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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Camila Fabbri]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/camilia-fabbri/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Camila Fabbri]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Cuando ya nos empecemos a quedar solos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/empecemos-quedar-solos_129_12383277.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fc463f74-65a2-4c44-90ee-1fd8f7451f41_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuando ya nos empecemos a quedar solos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En la soledad que a veces crece conmigo, así como crece el  pelo y los dientes cuando van pasando los años, está la música de Charly García. Por momentos solo queda salir a la calle, acompañar, rodearse de compañeros y subir el volumen. 
</p></div><p class="article-text">
        Despu&eacute;s del fallo que confirm&oacute; la condena a la expresidente Cristina Fernandez de Kirchner  empec&eacute; a pensar, con una obstinaci&oacute;n semi alterada, en qu&eacute; es la pertenencia. Qu&eacute; significa, para m&iacute;, ser argentina. Para empezar, la arquitectura de un territorio definido, una constituci&oacute;n simb&oacute;lica y abstracta que me contiene, una estructura sensible y mental, tambi&eacute;n, un lugar con una casa, un punto de partida. El fanatismo por las personas que me dieron el pensamiento, los ideales primero adquiridos y despu&eacute;s apropiados. Los sonidos, las voces, las formas de nombrar, entonces la m&uacute;sica, y ah&iacute; nom&aacute;s: los artistas.
    </p><p class="article-text">
        Desde que tengo uso de raz&oacute;n, mi atm&oacute;sfera es un departamento. Hubo de dos y tres ambientes, nunca m&aacute;s amplitud que eso. Hubo balcones que dieron a avenidas ruidosas o ventanas m&iacute;nimas con ubicaciones estrat&eacute;gicas. Si eran luminosos, a cambio pod&iacute;an tener problemas de humedad y si acaso eran oscuros, pod&iacute;an tener, a favor, un buen grosor de paredes. Nunca hubo equilibrio en las dependencias que habit&eacute;. Si algo funcionaba bien, otra cosa deb&iacute;a salir mal. Viv&iacute; con hermanas, con mi madre y con mi padre. Con parejas, sola, con desconocidos tambi&eacute;n. En esos espacios porte&ntilde;os y acotados aprend&iacute; a escuchar m&uacute;sica. Cuando viv&iacute; con mi familia, en ese pasado, us&aacute;bamos la m&uacute;sica para tapar los silencios y para creernos mejores. Mis hermanas adolescentes me adoctrinaron en la poes&iacute;a rockera argentina, en el reclamo pol&iacute;tico, en nunca pretender convertirme en <em>polic&iacute;a.</em> Que ese era el oficio de los enfurecidos y ellas quer&iacute;an que yo fuera feliz. Mi madre tambi&eacute;n aportaba sus ideas para cooperar con mi futura estructura, pero mi padre no. El hombre de la casa era el que se manten&iacute;a al margen y en silencio. Fue &eacute;l quien me ense&ntilde;&oacute; la falta de sonido, la falta de afectaci&oacute;n y hasta a veces, a restarle amor a las cosas. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Los hombres que cantaban baladas en minicomponentes fueron canciones de cuna y me trajeron cierta ternura parecida a lo paternal. En esas jornadas de escucha permanente de mis hermanas p&uacute;beres, conoc&iacute; a Charly Garc&iacute;a. Un hombre huesudo de bigote marmolado que dec&iacute;a cosas buenas mientras le temblaba todo el cuerpo. Ellas no eran fan&aacute;ticas justamente de esos cassettes, prefer&iacute;an poner otros, pero &iquest;qu&eacute; pretend&iacute;an que pasara si compart&iacute;an conmigo todas esas horas de cinta magn&eacute;tica? Pod&iacute;a pasar que algo me enloqueciera o me obsesionara para siempre. &iquest;Qu&eacute; pasa en el o&iacute;do de una ni&ntilde;a que escucha cantar tantas veces a un hombre, que no es su padre, sino otro, un extra&ntilde;o? Porque las primeras voces que escuchamos, y de las que nos apropiamos, son las familiares. &iquest;Qu&eacute; hay, entonces, con el tono l&iacute;rico y testoster&oacute;nico de otro hombre? &iquest;Reemplaza al padre o lo mejora? &iquest;Queda dando vueltas para siempre? El lenguaje musical &iquest;puede transformarse en un sonido ancestral?
    </p><p class="article-text">
        Charly Garc&iacute;a, o Carlos Alberto Garc&iacute;a Moreno tom&oacute; clases de piano desde los cuatro a&ntilde;os en el Conservatorio Thibaud Piazzini de Buenos Aires y ya por esos a&ntilde;os descubri&oacute; que ten&iacute;a <em>o&iacute;do absoluto</em> &ndash;una especie de condici&oacute;n o de superpoder&ndash;. Las personas que tienen o&iacute;do absoluto pueden, por ejemplo, reproducir una canci&oacute;n que oyeron una sola vez e incluso pueden identificar notas musicales de forma aislada. El o&iacute;do absoluto tiene la capacidad de distinguir tanto notas musicales como todo lo dem&aacute;s que no es m&uacute;sica. La percepci&oacute;n es absoluta y permanente para todos los sonidos del mundo. Algo as&iacute; como una condena que debe ser domesticada. Fue gracias a Charly Garcia que supe, por ejemplo, que las bocinas de los autos que o&iacute;mos en la ciudad, como un tel&oacute;n de fondo, en realidad est&aacute;n afinadas en S&iacute; bemol o que el sonido de un metal cuando cae y golpea sobre el suelo casi siempre est&aacute; en Do sostenido mayor. Charly form&oacute; su primera banda cuando era un adolescente de diecis&eacute;is a&ntilde;os. Su o&iacute;do absoluto empez&oacute; a tener una vida &uacute;til y el pueblo argentino qued&oacute; totalmente subyugado al o&iacute;r a ese hombre con vitiligo que cantaba tan suave como una lib&eacute;lula. Estas bandas tuvieron su apogeo durante la dictadura c&iacute;vico militar argentina que dur&oacute; siete a&ntilde;os. El terror era concreto y fantasmal en partes iguales, pero el o&iacute;do absoluto segu&iacute;a ah&iacute;. Hacia la llegada de la democracia, Charly Garcia comenz&oacute; su carrera como solista con su primer disco Yendo de la cama al living y de ah&iacute; en adelante, fueron llegando unos doce discos m&aacute;s hasta el d&iacute;a de hoy, en el que Charly sigue siendo un o&iacute;do absoluto guardado en el cuerpo de un anciano. 
    </p><p class="article-text">
        Ser argentino tiene mucho que ver con haber pasado una y mil veces por la m&eacute;trica de esas canciones venidas del m&aacute;s all&aacute;. Y hay una canci&oacute;n, entre tantas otras, hay una canci&oacute;n. Esa canci&oacute;n fue escrita por Carlos Alberto cuando ten&iacute;a veinte a&ntilde;os. Es una mirada hacia el futuro. Un chico que mira hacia adelante y se escribe a s&iacute; mismo en su longevidad o en la vejez, ah&iacute; donde est&aacute; afuera, casi siempre sentado en una silla de ruedas que le evita tener que poner los pies sobre la tierra. Esa canci&oacute;n, que se llama <em>Cuando ya me empiece a quedar solo, </em>habla sobre un rumor de voces que le gritan y sobre un mill&oacute;n de manos que lo aplauden, y sobre un fantasma que vendr&aacute;, cuando ya se empiece a quedar solo. Dicen que hay cosas que sabemos, que en realidad no las sabemos. Como si estuvi&eacute;ramos desdoblados. Cosas que quedan en ese porcentaje de cerebro que aparentemente no usamos. Es esa forma de mirar al futuro. Es ese chico que se sent&oacute; a escribir sobre lo que vendr&iacute;a, y sobre lo s&oacute;rdido que ser&iacute;a eso. Porque &iquest;qu&eacute; es quedarse solo pudiendo escuchar tanto, todo? Y ah&iacute; es que me encuentro yo, en esa compa&ntilde;&iacute;a permanente que tuve de ese hombre que nunca conoc&iacute;, que tom&oacute; un lugar parecido a lo paternal, solamente componiendo canciones en ciudades cercanas. Ese fanatismo que no es fanatismo sino que es otra cosa. Una especie de correspondencia, una voz familiar. Escuchar a Charly Garcia hace que mi o&iacute;do se vuelva absoluto tambi&eacute;n, al menos en la duraci&oacute;n de esos discos, de esas canciones. En la soledad que a veces crece conmigo, as&iacute; como crece el  pelo y los dientes cuando van pasando los a&ntilde;os, est&aacute; su m&uacute;sica. En la impotencia que sigue despertando el vaiv&eacute;n actual, tambi&eacute;n, y por momentos solo queda salir a la calle, acompa&ntilde;ar, rodearse de compa&ntilde;eros y subir el volumen. 
    </p><p class="article-text">
        <em>CF/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Camila Fabbri]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/empecemos-quedar-solos_129_12383277.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 14 Jun 2025 03:01:53 +0000]]></pubDate>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Poeta chileno]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/poeta-chileno_129_12344193.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3909173e-d5ff-4266-813e-96a3dbe2c7fe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Poeta chileno"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un viaje a Chile reaviva el encuentro con la obra de Claudio Bertoni. Su poesía, entre la desidia y la ternura, nombra lo innombrable con palabras simples.</p></div><p class="article-text">
        Llegu&eacute; a Bertoni a trav&eacute;s de Guerriero. Llegu&eacute; a Guerriero a trav&eacute;s de Forn. Y a Forn llegu&eacute; por una expareja que le&iacute;a much&iacute;simo, como el fumador que enciende un nuevo cigarrillo con la brasa del que se le acaba de consumir. La afinidad literaria es un ciclo infinito, una especie de <em>Sal de ah&iacute;, Chivita, Chivita.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Lo primero que le&iacute; del poeta chileno fue <em>Desiderata</em>, ese poema que la cronista Leila Guerriero esparci&oacute; por todos lados: <em>Piensas que despertar te va a aliviar, y no te alivia. Piensas que dormir te va a aliviar, y no te alivia. Piensas que el desayuno te va a aliviar, y no te alivia. </em>Qued&eacute; infinitamente sorprendida por la simpleza con la que ese hombre del otro lado de la Cordillera, <strong>pon&iacute;a en palabras sencillas una sensaci&oacute;n secreta.</strong> 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        Algo que quiz&aacute;s yo ven&iacute;a experimentando demasiado seguido, como una especie de coreograf&iacute;a del desasosiego, y no me hab&iacute;a atrevido ni siquiera a describir. Una especie de camarader&iacute;a con la desidia, una forma de decir: Ey, esto es algo con lo que todos convivimos, as&iacute; como los desayunos, los almuerzos familiares, los trabajos en blanco, el tr&aacute;fico de las ciudades, las lavander&iacute;as.&nbsp; 
    </p><p class="article-text">
        Encontr&eacute; en Bertoni la simpleza de lo insoportable, el uso de los sustantivos comunes para quitarle y no quitarle peso a las cosas. Aunque yo cre&iacute;a que no, por como vi que hilaba el pensamiento, <strong>Claudio Bertoni est&aacute; vivo.</strong> Desde que regres&oacute; a Chile en el a&ntilde;o 1976, vive en la ciudad costera Conc&oacute;n y desde ah&iacute; escribe, saca fotograf&iacute;as y lleva adelante su obra como artista visual.&nbsp; Antes de esos a&ntilde;os&nbsp; viaj&oacute; por el mundo, public&oacute; su primer poemario en Gran Breta&ntilde;a en 1973, <em>El cansador intrabajable</em>: <em>Esta es la hora de Once, que cuando entro en el comedor, cae la noche como un vestido, y la niebla se asoma en la ventana, como cien ni&ntilde;itos.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Llegu&eacute; al poema <em>Adi&oacute;s</em> porque viaj&eacute; a Chile el a&ntilde;o pasado, gracias a la invitaci&oacute;n de la Universidad Diego Portales, para llevar a cabo una clase magistral sobre un tema sobre el que eligiera exponer. Eleg&iacute; hablar de la creaci&oacute;n de personajes, de c&oacute;mo la tienda de ficciones que vemos, leemos y espiamos permanentemente, nos vuelve creativos sin que lo sepamos del todo. Hab&iacute;a viajado a Chile solamente una vez, cinco a&ntilde;os atr&aacute;s, para presentar mi primer libro de cuentos. Fueron pocos d&iacute;as pero me volv&iacute; a Argentina&nbsp;con una sensaci&oacute;n definida, que Santiago de Chile estaba repleta de skaters y de poetas, de todas las franjas etarias posibles, se mov&iacute;an sobre patinetas y hablaban como si su discurso se los hubiera escrito alguien antes. Como si el orden que tuvieran las palabras fuera algo que todos deber&iacute;an respetar. 
    </p><p class="article-text">
        Al regresar volvi a sentir lo mismo. Quiz&aacute;s con menos patinetas esta vez. Ya dentro de la Universidad tuve la posibilidad de acceder a la librer&iacute;a-biblioteca, donde estaban todos reunidos los libros del sello que llevan, Ediciones Universidad Diego Portales. Libros de gran tama&ntilde;o, colecci&oacute;n de cr&oacute;nicas de narradores latinoamericanos en tapas blandas y de colores, colecci&oacute;n de poes&iacute;a chilena en libros m&aacute;s grandes a&uacute;n, en tapas blanco y negro, con fotograf&iacute;a de sus autores casi siempre mirando a c&aacute;mara. Un Rodrigo Lira de anteojos de marco grueso, Nicanor Parra mirando a lo lejos, apoyado en la baranda de un balc&oacute;n, Enrique Linh recostado y agobiado en un sill&oacute;n, en un living con luz de mediod&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; hac&iacute;a yo,&nbsp;parada delante de todo ese patrimonio? Extranjera y admirada, iba detr&aacute;s de todos esos rostros pensando cu&aacute;l deb&iacute;a&nbsp; llevarme, entre el dinero que tra&iacute;a, el espacio en la valija, y la influyente informaci&oacute;n de que muchos de esos t&iacute;tulos no se conseguir&iacute;an en Argentina. <strong>Entonces ah&iacute; lo vi, sentado delante de una biblioteca evidentemente desordenada. </strong>
    </p><p class="article-text">
        Con el peinado de alguien que guarda muchos secretos, lentes de marco finito, casi inexistente, un gesto en la mano como de llevar un cigarrillo encendido aunque no, aunque no lleva nada. De brazos cruzados, prestando atenci&oacute;n a alguien detr&aacute;s de c&aacute;mara, que le habla de algo que conoce. Claudio Bertoni, otra vez, despu&eacute;s de haberlo conocido en su <em>Desiderata</em>, reconociendo que no hay escape, que todo es un sinf&iacute;n de desidia con alguna que otra an&eacute;cdota amable entremedio. Bertoni con el idioma en apariencia sencillo, chabacano, y un poquito suicida. Bertoni con el poema largo que titul&oacute; <em>Adi&oacute;s</em>, publicado en el 2012, bajo una estructura de cuadernos con notas, fechas y horarios. Una especie de conteo de los d&iacute;as, de las horas, despu&eacute;s de que una mujer lo abandon&oacute;, que podr&iacute;a ser tambi&eacute;n -por qu&eacute; no- &nbsp;la agon&iacute;a de una enfermedad mortal. 
