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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Leonard Bernstein]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/leonard-bernstein/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Leonard Bernstein]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Al maestro con cariño]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/maestro-carino_129_10804387.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3fcc0b78-bbb1-4056-a9a9-e1200e195428_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Al maestro con cariño"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Compositor genial de sinfonías, óperas, misas y comedias musicales. Pianista y director de orquesta notable. Homosexual y enamorado de una mujer a la que estuvo unido desde que la conoció en 1946, con la que se casó en 1951 y con quien tuvo tres hijos. Contradictorio e inabarcable, Leonard Bernstein es el protagonista de la excelente –y discutible– ficción biográfica que puede verse en Netflix.</p></div><p class="article-text">
        Todo film biogr&aacute;fico se enfrenta a un problema casi insoluble. Debe hablarle a un p&uacute;blico que, en principio, sabe poco acerca de aquello por lo cual ese personaje es objeto del film. Se hablar&aacute; de un gran f&iacute;sico a personas para quienes la f&iacute;sica jam&aacute;s ha estado en el centro de inter&eacute;s. Se presentar&aacute; a un pionero de la neurocirug&iacute;a a personas que no saben &ndash;ni tienen mayor inter&eacute;s en saber&ndash; los entresijos de esa materia. 
    </p><p class="article-text">
        El recurso no es diferente al de cualquier serie de televisi&oacute;n. Al fin y al cabo, las luchas entre corporaciones de medios de comunicaci&oacute;n o las vicisitudes de un ranchero due&ntilde;o de medio estado de Montana, no podr&iacute;an ser menos interesantes. Las peleas entre hermanos y sus intricadas relaciones con el padre, en cambio, s&iacute; lo son. De la misma manera, el film sobre el f&iacute;sico o acerca del neurocirujano hablar&aacute; sobre sus relaciones personales, sus problemas &eacute;ticos o sus enfrentamientos o alianzas con el poder. Es decir: para ser interesantes deber&aacute;n convertir en paisaje de fondo &ndash;en algunos casos casi imperceptible&ndash; el porqu&eacute; de la elecci&oacute;n de ese personaje.
    </p><p class="article-text">
        <em>Maestro</em>, la pel&iacute;cula acerca de <strong>Leonard Bernstein</strong> dirigida por <strong>Bradley Cooper</strong>, no es una excepci&oacute;n. Si hablara del estilo compositivo del maestro, de su mandarinazgo sobre la m&uacute;sica cl&aacute;sica estadounidense, sobre c&oacute;mo convirti&oacute; una canci&oacute;n de amor &ndash;el Adagietto de la <em>Sinfon&iacute;a N&ordm; 5</em> de <strong>Gustav Mahler</strong>&ndash; en pieza funeraria o de su manera de dirigir, no ser&iacute;a el espect&aacute;culo que una pel&iacute;cula comercial est&aacute; obligada a ser. Y que en este caso es, gracias a que habla m&aacute;s de la homosexualidad del m&uacute;sico que de la m&uacute;sica por la que se ha decidido hablar de su homosexualidad. O no exactamente. Un film, como una obra de teatro o una novela, necesita conflictos. Contradicciones. Tensiones. Y Bradley Cooper las encuentra en algo tal real &ndash;y tan contradictorio y lleno de tensiones&ndash; como la relaci&oacute;n de amor entre Lenny y su esposa, la actriz costarricense &ndash;y educada en Chile&ndash; <strong>Felicia Montealegre Cohn</strong>. Y, eventualmente, aunque no entre en detalles que solo un p&uacute;blico ultra especializado disfrutar&iacute;a, la m&uacute;sica est&aacute; presente. Mejor a&uacute;n, lo que est&aacute; presente es el amor de Bernstein por la m&uacute;sica y su necesidad de comunicarlo, casi siempre de manera profundamente teatral (sobreactuada, dir&iacute;an sus cr&iacute;ticos).
