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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Fran Lebowitz]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/fran-lebowitz/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Fran Lebowitz]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Un día cualquiera en Nueva York]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/dia-nueva-york_1_8161073.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2b165f38-e4eb-4f9c-92e6-fbdab37ee615_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un día cualquiera en Nueva York"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La búsqueda de apartamento, las facturas de teléfono impagadas, un viaje, las firmas de libros, el dormir (o no dormir) a horas indecentes, tomar unas copas con celebridades son algunos de los temas de "Un día cualquiera en Nueva York" (Tusquets, 2021), un compendio de textos escritos por Fran Lebowitz, donde despliega el humor mordaz que la caracteriza y que también puede verse en la serie "Pretend It’s a City", de Martin Scorsese. Aquí, el prefacio del libro y un texto que fue publicado en "Vogue" en una versión muy distinta a esta.</p></div><h3 class="article-text">Prefacio</h3><p class="article-text">
        La primera obra de este volumen la escrib&iacute; cuando ten&iacute;a poco m&aacute;s de veinte a&ntilde;os; la &uacute;ltima, cuando apenas hab&iacute;a rebasado la treintena. Ahora me encuentro en lo que solo el m&aacute;s parcial e idealista de los observadores describir&iacute;a como comienzos de la cuarentena. Por lo tanto, no me extra&ntilde;ar&iacute;a que alguien <em>me lanzase</em> la pregunta de si estos textos son (efectivamente) relevantes. Perm&iacute;taseme, pues, que <em>se la devuelva</em> un poco. 
    </p><p class="article-text">
        Aunque ciertamente los anillos del humor, la radioafici&oacute;n, las discotecas, la decoraci&oacute;n<em> high-tech</em> y el sexo seguro con desconocidos no son novedosos o ya no existen, no puede negarse que muchas de estas cosas (aunque no, por desgracia, la &uacute;ltima) s&iacute; han resurgido con bastante frecuencia, y que, en esta &eacute;poca particularmente aburrida y retroactiva, pedirle a un escritor que sea atemporal, cuando ya ni siquiera se le pide que sea puntual, no solo es muy injusto, sino tambi&eacute;n indecoroso. 
    </p><p class="article-text">
        Si lo que actualmente llamamos arte puede llamarse arte, y si lo que actualmente llamamos historia puede llamarse historia (y, por supuesto, si lo que llamamos actual puede llamarse actual), entonces insto al lector contempor&aacute;neo &mdash;esa solitaria figura&mdash; a acoger estos escritos con el mismo esp&iacute;ritu con el que fueron inicialmente concebidos y con el que&nbsp;de nuevo se ofrecen: como estudios de historia del arte. Pero con una diferencia: una historia del arte moderna, pertinente, de nuestro tiempo, muy reciente. Historia del arte en plena gestaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <em>Fran Lebowitz </em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Septiembre de 1994</em>
    </p><h3 class="article-text">Un d&iacute;a cualquiera: introducci&oacute;n a varios temas </h3><p class="article-text">
        12:35. Suena el tel&eacute;fono. No tiene gracia. Esta no es mi manera preferida de despertarme. Mi manera preferida de despertarme es que cierta estrella de cine francesa me susurre suavemente al o&iacute;do a las dos y media de la tarde que, si quiero llegar a Suecia a tiempo para recoger mi Premio Nobel de Literatura, tengo que pedir ya el desayuno. Cosa que ocurre con bastante menos frecuencia de lo que una querr&iacute;a. 
    </p><p class="article-text">
        Lo de hoy es un ejemplo perfecto, ya que quien me llama es un agente de Los &Aacute;ngeles que me informa de que no nos conocemos. As&iacute; es, y no sin raz&oacute;n. Est&aacute; audiblemente bronceado. Se interesa por mi obra. Y su inter&eacute;s le ha llevado a pensar que ser&iacute;a una buena idea encargarme una comedia para el cine. Tendr&iacute;a, por supuesto, total libertad art&iacute;stica, pues es evidente que los escritores c&oacute;micos se han hecho con el negocio cinematogr&aacute;fico. Miro a mi alrededor (una proeza para la que me basta con mirar hacia arriba) y me doy cuenta de que Dino de Laurentiis se sentir&iacute;a ciertamente sorprendido de o&iacute;r algo semejante. Se r&iacute;e con desenvoltura y sugiere que hablemos. Yo le sugiero a &eacute;l que ya estamos hablando. &Eacute;l, sin embargo, quiere decir all&iacute; y con los gastos a mi cargo. Le replico que la &uacute;nica forma de ir a Los &Aacute;ngeles pag&aacute;ndomelo yo ser&iacute;a por correo. 
    </p><p class="article-text">
        Suelta de nuevo una risita y sugiere que hablemos. Me muestro de acuerdo en hablar con &eacute;l cuando haya ganado el Premio Nobel, por mis sobresalientes avances en el campo de la f&iacute;sica. 
    </p><p class="article-text">
        12:55. Intento volver a dormirme. Y aunque el sue&ntilde;o es una de las actividades en las que he manifestado una perseverancia y un tes&oacute;n hom&eacute;ricos, no consigo mi objetivo. 
    </p><p class="article-text">
        13:20. Bajo a recoger el correo. Vuelvo a la cama. Nueve env&iacute;os de revistas, cuatro invitaciones de cine, dos recibos, la invitaci&oacute;n a una fiesta en honor de un famoso heroin&oacute;mano, un aviso de corte de tel&eacute;fono de la New York Telephone y tres cartas recriminatorias de lectoras de Mademoiselle que quieren saber c&oacute;mo me atrevo a tratar a las plantas dom&eacute;sticas &mdash;seres verdes y vivos&mdash; con tan descarada falta de respeto. Llamo a la compa&ntilde;&iacute;a telef&oacute;nica e intento hacer un trato, ya que no puedo pagar en efectivo. &iquest;Les gustar&iacute;a ir a un pase privado? &iquest;Les importar&iacute;a asistir a una fiesta en honor de un heroin&oacute;mano? &iquest;Les interesa saber por qu&eacute; se me ocurre tratar a las plantas con tan evidente falta de respeto? Parece que no. Lo que quieren son 148 d&oacute;lares con 10 centavos. Les doy la raz&oacute;n en que, efectivamente, es una preferencia razonable, pero les advierto de lo soso que resulta vivir dedicada a la ciega b&uacute;squeda del dinero. Somos incapaces de llegar a un acuerdo. Me tapo con las s&aacute;banas y suena el tel&eacute;fono. Me paso las siguientes horas defendi&eacute;ndome de los editores, charlando amigablemente y tramando venganzas. Leo. Fumo. Y, por desgracia, mi vista tropieza con el reloj. 
