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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Moira Millán]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Moira Millán]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Cuatro viajes a Lof Quemquemtrew]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/cuatro-viajes-lof-quemquemtrew_1_12289871.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/33f3d5ad-e0da-4553-9b93-02cda56f865d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuatro viajes a Lof Quemquemtrew"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A finales de 2021, en Cuesta del Ternero, un paraje cerca a El Bolsón, en el sur argentino, miembros de la comunidad Quemquemtrew defendieron un territorio que el pueblo mapuche habita desde antes de la existencia del país. Pasaron meses en la montaña, incomunicados porque la policía bloqueaba los accesos. Esta crónica narrada en primera persona retrata la recuperación territorial y la red solidaria que la acompaña. </p></div><p class="article-text">
        <strong>I.</strong>
    </p><p class="article-text">
        - Hay un muerto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Baja el grito de m&uacute;ltiples voces juntas, fuerte pero pausado, las s&iacute;labas bien espaciadas, para que el mensaje viaje casi un kil&oacute;metro hasta donde estamos seis personas mirando hacia la monta&ntilde;a. No podemos llegar hasta el lugar donde est&aacute; el ca&iacute;do. Es 21 de noviembre de 2021. Hace dos meses las fuerzas policiales bloquean el &uacute;nico camino que recorre el valle para que nadie pueda asistir a la gente que resiste en un territorio en conflicto. Pero ahora hay un muerto y nos lo tienen que contar desde lejos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        *
    </p><p class="article-text">
        Al Piojo lo conozco en septiembre de aquel a&ntilde;o, el d&iacute;a que sale de un calabozo. Es un hombre robusto de barba negra y mand&iacute;bula firme, que hace poco alcanz&oacute; los cuarenta a&ntilde;os que yo estoy por pisar. Lo acompa&ntilde;a un joven de veinte a&ntilde;os menos y pelo largo que cae sobre sienes rapadas. Soraya Maico&ntilde;o, referente de la lucha mapuche en El Bols&oacute;n, me pidi&oacute; ir a buscarlos a Bariloche, adonde los llev&oacute; la polic&iacute;a. Les doy mi nombre y no les pregunto los suyos. Reci&eacute;n despu&eacute;s de unos meses me enterar&eacute; del apodo del Piojo, y de que normalmente es de sonrisa f&aacute;cil<strong>,</strong> con el humor a flor de piel, pero ahora est&aacute; serio.
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;C&oacute;mo andan? -les pregunto.
    </p><p class="article-text">
        -Y, nunca es lindo caer preso, pero bueno, no es para tanto -contesta el Piojo-. Ayer s&iacute; fue duro. Cuando me agarraron tuve que mirar c&oacute;mo lo tiraron al piso a mi hijo. Uno de los milicos lo ten&iacute;a con la rodilla en la espalda. Hijo de puta, tiene ocho a&ntilde;os.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al llegar a El Bols&oacute;n hay gente reunida frente a la fiscal&iacute;a bajo los ciruelos en flor, esperando novedades. Ni bien bajamos viene un ni&ntilde;o corriendo y el Piojo se arrodilla para recibir el abrazo de su hijo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Soraya se nos acerca y dice que hubo disparos en Cuesta del Ternero. En ese paraje hace una semana recuper&oacute; territorio una comunidad mapuche: el Lof Quemquemtrew. Ayer, 24 de septiembre, la polic&iacute;a intent&oacute; desalojarla. Detuvieron al Piojo y a cinco personas m&aacute;s pero otras pudieron refugiarse en el extenso bosque del valle que recorre desde la cordillera de los Andes al oeste hacia la inmensa estepa patag&oacute;nica al este. De mi casa al territorio recuperado son catorce kil&oacute;metros en l&iacute;nea recta, pero aqu&iacute; las l&iacute;neas nunca son rectas. Hasta el famoso vuelo de p&aacute;jaro ser&iacute;a m&aacute;s largo, ya que el ave trazar&iacute;a un arco de un kil&oacute;metro y medio de altura por encima del Cerro Piltriquitr&oacute;n. Para ir en veh&iacute;culo, primero tengo que bajar a El Bols&oacute;n, luego dar la vuelta de la monta&ntilde;a por el norte. Del lado del pueblo hay ferreter&iacute;as y salas de yoga, se&ntilde;al 4G y cerveza artesanal tirada. Al otro lado del cerro hay muchos m&aacute;s chivos que personas. Y en este momento all&aacute; se disparan armas. No pensaba ir pero este primer viaje llega imprevisto, anunciado por los tiros.
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Ten&eacute;s auto? Comparto la nafta -me dice Roxana Sposaro, amiga y colega fot&oacute;grafa. Salimos primero hacia el norte, pero a los pocos minutos doblamos hacia el este por un camino de ripio que asciende r&aacute;pidamente entre vastas plantaciones de pino. Casi todo est&aacute; carbonizado. Cuesta del Ternero ardi&oacute; durante cuarenta d&iacute;as en enero, cuando un asado mal apagado al lado de un pinar termin&oacute; consumiendo 8000 hect&aacute;reas de pinos y bosque nativo por igual. Pasamos algunas casas aisladas, un destacamento policial y una escuela primaria que lleva el nombre de Lucinda Quintupuray, una abuela mapuche asesinada para quitarle su tierra hace treinta a&ntilde;os. Una larga pendiente ofrece una vista panor&aacute;mica del valle y ahora vemos un tranquer&oacute;n de alambre con pancartas flameando: <em>Wewa&iacute;&ntilde; Lof Quemquemtrew. Amulepe Ta&iacute;&ntilde; Weichan. Territorio Mapuche</em>. Al bajar nos sorprende la tranquilidad. Entre los &aacute;rboles quemados aparecen tres j&oacute;venes de cara tapada. Cuando ven quienes somos, relajan su postura defensiva y se acercan.
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Est&aacute;n bien? -pregunto.
    </p><p class="article-text">
        -S&iacute;, pero pueden haber matado a alguien -contesta uno, a&uacute;n encapuchado, su pelo largo, sus ojos oscuros y su cuerpo larguirucho son inconfundibles. Con leves movimientos de cabeza, se&ntilde;alamos que nos reconocemos mutuamente. A Maxi (a quien llamar&eacute; as&iacute; para preservar su identidad) lo conozco hace unos cinco a&ntilde;os, de otra recuperaci&oacute;n m&aacute;s al sur.
    </p><p class="article-text">
        -Apareci&oacute; un patrullero por all&aacute;, bajaron cuatro y cuando nos vieron empezaron a disparar.
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Goma o plomo?
