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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Elizabeth Duval]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/elizabeth-duval/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Elizabeth Duval]]></description>
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      <title><![CDATA[¿Por qué nos conformamos con menos?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/conformamos_129_13189270.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/cf9e6804-e145-4265-974a-aa9e7d68dd4c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Por qué nos conformamos con menos?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Elizabeth Duval es filósofa, tiene 25 años, publicó cuatro libros y es una de las voces más influyentes y polémicas de la intelectualidad española. En este ensayo aborda en primera persona el dilema político de la época: si vale opinar sin militar, desear la autorrealización o la felicidad colectiva, lamentar el sufrimiento ajeno pero que lo arreglen los otros. ¿Por qué nos conformamos con menos? ¿Qué poder tiene la palabra para intuir el mundo que deseamos? “La misma palabra dicha por muchos tiene el poder de los dioses.” Elizabeth Duval es una de las invitadas al Festival Futuro Imperfecto Vol 3.
</p></div><p class="article-text">
        Me siento una impostora cuando llega el momento de hablar de lo que se ha de hacer. Prefiero, de hecho, no prescribir nada; y nada tiene que ver el rechazo de la prescripci&oacute;n con la voluntad de quien no querr&iacute;a mancharse las manos. He pensado mucho en algo que dej&oacute; por escrito Jorge Sempr&uacute;n al rememorar su paso por el Consejo de Ministros; dec&iacute;a, sobre la pol&iacute;tica, que esta, &ldquo;a fin de cuentas, s&oacute;lo es un trabajo sobre el lenguaje, sobre el discurso, el sentido y el contrasentido del texto hist&oacute;rico, de su textualidad. Desde las asambleas ciudadanas de la democracia esclavista en la Grecia antigua hasta los m&iacute;tines masivos y las intervenciones televisivas de hoy en d&iacute;a, todo gira en torno al lenguaje. El verbo estuvo en el comienzo y estar&aacute; en el fin de la pol&iacute;tica. S&oacute;lo los medios han cambiado, no el mensaje. Basta con volver a leer a Plat&oacute;n o a Tocqueville para darse cuenta de ello. &iquest;C&oacute;mo podr&iacute;a un escritor desinteresarse del poder?&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Es una idea bella. Mi primer tatuaje, al cumplir los diecis&eacute;is, realizado en la mu&ntilde;eca derecha, fue la palabra griega&nbsp;<em>poiesis</em>, escrita como &pi;&omicron;&#943;&eta;&sigma;&iota;&sigmaf; en letras griegas; si escog&iacute; ese brazo y no el otro es porque soy diestra, con &eacute;l escribo, vivo, gesticulo, y quer&iacute;a remarcar esa diferencia, saber que la tinta hab&iacute;a de inscribirse en el lugar apropiado. En&nbsp;<em>El banquete</em>, Diotima pronuncia ante S&oacute;crates un discurso sobre el amor, s&iacute;, pero tambi&eacute;n sobre la inmortalidad y lo que permanece de nosotros m&aacute;s all&aacute; de nuestra muerte terrenal. La&nbsp;<em>poiesis</em>&nbsp;nos da la po&eacute;tica y los poetas, pero es fundamentalmente creaci&oacute;n, cualquier paso del no-ser al ser, un cierto proceso de realizaci&oacute;n; para Heidegger, por su parte, en la&nbsp;<em>poiesis</em>&nbsp;en tanto que desvelamiento del ser, compartida como instrumento para nombrar el mundo por fil&oacute;sofos y por poetas, hay una cierta forma espec&iacute;fica del decir, una manera de hacer. Recuerdo pensar, cuando le&iacute;&nbsp;<em>El banquete&nbsp;</em>por primera vez, que en la vocaci&oacute;n de inmortalidad se inscrib&iacute;an todas las cosas que me obsesionaban. Hay distintas cosas que podemos traer al mundo para que nos sobrevivan y es dif&iacute;cil decirlas con tanta belleza como Diotima. Pero hay tres posibilidades para esa vida posterior a la muerte, actos de afectaci&oacute;n al mundo que llegan incluso a procurar templos a sus hacedores. Una dimensi&oacute;n de la&nbsp;<em>poiesis</em>&nbsp;est&aacute; en la creaci&oacute;n literaria, en la labor de las bellas palabras y en los discursos, en las obras que nos sobreviven, como escrib&iacute; en otra ocasi&oacute;n, en tanto que hijos de otros &aacute;rboles menores; Diotima habla