    </p><p class="article-text">
        15:40. Considero la idea de levantarme de la cama. La rechazo por excesivamente tajante. Leo y fumo un rato m&aacute;s. 
    </p><p class="article-text">
        16:15. Me levanto sinti&eacute;ndome curiosamente abotargada. Abro la nevera. No me decido ni por el medio lim&oacute;n ni por el tarro de mostaza Gulden&rsquo;s, y sobre la marcha elijo ir a desayunar fuera. Creo que este es precisamente el tipo de chica que soy: caprichosa. 
    </p><p class="article-text">
        17:10. Vuelvo a casa cargada de revistas y me paso el resto de la tarde leyendo art&iacute;culos de escritores que, lamentablemente, han llegado al l&iacute;mite de sus fuerzas. 
    </p><p class="article-text">
        18:55. Intermedio rom&aacute;ntico. El objeto de mis afectos llega con una planta de regalo. 
    </p><p class="article-text">
        21:30. Salgo a cenar con un grupo de gente entre la que se encuentran dos modelos, un fot&oacute;grafo de moda, el representante de un fot&oacute;grafo de moda y un director art&iacute;stico. Me paso casi todo el rato con el director art&iacute;stico &mdash;atra&iacute;da hacia &eacute;l en gran medida porque es quien conoce m&aacute;s palabras. 
    </p><p class="article-text">
        2:05. Vuelvo a mi apartamento y me dispongo a trabajar. Por consideraci&oacute;n al fresco que hace me pongo dos jers&eacute;is y otro par de calcetines. Me sirvo un vaso de soda y acerco la l&aacute;mpara al escritorio. Releo varios n&uacute;meros de Rona Barrett&rsquo;s Hollywood y una hermosa muestra de Las cartas de Oscar Wilde. Cojo la pluma y me quedo mirando el papel. Enciendo un cigarrillo. Miro de nuevo al papel. Y escribo: &laquo;Un d&iacute;a cualquiera en Nueva York: introducci&oacute;n a varios temas&raquo;. Bien. No suena del todo mal. Paso revista a lo que ha sido el d&iacute;a y me siento indescriptiblemente deprimida. Garabateo en los m&aacute;rgenes. Rechazo una idea que se me ocurre para la puesta en escena, con actores negros, de la obra de Shakespeare Como gust&eacute;is. Echo una anhelante mirada al sof&aacute;, consciente de que puede convertirse f&aacute;cilmente en cama. Enciendo otro cigarrillo. Me quedo mirando al papel. 
    </p><p class="article-text">
        4:50. El sof&aacute; gana. Otra victoria del mobiliario
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Fran Lebowitz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/dia-nueva-york_1_8161073.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 22 Jul 2021 15:15:13 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un día cualquiera en Nueva York]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Fran Lebowitz, la escritora que no escribe pero que dicta sentencia en su inseparable Nueva York]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/fran-lebowitz-escritora-no-escribe-dicta-sentencia-inseparable-nueva-york_1_8009765.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b4a5841f-6ead-4234-adf2-28b11901c50b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Fran Lebowitz, la escritora que no escribe pero que dicta sentencia en su inseparable Nueva York"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Después de su éxito en la serie "Pretend it's a City", dirigida por Martin Scorsese, Tusquets publica la obra reunida de Fran Lebowitz, una de las más reputadas prosistas norteamericanas de las últimas décadas.</p></div><p class="article-text">
        La comparaci&oacute;n entre escritores parece una costumbre inevitable. Ocurri&oacute; con las autoras aparecidas despu&eacute;s del &eacute;xito de Sally Rooney, por poner un ejemplo reciente, y sucedi&oacute; muchos a&ntilde;os antes con Fran Lebowitz y Dorothy Parker. Las une Nueva York y la mordacidad pero tambi&eacute;n el tedio que supone escribir pese al talento. De hecho, la primera hizo del bloqueo que durante cuatro d&eacute;cadas le impidi&oacute; publicar un libro un rasgo de su personalidad. Aunque, en su momento, Lebowitz lo hizo de forma exitosa y ahora la editorial Tusquets reedit&oacute; sus dos t&iacute;tulos <em>Vida metropolitana</em> y <em>Ciencias sociales</em> reunidos en el volumen <em>Un d&iacute;a cualquiera en Nueva York</em>, con traducci&oacute;n de Jos&eacute; Luis Guarner y Alberto Card&iacute;n.
