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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Mónica de Torres Curth]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/monica-de-torres-curth/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Mónica de Torres Curth]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Mirar al monstruo a los ojos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/mirar-monstruo-ojos_1_10972544.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/94fd4ae8-440f-4025-8841-e206ab0c7240_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mirar al monstruo a los ojos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Junto al fuego, en la intimidad de una casa, un padre y una hija conversan. Es 2011, el volcán Puyehue entró en erupción. Las cenizas habilitan otros recuerdos, viejas tempestades. Se narra para no olvidar. Este texto obtuvo la mención especial en la V edición del Concurso de Crónica Patagónica organizado por la Fundación de Periodismo Patagónico.
</p></div><p class="article-text">
        <em>A mi padre, in memoriam,&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>porque me ense&ntilde;&oacute; a volar.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>5 de junio 2011, por la tarde</em>
    </p><p class="article-text">
        	Mientras hablamos oscurece r&aacute;pido. Ayer, cerca de las cuatro y media de la tarde, el volc&aacute;n Puyehue, cord&oacute;n Caulle, en la regi&oacute;n de Los R&iacute;os en el sur de Chile, entr&oacute; en erupci&oacute;n. En pocas horas una nube densa de ceniza y arena cubri&oacute; el cielo de Bariloche. Y luego, paulatinamente, el paisaje. Implacable. Todo est&aacute; gris, no s&oacute;lo por junio, tambi&eacute;n porque el aire, el suelo, los &aacute;rboles, las paredes, las calles y todas las cosas, est&aacute;n ahora cubiertas de ceniza. Una capa de unos quince cent&iacute;metros se deposit&oacute; por toda la regi&oacute;n de los dos lados de la cordillera, cubriendo cientos de kil&oacute;metros a la redonda. Un intenso olor a azufre llen&oacute; el aire.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde su sill&oacute;n fija la vista en el fuego. Hace unos silencios largos y cada tanto tiene un acceso de tos del que no puede salir hasta que no exhala el &uacute;ltimo poco aire que le queda. Menos mal que ayer festejamos tu cumple al mediod&iacute;a, le digo intentando hacer un chiste. Cu&aacute;ntos cumplea&ntilde;os y casamientos se habr&aacute;n tenido que suspender, &iquest;no? Pongo un tronco m&aacute;s en el hogar. Las llamas ti&ntilde;en el ambiente de color naranja. &iquest;Quer&eacute;s que prenda la luz? No, no, as&iacute; me gusta, dice, sonr&iacute;e y se le mueve el bigote. Parece que va a nevar, est&aacute; rosado el cielo, anuncia mirando por la ventana. No P&aacute;, es la ceniza, contesto y &eacute;l vuelve la mirada al fuego. Nos quedamos un rato en silencio. La vez anterior yo traje una chica desde Chile, me dice. Contame, le propongo, aunque lo escuch&eacute; tantas veces. Contame. Ya se le van algunos recuerdos, pero hay otros que est&aacute;n ah&iacute;, anclados.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es oto&ntilde;o, como esa vez. Yo ni siquiera estaba en sus planes cuando ocurri&oacute;, y ya casi cumplo cincuenta. Aunque pasaron tantos a&ntilde;os veo ese temor que lo persigue cuando corre el velo del tiempo. Es dif&iacute;cil mirar a la cara al monstruo de la naturaleza. Esa que tiene dos caras, que es bella, magn&iacute;fica e imponente. Y esa otra, la despiadada, la que explota, arrasa, mata. Lo s&eacute; ahora que veo el lago cubierto por una capa de arena que flota y lo transforma en una masa s&oacute;lida y flexible que amenaza con tragarse cualquier cosa que se acerque. Las olas rompen de una forma extra&ntilde;a, son olas de piedra molida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Habla bajo, pero lo &uacute;nico que se suma a su voz es el chisporroteo de los troncos en el hogar. No hay p&aacute;jaros, no hay perros. No hay autos. El mundo, este mundo, nuestro mundo, se ha transformado en un lugar de susurros. Tendr&iacute;a que haberlo escrito, me dice. Contame, repito. Yo lo escribo. Busco una birome y un papel, y finjo tomar notas mientras lo escucho. No hay luz suficiente, pero no importa. Cada palabra se prende en m&iacute; como un abrojo. Sobre la chimenea hay un cuadro con una foto de &eacute;l parado al lado del avi&oacute;n. &iquest;En ese fuiste?, le pregunto apuntando a la imagen con el ment&oacute;n. No, era otro, un Piper. Un Piper PA 11, matr&iacute;cula LV YHV. Se olvida los nombres de los nietos, pero nunca los de los aviones. &iquest;Te acord&aacute;s de la matr&iacute;cula? Y si, dice como si se tratara de una obviedad, la anotaba todos los d&iacute;as.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>22 de mayo 1960&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        	Era un domingo soleado sin viento. A fines de mayo. Preparamos la canasta con el mate, pan y dulce de guinda casero. Siempre me gust&oacute; el dulce de guindas. D&iacute;a luminoso pero helado. Cost&oacute; arrancar el auto, y estuve un buen rato rascando la escarcha del parabrisas mientras se calentaba el motor. Todos los inviernos pasaba, arrancar el auto era siempre un problema, acota.