tambi&eacute;n de la inmortalidad que confiere la estirpe, los hijos carnales, y as&iacute; aparece otro paso del no-ser al ser, una forma de engendrar, en algo vinculado con el deseo y los dem&aacute;s, con el amor; pero tambi&eacute;n en la forma en la que uno se relaciona con su comunidad pol&iacute;tica, en c&oacute;mo transforma los asuntos de su ciudad &mdash;o de su pa&iacute;s&mdash;, puede alcanzarse lo mismo. Todos estos &aacute;mbitos me obsesionaban, daba igual desde qu&eacute; &aacute;ngulo: me llamaban desde la creaci&oacute;n, me llamaban desde lo que hay en ellos de deseo y lo que hay en ellos de palabra y discurso, pulsaban algo en m&iacute;, y algo suficiente para considerar que una palabra tan poderosa pod&iacute;a inscribirse en mi piel para siempre.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">No tendría que sentirme impostora cuando llega el momento de hablar de lo que se ha de hacer
</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        No estoy de acuerdo con que la pol&iacute;tica s&oacute;lo sea un trabajo sobre el lenguaje. S&iacute; creo que lo es. Pero, cuando veo la pobreza y la angustia o la desigualdad, en esos cuerpos al borde del morir y de la extenuaci&oacute;n que mencionaba al abrir este ensayo, nunca hay s&oacute;lo palabras y la intervenci&oacute;n sobre ellos no puede reducirse a discursos. Nunca puede reducirse la tarea que una sociedad necesita acometer al trabajo con las palabras, aunque las palabras sean para ello necesarias. La escritora (y amiga) Sara Barquinero dio a finales de 2022 una magn&iacute;fica conferencia sobre creaci&oacute;n art&iacute;stica y compromiso que part&iacute;a de unas reflexiones de Elias Canetti, cuando este encontr&oacute; una nota an&oacute;nima que databa de una semana antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. La nota dec&iacute;a: &ldquo;Ya no hay nada que hacer. Pero, si de verdad fuera escritor, deber&iacute;a poder impedir la guerra&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Cuando le plante&eacute; a Sara mi plan inicial para esta secci&oacute;n breve del ensayo, casi a modo de ep&iacute;logo, tuve que hacer frente a un grand&iacute;simo escepticismo. A ella le parec&iacute;a que todos los fil&oacute;sofos tend&iacute;an a derrapar cuando se trataba de hacer prescripciones de acci&oacute;n pol&iacute;tica, precisamente porque la decisi&oacute;n de intervenir no es la tarea del fil&oacute;sofo. Y las reflexiones que yo le suger&iacute;a pod&iacute;an producirle cierta pereza: no tendr&iacute;a que sentirme impostora cuando llega el momento de hablar de lo que se ha de hacer, precisamente porque no tendr&iacute;a que ocuparme exactamente de qu&eacute; es lo que hay que hacer, como si me estuviera extralimitando al plantear los conflictos entre pensamiento y militancia. Tiene, hasta cierto punto, raz&oacute;n: el m&aacute;s primordial de mis compromisos ha sido el compromiso con la palabra y con el pensamiento. Es por eso por lo que siempre he rehuido de la categor&iacute;a de activista, prefiriendo las veces que se me ha denominado referente: no por el ego que se esconde tras las vitrinas o la acristalada torre de marfil, sino por considerar que yo, m&aacute;s all&aacute; de pensar, no act&uacute;o de esa manera, o si acaso s&oacute;lo me muestro partisana de ciertas causas, pero sin ejercer la militancia que considero necesaria para ellas. Hay un conflicto fundamental entre la forma de vida que he escogido y la militancia, entre mi trabajo y la militancia: saber que ser&iacute;a profundamente feliz, por ejemplo, dedic&aacute;ndome a la escritura juguetona de las novelas, por encima de cualquier intervenci&oacute;n pol&iacute;tica, por m&aacute;s que en esos textos narrativos tratara tambi&eacute;n de cogerle el pulso a obsesiones que son pol&iacute;ticas, sociales y comprometidas. Saber, por ejemplo, que una siempre ha de preguntarse a qu&eacute; est&aacute; dispuesta a renunciar y qu&eacute; desea m&aacute;s: si la autorrealizaci&oacute;n o la realizaci&oacute;n colectiva. Comprender la tensi&oacute;n imposible entre las vidas que deseamos comunitariamente y las vidas distintas que desplegamos cada una. Creo que uno de los motivos por los que he retrasado la escritura de esta parte ha sido por esa conciencia: nunca he tenido del todo claro si, en relaci&oacute;n con lo que aqu&iacute; digo, deb&iacute;a realmente decir algo o si decir cualquier cosa era exagerado, banal, un exceso.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Cuando veo que los demás no militan o que no pueden militar —porque carecen de tiempo y energías, porque la vida les agota demasiado—, me entristezco y sueño con otra cosa
