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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Pulpa]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Pulpa]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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    <item>
      <title><![CDATA[La gata del tornado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/gata-tornado_132_12887798.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ce191611-0c11-4dff-a699-2ddea543ca12_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La gata del tornado"></p><p class="article-text">
        	Son casi las tres de la ma&ntilde;ana cuando suena el celular. Me despierto con el ruido del aparato vibrando contra la mesita de luz. N&uacute;mero privado.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Hola, &iquest;Qu&eacute; pasa?
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Buenas noches &iquest;hablo con el familiar de Teresa Cerelli?
    </p><p class="article-text">
        La voz de un hombre suena del otro lado, una voz desconocida a las tres de la ma&ntilde;ana, no pod&iacute;a ser otra cosa que una noticia de mierda.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Si, soy Gabriela, la hija&mdash; Respondo, mientras hago malabares para prender el velador con una sola mano. La voz del otro lado me explica que encontraron a mi madre a unas treinta cuadras de su casa, que estaba desorientada y que tiene un corte producto de un golpe en la cabeza. Se presenta c&oacute;mo el oficial G&oacute;mez.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;&iquest;C&oacute;mo? &iquest;Puedo hablar con mi mam&aacute; por favor?&mdash; la idea de que pudiera ser una estafa se desvanece cuando distingo sus voz entre otras voces, de fondo.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Se&ntilde;ora, su madre necesita atenci&oacute;n m&eacute;dica, por favor ac&eacute;rquese urgente&mdash; Responde G&oacute;mez, tajante.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Hola nena, soy Felicidad &mdash; La vecina de mi mam&aacute; aparece de repente del otro lado del tel&eacute;fono. Escucharla me tranquiliza, al menos una voz conocida entre tanto espamento. Me cuenta brevemente y casi sin respirar, que mi mam&aacute; tiene un &ldquo;tremendo corte en la ceja que est&aacute; la ambulancia pero que dicen que hay que hacerle una tomograf&iacute;a y que tambi&eacute;n seguramente le den puntos pero quedate tranquila que ya estoy con ella en su casa&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Pienso en la &uacute;ltima vez que estuve con&nbsp;mi mam&aacute;. Fue el s&aacute;bado, hace dos d&iacute;as nada m&aacute;s. Llev&eacute; a&nbsp;Lucas, un ex compa&ntilde;ero de&nbsp;la secundaria para ayudarnos a desratizar la casa. Obvio que volvimos a pelear como todo este &uacute;ltimo tiempo. Mam&aacute; neg&oacute; rotundamente la plaga de ratas porque si eso sucediera La Muni, su gata, se encargar&iacute;a de exterminarlas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&mdash; &iquest;No es cierto Muni, Muni? &mdash;dijo. La gata nos observaba desde el techo del quincho, indiferente. No parec&iacute;a muy dispuesta a cazar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Ese d&iacute;a mam&aacute; estaba atenta, hasta record&oacute; el nombre de Lucas y le puso bastante atenci&oacute;n a sus indicaciones. Tomamos nota de los cuidados, de todos los lugares donde puso los platitos negros con el veneno y de la limpieza que nos aconsej&oacute; por lo acumulado en el quincho. Se&ntilde;al&oacute; a la gata y nos cont&oacute; que hab&iacute;a intentado ponerlos en lugares donde ella no los encuentre. Cuando la llam&oacute; con un &ldquo;mish mish&rdquo; la gata sali&oacute; disparada por el techo de la casa de atr&aacute;s. Mam&aacute; se di&oacute; vuelta abruptamente y le grit&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;&iquest;Pero vos sos pelotudo, Jorge? &iexcl;Si sabes que esta gata se espanta con cualquier cosa y se va a la mierda!&mdash; Y entr&oacute; casi al trote para la casa a las puteadas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Hubo un silencio y miradas de compasi&oacute;n de parte de Lucas. Le ofrec&iacute; un caf&eacute; que no acept&oacute; porque, dijo, estaba apurado. Caminamos hasta la puerta en silencio.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Venite nena, por favor&mdash;&nbsp;Me pide con voz de s&uacute;plica Felicidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Si Feli, dejame ver c&oacute;mo hago con Santino y salgo para all&aacute;&mdash; Le respondo despu&eacute;s de un largo suspiro.
    </p><p class="article-text">
        	Santi duerme en su cuarto, profundamente. Dudo en despertarlo y explicarle lo que pas&oacute; para que no se asuste cuando no me vea o&nbsp;llevarlo conmigo. Lo llamo a Fede, su pap&aacute;, para dejarlo en su casa, pero no me responde. De haber tenido el n&uacute;mero de su novia la hubiera llamado. La conoc&iacute; en el verano, en el cumplea&ntilde;os n&uacute;mero trece de Santi. Era la primera vez en seis a&ntilde;os que est&aacute;bamos todos juntos: Santi, su pap&aacute;, su novia y yo. Fue raro ser la impar, pero me pareci&oacute; divina. Las chicas me preguntaron si&nbsp;tuve celos y les admit&iacute; que s&iacute;, pero no de ella, sino de c&oacute;mo Fede hab&iacute;a rearmado su vida tan f&aacute;cil y tan r&aacute;pidamente.
    </p><p class="article-text">
        	&nbsp;Vuelvo la mirada sobre Santi que ahora abraza a Canela, la perra. Antes de despertarlo, me doy una ducha r&aacute;pida. La necesito para llegar a Castelar lo antes posible sin chocar contra el guardarrail ni nada por el estilo.
    </p><p class="article-text">
        	Me decido a despertarlo: &mdash; Santu, mi amor. Necesito que me escuches, despertate un ratito Pipi, me tengo que ir a lo de la abuela &iquest;Sabes?
    </p><p class="article-text">
        	Me pregunta si la abuela est&aacute; bien, le&nbsp;respondo con poca precisi&oacute;n pero tratando de dejarlo tranquilo, mientras tapo su metro sesenta con la frazada.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;&iquest;Te podes quedar solo? &iquest;Te anim&aacute;s?
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Si ma, obvio &iquest;Pero a qu&eacute; hora volves?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Con esa repregunta me empiezo a sentir insegura, quiz&aacute;s hasta con algo de culpa. Hace un tiempo vengo lidiando con los olvidos y confusiones de mi mam&aacute;. Mi vida de repente es una corrida constante de urgencias inesperadas y falsas alarmas. &iquest;Y si un d&iacute;a me pasa algo en la autopista? Me imagino las horas de Santino sin saber de m&iacute; &iquest;A qui&eacute;n van a llamar cuando la ambulancia busque un contacto de emergencia en el celular para avisar?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Pablo, mi psic&oacute;logo, me preguntar&iacute;a por qu&eacute; estaba pensando en la tragedia otra vez.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Voy por la Autopista del Oeste manejando y repasando otros eventos de los &uacute;ltimos meses con mam&aacute;: el d&iacute;a que tuve que salir corriendo de la oficina porque le hab&iacute;an robado la bordeadora <em>(estaba atr&aacute;s de una planta)</em>; cuando me llam&oacute; para contarme que en el galp&oacute;n del fondo estaba instalado un matrimonio con su hija porque ella les hab&iacute;a prestado el lugar y no hab&iacute;a nadie,&nbsp;o el problema con el vecino de al lado que supuestamente la espiaba.
    </p><p class="article-text">
        	El neur&oacute;logo hab&iacute;a sido claro pero lo minimic&eacute;: Demencia senil con origen mixto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Tiene que tomar la medicaci&oacute;n regularmente, y que est&eacute; acompa&ntilde;ada. &iquest;Vive sola? &iquest;Tiene quien la cuide?
    </p><p class="article-text">
        	Eran cada vez m&aacute;s recurrentes las veces en que mam&aacute; se quedaba afuera o se olvidaba las llaves por salir para buscar a la Muni, la gata que apareci&oacute; el d&iacute;a del famoso tornado del 2012. Seg&uacute;n mam&aacute;, el animal hab&iacute;a decidido adoptarlos y no al rev&eacute;s. Su teor&iacute;a afirmaba que los gatos eligen a las personas, y que cuando eso sucede es porque tienen la misi&oacute;n de salvarlos de algo.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Mam&aacute; esa gata est&aacute; hecha pelota, te vas a meter en un quilombo. Te ayudo a imprimir unos carteles, debe ser del barrio y se habr&aacute; perdido&mdash; Le dije cuando me la present&oacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Esa gata lleg&oacute; por algo, esta gata se queda conmigo.
    </p><p class="article-text">
        	Tenia la mitad de la cola pelada, era blanca y amarilla de pelo muy largo y muy arisca. No dejaba que la acaricies ni que la alzaras, pero si se te sub&iacute;a a upa te clavaba las u&ntilde;as cuando la quer&iacute;as bajar. Excepto cuando mam&aacute; le daba la orden.
    </p><p class="article-text">
        	Me doy cuenta de que llevo un rato manejando con la cabeza en cualquier cosa, cuando me paso del puente que tengo que bajar.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;&iexcl;La recalcada concha de Cristo!&mdash; Puteo a los gritos mientras tomo la otra salida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;&iquest;Pensaste la opci&oacute;n de internarla, Gabriela?&mdash; Me pregunt&oacute; una vez Pablo en una sesi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash; &iquest;Y abandonarla? Ni en pedo. Yo puedo con esto.
    </p><p class="article-text">
        	Cuando doblo en la esquina de la casa, me encuentro con un patrullero, una ambulancia, y un pu&ntilde;ado de vecinos en la puerta que me miran con cara de juicio popular. Ni bien bajo del auto el oficial G&oacute;mez se presenta.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Buenas noches se&ntilde;ora, la est&aacute;bamos esperando. &iquest;Me firma ac&aacute; por favor? &iquest;Tiene el documento encima?
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;S&iacute; &mdash; le respondo mientras busco en la cartera y estiro el cuello para intentar reconocer a quienes est&aacute;n adentro.
    </p><p class="article-text">
        	El oficial me recomienda que que me ocupe de mi mam&aacute; o me podr&iacute;an denunciar por abandono de persona. Ni bien termino de escucharlo giro la cabeza para clavarle la mirada, el tono sugestivo me cae mal.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Perd&oacute;n, &iquest;C&oacute;mo dijo? Usted no me conoce, por supuesto que me voy a ocupar de mi mam&aacute;. Permiso &iquest;ya puedo entrar?&mdash; Y encaro para el pasillo mientras balbuceo un <em>Anda a la concha de la lora, yuta vigilante.</em>
    </p><p class="article-text">
        	En el living, sentada en el sill&oacute;n y con mate en mano, est&aacute; mi mam&aacute;. Cuando me ve entrar, excitad&iacute;sima por tanta visita y atenci&oacute;n a su alrededor, me dice con tono jocoso:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Si ibas a tardar una hora, ni hubieses venido, hija.
    </p><p class="article-text">
        La odio. Un poco la odio. Siempre fue terca y elocuente. Ahora es impredecible, dependiente, demandante. Ella me dice que lo pizpireta y rebelde lo hered&eacute; de sus genes. &ldquo;Vos sos mi reflejo Gabita&rdquo;, as&iacute; me llama. Es inevitable preguntarme si un d&iacute;a yo tambi&eacute;n voy a terminar as&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Te mandar&iacute;a a cagar pero hay visita&mdash; le respondo con un poco de iron&iacute;a y otro tanto de verdad.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Ay nena, &iquest;Y tu hijo? pregunta Felicidad, con cara&nbsp;de consternaci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;&iexcl;No me digas que lo dejaste solo, Gabita! &iquest;No ten&eacute;s conciencia vos? &iexcl;con todas las cosas que pasan ahora!
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;No pasa nada m&aacute;. En un rato lo busca Fede. Perd&oacute;n &iquest;Usted vino con la ambulancia?&mdash; Le pregunto a la que supongo es la doctora y para dar por terminada esa charla acusatoria.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Si se&ntilde;ora, mucho gusto, soy la Dra Villegas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	La doctora me comenta que ya revisaron a mi madre, que no tuvo p&eacute;rdida de conocimiento pero que la nota confundida con algunas situaciones temporoespaciales. Me pregunta si toma alguna medicaci&oacute;n, si tiene alguna enfermedad de base que deba conocer y que es necesario derivarla para hacerle una tomograf&iacute;a y descartar alguna lesi&oacute;n &oacute;sea. Tambi&eacute;n que va a necesitar sutura en el corte que tiene a la altura de la ceja.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;&iquest;Puede trasladarla por sus medios? Su madre capita en Mor&oacute;n, por lo que le corresponde el hospital de Ituzaing&oacute; o el Posadas, eso lo decide Ud. Pero en el de Ituzaing&oacute; el tom&oacute;grafo no funciona. &iquest;Alguna duda? Recomiendo una interconsulta con neurolog&iacute;a, usted me entiende&mdash; me dice con perfecto acento caribe&ntilde;o.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Le respondo en modo autom&aacute;tico a casi todas las preguntas, y ante la &uacute;ltima sugerencia, solo puedo asentir con la cabeza. <em>Ya la llev&eacute;, pelotuda, &iquest;te pens&aacute;s que no me ocupo? , </em>pienso mientras la acompa&ntilde;o a la puerta.
    </p><p class="article-text">
        	Cuando vuelvo a entrar, mam&aacute; le ofrece un t&eacute; a la vecina y le comenta que se hab&iacute;a ido a buscar a la gata porque hace unos d&iacute;as que no la encontraba y deb&iacute;a estar yirando por el barrio.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Mami, vamos a abrigarte que tenemos que irnos. Dale.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;&iquest;Ad&oacute;nde nos tenemos que ir? Yo no me voy a ning&uacute;n lado, no pas&oacute; nada. Me pongo aloe vera y se me cura solo. Aparte en los hospitales est&aacute; lleno de bichos y no me quiero contagiar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Mir&aacute; vieja, no te estoy preguntando si quer&eacute;s ir, no hay opci&oacute;n. Ponete la campera, las zapatillas, y nos vamos al hospital. &iquest;Me escuchaste? Que yo no me vine de Devoto a las cuatro de la ma&ntilde;ana, para que te encapriches y no quieras ir a hacerte ver ese semejante golpe que ten&eacute;s en la cabeza, que dicho sea de paso, te hiciste pelotudeando c&oacute;mo una loca en la calle para buscar esa gata de mierda que vive mas en la vereda que en tu casa. Esa gata sigue buscando su casa, por eso se va. Te lo dije.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Bueno, yo me voy yendo chicas, las dejo as&iacute; salen. Dice Felicidad.
    </p><p class="article-text">
        	Cuando nos subimos al auto noto que mam&aacute; est&aacute; muy callada, algo ins&oacute;lito en ella. Otra vez la culpa me sopla la nuca. <em>Est&aacute;s yendo a terapia al pedo, Gabriela. </em>Me reprocho.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;&iquest;Est&aacute;s bien, mami? &iquest;Te duele? Disculpame si te contest&eacute; mal reci&eacute;n, pero me hac&eacute;s calentar. &iquest;C&oacute;mo te vas a ir sola de noche en pantuflas a buscar a la gata? M&aacute;, tenemos que pensar que vamos a hacer, vos no podes vivir m&aacute;s sola y yo laburo, y con Santi&hellip;&mdash; Antes de que termine me interrumpe.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Hija, te entiendo, pero yo tengo mi casa, mi gata y tu pap&aacute;&hellip; Que no s&eacute; qu&eacute; le pasa y no aparece. Es un pelotudo, est&aacute; enojado porque discutimos. Pero nunca se fue tanto tiempo.
    </p><p class="article-text">
        	La miro desconcertada y un segundo antes de repetirle por en&eacute;sima vez que se muri&oacute; hace dos meses, me acuerdo de su cara y el coraz&oacute;n rompi&eacute;ndose de tristeza cada vez que se lo digo . Un duelo en loop, constante.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Yo habl&eacute; con pap&aacute;, quedate tranquila mami. Est&aacute; bien, y te aseguro que est&aacute; mejor que todos nosotros. Cre&eacute;me. Ya va a volver, viste c&oacute;mo es&hellip;&mdash; Elijo mentirle.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;S&iacute;, un caprichoso y orgulloso. Este Jorge.
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Y vos no te quedas atr&aacute;s. Vamos que debe estar hasta las pelotas la guardia. &iquest;Tenes tu DNI en la cartera?
    </p><p class="article-text">
        	Bajo del auto puteando de nuevo para buscar el documento, respirando y exhalando paciencia para no explotar. La dejo a mam&aacute; con la alarma puesta, por si se le ocurre bajar y salir a caminar otra vez. Por suerte lo encuentro r&aacute;pido. Me apuro a apagar las luces y salir lo m&aacute;s pronto posible, me da un poco de miedo estar sola en esta casa y camino todo el largo del pasillo mirando el piso. Solo levanto la vista para observar el caos que hay adentro y que vengo posponiendo ordenar. Hay fotos viejas sin portarretratos desparramadas por todos los muebles y repisas. Ropa colgada en las sillas, de verano y de invierno. Los platitos negros para las ratas que dej&oacute; el fumigador est&aacute;n vac&iacute;os. Hay tuppers, botellas, papeles y un olor dif&iacute;cil de explicar. Es mezcla de meo de gato, sahumerio, remedios y cloaca. Est&aacute; impregnado. Me acuerdo de la gata desaparecida y antes de salir decido revisar&nbsp;algunos rincones del living donde suele esconderse. No est&aacute; en el&nbsp;modular, ni tampoco atr&aacute;s del sill&oacute;n. Cuando rodeo la barra me parece ver un bulto blanco y peludo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;&iexcl;Que gata hija de puta! &iquest;Que haces ah&iacute;, Muni? &iexcl;Mira vos donde estabas!
    </p><p class="article-text">
        	Me agacho sigilosa para no despertarla y para que no me rasgu&ntilde;e. Pero cuando la logro acariciar la siento r&iacute;gida y fr&iacute;a; est&aacute; muerta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	No puedo&nbsp;contener el llanto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Apoyada en mis&nbsp;rodillas la sigo acariciando, mientras le pido perd&oacute;n por no encontrarla antes. Pienso en cu&aacute;ntos d&iacute;as habr&aacute; estado ah&iacute; y en por qu&eacute; habr&aacute; muerto. Me paro y camino intentando encontrar r&aacute;pido alg&uacute;n indicio de qu&eacute; pudo haberle pasado. Se muri&oacute; la gata y no pude hacer nada. <em>Tampoco sabes si lo podr&iacute;as haber evitado, Gabriela. </em>Me excuso.
    </p><p class="article-text">
        	Encuentro el platito de su comida en el pasillo, donde lo deja siempre mi mam&aacute;. No tiene comida y est&aacute; lleno de las bolitas rosas que, se supone, eran para las ratas. Se me estruja el coraz&oacute;n de pensar que probablemente la mat&oacute; mi mam&aacute;, sin querer. Que seguro las trampas de las ratas est&aacute;n vac&iacute;as porque mam&aacute; le llen&oacute; el plato con ese veneno. Siento que me desborda un r&iacute;o frio por el cuerpo y no puedo parar de llorar. S&eacute; que no lloro por la gata, lloro porque acepto que no puedo.
    </p><p class="article-text">
        	Mam&aacute; toca bocinazos desesperados y me apuro a secarme la cara con la manga de mi campera. Me asomo por la ventana y le digo que no se baje que ya encontr&eacute; su documento. Corro a la cocina y busco las bolsas de residuo. Luchando con la impresi&oacute;n que me da la rigidez del cuerpo de Muni, lo meto en la bolsa&nbsp;como puedo y le hago un nudo doble.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Salgo con la bolsa y la dejo en el canasto de la basura.
    </p><p class="article-text">
           Seguramente mi pap&aacute; la hubiese enterrado en el jard&iacute;n, abajo del&nbsp;sauce.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/gata-tornado_132_12887798.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 19 Jan 2026 17:00:41 +0000]]></pubDate>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Bastará para sanarme]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/bastara-sanarme_132_12887698.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/784101c2-2217-4bdf-b489-c3fe984f40a0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Bastará para sanarme"></p><p class="article-text">
        Durante el primer trimestre del embarazo, mis padres me mandaron a la finca de mi t&iacute;a, un peque&ntilde;o palacio pretencioso en el medio del campo en el que hab&iacute;a pasado los veranos de mi infancia. Pasaba el d&iacute;a en la dependencia de servicio, oculta tras una cocina en la que yo era la &uacute;nica que no revolv&iacute;a guisos, mataba gallinas o preparaba ollas de mermelada de naranjas. Hab&iacute;an bajado mi cama a esa gran sala sin ventanas, as&iacute; que un enorme camastro con doseles rosados y oro se alzaba rid&iacute;culamente entre las dos filas de catres que ocupaban las empleadas que manten&iacute;an de pie, limpia y alimentada esa casa. Yo, mientras tanto, empollaba, crec&iacute;a para adentro, me mec&iacute;a al ritmo del mundo anfibio que lat&iacute;a y se hac&iacute;a espacio entre mi cadera y mis costillas. Llegaba desvelada al amanecer contando los diferentes tipos de p&aacute;jaros que le daban la bienvenida al d&iacute;a y me untaba de manteca para evitar que se resecara la piel de ese vientre enorme, sabiendo que el cari&ntilde;o y los cuidados que me donaba ese grupo de mujeres pegajosas y lentas s&oacute;lo durar&iacute;an mientras fuera lo &uacute;nico que era: una embarazada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sab&iacute;a que hablaban a mis espaldas e imaginaba lo que dir&iacute;an cuando por fin las dejara atr&aacute;s, con una ni&ntilde;a de ojos verdes para criar. Sab&iacute;a que hab&iacute;a avergonzado a mi madre y que, si le dec&iacute;an la verdad, avergonzar&iacute;a a mi hija. Me promet&iacute; volver a buscarla alg&uacute;n d&iacute;a para darle el derecho de mirarme con reproche. Imaginaba el resentimiento que alimentar&iacute;a al crecer a la sombra del abandono, sin nombre y sin pertenecer nunca del todo.
    </p><p class="article-text">
        En el convento me recibieron sin preguntas. La &uacute;nica que puede romper el voto de silencio es la madre superiora, y eligi&oacute; muy bien sus pocas palabras para hablarme del futuro en lugar del pasado. Me explic&oacute; las reglas de la casa y me mostr&oacute; el lugar para dormir, el lugar para comer, el lugar para rezar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; encontr&eacute; finalmente la libertad. Cambi&eacute; los olores a v&oacute;mito y pa&ntilde;ales por el aliento de libros antiguos con los que puedo pasar varias horas al d&iacute;a. Hace algunas semanas no ten&iacute;a ni un momento de verdadera intimidad, no pod&iacute;a desnudarme sin alguna mirada sobre m&iacute;. Ahora cambi&eacute; el cotilleo de las trabajadoras de la finca por este silencio elegante, por esta soledad gloriosa. Dej&eacute; un mundo hostil, de grasa y de hombres que me buscaron siempre para su propio placer ego&iacute;sta, que terminaban cuando yo hab&iacute;a empezado, que usaban el sexo, la propiedad y la fuerza f&iacute;sica para imponer su poder sobre mi cuerpo. Ese intercambio injusto por este santuario de mujeres suaves y c&aacute;lidas. Por las se&ntilde;as sutiles, los encuentros en rincones, las miradas en los pasillos, los suspiros al atardecer.
    </p><p class="article-text">
        Cen&aacute;bamos temprano y nos reun&iacute;amos en el templo. Un grupo se ocupaba de cocinar y otro, de limpiar la vajilla. Las que hab&iacute;an cocinado esperaban orando en silencio, las que lavaban y secaban platos se sumaban, unos minutos despu&eacute;s, para rezar todas juntas un misterio del rosario. Con una caligraf&iacute;a hermosa y delicada, el atril anunciaba qu&eacute; misterios contemplar&iacute;amos cada d&iacute;a. Misterios dolorosos, Mar&iacute;a al pie de la cruz.
    </p><p class="article-text">
        La madre superiora se sentaba en una silla al borde de la ronda, un poco separada de nosotras, y pasaba las cuentas en silencio. La mir&aacute;bamos y recit&aacute;bamos los avemar&iacute;as mentalmente, <em>bendita t&uacute; eres entre todas</em>&hellip; moviendo los rosarios en nuestras manos, repet&iacute;amos&hellip; <em>llena eres de gracia</em>&hellip; Cuando terminaba la decena, la madre respiraba profundamente. As&iacute; sab&iacute;amos que empezaba el Padrenuestro, que rez&aacute;bamos pensando m&aacute;s en hermandad y en pan que en un padre todopoderoso. Para m&iacute; era verdaderamente un tiempo sagrado. No tanto por la conexi&oacute;n celestial sino por la de los cuerpos. Se sincronizaban las respiraciones y, lo juro, se pod&iacute;a escuchar la apertura acompasada de las v&aacute;lvulas de los corazones.
    </p><p class="article-text">
        Al finalizar, ten&iacute;amos unos treinta minutos a solas en cada celda antes de que se apagaran las luces. Pero en verano todav&iacute;a quedaba un poco de luz para leer, escribir en el diario o estudiar las partituras del clavicordio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y entonces empezaba la otra plegaria, la danza de trotes descalzos que circulaban de una habitaci&oacute;n a otra, la respiraci&oacute;n agitada y, de vez en cuando, un gemido ahogado. Tard&eacute; en entender qu&eacute; era lo que pasaba, no pod&iacute;a creer que la madre superiora resignara su autoridad cuando ca&iacute;a el sol. Hab&iacute;a mujeres que, sin duda, se met&iacute;an en otra cama, de a dos o de a m&aacute;s, otras que se besaban en los puntos ciegos y rincones oscuros que se pod&iacute;an encontrar por toda la intrincada construcci&oacute;n del convento. Algunas, las que ten&iacute;an acceso a llaves o trucos, se acariciar&iacute;an, supongo, en la sala de lectura o quiz&aacute;s hasta en la sacrist&iacute;a. Otras exploraban el placer en solitario, el sexo con su mano o con objetos, con relatos que proyectaban en sus p&aacute;rpados mientras llegaban a lo m&aacute;s sagrado en soledad, con una media en la boca o mordiendo la almohada.
    </p><p class="article-text">
        Yo, en cambio, permanec&iacute;a algunas horas desvelada intentando descifrar los sonidos de esa orquesta de cuerpos, saliva y piedra, muchas veces escribiendo todo lo que pasaba o imaginaba, otras reconstruyendo en silencio las historias que me suger&iacute;a la oscuridad que se abr&iacute;a afuera de mi habitaci&oacute;n. Las pisadas lentas y apagadas ser&iacute;an las de Isabel, la caminata que parec&iacute;a una danza de Mariana, que era como una gacela en primavera. Los suspiros m&aacute;s breves, que a veces se combinaban con un gemido agudo ser&iacute;an de Daniela, que ten&iacute;a una nariz respingada, un cuello largo y el pelo como lluvia. Sab&iacute;a los nombres por unos peque&ntilde;os carteles que hab&iacute;a en cada puerta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Alguna vez este coro de &aacute;ngeles gozosos me contagi&oacute; las ganas y baj&eacute; mi mano lentamente para descubrir que s&iacute;, que despu&eacute;s de ser esclava, madre y fugitiva, pod&iacute;a encontrarme h&uacute;meda. Pero en cuanto entr&eacute; en contacto conmigo misma me tens&eacute; por dentro, y me llev&eacute; a un orgasmo triste y doloroso. La pel&iacute;cula fue violenta, y los fragmentos de la noche en que conoc&iacute; al padre de mi hija en la fiesta de la cosecha me laceraron desde adentro como una pesadilla muy v&iacute;vida mientras, paralizada, alcanzaba el cl&iacute;max, ahogada, con un gemido sordo.
    </p><p class="article-text">
        Me descubr&iacute; en un charco que empapaba el colch&oacute;n y esa noche dorm&iacute; en el piso. Amanec&iacute; entumecida por el fr&iacute;o, el hueso de la cadera dolorido por el peso de mi cuerpo sobre las baldosas y una molestia en la zona lumbar que me record&oacute; ese embarazo interminable y autofagocitante. Mir&eacute; al techo durante unos minutos para tratar de recuperar la conciencia de la columna vertebral y las extremidades. La memoria me trajo todas las veces que trat&eacute; de terminarme con el nudo de una s&aacute;bana, incluso esa vez en que llev&eacute; escondida entre la ropa una cuchilla al cuarto de ba&ntilde;o en la finca de mi t&iacute;a. Acerqu&eacute; el filo a mi mu&ntilde;eca pero tuve miedo de la lentitud y el sufrimiento de una muerte as&iacute;, y me demor&eacute; en tomar la decisi&oacute;n. As&iacute; que entr&oacute; Sandra, la cocinera y, cuando me vio en la tina con la cuchilla de matar gallinas en una mano y un hilo de sangre en la otra, puso el grito en el cielo. Imagin&oacute;, supongo, lo inc&oacute;modo que ser&iacute;a limpiar el desastre que dejar&iacute;a mi suicidio. Esa manera de alcanzar la libertad hubiera sido injusta y mediocre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A partir de ese momento, nunca me volvieron a regalar un minuto de soledad. Siempre ten&iacute;a, por orden de mi t&iacute;a, una carcelera despierta mir&aacute;ndome dormir, vi&eacute;ndome cagar y vigilando cada uno de mis ba&ntilde;os.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esa ma&ntilde;ana en el convento, en cambio, llev&eacute; las s&aacute;banas, que hab&iacute;an quedado h&uacute;medas y pegajosas, a la lavander&iacute;a donde las recibi&oacute; Mariana, que respondi&oacute; con una mirada dulce a mi actitud de verg&uuml;enza.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s puse el colch&oacute;n bajo el rayo de sol que entraba a esa hora y abr&iacute; las ventanas de par en par. Dej&eacute; el list&oacute;n en el picaporte de la puerta que indicaba que por un malestar f&iacute;sico, necesitaba ser dispensada de la oraci&oacute;n de la ma&ntilde;ana y las labores de la primera parte de la jornada. Ten&iacute;amos permitido hacerlo durante medio d&iacute;a sin dar explicaciones, pero si el cuadro continuaba, est&aacute;bamos obligadas a comunicar la situaci&oacute;n a la madre superiora.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pas&eacute; la ma&ntilde;ana contemplando el cambio de forma e intensidad del haz de luz que entraba por la ventana, tratando de interpretar los signos del dolor que ven&iacute;a acompa&ntilde;&aacute;ndome de manera intermitente pero que hab&iacute;a percibido como un latigazo en la noche anterior. La molestia en mis lumbares no me abandonaba y el dolor en la parte baja de mi vientre reaparec&iacute;a por momentos, agudo. Derramada en el piso de la celda, recib&iacute;a el alivio del fr&iacute;o del piso de piedra contra mi piel que desprend&iacute;a una temperatura febril.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al mediod&iacute;a me obligu&eacute; a acercarme al comedor diario para evitar la conversaci&oacute;n con la madre superiora. Por primera vez en esos meses, cre&iacute;a que hab&iacute;a olvidado c&oacute;mo sonaba mi voz. Sin embargo, las hermanas no dejaban de mirarme m&aacute;s segundos que los necesarios. Algo en mi expresi&oacute;n o actitud demostrar&iacute;a un malestar que no cesaba. En el jard&iacute;n, donde me tocaba hacer las labores de la tarde, no me dejaron ni arrancar algunas hierbas, en cambio me asignaron la tarea m&aacute;s liviana: pusieron una mesa en la galer&iacute;a y me acercaron una enorme cantidad de flores para que seleccionara y agrupara, y as&iacute; ayudar a armar los ramos del altar de la pr&oacute;xima semana.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sinti&eacute;ndome un poco mejor, vitalizada y despejada, me acerqu&eacute; al oratorio despu&eacute;s de la cena. El cartel anunciaba: Misterios gozosos - El nacimiento de Nuestro Se&ntilde;or Jes&uacute;s en Bel&eacute;n. Cuando la madre superiora ocup&oacute; su lugar, nuestras miradas se cruzaron brevemente. Supuse que sabr&iacute;a lo que me hab&iacute;a pasado, pero no fue eso lo que me llam&oacute; la atenci&oacute;n. A ella la vi mucho mayor que la &uacute;ltima vez, como si hubieran pasado diez a&ntilde;os.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Suspir&oacute; profundamente y empez&oacute; a pasar las cuentas. Enseguida not&eacute; que me costaba entrar en el ritmo, estar presente. Mi cuerpo estaba fuera de comp&aacute;s. Sent&iacute; mi respiraci&oacute;n agitada y otra vez percib&iacute; c&oacute;mo mi piel irradiaba calor. En la contemplaci&oacute;n del misterio del parto de Mar&iacute;a record&eacute; el m&iacute;o, en la ant&iacute;tesis del gozo, desesperada y con miedo a morir, atravesada de dolor, crucificada en la cocina de la finca, por dos mujeres que sosten&iacute;an mis antebrazos y otras dos que sosten&iacute;an mis piernas. El dolor pudo haberse extendido por dos d&iacute;as o por algunos minutos, pero fue v&iacute;vido durante toda la oraci&oacute;n. Cuando nos levantamos, todas me miraban con la pregunta en sus rostros. Daniela fue la que me se&ntilde;al&oacute; para que entendiera: ten&iacute;a dos aureolas en mi pecho, empapando la t&uacute;nica. Sent&iacute; el olor &aacute;cido de la leche y me envolvieron las n&aacute;useas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La madre superiora me indic&oacute; el camino a su oficina. A la luz m&aacute;s intensa de la salita, volv&iacute; a verla anciana, agotada. Me mir&oacute; con calidez y tom&oacute; mi mano unos segundos. No hab&iacute;a ternura en ella, eran los gestos de una madre que ten&iacute;a la responsabilidad de conocer lo que pasaba y de cuidar todo lo que viv&iacute;a en los terrenos del convento. Transcurrieron varios minutos antes de que rompiera el silencio que era custodiado como un tesoro en ese lugar. Y entonces me hizo tres preguntas: d&oacute;nde viv&iacute;a antes de estar ah&iacute;, hace cu&aacute;nto tiempo ten&iacute;a dolores y qu&eacute; flores me hab&iacute;an gustado m&aacute;s para poner en el altar. Me dio tiempo despu&eacute;s de cada pregunta, d&aacute;ndome espacio con la mirada, sin repreguntar. Respond&iacute; sinceramente, sin dar m&aacute;s informaci&oacute;n que la necesaria. Me dijo que pedir&iacute;a por el m&eacute;dico de la zona. Entonces me mand&oacute; a mi celda, donde me encontr&eacute; un cuenco con agua y algunas toallas. Las humedec&iacute; y envolv&iacute; con ellas mi cabeza, me puse unas en las axilas y sobre el pubis. Pude dormir.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A la ma&ntilde;ana, permanec&iacute; en la cama hasta que alguien vino a buscarme para que me viera el m&eacute;dico. Lo reconoc&iacute; inmediatamente pero &eacute;l, en cambio, no dio ninguna se&ntilde;al. Ning&uacute;n profesional hab&iacute;a asistido mi parto pero una vez lo hab&iacute;an mandado a llamar a la finca para revisar a la beb&eacute;, que estaba un poco amarilla, unos d&iacute;as despu&eacute;s. La sacaron de mis brazos y la llevaron al sal&oacute;n, donde la revis&oacute;. Lo vi a lo lejos, mientras vigilaba que no le hicieran nada ni se la llevaran. Nos hab&iacute;amos cruzado otras veces, cuando &eacute;l atendi&oacute; a mi t&iacute;o en sus &uacute;ltimos tiempos. Me pregunt&oacute; mi nombre y mi edad, mir&eacute; a la madre superiora para que me diera permiso para responder. Hab&iacute;a incorporado muy r&aacute;pido ese tipo de reglas, que me resultaban m&aacute;s una protecci&oacute;n que prohibiciones. Ella asinti&oacute; con seriedad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El m&eacute;dico ten&iacute;a una mirada amable y parec&iacute;a elegir sus palabras con cuidado. De mediana edad, suave y con una apariencia intelectual, me result&oacute;, en medio de la enfermedad, curiosamente atractivo. Pregunt&oacute;, sin introducciones, sobre la fecha del parto, la de la &uacute;ltima hemorragia, los d&iacute;as de fiebre. Luego empez&oacute; a enumerar partes del cuerpo para saber si sent&iacute;a dolor en ellas. Finalmente, anunci&oacute; que necesitaba revisarme. Puso una manta en el escritorio y me pidi&oacute; que me acostara ah&iacute;. Me saqu&eacute; la ropa y tembl&eacute; de fr&iacute;o. Frot&oacute; sus manos entre s&iacute; para calentarlas un poco. Toc&oacute; con cuidado, con dos dedos, mi vientre y presion&oacute; con firmeza. Gem&iacute; de dolor pero tambi&eacute;n sent&iacute; subir desde all&iacute; la excitaci&oacute;n ante ese m&iacute;nimo roce. Despu&eacute;s hizo lo mismo en el pecho y con el dolor afilado que me atraves&oacute; not&eacute; tambi&eacute;n la dureza antinatural que hab&iacute;a bajo sus dedos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Habl&oacute; de una infecci&oacute;n por acumulaci&oacute;n de leche, algo que suele pasar pocas semanas despu&eacute;s de dejar de amamantar, pero que pod&iacute;a aparecer, excepcionalmente, un tiempo despu&eacute;s. Indic&oacute; un tratamiento en gotas, descanso y ba&ntilde;os fr&iacute;os para bajar la fiebre. Despu&eacute;s mir&oacute; a un rinc&oacute;n de la sala mientras me vest&iacute;a. Al despedirse mencion&oacute;, como algo casual:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        - Sigo el d&iacute;a en la finca del sur, la se&ntilde;ora est&aacute; delicada hace varios d&iacute;as.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las semanas posteriores pasaron entre fiebre inconstante y pesadillas muy intensas, acompa&ntilde;ada por el cuidado de las hermanas, que se turnaban para cambiar mis s&aacute;banas y toallas, para acercarme algo de comida. Una de ellas rezaba conmigo todas las noches, cada una con su rosario, en silencio. Me sent&iacute;a d&eacute;bil y supongo que me ve&iacute;a p&aacute;lida. El ritmo nocturno del convento no consegu&iacute;a animarme, en cambio los murmullos se met&iacute;an en mis sue&ntilde;os y sonaban intensos, como gritos del infierno. En los peores momentos buscaba el dolor como un castigo por lo que hab&iacute;a hecho. Cuando me sent&iacute;a mejor pensaba en mi t&iacute;a, en las mujeres de la finca, en los ojos de mi hija.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a pude volver a las oraciones, otro d&iacute;a comenc&eacute; a sumarme a las comidas comunitarias, aunque todav&iacute;a no a los trabajos. Volv&iacute; fr&aacute;gil pero tambi&eacute;n liviana, como si hubiera pasado realmente por una expiaci&oacute;n. El sufrimiento f&iacute;sico me hab&iacute;a ayudado a dedicarme al dolor del coraz&oacute;n. Empec&eacute; a leer, a bordar. No volv&iacute; a pensar en regresar a la finca, la sola idea me paralizaba.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una ma&ntilde;ana, son&oacute; un grito en el comedor. Susana, la hermana que asist&iacute;a en sus tareas a la madre superiora, hab&iacute;a ido a buscarla a su habitaci&oacute;n porque no se hab&iacute;a presentado en el desayuno, y la hab&iacute;a encontrado simplemente muerta. Ca&iacute;da al borde de su propia cama, vestida para iniciar un nuevo d&iacute;a, sin un gesto de dolor. Corri&oacute; al comedor y lo anunci&oacute; a los gritos, el esquema del silencio fue reemplazado por el caos. Todos los di&aacute;logos desordenados, los lamentos y la incertidumbre. Susana conoc&iacute;a, por supuesto, los protocolos, deb&iacute;a escribir a la Vicar&iacute;a, ten&iacute;a que ser un mensajero especial que hab&iacute;a que buscar en el pueblo. Pero los demoramos. Acomodamos a la madre superiora en su cama y rode&aacute;ndola en su celda, la despedimos solo nosotras. Rezamos en silencio el misterio del d&iacute;a y luego dijimos algunas palabras, que surg&iacute;an sin planificaci&oacute;n ni censura. Le pedimos a Dios que la recibiera entre sus santas, porque era la santidad que conoc&iacute;amos. Despu&eacute;s, nos fuimos retirando. Bes&eacute; su mano y di gracias por su vida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las cartas correspondientes fueron enviadas y al otro d&iacute;a hab&iacute;a una nueva autoridad. Nos reuni&oacute; y dio indicaciones para que organiz&aacute;ramos el entierro, que ser&iacute;a en una b&oacute;veda de la capilla. Vinieron especialistas para preparar el cuerpo, nosotras juntamos las flores, limpiamos todo con dedicaci&oacute;n, lustramos los elementos de la liturgia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a de la misa vino el obispo y algunas autoridades del pueblo, algunos ricos de la zona que reconoc&iacute;an la importancia del convento o simplemente quer&iacute;an participar de una actividad distinta ese d&iacute;a. Nosotras, excepcionalmente, compartimos la ceremonia, pero detr&aacute;s de la cadena que simbolizaba nuestro encierro, ese d&iacute;a m&aacute;s delgado que de costumbre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las semanas siguientes fueron las peores desde que estaba ah&iacute;. Nadie os&oacute; salir por la noches ni estar en lugares inapropiados fuera del horario, pero incluso las estructuras oficiales parecieron demasiado laxas a la flamante madre superiora. Consider&oacute; que la comida era demasiado variada y abundante, que deb&iacute;a comprarse menos carne y vender al pueblo casi todo lo que produc&iacute;a la huerta. No hac&iacute;a falta tanto tiempo compartido para repartir los m&aacute;s escasos alimentos, as&iacute; que el almuerzo y la cena duraban escasos minutos. De la misma manera se acortan los tiempos de lectura, bordado o instrumentos, y los momentos libres en general fueron reemplazados por m&aacute;s estudio, trabajo y se sum&oacute; la oraci&oacute;n al mediod&iacute;a, despu&eacute;s de comer, reemplazando la posible siesta que casi todas aprovech&aacute;bamos en verano. La hora libre de la noche desapareci&oacute;: despu&eacute;s de las Completas, se apagar&iacute;an todas las luces y quedar&iacute;a prohibido moverse fuera de las celdas o hacer ruidos. Para implementar el nuevo r&eacute;gimen, hab&iacute;an llegado otras hermanas de la Orden, a quienes llam&oacute; celadoras y que, en ocasiones excepcionales, tambi&eacute;n pod&iacute;an hablar aunque no dar permiso a la palabra.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La madre superiora comenz&oacute; a citarnos para entrevistas individuales. Cuando toc&oacute; mi turno yo estaba en la lavander&iacute;a, con Sandra. Era un d&iacute;a hermoso y ya me sent&iacute;a casi completamente recuperada. La nueva madre superiora era una mujer peque&ntilde;a y arrugada, con su nariz afilada y un rostro inteligente, como un &aacute;guila. Me mir&oacute; solo una vez cuando me sent&eacute; frente a su escritorio, luego baj&oacute; la vista a unos papeles que, supongo, contendr&iacute;an informaci&oacute;n sobre m&iacute;. Pregunt&oacute; mi nombre falso dos veces, como si algo no cuadrara. Indag&oacute; sobre el tiempo en el convento, las razones, las confesiones. Miraba con recelo la documentaci&oacute;n, escrib&iacute;a en un cuaderno y se deten&iacute;a s&uacute;bitamente. Finalmente, me despidi&oacute; con frialdad.
