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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Juvenal Rivera Sanhueza]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/juvenal-rivera-sanhueza/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Juvenal Rivera Sanhueza]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Los Ángeles de Bolaño]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/angeles-bolano_1_10929504.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/20cb24e4-3831-4e49-aa98-051bb840e072_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los Ángeles de Bolaño"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un novato periodista chileno descubre en una entrevista que Roberto Bolaño había vivido en su pueblo: Los Ángeles. Y se entera de un dato más que se convertirá en su obsesión durante los próximos 25 años. Este texto ganó el Primer Premio en la V edición del Concurso de Crónica Patagónica organizado por la Fundación de Periodismo Patagónico.
</p></div><p class="article-text">
        <strong>1998</strong>
    </p><p class="article-text">
        Supe, por una entrevista que no se encuentra en ninguna de las tantas recopilaciones de sus cr&oacute;nicas y columnas, que est&aacute; m&aacute;s all&aacute; del universo literario de su obra, que Roberto Bola&ntilde;o vivi&oacute; en mi ciudad: Los &Aacute;ngeles. La nota fue realizada en noviembre de 1998 por el periodista Jorge Abasolo, colaborador habitual del diario La Tribuna,&nbsp; quien llevaba a&ntilde;os en la capital, abocado a conversar con escritores, intelectuales y pol&iacute;ticos de lo m&aacute;s diverso. Rigurosamente, todas las semanas enviaba sus textos mecanografiados para publicarlos en la secci&oacute;n de cultura, a cambio de una modest&iacute;sima retribuci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Yo era el m&aacute;s nuevo en el equipo de redactores y, a rega&ntilde;adientes, cumpl&iacute; con la tarea de transcribir la entrevista a un promisorio escritor chileno que volv&iacute;a al pa&iacute;s despu&eacute;s de 25 a&ntilde;os. Ah&iacute; hablaba de sus obras e influencias literarias, de los infrarrealistas en M&eacute;xico, de la poes&iacute;a de Nicanor Parra y de Enrique Lihn, del mundo literario nacional, y de lo peligroso (e inquietante) que era unir arte y fascismo. Sin embargo, en la conversaci&oacute;n parti&oacute; diciendo que &eacute;l era &ldquo;sure&ntilde;o de tomo y lomo&rdquo;. Mencion&oacute; que cuando residi&oacute; en Chile, lo hizo principalmente en Los &Aacute;ngeles y Cauquenes.
    </p><p class="article-text">
        -&iexcl;Fue angelino!- me dije a m&iacute; mismo con asombro cuando termin&eacute; de digitar el tercer p&aacute;rrafo de la entrevista.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dec&iacute;a la nota: &ldquo;Los primeros cuatro d&iacute;as (de Bola&ntilde;o) en Santiago fueron de intenso ajetreo, entremezclados con entrevistas, conferencias y encuentros varios. Como el que le brind&oacute; su amigo Fernando Fern&aacute;ndez, de la ciudad de Mulch&eacute;n, que lo llam&oacute; al tel&eacute;fono para saludarlo luego de 25 a&ntilde;os. &lsquo;&Eacute;ramos amigos desde los 12 a&ntilde;os. &Eacute;l fue quien me llev&oacute; comida al &uacute;ltimo lugar donde estuve detenido en Concepci&oacute;n, en 1973.&nbsp; Me sent&iacute; tan emocionado que se me salieron las l&aacute;grimas&rsquo;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Ahora Bola&ntilde;o viv&iacute;a en Blanes, una ciudad espa&ntilde;ola que miraba al Mar Mediterr&aacute;neo, donde parte la Costa Brava. Pens&eacute; en hablar con aquel amigo por quien Bola&ntilde;o demostraba genuino afecto, pese a la distancia y el tiempo. Quiz&aacute;s podr&iacute;a aportar informaci&oacute;n interesante sobre ese v&iacute;nculo con el autor, o m&aacute;s datos sobre la detenci&oacute;n de Bola&ntilde;o poco despu&eacute;s del Golpe de Estado.
    </p><p class="article-text">
        Hasta ese momento, de Roberto Bola&ntilde;o solo hab&iacute;a le&iacute;do &ldquo;La Literatura Nazi en Am&eacute;rica&rdquo;, por un amigo que me pon&iacute;a al d&iacute;a en materia literaria. Gracias a &eacute;l tambi&eacute;n le&iacute; American Psycho de Breston Ellis, descubr&iacute; la prosa de Paul Auster, supe de Rodrigo Fres&aacute;n y otros. Poco y nada recordaba de &ldquo;La Literatura Nazi en Am&eacute;rica&rdquo;. No me llam&oacute; la atenci&oacute;n la parte en que narra el crimen perpetrado por Carlos Ram&iacute;rez Hoffman contra las hermanas Venegas, todo lo cual ocurri&oacute; en Nacimiento, ciudad distante a poco m&aacute;s de 30 kil&oacute;metros de Los &Aacute;ngeles (ese relato fue precursor de &ldquo;Estrella Distante&rdquo;, que leer&iacute;a fascinado a&ntilde;os despu&eacute;s). En&nbsp; noviembre de ese a&ntilde;o Roberto Bola&ntilde;o hab&iacute;a obtenido el prestigioso premio Herralde de la editorial Anagrama por &ldquo;Los Detectives Salvajes&rdquo;, lo le&iacute; en el diario El Mercurio, en una nota donde lo llamativo era que no hab&iacute;a datos biogr&aacute;ficos del ganador, salvo&nbsp; generalidades de la obra y la importancia del premio (era el tercer latinoamericano en obtener ese galard&oacute;n). De Bola&ntilde;o poco y nada dec&iacute;a, salvo que era chileno.
