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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Sergio Ciancaglini]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/sergio-ciancaglini/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Sergio Ciancaglini]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Qué se le va a hacer: Julio Strassera, retrato íntimo de un antihéroe]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/politica/strassera-retrato-intimo-antiheroe_129_9626951.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3c21d1a3-2fe2-47d2-be83-d6fba81332a9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Qué se le va a hacer: Julio Strassera, retrato íntimo de un antihéroe"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Por su cobertura del juicio a las Juntas Militares Sergio Ciancaglini ganó el premio Rey de España. Durante meses y meses siguió a Julio Strassera y la epopeya de su fiscalía. Aquí lo recuerda durmiendo la siesta en medio de las amenazas, con el padecimiento de su diabetes, haciéndose pasar por Capitán Poronga y rompiendo en llanto después de su alegato final.</p></div><p class="article-text">
        Aquel hombre llamado Julio C&eacute;sar Strassera era ojeroso, de mostachos negros, a veces con el pelo como de estatua por la gomina, otras con el jopo derrotando fijadores y cay&eacute;ndole sobre el ojo derecho. Parec&iacute;a estar siempre en guardia, erizado, salvo cuando el cansancio le iniciaba querellas densas. Una vez llegu&eacute; a la Fiscal&iacute;a despu&eacute;s de la hora del almuerzo, no hab&iacute;a nadie en la antesala, segu&iacute; viaje hacia su oficina y lo encontr&eacute; dormido en el sill&oacute;n de cuero de un cuerpo que en esos momentos le funcionaba como un recurso de amparo. <strong>Hab&iacute;a reunido m&eacute;ritos suficientes como para ser la persona m&aacute;s amenazada del pa&iacute;s pero estaba solo y durmiendo cual beb&eacute; a merced de cualquier cosa. </strong>Hasta de un periodista. No s&eacute; si so&ntilde;aba. Tal vez era al rev&eacute;s: sus sue&ntilde;os y sus pesadillas en esos d&iacute;as transcurr&iacute;an cuando estaba despierto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s supe que los brotes de cansancio proven&iacute;an no solo de todo lo que estaba haciendo y deshaciendo durante el juicio, sino tambi&eacute;n de un enemigo interno que enfrentaba con terquedad e insulina: la diabetes.
    </p><p class="article-text">
        Estaba siempre de traje, pero creo que lo que m&aacute;s le gustaba era andar de blazer azul, camisa blanca, alguna corbata que no desafinara, pantal&oacute;n gris, zapatos negros y trajinados. Cada d&iacute;a al saludar, alargaba el &ldquo;hola&rdquo; como si estuviese sorprendido de que la otra persona anduviese por all&iacute;, lo que pod&iacute;a traducirse como un gesto de afecto. Cuando estaba en vena, despu&eacute;s de unos segundos para encender un cigarrillo y mirar alrededor, largaba la charla: &iquest;vio lo que pas&oacute; con Fulano? &iquest;y lo que dijo Mengano?
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s o menos as&iacute; comenzaba unos mon&oacute;logos sobre la actualidad en los que se iba retroalimentando de broncas, abr&iacute;a los brazos, sacud&iacute;a la cabeza negando que la gente (pol&iacute;ticos, periodistas, abogados &amp; afines) pudiera hacer o decir semejantes barbaridades, burradas o cosas peores. Gesticulaba como un actor de pel&iacute;cula italiana, y pod&iacute;a terminar despotricando con resonancias desde metaf&iacute;sicas hasta sexuales, antecedente de lo que Roberto Fontanarrosa definir&iacute;a en el Congreso de la Lengua de 2004 como &ldquo;funci&oacute;n terap&eacute;utica de las malas palabras&rdquo;, para las que solicit&oacute; formalmente una amnist&iacute;a: &ldquo;Las vamos a necesitar&rdquo;, dijo aquel sabio. Siempre me pareci&oacute; que para Strassera eran una terapia doble: contra cosas que lo fastidiaban, y contra cierta melancol&iacute;a. Cuando le bajaba esa espuma una de sus muletillas era decir, mirando el piso: <strong>Qu&eacute; se le va a hacer.