    </p><p class="article-text">
        Cuando volv&iacute;, mi celda estaba vac&iacute;a. Pens&eacute; que por fin me hab&iacute;an descubierto y que me devolver&iacute;an a mi vida pasada, que era mi vida real. Todas mis pertenencias estaban depositadas en el suelo del patio. Estaban ordenadas con cuidado, como si alguien hubiera revisado cada objeto y lo hubiera tratado de clasificar: la ropa doblada, los objetos de higiene. Faltaban mi cuaderno y algunos de los libros. Una celadora pas&oacute; y ante mi mirada de interrogaci&oacute;n me entreg&oacute; un papel que indicaba que todo era parte de una revisi&oacute;n general, que se estaba pidiendo el mayor rigor en los votos de pobreza.
    </p><p class="article-text">
        Dej&eacute; todo como estaba y me dej&eacute; caer en el colch&oacute;n en el que la mancha se hab&iacute;a convertido en aureola. El sol ca&iacute;a de lleno en el patio y avanzaba despacio sobre las baldosas y sobre mis cosas, marcando los contornos, calentando la piedra. Mir&eacute; ese peque&ntilde;o inventario expuesto al que se reduc&iacute;a mi vida y pens&eacute; en la sala sin ventanas detr&aacute;s de la cocina, llena de ese aire espeso que no se mov&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dej&aacute;ndome envolver por el sol, sent&iacute; que mi cuerpo no dol&iacute;a ni se defend&iacute;a del dolor. Me concentr&eacute; en el ritmo de mi respiraci&oacute;n. Sonaron las campanas y el silencio volvi&oacute; a acomodarse en el convento.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/bastara-sanarme_132_12887698.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Jan 2026 17:00:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Bastará para sanarme]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Ojos negros]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/ojos-negros_132_12887711.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/25fe80a3-c43f-4d5c-9388-587d0f59554e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ojos negros"></p><p class="article-text">
        Los panchos con mostaza y los litros de Fernet los hab&iacute;an ablandado. Nunca es bueno tomar decisiones en una pileta. La m&uacute;sica tampoco ayud&oacute;. En una charla al paso entre Bozzoni y M&eacute;ndez, m&aacute;s all&aacute; de si tal o cual jugador ser&iacute;a un buen refuerzo, m&aacute;s all&aacute; del top cinco de compa&ntilde;eras de la secundaria, despu&eacute;s de la siesta en las reposeras, algo distinto apareci&oacute;. Ambos se sintieron acariciados por la urgencia de ir a la guerra en Ucrania. Parec&iacute;a una buena idea. Coincidieron en que su generaci&oacute;n estaba en cualquiera, ninguno se compromet&iacute;a con nada, la apat&iacute;a era moneda corriente. Todos quieren escuchar a los Redondos pero nadie quiere hacer la revoluci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Marisol no es ni en pedo m&aacute;s linda que Noelia &ndash;dijo M&eacute;ndez llegada la noche. Los efectos espumosos del Fernet hab&iacute;an dejado paso a una conciencia m&aacute;s o menos l&uacute;cida. Unas horas antes de verdad estaban convencidos. Hab&iacute;an averiguado la direcci&oacute;n de la embajada, incluso hab&iacute;an aprendido algunas palabras sueltas del idioma ucraniano. Pero despu&eacute;s de la ducha tibia nada parec&iacute;a tan grave. Las soluciones dr&aacute;sticas pod&iacute;an esperar.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No dije m&aacute;s linda. Dije m&aacute;s cogible &ndash;respondi&oacute; Bozzoni.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Es un combo &ndash;dijo M&eacute;ndez.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Vos viste el culo que tiene?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Me bajo, Bozzoni. La guerra no es para nosotros. Vos est&aacute;s a tiempo todav&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ucrania nos necesita.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Que se maten entre ellos. Nosotros no tenemos nada que ver.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Y lo que hablamos ayer?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;La Uni&oacute;n Europea es una mentira. No hay nada que hacer.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;S&iacute;, adem&aacute;s me dar&iacute;a l&aacute;stima perderme el viaje de egresados &ndash;dijo Bozzoni despu&eacute;s de reflexionar unos segundos&mdash;. Quinto a&ntilde;o hay que aprovecharlo.&nbsp;
    </p><div class="list">
                    <ul>
                                    <li></li>
                            </ul>
            </div><p class="article-text">
        &mdash;Mi sue&ntilde;o es casarme con un vestido negro &ndash;dijo Noelia con el mate entre las manos. Hablaba despacio, puntillosa en cada palabra. Estaban con Bozzoni en la terraza del colegio. La charla sobre el test vocacional hab&iacute;a derivado en la pregunta sobre el futuro inmediato. Ninguno iba al viaje de egresados, en verdad detestaban los boliches y a sus compa&ntilde;eros. Prefer&iacute;an gastar la plata en otra cosa.
    </p><p class="article-text">
        M&eacute;ndez se puso de novio con Marisol. Noelia la detestaba. Dec&iacute;a que la enormidad de la &ldquo;cola&rdquo; de Marisol iba a contramano de su escasez de neuronas. Le daba verg&uuml;enza decir culo: a Bozzoni le calentaba esa timidez. Y con Noelia compart&iacute;an la amargura de no ser elegidos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Todo negro?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Con el negro no hay distracci&oacute;n. La mirada va directo a la forma.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Apoy&oacute; sus ojos en los de Bozzoni, una mirada fugaz pero certera. El tono azul de la fantas&iacute;a. &Eacute;l sinti&oacute; el vaiv&eacute;n del contacto. El momento previo, la puesta en abismo. &iquest;C&oacute;mo traducir esa mirada impenetrable? La materia prima, el aura. Un mariposeo volc&aacute;nico le atraves&oacute; el pecho.
    </p><p class="article-text">
        No consigui&oacute; sostenerle la mirada. S&iacute; pens&oacute; en darle un beso: no se anim&oacute;. Aunque no era precisamente la mirada negra de Noelia, el filo, sino m&aacute;s bien la forma de su caminata inalcanzable. Al rato volvieron a clase. &Eacute;l le dio unos metros de distancia, las piernas m&aacute;s lindas d&aacute;ndole la espalda. Eso lo derrumb&oacute;.
    </p><div class="list">
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            </div><p class="article-text">
        Empezaba octubre y el aire ten&iacute;a gusto a verano. Dur&oacute; poco la pareja feliz de Marisol y M&eacute;ndez. Ella lo &ldquo;gorri&oacute;&rdquo;, dijo Noelia. El verbo conten&iacute;a un gusto pastoso. Era demasiado pudorosa para decir que Marisol hab&iacute;a hecho un tr&iacute;o mientras M&eacute;ndez se tiraba en culipat&iacute;n en el Cerro Catedral. &Eacute;l cuando se enter&oacute; tom&oacute; venganza. Se cogi&oacute; a una piba de otro colegio, una otaku que ten&iacute;a un buen par de tetas.
    </p><p class="article-text">
        Bozzoni tendr&iacute;a que haber sospechado de esa sonrisa satisfecha y celosa de Noelia. En realidad, tendr&iacute;a que haberse animado a concretar con ella. Era ahora o nunca. Fue nunca.&nbsp;
    </p><div class="list">
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            </div><p class="article-text">
        A fines de noviembre, entre mate y mate, ella hizo la pregunta. Bozzoni se qued&oacute; helado. La pregunta conten&iacute;a un mont&oacute;n de matices, tonos que luego ser&iacute;an amasados hasta el hartazgo. El gusto &aacute;rido. Pero qu&eacute; carajo le iba a responder. &iquest;Te molesta que salga con M&eacute;ndez? No, manzana. Es mi mejor amigo, hija de mil. S&iacute;, me re molesta y estoy enamorado de vos. No, no ten&iacute;a opci&oacute;n. El silencio era su &uacute;nico aliado.
    </p><p class="article-text">
        Intent&oacute; absorber el impacto de la pregunta bajo ese nuevo lente. Las palabras de Noelia le dejaron un residuo, un veneno lento que solo pod&iacute;a empeorar. Hubiera preferido cualquier cosa antes que ese desprecio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De algunos sentimientos solo quedan lugares comunes. No hay adjetivos, materia gris, nada. Para Bozzoni ese momento fue triste y punto.&nbsp;
    </p><div class="list">
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            </div><p class="article-text">
        Bozzoni no lleg&oacute; a Ucrania, apenas le alcanz&oacute; para tres d&iacute;as en la Costa argentina. Preso de la desilusi&oacute;n, solo pod&iacute;a caminar y tomar mate mirando el mar. La &uacute;ltima tarde sali&oacute; del cine y ya hab&iacute;a oscurecido. Hubiera preferido dar un &uacute;ltimo paseo por la costanera pero la tormenta se lo impidi&oacute;. Par&oacute; un taxi. A la estaci&oacute;n, dijo. Se sinti&oacute; protagonista.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los s&aacute;ndwiches del mostrador no ten&iacute;an mucha pinta. Compr&oacute; unas Oreo y pidi&oacute; agua caliente. Le molest&oacute; que le cobraran por eso. No era la plata, era la actitud. Te estoy pidiendo una gauchada, pens&oacute;. Pag&oacute; sin ganas y se sent&oacute; en una banqueta sin respaldo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde la ventana sucia ve&iacute;a pasar grupos de amigos con valijas, capuchas y zapatillas de lona. Las vacaciones en la playa eran el pasado. Las im&aacute;genes parec&iacute;an un ritmo, mientras ca&iacute;a una lluvia fina sobre los andenes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Su termo era un rejunte de stickers gastados, ro&iacute;dos. Parec&iacute;an huellas fr&aacute;giles, su historia en pedazos. Noelia siempre dec&iacute;a que le iba a regalar stickers nuevos, y nunca se acordaba de concretarlo. Los restos de Maradona posaban con la copa del mundo, dorada, bien dorada. Al lado Torrico posaba con la copa Libertadores, plateada, bien plateada. Pens&oacute; en la necesidad metaf&iacute;sica, casi animal, de tener algo entre las manos para levantar. Todav&iacute;a era virgen y todo estaba por hacerse.
    </p><p class="article-text">
        La belleza de los ojos negros de Noelia, la sonrisa tranquila. Hab&iacute;an terminado el colegio y la perspectiva de no verla nunca m&aacute;s lo abism&oacute;. El culo de Marisol no pod&iacute;a competirle a Noelia como mujer, mientras la imagen de ella crec&iacute;a poco a poco como una planta bien cuidada. En alg&uacute;n momento, confi&oacute;, recordar&iacute;a con ternura aquella complicidad en la terraza, la &eacute;poca donde darle un beso era una posibilidad. Pero eran tiempos de rencor y la bronca era el &uacute;nico sentimiento aceptable. Paladeaba ese momento retrospectivo cuando un gusto amargo le subi&oacute; desde el fondo de la panza. La certeza de ese vac&iacute;o subi&oacute; como una puntada. No pod&iacute;a permitirse esa cursiler&iacute;a, ese espesor sentimental.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tres verbos para decir lo mismo. Me voy a ir yendo, pens&oacute; mientras una voz lo tironeaba.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Las lluvias cicatrizan &mdash;dec&iacute;a Noelia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Las lluvias cicatrizan o dejan cicatrices? &ndash;preguntaba Bozzoni.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;No es lo mismo? &ndash;rio ella.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Por qu&eacute; no te gusto?
    </p><p class="article-text">
        No. Todav&iacute;a no estaba preparado para esa conversaci&oacute;n. M&aacute;s de una vez se pregunt&oacute; si le hubiera gustado ser testigo del acto de Noelia con M&eacute;ndez. No consegu&iacute;a imagin&aacute;rsela desnuda, tampoco pod&iacute;a visualizarlos juntos en la misma cama.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Debajo de la charla fantasiosa un rumor inmenso se o&iacute;a en segundo plano. Barajaba recuerdos futuros y, por qu&eacute; no, casi posibles.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dos fuerzas crecieron al ritmo del v&eacute;rtigo. De un lado ve&iacute;a arroces a fuego lento, con pedazos de queso fresco y leche para favorecer la cremosidad. La cocci&oacute;n a baja temperatura exaltaba la textura y la delicadeza de Noelia, que revolv&iacute;a sonriente con un delantal negro, siempre negro. Promet&iacute;a largas comidas en tardes de verano y cenas a la luz de las velas. Del otro lado crec&iacute;a una ferocidad torpe. Cog&eacute;rsela en todas y cada una de las posiciones en tardes de verano, y despu&eacute;s jugar juntos a la Play.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El gusto a conservante de las Oreo le dio sed. Pidi&oacute; agua. De la canilla, aclar&oacute;. No estaba dispuesto a que le cobraran el favor. S&iacute; hubiera estado dispuesto a ir a la guerra. Ponerse el uniforme y hacer cagar al primero que se le cruzara. Enseguida sinti&oacute; un revoltijo en la panza. Fue al ba&ntilde;o pero el inodoro p&uacute;blico sin tapa lo disuadi&oacute;. Iba a aguantar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sali&oacute; y ya hab&iacute;a fila a los costados del tren. Se puso detr&aacute;s de un ciego con bast&oacute;n blanco, de repente el cielo fundi&oacute; a negro. Le gustaban los finales abruptos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/ojos-negros_132_12887711.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 14 Jan 2026 17:00:35 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ojos negros]]></media:title>
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    <item>
      <title><![CDATA[El timón azul]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/timon-azul_132_12887675.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e58f1dfb-6cb9-4467-8d7c-3c5a6b85d85b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El timón azul"></p><p class="article-text">
        Desde que soy chiquita siempre, para mi cumplea&ntilde;os, vamos al <em>Tim&oacute;n azul</em>, un restaurant medio viejo, que est&aacute; en la entrada del pueblo. Si bien tiene algunas manchas negras en la pared y un olor medio raro cuando entr&aacute;s, es uno de mis lugares favoritos. Quiz&aacute;s porque tambi&eacute;n es el de mi pap&aacute;. Mi abuela siempre me cuenta historias de lo travieso que era, y c&oacute;mo lo buscaban por horas para que haga la tarea, mientras &eacute;l pasaba mucho tiempo ah&iacute; con el chico que hoy es uno de los due&ntilde;os.&nbsp;A mis amigas les parece un poco aburrido y, prefieren ir a alguna helader&iacute;a o a mirar las vidrieras del paseo de compras que intenta parecerse a un shopping de los de capital. Para m&iacute; es m&aacute;s de lo mismo pero las acompa&ntilde;o.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No tengo mam&aacute;. Se muri&oacute; al poco tiempo de que nac&iacute; de una enfermedad rara que nunca me explicaron del todo bien. Algo como de unos bichitos que te van comiendo la sangre, pero no s&eacute;. En casa, siempre se ponen nerviosos cuando hablan del tema, as&iacute; que no pregunto mucho. Lo &uacute;nico que s&eacute; de ella es que se llamaba Mariana, como yo. Me dan gracia los chicos que se llaman igual que sus pap&aacute;s, no le encuentro sentido. Con la cantidad de nombres que hay para elegir.&nbsp;Pap&aacute; dice que es como una especie de homenaje, una forma de tenerla siempre presente. Dicen que me parezco a ella. Vi algunas fotos y puede ser. Me hubiese gustado conocer su voz. A veces me la imagino ret&aacute;ndome o d&aacute;ndome alg&uacute;n consejo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Vivo con la abuela, que hace lo que puede, pobre, ya est&aacute; vieja. Tambi&eacute;n con pap&aacute; y Lucas un perro sin raza que adoptamos de la calle. Una noche, llov&iacute;a mucho y lo vi desde la ventana de mi cuarto sentado en el medio de la calle. Estaba solo y muy mojado. Le ped&iacute; a pap&aacute; entrarlo para que no pase fr&iacute;o. Por suerte se encari&ntilde;&oacute; y nos lo quedamos. Adem&aacute;s esta Eli que me lleva al colegio, a los cumplea&ntilde;os, me peina, me ayuda a elegir la ropa. Cada tanto me pregunta si tengo novio. Me molesta esa pregunta. A veces es muy metida y no hace bien su trabajo, pero a mis amigas les digo que es mi hermana mayor. Aunque todos saben que es mentira hacen como que me creen.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El <em>Tim&oacute;n Azul </em>no tiene Instagram. Publican los platos en una pizarra.&nbsp;Para m&iacute; mejor porque no tengo celu. No me dejan, por m&aacute;s que la mayor&iacute;a de mis amigas ya tenga. Capaz en este cumplea&ntilde;os me regalen uno de sorpresa. En el men&uacute;, hay un plato nuevo cada semana. Me pregunto qu&eacute; habr&aacute; esta noche, cuando vayamos a festejar. Pap&aacute; siempre pide una copa medio rara de camarones. A m&iacute; no me gusta el pescado, pero me resulta gracioso ver como los acomodan perfectamente alrededor de la copa encima de unas hojas de lechuga. Siempre jugamos apuestas antes para ver cu&aacute;ntos pondr&aacute;n en la copa. Pap&aacute; siempre apuesta por un numero impar y suele ganar. Cada vez que la traen a la mesa, hacemos el mismo ritual:&nbsp;&eacute;l espera mientras yo los cuento. Pareciera que siempre est&aacute;n ubicados a la misma distancia, como medidos por regla. Yo soy m&aacute;s cl&aacute;sica, siempre como la milanesa napolitana con papas fritas. No la termino, pero pido el paquetito y le llevo a Lucas o a la abuela.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La abuela est&aacute; enferma y hace unos d&iacute;as que no est&aacute; en casa. Pap&aacute; esta m&aacute;s triste y nervioso que de costumbre. Si bien suele tener esa cara seria, medio mala onda, en este &uacute;ltimo tiempo tiene la mirada cansada, como si algo le doliera. Cada tanto pienso que la vida es injusta, no me dio hermanos, me sac&oacute; a mi mam&aacute; y ahora me va a sacar a mi abuela. No soy tonta. Por m&aacute;s que pap&aacute; se empe&ntilde;e en decir que soy chica para algunas cosas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Todas las noches antes de dormir rezo un Padre Nuestro, una oraci&oacute;n que me ense&ntilde;aron en catequesis y que en teor&iacute;a sirve para pedir cosas. Como una especie de trueque: Si rezo mucho, Dios me da algo a cambio. La abuela me regal&oacute; un rosario y lo uso cada tanto. Ella me explic&oacute; que cada perlita de las que est&aacute;n juntitas es un Ave Mar&iacute;a y despu&eacute;s hay una separada que es un Padre Nuestro.&nbsp;Me canso, son muchas bolitas y rezos. Ni siquiera me termina de cerrar lo del trueque. Igualmente cierro los ojos y pido que mi abuelita se cure.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esta noche voy a hacer todo lo que pueda para que pap&aacute; est&eacute; contento. No me voy a quejar si estacionamos lejos y tengo que caminar unas cuadras, o si la milanesa tarda mucho. Cuando &eacute;l llegue voy a estar lista. Hace unos meses que vengo ahorrando plata para este d&iacute;a. Guardo en mi alcanc&iacute;a que escondo debajo de la cama, cada moneda que me sobra de lo que me dan para comprarme algo en el colegio. Hay d&iacute;as que me aguanto el hambre y no compro nada para juntar m&aacute;s plata. Tambi&eacute;n me quedo con algunos vueltos de cuando Eli me manda a comprar al almac&eacute;n. Cada ruidito que hacen las monedas contra la lata me hace sentir que estoy m&aacute;s cerca del objetivo.&nbsp;Quiero comprar el postre estrella de la carta. El <em>Transatl&aacute;ntico</em> una especie de barco enorme hecho con cucurucho que tiene 3 bochas de helado de vainilla en el centro, mucha salsa de frutilla y chocolate por encima y gomitas de colores alrededor.&nbsp;Suelo verlo en otras mesas, cuando soplan las velitas. Nosotros nunca lo pedimos porque es muy caro. Pap&aacute; no lo dice pero yo s&eacute; que es por eso. Siempre que responde <em>no hace falta</em> es porque algo es caro y no podemos comprarlo. Hace algunos d&iacute;as estoy pensando en mam&aacute;. Quiero hacerle algunas preguntas pero todav&iacute;a no me animo. Todo lo de mi abuela me est&aacute; haciendo tener algunos sue&ntilde;os raros, que no termino de entender si son pesadillas. Aparece cada tanto una se&ntilde;ora, rubia como yo, parecida a la que me presentaron por fotos. No es igual, pero me hace acordar a alguien que conozco.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No me gusta cuando Eli no me da bola y esta todo el d&iacute;a con el celular chateando y hablando con sus amigas. Tambi&eacute;n me cansa tener que cubrirla con el olor del cigarrillo que se fuma a escondidas en el patio. Sabe que pap&aacute; se lo tiene prohibido. Pero bueno, las hermanas guardamos secretos.&nbsp;Para hoy, le ped&iacute; que me ayude a elegir la ropa. No llego a los estantes de arriba del armario. Quer&iacute;a estar lista para cuando &eacute;l llegue. Siempre la reserva es a las ocho, y al &eacute;l gusta ser puntual. Adem&aacute;s, es d&iacute;a de semana y no me puedo acostar tarde. Yo tambi&eacute;n soy puntual. Creo que lo hered&eacute; de &eacute;l. Que tonta, de quien m&aacute;s si no. Escucho que suena el timbre. Miro el reloj y me desespero, no puede ser, es temprano y yo todav&iacute;a no estoy lista. La escucho a Eli hablar con una vecina y me relajo. Creo que vino a preguntar por la abuela. Sigo con lo m&iacute;o. Primero me lavo los dientes y despu&eacute;s me visto. Eli ya me hab&iacute;a separado una jumper de jean con una camisa blanca con volados en el cuello. Por m&aacute;s que no sea mi ropa preferida ni la m&aacute;s c&oacute;moda, es mi conjunto para ocasiones especiales. Necesito ayuda de Eli para el peinado, que hace trenzas perfectas. Yo intente toda la semana practicar, pero no me salen. Tengo el pelo muy finito y me quedan pelitos desprolijos. A ella no. Mientras agarro el gel del ba&ntilde;o, escucho que Eli llama a alguien por su celular. Estoy un poco lejos, pero entiendo algo de que se va a tener que quedar hasta tarde y quiz&aacute;s buscar ropa para unos d&iacute;as. No le doy importancia, pienso que tiene que trabajar en otras casas o quiz&aacute;s papa le pidi&oacute; algunas horas extras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Falta media hora para las ocho pero pap&aacute; aun no llega. Me acuesto en la cama, con cuidado de no arrugarme la ropa y mientras espero, cierro los ojos. La tele a todo lo que da del living no&nbsp;deja que me concentre, pero lo intento. Me vuelve esa imagen del &uacute;ltimo tiempo, yo m&aacute;s chica tomando sol en una playa, con mi mam&aacute;, la se&ntilde;ora de las fotos, no la de las pesadillas. Pienso que puede ser un recuerdo, pero es imposible. Cuando ten&iacute;a esa edad ella ya estaba super muerta. Fui solo una vez al cementerio a visitarla. No me gust&oacute;.&nbsp;Me la imagino bajo tierra pudri&eacute;ndose, rodeada de todos los otros muertos. Prefiero recordarla como en las fotos de pap&aacute;. Ah&iacute; est&aacute; linda, deslumbrante y se parece a m&iacute;. Yo no le tengo miedo a la muerte, al contrario, me porto bien, para poder ir al cielo y, como dice la abuela, conocer a mam&aacute; en persona. Abro los ojos y miro el reloj: las ocho y media.&nbsp;Me doy cuenta de que es tarde, me empiezan a picar las medias y siento como una colita de las trenzas se est&aacute; por salir.&nbsp;Voy al living y le pregunto a Eli si pap&aacute; lleg&oacute;. Me dice que no tranquila, como si supiera algo m&aacute;s. De repente, suena el tel&eacute;fono de casa. No estoy autorizada a atender, pero corro hacia &eacute;l y me quedo a un costado, mirando sin pesta&ntilde;ear. Eli atiende y veo como su cara se transforma. Algo pasa. No digo nada, pero ella entiende que le ruego que hable. La veo como traga saliva antes de hablar. No es buena se&ntilde;al que los adultos tengan miedo. Por fin, tira sus palabras una a una como dardos:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Mari, pap&aacute; no va a llegar, pas&oacute; algo con la abuela. Vamos que te desarmo las trenzas, me quedo a dormir con vos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mientras me pongo el pijama escucho el ruido de las monedas que caen del bolsillo de la jumper mientras Eli dobla mi ropa. No va a haber ni feliz cumplea&ntilde;os ni cena en el tim&oacute;n. Mucho menos postre <em>Transatl&aacute;ntico</em>. Cierro los ojos, mientras Lucas me chupa las l&aacute;grimas que chorrean, una a una interrumpiendo el silencio de la habitaci&oacute;n.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/timon-azul_132_12887675.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 12 Jan 2026 17:00:23 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El timón azul]]></media:title>
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      <title><![CDATA[¿Perdón por qué?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/perdon_132_12881946.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6efa41bb-ac72-46db-abe9-b4437df63b7b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Perdón por qué?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Me acuerdo de los chicos en la Plaza Devoto comiendo el panchito de Peters extragrande con kétchup y papitas. Siempre fue mi sueño probarlo. Tampoco podía. No solo ese día, ningún día del año. Detestaba esa regla: la del cerdo como el demonio, intocable, el animal prohibido. </p></div><p class="article-text">
        Me despert&eacute; con los ruidos de mi panza, parec&iacute;a el sonido de un tractor en el medio del campo. La siesta dur&oacute; muy poco, quer&iacute;a que fuera m&aacute;s larga para que pasar&aacute; m&aacute;s r&aacute;pido el tiempo. No pod&iacute;a concentrarme en otra cosa m&aacute;s que en las galletitas de Oreo ba&ntilde;adas que estaban en la alacena de la cocina, ese paquetito transparente que dejaba ver la cobertura blanca y que al morderlas se sent&iacute;a esa combinaci&oacute;n perfecta del chocolate blanco derriti&eacute;ndose en la boca y lo crujiente de las galletitas. Bien empalagosas y carnosas. Me daba sed de solo pensarlo. 
    </p><p class="article-text">
        Me levant&eacute; de la cama y fui al ba&ntilde;o. Abr&iacute; la canilla y dej&eacute; correr el agua un rato largo. Contemplaba ese chorro como si fuese una maravilla del mundo. Estaba esforz&aacute;ndome por no tomar nada, y estaba atenta a no lavarme los dientes. Me sent&iacute;a sucia. La verdad que no entend&iacute;a, si cuando te lavabas los dientes no tragas el agua, &iquest;por qu&eacute; eso ser&iacute;a cortar el ayuno? Mi pap&aacute; dec&iacute;a que estaba prohibido por ley. Luch&eacute; contra mi sed y cerr&eacute; la canilla. Volv&iacute; refunfu&ntilde;ando a la cama y mir&eacute; al techo sin saber qu&eacute; hacer.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El otro d&iacute;a estuve hablando mal de la tarada de Michu porque se cree la mejor del grado y que por eso ella es la m&aacute;s importante. Entonces, hay que hacer silencio cuando ella habla, hay que dejarle los mejores lugares del pasillo para jugar al el&aacute;stico y hay que comprarle jal&aacute; los viernes en el kiosco. B&aacute;sicamente hay que venerarla solo porque es rubia, flaca y la m&aacute;s linda del shule.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El d&iacute;a del perd&oacute;n es el d&iacute;a m&aacute;s sagrado del a&ntilde;o para nosotros, un d&iacute;a para desconectar de todo y conectar con los sentimientos, para pedir perd&oacute;n por las cosas que hiciste mal, a los que ofendiste&rdquo;. Eso nos dec&iacute;an una y otra vez, en casa, en el shule, en el club&hellip; 
    </p><p class="article-text">
        Voy a pedir perd&oacute;n por lo de Michu. 
