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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Javier Auyero]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/javier-auyero/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Javier Auyero]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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    <item>
      <title><![CDATA[Los dilemas de una directora de escuela]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dilemas-directora-escuela_129_13505643.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bd73e453-72ec-4576-9109-48b1a9ee928e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los dilemas de una directora de escuela"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Dos historias que atraviesan a una directora de escuela pública del conurbano sur y exponen cómo la pobreza, la precariedad laboral, las adicciones y la falta de políticas sociales desbordan la tarea pedagógica y obligan a la institución a responder con recursos cada vez más escasos.
</p></div><p class="article-text">
        Dos dilemas en una semana para la directora de esta escuela p&uacute;blica del conurbano sur.
    </p><h2 class="article-text">Uno</h2><p class="article-text">
        &ldquo;Se&ntilde;o, Sonia no va a poder venir a clase los mi&eacute;rcoles. Consegu&iacute; trabajo en La Salada y no la puedo traer&rdquo;, le dijo Marta a la directora cuando fue a buscar a su hija Sonia, alumna de segundo grado de una escuela del conurbano sur. La noticia la tom&oacute; por sorpresa. Enseguida pens&oacute; c&oacute;mo garantizar que la ni&ntilde;a no perdiera la continuidad escolar. En las actividades que Sonia podr&iacute;a llevarse a casa, y en c&oacute;mo acompa&ntilde;ar su aprendizaje. Le preocup&oacute; que esa ausencia semanal terminara afectando su trayectoria educativa.
    </p><p class="article-text">
        A medida que avanzaba el d&iacute;a, la preocupaci&oacute;n cambi&oacute; de escala. Despu&eacute;s de una ma&ntilde;ana agitada, como lo son todas en una escuela con escasos recursos y donde los problemas cotidianos incluyen el arreglo de un ba&ntilde;o que se ha vuelto a tapar, la directora comprendi&oacute; que hab&iacute;a algo mucho m&aacute;s urgente que resolver.
    </p><p class="article-text">
        Sonia tiene siete a&ntilde;os. Su hermana menor, cuatro. Su pap&aacute; est&aacute; preso hace 3 a&ntilde;os por tr&aacute;fico de drogas. Ambas permanecer&iacute;an solas en la casa desde las seis de la ma&ntilde;ana, cuando Marta saliera rumbo a la feria de La Salada, hasta las tres de la tarde, hora en que regresar&iacute;a. La directora no pudo dejar de pensar en ello durante el resto de la jornada. Cuando Marta volvi&oacute; a la escuela para recoger a su hija, decidi&oacute; hablar con ella.
    </p><p class="article-text">
        La respuesta lleg&oacute; cargada de resignaci&oacute;n: &ldquo;Tengo que darles de comer, se tienen que acostumbrar, estamos las tres solas y si yo no trabajo, no comen. Vivo en una pieza que alquilo y le puedo decir a una vecina que me las mire, pero otra no me queda&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En esas pocas frases se concentra un drama que excede los l&iacute;mites de la escuela. Lo que est&aacute; en juego no es simplemente la ausencia a clase de una alumna, sino la supervivencia cotidiana de una familia sostenida por el trabajo precario de una mujer sola, atrapada entre dos imperativos igualmente urgentes: cuidar a sus hijas y conseguir el dinero para alimentarlas.&nbsp;
    </p><h2 class="article-text">Dos</h2><p class="article-text">
        Todas las tardes, cuando termina la jornada escolar, las maestras de primero y segundo grado acompa&ntilde;an a sus alumnos hasta la puerta de la escuela. All&iacute; los esperan sus madres, padres o alg&uacute;n otro familiar. Es una rutina cotidiana, repetida en cientos de escuelas.
    </p><p class="article-text">
        Una tarde, Alejandra, maestra de segundo grado, se acerc&oacute; a la directora con una inquietud poco com&uacute;n. Necesitaba que alguien la reemplazara en el momento de la salida. Sorprendida, la directora le pregunt&oacute; por qu&eacute;. Entonces, en voz baja, Alejandra explic&oacute;: &ldquo;&iquest;Podr&aacute;s sacar vos a mis nenes al final del d&iacute;a? Hay un pap&aacute; al que un d&iacute;a llev&eacute; preso. Es Mario, el pap&aacute; de Jonathan. Es del barrio y no quiero que me reconozca. Vos no lo sab&eacute;s, pero yo antes de ser maestra fui diez a&ntilde;os polic&iacute;a&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Jonathan tiene 8 a&ntilde;os y hab&iacute;a sido alumno de esta escuela durante el jard&iacute;n de infantes. Cuando su padre fue detenido, pas&oacute; a vivir con su madre y fue transferido a otra escuela. Ahora deb&iacute;a regresar a la instituci&oacute;n a la que hab&iacute;a asistido inicialmente.
