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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - El Petiso Orejudo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/el-petiso-orejudo/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - El Petiso Orejudo]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Asesinos seriales, un repaso por los casos criminales que todavía no llegaron a las series y uno de los que ya lo hicieron y son éxito]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/asesinos-seriales-repaso-casos-criminales-todavia-no-llegaron-series-hicieron-son-exito_1_8805989.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/db002382-d4d6-4cfd-8a04-7595e2ea98ac_16-9-discover-aspect-ratio_default_0." width="1200" height="675" alt="Asesinos seriales, un repaso por los casos criminales que todavía no llegaron a las series y uno de los que ya lo hicieron y son éxito"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El mal mostrando sus garras se transformó en un clásico del espectáculo criminal en las plataformas. Qué hay detrás de la atracción por los homicidios y sus autores.</p></div><p class="article-text">
        Podr&iacute;a ser la trama perfecta de un gui&oacute;n. Ocurri&oacute; en <strong>Goi&aacute;s</strong>, Brasil, a mediados del a&ntilde;o pasado y no en Estados Unidos, pa&iacute;s obsesionado en el asesino serial por excelencia. La secuencia del &ldquo;asesino del DF&rdquo; tiene detalles tan macabros como ins&oacute;litos y compone un cap&iacute;tulo central del espect&aacute;culo criminal contempor&aacute;neo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La atenci&oacute;n medi&aacute;tica prestada al pr&oacute;fugo<strong> L&aacute;zaro Barbosa</strong>, quien se hab&iacute;a refugiado en los bosques y caus&oacute; terror en la poblaci&oacute;n, se intensific&oacute; despu&eacute;s de que fuera se&ntilde;alado por la Polic&iacute;a del Distrito Federal como el autor de la masacre de una familia campesina, s&iacute;mil los hechos de <em>A Sangre Fr&iacute;a </em>(1965), de<strong> Truman Capote</strong>. L&aacute;zaro, de 32 a&ntilde;os, un hombre con largo historial homicida -dos asesinatos, violaciones y escape de prisi&oacute;n a cuestas-, hab&iacute;a matado a cuchillazos y a tiros a un matrimonio y a sus dos hijos, de 21 y 15 a&ntilde;os, en una granja del Brasil profundo. Luego escondi&oacute; los cuerpos con hojas para que no fueran identificados en los registros a&eacute;reos de la polic&iacute;a. Y se dio a la fuga.&nbsp;
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                Lázaro Barbosa, el asesino más buscado de Brasil                            </span>
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        Fue el ep&iacute;logo de su aventura criminal, que los investigadores calcularon en once asesinatos desde 2007. Considerado como &ldquo;un psic&oacute;pata impredecible&rdquo; L&aacute;zaro Barbosa se meti&oacute; en casas -incendi&oacute; una y varias personas fueron trasladadas en grave estado al hospital-, se enfrent&oacute; a tiros con un campesino y en el camino rob&oacute; armas y coches. Su raid siniestro ha dejado destellos extravagantes: en una de las viviendas oblig&oacute; a una mujer a prepararle algo de comida mientras ve&iacute;a televisi&oacute;n en el sill&oacute;n y al marido a fumar marihuana junto a &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        Como si le faltaran escenas cinematogr&aacute;ficas, L&aacute;zaro protagoniz&oacute; varios enfrentamientos con los agentes policiales. Uno de los m&aacute;s perturbadores fue cuando tom&oacute; como rehenes a un matrimonio y a su hija y los traslad&oacute; hasta la orilla de un r&iacute;o, donde al parecer pensaba asesinarlos. No pudo. La joven logr&oacute; mandar un mensaje a la polic&iacute;a, que lleg&oacute; al lugar y salv&oacute; a la familia. Pero el homicida escap&oacute; una vez m&aacute;s. Caminaba por los r&iacute;os para dificultar el trabajo de los perros rastreadores.