</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Hay una tristeza profunda que me asalta cuando veo fotograf&iacute;as de muchos actos de la militancia pol&iacute;tica de izquierdas. Veo en ellas la imagen de la vejez y me entristece: la militancia, hasta de partidos nuevos, es, de alg&uacute;n modo, militancia antigua; la juventud no ha tomado para s&iacute; la tarea de hacerse cargo de su pa&iacute;s y ha renunciado a transformarlo. No puedo creerme con la autoridad suficiente para conducir ninguno de estos reproches. Mi historial como militante es exiguo, se cuenta pronto y resulta pobre: estuve muy brevemente en un grup&uacute;sculo de extrema izquierda en mi adolescencia, del cual march&eacute; muy desencantada; organic&eacute; como pude a los estudiantes de mi instituto, pero sin objetivo claro ni destreza real, y la asamblea de post&iacute;n que yo dirig&iacute;a se derrumb&oacute; como un castillo de naipes; en la facultad, aunque participara en manifestaciones, asambleas, comit&eacute;s y huelgas, por m&aacute;s que orbitara alrededor del sindicato estudiantil, siempre estaba demasiado centrada en mis propios asuntos como para implicarme con fervor militante en esas tareas colectivas. Nunca he tenido un carnet de nada y este hecho, en mi biograf&iacute;a, no me produce tristeza; sin embargo, cuando veo que los dem&aacute;s no militan, o que no pueden militar &mdash;porque carecen de tiempo y energ&iacute;as, porque la vida les agota demasiado, porque sus trabajos, simple y llanamente, impiden que se consagren a algo que no sea trabajar&mdash;, cuando percibo una juventud desmovilizada, me entristezco irremediablemente y sue&ntilde;o con otra cosa. No podr&iacute;a reprocharles a los dem&aacute;s una falta de compromiso que yo tambi&eacute;n he pose&iacute;do; soy, sin embargo, plenamente consciente de que dos verdades pueden sostenerse a la vez y seguir siendo contradictorias.
    </p><p class="article-text">
        Qu&eacute; tendr&iacute;amos que hacer, me digo, y qu&eacute; tipo de compromiso he esbozado en este libro, qu&eacute; ideas se intuyen, c&oacute;mo pulsan, qu&eacute; clase de ecos podr&iacute;an encontrar. Antes, cuando hablaba de la&nbsp;<em>poiesis</em>, trataba toda una serie de conceptos vinculados a la inmortalidad, a la trascendencia: aquello que perdurar&aacute; de nosotros cuando ya no estemos. Es una dimensi&oacute;n que no tengo tan presente como a los diecis&eacute;is a&ntilde;os; es una dimensi&oacute;n que ya no me preocupa tanto, o no me preocupa en absoluto. Pensar obsesivamente en lo que perdurar&aacute; de nosotros cuando ya no estemos me parece tan rid&iacute;culo y vanidoso como gozar de la vida por fantasmas o proyecciones del narcisismo propio en lugar de necesitar la presencia de interlocutores, tener a otras personas que den r&eacute;plica a nuestra conversaci&oacute;n, que vean la vida junto con nosotros, que nos asistan, que disfruten en el tiempo presente. En poco tiempo han dejado de interesarme la trascendencia de los libros de Historia, la soledad que impera injustamente en el cielo de&nbsp;los nombres, el monstruo de amor insaciable que vive en muchos corazones. Mis exigencias ahora son un poco m&aacute;s prosaicas y me conformo con menos, aunque en el fondo no me conforme con nada: prefiero lo que pueda insinuar un solo rostro a todo lo que se escriba en las p&aacute;ginas de la Historia, por m&aacute;s que disfrute ley&eacute;ndolo; quiero, y lo hago de coraz&oacute;n, un presente mejor para cuantos habitamos este mundo, y confieso que lo ans&iacute;o con un poco m&aacute;s de intensidad para mis personas m&aacute;s allegadas, sobre todo cuando las veo sufrir; aspiro a la felicidad, como lo hacemos todos, y me embarco persigui&eacute;ndola y persiguiendo sus fantasmas, espero que sin cansarme. Me mueven muchas cosas. Pero creo que ahora, cuando por fin he aprendido a disfrutar de la vida, aunque s&oacute;lo sea a ratos, ya no me interesa tanto la inmortalidad. Demasiadas cosas buenas habitan entre los vivos como para interesarse sobremanera por lo que quedar&aacute; de nosotros cuando empecemos a formar parte de los muertos.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La felicidad no sólo tiene que ver con el ejercicio de la soberanía. Está íntimamente ligada a la justicia
