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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Ai Weiwei]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/ai-weiwei/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Ai Weiwei]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[1000 años de alegrías y penas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/1000-anos-alegrias-penas_1_8636122.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2e1721f0-6221-48b7-8d6e-968e98074ed5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="1000 años de alegrías y penas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En "1000 años de alegrías y penas. Memorias" (Debate, 2021) Ai Weiwei, uno de los artistas más famosos del mundo, rastrea por primera vez los orígenes de su creatividad y sus ideas políticas, y explora con lucidez y agudeza la multitud de fuerzas que han dado forma a la China moderna. En este ejercicio, además, traza una extraordinaria historia de ese país de los últimos cien años.</p></div><h3 class="article-text">1</h3><h3 class="article-text">Noche di&aacute;fana</h3><p class="article-text">
        <em>Una risa escandalosa estalla en el </em>
    </p><p class="article-text">
        <em>camino</em>.
    </p><p class="article-text">
        <em>Una panda de borrachos sale del </em>
    </p><p class="article-text">
        <em>pueblo dormido,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Armando jaleo, hacia los campos</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>dormidos</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>En esta noche, esta noche di&aacute;fana</em>.
    </p><p class="article-text">
        Versos de &laquo;Noche di&aacute;fana&raquo;,&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        escritos por
    </p><p class="article-text">
        mi padre en la c&aacute;rcel de
    </p><p class="article-text">
        Shangh&aacute;i, en 1932
    </p><p class="article-text">
        Nac&iacute; en 1957, ocho a&ntilde;os despu&eacute;s&nbsp;de que se fundara la &laquo;Nueva China&raquo;. Mi padre ten&iacute;a cuarenta y siete. Durante mi ni&ntilde;ez, mi padre casi nunca hablaba del pasado, porque todo lo envolv&iacute;a la espesa niebla del discurso pol&iacute;tico dominante y cualquier indagaci&oacute;n de los hechos pod&iacute;a provocar represalias demasiado terribles; no merec&iacute;a la pena correr el riesgo. Cuando el pueblo chino se pleg&oacute; a las exigencias del r&eacute;gimen lo pag&oacute; con la&nbsp;muerte de su esp&iacute;ritu y de la capacidad para contar las cosas tal como en verdad ocurrieron.
    </p><p class="article-text">
        Tard&eacute; medio siglo en empezar a pensar seriamente en estas cosas. El 3 de abril de 2011, cuando estaba a punto de tomar un vuelo en el aeropuerto internacional de Pek&iacute;n, un enjambre de polic&iacute;as de paisano se me ech&oacute; encima. Pas&eacute; los siguientes ochenta y un d&iacute;as desaparecido en un agujero negro. Fue&nbsp;ah&iacute;, en mi encierro, cuando me puse a reflexionar sobre el pasado: pensaba, sobre todo, en mi padre, intentaba imaginarme c&oacute;mo fue su vida entre rejas, ochenta a&ntilde;os antes, en una prisi&oacute;n nacionalista.&nbsp;Ca&iacute; en la cuenta de que apenas sab&iacute;a nada de aquel calvario suyo, de que nunca me hab&iacute;a interesado de verdad por su vida. En mi ni&ntilde;ez, el adoctrinamiento ideol&oacute;gico proyectaba sobre nosotros una&nbsp;luz tan invasiva e intensa que nuestros recuerdos se esfumaron como sombras. Los recuerdos eran un fardo del que conven&iacute;a deshacerse. La gente no tard&oacute; en perder no solo la voluntad, sino tambi&eacute;n la facultad de recordar. Cuando el ayer, el ma&ntilde;ana y el hoy se diluyen en un borr&oacute;n informe, la memoria &mdash;salvo por su peligro potencial&mdash; no significa nada.