    </p><p class="article-text">
        Barbosa, como todo asesino serial, se convirti&oacute; en un entretenimiento televisivo. Carcomidos por la verg&uuml;enza, la madre, el padre y la mujer de L&aacute;zaro, con la que ten&iacute;a una ni&ntilde;a de dos a&ntilde;os, aparec&iacute;an en los noticieros y le suplicaban que se entregara. La cacer&iacute;a policial, que hab&iacute;a movilizado la atenci&oacute;n de los brasile&ntilde;os como un asunto de Estado, lleg&oacute; a su fin el 28 de junio de 2021. Trescientos polic&iacute;as buscaron durante veinte d&iacute;as a uno de los m&aacute;s temibles homicidas de la historia del pa&iacute;s: usaron drones equipados con infrarrojos, helic&oacute;pteros, perros, radios. Hasta que lo encontraron. L&aacute;zaro Barbosa fue aniquilado por una feroz balacera en la ciudad de &Aacute;guas Lindas, en Goi&aacute;s. El presidente Jair Bolsonaro lo celebr&oacute; en Twitter: <a href="https://twitter.com/jairbolsonaro/status/1409523075708751877?s=20&amp;t=6_X65WzhMIBMH2a_i1FSbw" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">&ldquo;Uno menos para amedrentar las familias de bien&rdquo;</a>. Y haciendo gala de su discurso armamentista agreg&oacute;: &ldquo;Los bandidos est&aacute;n armados, no tienes paz ni siquiera dentro de tu casa. No puedo dormir, a pesar de la enorme seguridad aqu&iacute; en el Palacio del Gobierno, sin tener un arma a mi lado&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><blockquote class="twitter-tweet" data-lang="es"><a href="https://twitter.com/X/status/1409603130803822592?ref_src=twsrc%5Etfw"></a></blockquote><script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script><p class="article-text">
        Es posible pensar que la secuencia de Barbosa se estrene en los pr&oacute;ximos a&ntilde;os en Netflix o HBO bajo el t&iacute;tulo de &ldquo;El asesino serial del DF brasile&ntilde;o&rdquo;. No hay nada m&aacute;s inquietante -y a la vez atractivo para las audiencias- que el mal mostrando sus garras: cuando esos <em>psyco killer,</em> siempre hombres, se obsesionan por matar sin que nadie los pueda frenar. Con los asesinos seriales, y tal como hab&iacute;a postulado Ricardo Piglia, no interesa tanto la presencia de la realidad en la ficci&oacute;n sino su contrario. Cuando la ficci&oacute;n se cuela en los intersticios de lo cotidiano, esa <em>transparencia del mal</em>, como la hab&iacute;a llamado el fil&oacute;sofo <strong>Jean Baudrillard,</strong> quien dec&iacute;a: &ldquo;Me interesa descubrir las ambig&uuml;edades, los desequilibrios, toda <em>esa parte maldita</em>&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La ficci&oacute;n en la realidad: el a&ntilde;o pasado, un grupo de investigadores policiales comunic&oacute; la identidad de uno de los criminales m&aacute;s famosos de la historia estadounidense, el <em>Asesino del Zod&iacute;aco</em>, un homicida en serie de fines de los &acute;60 que inspir&oacute; las pel&iacute;culas &ldquo;Harry el Sucio&rdquo; y &ldquo;Zodiac&rdquo; -y ahora, adem&aacute;s, a uno de los villanos de la nueva versi&oacute;n de &ldquo;Batman&rdquo;-, asesino al que nunca se pudo atrapar pese a que dej&oacute; numerosas pistas. El grupo us&oacute; nueva evidencia f&iacute;sica y forense as&iacute; como los aportes de testigos presenciales para establecer, m&aacute;s de cincuenta a&ntilde;os despu&eacute;s, que se tratar&iacute;a de Gary Francis Poste, un hombre que muri&oacute; en 2018 y que hasta entonces no hab&iacute;a aparecido en los radares de los detectives. La hip&oacute;tesis todav&iacute;a no fue confirmada oficialmente.