    </p><p class="article-text">
        El t&iacute;tulo llega a las librer&iacute;as meses despu&eacute;s del triunfo de la serie documental de Netflix <em>Pretend it's a City </em>dirigida por Martin Scorsese. No es la primera vez que la intelectual aparece en una pel&iacute;cula del director: en 2010 rodaron un documental similar para HBO titulado <em>Public speaking, </em>y en 2013 interpret&oacute; el papel de jueza en el filme del cineasta <em>El lobo de Wall Street</em>. Un rol que tambi&eacute;n ha desarrollado en <em>Ley y Orden</em>, posiblemente una de las series con m&aacute;s cameos de la historia. Pero pese a esas apariciones en pantalla, la humorista no era demasiado conocida en Espa&ntilde;a hasta ahora.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <p><img style="border: 10px solid white;" src="https://static.eldiario.es/clip/e1385286-e174-4d49-a383-291f43528f10_source-aspect-ratio_default_0.jpg" alt="100%" width="250" align="left" data-title="" /></p>
    </figure><p class="article-text">
        Ana Estevan, editora de ficci&oacute;n extranjera en Tusquets Editores, explica a elDiario.es que el estreno de <em>Pretend it's a City </em>les sirvi&oacute; de detonante para reeditar sus textos en un solo volumen en la colecci&oacute;n Andanzas. &ldquo;Hace unos a&ntilde;os ya nos planteamos la posibilidad de reeditar los dos t&iacute;tulos, que hab&iacute;amos publicado por separado en los a&ntilde;os ochenta. Pero muy pocos conoc&iacute;an a Fran Lebowitz. S&oacute;lo algunos iniciados, que presumieron de tener esos viejos ejemplares en cuanto se empez&oacute; a hablar de ella&rdquo;, asiente.
    </p><p class="article-text">
        Estevan augura que: &ldquo;Quienes hayan disfrutado de la personalidad arrolladora de esta mujer de ingenio veloz, y de inteligencia ind&oacute;mita y divertid&iacute;sima, van a darse un fest&iacute;n con la lectura de sus textos&rdquo;. Es bastante probable que el lector o lectora sustituya por las propias las carcajadas imparables de Scorsese que funcionan casi como banda sonora en la serie. Las observaciones que Lebowitz suelta a lo largo de esos cap&iacute;tulos de media hora de duraci&oacute;n no difieren demasiado de las que se pueden encontrar en el libro. A pocas personas les sienta tan bien el dicho &ldquo;genio y figura hasta la sepultura&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Algunos de los art&iacute;culos que se re&uacute;nen en el volumen se publicaron entre los a&ntilde;os 70 y los 90 en revistas como <em>Interview</em>, la revista fundada por Andy Warhol, y en <em>Mademoiselle, </em>la publicaci&oacute;n en la que trabaj&oacute; Silvia Plath durante un verano y en la que despu&eacute;s se bas&oacute; para escribir <em>La campana de cristal</em>. Adem&aacute;s, Tusquets indica que <em>Un d&iacute;a cualquiera: introducci&oacute;n a varios tema</em>s &ldquo;se public&oacute; en el Vogue brit&aacute;nico en una versi&oacute;n muy distinta a esta&rdquo;. Warhol es solo uno de los muchos famosos con los que se ha codeado Lebowitz a lo largo de su vida en Nueva York, que comenz&oacute; a los 18 a&ntilde;os cuando se mud&oacute; desde Nueva Jersey despu&eacute;s de que la expulsaran del instituto. Era 1970 y la ciudad ten&iacute;a poco que ver con lo que es ahora.
    </p><p class="article-text">
        Perezosa para levantarse por las ma&ntilde;anas &ndash; &ldquo;No por mucho madrugar escribes m&aacute;s temprano&rdquo;, dice en el libro&ndash; su &aacute;mbito habitual era la noche. &ldquo;21:30. Salgo a cenar con un grupo de gente entre la que se encuentran dos modelos, un fot&oacute;grafo de moda, el representante de un fot&oacute;grafo de moda y un director art&iacute;stico. Me paso casi todo el rato con el director art&iacute;stico &mdash;atra&iacute;da hacia &eacute;l en gran medida porque es quien conoce m&aacute;s palabras (...) 2:05. Vuelvo a mi apartamento y me dispongo a trabajar&rdquo;, explica en el primer texto, el mencionado <em>Un d&iacute;a cualquiera,</em> pr&aacute;cticamente una declaraci&oacute;n de intenciones y una descripci&oacute;n de su manera de ser. Ha sido amiga, entre otros muchos nombres famosos, del problem&aacute;tico m&uacute;sico de jazz Charles Mingus y de la escritora Toni Morrison, frecuent&oacute; la m&iacute;tica discoteca Studio 54 y fue asidua a los conciertos del grupo New York Dolls. 
    </p><p class="article-text">
        Tuvo m&uacute;ltiples trabajos hasta que consigui&oacute; vivir del humor, entre los que siempre se destaca el de taxista quiz&aacute; porque no era propio de una mujer &ndash;lo cuenta en el documental de Scorsese que, por supuesto, tambi&eacute;n es su amigo&ndash;. Nunca le gust&oacute; trabajar, ni siquiera de escritora, actividad que apreci&oacute; hasta que se convirti&oacute; en su profesi&oacute;n, aunque es consciente de que hay tareas peores que otras.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Fotograma de la miniserie &quot;Pretend it&#039;s a City&quot; con Fran Lebowitz y Martin Scorsese                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        &ldquo;No es cierto que cualquier trabajo sea digno de por s&iacute;. Hay, sin lugar a dudas, trabajos que son mejores que otros. No resulta dif&iacute;cil diferenciar los trabajos buenos de los malos. La gente que tiene buenos trabajos es feliz, rica, y va bien vestida. La gente que tiene malos trabajos es desgraciada, pobre y utiliza aditivos c&aacute;rnicos. Quienes busquen la dignidad en un trabajo que los obligue a inflar las hamburguesas seguro que se sienten muy decepcionados, y sienten que no se est&aacute;n portando bien&rdquo;, asegura en <em>Modales</em>, art&iacute;culo en el que tambi&eacute;n se incluye su famosa recomendaci&oacute;n: &ldquo;Si usted siente una urgente y devoradora necesidad de escribir o pintar, lim&iacute;tese a comer algo dulce y ver&aacute; como ese sentimiento se le pasa. La historia de su vida no sirve para hacer un buen libro. Ni lo intente siquiera&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">Mordaz y divertida</h3><p class="article-text">
