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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Jenny Marx]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/jenny-marx/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Jenny Marx]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Jenny Marx, luchadora y pensadora con peso propio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/jenny-marx-luchadora-pensadora-peso-propio_130_7215653.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/75c1b993-a740-47bf-b25c-bc580ba38f48_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Jenny Marx, luchadora y pensadora con peso propio"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Opacada por el legado de su esposo, de quien fue una interlocutora imprescindible, permanece -paradójicamente- como una de las militantes marxistas más soslayadas. Cartas, testimonios y notas autobiográficas de una figura clave para la historia del socialismo.</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;&iquest;Qui&eacute;n de mis numerosos detractores y venenosos adversarios me ha reprochado una sola vez mi vocaci&oacute;n por interpretar el papel de los galanes en teatros de segunda categor&iacute;a? (&hellip;) Si esos canallas hubieran tenido valor, habr&iacute;an representado, de un lado las relaciones de producci&oacute;n y de intercambio; y, del otro, a m&iacute;, postr&aacute;ndome a tus pies&rdquo;. La carta, escrita por Carlos Marx en 1856 a su esposa, suele citarse para mostrar el costado sentimental del creador del materialismo hist&oacute;rico. Pero su lectura aislada puede generar la falsa impresi&oacute;n de que Jenny Marx (en rigor, Johanna Bertha Julie von Westphalen) era una mera &ldquo;musa&rdquo; inspiradora; la gran mujer que -dicta la m&aacute;xima oxidada- &ldquo;estuvo detr&aacute;s del gran hombre&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>En cambio, Jenny fue la primera lectora de todas las obras de Marx y la primera en integrar la Liga de los Comunistas</strong>; una organizadora incansable de reuniones pol&iacute;ticas e intelectuales; la que recib&iacute;a a los refugiados y se trasladaba para recolectar fondos; quien transcribi&oacute; por completo&nbsp;<em>El Capital&nbsp;</em>y una de las pocas que entend&iacute;a la letra de su marido. No se salv&oacute; de las rejas ni de las privaciones materiales, producto de sus ideas. Un sastre socialista que la conoci&oacute; asegur&oacute; que &ldquo;rebosaba de entusiasmo por el movimiento obrero y el menor &eacute;xito alcanzado en la lucha contra la burgues&iacute;a le encantaba&rdquo;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Jenny Marx no fue una simple musa, su aporte intelectual fue clave.                             </span>
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        Dej&oacute; pocas obras propias (s&iacute; algunas cr&iacute;ticas literarias y teatrales), pero, en general su figura es relegada por los historiadores. Para conocerla, hay que acudir a los testimonios de quienes la trataron, a su correspondencia y a los apuntes autobiogr&aacute;ficos escritos en 1865 -reunidos bajo el t&iacute;tulo&nbsp;<em>Breves escenas de una vida agitada</em>-. Los a&ntilde;os que pas&oacute; como asistente &ldquo;en la diminuta habitaci&oacute;n de Carlos&rdquo; -m&aacute;s bien, como interlocutora activa de las nacientes ideas comunistas- representaron, en sus propias palabras, &ldquo;los m&aacute;s felices de su vida&rdquo;. Sin embargo, <strong>era consciente del trabajo invisible -productivo y reproductivo- que cargaba sobre su espalda.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Es una pena que no haya perspectiva de conseguir una pensi&oacute;n tras mis largos a&ntilde;os de labores secretariales&rdquo;, le transmiti&oacute; a Engels, en 1859. En 1871, luego de acoger a los exiliados que sobrevivieron a la Comuna de Par&iacute;s (el primer gobierno obrero de la historia, derrotado a sangre y fuego) y entablar relaci&oacute;n con varias de las mujeres que participaron de la experiencia, concluy&oacute;: &ldquo;En todas estas luchas, nosotras, las mujeres, aguantamos siempre la parte m&aacute;s dura (&hellip;). Un hombre saca fuerzas de su lucha con el mundo exterior y se ve fortalecido ante la visi&oacute;n del enemigo (...). Nosotras nos quedamos en casa, zurciendo calcetines. (...) Hablo desde mis treinta a&ntilde;os de experiencia&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Con la ayuda financiera constante de Engels, Jenny se hizo cargo de un hogar donde lo &uacute;nico que sobraba era la escasez. Crio y vio morir a cuatro de sus siete hijos; aseguraba ingresos mediante viajes y pedidos a familiares, compa&ntilde;eros y amigos, sosteniendo econ&oacute;micamente a su familia durante los largos per&iacute;odos de desempleo de su esposo. Y, adem&aacute;s, estuvo en una segunda cocina: la de las bases del socialismo cient&iacute;fico.
