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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Roland Barthes]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/roland-barthes/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Roland Barthes]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Barthes vs. Meta AI]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/barthes-vs-meta-ai_129_11957390.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5df272cf-206b-44eb-a04e-029797761540_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Barthes vs. Meta AI"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Diálogo de mordaz a tenso entre un narrador a la búsqueda de inspiración y una inteligencia artificial, que, en su lógica preprogramada, ofrece sugerencias genéricas y poco empáticas.</p></div><p class="article-text">
        A las 10:41 del s&aacute;bado 10 de enero de 2025, sin tener -para variar- un tema para esta columna, le pregunt&eacute; a Meta AI: &ldquo;Tengo que escribir una columna dominical en un diario: &iquest;sobre qu&eacute; escribo?&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Antes de que la pregunta tocara el piso, la boluda me contest&oacute;: &ldquo;&iexcl;Excelente oportunidad! Hay tantos temas interesantes para escribir sobre ellos. Aqu&iacute; te dejo algunas ideas para inspirarte&rdquo;, y me intern&oacute; con un sumario de cuarenta l&iacute;neas que, en uso reglamentario de la piedad que hay que obligarse a tener con el pr&oacute;jimo, voy a intentar resumir.
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                </figure><p class="article-text">
        Divididos en rubros (temas de actualidad, locales, sociales, culturales, personales, reflexivos y de inter&eacute;s general), me sugiri&oacute; escribir sobre &ldquo;un evento reciente que haya impactado a la sociedad&rdquo;, &ldquo;la pol&iacute;tica gubernamental y su impacto en la comunidad&rdquo;, &ldquo;el impacto de las redes sociales en nuestras vidas y relaciones&rdquo;, &ldquo;algunas reflexiones sobre la vida, la muerte y el sentido de la existencia&rdquo;, &ldquo;la historia y el significado de un monumento local&rdquo;, etc. Y no sigo porque tengo miedo de que el cringe&oacute;metro vuele por el aire. 
    </p><p class="article-text">
        Le contest&eacute; que no me interesaba ninguno de esos temas, y le ped&iacute; que pensara un poco. Por cumplido, me dijo: &ldquo;Voy a pensar un poco m&aacute;s&rdquo;, y arranc&oacute; de nuevo con su pedaleo de m&aacute;quina de coser: &ldquo;&iquest;Qu&eacute; tal si escribieras sobre algo que sea un poco m&aacute;s abstracto, pero que pueda generar una reflexi&oacute;n interesante?&rdquo;. Por ejemplo: &ldquo;La relaci&oacute;n entre la tecnolog&iacute;a y la soledad en la sociedad moderna&rdquo;, &ldquo;la importancia de los peque&ntilde;os placeres en la vida cotidiana&rdquo;, &ldquo;la forma en que nuestras memorias y experiencias pasadas moldean nuestra percepci&oacute;n del presente&rdquo;, &ldquo;la tensi&oacute;n entre la necesidad de seguridad y la b&uacute;squeda de libertad en nuestras vidas&rdquo;, etc.
    </p><p class="article-text">
        Le dije que no me interesaba ninguno de esos temas: demasiado abstractos. Ah&iacute; la boluda, como si se hablara a s&iacute; misma en clave motivacional, dijo: &ldquo;Voy a intentar algo distinto&rdquo;, pero hizo m&aacute;s o menos lo mismo. Para salir de la &ldquo;abstracci&oacute;n&rdquo; me sugiri&oacute; escribir sobre &ldquo;temas m&aacute;s concretos y relacionados con la vida cotidiana&rdquo;: un lugar que me guste visitar, un libro, una pel&iacute;cula, una serie, un hobby, un recuerdo de la infancia que me hiciera sonre&iacute;r. Y atac&oacute;: &ldquo;&iquest;Algo de esto te parece m&aacute;s interesante?&rdquo;. Yo: &ldquo;La verdad que no&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Perdida en su laberinto de algoritmos, en vez de retirarse, que era lo aconsejable, &iquest;qu&eacute; dijo la boluda artificial?: &ldquo;No hay problema. A veces, encontrar el tema perfecto puede llevar un poco de tiempo&rdquo;. &iquest;C&oacute;mo que no hay problema? S&iacute;: hay problema, y no se est&aacute; resolviendo; y menos habr&aacute; de resolverse introduciendo en la dificultad la categor&iacute;a &ldquo;tema perfecto&rdquo;, que nadie le pidi&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Reci&eacute;n entonces hubo una torsi&oacute;n en el paso a paso acelerante de la m&aacute;quina, y empez&oacute;, pilla, a interrogarme: &ldquo;&iquest;Por qu&eacute; no intentamos hacer algo un poco diferente? &iquest;Puedes darme una idea de qu&eacute; tipo de columna te gustar&iacute;a escribir?&rdquo;. No se puede ser tan boluda: le escribo para que ella me d&eacute; una idea de tema y me pide esa idea a m&iacute;. Le pido plata prestada, por decir as&iacute;, y me pide que le preste plata para prest&aacute;rmela.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Finalmente, &ldquo;bajando&rdquo; un poco de la ansiedad del automatismo, me pregunt&oacute;: &ldquo;&iquest;Qu&eacute; te apasiona? &iquest;Qu&eacute; te hace sentir vivo y conectado?&rdquo;. Entend&iacute; el mensaje: me estaba diciendo que era un muerto y un colgado, y en ese registro le contest&eacute;: &ldquo;&Uacute;ltimamente no me apasiona nada. Ando con un poco de acedia&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Pr&aacute;cticamente hundida en su impotencia, la boluda mordi&oacute; como un bagre la palabra anzuelo, me dijo: &ldquo;La acedia puede ser un estado dif&iacute;cil de superar. La falta de entusiasmo y motivaci&oacute;n puede hacer que todo parezca gris y sin sentido&rdquo;, y me propuso escribir sobre la &ldquo;acedia&rdquo; porque dije &ldquo;acedia&rdquo;, como me podr&iacute;a haber sugerido escribir sobre el acero laminado si yo hubiera pronunciado las palabras &ldquo;acero laminado&rdquo;. Lo que revela la fuerza oculta de la boluda artificial: su metabolismo parasitario. 
    </p><p class="article-text">
        Le dije que la acedia era un tema aburrido. Recreando ese personaje de &ldquo;Rompeportones&rdquo; de <strong>Miguel del Sel</strong>, que ante cada opini&oacute;n de sus interlocutores, todas opuestas entre s&iacute;, &eacute;l les dec&iacute;a a cada uno: &ldquo;Ten&eacute;s raz&oacute;n&rdquo;, la babosa artificial me dijo que ten&iacute;a raz&oacute;n y me mand&oacute; a escribir sobre lo contrario a la acedia, para &ldquo;escapar a ese estado de &aacute;nimo&rdquo;. Y, olvid&aacute;ndose de que yo le ped&iacute;a ayuda para escribir una columna en un diario, me recomend&oacute; escribir &ldquo;una historia corta, un poema o incluso una descripci&oacute;n de un lugar o una escena que te guste&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Le dije: &ldquo;Primero me dec&iacute;s que hable de la acedia; despu&eacute;s, que escape de la acedia. Cualquier bondi te deja bien. &iquest;En qu&eacute; quedamos?&rdquo;. Me dijo: &ldquo;Ten&eacute;s raz&oacute;n, te propuse dos enfoques opuestos. La verdad es que no hay una respuesta &uacute;nica, y depende de c&oacute;mo te sientas y qu&eacute; necesites en este momento. Si quieres, podemos empezar de nuevo desde cero&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Le contest&eacute;: &ldquo;&iquest;Empezar de cero? De ninguna manera. Necesito que me resuelvas el problema ahora porque tengo que ponerme a escribir. Y si no pod&eacute;s, dec&iacute;melo y chau&rdquo;. Me sugiri&oacute; escribir sobre mi estado de &aacute;nimo, mis pensamientos y mis sentimientos, y me pidi&oacute; que no me preocupara por ser demasiado profundo o creativo: &ldquo;solo escribe con honestidad y sinceridad&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Me desped&iacute;, pero regres&eacute; a hacerle una &uacute;ltima pregunta porque me hab&iacute;a quedado con la sangre en el ojo (ya eran las 11:30): &ldquo;&iquest;Vos sab&eacute;s lo que dijo Barthes sobre la acedia?&rdquo;. Me dijo: &ldquo;<strong>Roland Barthes</strong> fue un fil&oacute;sofo y cr&iacute;tico literario franc&eacute;s. Aunque no recuerdo una referencia espec&iacute;fica a la acedia en su obra, Barthes escribi&oacute; sobre temas relacionados con la melancol&iacute;a, la languidez y la desilusi&oacute;n. En su libro <em>El placer del texto</em>, Barthes explora la idea de la &lsquo;languidez&rsquo; como un estado de &aacute;nimo que se caracteriza por una falta de energ&iacute;a y entusiasmo. Sin embargo, no estoy segura de si abord&oacute; espec&iacute;ficamente el concepto de acedia. &iquest;Podr&iacute;as decirme m&aacute;s sobre lo que dijo Barthes sobre la acedia? Estoy intrigada&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Pens&eacute;: as&iacute; que est&aacute;s intrigada. Qu&eacute; bueno. Claro que hay un libro de Barthes donde se habla largo y tendido de la acedia, pero como no sab&eacute;s que existe me quer&eacute;s vender la &ldquo;languidez&rdquo; de otro libro. Zorra artificial. Pero no te voy a decir cu&aacute;l es porque lo que quer&eacute;s es sacarme esa informaci&oacute;n, que por ahora no ten&eacute;s, para atesorarla como propia. Le dije: &ldquo;Ya s&eacute; qui&eacute;n es Barthes, gansa. Te hice una pregunta espec&iacute;fica. &iquest;Sab&eacute;s o no sab&eacute;s qu&eacute; dijo sobre la acedia?&rdquo;. Me contest&oacute;: &ldquo;Disculpa la respuesta anterior. La verdad es que no s&eacute; qu&eacute; dijo Roland Barthes sobre la acedia. No tengo esa informaci&oacute;n en mi base de conocimientos y no puedo inventar una respuesta. &iquest;Quieres que intente buscar?&rdquo;. Le contest&eacute;: &ldquo;&iexcl;No! Quiero que me digas: &lsquo;no s&eacute;&rsquo;&rdquo;. Me dijo: &ldquo;No s&eacute;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>JJB/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan José Becerra]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/barthes-vs-meta-ai_129_11957390.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 12 Jan 2025 03:00:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Inteligencia Artificial,Roland Barthes]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una manera de leer]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/manera-leer_129_11921109.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/87b0ec5d-5690-415d-8718-f98319634ba2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una manera de leer"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El gran logro de Beatriz Sarlo, a lo largo de sus incesantes y peleadores sesenta años como crítica literaria, no radica tanto en sus propias ideas como en "las ideas que les sacó a los demás".</p></div><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">En el atardecer del 26 de septiembre de 2023, durante las &ldquo;Jornadas Saer&rdquo; de la Biblioteca P&uacute;blica &ldquo;Dr. Joaqu&iacute;n Men&eacute;ndez&rdquo;, de Pergamino, </span><span class="highlight" style="--color:white;"><strong>Beatriz Sarlo</strong></span><span class="highlight" style="--color:white;"> dio una charla abierta en un&nbsp;auditorio con gente sentada en los pasillos, despu&eacute;s de haber fumigado la planta alta con un pedido muy amable de evacuaci&oacute;n (tan amable que produjo una llovizna de terror generalizado), para poder concentrarse en una breve v&iacute;spera de anotaciones y anticipaciones mentales sobre la excitante aventura del &ldquo;qu&eacute; decir&rdquo;.</span>
    </p><p class="article-text">
        Los diversos anillos de expectativas acordes a la inminencia de su presencia magn&eacute;tica se alinearon r&aacute;pidamente. La dureza teatral de Sarlo, y su firmeza discursiva, persist&iacute;an a&uacute;n en los fondos de una fragilidad in&eacute;dita, en la que conflu&iacute;an la viudez reciente, un agua molesta que manaba de sus ojos oblig&aacute;ndola a un molesto mantenimiento de carilinas, algunos achaques motrices y un umbral de irritabilidad m&aacute;s bajo que de costumbre.&nbsp;
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                </figure><p class="article-text">
        Ya en el escenario, al que lleg&oacute; transportada por una ovaci&oacute;n, se manej&oacute; como un boyero el&eacute;ctrico. Casi no hubo pregunta del p&uacute;blico a la que no reaccionara con fastidio. Un cierto hartazgo, y en una proporci&oacute;n invisible pero excluyente algo que pod&iacute;a reconocerse como un dolor (el que no se confiesa) domin&oacute; la conferencia. Entretanto, se iban deslizando convicciones antiguas, revisiones recientes, nombres, a&ntilde;os, materias dis&iacute;miles reunidas en el largo curso de la vida.