        Sus escritos se basan principalmente en observaciones mordaces y divertidas de la realidad, puede que irritantes para algunas personas sensibles a los temas a los que se refiere: &ldquo;Ser mujer solo interesa si se aspira a ser un transexual masculino&rdquo;, &ldquo;La ensalada no es un plato, es un estilo&rdquo;, &ldquo;Los vegetales son interesantes, pero carecen de sentido cuando no van acompa&ntilde;ados de un buen trozo de carne&rdquo;, &ldquo;Esto no quiere decir que [la democracia] no tenga tambi&eacute;n sus inconvenientes: el principal radica en esa deplorable tendencia a hacer creer a la gente que todos los hombres han sido creados iguales&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Pero seg&uacute;n la opini&oacute;n de Esteve resulta imposible incomodarse &ldquo;cuando se sabe que su encanto reside precisamente en que no quiere ser pol&iacute;ticamente correcta, seguir moda alguna ni agradar a ning&uacute;n colectivo. Precisamente ahora, sus opiniones (sobre temas que siguen siendo actuales) parecen m&aacute;s frescas, provocadoras, desinhibidas&hellip; y llenas de sentido com&uacute;n. Como la propia autora ha comentado, es posible que Nueva York, o la situaci&oacute;n pol&iacute;tica mundial, hayan cambiado, pero no sus ideas, que responden a su peculiar visi&oacute;n de las cosas&rdquo;.&nbsp;
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                Fotograma de la miniserie &quot;Pretend it&#039;s a City&quot; con Fran Lebowitz                            </span>
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        Lebowitz Tiene 70 a&ntilde;os y sigue siendo una fl&acirc;neuse por las calles de Manhattan que observa al detalle todo lo que ocurre a su alrededor y cuestiona los cambios de la ciudad de la que no se va ni en vacaciones. Como le cuenta a Scorsese en la serie de Netflix, se hipotec&oacute; por una cantidad absurda de dinero para tener un piso en el que quepa su biblioteca de m&aacute;s de 10.000 libros despu&eacute;s de d&eacute;cadas pagando alquileres abusivos, un tema que por supuesto trata en sus art&iacute;culos.
    </p><p class="article-text">
        El cap&iacute;tulo <em>Diario de una caza-apartamentos en Nueva York </em>es uno de los m&aacute;s agudos y a la vez vigentes en la actualidad. &ldquo;Mire, estoy cansada de comer en la cama &mdash;replic&oacute;&mdash;. En un apartamento de una sola pieza y renta controlada en un suburbio estoy dispuesta a comer en la cama. En un apartamento espacioso y de alquiler elevado quiero comer en una mesa. Ll&aacute;meme tonta, ll&aacute;meme caprichosa, pero as&iacute; es como soy&rdquo;, le contesta a un agente inmobiliario, mientras que otro: &ldquo;Me colg&oacute;, sin darme tiempo a contestarle que, si quer&iacute;a saber la verdad, por mil cuatrocientos d&oacute;lares al mes esperaba el Palacio de Invierno, y amueblado. Por no decir con servicio completo&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Del Nueva York peligroso pero divertido que conoci&oacute; Lebowitz al llegar queda poco pero, aunque cr&iacute;tica muchas de las decisiones que han tomado los sucesivos alcaldes de la ciudad (las tumbonas en Times Square, por ejemplo), rechaza la idealizaci&oacute;n del pasado. Como declar&oacute; en <em>The New Yorker</em> al respecto de Giuliani, regidor responsable de la &ldquo;limpieza&rdquo; de la ciudad a mediados de los 90: &ldquo;Giuliani fue la primera persona que recuerdo que inici&oacute; este tipo de pol&iacute;tica venenosa de la nostalgia, que en realidad es racismo en su esencia. Cuando se postul&oacute; para alcalde por primera vez, yo no paraba de decirle a la gente: &rdquo;&iquest;Est&aacute;is viendo estos anuncios de Giuliani, que b&aacute;sicamente dicen: 'Voten por m&iacute; y volveremos a 1950?' Lo odiaba como alcalde&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        Su ingenio y su falta de miedo a la hora de expresar sus opiniones es lo que le hizo sobrevivir sin escribir durante 40 a&ntilde;os. Su ocupaci&oacute;n principal &ndash;pese a que siga siendo considerada como escritora&ndash; ha sido hablar. Con sus shows en directo, apariciones en programas de televisi&oacute;n o conferencias en actos variopintos se mantuvo en el candelero hasta ahora y, de hecho, alcanz&oacute; el estatus de icono. Al fin y al cabo, no es tan f&aacute;cil conservar una personalidad arrolladora ni dejar consejos para la posteridad como este: &ldquo;Piensa antes de hablar. Lee antes de pensar&rdquo;. Imposible que deje de tener validez. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen López]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/fran-lebowitz-escritora-no-escribe-dicta-sentencia-inseparable-nueva-york_1_8009765.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 06 Jun 2021 17:27:53 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Fran Lebowitz, la escritora que no escribe pero que dicta sentencia en su inseparable Nueva York]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Martin Scorsese, el hombre que se ríe con Fran Lebowitz]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/martin-scorsese-hombre-rie-fran-lebowitz_129_7113117.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ff0a9746-855c-44de-942e-6a2d9ebbd2a0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Martin Scorsese, el hombre que se ríe con Fran Lebowitz"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Por un lado pienso que todas deberíamos tener amigos hombres que se rían con nosotras. Por otro me inquieta pensar hasta qué punto no tenemos que ser súper ingeniosas para ser tomadas en serio y tratadas como una igual</p><p class="subtitle">Quién es Fran Lebowitz, la narradora de Nueva York que Scorsese metió en nuestros televisores</p></div><p class="article-text">