    </p><p class="article-text">
        <em>Eres un defecto, Callar hasta morir, No te quiero ver, es cierto, &iquest;qu&eacute; ver&iacute;a?, Juegas con mi animal. (...) Me cuesta todo, pelar un tomate. 11.45, Rivotril. (...) Paja como a las 3. Est&aacute;s demasiado viva. Aspirina. Eres una chispa de la que huyo y persigo. Escog&iacute; una vida que se termina. Salud ego&iacute;sta.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>MC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Camila Fabbri]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/poeta-chileno_129_12344193.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 31 May 2025 03:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[Escribir como una actriz]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/escribir-actriz_129_12303507.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0d700a95-57f2-440c-9136-de78e39e726c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Escribir como una actriz"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">
¿Cómo sabe Samantha Harvey todo lo que escribe en su novela Orbital? ¿Cómo se coloca, con tanta liviandad, en la cabeza de gente que no existe, en un lugar en el que ella nunca estuvo? Y sobre todo, esto: ¿cómo logra que sea tan verdadero?
</p></div><p class="article-text">
        Si en la portada se abre paso el universo, lo primero que una piensa es que es una historia sobre alien&iacute;genas. Los planetas puestos ah&iacute;, en una equidistancia bonita pero falsa. Pero Orbital, la novela de la autora brit&aacute;nica Samantha Harvey no va de eso. No hay vidas futuras, o s&iacute;, pero m&aacute;s bien de las ordinarias. Las de Elon Musk colonizando Marte bajo la insignia de evitar la extinci&oacute;n humana, mientras los humanos sean &eacute;l mismo y sus amigos. Pero Orbital tampoco va de eso. Es una historia real, com&uacute;n y corriente, cuanto com&uacute;n pueda ser habitar el espacio exterior por un periodo de nueve meses. Ah&iacute; dentro flotan seis astronautas d&iacute;a y noche, dentro de trajes inflados que imaginamos deben ser como un disfraz de oso o de empanada en oficio marketinero. Hay gente como nosotros que trabaja de eso. De salir all&aacute; afuera, expuestos a alg&uacute;n tipo de radiaci&oacute;n que a la larga les trae graves enfermedades, pero estando all&aacute; al fin. &iquest;Lo hacen por nosotros, los que estamos en la Tierra yendo al cine o pagando el alquiler? En teor&iacute;a s&iacute;. Pero m&aacute;s bien lo hacen por ellos. Una vida de tal adrenalina debe ser inconcebible para la mayor&iacute;a de los seres humanos. Orbital habla sobre ese fen&oacute;meno que deber&iacute;a tener un nombre pero todav&iacute;a no lo tiene: el del astronauta que sale al espacio por un periodo de tiempo en el que se amalgama tanto con el espacio exterior, que en el momento de volver a la Tierra se siente un extra&ntilde;o. Como si nunca hubiera sido de ac&aacute;. Como si la fuerza de gravedad le pareciera un desprop&oacute;sito, incluso las verdaderas dimensiones: un techo, un subterr&aacute;neo, una terraza, una calle muy angosta o incluso muy ancha, tener que esperar a que las luces de un sem&aacute;foro cambien para poder cruzar. Claro. &iquest;En qu&eacute; se convertir&aacute;n todas esas convenciones habiendo estado un tiempo all&aacute; afuera? En donde todo es colores, texturas, superstici&oacute;n. Al lado del espacio infinito no existen puntos de comparaci&oacute;n. Todo parece rid&iacute;culo. Todo se derrite como una vela. Pero igual hay que seguir creyendo, porque flotar all&aacute; afuera es una cosa, pero flotar en la Tierra se llama locura.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;No conoc&iacute;a a Samantha Harvey. Supe que gan&oacute; el Premio Booker el a&ntilde;o pasado con esta novela. Que &eacute;sta es la quinta que escribe, antes tiene, por ejemplo, una novela que se llama <em>The Wilderness</em> sobre un hombre con alzheimer y The Western Wind, sobre la muerte del habitante m&aacute;s rico de un pueblo de la Inglaterra medieval. Uno de los jurados del premio dijo que la novela es bella y milagrosa y pens&eacute; que eran dos adjetivos justos. Sobre todo cuando habla de milagro. Porque el efecto que queda despu&eacute;s es evidente, como si alguien hubiera abierto una ventana, como si te hubieran puesto un aud&iacute;fono cuando realmente lo necesitabas. Otro plano.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Entonces pens&eacute; en las clases de actuaci&oacute;n. En que no todas las escritoras o escritores est&aacute;n vinculados con el teatro, pero muchos s&iacute;. En qu&eacute; ofrece la pr&aacute;ctica teatral al momento de escribir novelas, sobre todo si se construyen a partir de soliloquios, de personajes que son realmente ajenos a uno. El teatro puede ser una herramienta &uacute;til y hasta obligatoria para escribir narrativa. &iquest;C&oacute;mo sabe Samantha Harvey todo lo que escribe? &iquest;C&oacute;mo se coloca, con tanta liviandad, en la cabeza de gente que no existe, en un lugar en el que ella nunca estuvo? Y sobre todo, esto: &iquest;c&oacute;mo logra que sea tan verdadero? Seis astronautas obnubilados con la Tierra, como insectos alrededor de un foquito de luz. La Tierra como reina madre de todas las cosas, m&aacute;s magn&eacute;tica que un hijo, que una madre, que un amor. El teatro ofrece eso, desdoblarse en la m&aacute;xima expresi&oacute;n. Una especie de empat&iacute;a corporal. Tanto en la pr&aacute;ctica como en la teor&iacute;a. Hoy soy una mujer con tres perros que vive en una camioneta, ma&ntilde;ana soy una vendedora de f&oacute;sforos, pasado soy una madre que ha perdido a su hijo. Aunque parezca solo un juego, ese vaiv&eacute;n algo trae. La composici&oacute;n no es solamente f&iacute;sica, hay algo m&aacute;s profundo que se va estructurando ah&iacute;. Actuar como ese personaje, pensar como ese personaje, hasta que ya est&eacute; del todo pulido. Como una pieza artesanal.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ah&iacute; miro a Samantha Harvey, miro c&oacute;mo escribe. Sospecho que no cont&oacute; con las herramientas del teatro, lo que la transforma en una hero&iacute;na para m&iacute;, pero a&uacute;n as&iacute;: escribe como si fuera una astronauta y me gusta pensar que todas sus novelas las escribi&oacute; as&iacute;. Con un nivel de encarnadura abismal. Como una gran actriz.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Camila Fabbri]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/escribir-actriz_129_12303507.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 17 May 2025 03:02:56 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Ficción,Escritoras]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mentir como si fuera un recurso de supervivencia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/mentir-si-fuera-recurso-supervivencia_129_12267068.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a25d31f1-e5fb-4052-b1ba-c91a34b06218_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mentir como si fuera un recurso de supervivencia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El scrolleo en busca de resoluciones puede ser una trampa mortal. Un reflexión sobre el caso de Anabelle Gibson.</p></div><p class="article-text">
        El conteo de los d&iacute;as pasa sin grandes respuestas. Una reflexi&oacute;n ajena sobre algo propio puede tener los colores de una gran resoluci&oacute;n. Algo que observa un amigo y nos lo otorga. Algo que eval&uacute;a una psic&oacute;loga y nos lo deja levitando en el aire, hasta la pr&oacute;xima sesi&oacute;n. Quiz&aacute;s vivimos a base de ese tipo de analog&iacute;as, de verdades encubiertas acerca de nosotros y de nuestros comportamientos. Pero a veces esos chispazos escasean, como ahora. &iquest;Alguien tiene algo para decirme? &iquest;alguien ve algo que yo no? Entonces empieza el <em>scrolleo</em> o la navegaci&oacute;n en busca de la certeza: un perro se mete en una piscina una y mil veces aunque le piden que salga, una mujer llora frente a un desmantelamiento policial, <strong>una joven influencer australiana enga&ntilde;a a la audiencia.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Anabelle Gibson</strong>, o Belle Gibson tiene treinta y tres a&ntilde;os, un hijo y un marido. Fue una de las influencers m&aacute;s destacadas durante varios a&ntilde;os en ese lado del mapa. A sus veinti&uacute;n a&ntilde;os cre&oacute; una app de bienestar de salud en el a&ntilde;o 2013, <em>The Whole Pantry</em>, basada en alimentaci&oacute;n saludable, y lleg&oacute; a tener m&aacute;s de doscientos mil seguidores en Instagram. La base del relato reside en que <strong>Belle asegur&oacute; que hab&iacute;a sido diagnosticada con c&aacute;ncer cerebral terminal, que le dieron solamente cuatro meses de vida y que ella, entonces, decidi&oacute; no someterse a ning&uacute;n tratamiento alop&aacute;tico. </strong>Que se cur&oacute; &ndash;milagrosamente&ndash; comiendo sin TACC, sin az&uacute;cares refinadas, y sin&oacute;nimos. Que esa experiencia la llev&oacute; a escribir un libro que se convirti&oacute; en <em>best seller</em> y que, no solo se cur&oacute; sino que se convirti&oacute; en la mujer del a&ntilde;o para muchas empresas l&iacute;deres del mundo, como Apple.&nbsp;
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        El punto c&uacute;lmine de esta acumulaci&oacute;n de hechos fant&aacute;sticos y aparentemente cargado de grandes respuestas, es que <strong>Belle Gibson nunca estuvo enferma de ning&uacute;n tipo de c&aacute;ncer.</strong> Que la cura hol&iacute;stica de una enfermedad terminal es algo pr&aacute;cticamente imposible. Y que miles y miles de personas, en pleno debate con la enfermedad, confiaron en la dial&eacute;ctica de una chica de piel rosada y cabello fuerte que se ve&iacute;a demasiado saludable.
    </p><p class="article-text">
        La serie de Netflix <em>Vinagre de manzana</em> cuenta su historia en un relato de ficci&oacute;n de seis episodios de una hora. El tono del relato est&aacute; coronado por el cinismo. Por el desprejuicio que tienen algunos l&iacute;deres a la hora de mentir, sin pensar en las consecuencias tr&aacute;gicas y muchas veces, irrecuperables. &iquest;El relato de la curaci&oacute;n de una enfermedad deber&iacute;a volver a una persona exitosa? &iquest;Qu&eacute; es el &eacute;xito, entonces? &iquest;Desafiar el rango? &iquest;Haber logrado sobrevivir?&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Veo una entrevista que le hacen en un canal de televisi&oacute;n a la mism&iacute;sima Belle, una vez que el diario The Australian asegura que la influencer nunca present&oacute; documentaci&oacute;n sobre sus m&uacute;ltiples c&aacute;nceres, ni tampoco nombr&oacute; ning&uacute;n establecimiento m&eacute;dico donde se haya tratado, ni el nombre de ning&uacute;n profesional de la salud. Neg&aacute;ndose, permanentemente, a asistir a hospitales en los que pudieran atenderla de manera casual. Y s&iacute;. <strong>Estar enferma puede ser una aseveraci&oacute;n personal hasta que se demuestre lo contrario. </strong>&iquest;Qui&eacute;n podr&iacute;a dudar de un paciente en fase terminal?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la entrevista, Anabelle tiene veintipocos. Lleva puesto un su&eacute;ter rosado de cuello alto y el pelo atado alto y tirante. Habla bajito, para no evidenciar su presencia, y achina los ojos. La periodista le pregunta una y otra vez si lo que dijo es mentira y ella se desdice, baja el ment&oacute;n, lagrimea, dice que se siente inc&oacute;moda, agradece al cielo no estar enferma ahora, despu&eacute;s de haber debatido durante muchos a&ntilde;os de su vida con la idea de que s&iacute; lo estaba. A trav&eacute;s de un diagn&oacute;stico que tampoco puede explicar c&oacute;mo, d&oacute;nde, y por qu&eacute;. La cara de las grandes respuestas, de las milagrosas resoluciones, no es m&aacute;s que una chica demasiado joven que cocina bien.&nbsp;Y que sabe mentir, como si ese fuera tambi&eacute;n un recurso de supervivencia. Y lo es. El <em>scrolleo</em> en busca de resoluciones puede ser una trampa mortal. Una treta de internet.
    </p><p class="article-text">
        Como escribe Dami&aacute;n R&iacute;os en su poemario Pan y cielo, editado por Tenemos las M&aacute;quinas: Anoche salimos a ver plantas/ en los balcones/ Hac&iacute;a fr&iacute;o/y caminamos r&aacute;pido. Vimos/algunas brillando bajo las luminarias/del alumbrado p&uacute;blico./ A la sombra de un &aacute;rbol vimos a otra/ que ten&iacute;a hojas que eran flores y flores/ que eran hojas, como todos nosotros.