    </p><p class="article-text">
        -Los dos -dice y nos muestra lo que juntaron: una granada de gas lacrim&oacute;geno, veinte cartuchos de pl&aacute;stico azules y verdes que portaban postas de goma, nueve vainas de bronce 9 mm.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Otro joven, llam&eacute;moslo Fito, graba un testimonio para difundir cuando tengamos se&ntilde;al. Volvemos con la imagen de los proyectiles y la voz de quienes han sido sus blancos, sin saber que seremos los &uacute;ltimos en entrar libremente a Cuesta del Ternero por los pr&oacute;ximos cinco meses.
    </p><p class="article-text">
        <strong>II.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        All&aacute; arriba, en el territorio, el fr&iacute;o azota de afuera y el hambre carcome de adentro. Cuando vino a desalojar hace tres d&iacute;as, la polic&iacute;a se llev&oacute; las carpas, las bolsas de dormir, las frazadas, los v&iacute;veres y ahora cortaron todo el tr&aacute;nsito en el paraje. A pocos d&iacute;as de terminar el invierno, las noches en la Patagonia siguen heladas. Convergemos desde todas partes de la cordillera para llevar provisiones a la Lof Quemquemtrew. Docentes, panaderas, agricultores, bibliotecarios, enfermeras, padres, abuelas, nos juntamos en la banquina de la Ruta 40 donde nace el camino de la Cuesta. A algunos los conozco hace casi veinte a&ntilde;os, desde que vivo en la zona, y hay otros que nunca vi hasta hoy. All&iacute; mismo bajo las miradas curiosas del tr&aacute;nsito, llenamos los ba&uacute;les de verduras, fideos, arroz, lentejas, jab&oacute;n, camperas, frazadas y carpas. Luego cargamos pasajeros. Conmigo vienen la representante del sindicato docente, un pibe que parece tener m&aacute;s tatuajes que a&ntilde;os, y el Piojo.
    </p><p class="article-text">
        Sale la caravana y levanta polvo como una estampida de guanacos. Mi Volkswagen rural de m&aacute;s de dos d&eacute;cadas avanza entre camionetas gru&ntilde;onas que no superar&iacute;an los 80 kil&oacute;metros por hora. Ladas fabricados en la URSS y viejos Renault 12 con neum&aacute;ticos m&aacute;s pelados que Gorbachov. Nuestra cofrad&iacute;a variopinta compensa con convicci&oacute;n lo que no tenemos de prestigio automotor.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A los quince minutos de viaje, el Piojo me toca el hombro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Dejame ac&aacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se baja, dice un breve &ldquo;gracias&rdquo; y desaparece en el bosque. No lo ver&eacute; por un mes, y pasar&aacute;n dos hasta que vuelva a hablar con &eacute;l. En el destacamento, la polic&iacute;a nos espera en el medio del camino. Frenamos y quienes van adelante avisan a los efectivos pertrechados que s&oacute;lo queremos entregar comida. Otros ya bajaron de los autos y avanzan sin decir nada, entre los uniformados, por los arbustos al lado de la ruta, por todos lados. Una mujer sesentona se cruza con un agente medio metro m&aacute;s alto que ella, con armadura completa, y lo empuja fuerte por el pecho al pasar. El polic&iacute;a recula trastabillando dos o tres pasos. El escuadr&oacute;n, abrumado, retrocede ante la multitud que lo supera. Quienes seguimos al volante nos movemos a paso de hombre o, m&aacute;s precisamente, a paso de polic&iacute;a caminando hacia atr&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        R&aacute;pidamente deciden cambiar la inferioridad num&eacute;rica por la superioridad de armamento. De repente la polic&iacute;a parece una pochoclera de postas de goma. Vuelan piedras tambi&eacute;n, en ambas direcciones. Un polic&iacute;a rompe de un piedrazo la ventana de un auto. Minutos despu&eacute;s, se reemplazan las piedras por puteadas, y cuando ya no se lanza ni goma ni piedra, todo el mundo se amontona de nuevo en un <em>scrum</em> furioso, al centro del cual se discute a los gritos mientras alrededor hierven los &aacute;nimos y rebalsan torrentes de rabia hacia los armados. A la lluvia de insultos se suman golpes de kultrunes, bramidos de trutrukas, y aullidos de &ldquo;<em>iai-iai-iai-iai</em>&rdquo;, el afaf&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        De a poco se calman las aguas, aparece el comisario y el griter&iacute;o pasa a ser una negociaci&oacute;n hablada. Avanza la tarde. Los gritos a la polic&iacute;a se intercalan cada vez m&aacute;s con charlas nerviosas, especulaciones acerca de qu&eacute; pasar&aacute; ahora. Se presentan peticiones formales. Suele ser la polic&iacute;a la que viene a despejar un camino frente a una protesta que lo corta. No queda claro en qu&eacute; marco legal lo bloquean ellos ahora. Cae la noche. Hemos ocupado un play&oacute;n de ripio entre el destacamento y el lugar donde se plant&oacute; la polic&iacute;a cien metros m&aacute;s all&aacute;. Juntamos le&ntilde;a y piedras para un fog&oacute;n. Llega la respuesta oficial del juez: no podemos entregar la comida. Alrededor del fuego, se entremezclan las voces y opiniones con el humo.
    </p><p class="article-text">
        -Nos tenemos que quedar.
    </p><p class="article-text">
        -Nadie vino preparado para pasar la noche.
    </p><p class="article-text">
        -Quien necesite irse, todo bien, pero quien pueda quedarse, mejor.
    </p><p class="article-text">
        -Todos recordamos a Rafael Nahuel -dice mi viejo amigo Mauro Mill&aacute;n, incansable referente de la lucha mapuche por el territorio y la autonom&iacute;a. Invoca al joven que fue asesinado por la espalda por el Grupo Albatros de Prefectura Naval en el 2017, durante un operativo de desalojo de la comunidad mapuche Lafken Winkul Mapu en Villa Mascardi-. De nuevo andan persiguiendo a nuestra gente. Andan a caballo por el monte. Si nosotros estamos ac&aacute;, van a estar m&aacute;s seguros all&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        Al decir all&aacute;, Mauro se&ntilde;ala la ladera detr&aacute;s de los cascos de la polic&iacute;a. Son cuatro kil&oacute;metros, pero el camino traza una Z largu&iacute;sima para subir. Desde ac&aacute; el p&aacute;jaro volar&iacute;a 600 metros, no m&aacute;s. Sin duda en Lof Quemquemtrew ven nuestro fuego y les dice que no est&aacute;n solos. Vinimos, y nos quedamos. Ahora nosotros tambi&eacute;n vemos el fog&oacute;n de ellos, un peque&ntilde;o resplandor en el bosque oscuro. Mientras en otras partes del mundo hacen videoconferencias, nosotros nos comunicamos con fuegos.