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                Marx y Engels junto a sus hijas.                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        &ldquo;Los aportes de esta mujer, con tan aguda inteligencia cr&iacute;tica, con tal tacto pol&iacute;tico, un personaje de tanta energ&iacute;a y pasi&oacute;n, con tanta dedicaci&oacute;n a sus compa&ntilde;eros de lucha, su contribuci&oacute;n al movimiento durante casi cuarenta a&ntilde;os, no es de p&uacute;blico conocimiento; no est&aacute; inscrito en los anales de la prensa contempor&aacute;nea. Es algo que uno debe haber experimentado de primera mano&rdquo;, sintetiz&oacute; Engels durante su funeral, en 1881. La iniciadora de una larga l&iacute;nea de militantes marxistas ten&iacute;a 67 a&ntilde;os y hab&iacute;a sufrido un c&aacute;ncer hep&aacute;tico fulminante.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Los aportes de esta mujer, con tan aguda inteligencia crítica, con tal tacto político, un personaje de tanta energía y pasión, con tanta dedicación a sus compañeros de lucha, su contribución al movimiento no es de público conocimiento</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Federico Engels</span>
                                  </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>De baronesa a proletariada</strong>
    </p><p class="article-text">
        Jenny naci&oacute; hace 207 a&ntilde;os, el 12 de febrero de 1814, en el seno de una familia aristocr&aacute;tica prusiana: sus padres eran un bar&oacute;n y una baronesa; su abuelo paterno hab&iacute;a ejercido como jefe de Gabinete de facto de Fernando de Brunswick y su abuela paterna era una noble escocesa emparentada con la casa Estuardo.
    </p><p class="article-text">
        En los altos c&iacute;rculos sociales de su ciudad, se refer&iacute;an a la joven como &ldquo;la reina de los bailes de Tr&eacute;veris&rdquo;. Sin embargo, desde temprana edad mostr&oacute; inter&eacute;s por el romanticismo alem&aacute;n, el socialismo franc&eacute;s y simpatiz&oacute; con la &ldquo;fiesta de Hambach&rdquo;, una manifestaci&oacute;n de 1832 en la que estudiantes, liberales, intelectuales y campesinos proclamaron la unidad de Alemania. Conoci&oacute; a Carlos Marx -un vecino cuatro a&ntilde;os menor que ella- en su adolescencia y con &eacute;l comparti&oacute; largas charlas sobre filosof&iacute;a y literatura inglesa, dos campos en los que se interioriz&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        El intenso noviazgo -as&iacute; como el tono barroco de ambos- qued&oacute; registrado en las misivas que se enviaban: &ldquo;Se apodera de m&iacute; un sentimiento tan raro cuando pienso en vos y no creo que sea en momentos aislados u ocasiones especiales; no, toda mi vida y mi ser no son m&aacute;s que un gran pensamiento en torno tuyo&rdquo;, redact&oacute; ella en 1839. Su pretendiente no estaba estabilizado econ&oacute;micamente ni ten&iacute;a t&iacute;tulos nobiliarios, lo cual era socialmente inaceptable en la &eacute;poca, pero no le import&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        El sentimiento no imped&iacute;a que la joven marcara, con la iron&iacute;a que la caracterizaba, lo que le molestaba. Luego de que Marx se recibiera como doctor en Filosof&iacute;a a los 23 a&ntilde;os, con una tesis sobre Dem&oacute;crito y Epicuro, ella le escribi&oacute; lo que puede ser le&iacute;do como un reproche por la falta de reconocimiento a sus contribuciones: &ldquo;Qu&eacute; contenta estoy de que est&eacute;s feliz, de que mi carta te haya alegrado (&hellip;) y de que est&eacute;s tomando champa&ntilde;a en Colonia y que haya clubs hegelianos. Pero, a pesar de todo eso, hay algo que falta: Podr&iacute;as haber reconocido un poco mis conocimientos del griego y dedicado unas l&iacute;neas laudatorias a mi erudici&oacute;n. Pero es t&iacute;pico de ustedes, caballeros hegelianos, no reconocen nada, aunque sea de excelencia, si no concuerda exactamente con su punto de vista, as&iacute; que debo ser modesta y descansar en mis propios laureles&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Jenny Marx junto a Laura, una de sus siete hijos.                            </span>
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        La pareja se cas&oacute; en 1843 y pronto se mud&oacute; a Par&iacute;s, donde conocer&iacute;an a Federico Engels. &ldquo;Mi padre se cas&oacute; con su amiga y camarada&rdquo;, recordar&iacute;a Eleanor, una de sus hijas. Carlos ten&iacute;a 25 y Jenny hab&iacute;a cumplido 29. Ni en su luna de miel la pol&iacute;tica y el debate salieron de escena: fue entonces cuando &eacute;l termin&oacute; su libro&nbsp;<em>La cuesti&oacute;n jud&iacute;a</em>.
