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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Marcelo Sain]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/marcelo-sain/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Marcelo Sain]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Rosario caliente]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/ciudad-pobres-corazones_129_10020613.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bf64692c-1087-4c4c-82d5-bd115528ae88_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Rosario caliente"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El autor, ex ministro de Seguridad de Santa Fe, analiza las singularidades del fenómeno del tráfico de drogas en Rosario y su correlato de criminalidad y violencia letal. Un anticipo de su libro “Ciudad de pobres corazones”,  de Prohistoria ediciones.</p><p class="subtitle">Rosario y la Argentina: la propagación de las “zonas marrones”
</p></div><p class="article-text">
        A partir de 2010, al comp&aacute;s de la expansi&oacute;n significativa del mercado de drogas local, el narcotr&aacute;fico en Rosario adquiri&oacute; ribetes y tendencias espec&iacute;ficas. Si se lo contrasta con la mayor&iacute;a de las grandes urbes argentinas en las que se produjo un significativo crecimiento y transformaci&oacute;n de este fen&oacute;meno criminal, la experiencia rosarina ha constituido una <em>anomal&iacute;a fenom&eacute;nica</em> cuya rareza estuvo dada por dos aspectos estructurantes del emprendimiento delictivo. Por un lado, la <em>reformulaci&oacute;n de la relaci&oacute;n del narcotr&aacute;fico con el Estado</em> y, en su marco, el <em>quiebre de la regulaci&oacute;n ilegal de la polic&iacute;a</em> y la <em>visibilizaci&oacute;n del consentimiento judicial y pol&iacute;tico a esa &ldquo;gobernabilidad&rdquo; del crimen</em>. Por otro lado, a partir de aquello, llamativa <em>fragmentaci&oacute;n criminal</em> resultante de la<strong> multiplicaci&oacute;n de numerosos grupos y pandillas volcadas a copar una porci&oacute;n menor de ese mercado, </strong>sin destrezas de negociaci&oacute;n y sin vocaci&oacute;n para establecer pactos de convivencia y con una tendencia casi natural a imponerse y controlar sus emprendimientos mediante la violencia letal, la que se fue proyectando en el tiempo como una <em>pr&aacute;ctica fundamental</em> de reproducci&oacute;n del negocio y del control del territorio en el que el narcotr&aacute;fico se ha desenvuelto.
    </p><p class="article-text">
        Este proceso hist&oacute;rico estuvo tallado por la conformaci&oacute;n de dos grandes &ldquo;asociaciones&rdquo; criminales cuyas relaciones y conflictos marcaron la din&aacute;mica de la expansi&oacute;n y consolidaci&oacute;n del mercado de drogas rosarino: <em>Los Monos</em>, conformados en torno de la familia Cantero, y el <em>clan Alvarado</em>, liderado por Esteban Lindor Alvarado, heredero de Luis Medina en el palo del narco.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Estado y crimen</strong></h3><p class="article-text">
        En Rosario, <em><strong>el problema no es el crimen sino el Estado</strong></em><strong> </strong>o, mejor, la cam&aacute;ndula pol&iacute;tico-judicial que se apropi&oacute; de &eacute;l en funci&oacute;n de preservar un orden conservador, de ribetes feudales, con &aacute;reas clandestinas notables y connivente con los delitos de sangre, en particular, con el narcotr&aacute;fico... o con el dinero generado por este.
