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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Psicoanálisis]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/psicoanalisis/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Psicoanálisis]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El psicoanálisis divertido]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/psicoanalisis-divertido_129_13206147.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/49383b5e-3445-444d-921b-030e41e0d87d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El psicoanálisis divertido"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los Cafres sostienen una alegría serena que evita la melancolía tanguera presente en otras bandas de reggae argentino. Esa diferencia se vincula con la idea lacaniana de un “psicoanálisis divertido”, capaz de desviarse del sentido común y producir un giro en la mirada.</p></div><p class="article-text">
        Con la comida me pasa lo mismo que con la m&uacute;sica. Me gusta pr&aacute;cticamente toda. Solo por motivos muy concretos puede ser que desestime un g&eacute;nero. Quiz&aacute; me vuelva reticente con un modo particular. Por ejemplo, me gusta el punk ingl&eacute;s, tambi&eacute;n el argentino, aunque son muy diferentes. Aqu&iacute; no tengo dudas.
    </p><p class="article-text">
        Donde s&iacute; tengo reparos es con el reggae local. Me gusta, pero es muy diferente al de otras partes del mundo. El reggae argentino tiene una cuota de melancol&iacute;a que me cuesta. Tal vez sea un exceso de acordes menores, pero no creo que se relacione con una cuesti&oacute;n t&eacute;cnica. Es cierta impronta cultural.
    </p><p class="article-text">
        Por ejemplo, me encantan <strong>Los Cafres</strong>. Creo que consiguen estar siempre arriba, no llevan el modo de cantar hacia el llanto. Es como si en otras bandas, que tambi&eacute;n me gustan, pero a las que distingo de lo que creo que mejor representa la &ldquo;esencia&rdquo; del g&eacute;nero, les pasara que no pueden sortear la a&ntilde;oranza.
    </p><p class="article-text">
        Debe ser una influencia tanguera inevitable. Los Cafres, en cambio, logran la medida justa de alegr&iacute;a y liberaci&oacute;n que el reggae necesita. Lo mismo ocurre con el psicoan&aacute;lisis que se teoriza en este pa&iacute;s, que pareciera haber olvidado una idea lacaniana.
    </p><p class="article-text">
        Cito: &ldquo;Cuando m&aacute;s cerca del&nbsp;psicoan&aacute;lisis divertido&nbsp;estemos, m&aacute;s cerca estaremos del verdadero&nbsp;psicoan&aacute;lisis&rdquo;, dec&iacute;a <strong>Jacques Lacan</strong>. Es cierto que divertido no es lo mismo que alegre, de la misma manera que no hay que olvidar la etimolog&iacute;a de la palabra.
    </p><p class="article-text">
        La palabra &ldquo;divertido&rdquo; incluye las nociones de separaci&oacute;n (prefijo di-) y de movimiento de giro. El psicoan&aacute;lisis divertido es el que va a contrapelo del sentido com&uacute;n, es tambi&eacute;n el que se basa en hacer distinciones. 
    </p><p class="article-text">
        En efecto, el modo m&aacute;s frecuente de subvertir (otra palabra cercana a diversi&oacute;n) lo que se presenta como evidente es el chiste, tambi&eacute;n el humor; pero sin depender de la carcajada, lo cierto es que el psicoan&aacute;lisis precisa interpretaciones antes que explicaciones.
    </p><p class="article-text">
        Pongamos un ejemplo t&iacute;pico del tratamiento de la neurosis. El obsesivo tiene algunas trampas que son conocidas en su relaci&oacute;n con el goce: hacer cosas para generarse un cr&eacute;dito y luego solo &ldquo;gastar&rdquo; lo que le sobra; tambi&eacute;n subirse al modo de hacer de otro como una forma de evitar el costo de una elecci&oacute;n (es especialista en mirar el men&uacute; y pedirle a otro que elija por &eacute;l).
    </p><p class="article-text">
        Esta posici&oacute;n es privilegiada para que el psicoanalista saque su rosario de &ldquo;Todo no se puede&rdquo;, &ldquo;Siempre es preciso perder algo&rdquo; y otras formulaciones que son comunes en analistas argentinos que, tal vez tambi&eacute;n por influencia tanguera, esperan que el lamento sea la manera de reconocer un acto.
    </p><p class="article-text">
        Pareciera que, si el psicoan&aacute;lisis no se sufre, no es psicoan&aacute;lisis. Si no duele, no es un an&aacute;lisis verdadero. Pero esta actitud siempre corre el riesgo de dejar al analista trabajando al servicio del Supery&oacute; (gran Amo de la nostalgia). La cuesti&oacute;n es c&oacute;mo orientar el psicoan&aacute;lisis y su pulsi&oacute;n sufriente hacia lo divertido.
    </p><p class="article-text">
        Los psicoanalistas interpretamos. &iquest;Qu&eacute; es una interpretaci&oacute;n? &ldquo;La&nbsp;cl&iacute;nica&nbsp;psicoanal&iacute;tica consiste en el discernimiento de cosas que&nbsp;importan&nbsp;y que cuando se haya tomado conciencia de ellas ser&aacute;n de gran envergadura&rdquo;, dec&iacute;a Lacan.
    </p><p class="article-text">
        La interpretaci&oacute;n es para &ldquo;discernir&rdquo;, palabra esta tambi&eacute;n cercana a divertir. Pensemos en el caso de un obsesivo que se queja porque est&aacute; cansado de pedirle a su hijo que se ocupe de cosas de la casa.
    </p><p class="article-text">
        Es claro que el modo en que se lo pide hace que el joven nunca le preste atenci&oacute;n. Esto es lo primero que cabe decirle. Y no por una cuesti&oacute;n de forma o estilo de comunicaci&oacute;n, sino porque el hombre espera que el otro haga algo por el solo hecho de que se lo dice&hellip; y al poco tiempo est&aacute; pregunt&aacute;ndole si lo hizo y, al corroborar que no, lo hace &eacute;l. Al muchacho no le queda otra defensa que la de hacerlo esperar. Decir &ldquo;Ah&iacute; voy&rdquo;, para quedarse en el mismo lugar. Una resistencia que lo cuida del empuje feroz del padre.
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, despu&eacute;s de notar su alienaci&oacute;n en este circuito imposible, &iquest;qu&eacute; se le puede decir a este hombre? En principio, una constataci&oacute;n: que &eacute;l no espera que el joven haga eso que le pide y que, al final, termina haciendo &eacute;l, sino que espera que lo haga para dejar de pensar en eso.
    </p><p class="article-text">
        En este punto, la interpretaci&oacute;n circunscribe su s&iacute;ntoma: necesita que el otro haga algo para calmar su pensamiento, porque librado a s&iacute; mismo, este no tiene ninguna libertad y m&aacute;s bien lo esclaviza. 
    </p><p class="article-text">
        De nada servir&iacute;a empezar a hablarle a este hombre de la p&eacute;rdida, de la autoridad, de la diferencia generacional, etc. Lo divertido es la demanda en la que se encuentra implicado: le pide algo a otro, no tanto para que lo haga, sino para que no lo haga y, a trav&eacute;s de la negaci&oacute;n esperar algo que nadie puede hacer por &eacute;l, pero que solo &eacute;l hace&hellip; sintom&aacute;ticamente.
    </p><p class="article-text">
        <em>LL/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/psicoanalisis-divertido_129_13206147.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 08 May 2026 11:43:17 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El psicoanálisis divertido]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis,Los Cafres,Jacques Lacan]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La culpa no es de Narciso]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/culpa-no-narciso_129_13065182.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0c4615b0-641c-4c7c-9386-a3a5a6348283_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La culpa no es de Narciso"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La personalidad narcisista organiza sus vínculos en función de sostener una imagen de sí misma, buscando en el otro confirmación, reflejo o amenaza a esa identidad.</p></div><p class="article-text">
        Hoy se nombra como narcisista a cualquier actitud m&aacute;s o menos ego&iacute;sta, cuando se trata de otra cosa. Tener criterio cl&iacute;nico implica dejar de lado el sentido com&uacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Unos de los puntos m&aacute;s significativos para entender la personalidad narcisista es su tipo de libido. Investir objetos con libido narcisista es algo diferente a hacerlo con libido objetal propiamente dicha.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        La libido narcisista es fuertemente adhesiva, pero tambi&eacute;n muy fr&aacute;gil. Por eso no suele ser elaborada a trav&eacute;s de duelos, tal como ya lo plante&oacute; <strong>Sigmund Freud</strong>. En la personalidad narcisista, se reconoce un criterio vincular: se busca en el otro a uno mismo.
    </p><p class="article-text">
        Dicho de otro modo, la relaci&oacute;n con el otro es bivalente: es la relaci&oacute;n con el otro, pero tambi&eacute;n con uno mismo a trav&eacute;s del otro. A este aspecto apunta la personalidad narcisista; por eso tiende a ocupar roles definidos en los v&iacute;nculos: el/la normal, el/la sano/a, el/la ideal o que hace las cosas bien, etc&eacute;tera.
    </p><p class="article-text">
        La contracara de esta b&uacute;squeda de s&iacute; mismo en el otro es que, ante la negativa de este, la vivencia de rechazo despierta agresividad, una culpa que no se puede tolerar y, por lo tanto, se proyecta.
    </p><p class="article-text">
        Como contrapunto, pensemos ahora en una situaci&oacute;n t&iacute;pica del tratamiento del neur&oacute;tico obsesivo: discute con su pareja y teme que esta pueda dejarlo; pero si teme que pueda dejarlo, es porque ya da por sentado que no lo har&aacute;. Por eso se atrevi&oacute; a discutir.
    </p><p class="article-text">
        La eficacia de ese temor va de la mano de que sienta culpa. Entonces, a partir de ese momento se relacionar&aacute; con su pareja a trav&eacute;s de la culpa. No es que har&aacute; cosas y se sentir&aacute; culpable, sino que las har&aacute; para sentir culpa y, por lo tanto, no separarse.
    </p><p class="article-text">
        De este modo, el reverso del temor de que lo dejen es su posici&oacute;n culposa, basada en no separarse. El obsesivo se pone en pareja con un mandato impl&iacute;cito: no me voy a separar. La culpa asegura que as&iacute; sea.
    </p><p class="article-text">
        Pensemos en otra situaci&oacute;n, la de un hist&eacute;rico, que en el v&iacute;nculo siempre se reserva una parte de s&iacute;, que no comparte, a la que el otro no llega, al punto de que se relaciona con su pareja en funci&oacute;n de que esta no lo conozca del todo.
    </p><p class="article-text">
        Entonces, la contraparte del temor obsesivo a ser dejado es, en la histeria, el miedo a que el otro se enoje. &iquest;Por qu&eacute; se enojar&iacute;a? Por lo que el hist&eacute;rico no da. Lo que el otro podr&iacute;a sacarle con su enojo es el correlato de lo que el sujeto reserva, tambi&eacute;n con culpa.
    </p><p class="article-text">
        Los hist&eacute;ricos conocen esa pasi&oacute;n por dejarle el enojo siempre al otro; ese enojo al que responden defensivamente &ldquo;No es mi culpa&rdquo; y claro que lo es, pero no por &ldquo;hacer enojar&rdquo; al otro, sino por los rodeos, circuitos y evasiones con que lo dejan fuera de juego.
    </p><p class="article-text">
        La culpa del hist&eacute;rico siempre se afirma con la aclaraci&oacute;n &ldquo;No es mi culpa&rdquo;. Y estas distinciones permiten situar c&oacute;mo la culpa es uno de los modos del goce en las neurosis.
    </p><p class="article-text">
        Los neur&oacute;ticos usan la culpa para relacionarse, al punto de que sus v&iacute;nculos terminan por estar basados en la culpa antes que en el amor. Mejor dicho, aman con y por culpa.
    </p><p class="article-text">
        En la patolog&iacute;a narcisista, en cambio, la culpa tiene otra forma (proyectiva) y no es que se pueda hacer el diagn&oacute;stico diferencial con la neurosis en t&eacute;rminos de presencia-ausencia de culpa.
    </p><p class="article-text">
        <em>LL/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/culpa-no-narciso_129_13065182.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 13 Mar 2026 11:16:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis,Personalidad,Narcisismo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una idea básica del psicoanálisis]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/idea-basica-psicoanalisis_129_13023098.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/016beb63-fde2-4214-b04f-501e7cd91fec_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una idea básica del psicoanálisis"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La transferencia es una actualización de un conflicto psíquico en un vínculo actual privilegiado, no una simple repetición del pasado.
Ni idealización ni dependencia, representa el modo dinámico en que la conflictividad neurótica se organiza en la relación analítica.</p></div><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Una de las nociones b&aacute;sicas del psicoan&aacute;lisis que a&uacute;n menos se comprende es la de transferencia. Ya sea porque se la vuelve equivalente a la noci&oacute;n de v&iacute;nculo, o bien porque se tiende a ver todo lo que ocurre en un tratamiento como parte de una re-vivencia infantil.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">En principio, es fundamental situar qu&eacute; no es la transferencia. No es una idealizaci&oacute;n, no es cualquier pasi&oacute;n que surja en el marco de un tratamiento, como tampoco es una actitud dependiente que anule la capacidad cr&iacute;tica. Estas versiones de la transferencia son vulgares y no ameritan discusi&oacute;n, aunque sean muy frecuentes incluso entre principiantes.</span>
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        <span class="highlight" style="--color:white;">&iquest;Qu&eacute; es la transferencia? Es un desplazamiento. Esta es una idea freudiana (desde&nbsp;</span><span class="highlight" style="--color:white;"><em>La interpretaci&oacute;n de los sue&ntilde;os</em></span><span class="highlight" style="--color:white;">), a la que </span><span class="highlight" style="--color:white;"><strong>Sigmund Freud</strong></span><span class="highlight" style="--color:white;"> nunca le corrigi&oacute; ni una coma. Ahora bien, es preciso pensar qu&eacute; se transfiere y c&oacute;mo. Pensemos un ejemplo, la situaci&oacute;n de alguien que tuvo un conflicto en el trabajo y, al llegar a su casa, discute con su pareja. Podr&iacute;a decirse que desplaz&oacute; el conflicto de una escena a otra.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Complejicemos el ejemplo y pensemos que alguien puede ser que pelee con su pareja para no asumir el conflicto que tuvo en el trabajo. En este punto, el desplazamiento ya no se piensa en t&eacute;rminos de causa y efecto, sino como una actualizaci&oacute;n. De la misma manera, la transferencia no es una repetici&oacute;n del pasado sino un modo din&aacute;mico de constituir un conflicto actual.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Por otro lado, cabe destacar que el desplazamiento se realiza en un v&iacute;nculo que asume un car&aacute;cter privilegiado para recoger conflictos no resueltos. Esto es lo propio de la transferencia, ser un canal de recepci&oacute;n y distribuci&oacute;n de la conflictividad neur&oacute;tica. Por eso el analista debe incidir en la transferencia de un modo en que la respuesta no reproduzca el problema de origen.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Volvamos al ejemplo y pensemos cu&aacute;n corriente es que una persona se la pase peleando con su pareja mientras en el trabajo tiene una actitud sumisa ante un jefe al que odia. A veces las parejas lo dicen abiertamente: &ldquo;Es que est&aacute; en uno de esos d&iacute;as&rdquo; y as&iacute; explican que tengan que tolerar el desplazamiento en cuesti&oacute;n, de la misma manera en que si se les ocurriera hacer una observaci&oacute;n sobre aquel no recibir&iacute;an ning&uacute;n eco &ndash;o quiz&aacute; se les hablar&iacute;a con rechazo.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Por eso en psicoan&aacute;lisis suele decirse que la transferencia no se interpreta, sino que se analiza. Esto es lo que hace un analista, que funciona como relevo de esa aptitud transferencial particular de la neurosis. Hagamos una aclaraci&oacute;n: algo semejante podr&iacute;a aplicarse para las psicosis, pero ser&iacute;a otro tema y requerir&iacute;a otras consideraciones. Lo dejamos para otro momento.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Con lo que no podemos estar de acuerdo es con la idea imaginaria de la transferencia como una re-vivencia de lo que alguien vivi&oacute; con su pap&aacute;, o su mam&aacute;, como si fuera un ni&ntilde;o; b&aacute;sicamente porque esto infantiliza a los pacientes. Y sabemos que la idea que un analista se haga de la transferencia condiciona el modo en que concibe el tratamiento.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">La transferencia es algo m&aacute;s interesante y serio. Podr&iacute;amos agregar un aspecto m&aacute;s, para no extendernos demasiado. De acuerdo con el ejemplo que mencionamos, podr&iacute;amos pensar en la transferencia con un Otro materno. Cuando el Otro adquiere una condici&oacute;n paterna, no se trata tanto de la constituci&oacute;n de un conflicto sino de un s&iacute;ntoma concreto.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Pongamos un ejemplo de esto &uacute;ltimo, a partir del caso de alguien que comienza a tener diarreas durante el tratamiento; semejantes a aquellos que ten&iacute;a cada vez que le tocaba ir a rendir un final. La pregunta cl&iacute;nica, en este contexto, ser&iacute;a con qu&eacute; final lo confronta el an&aacute;lisis en ese momento.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Siempre es bueno que el an&aacute;lisis confronte con un final. Es bueno para llamar al s&iacute;ntoma. Es bueno para que el an&aacute;lisis no se vuelva un suced&aacute;neo del vientre materno, un espacio cerrado en el que se trata de estar seguro y a salvo de la realidad y sus exigencias.</span>
    </p><p class="article-text">
        <em>LL/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/idea-basica-psicoanalisis_129_13023098.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 27 Feb 2026 10:53:25 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una idea básica del psicoanálisis]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis,Transferencia,Sigmund Freud]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ideal del Yo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/ideal_129_12748594.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7744ef47-2878-4547-85d5-a7772dd39a9f_16-9-discover-aspect-ratio_default_1129909.jpg" width="557" height="313" alt="Ideal del Yo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El trabajo analítico consiste en desconfía de los ideales porque, bajo su amparo, se justifican actos muy distintos y se oculta el goce que los impulsa.</p></div><p class="article-text">
        El psicoan&aacute;lisis desconf&iacute;a de los ideales. Porque en nombre de estos se justifican las m&aacute;s diversas acciones. &iquest;Qu&eacute; no se puede hacer con un buen prop&oacute;sito? Sin embargo, los ideales mienten sobre el goce que los alienta.
    </p><p class="article-text">
        En su art&iacute;culo sobre narcisismo, <strong>Sigmund Freud</strong> dijo que el ideal impone un punto de vista para que el Yo sea vea a s&iacute; mismo como bondadoso y digno de amor. Por esto mismo enfatiz&oacute; que el ideal del Yo es el principal agente de la represi&oacute;n ps&iacute;quica.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        En su seminario sobre los conceptos fundamentales del psicoan&aacute;lisis, Lacan sostuvo que de un an&aacute;lisis se espera la &ldquo;m&aacute;xima distancia&rdquo; entre el ideal y el goce. El padre que pega a un hijo dici&eacute;ndole que es por su bien, se esconde &ndash;para s&iacute; mismo&ndash; la satisfacci&oacute;n que le produce golpear.
    </p><p class="article-text">
        Los ideales son encubridores. Se presentan con un brillo irresistible, convencen a las mayor&iacute;as, pero ocultan su fundamento pulsional. Podr&iacute;a ilustrar esta din&aacute;mica con la obra de una artista que se llama <strong>Luciana Rondolini</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Hace unos a&ntilde;os, recuerdo haber visto una serie de objetos que ella confeccionaba y que se exhibieron en diferentes ocasiones. Se trataba de diversas frutas que ten&iacute;an varios apliques y engarces que las hac&iacute;an aparentar como piedras preciosas.
    </p><p class="article-text">
        Cuando uno las ve&iacute;a en el primer d&iacute;a de la muestra, eran realmente piezas encantadoras. Ahora bien, imag&iacute;nese el lector lo que ocurr&iacute;a con el paso del tiempo; cuando pasadas varias semanas la fruta comenzaba a pudrirse&hellip;
    </p><p class="article-text">
        Con los d&iacute;as, sobre las obras sobrevolaban moscas, hab&iacute;a olor a podrido, lo que brillaba no era oro sin pl&aacute;stico decr&eacute;pito. Los ideales, con el tiempo, son eso: desechos. Por eso es poco frecuente que alguien que se haya analizado conf&iacute;e en los discursos que se motorizan con la idea de Bien. Arruinan a quienes los encarnan.
    </p><p class="article-text">
        Podr&iacute;an mencionarse distintas circunstancias y ejemplos hist&oacute;ricos para ilustrar c&oacute;mo l&iacute;deres revolucionarios traicionaron los movimientos que los impulsaron y, con los a&ntilde;os, se aburguesaron. En la literatura no son pocos los casos de escritores que militan causas de moda y temas de agenda con los que se ganan premios. Luego, son olvidados.
    </p><p class="article-text">
        En una entrevista reciente, <strong>Constanza Michelson</strong> dijo: &ldquo;Me interesan los que se creen buenos, pero aman la destrucci&oacute;n&nbsp;del&nbsp;otro&rdquo;. De este modo, la psicoanalista chilena carg&oacute; las tintas contras los idealistas de nuestra &eacute;poca.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, no me interesa llevar la cuesti&oacute;n hacia el escenario social. Si la cuesti&oacute;n me importa es por su alcance en la cl&iacute;nica cotidiana. &iquest;Cu&aacute;ntas veces alguien que se dedica a una profesi&oacute;n loable, le pide a su familia que espere mientras &eacute;l se ocupa de lo importante? Es un perfil de nuestra sociedad el hombre que se apa&ntilde;a en su trabajo para que no se reclame nada (&ldquo;Yo que me rompo por ustedes&rdquo;).
    </p><p class="article-text">
        Tengo un amigo m&eacute;dico que siempre se levanta de la mesa cuando suena su tel&eacute;fono. La urgencia de sus pacientes le permite interrumpir cualquier escena. &iquest;Qui&eacute;n podr&iacute;a decirle algo? &Eacute;l desconoce el goce que lo pone en la situaci&oacute;n de hacerse demandar y vivir con un stress masoquista. Solo dice: &ldquo;El deber me llama&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En su escrito &ldquo;Kant con Sade&rdquo;, <strong>Jacques Lacan</strong> mostr&oacute; c&oacute;mo la &eacute;tica del deber tiene su base en el sacrificio sadiano. Esta idea no desestima los principios, las convicciones, los valores; al contrario, lo que m&aacute;s se espera del an&aacute;lisis es que alguien tenga una posici&oacute;n, pero no una que sea precipitada o ingenua. 
    </p><p class="article-text">
        Porque hasta en la queja por el goce hay un goce.
    </p><p class="article-text">
        <em>LL/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/ideal_129_12748594.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 07 Nov 2025 09:40:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ideal del Yo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Juzgamos, no escuchamos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/juzgamos-no-escuchamos_129_12400094.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/efad24e0-3487-43e8-9dd2-a0e776e4f7ba_16-9-discover-aspect-ratio_default_1120188.jpg" width="1596" height="898" alt="Juzgamos, no escuchamos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">“La conversación en que consiste el tratamiento analítico no soporta terceros oyentes; no admite ser presentada en público”, escribió Freud. Esta afirmación, que podría parecer una obviedad, encierra sin embargo una serie de desafíos clínicos, éticos y conceptuales que aún hoy interpelan a quienes ejercen la práctica analítica.</p></div><p class="article-text">
        Hace unos d&iacute;as vi un video en el que una mujer cuenta que llev&oacute; helado a la sesi&oacute;n con su psic&oacute;loga. Luego de comerlo, habr&iacute;an salido juntas a dar un paseo. O algo as&iacute;. La verdad es que no entend&iacute; muy bien, ni me pareci&oacute; relevante.
    </p><p class="article-text">
        S&iacute; me llam&oacute; la atenci&oacute;n que la consecuencia de este episodio fuera una catarata de los m&aacute;s diversos comentarios, que juzgaban la actitud de la profesional. Como m&iacute;nimo, se asist&iacute;a a un reclamo de que le quiten la matr&iacute;cula.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Como dije, a m&iacute; no me pareci&oacute; relevante la situaci&oacute;n. Mientras lo ve&iacute;a, record&eacute; los a&ntilde;os en que trabaj&eacute; en un hospital p&uacute;blico y, ante la falta de consultorio disponible, atend&iacute;amos en el estacionamiento. Una vez pas&oacute; la Jefa del Servicio y me llam&oacute; a su oficina. Yo pens&eacute; que me iba a reprender. Sin embargo, me dijo: &ldquo;Escrib&iacute; un texto sobre tu experiencia, que lo vamos a publicar en el pr&oacute;ximo libro&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s me qued&eacute; pensando en lo que ocurri&oacute; en los a&ntilde;os de pandemia, sobre todo en el primero, cuando con algunos pacientes varios colegas tuvimos que improvisar consultorios ambulantes (sobre todo en plazas) para no interrumpir los tratamientos de aquellos que no se llevaban bien con la virtualidad.
    </p><p class="article-text">
        Con esto que escribo no justifico a la colega de la que se habla en ese video. En efecto, nadie conoce su palabra, salvo por el rodeo de lo que dice la paciente. Con esto digo que no s&eacute; c&oacute;mo pens&oacute; esa decisi&oacute;n y, adem&aacute;s, no soy nadie para juzgarla. Una noci&oacute;n m&aacute;s que importante en un tratamiento psicoterap&eacute;utico es la de encuadre, pero este no es la suma de variables r&iacute;gidas que establecen una situaci&oacute;n estandarizada.
    </p><p class="article-text">
        El encuadre es la condici&oacute;n m&iacute;nima con que un terapeuta tiene que tratar a un paciente, en funci&oacute;n de que su sufrimiento no se acreciente y no se proyecte de m&aacute;s en su persona. Por otro lado, recuerdo una idea que <strong>Sigmund Freud</strong> plantea en la primera de sus <em>Conferencias de introducci&oacute;n al psicoan&aacute;lisis</em>: 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La conversaci&oacute;n en que consiste el tratamiento anal&iacute;tico no soporta terceros oyentes; no admite ser presentada en p&uacute;blico&rdquo;. Esta frase encierra muchos problemas, porque pone a los analistas a tener que pensar de muchos modos las v&iacute;as por las que se constituye un caso cl&iacute;nico.