    </p><p class="article-text">
        <em>CF/MC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Camila Fabbri]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/mentir-si-fuera-recurso-supervivencia_129_12267068.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 03 May 2025 03:02:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Mentir como si fuera un recurso de supervivencia]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lecturas espejo: cómo un cuento revela el misterio de otro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas-espejo-cuento-revela-misterio_1_12231259.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d3eec91d-ea2d-4921-bed2-001360562ecd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lecturas espejo: cómo un cuento revela el misterio de otro"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Qué une a Samantha Schweblin y Nona Fernández más allá del género? Una oscuridad compartida, fantasmas domésticos y finales drásticos. Sus cuentos se reflejan, dejando una inquietud imborrable.</p></div><p class="article-text">
        A veces pasa que la lectura de algunos autores ayuda a entender la obra de otros. &iquest;Es una afirmaci&oacute;n muy evidente? Quiero decir,&nbsp;<strong>en el rev&eacute;s del cuento de tal autora termino de entender el por qu&eacute; de la b&uacute;squeda de aquella otra</strong>. Qu&eacute; tienen en com&uacute;n sus b&uacute;squedas que hace que cierto tono se inaugure a partir de ellas. Y no me refiero necesariamente a un g&eacute;nero literario, sino m&aacute;s bien a un espacio, un terreno nuevo donde buscar. Una especie de&nbsp;<strong>patio de atr&aacute;s</strong>. Leyendo el nuevo libro de cuentos de Samantha Schweblin,&nbsp;<em>El buen mal</em>, hubo algo,&nbsp;<strong>un destello</strong>, que me hizo pensar todo el tiempo en la escritura de la chilena Nona Fern&aacute;ndez. M&aacute;s all&aacute; de si escriben realismo m&aacute;gico, fant&aacute;stico, o terror, de si son escritoras latinoamericanas y contempor&aacute;neas, como si fuera otra cosa,&nbsp;<strong>dif&iacute;cil de nombrar</strong>, que las une. Algo en sus afinidades de ahora o de la infancia, algo de la resoluci&oacute;n de algunas de sus obsesiones, del trabajo que hacen sus inconscientes al dormir y tambi&eacute;n al despertar.&nbsp;<strong>Cierta tendencia a la oscuridad</strong>, a los fantasmas como miembros de la familia, a la presencia de objetos que no hab&iacute;an estado antes ah&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Llegu&eacute; a los seis cuentos nuevos de Samantha con el entusiasmo que caracterizaba a ciertos a&ntilde;os de mi vida que ya no se parecen en nada a los de ahora. A eso de completar un &aacute;lbum de figuras, o al nuevo cap&iacute;tulo de aquella tira diaria.&nbsp;<strong>Llegu&eacute; como quien llega a un lugar seguro</strong>. Siempre me gustaron mucho sus cuentos. Incluso podr&iacute;a decir que lo que m&aacute;s me gusta de su escritura son&nbsp;<strong>las decisiones de corte</strong>, ah&iacute; donde decide interrumpir la narraci&oacute;n. Donde no necesariamente hay un final confeccionado como tal, y tampoco un final deliberadamente abierto.&nbsp;<strong>Son decisiones dr&aacute;sticas</strong>, algo se desenchufa, al cuento le saltan los tapones. Quiz&aacute;s es eso lo que define para m&iacute;, m&aacute;s bien, lo que hace Schweblin. Quiz&aacute;s ser cuentista tenga que ver m&aacute;s con eso. Con&nbsp;<strong>saber retirarse a tiempo de la propia historia</strong>. Y detr&aacute;s de esos personajes que andan adormilados y oscurecidos, con tragedias grandes o min&uacute;sculas a cuestas, estuvo todo el tiempo implantado, en mi lectura, el cuento&nbsp;<em>Marion</em>&nbsp;de Nona Fern&aacute;ndez. Un relato que le&iacute; hace unos a&ntilde;os y con el que me reencontr&eacute; el &uacute;ltimo verano, en el libro de cuentos&nbsp;<em>El Cielo</em>&nbsp;editado por el sello Caballo Negro.&nbsp;<strong>Creo que soy el personaje de un cuento</strong>, arranca diciendo el protagonista de esa historia. Alguien que acaba de mudarse a un departamento nuevo, con cierto pasado impregnado en el aire, y al que unos d&iacute;as despu&eacute;s se le instala una extra&ntilde;a en su cama. Una mujer que dice tener un v&iacute;nculo con alguien del pasado del inmueble. Y entonces esa presencia,&nbsp;<strong>esa especie de ap&eacute;ndice del cotidiano</strong>, se queda ah&iacute; por un tiempo indeterminado, infinito, demasiado inc&oacute;modo. Una mujer amable, tranquila, alguien que podr&iacute;a venir a hacer compa&ntilde;&iacute;a, de un momento al otro se transforma en&nbsp;<strong>un mal sue&ntilde;o</strong>. En una miel pegajosa, en algo repugnante que hay que evitar.&nbsp;<strong>&iquest;Qu&eacute; es ese s&iacute;ntoma inolvidable que dej&oacute; ese cuento de Fernandez en m&iacute;?</strong>&nbsp;&iquest;Qu&eacute; manifiesta una presencia extra&ntilde;a en un lugar propio? &iquest;Es acaso el tiempo que esa intrusa permanece en la casa que hace que todo lo dem&aacute;s pierda criterio? &iquest;C&oacute;mo se llama esa incomodidad? &iquest;Qu&eacute; es lo que volvi&oacute; a la lectura de este cuento, e incluso de los otros que componen la antolog&iacute;a, tan inolvidable?
    </p><p class="article-text">
        <strong>Nona Fernandez apareci&oacute; como una presencia fantasmal al momento de leer los cuentos de Samantha</strong>. Por eso muchas veces pienso que es imposible hacer lecturas individuales. Hacer juicios inmediatos sobre algo que vi, le&iacute; o escuch&eacute;. Que&nbsp;<strong>la experiencia sensible de la obra de un artista se ci&ntilde;e, muchas veces, al efecto que va dejando la estela de otro</strong>. Que a partir de leer los cuentos de Samantha entend&iacute; por qu&eacute; me hab&iacute;an impactado tanto las historias de Nona.&nbsp;<strong>Y esa demora es imprescindible para armar el mapa del propio parecer</strong>.
    </p><p class="article-text">
        <em>CF/JJD</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Camila Fabbri]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas-espejo-cuento-revela-misterio_1_12231259.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 19 Apr 2025 03:03:40 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Cultura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[A 20 años de la masacre de Cromañón: con el peligro a cuestas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/20-anos-masacre-cromanon-peligro-cuestas_129_11933253.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4beffe3e-004a-40bb-bd4b-8b9bdc1ebd65_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="A 20 años de la masacre de Cromañón: con el peligro a cuestas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Más allá de mirar el aniversario con ojos tristes, quizás sea imperioso reconocer las grietas de una Argentina que se parece bastante a esa que tuvimos dos décadas atrás.</p><p class="subtitle">Las otras muertes de Cromañón: “Mi viejo nunca volvió a ser el mismo</p></div><p class="article-text">
        Me cuesta reconocer que nuestro imaginario est&aacute; hecho de instantes de TikTok. Que algunas cosas que creemos haber visto no nos pasaron en realidad. Tampoco formaron parte de nuestro inconsciente en sue&ntilde;os. Son retazos de la vida de otros, editadas para un fin com&uacute;n. El tiempo que dejamos en el celular no muere ah&iacute;, es despu&eacute;s que nuestro mundo simb&oacute;lico se empieza a llenar de retazos sin origen ni identidad. Gajes de la &eacute;poca. En medio de esa protesta, record&eacute; un video muy breve que transcurre en el R&iacute;o de la Plata. La espesura del agua oscura en un vaiv&eacute;n que apenas se nota y all&aacute; a lo lejos, la cabeza de una perra mestiza y diminuta que viene nadando. Imposible saber hace cu&aacute;nto tiempo. La perra nada en la inmensidad sin un destino fijo. Nada para llegar a ninguna parte, viniendo, quiz&aacute;s, de ninguna parte tambi&eacute;n. Entonces una pareja en mallas modernas que anda navegando por ah&iacute; le lanza un salvavidas y la perra lo ataja con la boca, con un mordisco delicado. El cansancio es visible en la cara de un perro. No es algo que pueda explicar ahora mismo, pero no existe lugar para la duda. La perra se sube al bote sin &aacute;nimos de sacudirse, siquiera. Tiembla en los brazos de esa chica que la acaricia como puede, sin miedo a mojarse.&nbsp; El r&iacute;o eterno sigue ah&iacute; pero la perra encontr&oacute;, de alguna manera imprecisa, un punto de llegada. El estar a salvo significa que no tiene que nadar m&aacute;s. Que puede estar quieta. Y muchas veces estar quieto es sin&oacute;nimo de armon&iacute;a. &iquest;Pero por qu&eacute; vuelve ese video ahora, con tanta insistencia? &iquest;Qu&eacute; trae, m&aacute;s all&aacute; de la an&eacute;cdota de un rescate?&nbsp;
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        Este lunes 30 de diciembre se cumplen veinte a&ntilde;os de la masacre de Rep&uacute;blica Croma&ntilde;&oacute;n. La noche de m&aacute;s de treinta grados en el a&ntilde;o 2004, la candela o el tres tiros que prendi&oacute; en el techo del boliche de Bartolom&eacute; Mitre al 3000 mientras empezaba el &uacute;ltimo recital de Callejeros, de una trilog&iacute;a de conciertos esperad&iacute;simos, de una banda de integrantes que no ten&iacute;an m&aacute;s de veinte a&ntilde;os cada uno, en pleno apogeo de su carrera musical. La chispa que sobrevol&oacute; encendi&oacute; el techo al instante, por la mediasombra que lo recubr&iacute;a, dejando que se liberara un humo t&oacute;xico que se asemejaba a respirar cianuro. El n&uacute;mero de v&iacute;ctimas es el conocido, 194 pibes y pibas, pero con el correr de los a&ntilde;os ese n&uacute;mero creci&oacute;. Se fueron sumando, poco a poco, los sobrevivientes que no pudieron soportar haber logrado salir y en ese sopor infinito decidieron quitarse la vida. En palabras de una sobreviviente: si ya la hab&iacute;an perdido ah&iacute; dentro, &iquest;qu&eacute; m&aacute;s daba?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Del 2005 a esta parte, la causa dio infinitos giros y hasta hoy hubo 21 condenas de un total de 26 imputados. Solamente 18 fueron a prisi&oacute;n. Casi todos los condenados hoy est&aacute;n en libertad, entre ellos los m&uacute;sicos, excepto Eduardo V&aacute;zquez, el exbaterista de la banda, que contin&uacute;a preso por el femicidio de su esposa Wanda Taddei, a quien prendi&oacute; fuego. Rep&uacute;blica Croma&ntilde;&oacute;n sigue hoy en pie. Es una reuni&oacute;n de persianas bajas con murales que, entre otras cosas, se&ntilde;ala: <em>Porque los sue&ntilde;os son nuestro estandarte.</em> Y al lado de la puerta de entrada, una lista en orden alfab&eacute;tico &ndash;el detalle de la cronolog&iacute;a es un poco escalofriante&ndash; se&ntilde;ala los nombres y apellidos de cada una de las v&iacute;ctimas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Gracias a agrupaciones de familiares de v&iacute;ctimas y sobrevivientes, durante el gobierno de Alberto Fern&aacute;ndez la ley de expropiaci&oacute;n de Croma&ntilde;&oacute;n fue reglamentada, pero con el cambio de gesti&oacute;n la posibilidad de construir en ese lugar un espacio de memoria est&aacute; detenida. &iquest;Por qu&eacute;? Porque no entra en la lista de prioridades del Gobierno. &iquest;Por qu&eacute;? Porque son tareas que exigen un Estado presente. &iquest;Y entonces? Un Estado presente genera mucho gasto y en este momento, ese paradigma est&aacute; siendo atizado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es cierto que las cifras redondas invitan a la reflexi&oacute;n social. Croma&ntilde;&oacute;n es un puntazo que se hace presente siempre a fin de a&ntilde;o, entre brindis con sidra y buenos deseos. Pareciera formar parte del cosmos sonoro del inicio del verano y de las vacaciones. Es algo que sobrevuela y que no se ir&aacute;, para algunas generaciones quiz&aacute;s m&aacute;s que para otras, me incluyo. Pero las cifras significativas tienen una utilidad y es justamente la de generar una comuni&oacute;n m&aacute;s abarcativa alrededor de un hecho. M&aacute;s all&aacute; de repasar las an&eacute;cdotas m&aacute;s escabrosas que dej&oacute; Croma&ntilde;&oacute;n, como suelen hacer muchas zonas m&aacute;s extremistas del periodismo (no puedo no pensar en una entrevista para un medio digital en el que un joven periodista, en un af&aacute;n maquiav&eacute;lico y codicioso, le pregunta a una sobreviviente qu&eacute; fue lo peor que vieron sus ojos la noche del incendio. Como si esa pregunta pudiera hacerse. Ella llega a responder, en un manotazo visible, que prefiere no hablar de eso), la fecha que indica una doble d&eacute;cada podr&iacute;a ser &uacute;til para revisitar qu&eacute; falta hacer todav&iacute;a, qu&eacute; necesitamos a&uacute;n y qu&eacute; es importante no dejar ir.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Entre muchos otros agravantes, Croma&ntilde;&oacute;n fue el resultado de muchos a&ntilde;os de negligencia estatal en Argentina. Hist&oacute;ricamente, ir a ver rocanrol en lugares cerrados era una pr&aacute;ctica kamikaze que nadie quer&iacute;a revisar porque hacerlo era poner orden y control y hacer eso era asemejarse a la polic&iacute;a, y en tanto y en cuanto a la sociedad no le afligiera demasiado, el Estado no se encargar&iacute;a de regular de manera fiel los aforos. No digo nada nuevo cuando digo que Croma&ntilde;&oacute;n podr&iacute;a haber pasado muchos a&ntilde;os antes, con cualquier otra banda, en cualquier otro espacio cerrado, sin ventilaci&oacute;n, con goteras cayendo sobre guitarras enchufadas y con pogos de gente saltando, col&eacute;rica, mientras encend&iacute;a cigarrillos y fuegos artificiales que iban a parar al techo o al cuerpo de cualquiera que se interpusiera en su camino. Como dijo el Indio Solari en una entrevista: Croma&ntilde;&oacute;n era una bomba de tiempo que la industria musical se pas&oacute; de mano en mano y le explot&oacute; a Callejeros en diciembre del 2004. Argentina ven&iacute;a de un proceso cr&iacute;tico con la debacle del 2001, con una econom&iacute;a en lenta reconstrucci&oacute;n que inclu&iacute;a&nbsp; un Estado cuasi fantasma que ten&iacute;a, evidentemente, infinitos incendios m&aacute;s inmediatos que apagar. El gobierno de N&eacute;stor Kirchner era algo en lo que nadie cre&iacute;a todav&iacute;a. La principal preocupaci&oacute;n era el endeudamiento argentino. &iquest;Qui&eacute;n ir&iacute;a a salvarnos? &iquest;Hab&iacute;a alguien ah&iacute;?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El rocanrol fue la salida inmediata. El reclamo a las instituciones, la descarga emocional y hormonal era concreta e infinita. Nadie quer&iacute;a que nos quitaran eso. Mientras los adultos se encargaban de reconstruirse, los j&oacute;venes quer&iacute;amos gritar hasta arruinarnos la garganta para despu&eacute;s caminar por las calles de Buenos Aires, en plena noche, hasta que amaneciera, sin preocuparnos por nada m&aacute;s. Hab&iacute;amos visto lo peor en la televisi&oacute;n y tambi&eacute;n en nuestras casas. Hab&iacute;amos visto morir a la clase media y a nuestros padres y madres infartados por la p&eacute;rdida total o parcial de todo lo que hab&iacute;an conseguido hasta ac&aacute;. &iquest;Qui&eacute;n podr&iacute;a quitarnos, por ejemplo, tres shows consecutivos repletos de candelas, foguetas de tres tiros y bengalas? La inconsciencia era un legado epocal. Se actuaba con el peligro a cuestas o nada. En un pa&iacute;s social y econ&oacute;micamente roto, el Estado no existe y esa falta deja el terreno liberado para que este tipo de cat&aacute;strofes echen ra&iacute;z. M&aacute;s all&aacute; de mirar el aniversario con ojos tristes, quiz&aacute;s sea imperioso reconocer las grietas de una Argentina que se parece bastante, quiz&aacute;s, a esa que tuvimos veinte a&ntilde;os atr&aacute;s. Ah&iacute; donde el riesgo pa&iacute;s es lo suficientemente bajo como para hacer crecer la imagen positiva de un candidato pero donde no tenemos, por ejemplo, un Estado que regule los fondos para la salud p&uacute;blica, para la educaci&oacute;n p&uacute;blica, para los medicamentos gratuitos para jubilados, pensionados y pacientes de enfermedades cr&oacute;nicas que tienen que decidir seguir costeando sus tratamientos o comer. Mucho menos, por ejemplo, pensar en la regulaci&oacute;n de habilitaciones de espacios p&uacute;blicos. &iquest;Estamos a salvo?