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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Margarita García Robayo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/margarita-garcia-robayo/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Margarita García Robayo]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[¿Flotamos?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/flotamos_129_12071720.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f068759f-2fcd-48f6-b289-91de9b124ca4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Flotamos?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Llega un punto en que los recuerdos van y vienen sin que hieran, uno los va moldeando para adaptarse a lo que necesita demostrar.</p></div><p class="article-text">
        <strong>Clima: </strong>35 grados.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Geograf&iacute;a:</strong> Lujan, provincia de Buenos Aires.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Emoci&oacute;n original: </strong>Estado de contemplaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Factores de estr&eacute;s: </strong>Ese juego de sumergirse.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Factores de calma:</strong> Ellos (mejor en la superficie).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Emoci&oacute;n final: </strong>Estado de gratificaci&oacute;n.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Paso la tarde con mis hijos en la piscina. Flotamos, charlamos. Me gustan las conversaciones que se dan cuando se mira algo impreciso. Como el cielo, ahora mismo, sus cambios de color. Como la avenida que atravesamos cuando los llevo al colegio a las ma&ntilde;anas. Me preguntan por qu&eacute; hay una hermana con quien no hablo. Les digo que no somos cercanas. Me parece bien explicarles que no por ser pariente uno tiene que ser cercano. A veces es justo al rev&eacute;s. Est&aacute;n lo bastante grandes como para incorporar mi explicaci&oacute;n a su psiquis, pero no tanto como para confrontarla de inmediato. Algo les queda rumiando en la cabeza y, al rato, vuelven sobre el tema.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        No es la primera vez que hablamos de esto. Les resulta extra&ntilde;o, por suerte, que haya hermanos distanciados. Yo intento trasmitirles que la cercan&iacute;a no es un accidente, es algo que se trabaja y que se elige. La distancia tambi&eacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando yo era chica no se hab&iacute;an inventado las conversaciones. Hab&iacute;a que llenar los baches. Los adultos estaban ocupados siendo adultos, los ni&ntilde;os hac&iacute;an preguntas que nadie contestaba. El bache se llenaba con fantas&iacute;as. Las fantas&iacute;as fermentan mal.
    </p><p class="article-text">
        La menor quiere saber si la distancia entre parientes es algo que ocurre cuando uno crece. Me quedo pensando. Supongo que s&iacute;. Lo pregunta, me explica, porque cada vez que recuerdo cosas de cuando era ni&ntilde;a y se las cuento, estamos todos los hermanos. Es verdad, en el recuerdo narrado suele estar el elenco completo. No edito a nadie. Eso significa que, por muy lejos que uno est&eacute; en el presente de alguien, hubo un tiempo en el que estuvo cerca.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ah&iacute; est&aacute; la piedra. Me destruye la idea de que la cercan&iacute;a que mis hijos ostentan hoy (entre ellos dos, y conmigo), eso que me infla el pecho cuando lo veo suceder tan org&aacute;nicamente, pueda cambiar en el futuro. Enseguida me digo que no, tambi&eacute;n se los digo a ellos. Lo que nosotros tenemos es distinto. &iquest;Distinto a qu&eacute;?, dice el mayor. A todo, contesto. Es &uacute;nico. Nada m&aacute;s vulgar que creerse &uacute;nico, me digo. Pero si esa sensaci&oacute;n es genuina, si esa ilusi&oacute;n es tambi&eacute;n una convicci&oacute;n, si se est&aacute; a gusto en la vulgaridad, me vuelvo a decir, &iquest;cu&aacute;l es el problema en revolcarse en ella?
    </p><p class="article-text">
        Los veo hundirse. Cuento hasta diez. Sacan la cabeza y les digo: odio ese juego. Se hunden de vuelta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo escenas de mi propia infancia. Miles. D&iacute;as que dejaron huella, tan especiales y tan banales como este. Una vez, para mi cumplea&ntilde;os, mi hermana mayor me hizo una torta con sal. No se dio cuenta del error. Te qued&oacute; inmunda, le dijimos. La comimos igual. Pas&aacute;bamos horas jugando, deambulando hasta el anochecer. Los d&iacute;as, las vacaciones, los a&ntilde;os sucesivos, se desplegaban ante nosotros como una expectativa prolongada. Me pregunto de qu&eacute;. Entonces no me lo preguntaba. No necesitaba una respuesta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esa expectativa se alternaba con micro enfrentamientos. Trompadas al aire. Eso tambi&eacute;n era ser hermanos. De ni&ntilde;o, una pelea te arruina el rato, quiz&aacute; el d&iacute;a. De grande, una pelea que parte aguas, te arruina la vida en com&uacute;n. Ah&iacute; es cuando empieza a fabricarse la distancia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Algo m&aacute;s fabulado les he explicado a mis hijos. Lo bueno de conversar con ni&ntilde;os es que no hacen falta grandes explicaciones. No est&aacute;n buscando que los convenzas. Escuchan, y hacen con la informaci&oacute;n recibida algo que todav&iacute;a no est&aacute; a la vista. Para un adulto, en cambio, estas son charlas cuyo sentido melanc&oacute;lico se instala ya antes de que se den.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tengo una amiga que odia a su madre, por ejemplo. Porque la ama demasiado, claro. Nuestras charlas arrancan con ella diciendo: &ldquo;&iquest;No sabes la que me hizo ahora?&rdquo;. Yo la detengo: espera, busquemos las copas, acomodemos la luz, pong&aacute;monos c&oacute;modas. Seteamos la melancol&iacute;a. As&iacute; es como brotan las frases profundas sobre temas obvios, y (sobre todo) las frases obvias sobre temas profundos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con mis hijos nada es melanc&oacute;lico. Es curioso eso. O no. Me gusta m&aacute;s mi presente que mi pasado. Si uno viene de abajo, dicen, solo puede subir. Llega un punto en que los recuerdos van y vienen sin que hieran, uno los va moldeando para adaptarse a lo que necesita demostrar.
