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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Charlie Hebdo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/charlie-hebdo/]]></link>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El semanario satírico Charlie Hebdo se burló de Milei y de su "cruzada anticiencia"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/semanario-satirico-charlie-hebdo-burlo-milei-cruzada-anticiencia_1_12042541.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/03cdfa1d-c327-42d0-93a2-1f522d9c6a25_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El semanario satírico Charlie Hebdo se burló de Milei y de su &quot;cruzada anticiencia&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En la nota, el medio francés señala: "Si alguien todavía dudaba de la capacidad de un gobierno de ultraderecha para demoler la ciencia, el caso argentino es la prueba definitiva". </p></div><p class="article-text">
        El semanario sat&iacute;rico franc&eacute;s Charlie Hebdo se burla en su &uacute;ltima edici&oacute;n del presidente Javier Milei&nbsp;por&nbsp;lo que llama la &ldquo;cruzada anticiencia&rdquo; y resalta c&oacute;mo su gobierno desmantel&oacute; el sistema cient&iacute;fico. En la caricatura que ilustra la nota, el mandatario aparece atacando a cient&iacute;ficos con una motosierra y diciendo:&nbsp;&ldquo;Solo nos quedaremos con los que sepan curarse solos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En la nota, el semanario se&ntilde;ala: &ldquo;Si alguien todav&iacute;a dudaba de la capacidad de un gobierno de ultraderecha para demoler la ciencia,&nbsp;el caso argentino es la prueba definitiva&rdquo;.&nbsp;Y agrega: &ldquo;Entre enormes recortes presupuestarios, fuga de cerebros y caza de brujas, la investigaci&oacute;n cient&iacute;fica est&aacute; al borde del colapso&rdquo;. La revista explica c&oacute;mo Milei puso en jaque al Consejo Nacional de Investigaciones Cient&iacute;ficas y T&eacute;cnicas (CONICET), despreci&oacute; a los cient&iacute;ficos y convirti&oacute; la administraci&oacute;n de recursos en una inquisici&oacute;n ideol&oacute;gica.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <blockquote class="twitter-tweet"><p lang="fr" dir="ltr">La croisade antiscience de Javier Milei <a href="https://t.co/NpjhsnqFFF">https://t.co/NpjhsnqFFF</a></p>&mdash; Charlie Hebdo (@Charlie_Hebdo_) <a href="https://twitter.com/Charlie_Hebdo_/status/1888606115182555260?ref_src=twsrc%5Etfw">February 9, 2025</a></blockquote> <script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script>
    </figure><p class="article-text">
        Charlie Hebdo<em>&nbsp;</em>remarc&oacute; que los&nbsp;&ldquo;recortes presupuestarios profundos, &eacute;xodo de cerebros y caza de brujas&rdquo;&nbsp;que llev&oacute; a cabo el gobierno libertario durante su primer a&ntilde;o de gesti&oacute;n, provocaron que la investigaci&oacute;n cient&iacute;fica se encuentre al&nbsp;&ldquo;borde del colapso&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[elDiarioAR]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 10 Feb 2025 18:46:57 +0000]]></pubDate>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Un minuto cuarenta y nueve segundos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/minuto-cuarenta-nueve-segundos_1_8503349.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4d76feb9-a015-45aa-ad7c-41cdeb0dbfb9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un minuto cuarenta y nueve segundos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El 7 de enero de 2015, la vida de Laurent Sourisseau (“Riss”) y sus compañeros de Charlie Hebdo cambiaría para siempre cuando dos hombres enmascarados entraron a la redacción en París y comenzaron a disparar. En un minuto 49 segundos, el tiempo exacto que duró el atentado, los extremistas asesinaron a 12 colaboradores. Cinco más morirían en los dos días posteriores. Riss, en tanto, sobrevivió gravemente herido. "Un minuto cuarenta y nueve segundo" (Del Zorzal, 2021) es el relato íntimo de una tragedia, una profunda y conmovedora reflexión sobre la vida y la muerte, la libertad de expresión y el lugar que la sociedad le asigna a sus "víctimas". Aquí, un fragmento.</p></div><h3 class="article-text"><strong>El vac&iacute;o </strong></h3><p class="article-text">
        <em>7 de enero de 2016, 11 horas </em>
    </p><p class="article-text">
        Los meses de enero ser&aacute;n por siempre fr&iacute;os y grises. Cuando llega esa &eacute;poca del a&ntilde;o, alguno de nosotros se encierra en su casa, o vuelan lejos de Francia, en busca de otro cielo, m&aacute;s azul, m&aacute;s amarillo, m&aacute;s verde o m&aacute;s violeta. No importa el color con tal de que no sea del mismo gris que la <em>rue</em>&nbsp;Nicolas Appert. Ese gris que dura todo el d&iacute;a y es el mismo a las 10 de la ma&ntilde;ana, a las 14 o las 17 horas. Un gris que nubla tus puntos de referencia y te extrav&iacute;a tanto que ya ni sabes si te quedan por delante doce horas o sesenta minutos por vivir. 
