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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Juan Carlos Baglietto]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Juan Carlos Baglietto]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Los silencios y las furias]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/silencios-furias_129_12012661.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/34b2925f-4276-4c3d-b8d0-90c22211baa5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los silencios y las furias"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Personajes y situaciones nuevas para el rock argentino. Oficinistas solitarios. Hombres que volvían de la cárcel. Embarazos perdidos. Pequeñas grandes historias. Un cantante, Juan Carlos Baglietto, de una teatralidad inédita. Y un disco que contaba tiempos difíciles y hablaba de una guerra sin nombrarla. Novedades y rescates en la red, entre las redes.

</p></div><p class="article-text">
        El disco que m&aacute;s y mejor habl&oacute; de Malvinas no las menciona ni una sola vez. Y la par&aacute;frasis a <strong>Jorge Luis Borges</strong> y sus camellos es inevitable porque tal vez esa sea la mejor manera argentina de hablar de algo: no nombrarlo en absoluto. Hubo, por supuesto, referencias expl&iacute;citas. <em>Reina madre</em>, de <strong>Ra&uacute;l Porchetto</strong>. Y, desde ya, esa manera tan Garc&iacute;a de decir lo que nadie se animaba a pronunciar: no bombardeen Buenos Aires. Pero el disco que cont&oacute; la guerra, ya en la (&iquest;involuntaria?) elipsis del t&iacute;tulo, fue <em>Tiempos dif&iacute;ciles</em>.
    </p><p class="article-text">
        Por muchos motivos fue un &aacute;lbum absolutamente at&iacute;pico para lo que ya desde hac&iacute;a m&aacute;s de una d&eacute;cada se llamaba &ldquo;rock nacional&rdquo;. El bautismo hab&iacute;a provenido de la revista m&aacute;s fuertemente reglamentadora de su &eacute;poca, <em>Pelo</em>, en una nota de 1970 en que se mencionaba a <strong>Luis Alberto Spinetta</strong> como &ldquo;uno de los j&oacute;venes m&aacute;s l&uacute;cidos del rock nacional&rdquo;. Y ese rock que ya desde sus inicios hab&iacute;a tenido, en muchos casos, rasgos musicales propios &ndash;&iquest;o es que acaso &ldquo;El tema de Pototo&rdquo;, &ldquo;Pato trabaja en una carnicer&iacute;a&rdquo; o &ldquo;Sue&ntilde;a y corre&rdquo; se parec&iacute;an a algo de lo que sonaba en los Estados Unidos o Gran Breta&ntilde;a?&ndash;&nbsp;por primera vez ocupaba un lugar verdaderamente p&uacute;blico. Malvinas obligaba al canto en castellano y el rock argentino inauguraba su posibilidad de conquistar espacios radiales y de difusi&oacute;n que hasta ese momento le hab&iacute;an estado vedados con carteles callejeros de gran tama&ntilde;o. <strong>Juan Carlos Baglietto</strong>, un rosarino que hab&iacute;a descollado en un grupo casi secreto, Irreal, aparec&iacute;a en el lugar de <strong>Carlos Chaplin</strong> en una famosa escena de <em>El pibe</em> (<em>The Kid</em>, 1921). Las letras, rojas contra el blanco y negro de la foto, anunciaban el nombre del solista y el t&iacute;tulo: unos tiempos dif&iacute;ciles que la imagen situaba en la pobreza, en la calle, en la ni&ntilde;ez, pero que las tapas de la revista <em>Gente</em>, mostrando bombardeos mar&iacute;timos y anunciando un improbable triunfo b&eacute;lico, situaban en otra parte. 