    </p><p class="article-text">
        En 1844, mientras su esposo estaba en Francia y la reci&eacute;n casada permanec&iacute;a en Tr&eacute;veris con su reci&eacute;n nacida (cari&ntilde;osamente apodada Jennychen), observ&oacute; con emoci&oacute;n una revuelta de trabajadores por el franco dominical y la jornada de 12 horas. &ldquo;Est&aacute;n presentes aqu&iacute; todos los g&eacute;rmenes de la revoluci&oacute;n social&rdquo;, le hizo saber a su marido, en un mensaje que luego fue publicado por un peri&oacute;dico parisino. Desde la distancia, lo impulsaba a escribir cuando sus &aacute;nimos deca&iacute;an: &ldquo;Deja que la pluma pase por el papel, aunque en ocasiones tropiece y caiga (&hellip;). Tus pensamientos, de todos modos, se mantienen erguidos, (&hellip;) tan honorables y valientes&rdquo;. Ese a&ntilde;o, Marx complet&oacute; nada menos que&nbsp;<em>Los Manuscritos econ&oacute;mico-filos&oacute;ficos</em>&nbsp;y la&nbsp;<em>Cr&iacute;tica de la filosof&iacute;a del derecho de Hegel</em>, dos hitos de su legado.
    </p><p class="article-text">
        Desde 1846, Jenny no solo se ocupaba de la familia, sino que era activista: en la Liga de los Justos como primer miembro, en la Uni&oacute;n de Trabajadores Alemanes y como parte del Comit&eacute; de Correspondencia comunista. Se mud&oacute; brevemente a Par&iacute;s junto a su amado, de donde fueron expulsados. Llegaron a Bruselas y vivieron all&iacute; igual que en la capital francesa: rodeados de miseria y deudas. Pronto llegar&iacute;a un nuevo destierro. Marx fue acusado por el gobierno belga de conspiraci&oacute;n e intriga. Jenny sufri&oacute; un breve encarcelamiento y fue sometida a un interrogatorio de dos horas. Orgullosa, contaba que &ldquo;poco pudieron sonsacarle&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Durante la llamada &ldquo;Primavera de los pueblos&rdquo; de 1848, la familia Marx apel&oacute; al gobierno provisional de Francia para que revocara su vieja orden de expulsi&oacute;n. &ldquo;Par&iacute;s estaba ahora completamente abierta a nosotros, &iquest;y d&oacute;nde podr&iacute;amos sentirnos m&aacute;s tranquilos que bajo el sol de la naciente revoluci&oacute;n? &iexcl;Ten&iacute;amos que ir sin dudarlo!&rdquo;, anot&oacute; Jenny en sus memorias. Para poder viajar, vendi&oacute; y empe&ntilde;&oacute; hasta lo que no ten&iacute;a. Tras un breve per&iacute;odo, Carlos fue detenido y deportado a Inglaterra (donde Jenny y sus hijos lo reencontrar&iacute;an tiempo despu&eacute;s). Desde all&iacute;, public&oacute; uno de los textos m&aacute;s le&iacute;dos de la historia: el&nbsp;<em>Manifiesto comunista</em>, encargado por el II Congreso de la Liga Comunista. Jenny tuvo un rol activo en las discusiones de contenido.