    </p><p class="article-text">
        Descubrir que fuera de Los &Aacute;ngeles me result&oacute; importante, si se toma en cuenta que esta zona no es precisamente generosa en poetas y escritores de cierto renombre. Durante buena parte de su historia, esta ciudad&nbsp; -fundada en 1739- fue una villa pobre, tumultuosa y violenta, condici&oacute;n propia de poblados fronterizos. Fue el l&iacute;mite de la corona espa&ntilde;ola con la naci&oacute;n mapuche, marcado por el r&iacute;o Biob&iacute;o. Reci&eacute;n a fines del siglo XIX hubo m&aacute;s sosiego, lo que permiti&oacute; el desarrollo de algunas manifestaciones del arte. En la literatura hubo creadores de otras partes que tuvieron domicilio temporal en Los &Aacute;ngeles, como Miguel Arteche y Alfonso Calder&oacute;n, ex alumnos del Liceo de Hombres (el m&aacute;s antiguo y tradicional de la ciudad) y que obtuvieron el Premio Nacional de Literatura, el primero en 1996 y el segundo en 1998. Tambi&eacute;n Floridor P&eacute;rez, profesor y poeta, quien edit&oacute; la revista &ldquo;Carta de Poes&iacute;a, Los &Aacute;ngeles&rdquo; y public&oacute; poemas in&eacute;ditos de Pablo Neruda, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Jorge Tellier, entre otros. Y Omar Cerda, quien siendo estudiante de leyes, en 1939 fue premiado por la Sociedad Chilena de Escritores por su libro &ldquo;Porvenir de Diamantes&rdquo;: Pablo de Rokha lo situ&oacute; dentro de los 41 poetas j&oacute;venes de Chile, su futuro era brillante, pero, por alguna raz&oacute;n, el poeta desapareci&oacute; por completo. Cerda ejerci&oacute; como abogado en varias ciudades del sur (incluso fue juez) hasta que en los a&ntilde;os &lsquo;50 se afinc&oacute; en Los &Aacute;ngeles. Cerda es como la representaci&oacute;n en vida real de Ces&aacute;rea Tinajero, la poetisa mexicana desaparecida que motiv&oacute; ese viaje inici&aacute;tico de Ulises Lima y Arturo Belano en &ldquo;Los Detectives Salvajes&rdquo;. Al grupo se suma Jaime Quezada, el &uacute;nico nacido en Los &Aacute;ngeles, autor de varios libros de poes&iacute;a que en 1971, con el premio otorgado por la Sociedad de Escritores de Chile, se integr&oacute; a la Universidad Nacional Aut&oacute;noma en Ciudad de M&eacute;xico. En ese tiempo vivi&oacute; en la casa de la familia Bola&ntilde;o Avalos y comparti&oacute; con el hijo mayor del matrimonio, un adolescente de pelo rizado y lentes redondos llamado Roberto que dedicaba todo su tiempo a leer. El 11 de septiembre de 1973, Bola&ntilde;o estaba circunstancialmente en la casa de Jaime Quezada en Santiago cuando comenzaron a escuchar las primeras detonaciones y ruido de metrallas a la distancia. Era el Golpe de Estado que estaba en pleno desarrollo.
    </p><p class="article-text">
        Al finalizar 1998 y con un nombre (cacof&oacute;nico) como principal y &uacute;nico antecedente, me lanc&eacute; a la tarea de buscar a Fern&aacute;ndez para saber m&aacute;s de Roberto Bola&ntilde;o. No era una petici&oacute;n de mi editora ni nada parecido, sino un desaf&iacute;o personal en mi incipiente af&aacute;n de recopilar relatos de personajes, lugares y sucesos de la zona. Nunca imaginar&iacute;a que tardar&iacute;a 25 a&ntilde;os en lograrlo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>2002&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        El tiempo pasaba y mis pesquisas no avanzaban. Estaba exactamente en el mismo lugar del principio. Los pocos datos sobre Fern&aacute;ndez eran errados, como que era de Mulch&eacute;n o que tuvo una panader&iacute;a. Sin embargo, no hab&iacute;a gran apuro, m&aacute;s a&uacute;n cuando la fama de Bola&ntilde;o crec&iacute;a y alcanzaba alturas inusuales para un escritor chileno. Era habitual ver entrevistas suyas en las secciones de cultura en diarios nacionales y extranjeros. Yo las le&iacute;a buscando nuevas referencias sobre su paso en Los &Aacute;ngeles.
    </p><p class="article-text">
        Todo cambi&oacute; el 14 de octubre cuando Bola&ntilde;o public&oacute; una columna titulada &ldquo;Recuerdos de Los &Aacute;ngeles&rdquo; en su secci&oacute;n quincenal del diario Las &Uacute;ltimas Noticias. Aunque sol&iacute;a hablar de literatura y escritores, en esa publicaci&oacute;n describi&oacute; la ciudad en la que vivi&oacute; su adolescencia y juventud antes de emigrar. El texto rememora un viaje en avi&oacute;n con un compa&ntilde;ero de asiento angelino, hecho que lo llev&oacute; a &ldquo;recordar mi infancia y parte de mi adolescencia en aquella ciudad o pueblo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Para mi sorpresa -agrega- me di cuenta de que recordaba muchas cosas. Me acordaba, por ejemplo, de las paredes de mi casa, que eran de madera. Y de c&oacute;mo se mojaban los tablones (y los listones) cuando ca&iacute;an esas lluvias interminables del sur (...)&rdquo;. M&aacute;s recuerdos: &ldquo;Una chica llamada Loreto, otra llamada Ver&oacute;nica, las hermanas Saldivia, una cuyo nombre he olvidado pero a la que bes&eacute; el &uacute;ltimo d&iacute;a que estuve all&iacute;. Los campeonatos de taca-taca. El rostro de mi amigo Fernando Fern&aacute;ndez&rdquo;. Otro p&aacute;rrafo: &ldquo;En Los &Aacute;ngeles comprend&iacute; que la pr&aacute;ctica de cualquier deporte era un acto aberrante, (&hellip;) que sin salir del umbral de mi casa pod&iacute;a conocer el mundo entero&rdquo;.&nbsp; Concluye: &ldquo;Por supuesto, hice m&aacute;s cosas que a&uacute;n recuerdo: bat&iacute; mi propio r&eacute;cord de masturbaciones, bat&iacute; mi propio r&eacute;cord de p&aacute;ginas le&iacute;das en un d&iacute;a, bat&iacute; mi propio r&eacute;cord de cimarras, bat&iacute; mi propio r&eacute;cord de felices horas perdidas sin hacer absolutamente nada. Fui feliz all&iacute;, pero menos mal que mis padres decidieron irse&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Al contrario de lo que pudiera pensarse, esa columna caus&oacute; enorme escozor en Los &Aacute;ngeles. El d&iacute;a de su publicaci&oacute;n, vi c&oacute;mo un se&ntilde;or le reclamaba a un concejal por lo que consideraba una afrenta para la ciudad, qu&eacute; se cree ese tal Bola&ntilde;o, dec&iacute;a un diario en ristre. Pens&eacute; en explicarle que ese tal Bola&ntilde;o no era tan desconocido, que era escritor de talla mundial, que la cr&iacute;tica se rend&iacute;a a sus pies, que sumaba fan&aacute;ticos que devoraban su obra. No lo hice, por cierto. Ese incidente fue ilustrativo de una molestia contra Bola&ntilde;o en el mundo cultural local, expresada en reproches al tono usado por el escritor, que se interpret&oacute; como un maltrato (injusto e innecesario) para la ciudad donde vivi&oacute; en su adolescencia.