    </p><p class="article-text">
        Su madre atravesaba una situaci&oacute;n de consumo problem&aacute;tico. &ldquo;La semana pasada lo dej&oacute; en la escuela y reci&eacute;n a las ocho de la noche vinieron a buscarlo. Durante horas nadie apareci&oacute;. En un rato va a ir el padre a pedirte nuevamente una vacante&rdquo;, le dijo por tel&eacute;fono la asistente social a la directora.
    </p><p class="article-text">
        Mario hab&iacute;a recuperado recientemente la libertad tras cumplir una condena por robo. Cuando lleg&oacute; a la escuela para hablar con la directora, su presencia llam&oacute; de inmediato la atenci&oacute;n. Caminaba con gran dificultad, apoyado en unas muletas improvisadas. Su ropa estaba sucia y mostraba signos evidentes de un marcado deterioro f&iacute;sico.
    </p><p class="article-text">
        Impactada por su estado la directora le pregunt&oacute; c&oacute;mo se encontraba. Mario respondi&oacute; sin rodeos: &ldquo;Me sacaron un pedazo de pie porque se me hab&iacute;a hecho gangrena&rdquo;. Ella imagin&oacute; una vieja herida de bala mal curada pero no quiso preguntar m&aacute;s. Mario hab&iacute;a ido hasta all&iacute; por una raz&oacute;n concreta: quer&iacute;a conseguir un lugar para Jonathan en la escuela.
    </p><p class="article-text">
        La directora escuch&oacute; el pedido de Mario. Sab&iacute;a que la maestra ex polic&iacute;a que lo hab&iacute;a detenido trabajaba en el turno de la ma&ntilde;ana. Decidi&oacute; que Jonathan asista a la escuela en el turno tarde.
    </p><h2 class="article-text">&nbsp;Dilemas</h2><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Qu&eacute; tienen en com&uacute;n estos dilemas?</strong> En t&eacute;rminos generales, podr&iacute;amos decir que los dos est&aacute;n asociados a la pobreza material. En t&eacute;rminos m&aacute;s espec&iacute;ficos, ninguno tiene que ver con la preparaci&oacute;n y labor pedag&oacute;gica de la directora. Ella, sin embargo, debe enfrentarlos a diario sin m&aacute;s herramientas que su buena disposici&oacute;n y su experiencia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Carente de recursos como est&aacute;, con infraestructuras decr&eacute;pitas y maestros mal pagos, a la escuela p&uacute;blica hoy se le pide que gestione muchos de los males asociados a la marginalidad: la necesidad material, la precariedad laboral, las adicciones, la perdida de libertad. La directora no solo tiene que mantener los ba&ntilde;os en buen estado, sino que debe asegurar la calidad y cantidad de los comedores en los que comen a diario miles de ni&ntilde;os y ni&ntilde;as. Tiene que reforzar las puertas de la escuela para que no le roben los bancos y sillas y para que los &ldquo;fisuras&rdquo; no duerman dentro del edificio. Tiene que proteger a sus alumnos de la inseguridad alimentaria y de la inseguridad f&iacute;sica (protecciones que no siempre van de la mano). Tienen que velar por la integridad de sus maestras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esa no es la tarea de la escuela p&uacute;blica. Esa es la tarea de la pol&iacute;tica social. Pol&iacute;tica social sin la cual, valga la pena recordarlo, no hay posibilidad de combatir la pobreza. Como bien lo dice David Brady, uno de los m&aacute;s reconocidos expertos en el tema: &ldquo;En la historia moderna de las democracias capitalistas, ning&uacute;n pa&iacute;s ha conseguido reducir y sostener niveles bajos de pobreza sin contar con un Estado de bienestar robusto.&rdquo; Una robusta pol&iacute;tica social &ndash; implementada en recolecci&oacute;n de impuestos, transferencias y servicios &ndash; es un requisito para disminuir la pobreza y para que la directora pueda volver a ocuparse de su labor pedag&oacute;gica.