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        De las diez canciones del disco cinco llevaban la firma de <strong>Fito P&aacute;ez</strong> &ndash;una de ellas, &ldquo;La m&uacute;sica del R&iacute;o de la Plata&rdquo;, en conjunto con Baglietto&ndash;, que acababa de cumplir 19 a&ntilde;os, que ya hab&iacute;a formado parte de una banda notable, <strong>El Banquete</strong>, y que, en el disco, adem&aacute;s de tocar los teclados, se erig&iacute;a como director musical de un grupo que inclu&iacute;a a <strong>Rub&eacute;n Gold&iacute;n</strong> en guitarra, <strong>Sergio Sainz</strong> en bajo el&eacute;ctrico, <strong>Marco Pusineri</strong> en bater&iacute;a y <strong>Silvina Garr&eacute;</strong> en voz. Los otros t&iacute;tulos de su autor&iacute;a eran &ldquo;Aunque ma&ntilde;ana no est&eacute;s&rdquo;, &ldquo;Pu&ntilde;al tras pu&ntilde;al&rdquo;, &ldquo;Sobre la cuerda floja&rdquo; y &ldquo;La vida es una moneda. Los autores restantes eran Gold&iacute;n (tres canciones, &rdquo;Dulce p&aacute;jaro&ldquo;, &rdquo;Sin luna&ldquo;, y, en colaboraci&oacute;n con Juan Manuel Monfrini, &rdquo;Los nuevos brotes&ldquo;), <strong>Adri&aacute;n Abonizio</strong> (antecesor de Baglietto en Irreal) con &rdquo;Mirta de regreso&ldquo;, y <strong>Jorge Fandermole</strong>, con &rdquo;Era en abril&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        Si el rock nacional, en sus mejores expresiones, ya portaba una mezcla inusual e irrepetible en su ADN &ndash;<strong>The Beatles</strong>, tango, folklore (grupos vocales, <strong>Jorge Cafrune</strong>, <strong>Mercedes Sosa</strong>, <strong>Horacio Guarany,</strong> el <strong>Cuchi Leguizam&oacute;n</strong>), cantantes mel&oacute;dicos y el proto beat de Los Gatos&ndash;, Rosario, m&aacute;s parecida a Montevideo que a Buenos Aires, en su escala de bares donde poetas, novelistas, pintores y m&uacute;sicos se encontraban a diario, aport&oacute; una nueva rareza a la alquimia: ese rock que ven&iacute;a de all&iacute; era letrado. P&aacute;ez, Abonizio y Fandermole contaban historias. 
    </p><p class="article-text">
        Sus canciones no eran (s&oacute;lo) confesionales. Y abordaban los mismos temas y personajes que cierta literatura rioplatense que hab&iacute;a estado ausente en las lecturas del ya can&oacute;nico rock vern&aacute;culo. En <em>Tiempos dif&iacute;ciles</em> resonaban <strong>Roberto Arlt</strong>, el grupo de Boedo y sus oficinistas y soledades, y, por supuesto, Montevideo y la po&eacute;tica de lo cotidiano que <strong>Mario Benedetti</strong> hab&iacute;a patentado por esos a&ntilde;os y que <em>La tregua</em>&nbsp;&ndash;la novela de 1959 pero, sobre todo, el film de 1974 dirigido por <strong>Sergio Ren&aacute;n</strong>&ndash; convirti&oacute; en hit. 
    </p><p class="article-text">
        La mayor&iacute;a de las canciones del disco con el que comenz&oacute; la carrera solista de Baglietto estaba estructurada a la manera de cuentos cortos. Sus protagonistas estaban delineados con precisi&oacute;n. Tanto sus caracter&iacute;sticas psicol&oacute;gicas y sociales como las circunstancias por las que atravesaban se describ&iacute;an con detalle. En &ldquo;Mirta de regreso&rdquo;, la manera en que una escena &ndash;el di&aacute;logo que no sucede entre quien vuelve de la c&aacute;rcel y su mujer, de la que asoman los zapatos debajo de la cama&ndash; se proyecta hacia el pasado y hacia un futuro igualmente sombr&iacute;o (&ldquo;s&oacute;lo algunas noches, sal&iacute;s a trabajar&rdquo;) y la irrupci&oacute;n en la canci&oacute;n argentina de un coloquialismo sin impostaci&oacute;n (&ldquo;Hac&eacute; de cuenta que estuve navegando/ es casi lo mismo solo cambia el paisaje&rdquo;), junto con im&aacute;genes de una belleza y una potencia inusitadas. En &ldquo;Era en abril&rdquo;, se relataba la tristeza frente a un embarazo perdido. Quienes aparecen en estas canciones no son personajes del rock. Son personajes a secas. Personas normales que hablan como personas normales. El vecino que cay&oacute; en cana y la mujer que lo ha esperado o no lo ha hecho. El maestro o el empleado. Los amores chiquitos y, al mismo tiempo, inmensos de cada vida. 
