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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Natalia Kiako]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/natalia-kiako/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Natalia Kiako]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Un gran cocinero]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/gran-cocinero_129_12407957.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e0aea0f5-7916-4dad-b523-03648f0c36b8_16-9-discover-aspect-ratio_default_1120407.jpg" width="960" height="540" alt="Un gran cocinero"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un gran cocinero es un jugador avezado. Entiende algunas reglas con la cabeza y otras con el cuerpo, igual que un futbolista o un bailarín: por repetición, por entrenamiento, adquiere esa “mano” que reconoce el punto justo del batido sin mediar pensamiento. Parece magia, pero es otra cosa.</p></div><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo y por qu&eacute; hay grandes cocineros? Pareciera una condici&oacute;n de nacimiento. El don te toca, o no, por designio divino. Hablamos de gente &ldquo;con mano&rdquo; para la cocina, como otros tienen dedos verdes y plantas exuberantes. Igual que sucede con las brujas, que los hay, los hay: personas con mucha intuici&oacute;n para obtener texturas y sabores, para reproducir un plato sin m&aacute;s ayuda que un ejemplo, para improvisar o para conseguir resultados epif&aacute;nicos desde la misma receta que al com&uacute;n de los mortales nos sale mediocre. Para esos casos brujos, en realidad, hay muchas explicaciones bastante racionales: a&ntilde;os de exposici&oacute;n a comida buena de verdad, o de platea privilegiada ante la performance de madres, abuelas, t&iacute;os cocineros; conocimiento t&eacute;cnico en alg&uacute;n &aacute;rea af&iacute;n de trabajo manual, conocimiento cient&iacute;fico en qu&iacute;mica, f&iacute;sica o biolog&iacute;a; un largo etc&eacute;tera. Y sobre todo, mucha dedicaci&oacute;n, mucho cuidado, mucho deseo puestos en la preparaci&oacute;n de la comida. Un valor agregado sustancial, dif&iacute;cil de sustituir en la cocina. 
    </p><p class="article-text">
        Ponerse entero al servicio de lo que trabaj&aacute;s con las manos para que se transforme en un bocado espl&eacute;ndido, en una experiencia placentera propia o ajena, es dif&iacute;cil de ense&ntilde;ar o de aprender. Hay distintos motores que pueden impulsar una dedicaci&oacute;n tan profunda: la competitividad, el perfeccionismo, la necesidad de autosuperaci&oacute;n, la religi&oacute;n. De entre todas esas drogas duras, el amor es la que m&aacute;s te coloca y menos costo tiene, creo yo. El amor no es una aptitud menor en un gran cocinero  y lo sumar&iacute;a a la lista, por m&aacute;s cursi que suene. No estoy hablando del amor rom&aacute;ntico, o no s&oacute;lo de &eacute;l. Tampoco del cuidado maternal de una ama de casa para con su familia, aunque puede ser. Es posible sentir un amor profundo por un oficio, por el arte de la hospitalidad, por un proyecto, una militancia, un pa&iacute;s. Los grandes cocineros suelen estar as&iacute;, enamorados. 
    </p><p class="article-text">
        La gran mayor&iacute;a de nosotros no somos prodigios, no somos especiales, a&uacute;n si cocinamos bastante bien. Tampoco somos homog&eacute;neos: un gran asador rara vez maneja la pasteler&iacute;a francesa con solvencia. Mi mam&aacute;, una cocinera maravillosa, no amasa. Punto. Nunca hace pastas, ni pizzas, ni panes. Prepara unos regios &ntilde;oquis, y en &eacute;pocas de hiperinflaci&oacute;n, con tres hijos, supo sacar de la galera unas medialunas memorables, as&iacute; que todos comprobamos de qu&eacute; es capaz. Aun as&iacute;, no es lo suyo, no quiere que lo sea. Esto es igual entre los cocineros profesionales; hayas estudiado o no, te especializ&aacute;s, poco a poco. Y si sos afortunado, te especializ&aacute;s en lo que te gusta.
    </p><p class="article-text">
        No necesariamente lo que te gusta comer es lo que va a gustar cocinar. A m&iacute;, por ejemplo, me gusta mucho jugar a la reposter&iacute;a. Es un mundo de desaf&iacute;os por el estilo de cocina que manejo &ndash;con diversos endulzantes, harinas integrales, ingredientes a veces fuera de la pasteler&iacute;a tradicional&ndash; lo que en s&iacute; mismo me estimula, es un desaf&iacute;o entretenido. Pero tambi&eacute;n tiene una belleza est&eacute;tica innegable. Los colores, las formas, la aptitud pl&aacute;stica de los dulces son &uacute;nicos. Durante el &uacute;ltimo verano mi hija, que no ten&iacute;a colonia ni permiso para usar pantallas durante el d&iacute;a, me invitaba a jugar con reposter&iacute;a cl&aacute;sica, francesa, en la cual yo incursiono poco. Mi verano no era tan calmo como el de ella, pero empezamos unas sesiones experimentales de manteca y az&uacute;car, merengues brillosos y frangipane dorado. Se arm&oacute; una serie hermosa, durante la cual fui feliz y aprend&iacute; t&eacute;cnicas, como pastelera amateur. &iquest;C&oacute;mo comensal? Me empalago de solo recordar cada uno de esos bocados perfectos, laqueados y perfumados. Paso, gracias.
    </p><p class="article-text">
        La imagen del cocinero innato tiene su contracara: el mal cocinero incorregible. &ldquo;No sabe hacer ni un huevo frito&rdquo;, se dice, como si un huevo frito perfecto fuera tarea sencilla. No lo es. Demanda prueba y error, ensayos con yemas pasadas o claras desparejas. Un gran huevo frito se logra, no por f&aacute;cil, sino porque lo amamos y lo deseamos lo suficiente para insistir. Lo que llamamos &ldquo;buena mano&rdquo; casi nunca es puro talento sino esfuerzo, dedicaci&oacute;n, perseverancia; fen&oacute;menos que no est&aacute;n en la cresta de la ola, precisamente. Es comprensible: cuando matarse trabajando durante a&ntilde;os no le da ninguna recompensa a casi nadie, es dif&iacute;cil que rankee alto. Hoy tenemos dibujitos en el canal estatal dedicado a los chicos que dicen casi literalmente: &ldquo;&iquest;Ir a la universidad? &iexcl;Ya fue! Si pod&eacute;s ganar mucha m&aacute;s plata de otras formas&rdquo;. En la generaci&oacute;n de mi padre, el esfuerzo era un mandato tan incuestionable que pod&iacute;a aplastar cualquier entusiasmo atravesado en su camino. &iquest;Quer&iacute;as ser m&uacute;sico? Proced&iacute;as a reprimirte y estudiar abogac&iacute;a o dedicarte a la empresa familiar, a los bifes. Pero hay versiones de la perseverancia que no asesinan el deseo, todo lo contrario: son su tierra f&eacute;rtil. Trato de explic&aacute;rselo a mi hija cuando se frustra &ndash;porque la frustraci&oacute;n es la primera escala para bajarse del esfuerzo&ndash;, trato de recordarle cu&aacute;nto practic&oacute; hasta que logr&oacute; hacer una vertical perfecta, trenzarse el pelo o silbar. Le cuesta verlo. Son entrenamientos que atraves&oacute; ciega de ganas y casi no los recuerda. Ciega de ganas tambi&eacute;n prepara curd de lim&oacute;n ella sola o voltea panqueques en la sart&eacute;n, incluso cuando es a condici&oacute;n de lavar los platos despu&eacute;s. A&uacute;n cuando algo sale mal, cuando el curd se corta o la masa se quema, dedicarse &iacute;ntegra a hacer algo es una forma de entrega m&aacute;gica, casi sagrada. El tiempo pasa distinto mientras uno se encuentra en ese estado. Es puro presente. Cuando todo sale bien, el resultado es evanescente: se come, desaparece. No hay trofeos.
    </p><p class="article-text">
        Cocinar puede ser una obligaci&oacute;n, una necesidad. Puede ser un poder, tambi&eacute;n: el poder de materializar a la perfecci&oacute;n algo que se te antoja y sentirte tu propia impresora 3D humana. Puede ser un juego. Para jugar hay que saberse las reglas, en especial para jugarlo en modo libre, creativo. Un gran cocinero es un jugador avezado. Entiende algunas reglas con la cabeza y otras con el cuerpo, igual que un futbolista o un bailar&iacute;n: por repetici&oacute;n, por entrenamiento, adquiere esa &ldquo;mano&rdquo; que reconoce el punto justo del batido sin mediar pensamiento, el calor preciso en las brasas del asado. Parece magia, es verdad. Pero es otra cosa. Es esfuerzo y es amor. &iquest;Juntos? Son dinamita. 
    </p><p class="article-text">
        <em>DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Kiako]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/gran-cocinero_129_12407957.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 24 Jun 2025 09:56:45 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Alimentación,Cocinar,Cocina,Comida]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Gusto a nada]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/gusto_129_12369208.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d3a8b9a1-9fa3-4120-b382-a03df6cae512_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Gusto a nada"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No somos ricos; más bien, últimamente, somos pobres. El reclamo por la buena mesa, ¿sólo es válido para las sociedades privilegiadas? ¿Es hora de adaptarse y resignarse, agradeciendo los que podemos que aún tenemos la panza llena?
</p></div><p class="article-text">
        Seguramente escucharon en alguna pel&iacute;cula esa plegaria de alcoh&oacute;licos an&oacute;nimos. La que pide &ldquo;serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, coraje para cambiar las que s&iacute; puedo y sabidur&iacute;a para reconocer la diferencia&rdquo;. Siempre me pareci&oacute; una oraci&oacute;n espl&eacute;ndida. Qui&eacute;n pudiera, ya no digamos las tres cosas, alguna de las tres. No me resultan f&aacute;ciles. Las cosas que no puedo cambiar me obsesionan, en especial, si me parecen injustas o significan una p&eacute;rdida, un deterioro de lo que antes estaba bien.