    </p><p class="article-text">
        <em>JA/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Javier Auyero]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dilemas-directora-escuela_129_13505643.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 13 Sep 2026 13:33:20 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los dilemas de una directora de escuela]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Aguafuertes conurbanas II]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/aguafuertes-conurbanas-ii_129_13480644.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fb9b83a6-d805-4bed-9179-6147251c89f4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x652y610.jpg" width="1200" height="675" alt="Aguafuertes conurbanas II"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Victoria se lastimó la mano con una barra de hierro que había sido colocada para proteger su escuela de los robos. Sus padres y la directora recorrieron tres hospitales hasta conseguir que la atendieran. Entre la falta de insumos, la saturación de las guardias y un padre obligado a irse a trabajar en medio de la emergencia, una historia mínima expone el abandono que padecen quienes viven en los márgenes del Estado.
</p><p class="subtitle">Aguafuertes conurbanas I
</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Relatos ordinarios de aventuras ordinarias,&rdquo; es la expresi&oacute;n que eligi&oacute; el soci&oacute;logo franc&eacute;s Pierre Bourdieu para referirse a detalles aparentemente insignificantes de la vida cotidiana &ndash;peque&ntilde;os c&aacute;lculos econ&oacute;micos, rutinas diarias, estrategias de subsistencia&ndash;. Lejos de ser triviales, en esas historias corrientes se manifiestan estructuras sociales desiguales y relaciones de poder. De all&iacute; la atenci&oacute;n que las ciencias sociales deben prestarles a las peque&ntilde;as historias de la vida cotidiana. Lejos de ser anecd&oacute;ticas, estas revelan condiciones sociales en las que las personas act&uacute;an y sienten. 
    </p><p class="article-text">
        Lo que sigue es un ejemplo de lo que Bourdieu ten&iacute;a en mente al valorizar esos relatos como centrales para las ciencias sociales: un accidente escolar en una escuela fortificada, una recorrida por hospitales saturados, una espera interminable, un padre que debe abandonar la guardia para hacer una changa. 
    </p><p class="article-text">
        Esta aventura ordinaria ilumina procesos mucho m&aacute;s amplios: no s&oacute;lo la precariedad de la vida popular y el mal funcionamiento del Estado, sino la concatenaci&oacute;n de distintos tipos de violencias (la que ocurre en las calles y amenaza a la escuela, aquella que emerge de arreglos sociales, pol&iacute;ticos y econ&oacute;micos que privan sistem&aacute;ticamente a ciertos grupos del acceso a recursos, derechos y oportunidades, la que se expresa en el maltrato p&uacute;blico). 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Aporofobia</strong> es un t&eacute;rmino acu&ntilde;ado por la fil&oacute;sofa espa&ntilde;ola Adela Cortina para referirse al rechazo, miedo, hostilidad y/o discriminaci&oacute;n hacia las personas pobres o en situaci&oacute;n de vulnerabilidad econ&oacute;mica (<em>&aacute;poros</em>: sin recursos, pobre; <em>phobos</em>  miedo, aversi&oacute;n). En parte, la aporofobia proviene de la ignorancia &ndash;social y pol&iacute;ticamente producida&ndash; sobre las condiciones objetivas y experiencias subjetivas de la miseria. 
    </p><p class="article-text">
        Visibilizar las &ldquo;aventuras ordinarias&rdquo; de Victoria, su madre y padre, y la directora de una escuela primeria ubicada en una de las zonas m&aacute;s destituidas del conurbano sur, quiz&aacute;s sirva para horadar las bases sobre las que se construye cotidianamente el estigma y la aversi&oacute;n hacia los m&aacute;s necesitados. 
    </p><p class="article-text">
        Hace ya algunos a&ntilde;os, la directora de escuela decidi&oacute; asegurar las puertas con pesadas barras de hierro. Tom&oacute; la decisi&oacute;n la segunda vez que encontr&oacute; a un <em>fisura</em> &mdash;como se llama en el barrio a los j&oacute;venes con adicciones&mdash; durmiendo en una de las aulas. Los robos eran frecuentes; en el barrio, pr&aacute;cticamente todo puede comprarse y venderse, desde un inodoro hasta un pupitre escolar. Pero fue la imagen de aquel chico de apenas quince a&ntilde;os, sucio, descuidado, hundido en un sue&ntilde;o del que cost&oacute; despertarlo, lo que termin&oacute; de convencerla. Con el tiempo, las gruesas barras de hierro se oxidaron, pero siguieron trabando cada puerta de la escuela.
    </p><p class="article-text">
        Una de esas barras, mal empotrada en una pared de cemento por la escasa profundidad del anclaje, cay&oacute; sobre la peque&ntilde;a mano de Victoria, alumna de segundo grado. Ocurri&oacute; al final de la jornada escolar. Antes de volver a su casa, la ni&ntilde;a almorzaba en la escuela cuando el pesado hierro se desplom&oacute; sobre su mano derecha.