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                Un retrato de Jenny Marx.                            </span>
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        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En sus&nbsp;<em>Breves escenas&hellip;</em>, Jenny detalla vaivenes cotidianos, pero deja lugar para el an&aacute;lisis sobre la pol&iacute;tica europea y las perspectivas para el movimiento comunista: &ldquo;La revoluci&oacute;n h&uacute;ngara, la insurrecci&oacute;n de Baden, el levantamiento italiano, todos fallaron. (...). La burgues&iacute;a respiraba aliviada, el peque&ntilde;oburgu&eacute;s volv&iacute;a a su negocio y los peque&ntilde;os filisteos liberales cerraban los pu&ntilde;os dentro de los bolsillos, los obreros fueron acosados y perseguidos, y los hombres que lucharon con espada y pluma por el reino de los pobres y oprimidos se contentaban con poder ganarse el pan en el extranjero&rdquo;, resum&iacute;a tras la derrota de la oleada revolucionaria de 1848.
    </p><p class="article-text">
        En uno de los traslados de Jenny para conseguir dinero, <strong>Marx embaraz&oacute; a Helene Demuth, </strong>amiga de la familia y su ama de llaves. &ldquo;A principios del verano de 1851, tuvo lugar un acontecimiento del que no voy a hablar, aunque hizo que aumentaran sensiblemente nuestras preocupaciones privadas y p&uacute;blicas&rdquo;, anot&oacute; Jenny. Quiz&aacute;s su hija Eleanor, quien qued&oacute; a cargo de sus papeles, ocult&oacute; algunas p&aacute;ginas. El hijo fue reconocido por Engels y criado por otra familia: las descendientes de Marx conocer&iacute;an la verdad reci&eacute;n en el lecho de muerte del amigo de su padre.
    </p><p class="article-text">
        Como si fuera poco, el periplo hab&iacute;a sido infructuoso: Jenny se hab&iacute;a dirigido a Holanda a pedir dinero a un t&iacute;o de Carlos, quien estaba enojado &ldquo;debido a los efectos desfavorables que la revoluci&oacute;n hab&iacute;a tenido sobre sus negocios y los de sus hijos&rdquo;. &ldquo;Se neg&oacute; a ayudarme, pero, cuando me iba, me puso en la mano un regalo para mi hijo m&aacute;s peque&ntilde;o y vi que le dol&iacute;a no poder darme m&aacute;s. (&hellip;) Volv&iacute; a casa afligida&rdquo;, recordar&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Lo que m&aacute;s padeci&oacute;, seg&uacute;n consign&oacute; en su diario, fueron las afecciones y muertes de cuatro de sus siete hijos. El primero falleci&oacute; en 1850. &ldquo;Mi pena era enorme. Fue el primer hijo que perd&iacute;. No pod&iacute;a imaginar entonces qu&eacute; otras tristezas me esperaban, que har&iacute;an que todas las dem&aacute;s parecieran nimias&rdquo;, escribi&oacute; al respecto. Luego llegar&iacute;a el turno de Franziska. Nuevamente, el relato personal y pol&iacute;tico se fund&iacute;an en uno. &ldquo;Al final de 1851, Luis Napole&oacute;n llev&oacute; a cabo su&nbsp;<em>coup d'&eacute;tat</em>&nbsp;y la primavera siguiente Carlos termin&oacute;&nbsp;<em>El 18 brumario</em>&nbsp;(...). Escribi&oacute; el libro en nuestro peque&ntilde;o apartamento de Dean Street, entre el ruido de los ni&ntilde;os y la agitaci&oacute;n del hogar. En marzo, termin&eacute; de copiar el manuscrito y fue enviado, pero no apareci&oacute; impreso hasta mucho despu&eacute;s y no supuso ning&uacute;n ingreso. En la Semana Santa de 1852, nuestra pobrecita Franziska contrajo una bronquitis grave. Durante casi tres d&iacute;as la pobre ni&ntilde;a luch&oacute; contra la muerte. (&hellip;) Hicimos nuestras camas sobre el suelo y los tres ni&ntilde;os con vida se acostaron junto a nosotros, y todos lloramos por el angelito que yac&iacute;a fr&iacute;a y ex&aacute;nime al lado&rdquo;. Un emigrado franc&eacute;s les prest&oacute; plata para el ata&uacute;d. <strong>La beba, de un a&ntilde;o, ni siquiera hab&iacute;a tenido una cuna.</strong>
