<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Osvaldo Baigorria]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/osvaldo-baigorria/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Osvaldo Baigorria]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="https://www.eldiarioar.com/rss/category/author/1048071/" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA[Cómo tolerar a los intolerantes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tolerar-intolerantes_129_12469156.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a34375fb-75c8-4532-b869-83e5e6fa3d58_16-9-discover-aspect-ratio_default_1121929.jpg" width="1014" height="570" alt="Cómo tolerar a los intolerantes"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Mientras el mundo se ahoga en dogmas y gritos, el legado de Fernando Tola y Carmen Dragonetti desarma la estupidez fanática con una idea simple y brutal: no hay verdad absoluta, y tolerar al otro no es debilidad, sino lucidez.</p></div><p class="article-text">
        Crece la intolerancia. C&oacute;mo tolerarla es lo que le preguntar&iacute;a a Fernando Tola, veterano fil&oacute;logo, ind&oacute;logo, pol&iacute;glota y traductor de filosof&iacute;a y religiones de la India al castellano, si lo tuviese a mano. Nacido en Lima en octubre de 1915, Tola falleci&oacute; un 18 de julio hace justo siete a&ntilde;os, a los 101. Su compa&ntilde;era de toda la vida, Carmen Dragonetti, veinte a&ntilde;os menor, tambi&eacute;n se fue de esta existencia un a&ntilde;o y medio m&aacute;s tarde. Tola hab&iacute;a cursado el secundario en Espa&ntilde;a, Francia y B&eacute;lgica, donde aprendi&oacute; ingl&eacute;s, alem&aacute;n, franc&eacute;s, lat&iacute;n y griego, para luego a&ntilde;adir el dominio del s&aacute;nscrito, pali, chino, tibetano, japon&eacute;s y persa antiguo, entre otras lenguas. Doctorado en Letras en la Universidad de San Marcos, se instal&oacute; con Carmen en Nueva Delhi en 1964.  En tiempos de peregrinaje hippie al Oriente, ambos se pusieron a estudiar y traducir los mayores cl&aacute;sicos budistas e hinduistas al castellano en forma directa y a realizar ediciones cr&iacute;ticas de esos libros, una labor filol&oacute;gica exigente, se&ntilde;alando los sentidos y formas en que los distintos t&eacute;rminos fueron usados en diversos textos, porque &ldquo;no es posible una investigaci&oacute;n seria en temas orientales basada en traducciones ajenas sin estudiar uno mismo los originales&rdquo;, dec&iacute;a Tola cuando lo conoc&iacute;, en 2008. En esos d&iacute;as estaba por cumplir 94 a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Lo recuerdo con su figura leve, corbata y sombrero oscuro, andar ligero, erguido, elegante, recibi&eacute;ndome en su departamento del barrio de Belgrano amoblado por libros en varios idiomas. Los de autor&iacute;a suya y en coautor&iacute;a con Dragonetti, casi todos sobre religiones y filosof&iacute;a de la India, ocupaban cuatro largos estantes de una pared vecina al escritorio: eran unos cuarenta, publicados en Argentina, M&eacute;xico, Espa&ntilde;a, Italia, Gran Breta&ntilde;a, EE. UU., Alemania, Jap&oacute;n e incluso en la India, en ingl&eacute;s. Entre ellos, primeras versiones de los <em>Yogasutras </em>de Patanjali, el <em>Dhammapada</em> y el <em>Udana</em> de Buda, el <em>Rig Veda </em>y el <em>Bhagavad-Gita</em>, ese di&aacute;logo de 700 estrofas entre Krishna y Arjuna en el campo de batalla, traducidos del pali o del s&aacute;nscrito. Carmen contaba con una beca Guggenheim en su curr&iacute;culum. Fernando hab&iacute;a sido profesor titular de S&aacute;nscrito y Filosof&iacute;a de la India en la Facultad de Filosof&iacute;a de la UBA. Ambos fueron investigadores superiores del Conicet y fundaron el Instituto de Estudios Budistas en Buenos Aires.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8d30890b-70f4-4a52-920d-b5d2c4d55554_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8d30890b-70f4-4a52-920d-b5d2c4d55554_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8d30890b-70f4-4a52-920d-b5d2c4d55554_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8d30890b-70f4-4a52-920d-b5d2c4d55554_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8d30890b-70f4-4a52-920d-b5d2c4d55554_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8d30890b-70f4-4a52-920d-b5d2c4d55554_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/8d30890b-70f4-4a52-920d-b5d2c4d55554_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &ldquo;Sentimos una gran admiraci&oacute;n por la figura de Buda, su personalidad, su humanidad, pero no somos budistas&rdquo; me advert&iacute;a Tola. &ldquo;Por honestidad intelectual, no podr&iacute;amos serlo. Como investigadores en religiones y filosof&iacute;as tenemos que esforzarnos en evitar que las propias creencias y preferencias religiosas, pol&iacute;ticas o filos&oacute;ficas nos induzcan a deformar y distorsionar el hecho de la cultura que hemos elegido como objeto de estudio&rdquo;. Toda una actitud. Despu&eacute;s de ese encuentro me dieron m&aacute;s verg&uuml;enza ajena muchas de las llamadas &ldquo;investigaciones&rdquo; en el ecosistema medi&aacute;tico argentino, un campo minado por mercenarios y enfermo de banalidad, prejuicios e ignorancia.  
    </p><p class="article-text">
        En conversaciones y entrevistas con Tola y Dragonetti aprend&iacute; el valor de la tolerancia y la libertad intelectual cultivada por la tradici&oacute;n filos&oacute;fica india, en las ant&iacute;podas de la deriva ultraderechista que viene sufriendo ese pa&iacute;s en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas. Tolerancia es para alguna gente una palabra antip&aacute;tica, devaluada tal vez porque sugiere cierta asimetr&iacute;a en la relaci&oacute;n social, pero en la India, seg&uacute;n Tola, la aceptaci&oacute;n hist&oacute;rica de sistemas ortodoxos con enormes diferencias entre s&iacute; (dualistas, monistas, te&iacute;stas, ateos, idealistas, esc&eacute;pticos, deconstruccionistas, atomistas, etc.) habr&iacute;a sido una muestra de esa apertura expresada legalmente en los tratados de derecho hind&uacute;es que estipulaban que los soberanos deb&iacute;an proteger a todas las sectas y creencias, incluidas las que no respetaban al hinduismo ni a la casta de los brahmanes, trat&aacute;ndolas de acuerdo con las costumbres propias de cada una y asegur&aacute;ndose de que ellas pudiesen mantener esas costumbres.  Por eso, pese a que el poder pol&iacute;tico casi siempre fue detentado por elites que adher&iacute;an al hinduismo, no era habitual ejercer violencia contra adherentes de otros puntos de vista, observaba Tola: &ldquo;Buda aparece en la sociedad hind&uacute; del siglo VI a.C. negando las castas y casi todos los fundamentos de la filosof&iacute;a y la religi&oacute;n hinduista, desde el alma individual a la idea de Dios, y sin embargo no es combatido. Muere a los ochenta a&ntilde;os en su casa rodeado de todos sus disc&iacute;pulos sin haber sido nunca perseguido&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Hoy ocurre todo lo contrario. El extremismo fundamentalista dentro de la mayor&iacute;a hind&uacute; ha declarado la guerra a la &ldquo;vieja India&rdquo; multi&eacute;tnica y multi confesional, alentando cr&iacute;menes de odio hacia otras minor&iacute;as religiosas, como la isl&aacute;mica. Tambi&eacute;n la marginaci&oacute;n de los budistas en la gesti&oacute;n del templo Mahabodhi en Both Gaia, Bihar, fundado en el siglo III en el lugar en el que se cree que Buda tuvo su iluminaci&oacute;n, es otra consecuencia de la construcci&oacute;n identitaria en torno al hinduismo como credo hegem&oacute;nico que impulsa un gobierno al mismo tiempo neoliberal, populista y ultranacionalista, aliado de Trump y Netanyahu. 
    </p><p class="article-text">
        Para Tola, la tolerancia hist&oacute;ricamente en la India se bas&oacute; en la idea de que la raz&oacute;n humana es incapaz de llegar en forma total y definitiva a la verdad absoluta y que cada sujeto s&oacute;lo puede adoptar un punto de vista parcial y dependiente de su ubicaci&oacute;n: uno nunca podr&iacute;a ver al objeto en su totalidad, desde todos sus lados y partes opuestas, como en la conocida leyenda de los ciegos y el elefante. Un perspectivismo que, a diferencia del relativismo, incluir&iacute;a el respeto a los diversos puntos de vista y tambi&eacute;n la intenci&oacute;n de estudiarlos para expandir e incrementar el propio conocimiento, como gestos de apertura activa hacia lo diferente. 
    </p><p class="article-text">
        Una actitud ejemplar y opuesta a la de estos tiempos apestados de fanatismo y brutalidad. Me cuesta digerir, soportar esa marea de intolerancia. Est&uacute;pida humanidad: ojal&aacute; hubiera m&aacute;s gente como Fernando Tola y Carmen Dragonetti.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tolerar-intolerantes_129_12469156.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 18 Jul 2025 09:45:26 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/a34375fb-75c8-4532-b869-83e5e6fa3d58_16-9-discover-aspect-ratio_default_1121929.jpg" length="206908" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/a34375fb-75c8-4532-b869-83e5e6fa3d58_16-9-discover-aspect-ratio_default_1121929.jpg" type="image/jpeg" fileSize="206908" width="1014" height="570"/>
      <media:title><![CDATA[Cómo tolerar a los intolerantes]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/a34375fb-75c8-4532-b869-83e5e6fa3d58_16-9-discover-aspect-ratio_default_1121929.jpg" width="1014" height="570"/>
      <media:keywords><![CDATA[Yo, libertario]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De lo fatal a lo imprevisible]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/fatal-imprevisible_129_12399907.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7f424063-c1ed-4b21-9dc5-e1db5c3b151e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De lo fatal a lo imprevisible"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Contra el sentido común, el pesimismo afirma que el optimismo es una expresión de ansiedad. Que una persona demasiado optimista es una pesimista encubierta. Y que, si todo va bien, es evidente que faltó revisar algo.
</p></div><p class="article-text">
        Sobran razones para ser pesimistas. Estaba por iniciar esa frase con &ldquo;hoy&rdquo; o &ldquo;actualmente&rdquo; pero tal vez siempre ha sido as&iacute;. Eugene Thacker, m&uacute;sico experimental y fil&oacute;sofo, rastrea c&oacute;mo irrumpe el pesimismo hist&oacute;ricamente en la filosof&iacute;a, la literatura, la religi&oacute;n, en su libro <em>Resignaci&oacute;n infinita</em>, donde revisa vida y obra de autores como Schopenhauer, Kierekgaard, Dostoievsky, Camus, Kafka, Montaigne, entre otros. Verdad es que en esta &eacute;poca &ldquo;somos capaces de producir m&aacute;s malas noticias que en cualquier otra &eacute;poca&rdquo;, dice Thacker. Se ve en los fracasos de los distintos proyectos de vida en com&uacute;n, en el colapso ecol&oacute;gico en ciernes, en la guerra y en la posibilidad hasta hoy nunca imaginada de la total extinci&oacute;n humana, del borramiento de nuestra especie de la faz de un planeta agotado. Tambi&eacute;n en los datos de la ciencia que examina desde hace tiempo la irrupci&oacute;n arbitraria de la vida en la Tierra y que afirma que todo tiene fecha de vencimiento. 
    </p><p class="article-text">
        Y si es as&iacute;, &iquest;qu&eacute; hacer? &iquest;Suicidarnos? Uno de los fil&oacute;sofos m&aacute;s pesimistas, Emil Cioran, cierta vez pronunci&oacute; la sentencia desmesurada &ldquo;s&oacute;lo los optimistas se suicidan&rdquo;. Y s&oacute;lo los pesimistas piensan en el suicidio, remata Thacker: el pesimista m&aacute;s radical es incapaz de suicidarse, aunque piense todo el tiempo en ello, porque cree que el suicidio no resuelve nada. Est&aacute; tan cansado y desapegado del mundo que vive como si estuviese muerto, por lo cual suicidarse ya no valdr&iacute;a la pena. En cambio, un optimista podr&iacute;a albergar alguna esperanza en esa &ldquo;gran soluci&oacute;n&rdquo; que ponga fin al sufrimiento.
    </p><p class="article-text">
        El pesimismo nacer&iacute;a de la tensi&oacute;n entre el mundo tal como pensamos que deber&iacute;a ser y el mundo tal cual es. Ahora bien &iquest;qu&eacute; hace a una persona optimista o pesimista, en distintos grados o momentos, ante el drama humano? No se encontrar&aacute;n respuestas de autoayuda en este libro. S&iacute; una larga serie de entradas como si fuesen de diario, anotaciones sueltas en las que se exponen los t&oacute;picos del pesimismo, sea en forma de <em>dictum</em>, an&eacute;cdota, chiste, lamento, denuncia, admisi&oacute;n o suspiro, a la manera afor&iacute;stica y fragmentaria en la que suele expresarse ese estado de &aacute;nimo. 
    </p><p class="article-text">
        Alguna gente llama esc&eacute;pticos a los pesimistas, pero hay diferencias y superposiciones entre ambos, subraya Thacker. El escepticismo puede llegar a ser un tipo moderado de pesimismo, un matiz que preserva cierta alegr&iacute;a, la de abstenerse, la de no avanzar ni participar en el juego. Y el pesimismo tambi&eacute;n puede ser circunstancial: &ldquo;todo es para peor (hasta que las cosas empiezan a salir bien); es mejor no haber nacido (hasta que haber nacido no est&aacute; tan mal)&rdquo;. O sea, nunca se es tan optimista ni tan pesimista como uno cree. Es una cuesti&oacute;n de escala.
    </p><p class="article-text">
        Lo cierto es que el pesimismo tiene una potencia antagonista extrema. Ataca al optimismo que conf&iacute;a en la ciencia o en la autoayuda y se niega a la esperanza en el futuro. Podr&aacute; admitir que este es el mejor de los mundos posibles, pero afirmar&aacute; que ese es justamente el problema. Hay un sentimiento antag&oacute;nico en el coraz&oacute;n del pesimismo, escribe Thacker, un antagonismo contra el mundo hecho a imagen humana y tambi&eacute;n un antagonismo contra el mundo hecho para consumo y destino humano. Por momentos, ese antagonismo no conoce l&iacute;mites, es tan radical que se siente casi sagrado, se aparta de lo social, de lo pol&iacute;tico (o incursiona all&iacute; a desgano: &ldquo;apoyo la causa, pero simplemente no creo en ella&rdquo;) y se vuelca hacia la m&iacute;stica, en particular la que viene de Oriente. De all&iacute; el inter&eacute;s de varios de los &ldquo;santos patronos del pesimismo&rdquo; por el budismo. Aunque esta tradici&oacute;n, que ense&ntilde;a que vivir es sufrir, luego de ese primer enunciado (llamado &ldquo;Primera Noble Verdad&rdquo;) presenta otros tres, en una serie a la que llama las &ldquo;Cuatro Nobles Verdades&rdquo;. En la &uacute;ltima de estas se describen caminos para superar el sufrimiento, aunque no son senderos f&aacute;ciles de seguir. Est&aacute;n atravesados por la compasi&oacute;n, aquella que ayudar&iacute;a a los dem&aacute;s a reducir o atenuar su sufrimiento al mismo tiempo que, parad&oacute;jicamente, afirma que todo es vac&iacute;o, pasajero y ef&iacute;mero.  
    </p><p class="article-text">
        Uno de los problemas del pesimismo, aun con toda su lucidez y claridad, es el desliz hacia la melancol&iacute;a y la depresi&oacute;n. Desde Deleuze, que retom&oacute; la idea de Spinoza sobre la existencia de pasiones tristes y alegres, sabemos que los poderes establecidos necesitan de los afectos y pasiones tristes para mantenernos como esclavos. Las pasiones tristes ser&iacute;an aquellas que reducen nuestra potencia. Y las alegres, por el contrario, ser&iacute;an aquellas que aumentan nuestra potencia y capacidad de obrar, de actuar (pero &iquest;para qu&eacute; obrar? preguntar&iacute;a un pesimista). Dado que siempre habr&aacute; alguien que vea el lado in&uacute;til en cualquier cosa que uno hace, es posible participar de una especie de pesimismo colectivo. Claro que ni los optimistas ni los pesimistas pueden decir con absoluta precisi&oacute;n c&oacute;mo ser&aacute; el futuro. Porque hay un tercer elemento que suele entrar en juego en cualquier momento: lo imprevisible. Lo que nadie esperaba. Esa fatalidad, desgracia o desdicha que por otra vuelta de la rueda se convierte en fortuna. Y viceversa. 
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Se podr&iacute;a derivar del pesimismo y de los efectos que produce una pasi&oacute;n alegre? Tal vez s&oacute;lo por el humor (negro), por la risa sarc&aacute;stica que genera, seg&uacute;n escribi&oacute; Bataille, que deseaba poder re&iacute;rse desde su barco a la deriva de toda la gente que se qued&oacute; en la orilla. Y mediante ese estilo o estilete con el que corta el lugar com&uacute;n del pensamiento a trav&eacute;s de su sentencia lapidaria. Contra el sentido com&uacute;n, el pesimismo afirma que el optimismo es una expresi&oacute;n de ansiedad. Que una persona demasiado optimista es una pesimista encubierta. Y que, si todo va bien, es evidente que falt&oacute; revisar algo.
