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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Juan José Saer]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/juan-jose-saer/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Juan José Saer]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El poder de la poesía]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/poesia_129_12308106.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f1fe22ac-f516-45d3-b576-971b78f7143e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El poder de la poesía"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En “La mayor”, uno de los grandes textos del siglo XX, Juan José Saer reivindica el poder concreto y transformador de la poesía.</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;El poder de la poes&iacute;a no es una ilusi&oacute;n&rdquo;. Este aforismo de <strong>Juan Jos&eacute; Saer</strong> aparece en &ldquo;Emily Dickinson y la cuesti&oacute;n de la poes&iacute;a&rdquo;, de <em>Ensayos - Borradores in&eacute;ditos 4,</em> publicado por Seix Barral en 2015. Y m&aacute;s abajo agrega otro: &ldquo;Se va a la poes&iacute;a a buscar algo que ya ha pasado en nosotros &mdash;que es la poes&iacute;a misma, como lo quiere Hazlitt&mdash; y que esperamos reencontrar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El &ldquo;golpe&rdquo; de la poes&iacute;a se produce a trav&eacute;s de una &ldquo;violencia solidaria&rdquo;, dice Saer. Es lo que puede recibirse de la lectura de &ldquo;La mayor&rdquo;, uno de los grandes poemas de todos los tiempos cuya presentaci&oacute;n prosaica, lejos de darle el triunfo a una adulteraci&oacute;n de g&eacute;neros, radicaliza su registro de verso libre &ldquo;compacto&rdquo;.
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        La poes&iacute;a, es decir los acuerdos y las fricciones de las palabras entre s&iacute; y de ellas con las pausas, los silencios, los blancos, los cambios de ritmo de la lengua (que son los del &aacute;nimo) que abren el texto en una red de canales, est&aacute; <em>adentro </em>de &ldquo;La mayor&rdquo;, y la misi&oacute;n de la lectura es revelarla al modo en que la forma y el &ldquo;alma&rdquo; de una escultura es liberada de su bloque de m&aacute;rmol.
    </p><p class="article-text">
        La lectura teatral de &ldquo;La mayor&rdquo;, con el apoyo del Ministerio de Cultura de Santa Fe, adaptada y dirigida por <strong>Juan Coulasso</strong> para la compa&ntilde;&iacute;a <em>La Mujer Mutante</em> con funciones en la Plataforma Lavard&eacute;n de Rosario y en la Casa de la Cultura de Santa Fe hace unos d&iacute;as, lleva esa revelaci&oacute;n al terreno del encantamiento. La extracci&oacute;n de esa materia po&eacute;tica (palabra por palabra, casi letra por letra) es un fen&oacute;meno envolvente por el que el espectador entra al poema y el poema al espectador, disolvi&eacute;ndose ambos en una fusi&oacute;n de la sangre con la letra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Estas inoculaciones mutuas ocurren porque la experiencia de lectura ha invertido su orden cl&aacute;sico, reemplazando la intimidad cerrada de leer en una suma de silencio y soledad por la de &ldquo;recibir&rdquo; la lectura en la intimidad abierta de una compa&ntilde;&iacute;a. All&iacute; donde el lector se entregaba a su propia voz mental (plana, a menudo automatizada por un ritmo y un tono cruceros), ahora hay voces extra&ntilde;as ocupando sus profundidades.
    </p><p class="article-text">
        El cambio parece delicado, apenas un desplazamiento imperceptible de la experiencia ordinaria de lectura, pero en los hechos es dr&aacute;stico. La persona que lee se convierte en la persona a la que le leen, restaurando el esquema en el que la escritura recupera la voz (una voz amada o una voz esperada) y, de ese modo, la escena primaria del encuentro de los seres humanos con la literatura: la madre que duerme al hijo con un cuento, el cazador que habla del oso con el que se hizo el abrigo, el guerrero que cuenta su &eacute;pica.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Otros, ellos, antes, pod&iacute;an&rdquo;. La voz de <strong>Victoria Roland</strong> comienza a leer y a inocular en los lectores &ldquo;de o&iacute;das' el asunto de &rdquo;La mayor&ldquo;, en el que se revela el m&oacute;vil art&iacute;stico de Saer, que es contemplar de manera incesante la oscuridad del Universo, a la que ve en todos lados: en el paisaje y en lo &aacute;tomos, en la eternidad y en el instante, extremos por los que se unen el paisajista y el microscopista (y el Tiempo con los d&iacute;as).
    </p><p class="article-text">
        El anecdotario mental, las peripecias est&eacute;riles de la memoria, la percepci&oacute;n rebajada a la especulaci&oacute;n, las sensaciones que la atm&oacute;sfera despierta en el cuerpo, todos componentes fijos de &ldquo;La mayor&rdquo;, se ponen en movimiento. La voz de Victoria Roland rompe la inercia del silencio, acelera, se detiene, canta, susurra. Tiene perfecci&oacute;n animal. En cada modulaci&oacute;n la literatura de Saer se hace sentir, org&aacute;nica, saliendo del invierno de la escritura. Los mantras &ldquo;nada&rdquo;, &ldquo;todo&rdquo;, &ldquo;algo&rdquo;, &ldquo;por as&iacute; decir&rdquo; corren como animales por lo bajo del texto y &ldquo;La mayor&rdquo; es, de pronto, el &uacute;nico mundo en el que est&aacute; viviendo el espectador, entregado a una escritura &ldquo;animada&rdquo; por la lectura. 
    </p><p class="article-text">
        En frente de esa voz, por momentos en espejo, por momentos como contrapunto de una payada de gemelas, la voz de <strong>Guillermina Etkin</strong> multiplica la experiencia de &ldquo;La mayor&rdquo;, que ya no es cosa de un autor sino el canto universal por el que se accede al desconocimiento total. Hasta que se sienta al piano para &ldquo;mezclar&rdquo; a Saer con <strong>John Cage</strong> y <strong>Franz Schubert</strong> y darle al texto un m&iacute;nimo -que es el m&aacute;ximo posible- de desahogo.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Guillermina Etkin                            </span>
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        Mientras tanto, &ldquo;por as&iacute; decir&rdquo;, &ldquo;La mayor&rdquo; va formando en la emulsi&oacute;n sensible del espectador (parado, sentado, acostado, dormido en la sala) una materia in&eacute;dita de belleza hecha de miedo. Hay algo de tren fantasma para ciegos en este teatro de la voz.&nbsp;Pero las l&iacute;neas de bajo de Azul Faini, como de cine mudo, muestra una salida moment&aacute;nea de lo Oscuro hacia la ciudad, en la que los movimientos rob&oacute;ticos de la vida cotidiana productiva suspenden la angustia de vivir.