    </p><p class="article-text">
        Me acuerdo de los chicos en la Plaza Devoto comiendo el panchito de Peters extragrande con k&eacute;tchup y papitas. Siempre fue mi sue&ntilde;o probarlo. Tampoco pod&iacute;a. No solo ese d&iacute;a, ning&uacute;n d&iacute;a del a&ntilde;o. Detestaba esa regla: la del cerdo como el demonio, intocable, el animal prohibido. 
    </p><p class="article-text">
        El otro d&iacute;a fui al cumple de una de mis compa&ntilde;eras de ingl&eacute;s y no pod&iacute;a comer sanguchitos de jam&oacute;n y queso. No me import&oacute; mucho, aprovech&eacute; que nadie miraba, ni la mam&aacute; de la mi amiga, para met&eacute;rmelos en el bolsillo. Fui corriendo al ba&ntilde;o sintiendo esa adrenalina hermosa casi como si estuviese robando chicles en el kiosko de Chiche, y fue ah&iacute; cuando los prob&eacute; por primera vez. Eran raros, m&aacute;s salado que los de queso y huevo. Segu&iacute; masticando y saboreando hasta descifrar que era la combinaci&oacute;n perfecta. Me encantaron y, adem&aacute;s, sent&iacute;a el poder de la victoria.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mir&eacute; el reloj, todav&iacute;a faltaban tres horas para ir al templo, ya casi empezaba Chiquititas. Quer&iacute;a llorar, me lo iba a perder. Le hab&iacute;a pedido a Gladys que me lo ponga a grabar en cassette, as&iacute; lo ve&iacute;a al d&iacute;a siguiente. Era un secreto entre nosotras: yo le ped&iacute;a cosas que Estela si pod&iacute;a hacer porque era goy. Viv&iacute;a con nosotros, la ayudaba a mi mam&aacute; con la casa. No era parte de la familia, aunque para mi s&iacute;, era mi c&oacute;mplice.
    </p><p class="article-text">
        Mir&eacute; por la ventana de la pieza y ve&iacute;a pasar el colectivo lleno. La gente com&uacute;n segu&iacute;a trabajando, pero nosotros no, tampoco &iacute;bamos al shule. De eso no me quejaba, ten&iacute;a muchos m&aacute;s feriados que las girls. En eso ellas me envidiaban. Yo en cambio, mor&iacute;a por vestirme con sus looks de 47 Street y Scombro, por poder ir a la matin&eacute; o charlar con chicos en la plaza hasta cualquier hora.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me puse a ordenar un poco el placard y separ&eacute; la ropita blanca que me hab&iacute;a regalado mi mam&aacute; para estrenar a la noche. &ldquo;Representa la pureza&rdquo;, me dijo. El blanco no me gustaba, me hac&iacute;a gorda. En realidad, no s&eacute; si gorda, es como que me marcaba mucho las tetas. Mi bobe le hab&iacute;a dicho a mi mam&aacute; que ten&iacute;a que comprarme un corpi&ntilde;o m&aacute;s armado con aro, que ya estaba muy desarrollada. Mi compa&ntilde;era de banco ya los usaba, se le notaban debajo del uniforme. Quiz&aacute;s era una buena idea.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Volv&iacute; un rato m&aacute;s a la cama. De repente, en medio del silencio, escuch&eacute; el ruido del zumbido interrumpiendo mis pensamientos. Empec&eacute; a temblar, me hab&iacute;a olvidado el MSN prendido en la computadora del escritorio de mi pap&aacute;. Me iban a matar si se enteraban, as&iacute; que abr&iacute; la puerta muy despacio, mir&eacute; que no haya nadie y corr&iacute; en puntitas de pie para cerrar sesi&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Volv&iacute; al cuarto y prend&iacute; mi compu. Me hab&iacute;an regalado una para mi Bat Mitzva hac&iacute;a unos meses, pero todav&iacute;a ten&iacute;a la costumbre de usar la general. 
    </p><p class="article-text">
        Era obvio que era Rafa, el chico que hab&iacute;a conocido en el cyber. Nos la pas&aacute;bamos chateando todos los d&iacute;as cuando sal&iacute;amos del colegio. Aunque ahora yo iba menos porque hab&iacute;an puesto internet para toda la casa y ya no se ocupaba la l&iacute;nea de tel&eacute;fono.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Estaba dudando qu&eacute; hacer, si no le respond&iacute;a iba a pensar que era una boluda&hellip; Ya hab&iacute;a prendido la computadora, as&iacute; que era lo mismo. Estaba infringiendo la ley. Despu&eacute;s lo sumar&iacute;a a la lista de los perdones. Por las dudas, dej&eacute; la puerta entreabierta para escuchar si sub&iacute;a alguien.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Empezamos a chatear un rato y me cont&oacute; ya hab&iacute;a salido del cole y me preguntaba cu&aacute;ndo iba para el cyber. Claro, ahora que ya ten&iacute;a todo en mi pieza, mis pap&aacute;s dec&iacute;an que no ten&iacute;a sentido ir. Igual, me las ingeniaba para pasar una vez por semana, todos los mi&eacute;rcoles cuando iba sola a ingl&eacute;s. Dec&iacute;a que sal&iacute;a temprano como caminaba lento y porque me encontraba con las girls antes para ponernos al d&iacute;a y para que la profe no nos retara en clase por charlar tanto (y en castellano).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El problema era que ese mi&eacute;rcoles no pod&iacute;a ir a ingl&eacute;s porque est&aacute;bamos ayunando. 
    </p><p class="article-text">
        No quer&iacute;a cont&aacute;rselo a Rafa, era raro esto que hac&iacute;amos, en el fondo ni si quiera yo entend&iacute;a por qu&eacute; lo hac&iacute;amos. No quer&iacute;a que piense que era una freak. &iquest;Perd&oacute;n a qui&eacute;n? &iquest;Perd&oacute;n por qu&eacute;?
    </p><p class="article-text">
        Rafa era un chico super canchero y ten&iacute;a muchos amigos, iban con Sofi (una de las girls) juntos al grado del colegio m&aacute;s famoso del barrio. Mor&iacute;a por ir al Virgen Ni&ntilde;a, era enorme, ten&iacute;a teatro, pileta, cancha, de todo; adem&aacute;s, estaba enfrente de la plaza, a pocas cuadras de mi casa. A mi colegio ten&iacute;a que ir en combi y tardaba un mont&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Lo divertido de ir ah&iacute; era que todos los chicos siempre sal&iacute;an y se quedaban enfrente jugando, charlando, bailando. Estaba buen&iacute;simo. 
    </p><p class="article-text">
        Ten&iacute;a una cruz gigante en la entrada. Mis pap&aacute;s me explicaron que era su s&iacute;mbolo como nuestro Maguen David y que no pod&iacute;a ir ah&iacute; porque era un colegio de goys.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n, Rafa, que era gracioso y divertido, se la pasaba haciendo chistes todo el tiempo y le encantaba sentarse en la compu al lado m&iacute;o. A veces, me dol&iacute;a la panza de tanto re&iacute;rme con &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        Le invent&eacute; que la profesora de ingl&eacute;s me hab&iacute;a cancelado la clase y fue ah&iacute; cuando me dijo que me extra&ntilde;aba porque ya no me ve&iacute;a tan seguido. Que le parec&iacute;a muy linda y que ten&iacute;a ganas de invitarme a tomar unos licuados en la plaza alg&uacute;n d&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Le contest&eacute; que me encantar&iacute;a y un emoji de coraz&oacute;n. Me puse toda colorada, pero lo estaba disfrutando, se estaba haciendo realidad: iba a salir con Rafa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hasta que de pronto escuch&eacute; a mi pap&aacute; subir por las escaleras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Abr&iacute; los ojos como un b&uacute;ho, apagu&eacute; el monitor y salt&eacute; r&aacute;pido hasta la cama. 
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Mamele todo bien, c&oacute;mo venimos? Grit&oacute; mi pap&aacute; mientras segu&iacute;a subiendo. 
    </p><p class="article-text">
        Me asust&eacute; bastante, pero respond&iacute; que todo en orden, que estaba bien sin comer as&iacute; que volvi&oacute; a bajar. Sent&iacute; alivio, pero me hab&iacute;a transpirado toda, estaba tapada de la verg&uuml;enza y todav&iacute;a segu&iacute;a pensando en Rafa. Tambi&eacute;n iba a tener que pedir perd&oacute;n por esto en el templo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De pronto, me agarr&oacute; como un calor tremendo en el cuerpo, era intenso y se sent&iacute;a en todas partes. Sub&iacute;a desde los pies por las piernas y llegaba hasta mi vagina. Sent&iacute;a como un hormigueo extra&ntilde;o, pero no dol&iacute;a, era m&aacute;s bien atractivo. Sent&iacute; el impulso de ponerme la mano encima como si pudiera frenarlo. Pero me gust&oacute; m&aacute;s a&uacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Presion&eacute; fuerte y me dio otro cosquilleo. 
    </p><p class="article-text">
        Saqu&eacute; la mano.
    </p><p class="article-text">
        Me di cuenta de que mi respiraci&oacute;n era muy fuerte, estaba algo agitada.
    </p><p class="article-text">
        Volv&iacute; a poner la mano y me masaje&eacute; despacito. Me sorprend&iacute; de mis dedos, no sab&iacute;a que eran tan suaves. 
    </p><p class="article-text">
        Se empezaron a mojar. Era un l&iacute;quido transparente y pegajoso, como una boligoma. 
    </p><p class="article-text">
        El calor aumentaba y necesitaba m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Agarr&eacute; el almohad&oacute;n de felpa con forma de coraz&oacute;n que ten&iacute;a en la cama y me di vuelta. 
    </p><p class="article-text">
        Lo puse abajo m&iacute;o y empec&eacute; a frotarme sin parar. 
    </p><p class="article-text">
        La respiraci&oacute;n no me dejaba pensar. Se me cruzaban im&aacute;genes de Rafa y sus labios carnosos. 
    </p><p class="article-text">
        Segu&iacute;a. 
    </p><p class="article-text">
        Un poco con el almohad&oacute;n y otro poco me ayudaba con la mano. 
    </p><p class="article-text">
        Jadeaba, ten&iacute;a sed, estaba roja como un tomate. 
    </p><p class="article-text">
        Fantaseaba con colgarme la cadenita de Rafa con la cruz de su colegio.
    </p><p class="article-text">
        Quer&iacute;a tocarlo, darle un beso la pr&oacute;xima vez que lo viera, pero sab&iacute;a que estaba prohibid&iacute;simo. 
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de unos minutos, par&eacute;. 
    </p><p class="article-text">
        Me levant&eacute; despacio al ba&ntilde;o y fui a hacer pis. Ten&iacute;a mucho calor as&iacute; que me lav&eacute; la cara para hacer de cuenta que nada hubiese pasado. 
    </p><p class="article-text">
        Fuck. Me hab&iacute;a lavado la cara. No pod&iacute;amos lavarnos la cara, ni ba&ntilde;arnos, ni nada en el d&iacute;a del perd&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        La verdad, no ten&iacute;a ning&uacute;n sentido eso, pero igual me sequ&eacute; muy bien para que no se me notara y volv&iacute; al cuarto para prender el monitor. 
    </p><p class="article-text">
        Rafa me hab&iacute;a contestado: &iexcl;Buen&iacute;simo! &iexcl;Te veo la pr&oacute;xima y vamos caminando juntos a la plaza!&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De abajo, mis pap&aacute;s me gritaron que arranque a cambiarme, que pronto sal&iacute;amos. Cerr&eacute; todo r&aacute;pido. 
    </p><p class="article-text">
        Hab&iacute;an pasado 22 horas, lo estaba logrando. 
    </p><p class="article-text">
        Faltaban las &uacute;ltimas, pero esas iban a ser m&aacute;s f&aacute;ciles pens&eacute;, porque &iacute;bamos estar en el templo y me encontrar&iacute;a con mis amigos del shule.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me puse la ropita nueva y me mir&eacute; al espejo, mis pezones hinchados rozaban la blusita blanca. Sonre&iacute;. Me ve&iacute;a radiante. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/perdon_132_12881946.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 09 Jan 2026 17:00:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Perdón por qué?]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Jauría]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/jauria_132_12881936.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/22c7faae-e0c1-4f18-ab68-2e9a4e337b84_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Jauría"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Nuestro Dios no estaba muerto, nuestro Dios quería venganza. El fuego en nuestras entrañas quemaba una vez más.
</p></div><p class="article-text">
        Desde que tenemos memoria, nos sabemos distintas. En el tacto de quien nos cria siempre hubo hostilidad. Desde corta edad, si llor&aacute;bamos, &eacute;ramos silenciadas. Si interrump&iacute;amos al hablar, encontr&aacute;bamos el ardor de una cachetada lo suficientemente fuerte como para marcarnos el rostro por unas horas, quiz&aacute;s un d&iacute;a entero. Con el tiempo, aprendimos a callar incluso nuestros pensamientos. Nos volvimos mec&aacute;nicas, expertas en las tareas de la limpieza y el cuidado, copiando a nuestras madres igual de silenciosas, jam&aacute;s sonrientes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Guiadas por la audacia de la adolescencia, intentamos crear lenguajes propios, siempre dirigidas a otras, a iguales. Sab&iacute;amos que esta nueva lengua era s&oacute;lo nuestra, no pod&iacute;amos compartirla con nadie m&aacute;s, regla nunca dicha en voz alta y a&uacute;n as&iacute;, un dogma para todas. Creamos conversaciones enteras, comenzamos agregando silabas en t&aacute;ndem despu&eacute;s de cada vocal y con ese c&oacute;digo nos comunicamos. Durante varios meses mantuvimos di&aacute;logos enteros y nos cre&iacute;mos m&aacute;s astutas que el resto. re&iacute;mos invent&aacute;ndonos apodos, cuando a&uacute;n ten&iacute;amos nombres que distorsionar, cuando a&uacute;n los record&aacute;bamos. En ese momento &eacute;ramos muchas m&aacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tan acostumbradas a callar est&aacute;bamos que hab&iacute;amos aprendido a observar. En nuestra propia lengua nos compartimos hallazgos: aprendimos c&oacute;mo limpiar heridas, cu&aacute;l arroyo ten&iacute;a agua estancada y cu&aacute;l, potable. Una de nosotras, sab&iacute;a de hierbas para calmar la fiebre y otra, de t&eacute;s para lo nervios. Creemos que las madres algo sospecharon pero nunca dijeron nada, apenas se sorprendieron de nuestros aportes, parec&iacute;an entender de antemano cada hongo, planta y tratamiento. Tal vez lo aprendieron en su propia lengua inventada cuando a&uacute;n eran algo m&aacute;s que c&aacute;scaras vac&iacute;as. 
    </p><p class="article-text">
        Todo termin&oacute; una tarde, en pleno verano. Quiz&aacute;s se acerc&oacute; un adolescente intentando conquistarnos o quiz&aacute;s nos escuch&oacute; un padre, un hermano. Quiz&aacute;s alguna cur&oacute; una herida frente a un m&eacute;dico, que entre la envidia y la frustraci&oacute;n, nos se&ntilde;al&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Todas recordamos lo que vino despu&eacute;s. Los pu&ntilde;os cerrados de los padres chocando contra nuestros cuerpos, pint&aacute;ndolos de morado, los dedos marcados en nuestras gargantas, tatuando nuestra piel en rojo y la amenaza, <em>ped&iacute; perd&oacute;n o te mato </em>gritaron con una voz &uacute;nica en distintas casas. Todas, absolutamente todas nos disculpamos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No nos vimos por siete d&iacute;as. Mordimos nuestras manos, royendo las u&ntilde;as, separando la piel de a tiras. Sentimos placer al saborear el gusto de nuestra propia sangre, nos result&oacute; un banquete entre los platos escasos con los que nos manten&iacute;an con vida.
    </p><p class="article-text">
        Nuestras madres no nos hablaron, tampoco nos miraron ni con reproche ni con pena. No pod&iacute;an enojarse. Ya no pod&iacute;an sentir.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tras el castigo, nos falt&oacute; una. Sentimos su ausencia en cada pelo de nuestro cuerpo, cre&iacute;mos ver retazos de la tela de sus ropas arrastrados por el viento, acompa&ntilde;ados por ceniza y silencio. Nadie la nombr&oacute; ni nos atrevimos a preguntar por ella. Tampoco volvimos a hablar entre nosotras, ni en la lengua aprendida ni en la inventada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pasan los a&ntilde;os. Las madres desaparecen, mueren o envejecen, ya no sirven, ya no las vemos. No podemos extra&ntilde;arlas, no las conocemos. Tampoco podemos confiar en nosotras, apenas nos comunicamos con miradas, aprendimos que sobrevivir es ignorar, mirar un punto fijo por horas, hasta que los ojos ardan y aparezcan pintitas negras que dibujan una realidad paralela, una realidad nuestra. Nadie nos vigila, no hace falta. Nos sostenemos con ojos vac&iacute;os, imitando la rutina mec&aacute;nica de quien nos engendr&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        De repente, llegan hombres de otros lados. Llegan con sonrisas y regalos, con promesas de tierras lejanas, m&aacute;s felices. Supimos tener esperanzas, supimos creer en el amor. Conocemos los mitos de las que tienen suerte y son amadas. Nosotras tambi&eacute;n lo intentamos y poco dur&oacute;. Las que creyeron y se fueron a otras tierras, no volvieron. Otras, nos quedamos. Pasamos d&iacute;as, meses o incluso a&ntilde;os jugando al Eros, cre&iacute;mos que nuestra historia ser&iacute;a distinta pero un d&iacute;a se termin&oacute; porque siempre se termina. Un d&iacute;a algo se quiebra y nos miran distinto, con una frialdad nueva, un d&iacute;a no te aman m&aacute;s. Llegan tarde al principio o no llegan, no podemos preguntar en donde est&aacute;n. Les empezamos a aburrir, no tenemos tanto para contar y ellos lo saben. Dicen que nos repetimos y nos desesperamos. Tenemos la certeza de que su aburrimiento se va a transformar en desinter&eacute;s y el desinter&eacute;s, en odio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a pasa, un d&iacute;a no podemos m&aacute;s y pronunciamos todas las preguntas a la vez. Ellos que no tienen respuestas pero tambi&eacute;n saben que no tienen por qu&eacute; responderlas, nos acusan. Gritan en nuestra cara que estamos locas, que somos el origen de todos los males y que esparcimos la enfermedad de la debilidad a quien sea que nos toque, a quien sea que nos mire.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El m&aacute;s tranquilo de ellos, nos quiere domar, insiste con las reglas, las tareas, el punto justo de los golpes que padre o marido nos deben dar para curarnos de la condici&oacute;n con la que nacimos, de nuestra propia humanidad. Al principio, nos cuesta aceptarlo pero terminamos cediendo, creyendo que ellos saben m&aacute;s, que es mejor callar que quedarnos solas.
    </p><p class="article-text">
        A tantas de nosotras perdimos, tantas se fueron y no volvieron. A tantas se las llevaron y las lloramos a todas por igual, en silencio, sin molestar. Para ellas, no hay justicia, no hay entierros ni palabras ni monedas en las cuencas para que le puedan pagar a Caronte su entrada al m&aacute;s all&aacute;. No hay juicios ni arrepentimientos. Como no tenemos apellidos ni recordamos nuestros nombres, tampoco podemos rezar por ellas. No tienen l&aacute;pida porque no la podemos pagar. Nosotras, que no tenemos pertenencias ni deseos. Nosotras, a las que no est&aacute; bien visto pagarnos por trabajar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por eso cuando lleg&oacute; &Eacute;l no le cre&iacute;mos. Era distinto al resto de los hombres pero era un hombre igual. Mostraba sus brazos pero no su torso, era hermoso. Todas lo sab&iacute;amos, ten&iacute;a en sus ojos la calidez y la rebeld&iacute;a de nuestra adolescencia, su cintura marcada y su pelo que descend&iacute;a en diagonal, entre rizos desnivelados que le daban un aspecto casi femenino.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lo ignoramos por d&iacute;as, semanas, pero &eacute;l continu&oacute; encontr&aacute;ndonos, volv&iacute;a cada d&iacute;a, siempre sonriente. No nos ped&iacute;a cosas, solo insist&iacute;a en ayudar. Lo vimos junto a las mujeres que lavaban la ropa al rayo del sol, lo vimos cuidar a los ni&ntilde;os, lo vimos cada d&iacute;a y de a poco, lo empezamos a saludar. Ante su presencia, nuestras mejillas tiesas, sin arrugas ni expresi&oacute;n, sufr&iacute;an contracciones involuntarias. Al principio no entendimos, pero de a poco comenzamos a recordar las instrucciones para sonre&iacute;r. &Eacute;l tambi&eacute;n empez&oacute; a confiar, o quiz&aacute;s confi&oacute; siempre. En su compa&ntilde;&iacute;a, la realidad cambiaba, pod&iacute;amos ver el viento como agua abraz&aacute;ndolo, lamiendo cada cent&iacute;metro de tu piel, convenci&eacute;ndonos de dejarnos llevar por la corriente mientras flotamos tranquilas, en paz.
    </p><p class="article-text">
        Pasamos d&iacute;as enteros juntos, compartiendo silencios con la tranquilidad de que al levantar la mirada, &eacute;l iba a estar. No &eacute;ramos iguales, pertenec&iacute;amos a distintas especies, pero se sent&iacute;a como si todas nosotras y &eacute;l, fu&eacute;semos animales que se encuentran y conviven, que necesitan de la simbiosis para sobrevivir.
    </p><p class="article-text">
        A su alrededor, la naturaleza ced&iacute;a. La l&iacute;nea del agua se desdibujaba y los r&iacute;os parec&iacute;an dejarlo pasar, los &aacute;rboles se estiraban para saludarlo y hasta la serpiente se volv&iacute;a leal. Comprendimos entonces, que as&iacute; deb&iacute;a verse un Dios y reci&eacute;n entonces empezamos a confiar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se sabe Dios y se presenta en el pueblo, es rechazado. Los hombres se burlan de &eacute;l aunque a trav&eacute;s de las cuencas de sus ojos se puede ver el miedo. Lo notaron diferente y ellos odian todo aquello no sea como ellos, que no apeste a licor, a humo, a golpes y pelea. A&uacute;n m&aacute;s odian a quien tenga el poder que ellos creen merecer. Se burlan e intentan atacarlo pero no pueden. &Eacute;l esquiva cada golpe pero no se defiende. En cambio, se anuncia Dios una vez m&aacute;s y se deja atrapar. Ellos lo atan con sogas que ajustan con fuerza pero despu&eacute;s caen; incluso la materia que no siente lo respeta.&nbsp;&Eacute;l se retira anunciando que s&oacute;lo tendr&aacute;n dos horas para aceptarlo como el hijo de un Dios y un Dios en s&iacute; mismo. Los hombres r&iacute;en a sus espaldas pero tienen miedo. Dudan de nosotras y de sus propios ojos, de sus sogas que no los obedecen. 
    </p><p class="article-text">
        Nosotras sabemos que un hombre con miedo es un hombre que ataca. Nosotras, que aprendimos a sobrevivir, observamos. Sabemos que los hombres que no llegan a cenar son hombres que no se van a rendir. Sabemos que est&aacute;n reunidos, que planean la resistencia, que van a luchar. Nosotras nos decidimos, vimos a la naturaleza doblegarse ante &eacute;l, vimos su belleza, bebimos de su paz y no dudamos de su ira.
    </p><p class="article-text">
        Nos escapamos y lo buscamos en el bosque en donde creemos que duerme, aunque no sabemos bien si tiene la necesidad de dormir. Algo dentro nuestro fluye como un rio y la corriente nos lleva a su lugar. Nosotras, que aprendimos a ver con ojos vac&iacute;os, no necesitamos luces para ver en la oscuridad, sabemos donde doblar aunque no podamos explicarlo. Pisamos exactamente donde deber&iacute;amos, como si el mismo pasto se hiciera a un lado para dejarnos pasar.
    </p><p class="article-text">
        Lo encontramos rodeado de tambores tocados por hombres distintos, de ojos c&aacute;lidos pero sin fuego ni licor u odio, ojos sin venganza. Hombres que nunca vimos aunque creemos conocerlos, hombres que lo aceptaron y que bailan a su alrededor. Uno de ellos se mece en los brazos de la deidad, enhebrando sus dedos entre el pelo largo rizado de un Dios que si teme, no lo demuestra, en cambio r&iacute;e. Ambos r&iacute;en. La alegr&iacute;a de su abrazo es contagiosa, por primera vez en a&ntilde;os nos miramos entre nosotras, nos recordamos y abrazadas, sentimos la vibraci&oacute;n de la tierra ascendiendo por nuestras piernas, trepando por nuestra garganta, record&aacute;ndole a nuestras cuerdas vocales el sonido de nuestros nombres. Electrizadas por la m&uacute;sica y la euforia, empezamos a bailar.
    </p><p class="article-text">
        Los tambores suenan entre ecos y los ojos hipn&oacute;ticos de los hombres buenos nos observan. Una danza sin reglas, un frenes&iacute; de cuerpos que se mueven en distintas direcciones, ajenos a cualquier mirada. Bailamos hasta que cae la noche. 
    </p><p class="article-text">
        El fuego crece en el centro del bosque pero no es de un rojo furioso sino de un azul intenso, pareciera escapar de la fogata y extenderse como lenguas a trav&eacute;s de la tierra hasta abrazarse a nuestros pies. La piel nos arde afiebrada y las ropas nos pesan, nos pican, nos queman; las arrancamos ayud&aacute;ndonos entre nosotras. El fuego sigue creciendo, nuestra piel arde hacia adentro, calentando nuestros tegumentos, m&uacute;sculos y venas, asciende por nuestra columna vertebral, encendiendo nuestro pecho y contin&uacute;a subiendo, liberando nuestras gargantas cerradas de palabras que no se pronunciaron, de lenguajes inventados. Sube hasta que solo podemos ver con los ojos de la ira.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Recordamos, entonces, cada pregunta sin responder, cada sue&ntilde;o pisoteado, cada comentario sobre nuestros cuerpos, cada vapor et&iacute;lico de un hombre borracho al que no le importamos m&aacute;s, al que quiz&aacute;s no le importemos nunca porque solo piensa en s&iacute; mismo y su voz, que siempre tuvo que sonar m&aacute;s fuerte. Usamos nuestras ropas encendidas como antorchas y, aun danzando, bailamos en una procesi&oacute;n hacia el pueblo. Acompa&ntilde;amos la danza cantando y riendo, como grito de guerra. No nos import&oacute; que nos pudieran escuchar, el fuego en nuestro pecho nos hablaba con la voz del Dios, y supimos que esa noche serian ellos quienes no iban a poder escapar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Divididas entramos a cada casa, ma&ntilde;ana no recordaremos si las puertas ten&iacute;an llave o si estaban bloqueadas, sabemos que esa noche no nos cuesta entrar. Uno por uno, encontramos a los hombres en sus mesas gritando con sus vasos, conspirando entre s&iacute; o en las camas bufando, reclam&aacute;ndonos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A todos los atacamos, cortamos sus carnes con nuestros dientes que parecen afilarse como los de las bestias. Rasgamos sus pieles chiclosas y saladas del sudor, saboreamos el miedo ahumado en sus cuellos. Exploramos capa por capa a trav&eacute;s de sus m&uacute;sculos y apretamos, cortando sus car&oacute;tidas y recibiendo de a chorros la sangre con gusto a comuni&oacute;n. Los miramos a los ojos mientras la vida los abandona, sentimos crecer el fuego y nuestro Dios se volv&iacute;a m&aacute;s fuerte alimentado por el sacrificio de un hombre con miedo.
    </p><p class="article-text">
        Encendemos cada hogar con nuestra piel, las llamas parec&iacute;an brotar de los pellejos mordidos de entre nuestras u&ntilde;as. Reducimos la ciudad entera al rojo, al negro, al gris ceniza.
    </p><p class="article-text">
        No escuchamos sus gritos, pero seguramente gritaron. No sentimos la fuerza de sus brazos al defenderse aunque probablemente se defendieron.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Nuestros brazos ya no eran finos ni d&eacute;biles, sino gigantescos, de piel gruesa, opaca. Pod&iacute;amos verlos juntos, nuestros pu&ntilde;os y los de &Eacute;l, golpeaban a la par. El fuego no parec&iacute;a afectarnos, nuestra piel no hac&iacute;a m&aacute;s que abrazarse a las llamas, mientras que los dientes, ya colmillos, cortaban, rasgaban y arrancaban de a jirones la piel de aqu&eacute;l que no nos quiso amar. Saboreando en nuestros labios el sabor met&aacute;lico de su carne, nos fundimos en el placer. Nos gust&oacute; tanto que elegimos una porci&oacute;n y la llevamos a las afueras, al fog&oacute;n. Como ofrendas, entregamos las partes m&aacute;s jugosas del fest&iacute;n y a la sangre de sus carnes &Eacute;l, la convirti&oacute; en vino.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Juntos, brindamos, compartiendo entre todo el primer gran banquete; comimos y bebimos de sus cuerpos. Arrancamos la fuerza de los hombres con cada mordida, su lujuria y su gula tambi&eacute;n recorri&oacute; nuestros cuerpos. Nos fundimos en una &uacute;nica entidad, una &uacute;nica bestia, micelios de un hongo del que no se sabe d&oacute;nde termina. Todos &eacute;ramos manos, nuestra era cada piel siendo besada, nuestras piernas temblaron juntas al acabar y eran tambi&eacute;n nuestras mismas bocas las que lam&iacute;an cada una de las pelvis elevadas, vibrantes. Juntos, todos, explotamos. Hombres y mujeres, dioses y humanos.
    </p><p class="article-text">
        No fue hasta el d&iacute;a siguiente que encontramos el cuerpo del Dios, con sus brazos y piernas sangrando y una &uacute;nica flecha clavada en el centro del pecho. Estaba cubierto de sangre seca, oscura como la tinta, prueba de que el crimen hab&iacute;a pasado horas atr&aacute;s. A su alrededor, la naturaleza mor&iacute;a para despedirlo. Un halo marr&oacute;n de pasto podrido y flores marchitas lo enmarcaban.
    </p><p class="article-text">
        No faltaba nadie y ninguno de los presentes era el culpable. Abrazamos juntas al Dios que ya p&aacute;lido y r&iacute;gido, lloraba y de sus l&aacute;grimas que ca&iacute;an sobre su pecho, amado por todos, temido por quienes ya no pod&iacute;an temer, crecer&iacute;a la primera vid. Al levantar los ojos, sin embargo, vimos por primera vez con los ojos del odio. Un odio que ning&uacute;n hombre, ning&uacute;n humano deber&iacute;a sentir pero nosotras sentimos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Nuestro Dios no estaba muerto. Nuestro Dios quer&iacute;a venganza, el fuego en nuestras entra&ntilde;as quemaba una vez m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Volvimos a olvidar nuestros nombres. No recordamos tampoco a aquellas a las que perdimos, a las que enterraron sin ritual. No nos importa ni queremos recordar, ahora nos nombramos juntas. Somos una jaur&iacute;a danzante que lo acompa&ntilde;a y lo abraza. Llevamos a cuestas su cuerpo que no se descompone. A nuestro paso, la naturaleza muere.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Recorremos caminos inmensos, completamente descalzas. Tambi&eacute;n nosotras nacemos otra vez, con cuerpos desnudos y ojos de ira. Ya no necesitamos comer ni tomar, nos alimentamos de su deseo, su ira y su sangre hecha vino. Los hombres que lo niegan se ocultan a lo lejos, cuentan los vientos hechos mujeres que tratar&aacute;n mejor a los dem&aacute;s, ahora que respetan a la furia del bacanal.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/jauria_132_12881936.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 07 Jan 2026 17:00:34 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Jauría]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Celibato y Milanesas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/celibato-milanesas_132_12881914.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/13f0ffd3-e239-467c-a176-d6e5b1c6853f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Celibato y Milanesas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cuando entiendo que no hay vuelta atrás, bajo a la cocina. Abro la heladera y saco las milanesas, un poco de puré de papa, los ravioles y unas empanaditas de queso del freezer. También dejo afuera una de las copas Cindor para que vaya perdiendo frío. 