    </p><p class="article-text">
        Muchos de mis recuerdos m&aacute;s tempranos est&aacute;n fracturados. El mundo para m&iacute;, de ni&ntilde;o, era una gran pantalla dividida en dos: a un lado, los imperialistas estadounidenses pavone&aacute;ndose con sus esm&oacute;quines, sus sombreros de copa y sus bastones en mano, seguidos de cerca por sus perrillos 	falderos &mdash;los brit&aacute;nicos, franceses, alemanes, italianos y japoneses, sin olvidar a los reaccionarios del Partido Nacionalista Chino que se atrincheraban en&nbsp;Taiw&aacute;n&mdash;. Al otro lado, Mao Zedong y sus girasoles, esto es, los pueblos de Asia, &Aacute;frica y Latinoam&eacute;rica que persegu&iacute;an la independencia y la liberaci&oacute;n del yugo imperialista y colonialista. Nosotros &eacute;ramos la luz, el futuro. Ah&iacute; estaba el &laquo;abuelito&raquo; Ho Chi-Minh, l&iacute;der de Vietnam, en las im&aacute;genes de propaganda, rodeado de j&oacute;venes valientes con sombreros de bamb&uacute; que apuntaban con sus fusiles a los&nbsp;cielos para derribar un avi&oacute;n militar estadounidense. Cada d&iacute;a nos agasajaban con los relatos heroicos de sus victorias sobre los bandidos yanquis. Entre un lado y otro, un abismo infranqueable.
    </p><p class="article-text">
        En aquel tiempo carente de informaci&oacute;n las elecciones personales carec&iacute;an, a su vez, de fundamento, de consistencia: eran como plantas flotando en un estanque. La b&uacute;squeda de la realizaci&oacute;n individual	y los apegos perdieron su raz&oacute;n de ser, dejaron de cultivarse, y la memoria se fue secando hasta resquebrajarse y colapsar. &laquo;Es el deber inexcusable del proletariado liberar a la humanidad antes de liberarse a s&iacute; mismo&raquo;, tal era la consigna. Las muchas convulsiones que sufri&oacute; China hicieron a&ntilde;icos las emociones genuinas y la memoria personal. Suplantarlas con el mito de la lucha y la incesante revoluci&oacute;n fue f&aacute;cil.
    </p><p class="article-text">
        Lo bueno es que mi padre era escritor y gracias a la poes&iacute;a sacaba a la luz sentimientos guardados en lo m&aacute;s profundo de s&iacute;, aunque esos regueros de honestidad y decencia dejaran de fluir cada vez que las aguas de la pol&iacute;tica se desbordaban y arramblaban con todo, cosa que sucedi&oacute; a menudo. Lo que me queda, hoy en d&iacute;a, es recoger los pedazos que sobrevivieron e intentar&nbsp;componer con ellos una imagen, por incompleta que sea.
    </p><p class="article-text">
        El a&ntilde;o en que nac&iacute;, Mao Zedong desat&oacute; una tempestad con su &laquo;campa&ntilde;a antiderechista&raquo;. Su objetivo era purgar a los intelectuales &laquo;derechistas&raquo; cr&iacute;ticos con el Gobierno. El torbellino que puso patas arriba la vida de mi padre tambi&eacute;n afect&oacute; a la m&iacute;a y me marc&oacute; para siempre. A &eacute;l lo condenaron, por ser el m&aacute;s destacado de los escritores&nbsp;derechistas, al&nbsp;exilio y a someterse a un proceso de &laquo;reeducaci&oacute;n mediante el trabajo&raquo;. La vida m&aacute;s o menos c&oacute;moda que hab&iacute;a llevado desde la instauraci&oacute;n, en 1949, del nuevo r&eacute;gimen, acab&oacute; abruptamente. Nos mandaron primero a los desiertos helados del noroeste y, m&aacute;s tarde, a la ciudad de Shihezi, al pie de las monta&ntilde;as Tianshan de Xinjiang. All&iacute; nos quedamos, como una barquita a resguardo de un&nbsp;tif&oacute;n, hasta que los vientos cambiaron de nuevo.
    </p><p class="article-text">
        Entonces, en 1967, la &laquo;Revoluci&oacute;n Cultural&raquo; de Mao entr&oacute; en una nueva etapa. A mi padre lo acusaron de suministrar al pueblo arte y literatura burgueses y de nuevo lo metieron en una lista negra, junto con otros trotskistas, renegados y desafectos al partido. Yo estaba a punto de cumplir diez a&ntilde;os y lo que vino despu&eacute;s no he podido quit&aacute;rmelo&nbsp;nunca de la cabeza.