    </p><p class="article-text">
        Me gusta especialmente que Freud diga que el tratamiento es una conversaci&oacute;n. Sobre todo, porque hoy no est&aacute; asegurada esa instancia. Toma mucho tiempo empezar a conversar con alguien; durante mucho tiempo se habla, se cuentan cosas, pero solo despu&eacute;s de un buen tiempo es que se empieza a conversar.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo se reconoce ese momento? Cuando el paciente dice algo que el analista estaba a punto de decir, o bien cuando este recuerda &ndash;sin saber por qu&eacute;&ndash; un sue&ntilde;o (u episodio) que el paciente tuvo quiz&aacute; hace meses y sobre el que nunca hablaron, entre otros indicadores de lo que se llama &ldquo;transferencia&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Es muy dif&iacute;cil explicar la transferencia, si es que se puede. Esta es la que no admite &ldquo;terceros oyentes&rdquo;. Es tambi&eacute;n la que tiene que llevar a ser cautos a la hora de opinar sobre un video como el que comento. Puedo entender que quienes no son colegas se despachen con un moralismo insensato, pero si escribo estas l&iacute;neas es porque le&iacute; a colegas escandalizados.
    </p><p class="article-text">
        Un grave error cl&iacute;nico es creerse mejor que otro colega. Pienso en una situaci&oacute;n t&iacute;pica: la del paciente que viene y habla de que se trat&oacute; con alguien a quien tilda de un p&eacute;simo profesional, &iquest;en serio vamos a tomar literalmente esa acusaci&oacute;n? No pocas veces, si uno se cree que es el que va a hacer las cosas bien, esa es la antesala de que luego vayan a otro analista a decirle que el p&eacute;simo profesional somos nosotros.
    </p><p class="article-text">
        Y a veces el reproche es un modo de la transferencia que muestra toda la eficacia de esta y lo mejor que podr&iacute;amos hacer es reenviar al paciente a continuar el tratamiento que interrumpi&oacute;. Por lo general, quienes juzgan a otros en nombre de la &eacute;tica nunca tienen en cuenta que una de las indicaciones m&aacute;s precisas del c&oacute;digo profesional es no intervenir ni realizar intrusiones en el tratamiento de un colega.
    </p><p class="article-text">
        Mientras escribo este art&iacute;culo, mi reflexi&oacute;n se desv&iacute;a hacia el inter&eacute;s que despiertan en la opini&oacute;n p&uacute;blica los profesionales de la salud mental. Pienso, por ejemplo, en los debates que hubo acerca de la personificaci&oacute;n de la psic&oacute;loga en la serie <em>Envidiosa</em>.
    </p><p class="article-text">
        Hay quienes dec&iacute;an que era demasiado estricta, otros que no era emp&aacute;tica y que culpaba a la paciente, etc. Yo no lo s&eacute;, porque directamente no podr&iacute;a decir nada interesante sobre el modo en que trabaja un colega sin antes escucharlo hablar de la metodolog&iacute;a del tratamiento que lleva adelante.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n en estos d&iacute;as se populariz&oacute; la frase &ldquo;Escuchamos, pero no juzgamos&rdquo; y, en esa v&iacute;a es que, en diferentes escenarios, se replic&oacute; la actitud como un modo de hacerle frente a la exigencia: en un trabajo, la jefa escucha a sus empleadas (&ldquo;Escucho, pero no despido&rdquo;) o bien un docente escucha a sus alumnos (&ldquo;Escucho, pero no repruebo&rdquo;). 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/juzgamos-no-escuchamos_129_12400094.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Jun 2025 03:01:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Juzgamos, no escuchamos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis,Sigmund Freud,Envidiosa]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Yo, robot]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/robot_129_12131573.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8451af13-4771-4905-92f4-9c7214b40430_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Yo, robot"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La Inteligencia Artificial jamás podría pensar sobre nosotros en modo psicoterapéutico algo que no le estamos diciendo, porque su respuesta se mide a partir de información.</p></div><p class="article-text">
        Todav&iacute;a me impresiona que, cada tanto, en alguna p&aacute;gina de Internet, se me pida que haga algo para indicar que no soy un robot, que tenga que acreditar mi naturaleza humana. Me impresiona que un robot me pida que le demuestre que no soy un robot, lo que expone que puedo serlo tranquilamente.
    </p><p class="article-text">
        Una sensaci&oacute;n de impresi&oacute;n semejante tuve cuando, hace poco, un hombre me coment&oacute; un experimento que realiz&oacute; al salir de su sesi&oacute;n: le cont&oacute; al ChatGPT lo que me hab&iacute;a dicho y evalu&oacute; su respuesta. Le dijo algo bastante parecido, incluso con un dejo de comprensi&oacute;n y optimismo. Si esto es lo que hoy hacen las m&aacute;quinas, no quiero imaginarme lo que ser&aacute; en un futuro.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Los seres humanos tenemos pasi&oacute;n por las distop&iacute;as. La ciencia ficci&oacute;n muestra c&oacute;mo la mayor&iacute;a de las veces proyectamos en el futuro lo que est&aacute; ocurriendo ahora. No tenemos tanta imaginaci&oacute;n como creemos. En los &rsquo;80 se fantaseaba con los muertos vivos y con los zombies, con esos seres semi-vivos en los que nos hemos convertido en estas d&eacute;cadas. 
    </p><p class="article-text">
        De la misma forma, alguien hoy dice que en el futuro las m&aacute;quinas nos van a dominar, como si hoy no fu&eacute;ramos esclavos de nuestros smarthphones. Todo lo que va a pasar, ya est&aacute; pasando. Ya pas&oacute;. Eterno retorno, dir&iacute;a Nietzsche.
    </p><p class="article-text">
        Entiendo que hace un tiempo ya est&aacute;n probando aplicaciones de psicoterapia. Un colega que se dedica a investigar sobre inteligencia artificial contaba hace poco que &ndash;creer&iacute;a que en California&ndash; se hizo un estudio con el seguimiento de dos grupos: uno hizo su tratamiento con la gu&iacute;a de un programa, el otro se atendi&oacute; con una persona.
    </p><p class="article-text">
        Resumo el resultado: desde el punto de vista de las indicaciones, no hubo demasiadas diferencias. Sin embargo, el grupo que hizo tratamiento con profesionales de carne y hueso tuvo una mayor adherencia y mejor&iacute;a. Cuando trataron de entender el motivo, encontraron la explicaci&oacute;n siguiente: quienes se tratan con personas tienen en cuenta la expectativa que los profesionales tienen de que se curen.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Esta es una versi&oacute;n actualizada del texto &ldquo;La eficacia simb&oacute;lica&rdquo; de L&eacute;vi-Strauss? &iquest;Es que los pacientes se mejoran para no decepcionar a sus terapeutas? Al final, &iquest;todo el asunto queda en una cuesti&oacute;n de sugesti&oacute;n? Tampoco ir&iacute;a tan r&aacute;pido. Creo que hay una hip&oacute;tesis m&aacute;s simple: la relaci&oacute;n con un humano impone una condici&oacute;n electiva, la de importarle a alguien y tener en cuenta lo que le pasa con lo que nos pasa.
    </p><p class="article-text">
        Dicho de otra manera, puede ser que la IA tenga una enorme capacidad para intervenir, pero salvo que le supongamos mente y establezcamos un v&iacute;nculo personal, sus respuestas no ser&aacute;n m&aacute;s que utilitarias y, adem&aacute;s, puramente imaginarias. Esto &uacute;ltimo quiere decir que el sujeto que utiliza IA de modo psicoterap&eacute;utico no tiene en cuenta que mentir es un elemento crucial de la din&aacute;mica de un tratamiento.
    </p><p class="article-text">
        No me refiero solamente a mentirle al terapeuta, sino a mentirse a uno mismo. &iquest;Qui&eacute;n dijo que somos las personas adecuadas para hablar de lo que nos pasa? La IA jam&aacute;s podr&iacute;a pensar sobre nosotros algo que no le estamos diciendo, porque su respuesta se mide a partir de informaci&oacute;n. Y un proceso psicoterap&eacute;utico basado solo en lo dicho es apenas una suerte de cosm&eacute;tica con consejos de sentido com&uacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Mi paciente sali&oacute; de la sesi&oacute;n y le cont&oacute; a la IA lo que me hab&iacute;a contado, para ver qu&eacute; le dec&iacute;a esta; pero para ponerme a prueba a m&iacute;, para luego cont&aacute;rmelo y quiz&aacute; hacerme una pregunta por v&iacute;a indirecta acerca de nuestro v&iacute;nculo. No dudo de que los seres humanos, que cada d&iacute;a pierden m&aacute;s capacidades humanas, pueden ser como la IA en el futuro.
    </p><p class="article-text">
        En el futuro, es decir, ahora. La falsa pregunta es plantear si la IA puede perfeccionarse para llegar a ser como un humano. La inquietud es que los humanos puedan perder lo propio de un v&iacute;nculo al punto de comportarse como la IA.
    </p><p class="article-text">
        Esto me recuerda la situaci&oacute;n en que, hace un tiempo, me contrataron de la productora de una serie para colaborar con un guion, espec&iacute;ficamente en la construcci&oacute;n del personaje de un psic&oacute;logo. Por esa v&iacute;a, luego convers&eacute; con una escritora que buscaba otro personaje psi para otra serie.
    </p><p class="article-text">
        Ella me dijo: &ldquo;No quiero que sea un aut&oacute;mata. Para m&iacute; este personaje tiene que ser un poco como los detectives de la novela negra. Se trata de un anti-h&eacute;roe, se le tiene que notar mucho lo humano, alg&uacute;n vicio, no puede ser un manual; la fantas&iacute;a con los psi es que trabajan de eso por alg&uacute;n motivo oscuro, no por el ideal ingenuo de ayudar a las personas&rdquo;. Despu&eacute;s de escucharla record&eacute; las palabras de Freud sobre c&oacute;mo los artistas llevan la delantera.
    </p><p class="article-text">
        El interrogante que hoy despierta la IA no est&aacute; en cu&aacute;nto puede llegar a optimizarse. La cuesti&oacute;n est&aacute; del lado del usuario: &iquest;hasta qu&eacute; punto un ser humano est&aacute; dispuesto a tolerar el encuentro con otro ser humano, con lo fallido que este tiene? Si pensamos la psicoterapia como un servicio y un consumo, es claro que el camino es el de las aplicaciones.
    </p><p class="article-text">
        Un amigo va a un analista del que siempre se queja. Dice que &eacute;l no lo entiende, que a veces le dice pavadas, cosas de sentido com&uacute;n &ndash;&iquest;de esas que podr&iacute;a decir la IA?&ndash;, que una vez hasta se qued&oacute; dormido, que otra le dijo que, francamente, lo que &eacute;l dec&iacute;a era muy aburrido. La moral contempor&aacute;nea clasificar&iacute;a ese v&iacute;nculo como contraproducente y jam&aacute;s se le ocurrir&iacute;a pensar en que uno de los modos de transferencia en la histeria es la queja respecto del desinter&eacute;s del otro. 
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Se imaginan lo tremendo de que alguien nunca se aburra con lo que decimos? &iquest;Saben por qu&eacute; la IA no se desinteresar&iacute;a de lo que decimos? Porque de verdad no le importamos. Su disposici&oacute;n permanente es un modo de la indiferencia &ndash;de la misma manera que la bondad que se act&uacute;a en el ideal de querer ayudar encubre un profundo desprecio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>LL/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/robot_129_12131573.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Mar 2025 09:54:07 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Inteligencia Artificial,Psicoanálisis]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una vida sin moraleja]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/vida-moraleja_129_12006486.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0391d8ca-1519-4f63-8331-4c99dcb89fba_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una vida sin moraleja"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El psicoanálisis no puede evitar el dolor, ni el de la muerte, ni el de la vida. Pero sí puede conseguir que no sea vano.</p></div><p class="article-text">
        El psicoan&aacute;lisis es una experiencia en la que muchas vivencias retornan. Recostado en el div&aacute;n, el paciente no solo recuerda, sino que vuelve a vivir piezas de su pasado. Algunas veces, porque una parte de la vida qued&oacute; adherida a eso que se vivi&oacute;; otras, porque no se la termin&oacute; de vivir y la vivencia requiere ser completada para conseguir el olvido.
    </p><p class="article-text">
        La del psicoan&aacute;lisis es una pr&aacute;ctica en la que todo vuelve, menos una cosa: la muerte. Esta es la gran excepci&oacute;n. Sin duda, muchas de las vivencias que regresan pueden calificarse como mort&iacute;feras, pero la experiencia de la muerte se hace solo una vez y no tiene pasado. La muerte es el futuro.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        En t&eacute;rminos generales, podr&iacute;a decirse que muchos de los pacientes &ndash;quiz&aacute; la mayor&iacute;a&ndash; consultan por conflictos con el pasado. Unos cuantos porque est&aacute;n anclados en el presente. Y son los menos aquellos cuyo n&uacute;cleo pat&oacute;geno est&aacute; en lo que prontamente vendr&aacute;; aunque si escribo estas l&iacute;neas es porque cada vez son m&aacute;s quienes llegan al an&aacute;lisis con una certeza &ndash;no filos&oacute;fica&ndash;, la de que van a morir.
    </p><p class="article-text">
        En este punto, no hablo de ninguna cuesti&oacute;n metaf&iacute;sica. Tampoco me refiero al temor del hipocondr&iacute;aco, que tiene miedo de algo en lo que en verdad no cree; menos a la fantas&iacute;a t&iacute;pica con que el obsesivo se eterniza en el tiempo. La muerte de la que hablo no es la que se le presenta al neur&oacute;tico, con mayor o menor abstracci&oacute;n; me refiero a la que se hace patente cuando alguien llega despu&eacute;s de un diagn&oacute;stico certero y dice: &ldquo;Me voy a morir&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Muchas veces me pregunt&eacute; qu&eacute; hacer en situaciones semejantes. Por mi experiencia en el hospital, durante mi formaci&oacute;n me acostumbr&eacute; mucho m&aacute;s a las ideas de muerte, incluso a los intentos de suicidio; pero la muerte como algo inminente siempre me descoloca. Adem&aacute;s, aqu&iacute; se juega una doble variable: es sabido que cada vez m&aacute;s personas j&oacute;venes se enferman de manera agresiva; tambi&eacute;n yo estoy m&aacute;s grande.
    </p><p class="article-text">
        Cuando empec&eacute; a escuchar a la muerte &ndash;por no decir a moribundos&ndash; sent&iacute; que ten&iacute;a que aprender todo de nuevo. &iquest;Qu&eacute; psicoan&aacute;lisis para estos casos? &iquest;Qu&eacute; puede ser lo tratable para alguien que prontamente, m&aacute;s temprano que tarde, va a sufrir la llegada de una hora fatal? En esta l&iacute;nea recuerdo las palabras de un paciente que me dijo: &ldquo;Ayudame a morirme vivo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        No obstante, &iquest;puede haber un psicoan&aacute;lisis de la vida? Quiz&aacute; no haya otro. Desde hace unos a&ntilde;os que estoy cada vez m&aacute;s seguro que subsidiariamente tratamos la neurosis (o bien la psicosis) de alguien y mucho m&aacute;s la capacidad de vivir. Tal vez por esto es que se hace muy dif&iacute;cil que el psicoan&aacute;lisis con enfermos terminales tenga la forma del duelo; porque se puede hacer un duelo por un amor, por lo que se vivi&oacute;, pero no por la capacidad de vivir.
    </p><p class="article-text">
        Como este es un tema muy profundo, dif&iacute;cil de agotar en una columna de opini&oacute;n, voy a resumir en tres consideraciones los mojones de mi experiencia. Primero, la llegada de una enfermedad (hasta la m&aacute;s terrible) da un margen de tiempo; esto puede parecer crudo &ndash;no se puede hablar de la muerte con eufemismos&ndash;, pero confronta con una situaci&oacute;n b&aacute;sica: si bien no ser&aacute; posible curarse de la enfermedad (al menos no est&aacute; en manos del paciente hacerlo), si es posible que esta sea un medio para curarse de otra cosa &ndash;tal vez un rasgo de car&aacute;cter, alg&uacute;n dolor ps&iacute;quico no elaborado, en fin, aqu&iacute; no se pueden hacer generalizaciones.
    </p><p class="article-text">
        En segundo lugar, quisi&eacute;ramos que cada quien llegue a la muerte sin sentir que la suya fue una vida trunca, pero no siempre se lo consigue. Es doloros&iacute;simo escuchar a alguien que se sabe que no ver&aacute; crecer a sus hijos, que tal vez muchos asuntos le quedar&aacute;n pendientes. No obstante, antes que transmitir la idea de que por algo ocurri&oacute; lo que ocurri&oacute;, se trata de que no caiga en saco vac&iacute;o. Nadie sabe tampoco qu&eacute; legado deja y tambi&eacute;n es posible desarrollar alg&uacute;n tipo de confianza en la ausencia. Si lo pensamos un poco, la mayor eficacia simb&oacute;lica est&aacute; en las instancias que usan la ausencia como medio de acci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Por &uacute;ltimo, la muerte confronta con una renuncia real al placer, disfrute, goce o como se lo quiera llamar. Este puede ser un aspecto de controversia, pero as&iacute; como a un paciente que transita un consumo problem&aacute;tico, o adicci&oacute;n, no dejo de decirle que asista a los grupos de narc&oacute;ticos an&oacute;nimos, de la misma manera a quien va a padecer este da&ntilde;o concreto en su sensibilidad, le recomiendo que tenga en cuenta tambi&eacute;n alguna vocaci&oacute;n espiritual. No como consuelo, sino como v&iacute;a de exploraci&oacute;n. El ser humano, a diferencia del animal, se define por su trascendencia y el anhelo de paz.
    </p><p class="article-text">
        Por otro lado, pienso en una circunstancia que me toc&oacute; transitar en m&aacute;s de una ocasi&oacute;n. Me refiero a que alguien consulta por cuestiones neur&oacute;ticas diversas y, al cabo de un tiempo de tratamiento, se encuentra con alg&uacute;n diagn&oacute;stico de este tenor. En ese momento me resulta inevitable pensar que esa persona ten&iacute;a alguna percepci&oacute;n t&aacute;cita de su afecci&oacute;n y busc&oacute; en la consulta una anticipaci&oacute;n del v&iacute;nculo de contenci&oacute;n para acceder a esa certidumbre. 
    </p><p class="article-text">
        Mucho m&aacute;s complejo es lo que ocurre cuando un paciente de a&ntilde;os de an&aacute;lisis, tambi&eacute;n por motivos neur&oacute;ticos, un d&iacute;a viene y cuenta que est&aacute; enfermo y muy posiblemente muera en el pr&oacute;ximo tiempo. La complejidad de esta situaci&oacute;n, al menos para m&iacute;, est&aacute; en que no puedo evitar el pensamiento de que tal vez algo en el an&aacute;lisis no le impidi&oacute; la enfermedad. Entiendo que desde un punto de vista racional esta es una interpretaci&oacute;n absurda, sobre todo por c&oacute;mo aplica torpemente una causalidad lineal, pero el psicoan&aacute;lisis no se basa en justificaciones; por lo tanto, prefer&iacute; muchas veces hacerle lugar y conmover la idea &ndash;que como analista creo que es hasta un criterio metodol&oacute;gico, a pesar de su brutal omnipotencia&ndash; de que el an&aacute;lisis puede salvar una vida.
    </p><p class="article-text">
        Digo esto &uacute;ltimo de otra forma. Yo he dicho &ndash;muchas veces&ndash; que el psicoan&aacute;lisis me salv&oacute; la vida, pero la verdad es que solo sirvi&oacute; para que no se me arruinara en m&aacute;s de una ocasi&oacute;n. Y eso no quiere decir que no me la echase a perder. Al contrario, es quiz&aacute; por esa p&eacute;rdida echada a la suerte que pude seguir viviendo, pero la capacidad de vivir tiene otra fuente y es misteriosa.
    </p><p class="article-text">
        El psicoan&aacute;lisis no le puede evitar el dolor a nadie. Ni el de la muerte, mucho menos el de la vida. En algunos casos, s&iacute; consigue que no sea en vano, aunque no deje una moraleja.
    </p><p class="article-text">
        <em>LL/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/vida-moraleja_129_12006486.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 31 Jan 2025 09:50:13 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una vida sin moraleja]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis,muerte,placer]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Escrituras de duelo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/escrituras-duelo_129_11887670.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ecadc317-be80-4a4a-b2ae-8fa720beb959_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Escrituras de duelo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Vuelvo a la idea de Lacan de que la literatura es la acomodación de restos. ­Los restos que hay que acomodar, pero también el resto de la vida; y también lo que se resta de una vida.</p></div><p class="article-text">
        Hace varios a&ntilde;os escrib&iacute;, en este mismo espacio, dos textos sobre el duelo: <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/subrayados_129_8241247.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Subrayados</a> y <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/duelos_129_7938047.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Duelos</a>. Desde entonces, las lecturas continuaron. Entonces me encuentro con las ganas de volver sobre el asunto. Y ahora pienso que, quiz&aacute;s, el duelo tambi&eacute;n sea eso: una lectura que no termina, un texto que se sigue escribiendo.
    </p><p class="article-text">
        Si bien el duelo es &iacute;ntimo, singular y hasta por muchos momentos requiere de la soledad, no hay duelo que no tenga efectos en la comunidad. El duelo, como casi todo lo que constituye el mundo del ser humano, no es algo natural y tambi&eacute;n est&aacute; atravesado por vicisitudes hist&oacute;ricas y culturales. La relaci&oacute;n que tenemos con la muerte se transforma, no s&oacute;lo a lo largo de los a&ntilde;os, sino a trav&eacute;s de las distintas concepciones culturales. Por eso resulta tan interesante el trabajo que hace el historiador Philippe Ari&egrave;s en <em>Morir en occidente</em> y en <em>El hombre ante a la muerte</em>. No hemos muerto siempre de la misma manera, no hemos duelado siempre igual. Ari&egrave;s indaga la p&eacute;rdida de la familiaridad con la muerte que se fue produciendo hasta tal punto de que huir de la muerte es, para Occidente, una tentaci&oacute;n. Las consecuencias que recaen sobre el dolor, la pena, el duelo son, sobre todo a partir del Siglo XX, notables: ocultarlos, no hacer ver que se experimenta la pena. El dolor se va replegando a la esfera privada. El autor habla de c&oacute;mo la sociedad moderna ha privado al hombre de su muerte y, al mismo tiempo, ha prohibido a los vivos demostrar su dolor. De lo p&uacute;blico a lo privado, casi a lo clandestino. Y de lo com&uacute;n a lo individual. El muerto en el placard, la pena en el <em>closet</em>.
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                </figure><p class="article-text">
        Nicol&aacute;s Baintrub escribi&oacute; sobre la tanatopraxia en <a href="https://www.revistaanfibia.com/tanatopraxia-un-cuerpo-dormido-no-es-un-cuerpo-muerto/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">este</a> texto impresionante. Ah&iacute;, luego de seguir la pista de Ari&egrave;s, dice: &ldquo;Pero en la actualidad ocultar la muerte no significa necesariamente ocultar los cad&aacute;veres. Es posible, en todo caso, ocultar la muerte <em>de</em> los cad&aacute;veres. A la vista de todos. La tanatopraxia se ocupa de borrar de los cuerpos todos los signos de la muerte&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Otra cuesti&oacute;n fundamental que se&ntilde;ala el historiador franc&eacute;s es que en la vida moderna &ldquo;la prohibici&oacute;n del duelo empuja al sobreviviente a aturdirse de trabajo o, por el contrario, en el l&iacute;mite del desatino, a hacer como que se vive en compa&ntilde;&iacute;a del difunto (...). Uno llega entonces a preguntarse (...) si una gran parte de la patolog&iacute;a de hoy no tiene su origen en la evacuaci&oacute;n de la muerte fuera de la vida cotidiana, en la prohibici&oacute;n del duelo y del derecho de llorar a los muertos&rdquo;. Prohibir el duelo, aturdirse, no llorar en p&uacute;blico, llevarse toda la pena al &aacute;mbito privado. Seguir como si nada, seguir, seguir, seguir, seguir corriendo en la l&iacute;nea de montaje. Llevarse puesto el dolor. Arrojarlo por la ventana, sofocarlo, soterrarlo, enterrarlo junto con el muerto. Ac&aacute; no pas&oacute; nada. Muerte seca. Adi&oacute;s ritos. Por supuesto que esta gestualidad negadora no recae solamente sobre el dolor a partir de la muerte, sino que, hoy en d&iacute;a, cualquier atisbo de dolor es tratado de esa misma miserable forma: no ha lugar, no hay tiempo que perder (de hecho, esa estupidez de &ldquo;una lloradita y a seguir&rdquo; lo demuestra muy bien). <em>No hay tiempo que perder</em>, qu&eacute; idea f&uacute;til, necia, boba. El tiempo solo puede perderse, pero adem&aacute;s, ahora que se perdi&oacute; a alguien o algo, ahora que se perdi&oacute; un &ldquo;trozo de s&iacute;&rdquo;, el tiempo se descuajeringa, se desfasa, se desgarra. El tiempo no pasa. Vir Cano en <em>Dar el duelo</em> (Galerna) lo dice as&iacute;: &ldquo;Los duelos desgarran todos nuestros tiempos. Quiz&aacute;s por eso a veces nos resultan tan insoportables. No hay calendario, ni cuenta, ni numeraci&oacute;n que pueda conjurar el efecto desquiciante que inoculan nuestros muertos en los tiempos de sobre/vida, y tampoco es posible detener todo eso que vive en y con nuestros muertos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>Time is out of joint</em>.
    </p><p class="article-text">
        Es por eso que la escritura de los libros sobre el duelo son un b&aacute;lsamo. Leerlos implica la posibilidad de vivir el dolor en paz. Sin aprietes ni empujones; sin prescripciones ni patologizaciones; sin la necedad de la negaci&oacute;n, ni la perversi&oacute;n de la desmentida sostenida, sobre todo por los que est&aacute;n alrededor.
    </p><p class="article-text">
        No perturbar el duelo, dice Freud. Y es que no hay nada que hacer, no hay que seguir instrucciones, ni manuales. No hay etapas, ni tiempos cronol&oacute;gicos. No se trata de trabajar para el olvido, ni para que el dolor pase m&aacute;s r&aacute;pido. Creo que en el duelo hay que confiar, <em>eso</em> se hace sin que lo sepamos, sin que lo empujemos, sin que lo agobiamos, sin que nos atosiguemos. Y no se hace nunca de una vez y para siempre. Guy Le Gaufey habla de los peque&ntilde;os reajustes que el duelo produce sin que lo sepamos.