    </p><p class="article-text">
        Sus cabezas salen a la superficie. Les pregunto si tienen fr&iacute;o. S&iacute;. &iquest;Hambre? Tambi&eacute;n. &iquest;Salimos? No. &iquest;Flotamos? Okey.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>MGR/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Margarita García Robayo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/flotamos_129_12071720.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 22 Feb 2025 03:02:17 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Conejos encerrados, caballos desbocados]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/conejos-encerrados-caballos-desbocados_129_12052953.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/20570352-0c8d-4edc-9a88-24e0b9d697ef_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Conejos encerrados, caballos desbocados"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los personajes de Virgin River no manifiesta mucha culpa por nada y consiguen rehacer sus vidas varias veces en un mismo capítulo. Cada vez, sin embargo, incluso en estos personajes de cartón, se va instalando la idea de que no existe destino sin tragedia, ni felicidad sin falla.</p></div><p class="article-text">
        <strong>Clima: </strong>24 grados en el aire acondicionado.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Geograf&iacute;a: </strong>Carolina del Norte, dice la laptop.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Emoci&oacute;n original:</strong> ansiedad.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Factores de estr&eacute;s: </strong>la humanidad.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Factores de calma:</strong> marat&oacute;n de Virgin River.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Emoci&oacute;n final:</strong> esperanza.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;De vuelta en tu madriguera? Me escribe un amigo al que no veo hace meses. Tiene la teor&iacute;a de que, cuando vengo ac&aacute;, me escondo. Como los conejos. Todo el mundo se esconde, le digo. Para nada, dice &eacute;l. &iquest;Est&aacute; mal?, le pregunto. Es una inclinaci&oacute;n, no est&aacute; ni bien ni mal. Es como una alergia, retruca: no hay cura, solo control del s&iacute;ntoma.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; se esconden los conejos?, le pregunto. Por miedo, aclara: bah, miedo le llamamos nosotros, vaya a saber qu&eacute; siente un conejo cuando huye. Vaya a saber qu&eacute; siente un conejo, a secas. Gatos y perros tambi&eacute;n se esconden, le digo. No es un dato tan obvio como yo pensaba cuando lo escuch&eacute; por primera vez: no todos los animales usan ese mecanismo. Los caballos corren, por ejemplo. No saben a d&oacute;nde. Corren veloces de cara al horizonte, hasta que una nube de polvo se los traga.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Tanto?, dice &eacute;l.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Decido contarle algo que no creo haberle dicho antes. Cuando me escondo, me intoxico. &iquest;Con qu&eacute;? Consumos que, en circunstancias normales, no elegir&iacute;a. Se llama ser careta, dice &eacute;l. Se llama <em>Restorative Secret Behavior</em>, RSB, seg&uacute;n alg&uacute;n <em>paper </em>gringo. Funciona como una suerte de rescate an&iacute;mico.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Cu&aacute;l es tu RSB?, me pregunta. Los melodramas americanos. No lo ve&iacute;a venir, se r&iacute;e. Debe ser el saldo entre los culebrones que ve&iacute;a mi mam&aacute;, y que yo espiaba desde muy ni&ntilde;a, y esa otra inclinaci&oacute;n que nos posee a los caribe&ntilde;os: los consumos yankis. Ahora les llaman, como a casi todo, series, pero supongo que entran en el g&eacute;nero de las <em>soup operas</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mi preferida es una que Netflix ha titulado Un lugar para so&ntilde;ar, aunque en verdad se llama Virgin River. Sucede en un pueblo paradis&iacute;aco de Carolina del Norte. La miro sola por avara. Quiero seguir la trama sin tener que explic&aacute;rsela a nadie (es inexplicable). Me zambullo en la cama con la laptop en la falda y los auriculares, y mi ansiedad se apacigua en los conflictos que golpean a los personajes. Como la inminente ceguera del Dr. Venon, superada gracias a un tratamiento experimental, resoluci&oacute;n a la que dedican un solo di&aacute;logo y lo aceptamos conmovidos. O el trauma de la brillante abogada Brie: hermana de Jack, violada por su ex, enamorada del incorregible Brady,&nbsp; pero comprometida con el noble Mike. Despu&eacute;s est&aacute;n Jack y Mel, Mel y Jack, nuestros h&eacute;roes. Ellos han superado todo: desde la muerte (aquella vez que balearon a Jack), hasta la p&eacute;rdida de no s&eacute; cu&aacute;ntos bebes. Porque Mel, que es enfermera, partera y puericultora, ha tenido que vivir con la iron&iacute;a cruel de no poder retener hijos en su vientre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El secreto es que jam&aacute;s pasen diez minutos sin que algo muy grave ocurra. Es como si el destino de todo ese pueblo dependiera de una fuerza externa a la que le divierte verlos padecer. Una fuerza de Dios griego. Imagino guionistas en una mesa de trabajo, redonda como el coliseo, titireteando personajes. Imagino que se preguntan &iquest;para qu&eacute; escribimos? Y se contestan: para acusar a la humanidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mi amigo (mucho m&aacute;s sofisticado que yo) no da cr&eacute;dito: no puede ser, dice, &iquest;qu&eacute; es lo que te gusta de todo eso? La impunidad, le contesto. Nadie dura mucho tiempo feliz, ni triste. El estado an&iacute;mico depende del capricho superior. A diferencia de las tragedias griegas, en Virgin River nadie cree en dioses. Pero tampoco se sienten responsables de su suerte. Nadie manifiesta mucha culpa por nada y consiguen rehacer sus vidas varias veces en un mismo cap&iacute;tulo. Cada vez, sin embargo, incluso en estos personajes de cart&oacute;n, se va instalando la idea de que no existe destino sin tragedia, ni felicidad sin falla. Cada cap&iacute;tulo contribuye a reconocer en la vida la certeza del dolor. Los finales de temporada podr&iacute;an ser conejos encerrados o caballos desbocados. Pero con la promesa de un rescate, siempre. Se escribe para acusar a la humanidad. Se escribe tambi&eacute;n para rescatarla. Nada me ense&ntilde;&oacute; tanto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>MGR/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Margarita García Robayo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/conejos-encerrados-caballos-desbocados_129_12052953.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 15 Feb 2025 03:20:14 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Conejos encerrados, caballos desbocados]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cuidar algo vivo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cuidar-vivo_129_12032424.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/652b57dc-f8c4-4084-8f57-c54c1f8a1086_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuidar algo vivo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cuidar, en general, es una tarea que requiere más voluntad que afecto. Debes levantarte, ocuparte del otro, permitir que algo te quite el sueño, no esperar retribución. </p></div><p class="article-text">
        	<strong>Clima</strong>: 33 grados.
    </p><p class="article-text">
        	<strong>Geograf&iacute;a</strong>: Luj&aacute;n, Provincia de Buenos Aires.
    </p><p class="article-text">
        <strong>	Emoci&oacute;n original</strong>: Expectativa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>	Factores de estr&eacute;s</strong>: Cuidar una mascota que no conocemos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>	Factores de calma:</strong> La mascota demuestra una respuesta satisfactoria.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>	Emoci&oacute;n final</strong>: Gratificaci&oacute;n.