    </p><p class="article-text">
        La discusi&oacute;n m&aacute;s &aacute;lgida que presenci&eacute; ocurri&oacute; en la biblioteca municipal durante una exposici&oacute;n muy pormenorizada sobre los or&iacute;genes de los Bola&ntilde;o en la ciudad, hito marcado por aquel polic&iacute;a gallego que arrib&oacute; al puerto chileno de Talcahuano a principios del siglo &lsquo;20, y que desde ah&iacute; se radic&oacute; en Los &Aacute;ngeles, dejando una numerosa descendencia. Sin&nbsp; embargo, la menci&oacute;n al escritor desat&oacute; una retah&iacute;la de cr&iacute;ticas, de miradas torvas, de expresiones de profunda molestia entre la concurrencia. Se lo trat&oacute; de malagradecido. Eso fue lo m&aacute;s elegante. Hubo comentarios peores.
    </p><p class="article-text">
        Un par de voces salieron a defenderlo haciendo notar que la pol&eacute;mica columna era fiel a su estilo ir&oacute;nico y provocador, que era imposible pretender una rese&ntilde;a almibarada de la ciudad en la que vivi&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        En paralelo, algo m&aacute;s hab&iacute;an avanzado mis averiguaciones. La madeja se desenredaba. Ubiqu&eacute; la casa donde lleg&oacute; la familia del escritor, entrevist&eacute; a varios compa&ntilde;eros de curso, me consegu&iacute; los libros de clases cuando era alumno en el Liceo de Hombres de Los &Aacute;ngeles. &iquest;De Fernando Fern&aacute;ndez? Nada.
    </p><p class="article-text">
        <strong>2003&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Bola&ntilde;o muri&oacute; en julio debido a una falla hep&aacute;tica. Su&nbsp; fama se acrecent&oacute; con sucesivas expresiones de profunda admiraci&oacute;n y reconocimiento.
    </p><p class="article-text">
        Segu&iacute; investigando. En 1965, la familia Bola&ntilde;o &Aacute;valos lleg&oacute; a la casa signada con el&nbsp; n&uacute;mero 0320 de la calle Juan Antonio Coloma de la poblaci&oacute;n Banco del Estado, un barrio de clase media, cerca del centro de Los &Aacute;ngeles. Ah&iacute; vivieron hasta que partieron a M&eacute;xico a finales de 1968. Se vinieron a la ciudad porque Le&oacute;n Bola&ntilde;o era angelino. Hab&iacute;a nacido en el hospital local en 1926, hijo del matrimonio de Ricardo Bola&ntilde;o y Eugenia Carn&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Los Bola&ntilde;o &Aacute;valos llegaron cuando la urbe experimentaba un acelerado crecimiento demogr&aacute;fico. Decenas de campesinos arribaban a diario buscando mejores oportunidades, pero tal como suced&iacute;a en el pa&iacute;s en esa &eacute;poca, la esperanza devino en una brutal pesadilla. En muchos casos, esos campesinos vivieron en campamentos miserables e insalubres, conocidos como &ldquo;poblaciones callampa&rdquo;. En Los &Aacute;ngeles, hacia 1965, unas 3 mil personas (el 10% de la poblaci&oacute;n urbana) viv&iacute;an hacinadas en 13 poblaciones callampa. En esa d&eacute;cada, las diversiones eran los partidos de f&uacute;tbol, pasear en la plaza o la laguna Esmeralda (un ojo de agua cerca del centro), escuchar m&uacute;sica en la radio o en tocadiscos, ir a los cines Imperio y Municipal por las pel&iacute;culas de vaqueros, esp&iacute;as o de amor.
    </p><p class="article-text">
        Le&oacute;n era un camionero pero poco y nada se le ve&iacute;a por el vecindario (el cami&oacute;n estacionado frente a la casa era una se&ntilde;al inequ&iacute;voca que estaba ah&iacute;). Victoria &Aacute;valos, madre del autor, fue profesora en el Liceo Comercial, que distaba un par de cuadras de su casa.
    </p><p class="article-text">
        En esa b&uacute;squeda, buce&eacute; en la obra de Bola&ntilde;o para encontrar referencias directas u oblicuas a su pasado angelino, de su vida adolescente en las buc&oacute;licas tardes en la ciudad. Le&iacute; &ldquo;Los Detectives Salvajes&rdquo;, un viaje impresionante, una obra tremenda. Pero no me aport&oacute; pistas. Ninguna.
    </p><p class="article-text">
        Le&iacute; el libro de cuentos &ldquo;Llamadas telef&oacute;nicas&rdquo;. No encontr&eacute; referencias, salvo en &ldquo;Los Detectives&rdquo; en el que ficciona un di&aacute;logo de dos polic&iacute;as que recuerdan el encuentro con un compa&ntilde;ero de colegio apresado despu&eacute;s del Golpe de Estado. El cuento cobr&oacute; sentido en ese mismo a&ntilde;o, a partir de un art&iacute;culo publicado por el diario Cr&oacute;nica de Concepci&oacute;n, que contact&oacute; a Renato Czischke Godoy y Ruperto (Roberto) Arriagada Venegas, compa&ntilde;eros de curso de Bola&ntilde;o en el Liceo de Hombres de Los &Aacute;ngeles hasta 1968. Aunque el primero dijo no recordarlo en ese tiempo en que el escritor estuvo preso, Arriagada ratific&oacute; que Bola&ntilde;o estuvo detenido en noviembre de 1973. Arriagada fue uno de sus celadores.
    </p><p class="article-text">
        Le&iacute; &ldquo;Estrella Distante&rdquo;. Sin duda, su libro m&aacute;s chileno. Narra un crimen perpetrado en Nacimiento, cerca de Los &Aacute;ngeles, cuyas v&iacute;ctimas fueron las hermanas Garmendia, estudiantes de la Universidad de Concepci&oacute;n. Ambas murieron asesinadas despu&eacute;s del Golpe de Estado por Carlos Wieder, un oficial de la Fach, quien se infiltr&oacute; en el taller&nbsp; literario donde participaban. El doble homicidio fue perpetrado el 6 de diciembre de 1966 en un sector campesino cercano a Los &Aacute;ngeles, tiempo en que Roberto vivi&oacute; en la ciudad. Ese crimen caus&oacute; profunda conmoci&oacute;n en la &eacute;poca. Quienes vivieron en ese tiempo recuerdan el incidente con absoluta nitidez, es parte de la memoria colectiva angelina. Fue tema obligado de conversaci&oacute;n durante meses, incluso a&ntilde;os. No se recordaba crimen tan despiadado y sin sentido. Roberto ten&iacute;a 13 a&ntilde;os cuando las dos profesoras veintea&ntilde;eras fueron asesinadas en la misma escuela donde ense&ntilde;aban a ni&ntilde;os campesinos. &ldquo;Aqu&iacute; mueren las profes&rdquo; qued&oacute; escrito con la sangre de las v&iacute;ctimas en una de las paredes de la escuela. Sus funerales fueron los m&aacute;s masivos que se recuerden. Fueron sepultadas juntas en el cementerio, &uacute;nico punto de veneraci&oacute;n popular en la ciudad. De vez en cuando, en el mausoleo siguen apareciendo placas de &ldquo;agradecimiento por los favores concedidos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>2007</strong>
    </p><p class="article-text">
        Pasa el tiempo y sigo preguntando. Y sigo sin tener algo concreto. A estas alturas, me cuestiono si Fernando Fern&aacute;ndez existe. Los muy escasos datos que he obtenido son demasiado ambiguos e imprecisos, que fue estudiante universitario, que trabaj&oacute; en una panader&iacute;a, que se fue en los a&ntilde;os 70, que nunca m&aacute;s volvi&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        He seguido preguntando a varios conocidos que fueron de esa misma &eacute;poca&hellip; y nada. En el mundo cultural de Los &Aacute;ngeles, los pintores, poetas, actrices y actores, saben de Roberto Bola&ntilde;o, cuyos a&ntilde;os de residencia en la ciudad solo son un dato anecd&oacute;tico. Tampoco alguno de ellos conoce a Fernando Fern&aacute;ndez.