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando veo las fotos de las v&iacute;ctimas de la masacre de Croma&ntilde;&oacute;n impresas en paneles sobre la calle Bartolom&eacute; Mitre, en el santuario actual, s&oacute;lo puedo ver infancia y apenas algo de&nbsp; juventud. Insiste la infancia. Algo que, cuando yo ten&iacute;a quince a&ntilde;os y asist&iacute;a a recitales de Callejeros, El Bordo o Los Piojos, no ve&iacute;a en absoluto. Todos esos chicos que estaban alrededor m&iacute;o encendiendo cigarrillos antes de entrar a un show eran personas que sab&iacute;an lo que hac&iacute;a. Que sab&iacute;an cuidarse por s&iacute; solas y que ten&iacute;an ideales establecidos, fanatismos inquebrantables. Parec&iacute;an saber qu&eacute; defender y qu&eacute; dejar de lado. Yo admiraba esa opulencia. Gente sabia con flequillo que ten&iacute;a que llevar adelante su cuerpo joven, pero que parec&iacute;a ya haberlo vivido todo. Yo ten&iacute;a 15 a&ntilde;os y muchos de ellos tambi&eacute;n, quiz&aacute;s m&aacute;s, quiz&aacute;s menos, y ni ellos ni yo sab&iacute;amos tanto. Quiz&aacute;s nada. Muchos de ellos entraron al show de Callejeros del&nbsp; 30 de diciembre con sus ideales intactos. Y muchos no salieron. Y al fin y al cabo no eran ni tan grandes ni tan id&oacute;neos. Eran solo unos nenes. Esos mismos que veo ahora en las fotos carnet que los conmemoran, con pieles tersas y pelo abundante, llenos de col&aacute;geno, de acn&eacute;&nbsp; y de ganas de sonre&iacute;rle a cualquier extra&ntilde;o que les sacara una foto, porque s&iacute;, porque &iquest;por qu&eacute; no?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La perra que nadaba en la inmensidad del r&iacute;o habi&eacute;ndose olvidado qu&eacute; buscaba, se parece un poco a este instante. Sabemos qui&eacute;nes somos, qu&eacute; recordamos, pero estamos un poco a la deriva. Nuestro cuidado no depende solamente de nosotros.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>CF/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Camila Fabbri]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/20-anos-masacre-cromanon-peligro-cuestas_129_11933253.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 30 Dec 2024 09:41:21 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[A 20 años de la masacre de Cromañón: con el peligro a cuestas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cromañón,República Cromañón]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El regreso de Los Piojos y sus rituales: un pasado que todavía está despierto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/regreso-piojos-rituales-pasado-todavia-despierto_1_11906852.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/644d1ea6-ef6e-4007-b3ef-142f5570aee2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El regreso de Los Piojos y sus rituales: un pasado que todavía está despierto"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El viaje a La Plata para ver a la banda liderada por Andrés Ciro Martínez, que hará récord de shows luego de 15 años de silencio, también es un viaje a los recuerdos personales. ¿Qué significa un regreso así, a tan gran escala, en este momento del país? </p></div><p class="article-text">
        &iquest;Esa que prepara la mochila para ir a un show en La Plata soy yo? &iquest;La que compra m&aacute;s de tres botellas de agua para amortiguar una posible deshidrataci&oacute;n grupal? &iquest;La que hace tiempo en un bar porque lleg&oacute; temprano? &iquest;La que otra vez se dej&oacute; ganar por la ansiedad? Esa gente que va llegando, vestida con remeras de bandas &iquest;est&aacute; ac&aacute; por la misma causa? &iquest;Acaso tenemos todos m&aacute;s o menos la misma edad? &iquest;Acaso estamos, tambi&eacute;n, en este proyecto casi adolescente de alquilar un micro de ida y vuelta porque el show es a 55 km de Capital? Trajimos sandwiches de miga y de milanesa. Y mucha agua. Tambi&eacute;n fernet, y botellas de pl&aacute;stico recortadas a la mitad, elegantes<em> viajeros. </em><strong>Armamos el kit de la juventud porque queremos estar a tono con la circunstancia. Porque hacer juego, entre nosotros, nos hace medianamente felices. Es que volvieron Los Piojos, una de las bandas m&aacute;s emblem&aacute;ticas del rock argentino.</strong> 
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de quince a&ntilde;os sin tocar en vivo, la formaci&oacute;n se puso de acuerdo y plane&oacute; reunirse de vuelta, en siete shows en el Estadio &Uacute;nico de La Plata durante diciembre y enero del 2025. Shows pr&aacute;cticamente agotados ya, en palabras de&nbsp;<strong>Andr&eacute;s Ciro Martinez</strong>, l&iacute;der de la banda: los piojosos rompieron el sistema de Ticketek, liderando la lista de los fan&aacute;ticos que generaron la mayor lista de espera. Dato que, conociendo a los seguidores de la banda y habiendo sido una de ellas durante mi adolescencia en los primeros a&ntilde;os de la d&eacute;cada del 2000, me parece totalmente factible.&nbsp;
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        Volvieron de verdad. Con gran parte de la formaci&oacute;n original en el escenario: Daniel Buira en percusi&oacute;n, Daniel Pity Fern&aacute;ndez en guitarra, Sebasti&aacute;n Cardero en bater&iacute;a, Facundo &ldquo;el Chango&rdquo; Far&iacute;as Gomez, invitado frecuente de la banda, y en el nuevo plantel, una destellante Luciana Vald&eacute;s &ndash;Luli Bass&ndash; en bajo, como reemplazo de <strong>Micky Rodr&iacute;guez, el bajista hist&oacute;rico que decidi&oacute; no formar parte del regreso despu&eacute;s de conflictos de todo tipo, pero sobre todo de dinero.</strong> La presencia de Gustavo &ldquo;Tavo&rdquo; Kupinski, el guitarrista fallecido en 2011 se hizo objeto gracias a la decisi&oacute;n de la banda de hacerlo aparecer en videos y fotos proyectadas durante<em> Sudestada</em>,&nbsp; la canci&oacute;n que &eacute;l compuso. Tambi&eacute;n invitaron a Matu Kupinsky, guitarrista y hermano de Tavo. 
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                    alt="Ciro y Micky Rodríguez, el histórico bajista de Los Piojos que le dijo que &quot;no&quot; al regreso de la banda luego de 15 años."
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                Ciro y Micky Rodríguez, el histórico bajista de Los Piojos que le dijo que &quot;no&quot; al regreso de la banda luego de 15 años.                            </span>
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        El &uacute;ltimo show que dio la banda, el de despedida a conciencia, fue en el Estadio River Plate en mayo del 2009, donde todav&iacute;a estaban todos, un poco afligidos pero en pie. <strong>&iquest;Qu&eacute; significa un regreso as&iacute;, a tan gran escala, en este momento del pa&iacute;s?</strong> El regreso de una banda tan significativa para la cultura popular argentina, una que re&uacute;ne a grandes masas de fan&aacute;ticos, sobre todo de la clase trabajadora, en una reuni&oacute;n en la que son invitados a tararear el Himno Nacional Argentino interpretado en la arm&oacute;nica por el mism&iacute;simo frontman. <strong>&iquest;Queremos cantar el himno? &iquest;Queremos tanto a nuestro pa&iacute;s? &iquest;Qui&eacute;nes somos ahora?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Adoro la teletransportaci&oacute;n, como dice Charly Garc&iacute;a. Una buena definici&oacute;n para lo que significa, apenas, volver a ir a un show de una de las bandas m&aacute;s importantes de la d&eacute;cada del noventa. El concierto empieza para m&iacute; a las dos de la tarde, momento en que me re&uacute;no con un grupo de colegas epocales a esperar un micro contratado que nos llevar&aacute; hasta La Plata. Provistos de comida, Off y protector solar, con shorts y zapatillas. Asumimos una licencia inmediata para sentarnos en el suelo, en plena avenida Sarmiento, a hacer tiempo hasta que el buque partiera.&nbsp;<strong>Porque ir a un show de Los Piojos tiene que ver, tambi&eacute;n, con volver a acatar ciertas normas y no perder la compostura en ello. Y sentarse en la via p&uacute;blica, teniendo treinta y cinco a&ntilde;os, siendo monotributista, inquilina, y habiendo contra&iacute;do algunas deudas, es parte de eso.</strong> 
    </p><p class="article-text">
        Los primeros buses llegan y subimos. Aire acondicionado y ba&ntilde;o. Hasta aquel momento de nuestras vidas, al menos a partir de los veinticinco a&ntilde;os, no hab&iacute;amos viajado en micro de larga distancia para otra cosa que no fueran vacaciones a lugares no-tan-lejanos. Esta vez el destino es muy diferente. Yo nunca hab&iacute;a ido a ver una banda a ning&uacute;n lugar fuera de Capital Federal. Tuve un pasado rollinga en el que me compromet&iacute;, como pude, con todos mis miedos y neurosis, a asistir a todos los shows que pudiera. En un balance perfecto entre el terror y el placer, aun as&iacute;, nunca sal&iacute; de la ciudad para ver m&uacute;sica.&nbsp;Como es sabido, en estos rituales los relojes son una existencia paralela. Las citaciones se quiebran y todo se puede demorar. Salimos una hora y media m&aacute;s tarde.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ya en La Plata bajamos del microcomo comandados por una fuerza mayor: el aroma a chorip&aacute;n. Muchas tiendas improvisadas sobre la calle llenaban de colores el territorio. Remeras de Los Piojos de infinitos dise&ntilde;os, con el logotipo del piojo de cada uno de sus discos: <em>Ay ay ay</em> (1994), <em>Tercer arco</em> (1996), <em>Azul</em> (1998). Algunas con batiks fl&uacute;or, otras m&aacute;s discretas. En un rapto de juventud, me compro una remera del disco Ay ay ay. Esa remera que nunca hab&iacute;a tenido y siempre hab&iacute;a querido tener. Un peque&ntilde;o subid&oacute;n capitalista. <strong>El predio est&aacute; totalmente tomado por hinchas y fan&aacute;ticos. El folklore del rock le rob&oacute; la misa al f&uacute;tbol. </strong>Son mellizos.&nbsp;
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                Los Piojos en su versión original y con Diego Maradona, declarado fan de la banda.                            </span>
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        Familias enteras con remeras de Los Piojos, parejas de cuarenta y pico de a&ntilde;os, algunas calvicies incipientes, embarazos, ni&ntilde;os y ni&ntilde;as muy peque&ntilde;os, alguna pareja de rollingas que parecen no haber dejado nunca de serlo, algunos otros m&aacute;s jovenes que parecen venir por primera vez, hijos de padres o madres seguidores de la banda. Hay lugar para todos y para todas. La avenida 25 convertida en un poblado de otra &eacute;poca, un viaje en el tiempo definitivo. Olor a marihuana y a choripan mezclado, inaugurando una nueva fragancia. Cervezas derramadas en el suelo, pegadas y calientes, una nueva humedad. Humo de Marlboro box, pasta de fernet en la comisura de los labios, zapatillas de lona, buzos Adidas azules y tambi&eacute;n verdes. Gente que alguna vez perteneci&oacute; a una tribu urbana que hoy ya no existe, pero que todav&iacute;a conservan algunas de sus piezas y las trajeron hoy ac&aacute;. &iquest;Qui&eacute;nes somos ahora?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se vende Coca-Cola ofreciendo el QR para hacer transferencias y tambi&eacute;n est&aacute; Mary, una chica con una remera de Patricio Rey y sus redonditos de ricota, que coloc&oacute; una carpa al costado del camino, con un balde y una silla: un ba&ntilde;o p&uacute;blico por $500 la entrada. Sobre la misma calle los due&ntilde;os de una veterinaria ofrecen su ba&ntilde;o. Hay filas y filas alrededor. Ideas que son un &eacute;xito. Suenan Los Piojos desde altoparlantes desde cada puesto. Desde el que ofrece comida o bebida, hasta el que vende camisetas, shorts y buzos. Se debaten las letras de<em> Luz de Marfil, Babilonia y Chac tu Chac. </em>La gente canta la que le toca en suerte, hasta avanzar un poco y escuchar otra que se acopla. No hay lugar para los exentos de fanatismo. No hay forma de no creer que estamos donde tenemos que estar, que haber comprado estas entradas fue una de las mejores decisiones del a&ntilde;o. <strong>Se huele en el aire una gran necesidad de olvidar el presente.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Este viaje al pasado requiere mucha atenci&oacute;n y disponibilidad. Damos lo que pod&iacute;amos, con nuestros cuerpos avanzados en edad. Hacemos tiempo, otra vez sentados en el suelo como si toda la superficie fuera un living dispuesto para nosotros. Reci&eacute;n a las ocho de la noche buscamos nuestras puertas de acceso. Tardamos en encontrarlas. &iexcl;Y los cacheos, los benditos cacheos! Ahora inaugurados con miembros de Gendarmer&iacute;a, con nuevos conceptos de lo que es&nbsp;impartir el orden y el respeto. Nos quitan los s&aacute;ndwiches y las tapas de las botellas de agua. Porque s&iacute;. Porque son la autoridad. Avanzamos hacia el predio con las botellas de agua abiertas, esperando no derramar. Apenas humillados. <strong>Pero ahora estamos a frente a un estadio lleno de gente nacida a finales de los ochentas, con los brazos en alto, dispuestos a gritar. </strong>
    </p><p class="article-text">
        Es inevitable no pensar que mucha de esa gente que es monotributista como yo estuvo tambi&eacute;n en Rep&uacute;blica Croma&ntilde;&oacute;n. Que hace exactamente veinte a&ntilde;os, en diciembre del 2004, cuando el calor era un arrebol y ellos ni&ntilde;os o preadolescentes, el entusiasmo hab&iacute;a sido el mismo. Nadie habla del miedo mudo a que ese afecto por el ritual en vivo se hubiera perdido. A que la conmoci&oacute;n por o&iacute;r algo que alguna vez amamos se hubiera dilu&iacute;do para siempre, entre burocracia y corrupci&oacute;n. Pero no. <strong>Es asombroso ver c&oacute;mo todo ese &iacute;mpetu se mantiene intacto, m&aacute;s all&aacute; del tiempo y de las circunstancias. Hac&iacute;a casi veinte a&ntilde;os que Los Piojos no tocaban las canciones de su primer disco, por ejemplo. Ese que editaron en el a&ntilde;o 1992. Y lo hicieron.</strong>&nbsp;
    </p><blockquote class="instagram-media" data-instgrm-version="14" data-instgrm-permalink="https://www.instagram.com/reel/DDn_agtxBLG/" data-instgrm-captioned></blockquote><script async src="https://www.instagram.com/embed.js"></script><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo se llama eso que se apresura adentro cuando volvemos a pasar por algo que nos marc&oacute;? Ese chispazo. Cualquier cosa que nos lleve directamente al m&aacute;s n&iacute;tido pasado, cuando todav&iacute;a no &eacute;ramos una persona constitu&iacute;da y ten&iacute;amos m&aacute;s sensaciones que certezas, merece todo nuestro respeto. Lo sagrado tiene que ver justamente&nbsp; con eso, la fuerza invencible que puede tener algo que nos conduce, inmediatamente, hasta all&aacute;. A ese centro de la c&eacute;lula.&nbsp; Y para llegar a eso, tuvimos que organizarnos. Caminar enfilados hacia adelante, buscar las calles, cantar al un&iacute;sono, saltar,&nbsp;ir a ba&ntilde;os improvisados, comprar hielo a voluntad o intercambiar remeras, puchos, preguntar por las calles, asistir a alguien que se perdi&oacute;. Todo eso que hacemos para obtener aunque sea un instante de ese estado sacral. Como alguien que enciende un f&oacute;sforo en la oscuridad y est&aacute; inventando el fuego.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hacia el final del segundo show de la saga de conciertos del Estadio &Uacute;nico de La Plata, despu&eacute;s de la medianoche, Los Piojos repiten eso que sol&iacute;an hacer siempre: mientras tocan Finale &ndash;<em>nada m&aacute;s vaci&aacute; tu vaso antes del fin</em>&ndash; leen en voz alta las inscripciones impresas en las banderas que flamean en el p&uacute;blico. La mayor&iacute;a, con sus localidades de origen. Andr&eacute;s Ciro Martinez hoy tiene cincuenta y seis a&ntilde;os y un saco de traje azul, con algunos brillos en las mangas, entre refinado y murguero. Sabemos mucho y nada sobre &eacute;l, como una ex pareja que ya cambi&oacute; su corte de pelo, sus vicios y su moda, pero igualmente ah&iacute; est&aacute;, haciendo ese gesto con la boca, ese que hizo siempre. 