    </p><p class="article-text">
        Unos cuarenta pasamos la noche estirados en el piso rocoso o acurrucados en los autos. La polic&iacute;a tambi&eacute;n prende una fogata para resistir el fr&iacute;o y la vemos brillar a trav&eacute;s de sus escudos transparentes. Pasan la noche por turnos, parados con cascos y chalecos antibalas como si esperaran la invasi&oacute;n de un ej&eacute;rcito hostil. Si ese ej&eacute;rcito somos nosotros, nuestras municiones son papas, y nuestras generalas son Mar&iacute;a Luisa y Rosa, abuelas septuagenarias dormitando en reposeras de camping.
    </p><p class="article-text">
        Amanecemos en la escarcha. Despu&eacute;s de reavivar el fuego, largamos un grito de afaf&aacute;n. Que sepan que seguimos aqu&iacute;. Responden con otro. Al rato, mientras nos calentamos con los primeros mates, alguien dice &ldquo;&iexcl;Callense! Nos est&aacute;n diciendo algo&rdquo;. Nos quedamos quietos e intentamos aguzar el o&iacute;do para escuchar el canto que viene desde la monta&ntilde;a:
    </p><p class="article-text">
        -&iexcl;Las tierras robadas/ ser&aacute;n recuperadas!
    </p><p class="article-text">
        Los d&iacute;as que siguen son una amalgama de solidaridad espont&aacute;nea e injusticia surrealista. El fog&oacute;n improvisado se convierte en un acampe completo. Se levantan toldos de pl&aacute;stico, se tallan bancos de troncos, se cava una letrina en el bosque. Flamean banderas y pancartas de todo tipo. Nos cansamos de traer y picar le&ntilde;a. Este viaje que no llega a su destino implica muchos viajes m&aacute;s. Como tantos otros, me la paso yendo y viniendo, trayendo provisiones, llevando mensajes, turn&aacute;ndonos para mantener el acampe. Hace quince a&ntilde;os que ando cerca de las recuperaciones territoriales y s&eacute; que hay que enfrentar al desgaste. No soy mapuche y nac&iacute; muy lejos de la Patagonia, pero entiendo que si estoy en este lugar, corresponde defenderlo y defender a la gente que me precede. Hoy quienes est&aacute;n al filo de esa defensa son las comunidades. Por suerte no est&aacute;n solas. Va llegando gente mapuche y no mapuche desde m&aacute;s lejos: Madryn, Comodoro, Trelew, Neuqu&eacute;n. Hay largas horas de traw&uacute;n, de parlamento.
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a se habla de la campa&ntilde;a instalada en algunos medios, que &ldquo;los mapuche vienen a tomar tu terreno, a sacarte tu casa&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -El pueblo mapuche no recupera tierras pobladas -responde un pe&ntilde;i de Bols&oacute;n-. M&aacute;s all&aacute; de que el poblador sea mapuche o no. F&iacute;jense que por ac&aacute; vive N&eacute;stor, Don Orlando, los Pich&uacute;n, los Soto, un mont&oacute;n m&aacute;s. No se le saca tierra a ninguno de ellos. Se recupera tierra fiscal deshabitada. El tema es que viene este Rocco y dice que este territorio es suyo, pero nunca vivi&oacute; aqu&iacute; ni es due&ntilde;o del lugar. Le dieron una concesi&oacute;n para plantar pino no m&aacute;s, y miren: est&aacute; lleno de plantaciones descuidadas, quemadas.
    </p><p class="article-text">
        Los vecinos que nombra son antiguos pobladores del paraje, algunos originarios y otros no. En muchos casos son familias que habitan el lugar antes de la creaci&oacute;n de la Provincia, y el pueblo mapuche antecede la existencia de Argentina misma. Al decir &ldquo;Rocco&rdquo; se refiere al Sr. Rolando Rocco, el empresario local que seg&uacute;n registros de la Secretar&iacute;a Provincial de Bosques, consigui&oacute; concesiones forestales en terrenos fiscales en los &lsquo;80. Luego el Estado le subsidi&oacute; la implantaci&oacute;n de pinos ex&oacute;ticos a trav&eacute;s de la Ley 25.080 de Inversiones para Bosques Cultivados. A quien quiere talar el bosque nativo y plantar especies invasivas (acto que seg&uacute;n la ley constituye &ldquo;enriquecimiento del bosque nativo&rdquo;), el Estado le cede el uso de la tierra y le financia su proyecto de lucro privado. Pero cuando una comunidad quiere habitar el bosque, se saca hasta los ni&ntilde;os esposados a punta de arma. Ahora es Rocco quien impulsa los cargos contra la comunidad.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, en ese espacio difuso del Poder Judicial, se hacen audiencias que hoy son m&aacute;s irreales a&uacute;n por ser virtuales. En la pantalla se ve un juez, fiscales, abogados, peticionantes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -A nadie se lo ha condenado por ning&uacute;n delito, sin embargo los est&aacute;n privando de comer y de abrigarse -plantea Mauro Mill&aacute;n que como longko de otra comunidad pide al juez que libere el tr&aacute;nsito-. Hasta los presos tienen derecho a comer.
    </p><p class="article-text">
        -Pero nadie est&aacute; privado de su libertad -retruca la fiscal Betiana Cend&oacute;n-. Cuando quieran, pueden salir, volver a sus casas y comer. Esto de los derechos humanos es un eufemismo.
    </p><p class="article-text">
        Irse significa no poder volver. Significa renunciar al territorio; en esta disputa, la &uacute;nica carta que tiene Lof Quemquemtrew es su presencia f&iacute;sica. El gobierno insiste tanto en el imperio de la ley, pero en vez de discutir los m&eacute;ritos de su postura con el debido proceso, su estrategia es obligar a sus contrincantes a que elijan entre renunciar a su reclamo o pasar hambre. Parece que nuestros fuegos nocturnos se&ntilde;alan bien este nuevo medievalismo. En pleno siglo XXI, la pol&iacute;tica oficial es un asedio.