        De peque&ntilde;a consegu&iacute; que un ni&ntilde;o me regalara el cromo de la selecci&oacute;n de Brasil. &iquest;Ser&iacute;a del &aacute;lbum del Mundial 82? No s&eacute;, yo no hac&iacute;a la colecci&oacute;n. S&eacute; que era muy peque&ntilde;a, ten&iacute;a como m&aacute;ximo seis a&ntilde;os, el recuerdo se desarrolla n&iacute;tidamente en el pabell&oacute;n de preescolar de mi colegio. Estuve comi&eacute;ndole la oreja a Luis Miguel, as&iacute; se llamaba el ni&ntilde;o, durante un recreo entero para que me lo regalara. Yo no ten&iacute;a taco para cambiar, pero sab&iacute;a bien por mis dos hermanos que ese cromo era uno de los m&aacute;s codiciados de la colecci&oacute;n. Siempre me he llevado muy bien con los ni&ntilde;os. Supe convencer a uno para hacer feliz a otros dos. Bonito y triste. La vida me hab&iacute;a puesto a jugar en su terreno, a hablar su idioma. Qu&eacute; remedio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        He tenido bastantes amigos hombres a lo largo de mi vida, alg&uacute;n novio y hasta un hijo. He tenido que aprender a hacerme valer, a que mi voz fuera escuchada en las conversaciones, a ganarme el respeto. Para ello, prob&eacute; m&uacute;ltiples t&aacute;cticas: ser complaciente (esta creo que te la inoculan al nacer junto con el pinchazo de la vitamina K), jugar a lo bruto, decir palabrotas, ser temeraria, beber chupitos como el que m&aacute;s (sin gustarme de entrada el sabor de casi ning&uacute;n alcohol), aprenderme los nombres clave que hab&iacute;a que saberse, ya fuera de pol&iacute;tica, de cine, incluso de cosas que me importaban una reverenda mierda. Por ejemplo, una de las estrategias m&aacute;s absurdas y que m&aacute;s he usado para ganarme el respeto masculino ha sido la de saberme alineaciones completas de f&uacute;tbol (mis hermanos, como ya se ha visto, y muchos de mis amigos eran futboleros, pero se puede insertar aqu&iacute; cualquier otra disciplina que le guste a los hermanos de cada cual) y baloncesto. Por eso me liber&oacute; tanto el cap&iacute;tulo de la serie documental <em>Pretend it's a City</em> y envidi&eacute; tanto a Fran Lebowitz, la protagonista del mismo, cuando, impert&eacute;rrita, consigue que Spike Lee reconozca que el deporte no es un arte, tal vez ni siquiera cultura. S&iacute;, cu&ntilde;adete, tambi&eacute;n me he le&iacute;do <em>Homo ludens</em> y sabr&eacute; rebatir que toda la cultura es juego, y todo el juego es cultura y blablabla&hellip; STOP. Tambi&eacute;n aprend&iacute; las artes oscuras de la dial&eacute;ctica sesuda. Pero, como dir&iacute;a Lebowitz: &ldquo;Es solo un juego&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Otra de las estrategias que con m&aacute;s perseverancia he usado es la de tratar de ser ingeniosa, esforzarme seriamente en ello, perfeccionarlo como arte. Porque s&eacute; c&oacute;mo atrae la atenci&oacute;n inmediata. El respeto. A partir de una edad tuve el ojo de pegarme a hombres <em>queer</em> y todo un mundo de diversi&oacute;n, purpurina y reconocimiento se abri&oacute; ante mis ojos. Aunque ser ingeniosa tambi&eacute;n segu&iacute;a sirviendo all&iacute;, la masculinidad es una cosa acendrada. En vez de memorizar alineaciones, pas&eacute; a memorizar letras ambiguas de copla y grandes hitos de cultura popular m&aacute;s<em> trash</em>. Pero, vamos, infinitamente m&aacute;s divertido que la alineaci&oacute;n del Panathinaikos o del &#381;algiris de Kaunas, d&oacute;nde va a parar. Dir&eacute;is, qu&eacute; pena, qu&eacute; amigos m&aacute;s heteruzos (taxonom&iacute;a de Ana Elena Pena) te ha puesto en el camino la vida. Bueno, chicos, yo creo que he tenido amigos. Punto. Y, adem&aacute;s, los quiero.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por eso me inquietan las risas entregadas de Martin Scorsese. Por un lado pienso que todas deber&iacute;amos tener amigos hombres que se r&iacute;an con nosotras. Por otro me inquieta pensar hasta qu&eacute; punto no tenemos que ser s&uacute;per ingeniosas para ser tomadas en serio y tratadas como una igual. &iquest;Cu&aacute;ntas veces os han ignorado hasta el punto de no miraros en un corrillo donde hab&iacute;a m&aacute;s hombres? &iquest;Os han interrumpido recientemente en una conversaci&oacute;n? &iquest;Han usado vuestras ideas sin acreditarlas? Y, vosotros, &iquest;a cu&aacute;ntas de vuestras amigas admir&aacute;is? &iquest;A cu&aacute;ntas citar&iacute;ais como referente? Tengo m&aacute;s preguntas que respuestas, lo s&eacute;. Se me agot&oacute; el cartucho de ingenio para hoy. En fin. Qu&eacute;date con quien se r&iacute;a contigo como Martin se r&iacute;e con Fran, me digo a m&iacute; misma. Pero no te esfuerces tanto.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Silvia Nanclares]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/martin-scorsese-hombre-rie-fran-lebowitz_129_7113117.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 Jan 2021 13:17:15 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Quién es Fran Lebowitz, la narradora de Nueva York que Scorsese metió en nuestros televisores]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/fran-lebowitz-narradora-nueva-york-scorsese-metio-televisores_1_6746850.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/12cb05f5-e8c8-4830-8582-b7c951ac409f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Quién es Fran Lebowitz, la narradora de Nueva York que Scorsese metió en nuestros televisores"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Escritora y conferencista pública, Lebowitz protagoniza una serie documental de Netflix a cargo del director de "Buenos muchachos". Tiene 70 años, el sarcasmo desenfundado, y medio siglo de experiencias en la Gran Manzana.</p></div><p class="article-text">
        Es probable que te hayas cruzado con su nombre o con alguna foto suya en redes sociales en los &uacute;ltimos d&iacute;as. O que las tres horas y media que miden los siete cap&iacute;tulos de la serie documental de Netflix <em>Pretend it's a city </em>(Hac&eacute; de cuenta que es una ciudad) la hayan metido <strong>primero en tu televisor y despu&eacute;s en tus intereses</strong>. De esos que apremian las primeras 48 o 72 horas y despu&eacute;s o se convierten en una relaci&oacute;n m&aacute;s o menos estable con el personaje o se te pasan para siempre. Como los amores de verano.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Fran Lebowitz es esa mujer de 70 a&ntilde;os</strong>, ropa tan caracter&iacute;stica que podr&iacute;a describirse como un uniforme, <strong>un sarcasmo tan caracter&iacute;stico que podr&iacute;a describirse como una cosmovisi&oacute;n</strong>, cuatro libros publicados y devenidos en <em>best-sellers</em>, centenas de conferencias p&uacute;blicas que hacen eje en el humor y la observaci&oacute;n social, y <strong>m&aacute;s de 50 a&ntilde;os viviendo en Nueva York</strong> que<strong> hace re&iacute;r a Martin Scorsese con todo el cuerpo</strong>. Hasta agarrarse la panza y levantar esas cejas que en estado de reposo apuntan siempre para abajo.
