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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Gonzalo Heredia]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/gonzalo-heredia/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Gonzalo Heredia]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Los hechos, como recipientes vacíos: así escribí mi novela Extranjera]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/hechos-recipientes-vacios-escribi-novela-extranjera_1_12242552.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0c57f5e0-0f79-4e50-93a5-c92dbed67ff6_16-9-discover-aspect-ratio_default_1114113.jpg" width="2000" height="1125" alt="Los hechos, como recipientes vacíos: así escribí mi novela Extranjera"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Tres imágenes grabadas en la memoria familiar activan la escritura de un texto construido con recuerdos fragmentados de un padre y un tío. Frente a los vacíos de la historia real, la ficción emerge como forma de darle alma a los hechos.
</p><p class="subtitle">Adelanto  - Extranjera </p></div><p class="article-text">
        Tres im&aacute;genes:
    </p><p class="article-text">
        1. A principios del siglo veinte, un grupo de inmigrantes saltan de un barco en el r&iacute;o de la plata y desde la escotilla vuelan ba&uacute;les llenos de ropa y baratijas.
    </p><p class="article-text">
        2. Dos hermanos deambulan entre los matorrales de un campo y uno de ellos le clava la punta de una hoz a una liebre y flamea el cuerpo perforado y sangriento por sobre su cabeza.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        3. Un joven acompa&ntilde;a a su padre al asilo de ancianos donde su mam&aacute; (la abuela del joven) est&aacute; internada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tres hechos reales. Im&aacute;genes que se me grabaron como jerogl&iacute;ficos en las paredes cavernosas de la memoria y me sirvieron para comenzar lo que cinco a&ntilde;os despu&eacute;s fue una novela.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A mediados del 2020 cuando los encuentros estaban restringidos, mi pap&aacute; ven&iacute;a de visita clandestina a mi casa, se sentaba en un sill&oacute;n, se serv&iacute;a un whisky y yo le hac&iacute;a preguntas. En ese momento mi abuela Emme (se escribe &ldquo;Emme&rdquo;, pero se pronuncia &ldquo;Emma&rdquo;), estaba internada en un asilo porque un ACV le hab&iacute;a dejado medio cuerpo paralizado. Le preguntaba sobre ella y grababa sus respuestas en un grabador del tama&ntilde;o de un pen drive. Entre recuerdo y recuerdo &eacute;l sonre&iacute;a y me preguntaba, inc&oacute;modo y desconfiado qu&eacute; era lo que realmente quer&iacute;a saber y para qu&eacute;. Evitaba responderle. En parte no lo sab&iacute;a y en parte me daba pudor decirle que acopiaba material de escritura.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Entre esos inmigrantes que saltaron del barco estaba mi abuela Emme de beb&eacute;. Lo que mi pap&aacute; me cont&oacute; fue que, a principios del 1900, Emme junto a su pap&aacute; y mam&aacute; llegaron en un barco desde Siria con destino a Brasil y que en medio del R&iacute;o de la Plata una sudestada los oblig&oacute; a desembarcar en la orilla m&aacute;s cercana. Ese lugar era Argentina y esa costa era Necochea.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero mi t&iacute;o me cont&oacute; otra versi&oacute;n: antes de llegar a Brasil, los tripulantes del barco les advirtieron a los inmigrantes que esas costas estaban llenas de piratas y que, si no quer&iacute;an perder sus pocas pertenencias, deb&iacute;an saltar del barco. En esa versi&oacute;n no hab&iacute;a sudestada, sino que los inmigrantes se tiraban al agua junto a sus pertenencias y nadaban como pod&iacute;an hasta la orilla m&aacute;s pr&oacute;xima para escaparse.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;A qu&eacute; iban a Brasil? &iquest;Se escaparon? &iquest;Buscaban su propio destino?&nbsp;Mi pap&aacute; no sab&iacute;a. S&oacute;lo hab&iacute;a huecos, espacios en blanco.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo pod&iacute;a contar la historia de Emme? &iquest;a qui&eacute;n pod&iacute;a interesarle m&aacute;s que a mi pap&aacute;, a m&iacute; o a mi t&iacute;o? Adem&aacute;s &iquest;c&oacute;mo pod&iacute;a contar una historia que desconoc&iacute;a por completo y de la que mi pap&aacute; y mi t&iacute;o s&oacute;lo ten&iacute;an pedazos?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Se dice que hay varias maneras de mentir; pero la m&aacute;s repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vac&iacute;os, son recipientes que tomar&aacute;n la forma del sentimiento que los llene&rdquo;, dice Onetti en El pozo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mucho tiempo despu&eacute;s de haber desembarcado en esa costa, mi abuela Emme contrajo matrimonio con un muchacho de ese mismo pueblo. Un poco para escaparse de ese padre autoritario y otro poco porque ya estaba embarazada de mi pap&aacute;. El muchacho se llamaba Oscar, era t&iacute;mido y retra&iacute;do, con un oficio extra&ntilde;o (mec&aacute;nico de suelos) y con una dificultad en el habla (era ceceoso). Los mec&aacute;nicos de suelos se encargaban de estudiar los tipos de suelos para determinar c&oacute;mo afectar&iacute;a la estructura que se quer&iacute;a construir sobre &eacute;l. Se la consideraba una profesi&oacute;n n&oacute;made ya que dependiendo del lugar donde se constru&iacute;a, la empresa te pod&iacute;a mandar durante meses a cualquier parte del pa&iacute;s oblig&aacute;ndote a residir ah&iacute;. As&iacute; que al matrimonio lo trasladaron primero a Lan&uacute;s, donde vivieron unos meses y despu&eacute;s a una localidad en la zona norte de la provincia de buenos aires llamada Munro. Al principio vivieron los tres en un espacio detr&aacute;s del play&oacute;n donde la empresa guardaba toda la maquinaria. Pero cuando Emme qued&oacute; embarazada de su segundo hijo se volvieron a mudar, esta vez a una casa un poco m&aacute;s grande (el terreno ten&iacute;a una casilla y un descampado en el fondo) cerca de la estaci&oacute;n de tren.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Eso es todo lo que s&eacute;, terminaba mi pap&aacute;. Y cuando se iba de mi casa, yo le mandaba mensajes a su hermano (mi t&iacute;o) pregunt&aacute;ndole qu&eacute; cosas recordaba de Emme. La pregunta al principio lo desconcert&oacute; y se mostraba reticente y fr&iacute;o. Tambi&eacute;n me pregunt&oacute; para qu&eacute; quer&iacute;a saber y tambi&eacute;n le dije que no sab&iacute;a. M&aacute;s all&aacute; de eso contestaba mis WhatsApp con largos mensajes de voz.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;A medida que fuimos creciendo mi hermano y yo nos &iacute;bamos mucho de casa. No quer&iacute;amos estar. Busc&aacute;bamos comida para los animales de nuestra chacra. Pas&aacute;bamos por las panader&iacute;as y levant&aacute;bamos todo el desperdicio: pan viejo, facturas, colita de los fiambres, las migas de los sanguches. Lo pon&iacute;amos en un barril y se lo d&aacute;bamos de comer a los chanchos. Tambi&eacute;n &iacute;bamos a cortar pasto a los matorrales. Pero lo que m&aacute;s recuerdo fue la primera vez que mat&eacute;. Una tarde en uno de esos descampados, cort&aacute;bamos pasto para los conejos y de entre los matorrales sali&oacute; una liebre marr&oacute;n. Estaba asustada y me di cuenta de que rengueaba. Ten&iacute;a una de las patas delanteras lastimadas. Y lejos de toda pena se me ocurri&oacute;, no s&eacute; por qu&eacute;, si por bronca, impotencia o resentimiento, clavarle la punta de la hoz en el medio del lomo. Fue visceral, instant&aacute;neo. La perfor&eacute; de lado a lado. Despu&eacute;s la alc&eacute;, empec&eacute; flamear el cuerpo como si fuera una bandera y corr&iacute; a mi hermano para asustarlo. Nunca me sent&iacute; tan poderoso&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desgrababa los mensajes de mi t&iacute;o, las charlas con mi pap&aacute; y transcrib&iacute;a todo a un Word. Rele&iacute;a intentando despegar las voces de sus personas, como si desprendiera la grasa de la carne. Buscaba una constante en el reverso del texto (si es que la hab&iacute;a). Le&iacute;a a Tiz&oacute;n, a Saer, a Di Benedetto, a Hebe Uhart, a May Sarton para que la atm&oacute;sfera de sus escenarios se me pegaran en el tono a la hora de escribir. Record&eacute; los hermanos Claus y Lucas de Agota Kristof.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el papel, primero era la historia de mi pap&aacute;, mi t&iacute;o y Emme. Pero la pregunta segu&iacute;a siendo la misma &iquest;a qui&eacute;n pod&iacute;a importarle esos trozos de realidad m&aacute;s que a m&iacute; o a ellos?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A principios del 2021, la restricci&oacute;n se hab&iacute;a flexibilizado y acompa&ntilde;&eacute; a mi pap&aacute; al asilo donde estaba internada Emme. Me recuerdo llegando al lugar, estacionando el auto a unas cuadras. Me veo a m&iacute; mismo caminando junto a &eacute;l esas cuadras previas antes de entrar y me recuerdo pensando &ldquo;no conozco a Emme&rdquo;. Era verdad: no sab&iacute;a nada sobre ella. Nunca tuvimos la relaci&oacute;n abuela- nieto (que confieso me hubiera gustado haber tenido). Acompa&ntilde;aba a mi pap&aacute; en ese momento porque sab&iacute;a que lo necesitaba. Me daba m&aacute;s pena que &eacute;l perdiera a su mam&aacute; a que ella se muriera.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Ser buen hijo te convierte en buen padre? &iquest;C&oacute;mo se transita esa intersecci&oacute;n?
    </p><p class="article-text">
        Cuando vi a Emme acostada en esa cama (hac&iacute;a a&ntilde;os que no la ve&iacute;a) estaba demacrada. Me dio impresi&oacute;n verla tan consumida, con la mirada completamente extraviada, su esp&iacute;ritu ausente y la mitad del cuerpo retorcido. Pap&aacute; la salud&oacute;. Le pregunt&oacute; c&oacute;mo se sent&iacute;a, le coment&oacute; que yo estaba ah&iacute;, que hab&iacute;a ido a visitarla, pero ella no me reconoci&oacute;. Cambiaba de tema, le ped&iacute;a que la llevara a la casa, que no quer&iacute;a estar ah&iacute;. Lloraba sin l&aacute;grimas, se enojaba con la enfermera.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo encerrar esas tres temporalidades distintas en un mismo universo?&nbsp;&nbsp;&iquest;Es posible escaparse de la herencia familiar, torcer el destino que de alguna forma se repite de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando falleci&oacute; Emme, unos meses despu&eacute;s de esa visita, apareci&oacute; la voz de su personaje. Una voz seguramente diferente a la que Emme tuvo en la vida real, pero que a medida que escrib&iacute;a escenas de su vida (y que el personaje escrib&iacute;a en la novela ya que redacta un diario), sent&iacute;a m&aacute;s cercana.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se podr&iacute;a decir que tom&eacute; esos recipientes llamados hechos, los vaci&eacute; de todo contenido y a trav&eacute;s de lecturas y reescritura los fui llenando con un nuevo sentimiento para ensayar una respuesta a la pregunta que siempre me lleva a sentarme a escribir.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;No es acaso necesario que la ficci&oacute;n aparezca cuando la realidad est&aacute; incompleta y no tiene sentido?&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Gonzalo Heredia]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/hechos-recipientes-vacios-escribi-novela-extranjera_1_12242552.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 28 Apr 2025 09:39:16 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[Extranjera]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/extranjera_1_12150229.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0c57f5e0-0f79-4e50-93a5-c92dbed67ff6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Extranjera"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Fragmento de Extranjera (Lumen), la tercera novela de Gonzalo Heredia. Una historia sobre los secretos familiares, el poder de la escritura y la capacidad impetuoso del ser humano de sobreponerse a los escenarios más adversos. </p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Existe una medusa que cuando llega a vieja puede parirse a s&iacute;&nbsp; misma y recomenzar su vida&rdquo;, le dice Eleonora Cruz a su pap&aacute;,&nbsp; que camina delante de ella. Apura el paso, se pone a la par, sigue: &ldquo;Y los cient&iacute;ficos dicen que quiz&aacute;s en un futuro las mujeres podamos hacer eso&hellip; &iquest;te imagin&aacute;s?&rdquo;, pregunta. &Eacute;l sin mirarla&nbsp;contesta: &ldquo;&iquest;Qu&eacute; cosa?&rdquo;. &ldquo;No morir y recomenzar la vida una y&nbsp;otra vez&rdquo;, responde, pero al instante se arrepiente del comentario.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es la madrugada de un lunes. Diez minutos antes se encontraron en una esquina y se saludaron sin besarse. Ahora&nbsp; camina al lado de ese hombre que lleva puesta una campera verde aunque no est&eacute; fresco y un sobre de papel madera&nbsp;en la mano. Eleonora todav&iacute;a no sabe bien qu&eacute; pasa, pero lo&nbsp;acompa&ntilde;a, igual que siempre. Esta vez al hospital. &Eacute;l retoma&nbsp;lo que dec&iacute;a antes de que ella lo interrumpiera: &ldquo;&iquest;Te acord&aacute;s&nbsp;de Blanca?, la hermana de tu abuela&rdquo;, aclara como si hiciera&nbsp;falta. Odia que diga as&iacute;: &ldquo;tu abuela&rdquo;, &ldquo;tu hermano&rdquo;, &ldquo;tu madre&rdquo;,&nbsp; como si la responsabilidad fuera solo suya. &ldquo;Llegu&eacute; hace unas&nbsp; horas de la costa porque estuve en su casa festejando su cumplea&ntilde;os de ochenta&rdquo;. Le cuenta que justo en el momento del&nbsp; brindis recibi&oacute; el llamado de una vecina que hab&iacute;a encontrado&nbsp; a Emma desmayada en el piso. &ldquo;&iquest;Y no te dijo por qu&eacute; se hab&iacute;a&nbsp;desmayado?