    </p><p class="article-text">
        Es una de las razones por las que empec&eacute; a cocinar. En mi casa materna se com&iacute;a estupendamente. Cuando dej&eacute; de vivir ah&iacute;, necesit&eacute; hacerme la comida para sobrevivir y tambi&eacute;n para recuperar algo de ese disfrute. Ninguna comida comprada le llegaba a los talones a la de mi madre; ninguna, al menos, al alcance de mi presupuesto de laburante y estudiante. Quise adem&aacute;s comer &ldquo;mejor&rdquo; para mi salud, sin comer &ldquo;peor&rdquo; para mi paladar. As&iacute; las cosas, entr&eacute; en la cocina. No s&eacute; si me hizo falta coraje para cambiar lo que com&iacute;a: fue una mezcla de disconformidad, fastidio y deseo.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        &ldquo;Serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar&rdquo;. Ah, pero son tantas. Por ejemplo, el queso. Los l&aacute;cteos de g&oacute;ndola son cada vez m&aacute;s insulsos, de textura m&aacute;s pl&aacute;stica, de precio m&aacute;s elevado y calidad m&aacute;s lamentable. Estoy hablando del promedio, por supuesto. Hay excepciones hermosas que tengo el privilegio de conseguir; muchos productores que ponen el cuerpo y el alma todo el d&iacute;a para hacer maravillas con sus tambos. Lo logran, pero son poqu&iacute;simos y reman en un dulce de leche tan espeso como el que elaboran. Es muy dif&iacute;cil competir, haciendo las cosas bien y a peque&ntilde;a escala, con monstruos l&aacute;cteos que se instalaron como &ldquo;primeras marcas&rdquo; y reposan en los laureles. Sus precios son altos y de ah&iacute; deducimos que su calidad tambi&eacute;n; pero hace rato que las dos cosas no concuerdan. Lo que conseguimos en el s&uacute;per, la mayor&iacute;a de las veces, es mediocre. El queso crema no tiene gran cosa de queso ni de crema, y s&iacute; bastante gelatina almidonada. El yogur es un ente empalagoso y sin car&aacute;cter; es decir, sin acidez y repleto de az&uacute;car o edulcorante en su versi&oacute;n light. Nos escandalizamos brevemente cuando se intensific&oacute; la crisis y aparecieron los primeros &ldquo;alimentos l&aacute;cteos&rdquo; econ&oacute;micos que pretenden ser yogur. Pero como con casi todas las malas noticias recientes, la aceptaci&oacute;n es total. Quiz&aacute;s nos quejamos, pero no protestamos. Las publicidades prometen lo que nos acostumbramos a esperar: todo es suavecito, livianito. Dos palabras que gobiernan el paladar y las costumbres de las mayor&iacute;as argentinas. En el pa&iacute;s de las vacas, los l&aacute;cteos m&aacute;s comunes son ins&iacute;pidos, incoloros, homog&eacute;neos como una hoja en blanco.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Ser&aacute; que realmente nos gusta todo suavecito y livianito? &iquest;O ser&aacute;n los atributos que nos quedan, cuando de sabor no qued&oacute; nada? Una cosa es un gusto sutil y otra muy diferente un alimento rebajado, diluido, adulterado. &iquest;Tendremos la sabidur&iacute;a para apreciar la diferencia? <a href="https://www.revistaanfibia.com/con-la-democracia-se-come/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Llevamos ya varias d&eacute;cadas en manos de una industria que instala su agenda y sus objetivos</a>. Es de esperar que impacte en los h&aacute;bitos del consumidor. Nuestro paladar prescinde en la vida cotidiana del menor dejo de acidez, nuestra manteca no tiene aroma a queso (cuando la manteca es buena tiene perfume, incluso fr&iacute;a, y es amarillenta).
    </p><p class="article-text">
        No son s&oacute;lo los l&aacute;cteos. La pauperizaci&oacute;n y la homogeneidad son males que abarcan casi todos los alimentos. Est&aacute; dif&iacute;cil conseguir tomates ricos, jugosos y de piel finita, incluso en verano. Dif&iacute;cil, y para privilegiados: en general y salvo que tengas un <em>dealer</em> o un chacarero cerca, salen fortunas. El pan y las facturas son incomparables con los de hace tres o cuatro d&eacute;cadas. Claro que en ese entonces las panader&iacute;as ten&iacute;an cocina y horno; hoy, la gran mayor&iacute;a recibe los productos de f&aacute;bricas que utilizan f&oacute;rmulas efectivas para obtener masas que duren mucho, se vean bien y no tengan sabor ni textura particulares. Nunca hay una figacita m&aacute;s tostada que otra: todas son p&aacute;lidas. La medialuna de grasa se te queda pegada al paladar, pero es imperecedera. Todas las facturas son iguales. Es peor la calidad de grasas y harinas, s&iacute;; pero tambi&eacute;n la elaboraci&oacute;n industrial reemplazando la artesanal. 
    </p><p class="article-text">
        Alternamos entre mucha-sal-crocante y muy-dulce-sedoso. S&iacute;, claro, existe comida mejor, datitos de alto nivel, rincones especiales de maravillosa cocina. Pero estoy hablando de lo que podemos comer cada d&iacute;a, al salir del trabajo o de la escuela, lo que encontramos en la panader&iacute;a de la esquina, el chino o el s&uacute;per. Lo que &ndash;en el mejor de los casos, si podemos pagarlo- gobierna las opciones que tenemos realmente a nuestro alcance.
    </p><p class="article-text">
        Incre&iacute;ble pero real, incluso dentro del universo de las galletitas de paquete y las golosinas el panorama es el mismo. <a href="https://www.instagram.com/p/DKH8R_oN_Hl/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Este video explica c&oacute;mo</a> las &ldquo;panchitas&rdquo; y las &ldquo;sonrisas&rdquo;, grandes hitos de mi infancia, se vaciaron de cualquier relaci&oacute;n con un sabor, un formato, una textura determinadas. Son simplemente eso, marcas, de contenido variable y sustituible seg&uacute;n le convenga al fabricante (casi siempre conglomerados multinacionales que compraron las empresas familiares de anta&ntilde;o). Los alfajores que una vez fueron nuestros favoritos ahora son m&aacute;s chicos, m&aacute;s feos y no tienen ninguno de los ingredientes que los hicieron favoritos. Nada, excepto el nombre, pero los seguimos comprando. Lo comentamos, al pasar, no somos boludos. Pero lo aceptamos, con la serenidad de lo que no se puede alterar. 
    </p><p class="article-text">
        Yo tengo mis dudas. &iquest;Por qu&eacute;, si se le puede cambiar el sabor y la textura a todo, nosotros no podemos cambiar nuestros consumos? &iquest;Es posible impulsar un cambio en la direcci&oacute;n contraria? 
    </p><p class="article-text">
        Se me alegar&aacute; que sueno a tango, que los tiempos cambian y el bolsillo aprieta. No podemos detener la historia. Comemos lo que podemos. Es un poco cierto: las sustituciones y degradaciones que describo son formas de abaratar costos. En Espa&ntilde;a o Italia se come estupendo por mucho menos dinero que ac&aacute;; naciones de c&oacute;moda clase media donde el queso es sabroso y el pan, conmovedor. S&iacute;, tienen plata. Pero eso es una verdad a medias. Porque hay otros pa&iacute;ses del Primer Mundo donde en promedio se come bastante mal; sin ir m&aacute;s lejos, Estados Unidos, seg&uacute;n me cuentan. Y porque la comida callejera en gran parte de Latinoam&eacute;rica es humilde y deliciosa. Pa&iacute;ses con campos menos exuberantes que nuestra Pampa h&uacute;meda, con menos vacas y m&aacute;s penurias, saben gozar de arepas despampanantes, empanadas bolivianas especiadas y jugosas, puestos al paso de asa&iacute; con fruta tropical, acaraj&eacute; y coxinhas. No tengo el gusto de conocer el sudeste asi&aacute;tico, pero entiendo que los sabores abundan, los mariscos arrancan suspiros, los caldos enamoran. En Marruecos, un pa&iacute;s africano que nadie se atrever&iacute;a a llamar primermundista, la comida econ&oacute;mica es una fiesta. No soy muy viajada, pero voy a tener el coraje, ya que no de cambiar las cosas, de arriesgar que nuestra p&eacute;rdida en la calidad de la comida debe tener otros motivos adem&aacute;s de los econ&oacute;micos. &iquest;Cu&aacute;les ser&aacute;n las razones? Si las vi&eacute;ramos, &iquest;podr&iacute;amos cambiarlas? Tengo m&aacute;s preguntas que respuestas.
    </p><p class="article-text">
        Somos habitantes del suelo argentino, entre los m&aacute;s f&eacute;rtiles, m&aacute;s generosos, m&aacute;s prometedores de maravillas en todo el mundo. &iquest;No nos merecemos lo mejor que tiene para dar? &iquest;O la cosa es as&iacute; como es, irreparable, y nos toca aceptarlo? No somos ricos; m&aacute;s bien, &uacute;ltimamente, somos pobres. El reclamo por la buena mesa, &iquest;s&oacute;lo es v&aacute;lido para las sociedades privilegiadas? &iquest;Es hora de adaptarse y resignarse, agradeciendo los que podemos que a&uacute;n tenemos la panza llena? &iquest;Cu&aacute;nto de lo que comemos depende de nosotros? &iquest;Es posible preservar lo que queda y reclamar algo mejor, o tenemos que soltar? Necesitamos completa serenidad, enorme coraje y tant&iacute;sima sabidur&iacute;a para reconocer la diferencia. 
    </p><p class="article-text">
        <em>DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Kiako]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/gusto_129_12369208.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 10 Jun 2025 09:55:13 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Gusto a nada]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Alimentos,Alimentación,productos lácteos,Industria,consumo masivo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Asco es el otro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/asco_129_12331126.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/cd89baad-b62c-4a6b-b9a0-6874f013d2c1_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Asco es el otro"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El asco tiene todo que ver con nuestra vida social y aspiracional. Si te gusta algo que para los demás es repelente, sos un quemo. Eso explica, también, por qué no funciona todo al revés. </p></div><p class="article-text">
        Tendemos a adoptar el asco como una respuesta definitiva. Una reacci&oacute;n incuestionable y para siempre.<strong> Si te dio asco el mondongo, lo m&aacute;s probable es que procedas a evitarlo toda tu vida. </strong>No importa que mientras tanto cambies seis veces de zapatillas y cuatro de pareja, que dejes de escuchar a Nicki Nicole por Charly o abandones el tejido por el remo en canoa. Hay m&aacute;s chances de que siga vigente un tatuaje de &ldquo;Odio el mondongo&rdquo; en tu brazo que uno con el nombre de tu novio. Ver comer mondongo a otras personas tambi&eacute;n te dar&aacute; un poquito de asco y, aunque no lo digas en voz alta, vas a poner cara de que ojal&aacute; evolucionaran todos y sacaran eso de tu vista.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Adoptamos ese aire de superioridad cuando de repugnancia se trata. Lo que nos genera rechazo se nos hace m&aacute;s que cuesti&oacute;n de gustos. No es que el cilantro no nos agrade, sucede que ES un asco. Ante la afronta de que alguien lo disfrute, oscilamos entre el desconcierto y la franca impaciencia. C&oacute;mo te va a gustar eso. Si ES un asco.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        En general, como de todo. Por inclinaci&oacute;n natural: aunque no reacciono bien a las novedades en general, me gustan las comidas &ldquo;raras&rdquo; desde chica y siempre respond&iacute; con cierta fe ante las posibilidades nuevas en la mesa. Tambi&eacute;n porque aprend&iacute;, con los a&ntilde;os, que funciona. Cuanto m&aacute;s abr&iacute;s el juego y prob&aacute;s, m&aacute;s natural se te hace incorporar un sabor diferente, una textura inesperada. Un archivo amplio de experiencias gastron&oacute;micas (en especial si se form&oacute; cuando eras chico) ayuda a asociar lo nuevo con lo conocido, a interpretarlo con herramientas acopiadas. Me llevo bien con las achuras, con las especias, con el agridulce. S&eacute; que tengo un largo camino por recorrer con el picante, pero avanzo a paso lento y seguro. Cada vez lo disfruto un poco m&aacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando persever&aacute;s en entender un sabor hasta que termina por gustarte, todo el proceso de reticencias se diluye o se omite entero, con el paso del tiempo. Mis aires de condescendencia aparecen con las personas ma&ntilde;osas para comer, mucho m&aacute;s que con la comida en s&iacute;. Pero despu&eacute;s de tanta jactancia, me descubro haciendo lo mismo que todos. &ldquo;El mate de coco no es mate&rdquo;, son palabras que suelto con demasiada facilidad. <strong>Todo lo relativo al mate saca a relucir el enano fascista que hay en m&iacute;: el mate no es dulce, no lleva boldo ni menta, no se ceba reg&aacute;ndolo como una maceta. Porque as&iacute;, bueno, as&iacute; es un asco.</strong>
    </p><p class="article-text">
        La semana pasada, en mis redes sociales, <a href="https://www.instagram.com/p/DJ5NLLQu8jG/?img_index=1" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">hablamos de la palta</a>: cuando es &eacute;poca, en Misiones cosechan tantas que ya no saben qu&eacute; hacer con ellas. Suger&iacute; recetas: desde las m&aacute;s obvias, como el guacamole, hasta otras m&aacute;s raritas, como una mousse de chocolate. As&iacute; supe que la mitad del pa&iacute;s la conoc&iacute;a como postre, de peque&ntilde;os (con az&uacute;car, miel o un chorrito de oporto) y s&oacute;lo descubrieron que pod&iacute;an consumirla salada ya grandes, al viajar, casarse; en fin, exponerse a otros modos. Esto es as&iacute; en muchas provincias del norte argentino, pero tambi&eacute;n en Patagonia o en el Conurbano, entre descendientes de italianos, por ejemplo. La otra mitad de la gente conoce la palta salada desde el vamos, y por supuesto qued&oacute; igual de shockeada al conocer la versi&oacute;n dulce (que es la m&aacute;s com&uacute;n en Paraguay y en Brasil, tambi&eacute;n). Ambas mitades, como es obvio, reaccionaron a pleno asco cuando descubrieron la alternativa. Muchos hicieron la transici&oacute;n al otro equipo, con el tiempo; pocos lograron mantener el consumo de las dos versiones en paralelo. Necesitamos elegir un bando y ser fieles a &eacute;l, por lo visto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la peli <em>Intensamente</em> hay un personaje (una emoci&oacute;n de la peque&ntilde;a protagonista, Riley) que se llama Asco. Asco no solo se ocupa de rechazar todo lo que le parece repulsivo, sino de evitar el suicidio social de Riley: que nunca sea ella la asquerosa, la desagradable, para los dem&aacute;s. Me pregunto si a un adulto tambi&eacute;n se lo representar&iacute;a con estas dos facetas unidas en un mismo mecanismo sensible. Quiz&aacute;s s&iacute;.<strong> El asco tiene todo que ver con nuestra vida social y aspiracional. Si te gusta algo que para los dem&aacute;s es repelente, sos un quemo.</strong> Eso explica, tambi&eacute;n, por qu&eacute; no funciona todo al rev&eacute;s. Porque podr&iacute;a, &iquest;o no? Podr&iacute;a ser al rev&eacute;s. Podr&iacute;amos considerar nuestro asco, socialmente, como una debilidad, un h&aacute;ndicap. &ldquo;Te pido mil disculpas, no soy capaz de apreciar este mondongo que ha de ser maravilloso para alguien con menos limitaciones&rdquo;. <strong>Pero el asco se nos pega al odio mucho m&aacute;s que a la fragilidad. </strong>Aunque haya ascos m&aacute;s aceptados que otros, nunca nadie se siente vulnerable por su repugnancia. Todo lo contrario: el asco es un territorio de autoafirmaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <strong>El rechazo por los alimentos nuevos y desconocidos se llama Neofobia. </strong>Es una palabra que se populariz&oacute; entre las mamis porque cuando los beb&eacute;s empiezan a comer suelen tener esa respuesta ante cualquier comida extra&ntilde;a que se les presente. Y claro, extra&ntilde;o para un beb&eacute; puede ser desde una zanahoria hasta una frutilla. Los pediatras aconsejan volver a presentar esos alimentos, no una sino varias veces, de distintas formas, sin presionar pero sin dar por sentado que los chicos jam&aacute;s los van a aceptar. Y funciona. La mayor&iacute;a de las veces, tarde o temprano, cualquier infante vuelve al pie y devora br&oacute;colis y mandarinas que hasta ayer lo asqueaban.
