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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Natalia Ginzburg]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/natalia-ginzburg/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Natalia Ginzburg]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Natalia Ginzburg, esa mujer]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/natalia-ginzburg-mujer_129_8292443.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0ef7c4a6-5f29-44b2-8fc3-23451dd0a070_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Natalia Ginzburg, esa mujer"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle"></p></div><p class="article-text">
        No es necesario tomar un &aacute;cido o leer a Francis Ponge para darse cuenta de que el &aacute;rbol es algo insondable, as&iacute; lo encontremos en un bosque o irrumpa, de golpe, en medio de una calle de la ciudad. &iquest;En que piensan los &aacute;rboles? &iquest;Qu&eacute; secreto esconden?&iquest;Qu&eacute; cosa saben que no nos pueden comunicar?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se supone que la tala de &aacute;rboles, en la antig&uuml;edad, a veces ten&iacute;a un sentido religioso, se los talaba para despejar el bosque y poder ver el cielo y as&iacute; contactarse con los dioses. Ahora los miro balancearse lentamente bajo la lluvia, como si intentaran decirme algo, pero no s&eacute; bien qu&eacute;.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Esta semana fluvial que pasamos, estuve leyendo una biograf&iacute;a de Natalia Ginzburg &ndash;<em>Audazmente t&iacute;mida</em>- que escribi&oacute; Maja Pflug, quien fue traductora de la obra de Natalia al alem&aacute;n. El mi&eacute;rcoles bien temprano, Natalia muri&oacute; en el libro. Pflug lo termina de manera muy seca, con una l&iacute;nea escueta: &ldquo;Natalia Ginzburg muri&oacute; el 8 de octubre de 1991&rdquo;. Unas p&aacute;ginas antes, hab&iacute;a narrado c&oacute;mo la escritora alzaba en sus brazos a uno de sus bisnietos y, contenta, dec&iacute;a: &ldquo;Esta es la vida, no los libros&rdquo;. Tengo subrayada esta frase con un resaltador naranja. Supongo que fue porque me hizo recordar que, cuando yo ten&iacute;a 21 a&ntilde;os, hab&iacute;a intentado leer <em>Trilce </em>de C&eacute;sar Vallejo y no hab&iacute;a entendido nada. Pero ese mismo a&ntilde;o me fui de viaje durante dos y recorr&iacute; Latinoam&eacute;rica, me cruc&eacute; con miles de personas y escuch&eacute; hablar dialectos de todo tipo. Com&iacute; en los mercados de la Paz, Cuzco, Quito y repart&iacute; el pan con los comensales que se sentaban a mi mesa. Estuve medio a&ntilde;o en el Amazonas viviendo con franceses, lugare&ntilde;os, ingleses, brasile&ntilde;os, ara&ntilde;as, delfines rosas, alemanes, hablando una mezcla de m&uacute;ltiples lenguajes. Cuando volv&iacute; a casa, agarr&eacute; <em>Trilce </em>y el libro me parti&oacute; la cabeza. El viaje, la experiencia acumulada, me hab&iacute;a abierto el o&iacute;do para escuchar los versos extra&ntilde;os de C&eacute;sar Vallejo. Es decir que <strong>no comprend&iacute; </strong><em><strong>Trilce </strong></em><strong>leyendo libros que me explicaran </strong><em><strong>Trilce</strong></em><strong>, sino viviendo.&nbsp;</strong>
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El viaje, la experiencia acumulada, me había abierto el oído para escuchar los versos extraños de César Vallejo. Es decir que no comprendí Trilce leyendo libros que me explicaran Trilce, sino viviendo. </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Aunque no le interesaba particularmente la pol&iacute;tica, Natalia Ginzburg fue diputada. Daba pocos discursos, pero cada vez que lo hac&iacute;a era implacable, como en sus novelas, estaba intentando derrotar el lenguaje oscuro con el cual la gente se comunicaba para no decirse nada. Subray&eacute; con un resaltador verde claro este p&aacute;rrafo de uno de sus discursos: &ldquo;Los partidos mayoritarios no expresan de ning&uacute;n modo el pensamiento, el deseo, el &aacute;nimo de sus votantes, sino &uacute;nicamente&nbsp; su propia intenci&oacute;n personal&rdquo;. Esto me hizo pensar en la famosa frase de Emilio Monz&oacute; cuando vindica la &ldquo;rosca&rdquo; pol&iacute;tica. Qu&eacute; es la rosca sino la preocupaci&oacute;n por mantener el status quo entre diferentes fuerzas pol&iacute;ticas hegem&oacute;nicas que &ldquo;trabajan&rdquo; de enemigos pero que saben que hacer pol&iacute;tica es una cosa, y meterse en pol&iacute;tica es otra. El que &ldquo;se mete en pol&iacute;tica&rdquo; trata de entrar en un ministerio en el que va a conseguir poder y dinero para pasarla bien.