    </p><p class="article-text">
        Hace un tiempo, sostuve que en la Argentina &ldquo;el narcotr&aacute;fico est&aacute; estatizado o, dicho de otra manera, es regulado estatalmente&rdquo;, dado que no hab&iacute;a &ldquo;emprendimiento criminal abocado al narcotr&aacute;fico que no [tuviera] al menos alg&uacute;n grado de protecci&oacute;n o cobertura policial, o en el que la polic&iacute;a no [participara] como un actor central&rdquo;. Y se&ntilde;al&eacute; que <strong>la cobertura estatal no terminaba en la polic&iacute;a, sino que tambi&eacute;n contaba con la pol&iacute;tica,</strong> ya que aquel contubernio policial-criminal ten&iacute;a &ldquo;el consentimiento &ndash;directo o indirecto, activo o latente&ndash; de los diferentes gobiernos pol&iacute;ticos, de derecha o de izquierda, en la medida en que eso les asegure una gobernabilidad serena, calma y sin sobresaltos, que no cuestione de manera radical los intrincados sistemas de la seguridad&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En verdad, el abordaje estatal del narcotr&aacute;fico <em>nunca</em> apunt&oacute; a su conjuraci&oacute;n mediante estrategias de prevenci&oacute;n o persecuci&oacute;n eficientes, <strong>sino a su conversi&oacute;n en un </strong><em><strong>asunto pol&iacute;ticamente tolerable</strong></em><strong>,</strong> sin esc&aacute;ndalos, exento de problemas y libre de situaciones cr&iacute;ticas para los gobiernos y para los dirigentes. Y ello s&oacute;lo se pod&iacute;a garantizar si el emprendimiento narco-estatal se manten&iacute;a oculto, clandestino, soterrado para la sociedad, los medios de comunicaci&oacute;n y la justicia penal, lo que, por su parte, pod&iacute;a asegurarse de una sola manera: la <em>ausencia de violencias</em> que le pusieran luz al crimen &ldquo;ordenado&rdquo; estatalmente. En concreto, la regulaci&oacute;n estatal del narco <strong>era posible si &eacute;ste se desenvolv&iacute;a sin violencias sistem&aacute;ticas y sin hechos estridentes.</strong>
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">En la Argentina, no hay otros casos de gobierno criminal sobre la policía como en Rosario</p>
          </div>

  </blockquote><h3 class="article-text"><strong>La anomal&iacute;a rosarina</strong></h3><p class="article-text">
        Pero &ldquo;no todos los cisnes son blancos&rdquo;. Rosario no lo es. En materia criminal, Rosario es una <em>anomal&iacute;a</em> en varios aspectos. Primero, es el &uacute;nico caso en nuestro pa&iacute;s en el que las bandas criminales de mayor envergadura dominan y conducen sectores policiales que prestan sumisi&oacute;n a sus l&iacute;deres y operan para ellos. En la Argentina,<strong> no hay otros casos de </strong><em><strong>gobierno criminal</strong></em><strong> sobre la polic&iacute;a como en Rosario. </strong>Segundo, la violencia letal constituye una pr&aacute;ctica estructurante y legitimante de las actividades delictivas desplegadas por esas grandes bandas criminales. No hay otro caso en el que esa vor&aacute;gine de muerte no s&oacute;lo no puso en jaque a las organizaciones gatilleras sino, m&aacute;s bien, favoreci&oacute; su crecimiento y consolidaci&oacute;n. Tercero, nunca en nuestro pa&iacute;s una pandilla criminal atac&oacute; de forma persistente a balazos a funcionarios y sedes judiciales y, m&aacute;s all&aacute; de las condenas judiciales que derivaron de ello, sali&oacute; airosa, se diversific&oacute; y se reconvirti&oacute;. Cuarto, <strong>es el &uacute;nico caso en el que la pol&iacute;tica y los sucesivos gobiernos provinciales entraron en estado de shock ante el activismo criminal, </strong>sumi&eacute;ndose en una perturbaci&oacute;n irreflexiva y de atontamiento que condujo a la negaci&oacute;n del problema y a la inacci&oacute;n pol&iacute;tica e institucional. Quinto, no hay otro caso en el que el fastuoso dinero generado por los plebeyos criminales de las periferias es receptado y gerenciado con desparpajo por financistas, emprendedores, empresarios e inversores &ldquo;honestos&rdquo;, de renombre y pol&iacute;ticamente influyentes, sin ruborizarse. Y, finalmente, es el &uacute;nico caso en el que<strong> la soledad social y el abandono pol&iacute;tico e institucional rodean a los pocos y &ldquo;rar&iacute;simos&rdquo; fiscales, jueces, funcionarios y polic&iacute;as que enfrentan a las grandes bandas criminales,</strong> en medio de una sociedad sumisa y temblorosa que consiente lo malo haci&eacute;ndose la distra&iacute;da con prestancia.