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Escena real de la búsqueda en Brasil de Lázaro Barbosa.                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        Esa <em>parte maldita</em> como acontecimiento de dualidad, de borde entre lo real y lo ficcional legitimado por la cultura masiva: no es casual que en los &uacute;ltimos a&ntilde;os el <em>true crime</em> se haya transformado en un g&eacute;nero arrasador de la pantalla.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        All&iacute; est&aacute; <strong>Samuel Little</strong>, que confes&oacute; haber matado a m&aacute;s de 90 mujeres convirti&eacute;ndose en el asesino serial m&aacute;s prol&iacute;fico de Norteam&eacute;rica, hablando en una entrevista, impasible: &ldquo;Trato de identificar en qu&eacute; momento me empez&oacute; a atraer el cuello de una mujer&rdquo;. Durante cuatro d&eacute;cadas, las autoridades lo detuvieron m&aacute;s de cien veces pero evadi&oacute; la Justicia y sigui&oacute; matando. &ldquo;No perd&iacute; tiempo enterrando cad&aacute;veres&rdquo;, se jacta. Y un periodista, a lo largo de un documental de la BBC, se pregunta por qu&eacute; ha sido posible que un asesino de tal magnitud hubiera matado tan impunemente, yendo de Estado en Estado, sin que se lo detuviera: la matriz que encuentra es el racismo institucional, la polic&iacute;a haciendo responsable a sus v&iacute;ctimas, mayormente prostitutas, negras y pobres, a las que nadie buscaba cuando desaparec&iacute;an. &ldquo;Las amo a todas. No puedo elegir ninguna favorita. Las ver&eacute; en el infierno&rdquo;, cierra Little, con evidente desprecio por sus presas humanas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El asesino serial como el perfecto cazador, inteligencia y cinismo en acci&oacute;n armando una cacer&iacute;a infinita, y los detectives que prueban t&eacute;cnicas, m&eacute;todos y se pasan la vida -y varias veces arrestando inocentes en su desesperaci&oacute;n por resolver casos- para poder cazarlo: otro t&oacute;pico insoslayable del g&eacute;nero.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En &ldquo;Cazar asesinos&rdquo; (Netflix) los investigadores hablan en primera persona exponiendo sus luces y sombras no sin vanagloriarse de sus hero&iacute;smos. Como cuando por las pruebas de ADN -un m&eacute;todo que, a partir de los &acute;80, cambi&oacute; el curso de las pesquisas- y el rol de los medios -un asesino serial escribe una carta a una cadena local: &ldquo;Me cuesta controlarme. Cuando el monstruo entra en mi cerebro, no s&eacute;. &Eacute;l ya escogi&oacute; su nueva v&iacute;ctima&rdquo;- descubren a BTK, un aterrador asesino de Kansas que reaparece despu&eacute;s de 30 a&ntilde;os, y termina siendo identificado como Dennis Rader -porque no existe criminal que, en el fondo, no quiera ser descubierto-, un ciudadano ejemplar de buena familia y sin ning&uacute;n antecedente penal. Es el mismo BTK que aparece en un cap&iacute;tulo de&nbsp; &ldquo;Mindhunter&rdquo; (Netflix), donde dos agentes del FBI entrevistan a asesinos para desmenuzar&nbsp; el rompecabezas de sus mentes, tal como sucede en &ldquo;The Confession Killer&rdquo; (Netflix), retrato &iacute;ntimo de Henry Lee Lucas, una suerte de estrella cinetamogr&aacute;fica que aparece sospechado como un asesino serial que destapa, a la vez, un circo medi&aacute;tico y la desidia de la instituci&oacute;n policial bajo su notable capacidad de fabulaci&oacute;n. &iquest;Y si Henry Lee Lucas lo estuviera confesando todo, pero todo fuera mentira?