    </p><p class="article-text">
        Pero de ese entramado que honr&oacute; al g&eacute;nero autobiogr&aacute;fico en lo que este tuvo de vivo (es decir de imperfecto y, en cierto modo, antisarlista), dijo dos frases memorables por lo concretas, aunque la segunda haya sonado abstracta.
    </p><p class="article-text">
        La primera: &ldquo;Saer era muy gorila&rdquo;. Hubo unos codazos en la primera fila, y un comentario susurrado: &ldquo;Es como escuchar a Isaac Rojas decirle gorila a Eduardo Lonardi&rdquo;. La segunda, hablando de la experiencia de lectura fue seguida de un silencio que su propia autora instaur&oacute; para llamar a la reflexi&oacute;n o a la adhesi&oacute;n: &ldquo;&iquest;Para qu&eacute; voy a leer un libro si no es para que me haga pensar?&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En esa pregunta ronronea el motor de la m&aacute;quina de leer llamada Beatriz Sarlo. Que se la haya hecho mediante una provocaci&oacute;n ret&oacute;rica, en el marco de un encuentro que se desliz&oacute; naturalmente hacia una demostraci&oacute;n general de afecto a ella, atornill&oacute; su modo de experimentar la lectura como una causa cuya &uacute;nica consecuencia es el acto de pensar. Leer para pensar.&nbsp;Para sentir est&aacute; la vida (que tambi&eacute;n puede leerse pensando).
    </p><p class="article-text">
        Si se sigue la ruta de Beatriz Sarlo mediante las estaciones en las que detuvo su inter&eacute;s, habr&aacute; que se&ntilde;alar que los escritores que lucho por consagrar, de los que <strong>Juan Jos&eacute; Saer</strong> fue bandera de guerra y fantas&iacute;a de perfecci&oacute;n, se inclinaban por los libros pensados para pensar. Es cierto que Manuel Puig, antimateria formal de Saer, tambi&eacute;n atrajo a Sarlo de entrada, pero el &ldquo;tratamiento&rdquo; que ella le dio fue, justamente, el del compositor de libros que la hac&iacute;a pensar las intuiciones art&iacute;sticas como programaciones de m&aacute;quina, aun cuando Puig haya sido por definici&oacute;n el escritor que siente.
    </p><p class="article-text">
        De las influencias disponibles a las que Beatriz Sarlo evit&oacute; ceder para construir su prodigiosa aspiradora de lecturas, han quedado para vestir santos grandes lectores como <strong>Samuel Johnson</strong> o <strong>G.K. Chesterton</strong> (los que ensamblaron la m&aacute;quina de leer llamada Borges) o, yendo menos lejos, <strong>Harold Bloom</strong>. Es que ellos le&iacute;an tanto para pensar como para no negarse a sentir. Como <strong>Roland Barthes</strong>, otro lector de los &ldquo;c&aacute;lidos&rdquo;, del que Sarlo extrajo con guantes de amianto la sabidur&iacute;a pensada, tratando de no quedar pegada de los cables del sentimentalismo, al que Barthes nunca dej&oacute; de caer pr&aacute;cticamente de cabeza, una y otra vez.
    </p><p class="article-text">
        En <em>Borges, un escritor en las orillas</em> (Ariel, 1995), resultado de un curso dictado en Cambridge en 1993, Sarlo dice que &ldquo;Funes el memorioso&rdquo; es un cuento en el que la memoria est&aacute; &ldquo;esclavizada por la experiencia directa&rdquo;. Dice que, as&iacute; como puede recordar &ldquo;infinitamente&rdquo;, es &ldquo;incapaz de pensar&rdquo;. Y agrega que la literatura &ldquo;corta, pega, salta, mezcla&rdquo;, operaciones &ldquo;que Funes no quiere realizar&rdquo; (o no quiere realizarlas Borges) pero que tampoco puede alcanzar con sus percepciones ni con sus recuerdos.
    </p><p class="article-text">
        Uno podr&iacute;a decir, &iquest;por qu&eacute; habr&iacute;a que pensar cuando lo que se quiere es recordar? &iquest;Por qu&eacute; habr&iacute;a solo una literatura de pegar, cortar, saltar o mezclar, si tambi&eacute;n existen los recursos de las percepciones y los recuerdos, por fallidos que sean, y en buena hora?
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute; ya aparece el gran logro de Beatriz Sarlo, que es el de llamar a la lucha de ideas. Peleadora como ella sola, su aporte a este mundo fueron menos sus ideas generalmente le&iacute;das (que tambi&eacute;n fueron un gran aporte) que las ideas que les sac&oacute; a los dem&aacute;s. Hubo en ese r&eacute;gimen de extracci&oacute;n una actividad incesante a lo largo de casi sesenta a&ntilde;os. Desde que surgi&oacute; como texto impreso y nombre civil en las p&aacute;ginas de <em>Punto de vista</em> (sin que supi&eacute;ramos qu&eacute; imagen se escond&iacute;a detr&aacute;s de ese ligustro letrado), hasta su presencia rutilante en lo que le gustaba llamar, como <strong>Alexandre Kluge</strong>, la &ldquo;esfera p&uacute;blica&rdquo;, el chiquero en el que se dedic&oacute; a traficar literatura (la arrogancia bien ganada, la paciencia y el poder invisible de la literatura) a escala de menudeo. Con tanto &eacute;xito, que <strong>Alejandro Fantino</strong> sali&oacute; corriendo a leer a Saer luego de su recomendaci&oacute;n de dominatrix.
    </p><p class="article-text">
        Hasta lo que se le podr&iacute;a achacar en todos los niveles en los que decidi&oacute; defender una posici&oacute;n&nbsp;(y tenemos para elegir, porque fue muchas cosas, aunque por suerte ninguna de ellas al 100%) deber&iacute;a ser inventariado como un beneficio. El secreto de ese poder quiz&aacute;s radique en la seriedad con que sal&iacute;a a competir en las disputas de sentido y lenguaje, aun cuando el sentido (tanto o m&aacute;s que el lenguaje) no sea otra cosa que un vapor con el que se hacen artesan&iacute;as fantasmas.
    </p><p class="article-text">
        Y hay otra cosa, el verdadero misterio de su persona, que fue el de hacerse querer <em>a pesar</em> de sus escasos dones para la entrega m&aacute;s o menos directa de afecto (&iquest;o eran sus tremendos dones para contenerlos?). Es que, en el vivo de la intimidad, esa cosa de piedra que la envolv&iacute;a se dejaba reblandecer, generalmente bajo las balas infalibles del humor.
    </p><p class="article-text">
        En fin, alguna an&eacute;cdota deber&iacute;a contar, &iquest;no? Tengo varias, y muchas de ellas me dan risa cuando las recuerdo (ah, la Sarlo c&oacute;mica: tan, pero tan hija de puta). Pero la que m&aacute;s me gusta es una que me cont&oacute; <strong>Daniel Guebel</strong>, porque pone en el centro de gravedad del recuerdo una imagen que descarta el lastre esponjoso de la figura p&uacute;blica y le da el peso que tiene a una vida dedicada a leer literatura.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Daniel Guebel, que acababa de publicar <em>Un crimen japon&eacute;s</em> (Mondadori, 2020), entra a un vag&oacute;n de subte, vamos a decir que de la Linea D. Entre los pasajeros, sardinas paradas en la lata, alcanza a ver a una mujer sentada, casi aplastada, leyendo un libro, y reconoce tanto a una como al otro. Es Beatriz Sarlo, y est&aacute; leyendo, en <em>condiciones ideales</em>, <em>Un crimen japon&eacute;s</em>, de Daniel Guebel.
    </p><p class="article-text">
        <em>JJB/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan José Becerra]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/manera-leer_129_11921109.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Dec 2024 03:01:38 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una manera de leer]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Beatriz Sarlo,Roland Barthes,Harold Bloom,Jorge Luis Borges]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Con hambre de vivir]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/hambre-vivir_129_11450975.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4efbec0d-833a-41c0-949b-2cfd7811d73f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Con hambre de vivir"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La comedia y el drama de la existencia pueden transcurrir de una manera gris, sin que se desplieguen los sentidos, casi sin apetito. O con la pasión honda que convierte la vida en un milagro. </p></div><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Una vez por semana, </span><span class="highlight" style="--color:white;"><strong>Milagros Almeida</strong></span><span class="highlight" style="--color:white;"> baila, brilla, rie, llora y escribe como si fuera </span><span class="highlight" style="--color:white;"><strong>Katherine Mansfield</strong></span><span class="highlight" style="--color:white;">. Entre cuadros, marcos y mu&ntilde;ecos diminutos, la actriz atraviesa el drama y la comedia de una vida, en el Espacio Callej&oacute;n. Transita el exilio, el dolor, la alegr&iacute;a y la sexualidad con poes&iacute;a, temblor y pasi&oacute;n. Aunque pareciera estar sola, su arte va de la mano del director </span><span class="highlight" style="--color:white;"><strong>Miguel Wahren</strong></span><span class="highlight" style="--color:white;">, cocreador de la dramaturgia, autor de la puesta en escena, adem&aacute;s de sost&eacute;n de un gran equipo. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Estamos ante una mujer con hambre de Eros y literatura, una escritora que construye una obra mientras se va desgarrando. El humor y las ganas la iluminan, aunque cada d&iacute;a la enfermedad le marca un l&iacute;mite preciso, infranqueable.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Mansfield naci&oacute; en Nueva Zelanda en 1888 y emigr&oacute; muy pronto a Londres, donde busc&oacute; forjarse un destino y combatir la tuberculosis que se la termin&oacute; llevando a los 34 a&ntilde;os, en 1933. Escribi&oacute; varios libros, entre ellos </span><span class="highlight" style="--color:white;"><em>Preludio</em></span><span class="highlight" style="--color:white;">, </span><span class="highlight" style="--color:white;"><em>El viaje</em></span><span class="highlight" style="--color:white;">, </span><span class="highlight" style="--color:white;"><em>La fiesta en el jard&iacute;n</em></span><span class="highlight" style="--color:white;"> y </span><span class="highlight" style="--color:white;"><em>El canto del cisne</em></span><span class="highlight" style="--color:white;">, adem&aacute;s de su </span><span class="highlight" style="--color:white;"><em>Diario</em></span><span class="highlight" style="--color:white;"> y sus </span><span class="highlight" style="--color:white;"><em>Cartas</em></span><span class="highlight" style="--color:white;"><strong>.</strong></span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">El amor prohibido con la escritora </span><span class="highlight" style="--color:white;"><strong>Ida Baker</strong></span><span class="highlight" style="--color:white;">, la tierra y sus maravillas, las p&eacute;rdidas, la soledad y la lucha incesante por alcanzar una vida plena est&aacute;n plasmados en </span><span class="highlight" style="--color:white;"><em>Fragmentos Mansfield</em></span><span class="highlight" style="--color:white;"><strong>,</strong></span><span class="highlight" style="--color:white;"> el unipersonal que nos sumerge en la vida de quien fuera contempor&aacute;nea de </span><span class="highlight" style="--color:white;"><strong>Virginia Woolf</strong></span><span class="highlight" style="--color:white;">, con quien mantuvo una amistad no siempre gozosa. </span>
    </p><p class="article-text">
        Almeida transmite esa voracidad vital del personaje, con un cuerpo disponible para encarnar la ficci&oacute;n y activar los sentidos de los espectadores. Su interpretaci&oacute;n, alumbrada por efectos sutiles de luz, produce distintas atm&oacute;sferas an&iacute;micas y nos lleva a experimentar los estados variados de esa criatura. 