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, &iquest;por qu&eacute; en Rosario el entramado narco se produce y reproduce de forma extraordinaria a trav&eacute;s de la violencia letal, que es favorecida por un <em>Estado c&oacute;mplice</em>?
    </p><p class="article-text">
        La violencia narco rosarina est&aacute; determinada por dos fen&oacute;menos concomitantes. Por un lado, el <em>quiebre</em> -y, por ende, ausencia- <em>de la regulaci&oacute;n ilegal del emprendimiento narco local por parte de la polic&iacute;a</em>, con el sostenimiento del aparato judicial y de los sucesivos gobiernos pol&iacute;ticos. Por otro lado, la <em>fragmentaci&oacute;n criminal</em> signada por la proliferaci&oacute;n de grupos delictivos r&uacute;sticos, con baja capacidad de gerencia de los territorios y extremadamente violentos. Sin potestad estatal -legal e ilegal- y sin un gobierno criminal dominante, la violencia caracteriz&oacute; el juego en torno del negocio econ&oacute;mico m&aacute;s rentable y de mayor crecimiento de la ciudad: la venta de drogas.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                El libro de Marcelo Sain, ex ministro de Seguridad de Rosario.                            </span>
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                </figure><h3 class="article-text"><strong>Quiebre de la regulaci&oacute;n policial.</strong></h3><p class="article-text">
        En Santa Fe y, particularmente, en Rosario, existe un Estado con un baj&iacute;simo grado de cohesi&oacute;n institucional, particularmente, en su sistema de seguridad y penal. Y la manifestaci&oacute;n m&aacute;s elocuente de ello ha sido el <em>agrietamiento y quiebre de la regulaci&oacute;n policial</em> del negocio narco. No s&oacute;lo se quebrant&oacute; la <em>regulaci&oacute;n ilegal</em> de la polic&iacute;a sino tambi&eacute;n el <em>control y regulaci&oacute;n legal</em> del crimen por parte de &eacute;sta, como consecuencia de l<strong>a paulatina p&eacute;rdida de la capacidad de vigilancia y seguridad del territorio y la poblaci&oacute;n </strong>por parte de las unidades policiales del lugar, es decir, de la gobernabilidad de la circulaci&oacute;n de personas y mercanc&iacute;as en el espacio social y de la &ldquo;aplicaci&oacute;n&rdquo; de la ley o de la &ldquo;abstenci&oacute;n&rdquo; premeditada en el mismo. La diluci&oacute;n de la polic&iacute;a como actor dominante y regulatorio del mundillo criminal dej&oacute; desguarnecidos a los gobernantes que hab&iacute;an pactado hist&oacute;ricamente con esa polic&iacute;a para que garantizaran una <em>gobernabilidad tranquila</em> del crimen.
    </p><p class="article-text">
        Esto se inscribi&oacute; en un proceso de mayor envergadura asentado en cuatro procesos simult&aacute;neos y concomitantes. Primero, una <strong>abierta disputa entre diferentes sectores internos de la polic&iacute;a rosarina por el &ldquo;control&rdquo; del negocio narco </strong>y de la apropiaci&oacute;n del dinero all&iacute; generado, sin que intervenga una autoridad -policial o pol&iacute;tica- superior que garantizara unidad y cohesi&oacute;n en la instituci&oacute;n. Segundo, el deterioro cr&oacute;nico de la capacidad institucional de los altos mandos policiales -tambi&eacute;n de los mandos medios- para imponer en la polic&iacute;a un orden institucional interno o para evitar una cr&oacute;nica segmentaci&oacute;n horizontal y vertical, as&iacute; como para &ldquo;controlar la calle&rdquo;, esto es, para constituirse y perpetuarse como la &ldquo;autoridad superior del territorio&rdquo;, por las buenas o por las malas. De la mitad para arriba, la polic&iacute;a se fue conformando como una &ldquo;estudiantina&rdquo; de pares, con oficiales sin vocaci&oacute;n por el trabajo policial, administrativizados y esperando la jubilaci&oacute;n prematura a mitad de su vida biol&oacute;gica. Tercero, el enflaquecimiento de la persecuci&oacute;n penal a partir de la implementaci&oacute;n de la reforma procesal penal sin planificaci&oacute;n y sobre la base de una fuerte partidizaci&oacute;n pol&iacute;tica, que dio lugar, entre otras cosas, a la integraci&oacute;n del nuevo &ldquo;Ministerio P&uacute;blico de la Acusaci&oacute;n&rdquo; <strong>con