    </p><p class="article-text">
        Me contacto con una sobrina del escritor -que no lo conoci&oacute;- y as&iacute; logr&oacute; ubicar a algunos parientes. Saben de Bola&ntilde;o, que es famoso, que parti&oacute; de Chile hace mucho tiempo y poco m&aacute;s. De Fern&aacute;ndez, nada.
    </p><p class="article-text">
        He llegado a creer que no existe, que perfectamente pudiera ser un personaje literario, una creaci&oacute;n de Roberto Bola&ntilde;o, una ficci&oacute;n que probablemente tiene algunos tintes de realidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Seguir&eacute; preguntando.
    </p><p class="article-text">
        <strong>2011</strong>
    </p><p class="article-text">
        En febrero, el documentalista chileno-mexicano Ricardo House (ahora avecindado en Espa&ntilde;a), me contact&oacute;. Ya hab&iacute;a hecho dos documentales sobre Roberto Bola&ntilde;o, uno sobre su paso en M&eacute;xico y otro relatando sus vivencias en Espa&ntilde;a. Ahora estaba empe&ntilde;ado en sacar la tercera parte, la parte chilena, la menos conocida. Como lo he hecho muchas veces, le ayud&eacute; en todo cuanto pude (sin pago alguno de por medio). No era el primer realizador audiovisual venido de muy lejos que llegaba a la zona persiguiendo la huella del escritor.
    </p><p class="article-text">
        La presencia de House aceler&oacute; mis tratativas y as&iacute; consegu&iacute; ubicar a Jorge Lebert, Carlos C&aacute;rcamo y las hermanas Saldivia, que aparecen citados por Bola&ntilde;o en sus art&iacute;culos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En una conversaci&oacute;n con Rossemarie, Silvana y Angelina (las hermanas Saldivia), les hice la pregunta que ya hab&iacute;a hecho antes: si ubicaban a un tal Fernando Fern&aacute;ndez.&nbsp; Consult&eacute; sin ninguna fe, posiblemente esperando un no por respuesta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;El Mono? Pero claro que lo conozco, como no lo voy a conocer si fue vecino nuestro -me dijo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;En serio? &iquest;Y no era de Mulch&eacute;n?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -No, &eacute;l nunca vivi&oacute; all&aacute;
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Y hay manera de ubicarlo? &iquest;Alg&uacute;n n&uacute;mero de tel&eacute;fono? &ndash;le retruqu&eacute; disimulando mi emoci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Media hora m&aacute;s tarde, Silvana me dictaba los n&uacute;meros de un tel&eacute;fono que garrapate&eacute; en un papel cualquiera. Despu&eacute;s de 12 a&ntilde;os, por fin ten&iacute;a un dato cierto de Fernando Fern&aacute;ndez. Lo llam&eacute;. En principio, se me atropellaban las palabras, debo reconocerlo. Por la emoci&oacute;n, supongo. Me present&eacute;, le dije qui&eacute;n era, que lo buscaba hac&iacute;a tiempo, que sab&iacute;a que &eacute;l hab&iacute;a sido un gran amigo en la adolescencia de Roberto Bola&ntilde;o. Al otro lado de la l&iacute;nea, Fern&aacute;ndez respond&iacute;a lac&oacute;nico.
    </p><p class="article-text">
        Por casualidad, ese d&iacute;a estaba en Los &Aacute;ngeles porque viv&iacute;a hac&iacute;a mucho en Concepci&oacute;n. Nos quedamos de reunir en la plaza, a las seis. Esa tarde era calurosa. Esper&eacute; a Fernando Fern&aacute;ndez. Cada persona mayor que aparec&iacute;a entre el gent&iacute;o me daba la impresi&oacute;n que pod&iacute;a ser &eacute;l. Los minutos pasaban y me estaba impacientando. Saqu&eacute; mi tel&eacute;fono y marqu&eacute; su n&uacute;mero. Algunos metros m&aacute;s all&aacute;, escuch&eacute; sonar un tel&eacute;fono. Un se&ntilde;or que no hab&iacute;a divisado respondi&oacute;. Era bajo, delgado, cuerpo enjuto, pelo cano, ojos claros. Voz baja, correctamente bien vestido.
    </p><p class="article-text">
        Era &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        Me acerqu&eacute;. Me present&eacute;, sin demostrar nerviosismo, le cont&eacute; r&aacute;pidamente de lo que se trataba y cu&aacute;l era mi inter&eacute;s. &Eacute;l me observaba con un dejo de desconfianza (o eso cre&iacute; suponer). Me cont&oacute; que era vendedor viajero. Hablamos como media hora, sin grabadoras de por medio. La idea era que despu&eacute;s conversara con Ricardo House para el documental. Quedamos en volver a vernos un par de horas despu&eacute;s en el mismo lugar, justo cuando el sol ca&iacute;a sobre la ciudad. La luz de esa tarde era preciosa, un marco ideal para una entrevista emotiva, evocadora.
