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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Puente de la Mujer]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/puente-de-la-mujer/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Puente de la Mujer]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Un puente a la barbarie]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/puente-barbarie_129_8569402.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f3cb8936-3512-4216-928d-e6deeb0aea90_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un puente a la barbarie"></p><p class="article-text">
        Las ambiciones de todo un mundo caben en una franja de terreno angosta, de viejas f&aacute;bricas y silos levantados junto a la costa, alrededor de alg&uacute;n puerto. Montreal, Frankfurt, Oslo, Brooklyn, y decenas m&aacute;s; cada una los remodel&oacute; en su propio estilo para terminar produciendo exactamente lo mismo, decenas de restaurantes intercambiables a lo largo del planeta, m&oacute;dulos vidriados, espacios rescatados de su viejo candor industrial. Hasta ah&iacute; llegan cada noche las clases medias vinculadas a los bienes transables y el personal anexo de bur&oacute;cratas, financistas, abogados, turistas y arquitectos. Hablan lenguas, comen mal, sienten plenitud. Es un mundo peque&ntilde;o pero que pomposamente consideramos &ldquo;el espacio p&uacute;blico&rdquo; y &ldquo;la econom&iacute;a&rdquo;, al menos hasta que &ldquo;el espacio p&uacute;blico&rdquo; y &ldquo;la econom&iacute;a&rdquo; hacen sus apariciones menos nobles en su verdadera dimensi&oacute;n de torbellino.
    </p><p class="article-text">
        Nuestro sitio de esperanza fue, obviamente, Puerto Madero. En el hermoso libro<em> La Grilla y el Parque</em>, Adri&aacute;n Gorelik recuerda el gesto categ&oacute;rico e impotente de Sarmiento al construir Palermo encima de la mansi&oacute;n de Rosas, malsepultando el pasado b&aacute;rbaro de un pa&iacute;s que deb&iacute;a mirar hacia adelante. <strong>Puerto Madero, al contrario, buscaba en el reciclado una forma del exorcismo. </strong>Alejandro Jodorowsky recomienda superpoblar el cuarto con recuerdos del ser amado que acaba de partir para poder despedirlo en su omnipresencia y evadir una permanencia fantasmag&oacute;rica. <strong>En su exceso de gr&uacute;as y silos, Puerto Madero no recuerda la industria ni los granos ni el pasado, sino la fantas&iacute;a reaccionaria de la prosperidad.</strong>
    </p><p class="article-text">
        El 20 de diciembre de 2001, Puerto Madero inaugur&oacute; una de sus adiciones m&aacute;s reconocibles en el mundo, el <strong>Puente de la Mujer</strong>, del arquitecto valenciano Santiago Calatrava. Su punta estirada al cielo a&uacute;n resultaba incongruente con el tramado del bajo porte&ntilde;o, su dise&ntilde;o estilizado &ldquo;y casi anor&eacute;xico&rdquo;, como dec&iacute;a Guillermo Korn en un relato sobre el puente, no pertenec&iacute;a a nada. Poco antes del mediod&iacute;a, yendo hacia el puente caminando por Huergo o por Azopardo se escuchaban sirenas y disparos como ruidos de fondo. Grupos de 10 o 15 chicos aparec&iacute;an corriendo desde el oeste, amenazantes amenazados. Autos de civil cruzaban con sirenas de un lado al otro por los puentes verdaderos, indiferentes a su nueva adici&oacute;n urbana. Guardias privados se abroquelaban en la impotencia.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">En su exceso de grúas y silos, Puerto Madero no recuerda la industria ni los granos ni el pasado, sino la fantasía reaccionaria de la prosperidad.