    </p><p class="article-text">
        El juez Ricardo Calcagno falla que entrar provisiones ser&iacute;a consolidar el delito y, por lo tanto, no lo permite. Evidentemente, la presunci&oacute;n de inocencia no rige. Antes de que haya investigaci&oacute;n, ni mucho menos un juicio, sostiene que hay un delito.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Estos derechos de los que siguen hablando -dice el juez- no los pueden reclamar <em>de facto</em>. Quienes vemos la transmisi&oacute;n en las pantallas nos preguntamos entonces, si no se permite actuar <em>de facto, </em>&iquest;qu&eacute; hizo Julio Argentino Roca en la campa&ntilde;a militar de 1878 que le arrebat&oacute; la Patagonia al pueblo mapuche? Adem&aacute;s, el juez dice que no se puede reclamar derechos <em>de facto </em>y en la misma audiencia los niega<em> de jure. </em>Esto no deja ning&uacute;n canal abierto. Parece ser el objetivo; todos los canales est&aacute;n siempre congestionados. Mauro, de nuevo, en otra de tantas audiencias in&uacute;tiles: &ldquo;Modificaron la Constituci&oacute;n en el '94 y nos dijeron que llegar&iacute;an t&iacute;tulos comunitarios&rdquo;. Se refiere a la reforma constitucional del 1994 en que se sanciona el art&iacute;culo 75 inciso 17 que reza: <em>Reconocer la preexistencia &eacute;tnica y cultural de los pueblos ind&iacute;genas argentinos, reconocer... la posesi&oacute;n y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan; y regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano. </em>Sigue Mauro, &ldquo;Pero seguimos esperando. Esto no es un capricho; cuando se agotan las palabras a veces hay que actuar&rdquo;.
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                Premio crónica patagónica. Cuatro viajes a Lof Quemquemtrew                            </span>
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        <strong>III.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Habr&aacute; que buscar cauces alternativos. Un cart&oacute;n clavado en un tronco cuenta los d&iacute;as que la polic&iacute;a lleva prohibiendo entrar al territorio. Cuando marca 25, lo visito a N&eacute;stor Anticura, antiguo poblador mapuche de la Cuesta, en su casa, la m&aacute;s cercana al bloqueo del lado accesible. N&eacute;stor es una presencia constante en el acampe, pero necesito hablar en privado con &eacute;l. Quiero juntar un equipo, calzarnos las mochilas como quien sale de trekking y entrar al territorio a pie, por atr&aacute;s. S&eacute; bien, aunque nunca lo dice nadie, que desde el principio, hubo gente entrando v&iacute;veres as&iacute; casi todas las noches. Es una vuelta de cinco kil&oacute;metros subiendo por el otro lado del valle. Salen de la casa de N&eacute;stor y &eacute;l conoce el camino mejor que nadie. Lo que propongo tiene dos aspectos nuevos: que entremos personas no mapuche, y de d&iacute;a. Si llegamos, perfecto. Pero si nos para la polic&iacute;a, tendr&iacute;amos las c&aacute;maras prendidas y preguntar&iacute;amos por qu&eacute; no permiten que la gente camine por la monta&ntilde;a. Intentar&iacute;amos poner en evidencia lo rid&iacute;culo e ilegal de su accionar. Nos pueden llegar a parar, demorar, hacernos volver y hasta detenernos. Pero dudo mucho que nos disparen, simplemente por no ser mapuche. N&eacute;stor habla poco y escucha mucho. Dice que cuando suba al territorio ma&ntilde;ana preguntar&aacute; qu&eacute; les parece. Me voy y espero noticias. Dos d&iacute;as despu&eacute;s, me encuentro con Roxana: &ldquo;N&eacute;stor te espera el viernes&rdquo;, dice sin saber lo que significa, y me da un sobre cerrado con detalles.
    </p><p class="article-text">
        Armar un equipo es dif&iacute;cil. Del grupo en el que hab&iacute;a pensado, uno est&aacute; reci&eacute;n operado y otra anda de viaje, pero varios m&aacute;s simplemente no se suman. M&aacute;s de uno lo menciona a Rafael Nahuel. Al final s&oacute;lo se prende Ada Augello, amiga y ex-colega de mis a&ntilde;os en la radio, h&aacute;bil como periodista y como caminante por igual.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El viernes a las 5:30, todav&iacute;a bajo las estrellas, estaciono al lado de la alameda en la entrada de N&eacute;stor. Nos rodea una manada de perros s&oacute;rdidos, uno cubierto de proto-rastas de grueso calibre, otro con un tumor o bocio colgando del cuello casi como una segunda cabeza. N&eacute;stor abre con cierto esfuerzo la puerta de madera gris y descascarada que se arrastra en el piso por las bisagras vencidas. En el cuarto del fondo, convertido en dep&oacute;sito, hay bolsas de verduras, latas apiladas y paquetes de yerba, harina, az&uacute;car, fideos, arroz. Cargo mi mochila con alimentos, adem&aacute;s de la c&aacute;mara y el grabador. Arriba de todo, por fuera, ato un zapallo. En una zona sitiada, cada calor&iacute;a vale.
    </p><p class="article-text">
        Cuando salimos, es m&aacute;s de d&iacute;a que de noche. N&eacute;stor dice que mantengamos un buen ritmo hasta llegar al bosque por si la polic&iacute;a anda vigilando. Serpenteamos entre &aacute;rboles dispersos hasta llegar a un imponente pared&oacute;n de piedra y nos metemos en un cipresal. Bajamos una pendiente empinada en zigzag hacia el r&iacute;o, donde lupinos florecidos cubren la orilla. Descansamos mientras nos sacamos las botas y subimos los pantalones hasta la rodilla. Sumerjo la cara en el agua cristalina y trago sorbos g&eacute;lidos. La Lof Quemquemtrew tom&oacute; su nombre de este r&iacute;o, que aguas abajo atraviesa El Bols&oacute;n. Aqu&iacute; es todav&iacute;a peque&ntilde;o; apenas nos moja las rodillas. Si bien son s&oacute;lo unos veinte metros de ancho, cuando llegamos al otro lado me duelen los dedos por el fr&iacute;o. Es agua de deshielo que lleva poco tiempo en estado l&iacute;quido. Al otro lado, calzados de nuevo, cruzamos un camino r&uacute;stico con ancho suficiente para un auto, pero no para cualquiera. En la base de una subida hay un cartel de madera pintado a mano: <em>Pon&eacute; primera y no aflojes, hermano!</em>
    </p><p class="article-text">
        Ahora ya estamos m&aacute;s all&aacute; de la l&iacute;nea policial y tal vez haya patrullas. &ldquo;No usamos siempre el mismo camino,&rdquo; nos cuenta N&eacute;stor. &ldquo;Lo vamos variando, as&iacute; no nos pueden seguir las huellas ni quedarse esper&aacute;ndonos&rdquo;. Cruzamos una pampa ancha y verde donde pastan unos caballos, y en una parte mallinosa hundimos las botas en el barro a cada paso. Vamos ganando altura, y la &uacute;ltima subida es seca y polvorienta. No queda otra que rozar el camino principal, el que est&aacute; prohibido transitar.