    </p><p class="article-text">
        Las escrituras sobre el duelo suspenden tambi&eacute;n la linealidad del tiempo e introducen, como el duelo mismo, un destiempo singular. Son escrituras que no s&oacute;lo dicen, sino que hacen. Y eso que hacen es ir variando apocada y sutilmente tambi&eacute;n nuestros duelos, los de los lectores. Mi amiga Carina me regala en enero, para mi cumplea&ntilde;os, <em>El velo negro</em>, de Anny Duperey. Originalmente fue publicado en Francia en 1991. En Argentina fue publicado en 2021 por la magn&iacute;fica editorial cordobesa <a href="https://cieloinvertido.empretienda.com.ar/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Cielo invertido</a> -nombre, adem&aacute;s, bellamente spinetteano-. Es un libro que suelo tener cerca, de esos que uno abre solamente en determinados momentos. No lo le&iacute; entero de una vez, sino de manera discontinua y fragmentaria. Del mismo modo como est&aacute; escrito: ensayos, entradas, fragmentos. Jean Allouch ya lo hab&iacute;a mencionado en su libro fundamental sobre el duelo: <em>Er&oacute;tica del duelo en tiempos de la muerte seca</em> (Cuenco del Plata). Sin embargo, las veces que le&iacute; el libro de Allouch no fui en busca del de Duperey. Porque, ahora quiz&aacute;s lo entiendo, este tipo de libros no son una &ldquo;referencia obligada&rdquo;, sino un lugar al que uno llega a trav&eacute;s del don de otro.
    </p><p class="article-text">
        Duperey ten&iacute;a 8 a&ntilde;os cuando perdi&oacute; a sus padres en un accidente dom&eacute;stico -ambos se asfixian por una p&eacute;rdida de di&oacute;xido de carbono-. Su hermanita ten&iacute;a pocos meses (ambas adem&aacute;s fueron separadas luego de la tragedia, un nuevo desgarro). Era un domingo por la ma&ntilde;ana. Ella se salv&oacute; porque desobedeci&oacute; la orden de ir a ba&ntilde;arse. Escribe el libro m&aacute;s de 30 a&ntilde;os despu&eacute;s, a partir de la decisi&oacute;n de revelar unos negativos de su padre fot&oacute;grafo que tambi&eacute;n son parte de la publicaci&oacute;n. La autora no hab&iacute;a podido revelar esas fotos antes. Fueron a&ntilde;os de vueltas alrededor de esos negativos. &ldquo;Estas fotos son para m&iacute; (...) lugar de la memoria. No tengo ning&uacute;n recuerdo de mi padre ni de mi madre. El impacto de su desaparici&oacute;n arroj&oacute; sobre los a&ntilde;os anteriores a su muerte un velo opaco, como si ellos no hubieran existido jam&aacute;s&rdquo;. Contrariamente a lo que suele decirse de las penas, que hay que olvidarlas, un duelo tambi&eacute;n es la posibilidad de recordar. El texto de la autora y las im&aacute;genes de su padre, Lucien Legras, son de una belleza sobrecogedora. Quisiera detenerme, ahora, en lo siguiente: Duperrey advierte de los peligros de la muerte seca: la sequedad de ahogar las penas, de cercenarlas, de pretender ahorr&aacute;rselas. Y entonces titula uno de sus textos <em>Hagan llorar a los ni&ntilde;os. </em>Ah&iacute; dice: &ldquo;Si ven frente a ustedes a un ni&ntilde;o golpeado por un duelo encerrarse violentamente sobre s&iacute; mismo, rechazar la muerte, negar su pesar, h&aacute;ganlo llorar. Habl&aacute;ndole, mostr&aacute;ndole lo que ha perdido, incluso si parece cruel, incluso si &eacute;l se defiende tan brutalmente como yo lo hice, incluso si &eacute;l los va a detestar luego por eso (...) atraviesen su resistencia, vac&iacute;en de su pesar para que no se forme en el fondo de &eacute;l un absceso de dolor que le subir&aacute; a la garganta m&aacute;s tarde. Ese pesar encerrado no drena solo. Crece, se emponzo&ntilde;a, se nutre de silencio, en silencio envenena sin que se lo sepa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hagan llorar a los ni&ntilde;os que quieren ignorar que sufren, es el servicio m&aacute;s piadoso que pueden prestarles&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>El velo negro</em> es un libro sobre el duelo, es decir, un libro sobre el encuentro, sobre el tiempo, sobre la exhumaci&oacute;n de im&aacute;genes, sobre el olvido y el recuerdo, sobre la supervivencia, sobre lo imposible, sobre lo imposible, sobre lo imposible.
    </p><p class="article-text">
        Cielo invertido acaba de reeditarlo, ya que su primera edici&oacute;n se agot&oacute;. Ahora con un pr&oacute;logo de Natalia Fortuny que dice &ldquo;aqu&iacute;, en estas im&aacute;genes, hay un secreto por descubrir. Algo que quiz&aacute;s pueda ser re-velado en estas p&aacute;ginas, en donde el trabajo de la mirada y el trabajo del duelo se unen para buscar all&iacute; donde no hay m&aacute;s que una promesa&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Nunca hab&iacute;a escrito poes&iacute;a cuando so&ntilde;&eacute;, a partir de la muerte de alguien, que escrib&iacute;a estos versos:
    </p><p class="article-text">
        El duelo es
    </p><p class="article-text">
        soportar vivir as&iacute;
    </p><p class="article-text">
        el resto de la vida
    </p><p class="article-text">
        Y entonces vuelvo a la idea de Lacan de que la literatura es la acomodaci&oacute;n de restos. &shy;Los restos que hay que acomodar, pero tambi&eacute;n el resto de la vida; y tambi&eacute;n lo que se resta de una vida. &shy;Y es por eso que, en alg&uacute;n sentido, un duelo tambi&eacute;n es un hallazgo,&ldquo;el hallazgo de la p&eacute;rdida&rdquo;, como dice Patricia &shy;Fochi en su libro <em>Duelo. La infici&oacute;n del mundo</em> (Editorial Otro cauce). Porque la p&eacute;rdida, dice Juan Ritvo, no es un dato, hay que construirla. Y es que, sigue Fochi, &ldquo;la p&eacute;rdida es dif&iacute;cil de circunscribir. &iquest;Qu&eacute; es exactamente lo que se pierde?&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Lo que fue, lo que nunca ser&aacute;, pero tambi&eacute;n lo que no fue; lo que ya no somos para el otro, y tambi&eacute;n lo que fuimos para &eacute;l. El duelo es oscilante, fragmentario, discontinuo. Nunca es progresivo ni orientado a la superaci&oacute;n. El duelo tiene algo de irresoluble y eso de ning&uacute;n modo lo hace patol&oacute;gico. El duelo tiene algo de imposible, porque despu&eacute;s de una p&eacute;rdida, el cuerpo no vuelve a acomodarse ya del mismo modo, y el mundo tampoco.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/escrituras-duelo_129_11887670.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 10 Dec 2024 09:30:35 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis,Duelos,Escritura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Formas de decir]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/formas-decir_129_11810050.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2e6482d2-8185-43b1-981c-010ef851c742_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Formas de decir"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Para el psicoanálisis, la cosa está en la forma y no en el contenido, en el modo y no en el contenido. Se trata de la forma lingüística antes que del pensamiento. Todo por hacerse ahí donde se desplaza el contenido que sería, en rigor, que todo está ya hecho. 
</p></div><p class="article-text">
        Cuando Lacan lee el libro de Freud sobre el chiste, se&ntilde;ala que la relaci&oacute;n entre chiste e inconsciente hay que buscarla en la forma. Dice que Freud vio las relaciones estructurales que hay entre el <em>Witz</em> &ndash;que en alem&aacute;n no es s&oacute;lo chiste, sino ocurrencia, ingenio, gracia, iron&iacute;a, agudeza&ndash; y el inconsciente &ldquo;&uacute;nicamente en un plano que podemos llamar formal. Entiendo formal no en el sentido de las bellas formas, redondeces, todo aquello con lo que tratan de sumergirlos otra vez en el m&aacute;s negro oscurantismo, sino en el sentido en que se habla de la forma en la teor&iacute;a literaria, por ejemplo&rdquo;. La forma, para los formalistas, no se opone al contenido; tampoco se trata de que la forma se agregue al contenido, sino que el contenido es constituido por la forma. No s&oacute;lo no hay oposici&oacute;n, sino que tampoco hay una tan clara separaci&oacute;n entre ambos. Roland Barthes lo dice as&iacute;: &ldquo;El formalismo en el que pienso no consiste en &lsquo;olvidar&rsquo;, &lsquo;descuidar&rsquo;, &lsquo;reducir&rsquo; el contenido [&hellip;], sino solamente en <em>no detenerse</em> en el umbral del contenido&rdquo;. Y tambi&eacute;n subraya lo siguiente: &ldquo;Una vez abolido el sentido, todo queda por hacerse, puesto que el lenguaje contin&uacute;a&rdquo;. <em>Todo por hacerse</em> ah&iacute; donde se desplaza el contenido que ser&iacute;a, en rigor, que todo est&aacute; ya hecho. <em>Todo por hacerse</em> porque ah&iacute; donde no nos detenemos en el umbral del contenido, se abre un espacio, se abre un mundo que no es el mundo pleno del signo, el mundo colmado de lo ya-sabido, el mundo aplastado y gris de lo repetido como disco rayado. <em>Todo por hacerse </em>escribe tambi&eacute;n la posibilidad de concebir el inconsciente, no como algo dado, sino como algo por decir, todav&iacute;a no dicho, porque el inconsciente no expresa lo pensado: siempre hay un hiato entre lo que se piensa y lo que se dice. Para el psicoan&aacute;lisis, la cosa est&aacute; en la forma y no en el contenido, en el modo y no en el contenido. Se trata de la forma ling&uuml;&iacute;stica antes que del pensamiento. Y eso mismo, dice Ritvo, &ldquo;puede formar parte de los axiomas fundamentales de la cl&iacute;nica psicoanal&iacute;tica. En la medida en que lo que importa no es lo que alguien dice &ndash;lo que los latinos llaman <em>dictum</em>&ndash;, sino el modo en que lo dice &ndash;<em>modus</em>&ndash;. Esto es lo que hace s&iacute;ntoma, y es esto lo que escucha un analista, no el contenido, que s&iacute; se oye y se entiende, pero no en el sentido psicoanal&iacute;tico del t&eacute;rmino&rdquo;. Si el chiste es una formaci&oacute;n del inconsciente, lo es justamente, sigue Ritvo, en su diferencia entre el dicho y el modo; &ldquo;es un modo que se oculta en el dicho&rdquo;. Leer la forma de decir, antes que el contenido, nos mantiene a resguardo, adem&aacute;s, de hacer de la interpretaci&oacute;n un simbolismo.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Me gusta detenerme en las formas de decir. Porque si algo tienen esas formas, es que no est&aacute;n separadas de lo que se dice. Podr&iacute;a consolarme con la frase que le quita peso a lo dicho y que relativiza y neutraliza los efectos: &ldquo;Es una manera de decir&rdquo;, pero no. Parafraseando a Barthes dir&iacute;a: tengo una enfermedad: veo las formas de decir. Freud inventa un m&eacute;todo en el que se trata de leer las formas de decir: las verbales, pero que no est&aacute;n separadas del cuerpo. El cuerpo tambi&eacute;n tiene sus formas de decir: inhibici&oacute;n, s&iacute;ntoma y angustia acaso sean eso mismo. Y todas las formaciones del inconsciente son formas de decir, de decir algo que no termina de decirse del todo, porque <em>no todo</em> puede decirse, porque el lenguaje siempre es un poco insuficiente y porque el retorno de lo reprimido no es nunca absoluto. Sue&ntilde;os, lapsus, s&iacute;ntomas, chistes: formas de decir de lo inconsciente, formas de decir inconsciente.
    </p><p class="article-text">
        Leer es, antes que nada, leer esas formas, leer la enunciaci&oacute;n, las marcas, las pistas que hay en un texto, en un <em>reel</em>, en una imagen m&aacute;s all&aacute; del contenido de lo que se dice. Si no se lee la enunciaci&oacute;n, si no se puede leer la forma no hay, en rigor, lectura. Hay m&aacute;s bien atribuci&oacute;n, suposici&oacute;n, prejuicio, la violencia del prejuicio, etc. Por ejemplo: un autor escribi&oacute; hace un tiempo una cr&oacute;nica sobre un supuesto viaje a Rusia con una comitiva oficial del gobierno de Alberto Fern&aacute;ndez. Parodiaba las denuncias de &ldquo;los curros&rdquo;, &ldquo;con la nuestra&rdquo;, &ldquo;el IVA de los fideos de los pobres&rdquo; y todas esas frases llenas de ideolog&iacute;a a cielo abierto. Parodia, pura parodia, frases desopilantes. Por supuesto que el texto est&aacute; lleno de claves para poder leer que es una parodia, pero para poder leer esas claves se necesita, antes que nada, una disposici&oacute;n a sacarse de encima el prejuicio, cuesti&oacute;n nada sencilla. Muchos, pero muchos, reaccionaron denunciando que el escritor hab&iacute;a viajado a Rusia &ldquo;con la nuestra&rdquo;. Ese tipo de bodrios pueden advertirse a diario en la esfera p&uacute;blica. Las evidencias sobran. Todas esas formas de decir que son la parodia, la iron&iacute;a, la s&aacute;tira, el humor, el chiste ya no se distinguen y, en cambio, todo se (no) lee del mismo modo. Me parece que la tiktoquizaci&oacute;n de la circulaci&oacute;n de im&aacute;genes y textos, la fragmentaci&oacute;n de todo, hizo que todo lo que se ve en las redes se consuma de igual manera, como si fuera verdad sin m&aacute;s, con la literalidad a flor de piel; sin advertir las distintas capas, las ambig&uuml;edades de la lengua, los distintos matices de lo que se dice. No importa qui&eacute;n hable, no importa ning&uacute;n otro elemento de la escena, incluso aunque esos elementos est&eacute;n puestos adrede para arrojar pistas de lectura. Adi&oacute;s a la sorpresa de lo figurado, hola al tedio de la opa literalidad.
    </p><p class="article-text">
        Por su parte, el psicoan&aacute;lisis tambi&eacute;n est&aacute; en las formas: en las formas de escuchar, en las formas de leer y en las formas de decir. El psicoan&aacute;lisis no es una profesi&oacute;n, no es una t&eacute;cnica, no es una forma de <em>ser</em>; el psicoan&aacute;lisis puede escribirse o leerse en la forma de decir, de decirlo incluso al psicoan&aacute;lisis. El psicoan&aacute;lisis no est&aacute; garantizado por un t&iacute;tulo universitario, por una placa en la entrada del consultorio, por un t&iacute;tulo de posgrado, por una maestr&iacute;a, por un doctorado (no estoy diciendo que eso no importe, por supuesto que eso tambi&eacute;n puede ser parte de la formaci&oacute;n). El psicoan&aacute;lisis nunca est&aacute; garantizado sino en sus efectos. Y &iquest;qui&eacute;n puede dar cuenta de que hubo efectos anal&iacute;ticos? No se trata del psicoanalista, sino del analizante. Analizante es la palabra que Lacan prefiri&oacute; a paciente. Porque al lugar del analizante tambi&eacute;n se llega, no est&aacute; dado. Y estar en ese lugar implica, sin dudas, dejarse llevar por la palabra, estar dispuestos a leer, en lo que se dice, algo m&aacute;s o algo menos, de lo que se dice. Los psicoanalistas que m&aacute;s me gustan son aquellos que se ubican justamente ah&iacute;, los que saben que no existe hablar &ldquo;como psicoanalistas&rdquo;, que esa es una posici&oacute;n impostada.
    </p><p class="article-text">
        Por eso me parece un hallazgo que Andr&eacute;s Mainardi le haya puesto de t&iacute;tulo <em>Analizantes</em> -editado por Endoxa- a su libro en el que compila una serie de nueve entrevistas a psicoanalistas. Me gusta mucho leer entrevistas a psicoanalistas porque, en sus formas de decir, se pueden advertir muchas cosas: que el psicoan&aacute;lisis no es uno solo, que hablar implica siempre trastabillar, que los titubeos son parte del asunto, que el psicoan&aacute;lisis s&oacute;lo puede decirse as&iacute;: con medias tintas. Las preguntas de Mainardi son muy buenas porque conducen al entrevistado a ese lugar de analizante. Son preguntas, la mayor&iacute;a, muy personales. En el sentido en que cada uno da cuenta de lo que el psicoan&aacute;lisis hizo en ellos, del modo en el que llegaron al psicoan&aacute;lisis, del modo en el que el psicoan&aacute;lisis lleg&oacute; a sus vidas. Y, as&iacute; como un escritor est&aacute; hecho de lecturas, los psicoanalistas estamos hechos de nuestra experiencia de an&aacute;lisis, un modo de la lectura, sin dudas (por eso llama tanto la atenci&oacute;n que muchas personas quieran <em>ser</em> psicoanalistas sin haberse analizado ni pretendan analizarse). El libro de Mainardi da cuenta de lo siguiente: &iquest;qu&eacute; es un psicoanalista? Un psicoanalista puesto a hablar es un analizante. Y no se trata de la experiencia que se tenga, esa posici&oacute;n nunca se abandona ah&iacute; donde uno est&aacute; dispuesto a escuchar lo que dice, lo que <em>se</em> dice, la forma de decirlo. Por eso Mainardi puede preguntar as&iacute;: &ldquo;&iquest;Qu&eacute; es <em>para vos</em> el psicoan&aacute;lisis?&rdquo;. Me gusta lo que contesta Patricia Fochi: &ldquo;Es una pregunta incesante para los que estamos en esto&rdquo;. <em>Una pregunta incesante</em> recupera, entonces, lo que no termina, lo que insiste, lo que, en su insistencia, no termina nunca de contestarse. Acaso como lo incesante del enigma del deseo. Un enigma que, como el del amor, no est&aacute; para ser resuelto. Y entonces &ldquo;todo queda por hacerse&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/formas-decir_129_11810050.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 12 Nov 2024 09:48:05 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Formas de decir]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Alexandra Kohan: “La indignación te deja fijado a una cosa confortable mientras que el humor te despierta el cuerpo”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/alexandra-kohan-indignacion-deja-fijado-cosa-confortable-humor-despierta-cuerpo_1_11724514.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c9aef729-44a5-4b89-b646-cf63508e4b47_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Alexandra Kohan: “La indignación te deja fijado a una cosa confortable mientras que el humor te despierta el cuerpo”"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Acaba de publicar "El sentido del humor", un ensayo deslumbrante en el que rescata la dimensión emancipatoria y vital del chiste. De Freud al stand-up, de las lecturas de Lacan a la mirada de numerosos comediantes, la psicoanalista piensa en desvíos, en tropiezos y en la risa como la gran hemorragia del sentido.</p></div><p class="article-text">
        En el flamante ensayo <em>El sentido del humor</em> (Paid&oacute;s, 2024), de la psicoanalista <strong>Alexandra Kohan</strong>, se suceden innumerables y bien diversas lecturas alrededor del chiste, de la risa, de lo c&oacute;mico. <strong>Sin solemnidad, tramado a partir de una genuina disposici&oacute;n lectora, los fragmentos que conforman el libro pinchan o sacuden, como una buena broma, para ir de a poco meti&eacute;ndose en un terreno tan resbaladizo como encantador</strong>. Como si se tratara de una seguidilla de vi&ntilde;etas, Kohan logra cruzar de manera deslumbrante sus observaciones alrededor de <em>El chiste y su relaci&oacute;n con el inconsciente</em>, de <strong>Sigmund Freud</strong>; la mirada de <strong>Jacques Lacan</strong> sobre aquel texto que el autor consider&oacute; una &ldquo;digresi&oacute;n&rdquo; en el conjunto de su obra; escenas de su propia vida escuchando los casetes de Tangalanga con su padre, la noci&oacute;n de <em>Witz</em> (&ldquo;esa palabra que es un poco como una valija&rdquo;, dir&aacute;); reflexiones de comediantes o humoristas <strong>como Alejandro Dolina, Ricky Gervais o Diego Capusotto</strong>; fragmentos desopilantes de <em>La causa justa</em>, de <strong>Osvaldo Lamborghini</strong>; subrayados de <strong>palabras de Virginia Woolf, Juan Bautista Ritvo o Diego Maradona</strong>; chistes familiares que oy&oacute; en su infancia y siguen resonando.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A partir de una aut&eacute;ntica actitud humor&iacute;stica (ese don &ldquo;precioso y raro&rdquo;, seg&uacute;n el propio Freud; esa chispa, esa hemorragia del sentido), Kohan compone un universo de desv&iacute;os para descomponer algunos lugares comunes sobre eso que deber&iacute;an ser lo que produce risa, el amor, la vida adulta o el mism&iacute;simo psicoan&aacute;lisis. Y tambi&eacute;n, como en sus libros anteriores, para intentar sostenerse lejos de las rigideces o los dogmas, para apostar por un balanceo: <strong>el vaiv&eacute;n entre eso que hace el humor de nosotros y eso que hacemos nosotros del humor</strong>.
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                    alt="La autora presentará &quot;El sentido del humor&quot; el 1 de noviembre en la librería Eterna Cadencia del barrio porteño de Palermo."
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                La autora presentará &quot;El sentido del humor&quot; el 1 de noviembre en la librería Eterna Cadencia del barrio porteño de Palermo.                            </span>
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        <strong>&ndash; La primera pregunta es un poco elemental. &iquest;Por qu&eacute; ahora el humor, Alexandra?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; La cosa surgi&oacute; con un asunto que se me ocurri&oacute; escribiendo el libro anterior, el del cuerpo. De alguna manera sent&iacute;a que no aguantaba m&aacute;s la solemnidad de ciertos &aacute;mbitos y en parte de la &eacute;poca. <strong>Me pas&oacute; que notaba mucha solemnidad y notaba los efectos devastadores de la solemnidad. Un tipo de tedio que produce la solemnidad.</strong> Me pasa bastante con los libros que se me ocurre escribir sobre algo a partir de otra cosa que estoy escribiendo o que le&iacute; y entonces dije <em>&ldquo;voy a escribir sobre el humor&rdquo;</em>. No un libro primero, porque primero siempre pienso una nota o en algo m&aacute;s corto hasta que me empiezo a entusiasmar. Y empec&eacute;. Un poco despu&eacute;s, hablando con una amiga que tengo hace m&aacute;s de 20 a&ntilde;os cuando le dije que estaba escribiendo un libro sobre el humor me dijo &ldquo;ah, tu tema&rdquo;. Y ah&iacute; vi que evidentemente vengo con esto hace mucho tiempo. En paralelo, en el psicoan&aacute;lisis me interesan mucho y desde hace mucho tiempo el libro de (Sigmund) Freud y el seminario de (Jacques) Lacan donde se ocupan de estos asuntos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash; Es curioso porque en tu libro vos le das cierta vuelta a la idea del humor, como una especie de desv&iacute;o. Y, al mismo tiempo, propon&eacute;s lecturas y cit&aacute;s autores que desde el propio psicoan&aacute;lisis muestran que se trata de un asunto bastante central. &iquest;C&oacute;mo pensaste </strong><em><strong>ese estar al costado</strong></em><strong> que vos rescat&aacute;s desde el humor y el psicoan&aacute;lisis?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Freud dice que su libro sobre el humor, <em>El chiste y su relaci&oacute;n con el inconsciente</em>, fue como un desv&iacute;o, una digresi&oacute;n en su obra. Pero lo cierto es que ese libro junto con <em>La interpretaci&oacute;n de los sue&ntilde;os</em> y <em>Psicopatolog&iacute;a de la vida cotidiana</em> son tres obras que Lacan subraya como las obras can&oacute;nicas sobre el inconsciente. Es un libro que no s&eacute; cu&aacute;nto se lee, pero est&aacute; bastante menos transitado, tal vez. O hay mucho m&aacute;s sobre <em>La interpretaci&oacute;n de los sue&ntilde;os</em>, sobre la tragedia. Sin embargo es una cosa fundamental y muy singular porque lo escribi&oacute; como un libro, no es un art&iacute;culo. <strong>En la Argentina, sobre todo en esta ciudad, parece que todos sabemos de psicoan&aacute;lisis, incluso a veces se piensa que el chiste es decir cualquier cosa y de inmediato agregar &ldquo;</strong><em><strong>&iexcl;esto es un chiste!&rdquo;</strong></em><strong> para que el otro le diga </strong><em><strong>&ldquo;ah, pero viste lo que dice Freud del chiste&rdquo;</strong></em><strong> </strong>(risas). El sentido com&uacute;n cree que la verdad del chiste est&aacute; en lo que se dice. En esto de <em>&ldquo;te estoy diciendo tal cosa en chiste&rdquo;</em>. Y no es eso, el procedimiento es mucho m&aacute;s complejo y mucho m&aacute;s interesante. Pensar que uno puede decir cualquier cosa y despu&eacute;s agregarle la cl&aacute;usula <em>&ldquo;esto es un chiste&rdquo;</em> es un poco bobo. Eso no es un chiste. La relaci&oacute;n entre el chiste y el inconsciente que Freud establece es mucho m&aacute;s compleja, pero b&aacute;sicamente dir&iacute;a que la cosa est&aacute; en el c&oacute;mo del chiste. Algo que, por otra parte, no es solo el chiste, es tambi&eacute;n la iron&iacute;a, la ocurrencia, el hallazgo, lo inesperado, la sorpresa. Todo eso que es parecido al inconsciente o es casi igual al procedimiento del inconsciente. Por otro lado, est&aacute; el trabajo con el lenguaje. Lacan leyendo esos textos advierte que Freud subraya el trabajo del inconsciente y el lenguaje, c&oacute;mo el inconsciente <em>hace</em> con el lenguaje y <em>se hace</em> con el lenguaje. <strong>Por supuesto que sobre el chiste se escribi&oacute; mucho antes de Freud. Pero hay algo que &eacute;l agrega Freud y que&nbsp; para m&iacute; es radicalmente diferente a todo lo que se dijo antes y despu&eacute;s, y es que el chiste solo es chiste si el otro se r&iacute;e. </strong>Si el otro no se r&iacute;e no es un chiste. Eso divide y despeja las cosas much&iacute;simo. Porque incluso en la actualidad se usa decirle al otro cualquier cosa, ser agresivo con el otro y si el otro se pone mal decirle <em>&ldquo;ay, qu&eacute; poco sentido del humor que ten&eacute;s&rdquo; o &ldquo;ay, era un chiste, no te ofendas&rdquo;</em>. Hay mucha gente violenta que trafica su violencia diciendo <em>&ldquo;&iexcl;es un chiste!&rdquo;</em>.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash; Al mismo tiempo, en </strong><em><strong>El sentido del humor</strong></em><strong> apunt&aacute;s que no hay humor sin filo, que el humor no es trivial o necesariamente liviano. Incluso para hablar de lo que se suele se&ntilde;alar como humor negro. Dec&iacute;s de alguna manera que el humor siempre es negro.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; S&iacute;, quise llevar las cosas a ese paroxismo, el humor siempre es negro. <strong>El humor siempre produce un corte, tiene un filo. Y eso pasa con todas las formas del humor, con el sarcasmo o la iron&iacute;a, que es recontra filosa.</strong> Por eso para m&iacute; el humor es una gran herramienta para lidiar con una cantidad de cosas que se nos vienen encima. Por eso necesita tener su costado filoso, un poco denso a veces y oscuro. Pero, a la vez, eso es lo que posibilita algo luminoso despu&eacute;s, el estallido de la risa.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El sentido común cree que la verdad del chiste está en lo que se dice. En esto de “te estoy diciendo tal cosa en chiste”. Y no es eso, el procedimiento es mucho más complejo y mucho más interesante. Pensar que uno puede decir cualquier cosa y después agregarle la cláusula “esto es un chiste” es un poco bobo. </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>&ndash; En alguno de los fragmentos del libro te met&eacute;s con la proximidad que existe entre el humor y la poes&iacute;a, algo que para muchos podr&iacute;an ser dos universos aislados o enfrentados. Y lo hac&eacute;s a partir de una pregunta que alguna vez te hizo Diego Rojas sobre si siempre hab&iacute;as le&iacute;do poes&iacute;a. &iquest;Qu&eacute; te interesaba al pensar ese v&iacute;nculo?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; La poes&iacute;a est&aacute; cerca siempre del humor en el sentido del trabajo que se hace con el lenguaje y la concepci&oacute;n del lenguaje. No solo el uso, sino la concepci&oacute;n que la poes&iacute;a tiene del lenguaje, que es similar a la que propone Freud alrededor del chiste. Es la concepci&oacute;n de que el lenguaje no es para expresar ni es un instrumento de comunicaci&oacute;n, sino un productor de sentidos nuevos permanentemente que juega con una cantidad de ambig&uuml;edades. Por eso, tanto en la poes&iacute;a como en el humor, los sentidos pueden deslizarse, pueden corromperse el sentido com&uacute;n o el sentido de los diccionarios. Todo eso hace que el chiste y la poes&iacute;a est&eacute;n muy cerca. <strong>Recuper&eacute; esa pregunta que me hizo Diego Rojas aquella vez porque me conmovi&oacute; mucho y me qued&eacute; pensando varios d&iacute;as. Despu&eacute;s, claro, me di cuenta de que la poes&iacute;a es tambi&eacute;n una manera de juego, de alivio del sentido permanente. </strong>Porque uno est&aacute; asediado por el sentido com&uacute;n todos los d&iacute;as, por la comunicaci&oacute;n. Uno tiene que estar comunic&aacute;ndose todo el tiempo con las personas con las que se rodea. Salvo en el consultorio. Con los pacientes no se trata de comunicaci&oacute;n y eso, por suerte, alivia much&iacute;simo. Me parece que la pr&aacute;ctica del psicoan&aacute;lisis hace del lenguaje algo muy distinto de la comunicaci&oacute;n.&nbsp;
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                    alt="Alexandra Kohan nació en Mar del Plata, en 1971. Es psicoanalista y magister en Estudios Literarios por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires."