&rdquo;, pregunta; &eacute;l niega con la cabeza. Explica que no&nbsp;volvi&oacute; apenas recibi&oacute; el llamado porque era tarde y estaba lejos. Tampoco le dijo nada a Blanca para que no se hiciera mala&nbsp;sangre; adem&aacute;s, agrega como para s&iacute; mismo: &ldquo;Hace a&ntilde;os que&nbsp; no se ven&rdquo;. &ldquo;Agarrar la ruta en ese momento hubiera sido una&nbsp; locura, &iquest;o no?&rdquo;, se justifica. Su pap&aacute; sigue hablando. Quiz&aacute;s es la culpa la que lo hace hablar tanto. Tiene la impresi&oacute;n de&nbsp;que da igual si le contesta o no. As&iacute; que solo se limita a hacer&nbsp;sonidos de aprobaci&oacute;n mientras imagina que a esa hora su&nbsp;hijo debe estar despert&aacute;ndose, con las mejillas enrojecidas, los&nbsp;ojos achinados de sue&ntilde;o y ese olor a transpiraci&oacute;n en el cuello&nbsp;que tanto le gusta. Siente una mano en el hombro y frena en&nbsp; la esquina. Un colectivo acelera por la calle haciendo un ruido insoportable. El cielo empieza a clarear y aparecen los primeros&nbsp;movimientos en los negocios de la avenida. Su pap&aacute;, agitado, le dice que entren por la guardia as&iacute; no dan la vuelta. Eleonora estaba convencida de que nunca m&aacute;s iba a volver a ese hospital.&nbsp; Con la punta de los dedos toca la cicatriz rugosa que tiene en&nbsp; el labio. Pasaron quince a&ntilde;os de su &uacute;ltima operaci&oacute;n. La primera vez fue cuando ten&iacute;a horas de vida. Estuvo conectada con cables y tubos en una incubadora porque la radiograf&iacute;a hab&iacute;a&nbsp;mostrado que no solo hab&iacute;a nacido con el labio abierto, sino&nbsp;que tambi&eacute;n ten&iacute;a un tajo negro en el paladar y en la nariz,&nbsp; como una herida sin cerrar.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hac&iacute;a mucho que no ven&iacute;a&rdquo;, dice mientras cruzan, pero&nbsp;su pap&aacute; no la escucha. Se meten por la guardia. En la sala de&nbsp; espera no hay nadie. A medida que avanzan por el pasillo la luz&nbsp; es m&aacute;s fr&iacute;a y el olor a desinfectante se le mete en la garganta. Se&nbsp; sorprende con el deterioro de las paredes. Los mismos bancos&nbsp; de madera, los mismos mostradores, hasta los vidrios de las&nbsp;ventanas siguen rajados y sucios. Cuando llegan al ascensor&nbsp;hay un papel pegado: &ldquo;No funciona, suba por escalera&rdquo;. Lo&nbsp;hacen. Su pap&aacute; sigue adelantado. Parece saber ad&oacute;nde ir. Ella&nbsp;dice: &ldquo;Venir ac&aacute; me trae recuerdos&rdquo;, y unos escalones m&aacute;s arriba&nbsp; su pap&aacute; le pregunta: &ldquo;&iquest;Qu&eacute;?&rdquo;, y ella lo repite m&aacute;s fuerte. &ldquo;Ah,&nbsp; s&iacute;, a m&iacute; tambi&eacute;n&rdquo;, contesta y abre la puerta del quinto piso.Un pasillo tambi&eacute;n vac&iacute;o en el que solo se escucha el rumor&nbsp; de los tubos de luz del techo. Lee los carteles que indican las&nbsp; especialidades, los quir&oacute;fanos, las habitaciones. En alguna de&nbsp; esas habitaciones, cuarenta a&ntilde;os atr&aacute;s, su mam&aacute; gritaba &ldquo;&iquest;Qu&eacute;&nbsp; tiene mi hija? &iquest;Por qu&eacute; naci&oacute; as&iacute;?&rdquo;, mientras el m&eacute;dico y la&nbsp; partera intentaban calmarla. Desde que naci&oacute;, a Eleonora la&nbsp; operaron una vez por a&ntilde;o. Primero hubo que cerrar el labio y&nbsp; el paladar, despu&eacute;s ensanchar las fosas nasales para que respi rara al cien por ciento, levantar la punta de la nariz, dibujar la&nbsp; curva del labio herido y hacer la ortodoncia. En total fueron&nbsp; veinticinco operaciones entre bandejas con pur&eacute; de verduras,&nbsp;pollo hervido, gelatina, medicaci&oacute;n de las ocho, de las cuatro,&nbsp;cambios de turno y anestesias.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Llegan a la puerta de la habitaci&oacute;n 501 y cuando intentan&nbsp; entrar un enfermero vestido de verde les bloquea el paso. El&nbsp; horario de visita empieza a las nueve, faltan m&aacute;s de dos horas.&nbsp;La mira fijo a Eleonora. Mand&iacute;bula cuadrada, cejas anchas,&nbsp; ojos marrones. El tono de voz grueso le da cierto encanto,&nbsp;cierto misterio. Su pap&aacute; estira un poco el cuello para certificar si Emma est&aacute; ah&iacute; adentro y con el movimiento se le cae&nbsp; el sobre al piso. Se desparraman fotos, cartas y documentos,&nbsp;papeles viejos que Eleonora ni imagina para qu&eacute; llev&oacute;. Su pap&aacute;&nbsp;chasquea la lengua, se agacha y se pone a juntar mientras el&nbsp; enfermero y ella se quedan mirando c&oacute;mo ese hombre desalineado y nervioso guarda las cosas de rodillas. Su desesperaci&oacute;n y torpeza dan pena. Deber&iacute;a ayudarlo quiz&aacute;s, pero lo &uacute;nico que hace es sonre&iacute;rle al enfermero. Sonr&iacute;e como cuando su hijo la&nbsp; averg&uuml;enza frente a alguien. Finalmente su pap&aacute; se levanta y&nbsp; empieza a caminar para la escalera. Ella lo sigue. Desandan&nbsp; el mismo pasillo entre camillas, sillas de rueda y carritos con&nbsp; instrumentos.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; de la impresi&oacute;n que le daba, su mam&aacute; siempre&nbsp;se ocup&oacute; de todo. Estudios, radiograf&iacute;as, muestras de sangre&nbsp; y orina, firma de &oacute;rdenes, compra de remedios. Conoci&oacute;&nbsp; m&eacute;dicos, cirujanos, pacientes y enfermeras y con el tiempo&nbsp; se hizo conocida dentro del hospital como &ldquo;la mam&aacute; de la nena leporina&rdquo;.&nbsp;&nbsp;Su pap&aacute; habla por tel&eacute;fono. En alg&uacute;n momento sac&oacute; el celular y llam&oacute; a alguien que no tard&oacute; en contestar del otro&nbsp; lado. &ldquo;Te mantengo al tanto&rdquo;, dice, corta y guarda el tel&eacute;fono. Por el tono se da cuenta de que era Santiago. Usa ese tono&nbsp; t&iacute;mido cuando habla con &eacute;l. Como si pedirle algo fuera vergonzoso. Al hijo predilecto no le dijo que ella lo acompa&ntilde;aba.&nbsp; Seguro que no puede venir porque est&aacute; ocupado. No recuerda&nbsp;en qu&eacute; momento se convirti&oacute; en mandato familiar protegerlo.&nbsp; De chicos la especial siempre fue ella. Pero a medida que el tajo&nbsp;cicatrizaba, fue perdiendo ese lugar.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando bajan las escaleras &eacute;l le pregunta si se tiene que ir, si tiene que hacer algo. No sabe qu&eacute; responder, porque es verdad,&nbsp;en ese momento deber&iacute;a estar en la que era su casa hasta hace&nbsp; unas semanas, despert&aacute;ndose al lado del que era su marido,&nbsp;llevando a su hijo al colegio, abriendo el local de telas en el que&nbsp; trabaj&oacute; siempre, pero como el local cerr&oacute; y est&aacute; reci&eacute;n separada,&nbsp; est&aacute; ah&iacute; pensando qu&eacute; contestarle a su pap&aacute;. As&iacute; que le miente y le dice que s&iacute;, que tiene que hacer varias cosas, pero que puede&nbsp; suspenderlas porque prefiere acompa&ntilde;arlo.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Entran al bar del hospital y van directo al mostrador. Detr&aacute;s&nbsp; solo hay una chica con cofia blanca sentada en una banqueta.&nbsp; Su pap&aacute; le pregunta qu&eacute; quiere tomar y llega ese momento en&nbsp; la vida de Eleonora que se repite cada vez que entra en un bar&nbsp; y alguien le pregunta qu&eacute; toma. Nunca agua con gas, ni una&nbsp; coca, ni un jugo, ni un caf&eacute;. Desde que se fue de la casa, hace&nbsp;exactamente treinta d&iacute;as y ocho horas, que no toma un trago. Ni siquiera la primera noche que durmi&oacute; sola. Le quiere de mostrar a su ex que est&aacute; equivocado, que domina su voluntad y que elige cu&aacute;ndo, d&oacute;nde y con qui&eacute;n hacerlo. Por un segundo&nbsp; duda. Busca con la mirada si hay algo, pero su pap&aacute; pide fichas&nbsp; para el caf&eacute; de la maquina y se sientan.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la mesa, frente a frente, &eacute;l apoya el sobre, desenfunda&nbsp; los anteojos y empieza a sacar los papeles que se le cayeron&nbsp; hace un rato. Dice que tuvo que pasar por la casa de Emma a&nbsp; buscar el documento, la partida de nacimiento y que los en&nbsp;	contr&oacute; de casualidad en ese sobre en el que tambi&eacute;n hay fotos&nbsp; y papeles viejos. Mientras su pap&aacute; revuelve, Eleonora agarra&nbsp;una foto en blanco y negro en la que se ve a dos chicas subidas&nbsp; a un &aacute;rbol. Miran a c&aacute;mara, se sostienen de la rama para no&nbsp;caerse. Est&aacute;n parecidas, con vestidos y zapatos con cordones.&nbsp; Detr&aacute;s de ellas se ve un alambrado y un extenso descampado&nbsp; que parece no tener fin. &ldquo;Era salvaje tu abuela&rdquo;, dice su pap&aacute;&nbsp; y se&ntilde;ala a la chica m&aacute;s grande de pelo corto enrulado y labios&nbsp; finos. &ldquo;La otra, la m&aacute;s linda, es Blanca, la hermana que cumpli&oacute;&nbsp;ochenta&rdquo;, dice se&ntilde;alando a la de pelo largo y flequillo. Busca&nbsp; otra foto y se la pasa. Hay un hombre de pie, vestido con una&nbsp;musculosa clara y un pantal&oacute;n como de jersey. Tiene los dedos&nbsp;entrelazados por delante, el peso del cuerpo sobre la pierna&nbsp;izquierda, un bigote fino y los ojos rasgados por el reflejo del&nbsp; sol. Al costado hay un &aacute;rbol, supone que es el mismo de la otra&nbsp; foto, y debajo, una mesa con botellas de vino. Su pap&aacute; se&ntilde;ala a&nbsp;ese hombre que Eleonora no hab&iacute;a visto nunca y le dice que es su bisabuelo Vorv&aacute;. Despu&eacute;s se saca los anteojos y le confiesa&nbsp;que en el cumplea&ntilde;os Blanca finalmente le cont&oacute; por qu&eacute; ella&nbsp; y Emma estaban distanciadas. Cortaron la torta y brindaron&nbsp; mientras &eacute;l trataba de entender eso que Blanca le hab&iacute;a dicho,&nbsp;y entonces vio que en su tel&eacute;fono ten&iacute;a las llamadas perdidas de&nbsp; la vecina. Su pap&aacute; sonr&iacute;e y dice: &ldquo;Santiago me dijo que parec&iacute;a&nbsp; una novela&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s guarda todo dentro del sobre y termina el caf&eacute;.&nbsp;Eleonora sabe que ese silencio podr&iacute;a ser peligroso, le podr&iacute;a preguntar por su hermano, si hace mucho que no lo ve, si siguen peleados, as&iacute; que se anticipa y cambia de tema. Le dice que nunca hab&iacute;a visto a su bisabuelo. &Eacute;l contesta que tampoco lo conoci&oacute;, pero que Emma de vez en cuando lo nombraba.&nbsp;Vorv&aacute;, as&iacute; le dec&iacute;an. Lo poco que sabe es que se escap&oacute; de la&nbsp; guerra y que lleg&oacute; a la Argentina de casualidad. Que despu&eacute;s,&nbsp;como todo turco, empez&oacute; vendiendo cosas con un carro y que as&iacute; construyeron la casa, la huerta y los corrales en el fondo. Eleonora le pregunta por qu&eacute; lo llamaban as&iacute;, pero su pap&aacute; no sabe qu&eacute; decir. Definitivamente est&aacute; con la cabeza en otro lado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando vuelven a la puerta de la habitaci&oacute;n 501 hay un hombre de ambo blanco con un listado en la mano. Su pap&aacute; se&nbsp;acerca y le consulta por Emma. &Eacute;l lo mira desconfiado y le&nbsp; pregunta por el apellido. Revisa la lista y le dice que los datos&nbsp;no est&aacute;n, pero que s&iacute; la recuerda, porque fue el &uacute;ltimo ingreso&nbsp;de su turno. Se dan la mano y el m&eacute;dico le pregunta por su&nbsp; v&iacute;nculo con la paciente. Eleonora repara en la gota de transpiraci&oacute;n, redonda y perfecta, que tiene su pap&aacute; en el p&oacute;mulo&nbsp;derecho cuando dice: &ldquo;Soy el hijo&rdquo;. Tiene el impulso de secarla,&nbsp; pero no hace nada. Despu&eacute;s su pap&aacute; quiere saber qu&eacute; fue lo que le pas&oacute;, agrega que tiene los documentos de ella para ha cer los tr&aacute;mites de internaci&oacute;n. &ldquo;La paciente se desmay&oacute; por la obstrucci&oacute;n de una vena en el cerebro, se cay&oacute; y se fractur&oacute;&nbsp;el cr&aacute;neo contra el piso. Apenas lleg&oacute; la operaron pero est&aacute; en&nbsp; coma. Hay que esperar para ver c&oacute;mo evoluciona. Por su edad,&nbsp;podr&iacute;a ser una situaci&oacute;n delicada&rdquo;. Eleonora no se acuerda de&nbsp;cu&aacute;ntos a&ntilde;os tiene Emma, calcula que ser&aacute; cinco o seis mayor&nbsp; que Blanca, supone que tendr&aacute; ochenta y cinco, ochenta y seis.&nbsp;&iquest;Hasta qu&eacute; edad deber&iacute;a vivir una persona? Despu&eacute;s el doctor le pregunta si Emma vive sola, y &eacute;l susurra que s&iacute;, con culpa o&nbsp; verg&uuml;enza. El doctor lo mira unos segundos y le dice que hay&nbsp; que ser paciente y saber que, a partir de ese momento, Emma debe estar siempre acompa&ntilde;ada.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la habitaci&oacute;n hay cuatro camas y una ventana por la que se&nbsp; asoman las ramas peladas de un &aacute;rbol. El olor a pis mezclado&nbsp;con lavandina la obliga a respirar por la boca. De las cuatro&nbsp;camas, tres est&aacute;n desocupadas y en la &uacute;ltima, la que est&aacute; cerca	de la ventana, hay una se&ntilde;ora entubada a la que se acercan en&nbsp; silencio.