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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Club del Trueque]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/club-del-trueque/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Club del Trueque]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Las hijas de neoliberalismo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/hijas-neoliberalismo_1_8592443.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d58dad6e-162e-47ed-914b-eb35758720b2_16-9-discover-aspect-ratio_default_1037227.jpg" width="618" height="348" alt="Las hijas de neoliberalismo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Carlos del Bianco era dueño de una fábrica de jugos pero tuvo que cerrarla en 1999, en medio de un cuadro depresivo y en el umbral de la crisis económica. Su hija Celeste reconstruye su historia y la de su familia, dramático reflejo de tantas en la Argentina de comienzos de siglo.</p></div><p class="article-text">
        Una habitaci&oacute;n ensombrecida. <strong>En la cama estaba mi pap&aacute;, tieso, inm&oacute;vil, con la mirada fija y las manos cruzadas sobre el pecho sosteniendo un crucifijo plateado</strong>. No hablaba. Ni siquiera parpadeaba. En la mesa de luz hab&iacute;a una radio, un cenicero, tres atados de cigarrillos <em>Particulares</em> y una estampita de la Virgen de Luj&aacute;n. <strong>Respiraba suave mi pap&aacute;. Un hilito de agua le ca&iacute;a por el costado de los ojos grises</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Siempre tuve miedo de entrar en esa habitaci&oacute;n y encender la luz. Sent&iacute;a una tensi&oacute;n fuerte en el cuerpo. Al apretar la perilla me acercaba despacio para ver si a&uacute;n respiraba. <strong>Recuerdo la frustraci&oacute;n que me generaba preguntarle si se iba a levantar de la cama para almorzar con nosotras</strong>. Entre tanta incertidumbre, hab&iacute;a una certeza: <strong>su respuesta, que era &ldquo;no&rdquo;</strong>. Mis hermanas Florencia y Agustina tampoco lo lograban. &Eacute;l se quedaba en el lado izquierdo de la cama matrimonial. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Mi pap&aacute;, Carlos Alberto del Bianco, falleci&oacute; hace un a&ntilde;o, en 2020</strong>. Tuvo dos accidentes cerebrovasculares, uno en octubre y otro en noviembre, ambos el a&ntilde;o pasado. Pero no fueron los &uacute;nicos. <strong>Todo empez&oacute; hace poco m&aacute;s de dos d&eacute;cadas, </strong>cuando cerr&oacute; <em><strong>605</strong></em>, la f&aacute;brica de jugos que mi pap&aacute; hab&iacute;a fundado 18 a&ntilde;os antes. Su empresa, peque&ntilde;a, familiar, es una de las casi <strong>40 mil pymes que cerraron entre 1998 y 2002</strong>, durante los gobiernos de Carlos Menem primero, y de Fernando de la R&uacute;a despu&eacute;s. <strong>Cuando la f&aacute;brica quebr&oacute; mi pap&aacute; ten&iacute;a 51 a&ntilde;os</strong>.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La fábrica de mi papá, pequeña y familiar, es una de las casi 40 mil pymes que cerraron entre 1998 y 2002, durante los gobiernos de Carlos Menem primero, y de Fernando de la Rúa después.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        La f&aacute;brica estaba pegada a nuestra casa. S&oacute;lo nos separaba una puerta. Y como los protagonistas de<em><strong> Casa tomada</strong></em>, el cuento de Cort&aacute;zar, <strong>pap&aacute; fue dejando de habitar espacios</strong>. Primero <strong>dej&oacute; de ir al galp&oacute;n de producci&oacute;n</strong> y se refugi&oacute; en las oficinas. Despu&eacute;s dej&oacute; de usar su escritorio y <strong>se instal&oacute; en un piecita m&aacute;s chica</strong>, con la puerta cerrada y envuelto en el humo de su cigarrillo. <strong>Un d&iacute;a no pis&oacute; m&aacute;s la f&aacute;brica y se qued&oacute; en la cama</strong>. Tuvo un accidente cerebrovascular, el primero, que le afect&oacute; la parte izquierda del cuerpo. Y se deprimi&oacute;. <strong>As&iacute; pas&oacute; m&aacute;s de veinte a&ntilde;os, la mayor parte del tiempo</strong> en esa habitaci&oacute;n, con<strong> la luz apagada y la radio encendida</strong>, d&iacute;a y noche, en el mismo dial: <em><strong>AM 590 Continental</strong></em>.
    </p><p class="article-text">
        Cuando todo se quebr&oacute;, mi mam&aacute;, Susana, ten&iacute;a 48 a&ntilde;os. Mi hermana Florencia ten&iacute;a 20 y Agustina, 10. Yo hab&iacute;a cumplido 15. Nunca sabremos si fue el ACV o la depresi&oacute;n lo que dej&oacute; a mi pap&aacute; en ese estado. Lo que s&iacute; sabemos es lo que lo provoc&oacute;. 