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Sobre el lado este del puente, el de la franja m&iacute;nima de tierra en el que se levantaban edificios y hoteles cada vez m&aacute;s cerca del r&iacute;o, al costado derecho del puente, hab&iacute;a un peque&ntilde;o mont&iacute;culo de cemento, una placa ins&oacute;litamente decorada con unas cintas argentinas que reten&iacute;an una especie de arreglo floral, y los nombres de An&iacute;bal Ibarra y Fernando de la R&uacute;a. Al momento exacto de la inauguraci&oacute;n programada para ese mediod&iacute;a, De la R&uacute;a hab&iacute;a renunciado, Ibarra -jefe de gobierno de la ciudad- hab&iacute;a huido de sus oficinas escondido en una ambulancia, y la tapa de <em>Clar&iacute;n </em>produc&iacute;a la fractura que marcar&iacute;a las d&eacute;cadas por venir: un t&iacute;tulo con &ldquo;saqueos... siete muertos y 138 heridos&rdquo; y otro al lado, &ldquo;la clase media hizo su propia protesta: gigantesco cacerolazo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Y la inauguraci&oacute;n del puente? Ni noticias. Las cosas importantes no salen en los diarios. Walter Benjamin recuerda que en 1794, los campesinos a 10 kil&oacute;metros de Paris a&uacute;n no sab&iacute;an que hab&iacute;a habido una revoluci&oacute;n ni que Luis XVI llevaba un a&ntilde;o sin cabeza. Uno pod&iacute;a quedarse mirando la plaquita celebratoria o levantar la vista y entender que la verdadera inauguraci&oacute;n estaba ocurriendo delante de nuestras narices, con la desmesura que ni Calatrava hubiera so&ntilde;ado. Se calcula que cerca de 20 trabajadores murieron en la construcci&oacute;n del Puente de Brooklyn hacia finales del siglo XIX. El Puente de la Mujer, a un 10% de su tama&ntilde;o y 1% de su utilidad, se inaugur&oacute; sobre 38 cad&aacute;veres, algunos que yac&iacute;an a un centenar de metros de ah&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>El Puente de la Mujer es una atrocidad s&oacute;lo concebible en la mente de Calatrava, s&oacute;lo realizable en los </strong><em><strong>roaring nineties</strong></em><strong> que termin&oacute; coronando.</strong> La estructura de acero y cemento de apenas 160 metros de largo y cinco de ancho pesa 800 toneladas. El coso cruza lo que pomposamente se conoce como &ldquo;R&iacute;o D&aacute;rsena Sur&rdquo;, y tiene esa aguja de 39 metros de altura que Calatrava vendi&oacute; como la imagen de una pareja bailando tango, aunque hizo media docena de dise&ntilde;os similares en todo el mundo y en cada lugar dijo que significaba algo distinto, un rayo, el esp&iacute;ritu de un pueblo apuntando al cielo o la forma figurada de un dedo alzado diciendo &ldquo;miren c&oacute;mo los cagu&eacute;&rdquo;. &ldquo;Calatrava&rdquo; deber&iacute;a ser una figura legal, una forma del delito: &ldquo;Tras comprobarse que el crimen hab&iacute;a sido ejecutado de forma cruel y alevosa, el jurado decidi&oacute; mantener el pedido de la fiscal&iacute;a y condenar al asesino a la pena de tres Calatravas y medio&rdquo;, por ejemplo. El puente fue hecho en Espa&ntilde;a y montado en la d&aacute;rsena, los seis millones de d&oacute;lares del entuerto pagados todos por el financista Alberto Gonz&aacute;lez como parte de una campa&ntilde;a de la Corporaci&oacute;n Puerto Madero para darle m&aacute;s visibilidad a la zona y enriquecimiento a sus habitantes. Para que ese canalcito de agua siga siendo transitable, el armatoste tiene 20 motores (&iexcl;veinte!) que permiten mover la estructura a un lado para que pasen los tres barquitos que tengan que pasar. En sus veinte a&ntilde;os de vida inerte, su &uacute;nico momento de vitalidad fue cuando Mart&iacute;n Liut y Buenos Aires Sonora utilizaron sus cuerdas como campanario para crear &ldquo;El Puente Suena&rdquo; y darle sus 15 minutos de vitalidad urbana.
