largando una humedad que cubre todo lo que se mueve debajo, tambi&eacute;n a nosotras, las escritoras que llegamos para participar de un Festival llamado Centroam&eacute;rica cuenta.
    </p><p class="article-text">
        Esa tregua tensa con la tormenta dura solo las primeras horas del d&iacute;a y aprovechamos ese tiempo en el que el cielo &uacute;nicamente nos amenaza para salir a conocer un poco la ciudad.
    </p><p class="article-text">
        Entre esos pocos paseos a toda velocidad Selva (Almada) y yo decidimos ir al mercado m&aacute;s grande de Guatemala capital. Toda ciudad latinoamericana tiene su mercado ca&oacute;tico que a m&iacute; me resulta un im&aacute;n para los sentidos por el olor de las especias, por los puestos de comida, las artesan&iacute;as llenas de color como frutas tropicales y porque ac&aacute; la gente parece vivir en un ecosistema propio, el del mercado.
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Te llevas tus quitapenas?- Me dice una mujer desde su puesto y apenas doy unos pasos hacia ella ya no me deja escapar: manteles, servilletas, aretes, collares, todo parece caber en su peque&ntilde;o universo de tres por dos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Los quitapenas son unos mu&ntilde;ecos con forma de mujeres y hombres de madera vestidos con los mismos aguayos coloridos que usan los guatemaltecos en sus trajes.</strong> Algunas figuras cargan beb&eacute;s, otras tienen sus brazos extendidos como si no pudieran negar el abrazo que se necesita para seguir soportando la pena. 
    </p><p class="article-text">
        -Tienes que hablarles, tienes que contarle tus penas y luego lo dejas descansar debajo de tu almohada mientras duermes.- Vuelve a insistir. 
    </p><p class="article-text">
        No se dice m&aacute;s, no se sabe qu&eacute; har&aacute; ese peque&ntilde;o mu&ntilde;equito con tus penas m&aacute;s grandes. Por boca solo tienen dibujada una l&iacute;nea as&iacute; que al menos garantiza un silencio c&oacute;mplice. 
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; de las voces melosas de los vendedores se escucha un trueno muy fuerte y vuelve el agua mala a mi cabeza record&aacute;ndome que el agua siempre est&aacute; ah&iacute;. Ahora mi abuela canta un tango adentro de mi cabeza mientras hace tortas fritas caseras, el &uacute;nico invento que logra hacer soportable una tormenta: <em>Contame tu condena/Decime tu fracaso/&iquest;No ves la pena que me ha herido?/Y h&aacute;blame simplemente/De aquel amor ausente/Tras un retazo del olvido. </em>
    </p><p class="article-text">
        Me decido por algunos collares y por seis quitapenas que vienen en una cajita, porque tanto en ellos como en nuestro tango parece habitar la misma necesidad de contar las desventuras. 
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s nos pasamos horas recorriendo ese mercado infinito y cuando salimos el cielo de Guatemala ya no quiere postergar la tregua. Est&aacute; a punto de caer arriba de nuestras cabezas un aguacero salvaje que nos obliga a volar despavoridas, con nuestras chucher&iacute;as a cuestas, para conseguir un auto que nos devuelva antes del arranque de la tormenta.
    </p><p class="article-text">
        																	++++++++++++++++++
    </p><p class="article-text">
        Apenas me invitaron a Guatemala supe que iba a escaparme al lago Atlitl&aacute;n para conocer los pueblos que lo rodean, con sus cooperativas ind&iacute;genas y sus callecitas de piedra subiendo laderas verdes, pero sobre todo, por Maximon, el santo que fuma y toma, el gran abuelo prehisp&aacute;nico al que todav&iacute;a -pese al catolicismo y a la invasi&oacute;n de iglesias pentecostales, veneran.
    </p><p class="article-text">
        Un par de d&iacute;as despu&eacute;s y ya en Antigua Selva y yo vamos a tener nuestro intento de llegar hasta &eacute;l. 