    </p><p class="article-text">
        En 1855, con solo ocho a&ntilde;itos, cay&oacute; Edgard, su consentido. &ldquo;Disfrutamos de nuestras primeras navidades felices desde que llegamos a Londres. El contacto de Carlos con el&nbsp;<em>Tribune</em>&nbsp;[un diario que lo hab&iacute;a contratado] puso fin a nuestras necesidades urgentes y diarias. (...) Una semana despu&eacute;s, nuestro querido Edgar mostr&oacute; los primeros s&iacute;ntomas de una enfermedad incurable que se lo llevar&iacute;a de nuestro lado un a&ntilde;o m&aacute;s tarde. Si hubi&eacute;ramos podido salir de aquel apartamento peque&ntilde;o e insalubre y llevar al ni&ntilde;o a la costa quiz&aacute;s podr&iacute;amos haberlo salvado&rdquo;. El &uacute;ltimo, feneci&oacute; dos a&ntilde;os m&aacute;s tarde. No llegaron a ponerle nombre. &ldquo;Solo vivi&oacute; lo suficiente para respirar un poco y despu&eacute;s fue a reunirse con sus otros tres hermanos y hermanas muertos&rdquo;, se lamentar&iacute;a Jenny. Tambi&eacute;n hablaba de &ldquo;las cadenas y ligaduras con las que el carnicero, el panadero, el lechero, el verdulero y el vendedor de t&eacute;&rdquo; ten&iacute;an atada a la pareja y sus tres hijas sobrevivientes: Jenny, Laura y Eleanor.
    </p><p class="article-text">
        1860 encontr&oacute; a <strong>Jenny enferma, pero tan militante como siempre. </strong>Nunca dej&oacute; de intercambiar ideas con su marido. &ldquo;En aquel momento yo yac&iacute;a a punto de morirme de viruela y me acababa de recuperar lo suficiente de una terrible enfermedad para devorar este libro,&nbsp;<em>Herr Vogt</em>, con los ojos medio ciegos&rdquo;, asent&oacute; en&nbsp;<em>Breves escenas&hellip;&nbsp;</em>El texto estaba dedicado al cient&iacute;fico alem&aacute;n Carl Vogt, quien hab&iacute;a calumniado a Marx, acus&aacute;ndolo de chantaje y espionaje.
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s, intervino en el debate entre los comunistas y otro importante referente del socialismo europeo: Lasalle. Las cr&iacute;ticas de Jenny resultaron tan sard&oacute;nicas como -el tiempo demostrar&iacute;a- acertadas. &ldquo;En julio de 1862, Ferdinand Lassalle vino a visitarnos. El peso de la fama que hab&iacute;a conseguido como acad&eacute;mico, pensador, poeta y pol&iacute;tico, casi le hab&iacute;a aplastado. La corona de laureles luc&iacute;a fresca sobre su frente ol&iacute;mpica (...). Regres&oacute; a Berl&iacute;n y all&iacute; (&hellip;) eligi&oacute; tomar un camino a&uacute;n no explorado: se convirti&oacute; en Mes&iacute;as de los obreros. (...) Este movimiento demostr&oacute; ser especialmente agradable para el gobierno en su pol&iacute;tica (...) y, por tanto, fue favorecido en silencio e indirectamente subvencionado&rdquo;. Sin vacilar, acus&oacute; a Lasalle de robarse las doctrinas marxistas, con a&ntilde;adidos abiertamente reaccionarios. Como ser&iacute;a probado luego de su muerte, Lasalle -quien difer&iacute;a con Marx respecto a la caracterizaci&oacute;n del Estado y los objetivos del movimiento socialista- hab&iacute;a realizado acuerdos secretos con el entonces primer ministro de Prusia Otto von Bismarck.