fiscales mayormente inexpertos -y, en ciertos casos, incompetentes- para afrontar una criminalidad compleja </strong>y estatalmente regulada, lo que, adem&aacute;s, dej&oacute; a la polic&iacute;a sin &ldquo;br&uacute;jula&rdquo; judicial. Y, por &uacute;ltimo, <strong>una clase pol&iacute;tica y gubernamental imp&aacute;vida y con ataques de p&aacute;nico ante la transformaci&oacute;n del mundo criminal</strong> y la emergencia de situaciones de crisis pol&iacute;tica que cercenaron su &ldquo;prestigio&rdquo;, sus gestiones, sus candidaturas y su estabilidad pol&iacute;tica. Y &ldquo;naturalmente&rdquo; volcada a darle &ldquo;todo&rdquo; el poder institucional a la polic&iacute;a para que &ldquo;maneje&rdquo; la calle y, si fuera necesario, que lo haga ilegalmente, siempre que garantice un control efectivo de esas cuestiones extra&ntilde;as, desconocidas, inasibles pero percibidas como peligrosas: el crimen en crecimiento y la inseguridad. <strong>Es decir, pactando con &ldquo;la gorra&rdquo; e, indirectamente, con el crimen.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Cada instancia estatal del sistema de seguridad y penal santafecino ha hecho su propio &ldquo;juego&rdquo; institucional independientemente de los otros actores del sistema, con<strong> la intenci&oacute;n fundamental de no &ldquo;pagar&rdquo; costos por el desmadre causado por la alta violencia criminal y buscando la des-responsabilizaci&oacute;n permanente de los asuntos. </strong>Para los gobiernos pol&iacute;ticos, el problema es de los fiscales que no investigan y del gobierno nacional que no interviene en causas que son de jurisdicci&oacute;n &ldquo;federal&rdquo;. Para el Ministerio P&uacute;blico de la Acusaci&oacute;n, el problema es la polic&iacute;a corrupta y que no sabe investigar, as&iacute; como de la falta de provisi&oacute;n de medios por parte del Poder Ejecutivo. Y para la polic&iacute;a, el problema es el gobierno que la &ldquo;maniata&rdquo;, no le brinda &ldquo;apoyo pol&iacute;tico&rdquo; y no le entrega los recursos indispensables para trabajar.
    </p><p class="article-text">
        Todo esto configura <em><strong>una institucionalidad fragmentada</strong></em><strong> -</strong><em><strong>sin cohesi&oacute;n</strong></em><strong>- </strong>que no s&oacute;lo resulta incompetente para controlar legalmente la criminalidad y, fundamentalmente, la violencia letal asociada a ella, sino tambi&eacute;n para regular ilegalmente al crimen. Sin dudas, como se&ntilde;ala Mar&iacute;a &Aacute;ngela Dur&aacute;n-Mart&iacute;nez, &ldquo;los Estados moldean la actividad criminal tanto regul&aacute;ndola de manera informal como interviniendo directamente en controlar el crimen&rdquo;, y &ldquo;la forma en que un Estado moldea el crimen no s&oacute;lo es fruto de proteger o combatir a los criminales, o de su decisi&oacute;n sobre c&oacute;mo combatirlos y dise&ntilde;ar intervenciones contra ellos, sino tambi&eacute;n de las relaciones de poder que subyacen a tales decisiones&rdquo;. Dicho de otro modo: <strong>para controlar o para regular se necesita un Estado cohesionado y con poder.</strong>
    </p><h3 class="article-text"><strong>Fragmentaci&oacute;n criminal y violencia constructiva</strong></h3><p class="article-text">
        Al amparo de la &ldquo;licuaci&oacute;n&rdquo; del Estado, el mercado ilegal de drogas rosarino se conform&oacute; en un escenario de <em>fragmentaci&oacute;n criminal</em> caracterizado por la proliferaci&oacute;n de numerosos grupos y pandillas volcadas a copar una porci&oacute;n menor de ese mercado, sin destrezas de negociaci&oacute;n y sin vocaci&oacute;n para establecer pactos de convivencia y, como se dijo, con una tendencia casi natural a imponerse y controlar sus emprendimientos mediante la violencia letal. Todo ello apuntalado por la inusitada magnitud de la rentabilidad del negocio narco en expansi&oacute;n, la que, lejos de persuadir a la mayor&iacute;a de los grupos y grupitos delictivos de la necesidad de afianzar ese atractivo mercado ilegal de forma concertada y &ldquo;en paz&rdquo;, volc&oacute; a &eacute;stos a <strong>la conformaci&oacute;n de estructuras armadas y dispositivos sicariales,</strong> y a gestionar sus actividades de manera violenta.