    </p><p class="article-text">
        Cierto error com&uacute;n es confundir optimismo con entusiasmo. &iquest;Puede alguien ser un pesimista entusiasta? Con todos los libros que ha escrito y la m&uacute;sica que ha compuesto, Thacker dir&iacute;a que s&iacute;. Y pone de ejemplo justamente a la filosof&iacute;a del mayor pesimista, Schopenhauer: &ldquo;La escritura es una prueba del optimismo del pesimista&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        <em>OB/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/fatal-imprevisible_129_12399907.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Jun 2025 03:01:48 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/7f424063-c1ed-4b21-9dc5-e1db5c3b151e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="119680" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/7f424063-c1ed-4b21-9dc5-e1db5c3b151e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="119680" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[De lo fatal a lo imprevisible]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/7f424063-c1ed-4b21-9dc5-e1db5c3b151e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[No hay heroísmo sin traición]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/no-hay-heroismo-traicion_129_12322924.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2b874848-cb75-45ca-b881-1c2e66794ce0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="No hay heroísmo sin traición"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A cincuenta años del asesinato del poeta salvadoreño Roque Dalton a manos de sus propios compañeros de guerrilla, se reaviva una de las paradojas de la historia centroamericana: el idealismo revolucionario enfrentado a la traición interna. </p></div><p class="article-text">
        No hay hero&iacute;smo sin traici&oacute;n. Y a veces esos sustantivos coinciden en un mismo nombre, sea por calumnia, por error propio o ajeno, por desliz u omisi&oacute;n. El asesinato del poeta salvadore&ntilde;o Roque Dalton hace cincuenta a&ntilde;os, en mayo de 1975, a manos de sus propios compa&ntilde;eros, es una de esas paradojas tr&aacute;gicas. En <em>Roque Dalton: correspondencia clandestina y otros ensayos</em>, el escritor Horacio Castellanos Moya revis&oacute; las cartas que el c&eacute;lebre poeta enviara a su esposa y las respuestas de ella antes de que &eacute;l cayera bajo la doble e inveros&iacute;mil acusaci&oacute;n de ser tanto un agente de la CIA como un &ldquo;payaso&rdquo; infiltrado en la guerrilla salvadore&ntilde;a por los servicios de inteligencia cubanos. En realidad, fue v&iacute;ctima de una conspiraci&oacute;n en los comienzos de la guerra civil que asol&oacute; a El Salvador por m&aacute;s de una d&eacute;cada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esa lectura me record&oacute; a otras v&iacute;ctimas de aquella guerra cruenta y absurda. A fines de los 70 conoc&iacute; a dos j&oacute;venes enemigos que se hab&iacute;an vuelto amigos en su huida del combate, uno como desertor del ej&eacute;rcito salvadore&ntilde;o y el otro como desertor del Frente Farabundo Mart&iacute;. El desertor del ej&eacute;rcito hab&iacute;a entrado como voluntario y lleg&oacute; a servir como cabo; el otro no dio detalles de lo que hizo en la guerrilla. Cada uno por su lado, cruzaron sin conocerse las fronteras de Centro Am&eacute;rica y M&eacute;xico hasta entrar ilegalmente a Estados Unidos. Uno vade&oacute; el R&iacute;o Bravo escondido debajo de un puente y el otro cruz&oacute; oculto en el ba&uacute;l del auto de un &ldquo;coyote&rdquo; hacia Texas. All&iacute; fueron interceptados por la polic&iacute;a de Migraciones y encerrados en un campo de detenci&oacute;n. Pero poco antes de ser deportados, una comisi&oacute;n de cu&aacute;queros y otros pacifistas de Canad&aacute; los eligi&oacute; al azar entre una multitud de detenidos y fueron a parar a la comunidad rural en la que yo viv&iacute;a. La deserci&oacute;n, la c&aacute;rcel y el exilio los hab&iacute;an hermanado. Tuvieron que adaptarse a un pa&iacute;s en el que ver&iacute;an por primera vez, asombrados, la nieve y el granizo.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/444a8515-0cff-4eca-86d2-c8440d69b8f4_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/444a8515-0cff-4eca-86d2-c8440d69b8f4_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/444a8515-0cff-4eca-86d2-c8440d69b8f4_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/444a8515-0cff-4eca-86d2-c8440d69b8f4_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/444a8515-0cff-4eca-86d2-c8440d69b8f4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/444a8515-0cff-4eca-86d2-c8440d69b8f4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/444a8515-0cff-4eca-86d2-c8440d69b8f4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Ambos, el exsoldado y el exguerrillero tal vez habr&aacute;n querido ser h&eacute;roes y terminaron como traidores para sus respectivas fuerzas; ambos se arriesgaron a ser atrapados en medio de su fuga y de sufrir las consecuencias. Uno desert&oacute; porque, dec&iacute;a, se horroriz&oacute; ante las pr&aacute;cticas de los militares que pod&iacute;an llegar a dejar los cad&aacute;veres de los torturados en plena calle con los p&aacute;rpados cosidos con alambres para que sirvieran de escarmiento. El otro no llev&oacute; al exilio relatos tan escabrosos pero la guerrilla tambi&eacute;n cometi&oacute; cr&iacute;menes insensatos. Como el asesinato de Dalton.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; este march&oacute; encandilado por sus ideas e ilusiones, como las de tantos otros fascinados por el mito del &ldquo;guerrillero heroico&rdquo;, al encuentro con su sino. Dalton hab&iacute;a ganado el premio de poes&iacute;a Casa de las Am&eacute;ricas en 1969 y fue en Cuba donde tom&oacute; la opci&oacute;n de unirse a la lucha armada y donde recibi&oacute; entrenamiento militar para luego ingresar clandestinamente a su pa&iacute;s. All&iacute; le escribir&iacute;a cartas a su esposa A&iacute;da Ca&ntilde;as, con mensajes cifrados y nombres falsos. Se supon&iacute;a que estaba en M&eacute;xico, en Vietnam o en cualquier otro lugar menos oculto en El Salvador. Y fue justo en esos a&ntilde;os cuando se cocin&oacute; la conspiraci&oacute;n interna que llevar&iacute;a a su muerte en manos de sus camaradas de armas.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/52682d31-dbe2-457a-bc94-46af5eebbe83_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/52682d31-dbe2-457a-bc94-46af5eebbe83_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/52682d31-dbe2-457a-bc94-46af5eebbe83_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/52682d31-dbe2-457a-bc94-46af5eebbe83_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/52682d31-dbe2-457a-bc94-46af5eebbe83_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/52682d31-dbe2-457a-bc94-46af5eebbe83_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/52682d31-dbe2-457a-bc94-46af5eebbe83_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="El poeta salvadoreño Roque Dalton."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                El poeta salvadoreño Roque Dalton.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        En las cartas a su esposa se despliega la historia de enredos de las mujeres de dos de los jefes del grupo que lo conden&oacute;, unas &ldquo;guerrilleras veintea&ntilde;eras con veleidades de primeras damas&rdquo;, seg&uacute;n dice Castellanos Moya, que con sus rivalidades, envidias y rumores instigaron a que esos jefes detuvieran a Dalton, lo enjuiciaran en forma sumaria y lo sentenciaran a muerte. Quien dirigi&oacute; la ejecuci&oacute;n fue Alejandro Rivas Mira, un guerrillero doce a&ntilde;os menor que Dalton que hab&iacute;a sido amigo &iacute;ntimo de este y de su esposa cuando viv&iacute;an en Cuba, y a quien estos le hab&iacute;an dado todo su apoyo para que se instalara en La Habana. A Dalton lo mataron en una casa clandestina y su cad&aacute;ver nunca fue hallado: fue uno de los tantos (m&aacute;s de 75.000) muertos que caus&oacute; esa guerra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El propio Castellanos Moya, exiliado en M&eacute;xico durante diez a&ntilde;os, tambi&eacute;n hab&iacute;a sido acusado de ser agente de la CIA por haberse ido del pa&iacute;s en aquellos a&ntilde;os. Eran tiempos de acusaciones mutuas y expulsiones r&aacute;pidas, de leyendas heroicas y dogmas indiscutibles. A&ntilde;os del &ldquo;compromiso&rdquo;, el mandato de que el escritor deb&iacute;a convertirse en un &ldquo;hombre de acci&oacute;n&rdquo; capaz de jugarse y ocupar su sitio como combatiente en las primeras trincheras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Cuando me han preguntado por qu&eacute; mi generaci&oacute;n se fue a la guerra&rdquo;, escribe Castellanos Moya, &ldquo;la tentaci&oacute;n ha sido siempre recurrir a los argumentos pol&iacute;ticos, sociales y econ&oacute;micos: la represi&oacute;n, la exclusi&oacute;n, la explotaci&oacute;n. S&iacute;, pero todas esas palabras agudas no alcanzan a explicar ese entusiasmo por la acci&oacute;n, esa disposici&oacute;n para morir y matar que de pronto prende en un individuo hasta entonces ajeno a la pol&iacute;tica, esa pasi&oacute;n por entregar la vida a una causa revolucionaria que de s&uacute;bito posee a un joven poeta cuya sola ambici&oacute;n ha sido la literatura&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Finalmente, a principios de los 90 el conflicto termin&oacute;, por mediaci&oacute;n de la ONU el gobierno y la guerrilla negociaron y firmaron un acuerdo de paz, luego llegaron los a&ntilde;os en que proliferaron el narcotr&aacute;fico y las pandillas, la concentraci&oacute;n de la riqueza y el aumento de la pobreza, nuevas formas de violencia y autoritarismo hasta desembocar en El Salvador actual. &iquest;De qu&eacute; habr&aacute; servido aquel derramamiento de sangre? &iquest;Fue la ingenuidad, el dogmatismo, la ceguera que suelen dar las certezas lo que hizo que Dalton avanzara hacia la muerte en manos de sus propios compa&ntilde;eros tan desprevenido como Julio C&eacute;sar cuando se dirigi&oacute; al lugar donde lo esperaban los pu&ntilde;ales de sus amigos? O tal vez fue esa &ldquo;forma secreta del tiempo, un dibujo de l&iacute;neas que se repiten&rdquo; como observ&oacute; Borges en su &ldquo;Tema del traidor y del h&eacute;roe&rdquo;, ese cuento sobre la ejecuci&oacute;n de un h&eacute;roe de la independencia irlandesa que tambi&eacute;n supo ser un traidor.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        S&oacute;lo quedan preguntas. Esas que son suprimidas por las fr&aacute;giles pero implacables certezas de toda guerra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>OB/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/no-hay-heroismo-traicion_129_12322924.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 23 May 2025 09:58:05 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/2b874848-cb75-45ca-b881-1c2e66794ce0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="355691" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/2b874848-cb75-45ca-b881-1c2e66794ce0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="355691" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[No hay heroísmo sin traición]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/2b874848-cb75-45ca-b881-1c2e66794ce0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Poesía,El Salvador]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La épica de un escritor vagabundo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/epica-escritor-vagabundo_129_12246219.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/64303277-5891-4fad-9fb8-12315f65c0f3_16-9-discover-aspect-ratio_default_1116364.jpg" width="801" height="451" alt="La épica de un escritor vagabundo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Néstor Sánchez fue quizás el último escritor en huelga. Alguien que no sólo desertó sino que también saboteó, cuestionó en sus libros y en su vida a la institución de las Letras con mayúsculas, a la literatura mercantilizada y a los que se sometían al juicio conformista de su época. </p></div><p class="article-text">
        A mediados de abril de 2003 N&eacute;stor S&aacute;nchez emprend&iacute;a su retirada de la vida quince a&ntilde;os despu&eacute;s de haber publicado su &uacute;ltimo libro y de desertar de todo impulso a hacer una carrera &ldquo;literaria&rdquo;, una ambici&oacute;n que siempre le hab&iacute;a parecido sospechosa. Ya hab&iacute;a desertado otras veces, la m&aacute;s larga entre 1974 y 1988. Irrumpi&oacute; en 1966 con la publicaci&oacute;n de la novela <em>Nosotros dos</em> en editorial Sudamericana por recomendaci&oacute;n de Cort&aacute;zar. Le siguieron <em>Siberia blues</em>, <em>El amhor, los orsinis</em> <em>y la muerte</em> y <em>C&oacute;mico de la lengua</em>, en las que despleg&oacute; su propuesta de una &ldquo;escritura poem&aacute;tica&rdquo; en colisi&oacute;n con las tradiciones consagradas del g&eacute;nero novela.&nbsp;Elogiado por alguna cr&iacute;tica de la &eacute;poca como gran promesa literaria junto a Manuel Puig, a principios de los 70 fue publicado en Espa&ntilde;a por Seix Barral y traducido por Gallimard en Francia: su agente fue la c&eacute;lebre Carmen Balcells. Pero a mediados de esa misma d&eacute;cada abandona la literatura, la traducci&oacute;n, sus v&iacute;nculos de familia, trabajo y amistades para entregarse a una experiencia trashumante y de b&uacute;squeda corpoespiritual tras las ense&ntilde;anzas del m&iacute;stico armenio Gurdjieff.&nbsp;Su rastro se pierde y reci&eacute;n se lo encuentra en los a&ntilde;os 80, cuando Claudio S&aacute;nchez se entera que su padre dorm&iacute;a en una playa de estacionamiento de Los &Aacute;ngeles, en esa California a la que hab&iacute;a llegado por tierra desde la Costa Este como siguiendo la huella de Kerouac y otros vagabundos del dharma. Hab&iacute;a deambulado por Paris, Roma, Barcelona, Nueva York, entre otros lugares del hemisferio norte, a veces como un linyera: parte de esa experiencia est&aacute; ilustrada en detalle en su &ldquo;Diario de Manhattan&rdquo;, aunque tambi&eacute;n se la encuentra, narrada el&iacute;pticamente, en otros textos. Cuando volvi&oacute; a la Argentina tras dieciocho a&ntilde;os de ausencia, seg&uacute;n testimonio de su hijo Claudio, tra&iacute;a solo un bolsito con un pijama y sus documentos. En mi libro <em>Sobre S&aacute;nchez</em> intent&eacute; dar cuenta de esos a&ntilde;os a la intemperie en los que creo se cifra el enigma de toda una vida.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/084cbfa6-be78-4694-8a99-ba6509c175d5_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/084cbfa6-be78-4694-8a99-ba6509c175d5_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/084cbfa6-be78-4694-8a99-ba6509c175d5_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/084cbfa6-be78-4694-8a99-ba6509c175d5_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/084cbfa6-be78-4694-8a99-ba6509c175d5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/084cbfa6-be78-4694-8a99-ba6509c175d5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/084cbfa6-be78-4694-8a99-ba6509c175d5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de su regreso, public&oacute; en 1988 <em>La condici&oacute;n ef&iacute;mera</em>, aquel &uacute;ltimo libro (de cuentos) que termin&oacute; siendo ignorado o ninguneado por la cr&iacute;tica, para luego dejar definitivamente de escribir para publicar. El deseo de abandonar todo proyecto de escritura, el ala del no escribir, como la llam&oacute; Roland Barthes, ha tocado a otros a lo largo de la historia. Escritores del &ldquo;preferir&iacute;a no hacerlo&rdquo;, como aquellos que catalog&oacute; Enrique Vila-Matas en <em>Bartleby y compa&ntilde;&iacute;a</em>. Figuras &eacute;picas, heroicas, tr&aacute;gicas o triunfales, desde Rimbaud a Salinger, pasando por H&ouml;lderling y otros ejemplos cl&aacute;sicos, cada uno con distinta estrategia, trayecto y derrotero. Pero el de N&eacute;stor S&aacute;nchez fue un caso extremo. El &uacute;ltimo escritor en huelga, seg&uacute;n lo retrat&oacute; su amigo Hugo Savino. Alguien que no s&oacute;lo desert&oacute; sino que tambi&eacute;n sabote&oacute;, cuestion&oacute; en sus libros y en su vida a la instituci&oacute;n de las Letras con may&uacute;sculas, a la literatura mercantilizada y a los que se somet&iacute;an al juicio conformista de su &eacute;poca.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En sus &uacute;ltimos tiempos, ya instalado en Villa Pueyrred&oacute;n, el barrio que lo vio nacer en 1935, S&aacute;nchez sol&iacute;a decir &ldquo;se me acab&oacute; la &eacute;pica&rdquo; para explicar su abandono de todo proyecto de escritura. Se refer&iacute;a a esa &eacute;pica de &ldquo;vivir en estado de peligro&rdquo;, como un lumpen buscavidas en cuerpo y esp&iacute;ritu. Si a lo &eacute;pico se lo entiende como relato de actos heroicos y extraordinarios, o como esfuerzo por alcanzar aquello que est&aacute; m&aacute;s all&aacute; de lo com&uacute;n y corriente, en su etapa final S&aacute;nchez parec&iacute;a extra&ntilde;ar, echar en falta esa dimensi&oacute;n. En su &uacute;ltima entrevista, a comienzos del siglo XXI, dio detalles de su rutina a Lautaro Ortiz para <em>P&aacute;gina 12</em>: &ldquo;A veces por las tardes voy a un bar que est&aacute; aqu&iacute; cerca y me permito pensar por un momento en la escritura y es evidente que aparece una leve onda de sosiego, como si me fuera dado encontrar una &eacute;pica en esta vida mon&oacute;tona que llevo. Es que nunca en mis libros invent&eacute; una historia. Todo ha sido en base a mi vida presente o pasada y esto ahora ya no puede ser: me qued&eacute; sin &eacute;pica&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Pod&iacute;a ser una respuesta defensiva ante la demanda, la presi&oacute;n social de productividad. Uno tiene o deber&iacute;a tener el derecho a la fatiga, al cansancio, al retiro y al aburrimiento luego de haber vivido hasta el fondo su traves&iacute;a y sentir que lo ha dicho todo. Pero debi&oacute; ser dif&iacute;cil para los dem&aacute;s encontrarse con esa pared: &ldquo;No escribo porque no tengo m&aacute;s nada que contar&rdquo;. Los amigos insistir&iacute;an con que habr&iacute;a algo en sus conversaciones de bar o incluso en el propio tedio que pod&iacute;a transformarse en literatura. O que tambi&eacute;n podr&iacute;a fantasear, imaginar. &ldquo;Pero &iquest;yo que soy, Walt Disney?&rdquo;, les dec&iacute;a, protestando en contra del destino de volverse un escritor que trabaja para entretener.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La posibilidad de dejar de escribir ya hab&iacute;a sido insinuada en entrevistas y ensayos a fines de los 60 y principios de los 70. En el art&iacute;culo &ldquo;Sobre otro mon&oacute;logo&rdquo; propuso una decantaci&oacute;n de la escritura que llevar&iacute;a a un &ldquo;rechazo paulatino de aquello que no debe hacerse&rdquo;. No ficcionalizar para ilustrar una tesis ni para dar informaci&oacute;n al servicio de una idea o militancia ni ponerse a escribir una ficci&oacute;n cuando uno ve que la propia vida no puede convertirse en materia est&eacute;tica. No alejarse jam&aacute;s de la poes&iacute;a, no convertirse nunca en escritor profesional. En el ensayo &ldquo;En relaci&oacute;n con la novela como proceso o ciclo de vida&rdquo; suger&iacute;a evitar la novela en la que sucedan &ldquo;cosas interesantes&rdquo; y deambulen personajes &ldquo;que a su vez digan cosas interesantes&rdquo; y que sean consecuentes en realizar acciones que fatalmente deber&aacute;n cumplirse. Si alguien se siente condenado a repetir viejas palabras &ldquo;siempre cabe la decisi&oacute;n de no volver a escribir&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        O sea que S&aacute;nchez habr&aacute; sido obstinado pero no le falt&oacute; coherencia. En sus &uacute;ltimos a&ntilde;os pod&iacute;a llegar a deprimirse y aburrirse, pero no quer&iacute;a aburrir ni entretener. Cuidado con las letras: s&oacute;lo perdi&oacute; la &eacute;pica, no la &eacute;tica. Se despidi&oacute; temprano y en silencio a los 68, en una madrugada de la etapa final de ese camino que hab&iacute;a unido como pocos la escritura con la vida.
    </p><p class="article-text">
        <em>OB/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/epica-escritor-vagabundo_129_12246219.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 25 Apr 2025 09:59:07 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/64303277-5891-4fad-9fb8-12315f65c0f3_16-9-discover-aspect-ratio_default_1116364.jpg" length="32608" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/64303277-5891-4fad-9fb8-12315f65c0f3_16-9-discover-aspect-ratio_default_1116364.jpg" type="image/jpeg" fileSize="32608" width="801" height="451"/>
      <media:title><![CDATA[La épica de un escritor vagabundo]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/64303277-5891-4fad-9fb8-12315f65c0f3_16-9-discover-aspect-ratio_default_1116364.jpg" width="801" height="451"/>
      <media:keywords><![CDATA[Libros,escritores,Literatura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Plegarias para un duelo compartido]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/plegarias-duelo-compartido_129_12167368.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/de7ddc0d-c2ba-43ac-b74b-bce240d1d76a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Plegarias para un duelo compartido"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">'Oreja madre', de Dani Zelko, narra el periplo de redescubrimiento de su linaje judío en relación y tensión con otras identidades: mapuche, wichi, palestina. Lo hace rompiendo la gramática de la censura y la autocensura, a sabiendas de que lo pueden declarar traidor o antisemita.</p></div><p class="article-text">
