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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Nacho Merlo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/nacho-merlo/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Nacho Merlo]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El Doctor Dolina en ejercicio de su profesión]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/doctor-dolina-ejercicio-profesion_128_13505730.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6bf6d339-fb28-4f65-942a-770b4967cb99_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x406y192.jpg" width="1200" height="675" alt="El Doctor Dolina en ejercicio de su profesión"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una conversación en la que Alejandro Dolina reflexiona sobre el reconocimiento de la UBA, la educación, la cultura popular, la inteligencia artificial y la necesidad de preservar el pensamiento crítico y la capacidad de emocionarse en un mundo cada vez más fragmentado.
</p></div><p class="article-text">
        Cada una de las veces que escuch&eacute; a Dolina levant&eacute; la vista para prestar atenci&oacute;n: en las trasnoches de insomnio adolescente de los noventa, en alguno de todos los teatros donde nos cruzamos o incluso ahora que empezamos a trabar una amistad y ponemos excusas para hablar de bueyes perdidos. Viene de ser distinguido con el <em>Doctorado Honoris Causa</em> de la UBA y en esta, su primera entrevista, tratamos entre los dos de sacarle la careta al reconocimiento.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&mdash;Dolina Doctor. &iquest;Qu&eacute; te provocan esas dos palabras en una misma oraci&oacute;n?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Es un error &mdash;se r&iacute;e&mdash;. El <em>Doctorado Honoris Causa</em> no es para que le digan a uno &laquo;doctor&raquo;, ni es realmente un t&iacute;tulo efectivo, sino honor&iacute;fico. De manera que est&aacute; m&aacute;s bien en el plano metaf&oacute;rico.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&mdash;Independientemente de que no sea un doctorado </strong><em><strong>de verdad, </strong></em><strong>&iquest;qu&eacute; sent&iacute;s cuando la UBA pone el foco en vos y dice: &laquo;Che, vamos a reconocer a este tipo&raquo;? &iquest;Valida algo que vos sospechabas o ya sin esa validaci&oacute;n tambi&eacute;n te dabas por reconocido?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;La triste respuesta es que no lo s&eacute;. Y creo que est&aacute; bien no saber, eh. &iquest;Ser&aacute; este un verdadero reconocimiento? &iquest;Un reconocimiento inevitable? &iquest;Un reconocimiento merecido?. No se trata tampoco el merecimiento, sino: &iquest;c&oacute;mo hace uno para conferir un sentido a lo que ha pasado? &iquest;Qu&eacute; hago yo ahora con esto? Y, adem&aacute;s, &iquest;c&oacute;mo evito la sospecha de que tal vez no sea lo que yo creo que es? &iquest;Ser&aacute; para m&iacute; esto? &iquest;No ser&eacute; yo en este mismo momento un impostor? Y no lo s&eacute;. Yo dije alguna vez que los Mart&iacute;n Fierro eran premios importantes, pero que eran premios de la industria. Y en alg&uacute;n punto, quien te valida o no te valida es la industria. Y yo s&eacute; que ah&iacute; puede haber muchos caprichos.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        <strong>&mdash;Bueno, fuimos testigos de premios para cualquiera. Hace poco la FIFA le dio uno a Trump&hellip;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Y no ser&aacute; ahora otra de estas circunstancias? Han premiado a algunas personas muy meritorias, desde luego, pero &iquest;qu&eacute; pasa si uno descubre &mdash;y no lo s&eacute; porque no tengo la lista de premiados&mdash;, que lo han premiado porque es popular?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&mdash;&iquest;Y qu&eacute; pens&aacute;s por educaci&oacute;n popular?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Yo tengo mis reservas respecto del t&eacute;rmino. Para m&iacute;, educaci&oacute;n popular quiere decir: &laquo;El pueblo puede acceder a la gran educaci&oacute;n, a la gran cosa&raquo;. Que, si quiere, puede hacer. Eso es educaci&oacute;n popular. Y no al rev&eacute;s: que esperemos que la gran cultura provenga misteriosamente&hellip;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&mdash;Como una suerte de teor&iacute;a del derrame del saber.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Claro. Y no sea cosa que haya que premiar lo que se cree que es cultura popular, cuando en realidad son versiones industriales. Pero todo eso no lo s&eacute;. Digo que: &iquest;y si es as&iacute;? &iquest;Y si yo me estoy creyendo que soy el Doctor Leloir y resulta que le hab&iacute;an dado el doctorado a medio mundo? Pasadas estas dudas, que son totalmente interiores y no voy a andar manifestando a cada rato, salvo en circunstancias como estas que son un poco m&aacute;s confidenciales, obviamente que es una alegr&iacute;a. Una alegr&iacute;a que viene matizada con las tristezas propias de la edad, no por vejez, sino por el acrecentamiento de la sospecha que uno tiene.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&mdash;&iquest;A trav&eacute;s de los a&ntilde;os uno se va volviendo m&aacute;s sospechoso, no?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Uno es m&aacute;s complejo, incluso en los v&iacute;nculos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&mdash;&iquest;Nos volvemos m&aacute;s dif&iacute;ciles con el resto?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Hay una edad m&aacute;s propicia para hacer amigos, que es cuando uno est&aacute; hiperactivo y en estado de adquisici&oacute;n: est&aacute; aprendiendo, se est&aacute; educando. La organizaci&oacute;n social misma marca que ten&eacute;s compa&ntilde;eros de colegio, compa&ntilde;eros de universidad, compa&ntilde;eros de parranda. Sos m&aacute;s colectivo. Y despu&eacute;s, un poco por selecci&oacute;n, otro poco por complicaci&oacute;n y otro poco por costumbres de este tiempo que favorecen la soledad m&aacute;s que la bandera de la compa&ntilde;&iacute;a, te vas volviendo m&aacute;s solitario.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Alejandro Dolina recibió el doctorado honoris causa de la Universidad de Buenos Aires, la máxima distinción honorífica que otorga la institución a personalidades de distintas disciplinas, en reconocimiento a su trayectoria intelectual y artística y a su aporte a la cultura argentina.                            </span>
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                </figure><h2 class="article-text">La obra y el artista</h2><p class="article-text">