    </p><p class="article-text">
        Buscamos cooperativas que nos lleven a Atitl&aacute;n, pero todas trabajan con las mismas combis as&iacute; que solo decidimos por precio. Pactamos una bien temprano que nos&nbsp;deje en Panajachel, al borde del lago y al otro d&iacute;a nos damos cuenta de que somos las &uacute;ltimas a las que pasan a buscar pese a que nos anotamos primeras y tambi&eacute;n&nbsp;que somos las &uacute;nicas dos latinas. Toda la combi est&aacute; copada por jipigringos que no usan barbijo ni nos quieren hacer lugar para que podamos sentarnos. En seguida vamos a entender que nada m&aacute;s terrenal y desangelado que ese viaje de ida hacia Atitl&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        -Ac&aacute; no entramos las dos- Dice mi amiga al conductor que baja la vista y se va hacia adelante sin decir nada. Entiendo que la distribuci&oacute;n de los asientos es asunto de los excursionistas y tengo que pelear por un lugar para m&iacute;. A cara de perro logro sentarme adelante y Selva queda atr&aacute;s, m&aacute;s asfixiada imposible.
    </p><p class="article-text">
        Ni bien salimos hay un cartel gigante que se repite: Podemos identificar a tu familiar desaparecido. Llama hoy. Y una imagen de una mujer ind&iacute;gena abraza la foto de un ni&ntilde;o en blanco y negro. Algo me cruje adentro, en el coraz&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Mientras el se&ntilde;or que tengo al lado, el mismo que no quer&iacute;a mover su mochila que ocupa un asiento entero para que yo me siente, no deja de gritar cifras en d&oacute;lares hacia los asientos de atr&aacute;s; trato de dormirme pero es imposible. Cierro los ojos y reconozco en su voz chillona el nombre de ciudades mexicanas y guatemaltecas al lado de cantidades en d&oacute;lares. Apenas se calla para respirar o para darle un trago a su segunda botella de Coca Cola. Abro los ojos y lo miro, pese a que estamos tan pegados que varias veces me golpea con la botella o con las piernas, nunca me devuelve la mirada. Cuando se levante para que bajemos finalmente en Panajachel, todas las botellas vac&iacute;as sumadas a un vaso de caf&eacute; con su tapa de pl&aacute;stico van a quedar tiradas bajo los asientos.
    </p><p class="article-text">
        En alg&uacute;n momento de la traves&iacute;a, se libera un asiento adelante y Selva sale a toda velocidad hacia &eacute;l. Yo pensaba dormir pero se larg&oacute; a llover y ahora todos le gritan al conductor, llego a entender que quieren que proteja su equipaje que est&aacute; arriba de la combi del agua que cae desatada. El hombre detiene la combi y laboriosamente despliega nylons gigantes con los que va protegiendo esas maletas una a una, pero nunca su propio cuerpo. Despu&eacute;s de media hora vuelve empapado a su lugar para seguir manejando.
    </p><p class="article-text">
        Maldiciendo gringos mentalmente me logro dormir.
    </p><p class="article-text">
        Llegamos entre tantas tormentas y niebla cegadora que tengo miedo de que el lago no pueda verse en absoluto. Antes de alejarnos de la combi alguien le pregunta al conductor si el lago va a verse y el hombre contesta con una sonrisa:
    </p><p class="article-text">
        -A veces se muestra y a veces no se muestra.
    </p><p class="article-text">
        Caminamos unos metros por los constantes puestos de artesan&iacute;as que est&aacute;n resguardados por esculturas de nylon en la que cada artesano despliega su creatividad para que el agua y el barro que se forma por el paso constante de&nbsp;turistas no estropee sus telas. Veo a nuestros compa&ntilde;eros de combi regateando hasta el &uacute;ltimo quetzal y por suerte ni me miran, ni me saludan, ni nada. Abajo de los paraguas o de la carga enorme que llevan sobre sus cabezas, los artesanos sonr&iacute;en calentando la ma&ntilde;ana. Llevan&nbsp;impermeables improvisados en pl&aacute;sticos de colores que los convierten en flores extra&ntilde;as sobre el lodo del suelo.
    </p><p class="article-text">
        Llegamos a una zona de muelles que es muy hermosa pese a que el lago apenas se ve y que los volcanes hayan quedado ocultos por las enormes monta&ntilde;as de nubes y niebla que reinan en lo alto. Enseguida se nos acercan dos hombres ofreci&eacute;ndonos una lanchita para ir al pueblo que queramos. Le digo que quiero ir a ver a Maxim&oacute;n y los dos niegan con la cabeza:
    </p><p class="article-text">
        -No se puede. Ese pueblo no se puede.