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La piel de Emma est&aacute; tan pegada al hueso que su aspecto es cadav&eacute;rico. Impresiona verla as&iacute; de vieja y demacrada. Una&nbsp;venda amarillenta le cubre parte de la cabeza y sus p&aacute;rpados&nbsp;parecen sellados. Tiene un tubo en la boca, una sonda en uno&nbsp;de los brazos y el monitor card&iacute;aco que marca la frecuencia con&nbsp; peque&ntilde;as ondas. En la cabecera hay un tablero con botones y&nbsp; perillas y al costado una mesa de luz. Un papel pegado en la&nbsp; pared dice: &ldquo;No llevarse las s&aacute;banas de los difuntos. Deben quedarse en el servicio hasta que el personal lo retire para su&nbsp; lavado&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Su pap&aacute; la saluda con un tono infantil, diferente al que usa&nbsp; con Santiago. Diferente al que usa con ella. Podr&iacute;a calificarlo&nbsp; como el tono de un ni&ntilde;o culposo. Eleonora no conoce mucho&nbsp; a Emma. Sabe cosas que su pap&aacute; alguna vez le cont&oacute; de cuando&nbsp; era chico. Que si se portaba mal ella lo obligaba a arrodillarse&nbsp; sobre granos de ma&iacute;z en un rinc&oacute;n de la casa o que si ment&iacute;a&nbsp;le pegaba con una varilla de madera en las yemas de los dedos&nbsp; o que una vez lo encerr&oacute; en un colegio pupilo durante las vacaciones de verano. Sabe que &eacute;l se crio solo con ella porque su&nbsp;pap&aacute;, un soldado espa&ntilde;ol, los abandon&oacute; cuando &eacute;l ten&iacute;a diez&nbsp; a&ntilde;os y lo &uacute;nico que le dej&oacute; fue el apellido Cruz. Y la an&eacute;cdota&nbsp; que siempre contaba, que a la hora de la siesta a Emma la visitaban hombres que se encerraban en la pieza y que &eacute;l desde la&nbsp; suya escuchaba el rechinar de la cama y el latigazo del el&aacute;stico de la bombacha sobre la piel.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La &uacute;ltima vez que Eleonora la vio tendr&iacute;a veintid&oacute;s a&ntilde;os. Un&nbsp;domingo al mediod&iacute;a que fue con su pap&aacute; y Santiago a almorzar a su casa. Esa casa donde hab&iacute;a vivido toda la vida, donde&nbsp;su pap&aacute; hab&iacute;a nacido. La encontraron en la cocina escurriendo&nbsp; garbanzos mientras se quejaba de la vecina porque, seg&uacute;n ella,&nbsp; le quer&iacute;a envenenar los bichos. Estaba muy maquillada, ten&iacute;a&nbsp; los p&oacute;mulos colorados, las pesta&ntilde;as arqueadas de r&iacute;mel, los&nbsp; p&aacute;rpados turquesa. Ten&iacute;a ruleros, aros de chapa que le estiraban&nbsp;las orejas y ol&iacute;a a colonia o a perfume barato. Cuando pitaba&nbsp; el cigarrillo con la comisura de la boca, manchaba el filtro&nbsp; con pintalabios rojo. En un momento les pidi&oacute; a Santiago y&nbsp; a ella que la acompa&ntilde;aran al fondo. Se limpi&oacute; las manos en el&nbsp; delantal, sac&oacute; un cuchillo largo de un caj&oacute;n y se lo meti&oacute; en la&nbsp; cintura. Para ellos ese fondo era como una especie de zool&oacute;gico&nbsp; abandonado. Hab&iacute;a conejeras vac&iacute;as, pajareras, un chiquero y&nbsp; un gallinero. Fueron directo al chiquero, ella abri&oacute; el corral,&nbsp; ech&oacute; una ojeada r&aacute;pida y arrincon&oacute; al chancho m&aacute;s chiquito.&nbsp; Este empez&oacute; a chillar como un beb&eacute;, ella lo aprision&oacute; entre&nbsp; las rodillas, sac&oacute; el cuchillo y le cort&oacute; la garganta. El cuerpo del chancho se empez&oacute; a sacudir en espasmos hasta que en&nbsp; un momento qued&oacute; tirado sobre la tierra. La sangre brotaba formando un charco alrededor de la cabeza, y ella pitaba su&nbsp; cigarrillo esperando a que terminara de desangrarse.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ahora, a ese cuerpo inerte, el hombre de campera verde le&nbsp; pregunta c&oacute;mo est&aacute;, c&oacute;mo se siente, con ese tono aflautado, y&nbsp; se queda en silencio como si realmente esperara una respuesta.&nbsp; Se acerca, le besa la venda de la frente y se vuelve a incorporar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Mir&aacute; con qui&eacute;n estoy&rdquo;, dice con una sonrisa forzada y se&ntilde;ala&nbsp; a Eleonora. Est&aacute; como ido. Por &uacute;ltimo le susurra que se va a&nbsp; poner bien, que va a mejorar y le acomoda la s&aacute;bana arrop&aacute;ndola. Afuera de la habitaci&oacute;n, una voz llama por altoparlante a un m&eacute;dico y se escucha el murmullo de la gente que camina&nbsp; por el pasillo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Nadie sabe qu&eacute; es lo que sucede en ese territorio oscuro y&nbsp; desconocido, piensa Eleonora, nadie sabe cu&aacute;les son las leyes&nbsp; que rigen al traspasar las puertas del coma. Qu&eacute; misterio. Tal&nbsp; vez rijan las mismas leyes que hay ac&aacute;, imagina. Eso ser&iacute;a espeluznante. Aunque visto de otro modo, lo bueno de estar as&iacute; es&nbsp; que tiene la posibilidad de tomarse vacaciones de una misma.&nbsp;Y eso en alg&uacute;n punto le genera envidia. Se acerca para tocarle&nbsp; la mano y en el momento que se inclina, ve que los p&aacute;rpados&nbsp; le tiemblan. Un movimiento imperceptible como el aleteo de&nbsp; una mosca, del que est&aacute; segura que su pap&aacute; ni se dio cuenta. Se&nbsp; aleja, le da espacio. Por un momento cree que Emma va a abrir&nbsp; los ojos, que se va a despertar, pero tambi&eacute;n, piensa, podr&iacute;a ser&nbsp; un reflejo del cuerpo.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Alguien golpea la puerta y pide permiso del otro lado, en tra el mismo doctor que hab&iacute;an visto hace un rato. Tiene un&nbsp; aura diferente, su cara est&aacute; iluminada, irradia una sonrisa de&nbsp;dientes blancos parejos y se mueve con seguridad. &ldquo;&iquest;Todo bien&nbsp; por ac&aacute;?&rdquo;, pregunta con la liviandad de un semidi&oacute;s reci&eacute;n descendido del cielo. La barba prolijamente afeitada, los ojos&nbsp; verdosos sobre los p&oacute;mulos marcados y el pelo entrecano un&nbsp; poco despeinado le dan cierto toque juvenil. Se acerca hacia&nbsp; ellos y le da unas palmaditas en las piernas a Emma como si&nbsp; fuera una nena. Controla el suero y chequea el tablero de la&nbsp; cabecera. Su pap&aacute; le pregunta c&oacute;mo est&aacute; y el m&eacute;dico dice que&nbsp;el electroencefalograma que le hicieron dio normal, las ondas&nbsp; estaban un poco bajas, pero que era de esperar dado el fuerte&nbsp;golpe que tuvo. &ldquo;Mir&aacute;ndola as&iacute;, uno piensa que solo falta que&nbsp; se despierte&rdquo;, dice su pap&aacute; con ese tono infantil detestable.&nbsp; &ldquo;Estaba agitada, tuvimos que darle un poco m&aacute;s de calmante&nbsp; y ahora estamos dejando la presi&oacute;n alta para ver si llega sangre&nbsp; al cerebro, veremos c&oacute;mo responde&rdquo;, contesta la divinidad de&nbsp; nombre F., como indica la plaquita pegada en su pecho. &iquest;Fa cundo? &iquest;Fernando? &iquest;Fabi&aacute;n? &iquest;Federico? Ninguno de los dos&nbsp; repara en la presencia de Eleonora.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Los estudios est&aacute;n bien, pero est&aacute; en coma&rdquo;, cierra el m&eacute;dico&nbsp; y su pap&aacute; resopla y chasquea la lengua. Le cuenta al m&eacute;dico que&nbsp; justo estaba en el cumplea&ntilde;os de la hermana de Emma cuando&nbsp;se enter&oacute;, y vuelve a justificar su ausencia con la distancia y la hora. Algo que bien podr&iacute;a ser la historia de su vida. Siempre&nbsp; llegando tarde a todos lados. Lleg&oacute; tarde cuando Eleonora naci&oacute; porque algo lo demor&oacute; en el trabajo, lleg&oacute; tarde cuando la&nbsp; trasladaban a su esposa en ambulancia despu&eacute;s del accidente,&nbsp; lleg&oacute; tarde a ver a Emma porque estaba en la costa tomando&nbsp; champagne barato y comiendo sanguchitos de miga. As&iacute; podr&iacute;a&nbsp; resumirse su vida: lo importante siempre sucede en su ausencia.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hace poco tuvimos a un hombre en coma que por mo mentos abr&iacute;a los ojos y los volv&iacute;a a cerrar. Lo &uacute;nico que hac&iacute;a&nbsp; era abrir los ojos unos minutos y volver a cerrarlos por horas,&nbsp; incluso d&iacute;as. Hasta que una tarde se despert&oacute; y empez&oacute; a hablar&nbsp; con fluidez con un enfermero, contaba detalles del lugar don de hab&iacute;a estado, repasaba personajes con nombre y apellido.&nbsp; Despu&eacute;s, hablando con sus familiares, nos dimos cuenta de&nbsp; que hab&iacute;a revivido momentos particulares de su vida&rdquo;, dice el&nbsp; doctor F.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Eleonora se acuerda del movimiento de p&aacute;rpados de Emma,&nbsp; pero le parece fantasiosa la idea y no puede evitar re&iacute;rse. Los&nbsp;dos la miran y ella pregunta: &ldquo;&iquest;Los revivi&oacute;?&rdquo;, en tono ir&oacute;nico. Se sorprende por su voz ronca.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Es una forma de decir, a veces hay un aumento de lo que&nbsp; se llama actividad cerebral gamma, que son las mismas ondas&nbsp;que se activan cuando una persona consciente recupera recuer dos&rdquo;. No se hab&iacute;a dado cuenta de que el doctor F. tiene una voz&nbsp; hermosa. Eleonora asiente con la cabeza, le transpiran un poco&nbsp;las manos, no sabr&iacute;a decir por qu&eacute;. Su pap&aacute; ignora lo que dijo y le pregunta si podr&iacute;a pasar lo mismo con Emma. El doctor&nbsp;dice que eso no se sabe, que ellos est&aacute;n haciendo lo posible para&nbsp; que se despierte, pero que todo depende de ella. 
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                Tapa de Extranjera (Lumen)                            </span>
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      <dc:creator><![CDATA[Gonzalo Heredia]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/extranjera_1_12150229.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 23 Mar 2025 03:35:15 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[Desmembrar el instinto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/desmembrar-instinto_129_12073831.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/564a3e1c-7e88-4494-aaf6-0671ac0263ac_16-9-discover-aspect-ratio_default_1112025.jpg" width="960" height="540" alt="Desmembrar el instinto"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿En qué momento algo que nos protege y resguarda durante tanto tiempo se convierte en un peligro? 
</p></div><p class="article-text">
        Hace m&aacute;s de diez a&ntilde;os, cuando nos mudamos a esta casa, en la vereda hab&iacute;a un &aacute;rbol extra&ntilde;o custodiando la puerta de entrada. Los primeros d&iacute;as, cuando me despertaba en mi cama, se o&iacute;a el arrullo suave de las palomas torcazas. Abr&iacute;a los ojos y ve&iacute;a c&oacute;mo se posaban entre las ramas, se lanzaban al vac&iacute;o y unos segundos despu&eacute;s volv&iacute;an con ramitas en el pico para apelmazarlas sobre la hierba tejida en forma de nido. Tambi&eacute;n me acuerdo de que la luz del sol se filtraba entre las hojas y te&ntilde;&iacute;a las paredes de mi pieza con ese tono borravino como si fuera una casa de campo. Y los d&iacute;as lluviosos las cotorras se resguardaban entre las ramas, sacud&iacute;an las plumas apelmazadas de agua y hund&iacute;an la cabeza en sus propios cuerpos para mantenerse calientes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una vez vino un jardinero a podarlo y me dijo que ese era un &aacute;rbol &uacute;nico, que no sol&iacute;a haber de esos por esta zona. Una especie de ficus que pod&iacute;a convertirse en un &aacute;rbol gigante extendi&eacute;ndose por varios metros, pero que lo m&aacute;s sorprendente era que produc&iacute;a ra&iacute;ces a&eacute;reas en las ramas y que crec&iacute;an hac&iacute;a abajo como si fueran lianas. Que seguramente hab&iacute;a sido plantado por alguna familia aristocr&aacute;tica a principios de siglo.&nbsp;&nbsp;
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        Ten&iacute;a raz&oacute;n. Las ramas crecieron tanto que se hab&iacute;an enredado entre los cables el&eacute;ctricos de los postes, las ra&iacute;ces colgantes tocaron suelo y se extendieron por debajo de las baldosas de la vereda, levant&aacute;ndolas y formando una peque&ntilde;a colina que me imped&iacute;a abrir el port&oacute;n de mi casa. Estaba atrapado. De un d&iacute;a para otro no pod&iacute;a entrar ni salir de mi casa y tuve que empezar a hacerlo por una puerta secundaria. De repente el &aacute;rbol se hab&iacute;a convertido en una amenaza.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;En qu&eacute; momento algo que nos protege y resguarda durante tanto tiempo se convierte en un peligro? &iquest;Acaso somos tan indiferentes que no podemos leer las se&ntilde;ales?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En &ldquo;Hombre invadido&rdquo;, el relato de Antonio Di Benedetto, el protagonista se cuestiona si la decisi&oacute;n que toma ante el peligro que lo acecha es por venganza o en realidad es por otra cosa: &ldquo;S&eacute; que no, que resolv&iacute; eliminarla porque representaba una invasi&oacute;n, de mi casa y cosas; no me daba tregua ni campo para pensar, para crear, tampoco ahora. Hace que yo me sienta un hombre, un ser, invadido. Por eso debe morir.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        La semana pasada vino una cuadrilla de tipos vestidos con overoles naranja. Cortaron la calle con conos en cada esquina y estacionaron el cami&oacute;n frente a mi casa. Uno subi&oacute; a una escalera met&aacute;lica y mientras dos lo sosten&iacute;an, con una sierra el&eacute;ctrica cort&oacute; uno de los brazos aferrado a los cables. Me acuerdo el sonido de la corteza despellej&aacute;ndose, cayendo por su propio peso sobre la calle. Debajo, un cuarto tipo serruch&oacute; el brazo derrumbado y apil&oacute; los pedazos sobre el cord&oacute;n. Yo no me anim&eacute; a salir. Los espiaba por la ventana de mi cuarto y caminaba de un lado a otro. Debo reconocer que, con esa primera poda, entr&oacute; una claridad que hac&iacute;a mucho no ve&iacute;a. El cielo estaba despejado y empezaba a hacer calor.