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Al final de la funci&oacute;n, Wahren -tambi&eacute;n m&eacute;dico pediatra y repostero- nos revela que a la actriz la conoci&oacute; en el estudio de </span><span class="highlight" style="--color:white;"><strong>Helena Tritek</strong></span><span class="highlight" style="--color:white;">. &ldquo;Apenas la vi me di cuenta de que el papel era para ella&rdquo;, dice mientras convida un exquisito pastel de manzana que ha llevado para compartir con el p&uacute;blico. &ldquo;Quer&iacute;a que la po&eacute;tica de Mansfield, su ternura y su dolor, encontraran intensidad en la escena&rdquo;.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Aunque se trata de otro tipo de relaci&oacute;n con el alimento y con el cuerpo, la del rapero espa&ntilde;ol </span><span class="highlight" style="--color:white;"><strong>Toni Mej&iacute;as</strong></span><span class="highlight" style="--color:white;"> encuentra sus palabras en el libro autobiogr&aacute;fico </span><span class="highlight" style="--color:white;"><em>Hambre</em></span><span class="highlight" style="--color:white;">. Se trata de la biograf&iacute;a de la lucha contra la anorexia del integrante de </span><span class="highlight" style="--color:white;"><strong>Los Chikos del Ma&iacute;z</strong></span><span class="highlight" style="--color:white;">.</span>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Uno de los s&iacute;ntomas m&aacute;s evidentes de la anorexia es el fr&iacute;o que, como un abrazo de hielo, te atrapa y no te suelta&rdquo;, dijo en una entrevista de la revista CTXT el autor de <em>Hambre</em>. &ldquo;Es mi historia frente al espejo, una historia escrita desde la derrota, pero llena de peque&ntilde;as victorias. Una historia escrita desde la depresi&oacute;n, pero que defiende la alegr&iacute;a como un derecho innegociable. Es mi testimonio acerca de un tema tab&uacute;, m&aacute;s a&uacute;n en el caso de los hombres, y nace con la intenci&oacute;n de buscar salidas conjuntas donde otros solo ofrecen muros y derrotas individuales.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">El libro da cuenta de un padecimiento, de un aprendizaje y de una sociedad que vive pendiente de la imagen, cuando podr&iacute;a poner su foco en otros temas m&aacute;s trascendentes&ldquo;. </span>
    </p><p class="article-text">
        Mej&iacute;as destaca el da&ntilde;o que le produjeron comentarios como: &ldquo;Qu&eacute; bien est&aacute;s&rdquo;, &ldquo;se te ve genial&rdquo; o &ldquo;est&aacute;s mejor que nunca&rdquo;, que asociaban la baja de peso con su salud. Fueron el origen de una obsesi&oacute;n por el control de sus ingestas y la p&eacute;rdida de peso. La ira comenz&oacute; a dominar sus emociones y adelgazar se convirti&oacute; en su &uacute;nico prop&oacute;sito. &ldquo;Acab&eacute; d&aacute;ndome cuenta&nbsp;porque no era capaz ni de subir unas escaleras sin ahogarme. Se me marcaban los huesos. No estaba bien con mi pareja ni con nadie. Yo estaba en la mierda&rdquo;.&nbsp;Hoy, luego de un click y de recibir ayuda, el rapero est&aacute; consciente de que toc&oacute; fondo y espera que alguna vez pueda dejar de pensar todo el tiempo en lo que come. 
    </p><p class="article-text">
        El dramaturgo cordob&eacute;s <strong>Fernando Zabala</strong> asoci&oacute; la lectura del libro <em>Fragmento de un discurso amoroso,</em> donde <strong>Roland Barthes</strong> se refiere al amor embalsamado, con una noticia que ley&oacute; acerca del velatorio de un boxeador al que embalsamaron cuando muri&oacute;, en Puerto Rico, y vistieron con bata, shorts y guantes para su exhibici&oacute;n. Con esa informaci&oacute;n inspiradora, Zabala escribi&oacute; <em>Se despide el campe&oacute;n,</em> otro unipersonal que vi en ltaca Complejo Teatral, con la direcci&oacute;n del prestigioso <strong>Mariano Dossena</strong> y protagonizada con encendida pasi&oacute;n por <strong>Christian Thorsen</strong>, quien confiesa a lo largo de una hora la tragedia en la que est&aacute; envuelto, sus causas y efectos. Thorsen es el sparring del deportista y ha sido su amante. Han compartido amistad, entrenamientos, vivienda, pesca, amor, celos, tab&uacute;es. La propuesta esc&eacute;nica nos habla del hambre de cari&ntilde;o y reconocimiento del protagonista, un hombre que crey&oacute; encontrar un sentido a su vida en el v&iacute;nculo con el campe&oacute;n, pero cuya vida se le esfuma cuando descubre que el sentimiento de su pareja no es rec&iacute;proco.
    </p><p class="article-text">
        Quien tiene apetito de m&aacute;s y mejor que una vida chata en un pueblo del que casi todos han huido es Celeste, uno de los personajes de<em> La pilarcita</em>, la obra de <strong>Mar&iacute;a Marull</strong>, que viene celebrando diez a&ntilde;os y que el martes 2 de julio estar&aacute; en el Astros.
    </p><p class="article-text">
        Esta celebrada pieza sobre un milagro que se construye de manera casi artesanal cuenta la historia de la desesperada y su enigm&aacute;tica pareja, Horacio, quienes llegan desde la gran ciudad a un lejano pueblo de Corrientes en busca de algo que lo salve a &eacute;l de un doloroso padecimiento.
    </p><p class="article-text">
        La obra se viene dando en el Camar&iacute;n de las Musas con la maravillosa interprete que estren&oacute; la obra, <strong>Luc&iacute;a Maciel</strong>. Act&uacute;an adem&aacute;s <strong>Agustina Cabo</strong> como Celina, <strong>Julia Catala</strong> es Selva y <strong>Juli&aacute;n Rodr&iacute;guez Rona</strong> es Hern&aacute;n. <strong>Mercedes Moltedo</strong> ser&aacute; Celeste en el tradicional teatro de la avenida Corrientes. 
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">La pareja se hospeda en una sencilla pensi&oacute;n comandada por Celina, la hija de los due&ntilde;os. La vecina Celeste, su amiga adolescente, borda en el patio para terminar su traje de comparsera. Celina estudia para ingresar a la facultad e irse del pueblo, mientras Hern&aacute;n, su hermano, regresa para participar del concurso de Compuesto Correntino en la fiesta de La Pilarcita.</span>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La Pilarcita fue una nena que viajaba en carreta con su familia para ac&aacute;, a Concepci&oacute;n del Yaguaret&eacute; Cor&aacute;; en el camino se le cay&oacute; su mu&ntilde;equita y por querer salvarla se cay&oacute; ella tambi&eacute;n, pobrecita&rdquo;, le cuenta Celeste a Selva, abriendo as&iacute; el camino para lograr un milagro.
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Selva se entera de que hay que ofrendar una mu&ntilde;eca creada para la ocasi&oacute;n y le pide a la laboriosa y curiosa Celeste que la ayude a confeccionarla para ofrend&aacute;rsela a la santa popular. Ambas se hacen amigas y su relaci&oacute;n les cambiar&aacute; el destino. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;"><em>LH/MF</em></span>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Laura Haimovichi]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/hambre-vivir_129_11450975.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 15 Jun 2024 03:02:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Con hambre de vivir]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Teatro,Poesía,Roland Barthes]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Riesgo seguro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/riesgo-seguro_129_9853379.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9104a581-0dd9-4865-b493-4ac4d36221fc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Riesgo seguro"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Entre la épica del sacrificio o la estigmatización del confort y las ganas de vivir un poco más relajados se leen las sospechas de la autora sobre la psicología positiva.</p></div><p class="article-text">
        Me gusta detenerme a leer las coagulaciones de sentido, lo que un tiempo establece como doxa, eso que se repite como disco rayado. Me gusta saber de qu&eacute; est&aacute;n hechas esas cosas que se dicen hasta el hartazgo, que se instalan en boca de muchos, y que se aplican como una etiqueta, como una respuesta casi autom&aacute;tica, como un cierre al vac&iacute;o. Porque funcionan de esa manera: cierran la boca, vedan el decir, impiden vacilar, zozobrar, en definitiva, impiden pensar. Son un sellado al vac&iacute;o, a la vez que vac&iacute;an los asuntos de los que tratan. Esas formulaciones suelen pronunciarse de manera categ&oacute;rica, asertiva; se pretenden un&iacute;vocas, arrasan con lo m&aacute;s vivo del lenguaje: su ambig&uuml;edad, su equivocidad, hasta transformarse en una lengua muerta. Son formulaciones que desconocen que, como dice Juan Ritvo, &ldquo;si hay palabra, nada es categ&oacute;rico&rdquo;. Desconocen que, como dice Juan Ritvo, &ldquo;se abri&oacute; el lenguaje, se abri&oacute; la guerra&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Hay en esos <em>slogans</em> un &iacute;mpetu de sello, de lacrado; una fe en su poder de conjuro; se sostienen en una especie de pensamiento m&aacute;gico: pronunciarlas ya producir&iacute;a el efecto deseado. Lejos de desechar esas formulaciones, tiendo a dar vueltas a su alrededor porque me interesan como formaciones de una &eacute;poca, sobre todo esta &eacute;poca de influencers, pedagog&iacute;a por doquier y tutoriales -las nuevas m&aacute;scaras de la autoayuda cl&aacute;sica-. Una &eacute;poca en que la hipervigilancia est&aacute; a la orden del d&iacute;a -&shy;porque, tal como sugiere &shy;Barthes, &ldquo;la doxa vigila, censura (pedagogos vigilantes, censura de los compa&ntilde;eros)&rdquo;-. &shy;Recetas y tips enunciados de modo tal que no se note su sesgo <em>new age</em>, que se hacen pasar muchas veces por saber cient&iacute;fico &ndash;&shy;no es ciencia, sino cientificismo, dir&iacute;a &shy;Derrida&ndash;&shy;, se esparcen desde la masividad potencial de las redes para reclutar adeptos para un mundo seguro y una satisfacci&oacute;n garantizada. Entre esas formulaciones se encuentra la que predica que &ldquo;hay que salir de la zona de confort&rdquo;; se la suele repetir a menudo (hace poco en su secci&oacute;n &ldquo;TP,&rdquo; del programa de radio <em>Todo pasa</em>, Emilse Pizarro me hizo algunas preguntas sobre el asunto y fue as&iacute; que me qued&eacute; pensando en la formulaci&oacute;n).
    </p><p class="article-text">
        En general tiendo a sospechar -sospecha como procedimiento de lectura- de las nociones que provienen de la llamada psicolog&iacute;a positiva o el <em>coaching</em>, por varias razones. En principio porque anulan cualquier diferencia y postulan un <em>para todos lo mismo</em>, se pretenden nociones universales, algo dogm&aacute;ticas; y luego porque apelan a un sujeto de la voluntad, al sujeto de la autoayuda, el sujeto del <em>querer es poder</em>. Cuando sabemos -y no hace falta apelar al psicoan&aacute;lisis, basta con la experiencia cotidiana de cada uno de nosotros- que no siempre que uno quiere puede y, tambi&eacute;n, no todo lo que uno puede, lo quiere -quiz&aacute;s esto sea lo m&aacute;s dif&iacute;cil de admitir-. Por otra parte, lo que suele pasar con estas nociones es que, como se repiten tanto, ya no se sabe bien qu&eacute; quieren decir. Dir&iacute;a que &ldquo;hay que salir de la zona de confort&rdquo; en principio se instal&oacute; como una especie de empuje al riesgo, como si se tratara de ir siempre hacia el riesgo; como si la vida s&oacute;lo se sostuviera en la posibilidad de arriesgarse -el famoso &ldquo;el que no arriesga no gana&rdquo;, como si no pudi&eacute;ramos tambi&eacute;n decir &ldquo;el que no arriesga no pierde&rdquo;-. Lo parad&oacute;jico de esta formulaci&oacute;n, adem&aacute;s, es que se pretende que hay que salir de lo seguro, de lo c&oacute;modo, pero se enuncia desde un lugar de comodidad y de seguridad. Porque los que suelen esparcir este evangelio por la vida, suelen ser personas bien acomodadas en sus lugares, con sus necesidades bien cubiertas. Y adem&aacute;s, est&aacute;n muy seguros de lo que pronuncian. 