    </p><p class="article-text">
        De pronto, se ha instalado una totalidad en la escena sin escenario que se form&oacute; entre dos voces, de la que se saldr&aacute; entendiendo -humildemente- que no se puede entender Nada, ni siquiera Algo. Y con una intriga literaria a modo de frivolidad: &iquest;y si &ldquo;La mayor&rdquo; es una <em>evoluci&oacute;n</em> de &ldquo;El Aleph&rdquo;, de <strong>Jorge Luis Borges</strong>? &iquest;Y si es su versi&oacute;n menos cursi y m&aacute;s megal&oacute;mana -y m&aacute;s punk-, dado que all&iacute; donde Borges reduce el Universo, Saer lo expande hasta el desmayo? Adem&aacute;s de que en &ldquo;El Aleph&rdquo; se contempla la totalidad y, en cambio, en &ldquo;La mayor&rdquo;, se experimenta esa totalidad como una nada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las voces de Roland y Etkin, que hab&iacute;an estado susurrando la escena en la que el que habla en ellas por trasmutaci&oacute;n po&eacute;tica se desviste para entrar a la frialdad de sus s&aacute;banas, se encienden de nuevo hasta llegar a las preguntas finales acerca del lugar real, imaginario o delirante en el que suceden las cosas: &ldquo;&iquest;En qu&eacute; mundo? &iquest;En qu&eacute; mundos?&rdquo;. El silencio que queda en la sala es un bloque de vac&iacute;o. Como si al cesar las palabras que hicieron el mundo, el mundo hubiera desaparecido con ellas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan José Becerra]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/poesia_129_12308106.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 18 May 2025 04:31:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El poder de la poesía]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Juan José Saer]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Luz de agosto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/luz-agosto_129_10482451.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7dc84711-8e22-4138-b1b6-37a5b6051e5f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Luz de agosto"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Luca Prodan, los Beatles, Juan José Saer y William Faulkner desfilan por recuerdos y citas bajo la luz de un mes que se va.</p></div><p class="article-text">
        Ahora que llega septiembre pienso en agosto. La luz de agosto tiene cierta tendencia a la dispersi&oacute;n. Es puro invierno pero en breve llegar&aacute; la primavera. Algo en la luz sabe eso.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En agosto comprend&iacute; que la paternidad no se bajaba como una aplicaci&oacute;n. <em>Agosto, Agosto</em>, grita Luca Prodan en una canci&oacute;n de Sumo llamando a una perra que andaba por ah&iacute;. Hay un chico tirado en la calle temblando, est&aacute; bajo la luz de agosto, pero el sol parece no hacerle nada. Me acerco y le digo si quiere comer algo, pero me dice que quiere dormir, me habla sin abrir los ojos. Y a cada paso que ando bajo la luz de agosto encuentro gente durmiendo en diferentes lugares de la calle. Apoyados en las paredes de las casas, fumando, durmiendo tapados con lo que sea. El capitalismo no tiene salidas: esta gente es usada como se&ntilde;aladores de lo que te puede pasar si hac&eacute;s las cosas mal.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En agosto, mi pap&aacute; se quedaba en casa por las noches y yo me pon&iacute;a un pijama y me sentaba a su lado a pasar la trasnoche viendo en el Kenia Sharp Club unas pel&iacute;culas que nunca m&aacute;s volvimos a ver, ni nadie conoce. En una un hombre mayor cantaba mientras manejaba borracho &ldquo;Yesterday&rdquo;, de los Beatles. Esa escena me impresionaba. En otra, un hombre le&iacute;a un libro que lo ayudaba a ascender en el trabajo. Hasta que era paralizado por un gerente que, cuando el tipo sal&iacute;a de la oficina, uno ve&iacute;a que sacaba del caj&oacute;n del escritorio el mismo libro que le&iacute;a el tipo que trataba de ascender. Mi pap&aacute; se re&iacute;a. En otra peli, que ve&iacute;amos en las noches de agosto, un hombre se casaba con una mujer a la que hab&iacute;a cortejado todo el tiempo, pero en el momento de casarse ya estaba enamorado de la hermana de su esposa, la pel&iacute;cula se llamaba El rompecorazones. Nunca nadie me dijo que la vio. Creo que eran pel&iacute;culas que pasaban s&oacute;lo para mi padre y para m&iacute;. Era agosto y la gente trata de pasarlo porque &ndash;como me cont&oacute; Victoria&ndash; hay un dicho que reza: <em>Hay que pasar agosto</em>. Porque, dicen, la gente muere en agosto. &iquest;Ser&aacute; por eso que mi viejo no sal&iacute;a?&iquest;No era porque quer&iacute;a estar m&aacute;s con nosotros, su familia?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En agosto vamos en un auto hacia Paran&aacute; y esa luz de agosto pega sobre el parabrisas y veo un cartel que dice: Serodino. Y le propongo a Victoria desviarnos para conocer el pueblo donde naci&oacute; Juan Jos&eacute; Saer. Cuando entramos no hay, a primera vista, nadie, nada. Un pueblo vac&iacute;o, una maqueta de un pueblo. Parece que todos en la siesta abandonaron el lugar. Pero de golpe nos cruzamos con un hombre que vive cerca de la estaci&oacute;n del ferrocarril. Y le preguntamos por la casa de Saer y nos da indicaciones. Es ah&iacute; nom&aacute;s. Una casa vieja, con un cartel que dice que ah&iacute; naci&oacute; el crack de las comas. Cada coma puesta donde va, cada coma puesta donde no va. Y as&iacute; aprendimos a respirar con &eacute;l bajo esta luz tenue de agosto.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A William Faulkner le hab&iacute;an rechazado un relato. Ning&uacute;n problema. Empez&oacute; otro. Agarr&oacute; una hoja y anot&oacute; en un extremo: 17 de agosto. Escribi&oacute; con letra de imprenta &ldquo;Dark House&rdquo;. Empez&oacute; a levantarse temprano para escribir casi todo el d&iacute;a. El tipo que arm&oacute; un mezcladito con la Biblia, Shakespeare y el whisky sol&iacute;a andar a caballo, ocuparse de su finca y despu&eacute;s sentarse con Estelle, su mujer, al final de la tarde, para tomar un vermut en la galer&iacute;a de la casa. Un d&iacute;a que estaban ah&iacute; sentados, Estelle le dijo: &ldquo;Bill, &iquest;no te parece que la luz de agosto siempre es diferente a la de cualquier otra &eacute;poca del a&ntilde;o?&rdquo; Faulkner se levant&oacute; de la silla. &ldquo;As&iacute; es&rdquo;, le dijo a Estelle y entr&oacute; a su escritorio&nbsp;y donde dec&iacute;a &ldquo;Dark house&rdquo; tach&oacute; y escribi&oacute; &ldquo;Luz de agosto&rdquo;.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si nunca le&iacute;ste Faulkner no te aconsejar&iacute;a que empieces por <em>Luz de agosto</em>. Te puede volver loca o loco de tristeza. En el condado de Yoknapatawpha, cuya capital es Jefferson, las cosas son horribles como en la vida real: no hay escapatoria. Y en agosto hace calor. Y la gente, dice Faulkner, hace cualquier cosa influenciada por el clima. Pero ah&iacute; est&aacute; Lena. Sentada en la carretera, contemplando el carro que sube la cuesta hacia donde est&aacute; ella. Piensa: &ldquo;Vengo de Alabama: buena caminata&rdquo;. Lena, Joe Christmas, Miss Burden, el reverendo Gail Hightower. Los seres humanos de Faulkner a la deriva de las pasiones y su locura, el sur profundo bajo una luz de agosto criminal.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>FC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Fabián Casas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/luz-agosto_129_10482451.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 02 Sep 2023 03:05:57 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Luz de agosto]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[William Faulkner,Juan José Saer,Los Beatles,Luca Prodan]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El fin del periodismo y otras historias]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/periodismo-historias_129_9885982.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ed1b2868-be85-454d-b6ac-f1fcde4540d3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El fin del periodismo y otras historias"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Cualquiera escribe una novela", afirma el autor, y se explaya: Consiste en dos operaciones: empezarla y terminarla. Algo tan fácil como encender y apagar una lámpara". Apuntes sobre la nueva novela de Alejandro Caravario.</p></div><p class="article-text">
        Cualquiera escribe una novela. Es un derecho de las personas alfabetizadas, y de las analfabetas tambi&eacute;n, porque no hay por qu&eacute; acordar con una lengua dada para escribirla: se la puede inventar. El rencor de Saer con &ldquo;el escribano jubilado que escribe su novela&rdquo; no tiene justificaci&oacute;n. Est&aacute; fundado en un prejuicio aristocr&aacute;tico, y en un indisimulable tufillo a concebir la novela, en todo caso a aceptarla, bajo la condici&oacute;n de que sea un asunto de profesionales, de entendidos en una materia de la que nadie est&aacute; en condiciones de dar c&aacute;tedra.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; tendr&iacute;a de inaceptable que, por dar un ejemplo cualquiera, Mauricio Macri se levantara de la cama como todos los mediod&iacute;as y dijera: &ldquo;voy a escribir una novela&rdquo;? Tiene asesores literarios de primer nivel que podr&iacute;an imprimirle y subrayarle unos briefs para entrenarlo acerca de todo Cervantes, Proust, Balzac, Stendhal y Andahazi, y el cabo de una o dos jornadas intensivas (mejor una) en las que se descargar&iacute;an tormentas de tramas, personajes y emociones, darle la oportunidad de experimentar la ilusi&oacute;n de libertad m&aacute;s grande que se pueda tener sobre esta tierra inviable.
    </p><p class="article-text">
        Cualquiera puede escribir una novela por la sencilla raz&oacute;n de que escribir una novela es cualquiera (lo que le inyecta garrafas, damajuanas de iron&iacute;a a las palabras &ldquo;novela&rdquo; y &ldquo;novelista&rdquo;). Consiste en dos operaciones: empezarla y terminarla. Algo tan f&aacute;cil como encender y apagar una l&aacute;mpara. O m&aacute;s f&aacute;cil todav&iacute;a: encenderla, y esperar que se apague sola. Y despu&eacute;s es cuesti&oacute;n de ver c&oacute;mo el mercado de la suerte interviene sobre el producto, y c&oacute;mo la o &eacute;l novelista ambientan su figura para cazar compradores de libros desarmados. Se puede contratar una gigantograf&iacute;a en la Avenida Lugones, plotear las lunetas de los bondis con retratos de los artistas que den un efecto de sabidur&iacute;a, usar tiradores, hacerse amigo de famosos o directamente serlo.