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Con el tiempo supe que varios de sus amigos tem&iacute;an que en el propio juicio el temperamento y el diccionario le hirvieran como cuando estaba en confianza, pero eso no ocurri&oacute;. La pel&iacute;cula de Santiago Mitre le adjudica gestos un tanto procaces hacia los abogados como forma de sacarlos de quicio (algunos no necesitaban mucha ayuda), cosa que no alcanc&eacute; a ver pero que no puede descartarse seg&uacute;n cierto anecdotario que me contaron sus entonces (a&uacute;n) j&oacute;venes colaboradores: algunas veces llamaba a personas conocidas haci&eacute;ndose pasar por un militar hasta que le preguntaban qui&eacute;n era y contestaba cosas como &ldquo;el capit&aacute;n Poronga&rdquo;, antes de colgar, cual versi&oacute;n jur&iacute;dica del doctor Tangalanga. Alguna vez se agenci&oacute; un rev&oacute;lver de juguete, de cebita, con el cual recibi&oacute; en su despacho, apunt&oacute; y le dispar&oacute; a un periodista que andaba por all&iacute;.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por esas cosas, as&iacute; como al fiscal adjunto Luis Moreno Ocampo lo llamaban secretamente &ldquo;Oso&rdquo; por su aspecto, el elenco joven de la Fiscal&iacute;a bautiz&oacute; a Strassera &ndash;seg&uacute;n la jurisprudencia quinielera&ndash; &ldquo;22&rdquo;&nbsp; o directamente &ldquo;Loco&rdquo;. Por supuesto que no se lo dec&iacute;an en la cara, pero el propio fiscal relat&oacute; su encuentro con Ra&uacute;l Alfons&iacute;n en el cual el entonces presidente le recomend&oacute;, frente a todo lo que implicaba el juicio: &ldquo;No se vuelva loco, doctor&rdquo;. A lo que &eacute;l contest&oacute;: <strong>&ldquo;Demasiado tarde, se&ntilde;or presidente&rdquo;.</strong>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La contracara del histrionismo le afloraba al hablar del juicio. Lo hac&iacute;a con una pasi&oacute;n fr&iacute;a, enorme conocimiento y buscaba la exactitud en cada argumento como prepar&aacute;ndose para la Sala de Audiencias. No exist&iacute;an los juicios orales en el pa&iacute;s, pero Strassera desde el primer d&iacute;a se mostr&oacute; en la Causa 13 due&ntilde;o de una asombrosa soltura y claridad y de una aplastante potencia de ideas. El alegato que hoy sigue impactando a trav&eacute;s del cine fue una muestra.
    </p><p class="article-text">
        En el d&iacute;a a d&iacute;a era frecuente verlo oscilar en el doble juego de atender a la otra persona, escucharla y a la vez estar con la cabeza en otra parte: no le faltaban situaciones a las que volaban sus pensamientos. Pero apenas volv&iacute;a de esas escapadas mentales le gustaba conversar, preguntar y compartir. Con el grupo de la Fiscal&iacute;a eso significaba terminar las jornadas de trabajo yendo a alguna pizzer&iacute;a de la zona de Tribunales a comentar todo lo que estaban viviendo. Strassera estaba construyendo as&iacute; confianza, grupo de trabajo, tal vez compa&ntilde;&iacute;a y por eso compa&ntilde;erismo con chiquilines 20 o 30 a&ntilde;os menores.
    </p><p class="article-text">
        En el af&aacute;n de conversar, una vez llam&oacute; a mi casa en esas eras geol&oacute;gica de tel&eacute;fonos fijos regenteados por Entel. Hab&iacute;a pasado la medianoche, yo estaba de viaje. Claudia Acu&ntilde;a (periodista, que ya ejerc&iacute;a la curiosa actitud de soportarme) lo atendi&oacute; y estuvieron charlando durante un par de horas sobre art&iacute;culos period&iacute;sticos que consideraba injustos, maniobras pol&iacute;ticas insondables, conspiraciones reales y cuestiones que &eacute;l parec&iacute;a navegar, como nos pasa a tantos, entre algunas certezas y demasiadas incertidumbres.