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                Alexandra Kohan nació en Mar del Plata, en 1971. Es psicoanalista y magister en Estudios Literarios por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        <strong>&ndash;&nbsp;En el libro das cuenta de esta especie de malentendido alrededor de la infancia, que est&aacute; muy vinculada con el humor. Dec&iacute;s por ah&iacute; que a veces desde algunos lugares se la piensa como una etapa que hay que superar. Mencion&aacute;s, de hecho, una especie de &ldquo;moralismo de ser adultos&rdquo;, como una imposici&oacute;n. &iquest;C&oacute;mo pensaste este asunto?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; La vida nos insta a ser adultos responsables, a superar la infancia como si la infancia fuera una etapa solamente y no una usina productora de una cantidad de cosas inmensa. De entusiasmos, de deseos, &iexcl;ah&iacute; est&aacute; todo! Creo que eso corre paralelo a la civilizaci&oacute;n, esto que nos insta a adaptarnos. <strong>La adaptaci&oacute;n es una de las peores cosas en las que nos tenemos que meter. Por supuesto que hay grados y grados de adaptaci&oacute;n. Uno m&aacute;s o menos puede ser un adaptado, trabajar, estudiar, hacer sus cosas, y no rechazar la infancia. </strong>Porque tambi&eacute;n hay formas y formas de hacer las cosas de, entre comillas, adultos. Me gusta que la noci&oacute;n de adultez no es una noci&oacute;n del psicoan&aacute;lisis. Porque el psicoan&aacute;lisis no considera que el ser humano progrese hacia la madurez. En esta l&iacute;nea, el humor es un modo de recuperar esa infancia perdida o es un modo de recuperar la risa perdida. Esa risa que Freud dice que es una risa que qued&oacute; absolutamente obturada por la educaci&oacute;n, por la civilizaci&oacute;n y el camino hacia el estado adulto. Lamentablemente hay muchos discursos muy peyorativos con la infancia en general. Incluso hoy en d&iacute;a se les pide a los ni&ntilde;os que se comporten como adultos a veces.&nbsp;Hay unas exigencias hacia los ni&ntilde;os que llaman mucho la atenci&oacute;n porque se confunde la inteligencia de los ni&ntilde;os con otra cosa. Los ni&ntilde;os siempre fueron muy inteligentes, justamente, porque no est&aacute;n asediados por una cantidad de represiones que van a ocurrir progresivamente. Son mucho m&aacute;s libres. Juegan con el lenguaje de una manera totalmente despojada. Pero hoy en d&iacute;a tienen tanta informaci&oacute;n y parece que son peque&ntilde;os adultos que muchos adultos olvidan que esas son infancias. Para m&iacute; es recontra problem&aacute;tico eso. Por eso me parece que el humor viene a recuperar un poco la infancia ah&iacute; donde a veces se pierde. Quiz&aacute;s tambi&eacute;n es porque hay una confusi&oacute;n: se confunde la infancia con la ni&ntilde;ez. Eso lo distingue muy bien (Jos&eacute; Luis) Juresa: la ni&ntilde;ez es una etapa. De tal a tal se es ni&ntilde;o, despu&eacute;s se es preadolescente, adolescente, joven y as&iacute;. Todas las categor&iacute;as en las que se secciona una vida. Pero esas no son categor&iacute;as del psicoan&aacute;lisis. Entonces, una cosa es la ni&ntilde;ez, que se puede fechar, y otra cosa es la infancia que no tiene tiempo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash; Hablabas antes de estos discursos que esconden cierta violencia con la excusa de &ldquo;esto es un chiste&rdquo;, y al mismo tiempo, trabaj&aacute;s en el libro este ruido de &eacute;poca que tiene que ver con la ofensa o con eso de sentirnos todo el tiempo ofendidos. &iquest;C&oacute;mo le&eacute;s esto? &iquest;Estamos m&aacute;s predispuestos a la ofensa que al humor?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Antes de escribir este libro, ven&iacute;a escribiendo en elDiario.Ar algunas columnas sobre el humor y tambi&eacute;n sobre la ofensa. Fue hace un tiempo, creo que fueron momentos de much&iacute;sima ofensa, pero sobre todo de mucha visibilizaci&oacute;n de las ofensas, &iquest;no? Creo que en esto tienen mucho que ver las redes sociales: no s&eacute; si la gente se ofende m&aacute;s hoy que antes, pero tal vez s&iacute; se siente m&aacute;s habilitada a ofenderse y est&aacute; m&aacute;s legitimada la ofensa hoy en d&iacute;a. <strong>Me parece que habr&iacute;a que separar un poco las cosas. No es que la gente no se pueda ofender, porque todos nos ofendemos en alg&uacute;n momento, sino que la ofensa se empez&oacute; a usar como un arma de verdad</strong>: si yo me ofendo quiere decir que lo que vos dijiste est&aacute; mal de por s&iacute; y yo me corro de la escena. Cuando en realidad, cuando uno se ofende deber&iacute;a revisar qu&eacute; de uno qued&oacute; tocado en eso que el otro dijo, m&aacute;s all&aacute; de que el otro puede ser una persona hostil o agresiva. Por eso a m&iacute; me gusta separar las cosas. Cuando uno se ofende, bueno, uno est&aacute; implicado. Eso no quiere decir que el otro no tenga sus cosas tambi&eacute;n. En todo caso, son las dos cosas a la vez. Lo que yo ven&iacute;a viendo es que la gente se ofend&iacute;a y con esa ofensa pretend&iacute;a cosas. Pretend&iacute;a que el otro deje de hablar, silenciar al otro, censurar al otro. Que me lo saquen, que me lo corran, que no exista m&aacute;s. Eso es lo que a m&iacute; me incomodaba: el uso que se hace de la ofensa. No me incomoda que la gente se ofenda, la gente se ofende, yo tambi&eacute;n me puedo ofender. Porque, adem&aacute;s, la ofensa no depende necesariamente del contenido, sino del momento en el que uno est&aacute;. Tal vez m&aacute;s sensible o menos sensible, ni idea. El problema en aquel entonces no era que la gente se ofendiera sino que usara esa ofensa como arma para designar cierta censura. Ricky Gervais que dijo algo as&iacute; como que ten&eacute;s derecho a ofenderte, lo que no pod&eacute;s hacer es apagar su show. Pod&eacute;s no mirar el show, lo que no pod&eacute;s es pretender que el show no exista.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La vida nos insta a ser adultos responsables, a superar la infancia como si la infancia fuera una etapa solamente y no una usina productora de una cantidad de cosas inmensa. De entusiasmos, de deseos, ¡ahí está todo!</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>&ndash; S&iacute;, aparece esa cita de Gervais en </strong><em><strong>El sentido del humor</strong></em><strong>.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Al mismo tiempo, creo que si te hago una humorada y vos te ofend&eacute;s, tengo que ser capaz de atajar los efectos que produzco en el otro. Pero eso lo pienso m&aacute;s en el plano personal. Me parece que en el plano p&uacute;blico la ofensa es un baj&oacute;n. Es curioso porque hay ofendidos de derecha y ofendidos de izquierda. En los &uacute;ltimos tiempos salieron dos libros como <em>Generaci&oacute;n ofendida</em>, de <strong>Caroline Fourest</strong>, que es el registro de los ofendidos de los progres de izquierda, &ndash;entre los que me incluyo, no uso peyorativamente estos t&eacute;rminos&ndash;, y <em>Ofendiditos</em>, de <strong>Luc&iacute;a Lijtmaer</strong>, que denuncia la ofensa de la derecha. Entonces hay ofendidos de derecha, ofendidos de izquierda. Porque efectivamente, me parece a m&iacute;, el problema no es si sos de derecha o si sos de izquierda sino el uso que se hace p&uacute;blicamente de la ofensa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash; En el libro es muy interesante esto que se&ntilde;al&aacute;s como de dos escenas en la ofensa: los ofendidos que se ofenden en representaci&oacute;n de otros y los ofendidos que se paran desde un lugar impoluto, de la posici&oacute;n de ser &uacute;nicamente ofendidos.</strong>&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Es que la ofensa fue a parar al lugar de los que levantan el dedo en esta &eacute;poca que son much&iacute;simas personas. Entonces quedan supuestamente salvados porque el dedo siempre se&ntilde;ala para otro lado. Bueno, qu&eacute; s&eacute; yo, la sombra de ese dedo tambi&eacute;n recae sobre vos. Me parece que son posiciones muy de esta &eacute;poca. Antes, no s&eacute;, la gente escrib&iacute;a una carta de lectores a <em>La Naci&oacute;n</em>, se tomaba el trabajo, escrib&iacute;a, mandaba. Ahora, est&aacute;n Twitter o Instagram y listo. Entonces, <strong>las redes sociales vehiculizan y hasta creo que son productoras de ofensas, no solo por lo que circula ah&iacute; si no porque hay mucha gente que se siente obligada a pronunciarse</strong>. Ofenderse, como dec&iacute;s, por las v&iacute;ctimas e incluso a veces hablar en nombre de las v&iacute;ctimas. Eso me parece un gesto de soberbia total, un gesto de superioridad moral total.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Me parece que habría que separar un poco las cosas. No es que la gente no se pueda ofender, porque todos nos ofendemos en algún momento, sino que la ofensa se empezó a usar como un arma de verdad: si yo me ofendo quiere decir que lo que vos dijiste está mal de por sí y yo me corro de la escena.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>&ndash; Dedic&aacute;s algunos cap&iacute;tulos a otros asuntos que insisten en vos, como la lectura y la ficci&oacute;n. &iquest;Por qu&eacute; te parece importante leer al humor como ficci&oacute;n en esta &eacute;poca justamente tan ruidosa?</strong>&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Dir&iacute;a tambi&eacute;n tan literal y realista. Porque para m&iacute; el humor es una ficci&oacute;n en todas sus formas: la comedia, el stand up, el chiste. Yo pienso la ficci&oacute;n como productora de verdad. En ese sentido, la ficci&oacute;n no es mentira. Para m&iacute; la ficci&oacute;n produce una relaci&oacute;n con la verdad diferente de esa verdad realista y literal que se pretende permanentemente. Me parece importante la ficci&oacute;n porque da cuenta de c&oacute;mo leemos. Creo que la crisis de la ficci&oacute;n de hoy en d&iacute;a tiene que ver con la crisis de la lectura: se lee todo como si fuera un reflejo de la realidad sin mediaci&oacute;n. Yo no tengo TikTok pero entiendo que en TikTok aparecen muchas cosas: desde una receta de un bud&iacute;n hasta, no s&eacute;, alguien famoso o la importancia de tomar una determinada vitamina. <strong>Vengo pensando que de alguna manera se </strong><em><strong>tiktokiz&oacute;</strong></em><strong> la vida cotidiana porque ya ni siquiera hay una pregunta de si eso que se ve ah&iacute; es verdad o no o de qu&eacute; manera est&aacute; hecho eso sino que, por el solo hecho de que pas&oacute; en TikTok, se lo da por cierto.</strong>&nbsp;Sin hacernos preguntas. Creo que se salte&oacute; la pregunta esa de c&oacute;mo leemos una escena, de qui&eacute;n lo est&aacute; diciendo, c&oacute;mo lo est&aacute; diciendo, qu&eacute; elementos hay en una escena para leer. Me parece que esto tiene que ver con una crisis de lectura que hace que todo se lea igual. Bueno, en ese sentido no hay lectura. Y, para m&iacute;, la potencia del humor tiene que ver con eso, con que habilita una lectura y una relaci&oacute;n con lo que est&aacute;s viendo que te pone en una disposici&oacute;n de lectura. El humor necesita del pacto con el otro. Vos no te sent&aacute;s a mirar un show de <strong>Ricky Gervais</strong> de la misma manera en que miras a (Luis) Majul. O s&iacute;, Majul por ah&iacute; te causa m&aacute;s gracia (risas)
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash; Sobre todo si sos </strong><a href="https://www.eldiarioar.com/autores/juan-jose-becerra/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><strong>Juan Jos&eacute; Becerra</strong></a><strong> (risas).</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Bueno, es que las notas de Becerra son notas sobre la realidad pero, por la clave de humor que tienen, resultan mucho m&aacute;s potentes que una cr&oacute;nica de un periodista indignado con el gobierno de (Javier) Milei. Porque el humor es trabajo con el lenguaje y tambi&eacute;n implica un pacto con el lector o espectador. Entonces me parece que la sola indignaci&oacute;n no produce cosas interesantes y el humor s&iacute;. <strong>Cuando digo cosas interesantes quiero decir que te qued&aacute;s pensando, que eso te produce emancipaci&oacute;n, y no la identificaci&oacute;n del &ldquo;ay, qu&eacute; horror, qu&eacute; horror&rdquo;.</strong> No digo que a veces no haya que practicar la indignaci&oacute;n tambi&eacute;n. Pero si solo hay indignaci&oacute;n, no hay posibilidad de nada para m&iacute;. La indignaci&oacute;n te deja fijado a una cosa confortable, a una forma de la inhibici&oacute;n. Y yo creo que el humor no es inhibici&oacute;n, el humor te despierta porque la risa te despierta. Te despierta el cuerpo.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Creo que la crisis de la ficción de hoy en día tiene que ver con la crisis de la lectura: se lee todo como si fuera un reflejo de la realidad sin mediación.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>&ndash;&iquest;Por qu&eacute; crees que insisten esos discursos que intentan hablar de los l&iacute;mites en el humor?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Me parece que en los &uacute;ltimos a&ntilde;os hubo algunas ilusiones que cayeron. Hubo mucho &iacute;mpetu correctivo en estos a&ntilde;os alrededor de c&oacute;mo hablamos, de qu&eacute; decimos, de qu&eacute; nos re&iacute;mos, como si eso fuera a tener unas consecuencias en lo real de los cuerpos. Cuando, en realidad, no necesariamente existe eso. Creo que censurar el humor es una de las cosas m&aacute;s necias que existen. Primero, porque para m&iacute; justamente el l&iacute;mite <em>es</em> el humor. Despu&eacute;s del humor viene el insulto, viene la guerra, viene la pi&ntilde;a. El humor es un l&iacute;mite. Viene la pi&ntilde;a. Definir de qu&eacute; nos podemos re&iacute;r y de qu&eacute; no, cuando la risa es absolutamente involuntaria, me parece una necedad enorme. Esa pretensi&oacute;n de establecer un <em>hasta ac&aacute;</em>, de esto s&iacute; nos podemos re&iacute;r, de esto no. <strong>Adem&aacute;s hay una confusi&oacute;n ah&iacute;, que es suponer que porque uno se r&iacute;e de algo quiere decir que uno acuerda con ese algo. &iexcl;Cuando uno se r&iacute;e no sabe por qu&eacute; se r&iacute;e! Si yo te cuento un chiste y vos te re&iacute;s, tampoco sabemos de qu&eacute; te est&aacute;s riendo. Porque es insondable qu&eacute; es lo que hace estallar la risa. </strong>Diferente es que a vos no te guste cierto humor. Perfecto. No te gusta el humor de <em>Rompeportones</em> porque te parece chabacano, perfecto, no te re&iacute;s. Vos me pod&eacute;s decir que ese humor atrasa, y yo ah&iacute; te preguntar&iacute;a si atrasa respecto de qu&eacute;, atrasa respecto de qu&eacute; adelante. Porque tambi&eacute;n est&aacute; esa pretensi&oacute;n de que la sociedad est&aacute; adelantada. &iexcl;Cuando la sociedad va y viene todo el tiempo! Uno no puede definir ese atr&aacute;s y ese adelante. Al menos yo tiendo a ser un poquito m&aacute;s liberal, liberal de izquierda, si eso existe (risas). Entonces, que exista <em>Rompeportones</em> y que tambi&eacute;n exista Les Luthiers. De hecho exist&iacute;an al mismo tiempo. Cuando yo era chica exist&iacute;a <em>La peluquer&iacute;a de Don Mateo</em> al mismo tiempo que los uruguayos que hac&iacute;an <em>H&iacute;perhumor</em>. Y Les Luthiers en el teatro y Hugo Moser en la tele. O sea, estaba todo al mismo tiempo. La idea de que vos tendr&iacute;as que disciplinar a la gente y decirle de esto s&iacute; te pod&eacute;s re&iacute;r, de esto no, me parece muy autoritaria. <strong>Me gusta lo que dice (Alejandro) Dolina y cito en el libro: uno se puede re&iacute;r de todo, no hay temas sagrados, en la medida que uno mantenga para s&iacute; un punto de sacralidad.</strong> Porque si no te convert&iacute;s en un canalla o en un c&iacute;nico. Despu&eacute;s, por supuesto que importa la enunciaci&oacute;n que es qui&eacute;n se r&iacute;e de qu&eacute;, en qu&eacute; momento, cu&aacute;ndo, de qu&eacute; forma.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Kohan es autora de los libros &quot;Psicoanálisis: por una erótica contra natura&quot;, &quot;Y sin embago, el amor&quot; y &quot;Un cuerpo al fin&quot;.                            </span>
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        <strong>&ndash; Vos trabaj&aacute;s esta idea social del humor, este concepto de &ldquo;Parroquia&rdquo;.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Eso Freud lo lee en un cl&aacute;sico que es (Henri) Bergson, que&nbsp; escribi&oacute; el ensayo de la risa. <strong>Ah&iacute; &eacute;l acu&ntilde;a esta idea de que para que haya humor tiene que haber parroquia. Es decir, tiene que haber un c&oacute;digo compartido. Sin c&oacute;digo compartido lo que hay es desubicaci&oacute;n, es cualquier otra cosa que no es humor.</strong> Eso se ve claramente con los inmigrantes viviendo en pa&iacute;ses donde les cuesta leer el humor porque cada cultura tiene su tradici&oacute;n humor&iacute;stica. Aparece una complicidad distinta tambi&eacute;n. Sin esa comunidad, esa complicidad, no hay humor posible. No hay chiste. No hay ocurrencia. No hay nada.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash; &iquest;Por qu&eacute; crees que se arma una idea medio dicot&oacute;mica que busca separar mucho al humor de la tragedia? En el libro intent&aacute;s mostrar que no hay tanta distancia.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; En Grecia los escritores de tragedia no pod&iacute;an escribir comedia. Claramente son dos g&eacute;neros diferentes (risas). Ahora, en la vida de los que no somos comediantes ni escritores de tragedias, tragedia y comedia est&aacute;n muy cerca. Se suele decir que la comedia es tragedia m&aacute;s tiempo. A m&iacute; me interesa mucho esa formulaci&oacute;n porque ese tiempo que se necesita para hacer de una tragedia una comedia no es un tiempo cronol&oacute;gico. No pod&eacute;s decir <em>&ldquo;a ver, tienen que pasar dos meses, seis a&ntilde;os o una generaci&oacute;n entera para poder re&iacute;rnos de ciertas tragedias de este pa&iacute;s&rdquo;</em>. Despu&eacute;s est&aacute;n las preguntas sobre qui&eacute;n se puede re&iacute;r o qui&eacute;n puede hacer un chiste. Como con el humor jud&iacute;o &iquest;no? A m&iacute; me encanta hacer chistes sobre jud&iacute;os pero bueno, &iexcl;soy jud&iacute;a! Claramente no es lo mismo que si lo hace alguien no solo que no es jud&iacute;o sino que a m&iacute; me quedan dudas de su relaci&oacute;n con el juda&iacute;smo. <strong>Lo que un an&aacute;lisis muestra es que comedia y tragedia est&aacute;n muy cerca, o mejor dicho, est&aacute;n todo el tiempo al mismo tiempo. </strong>Lacan dice que la vida no es tr&aacute;gica, que es c&oacute;mica. S&iacute;, uno puede leer esa comedia en alg&uacute;n momento. Claro que en el momento de la tragedia no est&aacute;s pudiendo hacer nada con eso. Pero digamos que, con el tiempo, un an&aacute;lisis tambi&eacute;n es hacer de la tragedia de nuestras vidas, cualquiera sea esa tragedia, un poco una comedia. Hacer de nosotros un h&eacute;roe c&oacute;mico y no el h&eacute;roe tr&aacute;gico que se encamina hacia su destino ineluctable. El an&aacute;lisis justamente provoca un desv&iacute;o que nos hace trastabillar.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Se suele decir que la comedia es tragedia más tiempo. A mí me interesa mucho esa formulación porque ese tiempo que se necesita para hacer de una tragedia una comedia no es un tiempo cronológico. </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>&ndash; En este sentido, y para volver a un asunto de otro de tus libros, tambi&eacute;n persiste la idea del amor como una pasi&oacute;n un poco tr&aacute;gica, cuando hay muchas escenas c&oacute;micas en el amor.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; S&iacute;, no s&eacute; bien por qu&eacute; persiste eso. Porque, al mismo tiempo, cuando vos les pregunt&aacute;s a las parejas que pareciera que m&aacute;s se gustan, mucha gente te dice &ldquo;me r&iacute;o mucho con esta persona&rdquo;. Es impresionante. No s&eacute;, &iquest;vos conoc&eacute;s gente que diga &ldquo;con esta persona no me r&iacute;o pero igual me encanta&rdquo; o &ldquo;esta persona me parece un plomo pero la quiero?&rdquo;. Yo no conozco a nadie al que no le guste re&iacute;rse. Despu&eacute;s hay grados. Hay gente que no para de re&iacute;rse, que es un poco man&iacute;aca. Bueno, no importa. <strong>La risa es absolutamente liberadora y placentera como ninguna otra cosa. Es el modo tambi&eacute;n de que caiga un poco el cuerpo, tambi&eacute;n</strong>. No estar manteniendo un cuerpo erguido, correcto y adulto todo el tiempo. La risa te desarma la imagen, cuando uno se r&iacute;e, sobre todo a carcajadas, el cuerpo tiene una especie de espasmo muy desordenado. La risa intercepta eso: el control que uno pretende tener sobre s&iacute; mismo, sobre su cuerpo. Y es totalmente involuntaria. Como casi todo. <strong>Pero uno no quiere enterarse que todo lo que hacemos es involuntario, &iquest;viste? </strong>(risas).