    </p><p class="article-text">
        Un problema m&aacute;s grande son los adultos. Los que llevan m&aacute;s que semanas, d&eacute;cadas de rechazar alimentos y se convencieron de que no les gusta nada por fuera de lo conocido y aprobado. <strong>Los pediatras que tratan casos fuleros de neofobia en chicos saben que hay buenas chances de que el nudo empiece por los padres.</strong> No te tiene que gustar todo para ense&ntilde;arle a comer a tus hijos, pero tu relaci&oacute;n con la comida importa. Y tu forma de relacionarte con lo que no com&eacute;s es fundamental. Si lo que no te gusta &ldquo;es un asco&rdquo;, el panorama se complica.
    </p><p class="article-text">
        Nos producen asco ciertas comidas y tambi&eacute;n ciertos modos en la mesa. Un enorme repertorio de acciones nos dan repel&uacute;s: masticar con la boca abierta, hablar con la boca llena, chorrear, escupir, chupar un hueso, lamer el plato, usar los dedos, mancharse la ropa, sorber. &iquest;Es cultural? Claro. Entre los orientales, buena parte de esa lista es aceptable. Eructar y hacer ruido al comer son se&ntilde;ales de satisfacci&oacute;n para pueblos enteros. Tambi&eacute;n es cultural que te d&eacute; asco comer tripas: las texturas viscosas y gelatinosas son revulsivas para nosotros y apetecibles para ellos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero volvamos a hurgar ac&aacute; cerca. Escarbemos entre nosotros, que revoleamos los ojos si alguien nos muestra la comida en su boca o saca la lengua por fuera de ella. Cu&eacute;ntenme, sean sinceros. Cuando comen solos, en la mesada, una porci&oacute;n de pizza fr&iacute;a con la vista perdida en el tubo de la cocina, ustedes, &iquest;nunca lo hacen? Cuando miran una serie tirados en la cama cuchareando algo dulce, &iquest;no usan la cuchara de chupet&iacute;n, aunque sea sin darse cuenta? Digan m&aacute;s, &iquest;no lo gozan un poquito? <strong>No es com&uacute;n sentir asco de uno mismo. El asco es el otro. </strong>En tiempos de total desconcierto y franca hostilidad ante las preferencias ajenas &ndash;su estilo de vida, sus gustos, su voto- optamos por montar en c&oacute;lera como primera medida. Elegimos autoafirmarnos por la negativa: es medio dif&iacute;cil saber qu&eacute; queremos, en la vida, en pol&iacute;tica o para cenar; pero estamos muy seguros de que eso ajeno, no. No nos gusta. Peor. Nos da n&aacute;useas. M&aacute;s que el eructo o el mondongo, nos asquea el otro, arroj&aacute;ndonos su radiante diferencia en la cara.
    </p><p class="article-text">
        <em>MC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Kiako]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/asco_129_12331126.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 27 May 2025 09:45:50 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Asco es el otro]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El guiso, ese héroe colectivo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/guiso-heroe-colectivo_129_12292044.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5d791dde-65fa-42cb-a619-22b4a46949ea_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El guiso, ese héroe colectivo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un conjunto de ingredientes de bajo perfil, ninguno ganador por sí solo. En el guiso no hay cabida para superhéroes individuales, no van el lomo, ni el salmón ni las almendras. Es la sublimación de lo que queda en la heladera y la alacena: el rejunte de siempre, donde lo viejo funciona. </p></div><p class="article-text">
        Faltan unos d&iacute;as para que salga esta columna, pero es probable que la conversaci&oacute;n sobre El eternauta todav&iacute;a suene fuerte. La verdad es que muchas veces nos ponemos megal&oacute;manos y obsesivos con un objeto cultural, con una noticia o una copa de f&uacute;tbol. Generalmente el tema lo amerita (un presidente que viola la Constituci&oacute;n, salir campeones en el Mundial, una serie de Stagnaro basada en Oesterheld); lo que no tiene tanta raz&oacute;n de ser, si me preguntan a m&iacute;, es nuestro caudal infinito de opiniones lanzadas al viento digital. No es tan importante si para vos la copa la asegur&oacute; Scaloni o fue De Paul cuid&aacute;ndolo a Messi. No s&eacute; si vale la pena contar en redes qu&eacute; parte de la adaptaci&oacute;n audiovisual, si los bichos o la nieve, te pareci&oacute; poco fiel. Opinar no est&aacute; mal, y el ejercicio del juicio cr&iacute;tico es necesario. Pero todo junto, multiplicado por internet, es agotador.
    </p><p class="article-text">
        Habr&aacute;n visto esa frase de difusi&oacute;n de la serie en todos lados, &ldquo;el &uacute;nico h&eacute;roe es el h&eacute;roe colectivo&rdquo;. La recib&iacute; como aire fresco, una apelaci&oacute;n a lo comunitario en tiempos de todo lo contrario. Pero me sorprendi&oacute;, en la marejada infinita de opiniones, que para much&iacute;sima gente Juan Salvo encarna a ese h&eacute;roe en El eternauta. Ya es desconcertante, de por s&iacute;, condensar en un personaje un concepto que aplica a un grupo por definici&oacute;n. M&aacute;s todav&iacute;a es extra&ntilde;o endilg&aacute;rselo a &eacute;ste, que ser&aacute; el protagonista de la historia, pero que en definitiva nunca deja de preocuparse por sus cosas, su familia, su historia personal. Lo mismo que hacemos todos, por otra parte. Ac&aacute; nadie te juzga, Juan. Un personaje valiente, fundamental para que avance la historia y de grandes talentos. Pero no dir&iacute;a que encarna al h&eacute;roe colectivo (insisto: nadie lo hace, por eso necesitamos la comunidad). Son las mujeres, durante los primeros cap&iacute;tulos, quienes le recuerdan una y otra vez que nadie se salva solo. Las &ldquo;esposas&rdquo;. Ellas piensan en grupo. En el chico oriental, en la mujer embarazada, en los vecinos del barrio.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Pero esta es una columna sobre comida, y El eternauta poco dice al respecto. Me quedo con el h&eacute;roe colectivo, esa uni&oacute;n que hace la fuerza, ese nadie-en-especial-pero-juntos-podemos. En la cocina, no caben dudas, ese h&eacute;roe es el guiso. Un conjunto de ingredientes de bajo perfil, ninguno ganador por s&iacute; solo. En el guiso no hay cabida para superh&eacute;roes individuales, no van el lomo, ni el salm&oacute;n ni las almendras. Es un territorio de cebollas, conserva de tomates y ma&iacute;z pisado. No hay varitas m&aacute;gicas en el guiso: hay tiempos largos, pases cortos y jugadores de toda la cancha. Es la sublimaci&oacute;n de lo que queda en la heladera y la alacena: el rejunte de siempre, donde lo viejo funciona. Como los sobrevivientes, un rejunte de gente com&uacute;n que combina sus talentos cotidianos y modestos para salvarse. Los h&eacute;roes de El Eternauta, y del guiso, son &ldquo;lo que hay&rdquo;. Y con lo que hay, cuando queremos, o cuando lo necesitamos, hacemos maravillas.
    </p><p class="article-text">
        Hay algunos secretos para que el guiso sea &eacute;pico, claro. Ya mencionamos, al pasar, el tiempo. No est&aacute; bueno apurar los platos de olla. El l&iacute;quido y la grasa son veh&iacute;culos del sabor, si los dejamos trabajar. Los recortes de carne m&aacute;s duros se vuelven tiernos y, al hacerlo, le dan col&aacute;geno al conjunto; el col&aacute;geno es textura, es untuosidad, es amor guisero del bueno. Las especias, que por separado son demasiado fuertes, se van poniendo de acuerdo y armando una cosa nueva. El tomate va perdiendo acidez y mostrando dulzor. Quiero llevarles tranquilidad: no voy a explotar la met&aacute;fora al punto de identificar ingredientes con personajes. Pero casi que funcionar&iacute;a bien.