    </p><p class="article-text">
        Se ve en la serie que grabaron juntos antes de que el CoVid-19 invadiera Manhattan y el mundo entero. <strong>Son conversaciones sobre los cambios que sufri&oacute; Nueva York entre que Lebowitz lleg&oacute; desde Nueva Jersey, en 1969, y la actualidad</strong>. Cambios que se perciben en los h&aacute;bitos urbanos, en un vag&oacute;n de subte, en la vida nocturna, en los rascacielos que rodean al Central Park, en qu&eacute; deportes se practican en el espacio p&uacute;blico, en c&oacute;mo se usan las bibliotecas y las librer&iacute;as, y en cu&aacute;nto cuesta vivir en la ciudad que, seg&uacute;n la autora, empeor&oacute; pero de la que no quiere irse. <strong>Si la relaci&oacute;n entre Lebowitz y Nueva York durara una estrofa en ingl&eacute;s, ser&iacute;a esta: &ldquo;</strong><em><strong>I can't live with or without you</strong></em><strong>&rdquo;</strong>.
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        Lebowitz tiene algo para decir sobre cualquier tema. <strong>Pendula entre Abe Simpson grit&aacute;ndole a la nube y cierta incorrecci&oacute;n pol&iacute;tica que oxigena en la era de la cancelaci&oacute;n y el castigo masivo a un clickcito de distancia</strong>. De eso, <strong>de tener algo para decir, vive</strong>. En 2017 compr&oacute; un departamento en el barrio Chelsea de Manhattan. Tiene 210 metros cuadrados, una habitaci&oacute;n, dos ba&ntilde;os, cochera para su Checker Marathon gris perlado de 1979 -el &uacute;nico auto de su vida-, espacio para <strong>sus 12.000 libros</strong> -incluido el estante con manuales sobre c&oacute;mo fabricar y esculpir jabones- y una valuaci&oacute;n de 3,1 millones de d&oacute;lares, <a href="https://variety.com/2017/dirt/real-estalker/fran-lebowitz-new-york-city-condo-1201986942/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">seg&uacute;n </a><a href="https://variety.com/2017/dirt/real-estalker/fran-lebowitz-new-york-city-condo-1201986942/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Variety</em></a>. Antes, durante 26 a&ntilde;os, hab&iacute;a vivido en The Osborne, el segundo edificio de lujo m&aacute;s antiguo de Nueva York detr&aacute;s del Dakota. As&iacute; que vive bien.
    </p><p class="article-text">
        No usa tel&eacute;fono celular, ni computadora, ni tablet. Es que, cuando lleg&oacute; el momento de dar el salto a la m&aacute;quina de escribir, Lebowitz se neg&oacute;. <strong>Reniega de casi cualquier cambio tecnol&oacute;gico</strong>. No usa el horno que trajo su casa: tiene una computadora que no entiende. S&iacute; sabe prender la estufa, y cuando dio indicaciones para que le compraran una heladera pidi&oacute; que fuera la m&aacute;s anal&oacute;gica del mercado. <strong>&ldquo;No uso redes sociales. No porque no sepa qu&eacute; pasa ah&iacute;, sino porque s&eacute; qu&eacute; pasa ah&iacute;&rdquo;</strong>, le dice Fran a <em>Marty</em> -as&iacute; lo llama- en <em>Pretend it's a city</em>. Levante la mano el que no se qued&oacute; haci&eacute;ndose algunas preguntas.
    </p><p class="article-text">
        Cuando Lebowitz habla, Scorsese escucha, espera el remate, y se r&iacute;e como Pat&aacute;n, el perro de Piernodoyuna. Mientras tanto, suenan canciones que sirven para acordarse de que el cineasta es un maestro y un devoto de sus or&iacute;genes italianos. Sus c&aacute;maras siguen a Lebowitz por la Quinta Avenida, Times Square, Wall Street, Columbus Circle, la librer&iacute;a Strand y <strong>todos esos lugares que hacen que Nueva York genere la sensaci&oacute;n de que pisarla es estar en el centro de la Tierra</strong>.
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                    alt="Uno de los afiches promocionales de &quot;Public Speaking&quot;, el documental sobre su vida que Scorsese dirigió en 2010."
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            <span class="title">
                Uno de los afiches promocionales de &quot;Public Speaking&quot;, el documental sobre su vida que Scorsese dirigió en 2010.                            </span>
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        Ya hab&iacute;an conversado: <strong>en 2010 el director de </strong><em><strong>Taxi Driver</strong></em><strong> y </strong><em><strong>Casino</strong></em><strong> edit&oacute; </strong><em><strong>Public speaking </strong></em><strong>(Conferencia p&uacute;blica), un documental sobre vida y obra de Fran</strong>. En ese momento, <em>The Washington Post</em> calific&oacute; a Lebowitz como &ldquo;la mujer m&aacute;s divertida de los Estados Unidos&rdquo;. <strong>Ella y </strong><em><strong>Marty</strong></em><strong> son amigos desde d&eacute;cadas</strong>: ninguno de los dos recuerda cu&aacute;ndo se vieron por primera vez pero ya recibieron varias veces juntos el A&ntilde;o Nuevo en el microcine que Scorsese tiene en su oficina, con otros pocos amigos y mirando alguna pel&iacute;cula.