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        Los ni&ntilde;os trajeron una misi&oacute;n. Debemos cuidar a un perro en ausencia de su due&ntilde;o. No tenemos perro propio, ya lo he contado ac&aacute;. Nuestra callejera va y viene, nos acostumbr&oacute; a esa hermosa prescindencia. Pero una parte de nuestra vida sigue ocurriendo en el potencial &ldquo;si tuvi&eacute;ramos un perro bla, bla, bla&rdquo;. Es notable el tiempo que empe&ntilde;amos hablando de perros. Mis hijos saben cosas que yo no. Un perro tiene cuarenta y dos dientes y dieciocho m&uacute;sculos en sus orejas, por eso no se pierde ni un sonido. Un perro transpira por la lengua y por las patas, por eso deja huellas los d&iacute;as de calor. Aj&aacute;. Yo despu&eacute;s deslizo esos saberes en conversaciones, con solvencia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El perro invitado se llama Eme. Es mimoso como un ni&ntilde;o mimoso. No le gusta estar solo. Su due&ntilde;o nos dej&oacute; una suerte de manual de instrucciones, tipo Montessori, sobre c&oacute;mo cuidarlo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hace poco le&iacute; una novela cuyo punto de vista es el de un perro. Varios perros. No me convenci&oacute;. Me pareci&oacute; de un antropocentrismo extremo, intentar ver el mundo a trav&eacute;s de sus ojos. Tanto como vestirlos, calzarlos, hacerles peinados inc&oacute;modos. &iquest;No te parece un ejercicio de humildad?, me pregunt&oacute; alguien que ley&oacute; el mismo libro. A m&iacute; me parece un ejercicio de soberbia. No resistirte a no saber lo que &ldquo;piensa&rdquo; o siente un animal. No bastarte con la elocuencia de sus gestos y, por eso, tener que darles un lenguaje humano, para humanos. Fabularlo. O sea, aniquilarlo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los primeros d&iacute;as con Eme hubo tensi&oacute;n. Mis hijos compet&iacute;an por su afecto. Primero se encandil&oacute; con la peque&ntilde;a y el mayor se sinti&oacute; desplazado: la quiere m&aacute;s a ella, me dec&iacute;a. Desconsuelo. Al d&iacute;a siguiente el perro cambi&oacute; de parecer, estaba perdido con el mayor. Lo quiere m&aacute;s a &eacute;l, dec&iacute;a la peque&ntilde;a, &iquest;qu&eacute; le hice? Desconsuelo. Y el mayor se afligi&oacute; de vuelta porque, dijo, era cierto: Eme lo hab&iacute;a elegido y le daba pena con su hermana, porque &eacute;l ya sab&iacute;a lo que se sent&iacute;a el desamor. Esa noche me fui a dormir pregunt&aacute;ndome qui&eacute;n les habr&iacute;a inoculado tanto drama en el l&iacute;quido amni&oacute;tico.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La tensi&oacute;n se disolvi&oacute; r&aacute;pido porque el perro demostr&oacute; que su amor era un puro reflejo. No eleg&iacute;a, respond&iacute;a. Como Cleopatra con sus uvas, Eme se echaba a recibir el afecto que llov&iacute;a sobre &eacute;l, indistintamente.
    </p><p class="article-text">
        No me encanta cuidar perros, pero lo que m&aacute;s disfruto de la tarea es sentir que no tengo m&aacute;s opci&oacute;n que leer lo que pide y responder a su demanda. Se parece mucho a cuidar un beb&eacute;, lo que pide es puntual: comida, compa&ntilde;&iacute;a. La transacci&oacute;n implica que: a) hay alguien que provee, b) hay alguien que recibe y c) una vez la necesidad est&aacute; cubierta, la satisfacci&oacute;n es inmediata. Cuidar, en general, es una tarea que requiere m&aacute;s voluntad que afecto. Debes levantarte, ocuparte del otro, permitir que algo te quite el sue&ntilde;o, no esperar retribuci&oacute;n. Si adem&aacute;s lo quieres, supongo que es ventajoso. Pero no es una condici&oacute;n necesaria y est&aacute; bien saberlo porque el afecto, cuando se fuerza, es una mueca. Una mueca cansa y despu&eacute;s duele.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hay algo de esa responsabilidad impostergable (cuidar algo vivo) que me resulta esencial para sobrellevar la vida, grata o ingrata, como venga. Sospecho que tiene que ver con el tan anhelado &ldquo;Ahora&rdquo;. Ese concepto que la profesora de yoga repite porque ley&oacute; un bestseller y se tatu&oacute; a Buda en la nuca. As&iacute; y todo, es seductor. Cuando cuidas algo vivo eso del Ahora es bastante literal. Nada importa m&aacute;s que el instante en el que esa necesidad debe ser atendida. Si existiera un manual gen&eacute;rico de cuidados me gustar&iacute;a que dijera algo as&iacute;: &iquest;Tiene hambre? Dale de comer. &iquest;Tiene sue&ntilde;o? Ay&uacute;dalo a dormir. &iquest;Est&aacute; inquieto, fastidioso, malhumorado, y no sabes por qu&eacute;? En el 99% de los casos, el ser vivo quiere que le prestes atenci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Eso, si me preguntan, es un ejercicio de humildad.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>MGR/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Margarita García Robayo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cuidar-vivo_129_12032424.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 08 Feb 2025 03:09:22 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Clarividencia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/clarividencia_129_12004828.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ebf755d6-850d-41b4-a80c-f955d7aceeb3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Clarividencia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En los humanos, la emoción tienen un componente cognitivo. Es la peor parte de la emoción. La que te hace detenerte a preguntarte cosas, a forzar respuestas, a demoler el misterio. O el instinto.</p></div><p class="article-text">
        <strong>Clima: </strong>33 grados.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Geograf&iacute;a: </strong>Luj&aacute;n, provincia de Buenos Aires.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Emoci&oacute;n original:</strong> Estupor ante la yegua y la potranca.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Factores de estr&eacute;s: </strong>El griter&iacute;o de los teros.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Factores de calma: </strong>Esa copa de algo a las siete de la tarde.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Emoci&oacute;n final:</strong> Alguna forma de gratitud.
    </p><p class="article-text">
        Naci&oacute; una potranca, les cuento a los ni&ntilde;os por videollamada. Ellos van y vienen. Cada vez que llegan traen un barullo glorioso, un vendaval que me despeina. Festejan a la potranca, me preguntan si tiene nombre. No lo s&eacute;. Es una criatura enclenque y juguetona. Est&aacute; siempre adherida a su madre, como un ap&eacute;ndice. Incluso cuando corren, lo hacen acompasadas.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        La due&ntilde;a de la casa me avisa que vendr&aacute; el veterinario dos veces por d&iacute;a. Lo veo hacer su trabajo de lejos. Parece un hombre delicado, por c&oacute;mo revisa al animal. Imagino que le saldr&iacute;a bien ba&ntilde;ar a un beb&eacute; reci&eacute;n nacido.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tengo una amiga soci&oacute;loga que hizo una tesis sobre el instinto materno. Retoma la idea de Simone de Beauvoir, y de tantas otras pensadoras, acerca de que se trata de una construcci&oacute;n. Es cultural, no natural. No hay medias tintas para las ciencias sociales, el instinto materno es un invento. Punto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No podr&iacute;a contradecirlas. Pero me interesan poco los planteos taxativos. &iquest;Qu&eacute; es la cultura humana? Un zumbido incesante en los o&iacute;dos. Una vez que reconocemos su existencia, &iquest;qui&eacute;n puede silenciarlo? No pudiendo acceder a un estado previo a la cultura que constate o contradiga el instinto materno, &iquest;c&oacute;mo puede darse el tema por cerrado? Me asombra la facilidad con la que aceptamos las cosas.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando la potranca duerme, la yegua hace vigilia, le espanta las moscas con la cola.