        El d&iacute;a en que Israel rompi&oacute; la tregua con Hamas con un bombardeo a Gaza que mat&oacute; a cientos de personas, entre ellas ciento treinta ni&ntilde;os que dorm&iacute;an con sus familias en refugios precarios, termin&eacute; de leer <em>Oreja madre. Mi cuesti&oacute;n jud&iacute;a, </em>de Dani Zelko<em>, </em>un diario-ensayo-testimonio de la b&uacute;squeda identitaria del autor a trav&eacute;s de ghettos y campos de concentraci&oacute;n en Polonia y Lituania, documentos de su tatarabuelo traductor de literatura al hebreo en el siglo XIX, conversaciones con su madre y otros familiares en Argentina e Israel y recuerdos de su infancia en Buenos Aires, en el Club Hacoaj, all&iacute; donde &mdash;subraya Zelko&mdash; se cruzan las calles Palestina y Estado de Israel. Estaba escribi&eacute;ndolo en octubre de 2023 cuando ocurre ese ataque terrorista por tierra que dej&oacute; m&aacute;s de mil doscientos israel&iacute;es muertos y se entera que en uno de los kibutz asesinan a parte de su familia: prima, su esposo y dos ni&ntilde;as. As&iacute; lo cuenta: se hab&iacute;an refugiado en la habitaci&oacute;n-bunker pero los atacantes prendieron fuego al edificio y esa habitaci&oacute;n se llen&oacute; tanto de humo que al parecer su prima intent&oacute; abrir una ventana para que entrara algo de aire; en ese momento le disparan, ella cae y su cad&aacute;ver permanece junto a marido e hijas hasta que estos mueren asfixiados.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un Kadish de duelo, una plegaria f&uacute;nebre, una m&uacute;sica de la justicia, como la que cant&oacute; Allen Ginsberg a su madre, se despliega en un pliego de p&aacute;ginas negras dentro de este libro valiente y conmovedor. Para Zelko no se trata solo de un duelo personal, es colectivo y se extiende m&aacute;s all&aacute; de las v&iacute;ctimas presentes y pasadas, del genocidio perpetrado por los nazis y del terrorismo de Hamas: &ldquo;El duelo que estoy atravesando hoy, miles de palestinxs lo atraviesan todos los d&iacute;as&rdquo;. Se pregunta por los ni&ntilde;os palestinos del futuro que se despertar&aacute;n en medio de la noche so&ntilde;ando con los bombardeos del gobierno israel&iacute; tal como &eacute;l mismo se despertaba de ni&ntilde;o aterrado por so&ntilde;ar con Hitler incluso sesenta a&ntilde;os despu&eacute;s del Holocausto. Traduce un cuento del escritor y activista Ghassan Kanafani, en el que un palestino emigrado a Kuwait, en viaje de visita a su familia en Gaza, lleva un par de pantalones para su sobrina internada en un hospital solo para descubrir que esa ni&ntilde;a de trece a&ntilde;os no podr&aacute; usarlos porque tiene una pierna amputada a la altura del muslo, una mutilaci&oacute;n causada por uno de los tantos bombardeos israel&iacute;es. All&iacute;, en lugar de &ldquo;israel&iacute;es&rdquo; Kanafani hab&iacute;a escrito &ldquo;jud&iacute;os&rdquo; y Zelko entre par&eacute;ntesis acota: &ldquo;Que diga jud&iacute;os me parte el coraz&oacute;n&rdquo;. Un coraz&oacute;n partido por las heridas de guerra: jud&iacute;o no es sin&oacute;nimo de israel&iacute; as&iacute; como israel&iacute; no es sin&oacute;nimo de sionista, pero el odio confunde las almas. Kanafani morir&aacute; cuando intente encender su auto por una bomba que habr&iacute;a puesto otro familiar de Zelko, un t&iacute;o abuelo llamado David, nacido en Buenos Aires y emigrado en 1948 al flamante Estado de Israel, esa nueva patria para un pueblo que fue exiliado y diezmado por el antisemitismo, patria en la que David se entren&oacute; para poner bombas, acuchillar palestinos y realizar otros atentados perfectamente calificables de terroristas. C&oacute;mo no tener el coraz&oacute;n partido.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/705b9c8c-0873-4ef2-b06a-abc4236ae3fe_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/705b9c8c-0873-4ef2-b06a-abc4236ae3fe_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/705b9c8c-0873-4ef2-b06a-abc4236ae3fe_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/705b9c8c-0873-4ef2-b06a-abc4236ae3fe_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/705b9c8c-0873-4ef2-b06a-abc4236ae3fe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/705b9c8c-0873-4ef2-b06a-abc4236ae3fe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/705b9c8c-0873-4ef2-b06a-abc4236ae3fe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        <em>Oreja madre</em> narra el periplo de redescubrimiento del linaje jud&iacute;o de Zelko en relaci&oacute;n y tensi&oacute;n con otras identidades: mapuche, wichi, palestina. Lo hace rompiendo la gram&aacute;tica de la censura y la autocensura, cabalgando sobre el lenguaje inclusivo y a sabiendas de que al autor lo pueden declarar traidor o antisemita porque este t&eacute;rmino es la tijera de la censura actual: &ldquo;Antisemita: cualquier jud&iacute;x o no jud&iacute;x que se manifieste por un alto del fuego en Gaza, por el fin del apartheid, por un Estado binacional, por dos estados&rdquo;. A las identidades indoamericanas ya las hab&iacute;a contactado, a partir de 2015, con su proyecto llamado &ldquo;Reuni&oacute;n&rdquo;, un viaje casi m&iacute;tico como el de aquel n&oacute;made cosmopolita llamado jud&iacute;o errante, ahora con la mochila cargada con una peque&ntilde;a impresora, visitando pueblos y comunidades nativas para proponer un procedimiento de escucha y escritura en el cual las personas hablaban y Zelko escrib&iacute;a a mano todo lo que escuchaba, sin grabador mediante. Luego, sin corregir ni editar a solas, el texto resultante era revisado y corregido colectivamente hasta alcanzar su punto de publicaci&oacute;n en libros y fanzines a leer en voz alta en distintas zonas de Sur, Centro Am&eacute;rica y M&eacute;xico. Era poner la oreja para que la palabra hablada se convirtiera en impresa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En di&aacute;logos construidos en el relato de esos viajes, Zelko confronta y perfila su identidad con nitidez. Le preguntan: &iquest;sos jud&iacute;o? Responde: s&iacute;, muy jud&iacute;o. &iquest;Sos de Israel? No, replica. Quieren saber c&oacute;mo es eso, Zelko explica: &ldquo;La mayor&iacute;a de los jud&iacute;os no somos israel&iacute;es. Israel es un pa&iacute;s con setenta a&ntilde;os de historia, el juda&iacute;smo es un pueblo con seis mil a&ntilde;os de antig&uuml;edad&rdquo;.&nbsp; &iquest;Y c&oacute;mo sab&eacute;s que sos jud&iacute;o? &ldquo;Seg&uacute;n la ley antigua, si tu madre es jud&iacute;a, sos jud&iacute;o&rdquo;. Para Hitler, bastaba con que uno de tus cuatro abuelos lo fuera para definirte y condenarte. Tambi&eacute;n sintetiza un relato oral de Bernard Goldstein, que vivi&oacute; en el ghetto de Varsovia desde el principio hasta casi el final, cuando la tasa de mortalidad por tifus y hambre llegaba a las siete mil personas por mes y los cad&aacute;veres eran arrojados desnudos a las calles porque la ropa era demasiado valiosa para los sobrevivientes: cada ma&ntilde;ana pasaban carros a recoger los cuerpos para llevarlos al cementerio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Zelko practica una escucha que hace hablar a los muertos. Escribe en primera persona pero en su devenir oreja atraviesa el vaciamiento y la destrucci&oacute;n de su yo. &ldquo;Un duelo es deponer el yo para sentir en propia carne la muerte del muerto&rdquo; escribe Mar&iacute;a Moreno en el ep&iacute;logo de este libro que me ha hecho llorar como pocos. Llorar y comprender. Y desear que el mundo entero escuche las voces que claman por las v&iacute;ctimas de todos los bandos y banderas, de todas las identidades asesinas y asesinadas, de todos los cr&iacute;menes que el odio y la ignorancia han sembrado y siguen sembrando en tiempos oscuros. Como el presente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>OB/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/plegarias-duelo-compartido_129_12167368.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Mar 2025 10:02:43 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/de7ddc0d-c2ba-43ac-b74b-bce240d1d76a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="1214011" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/de7ddc0d-c2ba-43ac-b74b-bce240d1d76a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="1214011" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Plegarias para un duelo compartido]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/de7ddc0d-c2ba-43ac-b74b-bce240d1d76a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Conflicto palestino-israelí,Judaísmo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Qué hacer antes del apocalipsis]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/apocalipsis_129_12071443.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ed0b9cfb-18af-4b35-a08e-6045c4833223_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Qué hacer antes del apocalipsis"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Después de las bombas de Hiroshima y Nagasaki nuestra existencia nunca se había acercado tanto al borde del precipicio como ahora. Es difícil mantener el buen humor ante estos procesos, pero algunas cosas se pueden hacer. </p></div><p class="article-text">
        Esta no es una columna de autoayuda. El grupo de cient&iacute;ficos at&oacute;micos que estableci&oacute; el reloj del fin del mundo en 1947 dice que estamos m&aacute;s cerca que nunca de la estaci&oacute;n terminal, a solo 89 segundos del holocausto nuclear. Podr&aacute; argumentarse y con raz&oacute;n que siempre hubo fantas&iacute;as de extinci&oacute;n, creencias de que todo se destruir&iacute;a y sin embargo la humanidad sigui&oacute; sobreviviendo, despu&eacute;s de sufrir algunos millones de muertos m&aacute;s o menos a causa de guerras, pandemias, limpiezas &eacute;tnicas y otros siniestros. El siglo XX fue ejemplar en ese sentido. Pero el orden mundial establecido despu&eacute;s de 1945 ha terminado. Ahora tenemos Gaza, Ucrania, las amenazas de Trump y de Putin, un sistema financiero global atado con alambres, mutaci&oacute;n clim&aacute;tica, todo eso junto. Despu&eacute;s de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, en los comienzos de la guerra fr&iacute;a, nunca nos hab&iacute;amos acercado tanto al borde del precipicio. Ni siquiera con la crisis de los misiles en Cuba de 1962, cuando alguna gente cre&iacute;a que se ven&iacute;a lo que en vulgar argentino se llamaba &ldquo;la fin del mundo&rdquo;. Ni en plena carrera armamentista, cuando se empezaron a imaginar escenarios de lo que ser&iacute;a un invierno nuclear, en el que los incendios causados por bombas at&oacute;micas cubrir&iacute;an el cielo de polvo y cenizas, impidiendo la fotos&iacute;ntesis y provocando la extinci&oacute;n de todo lo que vive, un invierno al que solo podr&iacute;an sobrevivir las bacterias amantes de las condiciones extremas, resistentes a la radiaci&oacute;n, como aquellas que viven a m&aacute;s de ochocientos metros bajo el hielo de la Ant&aacute;rtida o a m&aacute;s de un kil&oacute;metro por debajo del lecho marino cercano a Jap&oacute;n o en el interior de rocas bajo 2.600 metros de oc&eacute;ano en la costa norteamericana.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/c6bfe808-2e9d-42d6-98a0-c41036c2e8b4_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/c6bfe808-2e9d-42d6-98a0-c41036c2e8b4_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/c6bfe808-2e9d-42d6-98a0-c41036c2e8b4_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/c6bfe808-2e9d-42d6-98a0-c41036c2e8b4_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/c6bfe808-2e9d-42d6-98a0-c41036c2e8b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/c6bfe808-2e9d-42d6-98a0-c41036c2e8b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/c6bfe808-2e9d-42d6-98a0-c41036c2e8b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Ocurre que a la amenaza nuclear, potenciada por guerras actuales entre pa&iacute;ses portadores de bombas at&oacute;micas, se agregan hoy el uso de inteligencias artificiales en armas cada vez m&aacute;s sofisticadas, el avance del militarismo y los neofascismos, la demencia generalizada, los l&iacute;deres mesi&aacute;nicos, las cat&aacute;strofes clim&aacute;ticas devastadoras, desde incendios e inundaciones hasta veranos asfixiantes e inviernos terribles seg&uacute;n las zonas, todo un apocalipsis algo lento, no de destrucci&oacute;n total al instante sino m&aacute;s bien una agon&iacute;a de desastres acumulados y cada vez m&aacute;s severos. Lo que no excluir&iacute;a que todo se precipite de golpe hacia la escena m&aacute;s temida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es dif&iacute;cil mantener el buen humor ante estos procesos. Pero es posible.&nbsp;En el borrador de una conferencia que no pudo dar a causa de su muerte, Kurt Vonnegut se refiri&oacute; al inicio del final de esta manera: &ldquo;Esto es realmente el apocalipsis, el fin de todo seg&uacute;n las profec&iacute;as de San Juan el Divino y San Kurt el Vonnegut. Mientras hablo aqu&iacute;, el &uacute;ltimo oso polar puede estar muri&eacute;ndose de hambre a causa del cambio clim&aacute;tico, a causa de todos nosotros. Y claro que voy a extra&ntilde;ar a los osos polares. Sus cachorros son tan mimosos, tibios y confiados como los nuestros&hellip; &iquest;Pero acaso este viejo choto tiene algo que decirles a los j&oacute;venes en esta &eacute;poca llena de problemas?&rdquo; Era abril del 2007 y el reloj del fin del mundo aun no estaba tan cerca de la medianoche como ahora, pero las antenas del autor de <em>Matadero 5</em> ya hab&iacute;an detectado c&oacute;mo ven&iacute;a la mano. En esa novela, escrita a partir de su propia experiencia como testigo del incendio de Dresde en la Segunda Guerra Mundial por el bombardeo aliado mientras &eacute;l se hallaba prisionero de los nazis, hay una expresi&oacute;n que se repite m&aacute;s de cien veces en forma de remate y que tiene distintos significados seg&uacute;n los p&aacute;rrafos a los que alude, generalmente tras el relato de alguna masacre: &ldquo;So it goes&rdquo;. Traducido a veces como &ldquo;as&iacute; fue&rdquo;, seg&uacute;n el contexto puede significar &ldquo;as&iacute; son las cosas &rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Fue su hijo Mark quien debi&oacute; leer el &uacute;ltimo discurso del escritor ante una audiencia conmocionada por su muerte, ocurrida apenas dos semanas antes. Y se trat&oacute; de una exposici&oacute;n de veinte minutos al mejor estilo Vonnegut, con abundantes bromas, iron&iacute;as y reflexiones err&aacute;ticas sobre diversos temas, desde la grieta entre liberales y conservadores en Estados Unidos hasta el nuevo poder chino, las guerras, los cambios en el clima, la destrucci&oacute;n del planeta y el sentido de la vida.
    </p><p class="article-text">
        Respecto de esto, el &uacute;ltimo p&aacute;rrafo del discurso resumi&oacute; el esp&iacute;ritu que sosten&iacute;a Vonnegut en medio de sus visiones apocal&iacute;pticas. Dec&iacute;a: &ldquo;Hace un tiempo le pregunt&eacute; a mi hijo Mark de qu&eacute; se trata la vida, dado que yo no ten&iacute;a la m&aacute;s m&iacute;nima idea. Me dijo 'pap&aacute;, estamos ac&aacute; para ayudarnos a atravesar este asunto, sea lo que sea'. Sea lo que sea. No est&aacute; mal. No est&aacute; mal que uno pueda ayudar, ser un cuidador. &iquest;Y entonces c&oacute;mo deber&iacute;amos proceder durante este apocalipsis? Por cierto, deber&iacute;amos ser excepcionalmente amables unos con otros, pero tambi&eacute;n deber&iacute;amos dejar de ser tan serios. Los chistes ayudan bastante. Y cons&iacute;ganse un perro si a&uacute;n no lo tienen. Yo mismo me consegu&iacute; uno hace poco. Es una cruza nueva. Medio caniche y medio shitzu. Un perrito de mierda. Y con esto me despido. Muchas gracias&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Parad&oacute;jicamente, ese mismo perrito fue quiz&aacute; el que de modo indirecto provoc&oacute; la muerte del escritor a los 84 a&ntilde;os. Una tarde de marzo de 2007, sobre el final demorado de un largo invierno, Kurt Vonnegut sali&oacute; de su casa en Manhattan a pasear a su mascota, a fumar o hacer ambas cosas y se resbal&oacute; o tropez&oacute; en los escalones de la entrada, que pod&iacute;an tener un poco de hielo residual, todo ello agravado por el riesgo de enredarse con la correa del perro, y se rompi&oacute; la cabeza en la ca&iacute;da. M&aacute;s all&aacute; de las especulaciones, esto es cierto: tras el accidente fue internado con traumatismo de cr&aacute;neo y falleci&oacute; inconsciente el 11 de abril de aquel a&ntilde;o. Fue tal vez el &uacute;ltimo e involuntario chiste de Vonnegut, promotor de una autoiron&iacute;a infinita, capaz de dejar entre bromas para la posteridad este mensaje final: es un momento excepcional, de modo que cu&iacute;dense entre s&iacute;, cuiden a quienes aman, busquen alguien a quien querer, hagan el amor y no la guerra, sean amables y amantes, porque esto no va a durar mucho. As&iacute; son las cosas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>OB/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/apocalipsis_129_12071443.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Feb 2025 09:36:57 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/ed0b9cfb-18af-4b35-a08e-6045c4833223_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="357205" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/ed0b9cfb-18af-4b35-a08e-6045c4833223_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="357205" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Qué hacer antes del apocalipsis]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/ed0b9cfb-18af-4b35-a08e-6045c4833223_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De Traslasierra a la Antártida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/traslasierra-antartida_129_11970918.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8cff4481-96ef-4040-8d75-0e94d8fc0b4d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De Traslasierra a la Antártida"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">
En 1903, la expedición científica del Antarctic quedó atrapada en los hielos de la Antártida. Tras varios intentos fallidos de rescate, la fragata argentina ARA Uruguay, comandada por Julián Irizar y con Ricardo Ireneo Hermelo como segundo comandante, logró salvar a los 20 tripulantes y científicos, quienes sobrevivieron durante casi dos años a base de carne de pingüino.</p></div><p class="article-text">
        Cerca de fin de a&ntilde;o, una performance en San Javier, C&oacute;rdoba, me hizo pensar en la Ant&aacute;rtida de principios del siglo XX. Dentro de una librer&iacute;a pr&oacute;xima a la plaza del pueblo, la directora y curadora <strong>Vivi Tellas</strong>, asistida por <strong>Rita Pauls</strong>, convoc&oacute; a una docena de personas para que escribieran y leyeran textos en base a fotos de familia proyectadas en una pantalla. Fue una performance colectiva, llamada <em>Pochi-Pochi</em> y definida como &ldquo;ejercicio melodram&aacute;tico&rdquo;, donde se evocaron recuerdos de ni&ntilde;ez, de ancestros, de relaciones familiares. 
    </p><p class="article-text">
        Entre los participantes estaba el actor y soci&oacute;logo <strong>Manuel Hermelo</strong>, uno de los fundadores y directores de la m&iacute;tica Organizaci&oacute;n Negra, que aport&oacute; la fotograf&iacute;a en blanco y negro de un antiguo barco con tres m&aacute;stiles inclinado sobre un lado, como si se estuviera hundiendo, rodeado de un blanco mar de hielo. En la foto proyectada en pantalla no se ve&iacute;a ning&uacute;n ser humano, pero Manuel cont&oacute; que esa imagen ten&iacute;a relaci&oacute;n con su abuelo, <strong>Ricardo Ireneo Hermelo</strong>, quien particip&oacute; en el rescate de los viajeros y tripulantes del Antarctic, ese velero con motor a vapor atrapado por los hielos australes en 1903. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/83d821cd-7952-4d95-aef1-80728b1a93e8_16-9-aspect-ratio_50p_1109677.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/83d821cd-7952-4d95-aef1-80728b1a93e8_16-9-aspect-ratio_50p_1109677.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/83d821cd-7952-4d95-aef1-80728b1a93e8_16-9-aspect-ratio_75p_1109677.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/83d821cd-7952-4d95-aef1-80728b1a93e8_16-9-aspect-ratio_75p_1109677.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/83d821cd-7952-4d95-aef1-80728b1a93e8_16-9-aspect-ratio_default_1109677.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/83d821cd-7952-4d95-aef1-80728b1a93e8_16-9-aspect-ratio_default_1109677.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/83d821cd-7952-4d95-aef1-80728b1a93e8_16-9-aspect-ratio_default_1109677.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Result&oacute; que los viajeros, varios de ellos bi&oacute;logos, cart&oacute;grafos, bot&aacute;nicos, meteor&oacute;logos, eran parte de la expedici&oacute;n que dirigi&oacute; el cient&iacute;fico sueco <strong>Otto Nordenskj&ouml;ld </strong>para realizar mediciones y observaciones en el Oc&eacute;ano Ant&aacute;rtico. Hab&iacute;an partido en 1901 desde Gotemburgo en ese barco comandado por el capit&aacute;n <strong>Daniel Larsen</strong>, y despu&eacute;s de una breve parada en el puerto de Buenos Aires se dirigieron a la Ant&aacute;rtida, donde construyeron una caba&ntilde;a en la isla llamada Snow Hill, Cerro Nevado, para hacer sus observaciones y ser reembarcados unos meses m&aacute;s tarde. 
    </p><p class="article-text">
        Pero el Antarctic, herido de muerte por los hielos, nunca los pudo llevar de vuelta. Fue por intervenci&oacute;n de la fragata argentina ARA Uruguay, comandada por el teniente <strong>Juli&aacute;n Irizar </strong>y su segundo comandante, el teniente de fragata Ricardo Ireneo Hermelo, que se los pudo rescatar casi dos a&ntilde;os despu&eacute;s de haber partido y de tener que sobrevivir a los crudos inviernos ant&aacute;rticos a base de carne de ping&uuml;ino. 
    </p><p class="article-text">
        Muchos de estos detalles no fueron aportados por Manuel Hermelo en su relato, sino que, despertada mi curiosidad por esas peripecias, los descubr&iacute; en b&uacute;squedas por internet m&aacute;s tarde. En diciembre de 1902 el Antarctic queda prisionero por primera vez entre los hielos y tres de sus tripulantes desembarcan cerca de Bah&iacute;a Esperanza con la esperanza, justamente, de llegar hasta el campamento de los cient&iacute;ficos en Snow Hill con un trineo pero el clima empeora, no logran avanzar y deber&aacute;n regresar hasta esa bah&iacute;a donde quedar&aacute;n aislados. El barco ya se ha liberado de su prisi&oacute;n de hielo e intentar&aacute; acercarse a la isla Paulet pero por segunda vez queda bloqueado por una capa de hielo, ahora en el Golfo Erebus y Terror.
    </p><p class="article-text">
        Aunque podr&aacute; liberarse nuevamente, la presi&oacute;n le ha producido grandes da&ntilde;os y le empieza a entrar agua. A cuarenta kil&oacute;metros de la isla, sus veinte tripulantes lo abandonan a bordo de un t&eacute;mpano, con pocas provisiones y dos botes. Pero de pronto advierten que el t&eacute;mpano los lleva mar afuera y deciden subirse a esos botes para llegar a la costa. Ya en la isla, construyen una caba&ntilde;a de piedra donde pasar&aacute;n varios meses hasta que los rescaten. Cient&iacute;ficos por un lado, marinos por otro, sin comunicaci&oacute;n entre s&iacute;, tendr&aacute;n que arregl&aacute;rselas recolectando huevos y cazando los abundantes ping&uuml;inos de la zona para alimentarse. Recordemos: no hab&iacute;a electricidad, calefacci&oacute;n, tel&eacute;fonos, internet. Ni siquiera ten&iacute;an l&iacute;nea de tel&eacute;grafo. S&oacute;lo pod&iacute;an rogar que alguien se acordara de ellos y los buscara. 
    </p><p class="article-text">
        Y esto al fin ocurrir&aacute; cuando el gobierno de <strong>Julio Argentino Roca</strong> advierta que el Anctartic no ha regresado y disponga que la fragata ARA Uruguay salga en su b&uacute;squeda. Los rescatan entre el 7 y el 11 de noviembre de 1903. Cuando ingresan al puerto de Buenos Aires, el 2 de diciembre, una multitud que Nordenskj&ouml;ld calcula en m&aacute;s de cien mil personas los recibe con v&iacute;tores y aplausos y una alfombra de flores arrojadas desde los balcones y ventanas a su paso. Entre los h&eacute;roes de ese legendario rescate est&aacute; el abuelo de Manuel Hermelo, el teniente Ricardo Ireneo. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Manuel evoc&oacute; en su <em>perfo</em> una an&eacute;cdota de su abuelo, de quien se dec&iacute;a que quer&iacute;a morir de pie, no acostado como todo el mundo; incluso realiz&oacute; una representaci&oacute;n de ese hipot&eacute;tico adem&aacute;n de morir dirigiendo el cuerpo hacia arriba, como si quisiera subir al mismo tiempo que ca&iacute;a. Un movimiento parad&oacute;jico, que me record&oacute; la novela de <strong>C&eacute;sar Aira</strong> <em>El testamento del mago tenor</em>, que justo estaba leyendo en esos d&iacute;as, donde hay un mago capaz de cantar un aria subiendo y bajando al mismo tiempo por la escala crom&aacute;tica. Este prodigio de la voz solo se pod&iacute;a realizar en p&uacute;blico, en un arrebato inspirado, y no en cualquier momento; era imposible grabarlo, por lo cual se sospechaba que pod&iacute;a ser un fen&oacute;meno de hipnosis colectiva. 
    </p><p class="article-text">
        Pero el truco del mago, si pudiese ser aplicado a otras actividades de la vida diaria, podr&iacute;a extenderse a la posibilidad de bajar y subir una escalera al mismo tiempo, o lavar y secar la ropa simult&aacute;neamente, e incluso ir y volver de un lugar a la vez. Eso simplificar&iacute;a mucho la existencia, reflexionaba el narrador, aunque tambi&eacute;n se perder&iacute;a mucho en el proceso porque no habr&iacute;a etapas en el camino. Como si los expedicionarios del Antarctic pudiesen haber ido y vuelto al mismo tiempo, en un solo instante, de la Ant&aacute;rtida. Lo cual finalmente y de alguna manera siempre termina por ocurrir, en vista de la compresi&oacute;n que presenta el tiempo, cuando se trata de relatar hechos de hace d&eacute;cadas o siglos, reducidos a un par de p&aacute;rrafos en la historia. 
    </p><p class="article-text">
        Fue gracias a esa performance en Traslasierra, una noche de verano en d&iacute;as de m&aacute;s de 35 grados a la sombra, que mi pensamiento fue llevado hacia aquel tiempo y lugar, a una Ant&aacute;rtida entre hielos que a&uacute;n no hab&iacute;an sido derretidos por el calentamiento global y ping&uuml;inos de la especie Emperador que todav&iacute;a no ten&iacute;an su h&aacute;bitat en peligro. Todo un viaje.