</p></div><p class="article-text">
        Mam&aacute; se sienta en su escritorio y se pone los anteojos. Mira medio achinada y hace doble clic en el archivo de Excel que dice &ldquo;plan semanal&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es el ritual de cada domingo. Se sienta y tipea. Tiene al lado la hoja que le dio la nutricionista a la que me arrastra el segundo martes de cada mes para pesarme y ajustar la dieta. Lee la hoja con atenci&oacute;n, frunce el ce&ntilde;o, piensa y toma nota con un l&aacute;piz en los m&aacute;rgenes ya mamarracheados de semanas anteriores.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A mam&aacute; le toma una hora el proceso de planificar mi semana entera y ponerla en una tabla que imprime orgullosa. Pegadas en la puerta de la heladera hay dos hojas: una con mi nombre y una con el de mi hermano. Mis casilleros est&aacute;n completos. La hoja de mi hermano tiene todos los casilleros vac&iacute;os.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La nutricionista dice que si sigo el plan al pie de la letra en 4 o 5 meses voy a haber bajado todo lo necesario y entrar&iacute;amos en etapa de mantenimiento, pero estamos en Octubre, no tengo 4 o 5 meses. Ya no hay camperas abrigadas o jeans largos para disimular.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me enfrento a la &uacute;nica realidad: nunca voy a poder dejar de tener flotadores, nunca voy a pasar un verano en bikini y nunca me voy a dar un beso con Juli&aacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tengo que tomar medidas m&aacute;s extremas&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cada vez que como pienso en el esfuerzo, en las horas de hambre perdidas. Pienso en lo hinchada que voy a estar al d&iacute;a siguiente. Puedo imaginarme el bot&oacute;n del pantal&oacute;n clav&aacute;ndose justo por debajo de mi ombligo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tengo hambre todo el tiempo. Soplo las velitas hace a&ntilde;os pidiendo el mismo deseo: quiero comer sin engordar. Uso los tres deseos en eso. Pero hay algo del hambre que me despierta cierto placer: el vac&iacute;o, la sensaci&oacute;n de estar ganando, de ser m&aacute;s fuerte que mi cuerpo. Cuando tengo hambre, yo tengo el control. Y cuando yo tengo el control, siento que todo es un poco m&aacute;s posible.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El tiempo m&aacute;ximo que aguanto sin comer nada de nada es de tres d&iacute;as. Los paso a agua y t&eacute; con edulcorante. Si, en cambio, me como una manzana por d&iacute;a, puedo llegar a aguantar hasta una semana entera sin hacer ninguna comida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los primeros d&iacute;as me siento poderosa. Triunfante. Soy due&ntilde;a de m&iacute; misma. Pero a medida que me acerco al d&iacute;a cinco, aparece el miedo. Asoma una peque&ntilde;a incertidumbre. Tengo fr&iacute;o. &iquest;Estar&iacute;a muy mal tomar un caldo a la hora de la cena? Me calmo dici&eacute;ndome <em>qu&eacute; bueno</em>, que tal vez ma&ntilde;ana, que si cumplo los ocho d&iacute;as de la dieta de la manzana, puede ser.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al d&iacute;a seis solo puedo pensar en ese caldo salado que en mi cabeza, ya tiene pedacitos de calabaza hervida dando vueltas. Son cuatro, nada m&aacute;s, me repito. Y me contesto que quiz&aacute;s al d&iacute;a ocho.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a siete estoy mareada. No me siento yo misma. No pienso bien. Estoy cansada de la manzana.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Negocio: &iquest;y si la cambio por una pera, o un pepino? Y ah&iacute; es donde caigo. Mi error est&aacute; en romper la rutina. Salirme del plan. Esa peque&ntilde;a indulgencia me descoloca. Mi cuerpo recuerda que existen los sabores, mi boca se llena de saliva y la panza me ruge.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Solo puedo pensar en que, en la heladera, est&aacute; el tupper lleno de milanesas con el nombre de mi hermano escrito con marcador indeleble en la tapa: HERNAN. Que tambien
    </p><p class="article-text">
        hay otro con sus sobras de ravioles de la cena de ayer. Que en la alacena le quedan tres paquetes de Oreo, y que ayer lo vi guardando dos copas Cindor en el freezer.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me quedo quieta, sentada en mi cama. Siento el vac&iacute;o. Trato de recordarme por qu&eacute; estoy haciendo esto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; estoy haciendo esto? &iquest;Tiene sentido? &iquest;Lo vale? &iquest;Vale la pena todo este trabajo?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Empiezo a balancearme en la cama. Pienso, hago cuentas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Negociemos, me digo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Listo. Ya perd&iacute;. Otra vez arruin&eacute; todo&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando entiendo que no hay vuelta atr&aacute;s, bajo a la cocina. Abro la heladera y saco las milanesas, un poco de pur&eacute; de papa, los ravioles y unas empanaditas de queso del freezer. Tambi&eacute;n dejo afuera una de las copas Cindor para que vaya perdiendo fr&iacute;o.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Abro el tupper con los ravioles y los como sin calentarlos. Les agrego un poco de queso rallado que se apelmaza con la crema en la que estaban nadando. Me los como uno atr&aacute;s del otro. No son tantos: cuento ocho. Paso un pan para recolectar los restos de crema y sigo con las milanesas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Corto un pedazo bien grande en tiritas, que voy adornando con mayonesa y k&eacute;tchup, y unto en el pur&eacute; de papas. Los como como si fueran grisines, mientras las empanaditas de queso se calientan en el microondas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Abro el microondas y saco una para comer mientras se siguen calentando las otras tres. Est&aacute; bien: cuatro, porque son de copet&iacute;n. No es tanto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando termino con lo salado, abro la copa Cindor. Me la termino en dos cucharadas. Voy a la alacena y agarro un paquete de Oreo para raspar lo que queda de chocolate adentro de la copa, y me como el resto de las galletitas solas. Reci&eacute;n cuando termino de masticar la ultima vuelvo a mirar a mi alrededor y me doy cuenta de lo que hice.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Empiezo a guardar todo para no dejar rastro, me cuesta respirar. Mi panza es una pelota dura y caliente. Siento el gusto de las oreo mezclado con milanesa y las piernas se me salen de control. Esto puede significar una sola cosa. Corro al ba&ntilde;o y sin tiempo de cerrar la puerta me abalanzo contra el inodoro y dejo que todo mi banquete salga. Vomito fuerte, vomito mucho, vomito con ruido. En cuanto recobro la conciencia del mundo real tiro la cadena para que no vaya a verlo mi mam&aacute;, que entra al ba&ntilde;o 5 segundos despu&eacute;s, se tira al piso y me saca el pelo de la cara.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; pas&oacute;, mi amor? &mdash;me dice, pas&aacute;ndome la mano h&uacute;meda por la nuca. &mdash;No s&eacute;, Ma &mdash;le respondo&mdash;, estaba lavando los platos y se me revolvi&oacute; el est&oacute;mago&hellip;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iexcl;Ay, mi vida! Pobrecita. Bueno, hoy se cena caldito y nada m&aacute;s, as&iacute; le damos respiro a tu pancita. Y pensemos en el lado positivo: &iexcl;ma&ntilde;ana seguro le ganaste un kilito a la balanza!&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La miro con media sonrisa, bajo la cabeza y pienso: Ma&ntilde;ana vuelve el contador a cero.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/celibato-milanesas_132_12881914.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 05 Jan 2026 17:00:31 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Celibato y Milanesas]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una distracción]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/distraccion_132_12551684.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/82171c22-e2f9-4e7c-bd23-89c3d62d8ac5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una distracción"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hasta que sentí una mano torpe en mi brazo derecho. No me acariciaba ni me golpeaba,  sólo se apoyaba. Me tapé la cara y giré la cabeza abriendo un poquito los dedos para ver entre  medio. Mis ojos se encontraron con los de Felipe.</p></div><p class="article-text">
        	Empezaba cuarto grado y por un destino gordo y apurado, fui la primera a la que le  empezaron a salir tetas. Dol&iacute;an y me costaba hacer las cosas que todas mis compa&ntilde;eras hac&iacute;an.  Mi cuerpo empezaba a sobresalir. Ya no era la deformidad de una ni&ntilde;a creciendo. Era una  gorda. Cambiaba m&aacute;s r&aacute;pido que todas mis amigas. Las caderas se me ensanchaban y la grasa  de mi cuerpo empezaba a tener olores raros que no pod&iacute;a combatir solamente con duchas largas. 
    </p><p class="article-text">
        	El verano hab&iacute;a terminado y volv&iacute;amos a clase. Un poco con la emoci&oacute;n de encontrarnos  con los amigos que solo ve&iacute;amos en la escuela, otro poco con la decepci&oacute;n de que esa emoci&oacute;n  duraba poco. Cristina Medallero era nuestra nueva maestra de matem&aacute;tica y ciencias naturales.  As&iacute; se present&oacute;, escribiendo su nombre en el pizarr&oacute;n mientras sus u&ntilde;as largas pintadas de negro  rozaban la madera y nos hac&iacute;a retorcer en nuestras sillas blancas sin quejarnos. 
    </p><p class="article-text">
        	Nos sent&oacute; mujeres con varones porque las maestras cre&iacute;an que entre nosotros no  habl&aacute;bamos. A m&iacute; me hab&iacute;a tocado con Felipe Ju&aacute;rez, que no era el m&aacute;s lindo del grado pero s&iacute;  el m&aacute;s bueno. Compart&iacute;a los sanguches y los alfajores aunque no hubiera desayunado y no le  gustaba tirarles pelotazos a las chicas. Las maestras lo detestaban porque nunca hac&iacute;a la tarea,  se sacaba malas notas, ten&iacute;a muchos errores de ortograf&iacute;a, era muy desprolijo y nunca se le  entend&iacute;a la letra. A m&iacute; me gustaba que dibujara los m&aacute;rgenes de las hojas siempre con los  mismos personajes: un pato con sombrero y un hombrecito con barba. &ldquo;Un d&iacute;a vi una foto de  mi pap&aacute; y era as&iacute;&rdquo; me dijo la primera vez que lo dibuj&oacute;. 
    </p><p class="article-text">
        	Cuando me sent&eacute; en mi banco, Felipe se me acerc&oacute;. Ten&iacute;a mal aliento pero no me  import&oacute; porque sus ojos azules parec&iacute;an m&aacute;s grandes a la ma&ntilde;ana: 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Hay olor a pedo pero no fui yo&mdash; dijo. 
    </p><p class="article-text">
        	Me tap&eacute; la nariz y me re&iacute; bajito. Pas&oacute; Selena por nuestro banco y frunci&oacute; la nariz, pero  no dijo nada. Ella era as&iacute;, sus caras dec&iacute;an m&aacute;s cosas que sus palabras y eso me molestaba m&aacute;s 
    </p><p class="article-text">
        	que cualquier buch&oacute;n del grado. No la hab&iacute;a visto en todo el verano porque no era mi amiga ni  ven&iacute;a a mi casa. El bronceado que hab&iacute;a tra&iacute;do de Mar del Plata le resaltaba el pelo rubio. Usaba  ropa muy delicada, con volados blancos que nunca estaban manchados. Pero lo que m&aacute;s le  miraba era la cartuchera. Una cajita de metal que, al abrirse, desplegaba dos pisos m&aacute;s, con  botones que abr&iacute;an m&aacute;s cajoncitos para poner muchas cosas secretas. Aunque una vez me hab&iacute;a  dejado tocarla y no ten&iacute;a nada secreto ah&iacute;, s&oacute;lo una goma de borrar y un sacapuntas. A ella le  tocaba sentarse con Pedro. Sent&iacute; un revoltijo. Eran muy lindos los dos y me pon&iacute;a nerviosa  verlos tan cerca. 
    </p><p class="article-text">
        	Cuando ella estuvo de espaldas, hice cara de vieja concheta. Felipe no se aguant&oacute; la  carcajada. Cristina Medallero nos cay&oacute; con la mirada y empez&oacute; a preguntar nuestros nombres. 
    </p><p class="article-text">
        	-&mdash;Igual no me voy a acordar de ninguno hasta mitad de a&ntilde;o. Porque yo soy profesora  de matem&aacute;tica y las letras no son lo m&iacute;o&mdash; dijo antes de que alguien abriera la boca. 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;&iquest;Entonces por qu&eacute; no nos pone n&uacute;meros?&mdash; respond&iacute; yo, sin levantar la mano y en  voz muy alta. El respeto inc&oacute;modo que se estaba ganando Cristina Medallero se descuartiz&oacute; a  sangre fr&iacute;a con el estallido de veintitr&eacute;s risas. Veintitr&eacute;s, estoy convencida de que Cristina habr&aacute;  so&ntilde;ado infinitas veces con ese n&uacute;mero. Porque se sobresalt&oacute; en su lugar, se puso roja y me mir&oacute;  fijo a los ojos. Eran negros, parec&iacute;an llenos de sangre. Me dio piel de gallina, como cuando  aguantaba las ganas de hacer caca en medio de una clase silenciosa. Pero mis compa&ntilde;eros, con  los mocos salidos de la risa, me hab&iacute;an dado el impulso fren&eacute;tico y empec&eacute; a enumerar a todos. 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Priscila, vas a ser el ocho. Carolina, veintid&oacute;s. Pedro, el cuatro coma uno. Vos,  Felipe&mdash; Fing&iacute; duda porque mis compa&ntilde;eros se re&iacute;an con mucha fuerza&mdash; Vos vas a ser el seis.  Valent&iacute;n el tres cuartos&mdash; algunos se hab&iacute;an tirado al piso mientras se agarraban la panza&mdash; Carlitos, el menos ocho&mdash;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iexcl;Che!&mdash; Se quej&oacute; &eacute;l&mdash; &iquest;por qu&eacute; un negativo? 
    </p><p class="article-text">
        	Cristina miraba a su alrededor buscando un salvavidas o una metralleta. Se puso firme  sobre sus pies y, d&aacute;ndole un golpe seco a su escritorio, grit&oacute;: 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;SILENCIO&mdash; 
    </p><p class="article-text">
        	No s&eacute; si yo hab&iacute;a querido preguntar eso de verdad o si era una burla a prop&oacute;sito. Cuando  llegu&eacute; a mi casa, corr&iacute; al ba&ntilde;o y cerr&eacute; la puerta. Me mir&eacute; al espejo, busqu&eacute; mi mirada extasiada  y repet&iacute; la misma pregunta que le hab&iacute;a incomodado tanto a Cristina Medallero. Vi mi cara de  duda, mis pelos despeinados, vi como la ceja derecha se me levantaba sola cuando preguntaba  algo, como se me hac&iacute;a papada cuando algo me sorprend&iacute;a, vi como los cachetes se me inflaban,  como arrugaba la nariz, escuch&eacute; mi tono de voz. En el espejo del ba&ntilde;o, que era para mirarse a  los ojos y no como el de mi cuarto, que era para mirarse la panza. Me di cuenta que, para que  nadie viera mi cuerpo gordo, yo pod&iacute;a ser graciosa. Qu&eacute; esa era mi distracci&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        	Los d&iacute;as siguientes fueron hermosos. Yo gritaba cada vez que entraba una paloma al  pasillo y mis compa&ntilde;eros sal&iacute;an a correrla en medio de la clase. Com&iacute;a galletitas como un rat&oacute;n  mientras aprend&iacute;amos ecuaciones y ellos se mor&iacute;an de la risa. Cuando Cristina hablaba de  espaldas, escribiendo en el pizarr&oacute;n, yo hac&iacute;a la m&iacute;mica de su voz y cuando se daba vuelta todos  se dejaban de re&iacute;r y disimulaban muy mal. Empec&eacute; a insultar mucho. Hac&iacute;a combinaciones de  puteadas y despu&eacute;s las repet&iacute;amos en toda la escuela. Nuestra preferida era: sorete de boludo. 
    </p><p class="article-text">
        	Con las risas estallando entre las clases, los varones se empezaron a fijar en m&iacute;. Ser  graciosa me hac&iacute;a linda. Pero no linda como era Selena, que era linda como las chicas que sal&iacute;an  en la tele. Era linda de otra forma y gustaban de m&iacute; los chicos que no eran lindos como los de  <em>&ldquo;Floricienta&rdquo; </em>pero eran graciosos y hac&iacute;an regalos buen&iacute;simos. Como esos chicos gustaban de  m&iacute;, los varones que s&iacute; eran lindos como los de la tele, empezaron a mirarme. Pedro fue el primer 
    </p><p class="article-text">
        	lindo con el que me di un beso. Nos hicimos novios en un cumplea&ntilde;os, jugando a la botellita.  A m&iacute; me tocaba darme un beso con Felipe, pero &eacute;l se puso muy rojo y yo dije mejor jugamos a  otro juego. Pedro respondi&oacute; que no, que el que toca-toca y yo dije si no quiero no juego, tarado.  Entonces tiramos otra vez, dijo Pedro, y la botella fren&oacute; en &eacute;l. Yo me animo, dijo y nos dimos  un pico mientras nuestros amigos se empujaban y re&iacute;an. 
    </p><p class="article-text">
        	Yo iba m&aacute;s contenta al colegio y no dejaba que mi pap&aacute; me hiciera esa colita tirante  con la que se me ve&iacute;a el cuero cabelludo. Empec&eacute; a peinarme sola. Me hac&iacute;a la linda, escrib&iacute;a  cartas, las decoraba y me lavaba mucho los dientes antes de salir de casa. 
    </p><p class="article-text">
        	Cristina me odiaba cada d&iacute;a un poco m&aacute;s. Me gritaba, me hac&iacute;a salir del aula y me  llevaba a direcci&oacute;n de un brazo. Estoy segura de que yo fui la primera persona peque&ntilde;a que  Cristina Medallero odi&oacute; con todas sus fuerzas. No s&oacute;lo porque ve&iacute;a su cara roja hincharse con  cada chiste que sal&iacute;a de mi boca, sino porque tambi&eacute;n me lo hac&iacute;a saber de maneras crueles  disfrutando cada venganza con un regocijo sin culpa. Yo era p&eacute;sima en matem&aacute;tica y le  encantaba hacerme pasar al pizarr&oacute;n y decir &ldquo;esto no es un error, es un horror&rdquo;. Me calificaba,  con lo que me merec&iacute;a, pero con una felicidad que nunca le vi ni le iba a ver. Escrib&iacute;a &ldquo;UNO&rdquo;  en letras grandes y de colores. A m&iacute; mucho no me importaba porque hab&iacute;a aprendido a  esconderle las pruebas a mi mam&aacute; y s&oacute;lo le mostraba los ex&aacute;menes de lengua y los proyectos  de tecnolog&iacute;a. Los castigos ven&iacute;an despu&eacute;s, cuando llegaba el bolet&iacute;n. Pero mientras tanto val&iacute;a  la pena. 
    </p><p class="article-text">
        	Una ma&ntilde;ana Felipe entr&oacute; al aula con una sonrisa enorme y corri&oacute; hasta nuestro banco. &mdash;Mir&aacute;, te va a encantar&mdash; 
    </p><p class="article-text">
        	Me gustaba que me conociera. Sac&oacute; una bolsita roja, la apret&oacute; y sali&oacute; un ruidito de pedo.  Nos re&iacute;mos a la vez
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Usala vos, a mi me da verg&uuml;enza.&mdash; 
    </p><p class="article-text">
        	Cristina entr&oacute; al aula. Siempre ten&iacute;a ojeras grandes que disimulaba pint&aacute;ndose los  p&aacute;rpados de azul. Felipe me dio un empujoncito de codo a codo. Yo sostuve la bolsita roja y  cuando Cristina se sent&oacute;, la apret&eacute;. Un brusco y fuerte ruido a pedo hizo que hasta la se&ntilde;ora que  tra&iacute;a la leche en un carrito sacara una carcajada sorpresiva. Cristina Medallero me mir&oacute; y apret&oacute;  los dientes. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Dame eso&mdash; Me dijo. 
    </p><p class="article-text">
        	Cuando le di la bolsita de pedos agarr&oacute; un comp&aacute;s, la explot&oacute; y la revole&oacute; al tacho de  basura. Nadie dijo nada. Todos mis compa&ntilde;eros se hab&iacute;an quedado en silencio. Me sent&iacute; m&aacute;s  sola que nunca, frunc&iacute; el ce&ntilde;o y les dije: 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Traidores&mdash; Se rieron pero yo no. Ese d&iacute;a me la pas&eacute; callada hasta que Felipe apareci&oacute;  en el recreo con una tira de mielcitas 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No te enojes. A nosotros la bruja nos da miedo.&mdash; 
    </p><p class="article-text">
        Le sonre&iacute; mientras mord&iacute;a la punta del pl&aacute;stico. 
    </p><p class="article-text">
        	Mientras tanto, las maestras cuchicheaban que Cristina no nos pod&iacute;a controlar, que por  qu&eacute; mejor no se jubilaba de una vez, que nunca tuvo verdadera vocaci&oacute;n y cuando ella pasaba  por al lado, le sonre&iacute;an. 
    </p><p class="article-text">
        	Un d&iacute;a, corriendo para llegar al bufete antes de que sonara el timbre, pas&eacute; por la puerta  de la sala de profesores y escuch&eacute; a la directora grit&aacute;ndole a alguien. Me acerqu&eacute; para espiar  por el espacio de la puerta entreabierta. Sentada enfrente de la directora estaba Cristina 
    </p><p class="article-text">
        Medallero, que se miraba las piernas mientras se le ca&iacute;an l&aacute;grimas sobre el pantal&oacute;n clarito. La  directora le gritaba 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;&iquest;C&oacute;mo puede ser Cristina? se supone que usted tiene profesi&oacute;n, experiencia. Esto se  le est&aacute; yendo de las manos&mdash; 
    </p><p class="article-text">
        	Aunque lo que m&aacute;s le doli&oacute;, me di cuenta por c&oacute;mo levant&oacute; la cabeza Cristina  Medallero, fue: 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;A las otras maestras les da verg&uuml;enza hasta compartir la profesi&oacute;n con vos&mdash; 
    </p><p class="article-text">
        	La directora se dio vuelta para buscar caf&eacute; en una m&aacute;quina ruidosa y vieja. Cristina se  aplast&oacute; la cara con las manos y empez&oacute; a murmurar algo que no me dej&oacute; dormir por varias  noches. Preguntaba <em>por qu&eacute;</em>. Yo sent&iacute; que las piernas se me aflojaban, que las manos me  sudaban y el hambre feroz que sent&iacute;a hac&iacute;a tres minutos hab&iacute;a desaparecido. El timbre del final  de recreo nos sobresalt&oacute; a las tres. Corr&iacute; r&aacute;pido por el pasillo para llegar al aula. Ten&iacute;a miedo  de que Cristina me hubiese visto espi&aacute;ndola. Ella entr&oacute; al aula, con la frente alta y las manos  apretadas adentro de los bolsillos del guardapolvo. 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Vamos a corregir la p&aacute;gina veintinueve&mdash; dijo sent&aacute;ndose en su escritorio y, como  era de costumbre, me se&ntilde;al&oacute; 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Pas&aacute; a hacer la primera cuenta&mdash;dijo. Respir&eacute; aliviada. Sonaba igual que siempre  
    </p><p class="article-text">
        	Era agosto y el fr&iacute;o nos hac&iacute;a tiritar. En los recreos nos junt&aacute;bamos al lado de la estufa  y nos cambi&aacute;bamos figuritas del mundial o jug&aacute;bamos al ajedrez con nuestras propias reglas.  En un recreo, vi a mi grado juntarse alrededor de Pedro. Mientras me acercaba, pod&iacute;a darme  cuenta de que todos estaban mirando una sola cosa. Un papel grueso, chiquito y decolorado. Lo  sosten&iacute;a Pedro, era una foto. Un paisaje de campo que, aunque estaba en blanco y negro, se 
    </p><p class="article-text">
        	entend&iacute;a que era de d&iacute;a porque la nena que estaba en el medio, protagonizando la escena, ten&iacute;a  los ojos achinados por el sol. Me cost&oacute; un poco reconocerla pero era Cristina Medallero. Ten&iacute;a  un vestido hasta las rodillas, medias que le pasaban los tobillos con un bordado y zapatos finos.  Estaba elegante pero ten&iacute;a el pelo despeinado, parec&iacute;a sucio. Mir&eacute; cada detalle, pero s&oacute;lo me  importaba uno. El que hubiera querido que nadie mencionara. Hasta que la voz de Selena  ilumin&oacute; el tumulto y dijo: 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;&iquest;Esa es la Bruja? &iexcl;M&aacute;s que una bruja parece un chancho!&mdash; Toda la ronda se ri&oacute;.  Pedro sosten&iacute;a la foto y cerraba los ojos de tanta risa. Yo ten&iacute;a ganas de llorar, pero tragu&eacute; saliva  y segu&iacute; el ritmo de las carcajadas. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;De d&oacute;nde la sacaron?&mdash; Le pregunt&oacute; Selena a Pedro, mir&aacute;ndolo a los ojos. 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Se le cay&oacute; de la billetera, la agarr&eacute; antes de que se diera cuenta.&mdash; No quer&iacute;a escuchar  m&aacute;s nada, me dol&iacute;a todo. Me quemaba la garganta. Pero me qued&eacute; ah&iacute; parada, escuchando como  le se&ntilde;alaban la mugre, el vestido, el paisaje, la mirada y la gordura. Yo no pod&iacute;a dejar de ver a  una Cristina chiquita y triste. Quer&iacute;a saber cu&aacute;l hab&iacute;a sido su defensa, su fuerte, su distracci&oacute;n.  Quise abrazarla. 
    </p><p class="article-text">
        	Cuando son&oacute; el timbre para entrar, Pedro se meti&oacute; la foto en el bolsillo lo m&aacute;s r&aacute;pido  que pudo. Sent&iacute; asco, quer&iacute;a empujarlo, decirle que para ser lindo a m&iacute; me parec&iacute;a muy feo y  que adem&aacute;s ten&iacute;a letra de mujer. Si se estaba riendo de una Cristina Medallero chiquita y gorda,  seguro se re&iacute;a de m&iacute; cuando yo no estaba. Quiz&aacute;s a &eacute;l le gustaban las lindas como Selena. 
    </p><p class="article-text">
        	Entramos al aula, ten&iacute;amos prueba de matem&aacute;tica y antes de empezar escrib&iacute; en un  papel. 
    </p><p class="article-text">
        	<em>&ldquo;&iquest;Te gusto yo o te gusta Selena? Si te gusta Selena no pasa nada. Te amo.&rdquo; </em>S&iacute; pasa,  pens&eacute; mientras Cristina apoyaba el examen en mi banco.
    </p><p class="article-text">
        	Yo miraba los n&uacute;meros en mi hoja pero no pod&iacute;a dejar de pensar en la carta que ten&iacute;a  en las manos, debajo de la mesa. Prefer&iacute; entregar el ex&aacute;men vac&iacute;o y antes de salir al pasillo, le  di la carta a Felipe. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Se la das a Pedro?&mdash; Le susurr&eacute; 
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;l asinti&oacute; y cuando agarr&oacute; el papel, con un grito despiadado, Cristina Medallero dijo: 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;&iexcl;Me das ya mismo el papel que le pasaste a Felipe!&mdash; Todos se dieron vuelta y nos  miraron. Yo me puse roja. Le di el papel, mientras me miraba los pies, y sal&iacute; del aula. 
    </p><p class="article-text">
        	Cuando terminaron todos, volvimos a entrar. Cristina Medallero se par&oacute; enfrente de  nosotros, ten&iacute;a mi carta en la mano. Yo quer&iacute;a hundirme como los gusanos cuando quieren  escapar de los p&aacute;jaros,, que sonara la alarma de incendio, cualquier cosa. Cristina me vio  indefensa. 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Esto&mdash; dijo levantando mi carta bien alto &mdash;Es lo &uacute;ltimo que tienen que hacer en una  evaluaci&oacute;n&mdash; abri&oacute; el papel y la ley&oacute; en voz alta 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&ldquo;&iquest;Te gusto yo &oacute; te gusta Selena? Si te gusta Selena no pasa nada. Te amo&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        	La ley&oacute; de corrido porque yo ten&iacute;a buena letra, la ley&oacute; con claridad porque siempre  hablaba muy fuerte, la ley&oacute; con ganas y dio una carcajada que trataba de imitar una ternura pero  era igual a la risa que le hab&iacute;a imaginado mil veces al Pomberito cuando mis primos me  contaban historias de terror. Cristina me hab&iacute;a dado m&aacute;s miedo.  
    </p><p class="article-text">
        	Dobl&oacute; la carta y se la dio a Felipe, que estaba colorado. Yo estaba hundida en mi silla,  nadie me miraba. Excepto Selena. No me anim&eacute; a mirarla, pero sent&iacute;a sus ojos verdes clavados  en mi verg&uuml;enza.
    </p><p class="article-text">
        	Yo no iba a tener novio nunca m&aacute;s en mi vida, esa hab&iacute;a sido la &uacute;ltima carta que iba a  escribir. La &uacute;ltima y hab&iacute;a sido eso, un papel arrancado a las apuradas de un cuaderno borrador,  escrita con l&aacute;piz rojo porque era el &uacute;nico que ten&iacute;a a mano. Cristina nos dijo que sali&eacute;ramos al  recreo, yo cruc&eacute; los brazos y me qued&eacute; sentada en mi lugar. 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;&iquest;No sal&iacute;s?&mdash; me pregunt&oacute; Selena. La mir&eacute; de reojo, era linda de verdad. Mucho m&aacute;s  linda que cualquier chica que yo hubiera visto en la plaza o en el colegio. Quise pegarle una  pi&ntilde;a, empujarla, gritarle &ldquo;fea&rdquo; y salir corriendo. Pero le dije que despu&eacute;s. Me dol&iacute;a la panza. Si  me paraba, iba a vomitar todo. Me puse a llorar, se me ca&iacute;an las l&aacute;grimas una detr&aacute;s de otra y  no paraban. Ve&iacute;a borroso y ten&iacute;a hipos. 
    </p><p class="article-text">
        	Hasta que sent&iacute; una mano torpe en mi brazo derecho. No me acariciaba ni me golpeaba,  s&oacute;lo se apoyaba. Me tap&eacute; la cara y gir&eacute; la cabeza abriendo un poquito los dedos para ver entre  medio. Mis ojos se encontraron con los de Felipe, que susurrando me dijo: 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Tom&aacute;&mdash; era la foto de Cristina Medallero chiquita &mdash;Se la cambi&eacute; a Pedro por dos  paquetes de figus. And&aacute; a mostr&aacute;rsela a las maestras&mdash; Me la estir&oacute;. Yo me sorb&iacute; los mocos y  la agarr&eacute;. Felipe sali&oacute; corriendo al recreo y me qued&eacute; sola en el grado. Mir&eacute; la foto, la apret&eacute;  para que no se escapara y tambi&eacute;n sal&iacute; corriendo al pasillo. Sent&iacute;a la sangre caliente, estaba  enojada y los cachetes se me pon&iacute;an colorados.  
    </p><p class="article-text">
        	Cristina Medallero estaba en una ronda con otras maestras. Una rubia de sexto, la de  quinto B y una que siempre nos gritaba si corr&iacute;amos en los recreos. Charlaban serias.  
    </p><p class="article-text">
        	Camin&eacute; hasta la ronda con pasos firmes que rebotaban en todo el pasillo. Mis  compa&ntilde;eros me miraban porque estaban al rededor de Felipe que seguro les hab&iacute;a contado todo.  Antes de llegar me di vuelta para ver a mis amigos. Pedro me levant&oacute; los pulgares a modo de  festejo. Yo volv&iacute; a mirar la foto: una Cristina Medallero gorda y chiquita, como yo. &iquest;Cu&aacute;l hab&iacute;a 
    </p><p class="article-text">
        	sido su defensa? &iquest;Ser mala o ella hab&iacute;a sido graciosa como yo? Los ojos se me nublaron pero  me aguant&eacute; porque las maestras se dieron vuelta y me miraron.  
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Se&ntilde;o&mdash; Llam&eacute; a Cristina Medallero con la mano para que saliera de la ronda &mdash;&iquest;Qu&eacute; pasa?&mdash; Me dijo bajito  
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Se le cay&oacute; esto&mdash; le dije mostr&aacute;ndole la foto.  
    </p><p class="article-text">
        Cristina la mir&oacute; y abri&oacute; los ojos. Parec&iacute;a de diez a&ntilde;os. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Gracias&mdash; Me dijo mir&aacute;ndome sin enojo. Con su mano grande me acarici&oacute; la cabeza  y me despein&oacute; las dos colitas. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Gracias&mdash; Volvi&oacute; a repetir mientras se guardaba la foto en el bolsillo. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Camila González]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/distraccion_132_12551684.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 23 Aug 2025 03:02:14 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una distracción]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Pulpa,Cuentos,Literatura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una nevada más]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/nevada_132_12384518.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f498b653-e6c5-4ef8-9d7d-efae67210939_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una nevada más"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Esta narración emplea el color y el clima de El Eternauta, de Héctor Oesterheld, y la secesión en fracciones de Argentina, de A Ramón Imago no le importaba decirlo (aunque nunca lo dijo), de Rafael Bielsa.
</p></div><p class="article-text">
        Brand&aacute;n Niem&ouml;ller se repet&iacute;a que las grandes tragedias son s&oacute;lo excusas para contar algo hermoso. A veces, observaba San Calixto desde lo alto del lucernario y fantaseaba con ser mucho m&aacute;s que un escritor anodino; lo suyo era llegar a ser el gran cronista de una gesta.
    </p><p class="article-text">
        Esa noche &mdash;la misma de siempre&mdash; recomenz&oacute; la nevada tormenta blanca, entregada al fr&iacute;o de los ciclos. Volv&iacute;a sobre los techos de San Calixto, sobre los mismos nombres y heridas. El fuego viv&iacute;simo de Chacabuco. La pedanter&iacute;a de la Primera Partici&oacute;n. Los p&oacute;mulos del Horror, La memoria de episodios apenas devorados. Tantas otras glorias sin sueldo.
    </p><p class="article-text">
        Abajo, San Calixto, blanquecino, vibraba como un animal viejo. Las losas se estrechaban con un crujido seco. En los pasillos m&aacute;s sombr&iacute;os, sus moradores contaban historias sin desenlace y los ascensores no se deten&iacute;an en los pisos de quienes no quer&iacute;an ser visitados.
    </p><p class="article-text">
        Nada era innegable, pero todo pesaba. Porque en San Calixto, el pasado nunca se va: s&oacute;lo se acumula. Como la nieve y los instantes. Como esos h&eacute;roes que nunca imaginaron serlo y son honrados en cada efem&eacute;ride. La ablaci&oacute;n indeclinable de la Argentina.
    </p><p class="article-text">
        Juan Salvo &mdash;el mismo de siempre&mdash; a&uacute;n resist&iacute;a en alcobas y recintos semicerrados. San Calixto era tan grande como siempre lo hab&iacute;a sido, aunque sus habitantes se hubieran ido perdiendo.
    </p><p class="article-text">
        Juan y un pu&ntilde;ado eran los &uacute;ltimos h&eacute;roes de una historia ya contada. No teniendo superpoderes, hab&iacute;a desarrollado la paciencia, que es mucho peor. Acopiaba un archivo lleno de nombres que s&oacute;lo aparec&iacute;an de noche, embadurnados de tintas grises, sobre p&aacute;ginas amarillentas que nadie se hab&iacute;a molestado en mirar. Juan acumulaba tantas vidas que daba la impresi&oacute;n de comprenderlo todo.
    </p><p class="article-text">
        Todos los habitantes hab&iacute;an aprendido que, en estos sures, la historia no se escribe: se recicla. Sus figuras m&aacute;s resonantes lo subrayaban en cada mensaje anual: &ldquo;A&uacute;n no ha terminado&rdquo;. No ment&iacute;an. En el pasado los enemigos eran m&aacute;s tangibles: el interior contra el puerto, los pr&oacute;speros contra los pordioseros. Ahora nadie sab&iacute;a qui&eacute;n era qui&eacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo &mdash;el mismo &ldquo;sin embargo&rdquo; que hemos arrastrado por generaciones de ciegos&mdash;, ah&iacute; estaban Juan y los otros. Los &uacute;ltimos. Los raros. Los tercos. Los que guardan cajitas de m&uacute;sica. Los que saben que la insistencia puede ganarle al olvido. Los que aman. Como Salvo.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute;, con cada copo, cada historia se volv&iacute;a a contar como si fuera nueva. Cada h&eacute;roe aparec&iacute;a, sabiendo que pronto deber&iacute;a desaparecer para que San Calixto no se derrumbara. Para que siguiera dobl&aacute;ndose sobre s&iacute; como un diario viejo, empapando el estallido.
    </p><p class="article-text">
        Esa noche la nieve trajo algo diferente. Juan crey&oacute; que era el viento, pero el zumbido ten&iacute;a pulso. Se acerc&oacute; al archivo. Las hojas temblaban levemente. En la m&aacute;s vieja hab&iacute;a un mensaje: <em>&ldquo;Soy el que te dio la nieve, el truco, la hija perdida. Y he vuelto, porque los personajes, como las naciones, no mueren: se descomponen&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        Un golpeteo comenz&oacute; detr&aacute;s del muro. Tres veces. Silencio. Luego, otra vez: tres golpes. Abri&oacute; la puerta del archivo y encontr&oacute; un espejo enmarcado en piedra h&uacute;meda y l&aacute;mparas sin llama. Avanz&oacute;; cada mirada era un recuerdo, y cada recuerdo un eco o un error. En la penumbra destacaba una figura cuyo rostro no era el suyo, aunque lo conten&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qui&eacute;n sos? &mdash;pregunt&oacute; Juan.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Soy el Juan que no lo hizo. El que dud&oacute;. Quien no evit&oacute; la nevada.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Eso no existe.
    </p><p class="article-text">
        Juan quiso decir algo m&aacute;s, pero no encontr&oacute; las palabras. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No vine a enjuiciarte &mdash;agreg&oacute; Brand&aacute;n&mdash;. Vine a mostrarte lo que fuiste para que no dejes de serlo y para que no te rindas.
    </p><p class="article-text">
        Juan retrocedi&oacute; mientras el otro se incorporaba. Volvi&oacute; a lo que conoc&iacute;a; Brand&aacute;n, al c&aacute;lido lucernario. San Calixto se estremeci&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Al rato, la nieve hab&iacute;a cedido; algo la hab&iacute;a enfrentado. Por primera vez en demasiado tiempo las calles volvieron a estar secas. Y nadie sal&iacute;a, nadie celebraba. Porque ya hab&iacute;an entendido que algo hab&iacute;a cambiado.