    </p><p class="article-text">
        Le avis&eacute; a Ricardo House y al rato lleg&oacute; con todo su equipo a la plaza. Pero pasaron los minutos y Fern&aacute;ndez no apareci&oacute;. Lo llam&eacute; por tel&eacute;fono. Insist&iacute;. Tampoco respondi&oacute;.&nbsp; Le envi&eacute; mensajes de texto como &uacute;ltimo recurso.&nbsp; Y no volv&iacute; a saber de &eacute;l por mucho tiempo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>2018&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Cuando vivi&oacute; en Los Angeles, Bola&ntilde;o hac&iacute;a gala de sus vastos conocimientos de la Segunda Guerra Mundial.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A solo un par de casas de distancia, un vecino suyo fue un veterano de guerra. Benedykt Felzensztein Klein era un polaco jud&iacute;o cuya vida tuvo un giro dram&aacute;tico el 1 de septiembre de 1939 cuando el Ej&eacute;rcito Alem&aacute;n de Adolf Hitler invadi&oacute; Polonia. Aunque se enlist&oacute;, poco y nada pudo hacer para detener a la formidable maquinaria b&eacute;lica germana que, en menos de 40 d&iacute;as, venci&oacute; a las fuerzas polacas. Alemania y la URSS se repartieron Polonia. Felzensztein fue apresado y entregado a los sovi&eacute;ticos que lo enviaron a los gulags en Siberia, sometido a trabajos forzosos, mal vestido, peor alimentado, sufriendo un fr&iacute;o brutal. Cuando el 21 de junio de 1941 Hitler invadi&oacute; la Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica, Felzensztein fue liberado y entregado al mando del general Wladislaw Anders, quien form&oacute; el Segundo Ej&eacute;rcito polaco, una fuerza formada en el&nbsp; exilio para combatir a los nazis. Desde Siberia, recorri&oacute; m&aacute;s de 8 mil kil&oacute;metros por Ir&aacute;n, Irak, Siria hasta alcanzar Palestina. Asignado a la Brigada de Tiradores de los C&aacute;rpatos, su primera destinaci&oacute;n fue el norte de &Aacute;frica y combati&oacute; en Tobruk y Gazala contra el mariscal Erwin Rommel. Trasladada a Italia, la brigada polaca particip&oacute; en combates decisivos para liberar a ese pa&iacute;s de Mussolini. El m&aacute;s importante -el m&aacute;s sangriento-, fue en Montecassino, a las puertas de Roma, con m&aacute;s de 100 mil bajas, entre muertos y heridos. El 18 de mayo de 1944, despu&eacute;s de cinco meses de encarnizados combates contra los alemanes, una bandera polaca flame&oacute; en la cima del templo benedictino. En ese grupo de soldados estuvo Felzensztein. La guerra termin&oacute; en 1945 pero el joven polaco colg&oacute; el uniforme en 1948 para buscar la tranquilidad en un pa&iacute;s llamado Chile, al otro lado del mundo. Espec&iacute;ficamente a la ciudad de Curic&oacute;, 200 kil&oacute;metros al sur de Santiago. Ah&iacute; conoci&oacute; a Mery Nahm&iacute;as, una descendiente de palestinos. Se casaron en 1956 y poco despu&eacute;s se radicaron en Los &Aacute;ngeles, entre cuyos vecinos estaba la familia Bola&ntilde;o &Aacute;valos, y entre ellos, el hijo mayor, Roberto.
    </p><p class="article-text">
        	Felzensztein tuvo una vida apacible. Sus vecinos ni siquiera sab&iacute;an sobre ese cap&iacute;tulo de su vida. Les llamaba la atenci&oacute;n que le faltara el dedo del medio en su mano izquierda (cercenado por una granada en el asalto final a Montecassino). Unos ni&ntilde;os, despu&eacute;s de mucho insistir, consiguieron que Felzensztein les mostrara las cicatrices de guerra. Falleci&oacute; en febrero de 1974. En su l&aacute;pida del Cementerio General de Los &Aacute;ngeles dice que fue veterano de la Segunda Guerra Mundial. Felzensztein aparece transfigurado en Juan Stein, uno de los personajes de &ldquo;Estrella Distante&rdquo;, un jud&iacute;o-sovi&eacute;tico que dirige un taller literario en Concepci&oacute;n y que despu&eacute;s del Golpe militar, reaparece combatiendo en Angola, El Salvador y Nicaragua.
    </p><p class="article-text">
        Ese a&ntilde;o tambi&eacute;n le&iacute; &ldquo;Putas Asesinas&rdquo;. M&aacute;s pistas en el relato &ldquo;Carnet de baile&rdquo;. Habla de su retorno a Chile en 1973 y su paso por Mulch&eacute;n, Los &Aacute;ngeles y Concepci&oacute;n, recuerda el Golpe de Estado, se refiere a sus or&iacute;genes familiares, entrega detalles del tiempo de reclusi&oacute;n y describe la impensada ayuda de dos ex compa&ntilde;eros de curso en el Liceo de Hombres de Los &Aacute;ngeles que eran detectives. Vuelve a hablar de &ldquo;mi amigo Fernando Fern&aacute;ndez, que ten&iacute;a un a&ntilde;o m&aacute;s que yo, veintiuno, pero cuya sangre fr&iacute;a era sin duda equiparable a la imagen ideal del ingl&eacute;s que los chilenos desesperada y vanamente intentaron tener de s&iacute; mismos&rdquo;. Era la tercera vez que Roberto Bola&ntilde;o lo mencionaba. Nuevamente, desbordaba afecto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>2019</strong>
    </p><p class="article-text">
        C&eacute;sar Torres lleg&oacute; desde Colombia buscando &ldquo;los atardeceres privilegiados de Los &Aacute;ngeles&rdquo;. Nunca me qued&oacute; claro si era un estudiante o solo un lector inveterado, s&iacute; entend&iacute; que en las calles de Bogot&aacute; descubri&oacute; a Bola&ntilde;o y alucin&oacute; con su literatura. Tambi&eacute;n hab&iacute;a le&iacute;do esa columna donde el escritor hablaba de Los &Aacute;ngeles, no la ciudad de los grandes rascacielos, sino la del sur chileno.
    </p><p class="article-text">
        Asumi&oacute; que todos deb&iacute;an saber de Bola&ntilde;o pero, para su&nbsp; sorpresa, nadie lo conoc&iacute;a. Pregunt&oacute; en la biblioteca, a personas en la calle, hasta que alguien le dijo que hablara conmigo, que pod&iacute;a ayudarlo. Me llam&oacute; por tel&eacute;fono y convinimos en vernos. Me dijo que buscaba los pasos de Bola&ntilde;o en la ciudad para un art&iacute;culo en una revista colombiana. Lo mir&eacute; con escepticismo.