    </p><p class="article-text">
        La de Leonard Bernstein es, qu&eacute; duda cabe, lo que los estadounidenses entienden como una &ldquo;gran historia americana&rdquo;. El hijo de una familia de emigrados jud&iacute;os nativos de Rusia que ser&aacute; el director m&aacute;s famoso &ndash;y el m&aacute;s importante, en t&eacute;rminos de influencia, que no es exactamente lo mismo&ndash; de la Filarm&oacute;nica de Nueva York y, tambi&eacute;n, el compositor de <em>West Side Story</em>, el musical que cambi&oacute; para siempre la historia de los musicales, el autor de algunas de las canciones m&aacute;s bellas y perfectas de todos los tiempos, de tres sinfon&iacute;as tan pretenciosas y sobredimensionadas como geniales, de una opereta sobre el <em>Candide </em>de <strong>Voltaire</strong>, de una misa pop delirante y maravillosa y de algunas piezas orquestales y de c&aacute;mara extraordinarias adem&aacute;s del conductor de un fant&aacute;stico programa televisivo sobre m&uacute;sica donde pod&iacute;a tanto contar de qu&eacute; se trataba dirigir una orquesta como explicar qu&eacute; era el jazz. Pero, adem&aacute;s, alguien capaz de enojar &ndash;y mucho&ndash; al FBI y a <strong>Richard Nixon</strong> &ndash;todo un honor&ndash;, alguien que no escondi&oacute; &ndash;o escondi&oacute; apenas&ndash; su bisexualidad en una &eacute;poca en que no resultaba f&aacute;cil y que sostuvo un largo matrimonio que, seg&uacute;n todos los testimonios, fue cualquier cosa menos un casamiento por conveniencia. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el principio fue el piano. Se lo oye junto a los primeros t&iacute;tulos del film. Luego se lo ve. Lenny toca la adaptaci&oacute;n a ese instrumento de un fragmento de su &oacute;pera <em>A Quiet Place</em>. O, tal vez, un boceto previo a la orquestaci&oacute;n. Lo est&aacute;n filmando. La pel&iacute;cula &ndash;un falso documental, podr&iacute;a decirse&ndash; muestra el registro de uno verdadero. El maestro deja de tocar, se saca los anteojos y seca sus l&aacute;grimas. Habla con quienes, en escena, lo filman. Fuma. &ldquo;Siempre es mejor en el piano, no s&eacute; por qu&eacute;&rdquo;, dice. Habla de c&oacute;mo la ve a ella, que ha muerto, trabajando en el jard&iacute;n, de que <strong>Julia Vega</strong> la ve todos los d&iacute;as al pie de la escalera, cuidando que la ropa por lavarse sea separada por color. &ldquo;Nuestros hijos nos envidian porque ellos nunca la ven&rdquo;, cuenta. &ldquo;Yo&hellip;yo La extra&ntilde;o terriblemente&rdquo;. En esos primeros segundos se juegan algunos de los grandes ejes de la biopic de Cooper. Su notable caracterizaci&oacute;n de Bernstein y los espejos enfrentados mostrando representaciones de la representaci&oacute;n. Los cr&iacute;ticos de Gustav Mahler justificaban su tirria diciendo que el compositor no mostraba las pasiones sino la actuaci&oacute;n exagerada de esas pasiones. El expresionismo, al fin y al cabo. Medio siglo despu&eacute;s se dijo lo mismo de Bernstein. Un genio del histrionismo para el que, conscientemente, todo fue representaci&oacute;n (&iquest;un espejo enfrentado al espejo de Mahler?) Y, bordando el relato, la vida privada y, en particular, su matrimonio. 