    </p><p class="article-text">
        Va leyendo: Ensenada, Ituzaing&oacute;, Uruguay, y nosotros sabemos que ya es hora de levantarnos para volver a casa. <strong>&iquest;Qui&eacute;nes somos ahora? Los que, en todo este tiempo, no olvidaron que as&iacute; siempre fue el arreglo.</strong> Ellos leen las banderas en voz alta, nosotros empezamos a salir. Organizados y un poco santificados, con la sensaci&oacute;n de ese algo de nuestro pasado que todav&iacute;a est&aacute; despierto. Merlo, Parque Patricios, Remedios de Escalada, R&iacute;o Grande, Villa Adelina, Villa Tesei, Los Hornos, Temperley.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>MC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Camila Fabbri]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/regreso-piojos-rituales-pasado-todavia-despierto_1_11906852.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 17 Dec 2024 09:42:05 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El regreso de Los Piojos y sus rituales: un pasado que todavía está despierto]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Los Piojos,Ciro Martínez]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sobre gimnastas y poetas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/gimnastas-poetas_129_11585430.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/04d691c7-6d54-4b83-a784-34f49c87c886_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sobre gimnastas y poetas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Creemos que en los Juegos Olímpicos vemos oleadas de deportistas de todo el mundo desunidos de sus cabezas, cuerpos fibrosos que caminan erguidos y que son solamente eso, la belleza de la simetría, pero no.
</p></div><p class="article-text">
        <em>La poes&iacute;a es un deporte extremo </em>es un graffiti que dio lugar a una obra que escribimos con Eugenia Perez Tomas. El graffiti que vio ella en un pared&oacute;n de alguna ciudad extranjera, en un viaje al primer mundo, fue la frase que nos dej&oacute; pensando acerca de la relaci&oacute;n entre el cuerpo y el pensamiento. A partir de esa oraci&oacute;n que nunca supimos qui&eacute;n escribi&oacute;, hicimos nuestra segunda obra de teatro, sobre gimnastas y poetas, pero esa es otra historia. Porque para nosotras, los realmente arriesgados son los poetas, los que escalan sin cuerda, los que escriben lo que en teor&iacute;a es la manifestaci&oacute;n de la belleza, los que hacen dobles mortales carpado, a tres metros de altura boca abajo y ciento cincuenta revoluciones por minuto, como la norteamericana Simon Biles, que no es poeta sino gimnasta, pero podr&iacute;a ser ambas, tambi&eacute;n, por qu&eacute; no. Seis veces campeona del mundo, con una estatura de 1,42,&nbsp; y una precisi&oacute;n en los trucos que podr&iacute;a confundirse con hermosura.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Llegu&eacute; a Simon Biles un tiempo despu&eacute;s de haber montado Recital Ol&iacute;mpico, esa metonimia inventada entre gimnasia y poes&iacute;a. Llegu&eacute; a ella como lleg&oacute; la mayor&iacute;a, por el evento de amplio conocimiento de las Olimp&iacute;adas en Tokio 2020, cuando a sus 24 a&ntilde;os decidi&oacute; retirarse de la final por equipos y del<em> all around</em> individual. Simon ya ten&iacute;a ganadas seis medallas ol&iacute;mpicas y era considerada, a sus veintipocos, una de las mejores de la historia. Tan extrema era su performance que tuvieron que patentar cinco movimientos bajo su nombre: Biles 1 en suelo, Biles 1 en salto del potro, Biles 2 en suelo, The Biles en barra de equilibrio y Biles 2 en salto del potro. Por supuesto puede que haya algo publicitario y del mayor consumo estadounidense en todo esto, as&iacute; como abrir una cadena de comida r&aacute;pida hasta plagar un continente, pero Simon existe y tiene una mirada tierna, como de alguien que hace magia un poco a su pesar. Hay un nombre en gimnasia art&iacute;stica para eso que le pas&oacute; antes del salto que esperaba ver el mundo entero en Tokio: <em>twisties </em>o <em>giritos,</em> en espa&ntilde;ol. Una forma amigable de nombrar al monstruo. Algo que ocurre cuando mente y cuerpo quedan en planos opuestos, como dos extra&ntilde;os que se cruzan por la calle. La gimnasta no controla sus movimientos estando en el aire, lo que puede provocar un accidente fatal, ya que no sabe con seguridad c&oacute;mo caer&aacute;. Algo as&iacute; como una pesadilla en tu propio cuerpo. Ah&iacute; se la pueda ver, en la pasarela azul antes de la prueba de salto, con una cara de susto, revestida de una malla azul y roja que encarna la bandera de los due&ntilde;os del mundo. Simon corre y gira pero no cae bien, se trastabilla, pero igualmente saluda porque eso indica el protocolo. Su cara es de indignaci&oacute;n y el miedo crece, porque sabe que los <em>twisties </em>han llegado. En declaraciones posteriores, contar&aacute; que ya hab&iacute;an aparecido antes y era algo que estaba a punto de tomarla por sorpresa. Por supuesto que no se trata de una patolog&iacute;a ni mucho menos, las gimnastas pese a su perfecci&oacute;n tambi&eacute;n pueden sentirse confundidas y emocionalmente at&oacute;nitas, &iquest;en serio eran seres humanos?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Simon decidi&oacute; retirarse despu&eacute;s de ver todo el peligro acumulado en el aire. Me pregunto c&oacute;mo se sentir&aacute; la mirada del mundo ante tu propia performance. Si existir&aacute; algo as&iacute; como ser solamente cuerpo y nada de cabeza, como si esas partes pudieran estar deshilvanadas para algunas personas, en realidad. En teor&iacute;a para el deportista ser&iacute;a &ndash;o deber&iacute;a ser&ndash; as&iacute;,&nbsp; pero no. Creemos que en los Juegos Ol&iacute;mpicos vemos oleadas de deportistas de todo el mundo desunidos de sus cabezas, cuerpos fibrosos que caminan erguidos y que son solamente eso, la belleza de la simetr&iacute;a, pero no. Pareciera que el abandono de la competencia, dado por la deportista m&aacute;s famosa del mundo, fue el sacrificio necesario para que se pueda hablar de salud mental o de <em>vida interior </em>de un gimnasta eficiente. Para seguir ganando medallas, alimentando a los medios y agigantando a la Naci&oacute;n norteamericana, Simon necesitaba tiempo. En un documental que circul&oacute; este &uacute;ltimo tiempo, se puede ver a Simon, ahora de 27 a&ntilde;os,&nbsp; en su casa nueva de Houston, con su marido Jonathan Owens, defensa de los Chicago Bears. Una pareja de deportistas eficientes que habla de lo que les pasa y de lo que sienten, mientras miran a c&aacute;mara o se preparan el desayuno. Simon cuenta lo que le pas&oacute; con lujo de detalles, quiz&aacute;s porque no tiene opci&oacute;n, quiz&aacute;s porque quiere y piensa que as&iacute; puede ayudar. No se equivoca. La agenda en salud mental en los Juegos Ol&iacute;mpicos se agudiz&oacute; despu&eacute;s del evento de Simon, destapando tambi&eacute;n el esc&aacute;ndalo del abusador Larry Nassar, ex m&eacute;dico de la selecci&oacute;n de gimnastas de Estados Unidos. Se puede ver a Simon con su madre, que le enlaza una trenza apretada sobre la cabeza para que est&eacute; c&oacute;moda en sus pr&aacute;cticas o incluso en futuros torneos. No por comodidad, sino por c&aacute;bala. M&aacute;s all&aacute; de estar en el podio mundial, no dejan de tener sus ritos mundanos. Simon habla mucho de su psic&oacute;loga, de las cosas que ella le dijo, del espacio de an&aacute;lisis que antes desconoc&iacute;a, de c&oacute;mo cambiaron las cosas a partir de que pudo empezar a hablar. No es la soluci&oacute;n a todos los problemas, pero a veces es la soluci&oacute;n a todos los problemas. Simon sonr&iacute;e y deja ver una hilera de dientes demasiado blancos, tan perfectos como sus patentados saltos. Se la ve despejada, aunque los <em>twisties </em>sigan ah&iacute;, amenazandola para siempre. La perspectiva de volver a competir en los Juegos del 2024 en Par&iacute;s la amedrenta, pero eso no es algo que el documental de Netflix deje ver totalmente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El regreso de Simon fue muy esperado. M&aacute;s all&aacute; de la belleza de sus movimientos, hab&iacute;a algo que todos quer&iacute;an ver, o al menos yo: la coincidencia en ese cuerpo y en esos pensamientos. Algo que camina unido, con el miedo m&aacute;s atemperado. Su performance fue ilustre, porque otra cosa evidentemente no puede hacer. Se llev&oacute; tres medallas de oro, llev&oacute; a cabo sus propios saltos, y vio c&oacute;mo Rebeca Andrade, la gimnasta brasile&ntilde;a dos a&ntilde;os menor que ella, le gan&oacute; en la rutina de suelo. No solo hizo lo que quer&iacute;a, parecer&iacute;a que tambi&eacute;n se divirti&oacute;, incluso tambi&eacute;n vio a sus contempor&aacute;neas volar como ella y a veces, mejor. Como ese poema de Eavan Boland, traducido por el gran Ezequiel Zaidenwerg, que dice cosas as&iacute;: <em>Un barrio.Cae la noche.Las cosas se preparan/para pasar/sin que las vean./Estrellas y polillas./La fruta que al hincharse va tensando la c&aacute;scara./Pero todav&iacute;a no./Un &aacute;rbol est&aacute; negro./ Una ventana est&aacute; amarilla como si fuera de manteca./ Una mujer se agacha a alzar a un chico que corr&iacute;a a sus brazos /ahora mismo./Salen las estrellas./Revolotean las polillas. Las manzanas se endulzan en lo oscuro.</em>&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cosas as&iacute; pasan cuando la gimnasta da vueltas en el aire, con su <em>maillot </em>rojo, sabiendo bien lo que le pasa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>CF/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Camila Fabbri]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/gimnastas-poetas_129_11585430.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 14 Aug 2024 09:41:46 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Sobre gimnastas y poetas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Juegos Olímpicos París 2024,Salud mental,Simone Biles]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Distintas maneras de huir]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/distintas-maneras-huir_129_11495789.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/74e3f340-64a3-467e-91d3-5f76ca637830_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Distintas maneras de huir"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Este presente se parece mucho a correr durante un tiempo demasiado prolongado sin llegar a ninguna parte. Una cinta de running infinita. Todo un sistema trabajando para encontrar soluciones que no llegan.</p></div><p class="article-text">
        Eran gritos agudos, tal vez soprano. Una chica joven repet&iacute;a una palabra que me costaba mucho llegar a entender. Una palabra breve hecha de muchas&nbsp; &uml;&oacute;&uml;, como Rocco u Otto. Insistia, la chica. Se mov&iacute;a entre la gente que a esa hora de la tarde ya caminaba despacio, con un cansancio m&aacute;s por convenci&oacute;n que por cierto. Mientras esperaba el sem&aacute;foro, pod&iacute;a notar que los gritos eran cada vez m&aacute;s cercanos. Al instante pude ver una criatura de cuatro patas que respond&iacute;a a ese nombre hecho de muchas &uml;o&uml;. Un perro adulto y mediano cruz&oacute; la calle a las corridas y con la lengua afuera. No estaba extraviado porque su due&ntilde;a gritaba su nombre detr&aacute;s de &eacute;l, pero el perro igualmente hu&iacute;a. Huir como otra forma de extrav&iacute;o, pens&eacute;. El perro atraves&oacute; la calle esquivando Fords y Citroens como la bola de un <em>pinball,</em> con un azar tenaz. La joven due&ntilde;a lo segu&iacute;a llamando y el perro no acusaba recibo. Lleg&oacute; a la vereda de enfrente de inmediato y sigui&oacute; corriendo hacia adelante, por momentos tambi&eacute;n hacia atr&aacute;s. Algunas personas ergu&iacute;an los cuellos y afilaban la mirada, quer&iacute;an entender qu&eacute; estaba pasando. El perro volvi&oacute; a sumergirse en el tr&aacute;nsito de la calle, como un insecto que busca la luz que lo quemar&aacute;. Dos mujeres se arrojaron a la calle con &eacute;l, porque cualquier cosa menos el espect&aacute;culo de una mascota arrollada. Levantaron los brazos para detener el tr&aacute;nsito y lo lograron. Algunos taxis frenaron, y tambi&eacute;n autos particulares. La due&ntilde;a del animal segu&iacute;a gritando y alzando las manos, en el intento de interpretar el gran escape, la verdadera estafa del supuesto <em>mejor amigo del hombre</em>. El perro hab&iacute;a anulado la escucha y la vista, solo ten&iacute;a activadas las patas, como si alguien le hubiera dado cuerda. El plantel de civiles hizo lo posible por recuperar a la criatura de la enajenaci&oacute;n. Finalmente lo lograron. La chica, resignada,&nbsp; abraz&oacute; a la mascota, como si su amor no hubiese sido correspondido. Habr&aacute; pensado: si no me quiere mi perro, &iquest;entonces qu&eacute;?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El tr&aacute;nsito se acomod&oacute; con urgencia y sin solemnidad. Todos los veh&iacute;culos avanzan hacia adelante porque hay un punto al que hay que llegar, y despu&eacute;s de haber llegado, toca regresar, y una vez en el regreso toca volver a salir. La ley del asfalto. Y yo segu&iacute;a ah&iacute;, acumulando emociones, llevando bolsas de Jumbo, mientras cruzaba la calle. Miraba a la chica acariciar a un perro que necesitaba estar m&aacute;s en contacto con su aflicci&oacute;n que con ella, entonces pens&eacute; en mi huida. En mi contrato de alquiler, por ejemplo. En la vida forzosamente itinerante que me toc&oacute;. En el vencimiento de los contratos inmobiliarios que nos convierten en ciudadanos n&oacute;madas, sin nuestro total consentimiento. En la suerte que corremos los inquilinos, en la que habitar un espacio es una circunstancia temporal, aunque pretendamos olvidarlo permanentemente, as&iacute; como se olvida sentir fr&iacute;o durante el verano &oacute; viceversa. En el contexto salvaje, pens&eacute;. En los alquileres que en la ciudad de Buenos Aires escalan las seis cifras para gente que no supera un sueldo m&iacute;nimo, en la total y absoluta imposibilidad. En las expensas que escalan como una fuga de mon&oacute;xido de carbono. En los gastos, los dep&oacute;sitos, los meses de adelantado. La comprobaci&oacute;n de ingresos, como una especie de curr&iacute;culum del des&aacute;nimo. El eterno respeto por los espacios ajenos, la abrumadora certeza de que nada te pertenece, en realidad. Vi a ese fox terrier perder el aliento en la corrida, sin querer preguntarse nada m&aacute;s. &iquest;Una huida planeada supone menos peligros?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; de los casos particulares, &iquest;no hay algo en este contexto que no de la sensaci&oacute;n de que solamente nos quieren expulsar? Cuando, por ejemplo, el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) emite un comunicado en el que informan que de ahora en m&aacute;s el Festival de Cine de Mar del Plata, por ejemplo, se financiar&aacute; con medios privados y que, entonces, para poder aplicar con proyectos propios habr&aacute; que pagar una tarifa tipo matr&iacute;cula como en el resto de los festivales de Clase A (todos pertenecientes a pa&iacute;ses del primer mundo) y ante lo cual, sabemos que esa informaci&oacute;n es solamente una antesala de todas las tarifas e impuestos que querr&aacute;n cobrar de ahora en m&aacute;s. &iquest;No hay algo que nos est&eacute; susurrando que de ahora en m&aacute;s encarar nuestros proyectos art&iacute;sticos ser&aacute; como avanzar en un tablero de Buscaminas? &iquest;Que lo que hacemos, en realidad, no es lo suficientemente importante o trascendente? &iquest;Que lo que pensamos, en realidad, no le importa a nadie? Pensar espacios privados, habitar espacios privados, en un territorio que borra lo p&uacute;blico.