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ten&iacute;a la mirada siempre inquieta y los dedos de la mano derecha color nicotina en esos tiempos de tabaco a mansalva. En la Sala de Audiencias estaba prohibido fumar, salvo para los fiscales, los jueces y los acusados que presenciaron el alegato sin mirar a Strassera. Videla vest&iacute;a traje gris con el libro <em>Las siete palabras de Cristo</em>, de Charles Journet. El lente de un reportero gr&aacute;fico nos permiti&oacute; detectar que le&iacute;a los cap&iacute;tulos &ldquo;En el Para&iacute;so&rdquo; y &ldquo;Reflexiones del Apocalipsis&rdquo;. En los pasillos Strassera dijo despu&eacute;s, como espantando con la mano un mal augurio: &ldquo;Que lea lo que quiera&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En una de esas jornadas, al entrar los militares, Videla pas&oacute; junto a Strassera que estaba de espaldas y le dio un empuj&oacute;n con el hombro, como corri&eacute;ndolo del paso. Strassera no entr&oacute; en la provocaci&oacute;n, ni mencion&oacute; nada p&uacute;blicamente al respecto. Unos d&iacute;as despu&eacute;s, tras la intervenci&oacute;n de la defensa de Massera (que luego dir&iacute;a &ldquo;mis jueces disponen de la cr&oacute;nica, pero yo dispongo de la historia, y es all&iacute; donde se escuchar&aacute; el veredicto final&rdquo;), el fiscal sali&oacute; apurado: &ldquo;La audiencia termin&oacute; puntualmente as&iacute; que llego justo, me est&aacute; esperando mi se&ntilde;ora para ver una &oacute;pera muy adecuada para estos tiempos&rdquo;. Cruzando Plaza Lavalle, en el Teatro Col&oacute;n, se presentaba una obra de su amado Richard Wagner: <em>El ocaso de los dioses.</em>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Las amenazas fueron un tema recurrente desde comienzos del juicio.</strong> Buscaban crear un clima de miedo dirigido principalmente a las personas que iban a testimoniar, y a quienes trabajaban en la Fiscal&iacute;a. Strassera simulaba no prestarles atenci&oacute;n. &ldquo;Tenemos demasiado trabajo como para estar pensando en eso&rdquo;. Una vez, sin embargo, lo plante&oacute; p&uacute;blicamente durante la audiencia: &ldquo;Los vencedores de la guerra contra la subversi&oacute;n llamaron para proferir amenazas contra la Fiscal&iacute;a&rdquo; dijo ante los jueces.
    </p><p class="article-text">
        La llamada hab&iacute;a sido atendida por una de sus colaboradoras. &ldquo;D&iacute;gale a Strassera que en el plazo de 48 horas va a ser ejecutado&rdquo; dijo un hombre que intentaba distorsionar su voz. Mec&aacute;nicamente, entre el miedo y la inocencia, ella pregunt&oacute;: &ldquo;&iquest;De parte de qui&eacute;n?&rdquo;. Respuesta: &ldquo;Del comando tricolor&rdquo;. A partir de entonces resolvieron responder a esos llamados informando que&nbsp; las amenazas se recib&iacute;an solo de 8 a 9. El fiscal intensificaba su terapia de las malas palabras. La polic&iacute;a les hab&iacute;a dicho a los jueces que no cre&iacute;an que pasara nada, pero que era prudente no subirse al auto con &eacute;l.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para Strassera lo peor fue cuando una mujer increp&oacute; a su hija Carolina (16 a&ntilde;os) que hab&iacute;a ido a Sanidad Escolar a buscar un certificado de salud. La mujer oy&oacute; el apellido de la ni&ntilde;a, la esper&oacute; a la salida, la insult&oacute; y le dijo que a su padre tendr&iacute;an que matarlo. <strong>&ldquo;Esa es la mentalidad cobarde que sustenta las atrocidades que ocurrieron en el pa&iacute;s&rdquo; me dijo &eacute;l d&iacute;as despu&eacute;s.</strong>
    </p><p class="article-text">
        El 18 de septiembre de 1985 fue el cierre y explosi&oacute;n de la presi&oacute;n de seis jornadas de alegatos y cinco meses de testimonios para los que no alcanzan los adjetivos, en lo que el fiscal defini&oacute; como &ldquo;el mayor genocidio de la joven historia de nuestro pa&iacute;s&rdquo;. Meses palabras que mucha gente no hab&iacute;a querido creer: secuestro, picana, desaparici&oacute;n, fusilamiento, robo, fosas comunes, clandestinidad, vuelos de la muerte, robo de beb&eacute;s. Los cinco canales de televisi&oacute;n que hab&iacute;a entonces solo pod&iacute;an transmitir im&aacute;genes. Lo que ocurr&iacute;a en las audiencias se conoc&iacute;a principalmente por las cr&oacute;nicas de los diarios y de las radios.