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        El brasile&ntilde;o L&aacute;zaro Barbosa parece constituir uno de esos perfiles, <em>made in USA</em>. En una de las &uacute;ltimas series documentales de Netflix, &ldquo;El asesino del Times Square&rdquo;, aparece una fija: el asesino y su &eacute;poca; y su zona de confort: &ldquo;el paseo de las prostitutas&rdquo;, antes de la epidemia del sida. Nueva York, fines de los &acute;70. &ldquo;Los depredadores andaban sueltos&rdquo;, dice la voz en off, con im&aacute;genes de los suburbios neoyorquinos que semejan a la excepcional ficci&oacute;n &ldquo;The Deuce&rdquo; (HBO). Se encuentran dos mujeres sin cabeza en un hotel, tras un incendio provocado por el llamado &ldquo;asesino del torso&rdquo; para no dejar huellas. &ldquo;Buscar un asesino en Times Square era buscar una aguja en un pajar. Hab&iacute;a asesinatos en cada esquina&rdquo;, resume un detective. Y m&aacute;s si las v&iacute;ctimas eran prostitutas, terreno com&uacute;n en la cacer&iacute;a de un asesino serial, como en Samuel Little.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Otro t&oacute;pico de los asesinos seriales es la aparente normalidad en la que se mueven</strong>, sin levantar sospechas de sus dobles vidas. Un ex compa&ntilde;ero del asesino del Times Square comenta que hablaban en la oficina de los cr&iacute;menes cuando salieron a la luz en la prensa. &ldquo;Bob, podr&iacute;a haber sido t&uacute;. Podr&iacute;a haber sido yo&rdquo;, le dijo una vez, en broma, el asesino escondido de oficinista. Era alguien con hijos, con hogar, un buen trabajador. Alguien que empez&oacute; con colegialas, cerca de su casa, y luego dio &ldquo;el salto&rdquo; hacia el Times Square, con prostitutas, en &ldquo;un juego que hac&iacute;a sentirme Dios, al tener el control de sus vidas&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dios, las sectas y los cultos sat&aacute;nicos, el imperio, la Guerra Fr&iacute;a: acontece la edad de oro de los asesinatos en serie. Entre 1970 y 2000, en efecto, irrumpieron el 82 por ciento de todos los asesinos en serie estadounidense del siglo XX: Charles Manson, Ted Bundy, Angelo Buono y Kenneth Bianchi, Richard Ram&iacute;rez. Los asesinatos del torso, adem&aacute;s, ocurrieron poco tiempo despu&eacute;s de los del &ldquo;Hijo de Sam&rdquo; en Nueva York. Sobre todos ellos, existen series y documentales a doquier en las &uacute;ltimos tiempos, un torrente de fascinaci&oacute;n, atrocidad al m&aacute;ximo y peligro -no casualmente <strong>Netflix debi&oacute; lanzar un comunicado al advertir que Ted Bundy era romantizado por los espectadores-</strong>. &ldquo;Buscamos el gancho del destripador. La gente quedaba hipnotizada al leer que la leyenda de Jack el Destripador, aquel asesino victoriano, estaba aqu&iacute; reencarnada en Yorkshire&rdquo;, dice el editor de un medio, recordando c&oacute;mo hab&iacute;a sido la cobertura en Inglaterra del asesino serial que conmovi&oacute; a la poblaci&oacute;n entre los &acute;70-&acute;80.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los asesinos en serie suelen matar a aquellas personas que la sociedad menosprecia. Por otro lado, una buena parte de los victimarios expresaron humillaci&oacute;n y ofensa y, al decir de Roberto Arlt, buscaban &ldquo;ser a trav&eacute;s de varios cr&iacute;menes&rdquo;. Y todo relato sobre un asesino serial es, por antonomasia, un relato sobre los detectives -con la serie <strong>&ldquo;True Detective&rdquo; </strong>(HBO), en su primera temporada, como la m&aacute;s extraordinaria en su g&oacute;tico sure&ntilde;o sobre la caza de un asesino serial, recreando las reglas del g&eacute;nero-. Sus m&eacute;todos, sus t&eacute;cnicas, sus hip&oacute;tesis, hallazgos y fracasos, y todo su arsenal de maldad y bondad en dosis repartidas para procesar la violencia m&aacute;s descarnada: de los