    </p><p class="article-text">
        Las miro desde la casa. Me paro en alguna ventana, me siento en la mesa de la galer&iacute;a, me acuesto en una lona en el pasto: ah&iacute; duro poco porque me expulsan los teros. Me paso ratos largos mir&aacute;ndolas. No s&eacute; cu&aacute;ndo empezaron a conmoverme los animales. En verdad, no s&eacute; si me conmueven los animales, m&aacute;s all&aacute; de esta potranca. A los teros, por ejemplo, los odio. Gritan demasiado. Son hostiles. El veterinario me explica que es porque ah&iacute; cerca de donde extiendo mi lona est&aacute; el nido. Gritan para proteger sus huevos.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lo de la yegua no me sale llamarlo instinto materno, me sale m&aacute;s &ldquo;clarividencia&rdquo;. Una virtud atribuible a las personas. La yegua sabe que si deja sola a la potranca, no sobrevivir&aacute;. Se mantiene cerca por el alimento. Le hace marca personal por las dudas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Le pregunto al veterinario hasta cu&aacute;ndo les dura eso. &iquest;Qu&eacute; ser&iacute;a eso? Ese pegoteamiento, esa simbiosis. Mont&oacute;n. En condiciones naturales, el destete se da entre los nueve y los once meses. &iquest;Y, despu&eacute;s? Se mantienen juntas durante un tiempo, a veces hasta que nace el siguiente potro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Le pregunto m&aacute;s cosas, le digo que es para una tarea de mi hijo: &iquest;hay yeguas que abandonan a sus cr&iacute;as? Supone que s&iacute;, pero nunca vio una. &iquest;Podr&iacute;a decirse que la yegua ama a sus cr&iacute;as? El veterinario se r&iacute;e. Es una manera de decirlo, contesta. Y, si las ama, no lo sabe. Le cuento que a la tarde hubo una ventisca y se form&oacute; algo as&iacute; como una tormenta de arena en el potrero. Todos los caballos corrieron para protegerse, menos la yegua que le hizo frente a la polvareda, flanqueando a la potranca. El veterinario alza los hombros: los animales hacen lo que hacen, pero no se lo preguntan. Mejor, le digo,&nbsp; y &iquest;c&oacute;mo se llama la potranca? Se llama Miel.
    </p><p class="article-text">
        Cuando naci&oacute; Miel, recuerdo, me sorprendi&oacute; su olor a sal. Fuerte, picante. Como cuando el mar se revuelve y vomita espuma de m&aacute;s. A la ma&ntilde;ana la sal se concentra en la orilla, se adhiere a la arena, se cristaliza. Pasa un rato largo hasta que se disuelve.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En los humanos, la emoci&oacute;n tienen un componente cognitivo. Es la peor parte de la emoci&oacute;n. La que te hace detenerte a preguntarte cosas, a forzar respuestas, a demoler el misterio. O el instinto. Si uno pudiera silenciar esa parte cada vez que se enfrenta a una emoci&oacute;n indescifrable, simplemente seguir&iacute;a viviendo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Antes de acostarme busco a los ni&ntilde;os. No est&aacute;n en l&iacute;nea. Les mando uno de los videos que le hice hoy a la potranca: da saltitos alborotados. Les escribo: se llama Miel. Huele a mar. Parece feliz. Fin del reporte &#10084;&#65039; &nbsp; 
    </p><p class="article-text">
        <em>MGR/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Margarita García Robayo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/clarividencia_129_12004828.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Feb 2025 03:03:22 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un cuadrito]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cuadrito_129_11989399.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0dda09e9-0125-4b97-9398-f3f8a53572c1_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un cuadrito"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Se estila expresar las emociones, siempre y cuando sean buenas. Si son malas, deben terminar con una moraleja. Buscarles la vuelta, dicen. Nos han inculcado el vicio de extraer lo positivo.</p></div><p class="article-text">
        <strong>Clima: </strong>35 grados
    </p><p class="article-text">
        <strong>Geograf&iacute;a:</strong> CABA.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Emoci&oacute;n original:</strong> malhumor, incomodidad cr&oacute;nica.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Factores de estr&eacute;s:</strong> cita con mi amiga B.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Factores de calma: </strong>conversaci&oacute;n imaginaria con mi padre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Emoci&oacute;n final: </strong>en suspenso.
