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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Gustavo Dudamel]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/gustavo-dudamel/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Gustavo Dudamel]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[10 discos para escuchar antes de que termine el año (y para seguir escuchando después)]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/10-discos-escuchar-termine-ano-seguir-escuchando-despues_129_8592474.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6976e81c-1c51-48cd-a3c6-880a46be5f69_16-9-discover-aspect-ratio_default_1037233.jpg" width="999" height="562" alt="10 discos para escuchar antes de que termine el año (y para seguir escuchando después)"></p><p class="article-text">
        No existe el disco, se dice. Nadie los compra, se asegura. Y, sin embargo, se graban y publican &ndash;a su manera&ndash; infinidad de ellos. Y, lo que es m&aacute;s importante, se escuchan. Hay varias plataformas de streaming donde hacerlo. La m&aacute;s popular es Spotify; la que tiene mejor sonido (entre las versiones gratuitas) es iTunes. Y hay otras pagas, como Tidal, que ofrecen un servicio Premium. Conviene aclarar que, m&aacute;s all&aacute; de la fuente, el sonido depender&aacute; del aparatito que est&eacute; al final de la cadena. De nada servir&iacute;a resaltar hasta el infinito los colores de un cuadro que ser&aacute; visto con anteojos negros y, de la misma manera, los servicios &ldquo;de alta gama&rdquo; aportar&aacute;n muy poca diferencia, si es que alguna, si la m&uacute;sica se escucha con un celular o a trav&eacute;s de la placa de sonido de una computadora.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Las plataformas y el streaming han complotado, por otra parte, contra una de las grandes revoluciones musicales del &uacute;ltimo siglo: el concepto del disco de larga duraci&oacute;n concebido como una unidad. Y en ese sentido 2021 ha aportado una novedad tambi&eacute;n revolucionaria y desde un lugar impensable.</strong> &ldquo;No creamos discos con tanto cuidado y pensamos en el orden de las canciones por nada&rdquo;, dijo la inglesa Adele Laurie Blue Adkins, conocida como Adele. Su &uacute;ltimo disco, <em>30</em>, es el primero que edita en seis a&ntilde;os y est&aacute; concebido, precisamente, con un concepto &ndash;canciones relacionadas con la devastaci&oacute;n producida por un divorcio (el suyo)&ndash;. Y la artista consigui&oacute;, para ella y para toda la m&uacute;sica que anida en Spotify, algo hist&oacute;rico: la anulaci&oacute;n de la funci&oacute;n &ldquo;random&rdquo; y la instauraci&oacute;n, como funci&oacute;n predeterminada &ndash;esto es si uno toca sin m&aacute;s la flecha de play que aparece sobre la tapa del disco&ndash; de la reproducci&oacute;n completa del disco y, obviamente, con su ordenamiento original.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Toda lista, por definici&oacute;n, excluye m&aacute;s que lo que puede incluir y es, desde ya, personal y arbitraria, por m&aacute;s visos de objetividad con los que se la quiera revestir.</strong> Esta, de los 10 discos m&aacute;s importantes del a&ntilde;o que termina, tiene desde ya esos l&iacute;mites pero, en su defensa, debe consignarse que no pretende otra cosa que ser un punto de partida y que a&uacute;n la enconada discusi&oacute;n (&iquest;c&oacute;mo pone tal disco y ni menciona a tal otro?) est&aacute; entre sus efectos deseados. Parafraseando a la rosa de Gertrude Stein, una lista es una lista es una lista. Solo una de las tantas posibles. Y esta comienza con <em><strong>30</strong></em>, de<strong> Adele </strong>, no solo por lo antedicho sino porque ya desde la primera frase de la primera canci&oacute;n, &ldquo;Extra&ntilde;os por naturaleza&rdquo; (&ldquo;Estar&eacute; llevando flores al cementerio de mi coraz&oacute;n...&rdquo;), entonada l&aacute;nguidamente sobre un acorde de &oacute;rgano que remite a un oficio religioso en alguna peque&ntilde;a iglesia de alguna parte del mundo, el disco rinde homenaje a uno de los grandes t&oacute;picos de la canci&oacute;n popular, la autobiograf&iacute;a, y lo hace desde un melodismo con m&aacute;s de un lazo hacia los viejos estilos de Broadway y con una cuota de originalidad nada frecuente en el mundo del pop.