    </p><p class="article-text">
        Ese mismo a&ntilde;o, en mayo, uno de los radicales revolucionarios m&aacute;s conocidos de Shihezi nos visit&oacute; en nuestra casa. Por lo visto, seg&uacute;n dijo, mi padre hab&iacute;a llevado hasta el momento una vida demasiado f&aacute;cil, de manera que se dispon&iacute;an a mandarlo a una remota unidad de producci&oacute;n paramilitar con el objetivo de &laquo;reformarlo&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Padre no contest&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        El tipo le&nbsp;espet&oacute; entonces, con desprecio: &laquo;&iquest;A qu&eacute; esperas, a que te organicemos una fiesta de despedida?&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Al poco, una camioneta del Ej&eacute;rcito Popular de Liberaci&oacute;n se detuvo frente a nuestra casa. Cargamos en ella unos cuantos enseres y una pila de carb&oacute;n, y echamos encima nuestros sacos de dormir. Era casi todo lo que ten&iacute;amos. Empez&oacute; a lloviznar y padre se sent&oacute; en la cabina. Mi hermanastro Gao&nbsp;Jian y yo subimos al remolque y nos acuclillamos bajo la lona. El sitio al que &iacute;bamos estaba junto al desierto de Gurbant&uuml;ngg&uuml;t y en la zona se lo conoc&iacute;a como &laquo;la Peque&ntilde;a Siberia&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Mi madre no nos acompa&ntilde;&oacute;. Decidi&oacute; regresar a Pek&iacute;n con mi hermano peque&ntilde;o, Ai Dan. Los diez a&ntilde;os de exilio le hab&iacute;an pasado factura. Ya no era joven, no ten&iacute;a cuerpo para afrontar la perspectiva de vivir en condiciones a&uacute;n m&aacute;s primitivas. Shihezi era lo m&aacute;s lejos que estaba dispuesta a llegar. No le supliqu&eacute; a mi madre que viniera con nosotros ni que se fuera sin mi hermano peque&ntilde;o. No hab&iacute;a forma de mantener a la familia unida. As&iacute; que me mord&iacute; la lengua. Ni le dije adi&oacute;s ni le pregunt&eacute; si volver&iacute;a. No recuerdo cu&aacute;nto tardaron en desaparecer por el horizonte mientras nos alej&aacute;bamos. Para m&iacute;, quedarse&nbsp;o irse era lo mismo, puesto que carec&iacute;amos de libertad para decidir.
    </p><p class="article-text">
        La camioneta daba violentos tumbos mientras avanzaba como pod&iacute;a por un camino de tierra lleno de baches y zanjas que parec&iacute;a interminable. Tuve que agarrarme con fuerza para que el viento no me llevara. Una estera sali&oacute; volando y desapareci&oacute; al instante en la nube de polvo que levant&aacute;bamos a nuestro paso.
    </p><p class="article-text">
        Tras varias horas de traqueteo la camioneta se detuvo finalmente. Hab&iacute;amos llegado a nuestro destino, en las puertas del desierto: el Cuerpo de Construcci&oacute;n y Producci&oacute;n del distrito militar de Xinjiang, 8.&ordf; Divisi&oacute;n Agr&iacute;cola, 23.er Regimiento, 3.&ordf; Rama, 2.&ordf; Compa&ntilde;&iacute;a. Era una de las muchas unidades por el estilo que se hab&iacute;an establecido en las regiones fronterizas de China durante la d&eacute;cada de los cincuenta con un doble objetivo: en tiempos de paz, los trabajadores del Cuerpo de Construcci&oacute;n y Producci&oacute;n deb&iacute;an preparar las tierras para el cultivo e implicarse de lleno en la producci&oacute;n agr&iacute;cola para impulsar la econom&iacute;a nacional; si estallaba la guerra con alg&uacute;n pa&iacute;s vecino, o las minor&iacute;as &eacute;tnicas provocaban disturbios, los obreros entonces deb&iacute;an adoptar su faceta militar y colaborar en la defensa&nbsp;de la naci&oacute;n. Pero de vez en cuando las unidades cumpl&iacute;an tambi&eacute;n, como tuvimos ocasi&oacute;n de comprobar, una misi&oacute;n adicional: alojar a los delincuentes desterrados de sus lugares de origen.