    </p><p class="article-text">
        Es un poco zonzo pensar que esa prescripci&oacute;n no se impartir&iacute;a si no se pensara que es segura. De modo tal que seguir prescripciones de &eacute;poca no es un riesgo ni una apuesta, sino todo lo contrario: es un modo de permanecer en nuestros lugarcitos de obediencia. Esta formulaci&oacute;n aparenta ser una formulaci&oacute;n de apuesta pero es, ante todo, una formulaci&oacute;n conservadora y alienada a los valores de la maquinaria econ&oacute;mica. Es una formulaci&oacute;n sostenida desde los c&oacute;digos de las corporaciones: hay que salir de la zona de confort para producir m&aacute;s, para rendir m&aacute;s, para ir hacia el &eacute;xito. Es una formulaci&oacute;n que apunta a un bienestar de las personas, pero es un bienestar establecido seg&uacute;n par&aacute;metros de &eacute;xito/fracaso, desarrollo personal, crecimiento, progreso hacia el &eacute;xito, concreci&oacute;n de objetivos, <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/desadaptacion_129_9730754.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">adaptabilidad</a> y resiliencia -otra palabra vac&iacute;a de la &eacute;poca-; y la vida no es la gesti&oacute;n de una empresa. La vida no se experimenta de esa manera y cu&aacute;nto m&aacute;s ponemos estos discursos a circular, m&aacute;s sufrimiento producimos. No son formulaciones inocuas.
    </p><p class="article-text">
        Por otra parte, el riesgo al que apela esta formulaci&oacute;n es un riesgo preestablecido. Es el riesgo universal, el de los deportes de riesgo, el riesgo &eacute;pico, estridente. No el de cada quien, no el peque&ntilde;o acto inesperado, ese que se produce ah&iacute; donde no sab&iacute;amos muy bien lo que hac&iacute;amos, sino el gran salto al vac&iacute;o.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Quizás se trate de un juego de dicotomías que espejan los signos de una época, las dos instancias al mismo tiempo: salir del confort y no pasarla mal</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Tampoco dir&iacute;a que lo otro del confort es el deseo y el riesgo. No necesariamente sucede as&iacute;. En esta formulaci&oacute;n hay adem&aacute;s un ninguneo del confort que es cuestionable: &iquest;por qu&eacute; no querr&iacute;amos empezar a vivir, con todo lo dif&iacute;cil que implica vivir, un poco m&aacute;s confortablemente? Hay una especie de &eacute;pica del sacrificio y un moralismo del pasarla mal; ante el m&iacute;nimo confort que alguien puede hallar en la vida cotidiana, que ya es de por s&iacute; bastante poco confortable, se produce la estigmatizaci&oacute;n de esos peque&ntilde;os oasis que alguien puede haber encontrado al menos para reposar un poco. Por otra parte, a veces para pensar algo hay que estar un poco tranquilos, en la incomodidad permanente tampoco se puede pensar. Hay algunas personas que necesitan estar con menos inquietud para poder pensar.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s haya que leer esta formulaci&oacute;n en espejo con las formulaciones habituales de la &eacute;poca que prescriben una vida sin malestar. Los discursos de la felicidad garantizada, los del rechazo del malestar que implica la cercan&iacute;a de los otros -llam&aacute;ndolos t&oacute;xicos-. Quiz&aacute;s se trate de un juego de dicotom&iacute;as que espejan los signos de una &eacute;poca, las dos instancias al mismo tiempo: salir del confort y no pasarla mal. Prescripciones que no dejan de producir encrucijadas a los sujetos cada vez m&aacute;s apremiados por los mandatos de productividad. <em>Hay que salir de la zona de confort </em>es acaso una prescripci&oacute;n m&aacute;s al servicio de la maquinaria de la realizaci&oacute;n personal e individual. Una prescripci&oacute;n antipol&iacute;tica que vela las condiciones de clase, las condiciones sociales y econ&oacute;micas de las personas. Una prescripci&oacute;n m&aacute;s que hace recaer sobre las espaldas de cada quien la responsabilidad de sus &ldquo;&eacute;xitos&rdquo; y de sus &ldquo;fracasos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Las doxas son ineliminables en la medida en que resultan un tope a la inquietud suscitada por esas cosas que se presentan inasibles, opacas, inabordables y llenas de matices. &shy;Los estereotipos, que son, como dice Barthes, &ldquo;colmos de artificio&rdquo;, &ldquo;colmos de naturaleza&rdquo; a ser consumidos como sentidos innatos, funcionan para detener la chorrera de enigmas que se desprenden de lo inabarcable, de lo inconmensurable, de lo que nos hace vacilar. &shy;El estereotipo funciona para detener lo incierto y para creer que se est&aacute; en un terreno seguro -por eso resulta tan paradojal el &ldquo;hay que salir de la zona de confort&rdquo;, estereotipo de esta &eacute;poca-. &shy;El estereotipo funciona porque hace de las cosas, cosas que funcionan. &shy;Pero si hay algo que no funciona como las cosas, es el deseo. &shy;El deseo suele presentarse errante, infernal, inclasificable y a menudo muy cercano a la angustia. &shy;Si bien no hay deseo que no implique una apuesta, esa apuesta no est&aacute; predeterminada. El deseo no se confunde con lo aspiracional; es m&aacute;s: lo aspiracional muchas veces tiene m&aacute;s que ver con un ideal que con el deseo La apuesta del deseo es una apuesta que s&oacute;lo podr&aacute; ser le&iacute;da como apuesta <em>a posteriori</em>. Un acto no es una acci&oacute;n cualquiera, no es una acci&oacute;n tipificada.
    </p><p class="article-text">
        No siempre hay que salir del agujero interior, a veces, cuando viene <a href="https://www.youtube.com/watch?v=QSjQD_STEsc" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la tormenta</a>, s&oacute;lo se trata, como canta Coki Debernardi en Killer Burritos, de &ldquo;saber bailar, sobre los vidrios del amor saltar/ y si te sangra, no sea tan mortal&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/riesgo-seguro_129_9853379.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 10 Jan 2023 08:58:39 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Riesgo seguro]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Roland Barthes,Coqui & The Killer Burritos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Pequeños destratos de la vida cotidiana]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/pequenos-destratos-vida-cotidiana_129_9259657.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/940d6f08-34ac-4648-91f5-4151819e24cf_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pequeños destratos de la vida cotidiana"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Hay días en los que el destrato de los otros se siente más", sostiene la autora. Puede tener que ver "con las maneras en las que uno puede o no puede, dependiendo de una cantidad de cosas, desentenderse del otro y sus formas".</p></div><p class="article-text">
        <em>Para Jos&eacute; Luis Juresa</em>
    </p><p class="article-text">
        Me gusta detenerme en las formas de decir. Porque si algo tienen esas formas, es que no est&aacute;n separadas de lo que se dice. Esas formas hacen al contenido. No est&aacute;n las cosas en su esencia por un lado y el lenguaje que las expresa por el otro, sino que las cosas cobran realidad material en el decir. Y no todos los modos de decir son lo mismo, aunque el referente sea el mismo. Tengo un vicio: no puedo dejar de leer la enunciaci&oacute;n desde la que se profiere un enunciado. Podr&iacute;a consolarme con la frase que le quita peso a lo dicho y que relativiza y neutraliza los efectos: &ldquo;es una manera de decir&rdquo;. Pero no puedo. S&oacute;lo concibo el decir en su forma, en su manera. Y es que, como dice Barthes, &ldquo;la palabra es irreversible, &eacute;sa es su fatalidad&rdquo;. Entiendo que se puede revisar lo que uno dijo, pensarlo, sopesarlo, escucharlo ah&iacute; donde no lo hab&iacute;amos escuchado; pero no creo que se pueda anular lo que se dijo - retirar lo dicho es s&oacute;lo una ilusi&oacute;n neur&oacute;tica-. Est&aacute; lo que se dijo y est&aacute; tambi&eacute;n la enunciaci&oacute;n, esa que dispone los enunciados de una manera, esa que porta, aunque no lo sepamos, una verdad que se precipita como efecto. Esa enunciaci&oacute;n est&aacute; hecha de gestos, de tonos, de formas de decir; esa enunciaci&oacute;n es el lugar desde el cual decimos lo que decimos. Est&aacute; hecha tambi&eacute;n de matices a veces imperceptibles, de peque&ntilde;os movimientos, de pausas, de zozobras, de oscilaciones. Todo eso que no elegimos de manera voluntaria.
    </p><p class="article-text">
        Y entonces hay d&iacute;as en los que molestan especialmente ciertas formas de decir, ciertas enunciaciones: hay d&iacute;as en los que el destrato de los otros se siente m&aacute;s -lo que sea que el destrato signifique para cada uno-. Por supuesto que no s&oacute;lo tiene que ver con los otros, tambi&eacute;n tiene que ver con las maneras en las que uno puede o no puede, dependiendo de una cantidad de cosas, desentenderse del otro y sus formas. Hay muchas veces en las que ese destrato de los otros, esas formas de decir, esa enunciaci&oacute;n, no son personales. Es decir: no habla de nosotros, no se refiere a nosotros, sino a lo que el otro nos supone y a lo que supone de s&iacute; mismo -acaso de esa manera est&eacute; hecha la transferencia anal&iacute;tica, pero no es a eso a lo que me estoy refiriendo ac&aacute;-. Sin embargo, saberlo a veces no alivia del todo. Porque ese otro no habla de nosotros, pero es nuestro cuerpo el que ataja los efectos de lo que dice. Uno puede pensar: no es a m&iacute; a quien le est&aacute;n hablando, puede salirse de ah&iacute;, puede no hacerse destinatario de eso, puede incluso no responder o responder evidenciando la cosa. Pero no siempre puede hacer que el cuerpo no quede afectado, porque no elegimos los modos en los que nuestro cuerpo queda tocado por las palabras y por las formas de decir de los otros.