    </p><p class="article-text">
        Ese mediod&iacute;a, antes del cierre del alegato, Moreno Ocampo estaba en el despacho ajustando su intervenci&oacute;n. Strassera hab&iacute;a hecho correcciones y agregados durante la ma&ntilde;ana. Una de sus colaboradoras, Judith K&ouml;nig (21 a&ntilde;os) las pasaba en limpio, incluyendo la frase final. Moreno Ocampo mand&oacute; pedir un s&aacute;ndwich de jam&oacute;n, tomate y huevo, aderezado con humor negro: &ldquo;&iquest;Y si est&aacute; envenenado?&rdquo;. Strassera lleg&oacute; de su almuerzo con una teor&iacute;a: &ldquo;Mi popularidad decrece, reci&eacute;n una se&ntilde;ora me dijo algo feo, pero no voy a pedir condena contra ella&rdquo;. Le propin&oacute; una frase del Quijote a Moreno Ocampo, que segu&iacute;a escribiendo: &ldquo;A quien has de castigar con obras, no maltrates con palabras&rdquo;. Llegaron su esposa Marisa Tobar y su hijo Juli&aacute;n, y a las tres de la tarde todos se dirigieron a la Sala de Audiencias.
    </p><p class="article-text">
        El trueno que estall&oacute; con forma de ovaci&oacute;n cuando Strassera dijo &ldquo;nunca m&aacute;s&rdquo;, dej&oacute; a ambos fiscales clavados en sus asientos, mirando y escuchando ese momento que incluy&oacute; el cruce de insultos entre algunas personas en las gradas y Viola. Videla, de pie, miraba est&aacute;tico, provocativo, al p&uacute;blico que ovacionaba. La sala se desaloj&oacute; pac&iacute;ficamente.
    </p><p class="article-text">
        En el hall llegaron los abrazos y las l&aacute;grimas. El fiscal dijo, pa&ntilde;uelo en mano: &ldquo;Me estoy poniendo viejo&rdquo;. All&iacute; estaba tambi&eacute;n empapada mi supuesta objetividad period&iacute;stica tras haber aprendido en esos d&iacute;as mucho sobre la subjetividad en este oficio, y en esta vida. Quienes se emocionan con la excelente pel&iacute;cula de Santiago Mitre sabr&aacute;n entender c&oacute;mo impact&oacute; eso en quienes pudimos presenciar todo a cuatro metros de distancia. La potencia de lo ocurrido en 1985, sus alcances pr&aacute;cticos, pol&iacute;ticos, &eacute;ticos, vitales, es la que Mitre nos pone delante de las narices y en colores para discutir en tiempo presente; intuyo que es una de las causas del modo en que ha sido recibida.
    </p><p class="article-text">
        Unos minutos m&aacute;s tarde la Fiscal&iacute;a fue sede de un primer festejo privado del cumplea&ntilde;os n&uacute;mero 52 de su titular, con s&aacute;ndwiches y champ&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Al d&iacute;a siguiente volv&iacute; a Tribunales y all&iacute; andaba Strassera solo, de saco azul y pantalones grises, las manos en los bolsillos, un cigarrillo asomando sin fuerza bajo el bigote, la mirada barriendo el piso. Alarg&oacute; el &ldquo;hola&rdquo; y me cont&oacute;: &ldquo;No ten&iacute;a que venir, pero despu&eacute;s de todo lo que ha pasado esto es como un im&aacute;n. Qu&eacute; se le va a hacer&rdquo;. Anduvimos por el hall, me mostr&oacute; luego en su escritorio un libro que le hab&iacute;an regalado sobre otros laberintos: <em>El nombre de la rosa</em>, de Umberto Eco. &ldquo;Lo que m&aacute;s me preocupa ahora son los chicos. La mayor&iacute;a de la gente que ha colaborado con nosotros no es de la Fiscal&iacute;a, y no s&eacute; qu&eacute; van a hacer&rdquo;. Me cont&oacute; que la noche anterior todo el equipo hab&iacute;a ido a su casa a continuar el festejo: &ldquo;Se quedaron hasta las 4 de la ma&ntilde;ana. Fue muy lindo&rdquo;. Levant&oacute; los hombros con media sonrisa: &ldquo;Qu&eacute; se le va a hacer&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Es una frase llamativa. Quienes la pronuncian lo hacen con un tono de resignaci&oacute;n, o como una pregunta que insin&uacute;a que en realidad no hay nada que hacer. Para &eacute;l era una muletilla que desobedeci&oacute; en ese 1985: demostr&oacute; mucho de lo que s&iacute; se pod&iacute;a hacer con respecto a algo que parec&iacute;a imposible y que fue in&eacute;dito en el mundo.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s, fue cr&iacute;tico de la sentencia por las absoluciones y penas bajas (salvo Videla y Massera, condenados a perpetua y quiz&aacute; Viola, a 17 a&ntilde;os). Escuch&oacute; el fallo le&iacute;do por Carlos Arslani&aacute;n sin dejar de fumar, inclin&aacute;ndose poco a poco sobre su escritorio cuando empez&oacute; a escuchar las absoluciones. Adriana Calvo y Hebe de Bonafini se pararon y se fueron de la sala. Adriana dijo con una sonrisa nerviosa. &ldquo;Es una verg&uuml;enza&rdquo;. Lo que Strassera rescat&oacute; luego fue el Punto 30 del fallo que ordenaba seguir investigando a los autores materiales de los cr&iacute;menes. A&ntilde;os despu&eacute;s no estuvo de acuerdo con las leyes de Obediencia Debida y Punto final, y mucho menos con los indultos menemistas que lo llevaron a renunciar del cargo diplom&aacute;tico en Ginebra que le hab&iacute;a asignado el gobierno radical. Abri&oacute; un estudio de abogados en la calle Callao con algunos de sus ex colaboradores.