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Llegamos al Aeroclub como a las once y media. Ya estaba prendido el fuego, el humo sub&iacute;a vertical, las brasas empezaban a calentar las parrillas. Los &aacute;lamos hab&iacute;an perdido casi todas sus hojas. El licenciado G&oacute;mez se estaba encargando del asado. Le dec&iacute;amos el licenciado porque cuando estaba ac&aacute;, estaba de licencia. Trabajaba en la Ant&aacute;rtida. Cuando entramos ya estaba la tablita con un salam&iacute;n, queso y pan todav&iacute;a tibio que hab&iacute;a hecho la mujer, una gringa grandota que hablaba castellano con dificultad. Dinamarquesa era. Linda chica. En el sal&oacute;n entraba el sol a pleno, y el hogar, prendido desde temprano, hab&iacute;a templado el ambiente. Las mujeres tej&iacute;an y tomaban mate, mientras los chicos jugaban en el piso. Luego saldr&iacute;an afuera a disfrutar de esa tarde.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Fui al hangar a poner todo en orden. Primero el Stearman y despu&eacute;s el planeador. Los sac&aacute;bamos empujando, un ritual de todos los domingos. Esos d&iacute;as sin viento eran ideales para volar. Hice un ascenso antes de que estuviera listo el asado. Yo piloteaba el avi&oacute;n a motor, que llevaba de tiro al planeador. Sub&iacute;amos en c&iacute;rculos grandes hasta alcanzar la altura deseada. Ah&iacute; el planeador se desacoplaba. Cuando sent&iacute;a el tir&oacute;n en la palanca, cortaba el motor y el Stearman bajaba en picada. Era una sensaci&oacute;n de libertad total. Unos segundos y retomaba la marcha del motor. Hac&iacute;a una pasada baja sobre la pista para soltar la soga que alguien estaba esperando para retirar. Una vuelta m&aacute;s y aterrizaba mientras el planeador, como un c&oacute;ndor, realizaba su vuelo silencioso acompa&ntilde;ado por las corrientes de aire. Un largo rato despu&eacute;s bajaba y siempre era recibido con aplausos. A m&iacute; me gustaba m&aacute;s el avi&oacute;n a motor.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hab&iacute;a una comunicaci&oacute;n por radio, que operaba desde el mangrullo, pero era breve y espaciada. Nada mejor que volar en silencio, disfrutando del paisaje y del cielo magn&iacute;fico de ese domingo. Ese era el vuelo de bautismo de un piloto de planeador, no me acuerdo c&oacute;mo se llamaba. Un muchacho calladito, creo que le gustaba el planeador por eso, porque le gustaba el silencio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El segundo vuelo se program&oacute; para las tres de la tarde. Eran vuelos de pr&aacute;ctica. Mam&aacute; subi&oacute; adelante, con antiparras, gorro y guantes. Aunque pod&iacute;amos cerrar la cabina, era m&aacute;s lindo llevarla abierta, y los d&iacute;as as&iacute; se pod&iacute;a hacer sin problemas. G&oacute;mez ayud&oacute; a poner el motor en marcha. Dos o tres vueltas de la h&eacute;lice y arrancaba. Carrete&eacute; con el Stearman hasta la cabecera de la pista, gir&eacute; y lo puse en posici&oacute;n para salir.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando el avi&oacute;n estaba carreteando para despegar se produjo un temblor. Levant&eacute; la trompa y subimos sin problemas, pero cuando ya est&aacute;bamos en el aire, sentimos una fuerte turbulencia que sacudi&oacute; el avi&oacute;n. Ah&iacute; vi una estampida de p&aacute;jaros. Cientos, miles de p&aacute;jaros irrumpieron frente a nosotros volando hacia el este. Hice una maniobra para esquivarlos y sub&iacute; un poco. Inclin&eacute; el ala a la derecha para girar cuando vi abajo que los coches que estaban estacionados al lado del hangar se corr&iacute;an de un lado para otro. Lo que ve&iacute;a no era posible. La tierra ondulaba como un mantel al viento, como si una piedra hubiese ca&iacute;do lejos y estuvi&eacute;ramos viendo la onda del impacto que se expande. Las casas se bamboleaban como juncos, los &aacute;rboles ya sin hojas parec&iacute;an perder el equilibrio. Empezaba a levantarse una nube de polvo, y se escuchaba un ruido tremendo, m&aacute;s fuerte que el motor. El avi&oacute;n ten&iacute;a combustible para unos diez minutos nom&aacute;s, as&iacute; que me dirig&iacute; al aeropuerto para reabastecerme. La gente que estaba all&iacute; nos ped&iacute;a desesperadamente que sobrevol&aacute;ramos sus casas para saber qu&eacute; pasaba, porque los cables de tel&eacute;fono se hab&iacute;an cortado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Volv&iacute; a levantar vuelo y gan&eacute; altura. La gente corr&iacute;a para todos lados. Pasamos por arriba de casa y de la casa de la abuela, estaba todo en pie, pero la gente corr&iacute;a y se agolpaba en la calle. No hab&iacute;a lugares seguros. Vi a mi izquierda que el lago se mov&iacute;a como agua en una palangana. Cheque&eacute; el combustible y ten&iacute;amos para un buen rato en el aire. Dimos varias vueltas pasando sobre la orilla. Todo era un desastre de