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash; En el libro citas varias de las entrevistas que hace Adri&aacute;n Lakerman en su podcast Comedia. &Eacute;l suele cerrar esas conversaciones con humoristas preguntando para qu&eacute; sirve el humor. Quer&iacute;a trasladarte a vos ese interrogante.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Cada vez que escuchaba los episodios de Lakerman, me volv&iacute;a a hacer a m&iacute; misma esa pregunta, que es hermosa. Yo creo que sirve para vivir y no morir en el intento. <strong>Para estar un poco despiertos. O para no adormecernos tanto. No concibo nada de todo lo que hago en mi vida cotidiana sin humor.</strong> Ahora, es el humor, insisto, no decir &ldquo;voy a hacerme la graciosa&rdquo; sino estar disponibles para la ocurrencia. Puede pasar dando clases, en el consultorio como analista o como paciente. En todo lo que hago, en alg&uacute;n momento, aparece el delirio, estalla la risa. Pero no buscada. Es un hallazgo, si lo busc&aacute;s no se encuentra. Porque tambi&eacute;n es imposible de controlar, es una disponibilidad del cuerpo que no es voluntaria. Y hay que estar disponibles para tropezar un poco.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>Alexandra Kohan presentar&aacute; El sentido del humor el 1 de noviembre a partir de las 18 en la librer&iacute;a Eterna Cadencia (Honduras 5582, CABA). La acompa&ntilde;ar&aacute;n Alicia Majul y Juan Jos&eacute; Becerra.</strong></em>
    </p><p class="article-text">
        <em>AL/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Agustina Larrea]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/alexandra-kohan-indignacion-deja-fijado-cosa-confortable-humor-despierta-cuerpo_1_11724514.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 13 Oct 2024 03:00:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Alexandra Kohan: “La indignación te deja fijado a una cosa confortable mientras que el humor te despierta el cuerpo”]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Alexandra Kohan,Psicoanálisis,Humor,Comedia,Libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Por amor al padre]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/amor-padre_129_11724553.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/53b4a514-cf1e-434a-a4b1-cc665c4d1a96_16-9-discover-aspect-ratio_default_1103605.jpg" width="298" height="168" alt="Por amor al padre"></p><p class="article-text">
        &iquest;Qui&eacute;n puede decir que alguna vez no necesit&oacute; que le digan que no? Hace tiempo hubo quien, despu&eacute;s de hablar mal de m&iacute; en diferentes ocasiones, se acerc&oacute; amistosamente y me pregunt&oacute; c&oacute;mo hacer para publicar un libro suyo; me ped&iacute;a expl&iacute;citamente un consejo y, por lo bajo, un contacto. 
    </p><p class="article-text">
        Yo no reniego por estas actitudes falsas, creo que quienes no tienen dignidad como para moverse en el mundo de la conveniencia, ya tienen suficiente. Entonces le respond&iacute; de la m&aacute;s manera m&aacute;s honesta que pude: &ldquo;Lo primero es escribir varios libros malos, luego tolerar que te digan que no varios editores. Lo primero lo ten&eacute;s asegurado, no te prives de lo segundo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Yo no quise lastimarte, solamente te dije que no&rdquo;, dice una canci&oacute;n de <strong>Andr&eacute;s Calamaro</strong>, una de enorme vigencia si pensamos lo dif&iacute;cil que hoy se volvi&oacute; no quedar atrapado en la pasi&oacute;n de sentirse rechazado. Qu&eacute; dif&iacute;cil no quedarse sangrando por la herida, acusar al otro de da&ntilde;o, criminalizar el dolor.
    </p><p class="article-text">
        Este es el n&uacute;cleo de un gran libro que se acaba de publicar: <em>Por amor al padre</em>, de la psicoanalista <strong>Ver&oacute;nica Buchanan</strong>. &iquest;Qu&eacute; es un padre? Un impacto, algo contra lo que uno se golpea. Y si uno es neur&oacute;tico, dice que el padre lo golpeo &ndash;como los ni&ntilde;os que se enojan con la mesa que se llevaron por delante.
    </p><p class="article-text">
        Y si es mucho m&aacute;s neur&oacute;tico, se excita con el golpe del padre y busca en todos lados alg&uacute;n padre del que quejarse y acusar su sadismo (que no es m&aacute;s que nuestro masoquismo proyectado). &ldquo;Este mundo necesita un padre para el dolor&rdquo;, dice una canci&oacute;n de Suede, que igualmente da en la tecla: sin un padre (aunque sea la fantas&iacute;a del padre terrible), el cuerpo permanece dolorido, afectado por s&iacute; mismo.
    </p><p class="article-text">
        Fibromialgias, hipocondr&iacute;as, afecciones psicosom&aacute;ticas, hemorragias internas son algunos de esos sufrimientos en que el dolor permanece sin localizaci&oacute;n y que muchas veces revelan una dificultad en la constituci&oacute;n ps&iacute;quica. El psicoan&aacute;lisis es un m&eacute;todo que expone el efecto de un padre que no impact&oacute; a tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n est&aacute;n los casos de quienes solo se detienen cuando se la ponen: desregulaci&oacute;n emocional, compulsiones, falta de culpa, etc., son algunos matices cl&iacute;nicos de no poder parar. No se trata de contar con un padre en la realidad, sino de la instancia paterna como operadora de la mediaci&oacute;n en la relaci&oacute;n con el deseo. Es un padre todo lo que alguna vez nos sirve para decirnos que no. 
    </p><p class="article-text">
        El padre no proh&iacute;be nada, transmite la prohibici&oacute;n como criterio de lazo. No se puede ir hasta el final de nada, porque ser&iacute;a destructivo. Si el primer cap&iacute;tulo del libro de Buchanan tematiza la noci&oacute;n de impacto, el segundo lleva la cuesti&oacute;n hacia lo social y al modo en que las ideolog&iacute;as ya no tienen ning&uacute;n real que les haga de resistencia; son puros discursos que se repiten sin consistencia, con la forma del delirio colectivo.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; no se puede decir cualquier cosa y, sin tener la menor idea, lanzarse a opinar? Esta es la &eacute;poca de la post-ideolog&iacute;a, en que las <em>fake news</em> y la viralizaci&oacute;n son un riesgo en la medida en que no constituyen un sujeto, sino que destruyen las condiciones de posibilidad de la subjetividad &ndash;que, si es tal, es conflicto.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Sigmund Freud</strong> escribi&oacute; en una &eacute;poca en que los discursos sociales eran opresores, los ideales estaban para que cada quien sacrifique su deseo. Hoy los discursos son un murmullo loco del que es preciso salirse para no balbucear como un casete lo pol&iacute;ticamente correcto de turno. En este punto, Buchanan es freudiana: un lazo existe cuando se lo organiza alrededor de un s&iacute;ntoma. La pregunta que deber&iacute;amos hacernos es por qu&eacute; se volvi&oacute; tan dif&iacute;cil y amenazante la presencia del s&iacute;ntoma (que es respuesta a un conflicto) en el interior de los v&iacute;nculos.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; llegamos al tercer cap&iacute;tulo, el que me parece m&aacute;s hermoso de todo el libro, el que hace de Buchanan una pensadora &ndash;adem&aacute;s de una psicoanalista. Lo digo de otro modo: Buchanan no explica psicoan&aacute;lisis, piensa como psicoanalista y esto hace de ella un milagro. Y si uso esta palabra es porque el &uacute;ltimo cap&iacute;tulo de su ensayo tiene un tinte religioso. 
    </p><p class="article-text">
        <em>Por amor al padre</em> cierra con una digresi&oacute;n sobre la piedad. Buchanan parte de la m&aacute;s que conocida imagen de <strong>Miguel &Aacute;ngel</strong>: la madre con el hijo muerto en brazos. Y al modo de una interpretaci&oacute;n anal&iacute;tica se pregunta: &iquest;de d&oacute;nde proviene esa obstinaci&oacute;n femenina por seguir atada a lo muerto? Esto puede pensarse cl&iacute;nicamente en fen&oacute;meno cotidianos, como la persistencia de ciertas mujeres en v&iacute;nculos en lo que no pasa nada, hasta la dificultad para el atravesamiento de ciertos duelos que declinan melanc&oacute;licamente.
    </p><p class="article-text">
        Para no extenderme, dar&eacute; un esbozo de la respuesta que este ensayo propone: muchas veces lo que se presenta como caridad o buena intenci&oacute;n no es m&aacute;s que una de las caras del odio. Ya lo dec&iacute;a Freud: la madre que m&aacute;s ama a su hijo es la que m&aacute;s lo odia, es decir, es la que lo ama con odio. En este punto, Buchanan se posiciona en una actitud de desconfianza respecto de la posici&oacute;n beat&iacute;fica con que ciertos discursos actuales piensan a las mujeres: vos eras demasiado buena para &eacute;l, que no supo valorarte. 
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, esto no quiere decir renunciar a la piedad, sino de construirla desde otro punto de vista. Mar&iacute;a es la madre virgen que sostiene a su hijo. Las mujeres viven quej&aacute;ndose de que est&aacute;n cansadas de &ldquo;sostener&rdquo;, pero &iquest;no habr&iacute;a que pensar m&aacute;s profundamente este tipo de sost&eacute;n? La virginidad adquiere aqu&iacute; un estatuto renegatorio: lejos del clich&eacute; psicoanal&iacute;tico que opone la mujer a la madre, Buchanan plantea lo materno como un destino femenino, en el doble sentido del t&eacute;rmino: no es un fin, sino una imposici&oacute;n con la que es preciso tener que hacer algo. Reducir la maternidad a tener hijos es una torpeza.
    </p><p class="article-text">
        Hay una piedad de lo materno que se juega en la renuncia a la obstinaci&oacute;n, cuando es posible asumir que algo se termin&oacute;, cuando la cuesti&oacute;n m&aacute;s importante es la de poder una decirse que no sin vivirlo como una privaci&oacute;n. En este punto, lo materno para Buchanan es el origen de un deseo propiamente femenino: el deseo de separaci&oacute;n. Madre no es la mujer que est&aacute; apegada a su hijo, atribuy&eacute;ndole su propio apego, sino la que deja ir, la que se angustia con el destete, la que vela la sexualidad del hijo para no ser intrusiva.
    </p><p class="article-text">
        En este punto, el libro de Buchanan concluye con una reformulaci&oacute;n de su inicio: si el padre es el &ldquo;no&rdquo; que se descubre afuera &ndash;que funda el afuera&ndash;, la madre es el &ldquo;no&rdquo; que nace de adentro, interior. Por eso el subt&iacute;tulo del libro es <em>Del trauma a la piedad</em>, como forma de dar cuenta de este movimiento.
    </p><p class="article-text">
        Yo escrib&iacute; muchos libros malos antes de escribir alguno que me gustase. Este libro de Buchanan, su primer libro, no padece de este defecto. Es excelente. Es un libro de madurez, un libro que refleja los a&ntilde;os de consecuencias de una pr&aacute;ctica. Muchas veces le suger&iacute; que escribiese un libro. Y muchas veces me dijo que no. Estoy seguro de que esta vez tampoco me dijo que s&iacute;.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/amor-padre_129_11724553.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 11 Oct 2024 03:00:41 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Por amor al padre]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Padre,Madre,Psicoanálisis]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Consumos problemáticos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/consumos-problematicos_129_11714436.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a631eddd-e328-4be7-ab56-d90c6a307aac_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Consumos problemáticos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las relaciones que establecemos con nuestro mundo son, muchas veces, relaciones de consumo: consumimos todo cuanto pasa por delante de nuestros ojos. Son tiempos de una toxicomanía que destruye la experiencia. 
</p></div><p class="article-text">
        <em>Pasolini. El fantasma del pueblo</em>, de <strong>Massimo Recalcati</strong>, recientemente publicado por Facultad libre, interesa especialmente en este momento. No porque sirva para aplicarlo directa y linealmente a nuestro presente pol&iacute;tico, sino porque permite pensarlo tangencialmente, porque permite algunas pistas para rodearlo. Los buenos textos importan, no s&oacute;lo por lo que dicen, sino por lo que hacen resonar en los subrayados de la lectura, esos que abren un horizonte de imaginaci&oacute;n pol&iacute;tica. Los buenos textos, como este, no se cierran sobre s&iacute; y suscitan en el lector un estado de sosiego, el necesario para seguir pensando. Si, como sugiere <strong>Agamben</strong>, el contempor&aacute;neo es aqu&eacute;l que puede percibir en la oscuridad del presente, que tiene coraje porque es capaz &ldquo;no s&oacute;lo de tener fija la mirada en la oscuridad de la &eacute;poca, sino tambi&eacute;n percibir en aquella oscuridad una luz que, directa, vers&aacute;ndonos, se aleja infinitamente de nosotros&rdquo;, Pasolini, en la lectura que hace Recalcati, sin dudas lo es. La lectura de Recalcati, planteada en este presente, es la que hace, del texto de Pasolini, una contemporaneidad: &ldquo;Una singular relaci&oacute;n con el propio tiempo, que adhiere a &eacute;l y, a la vez, toma distancia; m&aacute;s precisamente, es aquella relaci&oacute;n con el tiempo que adhiere a &eacute;l a trav&eacute;s de un desfasaje y un anacronismo&rdquo; (Agamben).
    </p><p class="article-text">
        Me gusta mucho el comienzo del libro de Recalcati en el que cuenta que su encuentro con el texto de Pasolini sucedi&oacute; despu&eacute;s de encontrarse de joven con el cuerpo muerto, &ldquo;ferozmente asesinado&rdquo;. Primero el encuentro con ese cuerpo, luego el encuentro con los textos.
    </p><p class="article-text">
        Dice Recalcati: &ldquo;Pasolini ha sido sin&oacute;nimo de anticonformismo, de libertad intelectual, de pensamiento cr&iacute;tico&rdquo;. Y en esa pista, sugiere que las contradicciones de Pasolini, lejos de ser un inconveniente, son lo que le han permitido leer la &eacute;poca. &ldquo;Raz&oacute;n y pasi&oacute;n, historia y naturaleza, pensamiento cr&iacute;tico y pulsi&oacute;n nunca encuentran una conciliaci&oacute;n estable en Pasolini, sino que permanecen en un estado de perenne desacuerdo, sin s&iacute;ntesis posible&rdquo;. Subrayo especialmente aquello que para Recalcati es el nudo del asunto: el modo en el que el pensamiento de Pasolini ha logrado descifrar &ldquo;el infierno de la mutaci&oacute;n antropol&oacute;gica del hombre, desde el s&uacute;bdito hacia el consumidor (...)&rdquo;. Es ah&iacute;, en la cuesti&oacute;n del consumidor donde se nota, especialmente, la mutaci&oacute;n de los cuerpos: &ldquo;Ya no est&aacute; el contraste entre el cuerpo y el poder (...), sino la subsunci&oacute;n del cuerpo en las redes del poder, su sometimiento al nuevo sistema de consumos&rdquo;. Quiero detenerme ah&iacute;, en esa mutaci&oacute;n que hace de nosotros consumidores. Y no se trata del consumo de bienes y servicios &ndash;en este momento de nuestro pa&iacute;s todos los &iacute;ndices de consumo est&aacute;n cayendo estrepitosamente&ndash;, sino de una posici&oacute;n subjetiva de estos tiempos. &ldquo;Se trata de una nueva forma de ser, una ontolog&iacute;a in&eacute;dita que sustituye todo discurso posible&rdquo;. Se trata, para Recalcati, de la &ldquo;paradoja de una silenciosa revoluci&oacute;n reaccionaria&rdquo;. Pasolini no duda en decir que se trata de la tragedia siguiente: &ldquo;extinci&oacute;n del humanismo, reducci&oacute;n del hombre a m&aacute;quina, transfiguraci&oacute;n del <em>s&uacute;bdito</em> en <em>consumidor</em>&rdquo;. Una nueva categor&iacute;a: el hombre homologado al consumidor. Entonces pienso en las maneras en las que eso est&aacute; elevado al paroxismo hoy.<strong> </strong>Las relaciones que establecemos con nuestro mundo son, muchas veces, relaciones de consumo: consumimos todo cuanto pasa por delante de nuestros ojos. Informaci&oacute;n, entretenimiento, libros, pel&iacute;culas, m&uacute;sica, pol&iacute;tica. La vertiginosidad y la euforia en la que estamos metidos &ndash;los algoritmos y las redes&ndash; nos impiden tomarnos tiempo, ese que se requiere para pensar, elegir, decir que s&iacute;, decir que no, no saber, dudar, balbucear, retroceder, arrepentirnos, retractarnos, desviarnos, quedarnos quietos, trastabillar, preguntar, despistarnos, perdernos, perder algo. Son tiempos de consumos problem&aacute;ticos, esa toxicoman&iacute;a de la que habl&oacute; Agamben, la toxicoman&iacute;a de masas, esa que destruye la experiencia. Porque el hombre moderno vuelve a la casa &ldquo;extenuado por un f&aacute;rrago de acontecimientos &ndash;divertidos o tediosos, ins&oacute;litos o comunes, atroces o placenteros&ndash; sin que ninguno de ellos se haya convertido en experiencia&rdquo;. Devoramos, tragamos, nos atragantamos, nos damos atracones, vomitamos y seguimos. &ldquo;No voy a parar/ Yo no tengo dudas&rdquo;, canta <strong>Charly Garc&iacute;a</strong>. O como sugiere <strong>Jos&eacute; Luis Juresa</strong> en <em>La realidad por sorpresa</em> (Paid&oacute;s): &ldquo;Podemos ser nuestros propios devoradores, nuestros propios consumidores, organizar nuestra vida y nuestros movimientos en funci&oacute;n de un desgaste medido por el consumo, como si fu&eacute;ramos un tanque de combustible que dura lo que dura, tratando de que se agote lo menos r&aacute;pido que se pueda&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Se habla de consumos culturales, por ejemplo. Se consumen libros &ndash;&ldquo;me lo devor&eacute;&rdquo; es un supuesto elogio&ndash;, pel&iacute;culas, obras de teatro. Pienso ahora en la expresi&oacute;n que se usaba hace mucho tiempo para decir que alguien se hab&iacute;a cre&iacute;do algo que no era verdad, se dec&iacute;a &ldquo;me lo tragu&eacute;&rdquo;. Y pienso en c&oacute;mo nos relacionamos, hoy en d&iacute;a, con la verdad y la mentira en la informaci&oacute;n, c&oacute;mo ya ni siquiera hay tiempo para deslindarlas. Nos tragamos todos los sapos, todos los buzones.
    </p><p class="article-text">
        Pero tambi&eacute;n hay personas que establecen con los otros lazos de consumo. Son los que se dirigen al otro sin advertir que no le est&aacute;n pidiendo algo, sino que est&aacute;n pretendiendo extirparle un pedazo, quitarle una libra de carne. Es la llamada l&oacute;gica extractivista. Son los que no aceptan <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/no_129_9824583.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">un no como respuesta</a>, los que creen que eso es una virtud. Los que insisten porque no advierten, en esa insistencia, que se llevan puesto al otro. Pero tambi&eacute;n se llevan puestos a s&iacute; mismos, sobre todo a s&iacute; mismos. Esas posiciones son muy notables. En esas posiciones la pulsi&oacute;n se pone a veces un poco desenfrenada, desquiciada, desbocada. El discurso capitalista llevado al extremo. Ese discurso que presenta a un Otro que no est&aacute; dividido, que es consistente, que hace que la cosa funcione, que todo lo puede. Es el Amo que, como dice Lacan, no desea saber nada en absoluto, lo que desea es que la cosa marche. Es el discurso que dice <em>impossible is nothing</em>, no hay l&iacute;mites, se puede gozar sin l&iacute;mites. Los objetos de consumo son presentados como objetos del deseo. La ferocidad del discurso capitalista radica en ese &ldquo;no poder parar de consumir&rdquo;. La obediencia esclavizante, la uniformidad obediente de consumo como paradigma. Los tel&eacute;fonos m&oacute;viles en el lugar de los cigarrillos que ya casi nadie consume, los tel&eacute;fonos m&oacute;viles que se consumen, incluso, en el cine y en el teatro. Las diferencias refractadas en pos de una uniformidad monol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Recalcati se detiene, siguiendo a Didi Huberman, en la luz de las luci&eacute;rnagas, &ldquo;esa que ha desaparecido porque se encienden otras luces, luces m&aacute;s fuertes que aniquilan la luz d&eacute;bil e intermitente de las luci&eacute;rnagas. Son luces artificiales de los estadios, los conciertos, los coches, las potentes luces de la tecnolog&iacute;a, las de la &laquo;agitaci&oacute;n mort&iacute;fera de las pantallas de televisi&oacute;n&raquo;&rdquo; &ndash;hoy, de las pantallas&ndash;. Desaparece la alternancia, esa que se necesita para que algo del deseo aparezca.
    </p><p class="article-text">
        Pienso en<strong> Gast&oacute;n Bachelard </strong>cuando asocia la imaginaci&oacute;n a la intermitencia de la luz a trav&eacute;s de la llama de una vela: &ldquo;La llama es, entre los objetos del mundo que convocan al sue&ntilde;o, uno de los m&aacute;s grandes <em>productores de im&aacute;genes. </em>La llama nos obliga a imaginar&rdquo;. So&ntilde;ar despierto, dejarse ir. El sue&ntilde;o ante la llama, sigue Bachelard, es un sue&ntilde;o de asombro. Y la capacidad para asombrarse est&aacute; muy cerca de la capacidad deseante. Imaginaci&oacute;n, asombro, sorpresa en las ant&iacute;podas de las apat&iacute;as y anhedonias tan contempor&aacute;neas. Porque no hay deseo sino en los resquicios, en las intermitencias, en las fugacidades, en las opacidades. No hay deseo posible en la intrusi&oacute;n del consumo, en la invasi&oacute;n de las luces. Y es que el deseo, como sugiere <strong>Oscar Masotta</strong>, no est&aacute; interesado en los objetos que el otro tiene, en aquello que se puede consumir, sino que se abastece de nada. Vuelvo a la frase tan potente de <strong>Jean-Luc Nancy</strong>: &ldquo;Desear es desear que pase algo, no tener algo&rdquo;. El veneno del consumo como modo de lazo social puede encontrar su ant&iacute;doto en el discurso anal&iacute;tico, ese que introduce que no todo es posible, ese que introduce la castraci&oacute;n como l&iacute;mite que, lejos de impedir, suscita, posibilita, abre, dibuja un horizonte posible. El capitalismo, dice Lacan, deja afuera las cosas del amor. Se refiere a la falta, la que nos dispone al estado deseante. El discurso anal&iacute;tico, en las ant&iacute;podas del discurso capitalista, horada un poco el consumo, ese consumo que funciona para no querer saber nada de los agujeros &ndash;de los del otro, de los propios&ndash;. En un an&aacute;lisis a veces puede perderse un poco el empuje a la devoraci&oacute;n, al tragar sin saborear. Un an&aacute;lisis a veces puede suscitar un tiempo y un espacio inusitados que hagan lugar al deseo entendido como er&oacute;tica de la vida, como un peque&ntilde;o entusiasmo vital. Y de eso tambi&eacute;n est&aacute; hecha la imaginaci&oacute;n pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/consumos-problematicos_129_11714436.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 08 Oct 2024 09:33:17 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Consumos problemáticos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Madre no hay una sola]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/madre-no-hay-sola_129_11639588.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2ddfb577-21c8-4e0c-8916-daa99de95734_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Madre no hay una sola"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay asuntos sobre los que se vuelve una y otra vez. La maternidad acaso sea uno de esos asuntos porque, como todo aquello que no depende de un manual o de una técnica, es imposible de aprender, no hay experiencia acumulable, no hay saber que funcione bien.</p></div><p class="article-text">
        De las referencias lacanianas acerca del deseo de la madre, las de la boca del cocodrilo y el estrago materno son las m&aacute;s trilladas, las m&aacute;s repetidas, las que ya no dicen nada. Sobre todo porque Lacan precis&oacute;, en el rengl&oacute;n siguiente, que fue algo dicho para cuidar a los psicoanalistas a los que les hablaba porque, para que comprendieran, hab&iacute;a que decirles &ldquo;cosas tan gordas como estas&rdquo;. Incluso as&iacute;, dijo, tampoco comprendieron. Y a&uacute;n as&iacute; <em>estrago materno</em> y <em>boca de cocodrilo</em> siguen en el <em>top five</em> del vocabulario lacan&eacute;s argentino. Me gustan los autores que intentan decir las cosas de otra manera, los que ensayan nuevos modos de decir (de paso recomiendo esta <a href="https://ubikrevista.com/2024/07/hablar-de-otro-modo-entrevista-a-juan-bautista-ritvo-yamil-trevisan-y-andres-grunfeld/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">entrevista</a> a Juan Ritvo hecha por Yamil Trevisan y Andr&eacute;s Grunfeld titulada, atinadamente, <em>Hablar de otro modo</em>). <strong>Anne Dufourmantelle</strong> es una de esas autoras, quiz&aacute;s una de las voces m&aacute;s frescas del psicoan&aacute;lisis franc&eacute;s. Su estilo po&eacute;tico y literario hace que en sus textos se pueda leer lo poco definitivo y absoluto de los asuntos de los que se trata. Su manera apocada y casi balbuceante de decir muestra que las cosas de las que se est&aacute; ocupando son fr&aacute;giles, que requieren rodeos y palabras tentativas. Los lectores argentinos agradecemos a Nocturna editora por habernos hecho conocer a Dufourmantelle. Recientemente publicado en Argentina &ndash;traducido por Irene Agoff&ndash;, <em>El salvajismo materno</em> intenta dar cuenta, a partir de algunos relatos, no de las caracter&iacute;sticas de una madre sino de un espacio. Dicho salvajismo no es una cuesti&oacute;n moral, no se trata de una buena o mala madre. Porque, como dice la autora, &ldquo;toda madre es salvaje&rdquo;. Es salvaje &ldquo;por pertenecer a una memoria m&aacute;s antigua que ella, a un cuerpo m&aacute;s original que su propio cuerpo&rdquo;. El salvajismo materno no se trata de una forma de ser, sino que &ldquo;designa un espacio ps&iacute;quico en el que el sujeto no ha nacido a&uacute;n realmente, en el que el deseo es convocado sin estar nombrado todav&iacute;a&rdquo;. Dufourmantelle formula una pregunta precisa y muy sutil: &ldquo;&iquest;Alrededor de qu&eacute; enigma, de qu&eacute; juramentos jam&aacute;s pronunciados, jam&aacute;s confesados, se traman nuestras vidas y esa fr&aacute;gil identidad que las sostiene? &laquo;Yo&raquo;, de madre a hijo o hija, es una m&aacute;scara que lleva los colores del Otro sublimado, odiado, buscado, siempre perdido, Otro al cual parece atarnos para siempre una deuda infinita&rdquo;. El salvajismo materno no es, dice, &ldquo;el que encontramos encarnado por un monstruo sangriento (...) tampoco el salvajismo de esas madres diferentes, tr&aacute;gicas o consoladoras que hacen de un hijo la escena en la que se juega el teatro de su neurosis, sino m&aacute;s bien el nombre de una comarca todav&iacute;a poco conocida, donde las palabras no han hallado la resonancia con la que habitualmente las revestimos&rdquo;. El libro, sigue la autora, no pretende describir los afectos de los primeros tiempos de relaci&oacute;n con la madre sino que &ldquo;busca m&aacute;s bien delimitar ese territorio improbable que es lo materno en sus dr&aacute;sticos efectos sobre el psiquismo humano; en otras palabras (...) busca precisar aquello que nos condena, habiendo nacido de una madre y de una sola, irremplazable e insustituible, a lo que Hannah Arendt calific&oacute; de &laquo;locura materna&raquo;. Una locura presente en la lengua misma&rdquo;. El salvajismo no se trata, entonces, de ninguna maldad situable en alguien, sino de un momento, un espacio, un gesto inaugural. Luego, hay madres y madres y por supuesto que sus caracter&iacute;sticas cuentan. &ldquo;Nunca se sabe cu&aacute;n lejos puede llegar una madre&rdquo;, dice la narradora de <em>Los ruidos vienen de la cocina</em>, la novela de Maia Dewowicz, editada por La Cruj&iacute;a. Esther, la madre de la narradora, es una madre que encarna el peligro de lo inminente, una amenaza sostenida que nunca termina de ocurrir del todo, &ldquo;un lobo que busca el momento indicado para cazar a su presa&rdquo;. Una madre que les pide a los hijos que pisen suavemente el parquet casi para que no se note que est&aacute;n, para no dejar marcas. Mientras, ella imprime marcas estridentes y casi indelebles. Lo excesivo de esta madre est&aacute; tambi&eacute;n cifrado en no concebir una negativa, en no aceptar rechazos. Una presencia continua, sin interrupciones: &ldquo;Mi mam&aacute; se las ingeniaba para estar sin estar&rdquo;. Una madre que jam&aacute;s se ausenta puede ser tanto o m&aacute;s terrible que una que jam&aacute;s est&aacute; presente. La maternidad, en <em>Los ruidos vienen de la cocina,</em> se escribe tambi&eacute;n a tientas. Los ruidos de la cocina son los ruidos de un alumbramiento distinto que inaugura, no s&oacute;lo la novela, sino otra manera de la maternidad. Ante la estridencia de la presencia controladora materna se va oponiendo la suavidad de eso nuevo que nace en la cocina, de los ruiditos que hacen de la narradora, otra cosa que la hija de Esther. &iquest;Qu&eacute; se puede hacer con los cuerpos fr&aacute;giles? &iquest;C&oacute;mo se hace de la fragilidad, no un <em>d&eacute;ficit</em>, sino un lugar? &iquest;Qu&eacute; se puede hacer cuando hay una madre en la casa? La novela intenta contestar tambi&eacute;n esas preguntas. Y lo hace con tonos y palabras suaves, que no por eso dejan de figurar tambi&eacute;n lo tremenda que puede ser una madre. <em>Madre no hay una sola</em> bien podr&iacute;a ser tambi&eacute;n el t&iacute;tulo de esta novela en la que se narran transformaciones de la maternidad, transformaciones de los hijos, transformaciones de lo monstruosamente familiar.