    </p><p class="article-text">
        Hay que ser pacientes con el guiso, y tambi&eacute;n hay que ser generosos. Eso no significa poner mucho de todo, tampoco lo m&aacute;s caro ni lo m&aacute;s dif&iacute;cil de conseguir. Ser generosos en la cocina, la mayor&iacute;a de las veces, es poner el cuerpo, el tiempo o la dedicaci&oacute;n que nos resistimos a dar. Puede ser picar m&aacute;s chiquita la zanahoria, o remojar el d&iacute;a anterior las lentejas. Puede ser espumar la superficie, retirando las impurezas. Puede ser agregar una hoja de laurel, piment&oacute;n ahumado, ese chorrito de vino tinto. Si sos medio light, quiz&aacute;s ser generoso sea animarte a ponerle panceta. Si sos muy carn&iacute;voro, el esfuerzo de sumarle verdeo, o apio, o un par de hongos secos. El asunto es darle amor al guiso, algo m&aacute;s que lo m&iacute;nimo imprescindible, salir un cent&iacute;metro de tu zona de confort, casi como una ofrenda.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y en la misma l&iacute;nea: siempre, pero siempre, se calcula guiso de m&aacute;s. Porque el tiempo hace su magia y el sabor mejora al d&iacute;a siguiente. Para convidar, para que sobre. Para freezar, agradeciendo que no vivimos un apocalipsis, que podemos, y que tu &ldquo;yo&rdquo; del futuro ser&aacute; feliz con esa porci&oacute;n congelada cuando est&eacute; cansado, apurado y sin resto para ser generoso ni consigo mismo. Ah&iacute; sale ese guiso salvador, superh&eacute;roe, que te rescata y te devuelve todo el amor que supiste ponerle. Lo bien que hiciste.
    </p><p class="article-text">
        <em>NK/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Kiako]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/guiso-heroe-colectivo_129_12292044.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 13 May 2025 09:39:05 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El guiso, ese héroe colectivo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Alimentación,El Eternauta,Comida,Comida argentina]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Por qué no comés gluten]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/no-comes-gluten_129_12254388.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/168c7af7-7346-4e09-b3ec-73e273554c60_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Por qué no comés gluten"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Antes y después del colesterol hubo otros demonios comestibles. El salmón fue alternativamente un superalimento y Chernobyl reencarnado. La leche de vaca, un consumo obligatorio y, acto seguido, una secreción mamaria destinada a inflamarnos. El diablo se viste a la moda, y su look de hoy es el gluten.</p></div><p class="article-text">
        En los noventas era el colesterol. No pod&iacute;amos ni ver una yema de huevo que se nos atascaban las arterias. Evitar la manteca era la f&oacute;rmula de la juventud eterna y los aceites vegetales se vend&iacute;an con una leyenda bien llamativa: &ldquo;SIN COLESTEROL&rdquo;, que es como promocionar un perejil &ldquo;sin az&uacute;car&rdquo;. No, no tiene y nunca va a tener, es su naturaleza.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s pas&oacute; el furor. Aprendimos que reemplazar manteca por margarina era mucho peor en todos los sentidos posibles (m&aacute;s feo, m&aacute;s da&ntilde;ino, m&aacute;s artificial).&nbsp;Hilamos fino: hay colesterol bueno y malo, el malo no es necesariamente un villano sino un &iacute;ndice de otros problemas en el cuerpo por diversos motivos; hay alimentos que ayudan a bajar el LDL, y hay que atender a mucho m&aacute;s que los alimentos en torno a esos niveles: estilo de vida, ejercicio f&iacute;sico, gen&eacute;tica, estr&eacute;s, otras enfermedades y un largu&iacute;simo etc&eacute;tera. Sabemos que comer manteca o grasa animal no es el fin del mundo; que la cuesti&oacute;n es la cantidad y el uso frecuente de otras grasas. Hoy el colesterol nos importa bastante menos al com&uacute;n de los mortales. Si no lo indica el m&eacute;dico, tomamos decisiones alimentarias con otros criterios en mente. A lo sumo hay un rebrote de indignaci&oacute;n cuando se menciona al aceite de coco, de uso parecido a la manteca, pero que es una grasa saturada vegetal. La mayor&iacute;a de la gente ni sabe qu&eacute; es. Cosas de nicho.
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        Antes y despu&eacute;s del colesterol hubo otros demonios comestibles. El salm&oacute;n fue alternativamente un superalimento y Chernobyl reencarnado. La leche de vaca, un consumo obligatorio y, acto seguido, una secreci&oacute;n mamaria destinada a inflamarnos. El diablo se viste a la moda, y su look de hoy es el gluten.
    </p><p class="article-text">
        Pero qu&eacute; es el gluten. La definici&oacute;n de Peque&ntilde;o Larousse gastron&oacute;mico dir&iacute;a &ldquo;una red viscoel&aacute;stica&rdquo;. Un tapiz de filamentos flexibles y maravillosos que se forma en la masa cuando se humedecen dos prote&iacute;nas: la glutenina y la gliadina. As&iacute; que el gluten, como el gato de Schr&ouml;dinger, est&aacute; pero no est&aacute; antes de cocinar: hasta que el trigo no se hidrata, no se forma ese tejido el&aacute;stico y diminuto que sostiene un pan perfecto. No hay muchos alimentos que sean fuente natural de gluten: el trigo, el centeno y la cebada. Sanseacab&oacute;. Aunque la avena es la A en TACC, esas siglas que conocemos bien en Argentina, t&eacute;cnicamente no tiene esas prote&iacute;nas sino una diferente llamada avenina. Pero dejemos esa cuesti&oacute;n para otro d&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por definici&oacute;n, una persona cel&iacute;aca necesita evitar el gluten: su cuerpo responde al contacto, sea mucho o poco, con una reacci&oacute;n diferente a la de las dem&aacute;s personas. Es una condici&oacute;n autoinmune y de por vida. Tambi&eacute;n hay gente con distintos grados de intolerancia, sensibilidad, alergias &ndash;no necesariamente al gluten, sino quiz&aacute;s al trigo o a otro cereal en particular&ndash;, muy diferentes: una intolerancia causa s&iacute;ntomas molestos, m&aacute;s o menos intensos, pero no provoca da&ntilde;os sist&eacute;micos a largo plazo y no requiere un r&eacute;gimen estricto 100% libre de gluten. Y despu&eacute;s a&uacute;n hay personas con otras condiciones, que no tienen nada que ver con la celiaqu&iacute;a ni la intolerancia ni la sensibilidad, y que sin embargo mejoran o se alivian evitando el gluten lo m&aacute;s posible. Esto &uacute;ltimo es bastante intangible: en un grupo de personas con alguna de esas patolog&iacute;as, algunas progresan de manera espectacular sin gluten y otras no sienten diferencia alguna. Para terminar de hacer impalpable el asunto, la frutilla del postre: diagnosticar la celiaqu&iacute;a puede ser complicad&iacute;simo. A veces los anticuerpos salen claritos en un simple an&aacute;lisis de sangre, pero otras veces no aparecen aunque la condici&oacute;n de fondo est&eacute;. Lo m&aacute;s seguro es la biopsia &ndash;que es bastante invasiva, y lo pens&aacute;s dos veces antes de hacerla, sobre todo en ni&ntilde;os. El positivo en celiaqu&iacute;a es bastante certero, el negativo puede resultar muy provisorio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; hablamos tanto del gluten? Al crecer la capacidad de diagn&oacute;stico, nos enteramos de m&aacute;s casos, desde luego. Como la predisposici&oacute;n gen&eacute;tica se hereda, mucha gente comprende por fin no s&oacute;lo sus propios s&iacute;ntomas sino tambi&eacute;n los de su abuela o su t&iacute;o que siempre ten&iacute;an dolor de cabeza o se quejaban de la panza hinchada. Otro fen&oacute;meno de &eacute;poca: parece que la harina de trigo tiene hoy una proporci&oacute;n m&aacute;s alta de gluten en comparaci&oacute;n con la de hace escasos doscientos a&ntilde;os. El grano con m&aacute;s gluten se trabaja mejor, su harina es m&aacute;s el&aacute;stica, su textura m&aacute;s perfecta. &iquest;Cu&aacute;l ser&iacute;a la consecuencia? Que un pan cualquiera tiene mucho m&aacute;s gluten ahora que uno del siglo XIX. Pero aunque no fuese as&iacute;, pensemos el espacio que ocupa la harina de trigo en la dieta occidental (protag&oacute;nico, omnipresente), y la conclusi&oacute;n es f&aacute;cil: no solo comemos gluten. Comemos much&iacute;simo gluten. Una cantidad exorbitante. Si desayun&aacute;s tostadas, almorz&aacute;s fideos, merend&aacute;s galletitas y cen&aacute;s milanesas, comiste gluten como un campe&oacute;n a lo largo de tu d&iacute;a. La gente se queja de &ldquo;las harinas&rdquo;, quiere dejar &ldquo;las harinas&rdquo;, la hinchan &ldquo;las harinas&rdquo;; es un plural medio falluto, considerando que es siempre <em>una</em> harina, la misma, singular, de trigo y refinada. No salimos de &eacute;sa ni por asomo.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Y qu&eacute; hace la gente que quiere dejar el gluten? Algo parecido a lo que implicar&iacute;a comer margarina para dejar la manteca: consumir masas <em>gluten free</em> con porcentajes elevados de almid&oacute;n, premezclas a base de soja, f&eacute;culas y triple dosis de az&uacute;car y grasa para compensar. Lo hacen los cel&iacute;acos, por necesidad y porque no saben c&oacute;mo hacer masas de otra forma; pero tambi&eacute;n muchas personas que simplemente buscan &ldquo;comer m&aacute;s sano&rdquo;, sin darse cuenta de que caen de Guatemala a Guatepeor.
    </p><p class="article-text">
        Vuelvo al colesterol: no est&aacute; mal comer manteca, el problema es quiz&aacute;s comer kilos de manteca, comer s&oacute;lo manteca, y comer para el traste en cuanto al resto de tus elecciones para llenar el plato. El problema es que pensemos que el culpable, o la soluci&oacute;n, es UN alimento. Con el gluten, me atrevo t&iacute;midamente a sugerir, pasa algo parecido. Si no sos cel&iacute;aco, comer gluten no est&aacute; mal. Comer gluten no es t&oacute;xico ni da&ntilde;ino, no detona tu sistema inmunol&oacute;gico. Quiz&aacute;s el problema es que <em>s&oacute;lo </em>comemos gluten, y que lo comemos todo el tiempo, en sus peores versiones y dejando afuera de la mesa todas las harinas sin gluten, todos los cereales sin gluten, todas las legumbres. Que son much&iacute;simos. No saben cu&aacute;ntos. Que tambi&eacute;n sirven para elaborar masas deliciosas y de texturas excelentes, si tan solo tuvi&eacute;ramos los h&aacute;bitos y la informaci&oacute;n necesarios para lograrlo.
    </p><p class="article-text">
        Ojo: no estoy adhiriendo al discurso de &ldquo;la porci&oacute;n justa&rdquo; que acu&ntilde;&oacute; la industria de los ultraprocesados. No hay una porci&oacute;n benigna de chizitos. No hay una cantidad adecuada de huevitos Kinder. &iquest;Podemos elegir comerlos? Claro, ac&aacute; nadie es la polic&iacute;a de la comida. Es una decisi&oacute;n personal, en funci&oacute;n de un contexto, de criterios individuales, parte de un repertorio de opciones poco recomendables que quiz&aacute;s elegimos igual porque, bueno, de carne somos, y a veces solo queremos gratificaci&oacute;n instant&aacute;nea. Pero en ninguna medida, en ninguna porci&oacute;n, dejan de ser algo que resta para el cuerpo.