    </p><p class="article-text">
        La otra gran anomal&iacute;a era el propio Baglietto. Una de las grandes tradiciones del rock era la de las baladas inglesa y escocesa (la otra era la del blues). La de la voz neutra. La de la renuncia a la pasi&oacute;n para cantar las pasiones. La de <strong>Paul McCartney</strong> dejando que fuera la propia historia la que cargara las tintas. La mujer que junta del piso el arroz que queda de los casamientos, en &ldquo;Eleanor Rigby&rdquo;, o la que dice &ldquo;Papi, ella se fue de casa&rdquo; en &ldquo;She&rsquo;s Leaving Home&rdquo;, son cantadas con una distancia extrema. 
    </p><p class="article-text">
        Baglietto, en cambio, toma fuentes argentinas. La teatralidad de algunos cantantes de tango, desde ya. Y las infinitas inflexiones que pon&iacute;a en juego Spinetta &ndash;esa manera de quebrar la voz en el final de &ldquo;Laura va&rdquo;; la congoja sin fronteras que atraviesa al Capit&aacute;n Beto&ndash;. En la voz y la manera de interpretar del rosarino, el componente narrativo de cada una de las canciones, esa manera de contar escenas, cobra vida propia. Y una y otra, la matriz de esas piezas concentradas y la forma en que el cantante las relata, palabra por palabra y matiz por matiz, se potencian mutuamente. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cada una de las canciones de <em>Tiempos dif&iacute;ciles</em> es extraordinaria y cada oyente tendr&aacute; una, o varias, como sus preferidas. Pero hay una que, por s&iacute; sola, rompe, o reformula, los protocolos del llamado rock nacional e, incluso, de la canci&oacute;n popular en su conjunto. &ldquo;Sobre la cuerda floja&rdquo; abr&iacute;a el segundo lado del LP. El protagonista era un oficinista, alguien abundante en la literatura pero ausente en el rock. Un oficinista olvidado y solitario, adem&aacute;s. Pero un personaje de quien P&aacute;ez no lo sabe todo. &Eacute;l es testigo de escenas privadas pero, aun as&iacute;, debe remitirse a lo que el personaje cuenta de s&iacute; mismo. &ldquo;&rsquo;El vino es casi como el amor&rsquo;, dec&iacute;a&rdquo;, dec&iacute;a uno que dec&iacute;a el otro. Y el recurso (&ldquo;Se subi&oacute; al primer taxi/ con la impotencia en quiebra/ la &uacute;ltima noche que estar&eacute; conmigo/ ser&aacute; una gran fiesta, dijo&rdquo;) volv&iacute;a a aparecer en el final de la primera parte. El momento del gran quiebre, tanto en la vida del oficinista como en la m&uacute;sica de la canci&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        El vals inicial se transformaba, daba un vuelco. Y la nueva secci&oacute;n, mucho m&aacute;s teatral, desembocaba en una escala crom&aacute;tica descendente, a la manera de los madrigales de <strong>Carlo Gesualdo</strong> o <strong>Claudio Monteverdi</strong>. Ese pasaje se repet&iacute;a tres veces. La primera con la frase &ldquo;la &uacute;ltima noche que estar&eacute; conmigo&rdquo;, la segunda con &ldquo;mir&oacute; al reloj que lo observaba tenso&rdquo; y la &uacute;ltima con &ldquo;cerr&oacute; los ojos, no dud&oacute; un instante&rdquo;. All&iacute; llegaba la &uacute;ltima oraci&oacute;n: &ldquo;y apret&oacute; la carne, sangr&oacute; su pecho&rdquo;. Despu&eacute;s ya no hab&iacute;a m&aacute;s palabras. No pod&iacute;a haberlas. El corte de la carne se correspond&iacute;a con un corte musical. Su escuchaba (c&oacute;mo no escucharlo) un peque&ntilde;o silencio. &nbsp;Despu&eacute;s, la explosi&oacute;n del solo de guitarra el&eacute;ctrica tomaba el lugar del texto. Como en el disco mismo &ndash;un disco lleno de palabras&ndash;, lo m&aacute;s importante era lo no dicho.