    </p><p class="article-text">
        Cortaron un segundo brazo, uno grit&oacute; &ldquo;cuidado&rdquo; y otra vez el golpe aplomado sobre la vereda. No pod&iacute;a evitar espiar. Ve&iacute;a que los tipos se re&iacute;an en grupo como hienas, despu&eacute;s tomaban agua agazapados contra el cami&oacute;n y escrutaban lo hecho para ver c&oacute;mo y por d&oacute;nde seguir. Ten&iacute;a el deseo de que terminaran pronto, sent&iacute;a una contradicci&oacute;n: por un lado, la verg&uuml;enza que me daba no intervenir, decir que con eso estaba bien, que no hac&iacute;a falta cortar m&aacute;s y, por otro, la satisfacci&oacute;n de que otros hicieran el trabajo sucio por m&iacute;. Manten&iacute;a un di&aacute;logo silencioso con el &aacute;rbol, me justificaba ech&aacute;ndole la culpa, le preguntaba por qu&eacute; hab&iacute;a llegado a ese punto tan extremo de ponerme en peligro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por esos d&iacute;as le&iacute;a La vegetariana de Han Kang y conoc&iacute; la perturbadora vida cotidiana de Yeonghye, una mujer anulada por la sociedad patriarcal coreana, que abraza el vegetarianismo y lucha por transformarse en una especie de &aacute;rbol para poder escapar de la violencia humana. Y c&oacute;mo su transformaci&oacute;n vegetal es vista como una amenaza sus familiares la reprimen.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pienso si acaso no es eso lo que hacemos cuando algo no cuadra, desmembrarle el instinto para que termine encajando. En el caso de Yeonghye, el instinto de supervivencia o cuando mis hijos me preguntan &ldquo;&iquest;y por qu&eacute; no puedo hacerlo como yo quiero?&rdquo; y ensayo diferentes respuestas hasta llegar al mismo punto: &ldquo;Porque no, porque es as&iacute; como te digo yo&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Pero qu&eacute; es lo que nos ense&ntilde;aron que debe ser as&iacute;?
    </p><p class="article-text">
        Los tipos estuvieron horas y horas cortando. Hasta que, por la tarde, bajo el sol blanquecino, solo qued&oacute; el tronco mutilado. Lo rodearon y el de la sierra jal&oacute; la cuerda para encenderla. Un rugido estridente de animal salvaje rompi&oacute; el silencio y como un samur&aacute;i apoy&oacute; la hoja en la mitad. Presion&oacute; y los dientes chirriaron en un sonido agudo y penetrante hasta que la sierra atraves&oacute; el tronco por la mitad. Poco a poco empez&oacute; a ceder, se desprendi&oacute; y qued&oacute; colgando de la corteza. En el centro apareci&oacute; un color rosado, h&uacute;medo y las l&aacute;grimas de resina chorreaban por el borde.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el silencio espeso sal&iacute; sin que me vieran y los espi&eacute; detr&aacute;s de la reja. La cuadra parec&iacute;a estar desolada, no hab&iacute;a autos, ni gente. Todo parec&iacute;a ralentizado como en un sue&ntilde;o. El aire estaba lleno de un aroma particular: dulce y nauseabundo. Vi que uno agarr&oacute; el hacha, la elev&oacute; sobre su cabeza, arque&oacute; el cuerpo y la clav&oacute; en el tronco desprendido como si partiera un cr&aacute;neo en dos. Otros subi&oacute; a la parte trasera del cami&oacute;n y baj&oacute; con una pala. La vereda estaba negra. Hab&iacute;a pisadas de barro y en el cord&oacute;n se hab&iacute;a formado un charco denso y oscuro. Como el olor era cada vez m&aacute;s fuerte, los tipos se ataron remeras en la cara como bandidos y el de la pala empez&oacute; a cavar alrededor del tronco que quedaba en pie. Enterr&oacute; la punta y pale&oacute; tierra a la calle. Cav&oacute; un pozo, meti&oacute; un fierro largo como una lanza y empez&oacute; a hacer palanca. Todos gritaban y se re&iacute;an. En un momento escuch&eacute; que las ra&iacute;ces empezaron a desgarrar la tierra, no aguant&eacute; m&aacute;s y como pude abr&iacute; el port&oacute;n. Los tipos agitados se dieron vuelta y me miraron. Estaban sucios de tierra y sudor como can&iacute;bales.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Creo que no existe imagen m&aacute;s triste que la de un &aacute;rbol muerto con sus ra&iacute;ces al aire.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Gonzalo Heredia]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/desmembrar-instinto_129_12073831.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 24 Feb 2025 09:39:31 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Desmembrar el instinto]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Detente, instante]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/detente-instante_129_11979269.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/38fcc8b9-0469-4bef-b352-7f0644a45b3f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Detente, instante"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No me alcanza con el recuerdo, siento que es un pequeño recipiente vacío y que la belleza de este instante lo desborda por completo.</p></div><p class="article-text">
        Estoy sentado en la galer&iacute;a de una caba&ntilde;a. Amanece. Delante de m&iacute; el inmenso bosque de pinos y a lo lejos la silueta de la monta&ntilde;a, que se recorta sobre el cielo d&aacute;ndole un tono verdoso. No hay una sola nube. Pese a ser temprano, hace calor. La humedad del pasto se empieza a evaporar. Se oye el ronroneo del r&iacute;o fluyendo entre las piedras, se mezcla con los silbidos de los p&aacute;jaros y los zumbidos de los insectos merodeando entre las plantas. Estoy dentro de una pel&iacute;cula de paisajes bell&iacute;simos en Nueva Zelanda, soy mi propia fantas&iacute;a: retirado y viviendo en el campo.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;En d&oacute;nde queda la belleza de este instante? Cuando decimos que guardamos algo bello dentro nuestro, &iquest;d&oacute;nde queda eso? &iquest;en la memoria? &iquest;en el cuerpo?&nbsp;
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        Aterriza un p&aacute;jaro con cresta roja, da unos saltitos con gracia y se sube a un tronco. Pica la corteza para buscar bichos y por un momento s&oacute;lo se escucha el sonido de su pico contra la madera del &aacute;rbol.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No me alcanza con el recuerdo, siento que es un peque&ntilde;o recipiente vac&iacute;o y que la belleza de este instante lo desborda por completo. Tampoco es suficiente sacar una foto ni grabar un video con la c&aacute;mara de m&aacute;s alta definici&oacute;n.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aparece mi hija con cara de enojada y dice &iquest;Por qu&eacute; tenemos que volver? Y yo le digo algo as&iacute; como que tenemos que trabajar, que tenemos que hacer cosas, que hay personas que nos esperan. Entonces ella se acuesta en un banco de madera y se queda con la mirada perdida en la copa de un &aacute;rbol. Y yo la miro, la contemplo, mientras intento capturar, congelar este instante, meterlo dentro del frasco de vidrio de esto que escribo para el d&iacute;a de ma&ntilde;ana poder volver a verlo.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando me preguntan si es lindo tener hijos, contesto que la mayor parte del tiempo no, pero que hay momentos, instantes, &iacute;nfimos como un grano de arroz, en que el amor se hace presente de una manera tan plena y contundente que hace que todo valga la pena.&nbsp; &iquest;Est&aacute; mal sentir que no se es feliz todo el tiempo siendo padre?
    </p><p class="article-text">
        Mi hijo de 13 decide quedarse una semana m&aacute;s con la familia de su amigo. Nosotros tenemos que volver. &iquest;Est&aacute;s seguro de quedarte solo? S&iacute;, contesta, y dentro suyo puedo leer la contradicci&oacute;n, el temor a enfrentarse a ese momento de soledad. A m&iacute; de chico tambi&eacute;n me pasaba lo mismo, no pod&iacute;a quedarme a dormir en la casa de nadie porque la noche era un tedio en el que empezaba a extra&ntilde;ar a mi familia. Hasta tercer grado me qued&eacute; llorando en la puerta del colegio cada vez que me desped&iacute;a de mam&aacute;.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Nos levantamos a la madrugada, empezamos a armar las valijas y &eacute;l aparece con cara de dormido. Puso su despertador para despedirnos. Quiere pasar un &uacute;ltimo momento con nosotros. Est&aacute; excitado y ansioso, da vueltas por la caba&ntilde;a, quiere despertar a la hermana para saludarla. Revisa los cajones de los muebles para ver si nos olvidamos algo. Me acompa&ntilde;a a llevar una de las valijas. Hacemos los veinte metros que nos separan del auto en silencio, mientras las rueditas dejan huella en la humedad del pasto. De reojo lo miro, est&aacute; pensativo, s&eacute; que duda si quedarse o no. Yo tambi&eacute;n dudo.
    </p><p class="article-text">
        Termino de cargar el auto y en el momento de subirnos, nos despedimos los cuatro con un abrazo. Trato de pensar que simplemente se queda una semana m&aacute;s con la familia de su amigo, pero tengo una congoja que se me instala en el pecho y se me cierra la garganta.
    </p><p class="article-text">
        Nos pide si puede abrirnos la tranquera, le decimos que s&iacute;. Nos subimos al auto y maniobro para sacarlo del estacionamiento. Intento no mirar a ese chico de 13, parado a un costado, d&aacute;ndome indicaciones. Salimos a la calle de tierra y desde donde est&aacute; nos saluda con la mano. No quiero alargar la despedida, no quiero que se ti&ntilde;a de un dramatismo exagerado, pero no puedo evitar pensar que mi hijo se queda por primera vez solo y que este podr&iacute;a ser uno de esos instantes fundacionales en su vida y quiz&aacute;s tambi&eacute;n en la m&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Acelero y desde el auto a m&iacute;nima velocidad, veo por el espejo retrovisor c&oacute;mo hace unos pasos y nos saluda, c&oacute;mo mi hijo va quedando atr&aacute;s y empiezo a llorar, dejo salir esa angustia rid&iacute;cula e inexplicable y me siento en otra escena, una que bien podr&iacute;a ser de comedia rom&aacute;ntica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como ese verso del Fausto: &ldquo;&iexcl;Detente, instante, eres tan bello!&rdquo;, en el que tambi&eacute;n podr&iacute;a resumirse la obra monumental de Proust, el deseo de detener no uno, sino todos los instantes de una existencia. Yo tambi&eacute;n deseo detener este instante de belleza extra&ntilde;a y agridulce, para que quede en ese lugar donde guardamos lo bello, quiz&aacute;s en la memoria, en alguna parte del cuerpo, en estas palabras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mar&iacute;a Zambrano se preguntaba: &ldquo;&iquest;Es posible enamorarse de las cosas que pasan, incluy&eacute;ndonos a nosotros mismos, sin llorar por su desvanecimiento?&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        <em>GH/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Gonzalo Heredia]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/detente-instante_129_11979269.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 27 Jan 2025 09:44:17 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Detente, instante]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una catástrofe inventada]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/catastrofe-inventada_129_11786840.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8a56f5d9-f8b2-4590-90f8-3a3088cb8e62_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una catástrofe inventada"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Por qué nos causa tanto morbo ver escenas de ficción donde pasa algo “de verdad” o saber que la historia que consumimos está “basada en hechos reales”?  
</p></div><p class="article-text">
        Lo que m&aacute;s me llam&oacute; la atenci&oacute;n de la serie <em>Envidiosa</em> fue que uno de los anzuelos para atraer p&uacute;blico (adrede o no) haya sido el relato de que la historia (su protagonista) estaba inspirada en una amiga de la autora y que las situaciones que viv&iacute;a (en la ficci&oacute;n) fueron parte de su vida real.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De hecho, en las entrevistas que les hicieron a parte del elenco y a la misma autora les preguntaban si eso era as&iacute;, si era verdad y cu&aacute;nto hab&iacute;a de esa amiga y cu&aacute;nto no. En las redes sociales circularon posts contando detalles de la relaci&oacute;n que la autora hab&iacute;a tenido con la supuesta musa inspiradora y por qu&eacute; se hab&iacute;an peleado en la &eacute;poca en que X se llamaba Twitter, el clima era menos violento y no exist&iacute;an los trolls.&nbsp;&nbsp;
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        Ese primer contexto invit&oacute; a miles de espectadores a corroborar si era tan as&iacute; o no, aunque despu&eacute;s se haya convertido en el fen&oacute;meno en el que se convirti&oacute; por otras muchas razones.&nbsp; En primera instancia rein&oacute; la pregunta: &ldquo;&iquest;A ver qu&eacute; onda?&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; nos causa tanto morbo ver escenas de ficci&oacute;n donde pasa algo &ldquo;de verdad&rdquo; o saber que la historia que consumimos est&aacute; &ldquo;basada en hechos reales&rdquo;?&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En una entrevista reciente el Indio Solari dec&iacute;a, en alusi&oacute;n a sus canciones: &ldquo;&iquest;A qui&eacute;n carajo le importa lo que le pas&oacute; a la hija del fletero? &iquest;a qui&eacute;n le importa? Yo hago m&uacute;sica no para que entiendan las boludeces que digo yo, sino para que imaginen. Mi obligaci&oacute;n es hacer una inc&oacute;gnita, un puzzle, alguna cosa que te atraiga para vos imaginar. Yo quiero que la gente imagine, no que se entere qu&eacute; me pas&oacute; a m&iacute; con la piba del Blockbuster&rdquo;. Creo que esa es una gran definici&oacute;n del arte, o una respuesta a la pregunta por la verdad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En <em>Manual de supervivencia</em>, un libro de entrevistas a Werner Herzog, &eacute;l asegura que el libro <em>Conquista de lo in&uacute;til</em>, donde condensa la experiencia de rodaje de la pel&iacute;cula <em>Fitzcarraldo</em>, no es simplemente un diario de rodaje, sino que es un libro de cat&aacute;strofes inventadas. No s&oacute;lo se refiere a las cat&aacute;strofes ficticias que vive el protagonista en la pel&iacute;cula sino tambi&eacute;n a las que ocurrieron previamente y durante el rodaje: dos accidentes de avi&oacute;n, una guerra fronteriza entre Per&uacute; y Ecuador, el ataque al campamento que hab&iacute;an construido para 1.100 personas y que fue totalmente quemado, la p&eacute;rdida del actor principal y el reemplazo por Klaus Kinski. &iquest;Esas cat&aacute;strofes (inventadas o no) hicieron que <em>Fitzcarraldo</em> se transformara en <em>Fitzcarraldo</em>?
