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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Washington Cucurto]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/washington-cucurto/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Washington Cucurto]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Una milanesa es una grasada en sí, pero tiene un par de verdades]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/milanesa-grasada-si-par-verdades_129_8552213.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2fcd703f-1d1c-4a41-8f9c-833f9ec831ed_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una milanesa es una grasada en sí, pero tiene un par de verdades"></p><p class="article-text">
        Fui a un campamento de padres del colegio donde va mi hijo. Cuando est&aacute;bamos por cenar, varios le preguntaban a uno de los pap&aacute;s si se hab&iacute;a ocupado de hacer el fog&oacute;n para la noche. &Eacute;l dijo que s&iacute;. Los dem&aacute;s pap&aacute;s ya hab&iacute;an ido a dos campamentos anteriores y &eacute;ste era el primero para m&iacute;. El lugar era un predio amplio en un&nbsp;bosque, una edificaci&oacute;n antigua donde hab&iacute;a una cocina inmensa, ba&ntilde;os, y ten&iacute;a cierto aire a retro, como si fueran las instalaciones de la Iniciativa Dharma que aparece en la serie <em>Lost</em>. Daba la impresi&oacute;n de que alguien hab&iacute;a abandonado el lugar antes de nuestra llegada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Terminamos de comer y todos fueron a ver c&oacute;mo se encend&iacute;a la fogata que el papa prepar&oacute;. Me qued&eacute; seco cuando vi lo que hab&iacute;a hecho. Por eso todos esperaban este momento. Una pila de maderas cruzadas, alta, que ten&iacute;a la forma de una pagoda, encastradas&nbsp; con una precisi&oacute;n milim&eacute;trica y que permit&iacute;a, por la forma en que estaban puestos los pedazos de madera, que entrara aire por toda la escultura. Como debe sucederle al poema, que tiene siempre que tener rendijas que dejen pasar el aire. Cuando&nbsp;el pap&aacute; se acerc&oacute; y puso un f&oacute;sforo, la pila de madera se encendi&oacute; en un segundo. Tengo una foto que saqu&eacute; con el celular y la impresi&oacute;n que da la fogata es que est&aacute; el Hombre&nbsp;Antorcha, el personaje de los Cuatro Fant&aacute;sticos, el que se prende fuego, caminando en medio de la negrura de la noche. Instintivamente todos corrimos para atr&aacute;s a los nenes para que ninguno quedara como T&eacute;vez, pero a la vez no pod&iacute;amos movernos mucho porque <strong>el fuego tan perfecto, fascina. Supongo que por eso los insectos mueren pegados a las luces de los autos y las liebres quedan a merced del cazador.&nbsp;</strong>
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        La idea de que ese padre ten&iacute;a un don para hacer fogatas diferente a todos me hizo acordar a <strong>Washington Cucurto</strong>. &Eacute;l tambi&eacute;n tiene un don para hacer cualquier cosa que produzca alegr&iacute;a. Y lo que m&aacute;s me llama la atenci&oacute;n desde que lo conozco es la potencia con la que se manda a hacerlo: escribir poemas, pintar, cocinar, armar libros, crear una editorial cartonera, criar hijos, andar en bicicleta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hace poco estuve en el taller donde ahora se acumulan cuadros inmensos y colorinches que viene pintando desde hace a&ntilde;os. Cucurto no necesita que alguien le diga que es pintor &ndash;es probable que eso no le interese mucho- lo que hace es pintar porque se le canta. Y la pintura que sale de esa despreocupaci&oacute;n es hermosa. Trabaja con acr&iacute;licos, collages de diarios, t&eacute;mpera, en cuadros inmensos que a veces empieza pintando