maderas, troncos y otras cosas flotando. El muelle no estaba m&aacute;s y varias embarcaciones flotaban a la deriva, mientras otras se hund&iacute;an sin remedio. El Modesta Victoria fue una de las que se salv&oacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; cu&aacute;nto tiempo habr&aacute; durado. Hicimos varias pasadas bajas y vimos que de a poco las cosas se fueron tranquilizando. Volvimos a la pista y aterrizamos una media hora despu&eacute;s de haber salido. Cuando nos bajamos del avi&oacute;n la gente corr&iacute;a y los chicos lloraban. Al rato volvimos a casa. Estaba todo bien, solo se hab&iacute;an roto algunas cosas que cayeron al suelo, se parti&oacute; un vidrio de la cocina, pero no m&aacute;s que eso. Nos re&iacute;amos con tu madre porque las gallinas estaban como borrachas, quer&iacute;an salirse del gallinero y era un cotorrer&iacute;o adentro. No pusieron no s&eacute; por cu&aacute;nto tiempo despu&eacute;s de eso. No s&eacute; si por el terremoto o porque se acercaba el invierno.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>5 de junio 2011, al atardecer</em>
    </p><p class="article-text">
        Me voy P&aacute;, seguimos ma&ntilde;ana. Est&aacute; cayendo la tarde. No hay sol y no hay tibieza. Camino hasta casa. El suelo cruje bajo la suela de mis botas. Como en la playa, pienso, pero hace fr&iacute;o y no veo mucho hacia adelante. Las luminarias de las calles permanecen prendidas todo el d&iacute;a y un tri&aacute;ngulo de luz baja desde el borde y llega t&iacute;midamente al suelo. Antes de salir me envolv&iacute; la cara con un pa&ntilde;uelo. Aunque dijeron en la radio que la ceniza no es t&oacute;xica, no debe ser bueno respirar esto. No pasan autos, solo unos pocos peatones. Un chimango est&aacute; parado en el medio de la calle y me mira. Va a estar dif&iacute;cil vivir. Para todos. Nada m&aacute;s que mis pasos resuenan. No hay ning&uacute;n otro ruido. No sabemos lo que sigue. No sabemos si est&aacute; nublado o si va a llover. Sabemos que se pone el sol porque el reloj lo dice. Este gris espeso se extiende por todas partes, como en una pel&iacute;cula en blanco y negro. No hay nada totalmente vivo en la naturaleza. Unos hombres con palas y cepillos caminan por la vereda de enfrente. Veo brillar la brasa de un cigarrillo en la boca de uno de ellos, pero r&aacute;pidamente se apaga. Ni siquiera puedo distinguir sus caras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Llego a casa y me pongo a buscar en internet. Hay mucha informaci&oacute;n sobre el terremoto del sesenta. Dice un diario chileno que tuvieron que modificar la escala para medir la magnitud, porque fue el terremoto m&aacute;s grande que se haya registrado. El epicentro fue en una zona cercana a Traigu&eacute;n en Regi&oacute;n de la Araucan&iacute;a, ac&aacute; en el sur de Chile. Devast&oacute; todo el territorio chileno entre Talca y Chilo&eacute; y la zona m&aacute;s afectada fue Valdivia y sus alrededores. Leo que la energ&iacute;a liberada por el terremoto (que parece que no fue uno sino m&aacute;s de treinta y cinco) fue veinte mil veces m&aacute;s potente que la bomba lanzada sobre Hiroshima, y que el temblor dur&oacute; unos diez minutos. No logro imaginarme lo que fue eso. Encuentro una p&aacute;gina con fotos. En las ciudades se derrumbaron edificios enteros, se abrieron grietas en las carreteras. Hay testimonios de gente que lo vivi&oacute;. Una se&ntilde;ora cuenta que en el cementerio de Valdivia sonaban las manijas de las tumbas, que los nichos estaban rotos, los ata&uacute;des, y que el hospital, que quedaba al frente de su casa, se cay&oacute; pr&aacute;cticamente completo. Hay una foto de eso. Todo es escombros, humo, grietas, y gente deambulando. La se&ntilde;ora dice que los enfermos que estaban internados en el hospital caminaban en bata por la calle. Las fotos muestran im&aacute;genes de guerra, pienso.
    </p><p class="article-text">
        Hay una cr&oacute;nica que relata la historia de los Tacos de San Pedro. Cuenta que el terremoto del 22 de mayo provoc&oacute; que parte del r&iacute;o Tralc&aacute;n se desplomara, provocando un colapso en tres sitios sobre la olla hidrogr&aacute;fica del r&iacute;o San Pedro que une los lagos Ri&ntilde;ihue, Panguipulli, Neltume, Calafqu&eacute;n y Maihue en la Regi&oacute;n de los R&iacute;os. El desprendimiento de las laderas del r&iacute;o bloque&oacute; su cauce y, consecuentemente, el desag&uuml;e del Lago Ri&ntilde;ihue, que es el principal afluente del r&iacute;o Calle-Calle. A estos derrumbes se los conoce como &ldquo;los tacos de San Pedro&rdquo;. Uno de ellos ten&iacute;a un kil&oacute;metro de ancho y m&aacute;s de dos kil&oacute;metros de largo. Estos deslaves se produjeron, en menor escala, en otras cuencas por toda la Regi&oacute;n de los Lagos. Pero las consecuencias no fueron solo en la topograf&iacute;a. Varias poblaciones rurales fueron arrasadas por aludes de barro, piedras y troncos de todos los tama&ntilde;os. Muchas casas fueron sepultadas y muchas personas desaparecieron. Me asfixia la perspectiva de este desastre y me da miedo. &iquest;Estaremos a salvo?