    </p><p class="article-text">
        El segundo cuadro del primer acto completa las l&iacute;neas principales de <em>Maestro</em>: el blanco y negro &ndash;que puntuar&aacute; todo el film&ndash; y el encuentro de Lenny y Felicia (soberbia <strong>Carey Mulligan</strong>). &ldquo;Nos parecemos&rdquo;, dice &eacute;l. &ldquo;Somos muchas cosas y el mundo quiere que seamos s&oacute;lo una.&rdquo; En la culminaci&oacute;n de esa escena, ella lo lleva a un teatro vac&iacute;o. Est&aacute;n en el escenario. Act&uacute;an una escena de amor. Ella dice su l&iacute;nea y lo besa. O act&uacute;an un beso. De eso se trata. Son varios a la vez. A los 21 a&ntilde;os, reci&eacute;n recibido en Harvard, Bernstein dec&iacute;a: &ldquo;No s&eacute; qu&eacute; es lo que voy a hacer: dirigir, tocar el piano, orquestar, producir. Yo soy todo eso en uno solo&rdquo;. Cuarenta a&ntilde;os despu&eacute;s, en septiembre de 1979, afirmaba: &ldquo;Ya no soy un director de orquesta; soy un m&uacute;sico a tiempo completo para quien dirigir, componer, ense&ntilde;ar y tocar el piano son una misma actividad&rdquo;. &nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>The New York Times</em> public&oacute; dos cr&iacute;ticas de la pel&iacute;cula, una muy favorable y otra no tanto. Lo que le reprochan aquellos que reprochan es lo que falta: el hecho de que Bernstein no acabara de ser reconocido como compositor &ldquo;c&aacute;sico&rdquo; por la inteligentsia europea, la operaci&oacute;n del FBI difundiendo la versi&oacute;n de que apoyaba a antisemitas, a partir de la famosa fiesta para recaudar fondos para los Panteras Negras que &eacute;l y Felicia organizaron en su casa, el brulote del <em>New Yorker</em> en el que <strong>Tom Wolfe</strong> los ridiculiz&oacute; con el t&iacute;tulo de &ldquo;Radical Chic&rdquo;, la frase de Nixon que qued&oacute; grabada en las cintas del FBI, &ldquo;Bernstein es un hijo de puta&rdquo;, la m&uacute;sica que no se escucha. Lo cierto es que con un m&uacute;sico virtualmente inabarcable siempre ser&aacute; m&aacute;s lo que falte que lo que pueda incluirse. Y en <em>Maestro</em> hay much&iacute;sima m&uacute;sica. Y se trata de m&uacute;sica excelente.
    </p><p class="article-text">
        Resulta m&aacute;s interesante la observaci&oacute;n de <strong>Alex Ross </strong>en <em>The New Yorker</em> acerca de la relaci&oacute;n de Hollywood con la m&uacute;sica de tradici&oacute;n acad&eacute;mica: &ldquo;Hoy en d&iacute;a, alguien que escucha a Bach por placer tiene m&aacute;s probabilidades de ser un asesino en serie can&iacute;bal o un villano s&aacute;dico en un film de James Bond que un ser humano funcional. En pel&iacute;culas tan diversas como <em>Five Easy Pieces</em>, <em>Shine</em>, <em>The Piano Teacher</em> y <em>T&aacute;r</em>, la carrera musical se trata de manera patol&oacute;gica, como una vida de represi&oacute;n, neurosis y crueldad cultivada. (&hellip;) En su mayor parte la m&uacute;sica cl&aacute;sica sirve como una abreviatura de la aberraci&oacute;n emocional. La m&uacute;sica pop, por el contrario, es generalmente tratada como un medio de liberaci&oacute;n y realizaci&oacute;n, incluso si sus practicantes son destruidos en el proceso. (&hellip;) Cabe destacar que <em>Maestro</em> desde&ntilde;a ese f&aacute;cil proceso de patologizaci&oacute;n. No es que presente una imagen idealizada de la vida de Bernstein: vemos el lado desagradable de su personalidad, especialmente en sus &uacute;ltimos a&ntilde;os, cuando beb&iacute;a en exceso y se comportaba grotescamente. Sin embargo, el declive del joven efervescente no se presenta como el resultado necesario de la cultura que habita. Este derviche melanc&oacute;lico encuentra en la m&uacute;sica un &eacute;xtasis sostenido que se le escapa en la vida, aunque en ciertos momentos espl&eacute;ndidos esos mundos separados choquen. La secuencia de Mahler &ndash;el ensayo de su <em>Sinfon&iacute;a N&ordm; 2</em>&ndash; es la &uacute;nica parte de la pel&iacute;cula en la que Bernstein se muestra absolutamente feliz.&rdquo; 
    </p><p class="article-text">