        En esa b&uacute;squeda siempre forzada de separar la obra del artista, con Dolina pasa lo contrario: no queda del todo claro d&oacute;nde est&aacute; la obra y d&oacute;nde el artista porque, a fin de cuentas, son dos caras de una misma moneda. Por eso siempre hay que recorrer el lugar com&uacute;n, la g&eacute;nesis de una persona que empez&oacute; a hablar en las madrugadas radiales de mediados de los ochenta y no se call&oacute; la boca nunca m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&mdash;</strong><em><strong>La venganza ser&aacute; terrible</strong></em><strong> siempre fue un gran nicho de comunidad. Adem&aacute;s de escuchar un programa de radio, hab&iacute;a un mont&oacute;n de gente que estaba haciendo lo mismo al mismo tiempo. Una especie de tribu desparramada en &eacute;pocas incluso previas a internet. &iquest;Vos lo sent&iacute;as as&iacute;?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Eso se notaba claramente, por no hablar de la concurrencia de gente a ver el programa, lo cual era &uacute;nico, porque no hab&iacute;a programas de radio en donde fuera gente. Y yo insist&iacute; mucho siempre en eso, en que fuera un programa mayoritariamente presencial. Siempre que pudimos lo hicimos as&iacute;. Lo estoy haciendo ahora, incluso.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&mdash;&iquest;Vos percib&iacute;as esa presencia de la comunidad?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;S&iacute;, claro. Y era tambi&eacute;n un p&uacute;blico m&aacute;s juvenil que ahora. Los muchachos que ven ahora el programa son mayores que lo que eran cuando empez&oacute;. Y a lo mejor son los mismos. Se han incorporado, desde luego, pero no son tan j&oacute;venes como antes. Y todo aquel fen&oacute;meno de comunidad era m&aacute;s f&aacute;cil cuando &eacute;ramos todos m&aacute;s j&oacute;venes. Y era una &eacute;poca en donde uno era m&aacute;s proclive a adherirse a un grupo, aparte.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s, cumpl&iacute;a una funci&oacute;n social importante, porque era un buen lugar para sentir ese lugar de pertenencia a un grupo y entonces hab&iacute;a cierto derecho a dirigirse a otro sin esa barrera que hay hoy, tan propia de los nuevos tiempos, &iquest;no? Por ah&iacute; te acercas a alguien y cuesta m&aacute;s vincularse&hellip; Bueno, si estamos todos en la misma, ese primer paso ya estaba dado; esa primera barrera ya est&aacute; levantada, porque pertenecemos todos al mismo grupo. Y ah&iacute; es cuando pasan esos fen&oacute;menos a otra escala.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Con &quot;La venganza será terrible&quot; sucede como con las teorías sobre el universo. ¿Alguien lo pensó para que saliera así? Es determinista. Esto hubiera salido así de todas maneras. No sé. Y uno tiende a pensar que sí, que lo pensó, porque eso le daría sentido a nuestra conducta
</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>&mdash;&iquest;Pensaste en </strong><em><strong>La venganza</strong></em><strong> como una comunidad o fue algo que surgi&oacute; naturalmente?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No lo s&eacute;. Es como sucede con las teor&iacute;as sobre el universo. &iquest;Alguien lo pens&oacute; para que saliera as&iacute;? Es determinista. Esto hubiera salido as&iacute; de todas maneras. No s&eacute;. Y uno tiende a pensar que s&iacute;, que lo pens&oacute;, porque eso le dar&iacute;a sentido a nuestra conducta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&mdash;Hay que ver si no fuimos todos nosotros los que te pusimos a vos en su lugar.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Claro, si no fue uno el regalo, como con el cuento de Cort&aacute;zar, para toda una generaci&oacute;n de gente inquieta y gente en busca de conmoverse, justamente. Y conforme pasa el tiempo, crece el p&uacute;blico. Prevalece, me doy cuenta, la conexi&oacute;n emotiva por encima de la raz&oacute;n. Por debajo de la conexi&oacute;n humor&iacute;stica, que parece m&aacute;s natural.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&mdash;Lo que pasa si alguien te hace re&iacute;r una, dos, tres&hellip; diez veces, en un momento la risa queda en un segundo plano: no te est&aacute; haciendo re&iacute;r, te est&aacute; haciendo feliz, y eso tiene otra capa de emotividad.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Al final empiezo a parecerme a Sandrini, que hac&iacute;a re&iacute;r y llorar. Y a lo mejor lo que pasa es que, cuanto m&aacute;s complicado se vuelve uno, mejor dispuesto est&aacute; para advertir el sentido de la condici&oacute;n humana. Ya est&aacute;s preparado para eso y entonces se te hace m&aacute;s f&aacute;cil.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&mdash;Pero hay distintas capas: porque escucharte a los veinte era quiz&aacute;s era una distracci&oacute;n para re&iacute;rme y, de repente darme cuenta: &ldquo;Che, esto que dice de los griegos me interesa&rdquo;. O descubrir: &ldquo;Che, este tango que jam&aacute;s escuch&eacute; me gusta&rdquo;. Y en un momento todo eso, sumado y sostenido durante tantos a&ntilde;os, es parte de la vida de uno.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;A lo mejor ese es, si es que hay alguno, el siempre dudoso m&eacute;rito: no olvidarse nunca, a&uacute;n en el momento c&uacute;lmine de la farra, que hay otras capas, como dec&iacute;s, que est&aacute;n ah&iacute;, est&aacute;n ah&iacute;. Porque ah&iacute;, en medio del bailongo, disfrutando, el tipo tambi&eacute;n sabe que es mortal, que la vida es una escuela de desenga&ntilde;os, que sabe todo eso. Y todo, todo es necesario integrar. Por eso dec&iacute;a que es verdad que con el tiempo todas las alegr&iacute;as empiezan a contaminarse de melancol&iacute;a. Pero yo me alegro. Me alegro de que pase as&iacute;, de que no sea simplemente un tipo que est&aacute; contando chistes en modo mec&aacute;nico. No est&aacute; contando chistes; s&iacute; est&aacute; tocando el piano, y si est&aacute; diciendo alguna cosa que tiene que ver con lo sentimental y est&aacute; todo bien. &iquest;Pero qu&eacute; s&eacute; yo si lo pens&eacute; antes?&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Al final empiezo a parecerme a Sandrini, que hacía reír y llorar. Y a lo mejor lo que pasa es que, cuanto más complicado se vuelve uno, mejor dispuesto está para advertir el sentido de la condición humana. Ya estás preparado para eso y entonces se te hace más fácil
</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>&mdash;Digamos que s&iacute;, porque queda bien. Como para que te den el t&iacute;tulo de doctor, despu&eacute;s.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Claro, decir cosas que quedan bien es otro asunto, tambi&eacute;n. Forma parte del libreto que acabo de se&ntilde;alar. Ten&eacute;s que decir cosas m&aacute;s profundas, cosas donosas, graciosas, cosas bien construidas y que adem&aacute;s queden bien. Y eso me mete miedo. Porque, entre tantas cosas que hay que decir &mdash;verdades cient&iacute;ficas, citas de grandes poetas, etc&eacute;tera&mdash; fuera todo eso, adem&aacute;s ten&eacute;s que decir cosas que queden bien. &iexcl;Qu&eacute; s&eacute; yo si no est&aacute; tambi&eacute;n influido por el algoritmo! &iquest;Y si todas esas cosas que creemos que quedan bien son un error?
    </p><p class="article-text">
        <strong>&mdash;En tiempos de tanta fragmentaci&oacute;n, &iquest;c&oacute;mo te llev&aacute;s con los fen&oacute;menos que son hiperconocidos para un grupo de gente y absolutamente extra&ntilde;os para otros?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;La verdad es que cada vez conozco menos estos fen&oacute;menos, te dir&iacute;a. Un poco debe ser por mi desconocimiento y seguramente otro poco por los escasos antecedentes de los conocidos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&mdash;Pero, &iquest;no te da la sensaci&oacute;n de que nos atomizamos tanto que la idea de lo colectivo en pos del bien com&uacute;n se empieza a volver ut&oacute;pica?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ah&iacute; la palabra clave es comunidad, que es lo contrario de esa individualidad, de ese modo de vivir casi ermita&ntilde;o que eligen algunas personas, &iquest;no? Ese rechazo autom&aacute;tico ante los dem&aacute;s, muchas veces estalla en crueldad, en pensamientos patol&oacute;gicos. Lo estamos viviendo ahora mismo: en la calle las personas se ven cada vez m&aacute;s hoscas.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Alejandro Dolina y &quot;La venganza será terrible&quot;, su programa radial desde hace más de 40 años."