    </p><p class="article-text">
        Esos, m&aacute;s todos los habitantes del mundo, son los novelistas &ldquo;de derecho&rdquo;, y ojal&aacute; alg&uacute;n d&iacute;a no le quede a nadie una novela por hacer. Los novelistas &ldquo;de hecho&rdquo; son menos abundantes y m&aacute;s discretos. Uno de ellos, emblem&aacute;tico por su manera de sustraerse al traj&iacute;n de los escenarios, es <strong>Alejandro Caravario</strong>, que acaba de publicar <em>Una isla argentina</em> (H&iacute;brida Editora, 2022) y que es &iquest;qu&eacute;? No es f&aacute;cil saberlo, lo que no implica dificultades en la relaci&oacute;n con el libro sino asumir sin deprimirnos que el &iquest;qu&eacute;? de las historias, para no hablar del &iquest;qui&eacute;n?, tiene la estructura de una ilusi&oacute;n rota.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El sentido de la vida, ¿existe? ¿Existe realmente? ¿O es un sticker aleatorio que se le pega a la vida de una manera tan arbitraria como se le podría poner cualquier nombre a cualquier cosa? </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        La primera postulaci&oacute;n de <em>Una isla argentina, </em>que ya hab&iacute;a sido formulada en su novela anterior, <em>Librer&iacute;as Palmer</em> (Hojarasca, 2021), con esa delicadeza que tiene Caravario para llevar la reconstrucci&oacute;n de experiencias al campo de la traducci&oacute;n emotiva, en las que rozan sus filamentos los ej&eacute;rcitos a menudo enfrentados de los pensamientos y los sentimientos, es la siguiente: no hay unidad. De nada. No la hay en el individuo, ni en los hechos, ni en los recursos con que se pueden contar los hechos. Lo que hay son enigmas de la existencia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El narrador de <em>Una isla argentina</em> no sabe qu&eacute; est&aacute; contando. Esa ignorancia tiene todo el sentido del mundo por una causa determinante: est&aacute; hablando de &eacute;l, y lo hace en un intersticio que se abre entre el cementerio del pasado (plagado de muertes del &ldquo;yo&rdquo;) y un futuro en el que lo que se espera puede y no puede ocurrir. Nunca se &ldquo;es&rdquo; nada. Siempre se &ldquo;era&rdquo; alguien. En el caso del personaje de Caravario, que cuenta su historia recibiendo los efectos de incertidumbre del tiempo real, fue un cronista de ciclismo que cae por el palo enjabonado de la desocupaci&oacute;n y la inutilidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De las crueldades inducidas por lo que el narrador de Caravario, llamado Solito (lo que pide el diminutivo es piedad), considera El Sistema, hay que anotar la farsa de obtener la identidad personal a trav&eacute;s de la identidad laboral. Ambas son falsas, y se desploman juntas, y es en ese desplazamiento hacia abajo en el que ocurre <em>Una isla argentina</em>. Con una paradoja vinculada a la altura.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Solito va heredar la fortuna de su padre, un lobo de la especulaci&oacute;n financiera, a cuya mansi&oacute;n de barrio cerrado regresa luego de una doble desocupaci&oacute;n (a la laboral se le agrega la matrimonial). La deriva podr&iacute;a tener un sentido ascendente si se juzgan los beneficios materiales del porvenir inmediato, pero para Solito, el salto de clase hacia arriba no puede sino ser una ca&iacute;da al vac&iacute;o. Es la lectura implacable de la existencia propia lo que est&aacute; en juego, no la vulgaridad del confort concedido por la loter&iacute;a de la sangre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El sentido de la vida, &iquest;existe? &iquest;Existe <em>realmente</em>? &iquest;O es un sticker aleatorio que se le pega a la vida de una manera tan arbitraria como se le podr&iacute;a poner cualquier nombre a cualquier cosa? Para no entrar en los terrenos de la solemnidad, en los que Caravario se niega a poner un pie, ese sentido, el que sea que se haga presente o le falte a la vida, se vuelca sobre los hechos cotidianos. Respecto del trabajo, reflexionando en estado de resignaci&oacute;n sobre la muerte del periodismo, y no solo del de bicicletas. La disciplina ya no existe en general, nadie la pr&aacute;ctica. Su reemplazo se ha consolidado en favor de la tendencia que la consagra como un entretenimiento malo, mal&iacute;simo, de chispas negras, que mantienen vivo el malestar social y la acumulaci&oacute;n de poder.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ya no hay aire en el ambiente, excepto el irrespirable. Solito conoce el asunto, como conoce &ldquo;la potencia del deseo verdadero&rdquo; (aquel que tiene &ldquo;m&aacute;s intensidad que la vida&rdquo;), las diferencias entre &ldquo;estar con alguien y amar&rdquo; y el misterio de vivir, de haber vivido, dado que &ldquo;no hay modo de que el pasado no vuelva como enigma&rdquo;, que es lo que por lo general se dice del futuro.
    </p><p class="article-text">
        El poder de Caravario para escribir sus historias en las que el pasado est&aacute; siempre por delante (son historias de un pasado que <em>todav&iacute;a</em> no pas&oacute;) se ejerce por discreci&oacute;n. Uno puede detenerse en su prosa con la lupa en la mano, mirarla del derecho y del rev&eacute;s, someterla a la luz y revisarla letra por letra, y lo que va a resplandecer es el don de alguien que convierte las joyas en bloques de oro. Una especie de refinamiento invertido, de voluntad esencialista, que nos ilusiona con la idea de que la literatura puede regresar a la vida de la que sali&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        <em>JJB</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan José Becerra]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/periodismo-historias_129_9885982.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Jan 2023 03:02:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Juan José Becerra,Juan José Saer,Alejandro Caravario,Novelas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Martín Prieto tras la huella de Saer: “La paciencia no es algo que solo nos reclama su literatura. Es un reclamo de la literatura en general”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/martin-prieto-huella-saer-paciencia-no-reclama-literatura-reclamo-literatura-general_128_9094573.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/819b25a7-d637-44c6-83f1-cd157ca0da48_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Martín Prieto tras la huella de Saer: “La paciencia no es algo que solo nos reclama su literatura. Es un reclamo de la literatura en general”"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un mes de junio de 1937 nació el escritor argentino Juan José Saer y también un junio, pero de 2005, murió en París. Martín Prieto analiza en esta entrevista su proceso de consagración y aprovecha para hablar también de literatura.</p></div><p class="article-text">
        Dos efem&eacute;rides de uno de los mejores escritores de la literatura argentina suceden en junio. <strong>Juan Jos&eacute; Saer</strong>, autor de <em>Glosa</em>, entre otras de sus novelas m&aacute;s reconocidas, naci&oacute; en Serodino, un pueblo de la provincia de Santa Fe, el 28 de junio de 1937 y muri&oacute; en Par&iacute;s, con una obra ya estudiada, valorada, e influyente -es decir, consagrada-, a los 67 a&ntilde;os, el 11 de junio de 2005.
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                Juan José Saer                            </span>
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        En <em>Saer en la literatura argentina</em>, publicado por la editorial de la Universidad Nacional del Litoral, <strong>Mart&iacute;n Prieto</strong>, Licenciado en Letras y Doctor en Literatura y Estudios Cr&iacute;ticos por la Universidad Nacional de Rosario, y autor de libros de ineludible consulta como <em>Breve historia de la literatura Argentina</em>, analiza el proceso de consagraci&oacute;n de su obra. &iquest;C&oacute;mo un escritor nacido en un pueblo ignoto de Santa Fe, llega al deseado reducto de la Facultad de Filosof&iacute;a y Letras de la UBA donde, en los 80, se establec&iacute;a &ldquo;el canon&rdquo; argentino? &iquest;Por qu&eacute; despierta efervescencia en ciertas escenas literarias? Hace un tiempo, por ejemplo, el vapor banal de las redes se sacudi&oacute; porque alguien, en un humilde post, os&oacute; decir que el autor le aburr&iacute;a. Prieto no responde de manera directa. Pero, bajo su mirada cr&iacute;tica, que analiza desde la particular&iacute;sima cadencia sint&aacute;ctica y su exploraci&oacute;n sensitiva; hasta el proceso can&oacute;nico donde siempre el riesgo est&aacute; en transmutar de una vital vanguardia, a f&oacute;sil monumento laudado; las interacciones con las est&eacute;ticas en disputa, la huella de Saer, en este, suyo, dos veces junio, sigue interesando, no solo por su a&uacute;n extendida influencia- o angustia de ella, al decir de Harold Bloom. Tambi&eacute;n por c&oacute;mo funcionaron algunos mecanismos. Porque Prieto tambi&eacute;n explica la operaci&oacute;n inversa hecha por el autor: por ejemplo, el poeta Juan L. Ortiz, logra no solo volver a ser le&iacute;do, sino que tambi&eacute;n se ampl&iacute;a el universo de sus lectores, hasta convertirse en uno de los autores m&aacute;s reconocidos de la poes&iacute;a argentina. Y en esta operaci&oacute;n fue determinante el papel de impulsor que tuvo Saer.&nbsp;
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                La imagen de la portada del libro &quot;Saer en la literatura nacional&quot;                            </span>
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        <strong>-En el inicio de </strong><em><strong>Saer en la literatura argentina</strong></em><strong> cont&aacute;s que lo primero que le&iacute;ste de &eacute;l, cuando ten&iacute;as 19 a&ntilde;os, fue </strong><em><strong>Nadie nada nunca</strong></em><strong>, &iquest;qu&eacute; te result&oacute; fascinante de la novela?</strong>
    </p><p class="article-text">
        -Fue el primer libro que le&iacute; &ldquo;en vivo&rdquo;. Cuando digo &ldquo;en vivo&rdquo; quiero decir que es el primer libro de Saer que le&iacute; cuando se public&oacute;, inmediatamente. Ya hab&iacute;a le&iacute;do <em>El limonero real</em>, <em>Unidad de lugar</em>, <em>Cicatrices</em>, los poemas de <em>El arte de narrar</em>. Es decir, ya ten&iacute;a un v&iacute;nculo con la obra de Saer, que no era solo m&iacute;o, sino tambi&eacute;n de mis compa&ntilde;eras de facultad, como Nora Avaro y Anal&iacute;a Capdevila. &Eacute;ramos todos lectores de Saer, y tambi&eacute;n de la revista <em>Punto de Vista</em>, que por aquellos a&ntilde;os, a fines de los setenta, comienza a rese&ntilde;ar, a comentar y a respaldar la obra de Saer.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lo que nos atra&iacute;a ten&iacute;a que ver con la manera con que Saer practicaba una combinaci&oacute;n muy singular de escritura y composici&oacute;n. Por un lado, esa sintaxis, ese uso admirable de los signos de puntuaci&oacute;n, esas frases. Y, no por otro lado, sino a la vez, una composici&oacute;n novel&iacute;stica muy atractiva: historia, narrador, punto de vista, personajes, escenarios. No descartar&iacute;a la empat&iacute;a que, adem&aacute;s, nos provocaba que ese escenario nos fuera de alg&uacute;n modo familiar. Y despu&eacute;s, ya te digo, singularidades que nos asombraban, como lectores. El uso del punto de vista, alrededor del cual se arma <em>Cicatrices</em>. Y que en <em>Nadie nada nunca</em> es magistral. Es el procedimiento a trav&eacute;s del cual crece la historia. Parece que no pasa nada, en tanto los p&aacute;rrafos empiezan igual. Y no es que no pase nada. Pasa de todo, s&oacute;lo que hab&iacute;a que tener paciencia para ir viendo que en cada p&aacute;rrafo nuevo, se agregaba una noticia. Pero la paciencia no es algo que solo nos reclama la literatura de Saer. Es un reclamo de la literatura en general. Tambi&eacute;n hay que ser pacientes y perspicaces para leer un cuento de Borges.&nbsp;
