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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Nacho Merlo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/nacho-merlo/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Nacho Merlo]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La novedad permanente]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/novedad-permanente_129_13327678.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c8c723f9-b792-4838-81ad-5d6177662ac3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La novedad permanente"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El recuerdo sobre la infancia analógica, el aburrimiento como espacio de libertad y la promesa incumplida de la hiperconexión. Entre recuerdos de Sega, Mortal Kombat y noches sin pantallas, una reflexión sobre cómo la tecnología terminó ocupando el lugar del tiempo que alguna vez creímos ganar.
</p></div><p class="article-text">
        A veces mis hijas, como si fueran arque&oacute;logas de la nostalgia, me preguntan antes de dormirse c&oacute;mo era mi vida cuando yo ten&iacute;a su edad. Se hunden en mi memoria para conocer un mundo que no existe m&aacute;s y entonces yo les cuento. Siempre les cuento. &ldquo;Papi, &iquest;me cont&aacute;s c&oacute;mo era tu vida cuando ten&iacute;as cinco?&rdquo;, pregunta una, tratando de estirar el tiempo antes de que el d&iacute;a se apague. Y yo le cuento. &ldquo;&iquest;Y cuando ten&iacute;as diez?&rdquo;, quiere saber la mayor, que hace de cuenta que no escucha, pero est&aacute; ah&iacute; prestando atenci&oacute;n a todo. Y tambi&eacute;n le cuento. Les voy dando postales de una infancia que queda cada vez m&aacute;s lejos. Para ellas soy prehist&oacute;rico; crec&iacute; en el siglo pasado, en una ciudad del interior que entonces era un pueblo al que no llegaba nunca nada y las novedades eran algo que estaba reservado para Buenos Aires.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Antes de contarles, pienso con nostalgia en el fin de la era del aburrimiento y c&oacute;mo todo se est&aacute; volviendo insoportable. Pensar en nada se convirti&oacute; en algo inalcanzable, un deseo a la altura de volar o de ser inmortal. Algo que no existe y desvela a toda la humanidad; una utop&iacute;a. Los d&iacute;as de no hacer nada se terminaron para siempre. Mirar el horizonte, caminar sin rumbo, perderse en un atardecer o desafiar al apuro y a la urgencia para colgarse sin hacer nada. Dos minutos, diez, quince. Lo que fuera. Hoy es imposible.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero no siempre fue igual.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Pensar en nada se convirtió en algo inalcanzable, un deseo a la altura de volar o de ser inmortal. Algo que no existe y desvela a toda la humanidad; una utopía. Los días de no hacer nada se terminaron para siempre</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Yo tendr&iacute;a diez a&ntilde;os. Viajaba mucho a Buenos Aires, a visitar a mis abuelos o a mis primos. De todos ellos tengo alg&uacute;n recuerdo, pero con Pablo &mdash;el mayor de todos los primos&mdash;, busc&aacute;bamos siempre alguna excusa para que durmiera en su casa y nos qued&aacute;bamos hasta cualquier hora viendo cosas nuevas en la tele o pel&iacute;culas que no exist&iacute;an en el videoclub de mi pueblo y &eacute;l me las ense&ntilde;aba. Absolutamente siempre ten&iacute;a una novedad, Pablo. A guita de hoy, era un <em>geek</em> o un <em>techie</em> o la palabra que se use en este momento para describir a un pibe que tiene todas las novedades antes que nadie. Yo cruzaba la puerta para entrar a su cuarto y me sent&iacute;a Marty McFly cuando en la segunda pel&iacute;cula de la trilog&iacute;a viaja al futuro y nada se parece a su vida ordinaria. Videojuegos, pel&iacute;culas, joysticks, pantallas, CD&rsquo;s, cartuchos, consolas: todas las cosas nuevas estaban