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            <span class="title">
                Alejandro Dolina y &quot;La venganza será terrible&quot;, su programa radial desde hace más de 40 años.                            </span>
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        <strong>&mdash;&iquest;A d&oacute;nde cre&eacute;s que estamos yendo? A veces tengo la sensaci&oacute;n de habernos perdido en medio de un descampado, pero con la certeza de que la ruta que buscamos va a aparecer en cualquier momento. Pero otras veces, como ahora, no tengo idea d&oacute;nde est&aacute; el camino y siento que, giremos para donde giremos, tampoco lo vamos a encontrar.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Es una met&aacute;fora bastante adecuada. Uno cree que est&aacute; en la ruta de siempre y de repente empieza a avanzar por el camino y tambi&eacute;n lo nota extra&ntilde;o: los carteles son desconocidos, el tipo que te pasa por al lado no se parece a los que vos conoc&eacute;s&hellip; aparece un japon&eacute;s&hellip; Yo creo que hay fuerzas muy poderosas que desean que nuestra actitud sea esa. Promueven cierta atomizaci&oacute;n e individualismo, que devienen en cierta violencia social tambi&eacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&mdash;&iquest;C&oacute;mo te trata este futuro? No como la idea de algo que va a pasar de ac&aacute; a 150 o 200 a&ntilde;os, sino este presente, que supo ser el futuro de un tiempo que vivimos hace muchos a&ntilde;os. &iquest;No hay una suerte de </strong><em><strong>zona de confort</strong></em><strong> medio peligrosa para la sociedad?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Es que quiz&aacute;s no sea tan confortable la zona. Lo que hay son muchos espacios que simplifican las realidades y nos hacen creer que, por metonimia, el adelanto tecnol&oacute;gico te hace la vida m&aacute;s confortable. Y puede ser en alg&uacute;n caso. A lo mejor poner un acondicionador de aire es mejor a que no haya nada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero una cantera de opiniones, de razonamientos, de teor&iacute;as inagotables y de r&aacute;pido acceso, por ah&iacute;, desde el punto de vista del pensamiento, del que busca la verdad o del que busca encontrarse con la constituci&oacute;n de la realidad, con Dios o con la verdad&hellip; bueno, el camino se hace m&aacute;s dif&iacute;cil. No m&aacute;s f&aacute;cil: m&aacute;s dif&iacute;cil.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Encontr&aacute;s tanta cantidad de cosas y que el acceso a la propia intimidad es para los dem&aacute;s facil&iacute;simo, que no es necesario ser &Oacute;scar Secco Ellauri para haber escrito un libro de historia. No: acced&eacute;s a las redes y ten&eacute;s m&aacute;s gente de los que han le&iacute;do a Secco Ellauri en toda la vida. Y eso es confuso. Y es el mismo caso del cartel. &iquest;Qui&eacute;n ser&aacute; este? &iquest;Qui&eacute;n ser&aacute; este que me dice que, en realidad, el destino de la humanidad es inmolarse en un d&iacute;a determinado? Qu&eacute; s&eacute; yo, es muy confuso.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero adem&aacute;s, en eso, el acceso es tan f&aacute;cil, no hay filtro y no est&aacute; la educaci&oacute;n organizada. &iquest;Y sab&eacute;s para qu&eacute; sirve la educaci&oacute;n organizada? Para aprender a adiestrarse en pruebas de dificultad creciente, con gente que ha pasado tambi&eacute;n por esas mismas pruebas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ac&aacute; es distinto: es como un restaurante en el que cada uno se sirve de la fuente que quiere y no hay una forma correcta ni protocolar. Entonces todo se confunde mucho e ingresa f&aacute;cilmente algo que la educaci&oacute;n organizada debe combatir, que es el odio, la malevolencia, el vicio. Eso entra como por un tubo, como si Secco Ellauri vendiera droga.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="&quot;La venganza será terrible&quot; en sus comienzos, a mediados de los &#039;80."
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                &quot;La venganza será terrible&quot; en sus comienzos, a mediados de los &#039;80.                            </span>
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        <strong>&mdash;&iquest;Qu&eacute; te causa este tiempo de algoritmos, en donde cada uno tiene su </strong><em><strong>diario de Yrigoyen</strong></em><strong> en el tel&eacute;fono y tu realidad pasa a ser </strong><em><strong>la</strong></em><strong> realidad y nada te molesta nunca, nada te confronta?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Yo le tengo mucho miedo a eso, porque se parece al miedo que tengo cuando me dan esta distinci&oacute;n. Entonces yo veo en mi propio celular, que aparezco con mucha frecuencia: &ldquo;Caramba, debo ser un tipo bastante renombrado&rdquo;, pienso. Lo que pasa es que el algoritmo me pone a m&iacute; primero que a nadie. Eso es un vicio del conocimiento. Y adem&aacute;s: &iquest;el otro? &iquest;D&oacute;nde queda el otro?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&mdash;El otro no existe m&aacute;s.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;El otro no existe m&aacute;s.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&mdash;&iquest;Estamos yendo a un lugar mejor? No hablo estrictamente ni de pol&iacute;tica ni de Argentina, aunque s&iacute;, sino en t&eacute;rminos m&aacute;s globales. Yo siento a veces que esta crueldad que vemos a diario puede ser un chiste comparado a la que se venga m&aacute;s adelante y a&ntilde;oraremos estos tiempos tan horribles porque fueron los menos malos.</strong>&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Por ah&iacute;, en rar&iacute;simos momentos de optimismo, me parece creer que todav&iacute;a no han conseguido matar del todo tres o cuatro individualidades, por no decir cosas, que son el arte, el conocimiento verdadero y el amor. Esas cosas siguen siendo fuertes y siguen existiendo, contaminadas por todos los virus que acabamos de se&ntilde;alar. Pero existen y son fuertes. &iquest;D&oacute;nde est&aacute;n los tipos en los cuales podr&iacute;as confiar durante un rato? Est&aacute;n ah&iacute;, est&aacute;n ah&iacute;: son los tipos que tocan la guitarra, los que componen versos, las que cuentan historias, las personas que uno ama. Son los que est&aacute;n trabajando en las fronteras del conocimiento para ver qu&eacute; demonios es esto, pero realmente: ya fuera de las redes, fuera del algoritmo. Bueno, yo creo que todas esas cosas en alg&uacute;n punto no pueden estar contaminadas de intereses hegem&oacute;nicos. En alg&uacute;n momento no se puede. O uno debe creer que en alg&uacute;n momento no se puede.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mi m&aacute;ximo optimismo llega hasta confiar en que se le puede llegar a encontrar, ya de un modo filos&oacute;fico, no de un modo hist&oacute;rico, un sentido a todo. Se puede llegar a encontrar ah&iacute;, en esos tres o cuatro rincones de lo que vale la pena. Pero por ah&iacute; estas son sospechas, en este caso optimistas, que son minor&iacute;a con respecto al amplio campo de sospechas pesimistas que tengo.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">¿Qué es lo importante? Lograr emocionar al otro. ¿Qué otra cosa voy a pedir? Es lo primero que hubiera puesto yo en la solicitud de ingreso a la vida o a trabajar en los medios o a ser un modesto artista. “¿Qué quiere usted?”. Quiero emocionar</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>&mdash;Y entonces, &iquest;qu&eacute; es lo importante?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Lograr emocionar al otro. &iquest;Qu&eacute; otra cosa voy a pedir? Es lo primero que hubiera puesto yo en la solicitud de ingreso a la vida o a trabajar en los medios o a ser un modesto artista. &ldquo;&iquest;Qu&eacute; quiere usted?&rdquo;. Quiero emocionar.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&mdash;&iquest;Qu&eacute; te provoca la idea de usar inteligencia artificial para producir cultura? Libros, cine, lo que fuera.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Lo entiendo &uacute;nicamente como algo en el plano de la&nbsp;falsificaci&oacute;n. Tiene algo tambi&eacute;n, a ver si est&aacute;s de acuerdo conmigo, de las trampas que uno hac&iacute;a en el colegio. Cuando te sometieron a un examen y vos no sab&iacute;as, ten&iacute;as que hacer creer que s&iacute; sab&iacute;as. Y entonces agarrabas, con tus pocas luces, pasabas por los temas que sab&iacute;as, que hab&iacute;as aprendido. Escuchabas lo que hab&iacute;an dicho antes y, lo m&aacute;s vergonzoso, hac&iacute;as una imitaci&oacute;n de la sabidur&iacute;a que nunca te alcanzaba.
