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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Betina González]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/betina-gonzalez/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Betina González]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La crítica y el apocalipsis de la sensibilidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/critica-apocalipsis-sensibilidad_1_9759451.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e6013502-d0db-41ce-9cd7-611a0ed7f96e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La crítica y el apocalipsis de la sensibilidad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle"> Papers, reseñas, artículos, tesis, entrevistas, opiniones y redes son formas contemporáneas de un mismo y viejo estruendo. No tienen que ver con la creación ni con la crítica, porque no se relacionan con la lectura, dice Betina González en este ensayo, donde recorre las tensiones entre leer, escribir y lo políticamente correcto. 
</p><p class="subtitle">¿Te gustó esta nota? -  Esta columna fue escrita para la revista que elDiarioAR envía a sus socias y socios como una manera de agradecer el apoyo a una manera de hacer periodismo sin condicionamientos. Si querés recibir la próxima revista, te podés asociar en este link.</p></div><p class="article-text">
        Es el a&ntilde;o 1961 y <strong>Joan Didion</strong> est&aacute; muy enojada. La imagino sentada frente a su escritorio, fumando y tecleando. Tiene veintisiete a&ntilde;os. Escribe para <em>Vogue</em> y otras revistas. En este caso, tiene la tarea de rese&ntilde;ar para <em>The National Review</em> una novela de un autor que todos reverencian: J. D. Salinger. Escribe Didion:
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;&ldquo;Hay cierto encanto arrullador en que te digan que est&aacute;s en lo correcto, sobre todo si es en la prosa deslumbrante de Salinger, que te digan que tu sensibilidad a flor de piel, tu resaca de ciudad, tu propia ridiculez no es en realidad ridiculez sino una especie de noche oscura del alma; hay algo muy atractivo en que te digan que la paz o la iluminaci&oacute;n se pueden alcanzar gracias a algo tan f&aacute;cil como la tolerancia hacia los escritores de televisi&oacute;n o los profesores universitarios, que se puede alcanzar la calma que trae el entendimiento con solo buscar a Cristo en la mirada del chico con el que fuiste a ver un partido de f&uacute;tbol.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Por m&aacute;s brillante que sea (y lo es), por m&aacute;s que su ritmo y sus di&aacute;logos sean conmovedoramente perfectos (y lo son), al final Franny y Zooey termina siendo falsa y lo que lo hace tan falsa es la tendencia de Salinger a adular esa trivialidad esencial que anida en cada uno de sus lectores, su predilecci&oacute;n por dar instrucciones para la vida. Lo que otorga al libro su atractivo m&aacute;s potente es justamente que se trata de un libro de auto ayuda: termina siendo una especie de Pensamiento Positivo para la clase media alta, del mismo tipo que Duplique su energ&iacute;a o Viva sin Fatigarse pero para gente privilegiada&ldquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Desde que la le&iacute; por primera vez, la cr&iacute;tica de Didion me sorprendi&oacute; por su mordacidad. Tambi&eacute;n por el argumento al que recurre. No discute la belleza de la obra de Salinger &mdash;de hecho la concede&mdash; . Descarta la novela por el mundo que pinta y al que se dirige: j&oacute;venes ricos, hipersensibles y hermosos. Ni&ntilde;os ricos que tienen tristeza.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Toda cr&iacute;tica, la m&aacute;s baja y la m&aacute;s alta, dec&iacute;a Oscar Wilde, es una forma de autobiograf&iacute;a. Tambi&eacute;n fue &eacute;l quien nos dej&oacute; las m&aacute;ximas m&aacute;s inteligentes sobre el cr&iacute;tico como artista. Wilde abogaba por un respeto a la superficie &mdash;que no es otra cosa que un respeto por el secreto de la obra&mdash;. Despreciaba a los que buscaban explicaciones fuera o dentro del texto, a quienes ejerc&iacute;an una especie de hermen&eacute;utica de sus autores favoritos, como si fueran divinidades a las que intentaban, sin &eacute;xito, explicar.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Claro que esos p&aacute;rrafos hablan m&aacute;s de Didion que del autor de <em>Franny y Zooey</em>. Reflejan a la joven de la costa oeste reci&eacute;n mudada a Nueva York, desconcertada frente a cierta juventud privilegiada que esa novela reverencia. Pero la rese&ntilde;a tambi&eacute;n es una toma de posici&oacute;n acerca de lo que hay que leer y de lo que hay que escribir, es decir, es una teor&iacute;a de la ficci&oacute;n. Didion est&aacute; pensando en una literatura pol&iacute;tica, emocionante; una que apele a toda la humanidad, o que, por lo menos no se ocupe solo de &ldquo;los problemas de la gente blanca&rdquo;. Lo que escribe no es solo una cr&iacute;tica de la novela de Salinger, es un peque&ntilde;o manifiesto que pronto dar&aacute; sus frutos. Es m&aacute;s, una podr&iacute;a pensar &mdash;y estoy segura de que Didion acordar&iacute;a&mdash; que sin Salinger ella no hubiera escrito sus mejores libros, textos que en muchos sentidos cambiaron un modo de hacer narrativa. El estilo, se sabe, empieza en la mirada. O lo que ser&iacute;a mi &uacute;nica tesis firme en estas notas: todo acto creativo es un acto cr&iacute;tico (algo que no necesariamente se comprueba a la inversa, aunque deber&iacute;a).