    </p><p class="article-text">
        -Si escuch&aacute;s un motor, tirate entre las plantas -advierte N&eacute;stor, pero el &uacute;nico sonido es el viento, cada vez m&aacute;s fuerte.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Llegamos a una planicie sin follaje. Despu&eacute;s de semejante hurac&aacute;n de fuego, todav&iacute;a no vuelve ni el pasto y por todos lados vemos huellas en el polvo. No importa por qu&eacute; ruta subas en el bosque, no hay alternativa a esta recta final por el llano incendiado. Todos los caminos terminan aqu&iacute;, en esta tierra sin color. El suelo es p&aacute;lido; la tierra, ya de por s&iacute; pobre y arenosa, se mezcla con ceniza, y de ese gris s&oacute;lo salen los ganchos negros que fueron &aacute;rboles. El cielo est&aacute; cargado de nubes a la altura de las cumbres nevadas. La &uacute;ltima etapa del viaje es una carrera de un kil&oacute;metro en medio de una foto en sepia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        N&eacute;stor tiene la estatura de un oso, pero camina con ritmo &aacute;gil. El viento corre con furia, y su poncho flamea como bandera de lana. Pasamos entre los esqueletos de madera, primero lauras y &ntilde;ires retorcidos, luego filas prolijas de pino. Todos rectos como plomadas, todos de la misma edad, la misma altura, la misma especie. Todos carbonizados. Vamos en paralelo al camino de autos, a unos cincuenta metros como mucho. Los escondites posibles son tan escasos como los colores en este paisaje desgraciado. Ada baja su gorra de lana todo lo que puede, pero su pelo rubio es mejor protecci&oacute;n que un chaleco antibalas. Por encima de su hombro, N&eacute;stor dice &ldquo;si viene un patrullero, hay que hacerse invisible nom&aacute;s&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De eso se trata. Yo, que no soy mapuche ni nac&iacute; en este lugar, recorro este camino y lo puedo contar por haberlo vivido. Pero por m&aacute;s que uno vive inevitablemente en el centro de su propia historia, &eacute;sta no es m&iacute;a. Que me toca ser invisible, y que eso a su vez es imposible.
    </p><p class="article-text">
        Cruzamos el camino casi corriendo y saltamos el alambre al lado de la tranquera donde hace un mes nos mostraban las vainas servidas. Ese d&iacute;a no imagin&eacute; lo que tendr&iacute;a que hacer para volver. Nos saludan dos j&oacute;venes abrigad&iacute;simos. La &uacute;nica piel visible es la franja alrededor de los ojos, pero de nuevo, los conozco. Uno, con la cabeza envuelta en una remera negra, es Fito, quien grab&oacute; el mensaje aquel primer d&iacute;a. El otro, de pasamonta&ntilde;a al mejor estilo Subcomandante Marcos, es Gonzalo Cabrera, a quien tambi&eacute;n conozco hace a&ntilde;os. Aqu&iacute; el viento es un compa&ntilde;ero constante, pero hoy sorprende su ferocidad. Todo est&aacute; en movimiento. El cielo parece una s&aacute;bana que alguien corre por arriba de esta cama de piedra y madera y cinco personas agachadas en un rudimentario refugio. Hay tres paredes de troncos negros apilados; el cuarto costado est&aacute; abierto. Arriba unos palos imitan cabios de un techo, pero s&oacute;lo hay un pl&aacute;stico negro, roto al medio, que se sacude violentamente. Bajo ese aleteo intentamos hablar de la vida en estado de sitio. El bloqueo lleva un mes y es la primera vez que saldr&aacute;n las voces del territorio hacia afuera.
    </p><p class="article-text">
        Fito cuenta:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Tenemos que vivir escondidos en el monte, continuamente recorriendo el territorio, viendo que no haya ning&uacute;n movimiento raro. Muchas veces hemos tenido que dormir a la intemperie, termin&aacute;s mojado. A veces tenemos que acomodarnos entre todos lo que somos, juntarnos para darnos un poco de calor.
    </p><p class="article-text">
        Pero no le interesa pasar mucho tiempo con estos detalles.
    </p><p class="article-text">
        -Hay d&iacute;as que estamos bien y d&iacute;as que estamos mal. Hay d&iacute;as que tenemos ganas de llorar, de gritar, porque es as&iacute;. Pero eso tratamos de contenerlo, de saberlo sobrellevar. Estamos conviviendo ac&aacute; en el territorio. Estamos siendo una familia.
    </p><p class="article-text">
        Llega el Piojo, ve que estamos grabando y saluda con un pu&ntilde;o levantado sin decir nada. Sigue su recorrido. Gonzalo arma un fueguito en el costado abierto del galp&oacute;n. Fito sigue hablando.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Hoy en d&iacute;a se est&aacute; volviendo a reconstruir esto de lo antiguo, de volver a hacer lo que hac&iacute;an nuestros abuelos. Es una conversa muy larga hasta que uno entra al territorio, no fue de un d&iacute;a para otro que se decidi&oacute; recuperar este lugar porque era bonito. No, antes de poder instalarse, se hicieron varios trabajos, con el territorio, con los newenes del lugar.
    </p><p class="article-text">
        Larga un mes de palabras en un saque. En contraste, casi podr&iacute;a contar con los dedos las palabras por hora de Gonzalo. De un morral saca una lata vieja con el borde doblado como pico vertedor. La llena de agua y la apoya entre las llamas. Ensilla un mate, levanta la lata-pava con un trapo y sube su pasamonta&ntilde;as un poco para meter la bombilla por debajo. Fito habla de la gobernadora Arabela Carreras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Qu&eacute; di&aacute;logo quieren si tienen a toda la polic&iacute;a ac&aacute; abajo? &iquest;Entonces qu&eacute; clase de respeto quieren de nuestra parte si viven hostig&aacute;ndonos?
    </p><p class="article-text">
        Fito habla. Ada y yo escuchamos. Gonzalo ceba mate. El viento a&uacute;lla. En un mundo complejo, este momento es as&iacute; de sencillo.