    </p><p class="article-text">
        Hay poca informaci&oacute;n de lo que pas&oacute; ac&aacute; en Bariloche, pero parece que no se produjeron mayores da&ntilde;os materiales, excepto la desaparici&oacute;n del muelle, que estaba construido en madera. Dice el diario que fue destrozado por una ola de unos siete a diez metros, que ingres&oacute; m&aacute;s de cien metros dentro de la localidad, provocando m&aacute;s que nada el p&aacute;nico en la gente del lugar. Dos personas perdieron la vida en esa ocasi&oacute;n, agrega el diario sin dar detalles.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>6 de junio 2011, por la ma&ntilde;ana</em>
    </p><p class="article-text">
        Amaneci&oacute;, parece. Se ven rel&aacute;mpagos eternos en el horizonte y truena como una guerra. Todo me remite a las fotos que estuve mirando anoche. Hay ruidos guturales, la tierra se retuerce y escupe. Fuera de eso, nada se mueve. A la madrugada se cort&oacute; la luz y no ha vuelto a&uacute;n. Cuando llego a su casa ya est&aacute; levantado y tiene el fuego prendido. De alguna manera la vida se cobija ac&aacute; adentro. El aeropuerto est&aacute; cerrado. Tenemos una radio con pilas y escuchamos el programa de la ma&ntilde;ana. Hay que usar barbijos, no se consiguen, o valen fortunas. No queda agua en los supermercados. Se siente el miedo en la calle.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Nos volvemos a acomodar frente al fuego. Vine equipada con un cuaderno y mi cartuchera. Las clases est&aacute;n suspendidas. Hay cat&aacute;strofes que son una oportunidad, pienso, y abanico los troncos para que las llamas crezcan. &iquest;Me segu&iacute;s contando?, le pregunto y me siento en un banquito en posici&oacute;n de tomar apuntes. Se pasa la mano por el bigote, eso que siempre hace cuando piensa. &iquest;D&oacute;nde nos quedamos? Cuando termin&oacute; el temblor y aterrizaron.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>23 de mayo 1960&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        	Ah, s&iacute;. Murieron dos muchachos con la ola. Lulo Frattini y Andr&eacute;s Kempel, dos hombres j&oacute;venes, con familia. Los conoc&iacute;a yo. Frattini estaba a bordo de un barco que se llamaba La Cristina. Cuando todo empez&oacute; a temblar, Kempel estaba en la orilla con su bote, y Frattini le gritaba que lo rescatara. Y as&iacute; lo hizo, volvi&oacute; remando hasta La Cristina. Pero cuando Lulo se subi&oacute; al chinchorro, lleg&oacute; la enorme ola y se los llev&oacute; a los dos. Si se hubiese quedado en el barco quiz&aacute;s se salvaba, pobre tipo. La ola entr&oacute; como una cuadra adentro del pueblo. Lleg&oacute; hasta la calle Mitre. Hab&iacute;a un mont&oacute;n de chicos de una escuela en el muelle, que se salvaron de milagro porque un rato antes se hab&iacute;an ido a escuchar a la banda del ej&eacute;rcito que estaba tocando en el Picadero Municipal.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al d&iacute;a siguiente, a la ma&ntilde;ana temprano, me fui al Aeroclub. Estaban convocando a todos los pilotos disponibles para asistir a la gente afectada en el terremoto. Por lo poco que se pod&iacute;a saber por los radioaficionados, en el sur de Chile todo era una cat&aacute;strofe. Hab&iacute;a habido un tsunami, igual que ac&aacute;, pero con olas mucho m&aacute;s grandes. Hab&iacute;a muerto un mont&oacute;n de gente, se hab&iacute;an ca&iacute;do casas, se rompieron rutas y caminos, se desbordaron algunos r&iacute;os y se cortaron las comunicaciones.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El lunes llegu&eacute; al club temprano y ya hab&iacute;a varios reunidos en la sala de radio. Me pidieron que piloteara el &uacute;nico avi&oacute;n que hab&iacute;a en el Aeroclub. La m&aacute;quina era un Piper Cub, un monomotor de dos plazas. El motor era muy chico, solo ten&iacute;a sesenta y cinco caballos de fuerza. Inici&eacute; el vuelo hacia Chile esa misma ma&ntilde;ana. Mi misi&oacute;n era volar sobre Puyehue, el volc&aacute;n Osorno, la ciudad de Osorno y Puerto Montt para hacer una evaluaci&oacute;n del desastre. Hice el recorrido y volv&iacute; a Bariloche.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las comunicaciones eran bastante intermitentes, pero se sab&iacute;a que se hab&iacute;an organizado cuadrillas de rescate y la gente se empezaba a mover a los dos lados de la cordillera. Hab&iacute;a que llevar en forma urgente alimentos y sangre para Peulla. Dec&iacute;an en la radio que unos aludes de piedra y barro se hab&iacute;an desprendido desde las laderas. Volv&iacute; a ir hacia Chile, esta vez acompa&ntilde;ado por el Dr. Pistarini. Todo estaba cubierto por una niebla muy baja, cosa poco com&uacute;n en la zona. El avi&oacute;n volaba sobre la niebla. No s&eacute; si era niebla o polvo y humo suspendido a baja altura, pero era algo raro ac&aacute;. Llev&aacute;bamos sangre y caldos concentrados. No hab&iacute;a datos meteorol&oacute;gicos de