&nbsp; <strong>La &ldquo;rosca&rdquo; no entiende a la pol&iacute;tica como un servicio por el otro, sino como un mensaje al adversario para que trabajen juntos por hacer que no cambie nunca nada</strong>. Monz&oacute; no le habla a la gente que necesita cosas urgentes y claras, les habla a sus colegas, les dice que no hay que pasarse de &ldquo;rosca&rdquo; as&iacute; seguimos todos tranquilos y con los puestos asegurados. La democracia para algunos puede ser una beca largu&iacute;sima en la que no ten&eacute;s que hacer nada, salvo, &ldquo;la rosca&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con el mismo resaltador verde, marqu&eacute; esta frase del credo est&eacute;tico de Natalia: &ldquo;Cada oraci&oacute;n deb&iacute;a ser como un latigazo o una cachetada&rdquo;. M&aacute;s adelante, con el resaltador naranja: &ldquo;Hoy, en un mundo irreal, en un desierto, uno se aferra a las piedras, las observa, mira c&oacute;mo est&aacute;n hechas esas piedras. Porque hay muy pocas cosas de las que estamos seguros. El alka Seltzer, por ejemplo, es una cosa segura; otra el Nescaf&eacute;&rdquo;. Esta frase dicha al pasar a un reportero me pareci&oacute; un peque&ntilde;o poema. Y tambi&eacute;n me di cuenta que por m&aacute;s a&ntilde;os que nos separen de algunas escritoras, por m&aacute;s que el tiempo parece acelerarse y cambiar la realidad en la que las leemos, lo que garantiza su potencia de cl&aacute;sico es que los grandes temas, las obsesiones, siguen estando presente hoy en d&iacute;a:<strong> en medio de la profusi&oacute;n de noticias, avatares virtuales y posverdad, cada vez hay menos cosas de la que estamos seguros.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Natalia ten&iacute;a muchas amigas, a una de ellas, cuando ya eran mujeres grandes, le dice: &ldquo;En la vejez tenemos miedo de olvidar c&oacute;mo era el amor. Recordamos que pod&iacute;a ser de dos modos. Pod&iacute;a ser repentino e incendiar el mundo. O bien pod&iacute;a ser imperceptible y del color del aire. Cuando era como el aire, pocas se&ntilde;ales nos permitan reconocerlo. La velocidad de las horas, la respiraci&oacute;n liviana&hellip;Cuando el amor era como el fuego, para nosotros el tiempo ya no era r&aacute;pido ni lento, porque ya no exist&iacute;a. Pod&iacute;amos quedarnos inm&oacute;viles durante horas, mirando c&oacute;mo se incendiaba el mundo&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando era chica y llegaba el verano, Natalia lo notaba primero porque los cocheros le pon&iacute;an a sus caballos unos sombreros sobre los ojos para que no los moleste el sol. Lo mismo nota Eugenio Montale en su famoso poema <em>Arsenio</em>, cuando encapuchados caballos miran al paseante solitario. Son esos primeros poemas del hermetismo que uno tiene que leer una y otra vez para captar en toda su dimensi&oacute;n.&nbsp; A Ginzburg le encantaba la poes&iacute;a de Montale, pero ella prefer&iacute;a una prosa seca, poco sentimental. Era una feminista no program&aacute;tica,&nbsp; que quer&iacute;a &ldquo;escribir como un hombre&rdquo;. Pensando en su vida tan honesta y sencilla, me vino a la cabeza esa frase de una canci&oacute;n de Kurt Cobain. &ldquo;Nunca conoc&iacute; a un hombre sabio, si lo hice, era una mujer&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a que termin&eacute; la biograf&iacute;a de Natalia Ginzburg, sal&iacute; a la calle para encontrarme con mi amiga Meme y me sorprendi&oacute; un &aacute;rbol inmenso, que se hab&iacute;a ca&iacute;do por la tormenta, carg&aacute;ndose el tejido el&eacute;ctrico. Eran las seis de la tarde y una luz plateada bajo una llovizna persistente dejaba ver unos chalecos verdes que se desplazaban en torno al Rey, cort&aacute;ndolo con varias sierras el&eacute;ctricas. Hab&iacute;a una mujer delgada, que estaba en la puerta de la casa con el pelo canoso y fumando impaciente, mientras miraba como seccionaban al &aacute;rbol. Se me ocurri&oacute; que era Natalia Ginzburg, y jugu&eacute; a imaginar lo que estaba pensando: &ldquo;Los d&iacute;as no existen, son una convenci&oacute;n tranquilizadora. Cuando pensamos que les tememos o nos gustan algunos d&iacute;as , en realidad s&oacute;lo reparamos en las palabras que los nombran. Y as&iacute; vamos discurriendo en la impermanencia, hasta que alguien viene y nos derriba&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>FC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Fabián Casas]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 11 Sep 2021 05:56:54 +0000]]></pubDate>
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