    </p><p class="article-text">
        Hay asuntos sobre los que se vuelve una y otra vez. A veces se escribe sobre esos asuntos como un intento moment&aacute;neo de ce&ntilde;irlos, agotarlos, apagarlos, aquietarlos. Moment&aacute;neamente creemos que ya est&aacute;, que ya lo dijimos todo, que ya lo entendimos, que ya lo resolvimos. Pero esa ilusi&oacute;n se topa con lo inagotable y lo insondable, con lo persistente y lo acuciante. Y entonces hay que escribirlo todo otra vez. A veces se escribe sobre esos asuntos como un intento moment&aacute;neo de escrutarlo, diseccionarlo, autopsiarlo. Ver de qu&eacute; est&aacute;n hechos, c&oacute;mo es que esa cosa anda, o c&oacute;mo es que esa cosa se rompi&oacute;. La maternidad acaso sea uno de esos asuntos insoportablemente insistentes. Porque, como todo aquello que no depende de un manual o de una t&eacute;cnica, es imposible de aprender, no hay experiencia acumulable, no hay saber que funcione bien. &iquest;C&oacute;mo se lidia con ser madre? Pero la maternidad no es un asunto solamente de las que tienen hijos, tambi&eacute;n lo es de los hijos. La maternidad nos afecta tambi&eacute;n porque nadie no es hijo. &iquest;C&oacute;mo se lidia con una madre? Nadie est&aacute; a salvo de la maternidad, si no como sujetos, como objetos de ella. <em>Algo</em> nos toca hacer, a cada uno, con &ldquo;ese personaje de l&iacute;mites inciertos que por convenci&oacute;n en psicoan&aacute;lisis llamamos &laquo;madre&raquo;&rdquo; (Guy Le Gaufey).
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&iquest;Qu&eacute; es una mam&aacute;? Una mam&aacute; es quien te ense&ntilde;a a dejar sin arrugas el cuello de una camisa&rdquo;, dice la narradora de la novela. Y entonces pienso que en el camino de sacarse de encima a una madre &ndash;no a alguien en particular, sino <em>eso</em> materno&ndash; se trata tambi&eacute;n de arrugarla, de producir pliegues para que la cosa se extra&ntilde;e un poco, pliegues entre los que ya no se pueda leer tan claramente la lengua materna.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/madre-no-hay-sola_129_11639588.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 10 Sep 2024 10:06:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Madre no hay una sola]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicología,Psicoanálisis]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Obsesión y desobediencia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/obsesion-desobediencia_129_11617523.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c207af27-4905-4009-88dd-600f4a3461be_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Obsesión y desobediencia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Ciertas estructuras clínicas en mujeres a menudo diagnosticadas como obsesivas pueden estar más relacionadas con la relación pre-edípica y la voz de la madre que con la culpa edípica y el imaginario del padre.</p></div><p class="article-text">
        Hace varios a&ntilde;os atend&iacute; a una mujer que inicialmente se present&oacute; a la consulta como una obsesiva. La relaci&oacute;n con sus obligaciones no le dejaba tiempo para otra cosa y, en la mayor&iacute;a de sus elecciones, primaba el pragmatismo.
    </p><p class="article-text">
        Con el tiempo, la supuesta obsesi&oacute;n se histeriz&oacute;: en cierta ocasi&oacute;n se refiri&oacute; a algo que ten&iacute;a que hacer como algo de lo que ten&iacute;a que salir. En efecto, tuvo un fallido: quiso decir &ldquo;me molesta no poder cumplir&rdquo; y dijo &ldquo;me molesta no poder salir&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; el vocabulario de las obligaciones revel&oacute; un sentido er&oacute;tico y todas las cosas que ten&iacute;a que hacer eran cosas que ten&iacute;a &ldquo;encima&rdquo; y su hiperproductividad era una defensa, un modo de escapar de lo que se constituy&oacute; como una fantas&iacute;a de seducci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        El apoyo para esta fantas&iacute;a &ndash;esto es lo que me interesa&ndash; estuvo en la sensaci&oacute;n, durante algunas sesiones, de que hab&iacute;a algo que no recordaba. As&iacute; cobr&oacute; forma definitiva una amnesia hist&eacute;rica.
    </p><p class="article-text">
        Lo que quiero subrayar es lo importante que aqu&iacute; el analista no se apure, que no quiera forzar recuerdos, porque los puede inducir. Aqu&iacute; es que se decide el an&aacute;lisis propiamente dicho si la v&iacute;a por la que se apuesta es la del inconsciente.
    </p><p class="article-text">
        Esta mujer tuvo varios sue&ntilde;os con hombres, en los que le robaban, le pegaban, la miraban con desprecio. Se hizo entonces una pregunta por el amor de su padre, del que recordaba haberse alejado en la adolescencia cuando tuvo un primer novio. Pens&oacute; en sesi&oacute;n que el padre se hab&iacute;a puesto celoso.
    </p><p class="article-text">
        En cierto momento se pregunt&oacute; si acaso el padre no hab&iacute;a hecho algo incorrecto. Durante un tiempo estuvo asustada. A trav&eacute;s de sus asociaciones lo que se circunscribi&oacute; fue su propio erotismo infantil dirigido hacia el padre.
    </p><p class="article-text">
        Como es un caso de neurosis, los celos atribuidos al padre eran una formaci&oacute;n proyectiva de su deseo reprimido. En un caso de psicosis, lo m&aacute;s com&uacute;n hubiera sido que la posesividad de quien desea se tradujese delirantemente en una iniciativa de goce supuesto en el otro seg&uacute;n el modelo de la identificaci&oacute;n proyectiva.
    </p><p class="article-text">
        El punto que me importa es c&oacute;mo el analista que espera y no se apresura a concluir, puede escuchar que muchas veces detr&aacute;s de ese padre imaginario (seductor) est&aacute; la madre y es en la relaci&oacute;n temprana con ella que se pueden esclarecer especificidades sintom&aacute;ticas que, de otra manera, no se pueden explicar: el ahogo, la sofocaci&oacute;n, etc&eacute;tera (que remiten a la relaci&oacute;n dual).
    </p><p class="article-text">
        La pregunta cl&iacute;nica es por qu&eacute; el padre es quien viste mejor ciertos atributos feroces de la madre y cu&aacute;les son las consecuencias de una escucha literal y que no se gu&iacute;a por un m&eacute;todo.
    </p><p class="article-text">
        Por otro lado, hay una posici&oacute;n en algunas mujeres, que se parece mucho a la neurosis obsesiva, pero que no lo es. Es otra cosa.
    </p><p class="article-text">
        Digo que se parece a la obsesi&oacute;n, porque tiene la forma de un impulso inhibido que se traduce en una rumiaci&oacute;n dubitativa. Como en este tipo cl&iacute;nico, el goce del acto se desplaza a la vacilaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, no hay duda como s&iacute;ntoma &ndash;como s&iacute; tiene que haber en la obsesi&oacute;n para ser tal&ndash; y tampoco se trata verdaderamente de un impulso detenido, sino de un acto que no se quiere realizar.
    </p><p class="article-text">
        Esta estructura puede parecer obsesiva &ndash;en efecto, si escribo esto es porque varias veces en supervisiones escuch&eacute; que se diagnostica de este modo a mujeres y yo mismo me equivoqu&eacute; en un libro cuando escrib&iacute; sobre esta cuesti&oacute;n&ndash;, pero en psicoan&aacute;lisis lo que parece algo, no lo es; es decir, se trata de mujeres a las que &ndash;dir&iacute;a&ndash; les cuesta ser desobedientes.
    </p><p class="article-text">
        Como no tienen la insumisi&oacute;n de la histeria, parecen obsesivas; pero no, es otra cosa, m&aacute;s relacionada con la etimolog&iacute;a del verbo desobedecer, que remite a deso&iacute;r. 
    </p><p class="article-text">
        Como en la obsesi&oacute;n, estas mujeres tienen que realizar todo tipo de justificaciones para hacer lo que hacen, pero mucho m&aacute;s culpables se sienten por lo que no hacen, cuando tienen que decir que no y aqu&iacute; la referencia ya no es la culpa ed&iacute;pica, sino la relaci&oacute;n pre-ed&iacute;pica.
    </p><p class="article-text">
        En su momento yo escrib&iacute; que en la obsesi&oacute;n femenina se trataba de la relaci&oacute;n con la madre en lugar de con el padre y su Ley, pero ahora pienso que esa fue la forma deficiente de nombrar este problema que ahora entiendo un poco mejor.
    </p><p class="article-text">
        Solo un poco. En estos a&ntilde;os, pens&eacute; que lo central para estos casos se trata de la voz de la madre &ndash;y la constituci&oacute;n de la voz como objeto pulsional. As&iacute; fue que escrib&iacute; otro libro, para enmendar el error, pero no le pude terminar de dar forma. 
    </p><p class="article-text">
        El primer libro es de 2018, el segundo de 2021. Y todav&iacute;a no logro encontrar una buena formulaci&oacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/obsesion-desobediencia_129_11617523.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 30 Aug 2024 09:46:52 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Obsesión y desobediencia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis,Madre,Padre,Desobediencia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El dolor en la histeria]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dolor-histeria_129_11533865.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d28776d1-4ace-494d-a3f3-fe37ad3e1223_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El dolor en la histeria"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las diferentes maneras como las personas enfrentan una pérdida amorosa abre una reflexión sobre la experiencia clínica y teórica en psicoanálisis, centrada en la transferencia.</p></div><p class="article-text">
        Hace muchos a&ntilde;os, despu&eacute;s de un an&aacute;lisis que concluy&oacute; con la muerte del analista, quise volver a buscar un espacio. En realidad, ya hab&iacute;a consultado a diferentes colegas, para hablar un poco del duelo y otro poco de cuestiones m&aacute;s inespec&iacute;ficas. 
    </p><p class="article-text">
        Lo que ocurri&oacute; es que una tarde tom&eacute; un caf&eacute; con un colega con el que hab&iacute;amos compartido algunas actividades y, sorpresivamente, me cont&oacute; que estaba atravesando una separaci&oacute;n de pareja. Hablaba tranquilo, triste, me dijo una frase que me impresion&oacute;: &ldquo;Yo cre&iacute; que mi relaci&oacute;n era m&aacute;s estable, me confund&iacute;&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Escrib&iacute; que me impresion&oacute;, porque despu&eacute;s me encontr&eacute; pensando: &ldquo;Este tipo se est&aacute; separando, la mujer lo dej&oacute; y no solo lo cuenta sin avergonzarse, sino que tampoco se quiere tirar de un puente&rdquo;. En fin, yo no s&eacute; si as&iacute; es como lo vivi&oacute;; s&eacute; que as&iacute; lo pens&eacute; y que luego lo llam&eacute; y le ped&iacute; una entrevista. 
    </p><p class="article-text">
        Le quer&iacute;a preguntar c&oacute;mo hace un hombre para vivir sin el amor de una mujer o, mejor dicho, cuando una mujer dice &ldquo;Ya no te amo m&aacute;s&rdquo; &ndash;porque son dos cosas distintas. Esto lo entend&iacute; despu&eacute;s. 
    </p><p class="article-text">
        Fui muy feliz cuando volv&iacute; a sentir esa transferencia espont&aacute;nea, que es m&aacute;s fuerte que las ganas de curarse de algo o de no sufrir. Espont&aacute;nea no quiere decir casual, quiz&aacute; sea mejor decir inmotivada. Es tan rid&iacute;cula esa idea de que se puede producir transferencia o se la puede prestidigitar. Esa idea, incluso com&uacute;n entre analistas, es lo contrario del psicoan&aacute;lisis y de su pr&aacute;ctica. La gente que piensa as&iacute; nunca se analiz&oacute;, aunque haya ido a&ntilde;os a un analista. 
    </p><p class="article-text">
        Gracias a esa felicidad pude sufrir mucho. La transferencia no es una relaci&oacute;n en la que uno sabe y el otro no, es m&aacute;s simple y complejo: es la relaci&oacute;n en que alguien quiere saber algo de s&iacute; mismo a trav&eacute;s de algo que otro tampoco sabe de s&iacute; mismo y, adem&aacute;s, tiene que funcionar como una suposici&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Confundir la transferencia con idealizaci&oacute;n, con b&uacute;squeda de protecci&oacute;n, con creencia en el saber, etc., no tiene nada que ver con el an&aacute;lisis. La transferencia es la forma m&iacute;nima de efectuaci&oacute;n del deseo como deseo del Otro y eso tiene que estar en el inicio del an&aacute;lisis o no hay an&aacute;lisis.
    </p><p class="article-text">
        Es cierto que a veces los pacientes creen que los analistas son personas que tienen sus problemas resueltos, que tienen un dominio sin conflicto sobre sus pulsiones, que disfrutan de un amor pleno, etc. Lo suponen o lo esperan. Sin ser paciente, a veces alguien dice &ldquo;Vos que sos psi&hellip;&rdquo;, con la expectativa de que el terapeuta encarne un justo medio arm&oacute;nico.
    </p><p class="article-text">
        Y en esto ni siquiera se trata de una idealizaci&oacute;n, sino que es un efecto inevitable de la posici&oacute;n ante una figura a la que se le atribuye una condici&oacute;n parental. Es la posici&oacute;n del ni&ntilde;o: el otro goza de algo que yo no. Por eso la evaluaci&oacute;n desde el ideal es mucho mayor con un psicoanalista que con cualquier otra profesi&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        La posici&oacute;n de ni&ntilde;o es f&aacute;cilmente reconocible cuando, por ejemplo, alguien pregunta si vimos tal o cual serie (o pel&iacute;cula) y agrega: &ldquo;Ten&eacute;s que verla&rdquo;. Es una recomendaci&oacute;n como cualquier otra, claro, pero tambi&eacute;n incluye la demanda al otro de ser la causa de su deseo: quisiera que mi deseo te haga desear. 
    </p><p class="article-text">
        Confirmar esta demanda es lo contrario del an&aacute;lisis, ya que, adem&aacute;s &ndash;si el paciente es neur&oacute;tico&ndash; la confirmaci&oacute;n ser&iacute;a vivida sintom&aacute;ticamente: rechazo en la histeria, fastidio en la obsesi&oacute;n. Lo planteo para la neurosis porque es donde es m&aacute;s claro que el deseo como causa queda reprimido por la localizaci&oacute;n del sujeto como objeto en la fantas&iacute;a: me sacaste algo, solo te interesa de m&iacute; lo que puedo darte, te aburro, etc. 
    </p><p class="article-text">
        La encrucijada cl&iacute;nica es aquella en que se decide el tratamiento, porque si esta posici&oacute;n no se invierte el paciente solo ser&aacute; paciente, es decir, alguien que solo est&aacute; en condiciones de recibir y no tiene nada para dar. Voy a ilustrar esto &uacute;ltimo con otra referencia personal, a partir de un fallido de lectura.
    </p><p class="article-text">
        Cuando en mis a&ntilde;os de estudiante le&iacute; <em>El dolor de la histeria</em>, de <strong>Juan David Nasio</strong>, cre&iacute; que era un libro m&aacute;s. En estos d&iacute;as volv&iacute; a leerlo y ahora pienso que es un gran libro y que yo no supe leerlo bien. 
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s en aquel entonces lo le&iacute; con cierta suspicacia y no estaba muy dispuesto a dejar que me afectara &ndash;como si solo quisiera saber qu&eacute; dec&iacute;a y, a lo mejor, ya de antemano me negaba a su influencia. Esta es una p&eacute;sima posici&oacute;n de lectura. 
    </p><p class="article-text">
        Por suerte en estos d&iacute;as, cuando le mencion&eacute; a alguien el t&iacute;tulo del libro, tuve un fallido, que el otro no not&oacute;, pero yo s&iacute; &ndash;unas horas despu&eacute;s. Dije <em>El dolor en la histeria</em> y ese tropiezo en la preposici&oacute;n fue lo suficientemente significativo &ndash;para m&iacute;&ndash; como para justificar una transferencia renovada. 
    </p><p class="article-text">
        Entonces busqu&eacute; el libro y a partir de esa divisi&oacute;n subjetiva que se me impuso (&iquest;qu&eacute; cambia para la histeria entre un &ldquo;de&rdquo; y un &ldquo;en&rdquo;?) me puse a trabajar como lector. Ya no quise leer &ldquo;a ver qu&eacute; dice&rdquo;, sino que le&iacute; para escuchar(me). 
    </p><p class="article-text">
        Y esa distinci&oacute;n entre preposiciones me llev&oacute; a situar algo que el libro desarrolla de manera extraordinaria y que es el estatuto del sujeto hist&eacute;rico como radicalmente escindido, sufriente de su falta de representaci&oacute;n ps&iacute;quica, de su incapacidad para decir &ldquo;yo&rdquo; o de ponerle a un acto su nombre &ndash;donde la obsesi&oacute;n tiene m&aacute;s a mano el narcisismo. Incluso en su queja m&aacute;s ac&eacute;rrima, permanece lo inexpresado; en su berrinche m&aacute;s caprichoso, se trata de que no es lo que quiere; en sus actings para apropiarse de la palabra no puede menos que mentir. 
    </p><p class="article-text">
        Este es el dolor &ldquo;de&rdquo; la histeria, por su dificultad para asumirse como sujeto de deseo &ndash;salvo que sea a trav&eacute;s del fantasma de la sujeci&oacute;n pasiva. &ldquo;En&rdquo; la histeria no hay mucho, de ah&iacute; su sufrimiento vac&iacute;o al final del d&iacute;a, los desencantos cuando los ideales no se sostienen, la sensaci&oacute;n de inexistencia que a veces se confunde con la locura. 
    </p><p class="article-text">
        Qu&eacute; gran libro este de Nasio. Porque no solo es un alegato en defensa de la histeria como tipo cl&iacute;nico, sino una justificaci&oacute;n de la necesidad de conservar esta categor&iacute;a en psicoan&aacute;lisis como matriz para pensar el sujeto ps&iacute;quico.
    </p><p class="article-text">
        <em>LL/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dolor-histeria_129_11533865.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Jul 2024 09:50:14 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El dolor en la histeria]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis,Histeria,dolor]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿De qué sirve enojarse?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/sirve-enojarse_129_11498915.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a3fe6dc3-e110-46b9-babc-49f2c001dcd5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿De qué sirve enojarse?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Qué paciente no tuvo un analista que se enojó alguna vez? ¿Qué analista no se enojó alguna vez con un paciente? El enojo no es una pasión simple, sino profundamente vincular, en particular, con aquello del otro que nos resulta ofensivo, que nos degrada, que nos deja pasivos. </p></div><p class="article-text">
        &iquest;Qui&eacute;n no tuvo un analista que se enoj&oacute; alguna vez? &iquest;Qui&eacute;n no se enoj&oacute; alguna vez con un paciente, sea que lo haya comunicado o no? Es cierto que para el sentido com&uacute;n este ser&iacute;a un afecto reprobable, pero al menos desde el punto de vista cotidiano puede admitirse que el analista no es menos imperfecto que su paciente y, si ocurriera esta situaci&oacute;n, disculpar&iacute;a su humanidad; mientras que para la mirada del manual de psicoan&aacute;lisis se tratar&iacute;a de la peor de las circunstancias, la que acusar&iacute;a que cometi&oacute; una falta grav&iacute;sima, que no supo estar a la altura, etc&eacute;tera.
    </p><p class="article-text">
        Que el analista se enoje es algo que ocurre, en todo caso importa pensar cu&aacute;l es el sentido de este afecto. Porque no tiene que tratarse de un enojo efectivo, ya que son muchas veces los pacientes quienes lo suponen en la fantas&iacute;a. Por ejemplo, una mujer avisa que no va a llegar a su sesi&oacute;n y, en el mensaje escrito, dice: &ldquo;Me vas a matar, te pido mil disculpas&hellip;&rdquo;. Ahora bien, &iquest;cu&aacute;l es el motivo de este pedido de perd&oacute;n? En otro caso, un muchacho se queda pensando que su analista se enoj&oacute; cuando olvid&oacute; el pago de la sesi&oacute;n y que ese fue el motivo de que no le ofreciera otra sesi&oacute;n para la misma semana. Dicho de otra manera, los pacientes cuentan con que sus analistas, de vez en cuando, se enojen; en efecto, muchas veces ocurre que uno de los motivos por los que consultan sea el temor a que el otro se enoje. 
    </p><p class="article-text">
        Este temor fantaseado se entrelaza con las m&aacute;s diversas coordenadas sintom&aacute;ticas: guardar silencio, dificultad para hablar sin dar muchas vueltas y rodeos, hablar reci&eacute;n cuando no queda otra, pero explosivamente, es decir, cuando el otro no puede escuchar nada y quien habla tampoco puede responder por sus palabras porque es capaz de decir cualquier cosa, en fin, cuando queda claro que la fantas&iacute;a de que el otro se enoje no es m&aacute;s que la proyecci&oacute;n de la propia hostilidad, no asumida, asociada al temor de que dirigir hacia el otro una pasi&oacute;n agresiva no har&iacute;a otra cosa que interrumpir la relaci&oacute;n. Esta fantas&iacute;a se traduce en otras: el temor a que el otro se vaya y abandone si uno no es completamente bueno y amable; el miedo a que la agresividad solo pueda ser destructiva y, por lo tanto, produzca un da&ntilde;o irreparable y no enriquezca el v&iacute;nculo. Estas son solo algunas fantas&iacute;as, que no desarrollar&eacute; junto a las dem&aacute;s, porque no es lo que me interesa destacar en este art&iacute;culo.
    </p><p class="article-text">
        En este punto s&iacute; quisiera destacar lo que ocurre cuando un analista se enoja. Pienso, por ejemplo, en un caso de supervisi&oacute;n: una mujer le avisa a su analista que no podr&aacute; pagar la sesi&oacute;n completa, porque se qued&oacute; sin dinero, mientras que &eacute;ste advierte que ella tiene una bolsa de una tienda de ropa; entonces, le dice: &ldquo;Se ve que para otras cosas s&iacute; tiene plata&rdquo;. Si bien se trata de un chiste, lo cierto es que la paciente se siente ofendida por esta intervenci&oacute;n y, m&aacute;s all&aacute; de si tiene raz&oacute;n o no, lo significativo es que con ese chiste el analista no dej&oacute; de transmitir su molestia. Ahora bien, a partir de conversar sobre el caso, notamos que esa incomodidad que lo molestaba se basaba en la sensaci&oacute;n de que, en definitiva, si ella hab&iacute;a comprado algo antes de la sesi&oacute;n y luego no ten&iacute;a el dinero, era &eacute;l quien hab&iacute;a pagado por ella, como si &eacute;l hubiera sido quien le compr&oacute; la ropa. Pudimos pensar en este momento: &iquest;por qu&eacute; ella quiso hacerlo pagar? 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El enojo del analista no es una desventura, una desgracia que habría que evitar, sino que es una de las maneras más propicias en que se pone de manifiesto el síntoma de un paciente</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        O, dicho de otro modo, &iquest;es objetable que ella quisiera que &eacute;l le diese algo? O, en &uacute;ltimo t&eacute;rmino, &iquest;es ileg&iacute;timo que un paciente, eventualmente, prefiera usar su dinero para otra cosa que para el an&aacute;lisis? Por esta v&iacute;a fue que pudimos conversar acerca del modo en que se pautaban las sesiones en ese an&aacute;lisis, para descubrir que quiz&aacute; la sesi&oacute;n semanal establecida de antemano era un requisito burocr&aacute;tico que no se correspond&iacute;a con las particularidades del caso, un recurso administrativo que tranquilizaba m&aacute;s al analista que a la paciente, que respondi&oacute; de la manera m&aacute;s saludable en que alguien puede hacerlo a veces: con un s&iacute;ntoma dirigido al analista. De este modo, esa actitud con que el analista se enojaba y que le sirvi&oacute; para pensar que ese tratamiento no iba del todo bien, que se encontraba ante una paciente poco comprometida, demostraba todo lo contrario: era con ese gui&ntilde;o que empezaba el an&aacute;lisis propiamente dicho.