    </p><p class="article-text">
        El enfrentamiento armado constante entre Los Monos y Alvarado, contrincantes de alto porte, estuvo contorneado, adem&aacute;s, por los atritos violentos protagonizados por numerosos grupitos y banditas menores, de envergadura barrial pero muy belicosas, algunas &ldquo;satelitales&rdquo; de los grandes contendientes, otra m&aacute;s o menos independientes de ellas. Estas tramas complejas contribuyeron a conformar un escenario de violencia &ldquo;desbordada&rdquo; que ponder&oacute; el desmadre estatal en el abordaje de &eacute;sta.
    </p><p class="article-text">
        Las componendas narcos en Rosario estuvieron -y est&aacute;n- signadas por todo tipo de violencias: las amenazas, las extorsiones, las lesiones graves, las coacciones, los secuestros y los asesinatos, que sirven para imponer dominios, reclamar prestigio, construir autoridad, ejecutar venganzas, imponer acciones retributivas, mostrar fortaleza material, extraer o proteger recursos, ganar o asegurar espacios o territorios, cobrar deudas, evitar disidencias y secesiones, llevar a cabo amenazas y amedrentamientos.
    </p><p class="article-text">
        Pero lo singular es que, pese a la persistencia y la grandilocuencia de esa violencia criminal, <strong>los emprendimientos narcos se perpetuaron en el tiempo y, en la mayor&iacute;a de los casos, se expandieron y consolidaron. </strong>En general, los hechos de violencia cuando son sistem&aacute;ticos, recurrentes y ampliamente difundidos ponen en jaque el negocio criminal, particularmente, aquellos articulados sobre la base de mercados ilegales, porque <em>visibilizan</em> las tramas del emprendimiento criminal, los lazos de connivencia con la polic&iacute;a, las omisiones y complicidades judiciales y pol&iacute;ticas, y porque significan un fuerte rev&eacute;s a la imagen y estabilidad de las estructuras gubernamentales en su deber de imponer reglas y hacerlas cumplir. Pero esto no ocurri&oacute; en Rosario. Al contrario, la violencia se fue instalando y legitimando como una <em>pr&aacute;ctica esencial</em> de las organizaciones criminales no s&oacute;lo para afrontar atritos en el propio mundo criminal sino tambi&eacute;n para presionar al gobierno y a los poderes p&uacute;blicos, configurando una suerte de <em>violencia constructiva</em>.