    </p><p class="article-text">
        Cuando la maestra que supervisaba el almuerzo de los cuarenta y cinco ni&ntilde;os y ni&ntilde;as entr&oacute; a la direcci&oacute;n con Victoria en brazos, el dedo &iacute;ndice sangr&aacute;ndole profusamente, la directora llam&oacute; de inmediato a la emergencia municipal y a su familia. Norma y Antonio, la madre y el padre de la nena, llegaron en menos de diez minutos. &ldquo;Me la llevo al hospital&rdquo;, dijo Norma. &ldquo;La ambulancia no llega nunca&rdquo;. Victoria no dejaba de llorar.
    </p><p class="article-text">
        La directora, la ni&ntilde;a y sus padres salieron en el auto de Antonio hacia el hospital municipal m&aacute;s cercano. Apenas entraron a la guardia, la recepcionista mir&oacute; el dedo ensangrentado de Victoria y les advirti&oacute;: &ldquo;Miren que no hay hilo para coser. Hay un baleado y otro que se cay&oacute; de la moto. Yo les dir&iacute;a que se vayan a otro lado&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En sus a&ntilde;os al frente de la escuela, la directora ya hab&iacute;a recurrido m&aacute;s de una vez a ese hospital sin obtener respuesta. Por all&iacute; hab&iacute;an pasado alumnos accidentados, v&iacute;ctimas de apu&ntilde;alamientos, de balaceras y de violencia dom&eacute;stica. Conocedora del territorio y de las limitaciones de sus instituciones, sugiri&oacute; no ir al hospital provincial m&aacute;s cercano sino al nuevo hospital de diagn&oacute;stico inmediato, una obra reciente del municipio que promet&iacute;a atenci&oacute;n r&aacute;pida y mayor capacidad de resoluci&oacute;n. All&iacute; los recibi&oacute; otra mala noticia. &ldquo;Podemos curarle la herida, pero no hay traumat&oacute;logo y no podemos hacerle una placa. Vamos a derivarla al provincial. Tiene que verla un traumat&oacute;logo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Dos horas de sangrado m&aacute;s tarde, con la herida limpia y vendada, los cuatro llegaron a la guardia pedi&aacute;trica del hospital provincial m&aacute;s importante de la zona. Una decena de ni&ntilde;os y ni&ntilde;as esperaban ser atendidos. Apenas ingresaron, una mujer polic&iacute;a anunci&oacute; en voz alta: &ldquo;Si el suyo no es un caso grave, vuelvan otro d&iacute;a. El hospital est&aacute; colapsado y no hay pediatras. Hay un solo traumat&oacute;logo para ni&ntilde;os y adultos&rdquo;. D&iacute;as m&aacute;s tarde yo escuchar&iacute;a en ese mismo hospital a una recepcionista decirle a una mujer con dificultades para respirar que la demora era de &ldquo;cuatro a seis horas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Esperaron algo m&aacute;s de dos horas para que Victoria fuera evaluada en triage. Apenas la enfermera vio el estado de su dedo, sali&oacute; corriendo a buscar al &uacute;nico traumat&oacute;logo disponible. Antonio no lleg&oacute; a enterarse all&iacute; mismo de que no hab&iacute;a fractura ni pudo acompa&ntilde;ar a su hija cuando, una hora m&aacute;s tarde, le suturaron la herida profunda. Lo hab&iacute;an llamado del barrio para hacer un viaje. &ldquo;Tiene que aprovechar&rdquo;, explic&oacute; Norma. &ldquo;Vivimos de changas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Mientras aguardaban en la sala de espera, Norma le dijo a la directora que, dentro de todo, hab&iacute;an tenido suerte de llegar hasta all&iacute;. &ldquo;El hospital municipal del barrio es un desastre&rdquo;, coment&oacute;. &ldquo;Las mujeres van a parir y se desgarran porque no las cortan, porque no hay hilo. Mi cu&ntilde;ada sufri&oacute; como un perro&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>JA/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Javier Auyero]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/aguafuertes-conurbanas-ii_129_13480644.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 02 Sep 2026 09:02:36 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Aguafuertes conurbanas I]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/aguafuertes-conurbanas-i_129_13448555.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e2dbc49f-a94e-491b-ba4c-6e90310bb2ff_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Aguafuertes conurbanas I"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La pobreza en el conurbano no se reduce a la falta de ingresos: atraviesa la alimentación, el acceso a servicios, el tiempo de ocio y hasta las posibilidades de sostener una vida familiar digna. La historia de Verónica y sus hijos muestra, en escenas cotidianas, cómo las deudas, las carencias y el esfuerzo por llegar a fin de mes conviven con la necesidad de encontrar espacios de disfrute.</p></div><p class="article-text">
        Cualquiera que se acerque a la experiencia de la pobreza en el conurbano bonaerense contempor&aacute;neo se dar&aacute; cuenta de que esta no es s&oacute;lo falta de ingresos y deudas. Ser pobre es vivir en lugares m&aacute;s violentos, tener que esperar largas horas en un hospital y en una oficina del estado; es sufrir la extorsi&oacute;n del polic&iacute;a y la amenaza del traficante de la esquina; es vivir en una calle que se inunda con frecuencia; experimentar cortes de luz m&aacute;s prolongados y pasar entre basura porque la recolecci&oacute;n es poco usual; es beber el agua y caminar en un suelo m&aacute;s contaminados. La pobreza no es s&oacute;lo una condici&oacute;n objetiva capturada por indicadores oficiales que se muestran en una l&iacute;nea de ingresos m&iacute;nimos, sino un conjunto de enfermedades sociales y de relaciones de sometimiento. 