    </p><p class="article-text">
        Atardec&iacute;a. En el aire flotaba el sonido de una flauta procedente de una hilera de casitas bajas de adobe. Algunos obreros j&oacute;venes nos miraban desde all&iacute; con curiosidad. Nos toc&oacute; una habitaci&oacute;n con nada&nbsp;m&aacute;s que una cama doble. Mi padre y yo colocamos la mesita y las cuatro banquetas que hab&iacute;amos tra&iacute;do desde Shihezi. El piso era de tierra compactada y en los ladrillos de barro de las paredes se ve&iacute;an algunas espigas de trigo. Fabriqu&eacute; una l&aacute;mpara sencilla con&nbsp;un frasco de medicamentos: lo llen&eacute; de queroseno, agujere&eacute; el tap&oacute;n e introduje por &eacute;l un cord&oacute;n de zapato.
    </p><p class="article-text">
        A mi padre le bastaba muy poco para vivir, sus necesidades se reduc&iacute;an b&aacute;sicamente a tiempo para escribir y leer. No era un hombre de muchas responsabilidades. Mi madre se ocup&oacute; siempre de la casa y jam&aacute;s esper&oacute; que le ech&aacute;ramos una mano. Pero ahora est&aacute;bamos solos, mi padre, Gao Jian y yo, y nuestra forma de organizarnos en la casa llam&oacute; la atenci&oacute;n de los dem&aacute;s trabajadores, &laquo;soldados&nbsp;granjeros&raquo;, rudos, toscos, que fueron muy directos con sus preguntas. &laquo;&iquest;Qu&eacute; es, tu abuelo?&raquo;, me dec&iacute;an, se&ntilde;alando a mi padre, o: &laquo;&iquest;No echas de menos a tu mam&aacute;?&raquo;. Con el tiempo aprend&iacute; a desenvolverme solo.
    </p><p class="article-text">
        Intent&eacute; fabricar una estufa para que dispusi&eacute;ramos de calor y pudi&eacute;ramos hervir el agua, pero el humo que produc&iacute;a se escapaba por todos lados menos por la chimenea. Procurar que eso no&nbsp;ocurriera me acab&oacute; irritando los ojos y provocando asfixia, hasta que me di cuenta de que el aire ten&iacute;a que fluir libremente hacia la c&aacute;mara. Luego estaban las&nbsp;dem&aacute;s tareas: sacar agua del pozo, ir a buscar los almuerzos a la cantina, echarle le&ntilde;a a la estufa y quitar la ceniza. Alguien deb&iacute;a encargarse de todo eso y la mayor&iacute;a de las veces ese alguien era yo.
    </p><p class="article-text">
        Hab&iacute;an amputado el pasado de nuestra existencia. Para nosotros, no ten&iacute;an nada en com&uacute;n el uno con la otra, salvo la salida y la puesta del sol. Ahora nuestra vida parec&iacute;a un curso de supervivencia en la naturaleza, si es que ten&iacute;amos la suerte de sobrevivir. La compa&ntilde;&iacute;a del Cuerpo de Producci&oacute;n daba al norte, a un desierto del tama&ntilde;o de Suiza. Cuando lo vi por primera vez me emocion&eacute; tanto que empec&eacute; a correr por la arena est&eacute;ril hasta que me falt&oacute; el aliento. Luego me tumb&eacute; a contemplar el infinito azul del cielo. Pero la emoci&oacute;n me dur&oacute; poco. No hab&iacute;a sombras bajo el intenso resplandor del sol. La tierra era una llanura de sal tan blanca que parec&iacute;a cubierta de densa nieve. Cada vez que una r&aacute;faga ardiente de viento se levantaba, los arbustos espinosos rodaban de aqu&iacute; para all&aacute; y los granos de arena me aguijoneaban&nbsp;la cara, se me clavaban como pu&ntilde;ales.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ai Weiwei]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 10 Jan 2022 11:21:49 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[China,Arte,Ai Weiwei]]></media:keywords>
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