    </p><h3 class="article-text">Las hijas embotellan jugos mientras la madre salva las cuentas del banco</h3><p class="article-text">
        Es el a&ntilde;o 1997. En la oficina de la f&aacute;brica de jugos <em>605</em>, en Luj&aacute;n, <strong>mi mam&aacute; revisa las facturas, los recibos de los proveedores y los cheques</strong>. Aprende tan r&aacute;pido como puede los detalles de la administraci&oacute;n que mi pap&aacute; hab&iacute;a soltado. Saca cuentas en la calculadora con un rollo de papel <em>Olivetti</em> y mueve los dedos sobre las teclas. Los n&uacute;meros que se reflejan en la pantalla no ayudan. <strong>Cuando se acerca a la habitaci&oacute;n para preguntarle a mi pap&aacute; alguna cuesti&oacute;n administrativa, &eacute;l dice que no sabe nada.</strong> Mi mam&aacute;, entonces, llama al banco y pide que no le corten la cuenta corriente. <strong>Salva un cheque, despu&eacute;s otro, pide plata primero a su familia, despu&eacute;s a los usureros</strong>. 
    </p><p class="article-text">
        En la pared de la oficina est&aacute; colgada la foto de un auto de carrera que lleva la publicidad de la empresa familiar. Florencia, mi hermana, entra apurada a ese despacho. Busca las etiquetas para ponerle a las botellas de jugo. <strong>Son pocos los empleados que quedan en la f&aacute;brica: muchos se fueron cuando advirtieron que todo se iba a pique</strong>. Florencia tiene las manos anaranjadas, con olor a pulpa de c&iacute;tricos correntinos y las palmas endurecidas por pegarle a las tapitas de pl&aacute;stico para cerrar las botellas. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Mi mamá, entonces, llama al banco y pide que no le corten la cuenta corriente. Salva un cheque, después otro, pide plata primero a su familia, después a los usureros. </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        &ldquo;<strong>Cuando se enferm&oacute;, ten&iacute;amos que estar con mami en la f&aacute;brica. Trabaj&aacute;bamos los s&aacute;bados, los domingos. &Iacute;bamos con ella en la camioneta a buscar los tanques de pulpa de 200 kilos a San Fernando</strong>. Otras veces viajaba con Moyinga, el &uacute;nico empleado que hab&iacute;a elegido quedarse. Hac&iacute;amos el reparto de los pedidos en Las Flores, Arrecifes, Salto y toda esa zona de la provincia de Buenos Aires&rdquo;, recuerda mi hermana Florencia, hoy de 43 a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Verlo as&iacute;, sin reacci&oacute;n, me daba bronca. <strong>Por ah&iacute; le echaba culpas porque no hab&iacute;a hecho las cosas de tal manera y porque no me hab&iacute;a ense&ntilde;ado a manejar la f&aacute;brica</strong>. Pienso que podr&iacute;a haberme explicado algo m&aacute;s y no solamente a poner el jugo en una botella&rdquo;, dice Florencia. La incertidumbre econ&oacute;mica gener&oacute; p&aacute;nico y estr&eacute;s en muchos trabajadores y trabajadoras de la Argentina. <strong>De acuerdo a estad&iacute;sticas oficiales, para el 2001, las consultas de salud mental en hospitales p&uacute;blicos hab&iacute;an aumentado un 40%</strong>.
    </p><h3 class="article-text">La f&aacute;brica de jugos se convierte en un Club del Trueque</h3><p class="article-text">
        <strong>Mi pap&aacute; naci&oacute; el 2 de mayo de 1948 en San Antonio de Areco</strong>, provincia de Buenos Aires, pero siempre vivi&oacute; en Luj&aacute;n. Termin&oacute; el primario pero no curs&oacute; el secundario. Trabaj&oacute; en una f&aacute;brica automotriz, vendi&oacute; huevos en una furgoneta, puso un almac&eacute;n y despu&eacute;s construy&oacute; la 605, que tuvo dos sucursales. <strong>Junto a otras personas abri&oacute; la escuela de f&uacute;tbol social e infantil &ldquo;Los Pumas&rdquo; y una sociedad de fomento en el Ameghino, uno de los barrios m&aacute;s pobres de Luj&aacute;n</strong>. Le dec&iacute;an <strong>&ldquo;el gordo del Bianco&rdquo;</strong> y andaba siempre en una camioneta F-100 verde.