s&aacute;dicos sexuales a los narcisistas malignos, de los traumas de infancia a los que viven existencias grises, de los seductores-estafadores a los buenos y respetables vecinos. Y, tambi&eacute;n, el asesino serial como el retrato de una era. Porque el asesino serial, al igual que el delito, lleva las marcas de la sociedad que le da lugar. A las prostitutas, v&iacute;ctimas predilectas de los criminales en serie, los polic&iacute;as las arrestaban cuando iban a hacer una denuncia. Hasta que surgi&oacute; el movimiento feminista, en Estados Unidos, y con su lucha en las calles las cosas empezaron a cambiar: ya no las miraban como el &uacute;ltimo orej&oacute;n del tarro.&nbsp;&nbsp;
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            </figure><p class="article-text">
        &ldquo;Lo que me parece m&aacute;s interesante de la relaci&oacute;n entre las series y los asesinos en serie es, precisamente, que ambos convergen en la serialidad. Por eso es la figura por excelencia de la televisi&oacute;n. El asesino con una &uacute;nica v&iacute;ctima es perfecto para un libro o una pel&iacute;cula; pero el psic&oacute;pata reincidente puede nutrir una temporada completa. De alg&uacute;n modo son tambi&eacute;n espejos de los telespectadores: tambi&eacute;n nosotros somos obsesivos y reincidentes. La pantalla, ese &acute;black mirror&acute;, nos refleja nuestra propia imagen, adicta a la atrocidad&rdquo;, reflexiona en di&aacute;logo con este medio Jorge Carri&oacute;n, autor de &ldquo;Teleshakespeare&rdquo; (Interzona).
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; lo explica tambi&eacute;n Mariana Enriquez, poniendo el foco -claro est&aacute;- en el fen&oacute;meno yanqui.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;En libros, en documentales, en cientos de podcasts, como el pionero <em>Serial</em>; a veces se rescatan casos no resueltos o se recurre a nueva evidencia o interpretaciones sobre asesinos muy famosos, en general, los seriales. La cuesti&oacute;n es c&oacute;mo volver a contar a estas celebridades del crimen sin el recurso habitual de convertirlos en superestrellas. Su construcci&oacute;n como celebridades es tan s&oacute;lida que incluso se cree que estos criminales son &uacute;nicos de Estados Unidos, un producto de la cultura norteamericana, pero s&oacute;lo un repaso por sitios de informaci&oacute;n tan elementales como Wikipedia demuestra que asesinos seriales existen en todo el mundo, lo que no hay es una maquinaria judicial, medi&aacute;tica, cinematogr&aacute;fica y transnacional que pueda convertirlos en figuras globales&rdquo;, dice la periodista y escritora, que en una reciente entrevista, metiendo las patas en el g&eacute;nero, ha afirmado: &ldquo;Exploro la maldad que todos albergamos y somos capaces de ejercer&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cada personaje configura un imaginario alrededor de su figura. &ldquo;Tal vez sea un asesino serial&rdquo;, comenta al pasar la madre de la detective Mare Sheehan -interpretada por una notable Kate Winslet- en la miniserie de HBO &ldquo;Mare of Easttown&rdquo;. &ldquo;Es la tercera chica muerta, Mare. Yo s&oacute;lo digo&rdquo;, termina la madre, como una mosca zumbando en el o&iacute;do. Mare, que estaba temporalmente suspendida de la fuerza, se pone una campera y de inmediato corre a visitar a su compa&ntilde;ero detective, interrumpiendo su cena. Vuelve al ruedo. Una serie de cr&iacute;menes destapan lo m&aacute;s podrido de una comunidad de Pensilvania, aunque ella, con su propio drama &iacute;ntimo a cuestas -como le ocurre a la periodista de &ldquo;Sharp Objects&rdquo; (HBO) en el regreso a su pueblo para reportear un par de desapariciones y muertes-, no sea la m&aacute;s indicada para resolverlos. En la investigaci&oacute;n del crimen serial, adem&aacute;s, la sociedad parece investigarse a s&iacute; misma.