    </p><p class="article-text">
        La pobreza es tambi&eacute;n, como nos demuestra este relato, una experiencia subjetiva. Es un esfuerzo muchas veces frustrado por satisfacer las necesidades de los seres queridos m&aacute;s cercanos, es sentirse abrumada e impotente en el intento, es enga&ntilde;ar al est&oacute;mago, es tener que conformarse con poco y, al mismo tiempo, mantener cierta dignidad a pesar de la miseria. Es preguntarse, a veces con enojo y otras con resignaci&oacute;n, si alguna vez cambiar&aacute; la suerte.
    </p><p class="article-text">
        <em>&ndash;Mam&aacute;, &iquest;Me compr&aacute;s unos chizitos?</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&ndash;No, ac&aacute; te traje una galletita de casa.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&ndash;&iquest;Pero para qu&eacute; trabaj&aacute;s todo el d&iacute;a y nunca ten&eacute;s plata?</em>
    </p><p class="article-text">
        Eso le pregunt&oacute; Liana a su mam&aacute;, Ver&oacute;nica. Estaban sentadas mirando a Jordan jugar al f&uacute;tbol en la cancha del barrio. Ver&oacute;nica se qued&oacute; con la boca abierta. No le causo nada de gracia la ocurrencia de la peque&ntilde;a Liana. Una mam&aacute; que estaba sentada a su lado se ri&oacute; y dijo &ldquo;Ay, mir&aacute; lo que dice&hellip;&rdquo; Ver&oacute;nica sonri&oacute; un tanto avergonzada.
    </p><p class="article-text">
        Ver&oacute;nica trabaja por horas limpiando casas y atendiendo en una panader&iacute;a. Su marido trabaja en un frigor&iacute;fico de la zona sur. Viven en un barrio pobre de la zona sur del conurbano.
    </p><p class="article-text">
        Cada entrada para el partido de f&uacute;tbol de Jordan cuesta 4000 pesos, &ldquo;y si venimos con mi marido son 8000&hellip; por suerte los chicos no pagan&hellip;. Pero siempre piden cosas. Y aparte tengo que llevarle algo para que coman porque ahora adem&aacute;s de Jordan empez&oacute; a jugar el m&aacute;s chiquitito y tienen diferencia de horario y me tengo que quedar en la cancha. Y en la cancha est&aacute; todo el doble. Entonces yo tengo que llevar una botella con jugo o botella congelada y voy preparando jugos. Llevo el jugo de mate. O sea, nosotros somos grandes y nos aguantamos, pero los chicos ellos quieren comer&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Las entradas y la comida entre partidos son algunos de los tantos gastos que Ver&oacute;nica tiene semanalmente y para los cuales pide prestado. A veces al almacenero, otras veces usa la tarjeta de cr&eacute;dito. Ya en la segunda semana del mes, comienzan a acumularse las deudas.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n Ver&oacute;nica, el f&uacute;tbol &ndash;los entrenamientos diarios, los partidos de los fines de semana&ndash; sirve para mantener ocupados a los hijos y evitar que &ldquo;caigan en la calle&rdquo;. Cualquier sacrificio &ndash;los viajes, el costo de los uniformes y los botines, etc.&ndash; es v&aacute;lido para evitar &ldquo;las malas juntas&hellip; las drogas.&rdquo; Pero el futbol es tambi&eacute;n su distracci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Yo todos los d&iacute;as los llevo a los entrenamientos. Pero a m&iacute; no me importa, yo estoy cansada, todo, no me importa, porque por ah&iacute; yo termino de trabajar justito y me voy a llevarlo (s). La cancha es nuestra salida.