la zona de Chile, solamente me avisaron por radio que iban a marcar, en una zona despejada, un tramo muy corto para que usara de pista. La niebla se termin&oacute; en la zona de Puerto Blest. All&iacute; empezamos a cruzar la cordillera. Como el avi&oacute;n ten&iacute;a poca potencia hab&iacute;a que cruzarla por ca&ntilde;adones. Pero para eso, hab&iacute;a que conocerlos muy bien, porque no todos los ca&ntilde;adones tienen salida. Algunos se cortan de repente por unas paredes verticales de cuatrocientos, quinientos metros, o m&aacute;s. Nuestro avi&oacute;n sub&iacute;a hasta los dos mil metros, pero no conven&iacute;a subir porque gast&aacute;bamos mucha nafta en el ascenso. La cordillera la cruzamos volando a s&oacute;lo trescientos metros de altura. No hab&iacute;a nada de viento y se pod&iacute;a volar sin riesgos. El avioncito era una m&aacute;quina, aunque como el motor era chico volaba a ciento veinte kil&oacute;metros por hora, era f&aacute;cil de maniobrar y ten&iacute;a autonom&iacute;a suficiente para el vuelo de ida y vuelta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El Club hab&iacute;a comprado el Piper hac&iacute;a seis o siete a&ntilde;os y hab&iacute;a pocos pilotos matriculados cuando fue el terremoto. Nunca pensamos que pod&iacute;an pasar cosas como las que pasaron. Despu&eacute;s de eso, al a&ntilde;o siguiente, como en septiembre, vos ya hab&iacute;as nacido, compramos un Piper Comanche, un avi&oacute;n ambulancia. Desde ese momento el Aeroclub cont&oacute; con un avi&oacute;n sanitario para apoyar a la comunidad. Ten&iacute;amos que estar preparados para cualquier eventualidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando est&aacute;bamos sobre Chile vimos que todo hab&iacute;a cambiado. Hab&iacute;a cerros partidos por la mitad, &aacute;rboles ca&iacute;dos, valles inundados, cerros que no estaban m&aacute;s&hellip; Todo me parec&iacute;a desconocido, aunque yo conoc&iacute;a bien todo ese lugar. Hab&iacute;a ido muchas veces. En unos pocos minutos sobrevolamos Peulla. Ah&iacute; hab&iacute;a un hotel y algunas casas donde viv&iacute;an unas ciento cincuenta personas. El valle del r&iacute;o Peulla, que desemboca en el lago Todos los Santos, estaba inundado. El agua del lago estaba revuelta, llena de tierra, pero de color turquesa. Se ve&iacute;an &aacute;rboles ca&iacute;dos, grietas, agua corriendo por donde antes no corr&iacute;a, y ese color del agua, que siempre fue tan transparente&hellip; parec&iacute;a que tuviera leche. Y no se quedaba quieta. Se bamboleaba como en una palangana, no como las olas que forma el viento, sino como en una palangana, que va y viene, como si fuera una marea r&aacute;pida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sobre el camino internacional que un&iacute;a Argentina con Chile, que ten&iacute;a menos agua, se construy&oacute; una pista de emergencia con troncos y arena. Ten&iacute;a unos seis metros de ancho y unos cien metros de largo. La marcaron con trapos blancos y rojos. El aterrizaje iba a ser dif&iacute;cil porque la pista ten&iacute;a las medidas muy justas. Tuve que hacer varios pasajes rasantes para asegurarme de la firmeza del suelo, y finalmente aterrizamos sin problemas. Fuimos el primer avi&oacute;n argentino en llegar all&iacute; con ayuda.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>6 de junio 2011, despu&eacute;s de almorzar</em>
    </p><p class="article-text">
        	Me voy a tratar de conseguir agua P&aacute;, vuelvo en un rato, le digo a la vez que le beso la frente. Salgo a la calle gris. Me da tristeza todo, no hay nada de color, nada. Quince cent&iacute;metros de una arena crujiente nos separan del pasto verde, de las flores, los hongos y las hojas ca&iacute;das del oto&ntilde;o. Empieza una lluvia fina, persistente y molesta. Escucho en la cola del supermercado que varios techos colapsaron por el peso de la arena y el agua. Los vecinos la bajan como pueden y se empiezan a formar monta&ntilde;as en las esquinas. Hay muchos que colaboran en la limpieza de las calles. Las m&aacute;quinas la cargan en camiones. D&oacute;nde ir&aacute;n a parar estas camionadas, me pregunto. La arena y la ceniza llegaron a m&aacute;s de doscientos kil&oacute;metros de ac&aacute;. La venta de agua est&aacute; racionada. Un bid&oacute;n de cinco litros por familia. Me llevo el m&iacute;o. Hace fr&iacute;o y las gotas que caen sobre mi campera est&aacute;n sucias.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la tele mostraban un video de unos buzos de Prefectura que bajaron a inspeccionar los filtros de las tomas de agua que se encuentran a lo largo de la costa del lago. Parece que est&aacute; todo bien porque lo que decanta es muy poco todav&iacute;a. Era impresionante ver emerger el buzo cubierto de arena como una milanesa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esto no se va a resolver as&iacute; de r&aacute;pido, pienso. La gente habla en voz baja. No hay ladridos de perros ni bocinas, no hay ni&ntilde;os en la plaza. El miedo aplasta la voz y el silencio pesa. Muchos de los que est&aacute;n ac&aacute; nunca vieron algo as&iacute;. &Eacute;l s&iacute;, lo vivi&oacute;. Dos veces. Se da perfecta cuenta de lo que pasa afuera. Por eso sus recuerdos son tan n&iacute;tidos ahora.