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            </figure><p class="article-text">
        El criminal goza con su crimen y eso es aterrador, dicen los especialistas sobre asesinos seriales. &iquest;Qu&eacute; pasa cuando el homicida es un grupo? No hace mucho se cumplieron 52 a&ntilde;os de uno los cr&iacute;menes masivos m&aacute;s pavorosos del siglo XX. Un 9 de agosto de 1969, en el 1050 de Cielo Drive, en Beverly Hills, y de la mano de su l&iacute;der Charles Manson, tres miembros de su secta&nbsp; conocida como &ldquo;La Familia&rdquo; entraron a la casa del productor discogr&aacute;fico Terry Melcher -hijo de la actriz Doris Day-. D&iacute;as antes &eacute;ste hab&iacute;a rechazado proyectos musicales de Manson. Pero Melcher no estaba en su casa. Los tres enviados por Manson hallaron a la actriz Sharon Tate, al peluquero Jay Sebring y a una pareja de amigos de Tate: Abigail Folger y Wojciech Frykowski. Tate estaba embarazada de ocho meses: su esposo, el cineasta Roman Polanski, estaba en Londres. &ldquo;La Familia&rdquo; actu&oacute; en bloque en una faena macabra: mataron a los cuatro a cuchillazos y balazos. Antes de ingresar hab&iacute;an asesinado al vecino Steven Parent, a metros de la casa. Al d&iacute;a siguiente, otro grupo de la secta asesin&oacute; en su residencia al ejecutivo de un supermercado, Leno LaBianca y su mujer, Rosemary. Los asesinos fueron capturados, igual que Manson. Evitaron la pena de muerte y recibieron prisi&oacute;n perpetua por los siete asesinatos. Refugiado en su leyenda Manson muri&oacute; en prisi&oacute;n en 2017, a los 83 a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        1969 como el principio del fin del sue&ntilde;o revolucionario y de las utop&iacute;as: as&iacute; tambi&eacute;n queda sellado en la serie &ldquo;La serpiente&rdquo; (Netflix), fresco social del desencanto de &eacute;poca anclado en la historia de Charles Sobhraj, predador de hippies en Tailandia durante los &acute;70. Sobre Charles Manson y La Familia existen, como no pod&iacute;a ser de otra manera, un pu&ntilde;ado de artefactos audiovisuales de una marca industrial del crimen que funciona como pocos: en &ldquo;Mindhunter&rdquo; y <a href="https://www.youtube.com/watch?v=KFCD0UfZgz8" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">durante la segunda temporada, los agentes Holden y Tench entrevistan en prisi&oacute;n</a>  a Charles Manson -interpretado por Damon Herriman, que tambi&eacute;n lo encarna en &ldquo;&Eacute;rase una vez en Hollywood&rdquo;, la recreaci&oacute;n singular del fin de &eacute;poca de Quentin Tarantino-.&nbsp;
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            </figure><p class="article-text">