    </p><p class="article-text">
        Voy hasta all&iacute; con los recuerdos, casi como la pel&iacute;cula. Nos cruzamos algunas veces pero cada uno sigui&oacute; con su vida. No habl&eacute; con &eacute;l en momentos en que cay&oacute; o se meti&oacute; en la grieta haci&eacute;ndole aflorar un tipo de actitud que hubiera querido no ver ni escucharle.&nbsp; <strong>Elijo recordar que lo impensable puede ocurrir.</strong> Que personas que ecualizan coraz&oacute;n y cerebro pueden generar hechos inesperados. Y justos. Que las voces que nunca hab&iacute;an sido escuchadas y s&iacute; perseguidas, reprimidas, censuradas, invisibilizadas, clasificadas como &ldquo;locas&rdquo; en plena dictadura, eran las &uacute;nicas que hab&iacute;an tenido raz&oacute;n desde siempre. Que esa fuerza social, sumada al Nunca M&aacute;s y al propio juicio, gener&oacute; tambi&eacute;n todo lo posterior que llev&oacute; a que en el pa&iacute;s haya 1.088 genocidas condenados por delitos de lesa humanidad en 286 causas, 14 juicios orales en desarrollo,63 casos elevados a juicio y 274 en etapa de instrucci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>No s&eacute; si Strassera fue un h&eacute;roe, pero al menos en 1985 hizo lo suyo para ganarse ese protagonismo que no us&oacute; para hacer carrera, fama, ni panelismo televisivo.</strong> Algunos colegas lo han descripto como un santo, posible efecto de los consumos problem&aacute;ticos tambi&eacute;n en este oficio.
    </p><p class="article-text">
        Los h&eacute;roes &ndash;creo que Julio estar&iacute;a de acuerdo&ndash; fueron los testigos, los familiares, las madres y abuelas, padres (como Emilio Mignone entre otros), la gente que desde siempre denunci&oacute; en soledad, march&oacute; en soledad, y hasta desapareci&oacute; en soledad. Personas que nunca se resignaron. Eso me despert&oacute; desde entonces una pregunta: &iquest;Cu&aacute;les son las violaciones a los derechos humanos actuales? La violencia estatal, sus v&iacute;ctimas, las desapariciones y tormentos, los femicidios que en muchos casos son tambi&eacute;n responsabilidad del Estado, los cr&iacute;menes ambientales, los sistemas de control social. Las nuevas tecnolog&iacute;as de la miseria planificada, en t&eacute;rminos de Rodolfo Walsh. Las l&oacute;gicas que aniquilan, empobrecen, contaminan, someten, violan y amenazan demasiadas formas de vida. Otras personas locas &ndash;ignoradas o silenciadas met&oacute;dicamente&ndash; son las que hoy reflejan la cordura, las que simbolizan lo que antes simboliz&oacute; el juicio: nada m&aacute;s que la verdad. &iquest;Sabemos escucharlas? &iquest;Vemos qui&eacute;nes son? &iquest;Percibimos d&oacute;nde est&aacute; hoy germinando la resistencia y la potencia social que no se resigna a la muerte?
    </p><p class="article-text">
        Me quedo con esas preguntas y con la imagen de aquel hombre que sin propon&eacute;rselo qued&oacute; ubicado en un lugar crucial y logr&oacute; la haza&ntilde;a de hacer lo que correspond&iacute;a. Nada menos: escuchar, pensar, sentir y actuar rebel&aacute;ndose contra la resignaci&oacute;n del &ldquo;qu&eacute; se le va a hacer&rdquo; que a veces murmuraba con las manos en los bolsillos, la mirada barriendo el piso y el cigarrillo humeando bajo el mostacho. 
    </p><p class="article-text">
        <em>SG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sergio Ciancaglini]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/politica/strassera-retrato-intimo-antiheroe_129_9626951.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 16 Oct 2022 03:03:25 +0000]]></pubDate>
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