    </p><p class="article-text">
        Mientras est&eacute; pintando las paredes de ese departamento que habit&eacute; durante tres a&ntilde;os pero que ya tengo que abandonar porque se me hace imposible pagar, mientras eval&uacute;e la extra&ntilde;a opci&oacute;n de estar lejos por un tiempo, en ciudades m&aacute;s o menos elegantes pero ajenas, mientras habite espacios prestados por tiempos breves para intentar coordinar un presente estable, quiz&aacute;s piense en ese juego tan simp&aacute;tico que nos ofrec&iacute;a Claudia, nuestra profesora de Educaci&oacute;n F&iacute;sica, en la escuela primaria. Ese que consist&iacute;a en arrojar una gran cantidad de aros de pl&aacute;stico al suelo y en correr alrededor, como una especie de <em>juego de la silla </em>pero sin muebles. Un juego que invitaba a exigirle al coraz&oacute;n y a las piernas, en el af&aacute;n de perder aros y recuperar aros. El juego que se llamaba<em> Buscando Casa,</em> que hac&iacute;a las veces de un grupo de inquilinos &ndash;ni&ntilde;os de primaria&ndash; que corr&iacute;an alrededor de propiedades sobrevaloradas e imposibles en barrios c&eacute;ntricos &ndash;aros de pl&aacute;stico&ndash; hasta que alguno se quedara, lamentablemente, sin un techo y tuviera que quedarse afuera del estrato social por un tiempo abstracto, teniendo que mirar el movimiento ajeno, pregunt&aacute;ndose por qu&eacute; las cosas de repente ahora funcionan as&iacute;, en esta Comuna, en esta ciudad, en este pa&iacute;s. Ni&ntilde;os que se agitan en una clase de gimnasia, corriendo detr&aacute;s de objetivos muy claros, perros que se agitan mientras huyen de los brazos de sus due&ntilde;os, dejando sus patas traseras al ras del arrollo o de la desgracia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Este presente se parece mucho a correr durante un tiempo demasiado prolongado sin llegar a ninguna parte. Una cinta de running infinita. Cuando el sonido no llega, y la luz todav&iacute;a tampoco, y nuestro sistema circulatorio est&aacute; amontonado ah&iacute;, en una especie de reuni&oacute;n de Consorcio. Todo un sistema trabajando para encontrar soluciones que no llegan. En ese extra&ntilde;o af&aacute;n de amar demasiado un lugar que ya no existe, que pareciera haber entrado en pausa por un tiempo indefinido. Hay algo muy verdadero en los que huimos. Una especie de gesto identitario y nacional.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>CF/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Camila Fabbri]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/distintas-maneras-huir_129_11495789.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 03 Jul 2024 09:38:30 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Distintas maneras de huir]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Tu casa es mi casa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/casa-casa_129_11404070.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/41b60ab8-0d71-4769-a573-74002e49cc67_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Tu casa es mi casa"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Todos esos instantes de videos o fotos que compartimos en redes están configurando personalidades de gente que probablemente ya no somos, con vidas que tenemos pero no tanto, vistas por otra cantidad de gente que no sabemos quiénes son, dónde están, y si acaso les importamos.</p></div><p class="article-text">
        Hay algo en com&uacute;n que tenemos los televidentes de la serie de Richard Gadd, Beb&eacute; Reno. Y son esas preguntas punzantes que nos suelen aparecer hacia el final y que ah&iacute; se quedan, como estampitas. &iquest;Por qu&eacute; me impact&oacute; tanto esta historia? &iquest;Por qu&eacute; dej&eacute; que entrara a lo profundo de mi psiquis de esta manera? &iquest;Cu&aacute;nto tengo de Donny, o de Martha, incluso de Teri? &iquest;Alguna vez fui tan perseguida por alguien? &iquest;Alguna vez hice sentir a alguien tan asfixiado? &iquest;Me hubiera dado cuenta? &iquest;Qu&eacute; hubiera hecho en el lugar del perseguido? &iquest;y del perseguidor? &iquest;Hubiera enloquecido totalmente hasta desconfiar de mi propia realidad? &iquest;Qui&eacute;n fui yo? &iquest;Qui&eacute;n soy yo? &iquest;Qui&eacute;n ser&eacute;?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La historia distribuida en ocho cap&iacute;tulos fue algo as&iacute; como un suceso internacional, lo cual da a pensar que ese aluvi&oacute;n de preguntas tambi&eacute;n lo fue. Richard Gadd tiene treinta y cinco a&ntilde;os, &ndash;mi edad&ndash; pero parece de muchos m&aacute;s, al menos para m&iacute;. Un rostro afilado en huesos y con una especie de preocupaci&oacute;n milenaria, como alguien que naci&oacute; con demasiada informaci&oacute;n. No todos supimos, de entrada, que esta historia de persecuci&oacute;n de Martha hacia Donny era un caso real, y mucho menos que el mism&iacute;simo Donny era el productor, guionista, y actor de la serie de los eventos m&aacute;s traum&aacute;ticos de su propia vida. La direcci&oacute;n estuvo a cargo de Wer&oacute;nica Tofilska y Josephine Bornebusch. Y claro, es dif&iacute;cil que pueda salir mal. Alguien que conoce la verdadera ra&iacute;z de su desesperaci&oacute;n no puede tener insipidez cuando la interpreta, aunque sean tres, cuatro, cinco tomas. Sabe lo que dijo, c&oacute;mo lo dijo, y por qu&eacute;. Richard Gadd es alguien que vio absolutamente vulnerada su confianza y ahora convirti&oacute; esa rotura en oficio. Su fuente de trabajo principal pareciera ser, entonces, la apertura total de su intimidad. Sin dejar ninguna confesi&oacute;n por fuera. Las cortinas se abrir&aacute;n por completo y dejar&aacute;n entrar los rayos UV hasta rasgu&ntilde;arle los ojos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el recorte citadino y personal que pude hacer yo, identifiqu&eacute; algunas cosas a partir del golpe extremo de la serie. Estamos agobiados de ver historias basadas en hechos reales y sin embargo, esta despunt&oacute;. Por ejemplo, pens&eacute; en qu&eacute; poco me hab&iacute;a detenido a pensar en el irrisorio lugar que ocupa la <em>verdadera </em>intimidad en la contemporaneidad. En que todos esos instantes de videos o fotos que compartimos en&nbsp; Instagram, Tik Tok, Twitter e infinitos etc&eacute;teras,&nbsp; est&aacute;n configurando personalidades de gente que probablemente ya no somos, con vidas que tenemos pero no tanto, vistas por otra cantidad de gente que no sabemos qui&eacute;nes son, d&oacute;nde est&aacute;n, y si acaso les importamos. Si un d&iacute;a un extra&ntilde;o nos increpara en alg&uacute;n punto cualquiera de la ciudad, cont&aacute;ndonos detalles acerca de nosotros, ser&iacute;a una escena horripilante pero totalmente posible. Probablemente ese extra&ntilde;o haya hecho muy poco esfuerzo para saberlo todo de nosotros. Est&aacute; todo ah&iacute;, liberado y azaroso, como si haber conformado nuestra propia l&iacute;nea de vida se resumiera en una navegaci&oacute;n de minutos en Google que puede resumirlo todo. Lo que me lleva a esa famosa escena de la pel&iacute;cula Lost Highway de David Lynch, del a&ntilde;o 98, en la que Bill Pullman es increpado por Robert Blake en una fiesta en una casa en alg&uacute;n lugar estilo Texas, con casas prefabricadas, tan noventosa que duele. Como si lo conociera de toda la vida, se le acerca mir&aacute;ndolo a los ojos, como si fuera directamente a matarlo pero todav&iacute;a no. Y sin decirle hola le asegura que se conocen de antes, en su propia casa, pero Bill por supuesto no lo recuerda, porque ese rostro redondo y arrugado es algo que nunca vio en su vida. Pero Robert insiste y le dice algo as&iacute; como qu&eacute; pena que no te acuerdes, porque por ejemplo, ahora mismo estoy en tu casa. <em>&iquest;C&oacute;mo en mi casa?</em> Le pregunta Bill, sobrador, como si le estuviera gastando una broma, y Robert vuelve:<em> En tu casa. Llamame. </em>Y le alcanza un Movicom del noventa y cinco y Bill llama, porque claro, &iquest;qu&eacute; otra cosa podr&iacute;a hacer? Se acaba de cruzar con un petiso de cara blanca que parece un mimo a punto de entrar a escena, y al cabo de dos tonos, es la voz del mism&iacute;simo Robert la que atiende la llamada: <em>Te dije que estaba ac&aacute;.</em> Y as&iacute; como en las historias de Instagram, Tik Tok, Twitter o la mar en coche, estar all&aacute;, haber estado, o ahora estar en otra parte, es todo lo mismo. Creemos saber qui&eacute;n es una persona, o donde estuvo, aunque en el fondo no sepamos nada en absoluto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        O pongo este ejemplo personal. &iquest;Qu&eacute; pasar&iacute;a si&nbsp; escribiera una ficci&oacute;n que se publica en una editorial de amplia llegada?&nbsp; Una novela en la que pasan cosas que invent&eacute;, casi en su totalidad, y es le&iacute;da por mucha gente. &iquest;Qu&eacute; pasar&iacute;a si un extra&ntilde;o me encontrara en un&nbsp; espacio de escritura compartida, y me compartiera su material para que le de alg&uacute;n comentario? &iquest;Qu&eacute; pasar&iacute;a si ese material fuera algo as&iacute; como una reescritura, imp&aacute;vida, de mi propia novela? No podr&iacute;a pensar que eso no es una chanza, una ciza&ntilde;a muy bien formulada. &iquest;Por qu&eacute; alguien har&iacute;a eso? &iquest;Y si yo tuviera que leer todo su texto hasta el final, fingiendo un inter&eacute;s que no tengo, de esa broma de mal gusto en la que mis personajes son los mismos que&nbsp; los suyos pero bajo su ala, o su pluma, haciendo otras cosas, un poco m&aacute;s escabrosas, salidas de una mente que pareciera ser como un t&uacute;nel fundido en una oscuridad que sigue y sigue y sigue y no termina nunca? Ese extra&ntilde;o que cree conocerte por algunas cosas que ley&oacute; de vos, para configurarse una personalidad tuya que a sus ojos es completamente s&oacute;lida y que hace sentido. &iquest;Qui&eacute;n es uno en esos instantes de intimidad rasgada? &iquest;Qui&eacute;n era Donny cuando Martha lo esperaba sentada en la parada del colectivo enfrente de su casa, durante toda la noche, para hacerle saber que estaba dispuesta a morir de neumon&iacute;a, solo para ha-cer-le&nbsp; sa-ber? &iquest;Qu&eacute; es esa falsa sensaci&oacute;n de pertenencia que generan las redes, y por defecto, la &eacute;poca en la que vivimos? Porque si estamos tan cerca, casi pis&aacute;ndonos los talones en ese bar en el que esa chica X acaba de tomarse esa foto que subi&oacute; a la red, ese bar que queda tan cerca de mi casa y al que podr&iacute;a ir y saludarla, y acaso hacerme amiga suya porque vi que compartimos algunos intereses, si son solo unas cuadras, unas pocas cuadras que nos distancian de una vida plena, juntas y hermanadas, por qu&eacute; no acercarme? Si estamos tan cerca, por lo que vi en su Instagram, &iquest;por qu&eacute; no podr&iacute;amos estarlo m&aacute;s? &iquest;Qui&eacute;n nos proh&iacute;be la cercan&iacute;a? &iquest;Qu&eacute; es el consenso cuando todo est&aacute; tan falsamente incorporado?
