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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - María Sonia Cristoff]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/maria-sonia-cristoff/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - María Sonia Cristoff]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Patagonia en disputa: pumas contra ovejas, la otra pelea por la tierra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/medio-ambiente/patagonia-disputa-pumas-ovejas-pelea-tierra_1_9156971.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ba9ad005-2b84-4fe1-aef9-730b23d32e61_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Patagonia en disputa: pumas contra ovejas la otra pelea por la tierra"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las ovejas, emblemáticas en la producción y el imaginario patagónico, son asediadas por pumas que, por los desmontes en La Pampa, se desplazaron al Sur. Desde allí, María Sonia Cristoff narra cómo perros entrenados median en la disputa donde no se sabe quién es villano, quién héroe.</p><p class="subtitle">¿Te gusta leer en papel? - Esta crónica fue publicada en la revista impresa de elDiarioAR que las y los socios reciben gratis en su casa como una forma de agradecer su apoyo. Si te interesa apoyar a este proyecto periodístico, te podés asociar en este link y recibir la próxima revista.</p></div><p class="article-text">
        No deja de asombrarme la multiplicidad de versiones que toma la l&oacute;gica binaria en la cual estamos sumidos. Se activa a prop&oacute;sito de cualquier tema, desde la guerra en caracteres cir&iacute;licos hasta el tipo de men&uacute; que elegimos para el desayuno. Tampoco deja de agobiarme: pocas cosas me parecen tan alienantes y aburridas como la enarbolaci&oacute;n de dos bandos supuestamente contrarios que en el fondo no dejan de ser mutuamente funcionales. Les huyo todo lo que puedo -que, como sabemos, es poco, as&iacute; de cercados estamos. Les huyo leyendo, les huyo ejercitando el sentido cr&iacute;tico, les huyo musitando sospechas. O, como me pas&oacute; hace poco, les huyo siguiendo un hilo.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Estaba yo en el Sur, en uno de mis viajes recurrentes, cuando me top&eacute; con una nueva versi&oacute;n de esa l&oacute;gica, una que en este caso enfrentaba a las ovejas, ese animal emblem&aacute;tico en la producci&oacute;n y el imaginario patag&oacute;nico, con los pumas que, hambrientos por los desmontes que aumentan en La Pampa, han empezado a desplazarse m&aacute;s al Sur ahora en forma masiva y por ende a comerse a las ovejas ya no en forma espor&aacute;dica como sol&iacute;an sino en cantidades alarmantes y continuas. De un lado de la ecuaci&oacute;n maniquea, previsiblemente, est&aacute;n como figuras defensoras de las primeras los estancieros, y del otro, tambi&eacute;n previsiblemente, los ambientalistas. El reduccionismo subyacente no impide las adhesiones. Es f&aacute;cil en estas contiendas percibir hacia qu&eacute; lado se inclina la sensibilidad de uno, tan f&aacute;cil como aburrido, tan f&aacute;cil como inquietante. Estaba por descartar el match cuando escuch&eacute; hablar de los perros protectores. Y ah&iacute; fue que empec&eacute; a seguir este hilo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Llegamos a los perros por desesperaci&oacute;n, no por preocupaci&oacute;n, me dice JJ. Hace al menos dos horas que vamos en su camioneta por un camino encandilante que se interna en una meseta chubutense cada vez m&aacute;s plana que inevitablemente me genera esa impresi&oacute;n de estar en otro planeta de la que habla Florence Dixie en <em>A trav&eacute;s de la Patagonia</em>. Pero me desv&iacute;o r&aacute;pidamente de la cita de autora, un poco porque el paisaje plagado de jarilla y de coirones y de maras que saltan a nuestro paso me captura los sentidos, otro poco porque me quedo pensando en esa diferencia de la que me habla JJ, en esa escalada de dislocamientos que supone, en cualquier escenario, en cualquier vida, el pasar de la preocupaci&oacute;n a la desesperaci&oacute;n.