    </p><p class="article-text">
        &Uacute;ltimamente me cuesta ver series de ficci&oacute;n. Me estoy inclinando m&aacute;s por ese nuevo g&eacute;nero que se llama &ldquo;docuseries&rdquo;, que hasta tiene segmento propio en las plataformas. Hace un tiempo vi uno que creo que le dio una vuelta espectacular al t&iacute;pico documental que siempre vemos. El t&iacute;tulo original es &ldquo;<em>Casting JonBenet</em>&rdquo; y en espa&ntilde;ol lo tradujeron como &ldquo;<em>Qui&eacute;n es JonBenet</em>&rdquo;. Es el caso del homicidio de una nena estadounidense a mediados de los &acute;90 dentro de su casa familiar. Esa ni&ntilde;a rubia de ojos claros vestida con una malla brillante como concursante de reina de belleza infantil. El caso nunca se resolvi&oacute; y las sospechas cayeron sobre la familia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La premisa en este documental es hacer una ficci&oacute;n sobre el caso y para eso toman castings a actores y actrices aficionados en el mismo lugar del hecho, la ciudad de Boulder, en Colorado. Desfilan ante la c&aacute;mara hombres de m&aacute;s de 50 a&ntilde;os de diferentes <em>physique du rol</em> para interpretar al padre, mujeres m&aacute;s o menos de la misma edad para interpretar a la madre, ni&ntilde;os de entre seis y diez a&ntilde;os para interpretar al hermano y ni&ntilde;as para interpretar a la protagonista. Tambi&eacute;n otros actores para suplir roles secundarios como oficiales de polic&iacute;a, agentes, periodistas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lo maravilloso de esta serie es que la mayor&iacute;a de los castineados viven ah&iacute; y por lo tanto recuerdan perfectamente el caso y cuentan d&oacute;nde estaban y qu&eacute; hac&iacute;an en el momento exacto cuando transcurri&oacute; el hecho. No s&oacute;lo eso, sino que dan su opini&oacute;n, cuentan su experiencia (una exmaestra dice que un alumno suyo era compa&ntilde;ero de JonBenet, otra dice que siempre pasaba por la puerta de la casa familiar, otro que le vend&iacute;a electrodom&eacute;sticos al padre) y su juicio sobre qu&eacute; pudo haber pasado en el momento del homicidio y sobre todo qui&eacute;n pudo haber sido. Entonces lo que era un caso policial, se convierte en una docuserie que reconstruye de manera polif&oacute;nica el hecho, mezclando la ficci&oacute;n con la realidad y donde ya no nos importa tanto qu&eacute; fue lo que realmente pas&oacute;, esclarecer el homicidio en casa de los Ramsey, sino que la familia pasa a ser una excusa para conocer a nuestros verdaderos protagonistas: actores y actrices aficionados con sue&ntilde;os frustrados, deseosos, esperanzados de que su vida cambie.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Porque, claro, el tema no es lo que consum&iacute;s, el tema es qu&eacute; hac&eacute;s con eso que consum&iacute;s. C&oacute;mo lo transform&aacute;s, pero lo m&aacute;s importante: en qu&eacute; lo transformas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una vez le preguntaron a Fabi&aacute;n Casas qu&eacute; le&iacute;a y &eacute;l dijo &ldquo;Yo leo todo, todo, desde los cl&aacute;sicos hasta lo que se considera literatura de mierda, porque con la mierda se produce el combustible&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        <em>GH/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Gonzalo Heredia]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/catastrofe-inventada_129_11786840.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 04 Nov 2024 09:37:38 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una catástrofe inventada]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El alemán]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/aleman_129_11710253.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a17df087-ad74-4e42-85ab-8aaf7eff3158_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El alemán"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una noche nos metimos en el colegio abandonado y nos encontramos con un cuadro desolador. En una de las aulas vacías mi amigo me contó una nueva versión de lo que había pasado.
</p></div><p class="article-text">
        Cerca de la casa donde nac&iacute; hab&iacute;a un colegio alem&aacute;n. Era un edificio antiguo que estaba sobre la avenida, cerca de la estaci&oacute;n y a unas veinte cuadras del r&iacute;o. Ten&iacute;a una escalera de piedra que llegaba hasta la puerta principal, rampas de acceso a los costados y aulas amplias con ventanales que daban al frente. Nosotros le dec&iacute;amos la &ldquo;Shu shu&rdquo; (abreviaci&oacute;n de &ldquo;Shule&rdquo;, que en alem&aacute;n significa escuela), &ldquo;colegio alem&aacute;n&rdquo; o simplemente &ldquo;el alem&aacute;n&rdquo;. Fue el primer colegio privado que desembarc&oacute; en el barrio. Lo inauguraron en el a&ntilde;o 1928 y llevaba su nombre en homenaje al primer cronista que pis&oacute; tierra rioplatense: Ulrico Schmidl. Todav&iacute;a me acuerdo de los uniformes color verde con chomba amarilla y el distintivo en forma de tri&aacute;ngulo que llevaban en el pecho. Chicos rubios de ojos claros.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el a&ntilde;o 1997 el colegio cerr&oacute; abruptamente. Nadie supo el por qu&eacute;. Se hablaba de quiebra financiera, de estafa o de que el colegio simplemente hab&iacute;a cambiado de due&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Una noche nos metimos de contrabando con un amigo, ex alumno del colegio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Durante nuestra &ldquo;expedici&oacute;n&rdquo;, hecha por la noche y en un d&iacute;a de semana, entramos en silencio tipo comando, apuntando con linternas hacia el piso. Nos encontramos con un cuadro desolador. Polvo por todos lados, el jard&iacute;n con el pasto alto y los yuyos crecidos entre las grietas de cemento. Tambi&eacute;n hab&iacute;a un agujero en el techo de la rector&iacute;a. En una de las aulas vac&iacute;as, mi amigo me cont&oacute; una nueva versi&oacute;n, seg&uacute;n &eacute;l la versi&oacute;n real, de lo que hab&iacute;a pasado en el colegio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una ma&ntilde;ana de invierno, dos ex compa&ntilde;eros suyos de quinto a&ntilde;o, los hermanos Fisher, hijos de un embajador, entraron al aula como todos los d&iacute;as, se sentaron en sus pupitres, uno sac&oacute; un arma de su malet&iacute;n, (una Luger p08 que se usaron en la segunda guerra mundial), se puso de pie y le dispar&oacute; a su hermano en el pecho. Este muri&oacute; desangrado horas despu&eacute;s en la ambulancia camino al hospital. Los directivos intentaron tapar la tragedia diciendo que hab&iacute;a sido un accidente, pero la reputaci&oacute;n del colegio se cay&oacute; a pedazos, as&iacute; que no les qued&oacute; otra que desmantelarlo de un d&iacute;a para otro y cerrarlo.
    </p><p class="article-text">
        Mi amigo me dijo que en ese momento obligaron a maestros y alumnos a decir lo del accidente, pero &eacute;l cre&iacute;a que entre los hermanos hab&iacute;a una cuesti&oacute;n de celos o de venganza por plata. Le pregunt&eacute; por el hermano que hab&iacute;a quedado vivo y me dijo que &eacute;l junto a su familia hab&iacute;an desaparecido. Estaba seguro de que hab&iacute;an vuelto a Alemania.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ulrico Schmidl fue un militar alem&aacute;n que, en 1534, con veinticinco a&ntilde;os, particip&oacute; en la conquista espa&ntilde;ola del territorio del Rio de la Plata acompa&ntilde;ando a Pedro de Mendoza. Fue testigo de la fundaci&oacute;n de Asunci&oacute;n y de la de Buenos Aires. Durante casi veinte a&ntilde;os se dedic&oacute; a llevar un diario describiendo las sucesivas expediciones y conquistas de los territorios. Pero en ese tiempo Ulrico recibi&oacute; una carta de su hermano Th&oacute;mas en la que le contaba sobre el grave estado de salud de su padre y le insist&iacute;a con que volviera pronto a su hogar. Inmediatamente solicit&oacute; licencia para volver a Europa, que al principio le fue negada, pero despu&eacute;s de muchos ruegos y recomendaciones por sus buenos servicios, le fue concedida. Regres&oacute; a Straubbing el 26 de enero de 1554, dando gracias por haber preservado su vida en medio de tanta miseria y peligro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lo que sigue es conocido: Ulrico escribe sus memorias consultando los apuntes de viaje y surgir&aacute; el libro que m&aacute;s tarde conoceremos como &ldquo;Viaje al Rio de la Plata&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lo que se sabe de la &uacute;ltima &eacute;poca de su vida fue que no volvi&oacute; a escribir, que vivi&oacute; soltero y que falleci&oacute; a los sesenta a&ntilde;os en la misma casa que lo vio nacer.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando en 1981 publican la biograf&iacute;a completa de Ulrico Schmidl, la imagen que ten&iacute;amos sobre &eacute;l cambia radicalmente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de hacer un repaso sobre su infancia y adolescencia, el texto se sit&uacute;a en la vuelta de Schmidl a su hogar. Precisamente en esos dos a&ntilde;os en que el cronista vuelve a su tierra hasta que escribe su libro.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuenta que en lo &uacute;nico que pens&oacute; Ulrico cuando su hermano le escribi&oacute; fue en la herencia y que tuvo miedo de que su padre dejara como &uacute;nico heredero de los bienes familiares a su hermano Th&oacute;mas. Que pocos d&iacute;as despu&eacute;s del fallecimiento de su padre, tambi&eacute;n muri&oacute; su hermano en circunstancias sospechosas y que as&iacute; Ulrico hered&oacute; la fortuna familiar como &uacute;ltimo representante de ella.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el libro agregan pasajes desconocidos del diario de Ulrico y que hablan de las torturas que les infring&iacute;an a los indios y del placer que esto le causaba. Pero en lo que m&aacute;s hincapi&eacute; hace es en una p&aacute;gina en la que Ulrico cuenta que cuando acampaban cerca del r&iacute;o, en las tierras de &ldquo;Wonnaz Eirresz&rdquo; (como escrib&iacute;a Buenos Aires en germ&aacute;nico), un indio rob&oacute; un caballo y se lo comi&oacute; a escondidas. Cuando eso se supo, se lo atrap&oacute; y se lo tortur&oacute; para que confesara. Entonces dictaminaron una sentencia que ajusticiara el hecho y resolvieron que se lo colgara en una horca. As&iacute; se cumpli&oacute;. Ni bien se hizo de noche, apareci&oacute; otro indio y cort&oacute; los muslos, los brazos y otros pedazos del cuerpo colgado y empez&oacute; a comerlos ah&iacute; mismo. Cuando se lo atrap&oacute;, el indio le gritaba al capit&aacute;n que ese era su hermano carnal y que solo cumpl&iacute;a con la voluntad de sus padres: &ldquo;Devorarse a su hermano&rdquo;.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Gonzalo Heredia]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/aleman_129_11710253.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 07 Oct 2024 09:36:56 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El alemán]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Digo yo por decirlo de algún modo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/digo-decirlo_129_11635712.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3ed76180-3ed4-4c7d-ad54-e745e9c189bf_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Digo yo por decirlo de algún modo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Yo creía que todos pensaban que era un gran actor que utilizaba las emociones como un relojero utiliza sus herramientas cuando lo único que hacía era llorar por mi ex. ¿Cuán permeable es el límite entre la realidad y la ficción? </p></div><p class="article-text">
        Hace m&aacute;s de veinte a&ntilde;os cobr&eacute; en la Asociaci&oacute;n Argentina de Actores mi primer sueldo como actor y podr&iacute;a decir que, desde esa &eacute;poca hasta ahora &ndash;altibajos mediante&ndash;, trabajo de eso.&nbsp;Mi trabajo consiste en interpretar un texto escrito por otra persona para construir dentro de esa historia un personaje de ficci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Transitando la etapa de ensayos en una obra o al comienzo de la filmaci&oacute;n de una pel&iacute;cula o telenovela (etapa de memorizar el libreto), muchas veces me encontr&eacute; diciendo alg&uacute;n texto de mi personaje de ficci&oacute;n en mi vida real. En esos momentos entend&iacute;a lo que mi personaje quer&iacute;a decir, me daba cuenta la forma, la contundencia, la musicalidad con que a esa frase pod&iacute;a ser dicha de una manera que resultara veros&iacute;mil. Muchas veces tambi&eacute;n me pas&oacute; lo contrario: una situaci&oacute;n de mi personaje de ficci&oacute;n me hac&iacute;a entender mejor un episodio de mi vida real, como en ese dibujo de M.C Escher donde dos manos en efecto de tridimensional saltan del papel mientras una dibuja a la otra. A veces pienso &iquest;cu&aacute;ntos de los personajes que interpret&eacute; se incorporaron a mi persona? &iquest;Soy yo una especie de collage de diferentes psiquis interpretadas en la ficci&oacute;n?
    </p><p class="article-text">
        Hay un poema de Idea Vilari&ntilde;o que dice: &ldquo;No s&eacute;&nbsp;qui&eacute;n soy./ Mi nombre/ ya no me dice nada./ No s&eacute; qu&eacute; estoy haciendo./ Nada tiene que ver ya m&aacute;s/ con nada. /Tampoco yo/ tengo que ver con nada./ Digo yo/ por decirlo de alg&uacute;n modo.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        La primera novia con la que conviv&iacute; tambi&eacute;n era actriz. Nuestra relaci&oacute;n dur&oacute;, m&aacute;s o menos, dos a&ntilde;os. Nos separamos y al poco tiempo ella se puso de novia con otra persona. En ese momento yo empezaba a trabajar en una telenovela juvenil (de esas en las que se canta, se baila y se vende merchandising) y ten&iacute;a que viajar a Rep&uacute;blica Dominicana para grabar las primeras escenas de mis personajes. Y digo &ldquo;mis&rdquo; porque interpretaba a un par de gemelos (uno de pelo largo y otro de pelo corto) con personalidades diferentes. Uno era libre y bohemio y el otro conservador y met&oacute;dico. El conservador conoc&iacute;a a una chica de la que se enamoraba y se pon&iacute;a de novio, pero ten&iacute;a un accidente y fallec&iacute;a. Entonces el bohemio sufr&iacute;a mucho y viajaba a la Argentina para contarle la tragedia a la novia, pero a &uacute;ltimo momento se arrepent&iacute;a, decid&iacute;a guardarse el secreto y se hac&iacute;a pasar por &eacute;l. (Ac&aacute; ir&iacute;a la palabra cine y el emotic&oacute;n del puchito)
    </p><p class="article-text">
        Ese viaje a Rep&uacute;blica Dominicana me ven&iacute;a bien porque estaba triste. Y estar triste me ven&iacute;a bien porque ten&iacute;a que grabar escenas dram&aacute;ticas en las que el gemelo vivo recordaba al gemelo muerto. En el momento previo a la &ldquo;acci&oacute;n&rdquo; pensaba en alguna situaci&oacute;n de esos dos a&ntilde;os de convivencia: la primera tortilla de papas que hab&iacute;amos cocinado y se nos hab&iacute;a desarmado, la noche que se nos inund&oacute; el departamento o cuando tom&aacute;bamos vino en el balc&oacute;n. Peque&ntilde;as escenas cotidianas que me dejaban al borde del llanto. Los t&eacute;cnicos se quedaban en silencio, sorprendidos por el clima que se generaba &ndash;escuch&eacute; a uno decirle al director &ldquo;Qu&eacute; maravilla, c&oacute;mo llega al estado de emoci&oacute;n justa&rdquo;&ndash;. Yo cre&iacute;a que todos pensaban que era un gran actor que utilizaba las emociones como un relojero utiliza sus herramientas cuando lo &uacute;nico que hac&iacute;a era llorar por mi ex en una playa paradis&iacute;aca.