    </p><p class="article-text">
        A las dos horas, emprendemos la vuelta. El vendaval levanta r&aacute;fagas de ceniza y arena que nos vapulean los ojos. Con N&eacute;stor y Ada no hablamos casi nada durante la hora y media de caminata. Al llegar al acampe, vemos todo amarrado para pasar el temporal. Hace a&ntilde;os que no se registran vientos tan fuertes. Caen &aacute;rboles gigantes en El Bols&oacute;n y l&iacute;neas el&eacute;ctricas en Esquel. Vuelan techos en Bariloche.&nbsp;
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                Premio crónica patagónica. Cuatro viajes a Lof Quemquemtrew                            </span>
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        <strong>IV.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de meses de ir y venir del acampe seguido, este domingo 21 de noviembre, me quedo en casa. Pasamos la tarde entre tareas de chacra. Los chicos ayudan hasta que salen a andar en bici. Como lleg&oacute; el calor y ya no prendemos m&aacute;s la estufa, con mi compa&ntilde;era vamos acomodando el le&ntilde;ero.
    </p><p class="article-text">
        Chilla mi bolsillo. Me quito un guante y saco el celular.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	<em>AHORA LOF QUEMQUEMTREW</em>
    </p><p class="article-text">
        	<em>disparan balas de plomo contra comuneros</em>
    </p><p class="article-text">
        	<em>HAY DOS HERIDOS DE BALA</em>
    </p><p class="article-text">
        Lo leo en voz alta porque ya estoy desviando mi rumbo hacia la casa. Mientras junto lo b&aacute;sico -c&aacute;mara, cuaderno, agua, abrigo y una manzana- las campanas digitales suenan como una m&aacute;quina de fl&iacute;per. Tiro una bolsa de dormir y una linterna en el auto por si acaso. En quince minutos llego a una esquina c&eacute;ntrica de Bols&oacute;n. Somos unos diez y nos vamos organizando con apuro. &iquest;Qu&eacute; autos hay? &iquest;Qui&eacute;n sube al territorio? &iquest;Qui&eacute;n va a la comisar&iacute;a? En el medio de esto, me llega un audio de cinco segundos.
    </p><p class="article-text">
        <em>Acaba de llegar la ambulancia al hospital. Hay uno sin vida.</em>
    </p><p class="article-text">
        El tiempo se estrecha por un canal angosto y acelera a&uacute;n m&aacute;s. Son seis cuadras hasta el hospital, donde un cirujano intenta her&oacute;icamente repararle a Gonzalo los intestinos perforados por dos balazos. En la puerta de la guardia est&aacute; N&eacute;stor, con cara de ceniza. Normalmente es un hombre callado, pero ahora su silencio se ha vuelto un vac&iacute;o, un retiro hacia un quietud cavernosa. Dice poco, sin nombres ni detalles pero con todo lo que debemos saber.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -All&aacute; hay uno muerto. La ambulancia s&oacute;lo trae a los vivos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hay un frenes&iacute; de preguntas, llamadas y mensajes, intentando saber qu&eacute; pasa y coordinar acciones. A la vez, la cacofon&iacute;a habitual de la vida se esfuma ante la muerte. Ocurren tantas cosas a la vez pero no es un caos sino una atenci&oacute;n multipresente, prism&aacute;tica. Hay tanto para atender, tantos puntos de luz dispersos pero que se originan todos en un s&oacute;lo rayo.
    </p><p class="article-text">
        Me dirijo a la fuente de la luz. Por el medio de la tormenta nos miramos con Paula, otra ex-voluntaria de la radio.
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Vamos?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Vamos.
    </p><p class="article-text">
        Atravesamos la Cuesta a velocidades m&aacute;s altas que lo recomendable. Vamos directo a lo de N&eacute;stor, porque hace pocos d&iacute;as se traslad&oacute; el acampe all&iacute;. Pero no hay nadie. En breve llega otro auto. Ahora somos cinco. Volvemos a la l&iacute;nea policial, al predio con vista al territorio. Est&aacute; todo bajo un extra&ntilde;o manto de calma. Hay cuatro polic&iacute;as en el ret&eacute;n, como siempre, pero no hay movimientos en el destacamento.
    </p><p class="article-text">
        Entonces el grito que baja de la montana:
    </p><p class="article-text">
        -&iexcl;Hay un muerto!
    </p><p class="article-text">
        Ya lo sabemos, pero es otra cosa escucharlo rebotar entre las monta&ntilde;as con la &uacute;ltima luz del d&iacute;a. El sol que hoy nunca se mostr&oacute; se escabulle tras el manto gris y nos hundimos en el crep&uacute;sculo largo. Encendemos un fuego. Esperamos. Llega otro auto, y ahora somos diez. Hablamos despacito. Suposiciones, conjeturas, teor&iacute;as. Miramos como suben las chispas intentando volverse estrellas. Sobre todo, esperamos. La polic&iacute;a no se mueve, el bosque est&aacute; quieto, el aire tambi&eacute;n. En alg&uacute;n lugar del bosque adonde no podemos llegar, hay personas que mantienen la vigilia al lado del ca&iacute;do, sentadas como nosotros en este silencio largo, el fr&iacute;o que se espesa, la oscura vastedad alrededor.
    </p><p class="article-text">
        A las 11 llega una ambulancia con Soraya y una m&eacute;dica. Tambi&eacute;n un patrullero con un agente de criminal&iacute;stica. En la puerta del destacamento, iluminados por los autos y los destellos verdes de la ambulancia se negocia el procedimiento. Subir&aacute;n para constatar el deceso y el detective sacar&aacute; fotos para asegurar que siga todo igual ma&ntilde;ana cuando llegue el equipo forense completo. La ambulancia sube con sus luces verdes inusitadas en el bosque de noche. En la ciudad, son para despejar el tr&aacute;nsito en el apuro de salvar una vida. Aqu&iacute; no hay tr&aacute;nsito (est&aacute; prohibido hace dos meses, ni hablar de la hora) y no hay ninguna vida que salvar. Pero titilan igual.
    </p><p class="article-text">
        La noche avanza en esta tranquilidad incongruente, al contrario del d&iacute;a que viene. Vuelve la ambulancia y Soraya se baja en el fog&oacute;n:
    </p><p class="article-text">
        -Una vez m&aacute;s han matado a un pe&ntilde;i nuestro. El&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        El&iacute;as Garay Ca&ntilde;icol. No conozco este nombre. Pero aqu&iacute; conozco a muchas personas sin saber sus nombres.