    </p><p class="article-text">
        Al principio creo que no quieren llevarnos porque somos turistas, pero viendo las cruces y la manera de encomendarnos al salvador cuando nos dejan junto al muelle, y termino entendiendo que son evangelistas de las nuevas iglesias para las que Maximon viene a ser el mismo demonio. Nos llueve helado sobre la cabeza y me resigno a que a San Juan de la Laguna no vayamos a llegar. Acepto ir a cualquier pueblo con tal de que deje de lloverme encima y nos acercamos a la zona en donde est&aacute;n los conductores de las lanchas, que con sus capas celestes, rosas o amarillas ondulandos contra el fondo del lago parecen superh&eacute;roes desconocidos por nosotras. Nos presentan al Capit&aacute;n Reyes (Reies) que por un pu&ntilde;ado de dinero acepta llevarnos a dos pueblos m&aacute;s cercanos. Tampoco nos alcanzan ya los d&oacute;lares para ese circuito de pueblos m&aacute;s alejados que termina siendo s&oacute;lo para gringos. Los dioses regionales antiguos tambi&eacute;n aqu&iacute; van siendo suplantados por el &uacute;nico Dios verde que traspasa vencedor todas las lenguas. Finalmente, elegimos ir a dos pueblitos m&aacute;s peque&ntilde;os y mucho m&aacute;s cercanos. A lo que no renuncio es a la magia. El verde fant&aacute;stico de las costas y los volcanes que cada tanto asoman su cabeza centinela entre las nubes me la recuerdan y aunque encontrarla sea cada vez m&aacute;s dif&iacute;cil, sigo buscando. 
    </p><p class="article-text">
        Para el Capit&aacute;n Reyes la lluvia y la niebla no existen. Nos lleva por el medio de Atitl&aacute;n como si el agua no lo mojase ni el fr&iacute;o lo pudiera doblegar. Yo por momentos ya no soporto el agua helada que con la lancha en movimientos se mete por todos lados y pienso en agarrar un mu&ntilde;equito de madera para soplarle al o&iacute;do este martirio del agua contante y pienso:
    </p><p class="article-text">
        &iquest;No es nuestro peque&ntilde;o oficio de escribir-narrar un sustituto ag&oacute;nico del contar las penas? Dicen las indicaciones locales que para hablarle hay que acostarse en la cama como si fuera el div&aacute;n.<strong> Pero yo escribo sobre la tierra.</strong>
    </p><p class="article-text">
        El agua con sus aludes e inundaciones desde Epecu&eacute;n a New Orleans me sumerge en un p&aacute;nico que me paraliza hasta la posibilidad de escribir. S&eacute; de Moby Dick, El viejo y el mar, el diluvio b&iacute;blico y much&iacute;simas otras aventuras acu&aacute;ticas, pero a m&iacute; d&eacute;jenme en tierra firme y seca. 
    </p><p class="article-text">
        Y sin embargo, mientras la lancha se adentra en un lago que es en s&iacute; magia pura y misterios y el cielo no deja de ba&ntilde;arnos, recuerdo cuando hace algunos a&ntilde;os la primera versi&oacute;n de <em>Cometierra</em> naci&oacute; en una peque&ntilde;a ciudad costera de Argentina. El lugar en el que pasamos todos los eneros con mis hijos queda en un balneario popular a unos 380 kil&oacute;metros de casa y esa ma&ntilde;ana les expliqu&eacute; a mis hijas mayores que ten&iacute;a que darle una &uacute;ltima le&iacute;da al final de la novela y meterle mano, as&iacute; que por favor fueran con sus hermanitos a la playa un rato, mientras yo trabajaba en una cafeter&iacute;a y al mediod&iacute;a los alcanzaba.
    </p><p class="article-text">
        Fue una ma&ntilde;ana de sol pleno que ni me toc&oacute; la piel, presa como estaba frente al teclado. El enter final que guard&oacute; a esa <em>Cometierra</em> se presion&oacute; desde menos de cincuenta metros del agua de mar. Cuando termin&eacute;, pagu&eacute; y me fui caminando para la playa con la computadora adentro de la mochila.&nbsp;Lo primero que vi al llegar fue un pastor evangelista predicando en voz alta sobre la arena. La caricia caliente del suelo quem&aacute;ndome los pies m&aacute;s la voz de ese pastor nunca se borran aunque no pueda acordarme del todo de su cuerpo, creo que cada vez que lo recuerdo su figura ha ido creciendo hasta convertirse en una suerte de S. King predicando en Cementerio de Animales, pero sus palabras me que quedaron tatuadas: 
    </p><p class="article-text">
        -Las tierras que no pisaste nunca, Dios te las da. 