    </p><p class="article-text">
        El &uacute;nico examen que yo di mal en Derecho, donde no era buen alumno ni mucho menos, fue derecho romano. Me toc&oacute; una bolilla adversa.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        <strong>&mdash;El grupo de la muerte.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;S&iacute;, justo justo ah&iacute;. No sab&iacute;a nada y no pude lograr&hellip; era un examen prolongado y largo, y no pude lograr lo que yo quer&iacute;a, que era que el tiempo cambiara de tema. No lo hizo. Y yo guitarre&eacute; tanto que el tipo, en determinado momento yo utilic&eacute; el inciso &ldquo;se me ocurre que&hellip;&rdquo; y me mir&oacute; y me dijo: 'A usted se le ocurren demasiadas cosas, Dolina, y la mayor&iacute;a no tienen que ver con el derecho romano'. Y ah&iacute;, ese fue el &uacute;ltimo clavo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&mdash;Para cerrar, me gustar&iacute;a decirte que, si algo tiene de m&eacute;rito tu doctorado, es que tu existencia no solo nos hizo pensar, sino que nos hizo pensar que pod&iacute;amos pensar: sembraste en una generaci&oacute;n entera la semilla de la inquietud.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Por eso es importante conocer la metodolog&iacute;a del pensamiento. &ldquo;&iquest;C&oacute;mo se piensa?&rdquo;. A m&iacute; me gusta escuchar esas historias donde hay un tipo que es poeta y de repente se pone a estudiar matem&aacute;ticas. &iquest;Para qu&eacute; estudian matem&aacute;ticas? Para ense&ntilde;arte a pensar.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&mdash;Que vos me digas que estamos yendo para un lugar peor, afirma algo que tambi&eacute;n pienso: y es que a veces no s&eacute; a qu&eacute; lugar ir a buscar la esperanza para decir: &ldquo;Bueno, aunque hoy yo piense que esto va a ser peor, dejame pensar que en alg&uacute;n momento voy a creer que va a ser mejor&rdquo;, como para volver a recuperar la esperanza.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Claro, pero no es querer pensarlo uno. Ah&iacute; est&aacute;. Ese es el tema de la fe, que a cada rato vienen personas que son sanamente creyentes. Ayer una se&ntilde;ora me dijo: &ldquo;A usted lo que le falta es hacerse creyente&rdquo;. Y muchas veces uno piensa: &ldquo;Ojal&aacute; yo pudiera querer sin presentir&hellip; ojal&aacute; yo pudiera creer&rdquo;. Pero &uacute;ltimamente di vuelta ese pensamiento. Porque no es que yo quiera creer: yo quiero a Dios, quiero un universo con sentido. No creer que el universo tiene sentido o que Dios existe. &iexcl;Quiero saberlo! Tr&aacute;eme los papeles: yo quiero saberlo, no creerlo. Porque si no, &iquest;en qu&eacute; cambia la cosa? Ni siquiera va a haber lugar para mi desenga&ntilde;o.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dolina lo hizo de nuevo: sac&oacute; a pasear sus verdades y sus intrigas en un mundo en donde cada vez queda menos lugar para hacerse preguntas o para decir que no sabemos. Sin que le tiemble el pulso y con ese tono magn&eacute;tico que tenemos impregnado despu&eacute;s de miles de noches de escucha, est&aacute; bien decir que hace rato sab&iacute;amos que merec&iacute;a el reconocimiento, que aunque para nosotros, los amigos, sea siempre el Negro, es hora de decirle doctor.
    </p><p class="article-text">
        <em>NM/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/doctor-dolina-ejercicio-profesion_128_13505730.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 13 Sep 2026 13:04:44 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El Doctor Dolina en ejercicio de su profesión]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Alejandro Dolina]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los años de espera]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/anos-espera_129_13488821.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e449cd0d-90cc-4207-be78-2043167dc01e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1099y417.jpg" width="1200" height="675" alt="Los años de espera"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En un mundo donde todo parece estar disponible de inmediato y los algoritmos construyen una realidad a medida de cada deseo, enseñar a esperar se vuelve casi un acto de resistencia. Una escena cotidiana con sus hijas lleva al autor a preguntarse qué perdimos con la velocidad y si, en un tiempo de abundancia y urgencia permanente, todavía sabemos ser felices con lo que no tenemos.
</p></div><p class="article-text">
        Son las siete y diez de una ma&ntilde;ana de lunes de invierno horrible. Hace siete segundos que entramos al auto para ir a la escuela. La familia entera sale a ganarse la vida, como el mandato y la clase social indica y siete segundos m&aacute;s tarde &mdash;el tiempo que tardo en sentarme, cruzar el cintur&oacute;n de seguridad de una punta a la otra y poner la llave en el tambor&mdash;, escucho el primer pedido del d&iacute;a. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Puedo poner m&uacute;sica, pa?
    </p><p class="article-text">
        Siete segundos, pasaron. Lo s&eacute; porque lo cronometr&eacute; para poder escribir estas l&iacute;neas. No diez, no veinte, no cien: siete segundos. Y entonces la menor de mis hijas, que tiene cinco, pregunta por primera vez:
    </p><p class="article-text">
        La pregunta &mdash;inocente, dulce y hasta divertida&mdash; me corta como el filo de una gillette. Siento la incomodidad de decirle que no, que espere, que no puede crecer pensando que cada cosa va a pasar exactamente en el momento que lo desee. Que as&iacute; no funcionan las cosas, que el mundo tiene sus tiempos, que los procesos naturales&hellip; 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Yo puedo elegir? &mdash;replica la mayor. 
    </p><p class="article-text">
        Arranca una suerte de pelea interna por ver qui&eacute;n va a elegir la m&uacute;sica de un viaje que no empez&oacute;, porque todav&iacute;a ni siquiera arranqu&eacute; el auto. 
    </p><p class="article-text">
        Me doy vuelta, las miro a los ojos: &ldquo;No, van a tener que esperar&rdquo;. Y antes de que empiece la protesta, les cuento la alegor&iacute;a del videoclub.
    </p><p class="article-text">
        Crec&iacute; en un mundo que ya no existe. Hasta hace poco estaba seguro de sentir nostalgia de aquellos d&iacute;as donde todo estaba a punto de pasar. Siempre cre&iacute; que esa santificaci&oacute;n del pasado estaba anclada &uacute;nicamente a la a&ntilde;oranza de una juventud que se me va escapando. Pero ahora empiezo a dudar: probablemente sea el paso del tiempo golpeando la puerta, pero tengo la sospecha de que viv&iacute;amos mejor hace cuarenta a&ntilde;os. Sab&iacute;amos no hacer nada. &Eacute;ramos mucho m&aacute;s due&ntilde;os de nuestro tiempo y ahora, que todo est&aacute; a dos clics de distancia y que en un mismo d&iacute;a podemos hacer lo que antes nos llevaba meses, sentimos el pulso de la urgencia golpeando el pecho desde adentro: el apuro, las ansias, la urgencia. 