    </p><p class="article-text">
        En la mesa de Brand&aacute;n, una hoja nueva, la tinta a&uacute;n fresca: &ldquo;Nunca fue ficci&oacute;n. Las necrol&oacute;gicas no inventan. Juan Salvo&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ana Suarez Anzorena]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/nevada_132_12384518.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 14 Jun 2025 03:05:59 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una nevada más]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los días perfectos de los flamencos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/dias-perfectos-flamencos_132_12364276.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/105688a3-13b2-43b8-9c40-550736d062ac_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los días perfectos de los flamencos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Tenés dos posibilidades: o aprendés a nadar o no venimos más a la pileta, pero te vas a arrepentir, me dijo mi mamá. Su cuerpo flotaba como una botella cerca del borde donde estaba yo. Su piel blanca territorializada por venas verdes, complejas y por una cantidad esparcida de lunares desmedidos.</p></div><p class="article-text">
        <strong>Los d&iacute;as perfectos de los flamencos </strong>
    </p><p class="article-text">
        	Luego del incendio del hotel, nos quedamos un par de d&iacute;as m&aacute;s en la habitaci&oacute;n. En nuestro piso, el quinto, est&aacute;bamos solo nosotras. Mi mam&aacute;, casi todas las tardes, cuando volv&iacute;amos de la playa, se pon&iacute;a a jugar con el eco del pasillo. Abr&iacute;a la boca y dec&iacute;a &ldquo;ah&iacute; vienen los bomberos&rdquo;, &ldquo;s&aacute;lvese quien pueda&rdquo;, &ldquo;hora de evacuar&rdquo;, &ldquo;oh, se&ntilde;or polic&iacute;a, s&aacute;lveme&rdquo;, &ldquo;eco, eco, eco&rdquo;. Una m&uacute;sica extra&ntilde;a le volv&iacute;a, pero el rebote no ten&iacute;a el parecido sim&eacute;trico de su voz. Despu&eacute;s, uno de los encargados nos llam&oacute; por tel&eacute;fono al cuarto y nos dijo que ya ten&iacute;amos permiso de ir a la parte m&aacute;s alejada, donde estaban las instalaciones m&aacute;s lujosas. As&iacute; tambi&eacute;n lo dijo el que nos vino a ayudar con las valijas. Alto, morocho, extra&ntilde;o como un espantap&aacute;jaros de traje formal oscuro. Su boca estiraba la o hasta abrirla y casi convertirla en una a. &ldquo;LU - JOOOAAA - SAS&rdquo;. Guardamos nuestras cosas en las valijas. La m&iacute;a era azul oscuro y ten&iacute;a mis cosas guardadas en rollos. Ese era mi m&eacute;todo. Tomar una remera, lila de algod&oacute;n por ejemplo, y apretujarla en un cilindro casi perfecto. Los dedos se met&iacute;an en la masa de la tela hasta domarla. Mi mam&aacute; guardaba todo en cuadrados. Peque&ntilde;os se apilaban como la torre de Babel, pero m&aacute;s esponjosa. 
    </p><p class="article-text">
        	El d&iacute;a del cambio bajamos al lobby. Todav&iacute;a quedaban algunos empleados en nuestra &aacute;rea. Una mujer bajita de pelo te&ntilde;ido y rojo. Un se&ntilde;or grande que arrastraba una pierna. El que parec&iacute;a ser un gerente o alguien con m&aacute;s autoridad que el resto. Joven y asustado nos dijo que&hellip; que&hellip; que&hellip; ya era seguro, que el &aacute;rea ya estaba despejada. 
    </p><p class="article-text">
        Nos mudamos al otro lado. Cruzamos el patio vidriado y alto. El sonido de nuestras pisadas y el ruido de las ruedas de las valijas rebotaban y se escond&iacute;an en las paredes de cemento. 
    </p><p class="article-text">
        *** 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ten&eacute;s dos posibilidades: o aprend&eacute;s a nadar o no venimos m&aacute;s a la pileta, pero te vas a arrepentir, me dijo mi mam&aacute;. Su cuerpo flotaba como una botella cerca del borde donde estaba yo. Su piel blanca territorializada por venas verdes, complejas y por una cantidad esparcida de lunares desmedidos. Sus amenazas a&eacute;reas dobles eran su deporte favorito. Cuando era chica, habr&eacute; tenido 7 u 8 a&ntilde;os, me dijo que si no aprend&iacute;a a andar en bicicleta se me iban a caer las piernas. Resultado: me sub&iacute; con miedo a la noche en el patio de atr&aacute;s y me ca&iacute; y me abr&iacute; la pera. Era la primera vez que sangraba tanto, ni siquiera cuando dej&eacute; de ser
    </p><p class="article-text">
        virgen, vi que me saliera tanta sangre de adentro m&iacute;o. Se me pint&oacute; la piel de un rojo sabroso. Todav&iacute;a tengo una cicatriz de cinco puntos como testigo irregular de la an&eacute;cdota. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No tengo ganas, m&aacute;. &mdash;Y me segu&iacute; mojando los pies en el agua. Esa era mi estrategia flotante de contraataque. No tener la voluntad suficiente para salir adelante de los problemas. Esquivarlos como pelotas a los 32 a&ntilde;os. Tampoco ceder, no moverme, no claudicar, no avanzar. Era el meridiano de Greenwich, inexistente a la vista, aunque necesario su dibujo en los mapas para ordenar los territorios emocionales. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Quer&eacute;s que vayamos a ver a los flamencos de nuevo? 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;S&iacute;, dale. Pero despu&eacute;s. 
    </p><p class="article-text">
        *** 
    </p><p class="article-text">
        	El estanque de los flamencos era la atracci&oacute;n principal del hotel. &ldquo;Un oasis natural al alcance de la vista. Una cura para los nervios. Un cuidado especial de la naturaleza&rdquo;. Dec&iacute;an los folletos que estaban en el revistero al costado del lobby. Los papeles se hamacaban doblados por el tiempo, llenos de una enumeraci&oacute;n ca&oacute;tica de cualidades del h&aacute;bitat de los p&aacute;jaros. Caminamos por la pasarela de madera que un&iacute;a la zona de hu&eacute;spedes con el estanque. Hab&iacute;a carteles que indicaban el camino y cu&aacute;nto faltaba para llegar. &ldquo;10 minutos&rdquo;, &ldquo;Gire a la derecha&rdquo;. Seguimos un rato por el sendero hasta un claro con un mirador elevado desde donde se pod&iacute;a ver a los flamencos. A los costados, hab&iacute;a unos pastos muy altos y finos que tintineaban rasposos con el viento. Tambi&eacute;n cuando los rozabas con los brazos para pasar entre ellos. 
    </p><p class="article-text">
        	<em>&ldquo;Mar Chiquita, como ya dijimos, alberga tres de las seis especies de flamencos del mundo (las tres que est&aacute;n presentes en Argentina): el flamenco austral, el flamenco andino y la parina chica (Figs. 1, 2 y 3). El flamenco austral es, por lejos, la especie m&aacute;s abundante y se la encuentra durante todo el a&ntilde;o. Las otras dos son visitantes de verano, cuando descienden de sus &aacute;reas de cr&iacute;a ubicadas en las lagunas altoandinas de la Puna argentina, boliviana y peruana. El flamenco andino es un visitante estival regular, que puede concentrarse en n&uacute;meros que superan los varios millares. La parina chica aparece en Mar Chiquita en bajas cantidades y m&aacute;s espor&aacute;dicamente&rdquo;. </em>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Cu&aacute;les ser&aacute;n estos? &iquest;Los andinos o los australes? Fijate vos, que ves mejor.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ni idea. A ver, pasame el folleto. 
    </p><p class="article-text">
        Mir&eacute; un rato las fotos peque&ntilde;itas y mal impresas de las aves. Borroneadas no llegaba a distinguir bien el color para poder diferenciar a las especies. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Cosas potentes de la vida suceden en el campo. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;La verdad no s&eacute;, m&aacute;, no llego a distinguir. 
    </p><p class="article-text">
        	Sent&iacute; pena por ellos porque venimos hace una semana, todos los d&iacute;as a verlos y todav&iacute;a no aprendimos nada. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Nos quedan unos d&iacute;as m&aacute;s en el hotel, no te preocupes. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Tengo hambre. Ya me empez&oacute; a picar el yup-yup. 
    </p><p class="article-text">
        	As&iacute; le dec&iacute;amos al lunar enorme que ten&iacute;a en la espalda. El &uacute;nico que sobrevivi&oacute; al c&aacute;ncer de piel. Los cirujanos no quisieron retirarlo porque no hac&iacute;a falta, no ten&iacute;a c&eacute;lulas malas. Entonces se qued&oacute; ah&iacute; para siempre en la espalda de mi mam&aacute; como un recordatorio vivo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Noelia Torres]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/dias-perfectos-flamencos_132_12364276.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 07 Jun 2025 03:01:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los días perfectos de los flamencos]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Muñecas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/munecas_132_12306466.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5e4a5df4-21ad-4d36-9328-2b6cb8c575ee_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Muñecas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">
Intentaron levantarla pero no podían. Así que la arrastraron. En la entrada del departamento quisieron empujarla hacia el ascensor pero era viejo, de esos con rejas de hierro, por las que le sobresalían las piernas inflamadas y blancas. Tuvieron que bajarla por las escaleras, asegurando las sábanas con bolsas de consorcio.</p></div><p class="article-text">
        Supe al instante que no iba a poder volver a vivir en esta casa.
    </p><p class="article-text">
        Todas las noches miro el celular por horas, recorriendo video tras video en un intento de quedarme despierta el mayor tiempo posible. Despu&eacute;s de un rato y ya con los ojos irritados, desisto y apago la luz. Casi al instante escucho la puerta moverse, cierro los ojos intentando evitar ver una vez m&aacute;s sus dedos largos, finos y p&aacute;lidos, asom&aacute;ndose en la densa oscuridad, apoyados sobre la madera pesada e hinchada de la puerta. S&eacute;, incluso con los ojos cerrados, que una sonrisa enmarca a su rostro regordete que parece fusionarse sin l&iacute;nea alguna con el cuero cabelludo, adornado apenas con mechones sueltos de pelo blanco quemado.
    </p><p class="article-text">
        Todav&iacute;a puedo escuchar la voz de la abuela.
    </p><p class="article-text">
        <em>Saludala que es tu t&iacute;a, nena. Dale.</em>
    </p><p class="article-text">
        Cada semana cuando pisaba esta casa, me atormentaban con esa frase. A m&iacute; la t&iacute;a me pon&iacute;a nerviosa, mis pap&aacute;s me hab&iacute;an explicado que estaba muy enferma y que su enfermedad no ten&iacute;a cura pero yo no la ve&iacute;a enferma. Era distinta al resto de los adultos que me rodeaban, eso seguro. A veces se parec&iacute;a m&aacute;s a mi hermana mayor: ambas se pon&iacute;an como locas cuando llegaba la hora de la novela pero como la t&iacute;a era m&aacute;s grande, contaba con la ventaja de un cuarto propio y pod&iacute;a encerrarse a ver la tele por horas. Tambi&eacute;n se parec&iacute;a bastante a m&iacute;, antes del <em>incidente</em>: ten&iacute;a su cuarto lleno de juguetes, mu&ntilde;ecas en realidad. Montones de mu&ntilde;ecas. Pero lo raro era que nunca jugaba con ellas. Las manten&iacute;a cerca, les hablaba y absolutamente todas ten&iacute;an nombre.
    </p><p class="article-text">
        Pero yo ve&iacute;a en sus ojos algo distinto, eran oscuros, tan oscuros que apenas se distingu&iacute;a la pupila. Me forzaba a sonre&iacute;rle, en parte porque sab&iacute;a que mi abuela la quer&iacute;a much&iacute;simo y mi deber era quererla, pero en el fondo, todav&iacute;a guardaba esperanzas de caerle bien, quiz&aacute;s si sonre&iacute;a lo suficiente, lograr&iacute;a convencerla y podr&iacute;amos jugar un rato juntas. Entonces, en cada visita, cruzaba el comedor, me adentraba en el pasillo que parec&iacute;a alargarse mientras me acercaba al cuarto y el ambiente se volv&iacute;a fr&iacute;o, cruzaba el espejo ovalado y ennegrecido que apenas miraba de reojo, r&aacute;pido. Las persianas estaban bajas. El cuarto, s&oacute;lo iluminado por el brillo de la tele que devolv&iacute;a alguna imagen en blanco y negro de una novela vieja.
    </p><p class="article-text">
        &mdash; Hola, t&iacute;a, &iquest;C&oacute;mo est&aacute;s?
    </p><p class="article-text">
        Ella sonre&iacute;a acostada en su cama, rodeada por centenares de mu&ntilde;ecas de diferentes tama&ntilde;os y texturas. Algunas con rostros de porcelana y pesta&ntilde;as delineadas, otras rellenas de algod&oacute;n y adornadas con pelucas rubias que intercambiaba entre ellas los d&iacute;as que decid&iacute;a no vestirlas en su propia cabeza casi sin pelo.
    </p><p class="article-text">
        La t&iacute;a me arrastraba hacia ella en cada visita, oblig&aacute;ndome a abrazarla mientras se agarraba a mi ropa con fuerza. Apoyaba su cabeza en mi pecho, mientras acariciaba los quistes de grasa que adornaban su cr&aacute;neo. Ella decid&iacute;a cu&aacute;nto duraba nuestro abrazo.
    </p><p class="article-text">
        Sonre&iacute;a, me miraba y preguntaba si le hab&iacute;a llevado una mu&ntilde;eca nueva. Siempre se equivocaba y usaba el nombre de mi hermana. S&oacute;lo se equivocaba conmigo, cuando mi hermana la saludaba ten&iacute;a una memoria perfecta. Era evidente que se decepcionaba al verme, quiz&aacute;s porque yo nunca le tra&iacute;a nada. O quiz&aacute;s porque, a pesar de que los a&ntilde;os hab&iacute;an pasado y nunca se habl&oacute; en voz alta del <em>incidente</em>, tanto ella como yo lo record&aacute;bamos.
    </p><p class="article-text">
        El <em>incidente</em> sucedi&oacute; unos a&ntilde;os atr&aacute;s. En ese momento, cre&iacute;a que la t&iacute;a viv&iacute;a en un para&iacute;so.
    </p><p class="article-text">
        Yo nunca tuve m&aacute;s de cinco mu&ntilde;ecas, todos mis juguetes eran viejos: barbies de segunda mano peladas en la nuca y con una cortina de pelo peinada hacia atr&aacute;s, seguramente comprados en plena crisis en alg&uacute;n supermercado chino o quiz&aacute;s heredados de mi hermana mayor. En cambio, ella ten&iacute;a infinidad de juguetes, ni&ntilde;as de pl&aacute;stico maquilladas, correctamente ordenadas, sonrientes con sus accesorios: valijas de enfermeras, bolsos y carteras, peluches de mascotas entre sus zapatos con tacos de pl&aacute;stico. No me dejaba tocarlas, dec&iacute;a que las pod&iacute;a manchar, romper, que no sab&iacute;a apreciarlas. Pero yo las quer&iacute;a tanto como ella.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que ese d&iacute;a lo intent&eacute;, aprovech&eacute; que mi abuela dorm&iacute;a la siesta y mientras que la t&iacute;a estaba con sus amigas de la Iglesia, me met&iacute; en su cuarto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La tele encendida iluminaba el cuarto en tonos de gris, brillando tambi&eacute;n en los rostros de las mu&ntilde;ecas. Imagin&eacute; que deb&iacute;an estar felices de que, al fin, alguien jugara con ellas. Agarr&eacute; una barbie de pelo rubio platinado, ten&iacute;a un vestido celeste y su pl&aacute;stico limpio, completamente distinto a la goma amarronada de mis mu&ntilde;ecas. Era perfecta. 
    </p><p class="article-text">
        Jugu&eacute; lo que me parecieron horas, recorr&iacute; el cuarto y arm&eacute; una casita usando a las mu&ntilde;ecas m&aacute;s altas y entrelazando sus peinados para formar un techo. Como llov&iacute;a afuera, imagin&eacute; que ten&iacute;a que protegerlas, tir&eacute; un vaso de gaseosa y contenta comprob&eacute; que el l&iacute;quido se quedaba en el techo improvisado, sin tocar a la barbie que tomaba el t&eacute;, refugiada del temporal, le abr&iacute;a la puerta a otra mu&ntilde;eca, vestida de polic&iacute;a. La barbie polic&iacute;a buscaba un refugio en pleno temporal para poder seguir con su deber cuando la luvia parase, la invit&eacute; a pasar y tomaron juntas un t&eacute; en peque&ntilde;as tacitas de porcelana miniatura. 
    </p><p class="article-text">
        El calor del hogar inventado las invit&oacute; a quitarse sus abrigos, qued&aacute;ndose con vestidos pegados al cuerpo. Barbie anfitriona quiso retirar las tazas de t&eacute; y sus manos se entrelazaron. Se miraron un segundo y se besaron, mientras les sacaba los vestidos ambas manoseaban sus cuerpos de tetas grandes y rozaban sus piernas articuladas, busc&aacute;ndose desesperadas.
    </p><p class="article-text">
        No escuch&eacute; la puerta abrirse.
    </p><p class="article-text">
        La t&iacute;a me encontr&oacute; sonriendo y vi como sus ojos negros se apagaban. Su cara se congel&oacute; en un grito. Con los ojos desencajados, me amenaz&oacute;:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;O solt&aacute;s las mu&ntilde;ecas o vas a ver &mdash;. Ella no pod&iacute;a darme ordenes, no era quien. No trabajaba ni ten&iacute;a hijos, no era un adulto. Tampoco era justo que no me deje jugar, me dio bronca y agarr&eacute; bien fuerte a las barbies desnudas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No hice nada mal. Estoy jugando.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mir&oacute; las barbies desnudas y, gritando, me agarr&oacute; del pelo, tir&aacute;ndome con tanta fuerza que se me soltaban las l&aacute;grimas.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Pendeja de mierda. SOLTALAS. Depravada, subversiva, mala, FORRA&mdash;. Me empuj&oacute;, golpe&aacute;ndome contra el armario. Me abrac&eacute; a la barbie celeste. Estaba segura que el problema era el juego que lo jugu&eacute; mil veces con las cinco barbies en mi casa pero nunca me agarraron, siempre llegu&eacute; a esconderlas, las vest&iacute; a tiempo. De repente, solo sent&iacute;a verg&uuml;enza, quer&iacute;a correr pero me hab&iacute;a acorralado, sent&iacute; un l&iacute;quido caliente recorriendo mis piernas. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Te measte encima? &iexcl;Ro&ntilde;osa! &mdash;sent&iacute; sus manos contra mi cuello, lo apret&oacute;, empuj&aacute;ndome contra la pared. Quise respirar y de mi garganta solo sal&iacute;a un sonido ronco. Sent&iacute; los labios hinch&aacute;ndose, la cara caliente &mdash;Pediles perd&oacute;n, pendeja de mierda.
    </p><p class="article-text">
        Intent&eacute; hablar, pero solo sent&iacute;a el aire quemando en mi garganta, se me llenaron los ojos de l&aacute;grimas que ca&iacute;an al piso mezcl&aacute;ndose con la coca cola de la lluvia inventada y los restos de pis. 
    </p><p class="article-text">
        La mir&eacute; a los ojos y no dije nada. Me daba tanta bronca, era tan injusto, ella no se merec&iacute;a tantas mu&ntilde;ecas, su cuerpo enorme me rodeaba, deber&iacute;a haberle pedido permiso pero no quer&iacute;a pedirle perd&oacute;n. La habitaci&oacute;n se sumi&oacute; en un silencio s&oacute;lo interrumpido por el sonido ronco del aire intentando llegar y sus ojos llenos de ira. Empec&eacute; a sentirme mareada y sus ojos negros empezaron a desvanecerse.
    </p><p class="article-text">
        Sent&iacute; pasos a lo lejos desde el pasillo, vi sus ojos abrirse con miedo mientras su mano me soltaba y me ca&iacute; al piso mientras que el aire pasaba de nuevo a mis pulmones, abri&eacute;ndose paso como navajas acuchill&aacute;ndome la garganta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La abuela apareci&oacute; unos segundos despu&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;&mdash;&iquest;Qu&eacute; pas&oacute;, nena? No le grit&eacute;s as&iacute; a la criatura.
    </p><p class="article-text">
        Aprovech&eacute; mi segundo de libertad y corr&iacute; al cuarto principal, el cuarto de la abuela. La escuch&eacute; ofrecerle un vaso de gaseosa que la t&iacute;a tom&oacute; en silencio. 
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de limpiar la habitaci&oacute;n, me avis&oacute; que no iba a poder ir en unos d&iacute;as hasta que le acomoden la medicaci&oacute;n. Me pidi&oacute; que me ba&ntilde;e y me prest&oacute; una bombacha inmensa suya para reemplazar mi bombacha meada. Mi abuela usaba unos pa&ntilde;uelos de seda de colores preciosos, me pas&oacute; uno y, mientras ped&iacute;a que me vinieran a buscar, me avis&oacute; que ten&iacute;a que usarlo al menos una semana, por las marcas.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;A mis viejos no les dije nada.
    </p><p class="article-text">
        Tampoco aparec&iacute; por la casa en meses. Despu&eacute;s del incidente, intent&eacute; alejarme de todo lo que me recordaba a ella. No pude volver a jugar con mis mu&ntilde;ecas, le ped&iacute; a mi viejo que las donara y &eacute;l me dio su palabra.
    </p><p class="article-text">
        Volv&iacute; a verla tres meses despu&eacute;s, en el d&iacute;a del ni&ntilde;o, sonre&iacute; cuando mi viejo me avis&oacute; que era mi turno de saludarla, cruc&eacute; el pasillo y la abrac&eacute;, ella ya no se acordaba de mi nombre, me llam&oacute; por el de mi hermana. Tratando de aguantar su abrazo en el ambiente encerrado de ese cuarto sin ventilaci&oacute;n vi a mis mu&ntilde;ecas donadas. No dije nada, ni a ella ni a mi viejo.
    </p><p class="article-text">
        Mis padres se hab&iacute;an separado unos meses atr&aacute;s, mi mam&aacute; hab&iacute;a viajado con un amigo por trabajo pero no volvi&oacute;, de vez en cuando mandaba postales que ahora firmaba de a dos <em>&ldquo;Con amor, Amanda y Rober&rdquo;. </em>Mi padre la puteaba todas las noches, se quejaba de lo caras que &eacute;ramos, de lo bueno que era &eacute;l por quedarse, tomaba vino y nadie se animaba a hablar. Las cosas ahora eran as&iacute;: cen&aacute;bamos arroces saborizados de sobres verdes y una vez por semana &iacute;bamos a almorzar con la abuela. &Eacute;l pasaba primero, abrazaba r&aacute;pido a su hermana y le promet&iacute;a sacarla a pasear en su coche, cerraba la puerta y nos tocaba saludar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pasaron los a&ntilde;os y repet&iacute; los pasos tal y como me hab&iacute;an ense&ntilde;ado. El pasillo, el espejo, el cuarto y el abrazo forzado. Mi pap&aacute; nunca la sac&oacute; a pasear. Una noche se lo pregunt&eacute; y tuve que faltar dos d&iacute;as al colegio por la marca de su mano en mi mejilla. No pregunt&eacute; m&aacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Recorrer el pasillo, ignorar el espejo, abrir la puerta, sonre&iacute;r, saludar.
    </p><p class="article-text">
        Nunca le llev&eacute; una mu&ntilde;eca nueva.
    </p><p class="article-text">
        Las canicas oscuras de sus ojos me miraban con tristeza. Ahora ocultaba su maldad entre c&oacute;cteles de pastillas. Pero yo no le cre&iacute;a. En su locura, lo &uacute;nico que la manten&iacute;a mansa era su amor por la abuela: la &uacute;nica capaz de calmarla en sus ataques, de pedirle perd&oacute;n a los vecinos cuando por las madrugadas, cuando la t&iacute;a los insultaba por la ventana que daba al pulm&oacute;n del edificio. Lo primero que iba a hacer el d&iacute;a que la abuela ya no est&eacute;, era encerrarla en un loquero, me encantaba imaginarla drogada en una camilla, en un cuarto blanco, iluminado, sin mu&ntilde;ecas. Ella lo sab&iacute;a y la abuela era cada vez m&aacute;s grande, cada vez m&aacute;s fr&aacute;gil pero como mi t&iacute;a siempre ganaba, muri&oacute; primero.
    </p><p class="article-text">
        Pas&oacute; un s&aacute;bado a la noche. Muri&oacute; en su cama, ahogada con su propio vomito despu&eacute;s de cenar. Cuando llegu&eacute;, ya hab&iacute;a un patrullero en la puerta, bloqueando la bicisenda de la calle
    </p><p class="article-text">
        Alsina. Sub&iacute; al departamento y me encontr&eacute; a mi hermana sobornando a una polic&iacute;a que insist&iacute;a en detener a la abuela, alegando con voz tranquila que se trataba de una muerte dudosa, la t&iacute;a no estaba enferma y aparentemente, morirse en casa es todo un tema. Otro tipo de tr&aacute;mite nos explic&oacute; la cana. En el hospital es f&aacute;cil, viene el m&eacute;dico de guardia, firma el acta de defunci&oacute;n y ya est&aacute;. Pero como muri&oacute; en la casa, es otro tema. Otro tema insist&iacute;a mientras que hablaba acerca de llevarse a la abuela a declarar.
    </p><p class="article-text">
        Fue la primera vez que la vi a la abuela llorar. No pod&iacute;a moverse, no se defend&iacute;a, murmuraba el nombre de su hija en lugar de poner orden, de levantarse y retarnos a todos, incluso a la polic&iacute;a. No pude reaccionar, me qued&eacute; callada mientras mi hermana explicaba que ten&iacute;a casi noventa a&ntilde;os y que hab&iacute;a cuidado a mi t&iacute;a toda la vida. De la discusi&oacute;n escuch&eacute; poco y no dur&oacute; demasiado. No pas&oacute; mucho tiempo hasta entender que s&oacute;lo se encontraban razones en efectivo: comprar un certificado m&eacute;dico en Microcentro cuesta unos cientos de miles de pesos. La polic&iacute;a, contenta, nos anunci&oacute; que quedaba entre nosotros, que los pibes de la comisar&iacute;a se hac&iacute;an cargo.
    </p><p class="article-text">
        Me par&eacute; al lado del espejo y pude ver todo. La hab&iacute;an envuelto en s&aacute;banas, intentaron levantarla pero no pod&iacute;an. As&iacute; que la arrastraron. En la entrada del departamento
    </p><p class="article-text">
        quisieron empujarla hacia el ascensor pero era viejo, de esos con rejas de hierro por las que sobresal&iacute;an las piernas inflamadas y blancas, sin arrugas. Mi t&iacute;a no ten&iacute;a arrugas. Tuvieron que bajarla por las escaleras, asegurando las s&aacute;banas con bolsas de consorcio.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Es por si algo se derrama, piba. Mejor no mir&eacute;s que vas a tener pesadillas.
    </p><p class="article-text">
        Observ&eacute; como la arrastraban por las escaleras caracol, uno la agarraba de las piernas y el otro de lo que parec&iacute;an ser los brazos. Los perd&iacute; en la curva del primer piso, pero pude escuchar el golpe seco del cuerpo contra los escalones durante los pisos siguientes. Ning&uacute;n vecino sali&oacute; de su departamento, los imagin&eacute; pegados a la mirilla viendo a la t&iacute;a camuflada entre pl&aacute;stico negro y s&aacute;banas floreadas recorriendo por &uacute;ltima vez las escaleras del edificio. Imagin&eacute; que se persignaban con cada golpe seco pero no se alejaban de la mirilla. Hilda, la vecina del segundo, sacar&iacute;a fotos que luego compartir&iacute;a &ldquo;rezamos por tu alma, Irma querida&rdquo; publicar&iacute;a en sus estados de Whatsapp.
    </p><p class="article-text">
        Cuando la escena termin&oacute;, mi hermana se llev&oacute; a la abuela unos d&iacute;as a su casa, para distraerla. Antes de irse, me apunt&oacute; con su dedo <em>&ldquo;a mi vuelta necesito el cuarto vac&iacute;o, nena, ni un rastro&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        Esa noche no dorm&iacute;. Ten&iacute;a que limpiar el cuarto de las mu&ntilde;ecas. Observ&eacute; desde la puerta las mu&ntilde;ecas rodeando la cama sin s&aacute;banas. No pensaba hacer esto sobria. Baj&eacute; a comprar bolsas de consorcio y dos vinos. Me encontr&eacute; con una noche com&uacute;n y corriente, camin&eacute; unas cuadras hasta el supermercado, mirando desorientada las luces de Av. Corrientes, gente bien vestida yendo al teatro, haciendo filas en pizzer&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        Un empleado sacaba basura a la puerta, la deja caer con un golpe seco y record&eacute; el cuerpo de la t&iacute;a bajando por las escaleras. Corr&iacute; la mirada de las luces de la avenida y entr&eacute; a comprar.
    </p><p class="article-text">
        Cuando llegu&eacute; al departamento, escuch&eacute; el tel&eacute;fono fijo. Son&oacute; dos veces y no llegu&eacute; a atender. Cort&eacute;, pero volvi&oacute; a sonar. Esta vez esper&eacute;, es la se&ntilde;al: suena una, dos veces y corta. Suena de nuevo y es un familiar. Nuestro c&oacute;digo familiar para no atender extra&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Respond&iacute; y escuch&eacute; la voz de una amiga de mi t&iacute;a. Me preguntaba entre llantos qu&eacute; hab&iacute;a pasado. Hab&iacute;a visto los patrulleros y la bolsa mortuoria improvisada de la polic&iacute;a desde el balc&oacute;n de enfrente. Cuando logr&eacute; callarla y cortar, me enoj&eacute; con mi t&iacute;a por ense&ntilde;arle la se&ntilde;al a cualquiera. Llam&oacute; un par de veces m&aacute;s y desconect&eacute; el tel&eacute;fono.
    </p><p class="article-text">
        Organic&eacute; con un pucho en la mano a sus mu&ntilde;ecas favoritas. En frente, decorando el espejo estaban las m&aacute;s altas: median un metro. Todas limpias, peinadas y bien vestidas. Todas bien cuidadas, menos una. La barbie del vestido celeste ten&iacute;a el cuerpo quemado con marcas de pucho, parec&iacute;a que le hab&iacute;an arrancado el pelo, el vestido hecho jirones apenas le tapaba el cuerpo de pl&aacute;stico. Despu&eacute;s de tantos a&ntilde;os de silencio la vieja de mierda nunca se olvid&oacute;.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A todas por igual las met&iacute; en bolsas, me hab&iacute;an recomendado una ONG que buscaba juguetes usados para donarlos. Arregl&eacute; para que pasaran a la ma&ntilde;ana siguiente, cuanto antes mejor. Casi amanec&iacute;a cuando termin&eacute;: 43 bolsas de consorcio con bebotes, pelucas y mu&ntilde;ecos. Antes de cerrar cada bolsa, tom&eacute; un trago de vino, brindando, coron&eacute; la noche dejando un rastro de ceniza en cada bolsa. A la barbie deshecha me la guard&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de su muerte, algo se rompi&oacute; en la abuela. No supe si era porque se sent&iacute;a sola o porque quiz&aacute;s, hab&iacute;a dejado ir a su hija, que adem&aacute;s de cuidados le exig&iacute;a entereza. Una entereza a la que ella le supo dar forma con autoridad, frialdad y cuidado extremo. Pero lo cierto es que empez&oacute; a confiar en m&iacute;. Nos hicimos &iacute;ntimas. 
    </p><p class="article-text">
        Mi madre no hab&iacute;a vuelto a aparecer, ni siquiera con postales y mi padre reh&iacute;zo su vida en otra familia as&iacute; que un poco molestaba en esa nueva din&aacute;mica familiar, la nueva mujer de mi padre me miraba como si ocupara demasiado espacio y para m&iacute; fue insoportable, nadie not&oacute; mi ausencia cuando me vine a vivir a la casa (o quiz&aacute;s festejaron mi ausencia porque era evidente que mi presencia era inc&oacute;moda en esta nueva din&aacute;mica de reci&eacute;n casados, la realidad es que nadie me reclam&oacute;).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando me mud&eacute; a esta casa, la &uacute;nica condici&oacute;n fue dormir con mi abuela en su cuarto: no fue necesario inventar excusas, quedaba claro que el cuarto al final del pasillo estaba clausurado, hab&iacute;a pasado de cuarto de hu&eacute;spedes a ambiente clausurado, repleto de cosas que nadie quer&iacute;a terminar de guardar ni mucho menos tirar. La pesada puerta de madera solo se abr&iacute;a para guardar ropa, cajas con libros o boletas de servicios que la abuela se empecinaba en guardar. El resto del d&iacute;a, el cuarto se cerraba y nosotras nos dedic&aacute;bamos a tomar mate en el balc&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Nunca me lo dijo, pero ambas sab&iacute;amos que era un reemplazo perfecto a las tardes con la t&iacute;a, una versi&oacute;n mejorada incluso, mucho mejor para charlar. Me dedicaba a cebarle mates mientras ella recortaba pedazos de una cheesecake car&iacute;sima que vend&iacute;an en la panader&iacute;a de la esquina y las untaba en galletitas de agua (para que duren m&aacute;s, dec&iacute;a). 
    </p><p class="article-text">
        Yo la escuchaba contar historias lejanas de una Irma joven, brillante que corriendo el a&ntilde;o 1981 estudiaba en Sociales y no faltaba nunca. Cursaba en la semana varias materias y dedicaba los fines de semana a estudiar. La hija perfecta, recordaba mi abuela. Perfecta hasta que un d&iacute;a de semana lleg&oacute; m&aacute;s tarde. Se repiti&oacute; cada semana y al poco tiempo se sum&oacute; los s&aacute;bados, se empezaba a ausentar, siempre ten&iacute;a un plan con alguna amiga que nunca hab&iacute;a mencionado y de la que nunca comentaba mucho m&aacute;s. Estaba distinta, conversaba de temas de los que no se hablaban y de los que no se ten&iacute;an que hablar, mencionaba a La Doctrina de Per&oacute;n, un libro completamente prohibido que mi abuela, cuando empez&oacute; la dictadura, no dud&oacute; en quemar. La t&iacute;a estaba militando en plena dictadura militad. La abuela no era boluda, se dio cuenta. Contaba que viv&iacute;a asustada, habitaba la casa con terror, contando las horas hasta la vuelta de su hija. Sonre&iacute;a cada vez que se cruzaba con un vecino, cuando le preguntaban por mi t&iacute;a, ella inventaba excusas: estaba en la iglesia, rezando porque la guerrilla termine, los vecinos aceptaban y todos fing&iacute;an estar tranquilos. Alguno que otro dudaba. La t&iacute;a, con su pelo largo y te&ntilde;ido, con sus preguntas constantes sobre los vecinos que ya no estaban, era cuesti&oacute;n de tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Me cont&oacute; acerca de la noche en la que un Falc&oacute;n se estacion&oacute; en la puerta y escuch&oacute; gritos en el departamento de al lado. Respir&oacute; aliviada, era al lado. Sinti&oacute; culpa y apag&oacute; sus pensamientos subiendo el volumen de la radio hasta que los ruidos se callaron y su cabeza tambi&eacute;n. Al d&iacute;a siguiente ning&uacute;n vecino lo mencion&oacute;, unos d&iacute;as despu&eacute;s alguien incluso coment&oacute; que los del 3ro A seguro estaban de vacaciones, por eso nadie los hab&iacute;a cruzado. No los vieron m&aacute;s, tampoco los mencionaron. Todos, excepto la t&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Entre mates saborizados con cedr&oacute;n, jengibre y c&aacute;scaras de lim&oacute;n, me cont&oacute; tambi&eacute;n sobre el &uacute;nico y &uacute;ltimo novio de la t&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Cursaban juntos en la facultad y parec&iacute;a bueno pero era un hippie, un subversivo que preguntaba demasiado, Presidente del Centro de Estudiantes, al que mi t&iacute;a no tard&oacute; en sumarse y empezar a militar. Se pelearon noches enteras pero mi abuela no la pod&iacute;a controlar, ella terminaba enoj&aacute;ndose y saliendo, a cualquier hora y con toque de queda. Mi abuela lloraba en la puerta, esperando que vuelva al amanecer. Sol&iacute;a dormirse ah&iacute; mismo, con una almohada y frazadas en el pasillo de entrada, despertando con el girar de la llave que avisaba que todo estaba bien. Fue en octubre del 81 cuando supo que algo estaba mal, Irma ese mi&eacute;rcoles no volvi&oacute;, hab&iacute;an peleado porque al d&iacute;a siguiente hab&iacute;a una marcha: quer&iacute;an arancelar las facultades y la t&iacute;a estaba empecinada en atarse a la facultad si era necesario, la abuela no logro obligarla a quedarse, no hubo caso.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se enter&oacute; de la represi&oacute;n por la radio, dec&iacute;an que hab&iacute;an silenciado grupos terroristas en el centro, subversivos que amenazaban con tomar el control, festejaban que El Orden hab&iacute;a vencido y ella entendi&oacute; que no iba a volver y sali&oacute; a recorrer comisarias.&nbsp; Acompa&ntilde;ada por otras madres, rez&oacute; cientos de rosarios, no durmi&oacute; dos noches, camin&oacute; hasta que los pies se le llenaron de ampollas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Reci&eacute;n el lunes la largaron, cuatro d&iacute;as despu&eacute;s. Cuando volvi&oacute; estaba desorientada, no ten&iacute;a ropa interior y se tapaba apenas con una camisa hecha jirones. Apareci&oacute; en la puerta y la abuela la meti&oacute; r&aacute;pido, tratando de ocultarla de los vecinos que curiosos, se acercaban a las mirillas de sus puertas. La desnud&oacute; y limpi&oacute; su cuerpo viol&aacute;ceo con una esponja en la ba&ntilde;era, la sec&oacute; y pein&oacute; con cremas, rode&oacute; cada rizo en bucleras cil&iacute;ndricas de pl&aacute;stico, la visti&oacute; con un camis&oacute;n celeste y amplio. La t&iacute;a no volvi&oacute; a ser la misma.