siempre antes en su casa, como si nacieran directamente adentro de esa habitaci&oacute;n alfombrada. Rogaba porque nunca se terminaran los d&iacute;as y las noches que compart&iacute;a con mi primo siete a&ntilde;os mayor, pero en alg&uacute;n momento sonaba el bocinazo del Dodge de mi viejo para volver a mi casa larga distancia. Pas&aacute;bamos cualquier cantidad de horas en la ruta, cruzando kil&oacute;metros y kil&oacute;metros sin nada, hasta encontrar a mis amigos infantiles que me rodeaban para que les contara. Cuando por fin llegaba, me iba directo a verlos, sin hacer ni una escala en casa. Y ah&iacute; estaban: hac&iacute;an un silencio que todav&iacute;a puedo escuchar mientras yo les contaba. Volv&iacute;a con la novedad y la urgencia, y me fascinaba verlos abrir los ojos y las bocas, incr&eacute;dulos, como si mis palabras les trajeran un pedazo de un futuro lejano e inabarcable para su imaginaci&oacute;n. A la vuelta de uno de todos esos viajes les cont&eacute; que mi primo me hab&iacute;a hecho jugar a un jueguito de pelea que se llamaba Mortal Kombat, donde pod&iacute;as arrancarle la cabeza a tu enemigo y me trataron de mentiroso. Nunca los hab&iacute;a visto as&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Y podemos jugar ahora? &mdash;quiso saber el Tomi, envuelto en su ingenuidad infantil.
    </p><p class="article-text">
        El Sega era una novedad incluso en Buenos Aires, as&iacute; que era imposible encontrarlo en mi pueblo. Pero enseguida le buscamos la vuelta y nos pusimos a inventar un Mortal Kombat de cart&oacute;n, con personajes que articulaban sus brazos y sus piernas, incluso. Estuvimos una tarde entera pintando y poni&eacute;ndoles nombres a los mu&ntilde;ecos, porque yo no me acordaba m&aacute;s que de Sub Zero. A decir verdad, la pas&eacute; mejor jugando a inventar con mis amigos que escondido del sol atrapado con los jueguitos en la pieza de mi primo Pablo en Buenos Aires. &ldquo;El Mortal Kombat de cart&oacute;n dur&oacute; un par de semanas, no me acuerdo por qu&eacute; lo reemplazamos, creo que por la Copa Am&eacute;rica del 93&rdquo;, les digo a mis hijas, que sospecho que ya no me escuchan porque se durmieron.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me freno ah&iacute;. Necesito googlearlo: &iquest;en qu&eacute; a&ntilde;o pas&oacute; esto? Tengo la necesidad de saber qu&eacute; nene era yo entonces; &iquest;tendr&iacute;a nueve? &iquest;Once? No tengo idea. Entonces agarro el tel&eacute;fono y cuando quiero abrir Google para escribir &ldquo;Mortal Kombat fecha de lanzamiento&rdquo; en el buscador, aparece la notificaci&oacute;n urgente y parpadeante: hay una nueva actualizaci&oacute;n para el sistema operativo de mi celular que promete que va a revolucionar la forma en que nos vamos a comunicar desde ahora. &ldquo;Lleva la comunicaci&oacute;n a otro nivel: habla con naturalidad con la nueva IA de Siri&rdquo;, me propone la pantalla que, ahora que la miro bien, tiene el vidrio marcado por alg&uacute;n golpe que no tengo idea cu&aacute;ndo fue.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Rechazo el intento, solo quiero saber en qu&eacute; fecha pas&oacute; algo sin sentido, hace m&aacute;s de treinta a&ntilde;os. Toco <em>cancelar</em> y me advierte, como cuando mi vieja me preguntaba si estaba convencido de salir con poco abrigo: &ldquo;&iquest;Est&aacute;s seguro de que quer&eacute;s perderte las novedades que la nueva IA de Siri tiene para vos?&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Me tomo el tiempo de pensar en la pregunta mientras escucho el cambio de ritmo en la respiraci&oacute;n de mis hijas, que confirma que ya se durmieron. Como si no supiera que es ret&oacute;rica, nom&aacute;s. &ldquo;&iquest;Est&aacute;s seguro?&rdquo;, me torea. S&iacute;: estoy convencido de no necesitar ninguna nueva versi&oacute;n de nada que me haga hablar con naturalidad con algo que no existe.