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        A la plaza no los lleva porque piden cosas, piden de comer, piden chizitos. &ldquo;Bueno, si me sobra, s&iacute; nos vamos a la plaza, pero a la plaza nom&aacute;s&hellip; al cine. &iquest;Sab&eacute;s qu&eacute; hace cu&aacute;nto? Creo que la &uacute;ltima vez que fui al cine fue hace 8 a&ntilde;os. Ahora no vamos a ning&uacute;n lado ahora, el despeje de nosotros es la cancha&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Cuando el hermano peque&ntilde;o de Jordan quiso comenzar a entrenar, Ver&oacute;nica entusiasmada lo anot&oacute; en el mismo club, pero pronto se arrepinti&oacute;: 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;No lo voy a poder llevar. Porque ahora cuando cobro tengo que pagarle el conjunto de invierno a Jordan y me sale 35.000 pesos. Las medias que me salen 6.000 [&hellip;] Ahora estoy cayendo que yo tambi&eacute;n le tengo que pagar al m&aacute;s chico el conjunto de invierno y le tengo que comprar otros botines porque ellos usan unos botines con tapones en tierra, y otros, los otros lisitos para la otra cancha&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Ver&oacute;nica es muy consciente de los gastos que le representa el futbol. Pero, insiste, &ldquo;es la &uacute;nica salida que yo tengo con ellos. Si no tendr&iacute;amos que estar encerrados ac&aacute;&hellip;&rdquo; Y haci&eacute;ndose eco del reclamo que su hija le hiciera en la cancha dice, &ldquo;Tanto trabajar, &iquest;y para qu&eacute;? Por lo menos disfrutamos en la cancha, y es nuestra salida familiar&hellip; Y por eso tampoco quiero dejarla. No quiero decir a todo que no por la plata&hellip;. Tambi&eacute;n te da l&aacute;stima todo el tiempo tener que estar diciendo no, no, o contando a ver si te va a alcanzar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        **
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;No me gust&oacute; que me pidiera chizitos&hellip; pero ellos entienden bastante. O sea, yo no los acostumbr&eacute; a que siempre pidan, pero van creciendo y quieren jeans de marca o zapatillas de marca.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        <em>&ndash;Mam&aacute;, me ten&eacute;s que comprar un jean.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&ndash;Vos antes de preocuparte por el jean f&iacute;jate si ten&eacute;s hojas en la carpeta.</em>
    </p><p class="article-text">
        Era el comienzo del a&ntilde;o escolar. Y a los jeans nuevos que necesitaba Uma, su hija adolescente, se sumaba la cartuchera, los colores, el cuaderno y el guardapolvo de Jordan. Y zapatillas nuevas para todos. &ldquo;Tuvimos que pagar las cuentas y no nos qued&oacute; nada para los &uacute;tiles de la escuela.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        <em>&ndash;A ellos les gusta cada tanto comer una golosina, y no se les puede pedir que comparta un chizito.</em>
    </p><p class="article-text">
        La m&aacute;s grande de sus hijas, Miriam, trabaja en una peluquer&iacute;a y cada tanto ayuda con los gastos cotidianos. &ldquo;Ella cuando tiene, viene y dice: &rdquo;Mami, &iquest;qu&eacute; vas a cocinar?&ldquo; Y yo le digo: &rdquo;No, lo de siempre. No s&eacute;, papas fritas o con huevo frito, o fideos con huevo, o guisito. A ella le gusta mucho el guiso de arroz amarillo. Y ella dice: &lsquo;&iquest;Quer&eacute;s que compre el jugo y compre un quesito rallado?&rsquo;&ldquo; 
    </p><p class="article-text">
        Eso es en los buenos d&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        Pero en los d&iacute;as en que no hay dinero, &ldquo;ella se da cuenta que no tengo nada para cocinar&hellip; cuando tipo 7 de la tarde hago tortas fritas y pongo la pava. Ah&iacute; le digo de tomar mate. Y le hago t&eacute; a los chicos. Y ah&iacute; ella se da cuenta que yo no tengo plata para cocinar. Porque espero que sea m&aacute;s tardecito para que ellos est&eacute;n como medio llenitos y no digan: &rdquo;Mami, &iquest;qu&eacute; vas a cocinar?&ldquo; Eso me preocupa porque son chiquitos, tienen que comer. Pero nosotras siempre por ah&iacute; nos sentamos ah&iacute; afuera hasta tarde y tomamos mate&hellip; no comemos.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        **
    </p><p class="article-text">