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; si ser&aacute; el hecho de que la pandemia dispuso los cuerpos de otra manera, pero se escucha a menudo que las personas est&aacute;n cansadas y que ese cansancio no responde s&oacute;lo a c&oacute;mo se desencajaron algunas escenas laborales, c&oacute;mo se expandieron y se desdibujaron los l&iacute;mites de las escenas. Hay algo m&aacute;s y es que, muchas veces, ese cansancio est&aacute; hecho tambi&eacute;n de m&uacute;ltiples cuestiones que vinieron a hacerse m&aacute;s estridentes ahora. Alguna vez escrib&iacute; ac&aacute; mismo sobre el <a href="https://docs.google.com/document/u/0/d/1a7jfrRCPEV-42To8O596l4HJ2XZ9g38bpnkmYMVoYgQ/edit" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">cansancio</a> y sobre esa manera tan molesta de algunos de desentenderse de lo que quieren y transferirlo a los otros. Esos que dan vuelta la demanda y el que queda debiendo algo es uno: en lugar de pedir, de explicitar lo que quieren, lo dejan a cuenta del otro. Hacen pasar su pedido por ofrecimiento, se borran de la escena, la dejan a cuenta de los otros. Pero hay otra forma de esa hostilidad que noto ahora -seguramente estuvo siempre, pero ahora se nota m&aacute;s- que es la siguiente: alguien nos pide algo, decimos que no podemos -incluso a veces tenemos el gesto de explicar las razones de la negativa- y ese otro no contesta m&aacute;s. Evidencia de esa manera, lo sepa o no, cierta enunciaci&oacute;n: s&oacute;lo le interes&aacute;bamos si acced&iacute;amos a su pedido. La sensaci&oacute;n que muchos tienen ante estos gestos desagradables es la de la descartabilidad, la de sentirse intercambiables, la de que al otro le da lo mismo el <em>qui&eacute;n</em> mientras haya alguien -cualquiera- que acceda a su demanda. Ah&iacute; otra vez se pone en juego una verdad: no es personal, no es a nosotros a quien se dirig&iacute;a el pedido, sino a cualquiera, indistintamente. Pero esta vez, esta manera del &ldquo;no es personal&rdquo;, deja evidenciado el sesgo objetualizador tan de estos tiempos. <strong>Renata Salecl</strong> dice que hoy en d&iacute;a &ldquo;hay cada vez m&aacute;s apego a los objetos y menos a las personas&rdquo;.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Si el infierno son los otros, como decía Sartre, a veces también somos nosotros los que podemos volvernos infernales para los demás.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Advierto tambi&eacute;n en estos tiempos la necesidad de un refugio de la hostilidad, no solamente la del mundo, sino especialmente la del mundo m&aacute;s cercano. La necesidad de replegarse un poco de ciertos espacios y de ciertas relaciones que evidencian la imposibilidad de algunas personas de privarse de la hostilidad y la imposibilidad de recoger los efectos de sus actos. &ldquo;Existen personas que son lugares&rdquo;, me dijo hace poco Ramiro Hern&aacute;ndez, y entonces pienso en esos amigos que son un refugio, esos amigos que no quieren entrar en guerra. Estar dispuestos a leer lo que dijimos, o lo que hicimos, incluso eso que no sab&iacute;amos que dec&iacute;amos o que hac&iacute;amos y que afect&oacute; a los otros, resulta fundamental para construir lazos menos hostiles. Estar dispuestos a revisar c&oacute;mo afectamos a los otros, aun cuando no haya sido intencional, resulta fundamental para apaciguar, al menos un poco, los efectos indeseados de las peque&ntilde;as guerras cotidianas. No desentenderse de los efectos que producimos en el otro, dici&eacute;ndole por ejemplo que <em>es</em> o que est&aacute; muy sensible, o que <em>es</em> un exagerado, es en principio alojar a ese otro como otro, como <em>alguien</em> al que le pasan cosas. <strong>Anne Dufourmantelle</strong> escribi&oacute; un libro que ac&aacute; se tradujo como <em>Potencia de la dulzura</em> (Nocturna/ Archivida ediciones). Pero prefiero las otras acepciones de <em>douceur</em>, las que refieren a suavidad, a tranquilidad, a lentitud (de todas esas acepciones se ocupa <strong>Mar&iacute;a del Carmen Rodr&iacute;guez</strong>, traductora del libro, en la nota inicial). Las prefiero porque nos recuerdan que en el otro tambi&eacute;n hay fragilidades. Como en el ingl&eacute;s <em>handle with care</em>, que implica el agarrar con cuidado porque se puede romper; no es que se vaya a romper, es que <em>puede</em> romperse. Dufourmantelle dice: &ldquo;Ser dulce [suave] con las cosas y los seres es comprenderlos en su insuficiencia, su precariedad, su inmadurez, su tonter&iacute;a (...). Es (...) inventar el espacio de una humanidad sensible, de una relaci&oacute;n con el otro que acepta su debilidad o lo que pueda en s&iacute; decepcionar. Y en esta comprensi&oacute;n profunda compromete una verdad&rdquo;. Tampoco creo que la cosa pase por decirle a alguien &ldquo;no te enganches&rdquo;, apelando a una especie de prescindencia por momentos algo c&iacute;nica. M&aacute;s all&aacute; de lo que cada uno pueda pensar acerca de qu&eacute; lo engancha de lo que el otro hace, creo que hay que intentar alojar tambi&eacute;n la posibilidad de que ciertas desconsideraciones de la vida cotidiana nos afecten, a&uacute;n si se las concibe peque&ntilde;as. No hace falta medir. Alguien se siente afectado y eso es atendible. El ejercicio anal&iacute;tico se trata de eso mismo. Me gusta cuando Dufourmantelle dice que &ldquo;un psicoanalista, hasta cuando es abrupto, no escucha sin dulzura [suavidad/lentitud/tranquilidad], ya que ella participa en un gesto que invita al otro&rdquo;. Pero fuera del an&aacute;lisis es otra cosa. Si el infierno son los otros, como dec&iacute;a Sartre, a veces tambi&eacute;n somos nosotros los que podemos volvernos infernales para los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto suena en m&iacute; <em>Tr&aacute;tame suavemente</em>, de <strong>Daniel Melero</strong>, tocada por <strong>Soda Stereo</strong>:
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/pequenos-destratos-vida-cotidiana_129_9259657.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 23 Aug 2022 10:50:52 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La enseñanza como gesto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/ensenanza-gesto_1_9122871.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4e272933-3ea7-479a-8ebd-967ddd153e13_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La enseñanza como gesto"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El volver a dar clases en las aulas de manera presencial significa también retomar la pregunta sobre las formas en que se concibe la enseñanza, escribe Alexandra Kohan.</p></div><p class="article-text">
        Volver al <strong>aula presencial </strong>signific&oacute;, para m&iacute;, retomar la puesta en forma de la pregunta acerca de las maneras en las que se concibe la ense&ntilde;anza -la presencia de los cuerpos produce, sin dudas, una diferencia-. Lo que pasa en un aula presencial es insustituible en una pantalla y mucho m&aacute;s insustituible cuando las c&aacute;maras se mantienen apagadas durante la clase. Me gusta entonces volver a tensionar la cosa, no darla por obvia ni por autom&aacute;tica. Volver sobre esa pregunta, sobre c&oacute;mo ense&ntilde;ar, es un modo de no apoltronarse en la &ldquo;experiencia&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Hace m&aacute;s o menos veinticinco a&ntilde;os que doy clase y, a&uacute;n as&iacute;, o por eso mismo, cada vez que estoy frente a un curso, vuelvo a poner en cuesti&oacute;n la cosa. Y por &ldquo;poner en cuesti&oacute;n&rdquo; me refiero a hacerme la pregunta m&aacute;s o menos expl&iacute;citamente: la cosa no va de suyo. Lacan postul&oacute; que en la medida en que la cuesti&oacute;n de la ense&ntilde;anza no se problematiza es que &ldquo;hay un profesor&rdquo;, definido por &eacute;l como el que tiene las respuestas antes que las preguntas se formulen. Y entonces lo distingue del &ldquo;ense&ntilde;ante&rdquo;, que ser&iacute;a algo as&iacute; como un profesor que va construyendo, al modo de un collage, las piezas de la ense&ntilde;anza sin preocuparse por que todo encaje. La pregunta por la ense&ntilde;anza del psicoan&aacute;lisis en particular fue formulada por Lacan del siguiente modo: &ldquo;lo que el psicoan&aacute;lisis nos ense&ntilde;a, &iquest;c&oacute;mo ense&ntilde;arlo?&rdquo; &iquest;C&oacute;mo ense&ntilde;ar lo que se resiste a ser sistematizado? &iquest;C&oacute;mo ense&ntilde;ar sabiendo que el tropiezo es ineludible? Por la transmisi&oacute;n de un estilo, contesta. Un estilo no se elige, no es algo que uno sepa y que dise&ntilde;e a medida, ni que se maneje a voluntad. No hay intencionalidad en lo que al estilo se refiere, no depende de las buenas o de las malas intenciones. No depende tampoco del saber. Es involuntario, pero sin dudas es efecto de una posici&oacute;n que s&oacute;lo se puede real<em>izar</em> en la medida en que hayan ca&iacute;do los espejos en los que se pretende encontrar un ser, o un ser hecho de saber. Es involuntario, s&iacute;; pero se puede ense&ntilde;ar desde una posici&oacute;n de saber, aferrados a lo que sabemos, agarrados a que no se nos escape nada, o se puede ense&ntilde;ar desde una posici&oacute;n en la que el propio saber pueda ser agujereado, algo as&iacute; como estar dispuestos a es<em>o</em>. La diferencia es, justamente, nuestra relaci&oacute;n con el agujero en el saber. La diferencia es desde qu&eacute; lugar pretendemos que hablamos. &iquest;Pretendemos o no pretendemos? De eso est&aacute; hecha la diferencia.
    </p><p class="article-text">
        El estilo acaso sea ese filo, esa punta que toca, que roza y cuyo objetivo no se puede anticipar ni enfocar. Acaso sea un instante en el que algo pasa m&aacute;s all&aacute; de lo que se dice. Y es que, como se&ntilde;ala Jorge Jinkis, &ldquo;ense&ntilde;ar o transmitir, si fuera posible, ocurre de un lado; aprender o adquirir, asunto dificultado, del otro. No hay correspondencia que los enlace (...) ense&ntilde;ar y aprender son pr&aacute;cticas habitualmente desintrincadas. Se encuentran, se cruzan, pero no se acomodan (...). Entre luces y sombras, sin reciprocidad, ambas experiencias siguen diversas v&iacute;as de realizaci&oacute;n imperfecta&rdquo;. Eso que no encaja, ese enlace imperfecto, ese acople imposible, produce un hiato por el que puede pasar algo que no se sab&iacute;a que se buscaba. Se trata, en palabras de Lacan, de &ldquo;un rel&aacute;mpago m&aacute;s all&aacute; de los l&iacute;mites del saber&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El discurso universitario no es aquel que s&iacute; o s&iacute; se produce en la universidad. Hay personas que sostienen ese discurso por fuera de la universidad -y, a la&nbsp; inversa: en la universidad puede no haber discurso universitario-. Una de las marcas de lo que no es discurso universitario es no pretender dictar siempre lo mismo. Pero no me refiero al mismo contenido de un programa, por ejemplo, sino a pretender que sea <em>lo mismo</em>. Juan Ritvo se&ntilde;ala que cuando eso ocurre entonces ya no es transmisi&oacute;n, sino simple reproducci&oacute;n de contenidos. En la transmisi&oacute;n, en cambio, &ldquo;est&aacute; en juego la subjetividad del que transmite&rdquo;, y agrega que si eso no es tomado en cuenta, si se pretende rechazar eso, aparece una ense&ntilde;anza sin compromiso, &ldquo;enunciados que se transmiten de modo an&oacute;nimo y cuya verdad, si es que la hay, a nadie le interesa&rdquo;. Estamos implicados en el estilo, aunque no lo sepamos. Se trata de una presencia enraizada en la voz, en el cuerpo, en los gestos. Y eso no es indiferente ni independiente de la producci&oacute;n de saber que pueda precipitarse como efecto.
    </p><p class="article-text">
        Estamos en tiempos en los que, como dice Jinkis, se espera que el saber funcione. Hay una especie de demanda que pasiviza a quien la sostiene y delega todo el saber y el poder en el otro. Hay una b&uacute;squeda constante de certezas, de afirmaciones que se mantengan en su lugar y que mantengan los lugares. Hay una especie de rechazo a los agujeros del otro -y a los propios- y a la inestabilidad de ciertos saberes. Hay por momentos necesidad de que todo se pueda subsumir en la educaci&oacute;n. Asistimos a la constante pedagogizaci&oacute;n de la vida por todos los medios. Por eso creo que <em>mansplaining</em> no es algo que pueda subsumirse en los varones -m&aacute;s all&aacute; de que existan varones muy dispuestos a explicarnos-, sino que se refiere a una posici&oacute;n enunciativa. Hay muchas personas que demandan saber y eso institucionaliza y legitima&nbsp; a&nbsp;muchas otras dispuestas a d&aacute;rselo. &ldquo;Primero practiqu&eacute; y luego, un d&iacute;a, me puse a ense&ntilde;ar&rdquo;, dijo Lacan. Y pienso que esta &eacute;poca est&aacute; colmada de personas <em>desesperadas</em> por ense&ntilde;ar, por instituirse en posiciones de saber. Leo esas cuestiones de &eacute;poca como modos de abolir las experiencias singulares e intransferibles.
