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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Agustina Kupsch]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/agustina-kupsch/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Agustina Kupsch]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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    <item>
      <title><![CDATA[El Estado nos mata cada 31 horas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/mata-31horas_129_13272501.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/113c0d5c-5d61-42c2-bf13-a762657314ab_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El Estado nos mata cada 31 horas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El femicidio de Noelia Carolina Romero, el pasado 31 de mayo –pudo llamar al 911 pero su pedido no fue atendido por los policías que llegaron a la casa donde estaba secuestrada por su novio–, expone lo que ocurre cuando el Estado se queda en la vereda, demora la alerta o no le toma la denuncia a una madre que habla quechua.</p></div><p class="article-text">
        Nenas como cuerpos, el cuerpo como una cosa
    </p><p class="article-text">
        Esta &uacute;ltima semana los medios se llenaron de reflexiones sobre la figura del femicidio. Algunos justamente preparados y argumentados, otros desde una peligrosa y animosa ignorancia. Pero lo que no deja de sorprenderme es la escasa responsabilidad que se le concede al Estado en esto. Noelia Carolina Romero, una chica de 30 a&ntilde;os llam&oacute; al 911 y pidi&oacute; ayuda porque su novio la ten&iacute;a secuestrada y ten&iacute;a miedo. Fue el s&aacute;bado 31 de mayo, en una casa de Temperley. Cuando llegaron los efectivos, el hombre abri&oacute; apenas la puerta, dijo que estaba todo bien y volvi&oacute; a cerrarla. Adentro se escuchaba a Noelia. Los polic&iacute;as se quedaron en la vereda esperando una orden judicial que no necesitaban &mdash;un delito en curso no la requiere, se denomina delito en flagrancia&mdash; y cuando finalmente entraron, ella ya habia sido asesinada por Tom&aacute;s Adri&aacute;n N&uacute;&ntilde;ez, su pareja.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Este caso no podr&iacute;a ser m&aacute;s gr&aacute;fico de c&oacute;mo se estructura la violencia sobre las mujeres en nuestro pa&iacute;s: No es que el Estado lleg&oacute; tarde, el Estado estuvo en la puerta y eligi&oacute; no cruzarla. Y si a eso le sumamos la dimensi&oacute;n de clase, el problema se profundiza. No porque la clase defina a qui&eacute;n protege y a qui&eacute;n abandona &mdash;est&aacute; claro que todo el aparato estatal est&aacute; muy lejos de entender el problema siquiera para abordarlo&mdash;, sino porque define cu&aacute;n visible se vuelve ese abandono.
    </p><p class="article-text">
        Agostina Vega ten&iacute;a 14 a&ntilde;os y viv&iacute;a en General Mosconi, un barrio obrero de la ciudad de C&oacute;rdoba. Sali&oacute; de su casa el s&aacute;bado 23 de mayo hacia alguien conocido: Claudio Barrelier, ex pareja de su madre, principal sospechoso, un hombre con antecedentes graves por violencia de g&eacute;nero al que hab&iacute;an dejado libre. La Alerta Sof&iacute;a se activ&oacute; cuatro d&iacute;as despu&eacute;s. La familia llevaba una semana pidiendo que la buscaran cuando aparecieron los 250 efectivos, los perros, los drones, las 240 hect&aacute;reas rastrilladas. Para entonces ya no buscaban a Agostina. Buscaban lo que quedaba de ella. Cuatro d&iacute;as es lo que tarda la respuesta cuando la chica es de un barrio obrero.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero todav&iacute;a se puede bajar un escal&oacute;n m&aacute;s. Mientras el pa&iacute;s miraba C&oacute;rdoba, en Eldorado, Misiones, Dulce Mar&iacute;a Beatriz Candia llevaba m&aacute;s de diez d&iacute;as desaparecida y casi nadie se hab&iacute;a enterado. Ten&iacute;a 17 a&ntilde;os. La encontraron asesinada en una obra abandonada. No hay detenidos, no hubo operativo masivo, no hubo cobertura sostenida. Si en un barrio popular de C&oacute;rdoba se demoran unos d&iacute;as, en el interior profundo de nuestro pa&iacute;s las b&uacute;squedas se hacen en silencio y los hallazgos llegan por casualidad.