    </p><p class="article-text">
        <em>OB/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/traslasierra-antartida_129_11970918.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 17 Jan 2025 09:59:30 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/8cff4481-96ef-4040-8d75-0e94d8fc0b4d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="127126" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/8cff4481-96ef-4040-8d75-0e94d8fc0b4d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="127126" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[De Traslasierra a la Antártida]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/8cff4481-96ef-4040-8d75-0e94d8fc0b4d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Antártida,Otto Nordenskjöld,Rescate,Fragata ARA Uruguay]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Para qué sirven los recitales de poesía]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/sirven-recitales-poesia_1_11894666.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/98343082-6bdd-4850-8a3a-22a0371071e0_16-9-discover-aspect-ratio_default_1107886.jpg" width="345" height="194" alt="Para qué sirven los recitales de poesía"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Martha Ferro fue una cronista y poeta argentina influenciada por la cultura beatnik. Sus poesías, reflejo de su vida en Nueva York y su experiencia personal, fue recopilada póstumamente en 'Por el camino de Newark y otros poemas', después de ser perdida u olvidada por ella misma.</p></div><p class="article-text">
        &iquest;Para qu&eacute; sirven los recitales de poes&iacute;a? Juntan quiz&aacute; veinte o treinta personas, la mitad conocidas o familiares de quienes leen, recitan o declaman y la otra mitad, poetas aspirantes a alg&uacute;n reconocimiento, a la espera de que por lo menos los inviten a leer en una pr&oacute;xima fecha. Digo recitales y en realidad son lecturas, a veces a los ponchazos, sin destreza en la proyecci&oacute;n de la voz o sin considerar al ruido ambiente o a la atenci&oacute;n de la audiencia. Pero aun as&iacute; esas escenas me parecen simp&aacute;ticas. Van a contracorriente de un mundo dominado por el mercado financiero. Y cada vez que voy a una, encuentro o redescubro a alguien que me estimula y me recuerda alguna verdad po&eacute;tica olvidada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me pas&oacute; hace poco, cuando fui a la &uacute;ltima fecha del a&ntilde;o de un ciclo llamado &ldquo;Poemas de mi&eacute;rcoles&rdquo;. La lectura que hizo Washington Cucurto de dos poemas de Martha Ferro me record&oacute; que aquella cronista policial y militante feminista l&eacute;sbico-trotskista que vivi&oacute; en La Boca, la Isla Maciel y Manhattan tambi&eacute;n hab&iacute;a escrito poes&iacute;a, y descubr&iacute; que su breve producci&oacute;n fue reunida recientemente en un libro titulado <em>Por el camino de Newark y otros poemas</em>.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/384e57be-cd8f-40eb-8976-145274a594ff_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/384e57be-cd8f-40eb-8976-145274a594ff_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/384e57be-cd8f-40eb-8976-145274a594ff_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/384e57be-cd8f-40eb-8976-145274a594ff_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/384e57be-cd8f-40eb-8976-145274a594ff_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/384e57be-cd8f-40eb-8976-145274a594ff_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/384e57be-cd8f-40eb-8976-145274a594ff_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Martha Isolina Ferro (1942-2011), oriunda de Barracas, conocida en los 80 y 90 sobre todo por su trabajo en el &aacute;rea de policiales de Cr&oacute;nica y la revista Esto!, donde aprendi&oacute; a titular creativamente las noticias m&aacute;s siniestras y desarroll&oacute; lo que ella llamaba el &ldquo;policial tramontina&rdquo; (el relato de hechos criminales en la vida cotidiana de los barrios populares, &ldquo;los casos en los que se matan usando cuchillos de cocina&rdquo;), antes de eso escribi&oacute; poemas y los recit&oacute; en p&uacute;blico a fines de los 60 y principios de los 70, cuando vivi&oacute; en Nueva York, ciudad a la que hab&iacute;a viajado so&ntilde;ando con la libertad y con encontrar a Allen Ginsberg. A este pudo verlo un par de veces, una en un teatro, cuando los recitales ten&iacute;an centenares o miles de asistentes. Es f&aacute;cil imaginar el impacto que habr&aacute; tenido en la joven Martha la presencia de un poeta que era a la vez popular y vanguardista, en una lectura de poemas de esas que hoy se llamar&iacute;an &ldquo;perform&aacute;ticas&rdquo;, es decir, con todo el cuerpo, y que en aquel tiempo y espacio eran la manera habitual de leer un verso en p&uacute;blico. Ella misma lo cuenta en una carta y tambi&eacute;n ella ley&oacute; sus poemas ataviada de Crist&oacute;bal Col&oacute;n y de Santa Claus en esa ciudad que la magnetiz&oacute; y la hizo sufrir, donde vivi&oacute; en hoteles &ldquo;con olor a grasa, mugre y millones de cucarachas&rdquo; y trabaj&oacute; de camarera que s&oacute;lo hablaba espa&ntilde;ol y de empleada dom&eacute;stica y hasta de vendedora de panchos arrastrando un pesado carro en la nieve. Una ciudad a la que le cant&oacute; en &ldquo;Blues de New York&rdquo;:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Ciudad que se apolilla y se acucarachea mientras Brooklyn se acerca por los puentes
    </p><p class="article-text">
        Ciudad en la que encontr&eacute; botas y besos dulces cuando eran los d&iacute;as tristes
    </p><p class="article-text">
        y encontr&eacute; empujones y golpes
    </p><p class="article-text">
        y malos sueldos
    </p><p class="article-text">
        y dolor de cabeza
    </p><p class="article-text">
        y memorias de anarquistas vencidos
    </p><p class="article-text">
        despu&eacute;s de las plazas con viejos, con los viejos que tienen todas las plazas
    </p><p class="article-text">
        despu&eacute;s las calles con perros que van a restaurantes y gatos que heredan millones de d&oacute;lares&ldquo;
    </p><p class="article-text">
        Sus versos tienen una respiraci&oacute;n, un ritmo y un clima que obviamente remiten a la Beat Generation, aun cuando ella nunca pudo manejarse bien en ingl&eacute;s y haya sufrido la decepci&oacute;n de ser una latina m&aacute;s en el coraz&oacute;n de ese sistema donde &ldquo;hay libertades para putear, vestirse, escribir lo que quieras, ridiculizar el gobierno hasta el colmo&rdquo; pero donde le faltaba calidez y le pasaron cosas terribles y despu&eacute;s de varias crisis de &aacute;cido lis&eacute;rgico y hero&iacute;na casi la hospitalizan con un diagn&oacute;stico de esquizofrenia, como cuenta en cartas a su amiga Anna Fioravanti que tambi&eacute;n son incluidas en este libro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El poema que da t&iacute;tulo al volumen, &ldquo;Por el camino de Newark con las manos fr&iacute;as y los ojos encima de mi nariz&rdquo; subraya cierto deseo desplazado de un peregrinaje beatnik: Martha nunca fue a Newark, pero esta era la ciudad en la que hab&iacute;a nacido Allen Ginsberg, algo as&iacute; como una Meca de origen para esa sensibilidad que la hab&iacute;a cautivado, confrontada con el contexto g&eacute;lido de su camino inici&aacute;tico:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hacia Newark Hacia el invierno de Newark
    </p><p class="article-text">
        mis manos puestas en mis rodillas
    </p><p class="article-text">
        y el diario blanco y gris por mis pies y mi nariz
    </p><p class="article-text">
        pegada a la palabra del vidrio
    </p><p class="article-text">
        Hacia Newark Hacia la oscuridad de los borrachos y los colores verdes de los negros
    </p><p class="article-text">
        Hacia los vientres con mi lengua hacia los ruidos de las sombras
    </p><p class="article-text">
        Hacia multitudes de no &aacute;rboles y de ojos de pl&aacute;stico mientras miro hacia mis botas
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;mientras escupo y digo gracias y me r&iacute;o
    </p><p class="article-text">
        mientras junto mis dedos y el fr&iacute;o me pega y me abandona&ldquo;
    </p><p class="article-text">
        Ferro perdi&oacute; esos versos en varias mudanzas o los destruy&oacute; &ldquo;porque no le gustaban&rdquo;, escribe su viuda, Adriana Carrasco, en el pr&oacute;logo al libro. &iquest;Tendr&iacute;a raz&oacute;n en no querer publicarlos? Solo se salvaron aquellos que dej&oacute; con amigos que emigraron junto a ella como N&eacute;stor Latr&oacute;nico o que envi&oacute; por carta a Fioravanti, su amiga de toda la vida. Unos pocos salieron en revistas literarias de los a&ntilde;os 60 como El Corno Emplumado. Despu&eacute;s de volver a Argentina en 1973, de vivir como ciruja en la Isla Maciel, de trabajar de maestra titiritera en La Boca y finalmente de periodista policial en la prensa sensacionalista, su poes&iacute;a qued&oacute; abandonada u olvidada por la misma autora hasta que, trece a&ntilde;os despu&eacute;s de su muerte, el investigador, archivista y editor Juan Queiroz pudo reunirlos en un libro. Mar&iacute;a Moreno, que la retrat&oacute; y entrevist&oacute; en profundidad, escribe en la contratapa que &ldquo;a ella se le peg&oacute; la m&uacute;sica hipn&oacute;tica de Allen -un acorde&oacute;n monotem&aacute;tico que marcaba el ritmo incesante de los versos&rdquo;. En estos les habl&oacute; a las mujeres que am&oacute;, a esas relaciones m&aacute;s &ldquo;karm&aacute;ticas&rdquo; que l&eacute;sbicas, seg&uacute;n dec&iacute;a, y a toda esa comunidad de disidentes que pod&iacute;an entenderla, pero sin proponerse hacer sistema con su poes&iacute;a, sin construirse deliberadamente a s&iacute; misma como poeta y dejando librada su inspiraci&oacute;n a las manos amigas que la preservaron y que hoy pueden difundirla al resto del mundo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para nada menos que eso sirven los recitales de poes&iacute;a.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/sirven-recitales-poesia_1_11894666.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 13 Dec 2024 10:04:41 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/98343082-6bdd-4850-8a3a-22a0371071e0_16-9-discover-aspect-ratio_default_1107886.jpg" length="14710" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/98343082-6bdd-4850-8a3a-22a0371071e0_16-9-discover-aspect-ratio_default_1107886.jpg" type="image/jpeg" fileSize="14710" width="345" height="194"/>
      <media:title><![CDATA[Para qué sirven los recitales de poesía]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/98343082-6bdd-4850-8a3a-22a0371071e0_16-9-discover-aspect-ratio_default_1107886.jpg" width="345" height="194"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Fiesta negra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/fiesta-negra_129_11822232.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/606f40b4-54e4-42a7-ada3-fad68efebbbc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Fiesta negra"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La puesta en escena de fragmentos de sus poemas, así como del relato Evita vive por parte de Martín Diese en “Pena negra”, es impecable en su interpretación del impulso profanador, blasfemo y festivo de Néstor Perlongher en torno al mito.
</p></div><p class="article-text">
        En la &uacute;ltima marcha del Orgullo flame&oacute; de nuevo ese cartel que dise&ntilde;&oacute; <strong>N&eacute;stor Perlongher</strong> en los a&ntilde;os 70 para las primeras irrupciones p&uacute;blicas del Frente de Liberaci&oacute;n Homosexual: &ldquo;Para que reine en el pueblo el amor y la igualdad&rdquo;, consigna tomada de la marcha peronista. En este mes de noviembre tambi&eacute;n se abri&oacute; la tercera temporada de la obra &ldquo;Pena negra&rdquo;, armada en base al triple relato <em>Evita vive</em> y algunos poemas perlongherianos. Por estas y otras razones podr&iacute;a estar justificada la leyenda &ldquo;nacional y popular&rdquo; de que su autor habr&iacute;a adherido al peronismo en aquellos a&ntilde;os. Pero la operaci&oacute;n del poeta y provocador nacido en Avellaneda que tambi&eacute;n fue mi amigo era otra.
    </p><p class="article-text">
        Un libro que se public&oacute; este a&ntilde;o documenta con m&uacute;ltiples fuentes la at&iacute;pica aproximaci&oacute;n de Perlongher a los grandes mitos argentinos: <em>Un pensamiento literario de la sexualidad</em>, de Javier Gasparri, analiza y destaca en detalle el discurso anti identitario, la lengua sexo-pol&iacute;tica, las pol&eacute;micas, los poemas, las ficciones y otras formas de esa escritura ap&aacute;trida, renuente a toda tentaci&oacute;n de dogmatismo estatal y de identidad nacional. Espantado por el autoritarismo y el paternalismo gubernamental del programa de Per&oacute;n, Perlongher fue seducido sin embargo por la promiscuidad orgi&aacute;stica de la pasi&oacute;n de masas movilizadas en la calle. Escribi&oacute; en un documento in&eacute;dito: &ldquo;Sugiero pensar que, con el peronismo, los obreros ganaron el centro y se encontraron all&iacute; con los homosexuales&hellip; El peronismo parece tener, con todo, algo de fiesta. El erotismo que nace de ese encuentro de clases es potente. La relaci&oacute;n de la marica de clase media con el chongo villero no s&oacute;lo llen&oacute; lamentaciones&hellip; sino tambi&eacute;n saunas&rdquo;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/084cbfa6-be78-4694-8a99-ba6509c175d5_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/084cbfa6-be78-4694-8a99-ba6509c175d5_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/084cbfa6-be78-4694-8a99-ba6509c175d5_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/084cbfa6-be78-4694-8a99-ba6509c175d5_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/084cbfa6-be78-4694-8a99-ba6509c175d5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/084cbfa6-be78-4694-8a99-ba6509c175d5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/084cbfa6-be78-4694-8a99-ba6509c175d5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Sobre Eva Duarte de Per&oacute;n, esa &ldquo;figura argentina devenida mitol&oacute;gica y organizada sobre una pasi&oacute;n bipolar (amor-odio)&rdquo;, dice Gasparri que Perlongher no se sit&uacute;a en ninguno de los dos polos sino que m&aacute;s bien los ataca con la misma violencia, construyendo una Evita que &ldquo;no es la santa venerada por el sue&ntilde;o peronista y en cambio s&iacute; es la yegua, pero una yegua gozosa que ya desarticul&oacute; el sue&ntilde;o antiperonista&rdquo;. Debe recordarse aqu&iacute; que la publicaci&oacute;n de <em>Evita vive</em> en El Porte&ntilde;o en 1989 provoc&oacute; la ira de concejales justicialistas que pidieron el secuestro de esa revista en la ciudad de Buenos Aires por considerar al relato &ldquo;injuriante&rdquo; y un &ldquo;atentado al pudor&rdquo;. Escrito en 1975, al mismo tiempo que Perlongher organizaba protestas contra la ley de restricci&oacute;n al uso de anticonceptivos que en esos a&ntilde;os propon&iacute;a Per&oacute;n, as&iacute; como contra los edictos policiales instalados en el primer gobierno peronista de 1946, ese triple cuento profano se bas&oacute; en la literalidad de la consigna &ldquo;Evita vive&rdquo;: ella era un espectro inmortal, bajaba del cielo al subsuelo del Bajo y a los hoteles de inquilinos pobres para revolcarse en org&iacute;as, inyectarse con drogas, prometer un rescate de lotes de marihuana, interpelar a un comisario al que conoc&iacute;a tan &iacute;ntimamente que pod&iacute;a descubrirle una verruga en el hombro y chup&aacute;rsela en p&uacute;blico, y arengar al pueblo diciendo &ldquo;grasitas m&iacute;os, Evita va a volver por todos los barrios para que no les hagan nada a sus descamisados&rdquo;. La risa de Perlongher es la risa blasfema, aunque no precisamente gorila, que descoloca tanto al relato militante tradicional como a la pacater&iacute;a y la represi&oacute;n conservadora: en su escritura, el mito popular de Eva es descentrado, arrojado y arrastrado hacia los m&aacute;rgenes para terminar de nuevo elevado ya no como santa sino como una promiscua semidiosa lumpen.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Era una operaci&oacute;n literaria y sexual. En otros textos Perlongher critic&oacute; la utilizaci&oacute;n de ese mito por algunas izquierdas &ldquo;con la ilusi&oacute;n de tomar por asalto el ominoso aparato de la burocracia peronista. Los encantos de ese atajo son tan seductores como macabros sus resultados&hellip; Tr&aacute;tase de sumarse a un movimiento m&aacute;s o menos populista como tentativa de llegar, por un atajo, a la revoluci&oacute;n. El triste saldo del entrismo de la izquierda en el peronismo ilustra sobre las producciones de este ensamble&rdquo;. Alud&iacute;a as&iacute; tanto a la tragedia de la violencia de los 70 como al deseo de empalagarse con la transparencia de un cuerpo yacente y hurtado, ese cuerpo de Eva sobre el que cant&oacute;, en su poema &ldquo;El cad&aacute;ver&rdquo;:
    </p><p class="article-text">
        Vamos, no juegues con ella, con su muerte
    </p><p class="article-text">
        D&eacute;jame pasar, anda, no ves que ya est&aacute; muerta.
    </p><p class="article-text">
        Y tambi&eacute;n refer&iacute;a al poema &ldquo;El cad&aacute;ver de la naci&oacute;n&rdquo;, donde vuelve sobre la cuesti&oacute;n del manoseo del cuerpo en devenir zombi por magia de vud&uacute;, manicura y peluquer&iacute;a mortuoria, en di&aacute;logo figurado con Pedro Ara, el m&eacute;dico espa&ntilde;ol que embalsam&oacute; el cad&aacute;ver de Eva:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;En cuanto me muera, qu&iacute;teme el rojo de las u&ntilde;as
    </p><p class="article-text">
        y d&eacute;jemelas con brillo natural&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        Armada de sus trebejos de manicura
    </p><p class="article-text">
        doncella de la estancia, plata y n&aacute;car
    </p><p class="article-text">
        &iquest;envolver en sus manos el rosario?
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Yo no soy quien &ndash; le contest&eacute;- para decidir
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;en esos detalles&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        La puesta en escena de fragmentos de estos poemas, as&iacute; como del relato <em>Evita vive</em> por parte de Mart&iacute;n Diese en &ldquo;Pena negra&rdquo;, es impecable en su interpretaci&oacute;n del impulso profanador, blasfemo y festivo de Perlongher en torno al mito. Como en las marchas del Orgullo LGBTIQ+, aqu&iacute; tambi&eacute;n est&aacute; la fiesta en el centro de un gesto teatral imp&uacute;dico y anti solemne. El t&iacute;tulo de la obra -que puede verse en Hasta Trilce todos los mi&eacute;rcoles hasta fines de noviembre- toma su nombre del bolero del compositor mexicano Homero Aguilar, cuya primera l&iacute;nea dice &ldquo;De amor es mi pena negra&rdquo;. Este tambi&eacute;n fue el t&iacute;tulo traducido al ingl&eacute;s de la antolog&iacute;a donde apareci&oacute; por primera vez dentro de un libro el <em>Evita Lives</em> de Perlongher: <em>My Deep Dark Pain is Love</em>, antolog&iacute;a de ficciones gays latinoamericanas que public&oacute; Gay Sunshine Press en San Francisco en 1983. Junto a Puig, Arenas y otros, ah&iacute; estaba Perlongher traducido en ese relato &ldquo;maldito&rdquo; -en el sentido que John William Cooke daba al t&eacute;rmino cuando se refer&iacute;a al peronismo como &ldquo;hecho maldito del pa&iacute;s burgu&eacute;s&rdquo;- que a&uacute;n mantiene una acuciante actualidad, como la presencia de un espectro que insiste en reaparecer cuando menos se lo espera.&nbsp;&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/fiesta-negra_129_11822232.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 15 Nov 2024 09:42:23 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/606f40b4-54e4-42a7-ada3-fad68efebbbc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="216116" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/606f40b4-54e4-42a7-ada3-fad68efebbbc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="216116" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Fiesta negra]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/606f40b4-54e4-42a7-ada3-fad68efebbbc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cien años no es nada]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cien-anos-no_129_11742752.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5053919b-2d44-49aa-8e48-7f59ddbec922_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cien años no es nada"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Alexandra David-Neel, exploradora francesa, fue la primera mujer occidental en instalarse en una ciudad tibetana reservada para los locales. Feminista y anarquista, escribió sobre budismo y tradujo textos espirituales, convirtiéndose en una figura célebre. Murió en 1969, dejando un importante legado literario.
</p></div><p class="article-text">
        Hace justo un siglo llegaba a Lhasa, capital del Tibet y ciudad prohibida para extranjeros, la primera mujer occidental que logr&oacute; residir en esa poblaci&oacute;n construida a 3.650 metros de altura en la regi&oacute;n de los Himalayas: Alexandra David-Neel. Nacida el 24 de octubre de 1868 en Saint-Mand&eacute;, Francia, tuvo vocaci&oacute;n de exploradora desde los quince a&ntilde;os, cuando intent&oacute; embarcarse sin permiso hacia Gran Breta&ntilde;a para esc&aacute;ndalo de su familia. Logr&oacute; viajar a solas a la India y a T&uacute;nez antes de cumplir los veinticinco. Amiga del ge&oacute;grafo anarquista Elis&eacute;e Reclus, consigui&oacute; que este le publicara y prologara su primer libro cuando apenas ten&iacute;a veinte a&ntilde;os, en 1898: <em>Pour la vie, c</em>onocido en espa&ntilde;ol como <em>Elogio a la vida</em>. Leo en ese libro: &ldquo;La obediencia es la muerte. Cada instante en que uno se somete a una voluntad extra&ntilde;a es un instante arrancado a su propia vida&rdquo;. Feminista pero tambi&eacute;n anarca, la autora discut&iacute;a con las sufragistas que luchaban por el derecho al voto de la mujer porque este le parec&iacute;a -como todo voto- una renuncia a ser due&ntilde;a de s&iacute; misma para someterse a la voluntad de los individuos elegidos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se cas&oacute; una sola vez, con un ingeniero jefe de los ferrocarriles tunecinos y con &eacute;l se fue a vivir a T&uacute;nez, pero termin&oacute; separ&aacute;ndose siete a&ntilde;os m&aacute;s tarde, en 1911, cuando emprendi&oacute; su definitivo periplo a Oriente: le dijo a su marido que estar&iacute;a ausente unos dieciocho meses y tard&oacute; catorce a&ntilde;os en volver. Viaj&oacute; sola por Egipto, Ceil&aacute;n, India, Nepal y T&iacute;bet, a trav&eacute;s de regiones habitadas por bandidos, tigres, lobos, leopardos y refugiados del hambre y de la peste. Era pacifista pero siempre llevaba un revolver escondido entre sus ropas, por las dudas. No quiso tener hijos. Adopt&oacute; legalmente como hijo a su asistente, un lama tibetano de diecis&eacute;is a&ntilde;os con quien viaj&oacute; durante tres a&ntilde;os hasta llegar a Lhasa montada a caballo. Descubierta como extranjera, fue expulsada en menos de dos semanas. Luego se instal&oacute; en Corea, Jap&oacute;n y tambi&eacute;n en el monasterio de Kumbum, hoy dentro de China, donde vivi&oacute; m&aacute;s de dos a&ntilde;os levant&aacute;ndose a las tres de la madrugada para meditar, estudiar y traducir al franc&eacute;s cl&aacute;sicos tibetanos y s&aacute;nscritos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Su segundo intento de llegar a Lhasa fue a pie. Vestida como oriental, el pelo te&ntilde;ido de negro y en compa&ntilde;&iacute;a de su lama adoptivo, durante cuatro meses cruz&oacute; r&iacute;os y monta&ntilde;as, sufri&oacute; nevadas, pas&oacute; semanas casi sin comer, durmi&oacute; en cuevas congeladas y lleg&oacute; a tener las suelas de los mocasines destrozados por las rocas despu&eacute;s de caminar cuarenta y cuatro d&iacute;as seguidos. Se hosped&oacute; entre bandoleros y cazadores que la cre&iacute;an una chamana o m&eacute;dium capaz de hacer curaciones y milagros. Aprendi&oacute; a dormir sobre pisos de tierra, a comer carne con gusanos, a sonarse la nariz con los dedos y a actuar por completo como un tibetano. Ingres&oacute; a Lhasa oculta entre miles de aldeanos que acud&iacute;an a las fiestas de a&ntilde;o nuevo.