    </p><p class="article-text">
        Volv&iacute; del campo a la ciudad. Me dio mal genio, soy tan obvia. Sal&iacute; a caminar. La caminata, a veces, es un ant&iacute;doto, a veces, un agravante. Volv&iacute; porque hab&iacute;a quedado con mi amiga B., pero le suspend&iacute;. Me llama por tel&eacute;fono: &iquest;c&oacute;mo est&aacute;s? Le digo que la llamo despu&eacute;s, que no estoy de &aacute;nimo. Me pregunta si lo hable con alguien. &iquest;El qu&eacute;? Lo que sea que est&eacute; entorpeciendo mi &aacute;nimo. Yo pienso en contestarle que no hay una raz&oacute;n espec&iacute;fica. Ella me dir&aacute; que s&iacute;, que en general hay razones espec&iacute;ficas, pero falsas. Y que debo sacar la mirada, o cambiar el foco, o pararme en otro lugar que me obligue a ver todo distinto. Entonces yo le dir&eacute; ay, otra vez estuviste leyendo esos cuadritos de Morph. Y ella se ofender&aacute;. Hace tiempo que la superioridad moral se comi&oacute; su sentido del humor.&nbsp;
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        Le digo que despu&eacute;s hablamos, que ya estar&eacute; mejor. Ella se queda preocupada por m&iacute;, dice. Adora ejercer la conmiseraci&oacute;n.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se estila expresar las emociones, siempre y cuando sean buenas. Si son malas, deben terminar con una moraleja. Buscarles la vuelta, dicen. Nos han inculcado el vicio de extraer lo positivo. Por ejemplo, cuando ocurre una tragedia, en el relato de la misma est&aacute; impl&iacute;cito que hay que rescatar los actos heroicos, la ayuda desinteresada, lo que se salv&oacute;. A veces una tragedia es una tragedia. Es como si no estuvi&eacute;ramos equipados para tolerar lo irremediable.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De ni&ntilde;a me costaba entender por qu&eacute; mi pap&aacute;, cuando le preguntaban c&oacute;mo estaba, contestaba: &ldquo;m&aacute;s o menos&rdquo;. Alguna vez le pregunt&eacute; y &eacute;l me dijo que era para darle un ba&ntilde;o de humildad al pensamiento. Que prefer&iacute;a eso a la respuesta auto celebratoria, o bien, derrotista. Mi mam&aacute; me dijo otra cosa: que era para mantener a raya las malas energ&iacute;as. Si dec&iacute;a &ldquo;estoy estupendo&rdquo; llamar&iacute;a la envidia, si dec&iacute;a &ldquo;estoy fatal&rdquo; llamar&iacute;a la l&aacute;stima. Ninguna de las dos era buena.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mientras camino me pregunto por qu&eacute;, aunque se trate de una formalidad, me suele incomodar que me pregunten c&oacute;mo estoy. Es porque me obliga a examinar nuevamente el mundo. Yo creo que la premisa m&aacute;s ajustada acerca del mundo es que est&aacute; mal, y no hay mucho que podamos hacer para remediarlo. A nadie le gusta esa premisa. La generalidad de personas prefiere los cuadritos, aunque no los cuelgue en su escritorio. Mientras camino me cruzo un lapacho amarillo. Un estribillo me roza desde un balc&oacute;n. Veo personas con auriculares y, presuntamente, pensamientos atribulados, como yo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        B. dice que, al final (&iquest;al final de qu&eacute;?), la gente necesita poco para que le guste su vida. Me pregunto si ser&aacute; cierto. Por supuesto que no es cierto. Debe costar mucho silenciar la parte del raciocinio que te hace detectar la patra&ntilde;a. Debe costar m&aacute;s amplificar la que dulcifica. Supongo que mi pap&aacute; se ecualizaba en ese &ldquo;m&aacute;s o menos&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El resto de la caminata se convierte, como otras veces, una conversaci&oacute;n imaginaria con &eacute;l. Le cuento que cada vez tolero menos a B. &iquest;Por qu&eacute;?, pregunta. Porque mete demasiadas palabras en una sola bocanada de aire. Si uno intenta acotar algo, te interrumpe para hacer un comentario interminable sobre todos los temas posibles. Si llegas a necesitar su atenci&oacute;n, hace de cuenta que est&aacute; ocupada y en verdad no lo est&aacute;. Solo manifiesta alegr&iacute;a por cosas que le pasan a ella y pretende que uno la acompa&ntilde;e en un entusiasmo ante el cual solo se puede permanecer inmune.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mi pap&aacute; dice algo que le o&iacute; decir otras veces: ante la incomodidad hay siempre dos opciones, pronunciarse sobre ella o callar. El que calla, escucha. El que escucha, aprende. As&iacute; se trate de un zumbido molesto.
    </p><p class="article-text">
        Cuando mi pap&aacute; muri&oacute; me traje algunos de sus libros. Hay uno de citas filos&oacute;ficas. Tiene comentarios ilegibles al margen. Cuando lo le&iacute;, subray&eacute; esto:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>Se hace pasar la vida por un regalo, cuando es evidente que, de haber podido examinar y probar de antemano ese obsequio, cualquiera hubiera dicho &ldquo;gracias, gu&aacute;rdeselo&rdquo;</em> (A. Schopenhauer).
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; un d&iacute;a lo ponga en un cuadrito.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>MGR/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Margarita García Robayo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cuadrito_129_11989399.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 25 Jan 2025 03:02:47 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un cuadrito]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La nada]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/la-nada_129_11974040.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ac9368a8-8aea-46ac-885b-efaf5ad14551_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La nada"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los niños se fueron de vacaciones con el padre. Hace una semana, cuando estaban acá, habría deseado un poco de silencio por favor. Hoy solo quiero que entren a los gritos. Otra cosa que se achica con la edad son los deseos. </p></div><p class="article-text">
        <strong>T&iacute;tulo:</strong> La nada
    </p><p class="article-text">
        <strong>Clima:</strong> 30 grados. Lluvias aisladas.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Geograf&iacute;a:</strong> Luj&aacute;n, provincia de Buenos Aires.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Emoci&oacute;n original:</strong> Ilusi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Factores de estr&eacute;s:</strong> ausencia de mis ni&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Factores de calma:</strong> ausencia de mis ni&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Emoci&oacute;n final</strong>: abulia.
    </p><p class="article-text">
        Me gusta despertarme y no saber d&oacute;nde estoy. Tardar en descubrirlo. Pero dura poqu&iacute;simo ese peque&ntilde;o desconcierto, una pena. Una amiga me dice que lo peor de envejecer es que se van agotando los descubrimientos. No estoy de acuerdo. Para m&iacute; no se agotan, se achican. De viejo uno descubre insignificancias que antes pasaba por alto. Como el placer de abrir los ojos y creerse perdido.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Quedarme sola me distensa demasiado. Soy obsesiva del orden solo cuando me mira otro. Ante la ausencia de testigos me dejo estar, qu&eacute; tanto es un plato sucio, dos, seis. Lavo a la noche. O no. Mis hijos no est&aacute;n. Se fueron de vacaciones con el pap&aacute;. El primer d&iacute;a me pareci&oacute; un regalo. Los d&iacute;as con ellos son m&aacute;s cortos e intensos. Los mido en comidas, tentenpies, tiempo al aire libre versus tiempo en las pantallas. Los d&iacute;as sin ellos son m&aacute;s largos y, en teor&iacute;a, rendidores. Los uso para escribir.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El otro dia le&iacute; esto: cuanto m&aacute;s se escribe menos se piensa. &iquest;Lo contrario tambi&eacute;n es cierto?