    </p><p class="article-text">
        Sin dudas, uno de los trabajos m&aacute;s importantes en la vida de Jenny<strong> fue transcribir y ayudar a ordenar&nbsp;</strong><em><strong>El Capital</strong></em><strong>, cuyo primer volumen fue publicado en 1867. </strong>En una carta a Ludwig Kugelmann, abogado amigo de la familia y difusor de sus ideas en Alemania, se quej&oacute; de la escasa recepci&oacute;n que -sinti&oacute;- hab&iacute;a recibido el tratado, al que en ocasiones anteriores se hab&iacute;a referido como un verdadero &ldquo;Leviat&aacute;n&rdquo;, por el tiempo, energ&iacute;a y discusiones que les hab&iacute;a insumido a ella y a su esposo.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Pocos libros se han escrito en circunstancias m&aacute;s dificultosas y estoy segura de que podr&iacute;a escribir una historia secreta que reflejar&iacute;a problemas extremos no conocidos, ansiedades y tormentos. Si los trabajadores supieran de los muchos sacrificios necesarios para este trabajo, escrito solo para ellos, por ah&iacute; mostrar&iacute;an un poco m&aacute;s de inter&eacute;s&rdquo;. El enojo nubl&oacute; la realidad: aquella disecci&oacute;n &uacute;nica del modo de producci&oacute;n capitalista permanece como una de las obras te&oacute;ricas, econ&oacute;micas y pol&iacute;ticas m&aacute;s importantes de la contemporaneidad. En pleno siglo XXI, importantes acad&eacute;micos y corrientes militantes utilizan y actualizan sus ense&ntilde;anzas.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Chica de oro</strong>
    </p><p class="article-text">
        En 1871, un periodista del&nbsp;<em>New York World</em>&nbsp;entrevist&oacute; a Carlos Marx y encontr&oacute; en &eacute;l a &ldquo;la m&aacute;s formidable conjunci&oacute;n de fuerzas: un so&ntilde;ador que piensa, un pensador que sue&ntilde;a&rdquo;. La Historia mantiene una deuda con otra conjunci&oacute;n: la que existi&oacute; entre Marx y Jenny; aquella que gener&oacute; las condiciones para la unidad entre sue&ntilde;o y pensamiento, y la posibilidad de su traducci&oacute;n en palabra y movimiento pol&iacute;tico.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <p class="quote-text">La Historia mantiene una deuda con otra conjunción: la que existió entre Marx y Jenny; aquella que generó las condiciones para la unidad entre sueño y pensamiento, y la posibilidad de su traducción en palabra y movimiento político.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        A lo largo de la enfermedad de su esposa (que coincidi&oacute; con el agravamiento de sus propias dolencias), Marx no estuvo inactivo. Escribi&oacute; sus &ldquo;apuntes etnol&oacute;gicos&rdquo; (donde revis&oacute; cr&iacute;ticamente obras como la de Lewis Henry Morgan) y profundiz&oacute; sus estudios sobre el Estado, desde la Roma antigua hasta la Modernidad. Aun as&iacute;, los intercambios epistolares con sus hijas, amigos y camaradas demuestran el golpe que hab&iacute;a sufrido: las discusiones estrat&eacute;gicas y el an&aacute;lisis de la coyuntura segu&iacute;an presentes, pero de forma mucho m&aacute;s acotada que en a&ntilde;os anteriores; siempre interrumpidos por referencias a la salud de su compa&ntilde;era y a su propio rol, el cual defin&iacute;a como de&nbsp;<em>garde malade</em>&nbsp;(o cuidador).
    </p><p class="article-text">
        Durante los meses que precedieron a la muerte de Jenny, con mucha dificultad f&iacute;sica y econ&oacute;mica, la pareja realiz&oacute; una serie de viajes: primero a la costa inglesa y luego a Argenteuil, donde se encontr&oacute; con su hija Jennychen y sus nietos. Tras el regreso a Londres, Marx sufri&oacute; un ataque de bronquitis complicado por una pleures&iacute;a, por lo cual -seg&uacute;n detallaba en un mensaje a Nikolai Danielson- permaneci&oacute; tres de las &uacute;ltimas seis semanas de vida de su c&oacute;nyuge en una habitaci&oacute;n contigua, casi sin poder verla. Los doctores no le permitieron asistir al funeral que, respetando el deseo de Jenny, se condujo sin pompa, en el cementerio de Highgate, unos d&iacute;as despu&eacute;s de su fallecimiento, ocurrido el 2 de diciembre de 1881.