    </p><p class="article-text">
        A las siete ya es de d&iacute;a. La polic&iacute;a mantiene el camino cortado. No pueden subir dolientes a velar el muerto, tampoco la prensa. Pero hace falta investigar, bajar un cuerpo, hacer una ceremonia. El fiscal deja pasar a los familiares y a un equipo de negociaci&oacute;n. Al rato vuelven Andrea Reile, abogada de la comunidad, y Mauro Mill&aacute;n con la postura de la lof: que entren los forenses, pero tambi&eacute;n que pueda pasar toda la gente para la ceremonia de eluw&uacute;n. El fiscal acuerda pero necesita el visto bueno del juez, as&iacute; que salen hacia el pueblo para armar el andamiaje legal para todo lo que vendr&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        Los dem&aacute;s seguimos esperando. El sol trepa alto; el fr&iacute;o nocturno ya se disip&oacute;. Sigue llegando gente. Moira Mill&aacute;n, hermana de Mauro, llega desde Pill&aacute;n Mahuiza, el territorio recuperado donde vive, 300 kil&oacute;metros al sur. Betiana Colhu&aacute;n Nahuel, &uacute;nica machi en lo que hoy se denomina Argentina, llega para conducir la ceremonia. Maxi, que me mostr&oacute; las vainas aquel primer d&iacute;a trae banderas negras flameando en ramas de sauce. El sol del mediod&iacute;a funde la tristeza, la rabia, el hambre y el cansancio en una aleaci&oacute;n tediosa y desconcertada que nadie sabe manejar. Buscamos la escasa sombra sentados de a dos o tres bajo un pino ralo o del lado sur de alg&uacute;n auto. El sol y el polvo y la impotencia muelen la paciencia. Para algunos est&aacute; desgastada por estas largas horas de espera o las semanas de aguante frente al ret&eacute;n, pero para otros se viene erosionando hace 140 a&ntilde;os.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como todos los d&iacute;as, la gente se junta delante de la l&iacute;nea de efectivos, quienes siempre mantienen caras de piedra. Durante dos meses se repiti&oacute; tantas veces esta escena -la gente los putea, apela a su humanidad, golpea tambores frente a sus caras- y nunca reaccionaron. Pero esta vez es diferente. Ayer se muri&oacute; alguien y todos presumimos que lo mat&oacute; una bala policial. Los cent&iacute;metros de aire entre las caras de los soldados y las de la multitud se vuelven tan sensibles como la nitroglicerina. En alg&uacute;n lado, algo lo detona y sin mediar palabras, la l&iacute;nea policial erupciona. Vuelan municiones de goma y salimos desperdigados como pelotas de billar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La madre de Betiana, Mar&iacute;a, les arrima puteadas por el costado y a uno le pincha el hombro con el dedo. Moira los encara de frente. Ninguna de las dos supera el metro y medio. Los polic&iacute;as, con escopetas y escudos levantados, se ven fastidiados por estas abuelas rabiosas.
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Qu&eacute; mierda se creen ustedes? -grita Moira, que en sus largos a&ntilde;os como referente de su pueblo se volvi&oacute; una oradora potente- Ayer mataron a un hombre y hoy ni siquiera dejan pasar a la gente para un funeral? Si alguno de ustedes cayera tendr&iacute;a todo el derecho a un entierro con dignidad. Si su familia quiere a un cura, pues habr&iacute;a un cura. All&aacute; hay una familia que llora y no dejan pasar a la machi. &iquest;Ni pueden darle a un muerto su dignidad?.
    </p><p class="article-text">
        Terminan los disparos y los piedrazos. Aparece frente a la polic&iacute;a una joven de catorce a&ntilde;os. A esta altura s&oacute;lo algunos pocos sabemos que en realidad este territorio se recuper&oacute; porque aqu&iacute; Lil&eacute;n se levantar&aacute; como machi. De repente est&aacute; sola frente a los uniformados, cuyos ojos apenas se ven por arriba los escudos. La postura de los polic&iacute;as ser&iacute;a buena para enfrentar a un man&iacute;aco con machete pero adelante tienen a una adolescente de cara redonda y un pa&ntilde;uelo floreado en la cabeza.
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Creen que nos pueden matar y esto se va a terminar? &iexcl;Nos vamos a levantar una y otra vez por este territorio, nunca vamos a dejar de defenderlo, hijos de puta! -dice y clava un pu&ntilde;etazo en un escudo. El que lo sostiene recula y toda la l&iacute;nea se sacude y se reacomoda.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Justo en este momento vuelve la comitiva del pueblo con todo autorizado. Ni diez minutos despu&eacute;s de repelernos a los tiros, la polic&iacute;a se corre del camino que ocup&oacute; durante dos meses y deja pasar a la caravana f&uacute;nebre. Una vez m&aacute;s, me encuentro frente a la tranquera de ramas y alambres, y aqu&iacute; el grupo se divide. La gente mapuche entra para buscarlo a El&iacute;as y los no mapuche esperamos en la entrada durante la ceremonia.
    </p><p class="article-text">
        Cuando salen con El&iacute;as una hora m&aacute;s tarde, primero escucho los kultrunes y el afaf&aacute;n como un trueno lejano que se acerca. Despu&eacute;s a lo lejos veo las banderas negras en alto, luego entre el polvillo iluminado por el sol rasante aparece la muchedumbre de a pie. Brazos, cabezas, piernas y el centelleo de plata en las frentes y los pechos, y el trueno que crece, la cascada de afaf&aacute;n incesante. Las personas se vuelven un cuerpo unido, un cardumen que fluye entre los &aacute;rboles quemados portando al que se va de este mundo. Nos absorben a quienes esper&aacute;bamos y volvemos a ser uno solo. Apoyan la camilla con El&iacute;as, envuelto en tela blanca y cubierto de ramas de maqui, a tres pasos al lado m&iacute;o. Lo rodean hombres con palos de sauce que golpean contra el suelo para luego levantarlos sin perder el ritmo y se percuten entre s&iacute; al centro de la ronda y la pulsaci&oacute;n sube con los gritos y el golpeteo seco de la madera y apuntan al cielo. Una y otra vez los levantan y de alg&uacute;n modo el afaf&aacute;n sigue creciendo, brotando de un profundo reservorio de rabia y tristeza y gritamos como si El&iacute;as saliera de este universo a pura fuerza de sonido y nos tocara a nosotros darle el empuj&oacute;n suficiente para que llegue a esa costa desconocida que espera del otro lado.
    </p><p class="article-text">
        Se abre un espacio alrededor de El&iacute;as y dos trabajadores f&uacute;nebres lo levantan y lo cargan y s&oacute;lo cuando el veh&iacute;culo desaparece por el camino empieza a menguar el afaf&aacute;n, como la estela de un barco que lame la orilla cuando pasa y luego vuelve la calma. En ingl&eacute;s la palabra <em>wake </em>es estela y tambi&eacute;n velorio; &iquest;hay algo en eso de la &uacute;ltima chance de sentir las ondas que levanta una persona en su pasar por el mundo?