    </p><p class="article-text">
        La comida de verdad &ndash;lamento el uso de la expresi&oacute;n a falta de otra mejor, pero se entiende: los alimentos que realmente lo son &ndash; dibuja un paisaje diferente. Ninguno es el demonio. Ninguno es la panacea. Aunque insistamos en tratar de verlos as&iacute;. Buscamos superalimentos o pociones m&aacute;gicas y perseguimos supervillanos que no existen. En vez de temerle tanto a unos y abusar de otros,&nbsp; podr&iacute;amos poner un &aacute;pice de atenci&oacute;n en lo que verdaderamente nos servir&iacute;a: comer comida y recuperar la variedad. Comer de todo. &iquest;Cu&aacute;ndo fue la &uacute;ltima vez que probaste un repollito de Bruselas? Est&aacute;n en su mejor momento. Ahora hay membrillos, las primeras mandarinas, esas naranjas un poco p&aacute;lidas y &aacute;cidas que te despiertan. Es &eacute;poca de calabazas, de zapallos. Eso mismo vale para el gluten: est&aacute; todo bien con el trigo, no le tengas miedo. &iquest;No sos cel&iacute;aco? Y dale. Pero dale tambi&eacute;n al arroz, a la quinoa, a la avena. Comete un guiso de lentejas. F&iacute;jate si la pr&oacute;xima haces fain&aacute; y en vez de tres porciones de pizza, te clav&aacute;s una o dos. Te haces unas arepas o una regia polenta. Los ejemplos son infinitos. Lo que nos falta es ese mecanismo de selecci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Podr&iacute;a haber escrito sobre los l&aacute;cteos y llegar a un punto similar: si no sos al&eacute;rgico a la prote&iacute;na de leche de vaca, si no sos vegano, com&eacute; queso nom&aacute;s. Pero no solo queso, y no todo el tiempo. Los suced&aacute;neos ultraprocesados del queso siempre son peores que el queso. Buscamos y encontramos chivos expiatorios para nuestro malestar, todo el tiempo, uno atr&aacute;s del otro. Cancelamos alimentos furiosamente, con ah&iacute;nco. Hay cierto v&eacute;rtigo en elegir un blanco, un eje del mal que sea la causa de todos nuestros problemas para luego evitarlo de forma puritana, religiosa, obsesiva. Alrededor de ese n&uacute;cleo maligno, un goce subterr&aacute;neo que consiste en privarnos, en desear y no poder, en someternos a un l&iacute;mite cualquiera con la vana esperanza de que en tanto sacrificio se esconda el secreto de nuestro bienestar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>NK/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Kiako]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/no-comes-gluten_129_12254388.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 29 Apr 2025 09:32:42 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Por qué no comés gluten]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Alimentación,Comida,gluten,dieta equilibrada]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Qué fiaca cocinar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/fiaca-cocinar_129_12216180.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0fd2ae32-2643-46e9-99f0-ca49e45e6a96_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Qué fiaca cocinar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cocinamos porque es una actividad básica para cuidar de nosotros mismos. ¿Se puede derivar? Sí. Pero saber cuidarnos solos es parte de la integridad de una persona. Cocinar es un saber esencial para un adulto autónomo, como bañarse, lavarse los dientes o tomarse un colectivo. </p></div><p class="article-text">
        Jerry Seinfeld confes&oacute; una vez que tiene calculado c&oacute;mo vestirse a la ma&ntilde;ana dando la menor cantidad de pasos posible. Me sent&iacute; identificada  &ndash;la fiaca es mi animal espiritual&ndash; pero adem&aacute;s me pareci&oacute; un mecanismo interesante viniendo de &eacute;l, que est&aacute; lejos del clich&eacute; del perezoso: un chab&oacute;n tirado todo el d&iacute;a en el sill&oacute;n, en camiseta, con manchas de salsa. Seinfeld es un tipo p&uacute;blicamente productivo, perfeccionista y exitoso en su trabajo. Estoy segura de que aplica esa misma l&oacute;gica, la ley del menor esfuerzo, a todos los &aacute;mbitos: las formas m&aacute;s excelentes de trabajar el m&iacute;nimo para lograr el m&aacute;ximo. Por algo es una ley. &iquest;A qui&eacute;n le gusta esforzarse m&aacute;s de lo indispensable?&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De ninguna manera me imagino a Seinfeld pensando &ldquo;meh, ya fue&rdquo; ante una dificultad para alcanzar sus objetivos. La clave para ser funcional ante la pereza es que el deseo &ndash;el prop&oacute;sito, las ganas de lo que sea que uno quiere&ndash; nos inquiete lo suficiente como para vencer la inercia. Lo necesitamos. <em>Necesitar</em> es una palabra que usamos cuando queremos tanto algo que mover el culo para conseguirlo nos parece inevitable. &Uacute;ltimamente, me parece, nos cuesta bastante esforzarnos. Creo que es, en cierta medida, porque nos entretienen tantas micro recompensas virtuales que no requieren esfuerzo; y porque las otras recompensas &ndash;muchas necesarias, incluso algunas que podr&iacute;amos considerar derechos&ndash; no llegan ni con todo el sacrificio del mundo. Esforzarse y conseguir est&aacute;n perdiendo relaci&oacute;n de causa y efecto.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Entremos a la cocina, donde para preparar la comida, un poco m&aacute;s, un poco menos, hay que trabajar. Afuera tenemos una oferta abundante de comidas que vienen hechas, resueltas, listas para &ndash;literalmente&ndash; consumir. &iquest;Por qu&eacute;, entonces cocinar? Me irrita un poco la romantizaci&oacute;n de la cocina como argumento para ejercerla. A m&iacute; me gusta mucho cocinar, pero tambi&eacute;n me da fiaca y me cansa. Lo hago igual, la mayor&iacute;a de las veces. Pero cocinar no siempre es un placer. Hay veces que no ten&eacute;s ganas. Otras, todo falla y es un desastre. Muchas veces no te calma, te estresa. Las m&aacute;s de las veces, todos estamos ocupados, cansados y estresados antes de empezar. Pero lo mismo pasa con muchas otras actividades que no cuestionamos nunca. Desde cosas chiquititas, como cortarse las u&ntilde;as, hasta otras colosales, como convivir o criar chicos. Vivir cansa. Todo o casi todo nos puede dar fiaca. Mandamos a los hijos a ba&ntilde;arse mientras est&aacute;n a nuestro cargo, y despu&eacute;s son gente grande que se ducha, se viste, va al trabajo por voluntad propia: las cosas que tenemos-que-hacer. Lo imprescindible. Cocinar puede parecer ajeno a ese repertorio de necesidades, prescindible,&nbsp; y yo no creo que lo sea.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Hay que cocinar? S&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Cocinamos porque lo necesitamos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cocinamos porque es una actividad b&aacute;sica para cuidar de nosotros mismos. &iquest;Se puede derivar? S&iacute;. Pero saber cuidarnos solos es parte de la integridad de una persona. Cocinar es un saber esencial para un adulto aut&oacute;nomo, como ba&ntilde;arse, lavarse los dientes o tomarse un colectivo. Todos esos &ldquo;se&rdquo; significan algo importante en el autocuidado m&iacute;nimo que una persona necesita darse a s&iacute; misma. Cocinarse, hacerse la comida, tambi&eacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Cocinamos porque es la &uacute;nica forma de comer bien con frecuencia, en todos los sentidos de la expresi&oacute;n &ldquo;comer bien&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Cocinamos porque hay que ser muy rico y privilegiado para comer sin cocinar &ndash;lo que significa que otra persona cocina siempre por nosotros&ndash;y sin enfermarse &ndash;porque sin mucha plata y sin cocinar, es imposible comer buena comida. Estoy hablando de la dieta cotidiana y no de las excepciones, el &ldquo;de vez en cuando&rdquo;, la salidita ni el delivery de emergencia. Estoy hablando de lo que comemos casi siempre. Comprar hecho lo de casi siempre, sin mucha plata, no nos deja m&aacute;s remedio que elegir entre comestibles que pueden ser muy ricos, muy tentadores, muy saciantes, pero que cuesta considerar alimento. Apelo, ya no digamos al sentido com&uacute;n, sino a la ciencia: una dieta basada en ultraprocesados te va a enfermar.
    </p><p class="article-text">
        Cocinamos porque nos hace mejores comensales. Porque sentir placer comiendo comida chatarra es inevitable (est&aacute; dise&ntilde;ada para eso), pero disfrutar de la comida normal requiere un m&iacute;nimo entrenamiento, una familiaridad con ella. Ver c&oacute;mo un beb&eacute; aprende a comer lo muestra clar&iacute;simo. Lleva tiempo y muchas experiencias. La recompensa no es tan instant&aacute;nea como la teta. Primero hay sorpresa, hay curiosidad, hay una exploraci&oacute;n fascinante. 9 de cada 10 saboreos no terminan con cara de &eacute;xtasis: lleva a m&aacute;s investigaciones, con las manos, con la lengua. Decodificar los alimentos es necesario para disfrutarlos. La comida puede ser rica, puede ser incluso deliciosa. Entenderla &ndash;saber c&oacute;mo se prepara, qu&eacute; operaciones transforman un pu&ntilde;ado de ingredientes en un plato, conocer el lenguaje de la cocina&ndash; nos vuelve m&aacute;s aptos para gozarla. Cocinando vas a descubrir tus propios gustos, a conocerte mucho mejor como comensal. Vas a encontrar tu versi&oacute;n favorita de tu comida favorita, y vas a tener el poder de hacerla siempre. Si cocin&aacute;s pod&eacute;s comer lo que quer&eacute;s cuando lo quer&eacute;s, al menos la mayor parte de las veces.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cocinar nos conecta con el territorio y las personas. Hacer las compras nos recuerda qu&eacute; estaci&oacute;n es y qu&eacute; se produce en este momento. Lo que est&aacute; barato en la verduler&iacute;a es local y estacional; lo que est&aacute; caro, viene de otro clima, de otro lugar. Cuando hay sequ&iacute;a, heladas o inundaciones, desaparecen las hojas verdes. &ldquo;El campo&rdquo; es parte de tu vida todos los d&iacute;as, vivas en Tilcara o en Chacagiales. La cadena de personas que lleva los ingredientes a tu mesada cada d&iacute;a se hace presente de muchas maneras. Todo bien con abrazar &aacute;rboles, con el &ldquo;grounding&rdquo;. Quiz&aacute;s podemos empezar con una manzana que todav&iacute;a tenga una hojita.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cocinar no es necesario para conservar viva una tradici&oacute;n. La tradici&oacute;n de cocinar nos ayuda a conservarnos vivos. Cocinar es posible &ndash;realizable, incluso m&aacute;s f&aacute;cil- si contamos con una herencia de recetas y procedimientos. Las recetas pueden cambiar, aggionarse y adaptarse. No son sagradas, o mejor dicho, lo esencial no se altera en esas operaciones. Las recetas no son necesariamente el meollo del asunto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cocinar no es necesario para darle amor a la gente que queremos. Si les cocinamos a otros los estamos cuidando, s&iacute;. Pero hay muchas formas de ir por la vida, de cuidar y de descuidar. Incluso a los chicos. Si otra persona le cambia los pa&ntilde;ales a tu beb&eacute; est&aacute; todo bien. Si nunca jam&aacute;s le cambi&aacute;s los pa&ntilde;ales a tu hijo, o ni siquiera sab&eacute;s hacerlo, bueno, est&aacute; como para echarse una pensadita.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cocinar no es necesario para relajarnos. Cocinar un domingo o con amigos puede ser un momento de placer y de ocio, pero la cocina necesaria es la de todos los d&iacute;as, la de batalla. Hay gente que no disfruta de cocinar, hay gente que s&iacute;. El deber de sentir lo que no sentimos es el peor de los deberes.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Se puede vivir sin cocinar? Bueno, s&iacute;, seguro. Pero como cualquier renuncia importante tiene un costo elevado. Se puede vivir sin alfabetizarse, sin conectarse a internet tambi&eacute;n. Se vive mejor con lectoescritura y con buena comida. Puede ser dif&iacute;cil encontrarle la vuelta y todav&iacute;a m&aacute;s sostenerlo: c&oacute;mo nos cuesta sostener, a&uacute;n lo que merece la pena. Otro d&iacute;a hablamos de eso. Pero s&iacute; que merece la pena. No s&eacute; si les pasaba, de chicos, que demoraban horas en resignarse a entrar en la ducha, y despu&eacute;s no quer&iacute;an salir nunca del agua tibia. Hoy, por ejemplo, es un feriado de oto&ntilde;o crocante y espl&eacute;ndido. Me da una fiaca infinita levantarme de esta silla a prender la hornalla, pero s&eacute; que es el puente directo a la sopa de calabaza que se me antoja. Hacia all&iacute; voy. Tarda en llegar, y al final hay recompensa.