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Los pumas han llegado a matar cincuenta ovejas en una semana, me cuenta despu&eacute;s. El n&uacute;mero es letal para un peque&ntilde;o productor como &eacute;l, que est&aacute; a a&ntilde;os luz, que incluso est&aacute; en las ant&iacute;podas del gran estanciero especulador que se nos viene a la cabeza cuando pensamos en propietarios de ovejas y de tierras en el Sur. As&iacute; es como los manique&iacute;smos bobos empiezan a resquebrajarse. A ese problema de los predadores, sigue JJ, hay que agregarle la desertificaci&oacute;n que no para de intensificarse, y el detalle nada menor de las condiciones de facturaci&oacute;n: mientras que las grandes empresas multinacionales procesadoras y exportadoras de lana que operan en la zona tienen habilitados los mecanismos para poder liquidar afuera, con el d&oacute;lar <em>blue</em>, el productor local cobra al d&oacute;lar oficial. Para la mayor&iacute;a de los que viven ac&aacute;, agrega, el negocio no funciona ya, o funciona en una escala muy menor.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Neuquén, Patagonia argentina                            </span>
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        Pienso que tal vez sea eso, m&aacute;s que los pumas, lo que explique los campos despoblados que veo cada vez que fijo la vista en la ventanilla. <em>Adem&aacute;s</em> de los pumas, me corrige JJ.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si esto fuera una f&aacute;bula moral, a esta altura podr&iacute;amos pensar que, en esta contienda, los pumas est&aacute;n haciendo una especie de justicia. Porque las ovejas, como especie invasora, desplazaron a los guanacos, habitantes originarios de esta zona, y fueron el origen de ese proceso de desertificaci&oacute;n de los suelos que va dejando todo como un p&aacute;ramo y que nada ni nadie parece dispuesto a revertir. Pero ahora que los guanacos est&aacute;n siendo reintroducidos sistem&aacute;ticamente desde hace m&aacute;s de diez a&ntilde;os ya, ocurre que los pumas tambi&eacute;n los matan, y entonces la f&aacute;bula se complejiza.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Guanacos en la Patagonia                            </span>
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        Le&iacute; hace poco en un libro de esos que logran convertir una tesis de doctorado en algo no solo legible sino tambi&eacute;n disfrutable, milagro poco frecuente que en este caso lleva la firma de Fernando Coronato, que a fines del siglo XIX, despu&eacute;s de que los gobiernos centrales de Argentina y Chile terminaran sus campa&ntilde;as de exterminio y sometimiento en el Sur, quedaron los campos disponibles para usufructo del hombre blanco, y ah&iacute; fue que todo por ac&aacute; se llen&oacute; de ovejas. En gran parte llegaron desde La Pampa, donde nunca hab&iacute;an logrado competir con el ganado bovino, a un punto tal que hasta se lleg&oacute; a usarlas como combustible en los hornos de ladrillo. Los pastizales del Sur que por entonces parec&iacute;an eternamente renovables pasaron a ser su destino, y hasta ac&aacute; llegaron en arreos terrestres que no descartaron el componente &eacute;pico ni las muertes que el g&eacute;nero suele cobrarse para resultar veros&iacute;mil. En el arreo que organizaron los hermanos Rudd en 1887, por ejemplo, se perdieron dos tercios de los animales en el camino, y en el que organiz&oacute; M. Patanchon, en 1891, murieron cinco mil de los diez mil animales con los que hab&iacute;an partido inicialmente.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Puma                            </span>
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        Y, en otra gran parte, las ovejas llegaron a la Patagonia desde las Islas Malvinas, un territorio en el que la industria ovina encontraba todo lo que necesitaba: un clima adecuado, pastos favorables, ausencia de predadores, ausencia de pobladores originarios y presencia de gauchos brit&aacute;nicos que hab&iacute;an aprendido todo sobre este tema en sus islas natales, fundamentalmente en las H&eacute;bridas escocesas. Hubo un momento en el que las islas desbordaban de ovejas, parece. Y entonces esta actividad, que ven&iacute;a desarroll&aacute;ndose ah&iacute; desde mediados del XIX, encontr&oacute; en la Patagonia que reci&eacute;n entraba en el radar de los gobiernos centrales, tanto argentino como chileno, una manera de canalizarse, de expandirse. A fines de ese mismo siglo, el primer gobernador del Territorio de Santa Cruz, Carlos Moyano, hizo varias gestiones personales para atraer a los productores brit&aacute;nicos de Malvinas, y as&iacute; fue que se organiz&oacute; un flujo de ovejas, de colonos y de capitales hacia la Patagonia Sur que fue muy pr&oacute;spero en t&eacute;rminos econ&oacute;micos y que en gran parte explica la potente anglizaci&oacute;n que durante d&eacute;cadas prevaleci&oacute; en la zona.