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <strong>Santiago Arias </strong>es bandoneonista. Naci&oacute; en San Salvador de Jujuy y se cri&oacute; en Tilcara. Estudi&oacute; piano, bajo el&eacute;ctrico y, finalmente, eligi&oacute; un instrumento asociado casi de manera obligatoria con un g&eacute;nero en particular, el tango. Y, claro, no toca tango. Retoma una tradici&oacute;n muy presente en el Noroeste, que asocia al bandone&oacute;n a los g&eacute;neros locales de origen rural, y lo relee desde el universo post Dino Saluzzi &ndash;de quien fue alumno&ndash; con un llamativo &eacute;nfasis en la expresividad del propio aire (las maneras de abrir y cerrar el &ldquo;fueye&rdquo;) y en la apertura de las formas tradicionales que le ofrece la improvisaci&oacute;n. Con un notable primer disco solista (<em>Fuellisto</em>, publicado en 2014), uno en d&uacute;o con el guitarrista Sebasti&aacute;n Castro (<em>Criollo</em>, 2016) y una protag&oacute;nica participaci&oacute;n en <em>Absinthe</em>, del guitarrista Dominic Miller (editado en 2018 por el sello alem&aacute;n ECM), su reciente <em><strong>Evocaci&oacute;n del carnaval</strong></em><strong> </strong>es la summa de su estilo personal: una m&uacute;sica &uacute;nica, a&eacute;rea en todos los sentidos posibles.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Es posible que las fronteras (de clase y generacionales, sobre todo) sean demasiado dif&iacute;ciles de atravesar para aquellos oyentes que piensan en el trap y las diversas encarnaciones del rap callejero como la encarnaci&oacute;n sonora del mal. Tal vez, para muchos &ndash;y para otros muchos no, desde ya&ndash;, la dicci&oacute;n casi sin consonantes resulte demasiado. Una letra como la de &ldquo;Culpa&rdquo; (...&ldquo;No s&eacute; c&oacute;mo hacer, eh/ La vida me late y busco lo primero que sacie mi sed, eh/ Pregunto a los dioses si merezco el don de volv&#1077;r a nacer, eh/ Sigo en &#1077;spirales que no diferencian dolor de placer/ Cuando quieras, volv&eacute;/ Ya no quieras volver ...&rdquo;), con su invocaci&oacute;n hom&eacute;rica y la explicitaci&oacute;n de la contradicci&oacute;n en el deseo, todo eso superpuesto a una especie de obsesiva chacarera y la fant&aacute;stica intervenci&oacute;n de Mollo en el final, alcanzar&iacute;an para situar a <strong>Wos</strong> en un lugar especial de la producci&oacute;n musical argentina actual. <em>Oscuro &eacute;xtasis</em> transita por el cruce de tradiciones culturales fuertes. Pero, a diferencia de los culteranismos del &ldquo;nuevo folklore&rdquo; de los 60s y 70s, no mira lo popular aut&eacute;ntico con indulgencia de turista tolerante sino que es desde all&iacute; que se cruza a la experimentaci&oacute;n sonora y a las preguntas sin respuesta de la alta literatura.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        En tren de preguntas sin respuesta algunas de las m&aacute;s interesantes fueron planteadas por un compositor estadounidense nacido en 1874 y muerto 80 a&ntilde;os despu&eacute;s, que dedic&oacute; gran parte de su vida a vender seguros. Su &ldquo;Pregunta sin respuesta&rdquo; &ndash;una trompeta solitaria a la que (no) responden cuatro flautas, contra unas cuerdas casi est&aacute;ticas&ndash; bien podr&iacute;a considerarse la fuente de la m&uacute;sica compuesta por Jerry Goldsmith para el film <em>Alien</em>. Y sus cuatro sinfon&iacute;as, ignoradas en su &eacute;poca, son posiblemente el monumento m&aacute;s perfecto a la monstruosidad (alien&iacute;gena) concebida como una de las bellas artes. La &uacute;ltima de ellas, escrita entre 1910 y 1916 y estrenada reci&eacute;n en 1965, con su sobreimposici&oacute;n de himnos religiosos y una clase de densidad y libertad estil&iacute;stica que acabar&iacute;an, mucho despu&eacute;s, llam&aacute;ndose modernidad, es sin duda el cenit de ese conjunto y durante mucho tiempo se sostuvo que no pod&iacute;a ser conducida por un solo director. <strong>Gustavo Dudamel</strong>, por supuesto, lo hace, y ofrece, junto con la Sinf&oacute;nica de Los Angeles, una interpretaci&oacute;n ejemplar de las cuatro.