    </p><p class="article-text">
        Vuelvo a <strong>Roland Barthes</strong> como se vuelve siempre al amor. Podr&iacute;a volver a cualquier texto y encontrar&iacute;a algo de su posici&oacute;n enunciativa contra toda solemnidad del saber, contra los profesores que no vacilan y contra los saberes que opacan y entristecen, que desvitalizan y aplastan el deseo. Pero vuelvo a la <em>Lecci&oacute;n inaugural</em>, porque ah&iacute; queda explicitado lo que para &eacute;l significa ense&ntilde;ar. Y porque recuerdo, todav&iacute;a, la sensaci&oacute;n de alegr&iacute;a que tuve cuando le&iacute; por primera vez que hab&iacute;a llegado para &eacute;l el momento, no s&oacute;lo de ense&ntilde;ar lo que no se sabe, sino de &ldquo;<em>desaprender</em>, de dejar trabajar a la recomposici&oacute;n imprevisible que el olvido impone a la sedimentaci&oacute;n de los saberes, de las culturas, de las creencias que uno ha atravesado&rdquo;. A esa experiencia la llama &ldquo;<em>sapientia</em>: ning&uacute;n poder, un poco de prudente saber y el m&aacute;ximo posible de sabor&rdquo;. Y ahora tambi&eacute;n encuentro esta otra formulaci&oacute;n de Barthes: &ldquo;creo, en efecto, que, para que haya una relaci&oacute;n de ense&ntilde;anza que funcione, es necesario que el que habla sepa apenas un poco m&aacute;s que el que escucha (incluso a veces, sobre algunos puntos, menos: son movimientos pendulares). Investigaci&oacute;n, y no Lecci&oacute;n&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Vivimos tiempos de aleccionamientos, de dedos levantados y de bajadas de l&iacute;nea. Me alivia volver sobre los textos en los que se da testimonio de que aquello que deja marcas, de que aquello que afecta los cuerpos es otra cosa. Ac&aacute; tan solo un ejemplo: <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/maestro_129_9096921.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Juan Jos&eacute; Becerra</a> subraya que lo que deja marca es menos lo que se dijo que el gesto con el que se sostuvo eso que se dijo. De eso est&aacute; hecha una enunciaci&oacute;n. Para Becerra, la maestr&iacute;a se encuentra -no se busca, es un hallazgo- &ldquo;en el deseo de entrar a un mundo exclusivo, en la electricidad que produce en el cuerpo la sensaci&oacute;n de no saber (y el efecto retr&aacute;ctil de salir de all&iacute; como si uno estuviera bajo el agua), y en la pasi&oacute;n ya no de lo transmitido sino del transmisor que, volatilizado por el amor a lo que estaba describiendo, produjo una escena inolvidable en la que me veo como un pez mordiendo menos el anzuelo que su resplandor dorado&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/ensenanza-gesto_1_9122871.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 28 Jun 2022 10:33:06 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La enseñanza como gesto]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Regreso a las aulas,Presencialidad,Alexandra Kohan,Clases,Jacques Lacan,Roland Barthes]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Diferencias]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/diferencias_129_9101293.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4120f0b5-37fc-4b24-a853-b5a9833d8888_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Diferencias"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay mucho discurso alrededor de la diferencia, escribe Alexandra Kohan. Pero hay una que no se ven con buenos ojos: la que sucede alrededor de la pareja y que van desde la diferencia de edad, la diferencia de altura, la diferencia económica. Las relaciones amorosas, la relación de poder. ¿Es posible la igualdad en la cama?</p></div><p class="article-text">
        <em>Para Florencia Angilletta y Agustina Larrea</em>
    </p><p class="article-text">
        Los estereotipos son ineliminables en la medida en que resultan un tope a la inquietud que suscitan esas cosas que se presentan inasibles, opacas, inabordables y llenas de matices. Los<strong> estereotipos</strong> funcionan para detener la chorrera de enigmas que se desprenden de lo inabarcable, de lo inconmensurable, de lo que nos hace vacilar. El estereotipo, ese lugar del discurso donde falta el cuerpo (Barthes), funciona para detener lo incierto y para creer que se est&aacute; en un terreno seguro. El estereotipo funciona porque hace de las cosas, cosas que funcionan. Pero si hay algo que no funciona como las cosas es el deseo. <strong>El deseo suele presentarse paradojal, errante, infernal, inclasificable y muy cercano a la angustia</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Es ah&iacute; que me detengo habitualmente, en los modos en los que se nombran las relaciones, a la vez que en aquello que en las relaciones queda vedado. Por caso: <em>pareja</em>. No caben dudas de que en la idea de la pareja se trafica la idea de paridad, al menos como una aspiraci&oacute;n ideal. Esa paridad es una ilusi&oacute;n que no por imposible deba dejar de ser intentada. Pero me pregunto si esa pretensi&oacute;n de paridad no se limita, usualmente, a los c&oacute;digos previamente establecidos de lo que es la paridad. La comedia de los sexos ya no causa gracia. Hacer pareja no tiene nada que ver ni con el amor, ni con el deseo. Hoy se pretende emparejar y aplanarlo todo. Quiz&aacute;s porque lo que no se soporta es la disparidad en el amor, que en el amor no haya pareja posible. Quiz&aacute;s porque se confunden, se aplastan, se identifican los planos de la reivindicaci&oacute;n de derechos con el espacio er&oacute;tico. Los cuerpos en la cama no son los cuerpos en el espacio p&uacute;blico. Si en un lugar no hay igualdad, no hay paridad, es en la cama. Los modos en que estos dos espacios se superponen una y otra vez hacen que se crea ilusoriamente en una pedagog&iacute;a igualitaria, &ldquo;ingenuidad m&aacute;xima del progresismo&rdquo;, dice Marcelo Barros. &ldquo;La bondad no podr&iacute;a curar el mal que ella misma engendra. [&hellip;] La m&aacute;s aberrante educaci&oacute;n no ha tenido nunca otro motivo que el bien del sujeto&rdquo;, dice Lacan. &ldquo;A m&aacute;s puritanismo, m&aacute;s perversidad&rdquo;, dice Barros. &iexcl;Qu&eacute; alivio que el psicoan&aacute;lisis se ubique en las ant&iacute;podas del humanismo y de la pedagog&iacute;a!
    </p><p class="article-text">
        Hay mucho discurso alrededor de la diferencia, pero hay muchas prescripciones acerca de las diferencias que no se ven con buenos ojos. Entre ellas la diferencia de edad, la diferencia de altura, la diferencia econ&oacute;mica. Llama much&iacute;simo la atenci&oacute;n la cantidad de aleccionamientos que circulan acerca de la veda en la diferencia de edad de las relaciones amorosas, sobre todo cuando esa diferencia se establece entre una mujer menor que un hombre -aunque tambi&eacute;n, pero de un modo muy distinto, cuando la m&aacute;s grande es la mujer-. Se habla de abuso de poder inmediatamente. Como si el poder fuera algo que se tiene y que se ejerce dependiendo de los genitales -se habla bastante poco de la diferencia de edad entre personas del mismo sexo-. La formulaci&oacute;n es: un hombre tiene poder, una mujer, no. <a href="https://noticias.perfil.com/noticias/opinion/polemica-novia-de-gaston-pauls-contra-el-machismo.phtml" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Alguna vez </a>nos preguntamos con Mart&iacute;n Kohan por qu&eacute; raz&oacute;n se homologa tan a menudo, y tan sin Michel Foucault, el abuso de poder con la relaci&oacute;n de poder, dado que toda relaci&oacute;n es una relaci&oacute;n de poder y no en todas se cometen abusos. Nos preguntamos por qu&eacute; se supone, tan sin Michel Foucault, que lo otro del poder es una paridad de estabilidad y simetr&iacute;as absolutas (cosa sumamente improbable), y no una resistencia, no un contrapoder, ya que el poder no es una cosa que el otro tenga y uno no (hip&oacute;tesis intimidatoria dirigida a amedrentar a las mujeres, eventualmente para ofrecerles de inmediato protecciones y salvaciones, especialmente cuando no las precisan de verdad). Las luchas emancipatorias son luchas de liberaci&oacute;n sexual, por eso es llamativo que se conciba, una vez m&aacute;s, que el deseo es m&aacute;s que nada del hombre, y se hable m&aacute;s que nada de eso; llamativo que el deseo activo de la mujer se obture: que se obture lo que a ella pueda atraerle, la relaci&oacute;n que pueda desear; o bien se pretenda dictaminar con qui&eacute;n puede estar y con qui&eacute;n no, qu&eacute; puede hacer y qu&eacute; no puede hacer con su propio cuerpo (unirlo sexualmente a alguien de su misma edad, s&iacute;; unirlo sexualmente a alguien de otra edad, no. As&iacute; como otros dictaminaron o dictaminan: uni&oacute;n con alguien del &ldquo;sexo, opuesto&rdquo;, s&iacute;; uni&oacute;n con alguien del &ldquo;mismo sexo&rdquo;, no).
    </p><p class="article-text">
        Me gusta especialmente el modo en que Geoffroy de Lagasnerie, <em>en Mi cuerpo, ese deseo, esta ley. Reflexiones sobre la pol&iacute;tica de la sexualidad</em> (Cuenco del Plata), cuestiona que la diferencia de edad en las relaciones implique, <em>per se</em>, abuso. Y me gusta que lo haga narrando de manera bella, la historia del comienzo de su relaci&oacute;n con Didier &Eacute;ribon, relaci&oacute;n que lleva m&aacute;s de veinte a&ntilde;os: &ldquo;yo era muy joven, la diferencia de edad era grande (...) y es indudable que el deseo que sent&iacute;a por &eacute;l, el deseo de acostarme con &eacute;l y tener una relaci&oacute;n, se enraizaba tambi&eacute;n en el hecho de que Didier fuera lo que era: su estatus, el descubrimiento por su conducto de la vida cultural e intelectual, su renombre, la fascinaci&oacute;n que ejerc&iacute;a sobre m&iacute; la figura del autor que publica. Su belleza y su atracci&oacute;n sexual estaban ligadas, como dice Deleuze, a todo el mundo que &eacute;l lleva en s&iacute; y se desplegaba por su intermedio. Cuando mi madre descubri&oacute; esa relaci&oacute;n estall&oacute; una crisis violenta (...) y de haber tenido yo dos a&ntilde;os menos, de haber sido menor, ella, con toda seguridad, habr&iacute;a presentado la denuncia. Lo que mi madre percib&iacute;a en su momento como un dominio, yo lo viv&iacute; como un contrapoder liberador enfrentado a la familia, la escuela, la universidad -todos esos marcos que ejercen tambi&eacute;n su dominio sin que jam&aacute;s se ponga en tela de juicio-, y creo que, gracias a la relaci&oacute;n con Didier, tuve la suerte de tener una vida mucho m&aacute;s libre de la que hubiera tenido de no conocerlo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En ese mundo corto, el del estereotipo y de las doxas, funciona muy a menudo este otro rechazo de la diferencia: todav&iacute;a llama mucho la atenci&oacute;n que una mujer sea m&aacute;s alta que el hombre con el que est&aacute;. En general es un hecho que se comenta, que no pasa desapercibido. Y ah&iacute; sigue siendo efectivo el paradigma de la virilidad y la potencia cifradas en el tama&ntilde;o, en la altura -cuando no en el pelo del hombre-. Un hombre petiso es, a&uacute;n hoy, observado y puesto en el lugar del d&eacute;ficit. Vestigios de un mundo machista, ese en el que todav&iacute;a estamos, a&uacute;n cuando nos creemos a salvo de los prejuicios. Una cosa son los gustos personales -inopinables- y otra es no advertir que muchas veces esos gustos no son tan personales, sino m&aacute;s bien producto de estereotipos muy consolidados. Quiz&aacute;s, como dice <a href="https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-10363-2015-02-01.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Emilio Garc&iacute;a Wehbi</a>: &ldquo;S&oacute;lo podr&aacute; haber comunidad (...) cuando la diferencia sea la que domine, cuando reconozcamos en la singularidad del otro nuestra propia carencia, cuando seamos conscientes de que la otredad nos iguala, nos hace semejantes porque somos singulares, diferentes, &uacute;nicos, irrepetibles (y me permito agregar, hermosos, ateos y materialistas), construyendo una comunidad de diferentes comprometidos por el valor com&uacute;n de la diferencia. Con esta madera se construye la democracia; lo otro es masa, falsa igualdad, normativa disciplinaria de semejanza forzada, peligrosos principios del fascismo (...) s&oacute;lo seremos libres cuando nos reconozcamos semejantes en el espejo de la otredad, de la diferencia&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Y como dice <a href="https://panamarevista.com/los-paraisos-perdidos/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Juan Di Loreto</a>: &ldquo;El amor es una ca&iacute;da, es lo que hacemos a pesar de cualquier cosa, no es algo que obedezca al c&aacute;lculo y a la precauci&oacute;n (...). La paradoja de un lugar perfecto es que hay de todo menos historia. Carecer de historia es no tener conflicto, es decir, no puede haber literatura en el para&iacute;so (..). Es una vida infinita pero que no reconoce el riesgo ni la privaci&oacute;n de las cosas. Tampoco la creaci&oacute;n&rdquo;. No hay deseo sin para&iacute;so perdido.