        Que <em>Maestro</em> pueda ser discutida y que genere controversias es, sin duda, una de sus virtudes. La otra es la m&uacute;sica que all&iacute; se escucha, el amor a la m&uacute;sica que sus personajes exhiben y la m&uacute;sica que la pel&iacute;cula lleva a escuchar, ya fuera de la pel&iacute;cula. Aqu&iacute; dejo dos listas posibles &ndash;entre muchas&ndash;. La primera contiene pasajes en que aparece el Bernstein modernista, aquel donde la lectura de Stravinsky se cruza con todos esos que &eacute;l era: el pianista, el m&uacute;sico popular, el sinfonista, el que conoc&iacute;a la orquesta como nadie. Y, lejos del &uacute;ltimo lugar en importancia, el que era capaz de sintonizar como nadie con los conflictos de su &eacute;poca. En <em>West Side Story,</em> por ejemplo, la adaptaci&oacute;n de <em>Romeo y Julieta</em> de Shakespeare pas&oacute; por varias etapas. Primero, Bernstein y <strong>Stephen Sondheim</strong>, el libretista, pensaron en un conflicto religioso y despu&eacute;s en un enfrentamiento entre ricos y pobres. La genialidad, para el momento en que fue compuesta, fue abordar aquello de lo que no se hablaba: la lucha entre pobres y pobres, la tensi&oacute;n entre bandas de inmigrantes de primera y segunda generaci&oacute;n, en el submundo situado bajo las autopistas, en los inquilinatos atestados y en los gimnasios p&uacute;blicos. En <em>On the Town</em>, el pasaje a musical de lo que hab&iacute;a nacido como el ballet <em>Fancy Free</em>, tres marineros pr&oacute;ximos a embarcar, rumbo a la guerra, descubr&iacute;an la ciudad &ndash;y el posible amor&ndash; y esa primera vez pod&iacute;a ser tambi&eacute;n la &uacute;ltima. La canci&oacute;n &ldquo;Some Other Time&rdquo; &ndash;que <strong>Tony Bennett</strong> cant&oacute; a&ntilde;os despu&eacute;s en una inolvidable grabaci&oacute;n con el pianista <strong>Bill Evans</strong>&ndash; lo resum&iacute;a con iron&iacute;a. &ldquo;&iquest;D&oacute;nde se ha ido el tiempo transcurrido/ no hemos hecho ni la mitad de lo que quer&iacute;amos/ Bueno, ya lo haremos en alg&uacute;n otro momento&rdquo;, cantaba alguien que, precisamente, no sab&iacute;a si habr&iacute;a alg&uacute;n otro momento. Algunas de esas canciones, en sus versiones originales y en interpretaciones que a m&iacute; me gustan especialmente, forman parte de la segunda lista. 
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      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/maestro-carino_129_10804387.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 30 Dec 2023 12:09:54 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El año en que fuimos cristianos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/ano-cristianos_1_8337024.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1abc904c-e2e1-41c6-bd08-81510cb84843_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El año en que fuimos cristianos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Se cumplen 50 años de la Misa de Leonard Bernstein, un experimento pop encargado por Jacqueline Kennedy y que Tom Wolfe patentó como “radical chic”. El odio del Presidente Nixon. En la Argentina, ese 1971, Vox Dei lanzaba La Biblia.</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Eso es una mierda: Bernstein es un hijo de puta&rdquo;. La voz es la de Richard Nixon y est&aacute; grabada en las cintas del FBI. Las conversaciones del presidente con sus asesores de la Oficina Federal de Investigaciones ten&iacute;an que ver con una cuesti&oacute;n nada sencilla. Y es que el &ldquo;hijo de puta&rdquo; iba a inaugurar el nuevo Kennedy Center con una obra encargada por la propia Jackie, la viuda del primer presidente cat&oacute;lico de los Estados Unidos. Una misa. Una misa escrita por un jud&iacute;o, homosexual y comunista. Una obra &ldquo;irreverente y antib&eacute;lica&rdquo;, seg&uacute;n los an&aacute;lisis de los agentes federales. &ldquo;Pieza teatral para cantantes, actores y bailarines&rdquo;, era el subt&iacute;tulo de la composici&oacute;n que se estren&oacute; el 8 de septiembre de 1971. Nixon no fue.