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Se habla de la provocaci&oacute;n en el arte. Y la palabra, entendida en su doble significado, como agitaci&oacute;n y golpe al sentido com&uacute;n y los esquemas cristalizados pero, tambi&eacute;n, como potencia, bien puede servir para hablar de <em>Te</em>, el disco del pianista y compositor <strong>Diego Schissi</strong> con 19 piezas &ldquo;provocadas&rdquo; por &ldquo;Por&rdquo;, una de las canciones del &aacute;lbum <em>Artaud </em>de Luis Alberto Spinetta. Schissi, uno de quienes m&aacute;s (y mejor) ha hecho para seguir pensando al tango como una materia viva, parte de un grupo de tango, el quinteto tal como fue configurado por Astor Piazzolla:&nbsp; Santiago Segret en bandone&oacute;n, Guillermo Rubino en viol&iacute;n, Ismael Grossman en guitarra, Juan Pablo Navarro en contrabajo y el propio compositor en piano&ndash;. Y parte, tambi&eacute;n, de las 47 palabras sin conexi&oacute;n aparente de &ldquo;Por&rdquo;. Con mucho de exquisito y nada de cad&aacute;ver, este ejercicio surrealista se convierte en una aventura musical que acaba dibujando un posible mapa argentino sin necesidad de impostaciones ni altisonancias. Si en Spinetta los aires del tango &ndash;su melancol&iacute;a, cierto tipo de melod&iacute;as de grandes arcos y recorridos&ndash; ya formaban parte del ADN, aqu&iacute;, en una especie de viaje de ida y vuelta, resignifican su mundo y, a la vez, al ser atravesados por &eacute;l, configuran una m&uacute;sica tan bella como sorprendente.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <em><strong>Songwrights Apothecary Lab</strong></em>, el &uacute;ltimo disco de la compositora, contrabajista y cantante <strong>Esperanza Spalding</strong>, es un &aacute;lbum &ndash;posiblemente el m&aacute;s imaginativo de todos&ndash; surgido de la pandemia. Sus f&oacute;rmulas son canciones y buscan dos cosas: maneras de lograr la creaci&oacute;n colectiva en tiempos de plagas y reclusi&oacute;n y una cierta posibilidad de curaci&oacute;n, tanto para el creador como para el oyente. Con diversos colaboradores, entre ellos el notable pianista argentino Leo Genovese, que tambi&eacute;n participa en otro gran disco del a&ntilde;o, <em>Silencio</em> <em>Ensordecedor</em>,<em> </em>de Juan Bay&oacute;n, Spalding crea un espacio donde todo puede suceder y donde los l&iacute;mites de la canci&oacute;n, el pop o el jazz quedan irremediablemente peque&ntilde;os.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Las conexiones entre el <em>Manifiesto antrop&oacute;fago</em>, publicado por el poeta brasile&ntilde;o Oswald de Andrade en 1928, y el pensamiento &ndash;y la obra&ndash; de <strong>Caetano Veloso</strong> han sido abundantemente transitadas. Lo cierto es que su magn&iacute;fico &ndash;y sorprendente en m&aacute;s de un sentido&ndash; &uacute;ltimo disco, <em><strong>Meu Coco</strong></em>,&nbsp; es la explicitaci&oacute;n m&aacute;s exacta de ese canibalismo creativo donde <em>seu coco</em>, esa cabeza privilegiada, es el caldero en que las fuentes m&aacute;s diversas se cuecen. La vuelta de Jacques Morelenbaum como arreglador en alguna de las piezas, las relecturas &ndash;m&aacute;s que las citas&ndash; de la m&uacute;sica popular brasile&ntilde;a de la segunda mitad del siglo pasado, de la bossa nova al tropicalismo, y un eclecticismo que cuaja con abrumadora coherencia (todo lo de Caetano es, indefectiblemente, Caetano) ofrecen un disco inocultablemente joven (curioso, experimentador, honesto) de un creador de 78 a&ntilde;os que, adem&aacute;s &ndash;milagro de milagros&ndash; conserva la voz cristalina y la seducci&oacute;n pura de siempre.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <strong>El triple concierto de Ludwig Van Beethoven</strong> es una obra bell&iacute;sima y de considerables dificultades de ejecuci&oacute;n, no tanto por las demandas de virtuosismo solista (que las tiene) como por el equilibrio casi imposible entre grandiosidad y esp&iacute;ritu camar&iacute;stico, de conversaci&oacute;n &iacute;ntima entre el viol&iacute;n, el cello y el piano por un lado, y entre ellos &ndash;el tr&iacute;o cl&aacute;sico&ndash; y la orquesta. La interpretaci&oacute;n de Isabelle Faust en viol&iacute;n, Jean-Guihen Queyras en cello y Alexander Melnikov junto con la Orquesta Barroca de Freiburg, con direcci&oacute;n de <strong>Pablo