    </p><p class="article-text">
        Una vez hice un curso de apreciaci&oacute;n de arte. Hubo un ejercicio que consist&iacute;a en mirar indefinidamente un cuadro vac&iacute;o. Despu&eacute;s hab&iacute;a que comentar nuestras impresiones. Se parec&iacute;a mucho a escribir (al menos hoy): decir algo de la nada y ponerle un marco.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hace a&ntilde;os que no escribo de la nada porque la nada no suele estar a mi alcance. En estos d&iacute;as que estoy sola, la nada se me apersona y me dice: cont&eacute;mplame, es mi momento. Al principio le hice caso, me sent&eacute; en la mesa de la galeria a mirar el aire por encima del pasto, m&aacute;s atr&aacute;s el cerco donde se paran los buhos en fila. As&iacute; estuve un rato, atestiguando los cambios de color del cielo y los contornos que la luz le daba a los objetos. El tractorcito, ese fresno flaco, el tender con una s&aacute;bana que alguna vez fue fucsia. Lleva d&iacute;as ah&iacute; colgada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La nada no me interesa (al menos hoy). Prefiero la contaminaci&oacute;n de una casa llena. Mis ni&ntilde;os peleandose por el &uacute;ltino trozo de bud&iacute;n, la perra ladrando, el zumbido de la minipimer fundido con el playlist de Luck Ra, los cuatro libros que empec&eacute; a leer y abandon&eacute; porque requieren mucha concentraci&oacute;n. &iquest;C&oacute;mo se llama ese cuadro? Caos. Ruido. Todo. Vida. Cosas que van en detrimento de la escritura.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aprovecho para limpiar la computadora. Busco el archivo en el que guardo las contrase&ntilde;as y descubro que casi todas corresponden a un deseo que ya no quiero. Pienso en actualizar las contrase&ntilde;as, luego, el deseo. No se me ocurre qu&eacute;. Los deseos grandilocuentes no valen: ganarse la loter&iacute;a, la paz mundial, ser flaca. Los deseos peque&ntilde;os los actualizo a diario, los uso y los desecho como a una c&aacute;psula de caf&eacute;. Hace una semana, cuando los ni&ntilde;os estaban ac&aacute;, habr&iacute;a deseado un poco de silencio por favor. Hoy solo quiero que entren a los gritos. Otra cosa que se achica con la edad son los deseos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Uno de los libros que abandon&eacute; dec&iacute;a que los epicureos se opon&iacute;an a que los fil&oacute;sofos formaran familia. Para pensar en profundidad hab&iacute;a que estar solo. Los esto&iacute;cos dec&iacute;an lo contrario: para hablar de la naturaleza humana hab&iacute;a que conocerla. Y eso inclu&iacute;a estar rodeado de gente, tener responsabilidades, fastidiarse, a&ntilde;orar estar solo y no poder.
    </p><p class="article-text">
        La nueva contrase&ntilde;a podr&iacute;a ser: Sifuerafilosofaseriaestoica123. (Pero es mentira, no ser&iacute;a).
    </p><p class="article-text">
        Al final del d&iacute;a aparece la perra. Llega apurada, como escap&aacute;ndole a la noche. Me encuentra leyendo, se echa. En el libro que leo un personaje dice: &ldquo;los hijos deben irse tan lejos de sus padres como puedan, estar&aacute;s triste pero su comportamiento es el correcto&rdquo;. La nada, cada tanto, nos sopla esas verdades.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>MGR/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Margarita García Robayo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/la-nada_129_11974040.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 18 Jan 2025 03:00:33 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La nada]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cosas de mujeres]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cosas-mujeres_1_11956227.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e500c704-d62a-4fea-a9fc-c1d236537c20_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cosas de mujeres"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La autora cree que el hombre más importante en la vida de su abuela fue Jairo, un "todero" que tenía la capacidad de solucionar lo que hoy se arregla con tutoriales de YouTube. Por estos días, para ella y sus amigas, su hombre importante es Miguel, el Bot de una marca de electrodomésticos.</p></div><p class="article-text">
        <strong>Clima:</strong> 33 grados.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Geograf&iacute;a: </strong>Lobos, provincia de Buenos Aires.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Emoci&oacute;n original</strong>: necesidad de aislamiento.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Factores de estr&eacute;s:</strong> artefactos dom&eacute;sticos sofisticados de dif&iacute;cil maniobra.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Factores de calma:</strong> tutoriales de Youtube.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Emoci&oacute;n final:</strong> B&aacute;lsamo. Alivio de saberse acompa&ntilde;ada por amigas habilidosas.
    </p><p class="article-text">
        Somos tres mujeres entre los cuarenta y los cincuenta a&ntilde;os. Estamos en una casa de campo que desconocemos. Vinimos a pasar cuatro d&iacute;as con cinco ni&ntilde;os y una necesidad enorme de aislamiento. Armamos la mesa de pingpong con un tutorial de Youtube. Lo mismo con la caldera que, de la nada, se apag&oacute;. Lo mismo con el horno el&eacute;ctrico, una pesadilla. Nadie pudo loguearse correctamente en las plataformas de tev&eacute;, pero no las extra&ntilde;amos. Cada desaf&iacute;o se exhibe cuesta arriba, al final no es para tanto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una dice que, previo a los tutoriales, la resoluci&oacute;n de asuntos pr&aacute;cticos le requer&iacute;a, s&iacute; o s&iacute;, la intervenci&oacute;n de un var&oacute;n. &iquest;A nosotras tambi&eacute;n? Y s&iacute;. Si no hab&iacute;a un var&oacute;n a mano, se pagaba por &eacute;l. Si no hab&iacute;a dinero, se recurr&iacute;a a un amigo. O a un ex, pero sal&iacute;a m&aacute;s caro.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En estos d&iacute;as nos repartimos los oficios. Lavamos platos, pasamos el trapo, cocinamos, servimos un men&uacute; distinto cada vez. Los ni&ntilde;os dan menos trabajo que el habitual. Si son varios, se neutralizan. Eso dec&iacute;a a mi abuela: no me traigan uno solo, que es m&aacute;s trabajo. Y nos recib&iacute;a a todos los nietos en su casa. Que yo nunca me siento, dicen mis dos amigas. Mi abuela tampoco se sentaba, siempre estaba yendo y viniendo en esa casa enorme, criando v&aacute;rices. &iquest;Qu&eacute; haces abuela? Cosas de mujeres, contestaba.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando era m&aacute;s joven detestaba hacer &ldquo;cosas de mujeres&rdquo;. Me parec&iacute;a alienante. Ahora pienso que la alienaci&oacute;n es una versi&oacute;n de la tranquilidad. Las cosas de mujeres son mi nuevo ocio. En general las acompa&ntilde;o con un podcast. En estos d&iacute;as no hace falta porque siempre hay tema. Charlar mientras se hace calza bien en la categor&iacute;a cosas de mujeres. Callar tambi&eacute;n. Me gusta esa forma de la confianza: aparentar inter&eacute;s es tedioso.
    </p><p class="article-text">
        Si fu&eacute;ramos varones, &iquest;qu&eacute; estar&iacute;amos haciendo? &iquest;cazando?