    </p><p class="article-text">
        En esa cumbre del mundo se qued&oacute; en 1924 casi siempre de inc&oacute;gnito, con su condici&oacute;n de mujer europea disimulada bajo los atuendos del peregrino, en las calles, en tiendas de campa&ntilde;a, en hogares donde pudo refugiarse. Cuando fue descubierta, su conocimiento del idioma y las creencias locales le permitieron ser tolerada por un tiempo. Pero enferma de artritis, gripe, tosiendo sangre y con miedo a tener tuberculosis, hubo de retirarse al sur, refugi&aacute;ndose en la casa de David McDonald, agente de Comercio brit&aacute;nico en la India que fue el primer occidental en escuchar la historia de ese viaje extraordinario.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tras una d&eacute;cada y media de ausencia volvi&oacute; a Francia y se instal&oacute; en Par&iacute;s. All&iacute; comenz&oacute; a escribir los libros que la hicieron c&eacute;lebre, entre ellos <em>Magos y m&iacute;sticos del T&iacute;bet</em>, <em>La India en que viv&iacute;</em>, <em>Las ense&ntilde;anzas secretas de los budistas tibetanos</em> y sobre todo <em>Viaje a Lhasa</em>, su cr&oacute;nica de exploraci&oacute;n y autobiograf&iacute;a espiritual que tuvo nueve ediciones francesas en un par de a&ntilde;os. Fue autora de unos treinta libros sobre budismo y muchos art&iacute;culos sobre cultura india y tibetana, pocos de ellos traducidos al espa&ntilde;ol. En uno de sus mejores escritos, <em>El budismo de Buda</em>, se lee entre l&iacute;neas esa singular confluencia de ideas anarquistas y budistas que le permiti&oacute; traducir de este modo las palabras de Buda: &ldquo;No crean en base a la fe de los sabios de tiempos pasados. No crean una cosa porque muchos hablen de ella. No crean en lo que se han imaginado pensando que un dios los ha inspirado. No crean nada basado s&oacute;lo en la autoridad de maestros o sacerdotes. Crean en lo que han experimentado por ustedes mismos y reconocido como razonable&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Alexandra volvi&oacute; a sentir de nuevo el llamado del camino a mediados de la d&eacute;cada del 30. Intent&oacute; regresar a Lhasa justo cuando estaba comenzando la guerra sino-japonesa y termin&oacute; varada en el pueblo tibetano de Tachienlu, ocupado por China, durante toda la Segunda Guerra Mundial. Al final, con la herencia recibida por la muerte de su marido y la de su propia familia, compr&oacute; una propiedad en Francia al pie de los Alpes, en 1946. Su asistente e hijo adoptivo morir&iacute;a en el 55; ella vivi&oacute; catorce a&ntilde;os m&aacute;s. Sigui&oacute; estudiando y traduciendo incluso cuando sus piernas ya no la sosten&iacute;an ni tampoco sus ojos, que deb&iacute;an ser ayudados por una lupa. Seg&uacute;n sus bi&oacute;grafos Barbara y Michael Foster, a un m&eacute;dico que le aconsej&oacute; usar lentes cuando ten&iacute;a noventa y siete a&ntilde;os le dijo: &ldquo;Doctor, &iquest;a usted le parece que a esta edad necesito ponerme anteojos?&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        A fines de la d&eacute;cada del 60, Alexandra David-Neel era una leyenda viviente consultada por estudiosos del budismo e hippies en viaje a Oriente, a quienes advert&iacute;a: &ldquo;Ir con poco dinero a esos pa&iacute;ses es una falta de respeto para los mendigos nativos&rdquo;. Despu&eacute;s de cumplir cien a&ntilde;os continu&oacute; escribiendo y practicando yoga, incluso postrada en un sof&aacute;, atendida por su secretaria y casi enfermera Marie-Madeleine Peyronett. Larg&oacute; su &uacute;ltimo aliento el 8 de septiembre de 1969, poco antes de cumplir ciento uno. Se le escuch&oacute; susurrar, como si su mente estuviera cambiando de itinerario en sue&ntilde;os: &ldquo;Estoy en Marsella y quisiera ir a Pek&iacute;n&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>OB/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cien-anos-no_129_11742752.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 18 Oct 2024 10:34:55 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/5053919b-2d44-49aa-8e48-7f59ddbec922_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="83932" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/5053919b-2d44-49aa-8e48-7f59ddbec922_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="83932" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Cien años no es nada]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/5053919b-2d44-49aa-8e48-7f59ddbec922_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Abuelitas furiosas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/abuelitas-furiosas_129_11667389.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f1ef2a37-0c8e-4420-83be-622710a1416a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Abuelitas furiosas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Inger Kronseth nunca bajaba línea, no discutía, no molestaba tratando de convencer a nadie. De temperamento alegre, sólo hablaba de sus cicatrices si alguien le preguntaba. Su furia la dirigía solamente contra el desprecio a los más débiles. 
</p></div><p class="article-text">
        En la &uacute;ltima Feria del Libro Usado compr&eacute; <em>El arrancacorazones</em>, de Boris Vian, un viejo ejemplar impreso en 1979 por Ediciones de la Flor. Una de las escenas de esa novela fant&aacute;stica que transcurre en una aldea llena de gente brutal e ignorante describe una Feria de los Viejos en la que venden y rematan personas ancianas y decr&eacute;pitas para ser abusadas sexualmente, o golpeadas y ridiculizadas por ni&ntilde;os crueles. Esas p&aacute;ginas me recordaron a una amiga que pas&oacute; la vida luchando contra la gerontofobia, el edadismo y la discriminaci&oacute;n en todas sus variantes.
    </p><p class="article-text">
        Inger Kronseth naci&oacute; en Dinamarca en 1922 y desde los 17 a&ntilde;os fue parte de la resistencia a la ocupaci&oacute;n alemana que comenz&oacute; en 1940, ayudando a jud&iacute;os a huir en botes de pescadores, una v&iacute;a de escape que luego le servir&iacute;a a ella misma para salvar su vida. Su hermano mayor era un clandestino buscado por la Gestapo. Y lo hallaron, porque vigilaban a la familia, un d&iacute;a en que el padre se cit&oacute; con su hijo en un lugar p&uacute;blico. Intentaron detener al partisano, este se resisti&oacute; con una pistola y lo mataron ah&iacute; mismo a tiros. El padre se derrumb&oacute; ante la escena y tras el desmayo se descubri&oacute; que ten&iacute;a un soplo en el coraz&oacute;n: hundido en la tristeza y la locura muri&oacute; unos meses m&aacute;s tarde. Inger tuvo que escapar a Suecia de noche, oculta en un bote de pescadores, sin asomar la cabeza para que no la vieran.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el exilio sueco conoci&oacute; a otro refugiado dan&eacute;s y seis meses despu&eacute;s de casarse pudieron regresar a su pa&iacute;s para el d&iacute;a de la liberaci&oacute;n, el 6 de mayo de 1945. Bajaron del barco en Copenhague en medio de los festejos por el fin de la guerra. La gente bailaba en las calles. En un momento, marido y mujer fueron separados por el r&iacute;o de cuerpos que flu&iacute;a hacia el centro y un francotirador oculto en alguna azotea &ndash;un nazi dan&eacute;s&ndash; dispar&oacute; sobre la multitud. La bala alcanz&oacute; a su marido, tal vez el &uacute;ltimo muerto de la ocupaci&oacute;n alemana en Dinamarca.
    </p><p class="article-text">
        Viuda antes de los veintitr&eacute;s a&ntilde;os, Inger vivi&oacute; toda su vida atravesada por muertes violentas. En la posguerra trabaj&oacute; como periodista, fue corresponsal para diarios daneses en Par&iacute;s, Londres y Bonn, hasta que emigr&oacute; a Canad&aacute; en 1956: all&iacute; se cas&oacute; con un minero que tambi&eacute;n muri&oacute; tr&aacute;gicamente tres a&ntilde;os m&aacute;s tarde. Al parecer se dispar&oacute; a s&iacute; mismo por descuido con una carabina. Algunos creen que fue suicidio, pero seg&uacute;n Inger &eacute;l estaba limpiando su arma, la apoy&oacute; con el ca&ntilde;&oacute;n cerca de su propia cara y ah&iacute; se dispar&oacute; sin querer. Se vol&oacute; los sesos. Un accidente extra&ntilde;o. A veces pasa.
    </p><p class="article-text">
        Viuda por segunda vez, y con una hija peque&ntilde;a, Inger trabaj&oacute; como maestra en la regi&oacute;n de las monta&ntilde;as Kootenays, provincia de Columbia Brit&aacute;nica. All&iacute; creci&oacute; su hija Karen, que antes de haber cumplido veinte a&ntilde;os qued&oacute; prematuramente embarazada y dio a luz a una ni&ntilde;a en 1978. Un a&ntilde;o despu&eacute;s, la joven se propuso viajar a M&eacute;xico dejando a su hijita al cuidado de la abuela. Karen tom&oacute; un avi&oacute;n de Western Airlines que sali&oacute; de Los Angeles y se estrell&oacute; en el aeropuerto del DF: all&iacute; termin&oacute; siendo una de las 72 v&iacute;ctimas fatales de ese accidente de 1979.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ya jubilada como docente, sin hija y con una nieta, Inger se retir&oacute; a los bosques, en busca de una comunidad que pudiera ayudarla a criar esa ni&ntilde;a llamada Tamar. Encontr&oacute; su lugar y se hizo construir una caba&ntilde;a de madera m&iacute;nima, de un ambiente, que ayudamos a edificar entre todos. Tambi&eacute;n compartimos la crianza de la ni&ntilde;a entre varias parejas y personas solteras de esa comuna-familia extendida. All&iacute;, entre el trabajo del huerto comunitario y otras tareas de la vida rural, Tamar creci&oacute; hasta volverse una adolescente alt&iacute;sima, brillante, hermosa y l&uacute;cida. Adem&aacute;s de ingl&eacute;s, aprendi&oacute; a hablar espa&ntilde;ol, franc&eacute;s, dan&eacute;s. Y de pronto, a los 17 a&ntilde;os, volviendo de una fiesta con otros dos amigos, el auto en el que iban de madrugada por un camino de cornisa se desbarranc&oacute; por motivos que se desconocen &ndash;cansancio, distracci&oacute;n, alcohol, lo que fuese&ndash;, y Tamar termin&oacute; su vida en el fondo del barranco, a orillas de un lago paradis&iacute;aco.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Padre, hermano, dos maridos, hija y nieta: demasiadas muertes para soportar. Pero Inger ten&iacute;a una notable fortaleza interior, un sentido del humor a toda prueba y jam&aacute;s se autocompadec&iacute;a. Dej&oacute; de vivir en su caba&ntilde;a del bosque, se instal&oacute; en la ciudad de Victoria y comenz&oacute; a activar dentro del grupo llamado Raging Grannies: Abuelitas Furiosas. Blancas, de clase media y m&aacute;s de sesenta a&ntilde;os, algunas de ellas antrop&oacute;logas, artistas, escritoras, intervinieron con teatro callejero en manifestaciones contra las naves estadounidenses que maniobraban cerca de la isla de Vancouver, las armas nucleares, la contaminaci&oacute;n, las compa&ntilde;&iacute;as forestales que talaban bosques, el sexismo, el racismo y la discriminaci&oacute;n a todas las personas, sobre todo a las mayores.
    </p><p class="article-text">
        Iniciado en Victoria en 1987, el ejemplo de las Abuelitas se extendi&oacute; r&aacute;pidamente por todo Canad&aacute;. Con sombreros y largas faldas como las primeras sufragistas del siglo XIX pero de ropas coloridas, guirnaldas con flores y adornos en el cabello, marcharon, escribieron y cantaron canciones sat&iacute;ricas en oficinas gubernamentales y bases militares, siendo expulsadas de muchos lugares y en algunos casos, detenidas. La propia Inger fue arrestada por lo menos dos veces. Ella era de esas activistas que se abrazaban a los &aacute;rboles para impedir el trabajo de las motosierras o se sentaban en las rutas para que no pasaran los camiones que transportaban troncos. De las que iban a todas las reuniones, firmaban todos los manifiestos y solicitadas. Pero nunca bajaba l&iacute;nea, no discut&iacute;a, no molestaba tratando de convencer a nadie. De temperamento alegre, s&oacute;lo hablaba de sus cicatrices si alguien le preguntaba. Su furia la dirig&iacute;a solamente contra el desprecio a los m&aacute;s d&eacute;biles.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si el nazi fascismo se basa en creer que hay personas inferiores, sobrantes, que deben ser sojuzgadas o eliminadas, podr&iacute;a decirse que Inger Kronseth sigui&oacute; en la resistencia antinazi hasta que se despidi&oacute; de esta vida a los noventa y cinco a&ntilde;os, un 27 de septiembre de 2017.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/abuelitas-furiosas_129_11667389.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Sep 2024 09:46:33 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/f1ef2a37-0c8e-4420-83be-622710a1416a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="206074" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/f1ef2a37-0c8e-4420-83be-622710a1416a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="206074" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Abuelitas furiosas]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/f1ef2a37-0c8e-4420-83be-622710a1416a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Yo, libertario]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Derecho a réplica]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/derecho-replica_129_11591621.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7c24f298-76d8-40b2-bcc7-a40ac66748c6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Derecho a réplica"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Uno con ostentación de rostro y ademán provocador, la otra con un susurro que incita a que la palabra poética irrumpa contra el ruido de la producción masiva, Pedro Lemebel y Elvira Henández muestran en sendos libros su intento de despegarse “del pantano atmosférico en el que hemos caído”.</p></div><p class="article-text">
        En la Feria de Editores de este a&ntilde;o compr&eacute; dos libros de la editorial chilena Alquimia, uno con extractos de entrevistas a <strong>Pedro Lemebel</strong> y otro con fragmentos de entrevistas a <strong>Elvira Hern&aacute;ndez.</strong> Ambos t&iacute;tulos empiezan con la palabra &ldquo;No&rdquo;: el de Lemebel, <em>No tengo amigos, tengo amores</em>; y el de Hern&aacute;ndez, <em>No soy tan moderna</em>. El procedimiento de componer textos solo en base a respuestas y sin incluir las preguntas es conocido en medios period&iacute;sticos, pero hay que saber armar con eso un libro y que funcione. En estos casos, las ediciones son impecables en su coherencia y dise&ntilde;o: el libro del cronista y performer Pedro Lemebel est&aacute; ordenado como una autobiograf&iacute;a involuntaria que va del nacimiento hasta la muerte, y el de la poeta y ensayista Elvira Hern&aacute;ndez como una serie de reflexiones sobre temas diversos, desde el oficio de escribir hasta la importancia pol&iacute;tica del poema, el feminismo y los efectos de las tecnolog&iacute;as en el lenguaje, entre otros.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Claro que, como figuras de autor/a, Lemebel y Hern&aacute;ndez est&aacute;n en las ant&iacute;podas, uno por la puesta en escena de cuerpo entero al escrutinio p&uacute;blico y la otra por su sustracci&oacute;n a la mirada. Mientras el rostro de uno se ha difundido incontables veces con maquillaje, pa&ntilde;uelos de colores y hasta pintado con hoz y martillo, al de Hern&aacute;ndez se lo encuentra serio, recatado, incluso ausente. En la portada de su libro ella posa de espaldas a la c&aacute;mara, dejando ver s&oacute;lo ese pelo lacio y oscuro cubriendo la nuca. Consistente con esa actitud, afirma: &ldquo;Siempre he pensado que el poeta debe ser un ser invisible&rdquo;. Y tambi&eacute;n: &ldquo;Lo importante no es que el escritor sea visto, sino lo que ha podido ver. Por eso la poes&iacute;a no es medi&aacute;tica. Se mueve desde rincones insignificantes que son observatorios de primera magnitud de la vida&rdquo;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/f8a37bcf-8e48-471d-a29f-cb628171171b_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/f8a37bcf-8e48-471d-a29f-cb628171171b_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/f8a37bcf-8e48-471d-a29f-cb628171171b_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/f8a37bcf-8e48-471d-a29f-cb628171171b_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/f8a37bcf-8e48-471d-a29f-cb628171171b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/f8a37bcf-8e48-471d-a29f-cb628171171b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/f8a37bcf-8e48-471d-a29f-cb628171171b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Pedro Lemebel y Elvira Hernández, artistas chilenos."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Pedro Lemebel y Elvira Hernández, artistas chilenos.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Por el contrario, Lemebel hizo de la extrema visibilidad una operaci&oacute;n pol&iacute;tica y literaria: &ldquo;Mi forma de vestir tiene que ver con la libertad&rdquo;. Con iron&iacute;a, proclama: &ldquo;Yo no hice nada por hacerme visible, siempre fui evidente desde un sat&eacute;lite. Me dej&eacute; llevar por cierta porf&iacute;a que experimentamos los ni&ntilde;os raros frente al adiestramiento agresivo de la formaci&oacute;n masculina, y escog&iacute; la posibilidad de una identidad siempre cambiante. En la magia tornasol me alej&eacute; del formato hombre para siempre, sin vuelta&rdquo;. De all&iacute; que &ldquo;en el &aacute;lbum macho, familiar y tradicional del canon literario chileno, quiz&aacute;s soy la t&iacute;a solterona cronista&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por su parte, Hern&aacute;ndez susurra: &ldquo;El poeta pasa a ocupar un lugar marginal. M&aacute;s que hacerse notar, es alguien que tiene que notar lo que est&aacute; ocurriendo, no al rev&eacute;s. Observar, pero no ser observado&rdquo;. La marginalidad es un tema que atraviesa ambas experiencias: &ldquo;Cuando te imputan lo marginal, es una forma de anularte&rdquo;, declara Lemebel. &ldquo;Yo prefiero intentar otras estrategias, otro cruce de fronteras, moverse en los bordes. Lo que yo hago es un gesto al interior de la literatura, de lo r&iacute;gido y patriarcal que son los g&eacute;neros literarios&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para Hern&aacute;ndez, &ldquo;el desaf&iacute;o es poder desautomatizar el lenguaje. Que es algo que de tanto usarlo va perdiendo su efectividad... Uno va reteniendo la palabra, solt&aacute;ndola de a poco. Y eso demora&rdquo;. De all&iacute; el rechazo de la poeta a la &ldquo;velocidad endemoniada&rdquo; de estos tiempos, al tr&aacute;fico de informaci&oacute;n que es tan dif&iacute;cil de asimilar, a la p&eacute;rdida de la memoria actual y la entrega de los recuerdos m&aacute;s vivos e &iacute;ntimos a m&aacute;quinas que lo fotograf&iacute;an y lo registran todo: &ldquo;Me siento adversaria de las m&aacute;quinas en la medida en que estas se han convertido en un modelo para el ser humano. Nos hacen rendir como m&aacute;quinas porque la m&aacute;quina no se cansa&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Las r&eacute;plicas est&aacute;n anotadas con referencias a las fuentes al final de ambos libros. Claro que en toda entrevista se despliega el poder del interrogatorio, como lo estudi&oacute; Barthes: la respuesta es una parte del discurso constre&ntilde;ida por la forma &ldquo;pregunta&rdquo;. Habr&iacute;a un &ldquo;terrorismo de la pregunta&rdquo;, dado que esta niega el derecho a no saber, o el derecho al saber incierto. Por eso &ldquo;detesto la obviedad de la entrevista&rdquo;, se queja Lemebel, &ldquo;hay algo de superioridad en quien pregunta, el periodista juez, el periodista inquisidor&rdquo;. De esa trampa sali&oacute; siempre gracias a su velocidad de reflejos. Cuando le preguntan si no se cansa de tener que ser siempre un personaje, responder&aacute;: &ldquo;No, porque tengo varios. Cada d&iacute;a me levanto con uno diferente&rdquo;. Adem&aacute;s, &ldquo;&iquest;por qu&eacute; debo quedarme en la marginalidad y pudrirme ah&iacute;?&rdquo;. De todos modos, &ldquo;a la poes&iacute;a le tengo un gran respeto, sin que yo sea un sujeto que respete muchas cosas. Y los poetas son buenos para la droga, para el trago, para los placeres. Si se descuidan uno les puede correr mano&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/46b48566-5d82-4f35-9586-db2e19881fde_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/46b48566-5d82-4f35-9586-db2e19881fde_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/46b48566-5d82-4f35-9586-db2e19881fde_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/46b48566-5d82-4f35-9586-db2e19881fde_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/46b48566-5d82-4f35-9586-db2e19881fde_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/46b48566-5d82-4f35-9586-db2e19881fde_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/46b48566-5d82-4f35-9586-db2e19881fde_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Elvira Hernández"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Elvira Hernández                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Para Hern&aacute;ndez, &ldquo;no se puede estar cerca del poder sin contaminarse. Tengo muy claro que el poeta no puede ser parte del sistema&rdquo;. Adem&aacute;s, &ldquo;es el tiempo de la mujer para hacer un viraje social&rdquo;. En una de las pocas ocasiones en las que el libro incluye una pregunta, esta es sobre si el no tener hijos fue una definici&oacute;n. Ella responde: &ldquo;S&iacute;. Hay algunas mujeres que no est&aacute;n vinculadas a la maternidad&rdquo;. Lemebel coincidir&iacute;a: &ldquo;Los discursos emancipatorios tienen que ver con mis alianzas y con mis interlocutores que en su mayor&iacute;a son mujeres&rdquo;. Despu&eacute;s de todo, &ldquo;cada uno hace lo que quiere y con quien quiere y por d&oacute;nde quiere. &iquest;No es esa la huevadita de la democracia y la libertad?&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Uno con ostentaci&oacute;n de rostro, maquillaje, performance y adem&aacute;n provocador para hablar por su diferencia, y la otra con un susurro que incita a que la palabra po&eacute;tica irrumpa contra el ruido de la producci&oacute;n masiva, las dos intentar&aacute;n despegarse &ldquo;del pantano atmosf&eacute;rico en el que hemos ca&iacute;do&rdquo;. Ah&iacute; est&aacute; la magia de estas r&eacute;plicas que fueron transcriptas de decenas de entrevistas: las frases sueltas se cruzan y se contagian y se abren a una multiplicidad enemiga del sentido &uacute;nico. En un libro dice Hern&aacute;ndez: &ldquo;La poes&iacute;a busca que uno se haga todas las preguntas que puede hacerse sobre las palabras&rdquo;. Y en otro a&ntilde;ade Lemebel: &ldquo;Escribir es una pregunta que no est&aacute; contestada&rdquo;.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>OB/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/derecho-replica_129_11591621.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Aug 2024 09:54:54 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/7c24f298-76d8-40b2-bcc7-a40ac66748c6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="191307" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/7c24f298-76d8-40b2-bcc7-a40ac66748c6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="191307" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Derecho a réplica]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/7c24f298-76d8-40b2-bcc7-a40ac66748c6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Yo, libertario,Chile,Poesía,Pedro Lemebel]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Arenas del exilio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/arenas-exilio_129_11534540.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0e9424de-ee3c-41c3-b43f-523730e01f04_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Arenas del exilio"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La editorial Sigilo reeditó 'Arturo, la estrella más brillante', una novela breve del autor cubano Reinaldo Arenas.