Heras-Casado</strong> consigue esa sensaci&oacute;n de intimidad que no cede ni siquiera en los pasajes en que la orquesta resulta arrolladora. Los tres solistas, adem&aacute;s de estar cada uno de ellos entre los mejores instrumentistas de la actualidad, tocan frecuentemente como tr&iacute;o y as&iacute; aparecen en la otra obra del disco, la transcripci&oacute;n para viol&iacute;n, cello y piano de la <em>Sinfon&iacute;a N&ordm; 2</em> de Beethoven realizada por Ferdinand Ries a pedido del propio autor. Sus instrumentos son originales del siglo XVII y XVIII con encordados de tripa &ndash;un viol&iacute;n Stradivari de 1704, un violoncello Cappa de 1696 y un fortepiano Lagrassa de 1815&ndash; y la orquesta, adem&aacute;s de contar tambi&eacute;n con originales o reproducciones fieles, se ajusta a las dimensiones y distribuci&oacute;n espacial de la &eacute;poca de Beethoven &ndash;7 primeros violines, seis segundos, 4 violas, 3 cellos, 2 contrabajos, una flauta, dos oboes, dos clarinetes, dos fagotes, dos cornos, dos trompetas y timbales&ndash;. Todo ello colabora con la excepcional sensaci&oacute;n de cercan&iacute;a afectiva&nbsp; lograda por los int&eacute;rpretes. Cercan&iacute;a doblemente asombrosa si se tiene en cuenta que esta grabaci&oacute;n, una de las primeras realizadas durante la pandemia, sigui&oacute; estrictamente los protocolos sanitarios y cada m&uacute;sico estuvo situado a varios metros de sus compa&ntilde;eros m&aacute;s inmediatos.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Si s&oacute;lo se tratara de escuchar una de las voces m&aacute;s bellas del momento ya habr&iacute;a motivos m&aacute;s que suficientes para prestarle atenci&oacute;n a <strong>Arooj Aftab</strong>. <em><strong>Vulture Prince</strong></em> es el tercer disco de esta paquistan&iacute; radicada en Brooklyn y ya desde el arpa envolvente, la corp&oacute;rea puntuaci&oacute;n del contrabajo y los vuelos del viol&iacute;n, que se suman a sus inflexiones pobladas de microtonalismo en &ldquo;Baghon Main&rdquo;, se trazan las coordenadas de un disco magn&iacute;fico en el que coexisten las tradiciones de su tierra natal, ciertas estructuras y el esp&iacute;ritu improvisatorio del jazz y algo de las corrientes repetitivas de la m&uacute;sica acad&eacute;mica estadounidense.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        La irrupci&oacute;n de <strong>Pat Metheny</strong> en el mundo del jazz, hace ya m&aacute;s de cuarenta a&ntilde;os, no s&oacute;lo signific&oacute; una nueva clase de virtuosismo y un estilo en que el pensamiento mel&oacute;dico no se rend&iacute;a jam&aacute;s ante la velocidad o las dificultades arm&oacute;nicas (que en su caso parec&iacute;an no existir) sino que, sobre todo, incorpor&oacute; al campo de la improvisaci&oacute;n todo un espectro nuevo. El country y el folk (y los rasguidos t&iacute;picos de estos g&eacute;neros) pero tambi&eacute;n una intrincada red entre improvisaci&oacute;n y escritura &ndash;y de tr&aacute;nsito fluido entre ellas&ndash; que, entre sus virtudes m&aacute;s importantes cuenta con ser extremadamente compleja de componer y de tocar y sumamente f&aacute;cil de escuchar. <em><strong>Side-Eye</strong></em>, grabado en vivo en septiembre de 2019, conjuga, adem&aacute;s, dos de las caras principales del guitarrista, su lado m&aacute;s pop &ndash;o m&aacute;s &ldquo;americano&rdquo;&ndash; asociado con aquellos grupos en que Lyle Mays tocaba los teclados, y su perfil m&aacute;s puramente jazz&iacute;stico. Con un tr&iacute;o que conforman, junto con &eacute;l, el tecladista James Francies y el excelente baterista Marcus Gilmore, presenta, en estado de gracia, composiciones nuevas y relecturas de materiales venerables como el fundante &ldquo;Bright Size Life&rdquo;.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <strong>Bonus tracks:</strong>
    </p><p class="article-text">
        Otros discos notables de 2021, que escapan a la arbitraria decena autoimpuesta:
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>Xalam</strong></em>, del israel&iacute; <strong>Ben Aylon</strong>, un estudioso de las m&uacute;sicas del centro africano que con pasi&oacute;n y rigor de music&oacute;logo y creatividad de artista realiz&oacute; un hermoso retrato sonoro de ese continente.