    </p><p class="article-text">
        De acuerdo con lo anterior, entonces, se desprende una conclusi&oacute;n: el enojo del analista no es una desventura, una desgracia que habr&iacute;a que evitar, sino que es una de las maneras m&aacute;s propicias en que se pone de manifiesto el s&iacute;ntoma de un paciente, una de las formas m&aacute;s pr&iacute;stinas en que el s&iacute;ntoma se encabalga en la relaci&oacute;n con el analista y, por cierto, sin este pasaje, un an&aacute;lisis es solo hablar de tal o cual cosa, pero no una experiencia que tenga consecuencias duraderas para la vida.
    </p><p class="article-text">
        Esta coordenada tiene una motivaci&oacute;n espec&iacute;fica: el enojo no es una pasi&oacute;n simple, sino profundamente vincular, en particular, con aquello del otro que nos resulta ofensivo, que nos degrada, que nos deja pasivos. Porque lo que enoja tiene como base la satisfacci&oacute;n del otro. Si algo enoja en el otro, es la suposici&oacute;n de que la pasa b&aacute;rbaro con nuestro padecer. Esta estructura m&iacute;nima es la que se verifica en el racismo, la xenofobia y otras formas de intolerancia, como la que se resume en aquella frase que dice que otros vienen a sacarnos el trabajo&hellip; lo que no hace m&aacute;s que mostrar que otros hacen el trabajo que nosotros no estamos dispuestos a hacer. Esta observaci&oacute;n es crucial, entonces, porque indica que el enojo es la renuncia a un acto. Nos enojamos para no hacer algo. Todo enojo es por omisi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Por lo tanto, antes que reprochar el enojo, se trata de darle una utilidad, el enojo es una pasi&oacute;n muy precisa (y preciosa). El uso del enojo sirve para que un analista pueda maniobrar mejor con el s&iacute;ntoma de su paciente, siempre que no lo act&uacute;e. Actuar el enojo no har&iacute;a m&aacute;s que ofrecer una satisfacci&oacute;n sustitutiva y, a veces, ofrecer una excusa para la interrupci&oacute;n del tratamiento. Un analista no solo debe aprender a ser destinatario de las pasiones m&aacute;s bajas de sus pacientes (en la medida en que puede encarnar ese objeto primario que, muchas veces, fue frustrante, al que se temi&oacute;, se odi&oacute;, etc.), sino que tambi&eacute;n debe reconocerlas en &eacute;l y, eventualmente, destinarles un uso propicio para el an&aacute;lisis. 
    </p><p class="article-text">
        <em>LL/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/sirve-enojarse_129_11498915.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 Jul 2024 09:22:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿De qué sirve enojarse?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicología,enojo,Psicoanálisis,Salud mental]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[José Luis Juresa: “El psicoanálisis no es un consuelo terapéutico y por eso es resistido”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/jose-luis-juresa-psicoanalisis-no-consuelo-terapeutico-resistido_1_11450108.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9c542a2a-3146-4c8f-b617-f95d6c76b978_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="José Luis Juresa: “El psicoanálisis no es un consuelo terapéutico y por eso es resistido”"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El reconocido psicoanalista argentino publicó el libro “La realidad por sorpresa”, donde se dedica a pensar la experiencia psicoanalítica desde sus fundamentos hasta la actualidad. Su mirada sobre los desafíos para el psicoanálisis en tiempos de búsqueda de respuestas rápidas y sobre los certificados de defunción que cada tanto se le quieren expedir.</p></div><p class="article-text">
        Lejos de las soluciones simplistas y cerca de las preguntas. <strong>M&aacute;s interesado en pensar en la escucha como una forma de lectura que en las respuestas apresuradas.</strong> Con citas a nociones de <strong>Sigmund Freud</strong> y de <strong>Jacques Lacan</strong> y tambi&eacute;n a canciones de <strong>Charly Garc&iacute;a</strong>, <strong>Gustavo Cerati</strong> y <strong>John Lennon</strong> en quien encuentra un sorprendente costado freudiano. En su reciente ensayo <em>La realidad por sorpresa</em> (Paid&oacute;s, 2024) el psicoanalista argentino <strong>Jos&eacute; Luis Juresa</strong> elige el camino de los cruces inesperados para leer &ndash;o releer&ndash; nociones de la experiencia psicoanal&iacute;tica que han sido muchas veces confundidas, mezcladas o materia de alg&uacute;n malentendido. Con ese material que pareciera a priori inoportuno, el psicoanalista, como se&ntilde;ala su colega <strong>Alexandra Kohan</strong> en el pr&oacute;logo de la publicaci&oacute;n, transita senderos para construir <strong>un libro &ldquo;escrito por alguien que est&aacute; pensando, mientras escribe, la pulsi&oacute;n, el amor, el cuerpo, el deseo, la er&oacute;tica de la vida&rdquo;</strong>.
    </p><p class="article-text">
        A partir de un intercambio por escrito, Juresa habl&oacute; con <em>elDiarioAR</em> acerca de lo que se espera del psicoan&aacute;lisis y de los psicoanalistas en tiempos de v&eacute;rtigo, <strong>de qu&eacute; deber&iacute;a hacer esta pr&aacute;ctica para mantenerse al margen del mercado</strong> y tambi&eacute;n de las resistencias que en algunos casos sigue suscitando.
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                &quot;La realidad por sorpresa. Un ensayo sobre el sentido del psicoanálisis&quot;, de José Luis Juresa, salió por la editorial Paidós.                            </span>
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        <strong>&ndash; En el cap&iacute;tulo&nbsp;</strong><em><strong>Memoria</strong></em><strong>, podemos leer que el analista no se asume como &ldquo;el curador&rdquo;, sino como aquel que &ldquo;da paso&rdquo; y da tiempo al despliegue de las palabras del analizante. Al mismo tiempo, a lo largo de todo el libro podemos ver el rol central que la sorpresa tiene para el psicoan&aacute;lisis. &iquest;Es posible seguir dedic&aacute;ndose al psicoan&aacute;lisis y seguir reivindicando sus sorpresas en tiempos de b&uacute;squeda de soluciones r&aacute;pidas, de discursos cada vez m&aacute;s precocidos y anclados en supuestas certezas?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Esa es precisamente, a mi entender, la potencia del psicoan&aacute;lisis: dar tiempo. No existe esa posibilidad en otros discursos. Quiero recordar que &ldquo;discurso&rdquo; en psicoan&aacute;lisis equivale a lazo social. El discurso anal&iacute;tico es un lazo social en el que el tiempo est&aacute; al margen de lo que el reloj y el mecanicismo capitalista reivindican como principios esenciales de su funcionamiento, que son la eficacia y la productividad. <strong>En esos t&eacute;rminos, perder tiempo es un &ldquo;pecado&rdquo;. Para el psicoan&aacute;lisis, en cambio, el tiempo del reloj literalmente no existe. </strong>Obviamente, nadie se queda en el consultorio un d&iacute;a entero hablando, pero podr&iacute;a pasar. As&iacute; como podr&iacute;a pasar quedarse unos segundos, y, de hecho, pasaba con Lacan, por ejemplo. El tiempo que nos interesa es el de la sorpresa de la aparici&oacute;n del sujeto del inconsciente, y all&iacute;, para Freud, no hay tiempo. Esto relaja la corrida y la permanente ansiedad en la que vivimos socialmente por no perder el tiempo, perseguidos por el reloj. Para el discurso anal&iacute;tico, perder el tiempo desde el punto de vista de la productividad capitalista redunda en una ganancia de saber acerca de algo que nunca se &ldquo;aprehende&rdquo; en por el apuro eficientista: saber vivir. Obviamente no es un saber de manual, es un saber singular que precisa tiempo para desplegarse y &ldquo;armarse&rdquo; como tal, tiempo que puede equivaler a una vida. Quiero decir que ese tiempo dedicado a esa exploraci&oacute;n equivale a la vida, en los t&eacute;rminos en los que la vida es &ldquo;vivida&rdquo; y no una mera expresi&oacute;n biol&oacute;gica.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash; &iquest;Por qu&eacute; cree que popularmente se espera de alguna manera que el psicoan&aacute;lisis ofrezca una suerte de consuelo en lugar de sorpresas o preguntas nuevas?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; El psicoan&aacute;lisis no es un consuelo terap&eacute;utico y por eso es resistido, entre otras causas. Eso significa que el deseo no se detiene en un objeto que alguna vez tuvimos y ya no tendremos m&aacute;s, y la consiguiente pregunta &ndash;de interminable respuesta&ndash; acerca de qui&eacute;n se lo rob&oacute;, qui&eacute;n me lo quit&oacute;, d&oacute;nde se perdi&oacute;, o c&oacute;mo podr&iacute;a sustituirlo. Armamos una m&iacute;tica en torno a un objeto que nunca estuvo, un destierro originario y una novela de nuestro andar por el desierto buscando el para&iacute;so del que nos perdimos, el que nos correspond&iacute;a, el que nos fue prometido y por alg&uacute;n tipo de problema personal no llegamos a reencontrar.<strong> Pero lo que hallamos en esos intentos es la falla de la identidad, nos reencontramos una y otra vez con la diferencia entre un supuesto &ldquo;original&rdquo; inhallable y aquello con lo que nos vamos topando en la vida y que descartamos en un permanente &ldquo;no es eso&rdquo;</strong>. &iquest;No ser&aacute; entonces que en lugar de consolarnos con que &ldquo;no es igual, pero es parecido&rdquo;, como si siempre tuvi&eacute;ramos que conformarnos con una vida falsa, deber&iacute;amos darnos cuenta de que en ese desencuentro con la identidad est&aacute; la clave? La clave es esa diferencia, y eso es lo que se repite una y otra vez. No se trata de una falla del individuo por la que creemos que somos un fracaso o unos perdedores, sino que esa es la estructura en la que el deseo se fundamenta. El deseo no busca consuelo, solo busca desplegarse abri&eacute;ndole los ojos al hecho de que no hay objeto que lo colme de manera definitiva y &uacute;nica. Esa ser&iacute;a la identidad, en el sentido de lo id&eacute;ntico: tal o cual objeto es id&eacute;ntico a mi deseo. No, lo que reencontramos una y otra vez es la diferencia por la cual la distancia entre lo buscado y lo hallado se mantiene. Hay que dejar de melancolizarnos en los consuelos con los que tendemos a pensar que podemos perfeccionarnos para dejar de tener esas fallas que nos impiden ser felices. La falla es el fundamento.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El discurso analítico es un lazo social en el que el tiempo está al margen de lo que el reloj y el mecanicismo capitalista reivindican como principios esenciales de su funcionamiento, que son la eficacia y la productividad. </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>&ndash; Uno de los puntos de partida del libro tiene que ver con lo que usted describe como &ldquo;aparatos de memoria&rdquo; externos, artificiales, extrahumanos. &iquest;En qu&eacute; consisten? &iquest;Por qu&eacute; por un lado resultan necesarios para las personas y, al mismo tiempo, son muchas veces las fuentes que generan malestar?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Es imposible pensar la existencia humana al margen de la memoria. Esta tiene distintos soportes. En el libro escribo sobre los soportes &ldquo;externos&rdquo; en donde la humanidad, con el aumento de la complejidad de la organizaci&oacute;n social-econ&oacute;mica, precis&oacute; poner la informaci&oacute;n en archivos como tablillas, papiros, papel, tinta, y ahora en el soporte digital. Tambi&eacute;n necesit&oacute; desarrollar tecnolog&iacute;as de recuperaci&oacute;n de la informaci&oacute;n, cada vez m&aacute;s veloces, como lo son ahora las computadoras, y pronto lo ser&aacute;n, a&uacute;n m&aacute;s, las computadoras cu&aacute;nticas. Esa es la memoria &ldquo;externa&rdquo;. Pero <strong>tambi&eacute;n habita en nosotros una memoria que tiene por soporte el cuerpo y que no se puede &ldquo;dominar&rdquo; y &ldquo;administrar&rdquo; tan f&aacute;cilmente como la de los archivos externos</strong>. Es una memoria que se enlaza a las generaciones y a las culturas precedentes a la vida del individuo poseedor del cuerpo, de la que no tenemos cabal idea, y que solo &ldquo;aparece&rdquo; por sorpresa, por fuera del individuo y su intento soberano de dominaci&oacute;n, e incluso aparece a su pesar. El cuerpo es un &ldquo;territorio&rdquo; paradojal habitado por una memoria indomable porque no est&aacute; &ldquo;organizada&rdquo; y disponible como la de los archivos externos de los que hablaba antes, sino que es una memoria que se reescribe en el acto de leerse, no es una memoria antecedente, legible como un texto escrito en el papel, sino que es una aparici&oacute;n de lectura, la aparici&oacute;n de un poema como decantado de lo indecible, tal como lo son los poemas y el arte en general. Ese arte y ese poema decantado del acto anal&iacute;tico de leer a nivel del inconsciente m&aacute;s estructural, se integra a la vida del sujeto como un saber acerca de su propio &ldquo;vivir&rdquo;. <strong>Hay una relaci&oacute;n &iacute;ntima entre esa memoria y el lector, que es el analista. Las condiciones de ese leer son muy particulares, y las desarroll&oacute; muy bien hace m&aacute;s de 20 a&ntilde;os el psicoanalista hispanoargentino Jos&eacute; Slimobich</strong>, de quien fui su analizante y alumno. En el libro trato de profundizar en esto. Lo que aqu&iacute; puedo decir, en el espacio de esta entrevista, es que hay una alienaci&oacute;n entre esa memoria &ldquo;externa&rdquo; que nos somete a la velocidad de la informaci&oacute;n en servicio de la productividad y el rendimiento, que es una memoria del sistema, y esa memoria del cuerpo, que tiene otra temporalidad, como lo dijimos al principio. El analista es un lector de esa memoria del cuerpo, y se atiene a la relaci&oacute;n entre la letra y el cuerpo.
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                    alt="Juresa también es co-autor de la novela &quot;Dakota&quot;."
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                Juresa también es co-autor de la novela &quot;Dakota&quot;.                            </span>
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        <strong>&ndash; En el libro se destaca a la noci&oacute;n de pulsi&oacute;n como uno de los conceptos centrales del aparato conceptual freudiano &iquest;Podr&iacute;a explicar por qu&eacute;?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; La pulsi&oacute;n es una fuerza muy especial, ligada a la causalidad ps&iacute;quica, quiere decir que es una &ldquo;fuerza&rdquo; con la que se explica la existencia humana y sus motivaciones para perdurar y persistir e insistir como tal. No es poca cosa. Freud la coloca como una fuerza en la frontera entre lo ps&iacute;quico y lo corporal, o lo som&aacute;tico, para ser m&aacute;s precisos.<strong> La realidad humana &ndash;esto es una redundancia, la realidad es humana&ndash; se explica a trav&eacute;s de esta fuerza.</strong> Tenemos a la f&iacute;sica que a&iacute;sla y explica la existencia de otras fuerzas de la llamada &ldquo;naturaleza&rdquo;, fuerzas que explican el movimiento de los cuerpos a escala macroc&oacute;smica y tambi&eacute;n a nivel de las part&iacute;culas elementales del &aacute;tomo. &iquest;Qu&eacute; causa el movimiento de &ldquo;los cuerpos&rdquo; humanos y su realidad? Paradojalmente, la propia f&iacute;sica de part&iacute;culas encontr&oacute; que la idea de la objetividad o de la realidad objetiva no existe, como si se acercara al psicoan&aacute;lisis, a trav&eacute;s de la mec&aacute;nica cu&aacute;ntica, que es la teor&iacute;a con la que funcionan todos los aparatos electr&oacute;nicos que hoy dominan nuestra vida moderna. Por lo tanto, es interesante encontrar que de lo que hay que hablar, antes que de la &ldquo;naturaleza&rdquo;, es de &ldquo;la realidad&rdquo;, en la que la propia ciencia tiene su lugar, ya que tambi&eacute;n es un producto humano. Esto tiene consecuencias alucinantes que resuelven cuestiones absurdas, como la de aquellos analistas posteriores a Freud, que buscaban &ldquo;objetivar&rdquo; la realidad del ambiente del consultorio a trav&eacute;s de una asepsia tambi&eacute;n absurda mediante la inmovilidad de los objetos que decoraban el consultorio, siempre los mismos, o la vestimenta del analista, siempre la misma, y su semblante, impert&eacute;rrito y silencioso. Es un remedo un tanto absurdo de una &ldquo;objetividad&rdquo; imposible que el psicoan&aacute;lisis ni siquiera requiere. Lacan fue tan &ldquo;rebelde&rdquo; a este absurdo que hasta quiz&aacute;s incluso sobreactuaba esa &ldquo;rebeld&iacute;a&rdquo;, con los cortes de sesi&oacute;n breve, su gestualidad, tan distinta en cada caso que atend&iacute;a<strong>. La realidad del an&aacute;lisis es una realidad &ldquo;de a dos&rdquo; en la que tambi&eacute;n cabe la realidad contempor&aacute;nea. Nada que ver con la idea de una objetividad cl&aacute;sica</strong>.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Juresa, en la última edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.                            </span>
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        <strong>&ndash; Otro malentendido que se desanda en el libro tiene que ver con el s&iacute;ntoma. All&iacute; subraya que el psicoan&aacute;lisis no se desespera por hacerlo desaparecer. &iquest;A qu&eacute; se debe este malentendido?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Al mismo problema mencionado antes, lo de la eficiencia y la productividad. Si somos &ldquo;profesionales de la salud&rdquo; entonces &iquest;qu&eacute; tenemos que &ldquo;producir&rdquo;? Salud. Por lo tanto, si los s&iacute;ntomas son la enfermedad, entonces lo que hay que hacer desaparecer de inmediato para producir salud son los s&iacute;ntomas. Ahora bien, si somos psicoanalistas, sabemos que la &ldquo;salud&rdquo; mental deviene de otra cosa que no es el inmediato y pragm&aacute;tico borrado de los s&iacute;ntomas, sino del despliegue de la verdad que el s&iacute;ntoma &ldquo;cifra&rdquo; como si se tratara de un jerogl&iacute;fico, de una lengua muerta-viva que busca un cuerpo que la devuelve a la existencia actual, a una traducci&oacute;n que le permita desplegarse en las condiciones de la vida contempor&aacute;nea. <strong>Los s&iacute;ntomas son como la expresi&oacute;n de una vida que no puede hacerse en el tiempo que nos toca vivir, una soluci&oacute;n de compromiso entre las exigencias de esa imposibilidad y la de mis deseos de estar en el mundo que me ha tocado.</strong> &iquest;C&oacute;mo voy a querer borrar semejante joya arqueol&oacute;gica y antropol&oacute;gica? Los analistas, antes que &ldquo;profesionales de la salud&rdquo; &ndash; que legalmente lo somos, porque tenemos t&iacute;tulos habilitantes para poder ejercerlo &ndash; somos lectores de jerogl&iacute;ficos, lectores de lenguas medio muertas y vivas, tal como la pulsi&oacute;n que Freud dividi&oacute; entre pulsiones de muerte y de vida. Y que nos habitan mezcladas.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La realidad del análisis es una realidad “de a dos” en la que también cabe la realidad contemporánea. Nada que ver con la idea de una objetividad clásica.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>&ndash; &ldquo;Podemos ser nuestros propios devoradores, nuestros propios consumidores, organizar nuestra vida y nuestros movimientos en funci&oacute;n de un desgaste medido por el consumo (...)&rdquo;, seg&uacute;n se puede leer en la conclusi&oacute;n del libro, mientras que el psicoan&aacute;lisis se ocupa de &ldquo;lo inconsumible&rdquo;, &ldquo;del carozo de la aceituna&rdquo;, &ldquo;de lo Real que se resiste al consumo&rdquo;. &iquest;Qu&eacute; hace que el psicoan&aacute;lisis se mantenga al margen? &iquest;C&oacute;mo se sostiene sin convertirse en un producto m&aacute;s?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash;<strong> </strong>Gran tema. Es responsabilidad de los analistas no hacer que el psicoan&aacute;lisis sea otro consuelo, es decir, otro producto para el consumo y la satisfacci&oacute;n de corto alcance que luego busca la renovaci&oacute;n del producto, el cambio de envase, para repetir la acci&oacute;n de consumir. Para eso, los analistas se tienen que orientar por lo Real. Esto significa que el analista, por su deseo de analizar, pone lo simb&oacute;lico en una relaci&oacute;n de tensi&oacute;n con lo Real, es decir, con el l&iacute;mite por el que, afortunadamente, no se puede saber todo, ni prevenir todo, ni elaborar todo. El famoso concepto de &ldquo;trauma&rdquo; freudiano es estructural y tiene que ver con este l&iacute;mite. <strong>Fue por eso que Freud abandon&oacute; la teor&iacute;a originaria del trauma ligado a alg&uacute;n tipo de abuso de parte de los adultos a los ni&ntilde;os.</strong> El &ldquo;trauma&rdquo; est&aacute; en el origen de la estructura ps&iacute;quica, y es inanalizable en los t&eacute;rminos de la reducci&oacute;n a cero de ese imposible &ndash;lo Real&ndash; por obra de un trabajo simb&oacute;lico de elaboraci&oacute;n que finalmente haga que se &ldquo;sepa todo de uno mismo&rdquo;. Eso ser&iacute;a retornar al individuo, cuando el psicoan&aacute;lisis recupera al sujeto, es decir, a ese individuo dividido entre su conciencia y lo inabarcable de la historia que llega hasta la causa de su existencia. El individuo tiende, en cambio, a sentirse acabado y realizado cuando termina de construir una versi&oacute;n de su autonom&iacute;a, de su origen &ldquo;autosustentable&rdquo;, y as&iacute; no deberle nada a nadie, y considerarse a s&iacute; mismo art&iacute;fice de su ser de individuo. Es absurdo. <strong>El individuo construye un mundo sin otros, en cambio el psicoan&aacute;lisis se basa en la existencia previa de un Otro que es la lengua</strong>, y, como tal, el decantado de la historia y la evoluci&oacute;n de la existencia humana.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash;</strong> <strong>Cada tanto asistimos a una especie de despedida o de certificado de defunci&oacute;n otorgado al psicoan&aacute;lisis. &iquest;Por qu&eacute; cree que ocurre esto? &iquest;Por qu&eacute; considera que insisten esos discursos?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Porque <strong>el psicoan&aacute;lisis no se adapta a los discursos pragm&aacute;ticos que hablan de resolver las cosas ya mismo</strong>, incluso antes de que los problemas existan. El ideal de ese pragmatismo, a ese nivel, es el de un mundo sin problemas, y lo que el psicoan&aacute;lisis dice es que, en primer lugar, el mundo no existe, en el sentido de una redondez, de un conjunto en el que todo est&aacute; adentro y nada afuera; al contrario, el psicoan&aacute;lisis disuelve la idea de un adentro y un afuera para inaugurar un circuito de pensamiento, al que podr&iacute;amos denominar &ldquo;circuito pulsional&rdquo; que recorre el adentro y el afuera como partes de una misma superficie. Parad&oacute;jicamente, en ese &ldquo;mundo&rdquo; que lo globaliza todo y en el que hay cada vez m&aacute;s &ldquo;mundo&rdquo;, tenemos cada vez m&aacute;s problemas, que no son tales sino m&aacute;s bien son calamidades. Los problemas son parte de la vida, pero se los asocia a la calamidad, y el sentido m&aacute;s pragm&aacute;tico de la vida que promueven recursos del sistema como la publicidad, por ejemplo, es que una vida sin problemas es posible, un mundo de puro confort y comodidad. <strong>El deseo incomoda, y el deseo es el principio de la lectura freudiana. Renunciar el deseo genera depresi&oacute;n, y esa es, tal vez, la calamidad m&aacute;s extendida del mundo contempor&aacute;neo. </strong>Recuperemos la capacidad de tener problemas sin desesperar por resolverlos ya mismo, porque el apuro, la precipitaci&oacute;n, la acci&oacute;n desmedida y autosuficiente, es decir, la acci&oacute;n por la acci&oacute;n en s&iacute; nos convierte en ratoncitos que no se enteran de que corren y corren solo para hacer girar la rueda, sin darse cuenta de que siempre est&aacute;n parados en el mismo punto, a pesar de toda la acci&oacute;n que despliegan. El psicoan&aacute;lisis apuesta por dar el salto y vernos en d&oacute;nde nos est&aacute;bamos cansando y desgastando, en d&oacute;nde mov&iacute;amos la rueda del &ldquo;mundo&rdquo; sin que nosotros nos movamos un mil&iacute;metro. Y eso es imperdonable para los que forman el &ldquo;mundo&rdquo;. Tal vez por eso, entre otras cosas, siempre est&aacute; firmado y extendido el certificado de defunci&oacute;n del psicoan&aacute;lisis, a la espera de que alguien lo tome de forma definitiva.