    </p><p class="article-text">
        Y yo sigo preguntando: &iquest;Qu&eacute; era la intimidad cuando todav&iacute;a no exist&iacute;an las redes? Algo as&iacute; como de tiempo completo. Porque en este presente, lo &iacute;ntimo es todo eso que hacemos fuera de internet. Lo que decidimos no mostrar. Lo que dejaremos en mute. La intimidad ya no es un derecho adquirido. La intimidad, ahora, es una decisi&oacute;n. Tan pero tan cerca y tan pero tan r&aacute;pido, que ya no hay nada. Se va. Se fue.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>CF/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Camila Fabbri]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/casa-casa_129_11404070.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 29 May 2024 09:36:14 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Tu casa es mi casa]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Tocar un monstruo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tocar-monstruo_129_11313922.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/35c66ca8-88f7-40f7-926c-de938ad1fb32_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Tocar un monstruo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Volví a enrollarme en la cama y el susto no se disipó. Pensé en llamar a la policía de Montevideo pero ni siquiera conocía el número ni el protocolo. Fui una extranjera cobarde. Una cómplice. </p></div><p class="article-text">
        Estoy hace cinco d&iacute;as en Montevideo, pero tengo la sensaci&oacute;n de que alguien movi&oacute; el espacio y el tiempo y estoy hace mucho m&aacute;s. Incluso un mes. Apropiarse del transporte p&uacute;blico de un pa&iacute;s ajeno, por ejemplo, da la sensaci&oacute;n de que una ya se instal&oacute;, de que algo de lo extra&ntilde;o finalmente te pertenece. Aprender a pedir el boleto, sentarse en un asiento de f&oacute;rmica, mirar el mapa hasta aprender de memoria el recorrido y saber perfectamente d&oacute;nde hay que bajar, c&oacute;mo, por qu&eacute;. El sistema de transporte metropolitano de Montevideo fue lo que agit&oacute; la realidad. Pocas veces vine a este lugar, pero pocas veces, tambi&eacute;n, mi lugar de origen era una ciudad devastada como lo es Buenos Aires ahora mismo. Lo que est&aacute; por fuera de Argentina puede parecer muy apacible, aunque eso sea enga&ntilde;oso y duela de una manera dif&iacute;cil de identificar. La sensaci&oacute;n imprecisa de estar a salvo en otro territorio tiene su costo, y es falsa y es et&eacute;rea.
    </p><p class="article-text">
        Vine por trabajo y me aloj&eacute; en el mismo hotel que me aloj&eacute; el a&ntilde;o pasado, por el mismo trabajo, a una cuadra de la rambla, en Ciudad Vieja. Es un hotel que est&aacute; detr&aacute;s de otro hotel demasiado inmenso, de cara al r&iacute;o. Yo me alojo en el otro, el hotel de reparto, el doble de riesgo. Un hotel apartamento que por las noches se vac&iacute;a de personal y en el que solamente quedamos los hu&eacute;spedes, en una confianza muda respecto del cuidado propio y de las instalaciones. Anoche fue mi &uacute;ltima noche en esta construcci&oacute;n t&iacute;mida, escondida. Despu&eacute;s de un d&iacute;a largo, largo de trabajo, me invitaron a ver una obra de teatro que se llama Acariciar a un monstruo, en la famosa sala Camacu&aacute; de Montevideo. Una sala que parece haber quedado imantada en el a&ntilde;o 92, igual que el resto de la ciudad, con paredes de madera simil barco y butacas bordeau muy juntas entre s&iacute; pero ilusoriamente c&oacute;modas. La obra es un texto del dramaturgo y director uruguayo Gabriel Calder&oacute;n, actualmente director de la Comedia Nacional en el teatro Sol&iacute;s de Montevideo, y tambi&eacute;n autor de un repertorio enorme de obras teatrales. Est&aacute; dirigida por&nbsp; Gustavo Kreiman y Leonardo Sosa, quienes originariamente hac&iacute;an la asistencia de direcci&oacute;n y luego terminaron siendo los directores absolutos del espect&aacute;culo. La obra transcurre en una especie de jaula de madera, algo as&iacute; como un deck pero tortuoso, no tan amigable. Las actrices uruguayas Dahiana Mendez y Carla Moscatelli llevan puestos unos mamelucos color lila que van adaptando a distintas secuencias de la obra, que dura algo as&iacute; como dos horas (bastante). Las direcciones de puesta son austeras porque todo lo dem&aacute;s no lo es. Me refiero a relato, a lo que llevan dentro las actrices durante el tiempo que dura su permanencia arriba del escenario. Descubr&iacute; a Carla Moscatelli anoche, no la conoc&iacute;a. Una actriz como un cubo rubik, depende d&oacute;nde est&eacute; ubicada y c&oacute;mo le pegue la luz, es una persona totalmente distinta. Y espeluznante, tambi&eacute;n. La obra es un sinf&iacute;n de an&eacute;cdotas pesadas y angustiosas en las que las actrices por momentos derrochan recursos y por momentos dan en lo preciso para acompa&ntilde;ar la sensaci&oacute;n. Historias sobre gente muy da&ntilde;ada que hace da&ntilde;o porque no conoce otra cosa que el origen del da&ntilde;o. Muerte, destrucci&oacute;n, un presente desolado y totalmente perdido. No hay nadie, no queda nada: ese es apenas el mensaje que nos queda.&nbsp; No estoy del todo segura de qu&eacute; me pas&oacute; con eso que vi en la sala antigua, frente al r&iacute;o, pero s&eacute; que qued&eacute; cargada, como si hubiera bebido un vaso de cemento. Despu&eacute;s de la obra, fui a la famosa helader&iacute;a de Montevideo, Grot, austera en su oferta de sabores (hab&iacute;a como mucho diez) pero fenomenal en la exploraci&oacute;n de cada uno.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de unas vueltas tur&iacute;sticas en las que me desped&iacute; por un tiempo indeterminado, volv&iacute; al hotel que ya parec&iacute;a ser mi casa, por esta sensaci&oacute;n de estancia tan extra&ntilde;amente duradera en la ciudad que te amansa pero tambi&eacute;n te atrapa. Me acost&eacute; a dormir porque se me cerraban los ojos y desaparec&iacute; del mapa. A las horas, pocas horas, me despert&eacute; con voces. Pod&iacute;a ser una televisi&oacute;n encendida, alguna publicidad sobre alboroto, o una radio, o tal vez gente en la calle. Ese extrav&iacute;o del sue&ntilde;o y el despertar que ofrece infinitas opciones. Pero conforme pasaron los minutos, esas voces se hicieron cada vez m&aacute;s n&iacute;tidas y pude reconocer a una mujer y a un hombre. Probablemente en la habitaci&oacute;n de al lado, por lo cerca que se los o&iacute;a. Nunca discern&iacute; lo que dec&iacute;an, pod&iacute;an estar hablando en castellano o en geringoso, daba igual. La temperatura de la conversaci&oacute;n era alarmante. A ella se la o&iacute;a apenas. El devoraba la escena sonora. Bajaba la voz y dec&iacute;a cosas que sonaban a reproche y apenas ella respond&iacute;a &eacute;l gritaba y caminaba, abr&iacute;a y cerraba puertas de placares y despu&eacute;s entraba al ba&ntilde;o, creo yo, y sal&iacute;a. Un cuerpo totalmente agitado. Era dif&iacute;cil adivinar qu&eacute; hac&iacute;a ella, pero permanec&iacute;a m&aacute;s quieta. Al instante todo se volv&iacute;a silencioso otra vez, y despu&eacute;s, esa calma antes de la tormenta era lo que asustaba m&aacute;s, despu&eacute;s arremet&iacute;a &eacute;l otra vez, nunca supe en qu&eacute; idioma y volv&iacute;a a gritar y a golpear la pared &iquest;acaso era la pared? Y sent&iacute; un susto extra&ntilde;o, aunque mi conciencia de no pertenecer a eso era absoluta, igualmente algo me paraliz&oacute;, como si supiera que no saldr&iacute;a de mi cama ni mover&iacute;a una mano, un pie, un dedo, por nada del mundo. No quer&iacute;a que ese monstruo supiera que yo estaba ah&iacute;, oyendo todo. &iquest;Alguien hab&iacute;a trasladado la obra de teatro que hab&iacute;a visto horas antes, al piso de mi hotel? &iquest;Qu&eacute; era esta realidad que se duplicaba? &iquest;Qui&eacute;nes eran estas personas, en esta ciudad tan a simple vista sosegada?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Encend&iacute; la linterna de mi celular porque no quer&iacute;a llamar la atenci&oacute;n con luces. Busqu&eacute; alg&uacute;n n&uacute;mero de tel&eacute;fono de recepci&oacute;n pero no hab&iacute;a ninguno, solamente una l&iacute;nea de Whatsapp a la que &ndash;seg&uacute;n aclaraba el reglamento&ndash; hab&iacute;a que acudir &uacute;nicamente en caso de emergencia. &iquest;Era esto una emergencia o ten&iacute;a que esperar que la tragedia fuera evidente? &iquest;Exageraba? &iquest;C&oacute;mo confiar en m&iacute;, si seg&uacute;n los dem&aacute;s, siempre exagero?
    </p><p class="article-text">
        Escrib&iacute; a ese n&uacute;mero y alguien me respondi&oacute; que era extra&ntilde;o, que cosas as&iacute; no suced&iacute;an en ese hotel. &iquest;Pon&iacute;an en duda mi versi&oacute;n de los hechos? Volv&iacute; a enrollarme en la cama y el susto no se disip&oacute;. Pens&eacute; en llamar a la polic&iacute;a de Montevideo pero ni siquiera conoc&iacute;a el n&uacute;mero ni el protocolo. Fui una extranjera cobarde. Una c&oacute;mplice.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pas&oacute; un rato largo, entre los&nbsp; murmullos que ven&iacute;an de las paredes, y el monstruo pareci&oacute; calmarse. Lo domin&oacute; el sue&ntilde;o. Dej&eacute; de escucharlo a &eacute;l y tambi&eacute;n a ella, que casi nunca la hab&iacute;a escuchado desde que empez&oacute; el desvar&iacute;o, porque en ese v&iacute;nculo, muy posiblemente, ella ya no ten&iacute;a voz. Cuando finalmente me dorm&iacute; so&ntilde;&eacute; con squatters: gente que ocupa espacios abandonados sin permiso legal. Como si estar divididos entre paredes significara algo.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Camila Fabbri]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tocar-monstruo_129_11313922.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 24 Apr 2024 09:31:33 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Tocar un monstruo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Gran Hermano, la irresistible tentación de fingir demencia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/gran-hermano-irresistible-tentacion-fingir-demencia_129_10990913.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/641e15c7-6816-481c-ae4b-ef60bcf7476e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Gran Hermano, la irresistible tentación de fingir demencia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cuando el país es la única noticia, la única imagen en movimiento en la realidad simbólica de un pueblo, lo único que queda es concentrarse en lugares insignificantes. Necesitamos vaciar de sentido alguna franja horaria y ahí está Santiago del Moro dándonos la bienvenida a una realidad paralela. 