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    </figure><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog &ldquo;El sonido de los sue&ntilde;os&rdquo;: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/silencios-furias_129_12012661.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Feb 2025 15:42:18 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Juan Carlos Baglietto,Fito Páez,´La Trova Rosarina]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Del 63 al 21, la energía inalterable de Fito Paez]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/63-21-energia-inalterable-fito-paez_129_8569585.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5a2d18ad-9121-46c3-b8dc-9ad4a408a610_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Del 63 al 21, la energía inalterable de Fito Paez"></p><p class="article-text">
        Todos saben que es del 63, as&iacute; que las cuentas son f&aacute;ciles. En el borde del final de su cincuentena,<strong> Fito P&aacute;ez</strong> ha ganado el Grammy a la excelencia, ha cantado con Elvis Costello &ndash;y Elvis Costello lo ha cantado a &eacute;l&ndash;, y ha publicado <em>Los a&ntilde;os salvajes</em>, el primer disco de una trilog&iacute;a urgente, a la manera de las <em>Letras de emergencia</em> de Mario Benedetti o la <em>Incitaci&oacute;n al Nixonicidio y alabanza de la revoluci&oacute;n chilena, </em>escrita por Pablo Neruda en 1973, pero propulsada por la pandemia de Covid. Tambi&eacute;n ha cantado en el Col&oacute;n, homenajeando a Charly Garc&iacute;a y, si solo se tratara de blasones y aniversarios, no deber&iacute;an olvidarse los cuarenta a&ntilde;os cumplidos por &ldquo;Sobre la cuerda floja&rdquo;, una de las canciones m&aacute;s extraordinarias, en el sentido m&aacute;s preciso de la palabra: ese relato descomunal que abr&iacute;a el segundo lado de <em>Tiempos dif&iacute;ciles</em>, editado en 1982 por Juan Carlos Baglietto.&nbsp;
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        Si aquellos tiempos dif&iacute;ciles alud&iacute;an a una guerra que, por otra parte, nunca se mencionaba de manera expl&iacute;cita &ndash;aunque s&iacute; se mencionaran otras guerras&ndash;, estos a&ntilde;os salvajes son, tal vez, m&aacute;s autobiogr&aacute;ficos. M&aacute;s &iacute;ntimos. Pero se trata del autorretrato de alguien que escucha. Que registra el pulso de lo que lo rodea. Y, sobre todo, de alguien que, respaldado en un &eacute;xito que todo lo permite, desde hace muchos a&ntilde;os no tiene ning&uacute;n reparo en mostrar aquello que m&aacute;s se ha resistido al arte de todos los tiempos: el optimismo, la felicidad y hasta cierta inclinaci&oacute;n por la arenga y la exaltaci&oacute;n. Pero hay algo que ya revelaba, de manera ejemplar &ldquo;Sobre la cuerda floja&rdquo;. All&iacute; se describ&iacute;a, en las primeras dos estrofas, contra un lento vals, la vida de un personaje solitario. Y en el estribillo, una sola palabra pon&iacute;a en entredicho todo el pacto de la canci&oacute;n popular. &ldquo;&rdquo;El vino es casi como el amor&rsquo;, dec&iacute;a&ldquo;, cantaba.&nbsp;