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            <span class="title">
                Martín Prieto                            </span>
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        <strong>-Un desaf&iacute;o, no nuevo, pero s&iacute; actualizado de la pr&aacute;ctica de la lectura quiz&aacute; tenga que ver con el tiempo de la lectura.&nbsp; Suele decirse &ldquo;este libro se lee r&aacute;pido&rdquo;, &ldquo;esta novela se lee de un tir&oacute;n&rdquo;, &ldquo;esta historia que se cuenta es muy lenta&rdquo;, como si la velocidad en la lectura fuera una virtud.</strong>
    </p><p class="article-text">
        -La literatura reclama tiempo porque el relato es sobre todo &ldquo;tiempo&rdquo;. &iquest;Qu&eacute; cuenta una novela? Una novela cuenta un tiempo. Un personaje es de una manera cuando comienza el relato y va a ser de otra cuando termine, y lo que narra dicho relato es esa modificaci&oacute;n. La literatura propone una resistencia a la idea de la velocidad. Si esto convierte a esa novela, en tanto &ldquo;forma larga&rdquo;, en un producto descartable, no lo s&eacute;. Llegar&aacute; el momento en el cual uno ir&aacute; a comprar un libro con el medidor &ldquo;este libro se lee en cuatro d&iacute;as&rdquo;, o &ldquo;tiempo de lectura: dos noches de insomnio&rdquo;. Eso no es lo que tiene que ponerse en juego.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ahora estoy publicando unas columnas en la revista <em>Panam&aacute;</em>. Hay un programa, creo que autom&aacute;tico, en el cual, junto a la nota, se informa el tiempo de lectura: 8 minutos, 11 minutos; es decir, pareciera que el lector o la lectora va a leer la nota seg&uacute;n el tiempo de lectura que le demande. Cada lector decide cu&aacute;ntos minutos est&aacute; dispuesto a darle esa columna, y de ese modo decide si leerla o no.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -<strong>El t&iacute;tulo de tu libro </strong><em><strong>Saer en la literatura argentina </strong></em><strong>es elocuente: &iquest;C&oacute;mo definir&iacute;as a ese artefacto llamado &ldquo;literatura argentina&rdquo;?</strong>
    </p><p class="article-text">
        -Primero me pregunt&eacute;: &ldquo;&iquest;Cu&aacute;ndo se hace argentina la literatura argentina?&rdquo;. De hecho, tom&eacute;, o propuse, siguiendo a Sandra Contreras, una fecha de nacimiento: el 25 de enero de 1846. Es la fecha de una carta que le escribe Sarmiento a Vicente Fidel L&oacute;pez desde Montevideo, en la que reflexiona sobre literatura gauchesca, sobre Esteban Echeverr&iacute;a, sobre su propio <em>Facundo</em>. Tiene, por primera vez una idea de conjunto, que se proyecta simult&aacute;neamente hacia el pasado y hacia el futuro. Sarmiento, dice, sin decir, &ldquo;hay una literatura argentina&rdquo;. Y tambi&eacute;n dice que a &eacute;l le interesa que su obra se lea en ese contexto, como parte de esa literatura.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Eso mismo es lo que le interesa a Saer. En una entrevista de 1993, Hinde Pomeraniec le pregunta &ldquo;&iquest;usted qu&eacute; espera de sus libros?&rdquo;, y Saer le responde &ldquo;Que gusten, que duren, que queden&rdquo;. Y agrega: &ldquo;A m&iacute; me gustar&iacute;a ocupar un lugar, peque&ntilde;o aunque sea, en la literatura argentina. Me gustar&iacute;a formar parte de la literatura argentina&rdquo;.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; quiere decir eso? No quiere decir &ldquo;yo me aminoro, quiero ser menos, quiero formar parte de un conjunto menor&rdquo;. Por el contrario, revela una ambici&oacute;n de m&aacute;xima. Escribir una obra incidente en una literatura nacional de primeras figuras, escrita, adem&aacute;s, en su lengua natal. En la misma lengua literaria en las que estaba escrito el <em>Mart&iacute;n Fierro</em>, cuyos versos, transcriptos en un almanaque, Saer deletreaba en el almac&eacute;n de ramos generales de su pap&aacute;, en Serodino. Es esa flecha, que nace desde el Mart&iacute;n Fierro y desde Sarmiento, hacia el futuro de la literatura argentina, hacia Alan Pauls, Sergio Chejfec, Mart&iacute;n Gambarotta, hacia los poetas de los 90, donde se constituye una lectura posible de la literatura nacional argentina, a trav&eacute;s de la obra de Saer. Si no fuera por eso, por la conciencia de formar parte o de querer formar parte de una literatura nacional, &iquest;por qu&eacute; Saer saldr&iacute;a a polemizar con Manuel Puig, un autor argentino, contempor&aacute;neo a &eacute;l?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>-Como lo hizo C&eacute;sar Aira con Saer en su texto </strong><em><strong>Zona peligrosa</strong></em><strong>, publicado en 1987.</strong>
    </p><p class="article-text">
        -Exacto. &iquest;Por qu&eacute; Aira sale a disputar con Saer y no con un autor italiano, o austr&iacute;aco? Porque le interesa disputar un espacio dentro de la literatura argentina.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>-Ya que hablamos del tiempo, fue gracias al tiempo que podemos decir que se hizo justicia con la obra de estos dos autores, que gozan ahora de un lugar fundamental en la &ldquo;literatura argentina&rdquo;.</strong>
    </p><p class="article-text">
        -Lo que yo creo, y es una cuesti&oacute;n importante para nosotros como lectores, es que la disputa entre escritores no nos tiene que importar. Y lo digo en el siguiente sentido: los autores tienen una tendencia a la supremac&iacute;a, con respecto a los dem&aacute;s, a sus pares, con respecto a ser &ldquo;los elegidos&rdquo;. Y en la literatura argentina Borges no es elegido, Aira no es el elegido, Saer no es elegido, Juana Bignozzi no es la elegida. Son, estos y otros, un conjunto de grandes escritores, y eso es lo que le da grandeza y riqueza a la literatura argentina. Eso le da riqueza a lo que llamamos la literatura argentina. Por eso queremos estar ah&iacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>-Beatriz Sarlo, en el cierre de la muestra Conexi&oacute;n Saer, en 2017, dijo: &ldquo;La literatura argentina no es un campeonato de f&uacute;tbol, no tiene una tabla de posiciones. Cada lector establece su propio canon&rdquo;</strong>
    </p><p class="article-text">
        -Claro. No es una tabla de posiciones. Pero entiendo el problema si lo pienso desde el punto de vista de los autores. Muchas veces, en la soledad de la escritura, en la &ldquo;orgullosa soledad&rdquo;, dir&iacute;a Arlt, en la casi siempre decepcionante recepci&oacute;n de una obra, frente a la comprobaci&oacute;n de la modest&iacute;sima circulaci&oacute;n que pueden tener sus libros en la Argentina, tal vez sea necesario que un autor, como en un impulso mental, tenga que otorgarse a s&iacute; mismo, para seguir escribiendo, el valor que los otros (los lectores, los pares, los profesores, los periodistas, los jurados de los premios) a&uacute;n no les dan.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero insisto, a nosotros como lectores eso no tiene que importarnos. En la c&aacute;tedra de Literatura Argentina II, en la Universidad de Rosario, donde trabajo con Nora Avaro y Anal&iacute;a Capdevila decimos &ldquo;en esta biblioteca est&aacute;n Horacio Quiroga, Alfonsina, Borges, Arlt, Saer, Aira, Juana Bignozzi. Todos juntos&rdquo;. Siendo que es muy posible que Borges hubiera preferido que no estuvieran ni Quiroga, ni Arlt, ni Alfonsina, que Saer hubiese preferido que no estuviese Puig, Aira que no estuviese Saer y Bignozzi que no estuviese ninguno de todos los dem&aacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>-&iquest;Cu&aacute;ndo se da la consolidaci&oacute;n de Saer en la literatura argentina?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        -Miguel Dalmaroni estudi&oacute; muy bien el tema. Esa consolidaci&oacute;n se da alrededor de los a&ntilde;os 80. A partir de la publicaci&oacute;n de parte de la obra de Saer en Centro Editor Am&eacute;rica Latina (CEAL), de la revista <em>Punto de Vista</em>, que rese&ntilde;a, comenta, difunde y valora la obra Saer y del curso que da Mar&iacute;a Teresa Gramuglio en la c&aacute;tedra de Literatura Argentina de la Universidad de Buenos Aires, en esos primeros a&ntilde;os de la recuperaci&oacute;n democr&aacute;tica.&nbsp;
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                Juan José Saer nació el 28 de junio de 1937 en Serodino, Santa Fe, Argentina.                            </span>
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        <strong>-&iquest;Qu&eacute; sostiene a esa operaci&oacute;n?</strong>
    </p><p class="article-text">
        -Aclaremos antes algo. Esa operaci&oacute;n puede fallar; no se trata solamente de publicar a un autor, sostenerlo desde una revista e insertarlo en un programa de una universidad prestigiosa. Esa &ldquo;operaci&oacute;n&rdquo; debe sostenerse en algo fundamental: el valor de la obra. La operaci&oacute;n por s&iacute; sola no alcanza, o no vale de nada.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>-Es evidente y decisivo el rol de las intelectuales, una especie de santa trinidad saeriana: Sarlo, Gramuglio, Zanetti. Sarlo tuvo posiciones relevantes en </strong><em><strong>Punto de Vista</strong></em><strong>, Gramuglio en la UBA, y Zanetti en el CEAL. Recuerdo el cierre del Coloquio Saer 2017, donde Sarlo dijo &ldquo;nosotros deb&iacute;amos defender a Juani, difundir sus novelas, darlo a conocer; &eacute;ramos la Guardia Pretoriana de Saer. Pero ahora se inicia una nueva etapa, ya no es necesario defenderlo porque su obra ya entr&oacute; en la posteridad&rdquo;.</strong>
    </p><p class="article-text">
        -Esta construcci&oacute;n que hac&eacute;s sucintamente puede ser presentada de esta manera. Pero es m&aacute;s compleja y de m&aacute;s larga duraci&oacute;n. En primer lugar, porque Gramuglio hab&iacute;a escrito en 1969, en <em>Los libros</em>, una revista muy importante de la &eacute;poca, la primera gran rese&ntilde;a de la obra de Saer, sobre <em>Cicatrices</em>. Ah&iacute; comienza a armarse un camino. Luego, en 1984, Gramuglio escribe el art&iacute;culo <em>El lugar de Saer</em> que, adem&aacute;s, es publicado en <em>Juan Jos&eacute; Saer por Juan Jos&eacute; Saer</em>, un libro extraordinario que invent&oacute; -porque un editor debe tener ideas-, Jorge Lafforgue.