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s sea por estar llegando al punto de la vida donde comienza la bajada, pero solo quiero eso: poder googlear algo e irme a dormir. Nada m&aacute;s que eso. La cosa a disposici&oacute;n de uno y no al rev&eacute;s. Siento algo parecido a la nostalgia, a&ntilde;oranza de un tiempo donde todo estaba por suceder. Donde todav&iacute;a pod&iacute;amos decidir cu&aacute;ndo y c&oacute;mo aburrirnos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Quiero ir de un lado a otro de la ciudad sin preguntarle al waze qu&eacute; camino agarrar para tardar siete segundos menos. Segundos que voy a perder mirando alg&uacute;n reel bajo la l&oacute;gica del clickbait o la pol&eacute;mica o lo que fuere que est&eacute; de moda seg&uacute;n un algoritmo que, a esta altura, nadie sabe ni qui&eacute;n maneja ni c&oacute;mo se comporta.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Estamos ahí, pero no estamos. Todos lobotomizados en el scroll infinito, en la vidriera de estupideces más grande y menos inocente que alguna vez los humanos tuvimos frente a nuestros ojos</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Quiero poder salir a caminar cuando se me ocurra y no cuando me llegue la notificaci&oacute;n que dice que hace mucho tiempo que estoy sentado sin moverme.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Quiero volver a acordarme cu&aacute;ndo vencen las cosas que tengo que pagar o cu&aacute;les son los n&uacute;meros tengo que marcar para poder hablar con mis amigos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Quiero juntarme a pasar tiempo sin que nadie diga: &ldquo;Viste el video ese que&hellip;&rdquo; y todos saquemos los tel&eacute;fonos al mismo tiempo y de repente estemos todos mirando para abajo en silencio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Estamos ah&iacute;, pero no estamos. Todos lobotomizados en el scroll infinito, en la vidriera de estupideces m&aacute;s grande y menos inocente que alguna vez los humanos tuvimos frente a nuestros ojos. Y sin embargo, no salimos, no queremos, no podemos, no sabemos: scroll infinito, como perros que buscan morderse su propia cola persiguiendo algo que no existe.
    </p><p class="article-text">
        Vuelvo a veces con la memoria a los d&iacute;as en que jugaba con mi primo Pablo al jueguito m&aacute;s nuevo de todos. Hab&iacute;a un tiempo para eso, pero tambi&eacute;n hab&iacute;a un tiempo para re&iacute;rnos mir&aacute;ndonos a los ojos. Para que no exista nada m&aacute;s que pasarla bien compartiendo el momento, sin que nada ni nadie nos golpee la puerta de la urgencia. No nos faltaba el aire cuando se cortaba la luz ni depend&iacute;amos de estar conectados para ser. &Eacute;ramos as&iacute;, sin nada.
    </p><p class="article-text">
        Y esta noche, cuando mis hijas vuelvan a querer estirar el tiempo antes de dormirse y me pregunten c&oacute;mo era mi vida cuando ten&iacute;a su edad, les dir&eacute; que hubo un momento, hace algunos a&ntilde;os, donde pod&iacute;amos simplemente estar haciendo una sola cosa a la vez. Que camin&aacute;bamos mirando para adelante y si hac&iacute;amos contacto visual con alguien nos dec&iacute;amos buenos d&iacute;as, buenas tardes, buenas noches. Y que esa monoton&iacute;a de los a&ntilde;os anal&oacute;gicos nos llev&oacute; a la b&uacute;squeda de la hiperconexi&oacute;n permanente. Y que ahora, que por fin lo logramos, estamos empezando a sentir nostalgia por los tiempos donde todo costaba un poco m&aacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y, para ser sincero, les dir&eacute; que no estaba tan mal.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>NM/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/novedad-permanente_129_13327678.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Jun 2026 03:02:39 +0000]]></pubDate>
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