    </p><p class="article-text">
        Antes de ser una escritora y conferencista p&uacute;blica millonaria, Lebowitz fue la peque&ntilde;a hija de Ruth y Harold, la primera generaci&oacute;n de estadounidenses de <strong>dos familias jud&iacute;as que hab&iacute;an llegado desde Rusia</strong>. Ruth criaba a sus hijas, Fran y Ellen, y Harold, que hab&iacute;a sido soldado en la Segunda Guerra Mundial, atend&iacute;a su muebler&iacute;a y tapicer&iacute;a. Un mueble de dise&ntilde;o es uno de los objetos en los que Lebowitz est&aacute; dispuesta a gastar varios miles de d&oacute;lares.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Fran le&iacute;a vorazmente desde que recuerda</strong>. En la escuela le iba mal. Muchas veces porque, en vez de anotar lo que hab&iacute;a en el pizarr&oacute;n o hacer la tarea, le&iacute;a. A escondidas y sin parar. La suspendieron de una de las escuelas secundarias a las que fue porque <strong>no se involucraba lo suficiente en las actividades deportivas ni en alentar a los equipos deportivos de esa instituci&oacute;n</strong> -si naciste entre 1980 y 1990 esta imagen mental es para vos: Daria- y<strong> la echaron de otro colegio por tener &ldquo;actitudes hoscas aleatorias y sin motivo aparente&rdquo;</strong>. No termin&oacute; de cursar la escuela: aprob&oacute; un examen que equival&iacute;a a ese t&iacute;tulo. Mientras tanto, <strong>trabaj&oacute; en una helader&iacute;a y tuvo miedo de que ese destino durara toda la vida</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Lleg&oacute; a Nueva York cuando ten&iacute;a 19 a&ntilde;os con plata para sobrevivir dos meses: se la hab&iacute;a dado Harold para que pagara un hotel exclusivamente de mujeres. <strong>Trabaj&oacute; como chofer, vendi&oacute; cinturones en la calle, manej&oacute; un taxi</strong> -y padeci&oacute; que ning&uacute;n taxista de los que paraban en el caf&eacute; de los taxistas le hablaran por ser mujer- y <strong>limpi&oacute; casas</strong>. Nunca fue moza porque, seg&uacute;n cuenta en el documental de Netflix, para acceder a ese trabajo siempre hab&iacute;a que tener relaciones sexuales con alguien y no lo acept&oacute;. El trabajo que le empezar&iacute;a a cambiar la vida lleg&oacute; cuando <strong>empez&oacute; a vender espacio publicitario para la revista cultural y pol&iacute;tica </strong><em><strong>Changes</strong></em>.
    </p><p class="article-text">
        En medio de sus ventas, hacia 1971 Fran empez&oacute; a publicar <strong>rese&ntilde;as de libros y de pel&iacute;culas</strong>. Entre los que las leyeron estaba Andy Warhol, que acababa de co-fundar la revista <em>Interview</em>. La fich&oacute; para que escribiera all&iacute;: su columna <em>I Cover the Waterfront</em> se volvi&oacute; un cl&aacute;sico de la d&eacute;cada en esas p&aacute;ginas. <strong>Circul&oacute; por la noche neoyorquina</strong>, cuyo epicentro era la pista de baile de Studio 54, y conoci&oacute; a artistas como Robert Mapplethorpe y Susan Sontag: sali&oacute; todas las noches por al menos diez a&ntilde;os.
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                    alt="Saco, camisa blanca, jean y botas cowboy: un uniforme."
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                Saco, camisa blanca, jean y botas cowboy: un uniforme.                            </span>
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        En esa &eacute;poca empez&oacute; a vestirse como lo hace ahora: un jean Levi's con la botamanga ni m&aacute;s ancha ni m&aacute;s angosta que el resto del pantal&oacute;n, camisas blancas, botas de <em>cowboy</em> y sacos y sobretodos que, apenas pudo, empez&oacute; a comprar en Anderson &amp; Sheppard, una sastrer&iacute;a londinense en la que un ambo cuesta entre 900 y 1.450 libras esterlinas. Cuando Scorsese la muestra en las calles de Manhattan con una bufanda y un sobretodo ancho, <strong>Lebowitz se parece a Bob Dylan y a Patti Smith al mismo tiempo, como si madurar en Nueva York se llevara puesto</strong>. Usa anteojos de marco redondo que siempre combinan el marr&oacute;n, el negro, el color miel y el amarillo. Para describir ese estampado los ingleses usan una palabra hermosa: <em>tortoiseshell</em> -caparaz&oacute;n de tortuga-.
    </p><p class="article-text">
        No tuvo una gran relaci&oacute;n con Warhol, as&iacute; que migr&oacute; con sus columnas a otra revista, <em>Madmoiselle</em>. En 1978 compilaron muchos de sus textos humor&iacute;sticos sobre lo que la enfurec&iacute;a y la irritaba de la vida urbana en Nueva York en <em><strong>Metropolitan life </strong></em><strong>(Vida metropolitana), su primer libro: fue </strong><em><strong>best-seller </strong></em><strong>y un salto irrevocable a la fama</strong>. Le propusieron adaptarlo al cine pero dijo que no. Todav&iacute;a no est&aacute; segura de por qu&eacute;. Tres a&ntilde;os despu&eacute;s, un segundo volumen compil&oacute; m&aacute;s columnas:<em> Social Studies</em> (Estudios sociales) tambi&eacute;n fue <em>best-seller</em>. Hablaba, en el mismo tono y entre otros temas, de los adolescentes, el mundo del cine y el servicio de gastronom&iacute;a de los hoteles. Ninguno de sus libros est&aacute;n editados en Argentina. 