    </p><p class="article-text">
        La hiper personalizaci&oacute;n lleg&oacute;, estoy convencido, para romperlo todo: la idea de pensar en vivir en un mundo para todos mut&oacute;: ahora hay un mundo para cada uno. Los algoritmos &mdash;esa palabra que descubr&iacute; en an&aacute;lisis matem&aacute;tico y que ahora se volvi&oacute; un clich&eacute;&mdash; hicieron su trabajo tan paulatinamente que no nos dimos cuenta: la telara&ntilde;a del futuro nos envolvi&oacute; a todos y medio que no podemos, no queremos, no sabemos salir. Ahora, que cada una de todas las decisiones que podemos tomar en el d&iacute;a son personalizables, la intolerancia es regla: &iquest;por qu&eacute; deber&iacute;a pensar en el bien com&uacute;n si tengo a mi alcance la posibilidad de vivir en la realidad que yo quiera? Las pel&iacute;culas que me gustan, el clima perfecto durante todo el a&ntilde;o, las opiniones que refuerzan lo que pienso en cada pantalla y en cada parlante, sin contradicciones ni nadie que me diga algo que pueda llegar a poner en tensi&oacute;n.  
    </p><p class="article-text">
        Les cuento a mis hijas, entonces, que hubo un tiempo &mdash;que fue mi tiempo y que no fue hace tanto&mdash; donde esper&aacute;bamos a que llegara el fin de semana para ver si, por casualidad, mis viejos quer&iacute;an ver una pel&iacute;cula y nos llevaban al videoclub. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Netflix es un videoclub? &mdash;pregunta la menor.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Es como Netflix pero de viejos &mdash;asegura la m&aacute;s grande.
    </p><p class="article-text">
        Yo intento explicarles la l&oacute;gica. Que &iacute;bamos hasta un lugar sin saber si encontrar&iacute;amos o no la pel&iacute;cula que quer&iacute;amos ver. Que a veces nos llev&aacute;bamos esa pel&iacute;cula a casa y que la copia estaba en mal estado y se ve&iacute;a todo mal. O que te cobraban multa si no rebobinabas la cinta antes de devolverla y dem&aacute;s historias arcaicas. Ellas se r&iacute;en como cuando les cuento travesuras infantiles. La charla va saltando de un lugar a otro. Quieren saber un mont&oacute;n de cosas de mi &eacute;poca. Me martillan a preguntas y yo respondo mientras me voy despabilando. Mi mujer me mira sin saber por qu&eacute; hablo tanto tan temprano. Tengo la boca llena de respuestas. Entonces explico, contesto y vuelvo a explicar, hasta que llegamos a la escuela y se pierden en la marea infantil despu&eacute;s del beso de buen d&iacute;a, mucha suerte, s&eacute; feliz y dem&aacute;s. 
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s me quedo pensando. No s&eacute; bien del todo qu&eacute; busco cuando les ense&ntilde;o a esperar. A veces creo que les estoy haciendo un bien: el verano una vez al a&ntilde;o, el sue&ntilde;o de noche, el desayuno en la ma&ntilde;ana, etc&eacute;tera. Pero despu&eacute;s, cuando vuelvo a sumergirme en la l&oacute;gica del mundo creado a medida, siento que les estoy ense&ntilde;ando cosas que nunca van a usar. Por las dudas, como cuando les escondemos alguna nota en la mochila dese&aacute;ndoles suerte, prefiero llenarlas de recursos. Porque, si alg&uacute;n d&iacute;a finalmente pasa y el futuro tambi&eacute;n se aburre del v&eacute;rtigo, prefiero que sepan que hubo una &eacute;poca, hace algunos a&ntilde;os, donde no ten&iacute;amos casi nada y supimos ser felices.
    </p><p class="article-text">
        <em>NM/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/anos-espera_129_13488821.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 12 Sep 2026 03:01:46 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El Kuelgue: un lugar donde la pasemos bien todos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lugar-pasemos_129_13483720.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a0ff5a23-02f7-4d3c-9cb7-89888f5a4585_16-9-discover-aspect-ratio_default_1150380.jpg" width="1993" height="1121" alt="El Kuelgue: un lugar donde la pasemos bien todos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El Kuelgue presentó Díscolo en el Movistar Arena con un show que fue mucho más que la presentación de un nuevo disco: música, humor, improvisación y una puesta en escena de gran escala para una banda que, después de años de recorrido, dejó de ser una promesa y empieza a marcar su propia huella en la escena argentina.</p></div><p class="article-text">
        El Kuelgue dej&oacute; hace muchos a&ntilde;os de ser una novedad y, sin embargo, en cada una de sus apariciones &mdash;que los llevaron a girar por todo el mundo&mdash;, tienen algo nuevo para contar, para contar, para mostrar. &ldquo;El juego y el boludeo es algo que acompa&ntilde;a al proyecto desde las letras, la improvisaci&oacute;n en el estudio y es algo que intentamos trasladar al vivo&rdquo;, explicar&aacute; m&aacute;s tarde Juli&aacute;n Kart&uacute;n, este pibe con pinta de amigo de todos con talento y carisma que le brota por los poros.
    </p><p class="article-text">
        Se r&iacute;en. Hacen re&iacute;r. Son un grupo de pibitos que est&aacute;n jugando a pasarla bien. Lo mismo en cada show. No los conoce nadie, pero cuando los vemos parece eso: est&aacute;n disfrutando. Pasa el tiempo. Suenan m&aacute;s fuerte, suenan m&aacute;s lindo, juegan en serio. Se divierten. Se r&iacute;en. La pasan bien. Y as&iacute;, en loop. 
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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        Estuve a punto de caer en la tentaci&oacute;n de decir que hab&iacute;a visto a El Kuelgue presentando su nuevo disco en el Movistar Arena, pero r&aacute;pidamente me di cuenta que no solo hab&iacute;an presentado un disco en el m&aacute;s estricto sentido de la experiencia musical, sino que su bautismo en los escenarios fue una producci&oacute;n art&iacute;stica en donde la puesta en escena jug&oacute; un papel protag&oacute;nico. 
    </p><p class="article-text">
        Cuando se apagaron las luces del Movistar Arena, ese nuevo centro neur&aacute;lgico musical que alguna ostent&oacute; el Luna Park, una caravana de almas dej&oacute; por un par de horas las frustraciones de los d&iacute;as grises y se entreg&oacute; por completo a una experiencia art&iacute;stica: la presentaci&oacute;n de<em> D&iacute;scolo</em>, el nuevo &aacute;lbum de la banda. Pero hay que hacer una salvedad: lo que pas&oacute; no fue solo <em>la presentaci&oacute;n de un disco</em>, sino una puesta en escena a la altura de esas megaproducciones que solemos ver siempre a larga distancia, menci&oacute;n especial para Le&oacute;n Greco, que fue el responsable de que, pasados los d&iacute;as, siga recordando los detalles del momento. &laquo;Ten&iacute;amos la idea de recrear un carrusel, buscar esa est&eacute;tica de cajita musical, caballo de calesita&hellip; Y desde el vestuario tambi&eacute;n se acompa&ntilde;&oacute; esa idea. Y creo que suma much&iacute;simo a un show en lugares como estos&raquo;, cuenta Kartun.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        Ah&iacute; estaban, ya crecidos, el mismo grupo de pibitos que alguna vez vi teloneando a Paul McCartney en La Plata, haciendo del culto a la amistad, al boludeo y a la guitarrita contagiosa un estilo de vida que, hay que decirlo, es la &uacute;nica teor&iacute;a del derrame que se cumple en estos tiempos. Porque cuando El Kuelgue suena en vivo, su alegr&iacute;a se multiplica entre el p&uacute;blico. Y en tiempos donde la risa escasea, eso es un gran valor agregado. 