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Vuelvo. Me acomodo en el sill&oacute;n revisando mis apuntes. Hoy la tos lo dej&oacute; tranquilo, pero temo que la ceniza del aire pueda hacerle peor. Le gusta sentarse frente al fuego, as&iacute; que me aseguro de que est&eacute; bien prendido cuando se levante de la siesta. &iquest;Quer&eacute;s un t&eacute;? Una ginebrita mejor, me dice y pone cara de p&iacute;caro. No P&aacute;, t&eacute; o mate cocido. Mate cocido, acepta decepcionado. Mientras se calienta el agua, sigue contando.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>23 de mayo 1960&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        	&iquest;Te cont&eacute; que tuve que aterrizar en una pista improvisada? Marcada con lo que ten&iacute;an. Unos tachos enormes quemando cosas en la cabecera para que vi&eacute;ramos bien, y trapos se&ntilde;alando la pista. Corta, pero yo volaba muy bien, y aterrizaba mejor. Por suerte no hab&iacute;a viento. Eso hubiera complicado las cosas. Hab&iacute;an armado unas carpas del ej&eacute;rcito a un lado de la pista, con una cruz roja en el techo, como en la guerra, &iquest;viste? Corrieron a recibirnos cinco o seis personas. Cuando nos bajamos nos abrazaron como si hubi&eacute;ramos sido amigos de toda la vida. Nos palmeaban la espalda, preguntaban por Bariloche, si estaba todo bien. Muchos ten&iacute;an familia ac&aacute;. El Dr. Pistarini, ayudado por los carabineros, atendi&oacute; a los heridos que hab&iacute;an tra&iacute;do hasta ah&iacute;. El lugar estaba a salvo del agua porque era m&aacute;s alto que el valle. La polic&iacute;a chilena me dio un mapa del volc&aacute;n Osorno para que ubicara un refugio del Club Andino Osorno en el que se encontraban varios estudiantes pasando unas vacaciones. Sal&iacute; solo de la pista de emergencia y al cabo de unos cuarenta y cinco minutos de vuelo sobre el volc&aacute;n, volv&iacute; para informarles que la ladera que ellos me indicaban estaba cubierta por un enorme deslizamiento de hielo y nieve que hab&iacute;a provocado la desaparici&oacute;n del refugio. Se hizo silencio y cada uno volvi&oacute; a sus tareas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me esperaba flor de guiso, especial para esos d&iacute;as tan fr&iacute;os. Me acerqu&eacute; enseguida a la carpa comedor. Ya estaba el fuego prendido en un tambor de doscientos litros que calentaba todo el ambiente. &iquest;Sab&eacute;s? Hay olores que te hacen sentir seguro. El humo de la le&ntilde;a ardiendo, la comida casera, las tortas fritas que hac&iacute;a una mujer en una olla grande, sopaipilla, les dicen ellos. Era reconfortante, dentro del desastre. Estaba lloviznando y mi campera de cuero no me serv&iacute;a mucho de abrigo. Prend&iacute; un cigarrillo despu&eacute;s de comer y vi la cara del pibe que estaba frente m&iacute;o. Le alcanc&eacute; el atado y le dije que se lo quedara. No sab&eacute;s lo contento que se puso. No debe haber tenido m&aacute;s de quince a&ntilde;os. Pobrecito.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de comer regres&eacute; a Bariloche para volver al d&iacute;a siguiente con m&aacute;s alimentos y remedios. La niebla se manten&iacute;a sobre la ciudad, el lago y todos los valles de alrededor.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El gobierno de la provincia de R&iacute;o Negro envi&oacute; otro monomotor para colaborar con nosotros en la ayuda. Nuestra misi&oacute;n llevaba el nombre de Puente A&eacute;reo. El nuevo avi&oacute;n enviado por la provincia qued&oacute; all&iacute; en Peulla, porque sufri&oacute; un accidente, un poco por el estado de la pista, pero otro poco por la falta de conocimiento del piloto en la zona de monta&ntilde;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al d&iacute;a siguiente volv&iacute; a Peulla a la ma&ntilde;ana con m&aacute;s medicamentos y comida. A eso de las dos de la tarde estaba en el avi&oacute;n esperando instrucciones para volver a Bariloche y se produjo un nuevo movimiento de tierra que alarm&oacute; a toda la gente. Del suelo sal&iacute;an burbujas de barro que salpicaban todo. Era como si fuera una olla de polenta hirviendo. Fue algo que no puedo describir, por su magnitud&hellip; Era algo&hellip; sobrenatural. Los ruidos eran raros, como las ca&ntilde;er&iacute;as de desagote.