Sus textos quedaron como guijarros incómodos en las costas de ese océano que une y separa al Norte imperial de una isla sometida y rebelde.</p></div><p class="article-text">
        Hace un par de meses la editorial Sigilo reedit&oacute; <em>Arturo, la estrella m&aacute;s brillante</em>, esa novela breve de <strong>Reinaldo Arenas </strong>sin puntos apartes ni seguidos en su frase &uacute;nica con subordinadas que se desencadenan a ritmo imparable de principio a fin. El realismo alucinatorio de Arenas, una de las cumbres estelares de la literatura hispanoamericana, invade con adornos neobarrocos el relato en primera persona de un joven internado en uno de esos campos de trabajo en los que el gobierno cubano encerraba a homosexuales y otros marginados para su &ldquo;reeducaci&oacute;n&rdquo;. No es realismo &ldquo;m&aacute;gico&rdquo; porque no est&aacute; tentado por ninguna alegor&iacute;a: los elefantes regios que irrumpen en estas p&aacute;ginas, entre otras figuras fant&aacute;sticas, no representan otra cosa m&aacute;s que apariciones en la extensa llanura de una mente alucinante que se fuga, a trav&eacute;s de una larga respiraci&oacute;n discursiva, de la asfixia del campo de concentraci&oacute;n. &ldquo;Arturo&rdquo; alucina climas y espacios, terrazas, bosques y palacios encantados, para recibir a un so&ntilde;ado y hermoso joven que llegar&iacute;a como un dios radiante solo para &eacute;l, mientras su cuerpo sufre las interminables jornadas de trabajo desde las cuatro de la ma&ntilde;ana cortando ca&ntilde;a al sol, empapado de sudor, vigilado por brutales soldados que lo humillan, le gritan &ldquo;maric&oacute;n&rdquo;, lo provocan y cada tanto lo hacen adentrarse en el ca&ntilde;averal para desahogar su sexo con violencia en ese cuerpo que ellos desprecian y al mismo tiempo desean.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los campos llamados Unidades Militares de Ayuda a la Producci&oacute;n se fueron cerrando o cambiando de fisonom&iacute;a en Cuba a fines de la d&eacute;cada del 60 pero el control de la disidencia sexual continu&oacute; de distintas formas y el recuerdo de las redadas policiales contra j&oacute;venes de pelo largo o ropas ajustadas permaneci&oacute; imborrable en la memoria de esa generaci&oacute;n que estuvo primero esperanzada en la revoluci&oacute;n y luego desilusionada hasta el punto del suicidio o la huida por todos los medios posibles. Una generaci&oacute;n en sentido cronol&oacute;gico preciso: el 16 de julio de 1943 nac&iacute;a <strong>Reinaldo Arenas en Holgu&iacute;n</strong> y ese mismo d&iacute;a tambi&eacute;n nac&iacute;a en Santa Clara aquel a quien Arenas dedic&oacute; esta <em>nouvelle </em>con el ep&iacute;grafe &ldquo;A Nelson, en el aire&rdquo;:<strong> Nelson Rodr&iacute;guez Leyva</strong>. Un nombre tab&uacute; en el aire de Cuba, porque fue el escritor Rodr&iacute;guez Leyva quien, tras haber pasado tres a&ntilde;os en un campo de trabajos forzados, en 1971 intent&oacute; escapar secuestrando un avi&oacute;n de cabotaje junto a su amante adolescente, <strong>&Aacute;ngel L&oacute;pez-Rabi</strong>, armados de una granada. El incidente fue tr&aacute;gico: en vez de desviarse hacia Miami como le ordenaron los secuestradores, el piloto aterriz&oacute; en La Habana, donde se produjo un altercado con un militar que era pasajero en el avi&oacute;n y tras, ser herido de un disparo, Nelson decidi&oacute; arrojar la granada hacia la parte trasera de la nave. Al explotar, la granada mat&oacute; a un asistente de aviaci&oacute;n civil, Reinaldo Naranjo. Por estos delitos, Nelson y su compa&ntilde;ero fueron fusilados en la fortaleza de La Caba&ntilde;a. Sus nombres quedaron impresos en la nota final de <em>Arturo&hellip;</em>
    </p><p class="article-text">
        Su autor, que tambi&eacute;n conoci&oacute; en carne propia los campos de trabajo, escribi&oacute; esta novela ese mismo a&ntilde;o y logr&oacute; sacarla del pa&iacute;s en forma clandestina; su primera edici&oacute;n fue en Espa&ntilde;a en 1984. En los a&ntilde;os 70, Arenas escrib&iacute;a en cuadernos a mano y viv&iacute;a a salto de mata, como un pr&oacute;fugo, casi siempre buscado por la polic&iacute;a, a veces ocult&aacute;ndose en bosques y manglares. Un d&iacute;a lo atraparon y pas&oacute; dos a&ntilde;os en el tenebroso Castillo del Morro &ndash;el escenario de las peripecias del fraile protagonista de <em>El mundo alucinante</em>&ndash; entre presos por tan diversos delitos como hurto, homicidio, contrabando, drogas, prostituci&oacute;n, homosexualidad e intentos de salir de Cuba sin permiso. Despu&eacute;s de dos tentativas de suicido, recibi&oacute; la oferta de dejar la prisi&oacute;n si confesaba que era un &ldquo;contrarrevolucionario&rdquo;, se arrepent&iacute;a de su &ldquo;debilidad ideol&oacute;gica&rdquo; y promet&iacute;a &ldquo;rehabilitarse sexualmente&rdquo;. Su sentencia final fue por &ldquo;abusos lascivos&rdquo;, con lo cual recibir&iacute;a dos a&ntilde;os de c&aacute;rcel que en realidad ya hab&iacute;an sido cumplidos. Enviado a una granja de rehabilitaci&oacute;n, en 1976 pudo recuperar la libertad de transitar y de so&ntilde;ar nuevamente con irse de Cuba.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En 1980, cuando a unas 130.000 personas se les permiti&oacute; partir desde el puerto de Mariel en embarcaciones propias, muchas de ellas precarias, en fuga de esa isla asediada por un bloqueo criminal y por el autoritarismo de un r&eacute;gimen que no toleraba la disidencia, Arenas logr&oacute; salir por un error involuntario en su salvoconducto que le permit&iacute;a deletrear su apellido como &ldquo;Arinas&rdquo; y pas&oacute; los controles en medio del caos del &eacute;xodo. Luego de varios d&iacute;as a la deriva, sin combustible ni comida, a trav&eacute;s del Golfo de M&eacute;xico, el bote en el que viajaba fue rescatado por guardacostas estadounidenses. Arrib&oacute; a Miami como la mayor&iacute;a de los refugiados cubanos pero no soport&oacute; el &ldquo;mundo pl&aacute;stico y carente de misterio&rdquo; de esa ciudad, &ldquo;que no es ciudad sino una especie de caser&iacute;o disuelto, un pueblo de vaqueros donde el caballo ha sido sustituido por el autom&oacute;vil&rdquo;. Se fue a Nueva York.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El desterrado es ese tipo de persona que ha perdido a su amante y busca en cada rostro nuevo el rostro querido y, siempre autoenga&ntilde;&aacute;ndose, piensa que lo ha encontrado&rdquo;, escribi&oacute; en sus memorias <em>Antes que anochezca</em>. Desilusionado por la mercantilizaci&oacute;n de la vida en EE.UU., viaj&oacute; esperanzado a Europa pero all&iacute; detest&oacute; encontrarse con lo que llam&oacute; &ldquo;la izquierda festiva&rdquo;, los escritores que viv&iacute;an dentro del capitalismo vivando a la m&iacute;tica revoluci&oacute;n cubana con absoluta ignorancia o negaci&oacute;n ante lo que ocurr&iacute;a en la isla.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Habiendo contra&iacute;do el sida, termin&oacute; en tres a&ntilde;os de una fr&aacute;gil salud sus memorias, en parte dictadas a un grabador para que un amigo las pase a m&aacute;quina, y se suicid&oacute; en Nueva York en diciembre de 1990. Sus cenizas fueron esparcidas en las aguas del Atl&aacute;ntico. Sus textos quedaron como guijarros inc&oacute;modos en las costas de ese oc&eacute;ano que une y separa al Norte imperial de la isla sometida y rebelde. En su carta de despedida dej&oacute; escrito: &ldquo;Cuba ser&aacute; libre. Yo ya lo soy&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>OB/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/arenas-exilio_129_11534540.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Jul 2024 09:50:53 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/0e9424de-ee3c-41c3-b43f-523730e01f04_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="145361" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/0e9424de-ee3c-41c3-b43f-523730e01f04_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="145361" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Arenas del exilio]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/0e9424de-ee3c-41c3-b43f-523730e01f04_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Yo, libertario,Libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ideas para desertar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/ideas-desertar_129_11462652.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/55da46d5-29cf-427e-ba17-f804e809c542_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ideas para desertar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El capital financiero funciona en automático y se presenta como un sistema sin escapatoria; la sensación de impotencia es absoluta. La deserción en sus distintas variantes (a procrear, a la guerra, al consumo, al trabajo, a participar en política) aparece como una alternativa.  ¿Lo es?</p></div><p class="article-text">
        Recuerdo tiempos en los que en las paredes argentinas se le&iacute;a el grafiti &ldquo;en este pa&iacute;s la salida es Autopista Ricchieri, Ezeiza, su ruta&rdquo;. Ahora no es tan f&aacute;cil. &iquest;Ad&oacute;nde ir? Hay guerra en Europa del Este y Medio Oriente, olas de calor, migraciones masivas, odio, fanatismo, precarizaci&oacute;n. Hace poco estuve en un bar de Bolonia conversando con Franco Berardi, conocido como Bifo, acerca de su libro <em>Desertemos</em>. Su diagn&oacute;stico es implacable: <strong>hoy la subjetividad en Occidente oscila entre una epidemia depresiva y una psicosis agresiva de masas. </strong>El capital financiero funciona en autom&aacute;tico gracias a las tecnolog&iacute;as digitales y se presenta como un sistema sin alternativas, que genera una publicidad invasiva y fren&eacute;tica, destruye la salud y la educaci&oacute;n p&uacute;blica y solo crea trabajos precarios porque necesita cada vez menos mano de obra. Por todos lados hay sobrantes, excedentes humanos. Una oleada de p&aacute;nico y depresi&oacute;n alcanza a las &ldquo;generaciones precarizadas&rdquo; mientras las democracias occidentales se revelan como payasadas cuando los ciudadanos solo pueden participar votando a sus representantes cada tantos a&ntilde;os para descubrir que esos representantes &ndash;est&eacute;n m&aacute;s a la derecha o m&aacute;s a la izquierda&ndash; no cambian sustancialmente las condiciones de existencia y s&oacute;lo pueden obedecer, aun con matices, las leyes del mercado. La sensaci&oacute;n de impotencia es absoluta. Ante esto, el fil&oacute;sofo y veterano activista de la autonom&iacute;a obrera italiana plantea que la salida es la deserci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Dice Bifo en su libro que no pretende pregonar una causa sino pensar en una tendencia que observa en el comportamiento social espont&aacute;neo. Pero tambi&eacute;n propone abrazar esa tendencia, que llama &ldquo;estrat&eacute;gicamente racional, &eacute;ticamente aceptable y capaz de restituir un car&aacute;cter colectivo a la acci&oacute;n, incluso si la acci&oacute;n consiste en no actuar&rdquo;. Describe cinco tipos de deserci&oacute;n. Una es la de quienes desertan de la guerra y prefieren huir antes que matar o morir en defensa de una frontera. Otra es la p&eacute;rdida de fe en las virtudes del trabajo: ante la paga miserable y las condiciones espantosas que se impone a los trabajadores, surge el silencioso rechazo a trabajar. Luego, el rechazo al consumo, o el no consumir nada que no se genere en la comunidad de autoproducci&oacute;n (cooperativas, compras directas a productores, etc.). Tambi&eacute;n sabemos que, si no se puede dejar de consumir, se puede consumir menos. &ldquo;&iquest;Y si reduj&eacute;ramos al m&iacute;nimo nuestras necesidades econ&oacute;micas, reduciendo al m&iacute;nimo las interacciones sociales obligatorias?&rdquo;, se pregunta Bifo. Otra es la deserci&oacute;n de la participaci&oacute;n pol&iacute;tica, entendida como esa &ldquo;ficci&oacute;n democr&aacute;tica&rdquo; que induce a votar por un nuevo gobierno que no ser&aacute; diferente del anterior en cuanto a su sometimiento al mercado financiero global. Y otra es desertar de la procreaci&oacute;n: cada vez m&aacute;s gente no quiere tener descendencia, sobre todo en los pa&iacute;ses del Norte. Es m&aacute;s: &ldquo;La procreaci&oacute;n es un acto ego&iacute;sta e irresponsable cuando las probabilidades de una vida feliz se han reducido a casi cero y las &aacute;reas habitables del planeta se van reduciendo mientras la poblaci&oacute;n crece&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Le dije que conozco en persona esas cinco deserciones</strong>. Nunca quise tener hijos. Al trabajo le escap&eacute; cada vez que pude y cuando fui obligado a trabajar lo hice a conciencia de que ser&iacute;a un intercambio transitorio de tiempo por dinero. Tal como ocurre con el consumo, creo que, si no se puede dejar de trabajar, siempre se puede trabajar menos. <strong>Seg&uacute;n las &eacute;pocas, reduje mis necesidades a un m&iacute;nimo, viviendo en los bosques o en las islas, cultivando mi huerto, comprando lo menos posible</strong>; hoy mismo, ante los brutales aumentos de precios en esta Argentina que est&aacute; a la vanguardia del ataque privatizador sobre el tejido p&uacute;blico, vuelvo a mis viejas ropas y costumbres, gasto poco, compro lo indispensable. Y de la guerra, ni hablar: rechazo la violencia, detesto la militarizaci&oacute;n de la vida. Pero tengo algunas dudas.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;No es deserci&oacute;n de las urnas, la abstenci&oacute;n electoral, lo que a veces lleva a que supuestos &ldquo;outsiders&rdquo; vinculados al capital financiero lleguen a puestos de poder?</strong> &iquest;No habr&iacute;a que darles alguna chance &ndash;aun a riesgo de ser nuevamente traicionados&ndash; a representantes que al menos en el Congreso nos defiendan de la codicia y del abuso de los poderosos? Pregunto nom&aacute;s.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por otro lado, se me hace dif&iacute;cil pensar que las mayor&iacute;as puedan dejar sus trabajos en masa o renunciar al deseo de consumir y mucho menos al mandato o al goce de tener hijos. Desertar en esos casos todav&iacute;a me parece una posibilidad de comportamiento para minor&iacute;as. A menos que las condiciones empeoren. Esto tambi&eacute;n es posible, incluso probable, quiz&aacute; inevitable.
    </p><p class="article-text">
        Y habr&aacute; que ver ad&oacute;nde vamos, como escribi&oacute; Miguel Cantilo en a&ntilde;os en los que hab&iacute;a m&aacute;s lugar para el &eacute;xodo. <strong>La deserci&oacute;n, el abandono, la huida se emparentan con la antigua noci&oacute;n tao&iacute;sta de </strong><em><strong>wu wei</strong></em><strong>: no hacer, no intervenir, no actuar,</strong> al menos como la interpret&oacute; Barthes; una especie de pasividad humilde, alejada de todo deseo de rivalidad o de violencia. Nietzsche en <em>Ecce Homo</em> contrasta esa pasividad con el resentimiento, la fuerza reactiva que agita y construye militantes, sacerdotes, mes&iacute;as, mientras que en la pasividad habr&iacute;a algo as&iacute; como la actitud del soldado ruso que, ante una campa&ntilde;a militar que le parece demasiado dura, se tiende simplemente sobre la nieve: no acepta absolutamente nada, ni siquiera se rebela en forma activa contra la guerra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El movimiento del desertor es m&aacute;s en&eacute;rgico, huye con todas sus fuerzas. &iquest;Y en el caso de que vengan a masacrarte, de no tener ad&oacute;nde huir? Bifo ofrece un ejemplo para pensar en situaci&oacute;n y en contexto. Dice: si hubiera vivido en Kiev, y ante la invasi&oacute;n rusa me hubiesen dicho que deb&iacute;a defender el &ldquo;mundo libre&rdquo;, hubiera desertado; pero tal vez para defender mi casa y mis hermanos habr&iacute;a entrado en la resistencia. O sea, tomar el camino del medio, con disponibilidad total para inclinarse hacia uno u otro lado. <strong>Sin dogmatismo, con iron&iacute;a, sin cinismo y sin arrodillarse ante el poder.</strong> Algo as&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        <em>OB/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/ideas-desertar_129_11462652.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Jun 2024 03:02:41 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/55da46d5-29cf-427e-ba17-f804e809c542_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="73627" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/55da46d5-29cf-427e-ba17-f804e809c542_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="73627" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Ideas para desertar]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/55da46d5-29cf-427e-ba17-f804e809c542_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Yo, libertario,Libertarios,capitalismo,Consumo,Occidente]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Viaje a través del duelo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/viaje-traves-duelo_129_11372502.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/39877b51-ffe9-49d5-8264-577024b39e31_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Viaje a través del duelo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hacemos el esfuerzo por recordar a quienes se fueron mediante palabras, sonidos o imágenes grabadas en piedra porque no sabemos hacer otra cosa con las personas que amamos, que admiramos, que respetamos. Para que sus nombres resuenen el máximo tiempo posible en la memoria. 
</p></div><p class="article-text">
        Hay cad&aacute;veres. La genialidad de <strong>N&eacute;stor Perlongher</strong> centr&oacute; en esa reiteraci&oacute;n la cifra de una &eacute;poca que siempre amenaza con volver. Y no solo en Argentina. Para un reciente viaje a Italia llev&eacute; el libro <em>Arboleda</em>, de <strong>Esther Kinsky</strong>, publicado en alem&aacute;n en 1918 y traducido al castellano en 2021. Me pareci&oacute; que al viajar tendr&iacute;a tiempo de sobra para encarar un libro cuyo ritmo lento y sus largas descripciones de pueblos y cementerios italianos lo har&iacute;an apto para acompa&ntilde;arme, pero en realidad lo termin&eacute; antes de llegar a destino. Luego comprend&iacute; mejor este relato del at&iacute;pico periplo de alguien a quien recientemente se le ha muerto su pareja, designado solo con la inicial M., y que viaja a los lugares que planeaban recorrer juntos, lugares en los que adem&aacute;s ella hab&iacute;a estado tambi&eacute;n en la infancia junto a su padre, un hombre que ten&iacute;a una afici&oacute;n por los vestigios y ruinas etruscas, sus ciudades mortuorias, sus ofrendas sepulcrales.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La narradora, una alemana amante de Italia, alquila una casa en las afueras del pueblo de Oledano y camina cada d&iacute;a hacia el cementerio. Mira a las personas que traen flores frescas para reemplazar a las marchitas, se detiene ante fotos y nombres de difuntas, conjetura a partir de las fechas de nacimiento y muerte qu&eacute; pudo haberles pasado, imagina las vidas de esas desconocidas, luego viaja en &oacute;mnibus a otros pueblos y peque&ntilde;as ciudades y casi en todas partes hace lo mismo: visita cementerios y observa la vida cotidiana, los mercados, los quehaceres de sus habitantes, italianos y africanos.
    </p><p class="article-text">
        Claro que es dif&iacute;cil transitar este pa&iacute;s sin pisar el suelo de antiguas tumbas sobre las que se construyeron iglesias, museos, sitios de atracci&oacute;n tur&iacute;stica. La presencia de un pasado mortuorio se impone a cada paso. Ser&aacute; por la sentida cercan&iacute;a de guerras y genocidios que se repiten, tanto en el tiempo como en el espacio, desde Ucrania hasta Palestina. O ser&aacute; por el arte que se erige sobre la memoria de los que pasaron sobre esta tierra. En el cementerio monumental de Bolonia, entre espl&eacute;ndidas estatuas de ricos y famosos y humildes tumbas de ignotos ciudadanos, tambi&eacute;n me sent&iacute; tentado a imaginar las historias detr&aacute;s de los nombres, las fotos y las fechas de nacimiento y muerte. Dos mujeres del mismo apellido, una de nueve a&ntilde;os y otra de treinta al momento de morir, en 1943, &iquest;ser&iacute;an hermanas o madre e hija que cayeron bajo un bombardeo durante la guerra? Ese aviador muerto un a&ntilde;o antes &iquest;habr&aacute; ca&iacute;do en una misi&oacute;n del gobierno fascista o habr&aacute; sido fusilado por colaborar con los partisanos? Las familias m&aacute;s ricas erigen all&iacute; sus monumentos, sus bustos, sus nombres grabados en piedra, como si sus muertos tuvieran m&aacute;s derecho a la duraci&oacute;n que los ciudadanos m&aacute;s pobres. Pero tarde o temprano tambi&eacute;n terminar&aacute;n siendo olvidados. Y los intentos de mantener viva la memoria de los seres queridos se fundir&aacute;n en el subsuelo com&uacute;n que funde y mezcla los restos de todos los mortales.
    </p><p class="article-text">
        El de Kinsky es un relato de duelo, pero en cierto sentido nos distrae del duelo, al perderse en descripciones del paisaje que atraviesan el dolor a color puro, como si fuese un diario de viaje escrito por una pintora paisajista: la tierra marr&oacute;n claro y el azul fluvial contra el celeste sutil de las colinas, los verdes sauces y zarzas que seg&uacute;n la ca&iacute;da de la luz o de la sombra hacen dibujos viol&aacute;ceos, balbuceantes en el horizonte. Una distracci&oacute;n a la que cada tanto se acoplan recuerdos y sue&ntilde;os del compa&ntilde;ero perdido. Cada ma&ntilde;ana la narradora se despierta y mientras espera a que el agua en la cafetera empiece a hervir, apoya las manos sobre el alf&eacute;izar de la ventana y contempla ese paisaje que esperaba haber contemplado de a dos pero que la muerte hab&iacute;a decidido que ser&iacute;a solo de una. Y cuando sus ojos se posan sobre las manos apoyadas en el alf&eacute;izar, cree ver debajo de ellas las manos de su compa&ntilde;ero, luciendo debajo de las suyas como una imagen de doble exposici&oacute;n. Luego sisea la cafetera, el caf&eacute; se derrama y sus manos vivas tienen que zafarse de esas manos fantasmales para apagar la cocina y retirar la cafetera del fuego, pero al quemarse cada vez de forma invariable comprende, a trav&eacute;s del dolor, que no ha aprendido nada.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, algo ha aprendido. Ante el cad&aacute;ver de un p&aacute;jaro que le recuerda la imagen final de la cabeza de su pareja, escribe: &ldquo;Qu&eacute; min&uacute;sculos, qu&eacute; inveros&iacute;milmente menudos parecen los seres cuando la vida los ha abandonado&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es un libro melanc&oacute;lico, pero no quise huir hacia adelante ni retroceder ante este humor, quiz&aacute; porque me atrajo su comparaci&oacute;n entre los lugares por los que uno pas&oacute; con las personas que uno am&oacute; y preguntarse si en ellas quedaron rastros de uno, as&iacute; como en uno quedaron rastros de ellas. Porque hay una relaci&oacute;n asim&eacute;trica entre ese afuera y este adentro.