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El frente pionero debe avanzar al paso de los reba&ntilde;os&rdquo; era el lema que predicaban los dos gobiernos, a la vez que diezmaban a los pueblos originarios, acaparaban terrenos que no pocas veces fueron a alimentar la especulaci&oacute;n e iniciaban una destrucci&oacute;n de los recursos naturales que no cesa al d&iacute;a de hoy. &ldquo;Pensar que esta barbarie es para poner ovejas, y es obra de gente que se dice civilizada&rdquo;, dec&iacute;a en una carta del a&ntilde;o 1895 Jos&eacute; Fagnano, un cura salesiano que trataba de hacer algo contra las cacer&iacute;as -literales- de ind&iacute;genas que pusieron en marcha algunos estancieros en territorio fueguino. Las ovejas, entonces, tan mansas y tan buenas, tan connotadas de virtudes sacrificiales, muestran hasta qu&eacute; punto son tambi&eacute;n los animales con los que ingresa el capitalismo m&aacute;s salvaje en toda la regi&oacute;n al Sur del Colorado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De pronto se me cruza por la cabeza <em>Lamb</em>, la pel&iacute;cula de Valdimir Johannsson, en la cual ese ser que es mitad oveja, mitad humano, termina destruyendo todo a su paso antes de fugarse de la mano de una figura de respiraci&oacute;n amenazante.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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        Me interrumpe la digresi&oacute;n mental la marcha de la camioneta, que aminora. JJ toma un atajo que, pienso, ser&aacute; otro de los tantos que hemos tomado ya cada vez que se desdibuja la huella, o que un puente destruido impide cruzar un arroyo, pero no se trata de eso sino de la entrada a un establecimiento en donde hay un pu&ntilde;ado de casas semi abandonadas. En ese puesto vivi&oacute; &eacute;l hasta los 14 a&ntilde;os, me cuenta. Con su abuelo materno, al padre no lo conoci&oacute; nunca. Y como suced&iacute;a que su abuelo prefer&iacute;a pasarse temporadas en el bar del pueblo m&aacute;s pr&oacute;ximo, donde se hab&iacute;a erigido en una especie de campe&oacute;n de truco, de rummy y de pase ingl&eacute;s, &eacute;l desde chico aprendi&oacute; a hacerse cargo de todo. Trabajaba ah&iacute; y despu&eacute;s, cuando creci&oacute;, tambi&eacute;n en los campos de los alrededores. Esquilaba, buscaba le&ntilde;a en los montes de algarrobo, limpiaba los canales, arreglaba alambrados, ese tipo de cosas. Todo por changas, nada firmado. Pero se fue haciendo su nombre, su reputaci&oacute;n. Y as&iacute; fue que lleg&oacute; a tener sus 5000 ovejas. Para otros ser&aacute; nada, para &eacute;l es un tesoro.&nbsp;
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                Un perro cuida a ovejas en la Patagonia                            </span>
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        Y lo tiene guardado en una especie de Arcadia, cosa que no me hab&iacute;a preanunciado, tal vez porque &eacute;l, como todos nosotros, sea bastante poco consciente de cu&aacute;les son los verdaderos tesoros a su alrededor. Ah&iacute;, en esa arboleda que de pronto irrumpe en medio de la meseta, est&aacute;n los perros que vine a conocer. En cuenta llegamos, un chico con el pelo te&ntilde;ido de un caoba intenso pasa el parte acerca del asado que est&aacute; casi a punto. Asado de cordero, por supuesto. Mi almita urbana y biempensante se estruja. Hay animales que ya no como hace a&ntilde;os, y hay otros que puedo seguir comiendo siempre y cuando me distancie y me disocie lo m&aacute;s posible de sus latidos, de sus pupilas. La Arcadia empieza a mostrarme sus fisuras.