    </p><h3 class="article-text"><strong>&iquest;Y entonces?</strong></h3><p class="article-text">
        En Santa Fe y, en particular, en Rosario -aunque los lugare&ntilde;os digan lo contrario-, <strong>prima una cultura pol&iacute;tica y social extremadamente conservadora y muy poco cosmopolita, </strong>que es incapaz de dar cuenta de la complejidad que tiene la problem&aacute;tica del narcotr&aacute;fico y de reconocer un supuesto insuperable para su control: <em>el narcotr&aacute;fico no va a acabar</em>. Entre otras cosas, en los &uacute;ltimos a&ntilde;os los niveles de consumo de drogas ilegales se han incrementado notablemente y los mercados en los que esas drogas se comercializan se han expandido y diversificado por producto, calidad, precio y actores. Adem&aacute;s, esa expansi&oacute;n y, con ello, <strong>el crecimiento estrepitoso de su rentabilidad alent&oacute; a la camarilla pol&iacute;tica gobernante -y a sus aliados econ&oacute;micos- a gerenciarla: </strong>se han lanzado sin sofoco por la apropiaci&oacute;n de los morlacos del narcotr&aacute;fico y los han invertido junto con los de otras econom&iacute;as negras en los circuitos &ldquo;legales&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>El problema no son las drogas sino el crimen y, en particular, la violencia criminal</em>. Por lo tanto, dig&aacute;moslo de una vez y sin rodeos: <em>el prop&oacute;sito estrat&eacute;gico de una pol&iacute;tica de seguridad &ldquo;responsable&rdquo; no es erradicar el tr&aacute;fico de drogas sino minimizar, disminuir y restringir las violencias criminales y, en particular, la presencia y las acciones armadas de las organizaciones criminales</em>.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El crecimiento estrepitoso de su rentabilidad alentó a la camarilla política gobernante -y a sus aliados económicos- a gerenciarla</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Ahora bien, dado que resulta impensable iniciar en lo inmediato un debate responsable acerca de la posibilidad de formular y seguir una estrategia de regulaci&oacute;n o legalizaci&oacute;n de las drogas, cualquier acci&oacute;n de control del crimen deber&iacute;a apuntar a <em>gerenciarlo</em>, a <em>controlarlo</em> sobre la base de una premisa y varios objetivos:
    </p><div class="list">
                    <ul>
                                    <li>La premisa ya la postulamos en un trabajo anterior y vale reiterarla: &ldquo;la desarticulaci&oacute;n paulatina y controlada de la regulaci&oacute;n ilegal de los grupos narcos ejercida por la polic&iacute;a&rdquo;, lo que &ldquo;inevitablemente debe inscribirse en una suerte de abandono del doble pacto como modalidad de gesti&oacute;n pol&iacute;tica de la seguridad&rdquo;. Esto implicar&iacute;a<strong> una suerte de &ldquo;desestatalizaci&oacute;n&rdquo; del narcotr&aacute;fico.</strong></li>
                                    <li>Los objetivos generales podr&iacute;an resumirse en:</li>
                                    <li>Bloquear la posibilidad de que los criminales controlen o incidan eficazmente sobre sectores policiales, judiciales o pol&iacute;ticos;</li>
                                    <li>Impedir que sectores financieros tradicionales gerencien el dinero del narcotr&aacute;fico;</li>
                                    <li>Imposibilitar que grupos narcos desplieguen eficazmente el control de poblaciones y territorios, y ejerzan &ldquo;gobierno&rdquo; en ellos;&nbsp;</li>
                                    <li>Asegurar la fragmentaci&oacute;n de las organizaciones criminales a los efectos de crear las condiciones de que ninguna de ellas tenga un control monop&oacute;lico del negocio; y</li>
                                    <li>Garantizar la mayor capacidad de represi&oacute;n legal eficaz ante cualquier hecho de violencia criminal, asegurando un <em>quantum</em> de violencia m&iacute;nimo y extraordinario.</li>
                            </ul>
            </div><p class="article-text">
        En cualquier caso, todo esto requiere de un <em><strong>Estado fuerte</strong></em><strong> </strong>que cuente con una significativa destreza de regulaci&oacute;n legal del crimen y, por ende, que no exista grupo o banda criminal con capacidad de imponerse o perpetuar acciones de contestaci&oacute;n armada persistentes. Ese Estado tiene que contar, al menos en materia de seguridad, con <strong>un </strong><em><strong>cuadro de situaci&oacute;n adecuado de las problem&aacute;ticas del narcotr&aacute;fico</strong></em><strong> </strong>en cuanto a su fenomenolog&iacute;a, condiciones de tiempo y espacio, actores y relaciones, pr&aacute;cticas y econom&iacute;as, as&iacute; como con un <em>dispositivo policial robusto</em> en materia de producci&oacute;n de inteligencia criminal, de capacidades investigativas y de acci&oacute;n operacional y de tecnolog&iacute;as aplicadas a las investigaciones de la criminalidad compleja.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Hoy, en Rosario, esto es un sue&ntilde;o.</strong>
    </p><p class="article-text">
        <em>MS/CC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marcelo Sain]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 10 Mar 2023 09:01:35 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Rosario caliente]]></media:title>
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