    </p><p class="article-text">
        Podr&iacute;a centrarme en lo estrictamente musical. Porque s&iacute;, estuvo Zoe Gottuso cantando <em>Carta para no llorar</em> &mdash;ya deber&iacute;a estar en planta permanente Zoe&mdash;, y tambi&eacute;n hubo momentos para los delirios a los que Kart&uacute;n tiene acostumbrado a su p&uacute;blico; jugaron a que en un momento todos se cagaran de la risa diciendo que <em>les cuesta todo cinco lucas</em> y lo devaluada que qued&oacute; la queja de Parque Acu&aacute;tico.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n aparecieron gui&ntilde;os para cruzar generaciones enteras de m&uacute;sica, aunque Juli&aacute;n aclare: &ldquo;Es algo que se a da naturalmente, son las bandas que nos marcaron&rdquo;. Por eso hubo un momento de guitarra y voz entre Kart&uacute;n y el talentos&iacute;simo Benja L&oacute;pez Barrios para hacer cantar <em>Spaghetti del rock</em> a todo el p&uacute;blico. O una versi&oacute;n sin voces de <em>Todo un palo</em>, que, con la muerte del Indio tan a mano, conmueve en cada acorde. Tambi&eacute;n estuvieron Abel Pintos cantando <em>Cactus</em>, de Gustavo Cerati y Piti Fern&aacute;ndez, de Las Pastillas del Abuelo, haciendo delirar a todos con el himno de Sumo <em>Los viejos vinagres</em>. 
    </p><p class="article-text">
        Lo cierto es que hay algo que dej&oacute; hace un tiempo largo de ser una promesa, un quiz&aacute;s, un parece que&hellip; El Kuelgue comienza a formar parte de una escena musical con identidad propia: ya no se busca en ellos ver como qui&eacute;nes suenan, sino que empiezan a aparecer bandas <em>con cositas del Kuelgue</em>. Y por eso, es probable que en algunos a&ntilde;os, en alg&uacute;n intervalo, alg&uacute;n grupo de otros pibes o pibas se ponga a jugar con versiones de otras bandas que fueron marcando la escena y, por qu&eacute; no, se pongan a pasar por el repertorio de este grupo de amigos surgido en Villa Crespo que, D&iacute;scolo mediante, hacen del surco de su huella algo cada vez m&aacute;s notorio. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lugar-pasemos_129_13483720.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 03 Sep 2026 09:36:20 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[El Kuelgue]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[A veces nos olvidamos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/veces-olvidamos_129_13406064.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6c62e483-8d0b-4a1c-b94d-a1c1db368708_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x526y594.jpg" width="1200" height="675" alt="A veces nos olvidamos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En medio de tantos comentarios en contra de Argentina, los treinta y nueve días de tregua que vivimos desde el primero al último de los días del Mundial fueron eso: una celebración de la amistad y del valor que le dan algunos pueblos como este al placer de soñar despiertos.</p><p class="subtitle">La novedad permanente
</p></div><p class="article-text">
        Vivo en un pa&iacute;s que tiene la belleza y la desgracia del que hace lo que puede. Como si las reglas, los compromisos, las obligaciones y todo el paquete completo del <em>deber ser</em> fueran cosas de otros. Ac&aacute;, en esta tierra larga al sur del Sur, las cosas las hacemos como nos salen y cuando podemos: somos una masa viva e inabarcable de millones de hombres y mujeres que pelean cada uno por sus propias cosas y con sus propias armas, y que muy de vez en cuando, escuchan al mismo tiempo el eco de algo que les sacude las emociones y los pone a mirar para el mismo lado. Y eso pasa, &uacute;nicamente, si nos convoca la ilusi&oacute;n o si nos golpea la puerta la desgracia. El resto de los d&iacute;as &mdash;los grises, los de siempre, los parecidos, la mayor&iacute;a&mdash; nos olvidamos de nosotros mismos y vamos de un lado a otro atomizados, boyando por la existencia, sin tener del todo claro qu&eacute; tenemos en com&uacute;n con aquel que camina por la vereda de enfrente o con el que nos saluda desde m&aacute;s lejos.
    </p><p class="article-text">
        Pero resulta que ahora el resto del planeta, Mundial mediante, quiere contarnos a nosotros mismos cu&aacute;les son las cosas que sabemos hacer  bien y cu&aacute;les las que hacemos mal. Y cada vez que nos traen la cuenta, el saldo nos da negativo. 
    </p><p class="article-text">
        Que no sabemos perder. 
    </p><p class="article-text">
        Que somos tramposos. 
    </p><p class="article-text">
        Que somos ordinarios. 
    </p><p class="article-text">
        Que somos racistas. 
    </p><p class="article-text">
        Que nuestro pa&iacute;s es el peor del planeta&hellip; 
    </p><p class="article-text">
        La lista sigue. El &ldquo;ruido de las redes&rdquo; o la inocencia de un tuit marcando la agenda de la vida real. &iquest;En qu&eacute; momento nos olvidamos que lo pasa en las pantallas no es la realidad? Lo hab&iacute;amos aprendido bastante bien a inicios del siglo con la televisi&oacute;n y con el cine, pero pareciera que no pudimos hacer el clic con las redes sociales, y todo lo que ocurre &uacute;nicamente dentro del tel&eacute;fono empieza a echar ra&iacute;ces en la vida real. Y entonces, s&iacute;, hay que salir a defender la bandera de nuestro pueblo contra un enemigo que naci&oacute; inofensivo pero que autom&aacute;ticamente deja de serlo apenas trasciende el algoritmo y se instala en la discusi&oacute;n pol&iacute;tica, en la organizaci&oacute;n de los pueblos y en la felicidad y el sentido colectivo de la sociedad. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Vivo en un pa&iacute;s que tiene la belleza y la desgracia del que hace lo que puede&rdquo;, dec&iacute;a al principio de este texto. Esa frase, quiz&aacute;s con alguna palabra cambiada, se la rob&eacute; Pupi Soldi, mi primer amigo muerto. Yo ten&iacute;a quince y el cincuenta, y nos cruz&aacute;bamos todas las tardes en el club donde aprend&iacute; a fumar, a jugar a las cartas por plata, a hacer carambolas en el billar o mentir una falta envido para ver si pod&iacute;a ganar el partido. &Eacute;l tomaba ginebra y recitaba verdades que nunca eran ciertas, pero como pasa con todo lo que est&aacute; mal, algo de verdad arrastraba. &ldquo;Cuidate siempre del que te se&ntilde;ala, eh &mdash;repet&iacute;a Pupi mientras se le deshilachaba el h&iacute;gado, el p&aacute;ncreas y el tiempo&mdash; y cuid&aacute; siempre a los tuyos&rdquo;. Yo escuchaba inocente y &eacute;l repet&iacute;a como si fuera un mantra. &ldquo;Los hijos de puta est&aacute;n por todos lados; pero estos son nuestros hijos de puta. Y si vienen de otro club a hablar mal de los nuestros, primero los vamos a defender&rdquo;. No entend&iacute;a del todo qu&eacute; dec&iacute;a, pero por las dudas lo memorizaba. 