    </p><p class="article-text">
        Hay una artista cordobesa llamada Cuqui, vestuarista, performer, tarotista y poetisa que escribe bajo heter&oacute;nimos. O sea, construye personajes que escriben libros. Cada heter&oacute;nimo surgi&oacute; por un motivo diferente. El primero, Natsuki Miyoshi una poeta japonesa que escribi&oacute; cinco poemarios en un a&ntilde;o. Despu&eacute;s est&aacute; Karen Smith que es una se&ntilde;ora de setenta y ocho a&ntilde;os, norteamericana, de un pueblo del sur de Texas que escribe poes&iacute;a en ingl&eacute;s. Alma Concepci&oacute;n escribe poes&iacute;a y dice todo lo que ella piensa pero que no publicar&iacute;a. Charlotte Velmes es una cr&iacute;tica de arte, nacida en Egipto y que tiene la misma edad que Madonna. Francis Bipont es un adolescente franc&eacute;s que vive solo con la madre y escribe poes&iacute;a con stickers de Facebook. Margarita del Acantilado es la traductora de Francis Bipont y escribe microrelatos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero hubo dos libros que s&iacute; escribi&oacute; Cuqui siendo Cuqui, (KIKI y KIKI 2) que fueron parte de una performance que consist&iacute;a en repartir avisos con su n&uacute;mero de tel&eacute;fono en la ciudad universitaria y en una p&aacute;gina de anuncios de escorts y en formato de diario &iacute;ntimo, relatar los encuentros que tuvo con cada uno de esos amantes que respond&iacute;an a esos avisos.&nbsp; Dice: &ldquo;(&hellip;) y que se sintiera tan suave y tan bien. Sent&iacute; ganas de mear. Crisol me dijo que estaba por acabar, le volv&iacute; a preguntar lo del HIV, me reconfirm&oacute;, le dije que acabara adentro. Fui al ba&ntilde;o, ten&iacute;a bastante sangre y mojado. Cagu&eacute; apenas. Me tir&eacute; unos peditos que sonaban distinto a lo habitual&rdquo;. &ldquo;Con &eacute;l aprovecho y pido masajes. Luego del anal le ped&iacute; eso. Le chup&eacute; la pija con forro un rato. Hago que me toquetee todo el tiempo. &Eacute;l aprovecha y me manosea las tetas. No me gusta su olor.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Ella dice que esta performance fue un acto de psicomagia que se auto recet&oacute; para sanar algo sexual que detect&oacute; en su inconsciente. Y para hablarle al inconsciente, (para que comprenda y se desate ese conflicto) hay que hacerlo en su lenguaje, en su idioma que es a trav&eacute;s de s&iacute;mbolos como por ejemplo una performance. Sus dos libros pueden considerarse un intento de hacer que la literatura y la performance se dieran la mano o quiz&aacute;s tambi&eacute;n encontr&oacute; en la lengua el &uacute;nico lugar donde se encontraba a salvo.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; pasar&iacute;a si uno pusiera afuera todos sus &ldquo;yoes&rdquo;? &iquest;Tendr&iacute;amos m&aacute;s control sobre nuestro ego? Inventamos heter&oacute;nimos sin darnos cuenta, personas que hablan por nosotros y nos protegen, como cuando nos sangra la nariz, de tener un colapso mental.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>GH/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Gonzalo Heredia]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/digo-decirlo_129_11635712.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 09 Sep 2024 09:43:52 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Digo yo por decirlo de algún modo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La ficción de uno mismo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/ficcion_129_11570594.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c5e5fa4e-68b1-441f-b934-d8ee5633c11c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La ficción de uno mismo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cuando mamá nos contaba historias sobre su infancia seleccionaba algunas experiencias y a otras, simplemente, las dejaba ir. Como todos, hacía una curaduría de escenas para verse tal como quería a través de los ojos de otros. 
</p></div><p class="article-text">
        En la casa donde nac&iacute; ten&iacute;amos un tel&eacute;fono de l&iacute;nea color gris. Cuando sonaba corr&iacute;amos excitados a atenderlo cruzando la cocina y el living ya que estaba en la entrada de la casa, justo encima del minicomponente. La mayor&iacute;a de las veces pap&aacute;, mi hermana y yo nos pele&aacute;bamos para ver qui&eacute;n llegaba primero. A la &uacute;nica que no le gustaba atenderlo, por m&aacute;s de que estuviera al lado, era a mam&aacute;. Y cuando era tel&eacute;fono para ella, hac&iacute;a una cosa particular: se acercaba en silencio desde donde estaba y dos pasos antes de llegar al minicomponente dec&iacute;a algo en voz alta. A veces una frase, como si terminara una conversaci&oacute;n imaginaria con alguien, una indicaci&oacute;n sin sentido, un pedido poco claro, o simplemente se re&iacute;a sin motivo de un chiste que nadie le dec&iacute;a. Levantaba el tubo, se lo llevaba a la oreja, interrump&iacute;a su frase y atend&iacute;a: &ldquo;&iquest;Hola?&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Nunca entend&iacute; para qu&eacute; lo hac&iacute;a, si era a prop&oacute;sito o si no se daba cuenta. Despu&eacute;s del &ldquo;&iquest;hola?&rdquo;, se quedaba en silencio escuchando a la persona del otro lado que le preguntaba por eso que ella hab&iacute;a dicho y mam&aacute; sonre&iacute;a como cuando se le hunde la boya al pescador y le inventaba una historia breve de algo que le hab&iacute;a pasado, hasta que en un momento se pon&iacute;an a hablar normalmente. Cortaba y mam&aacute; volv&iacute;a, por decirlo de alg&uacute;n modo, a su estado primigenio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A la noche, cuando mam&aacute; ven&iacute;a a la pieza a dormirnos a mi hermana y a m&iacute;, le ped&iacute;amos que nos contara un cuento. En vez de leernos alg&uacute;n libro, nos contaba historias de su infancia. Eran relatos de aventuras donde siempre estaban los mismos protagonistas. Un chico de 12 a&ntilde;os, de contextura grande introvertido y cobarde (su hermano), un chico de la misma edad llamado &ldquo;el gordo coto&rdquo; que lo acechaba por cada rinc&oacute;n del colegio (un compa&ntilde;ero de su escuela), y la hermana menor del primero (mam&aacute;), una chica de diez a&ntilde;os rebelde y contestataria que siempre defend&iacute;a a su hermano trenz&aacute;ndose a trompadas en la plaza, tirando portafolios desde un puente o prendiendo fuego guardapolvos.&nbsp; Qued&aacute;bamos fascinados con esos relatos suyos.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Muchas veces me pregunt&eacute; si esas historias breves que mam&aacute; nos contaba a nosotros o a la persona del otro lado de la l&iacute;nea del tel&eacute;fono eran verdad o solo ficciones que constru&iacute;an a un personaje con el que se sent&iacute;a c&oacute;moda. Quiz&aacute;s para ella esos momentos eran la oportunidad de ser la que pudo haber sido, como cuando nos quedamos pensando en una situaci&oacute;n y nos imaginamos otras formas de reacci&oacute;n diferente a la que tuvimos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando falleci&oacute; el pap&aacute; de mi mam&aacute;, por recomendaci&oacute;n de algunos amigos suyos, ella empez&oacute; a escribir en un cuaderno. Era un cuaderno de tapa dura con el forro de tela de ara&ntilde;a celeste. Siempre lo dejaba en la cocina, arriba de la heladera, el &uacute;nico lugar donde &ndash;imagino&ndash; cre&iacute;a que nadie lo encontrar&iacute;a. Cuando no hab&iacute;a nadie en casa, yo agarraba una silla y me sub&iacute;a a buscarlo. Le&iacute; sobre el dolor que le provoc&oacute; la p&eacute;rdida de su padre, y preguntas que se hac&iacute;a de por qu&eacute; las personas buenas se mor&iacute;an y de c&oacute;mo era ella y cu&aacute;l era su prop&oacute;sito en la vida. No ten&iacute;a nada que ver con esa hero&iacute;na combativa y contestataria de los relatos que escuch&aacute;bamos antes de dormir.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la novela de Juan Jos&eacute; Mill&aacute;s &lsquo;La soledad era esto&rsquo;, una mujer, Elena Rinc&oacute;n, se siente ahogada en su propia vida. Recibi&oacute; la noticia del fallecimiento de su madre, intuye que su marido la enga&ntilde;a con su secretaria, no se habla con su hija hace tiempo y es a trav&eacute;s de dos hechos puntuales que la cosa empieza a cambiar. El primero es el descubrimiento de un diario que su madre escribi&oacute; de joven (leerlo le permite conocerla a ella desde un lugar privado, pero sobre todo le permite saber lo que su madre piensa sobre ella) y el segundo es que contrata an&oacute;nimamente a un detective para constatar que su marido le es infiel. En uno de los informes que recibe, el detective la nombra a ella y Elena le pide que le cuente m&aacute;s sobre &ldquo;esa mujer&rdquo;. Cu&aacute;les son sus gustos, sus costumbres, qu&eacute; percibe de ella, c&oacute;mo cree que es su vida. Elena Rinc&oacute;n, sabi&eacute;ndose observada, empieza a construir una ficci&oacute;n de s&iacute; misma para esos ojos; la ficci&oacute;n de una vida que quiz&aacute;s de joven so&ntilde;&oacute; con haber tenido.
    </p><p class="article-text">
        Cuando naci&oacute; mi hijo m&aacute;s grande yo tambi&eacute;n le contaba historias m&iacute;as de cuando era chico. Las exageraba, inventaba detalles para hacerlo re&iacute;r, pero sobre todo ten&iacute;an una &ldquo;moraleja&rdquo; para que reflexionara sobre alguna situaci&oacute;n puntual. A medida que fue creciendo y cada vez que ven&iacute;a un amigo suyo a casa, me ped&iacute;a que le contara esas mismas historias a su amigo. Hasta que un d&iacute;a, hace poco, una compa&ntilde;era de otro grado en un acto del colegio me pidi&oacute;: &ldquo;&iquest;Me cont&aacute;s una historia de tu infancia?&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Es inevitable construir una ficci&oacute;n de nosotros mismos?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Seguramente ellos tambi&eacute;n alg&uacute;n d&iacute;a se preguntar&aacute;n si todas esas historias m&iacute;as fueron verdad o si s&oacute;lo eran parte de un personaje que hab&iacute;a inventado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con el paso de los a&ntilde;os, la realidad no cambi&oacute; tanto. Cuando mam&aacute; atend&iacute;a el tel&eacute;fono o cuando nos contaba esas historias sobre ella misma de chica, quiz&aacute;s no constru&iacute;a ning&uacute;n personaje sino m&aacute;s bien, estaba recuperando a la persona que hab&iacute;a sido y que no hab&iacute;a entrado en su propia ficci&oacute;n. Seleccionaba (adrede o no) algunas experiencias y a otras, simplemente, las dejaba ir. Como Elena Rinc&oacute;n, hac&iacute;a una selecci&oacute;n de escenas para verse tal como quer&iacute;a a trav&eacute;s de los ojos de otro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A veces las utop&iacute;as de vida son un fardo que cargamos con terquedad y si tenemos la oportunidad de vernos desde lejos (a trav&eacute;s de una serie de informes) quiz&aacute;s podamos comprender como ella que no habitamos ficciones monol&iacute;ticas sino ramificaciones que parten siempre de dudas y certezas. Y en realidad somos una especie de Sherazade que vivimos contando ficciones todos los d&iacute;as para evitar que nos decapite el filo de la realidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>GH/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Gonzalo Heredia]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/ficcion_129_11570594.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 05 Aug 2024 09:34:22 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La ficción de uno mismo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Qué opinás de mi opinión]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/opinas-opinion_129_11506829.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e42dd96e-8f42-4c57-83db-f5c9d348a26e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Qué opinás de mi opinión"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cuando dicen que es importante que los artistas opinen, yo trato de recordar cuál fue la última opinión de un artista que cambió mi vida o mi pensamiento sobre algo. ¿Es realmente importante lo que tenemos para decir?

</p></div><p class="article-text">
        Me acuerdo de que, a principios del a&ntilde;o 2020, cuando de repente ten&iacute;amos que estar encerrados en nuestras casas y nadie sab&iacute;a qu&eacute; pasaba y no hab&iacute;a m&aacute;s colegio para nuestros hijos, ni proyectos laborales en pie, ni visitas a familiares ni certeza de nada, yo recib&iacute;a mensajes con pedidos de entrevista. Cuando preguntaba para hablar sobre qu&eacute;, me dec&iacute;an &ldquo;para que nos des tu opini&oacute;n sobre lo que est&aacute; pasando&rdquo;.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las redes sociales eran como un submarino que sal&iacute;a a flote para ver c&oacute;mo estaba el mundo, para hablarnos de vidrio a vidrio y sentirnos m&aacute;s acompa&ntilde;ados. Empezaron los &ldquo;zoom&rdquo;, los &ldquo;meet&rdquo;, los vivos de Instagram. &iquest;Y qu&eacute; opinas de la pandemia? &iquest;Y qu&eacute; va a pasar con la cultura? &iquest;Y con la econom&iacute;a del pa&iacute;s?
    </p><p class="article-text">
        Dentro de esos mensajes que me mandaban hubo uno, muy insistente, que me invitaba a un ciclo que organizaban. Me escribieron a trav&eacute;s de mi representante, a trav&eacute;s del productor del ciclo de radio en el que participaba y a trav&eacute;s de una amiga. Nunca respond&iacute;.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero el d&iacute;a 27 de marzo a las 21:34 del a&ntilde;o 2020 me lleg&oacute; un mensaje (s&iacute;, lo tengo guardado) de alguien que no ten&iacute;a registrado en mi tel&eacute;fono. Primero me saludaba, despu&eacute;s se presentaba con nombre y apellido agregando que era periodista y escritor y me dec&iacute;a que junto a un colega hab&iacute;an armado un espacio en Instagram donde la gente (artistas en su mayor&iacute;a) le&iacute;an y opinaban de lo que viv&iacute;amos por esos d&iacute;as. Dec&iacute;a que ya hab&iacute;an tenido dos fechas y que ese domingo que segu&iacute;a, iban a tener una tercera.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dec&iacute;a, adem&aacute;s, que mi comportamiento (el hecho de no contestar) lo asombraba mucho. Su proyecto, segu&iacute;a diciendo en el mensaje, no ten&iacute;a otro objetivo que dar espacio a los artistas para que brindaran su opini&oacute;n, pero que evidentemente &ldquo;no todos ten&iacute;amos los mismos valores&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando termin&eacute; de leerlo, no sab&iacute;a qu&eacute; pensar. Yo estaba en el medio del living, con el mismo jogging de hac&iacute;a d&iacute;as, las medias percudidas y flojas, una musculosa descolorida y el pelo medio sucio ya que daba igual ba&ntilde;arse o no. Eran d&iacute;as que todos los diarios sacaban una misma tapa diciendo &ldquo;al virus lo frenamos entre todos&rdquo;, donde los l&iacute;deres pol&iacute;ticos se reun&iacute;an en una misma foto para mostrarle al pueblo que eso marcar&iacute;a un antes y un despu&eacute;s en la vida de todos. Hab&iacute;a frases que se repet&iacute;an todo el tiempo en los medios de comunicaci&oacute;n como &ldquo;de esto salimos mejores&rdquo;, &ldquo;todos por la misma causa&rdquo;, pasaban im&aacute;genes bell&iacute;simas de los animales volviendo a las ciudades y nos d&aacute;bamos cuenta del mal que hab&iacute;a hecho la huella humana en la naturaleza. Eran d&iacute;as donde todos, al menos por un instante, pens&aacute;bamos y reflexion&aacute;bamos acerca de nuestros prop&oacute;sitos y hac&iacute;amos un balance de nuestras vidas.