    </p><p class="article-text">
        Y en el fondo, del fondo, est&aacute; Delicia Mamani Mamani. Estudiante de magisterio que con 25 a&ntilde;os sigue desaparecida desde noviembre de 2025. Su familia es migrante boliviana y vive en un cortadero de ladrillos. Cuando su madre, que habla quechua y no domina el espa&ntilde;ol escrito, fue a denunciar que su hija no aparec&iacute;a, no le tomaron la denuncia. Seis meses despu&eacute;s, el caso sigue sin resoluci&oacute;n y se sostiene &uacute;nicamente porque la comunidad educativa de Delicia se niega a dejarlo morir. Si dependiera del Estado, Delicia ya no existir&iacute;a en ning&uacute;n registro. Mujer, pobre, migrante, con discapacidad: acumul&oacute; todas las marcas que el sistema lee como permiso para no buscar.
    </p><p class="article-text">
        La pobreza, el interior, el origen y la lengua no cambian lo que el Estado hace &mdash;abandonar&mdash;, cambian si ese abandono llega a verse alguna vez. Y se vuelve invisible porque a esos cuerpos ya se los trataba como prescindibles mucho antes de que aparecieran muertos. Nenas como cuerpos, el cuerpo como una cosa: algo que reci&eacute;n entra en el registro del Estado cuando se vuelve prueba, cuando hay que rastrillarlo en un descampado o anotarlo en una causa. Mientras respira, mientras pide ayuda, no cuenta como una vida que valga la pena mirar.
    </p><p class="article-text">
        La fil&oacute;sofa italiana Adriana Cavarero llama horrorismo a la violencia que no se conforma con matar, sino que deshace la forma humana del cuerpo hasta convertir a la persona en cosa. Lo que esa violencia produce no se agota en quien muere: les habla a todas las que siguen vivas. Les ense&ntilde;a d&oacute;nde est&aacute;n paradas. Y el Estado, cuando se queda en la vereda, cuando demora la alerta, cuando no le toma la denuncia a una madre que habla quechua, no contradice ese mensaje. Lo confirma.
    </p><p class="article-text">
        Por eso resulta tan obsceno que, en simult&aacute;neo, la senadora Carolina Losada impulse un proyecto que propone hasta seis a&ntilde;os de prisi&oacute;n para quienes denuncien &ldquo;falsamente&rdquo; violencia de g&eacute;nero. Sobre m&aacute;s de ocho millones de causas penales analizadas en 17 provincias, apenas el 0,09% correspondi&oacute; a investigaciones por supuestas falsas denuncias, y ese porcentaje &iacute;nfimo refiere en su mayor&iacute;a a conflictos patrimoniales, no a violencia de g&eacute;nero. El dato desarma la premisa entera. Lo que el proyecto hace, con precisi&oacute;n quir&uacute;rgica, es convertir la denuncia en riesgo. A las mujeres que ya dudan si pedir ayuda &mdash;porque saben que del otro lado puede no haber nadie&mdash; se les agrega ahora la amenaza de terminar presas por haberlo intentado.
    </p><p class="article-text">
        El 3 de junio se cumplen once a&ntilde;os del primer Ni Una Menos. En 2015 algo cambi&oacute;: el femicidio dej&oacute; de ser una rareza para volverse una categor&iacute;a legal, pol&iacute;tica, cotidiana. Lo nombramos, lo discutimos, lo contamos. Y sin embargo a Noelia, a Agostina, a Dulce y a Delicia las abandonaron igual. Ese &ldquo;igual&rdquo; es lo que hay que mirar de frente: nombrar la violencia no alcanza si el Estado que deber&iacute;a intervenir se queda mirando desde la vereda. Por eso volvemos a marchar, como cada a&ntilde;o, para exigirle a ese Estado que escucha del otro lado de la puerta que de una vez buena vez, la cruce.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Agustina Kupsch]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/mata-31horas_129_13272501.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 03 Jun 2026 13:40:29 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El Estado nos mata cada 31 horas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Femicidio]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Por qué defendemos la universidad pública: quien no puede imaginar el futuro, no puede disputarlo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/defendemos-universidad-publica-no-imaginar-futuro-no-disputarlo_129_13218849.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bf8e2cd2-b6e9-414f-b799-2d95918b159b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Por qué defendemos la universidad pública: quien no puede imaginar el futuro, no puede disputarlo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Defender el financiamiento de la universidad pública no es una discusión presupuestaria sino política: lo que está en juego es quién tiene derecho a producir conocimiento, imaginar futuros posibles y disputar el sentido común.  En esa pelea, la universidad aparece como una de las pocas grietas históricas contra la desigualdad cultural y la colonialidad del saber.</p></div><p class="article-text">