    </p><p class="article-text">
        Hablamos de lo que hasta ese momento conoc&iacute;a sobre Bola&ntilde;o en Los &Aacute;ngeles. Yo le contaba lo que sab&iacute;a. &Eacute;l anotaba con inter&eacute;s. A&uacute;n me daba vueltas que hiciera semejante traves&iacute;a para buscarlo. Era moreno, barba hirsuta, algo delgado, sin el abrigo suficiente para el fr&iacute;o de un d&iacute;a especialmente gris. Me acept&oacute; un caf&eacute; para capear la g&eacute;lida jornada. Le di los datos de otras personas con quienes pod&iacute;a conversar. Encontr&oacute; &uacute;til hablar con Ximena Bola&ntilde;o, prima de Roberto. Fuimos despu&eacute;s hasta la casa de Ximena y me desped&iacute; dici&eacute;ndole que todo lo que pasara de ah&iacute; en adelante depend&iacute;a de &eacute;l. Nos apartamos. Supe que hablaron por mucho rato porque &eacute;l mismo lo escribi&oacute; en un extenso art&iacute;culo en su perfil de Facebook donde admiti&oacute; que no exist&iacute;a tal revista, sino el af&aacute;n por encontrar respuestas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Su caso no ha sido el &uacute;nico en llegar a Los &Aacute;ngeles por Bola&ntilde;o. Ha habido otros buscando el punto de partida del autor, quiz&aacute;s para entender sus motivaciones, sus impulsos. Escritores queriendo ser protagonistas de sus propios &ldquo;Detectives salvajes&rdquo;, buscando ser Arturo Belano que sigue los pasos de su Ces&aacute;rea Tinajero.<strong>&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>2020</strong>
    </p><p class="article-text">
        Le&iacute; &ldquo;Entre Par&eacute;ntesis&rdquo;. La breve columna &ldquo;Fragmentos de un Regreso al Pa&iacute;s Natal&rdquo;, publicada en la revista Paula, fue un verdadero descubrimiento. Hab&iacute;a sido publicada en&nbsp; febrero de 1999. Habla de Los &Aacute;ngeles con cari&ntilde;o, de manera muy distinta al art&iacute;culo publicado en octubre de 2002, y que tanta roncha caus&oacute; en la ciudad. La columna de la pol&eacute;mica fue muy divulgada, esta otra apenas se conocer&iacute;a. Bola&ntilde;o volv&iacute;a a hablar de Fern&aacute;ndez. Por&nbsp; cuarta vez.
    </p><p class="article-text">
        El escritor pidi&oacute; que esa columna no tuviera cambio alguno. Escribi&oacute;: &ldquo;&hellip; una voz femenina me pregunt&oacute; si me gustar&iacute;a viajar a Chile y entonces la ciudad de Los &Aacute;ngeles llena de rascacielos y de palmeras se transform&oacute; en la ciudad de Los &Aacute;ngeles llena de casas bajas y calles de tierra. Los &Aacute;ngeles, la capital de la provincia del Biob&iacute;o&rdquo;. Hay evocaciones: &ldquo;la ciudad en donde Fernando Fern&aacute;ndez jugaba al&nbsp; taca-taca en patios que parec&iacute;an so&ntilde;ados por adolescentes locos, la ciudad en donde Lebert y C&aacute;rcamo caminaban siempre juntos y en donde el tolerante C&aacute;rdenas fue presidente de curso en un Liceo de Hombres dise&ntilde;ado por alg&uacute;n ayudante del diablo y en donde el Pescado entr&oacute; de golpe en la clandestinidad. La ciudad de los malones vespertinos. La ciudad salvaje cuyos atardeceres eran como el comentario af&aacute;sico del&nbsp; privilegio&rdquo;. Y cierra diciendo: &ldquo;la capital de la provincia de Biob&iacute;o salt&oacute; de golpe, como un gato mont&eacute;s, sobre el mapa de la ciudad de la felicidad y la ara&ntilde;&oacute; y en esos ara&ntilde;azos (imperceptibles) ya estaba escrito que ten&iacute;a que volver a Chile y que ten&iacute;a que volver a subirme a un avi&oacute;n&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>2021</strong>
    </p><p class="article-text">
        Mi objetivo segu&iacute;a siendo volver a entrevistar a Fernando Fern&aacute;ndez alguna vez. Sent&iacute;a que &eacute;l pod&iacute;a aportar una dimensi&oacute;n diferente sobre el autor, entregar una perspectiva despojada de lo literario y, desde ah&iacute;, comprender sus motivaciones iniciales cuando era reci&eacute;n un adolescente. Adem&aacute;s, Fern&aacute;ndez estuvo pr&aacute;cticamente en toda la vida de Bola&ntilde;o, desde la infancia hasta la adultez. Su testimonio era &uacute;nico. Muchas veces me cuestion&eacute; si ten&iacute;a sentido insistir, si val&iacute;a la pena perseverar. Insist&iacute; varias veces en el transcurso de estos a&ntilde;os. Lo llamaba y a veces contestaba, a veces no. Cuando respond&iacute;a, aceptaba que nos vi&eacute;ramos en un caf&eacute; del centro en Concepci&oacute;n. Despu&eacute;s me dejaba&nbsp; plantado.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n perseveraba con mensajes por Whatsapp.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Hola don Fernando. Soy Juvenal Rivera de Los &Aacute;ngeles. Hace alg&uacute;n tiempo conversamos a ra&iacute;z de su amistad con Roberto Bola&ntilde;o. En alguna ocasi&oacute;n lo he llamado para ver la posibilidad de conversar al respecto (&hellip;) &iquest;Ser&aacute; posible? Desde ya, muchas gracias.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        - Saludos don Juvenal. La pr&oacute;xima semana agendemos una reuni&oacute;n en Concepci&oacute;n. Este fin de semana tengo compromisos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        - Ya, muchas gracias. Le escribo el lunes para agendar.
    </p><p class="article-text">
        Pero ese momento no llegaba. No ten&iacute;a nada que reprocharle. Era yo quien molestaba, quien insist&iacute;a. Estaba en todo su derecho a no responder las llamadas o mensajes. A 24 a&ntilde;os de la vez en que deb&iacute; transcribir la entrevista de quien era un promisorio escritor chileno que ten&iacute;a un amigo llamado Fernando Fern&aacute;ndez, conversar con ese amigo ya era una obligaci&oacute;n.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>2022</strong>
    </p><p class="article-text">
        En julio volv&iacute; a insistir. &Eacute;l propuso d&iacute;a, hora y lugar. En la v&iacute;spera le pregunt&eacute; si estaba todo listo. Lo confirm&oacute;, escuetamente. Ya de viaje a Concepci&oacute;n volv&iacute; a escribirle para una confirmaci&oacute;n final. Me pidi&oacute; aplazar la hora. Tem&iacute; que me dejara plantado.