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s, casi pegadas a sus palabras, vinieron traducciones, viajes y <em>Cometierra</em> reproduci&eacute;ndose sin parar en otras tapas, otros rostros, y otras lenguas para andar libre por esas tierras que yo no hab&iacute;a pisado nunca, como si ella tuviera ya vida propia.
    </p><p class="article-text">
        Estamos por llegar a un pueblo m&aacute;gico, nunca dej&oacute; de llover y el Capit&aacute;n Reyes disminuye la velocidad y empieza a hacer maniobras cerca del muelle. No s&eacute; en qu&eacute; momento se fue la niebla, pero cuando pisamos tierra tres volcanes nos miran majestuosos y la belleza de la naturaleza por un instante es la m&aacute;s fuerte de todas las magias juntas.
    </p><p class="article-text">
        Y como dec&iacute;a el viejo gu&iacute;a en nuestro camino de ida hacia Atitl&aacute;n: a veces se muestra. 
    </p><p class="article-text">
        El viaje de vuelta nos resulta mucho m&aacute;s llevadero. Pocos gringos dejan poca basura y tambi&eacute;n, hablan menos. Durante el camino de regreso todo se llama La Bendici&oacute;n, El Salvador, El Eterno, El Shaddai o Dios me gu&iacute;a.&nbsp;Una claridad t&iacute;mida empieza a mostrarse m&aacute;s all&aacute; de las enormes paredes verdes que asfixian nuestra ruta y yo entiendo esa mezquindad. El &uacute;nico oro maya sin expoliar es este sol dorado que el lago se guard&oacute; como el tesoro m&aacute;s profundo. Cuando la combi se detiene en Antigua, el cansancio nos lleva de una al hotel y yo sigo en silencio caminando hasta mi cama. Pero antes de dormir abro la mochila y saco mis quitapenas. Tomo a los seis y los dejo por una rato en la palma de la mano abierta para estudiarlos uno por uno. Despu&eacute;s meto solo cinco en su cajita y los devuelvo a la mochila. El que dejo en mi&nbsp;mano es tan chiquito que parece que lo hubieran hecho con f&oacute;sforos. Voy a acercarlo a mi boca para contarle del agua y de la intemperie y de una pena m&aacute;s profunda que tengo clavada, pero esa por ahora me la guardo para m&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        <em>DR</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Dolores Reyes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/quitapenas_129_9117237.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 25 Jun 2022 04:54:05 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Quitapenas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Dolores Reyes,Guatemala,Cometierra]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Formas de cruzar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/formas-cruzar_129_9010737.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/418b7902-e095-49b2-aca9-070437323efd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Formas de cruzar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El recuerdo de cruzar las vías del tren con su abuela y el de encontrar macumbas sobre las vías. Dolores Reyes escribe sobre su infancia, las curanderas y los sueños que anuncian el paso entre el mundo de los vivos y los muertos.</p></div><p class="article-text">
        Mi abuela viv&iacute;a frente a las v&iacute;as del tren San Mart&iacute;n, pero el centro comercial de mi barrio quedaba del otro lado. Para cruzar por la estaci&oacute;n hab&iacute;a que desviarse muchas cuadras, as&iacute; que ella y yo directamente cruz&aacute;bamos por las v&iacute;as. No hab&iacute;a barrera ni paso a nivel ni nada, s&oacute;lo cruzar intentando pisar sobre los durmientes de madera de un tren que todav&iacute;a no era el&eacute;ctrico, para esquivar el barro y la grasa de m&aacute;quina que no sal&iacute;a nunca m&aacute;s de la ropa. Alrededor todo era tierra y algunos &aacute;rboles repletos de p&aacute;jaros. Cuando llov&iacute;a, el cruce se transformaba en un lodazal imposible.