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                Puente de la Mujer                            </span>
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        En los hechos, el puente une toda la ciudad (o todo el pa&iacute;s hasta la cordillera, o todo el continente hasta el Pac&iacute;fico) con una franjita m&iacute;sera de tierra donde las reservas ecol&oacute;gicas son arrinconadas por edificios y negocios. <strong>Los puentes hablan por lo que unen y separan, es una relaci&oacute;n neur&oacute;tica que desarrollan con su prop&oacute;sito manifiesto</strong>. Entre el 15 y el 18 de octubre de 1945, Buenos Aires vive asediada con puentes que suben y bajan al comp&aacute;s de la paranoia. El 16, los obreros del Frigor&iacute;fico Wilson entran por el Puente Uriburu. Unos 10.000 m&aacute;s usan el Puente Pueyrred&oacute;n y marchan reclamando la libertad de Per&oacute;n. Al d&iacute;a siguiente la polic&iacute;a decide levantar los puentes (&iquest;cu&aacute;ntos motores tiene el Uriburu?), pero los obreros cruzan por los puentes ferroviarios, ilevantables. El 16, m&aacute;s obreros cruzan el bell&iacute;simo Puente S&aacute;enz en Pompeya. La polic&iacute;a corta el puente. Los obreros cruzan en bote. El 17, la polic&iacute;a de la capital busca levantar los puentes por la ma&ntilde;ana, pero ante la pasividad de la provincia decide bajarlos por la tarde: decenas de miles de trabajadores entran a la capital por el Puente Pueyrred&oacute;n. En el puente Barracas, en cambio, la polic&iacute;a mantiene el puente levantado. &ldquo;Los compa&ntilde;eros se largaban al agua como pod&iacute;an, usaban los botes, los transbordadores de los frigor&iacute;ficos, tiraban bancos viejos o cualquier cosa que flotara para hacer balsas&rdquo;, record&oacute; tiempo despu&eacute;s Cipriano Reyes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El Puente de la Mujer, en cambio, no une nada con nada, ni los separa. Y si llegara el d&iacute;a en que todo el continente decidiera abalanzarse sobre el este, de poco servir&iacute;an sus 20 motores. <strong>El Puente de la Mujer sell&oacute; un pacto de muerte con su inauguraci&oacute;n, fij&oacute; banalidad y sentido, prop&oacute;sito y deseo a un lado y otro del diquecito que a duras penas separaban las dos argentinas, siempre porosas</strong>. En alg&uacute;n momento, a&ntilde;os despu&eacute;s, las placas originales fueron reemplazadas en alg&uacute;n momento de este siglo: de las dos nuevas planchas de acero desaparecieron los nombres de Ibarra y De la R&uacute;a, y la inauguraci&oacute;n es un vago &ldquo;diciembre de 2001&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En la f&aacute;bula b&iacute;blica de <em>El Capital</em>, Marx dec&iacute;a que las grandes producciones de manufacturas &ldquo;forjadas en la usura y el comercio&rdquo; se establecieron primero alrededor de los grandes puertos, lejos del r&eacute;gimen feudal del campo y de las corporaciones de la ciudad que le imped&iacute;an transformarse en capital industrial. En los Puerto Madero de toda Europa se disolv&iacute;a la sociedad feudal. En la Argentina, esos silos ya no guardan granos. Pero en uno de esos estaban las oficinas de uno de los lobbistas de Monsanto, por la que pas&aacute;bamos decenas de periodistas al mes para escuchar el &uacute;ltimo chisme de la Secretar&iacute;a de Ganader&iacute;a y Pesca que regenteaba el Comandante Felipe Sol&aacute;, cuyo compromiso con la semilla Roundup &reg; ha sido la verdadera base de los milagros bellos y calamitosos que la Argentina vive desde hace tres d&eacute;cadas. La semilla que nos hab&iacute;a llevado a buen puerto (&iexcl;ja!) durante tantos a&ntilde;os, que nos hab&iacute;a permitido construir tantos puentes.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El Puente de la Mujer selló un pacto de muerte con su inauguración, fijó banalidad y sentido, propósito y deseo a un lado y otro del diquecito que a duras penas separaban las dos argentinas, siempre porosas</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        La obra, el puente, es, entonces, una de las obras m&aacute;s in&uacute;tiles y banales. Pero en la econom&iacute;a simb&oacute;lica de la Argentina del siglo XXI, la inauguraci&oacute;n de un puente uniendo dos orillas que se derrumban era algo m&aacute;s que un fracaso. Por ah&iacute; pasaron una cantidad insignificante de personas, pero de una costa a otra cruzaron las mercanc&iacute;as personificadas que le dieron forma a la naci&oacute;n presente. Mart&iacute;n Rodr&iacute;guez bien dice que tras el 2001 &ldquo;no hubo una sola parte de la sociedad que no asumiera que si se moviliza y sale a la calle obtiene cosas&rdquo;. Los primeros en entenderlo fueron Macri y el plantel de visionarios que le dio forma al PRO y que cifra en el descalabro del 20 de diciembre el momento en el que decidieron cruzar el puente, dejar atr&aacute;s la parcela chica y salir a conquistar la otra orilla, convertir el confort de la costa en una prioridad de masas y electoralmente competitiva. Si no les gusta, armen un partido y crucen el puente para construir una barbarie a la medida de sus temores.