    </p><p class="article-text">
        Kinsky, traductora del polaco, el ruso y el ingl&eacute;s, reproduce un poema de Pasolini escrito en friulano:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Lloro un mundo muerto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero yo, que lloro, no estoy muerto&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        De todas maneras, hoy<strong> Pier Paolo Pasolini</strong> tambi&eacute;n es el nombre de un muerto. Est&aacute; grabado en una placa sobre la calle Platina, en Cremona, ciudad en la que pas&oacute; algunos a&ntilde;os del fin de su infancia. El nombre de un muerto y de un viviente, en poema e imagen. &iquest;Ser&aacute; que siempre estamos un poco vivos y un poco muertos? Hacemos el esfuerzo por recordar a quienes se fueron mediante palabras, sonidos o im&aacute;genes grabadas en piedra porque no sabemos hacer otra cosa con las personas que amamos, que admiramos, que respetamos. Para que sus nombres resuenen el m&aacute;ximo tiempo posible en la memoria. Pero tambi&eacute;n, como cant&oacute; <strong>Javier Mart&iacute;nez</strong>, de Manal, sabemos que &ldquo;mi nombre no soy yo&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y cuando la extranjera que narra <em>Arboleda</em> se va de cada lugar, se siente aliviada de no tener nadie a quien le deba una despedida. As&iacute; evoca la condici&oacute;n en la que todos somos extranjeros &ndash;como reza la tem&aacute;tica de este a&ntilde;o en la Bienal de Venecia&ndash;, extranjeros en todas partes, extranjeros que pasan por el mundo como testimonios singulares de un inexorable destino colectivo de seguir viaje.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>OB/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/viaje-traves-duelo_129_11372502.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 17 May 2024 09:33:38 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/39877b51-ffe9-49d5-8264-577024b39e31_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="195850" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/39877b51-ffe9-49d5-8264-577024b39e31_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="195850" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Viaje a través del duelo]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/39877b51-ffe9-49d5-8264-577024b39e31_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sin pereza no hay poetas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/pereza-no-hay-poetas_129_11301849.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3fbaeaee-4c8c-47bb-b991-12b11359afdd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sin pereza no hay poetas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿No hay un afuera del capitalismo? ¿Algo que prefigure la posibilidad de una vida post trabajo y sin acumulación de capital? ¿Hay un tiempo distinto al de la productividad y el consumo? 
</p></div><p class="article-text">
        La lectura de <em>El alma de las colinas</em>, primera novela de <strong>Derian Passaglia</strong>, me reactiv&oacute; el deseo de volver a leer a <strong>Juan L. Ortiz</strong>, conocido por su apodo <strong>Juanele</strong>. Dos muchachos y una chica se lanzan a la b&uacute;squeda del viejo sabio retirado en el paisaje de montes acu&aacute;ticos del Paran&aacute;. La visita m&iacute;tica de poetas principiantes al maestro se convierte en un viaje de aventuras cuando descubren que una alianza de norteamericanos y franceses conspira para robar el talento de Ortiz y provocarle una rara enfermedad, utilizando a su supuesto amigo Juanjo (Juan Jos&eacute; Saer), un robot programado para hablar y escribir en forma autom&aacute;tica en largas frases interrumpidas por muchas comas y muchos verbos para hacer durar la atenci&oacute;n y as&iacute; distraer a los lectores de modo que estos no se den cuenta de que su literatura se perfecciona cada vez m&aacute;s a costa de la poes&iacute;a de Juanele. Llevan a este en viaje en bote hacia el conf&iacute;n de las islas, en busca del jacarand&aacute; eterno que podr&iacute;a curarlo y salvarlo. Los movilizan las palabras del poeta que cantaba:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Deja las letras y deja la ciudad&hellip;
    </p><p class="article-text">
        Vamos a buscar, amigo, a la virgen del aire&hellip;
    </p><p class="article-text">
        Yo s&eacute; que nos espera tras de aquellas colinas&ldquo;
    </p><p class="article-text">
        De hecho, Juan Laurentino Ortiz fue un caso at&iacute;pico en la literatura argentina, un poeta que prefiri&oacute; el retiro en sus paisajes de provincia antes que la vida mundana de los escritores que publican todo el tiempo, como si hubiese elegido una vida tao&iacute;sta en su inmersi&oacute;n y fusi&oacute;n contemplativa en la naturaleza. Nacido en 1896 en un peque&ntilde;o pueblo de Entre R&iacute;os, parece haber sentido siempre una necesidad de regreso a entornos que le recordaran su infancia. Luego de terminar el secundario se traslad&oacute; a Buenos Aires para cursar la carrera de filosof&iacute;a, pero no dur&oacute; m&aacute;s que dos o tres a&ntilde;os en esta ciudad, y volvi&oacute; a su provincia, casi sin salir al exterior. Un &uacute;nico viaje a China en los a&ntilde;os 50 le reafirm&oacute; su compromiso con los pueblos primitivos anteriores a la divisi&oacute;n del trabajo que habr&iacute;an vivido en estado de comuni&oacute;n con la naturaleza, y su fascinaci&oacute;n con una &eacute;tica de &ldquo;inactividad activa&rdquo; frente a las demandas productivistas de la cultura occidental. La mayor parte de su obra la public&oacute; cuando ya estaba jubilado de su empleo en el Registro Civil de Paran&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Su consecuencia con esa forma de vida casi lo lleva a no publicar&rdquo;, le observa <strong>Juana Bignozzi </strong>en una entrevista y Juanele responde que si no hubiese sido por su amigo<strong> Carlos Mastronardi </strong>que sac&oacute; copias de unos poemas y los llev&oacute; a Buenos Aires quiz&aacute; no habr&iacute;a sentido la &ldquo;necesidad exterior de publicar&rdquo;. En otra entrevista con <strong>Ricardo Zelarray&aacute;n</strong> habla de su pasi&oacute;n por las &ldquo;culturas de la intemperie&rdquo;, tanto orientales como indoamericanas en las que, al vivir en contacto con la naturaleza, uno &ldquo;no est&aacute; frente a las cosas sino en la intimidad de las cosas&rdquo;. Y en otra, de <strong>Orlando Barone</strong>, critica a la civilizaci&oacute;n occidental que rechaza tanto el ocio contemplativo como el tiempo po&eacute;tico, ese tiempo tan distinto al de la productividad y el consumo. &ldquo;Sin ocio no hay poes&iacute;a&rdquo; le dice al periodista. &ldquo;Sin pereza no hay poetas&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El tiempo de ese paisaje en el que se sumergi&oacute; y al que le cant&oacute; Juanele es el tiempo de las estaciones, un tiempo que &ldquo;danza o arde serenamente&rdquo; y en el que la luz no es el opuesto de la oscuridad, ni el silencio de la noche lo opuesto a la fatiga del d&iacute;a. En ese paisaje imagin&oacute; que era posible recobrar la armon&iacute;a perdida:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Para que los hombres no tengan verg&uuml;enza de la belleza de las flores,
    </p><p class="article-text">
        para que las cosas sean ellas mismas: formas sensibles o profundas
    </p><p class="article-text">
        de la unidad o espejos de nuestro esfuerzo
    </p><p class="article-text">
        por penetrar el mundo&hellip;
    </p><p class="article-text">
        para que las cosas no sean mercanc&iacute;as
    </p><p class="article-text">
        y se abra como una flor toda la nobleza del hombre:
    </p><p class="article-text">
        iremos todos hasta nuestro extremo l&iacute;mite,
    </p><p class="article-text">
        nos perderemos en la hora del don con la sonrisa
    </p><p class="article-text">
        an&oacute;nima y segura de una simiente en la noche de la tierra&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        Le&iacute; la novela de Passaglia y luego rele&iacute; la poes&iacute;a de Juanele y casi al mismo tiempo empec&eacute; a leer un libro muy diferente<em>: </em><a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/deseo-postcapitalista_129_10912777.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Deseo postcapitalista</em></a><a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/deseo-postcapitalista_129_10912777.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> de </a><a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/deseo-postcapitalista_129_10912777.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><strong>Mark Fisher</strong></a>, transcripci&oacute;n del curso que el cr&iacute;tico brit&aacute;nico dio hace unos a&ntilde;os y que interrumpi&oacute; tr&aacute;gicamente con su suicidio pocas semanas despu&eacute;s de su clase n&uacute;mero cinco, de un total de quince clases programadas. Mi curiosidad me llev&oacute; a leer primero de qu&eacute; trataba esa &uacute;ltima clase. En ella se estudi&oacute; un texto de <strong>Jean-Francois Lyotard </strong>que cuestiona la idea de que pueda existir algo fuera del capitalismo y de la econom&iacute;a de equivalencias de la mercanc&iacute;a. Seg&uacute;n Lyotard, no existe ninguna regi&oacute;n no contaminada por el capitalismo y por lo tanto ning&uacute;n espacio puro desde el cual se podr&iacute;a subvertir a este sistema. Si nada queda afuera, se clausura toda posibilidad de salida y se renuncia a la fantas&iacute;a de un mundo no alienado, no contaminado por el capital. Es m&aacute;s: Lyotard sugiere es que hay un deseo de capitalismo, y un goce del sufrimiento que el capitalismo provoca, como ocurre con el masoquismo social: &ldquo;Los desocupados no se han hecho obreros para sobrevivir, han gozado el agotamiento hist&eacute;rico, masoquista, de aguantar en el infierno, han gozado en y de la destrucci&oacute;n de su cuerpo org&aacute;nico que les fue impuesta, han gozado de que se les impusiera, han gozado de la descomposici&oacute;n de su identidad personal&rdquo;. Estas palabras, que podr&iacute;an ser un ep&iacute;grafe para el curso de Fisher, como este mismo admit&iacute;a, pueden ser profundamente perturbadoras y deprimentes.
    </p><p class="article-text">
        Pens&eacute; sin embargo en aquellas cosas m&iacute;nimas y tambi&eacute;n inmensas &ndash;casi lugares comunes&ndash; que parecen escapar a la mercanc&iacute;a, desde el amor que se puede sentir por un humano o un animal o una planta o un r&iacute;o, hasta el don de una sonrisa sin c&aacute;lculo, y pens&eacute; por supuesto en la pereza y en la poes&iacute;a de Juanele. &iquest;No hay por ah&iacute; un afuera del capitalismo? &iquest;Algo que prefigure la posibilidad de una vida post trabajo y sin acumulaci&oacute;n de capital? Juanele la formul&oacute; mejor:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&iquest;No es acaso la poes&iacute;a visi&oacute;n en que esta fiebre de formas que es la vida
    </p><p class="article-text">
        Ilumina de pronto las todav&iacute;a tr&eacute;mulas y tiernas figuras por nacer?&ldquo;
    </p><p class="article-text">
        Es solo una pregunta. Pero qu&eacute; pregunta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>OB/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/pereza-no-hay-poetas_129_11301849.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Apr 2024 08:58:59 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/3fbaeaee-4c8c-47bb-b991-12b11359afdd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="322364" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/3fbaeaee-4c8c-47bb-b991-12b11359afdd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="322364" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Sin pereza no hay poetas]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/3fbaeaee-4c8c-47bb-b991-12b11359afdd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Poesía,capitalismo,Productividad,Arte]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La amistad es un magnetismo de las almas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/amistad-magnetismo-almas_129_11234129.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f6af65b0-7f99-489a-ac0a-4a3406847e61_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La amistad es un magnetismo de las almas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El 24 de marzo de 1976 mi amiga Norma Osnajanski descubrió que estaba embarazada. Poco después partió a su primer exilio. Fue para mi un ejemplo vivo de "poner el cuerpo". </p></div><p class="article-text">
        Un <em>big bang</em> paradojal: en su vientre crec&iacute;a la vida al mismo tiempo que alrededor crec&iacute;a la muerte, escribi&oacute; a&ntilde;os m&aacute;s tarde. Ese d&iacute;a no sab&iacute;a qu&eacute; hacer, su hijo nacer&iacute;a en un mundo literalmente de terror. Ni ella ni su compa&ntilde;ero ten&iacute;an indicios ciertos de que los estuvieran buscando, pero muchos periodistas estaban siendo asesinados o secuestrados. Ella trabajaba en la editorial Abril, en un suplemento especial de la revista Claudia Belleza. Y le resultaba inconcebible parir a su primer hijo lejos de su obstetra, en alg&uacute;n pa&iacute;s extranjero. De modo que se quedaron todo aquel a&ntilde;o en una Buenos Aires atravesada por las balas y los aullidos de las sirenas policiales, encerrados cada fin de semana cuando sus trabajos no los obligaban a salir, jugando obsesivamente un campeonato de TEG, el juego de mesa de moda en la &eacute;poca, hasta que naci&oacute; ese hijo en diciembre del 76. Un mes m&aacute;s tarde, ella supo que era hora de partir. Su destino fue M&eacute;xico, pa&iacute;s al que llegar&iacute;an entre ocho mil y diez mil argentinos y en el que &ldquo;uno pod&iacute;a salir a la calle sin documentos&rdquo;, seg&uacute;n se sorprender&iacute;a Carlos Ulanovsky, uno de los <em>argenmex</em> m&aacute;s c&eacute;lebres, cuyo libro <em>Seamos felices mientras estamos aqu&iacute;</em> retrata ese exilio que en buena medida se instal&oacute; en Villa Ol&iacute;mpica, barrio del M&eacute;xico DF construido para atletas y que luego fue hogar de exiliados del Cono Sur en los a&ntilde;os &lsquo;70.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La conoc&iacute; en la siguiente d&eacute;cada, cuando ya hab&iacute;a regresado a Argentina, en la redacci&oacute;n de la revista Uno Mismo, dirigida por Juan Carlos Kreimer. All&iacute; nos frecuentamos y nos hermanamos entre notas sobre reiki, espiritualidad andina, danzas afro, bioenerg&eacute;tica, vidas pasadas, power yoga, visualizaciones, tarot, acupuntura, terapias florales, zen, macrobi&oacute;tica, tai chi, arquetipos, shiatzu, euton&iacute;a, plantas m&aacute;gicas y dem&aacute;s productos del supermercado de autoayuda en oferta en esos a&ntilde;os.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La amistad es b&aacute;sicamente una atracci&oacute;n y un magnetismo de las almas, escribi&oacute;, parafraseando a Thomas Moore, cuando ya era directora period&iacute;stica de la revista: &ldquo;Poner el hombro, dar una mano, poner la oreja, ser pata, hacer el aguante. El habla porte&ntilde;a da cuenta de las infinitas formas en que los amigos ponen el cuerpo en situaciones de crisis&rdquo;. Y ella misma fue para m&iacute; un ejemplo vivo de ese &ldquo;poner el cuerpo&rdquo;: me acompa&ntilde;&oacute; en dos tajantes separaciones y en dos profundas uniones, en momentos de soledad y de fiesta, as&iacute; como acompa&ntilde;&oacute; a otras hermanas y hermanos del camino con su presencia f&iacute;sica y sus talleres sobre viajes m&iacute;ticos, ciclos de vida, diarios intensivos y mensajes on&iacute;ricos. Public&oacute; tres libros: <em>Escritura meditativa</em>, <em>Diario de sue&ntilde;os</em> y <em>El poder de los mandalas</em>. Pero quiz&aacute; sus mejores p&aacute;ginas son aquellas que guard&oacute; para s&iacute;, sus diarios &iacute;ntimos, all&iacute; donde &ldquo;me permito ser una y muchas, voy y vengo por paisajes que son tanto infiernos como para&iacute;sos, pozos de torturante negrura como cielos despejados, textos secretos que son la comprobaci&oacute;n de un amor incondicional al que de otro modo no acceder&iacute;a y que, con mis propias grandezas y miserias, me permite abrirme desde el coraz&oacute;n a los otros, a los pr&oacute;jimos pr&oacute;ximos&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a me llev&oacute; a una meditaci&oacute;n de la risa que coordinaba la terapeuta Graciela Cohen Nalini, que si no me equivoco era una adaptaci&oacute;n de un ejercicio de Osho, aquel maestro indio previamente conocido como Bhagwan Shree Rajneesh y cuya controvertida comuna en el estado de Oregon se enfrent&oacute; a tal punto con las autoridades y costumbres de los pobladores locales que su fundador termin&oacute; preso y expulsado de EE.UU. &ldquo;La vida en su totalidad es una gran broma c&oacute;smica. T&oacute;mala demasiado en serio y la perder&aacute;s&rdquo;, dec&iacute;a Osho. &ldquo;Tu risa te hace un peque&ntilde;o ni&ntilde;o inocente, tu risa te une con la existencia, con el oc&eacute;ano rugiente, con las estrellas y su silencio&rdquo;. En una gran sala de ejercicios, tumbados de espaldas sobre colchonetas en el piso, los ojos cerrados, la consigna era empezar a hacer que re&iacute;amos, a producir sonidos como de risas falsas, como si fuera una broma que nos hac&iacute;amos a nosotros mismos, y al final las verdaderas carcajadas de los otros se volv&iacute;an tan contagiosas que nos terminamos riendo &ldquo;en serio&rdquo;.&nbsp; Todo resultaba muy rid&iacute;culo, y liberador. Nada superficial era el asunto. Debat&iacute;amos: los dictadores se la toman tan en serio que nunca se r&iacute;en de s&iacute; mismos ni de sus delirios mesi&aacute;nicos ni permiten que otros se r&iacute;an de ellos, aunque s&iacute; son capaces de re&iacute;rse con crueldad de sus v&iacute;ctimas. Inculcan el miedo, gran enemigo de la risa. Y con toda su seriedad y solemnidad siempre nos llevan al desastre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tras la crisis de 2001-2002, ella tuvo su segundo exilio, estableci&eacute;ndose en Anchimal&eacute;n, el centro de salud que la terapeuta Adriana &ldquo;Nana&rdquo; Schnake ten&iacute;a en la bah&iacute;a de Manao, isla de Chilo&eacute;, Chile, donde trataban la salud y la enfermedad con un m&eacute;todo que implicaba &ldquo;di&aacute;logos&rdquo; con &oacute;rganos y sistemas corporales, v&iacute;sceras y articulaciones, carne y huesos, l&iacute;quidos y redes neuronales, hacia una superaci&oacute;n del dualismo de mente y cuerpo. Pero llegar a ese lugar requer&iacute;a uno o m&aacute;s viajes en avi&oacute;n, otro trayecto en autob&uacute;s, el cruce de un canal en ferry y un tramo m&aacute;s en autom&oacute;vil sobre un camino de ripio. Instalada en una caba&ntilde;a durante m&aacute;s de una d&eacute;cada, trabaj&oacute; y estudi&oacute; la po&eacute;tica corporal desarrollada por la &ldquo;Nana&rdquo; y finalmente volvi&oacute; a Buenos Aires, tras el agotamiento de su experiencia isle&ntilde;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sus &uacute;ltimos a&ntilde;os los pas&oacute; en un min&uacute;sculo departamento cercano al Congreso. Aunque sufri&oacute; una operaci&oacute;n de reemplazo de cadera, con bast&oacute;n mediante y fragilidad en el andar supo marchar todos los 24 de marzo hasta que la reclusi&oacute;n que le impuso la pandemia y una combinaci&oacute;n de dolencias termin&oacute; por derrumbarla. Fue internada en Bariloche, donde resid&iacute;a Iv&aacute;n, ese primer (y finalmente, &uacute;nico) hijo que hab&iacute;a crecido en su vientre aquel fat&iacute;dico a&ntilde;o de 1976. Se llamaba Norma Osnajanski. Naci&oacute; el 23 de octubre de 1946 y se fue de esta existencia el 27 de junio de 2021. Nos volveremos a encontrar con el recuerdo de su sentido del humor y sus ojos so&ntilde;adores en la marcha.
    </p><p class="article-text">
        <em>OB/MT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/amistad-magnetismo-almas_129_11234129.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 22 Mar 2024 09:10:05 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/f6af65b0-7f99-489a-ac0a-4a3406847e61_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="121557" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/f6af65b0-7f99-489a-ac0a-4a3406847e61_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="121557" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[La amistad es un magnetismo de las almas]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/f6af65b0-7f99-489a-ac0a-4a3406847e61_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Diatriba contra el mascotismo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/diatriba-mascotismo_129_10950193.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e9149ef4-c58c-4e26-ab5d-372f19a3413a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Diatriba contra el mascotismo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No tengo nada contra los animales de compañía, lo cuestionable es esa ideología especista que promueve tener animales en domicilios particulares para entretenimiento, contacto físico y amuletos contra la soledad. 