    </p><p class="article-text">
        Reci&eacute;n tres a&ntilde;os despu&eacute;s del atentado, me dediqu&eacute; a recorrer los noticieros del 7 de enero, que me hab&iacute;a negado a ver en directo pero hab&iacute;an quedado archivados para siempre en los intestinos de internet. Con treinta y seis meses de retraso, descubr&iacute; las im&aacute;genes filmadas de esas dos siluetas negras frente al edificio que fue nuestra madriguera y del que fuimos echados tras ser cazados y despedazados como presas bajo los colmillos de sus depredadores. 
    </p><p class="article-text">
        Su auto est&aacute; estacionado frente a la puerta de entrada que yo atravesaba casi todos los d&iacute;as para acceder a nuestro refugio. La discreta callejuela por la que me gustaba pasar para llegar a la revista est&aacute; abarrotada de veh&iacute;culos cuyos pasajeros poseen armas de fuego que por momentos hacen retumbar. Luego llegan ambulancias de colores, perdidas en medio de una multitud de gente que viene a rescatarnos. Esas im&aacute;genes que no conoc&iacute;a penetran en mi mente, contaminando esos preciados recuerdos que desde hac&iacute;a tres a&ntilde;os proteg&iacute;a con todas mis fuerzas de la mirada ajena. 
    </p><p class="article-text">
        Hoy se desarrolla la primera ceremonia de conmemoraci&oacute;n del 7 de enero. En el lugar exacto donde estaba estacionado el veh&iacute;culo de nuestros asesinos. Unas etiquetas pegadas sobre el suelo gris de esa calle sin alma le indican a cada uno su sitio. El del presidente de la Rep&uacute;blica, el de la alcaldesa de Par&iacute;s, el del prefecto y el de los miembros de la revista. El protocolo nos ha puesto en el lugar de nuestros asesinos. El mismo sitio, la misma calle, el mismo fr&iacute;o que aquel 7 de enero. Id&eacute;ntico al que sent&iacute; sobre mi pecho cuando la camilla en la que me hab&iacute;an alzado me transport&oacute; a esa vereda por la que hab&iacute;a caminado dos horas antes; unos instantes despu&eacute;s, me subieron a una ambulancia. Todo parece dispuesto para repetir la escena. Como si fu&eacute;ramos extras de nuestra propia vida. 
    </p><p class="article-text">
        Una placa, colocada lo bastante alto sobre la fachada del edificio de nuestras antiguas oficinas acaso para evitar ser vandalizada, anuncia los nombres de las v&iacute;ctimas. Como en el caso de los alumnos convertidos en soldados y ca&iacute;dos durante la guerra de 1914, cuyos apellidos estaban grabados en el patio interior de mi escuela, hay que levantar la cabeza para leer los nombres de nuestros amigos. Ahora nos miran desde lo alto y nos cuidan. 