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Oscar Wilde                            </span>
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        Wilde cre&iacute;a, sin embargo, en la necesidad de la cr&iacute;tica, siempre y cuando fuera lo m&aacute;s parecido a la labor de traducci&oacute;n. Para &eacute;l, el verdadero cr&iacute;tico es quien puede &ldquo;traducir de un modo distinto o con un nuevo procedimiento&rdquo; su impresi&oacute;n ante la belleza de una obra. Quiero pensar en esa idea de traducci&oacute;n como la pensar&iacute;a hoy Anne Carson: una tarea que se parece a hacer silencio.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Entonces, ahora, otra vez: silencio, exilio, astucia.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hubo una &eacute;poca en la que yo tambi&eacute;n cre&iacute; en &ldquo;la cr&iacute;tica&rdquo;. Quiz&aacute;s a causa de mi formaci&oacute;n norteamericana. Pensaba que rese&ntilde;as como la de Didion eran necesarias para la literatura, que abr&iacute;an el di&aacute;logo entre autores y lectores. Despu&eacute;s de todo, algunas cr&iacute;ticas de mis libros me hab&iacute;an servido. Recuerdo en especial una sobre <em>Arte menor</em> que sali&oacute; en <em>La Gaceta de Tucum&aacute;n</em>. Era una lectura honesta de la novela, de la que se&ntilde;alaba un defecto en particular con el que yo coincid&iacute; ni bien la le&iacute;. As&iacute; que en 2013, cuando volv&iacute; de Estados Unidos a Argentina sin nada, excepto dos t&iacute;tulos de posgrado y un optimismo criminal, no vi ning&uacute;n problema en ejercer ese &ldquo;oficio&rdquo; (tambi&eacute;n necesitaba la plata, pero eso no es excusa). Result&oacute; una muy mala decisi&oacute;n. Escrib&iacute; los peores textos de mi vida. Me enoj&eacute; con autores, editores, periodistas, lectores. Sobre todo, conmigo misma. Sum&eacute; estruendo a un mundo que hac&iacute;a rato se ven&iacute;a desmoronando.
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            <span class="title">
                Joan Didion                            </span>
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        La idea de Wilde apunta a una confusi&oacute;n que lleva m&aacute;s de cien a&ntilde;os: la cr&iacute;tica no son las rese&ntilde;as de diarios, ni lo que produce la academia; tampoco lo que hace el periodismo cultural. Todas esas actividades carecen de la experiencia aut&eacute;ntica de la comprensi&oacute;n, de lo que George Steiner llamaba &ldquo;responsabilidad que responde&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Entre Wilde y Steiner, un siglo, el &uacute;ltimo de la literatura.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Wilde: &ldquo;Antes los libros eran escritos por la gente de letras y le&iacute;dos por el p&uacute;blico; hoy son escritos por el p&uacute;blico y le&iacute;dos por nadie&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;&iquest;Si ya no existe la literatura, c&oacute;mo va a existir la cr&iacute;tica?
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Steiner: una sociedad de lo secundario, una sociedad que privilegia lo parasitario y no la presencia primaria de las obras, termina aplastada por el peso de su propia intrascendencia.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;&ldquo;Vivir es una invenci&oacute;n arrancada al terror&rdquo;, dice la fil&oacute;sofa Anne Dufourmantelle. &iquest;Vamos a resignar la literatura en ese combate?