    </p><p class="article-text">
        Entr&eacute; a la cafeter&iacute;a, a media cuadra de la plaza. Afuera, la gente pasaba incesante. Unos operarios trabajaban en una excavaci&oacute;n. El sol entibiaba t&iacute;midamente entre las nubes albas, mientras una fuerte ventolera se hac&iacute;a sentir a ratos. Entr&eacute; y mir&eacute; alrededor. Tal como hac&iacute;a m&aacute;s de 10 a&ntilde;os, tom&eacute; mi tel&eacute;fono y marqu&eacute; su n&uacute;mero esperando ver quien sacaba su m&oacute;vil. En un ventanal, hacia la calle, un hombre busc&oacute; hasta encontrar su celular. Era &eacute;l, volvimos a encontrarnos, lo reconoc&iacute; en el caf&eacute;. Ahora s&iacute; iba a entrevistarlo, despu&eacute;s de 25 a&ntilde;os de buscarlo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>1965-1968&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Cuando Roberto lleg&oacute;, tuvimos r&aacute;pidamente una buena convivencia. Yo viv&iacute;a en la poblaci&oacute;n Jos&eacute; Manso de Velasco, a una cuadra y media de la casa de Roberto. &Eacute;l se incorpor&oacute; bastante r&aacute;pido y aunque era t&iacute;mido, ya ten&iacute;a otra mentalidad. &Eacute;ramos tres en el grupo para jugar pero para compartir en la casa, s&oacute;lo &eacute;ramos &eacute;l y yo. Siempre se apeg&oacute; a m&iacute;, no s&eacute; por qu&eacute;. Me invitaba a su casa o &iacute;bamos a la m&iacute;a a jugar taca-taca. Tambi&eacute;n jug&aacute;bamos a la pelota, compr&aacute;bamos caramelos en El Habanero o &iacute;bamos al Cine Municipal. Siempre le gustaron las pel&iacute;culas de esp&iacute;as, de James Bond, era muy creativo, inventaba formas de espionaje. Llegaba a la casa y le entregaba un papelito a la empleada con instrucciones, como los esp&iacute;as. Siempre creaba cosas, siempre creativo. &Eacute;ramos muy distintos. En ese tiempo, yo me vest&iacute;a con terno y &eacute;l con jeans y casaca de cuero.
    </p><p class="article-text">
        Los primeros malones (fiestas juveniles) los hicimos en la casa de &eacute;l. Ah&iacute; empezamos a mirar ni&ntilde;as, tuvimos los primeros bailes chic tu chic, a escuchar las canciones de Salvatore Adamo, de pronto unos besitos inocentes. Roberto permit&iacute;a que solo yo bailara con su hermana Mar&iacute;a Salom&eacute;, nadie m&aacute;s pod&iacute;a sacarla a bailar.
    </p><p class="article-text">
        En ese tiempo ya pensaba en ser escritor. Siempre anotaba en una libreta la que llevaba para todos lados. Ya le sal&iacute;a esa fibra de escribir. Ten&iacute;a libros, muchos libros. Se notaba que era por la mam&aacute; porque era una se&ntilde;ora muy culta, a su pap&aacute; casi nunca lo vi, solo una vez para un cumplea&ntilde;os de Roberto. A principios de 1968 a mi padre lo trasladaron a Concepci&oacute;n por trabajo. Roberto y Mar&iacute;a Salom&eacute; fueron los &uacute;nicos que estuvieron a las 6,30 de la madrugada para despedirnos en la estaci&oacute;n. Me siguieron hasta que se fue el bus carril a Concepci&oacute;n. En ese tiempo ellos ya estaban viendo irse a M&eacute;xico. Se fueron a finales de ese a&ntilde;o. Mantuvimos el contacto por correspondencia y despu&eacute;s por tel&eacute;fono&ldquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>1973&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;A fines de agosto Mar&iacute;a Salom&eacute; me llam&oacute; desde M&eacute;xico para decirme que Roberto ven&iacute;a en un barco. Se llamaba Donizetti, un barco de lujo. Me dijo que su hermano ven&iacute;a a trabajar a la editorial Quimant&uacute; que era lo mejor en libros en ese tiempo. Iba a llegar el 5 de septiembre a Valpara&iacute;so. Salom&eacute; quer&iacute;a que lo fuera a buscar porque &eacute;l no se ubicaba all&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        Viaj&eacute; en bus a Santiago y de ah&iacute; a Valpara&iacute;so. Llegu&eacute; en la tarde. Me qued&eacute; en un hotel. A las 6 de la ma&ntilde;ana ten&iacute;a que estar en el desembarco. Como no ten&iacute;amos contacto, no sab&iacute;a c&oacute;mo ven&iacute;a vestido ni nada. No nos encontramos, no nos vimos. Esa noche viaj&eacute; de vuelta a Santiago. El tren iba muy lleno, hasta por la ventana met&iacute;an gente. Al tren se le cortaron unos vagones, qued&oacute; en <em>panne </em>en el camino.&nbsp; Despu&eacute;s Roberto me contar&iacute;a que viajaba en el mismo tren y tampoco nos vimos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A mediados de octubre, golpearon en la casa de mi pap&aacute; en Concepci&oacute;n. Sal&iacute; a abrir y era &eacute;l, era Roberto. &iexcl;Ah&iacute; lleg&oacute; mi amigo! Nos dimos un gran abrazo y hasta unos lagrimones nos cayeron. Me cont&oacute; de todas sus peripecias. Fue emocionante pero ven&iacute;a bastante shockeado, hab&iacute;an bombardeado la Moneda, as&iacute; que se qued&oacute; en mi casa. En esas semanas con toque de queda, sal&iacute;amos a ver a una polola de ese tiempo o pase&aacute;bamos por la calle Lautaro, cerca del centro de Concepci&oacute;n. Le gustaba ese lugar porque no hab&iacute;a nada parecido en Ciudad de M&eacute;xico.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me dijo que iba a visitar a sus parientes en Mulch&eacute;n, pero lo detuvieron los carabineros en Chaim&aacute;vida (en la principal salida de Concepci&oacute;n) cuando iba en bus. El d&iacute;a de la detenci&oacute;n, Roberto andaba sin ninguna documentaci&oacute;n, se vest&iacute;a muy estrafalario, adem&aacute;s que ten&iacute;a acento mexicano, yo le dec&iacute;a que hablaba como Cantinflas, pero para los militares eso era como un aj&iacute;. Deben haber pensado que era un guerrillero.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde la Polic&iacute;a de Investigaciones llamaron a la casa para avisar que estaba detenido. Mi mam&aacute; (Morelia Merino) fue a dejarle ropa y comida. Yo no lo hice porque ten&iacute;a miedo de que me detuvieran. Era estudiante de la Universidad de Concepci&oacute;n y simpatizaba con el MIR. Eso podr&iacute;a ser muy peligroso.
    </p><p class="article-text">
        Mi mam&aacute; debi&oacute; llevar el pasaporte que estaba en Mulch&eacute;n. Ella fue como tres veces a verlo y le llevaba comida, ropa y para afeitarse. La &uacute;ltima vez, cuando sab&iacute;a que lo liberar&iacute;an, le dej&oacute; dinero para que tomara un taxi de vuelta a la casa.