    </p><p class="article-text">
        La ceremonia puede comenzar. Su misi&oacute;n es oficializar la memoria p&uacute;blica mientras la nuestra se esconde entre los meandros de nuestro cerebro, asustada de la manera en que el mundo la juzga. Desde el primer d&iacute;a, recibi&oacute; la orden de no olvidar nada. Sin ruido ni coronas de flores. Durante un minuto nos quedamos inm&oacute;viles mientras retumban en nuestros recuerdos los disparos realizados ah&iacute; mismo. Depositamos un triste ramo de flores en el lugar de la vereda donde los asesinos se tomaron el tiempo de cambiar el cargador de sus armas antes de meterse en su auto y desaparecer. 
    </p><p class="article-text">
        Aquel a&ntilde;o nos hicieron una extra&ntilde;a propuesta. Visitar los locales totalmente renovados de lo que fue nuestra revista. Dubitativo, el grupito de familias de las v&iacute;ctimas trep&oacute; los mismos escalones que sus parientes, heridos o muertos, hab&iacute;an recorrido en sentido inverso aquel mi&eacute;rcoles de enero. Me reencuentro as&iacute; con los pasillos oscuros del edificio y esos horribles ladrillos de las paredes que pretend&iacute;an darle un aspecto r&uacute;stico. 
    </p><p class="article-text">
        La puerta de entrada de nuestras antiguas oficinas se alza delante de nosotros. El encargado del edificio la abre. En medio de un silencio monacal apenas perturbado por el zumbido de los murmullos, penetramos lentamente en el lugar de la matanza como se entra en una sala funeraria para visitar a un difunto. Todo lo que hab&iacute;a ha sido desarmado. Solo quedan las columnas del edificio. Los paneles que separaban nuestras oficinas han desaparecido. A pesar de esa despiadada remodelaci&oacute;n, los sigo viendo como si los tuviera delante. Y adivino en el suelo la posici&oacute;n de las v&iacute;ctimas. Las familias, preocupadas ante la idea de pisar la escena del crimen, se aglutinan unas contra otras. Una silueta se me acerca y, como si hablara con un p&aacute;rroco, me pregunta en voz baja: &ldquo;&iquest;D&oacute;nde estaba?&rdquo;. D&oacute;nde estaba el lugar exacto en el que su ser querido perdi&oacute; la vida. 
    </p><p class="article-text">
        &iquest;D&oacute;nde? No s&eacute; qu&eacute; contestarle. De pronto creo revivir aquel momento, muchos a&ntilde;os antes, en que una viuda me hab&iacute;a implorado que la llevase a la morgue a ver a su difunto esposo. Dud&eacute; un instante, pero se trataba de su marido y no me parec&iacute;a tener ni el derecho ni la fuerza de privarla de eso. La escena se repet&iacute;a. A ese familiar de una v&iacute;ctima del 7 de enero, &iquest;c&oacute;mo pod&iacute;a negarle mi ayuda? Ese d&iacute;a, nuestra peque&ntilde;a revista se vio transformada en morgue y, como aquella vez, me resign&eacute; a satisfacer aquel pedido. Por m&aacute;s que alrededor nuestro no hubiera m&aacute;s que un gran vac&iacute;o, yo estaba en condiciones de mostrar lo que acababan de pedirme. En voz baja, le indiqu&eacute; d&oacute;nde mirar. Sin embargo, ya no hab&iacute;a nada para ver, salvo las paredes vueltas a pintar y un nuevo revestimiento en el suelo. 
    </p><p class="article-text">
        Los minutos se volv&iacute;an largos, cada vez m&aacute;s densos. Sin apuro, sin ruido, como si temieran despertar a los difuntos, los visitantes se retiraban. La pesada puerta que sellaba la entrada se cerr&oacute; detr&aacute;s de nosotros.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Riss]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Nov 2021 17:04:56 +0000]]></pubDate>
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