    </p><p class="article-text">
        El Piojo levanta una mano y pide nuestra atenci&oacute;n. Se apoya en un palo firme, y su cara est&aacute; envuelta en un pa&ntilde;uelo negro como siempre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Es la primera y la &uacute;ltima vez que saco a un pe&ntilde;i as&iacute; del territorio.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V. Ep&iacute;logo</strong>
    </p><p class="article-text">
        En este d&iacute;a invernal del 2024 convergemos de nuevo para pensar un nuevo desaf&iacute;o: Lof Quemquemtrew enfrenta un juicio por usurpaci&oacute;n. Cuando arrebataron la vida de El&iacute;as todav&iacute;a no sab&iacute;amos que sus asesinos no fueron polic&iacute;as sino empleados del empresario Rocco, Mart&iacute;n Cruz Feilberg y Diego Ravasio, que la polic&iacute;a dej&oacute; pasar el ret&eacute;n armados. No sab&iacute;amos que ser&iacute;an condenados ambos, pero que al tiempo Feilberg lograr&iacute;a dar vuelta la condena por no haber apretado el gatillo &eacute;l. Y ahora est&aacute; la comunidad en el banquillo de los acusados.
    </p><p class="article-text">
        Afuera el fr&iacute;o es moderado pero se hace sentir. Adentro la salamandra arde con ganas y dejamos tirada una pila importante de abrigos delante del poncho en proceso que se estira sobre el telar de Romina. Circula la palabra, circulan mates, facturas, pizza, chorip&aacute;n. Se comparte otro rato en este lugar al que cost&oacute; tanto llegar. En un momento se levanta Romina y dice, &ldquo;Vamos a hacer purr&uacute;n&rdquo;. A danzar, entonces.
    </p><p class="article-text">
        En el rewe, el lugar de ceremonia, damos vueltas en ronda al ritmo del kultr&uacute;n. Somos unos veinte, entre familiares y amigos. La mitad son mapuche, la otra mitad no. En un momento dado Romina, sin explicaci&oacute;n ni nada grandilocuente, nos indica a los no mapuche que nos quedemos por un costado. &ldquo;Tranquilos nom&aacute;s, que ahora trabaja Lilu&rdquo;. Y ella, que a sus diecisiete a&ntilde;os a&uacute;n no es machi pero lleva muchos a&ntilde;os en ese camino, se va metiendo en ese pliegue entre este mundo y otro. No corresponde hablar de lo que all&iacute; sucede por lo &iacute;ntimo de un delicado trabajo espiritual. Pero adem&aacute;s, transmitir una serie de acciones o elementos ser&iacute;a como describir una sinfon&iacute;a explicando c&oacute;mo se mueven los arcos de los violines.
    </p><p class="article-text">
        Todav&iacute;a no sabemos que la jueza Romina Martini le dar&aacute; la raz&oacute;n a Rolando Rocco y ordenar&aacute; el desalojo de la comunidad. Que &eacute;sta es una de las &uacute;ltimas ceremonias aqu&iacute;, por lo menos por ahora. En esas vueltas que damos al rewe, en ese viaje sin cambiar de lugar, en el viaje de Lil&eacute;n a otro plano, en el que nos hayan abrazado a quienes llegamos de otros lugares para que tambi&eacute;n tengamos un v&iacute;nculo con &eacute;ste, se siente que a veces los viajes son invisibles y que el m&aacute;s potente puede ser la permanencia. Que por lo mucho que cost&oacute; llegar hasta aqu&iacute;, habr&aacute; que seguir luchando para volver.
    </p><p class="article-text">
        Lil&eacute;n vuelve de donde haya estado con la cara enrojecida. Compartimos un vaso de muday. Y arriba nuestro pasan tres c&oacute;ndores. Vemos sus cabezas blancas, sus plumas extendidas en silueta contra el cielo azul. Pasan, dan unas vueltas lentas y siguen viaje.
    </p><p class="article-text">
        <em>El Concurso de Cr&oacute;nica Patag&oacute;nica es uno de los programas m&aacute;s ambiciosos de la Fundaci&oacute;n de Periodismo Patag&oacute;nico. Durante sus primeras seis ediciones han enviado sus textos m&aacute;s de 500 cronistas y fueron jurado periodistas y escritores como Mar&iacute;a Moreno, Cristian Alarc&oacute;n, Roberto Herrscher, Sonia Budassi, entre otros y otras.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Desde su puesta en marcha ha sido clave en la construcci&oacute;n de la red de #CronistasDelSur, que narra la Patagonia desde los territorios.</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Denali DeGraf]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/cuatro-viajes-lof-quemquemtrew_1_12289871.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 12 May 2025 09:30:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cuatro viajes a Lof Quemquemtrew]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[crónicas,Patagonia,Comunidad mapuche,Mapuches,Rafael Nahuel,Moira Millán]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mujeres indígenas protestan en Buenos Aires contra el "terricidio" tras marchar 2.000 km]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/medio-ambiente/mujeres-indigenas-protestan-buenos-aires-terricidio-marchar-2-000-km_3_7963911.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9c4a36d2-6647-40c3-ade7-24fca923d0c2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mujeres indígenas protestan en Buenos Aires contra el &quot;terricidio&quot; tras marchar 2.000 km"></p><p class="article-text">
        Alrededor de cien integrantes del movimiento <strong>Mujeres Ind&iacute;genas por el Buen Vivir</strong> llegaron el s&aacute;bado a Buenos Aires tras marchar 2.000 kil&oacute;metros para protestar contra lo que llaman el &ldquo;terricidio&rdquo; que genera el actual modelo productivo actual.
    </p><p class="article-text">
        La marcha, que comenz&oacute; el 14 de marzo en diferentes puntos del pa&iacute;s, confluy&oacute; en Plaza Once desde donde se dirigieron al Congreso. Estuvo encabezada, entre otras, por <strong>Moira Mill&aacute;n</strong>, referente del pueblo mapuche.
    </p><p class="article-text">
        Las mujeres ind&iacute;genas reclamaron ayuda del Estado y de la sociedad para frenar el modelo extractivista que acaba con los recursos naturales.
    </p><p class="article-text">
        Las caminatas estuvieron divididas en cuatro bloques (noroeste, noreste, centro y sur) y en cada escala hacia Buenos Aires se realizaron charlas abiertas de concientizaci&oacute;n
    </p><p class="article-text">
        <em>CRM</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[elDiarioAR]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/medio-ambiente/mujeres-indigenas-protestan-buenos-aires-terricidio-marchar-2-000-km_3_7963911.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 23 May 2021 20:05:03 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Mujeres indígenas protestan en Buenos Aires contra el "terricidio" tras marchar 2.000 km]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Moira Millán,Mujeres Indígenas por el Buen Vivir]]></media:keywords>
    </item>
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