    </p><p class="article-text">
        t
    </p><p class="article-text">
        <strong>Tard&oacute; m&aacute;s de diez a&ntilde;os en contar por qu&eacute;, en medio de tanto &eacute;xito de ventas, no hab&iacute;a publicado m&aacute;s textos: estaba bloqueada</strong>. No le sal&iacute;a nada. Ir a la televisi&oacute;n, donde era una invitada estelar y cada vez m&aacute;s estable de los <em>late night shows</em>, no la pon&iacute;a nerviosa. Dar conferencias p&uacute;blicas, contar sus observaciones iracundas y afiladas ante un auditorio, no la pon&iacute;a nerviosa. Tener enfrente una p&aacute;gina en blanco, s&iacute;. 
    </p><p class="article-text">
        En 1994 se publicaron sus &uacute;ltimos dos libros: <em>The Fran Lebowitz Reader </em>compila los dos vol&uacute;menes anteriores y... fue<em> best-seller</em>. El otro, tambi&eacute;n: <em>Mr. Chas and Lisa Sue Meet the Pandas </em>(El Sr. Chas y Lisa Sue conocen a Los Pandas)<em> </em>es una novela infantil en la que unos pandas gigantes de Nueva York se mudan a Par&iacute;s. En 2004 public&oacute; en <em>Vanity Fair</em> un adelanto de la que ser&iacute;a su pr&oacute;xima novela, una historia sobre artistas que quieren ser millonarios y millonarios que quieren ser artistas. Es 2021 y a&uacute;n no la termin&oacute;. Es que<strong> leer y perder el tiempo, en ese orden, le gustan m&aacute;s que cualquier otra cosa. Tambi&eacute;n le gusta su trabajo como conferencista: siempre tiene raz&oacute;n y nadie tiene permiso para interrumpirla.</strong>
    </p><p class="article-text">
        En los 90 y los 2000 public&oacute; columnas en <em>Vanity Fair</em> y apareci&oacute; en la tele, no s&oacute;lo como invitada, sino como actriz: interpret&oacute; a una jueza en <em>Law &amp; Order</em> de 2001 a 2007. Interpret&oacute; a otra jueza, la que condena al personaje de Leonardo Di Caprio en <em>El lobo de Wall Street</em>, dirigida -otra vez- por Scorsese.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Tuvo una &uacute;nica relaci&oacute;n monog&aacute;mica en toda su vida: con el Checker Marathon de 1979 que tiene estacionado en Chelsea</strong>. Durante medio siglo, habl&oacute; muy pocas veces de sus relaciones de pareja. <strong>Se defini&oacute; como lesbiana</strong> en algunas entrevistas y, <a href="https://www.intomore.com/culture/theres-no-question-fran-lebowitz-wont-answer/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">en una que dio en 2018 a intomore.com</a> <strong>defendi&oacute; el derecho de las personas a no hablar de su orientaci&oacute;n sexual hasta que les parezca el momento adecuado y tambi&eacute;n a no hablar nunca de eso</strong>. Lo hizo al referirse a Susan Sontag y a ella misma.
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        S&iacute; habl&oacute; de sus amistades. La que forj&oacute; con Toni Morrison, la escritora estadounidense que gan&oacute; el Pulitzer en 1988 y el Nobel de Literatura en 1993, fue a primera vista. Se conocieron en una lectura p&uacute;blica en 1978 y se hicieron amigas enseguida. Hablaban por tel&eacute;fono -fijo, claro- todos los d&iacute;as. A veces sobre literatura, a veces sobre sus vidas, a veces sobre el juicio que daban por televisi&oacute;n y que cada una miraba en su living. Morrison muri&oacute; en 2019 y Lebowitz la extra&ntilde;a. En abril de 2020, <a href="https://www.newyorker.com/culture/the-new-yorker-interview/fran-lebowitz-is-never-leaving-new-york/amp" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">en una entrevista con The New Yorker</a>, cont&oacute; por qu&eacute;: Toni era la &uacute;nica persona que lograba hacer cambiar de opini&oacute;n a la mujer que gana plata por tener raz&oacute;n y que no la interrumpan.
    </p><p class="article-text">
        Como<strong> la gentrificaci&oacute;n la pone nerviosa</strong>, Lebowitz se pas&oacute; al menos dos d&eacute;cadas fantaseando con que de repente Times Square se vaciara de turistas. &ldquo;Esto no es lo que ped&iacute;&rdquo;, pens&oacute; cuando se asom&oacute; a ese nodo de Manhattan en una caminata de las largas en plena cuarentena neoyorquina. <strong>Lo que m&aacute;s triste la puso fue ver las puertas de la Biblioteca P&uacute;blica de Nueva York cerradas a plena luz del d&iacute;a: jam&aacute;s le hab&iacute;a pasado.</strong> Lo que m&aacute;s la preocupa es que no se le pase el miedo a los g&eacute;rmenes que puede haber en los ejemplares de segunda mano de Strand y Argosy, sus dos librer&iacute;as favoritas. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Lo que m&aacute;s extra&ntilde;a son las casualidades.</strong> Esas que en una metr&oacute;poli en movimiento te hacen encontrarte con un amigo o un conocido en la calle, en una inauguraci&oacute;n, un museo, una fiesta, o el vag&oacute;n del subte. Todo eso quiere que vuelva a pasar en Nueva York, esa ciudad a la que, <strong>si cantara en castellano, le dir&iacute;a &ldquo;te amo, te odio, dame m&aacute;s&rdquo;.</strong>
    </p><p class="article-text">
        <em>JR</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Julieta Roffo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/fran-lebowitz-narradora-nueva-york-scorsese-metio-televisores_1_6746850.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 13 Jan 2021 00:05:15 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Quién es Fran Lebowitz, la narradora de Nueva York que Scorsese metió en nuestros televisores]]></media:title>
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