    </p><p class="article-text">
        Sarlo ya hab&iacute;a publicado en 1974, tambi&eacute;n en <em>Los libros</em>, una rese&ntilde;a sobre <em>El limonero real</em>. Es decir, ambas ya ven&iacute;an leyendo y acompa&ntilde;ando la obra de Saer. Y Zanetti, amiga y compa&ntilde;era de ellas dos, estaba dirigiendo la colecci&oacute;n Cap&iacute;tulo en CEAL. Ojo, que te llamaran para publicar en Centro Editor era s&uacute;per relevante. Era una editorial de una circulaci&oacute;n extens&iacute;sima, cuyos libros se distribu&iacute;an en kioscos. Y a la que Susana le agreg&oacute; en la colecci&oacute;n Las Nuevas Propuestas, una asombrosa visi&oacute;n de futuro. Ah&iacute;, a principios de los 80, publican Saer, Aira, Elvio Gandolfo, Fogwill, Hebe Uhart. &iexcl;C&oacute;mo la vio Susana!&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Entonces, no es solo el CEAL, sino la historia del CEAL; no es solamente la inclusi&oacute;n de Saer en la c&aacute;tedra de Gramuglio, sino la historia de Mar&iacute;a Teresa como lectora de Saer; no es solamente Beatriz Sarlo, sino que es Sarlo y <em>Punto de Vista</em> como lectores y difusores, como respaldo cr&iacute;tico de la obra de Saer. No es un momento de milagro o magia lo que se produce, sino que hay una historia que respalda esa operaci&oacute;n, y que adem&aacute;s, se sustenta en la solidez de una obra.
    </p><p class="article-text">
        <strong>-Saer se jactaba de no enviarles libros a la cr&iacute;tica para que lean su obra. Ahora bien, &iquest;eso no es un poco contradictorio cuando ten&iacute;a un grupo de amigos intelectuales, lectores especializados que pod&iacute;an ejercer una influencia positiva para la lectura de su obra?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;C&oacute;mo circula una obra? Uno le dice a otro, &iquest;le&iacute;ste a esta autora o a este autor? Hay una an&eacute;cdota que cuenta Carlos Altamirano en <em>Estaciones</em>, publicado por la editorial Ampersand. Sucede en una reuni&oacute;n en Corrientes, de j&oacute;venes intelectuales, o tal vez a&uacute;n no intelectuales. Ah&iacute; est&aacute; Hugo Gola y Hugo le dice a Altamirano &ldquo;&iquest;ves a ese que camina ah&iacute; adelante? Es un extraordinario. Ten&eacute;s que leerlo&rdquo;. En ese momento, Saer ten&iacute;a dos libros publicados.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Saer genera una admiraci&oacute;n entre pares muy tempranamente. Cuando a Saer renuncia o lo hacen renunciar a <em>El Litoral</em>, despu&eacute;s del esc&aacute;ndalo que se suscit&oacute; luego de publicar en el diario el cuento &ldquo;Solas&rdquo; se viene para Rosario, se anota en la carrera de Filosof&iacute;a y muy r&aacute;pidamente los de &ldquo;ac&aacute;&rdquo; dicen: lleg&oacute; un s&uacute;per escritor. Los de ac&aacute; son Josefina Ludmer, Adolfo Prieto, Nicol&aacute;s Rosa, Gramuglio, profesores, alumnos, j&oacute;venes, no tan j&oacute;venes, que de repente descubren a un escritor, cuando &eacute;l lo &uacute;nico que hace es venir para Rosario. Los libros de Saer desde el comienzo, desde muy temprano, fueron encontrando lectores muy sensibles a esa obra, que eran adem&aacute;s, lectores de calidad.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>-Hablando de predecesores, &iquest;Juan L. Ortiz ser&iacute;a lo que es hoy sin la intervenci&oacute;n que hizo Juan Jos&eacute; Saer sobre &eacute;l?</strong>
    </p><p class="article-text">
        -A veces me pregunto, &iquest;cu&aacute;ntos a&ntilde;os debe vivir un historiador, en este caso, de un objeto humilde como es la literatura argentina, para comprenderlo todo?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Reci&eacute;n en los &uacute;ltimos tiempos pudimos ir viendo la recepci&oacute;n que en los a&ntilde;os 70 tuvo la publicaci&oacute;n <em>En el aura del sauce</em> bajo el sello Vigil (editorial rosarina que public&oacute; en 1966 la primera edici&oacute;n de <em>La vuelta completa</em>).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En uno de sus &uacute;ltimos libros Tamara Kamenszain cuenta un viaje que hizo junto a H&eacute;ctor Libertella y C&eacute;sar Aira, para visitar a Juanele. Se quedan unos d&iacute;as en Paran&aacute;, en una especie de pensi&oacute;n, y lo ayudan a hacer unos libros manuales.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        N&eacute;stor S&aacute;nchez tambi&eacute;n visit&oacute; al poeta entrerriano; de hecho, public&oacute; un cuento en el que no se lo nombra, pero la referencia es la de &eacute;l, como se&ntilde;ala Osvaldo Baigorria en su biograf&iacute;a <em>Sobre S&aacute;nchez</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con esto quiero decir que no me animar&iacute;a a circunscribir la anchura ni la repercusi&oacute;n de la obra de Juan L. Ortiz a Saer. Pero s&iacute; es notorio, que por fuera de ese grupo de literatos, quien saca a la luz a Juanele es Saer con la publicaci&oacute;n de <em>El r&iacute;o sin orillas</em>. A partir de una obra consolidada, ya p&uacute;blica, (p&uacute;blica en el sentido de que alguien va a cualquier librer&iacute;a y los libros de Saer est&aacute;n, se consiguen), Saer s&iacute; es un gran impulsor de Juan L. Ortiz.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero hay que destacar que este camino tambi&eacute;n es de reversa, porque a partir de leer y conocer la obra de Juanele, es que nosotros comenzamos a entender de d&oacute;nde viene Saer. Es una pregunta muy interesante que nos podemos hacer los lectores &iquest;Y Saer de d&oacute;nde viene, de d&oacute;nde vienen estas frases, estos signos de puntuaci&oacute;n?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No se sab&iacute;a mucho porque no se conoc&iacute;a mucho la obra de Juanele, no era tan identificable ese origen, entre otras cosas, y esto tambi&eacute;n hay que precisarlo, porque en el medio hubo una dictadura. Los libros de Juan L. Ortiz fueron incinerados por la dictadura: se cort&oacute; su circulaci&oacute;n. Y es Saer s&iacute;, efectivamente quien propicia una relectura masiva de los poemas de Juanele.