    </p><p class="article-text">
        Mis dos amigas son mucho m&aacute;s habilidosas que yo. No se nace as&iacute;, dicen, es solo que practican m&aacute;s. La repetici&oacute;n de tareas es infalible. Uno no olvida lo que siempre hace.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para mi abuela las cosas de mujeres implicaban, sobre todo, atender hombres. Ellos volv&iacute;an de la calle, se sentaban en la mesa y ah&iacute; empezaba la retah&iacute;la: que la sopa, el seco, el caf&eacute;, el vasito de ron fr&iacute;o para la digesti&oacute;n. Y mi abuela se apresuraba a ejecutar cada tarea con una entrega histri&oacute;nica. Mi hermana y yo le pregunt&aacute;bamos si no era m&aacute;s f&aacute;cil tener todo ya dispuesto en la mesa para cuando llegaran. Tipo bufet. Tipo, &iquest;tienen manos? &Uacute;senlas. Ella no contestaba, supongo que ten&iacute;a razones profund&iacute;simas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En ese tiempo los hombres serv&iacute;an, sobre todo, para traer el dinero (poco). No es tan disparatado que las mujeres intentaran compensar eso con el oficio dom&eacute;stico (mucho). El esfuerzo, el que recuerdo, el que atestig&uuml;&eacute;, siempre fue dispar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Nada que ver, me defiendo, cuando mis amigas atribuyen mi falta de habilidad a mi falta de pr&aacute;ctica. Yo practico un mont&oacute;n. M&aacute;s o menos, dicen. Y que tiendo a delegar, o sea, a contratar. Es cuando recuerdo a Jairo. Siempre que hab&iacute;a algo de dif&iacute;cil resoluci&oacute;n, mi abuela acud&iacute;a a Jairo, un todero que le resolv&iacute;a lo que a m&iacute; los tutoriales. Y tanto m&aacute;s. Pero no era sencillo dar con &eacute;l. Ella dec&iacute;a: es una isla ex&oacute;tica, este se&ntilde;or. Porque nunca te lo encontrabas por la calle, ten&iacute;as que saber d&oacute;nde estaba y concretar una cita. Debi&oacute; ser el hombre m&aacute;s importante de su vida.
    </p><p class="article-text">
        Por estos d&iacute;as, nuestro hombre m&aacute;s importante es un Bot de Ariston, se llama Miguel. Atiende nuestras consultas 24/7.
    </p><p class="article-text">
        <em>MGR/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Margarita García Robayo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cosas-mujeres_1_11956227.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 11 Jan 2025 03:00:06 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cosas de mujeres]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Dormir a un perro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dormir-perro_129_11938956.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e2ccd061-0124-42e9-991c-3d347a4e83da_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Dormir a un perro"></p><p class="article-text">
        <strong>Clima:</strong> 37 grados
    </p><p class="article-text">
        <strong>Geograf&iacute;a:</strong> Luj&aacute;n, provincia de Buenos Aires.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Emoci&oacute;n original:</strong> tristeza
    </p><p class="article-text">
        <strong>Factores de estr&eacute;s:</strong> mosquitos
    </p><p class="article-text">
        <strong>Factores de calma:</strong> Off. Y ese vaso de cleric&oacute; a las siete de la tarde.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Emoci&oacute;n final:</strong> serenidad, esperanza, &iquest;resignaci&oacute;n?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A todos nos pas&oacute; alguna vez &ndash;dijeron mis amigos F. y S.&ndash; , lo de tener que dormir a una mascota. Dormir no es matar, pero se dice as&iacute;. Tambi&eacute;n se dice: fulanito se nos fue. Eso es m&aacute;s raro porque uno imagina que el muerto se levanta y escapa. Estos amigos tuvieron que llevar a su perra a que le pusieran una inyecci&oacute;n, pobrecita. Le dol&iacute;a todo, estaba hinchada, le drenaron el pulm&oacute;n tres veces, pero se hinchaba de vuelta. Cada vez que la drenaban, la perra mejoraba. O daba esa sensaci&oacute;n. Pero la mejor&iacute;a duraba poco y entonces el temor regresaba envuelto en otra frase. De &ldquo;el fin est&aacute; cerca&rdquo; pasaban a &ldquo;&iquest;cu&aacute;ndo acaba todo esto?&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los ni&ntilde;os &ndash;los m&iacute;os, los de ellos&ndash; quer&iacute;an detalles: c&oacute;mo era el procedimiento, d&oacute;nde ocurr&iacute;a, qu&eacute; se hac&iacute;a con el cuerpo. Los adultos dimos las explicaciones de rigor: el procedimiento es una inyecci&oacute;n, ocurre en esa bandeja de acero, el cuerpo se crema o se entierra. &iquest;Qu&eacute; le hace esa inyecci&oacute;n? La duerme para siempre. &iquest;Le duele? M&aacute;s le duele estar despierta. Despu&eacute;s de dormirla, nuestros amigos cremaron a su perra. Cada doliente agarr&oacute; un pu&ntilde;ado de ceniza y se la llev&oacute; a su casa. La perra qued&oacute; repartida entre la maceta de una hija, el cantero de la abuela y el r&iacute;o Luj&aacute;n. Desde ac&aacute; escribo, luego de haberlos acompa&ntilde;ado a despedirla.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A m&iacute; nunca me pas&oacute; (lo de tener que &ldquo;dormir&rdquo; a una mascota). No le dije eso a mis amigos, porque, cuando uno est&aacute; fr&aacute;gil, necesita universalizar su tristeza. No me pas&oacute; porque mi infancia transcurri&oacute; en un lugar y, sobre todo, en un tiempo m&aacute;s salvaje. No exist&iacute;an tantos eufemismos para la muerte. De ni&ntilde;a tuve muchos perros, casi todos murieron atropellados. El &uacute;ltimo por mi madre: no se dio cuenta de que Junior &ndash;anciano, ciego y sordo&ndash; dorm&iacute;a en el garaje, justo detr&aacute;s de la rueda trasera. Tard&oacute; a&ntilde;os en recuperarse (mi madre, el perro muri&oacute; instant&aacute;neamente), pero no fue su culpa. En ese entonces, los perros andaban por ah&iacute;, sueltos, expuestos a peligros de los que nadie pod&iacute;a &ndash;ni se propon&iacute;a&ndash; salvarlos. A mis padres no se le ocurr&iacute;a suavizarnos el impacto de esas muertes. No se estilaba. Los perros del barrio mor&iacute;an reventados en la ruta, o envenenados por un vecino malo, o atragantados con un hueso. Cada muerte era un desgarro, un dolor hondo como un abismo, un hueco en el patio de tierra de las casas, donde se enterraban los restos (a veces irreconocibles) del animal. Cada vez que visito una casa con parque, presupongo que hay al menos una mascota enterrada ah&iacute;.