    </p><p class="article-text">
        Los motores de las m&aacute;quinas dejaron de sonar en 1999 y un silencio met&aacute;lico ocup&oacute; el lugar. <strong>Por meses permaneci&oacute; ese olor a pomelos y naranjas con el que nos criamos</strong>. El timbre del tel&eacute;fono fue el &uacute;nico sonido que interrumpi&oacute; esa mudez. <strong>No se pod&iacute;an hacer llamadas por la falta de pago, pero s&iacute; pod&iacute;amos recibirlas. Eran los acreedores.</strong> Mi pap&aacute; perdi&oacute; m&aacute;s de 30 kilos en ese tiempo.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">No se podían hacer llamadas de teléfono por la falta de pago, pero sí podíamos recibirlas. Eran los acreedores. Mi papá perdió más de 30 kilos en ese tiempo.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        En 2002, el a&ntilde;o en que mi hermana Agustina festejar&iacute;a su Quince, <strong>el galp&oacute;n donde se produc&iacute;a el jugo se convirti&oacute; en un Club de Trueque</strong>. Hombres y mujeres del barrio Zapiola se acercaban a intercambiar mercader&iacute;a: tortas, verduras, ropa, electrodom&eacute;sticos, plantas. Todo estaba ah&iacute;. <strong>Alrededor de cinco millones de personas participaron de los trueques en todo el pa&iacute;s durante la crisis econ&oacute;mica</strong>. &ldquo;Un par de veces fui, aprovechaba que mami llevaba cosas e iba con ella. <strong>Yo vend&iacute;a unas plantas que me daba el verdulero de la esquina y me quedaba con una comisi&oacute;n en cr&eacute;ditos que era el billete que se usaba</strong>&rdquo;, me cuenta mi hermana menor, Agustina.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Mi mam&aacute; pas&oacute; de ser ama de casa a jefa de hogar, </strong>sin escalas e igual que tantas otras mujeres. Siempre en trabajos precarizados. Despu&eacute;s del cierre de la f&aacute;brica, <strong>trabaj&oacute; en una panader&iacute;a, en un restaurante, en una helader&iacute;a, limpi&oacute; oficinas y encar&oacute; diferentes emprendimientos</strong>. Seg&uacute;n un informe del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), <strong>entre 1995 y 2006, la participaci&oacute;n de las mujeres como jefas de familia se extendi&oacute; del 24,2% al 32,6%.</strong>
    </p><h3 class="article-text"> <strong>&ldquo;No puedo hacer otra cosa m&aacute;s que hacer fuerza&rdquo;</strong></h3><p class="article-text">
        <strong>La radio fue otro de los sonidos de esos a&ntilde;os. Pap&aacute; la encend&iacute;a para escuchar los partidos de Boca, el programa de deportes de V&iacute;ctor Hugo y a Luisa Delfino en </strong><em><strong>Te escucho</strong></em>. En 2006, ya recibida de periodista deportiva, entr&eacute; a trabajar en Continental. Creo que, de manera inconsciente, pensaba que si &eacute;l escuchaba su apellido en el &ldquo;aire&rdquo; iba a ponerse contento. Pero nunca me hizo un comentario, as&iacute; que  me di por vencida. 
    </p><p class="article-text">
        El a&ntilde;o pasado, durante la &uacute;ltima internaci&oacute;n en el hospital, quiso incorporarse de la cama. Se puso colorado, hac&iacute;a fuerza, ve&iacute;a c&oacute;mo se le hinchaban las venas. Le ped&iacute; que se quedara tranquilo, que no ten&iacute;a que esforzarse, que no hac&iacute;a falta. <strong>&ldquo;No puedo hacer otra cosa m&aacute;s que hacer fuerza&rdquo;</strong>, me contest&oacute;. Pap&aacute; ya hablaba muy lento, le costaba comunicarse. Esa noche, entend&iacute; que <strong>su fortaleza estuvo en permanecer con nosotras las &uacute;ltimas dos d&eacute;cadas</strong>. A pesar de todo.
    </p><p class="article-text">
        Siempre digo que el neoliberalismo mata. A veces de manera directa, brutal, como fue en<strong> la represi&oacute;n de 2001 </strong>que dej&oacute; al menos 38 personas muertas. <strong>Hay otras muertes, m&aacute;s veladas pero igual de despiadadas</strong>. Cuando muri&oacute; Carlos Menem le&iacute; en las redes sociales muchas<strong> historias de familias rotas</strong>. El tipo de pol&iacute;ticas que en ese momento se implementaron desarmaron las bases econ&oacute;micas de la sociedad, los lazos comunitarios, el tejido social. <strong>Y desarmaron, tambi&eacute;n, a las figuras de las que dependen nuestros peque&ntilde;os universos</strong>, como a mi pap&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        <em>Celeste del Bianco es periodista. Este texto fue finalista del concurso de cr&oacute;nicas del Festival Basado en Hechos Reales en el a&ntilde;o 2019.</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Celeste del Bianco]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 20 Dec 2021 10:42:07 +0000]]></pubDate>
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