    </p><p class="article-text">
        Yo trataba de que ella no se cayera al piso, cosa que por m&aacute;s cuidado que tuvi&eacute;ramos, suced&iacute;a dos por tres. Entonces mi abuela se raspaba, se reventaba las rodillas, se hac&iacute;a hematomas que a veces duraban semanas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Eso significaba que no iba a haber ni ferias ni mercados para m&iacute; hasta que las piernas de mi abuela se recuperasen un poco. Yo la miraba desde abajo, me parec&iacute;a que ten&iacute;a unas piernas muy flacas y huesudas como para que la pudieran sostener bien. Una vez, caminando por una plaza conmigo de la mano, un pibito la atropell&oacute; con un carting y le rompi&oacute; una arteria de una pierna. Yo ni siquiera sab&iacute;a que una abuela pudiera tener tanta sangre metida adentro del cuerpo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mi abuela nunca iba al hospital pero conoc&iacute;a a muchos curanderos. Su madre hab&iacute;a parido doce veces en el campo y sus hijos hab&iacute;an nacido todos vivos. En cambio a ella con sus partos de quir&oacute;fano solo le sobrevivieron dos hijas, una era mi t&iacute;a y la otra, mi madre. Entre las dos, mi abuela hab&iacute;a parido una infinidad de beb&eacute;s varones y ninguno hab&iacute;a sobrevivido al hospital. Ahora que hasta el marido se le hab&iacute;a muerto de c&aacute;ncer de huesos sin que los m&eacute;dicos lo hubieran podido evitar, &iquest;para qu&eacute; iba a volver a ese lugar?
    </p><p class="article-text">
        Mi abuela no le ten&iacute;a miedo a nada excepto a so&ntilde;ar con su padre sentado en la cabecera de la mesa. De un lado estaban los hermanos muertos, del otro, los que continuaban vivos. Doce hermanos y un padre comiendo como si se tratara de la &uacute;ltima cena, todos en silencio hasta que el hombre en la cabecera levantaba la voz para ordenar que tal o cual hermano pasara del otro lado de la mesa. Hab&iacute;a que obedecer: un hermano de los vivos se paraba de su silla y cruzaba del otro lado sin chistar para sentarse con el resto de los que ya se hab&iacute;an ido. Mi abuela sab&iacute;a que despu&eacute;s de ese sue&ntilde;o era cuesti&oacute;n de d&iacute;as para recibir la noticia de la muerte de ese hermano. Su sue&ntilde;o no fallaba nunca.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Mi abuela no le tenía miedo a nada excepto a soñar con su padre sentado en la cabecera de la mesa. De un lado estaban los hermanos muertos, del otro, los que continuaban vivos</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Nosotros, sus nietos, s&oacute;lo &eacute;ramos cuatro hermanos. Cuando alguno andaba resfriado, mi abuela y yo atraves&aacute;bamos esas mismas v&iacute;as para juntar hojas de eucaliptos, las lav&aacute;bamos bien y yo me sentaba en el patio de su casa con un repasador sobre las rodillas, para secar y separar hoja por hoja de los tallos. Mientras, ella preparaba la olla y la pon&iacute;a a hervir. Cuando echaba los manojos de hojas frescas al agua caliente, la casa se empapaba de la transpiraci&oacute;n de los eucaliptos y nosotros tambi&eacute;n. El aire tibio y h&uacute;medo se nos met&iacute;a en el cuerpo aliviando cualquier dolor de garganta o catarro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tampoco &iacute;bamos nunca al hospital. A lo sumo a la salita si hab&iacute;a un accidente, como cuando mi hermano perdi&oacute; las llaves y quiso meterse por la ventana con tanta mala suerte que un vidrio se le vino encima. En la salita le dieron siete puntos en la frente. Para todo lo dem&aacute;s estaban los curanderos. Las farmacias, en nuestro mundo, casi no exist&iacute;an.
    </p><p class="article-text">
        Los curanderos eran en su mayor&iacute;a mujeres que ven&iacute;an de las provincias sabiendo curar orzuelos, empachos, mal de ojo, y cuestiones del coraz&oacute;n. Todas mujeres, menos Nardo.