en el suelo y despu&eacute;s termina ya colgados en la pared. Los cuadros suelen estar haciendo referencia al mundo de la literatura, donde Cucurto ha escrito muchos de los grandes poemas latinoamericanos de los &uacute;ltimos tiempos. Los cuadros tienen algo de Berni, de Basquiat, pero eso s&oacute;lo en un primer vistazo, despu&eacute;s son terriblemente cucurtianos, ya que la apropiaci&oacute;n de otros pintores , as&iacute; como la de otros poetas, ha sido siempre la operaci&oacute;n mental por excelencia de Cucurto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los personajes de los libros de Reynaldo Arenas &ndash;Celestino, por ejemplo- se pasean por varios cuadros de Cucurto. Tambi&eacute;n est&aacute; Le&oacute;nidas Lamborghini y el Marqu&eacute;s de Sade. Y la saga donde Per&oacute;n se encuentra con una Evita negra en el terremoto de San Juan &ndash;ah&iacute; se conocieron- y el general, en la pintura de Cucurto, le toca el gl&uacute;teo a su futura mujer. Cucurto, como Lorca cuando escribi&oacute; <em>Poeta en Nueva York</em>, narra en sus cuadros una ciudad alejada de la belleza domesticada de la &eacute;lite. Los cuadros, los colores chillones, potentes, se ocupan de esa zonas donde la gente vive como puede y quiere: las peluquer&iacute;as de los dominicanos en Constituci&oacute;n, los bares cercanos a las estaciones de micros, los playones de las estaciones donde est&aacute;n las terminales de colectivos, el olor de los restaurantes populares, la aristocracia de la plebe que ama y baila en un movimiento spinoziano para soportar la vida. <strong>En los cuadros de Cucurto no hay melancol&iacute;a ni victimizaci&oacute;n, hay pasiones alegres para enfrentar el dolor diario de estar vivo en una sociedad salvaje donde siempre ganan los mismos.</strong>&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Washington Cucurto en su taller                            </span>
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        Una tarde veo a trav&eacute;s de un vidrio de un local de comida r&aacute;pida a Cucurto sentado escribiendo en un cuaderno, frente a &eacute;l est&aacute; su hija Margarita comiendo. Arlt se jactaba de tener que escribir en medio del estr&eacute;pito de las redacciones de los diarios, Cucurto da la impresi&oacute;n de que necesita ese tempo de ruido, furia y velocidad que da el ambiente de un McDonald&acute;s. En la parte trasera de estos locales, el capitalismo tira comida que no ha sido consumida del todo y la gente que vive en la calle se acerca a hurgar en las bolsas de basura. Toda esa tensi&oacute;n va a estar despu&eacute;s en los poemas de Cucurto y en sus cuadros.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de leer algunos versos de un poeta o de una poeta, uno se trata de imaginar, si el libro no tiene la foto en la solapa, c&oacute;mo ser&aacute; la cara del que escribe. Me acuerdo que&nbsp;yo hab&iacute;a le&iacute;do<em> Los Sea Harrier, </em>de Diego Maquieira, y me lo imaginaba como un pincheta beatnik tirado en el suelo de un cuarto de hotel, pero cuando lo conoc&iacute; en el restaurant de la Plaza del Mulato de Santiago de Chile me encontr&eacute; con un arist&oacute;crata muy bien vestido parecido a Bono de U2. Cucurto es un hombre de contextura grande, panz&oacute;n, de piel oscura, pelo denso y potente, ahora un poco canoso en las puntas. Es una persona hermosa b&aacute;sicamente porque hace mucho que ha dejado de pensar en su apariencia. Se parece a un actor genial que hace papeles menores pero impecables en algunas pel&iacute;culas como <em>Embriagado de amor</em>, de Paul Thomas Anderson, que se llama Luis Guzm&aacute;n. Aunque Guzm&aacute;n es m&aacute;s bajo.