</p></div><p class="article-text">
        Me dijeron no te metas con esto, hay gente que te va a saltar a la yugular como una fiera. La autocensura funciona: el g&eacute;nero diatriba en este caso iba a ser dirigido &ldquo;contra las mascotas&rdquo; pero ese t&iacute;tulo ser&iacute;a impropio o precisar&iacute;a una extensa aclaraci&oacute;n que superar&iacute;a los l&iacute;mites de esta columna. Porque no tengo nada contra los animales de compa&ntilde;&iacute;a, esos seres maravillosos de otras especies de los que podemos aprender much&iacute;simo, incluida la capacidad de amar y cuidar. Lo cuestionable es el mascotismo, la pr&aacute;ctica de retener animales silvestres en un domicilio particular y que como concepto aqu&iacute; voy a extender a todos los animales, incluso los que atravesaron procesos de domesticaci&oacute;n por milenios.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esa pr&aacute;ctica o h&aacute;bito de tener animales en la propia casa porque es &ldquo;saludable&rdquo; o &ldquo;altruista&rdquo; reduce a esos animales a la funci&oacute;n de mascota, t&eacute;rmino cuyo origen ser&iacute;a <em>mascotte,</em> o sea amuleto, objeto que se supone trae buena suerte, y que derivar&iacute;a de la lengua occitana <em>masca</em>, con la que se llamaba a las brujas en zonas de Italia y Francia. Me encontr&eacute; con esta palabra en la pel&iacute;cula de animaci&oacute;n <em>No dogs or italians allowed </em>de Alain Ughetto y como una cosa lleva a la otra, entre la animaci&oacute;n y la animalada, me puse a pensar en<strong> esa ideolog&iacute;a especista que promueve tener animales para entretenimiento, contacto f&iacute;sico y amuletos contra la soledad. </strong>Ideolog&iacute;a que convierte sobre todo a canes y felinos &ndash;aunque tambi&eacute;n a loros, tortugas, h&aacute;msters, etc.&ndash; en objetos a manipular, comprar, vender, encerrar, castrar y usar sin miramientos.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esa ideolog&iacute;a pondera los beneficios (las mascotas pueden prevenir la depresi&oacute;n y la ansiedad, dar afecto incondicional, mejorar los problemas cardiovasculares, combatir el estr&eacute;s) pero no calcula los costos y problemas de mantenerlas en casa, ni las necesidades propias de esos animales o su interacci&oacute;n con el vecindario. De estos &uacute;ltimos, los m&aacute;s obvios: los maullidos de gatos en celo por las noches, los ladridos en horarios de descanso (a veces por perros que han sido dejado solos todo el d&iacute;a), las heces que reposan sobre las veredas a la espera de que alguien las aplaste y desparrame (&ldquo;buena suerte, pis&eacute; mierda&rdquo;). Y la poblaci&oacute;n de mascotas crece. No tengo estad&iacute;sticas, pero veo cada vez m&aacute;s gente paseando perros por la calle.&nbsp; A veces cuatro, cinco o seis (y no son paseadores de oficio). Hay lugares del mundo en los que no est&aacute; permitido tener todos los perros que uno quiera. Y otros en los que se multa a vecinos que molestan con sus ladridos (s&iacute;, los vecinos ladran a trav&eacute;s de sus perros).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde luego que hay perros que son necesarios para guiar a personas ciegas, otros que son rescatistas. Y gatos que son fuente de placer y contacto corporal para gente con enfermedades y distintas formas de vulnerabilidad. Paliar la soledad es comprensible, hay mucha gente sola en las grandes ciudades, adem&aacute;s de aquellas que por su condici&oacute;n de salud necesitan compa&ntilde;&iacute;a animal. Tambi&eacute;n es comprensible que algunas almas caritativas rescaten o adopten cachorros abandonados. Ahora bien, <strong>&ldquo;adoptar&rdquo; es una palabra t&iacute;pica y equ&iacute;voca del l&eacute;xico de ese lugar com&uacute;n que familiariza la relaci&oacute;n con los animales como si fueran eternos beb&eacute;s, hijos no biol&oacute;gicos.</strong> Pero no debe haber mucha gente que adopte a un ni&ntilde;o como hijo a sabiendas de que se le va a morir a los doce, quince o veinte a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Hemos naturalizado el tener animales cautivos en casa por gusto o por incapacidad de vivir a solas. </strong>Se dir&aacute; que no todos esos animales son cautivos, que algunos podr&iacute;an irse, pero no se van y prefieren quedarse con sus &ldquo;amigos&rdquo; humanos. Pero el poder que tenemos sobre ellos es casi infinito y est&aacute; lejos de la amistad, por m&aacute;s que se celebren los cumplea&ntilde;os de gatos y perros como si entendieran el calendario gregoriano o el d&iacute;a de San Valent&iacute;n como si fuesen enamorados.&nbsp; M&aacute;s sincera es la palabra &ldquo;amo&rdquo;. Porque es como si fuesen esclavos dom&eacute;sticos a los que se trata bien (con suerte). Podemos castrarlos (de hecho, se recomienda hacerlo para control de poblaci&oacute;n). Podemos sacrificarlos cuando llegan a viejos y tienen una enfermedad terminal; sacarlos a pasear, orinar o defecar cuando se nos ocurra; darles comida cuando nos parece adecuado; dejarlos solos en casa cuando se nos da la gana. Alguna gente hasta se siente con derecho a abandonarlos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por otra parte, alimentarlos con esa comida industrial que llaman &ldquo;balanceada&rdquo; cuesta mucho dinero, sobre todo en una econom&iacute;a inflacionaria. Y ojal&aacute; que no se enfermen porque llevar la mascota al veterinario hoy te puede costar un ojo de la cara. Ser&aacute; muy saludable tener una mascota para las personas mayores que viven solas, pero el d&iacute;a que se enferme la mascota habr&aacute; que lidiar tambi&eacute;n a solas con un animalito que tendr&aacute;s que acarrear hasta la veterinaria m&aacute;s cercana, o quiz&aacute; la vienen a buscar por un costo adicional, adem&aacute;s de comprar medicamentos car&iacute;simos y tal vez afrontar una cirug&iacute;a o internaci&oacute;n que te costar&aacute; los dos ojos de la cara. Hay que estar lo m&aacute;s sano posible, porque la mascota suele ser demandante y requerir atenci&oacute;n, alimento y periodicidad en ocuparse de sus necesidades. &ldquo;Primero las mascotas&rdquo;, rezan las consignas de las industrias y comercios que explotan y promueven este h&aacute;bito, consumo o adicci&oacute;n. Pero cuando se est&aacute; enfermo, las mascotas pueden ser m&aacute;s un problema que una soluci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Aclaro que he tenido perros y ahora tengo dos gatos, a los que protejo y alimento lo mejor posible. <strong>No siento que soy superior a ellos por ser de la especie humana, s&oacute;lo s&eacute; que somos diferentes.</strong> La cuesti&oacute;n es que, como creemos en la libertad, si yo quisiera tener cinco o diez gatos, nadie me lo impedir&iacute;a, pero alguien deber&iacute;a hacerlo, juntarse todo el vecindario, quejarse. No hay nada que justifique el derecho a tener todos los animales que uno quiera en su casa. Lo que s&iacute; habr&iacute;a que defender es la dignidad de esos seres vivos atrapados entre humanos que los tienen de juguetes. Y librarse de la compulsi&oacute;n o capricho infantil de reducirlos para que funcionen de mascotas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/diatriba-mascotismo_129_10950193.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 23 Feb 2024 09:40:30 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/e9149ef4-c58c-4e26-ab5d-372f19a3413a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="183799" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/e9149ef4-c58c-4e26-ab5d-372f19a3413a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="183799" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Diatriba contra el mascotismo]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/e9149ef4-c58c-4e26-ab5d-372f19a3413a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Yo, libertario,Animales,Derecho animal]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Postales de otra desmesura]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/postales-desmesura_129_10867796.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/867d9b59-00f4-4b6a-9e3b-66ec51d61271_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Jonas Mekas, diarista, reportero, cronista y documentalista."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Para Jonas Mekas el proceso, aquello que se juega en el ademán de poner el cuerpo en escritura o imagen, siempre será más interesante que el resultado. Dejó libros escritos con una absoluta libertad formal y expresiva, una actitud realmente libertaria que se encuentra a años luz de quienes hoy balbucean la palabra libertad sin saber de qué se trata.
</p></div><p class="article-text">
        Tengo en mi mesa de luz tres libros escritos con una absoluta libertad formal y expresiva, una actitud realmente libertaria que se encuentra a a&ntilde;os luz de quienes hoy balbucean la palabra libertad sin saber de qu&eacute; se trata: <em>Ning&uacute;n lugar ad&oacute;nde ir</em>, <em>Cuadernos de los Sesenta</em> y <em>Destellos de belleza</em>, de<strong> Jonas Mekas,</strong> de cuya muerte se cumplieron cuatro a&ntilde;os el pasado 23 de enero. Mekas fue desde su infancia y adolescencia un prol&iacute;fico diarista, reportero y cronista antes de volverse el documentalista experimental dedicado a registrar en sus pel&iacute;culas-diario todo lo que ocurr&iacute;a a su alrededor. Confieso que sus textos me resultan m&aacute;s fascinantes que algunos de esos documentales que pueden requerir horas o d&iacute;as de labor para verlos, no digamos hasta el final porque a veces con un fragmento es suficiente, sino incluso en parte. Hay en ellos una defensa sin atenuantes del arte aficionado, no-profesional y espont&aacute;neo: &ldquo;El diario en el arte es el formato m&aacute;s personal y democr&aacute;tico&rdquo;, escribe Mekas. &ldquo;Quien elige llevar un diario en el mundo del arte es alguien abierto a todas las posibilidades, que no descarta nada, porque todo eventualmente encuentra su uso&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Ser&aacute; dif&iacute;cil encontrar en estos escritos ese narcisismo de autor/a que se regodea en relatar en primera persona lo que pens&oacute; al mirarse en el espejo del ba&ntilde;o al levantarse por la ma&ntilde;ana antes de preparar su desayuno con caf&eacute; y medialunas, como si esa &ldquo;an&eacute;cdota&rdquo; tuviera alguna importancia. Mekas s&iacute; ten&iacute;a qu&eacute; contar, porque le pas&oacute; (casi) de todo en la vida, especialmente cuando tuvo que enfrentar la ocupaci&oacute;n de su Lituania natal primero por los nazis y despu&eacute;s por los sovi&eacute;ticos. Ocho meses de trabajos forzados en un campo alem&aacute;n en los suburbios de Hamburgo, bombardeos, un intento fallido de llegar a Dinamarca, trabajos en una granja empujando carretillas cargadas de bosta de vaca, fr&iacute;o, pies congelados, sobrevivir en campamentos de refugiados, viajes a trav&eacute;s de territorios devastados por la guerra, otro intento fallido de emigrar (a Israel) en la posguerra, al fin llegar a Brooklyn en barco y con hambre, luego una frustrante b&uacute;squeda de trabajo y un deambular sin rumbo hasta que se pudo abrirse camino entre la comunidad de artistas de Manhattan a partir de la compra de una c&aacute;mara Bolex.
    </p><p class="article-text">
        Documentar su nueva vida por escrito en un cuaderno o en film mediante esa c&aacute;mara que llevar&iacute;a a todas partes se convirti&oacute; en su principal obsesi&oacute;n y fuente de goce. Motivos no le faltar&iacute;an, porque Nueva York, la Meca de Mekas, fue desde fines de los 50 el epicentro de una explosi&oacute;n de creatividad que el cronista pudo presenciar, y de alguna manera potenciar, desde su llegada. Una vez que se instal&oacute; en el m&iacute;tico hotel Chelsea, cerca de la habitaci&oacute;n de Janis Joplin, las an&eacute;cdotas fluyeron como agua de manantial. Amigo de Andy Warhol y tambi&eacute;n de Valerie Solanas, quien le dispar&oacute; tres tiros a Warhol en 1968, supo ser confidente de ella cuando estuvo presa por &ldquo;asalto culposo&rdquo; y pudo decir que conoci&oacute; bien de cerca esa infortunada pasi&oacute;n por asesinar a la &ldquo;mujer incompleta&rdquo; (como todo macho) que Solanas ve&iacute;a en Warhol. &ldquo;No estaba loca&rdquo;, dictamin&oacute; Mekas. &ldquo;La describir&iacute;a como a una feminista dostoievskiana fan&aacute;tica. Mi vida siempre ha estado dominada por una atracci&oacute;n hacia las personas extremas y desequilibradas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El registro en diario o cr&oacute;nica de esos a&ntilde;os parece tan inestable como una c&aacute;mara en mano, pero los testimonios de aquella atracci&oacute;n son irrefutables. Por sus memorias desfilan Allen Ginsberg, William Burroughs, Susan Sontag, Timothy Leary, John Lennon y Yoko Ono, entre otras, en forma de di&aacute;logos, entrevistas, rese&ntilde;as y manifiestos, como &ldquo;En defensa de la perversi&oacute;n&rdquo; en el que Mekas proclamaba: &ldquo;En una sociedad bastarda, estandarizada, conformista y enferma, la perversi&oacute;n es una fuerza de liberaci&oacute;n. Ser <em>beat</em> hoy es ir contra la normalidad y el conformismo, ser inmoral, ser perverso&rdquo;. Y esto lo dec&iacute;a en 1958.
    </p><p class="article-text">
        En <em>Cuadernos de los Sesenta</em> se cruzan rese&ntilde;as de happenings y de danza, comentarios de conciertos de John Cage y de pel&iacute;culas del New American Cinema con fotos y posters de &eacute;poca junto a largas conversaciones con artistas publicadas pr&aacute;cticamente sin edici&oacute;n, para conformar un inmenso collage deseante que parece querer abarcar la totalidad de lo que Mekas vivi&oacute; al llegar a esa ciudad que adopt&oacute; como su hogar de exilado. &ldquo;El trabajo del cronista nunca acaba, lo guarda todo, es un ojo abierto, es el balde de basura en el que todo cabe y todo lo recibe&rdquo;, afirmaba. Aunque ese recipiente de residuos ten&iacute;a un filtro, un sesgo en la mirada que invert&iacute;a el canon y las jerarqu&iacute;as para dejar abajo lo profesional o comercial y poner arriba lo subterr&aacute;neo, improvisado y amateur: &ldquo;El no-arte del material crudo es m&aacute;s potente en su estado aleatorio que el resultado final&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Los l&iacute;mites de esa desmesura se har&iacute;an visibles en sus di&aacute;logos con Pasolini, a quien Mekas expondr&iacute;a su fantas&iacute;a &ndash;que &eacute;l mismo admit&iacute;a &ldquo;exagerada&rdquo;&ndash; de que todas las c&aacute;maras caseras de 16 mm y 8 mm que hab&iacute;a en los hogares de Estados Unidos en los a&ntilde;os 60 fuesen &ldquo;liberadas&rdquo; &ndash;es decir, expropiadas&ndash; y redistribuidas entre la gente que deseara hacer pel&iacute;culas para &ldquo;quitarle el cine a la industria y a Hollywood&rdquo;. El l&uacute;cido y desencantado Pasolini ten&iacute;a sus dudas y le pregunt&oacute; cu&aacute;ntos millones de m&aacute;quinas de escribir habr&iacute;a en ese pa&iacute;s y si cre&iacute;a que redistribuir esas m&aacute;quinas para que las usara el pueblo tambi&eacute;n har&iacute;a alguna diferencia. O por qu&eacute; pensaba que el cine ser&iacute;a una mejor herramienta para la revoluci&oacute;n que la literatura. Ingenuo pero valiente, Mekas mantuvo su postura vital hasta los 97 a&ntilde;os: el proceso, aquello que se juega en el adem&aacute;n de poner el cuerpo en escritura o imagen, siempre ser&aacute; m&aacute;s interesante que el resultado. Preferir lo crudo a lo cocido, el momento en que se afinan los instrumentos al concierto en s&iacute;. Por mi parte, disfruto la edici&oacute;n capaz de pulir y dar m&aacute;s brillo al material en crudo, pero no puedo dejar de admirar esa desmedida apuesta por todo lo que surge en el instante.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>OB/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/postales-desmesura_129_10867796.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 26 Jan 2024 09:30:44 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/867d9b59-00f4-4b6a-9e3b-66ec51d61271_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="85543" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/867d9b59-00f4-4b6a-9e3b-66ec51d61271_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="85543" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Postales de otra desmesura]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/867d9b59-00f4-4b6a-9e3b-66ec51d61271_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Yo, libertario]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Happy fucking New Year]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/fin-de-ano-brindemos-mejores-fiestas_129_10800271.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0517d98d-3ef9-44f6-8813-fe8ac24559ab_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Happy fucking New Year"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Qué decir para estas fechas? ¿Buen año a pesar de todo? Va a ser difícil. ¿Sonrían hoy que mañana será peor? Muy para abajo. ¿O saludar como ese villancico español que parodia la prescripción bíblica: “bebamos y follemos, que mañana moriremos”? Más creatividad es preciso. Brindar por mejores fiestas.</p></div><p class="article-text">
        Pocas cosas son m&aacute;s detestables que la obligaci&oacute;n al festejo cuando se siente que no hay nada para festejar. <strong>Una fiesta obligatoria no es una fiesta.</strong> Quiz&aacute; lo era en la antig&uuml;edad, cuando las festividades eran el tiempo-espacio en el que adem&aacute;s de observarse los rituales religiosos se permit&iacute;an transgresiones a las actividades habituales para la supervivencia. El cr&iacute;tico <strong>Roger Caillois</strong>, que vivi&oacute; en la casa de <strong>Victoria Ocampo</strong> a partir de 1939, public&oacute; ese a&ntilde;o su ensayo <em>El hombre y lo sagrado</em> en el que postulaba que la humanidad siempre reparti&oacute; su vida entre lo profano y lo sagrado: el primero ser&iacute;a el horario com&uacute;n, ordinario, de la labor diaria y del respeto a las normas; el segundo, la hora del derroche. 
    </p><p class="article-text">
        Lo profano, lo habitual, se basar&iacute;a en restricciones al consumo y el gasto, ya que la acumulaci&oacute;n de los bienes necesarios para continuar la vida precisa ahorro de energ&iacute;as y recursos. Y lo sagrado, que es un tiempo extraordinario, fuera de lo com&uacute;n y corriente, es cuando se consume vertiginosamente lo acumulado. En la vida profana, la de todos los d&iacute;as, trabajar es la norma; en la vida no ordinaria, como en la fiesta (pero tambi&eacute;n en la guerra o la revuelta) derrochar es preciso. Mientras dura ese tiempo sagrado, la prohibici&oacute;n sobre el gasto se suspende y el orden profano de la producci&oacute;n es negado en instantes &uacute;nicos y eternos.
    </p><p class="article-text">
        De all&iacute; deriv&oacute; <strong>Georges Bataille</strong> su idea de la fiesta como transgresi&oacute;n. En la fiesta se podr&iacute;a hacer lo que normalmente se halla prohibido, como en las Saturnales romanas en las que se trastocaba el orden social hasta el punto de que el amo pod&iacute;a servir al esclavo tendido en su lecho. O como en el <em>potlatch</em> de los pueblos nativos del Noroeste americano, cuando el anfitri&oacute;n ofrec&iacute;a a los invitados alto n&uacute;mero de objetos valiosos y los destru&iacute;a a la vista de todos, como una cat&aacute;strofe provocada para celebrar el principio de p&eacute;rdida.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Las mejores fiestas hoy parecen ser las que no están pautadas en forma oficial o las que tuercen el destino del calendario en otras direcciones</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Lejos de estos ejemplos de &eacute;pocas paganas, desde que se establecieron las fechas de diciembre por el calendario que decret&oacute; el Papa <strong>Gregorio XIII </strong>en 1582 nos habituamos a decirle &ldquo;fiestas&rdquo; a esas reuniones en las que cenamos, bebemos y expresamos deseos de que el pr&oacute;ximo a&ntilde;o sea mejor, cuando en esta parte del mundo la realidad muestra que cada a&ntilde;o es peor que el anterior. M&aacute;s aun en estos d&iacute;as en que los precios se van por las nubes. &ldquo;Infelices fiestas&rdquo; podr&iacute;a ser el saludo oficial de cortes&iacute;a en esta ocasi&oacute;n. O agradecer con un &ldquo;feliz sacrificio&rdquo; a los hogares que sienten el ajuste sobre la mesa de fin de a&ntilde;o.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las mejores fiestas hoy parecen ser las que no est&aacute;n pautadas en forma oficial o las que tuercen el destino del calendario en otras direcciones. Recuerdo<em> raves</em>, carnavales y otros jolgorios, pero no puedo dejar de evocar la tremenda celebraci&oacute;n que hizo en el Tigre el artista, curador y agitador de las disidencias <strong>Jorge Gumier Maier</strong>, hace poco m&aacute;s de una d&eacute;cada, cuando inaugur&oacute; la casa que hab&iacute;a comprado a orillas del r&iacute;o Sarmiento y pudo mudarse desde la caba&ntilde;a que alquilaba en un arroyo cercano. 
    </p><p class="article-text">
        La casa estaba semidestruida, con la zona inferior completamente inundada en torno a los pilotes que la sosten&iacute;an, pero el anfitri&oacute;n no esper&oacute; a tenerla en condiciones para empezar a habitarla y llam&oacute; a festejar apenas se hubo instalado. Fue como un mini Woodstock isle&ntilde;o: asisti&oacute; gente de las islas y tambi&eacute;n del continente, hab&iacute;a centenares (alguien dijo miles) de personas, muchas de ellas fans de la banda punk-tropical <strong>Kumbia Queers </strong>que tocar&iacute;a sobre un improvisado escenario al fondo del terreno. 
    </p><p class="article-text">
        Se conectaron los parlantes, se encendieron todas las luces de casa y muelle, y de pronto se cort&oacute; la energ&iacute;a. Causa desconocida. Era un corte que afectaba s&oacute;lo a esa parte de la isla, as&iacute; que al ver luz en otras zonas algunas salieron corriendo a buscar cables para pedirle una conexi&oacute;n a gente vecina. Entretanto se encendieron fogatas y porros, se destaparon botellas, se tararearon canciones a capella, algunas se pusieron a nadar en tetas o en bolas porque la noche era c&aacute;lida, pleno verano.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s lleg&oacute; la luz. Gracias a un par de largos cables que se extendieron a m&aacute;s de ciento cincuenta metros, la banda pudo empezar a tocar. Y bailamos. O m&aacute;s bien chapoteamos, haciendo pogo sobre el fango de ese terreno bajo con pozos siempre saturados de agua, un agua tan sagrada como contaminada que llenaba las piernas de lodo, los pies hundidos hasta los tobillos, toda la gente sucia, feliz y embriagada por esos momentos &uacute;nicos que otorgaba el pantano, revolcando los cuerpos en el barro. Al d&iacute;a siguiente le cayeron a Gumier Mayer las l&oacute;gicas quejas de vecinos por ruidos molestos, por la venta de alcohol y la presencia de menores. Pero qui&eacute;n le quitar&iacute;a lo bailado.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">¿Qué decir para estas fechas? ¿Buen año a pesar de todo? Va a ser difícil</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Conoc&iacute; a Gumier cuando era columnista de la revista El Porte&ntilde;o y diagramador de la Cerdos &amp; Peces, en cuya tapa alguna vez sali&oacute; vestido de <em>drag queen</em> con el seud&oacute;nimo de &ldquo;Brunilda Bayer&rdquo;. En los 80 empez&oacute; a mostrar sus obras e intervenciones en el circuito under porte&ntilde;o junto a<em> performers</em> como <strong>Batato Barea </strong>y <strong>Alejandro Urdapilleta</strong>, entre otros, y en los 90 fue el m&iacute;tico curador y descubridor de artistas en la galer&iacute;a del Centro Cultural Ricardo Rojas. Nacido en 1953, se fue de esta existencia en diciembre de 2021. Una muestra que se inaugur&oacute; hace dos semanas en el Museo Nacional de Bellas Artes, curada por <strong>Natalia Pineau</strong>, recorre su producci&oacute;n art&iacute;stica, activista y period&iacute;stica en la d&eacute;cada del 80, aquella de las fiestas que emerg&iacute;an del freezer durante la posdictadura: una pizca de nostalgia para reavivar este alica&iacute;do cambio de a&ntilde;o que no califica como cambio de &eacute;poca y que por ahora parece una pesadilla de retorno a lo peor del pasado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; decir para estas fechas? &iquest;Buen a&ntilde;o a pesar de todo? Va a ser dif&iacute;cil. &iquest;Sonr&iacute;an hoy que ma&ntilde;ana ser&aacute; peor? Muy para abajo. &iquest;O saludar como ese villancico espa&ntilde;ol que parodia la prescripci&oacute;n b&iacute;blica: &ldquo;bebamos y follemos, que ma&ntilde;ana moriremos&rdquo;? M&aacute;s creatividad es preciso. Brindar por mejores fiestas. <em>Happy fucking new year.</em>&nbsp;Y que no nos quiten el arte. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/fin-de-ano-brindemos-mejores-fiestas_129_10800271.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 Dec 2023 09:22:48 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/0517d98d-3ef9-44f6-8813-fe8ac24559ab_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="98363" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/0517d98d-3ef9-44f6-8813-fe8ac24559ab_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="98363" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Happy fucking New Year]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/0517d98d-3ef9-44f6-8813-fe8ac24559ab_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Fiestas,fiesta,Filosofía,Sociedad,fin de año]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