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>Venturosa</strong></em>, de <strong>Gustavo Mozzi</strong>, con su portentoso ejercicio de la tristeza en lo festivo y su culto a la melancol&iacute;a de murgas, milongas y candombes, desarrollado con preciosismo de orfebre en las orquestaciones y un grupo de notables que incluye a Mariano Rey en clarinete, Lautaro Greco en bandone&oacute;n, Dami&aacute;n Bolot&iacute;n y Pablo Agri en violines y Pipi Piazzolla en bater&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>Black to the Future</strong></em>, de <strong>Sons of Kemet</strong>, el grupo liderado por Shabaka Hutchings en el que cabe casi todo. El multiculturalismo de la escena del jazz londinense es el caldo en que maceran las poes&iacute;as de afirmaci&oacute;n africanista, el homenaje a New Orleans y el bajo con propulsi&oacute;n a tuba y hasta, por all&iacute;, algo de cumbia.
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>Floating Points</strong></em>, de <strong>Pharoah </strong>Sanders, el legendario saxofonista que estuvo entre quienes asociaron, desde el universo de las luchas de los afronorteamericanos por sus derechos civiles, revoluci&oacute;n pol&iacute;tica con revoluci&oacute;n musical y que hoy, tocando a&uacute;n como los dioses, navega junto con la Sinf&oacute;nica de Londres, por un paisaje de rara belleza.
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>Cavalcade</strong></em>, de <strong>Black Midi</strong>. En el posible punto de encuentro de King Crimson, Family, un sentido teatral &ndash;o espectacular&ndash; de la m&uacute;sica y algo de la vieja Mahavishnu, un grupo ingl&eacute;s bastante inclasificable.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>Saudade</strong></em>, de <strong>Ziboukle Martinaityte</strong>. La obra de una de las compositoras actuales m&aacute;s interesantes, la lituana radicada en Nueva York Ziboukle Martinaityte, y sus vastos horizontes casi est&aacute;ticos en fin&iacute;simas versiones de la Sinf&oacute;nica Nacional de Lituania.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y algunas reediciones.
    </p><p class="article-text">
        <em>An&iacute;bal Troilo 1957-1959</em>; <em>Jacques Brel au Public 1961. Olympia &amp; Club Domino</em>; <em>Eduardo Fal&uacute; en Par&iacute;s</em>; <em>Miles Davis Quintet. Complete Recordings Live at Olympia 1960</em> y <em>Oscar Peterson. May 1965, M&uuml;nchner Jazztage</em> tienen algo en com&uacute;n. Fueron restaurados &ndash;ellos eligen esa palabra y no remasterizaci&oacute;n&ndash; por la virtuosa dupla conformada por Roberto Sarfati y Diego Vila para Lantower, un milagroso sello argentino. En todos sus trabajos &ndash;<a href="https://lantower-records.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la p&aacute;gina del sello</a> posee el listado completo&ndash; prima el respeto por la est&eacute;tica sonora original de los discos. &ldquo;No restauramos audio. Restauramos m&uacute;sica&rdquo;, reza el lema que preside la p&aacute;gina y donde, adem&aacute;s, pueden encontrarse las obras de Alberto Mu&ntilde;oz &ndash;entre ellas el &uacute;ltimo <em>Puente de las tetas</em>&ndash;, los <em>Tangos de c&aacute;mara</em> de Susanna Moncayo y Diego Vila y el tan delirante como gauchesco <em>Delirio Gaucho</em> de Alejandra Radano con Los primos Gabino.
    </p><p class="article-text">
        <em>DF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/10-discos-escuchar-termine-ano-seguir-escuchando-despues_129_8592474.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 25 Dec 2021 10:52:24 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Música,Adele,Santiago Arias,Gustavo Dudamel]]></media:keywords>
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