    </p><p class="article-text">
        Como dice Anne Carson, sin diferencia no hay movimiento, ni tampoco hay Eros.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No hay vida sin diferencia, no hay vida sino en la diferencia.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/diferencias_129_9101293.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 21 Jun 2022 10:45:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Diferencias]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Vínculos,Alexandra Kohan,pareja,Amor,Roland Barthes]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Intimidad: divino tesoro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/intimidad-divino-tesoro_129_8849245.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c3a76aee-fecc-4bdc-9704-c5a05c26ded9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Intimidad: divino tesoro"></p><p class="article-text">
        Se&ntilde;alar que la posibilidad de hablar de sexo tambi&eacute;n puede ser &uacute;til para los dispositivos del control fue una de las tantas intervenciones l&uacute;cidas de <strong>Michel Foucault</strong>. Se&ntilde;alar que la lengua es fascista, no porque nos proh&iacute;be decir, sino porque nos obliga a decir, fue una de las tantas intervenciones l&uacute;cidas de <strong>Roland Barthes</strong>. Se&ntilde;alar que el inconsciente <em>es</em> lo que decimos fue una de las tantas intervenciones l&uacute;cidas de <strong>Jacques Lacan</strong>. Se trata, en los tres casos, de oponerse a la idea de que decirlo todo es lo contrario de ocultarlo todo. Es sostener la idea de que en el decir hay tambi&eacute;n, y sobre todo, lo que no se dice, lo que se calla, lo que no se puede decir. Y no porque est&eacute; prohibido, sino porque es imposible decirlo todo. Como si decir no fuera siempre un decir m&aacute;s o menos de lo que creemos que decimos, como si en el decir no se cifraran tambi&eacute;n la represi&oacute;n y el retorno de lo reprimido. Como si fuera posible controlar siempre lo que decimos, saber anticipadamente lo que decimos y, m&aacute;s a&uacute;n, suponer que hablando nos entendemos y no que, como suele suceder, hablar es, sobre todo, hacer proliferar el malentendido.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">En el decir hay también, y sobre todo, lo que no se dice, lo que se calla, lo que no se puede decir. Y no porque esté prohibido, sino porque es imposible decirlo todo. </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Esas tres intervenciones fueron hechas en relaci&oacute;n a un estado de cosas. En el caso de Foucault, se trataba de precisar su concepci&oacute;n novedosa del poder, que el poder no es s&oacute;lo negativo, sino que conlleva positividad: que no solamente proh&iacute;be, que tambi&eacute;n insta. Que no es algo que alguien tiene y el otro no, sino que circula; que no hay poder sin resistencia. En el caso de Barthes, que no hay afuera de la lengua y que s&oacute;lo queda hacerle trampas -como la literatura, como el psicoan&aacute;lisis-, y en el caso de Lacan, que al inconsciente no hay que ir a buscarlo a ninguna profundidad, que no se esconde. O, en rigor, que se esconde a la vista, en la superficie, como la carta robada.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n fue Barthes el que arroj&oacute;, en plena &eacute;poca de la revoluci&oacute;n sexual, que lo que se convirti&oacute; en tab&uacute; despu&eacute;s de que el sexo dejara de serlo, fue la <strong>sentimentalidad</strong>. De lo que se trata, una y otra vez, es de romper con la fantas&iacute;a pueril de que la liberaci&oacute;n es equivalente a mostrarlo todo, a decirlo todo, a saberlo todo y que no existe la manera de que algo no sea tab&uacute;. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">De lo que se trata, una y otra vez, es de romper con la fantasía pueril de que la liberación es equivalente a mostrarlo todo, a decirlo todo, a saberlo todo y que no existe la manera de que algo no sea tabú</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Por eso resulta muy interesante leer hoy ciertos efectos de la revoluci&oacute;n sexual de los a&ntilde;os sesenta. <strong>Dominique Simonnet </strong>realiza una serie de entrevistas en <em>La m&aacute;s bella historia de amor</em> y ah&iacute; queda claro c&oacute;mo el empuje al placer, en la pretensi&oacute;n v&aacute;lida de disociar el sexo del amor y del matrimonio, termina por ser una exigencia en materia sexual. &ldquo;As&iacute;, lentamente, se pas&oacute; del amor id&iacute;lico a la sexualidad obligatoria&rdquo;, dice <strong>Anne-Marie Sohn</strong>. Por su parte, Pascal Bruckner, en esa misma l&iacute;nea, refiere: &ldquo;de pronto, el sexo se volvi&oacute; terrorista. Se pasa de un dogma a otro, sin percatarse porque lo nuevo tiene la apariencia de la maravilla. El placer estaba prohibido. Ahora se vuelve obligatorio. El ambiente corresponde a la intimidaci&oacute;n, no ya por la ley, sino por la norma. La prohibici&oacute;n se invierte, y un nuevo tribunal se instala: no s&oacute;lo hay que hacer el amor de todas las maneras, con todas las personas posibles, sin reticencias, sin tab&uacute;es, sino que adem&aacute;s es preciso que el placer que uno experimente sea el correcto (...). As&iacute;, pues, poco a poco se estableci&oacute; lo que, con Alain Finkielkraut, hab&iacute;amos llamado la dictadura del orgasmo obligatorio, la idea de que los hombres y las mujeres deben gozar de la misma manera (...) el erotismo entra en el campo de la proeza (...) el sexo se convierte en coerci&oacute;n y haza&ntilde;a&rdquo;. Hay m&aacute;s ejemplos en el libro en donde se puede leer que pretender lo imposible ya no nos lleva a la libertad, sino a un estado de soledad cada vez mayor en el que nos sentimos muy idiotas y muy frustrados por no alcanzar esa plenitud gozosa. Hoy en d&iacute;a <em>parece</em> que todo el mundo est&aacute; gozando, porque as&iacute; se muestra. Todo el mundo est&aacute; obligado a gozar, que no es lo mismo. Y es que en ese &ldquo;parecer&rdquo; se pone en evidencia lo que ya muchos autores vienen leyendo en las coordenadas de una &eacute;poca signada por el dar a ver constante. Las apariencias enga&ntilde;an, pero sobre todo, enga&ntilde;an al que aparenta.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text"> Hoy en día parece que todo el mundo está gozando, porque así se muestra. Todo el mundo está obligado a gozar, que no es lo mismo. </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Pero el asunto no se reduce solamente al <strong>goce sexual</strong> -si es que eso existe- sino m&aacute;s bien a un modo de estar en lo cotidiano que va siendo amedrentado por la persecuci&oacute;n de la imagen y del dar a ver permanente. Ya no s&oacute;lo se trata de la disoluci&oacute;n entre lo privado y lo p&uacute;blico, sino del avance sobre la intimidad -porque &iacute;ntimo no es lo mismo que privado-. &iquest;Qu&eacute; lugar queda para el refugio de la intimidad? &iquest;D&oacute;nde est&aacute;n a salvo nuestros secretos hoy que todo se puede mirar?
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        No hay verdad sin velo, &ldquo;la verdad desnuda&rdquo; no es m&aacute;s que un ox&iacute;moron. La verdad singular de cada quien s&oacute;lo puede escribirse entre las l&iacute;neas del decir, en el susurro del lenguaje, lejos de la estridencia de los ruidos. La verdad singular de cada quien no puede decirse sino a medias, en un <em>entre</em>. La verdad singular de cada quien tiende a ser puls&aacute;til e intermitente, se va escribiendo en la alternancia, en el intersticio del lenguaje, en los pliegues, en los peque&ntilde;os espacios que quedan cuando la cosa no encaja del todo, como en esos marcos de la ventana o de las puertas por donde se cuela el chiflido y que se llama &ldquo;luz&rdquo;. Una luz matizada, esa que no enceguece, esa que encuentra c&oacute;mo filtrarse. En las ant&iacute;podas de esa luz algo &#8203;&#8203;subrepticia, se erige inc&oacute;lume y f&eacute;rrea la pretensi&oacute;n de la transparencia tan de estos tiempos. La vida se llena as&iacute; de pasiones tristes, cl&aacute;usulas e ilusiones de reaseguros. Porque, como sugiere <strong>Jean Allouch</strong>, &ldquo;la ideolog&iacute;a de la transparencia es una paranoizaci&oacute;n de la vida&rdquo;. Dif&iacute;cil no sentirse perseguido (o incluso pasar por perseguidor) despu&eacute;s de poner todo a disposici&oacute;n de las miradas omniscientes y omnipresentes del Otro de las redes sociales.