</p></div><p class="article-text">
        No es casual que el reality <strong>Gran Hermano</strong> sea el programa televisivo argentino m&aacute;s visto en lo que va del a&ntilde;o. Pero, no todas las ediciones son tan exitosas. Las dos primeras del 2001, en plena crisis inflacionaria, funcionaron como un refugio antibombas para algunas mentes asfixiadas por el corralito. Otra edici&oacute;n memorable fue la del a&ntilde;o 2011, que tuvo como protagonista al recordado estratega y paseador de perros, Cristian U. Al fen&oacute;meno de Telef&eacute;&nbsp; se lo lee, casi siempre, como un espejo deformado de la realidad. Veintid&oacute;s personas, argentinos y uruguayos, conviven en una especie de casa quinta durante aproximadamente seis meses y van elimin&aacute;ndose entre ellos, con la excusa de que<em> est&aacute;n jugando, </em>de que todo lo que hagan ah&iacute; dentro ser&aacute; parte de una t&aacute;ctica premeditada en la que no interferir&aacute;n sus sentimientos ni sus <em>dones de gente </em>(ejem, perm&iacute;tanme dudar).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El ganador de Gran Hermano de este a&ntilde;o se llevar&aacute; $50 millones (quiz&aacute;s m&aacute;s), mientras que el segundo y tercer puesto tambi&eacute;n tendr&aacute;n premios, que ir&aacute;n devalu&aacute;ndose conforme pasen los meses. La escala num&eacute;rica ya no es algo que tenga alg&uacute;n valor en la Argentina de hoy. Los n&uacute;meros son garabatos. Los n&uacute;meros son misterios.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El fen&oacute;meno de este a&ntilde;o tiene a una hermosa chica de treinta y dos a&ntilde;os de protagonista. Algo as&iacute; como la Tamara Paganini de anta&ntilde;o, una de las jugadoras c&eacute;lebres del reality del 2001 que a&ntilde;os despu&eacute;s cont&oacute; en numerosas entrevistas que su vida despu&eacute;s del show fue una constante pesadilla en la que la realidad y la ficci&oacute;n no eran zonas distinguibles. <strong>La protagonista de esta edici&oacute;n se llama Juliana Scaglione, m&aacute;s conocida como Furia, y tiene una personalidad maquiav&eacute;lica. </strong>Su cara est&aacute; llena de colores pastel, las cejas, los ojos, el pelo, y tambi&eacute;n su car&aacute;cter, algo as&iacute; como un cubo rubik que cambia sus caras en fracciones de segundo. Una gran estratega o una chica profundamente sensible que aprendi&oacute; que para defenderse hay que erosionar el car&aacute;cter de cualquier persona que se le oponga. Juliana Scaglione dijo en varias ocasiones que la edici&oacute;n de GH de este a&ntilde;o deb&iacute;a te&ntilde;irse del clima de &eacute;poca, que<strong> imitar&iacute;a al presidente Javier Milei en todo lo que pudiera porque ahora la gente </strong><em><strong>tiene ganas de matar.</strong></em><strong> </strong>Aspir&oacute; el inconsciente colectivo del afuera, como una ventosa, y se recluy&oacute; en la casa. Y aunque dicho as&iacute; suene inveros&iacute;mil, esa conciencia de &eacute;poca la est&aacute; transformando en una hero&iacute;na de la televisi&oacute;n abierta. La devoci&oacute;n por Juliana no tiene parang&oacute;n, cuanto m&aacute;s extremo sea su dominio, mejor. Fin del comunicado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es innegable que este gobierno no miente y no disfraza. Esa excesiva frontalidad es algo novedoso. &iquest;Cu&aacute;ndo fue la &uacute;ltima vez que un gobierno reconoci&oacute; que destruir&iacute;a el Estado sin ning&uacute;n tipo de piedad? Una cosa es tener un plan, otra es llevar la bandera de ese plan y cumplirlo a rajatabla. El Presidente de Argentina dijo que hab&iacute;a que recortar de todos lados y una vez asumido, cerr&oacute; la agencia T&eacute;lam, hizo desaparecer Ministerios, miles de puestos de trabajo, promovi&oacute; el cierre de festivales, la venta de una sala de cine fundada, por ejemplo, en 1912, entre otras tantas cosas de demasiado sabido conocimiento. Y todo con una especie de sa&ntilde;a de contrincante, en un estado de Boca-River permanente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; volvi&oacute; a ese tipo de confrontaci&oacute;n, tan arcaica, un hecho irresistible? &iquest;Por qu&eacute; tienen tan buena prensa los enfrentamientos presenciales o virtuales? &iquest;Por qu&eacute; es lo &uacute;nico que la audiencia quiere ver? &iquest;Por qu&eacute; una figura medi&aacute;tica que asegura haberse colocado bajo los caracteres col&eacute;ricos del presidente es tan admirada? &ndash;m&aacute;s all&aacute; de su carisma arrollador que, por supuesto, tambi&eacute;n existe&ndash;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; como sucedi&oacute; en ediciones anteriores, el show de la realidad puede ser una gran v&iacute;a de escape. Cuando el pa&iacute;s es la &uacute;nica noticia, la &uacute;nica imagen en movimiento en la realidad simb&oacute;lica de un pueblo, lo &uacute;nico que queda es concentrarse en lugares insignificantes. La convivencia de veinte extra&ntilde;os, por ejemplo. <strong>Gente que tiene prohibido saber en qu&eacute; d&iacute;a vive, en qu&eacute; horario, y qu&eacute; pasa all&aacute; afuera. Un estado id&iacute;lico. </strong>Miramos la casa quinta del canal famoso con la esperanza de volver a estar as&iacute; alguna vez, con ese nivel de despreocupaci&oacute;n, desentendidas de que peligren varias cosas a la vez, por ejemplo, la consistencia de la Ley 27.610, de interrupci&oacute;n voluntaria del embarazo, promulgada en enero del 2021, o la quinta hora de clases en escuelas p&uacute;blicas bonaerenses. Miramos indefinidamente lo que pasa en el reality como quien mira la nueva vida que podr&iacute;a edificarse en la luna, ah&iacute; donde la existencia es un par&eacute;ntesis. <strong>Necesitamos vaciar de sentido alguna franja horaria y ah&iacute; est&aacute; Santiago del Moro de 22.30 a 0</strong>, con sus remeras de bandas o de anim&eacute;, en lentes oscuros, d&aacute;ndonos la bienvenida a esa realidad paralela repleta de efectos residuales de esta otra. Nos ofrece sentarnos c&oacute;modos para ver c&oacute;mo una chica llora a c&aacute;mara en un estado de nervios exasperante, en p&aacute;nico simulado o real &ndash;no interesa&ndash; pidiendo por favor abandonar el juego porque teme por su vida. O c&oacute;mo ese chico habl&oacute; mal de esa chica a sus espaldas, por lo visto la peor traici&oacute;n para este reality, y se convirti&oacute; en el peor enemigo de la Rep&uacute;blica. O como esa mujer se tropieza y se lastima un pie para quedar con muletas, y su llanto, tan pegajoso y r&iacute;tmico. Nos re&iacute;mos de ella, pero nos re&iacute;mos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Lo mejor que puede darnos la televisi&oacute;n en momentos como este, es un poco de lo peor de&nbsp; nosotros mismos, pero encerrados en una casa lujosa, sin horarios y sin nada que perder.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Lo brutal es algo que crece, no se detiene, lo hace de una manera muy lenta. Una enredadera del peligro. Se trata de destruir al otro con t&aacute;cticas invisibles, disfrazadas de carisma, de estilo propio. Se trata de agotar al otro hasta que no quede nadie m&aacute;s, y poder finalmente llevarnos el bot&iacute;n. Con el aval de clubes de fans y loas de gente que admir&oacute; nuestro trabajo hasta ese momento. Seremos los mejores jugadores del a&ntilde;o. Quedaremos instalados en la mente de la audiencia como un hit. Lo &uacute;nico que hicimos fue imitar lo que pasa all&aacute; afuera. Un cover de la crisis. Un cover de un pa&iacute;s.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Camila Fabbri]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/gran-hermano-irresistible-tentacion-fingir-demencia_129_10990913.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 08 Mar 2024 08:58:45 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Y los artistas? ¿hablan de política los artistas?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/artistas-hablan-politica-artistas_129_10927570.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/148625da-7648-4f24-8c0d-f58f5cf6f9e9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Y los artistas? ¿hablan de política los artistas?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">De la canción valiente, la época en que los artistas se consideraban soldados del pueblo, al mutismo del siglo XXI. En medio de un clima tenso, el Cosquín Rock se erigió como el último bastión. ¿Qué puede haber más penoso que el discurso vacío de un ídolo de masas? </p></div><p class="article-text">
        <strong>Hubo una &eacute;poca&nbsp; en que</strong><em><strong> los artistas</strong></em><strong> eran algo as&iacute; como soldados del pueblo.</strong> Yo no hab&iacute;a nacido. No exist&iacute;a. Sobre todo en Latinoam&eacute;rica en la d&eacute;cada del setenta, las artistas inventaban manifiestos que dec&iacute;an detalladamente que hab&iacute;a algo que cambiar de base, porque la existencia as&iacute;, de ese modo en que se hab&iacute;a organizado, era inviable. Iban en contra del capitalismo y a favor de cierta tolerancia e igualdad que deshiciera ciertos estamentos &ndash; dicho as&iacute; tampoco sepamos bien qu&eacute; forma hubiera tomado eso&ndash;. Daban la vida. En esa &eacute;poca vivi&oacute; <strong>V&iacute;ctor Jara</strong>, por ejemplo, uno de los grandes l&iacute;deres de la Nueva Canci&oacute;n chilena. Ese hombre de sonrisa ancha que escrib&iacute;a canciones que eran insignias, en pleno rumor de una guerra civil en Chile, en donde el pueblo hab&iacute;a empezado a radicalizarse y &eacute;l hab&iacute;a decidido tomar una posici&oacute;n. Como si eso fuera parte de su trabajo, tambi&eacute;n. Ese hombre que no sab&iacute;a leer m&uacute;sica, que no hab&iacute;a aprendido armon&iacute;a ni hab&iacute;a estudiado guitarra, a la manera de la cantautora <strong>Violeta Parra</strong>, pero igual tocaba a la perfecci&oacute;n. Porque su destino no estaba en conquistar sonidos novedosos, sino en ponerle voz a un pueblo muerto de hambre. Jara escrib&iacute;a: El derecho de vivir, Poeta Ho Chi Mi, que golpea de Vietnam, a toda la humanidad, ning&uacute;n ca&ntilde;&oacute;n borrar&aacute;, el surco de tu arrozal, el derecho de vivir en paz. Jara dec&iacute;a: Un artista es un aut&eacute;ntico creador, es un hombre tan peligroso como un guerrillero.
    </p><p class="article-text">
        Pero entonces lleg&oacute; el Siglo XXI.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Lali Espósito y Dillom en el Cosquín Rock.                            </span>
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        La semana pasada se llev&oacute; a cabo uno de los festivales m&aacute;s importantes de la Argentina: El Cosqu&iacute;n Rock, en C&oacute;rdoba. Pasaron m&aacute;s de treinta artistas nacionales e internacionales, entre los que estuvieron <strong>Babas&oacute;nicos, Los tipitos, Miranda, el guitarrista brit&aacute;nico Slash, Ciro y Los Persas, Dillom, Lali</strong>, entre otros. El festival lleg&oacute; en medio de un clima tirante. Un pa&iacute;s ampliamente dividido entre un apoyo cuasi ciego a las pol&iacute;ticas del nuevo presidente Javier Milei, y la desesperaci&oacute;n de una clase <em>media baja </em>que no llega a fin de mes, una clase que debe decidir si pagar el alquiler, la prepaga m&eacute;dica, los servicios, o recortar alguna, o recortarlas todas, o pagarlo todo y no saber qu&eacute; ser&aacute; de s&iacute;, o incluso irse del pa&iacute;s, o quedarse, pero tampoco sin saber c&oacute;mo, d&oacute;nde y con qui&eacute;n. Como en un videojuego en el que al protagonista le queda una vida&nbsp; y tiene que conservarla para llegar, exitoso, al gran premio final. Con una inflaci&oacute;n de 254% en el &uacute;ltimo a&ntilde;o, con un 20% &uacute;nicamente del mes de enero, con las tres fuerzas policiales en la calle, mientras se dirim&iacute;a en el Congreso la aprobaci&oacute;n del paquete de leyes que redact&oacute; el nuevo Gobierno en un tiempo r&eacute;cord, y que, entre otros puntos m&aacute;s o menos asfixiantes, le delegaba facultades al Presidente para que pudiera avanzar v&iacute;a decreto. Como la represi&oacute;n que se llev&oacute; a cabo en el 2017 con la reforma que propuso Macri a las pensiones de jubilados, la Plaza de los dos Congresos volvi&oacute; a convertirse en un campo de batalla este verano. La cortina de fondo sonaba as&iacute;: &ldquo;Nosotros somos jubilados, nosotros subsistimos. No vivimos. Violencia es morirse de hambre, que la polic&iacute;a me pegue no me da miedo, &iquest;qu&eacute; van a hacer? Lastimarme el cuerpo, nada m&aacute;s.&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Y los artistas? &iquest;Hablan los artistas?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Hace unas semanas, la cantante argentina <strong>Emilia Mernes</strong>, uno de los nombres m&aacute;s famosos de la industria del momento, con mayor proyecci&oacute;n internacional, fue entrevistada para un medio de Espa&ntilde;a a prop&oacute;sito de la gira por el lanzamiento de su nuevo disco. La periodista, con un l&oacute;gico sentido com&uacute;n, le pregunt&oacute; a Emilia c&oacute;mo estaba viviendo ella, como mujer argentina y artista, los recortes que se estar&iacute;an llevando a cabo con el nuevo gobierno. Emilia llevaba puesto un par de anteojos espejados y la boca muy pintada. Mir&oacute; hacia un costado, como pidiendo rescate, y su asesora respondi&oacute; por ella: <em>No vamos a hablar de pol&iacute;tica</em>. Algo as&iacute; como un canto de guerra, una faja generacional. No vamos a hablar de pol&iacute;tica, no vamos a hablar. Si responder una pregunta tan liviana es hablar de pol&iacute;tica, me pregunto entonces qu&eacute; ser&aacute;, realmente, <em>hablar de pol&iacute;tica</em>. M&aacute;s all&aacute; de las empresas que sponsorean, que en la mayor&iacute;a de los casos re&uacute;nen el mayor capital para llevar adelante giras dantescas, &iquest;qu&eacute; hay de los pies en la Tierra de una artista que roza la treintena, en plena modernidad, viviendo en un contexto que se incendia? La respuesta es: nada. Mientras pueda mantenerse en silencio, sin ofuscar a nadie, viendo como se derrama algo que ni siquiera la rozar&aacute;, sin un asomo de rescate a esa clase trabajadora, de la cual, incluso, ella viene, mejor as&iacute;. El silencio tambi&eacute;n es hablar de pol&iacute;tica, esas posiciones pueden ser una marca imborrable. Incluso imperdonable.
    </p><blockquote class="twitter-tweet" data-lang="es"><a href="https://twitter.com/X/status/1750691086803284432?ref_src=twsrc%5Etfw"></a></blockquote><script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script><p class="article-text">
        Pero el<strong> Cosqu&iacute;n Rock </strong>estaba ah&iacute;, deshilvanandose, como &uacute;ltimo basti&oacute;n. En el medio de ese calor horripilante, entre clim&aacute;tico y an&iacute;mico, el rapero Dylan Le&oacute;n Masa, m&aacute;s conocido como&nbsp; <strong>Dillom</strong>, unos a&ntilde;os menor que Emilia Mernes, se subi&oacute; al escenario un domingo por la tarde y entre otras cosas, llev&oacute; a cabo un cover de la canci&oacute;n Sr. Cobranza del grupo argentino Las Manos de Filippi. El revuelo de la artista silenciosa hab&iacute;a causado una especie de resquemor en la escena musical, sobre todo, en la industria joven. Pero Dillom tom&oacute; el micr&oacute;fono y ladr&oacute;, como un perro encerrado en un balc&oacute;n porte&ntilde;o. Irgui&oacute; la rabia. Mencion&oacute;, entre otros nombres y con esa energ&iacute;a de descargo que se hac&iacute;a necesaria, el del Ministro de Econom&iacute;a Nicol&aacute;s Caputo. Fue aplaudido y sus menciones se volvieron virales. Del otro lado estuvo la cantante pop<strong> Lali Esp&oacute;sito</strong>, tambi&eacute;n. Fuertemente criticada por una amplia cantidad de seguidores del partido de La Libertad Avanza por ser una artista que supuestamente se aprovech&oacute;<em> del Estado </em>durante el Gobierno de Alberto Fern&aacute;ndez, por cobrar altas sumas en recitales municipales, mismas sumas que cobra la mayor&iacute;a&nbsp; de artistas de este pa&iacute;s. Despu&eacute;s de ser cruelmente se&ntilde;alada durante semanas, Lali subi&oacute; al escenario y aggiorn&oacute; una canci&oacute;n propia en la que ironiz&oacute; respecto de su vivir del Estado<em>. </em>&ldquo;El arte, la cultura, esto que generamos los argentinos, nadie nos lo va a sacar. Depende de nosotros, las artistas, de nuestras responsabilidades&rdquo;<em>. </em>Una chica preciosa, envuelta en brillos, puede hablar de responsabilidades en el escenario, con el sudor que le dej&oacute; esa &uacute;ltima coreograf&iacute;a. Ella sabe que ese tambi&eacute;n es su trabajo. Igual que Dillom. Las reacciones a las performances de ambos artistas fueron de esperanza. Hay pulso, estamos vivos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hacer lo contrario es como mirar a una multitud que se est&aacute; incendiando sin decirle nada. &iquest;Qu&eacute; puede haber m&aacute;s penoso que el discurso vac&iacute;o de un &iacute;dolo de masas? Es como un mal sue&ntilde;o, en el que tenemos que decir la oraci&oacute;n de nuestras vidas y la voz no sale. No hay nada. Est&aacute; vac&iacute;o. La artista es justamente esa que trabaja para no vaciarse jam&aacute;s. Hablar por su gente no es solo un gesto amigable, es su compromiso. Su bandera. Podr&iacute;amos darle las gracias a estos artistas, tambi&eacute;n, por no dejar que el Siglo XXI los distraiga. Como dec&iacute;a el rapero venezolano Canserbero, quien muri&oacute; en 2015, en sus letras atravesadas por el mundo real: &ldquo;nos quieren ignorantes, nos quieren complacientes, nos quieren como zombies sin dientes, nos prefieren sin juicio, sumisos al vicio. Yo solo soy un rapero, no se asusten&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>CF/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Camila Fabbri]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 15 Feb 2024 13:09:28 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Y los artistas? ¿hablan de política los artistas?]]></media:title>
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