    </p><p class="article-text">
        Del novio no se supo m&aacute;s nada, no sali&oacute;. Ella dej&oacute; la facultad y la abuela se alegr&oacute; un poco, pensaba que pod&iacute;a retomar cuando todo se calme todo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero reci&eacute;n empezaba el infierno, la t&iacute;a hablaba cada vez menos, se sentaba en el balc&oacute;n y chupaba el mate, com&iacute;a las galletitas de agua untadas en queso crema con un hambre voraz, apenas masticando. A las semanas rompi&oacute; un espejo en el ba&ntilde;o despu&eacute;s de ba&ntilde;arse y la abuela la encontr&oacute; llorando, desnuda y con las manos ensangrentadas. Gritaba tanto que solo la pudo calmar con un clonazepam disuelto en gaseosa, que la oblig&oacute; a tomar, asegur&aacute;ndole que se iba a sentir mejor. Cuando la t&iacute;a pudo hablar, cont&oacute; que hab&iacute;a visto a alguien m&aacute;s en el reflejo: un tipo alto, flaco y sonriente que la llamaba por su nombre. 
    </p><p class="article-text">
        A partir de ese momento empezaron las consultas m&eacute;dicas y los diagn&oacute;sticos: histeria, esquizofrenia, trauma, mal de amor.
    </p><p class="article-text">
        Ataques hubo varios m&aacute;s, cada uno peor que el anterior, con cada ataque, Irma se perd&iacute;a, en su lugar quedaba esa mujer que com&iacute;a atragant&aacute;ndose y se arrancaba el pelo. De los ataques no me quiso contar m&aacute;s y yo no pregunt&eacute;, mi abuela siempre supo m&aacute;s, si ella no quer&iacute;a que supiera, por algo ser&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        En cambio, habl&eacute; de cosas alegres, cocin&eacute;, hice compras. 
    </p><p class="article-text">
        Abr&iacute;a las ventanas con la intenci&oacute;n de ventilar, pero solo entraba el olor de la cebolla rehogada con carne picada de la cocina del piso de arriba, a veces mezclada con el olor a cigarrillo de la hija adolescente del 1ro B. Me daba bronca, que injusto era que la abuela tuviera que sentir el olor desagradable de los vecinos impregnado en el departamento, m&aacute;s de una vez les grit&eacute; que cierren las ventanas, que no fumen m&aacute;s, hijos de puta. Una noche no aguant&eacute; m&aacute;s y golpe&eacute; una y otra vez las persianas, gritando. Mi abuela ten&iacute;a una paciencia infinita, aparec&iacute;a con un vasito de coca cola (un peque&ntilde;o lujo, un mimo tal vez) y despu&eacute;s de tomarlo, la abrazaba y mis m&uacute;sculos se distend&iacute;an, con el cuerpo pesado me dorm&iacute;a, a veces en nuestra cama y a veces, en el cuarto de hu&eacute;spedes.
    </p><p class="article-text">
        Sus amigas llamaban por tel&eacute;fono y ped&iacute;an hablar con la t&iacute;a, de vez en cuando se re&iacute;an, otras lloraban. Nunca aceptaban que Irma no estaba m&aacute;s, <em>&ldquo;hay que buscarla, tiene que aparecer&rdquo;</em> dec&iacute;an. No hab&iacute;a caso, no entend&iacute;an su muerte e insist&iacute;an con que en realidad, estaba desaparecida. Pasaron los meses y me cans&eacute;, atend&iacute; y fing&iacute; ser ella, se pusieron tan contentas.
    </p><p class="article-text">
        Hablamos por horas, me contaron que hab&iacute;an conseguido mu&ntilde;ecas de rizos rubios, nuevas, divinas. Insistieron en traerlas y les dijer que no se pod&iacute;a, a la abuela no le causaba gracia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>Esas se&ntilde;oras est&aacute;n perdidas, nena. No les des bola, no sab&eacute;s como pueden reaccionar.</em>
    </p><p class="article-text">
        Ten&iacute;a raz&oacute;n, la abuela siempre ten&iacute;a raz&oacute;n. Pod&iacute;a parecer dura pero hab&iacute;a que hacer caso. A veces las cosas son dif&iacute;ciles de entender pero aprend&iacute; que si ella te cuida, est&aacute; todo bien. Hay que hacerle caso. No atend&iacute; m&aacute;s el tel&eacute;fono, lo desconect&eacute; y qued&oacute; as&iacute; hasta hoy, incluso aunque la abuela ya no est&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        Muri&oacute; unos d&iacute;as atr&aacute;s, vino la polic&iacute;a y todo. Parece que se descompens&oacute; en la loter&iacute;a, me hubiese gustado estar con ella pero las cosas son as&iacute;. Un vecino le avis&oacute; a la polic&iacute;a y tuve que reconocerla. No arm&eacute; velorio ni entierro, creo que nadie me lo pidi&oacute; y yo solo quer&iacute;a quedarme ac&aacute;, arm&aacute;ndome los rizos con los ruleros. No s&eacute; si me llamaron o no, el tel&eacute;fono sigue desconectado.
    </p><p class="article-text">
        Mi rutina no cambi&oacute; mucho desde su muerte. Sigo haciendo las compras y limpiando. Empec&eacute; a pensar mucho en la t&iacute;a. En esta casa es imposible no pensar en ella, est&aacute; en todas partes, creo que ahora la entiendo m&aacute;s. Paso el tiempo en su cuarto, recordando sus mu&ntilde;ecas, quiz&aacute;s no las deber&iacute;a haber donado, la casa se siente vac&iacute;a sin ellas. Tomo mate sola, con galletitas de agua pero sin cheesecake en el balc&oacute;n. Hace unos d&iacute;as dej&eacute; de caminar r&aacute;pido por el pasillo y hoy mir&eacute; el espejo. Hab&iacute;a una sombra al lado m&iacute;o, seguramente eran los hongos, el descuido. Pero hubiese jurado que hab&iacute;a un tipo alto y flaco que me miraba y se re&iacute;a de m&iacute;. Por las dudas, a la noche pas&eacute; corriendo, me encerr&eacute; en el cuarto. Lo escucho re&iacute;rse y ahora s&eacute; que existe, que no me imagin&eacute; nada, Siento que no puedo moverme, estando sola en una casa tan grande, me va a ver. Ser&iacute;a distinto si viviese con m&aacute;s gente. Al menos de pl&aacute;stico, gente de pl&aacute;stico. Conecto el tel&eacute;fono de l&iacute;nea y espero que suene, quiz&aacute;s alguna de mis amigas me puede traer al menos una mu&ntilde;eca que me haga compa&ntilde;&iacute;a ma&ntilde;ana.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s, si lleno de mu&ntilde;ecas la casa, las sombras del espejo no me encuentren. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Floriencia Blumy]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/munecas_132_12306466.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 24 May 2025 03:01:27 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Muñecas]]></media:title>
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    <item>
      <title><![CDATA[Agujas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/agujas_132_12242777.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ae4157bb-a7bf-4998-aec0-c90389c04a82_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Agujas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Me acerco con miedo y le tiro de la remera. Le repito lo más fuerte que puedo que Flor se desmayó. Se da vuelta y me mira, parece que los ojos le van a explotar. La señalo y él suelta al vecino, que cae al piso.</p></div><p class="article-text">
        		Con Flor jugamos a buscar hormigas lastimadas mientras esperamos que el t&iacute;o salga a lavar el auto. Nos gusta jugar en la vereda de enfrente porque es largu&iacute;sima y podemos hacer ring raje y correr tranquilos sin tener que cruzar la calle. En una esquina est&aacute; el kiosco y en el camino hay una casa con muchas plantas, rejas blancas bajitas y un timbre perfecto. Es nuestro preferido. En la corrida de vuelta, Flor toca otros timbres y corremos hasta casa. Casi siempre los toca ella porque yo no llego.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Ya tenemos un par de hormigas que pisamos un poquito con el dedo y ahora tenemos que curar. Las ponemos sobre una hoja del limonero y las pinchamos con agujas intentando salvarlas, pero se terminan muriendo, casi siempre porque a Flor le gusta pincharles la cabeza y ver como dejan de moverse de a poco.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Hace un tiempo que Flor tambi&eacute;n se tiene que pinchar, a veces tenemos que dejar de jugar para que se ponga insulina. Yo la ayudo apret&aacute;ndole la pierna o la panza y ella se pincha. Tambi&eacute;n se pincha el dedo para medirse el az&uacute;car un par de veces por d&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	El t&iacute;o se asoma con el balde y la manguera enroscada al hombro y nos hace gesto de que podemos salir. Mientras llena el balde con agua y jab&oacute;n, Flor me da la mano y cruzamos, vamos directo a la casa de las flores. Ese timbre es como la Coca-Cola fr&iacute;a. Nos acercamos despacio, le pasamos por al lado y lo miramos de reojo. Brilla. Seguimos de largo un par de casas para despistar y volvemos. Cuando estamos por llegar a la casa Flor me dice:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Tocalo vos que a este lleg&aacute;s bien, enano.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Le digo que no y ella me insiste para que lo haga, me dice que no sea miedoso, que no va a pasar nada malo. La miro, hace que s&iacute; con la cabeza y levanto la mano. Antes de que pueda tocar el timbre, aparece un hombre flaco en cuero, y nos grita desde atr&aacute;s de la reja:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;&iquest;Por qu&eacute; no van a tocar timbre a la reconcha puta de su madre, pendejos de mierda? Nos quedamos helados. Fue un segundo pero se sinti&oacute; como horas. Corremos a casa llorando, con los gritos todav&iacute;a rebot&aacute;ndonos en la cabeza.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; les pas&oacute;?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Le explicamos al t&iacute;o que solamente tocamos una vez, que un hombre sali&oacute; y nos grit&oacute; muy fuerte. Flor repite el insulto. La cara del t&iacute;o se transforma, tira la manguera y el trapo al piso, cierra el agua, nos agarra y nos lleva para que le mostremos qu&eacute; casa es. Con Flor lo tiramos para atr&aacute;s y le pedimos que no vaya pero no hay caso, su fuerza nos arrastra. Cuando llegamos cerca del timbre, ella lo se&ntilde;ala.
    </p><p class="article-text">
        	&Eacute;l toca largo y, sin esperar a que alguien salga, grita agitando los brazos. &mdash;Sal&iacute;, cag&oacute;n, dale sal&iacute;, te hac&eacute;s el piola con los nenes, sal&iacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El hombre flaco abre la reja.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Estuvieron toda la semana tocando el timbre estos dos. Hoy, el s&aacute;bado pasado. Ya me hincharon los huevos, loco.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Con Flor alzamos los hombros y nos miramos de costado abriendo grande los ojos. El t&iacute;o parece no escucharlo. Cuando el hombre termina de salir, lo agarra de la remera y lo sacude mientras le grita:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Repetime lo que le dijiste a los nenes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	El hombre lo empuja, pero el t&iacute;o es m&aacute;s grandote y apenas da dos pasos hacia atr&aacute;s. Revolea una pi&ntilde;a lenta que el hombre esquiva y aprovecha para pegarle un pi&ntilde;&oacute;n en la cabeza, en la parte de arriba, como Don Ram&oacute;n al Chavo. Un hilo de sangre le cae por la frente, el t&iacute;o apoya la mano justo encima y se la mira. Se le infla el pecho, se acomoda y le mete una trompada en la cara, ahora s&iacute;, bien puesta. El vecino se va contra la reja, logra agarrarse para no terminar en el piso, pero el t&iacute;o se le va encima. No me quiero acercar, me da miedo que me peguen. No me gustan las peleas y no quiero que lastimen al t&iacute;o. Escucho el golpe seco al lado m&iacute;o y giro la cabeza, Flor est&aacute; en el piso.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Mi t&iacute;o le sigue pegando al vecino, le grito pero no me escucha. Me acerco con miedo y le tiro de la remera. Le repito lo m&aacute;s fuerte que puedo que Flor se desmay&oacute;. Se da vuelta y me mira, parece que los ojos le van a explotar. La se&ntilde;alo y &eacute;l suelta al vecino, que cae al piso. Levanta a mi prima del suelo y corre para casa, yo miro un segundo m&aacute;s al hombre, se queja de dolor y se toca la sangre de la nariz. Cuando me mira a los ojos salgo corriendo atr&aacute;s del t&iacute;o. Una vez que entr&eacute; en la casa de Flor, me di cuenta de que cruc&eacute; la calle solo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	La acuesta arriba de la mesa y corre hasta la cocina. Me subo a la silla y le apoyo la mano en el brazo. Vuelve con el estuche de insulina, saca una aguja y la pincha en la pierna con las manos lastimadas, sin querer le mancha con sangre el pantal&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Le sostiene la mano y esperamos, mi coraz&oacute;n late m&aacute;s fuerte que antes, me cuesta mucho respirar. Le acaricia la frente, no le saca los ojos de encima, yo no puedo dejar de mirar la cara de los dos. Me cuesta ver la del t&iacute;o, que hace un rato me daba miedo, ahora me da l&aacute;stima. Parece que quiere llorar pero hay algo que no lo deja. Flor se despierta de a poco, abre los ojos, reci&eacute;n ah&iacute; al t&iacute;o se le escapan unas l&aacute;grimas y la abraza con fuerza.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Le mide el az&uacute;car, dice que est&aacute; un poco baja pero que va a ir subiendo. Ella est&aacute; mareada y no se acuerda de nada, pregunta por el corte en la cabeza del t&iacute;o y por la mancha de su pantal&oacute;n. Quisiera decirle que me acuerdo de todo: de su pap&aacute; pegando, de la mirada del vecino y de la sangre en la nariz, pero, sobre todo, de ella tirada en el pasto, como esas hormigas que quisimos salvar y pinchamos hasta matarlas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Olaechea]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/agujas_132_12242777.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 26 Apr 2025 03:00:49 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Agujas]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Bersa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/bersa-cuento-ficcion-suicidio-padre_132_12191519.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/43adc0dc-f1a9-4741-a529-a1938bd49ee1_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Bersa"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La lengua, pedazos de músculo sanguinolentos perdidos entre huesos astillados, indiferenciables entre sí el maxilar y el occipital. Una cara sin rasgos, un cráneo detonado. </p></div><p class="article-text">
        	Lo &uacute;ltimo que s&eacute; es que viaj&oacute; con mi prima en el tren y se baj&oacute; en Villa Adelina. La semana pasada mi viejo le estaba dando de tomar mates por primera vez a mi hermanita. A ella no le gust&oacute;, hasta que logr&oacute; ponerle una cucharada de az&uacute;car y qued&oacute; fascinada. El jueves, me mand&oacute; un video sobre El Indio Solari que no v&iacute; porque estaba cursando un te&oacute;rico en la facultad. El viernes a la ma&ntilde;ana, le dijo a la abuela que estaba cansado y que iba a dormir una siesta en la oficina.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Ahora mira las flores crecer desde abajo.
    </p><p class="article-text">
        	Pablo, un amigo de &eacute;l, nos regal&oacute; un ramo de claveles porque no pudimos pagar la corona. Mi hermana, Clara, los desarm&oacute; y acomod&oacute; p&eacute;talo por p&eacute;talo arriba del caj&oacute;n, decorando la muerte. Llora en silencio a mi derecha, tiene el cuello de la remera blanca mojado, y la cara llena de mocos. Me aprieta fuerte la mano, los dedos me duelen, y la suelto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	El cedro plastificado del caj&oacute;n reluce bajo las luces c&aacute;lidas, y los p&eacute;talos forman peque&ntilde;as sombras all&iacute; donde se posan. Mi abuela est&aacute; sentada en una silla, una mano sobre el caj&oacute;n, la cabeza hundida entre los hombros. Mi pap&aacute;; el que sab&iacute;a disparar, el t&iacute;o kuka, el t&eacute;cnico que entend&iacute;a todo ya no est&aacute; m&aacute;s. Sab&iacute;a tanto y no sab&iacute;a nada. Solo dej&oacute; un cuerpo inservible y una cara sin rasgos.
    </p><p class="article-text">
        	No me acuerdo qu&eacute; fue lo &uacute;ltimo que com&iacute;. Las &uacute;ltimas veinticuatro horas son un manto amorfo de sucesos que a&uacute;n no comprendo. Pablo me trajo una bolsa llena de comida que compr&oacute; en el superchino para que no me desmaye. Cen&eacute; un pucho, nadie se dio cuenta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Villa Adelina: pap&aacute; camin&oacute; las diez cuadras que separaban la estaci&oacute;n de su oficina. Cuando lleg&oacute;, barri&oacute; y acomod&oacute; el escritorio. Se sent&oacute; en la computadora y escribi&oacute; durante horas una carta que no termin&oacute; y que solo yo alcanc&eacute; a leer. Ni la T&iacute;a Laura, su hermana, que apareci&oacute; por primera vez en doce a&ntilde;os, quiso saber qu&eacute; ten&iacute;a para decir su hermano: asume que como estudio psicolog&iacute;a, soy el &uacute;nico que puede enfrentarse a ese an&aacute;lisis.
    </p><p class="article-text">
        	&nbsp;Supongo que la agon&iacute;a de perder un marido y un hermano borran cualquier pelea o desencuentro posible. Solo por este ratito las une un dolor, insoportable.
    </p><p class="article-text">
        	El viernes al mediod&iacute;a, mientras rend&iacute;a <em>Psicoan&aacute;lisis</em>, el cerebro de pap&aacute; ya estaba desparramado sobre las paredes del ba&ntilde;o de la oficina. La materia la hab&iacute;a preparado con &eacute;l, incluso la noche anterior le recit&eacute;, me escuch&oacute; atento, sobre &ldquo;los vasallajes del yo&rdquo;. Como si el fuego de la bala trajera paz, se revent&oacute; la cabeza de un corchazo.
    </p><p class="article-text">
        	La t&iacute;a Laura me alcanza un vaso de agua. Clarita insiste en agarrarme la mano. Tengo que hacer fuerza para soltarla y tomar al menos unos sorbos del l&iacute;quido ins&iacute;pido que no pasa por mi garganta. Mam&aacute; se acerca, como si notara que no es ella quien nos est&aacute; cuidando. Nos quedamos mirando el caj&oacute;n, en silencio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Hay distintos tipos de ata&uacute;des. Los m&aacute;s comunes son los de metal y los de madera. Hay, adem&aacute;s; de bronce, de cobre, de fibra de vidrio, y ecol&oacute;gicos. Mi pap&aacute; quer&iacute;a ser cremado y que resguarden sus cenizas en uno de &eacute;stos &uacute;ltimos, para que al enterrarlo crezca un &aacute;rbol. Lo que &eacute;l no sab&iacute;a es que si te mor&iacute;s trag&aacute;ndote una bala en movimiento no te pueden incinerar. Por ley vas al piso, por si la familia decide exhumar para hacer m&aacute;s pericias. Ese y un mont&oacute;n de otros detalles est&uacute;pidos son los que te cuenta la polic&iacute;a forense mientras tratas de entender por qu&eacute; tu pap&aacute; agarr&oacute; un arma, acomod&oacute; el ca&ntilde;&oacute;n niquelado entre sus dientes y apret&oacute; el gatillo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	La Thunder semiautom&aacute;tica calibre .380 que siempre odi&eacute; estuviera en casa y ahora se qued&oacute; la polic&iacute;a. Esa estructura negra, 168 mil&iacute;metros de largo, medio kilo de peso, acabado niquelado, ca&ntilde;&oacute;n de 90 mil&iacute;metros, espacio para ocho balas y que dej&oacute; agujero en su cara demacrada. El hueco donde deber&iacute;a estar la boca, es ahora una masa de carne y dientes podridos. La lengua, pedazos de m&uacute;sculo sanguinolentos perdidos entre huesos astillados, indiferenciables entre s&iacute; el maxilar y el occipital. Una cara sin rasgos, un cr&aacute;neo detonado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Al pasar por la sala principal los <em>&ldquo;invitados&rdquo;</em> me miran. Unos pocos familiares, y&nbsp; todav&iacute;a menos amigos clavan sus ojos cargados de pena en mi cara hinchada, en la ropa manchada de mocos propios y ajenos, en la postura derrotada. Le aviso a Pablo que si quiere puede pasar a despedirse. Me agradece con un murmullo y veo que le tiemblan las manos cuando se apoya para levantarse del sill&oacute;n. Al pasar, mi t&iacute;a me pide que sea fuerte, que le haga frente al dolor y siga adelante: por mi hermanita, por mi mam&aacute;. No le respondo y pienso en el cuerpo flaco, descolorido de mi pap&aacute; contorsionado en un &aacute;ngulo extra&ntilde;o, en la masa encef&aacute;lica desparramada y en la bala clavada en la pared. &Eacute;l no fue fuerte.
    </p><p class="article-text">
        	Salimos a fumar. La t&iacute;a se apoya en la pared y yo me siento en el piso. Ella amaga con acercarse; le pido distancia. Todo me da vueltas, siento que voy a vomitar bilis en cantidades industriales y me falta el aire. Reconozco el ataque de p&aacute;nico, junto con la certeza absoluta de que no puedo hacer nada para frenarlo, como no pude frenar lo que hizo pap&aacute;. Tengo la boca llena de gusto a metal, el coraz&oacute;n golpea con fuerza contra mis costillas y pienso que me las va a quebrar, que me voy a infartar, que me voy a morir en el velorio de mi pap&aacute; y que es lo mejor que podr&iacute;a pasar porque no entiendo c&oacute;mo voy a hacer para levantarme ma&ntilde;ana y lavarme los dientes: c&oacute;mo evitar un trastorno depresivo persistente, como el que v&iacute; en mi pap&aacute; durante a&ntilde;os, quiz&aacute;s d&eacute;cadas, y decid&iacute; ignorar.
    </p><p class="article-text">
        	Eran ocho balas. Solo hizo falta una.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Mi mam&aacute; sale de la funeraria y me mira, p&aacute;lida. Tiene bolsas negras bajo los ojos; parece que envejeci&oacute; veinte a&ntilde;os en las &uacute;ltimas horas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; haces fumando? &mdash;me inquiere, pero no hay fuerza en su voz.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Veo el escote de su remera azul, la tela estirada donde los hilos se rindieron, y me pregunto cu&aacute;ntas veces habr&aacute; tirado del algod&oacute;n en el intento de respirar mejor. Mi propia remera tiene el cuello estirado. Un gesto tan de ella, un gesto tan m&iacute;o. Rozo con la mano izquierda la costura, siento la viscosidad de los mocos de Clarita todav&iacute;a frescos en el cuello, la tela deformada, el nailon vencido.
    </p><p class="article-text">
        	Ten&iacute;a esta misma remera cuando la polic&iacute;a me pidi&oacute; por tel&eacute;fono que viniera r&aacute;pido, que ten&iacute;an que tirar la puerta abajo y necesitan un testigo. &iquest;Qu&eacute; tipo de testigo pod&iacute;a ser yo, que mir&eacute; para otro lado ese d&iacute;a, en esa oficina y todos los d&iacute;as anteriores? Yo que no vi nada, que no vi las se&ntilde;ales obvias. No vi que mi padre, como yo aquel d&iacute;a frente al oficial <em>Gomez</em>, estaba ido y ausente.
    </p><p class="article-text">
        	&nbsp;&nbsp;Le doy una nueva calada al cigarrillo, mirando fijo a mam&aacute;. Tengo el impulso de desafiarla, echarle la culpa de todo.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Te va a bajar la presi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ya la tengo baja&nbsp; &mdash;respondo con tono hostil y apag&oacute; la colilla con sa&ntilde;a contra el piso.
    </p><p class="article-text">
        	No puedo mirarla a la cara. La odio. La odio por no llamar a la polic&iacute;a, por decirme por tel&eacute;fono que lo haga yo y cortar la llamada. La odio por no darle bola a mi viejo. La odio por parirnos y traernos a este mundo de mierda donde los padres se suicidan. La odio porque muri&oacute; &eacute;l y no ella.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Empiezo a tener fr&iacute;o. Hace horas que floto en un estado de abulia que a&uacute;n no tiene forma de palabra. Todo el dolor es carne, se me instal&oacute; en el est&oacute;mago y est&aacute; haciendo met&aacute;stasis en todos mis &oacute;rganos. Tengo un &uacute;nico pensamiento coherente, que emerge de a ratos, cuando el viento se apoya calmo sobre las hojas de los &aacute;rboles. Una frase de mi psic&oacute;logo repiti&eacute;ndose en espirales: <em>fue una decisi&oacute;n del momento con consecuencias permanentes.</em>
    </p><p class="article-text">
        	Tambi&eacute;n hablamos de cu&aacute;n com&uacute;n es esto: en el corriente a&ntilde;o hubo un aumento en la tasa de suicidios. Un 6% en correlaci&oacute;n con el 2022. En total, se registraron 4125 suicidios, de los cuales uno tiene el nombre de mi pap&aacute;. El 80% corresponde a hombres mayores de 18 a&ntilde;os, y una gran parte (a&uacute;n indeterminada) con causa de depresi&oacute;n por factor econ&oacute;mico. Pensarlo en n&uacute;meros, tablas y estad&iacute;sticas me ayuda a disociar el dolor, a alejarme lo suficiente de la situaci&oacute;n para fingir que esa mancha negra no es m&iacute;a, que es solo un caso cl&iacute;nico m&aacute;s para catalogar, memorizar y explicar en un examen de la facultad.
    </p><p class="article-text">
        	Cuando vuelvo a entrar, Clarita se acerca y me abraza fuerte, apoya su cabeza sobre mi coraz&oacute;n. La envuelvo con todo mi cuerpo y me apoyo en su coronilla. Su pelo huele a shampoo <em>Johnson</em> y transpiraci&oacute;n infantil. Siento su hipo constante. Enredo mis dedos en su pelo y le masajeo el cuero cabelludo como s&eacute; que le gusta. Cuando era beb&eacute; lo &uacute;nico que la calmaba era que pap&aacute; la acaricie de esa forma. Pasaba horas arrull&aacute;ndola despu&eacute;s de sus ataques de llanto, esos que pon&iacute;an nerviosa a mam&aacute;. Todav&iacute;a puedo percibir, muy lejos en mi memoria, su olor a beb&eacute;, sus manitas que tiraban de mi pelo, su risa escandalosa cuando pap&aacute; le cantaba.
    </p><p class="article-text">
        	Con suerte, ella se quedar&aacute; con esas im&aacute;genes cargadas de inocencia infantil. Yo tengo otras que vienen, como flashes, de a momentos: Mi t&iacute;a Laura llegando desesperada en el auto. Sus gritos descarnados, rebotando contra las casas bajas de la cuadra. El ruido que hizo su v&oacute;mito al chocar contra la zanja. Las luces de la patrulla que todav&iacute;a puedo ver en la periferia, en los bordes de mis ojos, en cada esquina y cada recoveco. Ella, abraz&aacute;ndome para que no vea cuando sacaban el cuerpo de su hermano en una bolsa.
    </p><p class="article-text">
        	Pienso en la pistola que siempre me dio miedo, en el peso del metal negro sobre mi mano derecha, su forma borrosa, la bala de la rec&aacute;mara. <em>Bersa</em> grabado en el mango, en la cubierta negra, antideslizante. Me pregunto cu&aacute;ndo me la van a devolver.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Maxine Maiolino]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/bersa-cuento-ficcion-suicidio-padre_132_12191519.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 05 Apr 2025 03:00:59 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Bersa]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De la tierra la ceniza]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/tierra-ceniza-cuento-religion-ficcion-cura-muerte_132_12173727.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a6ff1e4d-97a2-4abf-9d5b-cd185f184e9e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De la tierra la ceniza"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Saca la pala y se sienta en el borde del lado opuesto a donde está parado el cura. Cuelga las piernas en el pozo y apoya los brazos a los costados.

</p></div><p class="article-text">
        	Bigussi clava la pala y se seca el sudor de la frente con el dorso de la mano. Hace dos horas esa porci&oacute;n de tierra estaba cubierta de yuyos secos. Ahora se ve un pozo rectangular bastante hondo. Con un poco de suerte, antes del mediod&iacute;a lo tendr&aacute; listo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Hace veinte a&ntilde;os la muerte trabajaba a otro ritmo en el paraje La Estanzuela. Hubo meses en los que Bigussi hizo solo uno o dos pozos. Pero desde que la empresa encontr&oacute; el fil&oacute;n de antracita, mucha gente se mud&oacute; a la zona para trabajar en la mina.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Lo que la empresa nunca le dice a los trabajadores es que el gas t&oacute;xico de la explotaci&oacute;n les destruye los pulmones. Los m&aacute;s afectados son los hombres, que por lo general van a la cantera mientras las mujeres se quedan lavando las piedras grandes al costado del r&iacute;o.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	M&aacute;s de una vez, Bigussi se sinti&oacute; tentado de cambiar de trabajo. En la mina se cobra muy bien, pero &eacute;l sabe mejor que nadie lo insalubre que es el mineral: se pas&oacute; los &uacute;ltimos a&ntilde;os enterrando a hombres desconocidos, mucho m&aacute;s j&oacute;venes que &eacute;l, que se instalaron en la zona con sus mujeres e hijos con el sue&ntilde;o de ahorrar para una vida digna.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Al principio, cuando empez&oacute; a trabajar, los pocos pozos que hac&iacute;a eran para gente conocida de toda la vida, vecinos de la zona; pero desde hac&iacute;a varios a&ntilde;os, ocho de cada diez pozos eran para los trabajadores de la Metal&iacute;fera.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Por el sendero de piedras blancas que divide el cementerio en dos, Bigussi distingue la sotana negra del cura. No quiere escuchar nada de lo que tenga para decirle, ya le advirti&oacute; que no est&aacute; dispuesto a negociar, que &eacute;l se apega al trato original. No va a sacar la huerta para que haya m&aacute;s espacio en el cementerio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Osvaldo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El cura Tiene la cara rosada y brillosa de sudor.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Padre &mdash;contesta Bigussi, y baja al pozo. El sol est&aacute; casi vertical.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Alguien de la comunidad? &mdash;pregunta el cura, asom&aacute;ndose por uno de los costados.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No pregunt&eacute; &mdash;dice Bigussi. Una palada de tierra cae a los pies del cura. &mdash;Ser&aacute;, me imagino, porque de la empresa no me avisaron nada hoy.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;A lo mejor no es cristiano.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Esta semana no hice ning&uacute;n oficio de unci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Con m&aacute;s raz&oacute;n&mdash; replica Bigussi, y vuelve a sacar una palada, que esta vez tira hacia el otro lado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Ha pensado ya qu&eacute; va a hacer?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Bigussi no contesta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No es tanto, la verdad. No se le pide tanto &mdash;dice el cura, y se tantea el pantal&oacute;n por abajo de la sotana. Del bolsillo saca un atado de cigarrillos y un encendedor&mdash;&iquest;Para cu&aacute;ndo cree que podr&aacute; liberar el espacio?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Bigussi clava la pala con fuerza y suspira. El pozo ya casi le llega a la altura del hombro y para salir tiene que ayudarse con los brazos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Cuando sale, el cura ve que Bigussi tiene puesta una remera oscura y una bombacha de gaucho. Las dos prendas est&aacute;n muy sucias. El cura extiende el brazo y le ofrece un cigarrillo. Bigussi se frota la palma de la mano en la remera para sacarse la tierra y, en vez de agarrar el atado, le saca el cigarrillo de la boca al cura, que abre los ojos y se queda congelado sin saber qu&eacute; hacer. Bigussi le sostiene la mirada, pita y un segundo despu&eacute;s suelta el humo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No creo que lo saque. El zapallo est&aacute; por dar, le debe faltar un mes todav&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Es mucho&mdash; dice el cura, y saca otro cigarrillo del atado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Puse or&eacute;gano tambi&eacute;n, tomate, papa. Hay cebolla si quiere llevar.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Esc&uacute;cheme una cosa, Osvaldo. Usted sabe que no est&aacute; bien.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; no est&aacute; bien?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;A usted se le da un techo por el que no paga nada. Debe ser el &uacute;nico de la zona que no paga alquiler. &iquest;Sabe lo que sale una de esas casillas que alquilan los mineros?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;...
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Treinta mil la quincena. Y aparte tiene su sueldo, que yo s&eacute; que es poco, pero tiene que entender&mdash;dice el cura, y se saca el alzacuello blanco con un movimiento brusco.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Sin la contenci&oacute;n, la papada se le nota m&aacute;s. Bigussi la mira y calcula mentalmente su peso. Cien kilos, ciento y algo, piensa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Lo ideal &mdash;sigue el cura&mdash;ser&iacute;a que sacara lo que sembr&oacute; para que el mes que viene la parroquia ya pueda disponer de m&aacute;s metros de tierra santa para albergar los restos de los difuntos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No, no es as&iacute; &mdash; dice Bigussi&mdash;. No fue eso lo acordado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Pero escuche, Osvaldo. Hace veinte a&ntilde;os de ese acuerdo.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Veinte a&ntilde;os. M&iacute;reme las manos, Padre. &iquest;Sabe los pozos que hice? &iquest;Sabe cu&aacute;ntos pozos hice desde que lleg&oacute; la empresa que explota la mina? Yo solo. Sin ayuda de nadie.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Veinte a&ntilde;os en los que no se le pidi&oacute; nada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Siempre cumpl&iacute;. &iquest;Por qu&eacute; me van a sacar la huerta? &iquest;Qu&eacute; les hace? Si pueden usar la tierra de m&aacute;s all&aacute; del pared&oacute;n sur&mdash;dice Bigussi, y tira al pozo el cigarrillo sin terminar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Usted es un hombre valioso, Osvaldo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No diga.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Lleva mucho tiempo brindando un servicio muy noble.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No diga.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Un servicio muy noble, s&iacute;. Pero convengamos que usted vive de los muertos, no de la tierra.