    </p><p class="article-text">
        En la cr&iacute;tica publicada por el <em>New York Times,</em> Harold C. Sch&ouml;nberg dec&iacute;a: &ldquo;Es una misa show-biz. Es la obra de un m&uacute;sico desesperado por estar en onda. Y, en efecto, esta misa est&aacute; en onda esta semana. Pero, &iquest;qu&eacute; hay del pr&oacute;ximo a&ntilde;o?&rdquo;. Algo del Stravinsky de <em>Las bodas</em>, una de las m&aacute;s bellas canciones pop incluidas en una obra &ldquo;cl&aacute;sica&rdquo;, el jazz y las comedias musicales. Tambi&eacute;n la idea de caos de las sinfon&iacute;as mahlerianas, un coro amplificado, una cinta cuadrof&oacute;nica, un tenor, alg&uacute;n ritmo de mambo, orquesta, bater&iacute;a, guitarra y bajo el&eacute;ctrico y un crucifijo roto en pedazos. Y, lejos del &uacute;ltimo lugar en importancia, una frase como &ldquo;cualquiera que odia a su hermano es un asesino&rdquo;, mientras arreciaban las noticias (malas) sobre Vietnam y no paraban de llegar las bolsas con cad&aacute;veres y las temidas cartas entregadas en mano por gente de uniforme. Todo eso en una misa que intercalaba textos del ordinario con otros escritos por el propio Bernstein, por el libretista Stephen Schwarz &ndash;el mismo de <em>Godspell</em>, un musical rock bastante exitoso&ndash; y por Paul Simon, que un a&ntilde;o antes hab&iacute;a grabado junto a Art Garfunkel su propia plegaria en forma de gospel, &ldquo;Bridge over Troubled Waters&rdquo;.
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        Algunas de las cr&iacute;ticas aprovechaban para anatemizar a la vez el Kennedy Center of Arts de Washington y su m&uacute;sica inaugural que lograba &ldquo;ser a&uacute;n m&aacute;s fea que el edificio&rdquo;. El <em>New York Times </em>se&ntilde;alaba por su parte, con bastante ecuanimidad, que &ldquo;estuvieron los que despreciaron la obra como basura vulgar y los que se&ntilde;alaron el irregular tratamiento de la liturgia cat&oacute;lica, especialmente en el momento de la destrucci&oacute;n de la cruz. Estuvieron tambi&eacute;n los que dijeron que Bernstein hab&iacute;a puesto su dedo exactamente donde debe ponerlo la Iglesia actual, y que su Misa es un comentario relevante sobre los problemas religiosos. Y estuvieron aquellos, especialmente entre los integrantes m&aacute;s j&oacute;venes del p&uacute;blico, que gritaron y aplaudieron y ovacionaron y lloraron y dijeron que era lo m&aacute;s bello que hab&iacute;an o&iacute;do en su vida&rdquo;. Como Mahler, a quien Lenny convirti&oacute; en estrella &ndash;mucho antes de Visconti y su <em>Muerte en Venecia</em>&ndash; al dirigir el <em>Adagietto</em> de su <em>Sinfon&iacute;a 5 </em>en el entierro de Robert Kennedy, el autor de <em>West Side Story</em> &ndash;cuya remake prepara Steven Spielberg&ndash; no le tem&iacute;a a lo banal y aceptaba construir los m&aacute;s grandes relatos con los materiales m&aacute;s vulgares. Su <em>Misa</em> es, en muchos sentidos, un pastiche. Ni m&aacute;s ni menos que una de las obras cumbres de un omn&iacute;voro incontinente y hedonista en quien conflu&iacute;an un pianista, un compositor, un director de orquesta, un m&uacute;sico de jazz y una estrella del espect&aacute;culo. A diferencia de otros, en su estilo compositivo nunca fue capaz de &ndash;ni estaba interesado en&ndash; separar con delicadeza el lado <em>alto</em> del lado <em>bajo</em>.&nbsp; Y tal vez el cruce entre opuestos ya estuviera presente en el mote con el que el periodista Tom Wolfe hab&iacute;a titulado su reportaje al m&uacute;sico publicado por <em>The New Yorker</em>&nbsp; en 1966: &ldquo;Radical chic&rdquo;. &ldquo;Gauche caviar&rdquo;, como se la llam&oacute; en Francia, o &ldquo;izquierda exquisita&rdquo; seg&uacute;n la traducci&oacute;n al castellano de aquel art&iacute;culo.