    </p><p class="article-text">
        <strong>-Con el cuento </strong><em><strong>Palo y hueso </strong></em><strong>terminaste el Seminario II de Literatura Argentina, en la Universidad Nacional de Rosario. &iquest;Puede ser este uno de los libros m&aacute;s importantes del autor, sobre todo en relaci&oacute;n con una posible &ldquo;superaci&oacute;n&rdquo; o al menos una diferenciaci&oacute;n con Borges? Retomo ac&aacute; la menci&oacute;n que hac&eacute;s en tu libro sobre Sarlo, cuando dice en </strong><em><strong>Zona Saer</strong></em><strong> que </strong><em><strong>Palo y hueso</strong></em><strong> &ldquo;corrige&rdquo; a </strong><em><strong>La intrusa</strong></em><strong> de Borges, una propuesta tan l&uacute;dica como parad&oacute;jica ya que el texto de autor del </strong><em><strong>El Aleph</strong></em><strong> fue publicado un a&ntilde;o despu&eacute;s de la aparici&oacute;n de </strong><em><strong>Palo y Hueso</strong></em><strong>.</strong>
    </p><p class="article-text">
        -Ese cuento me gusta por muchas razones. En primer lugar hay una tr&iacute;ada de personajes muy buena: el padre y su mujer (reci&eacute;n comprada, o canjeada creo que por una escopeta), y el hijo, que flirteaba con la chica sin saber que el padre la ir&iacute;a a comprar. Los j&oacute;venes intentan escaparse. Y uno, como lector, tiene la expectativa, la esperanza, el deseo, de que ellos dos se tomen el colectivo, se vayan a la ciudad y lo dejen solo al viejo. Pero el viejo les gana. Los dos, en lugar de irse, se vuelven al rancho, caminando atr&aacute;s del viejo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>-&iquest;Es una cuesti&oacute;n econ&oacute;mica tambi&eacute;n lo que condiciona a esos personajes</strong><em><strong>?</strong></em>
    </p><p class="article-text">
        -El viejo gana tambi&eacute;n porque tiene el rancho. Es esa idea de &ldquo;&iquest;ad&oacute;nde van a ir ustedes?&rdquo;, es la idea del poder. El poder siempre gana&hellip; Es un mundo muy opresivo el del relato. Pero tampoco est&aacute; subrayado de una manera naturalista. Y ah&iacute; es donde entra Borges. No, para m&iacute;, en t&eacute;rminos de reescritura sino en cuanto a cierto impulso de la prosa borgeana en la sintaxis y en la construcci&oacute;n de personajes de Saer.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Yo creo que Saer ley&oacute; extremadamente bien a Borges. Lo ley&oacute; como autor influyente, no como cr&iacute;tico. Y hay efectivamente ah&iacute; en esos primeros relatos de Saer, en <em>En la zona</em>, en <em>Responso</em>, en <em>Palo y hueso</em>, ecos de las ense&ntilde;anzas de Borges.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>-En </strong><em><strong>Saer en la literatura argentina</strong></em><strong> te permitiste trabajar con aspectos biogr&aacute;ficos: referencias geogr&aacute;ficas, personas reales y su juego con sus construcciones ficticias y literarias. &Eacute;l era reticente a este tipo de informaci&oacute;n, &iquest;c&oacute;mo lograste cruzar estos vectores sin caer en una lectura realista de los textos ficcionales?</strong>
    </p><p class="article-text">
        -Me interesaba poner en juego esas dos dimensiones, incluso en esa especie de broma que cuento en el libro cuando me encuentro con el poeta Jorge Isa&iacute;as en Rosario, donde me dice que el editor que aparece en <em>Lo imborrable</em> estaba inspirado en un librero de Rosario, un distribuidor de libros con quien hab&iacute;a trabajado Isa&iacute;as y el mismo Saer, tambi&eacute;n. Entonces, desde la vereda de enfrente, el poeta me muestra el libro y casi a los gritos me dice &ldquo;Tal es tal, tal otro es este otro&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esa idea de identificaci&oacute;n a m&iacute; me interes&oacute;. No porque eso sea ni v&aacute;lido ni importante para leer la novela, pues en ese caso ser&iacute;a una mala novela. Sino para subrayar c&oacute;mo los a&ntilde;os &ldquo;argentinos&rdquo; de Saer hab&iacute;an sido constitutivos en la construcci&oacute;n de su obra, de un escenario y de muchos de sus personajes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Quise mostrar que se pod&iacute;a armar alguna discreta relaci&oacute;n entre ficci&oacute;n, biograf&iacute;a y autobiograf&iacute;a. Me fue de mucha utilidad haber le&iacute;do algunas de las cartas que Saer les enviaba a su hermana y a su mam&aacute;; luego las llamaba por tel&eacute;fono los domingos, cuando se lo instalaron (cabe decirles a los m&aacute;s j&oacute;venes que tener tel&eacute;fono no hace tanto tiempo era un privilegio). Son cartas familiares, de la vida cotidiana y afectiva, no son cartas literarias.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>-Para seguir con la l&iacute;nea entre lo ficcional y lo biogr&aacute;fico, y que tiene que ver con vos, &iquest;te ves reconocido en alg&uacute;n personaje de la ficci&oacute;n saeriana, al menos en algunos rasgos?</strong>
    </p><p class="article-text">
        -Para nada. No (risas).
    </p><p class="article-text">
        <strong>-Tuve la sospecha que pod&iacute;as ser Soldi. Con tu negativa entonces podr&iacute;a pensar en Paulo Ricci&hellip;</strong>
    </p><p class="article-text">
        -Ni Paulo ni yo. Yo creo que s&eacute; qui&eacute;n es. Pero no te lo voy a decir (m&aacute;s risas).
    </p><p class="article-text">
        <em>FT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Fernando Torres]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/martin-prieto-huella-saer-paciencia-no-reclama-literatura-reclamo-literatura-general_128_9094573.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 19 Jun 2022 03:02:34 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Martín Prieto tras la huella de Saer: “La paciencia no es algo que solo nos reclama su literatura. Es un reclamo de la literatura en general”]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Juan José Saer]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El amor aún]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/amor_129_8941597.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f21c8a35-e601-4704-99ad-c23c8cbc4e5e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El amor aún"></p><p class="article-text">
        Hace unas semanas, la agrupaci&oacute;n estudiantil Catexia-Mpe, de la Facultad de Psicolog&iacute;a de la Universidad Nacional de Tucum&aacute;n, organiz&oacute; una jornada que se llam&oacute; <em>&iquest;Qu&eacute; es el amor? Entre la responsabilidad afectiva y el ghosteo</em>. Me invitaron generosamente a formar parte de una conversaci&oacute;n con otra psicoanalista, Gabriela Abad, y tambi&eacute;n generosamente me recibieron en la ciudad. La actividad fue muy linda porque se vivi&oacute; un clima de verdadera conversaci&oacute;n en la que participaron much&iacute;simos de los m&aacute;s de cuatrocientos asistentes. 
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El decir siempre pone a jugar algo nuevo y nunca sabemos del todo lo que vamos a decir hasta que se puede recortar un dicho. El amor tiene algo de eso, algo nuevo en el decir</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Comentamos tambi&eacute;n lo afable que fue todo y celebramos haber vuelto a encontrarnos presencialmente en ese precioso anfiteatro llamado Olga Doz de Plaza, de la facultad, que adem&aacute;s se encuentra en un predio con much&iacute;simos &aacute;rboles en el que da mucho gusto estar. En la tarde de ese mismo d&iacute;a hubo otra actividad de la que particip&eacute; para seguir hablando de amor. Y entonces nos sorprendimos de que hubiera un numeroso p&uacute;blico otra vez, ya que cre&iacute;mos que no &iacute;bamos a poder decir nada nuevo respecto de la ma&ntilde;ana. Pero<strong> el decir siempre pone a jugar algo nuevo y nunca sabemos del todo lo que vamos a decir hasta que se puede recortar un dicho. El amor tiene algo de eso, algo nuevo en el decir.</strong> Tambi&eacute;n nos re&iacute;mos y celebramos la gran convocatoria que tuvo la jornada: dijimos algo as&iacute; como que el amor sigue convocando a pesar de que parezca que ya nadie quiere saber nada del amor - es que &ldquo;incre&iacute;ble tentaci&oacute;n es el amor&rdquo;, como canta Babas&oacute;nicos-. Y entonces me acord&eacute; de lo que dice Freud en su conferencia <em>La feminidad</em> acerca de que el t&iacute;tulo de la conferencia est&aacute; para atraer el inter&eacute;s de los asistentes porque se ocupa de un tema que es un enigma. Y entonces pienso que el t&iacute;tulo de la jornada de Catexia tambi&eacute;n lo fue. 