</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        La felicidad no es s&oacute;lo algo que tenga que ver con el ejercicio de la soberan&iacute;a. Nada es s&oacute;lo una cosa. La felicidad est&aacute; &iacute;ntimamente ligada a la justicia. Que haya gente miserable es injusto, que la gente muera en la calle es injusto, que los trabajadores se esfumen en condiciones modernas de esclavitud sin nunca intuir los contornos de la vida m&aacute;s all&aacute; de sus jornadas es injusto, que el mundo sea el tablero de juego de unos pocos y la tortura cotidiana de otros tantos es injusto, que sepamos intuir la felicidad y la aprendamos sin llegar a conocerla es injusto, y as&iacute; eternamente podr&iacute;a esbozarse una lista inagotable de dolencias. En estas l&iacute;neas ya no hablo como escritora o fil&oacute;sofa, sino como humana &mdash;a la cual nada de lo humano le es ajeno&mdash;: me parece que una parte del compromiso exigido y exigible es ese, est&aacute; ah&iacute;. Por m&aacute;s que disfrute leyendo y escribiendo, por m&aacute;s que esas actividades a m&iacute; me procuren cierta plenitud, no puedo abandonar el compromiso con el mundo y la indignaci&oacute;n que brotan de la misericordia, de sentir lo propio en el dolor de los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Parece, cuando planteamos el qu&eacute; hacer, que el &aacute;nimo prescriptivo de los fil&oacute;sofos implicar&iacute;a que quienes tienen que hacer siempre son los dem&aacute;s. Ese es el problema. La potencia es potencia de una multitud de la cual formamos parte y de la cual tenemos que responsabilizarnos. Las cosas pueden ser de otra manera. Y los aparatos que tenemos &mdash;o podemos tener&mdash; a nuestra disposici&oacute;n han de encargarse de hacer posible que las cosas sean de otra manera. No estamos condenados a un urbanismo que nos aleje m&aacute;s y m&aacute;s en nuestros hogares como islas, a las vidas solitarias, independientes y tristes; en ning&uacute;n lugar est&aacute; escrito que la miseria no pueda corregirse, o que su correcci&oacute;n no constituya una necesidad; pero tenemos que tener la voluntad de imagin&aacute;rnoslo. Lo que un individuo puede hacer con las palabras, si acaso, es fomentar esa imaginaci&oacute;n, pensar en lo posible, palpar brevemente el mundo intuy&eacute;ndolo, acercarse, mirarlo. Lo que colectivamente se puede hacer con las palabras es bien distinto: el poder que guarda la misma palabra dicha por muchos es parecido al poder de los dioses.
    </p><p class="article-text">
        Si buscamos colectivamente las palabras adecuadas, las palabras justas, las palabras bellas, las palabras buenas, las palabras convincentes y felices, quiz&aacute; alg&uacute;n d&iacute;a las cosas sean como insistimos en nombrarlas.
    </p><p class="article-text">
        <em>Este texto fue tomado del cap&iacute;tulo C&oacute;lera, del libro Melancol&iacute;a, metamorfosis de una ilusi&oacute;n pol&iacute;tica (2023, editorial Planeta).</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Elizabeth Duval es parte de&nbsp;</em><a href="https://www.revistaanfibia.com/festival-futuro-imperfecto_vol3/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Futuro Imperfecto Vol 3</em></a><em>. En alianza con Fundaci&oacute;n Medif&eacute; y el Centro Cultural de Espa&ntilde;a en Buenos Aires, participar&aacute; del cierre del festival anfibio que organiza la revista Anfibia, en conversaci&oacute;n con la periodista Danila Saiegh.&nbsp;</em><a href="https://docs.google.com/forms/d/e/1FAIpQLSexQKvYYFPhIlol-mV76_3GJUiQJbuu2TJXH7eMYYDEiS0Z9A/viewform" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>&iexcl;Reserv&aacute; tu lugar!&nbsp;</em></a><em>Viernes 15 de mayo, 17.15 hs, Teatro Picadero.</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elizabeth Duval]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/conformamos_129_13189270.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 02 May 2026 03:01:09 +0000]]></pubDate>
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