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Quiz&aacute;s Wilde fue uno de los &uacute;ltimos en ejercer la cr&iacute;tica como creaci&oacute;n de un modo tan expl&iacute;cito. Entre nosotros, el ejemplo de Jorge Luis Borges sigue siendo fulgurante.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;En 2013 yo ya hab&iacute;a le&iacute;do <em>Presencias reales</em>, el bello libro de Steiner que argumenta en contra de toda labor parasitaria en torno al arte. &iquest;Lo hab&iacute;a olvidado? Claro que no. No me hab&iacute;a dado cuenta de que la cr&iacute;tica como &ldquo;responsabilidad que responde&rdquo; estaba oculta en otros lugares, no en el periodismo cultural.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Armas para la vida: el amor y la creaci&oacute;n. En ambas, la imaginaci&oacute;n reina. La enso&ntilde;aci&oacute;n, el secreto, la palabra, tambi&eacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Por supuesto, en nuestra sociedad igual se publica much&iacute;simo. Estamos ante una verdadera inflaci&oacute;n de la industria editorial, que no ve ning&uacute;n contrasentido en destruir libros &ldquo;poco exitosos&rdquo; para sacar la novedad del momento del &uacute;ltimo verano que nadie recordar&aacute;. Del otro lado, tambi&eacute;n algunas &ldquo;editoriales independientes&rdquo; publican libros olvidables, a veces meros ejercicios de vanidad. Poco de lo que vemos en las librer&iacute;as es literatura. Pero: a no alarmarse, no es un fen&oacute;meno nuevo. Leamos otra vez a Wilde (siento citarlo tanto pero es que Wilde escribi&oacute; <em>El cr&iacute;tico como artista</em> hoy y lo public&oacute; hace 120 a&ntilde;os, o eso parece).&nbsp; &ldquo;Una &eacute;poca sin cr&iacute;tica es una &eacute;poca en la que el arte no existe, o bien permanece inm&oacute;vil y se limita a la reproducci&oacute;n de tipos consagrados&rdquo;. A esto nos ha llevado la correcci&oacute;n pol&iacute;tica, el mercado, la cultura de la cancelaci&oacute;n, una serie de fen&oacute;menos que son parte del estruendo. Se trata, no lo dudemos, de un apocalipsis de la sensibilidad.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;En una sociedad donde nadie arriesga la palabra, ella deja de albergarnos.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Harto de la conspiraci&oacute;n del estruendo, Salinger public&oacute; su &uacute;ltima historia en 1965. Despu&eacute;s, se recluy&oacute; en su casa de New Hampshire y se dedic&oacute; a escribir durante diez horas por d&iacute;a todos los d&iacute;as de su vida, hasta su muerte, ocurrida en 2010. Su hija recuerda una especie de b&oacute;veda llena de manuscritos cuidadosamente clasificados seg&uacute;n colores que indicaban cu&aacute;les eran para publicar y cu&aacute;les no. En 1974, en la &uacute;ltima entrevista que concedi&oacute; &mdash;apenas una charla telef&oacute;nica&mdash; Salinger dijo: &ldquo;Hay una calma maravillosa en no publicar. Me llena de paz. Editar un libro es una invasi&oacute;n insoportable de mi vida privada&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Escondida en la obra de Wilde hay tambi&eacute;n una teor&iacute;a del secreto que a veces pasa desapercibida. Un secreto, dir&iacute;a Anne Dufourmantelle, jam&aacute;s puede ser revelado. Al igual que la dulzura y la libertad, solo puede ser entregado, nunca jam&aacute;s puede ser extra&iacute;do o forzado. La verdadera cr&iacute;tica &mdash;esa responsabilidad que responde&mdash;consiste en respetar el secreto en la obra.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Nadie podr&iacute;a hoy ejecutar con estilo el retiro salingeriano, transformado en una pose m&aacute;s por sus millones de imitadores, comentaristas, ex&eacute;getas, detractores. (Por favor, no me hablen de Elena Ferrante y otros fen&oacute;menos mercantiles contempor&aacute;neos). Pero hay otras formas del exilio y la astucia. Solo Sse trata de encontrar nuevos disfraces para cada conspiraci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Susan Sontag escribi&oacute; p&aacute;ginas memorables en contra de la interpretaci&oacute;n. Ya advert&iacute;a c&oacute;mo los cr&iacute;ticos se limitaban a hacer encajar a las obras en moldes predeterminados de pensamiento. Una cr&iacute;tica que analizaba desentra&ntilde;aba meros temas o contenidos. Hoy esa mirada es todav&iacute;a m&aacute;s miserable, y parece la &uacute;nica capaz de ordenar el estruendo editorial: se clasifican libros seg&uacute;n su relaci&oacute;n con los temas &ldquo;de actualidad&rdquo;, se escribe sobre eso, se eval&uacute;a la habilidad para dar con el <em>hashtag</em> de moda, para generar &ldquo;tendencia&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;La obra no es un enigma a revelar, ni un misterio tan sagrado que no acaba de entenderse. Es apenas un secreto en el que anida lo desconocido, aquello que esa ficci&oacute;n en particular tiene la gracia de se&ntilde;alar.