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Seguimos hablando de amor, no para saber qué es, sino para seguir sin saberlo, para que sus sentidos se vayan diluyendo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Porque el amor es, antes que nada y despu&eacute;s de todo, nada definible, un enigma que, como se&ntilde;ala <strong>Mart&iacute;n Kohan</strong>, no est&aacute; para ser resuelto. Pero que no se resuelva o que no se pueda definir -y mucho menos por el lado de lo que <em>es</em>- no significa que no sigamos hablando de amor. O, en rigor, por eso mismo: porque es un enigma es que seguimos hablando. Seguimos hablando de amor, no para saber qu&eacute; es, sino para seguir sin saberlo, para que sus sentidos se vayan diluyendo. Apenas me sent&eacute; en la mesa abr&iacute; la lapicera para escribir &ldquo;&iquest;qu&eacute; es el amor?&rdquo;, y para tomar notas sobre la intervenci&oacute;n de mi compa&ntilde;era de mesa; pero el cartucho se revent&oacute; y la tinta se desparram&oacute; por todos lados, manch&aacute;ndolo todo, especialmente mis manos. En ese momento, me fue inevitable pensar que se ha escrito y derramado demasiada tinta acerca del amor y sin embargo ah&iacute; est&aacute;bamos, con muchas ganas de seguir hablando. Quiz&aacute;s porque, como dice Lacan, del amor s&oacute;lo se puede hablar. Pero ese hablar es m&aacute;s bien un balbuceo en el que suelen faltar las palabras. Por eso celebro que el t&iacute;tulo de la jornada haya sido una pregunta y que tuviera, en su subt&iacute;tulo, la noci&oacute;n de <em>entre</em>. Porque ese decir del amor, ese amor que es un decir, se juega, justamente, no sin zozobra, en el <em>entre </em>del t&iacute;tulo de la jornada. Lo dem&aacute;s, lo que est&aacute; en los extremos de ese entre, es la pretensi&oacute;n de saber, es la pretensi&oacute;n de estar a salvo, es la pretensi&oacute;n de hacer del amor algo asible, asequible, transitable con GPS: sin desorientaci&oacute;n y sin p&eacute;rdida, guiados por la voz de otro que suele ser el que nos dicta los mandamientos, el que nos indica por d&oacute;nde ir y de d&oacute;nde salir, el que sabe lo que nos conviene y lo que nos suma para no perder nada; esa voz del GPS es la se erige en sabedora de caminos allanados de obst&aacute;culos, de rutas directas, sin tr&aacute;nsito, sin otros que molesten o que nos afecten. Una ruta directa hacia un destino sin sorpresas. Algo as&iacute; como lo que escribi&oacute; Cristina Peri Rossi en el poema <em>Final</em> incluido en <em>Otra vez Eros</em>:
    </p><p class="article-text">
        Ya no hay amores insensatos/ sino aburridos acoplamientos programados/ s&oacute;lo en la p&aacute;gina/ el amor/ toca a rebato./ Para que nadie se manche las manos ni sufra demasiado.
    </p><p class="article-text">
        <em>Aburridos acoplamientos programados</em> y entonces pienso en c&oacute;mo se ponen de moda los saberes acerca de la sexualidad. Esos que pedagogizan, que ense&ntilde;an a obtener placer adecuada y correctamente, sin desv&iacute;os y por la senda del bien: discursos conservadores que pretenden domesticar y disciplinar -porque, como se&ntilde;al&oacute; Foucault, la historia de la sexualidad es la historia de una represi&oacute;n creciente-. Y entonces pienso en el psicoan&aacute;lisis en las ant&iacute;podas de la sexolog&iacute;a, pienso en <strong>Oscar Masotta</strong> diciendo: &ldquo;si se nos obligara a definir en pocas palabras en qu&eacute; consiste este campo de lo ps&iacute;quico que constituye el campo de la pr&aacute;ctica del psicoan&aacute;lisis habr&iacute;a que decir que se constituye a partir de una reflexi&oacute;n sobre la sexualidad. Pero desde entonces la sexualidad pasa a ser algo que no tiene que ver con el Saber de todos los d&iacute;as. Punto dif&iacute;cil, puesto que no quiere decir que el verdadero &laquo;saber cient&iacute;fico&raquo; sobre la sexualidad sea privilegio del psicoanalista. Quiere decir otra cosa y, aun, lo contrario. Quiere decir que la indagaci&oacute;n freudiana de la sexualidad delimita un campo donde el sexo quedar&aacute; aislado del Saber&rdquo;. No se trata de que el psicoanalista sepa m&aacute;s, sino que sabe que Saber y sexo est&aacute;n separados. Es por eso que &ldquo;el psicoan&aacute;lisis es una no-sexolog&iacute;a (...). Y la gente no se enferma porque ignora las reglas biol&oacute;gicas, sino porque hay algo bien enigm&aacute;tico en el sexo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En la jornada de Catexia tambi&eacute;n se habl&oacute; de una noci&oacute;n compleja como la de consentimiento, t&eacute;rmino que como bien subray&oacute; Gabriela Abad, proviene del discurso judicial. Y entonces nos detuvimos en esa zona en la que se pretende, no s&oacute;lo protocolizar, sino judicializar las relaciones amorosas. &Uacute;ltimamente vienen escribi&eacute;ndose textos muy valiosos para mostrar que la noci&oacute;n de consentimiento no funciona o no alcanza porque, justamente, tampoco el consentimiento garantiza que no haya abuso. En ese sentido es que leo dos textos fundamentales para la cuesti&oacute;n. Aunque muy diferentes entre s&iacute; porque abordan asuntos bien distintos, <a href="https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/desacralizar-concha_1_8821665.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Putas, erotismo y mercado</a>, de &Aacute;gueda Pereyra -editado por S&iacute;ncopa- y <em>Si no fueras tan ni&ntilde;a</em>, de Sol Fantin, editado por Paid&oacute;s, est&aacute;n tambi&eacute;n para complejizar la noci&oacute;n de consentimiento, para problematizarla, para diseccionarla y para mostrar que no funciona como escudo frente al abuso. &Aacute;gueda Pereyra sigue a otros autores para relacionar la noci&oacute;n de consentimiento con un tipo de sujeto producido por el liberalismo: &ldquo;el modelo liberal sostiene como ideal un individuo intencional, volitivo y aut&oacute;nomo, por ende, capaz de sostener contratos, asumir compromisos, comprar y vender, es decir, ingresar libremente en la l&oacute;gica del mercado&rdquo;. Y tambi&eacute;n que se trata de interrogar &ldquo;cu&aacute;l es el alcance pol&iacute;tico de este acto que no concierne a un individuo solitario, deshistorizado, sino a un sujeto enlazado a otros, arrojado a determinado momento hist&oacute;rico&rdquo;. Por su parte, Sol Fantin narra una porci&oacute;n de su historia, la que empez&oacute; a los catorce a&ntilde;os, una historia de abuso. Y la narra ahora, a sus treinta y siete, &ldquo;ahora que tengo est&oacute;mago para soportar ciertas verdades, con min&uacute;sculas&rdquo;. Entre esas verdades se encuentra el hecho de que la instituci&oacute;n familiar no s&oacute;lo no alcanza para proteger a las infancias de los depredadores, sino que, muchas veces, los aloja. Algo que se sabe pero que se escribe poco. Porque el familiarismo sigue primando como ideolog&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        No faltaron las risas en la jornada. Porque no hubo solemnidades ni enunciaciones investidas de saber. Hubo estallidos de risa tambi&eacute;n cuando advertimos que todos esos discursos que asedian el amor, que pretenden todo el tiempo prescribirnos f&oacute;rmulas han pasado, hoy en d&iacute;a, al terreno de la parodia. Y cuando la parodia llega, alivia y disipa un poco los aires pesados de los mandatos.
    </p><p class="article-text">
        Y entonces, a mi vuelta de Tucum&aacute;n, me acord&eacute; de lo que dice Bataille -traducido por Margarita Mart&iacute;nez-: &ldquo;El amor humano es a&uacute;n m&aacute;s grande si en su esencia est&aacute; el no darnos una certeza que vaya m&aacute;s all&aacute; del instante mismo, llam&aacute;ndonos siempre al irreparable desgarramiento&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Y como llueve y como vuelvo sobre ese espacio tan habitable, tan amable, que es el <em>entre</em>, y porque el amor acaso irrumpa tan s&oacute;lo como una certidumbre fugaz, termino con <strong>Juan Jos&eacute; Saer</strong>:
    </p><p class="article-text">
        <em>Entre dos chaparrones</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>el sol sobre la hierba:</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>certidumbre fugaz.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/amor_129_8941597.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 26 Apr 2022 10:56:22 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El amor aún]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Amor,Vínculos,Juan José Saer,Sigmund Freud,Jacques Lacan,Michel Foucault]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un día en la vida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dia-vida_129_8336669.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2fcd703f-1d1c-4a41-8f9c-833f9ec831ed_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un día en la vida"></p><p class="article-text">
        El d&iacute;a ganado, el d&iacute;a perdido. A veces entre esas dos tensiones se debate el estado de &aacute;nimo. Un d&iacute;a es como un sue&ntilde;o, est&aacute; construido por millones de part&iacute;culas del presente que le van dando forma. Un d&iacute;a es acci&oacute;n, o la falta de acci&oacute;n. El encuentro con una idea, con algo que no sabemos de nosotros e irrumpe con mucha potencia en nuestra realidad. O la llegada del mensajero, con una carta escrita en un idioma extra&ntilde;o que nos dice que tenemos que juntar nuestras pertenencias y salir a la ruta. A veces nuestra vida diurna discute con nuestra vida on&iacute;rica. Es sabido y casi un slogan: &iquest;Qui&eacute;n sue&ntilde;a a qui&eacute;n? Te despert&aacute;s en la noche y alguien est&aacute; llorando en una de las piezas de tu casa. Escuch&aacute;s gritar a algunas personas en la calle, cantan canciones de triunfo y melancol&iacute;a. Ves el reloj: es demasiado tarde, pens&aacute;s. Tarde para seguir durmiendo, temprano para levantarse. Si suena el tel&eacute;fono de l&iacute;nea, puede ser la madre de tus hijos, o la voz rob&oacute;tica de una publicidad, o un candidato electoral. Cada vez menos es la voz humana.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Estoy con mi amigo Mart&iacute;n en un bodeg&oacute;n al que voy desde hace m&aacute;s de veinte a&ntilde;os. Quedaba de pasada cuando iba para mi casa desde el subte y me gustaba lo que ve&iacute;a ah&iacute; dentro: gente proletaria comiendo, hombres meti&eacute;ndose el escarbadientes en la boca. Olor a guiso, estofado. Vinos con los nombres de los due&ntilde;os sobre el aparador: la certeza de que la gente volv&iacute;a para terminarlos.