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        Pero la idea de una misa pop o, en un sentido m&aacute;s amplio, de la secularizaci&oacute;n de los ritos eclesi&aacute;sticos, ven&iacute;a de antes y tuvo sus ecos despu&eacute;s. Ese mismo a&ntilde;o, el 12 de julio de 1971, se hab&iacute;a presentado por primera vez en concierto, en el Civic Arena de Pittsburgh, Pensilvania, y ante 13.640 personas, <em>Jesus Christ Superstar</em>, la obra conceptual de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice, que se hab&iacute;a registrado en 1970 con Ian Gillan, el cantante de Deep Purple, en el papel del Mes&iacute;as.&nbsp;Y a comienzos de 1971 se hab&iacute;a publicado, en un remoto pa&iacute;s del sur del mundo, otro &aacute;lbum doble que musicalizaba, ambicioso, la impresi&oacute;n de los integrantes del grupo Vox Dei a partir de textos del Antiguo y el Nuevo Testamento. <em>La Biblia</em>, saludada por la revista <em>Pelo</em>, en su n&uacute;mero de abril, como &ldquo;lo mejor que se haya hecho&rdquo;, hab&iacute;a sido grabada por el sello Mandioca, invenci&oacute;n de Jorge Alvarez &ndash;el editor de <em>Operaci&oacute;n masacre</em>, de Rodolfo Walsh&ndash;, con arreglos de Roberto Lar, el autor de la m&uacute;sica del film <em>La hora de los hornos</em>, de Pino Solanas y Octavio Gettino, y de una cantata con textos del Padre Mugica, uno de los fundadores, en 1968, del Movimiento de Curas Villeros. En 1971 el sacerdote peruano Gustavo Guti&eacute;rrez hab&iacute;a publicado <em>Teolog&iacute;a de la liberaci&oacute;n: perspectivas</em>, el mexicano Porfirio Miranda hab&iacute;a dado a conocer su libro <em>Marx y La Biblia</em>, y en Chile un grupo de laicos y religiosos creaban Cristianos por el Socialismo. Hab&iacute;a pasado poco m&aacute;s de un a&ntilde;o de que, en la Argentina, un grupo bautizado Montoneros, originado en c&iacute;rculos cat&oacute;licos renovadores, realizara su primera acci&oacute;n p&uacute;blica con el secuestro y posterior juicio revolucionario y asesinato de Pedro Eugenio Aramburu.&nbsp;
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        Tanto la <em>Teolog&iacute;a de la liberaci&oacute;n</em> como sus proliferaciones musicales hab&iacute;an tenido su piedra basal, en rigor, en el Concilio Vaticano II, desarrollado entre 1962 y 1965 por iniciativa del papa Juan XXIII. All&iacute; se estipulaba, por ejemplo, el uso de las lenguas vern&aacute;culas en lugar del lat&iacute;n &ndash;que casi nadie entend&iacute;a&ndash; y es en relaci&oacute;n con esa innovaci&oacute;n que debe entenderse la <em>Misa Criolla</em>, de Ariel Ram&iacute;rez, grabada en 1964, y su pariente m&aacute;s cercano, la <em>Misa Luba</em> grabada ese mismo a&ntilde;o aunque presentada en 1958 por el padre Guido Hazeen en el territorio entonces conocido como Congo Belga y junto con un grupo cuyo nombre, Les Troubadours du Roi Baudouin, homenajeaba a Baudouin I, el rey de B&eacute;lgica. All&iacute; se superpon&iacute;an los textos latinos (la idea era anterior al Concilio) con m&uacute;sicas populares del Congo: el Kyrie era un kasala, por ejemplo,&nbsp; y el Gloria un kiluba de Katanga.