        El hermano de Ver&oacute;nica tambi&eacute;n ayuda en lo que puede a la econom&iacute;a dom&eacute;stica. Cirujea, como dice Ver&oacute;nica, con un amigo. &ldquo;Junta cart&oacute;n, botella&hellip; y lo venden.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La &uacute;ltima vez, sali&oacute; con un amigo y una se&ntilde;ora de almac&eacute;n les regal&oacute; una bolsa llena de patis vencidos. &Eacute;l me los trajo. Yo le dije que no le iba a dar eso a los chicos. Pero se los cocin&eacute; para los perros. Los herv&iacute;, les puse unos fideos que le dan a mi cu&ntilde;ada en el comedor del barrio, unos fideos que cuando los herv&iacute;s se abren y se desarman en 1500 partes. Son incomibles. No s&eacute; c&oacute;mo le dan eso a la gente. Y bueno, entonces yo los hago a lo que ella me da para los perros. Pasaron unos d&iacute;as y ese mismo amigo le vino a pedir a mi hermano a ver si le quedaban unos patis porque &eacute;l no ten&iacute;a que comer. Me dijo &lsquo;Mi amigo no tiene nada y quiere&rsquo;. Te juro que a m&iacute; me dio l&aacute;stima&hellip;&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Ver&oacute;nica pens&oacute; en darle unas pocas alitas de pollo que ten&iacute;a en la congeladora. &ldquo;Dios me va a dar el doble, pens&eacute;&hellip;. Pero despu&eacute;s, al rato, estoy enojada porque por ah&iacute;, qu&eacute; s&eacute; yo, los chicos vienen y me dicen, &lsquo;Ma, &iquest;no me das para comer una galletita?&rsquo; Y yo me enojo porque no tengo. Y yo digo, &lsquo;S&iacute;, claro, Dios me va a dar el doble. &iquest;Cu&aacute;ndo me va a dar el doble?&rsquo;&rdquo; .
    </p><p class="article-text">
        <em>JA/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Javier Auyero]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/aguafuertes-conurbanas-i_129_13448555.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 15 Aug 2026 03:02:08 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Aguafuertes conurbanas I]]></media:title>
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      <title><![CDATA[¿Quién manda en los márgenes?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/manda-margenes_129_13316499.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/cb0905f4-915c-4304-bd3d-576e371ab195_16-9-discover-aspect-ratio_default_1091705.jpg" width="1996" height="1123" alt="¿Quién manda en los márgenes?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A partir de las historias de Teresa y Marta, el artículo explora cómo la pobreza se convierte en una red de subordinaciones donde el endeudamiento, el narcotráfico, la violencia y la ausencia estatal se combinan para ejercer un poder que restringe la libertad de quienes menos tienen.</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;La pobreza,&rdquo; dice el soci&oacute;logo y ganador del premio Pulitzer Matthew Desmond, &ldquo;suele ser escasez material sumada a dolor cr&oacute;nico, sumada a encarcelamiento, sumada a depresi&oacute;n, sumada a adicci&oacute;n. La pobreza no es una l&iacute;nea: es un <strong>nudo apretado</strong> de males sociales&rdquo;. Es un conjunto de problemas que se acumulan: falta de dinero, vivienda precaria, contaminaci&oacute;n ambiental, violencia cotidiana, dolor f&iacute;sico, inestabilidad e incertidumbre.
    </p><p class="article-text">
        Para Teresa y Marta, vecinas de dos barrios marginado del sur del conurbano bonaerense, la miseria no es s&oacute;lo un <strong>ajustado nudo</strong> sino una <strong>soga que las somete </strong>&ndash; la pobreza es una condici&oacute;n y un conjunto de relaciones de dominaci&oacute;n que las abruman y frente a las cuales poco pueden hacer. &iquest;Cu&aacute;les son las formas de poder que hoy afectan a los pobres conurbanos? &iquest;Qui&eacute;nes gobiernan hoy la vida popular?