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los carabineros me pidieron que sobrevolara la zona de Ancud. Me negu&eacute; porque no me alcanzar&iacute;a el combustible para ir hasta all&aacute; y regresar a Bariloche. Cuando puse en marcha el avi&oacute;n vi aparecer entre los picos de la cordillera una nube blanca que parec&iacute;a un coliflor. Me llam&oacute; mucho la atenci&oacute;n porque las condiciones clim&aacute;ticas no estaban acordes a la formaci&oacute;n de una nube as&iacute;. Por lo que despegu&eacute; de inmediato. Me negu&eacute; a transportar pasajeros por razones de peso, de lo que me alegro mucho, porque si hubiera ido con alguien no hubiera llegado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La salida de Peulla es un ca&ntilde;ad&oacute;n en forma de Z, con monta&ntilde;as muy altas. A medida que avanzaba esa nube se iba haciendo cada vez mayor. Me puse en paralelo a la nube en la vertical del Brazo Blest, donde me di cuenta de que era una erupci&oacute;n volc&aacute;nica. El parabrisas del avi&oacute;n se cubri&oacute; de ceniza y no me dejaba ver adelante. Abr&iacute; la ventana del costado y as&iacute; pude seguir mirando por ah&iacute;. La nube era tan r&aacute;pida como el avi&oacute;n, lo que me oblig&oacute; a aumentar la velocidad del Piper. En ese momento, mi deseo fue tener dos m&aacute;quinas: una fotogr&aacute;fica, y un avi&oacute;n m&aacute;s r&aacute;pido. Llegu&eacute; a Bariloche diez minutos antes que la nube. Di el aviso, pero no lleg&oacute; a la ciudad porque no hab&iacute;a tel&eacute;fonos. Se hab&iacute;an cortado todos los cables. Cayeron como treinta cent&iacute;metros de arena y ceniza. La gente del pueblo no pudo ver llegar la ceniza porque se manten&iacute;a esa niebla baja de humo y polvo sobre todo el pueblo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>6 de junio 2011, por la noche</em>
    </p><p class="article-text">
        Ni bien llego a casa busco en Internet. Parece que el 24 de mayo de 1960, treinta y ocho horas despu&eacute;s del sismo principal, comenz&oacute; el ciclo eruptivo del volc&aacute;n Puyehue, del complejo volc&aacute;nico Cord&oacute;n Caulle. Es el mismo volc&aacute;n y est&aacute; a menos de cien kil&oacute;metros de ac&aacute;. Las fotos muestran una columna eruptiva parecida a un hongo. Leo que tuvo unos ocho kil&oacute;metros de altura. Encuentro que aparte de las coladas de lava y las eyecciones de ceniza y piedra, se observaron impresionantes descargas el&eacute;ctricas en la nube sobre el volc&aacute;n. Igual que ahora. Es aterrador. Me pregunto por qu&eacute; se forman esos rel&aacute;mpagos. Leo que durante la expulsi&oacute;n de gases y ceniza se producen fuertes corrientes que provocan gran turbulencia y el roce intenso de las part&iacute;culas expulsadas. Este rozamiento da lugar a una carga el&eacute;ctrica. Tambi&eacute;n, al salir por el cr&aacute;ter, se produce una rotura violenta de los materiales, que genera importantes cargas el&eacute;ctricas. La suma de estos fen&oacute;menos provoca descargas el&eacute;ctricas extraordinarias, que se observan como rel&aacute;mpagos de tormenta dentro de la nube. Pienso que quiz&aacute;s esta vez no haya terremoto&hellip; porque el volc&aacute;n ya explot&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        <em>7 de junio 2011, por la ma&ntilde;ana</em>
    </p><p class="article-text">
        	Toda nuestra vida, nuestra cotidianeidad, cambi&oacute; hace apenas tres d&iacute;as. Todo lo que conoc&iacute;amos y quer&iacute;amos se trastoc&oacute;. No hay escuela, no hay jard&iacute;n de infantes, los negocios est&aacute;n cerrados, excepto almacenes y farmacias. La vida entr&oacute; en pausa. Nuestro peque&ntilde;o mundo de todos los d&iacute;as ahora est&aacute; ensombrecido y gris. Solo se escucha, atr&aacute;s de la nube que todo lo cubre, un estruendo de rel&aacute;mpagos que cuando es de noche podemos ver en el perfil de la monta&ntilde;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Traje unos canelones para que comamos juntos y me segu&iacute;s contando, &iquest;qu&eacute; te parece? Me encantan los canelones, me dice y se levanta para poner la mesa. Mientras acomoda los platos y los cubiertos, cuidando su paralelismo y su distancia, cuenta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>26 de mayo 1960&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        	Una chica que viv&iacute;a en el campo, hija de unos le&ntilde;adores, estaba en su casa cuando se abri&oacute; un cerro y un alud de barro se desprendi&oacute; a toda velocidad. La chica corri&oacute;, pero el deslave la alcanz&oacute; y qued&oacute; aprisionada contra una roca. No pod&iacute;a salir. La presi&oacute;n de la tierra le hab&iacute;a quebrado todos los huesos, menos la columna y el cr&aacute;neo. El padre hab&iacute;a salido temprano a su tarea diaria y cuando logr&oacute; volver no encontr&oacute; la casa, as&iacute; que sigui&oacute; por donde hab&iacute;a pasado el alud y encontr&oacute; a su hija. Camin&oacute; hasta Peulla a pedir ayuda. Los carabineros la llevaron andando hasta la zona de aterrizaje para que nosotros la traj&eacute;ramos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La Fuerza A&eacute;rea Argentina estableci&oacute; un puente a&eacute;reo para llevar todas las donaciones de