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        Ese &ldquo;dec&iacute;a&rdquo; se&ntilde;alaba una distancia inusual: Fito P&aacute;ez no lo sabe todo sobre su personaje; se remite a lo que &eacute;l dec&iacute;a. Y repetir&aacute; el recurso m&aacute;s adelante: &ldquo;Se subi&oacute; al primer taxi/ con la impotencia en quiebra/ la &uacute;ltima noche que estar&eacute; conmigo/ ser&aacute; una gran fiesta, dijo,...&rdquo;. P&aacute;ez era &ndash;es&ndash; un compositor letrado. Pero, adem&aacute;s, esos versos comenzaban una secci&oacute;n musical nueva, cargada de dramatismo, que desembocaba en una escala crom&aacute;tica descendente, a la manera de los madrigales de Gesualdo o Monteverdi y se repet&iacute;a tres veces. La primera con la frase &ldquo;la &uacute;ltima noche que estar&eacute; conmigo&rdquo;, la segunda con &ldquo;mir&oacute; al reloj que lo observaba tenso&rdquo; y la &uacute;ltima con &ldquo;cerr&oacute; los ojos, no dud&oacute; un instante&rdquo; que llevaba a la &uacute;ltima oraci&oacute;n: &ldquo;y apret&oacute; la carne, sangr&oacute; su pecho&rdquo;. Despu&eacute;s ya no hab&iacute;a m&aacute;s palabras. No pod&iacute;a haberlas. El corte de la carne era tambi&eacute;n un corte musical, un peque&ntilde;o silencio y, luego, la explosi&oacute;n del solo de guitarra el&eacute;ctrica de Rub&eacute;n Gold&iacute;n. <strong>La construcci&oacute;n del relato era totalmente nueva para eso llamado rock nacional. Pero tambi&eacute;n lo era la exacta m&iacute;mesis entre letra y m&uacute;sica</strong>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Eso llamado rock nacional, o mejor dicho el mundo de los fans y de gran parte de los periodistas especializados &ndash;si es que se trata de cosas diferentes&ndash; suele oscilar entre la genuflexi&oacute;n y la destrucci&oacute;n impiadosa. Y ese peque&ntilde;o universo, que adem&aacute;s administra los pases para habitar dentro de sus fronteras, en alg&uacute;n momento abomin&oacute; de Fito P&aacute;ez de la misma manera en que antes, cuando era el que pintaba ciudades de pobres corazones, lo hab&iacute;a idolatrado. El Rock, con may&uacute;sculas no era un estilo o una matriz musical sino una forma de vida &ndash;o su apariencia y su gestualidad&ndash;. Se pod&iacute;a ser millonario, como sus majestades sat&aacute;nicas, pero hab&iacute;a que seguir cantando a la insatisfacci&oacute;n. El argentino tuvo, en ese sentido, una temprana coherencia. Nunca ocult&oacute; su felicidad, cuando la tuvo, y de all&iacute; surgieron algunas de las m&aacute;s bellas canciones de amor imaginable &ndash;de las pocas de la historia, hay que decirlo, que se trataron de amores consumados y no de abandonos y pasiones perdidas (aunque a veces tambi&eacute;n)&ndash;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Su &uacute;ltimo disco encabeza una serie que continuar&aacute; el pr&oacute;ximo febrero con la edici&oacute;n de una grabaci&oacute;n con una orquesta sinf&oacute;nica checa y, posteriormente, con la publicaci&oacute;n de un registro de temas in&eacute;ditos acompa&ntilde;ado al piano (como en <em>Rodolfo</em>, uno de los trabajos m&aacute;s interesantes de su per&iacute;odo post <em>El amor despu&eacute;s del amor</em>). All&iacute;, con una producci&oacute;n impecable y una banda tan potente como ajustada &ndash;y delicada cuando es necesario- elige un tono coloquial y directo. Si lo que quiere decir es que una vida sin lucha no tiene sentido o que hay que construir un caballo de Troya para destruir ciudades dice exactamente eso. Pero, por supuesto, no se niega &ndash;ni niega al oyente&ndash; el placer de frases desgarradas como &ldquo;Te vas esfumando en el viento, nos vamos perdiendo en el tiempo&rdquo; en la exquisita &ldquo;La m&uacute;sica de los sue&ntilde;os de tu juventud&rdquo;, donde el acompa&ntilde;amiento de piano remite en algo a la guitarra de &ldquo;Blackbird&rdquo;. Hay riffs contundentes, como el del inicial &ldquo;Vamos a lograrlo&rdquo;. Hay algo casi epistolar en &ldquo;Encuentros cercanos&rdquo;. Y hay, claro, una improvisaci&oacute;n en la que cuenta una improvisaci&oacute;n. Unas cervezas tomadas en Londres (&ldquo;London Town&rdquo;, puntualiza la canci&oacute;n) junto a Elvis Costello y sus voces, una junto a la otra, en &ldquo;Beer Blues&rdquo;.&nbsp;