    </p><p class="article-text">
        Nunca m&aacute;s vuelvo ac&aacute;, me dijo. No lo torturaron pero sent&iacute;a gritos en los calabozos. Golpes y torturas. Sinti&oacute; mucho miedo. Desde mi casa hab&iacute;a una terraza y desde ah&iacute; se ve&iacute;a el regimiento Chacabuco. Ve&iacute;amos entrar y salir de camiones, seguramente para los patrullajes en el toque de queda. Yo lo molestaba y le dec&iacute;a que iba a llamar a los milicos y &eacute;l me respond&iacute;a que no, que ni de broma. Me dec&iacute;a que iba a escribir sobre esto que estaba pasando en Chile, pero que al pa&iacute;s nunca m&aacute;s volv&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a me dijo que se iba a Santiago porque ya se volv&iacute;a a M&eacute;xico. No recuerdo cu&aacute;ndo se fue. Despu&eacute;s, muy de vez en cuando, habl&aacute;bamos por tel&eacute;fono pero eran llamadas muy <em>cortitas</em> porque era demasiado caro comunicarse con el extranjero&ldquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>1998&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Supe que ven&iacute;a a Chile porque un mes antes llam&oacute; para avisarme. En los diarios sal&iacute;a que &eacute;l hab&iacute;a vuelto despu&eacute;s de 25 a&ntilde;os. Averig&uuml;&eacute; el hotel en donde se hospedaba y me comuniqu&eacute; con su habitaci&oacute;n, pero hablamos muy poco. Fue una conversaci&oacute;n muy r&aacute;pida, estaba preocupado de otras cosas, ten&iacute;a muchas otras actividades en Santiago. Entend&iacute; que ya estaba empezando a ser famoso, as&iacute; que la posibilidad de verlo en persona era muy dif&iacute;cil&rdquo;.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>2002</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Le dije a mi se&ntilde;ora de entonces que a mi amigo escritor le quedaba poco tiempo. Fue despu&eacute;s de haber hablado con &eacute;l durante m&aacute;s de una hora, por tel&eacute;fono, no fue una charla con el escritor famoso, fue de amigo a amigo. En esa conversaci&oacute;n recordamos todo. Me cont&oacute; que le quedaba poco, que estaba mal, se le escuchaba muy deca&iacute;do. De alguna manera, fue su manera de despedirse. Dos meses despu&eacute;s, por las noticias, supe que hab&iacute;a muerto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Sabe algo? Nunca he le&iacute;do algo escrito por mi amigo. Lo m&iacute;o nunca fueron las letras ni los libros. Pero recuerdo cuando Roberto decidi&oacute; ser escritor, cuando anotaba todo en una libreta, y que siempre se mantuvo fiel a esa decisi&oacute;n&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>2023</strong>
    </p><p class="article-text">
        Fernando Fern&aacute;ndez, en 1973, era un estudiante de tercer a&ntilde;o en la carrera de t&eacute;cnico en topograf&iacute;a en el campus de la Universidad de Concepci&oacute;n en la ciudad de Los &Aacute;ngeles. Sin embargo, el Golpe de Estado cort&oacute; sus intenciones: las autoridades acad&eacute;micas que fueron designadas por los militares decidieron expulsarlo. &iquest;El delito? Como se dec&iacute;a en esos a&ntilde;os, y con profundo desd&eacute;n, su delito fue ser &ldquo;marxista&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El nombre de Fern&aacute;ndez figura en las fichas elaboradas por los miembros del aparato de inteligencia de la Colonia Dignidad, el enclave alem&aacute;n que durante la dictadura se ali&oacute; con los servicios represivos, como la Dina del general Manuel Contreras, para asesinar, torturar y hacer desaparecer, principalmente a militantes de izquierda. Esas fichas son parte de una gigantesca n&oacute;mina de m&aacute;s de 45 mil archivos con referencias a unas 40 mil personas, principalmente en las regiones del Maule, &Ntilde;uble y Biob&iacute;o. Las fichas fueron develadas por el ministro Jorge Zepeda reci&eacute;n en 2014, despu&eacute;s que reunieran polvo y olvido en la bodega de un tribunal desde 2005.
    </p><p class="article-text">
        Fernando Fern&aacute;ndez Barrales ahora frisa los 70 a&ntilde;os y vive en una amplia casa de dos pisos y techo de teja colonial en un condominio cerrado de la comuna de Quilicura, en el norte de Santiago. No conoce a Roberto Bola&ntilde;o. Apenas sabe que es un escritor chileno, ya fallecido, cuya obra literaria es importante. Aunque Fern&aacute;ndez lleg&oacute; desde Loncoche a vivir a Los &Aacute;ngeles a principio de los a&ntilde;os 70, probablemente nunca se vieron en sus vidas, aunque existe una muy remota posibilidad que se divisara con Bola&ntilde;o cuando volvi&oacute; a esa ciudad en esos meses en que el horror se tomaba el pa&iacute;s y, entre todo, a Fern&aacute;ndez se le comunicaba que era expulsado de la universidad por su cercan&iacute;a con los movimientos de izquierda.
    </p><p class="article-text">
        Fernando Fern&aacute;ndez Barrales y Fernando Fern&aacute;ndez Merino no se conocen. No saben de la existencia el uno del otro. Solo coinciden en que fueron bautizados con un nombre cacof&oacute;nico y que vivieron en Los &Aacute;ngeles. Ni el uno ni el otro saben que el primero fue un estudiante expulsado por pol&iacute;tica y el otro que fue amigo entra&ntilde;able desde la adolescencia de un escritor famoso ya fallecido que lo mencion&oacute; con aprecio en una entrevista olvidada en un diario de provincia.
    </p><p class="article-text">
        Esa coincidencia de nombre fue causante de que durante varios a&ntilde;os mi b&uacute;squeda se bifurcara por caminos completamente apartados de Roberto Bola&ntilde;o. Las pistas sobre ese Fern&aacute;ndez &ndash;que era Fern&aacute;ndez Barrales- me llevaron a una panader&iacute;a del centro de la ciudad hasta derivar en una informaci&oacute;n ambigua y lejana acerca de un paradero tan incierto como desconocido, sin que supiera entonces que esa v&iacute;a que exploraba no ten&iacute;a relaci&oacute;n alguna con el hombre citado por el escritor de fama mundial en una desconocida entrevista a un diario de provincia.
    </p><p class="article-text">
        Debo ser el peor detective. Solo me salva la perseverancia, de no cejar en el intento, de perseguir los pasos de mi propia Ces&aacute;rea Tinajero que tal como lo hicieron Arturo Belano y Ulises Lima en &ldquo;Los Detectives Salvajes&rdquo;, aunque ac&aacute; no fuera ni poetisa ni mexicana, sino que un se&ntilde;or de cuerpo enjuto y ojos claros que no le&iacute;a nada de nada, aunque su amigo m&aacute;s entra&ntilde;able fuera un escritor de fuste.
    </p><p class="article-text">
        Debieron pasar 25 a&ntilde;os para que mi b&uacute;squeda terminara. En 2023 le&iacute; sobre un concurso de cr&oacute;nicas y supe que deb&iacute;a escribir esta historia, que deb&iacute;a ponerle un punto final.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juvenal Rivera Sanhueza]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/angeles-bolano_1_10929504.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Feb 2024 09:28:23 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los Ángeles de Bolaño]]></media:title>
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    </item>
  </channel>
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