    </p><p class="article-text">
        Ahora estoy m&aacute;s cerca de la edad de Pupi y entiendo un poco m&aacute;s. Fue en este pa&iacute;s y no en otro a donde llegaron miles de barcos plagados de gente que se escapaba de las guerras y del hambre en busca de una vida en colores, de un abrigo a la existencia y de un refugio ante la tragedia. Y fuimos nosotros, este pueblo tantas veces sometido a la necesidad de ser explicado, los que les abrimos las puertas a todos los que llegaban. Fue ac&aacute;, en esta tierra, donde hicimos de la amistad un culto por sobre todas las cosas. &ldquo;Un amigo es uno mismo con otro cuero&rdquo;, dijo alguna vez Atahualpa Yupanqui citando a un paisano suyo. Porque ac&aacute;, en este pa&iacute;s en donde casi todas las cosas nos salen mal, nos llegan tarde o nos cuestan m&aacute;s, nos gusta creer que a veces podemos ser felices porque s&iacute;, sin m&aacute;s. Por cosas que no importan, por cosas que no sirven. 
    </p><p class="article-text">
        Ahora, que parece que nos portamos peor que nunca, que ca&iacute;mos en la aberraci&oacute;n de haberle mostrado al mundo los dientes de nuestras carcajadas rotas de alegr&iacute;a durante el Mundial, somos arrogantes, irrespetuosos, soberbios y no s&eacute; cu&aacute;ntas cosas m&aacute;s. El &uacute;nico goce permitido, parece, es y ser&aacute; siempre el de los due&ntilde;os del mundo; el resto, debemos medir nuestra alegr&iacute;a. 
    </p><p class="article-text">
        Los treinta y nueve d&iacute;as de tregua que vivimos desde el primero al &uacute;ltimo de los d&iacute;as del Mundial fueron eso: una celebraci&oacute;n de la amistad y del valor que le dan algunos pueblos como este al placer de so&ntilde;ar despiertos, creyendo que puede que todav&iacute;a quede algo m&aacute;gico e inexplicable que nos invite a abrazarnos con los nuestros, aunque sea solo por un rato. Y como pasa siempre que el roto se r&iacute;e, alguien lo juzga, subido al pedestal de una supuesta moral nacida en su propio ADN. &iquest;Qui&eacute;nes somos nosotros para venir a estar felices? &iquest;A prop&oacute;sito de qu&eacute; vamos a alegrarnos? &iquest;C&oacute;mo nos damos el lujo de mirarnos las caras y estar contentos? &iquest;Qu&eacute; festejamos? 
    </p><p class="article-text">
        La contracara de la felicidad es &mdash;y ha sido y siempre ser&aacute;&mdash; motivo de bronca de alguien. Dos caras de una misma moneda que nunca es nuestra: no somos dignos de sentirnos felices; no estamos habilitados para morirnos de la risa y saltar bajo la lluvia, el fr&iacute;o, el hambre o cualquier otra desgracia que nos pase cerca. 
    </p><p class="article-text">
        Pero nosotros sabemos caminar con eso sobre nuestras espaldas. Festejamos, entonces, tambi&eacute;n eso: saber que podemos ser felices cuando queramos. Que si de repente se nos antoja vamos a emborracharnos de felicidad y festejaremos las veces que queramos, sin tener que pedirle permiso a nadie. Y que en medio de la fiesta, si uno se cae otro lo va a levantar. Porque la felicidad existe cuando nos re&iacute;mos todos. A veces nos olvidamos, s&iacute;. Pero no existen d&iacute;as m&aacute;s felices para esta patria que los que nos damos cuenta de qui&eacute;nes somos y cu&aacute;n felices podemos ser, incluso por cosas que no sirven para nada.
    </p><p class="article-text">
        <em>NM/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/veces-olvidamos_129_13406064.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 25 Jul 2026 03:01:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[A veces nos olvidamos]]></media:title>
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    <item>
      <title><![CDATA[La novedad permanente]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/novedad-permanente_129_13327678.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c8c723f9-b792-4838-81ad-5d6177662ac3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La novedad permanente"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El recuerdo sobre la infancia analógica, el aburrimiento como espacio de libertad y la promesa incumplida de la hiperconexión. Entre recuerdos de Sega, Mortal Kombat y noches sin pantallas, una reflexión sobre cómo la tecnología terminó ocupando el lugar del tiempo que alguna vez creímos ganar.
</p></div><p class="article-text">
        A veces mis hijas, como si fueran arque&oacute;logas de la nostalgia, me preguntan antes de dormirse c&oacute;mo era mi vida cuando yo ten&iacute;a su edad. Se hunden en mi memoria para conocer un mundo que no existe m&aacute;s y entonces yo les cuento. Siempre les cuento. &ldquo;Papi, &iquest;me cont&aacute;s c&oacute;mo era tu vida cuando ten&iacute;as cinco?&rdquo;, pregunta una, tratando de estirar el tiempo antes de que el d&iacute;a se apague. Y yo le cuento. &ldquo;&iquest;Y cuando ten&iacute;as diez?&rdquo;, quiere saber la mayor, que hace de cuenta que no escucha, pero est&aacute; ah&iacute; prestando atenci&oacute;n a todo. Y tambi&eacute;n le cuento. Les voy dando postales de una infancia que queda cada vez m&aacute;s lejos. Para ellas soy prehist&oacute;rico; crec&iacute; en el siglo pasado, en una ciudad del interior que entonces era un pueblo al que no llegaba nunca nada y las novedades eran algo que estaba reservado para Buenos Aires.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Antes de contarles, pienso con nostalgia en el fin de la era del aburrimiento y c&oacute;mo todo se est&aacute; volviendo insoportable. Pensar en nada se convirti&oacute; en algo inalcanzable, un deseo a la altura de volar o de ser inmortal. Algo que no existe y desvela a toda la humanidad; una utop&iacute;a. Los d&iacute;as de no hacer nada se terminaron para siempre. Mirar el horizonte, caminar sin rumbo, perderse en un atardecer o desafiar al apuro y a la urgencia para colgarse sin hacer nada. Dos minutos, diez, quince. Lo que fuera. Hoy es imposible.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero no siempre fue igual.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Pensar en nada se convirtió en algo inalcanzable, un deseo a la altura de volar o de ser inmortal. Algo que no existe y desvela a toda la humanidad; una utopía. Los días de no hacer nada se terminaron para siempre</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Yo tendr&iacute;a diez a&ntilde;os. Viajaba mucho a Buenos Aires, a visitar a mis abuelos o a mis primos. De todos ellos tengo alg&uacute;n recuerdo, pero con Pablo &mdash;el mayor de todos los primos&mdash;, busc&aacute;bamos siempre alguna excusa para que durmiera en su casa y nos qued&aacute;bamos hasta cualquier hora viendo cosas nuevas en la tele o pel&iacute;culas que no exist&iacute;an en el videoclub de mi pueblo y &eacute;l me las ense&ntilde;aba. Absolutamente siempre ten&iacute;a una novedad, Pablo. A guita de hoy, era un <em>geek</em> o un <em>techie</em> o la palabra que se use en este momento para describir a un pibe que tiene todas las novedades antes que nadie. Yo cruzaba la puerta para entrar a su cuarto y me sent&iacute;a Marty McFly cuando en la segunda pel&iacute;cula de la trilog&iacute;a viaja al futuro y nada se parece a su vida ordinaria. Videojuegos, pel&iacute;culas, joysticks, pantallas, CD&rsquo;s, cartuchos, consolas: todas las cosas nuevas estaban siempre antes en su casa, como si nacieran directamente adentro de esa habitaci&oacute;n alfombrada. Rogaba porque nunca se terminaran los d&iacute;as y las noches que compart&iacute;a con mi primo siete a&ntilde;os mayor, pero en alg&uacute;n momento sonaba el bocinazo del Dodge de mi viejo para volver a mi casa larga distancia. Pas&aacute;bamos cualquier cantidad de horas en la ruta, cruzando kil&oacute;metros y kil&oacute;metros sin nada, hasta encontrar a mis amigos infantiles que me rodeaban para que les contara. Cuando por fin llegaba, me iba directo a verlos, sin hacer ni una escala en casa. Y ah&iacute; estaban: hac&iacute;an un silencio que todav&iacute;a puedo escuchar mientras yo les contaba. Volv&iacute;a con la novedad y la urgencia, y me fascinaba verlos abrir los ojos y las bocas, incr&eacute;dulos, como si mis palabras les trajeran un pedazo de un futuro lejano e inabarcable para su imaginaci&oacute;n. A la vuelta de uno de todos esos viajes les cont&eacute; que mi primo me hab&iacute;a hecho jugar a un jueguito de pelea que se llamaba Mortal Kombat, donde pod&iacute;as arrancarle la cabeza a tu enemigo y me trataron de mentiroso. Nunca los hab&iacute;a visto as&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Y podemos jugar ahora? &mdash;quiso saber el Tomi, envuelto en su ingenuidad infantil.