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        Mar&iacute;a Moreno, en un notable art&iacute;culo publicado por la revista <em>Rolling Stone</em> en 1998, dec&iacute;a que P&aacute;ez pod&iacute;a llegar a ser el peor entrevistado, en la medida en que todo, hasta sus errores y las confesiones de sus flaquezas, estaba absolutamente editado de antemano. Tambi&eacute;n, como en la m&aacute;s reciente &ndash;y no menos notable&ndash; entrevista realizada por<a href="https://www.infobae.com/cultura/2018/05/20/fito-paez-hay-que-reclamarle-un-poco-de-ilustracion-a-la-vida-politica-que-no-sea-todo-rosca/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> Hinde Pomeraniec para </a><a href="https://www.infobae.com/cultura/2018/05/20/fito-paez-hay-que-reclamarle-un-poco-de-ilustracion-a-la-vida-politica-que-no-sea-todo-rosca/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Infobae</em></a>, en 2018, pod&iacute;a demostrar ser el mejor entrevistado posible. Es cierto, en sus charlas con periodistas habla de un gato gay al que le gustaba <em>Noche transfigurada</em> de Sch&ouml;nberg, y de su recuerdo y admiraci&oacute;n por Gerardo Gandini &ndash;Alina, una de las hijas del compositor, toc&oacute; en su banda y &eacute;l fue el orquestador de un concierto en el Col&oacute;n, en 1996&ndash; que, a su vez, ten&iacute;a una particular fascinaci&oacute;n por &ldquo;Carabelas nada&rdquo;.&nbsp; Habla de sus lecturas y de las pel&iacute;culas amadas y de otros amores menos evidentes, como la m&uacute;sica de Haydn. Su mundo es el del rock solo en parte y el mundo del rock admite de &eacute;l solo una parte.&nbsp;&Eacute;l es un personaje mucho m&aacute;s complejo. Es el de las citas cult&iacute;simas, el de las referencias cinematogr&aacute;ficas, el que menciona a Fogwill, el letrista genial de una cantidad abrumadora de canciones.<strong> El melodista ejemplar capaz de rendir pleites&iacute;a, con sus amplios arcos mel&oacute;dicos, a los Beatles y al tango a la vez, y es, por supuesto, el de los raros peinados nuevos y el &iacute;dolo pop amado por multitudes en toda Am&eacute;rica Latina. </strong>Y es el compositor al que Mercedes Sosa y Caetano han admirado y el que supo ser el mejor partenaire imaginable de sus maestros (en aquel <em>La La La</em> que lo encontr&oacute; junto con Luis Alberto Spinetta, ambos en estado de gracia. y como tecladista de Charly Garc&iacute;a). El que, ya lejos del 63, canta en el 21, con energ&iacute;a inalterable, que es posible lograrlo. 
    </p><p class="article-text">
        <em>DF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/63-21-energia-inalterable-fito-paez_129_8569585.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 11 Dec 2021 03:50:58 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Del 63 al 21, la energía inalterable de Fito Paez]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Fito Páez,Los Beatles,Charly García,Juan Carlos Baglietto]]></media:keywords>
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