        Se nos hace cuesta arriba tener que defender lo obvio, y todo el tiempo. Defender lo que ya existe y de repente hay que justificar ante quien solo habla el idioma de la rentabilidad. Defender ante la pregunta de cu&aacute;nto cuesta, como si ese fuera el &uacute;nico n&uacute;mero que importa y todo el resto fuera sentimentalismo, cooperativismo, o nostalgia mal administrada. Defender lo que te hizo pensar c&oacute;mo pens&aacute;s, lo que hizo posible que alguien sin apellido reconocido ni capital heredado pudiera, de todas formas, producir ideas que tuvieran&nbsp;peso, con s&oacute;lidos&nbsp;argumentos y con la posibilidad real de interpelar al mundo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es dif&iacute;cil defender entre tanta precariedad y estr&eacute;s colectivo, y sin embargo hay que hacerlo, porque lo que est&aacute; en juego cuando se discute el financiamiento de la universidad p&uacute;blica no es un dato presupuestario: es un hecho pol&iacute;tico.&nbsp;Defendemos qui&eacute;n tiene derecho a saber, a preguntar, a que sus ideas sean tomadas como v&aacute;lidas, porque lo que organiza toda la l&oacute;gica del ajuste, es que ese derecho deber&iacute;a pertenecer a quienes pueden comprarlo, porque en el fondo lo que no soportan, como dir&iacute;a Mat&iacute;as Rioja, es que cualquiera pueda poder.
    </p><p class="article-text">
        Privado, en su origen, no significa exclusivo ni reservado para los que pueden pagarlo, significa despojado, arrancado de los dem&aacute;s: es la sustracci&oacute;n activa de algo que era colectivo. P&uacute;blico, en cambio, significa perteneciente a la gente y no a un grupo ni a quienes se lo ganaron, sino a cualquiera; y cualquiera, etimol&oacute;gicamente, es el elemento indiferenciado de un conjunto, el que llega sin apellido que lo preceda ni capital que lo habilite ni barrio que lo clasifique antes de que abra la boca.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La universidad p&uacute;blica es el lugar donde ciertos sectores acceden, por primera vez en su historia familiar, a producir conocimiento con estatuto, con el peso institucional suficiente para que lo que uno piensa deje de ser &ldquo;opini&oacute;n&rdquo; o &ldquo;creencia&rdquo; y se convierta en argumento, en hip&oacute;tesis, en categor&iacute;a anal&iacute;tica que puede interpelar a quienes tienen el poder de cambiar algo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        An&iacute;bal Quijano llam&oacute; colonialidad del saber a la clasificaci&oacute;n racial y geogr&aacute;fica de qui&eacute;n es capaz de producir teor&iacute;a, ciencia y pensamiento universal; y qui&eacute;n s&oacute;lo puede producir folklore, creencia, tradici&oacute;n local, saberes que no viajan ni abstraen, y que no alcanzan el estatuto de verdad porque vienen de los cuerpos y los territorios que el orden colonial clasific&oacute; como inferiores; y que hoy, el orden neoliberal lo re clasifica como ineficientes, poco rentables y subsidiados. Lo que esta noci&oacute;n nos permite ver (a pesar de que el debate presupuestario sistem&aacute;ticamente lo evita) es que la universidad p&uacute;blica en Argentina fue, hist&oacute;ricamente, una de las pocas instituciones donde esa jerarqu&iacute;a se pod&iacute;a fracturar, donde alguien que no ven&iacute;a del &ldquo;lado correcto&rdquo; del mapa colonial del conocimiento igual pod&iacute;a producir un argumento con suficiente peso y respaldo institucional.
    </p><p class="article-text">
        Esa fractura que la universidad p&uacute;blica hace posible no es s&oacute;lo epistemol&oacute;gica, no se agota en qui&eacute;n tiene derecho a producir conocimiento &ldquo;v&aacute;lido&rdquo;.&nbsp;Lo m&aacute;s urgente y peligroso&nbsp;es la otra posibilidad que puede abrir o cerrar&nbsp;el acceso a la universidad p&uacute;blica, porque determina qui&eacute;n tendr&aacute; (o no) derecho a imaginar el futuro, a disputarlo, a proponer que las cosas podr&iacute;an ser de otra manera, y a hacerlo realidad.