    </p><p class="article-text">
        Teresa toma medicamentos para la diabetes y para la presi&oacute;n alta, &ldquo;antes te los daban, ahora ya no&hellip; ahora hay que comprarlos&hellip; No aument&oacute; mucho, pero a veces no hay.&rdquo; Para adquirir sus remedios, los de su marido con una cardiopat&iacute;a, y los de unos de sus hijos &ldquo;que sufre de los huesitos,&rdquo; Teresa recurre a un prestamista.&nbsp;&ldquo;Todo el pr&eacute;stamo es para remedios.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;No me hables de los pr&eacute;stamos. Los pr&eacute;stamos son deuda nom&aacute;s, deuda que te hunde y te hunde&rdquo;. Es que a Teresa el prestamista del barrio le presta 100, y ella la tiene que devolver 200 al mes siguiente. &ldquo;A veces, hasta te retiene la tarjeta,&rdquo; con la que ella cobra su pensi&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los prestamistas no son s&oacute;lo usureros. Para cobrar sus deudas suelen recurrir a la violencia. Marta nos cuenta que a ellos &ldquo;no les importa nada&hellip; est&aacute;n endemoniados.&rdquo; Esto no es s&oacute;lo un juicio de valor. La &uacute;ltima vez llegaron a cobrarle a punta de pistola. A otro vecino le destrozaron la casa. Poder descarnado, pura coerci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como si hiciese falta remarcar que las deudas acumuladas constri&ntilde;en su escasa libertad, ellas hablan de &ldquo;librarse&rdquo; de sus pr&eacute;stamos. &ldquo;Ahora tengo 2, ya me libr&eacute; de uno.&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Teresa tiene un hijo con problemas de adicci&oacute;n. Consume paco. &ldquo;Anda, en la calle, drog&aacute;ndose, viviendo de ac&aacute; para all&aacute;. Lo veo cada tanto, lo tuve que echar porque me roba todo lo que encuentra. Me llev&oacute; el lavarropa para vender&hellip; En el barrio hay uno que le compra las cosas [robadas] a cambio de droga [&hellip;]. Una vez me arranc&oacute; la ventana de aluminio para vender tambi&eacute;n. Es imposible, pero bueno, trato de estar con calma y llevarlo como se puede.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Teresa pens&oacute; en denunciar a quienes le venden paco a su hijo, pero &ldquo;no pod&eacute;s decir nada si la polic&iacute;a tambi&eacute;n est&aacute; con ellos&hellip; Yo fui una vez a denunciarlo y la polic&iacute;a fue y le avis&oacute; a la persona que yo lo denunci&eacute;. Esa persona vino y me apunt&oacute; y me dijo que no va a haber segunda vez &hellip; Me apunt&oacute; con un arma y me dijo que no iba a haber segunda vez. Que ven&iacute;a a avisar, que me deje de joder, que me deje de hacer un mont&oacute;n de cosas. Eso me dijo [&hellip;] <em>Es como que te sent&iacute;s sola porque no ten&eacute;s con qui&eacute;n contar</em>. Y la polic&iacute;a supuestamente tiene que cuidarte, tienen que ayudarte, no te ayudan ni te cuidan&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El poder,&rdquo; dec&iacute;a Max Weber, &ldquo;es la probabilidad de que un actor, dentro de una relaci&oacute;n social, se encuentre en condiciones de imponer su propia voluntad a pesar de la resistencia, independientemente de la base sobre la que se sustente dicha probabilidad&rdquo;. Escuchando a Teresa y a Marta vemos que &ldquo;prestamistas&rdquo; y &ldquo;narcos&rdquo; &ndash; en colusi&oacute;n con la polic&iacute;a local &ndash; son quienes hoy gobiernan &ndash; esto es, ejercen poder sobre &ndash; la vida cotidiana de los m&aacute;s pobres. Adentro y afuera de los hogares estos actores extienden su dominio. Un poder arbitrario y descarnado. Un poder que subyuga a los que menos tienen.
    </p><p class="article-text">
        Visibilizar el ejercicio personalizado del poder en los m&aacute;rgenes urbanos no deber&iacute;a hacernos perder de vista las otras formas de dominaci&oacute;n que hoy abruman la los m&aacute;s necesitados. Volvamos a escuchar a Teresa y Marta, a lo que no dicen, a lo que insin&uacute;an. &iquest;Por qu&eacute; no tienen dinero para pagar sus medicamentos? &iquest;Por qu&eacute; pagan tanto por ellos? &iquest;Por qu&eacute; la salita ya no los distribuye? &iquest;Por qu&eacute; no hay centro de rehabilitaci&oacute;n accesibles? Responder a estas preguntas requiere ya no tanto pensar en actores de carne y hueso sino en estructuras &ndash; un mercado que explota de manera precaria a los sectores m&aacute;s vulnerables de la sociedad; un estado que aparece en zonas marginadas s&oacute;lo con su cara punitiva y corrupta.
    </p><p class="article-text">
        <em>JA/MG</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Javier Auyero]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/manda-margenes_129_13316499.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Jun 2026 08:45:33 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Quién manda en los márgenes?]]></media:title>
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