    </p><p class="article-text">
        El tr&aacute;nsito se multiplic&oacute; convulsivamente, porque en las d&eacute;cadas siguientes, hordas de cabecillas peronistas hicieron el trayecto opuesto, atra&iacute;dos qui&eacute;n sabe porqu&eacute;, y supusieron que para calmar los fuegos del 2001 ten&iacute;an que hacerse fuertes en la ciudad chica, y entonces hasta ah&iacute; march&oacute; el kirchnerismo y sus derivados, montando al otro lado de la canaleta sus chiringuitos de lavado de dinero, las cenas irredentas y hasta el departamento inmenso y desolado en el que Alberto Fern&aacute;ndez pas&oacute; sus a&ntilde;os de cuarentena antes de regresar airoso y triunfal. En la inmensidad del tr&aacute;fico que soportaba el puente de Calatrava se cruzaban unos y otros. &iquest;Se hablaban? &iquest;Paraban un rato acodados sobre las cuerdas de acero para comentar sobre los nuevos vecinos? &iquest;Se preguntaban por los nombres de las calles, por esas mujeres? Despu&eacute;s de cruzar, &iquest;dobl&aacute;s a la derecha en Juana Manso o en Olga Cosentini, que en los dos siglos precedentes imaginaron las patrias del otro lado?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qui&eacute;nes cruzan el puente de forma inconmovible, an&oacute;nimos como el grito desesperado de Munch? Natalia Fortuny, analizando las representaciones art&iacute;sticas del 2001, rescata el trabajo de Nuna Manguante sobre &ldquo;los abstractos del poder, los intangibles&rdquo;, a los que describe como esos &ldquo;humanos que deshumanizan, los constructores de muros&rdquo;. Pero como en el equ&iacute;voco est&aacute; el sentido, en el 2001, los intangibles construyeron sus muros transitando por nuestros puentes.
    </p><p class="article-text">
        He ah&iacute; la cuesti&oacute;n: el puente chico hacia la nada, levantado t&iacute;mido entre la humareda de los gases y el olor a muerte, se&ntilde;alaba con su puntita otro legado del 2001, no el de la &eacute;pica pero tampoco el de la exasperaci&oacute;n, sino el de la convicci&oacute;n de que la &uacute;nica forma de hacer el pa&iacute;s gobernable era hacerlo m&aacute;s chico, el verdadero n&uacute;cleo duro de la democracia de este siglo, nuestra pol&iacute;tica de Estado, el segundo pacto de la transici&oacute;n. En los &rsquo;80, la Franja Morada de arquitectura ide&oacute; una consigna que se har&iacute;a generacional: &ldquo;Hoy es tiempo de construir m&aacute;s puentes que paredes&rdquo;. Veinte a&ntilde;os despu&eacute;s, sus herederos le encontraron la vuelta para asegurar que, derribados aquellos muros, estos puentes no fueran a ninguna parte. Los planes sociales, que hab&iacute;an irrumpido en la Argentina al mismo tiempo en que se empez&oacute; a concebir el Puente de la Mujer como un recurso temporario para amortiguar el aluvi&oacute;n de calamidades que trajo la reforma del Estado, se incorporaron al paisaje nacional como la punta de Calatrava. <strong>Puente y planes, una Argentina para todos.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        La eficacia de la democracia argentina de este siglo quiz&aacute;s pueda medirse en que nunca se hayan traspasado esos l&iacute;mites de la tensi&oacute;n pol&iacute;tica, que las ambiciones m&aacute;s humanistas y las m&aacute;s crueles se hayan contenido dentro de s&iacute;. Puente y planes, una Argentina para todos y todas. Como horizonte, esa f&oacute;rmula tom&oacute; forma en la clase dirigente entre el humo y el puente. Su eficacia gui&oacute; el curso de este siglo y hoy est&aacute; dando sus &uacute;ltimas bocanadas de legitimidad ante un mundo nuevo que ya no encaja en esa bit&aacute;cora de supervivencia. Y que en los bordes de lo que vemos, tambi&eacute;n producir&aacute; otros s&iacute;mbolos, otros puentes a ninguna parte.
    </p><p class="article-text">
        <em>ES</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ernesto Semán]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/puente-barbarie_129_8569402.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 19 Dec 2021 03:05:40 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un puente a la barbarie]]></media:title>
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