    </p><p class="article-text">
        <em>NK/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Kiako]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/fiaca-cocinar_129_12216180.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 15 Apr 2025 14:01:02 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Cocina,Alimentación,Soberanía alimentaria]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Umami: difícil que lleguemos a ponernos de acuerdo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/umami-dificil-lleguemos-ponernos-acuerdo_129_12172802.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1767f242-a158-4f0c-97ae-7d85a2a7a78d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Umami: difícil que lleguemos a ponernos de acuerdo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Me resulta fascinante que algo que es fisiológico, una percepción para la que sin dudas nuestro cuerpo está preparado, un gusto que percibimos en la práctica todos los días de nuestras vidas, nos resulta invisible porque nunca lo aprendimos a identificar como tal. </p></div><p class="article-text">
        Cuando yo era chica, Plut&oacute;n ten&iacute;a el mismo status que Marte y Venus. Ahora hace ya casi veinte a&ntilde;os que perdi&oacute; el rango. Tuvimos un sistema solar de nueve planetas por casi un siglo. Ahora son ocho de nuevo. Me fascina c&oacute;mo tejemos y destejemos realidades tan enormes como un cuerpo celeste usando palabras. Datos cient&iacute;ficos y palabras, en el mejor de los casos.
    </p><p class="article-text">
        Para la misma &eacute;poca en que Plut&oacute;n era un planeta me ense&ntilde;aban en la escuela primaria los cinco gustos: dulce, salado, &aacute;cido, amargo y picante. Hoy tambi&eacute;n contamos cinco, pero no son los mismos. El sentido del gusto sufri&oacute; m&aacute;s cambios que el sistema solar: perdi&oacute; un integrante y sum&oacute; uno nuevo. El picante ya no se considera un gusto y en cambio este otro, elusivo, et&eacute;reo, complicado como &eacute;l solo se abre paso con palabras y datos cient&iacute;ficos: el umami.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        En realidad, se empez&oacute; a hablar del gusto umami como tal a principios del siglo XX, aunque en Argentina y en mi escuela primaria nunca se enteraron. Seg&uacute;n Google &ldquo;se lo descubri&oacute;&rdquo; muy espec&iacute;ficamente en 1908. Ya esa forma de ponerlo es algo pol&eacute;mica. &iquest;Se puede &ldquo;descubrir&rdquo; un gusto? Al menos Col&oacute;n, otro con quien somos muy ligeros para usar esa palabra, realmente pisaba Am&eacute;rica por primera vez en nombre de su gente. En cambio supondr&iacute;amos que, si el umami es un gusto, lo venimos catando desde que existimos. Casi escribo &ldquo;desde que probamos la primera manzana del Ed&eacute;n&rdquo;, pero justo la manzana es un alimento que carece de umami, y yo carezco de fe en el relato b&iacute;blico. En cambio creo fervientemente en la ciencia, seg&uacute;n la cual umami es el quinto gusto. Confirmad&iacute;simo. El umami est&aacute; en la leche materna, todos lo conocemos desde que nacemos. El asunto es cierta dificultad para definirlo con claridad y una dificultad a&uacute;n m&aacute;s grande para identificarlo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Umami significa &ldquo;sabroso&rdquo;, en japon&eacute;s, lo cual no ayuda demasiado a aclarar las cosas. Mucho umami te hace sentir la boca llena (incluso cuando no se trata de un bocado grande, el sabor invade todo como si lo fuera) de algo intenso, delicioso. Cualquiera que escucha por primera vez acerca del umami reacciona con un escepticismo absoluto. Nadie cree que eso sea un gusto. Suena a invento, a marketing palermitano, a qu&eacute; m&aacute;s quieren inventar. Suena, lo reconozco, a empanada servida en frasco. Pero les ruego un segundo de paciencia y que consideren lo siguiente. &iquest;Podr&iacute;an describirle a una ameba c&oacute;mo es el sabor dulce? &iquest;C&oacute;mo explicar&iacute;an qu&eacute; significa &ldquo;salado&rdquo; a un extraterrestre? Ser&iacute;a mucho m&aacute;s f&aacute;cil darles a probar un poco de az&uacute;car blanca o un poco de sal, nuestros veh&iacute;culos por excelencia de esos dos gustos, sin ning&uacute;n sabor que pueda confundirlos.
    </p><p class="article-text">
        El umami est&aacute; en much&iacute;simos alimentos: tomate, frutos de mar, carnes, l&aacute;cteos, hongos, soja, algas, los fermentos en general. El responsable principal es el glutamato, un amino&aacute;cido (<a href="https://www.instagram.com/reel/DHw-sP7q80L/?igsh=MTMzMHo1MHMzbnd0eQ%3D%3D" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">no confundir con el &ldquo;glutamato monos&oacute;dico&rdquo;</a>, una forma de aditivo alimentario que se usa justamente para agregar artificialmente umami a las comidas. El famoso Ajinomoto, un intensificador del sabor). Si lo pensamos, la lista est&aacute; hecha de ingredientes que le pondr&iacute;amos a un caldo para que tenga gracia. Es lo que &ldquo;levanta&rdquo; la cocina de una forma o de otra: extracto de tomate, salsa de soja, hongos secos, queso rallado. M&aacute;s all&aacute; de que nos agrade el sabor espec&iacute;fico, le dan <em>gusto</em> a la comida. Esa es la magia umami. Los orientales usan veh&iacute;culos para el umami que a nosotros nos chocan: salsa de pescado, algas secas, miso. Les cuesta menos reconocerlo, y no es casualidad que su bautismo y su identificaci&oacute;n (&iquest;su descubrimiento?) sucedieran en Jap&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Es complicada la comida, porque nosotros somos complicados. Dif&iacute;cil separar el gusto personal de la ciencia, la creencia de lo real, la cultura que tenemos tatuada de lo posiblemente delicioso. Se nos pegan los fideos, valga la met&aacute;fora. Creencia: que el umami es falopa posmoderna. Ciencia: los receptores de umami se identificaron en 2006 en la lengua y la boca, confirmando que es un gusto, igual que el &aacute;cido o el amargo. Gusto personal: hay gente que detesta el tomate, por m&aacute;s umami que tenga. Una cosa es el umami, otra el sabor de cada cosa, y ah&iacute; se juega la persona individual y su preferencia. Cultura: para el argentino promedio, el queso rallado es siempre un s&iacute;, pero la salsa de pescado es un rotundo no. Eso no significa que objetivamente uno sea m&aacute;s o menos rico que el otro. Hasta hace unas d&eacute;cadas, salm&oacute;n crudo y algas nos daban tremendo asco, ahora el sushi es un manjar para nosotros.
    </p><p class="article-text">
        Es complicado discernir entre el gusto personal y la cultura. M&aacute;s complicado a&uacute;n si superponemos la biolog&iacute;a. Lo que termina de enroscarnos es la parte que me fascina: c&oacute;mo algo que es fisiol&oacute;gico, una percepci&oacute;n para la que sin dudas nuestro cuerpo est&aacute; preparado, un gusto que percibimos en la pr&aacute;ctica todos los d&iacute;as de nuestras vidas, nos resulta invisible porque nunca lo aprendimos a identificar como tal. Forma parte de nuestro repertorio de comidas, pero no de nuestro acervo de conceptos y menos a&uacute;n de nuestro lenguaje. &iquest;Nos pasar&iacute;a lo mismo si hubi&eacute;ramos llegado tarde al dulce? &iquest;Dudar&iacute;amos de que exista un gusto espec&iacute;fico del az&uacute;car, si no tuvi&eacute;ramos tanta informaci&oacute;n y tantas palabras para nombrarlo desde siempre? Escribo otra vez &ldquo;umami&rdquo; y Word me lo subraya, terco y atrasado: no reconoce el t&eacute;rmino. &iquest;Qu&eacute; pasa con las percepciones y las sensaciones f&iacute;sicas, como el gusto, cuando no tenemos palabras para nombrarlas y entenderlas? Aparentemente, pasa esto: dudamos de ellas. No deben ser reales. Incluso cuando suceden en nuestro cuerpo, desconfiamos. Me hace pensar en cu&aacute;nto nos cuesta reconocer las percepciones y sensaciones ajenas, en especial cuando muchas de ellas s&oacute;lo le pasan al otro y nunca las vamos a experimentar como propias. Cu&aacute;ntas cosas que les pasan en el cuerpo, en el sistema nervioso, a los dem&aacute;s, estaremos evadiendo y negando como campeones.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Y el picante? Vamos a tener que dejarlo para otro d&iacute;a, pero aqu&iacute; va una preview. Ya dijimos que no se lo considera m&aacute;s un gusto, t&eacute;cnicamente. Es una reacci&oacute;n de irritaci&oacute;n. Los receptores del gusto, que generalmente llamamos papilas gustativas, no est&aacute;n solo en la lengua ni tan agrupados en zonas de la lengua como se cre&iacute;a y como me ense&ntilde;aban en la primaria. Hay papilas gustativas de todos los gustos en toda la lengua y tambi&eacute;n en el paladar; hasta en la laringe, la faringe y el es&oacute;fago. Con ninguna de ellas percibimos el picor, que se comunica al cerebro con otro mecanismo de percepci&oacute;n: los nociceptores. Los receptores de dolor que tenemos en la boca. A medida que nos acostumbramos a comer picante, necesitamos m&aacute;s cantidad para sentir el mismo placer &ndash;el mismo dolor&ndash; que antes. Cuando repetimos muchas veces la dosis, nuestro sistema nervioso se acomoda al est&iacute;mulo y decide que no, que eso ya no lo alarma, no estamos en peligro. Que no duele.
    </p><p class="article-text">
        Es interesante: a nadie le cuesta reconocer el picante, qu&eacute; es, c&oacute;mo es, qu&eacute; nos detona. Tenemos miles de palabras para nombrarlo. Qu&eacute; se siente cuando algo duele, o nos irrita, es f&aacute;cil de decir. Lejos del gusto personal y de la cultura, estamos todos de acuerdo. Quiz&aacute;s podr&iacute;amos empezar por ah&iacute; para afrontar mejor la tarea tit&aacute;nica de empatizar con el otro. No por lo que no experimentamos y nunca vamos a experimentar, sino por lo que compartimos. No nos une el umami, &iquest;sino el picante?
    </p><p class="article-text">
        <em>NK/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Kiako]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/umami-dificil-lleguemos-ponernos-acuerdo_129_12172802.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 01 Apr 2025 09:10:58 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Umami: difícil que lleguemos a ponernos de acuerdo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Alimentos,Comida,sabores]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lo que mata es la ansiedad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/mata-ansiedad_129_12134553.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ffea1024-8e14-4404-896c-8739d7cbbfb5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lo que mata es la ansiedad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los tips-bozal no hacen más que reforzar el impulso, duplicar la tentación y hacernos sentir pésimo: cuando el mandato es lograr lo imposible, el fracaso se vuelve un estilo de vida. Vive, ríe, ama, no comas.</p></div><p class="article-text">
        Comemos por hambre. Comemos por placer. Y muchas veces, comemos por ansiedad. Internet est&aacute; colmada de consejos para evitarlo: trucos, dispositivos, h&aacute;bitos nuevos para amordazarnos en esos momentos en los que no podemos m&aacute;s de estr&eacute;s y, sin importar c&oacute;mo est&eacute; nuestro est&oacute;mago, necesitamos llevarnos algo a la boca para aplacar el sistema nervioso.