    </p><p class="article-text">
        Y yo, parado en el medio del living, releyendo el mensaje de este periodista y escritor sintiendo culpa por no tener una opini&oacute;n que dar. &iquest;Por qu&eacute; es tan dif&iacute;cil decir &ldquo;no s&eacute;&rdquo; cuando nos piden la opini&oacute;n de algo que no sabemos? &iquest;O vivimos en un momento donde debemos tener una opini&oacute;n formada sobre todo?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como escribi&oacute; Mariana Enr&iacute;quez en el texto &ldquo;La ansiedad&rdquo;: &ldquo;Me siento como si acabara de tener un accidente de auto. Veo c&oacute;mo sale humo del motor, huelo a quemado, no s&eacute; si habr&aacute; explosi&oacute;n o no, el cuerpo no me duele porque el golpe es muy reciente y, desde el otro lado de la ventanilla, veinte personas me preguntan &rdquo;&iquest;Vas a comprar un auto nuevo? &iquest;Cre&eacute;s que &eacute;ste se puede arreglar? &iquest;Podr&aacute;s vivir tu vida normal si tienen que amputarte una pierna? &iquest;Sobrevivieron los del auto que impactaste? &iquest;Si quedaron con secuelas los ayudar&aacute;s econ&oacute;micamente? &iquest;Pagar&aacute;s el entierro si murieron? Tu hijo, que estaba en el asiento de al lado, &iquest;llevaba cintur&oacute;n de seguridad?&ldquo;
    </p><p class="article-text">
        Cuando dicen que es importante que los artistas opinen, yo trato de hacer memoria y recordar cu&aacute;l fue la &uacute;ltima opini&oacute;n de un artista que haya cambiado mi vida o mi pensamiento sobre algo. &iquest;Es realmente importante lo que opinamos? &iquest;O es mero egocentrismo? &iquest;Qu&eacute; buscamos en realidad? &iquest;Cambiar el pensamiento del otro para que piense como uno?
    </p><p class="article-text">
        Hace unos meses me hab&iacute;an invitado a una charla en la Feria del Libro. Me dijeron que era para hablar de &ldquo;cine y literatura&rdquo;, una conversaci&oacute;n de artistas sobre la fusi&oacute;n entre las dos actividades. No fui porque ten&iacute;a otros compromisos, pero unas semanas despu&eacute;s me encontr&eacute; con una persona que s&iacute; hab&iacute;a asistido y me cont&oacute; que se hab&iacute;a sentido enga&ntilde;ada. La cito textual: &ldquo;Esas charlas son medio como una trampa, porque te convocan con una premisa y resulta que despu&eacute;s termina siendo otra, intentan alinearte pol&iacute;ticamente con un partido o pensamiento y yo quiz&aacute;s no tengo ganas en ese momento de eso y te sent&iacute;s en la obligaci&oacute;n de tener que opinar s&iacute; o s&iacute;. Adem&aacute;s, en un momento las opiniones son tan parecidas, se dice lo mismo con palabras diferentes, que por momentos parece una competencia para ver cu&aacute;l es la opini&oacute;n m&aacute;s bella.&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como el paseador que viene a buscar a mi perro y que cada vez que lo saco para entreg&aacute;rselo y le cuento algo casi al pasar, &eacute;l me dice lo que tengo que hacer si tengo invasi&oacute;n de hormigas en mi casa, si mi hija tiene tos seca, si tengo que comprar un regalo. Veo en su cara el gesto placentero cuando asiento con la cabeza como si tomara nota de cada una de sus palabras. Admiro a esa gente de opini&oacute;n r&aacute;pida.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tenemos el pasaporte directo para opinar de f&uacute;tbol, de pol&iacute;tica, de cuerpos ajenos, disidencias, dietas y salud mental. Somos jugadores profesionales, pol&iacute;ticos que saben lo que hay que hacer para sacar el pa&iacute;s adelante, psic&oacute;logos y periodistas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Opinar es lo mismo que pensar?
    </p><p class="article-text">
        Hay una frase de Borges que dice: &ldquo;Quiz&aacute; haya enemigos de mis opiniones, pero yo mismo, si espero un rato, puedo ser tambi&eacute;n enemigo de mis opiniones.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        <em>GH/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Gonzalo Heredia]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/opinas-opinion_129_11506829.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 08 Jul 2024 09:30:40 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Qué opinás de mi opinión]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ser tu propia enfermedad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/propia-enfermedad_129_11435693.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/40c52ee6-7391-45e0-bcce-cd3ebddc0344_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ser tu propia enfermedad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Qué sos capaz de hacer con tu cuerpo, con tu persona, con tu vida para ser el centro de atención?</p></div><p class="article-text">
        Una pareja heterosexual, lindos, j&oacute;venes, ella empleada en un caf&eacute;, &eacute;l artista (m&aacute;s tarde veremos que roba sillones y los exhibe en muestras de arte), almuerza en un restaurant. En un momento se ponen de acuerdo y simulan que es el cumplea&ntilde;os de ella. Piden el mejor vino, le traen una torta y el restaurant entero le canta el cumplea&ntilde;os. Ella sopla las velitas. &Eacute;l le dice a ella que se levante y simule que recibe una llamada por tel&eacute;fono. Ella lo hace y sale a la calle. Minutos despu&eacute;s se lo ve al novio salir corriendo del restaurant con la botella cara de vino en la mano, escap&aacute;ndose del mozo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; empieza la pel&iacute;cula. Lo que uno podr&iacute;a pensar que es una simp&aacute;tica pareja de estafadores.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Escena siguiente, ella trabajando en el caf&eacute;. Fuera, la gente que pasa. Una se&ntilde;ora, un se&ntilde;or con su perro. Ella sirve caf&eacute;. Es la t&iacute;pica empleada so&ntilde;adora disconforme con su trabajo que imagina cosas, que fantasea con no estar ah&iacute;, que fantasea con que hay algo mejor esperando por ella en alg&uacute;n lado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Fuera se escucha un grito seguido de ladridos de un perro. Uno entiende que hubo un accidente y de repente, una se&ntilde;ora entra al caf&eacute; con una herida en el cuello (supuestamente la mordida del perro) de la que brama sangre. La se&ntilde;ora cae al suelo y la &uacute;nica que se acerca es la chica empleada. <strong>La gente mira, filma, se tapa la boca a cierta distancia. A la chica se le mancha su camisa blanca con la sangre de la se&ntilde;ora. Queda empapada con su sangre. Corte.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        La chica empleada, todav&iacute;a shockeada con su camisa empapada con sangre, le cuenta lo sucedido a un polic&iacute;a que le toma testimonio. Ella dice que lo que m&aacute;s la shocke&oacute; de todo fue que nadie, que ninguna persona se acerc&oacute; a ayudarla.
    </p><p class="article-text">
        Y es ah&iacute; que algo nos llama la atenci&oacute;n. Porque simult&aacute;neamente vemos la situaci&oacute;n real de lo que pas&oacute; y es que cuando la gente intentaba acercarse, la chica empleada los alejaba diciendo &ldquo;no la toquen, no la toquen&rdquo;. Entonces uno se pregunta &iquest;por qu&eacute; cambia el relato? &iquest;Con qu&eacute; sentido?
    </p><p class="article-text">
        El polic&iacute;a la felicita, la considera una hero&iacute;na, ella se alegra por el reconocimiento.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Vuelve a su casa y mientras camina por la calle exhibiendo su camisa manchada con sangre, la gente la mira, le frena, le pregunta si est&aacute; bien y ella a todos les contesta que s&iacute;, que gracias y es ah&iacute; que empezamos a ver la realidad del personaje. <strong>Siente placer por ser el centro de atenci&oacute;n. Estamos ante una adicta de la aprobaci&oacute;n.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Llega a la casa, el novio primero est&aacute; ocupado pensando su pr&oacute;xima muestra y no la ve, pero ella se encarga de que s&iacute; lo haga. Cuando ve su estado le pregunta si est&aacute; bien, qu&eacute; le pas&oacute;. Ante las constantes preguntas, ella relata los hechos a medias y en esa reconstrucci&oacute;n que hace, siempre es la v&iacute;ctima. Que podr&iacute;a estar lastimada, pero quiz&aacute;s no, pero quiz&aacute;s s&iacute;, que no me atacaron, pero que podr&iacute;an haberlo hecho, etc. Relata el hecho en las reuniones con sus amigos, en las fiestas y cada vez que tiene oportunidad, ante la ya aburrida mirada de su novio que desestima: &ldquo;bueno, pero pasaron dos meses ya&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Ella piensa constantemente c&oacute;mo llamar la atenci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Y ah&iacute; empezamos a ver c&oacute;mo es en verdad la relaci&oacute;n entre ellos. Compiten por hablar de s&iacute; mismos. En el post festejo de la exposici&oacute;n de &eacute;l, ella simula ser al&eacute;rgica a las nueces, s&oacute;lo para robarle el protagonismo del discurso que no lo deja terminar de dar.
    </p><p class="article-text">
        El punto de no retorno es cuando ella lee en Internet sobre unas pastillas (m&aacute;s fuertes que el xanax) que est&aacute;n produciendo una especie de reacci&oacute;n al&eacute;rgica en la piel a todo aquel que la toma y tiene la maravillosa idea de ingerirlas para tener algo real con lo que la gente pueda compadecerse de ella.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y lo que hasta ese momento parec&iacute;a algo divertido, se torna denso porque uno se pregunta &iquest;hasta d&oacute;nde puede llegar para ser el centro de atenci&oacute;n?
    </p><p class="article-text">
        Paralelamente &eacute;l comienza a dar entrevistas por su muestra de arte (robar sillones de dise&ntilde;o y exponerlos) y empieza a hacerse &ldquo;conocido&rdquo;, algo que ella no soporta. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de ingerir una gran cantidad de dosis (se queda dormida en el trabajo, en la calle), finalmente obtiene sus frutos: le salen los primeros sarpullidos en el cuello y en el brazo, que luce con orgullo primero ante su novio (armando una escena de leer relajada en la cama con el brazo y el cuello rid&iacute;culamente expuestos), y despu&eacute;s ante el mundo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Eso la lleva a estar internada y es ah&iacute; que finalmente logra su cometido. <strong>Todos est&aacute;n pendientes de ella. La chica, en la c&uacute;spide del goce, imagina c&oacute;mo ser&aacute; su funeral colmado de gente que la llora a mares</strong>, imagina c&oacute;mo su historia se viraliza y se hace conocida, c&oacute;mo la invitan a programas para contar su caso. C&oacute;mo se transforma en modelo de un cat&aacute;logo inclusivo. En su imaginario ella siempre es famosa, reconocida, aprobada, mientras sigue llenando su cuerpo de pastillas rusas que le provocan cada vez m&aacute;s alergia en la piel, hasta deformarla por completo. Ahora ya no es s&oacute;lo un sarpullido, ahora su cuerpo est&aacute; completamente deformado. Es otra. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y pienso en esos (&iquest;falsos?) intentos de suicido que se anuncian en televisi&oacute;n o en esos accidentes en los que mueren <em>influencers</em> y <em>youtubers</em> en el momento en que filman un video para generar ese dulce contenido que atraer&aacute; miles y miles de <em>likes</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Acaso las redes nos est&aacute;n enfermando sin darnos cuenta? &iquest;Cu&aacute;ntas peque&ntilde;as enfermedades nos provocamos cotidianamente a nosotros mismos?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; sos capaz de hacer con tu cuerpo, con tu persona, con tu vida para ser el centro de atenci&oacute;n, para que hablen de vos y buscar la aprobaci&oacute;n?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero tranquilos que, as&iacute; como las redes te quitan tambi&eacute;n te dan y es totalmente entendible que se viralicen videos de gente d&aacute;ndose golpecitos en el cuerpo mientras repiten como un mantra &ldquo;yo me quiero&rdquo;, &ldquo;yo consigo lo que quiero&rdquo; &ldquo;yo me gusto&rdquo;, &ldquo;yo me apruebo&rdquo;. Gur&uacute;es del bienestar y la salud que encuentran esa rendija en nosotros por la que colarse y acariciarnos el alma.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;En qu&eacute; momento dejamos de querernos?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Y como dice la protagonista de la pel&iacute;cula en el grupo al que acude, mientras est&aacute; acostada haciendo un ejercicio mirando el cielo: &ldquo;me encanta la vida, me encanta la vida&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y yo me pregunto: &iquest;S&iacute;? &iquest;Nos encanta la vida?
    </p><p class="article-text">
        <em>La pel&iacute;cula se llama &ldquo;Enferma de m&iacute;&rdquo; de Kristoffer Borgli, es una coproducci&oacute;n de Noruega y Suecia y se estren&oacute; en el a&ntilde;o 2022.</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>GH/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Gonzalo Heredia]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/propia-enfermedad_129_11435693.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 10 Jun 2024 09:22:06 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ser tu propia enfermedad]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Opinión]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Dionisio del tercer mundo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dionisio-tercer-mundo_129_11361365.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2021bbf1-49bd-49c5-8c8a-413dffdb77a9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Dionisio del tercer mundo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Construir una carrera artística en base al deseo y, con el tiempo, intentar correrse del lugar de deseado es posible? 