&nbsp;&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">En los cuadros de Cucurto no hay melancolía ni victimización, hay pasiones alegres para enfrentar el dolor diario de estar vivo en una sociedad salvaje donde siempre ganan los mismos. </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        En su libro <em>Recuerdos de mi inexistencia,</em> Rebecca Solnit habla de un amigo que se llama Ed Gilbert y que a ella la maravilla por la manera en que se viste: &ldquo;Contemplando el prodigio que era Ed vestido, me percat&eacute; de que, pese a ofrecer un aspecto impresionante suele considerarse un acto un tanto despreciable de egolatr&iacute;a o una estrategia descarada para tener relaciones sexuales, puede ser un regalo destinado a quienes nos rodean, una especie de arte p&uacute;blico y una celebraci&oacute;n, y con un guardarropas como el de Ed, un tipo de agudeza y comentario&rdquo;. Cuando una amiga de Ed y de Solnit, Jay,&nbsp;se estaba muriendo, sol&iacute;a llamar a Ed todos los d&iacute;as para preguntarle c&oacute;mo estaba vestido y hallaba consuelo cuando escuchaba las combinaciones de ropa que Ed le contaba que llevaba puesta. <strong>Hay algo en la ropa que usa Cucurto que a m&iacute; me produce alegr&iacute;a, me trasmite potencia</strong>. Camisas de equipos de f&uacute;tbol de Latinoam&eacute;rica, remeras que alguien olvid&oacute; en un lavarropas, pul&oacute;veres coloridos que le regalaron y le quedan chicos, pantalones de jean sin marca, comprados en Once, todo organizado al tunt&uacute;n b&aacute;sicamente para vestirse y que tambi&eacute;n sin duda es el comentario de algo: la vida es azarosa, esto es lo que hay.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los poemas de Cucurto tienen la respiraci&oacute;n de la prosa. No hay que olvidar que su primer libro se llam&oacute; <em>Zelaray&aacute;n </em>y que este escritor es el maestro de la fagocitaci&oacute;n de los g&eacute;neros. Cuando ves caminando a alguien de quien no pod&eacute;s saber de qu&eacute; sexo es, lo que se produce es una tensi&oacute;n de inestablilidad y libertad. Esa persona no puede ser tranquilizada por los esquemas sociales en los que vivimos. Incluso el lenguaje inclusivo es una forma de tranquilizar a la lengua. En el poema <em>Mi padre es un burro</em>, un largo texto de 32 versos ripiosos, Cucurto relata la vida de su padre, un vendedor ambulante que termin&oacute; una tarde lavando copas en un bar de retiro y que vino a Buenos Aires persiguiendo a su madre &ldquo;chirusa de poco vuelo&rdquo;. E inmediatamente pone en el centro del poema este verso magn&iacute;fico: &ldquo;Una milanesa es una grasada en s&iacute;, pero tiene un par de verdades&rdquo;. Y sobre el final, larga un par de frases que me hacen llorar cada vez que leo este poema: &ldquo;A esta altura de mi vida, les puedo decir/ que nadie me quiso nunca m&aacute;s en la vida./ Y hoy que tengo la edad de mi padre,/ me pregunto d&oacute;nde rayos estar&aacute; &eacute;l. /Si me estar&aacute;&nbsp; esperando detr&aacute;s de esa maceta/ con cactus azul de pl&aacute;stico,/ Viejo, por favor, no m&aacute;s atr&aacute;s&rdquo;. Nunca pude descular este final. &iquest;Est&aacute; el padre detr&aacute;s de una maceta falsa, de decoraci&oacute;n, el poeta ve la maceta y lo imagina en ese lugar groncho?&iquest;Por qu&eacute; dice no m&aacute;s atr&aacute;s? &iquest;Es la maceta un correlato objetivo de la vida de su padre? La verdadera poes&iacute;a s&oacute;lo hace preguntas, como en esos programas de la tele en los que te pod&eacute;s salvar por un tiempo si acert&aacute;s todas. 
    </p><p class="article-text">
        <em>FC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Fabián Casas]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 04 Dec 2021 03:15:10 +0000]]></pubDate>
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