    </p><p class="article-text">
        El mecanismo de calmar la inquietud con comida no es nuevo. Salimos del &uacute;tero, gritamos de pavor y la teta nos reconcilia &ndash;bastante literalmente- con la vida. No soy bi&oacute;loga, pero me imagino que pasa con todos los mam&iacute;feros. No soy m&eacute;dica, pero entiendo que la ansiedad como modo de vida prevalece entre los humanos del siglo XXI m&aacute;s que en el resto de las especies. El alimento a plena disposici&oacute;n, cuando ya no somos lactantes y a libre demanda, tambi&eacute;n. &iquest;Qu&eacute; pasa, entonces, cuando el agujero en el pecho se siente cada vez m&aacute;s permanente y profundo, con la posibilidad de llenarlo siempre a mano? Pues claro. Comemos.
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        Qu&eacute; y cu&aacute;nto comemos es consecuencia de infinitos factores: d&oacute;nde vivimos, qu&eacute; hacemos, qui&eacute;nes somos, qu&eacute; nos pasa. Es natural que nuestra alimentaci&oacute;n se vea afectada por nuestra emocionalidad, por nuestras actividades, por nuestro miedo y nuestro cansancio. Es natural, digo, sin ninguna aspiraci&oacute;n biologicista. Como quien dice: es l&oacute;gico. Y es inevitable. Conoc&iacute; hace muchos a&ntilde;os una <em>coach</em> que propon&iacute;a lavarse los dientes como m&eacute;todo para vedarnos la ingesta: &iquest;qui&eacute;n, con sabor a pasta dent&iacute;frica en la boca, se dirige hacia la pr&oacute;xima medialuna? Es posible que ese consejo siga circulando en redes sociales, me resulta muy a tono con la perspectiva de &eacute;poca. Los tips-bozal no hacen m&aacute;s que reforzar el impulso, duplicar la tentaci&oacute;n y hacernos sentir p&eacute;simo: cuando el mandato es lograr lo imposible, el fracaso se vuelve un estilo de vida. Vive, r&iacute;e, ama, no comas. &iquest;Qu&eacute;, igual est&aacute;s desesperado por un chocolate? Deb&eacute;s estar haciendo algo mal. Si algo combina de maravillas con la ansiedad es la frustraci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Todos esos tips conductistas tienen algo en com&uacute;n: apuntan a interrumpir la din&aacute;mica de la ansiedad oral en su segunda fase. Son dispositivos de control sobre la oralidad. &iquest;Y la ansiedad? Bien, gracias. Gordita y linda, como dec&iacute;a mi t&iacute;o. Los consejos anti-ingesta me recuerdan cuando, en los viejos dibujos animados, un ca&ntilde;o se agujereaba y dejaba escapar un chorro vigoroso de agua, a presi&oacute;n. &iquest;Qu&eacute; hac&iacute;an la Pantera rosa, Bugs Bunny o Mickey? Pues presionar con un dedo, sellando el agujero, lo cual funcionaba de perlas por unos segundos. Pero enseguida el agua se abr&iacute;a camino, con toda la fuerza de la naturaleza, por alg&uacute;n otro lado. Entonces la Pantera pon&iacute;a all&iacute; nuevamente un dedo, de la otra mano. Y despu&eacute;s del pie. O una rodilla. Hasta que de tantas contorsiones para cubrir agujeros parec&iacute;a estar jugando al &ldquo;Twister&rdquo; vertical y m&aacute;s temprano que tarde el agua, con el &iacute;mpetu de lo innegable, la empapaba de la cabeza a los pies en lo que hoy llamar&iacute;amos un ba&ntilde;o de realidad.
    </p><p class="article-text">
        Todos conocemos la ansiedad. No necesitamos un t&iacute;tulo de m&eacute;dico, psic&oacute;logo o nutricionista para reconocer que, m&aacute;s temprano que tarde, nos las vamos a tener que ver con ella, de frente. Limitar lo que comemos est&aacute; lejos de resolver el problema de fondo: es tan solo una curita sobre un ca&ntilde;o roto. La curita va a salirse. Y el ca&ntilde;o se va a romper a&uacute;n bastante m&aacute;s. No queda otra que pasar a la pregunta inevitable. &iquest;Por qu&eacute; tanta lupa en la ingesta, que es solo un agujero m&aacute;s de una plomer&iacute;a en crisis?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dif&iacute;cil encontrar una respuesta certera. Probablemente, en cierta medida, porque no somos capaces de algo mejor. Si la ansiedad es un mal de &eacute;poca, bajarla va a costarnos un poco m&aacute;s que sacar un turno con la nutri. No hay medicaci&oacute;n para curarnos del capitalismo tard&iacute;o. Otro gesto de &eacute;poca es la fobia a los compromisos largoplacistas, a los procesos que requieren tiempo y esfuerzo. Es m&aacute;s f&aacute;cil, m&aacute;s tentador, probar tips de internet. Pero estas cuestiones son casi detalles mientras no hablamos del elefante en la habitaci&oacute;n. Ese elefante enorme, rotundo, contundente. Ya sabemos que comer compulsivamente no es bueno; pero si hay algo que nos advierte nuestra cultura es que engordar es todav&iacute;a peor. LO peor. Mucho peor, parece, que la mism&iacute;sima ansiedad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los riesgos de la obesidad, la preocupaci&oacute;n por la salud, pueden transformarse con facilidad en el chivo expiatorio que nos habilita una tr&aacute;gica gordofobia. Porque, con una mano en el coraz&oacute;n y la otra en la panza: &iquest;cu&aacute;nta atenci&oacute;n ponemos en nuestra dieta para vivir bien o para esquivar la enfermedad y cu&aacute;nta para vernos, lisa y llanamente, flacos? Nunca vi un tip para despertar el apetito cuando se te cierra el est&oacute;mago por la angustia o el estr&eacute;s. Ah&iacute;, misteriosamente, las emociones que afectan nuestra alimentaci&oacute;n dejan de ser un problema que requiera intervenciones. Si un alcoh&oacute;lico en recuperaci&oacute;n se baja tres atados diarios de puchos, nadie le sugiere dejar el tabaco. Elegimos el mal menor y vamos despejando la X.
    </p><p class="article-text">
        La catarata de herramientas conductuales para gestionar la ansiedad oral est&aacute; m&aacute;s orientada a evitar que nos veamos gordos que a ayudarnos a vivir mejor, m&aacute;s tranquilos o en una relaci&oacute;n m&aacute;s arm&oacute;nica con la comida. Tanta presi&oacute;n no s&oacute;lo no aplaca nuestra oralidad desbocada, sino que nos hace sentir culpables por mecanismos muy humanos. Encontrar consuelo o alegr&iacute;a en la comida no est&aacute; mal. Lo que quiz&aacute;s no est&aacute; bien es vivir detonados, tan detonados como para recurrir a esos mecanismos constantemente, con desesperaci&oacute;n. Emocionarnos con las milanesas de la abuela, celebrar un cumplea&ntilde;os compartiendo torta, extra&ntilde;ar los alfajores de nuestra patria, comer helado cuando se nos rompe el coraz&oacute;n son cosas que forman parte de nuestra vida afectiva. No estoy segura de que sea posible abandonarlo todo a voluntad. Pero a&uacute;n si lo fuera, renunciar a ese nexo es renunciarlo entero. &iquest;Queremos eso? &iquest;Vale la pena desprendernos de toda nuestra conexi&oacute;n emocional con la comida? &iquest;A cambio de qu&eacute;, de un talle menos de pantal&oacute;n? Y mientras tanto, &iquest;la ansiedad? Bien, gracias. Gordita y linda.
    </p><p class="article-text">
        <em>NK/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Kiako]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/mata-ansiedad_129_12134553.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 18 Mar 2025 09:45:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Lo que mata es la ansiedad]]></media:title>
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    <item>
      <title><![CDATA[¿Sos feminista o sabés cocinar?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/sos-feminista-cocinar_129_12090510.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f6ef79e9-5e54-4326-9b72-1a89803ccafd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Sos feminista o sabés cocinar?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La oposición ridícula entre la esposa que espera con la cena lista y las mujeres que no tocan una cacerola se lleva por delante otra cosa, y es la valoración auténtica de la cocina casera por lo que es: derecho, espacio de placer o, al menos, de soberanía.  </p></div><p class="article-text">
        El debate se instal&oacute; en las &uacute;ltimas semanas, como cuenta <a href="https://www.instagram.com/reel/DF7ndhvN0fm/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">este video</a>. Comparte el formato con la mayor&iacute;a de los debates que &uacute;ltimamente se vuelven tendencia: llamativo de un vistazo, un bait muy indignante para media poblaci&oacute;n, pero muy reconfortante para la otra mitad y, sobre todo, una estructura de castillo de naipes que se desmorona al primer soplo de cordura. Claro que no son soplos que abunden.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <blockquote class="instagram-media" data-instgrm-captioned data-instgrm-permalink="https://www.instagram.com/reel/DF7ndhvN0fm/?utm_source=ig_embed&amp;utm_campaign=loading" data-instgrm-version="14" style=" background:#FFF; border:0; border-radius:3px; box-shadow:0 0 1px 0 rgba(0,0,0,0.5),0 1px 10px 0 rgba(0,0,0,0.15); margin: 1px; max-width:540px; min-width:326px; padding:0; width:99.375%; width:-webkit-calc(100% - 2px); width:calc(100% - 2px);"><div style="padding:16px;"> <a href="https://www.instagram.com/reel/DF7ndhvN0fm/?utm_source=ig_embed&amp;utm_campaign=loading" style=" background:#FFFFFF; line-height:0; padding:0 0; text-align:center; text-decoration:none; width:100%;" target="_blank"> <div style=" display: flex; flex-direction: row; align-items: center;"> <div style="background-color: #F4F4F4; border-radius: 50%; flex-grow: 0; height: 40px; margin-right: 14px; width: 40px;"></div> <div style="display: flex; flex-direction: column; flex-grow: 1; justify-content: center;"> <div style=" background-color: #F4F4F4; border-radius: 4px; flex-grow: 0; height: 14px; margin-bottom: 6px; width: 100px;"></div> <div style=" background-color: #F4F4F4; border-radius: 4px; flex-grow: 0; height: 14px; width: 60px;"></div></div></div><div style="padding: 19% 0;"></div> <div style="display:block; height:50px; margin:0 auto 12px; width:50px;"><svg width="50px" height="50px" viewBox="0 0 60 60" version="1.1" xmlns="https://www.w3.org/2000/svg" xmlns:xlink="https://www.w3.org/1999/xlink"><g stroke="none" stroke-width="1" fill="none" fill-rule="evenodd"><g transform="translate(-511.000000, -20.000000)" fill="#000000"><g><path d="M556.869,30.41 C554.814,30.41 553.148,32.076 553.148,34.131 C553.148,36.186 554.814,37.852 556.869,37.852 C558.924,37.852 560.59,36.186 560.59,34.131 C560.59,32.076 558.924,30.41 556.869,30.41 M541,60.657 C535.114,60.657 530.342,55.887 530.342,50 C530.342,44.114 535.114,39.342 541,39.342 C546.887,39.342 551.658,44.114 551.658,50 C551.658,55.887 546.887,60.657 541,60.657 M541,33.886 C532.1,33.886 524.886,41.1 524.886,50 C524.886,58.899 532.1,66.113 541,66.113 C549.9,66.113 557.115,58.899 557.115,50 C557.115,41.1 549.9,33.886 541,33.886 M565.378,62.101 C565.244,65.022 564.756,66.606 564.346,67.663 C563.803,69.06 563.154,70.057 562.106,71.106 C561.058,72.155 