    </p><p class="article-text">
        	Bigussi frunce los labios y, sin decir nada, baja al pozo a buscar la pala. El cura da una pitada. En la otra mano todav&iacute;a tiene apretado el alzacuello.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Saca la pala y se sienta en el borde del lado opuesto a donde est&aacute; parado el cura. Cuelga las piernas en el pozo y apoya los brazos a los costados.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Un metro cuarenta, un metro cincuenta, m&aacute;s o menos&mdash; dice Bigussi.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;O m&aacute;s, dice el cura.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;A veces me pregunto qu&eacute; hacer&mdash;dice Bigussi.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; hacer con qu&eacute;?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Me refiero a si yo me muero. &iquest;Usted me enterrar&iacute;a, Padre?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Nadie conoce los designios del Se&ntilde;or, Osvaldo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Tengo que dejarlo escrito. Prefiero volverme ceniza.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Es respetable, pero sin cuerpo no hay resurrecci&oacute;n&mdash; dice el cura.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Usted no quiere saber nada con el fuego, &iquest;no?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Con este sol asesino me alcanza y me sobra. Piense en lo que le digo, Osvaldo, que no hace falta entrar en conflictos con las autoridades de la comuna por una huertita.
    </p><p class="article-text">
        	El cura se da vuelta y se aleja caminando muy lento. Bigussi espera a que llegue al sendero de piedra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Padre&mdash;grita&mdash;. No hubo fallecidos hoy. Estuve adelantando trabajo nom&aacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	El cura se frena, se hace la se&ntilde;al de la cruz y sigue su camino. Bigussi, al verlo de atr&aacute;s piensa que los kilos del cura deben ser ciento quince.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Joaquín Vazquez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/tierra-ceniza-cuento-religion-ficcion-cura-muerte_132_12173727.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 29 Mar 2025 03:04:53 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[De la tierra la ceniza]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La foto de Cancún]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/foto-cancun_132_12112462.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b8cf3cad-6237-4998-842a-1418e2b3f620_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La foto de Cancún"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La tele del living estaba justo abajo del estante con los trofeos del papá y las fotos familiares. Ahí siempre, entre partido y partido, o cada vez que Rama me echaba en cara su jugada en las repeticiones, yo repasaba rápido la tercera foto. La de su mamá en Cancún.
</p></div><p class="article-text">
        Toco timbre por cuarta vez con una bolsa de hielo en la mano y un fernet en la otra. No me abre nadie, saco el celular del bolsillo como puedo.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Amigo, &iquest;me van a abrir? Estoy como un pelotudo en la puerta esperando.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Estamos atr&aacute;s con el fuego, ah&iacute; va el Negro &mdash;me responde Rama.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Dale, forro, se me est&aacute; congelando la mano.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dejo la bolsa en el piso y corto. El Negro, si hay algo que no es, es r&aacute;pido, as&iacute; que me hago espacio en el banco de la entrada para sentarme. Son las 14:35. Vamos a comer a cualquier hora. Abro Instagram cuando siento una mano en el hombro. No necesito ni darme vuelta, ese perfume ya lo conozco.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Otra vez te dej&oacute; afuera?
    </p><p class="article-text">
        Siento un calor intenso en la piel de mi hombro.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Mir&aacute; que le dije a Ramu que te d&eacute; las llaves, eh.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No puedo dejar de ver su mano que me toca y su dedo, por primera vez, sin anillo. Levanto la mirada e intento responderle, pero no puedo hilar ni una frase. Siempre sent&iacute; que sab&iacute;a&nbsp; perfectamente lo nervioso que me pone cuando se me acercaba. Me paro r&aacute;pido.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;S&iacute;, es un tarado, estoy esperando hace como 15 minutos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ven&iacute;, entr&aacute; conmigo. &iquest;Me ayud&aacute;s con las bolsas? &mdash;me dice mientras abre la puerta y me roza el brazo para pasar&mdash;. Justo vengo del s&uacute;per, les traje el postre.
    </p><p class="article-text">
        Entro al living y vuelvo a mis diecisiete, a los martes de FIFA en lo de Rama. Mi viejo ten&iacute;a f&uacute;tbol, mi vieja llegaba tarde de trabajar y su casa quedaba cerca del colegio. La tele del living estaba justo abajo del estante con los trofeos del pap&aacute; y las fotos familiares. Ah&iacute; siempre, entre partido y partido, o cada vez que Rama me echaba en cara su jugada en las repeticiones, yo repasaba r&aacute;pido la tercera foto. La de su mam&aacute; en Canc&uacute;n. Morocha. Cuarenta y pico. Las tetas hechas. Un culo chiquito y redondo, tremendo. Ten&iacute;a un cuerpo espectacular, y no solo para su edad. Tranquilamente estaba a la par de las chicas de mi clase. Incluso hasta mejor.
    </p><p class="article-text">
        Cuando lleg&oacute; el verano empezamos a pasar casi todos los s&aacute;bados ah&iacute;. El asado despu&eacute;s del partido era fija del grupo y me serv&iacute;a como una excusa espectacular para ver a Sole. La miraba regar las plantas con su pollerita suelta, esa que si se agachaba para arrancar alguna yerba mala llegaba a mostrar el borde de la tanga y la parte redondita de abajo de la cola. O estir&aacute;ndose arriba de la mesa para poner los vasos antes de comer. Ver c&oacute;mo iba y ven&iacute;a con conjuntos deportivos de todos los colores era algo que me dejaba totalmente bobo. Yendo a tennis, llegando de pilates. Cada tanto, cuando ya bajaba el sol, la espiaba desde la ventana que da al jard&iacute;n, justo cuando estaba empezando su clase de Yoga. Corr&iacute;a un poco la cortina y la miraba hacer perrito boca abajo con unas calzas apretadas. Y si hac&iacute;a mucho calor, pod&iacute;a verla pasar el barrefondo en la pileta con una bikini bien chiquita mientras Rama terminaba de elegir qu&eacute; ropa ponerse para la previa de la noche con las pibas del colegio. &iquest;Remera blanca con jean azul y las vans o un pantal&oacute;n negro? No pod&iacute;a chuparme m&aacute;s un huevo. Ella se tiraba de cabeza, nadaba unos largos y sal&iacute;a chorreando. La miraba acomodarse las tetas en el corpi&ntilde;o antes de agarrar la toalla, apret&aacute;ndome la pija disimuladamente para no quedar como un paj&iacute;n. Cuando sub&iacute;a a darse una ducha yo aprovechaba para subir y bajar las escaleras, pasando m&aacute;s veces de las necesarias por la puerta de su cuarto y verla en el reflejo mientras se probaba la ropa. Alguna que otra vez tuve suerte y llegu&eacute; a verle las tetas al pasar. Una sola vez se dio cuenta.
    </p><p class="article-text">
        Llegamos a la cocina y me apoyo en el marco de la puerta mientras lava las verduras. El vestido que tiene es al cuerpo, le noto todo el borde de la colaless y me la imagino rozando, apretando, molestando.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Todav&iacute;a me acuerdo c&oacute;mo arranc&oacute; todo uno de los s&aacute;bados de ese verano. Hab&iacute;a llovido y llegamos a la casa con barro en todo el cuerpo. Los botines, las medias empapadas, los pelos de las piernas con tierra pegada. El short y la remera directamente para tirar a la basura, dir&iacute;a mi vieja. Ese d&iacute;a hab&iacute;amos dado de baja el asado, as&iacute; que Rama fue directo a ba&ntilde;arse y yo me qued&eacute; haciendo tiempo en su habitaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Y? &iquest;C&oacute;mo les fue? &mdash;me pregunt&oacute;. Creo que me vio sobresaltarme. Estaba hermosa con el pelo mojado, reci&eacute;n peinado y la piel brillante.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Hubo mejores. Nos falt&oacute; el Negro hoy. Perdimos 3 a 5.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Est&aacute;s todo embarrado, &iquest;no te quer&eacute;s ba&ntilde;ar, Tomi? &mdash;me dijo mientras me apoyaba una mano en el hombro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;S&iacute;, pero Rama est&aacute; usando el ba&ntilde;o&hellip;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Pero no quer&eacute;s usar el m&iacute;o? Marce ya sale de la ducha.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No, no. Olvidate, espero.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Dale, no te vas a quedar ac&aacute; parado hasta que Ramu salga. Te preparo una toalla, ven&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        A esa altura la casa me la sab&iacute;a de memoria, incluso de m&aacute;s chicos Rama nos hab&iacute;a mostrado el cuarto de sus pap&aacute;s. Abr&iacute;amos hasta los cajones para ver qu&eacute; encontr&aacute;bamos y vi por primera vez bombachas de una mujer que no fuesen de mi hermana o de mi mam&aacute;, pero nunca hab&iacute;a entrado al ba&ntilde;o. Era enorme y ten&iacute;a rico olor, como a vainilla o algo dulce que se me qued&oacute; pegado en la nariz. Me pas&eacute; un rato haciendo malabares para sacarme las medias, el short y el boxer sin ensuciar. Hice todo un bollito con cuidado y lo dej&eacute; apoyado en el bidet, pero igual manch&eacute; con barro el piso, as&iacute; que lo limpi&eacute; como pude usando mi remera de trapo. Me par&eacute; nervioso. Escane&eacute; el cuarto para ver qu&eacute; tanto desastre hab&iacute;a quedado hasta que en la esquina del ba&ntilde;o vi algo que me dej&oacute; quieto.
    </p><p class="article-text">
        El canasto de ropa, sin tapa y, justo arriba como reci&eacute;n tirada, una tanga. Su tanga. Era roja y finita, con una tela suavecita casi transparente, de esas que usan las minas en las porno, que cuando se mojan se llega a ver toda la forma de la concha. Mi cabeza ya estaba ida. La puta madre. Era su tanga. De ella. Su tanga roja. Su tanga de cuando sale y se pone vestidos apretados. Su tanga reci&eacute;n usada. Una descarga de adrenalina me subi&oacute; desde los dedos de los pies hasta el culo. Tragu&eacute; saliva y revis&eacute; que la puerta estuviera bien cerrada. Primero la estudi&eacute; de lejos hasta que me anim&eacute; a agarrarla. Era chiquita y estaba algo h&uacute;meda. Me la pas&eacute; por la mano, por los dedos, la hice un bollo y sin pensarlo me la llev&eacute; a la nariz.
    </p><p class="article-text">
        Ya hab&iacute;a estado con otras pibas. No era un gran cogedor ni le sacaba punta a la pija de tanto ponerla, pero ya al menos los pibes no me dec&iacute;an que era un virgo porque ten&iacute;a una o dos historias piola para contar. El Negro me hab&iacute;a dicho que siempre que le colaba los dedos a la novia se los llevaba a la cara para poder oler y desde ese momento siempre que pod&iacute;a me los acercaba a escondidas. Cada una era distinta, pero ninguna como esto. La tela estaba totalmente impregnada con un flujo transpirado que al olerlo me llegaba directo a la parte de atr&aacute;s del cerebro. Era dulce, pero intenso. Fuerte, muy fuerte. Inspir&eacute; directo en la tela y me imagin&eacute; a Sole en su camioneta nueva volviendo del supermercado. Transpirada, con esa tanga bien metida, marcando cada parte, moj&aacute;ndose un poquito m&aacute;s con cada minuto que pasa.
    </p><p class="article-text">
        Me la pas&eacute; por toda la nariz y me di cuenta que una de mis manos ya estaba agarrando mi pija, movi&eacute;ndose al ritmo de una paja ya bastante adelantada. &iquest;Hace cuanto ven&iacute;a as&iacute;? Mir&eacute; para abajo, me escup&iacute; la cabeza para lubricarla y volv&iacute; al ritmo mientras segu&iacute;a con la tanga pegada, intentando oler cada mancha de flujo, cada gota de sudor que ella hab&iacute;a dejado. Mientras m&aacute;s profundo inhalaba, m&aacute;s tenso me pon&iacute;a. Sent&iacute;a toda la sangre del cuerpo yendo directo hacia la punta de la verga y queriendo explotar.
    </p><p class="article-text">
        Segu&iacute; un poco, la hice un bollo y me la empec&eacute; a pasar por la cara, los ojos, la mand&iacute;bula, el cuello, hasta llevarla a mi boca. La sabore&eacute; y me imagin&eacute; sus piernas arriba de la mesada completamente abiertas para m&iacute;, esperando que avance. <em>Dale chiquito, no me vas a dejar as&iacute; ahora, &iquest;no?</em>. En mi cabeza le puse una voz de putita, pero mandona. Una combinaci&oacute;n de las minas de los videos que hab&iacute;a visto en el &uacute;ltimo mes y su voz grave que me vuelve un idiota. A cualquier cosa que me dec&iacute;a, solo quer&iacute;a hacerle caso. Quer&iacute;a que siguiera hablando, dici&eacute;ndome que me saque los zapatos antes de entrar a la casa, que la ayude a levantar la mesa, que le alcance los platos de la parte alta de la alacena. Quer&iacute;a ver esa sonrisita de satisfecha que pone cuando hago algo como ella quiere.
    </p><p class="article-text">
        Abr&iacute; la boca y sent&iacute; la tela mezclada con la humedad que dej&oacute; para mi. La sabore&eacute;, tragu&eacute; saliva con gusto a ella. Riqu&iacute;simo. Pod&iacute;a exprimirla y tomarme a cucharadas todos los jugos que fue chorreando y quedaron ah&iacute; para que los encontrara. Imagin&eacute; su concha en frente m&iacute;o, rosa, chiquita, cerradita esperando que me la coja de una vez por todas. La sent&iacute; mir&aacute;ndome, paciente. Con una mano acarici&aacute;ndome el pelo y con la otra toc&aacute;ndose lento. Las u&ntilde;as reci&eacute;n hechas marcando c&iacute;rculos bien chiquitos. La pens&eacute; mir&aacute;ndome fijo y en mi cabeza cambi&oacute; el juego. Meti&eacute;ndose un dedo primero y despu&eacute;s otro. Cerr&eacute; fuerte los ojos y la pude ver mirando su anillo de casada completamente empapado antes de meterlos en mi boca con sus ojos clavados en los mios. Saqu&eacute; la lengua como si estuviera abrazando sus dedos con mis labios para agarrar todo lo que chorreaba y sent&iacute; su gusto en la tela de la tanga.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me la saqu&eacute; de la boca, la estir&eacute; y me la enred&eacute; alrededor de la pija. Me escup&iacute; la mano y ahora la us&eacute; para pajearme bien r&aacute;pido, cortito, solo la cabeza. Sintiendo c&oacute;mo apretaba el encaje con mi verga me pens&eacute; corri&eacute;ndole la tanga solo un poquito para met&eacute;rsela y taparle la boca para que el marido no escuche. Me vi meti&eacute;ndola bien suave y sent&iacute; como rozaba y raspaba la tela, pero a esta altura no pensaba frenar. Apur&eacute; la velocidad pens&aacute;ndola encima m&iacute;o con su culo rebotando cogi&eacute;ndose toda mi verga, dici&eacute;ndome como estuvo todo el verano esperando que por fin se la diera. En medio del pensamiento, me sent&iacute; acabar. Me tap&eacute; la cabeza de la pija con la tela y sin pensarlo la llen&eacute; de leche. Chorros cortitos, bien densos. Me desplom&eacute; en el piso contra la pared mientras me lat&iacute;a la pija. Volv&iacute; a m&iacute; y vi mi mano y mi panza todo pegoteado, era un asco. Me par&eacute; sin pensarlo mucho, escond&iacute; r&aacute;pido la tanga destruida en medio de toda la ropa sucia, y la imagin&eacute; a Sole pas&aacute;ndose sin querer toda mi acabada por las manos justo antes de meterla en el lavarropas. Entr&eacute; a la ducha todav&iacute;a un poco ido, pero con una sonrisa de oreja a oreja.
    </p><p class="article-text">
        Ese d&iacute;a empez&oacute; el morbo y se volvi&oacute; un hobbie. Tangas de colores, blancas, de deporte, transpiradas, manchadas, de encaje. M&aacute;s grandes, m&aacute;s chicas. Noche que iba a lo de Rama, noche que pasaba a hacerme mi paja de rutina. A veces encontraba sus bombachas, a veces no hab&iacute;a nada m&aacute;s que toallas o remeras del marido. Nunca llegu&eacute; a tanto, pero reconozco que revolv&iacute; hasta el fondo del tacho e incluso me divert&iacute; con un par de calcitas de deporte cortitas, todav&iacute;a un poco h&uacute;medas. Lo suficiente como para pararme la pija y ser devueltas con manchas de leche caliente de un pendejo de diecisiete.
    </p><p class="article-text">
        Hoy ya la veo desde otro lado. Ya hay pibas que me likean historias, me mandan fueguitos, me chupan la pija. No cojo todas las semanas, pero puedo decir que ando s&oacute;lido en el promedio. No nos vemos tan seguido con los pibes y ella cambi&oacute; bastante. Se hizo la cara, tiene el pelo m&aacute;s corto y se la ve m&aacute;s tranquila. Pero, nunca dej&eacute; de dedicarle pajas. Al recuerdo de la foto de Canc&uacute;n. A las que subi&oacute; para el aniversario de casados con un vestido gris que le levantaba las tetas. A las de Punta con sus amigas reci&eacute;n divorciadas. A la de la casa de Tigre tomando mate con las sobrinas.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Pens&aacute;s quedarte ah&iacute; o vas a ayudarme?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Si, si. Perd&oacute;n, me qued&eacute; tildado &mdash; balbuceo. Otra vez estoy nervioso, y otra vez se est&aacute; dando cuenta. Me limpio la transpiraci&oacute;n de las manos en el jean mientras me acerco.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Si? &iquest;Tildado? &iquest;Hay algo que te est&eacute; distrayendo? &mdash; me dice mientras me mira de reojo. No s&eacute; si estoy flasheando o veo posta una sonrisita pilla en el costado de su boca. Se da vuelta mientras se para de puntitas para abrir la parte alta de la alacena. Mientras m&aacute;s intenta estirarse para llegar, m&aacute;s se le levanta el vestido dejando ver solo un poquito de su culo. Ojal&aacute; no llegue nunca hasta arriba. Gira la cabeza para mirarme y hace un chasquido mand&oacute;n mientras se&ntilde;ala las latas de at&uacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Si, perd&oacute;n, &iquest;qu&eacute; necesit&aacute;s? &iquest;Con qu&eacute; te ayudo? &mdash;me pongo al lado suyo rezando que no note lo transpirado que estoy. Intento agarrar cuatro latas a la vez, pero mi brazo toca el suyo y como un imb&eacute;cil las dejo caer. Ella se r&iacute;e y yo me puteo por lo bajo por ser tan virgen. Hoy no va a ser. &ndash;Sole, &iquest;me banc&aacute;s que voy al ba&ntilde;o?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Dej&aacute; chiquito, yo puedo. And&aacute; al m&iacute;o que el de tu amigo est&aacute; hecho un desastre. Y despu&eacute;s volv&eacute; a buscarte esa asadera que les dej&eacute; los morrones preparados para la parrilla.
    </p><p class="article-text">
        Me merezco no ponerla nunca m&aacute;s, por pelotudo. Me voy de la cocina rasc&aacute;ndome la cabeza y subo directo a su ba&ntilde;o. Entro, trabo la puerta y busco lo que necesito. Cualquier cosa me sirve. Por suerte encuentro r&aacute;pido una tanga negra. La miro, ahora con bronca, est&aacute; seca y un poco dura, pero igual va. Me la meto en la boca para mojarla, me la pego en la nariz y de ah&iacute; directo a mi pija mientras me clavo una paja furiosa. Pienso en su culo rebotando mientras camina, en Rama cag&aacute;ndose a trompadas con el Negro por decirle MILF a su vieja, en el pelo de Sole atado en una colita tirante, en el d&iacute;a que la vimos llorar porque encontr&oacute; a Marcelo cogi&eacute;ndose a su compa&ntilde;era de laburo, en las miradas que me tir&oacute; hoy, en su mano sobre mi hombro, en su dedo ya sin anillo. Pienso en acabar. En acabarle la cara, las tetas. En dejarle un collage de leche en el culo. Me tenso el cuerpo y me aprieto la pija con la tela mientras tengo un orgasmo corto, pero espectacular. Dejo la tanga a un costado en la mesada mientras me lavo y espero a que se me calme la respiraci&oacute;n. Cuando la agarro para esconderla en el tacho de la ropa la siento caliente en mi mano, se ve m&aacute;s chiquita ahora que cuando era pendejo. La doblo y me la meto en el bolsillo como souvenir, pero cuando me acerco a la puerta me freno en seco. Me doy vuelta y veo arriba del banquito de la esquina un vestido doblado y las botas que seguro va a usar a la noche. Me acerco, me la saco del bolsillo y la dejo ah&iacute; arriba, estirada. Apago la luz y salgo, esperando que cuando la encuentre todav&iacute;a siga mojada.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Bren Topor y Sol Gey]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/foto-cancun_132_12112462.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 08 Mar 2025 03:00:14 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La foto de Cancún]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ángel]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/angel_132_12071898.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/929e0258-dd62-403b-94ab-aca86b446a0d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ángel"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Acaso no había dicho el doctor tantas veces que a la edad de Ángel un ACV como el que había sufrido tardaría mucho en curar? Con un milagro yo quería devolverle el tiempo, la vida de nuevo.</p></div><p class="article-text">
        	Fui a verlo al d&iacute;a siguiente y llev&eacute; flores. Hice el mismo recorrido de siempre mirando por la&nbsp; ventanilla desde mi rinc&oacute;n preferido del colectivo, las mismas calles, los mismos negocios&nbsp; abriendo sus persianas, los encargados limpiando con sus franelitas naranjas los porteros&nbsp; el&eacute;ctricos dorados y las veredas reci&eacute;n baldeadas. Solo que ahora la ropa en la gente, los &aacute;rboles,&nbsp; los autos; parec&iacute;an tener un color nuevo, electrificado y brillante. Todo hab&iacute;a cambiado, hab&iacute;a&nbsp; sacado al fin el manto negro que me cubr&iacute;a desde que no me dejaban verlo. Ahora iba a verlo,&nbsp; ahora yo hab&iacute;a cambiado, y no en mi imaginaci&oacute;n, como les gustaba decir a ellos, sino que esta&nbsp; vez ten&iacute;a pruebas, el cosquilleo y el dolor eran reales, cada vez que el colectivo saltaba contra los&nbsp; adoquines pod&iacute;a sentirlo en el pecho.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pensaba dec&iacute;rselo sin vueltas. Llegar a su departamento, sentarme al borde de la cama mientras&nbsp; &eacute;l todav&iacute;a se despertaba, mirarlo a los ojos y decirle que hab&iacute;a ocurrido un milagro. Le dir&iacute;a que&nbsp; no le tengo miedo a su mujer ni a sus hijos, ni a los abogados con sus amenazas ni a nadie ni a&nbsp; nada. Despu&eacute;s me sacar&iacute;a la parte alta del ambo despacio y &eacute;l me mirar&iacute;a acostado sobre la&nbsp; almohada, sus ojos azules, chiquitos se agrandar&iacute;an de sorpresa y amor y yo dejar&iacute;a que me miren sin tocarme, como siempre, y esperar&iacute;a hasta que &eacute;l, sabiendo lo que tiene que hacer sin&nbsp; decirlo, acerque su boca y ser&iacute;a hermoso.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Camin&eacute; las dos cuadras desde la parada del colectivo hasta su casa. La ebullici&oacute;n el&eacute;ctrica y optimista de la ma&ntilde;ana amenazaba con transformarse en una corriente turbia que me erizaba los&nbsp; nervios, &iquest;y si no quer&iacute;a verme? No pienses eso, me repet&iacute;a mientras atravesaba el palier saludando con disimulo al encargado que estaba distra&iacute;do regando una planta. Segu&iacute; derecho para el fondo, hasta el ascensor de servicio, la espera se me hizo eterna mientras miraba los numeritos rojos ilumin&aacute;ndose en cada piso el manto negro: &iquest;y si justo baja alguien y me ve? No pienses en eso, me repet&iacute;, y cerr&eacute; la puerta tijera del ascensor que me llev&oacute; hasta el noveno. Todav&iacute;a ten&iacute;a la llave de servicio y funcionaba, no hab&iacute;an hecho a tiempo de cambiar la&nbsp; cerradura. Entr&eacute; por la cocina, vigilando que no hubiera nadie, aunque sab&iacute;a que a esa hora Miriam, la chica que limpia, estar&iacute;a en la otra punta del departamento repasando el living como hac&iacute;a todos los d&iacute;as, adornito por adornito, fotito por fotito; la de &Aacute;ngel joven y hermoso, el pelo rubio movido por el viento jugando a ser marino en el tim&oacute;n de su velero, la de su viaje a&nbsp; Roma, frente al Vaticano, con su mujer y sus hijas, qu&eacute; buen mozo estaba ah&iacute;&hellip;Ahora, aunque est&eacute; viejo y enfermo, para mi sigue siendo el de las fotos.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Camin&eacute; por el pasillo alfombrado casi en puntas de pie, escuchando el zumbido parejo de la&nbsp; aspiradora de Miriam que llegaba desde el fondo. Me sobresalt&oacute; un movimiento en el borde del ojo, me detuve en seco sin respirar y descubr&iacute; que era mi propio reflejo lo que se mov&iacute;a en el espejo antiguo que colgaba en la pared, me re&iacute; de los nervios con el coraz&oacute;n acelerado, me llev&eacute; las flores al pecho, respir&eacute; hondo y finalmente abr&iacute; la puerta de su habitaci&oacute;n. Dorm&iacute;a. Solo, pobre. Boca arriba, los labios un poco abiertos, el pelo blanco y finito, despeinado. Entorn&eacute; la puerta, asom&eacute; el cuerpo un poco m&aacute;s y revisando que no viniera nadie por el pasillo&nbsp;entr&eacute; en la habitaci&oacute;n. Cerr&eacute; con traba desde adentro para que no nos molestaran. Quer&iacute;a pedirle perd&oacute;n, decirle todo lo que no hab&iacute;a podido decirle, pero me contuve y solamente&nbsp; me qued&eacute; mir&aacute;ndolo, con la mente en blanco. S&iacute;. Mis sentimientos por &Aacute;ngel exced&iacute;an los considerados &ldquo;normales&rdquo; en la relaci&oacute;n entre cuidadora y paciente. Pero esto ya no se trataba de mi amor por &eacute;l, de mis sentimientos por &eacute;l, esto era un tema de salud, la verdadera&nbsp; posibilidad de curar. &iquest;Cu&aacute;ntas veces se ha dicho que los viejos a medida que se acercan a la&nbsp; muerte se parecen cada vez m&aacute;s a los beb&eacute;s? &iquest;o no? Alcanza con verlo dormir ahora, indefenso y fr&aacute;gil, como un reci&eacute;n nacido. No hace falta pensar demasiado entonces para entender que, si yo pod&iacute;a darle a &eacute;l la clase de amor que se le da a un reci&eacute;n nacido, le estar&iacute;a dando tambi&eacute;n, de alg&uacute;n modo, la posibilidad de vivir de nuevo. &iquest;Acaso no hab&iacute;a dicho el doctor tantas veces que a la edad de &Aacute;ngel un ACV como el que hab&iacute;a sufrido tardar&iacute;a mucho en curar? Bueno, con un milagro yo quer&iacute;a devolverle el tiempo, la vida de nuevo, &iquest;a cambio de&nbsp; qu&eacute;? de nada, eso es lo que digo. Lo &uacute;nico que pido a cambio es estar con &eacute;l una vez m&aacute;s y nada m&aacute;s.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Entonces &eacute;l se despert&oacute; y me vio. Trat&oacute; de hablar, pero me acerqu&eacute; y le puse la mano en los Labios. Sus ojitos azules se abrieron grandes como si hubiera angelitos adentro mir&aacute;ndome desde&nbsp; un glaciar. <em>Shhh</em> dije susurrando. <em>No habl&eacute;s </em>y apoy&eacute; las flores en la mesita de luz mientras me sentaba en el&nbsp; borde de la cama. &iquest;Te gustan? Son gardenias, tus favoritas. &Eacute;l estir&oacute; su mano, pobre&hellip;tan fr&aacute;gil y flaca. Buscaba el llamador, pero lo agarr&eacute; antes y le dije que no se preocupara, que esta vez ven&iacute;a con buenas noticias, que ten&iacute;a algo que contarle, que hab&iacute;a ocurrido un milagro. &Aacute;ngel respiraba agitado, eso no le hac&iacute;a bien, apoy&eacute; mi mano en su pecho, sobre los botones de la camisa del&nbsp; pijama y le ped&iacute; solo cinco minutos, nada m&aacute;s. Cuando pareci&oacute; calmarse le cont&eacute;. Me miraba&nbsp; confundido &iquest;C&oacute;mo no estarlo? &iexcl;Si era un milagro! Intentaba hablar y sent&iacute;a su boca caliente en&nbsp; la palma de la mano. Le dije que sab&iacute;a que parec&iacute;a una locura pero que era verdad y que si se&nbsp; quedaba callado se lo iba a demostrar ah&iacute; mismo. Me saqu&eacute; despacio la parte de arriba del ambo hasta quedar sin ropa frente a &eacute;l que me miraba con los ojos todav&iacute;a confundidos apoyado en su&nbsp; almohada. Acerqu&eacute; el pecho hasta su cara, &eacute;l trat&oacute; de correrse hacia un costado, pero lo sostuve de la mand&iacute;bula. <em>Shh</em>, le repet&iacute;a. Forcejeaba y trat&oacute; de zafarse, pero despu&eacute;s se cans&oacute; y su boca&nbsp; roz&oacute; mi pecho, entonces supe que ten&iacute;a que suceder ah&iacute;, que ese era el momento. Cerr&eacute; los ojos&nbsp; muy fuerte, levant&eacute; la vista al cielo y pens&eacute; en el milagro, imagin&eacute; la leche que brotaba de mi&nbsp; pecho mientras la pija se me pon&iacute;a dura. Alguien intent&oacute; abrir la puerta, golpe&oacute; una, dos veces. Llamaban a &Aacute;ngel, era Miriam, despu&eacute;s la voz de un hombre, seguramente el encargado. A m&iacute; no me importaba, segu&iacute;a con los ojos cerrados, sosteniendo a &Aacute;ngel que ahora estaba tranquilo y quieto, como un beb&eacute; dormido contra mi pecho, &eacute;l y yo juntos en el milagro. Nada podr&iacute;a arruinar ese momento, ni los gritos del otro lado de la puerta, ni los golpes, ni los brazos que&nbsp; ahora tiraban de m&iacute; hacia atr&aacute;s y me alejaban otra vez de &eacute;l. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tomás Perez Silva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/angel_132_12071898.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 22 Feb 2025 03:02:18 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ángel]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mundial]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/mundial-poesia-futbol-amor-brasil-argentina_132_12049999.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/00f400ae-5958-4b41-b00f-e5143cf015bf_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mundial"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Lo peor de las alegrías es que no duran tanto como para darnos cuenta de que somos felices.</p></div><p class="article-text">
        <strong>I</strong>
    </p><p class="article-text">
        Pasa un avi&oacute;n, y lo escucho
    </p><p class="article-text">
        y tambi&eacute;n lo puedo ver,
    </p><p class="article-text">
        porque no tengo techo,
    </p><p class="article-text">
        ac&aacute; en R&iacute;o de Janeiro,
    </p><p class="article-text">
        hasta el cuerpo m&aacute;s torcido
    </p><p class="article-text">
        puede ver las estrellas.
    </p><p class="article-text">
        All&aacute;,
    </p><p class="article-text">
        en el bar de las luces,
    </p><p class="article-text">
        venden aguas coloridas,
    </p><p class="article-text">
        naranjas, moradas,
    </p><p class="article-text">
        en cristales con sorbetes,
    </p><p class="article-text">
        que compran los blancos,
    </p><p class="article-text">
        para sus novias blancas.
    </p><p class="article-text">
        Ac&aacute;,
    </p><p class="article-text">
        en la vereda,
    </p><p class="article-text">
        los vasos de pl&aacute;stico,
    </p><p class="article-text">
        las luces de patrulleros,
    </p><p class="article-text">
        los cables colgando,
    </p><p class="article-text">
        que esquivan los negros,
    </p><p class="article-text">
        mientras bailan las negras.
    </p><p class="article-text">
        Las mujeres en verano,
    </p><p class="article-text">
        los novios celosos,
    </p><p class="article-text">
        la mirada se pierde,
    </p><p class="article-text">
        entre adoquines gastados,
    </p><p class="article-text">
        testigos m&aacute;s fieles,
    </p><p class="article-text">
        que mis pupilas cansadas,
    </p><p class="article-text">
        de tantos limones.
    </p><p class="article-text">
        <strong>II</strong>
    </p><p class="article-text">
        Un argentino me dice orgulloso,
    </p><p class="article-text">
        que aprendi&oacute; a decir camisinha,
    </p><p class="article-text">
        que se comi&oacute; a un travuco en la favela,
    </p><p class="article-text">
        y que no va a mirar el partido,
    </p><p class="article-text">
        porque &eacute;l aprovech&oacute; la distracci&oacute;n,
    </p><p class="article-text">
        y se vino de vacaciones.
    </p><p class="article-text">
        <strong>III</strong>
    </p><p class="article-text">
        La TV con Dilma en primer plano.
    </p><p class="article-text">
        &iexcl;Fi&uacute;!, chifla un mexicano,
    </p><p class="article-text">
        &iexcl;b&uacute;!, grita un alem&aacute;n,
    </p><p class="article-text">
        &iexcl;porra!, un brasilero.
    </p><p class="article-text">
        La cerveza est&aacute; bien fr&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Sali&oacute; Brasil a la cancha.
    </p><p class="article-text">
        En el hostel hay un grupo,
    </p><p class="article-text">
        que habla en portugu&eacute;s cerrado,
    </p><p class="article-text">
        y sonr&iacute;o, aunque no entienda,
    </p><p class="article-text">
        ninguno de sus chistes burlones.
    </p><p class="article-text">
        Creo que algunos hinchan,
    </p><p class="article-text">
        por que no gane su pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IV</strong>
    </p><p class="article-text">
        Se hace de noche,
    </p><p class="article-text">
        y me cruzo dos travestis, 
    </p><p class="article-text">
        que se bajan el jean,
    </p><p class="article-text">
        y se limpian la cola,
    </p><p class="article-text">
        con una carilina que comparten,
    </p><p class="article-text">
        sin pudor, contra un auto,
    </p><p class="article-text">
        me ven pasar, estoy solo,
    </p><p class="article-text">
        en un camino de Santa Teresa,
    </p><p class="article-text">
        con el coraz&oacute;n en la pared.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V</strong>
    </p><p class="article-text">
        Ay, Don Julio,
    </p><p class="article-text">
        cu&aacute;ntas chicas en Lapa,
    </p><p class="article-text">
        tienen las llaves,
    </p><p class="article-text">
        de las puertas del cielo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI</strong>
    </p><p class="article-text">
        Desayuno en el hostel,
    </p><p class="article-text">
        y una californiana,
    </p><p class="article-text">
        que habla en ingl&eacute;s,
    </p><p class="article-text">
        pregunta cu&aacute;l es esa fruta,
    </p><p class="article-text">
        what is that fruit.
    </p><p class="article-text">
        Esa fruta es un mel&oacute;n,
    </p><p class="article-text">
        y yo le digo pineapple,
    </p><p class="article-text">
        que significa anan&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        Pero resulta que sus padres,
    </p><p class="article-text">
        no son yankees como ella,
    </p><p class="article-text">
        son del de&eacute;fe, me dice.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que ella entiende
    </p><p class="article-text">
        cuando digo en espa&ntilde;ol,
    </p><p class="article-text">
        no s&eacute; como mierda se llama,
    </p><p class="article-text">
        esa fruta que parece anan&aacute;,
    </p><p class="article-text">
        pero es un mel&oacute;n amarillo.
