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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Paloma Herrera]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Paloma Herrera]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La renuncia de Paloma Herrera: una controversia clásica]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/renuncia-paloma-herrera-controversia-clasica_129_8714962.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c3214417-67bc-4181-9ae6-a97ace1052f4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La renuncia de Paloma Herrera: una controversia clásica"></p><p class="article-text">
        Hasta el martes pasado, Paloma Herrera fue todos los d&iacute;as a trabajar a uno de los edificios m&aacute;s hermosos de la Ciudad que, no casualmente, aloja un patrimonio tan valioso como intangible: el Teatro Col&oacute;n es su carcasa y tambi&eacute;n es todos los artistas que forma, que contrata y que exhibe. Paloma, por caso, fue alumna del Instituto Superior de Arte del Col&oacute;n &ndash;el ISA&ndash; hasta que a los 15 a&ntilde;os se instal&oacute; en Nueva York y all&iacute;, a los 19, fue nombrada primera bailarina del American Ballet Theatre. Desde entonces dio la vuelta al mundo varias veces encantando en cada escenario que pis&oacute; hasta que se retir&oacute;, a los 40, y acept&oacute; venir a dirigir nuestro Ballet Estable. Siempre es v&aacute;lido recordarlo: el Teatro Col&oacute;n es una instituci&oacute;n estatal financiada con los impuestos de quienes habitamos la Ciudad de Buenos Aires y sus artistas son, por lo tanto, empleados p&uacute;blicos. Como tales, gozan de estabilidad, vacaciones pagas y algunos pocos derechos adquiridos relativos a su tarea. Y se jubilan a los 60 y 65, como cualquier empleado p&uacute;blico hijo de vecino. Algunos esperan mansamente en sus casas a cumplir la edad requerida, otros se reubican en tareas para las que no fueron formados y que muchas veces no tienen que ver con la actividad art&iacute;stica, otros prefieren agarrar los magros &ndash;a veces hasta el insulto&ndash; retiros voluntarios y rehacer sus vidas como pueden. Esta particularidad es, probablemente, la base del conflicto sist&eacute;mico que llev&oacute; a Paloma a renunciar a su cargo. Como dijo en<a href="https://www.instagram.com/palomaherrera_oficial/?hl=es" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank"> la carta con la que comunic&oacute; su dimisi&oacute;n</a>: &ldquo;Es de p&uacute;blico conocimiento que de la planta de 100 bailarines del Teatro, a duras penas los que trabajan llegan a 50&rdquo;. Pocas compa&ntilde;&iacute;as del mundo cuentan con estas condiciones laborales, mucho menos el ABT, donde los contratos son por temporada y los bailarines pasan algunos meses al a&ntilde;o a la deriva, sin la contenci&oacute;n de la instituci&oacute;n para la que trabajan. Paloma se choc&oacute;, entonces, despu&eacute;s de una carrera desarrollada en Estados Unidos y signada por la &eacute;pica personal, con nuestro paradigma estatal-colectivo.&nbsp;
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                La primera página de la renuncia de Paloma Herrera                            </span>
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        A&uacute;n para las personas que nunca entraron al Col&oacute;n, que nunca vieron &oacute;pera, ballet o fueron a un concierto, ni se apuntaron en las visitas guiadas, el Teatro representa nuestro potencial como naci&oacute;n, es nuestra promesa de excelencia, nuestro lugar en la cultura del mundo. Esta es su funci&oacute;n principal: lo que representa como icono nacional, m&aacute;s all&aacute; de lo que se presenta en su escenario, al que accede &ndash;por razones que van desde los precios de sus entradas a una idea de arte de &eacute;lite&ndash; un porcentaje baj&iacute;simo no solo de los argentinos sino de los porte&ntilde;os que lo sostienen. Podemos enorgullecernos de los artistas que somos capaces de formar all&iacute;, como Marianela N&uacute;&ntilde;ez, primera bailarina en el Royal Ballet; Daniel Proietto, bailar&iacute;n y core&oacute;grafo contempor&aacute;neo que descolla en los teatros de Europa; Ludmila Pagliero, &eacute;toile de L&rsquo;Opera de Paris; Herman Cornejo, primer bailar&iacute;n del ABT o la misma Paloma, de una generaci&oacute;n m&aacute;s cercana a otros dos grandes: Julio Bocca y Maximiliano Guerra. Todos forman parte de nuestra categor&iacute;a favorita: argentinos triunfando en el exterior. Son much&iacute;simos los bailarines y las bailarinas que exportamos, es decir, que se van. Y luego est&aacute;n los que se quedan, no menos valiosos, no menos entrenados, en absoluto menos talentosos. Las diferencias entre unos y otros suelen ser accidentes biogr&aacute;ficos, oportunidades aprovechadas, acceso, familias decididas a dejarlo todo por la carrera de la nena o del nene. Somos una cantera inagotable de talento en la adversidad, somos capaces de no saldar jam&aacute;s la brecha entre los argentinos que triunfan en el exterior y los que pelean por sus condiciones laborales en nuestro pa&iacute;s. Idem cient&iacute;ficos, &iacute;dem deportistas.
    </p><p class="article-text">
        Ya nadie cree en la promesa del arte impoluto que cierto imaginario todav&iacute;a retrata al hablar de las y los bailarines cl&aacute;sicos: hadas, cisnes, puntas de pie, los sacrificios que se redimen con el sue&ntilde;o cumplido. Para haber llegado a formar parte del Ballet Estable, los bailarines y bailarinas debieron entrenarse desde ni&ntilde;os, en general se formaron en el ISA, como Paloma y todos los arriba mencionados, tomando clases por la ma&ntilde;ana, y luego en estudios privados, por la tarde. Todos se convirtieron, de alg&uacute;n modo, en extra&ntilde;os en sus entornos familiares o escolares, aprendieron a lidiar con el dolor del cuerpo, con la disciplina y con las exigencias de un trabajo de adultos siendo chicos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Los bailarines y las bailarinas en nuestro Teatro Col&oacute;n son, tal vez como en ning&uacute;n otro teatro p&uacute;blico del mundo, miembros de la controversia pol&iacute;tica-social-cultural de la agenda diaria.</strong> Est&aacute;n atravesados por el debate, organizan huelgas en el escenario, cada tanto abrazan simb&oacute;licamente a su amada carcasa y son solidarios con los y las bailarinas que desde fuera de la instituci&oacute;n pelean por una ley nacional de la danza. El Col&oacute;n es, tambi&eacute;n en este sentido, un s&iacute;mbolo nacional.
    </p><p class="article-text">
        Vale hacerse la pregunta sobre las razones que, como ciudadanos, nos impulsan a seguir manteniendo un proyecto tan caro y exclusivo. Es de suponer que las autoridades se lo planteen cada tanto y que generalmente, entre voces encontradas, lleguen a la conclusi&oacute;n de que el Teatro Col&oacute;n no existir&iacute;a si no fuese estatal. No habr&iacute;a Ballet Estable ni Paloma Herrera ni argentinos brillando afuera por nosotros. Es un proyecto econ&oacute;micamente deficitario, y por eso mismo, por estar al margen de la utilidad y a&uacute;n as&iacute; seguir generando artistas extraordinarios, es que vale su peso en oro.
    </p><p class="article-text">
        <em>FW</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Florencia Werchowsky]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/renuncia-paloma-herrera-controversia-clasica_129_8714962.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 04 Feb 2022 11:57:25 +0000]]></pubDate>
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