    </p><p class="article-text">
        Y lo que ve&iacute;a afuera:&nbsp; taxis estacionados sobre la vereda esperando que se libere una mesa, algunos cabeceando de sue&ntilde;o, con la puerta delantera abierta y una de sus piernas afuera del auto. &ldquo;Comer ac&aacute; te hace el d&iacute;a, te lo cambia&rdquo;, me dice Mart&iacute;n. Siempre que terminamos de trabajar &ndash;escribimos guiones- le propongo que subamos a las bicicletas y vengamos hasta el bodeg&oacute;n de las chicas, como le decimos, ya que si bien tuvo un nombre en un momento &ndash;el Renaciente- ahora &eacute;ste est&aacute; borrado de los vidrios de la ventana y nadie sabe c&oacute;mo se llama. Y las chicas son Mabel e Irene, las hermanas que ahora lo trabajan despu&eacute;s de que sus padres &ndash;Jos&eacute; y Carmen- se retiraron.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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}
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    </figure><p class="article-text">
        Entr&eacute; un d&iacute;a t&iacute;mido al bar y com&iacute; h&iacute;gado saltado con vino &ndash;una de las especialidades de la casa- y empec&eacute; a ir seguido. Pero empec&eacute;, por as&iacute; decirlo, a formar parte del elenco estable, una vez en que Jos&eacute; &ndash;el padre de las chicas y fundador del bar- estaba siendo atosigado por unos tipos que le hablaban en ingl&eacute;s. Jos&eacute; &ndash;que ya me ten&iacute;a de verme ah&iacute; masticando- me busc&oacute; con la mirada y me pregunt&oacute; si entend&iacute;a lo que dec&iacute;an. Los tipos eran del equipo de U2, la banda que hab&iacute;a venido para tocar en el pa&iacute;s y le dec&iacute;an a Jos&eacute; que le hab&iacute;an recomendado a Bono &ndash;el l&iacute;der- este lugar para comer y que quer&iacute;an cerrar el lugar un s&aacute;bado, para que comiera todo su equipo. Traduje. Jos&eacute; se qued&oacute; pensando. Le dije a Jos&eacute; &ndash;me anim&eacute;- que como &eacute;l cerraba por la noches, tal vez le conven&iacute;a la propuesta, ya que les pod&iacute;a cobrar por el d&iacute;a entero, es decir, hacerse el d&iacute;a. Pero Jos&eacute; &ndash;un espa&ntilde;ol muy particular, que gustaba comer pescados despu&eacute;s que el bar cerrara y leer el diario tranquilo- ten&iacute;a otra idea: &ldquo;Deciles que no, que yo no puedo dejar a mis clientes sin el s&aacute;bado&rdquo;. Les transmit&iacute; a los hombres la decisi&oacute;n. Jos&eacute; se fue a servir otras mesas. Los hombres &ndash;anteojos negros, gorras de b&eacute;isbol, tatuajes- terminaron su comida y cuando se fueron, me saludaron con el pulgar para arriba. Una tarde le&iacute; en el diario que las huestes de Bono hab&iacute;an ido a comer al Obrero, un bar de la Boca y que el lugar se hab&iacute;a convertido en un boom por eso.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A veces mirando las cosas que ten&eacute;s pegadas en la puerta de la heladera pod&eacute;s intentar un perfil de las personas que viven en la casa. Hay heladeras que parecen el <em>Ulises </em>de Joyce de todo lo que tienen pegado para leer. O son como esas personas fornidas, todas tatuadas, hay algo que no pueden expresar y necesitan que los dem&aacute;s las leamos o veamos. Conozco a alguien tan imb&eacute;cil y megal&oacute;mano que se tatu&oacute; su propio apellido en la espalda. En mi heladera est&aacute; el tel&eacute;fono de emergencias &ndash;eso es porque tengo hijos- , el n&uacute;mero de mi wifi, el sticker de un cami&oacute;n de mudanzas y una estampita de San Cayetano &ndash;eso es porque tengo hijos- y una foto de Juan Jos&eacute; Saer escribiendo a m&aacute;quina, en un patio de alg&uacute;n pueblo de Santa Fe, con una camisa arremangada y unas alpargatas. Siempre pienso que est&aacute; captado en el momento en que escribe ese comienzo genial del cuento <em>Por la vuelta</em>: &ldquo;Resulta en realidad dif&iacute;cil soportar el crep&uacute;sculo. El d&iacute;a empieza a descender con lentitud, con una minuciosa aplicaci&oacute;n que exaspera. Yo no puedo resistir el encierro a una hora determinada, en especial cuando est&aacute; pr&oacute;ximo el verano&rdquo;.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        Los d&iacute;as tambi&eacute;n se pueden armar como se arma esa constelaci&oacute;n de citas, fotos y anuncios en la heladera. <em>Un d&iacute;a en la vida</em> es una de las canciones m&aacute;s extraordinarias que escuch&eacute; en mi vida. Es la que cierra Sargent Pepper's, de los Beatles. Era el a&ntilde;o 67 y los muchachos de Liverpool ve&iacute;an c&oacute;mo los Who, Cream y Hendrix prend&iacute;an fuego el escenario y que tal vez ellos no estaban a la altura de esas performances. Hasta ese momento hab&iacute;an estado sometidos a la testosterona adolescente. Pero ellos quer&iacute;an elevarse. Se replegaron en el estudio y empezaron a grabar unas canciones que al principio eran inconexas y que despu&eacute;s tomaron la forma de &aacute;lbum conceptual, un poco a rega&ntilde;adientes. <strong>Lo cierto es que los Beatles aspiraban a que te sentaras a escuchar el &aacute;lbum completo. Algo que ahora ya no pasa m&aacute;s. Nadie escucha algo completo a menos que est&eacute; loco.</strong>&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Lo cierto es que los Beatles aspiraban a que te sentaras a escuchar el álbum completo. Algo que ahora ya no pasa más. Nadie escucha algo completo a menos que esté loco. </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <em>Un d&iacute;a en la vida </em>es una canci&oacute;n que est&aacute; armada con retazos &ndash;como <em>The Waste Land</em>, el poema de Eliot- que aport&oacute; primero John y que despu&eacute;s &ndash;en la secci&oacute;n media- engarz&oacute; Paul. El estribillo o el motivo que se repite y le da unidad a la canci&oacute;n es la frase de Lennon: &ldquo;I read the news today, oh boy&rdquo;. Y el tema habla de situaciones comunes, banales, tr&aacute;gicas, simples. Un hombre en un auto es detenido por el sem&aacute;foro, la cabeza le estalla en mil pedazos, alguien sube a un bus, se fuma un cigarrillo y entra en una enso&ntilde;aci&oacute;n. Muchos de los disparadores de las im&aacute;genes fueron noticias que leyeron los Beatles en los diarios. Y es precisamente eso lo que hace grandioso al tema: por un lado, hechos sencillos, comunes, una vindicaci&oacute;n de la vida corriente, y todo esto concentrado en una m&uacute;sica que parece sostener el d&iacute;a vivido en una intensidad emocional at&aacute;vica. Un tema musicalmente inestable, que cambia de ritmo y de voces, que suma coros y que confluye en una orquestaci&oacute;n que va in crescendo hasta su consumaci&oacute;n. Pero<strong> la canci&oacute;n no termina con los compases de silencio, queda reverberando en nuestra casa como esos invitados que hacen que la velada sea genial y no queremos que se vayan nunca.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Los Beatles nos mostraron que la vida com&uacute;n, la vida privada, puede ser potente. Cuando nos dice que quieren &ldquo;elevarnos&rdquo; no es solamente una invitaci&oacute;n a tomar drogas, es una puerta abierta a ser n&oacute;mades y extranjeros en nuestra vida cotidiana. Cuando cay&oacute; el muro de Berl&iacute;n, los perros orientales que vigilaban la frontera se quedaron sin trabajo. Se pens&oacute; que se iban a formar peligrosas jaur&iacute;as rojas, pero poco a poco fueron adoptados por los due&ntilde;os de la parte occidental y los perros se acostumbraron a esa nueva vida. Sin embargo, cuando por casualidad pasaban por donde hab&iacute;a estado el muro &ndash;ahora una presencia invisible- retomaban su costumbre de marchar como zombies, vigilantes, desoyendo a sus due&ntilde;os que ten&iacute;an que tirar de la correa para sacarlos del trance. Que tengas un buen d&iacute;a. 
    </p><p class="article-text">
        <em>FC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Fabián Casas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dia-vida_129_8336669.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 25 Sep 2021 03:48:17 +0000]]></pubDate>
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