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La teolog&iacute;a pop tuvo, no obstante, algunas encarnaciones m&aacute;s. La primera de ellas, estrenada en el final de ese 1971 en que todo parec&iacute;a cristiano, fue tal vez la m&aacute;s expl&iacute;cita. La presentaron Pedro y Pablo (nombre, como Vox Dei,&nbsp; bastante cristiano)&nbsp; en la segunda edici&oacute;n del festival Barock, organizado por <em>Pelo</em> y su t&iacute;tulo era &ldquo;Padre Francisco&rdquo;.&nbsp;All&iacute; enfrentaba al supuesto sacerdote (de nombre premonitorio) con las necesidades del pueblo: &ldquo;No les pregunte lo que piensan sobre Cristo, tienen otra preocupaci&oacute;n&rdquo;. E intentaba convencerlo: &ldquo;No le preocupe que lo llamen comunista./ Con estandartes y altavoz, Padre Francisco, salga por Cristo a predicar, una justicia m&aacute;s audaz&rdquo;. El tema fue grabado el a&ntilde;o siguiente como parte del &aacute;lbum <em>Conesa</em>. All&iacute; tocaba la guitarra Roque Narvaja, ex integrante del grupo La Joven Guardia, que se hab&iacute;a hecho famoso con la canci&oacute;n &ldquo;El extra&ntilde;o de pelo largo&rdquo; y que, m&aacute;s secretamente, hab&iacute;a engendrado un extra&ntilde;o canto del cisne, anticipatorio de Bombita Rodr&iacute;guez. El &uacute;ltimo single del grupo, antes de su separaci&oacute;n, ten&iacute;a como lado A &ldquo;Los corderos enga&ntilde;ados&rdquo;. Se trataba de un imprevisto paso hacia el rock m&aacute;s pesado, con guitarra distorsionada y con una letra que, en su cr&iacute;tica al pacifismo &ndash;se trataba de la fiesta de los lobos y el T&iacute;o Sam, due&ntilde;o del bar, bajaba de un helic&oacute;ptero para repartir a los corderos alcohol y signos de la paz&ndash; fijaba, tal vez, el primer &ndash;y &uacute;nico&ndash; contacto del rock&nbsp;con la l&iacute;nea de Montoneros. En 1972, Narvaja edit&oacute; su primer disco solista, titulado <em>Octubre, mes de cambios</em>. Y all&iacute; aparec&iacute;a, tambi&eacute;n, la reflexi&oacute;n neo cristiana:&nbsp; &ldquo;Y ya no hay culpables/ a quien condenar/ ni crucificar&rdquo;. Ra&uacute;l Porchetto se sumar&iacute;a ese a&ntilde;o con <em>Cristo rock</em>, donde entonaba, con su voz infantil y quebradiza, &ldquo;Padre, hoy estuve preso por hablar de tu amor en las plazas&rdquo;. Y estuvieron, claro, las secuelas del Cristo superestrella: la comedia musical en 1971 y el film, dirigido por Norman Jewison (nunca un apellido result&oacute; tan propicio) en 1973. Webber y Rice, sus autores, se dedicaron luego a otras liturgias, cuando en 1978 le cantaron a una santa que imploraba &ldquo;No llores por m&iacute;, Argentina&rdquo;.
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        <em>DF</em>
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