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                Ovejas                            </span>
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        De su historia, de la de este campo, me entero mientras almorzamos. Romina, la pareja de JJ, lleva la voz cantante. Sus abuelos, mapuche los dos, vinieron a instalarse ac&aacute; en la d&eacute;cada del 20, hace un siglo exactamente. Desde Chile vinieron, a pie. Se establecieron en este paraje por su proximidad con la aguada y construyeron ellos solos con sus trece hijos las casitas de piedra, los corrales y los senderos para ir a buscar le&ntilde;a. Uno de esos hijos, t&iacute;o de Romina, un se&ntilde;or pausado y elegante que almuerza con nosotros, alambr&oacute; con su hermano todo el per&iacute;metro. A&ntilde;os hace ya, muchos. Tallaron con sus propias manos las estacas de madera: llegaron a contar 7000. Despu&eacute;s, agarraron unas mantas y se fueron al campo a plantarlas. No volvieron ac&aacute;, a la casa, durante ocho meses. As&iacute; fue como empezaron a alambrar, jovencitos eran. Unas d&eacute;cadas despu&eacute;s, empezaron el tr&aacute;mite para obtener el t&iacute;tulo de esas tierras fiscales que el gobierno provincial fomentaba y, a la vez, obstaculizaba. La burocracia y los grandes especuladores, una vez m&aacute;s, merodeaban. El abuelo de Romina, como tantos otros peque&ntilde;os productores precarizados, muri&oacute; sin haber logrado ese t&iacute;tulo. Fue ella quien finalmente lo tramit&oacute;. Despu&eacute;s de infinidad de pasos y papeleos que fue cumpliendo asesorada por uno de los pocos abogados locales que no se quedan con todo en el camino, el a&ntilde;o pasado lo obtuvo. Sabe que en gran parte lo logr&oacute; porque se traslad&oacute; a vivir a la ciudad. Si no, hubiesen seguido en ese estado de precariedad. Con los papeles flojos y los pactos tramposos. Antes de que ella interviniera, durante a&ntilde;os, muchos, la mayor&iacute;a, toda su familia sobrevivi&oacute; trocando la carne y la lana de las ovejas, que antes de la llegada de JJ eran un n&uacute;mero &iacute;nfimo, por bolsas de harina y az&uacute;car que cierto tipo de comerciante canjea en campos de este mismo perfil para ir acumulando as&iacute; una producci&oacute;n que despu&eacute;s, para su exclusivo provecho, vende a las grandes empresas procesadoras de lana.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Rom&aacute;n, el t&iacute;o, la interrumpe para contar c&oacute;mo es que su madre armaba unos candiles con grasa de chivo para tejer de noche. Alguien trae unos telares coloridos en se&ntilde;al de muestra. Me extra&ntilde;a y me alegra que semejante belleza haya quedado a salvo de las transacciones tramposas. La conversaci&oacute;n fluye, mis m&aacute;ximas inamovibles se relajan. Por un momento hasta me olvido de que vine a ver unos perros que me interesaron porque, con su accionar, desarman el <em>match</em> de las ovejas versus los pumas. Alguien habla de estos &uacute;ltimos, de los pumas. Han llegado a matar quince ovejas en una noche, dice. A veces lo hacen para alimentarse, otras para cumplir con una funci&oacute;n did&aacute;ctica: las madres puma sacan a los cachorros, que por lo general son varios, cinco o seis, a entrenarse en la caza futura, y as&iacute; es que matan cantidad de animales y siguen de largo. Rom&aacute;n sale a cazarlos, a veces en su caballo, otras a pie. Pero cada vez menos, en el invierno cumplir&aacute; 80. Y adem&aacute;s, ahora, est&aacute;n los perros. Un gaucho que acaba de acovacharse por ac&aacute; despu&eacute;s de cansarse de perder trabajos por otras zonas de la meseta cuenta una batida cuerpo a cuerpo con un puma pesado. No dice grande, dice pesado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>MSC/SB</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[María Sonia Cristoff]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 09 Jul 2022 03:48:14 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Patagonia en disputa: pumas contra ovejas, la otra pelea por la tierra]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Desmonte,Patagonia,Ovejas,Pumas,Perros]]></media:keywords>
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