    </p><p class="article-text">
        Dice mande, mande,
    </p><p class="article-text">
        cuando no entiende algo,
    </p><p class="article-text">
        que balbuceo en ingl&eacute;s,
    </p><p class="article-text">
        mande mande,
    </p><p class="article-text">
        mandar mandar.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VII</strong>
    </p><p class="article-text">
        Lo peor de las alegr&iacute;as
    </p><p class="article-text">
        es que no duran tanto,
    </p><p class="article-text">
        como para darnos cuenta,
    </p><p class="article-text">
        de que somos felices.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VIII</strong>
    </p><p class="article-text">
        Un flash gordo sale conmigo,
    </p><p class="article-text">
        quiero decir:
    </p><p class="article-text">
        un gordo,
    </p><p class="article-text">
        con la careta,
    </p><p class="article-text">
        la remera,
    </p><p class="article-text">
        y el trueno de Flash Gordon,
    </p><p class="article-text">
        es nuestro anzuelo,
    </p><p class="article-text">
        para que alguna brasilera,
    </p><p class="article-text">
        holandesa, jamaiquina,
    </p><p class="article-text">
        diga &ldquo;foto con flash&rdquo;,
    </p><p class="article-text">
        y responderle que las fotos,
    </p><p class="article-text">
        en nuestro pa&iacute;s,
    </p><p class="article-text">
        se pagan con un beso.
    </p><p class="article-text">
        Nos tiran gas pimienta,
    </p><p class="article-text">
        una, dos veces,
    </p><p class="article-text">
        porque el flash gordo est&aacute; borracho,
    </p><p class="article-text">
        y nos pusimos a cantar,
    </p><p class="article-text">
        que esta banda quilombera,
    </p><p class="article-text">
        no te deja de alentar.
    </p><p class="article-text">
        Pero viene la polic&iacute;a,
    </p><p class="article-text">
        nos tira el aerosol,
    </p><p class="article-text">
        nos pica la garganta,
    </p><p class="article-text">
        lloramos,
    </p><p class="article-text">
        y dejamos de alentar.
    </p><p class="article-text">
        <strong>XIX</strong>
    </p><p class="article-text">
        Lo peor de las im&aacute;genes tristes,
    </p><p class="article-text">
        es que duran para siempre.
    </p><p class="article-text">
        Y donde unos fuman,
    </p><p class="article-text">
        pitadas largas, abusivas,
    </p><p class="article-text">
        otros tienen que juntar,
    </p><p class="article-text">
        las colillas prendidas de la calle,
    </p><p class="article-text">
        pon&eacute;rselas en la boca,
    </p><p class="article-text">
        y con un solo aliento,
    </p><p class="article-text">
        quemarse la punta de los labios.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Fernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/mundial-poesia-futbol-amor-brasil-argentina_132_12049999.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 15 Feb 2025 03:05:27 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Mundial]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Malabia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/malabia-ficcion-cuento-suicidio-subte-buenos-aires-porteno_132_12009865.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a80e5529-88d9-479a-a4dc-26dbdc334ee5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Malabia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cada tres horas se suicida una persona. En la ciudad de Buenos Aires, la mayoría lo hace en el subte. La mitad se tira en la línea B, y el ochenta por ciento en la estación Malabia - Osvaldo Pugliese. Creo que lo de decir Pugliese tres veces para anular la mala suerte es un asunto tan de porteños como tomar una última decisión en Villa Crespo.</p></div><p class="article-text">
        Mi pap&aacute; dice qu&eacute; rompimos cada vez que llega la cuenta. Se jubil&oacute; hace poco,&nbsp; bastante bien y no gasta en nada, por eso se olvida de los precios y lo sorprenden cada vez. Me pide que lo acompa&ntilde;e a retirar unos lentes &ldquo;porque es cerca de tu trabajo creo&rdquo; y me invita a almorzar. Pido un tostado y una coca, &eacute;l una milanesa con pur&eacute;. Apenas prueba bocado y me la termino yo, de a pedacitos, como sin querer, mientras charlamos. Me dice que extra&ntilde;a a mam&aacute;, le digo que yo tambi&eacute;n. Me dice que sus estudios no dieron bien. Me dice que mi hermano volvi&oacute; a vivir a casa, un par de semanas parece esta vez. Se volvi&oacute; a pelear con la novia, con la &uacute;ltima novia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dice, adem&aacute;s, que todo es de peor calidad. Todo esta m&aacute;s caro y se degrada. Opina que ya nadie piensa colectivamente (colectivamente, dice), ni siquiera por estrategia, pero que lo peor es que adem&aacute;s nadie piensa en s&iacute; mismo en el futuro. El individualismo es tan zonzo, hija, que no se les ocurre organizar algo que m&aacute;s o menos se sostenga, por lo menos para su propio beneficio en 20 a&ntilde;os, para sentirse uno realizado. Antes arm&aacute;bamos clubes de barrio de la nada, sociedades de fomento, ped&iacute;amos el terreno para la plaza. Y hab&iacute;a que mandar cartas, juntar firmas, ir hasta el corral&oacute;n. Ya s&eacute;, ahora algunos tambi&eacute;n hacen, pero son m&aacute;s las cosas que cierran. Ya no saben lo que quieren, ni placer inmediato, no se animan ni a hacer lo que les gusta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tengo cuarenta mil pesos en el pantal&oacute;n y veinte mil m&aacute;s en el corpi&ntilde;o. Camino r&aacute;pido, mirando para atr&aacute;s. Es much&iacute;sima plata hoy, no s&eacute; el mes que viene. Es m&aacute;s de lo que pago de alquiler. Cambi&eacute; unos d&oacute;lares que ten&iacute;a guardados para la renovaci&oacute;n del contrato del departamento y separ&eacute; todo lo que pude de los &uacute;ltimos trabajos que cobr&eacute;. Llevo encima el pago por unas trescientas horas de traducci&oacute;n, una cantidad de caracteres que seguramente da la vuelta al planeta
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Hola Mai, &iquest;c&oacute;mo and&aacute;s?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Bien, bien y vos.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Bien.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Qu&eacute; pasa Pau, qu&eacute; necesit&aacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No, es que tengo que ir al m&eacute;dico ma&ntilde;ana, quer&iacute;a preguntarte si me pod&iacute;as acompa&ntilde;ar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Al m&eacute;dico? &iquest;Te pas&oacute; algo?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No, o sea, s&iacute;&hellip; no quer&iacute;a ir sola.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No puedo ma&ntilde;ana Pau, me hubieras avisado antes.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No, claro, dej&aacute;, no te preocupes.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Pero contame.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Tranqui, gracias.
    </p><p class="article-text">
        Me sugirieron que venga acompa&ntilde;ada pero dej&eacute; para &uacute;ltimo momento la organizaci&oacute;n de las cosas. Le dej&eacute; mucha comida y agua a mi gata Perla. Me piden, igual, un contacto de emergencia. Pongo el nombre de Pablo, pienso que finalmente si me pasa algo tendr&iacute;a que hacerse cargo, pero me lo imagino recibiendo una llamada as&iacute; y cambio el &uacute;ltimo n&uacute;mero. Firmo m&aacute;s cosas. Todo pasa muy lentamente y como por detr&aacute;s de un velo. Me desnudan o me piden que me desnude y lo pr&oacute;ximo que siento es el fr&iacute;o helado del metal de la mesa del quir&oacute;fano, pero en un espacio reducido y demasiado luminoso que no parece y no es un hospital.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me tiro en el pasto blando y veo las hojas moverse encima de mi cabeza. El cielo es turquesa y los pajaritos, afinados. Mi mam&aacute; me hace trenzas o mimos en el pelo, pero no puedo verla. Mi pap&aacute; se queja de mi hermano, ella se r&iacute;e con una carcajada que es como un xilof&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sali&oacute; t&mdash;odo bien, reina. En media horita pod&eacute;s irte, trat&aacute; de pedirte un auto. Ac&aacute; ten&eacute;s unas compresas y unos analg&eacute;sicos como para hoy.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Salgo por la puerta de atr&aacute;s del centro de est&eacute;tica ubicado en zona norte, el viento helado me pega en la cara y me termino de despertar. Me subo a un auto blanco como el de Pablo y me divierto imaginando qu&eacute; pasar&iacute;a si fuera &eacute;l. El dolor me atraviesa cuando me siento y viajo hasta casa pr&aacute;cticamente acostada en diagonal en el asiento de atr&aacute;s. Me preocupa: 1. que no voy a llegar con la traducci&oacute;n que acord&eacute; entregar el viernes. 2. dejar el asiento manchado de sangre. 3. que no me alcance el efectivo que me queda para pagarle el viaje a este Pablo. Ahora, de noche y dolorida, aspirada, hecha un nudo, el camino parece m&aacute;s largo que de ida. Me distraigo pensando en publicar algo en redes sociales para inmortalizar el momento, me divierte la idea de lo anti est&eacute;tico del dolor. En un sem&aacute;foro le saco una foto a un cartel que dice &ldquo;vecino no tirar basura o macumbas en esta esquina&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el puente entre Resistencia y Corrientes, una estructura impresionante que cruza el Paran&aacute;, hay carteles que buscan persuadir a quienes andan con ganas de matarse. Adem&aacute;s hay un grupo de voluntarios que hace guardia, caminan de a dos, ida y vuelta todo el puente, para evitar que te tires al r&iacute;o. Yo digo que es una especie de Comando por la Indecisi&oacute;n, porque para convencerte de que no te mates, al menos en ese momento, no hace falta despertar la esperanza ni el gusto por la vida, s&oacute;lo necesitan plantarte la semilla de la duda. Para m&iacute;, elegir morir ah&iacute; se parece m&aacute;s a un acto de fe que de desesperaci&oacute;n. El atardecer tornasol sobre el r&iacute;o ondulado y dulce de leche, que desde la altura parece tibio, la brisa en el pelo, un &uacute;ltimo vuelo y por fin descansar. Los voluntarios te ofrecer&aacute;n ayuda, compa&ntilde;&iacute;a y oraci&oacute;n, pero en ese momento, la tentaci&oacute;n de la libertad es completa: no necesitar nada m&aacute;s. Si tu amigo se tira a un r&iacute;o &iquest;vos tambi&eacute;n te tir&aacute;s?, preguntaban las mam&aacute;s y las maestras cuando acus&aacute;bamos a nuestras malas influencias. Por ah&iacute; s&iacute;, mam&aacute;, por ah&iacute; s&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        El otro d&iacute;a fui al cementerio y como siempre di vueltas sin llegar a la l&aacute;pida de mam&aacute;. Me sent&eacute; al sol, escrib&iacute; sobre esto y pens&eacute; qu&eacute; habr&aacute; pensado cuando lleg&oacute; no s&eacute;, al cielo o al limbo, y se enter&oacute; en qu&eacute; boludeces gasto la plata, o qu&eacute; habr&aacute; dicho pap&aacute; cuando se enter&oacute; de que su hija es muy trola.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me pregunto las preguntas que se hizo, si pens&oacute; en el trauma del maquinista o si consider&oacute; la demora que tendr&iacute;an que bancarse las personas que trataban de llegar a su casa o al trabajo. Me lo imagin&eacute; burl&aacute;ndose del comando anti suicidios de evang&eacute;licos chaque&ntilde;os, c&oacute;mo se sentir&iacute;an al fracasar o si contar&iacute;an con orgullo las almas salvadas. Probablemente caminen deseando encontrarse a un potencial suicida para que llegue su momento de brillar. Pienso que si Dios existe no querr&iacute;a tener seguidores que se interpongan as&iacute; con la voluntad de las personas. Libre albedr&iacute;o, dijo Dios el sexto o s&eacute;ptimo d&iacute;a, y a m&iacute; me angustia de la religi&oacute;n esa libertad indeclinable, esa absoluta soledad. Lo que me gusta, en cambio, es que no hay nada demasiado grave que no pueda ser perdonado si uno de verdad est&aacute; arrepentido. Pero eso no pasa. La mayor parte del tiempo estamos haciendo cosas que embarran las anteriores y se apilan unas sobre otras. Las grandes conversiones de vida no suceden m&aacute;s en esta &eacute;poca. Lo sabe la sociolog&iacute;a que asume que la voluntad individual no existe (o algo as&iacute;) y mi psiquiatra que se pregunta si alguna vez la qu&iacute;mica dejar&aacute; de ser mi enemiga.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Llego a casa, me pongo un camis&oacute;n de mam&aacute;. Me miro en el espejo del armario y me veo muy parecida a ella cuando ya sab&iacute;a que sab&iacute;amos que estaba demasiado enferma para volver a trabajar, cocinar o hacer yoga. Los huesos de las clav&iacute;culas, la piel seca pegada a los p&oacute;mulos, el resentimiento. Mil doscientos pesos en la cuenta bancaria y una traducci&oacute;n pendiente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las (muchas) pastillas que tom&eacute; para dormir dibujaron el filo de una navaja. Me despierto con veintisiete llamadas perdidas, y una que est&aacute; sonando ahora. Es Maira, est&aacute; preocupada. Le cuento, hablamos media hora por celular y promete visitarme a la noche.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se le complic&oacute;. Me lo imaginaba, igual se me llena el est&oacute;mago de alivio y decepci&oacute;n en partes casi iguales. Me manda una moto con media docena de empanadas y un cuarto de helado. Ceno agradecida y me prometo arrancar a primera hora del jueves con el texto. Giro y sigo durmiendo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El otro d&iacute;a mi hermano vino a merendar y me cont&oacute; que los domingos a la madrugada muere m&aacute;s gente arrollada por trenes. Trabaja en el puesto de monitoreo de Once, de noche. Cree que muchos de los eventos son involuntarios, borrachos que andan solos y cruzan lento o se tropiezan en las v&iacute;as. Expone su an&aacute;lisis tomando mate con un pedazo de tortilla santiague&ntilde;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En Argentina cada tres horas se suicida una persona. En la ciudad de Buenos Aires, la mayor&iacute;a lo hace en el subte. La mitad se tira en la l&iacute;nea B, y el ochenta por ciento de ellos, en la estaci&oacute;n Malabia - Osvaldo Pugliese. Creo que lo de decir Pugliese tres veces para anular la mala suerte es un asunto tan de porte&ntilde;os como tomar una &uacute;ltima decisi&oacute;n en Villa Crespo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lo bueno de mi trabajo es que puedo estar en bombacha todo el d&iacute;a. Lo malo es que puedo estar en bombacha todo el d&iacute;a. Paso todo el d&iacute;a tomando mate al sol con Perla reposando a mi lado, como una esfinge. A la tarde consigo empezar con la traducci&oacute;n, que es lo m&aacute;s dif&iacute;cil. Reviso la informaci&oacute;n a tener en cuenta, doy una primera le&iacute;da, me dejo algunos comentarios.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Salgo a la calle despu&eacute;s de varios d&iacute;as, compro queso cremoso, mandarinas y una lata de at&uacute;n. En el escal&oacute;n de entrada del edificio espera una pibita muy p&aacute;lida de ojos celestes como de glaciar y una capucha de campera deportiva. Cuando vuelvo, todav&iacute;a est&aacute; ah&iacute;. Trata de entrar conmigo, yo reacciono lento y mal. Le digo que no puedo dejar pasar a nadie. Me mira fijo, creo que est&aacute; por llorar. Dice algo por lo bajo, me da miedo. Interrumpe la situaci&oacute;n Carmen, mi vecina, que llega a los gritos, pasa entre nosotras como si fu&eacute;ramos de agua, se queja, me dice que algo es un peligro, no s&eacute; de qu&eacute; habla. Consigo llegar al ascensor. La chica de los ojos celestes me buscaba a m&iacute;, estoy segura ahora.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Entro en el departamento acalorada y repentinamente muy cansada. Como un reflejo o un movimiento conocido, espero que Perla venga a franelearme los pies como hace siempre y entonces me doy cuenta de que no me acuerdo hace cu&aacute;nto no la veo. No me preocupa el balc&oacute;n pero la r&aacute;faga de viento cruzado me indica que dej&eacute; abiertas la ventana que da al pulm&oacute;n, que no tiene protecci&oacute;n, y la puerta de la habitaci&oacute;n. Estaba segura de que la puerta s&iacute; la hab&iacute;a cerrado pero la puede abrir el viento o un empuj&oacute;n suave. Me asomo al pozo como una imb&eacute;cil y ah&iacute; la veo, al final de la oscuridad, a mi gata blanca brillando en brazos de la chica de ojos celestes o de mi mam&aacute; o en mis brazos, el pozo est&aacute; en sombras y no estoy muy segura. La escucho maullar, lejana y dolorida. Me estiro y me inclino para ver mejor, pregunto y grito, siento crecer los murmullos primero y los insultos despu&eacute;s. Tengo los pies en el aire y el riel de la ventana se me clava en el tal&oacute;n de las manos. Ser&iacute;a f&aacute;cil, tan f&aacute;cil como soltar.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Florencia Penén]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/malabia-ficcion-cuento-suicidio-subte-buenos-aires-porteno_132_12009865.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Feb 2025 03:03:23 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Malabia]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Angelito]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/angelito_132_11909414.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d8cefb41-d3ce-400c-b043-8b7b7b06d2fa_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Angelito"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Don Manuel le frotó la cabeza con orgullo y levantando un vaso de vino pidió un aplauso para su hijo. Rosario ya se había ido. 

</p></div><p class="article-text">
        &Aacute;ngel era el &uacute;nico hijo var&oacute;n de cinco hermanos. El segundo de la familia Pezotti. Ten&iacute;an todas las expectativas puestas en &eacute;l, porque los hijos varones de los Pezotti si o s&iacute; ten&iacute;an que ser militares. Angelito entonces, ser&iacute;a militar.
    </p><p class="article-text">
        En esos a&ntilde;os, los 50, en San Juan se celebraba el carnaval en el Club San Mart&iacute;n. Hacia all&aacute; part&iacute;a en las noches de verano toda la familia con bebidas, empanadas y bizcochuelos.
    </p><p class="article-text">
        Una noche, cuando Angelito ten&iacute;a trece, le avisaron que ya estaba en edad de quedarse hasta el final del baile.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Hoy vos te volves con los machos &mdash; le dijo Don Manuel, su padre.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Si, Los machos de la familia nos quedamos a jugar al truco &mdash; agreg&oacute; su t&iacute;o, Florencio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mentras, las t&iacute;as, hermanas y su mam&aacute; se dispon&iacute;an a guardar todo y volver a la casa.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Pero yo tengo sue&ntilde;o, se&ntilde;or. Me quiero volver con la mam&aacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No hijo, hoy usted se queda &mdash;contest&oacute; su madre y le dio un beso en la frente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Angelito se qued&oacute; sentado en la mesa mientras ve&iacute;a que sus hermanas cruzaban el patio del club y lo saludaban con la mano.
    </p><p class="article-text">
        Sent&iacute;a algo de fr&iacute;o a pesar del calor de Villa Krause. Angelito era muy flaco, ten&iacute;a ojos negros y p&oacute;mulos angulosos. Hac&iacute;a un tiempo, su mam&aacute; lo obligaba a tomar leche con aceite y avena para que engorde porque el m&eacute;dico de la salita le hab&iacute;a dicho que pod&iacute;a tener raquitismo y le preocupaba. Quiz&aacute;s por el raquitismo era tan orej&oacute;n, se preguntaba Angelito siempre que se peinaba con gomina e intentaba taparse las orejas.
    </p><p class="article-text">
        Ahora, en el patio del club solo quedaban los hombres, el bullicio, el humo de los cigarros y alg&uacute;n pleito de borrachos. Las damajuanas iban y ven&iacute;an por las mesas y cada vez que alguien brindaba por algo o alguien, el club entero estallaba en gritos y aplausos.
    </p><p class="article-text">
        Los &ldquo;Truco&rdquo; cada vez se escuchaban m&aacute;s fuerte y hubo golpes en la mesa donde se disputaba la &uacute;ltima partida. Un &ldquo;quiero vale cuatro, &iexcl;carajo!&rdquo; seguido del &ldquo;me voy al mazo&rdquo;, fueron el puntapi&eacute; para el festejo y el canto a coro de &ldquo;dale campe&oacute;n&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iexcl;Cantante un tango! &mdash;grit&oacute; alguien por el fondo y otra vez los vasos hicieron fila para llegar a la damajuana.
    </p><p class="article-text">
        Pero la testosterona de esa noche se vio interrumpida por la llegada de algunas mujeres que sigilosamente empezaron a merodear entre las mesas.
    </p><p class="article-text">
        &Aacute;ngel estir&oacute; el cuello para intentar divisar a su mam&aacute; con la esperanza de ser rescatado y poder irse a dormir, pero no reconoci&oacute; a nadie cercano entre esas intrusas de una noche que le dijeron era solo de hombres.
    </p><p class="article-text">
        Las parejas de truco se fueron dispersando, y entre cuchicheos y carcajadas se iban reacomodando las mesas.
    </p><p class="article-text">
        Fue entonces cuando alguien le susurr&oacute; al o&iacute;do:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Buenas noches se&ntilde;orito, que coqueto se lo ve hoy.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Angelito se dio vuelta y ah&iacute; estaba Rosario, la se&ntilde;ora que trabajaba en su casa desde que era un beb&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Rosario viv&iacute;a en Chimbotes, un barrio cercano a Villa Krause. Ten&iacute;a unos cuarenta y pico de a&ntilde;os, y empez&oacute; a trabajar en la casa de los Pezotti desde que naci&oacute; Teresa, la hermana mayor de Angelito con la que se llevaban dieciocho meses.
    </p><p class="article-text">
        Se ocupaba de la limpieza, pero tambi&eacute;n de esperarlos cuando llegaban de la escuela y de darles la merienda. Los vio nacer a todos, pr&aacute;cticamente crio a los cinco hermanos a la par de sus propios hijos.
    </p><p class="article-text">
        Era morruda, de piel muy blanca y el pelo bien oscuro. Siempre usaba un vestido con botones adelante y el pelo recogido en una cola de caballo pegada a la nuca.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Angelito tambi&eacute;n estaba sorprendido de verla distinta: ten&iacute;a el pelo exageradamente batido y un solero bastante escotado. No pudo evitar bajar la mirada directamente a sus tetas, que se ve&iacute;an enormes y apretadas por dem&aacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; haces ac&aacute; Rosa? &mdash; indag&oacute; Angelito
    </p><p class="article-text">
        Y antes de que pueda responder, Don Manuel, la saludo con un beso en el cachete un poco m&aacute;s largo que los de siempre, y la invit&oacute; a sentarse a la mesa.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Si&eacute;ntese, Rosario, por favor &mdash;dijo su pap&aacute;, que&nbsp; tambi&eacute;n le toc&oacute; la pierna metiendo la mano por arriba de la rodilla.
    </p><p class="article-text">
        El vino continuaba bamboleando entre las mesas cuando Angelito empez&oacute; a cabecear de sue&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iexcl;No se duerma, var&oacute;n! &mdash; le gritaron asustandolo.
    </p><p class="article-text">
        Don Manuel anunci&oacute; al grupo que aquella era la primera noche de machos de &Aacute;ngel, mientras toda la mesa vitoreaba y celebraba efusivamente cada vez que lo repet&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La noche del var&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La noche de los machos.
    </p><p class="article-text">
        La de los Hombres.
    </p><p class="article-text">
        Rosario se levant&oacute; y se sent&oacute; en la silla de al lado de Angelito. Le empez&oacute; a preguntar c&oacute;mo estaba, c&oacute;mo estuvo la comida, como se sent&iacute;a. Cosas que le resultaban raras, porque Rosario se comportaba rara. Se sent&iacute;a inc&oacute;modo porque le hablaba demasiado cerca, le tocaba el pelo y le pellizcaba la cara. Por instinto se corri&oacute; y se alej&oacute; un poco.
    </p><p class="article-text">
        Entonces, Rosario le pidi&oacute; si la acompa&ntilde;aba al ba&ntilde;o, delante de su padre, sus t&iacute;os y sus primos que miraban atentos su respuesta.
    </p><p class="article-text">
        &Aacute;ngel levant&oacute; la mirada buscando la de Don Manuel, vaya hijo, acompa&ntilde;e a la Rosa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;&mdash;No tengo ganas &iquest;me puedo ir para la casa pap&aacute;?&ldquo;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;And&aacute; bolud&oacute;n, anda al ba&ntilde;o, hacete hombre &mdash;le vociferaban todos los parientes entre carcajadas.
    </p><p class="article-text">
        Rosario lo agarr&oacute; de la mano y cruzaron el patio del club. Los aplausos de la mesa por lo que estaba aconteciendo, se escuchaban cada vez m&aacute;s lejos. &Aacute;ngel estaba tenso y no pod&iacute;a dejar de mirar al suelo, y se par&oacute; en seco cuando se dio cuenta que estaba entrando al ba&ntilde;o empujado por Rosario que casi lo arrastraba.
    </p><p class="article-text">
        Finalmente, lo arrincon&oacute; y cerr&oacute; la puerta de una de las letrinas con la traba. Hab&iacute;a olor a meo y a tinto.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Est&aacute;s nervioso? &mdash;antes de que Angelito pudiera contestar, le estamp&oacute; un beso.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Quedate tranquilo, te va a gustar &mdash;le dijo.
    </p><p class="article-text">
        Rosario intentaba abrirle la boca con la lengua, pero &Aacute;ngel estaba en shock.
    </p><p class="article-text">
        Ten&iacute;a una sensaci&oacute;n rara, una mezcla de asco y angustia, y cerr&oacute; los labios cada vez m&aacute;s fuerte para no sentir el gusto del aliento f&eacute;tido a cigarrillo.
    </p><p class="article-text">
        Rosario empez&oacute; a chuparle las orejas y el cuello, y con la mano le baj&oacute; el cierre y le empez&oacute; a hacer una paja mientras le dec&iacute;a &ldquo;chz chz chz&rdquo; cada vez que Angelito se mov&iacute;a e intentaba correrse.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Angelito cerr&oacute; los ojos y sinti&oacute; como Rosario se iba agachando mientras le desabrochaba la camisa y le daba besos en el ombligo. La piel se le puso de gallina, pero no por placer si no por impresi&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los abri&oacute; de golpe cuando se dio cuenta que Rosario se la estaba chupando.
    </p><p class="article-text">
        Estaba absorto.
    </p><p class="article-text">
        No pod&iacute;a hablar, solo quer&iacute;a salir corriendo mientras con las manos intentaba levantarla por las axilas.
    </p><p class="article-text">
        Quiso pensar en otra cosa e imaginar que sent&iacute;a placer, pero no pasaba nada. Ten&iacute;a el pito muerto, Angelito ya&nbsp; sab&iacute;a lo que sent&iacute;a cuando se le paraba.
    </p><p class="article-text">
        La ten&iacute;a toda mojada por la baba espesa y las manos callosas de Rosario que lo pajeaban con fervor y apuro, se la raspaban.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ahora sent&iacute;a verg&uuml;enza y un poco de impotencia.
    </p><p class="article-text">
        Rosario se dio por vencida, ante su fracasada dedicaci&oacute;n y un &Aacute;ngel ya entregado sin oponer resistencia.
    </p><p class="article-text">
        Se par&oacute; y mientras se hacia unos buches con agua de la canilla le propuso un pacto.
    </p><p class="article-text">
        Ella iba a decir que hab&iacute;an terminado el tr&aacute;mite y &eacute;l iba a decir que le hab&iacute;a gustado mucho.
    </p><p class="article-text">
        Rosario hablaba sola, &Aacute;ngel estaba callado mordi&eacute;ndose los labios como trag&aacute;ndose el llanto.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Perdoname negrito, pero tu pap&aacute; me pidi&oacute; que te ayudara. No te quer&iacute;a llevar al puterio porque Do&ntilde;a Virginia lo iba a matar.
    </p><p class="article-text">
        Angelito, sin mirarla, le pidi&oacute; si lo acompa&ntilde;aba porque le dio un retorcij&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Llegados a la mesa Don Manuel le frot&oacute; la cabeza con orgullo y levantando un vaso de vino pidi&oacute; un aplauso para su hijo. Rosario ya se hab&iacute;a ido.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Volvieron caminando hasta la casa por la calle de tierra y con el t&iacute;o Florencio a cuestas porque hab&iacute;a tomado de m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Cuando entraron y &Aacute;ngel se fue a acostar, le hab&iacute;an puesto una cortina dividiendo la pieza que compart&iacute;a con sus cuatro hermanas. Ya era un hombre, por lo menos para los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        El lunes cuando se despert&oacute;,&nbsp; ah&iacute; estaba Rosario en la cocina. Con su vestido de botones, su peinado de siempre y las tetas escondidas.
    </p><p class="article-text">
        .
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Gisela Rimolo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/angelito_132_11909414.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 25 Jan 2025 03:02:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Angelito]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mamushka]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/mamushka-ficcion-cuento-corto_132_11905730.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3beb6da5-4a2e-4bdd-833d-1aedff7bb306_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mamushka"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los hombres no respetan los secretos, decía mamá. No conocemos a nuestro papá, ni a nuestro abuelo, como ninguna de las mujeres de la familia. Siempre fuimos madres e hijas, nadie más.</p></div><p class="article-text">
        	La mamushka no se abre. La tenemos desde siempre. Perteneci&oacute; a nuestra mam&aacute; y a su mam&aacute; antes que ella, y qui&eacute;n sabe a cu&aacute;ntas madres m&aacute;s. Todos los domingos le pasamos con cuidado un trapo y la ponemos de vuelta en su lugar, en el &uacute;ltimo estante de la biblioteca de la sala. Desde ah&iacute; nos mira con unos ojos que parecen dos pasas de uva.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Limpiarla nos resulta autom&aacute;tico ahora, pero me acuerdo los nervios que sent&iacute;amos mi hermana Irene y yo las primeras veces. Ten&iacute;amos diez a&ntilde;os: el cuidado de la mamushka se empieza desde una edad muy temprana. En ese entonces aprovech&aacute;bamos al m&aacute;ximo esos breves momentos de contacto. Mientras quit&aacute;bamos el polvo, intent&aacute;bamos medir su peso indescifrable en nuestras manos. Algunos domingos la sent&iacute;amos ligera, otros, pesaba como si estuviera llena de arena. La inclin&aacute;bamos para un lado y para el otro, y escuch&aacute;bamos los golpes de las dem&aacute;s mu&ntilde;ecas. La manera en que encajan tan prolijamente, una dentro de la otra, siempre me dio escalofr&iacute;os. Como si una se tragara a la siguiente y escondiera los huesos debajo de su falda.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Somos mujeres las que nos encargamos de cuidar a la mamushka. Los hombres no respetan los secretos, dec&iacute;a mam&aacute;. No conocemos a nuestro pap&aacute;, ni a nuestro abuelo, como ninguna de las mujeres de la familia. Siempre fuimos madres e hijas, nadie m&aacute;s. A veces, a una hija le toca sufrir varios a&ntilde;os de soledad tras la muerte de una madre. Pero eventualmente llega una nueva hija a hacerle compa&ntilde;&iacute;a, y ella misma se convierte en madre. No hay registro de que haya habido ning&uacute;n hijo var&oacute;n en la familia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Irene y yo somos excepciones, mellizas. Es un privilegio que atesoramos, en especial despu&eacute;s de la muerte de mam&aacute;. Sabemos que dentro de un tiempo aparecer&aacute; una hija nueva, pero no sufrimos la espera porque estamos juntas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Hace un tiempo, Irene me cont&oacute; que conoci&oacute; a alguien. Era el vendedor del almac&eacute;n donde hacemos las compras todas las semanas. Yo le repet&iacute; lo que ella ya sab&iacute;a: viv&iacute;a muy cerca y nos conoc&iacute;a demasiado, las cosas no funcionaban as&iacute;. Si ya estaba lista, pod&iacute;a llevarse el auto y buscar un hombre m&aacute;s lejos, en otra ciudad, o hasta en alguna parada de la ruta. Irene me respondi&oacute; que ya sab&iacute;a eso, que era solo una diversi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        	Pero al mes, me despert&eacute; de una siesta y los escuch&eacute; discutiendo en la sala. Se o&iacute;a la voz del almacenero, le dec&iacute;a a Irene que no entend&iacute;a por qu&eacute; se hab&iacute;a enojado tanto, solo le hab&iacute;an llamado la atenci&oacute;n los colores y quer&iacute;a ver la mu&ntilde;eca de cerca. Irene le dec&iacute;a que no, que era hora de irse, y lo arrastr&oacute; hacia afuera. Desde la ventana los espi&eacute; mientras ella le daba un beso de despedida, intentando disimular la incomodidad. &Eacute;l parec&iacute;a confundido e intrigado. Tem&iacute; lo peor, pero no dije nada. Irene sab&iacute;a por qu&eacute; exist&iacute;an las reglas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Una semana despu&eacute;s, al llegar a casa, la encontr&eacute; llorando en la entrada. No tuve que preguntar para saber qu&eacute; hab&iacute;a pasado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;D&oacute;nde est&aacute;? &mdash;dije.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;En la sala. &mdash;Irene ni siquiera pod&iacute;a mirarme.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Alguien los vio juntos?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Ella neg&oacute; con la cabeza. Cruzamos la puerta y, antes de llegar a la sala, cerramos los ojos. De la mano, nos fuimos guiando hasta alcanzar la biblioteca. Le hice el favor a Irene de ir primero. Fren&eacute; cuando sin querer pate&eacute; un cuerpo con mi pie. Me agach&eacute; hasta el piso con los p&aacute;rpados bien apretados, ciega. Avanc&eacute; tanteando el suelo cubierto de mu&ntilde;ecas partidas al medio, algunas m&aacute;s grandes, otras m&aacute;s chicas. En la mano fr&iacute;a del almacenero encontr&eacute; la m&aacute;s diminuta, a&uacute;n entera y apenas entreabierta. La cerr&eacute; con dedos temblorosos. Despu&eacute;s hice lo mismo con las dem&aacute;s, sumando capa tras capa. Con cada mamushka que se cerraba, yo respiraba un poco m&aacute;s tranquila.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Reci&eacute;n cuando acomod&eacute; todas, abr&iacute; los ojos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ya pod&eacute;s mirar &mdash;le dije a Irene.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Irene ya no lloraba. As&iacute; todo iba a ser m&aacute;s f&aacute;cil. Todav&iacute;a ten&iacute;amos que hacernos cargo del cuerpo, sacarlo de la casa. No ten&iacute;a marcas ni indicios de violencia, pod&iacute;a pasar por un t&iacute;pico caso de ataque card&iacute;aco, tal vez un poco extra&ntilde;o dada la edad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Mientras Irene se lavaba la cara, yo coloqu&eacute; la mamushka de vuelta en su lugar. Me qued&eacute; unos segundos observando la cara del almacenero: parec&iacute;a m&aacute;s joven, un nene dormido. Me pregunt&eacute; si nuestro pap&aacute; habr&iacute;a tenido una expresi&oacute;n parecida. Le acomod&eacute; su flequillo despeinado. Era una l&aacute;stima, siempre me hab&iacute;a parecido simp&aacute;tico cuando iba a hacer las compras. Pero las cosas no funcionan as&iacute;. No podemos acercarnos tanto. Mam&aacute; siempre lo dijo: los hombres nunca respetan los secretos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Paula Yeyati Preiss]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/mamushka-ficcion-cuento-corto_132_11905730.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 18 Jan 2025 03:05:36 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Mamushka]]></media:title>
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