    </p><p class="article-text">
        Arjun Appadurai tiene un nombre para esto: capacidad de aspirar, que no es un rasgo psicol&oacute;gico individual sino un bien cultural que se aprende, que se ejercita, que se acumula o se atrofia seg&uacute;n las condiciones materiales y simb&oacute;licas en que uno vive, y lo que esa noci&oacute;n permite ver es una asimetr&iacute;a que va mucho m&aacute;s all&aacute; de qui&eacute;n tiene dinero: los sectores con m&aacute;s recursos acumulan tambi&eacute;n la posibilidad de proyectarse en el tiempo, de imaginar escenarios que excedan la urgencia inmediata, y de formular preguntas sobre el futuro en lugar de solo administrar el presente.
    </p><p class="article-text">
        En cambio, quien no puede imaginar futuros alternativos tampoco puede disputarlos, ya que no tiene los marcos conceptuales para nombrar lo que falta ni para argumentar que las cosas podr&iacute;an ser de otra manera. La universidad p&uacute;blica fue, durante d&eacute;cadas, el dispositivo a trav&eacute;s del cual esa capacidad se redistribu&iacute;a hacia sectores que solo gracias a ella tuvieron acceso a las herramientas suficientes para leer el mundo de otra manera, para hacer preguntas que el mercado no hace porque sus respuestas no son rentables.
    </p><p class="article-text">
        Y si la capacidad de aspirar es un bien cultural que se distribuye de manera desigual, la pregunta que sigue es qu&eacute; pasa cuando el propio horizonte de lo posible se achica, cuando no es solo que algunos tienen menos herramientas para imaginar el futuro sino que el clima cultural dominante decreta que ciertos futuros directamente no existen, que son ingenuos, ideol&oacute;gicos, o que son un lujo que no nos podemos dar.
    </p><p class="article-text">
        Mark Fisher llam&oacute; realismo capitalista a esa condici&oacute;n en la que resulta m&aacute;s f&aacute;cil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, y lo que esa descripci&oacute;n captura no es solo un dato sobre la imaginaci&oacute;n colectiva, sino sobre el clima ideol&oacute;gico en el que se inscribe cualquier debate sobre lo p&uacute;blico, incluido este, porque cuando lo &uacute;nico imaginable es lo que el mercado puede costear, lo que se produce no es solo una decisi&oacute;n presupuestaria sino el achicamiento deliberado del horizonte de lo posible.
    </p><p class="article-text">
        Lo que el neoliberalismo hace, y lo que el debate sobre el financiamiento universitario reproduce sin nombrarlo, es naturalizar que hay preguntas que no merecen ser financiadas porque sus respuestas no tienen precio de mercado. Que el valor de ense&ntilde;ar algo se mide s&oacute;lo por lo que ese algo vale en el mercado de trabajo y no por lo que habilita en t&eacute;rminos de comprensi&oacute;n del mundo. Porque quien no puede pagar ese acceso simplemente no estaba destinado a hacerse esas preguntas.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; pasa cuando en el discurso p&uacute;blico (en el &ldquo;sentido com&uacute;n&rdquo;) se instala la idea meritocr&aacute;tica que asegura que estudiar no es un derecho, es una posibilidad para quienes pueden pagarlo, y si no, es un gasto que atenta contra el equilibrio fiscal? &iquest;Qu&eacute; queda de la pol&iacute;tica cuando el horizonte de lo posible se achica hasta coincidir s&oacute;lo con lo que el mercado puede costear y nada m&aacute;s? Nos, me pregunto si sabemos lo que estamos dejando ir cuando dejamos que esta discusi&oacute;n se quede en los n&uacute;meros, si entendemos que lo que se est&aacute; disputando ahora no es solo un presupuesto, sino qui&eacute;nes van a tener derecho a hacer esas preguntas, a sostenerlas, a convertirlas en algo que el mundo tenga que escuchar.
    </p><p class="article-text">
        Defender la universidad p&uacute;blica es, en todo momento, y en todo lugar, defender que cualquiera pueda poder.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Agustina Kupsch]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/defendemos-universidad-publica-no-imaginar-futuro-no-disputarlo_129_13218849.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 13 May 2026 15:18:44 +0000]]></pubDate>
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