    </p><p class="article-text">
        Nardo era un hombre de unos cuarenta, con la piel m&aacute;s oscura que hab&iacute;a visto en mi vida. Cuando me apareci&oacute; un sarpullido rojo zigzague&aacute;ndome en el pecho, enseguida me llevaron a su consulta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;l le dijo a mi abuela que yo ten&iacute;a culebrilla y que hab&iacute;a que actuar en seguida porque era peligroso dejarla crecerme en la piel. Las noches siguientes, yo me quedaba mirando la cabeza de la culebra y la cola que se iba estirando por mi pecho, pese a los rezos de Nardo, de mi abuela y sus aceites. Una v&iacute;bora brillante como un tatuaje movedizo sobre mi cuerpo y que, si la cabeza llegaba a morderse la cola, iba a asfixiarme. Odiaba sacarme la remera adelante de Nardo y que viera como la pubertad comenzaba a estallarme el pecho mientras me pasaba aceites apestosos antes de empezar con las oraciones. Pero gracias a sus semanas de rezos la culebrilla fue aflojando de a poco. Ya no me quemaba tanto ni me hac&iacute;a picar y nosotras dos volvimos de a poco a la feria y a las v&iacute;as del tren.
    </p><p class="article-text">
        Si en vez de los trenes de pasajeros era un carguero, para los adultos era una fatalidad. Esas formaciones cortaban todos los cruces durante horas y era muy com&uacute;n que se quedaran parados. Pero a m&iacute; me encantaba juntar los granos de ma&iacute;z que esos trenes de carga derramaban entre las piedras grises que separaban los durmientes para, despu&eacute;s, hacerlos germinar y ver que de cada uno de ellos saliera una planta nueva.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Esas peque&ntilde;as magias suburbanas siempre estuvieron cerca y yo me hab&iacute;a vuelto tan buena en el arte de germinar semillas en un frasco -con papel secante y algod&oacute;n h&uacute;medo, para plantarlas despu&eacute;s en la tierra desnuda del fondo de casa-, que me la pasaba buscando granos de ma&iacute;z del cruce. Ni siquiera me preocupaba si estaban esparcidos alrededor de un gallo partido al medio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la monoton&iacute;a del barro, los gallos partidos al medio de las macumbas eran una fiesta de colores. Lo &uacute;nico que no me gustaba era el rojo de la sangre y el de las velas.
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a le solt&eacute; la mano a mi abuela para ir a juntar granos de uno de esos gallos que los umbandas del barrio descartaban despu&eacute;s de un ritual en los cruces de caminos y ella me vio.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Granos sobre las vías                            </span>
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        -No le tengo miedo. No son nada-,&nbsp;desafi&eacute; a mi abuela con esa adolescencia naciente que hab&iacute;a empezado a rebelarme. Ella me contest&oacute; seria:
    </p><p class="article-text">
        -Con las macumbas no se jode. No vuelvas a tocarlas nunca m&aacute;s-.
    </p><p class="article-text">
        Yo me re&iacute;, mir&eacute; al animal y vi que le hab&iacute;an puesto billetes de cotill&oacute;n de esos que hab&iacute;a muchas veces adentro de las pi&ntilde;atas y para demostrar mi valent&iacute;a, saqu&eacute; uno. El suelo se me vino hacia la cabeza. En menos de un parpadeo y sin que ni siquiera llegara a poner los brazos antes de estrellarme contra la tierra, me abr&iacute; la frente y pagu&eacute; con mi propia sangre los peque&ntilde;os robos al gallo muerto.
    </p><p class="article-text">
        Hasta el d&iacute;a de hoy sigo sin tenerle miedo a las macumbas, pero s&iacute; mucho respeto. Ahora las colocan en el paso a nivel que queda tres cuadras antes del cruce que atraves&aacute;bamos mi abuela y yo. Ese lugar ya no existe hace a&ntilde;os y, sin embargo, est&aacute; grabado de tal manera en mi cabeza que podr&iacute;a recorrerlo horas repasando cada detalle. Tan cerca y tan lejano como el padre de mi abuela al que no llegu&eacute; a conocer nunca, y que quiz&aacute;s se aparezca alg&uacute;n d&iacute;a en mis sue&ntilde;os para pedirme que lo acompa&ntilde;e a cruzar del otro lado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>DR</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Dolores Reyes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/formas-cruzar_129_9010737.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 21 May 2022 04:10:12 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Formas de cruzar]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Conurbano,Espiritualidad,Umbanda,Familias,Dolores Reyes]]></media:keywords>
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