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hace un tiempo que vengo con mis hijos a una casita que alquilamos en el campo. No tenemos perro propio porque le tengo terror al apego y, en consecuencia, a la p&eacute;rdida. Hay una parte necrosada de mi coraz&oacute;n que pertenece a todos los perros que perd&iacute; y que, hasta hace poco, cre&iacute;a irrecuperable. Desde el primer d&iacute;a en nuestra casita de campo, se nos instal&oacute; una perra callejera que aparece cuando llegamos y desaparece cuando nos vamos. No pienso caer en el clich&eacute; de ponderar su inteligencia, su sensibilidad, su intuici&oacute;n, su belleza baqueteada. Dir&eacute; que, cada vez que nos recibe, mezclando dosis perfectas de cari&ntilde;o y desapego, hay algo que se me sana adentro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La perra nos acompa&ntilde;&oacute; a la despedida en el r&iacute;o. En el camino de regreso repas&eacute; los discursos para hablar de la muerte que fui aprendiendo a lo largo de la vida, por si alguno de mis hijos insist&iacute;a en preguntar. Un adulto, sobre todo si es padre o madre, tiene el mandato de camuflar una verdad cruel en un nombre esperanzador. O una verdad esperanzadora en un nombre cruel, seg&uacute;n el caso. Pero volvimos callados, como cualquier otro d&iacute;a, esquivando charcos, espantando mosquitos, con la luna a pleno d&iacute;a y la perra a un costado. Me pareci&oacute; bien as&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        <em>MGR/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Margarita García Robayo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dormir-perro_129_11938956.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 04 Jan 2025 03:02:02 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Dormir a un perro]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Un niño no es un delfín]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/nino-no-delfin_129_11928797.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2b4a886c-83a1-464d-a90b-6d7d6e8e3fb4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un niño no es un delfín"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cada fin de año, lo peor del ranking de la vida se me revela de un modo ruidoso y sorpresivo. Sorpresivo, no nuevo: algo que, aunque ya conozco, me sigue desconcertando. </p></div><p class="article-text">
        <strong>Clima:</strong> 32 grados.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Geograf&iacute;a: </strong>CABA
    </p><p class="article-text">
        <strong>Emoci&oacute;n original:</strong> tristeza, desaz&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Factores de estr&eacute;s:</strong> calor, una tos al&eacute;rgica persistente.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Factores de calma:</strong> vacaciones, no hay horarios, &eacute;poca de cerezas.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Emoci&oacute;n final:</strong> desaz&oacute;n gratinada con dosis abundantes de alivio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por ac&aacute; no se llega entero a fin de a&ntilde;o. En Buenos Aires, donde vivo hace dos d&eacute;cadas, diciembre me aplasta. Quiz&aacute; se debe a que, de chica, en mi ciudad h&iacute;per calurosa, diciembre se anunciaba con brisas frescas, inusuales el resto del a&ntilde;o. Te parabas en una esquina cualquiera y sent&iacute;as un ventarr&oacute;n que te levantaba los pelos y la pollera, y entonces sab&iacute;as.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ac&aacute; me sigue pasando que, cada fin de a&ntilde;o, lo peor del ranking de la vida (el que incluye, adem&aacute;s de consumos culturales, gastron&oacute;micos y el <em>wrapped</em> de Spotify, experiencias vitales) se me revela de un modo ruidoso y sorpresivo. Sorpresivo, no nuevo: algo que, aunque ya conozco, me sigue desconcertando. Lo peor sucede, invariablemente, en los actos de cierre escolar. Un mont&oacute;n de ni&ntilde;os y padres acalorados en un patio. Una directora leyendo discursos que derraman esa rancia combinaci&oacute;n de marketing y pomposidad. A eso sigue la repartici&oacute;n de distinciones, unas cuantas nom&aacute;s, de lo contrario no se lograr&iacute;a instalar la atm&oacute;sfera de luto entre quienes no la reciben. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Entiendo, por lo que he indagado, que en las escuelas m&aacute;s modernas ya no se estila venderlas como distinciones acad&eacute;micas. Ahora se distinguen aspectos emocionales: la solidaridad, el respeto, el compa&ntilde;erismo. En este caso, quien no gana no es porque sea peor estudiante, solo peor persona. Todos los a&ntilde;os pienso que, si alguien necesitara un tutorial acerca de c&oacute;mo quebrar a un ni&ntilde;o, solo tendr&iacute;a que someterlo a una sucesi&oacute;n de actos de cierre escolar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El show es doloroso, sobre todo, para quienes no odiamos a los ni&ntilde;os. No es tan raro, todav&iacute;a hay gente (padres y madres, incluso) para quienes los ni&ntilde;os son gente querible. En mi experiencia, para querer bien a un ni&ntilde;o, propio o ajeno, hay que recordarse lo que un ni&ntilde;o no es: un ni&ntilde;o no es una audiencia, ni un dividendo, ni un dep&oacute;sito de taras propias que no encontramos d&oacute;nde poner. Es m&aacute;s f&aacute;cil entender lo que no es, porque lo que s&iacute; es un ni&ntilde;o depende del ni&ntilde;o. Un ni&ntilde;o es una singularidad, por lo tanto, no puede encarnar valores absolutos.
    </p><p class="article-text">
        Alguna vez, por esos equ&iacute;vocos de las rutas costeras argentinas, ca&iacute; con mis hijos en Mundo Marino. Hab&iacute;a entrenadores lanzando premios a la boca de los delfines que bailaban en calesita y hac&iacute;an volatines. Hab&iacute;a unos reticentes, tardaban m&aacute;s en obedecer, pero a la larga lo hac&iacute;an y recib&iacute;an su premio y sus aplausos. Algo m&aacute;s para recordar acerca de un ni&ntilde;o es que no es un delf&iacute;n. Tras a&ntilde;os y a&ntilde;os de asistir a actos de cierre escolar, me resulta evidente que las directoras de escuela piensan que s&iacute; lo son. Mi esperanza languidece cuando noto que los padres aplauden. Me hundo en preguntas que arrancan en: &iquest;se puede estudiar y estar en contra del sistema educativo? Y terminan en: &iquest;se puede vivir y estar en contra de la vida?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando terminaba el show en Mundo Marino se abr&iacute;an las compuertas que llevaban a los delfines de vuelta a la piscina en la que viv&iacute;an. Nadaban hac&iacute;a all&aacute;, desesperados, como quien escucha la campana del recreo. Un ni&ntilde;o puede no ser un delf&iacute;n, lo contrario es cuestionable. Cada a&ntilde;o, por esta &eacute;poca, y a falta de brisas frescas, el alivio me llega cuando agarro a mis hijos de la mano, atravieso la compuerta y entramos en enero, juntando pedacitos. No es infalible, pero todo tutorial indica que, con el empe&ntilde;o (alguien m&aacute;s valiente lo llamar&iacute;a &ldquo;amor&rdquo;) suficiente, para marzo estaremos reparados.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Margarita García Robayo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/nino-no-delfin_129_11928797.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 28 Dec 2024 03:13:11 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un niño no es un delfín]]></media:title>
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