    </p><p class="article-text">
        <em>AL/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Agustina Larrea]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/jose-luis-juresa-psicoanalisis-no-consuelo-terapeutico-resistido_1_11450108.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 16 Jun 2024 03:00:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[José Luis Juresa: “El psicoanálisis no es un consuelo terapéutico y por eso es resistido”]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[José Luis Juresa,Psicoanálisis,Sigmund Freud,Jacques Lacan]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El lado oscuro de la familia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/lado-oscuro-familia_129_11354890.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/aa960e6a-3a3f-4c4e-944a-ac60ca10c229_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El lado oscuro de la familia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cambiaron las condiciones de sufrimiento y sin repensar a fondo la noción de familia no se llega muy lejos. Por momentos, encuentro que la práctica de “constelaciones” tienen una orientación clínica más precisa que la de algunos psicoanalistas.</p></div><p class="article-text">
        En el &uacute;ltimo tiempo cada vez m&aacute;s personas buscan alguna respuesta en las constelaciones familiares. Creo que esto se debe a una modificaci&oacute;n en las condiciones de sufrimiento.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con esto &uacute;ltimo quiero decir que, para el psicoan&aacute;lisis, lo cl&aacute;sico es la filiaci&oacute;n a partir del Edipo; es decir, a partir de una estructura de sucesi&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El Edipo no es querer acostarse con la madre y matar al padre. En efecto, como ya lo dijo alguna vez Jacques Lacan, los hipop&oacute;tamos tambi&eacute;n reflejan el mismo tipo de conducta, pero no por eso Freud lo llam&oacute; &ldquo;complejo del hipop&oacute;tamo&rdquo;. Lo propio del Edipo es la inscripci&oacute;n en una genealog&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        En las constelaciones familiares, si entend&iacute; bien lo que le&iacute; y lo que muchos me contaron en el &uacute;ltimo tiempo, se atiende especialmente a las inversiones de la v&iacute;a sucesoria, o bien a su interrupci&oacute;n; por eso &ndash;repito: si entiendo bien&ndash; prestan especial atenci&oacute;n a los excluidos del sistema familiar o bien a situaciones tr&aacute;gicas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Creo que el psicoan&aacute;lisis tambi&eacute;n se hizo eco de este movimiento, por el modo en que volvi&oacute; a retomar la noci&oacute;n de trauma &ndash;desde mi punto de vista, con un eco pre-freudiano la mayor&iacute;a de las veces.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En este punto, me encuentro ante una curiosa paradoja: quienes trabajan en constelaciones, con un aparato te&oacute;rico m&aacute;s precario (porque quiz&aacute; tampoco esperan constituir una teor&iacute;a), tienen una orientaci&oacute;n cl&iacute;nica m&aacute;s precisa que la de aquellos psicoanalistas que &ndash;no sin una intuici&oacute;n, pero quiz&aacute; con mucho m&aacute;s apego a su teor&iacute;a que a la experiencia&ndash; vuelven al mundo antes de <strong>Freud</strong>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En cualquiera de los dos casos, lo cierto es que cambiaron las condiciones de sufrimiento y sin repensar a fondo la noci&oacute;n de familia (mucho m&aacute;s que andar revoleando traumas a lo loco &ndash;y a los locos&ndash; como se hace hoy) no se llega muy lejos. Pienso en casos en que hay ansiedades persistentes, compulsiones destructivas y otros s&iacute;ntomas de muy dif&iacute;cil tratamiento en el dispositivo psicoanal&iacute;tico, pero que &ndash;seg&uacute;n mi experiencia&ndash; en las constelaciones encuentran alguna versi&oacute;n que, con el tiempo, puede integrarse al an&aacute;lisis &ndash;casi como una &ldquo;construcci&oacute;n&rdquo;, de esas de las que Freud dec&iacute;a que no necesitan ser verdaderas sino movilizar el trabajo del inconsciente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como dije antes, hay algo que cambi&oacute; y que es preciso pensar mejor. Para m&iacute; la m&aacute;s b&aacute;sica de las preguntas es qu&eacute; se transmite de una generaci&oacute;n a otra cuando la diferencia generacional es m&iacute;nima y las v&iacute;as simb&oacute;licas de su establecimiento ya no est&aacute;n aseguradas.
    </p><p class="article-text">
        Asimismo, me parece que el planteo de las constelaciones es cercano a las ideas del psicoan&aacute;lisis transgeneracional de <strong>Ren&eacute; Ka&euml;s</strong>. Y tambi&eacute;n pienso que <strong>Deleuze y Guattari </strong>se equivocaron con la idea de &ldquo;Anti-Edipo&rdquo;, porque quisieron pensar una v&iacute;a de ir m&aacute;s all&aacute; del psicoan&aacute;lisis tradicional, pero su esquizoan&aacute;lisis &ndash;demasiado embebido de la anti-psiquiatr&iacute;a&ndash; no pudo repensar a fondo la modificaci&oacute;n de la familia, salvo para criticar el familiarismo burgu&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        El punto es que me puse a leer los libros cl&aacute;sicos de <strong>Bert Hellinger </strong>y tengo que decir que su efecto es magn&eacute;tico. Encuentro que t&aacute;citamente demuestra que tiene mucho manejo de din&aacute;mica de grupos y que conoce muy bien los mecanismos de la transferencia y la interpretaci&oacute;n en psicoan&aacute;lisis. Muchos otros libros de constelaciones me parecen muy interesantes, escritos por profesionales formados que exponen un m&eacute;todo.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n es cierto que leo otros que me parecen problem&aacute;ticos. Por ejemplo, mientras leo un libro de constelaciones una conclusi&oacute;n se me impone: la vida de los antepasados (migrantes, muertos en guerras, etc.) &ndash;en la lectura misma&ndash; es mucho m&aacute;s atrapante que la de quienes consultan.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pongo el ejemplo de una consulta: Tim es un oficinista neoyorquino, que vive con depresi&oacute;n hace a&ntilde;os, medicado por sus fobias y pensamientos rumiantes. Es decir, Tim no es un neur&oacute;tico, ni siquiera un psic&oacute;tico; es uno de los tantos desubjetivados (seres que perdieron su alma) del siglo XXI.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tim tiene un abuelo que muri&oacute; en Pearl Harbor. Este abuelo adem&aacute;s era contrabandista, antes de alistarse. Dej&oacute; varias deudas. Tim es corredor de bolsa. Ah&iacute; la historia de Tim engancha con la de su antecesor.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lo cierto es que la vida de Tim no tiene el menor rastro de &eacute;pica: tiene 50 a&ntilde;os y nunca le pas&oacute; demasiado. No tiene historia y, por lo tanto, es preciso buscarle un antepasado heroico para emparcharlo un poco. No s&eacute; si Tim sufre del pasado familiar o de no ser siquiera un personaje menor en su propia biograf&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El libro es realmente interesante, hace pensar. Solo me pregunto si las personas a las que se dirige son las que tienen traumas familiares o personas del tipo de sociedad en que vivimos: sin an&eacute;cdota, sin mucho que contar, que nunca se encontraron en la situaci&oacute;n de jugarse la vida. En la constelaci&oacute;n, Tim puede ser por unos minutos un aviador en Pearl Harbor. Ahora s&iacute; tiene algo para narrarse a s&iacute; mismo, como si viviera en un documental de HBO.
    </p><p class="article-text">
        Escribo esta columna para contar mis lecturas, pero creo que lo decisivo ser&iacute;a que me decida a hacer la experiencia y luego les cuente c&oacute;mo me fue. Pr&oacute;ximamente.
    </p><p class="article-text">
        <em>LL/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/lado-oscuro-familia_129_11354890.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 10 May 2024 09:29:25 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El lado oscuro de la familia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis,terapia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La pérdida del deseo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/perdida-deseo_129_11283550.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/93035ce7-ceaa-4194-b683-38f234aa2b29_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La pérdida del deseo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Vivimos en una sociedad hipersexualizada, pero en la que la sexualidad ya no tiene otro proyecto más que la excitación y la descarga. La pérdida del deseo no es el retraimiento del sexo, sino su ejecución como destreza o performance.
</p></div><p class="article-text">
        En estos d&iacute;as le&iacute;&nbsp;<em>La p&eacute;rdida del deseo</em>, nuevo libro publicado por el psicoanalista<strong> Luigi Zoja. </strong>Con anterioridad ya hab&iacute;a le&iacute;do&nbsp;<em>El gesto de H&eacute;ctor</em>, un ensayo fundamental para analizar lo constitutivo de la figura paterna y, en particular, la declinaci&oacute;n de su autoridad en la sociedad contempor&aacute;nea. Cuando la insignia del padre ya no est&aacute; para fundar la filiaci&oacute;n, asistimos a la multiplicaci&oacute;n de los hombres solos, que deambulan violentamente como lobos hambrientos.
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo cuando hace poco mi hijo menor empez&oacute; a decir &ldquo;pap&aacute;&rdquo;. Primero me emocion&eacute;, pero enseguida la emoci&oacute;n se complement&oacute; con la sorpresa cuando not&eacute; que le dec&iacute;a &ldquo;pap&aacute;&rdquo; a los &aacute;rboles, a los autos, a los libros que quer&iacute;a que le leyeran. Tal vez el padre sea, en definitiva, todo lo que no sea la madre y, en &uacute;ltima instancia, el mundo que se abre m&aacute;s all&aacute; de ella. Por eso quiz&aacute; no sea tan ingenua esa inclinaci&oacute;n de las poblaciones llamadas primitivas a nombrarse como hijos de piedras, animales, etc., que funcionan como padres tot&eacute;micos del clan.
    </p><p class="article-text">
        Esta &uacute;ltima observaci&oacute;n me recuerda un viejo libro,&nbsp;<em>El padre en la psicolog&iacute;a primitiva</em>, de <strong>Bronislaw Malinowski.</strong> El tema de este otro ensayo, que se lleva muy bien con el de Zoja, tiene como eje la idea de paternidad en las tribus de las islas Trobriand. Si no recuerdo mal, en un pasaje Malinowski plantea que para los trobriandeses es importante decir que el hijo se parece al padre, aunque esto no sea cierto. Dicho de otro modo, la funci&oacute;n del padre es la de servir para diferenciar respecto de la madre. Y esto se debe a que padre e hijo no son del mismo linaje, dado que la l&iacute;nea de sucesi&oacute;n y herencia se da con el t&iacute;o materno. El padre, como suger&iacute; antes, es cualquier rasgo que se encuentra fuera del universo materno.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El padre es un &ldquo;afuera&rdquo; y su funci&oacute;n est&aacute; en retirada. No necesitamos pensar en lo m&aacute;s simb&oacute;lico del lazo del padre con el hijo, sino en lo real de su incidencia para que el hijo quiera ser m&aacute;s que un ni&ntilde;o, en alg&uacute;n momento quiz&aacute; un hombre. Tengo otro recuerdo, de la vez en que est&aacute;bamos en una reuni&oacute;n en la Facultad y lleg&oacute; el hijo de un viejo profesor. Este era un viejo canoso de ojos azules, con todo&nbsp;el aspecto de los n&oacute;rdicos, mientras que su hijo era morocho y de piel oscura y brillante. Una profesora que estaba con nosotros, luego de que el joven se march&oacute;, le dijo al profesor: &ldquo;&iquest;Es tu hijo? Porque no se parece en nada a vos&rdquo;. Ir&oacute;nicamente, pero con la templanza que tiene alguien que sabe d&oacute;nde est&aacute; parado, el profesor respondi&oacute;: &ldquo;Es que &eacute;l es hombre&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Esta es la funci&oacute;n real del padre, la de garantizar que m&aacute;s all&aacute; &ndash;afuera&ndash; de la madre (la profesora) hay un deseo. Este es un modo de resumir otra de las conclusiones que Zoja plantea en&nbsp;<em>El gesto de H&eacute;ctor</em>: La paternidad es adoptiva por definici&oacute;n, porque es el ni&ntilde;o quien tiene que adoptar a su padre como referente para el deseo. De lo contrario, la &uacute;nica opci&oacute;n que tendr&aacute; es la negaci&oacute;n del deseo materno, que se puede traducir en un odio generalizado hacia las mujeres. Donde la &uacute;nica salida de la madre es la negaci&oacute;n, se le dir&aacute; luego que no a todas las mujeres. Aqu&iacute; tenemos el origen de las nuevas formas de misoginia que no son necesaria o directamente machistas &ndash;en el sentido patriarcal.
    </p><p class="article-text">
        En este punto, puede verse la relaci&oacute;n de continuidad que se establece entre el ensayo de Zoja sobre la paternidad y este nuevo trabajo sobre la p&eacute;rdida del deseo. F&aacute;cil ser&iacute;a decir que vivimos en sociedades deserotizadas por efecto del consumo creciente u otra explicaci&oacute;n sociol&oacute;gica &ndash;de las que nunca le quedan bien a un psicoanalista&ndash; acerca de la globalizaci&oacute;n o las tecnolog&iacute;as. Es una estructura m&aacute;s profunda la que se vio alterada y que remite a la forma &iacute;ntima de subjetivaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Podemos estar de acuerdo en que la nuestra es una sociedad hipersexualizada, pero en la que la sexualidad ya no tiene otro proyecto m&aacute;s que la excitaci&oacute;n y la descarga. Si el psicoan&aacute;lisis fue una de las primeras disciplinas en levantar la hipoteca reproductiva del sexo, nunca dej&oacute; de destacar que el acto sexual funda la relaci&oacute;n con el otro &ndash;incluso en la masturbaci&oacute;n, que no es tal sin la presencia de una fantas&iacute;a. De lo contrario, es mero autoerotismo, que empieza y termina en el propio cuerpo, incluso cuando hace del cuerpo del otro un instrumento de goce.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La p&eacute;rdida del deseo no es el retraimiento del sexo, sino su ejecuci&oacute;n como destreza, performance, sin el compromiso sagrado de la comunicaci&oacute;n amorosa. Por esta v&iacute;a, el sexo se aleja del Eros y retoma el modelo del hambre: la voracidad sexual tiene como modelo la relaci&oacute;n ansiosa del ni&ntilde;o con el pecho, mal destetado y tir&aacute;nico, entonces, del cuerpo de la madre, a la que solo concibe como una posesi&oacute;n extendida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En un contexto cultural en el que los psicoanalistas que intentan pensar los fen&oacute;menos de la cultura tienden a hacer una sociolog&iacute;a de segundo nivel, Luigi Zoja retoma los argumentos intr&iacute;nsecos de la tradici&oacute;n psicoanal&iacute;tica y &ndash;a trav&eacute;s del an&aacute;lisis de mitos y otras formaciones literarias&ndash; apunta hacia los motivos metapsicol&oacute;gicos de las transformaciones del sujeto.
    </p><p class="article-text">
        <em>LL/MT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/perdida-deseo_129_11283550.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 12 Apr 2024 09:35:18 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La pérdida del deseo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis,Sexualidad,Sexo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La reciprocidad no existe]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/reciprocidad-no-existe_129_11273219.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e70be3ce-3cda-4e79-ad69-d63f1d042a8e_16-9-discover-aspect-ratio_default_1092946.jpg" width="1534" height="863" alt="La reciprocidad no existe"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El ideal de reciprocidad que invade las relaciones nos empuja todo el tiempo al cálculo. No hay manera de que las cuentas cierren si suponemos que al otro le pasa lo mismo que a uno o que debería dar lo mismo que uno. 
</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Dios es empleado en un mostrador/ da para recibir&rdquo; escribi&oacute; una vez Charly Garc&iacute;a. Y de esa frase que hemos cantado hasta el hartazgo, subrayo ahora <em>mostrador</em>. Y lo subrayo porque es esa ubicaci&oacute;n, esa escenograf&iacute;a, la que dispone, la que determina lo siguiente: dar <em>para</em> recibir. Hay relaciones absolutamente construidas de esa manera, mediadas por el mostrador. Hay relaciones que solamente se sostienen de ese modo, por medio de una transacci&oacute;n comercial, de una especulaci&oacute;n econ&oacute;mica: se da solamente en la medida en que se pueda obtener algo a cambio. La especulaci&oacute;n, el c&aacute;lculo, el r&eacute;dito, pero tambi&eacute;n el cr&eacute;dito, las inversiones, las cuentas: muchas relaciones se traducen a esos t&eacute;rminos provenientes de la econom&iacute;a y de la especulaci&oacute;n financiera. Hay personas que no se mueven en los afectos si antes no hacen los c&aacute;lculos actuariales correspondientes. Porque de eso se trata: de calcular costos, riesgos, p&eacute;rdidas y ganancias. Por eso se escucha, a menudo, que las personas dicen de sus relaciones que alguien no les suma o no les sirve, o no les es &uacute;til, o se interpone en sus planes de progreso. Pero, como dice <strong>Bataille</strong>, &ldquo;lo esencial del hombre no es reductible a la utilidad&rdquo;. En esa din&aacute;mica es que se empieza a formar una pretensi&oacute;n, una ilusi&oacute;n neur&oacute;tica: esperar reciprocidad y suponer que uno podr&iacute;a entonces sopesarla, medirla, saberla. Suponer que el otro podr&iacute;a dar <em>lo mismo</em> que yo. Hacer cuentas de lo que se dio y esperar que el otro d&eacute; lo mismo. Como si no fuera, justamente, otro. Pero adem&aacute;s hay casos en los que tiendo a sospechar un poco de esa pretendida reciprocidad esperada. Porque lo cierto es que hay personas que est&aacute;n c&oacute;modas siendo siempre las que dan y muy inc&oacute;modas cuando se encuentran teniendo que pedir. Hay posiciones definidas en esos t&eacute;rminos, en los t&eacute;rminos de obtener algo de <em>ser el que tiene</em> y el que da y, en cambio, no querer saber nada de no tener, de querer algo, de necesitarlo. No pedir como manera de mantenerse al resguardo de la falta. Dar, dar, dar lo que nadie nos pidi&oacute;, dar hasta agobiar al otro en su posici&oacute;n de necesitado y salvaguardar la supuesta potencia, dar para endeudar al otro y saberse siempre acreedor, dar crey&eacute;ndonos incondicionales. Casi como una madre, o un padre en posici&oacute;n de reclamo, en posici&oacute;n de madre jud&iacute;a: &ldquo;con todo lo que te di&rdquo;. Es imposible devolverles a aquellos que nos dieron tanto &ndash;por lo pronto, la vida&ndash;. Tenemos una deuda, pero esa deuda es impagable, o lo es en tanto no ser&aacute; a ellos a quienes uno se la pague.
    </p><p class="article-text">
        Pero incluso en aquellos que s&iacute; estar&iacute;an dispuestos a recibir, la reciprocidad es imposible. Que sea imposible no significa que haya que resignarse, sino todo lo contrario. El ideal de reciprocidad que invade las relaciones &ndash;amorosas, familiares o de amistad&ndash; es un ideal feroz, como todos los ideales, que nos empuja todo el tiempo al c&aacute;lculo. La reciprocidad es imposible, no hay manera de que las cuentas cierren, si por rec&iacute;proco suponemos que al otro le pasa <em>lo mismo</em> que a uno, que el otro deber&iacute;a dar <em>lo mismo </em>que uno. Pretender reciprocidad es una trampa que nos impide, como dir&iacute;a <strong>Jos&eacute; Luis Juresa</strong>, habitar la diferencia en paz. En la amistad, como en el amor, es mucho m&aacute;s lindo atravesar el espejo, como hace Alicia, antes que pretender reflejarnos en &eacute;l. Cuando el espejo se mete entre uno y el otro, desaparece el <em>entre</em>, esa usina incesante de diferencias que alivian. Cuando hay espejo, hay mostrador, el mostrador de la canci&oacute;n de Charly. Mostrador que tambi&eacute;n muestra, justamente, nuestro propio reflejo, el que nos ciega y nos impide ver al otro como otro. El reflejo de nosotros mismos dando, erigi&eacute;ndonos en el que tiene &ndash;por eso <strong>Lacan </strong>es tan incr&eacute;dulo del altruismo&ndash;. Si, como dice Lacan parafraseando a <strong>Di&oacute;tima </strong>en <em>El Banquete</em>, &ldquo;el amor es dar lo que no se tiene&rdquo;, el rico &ndash;hablo de una posici&oacute;n de sujeto, no de la cuenta bancaria de alguien&ndash; s&oacute;lo pretende dar lo que tiene, colmar cualquier agujero, el del otro pero sobre todo el propio. Hay relaciones construidas sobre el suelo pantanoso del espejo como medida. No s&eacute; si hay forma de que eso termine bien.
    </p><p class="article-text">
        La generosidad es otra cosa. La generosidad est&aacute; hecha de un dar sin c&aacute;lculos. No digo que haya absoluto desinter&eacute;s, lo que digo es que la generosidad da y no espera recibir <em>a cambio</em>. O no espera nada en particular de eso que da. Puede esperar otra cosa, otra cosa desprendida de ese dar. Un don es exactamente eso: no es un cuidado materno, no es una espera, ni un c&aacute;lculo. Un don es lo contrario: espera nada <em>a cambio</em>. Y la pista est&aacute; ah&iacute;, en ese <em>a cambio</em>. Porque los que esperan reciprocidad, esperan algo <em>a cambio</em> de lo que ponen. Y no esperar nada a cambio es, creo, la posibilidad de que se abra un espacio de libertad en el que puedan circular los dones, no los bienes, ni las cosas &uacute;tiles. No digo que no haya que pedirle nada al otro, o que haya que forjar un desinter&eacute;s c&iacute;nico, o una prescindencia afectiva, o un desapego cruel. Lo que digo es que eso que se le pide al otro, o eso que se quiere del otro, o eso que incluso se necesita del otro, est&eacute; separado de eso que uno da. Si eso no se separa, se construye un otro que nunca estar&aacute; a la altura de lo que uno espera. Nunca. Y es que esa espera est&aacute; hecha de todo menos de lo que caracteriza al otro. Ese tipo de expectativas funcionan de esta manera: haciendo del otro alguien que siempre falla, que nunca viene a la cita. Dice <strong>Roland Barthes </strong>que la figura de la espera es una figura fundamental del enamorado, as&iacute;: &ldquo;El ser que espero no es real. Lo cre&eacute; y lo recre&eacute; sin cesar a partir de mi opacidad de amor, a partir de la necesidad que tengo de &eacute;l: el otro viene all&iacute; donde yo lo espero, all&iacute; donde yo lo he creado ya. Y si no viene lo alucino: la espera es un delirio&rdquo;<em>.</em>
    </p><p class="article-text">
        Dice <strong>Juan Ritvo</strong>: &ldquo;<em>Toda amistad es unilateral.</em> En las mejores, el lugar de amante y de amado circula de manera incesante; en las peores, los lugares est&aacute;n cristalizados&rdquo;. Pasa en las amistades, pasa en el amor, pasa en las mejores familias. No hay reciprocidad porque los lugares no son sim&eacute;tricos. Y porque no hay relaciones sin malentendido. Sigue Ritvo: &ldquo;En el pacto amoroso nunca se ha entendido exactamente aquello que se ha querido decir. &iquest;Qu&eacute; quer&iacute;a el otro? No lo s&eacute;, nadie lo sabe, ni el otro mismo. Pero en esa confusi&oacute;n, en ese malentendido, se trama la relaci&oacute;n. Dicho en general, en las relaciones humanas el malentendido es constitutivo, porque la palabra es un equ&iacute;voco predestinado&rdquo;. Ese equ&iacute;voco predestinado es el que, entre otras cosas, hace imposible la reciprocidad. Y porque no existen relaciones duales: entre uno y el otro median fantas&iacute;as, fantasmas, ideales, malentendidos, etc. De esa imposible reciprocidad habla <strong>Babas&oacute;nicos </strong>cuando canta: &ldquo;Imagino que a tu forma de ser le sobra/ El ingrediente que a mi forma de amar le falta/ Nunca supe el costo de chocar con la verdad/ Pero s&iacute; sab&iacute;a que estrellarse duele/ S&eacute; que algunas piezas no encajar&aacute;n jam&aacute;s/ Te aseguro que mal puestas pueden funcionar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Alguna vez habl&eacute; de <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/afectos-analista_129_10421418.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">los afectos del analista </a>y de esa relaci&oacute;n tan particular que no espera reciprocidad y que, quiz&aacute;s por eso mismo, es tan libre y tan propiciatoria. La experiencia anal&iacute;tica es en s&iacute; misma una experiencia de no expectativa de reciprocidad, de no demanda de reciprocidad y es eso mismo lo que conduce al analizado a lo que podr&iacute;amos llamar su libertad. <strong>Massimo Recalcati</strong> lo dice as&iacute;: &ldquo;S&oacute;lo si el deseo del psicoanalista act&uacute;a sin pedir nada al analizado &ndash;sanar, aprender, cambiar, etc&eacute;tera&ndash;, podr&aacute; consentirle el separarse de &eacute;l para hallar su propia medida de la felicidad&rdquo;. En un an&aacute;lisis se experimenta la posibilidad de vivir sin esperar reciprocidad, y eso es una porci&oacute;n de libertad enorme. No es f&aacute;cil, claro. &iquest;Pero qu&eacute; vida se vive sin dificultad, qu&eacute; vida que se pretenda viva, no implica la dificultad de estar vivos? S&oacute;lo la muerte elude la dificultad. Solo la muerte elude la diferencia. Jos&eacute; Luis Juresa lo dice en <em>La realidad por sorpresa</em> &ndash;libro recientemente editado por Paid&oacute;s&ndash; de esta bella manera: &ldquo;Lo vivo sin sujeto, sin el inter&eacute;s de vivir. Lo mismo que un teatro sin decorado, sin escenario, sin marco y sin miradas que los sostengan, o que comer sin apetito: todo resulta una maquinaria que hace ruido al&nbsp; moverse, una risa de piedra solt&aacute;ndose y cayendo como el diente de un implante mal hecho&rdquo;. Si el deseo es vital, lo es en tanto resulta inc&oacute;modo, en tanto no se puede corresponder.
    </p><p class="article-text">
        Las relaciones pueden establecerse en funci&oacute;n de c&aacute;lculos y especulaciones &ndash;esperar que el otro devuelva lo que uno pone&ndash; o pueden sostenerse de la inutilidad. Como cuando Lacan dice &ldquo;el amor no sirve para nada&rdquo;. &ldquo;Una er&oacute;tica &ndash; sigue Juresa&ndash; deviene de la contingencia posible y no de la infructuosa reiteraci&oacute;n del intento de lo imposible. Rechaza la impostura que ofrece, gesto piadoso mediante, un objeto total: &laquo;es esto, y es por tu bien&raquo;. Del rev&eacute;s de la er&oacute;tica, encontramos la aridez de un cuerpo que expresa el impacto de la obstrucci&oacute;n del devenir deseante&rdquo;. Dejar de esperar reciprocidad no es desapegarse ni desasirse del otro, sino todo lo contrario: es empezar a tenerlo en cuenta.
    </p><p class="article-text">
        El amor, la amistad, el an&aacute;lisis: un gasto improductivo que intenta eludir el mostrador, que ensaya zafar del toma y daca. El don que no es especulativo es ese refugio ofrecido que s&oacute;lo puede advenir en la medida en que depongamos las armas del ser, en la medida en que le demos una tregua a la guerra paranoica del narcisismo, de la imagen de s&iacute;, en la medida en que suspendamos el dar para recibir. La reciprocidad no existe, por fortuna. Dejar de esperarla es abrirse al abismo de vivir, es abrirse al juego de una apuesta que incluye la posibilidad de, como dice Juresa, &ldquo;dar por perdido lo que nunca estuvo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 09 Apr 2024 09:16:54 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La reciprocidad no existe]]></media:title>
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