        Los magnicidios como ecos que permanecen eternamente. As&iacute; lo piensa el periodista Sebasti&aacute;n De Caro, que explora el <em>satanic panic</em> en clave de cultura popular. En su libro &ldquo;Cielo Drive&rdquo; (Reservoir Books) revisa el culto a Charles Manson y el asesinato de Sharon Tate, esa &ldquo;leyenda diab&oacute;lica&rdquo; que se ha vuelto universal. &ldquo;Lo que pas&oacute; esa noche funcion&oacute; como un aleph de la cultura pop, del cine, las letras y la m&uacute;sica&rdquo;, escribe De Caro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El asesino serial es un personaje de la cultura popular norteamericana, de la industria del entretenimiento. En t&eacute;rminos generales supone un estereotipo, el de un monstruo que causa rechazo pero que tambi&eacute;n seduce por un carisma especial, sea el que aporta la ficci&oacute;n a trav&eacute;s de sus reconstrucciones (Anthony Hopkins en &rdquo;El silencio de los inocentes&ldquo; como ejemplo paradigm&aacute;tico) sea el que se reconoce a los propios asesinos (Ted Bundy). Que parezca un monstruo es finalmente tranquilizador, porque entonces el asesino no tiene nada que ver con lo que se llama normalidad. Charles Manson, David Berkowitz, el mismo Bundy, representan esa figura&rdquo;, analiza el escritor y periodista <strong>Osvaldo Aguirre</strong>, autor del reciente &ldquo;Contrase&ntilde;as. El crimen en la cultura argentina&rdquo; (Editorial UNIPE).&nbsp;
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                &quot;El crimen en la cultura argentina” (Editorial UNIPE) de Osvaldo Aguirre.                            </span>
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        Seg&uacute;n su mirada, el enfoque que predomina en series y documentales se concentra en el asesino, busca la explicaci&oacute;n de sus actos en su psicolog&iacute;a -o incluso en su cerebro-, a lo sumo en su historia familiar, y al mismo tiempo lo desvincula de cualquier relaci&oacute;n con el contexto social, pol&iacute;tico y cultural de su tiempo. &ldquo;Por eso, me parece, las producciones m&aacute;s interesantes son las que dejan al asesino de lado y se ponen a mirar el conjunto de la escena: las v&iacute;ctimas, la actitud de la justicia y de la polic&iacute;a, las ideas corrientes, los valores que se consideran como s&iacute;mbolos de prestigio o de posicionamiento social&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aguirre duda que en Argentina se pueda hablar de asesinos seriales. El Petiso Orejudo -del cual hay una reedici&oacute;n del libro de Mar&iacute;a Moreno, un viaje polif&oacute;nico hacia la figura criminal- es considerado como el primer <em>serial killer</em> nativo por casi toda la biblioteca del g&eacute;nero. Sin embargo, en su caso contribuyeron a crear una horrenda fama tanto las retorcidas motivaciones de sus cr&iacute;menes como el hecho de que las v&iacute;ctimas fueran ni&ntilde;os de corta edad, y el que, como analiza Aguirre, la naciente ciencia de la criminolog&iacute;a encontrara al tipo de delincuente que tanto buscaba, el asesino ideal de la psiquiatr&iacute;a de la &eacute;poca: el degenerado. Y, adem&aacute;s, que se armara su expediente con confesiones que le hace a la polic&iacute;a o que la polic&iacute;a le atribuye y a partir de construcciones m&eacute;dico-policiales, con un enorme margen de duda sobre la verdad.