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;La literatura se ocupa del presente, jam&aacute;s de &ldquo;la actualidad&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;El sentido no tiene que ver con lo que puede interpretarse sino con lo que no. Tambi&eacute;n a la autora le ha ocurrido hallar lo desconocido &mdash;o mejor a&uacute;n, lo incognoscible&mdash;, anidando, de pronto, en su texto. No es que ella haya escondido o guardado un secreto personal o un saber que alguien deber&iacute;a, entonces, desentra&ntilde;ar. Lo que ocurre es que la obra por ser tal ha entrado en comuni&oacute;n con Algo M&aacute;s. Ese Algo M&aacute;s es la tarea que comparten autora y lectora. Es la responsabilidad que responde.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Si la cr&iacute;tica no es c&oacute;mplice del secreto, no es cr&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;<em>Papers</em>, rese&ntilde;as, art&iacute;culos, tesis, tesinas, entrevistas, comentarios, opiniones, seguidores en redes: formas contempor&aacute;neas de un mismo y viejo estruendo. Nada de eso tiene que ver con la creaci&oacute;n ni con la cr&iacute;tica. Porque nada de eso tiene que ver, sobre todo, con la lectura. Con poner el coraz&oacute;n. Hacer lo que toca. Abrirse a la l a obra y su contacto con Algo M&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;No se trata de hablar del secreto sino de <em>hablarle al secreto</em>.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;La cr&iacute;tica es un tipo especial de lectura en la que una ola o un esc&aacute;ndalo de la inteligencia y la emoci&oacute;n mueve al hacer.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;La literatura si no es forma, no es nada.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Respetar el secreto es hacer algo nuevo que lo vuelve a decir sin revelarlo. Resistir. Hacer silencio frente a lo que no puede ser dicho dos veces, encontrar otra manera de presentarlo, no de interpretarlo. No transformar el secreto en enigma. (los enigmas siempre se resuelven). La cr&iacute;tica, igual que la buena ficci&oacute;n, solo puede se&ntilde;alarlo el secreto. B, bordearlo, aludirlo, cercarlo. Es un mont&oacute;n, es m&aacute;s que suficiente.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Lugares en los que existe hoy la cr&iacute;tica como &ldquo;responsabilidad que responde&rdquo;: en los cuartos de los adolescentes que todav&iacute;a cuelgan p&oacute;sters de poetas, m&uacute;sicos, dibujos, esloganes, frases, posiciones, depresiones. En los diarios &iacute;ntimos que no se publican. En los ensayos apasionados y conmovedores sobre los libros que nos cambiaron la vida. En las historias de Instagram de alguien que ley&oacute; por primera vez a C&eacute;sar Vallejo. En proyectos como Libros Drama, que distribuye frases de Joyce y Artaud en performances subterr&aacute;neas y silenciosas y secretas. En los clubes de lectura donde <em>Ant&iacute;gona</em> no es una obra de S&oacute;focles, sino mil versiones de un dolor que no cesa. En las aulas de la Facultad de Ciencias Sociales (al menos en las m&iacute;as) donde los alumnos lloran o se r&iacute;en a carcajadas al leer un cuento; se enojan, argumentan, discuten, abandonan sus celulares, buscan un l&aacute;piz o una birome y escriben apretando la punta contra el papel hasta traspasarlo. Y hay m&aacute;s. A pesar de la monstruosa y eficiente industria del estruendo, siempre habr&aacute;, por suerte, mucho, much&iacute;simo m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        <em>BG/SB</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Betina González]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/critica-apocalipsis-sensibilidad_1_9759451.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 10 Dec 2022 03:05:14 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La crítica y el apocalipsis de la sensibilidad]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,críticas,Literatura,Joan Didion,Oscar Wilde]]></media:keywords>
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