</p></div><p class="article-text">
        Hace unos meses, en un programa de televisi&oacute;n emitido en Paraguay, invitaron a un actor argentino para promocionar su obra de teatro. Y en el momento que lo presentan en el estudio (despu&eacute;s de gritos y alaridos que se escuchan fuera de c&aacute;mara) a una de las conductoras se le ocurre, en forma de chiste, preguntarle si lo puede tocar. Entonces la conductora, sin esperar respuesta del actor y hablando a c&aacute;mara (habl&aacute;ndole a la famosa &ldquo;se&ntilde;ora que nos ve desde su casa&rdquo;), afirma que el actor es real, de carne y hueso, y <strong>con la punta de sus dedos le toca los m&uacute;sculos del brazo. </strong>Risas, risas, risas, hasta que por lo bajo se escucha el comentario que hace el actor, tambi&eacute;n en forma de chiste (imagino) que dice, palabras m&aacute;s, palabras menos, que si la situaci&oacute;n fuera al rev&eacute;s, a &eacute;l lo meter&iacute;an preso.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La escena de este programa r&aacute;pidamente se viraliza y no tardan en llegar comentarios a favor y en contra. Se habla de cosificaci&oacute;n, de sexismo, de feminismo al rev&eacute;s (&iquest;?), de igualdad y dem&aacute;s etc&eacute;teras. Y como flotando en el aire queda la <strong>pregunta de si es posible que las mujeres cosifiquen a los hombres.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Hace unos a&ntilde;os escrib&iacute; una novela (la primera) que se llama &ldquo;Construcci&oacute;n de la mentira&rdquo; y cuenta la vida de un actor que intenta sostener la popularidad que alguna vez tuvo (o que por lo menos &eacute;l cree que tuvo), pero que sobre todo intenta distinguir lo que es real y lo que es ficci&oacute;n en su vida. En uno de esos cap&iacute;tulos a este actor lo llevan a hacer una especie de gira, lo que se llama &ldquo;presencias&rdquo; en boliches por el interior del pa&iacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Tres polic&iacute;as me escoltan. Me dicen que me ponga la capucha. Forman un c&iacute;rculo a mi alrededor, agacho la cabeza, apoyo las manos en la espalda de boxeador de uno y entramos. Avanzo mirando el suelo. Zapatillas manchadas, vasos transparentes de pl&aacute;stico, bombillas negras, revolvedores verdes y rojos, agua negra de las pisadas como huellas dactilares de las zapatillas. Escucho gritos: Cuidado, correte, sal&iacute;, salgan, despacio, c&oacute;rranse para all&aacute;, salgan, dale, dale. Me rozan, me sacuden. Me agarran el culo. Escucho que una pendeja dice: Agarrale la pija, que se re deja, boluda. Me tironean la campera. Escondo la cara lo mejor que puedo. Uno de los canas me dice que tenga cuidado con el escal&oacute;n. Tanteo con el pie, subo a una tarima y me saco la capucha. El payaso que sale de la caja sorpresa sonriendo. El buf&oacute;n. El seguidor de luz que tengo enfrente me encandila y no distingo nada. Una mano me da un micr&oacute;fono.<strong> Imposto la voz y saludo. Hola. Las minas gritan hist&eacute;ricas.</strong> Me siento un Beatle. El DJ pone la cortina musical de la telenovela. La gente se agolpa sobre los tres polic&iacute;as. Las minas, todas a la vez, desafinan desquiciadas la canci&oacute;n con los celulares en las manos. Algunas me miran, otras filman. No veo tipos. Deben estar en el fondo masticando odio. Siento que algo duro me golpea en la cabeza. Nadie se da cuenta. Un cubito gira en el piso al lado de mi zapatilla. Las minas ondean los brazos y se mueven al comp&aacute;s de la m&uacute;sica.&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Todos me apuntan contra el pared&oacute;n. Me sacan fotos. Pasa un grupo de personas, <strong>me besan, me dejan todo baboseado. Es un asco pero no me puedo limpiar. Son las recomendaciones que me hacen</strong>. Eso a la gente no le gusta, la masa se enfurece y me pueden linchar en cuesti&oacute;n de segundos. La gente enojada puede ser muy hija de puta. Lo que amaban con pasi&oacute;n hac&iacute;a un rato lo pueden llegar a odiar con la misma intensidad. Las espaldas y mejillas est&aacute;n calientes y transpiradas. Entran y salen, y yo solo levanto y bajo los brazos como un mu&ntilde;eco inflable de gomer&iacute;a. Aparece alguien y me da un pa&ntilde;uelo blanco doblado, me se&ntilde;ala el cachete. Me escondo detr&aacute;s de &eacute;l para limpiarme. Es rouge rojo.&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Una chica de cara larga y enterito negro gira la cabeza y los pelos se me enganchan en la barbilla. Me los desprendo r&aacute;pido, sin dejar de sonre&iacute;r para la foto que me sacan. Dos fogonazos que me queman la vista y me encandilan como una liebre. Ella me agarra la cara y la estruja entre sus manos. <strong>Me pide que la deje olerme, quiere olerme, solo eso. Me refriega la nariz por el cuello y sale. </strong>La chica de mi derecha intenta sacarse una selfie bes&aacute;ndome en la boca. Me resisto sonriendo y uno de los tipos de seguridad del boliche la agarra de la mu&ntilde;eca y se la tuerce. Grita que la dejen sacarse la foto, al menos. Suplica, pero la arrastran y se la llevan. Ella es la hija del due&ntilde;o, me dicen y me se&ntilde;alan a una gordita de pelo negro ondulado largo, ojos vivaces, nariz chata y dientes desparejos. Le sonr&iacute;o. Se me para adelante d&aacute;ndome la espalda, me agarra los brazos y se los pasa por la pelvis. Posa para la foto. Mir&aacute; para all&aacute;&#769;, me dice y se&ntilde;ala a un pibe que sostiene un celular blanco. Sonre&iacute;, me ordena, pero mostr&aacute; los dientes, dale. Fogonazos. Mira c&oacute;mo qued&oacute; la foto. <strong>Se enoja porque no sonre&iacute;</strong>&#769;. <strong>Dice que en la pr&oacute;xima le d&eacute; un beso en el cachete. Y yo lo hago. Obedezco. Para eso vine, en definitiva</strong>.&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ldquo;</strong>Levanto la mano y escucho gritos. Las lucecitas blancas de los celulares brillan en medio de la marea. Los brazos que se estiran para tocarme son como ra&iacute;ces que aparecen entre las cabezas apretadas. Es una pel&iacute;cula apocal&iacute;ptica: me enredan un tobillo y me absorben poco a poco. La masa se transforma en una mancha voraz que me arranca pedazos del cuerpo. Me esquilan. Me descuartizan. Cada m&uacute;sculo es un suvenir que M&eacute;nades y Bacantes, pose&iacute;das por Dionisio, revolean en medio de una danza desenfrenada y salvaje.&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me acuerdo que previo a presentar la novela, una de las presentadoras que ya la hab&iacute;a le&iacute;do, me coment&oacute; sobre este cap&iacute;tulo y me dijo palabras m&aacute;s, palabras menos, que nunca hab&iacute;a pensado en la cosificaci&oacute;n que pod&iacute;a llegar a sentir un gal&aacute;n. El comentario nos dio risa. <strong>&iquest;Construir una carrera art&iacute;stica en base al deseo y, con el tiempo, intentar correrse del lugar de deseado es posible?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Pienso en ese video de Robbie Williams en el que empieza bailando en un disco giratorio con chicas patinando alrededor de &eacute;l. Quiere llamar la atenci&oacute;n de la DJ de modo que comienza a hacer un striptease sac&aacute;ndose la ropa hasta quedar desnudo. Pero eso no alcanza y se saca la piel como si fuera otra ropa. Se arranca los m&uacute;sculos y se los lanza a estas mujeres que, lejos de amedrentarse, empiezan a devorarlos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>GH/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Gonzalo Heredia]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dionisio-tercer-mundo_129_11361365.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 13 May 2024 09:17:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Dionisio del tercer mundo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mi propio Yannick]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/propio-yannick_129_11289368.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5b9bdd0f-ffbb-4f52-b50e-60078a129c7e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mi propio Yannick"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Mientras actuaba, en plena función de teatro, un hombre se levantó de su butaca y dijo: "No, pero esto no es así…” ¿Está mal que una persona que con esfuerzo compró una entrada se queje porque no le gusta lo que ve? 
</p></div><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Soy empleado de seguridad, hice horas extras para estar hoy ac&aacute;, cambi&eacute; mi turno con un compa&ntilde;ero, viaj&eacute; 45 minutos en tren para llegar, m&aacute;s otros 15 de caminata. Vine para distraerme y estoy m&aacute;s angustiado que cuando llegu&eacute;&rdquo;</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esas son las palabras del protagonista de la pel&iacute;cula Yannick, que justamente se llama como el t&iacute;tulo de la pel&iacute;cula y trata sobre un espectador que asiste a una obra de teatro y, transcurrida una cuarta parte de la funci&oacute;n, se para en medio de la sala y desde su butaca dice lo que alguna vez uno sinti&oacute; o pens&oacute; (claro que s&iacute;), al presenciar un espect&aacute;culo que no le gusta. Un reclamo justo por el entretenimiento prometido al pagar la entrada, pero que nunca nos atrevimos a expresar en nuestro sano juicio. En la pel&iacute;cula comienzan las especulaciones entre los actores para escapar de esa situaci&oacute;n, discusiones entre los escasos espectadores presentes en la sala y el intento de Yannick de reescribir la obra a su antojo. Los roles se invierten y la frontera entre ficci&oacute;n y realidad se distorsiona.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Acaso est&aacute; mal que una persona que con esfuerzo compr&oacute; una entrada de teatro y viaj&oacute; m&aacute;s de una hora para llegar, se queje porque no le gusta lo que ve? &iquest;Est&aacute; mal rebelarse ante la sensaci&oacute;n de estafa? &iquest;Qu&eacute; buscamos cuando vamos al teatro, vemos una pel&iacute;cula o leemos un libro? &iquest;El arte tiene la obligaci&oacute;n de rescatarnos, moment&aacute;neamente de nuestra angustia existencial? &iquest;Cu&aacute;les son los derechos y deberes que tenemos como creadores y como espectadores?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hace unos a&ntilde;os protagonic&eacute; por primera vez una novela en televisi&oacute;n a la que le fue mal en materia de rating. Lo que se dice, un fracaso. El tema es que estuve deprimido. Lo &uacute;nico que hac&iacute;a era leer (me acuerdo que una de esas lecturas fue El Extranjero de Camus) y mirar el movimiento de la calle a trav&eacute;s de la ventana de mi casa. En ese raid se me ocurri&oacute; hacer una obra de teatro, actuarla y producirla en uno de esos teatro del circuito off para demostrarme (para demostrarle al mundo en realidad) de que era un buen actor.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Le&iacute; la bibliograf&iacute;a entera de Harold Pinter y me detuve, ahora que lo pienso con justa raz&oacute;n, en la obra El Montaplatos. Para quien no sepa de qu&eacute; se trata, ser&eacute; breve: dos asesinos a sueldo encerrados en una habitaci&oacute;n esperan instrucciones para cometer su pr&oacute;ximo trabajo, su pr&oacute;ximo crimen. Nadie se comunica con ellos y s&oacute;lo lo hacen a trav&eacute;s de ese montaplatos en el que, a medida que pasa el tiempo, los mensajes que llegan de arriba (del que nada se sabe, pero se presume que est&aacute; la gente que toma decisiones), son m&aacute;s encriptados, disparatados e inentendibles. Durante los primeros cinco o diez minutos de la obra, no hay texto. S&oacute;lo son acciones f&iacute;sicas de los personajes. El m&aacute;s joven es ansioso. Se levanta de la cama, limpia su arma, hace ruidos molestos para llamar la atenci&oacute;n de su compa&ntilde;ero m&aacute;s viejo, que lo &uacute;nico que hace es leer el diario sentado en su cama.
    </p><p class="article-text">
        En una de las primera funciones, apenas transcurridos unos minutos de la obra, mi personaje hac&iacute;a esa coreograf&iacute;a de acciones ensayadas y en un momento se escuch&oacute; entre el p&uacute;blico (una sala de no m&aacute;s de 60 butacas) la voz de un hombre que dijo &ldquo;No, pero esto no es as&iacute;&hellip;&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El comentario fue claro y conciso. La primera reacci&oacute;n, como nos ense&ntilde;an en toda escuela de teatro, es que el show debe continuar, as&iacute; que hice de cuenta que nadie hab&iacute;a dicho nada (como todos en la sala) y segu&iacute; con el circuito de acciones intentando construir complicidad con el p&uacute;blico, pero sobre todo, intentando arrancar carcajadas en la platea. Pero esta voz masculina, lejos de amedrentarse, volvi&oacute; a imponerse, esta vez dirigida no a mi personaje sino a m&iacute; persona. Pronunci&oacute; mi nombre y dijo: &ldquo;Yo te v&iacute; hacer algunos trabajos, no lo haces mal, pero Pinter no es esto, no se hace as&iacute;&rdquo;. &iquest;Qu&eacute; buscaba?&iquest;llamar la atenci&oacute;n?&iquest;dar una clase sobre Pinter? &iquest;molestar?
    </p><p class="article-text">
        Mi compa&ntilde;ero y yo segu&iacute;amos dentro de nuestros personajes, dentro de la escena que ya no transcurr&iacute;a en silencio, y empez&oacute; a darse vuelta la acci&oacute;n porque lo interesante, lo atractivo, empez&oacute; a pasar en la platea. Otra voz, esta vez femenina sali&oacute; al cruce y empez&oacute; a discutir con el hombre. &ldquo;Bueno, andate si no te gusta&rdquo;. Y la respuesta: &ldquo;&iquest;Por qu&eacute;? No me quiero ir, s&oacute;lo estoy diciendo que no es as&iacute; la obra.&rdquo; Y una nueva voz: &ldquo;Pero hay gente que s&iacute; la quiere ver y est&aacute;s molestando&rdquo;. A todo esto, nosotros segu&iacute;amos &ldquo;en escena&rdquo; (uso comillas porque la escena ya no era sobre el escenario), siendo testigos de esta peque&ntilde;a obra de teatro dentro de nuestra obra. Me acuerdo que en ese momento yo pensaba: &ldquo;&iquest;Por qu&eacute; est&aacute; pasando esto?, &iquest;Por qu&eacute; me pasa a m&iacute;?&rdquo;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En un momento me par&eacute; en medio del escenario, me hice visera con las manos (ten&iacute;a los tachos de luz encandil&aacute;ndome) y le pregunt&eacute; al hombre c&oacute;mo se llamaba. La cuarta pared se rompi&oacute; por completo. El chico, al que llamar&eacute; &ldquo;mi Yannick&rdquo; ten&iacute;a poco m&aacute;s de treinta a&ntilde;os, estaba vestido con jean, buzo y campera con capucha y estaba sentado en la zona media de las butacas, con la piernas bien abiertas ocupando el mayor espacio posible. Su actitud era relajada, desafiante y aplomada como la de un director seguro que sabe lo que quiere. Le pregunt&eacute; qui&eacute;n era y mi Yannick me dijo que eso no era importante, lo importante era que nosotros est&aacute;bamos haciendo las cosas mal y que &eacute;l necesitaba decirlo por respeto al p&uacute;blico y porque cre&iacute;a que lo mejor era volver a empezar la funci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Le dije que lo entend&iacute;a (mentira) y le pregunt&eacute; si hab&iacute;a pagada la entrada, mi Yannick me dijo que s&iacute;, entonces lo invit&eacute; amablemente a que se retirara. &Eacute;l dijo que no se quer&iacute;a ir, pero que si alguien lo sacaba, no ten&iacute;a ning&uacute;n problema. Entonces sal&iacute; del escenario, me met&iacute; en la platea, lo agarr&eacute; de la campera y me lo llev&eacute; mientras mi compa&ntilde;ero segu&iacute;a en el escenario, en la cama, leyendo el diario y el p&uacute;blico mudo miraba atento lo que pasaba. De hecho m&aacute;s tarde un amigo me dijo: &ldquo;Yo no sab&iacute;a qu&eacute; hacer, me qued&eacute; helado. Si la obra era as&iacute;, estaba buen&iacute;sima&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Volviendo a la pel&iacute;cula, una de las cosas que m&aacute;s gracia me caus&oacute; fue que uno de los actores, el protagonista, no soporta perder el protagonismo y hace cosas para recuperar el lugar perdido y justamente eso lo convierte en un ser pat&eacute;tico y rid&iacute;culo, hasta que en un momento es el mismo Yannick el que pide un aplauso para este actor y por primera vez vemos verdad en &eacute;l: lo &uacute;nico que buscaba era eso, el reconocimiento.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La pel&iacute;cula indaga en los egos y vanidades no s&oacute;lo de los artistas que supuestamente se distancian del p&uacute;blico, sino que funciona como un chiste agridulce sobre los consumos culturales. Y vuelvo a Yannick. Ese chico que finalmente termina escribiendo su obra de teatro para que act&uacute;en los actores y termina arriba del escenario dirigiendo su propia puesta. Y me quedo con su cara, su rostro obnubilado de boca entre abierta, fascinado ante la escena que transcurre frente a sus ojos ilusionados y brillosos, me quedo con el placer que siente al escuchar en boca de esos actores, sus propias palabras, ri&eacute;ndose, gozando del aplauso del p&uacute;blico del que ahora forma parte porque en el fondo &eacute;l, los actores de su escena, el p&uacute;blico, mi propio Yannick y yo, todos, todos queremos lo mismo, que nos quieran un poco. Porque quiz&aacute;s haya m&aacute;s amor por el arte en aquel que lo cuestiona que en aquel que se r&iacute;e de las gracias.
    </p><p class="article-text">
        <em>GH/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Gonzalo Heredia]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/propio-yannick_129_11289368.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 15 Apr 2024 09:29:34 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Mi propio Yannick]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Teatro,Cultura,Arte]]></media:keywords>
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