560.06,72.803 558.662,73.347 C557.607,73.757 556.021,74.244 553.102,74.378 C549.944,74.521 548.997,74.552 541,74.552 C533.003,74.552 532.056,74.521 528.898,74.378 C525.979,74.244 524.393,73.757 523.338,73.347 C521.94,72.803 520.942,72.155 519.894,71.106 C518.846,70.057 518.197,69.06 517.654,67.663 C517.244,66.606 516.755,65.022 516.623,62.101 C516.479,58.943 516.448,57.996 516.448,50 C516.448,42.003 516.479,41.056 516.623,37.899 C516.755,34.978 517.244,33.391 517.654,32.338 C518.197,30.938 518.846,29.942 519.894,28.894 C520.942,27.846 521.94,27.196 523.338,26.654 C524.393,26.244 525.979,25.756 528.898,25.623 C532.057,25.479 533.004,25.448 541,25.448 C548.997,25.448 549.943,25.479 553.102,25.623 C556.021,25.756 557.607,26.244 558.662,26.654 C560.06,27.196 561.058,27.846 562.106,28.894 C563.154,29.942 563.803,30.938 564.346,32.338 C564.756,33.391 565.244,34.978 565.378,37.899 C565.522,41.056 565.552,42.003 565.552,50 C565.552,57.996 565.522,58.943 565.378,62.101 M570.82,37.631 C570.674,34.438 570.167,32.258 569.425,30.349 C568.659,28.377 567.633,26.702 565.965,25.035 C564.297,23.368 562.623,22.342 560.652,21.575 C558.743,20.834 556.562,20.326 553.369,20.18 C550.169,20.033 549.148,20 541,20 C532.853,20 531.831,20.033 528.631,20.18 C525.438,20.326 523.257,20.834 521.349,21.575 C519.376,22.342 517.703,23.368 516.035,25.035 C514.368,26.702 513.342,28.377 512.574,30.349 C511.834,32.258 511.326,34.438 511.181,37.631 C511.035,40.831 511,41.851 511,50 C511,58.147 511.035,59.17 511.181,62.369 C511.326,65.562 511.834,67.743 512.574,69.651 C513.342,71.625 514.368,73.296 516.035,74.965 C517.703,76.634 519.376,77.658 521.349,78.425 C523.257,79.167 525.438,79.673 528.631,79.82 C531.831,79.965 532.853,80.001 541,80.001 C549.148,80.001 550.169,79.965 553.369,79.82 C556.562,79.673 558.743,79.167 560.652,78.425 C562.623,77.658 564.297,76.634 565.965,74.965 C567.633,73.296 568.659,71.625 569.425,69.651 C570.167,67.743 570.674,65.562 570.82,62.369 C570.966,59.17 571,58.147 571,50 C571,41.851 570.966,40.831 570.82,37.631"></path></g></g></g></svg></div><div style="padding-top: 8px;"> <div style=" color:#3897f0; font-family:Arial,sans-serif; font-size:14px; font-style:normal; font-weight:550; line-height:18px;">Ver esta publicación en Instagram</div></div><div style="padding: 12.5% 0;"></div> <div style="display: flex; flex-direction: row; margin-bottom: 14px; align-items: center;"><div> <div style="background-color: #F4F4F4; border-radius: 50%; height: 12.5px; width: 12.5px; transform: translateX(0px) translateY(7px);"></div> <div style="background-color: #F4F4F4; height: 12.5px; transform: rotate(-45deg) translateX(3px) translateY(1px); width: 12.5px; flex-grow: 0; margin-right: 14px; margin-left: 2px;"></div> <div style="background-color: #F4F4F4; border-radius: 50%; height: 12.5px; width: 12.5px; transform: translateX(9px) translateY(-18px);"></div></div><div style="margin-left: 8px;"> <div style=" background-color: #F4F4F4; border-radius: 50%; flex-grow: 0; height: 20px; width: 20px;"></div> <div style=" width: 0; height: 0; border-top: 2px solid transparent; border-left: 6px solid #f4f4f4; 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margin-bottom:0; margin-top:8px; overflow:hidden; padding:8px 0 7px; text-align:center; text-overflow:ellipsis; white-space:nowrap;"><a href="https://www.instagram.com/reel/DF7ndhvN0fm/?utm_source=ig_embed&amp;utm_campaign=loading" style=" color:#c9c8cd; font-family:Arial,sans-serif; font-size:14px; font-style:normal; font-weight:normal; line-height:17px; text-decoration:none;" target="_blank">Una publicación compartida de Editorial Anagrama (@anagramaeditor)</a></p></div></blockquote>
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    </figure><p class="article-text">
        La idea es sencilla. Para una feminista, la cocina ser&iacute;a un espacio literal y simb&oacute;lico de esclavitud, de servicio al patriarcado o, echando mano de un reduccionismo pavoroso, de servicio a la familia. En cambio, para una mujer &ldquo;femenina&rdquo; &ndash;una mujer conservadora y tradicional&ndash; la cocina ser&iacute;a su h&aacute;bitat natural, y se espera de ella una excelente cocinera.
    </p><p class="article-text">
        Estamos en &eacute;pocas de dejar de argumentar lo obvio. Un cuadrado tiene cuatro lados, y si alguien lo cuestiona conviene recomendarle un cheque&iacute;to, un acompa&ntilde;ante terap&eacute;utico, en vez de discutir la definici&oacute;n de una figura geom&eacute;trica. Lo mismo me pasa con esto: no creo que merezca la pena argumentar c&oacute;mo una feminista puede cocinar (o no) ni enumerar la cantidad de se&ntilde;oras &ldquo;de familia&rdquo; que todos conocemos y no saben prender ni una hornalla. No podemos seguir explicando eternamente que el feminismo persigue el derecho a ser como cada cual quiera, incluyendo, si es su deseo, ama de casa. En cambio, me parece m&aacute;s interesante hurgar un poco y ver en qu&eacute; l&oacute;gica se apoya este castillo de cartas. Qu&eacute; presupuestos sobre la cocina, la comida y las mujeres le funcionan de mesa.
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        A primera vista no hay nada nuevo. La asociaci&oacute;n entre cocina y labores dom&eacute;sticas estrictamente femeninas es m&aacute;s vieja que Matusal&eacute;n y solo le prestamos cierta atenci&oacute;n desde que las mujeres &ndash;tambi&eacute;n, adem&aacute;s, de forma superpuesta&ndash; adquirimos trabajos remunerados. Aun cuando los adquirimos, sin embargo, la cocina profesional en puestos de poder, la figura del chef, bien reputado y bien remunerado, es eternamente masculina. Pero lo dejamos para otro d&iacute;a. La industria hizo su parte del modo en que siempre lo hace: aparentando aliviarnos problemas y sacando una tajada enorme a su favor. Llegaron poco a poco los preparados instant&aacute;neos, las comidas listas y los ultraprocesados. Tambi&eacute;n lo dejamos para otro d&iacute;a. Condicionar la liberaci&oacute;n femenina a los comestibles lamentables que nos venden como &uacute;nica v&iacute;a es una trampa y, al menos hoy, no voy a caer en ella. Qued&eacute;monos con esto: el conocimiento de c&oacute;mo sostener la cocina dom&eacute;stica, de c&oacute;mo cocinar bien la comida de todos los d&iacute;as, se transmit&iacute;a de manera informal pero regular y constante, generaci&oacute;n a generaci&oacute;n. Y esa cadena se cort&oacute; en muchos hogares, masivamente. Forma parte de un acervo cultural enorme pero invisible, y es muy diferente al conocimiento de cocina profesional que se puede aprender en una escuela de gastronom&iacute;a. Hoy, cada vez m&aacute;s, quienes no trabajan cocinando no saben c&oacute;mo hacerlo. Y la opci&oacute;n m&aacute;s com&uacute;n pareciera ser abandonar, tirar la toalla.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se alega que el feminismo intenta llevarse puesta la femineidad. La oposici&oacute;n &ndash;caprichosa, rid&iacute;cula&ndash; entre la d&oacute;cil esposa (que espera con la cena lista) y el resto de las mujeres (que no tocan una cacerola) se lleva por delante otra cosa, y es la valoraci&oacute;n aut&eacute;ntica de la cocina casera por lo que es. La cocina como derecho, como espacio, si no de placer (que es una posibilidad) al menos de soberan&iacute;a: una herramienta para decidir sobre nuestra alimentaci&oacute;n, en el sentido m&aacute;s amplio. Para poder comer, realmente, como vos quieras. El discurso que asocia a la madre de pura cepa con una buena cocinera alude solo al esfuerzo, al deber, al servicio y la dedicaci&oacute;n. Yo no s&eacute; de teor&iacute;a de g&eacute;nero, pero s&iacute; pienso mucho en la cocina dom&eacute;stica, y les puedo asegurar que aceptar sin pelear esos presupuestos tiene un costo elevado para todos y es una renuncia enorme. Se anula la mera idea de cocinar por deseo, por el placer de los sentidos, o en un nivel menos idealista: para tomar las riendas de la propia dieta y del propio bolsillo. Cocinar siempre nos va a permitir comer mejor y m&aacute;s rico. Comer lo que elijamos, en su mejor versi&oacute;n. Siempre, o casi siempre: hace falta tener mucho dinero, mucho privilegio y mucho tiempo para comer fenomenal sin entrar a la cocina.
    </p><p class="article-text">
        No me afilio a las <em>trad wives</em> por proponerle a la gente (no a las mujeres, a la gente) que cocine, que coma comida de verdad, comida casera. A quien no le interese, que siga de largo: pero que sea bajo la posibilidad real de elegir y de saber qu&eacute; implica ese abandono. No le quiero ceder a esa figura de esposa y madre modelo algo tan valioso como la cocina y la buena comida: por el contrario, recuperarlos es una militancia. Dicho sea de paso, la silueta que se espera de esas mujeres no parece realmente muy compatible con disfrutar de comer. Esos cuerpos viven en veda. El cocinero y el comensal son personas distintas en un restaurante; en casa, la divisi&oacute;n de roles suena m&aacute;s rara. Quien cocina tambi&eacute;n es quien come, o al menos uno de ellos. Cocinar para uno mismo, para una misma, es un autocuidado muy primario, que tiene repercusiones en el disfrute, en el cuerpo, en la vida real y cotidiana de cualquiera.
    </p><p class="article-text">
        En vez de abandonar territorios, nos toca resignificarlos. Preguntarnos c&oacute;mo recuperarlos de una manera m&aacute;s honesta. Y si vamos a ser honestos, vamos a tener que convivir con las preguntas, aunque sea m&aacute;s frustrante soportar la incertidumbre que alinearse con un bando. Vamos a tener que aguantar que sean necesarias distintas respuestas, y aprender a habitar la cocina de acuerdo a qui&eacute;n es y qu&eacute; necesita cada uno. Por qu&eacute; no, cuando la hay, cada familia. Qu&eacute; necesitamos como comunidad. Atender a estos asuntos siempre requiere m&aacute;s esfuerzo que obedecer un protocolo y ya. Pero la pasividad y la docilidad nunca fueron caracter&iacute;sticas que se nos endilguen, de este lado de la oposici&oacute;n. &iquest;Vamos a cultivarlos justo cuando menos nos conviene?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La cocina es un saber, y como tal es un poder. Detr&aacute;s de estos debates de carton&eacute;, suele haber un derecho que se vulnera, un conocimiento que se nos veda. Sotto voce, despacito y entre l&iacute;neas, para que no se note. Quiz&aacute;s es mejor que empecemos a levantar la cuchara y la voz.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>NK/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Kiako]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/sos-feminista-cocinar_129_12090510.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 04 Mar 2025 13:03:51 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Sos feminista o sabés cocinar?]]></media:title>
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