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                El Petiso Orejudo                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;&ldquo;El Petiso Orejudo no fue un asesino serial, s&oacute;lo se comprob&oacute; que cometi&oacute; el crimen de Giordano -polemiza el escritor-. Tenemos a Walter De Giusti, un plomero que mat&oacute; a cinco mujeres en Rosario en el contexto de dos intentos de robo y de intoxicaciones con psicof&aacute;rmacos. S&iacute; se puede reconocer un impacto temprano del fen&oacute;meno a trav&eacute;s de la prensa: en 1894, cuando ocurri&oacute; en Buenos Aires el descuartizamiento de Francois Farbos, los diarios porte&ntilde;os recordaron el caso de Jack el Destripador. Y la explotaci&oacute;n period&iacute;stica de la historia de Robledo Puch me parece lamentable, una obnubilaci&oacute;n del pensamiento y una contribuci&oacute;n al peor sentido com&uacute;n, el de una sociedad que se desentiende de la violencia que produce y que se alarma por la posible liberaci&oacute;n de Robledo Puch, despu&eacute;s de pasar medio siglo en la c&aacute;rcel, pero que no se inquietar&iacute;a demasiado con la libertad, por ejemplo, de Etchecolatz&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Desmitificando el criminal como bestia se lee &ldquo;Magnetizados&rdquo; (Anagrama), el notable libro de Carlos Busqued sobre Ricardo Melogno, <em>taxi killer</em>: una larga y descarnada conversaci&oacute;n hacia el coraz&oacute;n de las tinieblas. Y para tomar un respiro del asesino made in USA, basta espantarse con la furia asesina del personaje de &ldquo;Titane&rdquo; (Julia Ducournau), perderse en los tiempos criminales del director coreano Bong Joon-ho con sus joyas &ldquo;Memorias de un asesino&rdquo; y &ldquo;Barking Dogs Never Bite&rdquo;, o en &ldquo;El Caso Hartung&rdquo; (Netflix), el thriller dan&eacute;s de asesinatos en serie con un mu&ntilde;equito de casta&ntilde;a como sello de la narrativa n&oacute;rdica contempor&aacute;nea, y por si queda un halo de aliento, o saborear el inquietante libro &ldquo;Mi hermana, asesina en serie&rdquo; (Alpha Decay), de la africana Oyinkan Braithwaite, donde se retrata el poder de la consanguinidad en la marca com&uacute;n del crimen.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una maldad que la pol&iacute;tica ha de exprimir siempre hasta el hueso, y el caso de Bolsonaro pidiendo la cabeza de Leandro Barbosa expresa la noci&oacute;n hegem&oacute;nica del criminal como monstruo separado del cuerpo social, el que amenaza un status quo civilizado. &ldquo;No eran esbirros natos -dec&iacute;a Primo Levi acerca de los nazis en el emblem&aacute;tico &rdquo;Si esto es un hombre&ldquo;-, no eran (salvo pocas excepciones) monstruos: eran gente cualquiera. Los monstruos existen pero son demasiado pocas para ser realmente peligrosos; m&aacute;s peligrosos son los hombres comunes, los funcionarios dispuestos a creer y obedecer sin discutir&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qui&eacute;nes son los asesinos seriales, de qu&eacute; est&aacute;n hechos, c&oacute;mo pudieron hacer lo que hicieron? En el l&iacute;mite del entendimiento humano, entre hechos reales, conjeturas, testimonios, supuestos y ficciones, el mal sigue siendo algo tr&aacute;gicamente rid&iacute;culo, insoportable, que tiene s&iacute;ntomas tanto f&iacute;sicos como espirituales. Pero, al mismo tiempo, la crueldad es uno de los signos m&aacute;s democr&aacute;ticos del salvaje e incierto mundo presente. Al calor de las convulsiones sociales y los cambios pol&iacute;ticos, las fantas&iacute;as populares proyectan en los asesinos seriales miedos y anhelos propios. Por m&aacute;s que un expediente se cierre, por m&aacute;s m&oacute;viles vac&iacute;os que existan en cada crimen, la Justicia no puede impedir que los asesinos seriales permanezcan all&iacute;, en esa <em>parte maldita</em> que tanto hechiza, una Twilight Zone que produce entretenimiento de masas, imaginarios del horror y la revelaci&oacute;n de una imagen inc&oacute;moda: se delata, en la figura del <em>serial killer</em>, la humanidad en carne viva, un pedazo de la sociedad en la que viven.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;<em>JMM</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan Manuel Mannarino]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/asesinos-seriales-repaso-casos-criminales-todavia-no-llegaron-series-hicieron-son-exito_1_8805989.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 19 Mar 2022 03:47:31 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Asesinos seriales, un repaso por los casos criminales que todavía no llegaron a las series y uno de los que ya lo hicieron y son éxito]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Asesinos seriales,Netflix,HBO,Estados Unidos,Brasil,Jair Bolsonaro,Series,Streaming,El Petiso Orejudo]]></media:keywords>
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