    </p><p class="article-text">
        El Sega era una novedad incluso en Buenos Aires, as&iacute; que era imposible encontrarlo en mi pueblo. Pero enseguida le buscamos la vuelta y nos pusimos a inventar un Mortal Kombat de cart&oacute;n, con personajes que articulaban sus brazos y sus piernas, incluso. Estuvimos una tarde entera pintando y poni&eacute;ndoles nombres a los mu&ntilde;ecos, porque yo no me acordaba m&aacute;s que de Sub Zero. A decir verdad, la pas&eacute; mejor jugando a inventar con mis amigos que escondido del sol atrapado con los jueguitos en la pieza de mi primo Pablo en Buenos Aires. &ldquo;El Mortal Kombat de cart&oacute;n dur&oacute; un par de semanas, no me acuerdo por qu&eacute; lo reemplazamos, creo que por la Copa Am&eacute;rica del 93&rdquo;, les digo a mis hijas, que sospecho que ya no me escuchan porque se durmieron.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me freno ah&iacute;. Necesito googlearlo: &iquest;en qu&eacute; a&ntilde;o pas&oacute; esto? Tengo la necesidad de saber qu&eacute; nene era yo entonces; &iquest;tendr&iacute;a nueve? &iquest;Once? No tengo idea. Entonces agarro el tel&eacute;fono y cuando quiero abrir Google para escribir &ldquo;Mortal Kombat fecha de lanzamiento&rdquo; en el buscador, aparece la notificaci&oacute;n urgente y parpadeante: hay una nueva actualizaci&oacute;n para el sistema operativo de mi celular que promete que va a revolucionar la forma en que nos vamos a comunicar desde ahora. &ldquo;Lleva la comunicaci&oacute;n a otro nivel: habla con naturalidad con la nueva IA de Siri&rdquo;, me propone la pantalla que, ahora que la miro bien, tiene el vidrio marcado por alg&uacute;n golpe que no tengo idea cu&aacute;ndo fue.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Rechazo el intento, solo quiero saber en qu&eacute; fecha pas&oacute; algo sin sentido, hace m&aacute;s de treinta a&ntilde;os. Toco <em>cancelar</em> y me advierte, como cuando mi vieja me preguntaba si estaba convencido de salir con poco abrigo: &ldquo;&iquest;Est&aacute;s seguro de que quer&eacute;s perderte las novedades que la nueva IA de Siri tiene para vos?&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Me tomo el tiempo de pensar en la pregunta mientras escucho el cambio de ritmo en la respiraci&oacute;n de mis hijas, que confirma que ya se durmieron. Como si no supiera que es ret&oacute;rica, nom&aacute;s. &ldquo;&iquest;Est&aacute;s seguro?&rdquo;, me torea. S&iacute;: estoy convencido de no necesitar ninguna nueva versi&oacute;n de nada que me haga hablar con naturalidad con algo que no existe.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s sea por estar llegando al punto de la vida donde comienza la bajada, pero solo quiero eso: poder googlear algo e irme a dormir. Nada m&aacute;s que eso. La cosa a disposici&oacute;n de uno y no al rev&eacute;s. Siento algo parecido a la nostalgia, a&ntilde;oranza de un tiempo donde todo estaba por suceder. Donde todav&iacute;a pod&iacute;amos decidir cu&aacute;ndo y c&oacute;mo aburrirnos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Quiero ir de un lado a otro de la ciudad sin preguntarle al waze qu&eacute; camino agarrar para tardar siete segundos menos. Segundos que voy a perder mirando alg&uacute;n reel bajo la l&oacute;gica del clickbait o la pol&eacute;mica o lo que fuere que est&eacute; de moda seg&uacute;n un algoritmo que, a esta altura, nadie sabe ni qui&eacute;n maneja ni c&oacute;mo se comporta.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Estamos ahí, pero no estamos. Todos lobotomizados en el scroll infinito, en la vidriera de estupideces más grande y menos inocente que alguna vez los humanos tuvimos frente a nuestros ojos</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Quiero poder salir a caminar cuando se me ocurra y no cuando me llegue la notificaci&oacute;n que dice que hace mucho tiempo que estoy sentado sin moverme.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Quiero volver a acordarme cu&aacute;ndo vencen las cosas que tengo que pagar o cu&aacute;les son los n&uacute;meros tengo que marcar para poder hablar con mis amigos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Quiero juntarme a pasar tiempo sin que nadie diga: &ldquo;Viste el video ese que&hellip;&rdquo; y todos saquemos los tel&eacute;fonos al mismo tiempo y de repente estemos todos mirando para abajo en silencio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Estamos ah&iacute;, pero no estamos. Todos lobotomizados en el scroll infinito, en la vidriera de estupideces m&aacute;s grande y menos inocente que alguna vez los humanos tuvimos frente a nuestros ojos. Y sin embargo, no salimos, no queremos, no podemos, no sabemos: scroll infinito, como perros que buscan morderse su propia cola persiguiendo algo que no existe.
    </p><p class="article-text">
        Vuelvo a veces con la memoria a los d&iacute;as en que jugaba con mi primo Pablo al jueguito m&aacute;s nuevo de todos. Hab&iacute;a un tiempo para eso, pero tambi&eacute;n hab&iacute;a un tiempo para re&iacute;rnos mir&aacute;ndonos a los ojos. Para que no exista nada m&aacute;s que pasarla bien compartiendo el momento, sin que nada ni nadie nos golpee la puerta de la urgencia. No nos faltaba el aire cuando se cortaba la luz ni depend&iacute;amos de estar conectados para ser. &Eacute;ramos as&iacute;, sin nada.
    </p><p class="article-text">
        Y esta noche, cuando mis hijas vuelvan a querer estirar el tiempo antes de dormirse y me pregunten c&oacute;mo era mi vida cuando ten&iacute;a su edad, les dir&eacute; que hubo un momento, hace algunos a&ntilde;os, donde pod&iacute;amos simplemente estar haciendo una sola cosa a la vez. Que camin&aacute;bamos mirando para adelante y si hac&iacute;amos contacto visual con alguien nos dec&iacute;amos buenos d&iacute;as, buenas tardes, buenas noches. Y que esa monoton&iacute;a de los a&ntilde;os anal&oacute;gicos nos llev&oacute; a la b&uacute;squeda de la hiperconexi&oacute;n permanente. Y que ahora, que por fin lo logramos, estamos empezando a sentir nostalgia por los tiempos donde todo costaba un poco m&aacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y, para ser sincero, les dir&eacute; que no estaba tan mal.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>NM/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/novedad-permanente_129_13327678.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Jun 2026 03:02:39 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La novedad permanente]]></media:title>
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