alimentos, remedios y carpas para los afectados del lado chileno. Al aeropuerto de Bariloche llegaron dos helic&oacute;pteros, asignados para el rescate de personas en la zona sur de Chile. Me pidieron colaboraci&oacute;n para guiar a los pilotos hasta Peulla. Yo iba en el helic&oacute;ptero que comandaba el oficial Barisco. Por razones de clima tuvimos que aterrizar en la costa del Brazo Blest, a pocos metros del hotel, y esperar. No pod&iacute;a creer lo que ve&iacute;a. El r&iacute;o que va desde el Lago Fr&iacute;as hacia el Nahuel, corr&iacute;a en sentido contrario. El agua estaba toda revuelta y los palos que hab&iacute;an estado tanto tiempo sumergidos, ahora estaban levantados como si fueran escarbadientes pinchados en una torta de barro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de esperar un rato pudimos volver a salir. Volamos arriba de la nube de ceniza y aterrizamos en Peulla en menos de media hora. Enseguida lleg&oacute; un grupo de carabineros con la chica. Tendr&iacute;a unos dieciocho a&ntilde;os. Estaba entablillada y en una camilla de madera. Ni se quejaba.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hac&iacute;a mucho fr&iacute;o. El helic&oacute;ptero era para dos personas. Me acomod&eacute; en mi asiento mientras intentaban colocar la camilla. No hab&iacute;a forma. S&oacute;lo entraba la cabeza y el t&oacute;rax. El resto del cuerpo de la chica sobresal&iacute;a de la cabina. El que estaba a cargo me llam&oacute;. Baj&eacute; y lo segu&iacute; unos metros. No entra, me dijo, no la podemos poner sentada, est&aacute; toda quebrada. Le dije que la llevar&iacute;amos as&iacute;. &iquest;Est&aacute; seguro?, me pregunt&oacute; el tipo. S&iacute;, no hab&iacute;a otra forma. Buscaron frazadas para envolver la camilla. Las ataron con varias vueltas de soga para que no se volaran y las cubrieron con unas lonas. Aseguraron firmemente la camilla a la estructura del helic&oacute;ptero. No pod&iacute;a moverse ni un cent&iacute;metro. Si algo se aflojaba no podr&iacute;amos hacer nada en vuelo. El Dr. Pistarini le inyect&oacute; unos calmantes para que soportara el viaje. Una mujer se acerc&oacute;, pidi&oacute; permiso para subir. Le puso un gorrito de lana, le dio un beso en cada mejilla y cuando baj&oacute; puso su mano sobre la m&iacute;a. Vaya con Dios m&rsquo;hijo, me dijo. Me estaba llevando a su nieta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despegamos sin problemas y emprendimos el regreso. Es dif&iacute;cil pensar en un momento m&aacute;s urgente que aquel en que el cielo se cierra sobre tu cabeza y lo &uacute;nico que esper&aacute;s es ver la pista adelante. La sombra ganaba terreno y no hab&iacute;a modo de ir m&aacute;s r&aacute;pido. Hab&iacute;a pasado media hora, no m&aacute;s, cuando escuch&eacute; un estruendo como nunca hab&iacute;a escuchado. El ruido m&aacute;s fuerte que te puedas imaginar. Como si fueran muchos trenes chocando y vos estuvieras adentro, &iquest;entend&eacute;s? El volc&aacute;n tronaba y escup&iacute;a cenizas, lava, piedras y fuego. La nube estaba como electrificada, hab&iacute;a unos rel&aacute;mpagos fuert&iacute;simos que part&iacute;an el cielo por donde mir&aacute;ramos. Sin embargo, todo estaba quieto. No escuchaba el ruido del motor, pero todo funcionaba bien. Cada tanto miraba para atr&aacute;s y ve&iacute;a que la chica ven&iacute;a con los ojos cerrados, y le corr&iacute;an las l&aacute;grimas entre las frazadas y el gorrito. Aterrizamos en Bariloche en el Picadero Municipal, el terreno que hoy ocupa el Bariloche Center. De ah&iacute; la subieron a una ambulancia y la llevaron al aeropuerto, desde donde la trasladar&iacute;an a Buenos Aires. Esta fue la primera misi&oacute;n de rescate argentina en el terremoto del sesenta. Ah&iacute; me di cuenta de que nunca le pregunt&eacute; c&oacute;mo se llamaba.
    </p><p class="article-text">
        <em>7 de junio 2011, despu&eacute;s del almuerzo</em>
    </p><p class="article-text">
        	Despu&eacute;s de comer nos sentamos de nuevo frente al fuego. Pongo un par de troncos. Hoy cambi&oacute; el viento y sali&oacute; un poquito el sol. Finalmente, de a poco, todo volver&aacute; a la normalidad, como todas las veces, y quedar&aacute;n en el recuerdo muchas cosas. Quiz&aacute;s en unos a&ntilde;os, sentada frente a un fuego que chisporrotea en el silencio de oto&ntilde;o, sea yo quien cuente a mis hijos alguna historia de volcanes, de escribir y de volar. Quiz&aacute;s narrar sea la forma m&aacute;s amorosa de conservar la memoria. Te quiero P&aacute;, le digo, y me doy cuenta de que se qued&oacute; dormido.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Mónica de Torres Curth]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/mirar-monstruo-ojos_1_10972544.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 Mar 2024 13:07:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Mirar al monstruo a los ojos]]></media:title>
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