    </p><p class="article-text">
        El 17 de diciembre, Marx le escribi&oacute; a una de sus hijas que hab&iacute;a recibido muestras de condolencia &ldquo;de cerca y de lejos, de gente de tan variadas nacionalidades, [y] profesiones&rdquo;, que escapaban a cualquier tributo convencional. &ldquo;Atribuyo esto al hecho de que todo en ella era natural y genuino (&hellip;). Por lo tanto, la impresi&oacute;n que causaba en otros era de una lucidez v&iacute;vida&rdquo;, razonaba. Wilhem Liebknecht -un destacado dirigente socialista- confes&oacute; que, sin ella, habr&iacute;a sucumbido a las miserias del exilio.
    </p><p class="article-text">
        Paul Lafargue, yerno de los Marx y autor de la famosa obra&nbsp;<em>El derecho a la pereza</em>, asegur&oacute; que<strong>&nbsp;&ldquo;</strong>el amor de Marx por su mujer era profundo e &iacute;ntimo&rdquo; y que &ldquo;su alegr&iacute;a, su bondad y dedicaci&oacute;n hab&iacute;an aligerado para &eacute;l las dificultades necesariamente resultantes de su accidentada vida como socialista revolucionario&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En 1882, Marx le escribi&oacute; a Engels: &ldquo;Por cierto, sabes que pocas personas son m&aacute;s reacias al patetismo demostrativo; aun as&iacute;, ser&iacute;a una mentira [no] confesar que mi pensamiento fue absorbido en gran parte por el recuerdo de mi esposa, &iexcl;una parte tan importante de la mejor parte de la vida!&rdquo;. Solo la segunda parte de la frase es cierta. En una de sus tantas cartas, en 1865, hab&iacute;a expresado a su esposa: &ldquo;La multiplicidad en la que nos enredan el estudio y la educaci&oacute;n moderna, y el escepticismo que necesariamente nos hace criticar todas las impresiones subjetivas y objetivas, todo eso est&aacute; enteramente dise&ntilde;ado para hacernos a todos peque&ntilde;os, d&eacute;biles y llorones. Pero el amor, (&hellip;) no por el metabolismo, no por el proletariado, sino el amor por el ser amado y particularmente por ti, hace que un hombre vuelva a ser hombre&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Era el amor m&aacute;s fuerte que el entusiasmo por la lucha obrera? En realidad, es imposible separar al Marx rom&aacute;ntico del pol&iacute;tico<strong>: la alianza con Jenny era un puente entre ambas facetas. </strong>Cuando &eacute;l muri&oacute;, el 14 de marzo de 1883, golpeado por el deceso de su esposa y de Jennychen (en enero de ese a&ntilde;o), su prioridad segu&iacute;a siendo la revoluci&oacute;n. Pero si fuera cierto que la vida de las personas pasa por sus ojos antes del &uacute;ltimo suspiro, seguramente record&oacute; los debates con Jenny en torno a&nbsp;<em>La Sagrada Familia</em>,&nbsp;<em>El Capital&nbsp;</em>o la I Internacional; sus largas caminatas por Tr&eacute;veris, cuando eran dos j&oacute;venes que persegu&iacute;an la revoluci&oacute;n como un deseo pasional, pero todav&iacute;a abstracto.
    </p><p class="article-text">
        Las ideas marxistas resisten al tiempo. Se vislumbran cuando un grupo de trabajadores o trabajadoras se organizan para pelear por mayores derechos; se confirman con las sucesivas crisis del capitalismo; y toman fuerza cada vez que alguien, en alg&uacute;n lugar del mundo, abraza la causa revolucionaria. Se intuyen, incluso, en peque&ntilde;os gestos. Cuando una joven camina por la calle Corrientes, buscando una edici&oacute;n del&nbsp;<em>Manifiesto Comunista</em>, mientras escucha a la banda&nbsp;<em>&Eacute;l mat&oacute; a un polic&iacute;a motorizado</em>&nbsp;y tararea &ldquo;alg&uacute;n d&iacute;a, Jenny, todo lo que ves ser&aacute; nuestro&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>JB</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jazmín Bazán]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 18 Feb 2021 10:50:54 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Jenny Marx, luchadora y pensadora con peso propio]]></media:title>
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