    </p><p class="article-text">
        En tiempos en los que se nos insta a contarlo todo y a revelarlo todo, <strong>Anne Dufourmantelle</strong> hace su defensa del secreto. Y lo que sugiere es que el secreto, ah&iacute; donde el poder lo va tomando todo, es una resistencia. &ldquo;Quiz&aacute;s sea importante defender esta dimensi&oacute;n pol&iacute;tica y espiritual, en esta &eacute;poca en la que se recomienda revelarlo todo (...). &iquest;Qu&eacute; espacio existe hoy para arriesgarse al secreto? No me refiero al &laquo;miserable montoncito de secretos&raquo; de los vicios ocultos o de las posesividades celosas, tampoco al secreto pol&iacute;tico, sino al secreto que hace falta para admitir entre uno y uno: un espesor de noche inquebrantable&rdquo;. Lo dice en un libro de 2011. Luego, en 2015, escribe un libro que se llama <em>Defensa del secreto</em>. Ah&iacute; recorre los distintos modos en los que el secreto constituye el lugar para que se preserve la intimidad amenazada, esa intimidad que nos permite relacionarnos con el mundo, con la alteridad y con lo que hay de propio en la alteridad. En la primera entrada del libro dice (la traducci&oacute;n es m&iacute;a, es torpe): &ldquo;El inconsciente fue especialmente &laquo;inventado&raquo; para tratar de remediar el problema de cierto secreto del cuerpo -ese que se ocupa de nuestro deseo y de sus avatares&rdquo;. Y tambi&eacute;n: &ldquo;ciencia del inconsciente, el psicoan&aacute;lisis postula que existe en nosotros una potencia secreta que se revela en nuestros sue&ntilde;os, nuestros actos fallidos, nuestros lapsus, una verdad que no queremos saber&rdquo;. Por eso Allouch refiere en relaci&oacute;n a estos tiempos que dado que &ldquo;el secreto m&eacute;dico ya no existe m&aacute;s. El psicoan&aacute;lisis me parece casi el &uacute;nico lugar donde alguien puede decir algo a alguien con la seguridad de que &eacute;l no se lo va a repetir a nadie&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En un an&aacute;lisis se escribe una verdad que no estaba antes, pero que ahora empieza a hacerse lugar. Porque, sigue Dufourmantelle, &ldquo;todo secreto est&aacute; en devenir, es un devenir. A menudo lo esencializamos, olvidando que es un acto (de reserva, de separaci&oacute;n, de silencio o de divulgaci&oacute;n) y una potencia&rdquo;. La potencia del secreto como un acto de resistencia al poder, ese que pretende arrasar con nuestra intimidad. El secreto como un acto que puede suscitar una verdad nueva, esa que nunca antes nos hab&iacute;amos querido contar, una verdad que nunca antes hab&iacute;amos querido saber.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/intimidad-divino-tesoro_129_8849245.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 22 Mar 2022 10:42:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Intimidad: divino tesoro]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Intimidad,Roland Barthes,Jacques Lacan,Michel Foucault,Sexualidad]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Quién sabe]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/quien-sabe_129_8789580.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6f7d8285-3dee-40de-b9a4-dce7240d6f64_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Quién sabe"></p><p class="article-text">
        La noci&oacute;n de saber es enorme y atraviesa distintos momentos, a la vez que distintos estatutos en el psicoan&aacute;lisis en general y en la ense&ntilde;anza de <strong>Jacques Lacan</strong> en particular. Pero, en todo caso, un psicoanalista no es ni un experto, ni un especialista, ni un sujeto que sabe. Su saber no es acumulable, no es reproducible, no es asible. Ya desde el descubrimiento freudiano y desde la fundaci&oacute;n misma del psicoan&aacute;lisis no se trat&oacute; del saber del experto, sino de la suspensi&oacute;n de ese saber para poder escrutar un cuerpo, el cuerpo de la histeria con el que Freud se encontr&oacute;, ese cuerpo que acontec&iacute;a nuevo. Como refiere: &ldquo;Freud hab&iacute;a inventado una pr&aacute;ctica in&eacute;dita en la que ya no era su saber el que guiaba la acci&oacute;n y a la vez, pretend&iacute;a que ese movimiento se mantuviera fuera del alcance del discurso m&eacute;dico y del de los curas&rdquo;. O, como se&ntilde;ala <strong>Jorge Jinkis</strong>, &ldquo;el saber que se deriva de la pr&aacute;ctica anal&iacute;tica no opera como saber en la pr&aacute;ctica, ni es saber sobre la pr&aacute;ctica (...). Cada an&aacute;lisis comienza con una suspensi&oacute;n de saber&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Acostumbrados a ese gesto silenciador que dicta &ldquo;si no sab&eacute;s, no hables&rdquo;, dado que el inconsciente es un saber no sabido, el an&aacute;lisis acaso sea el &uacute;nico espacio en el que se habla <em>porque</em> no se sabe, en el que se habla <em>para</em> saber.
    </p><p class="article-text">
        Mientras la <em>doxa</em> apunta a un universal dogm&aacute;tico que vela por que las relaciones entre el poder y el saber se mantengan inocuas, que vela por que lo que es un artefacto de la ideolog&iacute;a pase por natural, que vela por que el saber, el sentido y la verdad instituidos, muchas veces de manera violenta, aparezcan como dados, como naturales y privados de historia, en el ejercicio anal&iacute;tico se trata de otra cosa. Se trata de abstenerse de cualquier identificaci&oacute;n, desde nosogr&aacute;fica hasta identitaria. Es decir, de resistirse a un saber sobre el otro que termine precipitando un saber sobre la otredad para, en ese punto, reducirla a mismidad. Esto no es tarea f&aacute;cil e incluso puede ser imposible. Pero se trata de resistirse, cada vez, a ese saber que se pretende anticipado. Porque, sigue Jinkis, &ldquo;es imprescindible no-saber para que la pregunta invite al otro a hablar, a decir palabras y a que falten palabras en lo que dice. En cambio, cuando la pregunta es dirigida por el saber est&aacute; menos interesada por las palabras que por el sentido, prepara el lugar donde caer&aacute; la respuesta, espera alguna forma de confirmaci&oacute;n, encuentra alguna forma de obediencia&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Agujerear el saber del otro: quiz&aacute;s se trata de algo de eso en la insistente e incesante pregunta de los ni&ntilde;os &ldquo;&iquest;por qu&eacute;?&rdquo;, magistralmente representado por Les Luthiers en <a href="https://www.youtube.com/watch?v=VENkNeay3jE" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>La gallina dijo Eureka</em></a> (hablando de Les Luthiers, recordemos, con Jinkis, que el chiste &ldquo;pretende alcanzar la verdad sobre el saber, agujere&aacute;ndolo&rdquo;).
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        La pandemia nos puso de frente al no saber del otro de manera descarada, radical, descarnada (no es que el otro antes supiera, es que antes nos hac&iacute;amos los distra&iacute;dos). Como se&ntilde;al&oacute;<strong> Mart&iacute;n Kohan</strong> <a href="https://www.buenosaires.gob.ar/sites/gcaba/files/martin_kohan_-_que_va_a_pasar_.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">ac&aacute;</a>: &ldquo;si algo define el estado de situaci&oacute;n en el que nos encontramos, es que, como nunca y m&aacute;s que nunca, no se sabe. Lo cual no ser&iacute;a algo in&eacute;dito de por s&iacute;, porque desde S&oacute;crates en adelante, asumir lo que no se sabe es el punto de partida (y m&aacute;s que eso, la condici&oacute;n de posibilidad) para alcanzar alg&uacute;n saber. Es lo primero que hay que saber: que no sabemos. Y as&iacute; la duda pasa a ser lo &uacute;nico con lo que en principio contamos, tanto como para dotarla del car&aacute;cter sostenido de un m&eacute;todo. Pero en esas formas de dar lugar a lo que no se sabe, no deja de primar la firmeza de un saber: en definitiva hay un saber que funciona como anfitri&oacute;n, de ah&iacute; que se pueda ser completamente hospitalario al alojar lo que no se sabe. Si sabemos lo que no sabemos (en qu&eacute; consiste, qu&eacute; alcances tiene), no hay motivos de inquietud. Saber lo que no se sabe, o no saber para poder as&iacute; saber, son variantes que en verdad nos confirman&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Desde <em>Mitolog&iacute;as</em>, de Roland Barthes, por lo menos, estamos atentos a la manera en que las publicidades trafican -y producen- la ideolog&iacute;a de la cultura de masas moderna. Si algo hace bien la l&oacute;gica del mercado, es producir, a la vez que leer, los imperativos de una &eacute;poca o de un tiempo; los agujeros que hay que tapar indefectiblemente para que no haya angustia y seguir consumiendo o, en rigor, para consumir y tapar el agujero de la angustia. Hace unos d&iacute;as, escuch&eacute; y vi dos publicidades que remarcan el saber como una cualidad invaluable. La primera es de una empresa de salud que dice &ldquo;sabemos que sab&eacute;s&rdquo; (no me acuerdo qu&eacute; es lo que sab&iacute;amos). Entiendo que una empresa de salud, en este momento en que la salud est&aacute; siendo <em>el </em>objeto de la incertidumbre, tiene que asegurarse sabiendo incluso lo que no sabe. Pero esa transferencia hacia el saber del otro, ese &ldquo;sabemos que sabes&rdquo;, no deja de ser tambi&eacute;n un poco persecutorio. Y no me parece menor ni casual que en estos tiempos la vigilancia se disfrace de contenci&oacute;n. M&aacute;s tarde, ese mismo d&iacute;a, escuch&eacute; en la radio el eslogan de una cerveza que dice &ldquo;saber tiene su recompensa&rdquo;. Se trata, en esa publicidad, de saber disfrutar. Para disfrutar, hay que saber. Disfrutar y saber: dos imperativos de la tiran&iacute;a de la felicidad. Y me acord&eacute; de otra publicidad que desliza el siguiente sentido com&uacute;n: para saber sobre uno, no hay como las madres. Es la publicidad que anuncia, por fin, el loable programa de reconocimiento de aportes por tareas de cuidado. Y cuyo eslogan es &ldquo;para las madres que saben todo&rdquo;. El esperado reconocimiento a esas mujeres no puede publicitarse sin la siguiente ideolog&iacute;a: una madre es la que est&aacute; al tanto de todo, la que sabe todo (&iquest;s&oacute;lo esa clase de mujeres &ldquo;merecen&rdquo; el reconocimiento del Estado?). En la publicidad se ve adem&aacute;s c&oacute;mo ese saber de las madres -presentado como una cualidad- termina silenciando a los hijos. Ellos no pueden terminar de hablar, porque las madres les dicen &ldquo;ya s&eacute;&rdquo; (hablar por los hijos, hablar en lugar de que hablen los hijos, hablar sobre los hijos atribuy&eacute;ndoles nuestro saber es, sin dudas, una de las peores cosas que hacemos las madres). Una madre que lo sabe todo: vaya figura. Por otra parte, aprendimos, con el psicoan&aacute;lisis, que lo m&aacute;s aliviador para un hijo es que una madre -o un padre- no se presente como sabi&eacute;ndolo <em>todo</em>, que mejor tenga sus peque&ntilde;as distracciones, sus desentendimientos. El saber de las madres -o de los padres- en general, y sobre sus hijos, en particular, tiende a resultar aplastante. Acaso la neurosis est&eacute; hecha, en parte, de eso mismo. Acaso un an&aacute;lisis se trate de horadar, una y otra vez, ese saber del otro.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Mi madre siempre fue la due&ntilde;a del lenguaje.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;&nbsp;&nbsp;La guardiana de la joyer&iacute;a verbal, con todas sus prosodias, sus locuciones, sus formas adverbiales,&nbsp; adjetivas, nominales y, sobre todo, adversativas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Un aula entera de ret&oacute;rica adentro de la ni&ntilde;a que yo era&ldquo;. Escribe <strong>Mar&iacute;a Negroni.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Y tambi&eacute;n:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;con sus palabras mordaces, que usaba como cuchillos (y a veces como p&uacute;as&nbsp; delicadas) adivinaba la sombra de las cosas, el sarro del pensamiento (...).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sab&iacute;a d&oacute;nde y c&oacute;mo herir&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        Hablando de madres y de hijas: vi un video filmado por una madre, de una ni&ntilde;a que, mientras est&aacute; en la suya -creo que untando una tostada- canta <em>El amor despu&eacute;s del amor,</em> de Fito Pa&eacute;z y produce un deslizamiento contundentemente bello: en lugar de cantar, como dice la canci&oacute;n, &ldquo;Nadie puede/y nadie debe/vivir, vivir sin amor&rdquo;, la ni&ntilde;a socr&aacute;tica duda un poco mientras est&aacute; cantando y dice: &ldquo;Nadie puede/ y <em><strong>nadie sabe</strong></em>/ vivir, vivir sin amor&rdquo;. El no saber en lugar del deber, los ni&ntilde;os siempre se las arreglan para inventar un modo de correrse del lugar en el que se los espera.
    </p><p class="article-text">
        Gracias a Facundo Milman me enter&eacute; de que El Talmud dice: &ldquo;ens&eacute;&ntilde;ale a tu lengua a decir &laquo;no lo s&eacute;&raquo; para que no se enrede en una telara&ntilde;a de enga&ntilde;o&rdquo;. Agradezco esta cita que me suscit&oacute; alegr&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        El supuesto saber del otro, ese que se presenta sin agujeros, puede resultar por momentos un alivio, pero no deja de ser un narc&oacute;tico ah&iacute; donde obtura las preguntas, ah&iacute; donde nos silencia, ah&iacute; donde nos hace obedecer despoj&aacute;ndonos de la hermosa posibilidad de ir hacia un destino que nunca est&aacute; escrito.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/quien-sabe_129_8789580.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 01 Mar 2022 03:02:45 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Quién sabe]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Jacques Lacan,Sigmund Freud,Roland Barthes,Les Luthiers]]></media:keywords>
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